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Academia Nacional de Historia Boletín 179

Academia Nacional de Historia Boletín 179

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BOLETÍN
DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Volumen LXXXV N° 179
Segundo semestre de 2007
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Volumen LXXXV N° 179
Segundo semestre de 2007

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Boletín de la Academia Nacional de Historia

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BOLETÍN
DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Volumen LXXXV N° 179
Segundo semestre de 2007

BOLETÍN de la A.N.H.
Vol LXXXV N° 179

BOLETÍN de la A.N.H.

© Academia Nacional de Historia Vol LXXXV N° 179 © Academia Nacional de Historia ISBN-978-9978-92-555-3 Derecho de autor N° ISBN Diseño e impresión: PPL Impresores. 2529762 Quito Diseño e impresión: flandazurippl@andinanet.net PPL Impresores. 2529762 Quito marzo 2008 flandazurippl@andinanet.net Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación

ÍNDICE GENERAL
Editorial HACIA EL BICENTENARIO La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito. 1808-1813
Hernán Rodríguez Castelo

7 11

13 89 91 97 119 143

ARTÍCULOS Y ENSAYOS Espejo en el Río de la Plata
Carlos Freile

Bolívar y la incorporación de Guayaquil a Colombia
Jorge Núñez Sánchez

Semblanza de la ciudad de Quito en 1809
Andrés Peñaherrera Mateus

DISCURSOS ACADÉMICOS La historia inmediata del Ecuador y la deuda histórica con la sociedad ecuatoriana
Juan J. Paz y Miño

145 156 162 165 179

Bienvenida al Dr. Juan J. Paz y Miño
Jorge Núñez Sánchez

Bienvenida al Ab. Ramiro Molina Cedeño
Benjamín Rosales Valenzuela

Manabí: su historia - su nombre
Ab. Ramiro Molina Cedeño

Bienvenida al Sr. Eduardo Estrada Guzmán
Benjamín Rosales Valenzuela

La bandera del iris 1801-2007 El tricolor de la República del Ecuador 1830-2007
Eduardo Estrada Guzmán

183 250 254 275

Bienvenida a la Dra. Ana Luz Borrerao Vega
Juan Cordero Íñiguez

Población y territorio en Cuenca: 1850-1950
Ana Luz Borrero Vega

Bienvenida al Dr. Juan Marchena Fernández
Enrique Ayala Mora

Iluminados por la guerra. Liberales y conservadores españoles ante las independencias de España y América
Juan Marchena Fernández

282

5

Bienvenida al Sr. Rodrigo Páez Terán
Eduardo Muñoz Borrero, f.s.c.

307 313 331 347 349 351 355 363 367 369 371 380

Correos, signos postales, filatelia: Visión histórica
Rodrigo Páez Terán

RECENSIONES LA CASA DE LA ACADEMIA La Academia en su sede Discurso del Gral. Paco Moncayo Discurso de inauguración del Dr. Mauel de Guzmán Polanco Reporta je gráfico de la casa VIDA ACADÉMICA Palabras de Alicia Albornoz en la presentación del libro América nuestra, de Miguel Albornoz La etnomedicina en el Ecuador
Plutarco Naranjo

Ante el monumento de González Suárez
H. Eduardo Muñoz Borrero

Presentación del libro Maestro Alfonso Rubio, el último Caspicara del padre Julian Bravo S.
Ximena Escudero Albornoz

383

Discurso de inauguración de la Biblioteca “Jacinto Jijón y Caamaño”
Manuel de Guzmán Polanco

388 396 398 405

CONTRIBUCIONES Ecuador y Chile, dos países hermanos
Víctor Eastman Pérez

MISCELÁNEOS

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l Ecuador está a las puertas de una celebración de especial grandeza y enorme importancia: el bicentenario de la independencia. La estupenda gesta que comenzó como radical proyecto en la navidad de 1808, se hizo realidad en el movimiento del 9 y 10 de agosto de 1809, se selló con la sangre de casi todos los actores el 2 de agosto de 1810 y volvió a afirmarse como un Estado libre que se dio su estatuto en la Constitución de 1812 –la primera Constitución ecuatoriana- y defendió su autonomía heroicamente en campos de batalla del norte y el sur frente a ejércitos virreinales. Cómo ocurrieron acciones de tanta novedad en la América de los albores de su independencia, cuáles fueron las causas y circunstancias de cada uno de los tramos de tan ejemplar capítulo de la historia patria y cuánto hubo de rebeldía, altivez, heroísmo y afirmación de valores cívicos en sus directivos y en el pueblo de Quito y ciudades que plegaron al movimiento, son asuntos que requieren de rememoración en este bicentenario. Como en pocas ocasiones en esta la historia ha de convertirse en maestra de la vida nacional que enseñe altas lecciones de patriotismo y de afirmación de los rasgos más nobles de la personalidad social y política del hombre ecuatoriano. Para ello hay que dar voz a la historia recogida en miles de páginas de fascinantes documentos –que incluyen los procesos seguidos a los revolucionarios de Agosto-. Hay que revivir los hechos y sus protagonistas, rehaciendo con la mayor fidelidad posible su circunstancia. Y esta es empresa que, como ninguna otra, compete a la Academia Nacional de Historia, cuya misión podría sintetizarse en ser custodia e iluminadora de la historia patria. En este número de su Boletín, la Academia quiere continuar respondiendo a esas obligaciones que el bicentenario le plantea -cometido que comenzó a cumplir en su número anterior de este Boletín-. Y seguirá ahondando en estas tareas lo mismo en sus siguientes boletines que en otras publicaciones y en la

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divulgación por cuantos medios estén a su alcance del significado y proyecciones de la gesta quiteña de 1808 a 1812. “Hablando de cosas grandes, es necesario hablar con grandeza”, dijo José Mejía en las Cortes de Cádiz, para justificar uno de sus largos y elocuentes discursos. Aquí está la razón para que esta entrega del Boletín de la Academia se abra con un ensayo que en esta hora de revistas “light”, de la información generalmente ligera de internet y de la historia y la cultura reducidas a pastillas breves de fácil digestión en los medios de comunicación social podría parecer excesivo y desmesurado. Pero la grandeza y complejidad de lo que en este bicentenario el país entero -y América- deben recordar y exaltar recomendaba comenzar por tentar una panorámica de todo lo que entonces aconteció y vamos a rememorar. Sobre esa panorámica habrá de irse ahondando en tantos aspectos y casos problemáticos como allí ocurren al correr a veces vertiginoso de los hechos. El resto de los materiales que esta nueva entrega del Boletín ofrece al público interesado por la historia patria son trabajos que se han presentado en momentos culminantes del vivir institucional de la Academia, como son los solemnes actos de incorporación de nuevos académicos. Esos discursos son estudios de gran rigor histórico que justifican la elección hecha por la Academia para que autores se integren a sus tareas y responsabilidades. Cada uno de esos discursos de incorporación está precedido o seguido por el discurso de recepción que lo comenta a la vez que destaca su importancia y los méritos del flamante académico. Otra parte del Boletín está dedicada a artículos. Ellos nos permiten conocer en qué ámbitos y problemática histórica se mueven las investigaciones y hallazgos de miembros de la Academia, y, en casos, historiadores que aún no se han incorporado a la corporación. Por fin, esta entrega del Boletín da testimonio de una fecha para la Academia Nacional de Historia del Ecuador memorable: el día en que Quito, por medio del Alcalde del Distrito Metropolitano, hizo la entrega formal de la nueva sede de la Academia, noble edificio espléndidamente restaurado por el FONSAL del Municipio capitalino. Dos discursos destacaron la trascendencia del acontecimiento y ahondaron en el

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sentido decisivo de la historia para un pueblo. “Es su memoria, y clave de identidad”, sostuvo el burgomaestre quiteño. Por su altas calidades y lo importante de su mensaje, el Boletín reproduce íntegros los dos discursos, el del Alcalde de Quito, general Paco Moncayo Gallegos, y el del Director de nuestra Academia, Dr. Manuel de Guzmán Polanco. Por fin, el Boletín quiere destacar, en sendas recensiones, publicaciones ecuatorianas últimas en el campo de la historia. Esta es una sección que la Academia aspira a enriquecer en sus siguientes números. Autores que deseen que sus obras se comenten en este medio -de circulación en medios especializados de Ecuador y América, pero también en bibliotecas generales, instituciones educativas y medios de comunicacióndeberán remitir a la Academia la obra por duplicado, un ejemplar para la biblioteca “Jacinto Jijón y Caamaño” de la Academia –abierta ya al público- y el otro para el académico autor de la recensión. Desde hace décadas -la Academia Nacional de Historia está a punto de cumplir su centenario- este Boletín ha entablado un diálogo con historiadores del Ecuador y de América y Europa; pero también con el público interesado por la historia del país. Las inquietudes de esos historiadores, pero también de ese público, han dado lugar a algunos de los textos más interesantes e importantes del Boletín. Esperamos que este diálogo enriquecedor se mantenga y aun avive en estas vísperas de la celebración bicentenaria.

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HACIA EL BICENTENARIO

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LA GLORIOSA Y TRÁGICA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA DE QUITO 1808-1813 Hernán Rodríguez Castelo

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a proximidad del bicentenario del 10 de agosto de 1809 incita a los historiadores de la patria –y de la patria grande América- a iluminar acontecimientos de tanta trascendencia para la historia de América. La presente panorámica, tan amplia como somera –sin que haya en ello la menor paradoja-, no pretende esclarecer todos los lugares obscuros de tan trepidante y complejo tramo del devenir histórico, ni aventurar respuestas a todos los interrogantes que él ha planteado sino dibujar el cañamazo en el que todas esos puntuales y seguramente más minuciosos estudios y análisis se inscriban. Y, para el común de los lectores, revivir cuanto en ese capítulo de la historia patria hubo de heroico y trágico, de importante y decisivo.

EL FERMENTAR DE UN DESCONTENTO Hay hilos subterráneos que unen la Revolución de los Estancos y la Guerra de Quito con los acontecimientos de 1808 y 1809 -porque la cosa comenzó, como veremos, a finales del año 8-. Cuanto aproximaba, a pesar del tiempo transcurrido, los hechos de aquel lejano 1765 con los de agosto de 1809, dieron pie al mayor elogio que se haya hecho del pueblo quiteño, encomio liberado de la menor sospecha de “patriotismo”, pues quien lo hacía lo que estaba ponderando era, más que virtud alguna, aberración y felonía. El 29 de abril de 1811, el presidente de la Audiencia Joaquín Molina –no reconocido por la Junta de Quito- escribía en informe al Consejo de Regencia:

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La experiencia tiene acreditado que las ideas características de la Provincia de Quito son desde su cuna propensas a la revolución e independencia . Este es el espíritu que ha animado a los padres; esta la leche que ha alimentado a sus hijos; esto en lo que funda su soñada felicidad; esto por lo que suspiran; esto, en fin, en lo que tienen puestas sus miras y lo que meditan sin interrupción como el negocio más importante. Una serie no interrumpida de pruebas convense1 que por más que en apariencia duerman, velan sobre esta materia, y que en tiempo de su mayor quietud, no cesan de tramar en silencio los arbitrios de poner en planta sus designios. El reconocimiento, sujeción y obediencia a la Soberanía es y ha sido siempre estimado en el interior de sus corazones como un yugo duro e insoportable, que han procurado sacudir. Tales cosas se han observado desde la antigüedad de Quito, que me atrevo a asegurar de este lugar que puede con mucha razón decir de él V.M. con Isaías lo que en otro tiempo Nuestro Señor de los Israelitas: Populus iste laviis suis honorat me, cor autem ejus, longe est a me2 “Una serie no interrumpida de pruebas...”. Es, sin duda, la serie que se venía amarrando desde los días del alzamiento de los estancos. Una de las espinas que las autoridades hispanas tenían clavada era que el motín de Quito había inspirado y hasta orientado el más importante del tiempo en España, el de Esquilache. El 2 de diciembre de 1765 habían llegado a Cádiz, en el Aquiles y La Concepción, noticias de la rebelión quiteña. El embajador Osun escribía a Choiseul unos días más tarde: La nouvelle ... cause ici quelque sensation 3 Se sabía que el pueblo de Quito había impuesto condiciones para restituir el orden. En carta de enero de 1766, Paolucci, embajador
1 Respetamos la ortografía de los textos de época. 2 Archivo de Indias, Sevilla. Cit. en J. Jijón y Caamaño, Influencia de Quito en la emancipación del continent americano. La independencia (1809-1822), Quito, Imprenta de la Universidad Central, 1924, pp 27-28. 3 “La noticia... causa aquí sensación”. Ministère des Affaires Étrangeres (París), Correspondence politique, Espagne. 544, fol. 324. Cit. por José Andrés-Gallego, Quince revoluciones y algunas cosas más. Madrid, Mapfre, 1992, p. 344.

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de Módena, informaba que en Quito reinaba ya la tranquilidad, pero los ministros regios habían tenido que contentarse con las “condiciones dictadas por el pueblo de Quito”4. Y en el motín contra Esquilache, que estalla en Madrid en marzo de 1766, el pueblo amotinado lograría del Rey unas Capitulaciones. Las noticias de la insurrección quiteña precedieron motivantes y acompañaron los sucesos de Madrid -en julio seguían llegando nuevas y los servicios de inteligencia cortesanos procuraban hacerse con las Relaciones de los hechos de Quito que circulaban, cuanto peor vistas por el Poder, más tentadoras e incitantes. Las noticias de Quito y Madrid fueron mecha que encendió otros incendios en América. Atizó esos fuegos, nunca del todo apagados en Quito, Espejo, el último Espejo, el insurgente. Sin ese fuego y esa pasión de las gentes quiteñas por ser libres no pueden entenderse ni valorarse los sucesos de diciembre de 1808 y el 10 de agosto de 1809 y cuanto de ellos se siguió5.

SU MISERIA ERA TANTA... Ya a finales del siglo XVII una Audiencia hasta entonces próspera se ha ido sumiendo en incontenible decadencia. Para el comienzo del siglo XIX la situación ha cobrado caracteres dramáticos. Como informaba reservadamente el presidente Barón de Carondelet al Virrey de Santa Fe, su miseria era tanta “que no obstante su aplicación a la agricultura y su industria en la fábrica de paños, bayetas, lienzos de algodón, etc., que no teniendo ya con que pagar los Reales impuestos y tributos, la mayor parte de ellos se ha visto precisada a vender sus diamantes, perlas y alhajas, como también la Real Hacienda en vano emprendería vender los fundos para cobrar los atrasos, pues que los compradores y fiadores son tan insolventes como los deudores”6
4 Archivio di Stato di Modena: Cancelleria Ducale, Estero, 83, 2-c. Cit. Andrés-Gallego, ob. cit., 344 5 Meritorio llamar la atención hacia los factores económicos que estuvieron detrás de estos sucesos, como lo ha hecho Carlos Landázuri, al tenor del criterio dominante en la Nueva Historia del Ecuador, pero sería tan antihistórico como no atender a estos factores el ignorar o aun minimizar esta pasión quiteña, tan documentada históricamente. 6 Cit. por Neptalí Zúñiga, Montúfar, o el primer Presidente de América revolucionaria, Quito, Talleres Gráficos Nacionales, 1945, p. 359.

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Hasta la agricultura, que era la reserva de esa economía atrasada y dependiente, sufría quebranto. “La agricultura que ministraba una abundante provisión de frutos, se ha atrasado tanto que los comestibles son pocos y raros”, se lamentaba otro documento oficial del tiempo7. A villas sumidas en la miseria por movimientos sísmicos y rigores del clima se les seguía exigiendo violenta y exageradamente contribuciones. En diciembre de 1803, Juan Pío Montúfar y Manuel de Larrea y Jijón le reclamaban airadamente a Carondelet por los “mal meditados e injurídicos procedimientos” de un administrador de Rentas de Alcabalas de Latacunga.8 La decadencia económica condujo inevitablemente a una disminución de importancia de la Audiencia, que se tradujo en su paso del Virreinato de Lima al de Santa Fe. Y esto con algo aun más lesivo para los intereses de Quito: por Real Cédula de 15 de julio de 1802 -gestionada por Requena-, se creó el Obispado y la Comandancia General de Maynas, haciéndolas depender de las máximas autoridades religiosas y militares del Virreinato de Lima. Quito no perdía jurisdicción sobre la inmensa zona amazónica, pero su autoridad se veía enormemente disminuida, dada la importancia que en esos territorios tenía lo misional. Para colmo de abusos en contra de Quito, por Real Orden de 7 de julio de 1803, el gobierno militar de Guayaquil pasó a depender de Lima, y desde 1806 hasta los asuntos comerciales, que se manejaban por el consulado de Cartagena, fueron sometidos a la autoridad del Virreinato limeño. Todo esto podía darse por la escasa atención que prestaba a Guayaquil el virrey de Santa Fe Amar y Borbón y la codicia con que lo miraba el de Lima, Abascal y Sousa. El malestar quiteño por tales recortes de su autoridad se plasmó en reclamo oficial en una exposición que dirigió a Godoy, el poderoso ministro español, el presidente de la Audiencia de Quito, Barón de Carondelet, el 21 de julio de 1804, pidiendo que se restituyera a Quito la plena jurisdicción sobre Maynas y Guayaquil. Y, como medida que evitase en lo futuro tales recortes de autoridad, reclamaba el ascenso de categoría de la Audiencia, que la independizase por completo de los
7 “Exposición y solicitud de Miguel Ponce al Presidente de Quito Barón de Carondelet”, 2 de mayo de 1800. Archivo de la Corte Suprema de Justicia. Cit. por Zúñiga, ob. cit., 359-360. 8 Actuaciones correspondientes al tiempo de la Real Audiencia de Quito, Corte Suprema de Justicia de Quito.

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virreinatos vecinos. Proponía que la Presidencia de Quito, así independiente, fuese elevada a la categoría de Capitanía General -o Audiencia pretorial-. Esta era, parece, ya antigua aspiración de las oligarquías criollas quiteñas.9 Carondelet atendía a estos malestares de la aristocracia local -con la cual mantenía muy buenas relaciones-, a la vez que se curaba en salud de lo que pudieran tramar los levantiscos mestizos. Así las órdenes que impartió el 1 de junio de 1803 para que se cumplieran en el caso de que “acaeciera alguna sedición, o alarma, sea de día, sea de noche” y las providencias arbitradas por si el Presidente fuera tomado preso10. Pero Luis Francisco Héctor, barón de Carondelet, murió, en ejercicio de la Presidencia, en 1807. Notorio contraste con su administración, sensible, inteligente y diligente, ofrece la de su sucesor, el valetudinario Manuel de Urriez, conde Ruiz de Castilla, llegado a Quito el 8 de agosto de 1808, como si hubiera sido llamado al escenario para convertirse en desmañada y casi grotesca marioneta de los sucesos altos y decisivos que estaban por iniciarse. Al tiempo que la nueva postura de la autoridad española irritaba a las aristocracias locales, llegaban a la inquieta ciudad noticias de los acontecimientos que hacían tambalear las testas coronadas europeas. El bloqueo inglés impedía el paso de navíos españoles hacia América. Pero algo se filtraba. En agosto de 1808 arribó a Cartagena el capitán de fragata José de Sanllorente, comisionado por la Junta de Sevilla, con noticias de los últimos sucesos españoles -del 2 de mayo a la batalla de Bailén- 11 y del establecimiento de Juntas en España, a falta del poder regio, secuestrado por Napoleón. Esa era la noticia que más impactaba, sin duda: el colapso de la monarquía española, y ella alentaba ideas autonómicas. América iba a asistir a una cadena de estallidos y pronunciamientos comenzando
9 Cf. Alberto Muñoz Vernaza, Orígenes de la nacionalidad ecuatoriana, Biblioteca de Historia Ecuatoriana, 8, Quito, Corporación Editora Nacional, 1984, pp. 90-98, y Carlos Landázuri Camacho, “La independencia del Ecuador (1808-1822)” en Nueva Historia del Ecuador, Independencia y período colombiano, Quito, Corporación Editora Nacional y Grijalvo, 1983, pp. 9092 10 Documentos publicados por Roberto Andrade en su Historia del Ecuador. 11 Noticia trasmitida por Cevallos: Pedro Fermín Cevallos, Resumen de la Historia el Ecuador. Desde su origen hasta 1845, Lima, Imp. del Estado, 1870, 5 tomos. Nos interesa el t. III: 18091822. Citamos por la edición contemporánea de más .amplia difusión y fácil acceso, la que hicimos para “Clásicos Ariel”: Guayaquil, Publicaciones educativas “Ariel”, s.a. (1973), t. 79, p. 39

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por las Audiencias donde más habían madurado las ideas de independencia: Quito y Charcas. La forma viable para esas aspiraciones largamente maduradas pareció el establecimiento de juntas soberanas, según el modelo de las peninsulares.

LA PRIMERA CONJURA El primer empeño de constituir una junta para Quito se dio en la navidad de 1808, en la casa de hacienda “El Obraje” de Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, en los Chillos. En la cena en la rica mansión se aprobó un “Plan hipotético” de Salinas -para el caso de que España fuera tomada por los franceses y Napoleón quisiese invadir América-. Otro sería, sin embargo, el plan con el que se llegaría a agosto de 1809: el “Plan del nuevo gobierno”, obra de Morales, y sujeto por Morales, Quiroga y Antonio Ante a la aprobación de Salinas y otros revolucionarios. De aquella navidad política se ha escrito que “al retirarse los invitados la tarde del 25 de diciembre dejaron acordado el proyecto de constituir una Junta Superior que represente la soberanía del pueblo, aleje y prevenga la dominación napoleónica y rija los destinos de la Presidencia de Quito”12. Los conjurados comenzaron a buscar adhesiones para el proyecto transformador con el sigilo que cabe suponer; pero asunto de tal naturaleza difícilmente podía mantenerse dentro de los límites del secreto, y ya en febrero hubo delaciones. Unos papeles de un doctor Andramuño, que fuera amigo íntimo de Espejo, recogieron la noticia de que el 1 de marzo, a las diez de la mañana, “se echó un bando, y la misma hora en la noche fue preso el capitán Dn Juan Salinas, con señales de reo de Estado. El jueves 2 se le tomó confesión; y el domingo 5, por la noche, fue preso en Chillo el Marqués de Selva Alegre del mismo modo, y luego el abogado Morales allí mismo el día 6”13. Fueron, pues, arrestados y encerrados en el convento de La Merced, a más de Salinas, el marqués de Selva Alegre y Morales, Quiroga, el cura de Píntag Riofrío y el cura de Sangolquí.
12 Manuel María Borrero,La Revolución quiteña 1809-1812, Quito, Editorial Espejo, 1962, p. 21 13 N. Clemente Ponce, “Cuatro palabras del editor”, introducción a la publicación del “Alegato de Quiroga”, Memorias de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Real Español, Quito, 1922, p. 67, nota l.

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A la autoridad española el caso le pareció grave, y no se engañaba. Esa inquietud que venía de atrás -y sobre la cual vigilaba celosamente el de Carondelet- se había traducido en un proyecto político más o menos definido. En el movimiento -cuyos alcances la autoridad hispana, medrosa y miope, no conocía a ciencia cierta- estaba, como dijera N. Clemente Ponce, “ el verdadero principio de la revolución quiteña” y “el programa que los próceres de nuestra emancipación plantearon de manera clara y precisamente definida”14. De acuerdo con lo que la conjura asustaba a la autoridad, los interrogatorios se condujeron con enorme sigilo, procurando que nada se trasluciese al exterior de ciudad de suyo ya alarmada por las detenciones. En marcha ya el proceso ocurrió un suceso pintoresco de esos que hacen dar un giro a la historia. En los primeros días de abril, cuando el español designado secretario para las diligencias procesales se dirigía a palacio a dar cuenta al Presidente del estado de la causa, le fueron arrebatados todos sus legajos. Esos papeles cayeron en manos de todos los otros conjurados, que por ellos conocieron que los recluidos no habían delatado a nadie. Y en cuanto a la acusación, toda ella se quedó sin soporte alguno y los prisioneros debieron ser puestos en libertad. Un tiempo se creyó que esos papeles se habían extraviado o hasta que se los había destruido; pero no era Rodríguez de Quiroga quien tal lo sufriese. Tan importantes papeles “aparecieron en el estudio de Quiroga”, según ese cronista presencial que fue Stevenson. La publicación del alegato del ideólogo del movimiento no dejaría lugar a dudas sobre la suerte por ellos corrida. Parece oportuno volver a Quito, a los meses que precedieron a esa navidad de 1808 y los que la siguieron, porque esos acontecimientos a menudo descuidados por quienes se sitúan directamente en el 10 de agosto del año siguiente, confieren a este pronunciamiento importantes claves de sentido.

IBA MADURANDO LA CONJURA William Bennet Stevenson, refinado viajero inglés, había arri14 Art. cit. en la nota anterior, p. 63

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bado a las costas de Chile, en 1804, de diecisiete años. Y había comenzado un ascenso hacia el norte, rico de observaciones, datos y reflexiones, que iban decantándose en notas con la inmediatez del cronista testigo. Preso en Lima ocho meses -por ser inglés y estar España en guerra con Inglaterra-, liberado con suerte de una acusación ante la Inquisición limeña puesta contra él por un dominicano, Urriez, conde Ruiz de Castilla, que había sido nombrado Presidente de Quito, le pidió acompañarlo convertido en su secretario. Y así es como para acá se vino este magnífico cronista, que en los aciagos meses limeños había tenido tiempo de meditar en las cosas de este mundo nuestro y de perfeccionar su español. Los acontecimientos quiteños de 1808 a 1811 tendrían, a más de varios otros cronistas locales, un corresponsal extranjero. El año 11, cuando ejercía, por nombramiento de la Junta Revolucionaria de Quito, la gobernación de Esmeraldas, el británico sería hecho prisionero y enviado a Guayaquil, de donde escaparía para volverse al Perú. Así terminó su período quiteño, que es el que nos interesa. Este Mr. Stevenson publicó, de vuelta en Inglaterra, los tres volúmenes de su Narración Histórica y Descriptiva de veinte años de residencia en Sudamérica15, (con unas pocas plumillas de un artista quiteño residente en Londres, de apellido Carrillo). Este cronista de privilegiado mirador titula el capítulo XXXI “La revolución de Quito”, y lo hace arrancar de una función literaria. Ello es que a la llegada de un nuevo Presidente la ciudad le hacía recibimiento solemne y festivo, y parte de esas celebraciones era teatro -hemos visto ya en los volúmenes anteriores el papel que el teatro jugaba en los días festivos de esos tiempos barrocos. Representáronse, por los colegiales de “San Fernando”, cuatro piezas: Cato, Andrómaca, Zoraida y Araucana. No habían sido elegidas inocentemente. “Todas ellas -ha escrito Stevenson- tendían a inculcar en su diseño y argumento un espíritu de libertad, un amor a la libertad y los principios del republicanismo” 16. Era, seguramente, la Andrómaca del revolucionario e iconoclasta Eurípides, de clara tendencia antiespartana, que condena la feroci15 William Bennet Stevenson, A Historical and Descriptive Narrative of Twenty Years´Residence in South America... contains travels in Arauco, Chile, Peru and Colombia; with an account of the revolution, its rise, progress, and results, London, Robinson & Co, 1825, 3. vls. 16 Citamos el libro de Stevenson por la edición de Abya-Yala: Narración histórica y descriptiva de 20 años de residencia en Sudamérica, Traducción de Jorge Gómez. Quito, Abya-Yala, 1994. P. 489

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dad de Menelao. Y Zoraida era la del español Nicasio Alvarez de Cienfuegos, patriota ferviente, condenado a muerte por los franceses en ese mismo 1808 por la valiente tarea cumplida en la “Gaceta” y su participación en el alzamiento del 2 de mayo. Ni el abotagado Conde -“viejo débil, sin talento”, lo ha pintado José Manuel Restrepo- ni sus áulicos debían saber de las ideas de la Revolución puestas en verso por el famoso poeta. Pero hasta la intención que había presidido la elección de las obras pasó inadvertida para las autoridades. Detrás de esa selección -y acaso de la traducción de la Andrómaca- estaban dos personajes que iban a desempeñar papeles protagónicos en los acontecimientos inminentes: Manuel Rodríguez de Quiroga y Manuel Morales. Los dos tendrán lugar en nuestro libro, en la parte de la prosa, y allí nos detendremos algo más en su vida y obra. No habían nacido en Quito: Rodríguez de Quiroga era oriundo de Chuquisaca17, estaba casado en Quito y, hombre de letras, ejercía la abogacía con éxito, debido a su elocuencia, y con oposiciones y rechazos por su índole independiente y brutal franqueza; Morales había nacido en Antioquia18 y había sido secretario del presidente Carondelet; letrado de nombradía, era gran conocedor del gobierno y la política imperiales -que se extendía, según Stevenson, a la “comprensión de las intrigas que proliferaban en la corte española”-; “activo y diligente, ambicioso y turbulento”, lo pintó Pedro Fermín Cevallos. Así iba madurando la conjura, escondiendo las intenciones levantiscas a las autoridades -que habían perdido la perspicacia de Carondelet- y mostrándolas a los americanos con voluntad de rebeldía y alertas a lo que pasaba en la Península. Stevenson advirtió que “pese a que el gobierno evitaba cualquier oportunidad de que la prensa informe al respecto, los americanos residentes en España por aquel entonces se ocupaban muy activamente en comunicar a sus amigos la verdadera situación de la Península, de modo que los americanos por lo general estaban mejor informados de lo que ocurría que lo que estaban los españoles residentes en América o incluso el mismo gobierno” 19.
17 Stevenson lo hace nativo de Arequipa. Para el establecimiento de su ciudad natal, que fue Chuquisaca o Charcas, véase la parte biográfica en el capítulo dedicado a los Hombres de Agosto. 18 Así Pedro Fermín Cevallos, Ob. cit., “Clásicos Ariel” 79, p. 47. Para Stevenson nació en Mariquita. 19 Stevenson, ob, cit., 489

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Morales y Rodríguez de Quiroga, intelectual el primero formado en la escuela de Espejo, discutían proyectos de independencia y alentaban empresas de insurgencia local y americana. Cuando en 1807 acogió Rocafuerte al perseguido Morales, en su hacienda de Naranjito, se enfrascaban en largas charlas en torno al obsesivo leitmotivo. “En este tiempo -ha escrito el prócer guayaquileño- Morales y yo discutíamos largamente la cuestión de la Independencia de la América, convinimos en que había llegado la época de establecerla; solo diferimos en los medios de llevarla a cabo, y de obtener el mejor resultado. Yo era de sentir que esperáramos a formar y extender la opinión, por medio de sociedades secretas, de extenderlas al Perú y a la Nueva Granada, para apoyarnos en tan poderosos auxiliares. El quiso todo lo contrario, y que en el acto mismo se diese el grito de Independencia”20. Todo esto forma parte de la trastienda -el background- de lo resuelto la navidad aquella en la hacienda del Marqués. Después se siguió atando cabos, previniendo posibles problemas y hasta sumando adeptos. Esto último es lo que casi echa por tierra todos los empeños. En febrero de 1809, el capitán Juan Salinas, comandante de la infantería de Quito -el militar tan necesario para la planeada revolución-, dio a conocer el plan a un fraile mercedario de nombre Andrés Torresano. Le habló “de un proyecto de las medidas que debían tomarse para asegurar la libertad e independencia de este Reino, en el futuro e hipotético caso de que la Francia sojuzgue la Metrópoli, y no quede ninguno que legítimamente suceda al trono del S. D. Fernando VII”21. Torresano, acaso perplejo, acaso aquejado de escrúpulos, consultó la cosa con otro mercedario, fray Andrés Polo, y este Polo entrevió que algo perverso se agazapaba detrás de esa fachada de fidelidad al Rey, y pasó denuncia a José María Peña, y éste, a Manzanos, asesor general.22 Fue, pues, tomado preso Salinas, y, tras él, el Marqués de Selva Alegre, Morales, Rodríguez de Quiroga, el cura de Píntag don José
20 Rocafuerte, A la Nación, Quito, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, 1908, pp. 237-238 21 Alegato de Quiroga, cit. en nota 14, Memorias, p 73 22 Salinas, en su alegato dio esta versión del porqué de la denuncia hecha por Polo: “El caso es, que el enemigo capital mío, como a V.E. consta, D. Simón Sáenz, abusando de la íntima amistad que él, su hija Dña. Josefa y su marido el Auditor, tienen con el Padre Polo, siendo éste compadre de ambos, y de su sencillez, contándoles de mi Plan, le influyeron e hicieron creer era para República, impeliéndolo lo denunciase por tal”. Roberto Andrade, Historia del Ecuador, T. II. Dos apéndices al Tomo I. Guayaquil,Editores Reed & Reed, s.a., p. 692

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Riofrío y Nicolás Peña. “Yo he visto dilacerado el honor de cinco americanos de lustre, de nacimiento y de circunstancias públicas” -reclamaría Rodríguez de Quiroga en su Alegato-. Nosotros teníamos noticia de seis. Faltó uno. ¿Cuál? Seguramente Riofrío, a quien por su condición sacerdotal se le habrá excluido de la orden de prisión. Para la prisión de los próceres no faltaban motivos. “Don Nicolás de la Peña -ha consignado el dato Jijón y Caamaño- propuso a su primo doctor José Antonio Mena “formar república en esta provincia”, extinguiendo el gobierno de la Audiencia y creando una Junta”23. Y había cartas del Marqués de Selva Alegre que alentaban a que sus corresponsales hicieran en sus sitios lo que había de realizarse en Quito. “Morales -ha escrito el mismo distinguido historiador- aprobó la carta de Selva Alegre”. Una conclusión se nos impone con nitidez y es de la mayor importancia histórica. Llegaron a ella Nicolás Clemente Ponce, en 1909, y Jacinto Jijón, en 1922. Ponce escribió: “En la conspiración de 1808 se halla el pensamiento genuino con que nuestros padres emprendieron la obra legendaria de la emancipación americana”24, y Jijón y Caamaño: “Era, pues, el plan pesquisado en Marzo idéntico al realizado en Agosto; los comprometidos eran los mismos e iguales las funciones a que estaban destinados”. Denunciado el plan de Salinas directamente al presidente Ruiz de Castilla, este -según su secretario, el memorialista Stevenson- “dio una comisión secreta al oidor Fuertes Amar para proceder legalmente contra los individuos sospechosos”. Puestos en prisión los al parecer conjurados, se instauró un proceso secreto, con prácticas inquisitoriales -las quiteñas, que nunca llegaron a torturas y otros crímenes de lesa humanidad-. “Se acudió a todos los medios para evitar que la gente conociera sobre el estado del proceso -recordaría Stevenson-; a ninguna persona se le permitió ver a los prisioneros, a los cuales se les privó de los medios para comunicar a sus amigos sobre los particulares de su situación; al secretario no se le permitió que tuviera la asistencia de un amanuense”25. Detrás del apunte se puede ver, del lado de las autoridades, el pánico a que la rebelión cundiese en la levantisca Quito, y, del lado de la ciudad, el
23 Jijón y Caamaño, Influencia de Quito, ob. cit. p. 13. de mayo de 1922. 24 N. Clemente Ponce, ob. cit. en la nota 14, pg. 63 25 Stevenson, ob. cit. 491

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clima de incertidumbre que debía reinar y la ola de rumores que alimentaría las interminables tertulias a que tan afectos eran los quiteños. Y entonces aconteció aquello despampanante ya dicho. Lo cuenta Stevenson con parco laconismo inglés: “En los primeros días de Abril, cuando Muñoz (el secretario del proceso) se dirigía al palacio a informar al Presidente, sobre el proceso, le fueron robados los papeles”.

LA FILOSOFIA DEL GOLPE Pieza capital del proceso era el alegato del Dr. Rodríguez de Quiroga, y este estupendo discurso de exaltación del ideario de los revolucionarios ni se perdió ni se lo hizo desaparecer por comprometedor, como hemos visto. “Esos papeles -dio la primera noticia Stevenson- llegaron a las manos de Quiroga” y él hizo de su pieza proclama de libertad, “y propagó su contenido entre las personas que él juzgaba más apropiadas para confiarlos” (el plural porque el cronista hablaba de los “fines”)26. Y, a vuelta de todo lo que aquí halla el historiador, el de la literatura del tiempo da con un caso ejemplar de publicista y de difusión de su obra más importante; en cuanto a la recepción, se la puede apreciar, sin duda, por cuanto acaecería en Quito en los meses siguientes. El Alegato, muestra de la nueva prosa quiteña, es un soberbio sermón laico. Que nos invita -y lo exige- a hallar en él lo que fue la filosofía del golpe entonces abortado y que se daría el 10 de agosto de ese 1809. El vicerrector de la Universidad no reniega de ese plan que supuestamente había entregado Salinas al fraile Torresano; más bien lo defiende como “sentimiento general de toda América”, y lo resume en “constancia y fidelidad hasta el último extremo con el Sr. Dn. Fernando VII; y si por desgracia falta éste y no hay sucesor legítimo, independencia de la América, cualquiera que sea su gobierno”27. Morales no podía saber lo que en ese mismo tiempo acontecía en España, con una Madrid ocupada por las tropas francesas y hábiles y duras presiones por el Emperador de los franceses que culminarían el 7 de mayo con la
26 Ibid. 493 27 Las citas del Alegato, publicado en las Memorias de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Real Española, ver nota 14.

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abdicación de Carlos IV, en cuyas manos había puesto el día anterior Fernando, el hijo y heredero, su propia abdicación: “He resuelto ceder, como cedo, por el presente todos mis derechos al trono de las Españas y de las Indias a favor de Su Majestad el Emperador Napoleón”. Tan tremendas noticias tardarían semanas en llegar a América; pero el perspicaz y ducho intelectual que era Morales bien podía adelantar el lamentable final de ese Príncipe de Asturias al que Napoleón veía como “muy estúpido”. De allí el curso del Alegato. Rodríguez de Quiroga presenta a España como un régimen en que la voluntad real no se consideraba omnímoda; era, por el contrario, el caso de un Rey “sujeto por las leyes fundamentales del Reino a los consejos, a los nobles o grandes y a las cortes que representaban los derechos de los pueblos”. Que esto no se hubiera mantenido se debía a “los abusos de la administración ministerial y favorita”. Recuerda el docto americano la fórmula de coronación de Aragón, que pronunciaba solemnemente el Justicia Mayor: “Nos, que valemos tanto como Vos, os hacemos nuestro Rey y Señor con tal que nos guardéis nuestros fueros y libertades y si non no”. La argumentación, brillante, era radical: los monarcas españoles no pudieron por sí -“sin el consentimiento de los estados generales de la nación en sus cortes”- abdicar el reino. Tras apoyarse en sólidas autoridades, concluye que “ocupada España por los enemigos, cesa la dependencia de la América”. Estudia la cesación de reinados y dominios y da un paso más en sus conclusiones: España, vencida, “deja de ser para ellas (las colonias) la Metrópoli, y desde que fuera vencida se la considera como una provincia sojuzgada y reunida por la fuerza al Imperio Francés”. América tiene, “fundadas en el Derecho Natural y de Gentes, las razones legítimas” para resistir a Bonaparte. Exhibe entonces un documento más directo que esos del derecho: una carta “de nuestro caro y desgraciado Rey”, dirigida a los asturianos, “en que les intima peleen para sí mismos, por sus libertades, y por la resistencia al yugo opresor del déspota”. Un delicado sofisma se emboza tras tan briosa argumentación: identificar la lucha del pueblo español contra el invasor con la que él propugnaba para los americanos. El pueblo español lucha por su causa, “¿por qué -pregunta- no podrá hacerlo la América?, ¿cuál es la diferencia para que en la península sea un entusiasmo heroico y en el continente de América un crimen de alta traición?”. Detrás de todas esas razones para probar ante las autoridades
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españolas la bondad de las luchas americanas que esos adelantados de la libertad impulsaban estaba lo que apenas podía formularse con nitidez -sin que se lo usase para probar el cargo de traición al estado de cosas vigente-: ha llegado la hora de reflexionar sobre los derechos de los pueblos a decidir su suerte por sí mismos. Sustraídos los papeles del proceso, cabía que se lo reiniciase. ¿Por qué no lo hizo el fiscal Arechaga? ¿Pesaron “las muchas talegas que dicen que le dieron los Montúfares”, como se afirmó en una de las declaraciones del proceso28 ? ¿O fue, como lo sugirió Jijón y Caamaño, que “era criollo y procuró justificar la conducta de los americanos”? ¿O fue, como el propio acusado argüiría un año más tarde en su defensa, “porque en la formación del respectivo proceso no se pusieron en ejercicio las reglas, prevenciones y cautelas que son indispensables para el claro descubrimiento de los delitos de esta naturaleza”29 ? Ello es que la causa no se reinstauró y los ilustres prisioneros recobraron la libertad.

