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_Struve, V V - Historia de la antigua Grecia II

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Los dominios de Darío se extendían desde el Helesponto hasta el Indo y desde los saltos del
Nilo hasta las costas de los mares Negro y Caspio.
Surgida de las conquistas, la monarquía persa no tenía una base económica uniforme y como
unidad administrativa militar era poco coherente; consistía en un conglomerado de muchas

V. V. Struve

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tribus y pueblos, cada uno de los cuales, bajo el poder de los reyes persas, continuaba viviendo
su vida propia, distinta de la de sus vecinos. Esta particularidad histórica de la potencia persa
esclavista nos explica también el carácter de su política con sus muchos súbditos y,
especialmente, con las ciudades griegas sometidas. Fundamentalmente, la política persa fue
determinada por dos objetivos: mantener en la obediencia a los pueblos conquistados,
consiguiéndolo manu militari, y asegurar el pago regular de tributos e impuestos. Los medios
empleados para el logro de estos fines eran bastante primitivos y groseros.
Con fines administrativos, la monarquía de Darío se dividía en veinte distritos mandados por
sátrapas (a menudo miembros de la familia real). A los sátrapas el rey les confiaba sus propias
funciones: militar, civil y jurídica. Pero, a pesar de los amplios poderes de cada sátrapa sobre la
población de su distrito, él mismo, su vida y sus bienes dependían íntegramente del rey.
Herodoto, cuya obra es la fuente informativa principal de la historia de las guerras greco-persas,
da cuenta de toda una serie de casos en que los sátrapas que llegaron a provocar la cólera del rey
fueron ejecutados sin piedad, incluso por faltas nimias, sin hablar ya de los casos de traición.
Además, junto a cada sátrapa se encontraba un espía del rey, el cual se interiorizaba de todos los
acontecimientos, sin excepción, de su distrito e informaba al rey. De este modo, el gobierno de
los distritos se hallaba bajo continuo control del Gobierno central.
Igual atención prestaba el poder central a los asuntos financieros. Cada satrapía representaba
una unidad tributaria. Herodoto enumera detalladamente los distritos impositivos. Por ejemplo,
el primer distrito, que incluía a jonios, carios, misios, pánfilos y algunos otros pueblos del oeste
del Asia Menor, pagaba a Darío un tributo de 400 talentos de plata. Los habitantes de la costa
derecha del Helesponto, los frigios, tracios asiáticos, paflagonios y otros, pagaban 360 talentos;
los cilicios, 500 talentos y 360 caballos blancos. De estos 500 talentos, 140 se gastaban en la
caballería que patrullaba la tierra cilicia y los 360 restantes quedaban para Darío.
El distrito egipcio pagaba 700 talentos, más el impuesto por la pesca en el lago Meris. Del
mismo distrito sacaban 120.000 medidas (egipcias) de cereales para alimentar a los persas y a
sus mercenarios que ocupaban una fortaleza en Menfis. El sátrapa de Babilonia disponía de 800
potros y 16.000 potrancas, reunidos por los persas en calidad de tributo de la población de ese
distrito.

La suma total de los tributos que ingresaban anualmente en el tesoro de Darío, según el
cálculo euboico, era de 14.560 talentos. Todas las tribus y pueblos que integraban el Estado
persa pagaban su tributo anual. La excepción la constituían los propios persas, quienes no
pagaban impuestos regulares.
El Estado persa tenía una amplia red de caminos, desde Sardes hasta el Indo, a lo largo de los
cuales había posadas para el descanso de viajeros. El mantenimiento de esos caminos y su
vigilancia era una de las funciones de los sátrapas, pero el control general de los caminos estaba
a cargo de funcionarios del poder central.
En las regiones sometidas al rey de Persia estaban distribuidas sus guarniciones. Al
emprender campañas de gran envergadura, los reyes completaban sus ejércitos con gran número
de destacamentos de los pueblos sometidos. De este modo, estos ejércitos resultaban muy
considerables para aquella época. La calidad militar de esta abigarrada fuerza no era muy alta,
pero los súbditos de la potencia persa no podían tener ningún interés en sus éxitos militares. El
carácter general de este Estado Estado conglomerado influyó en la organización de sus
fuerzas militares, compuestas por un gran número de destacamentos sin ninguna coherencia
entre sí.

