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Democracia en Bolivia

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Los retos de la democracia en Bolivia

DEMOCRACIA EN BOLIVIA Cinco análisis temáticos del Segundo Estudio Nacional sobre Democracia y Valores Democráticos

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Corte Nacional Electoral

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DEMOCRACIA EN BOLIVIA
Cinco análisis temáticos del Segundo Estudio Nacional sobre Democracia y Valores Democráticos Álvaro García Linera Raúl España Cuéllar Andrés Torrez Villa Gómez Erick Torrico Villanueva Amalia Prado Meza

Corte Nacional Electoral

Primera edición, agosto de 2005 Depósito legal: © Corte Nacional Electoral Av. Sánchez Lima Nº 2482 y 2440 Sopocachi Teléfono: (591-2) 241-0330, Fax: (591-2) 242-5133 educiudadana@cne.org.bo www.cne.org.bo La Paz, Bolivia Editado por: Unidad de Análisis e Investigación Del Área de Educación Ciudadana de la CNE Cuidado de edición: Unidad de Información Pública Diseño gráfico: Ernesto Azcuy Domínguez Diagramación: Percy Mendoza • BuBu Mendoza Impresión: Imprenta Editorial G&S Producciones Impreso en Bolivia Tiraje de 1.000 ejemplares Distribución gratuita. Prohibida su venta

Los datos e interpretaciones publicados en este Cuaderno de Análisis e Investigación no comprometen la autonomía independencia e imparcialidad de la Corte Nacional Electoral.

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ÍNDICE
PRESENTACIÓN 9

Los retos de la democracia en Bolivia
ÁLVARO GARCÍA LINERA
1. DEMOCRACIA Y CAMPO POLÍTICO 1.1. El carácter performativo del concepto de democracia 1.2. Crítica de la lectura procedimental de la democracia 2. LOS RETOS DE LA DEMOCRACIA 2.1. Primer reto: La democracia de bienestar económico 2.2. Segundo reto: Democracia y complejidad institucional. Liberalismo y comunitarismo 2.3. Tercer reto: La ejecución del referéndum 2.4. Cuarto reto: Autonomías regionales y unidad estatal 2.5. Quinto reto: Ciudadanía multicultural 2.6. Sexto reto: Un nuevo armisticio social. La Asamblea Constituyente 11 13 13 15 25 26 34 47 52 59 64

La participación política y electoral en Bolivia
RAÚL ESPAÑA CUÉLLAR
1. ANTECEDENTES 2. BREVES CONSIDERACIONES TEÓRICAS SOBRE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL 2.1. El enfoque sociológico 2.2. El enfoque político 2.3. El enfoque institucional 3. EL TELÓN DE FONDO DE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL 3.1. El carácter de las tendencias participativas de la sociedad boliviana 3.2. Las valoraciones sobre la democracia 4. BREVES CONSIDERACIONES SOBRE EL ABSTENCIONISMO EN LAS ELECCIONES GENERALES DE BOLIVIA 5. ANÁLISIS DE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL A PARTIR DE CULTURA POLÍTICA Y DEMOCRACIA EN BOLIVIA. SEGUNDO ESTUDIO NACIONAL 71 73 73 73 74 74 74 74 75

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5.1. La participación electoral desde la perspectiva de la distribución espacial de la población 5.2. La participación electoral desde la perspectiva de las variables sociales 5.3. Participación electoral y evaluación del sistema político 5.4. La participación electoral y la actividad política 5.5. La participación electoral, crisis de legitimidad y democracia participativa 6. CONCLUSIONES 7. BIBLIOGRAFÍA

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Los actores políticos y sociales en Bolivia
ANDRÉS TORREZ VILLA GÓMEZ
1. INTRODUCCIÓN 2. ANTECEDENTES 3. ANÁLISIS DE LOS ACTORES POLÍTICOS 3.1. ¿Quiénes son los actores políticos? 3.2. ¿Quiénes son los actores sociales? 3.3. La identificación de los actores políticos en el estudio 3.4. La legitimidad de los actores políticos 3.5. La representatividad de los actores 3.6. Las fortalezas de los actores políticos 3.7. Las debilidades de los actores políticos 3.8 Los desafíos de los actores políticos 4. ANÁLISIS DE LOS ACTORES SOCIALES 4.1. La identificación de los actores sociales del estudio 4.2. La legitimidad de los actores sociales 4.3. La representatividad de los actores sociales 4.4. Las fortalezas de los actores sociales 4.5. Las debilidades de los actores sociales 5. CONCLUSIONES 5.1. La democracia 5.2. El orden económico 5.3. La internacionalización 5.4. La diversidad cultural 5.5. La educación cívica 5.6. La identidad propia 5.7. Los partidos políticos 5.8. Los movimientos sociales 6. BIBLIOGRAFÍA
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Comunicación y democracia hacia una democracia comunicada
ERICK TORRICO VILLANUEVA
1. INTRODUCCIÓN 2. DEMOCRACIA, COMUNICACIÓN, MASS MEDIA Y TIC EN BOLIVIA 2.1. La incomunicación Estado y sociedad 2.2. La triple crisis actual vista desde la óptica comunicacional 2.3. Los medios masivos en la mira 2.4. ¿Y la Bolivia digit@l? 2.5. El mediocentrismo puesto en cuestión 2.6. Tres dimensiones de una incomunicación que persiste 3. LA MIRADA EMPÍRICA A LO LARGO DE UN SEXENIO (1999-2004) 3.1. La comunicación como valor democrático 3.2. El estado de incomunicación social 3.3. Las facetas de la incomunicación política 3.4. Las relaciones de los ciudadanos con los medios masivos 3.5. Participación ciudadana vía información noticiosa 3.6. La información pública deficitaria 3.7. Multiculturalidad y no comunicación 3.8. El diálogo o la violencia 4. PERMANENCIAS Y VARIACIONES 4.1. Situación y condiciones en la sociedad y la política 4.2. Ciudadanía y medios de difusión 5. CONCLUSIÓN 6. BIBLIOGRAFÍA 157 159 160 160 161 162 164 165 166 168 168 169 170 174 179 181 183 185 187 187 188 189 190

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El efecto de la información política sobre medidas alternativas de apoyo a la democracia
AMALIA PRADO MESA
1. INTRODUCCIÓN 2. ANTECEDENTES EMPÍRICOS Y TEÓRICOS 2.1. El contexto regional 2.2. El caso boliviano 2.3. Cultura política y procesos de consolidación democrática 2.4. Problemas de medición 2.5. El papel de la información política en democracia 3. HIPÓTESIS 4. MÉTODOS 4.1. La muestra 4.2. Medidas 4.3. Análisis 5. RESULTADOS 6. DISCUSIÓN 6.1. Los límites de la investigación 6.2. Apoyo efectivo vs. apoyo normativo 6.3. Información política y apoyo a la democracia 6.4. Confianza en el gobierno, una conceptualización diferente 6.5. Preocupación por la corrupción 7. INFORMACIÓN POLÍTICA Y APOYO A LA DEMOCRACIA EN 2004 7.1. Antecedentes de información política 7.2. Efectos de la información política 8. BIBLIOGRAFÍA 193 195 197 197 198 199 200 201 203 205 205 206 207 207 214 215 216 216 217 218 219 220 220 224

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PRESENTACIÓN
Durante el segundo semestre de 2004, la Corte Nacional Electoral (CNE), gracias al Acuerdo de Contribución (PSR-01/03-04/FSP) suscrito con la Agencia Canadiense para el Desarrollo (ACDI), ejecutó el Segundo Estudio Nacional sobre Democracia y Valores Democráticos en Bolivia, como una segunda experiencia en relación a la Primera Encuesta sobre Democracia y Valores Democráticos en Bolivia realizada por la CNE en 1999. El objetivo de este estudio fue el de obtener resultados cuantitativos y cualitativos que permitieran orientar y priorizar las acciones del Programa Nacional de Educación ciudadana Para Vivir en Democracia 2004–2006 además de conocer las percepciones de la población para asumir con mejores resultados los nuevos desafíos democráticos y participativos del país, como el referéndum, y conocer las visiones que tiene la población sobre las Elecciones Municipales 2004 y la Asamblea Constituyente. El estudio fue ejecutado técnicamente por la empresa especializada Encuestas & Estudios, la cual, bajo supervisión, seguimiento y coordinación de la Unidad de Análisis e Investigación de la CNE, realizó un estudio de sistematización de fuentes secundarias, 17 entrevistas en profundidad y 15 grupos focales en todas las regiones, como parte del componente cualitativo, y una prueba piloto en el eje central del país y una encuesta nacional de 3.000 casos, como parte del componente cuantitativo de investigación. Los resultados del Segundo Estudio Nacional fueron presentados en un evento público realizado en febrero de 2005 en la ciudad de La Paz y difundidos a través del Cuaderno de Análisis e Investigación Nº 4 de la CNE, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo Estudio Nacional. Sobre lo avanzado, la Corte Nacional Electoral programó la ejecución de una etapa de análisis y discusión de los resultados de los componentes cualitativo y cuantitativo del Segundo Estudio Nacional, encargando para ello el análisis por ejes temáticos de la información obtenida a cinco especialistas nacionales, todos ellos de alto reconocimiento y prestigio en su campo. De esa manera, Álvaro García Linera, analizó el tema de los retos de la democracia boliviana; Raúl España Cuellar, investigó sobre la participación política y electoral en Bolivia; Andrés Tórrez Villa Gómez, estudió el comportamiento de los actores políticos y sociales; Erick Torrico Villanueva analizó la relación entre democracia y comunicación; y Amalia Prado Mesa investigó las conexiones existentes entre información política y apoyo a la democracia. Los resultados de estos trabajos están expuestos en este primer volumen que inaugura la
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serie especial de los Cuadernos de Análisis e Investigación: La democracia en Bolivia. Cinco análisis temáticos del Segundo Estudio Nacional sobre Democracia y Valores Democráticos. En cada uno de estos análisis, los autores, desde sus propias visiones, conocimientos y experiencias históricas, contribuyen al esclarecimiento de la problemática política nacional actual, de sus actores y protagonistas y sobre todo de

las limitaciones pero también de los nuevos desafíos de la democracia boliviana. Con esta nueva publicación, la CNE reafirma su convencimiento de que el desempeño de nuestra democracia requiere de insumos orientados a fortalecer el diálogo plural y la reflexión informada en el espacio público, a la vez que del pensamiento crítico.

Dr. Salvador Romero Ballivián Vocal de Procesos Electorales y Educación Ciudadana Corte Nacional Electoral

Dr. José Luis Exeni R. Director Nacional Educación Ciudadana, Capacitación, Análisis e Información Corte Nacional Electoral

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Los retos de la democracia en Bolivia Álvaro García Linera

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1. DEMOCRACIA Y CAMPO POLÍTICO
En las últimas décadas, la palabra “democracia” ha adquirido el rango de valor social normativo y prescriptivo en la constitución de los poderes públicos en todos los Estados modernos. Independientemente del punto de vista que se tenga, más conservador o reformador, más académico o administrativo, la enunciación discursiva para adquirir el rango de legitimidad y para acceder al circuito de reconocimiento social debe referirse de alguna manera a la “democracia” como bien sustantivo de la interacción colectiva. Esto muestra que esta palabra juega el papel de dispositivo de vigencia y ascendencia del discurso dentro del campo político.1

1.1. El carácter performativo del concepto de democracia

El campo político es el espacio de fuerzas, luchas y competencias por la definición de los acontecimientos, las acciones, las ideas, los conceptos, las jerarquías y las estrategias consideradas válidas para regular la vida en común y los bienes comunes de una sociedad. En el proceso de constitución de este campo, las estructuras simbólicas en todas sus formas (reflexivas y prerreflexivas, discursivas, representables y prácticamente ejecutables) juegan un papel decisivo. Estas estructuras o, mejor, las luchas por la constitución particular de estas estructuras establecen las múltiples estrategias programáticas discursivas para el monopolio de la

conversión de las ideas en organización-institución, en materia social, en acción colectiva y en fuerza, esto es, para el monopolio de lo que habrá de entenderse, temporalmente, como política. En este campo, así delimitado, ciertas palabras juegan el papel de gatilladores de crédito, de principios de habilitación a la competencia y lucha por la consagración. Y esto es así porque estas palabras y/o conceptos anudan la estructura de orden en el campo o, lo que es lo mismo, su connotación histórica, su trayectoria y la síntesis simbolizada de las lecturas dominantes de entendimiento de la acción política. Entonces, el manejo y la presentación de estos signos y palabras de adecuación al orden son los primeros requisitos para el ingreso al campo, constituyéndose así en conceptos o palabras “certificadoras”que delimita una primera frontera entre los “profanos” y los “ungidos”, entre los “entendidos” y los “marginales”. A partir de ese momento, habiendo accedido ya al campo de las enunciaciones legítimas, la posibilidad de que el discurso y su portavoz (personal o institucional) obtengan mayores niveles de reconocimiento, de influencia y afectación en los acontecimientos políticos dependerá de varios factores. Dependerá de las características de la narrativa discursiva que acompañe al dispositivo de acceso a la legitimidad (en este caso, a la palabra “democracia”), de la habilidad con que se lo trabaje y articule con otros “dispositivos de verdad” socialmente existentes, de la “resonancia” que guarde con otros saberes colectivos susceptibles de ser movili-

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Fue Bourdieu quien definió el mundo de las disputas políticas como un campo donde los sujetos políticos ocupan una posición y despliegan unas luchas en función del volumen de capital político que poseen. Ahora bien, este capital político es el capital de reputación y de reconocimiento que permite a las personas u organizaciones que lo poseen influir y modificar, parcial o totalmente, la manera cómo la sociedad representa, significa, imagina y “conoce” las jerarquías, las divisiones sociales y las “necesidades” que regulan o deben regular la vida colectiva de un país. Por ello, Bourdieu habló del campo político como del espacio de competencias y luchas simbólicas “por la manipulación legítima de los bienes políticos” que tienen por objetivo común el poder sobre el Estado. Sobre el concepto de campo político, véase, P. Bourdieu, El campo político, Plural, La Paz, 2001.

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zados, de su relación con la estructura de otros campos limítrofes (el campo científico, el campo intelectual) y de la posibilidad de integrar otros bienes políticos reconocidos en el campo, como por ejemplo, el apoyo de instituciones prestigiosas, recursos monetarios, titulaciones que respalden lo dicho y otras distintas formas de capital político vigentes. Las palabras y las ideas son, por tanto, dispositivos de poder sólo en contextos de poder pues por sí mismas son sólo apuestas por la representación del mundo. El carácter performativo de los discursos, esto es, el que la palabra devenga en materia social, en fuerza práctica, requiere de la presencia de esa materia, de la existencia de núcleos de fuerza que, gracias a esas palabras que juegan el papel de articulaciones, se fusionan, se suman o se escinden desencadenando procesos sociales de acción colectiva. Las palabras y los discursos políticos tienen, entonces, el poder de hacer cosas sólo en tanto que existe previamente el poder de las cosas. Los discursos políticos, como por ejemplo el de democracia, tienen, por tanto, la capacidad de producir productos, acontecimientos, sujetos y acciones políticos, pero nunca de manera arbitraria, sino sobre el campo de posibilidades estructurales heredado por el discurso y que existe independientemente de la acción de la palabra. En términos estrictos, en el ámbito de estudio de los comportamientos políticos no hay palabras ni conceptos neutros; su significado es un determinado volumen de poder social obtenido por el desplazamiento de otros poderes acumulados anteriormente y, que sirve directamente, además, a la perpetuación, ampliación o transformación de esta circulación de poderes en del campo político. Detrás de cada palabra y de cada discurso sobre la política, y la democracia es uno de ellos, hay un flujo de fuerzas materiales y discursivas que pugna por el monopolio de las formas dominantes de la significación del mundo y de los modos legítimos de interpretar y entender los conceptos sobre el mundo. En este sentido, la política puede ser leída como el juego social que asume de manera explícita la lucha por el monopolio de las enunciaciones legítimas del mundo que son capaces de crear algún tipo de organización social (instituciones, comportamientos, normas, etc.). Cada concepto es, por lo tanto, la escenificación provisional de un campo de fuerzas donde continuamente

se dirimen múltiples potencialidades de su significado habilitadas, gatilladas, por el contexto. De ahí que las luchas por el significado de las palabras y los conceptos, por su montaje y desmontaje, sea tan importante. O, mejor, que sea parte de la propia lucha por los poderes sociales que habrán de tener esas palabras, esos conceptos y los discursos, en el montaje o desmontaje de la correlación de fuerzas del campo político. En el concepto de democracia se anudan, precisamente, estas dos determinaciones del campo; él es un dispositivo de acceso a la legitimidad del predominante campo discursivo político, pero a la vez el concepto mismo de democracia, en sus actuales cualidades de contenido histórico, es fruto de una competencia, de unas luchas de significaciones llevadas adelante en las últimas décadas en libros, conferencias, investigaciones y debates. Esto muestra que no existe la “verdadera” y definitiva definición de democracia, transhistórica y objetiva. Lo que se entiende por democracia en un momento dado es siempre una convención histórica, un producto provisional de intersubjetivaciones resultantes de distintos modos de acción comunicativa. Pero, no olvidemos, de acciones comunicativas en las que los poderes de enunciación no están distribuidos igualmente entre los concurrentes a la producción de la definición. La distribución del peso y la capacidad de nombrar las cosas es siempre desigual y, por eso, tenemos definiciones dominantes, consideradas válidas, y definiciones subalternas, consideradas provisionalmente ilegítimas, independientemente de la razón argumentativa que acompañe a cada una de ellas. Así, la validez de una definición, su rango de verdad es una contingencia histórica que resulta, en primer lugar, de la estructura de fuerzas discursivas y organizativas dentro del campo político y del campo intelectual y, sólo en segunda instancia, de la fuerza argumentativa de las razones expuestas en la definición. Así, lo que hoy se considera una definición aceptable de la democracia es probable que mañana sea tomada como irrelevante y sustituida por la que hasta entonces era tomada como marginal. En la teoría social, las “verdades”, las evidencias, las legitimidades son arbitrariedades culturales resultantes de la trayectoria histórica de la estructura y funcionamiento del campo intelectual, de sus procesos de acumulación, verificación y competencia interna que

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han consagrado cierto modo de entender, investigar y nombrar al mundo. Cuando se trata de conceptos que afectan o que son utilizados dentro del campo político, la construcción del régimen de validez del concepto combina una arbitrariedad cultural con una arbitrariedad política.2

1.2. Crítica de la lectura procedimental de la democracia

El concepto de democracia articula, justamente, esas dimensiones. La actual invención dominante del significado de democracia en el ámbito intelectual, en su versión liberal, minimalista y procedimental, construye el concepto en los términos de la formación de un orden regulatorio del proceder político.3 Ya sea como método de selección y renovación de gobernantes y/o como modo de resolución de conflictos según ciertos procedimientos, estas maneras de entender a la democracia suponen unos fines valorados (selección de los más aptos, resolución de conflictos) ante los cuales la democracia se presenta como un medio instrumental mediante el cual se puede alcanzarlos. La ausencia de fundamentación moral Bajo esta mirada procedimental, la democracia se entiende como un artefacto, como un conjunto de reglas que permite la selección de élites que atienden la agregación de intereses privados y cuyo resultado final es la “voluntad general”. De esta manera, la democracia se define como un instrumento que permite la selección de
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los “más capaces” para la administración de lo público o como instrumento para atenuar los conflictos entre múltiples intereses individuales. Así, la democracia queda reducida a una “herramienta” sobre cuya argumentación moral se puede decir lo mismo que se dice sobre cualquier técnica empleada para lograr algún propósito. Lo central de esta definición no es, pues, el medio, los procedimientos o la “herramienta”, sino los resultados que ese procedimiento permite obtener: la selección de élites o el apaciguamiento de los conflictos, que se presentan como valores sociales determinantes. Por ello, si hubiese otra “herramienta” política más apta para obtener de manera más eficiente esos mismos resultados, no habría ningún motivo moral para no sustituir a la “democracia” por otro artefacto institucional. Dejando de lado la suposición de que los intereses individuales agregados existen independientemente de la acción política, esta manera de entender la democracia reduce el hecho democrático a una técnica de agregación de intereses cuya meta es maximizar una utilidad (la selección de elites o resolución de conflictos), similar al papel que en la teoría liberal juega el mercado en la optimización de la asignación de recursos. Así, la justificación instrumental de la democracia es una “teoría” de la democracia imposibilitada de fundarla en valores o premisas históricas pues la democracia es sólo un medio para fines que sí pueden tener algún tipo de argumentación histórico-moral, aunque independientemente de la “democracia” que sólo es el “medio” temporal para alcanzarlos.

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Al igual que las reglas de los campos, este trabajo de objetivación es también un espacio de tensionamiento de fuerzas, pero con la diferencia de que las armas que se esgrimen, los poderes que se tensan, son los de las razones, los de la lógica argumental. De esta manera, no porque toda construcción conceptual esté regida por un espacio de fuerzas es potencialmente válida, como supuso cierto anarquismo epistemológico. El que un concepto desempeñe la función de dispositivo de verdad política en el campo político no significa necesariamente que tenga un rango de validez en el campo intelectual y viceversa. Sin embargo, es posible que una formación de validez, construida con la lógica argumentativa en el campo científico, pueda influir en la construcción de dispositivos de verdad políticos que modifiquen la disposición del campo político, más aún si éste está construido sobre forzamientos o mutilaciones argumentativas en las construcciones discursivas. Así se constituye una cadena de influencias entre las luchas argumentativas, propias del campo científico, con las luchas por el sentido, propias del campo simbólico, con las luchas políticas, propias del campo político. Este carácter ficticio de determinadas “verdades” sociales no quita, sin embargo, la existencia de lo que Bourdieu ha denominado el “trabajo de objetivación” del campo científico, que consiste en el conjunto de procesos de acumulación, control, verificación, argumentación y contra argumentación internos correspondientes a la lógica específica del proceder de la construcción conceptual y a la cual el investigador está obligado a ceñirse desde el momento en que acepta su papel de investigador. Ver, P. Bourdieu, El oficio del científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad, Anagrama, Barcelona, 2003. J. Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, Aguilar, México, 1952; G. Sartori, Teoría de la democracia, 2 tomos, Alianza Universidad, México, 1988; A. Dahl, La democracia y sus críticos, Paidós, España, 1993; A. Przeworski, Democracia y mercado, Cambridge University Press, 1995; A. Liphart, Las democracias contemporáneas, Ariel, Barcelona, 1998; S. Huntington, La tercera ola, la democratización a fines del siglo XX, Paidós, España, 1994; N. Bobbio, El futuro de la democracia, FCE, México, 1995; G. Pridham, Transitions to Democracy, Darmouth, Aldershat, 1995.

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Esto imposibilita la lectura de la democracia como un valor en sí mismo, pues se la justifica únicamente por los resultados que produce. Bajo esta mirada, de hecho, cualquier intento de fundamentación de la democracia queda inhabilitado, pues no se puede fundamentar la “teoría” de alguna herramienta particular, por ejemplo un martillo. El fondo lógico de la teoría procedimental imposibilita construir una teoría de su consistencia histórico-moral, lo que no quita la existencia de abundante literatura para su legitimación por la vía del expediente de la predominancia histórica de esta manera de entender la democracia. Decimos que se trata de un recurso de legitimación ideológica mas no así de fundamentación teórica, en la medida en que para validar una construcción lógica se recurre a un suceso histórico, cuando lo que las reglas del campo científico exigen es que la fuerza argumentativa radique en el propio armazón lógico y, después, en su capacidad de dar cuenta de los procesos históricos. A su vez, esta desarticulación entre lo lógico y lo histórico permite una ideologización del discurso teórico en la medida en que ya no se presenta como un proceso de producción de conocimiento, en base a reglas y procedimientos lógicos, sino como una legitimación de procesos históricos, en base a la manipulación de herramientas lógicas. El resultado de esta justificación procedimental de la democracia es un discurso de la “democracia”, profundamente ideologizado y por tanto de desconocimiento, de encubrimiento de realidades políticas de dominación que son las que, precisamente, han generado la historia de cualquier régimen de gobierno. Lo paradójico de esta interpretación procedimental de la democracia es que al tiempo de colocar la evidencia histórica como argumento de su inevitabilidad, la propia lógica argumentativa que emplea, la democracia es un medio para fines, hace que en el fondo la democracia sea considerada prescindible, como lo es cualquier artefacto que puede ser reemplazado por otro más eficaz en la misma función.

Así, mientras en la legitimación del discurso la democracia es presentada con la fuerza de una fatalidad histórico-natural, la razón argumentativa ubica a la democracia como un artefacto reemplazable en función de la eficiencia en la obtención de unos resultados que sí tienen el rango de valores (selección de los más aptos, resolución de conflictos). Cuando el discurso teórico usa a la historia de las acciones políticas como justificación y demostración del concepto, un particular estado de la correlación de fuerzas y unas específicas relaciones de dominación que sostienen esas acciones históricas quedan consagrados teóricamente como sustancia y alcance del concepto y, entonces, cualquier construcción discursiva posterior que se haga a partir de esta formación de significancia conceptual no puede ser más que un discurso legitimador de las relaciones de dominación de las que partió el discurso. Con ello, la retórica ha sustituido a la investigación y la ideología al proceder científico. Gran parte de la producción bibliográfica sobre democracia y cultura democrática en Bolivia puede ser catalogada, precisamente, de esta manera.4 Eludir los límites del discurso legitimista requiere, por lo tanto, varias rupturas; inicialmente, dejar de tratar a la historia como “criterio de verdad” de la teoría para tratarla como un objeto que, precisamente, va a ser desmontado a partir de las cualidades de los conceptos capaces de brindarnos a la “historia”, a los acontecimientos de las instituciones, a las colectividades y sus estructuras de poder como resultado, como procesos, justamente aprehensibles, conocibles a partir de contenidos y articulaciones categoriales. Esto, a la vez, supone una mirada procesual de las categorías y de la propia realidad que intentamos conocer a través de esos conceptos, lo que exige concebir las estructuras de comportamiento social, las instituciones, los sistemas de disciplina y de orden como formaciones sociales contingentes, cargadas de arbitrariedad y, por lo tanto, de historicidad. El orden social no es la premisa, es el resultado, el producto cosificado de un

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M. Seligson, La cultura política de la democracia en Bolivia, USAID, La Paz, 1999; R. Mayorga, El desmontaje de la democracia, CEBEM, La Paz, 2001; R. Mayorga, “La democracia o el desafió de la modernización política”, en Bolivia en el siglo XX, Club de Harvard en Bolivia, La Paz, 2000; C. Toranzo, “Lógica corporativa y lógica ciudadana”, en Retos y dilemas de la representación política, PNUD, La Paz, 2000; J. Lazarte, “Entre dos mundos: la cultura democrática en Bolivia”, en Democracia y cultura política en Bolivia, PNUD/Corte Nacional Electoral/BID, La Paz, 2001.

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determinado trabajo social, es la cristalización de específicas relaciones de poder, de particulares prácticas de dominación y, como tal, es transitorio, susceptible de modificación y revocatoria. Lamentablemente, las lecturas procedimentales e institucionalistas de la democracia se hallan reñidas con estos principios primarios del proceder cognitivo y de ahí una el punto de partida de la larga cadena de inconsistencias lógicas y teóricas que muestran esta escuela ideológica. En lo que se refiere a los componentes procedimentales que diseña esta lectura liberal-instrumental de la democracia, presentan los mismos inconvenientes de argumentación que la propuesta general. Cuatro son los mecanismos mediante los cuales la visión instrumental de la democracia propone para llegar a los fines deseados: 1) Que las personas y grupos políticos organizados compitan libremente por el acceso al gobierno mediante una oferta pública de sus postulados. 2) Que cada individuo, cada ciudadano, manifiesta su preferencia respecto a esas ofertas a través de un voto individual. 3) Que cada voto individual vale lo mismo, independientemente de su posición social, étnica o genérica. 4) Que la suma de votos individuales define el triunfo o la derrota de los ofertantes. El esquema es simple y en él quedan resumidas todas las ideas sobre la mediación política del pensamiento liberal; en sentido estricto, es una réplica de la lógica del mercado a la política, lo que trae de entrada un desplazamiento conceptual riesgoso por cuanto los bienes políticos que circulan en el campo político por definición no son mercancías, como en el campo económico, lo que obliga a un achatamiento de la política a un proceso meramente de consumo y no de producción de política, que es el origen mismo de la definición histórica de la democracia. La política, entendida como gestión de las libertades de una sociedad, aparece reducida a una competencia entre ofertantes (los “políticos”) y consumidores o usuarios (los “votantes”), que no sólo vuelve a consagrar la separación entre el proceso de diseño y producción de la política a cargo de las elites y el proceso de consumo o padecimiento de esos productos por parte de los ciudadanos sino que, además, lo hace replicando la lógica industrial fundada en la propiedad y apropiación privada de las condiciones de producción. La gran limitación de esta racionalidad privatizante de la emisión de los

productos políticos radica en que, supuestamente, la modernidad se sostiene, al menos ése es el mito, en una creciente socialización de las prerrogativas políticas o, si se prefiere, en una socialización de las capacidades generativas de los bienes políticos bajo el denominativo de ciudadanía. Sin embargo, esta mirada restrictiva de la democracia lo que hace es, precisamente, socavar esta ampliación de capacidades políticas mediante una sistemática apropiación de las condiciones materiales de generación y administración de los bienes políticos, dándose lugar a una contradicción irresoluble bajo el marco de este esquema conceptual. Por otra parte, las políticas públicas que son ofertadas por las elites en competencia no son panes cuyo alcance de realización práctica se agota mediante la satisfacción de una demanda individualizada del consumidor-comprador. En el caso de las políticas públicas, el acto de “consumo” individual (la elección) sólo se puede realizar mediante el “consumo” inevitable, y muchas veces obligatorio, de los demás miembros de la comunidad política, por lo que la selección de las políticas públicas no puede ser guiada por la lógica del escaparate, a la que irresponsablemente la asimila la lectura liberal-procedimental. De la misma forma, la soberanía política que entrega el votante no tiene la misma cualidad social que el dinero; aunque ambos son convenciones sociales, la política tiene que ver con el estado de responsabilidad del individuo con respecto al destino de los que considera sus comunes y a las cualidades de esa comunidad; el dinero, en cambio, es sólo la representación de un tiempo de trabajo abstracto que le permite al individuo medir su esfuerzo con respecto a los de los demás. El acto de elegir políticamente algo no tiene la misma significación ni el mismo grado de repercusión que la compra de un refresco, tanto porque en el mercado político se intercambian bienes sociales de naturaleza social inconmensurables (soberanía política que es un potencial de acción política por políticas estatales que son decisiones burocráticamente decididas) como porque si el refresco no nos agrada se lo puede dejar y comprar otro, en cambio, en la elección política, el elector está obligado a soportar el inconveniente de su opción por los años venideros sin ninguna posibilidad inmediata para enmendar su error y, encima, con riesgo de haber infringido inconvenientes a otras personas por la decisión tomada.

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De la misma forma, así como el “libre mercado” en realidad encubre el despotismo de los productores con la composición orgánica de capital más alta, que son los que regulan con su productividad el precio de las mercancías, el modelo de mercado político por definición tiende a concentrar autoritariamente en determinado cuerpo de productores con mayores condiciones técnicas de emisión (control de medios de comunicación, sistemas de impresión, transporte, etc.) las posibilidades de oferta política y de elección. Por ello, la “libre elección” es sólo un eufemismo de un despotismo político afincado en el monopolio de las condiciones técnicas de esta peculiar forma de hacer política. El que los partidos políticos contemporáneos sean antes que formadores de programas políticos empresas de inversión económica no es una anomalía o trasgresión de la norma “democrática”, sino su condición y destino dentro de esta lógica procedimental. En lo que respecta al que cada ciudadano elige individualmente la oferta política de su preferencia, no cabe duda que estamos ante una exacerbación de la vieja mitología liberal del momento primigenio del individuo como sustancia autoreferida, exento de influencias y determinaciones que no sean las que emanan de su propio self y en las que se deposita la virtud y sabiduría de una “buena elección”. Nuevamente estamos ante un reciclamiento político de la constitución mercantil de la sociedad moderna que requiere para su funcionamiento que, al momento del intercambio de productos entre sus poseedores, los lazos que se entablen, regidos por el derecho, sólo involucren el trabajo abstracto de sus productos, al margen de cualquier relación de dependencia, servidumbre o de parentesco que tergiverse la equiparación del quantum de trabajo abstracto incorporado en los bienes que han de intercambiarse. El mercado moderno requiere imaginar entonces individuos “libres”, exentos de determinaciones que distorsionen el intercambio de sus productos por el volumen de trabajo social abstracto contenido en ellos. El desarrollo histórico del capitalismo en términos formales ha creado este tipo de individuos desprendidos de fidelidades tradicionales por medio de la erosión y destrucción de las estructuras económicas y políticas tradicionales y la creación de
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dependencias abstractas basadas en las equivalencias de trabajo general. Lo que hace el liberalismo es traspasar esta invención transaccional de individualidades abstractas al ámbito político. De inicio, ésta es nuevamente una contradicción pues la soberanía política es inseparable de la concreticidad actuante del ciudadano, por lo que no puede ser representada por la abstracción del derecho del mercader. Por otra parte, este ser angelical, exento de determinaciones y relaciones de fuerzas, a quien se le atribuye la facultad de optar “libremente” en el secreto del voto, no existe, ni puede existir en política. Cada individuo es una cristalización de relaciones sociales y obra en función del campo de posibles de esa trayectoria; pero, además, ese individuo sólo puede actuar adecuadamente reconociendo y utilizando abiertamente en su acción política esa cualidad socializada de su ser, de su intimidad y sus preferencias. El voto individual no se realiza al margen de las fuerzas sociales formativas de la trayectoria del individuo sino en medio de ellas, de las arbitrariedades que pesan sobre él, de las fuerzas que lo determinan y que, en muchos casos, no puede, individualmente, ni entender ni explicar. En política se trata de tomar posición sobre lo público. En esa medida, la mejor forma de tomar posición y de formar opinión es de manera pública, concertada, por medio de la múltiple circulación de razones que involucran a todos los electores. La elección “libre”, individual y secreta es un eufemismo en la medida en que las opciones, como oferta y como predisposición social, han sido producidas socialmente; con la agravante de que al negar el carácter socializado de los resortes íntimos de elección se deja en pie la predominancia de aquellas fuerzas sociales, por lo general de dominación, sobre las que no se tiene conciencia en tanto fuerzas de dominación y de conducción pre-reflexiva de los criterios de elección. En cambio, la producción colectiva de la elección, negada por la mitología liberal del individuo, tiene la virtud de formar opiniones y posiciones5 a través de la reflexión y el des-cubrimiento de las fuerzas que determinan los comportamientos sociales. La fuerza de este otro modo de producción de opciones individuales colectivamente generadas restituye el dominio de las elecciones, de las preferen-

P. Bourdieu, El campo político, Plural, La Paz, 2000.

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cias y opciones a los propios electores por medio de los intercambios comunicativos públicos. Precisamente esa fuerza constitutiva de lo público es lo que se ha venido a llamar democracia deliberativa.6 Y éste es, precisamente, el límite del modelo liberal procedimental resumido más arriba. Al concebir la voluntad colectiva como un mero amontonamiento contabilizado de opiniones personales, concibe a la sociedad como simple bolsa de papas en la que cada individuo y cada opinión se amontonan con otros individuos y otras opiniones para dar cuerpo a la “opinión general”. Aquí el todo es simplemente la suma de las partes, cuando es sabido que ni lógica ni realmente existe un todo resultante de la mera agregación amontonada de las partes. Así como un edificio no es el amontonamiento de ladrillos y cemento, eso es una montaña de escombros, ninguna estructura argumental es el amontonamiento de palabras y conceptos. Lo que importa en ambos casos es la forma de articulación, el ordenamiento, la ubicación connotada de las cosas. El todo es, por ello, mucho más que la suma de las partes y de ahí que también sea normal que, en términos lógicos e históricos, la voluntad general sea muchísimo más que la suma aritmética de los votos individuales, como precisamente cree la escuela liberal. En los hechos, lo que por lo general puede hacer este amontonamiento de opiniones individuales es la validación de una opinión sectorial previa, que ha tenido la capacidad, los medios, el tiempo y la posibilidad de producir colectivamente su opinión y que se sobrepone sobre el curso de las opiniones y elecciones individuales, condenadas de entrada a la impotencia y a la interiorización frente a la primera. Por lo general, esta opinión sectorial, capaz de adelantarse a las opiniones individuales, de guiarlas y de utilizarlas para imponerse como opinión dominante y para legitimarse como la “opinión general”, es aquella que cuenta con el monopolio de los recursos y las condiciones materiales para producir opinión, esto es, la opinión correspondiente a los segmentos sociales económica y culturalmente dominantes y que ahora reafirman su posición como sectores políticamente dominantes. Este modo liberal representativo de formación de

la voluntad general como escrutinio numérico, al concentrarse en la sumatoria de voluntades individuales, instaura una manera de producción de la política que aísla al individuo de sus pares en la constitución de sus opciones y, al hacerlo, lo somete al designio de aquellas opciones enraizadas en la fuerza de reproducción de las estructuras sociales. Por ello, toda elección es, por lo general, un triunfo de las fuerzas de conservación que se sostienen no por la capacidad disuasiva de los argumentos y las razones sino por la inercia de una maquinalidad social que ha instituido unos controles, unos poderes y unas ideas dominantes que se sobreponen con la fuerza de la inercia histórica de toda la sociedad a cualquier intento individual, personal, de cambio social. La suma de intenciones individuales como modo de fabricación de la voluntad colectiva es, en este punto, tanto un modo mutilado y falaz de formación de una voluntad social general como un modo eficiente de sometimiento de la individualidad a la fuerza de conservación de la estructura social, de sus dominaciones y sus jerarquías. Y en lo que se refiere a la calidad moral de esta “voluntad general” que debiera caracterizar al soberano democrático, está claro que esta versión instrumental de la democracia anula cualquier posibilidad sobre los escenarios de reflexión moral que caracterizan la construcción de una comunidad de ciudadanos. Si la “democracia” es sólo un medio para agregar voluntades individuales que están definidas de antemano y que sólo responden ante sí, entonces la “mayoría” obtenida por el procedimiento democrático es sólo una cuantificación de los estados de opinión de las personas, lo que no necesariamente es una “voluntad general” que presupone una cualificación moral de las opciones producidas intersubjetivamente entre ellas mismas. Claro, no tiene el mismo valor moral proceder a obtener la “mayoría” sobre el color de la casa de gobierno, que lograr la opinión mayoritaria sobre cómo la sociedad desea vivir. En el primer caso se trata de una agregación de gustos sin efecto moral y social alguno que puede ser obtenida sin dificultad por la mera suma de preferencias individuales. En el segundo caso, el horizonte

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J. Habermas, Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso, Trotta, Valladolid, 1998; J. Elster (comp.), La democracia deliberativa, Gedisa, España, 2001; C. Santiago, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, España, 1997.

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de sociedad deseada requiere la producción dialógica y jerarquizada de valores y criterios morales que pueden producir una “voluntad general” fundamentada, lo que no se logra mediante la simple contabilización de gustos privados. Desencuentro práctico con la complejidad social Si en el terreno de la lógica argumentativa la lectura procedimental de la democracia presenta un cúmulo de inconsistencias y limitaciones, en el terreno de la pertinencia conceptual para sustentar normativamente un conjunto de procedimientos, instituciones y prácticas en el contexto histórico boliviano sus limitaciones son aun mayores. Las cuatro reglas anteriormente observadas, que forman parte del instrumental organizativo de esta interpretación liberal-procedimental, para su funcionamiento práctico y sostenibilidad institucional necesitan una serie de requisitos imprescindibles o condiciones de posibilidad primarias que garanticen su verificación. En primer lugar, lo que alguna vez Zavaleta denominó el prejuicio de la igualdad como hecho de masas.7 Si de lo que se trata es de que al “mercado político” concurran individuos con facultades para intercambiar bienes políticos al margen de las coerciones “extra políticas”, a fin de que garanticen la libre elegibilidad personal y el principio de igualdad de cada opción en la constitución de la “voluntad general”, en el “mercado” deben confrontarse personas portadoras de los mismos derechos jurídicos de transacción y de las mismas prerrogativas políticas frente al poder público. Éste es el sustento del mercado económico y, con más razón, del “mercado político”. Se trata, ciertamente, de una ilusión jurídica y política en la medida en que frente a la ley y al Estado el impacto de las opiniones personales siempre estará mediado por un mayor acceso a los poderes prevalecientes en el campo, comenzando desde el conocimiento de las leyes, el manejo del idioma legítimo, la disposición de tiempo libre, los recursos económicos disponibles para hacerse oír o colaborar, etc. Sin embargo, se trata de una ilusión bien fundada en la medida en que, en el acto electoral, la gente “cree”
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que tiene el mismo poder que los demás, independientemente de su posición económica o cultural, así como “cree” que en el mercado tiene los mismos derechos y opciones que sus competidores, clientes u ofertantes. Es un prejuicio colectivo de igualdad ficticia el que abstrae las determinaciones reales y las coerciones subterráneas que regulan la elección política del votante, en tanto que las técnicas de intercambio y de regulación jurídica del intercambio invisibilizan las presiones y arbitrariedades sociales que regulan las incursiones individuales en el mercado. Pero esto requiere: a Que la sociedad haya generalizado la lógica mercantil en la mayoría de sus actividades productivas, consuntivas, culturales, intelectivas y éticas; cosa que sucede mediante la generalización y conducción técnica del régimen de producción capitalista y la extinción de estructuras productivas no capitalistas, como las agrario-campesinas, comunales, artesanales. A esto es a lo que el viejo Marx llamó subsunción real del trabajo bajo el capital.8 Para los requerimientos del buen funcionamiento de la democracia liberal procedimental, la ausencia de subsunción real o, si se prefiere, la existencia generalizada de estructuras productivas no capitalistas, de regímenes de intercambio y producción no mercantil son un obstáculo a la constitución de sujetos igualados con capacidad de asumir el mercado como fundamento racional de sus comportamientos sociales, incluidos el político. No en vano, el debate y la argumentación sobre la eficiencia y conveniencia de la democracia entendida como procedimiento surgen, precisamente, en sociedades modernas de sólida base económica mercantil-capitalista. Sólo la generalización del régimen capitalista puede promover la interiorización de la lógica mercantil en los hábitos colectivos de la sociedad, sobre los que habrá de erigirse el prejuicio igualitario entre los individuos que habilita a la cantidad social como forma política de selección cualitativa de la sociedad. En el caso de Bolivia, es por demás evidente que nos encontramos con un dominio de la racionalidad

R. Zavaleta, “Las masas en noviembre”, en Bolivia, hoy, México, Siglo XXI, 1982. Karl Marx, Manuscript 1861-1863 en Collected Works, Tomos 31-35, Lawrence y Wishart, London, 1995. Para una interpretación del papel de la subsunción real en la argumentación de Marx, ver A. Negri, Marx más allá de Marx, Akal, Madrid, 2001.

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capitalista pero no así con su generalización; es más, cerca de las dos terceras partes de los circuitos económicos se mueven bajo los parámetros tradicionales semi mercantiles de la economía artesanal, familiar (el llamado “sector informal)”, la economía campesina y la economía comunal. Es cierto que todas estas estructuras no capitalistas, aparte de tener sus propias tecnologías de circulación e intercambio, también se vinculan por medio del mercado y el intercambio mercantil, pero los esquemas sociales de articulación de las condiciones de producción, consumo y reproducción social tienen una naturaleza social diferenciada de los específicamente capitalistas. De ahí que todo intercambio duradero, y hasta el precio, estén siempre marcados por el tamiz de los grados de parentesco ficticios o reales, que el sentido de la producción esté marcada por la satisfacción de necesidades y no exclusivamente por el lucro y la acumulación productiva, que existan espacios cerrados para la realización de los productos y que la productividad combine lo ritual con lo político y no sólo la reducción del tiempo de trabajo abstracto como en la economía capitalista, etc. Es por ello que, en términos de esquemas mentales, es escasa la presencia de un sentido de igualación social en correspondencia a la débil vigencia de una economía capitalista plenamente desplegada sino que, además, los espacios de igualación son fragmentados, territorializados por lugar de residencia, por parentesco, paisanaje, etc. Una de las condiciones estructurales de la democracia representativa es, por tanto, inexistente en la formación social boliviana; y esto no es un hecho sólo de “cultura política” susceptible de modificación mediante acciones pedagógicas y llamados a la conciencia. b El otro componente de la constitución de la igualdad política es la disolución de los modos de diferenciación en el acceso a los derechos políticos fundados en la cultura, la etnicidad, la religión o el género que impedirían el escrutinio numérico como modo de resolución de la “voluntad general”. Esto significa que la conformación de los capitales políticos relevantes debe ceñirse a los bienes culturales institucionalizados pública e indiferenciadamente emitidos (las titulaciones). Dado que

los colonialismos, entre otras cosas, instituyen la etnicidad y la cultura heredada como bienes sociales jerarquizantes y como formas de capital político que garantizan o excluyen de derechos políticos, la razón de la democracia representativa requiere la descolonización política y de ciertos grados de homogeneización cultural de la sociedad. A eso se le ha llamado nacionalización de la sociedad y es un requisito de la formación de ciudadanía y aptitud representativa liberal. No puede haber representación liberal en medio de la vigencia de regímenes coloniales que imponen una cultura, una etnicidad o una religión minoritaria como sellos de ingreso a la participación política. En el caso de Bolivia, ésta es, precisamente, la realidad. Sobre la presencia de poblaciones mayoritarias portadoras de una cultura, de unos usos lingüísticos y una etnicidad particular se halla un grupo social minoritario, portador de un idioma, una cultura y etnicidad diferentes pero instituidas como legítima y dominante. Se trata de una forma de colonialismo “interno” que ha convertido a la etnicidad en un capital capaz de definir procesos de enclasamiento social y de diferenciación política sustantiva. Resulta así que los hábitos excluyentes y el generalizado racismo que atraviesa la vida cotidiana de la sociedad, especialmente de las élites supuestamente empeñadas en procesos de modernización política, son a la vez unos de los más importantes obstáculos a esas inclinaciones liberalizantes de la política. c Para que el mercado político liberal funcione, la política tiene que acontecer como un particular espacio de intercambios simbólicos, a saber, el intercambio simbólico de bienes políticos: soberanía política vía el voto a cambio de ofertas de políticas públicas potencialmente realizables a través de la constitución de gobiernos elegidos por la preferencia electoral. Lo que se intercambia en este juego político son, entonces, bienes simbólicos bajo la forma de bienes políticos. A pesar de la asimetría de los bienes, anteriormente señalada, la consistencia del intercambio radica en la cualidad simbólica de las ofertas. Para que este espacio simbólico se consolide con autonomía y reglas del juego propias, históricamente

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han tenido que acontecer varias transformaciones, en particular la instauración de lo que Marshall ha definido como los derechos sociales.9 La importancia de estos derechos que completan la ciudadanía moderna radica en que al garantizar un mínimo de condiciones de reproducción social para todos los miembros de la sociedad, éstas pueden habilitar un mínimo de tiempo susceptible de ser invertido en la intervención, en el diálogo, en la información y la comunicación políticas que se supone posee cada ciudadano; pero, sobre todo, garantiza que el elector entre al campo de los intercambios políticos en condiciones de poner en circulación bienes simbólicos y exigir los bienes simbólicos correspondientes ofertados por las élites políticas. Cuando el elector no tiene garantizado ni el tiempo mínimo de intervención en la política ni las condiciones básicas de reproducción material, su ingreso a la arena electoral está marcado por la coerción de asegurar la reproducción material básica de la existencia, llevando a deformar y a aceptar la deformación del intercambio político, aceptando bienes materiales personalizados a cambio de bienes políticos. Con ello, el mercado político, de un espacio de intercambios simbólicos deviene en un espacio de intercambios simbólicos (el voto) a cambio de bienes materiales (la oferta electoral), característico del clientelismo10 tan extendido en la vida política boliviana. El clientelismo, propio de las relaciones serviles tradicionales renace en plena modernidad y de la mano del liberalismo institucionalizando, tanto un circuito entre desiguales sociales (los que tienen garantizada la reproducción social y los que no) como una circulación de bienes sociales de naturaleza distinta (bienes simbólicos por bienes materiales), derrumbado todo el presupuesto liberal-procedimental de agregación electiva de iguales. Democracias posibles Una definición sustantiva Es necesario, no sólo para el debate teórico sino también para la reforma de las instituciones democráticas y
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la ampliación de la acción democrática de la sociedad, construir una definición de democracia que supere las inconsistencias lógicas y las limitaciones históricas de la lectura procedimental y minimalista de la democracia.11 Señalaremos algunas líneas argumentales de un esquema interpretativo alternativo. En términos generales, se puede entender la democracia como una manera de organizar la gestión del bien común de una sociedad, el modo de esa gestión, la amplitud de ese bien común y las propias características de la comunidad que quiere definirse en torno a ese bien. En este sentido, es una forma política de proceder sobre los recursos e intereses colectivos; es un proceso de renovación de los modos de decidir sobre ese bien común, es una voluntad para redistribuir los recursos comunes; es una deliberación sobre cuáles son esos recursos y necesidades que deben ser objeto de atención y, ante todo, una continua producción del “común” que desea, acepta y pugna por existir como comunidad. En términos más precisos, es una forma de producción de la política que se caracteriza por: a Una subjetivación ampliada de la política. Si la política tiene por objeto la dirección y gestión de lo común, la democracia es la producción y reproducción ampliada tanto del sujeto que forma parte del común, del sentido de lo común, como del sujeto que ha de dirigir esta comunidad así constituida. Hay democracia en tanto hay debate público en torno a qué es lo que une a las personas, a cómo se las puede unir más y a cómo tiene que ser gestionada esta creación de unidad. La democracia es una forma de politización de la sociedad mediante la cual personas, grupos, y colectividades deliberantes asumen su unidad ampliada, interna y externa, con los otros componentes de la sociedad, no como un dato ni como una institución sino como una responsabilidad ética, como una acción que los involucra en sus medios y fines. Hay democracia en tanto hay más personas que desean intervenir en la dirección general de la sociedad porque están dispuestas a producir directamente

T. H. Marshall, Ciudadanía y clase social, Alianza Editorial, España, 1998. J. Ayuero, La política de los pobres. Las prácticas clientelares del peronismo, Manantial, Argentina, 2001. Para el aporte de nuevas lecturas de la democracia ver, Ranciere, El desacuerdo. Política y filosofía, Nueva Visión, Argentina, 1996; T. Negri, M Hard, Multitud, Editorial Debate, Argentina, 2004.

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el contenido de los vínculos que los unen a los demás. No hay democracia por seguir unos procedimientos establecidos sino, precisamente, porque cualquiera que sean esos procedimientos, incluso frutos de una intervención democrática anterior, hay personas y colectividades que ahora buscan participar en la dirección de esos procedimientos, buscan responsabilizarse de la producción de dirección de la sociedad, modificando las normas y procedimientos de la práctica política legítima. Esto vale tanto para los pequeños grupos que pueden competir con los grupos de dirección consolidados, como, y con más razón, para las colectividades, los movimientos y las clases sociales que irrumpen en el escenario político. Democracia es, entonces, ampliación de lo político, creciente ruptura de los monopolios de la política, continua renovación de las instituciones políticas para dar paso a responsabilidades ampliadas de un número mayor de miembros de la sociedad. Democracia es movimiento, flujo, revocatoria, ampliación de la capacidad de decidir. Una sociedad es tanto más democrática cuantas más personas no sólo participan en la política sino también en la decisión de las maneras de participar, en las prerrogativas de la participación y en la ejecución de las decisiones que involucran a todos. Por ello, la democracia es una creciente responsabilidad de los ciudadanos por el destino de las demás, es una comunitarización de la política que rompe la serialización y el disciplinamiento de cualquier norma rígida de la acción política. Igualmente, los procesos de democratización social, por lo general no provienen de las estructuras institucionales de participación sino de las estructuras de movilización social que se mueven fuera del campo político dominante, en el “subsuelo político”,12 como los movimientos sociales que, con sus demandas de económicas, políticas o nacionales, amplían las redes de intervención social en la vida pública y, con ello, generan democracia. En cierta medida, la democracia resulta de una “invasión” en la producción del espacio público y de sus funciones por parte de colectividades sociales anteriormente mantenidas al margen de esos espacios de decisión y que, al momento de hacerlo, no sólo amplían
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los canales de decisión y gestión (lo que equivaldría al reforzamiento de la vieja institucionalidad) sino también reforman los propios canales de acción política o inventan otros en los que puedan caber todos según las nuevas normas acordadas también por todos. De aquí la segunda característica del hecho democrático. b Proceso de producción de igualdad política. Para que esta ampliación de la acción política pueda consumarse, la incursión de los nuevos sujetos, sus modos particulares de hacerlo y las demandas enarboladas deben presentarse ante la sociedad entera con la misma fuerza y poder de interpelación que la de cualquier otro miembro de la comunidad, incluidos los miembros de la anterior estructura política de administración de lo público. Hay democracia en tanto hay producción sustancial de igualad entre quienes constituyen la sociedad, y esa igualdad se verifica el momento en que cualquier ciudadano que se siente compelido a actuar en la esfera pública porta un mínimo de poder social que convierte a su opinión y a su modo de hacerlo en una intervención eficiente y con capacidad de influir en el campo político en condiciones similares a las del resto de los participantes. La democracia puede ser entendida como la conformación de un campo político capaz de garantizar un mínimo eficiente de capital político a cualquier miembro de la sociedad que desee intervenir, lo que a su vez implica la imposibilidad de cerrarse o elitizarse; pero además, un campo político capaz de reconocer múltiples formas organizativas de aglutinamiento y administración concentrada del capital político. Los derechos políticos modernos basados en la posibilidad de elegir a los gobernantes son apenas una manera abstracta y limitada de esta asignación de capital político, ya que así, la persona no adquiere capital político ni capacidad de influencia en las decisiones, sino sólo capacidad para decidir quiénes han de administrar o monopolizar el capital político del campo y, además, bajo una forma de sumatoria contingente y despersonalizada de la cuantificación electoral del voto. La democracia como formación de igualdad requiere que el ciudadano, cualquiera sea su condición, oficio o trayectoria, sea reconocido y tomado en cuenta como

L. Tapia., La velocidad del pluralismo. Ensayo sobre tiempo y democracia, Comuna, la Paz, 2002.

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ser competente y actuante en el campo político, que sus reflexiones tengan la posibilidad de un nivel similar de impacto en la estructura del campo y que las formas organizativas bajo las que incursiona en el campo tengan posibilidad de articular nodos de influencia, independientemente de las cualidades culturales que posea esta forma organizativa. Por tanto, hay democracia, por una parte, cuando hay permanente redistribución y desmonopolización del capital político eficiente en el campo político, igualando a los sujetos en sus capacidades reales, materiales y simbólicas de intervención política; y, por otra, cuando hay reconocimiento de modos plurales de organización para condensar y competir por la regulación del capital político, lo que implica el reconocimiento de derechos individuales y colectivos como principios constitutivos de la acción política y de la formación de poder político. c La presencia de una comunidad litigante (Ranciere). Más que consenso, la democracia es la presencia de un diferendo, de un litigio manifiesto por la enunciación, la visibilización o denuncia de una carencia, de una desigualdad, de una injusticia económica o política. No se trata simplemente del reconocimiento del disenso, sino de la eficacia y poder público del disenso en cuanto capacidad de transformar las estructuras de orden de la gestión de lo público. Hay democracia porque las personas se constituyen como comunidad política en torno a la controversia, lo que supone no sólo la tolerancia a la diferencia sino la constitución del hecho político, de las fuerzas y poderes efectivos de la acción política legítima en torno a la admisión y canalización de ese desacuerdo. El liberalismo ha reducido este hecho fundamental del acto democrático, el desacuerdo, a un reconocimiento testimonial de las diferencias, dejando intacto el sistema de poderes reales ante los cuales, precisamente, se rebela la disidencia. La democracia surge, en cambio, cuando la sociedad se presenta como comunidad polémica y las estructuras de corporalización de esa comunidad (instituciones políticas, regímenes de verdad, cuerpo de poderes) son atravesadas por ese diferendo y son capaces de soportar las transformaciones materiales necesarias para integrar el desacuerdo en un nuevo acuerdo portador de nuevas reglas de gestión de los poderes, renovadas instituciones y nuevos regímenes de verdad.

La democracia no surge como resolución de conflictos; a su modo, las dictaduras lo hacen, excluyendo, deslegitimando o exterminando a los disidentes. La democracia surge en la acción misma de enunciar un desacuerdo en torno al acceso de ciertos bienes (políticos, económicos) y en la capacidad de los sujetos políticos de recomponerse ampliadamente en torno a la superación de estas exclusiones visibilizadas. De esto se desprenden varias consecuencias. La democracia se inicia cuando se plantean desacuerdos; se objetiviza cuando esos litigios reconstituyen a la comunidad política; se realiza cuando, fruto de esa recomposición, se amplía la presencia de sujetos con capacidad de dirección sobre lo público y cuando la carencia enunciada encuentra una resolución comúnmente aceptada. d Autoconciencia y ejercicio práctico de facultades y prerrogativas como miembro competente de una comunidad política. La democracia, en la medida en que se verifica al momento de la ampliación de la intervención de la sociedad en la definición de lo público, no sólo extiende la amplitud de quienes han de habilitarse para gestionar los asuntos comunes, sino que además re-inventa el sentido de lo público, esto es, las prerrogativas que unen a los miembros de la comunidad política. En los estados modernos, estas facultades toman la forma de derechos ciudadanos (civiles, políticos y sociales) garantizados por la normatividad estatal, y es por eso que la democracia es consustancial y el escenario por excelencia de realización de la ciudadanía moderna. Sin embargo, esta democracia de ciudadanía no es un problema de legalización de los derechos otorgados a la población por el Estado, aunque esta sea la manera de su objetivación institucional; sólo hay democracia en cuanto hay sujetos que producen inter-subjetivamente prerrogativas y facultades como ampliación de su responsabilidad en la definición de lo público. e Prácticas de objetivación contingente. La democracia no son unos procedimientos e instituciones, aunque requiere de ellos para objetivarse. Estos procedimientos e instituciones son medios transitorios, simples efectos revocables del hecho democrático que, precisamente, se manifiesta en su capacidad de reconfiguración constante de los sujetos ampliados de dirección política de la so-

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ciedad y de las instituciones y prácticas que cristalizan este desborde de intervención. Dado que hay democracia en tanto hay desmonopolización del poder político, y hay desmonopolización del poder político porque hay constitución de comunidades litigantes que reivindican la “parte de los que no tienen parte”, las normas, reglas, instituciones, saberes y legitimidades que regulan la vida política de una sociedad democrática son circunstanciales, cristalizaciones provisionales de la estructura de resolución del desacuerdo anterior, que habrán de dar paso a una nueva estructura de poderes resultante de los nuevos desacuerdos que dan inicio a la acción democrática de una sociedad. La democracia no es la ausencia de reglas, sino la contingencia necesaria de esas reglas y el consenso acordado de esa contingencia. La democracia es, por ello, una constante desfetichización de la acción política, en la medida en que requiere una razón política y una voluntad política comúnmente inventada y reinventada como fuente de consagración y legitimación de las normas, las instituciones y las funciones creadas para la gestión del bien común. La democracia es el desborde de la sociedad, o de una parte de ella, para mejorar o producir nuevos escenarios de igualdad, pero sobre la base de antecedentes previos de igualdad que permiten a los sujetos el reconocimiento de sus facultades de litigar o enunciar, con capacidad de modificarla, una injusticia social, económica o política. Las instituciones son el escenario temporal, fruto de antiguos litigios que consagran los procesos de igualación alcanzados entonces, pero a la vez, con el tiempo, deberán ser objetos de continuos cambios y sustituciones para dar paso a nuevas querellas y acuerdos que deberán consagrarse en nuevas instituciones, y así sucesivamente. f Producción colectiva de opinión política. La democracia como valor moral no resulta, por tanto, de la agregación de opiniones privadas sino de la producción colectiva del diferendo, de la argumentación pública de razones sobre la calidad de las decisiones y las consecuencias de esas acciones, del intercambio de razones que modifican puntos de vista previos, de un lado y de otro, y que al final dan cuerpo moral a un tipo de acuerdo intersubjetivamente producido mediante la acción
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comunicativa de iguales. El resultado es una “voluntad general” deliberativamente producida en torno al diferendo, no individualmente agregada que queda temporalmente instituida como “mayoría” y norma o institución política. La producción colectiva de opinión política, la producción política de instituciones y normas, la revocatoria colectiva de instituciones y normas, la invención colectiva de la propia colectividad política, esto es, la comunitarización de la política, son precisamente los mecanismos por medio de los cuales la gestión de los poderes públicos se vuelve democrática.

2. LOS RETOS DE LA DEMOCRACIA
Tomada en conjunto, la democracia, en su acepción dominante y plana de instituciones y procedimientos, no sólo tiene que enfrentar múltiples retos emergentes de una serie de reclamos y demandas sociales sino también, ante todo, tiene que modificarse a sí misma para reintroducir una fundamentación racional y moral capaz de permitirle superar una serie de limitaciones conceptuales e institucionales. Esas limitaciones, hoy en día, fomentan el desencanto general de lo que ella representa.13 Necesita una auto transformación para visibilizar y conducir un creciente cúmulo de potencias y desacuerdos estructurales decisivos para la vida política del país. La democracia, en su definición minimalista y procedimental, está incapacitada para dar cuenta de ellos y mucho menos para conducirlos. En este sentido, el gran reto histórico de la democracia contemporánea es su auto transformación sustancial como forma política capaz de articular el desbordante flujo de participación e igualación social, es decir de democratización, que viene de la sociedad. Frente a este flujo, varias instituciones prevalecientes y prejuicios dominantes en las elites políticas son unos lamentables obstáculos formales y cognitivos. Y lo mismo sucede con las ideas actualmente prevalecientes en algunos centros de investigación sobre el comportamiento político nacional. Cuando realizan estudios sobre la democracia, parten, muchas veces sin darse cuenta ni someterla a una previa reflexión, de una idea predefinida de democracia, de la cual se desprenden parámetros, variables y mediciones resultantes

La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanos y ciudadanas, PNUD, Perú, 2004.

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de una matriz unilateral y, muchas veces, pre-reflexiva de la “democracia”. Por ello, esos estudios producen resultados igualmente unilaterales que revalidan y “comprueban” de manera tautológica las ideas-fuerza pre-reflexivas de las cuales partieron, pero que ahora son presentadas como “comportamiento democrático” en general, universal y casi científicamente comprobado. Buena parte de los estudios sobre cultura política en el país tienen ese lamentable sesgo. No resulta raro, entonces, que los resultados, pese a la extraordinaria capacidad de incursión de la sociedad en los debates públicos, fundamento de cualquier hecho democrático, siempre den la “cifra” de una sociedad con “baja cultura democrática” y que la recomendación siempre concluya con una teleología de la historia con la que se supone que seremos “mejores” y llegaremos a lo que se supone es una “alta” cultura democrática. Moraleja final que los organizadores del estudio ya sabían antes del estudio.14 Una forma seria de superar esta filosofía de la historia intuitiva es someter a reflexión el punto de partida de cualquier debate o investigación sobre la democracia, a saber: la concepción misma de democracia, tanto en términos de su fundamentación lógico-moral como de su adecuación histórico-crítica a la realidad política. De otro modo, la simple aplicación de la concepción de una escuela teórica dominante, como la escuela procedimental y minimalista cuya argumentación contiene muchas deficiencias, producirá resultados con las mismas deficiencias en la “cuantificación” de parámetros. Y, lo peor, esta concepción funcional a un tipo de sociedades, industrialmente modernas y liberales, consideradas como modelo de medición, en nuestras sociedades, semi modernas y semi liberales dará resultados conocidos de antemano: “baja” cultura democrática, de una manera tan obvia que, para llegar a semejante conclusión, sería preferible ahorrarse el “estudio”. Romper esta tautológica ideológica que sólo lleva a cuantificar lo que el sentido común ideológico ya sabe, para bien de la ciencia, requiere una reflexión de lo que se denominará democracia, de la manera de fundamentar la articulación del hecho democrático con la cualidad histórica de la sociedad de la que se está hablando y luego recién, hallar “variables” y modos de medición que puedan brindar cualidades y
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deficiencias internas, a partir de las propias cualidades y potencialidades contenidas en la sociedad y no desde las “virtudes” o “limitaciones” propias de otras sociedades, que no somos ni nunca llegaremos a ser. Precisamente, algunas limitaciones y falencias de Cultura política y democrática en Bolivia. Segundo estudio nacional se deben a esta inclinación procedimental y a la ausencia de una problematización teórico-histórica de la democracia. De ahí una serie de debilidades en la formulación de los parámetros escogidos (definición y modo de medición de la cultura política, de los “valores democráticos”, tratamiento de los “grupos minoritarios”, la temática indígena, la generalidad en las preguntas sobre autonomías, la separación entre lo “político” y lo “social”, etc.). En el caso de la temática “retos de la democracia”, una concepción ampliada de la democracia hubiera permitido ir más allá de la percepción sobre las instituciones democráticas y sus expectativas para indagar, por ejemplo, los fundamentales desacuerdos estructurales que atraviesan la sociedad, las jerarquías y la complejidad que tienen esos diferendos, las capacidades del sistema político parlamentario y extraparlamentario para procesarlos, las características y potencialidades de las redes de participación y deliberación política que posee la sociedad, los distintos imaginarios de reforma político-institucional y de democratización económica de la población, etc. Con todo, el estudio, sin lugar a dudas, también contiene una serie de elementos relevantes que ayudan a comprender varios de los retos que la democracia tiene que afrontar en los siguientes años.

2.1. Primer reto: La democracia de bienestar económico

Hay distintas maneras de interpretar el desarrollo de los procesos de democratización de la sociedad boliviana. Una de estas interpretaciones, que estuvo en boga a fines del anterior siglo, es la “modernización política”. Esta interpretación analiza las características de la democracia a partir del cumplimiento de la construcción de instituciones democrático-representativas sobre la base de la consolidación de los derechos civiles y políticos, la división constitucional del Estado en tres poderes y la limitación del gobierno por esos derechos

Para una lectura sociológica y crítica de las encuestas políticas ver: Patrick Champagne, Hacer la opinión. El nuevo juego político, Plural, La Paz, 2002.

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de ciudadanía.15 Se trata, ciertamente, de una vertiente de la interpretación procedimental de la democracia cuya principal preocupación es el seguimiento de la formación local de instituciones políticas de corte liberal-representativo similares a las que existen en otros Estados modernos, considerados modelos avanzados para medir el “desarrollo” o “consolidación” de la democracia en Bolivia. Como ya se vio, se trata de una concepción lineal y teleológica que, a tiempo de fundamentar instrumentalmente la democracia (vista como instituciones y procedimientos), traza una línea obligatoria de “ascenso” histórico a la “verdadera democracia”, independientemente de si, estructuralmente, esta sociedad puede cumplir lo que otras sociedades altamente industrializadas han logrado en términos de organización política. Cualquier desvió de esta especie de línea ineluctable de la historia nos coloca en la consabida ubicación de “transición democrática” o “democracia poco consolidada”. Debido a estos obstáculos cognitivos, no debe extrañarnos que esta corriente interpretativa viva el actual período de turbulencia democrática de la sociedad como un tipo de “agujero negro” donde las “leyes” de lo democráticamente correcto han colapsado. Pero no sólo esto. Esta lectura evolucionista elude abordar dos elementos fundamentales para cualquier interpretación sustantiva de la democracia, a saber: la participación de la sociedad en los asuntos públicos y la producción de la igualdad que, desde la Grecia clásica hasta nuestros días, es el núcleo fundante del hecho democrático.16 De ahí que no sea casual, por ejemplo, que en el enfoque de la “modernización política”, en la construcción de instituciones democráticas, se mencione la dimensión de los derechos civiles y políticos ciudadanos de esa construcción, pero que se eluda deliberadamente los derechos so15

ciales que, como lo argumentó Marshall, de donde viene la clasificación por etapas de la formación de los derechos de ciudadanía,17 es el punto nodal donde quedan articuladas la construcción de la ciudadanía y la democracia moderna.18 En el terreno de los derechos sociales (seguridad social, trabajo, distribución de la riqueza) se articula no sólo la condición material básica del ejercicio responsable de todos los otros derechos ya que las personas sólo son miembros plenos y participativos de la sociedad en la medida en que sus necesidades básicas estén satisfechas,19 sino también la demanda y lucha por la igualdad en las posibilidades de acceso al bienestar material y a la riqueza socialmente producida. Como lo ha mostrado Marshall, la condición de ciudadanía moderna, y de la forma política democrática que la engloba, es un proceso que se consolidó recién a principios del siglo XX en el mundo industrial mediante la atenuación de las desigualdades económicas derivadas del mercado capitalista. Por ello, la lucha por la igualdad de acceso al bienestar material socialmente disponible es una de las fuerzas fundamentales en la construcción de la democracia. El moderno Estado de derecho, irradiado como modelo universal durante el siglo XX, tuvo como supuesto económico y redistributivo al Welfar State. Esto muestra hasta qué punto la democracia está indisolublemente ligada a la conquista del bienestar económico de las sociedades.20 En ese sentido, como lo señaló el olvidado Marx hace más de 150 años, las profundas reformas políticas de la sociedad, como su democratización, siempre han sido profundas reformas económicas que han modificado la estructura de propiedad y gestión de la riqueza de las sociedades.21 Por tanto, un estudio y una clasificación seria de la democratización de las sociedades tienen que incluir

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René A. Mayorga, “La democracia o el desafió de la modernización política”, en Bolivia en el siglo XX. La formación de la Bolivia contemporánea, Harvard Club de Bolivia, La Paz, 1999. J. Gallego, La democracia en tiempos de tragedia. Asamblea ateniense y subjetividad política, Universidad de Buenos Aires, Argentina, 2003. Marshall, Op. Cit. También “Ciudadanía, el debate contemporáneo” en revista La Política, Nº 3, España, 1996. “La ciudadanía puede ser definida como el conjunto de prácticas (jurídicas, políticas, económicas y culturales) que definen a una persona como un miembro competente de su sociedad, y que son consecuencia del flujo de recursos de personas y grupos sociales en dicha sociedad”, B. Turner (ed.), Citizenship and Social Theory, Sage Publications, London, 1883. Sobre la relación entre democracia y ciudadanía se puede revisar C. Thiebaut, Vindicación del ciudadano, Paidós, España, 1998. Michael Ignatieff, “Citizenship and moral narcissism”, en Political Quarterly, Nº 60, 1989. Ver, D. Held, “Ciudadanía y autonomía” en revista La Política, Nº 3, España, 1996. K. Marx y F. Engels, Sobre las revoluciones de 1848-1849, Progreso, Moscú, 1981.