REVOLUCION Y NUEVO GOBIERNO Los meses siguientes fueron de tensa calma -los conjurados, sin duda, habíanse tornado más cautos-. Esa calma era turbada por las noticias que llegaban de España. “Cualquier noticia llegada de España -recordaba Stevenson- servía para aumentar la aprehensión y el desmayo de los gobiernos y de los españoles residentes en América”. Los americanos que pensaban como Morales y Quiroga atenderían a esas noticias en impaciente espera de la señal para resolver que la monarquía española había perdido sus derechos y debían crearse en América Juntas como las que había en España. Así se supo que el l5 de junio, las Cortes instaladas en Bayona habían elegido soberano a José Bonaparte. La comunicación que enviaría la Junta quiteña a los cabildos de todas las ciudades y villas de la Presidencia prueba que los quiteños conocían el lamentable suceso. La señal, pues, estaba dada. En contra de algunos más prudentes -acaso los que Zúñiga llama los “criollos apergaminados”: el Marqués de Selva Alegre, Pedro Montúfar, Salinas, el cura Riofrío-, los más impacientes y, por supuesto, los más radicales, con Morales, Rodríguez de Quiroga y Ascázubi a
28 Proceso de la Revolución de Quito t. IX, Archivo Histórico Municipal, Quito. 29 Así en la acusación que presentó, como fiscal interino, en el proceso contra los implicados en la Revolución del 10 de agosto de 1809. En la Revista del Museo Histórico, Quito, 1919

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la cabeza, creyeron en agosto de ese 1809 que no se podía aplazar más la hora del pronunciamiento revolucionario. El 7 se reunió en la casa de Ascázubi, convocado por Morales, un pequeño grupo, para que el propio Morales dictase el Acta de instalación de la Junta. Al día siguiente, en una nueva reunión, más amplia, los representantes de los barrios de Quito firmaban un poder “para que -según lo atestiguaría Salinasdeterminados sujetos executasen la Revolución”.30 Estaba todo listo para el 9. Para la noche de ese día, el de San Lorenzo en el santoral cristiano, se organiza una fiesta para homenajear a Lorenzo Romero, hijo adolescente de uno de los conjurados. Invitaba doña Manuela Cañizares a la habitación que ocupaba en los interiores de la casa parroquial de El Sagrario. La lista de los asistentes a esa fiesta, que encubría otra, mayor, histórica, es la de los patriota comprometidos. Cincuenta: Morales, Rodríguez de Quiroga, Arenas, Vélez, Egas, Sierra, Paredes, Flor, Vargas, Romero, Saa, Cevallos, Barrera, Villalobos -Mariano, Francisco no asistió-, Coello, Correa -cura de San Roque-, Castelo -presbítero auxIliar de El Sagrario, que también residía en la casa parroquial-, los Ante -Antonio y Juan-, Padilla, Pineda, Ortega, Donoso, Bosmediano, Checa, Larrea... Y un organista llamado Pacho, el escribano Juan Antonio Ribadeneira y el procurador Garcés. Salinas -según propia confesión- salió de la cama y llegó tarde, cuando todo estaba decidido.31 Ya bien entrada la noche, Juan de Dios Morales tomó la palabra para, en apasionado discurso, exponer las ideas -como lo sabemos ya, largamente maduradas por él y por Rodríguez de Quiroga- que fundaban el trascendental gesto político que iban a exhibir ante el mundo. El imperio español rendido al poder napoleónico, la falta de gobierno que amenazaba a las provincias con el caos en que ya se estaba sumiendo la metrópoli, las Juntas como única salida. Y leyó el Acta y Plan de Gobierno. Todos los presentes, vibrantes de emoción cívica, aclamaron el pronunciamiento. Procedió luego Morales a anunciar, barrio por barrio, los documentos que acreditaban a sus representantes, y barrio por barrio eligieron a sus diputados, en las primeras elecciones de una nueva patria. Acto seguido todos firmaron esa partida de nacimiento de la patria a vida republicana, con sus representaciones, ministerios y fun30 En la confesión rendida en el proceso, 12 de diciembre de 1809. 31 Museo Histórico, 4, Quito, 1950, p. 13

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ciones del Estado, que se leyó solemnemente, como pronunciamiento de Quito: Nos, los infrascritos diputados del pueblo, atendidas las presentes críticas circunstancias de la nación, declaramos solemnemente haber cesado en sus funciones los actuales magistrados de la capital y sus provincias; en su virtud, los representantes o delegados de los barrios del Centro o Catedral, San Sebastián, San Roque, San Blas, Santa Bárbara y San Marcos nombramos por representantes a los Marqueses de Selva Alegre, de Solanda, de Villa Orellana y de Miraflores y a los señores Manuel Zambrano, Manuel de Larrea y Manuel Mateu para que, en junta de los representantes que nombren los Cabildos de las provincias que forman la Presidencia de Quito, compongan una Junta Suprema que gobierne interinamente la Presidencia a nombre y como representante de Fernando VII y elegimos y nombramos por Ministros Secretarios de Estado a don Juan de Dios Morales, a don Manuel Quiroga y a don Juan de Larrea,al primero para el despacho de Negocios Políticos y de Guerra, al segundo, de Gracia y de Justicia y al tercero, de Hacienda; de Jefe de la Falange al Coronel Juan Salinas y de Auditor de Guerra a don Pablo Arenas. Acordamos también la formación de un Senado, compuesto de dos salas para la administración de justicia en lo civil y en lo criminal. 32 Pero el triunfo de la Revolución e implantación del nuevo gobierno dependían de las armas. Y el seducir a la tropa para que acatase a la Junta solo podía hacerlo Salinas, por el inmenso ascendiente que tenía sobre la tropa de la ciudad -150 efectivos-. Hacían guardia militares ya apalabreados por Salinas, que le franquearon la entrada al cuartel, y el Coronel hace formar la tropa en el patio y la arenga. ¿Con quién estaban, con el usurpador Napoleón o con el rey Fernando VII? Todos están por el Rey. Entonces les lee el pronunciamiento de Quito y les anuncia el nuevo gobierno, de la Junta constituida como las de España. A Villaespesa, comandante de la tropa, y al teniente Rezua, ajenos y seguramente contrarios al pronunciamiento, se los arresta en sus casas con centinelas de vista. Y se puso guardia a las casas de regente, oidores y más miembros del gobierno depuesto. Todo se había consumado esa noche.
32 En Borrero, ob. cit,, pp. 24-25

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En la mañana, a primera hora, se cumplieron dos diligencias indispensables, con la debida solemnidad. La primera la cuenta así el propio secretario del depuesto Presidente: Muy temprano en la mañana del día diez de Agosto de 1809, dos quiteños, de apellidos Ante y Aguirre, visitaron al Presidente trayendo consigo una carta. El ordenanza que estaba en la puerta de la antesala se negó a llevar carta o mensaje alguno a Su Excelencia a una hora tan poco apropiada; pero Ante insistió en la necesidad de su entrega inmediata, diciendo que contenía asuntos de importancia de la JUNTA SOBERANA, un nombre nuevo tanto para los oídos del ordenanza como lo era este cuerpo en América. El ordenanza despertó al Presidente, y entregándole la carta le repitió las palabras que había escuchado como una excusa por su inoportuno acto. Habiendo leído la suscripción el Presidente - “De la Junta Soberana para el Conde Ruiz, ex-presidente de Quito”- se vistió y leyó: “El convulsionado estado actual de España, la total aniquilación de las autoridades legalmente constituidas, y el peligro de la corona del amado Fernando VII y sus dominios de que caigan en manos del tirano de Europa, han obligado a nuestros hermanos al otro lado del Atlántico a formar gobiernos provisionales para su seguridad personal, así como para luchar en contra de las maquinaciones de algunos de sus compatriotas traidores, indignos de llamarse españoles, y para hacer frente a las armas del enemigo común; los leales habitantes de Quito, resueltos a asegurar para su Rey y Señor la posesión de esta parte de su reino, han establecido una Junta Soberana en esta ciudad de San Francisco de Quito, a nombre de la cual y por órdenes de su Serena Alteza el presidente y los vocales, tengo el honor de informar a Usted Su Excelencia y anunciarle que las funciones de los miembros del antiguo gobierno han cesado; Dios dé la vida a Su Excelencia por muchos años. Sala de la Junta de Quito, 10 de Agosto de 1809. Manuel Morales, secretario del interior. 33 La otra se realizó en la Plaza Mayor. El pregonero de oficio, Clemente Cárdenas, leyó el primer bando de la Suprema Junta Gubernativa de Quito.
33 Stevenson, ob, cit. 493-494

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El Marqués de Selva Alegre fue llamado de su hacienda de los Chillos para que ocupase la presidencia de la Junta. Los revolucionarios necesitaban del prestigio y ascendiente del acaudalado aristócrata, sobre todo para la imagen que la Junta iba a dar hacia el exterior. El mismo día 10, de febril actividad, la Junta emitió un “Manifiesto al público”, con una versión más larga y razonada de sus motivaciones. Ese Manifiesto de la Junta tuvo, suerte de respuesta o de eco, algo más tarde34, otro, un “Manifiesto del pueblo de Quito”. Los dos, nacidos del mismo espíritu, exponen las mismas ideas fundamentales, y fueron una temprana muestra de comunicación institucional de los revolucionarios. Son dos textos claves, que tuvieron decisivo efecto sobre los habitantes de la ciudad que aún podían estar indecisos frente a los tremendos acontecimientos que se vivían ya e iban a vivirse, y parece que llegaron a varios destinos de América e inspiraron o animaron sentimientos autonomistas. Del “Manifiesto de la Junta” escribió Carlos de la Torre Reyes: “circuló profusamente en las principales ciudades americanas e inspiró muchas proclamas de independencia” 35. Para la historia de la literature ecuatoriana, esos dos textos resultan ser las primeras páginas de una nueva escritura oficial, la republicana. Desbordando los fríos límites del puro informe, son textos destinados a convencer y mover, sin más medio que la escritura. Es decir, valgan lo que valgan, literatura. En cuanto a su contenido, era el de la gran transformación política puesta en marcha ese 10 de agosto, el momento más alto e intenso de la historia de la ciudad de las revoluciones de las Alcabalas y los Estancos. El manifiesto de la Junta se abre con declaración radical y valiente. Es “el pueblo que conoce sus derechos” y “que está con las armas en la mano” el que “da al mundo entero satisfacción de su conducta”; lo hace no por obligación -ya que no reconoce más juez que a Dios- sino por honor. Ha relevado del mando a un gobierno inepto. El conde Ruiz de Castilla, decrépito, no ha gobernado y se ha dejado gobernar como un niño, llevando el reino a una situación anárquica.
34 “Este hecho, posterior al 10 de Agosto” -dijo Rodríguez de Quiroga, su autor (como lo veremos en su propio lugar) en su Defensa. Roberto Andrade, Historia del Ecuador, Apéndice al T. I, p. 620 35 Carlos de la Torre Reyes, La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809, Quito, Editorial del Ministerio de Educación, 1961, p 223. Lamentablemente sin entrar en detalles de cosa tan importante ni citar fuentes.

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Gran parte de ese descuido en el gobierno tiene que ver con la pasividad frente a la desgracia del Rey. Pero algo más reclamaron esos americanos resentidos -fue Stevenson quien denunció en Morales y Quiroga resentimiento y afán reivindicatorio de sus propios derechos-. Dura la primera formulación de la queja: “No se nos ha tenido por hombres, sino por bestias de carga, destinados a soportar el yugo que se nos quería imponer”. Y los españoles europeos ni en la grave crisis de la nación española han hecho causa común con los españoles americanos; más bien “ostentan una rivalidad ridícula” soñando en “conservar su señorío”. Su política ha sido tratar de ocultar lo que pasaba en España y seguir con celebraciones fatuas. Y los que conocían la situación europea eran tenidos por sospechosos. La mejor prueba es la causa de Estado “seguida contra personas de notorio lustre y de fidelidad al Rey a toda prueba”. Proceso por el único cargo de “un plan hipotético de independencia para el caso de ser subyugada la España y faltar el legítimo soberano”. ¡Y se tacha a los procesados de reos de bonapartismo! Los españoles europeos se han mostrado enemigos mortales de los criollos y han perseguido a tan importantes encausados. “Con que la conducta de estos para asegurar su honor, su libertad y su vida, ha sido dictada por la propia naturaleza, que prescribe imperiosamente al hombre la conservación de sus preciosos derechos”. ¡Cómo enlaza este último párrafo con los altivos reclamos de Espejo en sus alegatos! Era el mismo espíritu, que ahora abría cauce en el devenir histórico. Era urgente emprender acciones. A España, si no se hubiese adormecido, “no la hubiera sorprendido el francés en el letargo”. Se presenta luego el caso español, contexto para entender eso de la Junta. España, sumida en la anarquía, constituyó Juntas Parciales de Gobierno, y para evitar la disgregación erigieron una Central Suprema Gubernativa en Madrid. Pero, al entrar el Emperador en la península, dominar todas las provincias y poner en el trono a su hermano José, la Junta “profugó” hacia Sevilla, “y está reducida a mandar solo en Andalucía”. Este fue el punto más flojo de la argumentación, porque del otro lado podía argüirse que el cambio de sede de un gobierno no altera los derechos que ese gobierno pudiese tener. “Ni el Reino de Quito -se prosigue-, ni alguno otro de la Amé-

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rica declarados parte integrante de la Nación española, reconocen por tal a la Andalucía sola”. Curiosamente, las conclusiones no necesitaban del dudoso argumento. Son dos. El mismo derecho que tiene Sevilla pra formar Junta Suprema de Gobierno tiene cualquiera de los reinos de América. (La Central está extinguida). Y, “habiendo cesado el aprobante de los magistrados, han cesado también éstos sin disputa alguna en sus funciones, quedando, por necesidad, la soberanía en el pueblo”. Por el pueblo que conoce sus derechos se abrió el “Manifiesto” y con el pueblo soberano se cierra. Eso era lo sustantivo de la Revolución, que, para transigir con siglos de sujeción a un Rey que la poderosísima Iglesia en aula y púlpito pregonaba de derecho divino, tomaba la forma de Junta provisional de gobierno, estableciéndose como se habían establecido otras en la monárquica España. (En el pliego que la Junta envió a los Ayuntamientos de Ibarra, Popayán, Riobamba, Cuenca, y a las Asambleas de Otavalo, Latacunga, Ambato, Alausí y La Tola, al pedir que se eligiesen representantes para la Junta quiteña se decía que el sueldo de que tales representantes gozarían era “según la soberana disposición del pueblo” 36).

POR LA NACIÓN Y LA PATRIA El 16 se celebró un Cabildo abierto en la sala capitular de San Agustín, con multitud del pueblo agolpada en patio y corredores del convento. Allí, tras breve arenga del Marqués de Selva Alegre y ardientes discursos de Juan Larrea, Rodríguez de Quiroga y otras figuras menores, el Ministro de Estado Juan de Dios Morales leyó las actas y presentó las acciones de la noche del 9 y mañana del 10, “y todos unánimes y conformes, con reiterados vivas y aclamaciones de júbilo ratificaron cuanto se había propuesto y ordenado”. Especial sentido tenía tal ratificación porque Morales había invitado al pueblo para que “dijese cualquiera el reparo que tuviere que poner o que anotar sobre el establecimiento de la Suprema Junta de Gobierno y lo dijese con libertad puesto que ya se había acabado el tiempo de la opresión”.
36 Documento publicado por Nuevo Tiempo de Bogotá, 13 agosto 1943, reproducido por Zúñiga, ob. cit. en nota 7, p. 412

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Concluye así la relación del acto hecha por el escribano de la Junta, Atanasio Olea: “Concluida esta sesión tan plausible por la uniformidad y contento de los vecinos de todos los rangos y estados, se extendió el acta más solemne que en nuestros días se ha visto y la suscribieron gustosos todos los concurrentes autorizándola los Escribanos de Cámara y Gobierno, públicos y Reales de esta Capital, quedando desde este punto firme la Constitución Gubernativa e instalada la Suprema de Quito con el aplauso y regocijo completo de más de 60.000 hombres que según las últimas enumeraciones había en esta ciudad”.37 Al día siguiente, en solemnísima ceremonia religiosa, con representación de toda la sociedad y asistencia masiva de ciudadanos se juramentaron los miembros de la Junta, que habían llegado a la catedral por entre arcos triunfales con “inscripciones y jeroglíficos”. Tras los juramentos de fidelidad al “Rey Señor Natural”, de rigor, y el de conservar en unidad y pureza la religión católica, se juraba algo nuevo, a tono con el tiempo que la Revolución inauguraba: “Y juramos, finalmente hacer todo el bien posible a la Nación y Patria, perdiendo, si necesario fuere por estos sagrados objetos, hasta la última gota de nuestra sangre, y por la Constitución”.38 Presidió la ceremonia, vestido de mediopontifical, el obispo José Cuero y Caicedo, orador sagrado, antiguo condiscípulo de Espejo, vapuleado por este en su Luciano, y años después fundador con el Precursor de la Sociedad Patriótica de Amigos del País 39. ¿Estaba allí para aprobar, en nombre de la Iglesia de América, el altivo pronunciamiento de las gentes quiteñas, suscrito por sus barrios? ¿No era su mera presencia, en los primeros días rehuida, signo de esa aprobación? Hay un documento que desvela lo que el Obispo, a la cabeza de su clero curial, sentía y pensaba en su interior en los días que precedieron a la solemne ceremonia de la jura, mientras por fuera él y los otros eclesiásticos oficiaban diligentes y presidían devotos. El pliego, reservado en manos de la Priora del Carmen so pena de excomunión, es un “Acta de exclamación” y constituye impresionante confesión. Vale la pena leerlo íntegro, por farragoso y enrevesado que resulte:
37 La Relación del escribano Olea se publicó en Museo Histórico, n. 6, Quito, 1950 38 Relación del escribano Atanasio Olea, Museo Histórico, n. 6, Quito, 1950, p. 24 39 Dimos lugar al Obispo en nuestra Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII, Ambato, Consejo Nacional de Cultura y Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo de Tungurahua, 2002,vol. II, pp. 1247 y ss.

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En la ciudad de San Francisco de Quito, en catorce días del mes de Agosto de mil ochocientos nueve, habiéndose congregado por su Señoría Ilustrísima el Venerable Deán y Cabildo de este Palacio Episcopal, para tratar y conferir lo que debían hacer en las difíciles circunstancias en que se halla la Ciudad, previo el correspondiente juramento que hicieron tecto pectore et corona, de guardar inviolable sigilo hasta su tiempo por convenir así al decoro, honor y respeto debido a la Sagrada Dignidad Episcopal, al Venerable Cuerpo Capitular y a todo el Clero de la Diócesis. Hizo presente su Señoría Ilustrísima la amargura en que se halla sumergido su corazón, por la repentina e inesperada invasion, que hallándose a cinco leguas de distancia en la Recoleta Franciscana del Pueblo de Pomasque, ejecutaron el diez del corriente unos pocos hombres que se atrajeron a su Partido a la Tropa y se apoderaron de las Armas, con cuya fuerza depusieron de sus empleos al Excelentísimo Señor Conde Ruiz de Castilla, Presi dente de esta Real Audiencia, Don José González Bustillo Regente, y Don José Merchante de Contreras Decano de la misma; arrestando sus personas, y las del Comandante de la Tropa Don José Villaespesa, Teniente Don Bruno Rezua, Asesor General Don Xavier Manzanos, Administrador de Correos Don José Vergara, y Regidor Don Simón Sáenz en el Cuartel, y mudando el Gobierno con la creación de una Junta llamada Suprema, Senado para el Despacho de las causas Civi les y Criminales, y otros atentados que acreditaban bien los designios perversos que se han propuesto, y las violencias que para su verificación pueden cometer. Que executadas así las cosas publicado todo por bando, corrido oficios a todas partes, depuestos los señores Gober nadores de Cuenca, Guayaquil y Popayán, según se dice públicamente, se le han corrido Oficios y Diputaciones a Pomasque, para que su Señoría Ilustrísima se venga a esta Ciudad, y presencie el Juramento que tienen acordado hacer en la Iglesia Catedral el diez y siete de este mismo mes. Que ha contestado accediendo a ello; pero con el designio de no verificarlo, sino con el consejo de su Venerable Cabildo, y en los términos que se acordaren, si pareciese conveniente a sus individuos. Que su Señoría Ilustrísima se hace cargo y pone presente, por una parte, que la asistencia a la Catedral al Juramento dispuesto autoriza de algún modo con que se ha depuesto a los legítimos Magistrados y constituyéndose otros que deben estimarse verdaderos Usurpadores de la Real Audiencia, contraviniendo con esto al Juramento de fideli-

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dad que tenemos todos hechos a favor de nuestro Amado Rey y Señor Natural Fernando Séptimo, y la Junta Suprema Gubernativa del Reino, que le representa. Pero que por otra parte reflexiona que hallándose los principales invasores en un estado de verdadera locura, furor y ceguedad, no se conseguirá con la resistencia del Prelado y su Clero otra cosa que encender más el fuego y sufrir infructuosamente el Estado Santo de la Iglesia, atropellamientos, vejaciones y desprecios. Que desde luego Su Señoría Ilustrísima y su Venerable Cabildo con los demás Ministros del Altar sufrirían gustosamente prisiones, destierros, y aun la misma muerte; pero que no parará en esto solo; sino que los tiranos facciosos para llevar adelante sus proyectos, derramarían ríos de sangre de este Pueblo inocente que no ha tenido parte en sus crímenes. Que comprende que el impulso de las pasiones vivas que hoy los agita, podrá templarse dentro de breves días, y con más oportunidad se desbaratará esta máquina horrible, sin causar a los fieles tantos males. Que para la consecución de esto, Su Señoría Ilustrísima y su Clero, dirigirían al cielo sus más fervientes oraciones y procurarán en las conversaciones en el tribunal de la Penitencia y en cátedra del Espíritu Santo desengañar a los preocupados y poco a poco ir disponiendo los ánimos para la reposición de las cosas a su debido orden, y ser. Qu en esta virtud, estimándose obligado a evitar los daños y deterioros de la Grey que se le ha encomendado, conceptúa conforme a los dictámenes de la prudencia, no precipitar las cosas por un celo ardiente, y poco conforme con el espíritu de mansedumbre y lenidad que debe caracterizar a los Ungidos de Dios vivo, y ceder por ahora a la fuerza y violencia de los mandones que están respaldados de toda la Tropa y Armas. Que en consecuencia le parece a Su Señoría Ilustrísima que se presten a la asistencia a la Iglesia Catedral, Misa y Juramento que harán los Facciosos baxo las protestas más Solemnes de no adherir a los principios que se han propuesto los sediciosos, de no faltar a la fidelidad de Vasallos del Rey Nuestro Señor, a los Votos que en esta razón tienen hechos y a los principios de la Religión que nos mandan obedecer a los legítimos Magistrados, que son los que indignamente han sido depuestos. Y habiéndose conformado todos, y cada uno de los Señores Capitulares con el parecer de su Señoría Ilustrísima, acordaron asistir a la Misa y Juramento baxo la siguiente protesta que hacen delante de Dios. Que de ninguna manera se entienda que su Señoría Ilustrísima, su

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Venerable Cabildo y el Clero hacen tal juramento; que solamente lo presencian materialmente por la fuerza en que se halla constituida toda la Ciudad, y para evitar no tanto el atropellamiento de los Ministros del Altar que lo recibirán todo con resignación cristiana, cuanto el derramamiento de la sangre del inocente Pueblo, por cuya conservación únicamente miran. Que se mantienen firmes delante de los Cielos y tierras en el amor, obediencia y fidelidad que profesan a su Rey. Que no reconocen por legítimas Autoridades a las que han constituido los insurgentes a nombre del mismo Pueblo que se halla ignorante de todo. Que la aplicación del incruento sacrificio que ha de celebrarse, sea precisamente por la restitución de nuestro prisionero y venerado Monarca, prosperidad de sus invencibles armas y fidelidad de toda su vasta Monarquía. Y que para resguardo de su Señoría Ilustrísima y su Clero, y el hacerlo constar a su tiempo ante la Soberanía y al Mundo entero, y que todos conozcan que proceden coactos y sin libertad por sólo evitar los grandes males, que de lo contrario se seguirán, se extiende esta Acta de Exclamación formal y solemne, y cerrada y sellada con siete sellos se custodia por la Prelada de uno de los dos Cármenes, imponiéndola en la carátula, precepto formal de Santa Obediencia , y pena de Excomunión Mayor Late sententie de guardar secreto, y no devolver el Pliego, sino a su Señoría Ilustrísima, y por su muerte al Venerable Deán y Cabildo Sede Vacante, por los daños que de su publicación pueden seguirse. 40 Es decir que la Revolución nacía con adversarios internos poderosos y solapados -verdadera quinta columna-. Para obispo y alto clero no pasaba de ser abuso de “tiranos facciosos” con sus “designios perversos”. Y así se orientaría a cuantos acudiesen a los confesionarios por consejos para bien actuar ante las novedades que Quito vivía. Y en el Cabildo quiteño las opiniones, estaban lejos de ser unánimes. Un precioso documento nos introduce en la sesión del 5 de septiembre de ese 1809, convocado para dar “en cabildo abierto” contestación a descortés nota dirigida al gobierno quiteño por el Cabildo de Popayán. Allí el Regidor Pedro Calisto, refiriéndose al 10 de agosto, manifesto que el Cabildo “no había parte en el acahesimiento del expresado día ni se había contado.con él para nada”. Indignó esto a
40 El “Acta de Exclamación” se publicó en Museo Histórico, n. 29. Consta en el proceso seguido a los revolucionarios de Agosto. La reprodujo íntegra Borrero, ob. cit. pp. 36-38

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uno de los patriotas más decididos, el Regidor Manuel Zambrano, y repuso “que el Pueblo Soberano había instalado la Junta sin tener necesidad de contar con el Cabildo porque había reasumido en sí todas las facultades Reales”. Alza la voz entonces el Regidor Manuel Maldonado y le replica: “¿Que cómo era eso de Pueblo Soberano viviendo el Señor Don Fernando Septimo, y su Real Dinastía? ¿Como puede llamarse Pueblo unos pocos hombres, que se hicieron convocar la noche del nueve de Agosto?” Manuel Zambrano lo frenó con firmeza. Le opuso “que si el Cabildo hubiese tenido algún derecho lo había perdido con no haber representado cosa alguna en el día que fueron congregados en el General de San Agustín”. Pero otros dos contumaces monárquicos, el tristemente célebre Juan José Guerrero y José Salvador, insistieron en que “conforme a las Leyes de España no había Pueblo Soberano, porque el Reyno de España era Monárquico, y su sucesión hereditaria” 41 En la misma Junta se incrustarían realistas convencidos. El ya nombrado Juan José Guerrero mostraría en el proceso que seguiría al fracaso del levantamiento, bajo los juramentos de rigor, la postura más reaccionaria: protestaría “que la junta de algunos plebeyos no representaban al pueblo; que el Pueblo propiamente dicho nada tenía que hacer en la formación de un Gobierno, con especialidad de las Indias”, dando por válidos los derechos de conquista. Y confesaba paladinamente haber aceptado su vocalía con el empeño -secreto- de “restablecer las autoridades legítimamente constituidas” y, en cuanto a las expediciones militares, “pudo usando de prudencia burlar y resistir esta empresa”. 42 Y lo peor de todo era la postura hesitante y casi claudicante del Marqués de Selva Alegre -a quien Stevenson pintó como “indeciso y timorato”, “amigo del espectáculo y el alarde, pero temeroso de su propia sombra, como si ella se burlara de él” y que “al igual que el pavo real, dejaba que su plumaje cayera al suelo e intentaba esconderse”; de él, los burlones quiteños decían: “sus zapatos le quedan grandes”43 -. Intimidado por la amenaza del bloqueo inminente dirigió el 9 de septiembre carta al virrey Abascal exponiendo las razones para haber
41 El documento –como documento 4- en Alfredo Flores y Caamaño, Descubrimiento histórico relativo a la independencia de Quito, Quito, Imprenta de “El Comercio”, 1909, pp. XIII-XVI. 42 Todos los alegatos de Guerrero en su favor, que prueban su postura realista y cuanto hizo, taimado, para que fracasase la Revolución –algunos de los cuales ocurrirán en su propio lugar- en la obra citada de Flores y Caamaño..La declaración aquí citada fue también transcrita por Borrero, ob. cit. pp. 58-59 43 Stevenson, ob. cit. 496

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aceptado la presidencia de la Junta: procurar “impedir los desórdenes tumultuosos, tranquilizar los ánimos y reponer el buen orden”, y confesaba un compromiso reservado con Ruiz de Castilla “de hacer todos los esfuerzos más vigorosos para que se haga justicia a su mérito, reponerlo a su puesto y reconocerlo públicamente como a jefe legítimo”.44 El soberbio Abascal retaría al timorato Marqués como “irreflexivo” y lo conminaría a que destruyera la Junta por “mala y ridícula”. La Revolución de Quito no podía encerrarse en los límites de la ciudad y comarca. La Presidencia comprendía también Cuenca y Guayaquil. Uno de los primeros cuidados de los revolucionarios fue dirigir comunicaciones a ciudades, villas y asientos de la Presidencia, a los Ayuntamientos, que eran los que podían plegar a la causa, como representantes de los pueblos. El texto de esa carta circular es clave para ver como presentaban su acción hacia el resto de la Presidencia los quiteños de la Junta. Se proclamaba que, habiendo la nación francesa subyugado por conquista casi toda España, coronándose José Bonaparte en Madrid, y “estando extinguida por consiguiente la Junta Central, que representaba al legítimo soberano”, el pueblo de Quito se había convencido de corresponderle la reasunción del poder soberano, y había creado otra Junta igual Suprema e interina para que gobierne a nombre del señor don Fernando VII, “mientras Su Majestad recupere la Península o viniese a imperar en América”.45 Cevallos recogió el texto de otra circular, que atribuyó al Ministro Morales. Acaso hubo hasta algún otro texto, con variantes debidas a los destinatarios. En el que trae Cevallos, que es cortísimo, la parte medular pedía: “haga saber a todas las autoridades comarcanas que, facultados por un consentimiento general de todos los pueblos, e inspirados de un sistema patrio, se ha procedido al instalamiento de un Consejo Central, en donde con la circunspección que exigen las circunstancias se ha decretado que nuestro Gobierno gire bajo los dos ejes de independencia y libertad”, por lo que, informaba, la Honorable Junta había elegido presidente al marqués de Selva Alegre.46 Cuesta pensar que este texto, de tan avanzado y radical sentido republicano, haya sido destinado a lograr adhesiones institucionales -así fuera de cabildos- a la Junta quiteña.
44 Documento transcrito por Borrero, ob. cit. pp. 52-53 45 Así el texto de la circular como lo reproduce Borrero, ob. cit., p. 46. 46 Cevallos, ob. cit,, 79, pp. 50-51.

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Los cabildos de Ibarra, Otavalo, Latacunga, Ambato, Riobamba y Guaranda reconocieron a la Junta quiteña. En Guayaquil, el gobernador barón de Cucalón y Villamayor rechazó lo actuado en Quito. La carta que dirige al Virrey de Santa Fe tiene este pasaje que respira saña: “Quito no es posible que se conserve en tan perverso estado, y si se me destina para su castigo, haré todo cuanto convenga, y puede ser que logre a poca diligencia: es lugar que debe ser arrasado, y no existir la mala raza de sus hijos” 47. Y a Quito, al de Selva Alegre, le responde de modo sarcástico, insidioso y despectivo. Cuenca, sin molestarse en responder, inicia preparativos para marchar sobre Quito a sofocar el alzamiento. Ni en Guayaquil ni en Cuenca los fanáticos realistas que tenían el poder se engañaron sobre el sentido último del establecimiento de la Junta de Quito y sintieron en riesgo sus privilegios y granjerías. Peor aún, Cucalón ya se veía, en premio del cruel castigo que infligiese a los alzados quiteños, nombrado presidente de la Audiencia... Los pocos guayaquileños sospechosos de simpatizar con las ideas de Quito fueron vigilados. Rocafuerte fue puesto en prisión preventiva. En Cuenca los posibles revoltosos fueron apresados, y a algunos se los envió a Guayaquil engrillados. Allí fueron tratados con la crueldad y arbitrariedad que denunció el provisor Caicedo en su Viaje imaginario -en duros pasajes de esa preciosa crónica de un testigo de los hechos. Popayán y Pasto rechazaron también a la Junta quiteña. En Pasto, la respuesta a la circular -según Cevallos, la de Morales- fue un bando en que se proclamaba que “toda persona de toda clase, edad y condición, inclusos los dos sexos, que se adhiriese o mezclase por hechos, sediciones o comunicaciones en favor del Consejo Central, negando la obediencia al Rey, será castigado con la pena de delito de lesa majestad”.48 Entonces el centro quedó aislado. En el norte y en el sur se aprestaron fuerzas represivas. De Lima partieron tropas por decisión del virrey Abascal -el peor enemigo de cuanto oliese a insurgencia contra el sistema colonial y su personal amplia área de influencia- y de Santa Fe las envió el virrey Amar y Borbón.
47 Carta de 8 de septiembre de 1809, cit. por Zúñiga, ob. cit., p. 415 48 Cevallos, ob. cit., 79, p. 51

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LA RESISTENCIA HEROICA Había sonado la hora de la resistencia heroica; pero para que ella fuese tan resuelta y masiva como iba a ser necesario hacían falta tres factores de los que el movimiento quiteño carecía: el líder, la unidad de las cabezas y el respaldo total del pueblo. La masa del pueblo como lo advirtiera Cevallos- nunca estuvo toda ella decidida por la causa: su devoción al Rey no acababa de convencerse de los fervores realistas de los “insurgentes” -como llamaban los chapetones a los revolucionarios- y la gran mayor parte de los curas cumplían con celo artero la tarea de zapa que les había encomendado el “Acta de exclamación” aquella a cuya suscripción secretísima hemos asistido; en cuanto al líder, se nos ofrece enredado en su sólitos terrores y en procura siempre del pacto que dejase a salvo su persona, lujos y propiedades. De los otros aristócratas puestos a revolucionarios -más por el fervor de los ideólogos de la causa y por las circunstancias, y hasta por la novelería del caso, que por hondas y resueltas convicciones-, Cevallos, historiador tan cercano a los sucesos, dijo que eran “afeminados y de blandas costumbres”, que “veían con horror las violencias”.49 ¿Y cuándo se hizo una revolución sin violencia? Pocas figuras se salvaban de esta general falta de carácter y reciedumbre. Estaban, por supuesto, los ideólogos y apasionados propugnadores del nuevo proyecto político: Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga. Estaba el militar cuya acción había sido ya decisiva y sería tan necesaria en lo futuro, Juan Salinas, ídolo de sus soldados. Sin embargo, Salinas podía aportar entusiasmo momentáneo, apasionado, pero no tenacidad en el propósito. “El carácter de Salinas -escribió Stevenson- era bien conocido por Morales y Quiroga. Era todo un quiteño, volátil y voluble, que abrazaba cualquier objeto con avidez, sin reflexión ni discriminación; Salinas perseguía ardientemente en un principio cualquier esquema nuevo, pero lo abandonaba con facilidad el momento en que dejaba de serlo, o cuando surgía otro”.50 Estaba un grupito de abogados: Ante, Salazar, Arenas y Saa. Y Juan Larrea, que, entre otras cosas, era poeta jocoso... Se imponía organizar un ejército y fue Salinas -con tantos títulos para ello, como los exhibiría en su defensa- el encargado de hacerlo. Con 2000 hombres puso en pie de guerra la Falange de Fernando VII.
49 Cevallos, ob. cit. 79, p. 46 50 Stevenson, ob. cit. 492

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Hubo en la exaltada ciudad un contagioso entusiasmo. Un actor y testigo de los acontecimientos lo pintaría con viveza: “La Falange de Quito, que ya está quasi completa, la gente con muy bella Oficialidad en que se ha empleado la más lucida juventud de Quito pretendiendo con ancia incorporarse en ella cadetes aun los niños de dies a dose años, de modo que no se respira aquí otra cosa que entuciasmo y Patriotismo aun en boca de las Señoras, que de nada hablan con más gusto que de cosas del estado y de la libertad de nuestra Patria ofreciéndose que en caso necesario contribuiran para el mantenimiento de las tropas con las más preciosas Alajas de su uso”.51 Hubo mucho entusiasmo, pero faltó rigor. “En la estructura de la plana mayor -ha escrito Zúñiga- campeó por fatalidad la improvisación técnica, el privilegio, la recomienda y el apellido, constituyendo a excepción de pocos valores en la pericia guerrera todo un desastre de improvisación y desacierto”.52 Un sino trágico se cierne ominoso sobre la joven revolución. La amenaza exterior es cada vez más inminente y más fuerte: son Lima y Santa Fe, los virreinatos, los que se empeñan en aplastar un movimiento que despertaba simpatías en muchos americanos y hasta incitaba a acciones semejantes. “Comenzaron a agitarse en los cabildos las nuevas ideas. Hubo levantamientos en Popayán, en Mompox” -ha escrito Germán Arciniegas 53-, y en la junta convocada por Amar y Borbón con las personalidades más distinguidas de Santa Fe, frente a los españoles europeos y unos pocos americanos que se pronunciaron por llevar la guerra a Quito, a someter por la fuerza a los revolucionarios, los criollos -la mayor parte de la concurrencia- “pusieron en duda la legitimidad del Gobierno de la Suprema Junta Central de Sevilla” y declararon “justificada la conducta de los habitantes de Quito, como basada en los mismos procedimientos y derechos que le dieron nacimiento a tal Junta” y hasta hubo quien opinó “que debía seguirse el ejemplo de Quito”.54 Con rica documentación a la vista, Jijón y Caamaño pudo resumir: “Los tres principales centros del Norte de América Meridional
51 Carta del Marqués de Villa Orellana a don Julián Francisco Cabezas, en Luis Felipe Borja (hijo), “Para la historia del 10 de Agosto de 1809”, Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, T. II, enero-junio, Quito, 1919, p. 431 52 Zúñiga, ob cit., 395 53 América mágica, Buenos Aires, Sudamericana, 1950, p. 190 54 Juan D. Monsalve, Antonio Villavicencio (El Protomártir), Bogotá, Imprenta Nacional, 1920, pp. 59-60

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se conmovieron profundamente con las proclamas de la Junta Soberana instalada en Quito, que hicieron pensar a los criollos que había llegado el tiempo de realizar su aspiración: la de gobernarse por sí mismos; hablóse en público y en privado de lo acontecido, regándose así fecunda semilla. Caracas, Cartagena y Bogotá tuvieron, sucesivamente, sus Juntas, en cuya instalación no pudo menos de influir el ejemplo de Quito, por todos conocido. No en vano escribió Molina: “Este inicuo plan (el de la separación de España) se ha seguido yá por muchos lugares de América confederados con Quito o movidos de su ejemplo”55 Pero por ello mismo, por ver tan peligroso el peligro de contagio de las ideas quiteñas, crece y se fortalece la amenaza exterior, que, sin duda, va a exigir resistencia heroica. Y, frente a ello, en las cabezas del nuevo gobierno quiteño se delata falta de convicción sobre el espíritu que había dado ser y daría su poder de resistencia a la Revolución. El 5 de septiembre, cuando se discute en el Cabildo la descortés nota con que el Cabildo de Popayán había respondido a la circular de Selva Alegre, Juan José Guerrero, José Guarderas, Rafael Maldonado y el ultramontano y traidor Pedro Calisto se redujeron a exaltar el amor al Rey de España y a la religión; solo Manuel Zambrano y Pedro Montúfar defendieron a la Junta y lograron que al fin prevaleciera la posición contraria a la dura comunicación popayanesca. Y al día siguiente, Presidente y vocales de la Junta presentaron proposición firmada para que se restableciera a Ruiz de Castilla y demás viejas autoridades. Los ministros Morales y Rodríguez de Quiroga y Salinas se opusieron indignados. Y otra vez se pronunció el pueblo de Quito, con motines que obligaron a salir de la ciudad y ocultarse a Presidente y vocales. Estos sucesos dejaron el gobierno revolucionario en poder de Morales y Quiroga, apoyados por Salinas, como jefe de las tropas. Los miembros de la Junta, mirados con sospecha por el pueblo, la abandonaron, salvo el Marqués de Selva Alegre, cuyas actuaciones eran cada vez más equívocas. Se envía embajadas a Cuenca, Guayaquil y Popayán en procura de apaciguar la violenta reacción de sus autoridades y buscar adhesiones a la causa. Pero a Cuenca se manda, en “imprudente nombramiento” (Cevallos), a Pedro Calisto, uno de los más contumaces realis55 Jijón y Caamaño, ob. cit. p. 16. Especialmente rica y sugestiva la nota 2. Lo de Molina, en su informe al Presidente de la Regencia, desde Cuenca, el 29 de abril de 1811.

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tas, que hace de su misión gira de sostenidas traiciones. “Fue -como lo ha recogido Cevallos- predicando ardientemente contra la revolución y estableciendo el partido realista en las ciudades de Latacunga, Ambato y Riobamba y más pueblos del tránsito que habían abrazado la proclamación del 10 de agosto”.56 Y a tanto llegó la felonía que desde Alausí dirigió comunicación secreta al coronel Aymerich, jefe militar de Cuenca, informándole sobre las debilidades del gobierno de la Revolución e instándole a cargar sin demora sobre Quito. La exasperación a que tamaños actos traidores llevaron a las gentes leales se manifestó en la reacción de los comandantes Antonio Peña y Juan Larrea que ordenaron dar bala al traidor y, al no ser alcanzado por ellas, cargaron sobre él, espada en mano. Las otras misiones, si no convictas de doblez, sí lo fueron de falta de iniciativa y de ineficacia. De los enviados a Guayaquil, el Marqués de Villa Orellana no llegó a destino y José Fernández Salvador, realista convicto, se quedó en el Puerto. A los enviados a Popayán el Cabildo se negó a recibirlos por ser, se dijo, representantes de un gobierno espurio.

