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socialismo

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Entre todos los argumentos aducidos en favor del socialismo, adquiere parti-
cular importancia el que puede resumirse en la fórmula del «autogobierno in-
dustrial» (self-government in industry). Así como el absolutismo real fue des-
truido en el campo político por el derecho del pueblo a participar en el poder
y luego en la plena soberanía, así también los consumidores y los trabajadores
deben suprimir el absolutismo de los propietarios de los medios de producción
y de los empresarios. La democracia seguirá siendo imperfecta mientras que
cada uno deba plegarse a la arbitrariedad de los poseedores. La mayor tara del
capitalismo no es la desigualdad de la renta. El poder que confiere a los pose-
edores sobre los otros ciudadanos es todavía más insoportable. Mientras sub-
sista esta situación no podrá hablarse de libertad individual. El pueblo debe to-
mar las riendas de la administración de la economía, como lo ha hecho con el
gobierno del Estado. Bajo esta argumentación se oculta un doble error. Desco-
noce la naturaleza de la democracia política y su función, por una parte, y, por
otra, el verdadero carácter de la organización social basada en la propiedad pri-
vada de los medios de producción.1

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«El error central del sistema capitalista no consiste en la pobreza del pobre ni en la ri-
queza del rico: es el poder que la mera propiedad de los instrumentos de producción confie-
re a una fracción relativamente pequeña de la comunidad sobre los actos de los conciudada-
nos y sobre el ambiente mental y físico de generaciones sucesivas. Bajo tal sistema, la libertad
personal se convierte, para grandes masas del pueblo, en poco más que una burla... Lo que
pretende el socialista es sustituir esta dictadura del capitalista por el gobierno del pueblo, por
el pueblo y para el pueblo, en todas las industrias y servicios de los que vive el pueblo.» Sid-
ney y Beatriz Webb, AConstitution for the socialist Commonwealth of Great Britain (Londres, 1920),
pp. XII ss. Véase igualmente Cole, Guild Socialism Re-stated (Londres, 1920), pp. 12 ss.

Como ya hemos demostrado, la esencia de la democracia no consiste en un
sistema de elecciones, o de deliberaciones y de votos, ya sea que se recurra a la
consulta directa del pueblo o de asambleas cualesquiera salidas de él por vía
de elecciones. Esos no son sino los procedimientos técnicos que permiten el fun-
cionamiento de la democracia política. La función de esta última es crear la paz.
Las instituciones democráticas aseguran la satisfacción de la voluntad del pue-
blo en materia política, al hacerle elegir gobernantes y administradores. De esta
manera se encuentra alejado todo peligro que pudiera amenazar el desarrollo
pacifico de la evolución social por un desacuerdo entre la voluntad de los go-
bernantes y la opinión pública. La guerra civil se evita cuando existen institu-
ciones que permiten cambios pacíficos de gobierno. En el plano económico, en
una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción, no
es necesario recurrir a instituciones análogas a las que la democracia ha creado
en el plano político para alcanzar análogos fines. Basta la libre competencia.
Toda producción debe necesariamente adaptarse a los deseos de los consumi-
dores. Desde el punto y momento que no responde ya a este objetivo, deja de
ser lucrativa. La libre competencia asegura así la sumisión de los productores
a la voluntad de los consumidores y el cambio de los medios de producción de
las manos de quienes desoyen o son incapaces de responder a las exigencias de
los consumidores a manos de individuos más aptos para dirigir la producción.
El consumidor es el amo de la producción. Considerada la economía desde este
punto de vista, es una democracia en la que cada centavo desempeña el papel
de un voto. Es una democracia cuyos representantes sólo gozan de un manda-
to siempre revocable.2
Es una democracia de los consumidores. Los productores, en tanto que tie-
nen este carácter, carecen de la posibilidad de dar a la producción su orienta-
ción. Lo mismo sucede con el empresario y con el obrero, obligados ambos a
obedecer, en definitiva, los deseos del consumidor. No podría ser de otra ma-
nera. La producción no puede recibir reglas sino de los consumidores o de los
productores. El hecho de que sean los consumidores quienes se encarguen de
ello es una necesidad evidente, puesto que la producción no tiene su finalidad
en sí misma, sino en el consumo. En su carácter de productor, cualquier ciu-
dadano que participa en la economía basada en la división del trabajo es un