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como elemento nuclear los procesos de creciente redistribución de la riqueza colectiva, de igualación de oportunidades y de conquista material del bienestar de las sociedades, esto es, de formación de ciudadanía. No puede haber democracia sin una continua ampliación de la ciudadanía social: la democracia no son sólo instituciones políticas, son prácticas de igualación social, precedidas de disensos y deliberaciones que quedan objetivadas como instituciones contingentes y adecuadas a las luchas por la conquista del bienestar. Una narrativa de la democracia en Bolivia, a riesgo de una mutilación del hecho democrático, no pasa solamente por la descripción de las instituciones liberales consolidadas; pasa, necesariamente, por un estudio de los distintos períodos de construcción y ampliación de la participación de la sociedad en la definición de la res pública (derechos civiles y políticos activos) que muchas veces pueden cristalizarse por medio de instituciones complejas e hibridadas con las liberales y por la igualación de las condiciones de bienestar material de la población (ciudadanía social).

Una lectura sustantiva de la democracia, por su parte, centra su mirada en el ámbito de los procesos de construcción de igualdad social a partir de la participación y deliberación de los ciudadanos, esto es, del autogobierno y la calidad de las razones que sostienen este proceder.22 No es casual, por lo tanto, que uno de los temas recurrentes de demanda a la democracia en Bolivia sea precisamente la ampliación de los derechos sociales de la población. Según el Estudio de 2004, cuyos resultados son similares al Estudio de 1999, la estructura de derechos con la que los bolivianos representan su ciudadanía ubica en primer lugar a los derechos sociales. En conjunto, la ciudadanía social (salud, educación, trabajo) (Gráfico 1) se mueve en el rango del 60% al 90% de preferencia de los encuestados, en tanto que la ciudadanía política (reunirse, votar, emitir libremente ideas) varía entre el 20% y el 38%, y la ciudadanía civil (propiedad) en el 10%. En promedio, la preferencia por los derechos sociales es tres veces más que la preferencia que los derechos políticos y siete veces más que los

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Hay una vertiente de la tradición republicana en filosofía política que trabaja precisamente estos componentes. Se puede revisar A. Allen y M. Regan (eds.), Debating Democracy Discontent, Oxford University Press, Oxford, 1996; A. Fraser, The Spirit of the Laws, University of Toronto, Toronto, 1990; A. Hernández (comp.), Republicanismo contemporáneo. Igualdad, democracia deliberativa y ciudadanía, Siglo del Hombre Editores/Universidad de los Andes, Colombia, 2002.

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derechos civiles, lo que habla de la centralidad de la demanda de bienestar material de la sociedad. Si tomamos en cuenta que, exceptuando la referencia al trabajo, porcentajes parecidos están presentes en el Estudio de 1999, en momentos en que no se manifestaba la actual dimensión de la crisis de crecimiento económico,23 está claro que esta jerarquización de derechos ciudadanos no es circunstancial y marca un ordenamiento conceptual de carácter estructural en el imaginario democrático de la sociedad, pues se trata de una fuerza simbólica que visualiza una apetencia colectiva de igualación y garantía de bienestar ampliado que son, precisamente, puntos medulares de los procesos de democratización y ciudadanización modernos. Se puede decir, por tanto, que en Bolivia, posiblemente por las características histórico-estructurales de su economía compleja, donde la modernidad capitalista se asemeja a un enclave en medio de relaciones de trabajo tradicionales agrarias y artesanales predominantes, la ciudadanía social es la base material y legitimadora de cualquier proceso de democratización real de la sociedad. Pero, paradójicamente, si algo ha sido abiertamente soslayado por las visiones ideológicas de la democracia predominante ha sido, precisamente, la ampliación de los derechos sociales. Así, en los últimos 15 años, mientras a nivel gubernamental se desmontaba la débil ciudadanía social construida desde 1952 mediante la ampliación de la precariedad, la pérdida de derechos laborales, la informalización de la economía24 con la consiguiente ampliación de la brecha entre el quintil más rico y el más pobre del país, una de las brechas más grandes del mundo,25 el discurso sobre la democracia hacía un renovado énfasis en las instituciones políticas liberales y los derechos políticos como sinónimos de democracia, en parte legitimando el desmontamiento de las conquistas sociales de los trabajadores a nombre de la consolidación de la democracia. Este desencuentro entre los derechos sociales y la democracia reducida a procedimientos de elección de
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gobernantes explica la percepción generalizada en todos los estratos de la población de que la democracia no les ha traído ningún beneficio económico. El 95% de los entrevistados considera que su situación económica general no ha mejorado con la democracia (Gráfico 2). Y cuando se desagrega la misma pregunta en términos de beneficio directo a la familia o a la comunidad, que son los entornos inmediatos donde las personas comprueban los efectos de un sistema político, el porcentaje de las personas que responden que poco o ninguno llega al 92% en el caso de la familia y al 90,8% en el caso de la comunidad.26 En medio de este panorama general de una población mayoritaria que siente que la democracia no ha mejorado sustancialmente su situación material, no deja de ser significativo que el pequeño porcentaje que siente una mejoría importante en sus beneficios económicos sea de ciudadanos ubicados en las poblaciones intermedias, sobre las que ha tenido mayor impacto la Ley de Participación Popular y la co-participación tributaria. El promedio nacional de personas que sienten que la democracia les ha traído muchos beneficios familiares

La tasa de crecimiento del producto interno bruto (PIB) en los últimos años siguió la siguiente curva: 1997, 4,9%; 1998, 5%; 1999, 0,4%, 2000, 2,2%; 2001, 1,5%; 2002, 2,7% y 2003, 2,4%, lo que da un promedio del crecimiento del PIB en siete años del 2,7%. Estadísticas socioeconómicas 2003, Müller & Asociados, La Paz, 2004. 24 Sobre los alarmantes índices de precariedad en el empleo ver C. Arce, “Empleo y relaciones laborales en Bolivia”, en Bolivia hacia el siglo XXI, CIDES, CNR, CEDLA, CEB, PNUD, La Paz, 1999; sobre la perdida de derechos laborales en el mundo obrero revisar A. García Linera, Reproletarizacion. Nueva clase obrera y el desarrollo del capital industrial en Bolivia (1952-1998), Comuna, La Paz, 2000. 25 Ferranti, Perri, Ferreira, Walton; Desigualdades en América Latina y el Caribe ¿Ruptura con la historia?, Banco Mundial, 2004. 26 Ver Cultura Política y Democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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es del 4,9%, en las poblaciones denominadas “rural compacto” (poblaciones de 500 a 1900 personas) el porcentaje se eleva al 10,4%, en el caso de poblaciones urbanas intermedias es de 3,8%.27 Igualmente, en lo referente a los beneficios comunitarios de la democracia. El promedio nacional de personas que sienten que esos beneficios fueron muchos es del 5,9%, en tanto que en las poblaciones urbanas de dos a 20 mil habitantes la respuesta afirmativa llega al 8,8% y en las localidades rurales compactas al 8,5%.28 Esta disociación entre la búsqueda de bienestar material de la sociedad y la lectura dominante de carácter instrumental y meramente institucional de la democracia está generando un escenario de creciente frustración por doble partida. Por una parte, debido a que, mientras que el elemento central de la demanda social de ciudadanización son los derechos sociales (bienestar, seguridad social, laboral, redistribución de la riqueza), los sucesivos gobiernos democráticos han debilitado de manera estricta la plataforma de estos derechos (“relocalización”, precariedad laboral, informalidad de la economía, etc.). Por otra parte, en la medida en que las lecturas predominantes e ideológicas de la democracia buscan reducir la “democracia” a procedimientos e instituciones políticas (“conjunto de reglas a través de las cuales la población elige libremente a los titulares del poder”),29 y dado que la mayor

parte de esas instituciones representativas tienen los mayores índices de rechazo por parte de los encuestados (los partidos tienen una imagen negativa del 55% y el Parlamento del 26%),30 no es difícil deducir un creciente empañamiento de la imagen de la democracia en general entre la población. De esta manera, mientras que las personas asumen el despliegue de la ciudadanía en democracia como ampliación del bienestar social, el Estado en democracia reduce drásticamente las posibilidades materiales de ese bienestar compartido. Al mismo tiempo, cuanto más esfuerzos hace la ideología legitimadora del Estado para asimilar la democracia como sinónimo de instituciones liberal representativas, más caen éstas en una situación de acelerado desprestigio por su carácter prebendal, patrimonial y poco representativo, con lo que, en conjunto, la actitud hacia la democracia tiende a debilitarse cada vez más. Lo peligroso de este creciente malestar social con el desempeño de la democracia, entendida como normas y procedimientos de selección de elites, es la tendencia elevada hacia salidas de fuerza. Una encuesta del PNUD (Cuadro 1) para América Latina (con 18.643 encuestados en 18 países) muestra que el 54% de las personas apoyarían a un gobierno autoritario si es que resolviera los problemas económicos, en tanto que el 56% cree que el desarrollo económico es más importante que la democracia. Vemos, entonces, que ante la falsa disyun-

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Ver Banner Demográfico, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Ibidem. J. Lazarte, “Entre dos mundos. La cultura política y democrática en Bolivia” en Democracia y cultura política en Bolivia, PNUD/CNE/ BID, La Paz, 2001. CNE, Op. Cit.

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tiva de desarrollo económico o democracia, (le lectura instrumental de la democracia lleva inevitablemente a ello), la gente opta mayoritariamente por el desarrollo económico ya que así se satisfacen los problemas de bienestar social. Es tanta la importancia de lo económico en la percepción de los encuestados que, incluso dentro del porcentaje de personas que prefieren la democracia a cualquier otra forma de gobierno, el 48% piensa que el desarrollo económico es más importante que la democracia y el 44% apoyaría un gobierno autoritario si éste resuelve los problemas económicos. Este cuadro muestra que una mayoría coloca el desarrollo económico como tema central y que apoyaría a un gobierno autoritario si resolviera este problema. Pero no sólo esto, además, el bloque de adeptos a la forma de gobierno democrática muestra enormes fragilidades internas pues cerca de la mitad muestra predisposición a cambiar de creencias si otra forma de gobierno es capaz de resolver las demandas económicas. Así, el espacio de potencial crecimiento de salidas autoritarias capaces de resolver problemas económicos puede crecer hasta alcanzar poco más de las dos terceras partes de la preferencia de la población. Ahora, si bien el documento elaborado por el PNUD brinda una serie de pistas valiosísimas de lo que sucede en la construcción democrática del continente y marca un importante giro en la posición de este organismos internacional al reivindicar el paso de una “democracia de electores” a una “democracia de ciudadanía” con capacidad de expandir los derechos (civiles, políticos y sociales), es discutible la estratificación que realiza de las preferencias sobre la democracia a partir de la interpretación de los resultados. El informe del PNUD diferencia tres orientaciones hacia la democracia: demócratas, ambivalentes y no demócratas. No compartimos esta lectura pues supone, nuevamente, la “democracia” como algo ya dado, establecido, y frente a la cual hay que tomar posición de principio. Quienes no muestran firmeza en esa posición de principio son “ambivalentes” o “no demócratas”. Pero, ¿no sería más razonable pensar que los llamados “ambivalentes”, e incluso una parte de los “no demócratas”, más que alejarse de la democracia lo que hacen es plantearle un reto para el que está perfectamente preparada, la democracia de ciudadanía, y que más que fuerzas de oposición a la democratización son fuerzas de reforma de la demo-

cracia? De hecho, la definición sustantiva o en función de derechos (políticos, civiles, sociales y culturales) de la democracia contiene, precisamente, la querella de la “parte de los que no tienen parte” como elemento central de la constitución del comportamiento democrático. Entonces, más que los “ambivalentes” o los “no demócratas” lo que se está generalizando en América Latina puede ser una fuerza histórica de descontento con una manera restringida, meramente procedimental y “electiva”, como dice el PNUD, de la democracia. El elemento articulador de esta fuerza es el reclamo por la ampliación de los derechos sociales; en esta medida se trata de un movimiento histórico que puede encaminarse a una renovación radical de la democratización en el continente, más allá de la mera democratización institucional que hemos vivido en las últimas dos décadas, que apuntaría a una democratización social en el sentido estricto del término. En el caso de Bolivia, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, muestra una elevada tasa de insatisfacción de la población con la democracia. Del total de los encuestados, el 51% manifiesta su insatisfacción con el desempeño de la democracia, en tanto que el 45% declara su satisfacción. Aunque la encuesta no desagrega las características de esta insatisfacción, es razonable pensar que este elevado porcentaje está relacionado con el aún mayor porcentaje (95%) de las personas que respondieron que la democracia le

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había traído una baja satisfacción económica. Si comparamos estos datos con las respuestas de la población en años anteriores a una pregunta similar, está claro que estamos ante una tendencia decreciente de la tasa de satisfacción ciudadana con la democracia. En 1996, (Gráfico 4) en momentos de una euforia modernista y de inflación electoral de ofertas laborales, la satisfacción con la democracia registró el 64%. Más adelante, entre agosto de 1998 y abril de 1999, cuando aún no se había manifestado abiertamente la crisis económica (la tasa de crecimiento del año 1998 fue del 5%),31 el porcentaje cayó en 16 puntos, lo que muestra la abierta frustración social emergente de las abultadas expectativas de mejora económica y los magros resultados reales de las llamadas reformas estructurales de “segunda generación”.32 El índice de satisfacción con la democracia siguió cayendo en los siguientes años hasta llegar, en noviembre de 2001, al mínimo registrado en los últimos ocho años con apenas el 26%, después de un año marcado por la abierta crisis económica, la creciente movilización social y la sucesión constitucional del presidente Banzer por su vicepresidente Quiroga. El momento de la realización de las elecciones generales de 2002, con resultados de evidente polarización social y regional de las preferencias político-electorales, hubo un leve repunte de la satisfacción ciudadana con la

democracia: 36%. Sin embargo, en febrero del 2003, el mismo mes de los trágicos acontecimientos en la ciudad de La Paz que culminaron con la muerte de más de 30 personas y la anulación de la decisión de incrementar los impuestos al salario,33 este índice bajó al 33%. Después de la sublevación de octubre del 2003 que echó del Palacio de Gobierno al ex presidente Sánchez de Lozada,34 en diciembre del 2003 se registró un 47% de satisfacción con la democracia, cifra elevada respecto a los años anteriores, pero que no logró alcanzar los resultados por encima del 60% de los años 1996-1998. Esto puede leerse como una tendencia temporal a la alza de la confianza en la democracia, aunque en perspectiva histórica desde hace una década se presenta una tendencia decreciente de la tasa de satisfacción de la ciudadanía con la democracia. Un dato interesante (Cuadro 2) es que a diferencia de lo que supondría el sentido común, las clases sociales con niveles socio-económicos bajos no son las más propensas a la insatisfacción con la democracia, al contrario, son las que presentan un mayor índice de satisfacción: 23 puntos por encima de las clases altas económicamente mejor ubicadas y 15 puntos por encima de las clases medias. Este fenómeno se vuelve a presentar en la relación urbano-rural. Mientras que las personas que viven en ciudades de más de 20.000 habitantes tienen el promedio más bajo de satisfacción con la democracia

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Müller & Asociados, Estadísticas socio-económicas 2003, La Paz, 2004. VV. AA., Las reformas estructurales en Bolivia, Fundación Milenio, La Paz, 1998; C. Jemio y E. Antelo (eds.), Quince años de reformas estructurales en Bolivia, Universidad Católica Boliviana/CEPAL, La Paz, 2000; Delegación Presidencial para la Revisión y Mejora de la Capitalización, 10 años de la capitalización. Luces y sombras, La Paz, 2004. VV. AA, Para que no se olvide. 12-13 de febrero 2003, APDHB/ASOFAM/CBDHDD/DIAKONIA/FUNSOLON/RED-ADA, La Paz, 2004. A. García, R. Prada, L. Tapia, Memorias de octubre, Comuna, La Paz, 2004.

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(36,9%), las personas ubicadas en poblaciones de 500 a 2000 habitantes, pueblos agrarios por lo general, tienen el mayor índice de aceptación (59%), en tanto que las comunidades agrarias, ubicadas entre las poblaciones con menos de 500 habitantes, manifiestan un grado de satisfacción con la democracia del 53%. En el mundo urbano, la ciudad que sobresale por el menor porcentaje de satisfacción es La Paz (36%) en tanto que Santa Cruz tiene un índice del 47%. Todo esto muestra que si bien las clases bajas son las que más directamente han sido afectadas por los procesos de contracción económica de los últimos años y las que han soportado la mayor frustración respecto a las posibilidades de bienestar y mejora económica, son las que presentan la mayor adherencia a la continuidad democrática y las que garantizan una base social para su continuidad. Pese a ello, no se debe dejar de lado la presencia mayoritaria, en todos los estratos sociales, de gente insatisfecha con la democracia, tal como se desempeña hasta ahora. El Estudio hizo también una pregunta comparativa entre las preferencias de un gobierno democrático y un gobierno autoritario. De los encuestados, el 66% respondió que la demo-

cracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, lo que significa que pese al malestar general de la población con los resultados económicos en democracia, esta forma de gobierno tiene un anclaje mayoritario en la experiencia y el imaginario político de la población. El grupo de personas que preferirían un gobierno autoritario llega al 13,9% en tanto los que tienen una posición ambivalente son el 18,4%. Habría que ver los resultados de unas preguntas, como las realizadas por el PNUD a nivel continental, que combinen la adhesión a gobiernos autoritarios capaces de resolver los problemas económicos. Sin embargo, el índice de preferencia general de gobiernos democráticos muestran un porcentaje mayor al promedio latinoamericano, lo que es un resultado alentador, ya que el país más pobre del continente junto a Haití muestra una amplia fidelidad a regímenes políticos democráticos. Lo que no es muy alentador es la tendencia de la tasa de preferencia al sistema democrático (Gráfico 6). Entre 1996, cuando el porcentaje de preferencia llegó al 85%, y diciembre de 2004, cuando fue del 66%, la diferencia es de 19 puntos, lo que diseña una línea de descenso de la preferencia ciudadana por la democracia, con leves excepciones entre 2001 y 2004. Esta tendencia permite avizorar la continuidad de esta gradiente o una leve modificación en los siguientes años, lo que establece una señal de alarma social que obliga a repensar la calidad y el rendimiento de la democracia. Si tomamos las cifras de insatisfacción con la democracia por el bajo bienestar ciudadano y la tendencia decreciente de la tasa de satisfacción con el régimen democrático, estamos ante clarísimas señales de fatiga y limitaciones de la institucionalidad democrática, al menos tal como la hemos conocido hasta ahora. Sin embargo, creemos que no se trata de un cuestionamiento a la democracia como forma política sino de un cuestionamiento al tipo o modo particular de la lógica e institucionalidad democráticas que se han venido construyendo. Si bien hay un porcentaje preocupante de personas inclinadas a un régimen autoritario (Gráfico 5) (13,9%), hay una clara adhesión a la democracia por parte de la ciudadanía entrevistada, incluida la que se mantiene ambivalente (18,4%) y que bajo nuevas acciones que cambien la manera de construir democracia en el

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país pueden articularse de manera más sólida con la democratización de la sociedad. La disyuntiva no es, entonces, “democracia o dictadura”, como lo era en los años 70; la disyuntiva real es entre distintos tipos de democracia, entre un tipo procedimental de alta preocupación institucional electoral y baja preocupación por el bienestar y un tipo de democracia de ciudadanía social capaz de priorizar una institucionalidad de bienestar social, político y cultural. La posibilidad de un replanteamiento del hecho democrático está claramente expresada en los resultados de la encuesta que muestran un alto índice de preocupación por los derechos sociales por encima de cualquier otro derecho. Por otro lado, el momento de la comparación entre democracia y dictadura, sobresalen los logros en los rubros de salud, educación, trabajo, igualdad y libertad obtenidos en democracia que los obtenidos en dictadura, dando pie a un horizonte intelectual general de una resignificación colectiva de la democracia en Bolivia. Si la democracia que no es capaz de producir bienestar material para los ciudadanos más que democracia es un procedimiento electoral de renovación de gobernantes, y esto es justamente lo que muestra abiertos síntomas de agotamiento histórico. Y es la propia ciudadanía la que con sus actitudes, búsquedas y certidumbres va brindado las pautas de una transformación sustancial del entendimiento colectivo de la democracia como proceso de igualación social de las condiciones de bienestar de la sociedad. Por tanto, el gran reto de la democracia, quizás el más importante en las siguientes décadas, es articular de manera eficiente ciudadanía social con democracia a través de la ampliación de una cultura y una institu35

cionalidad de bienestar económico. Pareciera ser que sólo de esta manera la “democracia”, en su limitada acepción dominante de instituciones políticas, podrá superar el lento pero creciente deterioro de su base de apoyo ciudadano. Pero a la vez, esto requiere, antes o simultáneamente, modificar las coordenadas de lectura del hecho, la cultura y los procesos democráticos, a fin de habilitar como núcleo central de la reflexión y el trabajo de democratización social la igualdad y la ciudadanía social capaces de complementar y sobreponerse a la mera interpretación instrumental de la democracia.

Una de las características principales de lo que se denomina régimen democrático es la creación de un tipo de institucionalidad política capaz de habilitar y canalizar los disensos sociales, promover la deliberación pública y materializar sus resultados en normas y nuevas instituciones políticas. En este sentido, no puede haber democracia sin institucionalidad democrática, aunque la institucionalidad democrática no es la democracia, es sólo un medio construido por los comportamientos y fines democráticos, y si estos medios deben contener los componentes de los fines para los que fueron creados35 no pueden sustituir a los propios contenidos y fines del hecho democrático. En Bolivia, la instauración del régimen democrático en 1982 ha permitido la formación de un tipo de institucionalidad política para canalizar una serie de expectativas de participación, deliberación y disensos políticos que han modificado radicalmente los mecanismos de toma de decisiones en del aparato estatal.

2.2. Segundo reto: Democracia y complejidad institucional. Liberalismo y comunitarismo

Sobre la relación entre medios y fines y la contención de los fines en los medios revisar K. Marx, Collected Works, Tomo 5, Lawrence y Wishart, London, 1995.

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No cabe duda de que los partidos y el Parlamento constituyen las institucionalidades más activas y emblemáticas de la nueva realidad democrática representativa del país. Si bien la existencia de los partidos como modos de agrupación política se remonta al siglo XIX,36 en los últimos 50 años no tuvieron un papel central en la definición y elaboración de las políticas estatales como lo tienen hoy. Entre 1952 y 1964, el MNR fue el partido más importante, aunque tenía que compartir su protagonismo no con otros partidos, que en los hechos eran poco influyentes en el escenario político (FSB, POR, etc.), sino con organizaciones sociales (COB, Federación de Mineros) que crearon un tipo de sistema político democrático de tipo partidista y corporatista unipolar (MNR/COB). Desde el golpe de Estado de 1964 hasta 1982, el campo político se escindió en dos polos. Por una parte, el Ejército, que hacía el papel de articulador de fracciones empresariales; por la otra, la COB, que se desempañaba como centro unificador de lo nacional-popular de raigambre obrera y urbana. Sin embargo, esta polaridad era relativa porque si bien entre los sindicatos obreros y las FFAA había una mirada antagónica sobre el sistema político (democracia versus dictadura), en términos económicos ambas posiciones compartían un modelo desarrollista con un Estado productivo y promotor de la modernidad. En este sentido, es factible hablar de la existencia de una polaridad política atenuada con sujetos políticos corporatistas y no partidistas. Fueron momentos en los que la institucionalidad democrática representativa quedó ilegalizada dejando en pie un Estado autoritario. En esa época, la actividad partidaria estaba subordinada a las decisiones de la corporación armada que hacia de intermediaria entre la sociedad y el Estado, o estaba en la ilegalidad y actuaba dentro de los sindicatos. Durante todo ese período, los partidos políticos, ya sean de izquierda o de derecha, cobraban relevancia sólo a partir de su influencia en los sindicatos, gremios y movimientos sociales del país. Las fuerzas relevantes eran los sindicatos obreros y agrarios, en tanto que los partidos vivían y crecían a su sombra. A partir de 1982 esto se modificará lentamente. En primer lugar, el campo político inaugurado por la demo36

cracia tiende a unipolarizarse, ya que tanto el Ejército como la COB perdieron sus funciones políticas. El primero, por un repliegue a funciones militares-policiales; la segunda, por el desmantelamiento de su base organizacional obrera de gran empresa (COMIBOL, fabriles). Con ello, la política formalmente se descorporatizó temporalmente, dando pie a un renovado protagonismo de los partidos políticos, pero con la particularidad de que los más influyentes compartían un conjunto similar de creencias y propuestas de transformación estatal y política (el llamado “modelo neoliberal”), que volvió a cerrar el espacio de competencias y programas de sociedad dentro del campo político. Desmantelada la base material de la izquierda sindical (COB) y en medio de la derrota política de la izquierda partidaria (UDP), el pensamiento conservador y de derecha, que se presentaba discursivamente como renovador y progresista, ocupó monopólicamente el escenario de las representaciones legítimas del mundo. Así, durante una década y media, los principios de representación y visión del mundo dominantes, aceptados por gobernantes y gobernados, estuvieron signados por la ideología del libre mercado, la creencia en el papel desarrollista de la inversión extrajera y el cuoteo multipartidista como sinónimo de gobernabilidad. Esto llevó a un sobredimensionamiento del polo de la derecha, cuyo poderío simbólico era de tal magnitud que anuló cualquier contraparte de la izquierda sindical o partidaria, creando la ilusión, bien fundada, de la extinción de la oposición “derecha e izquierda”. Las disputas y competencias políticas giraron exclusivamente en torno a distintas maneras de interpretar o conducir el paquete de reformas liberalizantes de la economía y la política. El centro político, entendido como la equidistancia entre posiciones confrontadas, no era el centro del espacio político sino el centro del polo político neoliberal, donde la disputa se daba entre las posiciones más ortodoxas (MNR), más “sociales” (MIR) o más institucionalistas (ADN) para implementar el neoliberalismo. Por tanto, se puede decir que el campo político se caracterizó por un tipo de unipolaridad multipartidista de derecha. Paralelamente a la creciente unipolarización del

H. Klein, Parties and political change in Bolivia: 1880-1952, Cambridge University Press, Cambridge, 1969.

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campo político, que duró hasta el año 2002, los partidos asumieron de manera formal e institucional el monopolio de la representación de la sociedad, dando lugar a un sistema político multipartidario. Durante todo ese período, la toma de decisiones políticas se concentró en gobiernos elegidos en base a una competencia abierta entre candidaturas partidarias. La alternancia de los gobiernos resultó de elecciones libres y de coaliciones partidarias y, formalmente, la política tuvo como escenario privilegiado de acuerdos, debates, pactos y horizontes de acción a los partidos políticos. Durante década y media las grandes decisiones políticas y la alternabilidad de los gobernantes dependió casi exclusivamente de la intensa vida interna de los partidos que compartían o se acercaban a premisas similares sobre la liberalización de la economía y las reformas estructurales.37 Sin embargo, este sistema multipartidario fue lo suficientemente flexible para permitir la emergencia de posturas relativamente disidentes de la filosofía general de la época. La presencia de UCS y especialmente CONDEPA en el escenario político en los años 90, no sólo amplió el abanico de opciones en el espectro político sino que permitió integrar y reconocer percepciones y demandas de inclusión de sectores sociales urbanos subalternos en el espacio político.38 En lo que se refiere a la formulación de horizontes de país de larga o mediada duración, a su modo, los partidos sustituyeron a los sindicatos como ofertantes legítimos de líneas de acción colectiva, lo que no significa que sean los partidos los productores de estos proyectos de acción política. Las principales reformas económicas y políticas que el país experimentó en los últimos 18 años, como la descentralización administrativa del Estado por vía municipal, la privatización de las empresas públicas, la capitalización y la reforma de pensiones,39 fueron proyectos elaborados, financiados
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y supervisados por los llamados organismos de apoyo multilateral (FMI, Banco Mundial, BID, etc.)40 Los resultados de estas reformas, con excepción de la Ley de Participación Popular, fueron altamente rentables para las inversiones externas y de fracaso en cuanto a la obtención de bienestar para los ciudadanos y beneficios para el país.41 En su implementación es innegable que los partidos jugaron un papel destacado, sin desmerecer la notable intervención de los organismos de apoyo multilateral42 en la elaboración y sostenimiento de estos programas. Ahora bien, el lugar de realización y legitimación electoral de esta determinación externa de la actividad política partidaria fue el Parlamento, la institución más emblemática de la democracia. La competencia partidaria, la formulación de proyectos y el reclutamiento de adhesiones ciudadanas crearon un escenario de simulación de autodeterminación local. De hecho, a través de la consagración de la creencia de que el Parlamento es la única instancia deliberativa y legislativa legítima de la sociedad, los partidos pudieron “blindar” la determinación externa mediante una escenografía de deliberación parlamentaria “nacional”, inaugurando, entre 1985 y el 2002, uno de los períodos históricos de mayor estabilidad y contención política de los últimos 50 años. A su vez, la concentración de los tiempos y procedimientos de la política en el Parlamento dio lugar a una compresión del tiempo social de la política en el momento único del acto electoral, lo que garantizó materialmente, por lo menos hasta el año 2000, que las decisiones políticas y las influencias en el campo de poder estatal estén circunscritas prioritariamente al Parlamento bajo el monopolio de los partidos políticos y, extra parlamentariamente, de los organismos de apoyo multilateral que diseñaron las grandes políticas de reforma en el país.43

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B. Lozada y A. Saavedra, Democracia, pactos y elites. Genealogía de la gobernabilidad en el neoliberalismo, La Paz, 1998. F. Mayorga, Neopopulismo y democracia, CESU/Plural, La Paz, 2002; también S. Alenda, “Condepa y UCS, ¿fin del populismo?”, en Opiniones y Análisis Nº 57, Fundemos, La Paz, 2002. Milenio, Las reformas estructurales en Bolivia, op. cit. R. Fernández, FMI, Banco Mundial y Estado neocolonial. Poder supranacional en Bolivia, Plural/UMSS/Profortes, La Paz, 2003. A. García Linera, “Los impactos de la capitalización: evaluación a medio término” en 10 años de la capitalización, op. cit. “La oferta de proyectos ya no viene de los partidos políticos. Éstos se han vuelto consumidores de una oferta de planes de regulación y reforma política del mercado internacional. Para decirlo metafóricamente, los partidos se han convertido en usuarios de proyectos, de los cuales son intermediarios con la población”. L. Tapia, “Condiciones, problemas y capacidad de proyecto de la representación política”, en Cuadernos de Futuro. Retos y dilemas de la representación política Nº 8, PNUD, La Paz, 2000. R. Fernández, FMI, Banco Mundial y Estado neocolonial. Poder supranacional en Bolivia, PLURAL/UMSS, La Paz, 2003.

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A partir de 1985, con el Parlamento como centro de la “representación” ideal de la sociedad y escenario real de las distintas fracciones de poder del país, los partidos con representación parlamentaria implementaron una serie de acciones que garantizaron la estabilidad institucional y, en algunos casos, la mejoraron. La primera de ellas y quizá la más importante en términos de la formación de la gobernabilidad fueron los pactos partidarios en torno a las coaliciones mayoritarias. Las coaliciones mayoritarias resultaron de las alianzas de las principales fuerzas con representación parlamentaria (MNR-ADN en 1985; MIR-ADN en 1989; MNR-UCS en 1993, ADN-MIR en 1997, MNRMIR-NFR-UCS en 2002), lo que les permitía elegir al Presidente de la República entre los candidatos más votados, a la vez que garantizaba al Ejecutivo una mayoría parlamentaria para aprobar leyes y elegir a los miembros del Poder Judicial (Corte Suprema, Consejo de la Judicatura, Tribunal Constitucional). La gobernabilidad formada por estas coaliciones parlamentarias, llamada con poco tino “democracia pactada”, garantizó la estabilidad gubernamental y la eficiencia en la relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Paralelamente, los partidos con representación parlamentaria buscaron mejorar los mecanismos de representación política introduciendo reformas a la Constitución Política del Estado. Desde 1994, a raíz de acuerdos políticos previos entre los principales partidos, se estableció la diferencia entre diputados uninominales y diputados plurinominales. Hasta entonces, los partidos entregaban al organismo electoral listas de candidatos a Presidente, Vicepresidente, senadores y diputados departamentales. Sin embargo, en la papeleta de elección sólo figuraba el nombre del candidato presidencial, y según el número de votos que obtenía, “arrastraba” la elección de diputados por departamento. Las reformas de 1994 introdujeron una división: la mitad de los diputados (68) son elegidos directamente y por simple mayoría en “circunscripción
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uninominal”. Para ello, el país se divide territorialmente en 68 circunscripciones territoriales, en función del número de habitantes y ciertas afinidades territoriales. Esto ha permitido una mayor cercanía de los diputados uninominales con el electorado, al menos con la parte mayoritaria que lo elige, mejorando las posibilidades técnicas de representación política.44 Sin embargo, esto no fue suficiente para superar dos grandes fallas estructurales del funcionamiento partidario en Bolivia. La primera es que, en las últimas décadas, los partidos no se han formado como estructuras políticas de representación y mediación de amplios intereses colectivos con el Estado, sino fundamentalmente como organizaciones “patrocinadoras de cargos”,45 esto es, asociaciones que se encargan de convertir el apoyo plebiscitario en cuotas de poder que les permiten usufructuar privadamente cargos públicos.46 En el mejor de los casos, si algún trabajo de representación realizan es articular intereses particulares de elites empresariales que son las dueñas de los partidos y de los cargos públicos; pero frente a la sociedad sólo han construido mecanismos clientelares de obtención del voto. Los escasos estudios serios sobre la dinámica organizativa de los partidos contemporáneos muestran, sin excepción, que no tienen ninguna capacidad organizativa para articular la representación de colectividades y bloques sociales, lo que exigiría una amplia capacidad de diálogo continuo de los niveles partidarios con las distintas maneras de organización de la sociedad y una producción autónoma de proyectos políticos nacionales sobre la base de una jerarquización articulada de expectativas y demandas colectivas. Por el contrario, la elaboración de proyectos políticos ha sido sustituida por la adopción de planes de reforma propuestos por instituciones externas (por ejemplo, el Consenso de Washington), y el vínculo con la ciudadanía se caracteriza por una abierta y muy bien elaborada campaña de clientelización de votantes.47 Los niveles de conducción y mediación política han sido sustituidos por meca-

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“Elecciones legislativas: diputados uninominales 2002”, en Opiniones y Análisis Nº 58, Fundemos, La Paz, 2003. Max Weber, “Sociología de la dominación”, en Estado y Sociedad, Fondo de Cultura Económica, México, 1998. L. Tapia, “Condiciones, problemas y capacidad de proyecto de la representación política”, en Cuadernos de Futuro. Retos y dilemas de la representación política Nº 8, PNUD, La Paz, 2000. P. Chávez, Los límites estructurales de los partidos de poder como estructuras de mediación democrática: ADN en el departamento de La Paz, tesis de licenciatura, Carrera de Sociología, UMSA, La Paz, 2000; Máximo Quisbert, Mediación clientelar y la crisis de FEJUVE, tesis de licenciatura, Carrera de Sociología, UMSA, La Paz, 1999.

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nismos de repartición de bienes materiales a cambio de votos, lo que ha hecho de los partidos, más que instituciones ideológicas y de articulación de bloques sociales, empresas de compra de votos. De hecho, hasta el día de hoy, en la mayoría de los partidos políticos la conquista de un puesto en las diputaciones no se define en función de afinidades ideológicas o capacidades representativas sino por el aporte económico que la persona puede hacer a la campaña electoral. Esto, ha repercutido, inmediatamente en la calidad representativa deliberativa y legislativa del Parlamento. La llamada “democracia pactada” que garantizaba la gobernabilidad del Ejecutivo fue asegurada no sólo mediante una creciente subordinación del Legislativo al Ejecutivo mediante el uso discrecional de los gastos reservados para “comprar” las fidelidades parlamentaras, sino también por la distribución de miles de puestos públicos entre los militantes, simpatizantes y parientes de los dirigentes de los partidos que conformaban la coalición dominante en el Parlamento. Esta distribución o cuoteo de cargos públicos a cambio de fidelidad parlamentaria y gobernabilidad para el Ejecutivo, llego al extremo de distribuir porcentualmente cada ministerio y repartición pública en correspondencia al porcentaje que el partido había obtenido en la votación nacional. Esta abierta clientelización y prebendalización de la política sostenida sobre una base plebiscitaria de legitimación del sistema partidario se consolidó a costa de la anulación de la capacidad de mediación y representación de intereses sociales en la elaboración de las políticas públicas. Si, como afirma la teoría liberal de la democracia, los partidos políticos son el eje de la democracia representativa, la capacidad de representación es algo que los partidos en Bolivia no buscan ni pueden alcanzar; el elemento central de la función mediadora teóricamente asignada a los partidos ha quedado extraviada en medio de extraordinarias habilidades de clientelización del voto ciudadano. Entonces, los puentes de comunicación y descompresión de las demandas de la sociedad civil se han roto, elevando las fuerzas de presión en la sociedad, las que, finalmente, han “reventado” por canales extra-partidarios y extraparlamentarios llamados movimientos sociales, comités
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cívicos y hasta corporaciones empresariales que de manera periódica vienen sustituyendo a los partidos políticos en sus deberes de intermediar las pulsiones de la sociedad hacia el Estado. En este panorama de mediación partidaria de baja intensidad o nula, nuevos partidos (MAS, MIP), sustentados precisamente en esas formas de mediación de facto alcanzadas por las organizaciones sociales han comenzado a desplazar a los antiguos partidos que controlaron cerca de los dos tercios de la votación nacional durante 18 años (ADN, MIR, MNR).48 Los “partidos” emergentes de los movimientos sociales (MAS, MIP) son coaliciones temporales de sindicatos agrario-urbanos y de gremios; en esta medida, el principal capital político-electoral que les ha permitido remontar el empleo de relaciones clientelar-electorales es la estructura organizativa sindical, vecinal y gremial que ha devenido en un eficiente movilizador de fidelidades de auto-representación social. Si bien esto ha mejorado parcialmente las capacidades de auto-representación clasista y étnica de la sociedad, no ha modificado notablemente la capacidad de mediación y canalización de intereses colectivos hacia el Estado. Por una parte, porque aún no son partidos con conducción de gobierno, lo que limita drásticamente la efectivización de las demandas sociales canalizadas hacia el Estado. Por otra parte, por su deficiente habilidad organizativa interna, que limita su intención de mantener un vínculo eficiente entre el aparato parlamentario y las organizaciones sociales que los apoyan, lo que ha llevado a que las acciones de representación y mediación política partidaria mantengan, hasta el día de hoy, un bajo nivel de cumplimiento y eficiencia a través del Parlamento. La segunda de las fallas estructurales que reduce la capacidad de mediación política de los partidos es la presencia objetiva de varias lógicas de agregación y representación política correspondientes a las varias sociedades o “civilizaciones” que existen en el país, y que la mayoría de los partidos no pueden entender y mucho menos articular con el Estado. Siguiendo a Zavaleta, que trabajó la complejidad estructural del país a partir de la categoría “abigarrado”, podemos

Para los datos de las elecciones nacionales y municipales hasta el año 2002, ver S. Romero, Geografía electoral de Bolivia, Fundemos/ Fundación Hanss Seidel, La Paz, 2003. Los datos sobre los resultados de las elecciones municipales del 2004 se hallan en Corte Nacional Electoral, Resultados. Elecciones municipales 2004, separata, La Paz, diciembre de 2004.

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decir que las estructuras mentales y materiales de la sociedad se caracterizan por la existencia sobrepuesta de varios modos de producción, de varios tiempos históricos y sistema de autoridad política.49 En términos más operativos, se puede decir que Bolivia es un país donde coexisten jerarquizadamente y en algunos casos sobrepuestos sobre las mismas territorialidades, varios sistemas “societales” o “civilizaciones”, pero donde el armazón estatal sólo recoge la lógica organizativa de una de estas civilizaciones o sociedades: la moderna mercantil-industrial. Siguiendo a Elias,50 en un nivel de generalidad se puede entender al régimen civilizatorio como el tramado social y las pautas del comportamiento en los cuales las personas están acostumbradas a vivir. Esto supone los modos de diferenciación de las funciones sociales, las formas de constitución de los institutos del monopolio de la violencia física e impositiva, las maneras de simbolizar las previsiones prolongadas de secuencias en las relaciones entre las personas (la técnica) y los mandatos y prohibiciones que modelan el vínculo entre las personas.51 Se trata, por tanto, de un conjunto coherente de estructuras generativas de orden material, político y simbólico que organizan de manera diferenciada las funciones productivas, los procesos técnicos, los sistemas de autoridad, la organización política, además de los esquemas simbólicos con los que colectividades extensas dan coherencia al mundo. Un régimen civilizatorio o societal es mucho más que un modo de producción, pues integra la matriz cognitiva y los procedimientos de autoridad que regulan la vida

colectiva; asimismo, una civilización puede atravesar varios modos de producción, como la comunidad arcaica y la comunidad rural, que siendo diferentes comparten matrices organizativas de la vida similares. Igualmente, una civilización puede abarcar varios territorios discontinuos y varios pueblos o naciones, como la civilización capitalista mundial que abarca a más de un centenar de naciones-Estado, o la civilización comunal que abarca por igual a aymaras y quechua hablantes que radican en comunidades agrarias. En Bolivia es posible distinguir conceptualmente cuatro grandes estructuras civilizatorias o societales: la moderna mercantil-industrial, la tradicional mercantilsimple, la comunal andina y la comunal amazónica.52 Lo relevante de estas diferenciaciones es que permiten apreciar la presencia de múltiples lógicas políticas y sistemas de autoridad mediante las cuales la sociedad regula su comportamiento, canaliza sus demandas y representa lo público, como los partidos políticos de libre e individual adscripción, las comunidades agrarias de filiación normativa, los sindicatos, gremios y juntas vecinales que combinan la adhesión electiva y normativa, etc. Si bien cada una de estas sociedades se diferencia de las otras, en la realidad, las personas no las viven como hechos separados, más bien se mueven simultáneamente en varias lógicas societales, dependiendo del contexto, el tiempo y la práctica ejecutada. Ahora bien, para que la forma liberal de representación política a través de los partidos funcione de manera regular y eficiente se necesita un tipo de subjetividad

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R. Zavaleta, Lo nacional popular en Bolivia, Siglo XXI, México, 1986. N. Elias, El proceso de la civilización, FCE, México, 1993; ver también, F. Braudel, Civilización material, economía y capitalismo, Alianza Editorial, España, 1984. Un uso pionero del concepto de civilización para estudiar a los pueblos indígenas es el de Guillermo Bonfil, aunque de manea directamente asociada a las características sociales del campesino (orientación a la producción autosuficiente, solidaridad familiar, reciprocidad, propiedad comunal de la tierra, la naturaleza como cuerpo vivo dialogante, etc.). Ver, G. Bonfil, México profundo. Una civilización negada, SEP/CIESAS, México, 1987. La propuesta de diferenciar en tres o cuatro bloques la heterogeneidad estructural de Bolivia fue desarrollada por L. Tapia en La condición multisocietal, CIDES/Muela del Diablo, La Paz, 2002, y A. García Linera en “Estado y sociedad: en busca de una modernidad no esquizofrénica”, en La fuerza de las ideas, Banco Mundial/PRISMA/ILDIS/MPD, La Paz, 2002. Posteriormente, Laserna en el artículo “Democracia en el ch’enko”, Fundación Milenio/CERES, La Paz, 2004, ha propuesto el “concepto” “distintas economías” para referirse a esta complejidad social boliviana. Dejando de lado este repentino cambio de horizonte teórico de quien hasta pocos meses atrás hacia una evaluación entusiasta de una economía en imparable proceso de globalización (Ver el artículo de Laserna en el libro La fuerza de las ideas y mi crítica a ese tipo de esquizofrenia ideológica), lo único que puede calificarse de novedoso en el escrito de Laserna radica en atribuir a la existencia de estas “distintas economías” el fracaso de la aplicación de las reformas liberales. Si se trata de fracasos quizá sería más honesto pensar en el fracaso social y la ignorancia de aquellos ideólogos del libre mercado que se lanzaron a aplicar recetas

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colectiva basada no ya en “fines y valores comunes”,53 como en el caso de las comunidades tradicionales, sino en el cálculo individual de intereses recíprocos, capaces de promover un sentido común relativamente articulado de lo público que valide como norma aceptada la adhesión individual y voluntaria, la competencia de ofertas políticas, las reglas de elección y las equivalencias políticas de las ofertas electorales. La posibilidad de que el “mercado político”, formado por las ofertas partidarias, la adscripción individual y la competencia electoral, sea asumido como el lugar de la constitución de los poderes públicos reposa en un cuerpo de experiencias individualizadas. Tal experiencia indica que ésa es la mejor forma de constituir la intervención de la sociedad en la gestión de lo que les une, pero además, de que la práctica de lo común es el simple “compañerismo de los intereses individuales”.54 Se trata de un hecho espiritual y cultural, pero también procedimental, capaz de inaugurar una narrativa de un cuerpo social y, a su vez, es una manera de inventar su cohesión y su deseo de permanencia. La posibilidad de que estas estructuras de percepción y acción social existan, en tiempos modernos, ha requerido cierta homogeneidad cultural estatalmente inducida (de ahí que las naciones sean en parte artificios estatales) pero también, ante todo, los efectos culturales y organizativos de la subsunción real, que no es otra cosa que la destrucción o debilitamiento de otras formas de filiación social, la extinción o subalternización de otras redes de constitución espiritual del cuerpo social como la localidad o la comunidad agraria. La persistencia de otros mecanismos de identificación social y de obtención de valores colectivos locales de tipo “tradicional”, como sucede en buena parte de Bolivia, tiene la fuerza material de imposibilitar la agregación de voluntades políticas (y por tanto de producir la representación moderna) vía partido, pues ésta última

se sostiene sobre filiaciones electivas, voluntarias de individuos desarraigados de otras formas de adscripción colectiva. La persistencia de estructuras tradicionales de producir55 y de pensar, en cambio, genera tanto formas de filiación normativa porque el individuo es lo que es por la pre-existencia y pertenencia al grupo, como formas de participación política y sistemas de autoridad políticas locales ancladas en las características de esas estructuras societales. En este caso, la colectividad (de parentesco, comunal, laboral) es la condición de la individualidad y la práctica política se entiende como la responsabilidad y obligatoriedad del individuo en la reproducción simbólica, económica, ritual y cultural de la trayectoria de la colectividad. Una gran parte de la vida política organizativa de amplios bloques sociales tradicionales agrarios y urbanos en Bolivia se mueve bajo esta lógica no-liberal de la política, lo que no quita, sin embargo, que en determinados momentos se asista a las prácticas liberales de elección como medios de negociación de ofertas materiales con los partidos políticos. En el modelo liberal procedimental, la individualidad es el punto de partida de la constitución de la colectividad. Para que ello ocurra, debe haber desaparecido previamente la fuerza normativa de estructuras comunitarias tradicionales que interponen otro sentido de pertenencia y de participación; lo que, a su vez, requiere la generalización de las relaciones capitalistas de producción. En el caso de Bolivia, es por demás evidente que la individualidad electiva sólo existe a modo de un archipiélago disperso en un mar de filiaciones normativas resultantes del predominio de estructuras culturales colectivistas correspondientes a la existencia mayoritaria de sistemas productivos campesinos, comunales, artesanales y tradicionales no capitalistas. Por ello, ni con una representación partidaria eficiente en el Parlamento, la totalidad de la sociedad podría ser

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modernizantes en un país que ni conocían ni comprendían. Con todo, a diferencia de “las distintas economías” propuesta por Laserna, el concepto multisocietal o multicivilizatorio no sólo incorpora los “modos de producción” o economías diferenciadas, sino también hace referencia a la existencia de múltiples sistemas de autoridad y múltiples estructuras simbólicas para definir el mundo que coexisten jerárquicamente en Bolivia. Para una explicación de estas diferencias ver, A. García Linera, Autogobierno indígena, (en prensa). Max Weber, Op. Cit. L. Tapia, La condición multisocietal. Multiculturalidad, pluralismo, modernidad, CIDES-UMSA/Muela del Diablo, La Paz, 2002. La agricultura esta compuesta de 550.000 unidades domesticas que abracan al 90% de la población agraria, y en el trabajo urbano predominan 700.000 unidades semi empresariales. El 65% del empleo urbano lo otorgan estas unidades semi empresariales y familiares. Al respecto ver, H. Grebe, “El crecimiento y la exclusión”, en La fuerza de las ideas, Foro del Desarrollo, La Paz, 2002; C. Arce, “Empleo y relaciones laborales”, en Bolivia hacia el siglo XXI, CIDES-UMSA/CNR/CEDLA/CEB/PNUD, La Paz, 1999.

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mediada a través de la forma partidaria y parlamentaria, pues hay amplios bloques sociales que desenvuelven sus actividades productivas fundamentalmente en relaciones no industrial-modernas, que no son representables ni su voluntad cuantificable por el voto o, por lo menos, no son representables bajo moldes liberalrepresentativos. La insistencia en instaurar a como dé lugar un tipo de institucionalidad “moderna”, liberal-representativa, y la manera ideológica y poco juiciosa con la que algunos intelectuales defienden el apego a la institucionalidad y las normas “modernas” son una exacerbación de lo que podría llamarse una esquizofrenia ideológica que apuesta a una modernidad institucional que corresponde a un país moderno, industrial e individuado, que no es Bolivia y que posiblemente nunca llegue a ser. Esto genera, en el desencuentro entre deseos y realidades, un mayor dislocamiento entre mecanismos formales y mecanismos reales de representación política de la sociedad. Un ejemplo de esta dualidad de modos de organización del hecho político de la sociedad ha acontecido recientemente en la ciudad de El Alto a raíz de las movilizaciones que culminaron con la expulsión de la empresa extranjera encargada de la distribución de agua. En las elecciones para alcalde la población votó mayoritariamente por el candidato proveniente de un partido conservador que proponía convertir a la ciudad de El Alto en un emporio exportador globalizado; un mes después, esa misma población se movilizó por medio de sus juntas vecinales y sindicatos para expulsar a la empresa extranjera concesionaria del agua en medio de discursos de nítido corte nacionalista y estatista. Las mismas personas actúan de distinta manera dependiendo de la ubicación que adoptan en el campo político. Electoralmente, bajo la lógica liberal-representativa, actúan moderadamente en medio de redes de movilización electoral clientelizadas; en la canalización de sus demandas colectivas, actúan bajo el mando vecinal enarbolando un discurso de oposición a la inversión externa o, por lo menos, a un tipo de inversión externa. En los momentos de mayor intensidad de la movilización, el alcalde y la representación municipal quedaron
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reducidos a factores políticos sin relevancia. Se puede decir, por tanto, que los partidos como mecanismos de mediación política están rodeados, y en muchos casos rebasados, por otros mecanismos de medición y representación política: los múltiples movimientos sociales-políticos56 que en los últimos años no sólo han logrado canalizar de manera mucho más exitosa una serie de demandas colectivas ante el Estado sino que también han logrado sustanciales modificaciones en la elaboración de políticas estatales. Desde la guerra del agua que modificó mediante un cabildo la Ley 2029 de Agua Potable y Alcantarillado, hasta el retiro del Parlamento del Proyecto de Ley de Aguas en octubre del 2002, pasando por la abrogación del decreto de cierre del mercado de acopio de hoja de coca en enero del 2002, la anulación de la venta de gas a Estados Unidos por puertos chilenos en 2003, el debate de una nueva Ley de Hidrocarburos en el Parlamento, la convocatoria al referéndum sobre el gas y la convocatoria a una Asamblea Constituyente y el referéndum sobre las autonomías, todas estas políticas públicas y diseños de reformas estatales han sido planteados por múltiples movimientos sociales que han sobrepuesto sus agendas a las de todos los partidos políticos sin excepción alguna. Se trata de una ascendente extraparlamentarización de la política, aunque después el Parlamento “legalice” e institucionalice esas demandas. Esto habla de una dualidad objetiva de los mecanismos de deliberación, acción y representación política en el país. La suma de estas dos grandes fallas estructurales en la organización y el desempeño de los partidos políticos lleva a una tendencia creciente de lo que podríamos llamar la tasa de desacreditación del desempeño de los partidos políticos a los ojos de la sociedad. En las encuestas realizadas en la ciudad de La Paz durante 1994 por la Universidad Católica Boliviana, los resultados mostraron que el 34,6% de las personas no confiaba nada en los partidos; el 22,8%, poco; y sólo el 10,3%, mucho. En tanto que la confianza en el Congreso era del 38% nada, 29,6% poco y 5% mucho.57 Cuatro años después, otra encuesta realizada por la Carrera de Ciencias Políticas de la UMSA estableció que el 62,2% de los encuestados no confiaban nada en los partidos

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A. García, M. Chávez, P. Costas, Sociología de los movimientos sociales. Estructuras de movilización, repertorios culturales y acción política, Diakonia/Oxfam, La Paz, 2004. Encuesta de percepción política VI, Ciudad de La Paz, agosto de 1994, Universidad Católica Boliviana, La Paz, 1994.

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en tanto que el 29% confiaba poco.58 En cuatro años, la desconfianza en los partidos políticos casi se había duplicado y la desconfianza en el Parlamento había crecido notablemente (41,8% nada y 37,5% poco). En el estudio Democracia y cultura política en Bolivia encargado por la Corte Nacional Electoral el año 1999, los índices de confianza en los partidos y el Parlamento son algo mejores, aunque con niveles bajos. En una escala del 1 al 7, el nivel de confianza en los partidos es 2,5 y en el Parlamento 4,5.59 En el estudio Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, realizado el año 2004, los resultados vuelven a mostrar la tasa decreciente de la confianza en estas dos instituciones. Las instituciones más devaluadas en el imaginario social son precisamente los partidos políticos y el Par-

lamento (Gráfico 7). Mientras que los partidos tienen una imagen negativa del 55,2%, el Parlamento tiene una imagen negativa del 26,1%. En lo que se refiere a los índices de confianza, los partidos políticos tienen el 3,8%, uno de los más bajos de la escala de confianza (sólo por encima de las empresas transnacionales y las FFAA) en tanto que el Parlamento está un poco mejor ubicado con el 8,1% de confianza, pero por debajo de la confianza hacia las juntas vecinales (12,4%), los comités cívicos (14,5%), las alcaldías (33,8%) y la Iglesia Católica que tiene el mayor índice de confianza (65%).60 Las instituciones más representativas de la democracia liberal aparecen así en el bloque de las instituciones más desprestigiadas de la sociedad. Ciertamente, estos datos tienen que ser tomados con mucho cuidado. El elevado índice de aceptación de la Iglesia Católica no

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Encuesta de percepción política interna y externa en la ciudad de La Paz I, septiembre de 1998, INNCIP-UMSA, La Paz, 1999. J.Lazarte, Op. Cit. Banner Demográfico, CNE, Op. Cit.

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debe inducir a pensar que sería posible un apoyo igual a un régimen de corte teocrático o religioso. En las respuestas de las personas se entrecruzan distintos niveles de credibilidad, como el que se puede asignar a quienes toman decisiones de gobierno o a quienes se encargan de administrar la salvación espiritual. Con todo, no deja de ser llamativa la reducida confianza que despiertan los mecanismos de representación política mediante los cuales se forma el sistema de gobierno del país. Desagregando en preguntas más específicas, la encuesta muestra otros datos interesante de la “imagen” negativa de los partidos y el Parlamento. Continúa la línea de descenso del prestigio de los partidos, el 15,4% de los entrevistados considera muy necesaria la presencia de los partidos, en tanto que (Gráfico 8) el 56,6% los considera poco necesarios y el 24,3% nada necesarios. Nuevamente, los departamentos de las zonas altas del país son los más propensos a consideran innecesaria la presencia de los partidos. En La Paz, el 12,7% la considera muy necesaria, en tanto que lo mismo piensa sólo el 10% en Potosí y el 8,4% en Oruro. Por su parte,

los departamentos con mayor índice de consideración sobre la necesidad de los partidos son Beni, con el 28%, Pando con el 24,4% y Santa Cruz con el 21,3%. Esto podría explicarse porque, a diferencia de las densas y fuertes estructuras de movilización social con la que cuenta la tupida red de la sociedad civil en las zonas del altiplano y valles, en las zonas de tierras bajas, estas redes organizativas son más laxas, localista y con moderada capacidad de movilización, lo que habilita una fuerte presencia no sólo de los partidos como instancias de agregación de intereses, sino también de los comités cívicos que actúan como unificadores colectivos de las distintas fracciones partidarias y empresariales de la región. En lo referente a los que consideran nada necesaria la presencia de los partidos, las poblaciones que tienen una respuesta más alta son los centros urbanos con más de 20.000 personas, con el 25,8%, y las poblaciones rurales dispersas, con el 24,4%.62 Si bien las diferencias entre regiones no son tan grandes, la encuesta muestra ciertas constantes de diferenciación en las respuestas en los departamentos de las zonas altas del país y de las zonas bajas amazónicas. Estas diferencias llegan a ser más acentuadas que las que se presentan entre ciudad y campo. Ante la pregunta sobre la importancia de la contribución a la democracia de distintas instituciones, los partidos apenas obtienen un 3% de apoyo y el parlamento un 4,1%. La Iglesia Católica, las alcaldías y el Defensor del Pueblo, en cambio, tienen un porcentaje de aprobación que se mueve entre el 10% y el 16%.63 Los más críticos respecto a los partidos son los habitantes de las poblaciones rurales dispersas y de las ciudades con más de 20.000 habitantes, en tanto que los que más votación dan a favor de las alcaldías son los habitantes de las poblaciones menores. A la pregunta de cuál es la institución que mejor trabaja, nuevamente los partidos tienen una bajísima votación, se hallan en el último lugar con el 0,4% de aceptación, en tanto que el Parlamento obtiene el 3,1%, cifras bajas frente a la máxima votación obtenida por las alcaldías con el 17,1%.64 Los niveles de desprestigio alcanzados por estas instituciones democráticas se vuelven más intensos

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Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. Ibidem. Ibidem.

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al momento de preguntar sobre la corrupción de las instituciones sociales. La percepción de la corrupción en los partidos y el Parlamento es tanto mayor cuanto la población es más pequeña (Cuadro 3). Así, mientras que en las ciudades mayores a 20.000 habitantes el 28,7% de los encuestados considera que la institución más corrupta son los partidos políticos, en las poblaciones denominadas “rural compacto” esta cifra se eleva al 34,3% y en las poblaciones rurales dispersas al 31,2%.65 Los departamentos con mayores índices de percepción de corrupción en los partidos son La Paz, con el 36% y Potosí con el 35,8%; en tanto que los departamentos donde este índice es menor son nuevamente Santa Cruz, con el 18,8%, y Pando, con el 20,9%.66 Un dato interesante en estas respuestas es la disociación que hacen las personas entre sistema de partidos y democracia. Sólo el 15,4% de los entrevistados considera que los partidos son muy necesarios para el funcionamiento de la democracia (Gráfico 8), en tanto que el 24,3% considera que no son necesarios y la mayoría, el 56,6%, que son poco importantes. A contramarcha de las lecturas ideológicas que asimilan la democracia como sinónimo de sistema de partidos políticos, la población mantiene un elevado índice de apego a la democracia (66,4%) (Gráfico 5) mientras que, al mismo tiempo, sólo el

15% considera que los partidos son fundamentales para la continuidad del régimen democrático. Esto lleva a pensar no sólo en un malestar radical frente a los partidos políticos sino también en una creciente manera de entender la democracia sin la presencia imprescindible de los partidos políticos. Igualmente, en lo que se refiere a la posible contradicción entre encuestas que muestran un fuerte rechazo al desempeño de los partidos y los datos de la participación del electorado en las elecciones nacionales y municipales, algo que revela esta encuesta es que la asistencia masiva a la votación no significa necesariamente que los partidos tengan capacidad de representación ni es una muestra de confianza masiva a su desempeño. Los datos sobre la creciente devaluación de los partidos políticos y el apego mayoritario a un conjunto de derechos políticos y civiles democráticos muestran que la asistencia a las elecciones es, ante todo, la adhesión a un sistema de libertades constitucionales y no un respaldo a los partidos. Por todo ello, no resulta raro que ante la pregunta sobre la posibilidad de la eliminación de instituciones, las respuestas se orientan en mayor porcentaje a la eliminación de los partidos políticos y el Parlamento (Cuadro 4). Si bien se trata de porcentajes bajos, queda claro que se está formando una corriente de opinión que respaldaría la eliminación no sólo de los partidos sino también del Parlamento. Ciertamente, buena parte de las opiniones en ese sentido pueden provenir del bloque social con tendencias autoritarias; sin embargo, estas cifras sumadas a las que se refieren al rechazo al desempeño de los partidos son una señal de alarma suficiente sobre la necesidad imprescindible de una reforma interna

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Ibidem. Ibidem.

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de carácter estructural en los partidos y el sistema de representación. Este rechazo, más que dañar la imagen de los partidos está afectando de manera preocupante la imagen de la democracia. Por todas estas deficiencias de carácter estructural del funcionamiento de los partidos políticos y del Parlamento, un reto democrático de primer orden es una reforma igualmente estructural, es decir, una democratización estructural de sus comportamientos y concepciones prácticas. Esta reforma de la actividad partidaria y parlamentaria va más allá de una simple democratización interna de los puestos de mando y conducción de los partidos, como proponen las lecturas instrumentales de la democracia.67 Por supuesto que esta democratización interna sería un gran avance en la ampliación de los espacios de democratización política, pero no toca los problemas centrales de los límites de la representación social que son, precisamente, los puntos medulares de la actual institucionalidad liberalrepresentativa. La deficitaria intermediación entre la sociedad y el Estado, es decir, los límites de la mediación política, es el núcleo esencial de la persistencia del malestar social frente a las instituciones democráticas, y esto no se resuelve eligiendo por voto al presidente de tal o cual partido. Uno de los grandes retos de la institucionalidad democrática es la modificación de raíz de las maneras de articulación de los partidos con la sociedad civil, a fin de que dejen de ser máquinas clientelares de compra de votos para convertirse en organizadores de identidades colectivas, en productores de proyectos políticos y en canalizadores de expectativas y demandas sociales. Esto exige un cambio en las estructuras organizativas de los partidos, en sus modos de reclutamiento y en la función de la militancia política para encaminarla hacia funciones de mediación, y ya no de soborno, de la ciudadanía. Pero esto sólo solucionaría el problema de la representación moderna de las partes de la sociedad
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representables a partir de lógicas políticas liberal-representativas. Falta la representación eficiente de las partes mayoritarias de la sociedad cuyas lógicas políticas son de tipo comunitario no liberal y que poseen y requieren de otro tipo de instituciones de mediación política. Al respecto son reveladores los datos de la encuesta sobre cuáles son las instituciones a través de las cuales la ciudadanía se siente más representada. Se trata de una pregunta que aborda de manera directa el problema de los modos de producción de proyectos colectivos. Lo primero que resalta en estos datos (Gráfico 9) es la elevada confianza en la capacidad de representación que le asignan los ciudadanos a las organizaciones sociales, 10 veces superior a la representatividad que les dan a los partidos políticos. Así, las organizaciones sociales obtienen una aceptación como órganos de representación del 74% de los encuestados, en tanto que los partidos políticos sólo obtienen el 6,7% de la preferencia. Dejando de lado la presencia de la Iglesia Católica como mediador político,68 las organizaciones comunitarias son, en la percepción de los encuestados, las instituciones con mayor capacidad de representación

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C. Toranzo, “Introducción. Bolivia y sus retos de futuro”, en VV AA., Bolivia. Visiones de futuro, ILDIS/Friedrich Ebert Stiftung, La . Paz, 2002. Esto no elude, ciertamente, la realidad histórica de la Iglesia Católica como actor político en determinadas coyunturas. Sin embargo, la experiencia muestra que en los momentos en que la Iglesia se presenta como grupo de presión política no necesariamente mantiene su capital de reputación y en ocasiones ha sufrido ciertos márgenes de desprestigio. Esto sucedió, por ejemplo, a mediados de 2003, cuando de manera poco atinada intentó impulsar un “pacto social” entre el gobierno de Sánchez de Lozada y la oposición socio-política, pero en los marcos de lineamientos políticos y económicos estrictamente formulados por el oficialismo. A las pocas semanas, la iniciativa fracasó y mostró una Iglesia demasiado cercana al gobierno.

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de intereses de la sociedad frente al Estado, con el 12,3%; en tanto que los partidos se hallan en el nivel más bajo de la jerarquía de representación, con el 1%. Esto es preocupante pues, teóricamente, se supone que los partidos son los encargados de crear representación y mediación política de la sociedad con el Estado; sin embargo son las entidades con menor capacidad de representación, según los encuestados. Esto hace pensar que su importancia en el campo político se sostiene sobre todo por la fuerza de la imposición del monopolio de la legitimidad gubernamental del Estado y no por la propia actividad organizativa de los partidos. En cambio (Cuadro 5), si sumamos el porcentaje de las organizaciones comunitarias (12,3%) con los de las juntas vecinales (8,8) y los sindicatos (4,1%) alcanzan la cifra final del 25% de confianza representativa, lo que ciertamente es un dato sorprendente. Tenemos así que mientras las instituciones estatalmente mantenidas como órganos de representación son irrelevantes en el imaginario social de los modos de representación política, las estructuras organizativas de la sociedad, que existen como iniciativas autónomas (comunidades, sindicatos, juntas vecinales), tienen un significativo respaldo como medios de representación. En el caso de las poblaciones dispersas, la inclinación por las organizaciones comunitarias llega al 19%, en tanto que las juntas de vecinos

obtienen su mayor respaldo como modos de representación en las ciudades con más de 20.000 habitantes. Esto tiene que ver, por cierto, con una larga historia de representación política de la sociedad a través de sus organizaciones y movimientos sociales. De hecho, una de las características de las estructuras de movilización social en Bolivia es su persistente contenido político, esto es, su capacidad de articular intereses e identidades colectivas frente al Estado y, en algunos casos como el de la COB en sus años de gloria o de la CSUTCB en los últimos años, con capacidad de postularse como proyectos de poder político,69 ya sea bajo la forma de autogobierno o de cogobierno.70 De aquí se desprende otro reto de la democratización institucional del país: la necesidad de ampliar la base institucional y organizativa de representación y mediación política de la sociedad en el Estado. La llamada desmonopolización de la representación política mediante el reconocimiento de “agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas” como institutos capaces de postular candidatos a elecciones, implementada mediante la reforma a la Constitución Política del Estado de febrero de 2004, es un intento de ampliar la base institucional de la representación política demandada por un 64,1% de los encuestados.71 Pero esta “desmonopolización de la representación”, si bien ha abierto la posibilidad de que organizaciones sociales postulen candidatos, presenta varias limitaciones estructurales. Al dejar en pie el sistema de competencia electoral para la elección de autoridades obliga a estas organizaciones, formadas para procesos de defensa de intereses colectivos, a emplear los mismos mecanismos de competencia generalmente utilizados por el sistema partidario que, en el caso de las ciudades, requiere de grandes inversiones de dinero. Por ello, no es casual que las “agrupaciones ciudadanas” urbanas exitosas (El Alto, Cochabamba, Santa Cruz) hayan sido, en realidad, antiguos aparatos partidarios remozados de nombre, y que un 52,9% de los encuestados considere que estas agrupaciones son “sólo instrumentos de los partidos”.72 En las zonas rurales, la presencia de las agrupaciones ciudadanas ha sido más exitosa porque el costo de

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A. García, M. Chávez, P. Costas, Sociología de los movimientos sociales, op. cit. L. Tapia, “Izquierda y movimiento social”, en A. García, R. Prada, L. Tapia, Memorias de octubre, Op. Cit. Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. Ibidem.