NO QUEDABA SINO LA GUERRA Frente a la amenaza exterior no quedaba sino la guerra. La suerte de la Revolución, como ha pasado siempre, estaba en manos de los ciudadanos armados. Un frente, al sur, era Riobamba. Allí había que detener a las fuerzas realistas de Cuenca. Estaba a la cabeza del Corregimiento Xavier Montúfar y Larrea, hijo del marqués de Selva Alegre, y fue nombrado coronel del ejército expedicionario del sur. Organizó una Compañía de Milicias y otra de Dragones, destacó una Compañía de Milicias a Alausí y envió dos destacamentos a Guaranda. Y solicitó a Quito armamento, cuatro Compañías de la Falange y un oficial para el mando. Pero acción tan apasionadamente asumida fue enfriada por una carta de su padre, el Marqués. “Estoy trabajando incesantemente le confiaba- a fin de verificar mis deseos en la reposición del Conde”.57 Le prometía noticias -en ese mismo sentido de labor de zapa a la Revo56 Cevallos, o. cit., 79, 57 57 Carta transcrita por Borrero, ob. cit., p. 116

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lución- y le encomendaba que “a la hora la comuniques a Pepe Larrea y a los Gobernadores de Guayaquil y Cuenca”. Esta lamentable carta lleva fecha de 2 de septiembre. El 5 de octubre el Cabildo de Riobamba ponía fin a la paralítica acción de Montúfar, decretaba la contrarrevolución -otra obra del traidor Calistoy apresaba al joven Corregidor. El otro frente del sur era Guaranda, por donde debían subir hacia Quito las tropas de Guayaquil y Lima. Nombrado Corregidor José Larrea Villavicencio, patriota a toda prueba, desde que se posesionó de su función, el 20 de agosto, desplegó intensa actividad para obstruir caminos y construir fortificaciones. Pero al frente de parte de los refuerzos pedidos al centro llegó otro traidor, un sargento mayor Manuel Aguilar, del que tendría que deshacerse. Con los efectivos disponibles, Larrea montó un real frente de defensa. Cercano ya el ataque de las fuerzas de Guayaquil, reforzadas por las enviadas desde Lima por el Virrey, el leal y valiente Corregidor comenzó a sentirse solo. Y el 6 de octubre le cayó encima la noticia de que el Cabildo de Riobamba se había pronunciado contra la Revolución. Finalmente, el 11 un grupo realista, a las órdenes del antiguo Corregidor, sometió el cuartel y Larrea Villavicencio debió escapar. Y estaba el norte, el ultrarrealista Pasto, y, detrás de él, Popayán. En Otavalo, el flamante Corregidor José Sánchez de Orellana, hijo del marqués de Villa Orellana, levantó tropas de milicia -y en Cayambre, Tabacundo, San Pablo, Cotacachi y Atuntaqui-, venciendo la oposición de curas españófilos. Organizada esta milicia hasta el 23 de agosto marchó hacia la frontera de Pasto. El Corregidor de Ibarra fabricaba armamento. La expedición a Pasto fue puesta a órdenes del teniente coronel Francisco Xavier Ascázubi. Se le había adelantado cumpliendo una de las tareas revolucionarias más ejemplares de esta hora el cura José Riofrío, que con su prédica mantenía alto el espíritu de los destacamentos de Tulcán -impacientes por la acción, pero sin armas, que nunca acababan de llegar-, y granjeaba partidarios para la causa en Ipiales, Cumbal, Túquerres y Pasto. Cuando llega la Proclama de la Junta Central, “he mandado -refiere- a sacar unos cuantos ejemplares para repartirlos. Lo leí públicamente y los más rústicos entendieron al instante”. Fue Riofrío, cura de Píntag, sacerdote de confianza del Marqués de Selva Alegre -lo vimos-, uno de los que sintieron recelo de dar el golpe

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el 10; pero, hecha la Revolución, se entregó apasionadamente a defenderla. Sus cartas a Morales -el ministro que el perspicaz cura sabía lúcido y de honradez revolucionaria a toda prueba- constituyen documento vibrante de esta hora decisiva para la joven patria. Y documento crítico inapelable, aun en su más extremada dureza. “Una expedición mal dirigida y la total falta de armas ha puesto en manifiesto riesgo nuestros quinientos hombres que están acuartelados y a todo este fiel vecindario” -le escribe el 15 de septiembre, y el 2l le trasmite su malestar por la demora injustificada de Ascázubi en Ibarra, “que nos ha hecho ya difícil la toma de Pasto y puesto en riesgo a nuestros aliados”. “Qué hombres de tan poco honor y vergüenza” -se indigna. Importa añadir que esas cartas muestran a Riofrío como hombre de letras y, literariamente, son destacada parte de la producción epistolar del período. Indignante y dolorosa la crónica del fracaso de las armas de Quito en su campaña del norte, que puede seguirse de estación en estación por las cartas del doctor Riofrío. El 16 de octubre se decidió la suerte de esa campaña en el paso del Funes. Fue aquella, que Monsalve llamó “el primer combate de la independencia”, una derrota con consecuencias trágicas porque no se pudo organizar una retirada ordenada, que mantuviese capacidad de resistencia. Quedaron las tropas del norte -que iban a decidir la suerte de la Revolución- en situación penosa: les faltaban hasta los alimentos indispensables. Debíase ello, en gran parte, a la traición de tanto traidor como estaba incrustado en el centro. Lo que pasaba en Quito bastaba para desmoralizar cualquier espíritu de resistencia y para terminar de descoyuntar hasta el menor empeño bélico.

LO QUE PASABA EN QUITO ¿Qué pasaba en Quito? El 14 de octubre, en medio de agrios discursos de uno y otro lado, se leyó la última propuesta del Marqués de Selva Alegre para que el viejo Conde reasumiera la presidencia -aunque con algunas condiciones que dejaban a salvo el honor y la seguridad de las cabezas del movimiento-. Los líderes barriales se exaltaron, ante lo que veían como felonía ya desembozada. “El pueblo se amotinó -escribiría el de Selva Alegre-, me vi precisado a renunciar la fatal presidencia, y a huir por

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entre la multitud, para retirarme a Latacunga”.58 También los otros de la Junta que estaban en la conspiración contrarrevolucionaria escaparon. Convocados los barrios al día siguiente, tras pugna de tribunos se elige para reemplazar al de Selva Alegre a Juan José Guerrero, conde de Selva Florida. Paradojalmente fue el candidato que exaltó Rodríguez de Quiroga.59 Guerrero, como lo revelaría en detalle la vista del fiscal Arechaga, trabajó siempre, tan solapada como decidida y eficazmente, por la reacción realista. “Me armaba -confesaría- contra el fanatismo filosofico, y hacía sus esfuerzos inutiles, pr. el bien de la sociedad, y el restablecimiento de la perfecta autoridad del Soberano en unos Pueblos qe. hacían vanidad de estár poseidos de mas patriotismo, y de más espiritu publico para conducir y fermentar violentamente su revolución”. Y en otro documento, en su Vista, el Procurador general atestiguaba: “nombrado poco despues Presidente de élla, aceptó este empleo, despues de haber pedido,y obtenido secretamente el permiso necesario del Excelentisimo Señor Conde Ruiz de Castilla Presidente legitimo que anombre de su Magestad gobernaba esta Provincia, con el preciso objeto de reponer las autoridadesd legitimas que se hallaban separadas de sus respectivos cargos por la fuerza de los revoltosos”60 Guerrero, apenas posesionado, por bando, anunció la “Subordinación y dependencia a la Suprema Junta Central”, a la que calificaba de “representante fiel y legítima” de Fernando VII. Y exigió juramentos de obediencia al Rey al Obispo, Cabildo y clero secular y regular -el 21 de octubre- y “al Tribuno Militar Salinas y a los Oficiales y Tropas que se habían levantado” -el 22-. Y todos prestaron el juramento .61 Pero ya, con fecha 15, Juan Salinas ha escrito a Ruiz de Castilla ofreciéndole obediencia y garantizándole seguridad y rubricando aquello con la solemne protesta de “derramar si fuere necesario mi sangre”.62 Y, comenzando a cumplir la oferta, aleja de Quito -a Machachi, a
58 Cit. por Zúñiga, ob. cit., p. 453 59 En su alegato de defensa, Rodríguez de Quiroga daría una versión de su postura a favor de Guerrero en esta hora de la revolución. Hay que leerla con la debida cautela, por la misma condición de ese texto: defensa, en que se trataba de presentar las cosas del modo más favorabvle al punto de vista de los ensañados acusadores. Cf. Roberto Andrade, vol. de documentos cit., pp. 624-626. 60 Los dos textos en Alfredo Flores Caamaño, Descubrimiento Histórico, ob. cit. El primero, en unas Adiciones a un oficio, escritas por el propio Guerrero, al margen, doc. 12, p. XLI; el segundo, doc. 13, p. LII. 61 Ibid., docs. 15 y 16, pp.LVII-LXI. 62 El texto completo de la carta de Salinas a Ruiz de Castilla en Borrero, ob. cit., pp. 171-172.

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órdenes de Antonio y Juan Ante- las compañías que veían mal su entreguismo. El 18 podía decirle al viejo Conde que solo restaba “efectuar la entrega de armas y baterías a V. E.”. Entretanto en el norte soldados quiteños de la Revolución eran derrotados, morían y eran perseguidos en desordenada desbandada. El nuevo Presidente, traidor a la causa, había comenzado por prohibir el envío de víveres y pertrechos a esas tropas, y a quien más se desesperaba por la situación de esos patriotas en riesgo de la vida, el Corregidor de Otavalo, habíale ordenado abstenerse de auxiliarlos. Morales urgía: “Aunque el Señor Castilla entrase baxo las condiciones propuestas no deben suspenderse las expediciones, especialmente la del Norte; pues se atrevieron a atacar nuestros reductos, y estando yá en función nuestra Tropa es preciso socorrerala. En esta virtud me parece que no se puede precindir de que Yó me vaya con el auxilio que se pueda, y espero se servira Vsia remitirme hoy su Superior orden para partir mañana”. El cínico Guerrero sumillaba: “No ha lugar esta pretencion”.63 El siempre bien documentado Flores Caamaño desnudó la infamia de Guerrero hasta el final trágico.64 Diez días le bastaron a Guerrero para hacer realidad sus solapados designios. Se gloriaría: “dentro del brebisimo espacio de diez dias consume la grande obra de disipar la revolucion, y dexar repuesto al Gefe”65 Fue del 12 al 22 de octubre. Consumada la traición de los realistas incrustados en los mandos revolucionarios, dominó el sentimiento de que sobre la ciudad se cernía una catástrofe total. Se ofreció entonces a Ruiz de Castilla una capitulación honrosa para las partes. El 24 de octubre se formalizó esa capitulación “con los votos de toda la Ciudad de Quito, nobleza, vecindario y Cuerpos Políticos”. Se lo hacía -se decía- para evitar una guerra civil y “mantener la subordinación en dependencia”. Se establecía que la Junta de Quito “sea una Junta Provincial, sujeta y subordinada a la Suprema de España” y “que en ningún caso, ni por ningún evento se haga novedad ni persecución de ningún ciudadano, en su honor, vida ni intereses”. De no aceptar el Conde estas condiciones, advertía Guerrero, “no respondía al Rey, a la Suprema Junta Central, ni al Universo todo de las funestas y terribles consecuen63 Flores Caamaño, ob. cit., doc. 20, pp LXIV-LXV. 64 Flores Caamaño, ob. cit., pp. 10-11 65 Ibid., doc. 13, p. XLIX

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cias que se sigan de la Anarquía, del poder arbitrario y de los excesos de un Pueblo conducido al despecho”.66 El Conde se comprometió: “Ofrezco bajo palabra de honor y seguridad de no proceder contra alguno en esta razón”. Rubricado por las partes el solemne compromiso, el 25 de octubre entraba en Quito el viejo Conde. Aymerich estaba ya en Ambato con una fuerza de mil doscientos hombres. De Lima se acercaban quinientos al mando de Arredondo, y por el norte venían las tropas realistas victoriosas. Pudo, pues, Ruiz de Castilla ordenar al iracundo Aymerich que volviese a Cuenca con sus tropas. Pero a Arredondo le mandó -ignorando que, según las capitulaciones, Quito estaba con la normalidad restablecida- que avanzase sobre la ciudad. El 3 de noviembre se puso en camino a la cabeza de sus 500 hombres del Real de Lima -200 veteranos y 300 zambos maleantes limeños. El pueblo quiteño, en un pasquín que se fijó en varias calles de la ciudad, denunciaba: “La mayor traición que hay en el día es querer meter tropas extranjeras”. Y anunciaba: “Nosotros ya estamos resueltos a morir matando, siempre que entren tropas extranjeras”. Y se reprochaba a Salinas su proceder. Ese pueblo tenía clara conciencia -ese era el mayor fruto de la fracasada Revolución- de ser depositario de poder. Solo debía temerse a tres -formulaban esos sabios pasquineros-: “el Rey, el Papa y el Sin Capa”, y concluían: “Ya ves Salinas si no te iba mejor hincándote delante de nosotros que somos uno de los tres que hincándote delante de taita Carrancio, que a más de no ser uno de los tres, es Chapetón pícaro”.67 El 24 de noviembre entraban en Quito las tropas extranjeras. Ruiz de Castilla ordenó que se retire la guarnición de la ciudad. Mantuvo el mando de Salinas para una Compañía de Dragones de 50 plazas, pero el coronel pidió que también este cuerpo se disolviese. Quito, la revolucionaria, la altiva, la siempre rebelde, quedaba otra vez subyugada al poder español.

66 El documento completo en Borrero, ob. cit., pp. 178-179 67 Cf. Borrero, ob. cit., p.186

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HACIA EL TRAGICO 2 DE AGOSTO Ruiz de Castilla, en posesión de todo el poder con la llegada de las tropas de Arredondo, ignoró sus compromisos, y el 4 de diciembre, por bando, “a son de cajas y música militar” -según queja del obispo Cuero y Caicedo-, anunciaba que “habiéndose iniciado la circunstanciada y recomendable causa a los reos de estado que fueron autores, auxiliadores y partidarios de la Junta revolucionaria levantada en 10 de agosto del presente año”, se exigía que nadie encubriese a los reos y más bien los denunciara, nada menos que “bajo pena de muerte al que tal no lo hiciese”. Esos reos de Estado, con cargo de alta traición, eran cuarenta y dos. Fueron a dar en prisión Arenas, Morales, Salinas... Y líderes populares, como Pacho, el organista. Entre los declarados reos de traición estaba el Marqués de Selva Alegre. A quienes alcanzaron a ponerse a salvo se los buscó con celo y saña. La feroz persecución se extendió a toda la Presidencia, comprometiendo a corregidores y gobernadores bajo la amenza de pena de muerte, caso de saber el paradero de algún prófugo y no denunciarlo. Y la lista de “traidores” crecía: para el 19 de enero alcanzaba ya a ciento cuarenta y más. El proceso se instauró y comenzó a llevarse con extraña celeridad y de modo sumario, inicuo.68 Era Juez Comisionado Felipe Fuertes, magistrado justo; pero quien lo manejaba todo, desbordando sus funciones y atribuciones de fiscal, era Tomás de Arechaga, a quien Stevenson describió “brutal en su apariencia, sus maneras y sus acciones; poseía toda la crueldad propia de la casta de los chinos, que son una mezcla de africanos con indios” y de cuyos móviles denunció: “se hubiera bañado en la sangre de sus compatriotas para asegurarse la promoción”.69 Ante lo inicuo del aparato montado, el Marqués de Selva Alegre pidió -el 6 de enero- al virrey Amar y Borbón “se sirva enviar un Juez Pesquisador, íntegro, prudente e imparcial”.70 Aunque acicateado por turbios motivos y apasionada sevicia, el
68 Se extendió en mostrar la suma de inquidades perpetradas Carlos de la Torre Reyes en su La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809, ya citado. 69 Stevenson, ob. cit., p. 500. 70 La carta en Zúñiga, ob. cit., pp. 486-488.

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análisis que Arechaga hacía en su vista fiscal del verdadero alcance de la Revolución quiteña calaba hasta las intenciones de los más decididos y lúcidos de sus gestores. Hablaba de “la corrompida intención de algunos individuos que quisieron hacer independiente esta Provincia”. Del juramento de la catedral en favor de la Junta revolucionaria decía: “no era otra cosa en substancia que la indicada independencia y sustracción del suave yugo de la dominación española”, y concluía: “Todos los procedimientos de la Junta Revolucionaria, no han respirado sino libertad, independencia y sustracción de la dominación española”. Estupendo elogio de la Revolución quiteña, aunque sin extenderse a sus fundamentos jurídicos y usado para un simplista pedir la pena de muerte para cabezas y seguidores, sin hacer diferencia.71 Pero esto Arechaga no lo podía probar, ni siquiera de Morales y Rodríguez de Quiroga, pues estaban de por medio las protestas de fidelidad al Rey y los votos de sujetarse a él tan pronto recuperase, en España o en América, ese poder del que lo había despojado el invasor Napoleón. Los cargos que Arechaga intentó probar eran deponer magistrados legítimamente constituidos, establecer tribunales no designados por el Rey, rebajar el papel sellado, extinguir el cabezón de las haciendas y los estancos. Pero todo esto podía hacerlo una Junta que había razonado suficientemento su legitimidad. Hacía falta mucho más para dar fuerza al cargo de alta traición. Alta traición era “darle al populacho, compuesto de la gente más ruin y despreciable de la ciudad, el nombre de soberano”. Probar que eso era alta traición requirió un ejercicio de filosofía política, que el fiscal resolvió con rastrero pragmatismo cortesano: “porque estando expresamente prevenido por las leyes fundamentales de la Nación, que el poder soberano recae en los magnates del Reino, a falta del legítimo sucesor de la corona, fue una usurpación proditoria el dárselo a la ínfima plebe, mayormente estando vivo nuestro adorado Fernando y existiendo aún muchos individuos de la familia reinante”. Tras proceso así llevado, Arechaga pidió pena capital para cuarenta y seis acusados, y penas de presidio o destierro para los demás. Stevenson, que tan cerca estaba de Ruiz de Castilla, nos ha contado lo que ocurrió entonces:
71 La vista fiscal de Arechaga en Museo histórico, 19, Quito, marzo de 1924.

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Cuando el proceso finalizó y no se requería más que el veto del Presidente, se enviaron los papeles al palacio; pero en vez de concordar con la opinión del fiscal y de dar paso a las instancias del Coronel Arredonda, el Conde ordenó que los papeles permanecieran en su escritorio. Su agitación era entonces verdaderamente entristecedora. Con frecuencia me decía que prefería sentenciar su propia muerte que sacrificar tantas víctimas embaucadas que en su mayor parte habían cometido, tan solo, un error de juicio, llevadas tal vez por un equivocado sentido de lealtad. Al final el Conde se decidió a llevar el caso al Virreinato de Santa Fe para que fuera revisado, con el inconcebible desconcierto de Fuertes, Arrechaga y Arredonda, quienes habían fundado sus esperanzas de ascenso en la ejecución de prisioneros a quienes les habían dado el epíteto de traidores .72 Otro testigo de los acontecimientos, de más amplio mirador y más crítico que el inglés, el provisor Caicedo, aportó otra interpretación para ese giro dado por la causa: Con este motivo se descubrió el misterio de la precipitada remisión de los autos y viaje de San Miguel. Se llegó a saber que en el correo anterior hubiera recibido el señor presidente oficio de don Carlos Montúfar, en que le daba aviso de su comisión real que traía y le prevenía que suspendiera el curso de la causa de la revolución y no diese paso en ella hasta su llegada a esta capital, haciéndolo responsable ante el rey delos perjuicios en caso contrario. Una orden tan decisiva como ésta, frustraba los designios sanguinolentos del complot.73 (Cuando el voluminoso expediente -no menos de seis resmasllegase a Bogotá, la revolución del 20 de julio impediría que se lo conociera). Y es que en ese julio pesaba ya en la escena de las cosas quiteñas un nuevo actor, que iba a jugar papel decisivo en los acontecimientos por venir: Carlos Montúfar, hijo del Marqués de Selva Alegre, designado Comisionado del Consejo de Regencia para la Presidencia de Quito, con poderes hasta de constituir Junta Gubernativa. Carlos Montúfar, por entonces de treinta años, llevaba varios
72 Stevenson, ob. cit., p. 499 73 Manuel José Caicedo, Viaje imaginario, en BEM, 17, pp. 66-67

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en la Península; su heroica actuación en la lucha contra la invasión napoleónica le había merecido el coronelato de Húsares, y su cultura y relaciones -entre las que se contó la de Humbodt, el ilustre huésped de su padre en los Chillos- le habían granjeado aceptación en los más altos círculos sociales españoles. Ahora había recibido -junto con otros dos americanos distinguidos, uno para el Alto Perú y otro para la Nueva Granada- del Consejo de Regencia alta designación y crecida responsabilidad. Ya en tierra americana, en Cartagena, el Comisionado se enteró, por el Comisionado del Reino, el mariscal de campo Antonio Narváez, y por José María Maldonado de Lozano, encargado por el Virrey de la pacificación de Quito, del inicuo proceder de Ruiz de Castilla y el 16 de mayo dirigió informe al Consejo de Regencia. “Todo fue jurado solemnemente -denunciaba-, quedando de este modo establecida la tranquilidad y el orden; pero cuando desarmadas las tropas, quedando todo olvidado, yacían tranquilos los ciudadanos contando con la fe pública, repentinamente entran las Compañías de Lima, se procede a prisiones y embargo cargando de grillos y cadenas a casi todos los ciudadanos de la primera representación del país y formando hasta cuatrocientos procesos criminales, sumergiendo de este modo la Provincia en lágrimas y luto, faltando así a las promesas más sagradas, al tratado más solemne y haciendo se desconfíe de la Magestad, bajo cuyo sagrado nombre fueron hechos, sistema adoptado por los Oidores de Santa Fe y sostenido por el Virrey con las mismas miras que lo hicieron el año 94 para hacerse mérito a pretexto de su depravado celo. Esto es, señor, el estado actual de la Provincia de Quito”.74 Denunciaba el ambicionar la presidencia de Quito del gobernador de Guayaquil, Cucalón, y del de Popayán, Tacón, y los saqueos y abusos de las tropas de Arredondo. Y requería del alto poder peninsular “se digne repetir al Virrey de Santa Fe las órdenes de indulto general y de olvido absoluto de todo lo ocurrido en el desgraciado Reino de Quito”. El argumento en que apoyaba su petición era que veinte días “separaron sus engañados habitantes de la justa obediencia”, pero volvieron a ella por sí solos, sin ser impelidos por ejércitos. Informaba haber dado parte de su Comisión al Virrey de Santa Fe y al Presidente de Quito “suplicándoles suspendan todos los procedimientos hasta haberse impuesto de las soberanas
74 El informe completo en Monsalve, ob. cit., pp. 338-340

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órdenes de Vuestra Majestad”. Propone para nuevo Virrey al mariscal Antonio de Narváez, por sus virtudes, talento y prestigio, y trasmite las quejas del pueblo quiteño contra funcionarios venales e injustos ya antes depuestos, los ministros de la Audiencia Marchante y Bustillos, el asesor y los gobernadores de Guayaquil y Popayán. El 17 de junio pudo Montúfar exponer sus puntos de vista personalmente al Virrey, en Bogotá, al tiempo de presentar sus cartas credenciales. Y dirigía cartas a las gentes de Quito, comenzando por su padre y el Cabildo. Ruiz de Castilla y su camarilla secuestraron cartas, al tiempo que el viejo y taimado Conde pedía al Virrey impedir o al menos demorar la llegada de Montúfar a Quito, siquiera hasta rematar el juicio entablado a los acusados de traición a la patria. Pero Montúfar seguía viaje a Quito. El 7 de julio salió de Bogotá. La inminencia de su arribo precipitó las cosas en Quito. Y las cosas en la convulsionada ciudad iban mal. Los abusos de la soldadesca limeña eran cada vez más irritantes. “Las tropas de Lima compuestas de negros y mulatos hacen mil vejaciones y escándalos”, denunciaba ante el virrey Amar y Borbón el Marqués de Selva Alegre, desde la clandestinidad, el 3 de marzo de ese 1810.75 Y el 7 de julio, mientras el comisionado Montúfar salía ya hacia Quito, ante la noticia de que las tropas limeñas habían pedido a Ruiz de Castilla el saqueo de la ciudad por un cierto número de horas y el pusilánime anciano se lo había concedido, las gentes quiteñas se amotinaron. Este suceso provocó que Rodríguez de Quiroga denunciara ante el obispo Cuero y Caicedo que “la primera orden que se dio en el patio del Cuartel por el Comandante de la prevención, Dr. Fernando Bassantes, fue que a la menor novedad se acabase con nosotros”, cosa, decía el altivo tribuno, que no podría hallarse “en ningún Código el más bárbaro del mundo”. Esa carta del revolucionario al Ilustrísimo es el último texto de ese gallardo e indomable espíritu.76 Tras denunciar que ese mismo día podía haber estado ya muerto, pregunta al Obispo: “¿Tan poco pesa la vida de los hombres y tan poco interesa la salud espiritual de las
75 Proceso de la Revolución de Quito, t. VIII. 76 Cosa que hacemos en el capítulo dedicado a la escritura de los hombres de Agosto.

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almas?”, reclama al Pastor: “¿O que se ha hecho V. S. I. que no interesa su autoridad celestial o su respetable mediación, para contener que no perezcan sus ovejas sin los auxilios de la Iglesia, y sin los consuelos de la Religión?”. Y termina con el más solemne emplazamiento, al que lo premonitorio del caso confiere su aire trágico: “Medítelo V. S. I. y tiemble ante la presencia suprema del Señor, por unas consecuencias tan irreparables, tan terribles, tan funestas, tan eternas. De hoy en adelante, si soy víctima sacrificada con violencia; si V. S. I. no clama, no amonesta, no silva como pastor por el riesgo inminente que corren sus ovejas cautivas, por la pérdida de su salud eterna en fuerza de un asesinato violento, que ordenó hoy día el Capitán Bassantes, yo, por mi parte y a nombre de todos los demás, constituyo responsable ante el augusto, tremendo Tribunal de Dios vivo, a V. S. I. a que desde ahora para entonces lo cito y emplazo”.77 Pero nada se hizo y acaso nada pudiese hacerse. La suerte de los revolucionarios estaba sellada. Deberían haber muerto para cuando llegase a Quito el Comisionado regio, de quien toda la ciudad sabía lo que pensaba del inicuo proceso y las desorbitadas penas pedidas por el fiscal. (Esta es la hora en que la camarilla de Ruiz de Castilla agota el último recurso legal: el envío del proceso a Santa Fe, con la esperanza de que el Virrey decidiese las sanciones, burlando la anunciada acción del Comisionado). Patriotas allegados a los presos y afectos a sus ideas debían sentir que la amenza contra esos seres inermes era inminente y que urgía hacer algo. Pero aquello debía ser en extremo cuidadoso. La carta de Rodríguez de Quirogaal obispo Cuero (y Rodríguez de Quiroga, el publicista, se las ingeniaba para que sus ideas violasen las rígidas censuras y llegasen al exterior) dejaba claro que a los asesinos solo les hacía falta la ocasión y no era cosa de dársela. Pero a la camarilla del viejo Presidente le urgía esa ocasión. Hay un revelador testimonio de primera mano de que esos inescrupulosos personajes fueron los que movieron los hilos de la fallida intentona de libertar a los presos que terminó en la masacre del 2 de agosto. “Las voces de que don Simón Sáenz y don José Vergara Gaviria, con otros europeos, estaban pagando a los mozos de los barrios para
77 La carta en Borrero, ob. cit. pp. 230-232

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que acometieran al cuartel con el fin de que fueran asesinados los presos, estaban ya muy válidas” “Los oficiales hablaban de un asalto preparado contra el cuartel y se prevenían. Arechaga ofrecía el brazo izquierdo porque se verificara, para ver degollados a los presos y sembradas las calles de cadáveres”.78

EL CRIMEN DEL 2 DE AGOSTO Y el 2 se perpetró el mayor crimen que registran los anales americanos del tiempo. El Provisor Caicedo fue testigo de aquellos acontecimientos y acucioso investigador de lo que no pudieron ver sino los propios asesinos. Era tal la gravedad de los hechos cuya noticia fijaba para la posteridad, que hizo preceder su crónica del más solemne pronunciamiento: “Yo que presencié cuanto pudo verse por sólo un hombre en aquel día; yo que no me gobierno por alguna pasión; yo que no tengo otro interés que el manifestar la verdad en toda su luz, procederé con imparcialidad, hablaré con sinceridad y referiré lo más esencial con sosiego, con ingenuidad y libertad”. Y este fue el relato de esas horas de confusión y horror. A los tres cuartos para las dos de la tarde de ese terrible día acometieron tres solos hombres con cuchillos a la guardia del presidio urbano, que se componía de seis hombres, un cabo y un oficial todos de Lima. Mientras el uno se apechugaba con el centinela, llega otro como un tigre con su puñal y le da un golpe. Entra y su vista hace temblar a los mulatos; salen orriendo, hiere al oficial y queda dueño del sitio y de las armas. Abre los calabozos y da libertad a los soldados que estaban presos. De éstos los más huyeron fuera de la ciudad, dos se recogieron en casa del prebendado Batallas y otros tantos en el Palacio episcopal, tres quedaron voluntariamente en el presidio y unos seis tomaron las armas que habían dejado los limeños y tiraron por la plaza mayor con dirección al cuartel. Entretanto se tañían las campanas de la catedral con señal de fuego. Los mulatos del presidio que se habían ya juntado con los de la guardia de la cárcel, no se atrevían a resistir y detener a estos hombres bravos y los dejaron pasar.
78 Manuel José Caicedo, ob. cit., p. 71

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Al mismo tiempo que al presidio asaltaron al cuartel de prevención de loslimeños cinco hombres, o según el informe del oficial que estaba de guardia, seis sin más armas que cuchillos. A su vista el centinela quedó temblando y sin acción y largó el fusil, que tomó el morlaco denunciante que fue uno de los emprendedores, quedándose en su lugar con la cartuchera para fingirse verdadero soldado y usar del colma y de la pólvora. Los demás entraron tomando fusiles de los de la guardia, pusieron en desconcierto a todos los soldados, y cogieron la artillería para cuyo uso no tuvieron fuego. A este tiempo bajó el capitán Galup con sable en mano y gritando”fuego contra los presos”. A esta voz uno de los seis atletas que estaban en el patio le acometió con el fusil calado de bayoneta, y logró un golpe decisivo dejándolo en el puesto. Entretanto la tropa auxiliar de Santa Fe forzó una pared divisoria y e introdujo al patio donde estaban los campeones y con la superioridad de fuerzas y armas acabaron con ellos menos con uno que habiéndose dirigido al primero de los calabozos bajos para librar a los presos, fue detenido por éstos y desarmado con desconsuelo suyo, pero con felicidad, pues así escapó con vida. Libres ya de estos pocos pero formidables enemigos, cerraron las puertas de la calle y comenzaron la inaudita carnicería contra los presos. Forzaron las puertas, que del modo posible se habían asegurado y fueron sacrificándolos a balazos y golpes de hacha y sable. Salinas que estaba moribundo y se había confesado como tal la noche antecedente, fue muerto en su cama. Morales recibió los golpes hincado de rodillas. Ascázubi medio desmayado con el susto. Aguilera durmiendo la siesta, y los demás clamando por confesión sin que se les concediera, estando allí dos sacerdotes, de los cuales fue asesinado con impiedad increíble el doctor don José Riofrío. Murió allí una esclava del doctor Quiroga que estaba encinta, y los mulatos decían con gran serenidad, “ola y cómo brinca el hijo”. Concluida la carnicería, salieron las hijas de Quiroga que habían escapado prodigiosamente del diluvio de balas quellovían en todos los calabozos, y rogaron al oficial de guardia con mil lágrimas que las redimiese. Este que no creyó que vivía el infeliz, se fue con el cadete Jaramillo y lo sacaron de su asilo. Le dijeron que gritara, “vivan los limeños, viva Bonaparte”, y respondió él, ¡viva la religión, viva la fe católica! le dio un sablazo Jaramillo y como salió gritando que le dieran confesor lo acabaron de matar los soldados en el tránsito.

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En sustancia fue lo que pasó. Los hechos fueron confusos y las responsabilidades turbias. El pueblo de Quito -recogió el provisor Caicedo en su Viaje imaginario- estaba convencido de que el ataque a los cuarteles “fue obra de algunos europeos de acuerdo con los jueces para asesinar con este pretexto a los que estaban presos”. El cronista halla razones que apoyaban esta versión. La principal es cuánto temían autoridades y mandos que los próceres saliesen libres -“Un oficial español del destacamento de Lima llegó a decir que no creería en el Espíritu Santo si Morales, Salinas y Quiroga escapaban con vida”- y cómo celebraron la matanza -“En casa del regente se hicieron las demostraciones de alegría que se han referido y no había uno de los enemigos de Quito que no rebozase en gozo”; y la noticia que recibieron de un soldado el Obispo de Quito y su provisor y vicario fue: “Ya estamos bien porque los presos todos, menos el doctor Castelo, ya murieron”-. Hubo sin duda traidores en la acción, y la precipitaron y luego enredaron. El Provisor habló del “morlaco denunciante”, “a veces comensal de Fuertes”. Y fue precisamente él, “uno de los emprendedores”, quien recibió el fusil del guardia del cuartel de los limeños y quedó de centinela. Y después murió al tratar de estorbar la acción de los libertadores de los presos. Pero hubo también heroísmo en muchos de los que, acaso engañados, se jugaron la vida para evitar que aquellos quiteños ilustres la perdieran inicuamente. Y si la empresa fracasó se debió a que quienes asaltaron el presidio urbano (que se hallaba en la esquina del Carmen Bajo) solo llegaron a auxiliar a quienes trataban de liberar a los presos del Real de Lima cuando sus puertas se hubieron cerrado y las tropas del contiguo Santa Fe entraban ya por un horado hecho con un disparo de cañón en la pared divisoria. Y hubo martirio de los próceres del 10 de agosto de 1809, que -esto está fuera de duda- no tuvieron parte en la acción emprendida para libertarlos. ¡Si no cómo les habría sorprendido la muerte tan descuidados, en casos con sus familiares íntimos! Han muerto vil y cruelmente asesinados Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan Salinas, Francisco Javier Ascázubi, el presbítero José Luis Riofrío, Juan Larrea y Guerrero, Mariano Villalobos -gobernador de Canelos-, Juan Pablo Arenas, Antonio de la Peña, Vicente Melo, Atanasio Olea -el escribano que dio fe del Acta del grito de Agosto-, Nicolás Aguilera, Manuel Cajías, Carlos Betancourt, José Vinueza y N. N. Tobar 79. ¡Qué dolorosa mutilación de la clase dirigente quiteña fue la de ese día!
79 Cristóbal de Gangotena y Jijón publicó una lista de los mártires del 2 de agosto en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, Vol. 6, n. 15, 16 y 17, Quito, 1923, p. 154. Como bien

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Siguieron a la alevosa masacre del Real de Lima otras muertes en sus inmediaciones por la desenfrenada soldadesca limeña y matanza indiscriminada de gentes quiteñas a quienes esa hora de confusión y horror sorprendió en calles y plazas del centro de la ciudad. “En las calles de Quito murieron unas trescientas personas” -recogería Stevenson, que, como sabemos, estuvo en la ciudad, muy cerca del Presidente, en esos días80. Apenas si se opuso a la sorpresiva sevicia unos pocos gestos de desesperada o altiva bravura. Entre los muertos cuenta el cronista inglés siete soldados españoles “que fueron muertos por algunos carniceros indígenas”. Hay crónicas patéticas de esta hora, la más trágica que viviera nunca Quito ni ciudad alguna de la Presidencia. A la matanza siguió saqueo de establecimientos comerciales y casas ricas, permitido a la soldadesca como sórdida recompensa por haber librado al régimen de personajes cuya altivez y libertad de pensamiento los hacía especialmente incómodos al aproximarse el Comisionado. La masacre del 2 de agosto conmovió a América. En Caracas y Santa Fe, que habían instalado Juntas como la quiteña -el 19 de abril y el 20 de julio de ese mismo 1810-, se celebraron honras fúnebres por los mártires quiteños. El gobierno de Venezuela ordenó un día de luto anual. La Junta de Santa Fe decretó tres días de luto general y solemne funeral y dirigió al Cabildo de Quito oficio que la honra y honra a América y es el más alto encomio del Quito heroico. Es texto que debe leerse, al menos en fragmento, en este punto en que el recuerdo de los bárbaros sucesos habrá producido en el lector algo de la conmoción con que los vivieron los quiteños del tiempo: La Suprema Junta de esta Capital que desde el momento en que ha sabido los tristes sucesos de esa ciudad, ha mezclado sus lágrimas con las de todos los buenos y casi ha considerado perdidos sus trabajos dirigidos principalmente a la salvación de aquel Pueblo y de las víctimas destinadas al cuchillo; no puede dejar de manifestar su dolor a este ilustre Ayuntamiento, y al mismo generoso pueblo que dió tan claramente los primeros pasos hacia nuestra libertad. ¿Por qué una
lo ha hecho notar Carlos de la Torre Reyes en su ya citada La Revolución de Quito , pp. 543546, fue una lista incompleta y hasta errada (a Nicolás Aguilera, prócer asesinado, lo hace constar como oficial muerto en el cuartel). Para los próceres asesinados en el Real de Lima la lista está registrada en la parroquia de “El Sagrario” a la que pertenecía ese edificio. 80 Stevenson, ob. cit., p. 504

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distancia inmensa nos separa de esa ciudad? ... entonces los mandones de Quito, usurpadores de la legítima autoridad del Pueblo, recibirán bien pronto el castigo de su temeridad. Mil patriotas voluntarios se han ofrecido hoy a marchar a esa ciudad, sin premio ni recompensa alguna,y sin otra satisfacción que la de vengar a sus hermanos. Que tenga Quito este consuelo entre sus horrores, y que la América toda va a levantarse en un grito de venganza general. La perdida es casi irreparable. Salinas, Morales, Quiroga, con dificultad se pueden reemplazar. Los Frankilos, Washingtones de nuestra revolución no han sobrevivido a la patria que conquistaron.81 Y a Ruiz de Castilla la misma Junta dirigió tremendo oficio acusatorio: la intimación hecha el 2l de agosto -le dicen- “sabemos haberse realizado funestamente el aciago día dos de Agosto”. Ello, siguen, “no nos sorprende porque dejaremos de haber creído que unas autoridades usurpadoras de los sagrados derechos de los pueblos, y sostenidas sobre los excesos del terror y la opresión no fuesen capaces de procurar hasta el extremo la irritación de los ánimos para derramar la inocente sangre de los ciudadanos a la menor demostración que hiciesen por su libertad, después de los más largos y penosos sufrimientos”. Y anunciaban un cambio de actitud frente a autoridades virreinales a las que veían como coautores del crimen cometido: “Tenga, pues, entendido V.E. que, aunque hasta ahora el Excelentísimo Virrey y demás funcionarios del anterior gobierno en esta Capital, habían sido tratados mucho más humanamente que merecerían a proporción de sus delitos, desde este momento empezarán a sentir el peso de la severidad de esta Suprema Junta, como principal y talvez autores de las desgracias de Quito”.82 Y entre las repercusiones del 2 de agosto quiteño en América, la más decisiva parece haber sido que se convirtió en una de las razones para luchar ya sin transigencias contra un poder que había mostrado todo lo abusivamente cruel que podía ser. Bolívar en su Manifiesto a las naciones del mundo sobre la guerra a muerte pondría el trágico acontecimiento como uno de los grandes motivos para declarar esa guerra a los españoles:

81 El vibrante texto lo recogió Pedro Fermín Cevallos en el Anexo 8, del t. III, pp. XXX a XXXII. Clásicos Ariel 80, pp. 163-164 82 En Cevallos, t. III, anexo 8, pp. XXXII a XXXIV. En la edición de populibro que manejamos, Clásicos Ariel 80, p. 165

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En los muros sangrientos de Quito fue donde la España, la primera, despedazó los derechos de la naturaleza y de las naciones. Desde aquel momento del año 1810 en que corrió la sangre de los Quiroga, Salinas,etc. nos armaron con la espada de las represalias para vengar aquéllas sobre todos los españoles. El lazo de las gentes estaba cortado por ellos; ypor solo este primer atentado, la culpa de los crímenes y las desgraciasque han seguido, debe recaer sobre los primeros infractores.83

OTRA VEZ JUNTA Y OTRA VEZ GUERRA Importa reconocer que desde aquellas vísperas de Navidad de 1808 hasta cuando sucumbió aplastado por las armas, ya en los días en que comenzaba la guerra general por la independencia de América, el espíritu quiteño se mantuvo indomable, al borde de los más altos heroísmos, hecho de altiveces y nutrido de ideas que venían desde Espejo y aun antes. El 2 de agosto de 1810, cuando los pardos de Lima y los zambos del Patía se regaron por la convulsionada Quito, y tiraban a matar -era la orden-, comenzaron acciones de resistencia. Mozos que con palos y cuchillos desarmaban a soldados, hombres sencillos del pueblo que detenían y hacía retroceder a una patrulla, y hasta mujeres que se enfrentaban a pedradas con los armados. “Oh! Si pudiera yo referir los prodigios de valor que se vio en esa poca gente que solo con cuchillos se esforzaron a libertar a su Patria del yugo féreo dela tiranía” -exclama el provisor Caicedo. Los barrios quiteños -los de las Alcabalas y los Estancos- se armaron como pudieron y levantaron barricadas. La decisión de luchar era fuerte. “Moriremos -decían-, pero moriremos por nuestra patria y para romper las cadenas de la esclavitud”. La ciudad herida a mansalva quedó desolada. La pintó así uno de esos testigos presenciales que nos ayudan a revivir los hechos, el que veía las cosas desde palacio: Las calles de la ciudad estaban completamente desiertas; grupos de personas estaban esparcidos por las colinas cercanas, mirando melan83 Simón Bolívar, Obras completas, La Habana, Lex, II, 1055