La situación de las ciudades jónicas cambió bruscamente después de la conquista de la costa
del Asia Menor por los persas, la caída del reino de Lidia, el avance persa hacia la costa del
Helesponto que les abría la salida al mar Negro y, especialmente, después de la conquista de
Fenicia y Egipto. Desde ese momento, el comercio intermediario en el mar Egeo pasó casi
íntegramente a los fenicios, que gozaban de la ayuda y protección de Darío; y el comercio con
Egipto, que representaba una cifra considerable en el balance de las ciudades jónicas, se
interrumpió casi por completo. Simultáneamente, se debilitaron los vínculos con el mar Negro,
lo que influyó funestamente en la economía de las ciudades jónicas. Así, la pérdida de su

Historia de la antigua Grecia II

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independencia no sólo no fue compensada por ninguna ventaja económica, sino, por el
contrario, acompañada de la brusca caída del nivel de su vida económica.
A todo esto hay que agregar que las ciudades jónicas fueron incluidas en la satrapía del Asia
Menor y, por consiguiente, junto con carios, pánfilos y otros pueblos que integraban la misma
satrapía en la parte occidental de la península, fueron obligados a pagar al tesoro persa un
tributo anual de 400 talentos de plata, suma enorme para aquella época.
Para asegurar la sumisión de las ciudades jónicas, el Gobierno de Darío intervenía en su vida
interna, cumpliendo esta intervención en forma extremadamente sensible.
En relación con esto, conviene recordar ciertas particularidades históricas de la vida de los
griegos de los siglos VII y VI a. C., condicionadas por la ley de obligatoria concordancia entre
las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas de la sociedad. En las
condiciones concretas de la realidad griega de los siglos VII y VI la lucha entre las nuevas
fuerzas productivas y las relaciones de producción caducas, tomó la forma de encarnizados
choques entre la aristocracia gentilicia y el demos.
En las ciudades jónicas, las más desarrolladas y progresistas económica y socialmente, la
lucha del demos era particularmente tenaz. Bajo su presión, la aristocracia perdía una posición
tras otra. La victoria definitiva del demos, vinculada con la completa liquidación de las
supervivencias de la estructura gentilicia que frenaba el desarrollo de las fuerzas productivas de
la nueva sociedad, ya no estaba lejos. Mas los persas, en su política en las ciudades griegas,
como regla general se orientaban, precisamente, hacia la aristocracia caduca, calculando con
razón encontrar en ella el apoyo más seguro para su dominación. En todas las ciudades griegas
que caían bajo su dominio, implantaban con violencia tiranías aristocráticas. Sus gobernadores
por lo habitual se apoyaban íntegramente en la aristocracia local y aplastaban con crueldad los
movimientos democráticos. La aristocracia se sometía el rey persa no por miedo, sino con toda
el alma, ya que comprendía que sin su apoyo no podría detentar el poder.
Se entiende que con semejantes métodos no se podía asegurar por mucho tiempo el poder de
las fuerzas caducas de la sociedad. Puede afirmarse que la política del Gobierno persa estaba de
antemano condenada al fracaso, por cuanto contradecía las leyes objetivas, independientes de la
voluntad de los hombres, leyes del desarrollo del proceso histórico. Detener el movimiento
democrático en las ciudades griegas fue superior a las fuerzas persas. Las circunstancias
históricas hicieron que este movimiento adquiriera simultáneamente rasgos antipersas y
patrióticos y provocara cálidas simpatías de los elementos democráticos de toda Grecia. La
simpatía era más intensa por cuanto la amenaza de invasión pendía sobre todo el mundo griego.
Era indudable que la expansión de la monarquía persa debía conducir al choque de Persia con
los helenos.

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