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las campañas y de la propaganda es mucho menor. En estos casos, el capital organizativo sindical-comunal ha podido ser reconvertido rápidamente en capital político electoral. Esto explica que estas agrupaciones sean consideradas las mejores formas de representación de los ciudadanos en las poblaciones rurales dispersas, con el 50,8% de apoyo y un 44,9% de apoyo general en todo el país.73 Sin embargo, los candidatos de las organizaciones sociales, con un elevado grado de representación, al pasar por los mecanismos de selección del voto individual y secreto rompen la lógica electiva no-liberal de estas organizaciones sociales y quedan incorporados al sistema de poderes públicos bajo el mandato abstracto del voto secreto que, a la larga, deviene en una responsabilidad y una rendición de cuentas ante un ente igualmente abstracto y secreto llamado “votante”. Precisamente, para conjurar el riesgo de la responsabilidad abstracta, las formas de representación comunitarias o no-liberales han creado distintos mecanismos de “rendición de cuentas” de los representantes ante sus mandantes (responsabilidad ante un elector colectivo, no individual, revocatoria del mandato, asambleas, rotación de cargos, responsabilidad moral asociada a la responsabilidad pública). Por tanto, el reto de la ampliación de la base institucional de la democracia en Bolivia pasa inevitablemente por la posibilidad de articular distintas lógicas de representación política, en correspondencia con la realidad material y cultural de la sociedad. Tapia llama a esto instituciones de gobierno compuesto o complejo que resultan de la “composición de instituciones políticas de matrices culturales distintas”.74 Ahora, es cierto que esto requiere la readecuación de las diversas prácticas políticas, incluidas las liberales, a un conjunto de valores generales universalizados a lo largo de los últimos siglos, como la tolerancia, el pluralismo y el respeto de los derechos individuales. Esta adecuación, seguramente, se viene dando, tomando en cuenta que las lógicas no-liberales de represtación de la sociedad han dado muestras continuas de una gran capacidad de adaptación a las condiciones políticas de la modernidad. Históricamente, los sindicatos y las comunidades han sido las organizaciones que con mayor interés han defendido y ampliado el conjunto
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de las instituciones liberal-representativas en el país, incluyendo el régimen de libertades constitucionales, la institución del referéndum y la Asamblea Constituyente reivindicada inicialmente por estructuras de movilización sindical, comunal y vecinal. Pero, a la vez, resulta imprescindible el abandono de las lecturas de carácter liberal fundamentalista que atribuyen a cualquier acción deliberativa y representativa no-liberal la cualidad de antidemocrática. La democracia no tienen como sustancia las instituciones, que son sólo sus medios, sino la capacidad creciente de la sociedad de intervenir, mediante representación y auto-representación, en la definición del contenido y alcance de la res pública, y esto se puede producir mediante la construcción de instituciones compuestas liberales y no-liberales que articulen varias lógicas de participación y representación. En síntesis, la ampliación de la base organizativa y representativa de la institucionalidad de toma de decisiones del país no sólo amplía la democracia sino que, al parecer, es la única manera de superar el creciente déficit de representación política partidista que, con el tiempo, puede poner en riesgo la propia democracia.

2.3. Tercer reto: La ejecución del referéndum

Como sucede desde hace décadas, parte de los avances en la ampliación de los derechos políticos es resultado de las movilizaciones sociales. El referéndum como institución democrática tiene también este origen. Reivindicado en los primeros días del mes de octubre del 2003 por una parte de los movimientos sociales indígenas y vecinales que se oponían a la venta del gas a Estados Unidos, el referéndum fue propuesto al presidente Sánchez de Lozada para que someta a consulta popular la decisión de realizar esta exportación a mercados externos. Inicialmente, el lunes 13 de octubre, Sánchez de Lozada rechazó la propuesta. Pero, dos días después, cuando el Ejército ya había provocado la muerte de medio centenar de civiles en La Paz y El Alto, aceptó la realización del referéndum vinculante sobre la exportación de los hidrocarburos. Sin embargo, su oferta fue rechazada por las organizaciones sociales, pues consideraron que ya era imposible llevar adelante

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cualquier tipo de negociación con el Presidente debido a las muertes, por lo que pidieron su renuncia.75 En este escenario de creciente intervención de la sociedad en la definición de las políticas hidrocarburíferas del país y retomando la iniciativa social, el nuevo Presidente, Carlos Mesa, propuso como plan de gobierno la elaboración de una nueva Ley de Hidrocarburos, un referéndum sobre el tema y la convocatoria a la Asamblea Constituyente. En los meses posteriores, la demanda de nacionalización de los hidrocarburos comenzó a adquirir apoyo mayoritario de la población.76 Este espíritu se inscribía en un horizonte de movilizaciones sociales iniciadas el año 2000 con la “guerra del agua” y que apuntaba a la creciente recuperación social-estatal de los recursos públicos privatizados la década anterior.77 De esa manera, mientras que en los primeros meses del año 2004 el referéndum fue interpretado socialmente como un mecanismo de participación para decidir sobre la nacionalización de los hidrocarburos, el Presidente vio en él la oportunidad de “convertirlo en una consulta sobre la política económica que el Ejecutivo había gestado” y sobre el proyecto de ley que había elaborado a fin de desplazar “la demanda de nacionalización hacia la de un aumento de regalías e impuestos y la regulación de las empresas petroleras del país”.78 La institución del referéndum fue incorporada a la Constitución por las reformas aprobadas en febrero del 2004 y fue convocado por iniciativa presidencial para el 18 de julio del mismo año. Las preguntas planteadas por el Presidente de la República fueron cinco: Pregunta 1. ¿Está usted de acuerdo con la abrogación de la Ley de Hidrocarburos Nº 1689 promulgada por Gonzalo Sánchez de Lozada? Pregunta 2. ¿Está usted de acuerdo con la recuperación de la propiedad de los hidrocarburos en Boca de Pozo para el Estado boliviano? Pregunta 3. ¿Está usted de acuerdo con refundar Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, recuperando la propiedad estatal de las acciones de las bolivianas y
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bolivianos en las empresas petroleras capitalizadas, de manera que pueda participar en toda la cadena productiva de los hidrocarburos? Pregunta 4. ¿Está usted de acuerdo con la política del Presidente Carlos Mesa de utilizar el gas como recurso estratégico para el logro de una salida útil y soberana al océano Pacífico? Pregunta 5. ¿Está usted de acuerdo con que Bolivia exporte el gas en el marco de una política nacional que: • Cubra el consumo de gas de las bolivianas y bolivianos, • fomente la industrialización del gas en territorio nacional, • cobre impuestos y/o regalías a las empresas petroleras llegando al 50% del valor de la producción del gas y petróleo a favor del país, • destine los recursos de las exportaciones e industrialización del gas principalmente para educación, salud, caminos y empleos? Independientemente de la complejidad barroca de las preguntas (23% de los encuestados consideran que no hubo transparencia en el referéndum), se trató claramente de utilizar el referéndum como una consulta en torno al horizonte gubernamental sobre el tema hidrocarburífero, caracterizado por una mezcla de respeto a la inversión y propiedad privada extranjera y una mayor intervención, control y acceso del Estado en el usufructo monetario de los excedentes económicos gasíferos. Esta posición, que podría caracterizarse como una política económica de “reformismo neoliberal”, en su contenido más radical, la recuperación de la propiedad estatal en boca de pozo, contó con el apoyo del MAS, para entonces el principal partido político con representación parlamentaria. De hecho, Evo Morales, acordó directamente con el Presidente la incorporación de la segunda pregunta referida a la propiedad en boca de pozo. De esta manera, se introdujo y se ejecutó constitucionalmente un mecanismo de democracia

La Prensa, 14 de octubre de 2004. La Razón, 26 de junio de 2004. A. García, R. Gutiérrez, R. Prada, L. Tapia, El regreso de la Bolivia plebeya, Comuna, La Paz, 2000. L. Tapia, Por el sí. Por el no. Análisis de resultados del referéndum 2004. Cuadernos de Análisis e Investigación, Corte Nacional Electoral, La Paz, 2004.

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semi-directa que modificó ostensiblemente los mecanismos de decisión del sistema político.79 Es sabido que el armazón institucional de representación política se caracteriza por la delegación de los poderes de decisión en manos de los representantes elegidos por voto universal y directo. En este sentido, la democracia ha sido entendida como elección de personas, de manera libre y autónoma, para que ellas tomen decisiones, de manera también libre y autónoma, a nombre de sus electores. Esto ha llevado a una creciente distorsión de la participación del ciudadano en la toma de decisiones, pues al final no son ellos quienes las toman, sólo eligen a quienes toman esas decisiones, quienes, por lo general, no lo hacen de acuerdo a las expectativas e inclinaciones de sus votantes. La introducción de la institución del referéndum en el sistema de decisiones busca, precisamente, incorporar mecanismos “correctivos” a esta disociación entre la elección de representantes, amplia y participativa, y la toma de decisiones, cerrada y monopólica de unos cuantos. El referéndum permite a los ciudadanos participar de manera directa en determinadas decisiones que luego serán ejecutadas por el gobierno, lo que amplía notablemente su capacidad de intervención en la gestión de lo público. En términos generales, un referéndum es la intervención del cuerpo electoral para tomar decisiones, mediante el voto, sobre normativas importantes o políticas públicas de gran relevancia.80 El hecho de convertir al cuerpo electoral en definidor de la ejecución de una determinada decisión de gobierno permite hablar de una democracia “directa” pues hace posible que los ciudadanos intervengan en primera persona y sin intermediarios en las deliberaciones que los involucran. Sin embargo, este ejercicio directo de democracia tiene una restricción: quienes elaboran el contenido final de la consulta no son necesariamente los ciudadanos que luego dirimirán mediante el voto el resultado, sino, por lo general, los miembros del Ejecutivo o Legislativo. La ciudadanía sólo asiste como cuerpo electoral para aceptar o rechazar esta elaboración propuesta por los entes centralizados.

Por ello hablamos, con más propiedad, de democracia semi-directa, porque persiste un elemento de mediación entre la toma de decisiones y el cuerpo electoral. La introducción en la reforma constitucional de un tipo de referéndum por iniciativa ciudadana modifica parcialmente esta limitación, pues permite que se convoque a referéndum sobre determinado asunto de interés público a pedido de un número de adherentes a la iniciativa, aunque la decisión final de la convocatoria y la elaboración del texto de la consulta queda nuevamente en manos del cuerpo de representantes. Con todo, el referéndum amplía los mecanismos de participación de la sociedad en la toma de decisiones y, como en el referéndum de 2004, permite participar sobre un tema central para la viabilidad económica del país que, en las últimas décadas, había sido definido de manera arbitraria y unilateral por reducidos grupos de élite.81 En conjunto (Gráfico 10), sobresale el elevado porcentaje de personas que votaron por el sí en la primera, segunda y tercera pregunta, tanto con relación a los votos válidos (86%, 92% y 87%, respectivamente) como el total de los votos emitidos (66%, 71%, 67%, respectivamente). La cuarta y quinta preguntas obtuvieron votaciones menores, especialmente la cuarta (54% y 61% en relación con los votos válidos y 39% y 44% con relación al total de votos emitidos). Dejando de lado el significado sociológico de estas diferencias de porcentajes (el papel del apoyo del MAS a las tres primeras preguntas, la notable presencia de nulos, blancos y la abstención, la campaña de la izquierda radical, etc.), sobresale el apoyo mayoritario a las preguntas formuladas por el Presidente Carlos Mesa. En términos políticos, esto permitió la legitimación electoral de un Presidente que había llegado a tal situación por sucesión constitucional. A su vez, esta legitimación le otorgó un capital político que le dio la oportunidad, al menos temporalmente, de ejercer una posición de mayor fuerza política en la negociación con los partidos del Parlamento, en circunstancias en que ninguno de ellos lo respaldaba orgánicamente.

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M. Bovero, Una gramática de la democracia. Contra el gobierno de los peores, Trotta, Madrid, 2002. N. Bobbio, N. Matteucci, G. Pasquino (comps.), Diccionario de política, Siglo XX, Madrid, 1995. Para una descripción e interpretación de los antecedentes del referéndum, posiciones políticas en torno a su convocatoria y significado de sus resultados ver: L. Tapia, Por el sí, por el no. Análisis de resultados del referéndum, Op. Cit.; también, Opiniones y Análisis Nº 70, Fundemos/Fundación Hanss Seidel, La Paz, 2004.

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Sin embargo, en una mezcla de ingenuidad política y falta de espíritu de Estado, Mesa desaprovechó esa legitimación plebiscitaria de su mandato y sus propuestas al no convertir ese apoyo masivo (no hay que olvidar que en Bolivia los presidentes se eligen con poco más de 600.000 votos) en acuerdos parlamentarios y con presiones capaces de llevar a una aprobación inmediata de su propuesta. La inversión externa, impresionada por el apoyo popular al proyecto de Mesa, inicialmente aceptó la migración forzosa de los antiguos contratos de explotación de los hidrocarburos a los nuevos con propiedad del Estado en boca de pozo. Al error de no haber sometido a consulta un proyecto de ley y a la redacción ambigua de las preguntas que permitió diversas interpretaciones de las fuerzas parlamentarias, se sumó la presentación de una “ley corta” y luego una
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“ley larga” que puso en duda la intención del Presidente y dio lugar a una rápida reagrupación de los partidos y el Parlamento disminuidos desde octubre del 2003. Al final, y a ocho meses del referéndum, la nueva Ley de Hidrocarburos se hallaba empantanada en los laberintos de los cálculos políticos de las brigadas parlamentarias, la prepotencia de empresas petroleras extranjeras que se negaban a aceptar las condiciones que sí estaban dispuestas a aceptar inmediatamente después de la consulta y unos bloques cívico-empresariales conservadores movilizados en torno a temáticas regionales y la defensa de la “seguridad jurídica” de la inversión externa. Así, no sólo el Presidente vio reducir rápidamente su base de apoyo y legitimidad social sino, fundamentalmente, se generó una lectura ambivalente sobre la

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utilidad práctica de la nueva institución democrática llamada referéndum. Por una parte, la gente reivindica su utilidad como apertura de participación de la sociedad en los asuntos públicos, pero por otra, muestra signos de frustración porque sus decisiones no se traducen en políticas prácticas. Del 76% de encuestados (Gráfico 11) que afirman haber votado en el referéndum, el 58,5% considera que éste generó una política hidrocarburífera, en tanto que el 52% considera que nos pusimos de acuerdo y el 51% que hubo más participación. Lo relevante es el convencimiento de que se ha producido colectivamente una política de Estado. Es cierto que la producción colectiva de políticas públicas no es nueva, desde el año 2000, cuando un cabildo en Cochabamba modificó la redacción de la Ley 2029, hasta el cabildo de Santa Cruz en enero de 2005 que convocó a elección de prefectos y referéndum sobre autonomías, el país ha vivido diferentes escenarios locales de movilización y asambleísmo que han modificado o impuesto determinadas políticas publicas. Sin embargo, nunca antes, de manera institucional y a nivel nacional la consulta al soberano había sido tomada en cuenta para la formulación de decisiones públicas en el terreno hidrocarburífero. Lo novedoso es, entonces, la organización de reglas formales, institucionalizadas y legalizadas de una larga práctica de participación directa de la sociedad en la política, y la ampliación de estas reglas de participación de una base local a una base nacional. De esta manera, el referéndum no nació como una consulta implementada desde “arriba”, como parte de los procesos de reforma institucional de moda en el continente, sino como un modo de articulación y canalización institucional del

ímpetu social por participar en el sistema de toma de decisiones del Estado. Es significativo cómo ante la pregunta sobre las razones que llevaron a las personas a votar, el 36% haya respondido porque “es un deber”, en tanto que el 32% lo hizo para “decidir en un tema importante” y el 13,6% para “participar”.82 Sumando las últimas dos respuestas, el 47% muestra claramente una intencionalidad de intervención en la definición de la cosa pública, lo que habla de un elevado grado de politización social de la ciudadanía. En tanto que el elevado porcentaje de personas que votaron por “cumplir un deber” da pautas de la fuerza del habitus político electoral de la población. Fue quizá la lógica y amplitud de este habitus político electoral de la sociedad lo que no comprendieron las fuerzas políticas que convocaron al boicot del referéndum (CSUTCB, COB, Coordinadora del Agua), y que hace que cualquier acto electoral sea en sí mismo un hecho de legitimación política (aunque no necesariamente de representación). Por ello, la convocatoria al boicot no halló eco en los sectores convocados. Con todo, si bien el referéndum generó la sensación de una producción colectiva de políticas, se trata de una institución democrática aún incompleta pues no logra traducirse en una política pública aplicada; de ahí el elevado temor de los encuestados a que nuevamente sus decisiones sean suplantadas por las de unos pocos. Sólo el 37% considera que los gobernantes harán lo decidido por el referéndum.83 El hecho de que después de ocho meses todavía no se haya aprobado una Ley de Hidrocarburos emergente del referéndum incentiva esta creciente susceptibilidad ciudadana.

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CNE, Op. Cit. Ibidem.

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El que el 52% de los encuestados (Gráfico 12) considere que los gobernantes no cumplirán con lo decidido en el referéndum y que, fruto de ello, el 50,1% tenga una baja valoración de los resultados de la consulta cuestiona no sólo la consabida disociación entre la población y el sistema de gobierno (Parlamento y Ejecutivo, principalmente) sino que interpela la propia institución del referéndum en cuanto a su capacidad de materializar prácticamente la decisión tomada por el soberano. La preocupación puede ser aun más grande porque se trata de la primera institución democrática que se esfuerza por canalizar formalmente una parte de las prácticas participativas y deliberativas con las que continuamente la sociedad desborda el sistema de decisiones del Estado. Así, se corre el riesgo de perder una gran oportunidad de articulación estructural reflexiva entre los mecanismos democráticos formales y las prácticas democráticas cotidianas de la sociedad. La necesidad de potenciar el encuentro entre la formalidad institucional democrática del Estado (representativa y participativa) y la cultura democrática (representativa y directa) de la sociedad es uno de los

grandes retos de la democracia contemporánea. Con el referéndum se ha dado un paso importante en esa dirección, pero se corre el riesgo de que quede mutilada su ejecución. Se requiere, por tanto, mejorar los mecanismos de convocatoria y ejecución de la consulta, de tal manera que permitan una rápida y transparente conversión de la decisión mayoritaria del cuerpo electoral en política publica y, por otro lado, ampliar las instituciones de democratización política que, como el referéndum, articulen la lógica participativa y asambleística de la sociedad con la lógica institucional del nuevo Estado democrático.

En las últimas décadas, la descentralización política y administrativa de los Estados ha adquirido una relevancia particular en el debate y las reformas políticas dirigidas a fortalecer los procesos de democratización de los sistemas de gobierno y la eficacia administrativa de los Estados. En América Latina, a partir de las reformas liberales de fin de siglo de los años 80 y 90, se viene implementando una serie de modificaciones a la organización estatal que buscan descentralizar un conjunto de competencias políticas, especialmente en el nivel municipal y en particular en Estados de una larga tradición centralista.84 En el caso de Bolivia, con la promulgación de la Ley 1551 de Participación Popular del 20 de abril de 1994 se inició un amplio proceso de descentralización municipal del Estado que transformó de manera significativa la forma de tomar decisiones sobre competencias municipales (327 municipios con sus respectos concejos deliberativos) y la asignación de recursos presupuestales, (30% del total de la inversión pública)85, mejorando la eficiencia y la equidad,86 y ampliando la presencia objetiva del Estado en regiones donde el único referente estatal era la moneda o el voto.87

2.4. Cuarto reto: Autonomías regionales y unidad estatal

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Para un análisis comparado de los recientes procesos de descentralización en América Latina ver, J. Zas Friz Burga, El sueño obcecado. La descentralización política en América Latina, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2001. Estudio de capacidades prefecturales, Viceministerio de Coordinación Gubernamental/PAP, La Paz, 2002. Apre(he)ndiendo la participación popular. Análisis y reflexiones sobre el modelo boliviano de descentralización, Ministerio de Desarrollo Humano/SEP, La Paz, 1996. Un buen resumen de los avances y límites de la participación popular en distintas áreas de la gestión administrativa se halla en: Municipalización: diagnóstico de una década. 30 investigaciones sobre participación popular y descentralización, II tomos, PLURAL/ILDIS/ USAID/Friredrich Ebert Stiftung, La Paz, 2004.

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En términos históricos, la Ley de Participación Popular que descentralizó administrativamente el Estado por la vía municipal fue una iniciativa gubernamental que se adelantó, y de hecho neutralizó, a un conjunto de fuerzas regionales conducidas por comités cívicos departamentales que por más de una década venían proponiendo un tipo de descentralización no sólo administrativa sino también política y sobre la base territorial de los departamentos.88 La Participación Popular modificó notablemente el escenario del debate e hizo emerger un entusiasmo gubernamental, intelectual y político de corte municipalista que desplazó durante una década la preocupación por el tema de la autonomía política de los gobiernos departamentales. La estabilidad económica del boom neoliberal de los 90, la novedad de la descentralización municipal y, ante todo, el que los bloques sociales más influyentes en el debate “autonomista”, como los sectores empresariales de Santa Cruz, participaran de manera directa en los niveles fundamentales de conducción del aparto estatal “centralista” permitieron una neutralización de la demanda de gobierno departamental. Pero, a principios de la primera década de este nuevo siglo, la estabilidad política y la presencia privilegiada de las elites empresariales en la conducción de los sistemas de toma de decisiones del país comenzó a encontrar problemas y a debilitarse por la emergencia de antiguos y nuevos movimientos sociales que se lanzaron a interpelar de manera efectiva al régimen económico y al sistema político prevalecientes. Al cuestionamiento de la economía de libre mercado y de las privatizaciones (del agua) se sumó el debilitamiento electoral de los partidos que articulaban demandas y proyectos en el Estado de las elites empresariales (MNR, MIR, ADN, UCS). En las elecciones nacionales estos partidos perdieron el 36% de su electorado, pasando del 68,6% de los votos válidos en 1997 al 44,1% de los votos válido en el 2002.89 Esta tendencia de rápido deterioro de la ubicación de los partidos de poder en el campo político se reafirmó en las elecciones municipales de diciembre de 2004 cuando sólo obtuvieron el 37% del
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anterior porcentaje de su votación municipal. Con ello perdieron, al menos temporalmente, su capacidad para ser factores previsibles de poder político. Al resquebrajamiento del viejo orden político se sumó la efectiva acción política de los movimientos sociales indígenas y sindicales para modificar, en base a la presión, varias políticas públicas, incluidas las referidas a los hidrocarburos y a la propiedad de la tierra, elementos centrales en la formación material de los procesos de acumulación empresarial en las regiones de Santa Cruz, Beni y Tarija. Los factores de desestabilización del viejo orden económico-político, que pueden ser definidos como crisis de Estado,90 generaron un amplio proceso de incertidumbre en las reglas, los métodos y los fines del ordenamiento estatal. Esto llevó, a su vez, no sólo a la visibilización de las fracturas estructurales de la sociedad sino también a una contracción sectorializada de las posiciones sociales en términos clasitas, étnicos y regionales. Como sucede desde hace más de 140 años, a cuando se remontan las demandas de descentralización y federalismo, estos planteamientos, siempre latentes en distintos bloques de poder regional, emergen intensamente en el debate político precisamente en momentos de crisis estatal o de tránsito de una matriz económica a otra. La demanda autonomista o federalista se ha hecho presente en el país de manera cíclica y acompañando los ciclos de crisis económica y estatal. Sin ir muy lejos, la reivindicación federal enarbolada por los liberales paceños en 1899 fue la antesala del traslado de la sede de gobierno de Sucre a La Paz y el inicio del primer ciclo económico liberal que se extendió por dos décadas. La lucha de los departamentos por mayor poder y la conquista de las regalías departamentales en 1957 estuvieron, igualmente, marcadas por el inicio de un nuevo escenario revolucionario de masas, el despliegue de un modelo de capitalismo de Estado y la declinación final de las viejas oligarquías ligadas a la propiedad de la tierra. La demanda descentralizadora de las elites departamentales cívicas volvió a hacerse presente en el ocaso del ciclo de capitalismo de Estado (1980-1987) y, después de un período de neoliberalismo económico

G. Peláez, Descentralización: ¿nueva frustración nacional?, Fundemos, La Paz, 1996. S. Romero, Op. Cit. A. García Linera, “La crisis de Estado” en T´inkazos, Nº 14, PIEB, La Paz, 2003.

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y sistema liberal-representativo en lo político, resurge en momentos del transito post-neoliberal. En cada uno de estos momentos, la crisis económica y política provocó reacomodos en la correlación de fuerzas entre las clases sociales, las identidades colectivas y en la manera de retención del excedente económico. Por ello, los sectores en pugna proyectaron distintos emblemas discursivos para tomar posición en el escenario de fuerzas, para legitimarse en él y estructurar alianzas, defensivas y ofensivas, con otros segmentos sociales. En este sentido, el nacionalismo indígena, el regionalismo departamental, el federalismo, el autonomismo, el clasismo obrero y el nacionalismo, en tanto ideologías fuertes que recorren el eje discursivo de la vida republicana desde el siglo XIX hasta el XXI, son construcciones discursivas de legitimación y articulación de clases y bloques sociales en disputa por la defensa o ampliación de sus posiciones materiales. Hoy, a medida que la coalición de movimientos indígenas, sindicales y populares ha comenzado a adquirir poder político y a plantearse la modificación sustancial de la estructura de posiciones y propiedades de las riquezas colectivas básicas (agua, tierra, hidrocarburos, biodiversidad minerales...), los antiguos bloques de poder empresarial han comenzado a reformular sus estrategias de contención y reversión de esas iniciativas que cuestionan el antiguo, y para ellos favorable, orden establecido del régimen económico-político-cultural. La demanda de autonomía planteada por el movimiento cívico y empresarial regional de Santa Cruz, apoyado por un relevante bloque social popular de vecinos y sindicatos urbanos, se inscribe, precisamente, en este intenso escenario de fuerzas sociales que pugnan por preservar o modificar la posición de cada sector en lo referente a las condiciones materiales de su acumulación económica, movilidad social y jerarquía política, especialmente en un momento en que las reglas previsibles que regulaban esas posibilidades han sido sustituidas por la incertidumbre.
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En términos generales, se puede definir la autonomía como un arreglo institucional que “delimita una entidad o una serie de entidades de carácter regional con administración propia dentro de un Estado, de manera que tengan responsabilidades explícitas en la elaboración de políticas en uno o más ámbitos de tipo político, económico o cultural (...) El objetivo de la autonomía territorial es ceder responsabilidades sobre materias específicas y, en algunos casos, permitir un cierto grado de autodeterminación a un grupo que constituye la mayoría dentro de los límites de una determinada región”.91 Esto significa que la descentralización político-administrativa, bajo la forma de autonomía y/o federalismo, es un proceso estatal que mediante la desconcentración territorial de facultades y competencias políticas puede, dependiendo cómo se la construya, ampliar la participación democrática de la sociedad en la toma de decisiones en determinadas áreas de las gestión pública, promover aptitudes ciudadanas de responsabilidad civil con la regulación de la vida en común y enriquecer las normas de eficiencia administrativa y equidad distributiva de los recursos. Pero a la vez, es una forma de transformación de la estructura de poderes estatalmente sancionada en torno a la cual las colectividades sociales, los grupos de presión, las organizaciones, las élites, las clases sociales y los gremios de una determinada región pueden desplegar sus estrategias y competencias para beneficiarse con recursos, reconocimiento, prestigio, e influencia política.92 De esta manera, el debate sobre las autonomías no es de carácter técnico administrativo, sino, sobre todo, de carácter político en función de la redistribución de los poderes de uso y destino de los medios materiales (impuestos, propiedad, tierra, hidrocarburos, reconocimiento, poder político etc.). Toda autonomía o federalismo es una forma de reconfiguración del espacio estatal en sub espacios orgánicos donde se redistribuye determinados volúmenes del capital estatal y burocrático (volúmenes y tasas de conversión de capitales económicos, políticos, simbólicos, sociales y jurídicos)93 y se establecen reglas, me-

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D. Rothchild y C. Hartzell, “La seguridad en sociedades profundamente divididas: el papel de la autonomía territorial”, en Safran- Maiz (coord.), Identidad y autogobierno en sociedades multiculturales, Ariel, España, 2002. E. Argullol (dir.), Federalismo y autonomía, Ariel, España, 2004; M. Caminal, El federalismo pluralista. Del federalismo nacional al federalismo plurinacional, Paidós, España, 2002; E. Seijas, Configuración asimétrica del sistema de comunidades autónomas, Universidad de León, 2004; E. Aja, El estado autonómico, Alianza Editorial, España, 1999. P. Bourdieu, Las estructuras sociales de la economía, Manantial, Buenos Aires, 2001; del mismo autor, Razones prácticas, Anagrama, Barcelona, 1997.

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canismos y acciones legítimas por medio de las cuales los distintos sujetos sociales, individuales y colectivos, pueden disputar la estructura del campo de fuerzas en ese sub espacio, esto es, la adquisición, control, monopolio y redistribución de esos capitales y los canales mediante los cuales estos poderes y correlaciones de fuerzas pueden influir en el campo de poder “nacional” del Estado. Los distintos tipos de descentralización pueden ser resultado de presiones de elites o grupos de presión local o regional que exigen esta redistribución regulada del capital estatal-burocrático que permite la consagración y la ampliación de poderes políticos o económicos previamente adquiridos a nivel local por esas élites,94 o bien, son reconfiguraciones estatal y verticalmente inducidas desde arriba de la distribución local o regional de poderes y a partir de las cuales las elites locales pueden renovarse, ser sustituidas por otras o recomponerse.95 El planteamiento de las autonomías corresponde al primer modelo de presión de grupos locales frente al Estado central. Sustituyendo la fuerza cohesionadora de los partidos políticos que tenían un amplio respaldo regional y nacional (MNR, ADN, MIR), pero a la vez unificándolos en torno a un proyecto compartido, los comités cívicos y corporaciones empresariales han retomado un significativo protagonismo político y social. Recuperando una larga memoria de reivindicación regional y autonomista de la sociedad cruceña (antes dirigida a su inclusión en el país y ahora a la defensa local de su patrón de desarrollo frente a los afanes reformistas y post-neoliberales del resto de la sociedad nacional), el bloque cívico-empresarial ha logrado articular una amplio respaldo y liderazgo social popular que ha hecho de este sector de poder un bloque hegemónico regional.96 Planteándose una serie de iniciativas desde octubre del 2003, ha combinado la movilización de masas (junio del 2004, enero del 2005) con el lobby parlamentario, la presión empresarial y un uso intensivo de los medios de comunicación masiva.
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Por la certidumbre de sus propuestas en los primeros meses del año 2004, el “comiteísmo” cruceño logró un respaldo significativo de la mayoría de los comités cívicos de los otros departamentos y reubicó la autonomía como un tema de la agenda nacional con tal fuerza que incluso el Presidente Carlos Mesa tuvo que asumir su defensa y apoyo. Sin embargo, el deterioro de la relación entre esta elite empresarial y el gobierno por el desplazamiento de sus representantes de las funciones del aparato del Estado que ocuparon durante más de una década y media, sumado a la inminencia de la convocatoria a la Asamblea Constituyente la llevaron a radicalizar sus posiciones en torno a la realización de un referéndum sobre las autonomías departamentales antes, y para algunos en lugar de, la Asamblea Constituyente. Estos sectores sociales carecen de liderazgos significativos y de estructuras partidarias capaces de conformar un bloque de contención al ascenso de la auto-representación indígena-popular que se viene produciendo desde hace cinco años. La radicalización de posiciones llevó al fortalecimiento de la base de apoyo regional cruceña, pero también a un rápido debilitamiento de los apoyos y simpatías de las élites cívicas y sociales de otros departamentos. Estas élites comenzaron a preocuparse por un tipo de autonomía que pudiese contraer los ingresos de los departamentos que internamente carecen de una base impositiva para su auto sustentación.97 Así, a medida que departamentalmente crecía la radicalización de posiciones que ampliaban la base de apoyo social, externamente el Comité Cívico cruceño perdía apoyo de otras regiones a tal punto que el Comité Cívico de Tarija, permanente aliado de los cívicos cruceños en la reivindicación de exportar gas a mercados externos, no pudo acompañar a Santa Cruz en el gigantesco cabildo que se organizó en enero del 2005. Con todo, y ante la abdicación del poder estatal que deliberada o ingenuamente emprendió el Presidente

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Ésta es la trayectoria de las distintas reivindicaciones regionalistas que han brotado intermitentemente en Bolivia desde el siglo XIX. Sobre esto, revisar, I. Sandóval, Nación y Estado en Bolivia. Etnias, región, clase, La Paz, 1991; J. L. Roca, Fisonomía del regionalismo boliviano, Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1980. Esto es lo que en parte ha sucedido en el área rural con la participación popular. Sin embargo, es notable el crecimiento de un bloque social que podríamos llamar de “contra-poder” regional, conformado por el Bloque Oriente, compuesto por movimientos sociales indígenas y campesinos que son los únicos sectores que han roto la unanimidad regional en torno al “comiteísmo” cívico cruceño. Sobre el Bloque Oriente, ver: A. García, P. Costas, M. Chávez, Sociología de los movimientos sociales, La Paz, 2004. La Razón, 14 de febrero del 2005.

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Mesa, los primeros días de 2005, las fuerzas cívicas fueron posesionándose de las instituciones administrativas del Estado generando una sensación de autonomía de facto que incentivó la multitudinaria concentración cívica de enero en la ciudad de Santa Cruz. El resultado inmediato fue el compromiso para llevar adelante elección de prefectos departamentales, el apoyo a un referéndum vinculante y la conformación de un Consejo Pre-Autonómico encargado de conducir el tránsito hacia las autonomías.98 Actualmente, la “agenda de enero” ha tomado el control de la agenda política parlamentaria, aunque la aprobación del referéndum por las autonomías departamentales se halla empantanada. Sin un pacto parlamentario que destrabe la oposición de los partidos de izquierda (MAS, MIP) y la susceptibilidad de las brigadas parlamentarias de los departamentos andinos (La Paz, Oruro, Potosí, Sucre, Cochabamba) tendrá muchas dificultades para su aprobación. La polarización parlamentaria tiene correlato con el tensionamiento de la polarización social que lleva a los movimientos sociales populares e indígenas, que durante los dos últimos años se habían fragmentado, a buscar mecanismos de unificación de esfuerzos para mantener en pie la agenda de la Asamblea Constituyente. En unos casos se enfrenta la realización de la Asamblea Constituyente con la convocatoria al referéndum sobre

las autonomías, en otros casos se busca articular en un solo evento electoral la elección de constituyentes y el referéndum autonómico. Si bien Cultura política y democrática en Bolivia. Segunto estudio nacional, fue realizado a fines del año 2004, antes de los acontecimientos de enero del 2005, es posible considerar que las tendencias que allí se destacan se mantienen. Veamos algunas respuestas. Lo primero que llama la atención es la fragmentación de la opinión de las personas en cuatro grandes opciones, lo que manifiesta la dificultad para construir mayorías sobre el tema y, a la vez, la necesidad de hacerlo. Para ello es imprescindible la producción y circulación de información sobre un tema tan complejo como las autonomías regionales. Es probable que se tome una determinada preferencia desconociendo las posiciones y significados de las propuestas de los otros. De hecho, no sería raro que, por la complejidad del tema, segmentos significativos de los entrevistados actúen a partir de adhesiones fundamentales básicas (porque un dirigente lo dice o en oposición a otro) y no por la interiorización de los contenidos del debate. El porcentaje de personas que apoyan las autonomías regionales (Gráfico 13) llega al 27,5%, un porcentaje bastante bajo tomando en cuenta la importancia y profundidad de los cambios políticos que traerá la ejecución estatal de las autonomías. En comparación al 89% de personas que sí consideran una necesidad el cambio de la Constitución Política del Estado (61% parcialmente y 28% totalmente), el apoyo al referéndum tiene un índice de respaldo aún moderado.99 Con excepción de Cochabamba, el apoyo a las autonomías se reparte con relativa homogeneidad en todos los departamentos. Si bien en Santa Cruz, Pando, Beni y Tarija tiene mayor aceptación (38,6%, 37,7%, 38,8% y 37,9%, respectivamente), el 23% de los encuestados de La Paz apoya las autonomías, el 30% en Chuquisaca, el 27% en Potosí y el 24% en Oruro. Cochabamba tiene la cifra menor de apoyo (14,9%). Esto señala que la temática autonómica ha abandonado su carácter regional inicial y tiene un apoyo de carácter nacional.100 Sin embargo, también es notable la resistencia mayoritaria a las autonomías (Gráfico 13). El 36% considera

El Deber, 16 de febrero del 2005. CNE, Op. Cit. 100 Banner Demográfico, CNE, 2004. Op. Cit.
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que el Estado debería seguir siendo unitario y un sector intermedio (26%) se inclina por mantener el Estado unitario aunque con mayor descentralización. Sumando ambas respuestas afines, el 62% de los encuestados se inclina por un Estado unitario frente a un Estado de autonomías. También es posible pensar que ese 26% “descentralista unitario” podría ampliar la base de apoyo de los autonomistas, pero esto requeriría otro enfoque en el posicionamiento de los grupos de elite cruceños y una modificación de sus alianzas. Paradójicamente, quien podría ampliar la base de apoyo de un régimen de autonomías es el segmento del 9,8% que reivindica la autodeterminación de los pueblos indígenas. Esta posición puede ser leída como el planteamiento de un tipo de autonomía de base cultural-lingüística; sin embargo, se trata posiblemente de los segmentos urbano-rurales más radicalizados del bloque de los movimientos sociales indígena-populares, que se hallan en la antípoda política del bloque cívico-empresarial cruceño. Hay una serie de datos reveladores en la mayoría que se inclina por mantener un Estado unitario. Los pobladores de La Paz, a quienes se les critica su apego centralista, si bien se inclinan por el Estado unitario lo hacen con relativa moderación: el 37% de los encuestados optó por esta posición, frente a un 23% que quiere autonomías, un 28% unitarismo con mayor descentralización y un 11% autodeterminación indígena. Cochabamba, en cambio, se adhiere mayoritariamente por el Estado unitario (52%), seguido por Chuquisaca (38,9%), Potosí (33%) y Oruro (31,9%).101 Si esto es llamativo, también lo es el porcentaje de personas que en Santa Cruz y Tarija optan por el Estado unitario. En Santa Cruz, el 26,2% prefiere un Estado unitario, 12 puntos menos que los que prefieren las autonomías (38%). Si a este porcentaje se suma el de los que desean un Estado unitario con mayor descentralización, el resultado es sorprendente: 54,3% de los cruceños encuestados optan por algún tipo de unitarismo. Algo similar sucede en Tarija. Los que quieren un Estado unitario son el 34,6%, porcentaje mayor al de los departamentos “andinos” de Oruro y Potosí. Si se a esto se suma el porcentaje de los que se inclinan
Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. Ibidem. 103 Ibidem. 104 Ibidem.
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por un Estado unitario con descentralización, el 54% de los encuestados en Tarija opta por un tipo de Estado unitario, con mayor o menor descentralización.102 Sobre este tema es igualmente significativa la dualidad urbano/rural. Mientras que el mayor porcentaje de personas que optan por las autonomías se halla en las ciudades con más de 20.000 habitantes (30%), el porcentaje más alto de quienes se inclinan por el unitarismo del Estado está en las poblaciones rurales dispersas (41%).103 Esta claro, entonces, que el debate “autonomista/unitarista” no sólo tensa a la sociedad a partir de sus identidades regionales (oriente/occidente) sino también de las condiciones socioeconómicas clasistas urbano/rurales. En conjunto, los posicionamientos en torno a las autonomías están gatillando diferencias regionales y laborales, pero no se trata de espacios claramente delimitados. Hay solapamiento de actitudes, dependiendo de las preguntas, lo que habla de un campo de posiciones con un alto grado de potencial movilidad, que puede modificarse en función de las características discursivas de los emisores de ideología y de las estrategias de alianzas de los sujetos políticos. La correlación de fuerzas sobre las autonomías dependerá en buena medida de cómo se refuerzan o modifican las actitudes valorativas con las que las personas se ubican en el diagrama de posiciones políticas. La encuesta abordó dos de estos componentes valorativos: su relación con la democracia y la unidad del país. A la pregunta de si la autonomía traerá más democracia, el 55%104 respondió que sí, lo que permite hablar de una recepción de la temática autonómica con la memoria colectiva de los procesos de democratización. Sólo en La Paz y Cochabamba la vinculación entre democracia y autonomía no tiene una respuesta positiva. En La Paz el 40% de las personas cree que la autonomía es democrática frente al 51% que cree que no lo es. Igualmente, en Cochabamba, el 46% cree que sí y el 47% que no. En cambio, en el resto de los departamentos, incluidos Oruro y Potosí, se le asigna una valoración democrática a la autonomía: en Santa Cruz, el 72%; en Chuquisaca, el 61%; en Oruro, el 62%; en Potosí, el 52%; en Pan-

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do, el 82%; en Tarija, el 65%; y en Beni, el 72%.105 Se puede hablar, por tanto, de una resonancia106 estructural de las autonomías con la democracia, lo que habilita la base social histórica de apoyo de la democracia como escenario de potencial legitimación de los procesos autonómicos. Sin embargo, el porcentaje de gente que cree que la autonomía es un hecho democrático no se traduce en un apoyo a quienes desean la autonomía (27,5%).107 Posiblemente el desfase entre la resonancia de la autonomía con la memoria democrática del país (55,1%) y el porcentaje de los que la apoyan (26,1%) se debe a las características de la personalidad de los liderazgos autonómicos y a la polarización social, pero también a cómo el discurso ha planteado las autonomías hasta el momento y a cómo se inscribe el en campo de la reestructuración de las fuerzas socio-políticas dentro del Estado. Un 56% de los encuestados teme (Gráfico 14) que las autonomías separaren a Bolivia y sólo el 36% cree que la unirá más. Creemos que esta preocupación se explica porque el debate autonómico se realiza en momentos de una gran transformación regional, clasista y étnica de las estructuras de poder de Estado. Esto afecta, o al menos introduce, un alto nivel de incertidumbre en las ya débiles y parciales estructuras de nacionalización de la sociedad (fines y valores compartidos) que caracteri-

zan al país desde su fundación republicana, provocando o reavivando temores separatistas. Es sabido que el Estado no acontece con la misma intensidad en todas partes: tiene zonas esenciales y complementarias. En el primer caso se trata de los ejes político-geográficos de la articulación soberana del Estado, en tanto que en los segundos se trata de las áreas de irradiación de esa soberanía. Estos ejes político-geográficos no son fijos ni perpetuos, se modifican según los desplazamientos espaciales de los núcleos articuladores de la economía y de los centros de emisión de reforma político-cultural de los países. Así, por ejemplo, el desplazamiento de la sede de gobierno de Sucre a La Paz a fines del siglo XIX significó el desplazamiento del eje político-cultural del Estado de Sucre-Potosí, con su economía de la plata y su intelectualidad jurídica, al eje La Paz-Oruro-Cochabamba, con la nueva minería del Estaño, la producción manufacturera, los indios aymaras como sujetos políticos y los letrados liberales que buscaban imaginar la patria más allá de los cuerpos legales. Se puede decir que hoy, nuevamente, estamos asistiendo a un cuestionamiento de la centralidad geográfica del poder, entendido como un diferendo en torno al dinamismo económico espacial que estructurará el bloque de poder y la concepción del mundo estatalmente irradiada. Santa Cruz con su vitalidad agroindustrial globalizada y Tarija con su reservas gasíferas apuntan hacia su probable conversión en el núcleo movilizador de la economía nacional en las siguientes décadas; en tanto que Oruro con su economía minera en repliegue y La Paz que no logra instaurar un nuevo patrón tecnológico adecuado a los nuevos requerimientos productivos de la economía mundial habilitan un posible traslado de la centralidad económica del Estado de occidente a oriente. El debate autonómico trasluce esta potencial traslación del eje de poder económico del Estado. Si a esto se suma que los “vínculos fuertes” imaginados y reales de la sociedad y sus regiones no son suficientes para asumir ese tránsito de manera desdramatizada, es previsible que alrededor de él se mueva un conjunto de tensiones y temores colectivos sobre la continuidad geográfica de la soberanía estatal.

Ibidem. D. Show y R. Benford, “Ideology, Frame Resonante and Participant Mobilization”, en Bert Klandermans, Hanspeter Kriesi and Sidney Tarrow (eds.), From Structure to Action. Social Movement Participation across Cultures, JAI Press, Greenwich, 1988. 107 CNE, Op. Cit.
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Y si, además, se considera que a la modificación espacial de los ejes económicos del Estado está adherida a la disputa entre bloques política y económicamente conservadores (las élites empresariales con mayor presencia y liderazgo en oriente) y bloques renovadores del régimen económico y político (los movimientos sociales predominantes en occidente) no es raro que las confrontaciones de clase y de corte étnico-nacional también asuman una abierta y preponderante discursividad de tipo regional que cuestiona los tres grandes pilares de la cohesión estatal: el espacio, la cultura y la clase. En qué medida los ejes regionales, clasistas y étnicos están presentes en estas tensiones, lo muestran ciertos resultados del Estudio. A la pregunta de si la autonomía separará o unirá al país, La Paz responde que lo separará (66%) al igual que Potosí (62%), Cochabamba (59%) y Chuquisaca (54%).108 En cambio, de manera contrapuesta y mayoritaria, Santa Cruz responde que la autonomía unirá al país (48%) al igual que Beni (56%) y Pando (54%).109 Separados en términos de “raza” y de idioma materno, la misma pregunta da los siguientes resultados: mientras que los de “raza blanca” responden en un 47% que la autonomía separará al país, los de “raza originaria” lo hacen en un 60%. A su vez, el 54% de las personas que tienen como idioma materno el castellano considera que la autonomía separará a Bolivia y los que tienen como idioma materno al aymara consideran lo mismo en un 64%.110 Vemos entonces que la temática de las autonomías regionales, al poner en cuestión las estructuras de poder y propiedad en sub espacios territoriales, moviliza una serie de valoraciones colectivas ambivalentes. Por una parte, una memoria de democratización; por otra, el temor a la separación. Dependerá de cómo se fundamenten en adelante estos dos ejes movilizadores por parte de las élites socio-políticas para ver cuál de los clivajes discursivos se convertirá en el ordenador del campo político. En todo caso, el gran reto para los procesos de democratización del sistema político radica,
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precisamente, en el potenciamiento de la dimensión democratizadora del debate autonómico, que pasa, necesariamente, por la ampliación de la democratización de los recursos económicos y políticos que serán gestionados por los gobiernos subnacionales.

2.5. Quinto reto: Ciudadanía multicultural

Como parte del debate sobre la descentralización político-administrativa, un elemento presente a lo largo de la encuesta son los derechos colectivos de autogobierno de los pueblos indígenas, mayoritarios del país. Como se dijo anteriormente, la descentralización político-administrativa es, por encima de todo, un proceso de reconfiguración del espacio estatal en sub espacios orgánicos y verticales en los que se redistribuye determinados volúmenes del capital estatal y burocrático. En sociedades que han atravesado amplios procesos de homogeneización cultural, esta desconcentración del capital estatal, por lo general, se la hace a partir del reconocimiento de una base territorial (el municipio, el departamento, la región, etc.) como el espacio de la redistribución de competencias político-administrativas descentralizadas. Aquí, los grados de autonomía socioeconómica demandadas o delegadas parten del principio de la existencia de un sujeto territorial (el municipio, la región). Pero, en sociedades complejas donde se sobreponen distintas culturas o nacionalidades (sociedades multiculturales o multinacionales como la boliviana), la desconcentración del capital burocrático-estatal es mucho más compleja porque exige el reconocimiento de una base comunitaria cultural como principio de la reorganización del Estado.111 En este caso, la identidad cultural es el punto de partida de la constitución del sujeto público de la descentralización política (autonomía cultural) y la dimensión territorial de esta desconcentración depende de la ubicación geográfica de este sujeto cultural. La descentralización política con base cultural o compuesta (cultural y territorial) es

Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. Ibidem. 110 Ibidem. 111 Hill Kymlicka, La política vernácula. Nacionalismo, multiculturalismo y ciudadanía, Paidós, España, 2003; Safran y Máiz (coord.), Identidad y autogobierno en sociedades multiculturales, Ariel, España, 2002; F. Requejo (coord.), Democracia y pluralismo nacional, Ariel, España, 2002.

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una ruta más compleja y requiere una ingeniería estatal “nacional” y “subnacional” mucho más elaborada, pero a la vez imprescindible. En Bolivia, es por demás evidente que pese a los profundos procesos de mestizaje cultural aún no se ha podido construir la realidad de una comunidad nacional. En el país existen por lo menos 30 idiomas y/o dialectos regionales,112 existen dos idiomas que son la lengua materna del 37% de la población (el aymara y el quechua), en tanto que cerca del 62% se identifica con algún pueblo originario.113 Y, en la medida en que cada idioma es una concepción del mundo, esta diversidad lingüística es también una diversidad cultural y simbólica. Si a ello se suma que existen identidades culturales y nacionales más antiguas que la República y que hoy reclaman la soberanía política sobre territorios usurpados (el caso de la identidad aymara) es por demás claro que en Bolivia, en rigor, coexisten varias de nacionalidades y culturas regionales sobrepuestas o moderadamente articuladas.114 Sin embargo y pese a ello, el Estado es monolingüe y monocultural en términos de la identidad cultural boliviana castellano hablante. Esto supone que sólo a través del idioma español la gente obtiene prerrogativas y posibilidades de ascenso en las diferentes estructuras de poder económico, político, judicial, militar y cultural del país. Pese a una presencia mayoritaria de procedencias culturales indígenas ruralurbanas, la “blanquitud” somática y cultural es un bien perseguido por todos los estratos sociales, en la medida que simboliza el ascenso social y se constituye en un plus simbólico que contribuye a ubicar a los sujetos en una mejor posición en los procesos de enclasamiento y desclasamiento social. En Bolivia, hay cerca de medio centenar de comuni112 113

dades histórico-culturales con distintas características y posiciones jerárquicas. La mayoría de estas comunidades culturales se halla en la zona oriental del país y demográficamente abarca desde unas decenas de familias hasta cerca de 100.000 personas. En la zona occidental del país, se hallan concentradas las dos más grandes comunidades histórico-culturales indígenas, los quechua y aymara hablantes. La primera, resultante de las migraciones indígenas y de políticas de colonización española que impuso el idioma quechua en las antiguos ayllus aymaras, constituye, en sentido estricto, únicamente una comunidad lingüística y no tanto una identidad étnica con niveles de politización cohesionantes. Por lo general, esta comunidad lingüística, a pesar de tener un número cercano a lo tres millones y medio de componentes, presenta altos grados de porosidad que la lleva, en algunos casos, a fusionarse rápidamente con otras estructuras culturales, especialmente urbano-mestizas, a agruparse en torno a identidades clasistas de tipo campesino o gremial y, en otros casos, a condensarse en micro identidades étnicas en torno a ayllus o federaciones de ayllus (los ayllus ubicados en Potosí y Sucre). En cambio, la otra gran comunidad lingüística, la aymara, que abarca a un poco más de dos millones y medio de personas, presenta todos los componentes de una unidad étnica altamente cohesionada y politizada. A diferencia del resto de las identidades indígenas, la aymara ha creado hace décadas élites culturales capaces de dar pie a estructuras discursivas con la fuerza de reinventar una historia autónoma que ancla en el pasado la búsqueda de un porvenir autónomo, un sistema de movilización sindical de masas en torno a estas creencias políticas y, recientemente, un liderazgo con capacidad de dar

X. Albó, “Etnias y pueblos originarios”, en Bolivia en el siglo XX, Op. Cit. INE, Censo Nacional de Población y Vivienda 2001, La Paz, 2002. 114 Toda identidad es siempre fruto de un trabajo deliberado en el terreno discursivo, simbólico y organizativo que produce un estado de auto-reflexividad de los sujetos para demarcar fronteras imaginadas (reales o creídas) que los diferencian de otros sujetos. Esta voluntad distintiva siempre es fruto de una actividad específicamente dirigida a generar un fin, por tanto siempre es fabricada, producida. En ese sentido, toda identidad es un invento cultural que, de manera externa al grupo (por ejemplo los “indios” de la colonia) o por presencia de elites políticas propias (la identidad aymara contemporánea), visibiliza, resignifica algún elemento común entre las personas (el idioma, la historia, los antepasados, la cultura, la religión, etc.) mediante el cual se demarcan fronteras con otras personas y se inculcan fidelidades sustanciales (un tipo de parentesco ampliado) con los “identificados”. Ahora, ciertamente esta producción de identidades no se hace sobre la nada; tiene más probabilidades de éxito allá donde existe cierto tipo de condiciones similares de existencia objetivaentre las personas, pero también es posible que estas condiciones objetivas similares no den lugar a una identidad cultural o política diferenciada. Toda identidad es históricamente contingente y relacional, por lo que es deleznable cualquier especulación sobre identidades “originarias” y “fabricadas”. Lo único riguroso es, en todo caso, preguntarse sobre las condiciones de producción de tal o cual identidad y su capacidad de movilización, no sobre su artificialidad, pues toda identidad es, a su tiempo, una invención social. Por otro lado, como en otras partes del mundo, no hay incompatibilidad entre una demanda identitaria, indígena por ejemplo, y la modernidad industriosa o

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cuerpo político visible a la etnicidad. En términos históricos, la identidad aymara no sólo es la más antigua en el territorio boliviano sino que, sobre todo, es la que más sistemáticamente ha creado una arquitectura de creencias, de discursos políticos centrados en el autogobierno, de proyectos y de fuerza de movilización en torno a esas demandas.115 A diferencia del resto de las identidades culturales indígenas, es la que cuenta con una amplia élite intelectual constructora de un discurso étnico que, a través de la red sindical, ha sido apropiado por amplios sectores poblacionales, constituyéndose en la única identidad de tipo nacionalitaria indígena en la actualidad. Todo esto no debe hacernos olvidar, sin embargo, que estamos ante identidades flexibles y, en casos extremos, contingentes a las cualidades del contexto, cuyas fronteras avanzan o retroceden según los ciclos históricos de expansión económica y apertura de los espacios de poder gubernamental. Esta pluralidad de comunidades lingüísticas y de identidades étnicas son portadoras de configuraciones simbólicas diferentes, de visiones del mundo, de formas organizativas, de saberes y prácticas culturales y de apegos territoriales. Sin embargo, la mayoría de estas referencias cognitivas y prácticas nunca ha sido integrada a la conformación del mundo simbólico y organizativo estatal legítimo, debido a que las estructuras de poder social se hallan bajo monopolio predominante de la identidad étnica boliviana. Por ello, se puede decir que el Estado republicano es un Estado de tipo monoétnico o monocultural y, en tal sentido, excluyente. Bolivia tiene aproximadamente ocho millones de habitantes; de ellos, un poco más de cuatro millones tienen como idioma materno el aymara o quechua o

son bilingües con el castellano. Sin embargo, ninguna repartición pública, instituto de enseñanza superior o puesto de jerarquía económica, política o cultural tiene a los idiomas aymara o quechua como medio de comunicación oficial. El monolingüismo estatal, a tiempo de consagrar arbitrariamente un solo idioma como lengua de Estado, devalúa de facto a las otras lenguas como modos de acceso a los cargos públicos o como mecanismos de ascenso social urbano y, de manera velada, coacciona a los bilingües o monolingües aymara-quechua hablantes a abandonar sus idiomas pues no están aún incluidos entre los bienes culturales legítimos. Ahora bien, uno de los grandes retos de la democracia en Bolivia es, precisamente, impulsar una descolonización del Estado que aún utiliza la etnicidad, legítima y devaluada, como medio de ascenso y contención social. Se trata de un reto de la ciudadanía política y cultural, por cuanto afecta los derechos colectivos e involucra directamente la calidad y extensión de la democracia o de lo que el PNUD llama “democracia de ciudadanía”.116 En términos generales, la ciudadanía es la integración de una persona como miembro competente de una comunidad política a través de un conjunto de prácticas jurídicas, económicas y políticas definidas como derechos.117 Esto supone la existencia de un conjunto de fines y valores comunes capaces de constituir de manera duradera una comunidad política que, por lo general, es fruto de procesos de homogenización económica en torno a economías sólidas de tipo industrial y de mercado y de dilatados procedimientos de integración cultural. En sociedades multiétnicas o multinacionales, la comunidad política sólo se puede construir mediante

técnica; de hecho, en ello se pone a prueba la propia vitalidad y capacidad regenerativa de las identidades culturales. El que los aymaras exijan tractores, pero mediante discursos en su propio idioma y como parte de un proyecto indígena de autonomía política, lejos de debilitar el proceso de construcción identitaria lo insertan en la propia modernidad o, mejor, los aymaras pelean por una modernidad articulada a la tradición a partir de los repertorios de significación cultural indígenas. ¿No es acaso posible ser aymara culturalmente o nacionalitariamente y simultáneamente ser ingeniero, obrero, industrial o agricultor? El reduccionismo campesinista y arcaizante con el que algunos ideólogos conservadores pretenden leer la formación de la identidad cultural indígena no sólo peca de desconocimiento de la historia y la teoría social sino que, además, está fuertemente marcada por un esquema mental etnocentrista que tiende a asociar lo indígena con lo atrasado, lo rural y opuesto al “desarrollo” y la “modernidad” que vendrían de la mano, naturalmente, del mundo mestizo y castellano-hablante. 115 J. Hurtado, El katarismo, Hisbol, La Paz, 1985; A. García Linera, “La formación de la identidad nacional en el movimiento indígenacampesino aymara”, en Fe y Pueblo, La Paz, 2003. 116 La democracia en América latina, PNUD, op. cit. 117 Sobre el tema de ciudadanía, se puede revisar, T. H. Marshall, T. Bottomore, Ciudadanía y clase social, Alianza Editorial, España, 1998; J. Habermas, “Ciudadanía e identidad nacional”, en Facticidad y validez, Trotta, Madrid, 1998; Ch. Tilly, (ed.), Citizenship, identity and social history, International Review of Social History, New York, 1996; D. Held, “Between state and civil society: citizenship”, en G. Andrews, Citizenship, Lawrence y Wishart, London, 1995.

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mecanismos que, sin eliminar la particularidad cultural de las personas, les den las mismas oportunidades y derechos para constituir parte de la institucionalidad política. Para que esto suceda, algunos autores proponen el ejercicio de una ciudadanía diferenciada118 o multicultural que da lugar al ejercicio de derechos políticos plenos en tanto se pertenece a una determinada comunidad étnica-cultural o nacional dentro del propio Estado. De esta manera, las identidades étniconacionales excluidas cuentan con medios institucionales que garantizan su representación, en tanto identidades culturales, en las instituciones políticas, incluida su capacidad de veto colectivo frente a cualquier decisión que afecte a la comunidad étnica. La comunidad política como el lugar de la ciudadanía multicultural es, entonces, un proceso de construcción colectiva en el que las diversas identidades étnico-nacionales excluidas son reconocidas en sus prerrogativas y poderes en tanto colectividades culturales. Esta ciudadanía diferenciada puede asumir varias formas, como el Estado autonómico o el Estado multinacional. Hay quienes consideran que el reconocimiento de los derechos de las identidades culturales y étnicas “minoritarias” es un planteamiento retrógrada,119 en tanto que hay liberales que consideran que el reconocimiento de esos derechos colectivos fomenta la desagregación social que puede dar lugar a una espiral de competencias mutuas y enfrentamientos entre distintas “etnicidades”.120 Sin embargo, como lo ha mostrado Kymlicka en un trabajo reciente, existen evidencias de que el reconocimiento de autogobierno a las minorías nacionales ayuda a la estabilidad y cohesión de los Estados.121 Por su parte, algunos autores locales consideran que un Estado multicultural o multinacional se opondría a la “idea” del fundamento democrático del Estado asentado en la ciudadanía universal o demos. En sentido estricto, no es posible separar el etnos del demos
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pues todo demos es también un etnos, ya que al fin y al cabo el ejercicio de la “ciudadanía universal” supone una lengua de educación pública, de acceso a las funciones estatales superiores y a los servicios públicos; supone una historia, unos héroes, unas festividades y conmemoraciones adecuadas a la narrativa histórica de una cultura particular, lo que promueve de manera inevitable una identidad cultural particular por encima de otras identidades. Esto es precisamente lo que sucede en Bolivia, donde pese a que cerca del 45% de las personas tiene como idioma materno una lengua indígena y el 62% se autoidentifica como indígena, existe un mercado lingüístico jerarquizado en torno al castellano, un mercado laboral estratificado étnicamente, las funciones públicas son monoculturales y la etnicidad mestiza castellano-hablante tiene la función de un capital que ayuda a producir los enclasamientos sociales. En sociedades multiculturales, ningún Estado es neutro ni ningún demos es resultado de reglas procedimentales de la democracia liberal. Siempre es resultado de imposiciones culturales, dominaciones y exclusiones étnicas. El debate sobre la democracia multinacional busca rebajar un demos no como “nación política” sino como “comunidad política”, por tanto susceptible de ser producida como articulación multicultural o multinacional de una sociedad culturalmente plural. Cuando se confunde demos con “nación política” lo que resulta es un tipo de etnocentrismo que atribuye valores universales a los valores, saberes y prácticas particulares de la cultura dominante resultante de la colonización y la guerra. En este sentido, la multinacionalización o muliculturalización del Estado no etnifica al Estado pues ya está etnificado por mucho que se encubra en el respeto a los “derechos universales”. Lo que la multinacionalidad estatal hace es desmonopolizar la etnicidad del Estado, permitiendo a las etnicidades dominadas y excluidas compartir las estructuras de reconocimiento social y de poder político. Un modo de iniciar la resolución del

M. Young, Justice and the Politics of Difference, U. Princeton Press, Princeton, 1990; Ch. Taylor, El multiculturalismo y la política del reconocimiento, FCE, México, 1993; W. Kymlicka, Ciudadanía multicultural, Paidós, Barcelona, 1996; G. Baumann, El enigma multicultural, Paidós, España, 2001; L. Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas, Paidós, México, 1998. Para una crítica ligera de estas interpretaciones ver G. Sartori, La sociedad multiétnica, Taurus, Madrid, 2001. 119 R. Dahrendorf, “Preserving Prosperity”, en New Statesman and Society, 13/29, 1995. 120 C. Ward, “The Limits of Liberal Republicanism”, en Columbia Law Review, 91/3, 1991. 121 W. Kymlicka, “El nuevo debate sobre el derecho de las minorías” en Requejo (coord.), Democracia y pluralismo nacional, Ariel, Barcelona, 2002.

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desencuentro entre pluralidad cultural de la sociedad y monopolización étnica del Estado reside, precisamente, en emprender procesos de reconocimiento asimétricos y diferenciados de identidades nacionales y étnicas a escala macro y regional. En el caso de Bolivia, no toda comunidad cultural distinta a la boliviana es nacional; existen identidades culturales menores y menos politizadas, especialmente en el oriente del país, cuyo reconocimiento político estatal pasa por procedimientos organizativos distintos a los de las comunidades culturales nacionales, como la aymara, que requieren una modificación sustancial de la estructura organizativa general del Estado. De lo que se trata, entonces, es de garantizar, mediante una concepción pactista del poder, la convivencia mediante la articulación de la pluralidad en la unidad política común de una sociedad diferencial, esto es, que tiene algunas comunidades nacionales y otras que no lo son. Un primer paso para ello es la ampliación del actual debate sobre las autonomías a autonomías regionales por comunidad lingüística y cultural con distintos grados de autogobierno político, dependiendo de la densidad política y extensión de las identidades culturales demandantes. Sólo mediante diferentes formas de autogobierno las distintas culturas pueden hallar un espacio de reconocimiento, validación y desarrollo. El autogobierno permite estructurar un sistema de instituciones políticas capaces de premiar y sancionar positivamente las prácticas culturales de la colectividad (el idioma, la vestimenta, los hábitos, etc.) y crear un campo de competencias administrativas, económicas y culturales basadas en una homogeneidad lingüística. En regiones indígenas campesinas del altiplano, los valles y el trópico existen de facto ciertas estructuras de autogobierno local a nivel de comunidades y sindicatos agrarios o de varias comunidades122 desde mucho antes de que existiera la República de Bolivia. Pero, lo que no existe es una estructura de autogobierno a nivel superior entre varias comunidades o entre todas las cientos o miles de comunidades y barrios urbanos que son partícipes de una gran comunidad lingüística y cultural, ni una
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presencia colectiva y constitutiva de estas culturas en la estructura superior “nacional” del poder estatal. El reto de la descolonización del Estado y la temática de las autonomías de base cultural, puestas en el debate político por la presencia de vigorosos movimientos socio-políticos indígenas, han sido abordados de cierta manera por varias preguntas de estudio Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional. Una gran mayoría de la población encuestada (75%) considera que la multiculturalidad del país tiene ventajas y el 80% apoya la elección de representantes indígenas en los ámbitos públicos. Esto muestra una amplia base de aceptación, tolerancia y reconocimiento entre culturas diversas, con una mayor amplitud de parte de las personas que tienen como idioma materno el aymara o quechua respecto a los que hablan castellano. Así, mientras que el 83% de los aymaras se inclina a reconocer las ventajas de la multiculturalidad, el 73% de los que tienen como idioma materno el castellano tiene la misma opinión. En lo referente a la aprobación de representantes indígenas, el 86% de los que tienen como idioma materno el aymara, el 81% el quechua y el 78% el castellano apoyan esa elección.123 Donde las inclinaciones varían notablemente es en la consideración de los temas de poder y mando político. Ante la pregunta de si sentirían seguridad ante la elección de un presidente indígena, sólo el 17% manifiesta sentirse muy seguro (21% en La Paz y Potosí, 13% en Santa Cruz, y 12% en Tarija). El 29% responde sentirse más o menos seguro (en promedio 37% en todos los departamentos, exceptuando Santa Cruz con el 29%), en tanto que los que se sienten muy inseguros suman el 18,7%, con los mayores índices en los departamentos de Santa Cruz (24,7%) y Beni (25,1%).124 Si se suman los porcentaje de muy seguro y más o menos seguro, por un lado, y más o menos inseguro y muy inseguro, por otro, resulta una clara polarización de posiciones en todos los departamentos. En el bloque de seguridad (alta y mediana) se ubica el 54% de los encuestados, en tanto que en el bloque de inseguridad (alta y mediana) el 41%. La posición de seguridad gana en todos los departamentos, con excepción de Santa

W. Carter-Mamani, Irpa chico; individuo y comunidad en la cultura aymara, Juventud, La Paz, 1982; S. Rivera, Ayllus y proyectos de desarrollo en el Norte de Potosí, Aruwiyiri, La Paz, 1993. 123 Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. 124 Ibidem.

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Cruz donde la inseguridad llega al 52%.125 La pregunta más directa tiene que ver con el régimen autonómico. Del total de los encuestados, el 9,8% se pronuncia a favor de la “autodeterminación de los pueblos indígenas”, que es un tipo de autonomía de base étnico-cultural. Del total, La Paz (11%), Beni (14%), Potosí (16%) y Oruro (10%) son los departamentos donde mayor apoyo tiene esta propuesta. Es interesante notar que esta demanda tiene un apoyo más o menos parecido tanto en ciudades grandes como en el área rural dispersa, con un mayor índice de respaldo entre las personas que tienen como idiomas maternos el aymara y quechua (12% en ambos casos). Sin embargo, el porcentaje de personas que consideran necesaria la autodeterminación de los pueblos indígenas se duplica al 19,8% de los encuestados al momento de jerarquizar los principales temas que deberían ser abordados por la Asamblea Constituyente. El departamento con mayor adhesión a tratar la temática de la autodeterminación de los pueblos indígenas en la Constituyente es La Paz con el 25%, seguido de Potosí con el 23% y Santa Cruz con el 19%.126 Este sorprendente crecimiento del interés por tratar la temática de la autodeterminación indígena en la Constituyente parece indicar que a medida que se dan los espacios de certidumbre y deliberación reflexiva, como en el caso de la Asamblea Constituyente, la temática de las formas del autogobierno indígena asume mayor protagonismo. Si se compara el porcentaje de apoyo que tiene este tema con el de apoyo al tratamiento de las autonomías regionales en la Constituyente la diferencia se acorta notablemente. Mientras que las autonomías obtienen un apoyo del 24%, la autodeterminación de los pueblos indígenas alcanza una preferencia del 19,8%, cuatro punto menos. Es notable, por otra parte, que si se compara el porcentaje de apoyo a las autonomías regionales con el porcentaje de quienes consideran que este tema debe ser tratado prioritariamente en la Asamblea Constituyente, el resultado es una notable disminución (del 27% al 24%); en tanto que el tema de la autodeterminación de los pueblos indígenas duplica su adhesión (del 9,8% al 19,8%).127
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En conjunto, hay una amplia conciencia y valoración positiva de la multiculturalidad del país, aunque a medida que los temas de orden decisional sobre el poder político son puestos en debate, la población tiende a polarizarse y a disminuir gradualmente la aceptación o el conocimiento sobre transformaciones institucionales que permitan igualar en derechos y reconocimiento político la diversidad cultural y lingüística del país. Esto posiblemente tenga que ver con los límites de las propuestas de formas de autogobierno indígena dentro de un Estado multinacional. Entre los movimientos sociales actuales, sólo el movimiento indígena aymara articulado en torno a la CSUTCB y a la Federación Departamental de La Paz128 controlada por líderes indianistas, ha puesto en el tapete de discusión esa temática. Con todo, hay una base de disponibilidad social a la multiculturalidad y a la aceptación del mundo indígena en situaciones de poder, sobre la cual tiene un espacio de potencial desarrollo el bloque social (20%) inclinado a formas de autogobierno indígena. Precisamente por este potencial expansivo, y en la medida que en ello se juega el desmontamiento de los seculares procesos de colonización del Estado, no cabe duda que el debate y la construcción pausada de un tipo de Estado multinacional capaz de albergar en condiciones de igualdad ciudadana a todas las culturas e idiomas del país es otro de los principales retos de la democracia en la presente década.