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cólicamente a su ciudad en apariencia desolada; los cuerpos sin vida estaban en las calles y las plazas, y todo era horror y consternación84. Pero fuera de la ciudad a la consternación había seguido indignación y furia, y decisión de vengar a los asesinados. “La noticia del saqueo y de la matanza se extendió el mismo día 2, por las cinco leguas. Al instante comenzaron a armarse para vengar a sus hermanos. Ya venían ejércitos de patriotas a redimir a Quito de la esclavitud tiránica de sus mandones” -ha referido Caicedo85. Y el bando que se publicó el domingo 5 de agosto, luego del cabildo abierto del 4, alertaba “que en las inmediaciones de la ciudad hay preparativos que amenazan una explosión próxima de que resultaría una acción la más sangrienta y desoladora de toda la provincia” 86. Presidente y camarilla se asustaron por ese oleaje de indignación que se encrespaba en los contornos de la ciudad. Acaso se les vino a las mientes el cerco que pusiera a La Paz Tupac Catari. Entonces se convocó a cabildo abierto, el 4. A él concurrieron guardia y tropa como gesto de fuerza. La sesión comenzó -refiere el provisor Caicedo, asistente a ella- “en medio de las bayonetas y los cañones”. Se comenzó por una arenga del Presidente que hablaba de tranquilizar a la provincia y atraer la confianza del pueblo hacia el gobierno. “En pocas palabras expresó su dolor por lo que había ocurrido y el sincero deseo de restaurar la paz y la unión entre la gente” -resumió Stevenson, que también asistió a ese cabildo-. E hizo leer un Acuerdo. Pero ese texto se había redactado como si nada hubiese acontecido. Esto indignó a los quiteños y se alzaron tres altivas voces para exigir rectificaciones radicales. El obispo Cuero dijo que temía que los deseos de Ruiz de Castilla no se cumplirían mientras no fueran retiradas de la ciudad esas personas que habían aconsejado al Presidente violar sus promesas. La alusión era directa y Arechaga se levantó y reclamó que el prelado recriminaba su conducta. Replicó el obispo, digno y grave, y el viejo Conde hubo de zanjar la discusión pidiendo al fiscal que abandonara la sala. El provisor y vicario Caicedo -nuestro principal testigo de esta parte de la historia- denunció con energía los males que causaría el cínico acuerdo propuesto por el Presidente y señaló lo único que podía calmar la justa
84 Stevenson, ob. cit., p 505 85 Caicedo, ob. cit. p. 98 86 En Cevallos, Anexos del tomo III. Clásicos Ariel, 80, p. 161

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indignación de la ciudad. Y lo que el provisor propuso y fue aplaudido por todo el cabildo aquel era Que la tropa de Pardos de la Guarnición de Lima, salga de esta ciudad y Provincia a la mayor brevedad, y luego después el resto de ella. Que para el batallón que se ha de levantar en esta ciudad, se echará mano de los vecinos de ella y de su Provincia Que se haga entender a todos que la especie vertida acerca de que el Excmo. Sr. Presidente tenía resuelto no dar curso a la comisión de don Carlos Montúfar, es absolutamente falsa, y que en consecuencia entrará en esta ciudad con el correspondiente decoro, y se le recibirá con la misma estimación y honor con que fue recibido el Comisionado de la Junta de Sevilla 87 Proponía finalmente el provisor que todos los papeles acusatorios, custodiados en el archivo secreto, y los que se remitieron a Santa Fe quedasen extinguidos y no se volviese a tocar estos asuntos. Entonces, y para terminar de apabullar al Presidente, avanzó al centro de la sala del palacio en que la reunión se celebraba uno de los varones más respetados en Quito por su sabiduría y de los más escuchados por su noble elocuencia, el Dr. Miguel Antonio Rodríguez, sacerdote secular. Y dijo un discurso largo, de una hora, que, a juzgar por la noticias trasmitidas, debió ser página eminente de la literatura de estos tiempos nuevos. Lo resumió brevísimamente Stevenson: “Retrató el carácter de los quiteños en general, explicando las causas de la última revolución con caridad evangélica y abordando el tema de los resultados fatales de aquella con la más sincera pena”. “Concluyó repitiendo lo que había dicho su prelado, y añadió que el pueblo de Quito ya no podía estar seguro de sus vidas y de sus propiedades a menos que esos individuos que últimamente han envilecido su nombre de pacificadores sean removidos de esta ciudad”. Y el inglés cerró el párrafo dedicado a esta gran pieza oratoria reproduciendo textualmente su final: Yo aludo a los oficiales y a las tropas; ellos han cobrado la vida de más
87 Cevallos, Clásicos Ariel, 80, 162

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de trescientos seres humanos inocentes, tan fieles cristianos y leales súbditos como ninguno; y si no se hubiera detenido en la matanza, pronto habían convertido esta provincia, una de las más ubérrimas de la Corona española en un desierto; y al execrar su memoria, los futuros viajeros habrían exclamado “Aquí yació una vez Quito” .88 El Acuerdo se publicó por bando el 5 de agosto, y la evacuación acordada comenzó a cumplirse de inmediato. La soldadesca salió con todo el botín cobrado en los saqueos, maldecida por las sufridas gentes quiteñas. Llegó en su reemplazo, el 12, tropa panameña, pero al mando de un oficial al que Caicedo llamó “hombre de honor, juicio y madurez”, un coronel Alderete. Y entonces volvió de Santa Fe San Miguel, el discutido personaje que había llevado los procesos a esa capital virreinal, trayendo noticias alarmantes: al grito de “¡Cabildo abierto!”, los bogotanos se habían tomado violentamente el Salón de la Ciudad y a la triple negativa del virrey Amar de concurrir a la sesión, a altas voces de “queremos gobierno nuevo, fuera chapetones”, habían depuesto al gobierno y a Amar y los Oidores se los había despachado para Cartagena para que allí se embarcasen para Europa. Se le ocurrió antes tales nuevas al senil Ruiz de Castilla la peregrina idea de que Quito debía ir a sofocar esa rebelión, y pidió tropas a Cuenca y Guayaquil. Con lo cual volvió la zozobra a la ciudad. El dia 12 de septiembre entró en Quito Carlos Montúfar, precedido por más de doscientos chagras a caballo y rodeado de la nobleza, a la cabeza de la cual estaba su padre, el Marqués de Selva Alegre, hasta entonces fugitivo. Se inició ese día una nueva etapa en la historia de estos tensos y heroicos años de la primera independencia. Montúfar, con la autoridad de que le había investido el Supremo Consejo de Regencia y en cumplimiento de lo que había encargado a los Comisionados el Consejo, erigió en Quito una nueva Junta de Gobierno, que ejerciera autoridad en Quito y su Provincia. Otra vez se organizaron elecciones para designar a los vocales de la Junta -que estaría presidida por Ruiz de Castilla, el obispo Cuero y el propio Comisionado regio-. Cinco electores elegirían un miembro por cada Cabildo -el secular y el eclesiástico-, dos del clero, dos de la nobleza y uno por cada barrio -San Roque, Santa Bárbara, San Blas, San
88 Stevenson, ob. cit. p.506

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Sebastián y San Marcos-. Lo propuesto se ratificó en cabildo abierto el 20 de septiembre, en la Universidad, y se procedió a las elecciones. Estos son los nombres de esos quiteños elegidos para esta nueva empresa de gobierno autónomo: por el Cabildo secular, Manuel Zambrano; por el eclesiástico, el magistrado Francisco Rodríguez Soto; por el clero, los doctores José Manuel Caicedo y Prudencio Básconez; por la nobleza, el Marqués de Villa Orellana y Guillermo Valdivieso, y por los barrios, Manuel de Larrea (Santa Bárbara), Juan Larrea (San Blas), Manuel Mateu y Herrera (San Marcos), Mariano Merizalde (San Roque) y el alférez real Juan Donoso (San Sebastián). El Cabildo había resuelto que se nombrase un vicepresidente y la elección unánime fue por Juan Pío Montúfar, el marqués de Selva Alegre. La nueva Juna se instaló el 22 de septiembre. Carlos Montúfar cumplió con la letra y el espítitu de la nueva concepción del Consejo de Regencia, que, con estas formas de gobierno de mayor participación local y americana, aspiraba a detener la insurgencia que ardía en varios focos de América -a más de Quito, Santa Fe y Caracas, en Charcas y La Paz, en el Alto Perú y Chile-. Implantó en Quito el nuevo sistema gubernativo. “Así se organizó en Quito un gobierno justo, equitativo y moderado, que indemnice a esta provincia de los desastres que le ha ocasionado la arbitrariedad de sus amos mandatarios”, escribió Caicedo .89 La nueva Junta no fue acogida con general beneplácito por los quiteños. Se insinuaron partidos. Uno, los que estaban con la Junta; otro, los patriotas, que no veían bien la sujeción a España, y pensaban, con sobra de razón, que esta Junta retrocedía de la anterior, que se había proclamado soberana y rechazaban la presencia en la Junta de personas que habían traicionado la Revolución de Agosto; y un tercero, el de los ultrarrealistas, que habrían deseado la vuelta al estado de cosas anterior a todas las convulsiones, sin Junta de clase alguna. La Junta declaró, en sesión del 9 de octubre, que reasumía sus soberanos derechos y dejaba a Quito libre de dependencia del Virreinato, asumiendo todas las facultades de una Capitanía General. Cuenca, Loja y Guayaquil otra vez se negaron a reconocer la autoridad de la Junta. Y Arredondo, suspicaz, detuvo la retirada de los limeños en Guaranda. Pedro Fermín Cevallos ha recogido algo que significaba un
89 Caicedo, ob. cit. p. 109

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golpe de timón decidido hacia otro espíritu -el que reclamaba el partido de los patriotas-: “En la sesión del 11, como arrepentida de tan mesurado paso, rompió los vínculos que unían a estas provincias con España y proclamó, bien que con alguna reserva, su independencia”. “Con todo -ha añadido- tal proclamación no llegó a publicarse sino seis meses después”.90 Ramón Núñez del Arce, en su Informe, acusaría a Carlos Montúfar de montar la nueva administración en la línea de la Revolución de Agosto, “reclutando -escribió- gentes, aprisionando, persiguiendo y haciendo cuanta extorsión pueda imaginarse al vecindario, a fin de realizar la obra de su padre” .91 Montúfar organizó un cuerpo de tropas quiteñas, y, al multiplicarse roces con las panameñas, ordenó la salida de estas, salvo los soldados que quisiesen pasar a engrosar la milicia de la ciudad. Puso este nuevo núcleo de ejército nacional al mando del indomable e inclaudicable patriota coronel Francisco Calderón, quien había salido en libertad de su cruel prisión guayaquileña gracias al indulto general de 4 de agosto. Entonces se dirigió al Virrey de Lima pidiéndole que retirara las tropas que había detenido en Guaranda y que no estorbase el establecimiento de Juntas de Gobierno en Guayaquil y Cuenca. Pero Abascal era hechura de Godoy, contrario a las innovaciones españolas. Reunió el Real Acuerdo y este resolvió desconocer la autoridad del Comisionado quiteño “que no podía hacer establecimientos opuestos a las leyes existentes” y declaró que era “pública y notoria la subversión y desorden que había formado el Comisionado Montúfar”. En tal sentido se ofició a Guayaquil y Cuenca. Se hallaba a la sazón en Lima Joaquín Molina y Zuleta, que había recibido el nombramiento de Presidente de la Real Audiencia de Quito, en reemplazo de Ruiz de Castilla. Se vio en él arma con visos de derecho para dominar a la Junta quiteña. Se decidió que Molina se trasladase inmediatamente a Guayaquil, “en donde podía tomar las providencias conducentes a que lo recibiesen en Quito y, en caso de no lograrlo, se posesionara del gobierno de Quito”.92
90 Cevallos, ob. cit. t. III, cap. II, V. Clásicos Ariel, 79, 88 91 Ramón Núñez del Arco, “Informe del Procurador General, Síndico personero de la Ciudad de Quito”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. XX, n. 56 (julio-diciembre 1940), pp. 231-281. Y el mismo año, con el título Los hombres de Agosto, Quito, Litografía e Imprenta Romero, 1940, 51 pp. Debe leerse como texto que, como de celoso fiscal, carga las tintas. 92 Carta de Abascal a Molina, Lima 25 de octubre de 1810. En Jijón y Caamaño, ob. cit.(en nota 23), p. 30

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La jugada de Abascal era que Guayaquil y Cuenca dependiesen de su autoridad virreinal, ya que la de Santa Fe no estaba en capacidad de ejercerla. Y el Ayuntamiento de Guayaquil parecía estar en el juego: había respondido a la Junta de Quito, cuando esta le había pedido el reconocimiento de su autoridad y el nombramiento de dos diputados que la representasen en ella, que se sentía desligada de Quito y pediría ayuda a Abascal para someter a los sediciosos. Molina llegó a Guayaquil el 7 de noviembre, y allí encontró oficio en que Montúfar ponía en duda la legitimidad de su posesión, porque no podía asumir la Presidencia si antes no rendía homenaje -como se mandaba en su nombramiento- al Virrey de Santa Fe. En cuanto a la intromisión de Abascal, se la rechazaba: él no tenía jurisdicción sobre Quito. Todo apuntaba a desconocer la autoridad del Consejo de Regencia, cuyo Comisionado era Montúfar. Fracasado el acuerdo con dos emisarios de Molina -el segundo, un hombre de claras ideas americanas, Jacinto Bejarano-, no le restaba a Montúfar sino defender su autoridad por la fuerza de las armas. No lo quedaba otro camino: una junta de guerra, reunida en el Puerto, con presencia del gobernador Cucalón y los jefes militares, había ordenado que no pasasen de Guaranda los cuerpos llegados de Panamá, y el 19 de noviembre Molina enviaba a Guaranda cuatro compañías de pardos deLima más piezas de artillería. Y poco después llegaba allá el grueso del ejército comandado por Arredondo. Carlos Montúfar, militar de carrera de brillante trayectoria y ya larga experiencia, disciplinó sus tropas y formó, aunque con graves limitaciones de equipamiento, un verdadero ejército, que marchó sobre Guaranda para desalojar a los realistas. Con un enemigo en fuga sin que hubiese mediado acción alguna de armas, tomó la plaza con sus bodegas repletas de mosquetes con sus municiones, arcas y otros enseres. La fuga de Arredondo abandonando parque y pertrechos es episodio un tanto obscuro -Cevallos confesó no acertar en las causas-. Porque los hombres de Quito, en gran parte bisoños y mal armados, estaban en clara inferioridad de condiciones frente a los mil veteranos del español. Jijón y Caamaño creyó hallar la explicación de la insólita retirada en las noticias que portó Bejarano, según las cuales la resistencia a Montúfar era inútil,93 Stevenson recogió una historia pintoresca:
93 Jijón, ob, cit., 33

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Un centinela colocado en un puesto de avanzada en un lugar llamado La Ensillada se alarmó temprano en la mañana por una descarga repentina ocasionada por el hielo del Chimborazo, el cual suele resquebrajarse ocasionando un terible ruido mientras los primeros rayos del sol iluminan el monte. Asustado por lo que había escuchado, abandonó su puesto y comunicó a la inteligencia del acercamiento de Montúfar con un tren de artillería. Lleno de la mayor consternación que cabe imaginar, Arredonda montó su caballo y huyó, sin esperar a averiguar la causa de la alarma o a investigar el informe. Los oficiales y los soldados siguieron el ejemplo de su jefe y, dejando todo atrás, se pusieron a buen recaudo. 94 Por lo que haya sido, las tropas de Arredondo se dieron a la fuga en desbandada y solo porque el invierno hizo difícil la persecución pudieron llegar por Naranjal a engrosar las tropas de Molina en Cuenca. Arredondo no paró su fuga hasta Lima. El suceso confirma noticias del tiempo que lo pintaron afeminado y cobarde. Estos son los ruines que se ensañan en prisioneros y otros ciudadanos inermes. La nueva jugada de Abascal fue mover su peón más hacia Quito, a la otra ciudad importante de la Sierra. Molina salió de Guayaquil el 18 de enero, y el 29 se posesionaba de su cargo en Cuenca. Hizo de la ciudad capital de la Audiencia, nombró Oidores y aprestó tropas. Desde Lima Abascal las aprovisionó con dos mil fusiles. Montúfar, victorioso, marchaba hacia Cuenca. El 18 de febrero remitió al Cabildo cuencano la nota que le había hecho llegar días antes la Junta quiteña. En ella se impugnaba la legitimidad de Molina por vicios legales en su nombramiento y posesión -debía, se insistía, posesionarse ante el Virrey de Santa Fe- y se recordaba que la capital de la Audiencia era Quito. Había en Cuenca un núcleo pequeño pero influyente de patriotas y presionó para que se escucharan las razones de la Junta de Quito y se evitara el derramamiento de sangre. Las autoridades realistas más enconadas, con el atrabiliario obispo Quintián -uno de los personajes más nefastos de este tramo de la historia patria- a la cabeza, huyeron a Guayaquil. Y el 19, el presidente Molina resignó el mando en el Cabildo de la ciudad. “Atentas las críticas circunstancias de hallarse inmediatas las tropas quiteñas, en estado de atacar esta ciudad”. 95
94 Stevenson, ob, cit., 509 95 El texto de esa renuncia en Cevallos, ob. cit., Clásicos Ariel 79, 93

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Y era así: las tropas quiteñas habían vencido a Aymerich en Paredones y habían tomado Cañar, mientras el español se replegaba hacia Verdeloma. Montúfar había dado plazo de dos días al Ayuntamiento de Cuenca para rendir la ciudad. Y es cuando se produce uno de los hechos más turbios y lamentables de este momento histórico, que pudo haber sido decisivo: las tropas quiteñas recibieron orden de retirarse a Riobamba. “Patriotas y no patriotas -escribiría Cevallos- quedaron estupefactos con semejante movimiento”. Cevallos dio con un documento en que constaban las razones aducidas por el Comisionado Montúfar y su Consejo de Guerra para explicar esa orden: el clima riguroso, que con las crecientes tornaba impracticables los caminos y con las lluvias había enfermado a gran parte de la tropa; escasez de víveres por el ocultamiento hecho por los pueblos de la región; deserción de los indios de Riobamba que conducían los bagajes; deserción de algunos milicianos y crecidos gastos para mantener un ejécito que pasaba ya de cuatro mil efectivos.96 Dichas razones, se ve por ese mismo documento, no satisficieron a la Junta: “lo ha desaprobado altamente y con las vivas expresiones en el oficio de contestación al señor comandante”. Stevenson creyó tener la clave para entender la decisión del Comisionado: fueron disposiciones españolas a cuyo cumplimiento se sintió obligado. “Vino un correo de España trayendo las noticias de la disolución de la Junta Central y la formación de la Regencia y las Cortes, ordenando además a todos los fieles vasallos que abjuraran de la Junta traidora y que tomaran juramento de la alianza a las autoridades recién constituidas” 97 Borrero piensa que hubo un acuerdo para someter las diferencias al Consejo de Regencia. Ya Jijón había dado como razón para el sorpresivo retiro cierto acuerdo con Cuenca a la espera de una resolución de la Regencia acerca de la Junta quiteña. En fin, no se ha de perder de vista que Montúfar actuaba como Comisionado del gobierno español, el que fuese, y debió parecerle fuera de razón que él, Comisionado nombrado por el Consejo, hiciese la guerra a un Presidente nombrado por el mismo Consejo. Y ¿no era cabeza de la Junta el Presi96 Oficio de Carlos Montúfar a la Junta. En Cevallos, ob. cit., Clásicos Ariel, 79, pp. 94-95 97 Stevenson, ob, cit., p 510

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dente de la Audiencia? En abril, el Consejo de Regencia condescendería en que subsistiese la Junta de Quito, “hasta tanto que el augusto Congreso de las Cortes generales y extraordinarias del Reyno establezca la Constitución, que ha de formar el gobierno que más convenga a las provincias de la Nación española”. Ya se ve con todo esto cuantas causas había para la irresolución y ambigüedad de las acciones de Carlos Montúfar a la hora de cruzar su Rubicón y tomar Cuenca. Cierto sector de la sociedad debió ver con alivio la suspensión de la campaña. Pero el pueblo quiteño, el altivo e indomable pueblo quiteño de los barrios, rechazó esa retirada cuando la toma de Cuenca había sido inminente. “El pueblo miró con saña la retirada del ejército” -consignó Salazar y Lozano-. A él las razones dadas nunca le convencieron.98 Como en la anterior lucha, Quito debía cuidar el norte. Allá estaba el siempre peligroso bastión realista que era Pasto. Tacón, gobernador de Popayán, derrotado por los patriotas del Cauca, con refuerzos bogotanos, en Palacé, había ido a dar allá. La Junta quiteña delegó a Pedro Montúfar para que fuese a acabar con ese foco de reacción. En los primeros días de mayo entraba en Ibarra a la cabeza de 300 hombres, y con cuatro piezas de artillería. El 4 de julio se celebró en Quito Cabildo Abierto para declarar la guerra a Tacón. En esa asamblea de la ciudad, Miguel Antonio Rodríguez -cuya autoridad ante las gentes quiteñas hemos destacado ya- le planteó a Montúfar que hasta cuándo estaba con la simpleza del reconocimiento a la Regencia y que ya era tiempo de que sustituyese el título de Comisario Regio por el de Comandante de las fuerzas de Quito. Era el espíritu que iba imponiéndose en la ciudad: era ya hora de romper con las Cortes “más nulas que la Regencia misma”, según una carta de Joaquín de Araujo, representante de Riobamba en ese Cabildo.99 Y el 2 de agosto se recordó, en solemne ceremonia celebrada en la iglesia de los jesuitas, la masacre de los próceres el 2 de agosto del año anterior. Pronunció la oración fúnebre Miguel Antonio Rodríguez. Esa pieza es la más alta, más honda y más bella de la oratoria sagrada
98 Agustín Salazar y Lozano, “Recuerdos de los sucesos principales de la Revolución de Quito desde el año de 1809 hasta el de 1814”, Museo Histórico, 17 (septiembre 1953) . Estas memorias se escribieron en 1824 y se publicaron por primera vez en Quito, en 1854 990Documento hallado por Jijón y Caamaño en el Archivo de Indias, cit. en ob. cit., p. 23, nota 4.

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del tiempo; pero también de la política.100 Cuando ciertos sectores de la Iglesia y de la reacción monárquica hubieran querido severa condena de aquellos rebeldes, el orador hizo alto elogio de sus virtudes cívicas y justificó su proyecto autonómico: ¡Pero desgraciada Quito! tú comenzaste por donde debías haber acabado, y tu situación decadente por un movimiento retrógrado no es el que han tenido otros pueblos. A ellos les han bastado pocos años para llegar a ser potencias respetables,y a ti la duración de casi tres siglos sólo ha servido para que cada día se disminuyan tus riquezas, se debiliten tus fuerzas y se oscurezca tu grandeza! ¿Cuáles han sido los frutos de tu opulencia primitiva? Si, privada del comercio y de la industria, no has podido adelantar en tus riquezas ni conservar el capital con que te establecistes: ¿qué te ha aprovechado el estar rodeada por todas partes de inmensos terrenos? De qué ha servido la aptitud de tus naturales, si todo les ha sido prohibido,si las virtudes y los vicios se han pesado en la misma balanza, y los servicios más distinguidos apenas se hallan escritos como los de Mardoqueo en los anales de Azuero, con la nota de o haber sido recompensados?101 Tras variadas acciones de armas -cuyas crónicas y noticias llegaron hasta Cevallos, el historiador mayor de estos tiempos heroicosdos mil quiteños ocuparon Pasto el 22 de septiembre de 1811. También llegó allá, desde el norte, Joaquín Caicedo, presidente revolucionario del Valle del Cauca, y él se posesionó de la ciudad. ¿Por qué el granadino si la caída del reducto realista se debió a las tropas quiteñas, y Pasto pertenecía a Quito? Hubo, pienso, una poderosa razón de otro orden: Caicedo representaba la liberación total de España, mientras la Junta de Quito significaba aún una manera particular de sujeción a España -a las Cortes y el Consejo de Regencia-. Pero en Quito había un partido fuerte -apoyado por la parte más decidida del pueblo- que estaba por lo que representaba Caicedo-. Ese pueblo se agitó y llegó al tumulto amenazante. Ruiz de Castilla debió dimitir la presidencia de la Junta y retirarse a la recoleta del Tejar, de los frailes mercedarios.
100 En la siguiente parte de nuestra Historia General y Crítica de la Literatura Ecuatoriana. 18001860, la analizaremos detenidamente. 101 Toda la oración en Antología de prosistas ecuatorianos, tomo segundo, Quito, Imprenta del Gobierno, 1896, pp. 64-79. El lugar transcrito, pp. 67-68.

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A partir de entonces vemos diferenciarse dos tendencias de las gentes quiteñas, duramente enfrentadas: moderados y radicales. Los moderados, liderados por Selva Alegre -a los que por el apellido del marqués se dio en llamar “montufaristas”-, que se apegaban a los juramentos de fidelidad a Fernando VII que hiciera -al menos como fachada- el movimiento de agosto de 1809, y los radicales, con el Marqués de Villa Orellana a la cabeza -llamados, por el apellido de su jefe, Jacinto Sánchez de Orellana, “sanchistas”-, que exigían la independencia de España y propugnaban un sistema republicano de gobierno. Los radicales, que vieron mal que sucediera a Ruiz de Castilla en la presidencia de la Junta el Marqués de Selva Alegre -para los radicales, traidor a la Revolución del año 9- y rechazaron igualmente la presencia en la Junta de quienes juzgaban desleales a ese movimiento como Zambrano -actuaciones de Manuel Zambrano con las que hemos dado ya prueban lo errado de esta apreciación-, Manuel de Larrea, Rodríguez Soto, Benavides, Quijano y Murgueitio, exigieron otra Junta y una postura más decidida frente a la dominación española. La nueva Junta se integró por los que para los radicales eran probados patriotas: Valdivieso, el Marqués de Villa Orellana, Antonio Ante, Nicolás de la Peña, Juan Donoso. Se pidió al obispo Cuero y Caicedo que la presidiese, y él aceptó. La nueva Junta convocó a elecciones para un Congreso constituyente que dictase una Carta Política y diese forma a los poderes públicos. Debían ser dieciocho diputados: uno por el clero, uno por las órdenes religiosas, dos de la nobleza, cinco de los barrios -uno por barrio-, y uno por cada asiento de Ibarra, Otavalo, Latacunga, Ambato, Riobamba, Guaranda y Alausí. Las elecciones fueron el campo donde esos dos partidos que polarizaban cada vez más las opiniones quiteñas se afirmasen en su peculiar concepción de la relación con la Metrópoli, y midieran fuerzas. En las elecciones vencieron los moderados o realistas mitigados. El Congreso se instaló solemnemente el 4 de diciembre de 1811, e inició sus labores dos días después, comenzando por discutir la cuestión que daría dirección y cauce a todas las deliberaciones posteriores: ¿Debían las provincias reunidas y constituyentes seguir con el reconocimiento prestado anteriormente por Quito al Consejo de Regencia y a las Cortes congregadas extraordinariamente en la isla de León, obedeciendo sus órdenes, como si se tratase de una soberanía

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supletoria y representativa de toda la Nación, o debía entenderse que las provincias habían reasumido el ejercicio de la soberanía, dependiendo únicamente del Rey, “hasta que se restituya la legítima posesión de sus derechos absolutamente libre de la dominación francesa e influjo de Bonaparte”?102 Se discutió y, “teniendo en cuenta que la Regencia no había resistido con éxito a los franceses, se resolvió a pluralidad de votos por la independencia, recomendando la confederación con las provincias granadinas, cuyos intereses y derechos son comunes con los de Quito para bien de la sagrada causa americana”103. Firmaronel Acta el obispo Cuero y Caicedo,como Presidente; el Marqués de Selva Alegre, Vicepresidente; Manuel Zambrano, representante del Ayuntamiento; Calixto Miranda, de Ibarra; Rodríguez Soto, del Cabildo Eclesiástico; Prudencio Vásconez,del Clero secultar; fray Alvaro Guerrero, del regular; el Marqués de Villa Orellana y Mariano Guillermo Valdivieso, por la nobleza; Manuel Larrea, por el barrio de Santa Bárbara; Manuel Matheu, por el de San Marcos; Mariano Merizalde, por el de San Roque; Miguel Antonio Rodríguez, por el de San Blas; el Dr. Francisco Aguilar, por Riobamba; el Dr. José Manuel Flores, por Latacunga; Miguel Suárez, por Ambato; José Antonio Pontón, por Alausí; Antonio Ante, por Guaranda; Luis Quijano, secretario de Estado, y Salvador Murgueitio, de Gracia, Justicia y Hacienda. De esta gallarda resolución inicial del flamante Congreso y de los firmantes que la aprobaron en representación de estamentos, barrios y provincias se deducen dos conclusiones de la mayor importancia: la primera, que las diferencias entre las dos tendencias de la Asamblea -y de Quito- eran más de apariencia -más o menos virulenta- y de caudillismo -pugna por el poder de los dos grupos oligárquicos- que de fondo, y la segunda, que Quito se había pronunciado, a través de sus diputados, por la independencia. Para la Constitución se presentaron tres proyectos: el del maestrescuela de coro Calixto de Miranda104; el de Manuel Guizado, limeño,
102 Acta del Soberano Congreso de Quito, de 11 de diciembre de 1811. Archivo de Indias 1263-11. Cit. por Jijón y Caamaño, ob. cit., p. 24 103 “Acta del Soberano Congreso”, Quito, 11 de diciembre de 1811. Archivo de Indias, Sevilla. Cit, Jijón y Caamaño, ob.cit., p. 24. 104 Del que Jijón consignó esta sugestiva información: “El 29 de Enero de 1812, remitió Molina el Proyecto de Constitución, escrito por el Maestraescuela, doctor don Calixto Miranda,

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del cabildo eclesiástico, y el de Miguel Antonio Rodríguez -que se había convertido ya en el intelectual más autorizado del Quito revolucionario-. Prevaleció este último. Para Salazar y Lozano, estaba “afectado de resabios españoles”. Se lo prefirió a otro que se pronunciaba por un “austero orden republicano”. El proyecto de Rodríguez, como lo veremos, tenía médula de avanzada, y solo en la epidermis parecía transigente -el sabio legista había aprendido de Espejo el arte de decir lo más duro sin escandalizar-. “Manifiesta -ha escrito de ese proyecto el sabio contitucionalista Tobar Donoso- sin lugar a dudas que Rodríguez había madurado su plan durante largo tiempo, quizá con la conversación con Espejo, y en todo caso con el estudio paciente de las ideas de la época”.105 Aun antes de que se aprobase todo el articulado de la Constitución, el partido monárquico provocó elecciones de funcionarios, y las designaciones -hechas el 14 de febrero- recayeron, en su mayoría, en gentes suyas. Los radicales abandonaron la Asamblea y se trasladaron a Latacunga. Fueron, pues, los doce diputados montufaristas los que suscribieron, con fecha 15, el “Pacto solemne de sociedad y unión entre las provincias que forman el Estado de Quito”.106 El Pacto comenzaba por solemne período en cuyo núcleo estaba una estupenda formulación de filosofía política. Proclamábase que se sancionaban los artículos de la Constitución “en uso de los imprescriptibles derechos que Dios mismo como autor de la naturaleza ha concedido a los hombres para conservar su libertad, y proveer cuanto sea conveniente a la seguridad y prosperidad de todos y cada uno en particular”, y formulaba el deseo de “darse una nueva forma de gobierno análogo a su necesidad y circunstancias en consecuencia de haber reasumido los Pueblos de la Dominación Española por las sanciones de la Providencia Divina, y orden de los acontecimientos humadocumento aún inédito y valiosísimo para conocer las opiniones corrientes en esa época”. Jijón lo halló en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Jijón y Caamaño, ob. cit., p. 25. Hemos dado con Calixto Miranda como firmante del Acta del Congreso de Quito, de 11 de diciembre, como representante de Ibarra. ¿Cuándo y por qué remitió su proyecto de Constitución a Molina? Y Molina, si lo remitió al Congreso quiteño, ¿reconocía su competencia para dictar una Constitución? 105 Julio Tobar Donoso, Orígenes constitucionales de la República del Ecuador, Quito, Impenta de la Universidad Central, 1938, p. 5 106 El precioso documento fue publicado por Celiano Monge en 1913. Se reprodujo en Museo Histórico, año X, ns. 27-28 (agosto 1957), pp. 81-103.

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nos la Soberanía que originariamente reside en ellos”. La soberanía, se sentaba inequívocamente, reside en los pueblos. Y sobre la sociedad política se establecía que “el fin de toda asociación pólítica es la conservación de los sagrados derechos del hombre”. Es decir, toda una filosofía política impensable antes de la Revolución Francesa y el resquebrajamiento del viejo régimen que ella había producido en Europa. Esa primera constitución de la nueva República garantizaba las libertades: la de sufragio, la de expresión. El Supremo Consejo, integrado por miembros que durarían dos años, tenía la misión de proteger y defender los derechos del pueblo, vigilar la guarda de la Constitución y enmendar o sancionar a los miembros de los tres poderes -Ejecutivo, Legislativo y Judicial-, a cuyas atribuciones y responsabilidades se dedicaban sendas secciones. Eran ocho provincias libres las que formaban el Estado de Quito, pero debíase entender “lo mismo respecto de las demás provincias vinculadas políticamente a este Cuerpo luego que hayan recobrado la libertad civil de que se hallan privadas al presente por la opresión y la violencia”. El lugar del Rey se definía en un artículo en apariencia obediente pero con salvedad decisiva: “En prueba de su antiguo amor, y fidelidaed constante hacia las personas de sus pasados Reyes; protesta este Estado, que reconoce, y reconocerá por su Monarca al Señor Don Fernando Séptimo, siempre que libre de la dominación francesa, y seguro de cualquier influjo o amistad, o parentesco con el Tirano de Europa pueda reinar, sin perjuicio de esta Constitución”. Tratábase,en el mejor de los casos, de un rey y monarquía casi simbólica, y, en el peor, de una monarquía constitucional, pues era poco lo que podía gobernar “sin perjuicio de esta Constitución”. “Dado en el Palacio del Reino de Quito”, rezaba, con cierto toque de ufanía, la data de la flamante constitución. El Pacto tendría vida efímera, porque el partido radical lo desconocería por no haber sido suscrito por la totalidad de los diputados. Desconocieron, además, a un Congreso que estaba partido, y se constituyó un Consejo Directivo del movimiento revolucionario. La división había llegado a ser total y se tornaría fatídica para la Revolución misma y la supervivencia del Estado que con la Carta Magna nacía.

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Y ya tenemos a las dos facciones enfrentadas hasta la guerra fratricida. El líder militar de los radicales, el coronel Francisco Calderón, que se hallaba con sus tropas en Alausí vigilando las fronteras de la patria libre, unió a esas fuerzas las de Guaranda y marchó sobre Quito. Hízose preceder de proclama que testimonia, a la par que las razones que esgrimía ese partido, los altos niveles que había alcanzado la pasión política. “Quiteños: Albricias! El día de vuestra libertad se acerca” -comenzaba ese texto que, leído a la distancia de aquellos fragores, suena casi delirante-. Anunciaba la llegada de los patriotas “arrojados del gobierno porque no prostituían vuestra confianza”. Venían -se decía- para acabar con la que llamaban “casa dominante” -es decir la de los Montúfar-, “esa casa que arruinó el reino con la revolución y contrarrevolución” y ahora detentaba todos los poderes. Y a quien encabezaba la fuerza militar en camino se lo llamaba “vuestro libertador”.107 En el nervio de la proclama estaba la mayor acusación contra los Montúfar: “arruinó el reino con la revolución y contrarrevolución”. La fórmula invita a una lectura profunda. Para quienes tenían a gentes del lado del Marqués de Selva Alegre por traidores, ello sería por la contrarrevolución. ¿Cómo pudo ser también ese arruinar a Quito con la Revolución? ¿No la hicieron los más decididos y radicales patriotas, bajo la dirección de Morales y Rodríguez de Quiroga? El partido encabezado por los Montúfar -Carlos, Juan Pío y Pedro- no se sintió con fuerzas para resistir a las tropas de Calderón o quiso evitar derramamiento fratricida de sangre. Ello es que fueron aceptadas todas las condiciones impuestas por Calderón. Renunció a la presidencia el obispo Cuero y Caicedo, Carlos Montúfar debió huir para evitar la prisión decretada por los adversarios y el Marqués se ausentó. Sin el freno de los moderados, otra vez estamos en una Quito en plena revolución, participando enfervorizadamente en los preparativos para marchar sobre Cuenca. La capital sureña era vital para la Revolución de Quito: había que evitar que se uniese a Guayaquil para sofocar la insurrección del centro El 1 de abril de ese 1812 salió el ejército quiteño -2000 hombres, 200 veteranos y el resto bisoños entusiastas-, al mando del coronel Calderón. Por el camino, gentes de Latacunga, Ambato, Riobamba y Alau107 La proclama de Calderón en Cevallos, ob. cit., Clásicos Ariel 79, 106. T. III, Nota 2, pp. 121-122

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sí, en número superior al millar, engrosarían las filas. (Ese 1 de abril el año anterior había llegado a Quito Carlos Montúfar tras su retirada de Cuenca. Por tal coincidencia, “día misterioso” lo llamaba un pasquín antimontufarista que circuló el mismo día en Quito 108). Las tropas de la Revolución vencieron el l6 de junio a las enemigas en Paredones y el 21 de julio ocuparon Biblián, a solo siete leguas de Cuenca. Cuando la campaña se acercaba a un final triunfal, intrigas urdidas por los opositores de Quito y llevadas por Echanique, bajo la fachada de portador de los sueldos de la tropa, frenaron la toma de Cuenca -cosa tan grave la ha sentado el ponderado Cevallos, según fuente de primera mano: el ayudante de campo de Calderón, Francisco Flor109-. La maquinación cuajó de modo vergonzoso: un grupo de oficiales se constituyeron en Consejo de Guerra y resolvieron la retirada. Pero un movimiento del enemigo que les cerró la puerta para ese repliegue forzó a los patriotas a una acción desesperada que, tras complicado enfrentamiento de caballerías e infanterías, culminó en victoria. Pero entonces, cuando Cuenca esperaba ansiosa a los patriotas victoriosos para una unión que fortalecería enormemente la República, los revolucionarios forzaron una insólita retirada110, y lo que llegó a Riobamba fue un ejército desmoralizado y deshecho. Una suprema
108 Nos referiremos a él en el texto de nuestra Literatura. Se lo publicó en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. XXIV, n. 64 (julio-diciembre 1944), pp. 320-326 109 Cevallos, ob. cit., 79, 110 110 Tan insólita retirada cierra el relato de la campaña y el choque final que hiciera Abascal: “Las hostilidades empezaron de su parte desde Paredones, lugar en donde se hallaba situada la avanzada de Aimerich, la cual, cediendo a la superioridad, tuvo que replegarse a las alturas de Llasu en las inmediaciones del pueblo de Cañar . El enemigo le siguió hasta ese punto en que fueron oportunamente llegando los refuerzos y en esta disposición aunque disponíanalgunos movimientos con objeto de incomodar a las tropas de Cuenca. la serenidad de éstas les impuso de tal modo, que no osaron en ocho días emprender acción alguna contra ellas que sólo mudaban de posición según lo que observaban al enemigo. Pero tratando éstos al fin de cortar la división reforzada de Valle, o atacar la de Aimerich, en esta dudosa operación consiguió el primero ocupar el pie del cerro de Altar, flanqueando por la izquierda al enemigo que llenaba la cuchilla de Llaraví. Entonces rompió Valle un fuego vivo, y sostenido empeñándolos en la acción por aquel lado,y en cuyo tiempo Aimerich a la vista pudo socorrerlo con 300 hombres. Empeñado el ataque tuvieron que sostenerlo por úna y otra parte 3 horas y media que se regulaba indecisa la acción, mas habiendo cesado Valle sus fuegos por falta de municiones, cesaron también los del enemigo, que se retiró luégo a sus tiendas y al rayar el día siguiente ya había desaparecido, dejando en el lugar que habían ocupado 17 piezas de cañón y otras armas y peltrechos con mucha parte del equipaje”. Ms. cit. por Jijón y Caamaño, ob. cit., p. 39, nota 9.

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Diputación de Guerra, enviada por Quito a esa ciudad, dando oídos a intencionados informes de la vanguardia en retirada, decretó la privación del mando a Calderón. Se consumó así esta página bochornosa de la historia nacional, hora sombría en que obscuros intereses pusieron en riesgo la suerte de la patria. Para reparar tamaña injusticia cometida contra Calderón, patriota a toda prueba, se lo nombró, el mismo día, comandante en jefe de las operaciones del norte. En Quito las cosas eran tensas y dominaba un sentimiento general de frustración y de cólera contra los traidores y causantes de las tragedias que amenzaban a la ciudad. Dos hechos lo testimonian. Una poblada de indios y mestizos de San Roque sacaron de su retiro en la recoleta de la Merced al anciano Ruiz de Castilla, y, cubriéndole de insultos y golpes, lo llevaron frente al Cabildo con intención de ajusticiarlo. Se logró rescatarlo de esas manos enfurecidas, pero a los tres días el viejo Conde moría, negándose a ser curado de sus heridas -más bien leves-. Los contumaces realistas Calisto, Pedro y su hijo Nicolás, que multiplicaban insidias contra la República, fueron sorprendidos tratando de llegar a Pasto con dineros para financiar la campaña realista y fusilados como traidores. Tras la desafortunada retirada de las puertas de Cuenca, todo iba a encaminarse fatalmente a la toma de Quito. El teniente general Toribio Montes -brillante militar de carrera-, que había sido nombrado Presidente de Quito, en reemplazo de Molina, había llegado a Guayaquil el 21 de junio de 1812, con cuantiosos recursos. Junto a él estaba el coronel Juan Sámano, que cobraría triste celebridad en las guerras de la independencia por su sevicia. Montes destacó a Sámano a Cuenca para que dirigiera las tropas de esa ciudad. Así que salieron Sámano de Cuenca y Montes de Guayaquil. Unidos, sus efectivos llegaban a 2.675 -418 de Guayaquil y 1.860 de Cuenca. Tomado Pasto por los realistas, Quito estaba amenazado por el sur y por el norte. consciente de la gravedad de la situación, el Congreso de Quito toma medidas radicales como el llamamiento a las armas a los ciudadanos mayores de 16 y menores de 50 años, la convocatoria a voluntarios para la defensa de Ibarra, la orden de alistar las milicias de Quito y sus cinco leguas para caso de amago a la Capital y confiscación de bienes de los autores y cómplices de la sublevación de Pasto.111
111 Acta del Congreso de 15 de junio de 1812. Archivo de Indias. Cit. Jijóin y Caamaño, ob. cit., p. 40.