EL SOCIALISMO

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«El mercado es una democracia en donde cada centavo concede derecho a votar.» Fet-
ter, The principles of Economics,pp. 394, 410. Véase también Schumpeter, Theorie der wirtschaftlichen
Entwicklung (Leipzig, 1912), pp. 32 ss. Nada es tan absurdo como un proverbio que dice: «A
quien menos se pregunta al construirse una casa en una ciudad grande es a los futuros inqui-
linos» (Lenz, Macht und Wirtschaft, Munich, 1915, p. 32). Cada constructor procura construir
en la forma que mejor satisfaga los deseos de los futuros inquilinos, de manera que pueda
arrendar el alojamiento tan pronto y tan caro como sea posible. Véanse también las observa-
ciones de Withers, The case for Capitalism (Londres, 1920), pp. 41 ss.

mandatario de la comunidad y debe obedecerla. Ycuando interviene en la orien-
tación de la producción lo hace en su carácter de consumidor.
De esta manera el empresario no hace sino asegurar la marcha de la pro-
ducción. Es claro que tiene que ejercer cierto poder sobre el trabajador; pero este
poder no es arbitrario. Se ve obligado a servirse de él de acuerdo con las exi-
gencias de una producción que responda a los deseos de los consumidores. El
asalariado, cuya visión no va más allá del estrecho horizonte de su diaria tarea,
puede considerar que el empresario regula arbitrariamente la marcha de su ne-
gocio. Es natural que, desde su punto de observación, no distinga las grandes
líneas y el plan de conjunto. Así es, sobre todo, cuando las disposiciones que
toma el empresario lesionan al obrero en sus intereses inmediatos. Le es impo-
sible comprender que el empresario trabaja bajo el yugo de una ley rigurosa.
Sin duda, este último puede abandonar las bridas a su fantasía en todo mo-
mento. Puede despedir trabajadores arbitrariamente, obstinarse en procedi-
mientos de producción fuera de uso, escoger expresamente métodos inade-
cuados de trabajo e inspirarse para la conducción de sus negocios en motivos
ajenos a la satisfacción de los deseos de los consumidores. Pero, si obra de esta
manera, y en la medida en que lo hace, debe soportar las consecuencias, y si no
se detiene a tiempo se verá relegado por la pérdida total de sus bienes a una si-
tuación en que no pueda ya causar perjuicio. No es necesario para esto asegu-
rar un control especial de su conducta. De ello se encarga el mercado con más
rigor y precisión de lo que podría hacerlo una vigilancia llevada a cabo por el
Gobierno o por otros órganos de la sociedad.3
Cualquier tentativa para sustituir el predominio de los consumidores por el
de los productores es absurda, porque estaría en contradicción con el objetivo
mismo de la producción. Ya hemos examinado más de cerca un ejemplo del
caso, el más importante en el mundo moderno: el de la concepción sindicalis-
ta de la economía. Lo que es válido para esta última es válido para cualquiera
otra política de los productores. Toda economía es necesariamente una econo-
mía de los consumidores. El absurdo de las tentativas para crear la «democra-
cia económica» por medio de instituciones sindicalistas aparece en plena luz
cuando se trasladan las cosas al plano político. ¿Habría democracia si corres-
pondiese a los jueces decidir qué leyes deben estar en vigor y conforme a qué
métodos se debe interpretar el derecho, o bien a los soldados decidir al servi-
cio de quién deben poner sus armas y cómo debe emplearse la fuerza que les
ha sido confiada? No, jueces y soldados en tal carácter sólo tienen que obede-
cer, si no se quiere crear en su favor un despotismo arbitrario. Nada descono-

LA DEMOCRACIA ECONÓMICA

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Esto es lo que desconocía totalmente, por ejemplo, el matrimonio Webb (op. cit., p. xii)
al escribir que los trabajadores deben obedecer las órdenes «of irresponsible masters, intent
on their own pleasure or their own gain».

cería más gravemente la esencia de la democracia que el hecho de reivindicar
para la industria el derecho de administrarse a sí misma, el industrial self-govern-
ment, para usar nuevamente la conocida expresión.
Tampoco en la organización socialista corresponde a los trabajadores deci-
dir lo que debe hacerse en las diferentes ramas de la producción a las que per-
tenecen; ésa es tarea de la autoridad superior, única que regula todos los actos
sociales. Si no fuera así, no se trataría ya de socialismo, sino de sindicalismo.
Ahora bien, entre sindicalismo y socialismo no hay compromiso posible.

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