La Asamblea Constituyente es, con mucho, el escenario de los mayores retos de la democracia desde que se instauro como forma de gobierno y comportamiento político. De hecho, puede ser vista como la síntesis condensada de todos los retos anteriormente enumerados y el posible espacio de una experiencia general de democracia radical por parte de la sociedad. Aunque la realización de una Asamblea Constituyente fue demandada hace más de una década por funcionarios judiciales que vieron un conjunto de problemas

2.6. Sexto reto: Un nuevo armisticio social. La Asamblea Constituyente

Ibidem. Ibidem. 127 Ibidem. 128 A. García, M. Chávez, P. Costas, Sociología de los movimientos sociales, Op. Cit.

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en el ordenamiento jurídico del país, fue incorporada en el listado de demandas de los movimientos indígenas de las tierras bajas en la década de los 90.129 Sin embargo, esta propuesta salió de la marginalidad y se convirtió en tema de debate nacional a raíz de la crisis estatal iniciada por los bloqueos y movilizaciones de Cochabamba y el altiplano aymara en abril y septiembre del 2000. En octubre del 2000, ante el inminente deterioro de la correlación de fuerzas y la ideología estatalmente emitida, un cabildo de la Coordinadora del Agua propuso al país resolver la transición hacia un nuevo tipo de Estado y economía mediante la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Posteriormente, otras organizaciones del país plantearon la Asamblea Constituyente como su principal demanda al Estado, en tanto que la mayoría de los candidatos a las elecciones del año 2002, con excepción del MNR, la incluyeron en sus ofertas de gobierno,130 aunque, una vez que formaron parte de de la coalición de gobierno de Sánchez de Lozada, la abandonaron. En la sublevación de octubre del 2003, la Constituyente fue retomada como una de las consignas movilizadoras de los distintos movimiento sociales que presionaran para la renuncia de Sánchez de Lozada. Carlos Mesa, cuando asumió la presidencia, la incorporó como uno de sus tres objetivos de gobierno, junto al referéndum sobre el gas y la redacción de una nueva Ley de Hidrocarburos. Las reformas constitucionales de febrero de 2004 incorporaron la Asamblea Constituyente como medio para la reforma de la Constitución Política del Estado, lo que abrió el camino legal para su convocatoria por el Congreso. En términos jurídicos, la Asamblea Constituyente es un órgano representativo, extraordinario y temporal investido de la tarea de establecer las reglas fundamentales del ordenamiento jurídico estatal 131 mediante la redacción de una Constitución Política
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del Estado. En términos políticos, se afirma que las constituyentes expresan el poder constituyente de una sociedad porque expresan la facultad inherente a toda comunidad soberana de darse su ordenamiento político-jurídico fundamental,132 deduciendo de sí misma y nunca de otra fuente la limitación y la norma de su acción. Esto significa que la Asamblea Constituyente es un órgano de representantes de carácter temporal, extraordinario y supremo de la soberanía social, por lo que no está supeditado a ninguno otro poder y, por tanto, tiene la potestad de elaborar el conjunto de normas y procedimientos de la vida estatal de una comunidad política. En términos históricos, la Asamblea Constituyente planteada por la sociedad tiene una dimensión más cercana a la definición sociológica weberiana. Los movimientos sociales, que son su fuerza motriz, la conciben como el escenario político efectivo para la re-distribución del poder de la sociedad, de tal forma que queden determinadas las posibilidades de influir en la actividad colectiva.133 Independientemente de su significado exacto y de la especificidad de los temas que teóricamente debe tratar, en el horizonte colectivo de la sociedad movilizada la Asamblea Constituyente es imaginada como un ritual colectivo mediante el cual se procede a una reestructuración de las jerarquías, poderes y facultades de la sociedad en correspondencia con la nueva correlación de fuerzas alcanzadas por las múltiples movilizaciones de los últimos años.134 En ello hay, ciertamente, una mirada reivindicativa del orden estatal, pero a la vez pactista, pues no se imagina a la Constituyente como la imposición unilateral de la hegemonía de los sectores subalternos de la sociedad a los sectores privilegiados, sino como la construcción de un armisticio de largo aliento de los bloques sociales en pugna. Ninguno de estos bloques puede imponerse sobre el otro; sin embargo, los que hasta ahora no fue-

Op. Cit. “Elecciones presidenciales 2002”, Opiniones y Análisis, Nº 57, Fundemos, La Paz, 2002. 131 N. Bobbio, N. Matteucci, G.Pasquino (comps.), Diccionario de política, Siglo XX, Madrid, 1995. 132 S. de Linares Quintana, Tratado de interpretación constitucional, Abeledo-Perrot, Argentina, 1998. Para Schmitt, por su parte, “el poder constituyente es la voluntad política cuya fuerza o autoridad es capaz de adoptar la concreta decisión de conjunto sobre modo y forma de la propia existencia política, determinando así la existencia de la unidad política como un todo”. C. Schmitt, Teoría de la constitución, Alianza Editorial, Madrid, 1992. Sobre la relación entre poder constituyente y poder constituido ver, T. Negri, El poder constituyente, Libertarias, Madrid, 1994. 133 Max Weber, Op. Cit. 134 A. García, M. Chávez, P. Costas, Sociología de los movimientos sociales, Op. Cit.

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ron tomados en cuenta (la “parte de los que no tienen parte” de Ranciere) intervienen ahora como sujetos activos y concurrentes en el diseño de los medios, las rutas, los mecanismos y los procedimientos mediante los cuales la sociedad en su conjunto acuerda dirimir y buscar soluciones a los diferendos colectivos. En ese sentido, se puede afirmar que, independientemente de su legalización constitucional, la creciente movilización social no sólo tiene un horizonte de profunda ampliación democrática de las estructuras de poder social, sino que su mismo planteamiento, la propuesta pactista de la conformación de una correlación de fuerzas en la estructura de poder estatal, contiene todos los atributos de un hecho estrictamente democrático, incluso más fuerte que los que contuvieron todos los procesos constituyentes anteriores. Durante el año 2004, varias organizaciones sindicales elaboraron propuestas de convocatoria a la Asamblea Constituyente; sin embargo, el debate sobre su significado y alcances más precisos de manera orgánica y sistemática recién comenzó en los movimientos sociales más activos y en la opinión pública urbana después de las elecciones municipales de diciembre del 2004.135 Por ello, los resultados de la encuesta sobre la Constituyente deben ser tomados como un indicador,

fiable por supuesto, de esta primera etapa preparatoria del debate colectivo. Según la encuesta (Gráfico 15), 57% de los entrevistados afirman haber escuchado sobre la Asamblea Constituyente, en tanto que el 42% dice que no. Si bien hay una mayoría absoluta que tiene algún tipo de conocimiento sobre este hecho político decisivo, no deja de ser llamativa la presencia de un elevado porcentaje de personas que aún desconoce el tema. El mayor índice de conocimiento lo tienen las ciudades con poblaciones mayores a 20.000 personas (65,8%), en tanto el porcentaje mayor de los que no han oído hablar de la Constituyente (49,5%) lo tienen las poblaciones rurales dispersas. Es interesante remarcar que las personas que tienen como idioma materno el aymara son el sector que más ha escuchado sobre la Asamblea Constituyente (61,7%), en tanto que los que tienen al quechua como idioma materno sólo llegan al 51%.136 Este no sólo es un llamado de atención a los organismos estatales de promoción y difusión de la temática sino, ante todo, a las organizaciones sociales, sindicales y comunales con mayor vínculo con los sectores sociales subalternos que han sido los promotores de esta demanda y sin cuya presencia movilizada posiblemente se limite o postergue su realización. En lo que se refiere al principal tema de controversia sobre la convocatoria a la Constituyente, la forma de elección de los constituyentes, existen diversas propuestas. La mayoría de las propuestas coincide en que debería ser por voto individual y directo (propuestas del MNR, MAS, Hugo San Martín y otros), las diferencias están en el número de constituyentes y las circunscripciones donde deben ser elegidos (uninominal, departamental y/o nacional). Sin embargo, hay dos propuestas escritas que han llegado al Parlamento, y que cuentan con el apoyo de organizaciones sociales representativas del país,137 que introducen la elección de constituyentes en circunscripciones especiales indígenas según la lógica asambleísta de las organizaciones comunitarias. La Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) propone la elección de 34 constituyentes de los pueblos indígenas de tierras bajas (uno por cada pueblo)

A. García, M. Chávez, P. Costas, Sociología de los movimientos sociales, Op. Cit. Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. 137 A. García, M. Chávez, P. Costas, Sociología de los movimientos sociales,Op. Cit.
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y 34 constituyentes de los pueblos indígenas de tierras altas, todos según “usos y costumbres”. Paralelamente, propone la elección de tres constituyentes por cada una de las circunscripciones uninominales elegidos por voto secreto, libre y obligatorio.138 Por su parte, la Central de Pueblos Étnicos de Santa Cruz (CPESC), en torno a la cual se han articulado el Bloque Oriente y el Pacto de Unidad con la CSUTCB dirigida por Román Loayza, la Federación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia Bartolina Sisa (FNMCB BS), la Confederación de Colonizadores (CSCB), el Consejo Nacional de Markas y Ayllus del Qullasuyu CONAMAQ y el Movimiento Sin Tierra (MST) dirigido por Ángel Torres, propone que junto a la elección de constituyentes por circunscripción

uninominal (tres por cada una de las 68 existentes), departamental (dos por cada departamento) y nacional, elegidos por voto universal y directo, se establezcan 16 circunscripciones especiales, diez en tierras bajas y 16 en tierras altas para que los pueblos indígenas elijan sus constituyentes por usos y costumbres.139 En ambos casos, junto a la elección por voto individual y secreto se introduce una representación elegida según prácticas asambleísticas de carácter comunitario, intentando combinar representaciones de carácter territorial/liberal con representaciones de tipo gremial/comunitario, en el entendido de que el “demos” constituyente no es sólo agregación de individuos sino colectividades de valores y fines compartidos que deben expresarse como tal en la formación del poder constituyente. A propuestas de elegir constituyentes por sistemas de elección comunitarios (Gráfico 17), se adhiere el 19,8% de los encuestados, mostrando mayor simpatía hacia ello las personas que se hallan en el área rural compacta (21,6%) y rural dispersa (24,4%); en tanto que los sectores que habitan las ciudades intermedias grandes muestran un menor apego a esta posibilidad (13,6% y 17%, respectivamente).140 Esto posiblemente se deba a que la lógica organizativa prevaleciente en las zonas rurales y pueblos intermedios es, por lo general, de carácter sindical, comunal y gremial, en tanto que en el mundo urbano, si bien estas prácticas se mantiene especialmente entre los sectores migrantes y subalternos, hay una mayor experiencia de individuación y de adhesión electiva.

CIDOB, Primera Asamblea Consultiva Nacional 2004, Santa Cruz, 10 de julio de 2004. CSTCB, CONAMAQ, CSCB, CPESC, APG, MST, BOCINAB, CDTAC, Hacia una Asamblea Constituyente soberana y participativa, septiembre del 2004. 140 Banner Demográfico, CNE, Op.Cit.
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En lo que se refiere a los temas que las personas consideran pertinente abordar en la Asamblea Constituyente (Gráfico 18), los resultados de la encuesta son los siguientes. Es un hecho notorio que la principal preocupación de los encuestados se centra en la temática parlamentaria, ya que, como se resalta a lo largo de la encuesta, los partidos y el sistema parlamentario de toma de decisiones construido alrededor de ellos son los que más críticas y rechazo tienen por parte de la sociedad. La preocupación mayoritaria por el Parlamento pareciera señalar, entonces, que la Asamblea Constituyente es concebida como un escenario de profundas reformas, sobre todo, del sistema político-representativo del país. Esta intención de modificación del sistema político tiene en La Paz y Chuquisaca los más entusiastas adherentes, con el 65% y 64,5%, respectivamente, en tanto que la región que menos interesada en estos cambios es Santa Cruz con apenas un 37,9%, 28 puntos menos que La Paz.141 Como se ve, en distintas preguntas es posible
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apreciar una mayor valoración positiva del papel de los partidos en las zonas del oriente que en las regiones de los valles y el altiplano. A contramarcha de lo que podría suponer el sentido común, la propiedad de los recursos naturales como temática de la Asamblea Constituyente sólo tiene el apoyo del 36% de los encuestados. Los departamentos más preocupados por esa temática son Cochabamba con el 47% y Chuquisaca con el 45%. El resto, a excepción de Santa Cruz (29%) y Tarija (31%), se mantienen en el orden del 35% de interés.142 Un dato relevante es la reducción del porcentaje de personas que consideran pertinente el abordar las autonomías regionales (24,5%) y la distribución de tierras (25%), en tanto que la temática de la autodeterminación de los pueblos indígenas llega al 19,8% de interés. Los departamentos que muestran mayor interés por las autonomías son Santa Cruz con el 41% de apoyo y el Beni con el 39,5%. Por su parte, los departamentos más sensibles a la temática de

Banner Demográfico, CNE, Op. Cit. Ibidem.

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distribución de tierras son Santa Cruz con el 34% y Pando con el 43%.143 No se puede dejar de resaltar que, en contraposición a los temores de determinados funcionarios de gobierno y de algunos ideólogos en sentido de que la Asamblea Constituyente despierta ilusiones sobre la rápida solución de las angustias económicas de la población, la temática de acceso al trabajo no figura en las respuestas, en tanto que el desarrollo económico tiene menos del 1% de interés. Esto muestra que la población se encuentra muy lejos de sobredimensionar los alcances de la Constituyente y, más bien, da claras señales de una lectura preponderantemente política y serena de los cambios que puede llevar adelante en ella. Esta misma capacidad de discernimiento (Gráfico 19) se refleja en la consideración de los de los alcances de los cambios que se quisiera hacer a la Constitución Política del Estado. Sólo un 28,1% considera que habría que hacer un cambio total a la Constitución, en tanto que el 61% considera que los cambios deberían ser parciales. Esto puede ser interpretado como una muestra de la capacidad de autocontrol que despliega la población a la hora de implementar cambios y de la memoria con la que la gente trabaja sus retos contemporáneos. Pese al profundo malestar por la situación económica, al descrédito de las instituciones políticas del Estado y al

afán de impulsar cambios estructurales, las personas son poco inclinadas a hacer tabla rasa con la historia institucional heredada. Tienen, más bien, un criterio selectivo, y por tanto reflexivo, sobre las modificaciones necesarias al sistema de reglas de convivencia de la comunidad política para mejorarlo. Curiosamente, mientras que La Paz Potosí y Tarija tienen los porcentajes más bajos de personas que desean cambiar totalmente la Constitución (24%, 22% y 20%, respectivamente), Santa Cruz y Chuquisaca tienen los porcentajes más elevados (38% y 34%, respectivamente).144 A esta moderación reformista hay que añadir el elevado porcentaje de escepticismo de la población con relación a que la Constituyente solucione los problemas del país. El 48,9% de los encuestados consideran que todo seguirá igual, en tanto que el 42% piensa que la Constituyente solucionará los problemas. El elevado porcentaje de personas que piensan que todo seguirá igual puede interpretarse de dos maneras. Por una parte, que los cambios reales de la sociedad no se logran sólo mediante la reescritura de los papeles y normas legales sino que, como muestra la historia, esos cambios requieren otros esfuerzos organizativos de los propios actores sociales. Por otra parte, que lo que las personas decidan en la Asamblea Constituyente será nuevamente escamoteado por las corporaciones partidarias y de elite que se esforzarán para que el mundo de la vida práctica no cambie. En todo caso, la primera interpretación sería la continuación de los grandes retos de la democracia como sistema inacabado de igualación y creciente participación social en la toma de decisiones públicas. En cambio, si sucede la segunda interpretación sería una derrota del ímpetu democratizador de la sociedad para erosionar los monopolios privados de las estructuras del poder estatal. Tenemos, entonces, en conjunto, el diseño de múltiples retos para la extensión, profundización y proyección de la democracia. Pero, si hubiera que resumir todos estos retos en uno, se podría decir que la democracia requiere y demanda de sí misma una radical auto-transformación de sus contenidos a fin de convertirse en una cultura y práctica de igualación y bienestar sustancial de las personas.

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Ibidem. Banner Demográfico, CNE, Op. Cit.

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La participación política y electoral en Bolivia Raúl España Cuéllar

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1. ANTECEDENTES
El informe que se presenta a continuación es el resultado del análisis de los datos contenidos en Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional realizado por encargo de la Corte Nacional Electoral en octubre de 2004. Partiendo del entendido que la participación electoral es una forma de participación política mediante la cual la ciudadanía toma parte en la vida política a través del voto, el objetivo del presente estudio es analizar las visiones de la ciudadanía respecto a su participación en las elecciones generales de 2002, considerando las razones por las cuales los ciudadanos y las ciudadanas participaron o no participaron en dicho evento electoral. En el marco de ese objetivo, el informe se estructura de la siguiente manera: i) El informe se inicia con un breve repaso de los enfoques conceptuales sobre la participación electoral; ii) luego se realiza un análisis del contexto mayor en el que se desarrolla la participación electoral; iii) se continúa con una sucinta revisión histórica sobre la participación electoral y el abstencionismo en el país; y iv) finalmente se cierra el informe con el análisis de la participación electoral a la luz de Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional.

tamiento electoral, en ese sentido, en este acápite pondremos de relieve aquellas que nos han servido de base para el análisis que se desarrolla en el presente trabajo.

2.1. El enfoque sociológico
Desde esta perspectiva, se enfatizan las bases grupales del voto y la ubicación de los sujetos en el sistema de estratificación social (Abreu; Vitullo). En ese marco, se correlaciona el comportamiento electoral con el nivel educativo, los ingresos, la ocupación, el género, la religión, la edad, etc. Sin embargo, este enfoque pone en claro que no hay una correlación directa entre la posición social y el voto, sino que las condicionantes sociales generan el contexto a partir del cual los sujetos leen e interpretan la información política, construyen sus representaciones y circunscriben sus interacciones. Los estudios desarrollados a partir de este enfoque tendencialmente muestran que la gente que posee mayores conocimientos, que goza de una situación económica bonancible y que tiene más tiempo es la que más participa electoralmente. También se establece una correlación positiva respecto al voto entre los adultos, los varones y los casados, en la medida que son las personas que al asumir mayor responsabilidad tienen también mayor motivación para tratar de influir en la política. Por otra parte, los estudios desarrollados bajo este enfoque muestran que la participación en organizaciones sociales tiene también una correlación positiva con la participación electoral, ya que dichas organizaciones en la medida que adoptan posiciones políticas e intentan influir en los resultados electorales se constituyen en una fuente decisiva de información sobre las opiniones y
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2.

BREVES CONSIDERACIONES TEÓRICAS SOBRE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL

Es importante destacar que existen diversas aproximaciones teóricas para abordar el estudio del compor-

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preferencias de los ciudadanos. En este sentido, por lo general los individuos que pertenecen a un mayor número de grupos tienen una participación electoral más alta que aquellos que no pertenecen a ningún tipo de organización (Buendía y Somuano).

3. EL TELÓN DE FONDO DE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL
Para tener una comprensión más cabal del carácter de la participación electoral es menester poner de relieve ciertas características del contexto en el que se despliega.

2.2. El enfoque político
Desde esta perspectiva, se enfatiza la autonomía de lo político en tanto se considera “al comportamiento político no ya como variable dependiente, sino como variable explicativa de integración al espacio democrático. En este caso, el comportamiento electoral es visto como un tipo de participación que permite a los individuos asimilarse socialmente”. De esta manera, el voto ya no es considerado sólo como un mecanismo procedimental de constitución del poder, sino que el voto expresa la reafirmación del individuo como ciudadano, su propia visión del mundo y su pertenencia a una determinada colectividad (Vitullo). Desde el enfoque político, los factores que condicionan el voto son la competencia y el carácter de la oferta electoral, la orientación política ideológica de los ciudadanos, el rol de los partidos políticos y los medios de comunicación social como agentes de movilización electoral, la eficacia política. Bajo este último aspecto, podemos incluir, desde una perspectiva micro, la teoría de la elección racional que supone la evaluación del costobeneficio del acto de votar, así como la probabilidad de afectar los resultados de la elección. Este enfoque también considera el carácter de la participación no electoral y la pérdida de legitimidad del sistema político, aspecto en el que están comprendidas la credibilidad y la confianza en las instituciones políticas.

3.1. El carácter de las tendencias participativas de la sociedad boliviana
La sociedad boliviana se caracteriza por un alto contenido participativo que trasciende las fronteras de la participación institucionalizada (ya sea política y/o social). Contenido que expresa una suerte de combinación de prácticas participativas ancladas en nuestras culturas ancestrales con las prácticas participativas emergentes de la modernidad y que, en ese sentido, articula la lógica asambleísta-deliberativa con la lógica de la representación, la pluralidad con la obligatoriedad del respeto a las decisiones de la mayoría a las cuales las minorías deben someterse. Baste señalar como referencia de ello, las formas de constitución de la “agenda” de octubre de 2004 y la “agenda” regional cruceña que emergen como consecuencia de procesos participativos no institucionalizados pero que hallan su desemboque en los límites del sistema político democrático. En ese sentido, es pertinente señalar –a modo de hipótesis– que tanto la noción de participación como la praxis participativa de la sociedad boliviana están teñidas por dos concepciones de lo democrático que se penetran mutuamente, aunque parecen antagónicas. Por un lado, está la concepción que proviene de la modernidad, basada en el supuesto de que la unidad social no es el grupo sino el individuo autónomo. La misma que se asienta en los principios de: i) la igualdad esencial de todos los seres humanos, ii) la autonomía del individuo, iii) la existencia de minorías o el reconocimiento y el respeto al otro (Mannheim, 1963: 255); y iv) sobre todo en el principio de la libertad individual, entendida como la libertad frente al Estado que se manifiesta en las libertades civiles y la libertad política como la opción de definir libremente el derecho a participar en los asuntos de la comunidad política. Concepción que, por otra parte, pone el énfasis en “la exigencia de que [la] participación sea libre, es de-

2.3. El enfoque institucional
Este enfoque tiene que ver con la correlación entre la participación electoral y el entramado institucional, emergente de las normas y la legislación político-partidaria y electoral. Desde esa perspectiva, las variables que considera este enfoque para el análisis del comportamiento electoral son el tipo de elección, el tipo de escrutinio, la cantidad, tamaño y distribución de las circunscripciones, los campos y espacios territoriales de la competencia política, la obligatoriedad del voto y las formas del registro electoral (Vitullo).
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cir, que sea una expresión y un resultado de todas las otras libertades” (Bobbio, 1988: 500). Por otro lado, está la concepción que se alimenta de las visiones holistas del mundo indígena y de lo que fueron las prácticas del mundo obrero, sobre todo del movimiento minero, que impregnaron el escenario político del país durante las décadas de los 30 a los 80 del siglo pasado. Esta concepción de lo democrático se asienta en el principio de la autodeterminación en el que subyace la exigencia del “control del poder” por parte del movimiento social, no tanto como a la detentación del poder en sentido lato, sino como la capacidad de veto, de control y de la participación en la elaboración de las decisiones estatales. Concepción que, por otra parte, no está asociada de manera directa al concepto genérico de mayoría, sino más bien al concepto de mayoría de efecto estatal que tiene que ver con la calidad de la masa, con la fuerza de la masa, con la colocación neurálgica de la masa en la sociedad o con la eficacia de la determinación que produce, antes que con el número o con la cantidad. En ese sentido, la autodeterminación expresa el tipo de pugnacidad de la masa no sólo como libertad del colectivo frente al Estado, sino como la irradiación de la autodeterminación del colectivo en el Estado (Zavaleta, 1983: 111). Estas concepciones, a su vez, se expresan en una particular visión de la democracia: la democracia es concebible sólo a partir de la participación y la participación tiene como su núcleo a la capacidad de decisión, en el sentido de que la democracia es participación y participar no sólo es formar parte de, sino sobre todo es capacidad de decidir sobre...

vo de la democracia (Cuadro 1), los encuestados se inclinan por señalar que la democracia tiene como propósito principal garantizar la participación (11,5%) y la libertad de expresión (11,4%).

Por otra parte, las palabras que mejor representan a la democracia (Cuadro 2) son libertad (25,6%), derechos humanos (17,9%) e igualdad (13,5%).

3.2. Las valoraciones sobre la democracia
La participación electoral también se desenvuelve sobre una particular forma de percibir la democracia en tanto ideal, de evaluar su funcionamiento y de las visiones que se tienen sobre las instituciones y los operadores del régimen democrático. Las percepciones sobre los principios del régimen Si bien en los resultados de Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional no encontramos una expresión contundente sobre el objetiDesde la perspectiva del contraste entre democracia y dictadura (Cuadro 3) los encuestados señalan que en democracia hay más libertad (84,8%), más opciones de salud (79,9%), más oportunidades de educación (79,1%) y más igualdad (72,9%).
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A partir de estos datos, se constata que en el imaginario político de los bolivianos, la democracia es, idealmente, participación y libertad: libertad de expresión, de pensamiento, de reunión, de organización y de decisión. Pero al mismo tiempo, la democracia, como vigencia de los derechos humanos, es derecho al trabajo, al empleo, protección contra la miseria e igualdad en el sentido no sólo de igualdad ante la ley, sino del respeto a la diferencia y a la diversidad cultural. La democracia es también igualdad de oportunidades en tanto mayores opciones de salud y educación. En este marco, el 66,4% de los encuestados se inclinan por un régimen democrático y el 67,2% cree que con la democracia Bolivia se proyecta a un futuro mejor (Cuadro 4; Gráfico 1).

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

El funcionamiento del régimen Si bien se pude señalar que hay una imagen positiva de los principios del régimen democrático, los bolivianos están insatisfechos con el desempeño de la democracia (Gráfico 2). El 51,1% de los encuestados no está satisfecho con la democracia en Bolivia, esta insatisfacción la expresan principalmente los jóvenes, las personas de nivel socio-económico alto, las que viven en los centros urbanos más poblados y aquellas que tienen un nivel educativo alto. Por el contrario, son las personas de mayor edad, de nivel socio-económico bajo, que viven en el área rural y que tienen un nivel educativo relativamente bajo las que muestran mayor grado de satisfacción con la democracia (Cuadro 5).

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La participación política y electoral en Bolivia

CUADRO 5: Satisfacción con la democracia
NIVEL SOCIOECONÓMICO Satisfacción con la democracia % EDAD SEXO +65 H 49,4 47,9 M 43,6 Alto Medio Bajo 18-25 26-35 36-45 46-55 56-65 25,6 33,6 48,3 38,6 39 53,5 54 47,1

DEPARTAMENTO Satisfacción con la democracia % LPZ 36,0 SCZ 47,7 CBB 53,0 ORU 44,6 CHQ 43,5 PTS 48,6 PAN 74,0 TAR 48,8 BEN 54,4

TAMAÑO POBLACIÓN
+20 mil 36,9

NIVEL EDUCACIONAL

RAZA

Satisfacción con la democracia %

2 a 20 500 a 2 Menos Ninmil mil 500 guno 50,4 59,1 53,5 49

Pri- Secun- Técnico Supe- Blanco Origimaria daria rior nario 59,2 43,3 32,9 29,8 47,2 45,8

Nota: Todos los valores en % Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

CUADRO 6: Beneficios económicos
Beneficios económicos Muchos Pocos Ninguno NR Total A la familia 4,9 54,1 38,3 2,7 100 A la comunidad 5,9 59,5 31,3 3,3 100 Al país 8,4 64,6 22,8 4,2 100

Nota: Todos los valores en % Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Con relación al desempeño de la democracia, los encuestados creen que la democracia no ha traído beneficios económicos, ni a la familia, ni a la comunidad, ni al país (Cuadro 6). Estos datos presentan una doble paradoja. Por un lado, la mayor insatisfacción de la población de niveles socio-económicos altos con la democracia, respecto a la población de niveles socio-económicos bajos. Por otro lado, la mayor satisfacción de los bolivianos de nivel socio-económico bajo con la democracia pese a su bajo desempeño en lo que se refiere al mejora-

miento de las condiciones económicas, es decir, respecto a la resolución de los problemas de la pobreza. Esta aparente paradoja parece hallar su explicación en el hecho de que si bien la democracia no ha mejorado las condiciones económicas de los más pobres, ha abierto las condiciones de posibilidad para que a través de los procesos participativos institucionalizados y no institucionalizados se genere una “democratización del poder”, en el sentido de que éste se ha desconcentrado en cierta manera del ámbito de la población con mayor capacidad económica, mayor prestigio social, mayor educación o de las élites locales tradicionales. Se han abierto canales de participación en la conformación de los poderes locales, en la definición de las políticas públicas, en el control y el uso de los recursos públicos. A nivel del sistema político, se han potenciado canales de
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expresión política propios como el MIP, el MAS y, en alguna medida, las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas. Esta democratización del poder ha sido más evidente en los municipios pequeños y rurales. La confianza institucional El punto más débil de la valoración de la democracia es la confianza institucional. Las instituciones que apoyan el régimen político democrático adolecen de un profundo déficit de legitimidad. Los bolivianos y las bolivianas tienen una imagen negativa de los partidos políticos (55,2%), del Parlamento (26,1%) y del gobierno (18,4%). Se considera que los partidos son poco necesarios para la democracia (56,6%) y, en general, la imagen del conjunto de los partidos es negativa, todos están por debajo del 29% (Cuadro 7 y Gráficos 3 y 4).

A propósito de las explicaciones posteriores sobre el carácter de la participación electoral de los ciudadanos, es importante destacar que la Corte Nacional Electoral goza de una baja imagen negativa (1,8%) (Cuadro 7).

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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La participación política y electoral en Bolivia

La concepción sobre la política El desempeño de los políticos en todos los niveles de la representación política, ya sea en la administración central de gobierno, el Parlamento, los gobiernos municipales o los concejos municipales, ha generado en los bolivianos y las bolivianas una visión negativa de la política, a la que se la asocia centralmente con la corrupción (47,8%) (Cuadro 8). La población parece sentirse hastiada con las alianzas políticas que confiscan la decisión popular, con la ineficacia del Parlamento, con el “cuoteo” y el manejo discrecional de los recursos públicos. Por otra parte, persiste en una importante parte de la población la percepción de la política como el espacio de la confrontación, el 19,4% de los entrevistados concibe a la política como el espacio de la lucha por el poder, lo que denota la pervivencia de rasgos de una cultura política no democrática. Sólo, aproximadamente, un quinto de la población tiene una percepción positiva de la política en tanto forma de servicio del país, de representación de los demás, actividad honrosa o profesión como cualquier otra (Cuadro 8).

4. BREVES CONSIDERACIONES SOBRE EL ABSTENCIONISMO1 EN LAS ELECCIONES GENERALES EN BOLIVIA
La participación electoral en las elecciones generales en Bolivia es relativamente alta. En las siete elecciones generales realizadas a partir de 1979 la media de la participación es del 76,51%, lo que implica un promedio cercano al de las democracias consolidadas de Europa, muy superior al de la democracia norteamericana y muy cercano al promedio de la participación electoral en América Latina.2 La participación electoral en Bolivia, el año 2002 (68,25) está por encima con 3,75 puntos (Cuadro 9), lo que da cuenta de una relativamente baja abstención electoral respecto a las democracias del subcontinente.

CUADRO 9: Tipo de elección 2004 por participación electoral
Pais Bolivia Brasil Colombia Costa Rica Ecuador Perú República Dominicana Tipo de Participación electoral elección electoral 2002 (%) Generales 30 junio 72 Generales (I Vuelta) 6 octubre 82 Presidencial (II Vuelta) 27 octubre 80 Legislativas 10 marzo 43 Presidenciales 26 mayo 46 Generales (I Vuelta) 3 febrero 69 Presidenciales (II Vuelta) 7 abril 61 Municipales 1 diciembre 23 Generales (I Vuelta) 20 octubre 65 Presidenciales (II Vuelta) noviembre 71 Regionales, provinciales 17 y municipales noviembre 83 Legislativas y municipal 16 mayo 51

Fuente: Zovatto D. y Burdman J., América Latina: Balance Electoral 2002.

1

2

El abstencionismo expresa la no participación en el derecho de votar, que puede deberse a diversas causas, a factores que no están bajo el control del ciudadano, en este sentido, destacan factores de carácter técnico como los problemas de enfermedad o los problemas referidos al entramado institucional electoral, y factores de carácter social, como el aislamiento geográfico o la exclusión y marginación social. Por otra parte, están las causas que dependen del ciudadano como el desinterés por el acto electoral, o los motivos de índole política referidos al rechazo al régimen o al sistema político, a los candidatos, a los partidos, a las ofertas electorales o los políticos en general. Según datos del artículo “Participación Electoral en Chile, 1988-2001”, en las elecciones recientes de los Estados Unidos votó aproximadamente el 50% de la población en edad de votar mientras que en Francia alcanzó un poco más del 60%, en España estuvo sobre el 70% y en Suecia bordeando el 80%. Por otro lado, la tasa de participación electoral en América Latina está en un promedio del 80% (Navia, 2004: 5).

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Corte Nacional Electoral

CUADRO 10: Participación y abstención electoral en Elecciones Generales (1979-2004)
Elección/Indicador Ciudadanos votantes Porcentaje de participación Ciudadnos abstencionistas Porcentaje de abstención Votos validos Porcentaje de elección Votos no válidos Porcentaje de invalidación 1979 1980 1985 1989 1993 1997 2002 Ciudadanos Inscritos (Padron Electoral) 1'876.920 2'004,284 2'108.458 2'140.345 2'399.197 3'252.501 4'155.055 1'693.233 1´489.484 1'728.365 1'573.790 1'731.309 2'321.117 2'994.065 90,21% 183.687 9,79% 86,78% 223.856 13,22% 74,32% 514.800 25,68% 87,89% 180.450 12,11% 81,97% 380.093 18,03% 87,02% 224.309 12,98% 73,53% 566.555 26,47% 89,97% 157.921 10,03% 72,16% 667.888 27,84% 95,17% 83.599 4,83% 71,36% 28,64% 93,80% 143.946 6,20% 72,06% 27,94% 92,81% 215.257 7,19% 931.384 1'160.990

1'469.377 1'309.034 1'504.056 1'451.869 1'647.710 2'177.171 2´778.808

Fuente: Resultados del Referéndum 2004, Documento de información pública Nº 4, CNE.

Entrando a un análisis más puntual del devenir de la abstención electoral entre el año 1979 y el 2002 (Cuadro 10), se constata una altísima participación electoral en la elección de 1979, explicable por el carácter de la reconquista del proceso democrático asentada en una movilización de masas que aglutinó a vastos sectores sociales que habían resistido a los gobiernos autoritarios. Por otra parte, los datos muestran que la abstención electoral comienza a crecer a partir de la elección presidencial de 1989, presentando una leve disminución en la elección de 2002. Ello puede hallar su explicación, por un lado, en las consecuencias de las políticas de liberalización de la economía que se implementaron en 1985 y que tuvieron un efecto restrictivo en el empleo y los ingresos en el sector de la administración pública y de la producción minera y fabril, resultando en la incertidumbre de la condición salarial y la flexibilización de las relaciones laborales, lo que generó cierta desconfianza en el sistema político democrático y repercutió en el crecimiento de la abstención electoral. Por otro lado, el leve repunte de la participación electoral el año 2002 puede encontrar una posible explicación en el carácter abierto de la competencia electoral entre los partidos tradicionales, representantes del modelo de libre mercado, y los partidos emergentes, portadores de una visión más estatista. La abstención electoral en Bolivia se relativiza si tomamos en cuenta que, de acuerdo a las investigaciones

de Salvador Romero Ballivián, hay que considerar una “abstención artificial” producto de las condiciones actuales del Padrón Electoral que presenta problemas de depuración respecto al ritmo de la dinámica demográfica, lo que conlleva a considerar que la participación electoral sería más alta y estaría al nivel del promedio latinoamericano.3 Desde esa perspectiva, el abstencionismo parecería no tener una correlación directa con el rechazo al sistema democrático, es decir, no se trataría de un abstencionismo político, sino más bien que parecería estar ligado a factores de carácter técnico o a problemas de inclusión social.4 Podría argüirse, sin embargo, que la relativa alta participación electoral está relacionada de manera directa con la obligatoriedad del voto, sin embargo, ése no parece ser el caso de Bolivia en la medida que frente a ese carácter de la normativa está la alternativa de la anulación del voto. Los porcentajes de elección son altos, están por encima del 85% y a partir de la elección de 1993 sobrepasan el 90%, ello muestra que la invalidación del voto como discrepancia con la normativa electoral no es significativa y más bien tiende a disminuir. Ello conlleva a señalar que los bolivianos y las bolivianas han interiorizado el voto como un derecho y como un canal para participar, hasta cierto punto en igualdad de condiciones (bajo el criterio de un ciudadano un voto), en la decisión sobre quién y cómo se debe gobernar.

3 4

Ver Romero Ballivián, 2003: 419. Estas apreciaciones serán constatadas a lo largo del análisis de los datos de Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, 2004.

80

La participación política y electoral en Bolivia

5.

ANÁLISIS DE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL A PARTIR DE CULTURA POLÍTICA Y DEMOCRACIA EN BOLIVIA. SEGUNDO ESTUDIO NACIONAL

CUADRO 12: Departamento por voto en las Elecciones Generales 2002
Departamento No La Paz 171 20,2% Santa Cruz 148 22,8% Cochabamba 122 22,9% Oruro 33 21,4% Chuquisaca 30 15,9% Potosí 69 26,3% Pando 3 14,3% Tarija 37 24,7% Beni 19 16,5% Total 632 21,6% Votó Sí 676 79,8% 502 77,2% 411 77,1% 121 78,6% 159 84,1% 193 73,7% 18 85,7% 113 75,3% 96 83,5% 2.289 78,4% Total 847 100,0% 650 100,0% 533 100,0% 154 100,0% 189 100,0% 262 100,0% 21 100,0% 150 100,0% 115 100,0% 2.921 100,0%

Es importante destacar que no hay un patrón uniforme respecto a la participación electoral, el comportamiento respecto a votar o no votar varía dentro de los propios países de una elección a otra o con relación al carácter y al objeto de la elección. Es decir, no hay una explicación monocausal respecto al comportamiento electoral. En ese sentido, abordaremos el análisis a partir de un conjunto de variables que permiten articular factores sociológicos con los propiamente político e institucionales. En términos generales, los resultados del estudio muestran que, desde la percepción de los encuestados, la participación electoral en las elecciones generales de 2002 ha sido relativamente alta, llegando al 78,4%, lo que representa 6,3 puntos más que el porcentaje real consignado en los datos oficiales de la elección de 2002, diferencia que se relativiza si se tiene en cuenta el “abstencionismo artificial” señalado por Romero Ballivián (Cuadro 11).

CUADRO 11: ¿Votó en las Elecciones Generales 2002?
No Sí Total Porcentaje válido 21,6 78,4 100,0

Fuente: Base de datos,Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

5.1. La participación electoral desde la perspectiva de la distribución espacial de la población
Desde la perspectiva de los encuestados, la dinámica del voto por departamento ha tenido las siguientes características (Cuadro 12): los departamentos de Pando (85,7%), Chuquisaca (84,1%) y Beni (83,5%) se perciben con una mayor participación electoral mientras que los departamentos de Potosí (26,3%) y Tarija (24,7%) se muestran con un mayor nivel de abstencionismo.

Estos datos se aproximan a la geografía electoral destacada por Romero Ballivián, según la cual Potosí es el departamento menos participativo. Chuquisaca, por su parte, obtuvo un repunte importante en la participación electoral. Con relación a las razones por las cuales la gente va a votar, destaca el hecho de que un alto porcentaje de los encuestados cree que la razón principal es la obligación o deber ciudadano (40,8%) y el apoyo a la democracia (27,8%). Sin embargo, llama la atención que en Cochabamba (19,7%) y Pando (19,0%) la gente cree que una de las razones importantes para votar es el apoyo a su partido, lo que puede denotar una mayor identificación partidaria o una mayor adhesión a las agrupaciones ciudadanas en estos departamentos, lo que resulta cohe81

Corte Nacional Electoral

rente sobre todo con la emergencia del MAS en Cochabamba y la crisis de ADN en Pando. Las razones por las cuales los potosinos perciben que votaron en menor cantidad que los ciudadanos de los otros departamentos están asociadas al hecho de que no tenían la edad suficiente el momento de inscribirse (32,4%) y a que no estaban inscritos (18,4%). Los tarijeños también señalan el problema de la edad (35,1%) y la carencia de documentos (21,6%).5 Con relación al tamaño de la población y la distinción entre áreas rural y urbana, el comportamiento respecto al voto es bastante homogéneo (Cuadro 13). Destaca relativamente una mayor participación en el voto en las ciudades grandes (79%) y el área rural dispersa (78,3%). En este último caso, ello puede encontrar una posible explicación por la dinámica electoral impresa por el MIP y el MAS.

5.2. La participación electoral desde la perspectiva de las variables sociales
Con relación a la edad se constata el supuesto de que los jóvenes (47,8%) tienen una menor participación electoral que los adultos y que conforme la edad de los adultos aumenta la tasa de participación crece (Cuadro 14).

CUADRO 14: Edad por voto en las Elecciones Generales 2002
Edad No 18 a 25 361 52,2% 26 a 35 107 15,1% 36 a 45 64 12,4% Votó Sí 331 47,8% 601 84,9% 454 87,6% 398 87,7% 278 90,0% 229 95,0% 2.291 78,4% Total 692 100,0% 708 100,0% 518 100,0% 454 100,0% 309 100,0% 241 100,0% 2.922 100,0%

CUADRO 13: Tamaño de la población por voto en las Elecciones Generales 2002
Tamaño población Urbano más de 20 mil Urbano de 2 a 20 mil Rural compacto Rural disperso Total Votó No 293 21,0% 66 24,9% 27 22,3% 247 21,7% 633 21,6% Sí 1.105 79,0% 199 75,1% 94 77,7% 893 78,3% 2.291 78,4% Total 1.398 100,0%

46 a 55

56 12,3%

56 a 65

31 10,0%

65 adelante

12 5,0%

265 100,0%
Total 631 21,6%

121 100,0% 1.140 100,0% 2.924 100,0%
Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNEl, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Por otra parte, es la población de las ciudades pequeñas y medianas la que tiene una mayor tasa de abstención (24,9%). Es importante destacar que si bien la población rural dispersa señala tener una significativa participación electoral, los que no votaron no lo hicieron porque carecían de documentos. En relación con los otros casos, el no contar con la edad suficiente constituye la razón recurrente por el que no fueron a votar.
5

Los jóvenes declararon no haber votado básicamente por no tener la edad suficiente para ejercer ese derecho. Destaca, por otra parte, que el motivo recurrente por el cual la población que está en el rango de edad de 26 a 55 años no votó fue la carencia de documentos. Respecto al estado civil, son los solteros (40,7%) y los concubinos (30,7%) los que presentan un mayor grado de abstención. Mientras que los divorciados (95,8%), los viudos (91,5%) y los casados (89,3%) declaran una alta participación electoral (Cuadro 15). La causa de la baja participación electoral de los solteros es que no tenían la edad suficiente para ejercer el derecho al voto, mientras que para los concubinos es la carencia de documentos.

Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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La participación política y electoral en Bolivia

CUADRO 15: Estado civil por voto en las Elecciones Generales 2002
Estado civil No Soltero 337 40,7% Casado 155 10,7% Concubino 108 30,7% Divorciado 2 4,2% Separado 15 20,5% Viudo 15 8,5% Ns/Nr 0 0,0% Total 632 21,6% Votó Sí 490 59,3% 1.288 89,3% 244 69,3% 46 95,8% 58 79,5% 161 91,5% 4 100,0% 2.291 78,4% Total 827 100,0% 1.443 100,0% 352 100,0% 48 100,0% 73 100,0% 176 100,0% 4 100,0% 2.923 100,0%

CUADRO 17: Nivel de educación por voto en las Elecciones Generales 2002
Nivel educacional Ninguno Votó No 95 21,8% Primaria 176 20,2% Secundaria 246 29,4% Técnico 67 26,3% Superior 48 9,1% Total 632 21,6% Sí 340 78,2% 694 79,8% 592 70,6% 188 73,7% 477 90,9% 2.291 78,4% Total 435 100,0% 870 100,0% 838 100,0% 255 100,0% 525 100,0% 2.923 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Desde la perspectiva del género también se constata el supuesto de que los hombres (81,6%) votan más que las mujeres (75,7%) (Cuadro 16).

CUADRO 16: Sexo por voto en las Elecciones Generales 2002
Sexo No Hombre 246 18,4% Mujer 386 24,3% Total 632 21,6% Votó Sí 1.089 81,6% 1.202 75,7% 2.291 78,4% Total 1.335 100,0% 1.588 100,0% 2.923 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

La razón principal por la cual no votaron las mujeres fue la carencia de documentos mientras que para los hombres fue el no contar con la edad suficiente.

En lo tocante al nivel educacional (Cuadro 17), se verifica el supuesto de que las personas con mayor grado de formación educativa tienen un nivel más alto de participación. En este sentido, los que señalaron tener estudios superiores declararon un porcentaje de participación del 90,9%. Sin embargo, curiosamente, las personas que señalaron no tener ningún nivel educativo (78,2%) y las que cursaron hasta el nivel primario (79,8%) manifestaron un nivel de participación importante, sobre todo con respecto a los que declararon un nivel educativo secundario (70,6%) y técnico (73,7%). La razón principal por la cual las personas de nivel educativo bajo no votaron fue la carencia de documentos mientras que para las personas de nivel educativo intermedio (secundario y técnico) fue el no contar con la edad suficiente y para las personas con un nivel educativo superior fue el no estar inscritas. Con relación a la confesión religiosa (Cuadro 18) destaca el hecho que son los “ateos”5 (40%) y los Testigos de Jehová (33,3%) los que manifiestan un mayor grado de abstención. Los mormones (100%), los adventistas (90,9%) y los cristianos (80,3%) son los que mayormente declaran votar mientras que los católicos participantes (79,1%), los católicos no participantes (77,5%) y los evangelistas (79,7%) están próximos
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Corte Nacional Electoral

al promedio de los que declararon haber votado en las elecciones.

CUADRO 19: Ocupación por voto en las Elecciones Generales 2002
Ocupación Propietario negocio grande Propietario negocio chico Agricultor No 1 8,3% 91 18,2% 24 12,8% Ganadero 4 10,3% Profesional independiente Directivo superior Director medio Empleado planta Obrero 7 12,3% 0 0,0% 0 0,0% 45 10,4% 34 18,9% Campesino empleado Artesano o comerciante empleado Ama de casa 11 15,1% 37 21,4% 132 22,8% Estudiante 190 57,2% Jubilado 12 7,4% Votó Sí 11 91,7% 408 81,8% 163 87,2% 35 89,7% 50 87,7% 7 100,0% 22 100,0% 387 89,6% 146 81,1% 62 84,9% 136 78,6% 447 77,2% 142 42,8% 151 92,6% 124 73,4% 2.291 78,4% Total 12 100,0% 499 100,0% 187 100,0% 39 100,0% 57 100,0% 7 100,0% 22 100,0% 432 100,0% 180 100,0% 73 100,0% 173 100,0% 579 100,0% 332 100,0% 163 100,0% 169 100,0% 2.924 100,0%

CUADRO 18: Religión por voto en las Elecciones Generales 2002
Religión No Católico participante Católico no participante Evangélica 363 20,9% 141 22,5% 57 20,3% Cristiano 27 19,7% Ninguna 30 40,0% NR 7 24,1% Testigos de Jehová Mormón 3 33,3% 0 0,0% Adventista 1 9,1% Bahai 0 . Judío 2 100,0% Total 631 21,6% Votó Sí 1.373 79,1% 487 77,5% 224 79,7% 110 80,3% 45 60,0% 22 75,9% 6 66,7% 13 100,0% 10 90,9% 0 . 0 0,0% 2.290 78,4% Total 1.736 100,0% 628 100,0% 281 100,0% 137 100,0% 75 100,0% 29 100,0% 9 100,0% 13 100,0% 11 100,0% 0 . 2 100,0% 2.921 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Es significativo que las razones de la abstención de los Testigos de Jehová sean el que no se cumple con lo que se decide en las elecciones y la carencia de documentos, mientras que las razones por las cuales no votaron las personas que no profesan ninguna religión fueron el no contar con la edad, el estar de viaje o enfermo y el hecho que no les interesaba el acto electoral.
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Trabajador ocasional Total

45 26,6% 633 21,6%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

La participación política y electoral en Bolivia

Respecto a la ocupación (Cuadro 19), son los directivos superiores y medios (100%), los jubilados (92,6%) y los propietarios de grandes negocios (91,7%) los que señalaron haber tenido una mayor participación electoral. Los estudiantes (57,2%) y los trabajadores ocasionales (26,6%) son los que declaran un mayor grado de abstención. Mientras que los ganaderos (89,7%), los empleados de planta (89,6%), los profesionales independientes (87,7%) y los agricultores (87,2%) tienen un nivel de participación electoral superior al 85%. El alto nivel de abstención de los estudiantes se debe a que no contaban con la edad para votar y el de los trabajadores ocasionales a que no tenían documentos.

Desde la perspectiva de los ingresos (Cuadro 20) se presenta un dato curioso: son los extremos los que declaran una mayor participación electoral. Los que señalan tener ingresos mayores a 20.000 Bs. manifiestan un 100% de participación y los que tienen ingresos entre 10.001 y 20 mil declaran una participación del 88% mientras que los que declaran no tener ningún ingreso señalan una participación del 91%. Con esto se relativiza el supuesto de que son los más ricos los que tienen una más alta participación electoral y los más pobres los que tienen una baja participación electoral. Los que declaran tener ingresos menores a 250 Bs. señalan un alto nivel de abstención (33%) en relación con la carencia de documentos.

CUADRO 20: Ingresos por voto en las Elecciones Generales 2002
Ingresos No Nada 7 9,2% Menos de 250 98 35,9% 251 a 500 155 21,4% 501 a 1000 140 18,2% 1001 a 2000 84 18,1% 2001 a 5000 43 16,7% 5001 a 10 mil 15 20,5% 10001 a 20 mil 2 11,8% Más de 20 mil 0 0,0% NS/NR 87 33,1% Total 631 21,6% Votó Sí 69 90,8% 175 64,1% 569 78,6% 631 81,8% 380 81,9% 214 83,3% 58 79,5% 15 88,2% 4 100,0% 176 66,9% 2.291 78,4% Total 76 100,0% 273 100,0% 724 100,0%

CUADRO 21: Raza por voto en las Elecciones Generales 2002
Raza No Blanca 102 20,2% Mestiza 378 21,6% Negra 4 13,3% Votó Sí 402 79,8% 1.371 78,4% 26 86,7% 491 76,8% 2.290 78,4% Total 504 100,0% 1.749 100,0% 30 100,0% 639 100,0% 2.922 100,0%

771 100,0% 464 100,0% 257 100,0% 73 100,0% 17 100,0% 4 100,0% 263 100,0% 2.922 100,0%

Originario

148 23,2%

Total

632 21,6%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

En lo tocante a la pertenencia étnica (Cuadro 21) si bien no hay grandes variaciones, destaca el hecho que los que declaran pertenecer a la raza negra (86,7%) y los que manifiestan pertenecer a la raza blanca (79,8%) tienen ligeramente una mayor participación electoral que los que señalan ser mestizos (78,4%) y originarios (76,8%). Respecto al idioma (Cuadro 22) es llamativo que los que tienen como idioma materno el aymara declaran una mayor participación que los de habla quechua y castellano.
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Corte Nacional Electoral

CUADRO 22: Idioma por voto en las Elecciones Generales 2002
Idioma entrevista Castellano Votó No 617 21,7% Quechua 14 25,5% Aimara 1 5,3% Total 632 21,6% Sí 2.232 78,3% 41 74,5% 18 94,7% 2.291 78,4% Total 2.849 100,0% 55 100,0% 19 100,0% 2.923 100,0%

ii) Los que participan en los sindicatos (89,9%), en los partidos políticos (86%) y en las juntas de vecinos (85,4%) tienden a tener una mayor participación electoral. iii)La relación entre la pertenencia a centros juveniles y clubes deportivos y el voto es menor.
Como se constata a través del análisis particularizado de las variables sociales, (Cuadro 24) las causas centrales de la abstención son la falta de edad en el momento de la elección (29,6%) y la carencia de documentos (24,4%). Desde la percepción de los encuestados, las principales razones para las que la gente acude a votar (Cuadro 25) son, en primer término, que el voto es una obligación y un deber ciudadano (40,9%) y, en segundo término, que el voto apoya a la democracia (27,7%). En un análisis más detallado, destaca el siguiente hecho: los adventistas (54,5%) y los Testigos de Jehová (22,5%), los que están en el rango de edad de 56 a 65

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Con relación a la pertenencia a grupos (Cuadro 23), destacan los siguientes aspectos:

i) En términos generales hay una correlación positiva entre la pertenencia a organizaciones y el voto.

CUADRO 23: Participación en organizaciones por voto en las Elecciones Generales 2002
Organizaciones en las que participa Junta de vecinos Centros juveniles Centros de madres Club deportivo Sindicatos Asociaciones de voluntariado Partidos políticos Centro cultural Organizaciones de la Iglesia Otras organizaciones No Sí No Sí No Sí No Sí No Sí No Sí No Sí No Sí No Sí No Sí Votó No 28,8 14,6 18,8 32,9 22,6 17,5 19,9 25,2 24,8 10,1 22,5 17,6 22,5 14 22,2 19,2 23,8 18,9 22 18,1 Sí 71,2 85,4 81,2 67,1 77,4 82,5 80,1 74,8 75,2 89,9 77,5 82,4 77,5 86 77,8 80,8 76,2 81,1 78 81,9 Total 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100

Nota: Todos los valores en % Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

86

La participación política y electoral en Bolivia

años, los que cuentan con ingresos menores a 250 Bs. (15,4%), los que tienen un nivel de educación primario (17,5%), los que declaran pertenecer a la raza negra (33,3%) y los que tienen como lengua materna el quechua (25%) señalan que una de las razones principales por las cuales votaron es para apoyar a su partido.

CUADRO 24: Razones por las cuales la gente no vota
Porcentaje válido No tenía documentos 24,4 No estaba inscrito 12,7 Se oponía elecciones 1,3 No le interesaba 7,4 No tenía edad 29,6 Enfermo, viaje, no pudo 14,8 No estaba informado 0,7 No se cumple lo decidido 0,2 NR 8,7 TOTAL 100,0 Porcentaje acumulado 24,4 37,2 38,5 45,9 75,6 90,4 91,1 91,3 100,0

Con relación a los factores que más influyen en la decisión del voto (Cuadro 26), los encuestados señalan que son la situación económica (22,8%) y los medios de comunicación (20,9%). Respecto a los elementos importantes que se considera a tiempo de votar (Cuadro 27), los encuestados señalan que son, centralmente, el programa (56%) y la ideología del partido (24,8%).

CUADRO 27: Elementos importantes a tiempo de votar
Programa Ideología Candidato NS/NR Total Porcentaje válido 56,0 24,8 16,0 3,2 100,0 Porcentaje acumulado 56,0 80,8 96,8 100,0

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

5.3. Participación electoral y evaluación del sistema político
Es importante destacar que aunque la mayoría de los encuestados tiene una evaluación negativa del desempeño del sistema político esto no tiene una repercusión negativa en el ejercicio del derecho al voto. Es decir, no hay una correlación directa entre la evaluación negativa del sistema político y la abstención (Cuadro 28). Al respecto destacan los siguientes elementos: i) Del total de los que declaran su insatisfacción con la democracia, el 77,5% señaló que sí participó en las elecciones generales 2002 frente a un 22,5% que no lo hizo. ii) Del total de los que manifiestan que la democracia no trajo ningún beneficio económico al país, el 78,4% manifestó haber participado en las elecciones. iii) Del total de los que respondieron que da lo mismo un gobierno democrático que uno autoritario, el 81,3% participó en las elecciones. Por otra parte, del total de los que señalaron que es preferible un gobierno autoritario, el 73,4% señaló haber participado en las elecciones. iv) Finalmente, del total de los que creen que la democracia no traerá un futuro mejor al país, el 77,1% señaló haber ido a votar en las elecciones generales de 2002.
87

CUADRO 25: Razones por las cuales la gente vota
Porcentaje Porcentaje válido acumulado Apoyo a su partido 12,7 12,7 Para que no gane otro 1,6 14,3 Cambie partido gobernante 12,4 26,8 Apoyo a la democracia 27,7 54,5 Obligación del ciudadano 40,9 95,4 Ninguno 1,4 96,8 NS/NR 3,2 100,0 Total 100,0
Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 26: Factores que influyen en el voto
Situación económica Medios de comunicación Opinión de líderes Su familia Encuestas Ninguno NS/NR Total Porcentaje válido 22,8 20,9 14,7 12,2 6,4 15,5 7,6 100,0 Porcentaje acumulado 22,8 43,7 58,4 70,6 76,9 92,4 100,0

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Corte Nacional Electoral

CUADRO 28: Evaluación del sistema político por voto en las Elecciones Generales 2002
Evaluación Sistema político No Satisfacción con la democracia Beneficios económicos al país Democracia vs autoritarismo Sí No NS/NR Ninguno Muchos Democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno Da lo mismo democracia o autoritarismo Es preferible un gobierno autoritario NS/NR No Sí 19,2 22,5 40,4 21,6 22 Votó Sí 80,8 77,5 59,6 78,4 78 Total 100 100 100 100

21,3 18,7 26,6 28,9 22,9 21

78,7 81,3 73,4 71,1 77,1 79

100 100 100 100 100 100

Con la democracia se proyecto un futuro mejor

Nota: Todos los valores en % Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

5.4. La participación electoral y la actividad política
Los datos de la encuesta muestran que los bolivianos no hacen política militante, sólo el 6% señala que trabaja para un partido político, el 18% trabaja por sus ideales políticos y el 18,8% trata de convencer a otros de sus ideas políticas, ello es explicable por el grado de aversión que existe hacia la política, a la que se la identifica con la corrupción. Las actividades políticas que realizan con mayor frecuencia los bolivianos son seguir las noticias políticas (56%) y conversar de política con los amigos (31,6%) (Cuadro 29).

CUADRO 29: Frecuencia de la actividad política
Frecuencia de la actividad política Sigue las noticias políticas Habla de política con amigos Trata de convencer a otros de sus ideas políticas Trabaja por sus ideales políticos Trabaja por un partido político No 43,4 68,4 81,2 82 93.4 Sí 56,5 31,5 18,8 18 6,6 Total 100 100 100 100 100

Nota: Todos los valores en % Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 30: Frecuencia de la actividad política por voto en las Elecciones Generales 2002
Frecuencia de la actividad política No Sigue las noticias políticas Habla de política con amigos Trata de convencer a otros de sus ideas políticas Trabaja por sus ideales políticos Trabaja por un partido político Nunca Muy frecuente Nunca Muy frecuente Nunca Muy frecuente Nunca Muy frecuente Nunca Muy frecuente 25,7 18,5 23,8 17 22 20 21,8 20,9 21,9 17,7 Votó Sí 74,3 81,5 76,3 83 78 80 78,2 79,1 78,1 82,3 Total 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100

Nota: Todos los valores en % Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

88

La participación política y electoral en Bolivia

Si bien la mayoría no realiza actividades políticas, resulta evidente que quienes desarrollan actividades políticas tienen una mayor tendencia a participar en las elecciones. Los datos de la encuesta así lo confirman. Sin embargo, es importante destacar que aquellas personas que nunca tratan de convencer a otros de sus ideas políticas (78%), que nunca trabajan por sus ideales políticos (78,2%), que nunca han trabajado por un partido político (78,1%), es decir, aquellas personas que mantienen cierta independencia de la actividad política, tienen un grado de participación electoral relativamente alto (Cuadro 30).

CUADRO 32: Por qué no lo representa el Parlamento por voto en las Elecciones Generales 2002
Por qué no lo representa el Parlamento Tipo de representación Votó No 168 19,8% 27,7% Diputados y senadores 327 20,7% 54,0% NS/NR 111 33,5% 18,3% Sí 679 80,2% 31,6% 1251 79,3% 58,2% 220 66,5% 10,2% 2150 78,0% 100,0% Total 847 100,0% 30,7% 1578 100,0% 57,3% 331 100,0% 12,0% 2756 100,0% 100,0%

5.5. La participación electoral, crisis de legitimidad y democracia participativa
La crisis de legitimidad del Parlamento y los partidos políticos Como se expuso en el apartado 3, los bolivianos tienen una imagen negativa del Parlamento y de los partidos políticos. Más de la mitad de la gente considera que el Parlamento (53,2%) y los partidos políticos (56,6%) son poco necesarios para la democracia y sólo el 6,7% se siente representado por el Parlamento (Cuadro 31).

Total

606 22,0% 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 31: ¿Por quién se siente representado?
Representación Iglesia Parlamento Poder Judicial Ninguno Total Porcentaje válido 74,1 6,7 5,9 13,3 100,0 Porcentaje acumulado 74,1 80,8 86,7 100,0

Por otra parte, el 78,8% de los que consideran que el Parlamento es poco necesario para la democracia y el 80% de los que consideran que no es nada necesario votaron en las elecciones (Cuadro 33). Con relación a los partidos políticos, el 78,8% de los que consideran que son poco necesarios para la democracia y el 79,2% de los que consideran que no son nada necesarios votaron en las elecciones (Cuadro 34). La democracia participativa La crisis de legitimidad del Parlamento y los partidos políticos ha generado que los bolivianos busquen otras formas alternativas de participación y representación. En ese marco se inscriben las iniciativas del Referéndum 2004, la demanda de la Asamblea Constituyente y la Ley de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas. En este acápite trataremos de establecer las interrelaciones entre esas nuevas formas de participación y representación y la participación electoral.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Del conjunto de la población que no se siente representado por el Parlamento, al 57,3% no le gusta los actuales diputados y senadores y el 30,7% no está de acuerdo en que una persona elegida lo represente.6 Sin embargo, lo paradójico es que pese a esas percepciones, el 80,2% de los que no están de acuerdo en que una persona elegida los represente en el Parlamento votó en las elecciones 2002 (Cuadro 32).
6

Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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Corte Nacional Electoral

CUADRO 33: Necesidad Parlamento por voto en las Elecciones Generales 2002
Necesidad Parlamento Muy necesario Votó No 170 20,2% 26,9% Poco 329 21,2% 52,1% Nada 81 19,9% 12,8% NS/NR 52 43,0% 8,2% Total 632 21,6% 100,0% Sí 670 79,8% 29,3% 1225 78,8% 53,5% 326 80,1% 14,2% 69 57,0% 3,0% 2290 78,4% 100,0% Total 840 100,0% 28,7% 1554 100,0% 53,2% 407 100,0% 13,9% 121 100,0% 4,1% 2922 100,0% 100,0%

CUADRO 34: Necesidad partidos políticos por voto en las Elecciones Generales 2002
Necesidad partidos políticos Muy necesarios Votó No 90 20,0% 14,2% Poco 351 21,2% 55,5% Nada 148 20,8% 23,4% NS/NR 43 39,8% 6,8% Total 632 21,6% 100,0% Sí 361 80,0% 15,8% 1302 78,8% 56,9% 562 79,2% 24,5% 65 60,2% 2,8% 2290 78,4% 100,0% Total 451 100,0% 15,4% 1653 100,0% 56,6% 710 100,0% 24,3% 108 100,0% 3,7% 2922 100,0% 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 35: Percepción sobre las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas
Agrupaciones Es bueno que hayan otras opciones 64,1 Solo traerán caos 33 Representación Representan mejor a Sólo son instrumentos NS/NR los ciudadanos de los partidos NS NR 2,8 44,9 52,9 2,2

Nota: Todos los valores en % Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

i) Con relación a las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas (Cuadro 35), el 64,1% señala que es bueno que haya otras opciones y el 33% que sólo traerá caos. Por otra parte, el 44,9% cree que estas organizaciones representan mejor al ciudadano y el 52,9% que son instrumentos de los partidos. Es interesante observar que las personas que creen que las agrupaciones ciudadanas sólo traerán caos (79%) y las que creen que son instrumentos de los partidos (79,7%) señalan haber tenido mayor participa90

ción en las elecciones que las que consideran que es bueno que haya otras opciones (77,8%) y las que creen que representan mejor a los ciudadanos (77%) (Cuadros 36 y 37). ii) Respecto al Referéndum 2004, es interesante destacar que son tres las razones centrales por las cuales las personas votaron: cumplir con un deber ciudadano (36,7%), decidir un tema importante (32,7%) y participar (13,6%) (Cuadro 38). Por otra parte, las razones por las cuales no votaron son de carácter básicamente técnico y no por oposición

La participación política y electoral en Bolivia

CUADRO 36: Partidos o agrupaciones por voto en las Elecciones Generales 2002
Partidos o agrupaciones Es bueno que hayan otras opciones Votó No 416 22,2% 65,8% Sólo traerán caos 203 21,0% 32,1% NS/NR 13 15,9% 2,1% Total 632 21,6% 100,0% Sí 1459 77,8% 63,7% 762 79,0% 33,3% 69 84,1% 3,0% 2290 78,4% 100,0% Total 1875 100,0% 64,2% 965 100,0% 33,0% 82 100,0% 2,8% 2922 100,0% 100,0%

CUADRO 37: Representación de las agrupaciones por voto en las Elecciones Generales 2002
Representación de las agrupaciones Representan mejor a los ciudadanos Votó No 302 23,0% 47,8% Sólo son instrumentos de los partidos 313 20,3% 49,5% NS/NR 17 26,2% 2,7% Total 632 21,6% 100,0% Sí 1010 77,0% 44,1% 1232 79,7% 53,8% 48 73,8% 2,1% 2290 78,4% 100,0% Total 1312 100,0% 44,9% 1545 100,0% 52,9% 65 100,0% 2,2% 2922 100,0% 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 39: Razones para no votar en el Referéndum 2004
Razones No tenía documentos No estaba inscrito Se oponía al referéndum No le interesaba No tenía edad Enfermo / no pudo No estaba informado No se cumple decidido Por su religión No había mesas NR Total Porcentaje Porcentaje válido acumulado 25,3 25,3 20,1 45,4 4,5 49,9 7,8 57,6 8,6 66,2 28,6 94,8 3,4 98,2 0,6 98,8 0,2 99,0 0,1 99,1 0,9 100,0 100,0

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

a este mecanismo participativo o al contenido de la consulta. El 28,6% de los encuestados señaló que no votó porque estaba enfermo, de viaje o sencillamente no pudo; el 25,3% porque no tenía documentos y el 20,1% porque no estaba inscrito (Cuadro 39). Es interesante observar que hay una fuerte correla-

ción entre el voto en el referéndum y el voto en las elecciones generales. Del total de personas que no votó en el referéndum, el 56,2% no votó en las elecciones generales y del total de personas que votó en el referéndum, el 89,1% votó en las elecciones generales (Cuadro 40).
91

Corte Nacional Electoral

CUADRO 40: Voto en el Referéndum por voto en las Elecciones Generales 2002
Votó en el referéndum No Votó No 390 56,2% 61,7% Sí 242 10,9% 38,3% Total 632 21,6% 100,0% Sí 304 43,8% 13,3% 1986 89,1% 86,7% 2290 78,4% 100,0% Total 694 100,0% 23,8%

CUADRO 42: Forma de elección de los constituyentes por departamento, Tabla de contingencia
Departamento La Paz Elección constituyentes Voto 599 70,7% Santa Cruz 509 78,3% Cochabamba 349 65,5%
Por organización NS/NR

Total 847 100,0% 650 100,0% 533 100,0% 154 100,0% 188 100,0% 263 100,0% 21 100,0% 150 100,0% 115 100,0% 2921 100,0%

181 21,4% 101 15,5% 136 25,5% 17 11,0% 33 17,6% 68 25,9% 3 14,3% 28 18,7% 10 8,7% 577 19,8%

67 7,9% 40 6,2% 48 9,0% 13 8,4% 7 3,7% 7 2,7% 1 4,8% 11 7,3% 2 1,7% 196 6,7%

2228 100,0% 76,2% 2922 100,0% 100,0%
Potosí Chuquisaca Oruro

124 80,5% 148 78,7% 188 71,5%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Pando

17 81,0%

Tarija

111 74,0%

En sentido inverso, del total de personas que no votó en las elecciones generales, el 61,7% no votó en el referéndum y del total de personas que sí votó en las elecciones generales, el 86,7% votó en el referéndum (Cuadro 40). iii) En lo tocante a la Asamblea Constituyente, circunscribiremos el análisis a la forma cómo debería elegirse a los constituyentes (Cuadros 41, 42, 43, 44, 45, 46 y 47).