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Se debió haber frenado a Montes en la arriscada topografía guarandeña, y lo quiso hacer el esforzado Ante. Pero Checa, en lugar de enviarle los refuerzos pedidos, le ordenó concentrar la tropa en Riobamba. Ello hizo posible que se unieran las fuerzas de Montes con las de Sámano formando un ejército mucho más difícil de resistir. Ese ejército derrotó al patriota en Mocha, donde se había creído bien fortalecido, el 2 de septiembre de ese 1812, y comenzó su marcha sobre Quito. En esta hora de peligro para la joven república, el obispo Cuero y Caicedo se dirigió a sus vicarios con exhortación que trasuntaba decisión patriótica. Les pedía que levantasen el espíritu de los habitantes para que “sin distinción de clase, estado y condición, coadyuvasen con todos sus esfuerzos y facultades, a hacer una defensa vigorosa para salvar sus vidas y propiedades de los saqueos, agravios y violencias, extorsiones, pecados y males que se prometían consumar las fuerzas invasoras”.112 Este es otro Cuero y Caicedo, muy distante del contrarrevolucionario taimado del año 9. Haber presenciado, el 2 de agosto del año siguiente, impotente -y seguramente con algún remordimiento-, los alevosos asesinatos de tantos ciudadanos ilustres, inermes en prisión, y después la matanza de tantos otros quiteños indefensos en las calles de la ciudad y los saqueos y abusos, había hecho madurar su conciencia de patriota y decidido su voluntad ya sin vacilaciones ni cobardías. Y hay otros textos que revelan de modo aun más vigoroso a este nuevo Cuero y Caicedo. Son un edicto de 8 de agosto y una pastoral del 19 de septiembre, que lo confirmaba y urgía lo precrito, ante la derrota del ejército de Quito en Mocha. El Obispo llegaba a declarar “suspensos ipso facto de oficio y beneficio a todos los sacerdotes seculares y regulares que se obstinasen en sembrar ideas seductivas, sanguinarias y contrarias a la felicidad de la Patria, o que concurriesen a desalentar a las gentes y separarlas del justo y legítimo designio de defenderse y auxiliar al Gobierno” y decretaba “pena de excomunión mayor a los seculares de cualquier estado, calidad y condición que manteniendo comunicación con los enemigos, les diesen noticias relativas a la defensa y Estado de la Patria, o interiormente desalentasen, sedujesen o impidiesen los arbitrios que se adopten en la Capital y sus provincias unidas”. Apoyaba tan graves decisiones en luminosa doctrina: tales sanciones se aplicaban “en atención a considerarse indignos de la so112 Cit. en Borrero, ob. cit., p. 357

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ciedad de los fieles, a todo insensibles, a la voz de la Justicia y la Caridad” y porque “la naturaleza y la religión obligan a trabajar a costa de los mayores sacrificios, por la salud, la libertad y los adelantamientos de aquella sociedad en que han vivido y a la que son deudores de cuanto son y poseen”113 Documento tan enérgico, al tiempo que la noble pasión patriótica hacia la que había evolucionado el Obispo, muestra, por su misma gravedad y urgencia, que había todo un sector del clero actuando como quinta columna realista. Y, como la retirada de las tropas del Estado de Quito estaba perturbada por deserciones y robos al ejército, el Obispo extendió la pena de excomunión mayor a los desertores que no volviesen a incorporarse bajo las banderas de la República, como también a los que tuviesen armas, caballos, pertrechos y municiones del Estado y no los devolviesen en tres días. Aunque algo tarde, había sonado la hora de la unidad de la patria. Con muchos cuerpos en desbandada hacia Latacunga, Carlos Montúfar fue llamado a ponerse a la cabeza de las tropas quiteñas del sur. (Antonio Ante, nombrado para ese comando tras la separación de Checa, reconoció no estar capacitado para dirigir campaña que se había vuelto tan difícil y fue quien acudió a Montúfar). Montúfar se replegó hacia la abrupta quebrada de Jalupana y se hizo fuerte. Montes se quedó en Ambato y Latacunga sufriendo el acoso de guerrillas al mando del coronel Mateu. Montes, bloqueado, se estaba quedando sin vituallas. Y fue otro americano traidor -Martín Chiriboga- quien lo sacó del aprieto dándole víveres y hasta caballos. Y otro de estos a quienes Cevallos tachó de traidores, Andrés Salvador, mostró al realista el modo de burlar la fortaleza quiteña de Jalupana: apartándose de la ruta principal en las inmediaciones de Tambillo y subiendo las faldas del Atacazo por el paso de la Viudita. Montúfar debió replegarse de urgencia a Quito, que no estaba fortificada. Quito iba a ser el campo de batalla. Las tropas quiteñas esperaron el ataque español hechas fuertes en el Panecillo y las entradas de San Sebastián y la Magdalena. A una soberbia intimación y ultimátum de Montes el pueblo quiteño respondió altiva y duramente:
113 Edicto del 8 de Agosto de 1812 y Pastoral de 19 de Septiembre de 1812. Archivo de Indias, Sevilla. Cf. Jijón, ob. cit., p. 42. Y Borrero, loc. cit.

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Si no estuviese persuadido este pueblo fiel y religioso que el estilo de los piratas, que solo miran en sus empresas las vergonzosas pasiones de la ambición o el interés, es el que se lee en vuestro oficio, nunca creería que os atrevieseis a insultar los sagrados derechos que ha proclamado esta ciudad por el cautiverio de nuestro amado monarca, el señor don Fernando VII de Borbón; pero nada debe extrañarse de un hombre sin principios de religión ni de política, y que aspira a formar su suerte con el robo, el asesinato y los demás excesos y crímenes de un hombre corrompido. Mas os engañáis con la turba de facinerosos que se os han asociado, pues los individuos de este supremo gobierno, las corporaciones, el venerable clero, la nobleza, el pueblo bajo y las tropas de esta plaza, se hallan prontos a manifestar a la faz del universo que no es fácil subyugar a hombres resueltos que pelean por su libertad; y en su virtud, se os intima que dentro de dos horas desocupéis estos territorios, en inteligencia que de lo contrario ni vos ni vuestras tropas tendréis cuartel, pues se han dado las providencias convenientes para que no escape ninguno.114 Firmaba aquello el 6 de noviembre “el pueblo quiteño”. ¿Quién había recogido el sentir de ese pueblo altivo y heroico? ¿Quién le había dado forma en ese texto que llega al estupendo poder de la sentencia lapidaria “no es fácil subyugar a hombres resueltos que pelean por su libertad”, digna de Bolívar o Martí? Siguieron tres días de tensa de espera, que lo fueron de febriles preparativos, que pintó con admirada emoción el cronista Salazar y Lozano, el más cercano a los hechos, y consignó el historiador que amasó el relato de estas horas con recuerdos de sobrevivientes, Cevallos. No había hombre que no fuera un soldado voluntario; las mujeres, no contentas con entregar sus joyas, suplían a los hombres en las guardias; las criaturas redondeaban soroches y piedras para el balotaje de fusiles y cañones; las campamas se bajaban para fundir cañones. Las calles de la entrada fueron cerradas con grandes piedras y troncos. Se volvieron al uso escopetas y fusiles viejos. Pasados los tres días Montes atacó -el 7 de noviembre-. Una de las divisiones por el Machángara, a las órdenes de Sámano y Valle; otra por el llamado arco de la Magdalena, garganta entre el Panecillo y las estribaciones del Pichincha. Montes se reservó una tercera parte del ejército.
114 El documento en Cevallos, ob. cit., 126

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Las tropas del Machángara y la Magdalena fueron arrolladas. Entonces el jefe español resolvió atacar de frente el Panecillo. Y este audaz movimiento tomó por sorpresa al bisoño capitán que lo resguardaba. Y la fortificación cayó. Lo quiteños que defendían la colina escaparon ladera abajo. Y resultó que barricadas y defensas quedaron inervibles. Con todo, los estrategas quiteños sobrestimaron ese éxito de Sámano, y no vieron que la situación del español era crítica y podía ser cercado y rendido. Faltó sentido táctico, a la vez que -como reprochó con buen sentido Cevallos- sobraban rezos y procesiones. Montúfar reorganizó la defensa en la plaza mayor con artilleros que desde la plazoleta de la Merced cañoneaban el fortín del Panecillo. La resistencia estaba intacta. Así se llegó a la noche. Y esa que debía haber sido la gran oporunidad para asestar a los españoles golpes desmoralizadores concertando acciones, fue más bien hora de derrumbamiento. Se regó por la ciudad el rumor de que las tropas la abandonarían replegándose al norte. Y ello provocó un éxodo desesperado y aterrorizado de todos cuantos tenían algo que perder. Ante situación tan crítica, las tropas quiteñas debieron efectivamente salir hacia el norte. El 8 Montes entró en una ciudad desierta, y sus famélicas tropas se dieron al saqueo.

LA ULTIMA RESISTENCIA EN EL NORTE La retirada de los quiteños hacia el norte se detuvo en Ibarra, donde el coronel Calderón tenía un cuerpo de seiscientos hombres. A él plegaron los que llegaron en formación y los que se reagruparon por pelotones hasta sumar mil seiscientos efectivos. En el norte un vaivén de acciones habría acaso llegado a una nueva toma de Pasto por el yanqui Macaulay, pero la habían frustrado las malas noticias llegadas del sur -desde la ruptura de la línea de Mocha- y el llamado a defender Quito. Ahora han llegado a Ibarra, al frente de los pelotones en retirada apenas ordenada, Carlos Montúfar, el Marqués de Villa Orellana, Antonio Ante, Manuel Mateu, Nicolás de la Peña y su heroica esposa doña Rosa Zárate, y tres de los eclesiásticos más fieles a la causa, Miguel Antonio Rodríguez, José Correa -el cura de San Roque- y el provisor Caicedo.

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El encuentro en Ibarra de las dos alas quiteñas ocurrió el 15 o 16 de noviembre. Cevallos ha recogido -con esa forma que trasunta fuentes conversacionales- un duro enfrentamiento de los dos jefes, el de las fuerzas del norte, Calderón, y el de las recién llegadas, Montúfar.115 Era explicable: cada jefe tenía mando, y, si el de Montúfar parecía de mayor rango, él llegaba al frente de un ejército derrotado y en retirada, y Calderón tenía uno victorioso. Estaba, además, lo de los partidos, aún sin extinguirse. Y había algo más -cuyo peso decisivo destacara justamente Borrero116-: el Marqués de Villa Orellana, Montúfar y Manuel Mateu habían dirigido comunicación a Montes pidiendo capitulaciones.117Al infomar de esto a Calderón, este lo rechazó airadamente. Y las tropas quiteñas vieron con hostilidad estas maniobras entreguistas.118 En el proceso instruido contra el Marqués de Villa Orellana se lee esta pregunta y la respuesta dada por Jacinto Sánchez de Orellana: Preguntado si entre las providencias qe confiesa se dio la del ataque a las tropas del Rey en el pueblo de Sn. Antonio de Caranqui qe. se verificó con mucha efusión de sangre en el qe, también fueron derrotados dhos. rebeldes, habiendo causado pr. lo mismo la desolación y perjuicios incalculables qe lloran esos vecinos: Dijo que no ha dado tal providencia; pues habiendo regresado de Tontaqui donde se celebró un armisticio con el Sr. Juan Sámano a su regreso lo recibieron los qe. estaban allá con amenazas de matarnos a los qe.habían concurrido a aquel tratado pr. lo qe. no quisieron mezclarse más en cosas de gobierno, dejando al Comandante en él.119

115 Al empaque conversacional de las fuentes llegado hasta el texto se volverá más en detalle precisamente con este pasaje en la parte de la Literatura que se dedicará a Pedro Fermín Cevallos y su Historia. 116 Borrero, ob. cit., 372 y ss. 117 En la confesión del de Villa Orellana en el proceso, este alegaba en su favor haber ido a Atuntaqui, a celebrar un armisticio con Sámano. La acusación de Toribio Montes y la defensa de los acusados en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. XXI, n. 57. Esta declaración de Jacinto Sánchez, el marqués de Villa Orellana, en la p. 121. 118 Esa misma declaración del de Villa Orellana termina así: “que a su regreso lo recibieron hostilmente las tropas quiteñas”. 119 Documento reproducido en La Revolución de Quito 1809-1812. Archivo Nacional de Historia, Boletín N° 33, Quito, 2007, pp. 66-70.

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En lo que le descargaba de culpa, el Marqués declara cosas verdaderas -la ida a Atuntaqui para negociar un armisticio con Sámano, y cómo recibieron las tropas decididas a la lucha lo que vieron como pusilanimidad y cobardía-. Eso de que no tuvo parte en la decisión del ataque,en cambio, mal puede afirmarse basados en esta declaración, hecha, como es obvio, para descargarse de culpa en ese insidioso proceso. Trujillo, el interrogador, le “recrimina” así: cómo niega haber dictado la providencia del enunciado combate cuando enla deposición conteste de dos testigos del sumario qe. existieron en dichavilla de Ibarra al tiempo de la acción se ve qe. expresan los mismostestigos el entusiasmo y ardor con qe. la procuró, significando ellosmismos las palabras seductivas que profería relativas a dho. fin de qe.solo en aquel acto consistía pa. qe. ganada la Victoria quedasen losamericanos mandando, qe. nada tenían menos qe. los europeos. Estando divididas las posturas -capitulación frente a resistencia-, la reacción de Montes a la propuesta de capitulación, expresada en un papel que cayó en manos de los patriotas, los unificó a todos en una decisión radical y heroica. En oficio fechado el 22 de noviembre, Montes imponía condiciones humillantes: que se exigiera la entrega del armamento; que se prendiera a comandantes, oficiales y tropa y aun a empleados de la Junta y personeros de las provincias, para de ellos ejecutar pena de muerte en Nicolás de la Peña, Ramón Chiriboga, Joaquín Mancheno, Marcos Guillón, Miguel Rodríguez, Prudencio Vásconez, el Dr. Correa y el provisor Caicedo. La última exigencia era la entrega de quinientos mil pesos en oro, en el término de 24 horas. Dictada por el Dr. Antonio Ante y firmada por Francisco Calderón, en el cuartel general de Ibarra, a 27 de noviembre de 1812, está la altiva nota de rechazo de esa forma prepotente de proceder: Si el monstruo de la humanidad, titulado Presidente, se produce tan cruelmente, cuando trata de seducir y engañar, y tiene armas al frente, ¿qué hará cuando se le rindan estas? No dejará hombres que puedan discurrir, y sí solo brutos que reciban la ley que su despotismo les quiera dar. ¿En dónde está la libertad del americano tan decantada por los repetidos gobiernos que se han creado en España? 120
120 El texto en Borrero, ob. cit., p. 374

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Las cartas estaban echadas y a los patriotas no les quedaba sino combatir. Iba a escribirse la última página de esta trágica y gloriosa historia comenzada en 1808 y 1809. Sámano seguía en Atuntaqui, al frente de 590 hombres. Y vio que lo que se le había antojado fácil persecución de unos restos en desbandada era en realidad guerra contra un ejército bien plantado y decidido. Y el cerco que le pusieron poblaciones indígenas lo llevó al borde del colapso. Entonces ocupó el lugar del militar valiente el político taimado y pidió entrevistarse con Montúfar y con él envió un pliego que proponía un armisticio con la promesa “delante de los cielos” de mediar con Montes para que se corriese un velo sobre lo sucedido. Una vez más se frustró una victoria decisiva del ejército quiteño. Sámano quería aparecer conciliador, pero avanzaba has San Antonio, donde se hacía fuerte, y el cura daba noticia de ello a los patriotas. Marchan entonces estos a castigar la felonía del español y lo acosaron hasta que se vio forzado a refugiarse en la iglesia. Allí, cercado, acabados los pertrechos, resolvió la noche de ese 29 de noviembre rendirse con el alba. Pero al alba los sitiadores habían desaparecido ... Otro doloroso enigma de esta historia inicial de nuestras guerras libertarias. ¿Qué había pasado? Una vez más el rumor tendencioso. Cevallos lo contó: “... corrió entre la tropa quiteña la voz de que se acercaba otra división en auxilio de Sámano. Bastó este vago rumor, esparcido entre las tropas liberales que ocupaban diferentes puntos, para que se diera la orden general de retirada a Ibarra”.121 Desde tan infeliz decisión todo fue precipitarse la tragedia. Tropas desordenadas, mandos divididos, frente a un adversario cruel y ahora ya bien aprovisionado de munición, todo condujo a la desmoralizacion. Y se volvió a pedir la capitulación. Sámano, aunque comunicó el pedido de capitulación a Montes, cargó sobre Ibarra. Ante esta acción de personaje del que cabía esperar cualquier crueldad y ninguna humanidad, Carlos Montúfar con parte de los quiteños salió hacia el Chota. Calderón lo hizo con su tropa para el norte, con miras a unirse a los patriotas de Popayán. Sámano, apenas lo supo, se movilizó en su persecución y le dio alcance junto a la laguna de Yaguarcocha. Allí, junto al “lago de sangre” -que debía su nombre a otro
121 Cevallos, ob. cit., p. 136

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holocausto al final de otra resistencia heroica: el de los quiteños caranquis degollados por el Inca invasor- se libró la última batalla de la Revolución de Quito. Desigual, desesperada, rica de ya inútil heroísmo. A los derrotados Sámano persiguió con saña, para ejecutarlos. Sin atender al juramento prestado, hizo fusilar en Ibarra al coronel Francisco Calderón, el 4 de diciembre de ese 1812. La sevicia con que Montes y su atrabiliario segundo en el mando, Sámano, tomaron venganza dejó huellas espeluznantes en órdenes como la dada por el Presidente a un Fábrega, que había capturado a Nicolás Peña y su heroica esposa Rosa Zárate en los bosques de Malbucho -camino de Tumaco-, en donde las gentes quiteñas habían ido a combatir después de los sucesos de diciembre en Ibarra: “Proceda Ud. a ponerles en capilla, pasándolos por las armas por la espalda, cortándoles las cabezas que, con brevedad, remitirá Ud. del mejor modo posible, para que se conserven y que vengan ocultas, a fin de ponerlas en la plaza de esta capital”.122 Carlos Montúfar acabó escondido en su hacienda de los Chillos. Apresado por delación de un fraile dominico, fue sometido a juicio y, acaso por el peso de la familia y su poder económico, el fiscal declaró la nulidad del proceso. Vuelta a instaurarse la causa, hubo de esconderse y, juzgado en rebeldía, fue -lo mismo que su padre, el Marqués- condenado a muerte. Imploraron indulgencia -ha referido Roberto Andrade- y les fue conmutada la pena capital por la de destierro, a Loja, el padre, a España, el hijo. Camino de ese destierro, Carlos fugó en Panamá y por Tumaco llegó a Popayán para unirse a los patriotas del Cauca. Fue a Bogotá, como comisionado del gobierno de Popayán ante Manuel Bernardo Alvarez, dictador de Cundinamarca, para conseguir la ratificación del convenio que acordaran los delegados del Congreso Federal y Cundinamarca. Pero, mal recibido y acosado por el dictador, debió salir a Tunja. Al paso de Bolívar por esa ciudad, de camino a reducir a Alvarez, Montúfar se le unió como ayudante de campo -había conocido al Libertador en París-. En la toma de Bogotá actuó heroicamente. De allí regresó a combatir en las filas patriotas del Cauca y comandó, como mayor general, el ala derecha de las tropas que vencieron a los españoles junto al río Palo.

122 El documento en Borrero, ob. cit., p. 383

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EL TRAGICO FINAL DE LA EPOPEYA DE AGOSTO En 1813 se recibió en Quito la Constitución que las Cortes españolas habían aprobado el año anterior. La ciudad, ya vencida, juró esa Constitución que sería la base del derecho constitucional americano. El juramento se solemnizó con las festividades de rigor. Entretanto la Nueva Granada resistía y Sámano avanzó hacia Popayán multilicando saqueos y desafueros. En Santa Fe, Nariño presidía el gobierno independiente, y, aunque se sentía a una España fortalecida por la mala fortuna que comenzaba a derrumbar el imperio napoleónico, rechazó el someterse. Nariño era un luchador indomable. Por haber traducido la Declaración de los Derechos del Hombre había sido llevado, cargado de hierros, a cárceles de Cádiz, y, vuelto en clandestinidad a la patria, para seguir luchando, había sido nuevamente apresado en 1810. Nada lo podía doblegar. Fracasada una mediación británica, el gobierno de Santa Fe desconoció la autoridad del rey. Y entonces desembarcó en la isla Margarita, junto a Venezuela, el general Morillo con más de diez mil hombres, veteranos de las guerras napoleónicas, más un escuadrón de artillería. En el sur de Nueva Granada, los republicanos, tras varias derrotas sufridas con paciencia y seguidas de ordenadas retiradas, vencieron en El Palo a los realistas de Vidaurrázaga, el 5 dejulio de 1815 Y aquí es donde hemos vuelto a dar con el quiteño Montúfar: comandó el ala derecha que con su desesperada carga a la bayoneta convirtió una derrota en victoria. Para someter a los victoriosos salió de Quito el atrabiliario Sámano hacia Pasto, el 18. Y en Quito se engrillaba y sumía en calabozos -aun por encima de la autoridad de Montes- a ciudadanos notables, acusados de conspirar: Manuel Larrea, Manuel Mateu, Guillermo Valdivieso, Francisco Javier Salazar, Bernardo León... Solo cuando supo que Morillo había rendido Cartagena y avanzaba hacia el sur, Montes autorizó que Sámano saliese de Pasto hacia Popayán. Se fortificó en el Tambo. Las tropas patriotas de Popayán, cortas -menos del millar-, corrían el riesgo de quedar atenazadas entre el gran ejército español que bajaba del norte fusilando a cuanto rebelde o colaborador apresa-

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ba y Sámano al sur. Mejía, su nuevo comandante. resolvió lanzarse contra Sámano. El choque, en la cuchilla del Tambo, acabó en derrota americana, tras heroica lucha. Sámano ocupó Popayán y Morillo lo hizo Mariscal de Campo. El Virreinato volvió a sujeción de España y comenzaron consejos de guerra que fusilaban a decenas de americanos, algunos tan ilustres como Caldas y Camilo Torres. Montúfar pudo esconderse algún tiempo en las selvas. Aprehendido y llevado a Buga, fue fusilado por la espalda como traidor, el 31 de julio de 1816. Traidor a la corona: este fue su definitivo y más alto título de bemérito de la patria y la causa de la libertad de América.

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ESPEJO EN EL RIO DE LA PLATA
Carlos Freile

l padre Juan Villegas S.I. es muy conocido en el Cono Sur por sus valiosos aportes a la Historia de la Iglesia, en nuestro país su obra no ha pasado del ámbito de los especialistas y es una lástima, pues ha incursionado con maestría y solvencia en varios puntos de nuestra historia eclesiástica. En su fundamental trabajo sobre el Concilio de Trento en nuestra América1 aportó datos valiosísimos sobre dos obispos quiteños de marcada influencia en nuestra historia no solo eclesial sino civil: Pedro de la Peña OP y Luis López de Solís OSA. También publicó un corto pero enjundioso estudio sobre la religiosidad popular en nuestra época colonial en el cual se puede apreciar las verdaderas dimensiones de ciertas prácticas, y de su sustento profundo, de la población quiteña, sobre todo indígena2. El trabajo que ahora nos ocupa es uno publicado hace diez años, pero que acaba de llegar por obsequio de su autor al Director de la Academia Nacional de Historia: “Eugenio Espejo (1747-1795), Quiteño ilustrado”, publicado en Soleriana Cuadernos el ITUMS, 5, Montevideo, 1996. Villegas comienza con una afirmación lapidaria y que debe llamar la atención a los ecuatorianos devotos de sus auténticas glorias patrias: “Se convendrá en afirmar que F.J.Eugenio de Santa Cruz y Espejo no es suficientemente conocido en el Río de la Plata” (p.163). Para aliviar de manera corta pero academica esta falencia ha escrito este trabajo, para ello hace acopio de las publicaciones que sobre el Precursor aparecieron en los años ochenta del siglo pasado varios cuyos autores se cuentan en los mejores conocedores de la obra espejiana. Comienza Villegas con un resumen de la biografía de Eugenio Espejo para lo cual se basa en el excelente resumen escrito por Jaime
1 Villegas, Juan: Aplicación del Concilio de Trento en Hispanoamérica 1564-1600, Montevideo, 1975. 2 Villegas, Juan: La Congregación o Esclavitud Nuestra Señora de Loreto, Quito. Siglos XVII y XVIII, Montevideo, 1985.

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Peña con aportes de Philip Louis Astuto3. Como es lógico dado el año de la publicación del trabajo no se han incorporado nuevos elementos aportados por varios investigadores que corrigen ciertas apreciaciones tradicionales sobre el sabio médico quiteño. De inmediato Villegas entra a la parte medular de su artículo: la presentación de Espejo, “el rebelde”, así lo llama con toda razón. Sin embargo se aparta de la tesis tradicional sostenedora de que la rebeldía y la actitud crítica del Precursor habría tenido como principal origen su condición de individuo “de color”, a partir de allí habría desarrollado su personalidad sobre todo valiéndose de los estudios: “El medio social le ofrecía resistencia y le ponía escollos. El oponía trabajo y sacrificios. Esta oposición de fuerzas habría marcado su personalidad. Así habría surgido el Espejo rebelde. El crítico, que recibiendo lo que se le proporcionaba en el medio, fue capaz de ponderarlo y de analizarlo. A tal punto y con tal penetración de análisis, que le permitirán encontrar los resortes para superar las críticas condiciones imperantes en la audencia de Quito” (p.172 s.). En mi opinión el rechazo a Espejo se debió sobre todo a un aspecto, más allá de su presunta filiación indígena: su tremenda capacidad crítica y burlesca. Villegas sostiene que “La rebeldía de Espejo sería no el resultado de una dialéctica de opuestos, ciega e implacable, sino la manifestación de una interesante personalidad, que surgida desde ese medio se libera de él y, al hacerlo, es capaz de criticarlo y proponer su reforma” (p.174). Abandona nuestro autor la tesis sociologisista para adopar una psicologista, con lo cual da una interesante aportación a la discusión sobre su controvertida figura y su no clara actividad. Sin lugar a dudas la parte más interesante del artículo es la que trata sobre “Espejo, ilustrado quiteño” en la que el autor traza un corto pero enjundioso escorzo de lo que fue la Ilustración en nuestro país, su aporte de novedad, su combate contra el escolasticismo decadente, abierto, con todo, a las posibilidades que llegaban con los nuevos libros, sobre todo su “rostro personal”, vale decir que ese movimiento se cristalizó en nuestro medio en personas concretas, “fieles servidores tanto del rey como de Dios” (p.176), afirmación que puede chocar a los desinformados. Subraya Villegas el talante reformista de Espejo, su afán de
3 Peña, Jaime: “Biografía de Eugenio Espejo” en VARIOS: Eugenio Espejo Conciencia Crítica de su Epoca, Quito, 1978. ASTUTO, Philip L.: Eugenio Espejo (1747-1795). Reformador Ecuatoriano de la Ilustración, México, 1969.

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cambiarlo todo para mejor, desde la educación hasta los caminos, su prurito de “organizar y corregir errores”, de “instruir y educar” (p.179). Este talante se enraíza en un auténtico y renovado patriotismo, pues todos los nuevos conocimientos y técnicas que deseaba se intalaran en el Reino de Quito tendían a la consecución de la felicidad de sus habitantes. Ese patriotismo no le cegaba ni le convertía en un nacionalista anacrónico, estaba abierto a la realidad político social de su tiempo: la América Española, por eso sostiene el autor que “Espejo debe ser considerado como un american” (p.180). Con perspicacia Villegas reconoce en Espejo al hombre de acción, lo que ha sido negado por varios investigadores sobre todo en los últimos años, luchador no solo contra la pereza mental y las injusticias sino contra sus implacables enemigos “que se molestaron con las críticas y el espíritu reformista del ilustrado quiteño” (p.182). Espejo fue un sabio de saber universal, estudió todo lo que en su tiempo se podía cursar en la Universidad, aunque nunca llegó a ser miembro de su claustro de profesores, lo cual es una lástima. Sin embargo sus contemporáneos si calaron en su capacidad intelectual y la admiraron, como por ejemplo su “Discurso sobre la Sociedad Patriótica” alabado por los jesuitas expulsos en Italia.4 Dentro de los saberes de Espejo Villegas recalca que no se trataba de “un simple erudito”, sino que “es de justicia entenderlo como filósofo”. Pero filósofo a la manera del siglo XVIII y a su propia manera, dedicado no solo a la reflexión teórica sino a la búsqueda de los remedios prácticos para los males de la sociedad. Pero fue filósofo en especial por su indeclinable vocación de “estar en el bando de la sana razón”, todo ello sin abandonar nunca sus convicciones cristianas, extremo también negado por algunos investigadores a nuestro entender equivocados por no leer con ecuanimidad los mismos textos espejianos (p.183)5. No descuida tampoco Villegas otro punto polémico: asigna a Espejo una clara vinculación con la monarquía y el catolicismo, como no podía ser de otra manera (p. 184 ss). Termina Villegas su sesuda aproximación a Espejo con un paralelismo con el ilustrado peruano Hipólito Unanue, médico como el quiteño, pero no perseguido, él sí profesor universitario y hombre público hasta
4 En este punto Villegas repite el error de Astuto de confundir a Pedro Lucas de Larrea con sus hermanos jesuitas Ambrosio y Joaquín residentes en Italia (p.183). 5 Sobre este punto podría ser útil revisar mi trabajo Eugenio Espejo Filósofo, Quito, 1997.

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después de la Independencia. Para ello utiliza la “Oración inaugural del Anfiteatro Anatómico en la Real Universidad de San Marcos, el día 21 de noviembre de 1792”. Hace notar las ideas ilustradas comunes a ambos prohombres, su convicción de que solo la educación traerá felicidad al pueblo, de que estos países son ricos y solo necesitan conocimientos, iniciativas y trabajo. Afirma Villegas: “Muchas de las características señaladas en oportunidad de leer los escritos de Eugenio Espejo, aparecieron en este discurso del ilustrado peruano Hipólito Unanue: patriota, cultor de las ciencias experimentales, católico, monárquico, crítico, filósofo” (p.189). Evidentemente la consonancia entre ambos pensadores no fue casual, sino producto de las corrientes de la época. Este acercamiento somero realizado por el historiador uruguayo debe impulsar a los ecuatorianos a realizar estudios profundos sobre las convergencias de las tendencias de nuestro país con las de los países hermanos. Finalizo con dos citas de la “Conclusión” del excelente trabajo de Villegas: “Al adoptar las ‘nuevas ideas’ Espejo tomó actitudes incoformistas y posiciones críticas respecto a las realidades que lo rodeaban. Típico del ilustrado fue eso de aparecer como muy personal, inquieto, crítico y, por lo general, hombre molesto. Típico del ilustrado fue cultivar una vastisima cultura, con la cual lograba sobresalir entre los hombres de su tiempo. Típico del ilustrado será también el moverse de otra manera con respecto a las instituciones académicas y a los medios de comunicación e ideas de entonces. Por todo esto Espejo se presenta como un ilustrado” (p. 190). “Espejo fue un cristiano que no divorció su fe de los estudios. Viviendo en el siglo de las luces, junto a esas luces supo descubrir las luces de la Iglesia, los Santos Padres y los maestros de la elocuencia evangélica6. Espejo admitió además la autoridad en lo relativo a la interpetación de las Sagradas Escrituras y en el campo de la moral. La verdadera sabiduría no la puede dar el mundo. La verdadera sabiduría debía estar orientada por el amor a la verdad y es dependiente de la santidad” (p. 191). Otros estudios sobre nuestro Eugenio Espejo publicados en el Río de la Plata son: de María Cristina Araujo Azaola: “La ilustración de Eugenio Espejo (1747-1795” en Filosofar Cristiano, año X, N° 19-20 Córdoba, 1986; además “El espíritu filosófico de Eugenio Espejo” en Reflexio6 El profundo conocimiento de la literatura teológica, de la patrística y de los oradores sagrados por parte de Espejo se puede constatar con la revisión de los autores que cita en sus obras, Véase de mi autoría: Eugenio Espejo Lector. Contribución al estudio de las lecturas en el Reino de Quito en el siglo XVIII, de próxima aparición

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nes sobre las viruelas” en Cuadernos del ITUMS, N° 5, Montenvideo, 1995; esta autora también dictó varias conferencias sobre la figura del sabio quiteño; y de Mónica P. Martini: “Juegos Lumínicos en la Obras del Ilustrado Quiteño Santa Cruz y Espejo (1779-1792) en Páginas sobre Hispanoamérica Colonial. Sociedad y Cultura, 1, Buenos Aires, 19947. Sobre ellos volveré en otra oportunidad, por el momento rindo un tributo de homenaje a las dos historiadoras admiradoras de Espejo ya fallecidas.

7 Mónica Patricia Martini es autora de una pionera e iluminadora obra sobre la época colonial: El indio y los sacramentos en Hispanoamérica colonial. Circunstancias adversas y malas interpretaciones, Buenos Aires, 1993 (en ella cita a nuestros Luis López de Solís, Pedro de Mercado y Alonso de la Peña Montenegro).

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BOLÍVAR Y LA INCORPORACIÓN DE GUAYAQUIL A COLOMBIA
Jorge Núñez Sánchez

LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS El tema de la incorporación de Guayaquil a la Gran Colombia es uno de los más debatidos de la historiografía ecuatoriana y sigue encendiendo los ánimos de historiadores y comentaristas de historia casi dos siglos después de ocurrido el fenómeno. El hecho central del debate lo constituye el carácter que tuvo la acción del Libertador Simón Bolívar en esa circunstancia histórica, al punto que existen muchas apreciaciones contrapuestas sobre ella. De ahí que hayamos emprendido una revisión de la documentación histórica del caso, con miras a reconstruir la verdad de los hechos. Como hemos señalado en nuestro trabajo “El Consulado de Lima y la Independencia de Guayaquil” (Guayaquil, 1998), antes de su emancipación Guayaquil había venido resistiendo durante décadas las extorsiones económicas impuestas por el Consulado de Lima y las ambiciones de dominación de los virreyes del Perú, mismas que se habían acentuado a partir de la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, que se hizo desmembrando del Virreinato del Perú sus territorios sur-orientales, incluido el Alto Perú, donde se hallaban los más ricos centros de producción de plata y particularmente el “Cerro rico” de Potosí. Según la valoración del historiador canadiense Timothy E. Anna: “en 1776 cayó el golpe más desastroso para la prosperidad peruana cuando, como parte de su continuo programa de racionalización a través de amplias reformas económicas y administrativas, la monarquía borbónica creó el nuevo virreinato del Río de la Plata, con su capital en Buenos Aires. Esta medida arrebató a Lima el control de vastos territorios en el sur. Fue más desastroso aún que la región del Alto Perú (Bolivia), centro de las ricas minas de plata, fuese separa-

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da del virreinato del Perú y entregada al nuevo virreinato del Río de la Plata.”1 Por su parte, el historiador británico John R. Fisher ha demostrado que las autoridades y comerciantes del virreinato peruano se sintieron gravemente afectados con la pérdida de control sobre la producción de plata del Alto Perú, en razón de que esto “amenazó el intercambio tradicional de la plata altoperuana por las telas, comestibles y aguardientes, producidos en las provincias del Cuzco y Arequipa, así como los productos europeos importados por el puerto de Callao y distribuidos a los centros mineros por los comerciantes limeños. Al tener que depender de los productos de sus propias minas bajoperuanas, las perspectivas económicas del virreinato truncado eran muy pobres ... La pérdida del Alto Perú representó la pérdida del 63% de la producción registrada en los dos Perús.”2 Por las razones expuestas, la creación del Virreinato del Río de la Plata trajo como consecuencia un endurecimiento del monopolio peruano sobre la producción exportable de la Audiencia de Quito que salía por Guayaquil e iba obligadamente hacia Lima, y muy particularmente sobre el comercio de cacao y cascarilla, productos que constituían, después de la plata, el segundo y tercer rubro de las exportaciones peruanas a España.3 Naturalmente, ello produjo la consecuente protesta de los productores cacaoteros y cascarilleros de la Audiencia de Quito, quienes se enfrentaban esta vez a la terrible paradoja de que el monopolio limeño los estrechaba aún más en el mismo momento en que la corona decretaba el “libre comercio” intercolonial. La situación llegó a tal extremo que el mismo Virrey de Nueva Granada, bajo cuya jurisdic1 Anna, Timothy E. La caida del gobierno español en el Perú. El dilema de la independencia, Instituto de Estudios Peruanos Ediciones, Lima, p. 17. 2 John R. Fisher, “Minería y comercio en el Perú en el período borbónico”, incluido en Historia Económica de América Latina, ediciones de la ADHILAC, Quuito, 1991, pp. 111-112. 3 Según Fisher, entre 1782 y 1976, las exportaciones totales del Perú a España tuvieron un valor anual promedio de 5,6 millones de pesos “y los productos más importantes, que representaban el 78,5% de las exportaciones, eran el oro y la plata, principalmente plata, el valor anual promedio de los cuales llegaba a 4.4 millones de pesos. En segundo lugar encontramos el cacao (11.4 %), y después la cascarilla (6.9 %). Estos tres productos representan el 97% de todas las exportaciones peruanas”. Cit., pp. 129-130.

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ción legal se hallaba la Provincia de Guayaquil, se vio en el caso de denunciar ante el Rey los efectos nocivos de esas prácticas monopolistas de los comerciantes de Lima.4 Para entonces, Perú gozaba de un excesivo proteccionismo metropolitano, que tenía un carácter tanto económico como político y que terminó por volver cada vez más abusiva y arbitraria la conducta de la casta virreinal limeña en el área occidental de Sudamérica. Y para no mencionar sino un ejemplo del espíritu prepotente que llegó a adquirir ésta, baste citar lo ocurrido entre las Cajas Reales de Guayaquil y las Cajas Reales de Lima, a partir de 1763, tomando como base el cuidadoso estudio efectuado sobre los ingresos de las Cajas de Guayaquil por la notable historiadora española María Luisa Laviana Cuetos.5 Ese estudio revela que, desde el año en mención, empezó a ocurrir una creciente distorsión en los ingresos de las Cajas Reales guayaquileñas, a consecuencia de un persistente arrastre de deudas no cubiertas. “Parte fundamental de estas deudas –afirma Laviana– son las correspondientes a las Cajas de Lima, pues a pesar de que casi constantemente se están recibiendo en Guayaquil caudales procedentes de Lima para pagar las maderas compradas, o las reparaciones de barcos de guerra en el astillero, etc, también casi constantemente las Cajas peruanas están en descubierto con las de Guayaquil, ya que el dinero que envían es siempre inferior al gasto que ocasionan”.6 Más adelante precisa el estudio que, a partir de 1763, “las cuentas reflejan continuos suplementos hechos en Guayaquil a las Cajas de Lima... Desde el año 1779 en adelante, la deuda de Lima es la partida principal entre las cantidades no cobradas de que se hacen cargo los oficiales de Guayaquil, oscilando esta deuda limeña entre los 10.000 pesos de 1770 y los más de 250.000 pesos que la Hacienda peruana queda debiendo a la guayaquileña al finalizar
4 El Virrey de la Nueva Granada al Rey; 15 de mayo de 1786. 5 María Luisa Laviana Cuetos, “Problemas metodológicos en el estudio de la Real hacienda: Ingreso bruto e ingreso neto en las Cajas de Guayaquil (1757-1804)”, en Historia Económica de América Latina, pp. 3-20. 6 Ibídem, p. 8.

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nuestro estudio. Naturalmente, los funcionarios fiscales de Guayaquil indican constantemente en sus cuentas que han hecho repetidas instancias al virrey del Perú para conseguir el reintegro de lo que deben las Cajas de Lima, pero que no logran nada, a veces ni siquiera respuesta”.7 ¿Cuál era la causa de esa deuda acumulada? ¿Y por qué las autoridades peruanas, desde el virrey para abajo, hacían caso omiso de las reclamaciones guayaquileñas y se negaban a pagar las grandes cantidades adeudadas a las Cajas Reales del puerto? La respuesta es relativamente simple: el grupo de poder organizado alrededor del consulado de Lima, sintiéndose tolerado por la corona y sabiéndose indispensable para España, actuaba como le venía en gana y, en este caso específico, practicaba esa sistemática retención de fondos como un medio de acumular capital en su beneficio. Dicho de otro modo, los comerciantes del consulado limeño utilizaban una coacción extra-económica para alcanzar de Guayaquil, y de la corona, un nuevo subsidio a la economía peruana. Al iniciarse el último cuarto del siglo XVIII, las reiteradas quejas guayaquileñas consiguieron que el monarca, por Real Cédula de 14 de noviembre de 1776, encargase al Virrey de Nueva Granada la búsqueda de soluciones para la depresión económica que sufría la provincia de Guayaquil. Cumpliendo con esa Real Orden, el virrey mandó que la ciudadanía del puerto, reunida en cabildo abierto, examinase las causas del atraso de la provincia y los medios para su restablecimiento. Se logró, de este modo, tener una visión cabal de los problemas que por entonces enfrentaba el puerto, la que fue remitida al virrey, en 1778, por el Procurador General del Cabildo de Guayaquil, don Francisco Ventura de Garaicoa, en una detallada representación que adicionalmente formulaba las posibles soluciones. Recogiendo la opinión de “sujetos hábiles, prácticos y de experiencia en el comercio, la agricultura y la industria”, a los que el cabildo consultara, Garaicoa expuso que las principales causas de la miseria de la provincia provenían de los frecuentes incendios, de las invasiones piráticas, de los naufragios de buques mercantes y de los abusos de los monopolistas peruanos. Entre estos últimos, Garaicoa precisaba
7 Ibídem, P. 9

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dos sumamente perjudiciales a los productores y comerciantes de Guayaquil. Uno de ellos era la imposición de precios que hacían los peruanos en el comercio de cacao, poniéndose previamente de acuerdo para sostener en común un precio bajo. El otro era el pago de sus frutos (cacao, cascarilla, etc) con ropas europeas traídas por la ruta del Cabo de Hornos y no con dinero contante y sonante, “de que resulta hallarse agobiados estos habitantes con un peso insoportable que no los deja respirar, ocasionando a la provincia el fatal daño de que, importando más las ropas que introducen que los frutos de cacao y otros que se extraen, se verifique el que haya cesado la circulación del dinero, y que no tengan signo público con que fomentar la agricultura y otros ramos de industria”.8 Entre otras soluciones al problema, el Procurador de Guayaquil propuso entonces que se prohibiese a los comerciantes peruanos pagar los productos de Guayaquil con ropas europeas.9 Cuando finalmente el asunto fue conocido por el Rey de España, su secretario anotó en el expediente: “Para resolver este expediente con todo conocimiento posible quiere el Rey que se remita a informe del Arzobispo Virrey de Santa Fe....” 10 Atendiendo el informe pedido por el monarca, el arzobispo-virrey de Santa Fe, Caballero y Góngora, elevó su contestación el 15 de mayo de 1786. En lo sustancial, su informe expresaba: “El hacerse el comercio puramente pasivo (por parte de los guayaquileños) no solo depende de la falta de embarcaciones propias, sino principalmente de no tener aquellos vecinos libertad para conducir sus cacaos al Reyno de Nueva España, estorbo que no se repara con el permiso de conducirlos al Perú; porque como de Lima se remiten a Guayaquil todas las ropas que se consumen en la Provincia, no necesitan los comerciantes de aquella capital cambiar dinero alguno para comprar los granos,… cuyo fin se ha formado un monopolio con haberse convenido los limeños en enviar un solo individuo a ejecutar las compras, quién establece el precio de un modo ventajoso a los com8 “Representaciones del Procurador General del Cabildo de Guayaquil, don Francisco Ventura de Garaicoa, al Virrey de Santa Fe”. Guayaquil, 18 de agosto de 1778. AGI, Quito, 1.378-A. 9 Ibídem. 10 Nota en el expediente, fechada el 12 d enero de 1784. Ibíd.

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erciantes y perjudicial a los labradores, por haberse quitado la competencia que daba mayor estimación a los frutos. De cuyo mal nace otro peor, que es no entrar la especie de dinero en la Provincia de Guayaquil por sus frutos, y así se consume pronto el que hay y más cuando anualmente salen más de 100.000 pesos que rinden las Rentas Reales...”. 11 Visto el asunto en dimensión continental, podemos afirmar que el Perú no ocupaba dentro del sistema colonial un lugar parecido al de las demás posesiones españolas de América, sino el de un país protegido y un socio menor de España en la dominación y exacción de los países sudamericanos. Si el reino español, en su calidad de metrópoli, extorsionaba a sus colonias y vasallos hispanoamericanos, el virreinato peruano, en su calidad de vice-metrópoli, buscaba extraerles una plusvalía adicional para su particular beneficio. De este modo, Lima no era solo un sub-centro administrativo del colonialismo ibérico, sino una suerte de adusto capataz de colonias, aún más exigente y duro que la misma España. Por eso, como lo ha reconocido un eminente internacionalista peruano contemporáneo, el doctor Juan Miguel Bákula, “el monopolio comercial del Consulado de Lima (era) más aborrecido en Buenos Aires, Valparaíso y Guayaquil que el mismo monarca”.12 Es en el marco de estos antecedentes que debe entenderse la resistencia guayaquileña al poder de Lima y calcular la real dimensión las aspiraciones autonómicas que surgieron en Guayaquil y que llevaron a los porteños, tras un frustrado proceso de renegociación de su estatus colonial, a proclamar en 1820 su independencia provincial, no tanto de España cuanto del Perú.

LA INDEPENDENCIA DE GUAYAQUIL Y SUS EFECTOS GEOPOLÍTICOS Tuvo grandes efectos geopolíticos la tardía proclamación de la independencia guayaquileña, ocurrida recién el 9 de octubre de 1820, esto es, ocho años después de que concluyera la primera guerra de indepen11 Informe del Virrey de la Nueva Granada al Rey; 15 de mayo de 1786. 12 Juan Miguel Bákula, “Hacia una visión renovada de las relaciones entre Perú y Ecuador”, en: Relaciones del Perúcon el Ecuador, CEPEI-PNUD, Eduardo Ferrero Costa, editor, Lima, Perú, 1994, p. 45.

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dencia quiteña y cuando ya habían consolidado su independencia la República Argentina, Chile y Colombia, y las fuerzas del Protector José de San Martín habían liberado del dominio español a la costa del Perú. Inevitablemente, esa proclama guayaquileña supuso la apertura de un potencial conflicto entre los nuevos Estados de su vecindad, Colombia y Perú, cuyas autoridades habían hecho suyas las disputas coloniales por la posesión de dicho puerto. Según el principio general del respeto al uti possidetis de 1810, acordado por los dirigentes de los nuevos Estados independientes, la pertenencia de Guayaquil no era fácil de definir pues, de acuerdo a las resoluciones metropolitanas, esta extensa y rica provincia dependía para esa fecha, en lo judicial y administrativo, de la Audiencia de Quito y, por tanto, del Virreinato de Nueva Granada, mientras que en lo militar y comercial estaba bajo la jurisdicción del Virreinato del Perú. Guayaquil, al igual que toda la Audiencia de Quito, había pertenecido al Virreinato del Perú hasta la creación del Virreinato de la Nueva Granada, en 1717, que comprendía las audiencias de Santa Fe, Quito y Panamá y la Comandancia General de Caracas (Decreto Real del 29 de abril de 1717 y Real Cédula de 27 de mayo de 1717). Más tarde, por Real Cédula de 5 de noviembre de 1723 se dispuso la supresión de este virreinato por no haber cumplido con su objetivo central, cual era la eliminación del contrabando en el norte de Sudamérica. Empero, años más tarde, se lo restableció por Real Cédula de 20 de agosto de 1739, con sus territorios originales. Mas el Perú mantuvo siempre sus ambiciosas miras sobre Guayaquil, que se acentuaron tras la pérdida del Alto Perú, en 1776, y sobre todo con la política expansionista del virrey Abascal, que lideró la contrarrevolución en Sudamérica y adelantó “una política de anexión que dio por resultado la extraordinaria expansión territorial del Perú. Quito, Charcas y Chile fueron anexados por la iniciativa del virrey, más bien que como resultado de la política metropolitana” 13. En efecto, durante el periodo de la primera guerra de independencia quiteña (1809–1812), fue Abascal quien tomó a su cargo la represión de la insurgencia patriótica y quien se opuso activamente a la misión del Comisionado Regio don Carlos Montúfar, que finalmente resultó frustrada. Y luego fue quien orquestó la política limeña de extorsión a Guayaquil,
13 Hamnett, Brian R., La política contrarrevolucionaria del virrey Abascal: Perú, 1816-1826, Lima: Instituto de Estudios Peruanos, Documento de trabajo N° 112, p. 12.

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en busca de convertir al cacao guayaquileño en la base financiera de la guerra colonialista en América del Sur. Precisamente por la prevalencia que tuvieron en ese período de guerra las medidas de hecho sobre el orden jurídico colonial, no vamos a detallar aquí las contradictorias razones jurídicas que ecuatorianos y peruanos han esgrimido para demostrar el “uti possidetis” de Guayaquil hacia 1810, tendentes a probar que el puerto era colombiano o peruano, respectivamente14. Y nos limitaremos a señalar que historiadores peruanos de alto prestigio, como el sabio jesuita Rubén Vargas Ugarte, Nemesio Vargas, César García Rossell y Luis Alayza y Paz Soldán han demostrado razonadamente que Guayaquil pertenecía a Colombia en virtud de ese principio, que marcó el nacimiento del derecho internacional americano. 15 Más bien nos centraremos en mostrar las opiniones que los líderes de los nacientes gobiernos republicanos de Colombia y Perú tenían acerca de la posesión de Guayaquil y su provincia. Para el Libertador–Presidente de Colombia, no existía duda alguna de que Guayaquil y su provincia eran legítimamente colombianos, tanto por haber formado parte del Virreinato de Nueva Granada (juridicidad colonial) como por figurar como posesiones nacionales en la Ley Fundamental de Colombia (juridicidad republicana). Por su parte, el Protector del Perú, general José de San Martín, estaba de acuerdo, en principio, en respetar la voluntad del pueblo de Guayaquil. Así lo manifestó en su carta a la Junta de Gobierno de Guayaquil, del 23 de agosto de 1821: “Desde que recibí la primera noticia del feliz cambiamiento que hizo esa provincia de su antigua forma, me anticipé a mostrar al gobierno que entonces existía por medio de mis diputados, el general Luzuriaga y el coronel Guido, cuáles eran las ideas que me animaban con respecto a su destino. Mi grande anhelo era entonces y nunca será
14 Un detallado análisis sobre el asunto consta en nuestro trabajo “El Consulado de Lima y la Independencia de Guayaquil” (Guayaquil, 1998), antes mencionado. 15 Véanse, respecto de lo afirmado: Vargas Ugarte, Rubén. Historia General del Perú; tomoVI, Carlos Milla Batres, editor, Lima, 1996. Vargas Valdidieso, Nemesio. Historia del Perú independiente; tomo I. García Rosell, César. “Bolívar no le quitó Guayaquil al Perú”, en Testimonios peruanos sobre el Libertador, publicación de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, caracas, Imprenta Nacional, 1964, pp. 262-278. Alayza y Paz Soldán, Luis. Unanue, San Martín y Bolívar, Lima, 1934.

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otro que ver asegurada su independencia bajo aquel sistema de gobierno que fuese aclamado por la mayoría del pueblo, puesto en plena libertad de deliberar y cumplir sus votos. … Por lo demás, si el pueblo de Guayaquil espontáneamente quiere agregarse al departamento de Quito, o prefiere su incorporación al Perú o si en fin resuelve mantenerse independiente de ambos, yo no haré sino seguir su voluntad y considerar esa provincia en la posición política que ella misma se coloque. Para remover sobre este particular toda ambigüedad, es obvio el expediente de consultar la voluntad del pueblo, tomando las medidas que ese gobierno estime conveniente a fin de que la mayoría de los ciudadanos exprese con franqueza sus ideas, y sea norma que siga V.S. en sus resoluciones, sirviéndose en tal caso avisarme el resultado para nivelar las mías”.16 Pero esas opiniones de San Martín cambiaron al poco tiempo, seguramente por influjo del círculo peruano que lo rodeaba, de modo que, para marzo de 1823, estaba convencido ya de la inconveniencia de que Guayaquil permaneciese como un poder independiente enclavado entre Colombia y Perú. Así lo manifestó a Bolívar en carta del 3 de marzo de 1822, en la que expresó con total franqueza sus opiniones sobre Guayaquil: “Por las comunicaciones que en copia me ha dirigido el gobierno de Guayaquil, tengo el sentimiento de ver la seria intimidación que le ha hecho V.E. para que aquella provincia se agregue al territorio de Colombia. Siempre he creído que en tan delicado negocio el voto espontáneo de Guayaquil sería el principio que fijase la conducta de los estados limítrofes, a ninguno de los cuales compete prevenir por la fuerza la deliberación de los pueblos... Dejemos que Guayaquil consulte su destino y medite sus intereses para agregarse libremente a la sección que le convenga, porque tampoco puede quedar aislado sin perjuicio de ambos...”.17

16 Documentos del archivo de San Martín; tomo VII; p. 432. 17 Instituto Sanmartiniano. Epistolario entre los libertadores, pp. 25-16.

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LA “GUERRA DE PARTIDOS” EN GUAYAQUIL En tal circunstancia histórica, mientras los Estados vecinos desarrollaban sus propios proyectos sobre el futuro del puerto caliente, al interior de la población guayaquileña se formaron tres partidos, que buscaban el control político de esa importante provincia, que tenía entonces 90 mil habitantes, 20 mil de ellos en su capital. El pequeño partido autonomista estaba presidido por el doctor Olmedo y abogaba por la liberación del resto de la Audiencia de Quito, tras el sueño de constituir una república autónoma, que seguramente debía llamarse República de Quito y tener su gobierno en el puerto de Guayaquil. Un primer paso en ese sentido fue que al nuevo ejército organizado en Guayaquil, para la liberación del actual Ecuador, se le llamó “División Protectora de Quito”, pensando en el país quiteño y no solo en la ciudad de Quito. Pero ese bello sueño autonomista no había consultado la opinión de las otras regiones de la Audiencia de Quito, que, con el pasar del tiempo, fueron tomando sus propias determinaciones, en general opuestas al autonomismo y favorables a la integración con Colombia.18 El todavía más pequeño pero muy activo partido peruanófilo lo lideraban los grandes comerciantes del puerto, vinculados estrechamente al comercio de Lima, y buscaba la agregación de Guayaquil y su provincia a la naciente República del Perú. Es sabido que a este partido pertenecían los vocales de la segunda Junta de Gobierno, coronel Rafael Jimena y señor Francisco María Roca. El tercer partido, el colombófilo, era numéricamente el mayor de todos, pues estaba integrado por los numerosos cacaoteros de Guayaquil y su provincia, quienes, como hemos analizado antes, venían enfrentados desde hacía décadas con los comerciantes monopolistas de Lima y sus socios comerciales del puerto, que los perjudicaban en los precios del cacao y otros detalles de este negocio. Eran sus cabezas más visibles el Procurador de la Ciudad, José Leocadio Llona, el doctor Vicente Espantoso y el coronel José de Garaicoa. Y es preciso agregar que este partido tenía una fuerte presencia en la actual provincia de Manabí, cuyos habitantes estaban en su totalidad inclinados por la agregación a Colombia.
18 A comienzos de 1822, Cuenca se proclamó colombiana y Quito hizo lo mismo en junio, tras la batalla de Pichincha.

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El partido peruanófilo fue inicialmente uno de los más activos y trabajó sin descanso por la incorporación al Perú. Por no ser motivo de este artículo no reseñamos las innumerables acciones que desenvolvió este grupo, en estrecha colaboración con el gobierno peruano del Protector José de San Martín, quien llegó a planificar la ocupación militar de Guayaquil por las fuerzas peruanas, proyecto finalmente fracasado. El partido colombófilo, inicialmente menos activo, cobró rápida fuerza hacia 1821, alentado por la creciente presencia de las tropas auxiliares colombianas, a las que los cacaoteros del puerto veían como la única garantía cierta de su independencia, tanto frente a España como frente al Perú, país cuya extorsión económica habían sufrido y temían se repitiera. Fue así que, el 31 de agosto de 1821, concurrieron masivamente al Cabildo de la ciudad y proclamaron la agregación de Guayaquil a Colombia. Ese hecho fue denegado luego por el cabildo guayaquileño, pero tuvo eco en Portoviejo, donde el cabildo local se proclamó por la incorporación a Colombia y levantó un acta solemne de dicha proclamación (16 de diciembre de 1821). Alarmada con dicho acontecimiento, que ponía en entredicho su autoridad y amenazaba a su misma supervivencia, la Junta de Gobierno de Guayaquil pidió a Sucre que interviniese como mediador en el problema, pero éste se excusó de participar en un conflicto político local. Buscando resolver el conflicto que la agobiaba, la Junta envió una delegación ante el cabildo de Portoviejo, en busca de obtener una retractación de la proclama o, al menos, un compás de espera, hasta que una asamblea general de la provincia resolviese el asunto de la agregación o la autonomía. Pero la Junta guayaquileña hizo algo más: temiendo que fracasase la misión política de sus delegados, envió tropas a Portoviejo, para restablecer su autoridad en ese distrito. Fue un paso en falso, que agravó la situación, pues los portovejenses se alzaron contra la Junta porteña y los voluntarios guayaquileños del batallón “Libertadores”, enviados a reprimir a los disidentes, proclamaron también el nombre de Colombia. Entonces, en busca de sobrevivir ella misma, la Junta debió dar marcha atrás y tolerar de mala gana la disidencia de Portoviejo, aunque su autoridad quedó minada gravemente. Resumiendo, un año después de la proclama porteña de independencia, cuando Bolívar todavía no había entrado en escena y ni

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siquiera había pisado el territorio del actual Ecuador, la mayoría de la ciudadanía guayaquileña era ya abiertamente colombófila y también lo eran las tropas de la propia Junta de Guayaquil, que expresaron de diversos modos y en forma reiterada su deseo de agregación a Colombia. Esa es la clara y diáfana verdad que se han empeñado en ocultar los regionalistas de ayer y de hoy, que acusaron y siguen acusando a Bolívar de haber tomado Guayaquil por la fuerza de las armas y “ahogado el autonomismo guayaquileño”, falsificando así la historia en beneficio de larvados intereses políticos o personales.

EL LIBERTADOR ANTE LA SITUACIÓN DE GUAYAQUIL Mientras esto ocurría en la provincia de Guayaquil, el Libertador de Colombia, que había iniciado la “Campaña de liberación del Sur”, se dirigió a José Joaquín Olmedo, Presidente de la Junta de Gobierno de Guayaquil, mediante carta del 2 de enero de 1822, expresándole en forma clara y tajante su opinión oficial sobre la situación del puerto: “Yo me lisonjeo, Excmo. Señor, con que la República de Colombia habrá sido proclamada en esa capital, antes de mi entrada en ella. V.E. debe de saber que Guayaquil es complemento del territorio de Colombia; que una provincia no tiene derecho a separarse de una asociación a que pertenece, y que sería faltar a las leyes de la naturaleza y de la política, permitir que un pueblo intermedio viniese a ser un campo de batalla entre dos fuertes Estados; y yo creo que Colombia no permitirá jamás que ningún poder de América encete su territorio. Exijo el inmediato reconocimiento de la república de Colombia, porque es un galimatías la situación de Guayaquil. Usted sabe, amigo, que una ciudad con un río no puede formar una nación”.19 Ese mismo día, Bolívar escribió también al general Sucre, dándole concretas disposiciones para resolver de inmediato el asunto de Guayaquil. Decía en esta carta, suscrita en Cali:
19 La carta en: Pino Ycaza, G. Derecho territorial ecuatoriano, tomo I, p. 536.

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“He llegado al fin a esta capital, a completar la libertad de Colombia y el reposo del sur. Guayaquil recibirá todos los auxilios necesarios para no ser más inquietado... Para preparar el éxito de la próxima campaña, autorizo a U.S. se pondrá de acuerdo con el gobierno de Guayaquil. Pero si éste rehusase algo de cuanto U.S. pida, U.S. está autorizado para hacer por si mismo aquello que conceptúe preciso... Yo tomo sobre mí la responsabilidad de cuantas providencias tome U.S., activas, eficaces y aun violentas. El tenor de estas órdenes debe U.S. comunicarlo al gobierno de Guayaquil, manifestándole, verbalmente, que mis intenciones son llevar a cabo la libertad de Colombia desde Tumbes hasta las bocas de Orinoco y que los sacrificios que ha hecho Colombia por recobrar su íntegra independencia, no serán frustrados por ningún poder humano de América; y, finalmente, que yo espero que, para cuando yo entre en esa ciudad, ya el gobierno de Colombia habrá sido reconocido por ella, no pudiendo yo hallarme, sin faltar a mi deber y a mi deseo, fuera del territorio de la República”. Uniendo la teoría a la acción, Bolívar decidió acudir personalmente a Guayaquil para imponer en ese puerto la soberanía colombiana y terminar con la peligrosa situación de indefinición política creada por la Junta de Gobierno. Su plan era viajar por mar con sus tropas, desde el puerto colombiano de Buenaventura, según lo informó el secretario del Libertador al Ministro de Guerra, en carta fechada en Cali, el 5 de enero de 1822. Decía la carta: “S.E. ha preferido emprender la próxima campaña del sur por Guayaquil, por las siguientes consideraciones: 1° Por asegurar a Guayaquil, y hacer que aquella provincia se declare por Colombia. Hasta hoy el manejo y las intrigas la han mantenido en una neutralidad incompatible con sus verdaderos intereses, y más aún con los derechos de nuestro Gobierno. No faltan quienes desean su incorporación al Perú, y quienes opinen por el extravagante delirio de que sea un Estado independiente. Si prevaleciera esta opinión, Guayaquil no sería más que un campo de batalla entre dos Estados belicosos, y el receptáculo de los enemigos de uno y otro. La ley fundamental quedaría sin cumplirse y Colombia y el Perú jamás estarían seguros, estando confiadas a sus propias fuerzas las débiles puertas de Guaya-

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quil. Más funesta aún sería a nuestros intereses la incorporación al Perú... Estos y otros males muy graves y de consecuencias de mucha trascendencia se evitan con el envío de tropas colombianas a Guayaquil, y sobre todo con la presencia del Libertador allí...”.20 Siempre desde Cali, el 18 de enero del mismo año, Bolívar se dirigió una vez más a la Junta guayaquileña, insistiendo en su exigencia de reconocimiento a la soberanía colombiana: “... Ese gobierno sabe que Guayaquil no puede ser un Estado independiente y soberano; ese gobierno sabe que Colombia no puede ni debe ceder sus legítimos derechos y ese gobierno sabe, en fin, que en América no hay un poder humano que pueda hacer perder a Colombia un palmo de la integridad de su territorio”. En las semanas siguientes, los planes de Bolívar para viajar por mar a Guayaquil fueron alterados por varias causas, entre ellas la presencia de navíos españoles de guerra en el Pacífico Sur, que podían llegar a capturar al Presidente de Colombia, y la oposición del Vicepresidente Santander a que Bolívar se presentara personalmente en Guayaquil, con riesgo de ser ofendido por los enemigos de Colombia, lo que constituiría una afrenta para la república. Ante tales razones, el Libertador debió variar sus planes y emprender la campaña del Sur por la ruta de Pasto, donde se hallaba uno de los más fuertes bastiones realistas del continente. Como es conocido, ello refrenó la marcha del Libertador, que halló mucha dificultad en cruzar la barrera natural del río Juanambú, aunque finalmente lo logró y pudo batir a los realistas en la batalla de Bomboná. Luego, el triunfo obtenido por Sucre en Pichincha le permitió obtener la capitulación del jefe pastuso Basilio García, lo cual le facilitó la marcha hacia Quito. Ya desde esta ciudad, el 22 de junio de 1822, Bolívar respondió a la carta que el Protector del Perú le enviara el 3 de marzo anterior, manifestándole su inquietud por la intimación hecha a la Junta guayaquileña para reconocer a Colombia. Decía la respuesta del Libertador:
20 De La Cruz, Ernesto. La entrevista de Guayaquil: Bolívar y el general San Martín, Santiago de Chile, 1914, p.20.

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“V.E. expresa su sentimiento que ha tenido al ver la intimidación que hice a la provincia de Guayaquil para que entrase en su deber. Yo no pienso como V.E. que el voto de una provincia debe ser consultado para consultar la soberanía nacional, porque no son las partes sino el todo del pueblo el que delibera en las asambleas generales reunidas libre y legalmente... Yo no creo que Guayaquil tenga derecho a exigir de Colombia el permiso para expresar su voluntad para incorporarse a la república; pero si consultaré al pueblo de Guayaquil, porque este pueblo es digno de una ilimitada consideración de Colombia, y para que el mundo vea que no hay un pueblo de Colombia que no quiera obedecer sus leyes”.21 Esa tajante y enérgica respuesta de Bolívar acabó por refrenar los planes peruanos para apoderarse de Guayaquil, pues al Protector del Perú y su gobierno les quedó claro que Colombia estaba dispuesta a emplear todos los medios posibles para afirmar su soberanía en la provincia de Guayaquil, cuya población, por su parte, era mayoritariamente colombófila y esperaba con ansia la llegada del Libertador.

EL DESENLACE DEL CONFLICTO GUAYAQUILEÑO Con el triunfo de Pichincha y la llegada de Bolívar al actual Ecuador, el partido colombófilo del puerto cobró nuevos bríos e insistió vivamente en su pedido de incorporación a Colombia. La oportunidad escogida fue la presencia del Libertador en Guayaquil, a donde llegó el jueves 11 de julio de 1822, a las cinco de la tarde, en medio de los aplausos de la multitud. Al siguiente día, viernes 12 de julio, el Procurador José Leocadio Llona entregó al cabildo una solicitud firmada por 226 vecinos principales de la ciudad, que pedía la incorporación a Colombia. Decían los peticionarios: “Hasta hoy hemos dado ante toda la América, las pruebas más relevantes de nuestro amor por el orden… V. S. ha oído el voto libre de esta capital por su incorporación a la República de Colombia en el Cabildo del 31 de agosto de 1821… La opinión por la incorporación
21 Lecuna, Vicente. Cartas del Libertador, tomo III, p. 50.

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a la citada república se difundió con tanto tesón y energía, que nada contuvo en lo sucesivo al cantón Portoviejo ni al batallón Libertadores, para que secundasen esta misma decisión… V. S., en fin, ha visto ayer la gloriosa entrada de S. E. el Libertador Presidente, victoriado por toda la capital, que proclamaba con entusiasmo a Guayaquil incorporado a Colombia. … Tenemos, pues, la absoluta pluralidad de la Provincia en favor de la agregación. … Consistiendo, pues, en esta voluntades la terminación de este negociado, urge apresurarlo a su solemnidad a favor de la República. … Nosotros, que reconocemos en V. E. unos representantes nuestros, le incitamos reverentemente a que finalice este interesante asunto, conforme a una decisión tan altamente pronunciada. … Tenga V. E. presente que, desde el primer Congreso Electoral, se conoció la uniformidad de nuestros intereses con los de Colombia. … Hoy, que vemos en todos los ramos, legislada la República del modo más sabio y conforme a la dignidad de un pueblo libre, nos apresuramos a buscar en ella estos bienes de paz y felicidad, que jamás podremos conseguir en nuestra pequeña extensión, por sólo nuestros esfuerzos. Queremos tener libertad respetada, sin turbaciones, para ser considerados nacionalmente y ponernos en aptitud de reunir nuestros recursos a los de los pueblos todavía tiranizados… Y exigimos que si en el mismo acto de presentar a V. E. nuestros votos, no fueren elevados por el mismo conducto de nuestro Síndico, a S. E. el señor Presidente de la República de Colombia, lo haga por si mismo con la protesta correspondiente.” 22 Sin duda, este documento es muy importante por varias razones trascendentales. En primer lugar, por su texto, de un alto nivel conceptual y político, que revela a las claras la voluntad absolutamente mayoritaria de la población porteña a favor de la agregación a Colombia y la desconfianza que causaba en esa amplia mayoría ciudadana la propuesta autonomista, sin duda un bello sueño localista, pero que evidentemente conllevaba graves riesgos. En segundo lugar, esa importancia está dada por su destinatario, que era el cabildo de Guayaquil y
22 El documento de la Gaceta de Colombia, N° …, p. …. También en Camilo Destruge: Guayaquil. Revolución de Octubre y Campaña Libertadora de 1820-22, Imprenta Elzeviriana de Borrás, Barcelona, 1920, pp. 343-346.

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no la Junta de Gobierno, lo cual implicaba un tácito desconocimiento ciudadano a la autoridad de ésta. Y finalmente lo es por sus firmantes, entre los cuales figuran los más notables personajes guayaquileños de la época e incluso familias enteras del patriciado porteño, que expresaban de este modo su abierta e inequívoca voluntad de ser colombianos. En efecto, una breve mirada a la nómina de suscriptores nos permite hallar los nombres de los Garaicoa (José y Lorenzo), tíos del “héroe niño” de Pichincha, Abdón Calderón Garaicoa, de los Espantoso (Vicente y Tomás), los Marcos (José Antonio y Manuel), los Elizalde (Juan Francisco y Antonio), los Gómez (José Antonio y dos Antonios más), los Parra, los Roca, los Noboa, los Avilés y los Castro, entre otros. Queda, pues, evidenciado hasta la saciedad que Bolívar no incorporó a Guayaquil por la fuerza, sino que asumió el mando civil y militar de la provincia y la tomó bajo su protección, atendiendo al pedido de los más prestantes y numerosos ciudadanos del puerto y tras evidenciar, como sostiene el historiador porteño Camilo Destruge, “que de otra manera no tenía cuando terminar el conflicto de los tres partidos, que traían alborotada y en gran excitación a la ciudad” 23. Precisamente en su comunicación a la Junta de Gobierno de Guayaquil, presidida por Olmedo, el Libertador puntualizó que había tomado tal decisión “para salvar al pueblo de Guayaquil de la espantosa anarquía en que se halla y evitar las funestas consecuencias de aquella”. Pero ni siquiera entonces el Presidente de Colombia impuso una dictadura sobre la ciudad, como sostienen sus detractores pasados y presentes. Por el contrario, actuando con el mayor tino político y con sumo respeto por la voluntad ciudadana, manifestó, a continuación, que se había encargado del mando “sin que esta medida de protección coarte de ningún modo la absoluta libertad del pueblo, para emitir, franca y espontáneamente, su voluntad en la próxima congregación de la Representación.” En efecto, Bolívar esperó pacientemente a que la Asamblea de Representantes se reuniera el 28 de julio, conforme a la convocatoria hecha con anterioridad por la Junta de Gobierno, y decidiera soberanamente sobre el destino de la ciudad. Y tan moderada fue su actitud que los partidos políticos que se le oponían (esto es, el autonomista y el peruanófilo) siguieron trabajando activamente por su causa sin embarazo alguno y con tal libertad que incluso lograron paralizar por un par
23 Destrge, op. cit., p. 346.

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de días las sesiones de la diputación provincial. Pero la Asamblea de Representantes reinstaló sus trabajos el 31 de julio, fecha en que “declaró, por aclamación, que desde aquel momento quedaba para siempre restituida a la República de Colombia, dejando a discreción de su gobierno el arreglo de sus destinos, por el conocimiento íntimo que asiste el Cuerpo Electoral de las benignas intenciones de S. E. para con el pueblo su comitente”.24

LA OBRA DE BOLÍVAR EN GUAYAQUIL El Libertador y el gobierno colombiano correspondieron a esa decisión de Guayaquil con una especial preocupación por los destinos de esta ciudad y su provincia. Atendiendo los pedidos del puerto y también en aplicación de su propia política administrativa, Bolívar decretó que Guayaquil fuera la capital del nuevo Departamento colombiano del mismo nombre y estuviera gobernada por un Intendente, designando para tal función al prestigioso General de Brigada Bartolomé Salom.25 También restituyó el Tribunal de Comercio de Guayaquil,26 con el objeto declarado de liberar para siempre a la ciudad de imposiciones comerciales foráneas. Y, poco después, reabrió el Colegio de la ciudad, mejorando su organización y cátedras.27 Mucho más hizo el Libertador por nuestro puerto. Interesado en desarrollar la vocación marinera de los guayaquileños, creó una cátedra de Náutica con 1.800 pesos de dotación28 y más tarde desarrolló esta idea, disponiendo la creación de la Escuela Náutica de Guayaquil, que se inauguró el 1º de septiembre de 1823. Fueron los primeros alumnos de ella los jóvenes Felipe Aguilar, Antonio Casilari, Juan José Casilari, José Campuzano, José Rodríguez Labandera, Francisco Calderón Garaicoa, Juan Vítores, José Avellán, Felipe Casilari, Fernando Pareja, Luis José Tola, Agustín José Tola y José María Molestina.29 A comienzos de 1823, habiéndose iniciado el envío masivo de tropas y pertrechos para la Campaña del Perú, la prensa
24 El acta de la Asamblea de Representantes y la lista de suscriptores de la misma en: Destruge, op. cit., pp. 347-348. 25 Gaceta de Colombia, N° 56, p. 1. 26 Id. 27 El Patriota de Guayaquil, de 5 de abril de 1823. 28 Id. 29 Gaceta…, N° 113, p. 2.

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guayaquileña exaltó la generosidad de su pueblo y su compromiso con la libertad americana: “Guayaquil ha visto zarpar de su ría, en los días 17 y 18 de marzo, los transportes que conducen al Callao la primera División del Ejército de Colombia. … Ni los ingentes gastos que ha hecho en sus dos expediciones sobre Quito y Cuenca, ni los reiterados contingentes con que ha contribuido a exterminar las funestas reliquias españolas diseminadas en la provincia de los Pastos, … han bastado a sofocar el germen de su acendrado patriotismo. Guayaquil, siempre heroico y siempre fecundo en recursos de todo género, mira como un deber sagrado la subsistencia del ejército del sur de Colombia. … Nuevos laureles van a orlar las sienes de nuestros guerreros. Nuevas victorias se preparan al pie de los Andes a los vencedores de Carabobo y Boyacá, .. a los vencedores de Bombona y Pichincha. … Tamañas empresas no pueden realizarse sino a costa de grandes sacrificios. El héroe de Colombia, el inmortal Bolívar no reposa un instante hasta no ver asegurado el territorio de la república en toda su integridad. … El pueblo de Guayaquil numerará entre los días más célebres de su año cívico los días 17 y 18 de marzo, en que ha tenido el placer de secundar los gloriosos esfuerzos de la República en obsequio de la causa general de la América y particularmente del Perú.” 30 Pero la guerra no era la única preocupación de Bolívar y su administración. Pese al extraordinario esfuerzo económico que significaba la Campaña del Perú, el gobierno de Colombia se dio modos para realizar en Guayaquil y su provincia algunas obras públicas importantes, tales como la construcción de un hermoso malecón en la orilla del río Guayas31 “que –decía “El Patriota de Guayaquil”– aumentará indeciblemente la belleza de la ciudad”, la ampliación y reforma del hospital militar y del hospital San Juan de Dios, el establecimiento de un lazareto, la construcción de un cementerio (del que carecía la ciudad), la traslación de la fábrica de pólvora a las afueras de la urbe, la
30 El Patriota…, N° 22. 31 Desde entonces, este malecón llevó el nombre de Simón Bolívar, hasta hace unos años, fue cambiado por el de “Malecón 2000”, reemplazando así un nombre histórico que honraba a la memoria de quien lo concibió originalmente, por un nombre comercial, estinado a exaltar transitorias vanidades políticas.

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reconstrucción de la fábrica de Aguardientes, obras todas que testimoniaba el mismo periódico.32 A su vez, con ese estímulo, la Municipalidad emprendió un ambicioso proyecto de reforma urbana, disponiendo el derribo de numerosas casas viejas y ayudando a la edificación de otras nuevas. En fin, el gobierno se dio modos para establecer en el Departamento de Guayaquil, hasta fines de 1823, un total de 43 escuelas públicas, repartidas por todos los rincones de su extenso territorio: 2 en Guayaquil, 2 en Montecristi, 4 en Santa Elena y una en cada una de estas poblaciones: Samborondón, Yaguachi, Babahoyo, Caracol, Puebloviejo, Baba, Estero de Vinces, Daule, Soledad, Colimes, Portoviejo, Limón, Mocora, Pachinche, Bonce, Río Chico, Pimpignasí, Guayabo, Alonso Pérez, Pievasa, Pichota, Pasaje, Jipijapa, Lodana, Paján, Palma, Zapotal, Charapotó, Chone, La Canoa, Morro, Chanduy, Colonche, Machala y Balao.33 Esto muestra el interés que tenía la república por el progreso de sus ciudadanos. Con plena razón, al celebrarse el tercer aniversario de la independencia local, el 9 de octubre de 1823, el Procurador General de la ciudad, don J. M Santisteban, expresó públicamente que: “El regocijo de (los guayaquileños) es tan grande que difícilmente puede experimentarlo cualquier otro pueblo. …(Guayaquil) ha merecido un lugar distinguido entre los pueblos de Colombia, ha entrado en la participación de las glorias de tan gran república, él mismo ha contribuido a ellas de un modo extraordinario, y ha gozado en fin de todas las condiciones de un gobierno paternal. Su agricultura, su marina, su comercio prosperan aceleradamente; la ciudad se engrandece con obras no menos conducentes a su ornato, como importantes a la salud pública, y sus habitantes en el pleno ejercicio de sus derechos renuevan la memoria de este día como la del fundamento de su dicha y la de sus generaciones más remotas”.34

32 El Patriota…, de 3 de enero de 1824. 33 Gaceta…, N° 134, p. 2. 34 Gaceta…, N° 113, p. 2.

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PATRICIOS QUE PIDIERON LA INCORPORACIÓN DE GUAYAQUIL A COLOMBIA *
Vicente Espantoso Tomás Espantoso José Antonio Marcos Manuel Marcos José Antonio Gómez Antonio Gómez Manuel Castro Pablo Castro Juan Francisco Elizalde Antonio Elizalde Fernando Merino José Merino y Ortega Ciríaco Robles Juan Antonio Vivero José Villamil José de Garaicoa José Anselmo Parra Pablo José de Lavayen Miguel Lavayen José de Garaicoa Bernardo Roca y Garzón Vicente Ramón Roca José María Noboa Miguel Noboa José Antonio de Vera José María Pareja José Antonio Boloña y Roca Ramón Avilés Lorenzo Avilés Manuel Avilés José del Carmen Martínez José María Martínez Diego Manrique José María González Manuel Plaza Manuel Granados Ignacio Morán José Víctor Ceballos José Vallejo Pedro Morlás

* (La lista completa en Destruge, obra citada, páginas 344 a 346).

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SEMBLANZA DE LA CIUDAD DE QUITO EN 1809
(APUNTES)

Andrés Peñaherrera Mateus

El mundo se encontraba convulsionado por las consecuencias de la Revolución Francesa que en el campo artístico se identificó con el estilo neoclásico como símbolo del profundo cambio frente al absolutismo. Quito estuvo atenta y aprovechando el mal estado físico de la urbe debido a los terremotos, las reparaciones y restauraciones se las empezó a hacer con ahínco bajo ese nuevo lenguaje desde los principios del siglo XIX remplazando al barroco. Quito estaba en decadencia debido a los siguientes acontecimientos y factores: a) Violentos terremotos de 1755, 1775(?) y el de 1797 que asoló a la antigua ciudad de Riobamba y afectó gravemente a Quito pereciendo 40.000 personas. 1 b) Sublevación de los barrios de Quito o Revolución de los Estancos acaecida el 25 de junio de 1765 como consecuencia a la división que se iba acentuando entre españoles y mestizos, pues se llegó a prevenir a estos últimos que no beban aguardiente porque los españoles le habían envenenado. También motivó el nuevo impuesto, llamado de la Aduana, a todo alimento que ingresaba a la ciudad. c) El 20 de agosto de 1767 se ejecutó en Quito la orden del Rey Carlos III de expulsar a los jesuitas de todos los territorios bajo la corona española. Los jesuitas fueron fuente de cultura y de producción de la tierra, creadores de civilización y de riqueza, así como celosos guardianes de los territorios pertenecientes a la Real Audiencia de Quito. d) La sublevación indígena liderada por Túpac Amaru II que terminó con su ejecución en la plaza del Cusco en 1781. Hubieron levan1 Julio Ferrairo, El Ecuador Visto por Extranjeros, siglos XVIII y XIX, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Editorial José M. Cajica Jr., S.A., Puebla, México Quito, 1960.- pp. 519.

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tamientos cerca de Quito respaldándole en su protesta contra la explotación de que eran objeto. e) Una fuerte epidemia asoló a la ciudad en 1785, afectando principalmente a la población indígena, se estima que causó 25.000 víctimas (P. Coleti). f) España combatía la industrialización y los avances tecnológicos en estos territorios. g) El ambiente cada vez más tenso debido a los abusos del gobierno español dominado por José Bonaparte, llamado Pepe Botellas.2 Afortunadamente existe el plano de Quito de inicios del siglo XIX, atribuido a Montúfar, que es una copia del plano de Jorge Juan y Antonio de Ulloa de mediados del siglo XVIII, conteniendo algunas actualizaciones a esa fecha. Este plano constituye la principal fuente de información para este estudio3.

SUPERFICIE Y POBLACIÓN La superficie que ocupaba la ciudad se calcula que fue de unas 320 hectáreas, 80 hectáreas menos desde el inicio de la colonia según se calcula teniendo como base al plano más antiguo de Quito (aprox. del 1700)4, pues Quito sufrió un proceso de empequeñecimiento que duró hasta la década de 1860. La población en 1809 fue de unos 60.000 habitantes, de los cuales entre criollos, españoles y mestizos fueron unos 40.000; y entre indígenas, negros y mulatos, los 20.0005.

2 Las fechas históricas fueron obtenidas en la Historia del Ecuador por Alfredo Pareja Diezcanseco, Edit. Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1958; y en el libro, Fechas Históricas y Hombres Notables del Ecuador por Humberto Oña Villarreal, Edit. del Pacífico, Guayaquil, 1988. 3 Plano de Quito, anónimo, atribuido a Montúfar, inicios siglo XIX, Museo Municipal Alberto Mena Caamaño, Municipio Metropolitano de Quito, copia a color, .68x.98 m. 4 El Plano más Antiguo que se conoce de Quito corresponde a finales del siglo XVII o inicios del XVIII, realizado por los jesuitas y rescatado por el P. Juan Magnin S.I. , Museo Histórico, Órgano del Archivo Municipal de Historia de la ciudad de Quito, Volumen 60.- pp. 81 .35x.25 m. Este plano fue terminado con nombres y adornos por Moranville en 1741, miembro de la Primera Misión Geodésica Francesa.- Nota: Lamentablemente, en la publicación, el plano aparece mutilado en una franja entre las actuales calles Mejía y Olmedo. El autor de este artículo tendrá mucho gusto en entregar una buena copia del plano a quien le solicite. 5 Andrés Peñaherrera Mateus., Evolución del Trazado Urbano de Quito desde 1500 a 1922, Memoria N.2, Sociedad Ecuatoriana de Investigaciones Históricas y Geográficas (SEIHGE), Instituto Geográfico Militar, Quito, agosto 1993.- pp.81.