Beni

103 89,6%

Total

2148 73,5%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 43: Forma de elección de Constituyentes por tamaño de la población
Tamaño poblacion Urbano más de 20 mil Elección Constituyentes voto 1085 77,7% 207 78,1% Rural compacto Rural disperso Total 87 72,5% 770 67,5% 2149 73,5%
Por organización

NS/NR 75 5,4% 22 8,3% 7 5,8% 92 8,1% 196 6,7%

Total 1397 100,0% 265 100,0% 120 100,0% 1141 100,0% 2923 100,0%

237 17,0% 36 13,6% 26 21,7% 279 24,5% 578 19,8%

CUADRO 41: Forma de elección de Constituyentes
Forma de elección Voto Por organización NS/NR Total Porcentaje válido 73,5 19,8 6,7 100,0 Porcentaje acumulado 73,5 93,3 100,0

Urbano 2 a 20 mil

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

92

La participación política y electoral en Bolivia

CUADRO 45: Forma de elección de Constituyentes por ocupación
Ocupacion Propietario negocio grande Propietario negocio chico Agricultor Elección Constituyentes Voto
Por organización NS/NR

Total 12

CUADRO 44: Forma de elección de Constituyentes por religión
Religión Católico participante Católico no participante Evangelica Elección constituyentes
Por Voto organización NS/NR Total

10 83,3% 346 69,3% 122 65,6%

2 16,7% 104 20,8% 58 31,2% 10 26,3% 6 10,7% 0 ,0% 8 34,8% 115 26,6% 29 16,1% 5 6,8% 30 17,2% 92 15,9% 55 16,5% 22 13,5% 43 25,4% 579 19,8%

0

,0% 100,0% 49 499

9,8% 100,0% 6 186

1279 73,7% 464 73,9% 215 76,5%

338 19,5% 131 20,9% 50 17,8% 36 26,5% 12

118

1735

6,8% 100,0% 33 628
Ganadero

3,2% 100,0% 1 38

27 71,1%

5,3% 100,0% 16 281
Profesional independiente Diectivo superior Director medio Empleado planta Obrero

2,6% 100,0% 3 56

47 83,9% 7 100,0% 15 65,2% 308 71,3% 146 81,1%

5,7% 100,0% 11 136

5,4% 100,0% 0 7

Cristiano

89 65,4%

8,1% 100,0% 8 76

,0% 100,0% 0 23

Ninguna

56 73,7%

15,8% 10,5% 100,0% 7 25,0% 0 1 28

,0% 100,0% 9 432

NR

20 71,4%

3,6% 100,0% 2 8

2,1% 100,0% 5 180

Testigos de Jehova Mormón

6 75,0% 9 75,0%

,0% 25,0% 100,0% 0 3 12
Campesino empleado Artesano o comerciante empleado Ama de casa

2,8% 100,0% 4 73

64 87,7% 133 76,4% 426 73,6%

,0% 25,0% 100,0% 1 10,0% 0 . 1 0 10

5,5% 100,0% 11 174

Adventista

9 90,0%

,0% 100,0% 0 . 2 0 . 3

6,3% 100,0% 61 579

Bahai

0 .

10,5% 100,0% 13 333

Judío

0 ,0%

Estudiante

265 79,6%

33,3% 66,7% 100,0% 576 19,7% 194 2917
Jubilado

3,9% 100,0% 2 163

Total

2147 73,6%

139 85,3%

6,7% 100,0%
Trabajador ocasional Total

1,2% 100,0% 32 169

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

94 55,6% 2149 73,5%

18,9% 100,0% 196 2924

6,7% 100,0%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

93

Corte Nacional Electoral

CUADRO 47: Forma de elección de Constituyentes por idioma
Idioma entrevista Castellano Elección Constituyentes voto 2108 74,0%
por organización

NS/NR 190 6,7% 3 5,5% 3 16,7% 196 6,7%

Total 2849 100,0% 55 100,0% 18 100,0% 2922 100,0%

551 19,3% 21 38,2% 6 33,3% 578 19,8%

CUADRO 46: Forma de elección de Constituyentes por ingresos
Ingresos Nada Elección Constituyentes Voto 59 78,7% Menos 250 251 a 500 501 a 1000 1001 a 2000 2001 a 5000 5001 a 10 mil 10001 a 20 mil Más de 20 mil NS/NR 163 59,7% 531 73,2% 572 74,2% 374 80,4% 198 77,0% 51 69,9% 12 70,6% 0 ,0% 189 71,6% Total 2149 73,5%
Por organización

Quechua

31 56,4%

Aimara
Total 75 100,0% 273 100,0% 725 100,0% 771 100,0% 465 100,0% 257 100,0% 73 100,0% 17 100,0% 3 100,0% 264 100,0% 2923 100,0% 7

9 50,0%

NS/NR

9 12,0% 74 27,1% 154 21,2% 160 20,8% 70 15,1% 51 19,8% 18 24,7% 4 23,5% 1 33,3% 36 13,6% 577 19,7%

Total

2148 73,5%

9,3% 36 13,2% 40 5,5% 39 5,1% 21 4,5% 8 3,1% 4 5,5% 1 5,9% 2 66,7% 39 14,8% 197 6,7%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Al respecto, es interesante observar que el 73,5% de los encuestados señala que los asambleístas deben ser elegidos mediante el voto y el 19,8% por organización, lo que muestra que la tendencia corporativa es minoritaria. Los habitantes de los departamentos de Potosí (25,9%) y de Oruro (25,5%); la población que habita el área rural dispersa (24,5%); los cristianos (26,5%) y los judíos (33,3%), los directores de medios (34,8%), los agricultores (31,2%), los empleados de planta (26,6%), los ganaderos (26,3%) y los trabajadores ocasionales (25,4%); los que perciben un ingreso menor a los 250 Bs. (27,1%) y los que perciben un ingreso mayor de más de 20 mil Bs. (33,3%); los que tiene por lengua materna el quechua (38,2%) y el aymara (38,2%) tienen una tendencia mayor a la elección corporativa de los constituyentes. Mientras que los habitantes de los departamentos del Beni (89,6%), de Pando (81%) y de Oruro (80,5%); los que habitan en las ciudades pequeñas e intermedias (78,1%); los que profesan la religión adventista (90%) y evangélica (76,5%); los campesinos asalariados (87,7%), los jubilados (85,3%), los profesionales independientes (83,9%), los propietarios de grandes negocios (83,3%) y los obreros (81,1%); los que perciben entre 1.001 y 2.000 Bs. de ingreso y los que declaran no percibir ingresos (78,7%); los que tienen como idioma materno el castellano (74%) son más proclives a la elección democrática de los constituyentes, entendien-

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La participación política y electoral en Bolivia

do por ello la elección por voto individual, directo y secreto. iv) Es importante observar que el porcentaje de personas que se inclinan por formas de participación no electoral y, más concretamente, por formas de acción directa es bastante bajo, sólo el 18,7% de las personas encuestadas declaró aprobar que las personas participen en el bloqueo de calles. En lo que respecta a la relación entre participación electoral y participación no electoral (Cuadros 48 y 49) se observa que no hay correlación entre los que aprueban formas de participación no electoral y la participación electoral. En ese sentido, es interesante destacar los siguientes datos: * Del total de los que aprueban el bloqueo de calles, el 80,4% votó en las pasadas elecciones generales. * Del total de los que aprueban la invasión de propiedades, el 87,6% votó en las elecciones 2002. * Del total de los que aprueban la toma de fábricas, el 82,9% votó en las elecciones. * Del total de los que aprueban la participación en los grupos violentos, el 80,6% votó en las elecciones.

6. CONCLUSIONES
A modo de formular las conclusiones, es pertinente explicitar las constataciones más relevantes que emergen del análisis de los resultados de Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional. i) Una primera constatación es que los bolivianos, pese al bajo desempeño de la democracia, al déficit de legitimidad de los partidos y del Parlamento y a la visión negativa de la política, mantienen una participación electoral relativamente alta. ii) En ese marco, pese a la insatisfacción con la democracia, el abstencionismo no se expresa como abstencionismo político, es decir, como rechazo al régimen político democrático, sino más bien como abstención técnica o como abstención producto de la exclusión social. Ello se constata en la medida que las razones por las que la gente señala que no vota es la carencia de documentos, enfermedad u otro tipo de impedimentos similares. iii) Las razones explícitas por las cuales la gente señala que va a votar son cumplir con un deber ciudadano y apoyar a la democracia. iv) Destaca la significativa participación electoral de la población rural dispersa, de las personas que señalan no tener ningún nivel educativo, de las que declaran no percibir ingresos, de las que indican tener como idioma materno el aymara, de las que mantienen independencia respecto a la actividad política, lo que rompe de alguna manera los supuestos establecidos por los estudios sobre participación electoral. v) Resalta la preferencia del voto como el mecanismo más idóneo para elegir a los constituyentes. vi) Se observa que no hay correlación entre las formas de participación no electoral y la participación electoral. Pero ¿qué es lo que subyace tras esa tendencia participativa? o, en otras palabras, ¿cuáles son las razones subyacentes para que los bolivianos y las bolivianas vean el voto como un mecanismo importante de participación? Paradójicamente pese a la aversión manifiesta a la política, las razones subyacentes son profundamente políticas.
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CUADRO 48: Participación no electoral
Participación no electoral Aprueba bloqueo de calles Aprueba invasión de propiedades Aprueba toma de fábricas Aprueba participación en grupos violentos No 81,3% 96,4% 95,8% 92,2% Sí 18,7% 3,6% 4,2% 7,8% Total 100% 100% 100% 100%

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

CUADRO 49: Participación no electoral por participación electoral
Participación no electoral Aprueba bloqueo de calles Aprueba invasión de propiedades Aprueba toma de fábricas Aprueba participación en grupos violentos No Sí No Sí No Sí No Sí Voto elecciones 2002 No Sí Total 22,1 19,6 22 12,4 21,8 17,1 21,8 19,4 77,9 80,4 78 87,6 78,2 82,9 78,2 80,6 100 100 100 100 100 100 100 100

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Elaboración propia.

Corte Nacional Electoral

• Una de esas razones radica en el carácter del proceso de reconquista de la democracia. La recuperación la democracia en Bolivia, a diferencia de los países vecinos, no fue producto de un proceso pactado, fue el resultado de la movilización popular que derrotó al autoritarismo militar expresado en Banzer, Natush Busch y García Meza. En ese sentido, el proceso de reconquista de la democracia nació teñido por los colores de la autodeterminación de las masas, emergió sobre los ecos de la democracia de masas: las asambleas mineras, fabriles y universitarias, las movilizaciones callejeras, los comités de bases. El signo de la reconquista del proceso democrático fue la multitudinaria movilización generada por la huelga de hambre contra el autoritarismo militar. En ese marco, en el imaginario colectivo, la democracia es una conquista popular que hay que preservar incluso al margen de y a pesar de los partidos políticos y los propios políticos profesionales. Por otra parte, la resistencia al autoritarismo militar generó las condiciones para la internalización de la democracia como valor social. En la resistencia al gobierno autoritario de Banzer, la vigencia de las libertades democráticas fue la demanda primordial. La consigna articuladora del movimiento de masas, y la que finalmente permitió la derrota del régimen, fue la amnistía general e irrestricta. Con la resistencia al golpe de Natusch Busch en 1979 se abrió lo que Zavaleta conceptualizó como momento de disponibilidad: en el ánimo del movimiento social se produjo la disposición para un relevo de creencias y lealtades (Zavaleta, 1983). Noviembre significó una suerte de vaciamiento de la sociedad civil que permitió abrir las posibilidades del trastrocamiento de la autodeterminación en conciencia democrático-formal. Las masas generaron su propia disponibilidad para asumir la democracia formal como creencia colectiva. El 10 de octubre de 1982, por su parte, representó la legitimación de la democracia representativa como consenso antiautoritario y como instrumento para recuperar los derechos confiscados. • Ligada a ese proceso está la imagen que los bolivianos han construido de la democracia que se articula en el trípode democracia-participación-decisión. La democracia es participación y participación

no sólo es formar parte de, sino fundamentalmente decidir sobre... En ese sentido, a modo de hipótesis, podemos señalar que el voto para los bolivianos no sólo es un mecanismo procedimental para la constitución del poder, sino es un medio de participar en la decisión de quién y cómo debe gobernar, de qué país se quiere construir. Ese parece ser el sentido último de las nuevas peticiones de referéndum y de la Asamblea Constituyente. • Finalmente, está el sentido de lo colectivo, que hace que el voto no se asiente en el cálculo de egoísta sobre los beneficios personales a lograrse, sino que el voto es percibido como apoyo a la democracia y como el beneficio de preservar el sistema democrático en tanto espacio de la libertad, la participación y los derechos humanos.

7. BIBLIOGRAFÍA
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La participación política y electoral en Bolivia

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

Los actores políticos y sociales en Bolivia Andrés Torrez Villa Gómez

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

1. INTRODUCCIÓN
Hacer un análisis del contexto en el que se desenvuelven los actores políticos y sociales en Bolivia representa, dentro de las actuales circunstancias, combinar aspectos diversos de una coyuntura que varía y se mueve con rapidez. La dinámica de los acontecimientos ha hecho que, en los últimos años, la volatilidad política del país alcance niveles que generan altos grados de incertidumbre e impredictibilidad. Al mismo tiempo, este fenómeno aparentemente coyuntural obedece a un problema de estructura que atraviesa un momento de cambio y transición hacia un nuevo estado del Estado en el cual todos somos espectadores y jugadores al mismo tiempo. Los estudios elaborados por la Corte Nacional Electoral (CNE)1 contribuyen a navegar en este mar de incertidumbre con una brújula relativamente eficiente. Tomando en cuenta que siempre caminamos con ponderaciones y supuestos falibles, los datos nos sirven de instrumentos importantes para establecer ciertos parámetros que aclaren la niebla en el ambiente. El presente análisis aborda, desde diferentes ángulos, los datos de Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional en lo que se refiere a los actores políticos y sociales. Estos aspectos, tocados de forma transversal a lo largo de la encuesta, los grupos focales y las entrevistas a profundidad, merecen, primero, un análisis conceptual de sus definiciones y, luego, una interpretación con relación al período de transición que vive el país.
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Lo urgente puede distraernos de lo importante. Es una tentación permanente, al tratarse de una encuesta de percepción coyuntural, mantenerse en la lectura simplista de los datos con relación al presente. Los datos que nos proporciona la CNE nos permiten comenzar a diseñar un barómetro o instrumento de lectura que construya indicadores en el tiempo para determinar la capacidad del Estado, sus instituciones, sus organismos de intermediación y sus actores para generar valor público. 2 Entendiendo el valor público como la tendencia a construir satisfacción política mediante la evaluación de programas costo-beneficio en un gobierno orientado al cliente que busca aumentar la satisfacción pública, la manera de medición de estas gestiones no es muy clara dado que no se disponen de métodos para definir rigurosamente qué prácticas gerenciales son mejores que otras. El presidente Carlos Mesa asumió sus funciones ante la dimisión forzada del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003 con índices de popularidad de más del 80%.3 En medio de un clima político fragmentado e inestable, la alta popularidad del Presidente contribuyó a generar un escenario transitorio de calma que, poco a poco, se fue deteriorando ante la falta de una estrategia nacional y un plan de gobierno claro, lo que llevó a la administración a hacer concesiones ante crecientes presiones sectoriales de diversas regiones del país. Los conflictos se solucionaron uno por uno y no como parte de una política de gobierno. Este método para bajar presiones coyunturalmente parece haber desgastado la popularidad del Presidente en algunos sectores del país,

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Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, CNE. 2004. Valor público es un concepto trabajado por Mark Moore para explicar el objetivo final de la gestión y el servicio públicos. Léase el Capítulo 3 “Estrategia y creación de valor en el sector público”, en: Gestión estratégica y creación de valor en el sector público, Fondo de Cultura Económica, 1994. Léase la encuesta de Apoyo, opinión y mercado, Bolivia, febrero de 2004, elaborada para el PNUD.

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llegando en ocasiones a niveles tan bajos como del 30% (Santa Cruz).4 Desde el inicio de su gestión, el Presidente Mesa no contó con ningún respaldo político partidario en el Congreso Nacional que facilite su gestión ni pudo construir consensos que favorezcan la gobernabilidad democrática en el país. De este modo, se vio obligado a negociar las prioridades nacionales con las diversas fuerzas políticas y sociales en una situación de crisis social, política y de gobernabilidad permanente. En las circunstancias prevalecientes, se han cifrado expectativas muy altas en la celebración de la Asamblea Constituyente a la que, en términos generales, se la considera como el ámbito en el que se conciliarán y resolverán todos los problemas nacionales. Sin embargo, este optimismo respecto de la Asamblea Constituyente parece no tener un asidero sólido, en tanto los diferentes intereses de regiones geográficas y grupos políticos y sociales no coinciden en una visión compartida de futuro, a pesar de la celebración de sucesivos ejercicios de Diálogo Nacional (1997, 2000 y 2004). La agenda política del gobierno de Mesa oficializó un proceso de reconfiguración de Estado. A partir de un nuevo enfoque sobre la soberanía y los recursos naturales, pretendía, mediante el mandato expreso emanado del referéndum de julio de 2004, la aprobación de una nueva Ley de Hidrocarburos que constituya no sólo un compromiso político sino también una carta para garantizar recursos frescos para el Presupuesto General de la Nación que viabilice el resto de la agenda política. Por lo expuesto, parece evidente que los lentes que sirvieron para observar el horizonte en el pasado no son los que se necesitan para mirar el proceso de transición que vive Bolivia. En un intento para adaptarnos a las nuevas dioptrías cambiaremos la medida en los prismáticos y observaremos los datos que nos ayuden a entender la dinámica de los actores políticos y sociales. El primer capítulo de este análisis corresponde a esta breve introducción; el segundo, a los antecedentes (reseña histórica) de la participación de los diferentes actores políticos y sociales en el quehacer político y
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público. En el capítulo tercero, sobre la base de conceptos y definiciones de distintos autores, se propone una aproximación a los actores políticos y sociales en el país. En el cuarto capítulo, partiendo de la definición elaborada de actores políticos y sociales, se los identifica con cada uno de los tres elementos propuestos en Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, (experiencias, percepciones, actitudes y comportamientos) y se explica su accionar en el escenario político y público en la coyuntura de referencia del estudio. Finalmente, el quinto capítulo está dedicado a las conclusiones.

2. ANTECEDENTES
La democracia es un proceso permanente de construcción, un camino hacia un paradigma imposible, como diría Robert Dahl. 5 En este camino de construcción republicana, Bolivia vive un momento de cambio e inflexión entre un período denominado de democracia pactada y un nuevo espacio que desconocemos y tratamos de predecir. En medio de una poliarquía de mezclas indígenas, criollas, mestizas y rebeldes, nos encontramos y desencontramos para reconocer los demonios del pasado, hacerlos a un lado y tratar de madurar como púberes en transición hacia una juventud participativa y desordenada. En la medida que nos equivocamos vamos aprendiendo a comportarnos pero, sobre todo, a entender las consecuencias de nuestros actos, a veces irresponsables y arriesgados, a veces certeros. Este maratón que busca el bien común se desarrolla entre actores que cambian según el período y las circunstancias. De la democracia pactada a la democracia participativa y de ésta a la democracia de ciudadanos, en una poliarquía amorfa, los actores políticos y sociales se redefinen permanentemente. Después de la Revolución de 1952, Bolivia entró de lleno en un período republicano de características distintas a las conocidas hasta entonces. La incorporación de sectores históricamente excluidos en un marco de ciudadanía democrática moderna, marcó la primera inflexión hacia un período de transformación institucional. A pesar de los esfuerzos de la Revolución

Ibidem. Dahl, Robert, La democracia y sus críticos, Paidós, Barcelona, 1992.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

para proyectar una visión de país pluralista, la práctica política detuvo la dinámica de las transformaciones institucionales, quedándose inconcluso el diseño de una alianza de clases que fomente una ciudadanía fortalecida por el crecimiento de un segmento medio mayoritario. A pesar de sus limitaciones, la Revolución de 1952 construyó una cultura institucional nueva, marcando el inicio de una dinámica política con protagonismos nunca antes contemplados. Con clivajes políticos basados en el campesino, la burguesía y los sindicatos, los nuevos actores comenzaron a distribuir los roles para participar de la vida política. Con nuevos ciudadanos y nuevas ciudadanas, con principios democráticos incluyentes y con la universalización de los derechos, el Estado se constituyó en el eje sobre el cual comenzó a girar el desarrollo del país. Los principios de la Revolución se incorporaron a los movimientos sociales como ejes de choque y articulación política y diseñaron estructuras sindicales que servían directamente a los objetivos políticos del gobierno de turno. Pero el triunfalismo nubló el camino y el horizonte de los nuevos paradigmas, dejando a los políticos de turno concentrados en la lucha interna por el poder, el control de los nuevos campos de acción política y los botines del nuevo Estado. Rápidamente los sindicatos comenzaron a tomar vida propia y se dieron cuenta de su capacidad de coerción e influencia en el nuevo esquema político del país. Describir los alcances y detalles de este período puede llevarnos a varios libros de análisis apasionados sobre los efectos buenos o malos de ese trance histórico. Para fines de nuestra lectura, deseo rescatar la importancia de los nuevos protagonismos que se implantan con este proceso. Campesinos, mineros, políticos revolucionarios, políticos pragmáticos, pasantes de la gestión del Estado y nuevas estructuras institucionales definen la política, más incluyente y pluralista, en la segunda mitad del siglo XX. El principio de igualdad se desarrolla de manera institucional, pero en la vida cotidiana las élites no permiten que ese principio comience a cundir en la práctica política. La democracia caminaba por inercia
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y no por un sendero de principios que permitiera a sus actores consolidarse como agentes de cambio y líderes de un período de inclusión social efectiva. Schumpeter (1964) define la democracia como “un método para llegar a decisiones políticas, en el que los individuos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha de competencias por el voto del pueblo”. En este contexto, la democracia boliviana comenzó a incorporar actores que se sentían más fuertes e independientes y, en consecuencia, ávidos de luchar por el control del poder. “El votante no es un maximizador de beneficios ni un votante racional, sino un consumidor irracional, manipulado por la propaganda”, dice Robert Dahl6 al referirse al ciudadano democrático. Y en el período de la Revolución, el control de la propaganda y la información definieron un esquema de poder difícil de quebrantar a pesar de las dinámicas sociales emergentes. Dahl es el autor más representativo de la teoría pluralista de la democracia. En su análisis de los paradigmas y alcances de la democracia, define a ésta como algo irrealizable, un ideal que en la práctica no se puede conseguir por las limitaciones políticas e institucionales. El autor descarta las democracias “reales” para definirlas como “prácticas reales” en el camino al ideal democrático. Este ideal democrático es definido como “poliarquías”, es decir, combinaciones de liderazgos con control de los que no son líderes. Los actos de estos regímenes presentan, durante un largo período de tiempo, una correspondencia con los deseos de muchos de sus ciudadanos. A partir de 1952 empezamos a levantar en Bolivia el edificio institucional y político que permitió resolver los problemas estructurales de una sociedad en construcción, es decir, una sociedad con constricciones históricas muy profundas, heridas sin cicatrizar y la falta de una visión que incorpore a todos los ciudadanos definidos formalmente en los principios de la Revolución. Las expectativas de un cambio estructural tan profundo se fueron perdiendo en los testimonios diarios de la cotidiana lucha por sobrevivir. Algunas de las características ideales de la democracia boliviana son: 1) el control de las decisiones

Extraído del trabajo “Democracia y ciudadanía: reflexiones sobre la democracia y los procesos de democratización en América Latina”, Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya, y de Dahl, Robert, La poliarquía, participación y oposición, Editorial REI, Buenos Aires, 1989.

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gubernamentales corresponde a los funcionarios electos; 2) los funcionarios son elegidos y luego sustituidos por elecciones libres relativamente frecuentes; 3) en las elecciones tienen derecho a votar prácticamente todos los adultos; 4) también tienen derecho a ocupar cargos presentándose como candidatos; 5) los ciudadanos gozan del derecho de libertad de expresión; 6) tienen acceso a diversas fuentes de información; 7) tienen derecho a formar asociaciones políticas que procuran influir en el gobierno rivalizando en las elecciones. En Bolivia, en términos de Dahl, las condiciones para una poliarquía estarían dadas. Bachrach, Macpherson y Pateman7 afirman que la poca participación y la desigualdad social están íntimamente unidas: para que haya una sociedad más equitativa es necesario un sistema político más participativo. Estos autores rescatan la dimensión de la democracia que hace referencia a la participación de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones. La democracia no sería, entonces, sólo un método porque posee una dimensión ética, implica una dimensión amplia de lo político que abarca no sólo a las instituciones representativas gubernamentales, sino a los espacios en los que se toman decisiones que afectan los valores sociales. En este contexto, los actores sociales en Bolivia se convierten en importantes espacios de acción que definen lo público y el interés colectivo de manera determinante. Para Macpherson la democracia participativa puede ser calificada como un sistema piramidal, con la democracia directa en la base y la democracia delegada en los niveles por encima de ella. Bolivia se encuentra en un momento de transición, en un trance de cambio entre diferentes alternativas. Construidos en una lógica delegativa y representativa, estamos incorporando a la cultura democrática del siglo XXI la democracia participativa a fin de consolidar espacios de acción en
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la pirámide. Este análisis trata, precisamente, sobre este momento de cambio, a partir del camino recorrido desde 1952 hasta la transición de 1982 para llegar a la nueva coyuntura surgida en octubre de 2003. Es necesario situarse en el período de inflexión para constatar que la democracia recién comienza a encontrar los mecanismos que le permitirán desarrollar una poliarquía, que quizás camina por un utópico sendero a lo imposible. El gobierno del pueblo, que supone la tradicional definición de la democracia, busca articular en el escenario boliviano el verdadero espíritu del ciudadano en un marco igualitario que no ha caracterizado al pasado histórico de la construcción republicana. Cuando los factores formales ostentan paradigmas y promesas que no responden a las realidades políticas existentes, nos encontramos con instituciones incapaces de construir valor, de buscar el bien común 8 y, en consecuencia, de construir capital social. En esta lógica se desarrollan los mecanismos informales de construcción de la ciudadanía que canalizan las demandas y las expectativas del pueblo en un sendero alterno, informal y anti-sistémico que, en el sentido economicista del término, Hernando de Soto9 llama el otro sendero. En la década de los años 80, Bolivia formó parte del proceso de transición a la democracia. En América Latina se terminó de completar este trance significativo de transformación con la transición chilena: el plebiscito en 1988, las elecciones en 1989 y el régimen democrático en 1990. En 1985, Bolivia comenzó una transición democrática que aún no termina de consolidarse. Guillermo O’Donnell10 divide en dos el proceso de construcción de regímenes democráticos: uno, el de transición que corresponde al período que se extiende desde el inicio de la descomposición del régimen autoritario hasta la instalación de un gobierno

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Léase “Reflexiones sobre la democracia y los procesos de democratización en América Latina”, de la segunda parte a la quinta, Alicia Iriarte, Mariana Vázquez y Claudia A. Bernazza, Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya, http://www.revistafuturos.info/ futuros_4/democra_ciuda_1.htm. De acuerdo a Dieter Nollen, el bien común se consigue en la medida que se logra gobernar en función de intereses que pueden ser generalizados para todos. Esta definición proviene de una conversación con Nollen, quien la incorporará en la próxima edición de su Diccionario de Ciencia Política en el Fondo de Cultura Económica. Léase Hernando de Soto: La arquitectura oculta del Capitalismo, Instituto Libertad y Democracia, 2001; “Por qué el Capitalismo triunfa en occidente y fracasa en el resto del mundo”, capítulo 1; El misterio del capital, 2000; “El electorado del terror”, New York Times, octubre 15, 2001. Léase O’Donnell, Guillermo y Philippe C. Schmitter, Transiciones desde un gobierno autoritario. Vol. 4. Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas, Buenos Aires, Paidós, 1994.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

democrático –con la celebración de las elecciones libres y la transferencia del mando al gobierno electo–; y dos, el de consolidación que corresponde al momento en que un gobierno elegido democráticamente se convierte en un régimen democrático. La diferencia fundamental está en la segunda etapa de consolidación de instituciones sólidas que se convierten en espacios de decisión y en el centro del sistema político. El período de construcción institucional boliviano está quebrado o prácticamente no se ha producido. Los acontecimientos de febrero de 2003 representan la quema simbólica de las principales instituciones del país. Estas instituciones han quebrado por no contar con un capital social que justifique su existencia. A esto se suma el desconocimiento de la ciudadanía a la mayoría congresal del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003, el desconocimiento explícito de Santa Cruz al orden territorial y constitucional, la emergencia de nuevos movimientos sociales y la crisis del sistema tradicional de los partidos. Entonces, podemos concluir que el período de consolidación democrática está en entredicho y no así en gestación. Philippe Schmitter 11 analiza las transiciones democráticas planteando tres causas: el fracaso político de los regímenes autoritarios o alguna derrota o desastre militar, el desencanto y desprestigio del régimen frente a los fracasos económicos y la incapacidad para producir desarrollo de las fuerzas productivas. Al transpolar estas afirmaciones al contexto boliviano, nos encontramos con una descripción perfecta del proceso de transición vigente. “Los pactos son un acuerdo, no siempre explicitado o justificado, entre un conjunto de actores que procuran definir las reglas que rigen el ejercicio del poder sobre la base de garantías mutuas concernientes a los poderes vitales de quienes lo acuerdan” (O’Donnell, Schmitter, Whitehead, 1991).12 A lo largo del período democrático, los pactos formales e informales han sido los mecanismos de un diseño institucional mixto que camina entre lo real y lo

nominal. Los pactos de gobernabilidad que caracterizaron a la democracia pactada de los años 80 y 90 se han transformado en pactos de gobernabilidad entre los regímenes políticos de turno y los movimientos sociales que desde las calles y la informalidad tratan de mantener una lógica pactista de facto basada en la chequera y la asignación presupuestaria. La lógica institucional asistémica ha incentivado a los nuevos actores políticos y a los actores sociales en transición. Un régimen democrático en transición se agota y da paso a un período nuevo de la democracia local (municipal) como si se tratara de un cambio tradicional, es decir, de un período autoritario a un período democrático. M. Garretón 13 señala que la desarticulación de un gobierno militar y la construcción de un régimen democrático en América Latina es producto de dos procesos: por un lado, la crisis interna o de descomposición del régimen y, por otro lado, la reacción y movilización de la sociedad. En Bolivia tenemos un régimen democrático tradicional con una fuerte crisis interna y en descomposición sistemática, y una reacción colectiva de la sociedad que se moviliza y articula para gestionar un cambio institucional, social, económico y político. En este sentido, cabe afirmar que Bolivia vive un período de transición histórica con características especiales, que los datos del estudio de la CNE ayudarán a definir. Vivimos un período de cambio en el cual comenzamos a mirarnos en el espejo para ver cómo somos y no cómo nos soñamos. Vemos desigualdad y asimetrías incuestionables en la institucionalidad que formalmente hemos llamado democracia. Hemos avanzado en el camino a la igualdad utópica que plantea Dahl, pero con mucha lentitud e hipocresía. La democracia mínima es definida por Norberto Bobbio14 como “un conjunto de reglas que, por un lado, expresan quién está a cargo y autorizado para tomar decisiones colectivas y, por otro, bajo qué procedimientos. Si hay reglas capaces de contestar estas cuestiones, existe la democracia”. La democracia

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Ibid. Léase: Transitions from Authoritarian Rule: Tentative Conclusions About Uncertain Democracies. Guillermo O’Donnell, Philippe Schmitter and Laurence Whitehead (eds.) Léase: Garretón, Manuel Antonio, Reconstruir la política. Transición y consolidación democrática en Chile, Ed. Andante, Santiago, 1987. Bobbio, Norberto. 1976 (1981). “Democracia”. En Dizionario di politica (Diccionario de política), compilado por Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino. Turín: Unione tipográfico-editrice torinese (México: Siglo XXI).

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Corte Nacional Electoral

mínima se identifica con un conjunto de supuestos básicos: a) la participación política del mayor número de gente interesada en hacer acto de presencia en la vida política; b) la regla de la mayoría, es decir, tomar como criterio central para las decisiones políticas la opinión de las mayorías; c) derechos de comunicación usuales, con esto se logra la selección entre las diferentes élites y los programas políticos; d) la protección permanente de la esfera pública. Debemos preguntarnos, entonces: a) ¿en qué medida los bolivianos hemos logrado la participación política del mayor número de personas? ¿Lo hemos hecho mediante los mecanismos sociales y ciudadanos más que desde los partidos políticos? b) ¿En qué medida las decisiones políticas han tomado en cuenta a las mayorías? c) ¿En qué medida los mecanismos de comunicación responden a los derechos a elegir en igualdad recondiciones entre las ofertas y los programas políticos de las élites? d) ¿En qué medida la esfera pública ha sido protegida por los actores e instituciones formales y por los actores e instituciones paralelas o alternativas? Esta imagen de la democracia no coincide con la foto diaria de los periódicos, ni con la imagen que los bolivianos tienen de sus resultados. La verdad a medias que se desprende de la percepción colectiva no permite construir instrumentos políticos legítimos. Debemos mirar con más detenimiento las formas y los colores de la visión colectiva del país sobre la democracia. Sólo así sabremos cómo responder de mejor manera a las expectativas y demandas de una sociedad que se construye y se desarrolla a pesar de las fracturas de la historia.

Los actores
Durante muchos años los actores tradicionales del quehacer político y público fueron los partidos políticos y el Estado. Los partidos monopolizaron la intermediación entre la ciudadanía y el gobierno (personalización del Estado) y articularon las demandas de los distintos sectores de la sociedad para formularlas al gobierno en busca de respuestas oportunas. Por ese motivo, los problemas no articulados ni formulados por los partidos difícilmente podían ser conocidos por las instancias del gobierno. Por su parte, el Estado intervenía en el quehacer político a través de sus diferentes órganos. Sus

funciones, tareas y actividades aseguraban la estabilidad del sistema y el bienestar de los ciudadanos. Tenía también la función de ser el motor de la economía y del desarrollo social. Por otra parte, se había establecido una especie de división del trabajo entre los ciudadanos y la clase política: los primeros elegían a las autoridades para que decidan y gobiernen, mientras que los partidos políticos tenían la exclusividad de la intermediación entre la sociedad y el Estado. La vigencia de la sociedad civil como un nuevo actor está asociada a su rol en la transición de los regímenes autoritarios a la democracia. Es ese proceso, los partidos políticos y el gobierno son, para la sociedad civil, los protagonistas de los regímenes autoritarios. Este hecho ha generado tensión entre los partidos políticos y los actores sociales. La sociedad civil y las organizaciones que la conforman han defendido los derechos ciudadanos, han observando los procesos electorales, han demandando respeto a la institucionalidad democrática y, también, han participado en el diseño y ejecución de políticas públicas o proyectos sociales. A medida que la democracia se democratiza, haciéndose más participativa, la sociedad civil y las organizaciones que la conforman encuentran mayor espacio y justificación para participar en la elaboración y ejecución de decisiones nacionales y para demandar institucionalidad democrática y eficiencia en la gestión pública. Los partidos políticos son esenciales para la democracia y la estabilidad del sistema, por eso sus limitaciones tienen tan honda repercusión en la institucionalidad democrática, en la estabilidad política y en la configuración del sistema político. Desde hace algunos años, en los sistemas políticos de los países de la región, la opinión ciudadana es poco favorable a los partidos políticos, a la política y a los políticos. En términos generales, se aprecia una disminución en su legitimidad y credibilidad. Hasta hace cuatro décadas la diferenciación ideológica entre los partidos políticos era fuerte, porque cada uno representaba un proyecto de nación diferente. Ahora, podemos decir que los partidos padecen de orfandad ideológica, lo que los hace muy parecidos entre sí. Se podría decir que son solamente mecanismos electorales para llegar al poder y ejercerlo.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

Por otro lado, la función de intermediación entre la sociedad y el Estado que antes ejercían los partidos políticos es cada vez más limitada. La consolidación de la democracia con una mayor participación, la complejidad de lo económico, lo social y lo político en la globalización, así como la consolidación de los grupos sociales y sectoriales emergentes han dificultado la articulación de estos múltiples y a veces contradictorios intereses para presentarlos como demandas al Estado y a sus diferentes órganos. Otras funciones, como la movilización social, la promoción de la participación social y la demanda y formulación de las políticas públicas, atribuidas en el sistema político a los partidos, son desempeñadas de forma compartida por otras instituciones. Con el Estado, otro actor tradicional, ha ocurrido algo semejante, porque sus ámbitos de competencia fueron reducidos y sus funciones redefinidas por el neoliberalismo a fin de exigir una mayor eficiencia en su gestión. En las actividades que el Estado abandonó fue sustituido por el mercado, que es eficiente para la determinación de los precios y la asignación de los recursos, pero no para la distribución equitativa y justa de la riqueza socialmente producida. El Estado apenas puede compensar esas limitaciones del mercado. Para solucionar estos nuevos problemas, las organizaciones de la sociedad civil intervienen en los asuntos de interés público y comunitario. De esta manera, podemos afirmar que el Estado y los partidos políticos son los responsables de la presencia de la sociedad civil como un nuevo actor en los asuntos públicos y políticos. La presencia de un nuevo actor, la sociedad civil, despierta recelo en los actores tradicionales, los partidos. El recelo pasa a ser rechazo porque el desempeño de los partidos es cuestionado sistemáticamente y porque los nuevos actores tienen la intención de sustituirlos. Disminuida la credibilidad y legitimidad de los partidos, la sociedad civil se posiciona como un nuevo actor en los asuntos de interés público y político, presentándose como alternativa o disputando funciones que se consideraban exclusivas de los partidos. Para comprender a los actores sociales, se debe, en primera instancia, precisar el concepto y la naturaleza

de la sociedad civil. Toda persona es un ciudadano con derechos y deberes establecidos en el ordenamiento constitucional y jurídico de un país. Para que una persona sea un ente activo en la defensa y realización de esos derechos necesita ejercer y desarrollar su “ciudadanía” participando en organizaciones sociales formadas en torno a asuntos que interesan o afectan a los ciudadanos. Estamos en presencia de la ciudadanía, entonces, cuando el ciudadano asume plenamente sus derechos y los ejerce, a través, fundamentalmente, de organizaciones sociales. Los ciudadanos, asumiendo plenamente la ciudadanía, se organizan en torno a determinados intereses, dando lugar al surgimiento de los actores sociales. El conjunto de estos actores sociales constituye la sociedad civil. Por eso, podemos afirmar que la sociedad civil es la “ciudadanía organizada”. La diferencia específica entre partidos políticos y sociedad civil, como actores en una misma realidad, hay que buscarla en su relación con el poder político. Los partidos políticos son instituciones cuyo objetivo fundamental de asumir el poder del Estado para gobernar. La sociedad civil, formada por organizaciones, por su parte, tiene como objetivo fundamental presionar a quienes detentan el poder del Estado para que lo ejerzan conforme a la institucionalidad democrática y a las exigencias del bien común. En otras palabras, “los partidos políticos tienen vocación de gobernar y la sociedad civil de ser bien gobernada”.15

3. ANÁLISIS DE LOS ACTORES POLÍTICOS
Para comenzar el análisis de los actores políticos y sociales es necesario, primero, un breve acercamiento a la historia democrática, sus principios y valores y su relación con los protagonistas del conflicto. El conflicto permanente de la sociedad por consensuar patrones que guíen su supervivencia es el eterno escenario en el que nos sumergimos, buscándonos y a veces encontrándonos, no sólo para entendernos como seres humanos sino también para definir nuestros principios humanos más puros. Deambulamos por la vida para definir el concepto legalista de política para entenderla como el arte de resolver la litis de la polis.

15

Toribio, Rafael, “Partidos políticos y sociedad civil: actores complementarios en la democracia”, Revista Futuros Nº 9, volumen 3, 2005.

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Corte Nacional Electoral

En este camino, para resolver el conflicto de la vida están los actores, el sistema y su relación intrínseca que pretende definir sus roles en el ajedrez del poder. En aprender a vivir se nos va toda la vida, y la historia se nos va a medida que la escribimos. Bolivia se inventa y contradice a cada paso para reinventarse de nuevo o para descubrirse más campesina o más obrera, más minera o más soyera, más indígena o mestiza, más andina o más amazónica. Bolivia se descubre y se conquista, se reconquista y se redescubre, se bloquea y desbloquea para definirse en movimiento hacia el destino. El movimiento de actores, roles, sistemas y acciones que tratamos de describir para no marearnos con los acontecimientos intensos de nuestros tiempos, nos proyecta hacia nuevas circunstancias encaminándonos en el proceso evolutivo hacia una democracia más amplia e incluyente. En este intento por entendernos, dejaremos la sociología a un lado por limitaciones naturales de formación. Desde la ciencia política resolveremos, de algún modo, el conflicto de la polis para identificar actores en el marco práctico de la coyuntura reflejada en los resultados de los estudios de la Corte Nacional Electoral sobre cultura política y democracia de 1999 y 2004. Para este efecto, definiremos a los actores políticos y sociales, sus diferencias, sus roles y su caminar por esta democracia imperfecta, poliárquica y mestiza que merece un apoyo más comprometido de sus miembros.

- Dominación de carácter racional, su legitimidad descansa en la creencia en la legalidad de las ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad (autoridad legal). - Dominación de carácter tradicional, su legitimidad descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la autoridad (autoridad tradicional). - Dominación de carácter carismático, su legitimidad descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas (autoridad carismática). b Actores colectivos, cualquier forma de asociación que se vincula a la política, por ejemplo, los partidos políticos, grupos de presión y medios de comunicación.19 Dentro de los actores políticos colectivos nos concentraremos para fines del análisis en aquellos que se agrupan en función de la lucha por el poder. Existen otros actores políticos colectivos que en asociación formal o informal actúan en el escenario político pero no entran formal ni informalmente en la lucha por el poder. Otros actores importantes pero tangenciales para el análisis son los grupos de interés o de presión (stakeholders). Están conformados en torno a un interés común no político (social, económico, cultural, intelectual, filantrópico y religioso), por lo que carecen de un programa ideológico, pero están organizados y tienen permanencia en el tiempo. Pueden transitoriamente activarse e influir desde afuera en el poder político para fines corporativos específicos, pero sin pretender conquistarlo; su acción suele expresarse en el lobby. J. Richardson,20 en una clasificación de los actores políticos en función a la rendición de cuentas, dice que son:

3.1. ¿Quiénes son los actores políticos?
Los actores políticos son los sujetos que intervienen en el proceso social16 vinculados a la lucha por el poder o a su ejercicio. Para efectos didácticos, los clasificaremos en dos clases: a Actores individuales. Se refiere a los liderazgos políticos personales, son los “tipos puros de dominación legítima” de Weber,17 quien los clasifica en tres categorías de acuerdo al “fundamento primario” de legitimidad:18
16 17

18 19 20

Entiéndase por proceso social la evolución o conjunto de cambios que ocurren en una sociedad. En Weber la teleología significa los fines de los actores individuales en el marco de determinadas condiciones sociales y no el fin de la historia universal o patria. Weber, Max, Economía y sociedad, Fondo Cultura Económica, México, 1983. Los que Weber llama “los que viven para la política”. El político y el científico, Altaya, Barcelona, 1995. Aldea Moscoso, Rodolfo, Presentación en corporación ciudadana activa; poder, política y medios de comunicación social, 2003. Earnshaw, D. y D. Judge, “From co-operation to co-decision: the EP’s path to legislative power”, en J. Richardson, ed., European UnionPolitics and Policymaking, Rout ledge, London, 1996.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

“cualquier grupo que articula demandas a las que las autoridades políticas en el sistema o subsistema político deberían dar algún tipo de respuesta”. Los partidos políticos son también grupos organizados, aunque su finalidad es la conquista del poder y su ejercicio en torno a una ideología o programa. Filtran y canalizan las demandas sociales y compiten para ganar las elecciones y ocupar las instituciones políticas. A diferencia de los grupos de interés que tratan de influir en los gobernantes, los partidos políticos intentan ganar el poder.

3.2. ¿Quiénes son los actores sociales?
Otro grupo de actores políticos son los movimientos colectivos o actores sociales. No tienen una organización burocrática, ni permanencia en el tiempo, ni aspiran al poder, sino a influir en las decisiones políticas y en los valores sociales. Son una forma de participación política relevante que no se puede dejar de considerar, representan una de las maneras modernas de influir en las políticas y los detentadores del poder y en cómo se eligen y cómo actúan. Los movimientos sociales no están constituidos en organizaciones estructuradas y jerarquizadas como los grupos de interés, más bien se distinguen por su falta de organización o por una organización mínima que huye de las jerarquías. Buscan objetivos más generales y con un componente de cambio social, de transformación de la sociedad más que cambios específicos sobre un problema concreto. Para efectos de análisis y clasificación pondremos en la misma categoría de actores sociales a todos los que no sean partidos políticos, es decir, los actores políticos que buscan el poder entendido como el control de la violencia del Estado. En este sentido, son actores sociales los grupos de interés y los movimientos sociales descritos. Pueden ser de varias tendencias, de derecha, centro o izquierda, empresarios o profesionales, campesinos u obreros, dependiendo del contexto y el lugar donde se ubique el análisis, el objeto de estudio y los fines del mismo. En este caso, el objeto de estudio son los actores sociales y políticos en Bolivia en el actual período democrático. Uno de los actores más importantes a tomar en cuenta son los medios de comunicación que producen y logran la interacción entre ciudadanos y políticos,

entre partidos políticos e instituciones políticas que se desarrollan en las democracias representativas. Son actores estratégicos del quehacer político y, en muchos casos, son los creadores y artífices de nuevos protagonistas. Los medios de comunicación social hacen, fundamentalmente, tres cosas: a) transmitir información: permiten que los ciudadanos, los políticos, los partidos y las instituciones (gobierno, poderes públicos) conozcan lo que piensan y hacen los otros, así como el entorno el que se desenvuelve el sistema político; b) crear y modelar la opinión pública: abren o cierran, selectivamente, los espacios de información y comunicación a hechos, acontecimientos, ideas, líderes, actores sociales y élites que influyen en la formación de la opinión pública; y c) vigilar el poder político: denuncian y hacen públicas las acciones incorrectas de políticos, partidos e instituciones, haciendo efectivos los mecanismos de control social. En la primera función cumplen un rol pasivo y neutral, pero en las demás su rol es activo y parcial, lo que los convierte en actores políticos en sí mismos. Esto representa una dificultad cuando no son medios de comunicación públicos. Al ser empresas privadas están condicionadas por sus propios intereses y necesidades económicas y por la posición ideológica de sus dueños. No tienen una representación auténtica o legítima de la ciudadanía porque esa representación es auto-asignada y está fuera del control de la ciudadanía cuyos intereses dicen defender. Además carecen de accountability.

3.3. La identificación de los actores políticos en el estudio
A lo largo del estudio, la categoría de actores políticos y sociales no se identifica claramente, al contrario, aparece transversalmente. La revisión del informe cuantitativo y del cuestionario utilizado para la investigación permitió la identificación de los actores políticos considerados en el estudio. Los resultados de la encuesta muestran la percepción que tiene la población de estos actores, y las entrevistas en profundidad ofrecen información más específica de la percepción de las personas entrevistadas respecto a la situación de los actores políticos. Finalmente, los resultados del trabajo con grupos focales también
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Corte Nacional Electoral

permiten obtener de manera mucho más amplia la opinión de sectores económico-sociales sobre los actores políticos. Los actores políticos identificados, sobre la base de la definición establecida y de la revisión y análisis de los documentos mencionados, son: el Parlamento, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, los partidos políticos, las Alcaldías, la Corte Nacional Electoral, las Prefecturas, el Gobierno, la Policía, el Defensor del Pueblo, el Presidente y los políticos.

3.4. La legitimidad de los actores políticos
De acuerdo a los resultados de la encuesta, el grado de información o conocimiento que tiene la población sobre diferentes temas comunes de la vida política del país es bastante bajo, sólo 10,1% de la población conoce los nombres de los principales actores políticos en función de gobierno (nombre del Presidente de la República, de su Alcalde, del Prefecto departamental, del diputado uninominal de su circunscripción y del Presidente del Senado). El Gráfico 1 es ilustrativo sobre el nivel de información que tiene la población de sus representantes. Este aspecto es bastante ilustrativo para entender la fractura entre ciudadanos y representantes, en este caso, los actores políticos. Estos últimos son elegidos indirectamente dentro del sistema parlamentario y esto

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

ha minado el vínculo de la sociedad con sus representantes. Estos datos deben hacernos reflexionar sobre tres aspectos fundamentales: a Los sistemas de representación.21 Si la sociedad no conoce y, en consecuencia, no cree en sus representantes es porque de alguna manera la fórmula para su elección no ayuda a construir un sistema legítimo de representación. Uno de los factores fundamentales para construir una democracia eficiente y eficaz es la capacidad de construir mecanismos de rendición de cuentas (accountability) efectivos. No podemos construir mecanismos de rendición de cuentas si los ciudadanos ni siquiera saben el nombre de sus representantes, menos pedirles cuentas y hacer control social. En Bolivia existen importantes mecanismos de control social vigentes, los comités de vigilancia son un buen ejemplo de ello. Veremos a lo largo de este análisis que las instituciones y representantes que tienen mayor control social gozan de mayor legitimidad, esto implica una relación positiva entre rendición de cuentas y legitimidad, entre representación directa y legitimidad y entre legitimidad y democracia. En consecuencia, los sistemas de representación deben ser revisados y debatidos para garantizar una mejor calidad en la información de los representantes y los representados. b Democracia interna de los partidos políticos. Entendida como el mecanismo de legitimación de los instrumentos políticos, la democracia interna permite establecer puentes permanentes entre los partidos y la sociedad. Estos puentes de comunicación y acción política contribuyen a darle mayor legitimidad a los representantes y, por tanto, mayor base social. El hecho de que la población no conozca a sus representantes es un claro indicador de que éstos no son asignados por procesos de consenso y legítima carrera meritocrática en los partidos. Si esto fuera así, como se recomienda en los principales documentos elaborados sobre sistemas de partidos en Bolivia, las autoridades y representantes contarían con una base social importante lo que, a su vez, resultaría en el conocimiento de la población sobre su trayectoria.

21

Léase como sistemas electorales los espacios o circunscripciones políticas y las formas de elección de representantes.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

c Capital social de los partidos. El desconocimiento de los representantes políticos por parte de la población demuestra el poco capital social construido por los partidos y el sistema político actual. En la medida que no se construyan espacios de participación e interacción entre políticos y sociedad, el capital social22 de las instituciones seguirá disminuyendo y, en consecuencia, minando la legitimidad y viabilidad de la democracia. Para conocer la legitimidad que gozan los partidos políticos en la población es importante partir del análisis del conocimiento que poseen las personas sobre el objetivo de la democracia (Gráfico 2). De acuerdo a lo que podemos observar, del total de los bolivianos, 32% no sabe cuál es el objetivo de la democracia, el restante 68% se encuentra distribuido entre una variedad de significaciones puntuales que representan este objetivo. Para unos, 12% de la población, el objetivo de la democracia es participación mientras que para otros, 5%, sólo significa el acto de votar. Es preocupante que 32% de la población no conozca cuál es el objetivo de la democracia siendo que el país vive más de dos décadas bajo este sistema. Algunas explicaciones para esta situación podrían ser: • La democracia fue un paradigma insertado en el inconsciente colectivo con altísimas expectativas sobre sus postulados y resultados. No solamente en Bolivia, sino en el mundo, la democracia ha sido un modelo construido en respuesta a otros paradigmas y alternativas. Considerado por Churchill el menos malo de todos o, en sentido positivo, el mejor de todos, el modelo democrático se va construyendo a medida que vamos entendiendo que la democracia no es un fin, sino un medio para resolver la intervención del pueblo en el gobierno. Pensar en la democracia significó imaginar un yate o crucero del Royal Caribean con todas las comodidades, lujos y placeres que trae el desarrollo. Sin embargo, fue encontrarse con una balsa de totora diseñada y elaborada por manos nativas, cultura nacional y

limitaciones naturales de nuestro medio donde el proceso de construcción de nuestra nación aún no termina de nacer. Varios politólogos están de cuerdo en que la clasificación de la democracia en democracias de transición y democracias de consolidación ha pasado a segundo plano para resolver el dilema de la “calidad de la democracia”.23 Me refiero a lo que O’Donnell24 llama la democracia real y la evaluación de las condiciones mínimas que necesita para hacerse viable en los hechos.25 La ciudadanía boliviana ha tenido expectativas sobre la democracia que no tienen relación con la realidad y sus consecuencias. • El 72,5 % de los ciudadanos en edad de votar está entre 18 y 35 años. Se trata de una población que ha crecido en la democracia y, por lo tanto, no tiene experiencia de la vida sin ella. Quienes han vivido en dictadura entienden mejor las diferencias entre ambos regímenes y, por tanto, los objetivos centrales de la democracia. • El sistema democrático se encuentra en período de expansión, en el que los ciudadanos recién están comenzando a conocer sus consecuencias, implicancias y resultados, a pesar de la Participación

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

22 23 24 25

Entiéndase por capital social el respaldo y la legitimidad con que cuentan las instituciones públicas o del Estado. Léase: Sartori, Giovanni (2004), “Where is Political Science Going?”, PS. Political Science and Politics Nº 4, vol. 37, octubre, pp. 785-789. O’Donnell, Guillermo, Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización, Buenos Aires, Paidós, 1997. Léase el artículo de César Cansino “Entre la democracia real y la democracia ideal, consideraciones críticas”, revista Metapolítica Nº 39, enero-febrero 2005, México. http://www.metapolitica.com.mx/39/index.htm

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Corte Nacional Electoral

Popular y el incremento de los mecanismos de participación. Este proceso es un camino largo en el que la calidad del sistema depende de la madurez de los actores. El Gráfico 3, que muestra la palabra más cercana con la que identifican las personas a la democracia, corrobora el poco conocimiento que tiene la población sobre ella. Si hacemos un análisis sobre la calidad de la democracia, este Gráfico puede darnos una idea más o menos clara. Si la democracia está relacionada con conceptos difíciles de calibrar, calcular o determinar, como libertad, igualdad, respeto, participación y libertad de expresión, debemos entender que la amplitud de los conceptos hace difícil el cumplir con tales expectativas. En un esfuerzo más académico, la definición mínima de democracia cuenta cuando menos con tres elementos: sufragio universal adulto; elecciones regulares, libres, competitivas y justas; más de un partido político y más de una fuente de información. No olvidemos una adición importante (Schmitter y Karl, 1993, pp. 45-46): las instituciones democráticas, los derechos existentes y el proceso de toma de decisiones no deben estar restringidos ni por las élites no elegidas ni por poderes externos.26 Si comparamos los postulados de los ciudadanos y los académicos, concluimos que bajo los primeros parámetros es difícil determinar que la democracia goce de buena salud, pero si analizamos la calidad de las elecciones, acceso al voto, a la información y otros, podremos determinar si el proceso democrático en

marcha va mejorando y cuáles son los motivos de esa mejora. Entonces, el reto de las autoridades académicas y ciudadanos se encuentra en ponerle el cascabel al gato y hacer campañas de información para definir la democracia desde nuestra propia idiosincrasia y concebir expectativas que podamos cumplir, aunque sea medianamente, aumentando nuestra autoestima tan vapuleada por la realidad y la pobreza. No son las instituciones ni el modelo los que hacen aguas en el barco que se llama democracia, sino son los actores que conducen este autobús que nos transporta los que deben comenzar a enterarse de cómo se maneja en caminos de tierra. La mala percepción de la democracia y la poca información sobre sus postulados mínimos son un reflejo del fracaso de los actores en la construcción de un modelo democrático pluralista, inclusivo y propio de la cultura y la identidad bolivianas. Las expectativas mencionadas, las frustraciones acumuladas y la incapacidad de los representantes para articular un modelo legítimo y pluralista, entre otras razones, han socavado la fe en la democracia. Un indicador que nos muestra la percepción que tiene la población respecto a los actores políticos, protagonistas importantes de la democracia, es “democracia versus gobierno autoritario” (Gráfico 4). El resultado de la encuesta es que el 66,4% de la población prefiere la forma de gobierno democrática respecto a cualquier otra. En contraposición, tenemos que 32,4% de la población no apoya a la democracia como sistema de gobierno o no encuentra diferencia entre uno autoritario y uno elegido democráticamente, cifra significativa que explica la frustración con el modelo vigente.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

26

Comentario extraído del artículo de Leonardo Morlino: “Calidad de la democracia. Notas para su discusión”, revista Metapolítica Nº 39, enero-febrero 2005, México.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Es interesante conocer la opinión de la población de acuerdo al departamento donde vive (Cuadro 1). Los departamentos en los que las personas apoyan de manera más decida a la democracia son Chuquisaca, Cochabamba y Pando, mientras que en Beni y Potosí el nivel de preferencia por la democracia como forma de gobierno se encuentra por debajo de la media nacional. Estos datos permiten tener un marco de referencia sobre el cual establecer un criterio de análisis para

entender por qué en estas regiones del país la democracia tiene mayor o menor respaldo. Se podría buscar relaciones entre edad de la población, índices de gobernabilidad, participación electoral, legitimidad de las instituciones locales y respaldo a la democracia. Al analizar relaciones positivas o negativas entre estas variables podremos saber en qué aspectos centrar la atención de las políticas públicas o de los mecanismos de información que permitan fortalecer los valores democráticos. Hacer un análisis como el sugerido permitiría identificar qué actores políticos determinan los factores de apoyo a la democracia. Observando un período de ocho años, con resultados de diferentes encuestas, observamos que la preferencia por el sistema democrático a cualquier otro ha sido descendente en el tiempo a partir de 1996, cuando 85% de la población prefería un sistema de gobierno democrático (Gráfico 5). La disminución de la preferencia fue continua hasta noviembre del año 2001, a excepción de agosto del mismo año, cuando aumentó levemente. La recuperación de la preferencia por la democracia como sistema de gobierno en relación con cualquier otro se produce, fundamentalmente, en diciembre de 2004. Podemos decir que se explica por los acontecimientos de octubre de 2003 y sus consecuencias para el proceso democrático: la expulsión de Sánchez de Lozada y las reformas

CUADRO 1: Democracia preferible a autoritarismo por departamento
DEPARTAMENTO (%) LPB 62,3 SCZ 64,6 CBB 78,4 ORU 60,9 CHQ 79,0 PTS 59,8 PAN 70,5 TAR 61,0 BEN 59,6

Democracia preferible

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo Estudio Nacional,CNE, La Paz, 2004.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Porcentaje

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Corte Nacional Electoral

introducidas en el texto constitucional como el referéndum y la Asamblea Constituyente. Podemos añadir las elecciones municipales como un incentivo importante para que la democracia recupere su valor en la población. La posibilidad real de una salida autoritaria puede ser uno de los factores que han marcado el cambio en la aprobación de un sistema democrático. Al mismo tiempo, el agotamiento de los líderes tradicionales le da un aire de esperanza a la ciudadanía ante la renovación de los actores. En este sentido, un importante factor fue el Presidente Carlos Mesa, quien aumentó su popularidad en la población hasta 80%.27 El incremento del apoyo a la democracia en diciembre de 2004 tendría una influencia directa de este fenómeno de renovación política. Este mensaje debe llegar con fuerza a los actores políticos y sociales, sobre todo a los partidos políticos. El fenómeno del Presidente es una evidencia clara de que la legitimidad y el respaldo a la democracia están directamente ligados al agotamiento de sus líderes máximos. Otra variable que permite conocer la legitimidad de los actores políticos es la valoración que la población le otorga a la democracia, considerando que los actores políticos son sus principales protagonistas. Analizando los resultados de la encuesta por edad, observamos una tendencia a subir el nivel de valoración según la edad, aunque se observa un leve comportamiento cíclico (Gráfico 6). Sin embargo, la valoración en general es bastante baja, el máximo valor se encuentra en 39,1%

que corresponde al rango 65 y más años de edad. Si recordamos que la población boliviana en edad de votar se encuentra concentrada entre los 18 y 35 años de edad (que representa 72,5%) podemos concluir que la mayor parte de la población valora escasamente la democracia. Como podemos observar en el Gráfico 6, en los dos primeros rangos de edad la población que otorga un alto valor a la democracia no alcanza ni al 30%. Si analizamos el respeto y percepción de la democracia de los jóvenes en otros estudios, como el realizado por el Instituto Republicano Internacional (IRI), observamos un desprecio unánime a la clase política, sus representantes y el sistema de partidos.28 La cultura política juvenil es muy baja y los datos del Gráfico 6 corroboran las conclusiones de anteriores estudios. Se ha perdido la memoria histórica de los costos de la democracia y las consecuencias de la dictadura. A pesar de que existen textos y testimonios concretos, no se enseña en colegios y universidades el valor de las conquistas democráticas. Tampoco existe un hábito de lectura en la población, lo que no permite construir una cultura democrática en la juventud a partir de elementos históricos que se fortalezcan con datos y argumentos presentes. Es imposible entender la democracia actual y los avances en pluralismo y multiculturalidad sin mirar hacia el pasado. Aquellos que tienen en la memoria la realidad de vivir bajo un régimen autoritario mantienen, a pesar de las frustraciones, un respeto por el modelo democrático de gobierno.

GRÁFICO 6: Baja valoración de la democracia por edad

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

27 28

Encuesta Apoyo, opinión y mercadeo, del 11 al 15 de marzo de 2005. Léase los estudios “Democracia y valores democráticos en jóvenes de secundaria” y “Percepciones y actitudes de los jóvenes universitarios respecto de la democracia”, Boletín Nº 3, Instituto Republicano Internacional, Bolivia, noviembre 2004.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

GRÁFICO 7: Baja valoración de la democracia por sexo

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

La escasa valoración que la población otorga a la democracia se puede observar también por género (Gráfico 7): del total de hombres en edad de votar, sólo 28,1% valora la democracia; en el caso de las mujeres el porcetaje sube a 33,7%, 5,6 puntos porcentuales más que los hombres. Diferencia pequeña pero significativa, toda vez que las mujeres representan el 50% de la población. Sobre la base de los resultados de las entrevistas en profundidad y de los grupos focales podemos asegurar que las mujeres tienen mayor propensión a apoyar la democracia en la medida en que a través de ésta logran mayor equidad o por lo menos pueden aspirar a obtenerla. Esto último no significa que tengamos equidad de género en el país, pero es claro que la democracia representa o permite dar un paso rumbo a la equidad. La mujer excluida de la actividad política y de la ciudadanía hasta el año 1952 es sin duda una militante defensora de la democracia por sobre el género masculino. En un compendio de intervenciones sobre las relaciones entre mujer, política y democracia, en

septiembre de 2002, diferentes mujeres parlamentarias y en actividad política ya hacían hincapié en los beneficios que el modelo democrático de gobierno ha traído a las reivindicaciones de género. 29 No es casualidad en consecuencia que las mujeres tengan una mejor percepción de la democracia que los hombres. Si observamos la valoración de la democracia por nivel de educación (Gráfico 8), encontramos un comportamiento cíclico y descendente a medida que va aumentando el nivel de educación de las personas. El porcentaje más alto de la población que valora la democracia (45%) está conformado por aquellas personas que no alcanzaron ningún nivel de educación mientras que el 25,9% de la población que alcanzó un nivel de educación constituye el grupo poblacional que menor valor otorga a la democracia. Debemos resaltar que de las personas que tienen mayor nivel educacional (superior a 15 y 18 años de estudio) sólo 30% declara valorar la democracia. Las personas que tienen menor nivel de educación muestran mayor esperanza en lo que puede otorgarles

GRÁFICO 8: Baja valoración de la democracia por educación

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.
29

Léase: Brockmann, Erika, “Principales desafíos de la mujer en democracia”, en: Mujer, política y democracia, Noche Parlamentaria, Fundapac-KAS, septiembre 2002.

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Corte Nacional Electoral

GRÁFICO 9: Satisfacción con la democracia por edad

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

la democracia, principalmente el hecho de participar a través del voto, mientras que a mayores niveles de educación las personas tienen menores expectativas en la democracia. Esta relación de exclusión y apoyo a la democracia es similar a lo expuesto en el caso de las mujeres. Mientras más excluido del desarrollo humano se encuentra el individuo, más esperanza halla en la democracia como mecanismo de cambio. Al contrario que para los jóvenes, para quienes la democracia es el estado natural que por imperfecto debe cambiarse. Los excluidos, principalmente los de ingreso más bajo, ven en la participación universal y la igualdad de derechos la oportunidad de cambio y reivindicación legítima. Al revisar los resultados de los estudios realizados por la CNE encontramos otra variable que ayuda a comprender los factores que influyen en la baja preferencia por la democracia de la población: la satisfacción que la misma les ha podido dar a las personas. Por ejemplo, si se analizan los resultados de la variable “satisfacción con la democracia según la

edad”(Gráfico 9), se descubre que la población que se encuentra entre 36 y 55 años de edad es la que en más de 54% declaró tener satisfacción con la democracia. Mientras que las poblaciones más joven, menos de 36 años, y la mayor de 55 son las que menos satisfechas se sienten con la democracia. De todos modos, la tendencia muestra que según aumenta la edad de las personas éstas se sienten más satisfechas con la democracia. Analizando la satisfacción de la población con la democracia a lo largo del tiempo, entre 1996 y 2004 la tendencia es decreciente como se puede observar en el Gráfico 10. Se debe destacar que en el último período, de diciembre de 2003 a diciembre de 2004, la satisfacción con la democracia se ha incrementado. Resulta paradójico que pese a que los acontecimientos de octubre de 2003, la realización del referéndum sobre el gas, las elecciones municipales y el ingreso a la agenda de la Asamblea Constituyente levantan el ánimo y la esperanza de la población en la democracia, principalmente porque participa en los comicios, la

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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confianza en el modelo desciende durante este período. Es muy posible también que la deslegimación de la representatividad del Congreso Nacional tenga una relación positiva con la caída de la percepción de la democracia. Estos resultados muestran que existe una imperiosa necesidad de cambio en la democracia. La población también expresa esta necesidad en el indicador “exigencia de cambio a la democracia” (Gráfico 11).

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Algo más de la mitad de la población considera que la democracia debe sufrir muchos cambios mientras que 41,9% piensa que sólo algunos. En total, cerca de 93% de la población quiere cambios en la democracia. Ante una baja satisfacción con la democracia es lógico que se pidan cambios profundos. La democracia sufre un momento de crisis que ha sido denominado por muchos analistas como el proceso de inflexión30 o, como lo ha bautizado el Presidente Mesa, de transición histórica. Este momento de cambio significa el agotamiento de un proceso político de pactos, denominado por algunos analistas la democracia

del pasanaku.31 Bolivia es uno de los países con mayor cantidad de reformas institucionales en América Latina, 32 éstas reformas fueron formuladas bajo importantes promesas electorales y construyendo expectativas enormes en la población sobre sus implicaciones. Debemos recordar que un país con muchas reformas institucionales y estructurales es un país con muchas promesas. Un país con reformas fracasadas es un país con frustraciones gigantescas. Una democracia construida sobre instituciones celestiales y perfectas es una democracia imperfecta que se golpea contra la realidad de sus limitaciones, día tras día. En un marco de constante cambio no es posible cimentar o perfeccionar las transformaciones hechas en el pasado. En esta coyuntura, no puede aplicarse el principio de Trial and error (prueba y error) y no puede consolidarse la construcción de una institucionalidad que se adecue a la realidad donde se ejerce. A esto sumamos los permanentes diseños de arriba hacia abajo de las reformas, sin una base de empoderamiento, participación e inclusión. Tenemos, pues, políticas públicas que caminan en un escenario donde los actores estratégicos no reconocen los esfuerzos realizados y los ven como ajenos, impuestos e intrascendentes. La democracia, a pesar de sus esfuerzos, no ha logrado construir un capital social33 sólido que garantice una gobernabilidad34 efectiva, una gobernanza35 eficiente y una rendición de cuentas legítima que sirva de control al sistema y que tienda puentes claros entre representantes y representados. Bolivia es un escenario complejo con muchas constricciones históricas que hacen muy difícil la democratización efectiva de la sociedad. Sin embargo, paradójicamente, se han logrado importantísimos avances. Politólogos, autores y analistas permanentemente resaltan la participación política, el control social y la valentía de los ciudadanos bolivianos, en un marco de inclusión social y representatividad que ha marcado un giro revolucionario en la representación

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33

34 35

Fernando Calderón, Informe de Desarrollo Humano 2004, PNUD, Bolivia. Léase Informe de Desarrollo Humano 2002, capítulo “Las orientaciones de los liderazgos políticos y sociales”, pp. 158. Léase el capítulo “El progreso no es lo que era: fundamentos institucionales para un país en riesgo” del informe Bolivia: el desarrollo posible, las instituciones necesarias, Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya, 2003. Según el Banco Mundial el capital social se refiere a las instituciones, relaciones y normas que conforman la calidad y cantidad de las interacciones sociales de una sociedad. Entendida como la capacidad de gobernar políticamente un Estado. Entendida como la capacidad de gobernar administrativamente un Estado.

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Corte Nacional Electoral

política de Bolivia. Joan Prats en un reciente artículo lo explica claramente:
Las democratizaciones se hacen más difíciles cuando, como en Bolivia y tantos otros países latinoamericanos, los políticos demócratas tienen que atender a la vez al fortalecimiento de la democracia, a la creación de las capacidades institucionales del Estado, a la creación de mercados eficientes, a la superación de la pobreza y la reducción de las desigualdades, al reconocimiento de la multietnicidad y pluriculturalidad (...) Bolivia vive desde 1982 un proceso de democratización tan meritorio como incompleto y perfectible. Desde 1985 el poder político desplazó a los partidos políticos, quedando muy en segundo plano los otros actores del pasado de gran protagonismo como los sindicatos. La llamada democracia pactada fue un sistema partidocrático, basado en liderazgos caudillistas muy fuertes, que dio estabilidad económica y política al país hasta 1998. Durante este período mejoraron sensiblemente los niveles educativos y de salud de la población, hubo un crecimiento económico apreciable y se dieron reformas institucionales tan significativas como las capitalizaciones o la Participación Popular. Pero el PIB per cápita apenas creció, la pobreza apenas se redujo, la desigualdad hasta se incrementó, las instituciones siguieron patrimonializadas, la política mantuvo esquemas clientelares y prebendarios, los partidos políticos tradicionales no fueron capaces de renovarse, la corrupción se disparó y, con la crisis económica iniciada en 1998, cayó en descrédito todo el sistema político trabajosamente construido desde 1982.36

No es pues casualidad que más de 93% de los encuestados crea que la democracia es un modelo perfectible que debe cambiarse y adecuarse a una realidad pluralista, multiétnica y diversa como la boliviana. En este contexto, los actores políticos y sociales como intermediarios entre la sociedad y el Estado deben adaptarse a los cambios y movimientos de un proceso que no contempla vacas sagradas (políticos intocables) y camina con los políticos que saben mirar a la sociedad para entender sus demandas. Los políticos Otra variable investigada en el estudio cuantitativo es el conocimiento que tiene la ciudadanía de los actores políticos (Gráfico 12). Esta consulta es, sin duda, muy importante para conocer la situación de algunos actores políticos en la opinión de la población. Entre los actores políticos individuales resalta el nombre del Presidente de la República, también los nombres del Prefecto de cada departamento, del Alcalde de cada municipio y del Presidente del Congreso. Del total de la población, el 90,7% conoce el nombre del Presidente Carlos Mesa, sin embargo, preocupa que alrededor del 10% de la población en edad de votar no sepa cuál es el nombre del Presidente que los gobierna. Esto se puede explicar por el hecho de que cerca del 80% de la población tiene un bajo grado de información y que el Presidente actual llegó a ese cargo por sucesión constitucional y no por una elección.37 El modelo semi-presidencialista vigente ha marcado una lógica caudillista a pesar de los candados

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.
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37

Extraído del artículo “Democracias, desigualdad y fragmentación: el caso boliviano”, Joan Prats, 15 de marzo de 2005, Instituto Internacional de Gobernabilidad. En octubre de 2003, renunció el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y fue sustituido por el vicepresidente Carlos Mesa, de cuerdo al artículo 93º de la Constitución Política del Estado.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

institucionales para limitar su acción. Tenemos un presidencialismo de facto que tiene fuerza institucional y vigencia política. La popularidad del Presidente Carlos Mesa es un claro indicador de estos datos.38 No es posible hacer un análisis sobre los datos de la encuesta sin mirar los anteriores porcentajes sobre el conocimiento de la gente respecto del Presidente, pero la encuesta de 1999 elaborada por la CNE y otras anteriores similares no contienen esta pregunta. La percepción de la ciudadanía respecto a sus representantes no es solamente responsabilidad de la arquitectura institucional. Este aspecto está también directamente ligado a la capacidad de los propios representantes para entregar beneficios y resultados a sus representados. Dieter Nolhen,39 un reconocido institucionalista alemán, en su último ensayo sobre la coyuntura nacional40 resalta la implicancia de los resultados (output) en la construcción de legitimidad y autoridad por parte de las instituciones. Este aspecto, aparentemente obvio, muchas veces es ignorado por los analistas. Paradójicamente, el conocimiento del nombre del Alcalde de la ciudad o sección de provincia es conocido sólo por el 52,9% de la población en edad de votar de sus circunscripciones, cifra muy baja considerando que esta autoridad es elegida a través del voto directo con intermediación parlamentaria. Tal vez un aspecto importante es que dado que no se trata de una elección directa y típica de un sistema presidencial, no se la percibe como legítima y por lo tanto de interés de los electores. Al mismo tiempo, bajo el sistema semiparlamentario municipal existe en muchos casos una rotación permanente del cargo. “La Ley de Participación Popular marcó quizás el cambio histórico más importante desde la Revolución de 1952, por una simple y sencilla razón, porque incluyó el concepto de participación de las ciudadanas y de los ciudadanos a partir del municipio, construyendo una

nueva democracia, la democracia municipal que es la democracia del vecino, la democracia en la que todos y cada uno tienen una palabra que decir”. Estas palabras expresadas por el Presidente Carlos Mesa al conmemorar los 10 años de la Participación Popular resaltan un aspecto importante de la cultura política de los bolivianos respecto de los líderes municipales: antes, el Presupuesto General de la Nación consideraba sólo un 3% para los municipios; hoy, más de una tercera parte de ese presupuesto está destinado a los municipios del país. Éste es un dato fundamental para entender el cambio de atención e interés de los ciudadanos en la política local. El que los alcaldes tengan capacidad de decisión, de planificación y de ejecución es un aspecto estructural de la dinámica política de Bolivia en el siglo XXI. El proceso de Participación Popular ha generado nuevos espacios de conocimiento y manejo de gestión pública. A nivel meso o regional, el nombre del Prefecto departamental es conocido sólo por el 25% de la población. Una de las razones es su desvinculación de la política local dado que es nombrado por el Presidente de la República. El divorcio entre las autoridades regionales y la región es claro y evidente. Franz Barrios41 en reiteradas oportunidades ha evidenciado este vacío institucional, destacando la necesidad de darle al nivel meso del Estado el protagonismo que merece y denunciando a la gestión prefectural vigente como “la cloaca más fétida de la prebenda y el patrimonialismo de los partidos desde que uno tenga memoria”.42 Los actores políticos han contribuido a descapitalizar la institución regional de su valor más importante, el social. Por lo general, las autoridades regionales fueron siempre delegadas políticamente y la prefectura se convirtió en un botín político muy importante. Los prefectos en la mayoría de los casos ajenos a la realidad de la región no tenían el respaldo ciudadano, ni la legitimidad necesaria para ejercer la

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39 40

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42

El presidente de la República, Carlos Mesa, tiene la aprobación del 66% de los ciudadanos, según la encuesta Apoyo, opinión y mercadeo, realizada del 11 al 15 de diciembre de 2004. Dieter Nohlen es profesor del Institut für Politische Wissenschaft, Üniversitat Heidelberg, Alemania. El lunes 14 de marzo de 2005, tuvo lugar en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra la conferencia Internacional “Diseño institucional para la reforma política en Bolivia” impartida por Dieter Nohlen, experto internacional de la Universidad de Heidelberg (Alemania). El texto está disponible en: http://www.democraciapartidos.org.bo/docs/conf_int_dieter.pdf. Varios autores, La descentralización que se viene. Propuestas para la (re)constitución del nivel estatal intermedio, La Paz, FES-ILDIS y Plural, 2003 Léase “Llegó la hora del meso: un desembarco en tres actos” por Franz Barrios Suvelza, La Prensa, octubre 29, 2003.

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gestión pública con eficiencia y eficacia, de manera de generar un valor público (output) importante. El nombre del Presidente del Senado, cabeza de uno de los tres poderes del Estado, tampoco es conocido por la población: escasamente el 26,5% declararon conocerlo. Al igual que en el caso del jefe de Estado, en la elección del Presidente del Senado participan los senadores. Si tomamos en cuenta que los senadores son elegidos en plancha y en la mayoría de los casos designados a dedo por la élite partidaria, sin ninguna participación de las bases o niveles intermedios del partido, no debe extrañar que menos del 30% de la población conozca el nombre del Presidente del Senado. Esto pone en evidencia la debilidad del sistema para garantizar mecanismos de rendición de cuentas efectivos. El Senado es, sin duda, una instancia de representación política regional muy importante, pero al mismo tiempo es desconocida para la sociedad. Caracterizada por ser una instancia de representación cuyos miembros sólo rinden cuentas a la autoridad que los designó a dedo, no es de extrañar que la Cámara de

Senadores sea una institución, como refleja la encuesta, con una bajísima legitimidad. Los diputados uninominales, tal vez porque son producto de una elección directa, son considerados representantes más legítimos, con mayor prestigio y legitimidad que los plurinominales. Irónicamente, los resultados de las encuestas dicen algo diferente: a pesar de ser elegidos directamente por la población, en general, ésta no conoce el nombre de su diputado uninominal. Sólo 24% de la población afirmó que conocía su nombre. Este es un cuestionamiento muy fuerte a la sensación de legitimidad que tienen los diputados uninominales. En todo caso, su legitimidad (entendida en este caso sólo como el conocimiento del nombre del representante) es mayor a la de los plurinominales (8,9%) y a la de los senadores (8,1%). Aun así, todavía no han logrado generar resultados para sus electores o formar un capital social importante. Está claro que la votación directa es un mecanismo más para aumentar la rendición de cuentas de los representantes, pero como se puede ver en el

CUADRO 2: Conocimiento de actores políticos individuales según área geográfica
Arco Político Nombre del Presidente Bolivia Área urbana Área rural Total Nombre del Prefecto Área urbana Área rural Total Nombre del Presidente del Senado Área urbana Área rural Total Nombre del Alcalde Área urbana Área rural Total Nombre del Diputado Uninominal Área urbana Área rural Total No conoce 5,78 13,93 9,30 71,57 79,13 74,83 64,58 85,20 73,47 54,34 37,56 47,10 72,27 80,99 76,04 Conoce 94,22 86,07 90,70 28,43 20,87 25,17 35,42 14,80 26,53 45,66 62,44 52,90 27,73 19,01 23,96 Total 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00 100,00

Nota: Todos los valores en (%) Fuente: Esta es una clasificación elaborada en base al banner demográfico, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004. Para efectos de análisis, el área urbana comprende: más de 20 mil habitantes y el área rural comprende: rural compacto y rural disperso. Elaboración propia.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

Cuadro 2, no soluciona por sí misma el problema de la eficiencia a la hora de generar capital social y legitimidad. Sin la obtención de resultados en función a intereses comunes que se puedan generalizar, la gestión política y pública de los diputados uninominales no puede construir legitimidad. Y no basta con el voto directo, porque es necesario un control social más efectivo que permita establecer puentes entre los electores y los elegidos. El hecho de que el diputado uninominal sea elegido por mayoría simple no garantiza que sea legítimo, dado que gran parte de la población ni siquiera conoce el nombre de su representante. Este dato debe alertarnos para entender que la democracia directa, aunque sea en circunscripciones pequeñas, no es garantía de legitimidad. Por ello, deberían establecerse porcentajes mínimos para elegir a los representantes bajo esa modalidad. Además, deberían elaborarse mecanismos obligatorios para que los representantes elegidos se interrelacionen con su electorado. La democracia directa no basta, hacen falta sistemas de control social complementarios que contribuyan a legitimar su institucionalidad. En este contexto es importante resaltar dos casos: a El desconocimiento del nombre del Alcalde en el área urbana alcanza a más de la mitad de la población (46%). En cambio, más del 62% de la población rural conoce el nombre de su Alcalde. Esto comprueba que las autoridades locales se encuentran más próximas a su electorado y la población se halla pendiente de sus actividades. Con relación a la

población urbana, los electores rurales conocen mejor a su representante y, por lo tanto, podríamos decir que tienen mejores herramientas para establecer un control más efectivo de su gestión. b En el área rural, 81% de la población no conoce a su representante uninominal. Este dato es muy importante para analizar, entre otros aspectos, los criterios bajo los cuales se han diseñado las circunscripciones uninominales. De acuerdo a Rolando Costa Arduz, ex vocal de la Corte Electoral Departamental de La Paz, el diseño de las circunscripciones necesita una revisión porque no está elaborado en función a las características de la realidad geográfica política y social del país. A este criterio se suman varios otros que, en torno a la discusión sobre la convocatoria a la Asamblea Constituyente, se han hecho escuchar con más fuerza en los últimos meses. Clasificando a la población según el nivel socioeconómico (Gráfico 13), observamos que a menor nivel menor el conocimiento de los actores sociales. De esta forma, el nivel socio-económico “bajo” es el que conoce en menor medida el nombre del Prefecto y del Presidente del Senado con relación a los otros grupos sociales. Sin embargo, se debe destacar también que más personas de este nivel conocen el nombre de su Alcalde que las personas de nivel medio. Los líderes políticos Los líderes políticos nacionales son otro grupo de actores sociales identificados en la investigación. De

GRÁFICO 13: Conocimiento de actores políticos por nivel socioeconómico
Alto
120 100 98,2 96,7 89,4 72,7 68,9 50,4 39,7 40 21 20 0 Nombre del Presidente de Bolivia Nombre de prefecto Nombre de presidente del Senado Nombre de su alcalde Número de senadores Número de diputados Nombre de su diputado uninominal 20,9 16,5 5,5 63,1

Medio

Bajo

Porcentaje

80 60

53,7 46,7

41,3 30,2 18,9 6,4

36,5 28 22,8

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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Corte Nacional Electoral

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

acuerdo a la consulta, 81,2% de la población los conoce y sabe de su actividad política (Gráfico 14).43 Sin embargo, si bien 81,2% de la población conoce a los líderes políticos nacionales, 96,5% no tiene confianza en ellos, es decir, incluso los que no los conocen no confían en ellos o, en general, no confían en los políticos (Gráfico 15). Esto refuerza una de nuestras primeras conclusiones: los actores políticos

(en este caso los líderes políticos nacionales) no cuentan con legitimidad. Por lo tanto, podemos afirmar sin equivocarnos que hay ausencia de liderazgo político. Si bien el sistema democrático moderno permite construir líderes nacionales, éstos no han sabido capitalizar políticamente su popularidad. Volvemos a la relación entre legitimidad y gestión. A menor eficiencia de gestión, menor capital político, menor capital social y menor legitimidad. La falta de renovación de liderazgos ha terminado por agotar el sistema de representación, cargado con los pecados, errores y desaciertos de los caudillos tradicionales. El alto porcentaje de la población que conoce a los líderes nacionales reafirma la tendencia caudillista que existe en el país, dado que los líderes son asociados por sí mismos y no en torno a su instrumento político, el partido. La falta de renovación y la desconfianza de un porcentaje elevado de la población en los líderes nacionales explican claramente la crisis de legitimidad del sistema de representación boliviano. Con una cultura caudillista en crisis y a pesar de su desgaste de imagen, ésta es la oportunidad para que los partidos políticos comiencen a trabajar en la construcción de liderazgos nuevos y una visión de la política en torno al instrumento de acción y no sólo a su principal abanderado o caudillo. Con una democratización interna, la generación de canales legítimos, meritocráticos y transparentes de participación política y programas integrales que abarquen períodos inter-electorales, los partidos podrán aprovechar esta ventana de oportunidad que se abre en medio de una crisis que puede servir de puente a una nueva etapa democrática. Los partidos políticos Joan Prats explica así la realidad de los partidos políticos en Bolivia:
Los partidos políticos son agregados de intereses particulares mal disciplinados programáticamente, el Estado tiende a ser patrimonializado desde la política y algunos corporativismos y los mercados tienden a ser ineficientes e informales por lo que la inversión nacional e internacional suele darse en las condiciones menos favorables representadas por el capitalismo de

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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Los líderes políticos nacionales de acuerdo a la encuesta son: Jorge Quiroga, Manfred Reyes Villa, Felipe Quispe, Jhonny Fernández, Jaime Paz Zamora, Gonzalo Sánchez de Lozada, Evo Morales, Juan del Granado y Samuel Doria Medina.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

camarillas. Todas estas dificultades se extreman cuando el país, además de pobre y desigual, resulta muy fragmentado étnica y territorialmente. Y aun se extreman mucho más cuando el imperfecto sistema político entra en crisis y los partidos ya no son capaces de disciplinar, ni aún imperfectamente, el desatado tropel de intereses particulares en que tiende a convertirse la sociedad (des)organizada.44

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

El indicador “los partidos son necesarios para la democracia” (Gráfico 16) es uno de los instrumentos de la investigación para comprender la legitimidad de los partidos políticos, porque la mayor parte de la población, cerca de 57%, considera que son poco necesarios mientras que 24% opina que son innecesarios. Con un enfoque más optimista y sin negar la crisis que atraviesa la legitimidad de los partidos políticos, podríamos decir que 70% de la población considera que los partidos son algo, poco o muy necesarios para la democracia. La crisis de los partidos es consecuencia de las fracturas internas entre el Estado y la sociedad. Por alguna razón megalomaníaca tendemos a pensar que el problema es simplemente de los políticos de turno como si fueran de una naturaleza diferente. Repartida

hoy, gracias a la Participación Popular, en todos los municipios y localidades del país, esta casta diferente responde a una idiosincrasia pobre, fragmentada y sin muchas oportunidades que aprovecha cualquier oportunidad de poder para garantizar como fuera su supervivencia. Por lo tanto, mientras siga existiendo impunidad, reducido control social y limitados recursos para la rendición de cuentas, no habrá poder humano por parte del Estado que solucione la incapacidad de los representantes para construir capital social y obtener resultados válidos para los ciudadanos. En tanto no se entienda que la crisis de legitimidad de los actores políticos es un conjunto integral de variables que no pueden aislarse no podremos elaborar estrategias que limiten su desarrollo. Al sistema de partidos no le ha ido tan mal como a los partidos tradicionales. Parecería una contradicción, pero no es lo mismo aceptar que los partidos son necesarios para la democracia que declarar que los que están vigentes no son legítimos. Todos los partidos tienen una baja imagen en la población (Gráfico 17). Por ejemplo, de los ocho partidos políticos en análisis, cinco poseen imagen negativa en más del 50% de la población. El partido político con peor imagen es Acción Democrática Nacionalista (ADN) con 76% y el con menor imagen negativa es el Movimiento al Socialismo (MAS) con 30%. Es destacable que la mala imagen no proviene solamente del accionar de los partidos sino que basta que sea partido político para que tenga una mala imagen, como Unidad Nacional (UN) que en el momento de la encuesta no desempeñaba ninguna función pública. Ninguno de los partidos nuevos, como el MAS, el Movimiento Sin Miedo (MSM), UN y la Nueva Fuerza Republicana (NFR), plantea liderazgos nuevos en la arena política. UN y el MSM vienen de partidos tradicionales como el MIR y el MBL. Por su parte, el MAS, a pesar de su importante protagonismo antisistémico, no ha podido construir una imagen positiva. Es importante resaltar que la estructura orgánica de los partidos mencionados no obedece a un ordenamiento institucional de abajo hacia arriba, con principios y prácticas que permitan la participación

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Extraído del artículo “Democracias, desigualdad y fragmentación: el caso boliviano”, Joan Prats, 15 de marzo de 2005, Instituto Internacional de Gobernabilidad.

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Corte Nacional Electoral

Porcentaje

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

abierta en la política de los ciudadanos. El más cercano a ese principio es el MAS. No obstante, debido a su estructura autoritaria desde la cúpula, ha ido perdiendo legitimidad y respaldo, adoptando prácticas y actitudes características de los partidos tradicionales en crisis. La imagen negativa de los partidos tiene un costo. Si bien existe la convicción de que son necesarios para la democracia, al mismo tiempo existen condiciones mínimas que cumplir para ganar no solamente el respeto sino el respaldo y el apoyo de la ciudadanía. En la práctica, ninguno de los partidos está dispuesto a actuar conforme a la Ley de Partidos Políticos. El Presidente Cuando se le preguntó a la población qué nota le pondría al Presidente por su trabajo en una escla de 1 a 7, el promedio alcanzó a 4,3. Este puntaje es importante porque muestra que la población en general estaba medianamente conforme con el trabajo de Carlos Mesa. La figura se aclara mejor cuando se compara este puntaje con los obtenidos por otros mandatarios en períodos similares (Gráfico 18). El promedio que alcanzó Mesa a un año de su gobierno (4,3) es mayor que los que obtuvo Sánchez de Lozada en su primera y segunda gestiones, 3,2 y 2,27 respectivamente. Su nota se equipara con la de Hugo Banzer Suárez, pero es menor que la que obtuvo Jorge Quiroga Ramírez (4,6). No obstante, se debe considerar que Mesa partió con un puntaje mayor el primer mes de su mandato para ir
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en descenso, mientras que Quiroga inició su mandato con un puntaje más bajo y su tendencia fue al aumento. La popularidad y el respaldo al Presidente Mesa, a pesar de no contar con un instrumento político partidario, una base social orgánica ni un equipo político con legitimidad electoral, es una prueba más de la cultura presidencialista de la democracia boliviana y de sus ciudadanos. La convicción de que una persona puede cambiar la estructura estatal, sin un proyecto elaborado, sin una agenda consensuada pero, sobre todo, sin estrategia política, refleja claramente los vacíos del sistema democrático que permiten construir expectativas muy grandes sobre cimientos de arena. Este permanente encandilamiento colectivo con promesas mesiánicas y esperanzas redentoras es parte de una cultura latinoamericana que se resiste a obligar a sus representantes a bajar a las bases para diseñarse, modelarse y renovarse desde una legitimidad orgánica real y no virtual. Considerando las notas alcanzadas en cada área de trabajo, la nota promedio obtenida por el Presidente Mesa alcanza a 3,93, inferior a la nota alcanzada por el desempeño general de su trabajo, que llega a 4,3 puntos. Estos datos expresan que la popularidad del Presidente no es consistente con la percepción de su eficacia en la gestión. En general, se piensa que el Presidente lo está haciendo bien dadas las condiciones existentes, pero al mismo tiempo se cree que no lo esté haciendo tan bien en la gestión pública (Gráfico 19). Comparando los puntajes obtenidos por el

Los actores políticos y sociales en Bolivia

I

II MESA 4,4 4,3 4,1 4,6 4,3 4,3 4,1 5,3 4,6 4,3 4,2 3,9 4,2 4,1 3,7 3,3 3,0 2,27 2 3,2 4,3 4,3 3,6 3,5 3,5 3,2 2,9 3,1 3,5 4,4

3,4

3,3

3,2

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Presidente según área de trabajo en diciembre de 2004 y los de otra encuesta en diciembre de 2003 existe una disminución en la calificación. Sobresale la disminución en los temas: manejo del problema del desempleo, manejo de la lucha contra la corrupción y manejo de la erradicación de la coca. La consistencia en la reprobación en tres tareas estratégicas de gobierno tiene
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una relación directa con las expectativas de la población respecto a temas que fueron parte de su agenda política de agosto de 2002. Es importante analizar los diferentes aspectos que forman parte de la crítica mayoritaria a la gestión gubernamental. A continuación se analizan los puntos que no son parte de la llamada agenda de octubre de 2003,45

Se llama agenda de octubre a las solicitudes y demandas que la población realizó en las movilizaciones de octubre de 2003 que determinaron la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada.

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Corte Nacional Electoral

pero que implican directamente al Presidente desde su incursión en la arena política en agosto de 2002. Lucha contra la corrupción. El Presidente Mesa declaró la guerra a la corrupción desde que era Vicepresidente, con la creación de la Unidad de Lucha Contra la Corrupción y el nombramiento como delegada a Guadalupe Cajías. A la fecha, no ha tenido ningún resultado visible porque la corrupción en la administración pública sigue y continúa impune. Es importante resaltar la reprobación a los esfuerzos de lucha contra la corrupción. Estos pueden ser atribuidos a la estrategia de la Delegación Presidencial Anticorrupción (DPA) que no ha adoptado una agenda elaborada de abajo hacia arriba sino, al estilo tradicional, sino que ha tratado de imponer una visión del problema desde la cúpula a una sociedad que no termina de entender los objetivos y planteamientos de la institución estrella del Presidente. La DPA no ha construido capital social, ni ha logrado establecer un apoyo ciudadano. Este aspecto queda claro en los datos contundentes de la encuesta y la calificación al trabajo desempeñado. Las intenciones pueden ser muy buenas, pero en gestión y resultados, como sostiene el profesor Dieter Nohlen, si no hay output, no hay capital social. Como en el cacho, lo que se ve se anota, y lo que anota la encuesta es un aplazo para el trabajo de la DPA. Desempleo. El desempleo continúa con índices alarmantes que día a día se agudizan por la quiebra de empresas tanto del sector formal como del informal. Las primeras generadoras de empleo a mayor escala y las segundas sólo de empleo familiar y muchas veces de subsistencia. Las políticas públicas implementadas por el gobierno, como el Hospital de Empresas y la Superintendencia de Empresas, hasta la fecha no tienen resultado positivo. El Plan Nacional de Empleo (Plane), una estrategia para reactivar la demanda interna a través de la inyección de recursos en la economía a través de la transferencia a sectores de desocupados, ha servido poco; por sus características tiene muchas limitaciones para dar solución al problema del desempleo en el país. El desencanto y la frustración por los resultados de la lucha del gobierno contra el desempleo son evidentes y comprensibles. La gestión pública, sin cuoteo político,
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ha tenido un giro sin precedentes. De gestores que respondían a mecanismos clientelares de cuoteo y monitoreo partidario se ha pasado a gestores sin monitoreo y sin ninguna rendición de cuentas. La demanda de trabajo no es novedad en Bolivia y las urgencias del Estado siempre han sido parecidas. La diferencia en el caso presente es que las expectativas sobre un Presidente con tanta popularidad y aparente discrecionalidad sobre el control del Poder Ejecutivo son muy altas. Se esperan resultados milagrosos y revolucionarios, pero al no haberse ejecutado políticas eficientes de gestión, la frustración es mayor que en condiciones normales. Si las expectativas son altas, también son altas las responsabilidades. Si la popularidad es muy alta y el apoyo abrumador, también abrumador es el deseo de resultados. El empleo debe ser una prioridad del Estado en cualquier circunstancia. La dinámica de los actores políticos se basa en su capacidad de controlar esta variable estratégica de la gestión gubernamental. Los actores sociales son movilizadores permanentes de esta demanda que sirve de comodín en situaciones de conflicto. Mientras se deje sin atención tan importante punto de la agenda política habrá razones para descalificar cualquier gestión de gobierno por más efectiva que sea. Coca. En el manejo de la erradicación de la coca no hubo mayores avances. En el Chapare, a pesar del apoyo del MAS al Presidente desde el momento de su posesión, la erradicación estuvo muy por debajo de lo acordado con la Embajada de los Estados Unidos.46 Los resultados no son alentadores: en lugar de avanzar, la erradicación se ha detenido y sigue generado problemas sociales y económicos que afectan a la población. Desde un punto de vista policial, la gestión de gobierno ha permitido la expansión de los cultivos tradicionales. Desde la visión de los cocaleros y de los sindicatos defensores de la llamada “hoja sagrada”, la gestión del Presidente Mesa ha permitido consensuar con el gobierno estadounidense el cato de coca, una demanda histórica de los sectores en conflicto. La coca sigue siendo un asunto de Estado que provoca muchas susceptibilidades en los actores en conflicto: cocaleros y embajada estadounidense. La gestión del

Según datos difundidos por la Embajada de Estados Unidos, el año pasado se rebasó el límite permitido legalmente para cocales hasta llegar a 23 mil hectáreas, mientras que Naciones Unidas difundió la cifra de 17 mil hectáreas en la misma gestión.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

CUADRO 3: Indicador de performance del Presidente
Presidente Mes Año Evaluación directa al trabajo del Presidente Evaluación promedio por áreas específicas (economía, desempleo, corrupción, etc.) Dic 97 4,1 Agt 98 4,3 3,6 Banzer Dic 98 3,6 3,6 Feb 00 3,4 3,4 Agt 00 3,5 3,1 Quiroga Sánchez L Oct 03 2,3 2,9 Mesa Dic 03 4,6 4,3 Dic 04 4,3 3,9 Sep Nov May Feb 00 01 02 03 2,9 3,9 4,9 3,0 2,4 3,8 3,8 3,3

Nota: Todos los valores en promedios (escala 1 a 7) Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004

Presidente ha cambiado la lógica de los anteriores gobiernos, abriendo una tregua entre ambos sectores a fin de pacificar al país. La coca puede desatar un clima de tensión innecesario en estos momentos de inflexión. La legalidad de la hoja de coca quedará pendiente para el proceso post Constituyente debido a los factores mencionados y porque en medio de tanta volatilidad política tocar este álgido punto de la agenda estatal es muy peligroso para el proceso de transición histórica. Además de los temas analizados, es importante comparar la gestión del Presidente Mesa con gestiones pasadas. El Cuadro 3 presenta datos sobre la performance del Presidente Mesa. Se observa una mejor calificación con relación a los tres anteriores presidentes: Hugo Banzer Suárez, Jorge Quiroga y Gonzalo Sánchez de Lozada. Haciendo una comparación entre Banzer y Sánchez de Lozada, ambos presentan mejores puntajes en el promedio de evaluaciones por área que en forma general, mientras que Quiroga y Mesa tienen mejor estimación en la evaluación directa de su trabajo que en la evaluación promedio por áreas. El Presidente Mesa presenta una valoración superior respecto a los demás; sin embargo, ésta es descendente en el tiempo, aspecto que debe preocuparnos porque siendo un Presidente sin apoyo político su capacidad para gobernar y su legitimidad se basan principalmente en el apoyo de la población. A diferencia de sus antecesores, Carlos Mesa cuenta con una aprobación de más del 65% y entre noviembre de 2003 y enero de 2004 llegó a casi al 80%. En algunas regiones del país, como Cochabamba, ha superado el 80% y en otras, como Santa Cruz, ha bajado al 50%. Estos datos son generales y promedios de encuestas realizadas en distintos momentos y presentadas por el PNUD en diferentes análisis de escenarios.

Si bien el Presidente Mesa tiene mejor calificación en la aprobación a la gestión de gobierno que sus antecesores, esta diferencia no es proporcional en cuanto a popularidad. Ningún presidente anterior a Carlos Mesa estuvo por encima del 50%. Esta paradoja, que muestra una mayor diferencia entre la popularidad de los presidentes y una menor diferencia en las calificaciones a su gestión, puede llevar a concluir que si bien la popularidad del Presidente es muy importante su gestión no lo es tanto. El valor público generado por su gestión no es proporcional a la popularidad de su gobierno. Bajo este análisis, podemos concluir que no se están generando argumentos para mantener la popularidad y expectativas en el gobierno; por el contrario, se están generando razones para justificar la caída de popularidad del Presidente. La falta de resultados concretos que justifiquen la eficiencia de la gestión pública puede terminar minando rápidamente la popularidad y, en consecuencia, la estabilidad del gobierno. En tanto no se creen mecanismos para generar valor público en el corto plazo, el respaldo al Presidente caerá tan o más rápido de lo que se generó. El Parlamento Para entender la percepción de la población del Parlamento, debemos remontarnos a su trayectoria y a la dinámica en la que se mueve hoy. A lo largo de la democracia moderna, las alianzas han cruzado innumerables puentes de toda índole, superando cualquier principio político. Un ejemplo claro es el Acuerdo Patriótico, establecido en 1989 entre el MIR y la ADN. La cultura de pactos en el Parlamento ha deslegitimado el concepto de alianzas en la opinión pública.
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Parlamento

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

El Gráfico 20 explica la posición de la población respecto a las alianzas partidarias que se originan en el Parlamento para viabilizar la gobernabilidad. La mayor parte de la población (76,4%) considera que existen otras formas de gobernar, es decir, no están de acuerdo con las coaliciones que los partidos políticos realizan para obtener una mayoría en el Parlamento y asegurar sus objetivos. La población percibe a las alianzas políticas como juegos de pasanaku. Debemos recordar que las alianzas tienen un precio y generalmente éste es la repartición de instituciones públicas entre fuerzas políticas que conforman la coalición, lo que no genera un gobierno de consenso. La democracia boliviana cuenta con varios pactos que no han logrado consolidar resultados concretos. La Iglesia Católica ha mediado en reiteradas oportunidades para garantizar los acuerdos, pero se ha visto superada por la realidad y el pragmatismo político que ha obviado y transgredido una y otra vez todos los acuerdos. La legitimidad de una cultura de pactos depende directamente de sus resultados (output). Si los pactos no generan resultados y cambios cualitativos en la gestión política, se ven desprestigiados, agotados e inservibles. En nuestro país se ha producido un desgaste
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político de los pactos que afecta directamente a la representatividad de los actores políticos, los mediadores y los garantes. Al igual que en el caso de un banco, el sujeto de crédito y sus garantes son puestos en la central de riesgos cuando el primero no paga la deuda. En lo político se cumple el mismo principio, los representantes que no cumplen con sus promesas terminan junto a sus garantes en la central de riesgos. Este principio del output o solvencia política representa el centro del análisis de la calidad de la democracia, muy de moda hoy entre intelectuales de la ciencia política. En este sentido, el análisis de los pactos y sus implicaciones en la calidad de la democracia es muy importante. En una sociedad fragmentada y sin hegemonías claras, los pactos y alianzas estratégicas son fundamentales. En esta línea, entender la relevancia e implicaciones de una deslegitimación de la cultura de pactos significa entender la principal razón de la mala imagen y poca legitimidad de los parlamentarios.

3.5. La representatividad de los actores
Hemos analizado la legitimidad de los diferentes actores políticos desde la percepción ciudadana. Para complementar este aspecto es importante determinar su grado de representatividad. Analizaremos a los mismos actores pero esta vez enfocando su representatividad. Las instituciones políticas Sobre la conceptualización de Dahl y el enfoque institucionalista planteado en Bolivia con más fuerza por Joan Prats,47 Fernando Calderón48 y otros analistas,49 se debe analizar a los actores políticos y sociales tomando en cuenta también los conceptos de calidad de la democracia que implican un conjunto de variables que la encuesta, objeto de estudio, ayuda a comprender. Los resultados del estudio cuantitativo fortalecen lo que muchos estudios anteriores afirma: el sistema de representación se encuentra en un período de profunda crisis, la población no se siente representada por las

Léase: Perfil de gobernabilidad: Bolivia, Instituto Internacional de Gobernabilidad (IIG), BID, CAF, 2005. Léase: Informe de Desarrollo Humano, de 2002 y 2004, PNUD. Eduardo Gamarra, Michael Selligson (Universidad de Pittsburg) y Lawrence Whitehead, entre otros, sostienen la importancia de las instituciones en la democratización de un Estado.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

instituciones políticas y en su lugar busca a otros actores, como los sociales (Gráfico 21). Las instituciones sociales representan al 74,1% de la población y sólo un 6,7% se considera representado por los partidos políticos. Llama la atención que un 13,3% no se siente representado por ninguna institución. En conjunto, estos datos deben servir al sistema político y de representación para un análisis reflexivo que permita cambios fundamentales. Estos datos son indicadores muy importantes para evaluar la calidad de la democracia pero, sobre todo, la dinámica de los actores en la que se sostiene. Los actores políticos concentrados en el sistema de partidos tienen un claro caso de anemia popular que ha producido un cáncer avanzado en la región social de su estructura. Las instituciones no generan resultados y los culpables, según los datos de la encuesta, son principalmente los personajes intermediarios del mandato. Ante esta crisis, se resuelve de facto otorgarles mayor confianza a aquellos actores que parecen más cercanos a la población y sin ataduras clientelares con el poder. Los movimientos sociales, por ser instituciones autárquicas del Estado, se han constituido en entidades de construcción de capital social e incubadoras de nuevos líderes y representantes políticos. Los partidos
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tradicionales recurren constantemente a estas instancias para reclutar candidatos para las elecciones municipales y nacionales. Gran parte de los candidatos a concejales y alcaldes de los partidos tradicionales provienen de los movimientos sociales. Las instituciones sociales, sindicatos, federaciones de juntas vecinales, comités cívicos, asambleas regionales, comités de todo tipo y otras instancias de movilización social se han convertido en los nuevos vehículos de participación política. Esta emergencia institucional es resultado de la sordera e inoperancia de los partidos tradicionales a las recomendaciones de politólogos, instituciones académicas, organismos internacionales y hasta instituciones estatales para que se democraticen, bajen a las bases y comiencen a cumplir la Ley de Partidos Políticos vigente. A la fuerza y por mandato legal se ha obligado al sistema de partidos a incorporar a los nuevos actores intermediarios mencionados. La ley de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas 50 determina la apertura del sistema de partidos mediante la flexibilización de candados y restricciones para la participación política. Es muy importante definir claramente que las agrupaciones ciudadanas se han convertido en partidos políticos nuevos con carácter local y regional que suman la pluralidad de alternativas oficiales dentro del sistema. Estas nuevas figuras políticas no sólo son parte esencial del sistema democrático en construcción, sino han dado un salto cualitativo en su estructura. Antes trabajaban como intermediarios claros de la sociedad para poner sobre la mesa de discusión las demandas de la polis, trabajando en períodos inter-electorales, demandando políticas públicas y forzando mediante una agenda asistémica la agenda sistémica del gobierno. Los datos sustentan la legítima incorporación de estos actores al sistema de partidos. La ciudadanía cree que las instituciones de representación local y regional son mejores interlocutores. El salto descrito representa un cambio estructural en la democracia en Bolivia pero, sobre todo, en sus actores. Las agrupaciones sociales que tenían como objetivo poner sobre el tapete de discusión las demandas de la ciudadanía y dejar a la clase política su

La Ley 2771 de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas, promulgada el 6 de julio de 2004, tiene como objetivo general normar la participación de las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas en la postulación de candidatos a los procesos electorales, elecciones generales y municipales.

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CUADRO 4: Representación por institución según departamento
DEPARTAMENTO Representado por Parlamento Partido político Iglesia Organizaciones comunitarias LPB 6,6 0,7 30,4 11,3 SCZ 3,8 1,2 40,6 10,9 CBB 4,7 0,6 33,4 18,2 ORU 5,2 1,2 33,5 14,6 CHQ 6,7 1,9 35,0 12,0 PTS 8,1 1,4 36,0 11,1 PAN 7,4 1,4 52,5 14,6 TAR 6,1 1,0 46,1 7,3 BEN 7,7 1,7 52,3 6,6

Nota: Todos los valores en (%) Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, CNE, La Paz, 2004.

CUADRO 5: Representación por institución según nivel socioeconómico y edad
NIVEL SOCIOECONÓMICO Representado por Parlamento Partido político Iglesia Organizaciones comunitarias 9,7 5,9 13,5 11,1 15,0 13,4 9,5 8,8 15,0 Alto 6,5 1,8 28,9 Medio 5,5 1,0 32,3 Bajo 5,7 1,0 36,9 18-25 4,4 1,4 31,9 26-35 4,3 1,3 34,9 EDAD 36-45 6,5 0,9 36,0 46-55 8,3 1,0 36,7 56-65 8,0 0,8 48,3 +65 4,0 0 34,0

Nota: Todos los valores en (%) Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, CNE, La Paz, 2004.

implementación, hoy son jueces y parte, es decir, son movimientos sociales que controlan y fiscalizan y, asimismo, partidos políticos en competencia por el poder. En los Cuadros 4 y 5 se encuentran las principales instituciones que, en diversa medida, representan a la población. La institución reconocida por la mayor parte de la población es la Iglesia (sin especificar cuál), le siguen de lejos las organizaciones comunitarias, el Parlamento y al final se encuentran los partidos políticos. Este resultado confirma que ante la crisis que vive la representación política, las instituciones sociales están copando el espacio vacío. En el ámbito departamental, en Pando y Beni la población se siente más representada por la Iglesia (52,5% y 52,3%, respectivamente), mientras que en La Paz sólo el 30,4% identifica una representación. Esto se da porque el Estado no ha sabido territorializar sus instituciones y en las áreas rurales alejadas son la Iglesia y las FFAA las que suplen en muchos aspectos la gestión pública. En términos de Dahl, son Estados con huecos. Por su parte, en La Paz existe menor cantidad de huecos porque se tiene mayor población que no se identifica
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con ninguna Iglesia; el Estado está presente con todas sus instituciones y la población tiene mayores posibilidades de elección. El sistema político cuenta con dos variables muy importantes: la acción política con vocación de poder (los partidos políticos) y la acción política con vocación de servicio (los movimientos sociales). La segunda es la instancia fundamental para determinar y calibrar la legitimidad política de un sistema de partidos. En la medida que las agrupaciones sociales trabajan eficientemente, la agenda política tiene un catalizador y un regulador natural que establece la capacidad del sistema político para incorporar el sentir popular a la acción del Estado. Si el sistema político partidario en permanente lucha por el poder no se complementa con la gestión política de los organismos sociales, habrá quiebres y fracturas que pondrán en riesgo el sistema político en general. Esto es precisamente lo que le sucede al sistema político boliviano y es una de las principales razones que explica su crisis. En la medida en que se reacomoden los actores y comiencen a asumir sus roles en el nuevo contexto,

Los actores políticos y sociales en Bolivia

podremos observar un cambio cualitativo en la dinámica política y un mejoramiento de la calidad de la democracia. Este proceso será especialmente largo y difícil para el proceso democrático de Bolivia. Entre tanto, existen instancias con legitimidad, como la Iglesia, que servirán de guía en este camino de evolución democrática. Es interesante analizar estos resultados por nivel socioeconómico, porque a menor nivel mayor porcentaje de la población considera que la Iglesia lo representa. Resalta el hecho de que en el nivel alto más personas se sienten representadas por el Parlamento y los partidos políticos en comparación con los otros niveles socioeconómicos. Esto podría explicarse porque los políticos, en su gran mayoría, provienen de las élites y éstas son su entorno. En la percepción de las instituciones, el aspecto socioeconómico es muy importante. La población con menores ingresos no se siente representada por el Congreso, porque el output o la generación del valor público de esa institución no llega a este estrato. Por lo tanto, es importante establecer que en la medida en que los resultados de la gestión política y pública de esas instancias institucionales no mejoren no aumentará su legitimidad, su reputación y, en consecuencia, su capital social. La edad es una variable que no muestra diferencias en la elección de las instituciones que representan a la población: a menor edad menor porcentaje de la población se siente representada por la Iglesia, mientras que cobran importancia las organizaciones comunitarias. El Parlamento El 93,3% de la población no se siente representado por el Parlamento; de este total para el 57,3% esta institución política no es representativa a causa de los parlamentarios. Se castiga a la institución por las acciones de sus funcionarios. Cerca de 31% considera que el Parlamento no lo representa porque el sistema de representación es imperfecto. Las afirmaciones contundentes y simplistas son muy peligrosas porque pueden llevar a conclusiones erróneas y decisiones equivocadas. Como se ha venido
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resaltando, el sistema de representación en Bolivia tiene varios problemas estructurales relacionados con sus mecanismos de control, con los sistemas de elección, con aspectos culturales en torno a lo público pero, sobre todo, con la eficacia en la rendición de cuentas de sus actores. Estos aspectos hacen que el sistema político no termine de entender que su fin es generar valor público. El primer problema es la falta de conocimiento sobre el concepto de valor público.51 El Gráfico 22 explica claramente este complejo abanico de variables que diagraman la percepción del Parlamento.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Decir que los culpables de la crisis de representación son los parlamentarios tiene implicaciones profundas, dado que los éstos son fruto de una sociedad plural y diversa. Se debe entender que no existe ningún colegiado extraordinario fuera de la fauna parlamentaria que pueda mejorar el sistema político, dado que ellos son parte de la sociedad que Bolivia agrupa. Al culpar a los actores de la conducta de las instituciones se debe entender que la cultura institucional y social sobre la acción pública reproduce comportamientos en sus individuos que son natural consecuencia de sus incentivos y desincentivos. La cultura de la impunidad ha contribuido enormemente a que los actores políticos envilezcan a tal punto su comportamiento que cualquier decisión por más nefasta que sea podría ser justificada.

Léase como el producto del trabajo del servidor público con relación a la percepción del ciudadano sobre el mismo y su capacidad de aplicarse en torno a intereses comunes que se pueden generalizar.

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La impunidad, la corrupción, el sistema de representación sin mecanismos de rendición de cuentas eficientes y la informalidad de la gestión del Estado están asociados a la percepción de los actores y representantes. Existe una marcada tendencia a culpar a los parlamentarios por el fracaso de la institución y su capacidad de generar valor público, pero también casi un 30% siente que las instituciones son parte del problema. La teoría sobre la lucha contra la corrupción establece que: “En la medida que no se construyen mecanismos institucionales que incentiven un comportamiento ético y de servicio de los actores, no se podrá avanzar en el cambio cualitativo de la visión de la sociedad sobre sus instituciones.”52 Existe un círculo vicioso de descomposición entre instituciones, actores políticos y funcionarios del Estado. En la medida en que las conductas clientelares partidarias consiguen penetrar en la gestión pública, los incentivos institucionales cultivan mecanismos perversos de acción que generan impunidad. La impunidad aumenta la tendencia al comportamiento clientelar del Estado, socavando el capital social de las instituciones y satanizando a sus funcionarios por los resultados ineficientes de la gestión gubernamental. Este círculo vicioso debe romperse mediante una

estrategia que contemple la relación integral de sus mecanismos, o sea, las instituciones, los actores políticos y los funcionarios de Estado. Los partidos políticos Como se adelantó, la población no se siente representada por los partidos políticos y en su lugar prefiere a las instituciones sociales. Sin embargo, considerando sólo a los partidos, se consultó cuál de ellos representa mejor a la población; el resultado mantiene la tendencia: los partidos se encuentran en una crisis de representatividad. El 43,7% de la población siente que ninguno de los partidos políticos lo representa (Gráfico 23). El MAS se destaca porque el 19,1% de los bolivianos declara que lo representa. El restante 31% de las personas se encuentra repartido entre el MNR, el MIR y otros partidos más pequeños. Respecto a cuál de los partidos responde a las demandas (Gráfico 24), la distribución es muy similar: el 49,3% de la población considera que ninguno. Esto significa que prácticamente la mitad de los habitantes del país considera que los partidos no generan resultados positivos (output) para la sociedad. El MAS es un partido que tiene un grupo poblacional de adeptos cautivo y militante que lo apoya. De acuerdo

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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Léanse las recomendaciones sobre medidas anticorrupción: “Conferencia sobre transición y consolidación democráticas, octubre 2001”, organizada por la Fundación FRIDE en Madrid, España.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

al 16,2% de la población es la primera fuerza política que cumple demandas. El resto son pequeños grupos poblacionales que apoyan al MNR y al MIR. Ante estos datos, es importante resaltar que el 57% de los encuestados se siente representado por algún partido político. La categoría “ninguno” engloba a un grupo ciudadano que por algún motivo se siente frustrado ante el desempeño del partido de su preferencia o por el sistema de partidos en su conjunto. Sea cual fuere el motivo de la frustración (el dato del 57% es importante), establece claramente que el sistema de partidos todavía cuenta con un capital político rescatable. Otro dato a resaltar es el hecho de que el MAS es el partido que más representación tiene. ¿Cuál es la razón para esta preferencia? La respuesta clásica diría: el MAS ha capitalizado la frustración con los demás partidos; el MAS no ha estado en el poder y por lo tanto no se ha desgastado en el ejercico del mismo: el MAS es un partido nuevo que rescata el descontento colectivo; el MAS tiene una base indígena sólida que significa el fuerte de su electorado. Si bien todas las respuestas anteriores tienen algo de razón, es importante analizar las razones que llevan a la mayoría de los bolivianos a ver en el MAS un instrumento de representación más legítimo que el resto de los partidos. La principal diferencia entre el MAS y los demás partidos está en su estructura orgánica, porque es un partido creado de abajo hacia arriba, con bases fuertes de participación y movilidad interna y con importantes mecanismos de control social. A diferencia de los demás partidos, el MAS funciona orgánicamente, lo que le permite convertirse en un aparato permanentemente organizado, con capacidad de negociación, coersión y movilización. El MAS se diferencia, además, por su estructura plural y diversa que le permite caminar entre los diferentes clivajes indígenas, campesinos, mestizos y regionales. Por su parte, los demás partidos han desarrollado una cultura institucional caudillista y autoritaria de arriba hacia abajo, con delegaciones de representantes, dirigentes regionales y locales a dedo y con poca capacidad de control social de los representantes por parte de los militantes. Sin embargo, el MAS no sólo ha comenzado a copiar las mañas de los partidos tradicionales, sino a reproducir las prácticas autoritarias en su estructura. A pesar de salir de las bases conforme a una estructura

participativa, Evo Morales se está convirtiendo en el típico caudillo boliviano que incorpora en la cúpula partidaria un sistema de gestión autoritario que puede terminar por minar las claras diferencias estructurales con sus competidores. Al igual que con los demás partidos, su principal desafío es construir un instrumento político con estructuras reales, participativas y democráticas. Existe un claro capital político cautivo en ese 44% de los ciudadanos que no se sienten representados por ningún partido. Capital político que será copado por el partido que comience a diseñarse y adaptarse a las demandas de la ciudadanía y no a la de sus principales clientes. Los partidos que comiencen a generar nuevos liderazgos con propuestas en función a los cinco clivajes fundamentales (pluralismo: regional, étnico, campesino, generacional y urbano-rural) podrán saltar al nuevo escenario político del siglo XXI. A pesar de las limitaciones mencionadas, el 57% de los ciudadanos considera que los partidos lo representan y el 73,5% que el voto es la mejor forma de elección de constituyentes. La representación corporativa como forma de representación alternativa para la elección de constituyentes es considerada como apropiada por el 19,8% de la población (Gráfico 25).

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Este dato reafirma el desarrollo institucional de la democracia vigente en Bolivia, a pesar de sus limitaciones y dificultades ya señaladas. El voto es un mecanismo de elección de representantes que ha
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construido su propio capital social y que, a pesar de las críticas y desaciertos, ha logrado un respaldo muy importante en la mayoría de la población. Por otra parte, es substancial resaltar que el 19,8% de los bolivianos no cree en el actual sistema de representación y apuesta por la designación corporativa. Bajo el concepto de mejorar la calidad de la democracia, una de las principales recomendaciones es no sólo garantizar los derechos y demandas de las minorías para evitar la dictadura de las mayorías, sino establecer mecanismos híbridos de elección que respondan a visiones plurales y diversas de los ciudadanos. Esto significa identificar las localidades y sectores que demandan una representación delegada para analizar la viabilidad en ese sector particular del país en base a sus tradiciones y costumbres, pero sin socavar los principios básicos de la institucionalidad nacional. Construir una democracia propia y legítima significa diseñar modelos democráticos particulares de acuerdo a la idionsincrasia de cada sector o país para garantizar el empoderamiento de sus ciudadanos sobre los contratos sociales establecidos y las consecuencias de los mismos. Bajo los nuevos paradigmas de “calidad de la democracia” debemos entender que hacer política y hacer democracia significa llegar a los principios universales de legitimidad, inclusión, institucionalidad y empoderamiento sobre la base de las condiciones propias de cada territorio. Es evidente que dado el pluralismo cultural, étnico y regional, entre otros, la preferencia para la elección de constituyentes por organizaciones o corporaciones es más alta en el área rural que en el área urbana (Gráfico 26). En el área rural, sobre todo en pequeñas localidades con poca población, los sistemas de representación

alternativos son comunes y con amplia tradición cultural. En cambio, a nivel regional, municipal o nacional es muy difícil tener mecanismos de representación corporativa por las complicaciones de eficiencia, eficacia y equidad que estos implican. El voto directo como mecanismo de elección tiene gran preferencia en el área urbana del país por su tradición democrática y por la cultura institucional que poco a poco, y gracias a la Participación Popular, ha ido calando hondo.

3.6. Las fortalezas de los actores políticos
Después de analizar la legitimidad y representatividad de los actores políticos es importante destacar sus fortalezas para generar recomendaciones sobre su futuro. Los partidos políticos No cabe duda de que los partidos políticos son los mecanismos de intermediación entre sociedad y Estado por excelencia. Por definición, cualquier órgano político que compite por el poder se denomina partido, sea éste agrupación ciudadana, indígena, juvenil, de mujeres o como se denomine. Una fortaleza de los partidos políticos es la importancia que tienen para la población en el momento de votar. El 56% de la población considera que el programa que presenta un partido es decisivo al momento de votar. Existe cansancio por las promesas no cumplidas por los políticos, por lo cual las promesas del candidato tienen que ser sólidas y sustentables. El partido está fuertemente instaurado en el inconsciente colectivo. Más del 50% de la población

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

se siente representado por los partidos. Desde la Revolución de 1952 hasta el surgimiento de Conciencia de Patria (Condepa), pasando por Unión Cívica Solidaridad (UCS) y terminando en el MAS y el Movimiento Indígena Pachakuti (MIP), los partidos han sido una alternativa muy importante en el proceso de construcción democrática. Finalmente, el surgimiento de agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas como nuevos partidos locales y regionales en las elecciones municipales del 5 de diciembre de 2004 es un hito histórico que marca el comienzo del fortalecimiento del sistema de partidos. En las elecciones municipales de 2004 se estableció un récord democrático sin precedentes. Se habilitaron 13.449 candidatos para 327 municipios, fue la primera vez que participaron agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas. Entre los candidatos había ex alcaldes, curas, líderes sociales y escritores, indígenas, ex guerrilleros, amas de casa y profesionales. Los partidos tradicionales debían comenzar a recomponer su imagen y su vocación política en función de las nuevas demandas. 7.661 personas trabajaron bajo tuición de la CNE para hacer posible el proceso electoral. Antes de los comicios de diciembre de 2004, varios e importantes hitos históricos contribuyeron a fortalecer la cultura democrática. En Bolivia hubo elecciones municipales hasta 1952, cuando se buscó reforzar el centro estatal en desmedro de los particularismos locales. Desde entonces, los presidentes nombraban a los alcaldes, quienes, al no contar con recursos, carecían de importancia. En 1985, a finales de la gestión de Hernán Siles Zuazo, volvieron las elecciones municipales, aunque absorbidas en la elección presidencial en una sola plancha que incluía Presidente, Vicepresidente, parlamentarios y munícipes. En 1987 las elecciones municipales adquirieron personalidad propia. Entre 1985 y 1995 las elecciones municipales se hacían cada dos años. 1995 fue el año más importante para la democracia municipal, gracias a la Ley de Participación Popular los municipios contaban con recursos de la coparticipación tributaria. Desde 1999
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la gestión municipal es de cinco años. Los partidos nacionales son los que intervienen en las elecciones municipales, sin embargo las lógicas políticas locales son diferentes de las nacionales, aunque se haya replicado la política de pactos y se haya puesto en práctica el voto de censura que llevó a muchas crisis a los municipios. La cultura democrática municipal ha contribuido enormemente al respeto del sistema de partidos, a pesar de sus defectos.53 La Participación Popular modificó el escenario social e institucional del país. En Bolivia, la inversión municipal representaba el 3% de la inversión pública, con la Participación Popular llegó a más del 35%. Se conformaron 327 comités de vigilancia, se reconocieron a más de 15.000 organizaciones de base y se conformaron nueve asociaciones departamentales de municipios y una nacional. Se administraron 1.234 millones de dólares asignados por el gobierno central y más del 60% de los municipios son administrados eficientemente.54 Se puede abundar en datos y detalles a favor y en contra del proceso, pero es evidente que a medida que se multiplica el ejercicio democrático local se fortalece la cultura nacional de valores y el impacto de la democracia. Este aspecto es fundamental para resaltar una fortaleza extraordinaria de los partidos políticos: su capacidad para adaptarse al cambio y generar espacios políticos diferentes. Los partidos como instituciones de intermediación son fuertes bajo el concepto de concursantes por el poder. La exponencial conformación de agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas y la articulación en estas organizaciones de líderes tradicionalmente asistémicos es un claro ejemplo de la salud democrática y partidaria. Así como en el ámbito local la participación política ha aumentado sin precedentes, en el ámbito nacional también se han favorecido los partidos y, en consecuencia, la democracia. Una nota del periódico La Razón del 30 de junio de 2002 dice:
Si el 10 de octubre de 1982 la asunción del gobierno de Hernán Siles Zuazo (UDP) estuvo marcada por el desafío de recuperar del sistema democrático de

Extraído de un compendio histórico publicado en La Razón el 5 de diciembre de 2004. Voces críticas de la descentralización.Una década de participación popular. Colección FES-ILDIS: Descentralización y Participación Nº 7, La Paz, Friedrich Ebert Stiftung-FES, Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales-ILDIS, Plural Editores, junio 2004. 361p. vol. 7 (14 entrevistas a cargo de Diego Ayo).

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manos de las dictaduras militares, y el de 1985, de Víctor Paz Estenssoro (MNR), de parar la hiperinflación, la administración que se elija hoy deberá enfrentar la reforma de la Constitución Política del Estado, la crisis económica y la irrupción de movimientos sociales en la vida política del país. Estos desafíos hacen diferentes a los comicios de hoy, a los que acudirán 4.680.172 bolivianos. Hoy, el grueso de los movimientos sociales, principalmente indígenas y clase media, ya no sólo pide votar, sino exige participar del poder a través de una Asamblea Constituyente o del referéndum, planteamiento enarbolado primero por LyJ [Libertad y Justicia] y al que se sumaron -con distinto matiz- partidos como el MAS, el MIR y la NFR.

Los partidos se multiplicaron con nuevos actores, como NFR, LyJ y el MAS. Esta multiplicación, en 2002, representó el cambio de una democracia excluyente a partidos más controlados por el pueblo. A esto se suma el rol de los medios de comunicación y su permanente control social no sólo a través de la radio y la televisión sino también de editoriales independientes, periodistas free lance, semanarios, pasquines y distintos instrumentos de comunicación que han hecho posible que la ciudadanía pueda pedirle cuentas a sus representantes con mayores recursos. Desde una visión dahliana, la democracia boliviana y sus mecanismos de intermediación se fortalecen. Aunque para un análisis simple parecería que los partidos están en proceso de desaparición, la coyuntura actual es la mejor circunstancia para que se reorganicen y se conviertan en verdaderos partidos políticos con estructura orgánica y democrática. Estamos pasando de un sistema de partidos envilecido por el clientelismo y la captura del Estado a un sistema en proceso de composición democrática. Está claro que aquellos partidos políticos que no entiendan el mensaje de la coyuntura terminarán desapareciendo sin remedio. En la medida que nuevos movimientos sociales sigan incursionando en el sistema de partidos a través de las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas, habrá una competencia sana que permitirá mejorar la calidad de la oferta política a los ciudadanos, y los partidos encontrarán nuevas formas de construir capital social y político. Por lo expuesto, los partidos políticos tienen en la actual crisis su mayor fortaleza. Aún tiene peso en la ciudadanía la ideología del partido político. Los partidos políticos influyen en el
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Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

24,8% de las personas al momento de decir por quién votar. En un porcentaje menor (16%), el candidato influye en la decisión (Gráfico 27). A pesar de que existe una mala imagen de los líderes y actores políticos, existe conciencia sobre los partidos y sus representantes a la hora de emitir el voto.

3.7. Las debilidades de los actores políticos
Así como hemos descrito las fortalezas debemos explicar ahora las debilidades de los actores políticos de acuerdo a la información que brinda el estudio. Las instituciones políticas En el indicador de imagen negativa por institución (Gráfico 28), los actores políticos ocupan el primer lugar. Más de la mitad de la población (55,2%) declaró que son las instituciones que menos han contribuido a la democracia y que son las más corruptas. En segundo lugar se encuentra el Parlamento (26,1%), le siguen en importancia la Policía, el gobierno y las alcaldías. Es importante rescatar que las instituciones que ocupan los primeros lugares en el indicador de imagen negativa son las que tienen permanente contacto con la ciudadanía. Salvo una, las diez instituciones con peor imagen son públicas, es decir, que su imagen se desgasta en el permanente ejercicio del servicio público. Si una institución no se renueva, generalmente termina por socavar su capital social porque no se adapta al permanente cambio de las demandas públicas.

Los actores políticos y sociales en Bolivia

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Es importante resaltar que una de las instituciones con peor imagen en la ciudadanía son las empresas transnacionales. Al estar asociadas con el Estado comparten el costo de entregar al público el resultado de su gestión. Son responsables no sólo de generar valor financiero para sus accionistas sino también de generar valor público para sus accionistas indirectos (la ciudadanía boliviana). Una empresa privada es premiada y castigada por el consumidor. Una empresa transnacional, por ser socia del Estado, asume la responsabilidad de ser premiada o castigada por los consumidores del Estado. Incorpora a millones de ciudadanos como accionistas y se enfrenta a un dilema: cumplir un rol de institución pública o permanecer en su rol tradicional. Una empresa trnasnacional que asume roles antiguamente ejercidos por el Estado debe asumir también una política de Responsabilidad Social Empresaria (RSE). El nuevo paradigma de la gestión empresarial es la RSE, y Bolivia es un escenario donde se deben ejercer estos principios con mayor énfasis. El

Porcentaje

bajo capital social de las empresas transnacionales y el enfoque de la RSE en la construcción de valor público son una oportunidad para diseñar esquemas alternativos a los tradicionales en las relaciones Estado-empresas. Como socia o concesionaria del Estado, la empresa transnacional tiene la obligación política de construir un capital social que garantice el respaldo de la ciudadanía a su gestión. Ésta es la razón por la cual los criterios de la RSE están cada vez más de moda en las legislaciones internacionales. En el siglo XXI, las empresas más importantes en el mundo de los negocios no sólo serán las de alto capital financiero sino las que cuenten con altos niveles de capital social. Los actores sociales y políticos tienen en la RSE una tarea pendiente. Su labor no es solamente la de ser intermediarios entre la sociedad y el Estado sino también entre la sociedad y el mercado, proponiendo mecanismos de vinculación y acercamiento entre todos los actores. Los tiempos en que lo público era solamente asunto del Estado han quedado en el pasado y poco a
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Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

poco los nuevos paradigmas establecen que lo público es tarea de todos con el liderazgo del Estado. Por otra parte, no es casualidad que el 55% de la población tenga una imagen negativa de los partidos dado que en períodos de crisis son los directores del proceso y, aparentemente, los culpables de la descomposición institucional. Como en el fútbol, se tiende a culpar al técnico. Solamente cuando se acaban los posibles blancos de tiro para la censura se comienzan a establecer visiones en perspectiva y se determina que el problema del fútbol es integral. Con jugadores flojos y borrachos, mal controlados y mal entrenados, es difícil esperar títulos y laureles. Con dirigentes corruptos e instituciones contradictorias se diluyen las responsabilidades y la impunidad se impone. Como en el fútbol, en la política boliviana se ha llegado al punto de un ajuste importante que comienza a entender que el problema es más sistémico que sectorial, por lo que no basta una curita para sanar al paciente. Los actores políticos son parte del problema y sus debilidades se han puesto claramente de manifiesto: la falta de estrategia y plan de largo plazo, la falta de mecanismos de comunicación con la ciudadanía no sólo en los períodos electorales sino permanentemente. Por otra parte, la falta de articulación orgánica entre lo local, lo regional y lo interregional ha debilitado en gran medida la capacidad de los actores políticos para construir una base política de acción sólida. Las debilidades son bastante claras, pero en momentos de crisis las autopsias son inútiles y todavía el paciente está con vida y con grandes posibilidades de mejorar.
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La tarea pendiente está en estabilizar al paciente con recursos limitados de paramédicos. Una vez estabilizado, podremos comenzar un período de rehabilitación de largo plazo que garantice una vida más saludable. Los actores políticos, sean los movimientos sociales o los partidos, han sido el principal factor de envenenamiento del sistema político, pero pueden ser el antídoto que inicie el período de renovación. Los líderes políticos La confianza en los líderes políticos actuales es bastante baja como se puede observar en el Gráfico 29: todos fueron aplazados por la población. En todo caso, el menos reprobado es Jorge Quiroga Ramírez (3,4 en una escala de 1 a 7), le siguen muy de cerca Evo Morales, Juan del Granado y Samuel Doria Medina con 3,1 de calificación cada uno. Los líderes que gozan de menor confianza son Gonzalo Sánchez de Lozada y Felipe Quispe, en ese orden. La baja confianza en los líderes actuales es un reflejo natural del período de transición que vive el sistema político. No existen liderazgos claros, ningún líder alcanza la mínima calificación de aprobación. Este dato es muy importante porque es un mensaje a las tiendas políticas tradicionales, nuevas y emergentes. Es un gran momento para renovar liderazgos y proponer nuevas alternativas al país. Los líderes políticos y sociales se recomponen, por ello será importante el cuadro comparativo de la próxima encuesta para saber en qué nivel se encuentran los líderes que figuran en el Gráfico 29:

Los actores políticos y sociales en Bolivia

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Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

El gobierno (Poder Ejecutivo y Poder Legislativo) Un indicador que ayuda a demostrar la falta de confianza de la población en el gobierno es “los logros del referéndum” (Gráfico 30). La alternativa “gobernantes harán lo decidido” muestra que el 52,8% de la población no cree que los gobernantes cumplan con la decisión del referéndum. La falta de credibilidad en la capacidad del gobierno para cumplir con un mandato del pueblo se hace evidente. El rol de los líderes políticos en este momento de crisis es fundamental. No han estado a la altura de las circunstancias y han precipitado, por su falta de visión y compromiso con lo público, la renovación de liderazgos en marcha. El referéndum fue una tabla de salvación para reconfigurar el mapa político nacional, sin embargo, esta oportunidad como tantas otras fue obviada por los líderes políticos, precipitando el proceso de descomposición de la legitimidad del actual colegiado parlamentario. Los problemas a resolver por la Asamblea Constituyente Bolivia atraviesa un momento de transición política y social que representa el agotamiento de una etapa y el nacimiento de otra. Esta coyuntura obedece a un proceso de transformación institucional adoptado por la agenda de gobierno. En esta agenda, la Asamblea Constituyente es el escenario propicio para diseñar las instituciones que configurarán la arquitectura organizativa del Estado. Así, las instituciones vigentes tienen en el proceso constituyente una oportunidad para su reorganización y rediseño en función a los retos que la coyuntura política, social y económica del país ha planteado.

La configuración de una nueva arquitectura institucional no puede desarrollarse sin un norte claro. Las instituciones deberán necesariamente responder a un plan estratégico que determine el para qué de su existencia. Por lo tanto, una Constitución Política del Estado que se diseñe sin una “visión de país” tenderá a repetir los errores que contribuyeron a la descapitalización social de su estructura. Los factores políticos de liderazgo posible y capacidad de consenso se encuentran en manos de los actores políticos y sociales que conducirán el proceso. Este espacio de ejercicio del nivel más alto de la política es el escenario ideal para la construcción de liderazgos nuevos y legítimos en Bolivia. El período democrático boliviano tiene en su transición la oportunidad histórica de construir la estructura política del futuro sobre la cual se recomponga el saludable juego de competencia por el poder. El Gráfico 31 refleja la necesidad de la población de cambiar a través de la Asamblea Constituyente al Parlamento y de incorporar la segunda vuelta para la elección del Presidente de la República. Esto reafirma claramente la cultura y tendencia presidencialista de los bolivianos. Los ejes temáticos a tratarse en la Asamblea Constituyente apuntan claramente al Parlamento, la Policía, las FFAA, el Poder Ejecutivo y sus mecanismos de elección, los derechos indígenas, las autonomías y la distribución de la tierra. Sobre esta base temática girarán los nuevos paradigmas políticos bolivianos. Los líderes políticos y sociales estarán obligados a construir consensos y establecer organizaciones plurales conformadas por visiones pluralistas del Estado.
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Nota: Todos los valores en (%) Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz,CNE, 2004.

Cualquier iniciativa política que tienda a un solo sector del país como objetivo político quedará sin opciones. El desafío central de la Asamblea Constituyente para los nuevos líderes políticos y sociales es construir una oferta que contenga aspectos comunes de las diferentes visiones del país. Los resultados que muestra el Gráfico 32 son preocupantes, en el marco de la Asamblea Constituyente. La mala imagen de los partidos políticos conduce a una baja participación de la población en política, el 80,4% de la población indicó que su participación política es muy baja o nula mientras que un 9% declaró que tiene una participación alta en la política. En la medida en que no se involucre a la ciudadanía en la participación política no habrá resultados en las políticas públicas que generen el fortalecimiento de los ciudadanos. Es fundamental establecer mecanismos que fomenten la participación de la ciudadanía en la política. La principal razón para el rechazo a la participación política es la falta de canales legítimos, transparentes y accesibles de participación en los partidos. Si no se tiene padrino político o no se es pariente del caudillo no se puede pensar en participar. Los mejores
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Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

alumnos y los profesionales más capaces encuentran mayor remuneración y reconocimiento a sus méritos en ámbitos fuera de la política. La política, tradicionalmente, ha sido cooptada por los profesionales que no han sabido integrarse a la vida profesional privada o que quedaron fuera del sistema.55 No es una casualidad

Los actores políticos y sociales en Bolivia

que los datos obtenidos muestren que las personas con menor educación y menor nivel económico social busquen mejores oportunidades económicas y sociales en la carrera política. En un contexto tan adverso es natural encontrar indicadores que muestren la desconfianza de la población a la hora de participar en política. Si esto no cambia, y la Asamblea Constituyente es una oportunidad extraordinaria para comenzar el proceso de cambio, difícilmente se podrá la mejorar “la calidad de la democracia”.

3.8. Los desafíos de los actores políticos
Uno de los resultados más importantes del estudio (Gráfico 33), que lleva inmerso un mensaje fundamental para los actores políticos, es lo que piensa la ciudadanía de la política. Cerca de la mitad de la población la definió como corrupción. Si a esto se suma el porcentaje de los que opinan que la política es una lucha por el poder y los que la consideran como otorgamiento de cargos, se llega a 77% de la población que no tiene un concepto claro de la política. En pocas palabras, puede decirse que política es “el conjunto de prácticas de gobierno de una sociedad”.

GRÁFICO 33: Concepto de política
Profesión como cualquiera 3,4 % Representar a los demás 7,1 % Otorgamiento de cargos 8,1 % Corrupción 47,8 % Servicio al país 9,5 % NS/NR 3,3 % Actividad honrosa 1,5 %

La política incluye, por lo tanto, todas las actividades formales e informales que conforman las instituciones de gobierno de un Estado. Las actividades formales están establecidas por la Constitución o por la costumbre y la tradición de la vida política de un país. Son las instituciones reconocidas por todos las que determinan el modo de ejercer autoridad y gobierno sobre un territorio o nación y los mecanismos para generar los poderes del Estado y su funcionamiento. Las actividades informales están dadas por el modo de ejercer el poder dentro de un gobierno o en la vida pública de una nación, son los modos validados por su uso o legitimados por la opinión pública; por ejemplo, las políticas de consenso o las elecciones de dirigentes sindicales. De este modo, la vida política está estrechamente ligada al gobierno y a la vida pública. Al gobierno, pues considera su gestación y continuidad, las relaciones internacionales entre los Estados y la mejor forma de gobernar un país; a la vida pública, pues la vida política es de relevancia para toda la sociedad si pensamos en un estilo de vida o en un régimen social democrático. La política engloba todo lo que tiene que ver con la litis de la polis, es decir, con todo lo que se refiere a lo público y trata de resolverlo para garantizar la supervivencia de la sociedad. La política nos involucra a todos y todos hacemos política en todos los ámbitos de nuestra vida. Los bolivianos tenemos un concepto limitado y negativo de la política. Bernard Crick sostiene que “la persona que desea que la dejen en paz y no tener que preocuparse de la política acaba siendo el aliado inconsciente de quienes consideran que la política es un espinoso obstáculo para sus sacrosantas intenciones de no dejar nada en paz”.56 Por su parte, Fernando Savater agrega:
todos los seres humanos nacemos bajo una serie de determinaciones institucionales no elegidas que abarcan leyes, costumbres, interpretaciones históricas, mecanismos económicos, lecturas sociológicas o religiosas de la realidad, etc. No sólo venimos al mun-

Lucha por el poder 19,4 %

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

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Existen reiterados y diferentes comentarios al respecto en estudios del PNUD o de IDEA Global en: International IDEA, El papel de los partidos políticos en el fortalecimiento de la institucionalidad democrática. Texto preparado en ocasión de la XVII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno del Grupo de Río, Cusco, Perú, 23 y 24 de mayo, 2003. Crick, Bernard, En defensa de la política, Tusquets, Barcelona, 2001.