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ACCESOS Las calles o avenidas actuales han sido construidas sobre caminos antiguos, la gran mayoría de los nombrados habrían sido prehispánicos. (A) Desde el Norte: a) Desde Cotocollao: por la actual avenida de La Prensa hasta la “Y”, la Diez de Agosto y luego por la calle Luis Felipe Borja que en esa época formaban prácticamente una sola. b) Desde Carapungo (actual Calderón): por Carretas y luego por la actual avenida Diez de Agosto. c) Desde Zámbiza, Nayón: por la actual avenida Seis de Diciembre y calle Luis Felipe Borja. d) Desde El Quinche, Guápulo: por la Pata de Guápulo, avenida Doce de Octubre y avenida Gran Colombia. Desde el Sur: a) Desde Chillogallo o Guamaní: Por la actual avenida Mariscal Sucre (antes Vencedores de Pichincha), luego la calle Bahía que pasa por el sitio conocido como “Los Dos Puentes” en recuerdo a los dos puentes seguidos que habían sobre las profundas quebradas cuyos rellenos han dado origen a las calles O’Leary y Patate. Esta ruta fue relativamente nueva y se empezó a construir un gran arco de mampostería de ladrillo en el sitio donde empalma con la calle Necochea, seguramente para marcar el ingreso a la ciudad. Este arco se iba a llamar: Arco de La Magdalena. Hasta ahora se observan sus estribos inconclusos. b) Desde Chillogallo: Por la actual avenida Mariscal Sucre hasta el puente de “Los Chochos”, que estuvo ubicado al pie del actual santuario del Hermano Miguel, luego la calle Viracocha hasta la plaza de La Magdalena, calle Jambelí, avenida Cinco de Junio y calle Ambato. El tramo de prolongación de la Cinco de Junio hasta la Ambato fue relativamente nuevo en esa época. c) Desde Lloa: por el antiguo camino que pasa por Chilibulo y se une a la anterior inmediatamente antes del lugar donde estuvo el puente de Los Chochos, sobre la quebrada del mismo nombre. d) Desde Guamaní: por la actual avenida Maldonado o Panamericana

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Sur. Esta ruta estuvo habilitada posiblemente desde inicios del siglo XVIII. e) Desde Amaguaña y Carapungo: por el Camino de los Incas siguiendo la cumbre de la loma de Alpahuasi hasta Puengasí, luego la calle Juan Bautista Aguirre, la avenida Alpahuasi hasta empalmar con la Maldonado en Chimbacalle. Estos últimos tramos seguramente fueron relativamente nuevos. f) Desde el Valle de Los Chillos: por el antiguo carretero que pasa por la plaza de Conocoto, luego unas callejuelas de bajada al puente sobre el río, después hasta la Ponce Enríquez y empalmar con la ruta anterior en Puengasí.

PARROQUIAS Es interesante anotar que se han mantenido desde los inicios de la colonia. a) Centro de la urbe: El Sagrario. b) Hacia San Juan: Sta. Bárbara. c) Hacia el norte: Sta. Prisca y San Blas. d) Hacia el sur: San Sebastián. e) Hacia el oriente: San Marcos. f) Hacia el occidente: San Roque. h) Sta. Clara de San Millán (suburbana), de indios y al norte del ejido norte. i) La Magdalena (suburbana), de indios y al sur del Panecillo.

BARRIOS Aproximados, cuyos nombres son antiguos y algunos han permanecido hasta ahora: a) En el del centro de la urbe y su entorno inmediato: La Catedral, La Concepción, San Agustín, Sta. Bárbara, Carmelitas de la Tancunga, Las Carnicerías, Sta. Catalina, Los Corazones, Sto. Domingo, Carmelitas de Quito, El Hospital, La Compañía, La Merced. b) Hacia el norte: La Guaragua, Sta. Bárbara, Altos de Sta. Bárbara, San Juan, Sto. Cristo de La Paz, Sta. Prisca, San Blas, Los Hornillos, El Belén, Guangacalle, La Vera Cruz.

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c) Hacia el sur: Jerusalén, Panecillo, Aguarico, San Diego, Illescas, La Recoleta, Chaguarcucho, San Sebastián, Los Molinos, Chiriyacu, Chimbacalle. d) Hacia el oriente: La Tola, Itchimbía, San Marcos, Las Tenerías, Loma Chiquita, Loma Chica (San Marcos), Loma Grande. e) Hacia el occidente: San Roque, La Cruz Verde, El Placer, El Cebollar, El Tejar, La Cantera, Mirador de los Pobres, De la Loza (fábrica), etc.

ASPECTOS DEL PAISAJE URBANO Desde la base de las faldas del Panecillo hasta el extremo norte de la meseta de La Alameda; y, desde la falda occidental del Itchimbía hasta la base de las faldas del Pichincha. Una ciudad totalmente con cubiertas inclinadas de teja de barro cocido y de grandes aleros proyectados sobre las calles, a excepción de vistosas bóvedas, cúpulas y torres recubiertas con tejuelos vidriados de colores; y, de unas pocas humildes casas de paja en los arrabales. Las edificaciones en la zona central con pórtico de piedra labrada, patios grandes y regulares, mayoritariamente de dos plantas y muy pocas de tres. Algunas similares en el contorno de dicha zona, las otras algo irregulares y el resto de una planta y más simples. Sencillos y pequeños balcones en casi todas las ventanas de plantas altas. Plazas amplias y otras menores. Presencia de grandes cruces de piedra adelantadas en los atrios de los templos, en vías; y, otras adosadas a murallas cerrando algunas de las perspectivas urbanas dando un ambiente dominante de cristiandad católica con paramentos mayoritarios blancos y de colores chillones en los arrabales. Por la noche escasamente alumbrada por faroles a base de mecheros de kerosén. Casi todas las esquinas de las manzanas eran en ángulo. (Mario Chicala, 1760; Ed André, 1876). Como consecuencia del sismo de 1797, contrastando con la horizontalidad de las cubiertas, se encontraban afectadas o mutiladas algunas torres–campanarios de los numerosos templos; otras pocas completas, entre estas estuvieron las de San Francisco y la de la Compañía de Jesús. Las de San Francisco con un cuerpo más en su altura que las actuales. La de la Compañía de Jesús, de 55 varas de alto, dominaba a todas, ubicada prácticamente en el centro de la urbe. Hasta hoy permanece mutilada desde el terremoto de 1868 y se la debe restaurar.

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Esta torre con seis campanas, exhibía en cada flanco una gran esfera del reloj de pesas cuya compleja máquina de hierro (aprox. 25qq.) estaba contenida en su interior. El reloj fue el segundo que hubo en Quito (B), construido en cerca de dos años por herreros quiteños bajo la dirección de un hermano jesuita alemán. Marcaba con campanadas el ritmo de las actividades cotidianas ciudadanas cada quince minutos, siendo las de las horas más sonoras oyéndose en toda la ciudad.6 Otra reliquia renombrada de esa época es la enorme campana de 2.07 mts. de alto, peso de 125 qq. con badajo de 2qq. , llamada “Nuestra Madre”, en la torre de La Merced,7 cuyos repiques podían oírse hasta el Quinche; desde inicios del siglo pasado se encuentra silenciada por una rajadura consecuencia del impacto de una bala de fusil durante una de las refriegas por el poder. No habían árboles de eucalipto ni pinos ni cipreses sino los endémicos, tales como: alisos, arrayanes, sisines, molles, toctes o nogales, capulíes, sauces, aguacates, cedros, acacias, magnolias(?), etc. El Panecillo tenía casas solo hasta las de la calle Ambato, no tenía árboles sino su vegetación endémica donde predominaba el ñachag de color verde oscuro que con sus abundantes flores de amarillo intenso, en las horas soleadas, tomaba el conjunto un viso de pinceladas doradas. Similar comentario podríamos hacer de las demás lomas que rodean a la ciudad. En la cumbre del Panecillo había la ruina de una construcción prehispánica8; no había la famosa olla ni en su falda el fortín y almenado al borde del camino prehispánico de subida en espiral9 cuya traza ha sido respetada constituyendo un vestigio elocuente de la milenaria presencia humana en la zona. En los ejidos de la ciudad, ubicados en los extremos norte y sur, habían todavía restos de grandes lagunas frecuentadas por garzas y patos y aun ocasionalmente por venados y pumas.

6 P. Mario Cicala, S.I., Descripción Histórico-Topográfica de la Provincia de Quito de la Compañía de Jesús, Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit, Instituto Geográfico Militar, Quito, 1994.- pp. 180, 195. 7 P. Octavio Proaño, La Merced de Quito y su Arquitectura Colonial, Talleres Gráficos Municipales, 1 de diciembre 1975, Quito.- pp. 75. 8 Cayetano Osculati (1847), El Ecuador Visto por Extranjeros, siglos XVIII y XIX, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Editorial José M. Cajica Jr., S.A., Puebla, México, 1960.- pp. 301. 9 Ibidem 6.- pp. 194.

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LAS QUEBRADAS Actualmente todas las quebradas que cruzaban la zona se encuentran canalizadas y rellenadas. En 1809 las quebradas y quebradillas dominaban la topografía de la urbe. a) Ullaguangayacu o Quebrada de Jerusalén, esta profunda y ancha quebrada que bajaba desde la cantera del Pichincha, pasaba al pie norte del Panecillo y luego entregaba sus aguas al Machángara, habían en su recorrido unos 10 puentes para cruzarla coincidentes con las calles transversales a su cauce. El llamado Paso del Socavón coincidía con el cruce de la actual calle Guayaquil y por lo tanto fue el único cruce que tuvo casas en sus costados. El relleno de su cause ha dado origen a la avenida 24 de Mayo con su viaducto y El Cumandá. b) San Diego, esta quebrada nacía al pie de la ermita de Illescas y luego de atravesar el barrio de San Diego y el del Aguarico (no había la plaza Victoria), entregaba sus aguas a la de Jerusalén, más o menos a la altura de la actual calle Cuenca. El relleno de su cauce ha dado origen a la actual calle Barahona. c) Quinguguaycu o La Quebrada del Tejar y la Quebrada del Placer, profundas quebradas que nacían en las lomas homónimas, tenían ya puentes para cruzarlas al pie de la recoleta de los mercedarios, se unían a la altura de la Calle Chimborazo y tomaban el nombre de Quebrada de Sanguña o Quebrada Grande (o Pilisguaycu?), que continuaba hasta el interior de la manzana vecina al norte del convento de San Francisco (Ipiales), ya estaba canalizada antes de cruzar la actual calle Cuenca. Volvía a aparecer en pequeños tramos, uno en el interior donde actualmente está el Colegio de La Providencia, otro en el interior de la manzana ubicada al sureste de La Catedral; y otro, en el extremo sureste de la manzana contigua a esta última antes de cruzar la actual calle Flores. Volvía a aparecer detrás de las casas que daban frente a la Flores pero con el nombre de Quebrada de Las Tenerías o de Manosalvas10. Sus rellenos al occidente del centro de la ciudad ha dado origen a la ampliación y prolongación de vías, como la Mejía y la Hermano Miguel, que limitan espacios para el comercio informal. El gran relleno del tramo oriental de la quebrada es la amplia avenida Sucre y luego la avenida Pichincha.
10 Gualberto Pérez, Plano de Quito de 1888, Municipio Metropolitano de Quito, .68 x .98 m.

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d) Quebrada de San Juan o de Rojas(?) (o Huanaguaycu?), Todavía hoy es visible el sitio donde nace esta quebrada en la esquina suroriental de las actuales calles Benalcázar y Oriente. Estuvo canalizada hasta las actuales calles Olmedo y Flores, luego un puente la cruzaba para unir la calle Mejía con la Montúfar. Su relleno ha dado origen a la calle Bustamante, plazoleta de La Marín y parte de la avenida Pichincha. e) Quebrada del Itchimbía, estuvo canalizada desde San Blas hasta la actual Manabí. Se unía con la quebrada de San Juan y luego con la de Manosalvas para entregar las aguas al Machángara. Actualmente el relleno es la calle Pedro Fermín Cevallos y gran parte de la amplia avenida Pichincha. f) Las quebradillas de Los Hornillos (?) que bajaban desde San Juan, sus rellenos son la actual Caldas y Briceño entre la Vargas y Diez de Agosto. g) Un par de quebradas o quebradillas bajaban desde San Juan, pasaban por el barrio de Sta. Prisca, se hallaban ya canalizadas y rellenadas, desde la actual calle Vargas y hacia el occidente de La Alameda. ¿Ese relleno es un tramo de la Diez de Agosto? h) Todas las demás quebradas y quebradillas hacia el norte estuvieron abiertas. i) Aunque no se indica en el plano de inicios del XIX, debió existir la quebrada que bajaba del Itchimbía y cuyo relleno es la actual calle Sodiro entre la Iquique y la avenida Gran Colombia, donde debió haber un paso (vado?), pues las aguas de esta quebrada alimentaban a la ancestral laguna de La Alameda. j) Tampoco se indican en dicho plano las quebradillas de La Chilena(?) (¿Las Llagas?) que hasta ahora son un profundo corte al suroeste de la loma de San Juan y cuyas aguas canalizadas bajaban paralelas y bordeando la actual calle Manabí. Similar comentario podemos hacer de varias quebradillas que bajaban por las faldas del Itchimbía y cuyos rellenos han dado lugar a calles.

CARACTERÍSTICAS DE LAS CALLES El croquis de 1573 sobre la única traza que realizaron los españoles en Quito, comprende al espacio desde la Manabí hasta la Roca-

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fuerte; y, desde la Flores hasta Cuenca. Son calles rectas y de ancho uniforme de aproximadamente 10 m o 33 pies. En realidad son seis en sentido norte–sur y ocho en sentido este–oeste; a estas calles se las llamó “calles reales”(?). A principios del siglo XVII el presidente Antonio de Morga mandó a empedrar las principales calles de la ciudad11 y según las crónicas de: J. Juan, A. Ulloa, 1738; Chicala, 1770; V. Brandín, 1824; no se incrementaron más, pues como calles empedradas se refieren a las calles centrales y a las principales de acceso a los barrios perimetrales sin llegar a sus transversales ni a las de los arrabales que se mantuvieron de tierra. Para cruzar las quebradas que no estaban canalizadas, las calles bajaban los flancos del cauce en fuerte pendiente hasta alcanzar un vado o el puente que estaba a escasa altura sobre el agua. Las calles con pendiente tenían una acequia que corría por su eje y para que no estorbe al tránsito de las calles transversales, en el cruce, se hacían pequeños puentes con losas de piedra sobre las acequias12. Estas acequias llevaban aguas lluvias y servidas a las quebradas, afortunadamente llovía mucho. La irregular topografía del sitio de Quito y la presencia cada vez más importante de vehículos obligó a regularizar, en lo posible, el perfil longitudinal de las calles y a ensancharlas, todo esto a base de desbanques y de rellenos, modificando substancialmente las perspectivas internas de la urbe, pues calles angostas y con casas de un solo piso al costado, pasaron a ser más amplias y con aparentes casas de dos o más pisos debido a los desbanques. Los nuevos accesos a las casas han sido resueltos a base de escaleras exteriores o interiores y aun con túneles privados. Estas transformaciones fueron muy frecuentes a partir de la segunda mitad del siglo XIX y pueden ser fácilmente detectadas al examinar el paramento de fachada de las casas antiguas que todavía permanecen. También al observar hoy el ancho variable o endentado de las calles, es el ancho menor el más antiguo y que con mucha seguridad correspondió al que se tuvo en 1809. La actual calle Mejía se interrumpía entre la Guayaquil y la Flores, pues el convento de San Agustín ocupaba desde la Chile hasta la Olmedo. La actual calle Sucre terminaba, al oriente, con la calle Flores. La actual calle Rocafuerte se prolongaba hacia el oriente con un trazado en zig-zag hasta el río Machángara. No había la Mama Cuchara.
11 Alfonso Reece D., Morga, Alfaguara Ecuador, marzo 2007.- pp. 170. 12 Ernesto Chiriboga O., Foto, Un Siglo de Imágenes, El Quito que se Fue, volumen 2, 1860/1960, TRAMA, junio 2004, Quito-Ecuador.- pp. 194.

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En el mencionado plano de inicios del XIX consta una destacada cruz en el eje de la calle Maldonado al medio del tramo entre St. Domingo y el puente de Los Gallinazos sobre la quebrada de Jerusalén o de Ullaguanguayacu. ¿Existió esta impresionante cruz? ¿Es la misma cruz que estuvo antes en el centro de la plaza de St. Domingo? (plano de Alcedo de 1734) y que luego fue substituida por una pila de agua. ¿Es la misma cruz que hoy se encuentra en el atrio? Si es verdad, al subir desde el puente, la perspectiva de la calle con la vistosa cruz en el centro y al fondo el templo de St. Domingo, debió ser espectacular. Sobre las esquinas actuales de la calle Benalcázar y la Mejía posiblemente existieron dos arcos(?), uno sobre cada calle. El P. Chicala (1760) dice que hubo un túnel bajo la una calle y un arco sobre la otra. Al arco sobre la actual calle Mejía se le conocía con el nombre de Arco de Santa Elena; este (estos) arco(s) fueron derrocados en 1865 (Jurado Noboa)13. (B).

NOMBRES DE CALLES Según plano antiguo (3) o tradición. Se daban los nombres a las calles en mérito a los edificios destacados que había en uno de sus flancos o a la actividad principal que allí se hacía, así como por tener alguna cualidad destacada. A veces los nombres correspondían solo a un tramo de la calle. a) Calle del Comercio, la actual calle Guayaquil. b) Calle de las Platerías o de la Plaza Grande, la actual Venezuela. c) Calle de la Cantera, la actual Rocafuerte desde St. Domingo hacia el occidente, d) Calle de la Loma Grande, la actual Mamacuchara o Rocafuerte desde St. Domingo hacia el oriente. e) Calle del Mesón, la actual Maldonado desde St. Domingo hasta La Recoleta. f) Calle de La Ronda, la actual Morales. g) Calle de Chahuarcucho, la actual Portilla. h) Calle de Santa Rosa, la actual calle Francia, en La Loma Grande. i) Calle de la Loma Chica o de San Marcos, la actual Junín.
13 Susan V. Webster, Arquitectura y Empresa en el Quito Colonial: José Jaime Ortiz, Alarife Mayor, Producciones Digitales Abya-Yala, Quito, agosto 2002.- pp. 78.

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Calle de la Loma Chiquita, la actual Salvador en la Loma Grande. Calle de las Siete Cruces, la actual García Moreno. Calle de La Merced, la actual Chile. Calle de Las Casas Reales, La actual Mejía. La fachada principal de esas casas daba a esta calle y ocupaba todo el frente entre Benalcázar y Cuenca, es decir, con frente a la primitiva plaza de La Merced que poco a poco fue desapareciendo en el XVII. (?) (B). Calle de la Cruz de Piedra, la actual García Moreno entre la Loja y la Ambato. Calle de San Sebastián, la actual Loja. Misitu Calle, la actual calle Esmeraldas. Calle de San Buenaventura, la actual Cuenca. Calle de Sta. Elena, la Benalcázar entre Chile y Olmedo(?), o, la Mejía(?). Calle de San Fernando, la actual Bolívar Calle Angosta, la actual calle Benalcázar(?), su ancho disminuía notablemente (de unos 10 m a unos 5 m) a partir de la Manabí hacia el norte. Las huellas de los desbanques producidos posteriormente para el ensanche practicado a mediados del siglo XX entre la Manabí y la Esmeraldas; y la foto antigua (1860) de la casa que ocuparon los Académicos Franceses que estuvo ubicada en la esquina nororiental de las calles Benalcázar y Manabí, son testimonios que sustentan lo expuesto. Además, Eugenio Espejo indica que en la calle Angosta quedaba el acceso a la Cárcel Real que era parte del palacio de la Real Audiencia14. Calle del Comercio Bajo o de Las Herrerías, la actual calle Flores. Calle de la Sábana Santa, la actual Guayaquil entre San Blas y la Plaza del Teatro. Guangacalle, la actual avenida Gran Colombia.

ASPECTOS DE LAS PLAZAS La superficie original de las plazas también fue desbancada a fin de darles mayor horizontalidad; la de San Francisco en el XVI (P. José M. Vargas), la de la Plaza Grande a mediados del XVIII y la de Sto.
14 Ibídem 13.- pp.103.

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Domingo en el XIX (?). Esto originó desniveles con las calles adyacentes y motivó la ejecución de los magníficos atrios corridos muy elegantes que complementan y adornan a dos de esos grandes espacios públicos. (El atrio de La Catedral es del siglo XVII?). Además hubo que construir pequeños muros de contención perpendiculares a dichos atrios y en su extremo sur, tanto en el de S. Francisco, como en el del palacio del Presidente y Real Audiencia, pues para acceder a la Plaza Grande por la esquina suroccidental, había que bajar una rampa en diagonal. Estos muros de contención estuvieron posiblemente presentes hasta fines del siglo XIX15. Los pisos de las plazas fueron de tierra (cangahua) a excepción del de la Plaza Grande que era periódicamente encalado para darle mayor solidez y evitar el barro en lo posible16. Cruces centrales habían en las plazas de San Sebastián, plaza hoy desaparecida; Santa Clara, plaza que hay intención en recuperarla; y, en la de San Francisco; esta última se encuentra reubicada en el extremo sur del atrio. Para 1809 la Plaza Grande ya exhibía sobre la fachada lateral de la Catedral al templete o arco de Carondelet, terminado en 180717 como pórtico de la puerta central hacia la plaza, así como a la generosa grada lobulada que sirve de acceso al atrio. Posiblemente la Catedral estuvo apenas reparada. Chicala describe el flanco oriental de la Plaza Grande de la siguiente manera: “A un lado está el Palacio de la Ciudad junto con otras casas de personas particulares en la misma cuadra. Debajo hay un bello pórtico sostenido por columnas octagonales de piedra, hay también balcones….” 18. El P. Juan de Velasco sobre el mismo palacio dice: “obra antigua y ordinaria” 19. Allí funcionaba el cabildo presidido por el corregidor, habían los regidores, ancianos o magistrados, 2 alcaldes ordinarios, 2 de la hermandad, un procurador y el alcalde mayor que debía ser un indígena para coordinar especialmente con las parroquias rurales.20
15 Ibídem 12.- pp. 14. 16 Ibídem 6.- pp. 193. 17 Carlos Manuel Larrea, El Barón de Carondelet, Corporación de Estudios y Publicaciones, Editorial Fray Jodoco Ricke, Quito, (1969).- pp. 76. 18 Ibidem 6.- pp. 193. 19 P. Juan de Velasco, Segunda Parte, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Editorial José M. Cajica Jr., S.A., Puebla, México.- pp. 469. 20 Ibídem 19.- pp. 473.

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Chicala: "En el tercer lado" (de la plaza) "se halla todo el Palacio del Presidente y Real Audiencia, muy majestuoso, de dos pisos y con balcones, con bella y delicada fachada, edificado sobre un pórtico” (confunde pórtico por atrio) “que se levanta por encima de la Plaza por lo menos doce palmos, todo él de losas de piedra finamente labrada. Se sube por tres magníficas escaleras, una al centro con diez o más gradas y otras dos en los dos extremos y esquinas del Palacio.....". Estas dos gradas no tenían descanso intermedio, como son ahora desde la época de Ponce Enríquez, 1959. Indica también que hay doce habitaciones o almacenes de comerciantes bajo el atrio (hoy hay solo diez y son correspondientes con el tramo central), que la grada interior principal "es muy espaciosa y magnífica, de losas de piedra.....". Continúa con una descripción muy general de los ambientes, pero detallada de los muebles y enseres.21 Julio Ferrairo (fines siglo XVIII), al describir la Plaza Grande, dice: "..Pero el palacio de la Audiencia, que debería ser el principal ornamento, la desfigura, ya que en parte está arruinado y no se piensa en repararlo".22 En 1803 el Barón de Carondelet dispone acciones a tomar para defender al palacio y menciona al pretil sobre las covachas, una puerta principal hacia la plaza, otra puerta para la cochera (sobre la actual calle Espejo) que lo comunicaba con el cuartel; y, una tercera puerta hacia la actual calle Chile23. En 1824 Victoriano Brandín dice de Quito: “De brillante prosperidad anterior, hoy presenta un triste esqueleto….” 24. En 1826 el capitán Gabriel Lafond de Lurcy lo ratifica al expresar: “…al oeste de esta plaza” (Plaza Grande) “está el palacio del presidente, edificación pesada y sombría” 25. Celiano Monge (1910), dice: "Antes que se construyera la azotea, el atrio del Palacio se asemejaba al pretil de la Catedral. La balaustrada contenía adornos de piedra, los mismos que existen en el Puente de Machángara".26 En el plano de Quito de principios del siglo XIX, atribuido a Montúfar, aparecen dos puertas principales del Palacio hacia el atrio con pretil, y frente a cada una de ellas una amplia grada semicircular; así como una galería abierta y corrida a todo lo largo de su segunda planta hacia la plaza. Existe una pintura de mediados del siglo XIX y
21 22 23 24 25 Ibídem 6.- pp. 193. Ibídem 1.- pp. 521. Ibídem 17.- pp. 189. Eliécer Enríquez B., Quito a Través de los Siglos, Imprenta Municipal, Quito 1938. Capitán Gabriel Lafond de Lurcy, Viajes Alrededor del Mundo y Naufragios Célebres, Editores Pourrat Fréres, Paris, 1843 (en francés). 26 Celiano Monge, Lauros, Imprenta y Encuadernación Nacionales, 1910.

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foto por el año de 1860 donde se ratifica lo del plano pero con gradas rectas; en esta están las huellas de las gradas y se observan las puertas27. El solar del palacio del Presidente y Real Audiencia ocupaba todo el frente hacia la Plaza Grande y continuaba con frente a la Chile hasta la Benalcázar donde estaba la cárcel mencionada anteriormente. El edificio del palacio del Presidente y Real Audiencia ya ocupaba en 1809 la mitad oriental de la manzana, resuelto a base de dos patios, uno de mayor tamaño ubicado hacia el sur cuya planta alta ocupaba la vivienda del presidente; además alojaba las siguientes actividades o ambientes: cochera, caballeriza, bodegas, guardias, capilla real, cuatro Oidores, fiscal, relator, escribano, salas de audiencia y tribunales, aduana, contaduría y portería.28 Los correos ocuparon unas covachas bajo el atrio29; y la fundición de moneda se realizaba en un local frente a la iglesia del Sagrario. En base a las crónicas anteriores podemos concluir que: El atrio del palacio del Presidente y de la Real Audiencia tuvo pretil (pasamano de piedra), fue retirado cuando se comenzó a construir sobre él, el pórtico corrido que tanto adorna y es de gran utilidad. El pretil del atrio del palacio fue reutilizado para colocarlo a los costados del sobrepuente del Machángara construido en la segunda mitad del siglo XIX sobre el viejo colonial, donde hasta ahora está y ha sido recién restaurado. El actual pórtico corrido sobre el atrio, las gradas y las dos puertas del palacio hacia la plaza, fueron ejecutados dentro del período entre 1827 y 1842, impulsados por el presidente Juan José Flores bajo la dirección de M. Lavazzari30. Las gradas hacia la plaza desaparecieron antes de 1860. Continúa el P. Chicala: “Sigue luego el Palacio Episcopal por el cuarto lado, que se extiende de un extremo a otro” (¿?) “con un bello pórtico sostenido por columnas octagonales de piedra, sobre el que corre una azotea o corredor con celosías bien dispuestas y labradas. Hay una bella fachada, delicadísima, con un portal majestuoso.” 31 Habían locales comerciales en los locales del portal del señor obispo.32
27 Ernesto Chiriboga O., Foto, El Quito que se fue 1850-1912, volumen I, Colección Testimonio, volumen 1, PPL Impresores, noviembre 2003, Ecuador.- pp. 103, 104. 28 Ibídem 2. 29 Información verbal del Ing. Rodrigo Páez Terán, Ex Director de Correos. 30 Ibídem 26. 31 Ibídem 6.- pp. 194. 32 Manuel José Caicedo, Cronistas de la Independencia y de la República, Viaje Imaginario, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Editorial José M. Cajica Jr., S.A., Puebla, México, 1960.- pp. 86.

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Recordemos que en la Plaza Grande, hasta inicios de la presidencia de García Moreno, se daban corridas de toros y otras festividades populares siempre con disfrazados, en las que los atrios, portales y balcones que la rodean, eran usados como palcos o tribunas; de allí se justificaba la presencia de la galería corrida que coronaba al palacio de la Presidencia de la Real Audiencia, y todo el frente norte del piso alto hacia la plaza incluido el palacio Arzobispal. Para tales festividades se construían muy rápidamente los graderíos de madera que eran desarmables y se guardaban en una bodega del Palacio del Cabildo. En cuanto a la plaza de Sto. Domingo, cabe señalar que su único portal que es el que integra el edificio donde funcionaba en 1809 el Colegio San Fernando de los dominicos, tuvo en su largo tramo central columnas de piedra de sección redonda, más delgadas que las ochavadas actuales, y los arcos fueron tipo carpanel33. Los actuales son escarzanos peraltados. ¿Serán las columnas actuales las anteriores que estuvieron en los portales de la Plaza Grande? En el mentado plano de Quito de inicios del XIX se confirma la presencia del magnífico arco neoclásico de la catedral, llamado “Arco de Carondelet”, hacia el centro de la plaza. También se expresan los portales en los flancos norte y oriental (este último fue solo parcial) de la Plaza Grande. El cuerpo de fachada del Palacio Arzobispal fue concluido en 1852 (fecha en fachada) y a esta misma época corresponden unas pinturas de las cuatro fachadas de la misma plaza34 donde consta la remodelación efectuada y que corresponden al neoclasicismo imperante ya a mediados del XIX. Así entonces, en el flanco oriental de la Plaza Grande, en su extremo sur, estaba el “Palacio de la Ciudad” que de “palacio” no tenía nada, pues parecía una casa más. El portal corría parcialmente en planta baja en su tramo norte. Una bella casa esquinera con galería alta adornaba el ingreso nororiental a la plaza. Sobre el portal norte de la Plaza Grande hubo una terraza corrida en toda su longitud interrumpida por el frontis de la entrada al Palacio Episcopal. Los portales corridos actuales de la Plaza Grande y el de la plaza de St. Domingo son republicanos; levantado el del flanco norte de la Plaza Grande sobre gruesas pilastras de mampostería y el de Santo Domingo sobre colum33 Ibidem 27.- pp. 18. 34 El Palacio de Carondelet, fotos de cuadros, Academia Nacional de Historia, Imprenta Mariscal, Quito, 1996.- pp. 34, 35.

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nas ochavadas de piedra pero ambos con arcos escarzanos peraltados. El portal de la Plaza de Santo Domingo construido en reemplazo del colonial que fue a base de columnas redondas de piedra y arcos carpanel. (Ver dibujo de la época colonial de la esquina nororiental de la Plaza Grande que se acompaña).

La actual Plaza del Teatro fue conocida desde el siglo XVI con el nombre de Las Carnicerías o Del Rastro porque en su flanco sur estuvo el camal o matadero hasta mediados del siglo XIX. La Alameda tuvo en 1809 cerramiento perimetral, su ingreso principal desde el sur se hacía por una portada de tres arcos ubicada en el lugar que hoy ocupa el imponente monumento a Simón Bolívar. En su interior se habían sembrado filas de árboles en sentido norte-sur y construido un kiosco (?). Había un portón en el flanco norte al frente a la llamada “Ermita de la Vera Cruz” hoy El Belén. No había el conocido Churo pero si debió haber la laguna que no consta en el plano.

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OTROS ELEMENTOS DEL EQUIPAMIENTO DE LA CIUDAD Elementos que han desaparecido o cambiado hasta la actualidad. a) Colegio San Luis, fundado por los jesuitas que luego de su expulsión estuvo a cargo básicamente de los dominicos y con asistencia de franciscanos. Ubicado en un amplio solar al frente de la fachada del templo de La Compañía. b) Colegio de San Buenaventura, de los franciscanos, ubicado con frente a la calle Cuenca. c) Colegio de San Fernando, de los dominicos, funcionaba donde hoy está el colegio de los Sagrados Corazones. Hoy funciona en el claustro norte del mismo convento. d) Universidad de Santo Tomás, de los dominicos, funcionaba en el interior del convento donde hoy está el colegio San Fernando. Absorbió lo que fue la universidad de San Gregorio de los jesuitas. e) Universidad de San Fulgencio, de los agustinos, funcionaba con poquísimos alumnos y estaba ya por desaparecer. f) Casa de la Inquisición, en la esquina de las calles Bolívar y Venezuela, donde hoy está el Teatro Atahualpa. g) Plaza del mercado, en la plazoleta de Santa Clara. Hoy es estacionamiento vehicular en planta alta y en planta baja o semisubsuelo un restaurante elegante. h) Cementerios: El Camposanto o cementerio tras del Hospital de la Misericordia, o San Juan de Dios, o de los Betlemitas, hoy Museo de la Ciudad; y el de El Tejar. Habían también cementerios en los templos parroquiales, en conventos, monasterios, en forma similar a la actual. i) Cárcel del Cabildo o Presidio, en la casa de la esquina sureste de las calles Venezuela y Mejía. Con la toma, a la fuerza, de las armas de los guardias de este lugar, se dio inicio a la revuelta del 2 de agosto de 1810 para liberar a los rehenes que permanecían en el calabozo del Cuartel de la Real Audiencia. j) Casa de Sta. Marta, reformatorio para mujeres. Junto al atrio de la iglesia del Hospital San Juan de Dios. k) El Baratillo, comercio informal popular ubicado en la plazoleta de San Agustín, en la esquina de las calles Guayaquil y Chile. Fue el origen del actual gran mercado popular de La Ipiales y del Hermano Miguel.

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Molinos, en las vegas del río Machángara y en las de la quebrada de Jerusalén, hoy viaducto 24 de Mayo. Las Tenerías, junto al tramo oriental de la quebrada de Jerusalén, hoy parte de la amplia calle Sucre. Fábrica de Loza, famosa por su arte y tecnología, hacía vajillas, floreros, figuras, etc. ubicada en la falda de la loma de El Placer. Todavía hoy existen ruinas. El Rollo, columna de piedra labrada donde se ajusticiaba a los reos, estaba al norte de la Alameda donde está el Palacio Legislativo. Hoy se encuentra cerca del Churo en el interior de la Alameda. Casa de la Pólvora, ubicada próxima al Rollo. El Batán, posiblemente ruinas, se encontraba en la esquina de la Gran Colombia y Sodiro, donde está la Maternidad Isidro Ayora. Hornos de ladrillos, especialmente en el barrio de Sta. Prisca y en las laderas de las lomas que circundan al centro de la ciudad, así como las minas de arena. La cal se traía desde Pomasqui y desde Nieblí.

FUENTES Y CHORROS Para el abastecimiento doméstico el agua era distribuida por los “aguateros”, quienes en grandes pondos de barro cocido, cargando a sus espaldas, transportaban desde las fuentes hasta los domicilios. Existían básicamente las siguientes fuentes y chorros: a) En la plaza de San Francisco, hoy la original está en la plaza de Calacalí b) En el centro de la Plaza Grande, hoy está en la plaza de Sangolquí. c) Esquina de la García Moreno y Loja. d) Esquina de la Benalcázar y Loja. e) Junto al atrio de la Capilla del Hospital. f) Esquina de la Rocafuerte e Imbabura. g) Calle Flores entre Pereira y Sucre. h) Calle Montúfar y Espejo. i) Esquina de la Guayaquil y Manabí, plaza del Teatro. j) Manabí entre Vargas y Benalcázar. k) García Moreno entre Manabí y Esmeraldas, Sta. Bárbara. l) Esquina de la Mejía y Cuenca.
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Esquina de la Venezuela y Oriente. Calle García Moreno y Oriente. Calle García Moreno y Galápagos. Calle Benalcázar y Carchi. Plazoleta de San Sebastián, esquina de la Borrero y Maldonado. Además existían otras en el interior de los conventos.

TEMPLOS QUE EXISTIERON, HOY DESAPARECIDOS. Básicamente son los siguientes: a) El templo original de Santa Bárbara. La cruz adelantada de su atrio miraba al sur. b) Santo Cristo, estuvo sobre el flanco occidental de la calle Guayaquil, frente a San Blas, aproximadamente donde hoy está el teatro Alambra. c) Santa Prisca, estuvo sobre el flanco occidental de la calle Luis Felipe Borja (Diez de Agosto ?) frente a la Alameda. d) Guangacalle, estuvo en el flanco oriental de la Gran Colombia, frente a la Alameda, más o menos donde está el Teatro Capitol. e) Urcu Virgen, estuvo al suroeste de la Imbabura y Manabí. f) Ermita de Nuestra Señora de Illescas, estuvo tras de San Diego en el actual barrio de La Colmena. g) De los Desamparados, su edificación existe junto al sur del Arco de St. Domingo. Al bajar el nivel de la rasante de la calle Maldonado en ese sector, la capilla perdió accesibilidad lo que ocasionó que no pueda ser usada desde el exterior.

TEMPLOS QUE HAN CAMBIADO DE NOMBRE a) San Buenaventura, luego fue del Corazón de Jesús y hoy es San Carlos. b) San Fernando, hoy es la capilla de Los Sagrados Corazones. c) La Vera Cruz, hoy es El Belén. d) El Belén, hoy es la Capilla del Consuelo.

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ASPECTOS FISICOS QUE HAN CAMBIADO EN LOS CONVENTOS Debido a los sismos, incendios, motivos políticos y afán de mejorar, han sido factores que han ocasionado la modificación de algunos aspectos importantes en estas magníficas edificaciones. A más de los anteriormente señalados podemos puntualizar: a) En San Francisco: en la fachada y en el nartex del templo de San Pablo (el principal) estaba más completo y en mejor estado el recubrimiento con pan de oro de sus esculturas y juntas de las piedras que hasta hoy se observa pero muy deteriorado. En su interior existía el maravilloso artesonado mudéjar que cubría la nave principal, era de la misma factura del que se encuentra en el coro y en el crucero. El refectorio era también cubierto con un artesonado similar al existente en el refectorio de St. Domingo. Hoy lo cubre una losa nevada de hormigón armado. b) En Sto. Domingo: la fachada principal del templo no tenía las dos puertas laterales, pero si la puerta grande lateral del templo hacia la Rocafuerte. El templo era menos largo y de planta basilical, con ábside de media luna. La entrada a la cripta era desde la calle, junto al arco, por una delicada y acogedora escalera y portada barrocas de piedra que existen ocultas en el interior del ambiente postizo de la esquina entre el templo y el arco. c) En San Agustín: tuvo una estupenda cúpula sobre el crucero y sobre el cuerpo una bóveda de crucería decorada con nervios falsos construida en mampostería de ladrillo. La bóveda actual es una réplica pero realizada con bahareque. Los corredores del claustro bajo tenían la misma decoración de la del corredor oriental que es la única que se ha conservado luego de la época de Alfaro cuando fue cuartel. No existía el tercer piso en el flanco norte del patio. d) En Sta. Bárbara: si bien no fue propiamente un convento, fue siempre de la Curia. Su casa y templo del siglo XVI conformaban una pequeña plaza a manera de atrio que permanecieron hasta la segunda mitad del XIX. El zócalo hacia la calle Manabí es uno de los más antiguos de Quito y seguramente construido reutilizando piedras de construcciones aborígenes. e) En La Merced: la cruz adelantada original de su atrio, hasta 1900, estaba ubicada más hacia la calle Cuenca y miraba al este35, era
35 Ibídem 27.- pp. 52.

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orientada a su plaza primigenia y en el horizonte a la mole del nevado Antisana. La actual es coincidente con el eje de la torre y mira al sur. El atrio era cerrado con pretil pero con un arco de entrada frente a la puerta lateral del templo. El gran zócalo lítico del muro que soporta la torre y la fachada principal tiene características de ser de factura inca.36 f) El Sagrario: el atrio era cerrado hacia la calle con un hermoso pretil que fue destruido en 1901.37 g) En la Compañía de Jesús: el atrio era cerrado en su flanco sur con un pretil que unía la base de la cruz adelantada con la fachada del templo. Este magnífico conjunto arquitectónico fue totalmente de dos pisos y es el que más transformaciones ha sufrido debido a que quedó prácticamente abandonado a partir de la expulsión de los jesuitas y sirvió luego para diversos usos perentorios. Su famosa biblioteca de más de 10.000 volúmenes se conservaba en el interior superior del tramo medio con frente a la calle García Moreno y años más tarde, lo que pudo recuperarse, sirvió de base para crear la Biblioteca Nacional. Los tramos más próximos al palacio del Presidente y Real Audiencia fueron destinados para casa de fundición de moneda y para cuartel; este último por cuanto se necesitaba contar con mayor capacidad dada la situación política de inconformidad reinante y que ya preocupaba a los gobernantes, situación que poco a poco fue alcanzando su clímax, concretándose el 10 de agosto de 1809, al producirse el Primer Grito de emancipación de las colonias españolas del gobierno impuesto que tenía España, de allí esta ciudad tiene el bien merecido nombre de: "Quito, Luz de América". El nuevo y autónomo gobierno duró hasta el 20 de octubre del mismo año. Ese fatídico Cuartel de la Real Audiencia se convirtió en el escenario donde fueron inmolados, en la tarde del 2 de agosto del siguiente año, los Héroes autores de aquel magno acontecimiento que permanecieron allí encarcelados desde el 4 de diciembre de 1809. Brutal escena que interpretada con personajes de cera se encuentra dramáticamente exhibida en el museo adecuado en el propio lugar desde los años de 1970.
36 Andrés Peñaherrera Mateus “¿Gran Muro Inca en Pleno Centro Histórico de Quito?”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, Volumen LXXXV n.177, Artes Gráficas Señal Impreseñal, Quito, 2006.- pp. 156. 37 Ibídem 13.- pp. 51-52.