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do involuntariamente (por la buena razón de que nuestra voluntad es precisamente lo que aparece en el mundo con nosotros) sino también involuntariamente sometidos a un orden sociocultural que nos preexiste, fruto de azares, atavismos, conquistas, expolios y reformas acumuladas durante siglos. Cuando cobramos conciencia de esta situación, podemos someternos a ella con relativa pasividad, intentando acomodarnos lo mejor posible a las circunstancias y obtener el máximo provecho personal de lo establecido (procurando en todo caso esquivar sus males más apremiantes). Pero también podemos aspirar -intelectual y prácticamente- a reformarlo, de tal modo que este orden involuntario se convierta en mayoritariamente voluntario, o sea, estableciendo por medio de transformaciones institucionales los requisitos mínimos que deberían reunir las normas y poderes constituidos para que la mayoría de los afectados por ellos pudieran aceptarlos y no sólo padecerlos. En ambos casos se está interviniendo en la configuración política del mundo: en el primero al modo conservador, favoreciendo la consolidación de lo establecido; en el segundo de manera transformadora, reformista o incluso revolucionaria.57

principios básicos democráticos y comience a transformar el conocimiento convencional de la ciudadanía en orientación a la política con mayúscula.

GRÁFICO 33: Concepto de política
Profesión como cualquiera 3,4 % Representar a los demás 7,1 % Otorgamiento de cargos 8,1 % Corrupción 47,8 % Servicio al país 9,5 % NS/NR 3,3 % Actividad honrosa 1,5 %

Lucha por el poder 19,4 %

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

4. ANÁLISIS DE LOS ACTORES SOCIALES
Los actores sociales presentes en una determinada área geográfica dependen de los procesos estructurales tanto económicos como socio-demográficos o políticos. El papel que juegan en esa área geográfica depende de la forma particular en que se organicen como unidades de acción (Pirez, 1995: 3). Los sujetos se convierten en actores sociales en la medida que logran comprender y alcanzar sus intereses. En este sentido, los representantes de organizaciones populares son actores sociales cuando logran organizar a la población y defender sus intereses; otros actores sociales son, por ejemplo, los representantes de instituciones como los comités de salud, parroquias, gobierno local, universidades y organizaciones no gubernamentales, entre otros. Un actor social se define por las metas que se ha propuesto alcanzar y por su capacidad para modificar la realidad. Los actores sociales en el proceso de participación social requieren condiciones para negociar

El interés por la política es algo que desprecian los autoritarios y los que se niegan a combatir con ideas. La política es una opción natural del ser humano para influir en su propio destino. La democracia es el mecanismo social conquistado en un proceso de evolución humana para otorgarle al ciudadano la oportunidad de participar en la construcción de su circunstancia. La política importa y mucho, sobre todo en Bolivia donde se la ejerce desde su lado más oscuro, clientelar, mezquino y perverso. Satanizar sus principios y su pertinencia puede llevar a un proceso de descomposición de la sociedad que termine donde empezamos: en manos de un tirano uniformado o disfrazado de legitimidad castrense. Los datos sobre el concepto que tienen los bolivianos de la política son una alerta sobre las consecuencias de esa desorientación colectiva que pone en peligro a la democracia (Gráfico 33). Es urgente elaborar una estrategia de comunicación que informe sobre los

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Fernando Savater, El valor de elegir, Ariel, Argentina, 2004.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

sus intereses y para concertar. La construcción y desarrollo de los actores sociales consiste en equipararlos respetando su diversidad para, así, superar la posibilidad de que unos ignoren y excluyan a otros. Los actores sociales son portadores de algún rol o misión histórica frente al cual tienen que adaptarse, es decir, son “agentes” más que actores a los que alguien, el científico convertido en ideólogo o el partido, debe leerles o decirles su misión. No hay, en sentido estricto, acción o creación de parte de los actores, sino lectura de leyes históricas generales y comportamientos adecuados o inadecuados respecto a esas leyes estructurales. La acción social de los actores no está dada unívocamente por la lucha contra “la” dominación o por un tipo de sociedad determinada ideológicamente por otras orientaciones. La autonomización e interrelación de diversas dimensiones sociales que antes aparecían principalmente en la economía y la política dan origen a diversos conflictos, luchas y movimientos sociales y, por lo tanto, a diversas finalidades de tales luchas. La organización de la acción colectiva y la conformación de actores sociales se hace cada vez menos en términos de la posición estructural de los individuos y grupos y más en términos de ejes de sentido de esa acción. Por otro lado, no existe un proyecto societal único que ordene las acciones y fije sus relaciones, prioridades y determinaciones en términos estructurales, sino que cada uno de ellos es igualmente prioritario, tiene su propia dinámica y define actores que no necesariamente son los mismos. Los actores clásicos han perdido parte de su significación social y tienden a corporativizarse. Los emergentes a partir de las nuevas temáticas postautoritarias no logran constituirse en actores estables o cuerpo de ciudadanos, sino que aparecen más como públicos o movilizaciones eventuales. Los actores sociales tienden a ser reemplazados por movilizaciones esporádicas y acciones fragmentarias a veces en formas de redes sociales significativas pero con baja institucionalización y representación políticas o por reacciones individuales de tipo consumista. Ya no se puede pensar en la conformación de actores al estilo del pasado. Es necesario reconocer que es casi imposible que haya un solo sujeto o movimiento social central o actor social o político en torno al cual se genere

un campo de tensiones y contradicciones único que articule los diferentes principios y orientaciones de acción que surgen de la democratización política, la democratización social, la reestructuración económica, la identidad y la modernidad. Tampoco se puede seguir pensando en un Estado que sea el unificador exclusivo de la vida social, ni puede prescindirse de una intervención del Estado dirigida precisamente a la constitución de los espacios y de las instituciones que permitan el surgimiento de actores significativos y autónomos. Si el Estado y, en ciertos casos, los partidos y la clase política no cumplen la función de recrear las bases de la constitución de actores sociales, el vacío social y la crisis de representación se mantendrán indefinidamente. Los actores sociales son el motor de la democracia boliviana. Tradicionalmente sindical y campesina, Bolivia ha aprendido a organizarse cada vez mejor en comunidades en función a las organizaciones llamadas de base. Con una cultura idiosincrásica pluralista, la sociedad boliviana ha desarrollado un conocimiento convencional sobre sus capacidades de asociación y organización política de acción más homogéneas de lo que se supone. Si estas energías políticas se incorporan al lenguaje institucional del Estado y si sus prácticas se adaptan a la dinámica oficial de sus instituciones aportarían cualitativamente al proceso democrático. Los actores sociales están entrando en una dinámica sistémica e institucional. Parece ser que la tendencia a incorporarse a la competencia por el manejo del poder es evidente dada la apertura del Estado por medio de las leyes de partidos políticos y agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas. Un desafío del actual período de transición es seguir incentivando estos comportamientos. En la medida que los movimientos sociales elijan los mecanismos institucionales vigentes para participar en el debate, la negociación, la propuesta y la contienda política, la democracia se verá fortalecida y enriquecida con nuevas alternativas de representación y canalización de demandas de la sociedad.

4.1. La identificación de los actores sociales en el estudio
Entre los diferentes actores sociales encontrados a lo largo del estudio podemos citar: Iglesia, empresa
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privada, medios de comunicación, juntas de vecinos, organizaciones comunitarias, indígenas, mujeres, comités cívicos, otras iglesias, organismos no gubernamentales, organizaciones sociales, organizaciones campesinas, empresas transnacionales y movimientos sociales.

4.3. La representatividad de los actores sociales
Las organizaciones ciudadanas y étnicas conformadas a raíz de la Ley de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas son el pilar fundamental sobre el cual se comienza a reorganizar el mapa político boliviano. El 53% de los bolivianos piensa que son un brazo más de los partidos políticos y no están lejos de la verdad. Las nuevas instancias de intermediación política creadas por ley son una forma más de llamar a los partidos políticos, los cuales por definición no sólo buscan competir por el “poder”, sino hacer ejecutivamente gestión del Estado. El 44% de los bolivianos piensa que estas agrupaciones representan a los ciudadanos mejor que los partidos. Esa percepción tampoco está lejos de la verdad ni es excluyente de la anterior. Las agrupaciones ciudadanas e indígenas fueron concebidas para las elecciones municipales de diciembre de 2004, sus objetivos están en función de conseguir el poder local municipal. Con libertades nunca antes contempladas en la gestión política local, los ciudadanos pudieron establecer organizaciones que prescinden del clientelismo nacional de los partidos tradicionales. Es decir, las nuevas agrupaciones ciudadanas representan los intereses locales de cada región del país. En consecuencia, su gestión política está más vinculada a los ciudadanos que a las anteriores gestiones de gobierno. Estos mecanismos propiciarán la construcción de instrumentos políticos locales de abajo hacia arriba,

4.2. La legitimidad de los actores sociales
Los actores sociales en Bolivia representan el grupo político con mayor legitimidad. Su imagen y su apoyo están por encima de los partidos políticos. Esto tiene dos explicaciones básicas: a No ejercen el poder y, por lo tanto, no se desgastan en la gestión del Estado. Se mantienen en un plano de control social y de generación de demandas públicas. b Representan a grupos de interés con mecanismos internos de control social permanente que renuevan liderazgos, trabajan sobre una cultura participativa y eligen a sus representantes por mecanismos formales que garantizan la legitimidad de su acción. Los actores sociales en Bolivia, dada su amplia tradición corporativa, están conformados por diferentes clivajes y grupos de interés que representan distintas visiones y posiciones respecto a temas particulares de interés público. Son los agentes de cambio del actual proceso de transición, en el que pasan de ser movimientos sociales a partidos políticos, dejando el espacio para que los liderazgos y organizaciones sociales del futuro se renueven y adapten a los nuevos paradigmas de la democracia boliviana en el siglo XXI. El poder no desaparece, se transforma, dice un principio marxista. Los movimientos sociales se encuentran en un período de cambio en el cual los nuevos actores sociales llenarán los espacios de los que migraron a la lucha por el poder. Estos cambios evolutivos del proceso democrático significan el comienzo de la recomposición de los puentes entre la sociedad, los movimientos sociales y los partidos políticos. Este proceso no será rápido; crecerá de lo local y municipal a lo regional y, por último, al espacio político nacional donde los actores locales y regionales harán alianzas estratégicas para conformar los frentes políticos mayores en función a intereses e ideologías comunes.
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Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Los actores políticos y sociales en Bolivia

dado que es más difícil para los políticos tradicionales mantener un control clientelar sobre los actores locales. Para entender los datos del Gráfico 34 debemos recordar que se trata de percepciones que no son excluyentes pero que las agrupaciones ciudadanas son más representativas a nivel local que los partidos políticos tradicionales. 58 Por su parte, los nuevos instrumentos políticos son los futuros brazos o células de los partidos políticos regionales y éstos, a su vez, las plataformas de los partidos políticos nacionales. En cualquier caso, los partidos políticos del futuro tendrán poco que ver con la dinámica de los partidos tradicionales vigentes. A pesar de que mantengan su sigla, la dinámica política y el mapeo multi-espacial de la política obligarán definitivamente a diseñar nuevas estrategias políticas de acción. Las organizaciones ciudadanas y étnicas antes de la Ley de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas eran consideradas, en gran medida, representantes legítimas de la población en aspectos determinados y bien definidos. Después de la Ley cambiaron su naturaleza pasiva al haber ingresado al ruedo electoral para la competencia política. De acuerdo con algunas percepciones del estudio, la política se equipara a la corrupción. En consecuencia, puede pensarse que al ingresar en competencia con los partidos políticos por la toma del poder, las agrupaciones ciudadanas y los pueblos indígenas serían cooptados por éstos y replicarían el comportamiento clientelar tradicional. De cualquier modo, el proceso de transición es una oportunidad inmejorable para comenzar a cambiar la cultura política boliviana. Los resultados de las elecciones municipales (diciembre 2004) muestran que las agrupaciones ciudadanas y los pueblos indígenas no han tenido la aceptación que se esperaba porque no han reemplazado a los partidos políticos. El proceso de cambio y renovación es siempre gradual. No existen transformaciones importantes en períodos cortos, los cambios estructurales y trascendentales se dan en períodos largos con fases intermedias y un proceso de adaptación y de fortalecimiento imprescindible. Otros actores sociales que cuentan con el apoyo de la ciudadanía son los indígenas, sin embargo, este apoyo

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

tiene diferentes rangos (Gráfico 35). De acuerdo a las preguntas que aglutina este indicador, un porcentaje mínimo (18,3%) de la ciudadanía aprueba que estos actores sociales elijan sus representantes y reconoce su derecho a gobernar el país, a ser respetados en sus costumbres y a participar en política; mientras que 39,2% los apoya de manera intermedia, es decir, sólo en algunos aspectos de los derechos mencionados. La suma de ambos porcentajes no alcanza a 62,5% de la población que, según el Censo de Población y Vivienda de 2001, es la que se autoidentifica como indígena u originario, es decir que ni los propios autoidentificados apoyan sus propios derechos. El 42,5% de la ciudadanía reconoce mínimamente los derechos de los indígenas. Este porcentaje muestra avances en el reconocimiento de estos actores sociales en nuestro país. Hubiera sido importante contrastar estos resultados con la información del año 1999 para establecer si existe un cambio de mentalidad en la población respecto a los derechos indígenas, si está o no aprendiendo a reconocer y aceptar que Bolivia es un país multi y pluricultural. Sin embargo, en el estudio de 1999 este asunto no fue consultado. El Gráfico 36 presenta el apoyo de la ciudadanía a los derechos de los indígenas según el nivel socioeconómico de los encuestados. A mayor nivel económico menor apoyo a los derechos indígenas

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Entiéndase por agrupación ciudadana o indígena a un partido político local.

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GRÁFICO 36: Bajo apoyo a derechos indígenas por nivel socioeconómico

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

(60,5%); 56,2% de las personas ubicadas en un nivel social económico medio apoyan de manera reducida estos derechos mientras que un 39,5% de las personas de nivel social económico bajo muestran un apoyo bajo a los derechos indígenas. Considerando nuevamente los resultados del Censo 2001, el nivel de pobreza es más importante en el área rural (90,8%) donde generalmente habitan las personas autoidentificadas como indígenas u originarios. Tomando en cuenta estos datos, hay una paradoja interesante el menor apoyo a los derechos indígenas por parte de la población de nivel social económico bajo, es menor al apoyo de la sociedad de alto nivel económico. Este dato refuerza una conclusión ya explicitada: los indígenas no conocen a profundidad o no apoyan sus propios derechos, lo que podría significar que no tienen la confianza suficiente en sus propios representantes. Esta es una paradoja significativa que evidencia una realidad muy importante, no hace falta ser indígena para estar a favor de derechos universales y proteger los valores culturales y tradiciones ancestrales de la sociedad boliviana. Observando los resultados de apoyo a los derechos

indígenas y cruzando esta variable con la clasificación racial (Cuadro 6) se evidencia que las personas autoidentificadas como mestizas otorgan sobre todo apoyo medio y bajo a los derechos indígenas (41,26% y 41,87%, respectivamente) y sólo 16,87% otorga un alto apoyo. Por su parte, del total de encuestados que se identificaron como originarios, el 40,56% apoya medianamente los derechos indígenas mientras que un 31,40% otorga un bajo apoyo y sólo el 28,04% declara un apoyo significativo. Estos resultados muestran claramente que los propios originarios no apoyan sus derechos, no están convencidos de que sus representantes puedan y deban llegar al Parlamento o a la Presidencia ni de que todas sus costumbres deben ser respetadas, aun cuando estén en contra de la democracia. Del total de personas blancas encuestadas, el 56,97% manifestó bajo apoyo a los derechos indígenas, un 32,37% apoyo medio y sólo el 10,65% expresó un alto apoyo. Estas cifras reflejan el grado de discriminación que existe. Los niveles de apoyo de la población afroboliviana 59 son muy bajos, el 70,38% de los encuestados declara un apoyo bajo, sólo un 7,26%

CUADRO 6: Nivel de apoyo a los derechos indígenas según raza
Nivel de apoyo / raza Blanca Negra Originario Total Bajo apoyo N 287,3 732,30 200,67 1,241,52 % 56,97 41,87 31,40 42,48 Medio apoyo N 163,33 721,65 259,19 1,146,36 % 32,37 41,26 40,56 39,22 Alto apoyo N 53,75 295,16 179,17 534,78 % 10,65 16,87 28,04 18,30 Total N 504,51 1,749,11 639,03 2,922,66 % 100,00 100,00 100,00 100,00

Fuente: Base de datos, Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, CNE, La Paz, 2004.
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En la encuesta de la CNE se utiliza “raza negra”, por razones de respeto y pertinencia sociológica se cambió el término a afroboliviano.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

proporciona un respaldo medio y el 22,36% expresa un mayor apoyo. Analizando los datos de alto apoyo a los derechos indígenas según “raza”, los resultados señalan (Gráfico 37) que el 28% del total de personas encuestadas de la raza originaria otorga un alto apoyo y representa el mayor porcentaje entre las demás razas. Le sigue el apoyo de la población afroboliviana que alcanza al 22,4%. Finalmente, sólo el 16,9% y el 10,7% de los identificados como pertenecientes a la raza mestiza y blanca, respectivamente, proporcionan un alto apoyo a los derechos indígenas. Estos resultados reflejan el fuerte sentimiento de discriminación racial que existe en el país, especialmente de los blancos y mestizos, pero también es preocupante que los propios indígenas no apoyen de manera más contundente sus propios derechos. Los datos son muy preocupantes. Reflejan claramente el nivel de discriminación que sufren los indígenas en Bolivia y la necesidad de hacer algo cualitativamente importante al respecto. La eficacia y eficiencia con la que los nuevos representantes políticos indígenas gestionen sus mandatos será determinante para aportar al capital social de su liderazgo. Es fundamental para Bolivia y su futuro democrático diseñar programas de apoyo y capacitación política a los representantes indígenas. También se deben hacer campañas de información sobre igualdad, equidad y pluralismo en toda la sociedad boliviana de manera que se vayan sembrando las semillas de la multiculturalidad. La Asamblea Constituyente será el punto de partida de un proceso que tiene mucho camino por recorrer y que necesita el compromiso de todos los ciudadanos para consolidar un período de inclusión que garantice paz y equidad en una sociedad tan diversa.

El enfoque de género Otro actor social muy importante en la sociedad boliviana es, sin duda, la mujer, que representa, de acuerdo al último Censo de Población y Vivienda (INE, 2001), la mitad de la población. En las últimas décadas, este sector ha propiciado mayores demandas de participación y reconocimiento de sus derechos; en algunos aspectos ha logrado avances significativos y en otros no ha logrado cambiar su situación. Sin embargo, de acuerdo a los resultados de la investigación cuantitativa (Gráfico 38), del total de las personas que apoyan los derechos de las mujeres, el 69,5% declara apoyarlos medianamente y un 25,6% expresa sólo un apoyo mínimo.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

A diferencia de los derechos de los indígenas y originarios, la población opta por un apoyo medio a los derechos de las mujeres, es decir, respalda algunos
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Corte Nacional Electoral

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

derechos como la igualdad de oportunidades de trabajo, educación, manejo del país, obligaciones y derechos y capacidad para ser Presidente. Se debe resaltar el bajo porcentaje de personas (4,9%) que apoya en alto grado los derechos de las mujeres. Esto ratifica lo que algunos investigadores sostienen: los grupos poblacionales no otorgan apoyo a sus similares. El Gráfico 39 expone los resultados del bajo apoyo a los derechos de las mujeres de acuerdo al género. Los hombres (27,7%) declaran apoyar mínimamente estos derechos, sin embargo existen también mujeres (23,9%) que tienen esta posición. Este porcentaje significativo puede ser explicado, principalmente, por la propia situación personal, es decir, algunas mujeres perciben que no tienen las mismas oportunidades de trabajo, ni de educación, menos de derechos y, por lo tanto, no se sienten preparadas para llegar a la presidencia del país. La percepción de la igualdad de género de la población es amplia respecto a los que opinan que no existe. Sin embargo, este resultado debe ser tratado con mucho cuidado, porque si se consideran otros estudios e indicadores sobre la participación de la mujer en el ámbito laboral y educacional la votación que obtienen las candidatas mujeres expresa una enorme falta de equidad de género. A esta conclusión llega también el estudio (CNE, 2004: 116). Una de las razones de este resultado puede ser a que la consulta directa sobre equidad60 tiende a inducir a que las personas oculten sentimientos o comporta60

mientos, principalmente por vergüenza ante quien realiza la encuesta (los hombres por no reflejar machismo y las mujeres por no mostrar que son víctimas del machismo). Entonces, los resultados se disfrazan de una igualdad que no existe (Gráfico 40).

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

También se analizaron los resultados a nivel de tramos de edad y socio-económico y estos no muestran mayor diferencia. Por este motivo, no es posible obtener conclusiones definitivas sobre la percepción de la población respecto a este grupo social tan importante.

Preguntas directas: ¿Usted cree que hoy las mujeres tienen iguales oportunidades de trabajo que los hombres? ¿Está usted de acuerdo con que la educación es más importante para los hombres que para las mujeres?, entre otras.

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

4.4. Las fortalezas de los actores sociales
Los movimientos sociales son entidades de intermediación entre la ciudadanía y el Estado, pero no están en la carrera por el poder y el control de la violencia del Estado. Los movimientos sociales son fundamentales para garantizar un control social efectivo porque son protagonistas democráticos imprescindibles. En la medida en que incursionan en la arena política y la competencia por el poder dejan de ser movimientos sociales para convertirse en partidos políticos. Y cuando estos movimientos abandonan su papel clásico de intermediación, surgen nuevos actores en la sociedad civil que llenan el vacío dejado. El período de transición vigente constituye un período de cambio para todos los actores políticos. El movimiento de unos significa el reacomodo de otros y el surgimiento de nuevos protagonistas con distintas características. Puede pasar todo o no pasar nada, pero

lo importante es que en el nuevo esquema político la renovación de los actores es una clara fortaleza de los movimientos sociales. La imagen positiva que tienen las instituciones sociales (actores sociales) en contraposición con la imagen de los actores políticos, es una fortaleza evidente de su naturaleza (Gráfico 41). Del total de la población, 65,8% considera que la Iglesia Católica es la institución que más ha contribuido a la democracia, que no es corrupta, que trabaja mejor que otras y que por ello es de su confianza. Por lo tanto, tiene la mejor imagen positiva entre 19 instituciones públicas y privadas. Resalta que el segundo lugar lo ocupa “ninguna entidad” con 43%. Esto no sólo refleja que la población ha perdido la confianza en el sistema institucional, evidencia también un vacío que deberá ser llenado por un nuevo actor político. Este aspecto es importante y preocupante a la vez. El Estado está conformado por

Nota: Todos los valores en (%) base 300 Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, CNE, La Paz, 2004.

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varias instituciones y si éstas no tienen legitimidad ni confianza de la población debe inaugurarse un proceso de cambio del diseño institucional que garantice su fortalecimiento y el compromiso de la sociedad. La oportunidad para este cambio es la Asamblea Constituyente. La imagen positiva de importantes actores sociales debe ser aprovechada para impulsar un período de diálogo y concertación en torno a los nuevos lineamientos democráticos. La fortaleza fundamental de los actores sociales es la legitimidad e imagen positiva de sus principales instituciones representativas. Es destacable que las alcaldías sean las primeras instituciones públicas que tienen una imagen positiva en la población. Un aspecto esencial de estas instituciones es que sus autoridades son elegidas de manera directa, con mayor control de parte de la población y con mecanismos de control social institucionalizados (accountability). Otra institución pública que tiene una imagen positiva es el Defensor del Pueblo, con el 29,1% de apoyo de la población. Esta es una institución que, a pesar de haber sido importada, ha sabido construir un capital social propio, adaptándose a la idiosincrasia boliviana y generando valor público permanente en la sociedad. El Defensor del Pueblo es un claro ejemplo de lo que se debe hacer en Bolivia a fin de construir capital social propio, generar valor público y ofrecer resultados a la sociedad. Sobre estas fortalezas se deben construir las bases de las nuevas instituciones sociales emergentes del país.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

4.5. Las debilidades de los actores sociales
Aunque la población se siente mejor representada por las organizaciones sociales, ahora en transición, como las agrupaciones ciudadanas y los pueblos indígenas, éstas no tienen experiencia ni estrategias claras para competir con los partidos políticos tradicionales. El 86,2% de la población boliviana tiene una baja participación social. Alrededor del 11,1% tiene una participación media y sólo un 2,7% participa en este tipo de organizaciones sociales (Gráfico 42). El desafío de estas instancias sociales es ofrecer a los ciudadanos mecanismos transparentes de participación social para incentivar su involucramiento y empoderamiento.
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Revisando la información sobre la baja participación social de la población, se observa que el nivel educacional es un elemento muy importante de este comportamiento: a menor educación menor participación social. Sin embargo, no se puede afirmar que el nivel educativo sea determinante, porque la baja participación social de los diferentes segmentos de la población está sobre el 83,2% y el porcentaje de variación entre los extremos (ningún nivel de educación y educación superior) sólo alcanza a 12,4 puntos porcentuales (Gráfico 43). Del total de las personas que participan en alguna organización social (Gráfico 44), destacan las juntas vecinales (50,1%), la Iglesia (44,2%) y los clubes deportivos (32,5%). Se debe aclarar que en la participación en la Iglesia y en los clubes deportivos es voluntaria mientras que en las juntas vecinales las personas generalmente se ven obligadas a participar para lograr un determinado beneficio. Las juntas vecinales trabajan en base a la presión. Los líderes obligan a los vecinos a participar bajo la amenaza de no recibir un servicio determinado, es decir, de no atender sus demandas. Las amenazas contra quienes no participan llegan incluso a la expulsión del barrio donde viven. Este mecanismo de acción colectiva (la participación “casi obligada”) es parte de la cultura nacional y la semilla para construir una auténtica cultura participativa

Los actores políticos y sociales en Bolivia

Porcentaje

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

Fuente: Cultura política y democracia en Bolivia. Segundo estudio nacional, La Paz, CNE, 2004.

en base a la libertad de elección. Si tomamos en cuenta que la participación política y social es muy baja, debe ser una prioridad de las iniciativas sociales y políticas fomentar las existentes, incentivando la libre expresión pero respetando la cultura tradicional y el conocimiento convencional de la sociedad boliviana. El diseño institucional es el arte de concebir la pluralidad desde una perspectiva de equilibrio: se deben tomar decisiones para garantizar la voluntad de las mayorías, respetando a las minorías y diseñando los mecanismos institucionales que permitan la vigencia de ambas visiones.

5. CONCLUSIONES
El análisis de los actores políticos y sociales en Bolivia, a propósito del estudio de la CNE, pretende ser una provocación al diálogo, a la argumentación y al debate sobre los aspectos planteados a lo largo de este texto. Bolivia necesita que los instrumentos de análisis no sean las soluciones mesiánicas al debate sino

que sirvan de provocación al pensamiento y a las ideas a fin de resolver dialécticamente los grandes desafíos que plantea un período de inflexión como el presente. El estudio de la CNE es un gran instrumento que servirá de referencia permanente y de muleta empírica a las hipótesis y reflexiones sobre el devenir de la política boliviana. Es fundamental establecer las encuestas posteriores sobre la base de la actual para construir indicadores en el tiempo que puedan medir no sólo el comportamiento sino las tendencias de los actores políticos y sociales. La ciencia política es una señora que se basa principalmente en las estructuras subjetivas de análisis. En la medida que no existan herramientas cualitativas claras, como la encuesta en cuestión, la dialéctica y el debate se pierden en niveles de abstracción sólo útiles para fines académicos y científicos. Es necesario bajar el apoyo técnico y académico a la cancha de la política real. Es necesario provocar a los actores políticos y sociales con datos empíricos que motiven su involucramiento en el debate de las ideas y las visiones

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de futuro. Es fundamental que la sociedad boliviana construya espejos virtuales como este estudio para mirarse sin engaños. Es crucial construir los mecanismos de socialización de la información que permitan conocer más al país y la importancia de la política y sus consecuencias.

para la subsistencia de la identidad de cada país es establecer alianzas estratégicas regionales que permitan un intercambio equilibrado a la hora de negociar con los grandes actores internacionales. En las instancias multilaterales está la fortaleza de los pequeños para garantizar sus intereses.

5.1 La democracia
El peor castigo para quienes no se interesan en la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan, refiere un autor anónimo. El estudio muestra niveles bajísimos de participación política. Éste debe ser un llamado de alerta a los actores y sus instituciones para comenzar a pensar y debatir mecanismos prácticos para resolver el problema. Bolivia enfrenta un período de inflexión y cambio muy profundo. Ya no está en debate sólo la viabilidad de la democracia sino su calidad para fomentar el desarrollo humano de la sociedad y también la equidad, el pluralismo y la igualdad ante el Estado y sus leyes. La naturaleza y la calidad de la democracia en Bolivia dependerán en gran medida de la capacidad de sus líderes para enfrentar con éxito los siguientes desafíos:

5.4. La diversidad cultural
Hay distintos tópicos que marcan este desafío: indígenas, mujeres, gays, grupos étnicos, inmigración, ilegales, etc. Según Dahl, es evidente que las diferencias culturales aumentarán por los factores ya mencionados. La pregunta es, ahora, en qué medida estos factores podrán ser resueltos en el siglo que empieza. El desafío se encuentra en construir los mecanismos de comunicación desde la diversidad sobre la base de criterios amplios de respeto a la interculturalidad. En un mundo globalizado, el desafío cultural se encuentra en adaptarse a los paradigmas internacionales sin dejar de lado las particularidades de cada sociedad. Ante una homogeneización colectiva de los paradigmas universales, las identidades culturales indígenas, mestizas y criollas se convierten en potenciales factores de competitividad y desarrollo.

5.2. El orden económico61
El desafío continental es lograr que el capitalismo de mercado tienda a democratizar más sus estructuras. La tensión entre los fines democráticos y los del mercado es obvia y perversa para la sociedad. El modelo neoliberal ha agotado los argumentos para seguir consintiendo una megalomanía o mentira crónica sobre sus paradigmas.

5.5. La educación cívica
La práctica de la política requiere cada vez más una responsabilidad real con los ciudadanos. Si la cultura de la democracia se expande y fomenta, los verdaderos actores de la democracia podrán exigir responsabilidad con mayor legitimidad. El paso lento con el que camina la democracia ha demostrado ser más seguro y eficaz que los modelos alternativos. Así, a pesar de las críticas, consigue imponerse y superarse. La escala de crecimiento y comprensión de la democracia ha aumentado el estudio de los asuntos públicos. Cada vez son más los asuntos que afectan a la política y más diversos. Por esto, para que los electores puedan entenderlos, la educación cívica es importante.

5.3. La internacionalización
Este desafío consiste en asegurar que los costos de la democracia puedan ser evaluados en relación con las decisiones que se trasladan a los niveles internacionales. Hay que velar que se refuercen los medios para que las élites burocráticas den cuenta de sus decisiones. Hay que construir puentes de articulación administrativa, política, económica y jurídica entre las naciones de la región, particularmente con los vecinos. En un mundo globalizado, el desafío

61

Extraído de La democracia y la poliarquía, un análisis sobre los trabajos de Robert Dahl, capítulo XV “El viaje inacabado”, disponible en: http://www.delfos.org.mx/Proyectos/cultura/democracia/capitulo15.html

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Los actores políticos y sociales en Bolivia

5.6. La identidad propia
Los moldes y paradigmas democráticos del pasado han generado expectativas utópicas sobre la democracia. La crítica al modelo ha concluido que cada sociedad debe definirse sobre la base de sus particularidades. Si bien los principios pueden ser universales, el camino para llegar a ellos es diferente en cada colectivo humano. El desafío es diseñar la ruta o camino para acercarse a los principios democráticos desde una perspectiva propia de cada país. La “calidad” de la democracia tiene una tarea pendiente: determinar las limitaciones y fortalezas de la sociedad para lograr progresivamente una cultura pluralista y participativa. Los actores políticos y sociales son la base fundamental de estos desafíos. En la medida en que estos actores conozcan y entiendan esas limitaciones y fortalezas podrán comenzar a determinar el valor público que pretenden alcanzar en la sociedad a fin crear un capital social legítimo sobre la base de los resultados concretos de su gestión.

5.7. Los partidos políticos
Los datos de la encuesta son contundentes respecto a los desafíos de la democracia, en particular de sus actores políticos y sociales. A pesar de la crisis del sistema de partidos, existe un importante porcentaje de ciudadanos (57%) que todavía creen en ellos. Por otro lado, los partidos son los actores con peor imagen ante la opinión pública. El punto de transición en el que se encuentra el sistema de partidos políticos abre una ventana de solución a su funcionamiento y estructura para mejorar los aspectos que son criticados. A lo largo del análisis se ha determinado que: a La lógica netamente electoralista de los partidos ha olvidado por completo un trabajo permanente de comunicación con la sociedad. b La estructura vertical de los partidos ha mermado la motivación para que gente nueva y sin padrinos sea parte de la política nacional. c El divorcio latente entre las cúpulas de los partidos y las bases es un factor de censura por parte de la ciudadanía. d Un punto flaco de la dinámica partidaria es la crisis de ideas y programas estructurados que fortalezcan no sólo las propuestas electorales sino también el pedido de cambio del sistema de partidos.

e La dedocracia es una práctica normal y pre- bendal en el sistema de partidos. Hay una ausencia casi total de elecciones democráticas de líderes y representantes que ostentan puestos de poder e influencia. f La representación se ha fragmentado y en muchos casos no existe. g Las bases han perdido la comunicación con el poder y sólo en lo local existe fiscalización electoral de los representantes. h El Parlamento no ha logrado establecer un mecanismo para canalizar las propuestas y demandas de la sociedad. Se limita a la tramitación de leyes mediante una lógica prebendal que ha minado la credibilidad, legitimidad y eficacia de su estructura. i La falta de renovación y de canales claros para la movilidad de los líderes en la práctica política son características del clientelismo y el padrinazgo. j La falta de comunicación y concertación entre los partidos ha hecho difícil la verdadera discusión política e ideológica de su sistema, de las reglas mínimas de juego y de los mecanismos de control y negociación. k A pesar de sus falencias y defectos es un sistema que ha dado respuestas y ha aumentado la participación política de nuevos actores. Como se refleja a lo largo del estudio, el actual sistema de los partidos ha propiciado una mayor pluralidad y participación política en Bolivia. La manera cómo el sistema se ha ido minando a sí mismo y la forma cómo el verticalismo de las estructuras partidarias no ha dado paso a la renovación de los liderazgos plantean la siguiente pregunta: ¿Qué se puede hacer para que el proceso de transición actual recupere la credibilidad y la capacidad de representación necesarias en una democracia? Las coincidencias del estudio se pueden resumir en tres puntos: a Fortalecimiento en la participación de las bases. • Apoyar la participación de las bases en lo local mediante seminarios y talleres de gestión municipal y con información sobre las competencias de los diferentes representantes públicos, sus obligaciones y jurisdicciones. • Financiamiento directo de los programas

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dirigidos a la promoción de nuevos líderes de base para que no se quede en inversiones en las cúpulas de los partidos. • Fomentar y presionar para que se realicen elecciones internas que garanticen la participación de nuevas figuras políticas en el sistema de los partidos. • Realizar encuentros y seminarios nacionales de líderes de base que propicien redes de información para estimular la comunicación política interprovincial, interdepartamental e interregional. • Se deben crear los instrumentos que permitan y obliguen la constante articulación entre los líderes regionales o locales y la estructura nacional de los partidos. b Fortalecimiento de los mandos intermedios y renovación de los liderazgos. • Propiciar talleres sobre mecanismos de diálogo entre partidos y posibles soluciones al transfugio político. • Fortalecer los mecanismos de elección de representantes de niveles intermedios. • Propiciar mesas de diálogo entre partidos para la discusión de temas de coyuntura y para temas de largo plazo en políticas de Estado. • Trabajar en la estructura parlamentaria, incrementando diputados uninominales, para lograr una responsabilidad (accountability) más efectiva. • Fortalecer el diálogo entre los intelectuales y la clase política para reactivar la creación de ideas en el sector público. c Mayores espacios de cobertura a los partidos y sus propuestas. • El primer paso de esta etapa debe ser la creación de una estrategia clara de fortalecimiento del Poder Legislativo y su capacidad de autonomía e independencia. • Crear instituciones neutrales que fiscalicen el cumplimiento de los pactos y acuerdos interpartidarios, intergubernamentales e interinstitucionales. • Crear instituciones de discusión política y social que sirvan de escenario y plataforma a los partidos y ciudadanos independientes que pretendan participar de política.
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• Establecer formas de trabajo con los medios de comunicación para fiscalizar la información sin violar las libertades de prensa. Buscar la colaboración de los medios en la construcción de una difusión plural y objetiva de la información. • Establecer organigramas y estructuras claras de competencias de representantes a fin de diferenciar claramente su responsabilidad ante la sociedad civil (accountability). Las sugerencias planteadas pretenden ser una provocación al debate y al análisis de los datos presentados en el estudio para generar algunas políticas de acción plurales que contribuyan al proceso democrático.

5.8. Los movimientos sociales
Los movimientos sociales son actores con amplio espacio de acción en la esfera pública. En la actualidad, la viabilidad de un pacto social ha pasado de ser una pregunta a una necesidad. Esta necesidad no tiene sentido si no se establece previamente un proceso de discusión y reflexión para paliar el inmenso vacío de ideas y propuestas en el sistema político. El pacto social, por lo tanto, pasa por una estrategia global que comience con un proceso de concertación, imaginación y generación de las ideas para pasar a una agenda de consensos mínimos y culminar en una Asamblea Constituyente que no sólo legitime los acuerdos suscritos sino que garantice la puesta en práctica de los mismos. Los movimientos sociales del pasado son ahora los nuevos actores políticos. Su migración a la competencia por el poder ha renovado los espacios de acción políticos y sociales. En sus manos se encuentra la llave para viabilizar un acuerdo nacional que propicie el debate de una agenda de Estado de largo plazo. Bolivia es un país de intensa actividad política, con índices de conflictividad bastante altos en comparación con otros países. Paradójicamente, el 86% de la población tiene una participación social muy baja. Los actores sociales han demostrado ser los nuevos canales de participación política y en sus estructuras se encuentra el desafío para sustentar un sistema participativo que genere las demandas racionales y constructivas para el sistema democrático.

Los actores políticos y sociales en Bolivia

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El efecto de la información política sobre medidas alternativas de apoyo a la democracia Amalia Prado Meza

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El efecto de la información política

1. INTRODUCCIÓN
En la región latinoamericana, las recientes revueltas políticas han develado una aparente volatilidad en el apoyo popular a la democracia como sistema político. La aparición de presidentes elegidos democráticamente que, fortalecidos por altos niveles de popularidad, autocráticamente reconfiguraron el sistema político ha provocado un cambio de contexto en el cual las dictaduras militares brutalmente represivas de antaño ya no son la única alternativa política a la democracia. Esta realidad cambiante no se ha reflejado cabalmente en estudios profundos de medidas alternativas de compromiso con el sistema político y sus determinantes en la opinión pública de las sociedades pos-transicionales. En Bolivia, la proliferación en los últimos años de encuestas auspiciadas por el Estado, organizaciones no gubernamentales (ONG), medios de comunicación e instituciones académicas resultó en una riqueza de información social inusitada. En el ámbito político, especialmente en los períodos pre-electorales, las encuestas se han constituido en una especie de institución social, replicando lo sucedido en otros países con la introducción de estas técnicas de recolección y análisis de datos. El desarrollo de las encuestas nacionales permite apuntar algunos aciertos y deficiencias que se debe considerar. En general, la existencia de información estadística sobre opiniones, actitudes y comportamientos limita el rango de lo que las instituciones sociales pueden hacer y decir a nombre de la “opinión pública”. Por otro lado, en los últimos años, esta información es cada vez más de carácter nacional. A este respecto, la Corte Nacional

Electoral fue una de las pioneras en proporcionar para el debate los resultados de una encuesta realizada con una muestra nacional verdaderamente representativa en 1999. Hasta entonces, la mayoría de las encuestas publicadas cubría únicamente las ciudades principales. Las encuestas han aportado a la reflexión y el debate, proporcionando información concreta que permitió aterrizar la discusión basada en una cabal percepción de las opiniones mayoritarias y minoritarias que resultan igualmente visibles. Las deficiencias que se puede señalar son más numerosas, en gran parte resultantes de una falta de rigor metodológico tanto en el diseño como en la interpretación de los resultados. Entre ellas puede nombrarse las siguientes: a) la elaboración del cuestionario no pasa por una fase piloto exhaustiva en la que se pruebe la construcción de los indicadores y las asociaciones esperadas entre variables; b) la réplica de preguntas estándar no viene acompañada por la teorización correspondiente; c) el muestreo por cuotas es aplicado como regla general, sin mayores explicaciones ni variaciones acordes a los objetivos del estudio; d) el análisis de los datos es casi exclusivamente exploratorio y las discusiones de los resultados se asemejan más bien a ensayos post-hoc; e) las técnicas analíticas usadas –principalmente el análisis descriptivo y las tabulaciones cruzadas– no explotan la riqueza de los datos; f) no se usa lineamientos consistentes para el análisis y la comparación de los subgrupos; g) la construcción de escalas no cuenta con análisis de fiabilidad ni con análisis factorial; h) no se considera el uso y la conceptualización previa de las preguntas estándar; i) no se permite acceso a las bases de datos para realizar análisis secundarios que pueden enriquecer
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la discusión; j) finalmente, se da escaso uso a la información como base para el diseño de programas de comunicación. En suma, al igual que en otros países, la introducción de encuestas en Bolivia transformó la esencia de la “opinión pública” y su relación con otras fuerzas políticas. También, al igual que en otros países, el desarrollo del uso de las encuestas pasa por una fase inicial plagada de problemas metodológicos y teóricos cuya resolución enriquecerá la investigación y su posterior uso en el diseño de intervenciones. En las últimas décadas, el uso de las encuestas en el ámbito de los valores democráticos se ha limitado al rastreo de variaciones de respuestas puntuales. De tal manera, el referente principal en los estudios de valores democráticos es el ítem referido a la preferencia por la forma de gobierno: “¿Con cuál de las siguientes frases está Ud. más de acuerdo?: a) La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno; b) Da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario; y c) Es preferible un gobierno autoritario a uno democrático”. Sin embargo, en ausencia de estudios de panel que comparen una misma muestra a lo largo del tiempo, las fluctuaciones que se observan de un año a otro no necesariamente son indicativas de problemas estructurales. Por otro lado, un principio básico en la investigación de las actitudes –sean políticas, sociales o económicas– es que el entrevistado, si bien puede poseer información relevante, puede no considerarla cabalmente al momento de responder una encuesta (Zaller, 1991). Se recomienda, por tanto, construir escalas o indicadores y medidas que agrupen una batería de ítems y que son, por tanto, más fiables que medidas basadas en una sola pregunta ya que permiten mitigar el efecto del error aleatorio. Es concebible que las medidas de apoyo a la democracia en abstracto, aunque útiles inmediatamente después de la transición, tiendan a perder relevancia con el pasar del tiempo, y que la respuesta a favor de la democracia se torne socialmente más deseable. La contradicción entre los altos niveles de apoyo afectivo a la democracia y los niveles igualmente altos de apoyo a un Ejecutivo elegido democráticamente que gobierne con mano dura podría ser resuelta a través del uso de una medida más concreta y rigurosa de apoyo a la democracia.
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El presente trabajo arguye que las medidas de apoyo afectivo ya no captan las preferencias enraizadas y que el contexto regional cambiante hace que un conjunto de preguntas relativas al apoyo normativo sea la mejor medida. Este tipo de apoyo a la democracia como un sistema con procesos y estructuras va más allá de las asociaciones cognitivas de primer orden que vinculan la “democracia” con la libertad y el rechazo al mandato autocrático militar. La medida aquí propuesta mide el apoyo a las instituciones democráticas claves como expresión de un nivel de apoyo más profundo a las formas de mandato democrático. Pero, ¿qué contribuye al apoyo a la democracia? La literatura sobre democratización no proporciona resultados consistentes en cuanto a variables independientes que puedan predecir el apoyo a la democracia. Esto puede deberse en parte a variaciones comparativas entre regiones y países, pero también a objetivos de investigación distintos. Se parte del presupuesto de que las variables socio-estructurales son importantes, por lo que son incluidas rutinariamente en los análisis, pero la lista de factores políticos correlativos varía grandemente. Cansada de instituciones democráticas que funcionan pobremente, la gente puede no apoyar totalmente a la democracia como un arreglo estructural. No obstante, en la medida en que la gente esté consciente de que las instituciones democráticas, por muy deficientes que sean, son necesarias para que la democracia exista como tal, los niveles de compromiso normativo serán más altos. A partir de los estudios sobre el papel que juega la información política en las democracias establecidas, se propone que ésta será la variable independiente que prediga más fuertemente el apoyo a la democracia, mediando el efecto de las variables socio-estructurales tradicionalmente consideradas en los estudios de la democratización. Es concebible, también, que el tipo de información política que uno maneja tiene importancia con relación a su efecto en el apoyo a la democracia. Se espera que la información sobre las estructuras y los procesos de gobierno, como indicador de información más relevante y más profunda, sea una variable independiente más influyente en el apoyo a la democracia que la información sobre los actores políticos. También se considera el papel de otras variables en

El efecto de la información política

la predicción del apoyo a la democracia. Estas variables son: confianza en el gobierno, preocupación por la corrupción, uso de los medios de comunicación, conversación sobre política y apoyo a la coalición gobernante.

2. ANTECEDENTES EMPÍRICOS Y TEÓRICOS 2.1. El contexto regional
En América Latina, las democracias jóvenes son sociedades en transición en más de un aspecto. Políticamente, después de décadas de inestabilidad, muchos países de la región están buscando consolidar una cultura democrática que acompañe mejor el cambio de régimen (Diamond, Hartlyn y Linz, 1999; Berthin y Yáñez, 1999; Gamarra, 1998). En lo económico, enfrentan las consecuencias de los procesos de privatización y la liberalización de mercados implementados al inicio de la democratización con elevados costos sociales (Mainwaring, 1999; Remmer, 1991; Lagos, 1997). Aunque la reforma estructural ha llevado a la estabilidad económica y, en pocos casos, al crecimiento, no ha alterado la distribución extremadamente desigual del ingreso, la “peor del mundo” de acuerdo a Becker (1999; ver también, CEPAL, 2000). La estratificación económica y social, por otra parte, está fuertemente relacionada con la ascendencia étnica (Jalali y Lipset, 1992-1993). En lo cultural, un creciente reconocimiento de la diversidad étnica busca reconfigurar identidades nacionales que no excluyan a los grandes y, en muchos casos, mayoritarios grupos indígenas (Degrégori, 1998). Las sociedades latinoamericanas también enfrentan cambios que tienen impacto en la vida política de las democracias ya establecidas. El papel que juegan los medios de comunicación y las encuestas en las democracias jóvenes ha merecido últimamente una mayor investigación (Mayobre, 1996; Mayorga, 1999; Basáñez, 1995; Conaghan, 1995; Bennett, 1998; O´Neil, 1998). En su revisión bibliográfica, O´Neil (1998) concluye que los estudios tradicionales sobre democratización, basados en la teoría de la modernización, asumieron que el incremento en el uso de los medios de comunicación alentaría el apoyo a la democracia y a los valores liberales. O´Neil está en desacuerdo con

este parecer y señala la posibilidad de que el uso de los medios no solamente alentaría el cinismo sino que, al representar a los medios como protagonistas del accionar político, relegaría efectivamente a las organizaciones de la sociedad civil a un papel de meros espectadores. Bennett (1998) sugiere que “el ruido y el cinismo” se vislumbran como amenazas que acompañan el flujo de volúmenes de información sin precedentes y una débil presencia de las organizaciones de la sociedad civil. Arguye, además, que la construcción de una democracia estable y participativa tiene como obstáculo la privatización de los medios de comunicación de propiedad del Estado y las consiguientes restricciones de la libertad de expresión a raíz de los límites impuestos por los derechos de propiedad. Acompañando la creciente influencia de la televisión, Mayobre (1996) también señala como factor importante de cambio la modernización o “americanización” de la esfera política en forma de innovaciones en los estilos y las técnicas de campaña y en la profesionalización de los consejeros políticos. La carencia de mayor investigación empírica sobre este tema, que está estrechamente relacionado con el incremento del uso de las encuestas de opinión, tiende a desviar la atención hacia las consecuencias potencialmente negativas. En contraste, Basáñez sostiene que, a pesar de las deficiencias metodológicas de las primeras encuestas efectuadas en México, éstas “sirvieron para desafiar el monopolio del gobierno sobre la verdad política” (1995: 260). Aunque ninguna de estas inquietudes es exclusiva de las democracias nuevas (Lippman, 1992; Blumer, 1948; Converse, 1962, 1964; Bagdikian, 1985; Price, 1992), en un contexto de inestabilidad política se vislumbran más grandes. Todos estos factores se ven agravados por una serie de eventos en la región latinoamericana que revelan una aparente volatilidad en cuanto al apoyo a la democracia. Desde el autogolpe de Fujimori en el Perú de 1992, hasta el más reciente derrocamiento presidencial en Ecuador, todas las interrupciones de los procesos democráticos han pasado por el copamiento de las instituciones democráticas. En Venezuela, anteriormente la democracia más estable de la región, un ex militar que encabezó dos tentativas de golpe en 1989 fue electo presidente en 1999. Convocó luego a una Asamblea Constituyente que facilitó su reelección
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y ubicó a sus seguidores en los tres poderes del Estado. En el Ecuador, el detonante fue el hastío popular ante la intromisión del Presidente Gutiérrez en el Poder Judicial. En la década pasada, estos eventos fueron, hasta cierto punto, imprevistos en la literatura sobre la democratización. El análisis de Remmer de 1991 sobre el impacto político de las crisis económicas en América Latina concluye que la magnitud del apoyo a la democracia en la región es persistente a pesar de las severas dificultades económicas. Como Conaghan (1995) indica en base a su análisis de datos de la opinión pública peruana antes del autogolpe, este gran cambio político no era totalmente inesperado. Antes de 1992, ya había un descenso constante en la confianza en las instituciones democráticas, particularmente en el Parlamento, y el público peruano no percibía a los partidos políticos como indispensables para la democracia. Los partidos políticos, al menos los tradicionales, fueron los grandes perdedores en este panorama regional cambiante (McCoy, 1999; Levitsky, 1999). Mientras que Mayobre (1996) no exonera a los partidos políticos y a los políticos, arguye no obstante que, en el caso venezolano, fueron los chivos expiatorios de las severas crisis de desempeño originadas en parte en la caída constante en los precios del petróleo en el mercado internacional. Calderón y Lechner (1998) señalan una causa más enraizada: los partidos políticos en Latinoamérica están pagando la cuenta impuesta por los programas de reforma estructural y la disyuntiva entre las expectativas de los roles tradicionales y las actuales restricciones en su poder para redistribuir los bienes materiales y simbólicos. Como Hagopian (1998) señala, la creciente pérdida de identificación partidaria es considerada por muchos observadores como el heraldo de una representatividad mejorada que abre el camino para nuevas y más incluyentes asociaciones. Esta autora concluye su análisis refutando la teoría de la reorganización de la siguiente manera:
En resumen, si la democracia en los años noventa en Latinoamérica es más incluyente que antes, no es necesariamente más representativa. Los nuevos movimientos sociales puede que hayan movilizado segmentos más amplios de la población que los 198

partidos en el pasado (y al hacerlo han ampliado las bases para la asociación política), pero no necesariamente la han representado tan eficazmente... Aunque los movimientos sociales y las organizaciones voluntarias pueden suplementar redes de representación partidaria, no hay evidencia de que trabajen bien como sustitutos de las mismas y, en este momento, no hay fundamentos para concluir que la ruptura de las redes antiguas es un preludio necesario para formas más amplías y genuinas de representación política (1998: 126).

El desencanto con las instituciones, entonces, puede explicar el hecho de que los rompimientos democráticos no son percibidos internamente como tales. Es decir, en Perú, Fujimori construyó su autogolpe ante la audiencia interna e internacional como un ejercicio en democracia, un argumento sostenido por los índices de popularidad en las encuestas de más del 70% (Conaghan, 1995). Estos desarrollos regionales contrastan agudamente con la valoración de Linz (1999): “las personas pueden juzgar el desempeño de instituciones claves de política democrática muy negativamente, pero concordar ampliamente en la necesidad de dichas instituciones. Pueden tener una opinión muy negativa sobre la labor de su Parlamento, pero rechazan la idea de que no haya Parlamento. En todo el mundo hay una opinión muy baja de los partidos políticos, pero la gente insiste que los partidos son un elemento esencial para la democracia”. En resumen, las democracias de América Latina, la mayoría reestablecidas, enfrentan una serie de desafíos que a la luz de los recientes derrumbamientos parecen más grandes. Los autogolpes y el apoyo popular a cambios autoritarios parecen haber cambiado la forma de las alternativas al sistema democrático.

2.2. El caso boliviano
Como Mainwaring (1999) y Diamond (1999) observan, el simple hecho de que las democracias de América Latina hayan sobrevivido en la década pasada es notable, particularmente en presencia de las crisis económicas, el consecuente incremento de la pobreza, un creciente tráfico de drogas y mayores índices de corrupción y violencia. Bolivia agrega a esta lista de desafíos formidables un legado histórico de inestabilidad política extrema que hizo más sorprendente su exitosa transición a la democracia. Hasta hace poco,

El efecto de la información política

considerado el país de la región más inestable políticamente desde la Segunda Guerra Mundial (Dunkerley, 1984; Lavaud, 1991), Bolivia ha tenido 81 gobiernos en 160 años de vida republicana. Incluso el retorno a la democracia en 1982 estuvo plagado de incertidumbre. Mientras el gobierno democrático constituido por una coalición débil de partidos de centro-izquierda luchaba por resolver la crisis económica heredada de una sucesión de gobiernos militares, abundaban los rumores de autogolpes y golpes parlamentarios, dejando al descubierto lo que Malloy y Gamarra caracterizan como un apoyo superficial a los procedimientos democráticos por parte de las élites. A fines del siglo pasado, una de las grandes preocupaciones era la emergencia de partidos asistémicos y el temor de que Bolivia replique los giros autocráticos acaecidos en países vecinos. Actualmente, el sistema de partidos se encuentra tan resquebrajado que los asistémicos ya no son novedad y un giro autocrático es cada vez menos probable dada la creciente movilización de los sectores sociales. Más bien, la preocupación parece ser que Bolivia ingrese en un ciclo de crisis políticas constantes como ocurre en Ecuador, al cual contribuiría la débil cultura institucional existente en el país. Por otro lado, Archondo (1999) argumenta que el incremento de las movilizaciones sociales y la fragmentación partidaria podrían constituir una mejora al sistema democrático y un freno a la total desaparición de los partidos. Otra inquietud está relacionada al impacto de los medios de comunicación en la política, principalmente en dos ámbitos: el creciente sensacionalismo de la cobertura informativa y el hecho de que las personalidades mediáticas se conviertan en políticos y los políticos en dueños de medios, son transiciones que empañan las distinciones (Mayorga, 1999; Berthin y Yáñez, 1999). Estas inquietudes o preocupaciones toman forma en un contexto académico que no ha mostrado una inclinación hacia la prueba rigurosa de la hipótesis. Los estudios de la cultura política tienen una naturaleza más filosófica (Berthin y Yáñez, 1999); por ejemplo: aunque la forma en que los medios enmarcan su cobertura de la corrupción se torna más preocupante, no se ha realizado un análisis de contenido y menos aún se han verificado sus efectos. Ésta no es una característica exclusiva de Bolivia; como Turner (1995) señala, a

medida que la teoría de la dependencia ganó ímpetu, Latinoamérica experimentó un vuelco que le permitió alejarse de los incipientes estudios cuantitativos hacia una perspectiva más crítica y filosófica. Entonces, dado el contexto regional cambiante y el hecho de que la investigación sistemática de la opinión pública es reciente en Bolivia y América Latina, uno debe referirse a un marco teórico más amplio con relación al vínculo entre las actitudes a favor de la democracia y los procesos de la transición y consolidación. Esto implica, también, tomar en cuenta las implicaciones de los problemas de medición relativos a ambos fenómenos.

2.3. Cultura política y procesos de consolidación democrática
Durante décadas, el vínculo causal entre la cultura política y la democratización establecido por Almond y Verba (1963) permaneció indiscutible. Por otra parte, las encuestas de opinión pública sobre las actitudes y conductas democráticas fueron usadas generalmente a un nivel descriptivo para medir el desarrollo de una cultura política democrática en sociedades de postransición. No fue hasta épocas más recientes que otros estudios intentaron ocuparse del tema de la causalidad. El análisis comparativo entre países de Muller y Seligson (1994) propone que el orden causal podría variar para actitudes diferentes. Pese a que su modelo incluye sólo dos medidas de cultura política, los hallazgos sustentan su teoría: la confianza interpersonal parece ser un producto de la experiencia democrática mientras que el apoyo a la reforma gradual –es decir, no revolucionaria– predice cambios en el nivel de la democracia. Basado en un comparativo longitudinal de datos de seis países occidentales, Weil (1989) concluye que la variable determinante para el apoyo a la democracia es la estructura de la oposición, en otras palabras “las reglas del juego y las interacciones entre los jugadores”. Weil distingue entre las condiciones objetivas (desempeño estatal y estructura de oposición) y su impacto diferencial en un nivel superficial de apoyo político (confianza en el gobierno) y un nivel fundamental (legitimación). Un desempeño estatal pobre –económico y/o político– afecta la confianza en las instituciones mientras que una estructura de
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oposición que funciona deficientemente baja la confianza y la legitimidad. También es posible, declara Weil, que “una legitimación baja y una estructura de oposición que no responde podrían reforzarse una a la otra en medio de una crisis de desempeño en la medida en que los ciudadanos se tornan cada vez más indiferentes a la democracia y procuran más votos de protesta a favor de partidos asistémicos” (1989: 700). En la investigación sobre la democratización, el tema de la causalidad adquiere mayor complejidad porque, primeramente, en raras ocasiones se realizaron encuestas durante los gobiernos autoritarios (Geddes y Zaller, 1989), eliminando la posibilidad de las comparaciones “antes de” vs. “después de” la transición. Incluso, el apoyo masivo a la democracia en las sociedades recientemente democratizadas excedió, en gran parte, las expectativas de los analistas. Los altos niveles de apoyo a la democracia en poblaciones socializadas bajo regímenes autoritarios suscitaron inquietudes acerca de los “cimientos superficiales” (Finkel, Sigelman y Humphries, 1999) y “efectos de luna de miel” que podrían llevar a un rápido desencantamiento (Weil, 1989).

2.4. Problemas de medición
La dificultad para medir la relación entre el apoyo a la democracia y la democratización también deriva en parte de los problemas de medición de ambos conceptos. La democratización se estudió tradicionalmente como la transición de formas no democráticas a formas democráticas de gobierno. No obstante, a medida que estas últimas se extendieron, la discusión pasó a distinciones más sutiles. Por tanto, la democratización también se estudia como los cambios a lo largo de un continuo que conducen a formas más liberales de democracia (Muller y Seligson, 1994; Diamond, 1999). Estos cambios en el nivel de la democracia se rastrean a partir de los índices del Freedom Forum que son publicados anualmente, una fuente que no está libre de errores (Bollen, 1993). Este panorama se ve agravado por los numerosos problemas en la medición de las actitudes a favor de la democracia entre la población. En su discusión de los problemas metodológicos vinculados a las reevaluaciones actuales de la cultura política latinoamericana y en vista de la proliferación de los datos cuantitativos, Turner (1995) resalta la necesidad
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de verificar las hipótesis postuladas por “las teorías influyentes”. Cita como un ejemplo el supuesto, sostenido por mucho tiempo, de que la clase media argentina apoyó los golpes militares en la década de los años 60. Los estudios más recientes y detallados de estos datos “cuestionan seriamente estas interpretaciones, sugiriendo frecuentemente, por el contrario, que el golpe tan sólo tuvo un apoyo superficial del público” (1995: 197). El problema fundamental de la medición del apoyo a la democracia es la operativización del concepto. Las medidas usadas para medir “apoyo a la democracia” o “compromiso democrático” varían considerablemente de un estudio a otro. No abundan justificaciones teóricas para la selección de preguntas y muchos autores se extienden en torno a interpretaciones de los resultados, dejando de lado la discusión de las preguntas específicas, sus apuntalamientos teóricos y su uso previo en otros estudios. Por ejemplo, Muller y Seligson (1994) observan este problema en el trabajo de Inglehart, pero luego pasan a examinar la cultura cívica con respecto a un número muy reducido de actitudes – el apoyo a una reforma gradual y la confianza interpersonal–. Finkel, Sigelman y Humphries también señalan el traslape de conceptualizaciones y afirman lo siguiente: “Nosotros consideramos una tarea importante para la investigación futura el desenredar las asociaciones entre ‘apoyos normativos’ a la democracia, la creencia en principios democráticos, y las evaluaciones de desempeño del sistema” (1999: 220). Como consecuencia de este traslape, hay problemas de fiabilidad con las escalas utilizadas, una inquietud que Finkel et al apuntan que es relativamente nueva en este campo académico. Trabajando con datos del Latinobarómetro, Lagos (1997) construye una escala de tres preguntas para medir el apoyo a la democracia en 17 países latinoamericanos y no reporta fiabilidad, porque no somete a prueba la consistencia interna de esta agregación de preguntas ya que, por mucho que los ítems individuales aparenten medir un solo concepto, esto es algo que debe ser verificado empíricamente. Diamond (1999) replica la escala de Lagos con un mayor número de países alrededor del mundo y tampoco reporta fiabilidad. Un análisis preliminar de los datos bolivianos usados aquí reprodujo esta escala de tres preguntas y encontró que tenía muy baja fiabilidad (alfa de Cronbach=.33).

El efecto de la información política

Por contraste, los estudios sobre el apoyo a la democracia en la ex Unión Soviética (Gibson, 1996, 1998; Gibson y Duch, 1993) continúan una larga tradición de estudios sobre la democratización que distinguen: a) apoyo a los principios democráticos vs. apoyo a las estructuras y los procedimientos democráticos y b) principios mayoritarios vs. principios minoritarios. Como Finkel et al arguyen, “las preguntas que intentan aclarar las fronteras y límites de apoyo democrático proponiendo situaciones en las que los valores democráticos abstractos se contraponen con otras consideraciones, como el orden público, la seguridad nacional o la moralidad tradicional”, permiten mediciones más exactas del compromiso democrático (1999: 218). Los hallazgos sobre el efecto y la importancia de las variables socio-estructurales sobre el apoyo a la democracia también varían de un país a otro. Se asume que la educación, la edad, el nivel socio-económico y el grado de urbanización son determinantes, aunque los resultados no son consistentes. Por ejemplo, Diamond (1999) establece que las generaciones más jóvenes son más pro-democráticas mientras que Booth y Richard (1996) encuentran exactamente lo contrario. Otro aspecto importante de la medición tiene que ver con el diseño de la muestra. En muchas democracias nuevas los niveles altos de heterogeneidad en cuanto a etnicidad, idioma, educación y exposición a medios de comunicación, más la falta de experiencia en la elaboración de encuestas, hacen que el diseño de una muestra nacional representativa sea sumamente difícil. El clásico estudio comparativo sobre la cultura política en distintos países de Almond y Verba (1963) usó una muestra estrictamente urbana para su componente mexicano y los estudios subsiguientes obedecieron este modelo casi invariablemente. La versión boliviana del Latinobarómetro de 1996 y los estudios subsecuentes modelados en base a éste cubrieron sólo las áreas urbanas mayores (Encuestas & Estudios, 1999). Estos resultados, sin embargo, se citan para reflejar actitudes pro-democráticas sostenidas por la población boliviana en su mayoría (Lagos, 1997; Diamond, 1999). En la región latinoamericana hay razones importantes para pensar que podrían existir diferencias entre poblaciones urbanas y rurales. Particularmente en la subregión andina, las áreas rurales tienden a ser pobladas por indígenas inmersos en

culturas tradicionales fuertes. Sin embargo, la aplicación de encuestas estandarizadas podría disimular algunas de estas diferencias a través de la “no respuesta”, el NS/NR de los cuestionarios. Aunque en el caso de muchos de los encuestados con menor educación podría asumirse, con cierta seguridad, que la falta de respuesta indica una falta de información sobre el tema al que se refiere la pregunta y las alternativas proporcionadas, esto no necesariamente significa que no tengan opiniones al respecto y que no estarían dispuestos a actuar sobre éstas. En América Latina, la participación de las masas ha sido instrumental a fin de llevar a cabo los grandes cambios políticos (Collier, 1999; Malloy, 1970; Klein, 1992). En resumen, la literatura sobre la democratización ha abordado la relación entre el apoyo a la democracia y los procesos de transición desde distintas perspectivas, con resultados no muy consistentes y problemas metodológicos bastante serios.

2.5. El papel de la información política en democracia
Definida como “el rango de información fáctica sobre política que está almacenada en la memoria a largo plazo” (Delli Carpini y Keeter, 1996: 10), la información política ha despertado un creciente interés académico en los Estados Unidos durante la última década (Price, 1999). Al defender la importancia de la información política, se plantea su asociación con varias otras dimensiones de la vida política y se cita investigaciones sobre la relación entre información e interés político, participación electoral, eficacia personal y del sistema y, finalmente, la adquisición de nueva información (Zaller, 1991; Delli Carpini y Keeter, 1996; Price y Zaller, 1993). Delli Carpini y Keeter (1996) basan su análisis longitudinal de la información política en Estados Unidos en las implicaciones normativas de esta variable. Con este fin, citan a Habermas, que sugiere que:
... la medida de una democracia que funciona es el grado en que individuos y grupos ingresan al debate público con cantidades de información relativamente iguales. Si los intereses colectivos de una unidad política se basan, en última instancia, en la agregación de las opciones –individuales y grupales– lo más informadas posible, entonces esta condición de 201

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igualdad relativa es esencial. El tener cantidades relativamente iguales de información no asegura ni un consenso ni un resultado particular (aunque nada prevendría dicho resultado en ciertas circunstancias), pero esto asegura que las decisiones alcanzadas, cualesquiera que sean, proporcionen la aproximación más democrática a la voluntad pública (Delli Carpini y Keeter, 1996: 6).

Delli Carpini y Keeter encuentran que en los Estados Unidos los más informados tienden a ser adinerados, blancos, mayores y varones. Las implicaciones de esta estratificación se han vuelto más preocupantes en tiempos recientes, dadas las asociaciones mencionadas antes entre información política y otras dimensiones de la vida política. Una segunda pregunta fundamental trata la inquietud de si el nivel de la información política requerida no es muy abrumador y consecuentemente imposible de lograr. Siguiendo a Lippmann (1922), se asumió durante mucho tiempo que la respuesta era “sí” ya que el creciente tamaño y la complejidad de las sociedades modernas hicieron del nivel ideal de la información política algo totalmente inalcanzable para el ciudadano común. Delli Carpini y Keeter (1996) arguyen lo contrario. Basándose en hallazgos anteriores (Price y Zaller, 1993), proporcionan nueva evidencia empírica de que los mejores informados son “generalistas”, es decir, la información política que tienen no es altamente especializada ni está concentrada en grupos distintos. Dado que aquéllos que están informados sobre un aspecto de la política tienden a estar informados sobre otros aspectos y que las mediciones de información política son relativamente simples y directas, Delli Carpini y Keeter concluyen que “el tipo de información política necesario para funcionar eficazmente como ciudadano no es especialmente complejo y está al alcance de individuos que poseen una habilidad cognitiva modesta –dada la motivación– y la oportunidad para informarse” (1996: 272). La información política, entonces, puede verse como una habilidad socialmente construida y vinculada fuertemente al nivel socio-económico y, a través de éste, al poder político. En resumen, una democracia que aspira a tener una base amplia requiere una ciudadanía informada que pueda deliberar y llegar a un consenso sobre temas que van desde lo más mundano a lo más
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abstracto. Una participación informada y masiva es la que mejor se aproxima al bien común y, al hacerlo, legitima más aun el sistema. El que la información política esté tan claramente estratificada por el nivel socio-económico, la identidad étnica y el género es un tema de preocupación que va más allá de la inclinación cívica del analista. La información política hace mejores ciudadanos pero, lo que es más importante, asegura que una gran parte de ellos actúe acorde con intereses y preferencias. Para la democracia de los Estados Unidos, la existencia generalizada de niveles bajos de información política no significa necesariamente que la forma de gobierno esté en crisis. Por contraste, el papel de la información política en las democracias jóvenes podría resultar más fundamental. A la fecha, únicamente existe un trabajo publicado que hace referencia directa a la información política y su relación con el apoyo a la democracia. Booth y Richard (1996) analizan los datos de encuestas en seis países centroamericanos al inicio de la década de 1990 –usando únicamente muestras urbanas– para estudiar el efecto de la represión sobre la participación política y el apoyo a la democracia. Entre otras variables, los autores controlan estadísticamente la información política y descubren que es la que mejor predice el apoyo a la democracia después de una medida de represión; probablemente porque se propusieron estudiar la represión gubernamental y no el fuerte efecto de la información política. De hecho, los autores concluyen que la represión por parte del gobierno “sobrepasa de lejos” a las otras variables, cuando los coeficientes estandarizados de la regresión para la represión y la información son de .274 y .222, respectivamente. Otros estudios hacen referencia al papel de la información política en los procesos de consolidación, pero sin mediciones directas de la misma. Gibson y Duch (1993) discuten brevemente el impacto diferencial de la educación en el apoyo a la democracia al comparar una muestra de Moscú con una que representa a la porción europea de la antigua Unión Soviética. Atribuyen este impacto diferencial a un mayor acceso a la información política a través de los medios de comunicación, que suponían que era mayor en Moscú. En un análisis de los datos de las encuestas en 14 países de Europa Occidental, Listhaug y Wiberg (1995)

El efecto de la información política

encuentran que el interés político es de lejos la variable que predice mejor la confianza en las instituciones democráticas, en comparación con la edad, la educación, las creencias religiosas, la ideología y la satisfacción financiera, entre otras variables. Los autores interpretan esto como una sugerencia de que “los más informados y más involucrados políticamente desarrollan una lealtad a las instituciones democráticas, refutando de esta manera la tesis que la competencia cognitiva engendra desconfianza en estas instituciones” (Listhaug y Wiberg, 1995: 318). El estudio de Norris (2000) del Barómetro Europeo de la primavera de 1996 sigue lineamientos similares, es decir, descubre que el público más atento a los medios de comunicación, sin mediciones directas del conocimiento político, reporta consistentemente una orientación más positiva hacia el sistema político. En suma, estos hallazgos parecen diametralmente opuestos a los que se discutió anteriormente sobre las preocupaciones con relación al papel de los medios de comunicación en las nuevas democracias (Bennett, 1998; O’Neil, 1998). En el contexto latinoamericano, se ha cuestionado particularmente la manera cómo los medios de comunicación enmarcan la escena política. Hablando de Venezuela, Mayobre señala que:
La actitud de que todos los políticos son corruptos, incompetentes o ambos; que los partidos políticos no son representativos, son inútiles y están dominados por pequeñas camarillas de personajes dudosos y hambrientos de poder, y que las organizaciones e instituciones de la democracia son inoperantes o simplemente ineficientes puede convertirse en predominante cuando los medios de comunicación se presenten como las únicas fuentes legítimas de información y defensa del ciudadano (1996: 229).

¿Será que el incremento en el uso de los medios de comunicación y la información política conduce a un menor apoyo a la democracia y a las instituciones democráticas? En esta área, cualquier análisis que se haya hecho, por más pequeño que fuese, parece apuntar en la dirección opuesta.

3. HIPÓTESIS
El modelo aquí propuesto analiza un conjunto de relaciones previamente no estudiadas en la literatura

sobre la democratización. El apoyo a la democracia, como un medio para profundizar más su consolidación, es la variable dependiente principal. Si bien las medidas de apoyo afectivo pueden ser útiles para rastrear las tendencias que suceden a la transición, luego de más de una década, resulta concebible que el apoyo a la democracia en lo abstracto no esté captando las preferencias profundamente arraigadas. Incluso en ausencia de recaídas autoritarias, la experiencia democrática no puede sino alterar los referentes en las mentes de los entrevistados. Así como los estudiosos de la democratización con el pasar del tiempo han trascendido las definiciones mínimas y han desarrollado parámetros más estrictos de lo que constituye una democracia liberal, las investigaciones de opinión pública en las democracias jóvenes pueden complementar las medidas de apoyo afectivo usadas tradicionalmente. Se propone aquí que dado el resurgimiento de “gobiernos de mano dura” en el contexto regional, un conjunto de preguntas referentes al apoyo normativo a las instituciones democráticas claves proporcionará una medida más exacta del apoyo a la democracia, yendo más allá de las asociaciones de primer orden con la “libertad” (Thomassen, 1995). Siguiendo las aclaraciones hechas por Finkel et al (1999), las preguntas relativas al compromiso normativo hacen referencia al apoyo a la democracia como un arreglo estructural. Aunque el compromiso normativo también ha sido operativizado como apoyo a los derechos de la participación (Booth y Richard, 1996) o como apoyo a los ideales democráticos (Rose, Shin y Munro, 1999), el referente es, en este caso, el compromiso a las formas y estructuras del gobierno democrático. Entonces, por estas razones, se espera que en términos de pregunta la operativización del compromiso democrático sobre el apoyo normativo resulte en una escala con mayor coherencia interna y con una más clara asociación con las variables independientes pertinentes, que las medidas de apoyo afectivo. La información política es la variable independiente principal. Su relación con la estabilidad de actitudes (Converse, 1962, 1964) fue desarrollada todavía más por Zaller y Feldman que proponen considerar “que ‘la opinión’ sobre un tema es generalmente un rango de reacciones en lugar de una única ‘actitud verdadera’” (1992: 611). En su modelo, la ambivalencia subyace a
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todas las opiniones y la opinión con la que se concluye es, para beneficio del encuestador, el resultado de un procedimiento por el cual el individuo promedia las consideraciones relevantes y accesibles. Una mayor información política, entonces, aseguraría que se emplee un mayor número de consideraciones. También se asume que los niveles altos de información política son indicadores de una mayor exposición y adhesión a los valores que fundamentan el sistema cultural y político (McClosky y Zaller, 1984). De este modo, se espera que el nivel de la información política se relacione positivamente con el nivel de apoyo a la democracia. De manera general, aunque la investigación existente tiende a representar la información política como unidimensional, hay evidencia de la existencia de dominios específicos (Price, 1999). Debido a que es difícil saber cuándo la información de los dominios específicos tendrá los efectos discernibles de la información general, la segunda hipótesis incluye una pregunta de investigación: ¿Tienen los diferentes tipos de información política efectos distintos en el apoyo a la democracia? La ausencia de una literatura pertinente hace difícil establecer, con alguna certeza, si la información sobre “actores políticos” y sobre “estructuras y procesos” diferirá en su impacto sobre el apoyo a la democracia. En la medida en que el conocimiento de estructuras y procesos se interprete como indicativo de una información más pertinente y profundizada, podría esperarse que, si se encontrara cualquier diferencia significativa, ésta tendría un efecto más fuerte sobre el apoyo a la democracia que la información sobre “actores políticos”. También es posible, por supuesto, que la información política no contribuya en nada al compromiso democrático. Los efectos de la información política descubiertos por Booth y Richard (1997) y sugeridos por Gibson y Duch (1993) y Listhaug y Wiberg (1995) podrían no replicarse. Tal hallazgo sólo confirmaría las variaciones ya anotadas en el poder de predicción de las variables independientes sobre el apoyo a la democracia de un estudio a otro en las diferentes muestras y regiones. También es concebible que la información política, a causa de su relación con el uso de los medios de comunicación y su amplia cobertura de los hechos de
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corrupción, disminuya el apoyo a la democracia. Sin embargo, faltan estudios empíricos sobre esta propuesta. La ausencia de una literatura relevante hace que la asociación entre la información política y la preocupación por la corrupción también sea incierta. Un nivel más alto de información política podría elevar la preocupación sobre la corrupción o, alternativamente, mitigarla al introducir un mayor número de otras consideraciones. Una segunda pregunta de la investigación es, entonces: ¿Cuál es la naturaleza de la relación entre la información política y la preocupación por la corrupción? Diamond ha documentado una asociación entre la preocupación por la corrupción y el apoyo a la democracia en sociedades de transición que establece que “el impacto de la corrupción política ha sido notablemente claro en la caída o muerte de muchas democracias durante la tercera ola [de democratización]” (1999: 92). Aquí, sin embargo, nuevamente se cita frecuencias relativas como evidencia, sin verificaciones directas de la propuesta. En su análisis de apoyo a los valores democráticos en Europa Occidental, Thomassen (1995) especula sobre la posibilidad de que un sistema político inoperante podría dar lugar a un apoyo generalizado a los partidos asistémicos. Con base en estas asociaciones, se propone que el nivel de preocupación por la corrupción se relacionará negativamente con el nivel de apoyo a la democracia. No obstante, el impacto de la preocupación por la corrupción sobre el apoyo a la democracia variará dependiendo de los niveles de la información política. Aquí, nuevamente se predice que los más informados traerán consigo un mayor número de consideraciones que mitigarán el efecto negativo de la preocupación por la corrupción. Es decir, el más informado estará menos dispuesto a retirar su apoyo a la democracia como resultado de su preocupación por la corrupción. También se espera que la preocupación por la corrupción afecte el apoyo a la democracia indirectamente a través de su efecto en la confianza en el gobierno. En el modelo de Weil (1989) sobre las democracias en Europa Occidental durante la Segunda Guerra Mundial, la confianza política no afectó la legitimidad. La situación para las nuevas democracias en los países en vías de desarrollo, sin embargo, podría ser más frágil,

El efecto de la información política

particularmente con relación al compromiso normativo en lugar de los principios generalmente más deseables de la libertad y soberanía popular. De este modo, se cree que la confianza en el gobierno se relacionará positivamente con el apoyo a la democracia. Además de las tesis principales expuestas anteriormente, se verificará la relación de la información política con sus antecedentes. Éstas son variables socio-estructurales (educación, género, estándar de vida, edad, urbanización), seguimiento de las noticias políticas y la conversación sobre política. El estudio de la asociación entre las variables socioestructurales y el apoyo a la democracia en distintas regiones no ha producido hallazgos consistentes. Entonces, en el modelo aquí propuesto se predice que las variables socio-estructurales afectan el apoyo a la democracia a través de su asociación con la información política. El estudio de Delli Carpini y Keeter (1996) sobre la distribución de la información política en la población estadounidense informa las hipótesis propuestas a continuación. El nivel de educación se relacionará positivamente con la información política. Las personas con estándares de vida más altos tenderán a reportar los niveles más altos de la información política. Las personas de mayor edad estarán más informadas sobre la política que las personas más jóvenes. El papel del género en la predicción del apoyo a la democracia merece un comentario aparte. Apenas se lo menciona en la literatura de la democratización y no ha sido estudiado en base a los datos de las encuestas. La escasa investigación existente está consagrada a estudiar el papel de las organizaciones de mujeres de base en la transición a la democracia (Waylen, 1994). A pesar de que las mujeres latinoamericanas se involucraron activamente en la política, como ocurrió en el inicio de las guerras de independencia, han sido excluidas del sistema político por mucho tiempo; en algunos países lograron el sufragio recién en 1961 (Navarro y Bourque, 1998). Se predice que este contexto histórico informará la asociación entre género e información política, y los hombres tenderán a poseer niveles más altos de información política que las mujeres.

La próxima hipótesis obedece a la sugerencia de Gibson y Duch (1993) respecto al posible efecto de un mayor acceso a los medios de comunicación entre muestras urbanas. Se predice que el grado de urbanización se relacionará positivamente con la información política. En cuanto a la conversación sobre política y el uso medios de comunicación, se cree que éstos se asocian positivamente con la información política, presupuestos que son bastante directos. Adicionalmente, dada la extensa cobertura a la corrupción política, el uso de los medios de comunicación podría establecer “un atajo cognitivo” (Lodge, McGraw y Stroh, 1989), por el cual la preocupación por la corrupción se elevaría sin que necesariamente se incremente el nivel de la información política. En resumen, se propone que la información política será la variable independiente más determinante al momento de predecir apoyo a la democracia, medido por un conjunto de preguntas sobre compromiso normativo. Se cree que la información política tendrá un efecto fuerte y directo en el apoyo a la democracia. También se propone que la información política amortiguará los efectos negativos de la preocupación por la corrupción. Finalmente, las variables socioestructurales, determinantes tradicionales del apoyo a la democracia, son propuestas como antecedentes de la información política, así como el uso de los medios informativos y la conversación sobre la política.

4. MÉTODOS 4.1. La muestra
Los datos para desarrollar el modelo completo forman parte del Estudio sobre valores y comportamientos democráticos (EVCD),1 realizado en abril y mayo de 1999. Posteriormente, se replica parcialmente este modelo para una encuesta similar en 2004. En el momento de la primera encuesta, la Corte Nacional Electoral plantea el EVCD para que provea la información básica y se constituya en una línea de base para el diseño de una campaña de educación cívica y ciudadana que apunte a fortalecer las prácticas democráticas de la población boliviana.

1

Informe final de la empresa Encuestas & Estudios presentado a la CNE en 1999.

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Encuestas & Estudios, afiliada entonces con el Latinobarómetro, dirigió el estudio. La muestra representativa y nacional con entrevistas personales a 3.024 encuestados se levantó por estratificación polietápica. Las poblaciones con menos de 250 habitantes no fueron incluidas. Dentro de la unidad primaria de muestreo se seleccionaron los hogares aleatoriamente y al encuestado por fecha de nacimiento. Si el encuestado no se encontraba disponible, se intentó contactarlo dos veces más antes de seleccionar otro domicilio. Como es práctica común en América Latina, se establecieron cuotas de género y de edad.

4.2. Medidas
Apoyo a la democracia. El apoyo a la democracia está operativizado como un conjunto de preguntas de apoyo normativo a cuatro instituciones importantes: los partidos políticos, el Parlamento, la Corte Suprema y la Corte Nacional Electoral. El EVCD incluye la pregunta sobre cuán grave sería el problema para la democracia si estas instituciones fuesen eliminadas. Las alternativas de respuesta son: “grave”, “no muy grave” y “nada grave”. Estas cuatro preguntas agregadas miden el compromiso normativo en una escala que va desde 4=apoyo bajo hasta 12=apoyo alto (alfa de Cronbach=.72). Estas preguntas cargan a un solo componente, lo que explica 55% de la varianza. En línea con la conceptualización del compromiso normativo como una actitud favorable a la democracia, como un arreglo estructural, no están incluidas otras instituciones no gubernamentales como la Iglesia Católica. El Poder Ejecutivo también se encuentra excluido debido a la fuerza histórica del presidencialismo y las tendencias regionales que permiten conductas autoritarias en los presidentes electos. La medida alternativa aquí propuesta capta el apoyo a las instituciones democráticas claves que en los países vecinos no han resistido los cambios autoritarios. Información política. El EVCD incluye grupos de preguntas respecto a dos tipos de información política. Catorce preguntas se refieren a las funciones de los tres poderes del Estado (“estructuras y procesos”); otras seis preguntas piden al encuestado recordar nombres de los personajes políticos importantes. Las 20 preguntas están agregadas en una escala combinada de información política (alfa de Cronbach=.66) que
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empíricamente oscila de 0 a 19. La media de la escala es de 7,2 con una desviación estándar de 3,4. La inspección de los patrones de carga rinde cinco componentes que explican el 44% de la varianza. Las seis preguntas de identificación cargan al primer componente, mientras que las preguntas sobre estructuras y procesos cargan a los otros cuatro componentes, divididos principalmente por poder del Estado. La correlación ítem-total para las preguntas de la identificación es de .33 y para las preguntas de estructuras y procesos .21. Preocupación por la corrupción. El EVCD pide a los encuestados seleccionar los tres “problemas más serios”, incluida la corrupción, entre 13 alternativas de respuesta y ordenarlos por rango de importancia. La compañía encuestadora codifica esta pregunta por separado en tres rangos. Para fines analíticos, estas preguntas están agregadas en un índice con valores más altos, respectivamente, si se menciona la corrupción como el primero, segundo y tercer problema más importante, todas las otras alternativas de respuesta están excluidas. El 60% de los encuestados expresa algún nivel de preocupación por la corrupción como un problema serio. Confianza en el gobierno. El EVCD incluye un grupo de preguntas con respecto a la confianza en las instituciones gubernamentales y otras instituciones. Se pide a los encuestados que evalúen estas instituciones en una escala de siete puntos. Las respuestas a las cinco preguntas incluidas sobre temas gubernamentales están agregadas en una escala que mide la confianza en el gobierno (alfa de Cronbach=.84). Las instituciones incluidas son el Parlamento, los partidos políticos, los gobiernos municipales, las prefecturas y las cortes de justicia. Estas cinco preguntas cargan a un componente que explica el 61% de la varianza. Uso de medios informativos. El EVCD incluye una pregunta sobre la frecuencia de exposición a las noticias en los medios de comunicación que puede usarse debido a que un filtro precedente (interés por seguir las noticias políticas) automáticamente reduce el tamaño de la muestra a la mitad. Por ello, se recurre a una medida más simple: la combinación de la pregunta filtro y una pregunta anterior, que separa a los encuestados de acuerdo a la preferencia por las noticias políticas u otros tipos de noticias. La nueva variable, dispuesta como una variable “dummy” referente al interés en el

El efecto de la información política

seguimiento de las noticias políticas, divide la muestra por la mitad. Conversación sobre política. Se pregunta a los encuestados si hablan sobre política con otras personas: el 41% habla sobre política con otros, el 59% no. Esta pregunta única también se fija como variable “dummy”. Apoyo a la coalición de gobierno. Podría argüirse que las expresiones de apoyo a la democracia y de confianza en el gobierno en realidad miden el apoyo a la coalición multipartidaria en el poder. Esta posibilidad se controla usando una sola pregunta en el EVCD, que requiere que los encuestados especifiquen por cuál partido político votaron en las elecciones generales de 1997. Según datos oficiales de la Corte Nacional Electoral de los resultados de las elecciones, la coalición gobernante compuesta por los cuatro principales partidos da cuenta del 71% de los votos. En contraste, tan sólo el 35% de los encuestados por el EVCD reportan haber votado por la coalición gobernante. Por otro lado, los encuestados también informan haber votado por los partidos de oposición en una proporción más baja que la registrada por los datos oficiales. A pesar de estas diferencias, que podrían ser atribuidas a la renuencia del encuestado a informar sobre su voto, sus cambios de lealtad o ambos, esta medida queda como un control potencialmente útil. Variables socio-estructurales. Se mide la educación a nivel ordinal en nueve categorías. El estándar de vida es una medida sustituta del nivel socio-económico ampliamente usada a lo largo de América Latina (Booth y Richard, 1996). Es un índice de una lista variada de posesiones que el encuestado reporta, desde reproductores de video a automóviles. La compañía encuestadora definió el grado de urbanización, basado en el tamaño de la población, en tres categorías: área urbana grande, área urbana intermedia y área rural.

variable compuesta por ítems múltiples se agrega en una escala para verificar la fiabilidad y dimensionalidad.

5. RESULTADOS
La operativización del apoyo a la democracia en términos de preguntas sobre el compromiso normativo rinde resultados sustancialmente diferentes a los de un análisis preliminar de la escala de apoyo afectivo. En relación con la consistencia interna, la escala de apoyo normativo excedió de lejos a la escala de apoyo afectivo que replica “el índice de percepciones democráticas” de Lagos (1997). Este índice mide el apoyo afectivo a la democracia con base en tres preguntas: la preferencia por la democracia (comparada a formas autoritarias de gobierno y a la indiferencia); la satisfacción con el funcionamiento de la democracia; y la voluntad de defender la democracia en caso de que se viese amenazada. Para los 17 países incluidos en el Latinobarómetro, Lagos promedia los porcentajes que dieron una respuesta pro democrática a estas tres preguntas e interpreta este índice como apoyo a la democracia. El EVCD incluye estas tres preguntas, pero como se mencionó anteriormente, el análisis de fiabilidad de la medida de escala combinada rinde una estimación muy baja (alfa de Cronbach=.33). Esta escala de tres ítems es mejorada al agregársele tres más: la percepción de una mayor libertad en la democracia y dos ítems basados en preguntas abiertas referidas a las conceptualizaciones de la democracia. Esta medida de escala tiene una fiabilidad más alta (alfa de Cronbach=.49) y carga a un componente que da cuenta del 29% de la varianza. Existe una correlación pequeña pero significativa (r de Pearson=.04, p < .05) entre esta escala de apoyo afectivo compuesta por seis ítems y la escala del compromiso normativo. Las dos escalas también difieren bastante en lo sustancial. En la escala de compromiso normativo, sólo el 22% de los encuestados considera la desaparición de cualquiera de las cuatro instituciones (el Parlamento, la Corte Suprema, la Corte Electoral y los partidos políticos) como un problema grave para la democracia. En comparación, la distribución de los tres ítems originales de apoyo afectivo es la siguiente: el 70% de los encuestados prefiere la democracia como la mejor forma de gobierno; el 48% se encuentra satisfecho con
207

4.3. Análisis
La linealidad de las relaciones entre variables de las hipótesis principales esbozadas anteriormente queda establecida usando la comparación de medias. Pese a que algunas desviaciones de linealidad son significativas, las diferencias entre el coeficiente de correlación y eta son muy pequeñas. Por consiguiente, se utiliza el análisis de regresión lineal que en todos los casos. Antes de verificar las asociaciones, cada

Corte Nacional Electoral

Interacción información preocupación por la corrupción

*p < .05. * *p < .01. * * *p < .001. Fuente: Base de datos, Estudio sobre valores y comportamientos democráticos, La Paz, CNE, 1999. Elaboración propia.

ella; y el 82% expresa la voluntad de defenderla. Es decir, el apoyo afectivo a la democracia excede por mucho el compromiso normativo con las instituciones claves. Adicionalmente, el desempeño de las escalas en los análisis de regresión varía considerablemente. Las variables independientes aquí propuestas como determinantes para el apoyo normativo no funcionan como tales en el caso de la escala de apoyo afectivo
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(compuesta por seis preguntas); solamente el efecto de la confianza, el grado de urbanización e información política son estadísticamente significativos, en ese orden. En resumen, la operativización del apoyo a la democracia en términos de compromiso normativo a las instituciones claves rinde resultados con mayor consistencia interna que claramente resaltan las limitaciones de un compromiso masivo y se asocian más lógicamente con otras variables, como se verá después.

El efecto de la información política

El Cuadro 1 presenta los resultados bivariados y multivariados del modelo aquí propuesto. En los análisis bivariados realizados, sólo dos de las once variables no guardan una asociación estadísticamente significativa con el compromiso normativo. La fuerza de las asociaciones bivariadas es casi uniformemente mayor para las variables que miden las actitudes y conductas políticas, que para las variables socio-estructurales. Esto constituye una justificación preliminar para el modelo en el que la educación, el sexo, el estándar de vida, la edad y el grado de urbanización no aparecen como determinantes particularmente fuertes del apoyo a la democracia. Es más, la segunda columna muestra claramente también cómo las variables socio-estructurales desaparecen del análisis multivariado. El efecto significativo de la educación, el sexo y el estándar de vida visto en los análisis bivariados desaparece una vez que se controla estadísticamente la información política. Se esperaba que la información política fuera uno de los determinantes más fuertes del apoyo normativo a la democracia en el modelo multivariado. Esta expectativa fue justificada, como puede verse en el Cuadro 1. La fuerza de la información política, ya evidente en los resultados del análisis bivariado, se mantiene en el análisis multivariado. En el modelo condensado, el coeficiente estandarizado de regresión para la información política es .246, que incluso excede el de confianza en el gobierno (.224), una variable usada a menudo como un indicador del apoyo para el mismo sistema político. Como se postuló, el efecto de la conversación sobre política también decae una vez que se controla estadísticamente la información política. De manera interesante, el efecto del seguimiento de las noticias políticas no desaparece en el modelo multivariado. Es decir, estar al corriente de las noticias políticas tiene un efecto positivo directo sobre el compromiso democrático que no se media a través de la información política, una asociación que no se había previsto. Esto podría interpretarse como un sustento para la teoría del “atajo cognitivo”: la exposición a la política a través de los medios de comunicación aumenta el apoyo normativo a la democracia sin aumentar necesariamente la acumulación de la información política. El signo de la relación entre la preocupación por la corrupción y el compromiso normativo es contrario a lo

previsto. Se suponía que la preocupación por la corrupción disminuiría el apoyo a la democracia, pero no es el caso. Mientras más preocupada está la persona por la corrupción, mayor será su compromiso normativo. El coeficiente de interacción entre la información política y la preocupación por la corrupción fue significativo. Es decir, el impacto de la preocupación por la corrupción sobre el compromiso normativo varía de acuerdo al nivel de la información política que se tiene. El signo del coeficiente de interacción, sin embargo, también es contrario a lo esperado. Para ilustrar esta asociación, se resuelve la ecuación de regresión variando solamente el valor de la información política y la preocupación por la corrupción, manteniendo las otras variables constantes en la media. El Gráfico 1 traza las diferentes líneas de regresión para los niveles alto, medio y bajo de la información política.

GRÁFICO 1: Impacto estimado de la preocupación por la corrupción sobre el apoyo normativo a la democracia por nivel de la información política (1999)
12

Alto
11

Apoyo democrático

10

Medio
9 8 7 6 0 1 2 3

Bajo

Preocupación por la corrupción
Nota: Aunque la escala de apoyo a la democracia tiene un rango empírico de 4 a 12, para los propósitos del Gráfico el rango se estrecha de 6–12, lo que captura el 92% de la muestra. Fuente: Base datos, Estudio sobre valores y comportamientos democráticos, La Paz, CNE, 1999 Elaboración propia.

Se esperaba que la información política amortiguara el efecto negativo de la preocupación por la corrupción sobre el apoyo a la democracia. Dada la asociación positiva entre la preocupación por la corrupción y el compromiso normativo, esta expectativa tenía que ser modificada. Por tanto, el efecto interactivo negativo traza un cuadro sumamente diferente del impacto diferencial previsto.
209

Corte Nacional Electoral

Entre los que están mejor informados sobre la política, la preocupación elevada por la corrupción conlleva una reducción en el compromiso normativo. Una persona altamente informada sobre la política y que está muy preocupada por la corrupción anotaría .6 puntos menos en la escala de apoyo a la democracia que una persona con el mismo grado de información que no está preocupada por la corrupción. Entre los que tienen menor información, el efecto es el opuesto. Una persona muy preocupada con 0 en la escala de información política, anotaría .7 puntos más que una persona igualmente desinformada pero indiferente a la corrupción. Entonces, lejos de amortiguar los efectos corrosivos de la preocupación por la corrupción sobre la legitimidad democrática, un nivel alto de la información política en realidad logra lo contrario. Por muy sorprendente que resulte este efecto interactivo no debe tomar precedencia sobre el modelo general. Incluso considerando el efecto diferencial causado por la preocupación por la corrupción, los más informados reportan un mayor compromiso normativo. Entre los entrevistados muy preocupados por la corrupción, los más informados se ubican dos puntos más arriba en la escala de apoyo normativo que los desinformados, las líneas de regresión en el Gráfico 1 no llegan a intersectar. Debe señalarse también que los modelos de apoyo a la democracia en general no resultan en estimaciones altas de R2. El estudio de Booth y Richard (1996) sobre el apoyo a las normas democráticas combina seis muestras urbanas de Centroamérica e incluye las medidas sistémicas de estabilidad del régimen y de desarrollo económico, resultando en un R2 de .202. Usando los datos del World Values Survey de 1990-1993 efectuado en 25 democracias, el modelo de confianza en las instituciones democráticas de Norris (1999a) resulta en un R2 de .09. Igualmente, el modelo de apoyo a los principios democráticos de Norris (2000), basado en el European Election Study de 1998, tiene un R2 estimado de .08. El modelo de Rose, Shin y Munro (1999) incluye

28 variables políticas, sociales y económicas que explican el 13,8% de la varianza total en el apoyo a los ideales democráticos en Corea del Sur. Entonces, relativamente, el porcentaje de la varianza considerado por el modelo aquí propuesto (.116) es bastante decente, particularmente si se considera que está basado en una muestra nacional y de tal forma no puede incluir ninguna medida sistémica. El análisis de la regresión lineal por etapas (stepwise) muestra que la fortaleza del modelo se encuentra en las dos variables independientes más importantes: la información política y la confianza en el gobierno.* ¿Qué hace, entonces, a la información política? Como se esperaba, los determinantes de la información política incluyen variables socio-estructurales, el uso de los medios informativos y la conversación sobre política. El Cuadro 2 resume los resultados.

Fuente: Base datos, Estudio sobre valores y comportamientos democráticos, La Paz, CNE, 1999 Elaboración propia.

* Adicionalmente, se exploró el papel de otras variables en la predicción del compromiso democrático. Estas son ideología (izquierdaderecha) y eficacia del sistema. El EVCD pide a los encuestados ubicar su posición en una escala de izquierda-derecha de 10 puntos. También incluye un grupo de cuatro preguntas sobre eficacia del sistema político. Sin embargo, los efectos de ambos, ideología y eficacia del sistema, fueron mínimos y tampoco contribuyen en mucho al porcentaje de varianza explicado. La inclusión de eficacia del sistema en el análisis multivariado reduce la magnitud del efecto de la confianza en el gobierno, pero la diferencia entre conceptos resulta difícil de sustentar (Citrin y Muste, 1999; Reefe y Knoke, 1999). La ideología, por otra parte, reduce sustancialmente el tamaño de la muestra al no haber una alternativa lógica de clasificación de aquellos que optan por no ubicarse en la escala de izquierda-derecha. Por motivos de parsimonia, se mantuvo intacto el modelo original.

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El efecto de la información política

La educación es, de lejos, la variable independiente más importante, seguida a distancia por el sexo y el estándar de vida. El efecto de estas tres variables socioestructurales sobre el compromiso normativo, se debe recordar, es estadísticamente significativo en el análisis bivariado, pero desaparece una vez que se controla estadísticamente la información política. De esta manera, la hipótesis relacionada con el papel de la información política como una variable intermedia se ve sustentada. El Cuadro 3 muestra una asociación positiva entre la información política y la preocupación por la corrupción, de modo que el ciudadano más informado también es el más preocupado. Adicionalmente, se propuso que la cobertura informativa de los escándalos de corrupción política podría producir “atajos cognitivos”, lo que aumentaría la preocupación por la corrupción sin necesariamente incrementar la información política. Esta hipótesis no fue apoyada.

Aunque en un análisis bivariado el seguimiento de las noticias políticas tenía un efecto estadísticamente significativo sobre la preocupación por la corrupción, esta variable desapareció en el análisis multivariado. Es decir, el efecto del uso de los medios informativos sobre la preocupación por la corrupción se da a través de su asociación con la información política. La segunda variable independiente más importante para predecir el apoyo a la democracia es la confianza en el gobierno. Dado que esa confianza institucional se ha conceptualizado como una medida de apoyo al sistema político en sí (Norris, 2000), resulta importante aclarar que éstos son conceptos diferentes. Aunque la confianza en el gobierno guarda una asociación positiva con la medida alternativa del compromiso normativo aquí propuesto, son, de acuerdo a Klingeman (1999), tipos de apoyo conceptualmente distintos, cuyo objeto es, además, distinto. Su asociación con otras variables es, consecuentemente, también diferente como se puede

Fuente: Base datos, Estudio sobre valores y comportamientos democráticos, La Paz, CNE, 1999 Elaboración propia.

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Corte Nacional Electoral

Fuente: Base datos, Estudio sobre valores y comportamientos democráticos, La Paz, CNE, 1999 Elaboración propia.

apreciar al comparar los Cuadros 1 y 4. Las dos variables independientes más importantes para predecir la confianza en el gobierno son socio-estructurales: el grado de urbanización y la educación. Los encuestados más confiados tienden a vivir en áreas menos urbanizadas, ser menos educados, más jóvenes, menos conocedores de política y varones. Mientras el grado de urbanización y de educación guarda una asociación positiva con el compromiso normativo, su efecto sobre la confianza en el gobierno es contrario. De igual forma, para la variable de información política, los mejor informados son menos confiados. También resulta notable el hecho de que las variables socio-estructurales, el seguimiento de noticias
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políticas y la conversación sobre política no desaparecen cuando se controla estadísticamente la información política. Como se esperaba, el apoyo a la coalición multipartidaria en el poder tiene un efecto positivo sobre la confianza en el gobierno. Es decir, los encuestados que dicen haber votado por cualquiera de los partidos de la coalición gobernante muestran una tendencia a ser más confiados. Sin embargo, vale la pena reiterar que el apoyo a la coalición no es la variable más importante para predecir la confianza en el gobierno. En en el Cuadro 1 se ve que esta asociación también explica por qué el efecto de apoyo

El efecto de la información política

a la coalición sobre el compromiso normativo desaparece una vez que se controla estadísticamente la variable de confianza. Este patrón de asociaciones y la debilidad relativa del apoyo a la coalición como variable predictiva tanto de confianza en el gobierno como de compromiso normativo contradicen rotundamente el argumento de que las expresiones de

confianza o apoyo al sistema en realidad miden únicamente el apoyo a los partidos gobernantes. Como se esperaba en el análisis bivariado, la preocupación por la corrupción tiene un efecto negativo sobre la confianza en el gobierno. Este efecto, sin embargo, no resulta estadísticamente significativo en el modelo multivariado.

Fuente: Base datos, Estudio sobre valores y comportamientos democráticos, La Paz, CNE, 1999 Elaboración propia.

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Hasta acá, se ha establecido que la información política es la variable independiente más importante para predecir el apoyo normativo a la democracia. ¿Qué impulsa esta relación? Este problema es abordado por la pregunta de investigación relativa a la posibilidad de que existiesen efectos de dominio específico de la información política sobre el compromiso normativo. Se predijo que si se encontraran efectos de dominio específicos, el conocimiento de las estructuras y los procesos como indicativo de una información política más pertinente y profundizada tendría un impacto más fuerte sobre el apoyo a la democracia. Como se ilustra en el Cuadro 5, esta expectativa se encuentra ampliamente justificada. La primera columna, del Modelo 1, presenta los resultados ya vistos en el Cuadro 1 de la escala de información combinada, para su comparación con el desempeño de la información sobre las estructuras y los procesos (Modelo 2) y de la información sobre los actores políticos (Modelo 3). Entonces, el Modelo 2 mide la información política únicamente en términos de las estructuras y los procesos, producto de un grupo de 14 preguntas de selección múltiple. En el análisis multivariado, el coeficiente estandarizado de regresión de la información política es .274 y está encima del valor de .241 del coeficiente en el Modelo 1. Por contraste, la información sobre los actores políticos medida por el Modelo 3 tiene un coeficiente estandarizado de regresión de .006. El Modelo 2 también explica el mayor porcentaje de la varianza, con un R2 estimado de .134. Fuera del incremento en el poder predictivo de la información política cuando es medida en términos de información sobre las estructuras y los procesos, el patrón de asociaciones es el mismo en los Modelos 1 y 2. Por contraste, en el Modelo 3 la confianza en el gobierno se convierte en la variable más determinante para el compromiso normativo, ciertas variables socioestructurales resurgen (educación, sexo y estándar de vida) y el coeficiente de interacción “información X preocupación por la corrupción” se torna aun más débil e insignificante. Con relación a la consistencia interna, la fiabilidad de las tres escalas de información también varía en una dirección previsible. Mondak (1999), en su revisión de medidas de información política, propone que se debe preferir las preguntas de selección múltiple por encima
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de las preguntas abiertas, porque estas últimas sistemáticamente desalientan a los entrevistados parcialmente informados, lo que contamina la medida. Las preguntas de selección múltiple, según arguye Mondak, minimizan esta posibilidad, pero producen escalas con estimaciones de fiabilidad más bajas. Siguiendo el argumento de Mondak, la escala de información sobre los actores tuvo una fiabilidad más alta (alfa de Cronbach=.686) que la escala combinada (alfa de Cronbach=.665) y que la escala sobre las estructuras y los procesos (alfa de Cronbach=.549). El poder de proyección más elevado de la información sobre las estructuras y los procesos, comparado al de la información sobre los actores no es, entonces, una función de una medida más fiable –lo que tendería a aumentar la correlación–, sino que se da a pesar de la fiabilidad más pobre de la escala sobre las estructuras y los procesos.

6. DISCUSIÓN
En resumen, el análisis anterior encuentra que la operativización de apoyo a la democracia en términos de las preguntas sobre compromiso normativo traza una imagen distinta del apoyo popular a un gobierno democrático. En relación con la asociación entre el apoyo a la democracia y las variables independientes propuestas, el Gráfico 2 resume los resultados principales. Se ven justificadas las expectativas respecto al papel de la información política en la predicción del compromiso democrático normativo y como mediador del efecto de las variables socio-estructurales. Contrariamente a lo que se esperaba, la información política no medió totalmente el efecto de la exposición a los medios de comunicación sobre el apoyo a la democracia. La confianza en el gobierno también guarda una relación positiva con el apoyo a la democracia. De igual importancia, los resultados de los análisis multivariados justificaron la hipótesis de que el apoyo a la democracia, la confianza en el gobierno y el apoyo a la coalición gobernante resultarían ser conceptualizaciones que miden actitudes políticas diferentes. De particular interés resultan los hallazgos que invirtieron el conjunto de las relaciones postuladas con respecto al efecto de preocupación por la corrupción. Ésta, contrariamente a las expectativas, se asocia

El efecto de la información política

GRÁFICO 2: Modelo de apoyo a la democracia
Variables socioestructurales Información política

Preocupación por la corrupción Conversación sobre política Confianza en el gobierno Compromiso democrático normativo

Seguimiento de noticias políticas

Apoyo a la coalición

Elaboración propia.

positivamente con el apoyo a la democracia. Igualmente, el signo de la interacción “información X preocupación por la corrupción” resultó ser negativo. Todas estas asociaciones se desarrollan ampliamente más adelante.

6.1. Los límites de la investigación
Sin embargo, antes de continuar desarrollando las implicaciones de los hallazgos delineados anteriormente, resulta importante considerar las limitaciones potenciales. Dos problemas son particularmente notables: la dirección de causalidad y la posible confluencia de la variable independiente principal y la variable dependiente. Dado que los datos para este estudio son transeccionales, la posibilidad de que el efecto información-apoyo se dirija en la dirección contraria no puede ser descartada. Resulta concebible que los individuos más comprometidos con la democracia como un arreglo estructural busquen más información sobre su funcionamiento. El hecho de que la educación sea la variable independiente más importante para predecir tanto la escala de la información combinada como la de estructuras y procesos podría justificar parcialmente el presupuesto de causalidad de este estudio, aunque el tema permanece claramente debatible. También podría discutirse que la asociación entre la información política y el apoyo normativo a la democracia es un poco tautológica ya que únicamente los entrevistados con mayor información podrían contestar con algo de coherencia las preguntas

relativas al compromiso normativo con las instituciones democráticas claves. Este es un tema que preocupó a la investigadora desde un principio: ¿hasta qué punto las preguntas sobre el apoyo miden una actitud a diferencia de la información sobre las formas democráticas? ¿Tener conocimiento de estas instituciones lleva necesariamente a apoyarlas? Hay dos justificaciones principales para el presupuesto de que la información política y el apoyo normativo a la democracia son estructuras distintas. Al proponer el modelo, antes de efectuar cualquiera de los análisis, se consideraba que la evaluación que los entrevistados efectuarían de los sucesos políticos regionales y del desempeño institucional a nivel nacional produciría una tendencia a enmarcar las preguntas sobre el compromiso normativo en términos de actitudes de apoyo o rechazo. Por ejemplo, resultaba posible que incluso los encuestados con mayor información podrían considerar finalmente que la democracia no sufriría por la pérdida de los partidos políticos. En retrospectiva, esta expectativa resulta justificada ya que la asociación entre las variables, aunque considerable, no es de la magnitud que despierta sospechas; es más, el efecto significativo del término de interacción “información X preocupación por la corrupción” sugiere un posible factor que podría disminuir el compromiso normativo de los ciudadanos mejor informados. No obstante, permanece la posibilidad de que exista un poco de redundancia conceptual.
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Corte Nacional Electoral

A pesar de estas limitaciones, esta investigación claramente demuestra la importancia de incluir información política en los estudios de apoyo a la democracia y, quizás, de una manera más general, de la cultura política en las democracias jóvenes.

6.2. Apoyo afectivo vs. apoyo normativo
La medida alternativa de apoyo a la democracia aquí propuesta proporciona la concreción necesaria para los análisis de opinión pública en democracias jóvenes, donde las medidas tradicionalmente usadas parecen estar captando únicamente las expresiones afectivas de apoyo a la democracia en abstracto. A medida que el período inmediato a la transición de gobierno retrocede al pasado, el contexto social y la percepción de las alternativas posibles cambian el entorno en que se aplican las encuestas sobre democratización. A nivel regional, la estabilidad institucional del sistema político democrático se ve en peligro. En este contexto, la sustitución de medidas de apoyo afectivo por preguntas que miden el apoyo normativo a las instituciones democráticas claves parece un paso lógico y necesario. Los análisis confirman esta expectativa puesto que la sustitución demuestra ser justificable tanto sustantiva como metodológicamente.

6.3. Información política y apoyo a la democracia
La variable de información política ha sido largamente ignorada en la literatura de la democratización como un componente de la cultura política. Este estudio confirma los hallazgos pioneros de Booth y Richard (1996) sobre su importancia como una variable independiente para predecir el apoyo a la democracia. Puede inferirse que en una democracia joven como Bolivia los niveles bajos de información política tienen una importancia mayor para la supervivencia del sistema político a través de la consolidación de una cultura política democrática, en contraste con el caso de las democracias establecidas. Entonces, el debate académico actual en los Estados Unidos acerca del valor de una ciudadanía informada para la democracia se enriquecería con la incorporación de variación con muestras de países en distintas fases de consolidación democrática.
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Desde una perspectiva más amplia, parecería que la información política funciona de manera similar en sociedades con diferentes niveles de desarrollo político. Su asociación con la tolerancia política, la participación y otras dimensiones positivamente valoradas de la cultura política en las democracias establecidas puede asemejarse a su relación con el apoyo a la democracia en las sociedades de reciente democratización. Además, con relación a la asociación entre medidas de información política y de uso de los medios informativos, los hallazgos aquí expuestos confirman los de las investigaciones anteriores. Comparando los resultados del presente modelo con uno en el que se prueba la atención a los medios informativos como determinante del apoyo a la democracia (Norris, 2000), se confirma lo constatado por Price y Zaller (1993) sobre el mayor poder predictivo de las medidas de información política. Hay una variación, sin embargo, y ésta es el efecto duradero del seguimiento de las noticias políticas. La hipótesis planteada originalmente postula que el seguimiento de las noticias políticas afectaría el apoyo a la democracia a través de la información política; no obstante, pese a que en el modelo condensado la magnitud del efecto se ve considerablemente reducida, no desaparece por completo. Esto puede traducirse como apoyo a la teoría del “atajo cognitivo” que postula que la exposición a las noticias políticas produce una actitud de apoyo al sistema político, sin importar si la información específica es retenida o no. La medida usada aquí para detectar la atención prestada a los medios de comunicación es, sin embargo, sumamente simple. El diseño del cuestionario hizo imposible explorar las posibles diferencias por la frecuencia de exposición y por el tipo de medio de comunicación. Estas dimensiones de análisis ameritan una investigación posterior. En contraste, se confirma la expectativa de que la información política mediaría completamente los efectos de las variables socio-estructurales sobre el apoyo a la democracia. Los presupuestos de la teoría de la modernización, que aparentemente subyacen las expectativas tradicionales en cuanto al efecto de las variables socio-estructurales sobre el apoyo a la democracia, pueden ser reemplazadas de manera efectiva por la utilización de la información política como una variable independiente más precisa. No

El efecto de la información política

obstante, resulta interesante notar que en el estudio de Booth y Richard (1996), la educación y el estándar de vida no desaparecen en el análisis multivariado. Esto podría tener que ver con la operativización distinta que hacen los autores de apoyo a las normas democráticas, medida en términos de apoyo a los derechos de participación política. También es posible que los efectos duraderos de estas variables socioestructurales se deban a la debilidad de la escala de la información política de tres preguntas que Booth y Richard (1996) usaron. El papel de la información política como determinante del apoyo a la democracia y mediadora del efecto de variables socio-estructurales también podría desalentar el optimismo respecto una distribución igualitaria de las actitudes pro democráticas. El análisis de Rose, Shin y Munro (1999) del New Korea Barometer encuentra que, contrariamente a sus expectativas, la educación y la edad no tienen una asociación significativa con el apoyo a la democracia en un análisis multivariado. Ellos sugieren que esto “demuestra que el apoyo a los ideales democráticos no está limitado a una élite educada o a estudiantes a la vanguardia de demostraciones prodemocráticas” (Rose, Shin y Munro, 1999: 157). Sólo la inclusión futura de información política en los análisis de apoyo a la democracia en las sociedades de postransición revelará consistentes diferencias o similitudes en distintas regiones y en distintas conceptualizaciones. Finalmente, se encuentra que el impacto de la información política sobre el apoyo a la democracia está dirigido principalmente a la información sobre las estructuras y los procesos. Ésta convierte a la información política en la variable independiente más importante para predecir el apoyo normativo a la democracia y le permite mediar el efecto de los factores socio-estructurales. Desde una perspectiva teórica, el hecho de que la información proveniente “de libros de texto” demuestre ser tan determinante reafirma la importancia de la verificación de la unidimensionalidad de las medidas de información política y la necesidad de someter a prueba la posibilidad de efectos de dominio específico. Estos hallazgos sobre el papel de la información en una democracia joven también tienen implicaciones prácticas importantes. Becker urge a los estudiosos

de la democratización a “no sólo entender los orígenes y naturaleza de las nuevas democracias en la región, sino también determinar maneras en las que éstas puedan ser fortalecidas y profundizadas” (1999: 138). La fuerte asociación entre la información política y el apoyo a la democracia podría proporcionar las pautas para el diseño de campaña de los programas de consolidación en marcha actualmente en muchas naciones. Sin embargo, identificar la información política como la clave –una que sea susceptible a las intervenciones– también podría resultar problemático. Las investigaciones sobre las brechas de información en democracias establecidas han encontrado que éstas son muy resistentes a las intervenciones y a los cambios sociales a largo plazo. En los Estados Unidos, la estratificación de la información por edad, nivel socioeconómico, educación, género y etnicidad no ha disminuido en las últimas décadas (Converse, 1962; Delli Carpini y Keeter, 1996) y el diseño de los programas tendría que tomar esto en cuenta. Una perspectiva prometedora concerniente a esto ha sido desarrollada últimamente en el área de la socialización política. McDevitt (1999) y Chaffee, Morduchowicz y Galperin (1997) encontraron importantes efectos de las intervenciones dirigidas a poblaciones escolares. Las brechas de información política entre estudiantes de distintos niveles socioeconómicos se vieron reducidas por una intervención que utilizaba periódicos en el aula, particularmente en períodos preelectorales. Por otra parte, el incremento de los niveles de información política no se limitó a los estudiantes, sino que hubo un impacto inesperado en los padres que desafiados por el conocimiento de los hijos se vieron empujados a buscar mayor información para así poder restaurar el equilibrio de poder en el hogar. Es importante señalar que esta fue una de las pocas intervenciones que generó los efectos duraderos de la socialización política entre los adultos.

6.4. Confianza en el gobierno, una conceptualización diferente
Como se esperaba, la confianza en el gobierno guarda una relación positiva con el apoyo a la democracia. Éste es otro resultado que contrasta con los hallazgos en las democracias establecidas, donde
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Corte Nacional Electoral

no se encontró que la confianza en el gobierno afectase la legitimación (Weil, 1989). Los entrevistados más confiados tienden a vivir en las áreas menos urbanizadas, son varones más jóvenes, menos educados y menos políticamente informados. El factor de sexo merece una nota aparte. Como se mencionó anteriormente, los analistas de las democracias jóvenes no han pensado en lo que implica ser mujer en relación con las orientaciones pro democráticas. Las organizaciones de mujeres de base frecuentemente jugaron un papel protagónico en las transiciones a la democracia, pero las actitudes de las mujeres a nivel de la población son menos conocidas. Con relación a esto, el hallazgo de que las mujeres confían menos en el gobierno que los hombres, a pesar de sus niveles más bajos de la información política – lo que tendería a hacerlas más confiadas– parece apuntar a la existencia de una sensación de alienación general respecto al sistema político. El patrón de asociaciones entre la confianza y sus variables antecedentes es bastante diferente al de la información política, un hallazgo que apoya su conceptualización como fenómenos diferentes. Contrariamente a lo que ocurre en el análisis de apoyo a la democracia, en el modelo multivariado el efecto de la mayoría de las variables socio-estructurales sobre confianza en el gobierno es fuerte y estadísticamente significativo. Tanto la confianza en el gobierno como el apoyo a la democracia, además, pueden ser diferenciados del apoyo a la coalición multipartidaria en el poder. Estos hallazgos confirman nuevamente que el apoyo normativo democrático es un tipo distinto de apoyo al sistema. La operativización de apoyo a la democracia gana en importancia teórica, resaltando aún más la necesidad de desenredar éstos y otros conceptos similares como sugieren Finkel et al (1999). De gran interés también es el hallazgo de que la información política está negativamente asociada con la confianza, lo que señala otra diferencia más con los hallazgos de los estudios en las democracias establecidas (Listhaug y Wiberg, 1995; Holmberg, 1999). El que el conocimiento pueda estar negativamente relacionado con la confianza, pero positivamente relacionado con el apoyo a la democracia sugiere que el cinismo que acompaña una mayor información política no compromete ningún apoyo al sistema.
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6.5. Preocupación por la corrupción
Hay que aclarar que el cinismo inducido por la información no compromete ningún apoyo al sistema a menos que se combinen niveles altos de información política con niveles similares de preocupación por la corrupción. La interacción negativa de información X preocupación por la corrupción modifica, en cierto grado, la imagen de que los que tienen mayor información son menos confiados pero están más a favor de la democracia. Contrariamente a las expectativas, la preocupación por la corrupción reduce el compromiso normativo democrático de los más informados. Lejos de amortiguar los efectos corrosivos de esta preocupación sobre el apoyo a la democracia, un nivel alto de información política lo hace más vulnerable. El porqué esto es así sólo puede especularse; la interacción negativa podría atribuirse al efecto corrosivo de toda la información sobre cuán inoperantes son las instituciones democráticas, lo que conduciría al desencanto con la democracia, pese al conocimiento de que ciertas instituciones son necesarias para la existencia de la democracia como tal. No obstante, como se enfatizó anteriormente, de manera general los que tienen mayor información permanecen más comprometidos aun después de considerado el efecto de la interacción negativa. Considerando las asociaciones entre seguimiento de noticias políticas, información política y el coeficiente de interacción, parecería que los temores de los analistas con relación al impacto de la cobertura informativa sobre los escándalos de corrupción en la legitimidad democrática serían injustificados. Aun cuando el efecto del coeficiente de interacción fuese interpretado como el resultado de un tratamiento noticioso generalizado de la política como corrupta, sólo es negativo para los encuestados con mayor información. El signo positivo de la relación entre preocupación por la corrupción y compromiso normativo también contradice las expectativas iniciales. Sólo después de completado el análisis precedente, se encontró un estudio que explora la asociación entre las percepciones con respecto a la corrupción y al apoyo a la democracia. Rose, Shin y Munro (1999) encuentran que, contrariamente a las expectativas racionales, aquellos que evalúan el grado de la corrupción en el gobierno actual como muy alto tienden a estar más a favor de los ideales democráticos. Ellos sugieren que esto indica

El efecto de la información política

que “el idealismo democrático está asociado con altas expectativas de honestidad en el gobierno y una renuencia a tolerar la corrupción como normal” (Rose, Shin y Munro, 1999:156). Ésta es ciertamente una explicación admisible, quizás también aplicable cuando el apoyo a la democracia es, como es el caso que nos interesa, medido en términos de apoyo a las instituciones democráticas claves. Sin embargo, esto hace que la dirección de causalidad sea más ambigua que la propuesta inicialmente. Enfrentados por la dificultad de encontrar explicaciones alternativas lógicas y por la ausencia de otros estudios, el signo positivo de la relación entre preocupación por la corrupción y apoyo a la democracia quizás hace que sea más aconsejable considerarla en términos de una asociación no-causal. En resumen, el reemplazo de una medida de apoyo afectivo por una de compromiso normativo y la inclusión de la información como una variable independiente principal implican una perspectiva más racionalista. En la medida en que el apoyo a la democracia trata también de emociones, recuerdos de un pasado autoritario y pensamientos positivos sobre la libertad, entre otras cosas, esta medida alternativa y sus relaciones con la información política podrían no hacer justicia al proceso de democratización en un sentido más integral. No obstante, en la medida que permite detectar más prontamente los retiros del apoyo popular al sistema político y posiblemente planear maneras de prevenirlos, podría demostrar ser más útil. En lo teórico, podría resultar ser la única asociación que permanece consistentemente fuerte en distintas regiones y con diferentes operativizaciones de apoyo al sistema político democrático. Como consideración final, al momento de argüir a favor de la medición de la consolidación de la legitimidad democrática en términos del apoyo a las formas de gobierno democrático, es de suma importancia considerar el contexto en el cual se está abogando por una lealtad al sistema político, una consideración que ha sido largamente ignorada en estudios comparativos entre países (Klingeman, 1999). En Bolivia, históricamente los propios actores políticos no se han comportado de una manera que aliente el apoyo a la democracia, porque llegaron a la democratización únicamente cuando las rutas alternativas al poder ya no eran una opción (Malloy y

Gamarra, 1988). El desempeño institucional, por otro lado, ha sido descrito por los observadores locales y externos como sumamente pobre y plagado por la corrupción (Grindle, 2000). No obstante, las alternativas como el retorno a la dictadura militar o el cambio a un gobierno democrático de mano dura no aparecen como soluciones. Es más, en América Latina, la pérdida de la identificación partidaria no ha producido una reorganización de los intereses políticos con la cual podrían asegurarse, por otros medios, movilización, representatividad y responsabilidad (Hagopian, 1998). Bolivia se ha embarcado en años recientes en una serie de reformas estructurales dirigidas a mejorar el desempeño institucional y la calidad de la democracia. La información política, al asegurar una base estable de apoyo normativo a la democracia, podría ser la clave para otorgarle a la democracia boliviana el espacio necesario para lograr las metas de reforma.

7. INFORMACIÓN POLÍTICA Y APOYO A LA DEMOCRACIA EN 2004
El modelo precedente se basa exclusivamente en datos provenientes de la encuesta de 1999. Los sucesos políticos acaecidos en Bolivia y en la región en entre entonces y 2004 introducen importantes cambios en el contexto que deben ser rastreados en la opinión pública. A mediados de 2004, The Economist publicó un resumen de los cambios en el apoyo a la democracia registrados por el Latinobarómetro en las últimas dos décadas. Sólo al cabo de un período así de largo puede verse que las pequeñas variaciones en los niveles de apoyo a la democracia registradas año a año constituyen tendencias consistentes en declive. La comparación, por tanto, de los datos provenientes de estas dos encuestas resulta muy importante. La encuesta de 2004 no recoge, lamentablemente, todas las preguntas utilizadas para la construcción del modelo propuesto en el presente trabajo. La variable de información política se encuentra replicada, con menos preguntas sobre estructuras y procesos y alguna variación en lo referido a la identificación de los actores políticos. Se incluye también la conversación sobre política, el seguimiento de noticias políticas y la confianza en
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Corte Nacional Electoral

el gobierno. No obstante, la gran ausencia está referida a la variable dependiente, es decir, el apoyo normativo a la democracia. Tampoco se recogen las variables independientes referidas a preocupación por la corrupción y, obviamente, apoyo a la coalición de gobierno. Se hace, por tanto, un análisis general más simple con las variables que sí se replican y otras que podrían dar pistas sobre las ausentes.

CUADRO 6: Variables independientes que predicen la información política 2004
b (Error est.) Constante Educación (0-9) Sexo (1=F, 2=M) Nivel socioeconómico (0-60) Edad (18-92) Grado de urbanización (1-4) Seguimiento de noticias políticas (0-1) Conversación sobre política (0-1) 2 R 2.296*** (.220) .149*** (.011) .292*** (.088) .128 (.102) .0234*** (.003) .000 (.037) .349*** (.097) .584*** (.100) ß

.274 .059 .024 .139 .000

7.1. Antecedentes de información política
Para la encuesta de 2004, la escala de información política está compuesta por trece preguntas y tiene un rango empírico de 0 a 13, con una fiabilidad aceptable (alfa estandarizada de Cronbach=.65). La media de la escala es de 5,7 y la desviación estándar es de 2,5. El concepto de la información política no resulta ser unidimensional, sino que carga en dos componentes que dan cuenta del 44% de la varianza. Todas las preguntas incluidas cargan en el primer componente, mientras que la carga sobre el segundo componente es principalmente de las preguntas referidas a la identificación de los actores políticos. Dado que la composición de la escala de información política para 2004 varía en tipo y número de preguntas incluidas, los resultados no son estrictamente comparables; sin embargo, los hallazgos sobre los antecedentes de información política se replican en gran parte como se puede ver en los Cuadros 2 y 6. En ambos casos, la variable más fuerte es la educación y, para 2004, sólo dos variables dejan de tener un efecto estadísticamente significativo, el nivel socioeconómico y el grado de urbanización que fueron medidos en diferentes rangos que en 1999. La encuesta de 2004 permite ahondar en los orígenes de la información política en relación con su uso de los medios, gracias a tres nuevos ítems: “¿Acostumbra a enterarse las noticias... por la radio? ¿Por la televisión? ¿Por el periódico?” Sin embargo, la inclusión de estas variables en el modelo multivariado no incrementa su poder predictivo; las tres tienen efectos muy pequeños y dos no son estadísticamente significativas. La complejización del modelo, por ende, resulta innecesaria.

.070 .114

.14 (n = 2903)

*p < .05. * *p < .01. * * *p < .001. Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

7.2. Efectos de la información política
No existiendo una formulación de la variable dependiente para 2004, fuera de los antecedentes de
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información política, no se puede someter a prueba las demás hipótesis verificadas para 1999. Por tanto, los siguientes análisis se harán utilizando cruces bivariados de la información política con variables de actitudes y comportamientos políticos relevantes. Para este fin, se recodificó la escala de información política en “alta” y “baja” información, con el 75% de la población clasificada como poseedora de baja información (con siete preguntas correctas o menos) y 24% como altamente informada (con más de ocho preguntas correctas). En ausencia de la variable de apoyo normativo a la democracia, puede explorarse la asociación entre información política y lo que se llamó anteriormente apoyo afectivo. En respuesta a la pregunta sobre la preferencia por la forma de gobierno, si bien la diferencia por el nivel de información es estadísticamente significativa, resulta pequeña. Las personas más informadas reportan una preferencia por la democracia seis puntos porcentuales mayor que las personas menos informadas.

El efecto de la información política

CUADRO 7: Diferencias en el apoyo afectivo por el nivel de información política 2004
¿Con cuál de las siguientes frases está Ud. más de acuerdo? La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario. Es preferible un gobierno autoritario a uno democrático. Total Nivel de información política Bajo 1423 (66%) 425 (20%) Alto 501 (73%) 84 (12%) Total 1924 (67%) 509 (18%)

CUADRO 8: Diferencias en la percepción de cumplimiento de los objetivos democráticos por el nivel de información política 2004
Luego de 22 años de democracia, ¿Ud. diría que la democracia en Bolivia ha cumplido… Nivel de información política Bajo Con la mayor parte de sus objetivos Unos pocos Ninguno 156 (7%) 1543 (74%) 399 (19%) 2098 Alto 61 (9%) 524 (77%) 99 (15%) 684 Total 217 (8%) 2067 (74%) 498 (18%) 2782

322 (15%)

104 (15%)

426 (15%)

Total

2170

689

2859

Nota: Las diferencias son estadísticamente significativas (p<.05). Los porcentajes pueden no sumar a 100 por efecto de redondeo. Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

Nota: Las diferencias son estadísticamente significativas (p<..01). Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

Como se mencionó anteriormente, otra pregunta con la que se suele medir el apoyo al sistema político es la satisfacción con la democracia. Sin embargo, en respuesta a la pregunta “¿Está Ud. satisfecho con la democracia en Bolivia?” las diferencias entre los más y los menos informados no son estadísticamente de significación. Se puede afinar este contraste utilizando tres preguntas nuevas de percepción en la encuesta de 2004. La primera está planteada como sigue: “¿Luego de 22 años de democracia, Ud. diría que la democracia en Bolivia ha cumplido con la mayor parte de sus objetivos, ha cumplido un poco o que no ha cumplido nada?” La segunda trata de la percepción de una mejor proyección a futuro gracias a la democracia; y la tercera, de la necesidad de cambios en la democracia. Según investigaciones en democracias establecidas, los más informados también tienden a reportar mayores niveles de eficacia, tanto personal como del sistema político (Zaller, 1991; Delli Carpini y Keeter, 1996; Price y Zaller, 1993). Esto sugeriría una asociación entre el nivel de la información política y una evaluación más positiva del sistema. Como se puede apreciar en los Cuadros 8 y 9, esta expectativa se ve justificada con diferencias significativas, aunque pequeñas.

Los más informados tienden a ser menos negativos en la percepción del cumplimiento de los objetivos de la democracia boliviana, pero la diferencia es muy pequeña, sólo de cuatro puntos porcentuales (Cuadro 8). A la evaluación actual de la democracia se suma una tendencia positiva concurrente en la percepción de la proyección a futuro, con una diferencia significativa de cinco puntos porcentuales a favor de los más informados (Cuadro 9).

CUADRO 9: Diferencias en la percepción de un mejor futuro gracias a la democracia por el nivel de información política 2004
¿Diría Ud. que con la democracia Bolivia se proyecta a un futuro mejor? Nivel de información política Bajo Sí Total 1544 (70%) 2206 Alto 526 (75%) 698 Total 2070 (71%) 2904

Nota: Las diferencias son estadísticamente significativas (p<..01). Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

Si bien el nivel de información política está asociado a una percepción menos negativa del sistema al presente y a futuro, esto no implica que los más informados
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deseen que el sistema permanezca tal cual. Como se aprecia en el Cuadro 10, este grupo percibe una mayor necesidad de cambios, con una diferencia de seis puntos porcentuales en la percepción de la necesidad de muchos cambios.

CUADRO 10: Diferencias en la percepción de la necesidad de cambios en la democracia por el nivel de información política 2004
¿Ud. diría que la democracia requiere cambios? Muchos Algunos Ningún cambio Total Nivel de información política Bajo 1147 (53%) 907 (42%) 103 (5%) 2157 Alto 408 (59%) 260 (38%) 23 (3%) 691 Total 1555 (55%) 1167 (41%) 126 (4%) 2848

Nota: Las diferencias son estadísticamente significativas (p<.05). Los porcentajes pueden no sumar a 100 por efecto de redondeo. Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

Constituyente con mayor frecuencia; esta comparación presenta la diferencia más grande vista hasta ahora, 22 puntos porcentuales. Si bien esta asociación podría resultar hasta obvia, es importante señalar los mecanismos subyacentes. El que una gran mayoría reporta enterarse de las noticias por algún medio de comunicación (73% por radio, 82% por televisión) y que únicamente el 61% responda afirmativamente la pregunta sugiere que, aun con una amplia y sostenida cobertura de un tema específico, resulta necesaria la estructura cognitiva de la información previa para poder retener lo nuevo. En línea con expectativas teóricas y empíricas, el nivel de información política guarda una relación positiva con la participación en procesos de votación como puede apreciarse en el Cuadro 12. Estas diferencias en el comportamiento político, además, son mayores en promedio que las diferencias antes vistas en las actitudes políticas. A mayor nivel de conocimiento corresponde una mayor participación en las elecciones generales de 2002 (con una diferencia de 12 puntos porcentuales) y en el referéndum del gas de 2004 (con una diferencia de ocho puntos porcentuales).

CUADRO 11: Diferencias en la adquisición de nuevo conocimiento por el nivel de información política 2004
¿Ha oído que en el país se piensa realizar una Asamblea Constituyente el próximo año? Nivel de información política Bajo Sí Total 1230 (56%) 2206 Alto 545 (78%) 698 Total 1775 (61%) 2904

CUADRO 12: Diferencias en la participación por el nivel de información política 2004
Nivel de información política Bajo Votó en las elecciones presidenciales de 2002 1613 (73%) Alto 590 (85%) Total 2203 (76%)

Nota: Las diferencias son estadísticamente significativas (p<..001). Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

Votó en el referéndum del gas de 2004

1601 (73%)

567 (81%)

2168 (75%)

Otra asociación nueva que se puede explorar con los datos de 2004 está referida a la adquisición de nuevos conocimientos. Entendida la información política como el bagaje de conocimiento de la materia retenido en la memoria de largo plazo, la expectativa de su asociación con la adquisición de nuevo conocimiento (Delli Carpini y Keeter, 1996) se ve sustentada por los datos presentados en la siguiente tabla. Los más informados tienden a reportar haber oído de la inminente realización de la Asamblea
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Nota: Las diferencias son estadísticamente significativas (p<..001). Fuente: Base datos, Cultura política y democracia en Bolivia, La Paz, CNE, 2004 Elaboración propia.

A manera de conclusión, a partir de los análisis más simples, los datos de la encuesta de 2004 reiteran los hallazgos previos respecto a las asociaciones de información política con sus variables antecedentes y con algunas variables de actitudes y comportamientos políticos. Las variables en que el nivel de información política suscita mayores diferencias son las de comportamiento (participación electoral) y la

El efecto de la información política

adquisición de nuevo conocimiento. En cuanto a su asociación con las variables de actitudes, las diferencia son pequeñas, pero consistentes. Por tanto, la información política puede ser concebida como clave determinante para la consolidación de una cultura política democrática. Si bien uno quisiera identificar variables con mayor peso predictivo, la revisión del modelo presentado a partir de los datos de 1999 más los cruces bivariados de los datos de 2004 señalan que no hay otros factores políticos correlativos de mayor impacto. En lo que respecta al diseño de las intervenciones, tampoco resulta concebible incidir en otros factores como, por ejemplo, la confianza en las instituciones o la percepción de la corrupción. La información política tiene consecuencias políticas expresadas en las preferencias por políticas públicas y el comportamiento electoral. La percepción de esta relación puede alterar considerablemente la concepción del potencial de la educación cívica. Los estudios estadounidenses clásicos de socialización política realzan una de dos perspectivas, la adquisición temprana de actitudes políticas o la apertura al aprendizaje y al cambio de toda la vida (persistencia vs. revisionismo). Sin embargo, ambas aproximaciones comparten tres premisas: a) la existencia de una currícula aparentemente inmutable de la educación cívica que enfatiza el conocimiento de la Constitución y la mecánica de gobierno; b) la creencia en los flujos verticales y unidireccionales en los patrones de la comunicación y la socialización política al interior de la familia; y c) un presupuesto implícito respecto a la invulnerabilidad de las brechas de la información determinadas por el nivel socio-económico. Intervenciones recientes en la socialización política, citadas anteriormente, alteraron el contenido y el estilo de la educación cívica y encontraron efectos significativos y duraderos sobre el conocimiento y las actitudes. También encontraron efectos secundarios sobre los flujos de la comunicación familiar y el interés por la política en los padres de los estudiantes involucrados. La reproducción de todo sistema político requiere de la inducción de las nuevas generaciones a la política. Trátese de una sociedad democrática o no, la predisposición a sujetarse a la autoridad y a participar (o no) debe ser cultivada. Si sólo la reproducción de la sociedad estuviese en entredicho, inculcar la actitud

correcta sería suficiente. Una democracia que aspira a tener una base amplia requiere, adicionalmente, de una ciudadanía informada que pueda deliberar y construir consensos en temas diversos. La participación política amplia garantiza la más cercana aproximación al bien común y, al hacerlo, legitima aun más al sistema. La motivación, información y destrezas analíticas escasas con que las nuevas generaciones acompañan su participación política desafían la veracidad de estas últimas aseveraciones. Por otra parte, una estrategia que busque incrementar el bagaje de la información política de los ciudadanos de a pie se fundamenta en un presupuesto compartido por los cientistas políticos: la ciudadanía sí hace esfuerzos por entender su entorno político. Lane (1973) y Bennet (1975) exploran las percepciones cotidianas de la política y concluyen que “no toda la gente construye los mismos sentidos en torno a la política, pero la mayor parte construye algún sentido”. Se presume que existe una tendencia universal a construir vínculos explicatorios o percepciones de causalidad. Delli Carpini y Keeter reflexionan sobre la importancia para la construcción de una ciudadanía informada de un conocimiento político imparcial y de fácil disponibilidad. Proponen que la voluntad de construir sentidos en torno a la política está condicionada por la oportunidad, el acceso a la información en el entorno principalmente a través de los medios. Esta noción de oportunidad y los patrones de desinformación que se encuentran en su estudio sugieren que “muchos ciudadanos se esfuerzan activamente por entender el mundo político y frecuentemente dan respuestas que, aunque equivocadas, son posibilidades concebibles o que reflejan los sesgos en el ambiente” (1996: 17). Luskin y Fishkin resumen esta paradoja en términos más duros: “Cierto, aun los menos ideologizados tienen numerosas cogniciones, afectos, esquemas y valores tocantes a la política. Cierto, con éstos logran construir algún sentido de la política, pero esto no resulta particularmente notable” (1998: 6), notable en función a la consecución de sus intereses. La promoción de una ciudadanía informada proporciona la base para mejorar el ambiente de la información y el sistema político, y todo ello asegura de mejor manera que se descubra y sirva el bien común. Aunque puede que muchos de todas maneras opten por no participar activamente en la esfera pública, será una decisión informada.
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Corte Nacional Electoral

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