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Se dejan algunas incógnitas que motivarán algún comentario, rectificaciones o investigaciones por quienes dispongan de mayores capacidades y recursos. El Quito de la época de 1809 estuvo en pleno período de cambio físico, especialmente en el perímetro de la Plaza Grande, es decir, en su ambiente principal. Se preparaba para una nueva etapa. La arquitectura y el urbanismo así lo confirman. Estos antecedentes nos sirven de referencia para auscultar el futuro en base a una lectura interpretativa de improntas substanciales que el hombre va plasmando en su hábitat. Quito, mayo del 2007.

NOTAS
A.- Los accesos desde el norte a la ciudad de Quito prácticamente no han sufrido mayor variación, pero no así los del sur. El principal acceso sur hasta finales del XVII, fue por Guamaní, Chillogallo, La Magdalena, acceder por El Sena a la plaza de La Recoleta, pasar delante del Buen Pastor, tomar la calle Chahuarcucho o Portilla para llegar a la plaza de San Sebastián, hoy desaparecida, luego por la calle Loja hasta la Guayaquil para cruzar la amplia y profunda quebrada de Jerusalén sobre “el socavón”, tomar La Ronda hasta la García Moreno (Calle de las Siete Cruces). En el siglo XVII se mejoró al puente correspondiente con la actual calle García Moreno sobre dicha quebrada entonces el acceso al centro de la urbe se lo hacía directamente por la calle Loja a la García Moreno (plano de Alcedo, 1734). Por otro lado, el tramo de la Maldonado entre St. Domingo y La Recoleta fue poco a poco mejor habilitado y cuando se realizaron los grandes desbanques, uno a la altura de la plaza de San Sebastián que cortó la continuidad con Chahuarcucho, y, otro a la salida desde la plaza de St. Domingo, pasó a ser el principal, quedando casi invalidados los accesos antes descritos. B.- El primer reloj público de Quito estuvo en una torre del monasterio de La Concepción, ubicada en la esquina sureste de las actuales calles Mejía y Benalcázar. Este reloj fue ubicado allí porque estaba al frente de la VERDADERA PLAZA DE LA FUNDACIÓN, desaparecida a fines del XVII.

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Esta plaza fue la primigenia plaza de La Merced que ocupaba la manzana limitada por las actuales calles: Mejía, Chile, Benalcázar y Cuenca (croquis de Quito de 1573) (4), limitaba al norte con Las Casas Reales, de allí la importancia que tuvo esta plaza. Cuando a partir de inicios del XVII el palacio de la Real Audiencia comenzó a irse trasladando poco a poco al frente oeste de la Plaza Grande, esa plaza fue perdiendo importancia y tamaño, su último pedazo quedó en la esquina de la Benalcázar con Mejía que luego fue cedido temporalmente al monasterio de La Concepción para su ampliación por el continuo incremento de nuevas conceptas; estos antecedentes también motivaron a que más tarde se haga una nueva entrega al mismo monasterio de una parte de las Casas Reales. Para vincular física y privadamente al monasterio con esos dos solares, se construyó primero un túnel, bajo la calle Benalcázar, entre el monasterio y el solar que fue resto de la plaza y luego un arco, el de Santa Elena, entre este último y las Casas Reales, sobre la calle Mejía. Posiblemente, más tarde, el túnel fue reemplazado por otro arco. La VERDADERA CASA DE BENALCÁZAR (BELALCÁZAR) estuvo en la esquina noreste de la Benalcázar y Mejía, es decir, estaba directamente relacionada con aquella plaza por la importancia que tuvo en los albores de la colonia. Esta correcta ubicación de la casa de Benalcázar está fundamentada en el estudio que presenta el Dr. Ricardo Descalzi en su obra: La Real Audiencia de Quito, Claustro en los Andes, volumen primero, I.G. Seix y Barral Hnos. S.A., Barcelona, 1978, pp.-143 a 145.

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LA HISTORIA INMEDIATA DEL ECUADOR Y LA DEUDA HISTÓRICA CON LA SOCIEDAD ECUATORIANA
Juan J. Paz y Miño Cepeda
Discurso de incorporación como Individuo de Número de la Academia Nacional de Historia

Desde 1979, la República del Ecuador vive el período constitucional más largo de su historia. Sin embargo, en él se han sucedido dos fases gubernamentales: la primera, entre 1979 y 1996, se caracterizó por la estabilidad constitucional, pues hubo 5 mandatarios en 17 años: Jaime Roldós (1979-1981), Osvaldo Hurtado (1981-1984), León Febres Cordero (1984-1988), Rodrigo Borja (1988-1992) y Sixto Durán Ballén (1992-1996). Todos, excepto el presidente Hurtado, quien sucedió a Roldós tras su muerte, fueron electos bajo el sistema de doble vuelta inaugurado por la Constitución aprobada por referendo en 1978. La segunda fase gubernamental arrancó en 1996, con la sucesión de 8 gobiernos en 11 años: Abdalá Bucaram (1996-1997) seis meses, Rosalía Arteaga (1997) un fin de semana, Fabián Alarcón (1997-1998), Jamil Mahuad (1998-2000), Gustavo Noboa (2000-2003), Lucio Gutiérrez (2003-2005), Alfredo Palacio (2005-2007) y el gobierno de Rafael Correa, iniciado el 15 de enero de 2007. Como puede advertirse, lo que ha caracterizado a esta segunda fase gubernamental es la inestabilidad constitucional, pues los únicos tres presidentes electos antes de Correa, esto es Bucaram, Mahuad y Gutiérrez, fueron derrocados, sucediéndoles sus vicepresidentes, excepto a Bucaram, pues el Congreso decidió que le sucediera el presidente de la Legislatura. Además, el 21 de enero de 2000, cuando se derrocó a Mahuad, se conformó una efímera Junta de Salvación Nacional, integrada por el líder indio Antonio Vargas, el abogado y político Carlos Solórzano Constantine y, en forma inicial, el Coronel Lucio Gutiérrez, quien en medio de los ajetreos políticos de aquel día, cedió su puesto al General Carlos Mendoza, Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.
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La crisis de la estabilidad gubernamental en Ecuador ha sido acompañada por la crisis constitucional e institucional. No solo por el hecho de que para legitimar el derrocamiento de los presidentes Bucaram, Mahuad y Gutiérrez el Congreso encontró forzadas justificaciones legales: “incapacidad mental” en Bucaram y “abandono del cargo” en los otros dos casos; sino por el hecho de que la Constitución de 1979, no sirvió como marco legal indiscutible para la vida de la institucionalidad democrática, pues en diversas oportunidades fue violada para ajustar decisiones estatales a los intereses de los grupos de poder en el país, tanto económicos como políticos. Así por ejemplo, para imponer su voluntad política sobre el Congreso e impedir el funcionamiento de una Corte Suprema de Justicia que no fue de su agrado, el presidente León Febres Cordero interpretó la Constitución en el sentido de que él debía garantizar su observancia incluso sobre el Congreso y cercó el edificio de la Corte para impedir que los magistrados nombrados ocuparan sus oficinas. Estos actos y otros de violación constitucional, condujeron a que el Congreso Nacional, en una resolución sin precedentes históricos desde 1979, solicitara la renuncia al presidente Febres Cordero el 21 de enero de 1987. Otro ejemplo: a pesar de que la Constitución de 1998, que reformó y sucedió a la de 1979, establecía que la unidad monetaria del Ecuador es el Sucre, el 9 de enero del año 2000 el presidente Mahuad decretó la dolarización oficial, a consecuencia de la presión ejercida por un puñado de altos dirigentes empresariales, cuyo poder se evidenció como superior al de un gobierno débil, y porque era financieramente necesaria. A las violaciones constitucionales de distintos momentos en la vida del Ecuador contemporáneo ha acompañado una impactante crisis institucional. No sólo el Ejecutivo y sus aparatos gubernamentales han experimentado la creciente reacción ciudadana desde los momentos mismos en que se inauguró la fase constitucional en 1979. Cabe re cordar, por ejemplo, las continuas huelgas nacionales encabezadas por el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) hasta bien entrada la década de 1980. La situación más crítica es evidente en los tres derrocamientos presidenciales ocurridos desde 1996. Pero, además, todo el aparato del Estado Nacional parece sufrir aquello que podría calificarse como “esclerosis política”. El deterioro de la Legislatura es el más acelerado, al punto que hoy el rechazo al Congreso es lo que ha favorecido la tesis de Asamblea Constituyente

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de plenos poderes que reivindicó el gobierno del presidente Rafael Correa. También la desconfianza ciudadana afecta a la justicia ecuatoriana. Todo cuanto forma parte del sector público adolece de falta de credibilidad y está empañado por una corrupción generalizada. Y no se libran de la crítica las instituciones autónomas o semiautónomas del Estado como la Contraloría o las Superintendencias y aún el Banco Central, así como tampoco las Fuerzas Armadas y peor aún la Policía. La inoperancia e ineficacia ha sido una constante. El Ejecutivo, por cuanto durante cerca de tres décadas ha frustrado las esperanzas y aspiraciones nacionales por contar con un gobierno orientador y transformador. El Legislativo, porque no ha cumplido las responsabilidades constitucionales en la forma que todos los ecuatorianos aspiran. El Judicial, porque la administración no responde a los anhelos de la justicia en los términos de la rectitud, precisión y transparencia que su función supone. En cambio, en medio de la crisis institucional del Estado central, han adquirido credibilidad varios gobiernos seccionales, dirigidos por Prefectos y Alcaldes modernizadores y efectivos, cuya dedicación y trabajo han contribuido a levantar los postulados sobre descentralización y autonomía, con los que hoy se busca dar solución a los problemas del Estado Nacional. En ese problemático cuadro de la historia contemporánea, los políticos y los partidos políticos forman parte de los mayores responsables de la situación nacional, al propio tiempo que los más cuestionados por la ciudadanía. En la teoría política y, desde luego, en la historia que ha edificado a los países más avanzados en el mundo occidental, se supone que los partidos políticos fuertes y vigorosos son los instrumentos fundamentales para la democracia y quienes pueden soportarla. Pero ese no es el caso del Ecuador. La Constitución de 1979 y la Ley de Partidos Políticos que se dictó al efecto, pretendieron crear un verdadero régimen de partidos en el país. Se supuso que los partidos así establecidos superarían los personalismos y caudillismos, la improvisación política y la ausencia de instituciones dedicadas a la democracia directa y a la política electoral. Pero las personalidades al interior de los partidos, así como la conformación de una verdadera “clase política” formada por figuras recurrentes en la vida partidista, en los Congresos Nacionales y en las

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instituciones del Estado, superaron a las mismas estructuras partidistas. Progresivamente la “clase política” ecuatoriana ha acumulado en su contra la reacción pública, el desprecio ciudadano, la desconfianza y la incredulidad. Ello alimentó la idea de que también los “independientes” participen en la vida electoral. La consulta popular que convocara el presidente Febres Cordero con ese fin recibió un NO rotundo. Pero el presidente Durán Ballén, en cambio, hizo una nueva consulta sobre el mismo asunto y esta vez obtuvo el SI en la respuesta ciudadana. Es decir, también esos dos gobernantes contribuyeron a debilitar la significación de los partidos políticos. En el proceso de construcción de la democracia ecuatoriana contemporánea, los partidos políticos no han alcanzado el vigor que la teoría política les asigna y mucho menos la presencia que ellos tienen en las sociedades occidentales más avanzadas. Todavía parece existir mucha historia por recorrer y por eso aún cuentan las componendas, clientelismos y reciprocidades que fluyen al momento de las alianzas y entendimientos políticos. Predominan las agrupaciones caudillistas o regionales, los clubes o empresas electorales, las agrupaciones de coyuntura y hasta ciertas tendencias ideológicas manejadas por elites partidistas. Además, cabe tomar en cuenta que toda Latinoamérica vive un momento de recambios políticos, una época de nuevas definiciones partidistas todavía en proceso de esclarecimiento y una coyuntura de acción de movimientos sociales que buscan afirmarse frente a las agrupaciones políticas tradicionales. Pero si bien los fenómenos del acontecer político ecuatoriano son los que más atracción merecen en los medios de comunicación y entre la ciudadanía, son los cambios en el modelo económico de desarrollo los que en forma más directa han impactado en la vida nacional y han logrado continuidad y hasta estabilidad, por encima de las definiciones ideológicas gubernamentales. En efecto, coincidiendo con el inicio de la actual fase de gobiernos constitucionales, el Ecuador transitó desde una economía orientada decisivamente por las acciones del Estado como instrumento de desarrollo, hacia otro tipo de economía en la cual la empresa privada y el mercado fueron convertidos en el supuesto instrumento natural para el crecimiento y el bienestar. Para comprender ese cambio es preciso recordar que durante las décadas de 1960 y 1970 y, en definitiva, por obra de los gobiernos militares, como ocurrió bajo la Junta Militar (1963-1966), el “Nacio-

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nalismo Revolucionario” del general Guillermo Rodríguez Lara (19721976) y el Consejo Supremo de Gobierno (1976-1979), se fortaleció lo que en diferentes escritos he calificado como modelo estatal de desarrollo. Hay que señalar, en forma adicional, que la Junta Militar de los sesenta, se inspiró en el anticomunismo, fue abiertamente pronorteamericana, adoptó el programa “Alianza para el Progreso” impulsado por el presidente John F. Kennedy con el propósito de contrarrestar la influencia de la Revolución Cubana en América Latina y fue autoritaria y represiva. También que el gobierno de Rodríguez Lara no tuvo similares inspiraciones, ya que se orientó por una “Filosofía y Plan de Acción” nacida al interior de las Fuerzas Armadas, con un fuerte contenido nacionalista, reformista y hasta cierto punto antiimperialista. Además, que el triunvirato que le sucedió, dejó a un lado la filosofía nacionalista, adquirió tintes neoliberales y fue autoritario y represivo. Por otra parte, si en la década de los sesenta los militares se manejaron con recursos más o menos limitados, en los setenta el petróleo trajo al Ecuador una fabulosa riqueza inédita en la historia económica nacional, que permitió holgura a las dictaduras militares. Pero, en definitiva, las dictaduras militares de los sesenta y setenta utilizaron al Estado como instrumento de orientación, dirección y promoción del desarrollo económico. Los gobiernos de las Fuerzas Armadas fueron absolutamente centralistas. Dictaron leyes de reforma agraria (sobre todo la primera, en 1964) que liquidaron el viejo “sistema hacienda”, dieron prioridad a la industria, favoreciéndola con medidas proteccionistas, exoneraciones tributarias y créditos, introdujeron la planificación estatal, ejecutaron gigantescas y amplias obras públicas, impulsaron la participación del Ecuador en los procesos de integración económica regional y subregional, ampliaron la vinculación del país en el sistema capitalista mundial. Gracias al petróleo, virtualmente nacionalizado en la época de Rodríguez Lara, creció como nunca antes la empresa privada y también el sector estatal. El petróleo transformó al Ecuador, pues consolidó el urbanismo, el comercio externo, la presencia de capitales extranjeros, la ampliación del trabajo asalariado, los negocios de todo tipo y hasta la integración nacional, pues la Región Amazónica, eje de la exploración y explotación petrolera fue incorporada como nunca antes a la vida nacional tradicionalmente centrada en la Costa y en la Sierra. Con esa herencia debida al modelo estatal de desarrollo se iniciaron los gobiernos constitucionales en 1979. El presidente Jaime

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Roldós (1979-1981) podía contar aún con precios petroleros relativamente altos, si bien ya había pasado el “petrolerismo”. Su gobierno se orientaba por el reformismo social y el “tercermundismo”, que habían despertado sospechas y resistencias de los grupos de poder económico ecuatoriano. Pero enseguida se acumularon los problemas: la inestabilidad del petróleo, el enfrentamiento armado con el Perú en la zona de la Cordillera del Cóndor, los cambios en la demanda externa y las presiones sociales por transformaciones profundas. En 1982 estalló en toda Latinoamérica el problema de la deuda externa que en Ecuador se unió al grave impacto de las inundaciones provocadas por el fenómeno de El Niño y los desajustes en el comercio externo. Las nuevas realidades afectaron ahora al gobierno de Osvaldo Hurtado (1981-1984), resistido por las elites empresariales por sus supuestas orientaciones “filocomunistas”, pero también confrontado por las organizaciones sindicales integradas en el FUT. Hurtado, que en aquel tiempo mantuvo posiciones reformistas y de acercamiento a los sectores populares, debió tomar un giro distinto sobre la conducción económica pues el modelo estatal se volvió insostenible, debiendo el gobierno liberalizar precios y servicios, sucretizar la deuda privada y adoptar otras medidas que, en definitiva, se inclinaban por una economía favorable al mercado y a la empresa privada como nuevos ejes determinantes del crecimiento. Con el gobierno del presidente León Febres Cordero (19841988) las definiciones a favor de lo que he denominado como modelo empresarial de desarrollo se afirmaron. Este se reconoció como un gobierno de empresarios y, por tanto, sus principios, intereses y valores pasaron a orientar la conducción del Estado, al mismo tiempo que fue cuestionado el sector estatal de economía y la institucionalidad misma del sector público. Empresa privada y mercado libre, en un contexto internacional dominado por el “neoliberalismo” teórico, los condicionamientos del Fondo Monetario Internacional (FMI) para garantizar el pago de las deudas externas latinoamericanas, los postulados del retiro del Estado y finalmente el derrumbe del socialismo en el mundo, alimentaron la superación del viejo modelo estatal por el nuevo modelo empresarial de desarrollo en el Ecuador. Podría decirse que el gobierno de Rodrigo Borja (1988-1992) trató de ser una especie de paréntesis en medio de la tormenta. Y esto

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porque Borja atribuyó al Estado un papel orientador. Pero no pudo sustraerse a los cambios de la economía mundial ni de la ecuatoriana, de manera que una serie de logros “neoliberales”, como el régimen de maquilas y la reforma sindical, contradijeron el reformismo socialdemócrata del régimen. Nuevamente bajo la presidencia de Sixto Durán Ballén (19921996) retomó el impulso del modelo empresarial de desarrollo iniciado por Febres Cordero. Las ideas sobre privatización y retiro del Estado, economía abierta, mercado libre, apertura al capital extranjero, renegociación de la deuda externa en los términos fijados por el FMI y vinculación del país a la era de la “globalización”, se constituyeron, en forma definitiva, en los nuevos “paradigmas” para la conducción de la economía. Desde Sixto Durán en adelante, ninguno de los gobiernos sucesivos fue capaz de cuestionar los postulados de la economía inspirados en el “neoliberalismo” y en el llamado “Consenso de Washington”, pues todos, desde Bucaram hasta Palacio, en mayor o menor medida, con mayor o menor eficacia, contribuyeron con sus políticas económicas a la consolidación del modelo empresarial. La dolarización del año 2000 y los intentos por suscribir un Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos refuerzan el modelo. Sin embargo, se trata de un tipo de desarrollo que, pese a lo que puede creerse, no afirmó en el Ecuador una economía “neoliberal” en la que supuestamente se inspiraba, sino una economía rentista, especulativa, basada en la baratura de la mano de obra como fuente de la acumulación, en la depredación del medio ambiente, la subordinación al capital transnacional, la dependencia externa, la inequidad en la distribución del ingreso y la deshumanización del trabajo. En ese marco debiera entenderse la toma de posición que ha realizado el presidente Rafael Correa frente al modelo económico seguido por el Ecuador durante los últimos 25 años, así como su distinta visión de la economía, que pretende reorientar el desarrollo en beneficio de la mayoría de ecuatorianos y ecuatorianas, y no continuar favoreciendo a una elite social. Porque, en efecto, si bien el modelo seguido por el país puede ofrecer ciertos “logros macroeconómicos” -según quienes así lo califican-, no ofrece similares logros sociales. En otras palabras, las consecuencias sociales del modelo empresarial de vertiente ecuatoriana han sido ruinosas.

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La pobreza y la miseria se agudizaron en el Ecuador en las décadas pasadas, aunque en el último quinquenio la tendencia parece revertir e incluso hay una reducción de la pobreza, pero solo en el sector urbano. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), es “remota” la posibilidad de que Ecuador alcance en 2015 la reducción de la pobreza extrema en los términos de los Objetivos del Milenio, es decir, al menos en la mitad. La inequidad ha sido imparable, de manera que hoy existe una elite que concentra cada vez mayor riqueza frente a la amplia mayoría nacional. Por ejemplo, en la Provincia de Los Ríos, el 68% de la población vive con menos de 2 dólares diarios y de ese total el 31% es extremadamente pobre o vive con menos de 1 dólar diario; allí, mientras el 10% más rico se lleva el 40% de los ingresos, el 10% más pobre recibe el 1.5 % de los ingresos.1 Según los estudios del PNUD y la CEPAL (Comisión Económica para América Latina), hoy América Latina es la región del mundo más inequitativa y el Ecuador ocupa en ella uno de los diez primeros lugares, al mismo tiempo que se ubica en el puesto 83 en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) entre 177 países del mundo (año 2006). Ha sido afectada la educación, no solo porque se destinan menos recursos a ella, sino porque la privatización no ha contribuido al mejoramiento de su calidad y, en conjunto, existe en el país un bajo nivel educativo público y privado, medido por sus rendimientos en escuelas y colegios. Lo más grave es que la educación universitaria también sufre el peso del incremento de las instituciones privadas (hoy unas 40 entre 66 universidades nacionales), además de la difusión de concepciones administrativas puramente economicistas, criterios deformadores sobre la preparación profesional en los que predomina la orientación al mercado, la empresa y el tratamiento estudiantil como “clientes”; se privilegia la docencia sobre la investigación y pierden asidero los valores de la formación académica más exigente y rigurosa. También es grave la situación de la salud y la seguridad social, que los privatizadores literalmente han destruido. Los ecuatorianos y ecuatorianas carecen de la cobertura de salud necesaria, mientras la seguridad social es uno de los servicios estatales más deteriorados. Por cierto, la salud y la seguridad privadas solo siguen al alcance de una elite. El déficit de vivienda en el país se ha incrementado, pese al auge de las construcciones en varias ciudades, destinadas casi exclusivamente a los sectores medios y altos de la sociedad.

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Es de tal magnitud el retroceso y la degradación en el gasto social que el Ecuador invierte la cuarta parte del promedio que toda Latinoamérica invierte en gasto social. En promedio histórico, durante los gobiernos constitucionales, el desempleo alcanzó el 10% y el subempleo el 60%, si bien ambas cifras disminuyen muy relativamente en el último quinquenio. Los salarios entre la población empleada son bajos e insuficientes, pues el mínimo es de $170,oo al mes, mientras que según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) la canasta analítica familiar básica es de $ 453,97 y la canasta analítica familiar vital es $ 317,34. De acuerdo con la CEPAL, uno de los problemas más serios y graves en las economías latinoamericanas actuales es la precariedad laboral. También en Ecuador los derechos de los trabajadores, que son fruto de luchas y conquistas históricas, han sufrido serio retroceso a consecuencia de las políticas de “flexibilidad laboral”, con sistemas como la tercerización, el trabajo por horas, los contratos de servicios profesionales, etc. La precariedad laboral afecta no solo a los trabajadores, empleados y profesionales, sino a la juventud, que casi no encuentra trabajo estable, continuo y suficientemente remunerado. Frente a este breve cuadro de resultados sociales, es comprensible que en el Ecuador contemporáneo hayan estallado movimientos sociales que cuestionan la labor de la clase política y enfilan sus luchas contra los gobiernos de turno en demanda de mejoras de las condiciones de vida y trabajo. Por debajo de la aparente calma, paz y tranquilidad que suele decirse que es un atributo de la sociedad ecuatoriana, existe un clima humano explosivo. Esta situación explica la esperanza con la que la población recibe las ideas y los programas de cambio y reforma; y explica también la polarización electoral que condujo al triunfo del presidente Rafael Correa. ¿Qué futuro tendrá el Ecuador? La respuesta es insegura e incierta. Pero de la rápida visión con la que he descrito al país contemporáneo, sin intentar hacer una larga exposición sobre sus causas, sus razones y su sentido, deseo obtener algunas conclusiones teóricas generales para la historia y los historiadores. Me he servido de los hechos presentados para inducirles a pensar que la historia, como ciencia, ha cambiado. Se creía que la historia era el recuento “objetivo” de los hechos del “pasado” y que mientras más antiguos son, con mayor seguridad apreciará el investigador esos

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hechos. Siguiendo a algún estudioso, se dijo que no cabría analizar la historia si no han pasado por lo menos 50 años desde los acontecimientos. Los historiadores que han seguido esas corrientes literalmente se volvían piezas de museo, sin compromiso con el presente. He tratado de pintar los hechos de tal manera que pueda sostener que la historia, como hoy la hacemos un creciente número de académicos en el mundo, es la ciencia que explica los acontecimientos en el transcurso del tiempo, es decir, como partes de un proceso que manifiesta tendencias, regularidades, continuidades o rupturas. Que la historia es, por tanto, movimiento humano, con herencias del pasado, condicionamientos en el presente y objetivos hacia el futuro. Que los historiadores interpretamos y que no es cierto que los hechos y los procesos son fríos y que podemos mantener sobre ellos esa supuesta “distancia” y “neutralidad” con la que en otros tiempos se pretendía examinar la historia. He procurado decir que la historia es una ciencia viva para el presente. Si comprendemos que el tiempo actual deriva de procesos que vienen desde el pasado y que en nuestros días vivimos acontecimientos que movilizan fuerzas sociales interesadas en construir y moldear la sociedad de una manera determinada, podremos comprender que existe una historia del pasado, que también existe una historia del presente, al que la hemos bautizado con el término Historia Inmediata en la red académica internacional de Historia a Debate, y que también, aunque resulte raro y menos comprensible, existe una corriente que postula la historia del futuro, lo cual no significa, evidentemente, que podemos deducir qué hechos sobrevendrán, sino qué tendencias están marcando el desarrollo del presente hacia un futuro indeterminado e incierto. Vivimos una época de construcción de los nuevos paradigmas de la historia como ciencia. Y esa es una tarea colectiva de los investigadores. Por ello, la historia tiene múltiples manifestaciones, múltiples ángulos de visión, enfoques y perspectivas. La comprensión de los procesos históricos es hoy multicausal, porque las determinaciones sobre la vida de la sociedad son complejas y variadas. Y la historia también es una ciencia comprometida. Por ello hay investigaciones perseguidas e historiadores amenazados desde el poder. Pero la historia comprometida no significa, en modo alguno, que suplanta la investigación con pura ideología. Requerimos trabajos

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académicos serios y rigurosos para descubrir las raíces, los condicionamientos y las tendencias que explican la trayectoria social. Por eso, quienes nos comprometemos con la Historia Inmediata, no podemos dejar de observar que la realidad social del Ecuador del presente, fruto de todo el desarrollo histórico anterior, conlleva responsabilidades internas y externas, que también hacen posible reivindicar la Deuda Histórica. Bajo este término, es posible exigir reparaciones, indemnizaciones y sanciones a los responsables históricos de la situación nacional en el presente. El concepto deuda histórica moviliza el reclamo por años de destrucción del medio ambiente; por el mantenimiento de remuneraciones insuficientes basadas en el criterio de que la “baratura de la mano de obra” es requisito para la competitividad del país; por la acumulación de la riqueza en un sector social beneficiario de la trayectoria histórica de opresión y exclusión, por centurias de injusticia y de falta de democracia. La Historia Inmediata del Ecuador demanda un mayor número de investigadores que pongan luz sobre las realidades sociales del país, con esa perspectiva única que puede dar precisamente la historia. El presente en el Ecuador exige, al mismo tiempo, la reivindicación por nuestra deuda histórica. Y esa es la invitación que ahora queda abierta.

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BIENVENIDA AL DR. JUAN J. PAZ Y MIÑO COMO INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Jorge Núñez Sánchez

Señor Director de la Academia Nacional de Historia Señores Académicos Señoras y Señores Me resulta realmente grato dar la bienvenida a la condición de Numerario a mi estimado colega y apreciado amigo Juan Paz y Miño Cepeda, por varias razones, cada cual más importante que otra. Y es la primera de ellas su profesionalismo y su entusiasmo por la ciencia histórica, que lo ha llevado a investigar aspectos desconocidos o poco trabajados de nuestro pasado, en especial los vinculados con la historia económica, y que, por otra parte, lo ha metido de lleno en la reflexión teórica sobre la historia, a la que ha buscado aportar nuevos cauces de interpretación y nuevos horizontes temporales. Otra razón que motiva mi agrado al dar esta bienvenida es nuestra antigua amistad y compañerismo, forjados precisamente alrededor de los asuntos de nuestro oficio: de los congresos y encuentros de historia, de los proyectos de investigación o publicación, y de las organizaciones gremiales de los historiadores. En verdad, este acto debía haberse realizado hace años, como un justo reconocimiento a un profesional de los méritos del doctor Paz y Miño, pero se celebra recién hoy, en lo que constituye un acto de reconocimiento tardío. Esto me trae a la memoria lo sucedido con la gran Gabriela Mistral, a quien sus colegas de Chile le otorgaron el Premio Nacional de Literatura solo años después de que hubiera recibido el Premio Nóbel de la especialidad. Y el símil es equivalente, en cierto modo, pues Juan Paz y Miño llega a ser numerario de nuestra Academia veinte años después de haber sido Presidente de la Asociación de

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Historiadores del Ecuador, casi tres lustros después de ejercer la Vicepresidencia de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe y luego de haber merecido algunos altos reconocimientos internacionales. Resulta inevitable que así haya sucedido, porque en las instituciones como en los países hay una constante puja entre lo viejo y lo nuevo, entre quienes impulsan las ideas de cambio y quienes se empeñan en apuntalar los antiguos usos y concepciones del mundo. El doctor Juan Paz y Miño llega a la condición de numerario precedido de las mejores recomendaciones, que son sus obras y sus méritos profesionales. Doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, tiene una extensa y fértil carrera académica, que incluye el haber sido Profesor de Historia Económica del Ecuador y América Latina en la Facultad de Economía de la PUCE, el haber sido Coordinador del Taller de Historia Económica de la misma universidad, el haber actuado como profesor invitado, conferencista y ponente en múltiples eventos realizados en el Ecuador y en congresos internacionales y también el haber desarrollado actividades académicas o de investigación historiográfica en diversas universidades de Canadá, Estados Unidos, América Latina y Europa. En cuanto a sus obras y trabajos publicados desde su ingreso a la Academia Nacional de Historia, quiero destacar los siguientes libros: 1. Cuando el oro era patrón. Artículos sobre historia monetaria y bancaria del Ecuador. Serie THEmas 1, Quito, Fac. de Economía, PUCE. 2. Revolución Juliana. Nación, Ejército y bancocracia, Quito, Ediciones Abya Yala, (dos ediciones). 3. Golpe y contragolpe. La “Rebelión de Quito” del 21 de enero de 2000, Quito, Taller de Historia Económica, PUCE – Abya-Yala. 4. Deuda histórica e historia inmediata en América Latina, Quito, Editorial Abya-Yala. Igualmente, de sus innumerables artículos y estudios deseo relievar éstos: 1. “Rebeliones desde Quito: la crisis presidencial del Ecuador y la “cuarta vía” al poder latinoamericano”, ACTAS del III Congreso de Historiadores Latinoamericanistas (ADHILAC), Pontevedra, España, 2001. 2. “La fundación del Banco Central del Ecuador y su significado histórico a los 75 años”, Banco Central del Ecuador, Memoria Anual 2001, Quito.

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3. “La Superintendencia de Bancos y Seguros. Su significado histórico”, Revista de la Superintendencia de Bancos y Seguros. 75 años 19272002, Quito, 2002. 4. “La fundación del Banco Central del Ecuador”, Ensayos de historia económica por los setenta y cinco años del Banco Central del Ecuador, noviembre 2002. 5. “Ecuador y Perú: la frontera, la deuda y la integración”, Anuario de la Sección Académica de Historia y Geografía de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, No. 1/1999-2000. 6. “Historia y sociedad en el período 1895-1925”, Historia de las Literaturas del Ecuador, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, Corporación Editora Nacional, Vol. 4, 2002. 7. “El desafío de la deuda histórica en América Latina”. Ponencia. IV Encuentro Internacional de Historiadores Latinoamericanistas. ADHILAC, La Habana, 2003. 8. “Economía en la Colonia” e “Historia: Independencia y República”, Nueva Enciclopedia del Ecuador, Círculo de Lectores, Editorial Planeta, Tomos II y III, Bogotá, 2003. Ídem, Enciclopedia Ecuador a su alcance, Espasa Siglo XXI, Editorial Planeta, Bogotá, 2004. 9. “De los Julianos a La Gloriosa”, Historia del Congreso Nacional. República del Ecuador, Quito, 2004. 10. “América Latina y Estados Unidos hoy: los costos de la Doctrina Bush”, De la integración al sometimiento, Quito, Ediciones La Tierra, Quito, 2004. 11. “Civismo e identidad nacional en el Ecuador” y “Trabajadores e identidad nacional”, La participación de la sociedad ecuatoriana en la formación de la identidad nacional, Quito, Comisión Nacional Permanente de Conmemoraciones Cívicas, 2005. 12. “La universidad ecuatoriana: entre el profesionalismo y el mercado”, Asociación de Profesores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. 30 Años: 1976-2006. 13. “Ecuador: Historia pasada e Historia Inmediata frente al Caribe y la Guerra de Castas”. Ponencia. VII Seminario Internacional de Verano “Caribe: Economía Política y Sociedad”. Chetumal, Quintana Roo, México, 2006. 14. “Historia bancaria del Ecuador entre 1912 y 1944”. Ponencia. Congreso Ecuatoriano de Historia, Ibarra, 2006. 15. “Ecuador: del derecho social a la economía de mercado”, Ponencia. Tercer

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Encuentro de la Sección de Estudios Ecuatorianos de Latin American Studies Association–LASA. FLACSO, Quito, 2006. 16. “Entre la confrontación y el acercamiento. Cien años de relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica en el Ecuador”, Testigo del Siglo. El Ecuador visto a través del Diario El Comercio, Quito, 2006. 17. “Ecuador: una democracia inestable”. Ponencia. Seminario Internacional Nuestro Patrimonio Común: Integración, Cooperación y Democracia. Universidad de Cádiz. España, Noviembre 2006. 18. “La coyuntura electoral en un contexto de comparaciones históricas”, Revista La Tendencia, Quito, No. 4, Enero 2007. Quiero detenerme en un aspecto particular de su quehacer historiográfico, que son sus trabajos en el campo de la teoría de la historia. Y esto tiene una relevante importancia para la labor académica, porque no hay ni puede haber ciencia sin una teoría que la sustente. Puede haber, si, buenos trabajos de recolección y exposición de datos, pero ellos nunca superarán el nivel del empirismo. Sólo la presencia interiorizada de una teoría científica, cualquiera que esta sea, permite al investigador histórico interpretar, relacionar y finalmente comprender el pasado, que es de lo que se trata. Pues, bien, Juan Paz y Miño ha sido uno de los constructores de la teoría de la “historia inmediata”, que hoy tiene tantos y tan buenos seguidores a uno y otro lado del Atlántico. Esto ha implicado una revisión de algunos antiguos paradigmas de la escuela positivista, como aquel de que los únicos testimonios de la historia son los documentos y aquel otro de que no se puede historiar sobre los acontecimientos recientes, sino solo sobre aquellos cuya lejanía garantice la objetividad del historiador. En cuanto al paradigma positivista de que “la certeza surge solo de los documentos”, es necesario prestar interés a la génesis misma de esta afirmación, surgida como respuesta de los investigadores a la supuesta labor historiográfica de los simples comentaristas y glosadores de trabajos ajenos, cuya labor no aporta nueva información a lo ya conocido ni nuevos métodos de análisis a la labor historiográfica. Pero ello no invalida una reflexión acerca de los riesgos de su admisión acrítica. Es obvio que sin investigación y análisis de las fuentes no hay ejercicio historiográfico posible y que quien no acude regularmente a

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ellas termina, de modo inevitable, por ser un mero comentarista de las investigaciones de otros o un glosador de opiniones ajenas, pero no un historiador strictu sensu. Mas el término “fuentes” no se limita a los documentos de archivo sino que es abarcador de una gran cantidad de elementos, tangibles e intangibles, materiales y espirituales, que actúan a modo de “restos” del pasado y pueden cumplir la función de testimoniarlo: libros, periódicos, restos materiales, objetos de uso, recuerdos personales e información oral, pinturas, esculturas, edificios, etc., y más modernamente fotografías, discos y bancos electrónicos de datos. Con esto descubrimos la falacia de la afirmación en referencia, pues los documentos -objetos de un especial fetichismo positivista- no son las únicas fuentes útiles al historiador, aunque son probablemente las más importantes de que podemos disponer para estudiar la historia antigua de las sociedades con escritura. Una segunda e importante precisión es la referida al alcance y utilidad de las fuentes, pues éstas -p. e. los documentos de archivo- no “hablan” siempre el mismo lenguaje del historiador, no indican claramente lo que el historiador busca o no muestran de modo contundente una “verdad”. En ciertas ocasiones, los documentos sólo se refieren parcial o tangencialmente al tema investigado, o no revelan el dato cuantitativo que buscamos sino solo una apreciación cualitativa de su autor. En otras, apenas nos revelan un punto de vista sobre un hecho susceptible de haber generado opiniones varias y opuestas. Hay, pues, una limitación informativa en las mismas fuentes. En fin, aún cuando el documento resultase útil y satisfactorio, su texto es necesariamente procesado por el historiador, que no sólo selecciona los datos que cree de mayor interés o las partes citables del mismo, sino que lo “transcribe”, paleográfica o lingüísticamente, y, por tanto, lo recrea ideológicamente. Y es que el “logos”, la palabra, no es sólo una forma exterior del pensamiento y un vehículo de expresión de las ideas; él mismo es, en buena medida, el pensamiento que guarda, la idea que transmite, puesto que el lenguaje es también el pensamiento en si. Por lo tanto, las fuentes generalmente no “hablan” por si mismas sino que lo hacen a través del historiador, que actúa entre ellas y el público a manera de un traductor o intérprete: resumiendo, escogiendo, destacando, intuyendo o interpretando según su mejor o peor entender, o según su inevitable punto de vista. ¿Y qué tienen que ver las fuentes con la teoría de la historia inmediata? Tienen que ver mucho, porque esta propuesta historiográ-

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fica revoluciona el uso de las fuentes, donde el uso exclusivo de los documentos archivados para a ser reemplazado por un inmenso abanico de posibilidades, que incluye los documentos no archivados ni publicados, los testimonios vivos de los protagonistas, testigos y observadores, las variadas noticias de prensa, radio y televisión, la bibliografía epónima, etc. Claro, todo esto implica la negación de un antiguo paradigma positivista, según el cual no puede haber investigación ni reflexión historiográfica dignas de respeto si no han pasado por lo menos dos o tres décadas desde que ocurriera el suceso que se estudia. Se pensaba que el tiempo decantaba pasiones, enfriaba ánimos partidistas y colocaba al historiador lejos del riesgo de tomar partido, pero la realidad ha demostrado que esa supuesta objetividad era, generalmente, una forma de emboscamiento intelectual y de negación de la sensibilidad humana del historiador. En verdad, el tiempo sirve para ganar en unas perspectivas, pero empobrece muchas otras. Y, ya en el plano de lo humano, que no se nos diga que podemos escribir o entender mejor aquello que no conocimos ni vivimos de modo directo, porque la lógica señala lo contrario, esto es, que aquello que podemos conocer y comprender mejor es precisamente eso que hemos vivido y conocido a profundidad, tanto como personas cuanto como miembros de un conglomerado social. Claro está, ello nos lleva a otras cuestiones, tales como la relación entre la ciencia histórica y la memoria colectiva o las mentalidades, pero esos son asuntos de mayor complejidad, que no podemos tratar en un breve discurso. Termino, pues, mi intervención, exaltando los grandes méritos intelectuales y profesionales del recipiendario, a quien doy la bienvenida al círculo de los numerarios de esta Academia y le deseo reiterados éxitos en su labor académica, para beneficio de la ciencia histórica y de la cultura ecuatoriana. Bienvenido, querido amigo y colega Juan Paz y Miño Cepeda. Estoy seguro que su presencia coadyuvará a la profesionalización de nuestra Academia.

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BIENVENIDA AL ABOGADO RAMIRO MOLINA CEDEÑO COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Benjamín Rosales Valenzuela

Para la Academia Nacional de Historia, el Capítulo Guayaquil y para mí es un honor muy especial estar en esta fértil tierra manabita para recibir como miembro correspondiente de la Academia a un hijo de Portoviejo, la más antigua villa española fundada en la costa ecuatoriana. El interés de don Eduardo Ramiro Molina Cedeño por la historia de su tierra no es casual, le viene de la sangre de su padre don Alberto Molina García, autor de algunas obras históricas entre las que destacan: “Contrastes”, El fusilamiento de un artista” y los diez tomos de “Crónicas del Ayer Manabita” que Ramiro terminó de editar después de su muerte, en 1 999, acaecida cuando era el segundo y último cronista de la ciudad de Portoviejo en el siglo XX. Su tio Gonzalo Molina García, exitoso pintor y poeta residente muchas décadas en España, quien falleciera hace dos meses, fue autor de una historia documentada en los archivos de Indias en España sobre la fundación de la ciudad y la biografía del autor de su fundación titulada “El Capitán Francisco Pachecho en la conquista de América. Fundador de la ciudad de Portoviejo”, en este caso también nuestro amigo Ramiro se encargó de editar la obra como digno defensor del legado histórico familiar, regional y nacional, y como sobrino bisnieto de don Rafaél Cevallos Ponce, primer cronista de la ciudad, autor de las obras “La Villa Nueva de San Gregorio” e “Historia de Vuelta Larga”. Falleció en 1884. Hace ya más de cincuenta años, el 27 de julio de 1956, doña Vicenta Modesta Cedeño Velásquez trajo al mundo a Ramiro Molina, este ciudadano que no escatima esfuerzo por engrandecer la cultura en su región natal; abogado, miembro del núcleo de Manabí de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y de varias organizaciones sociales y culturales de la provincia, catedrático del capítulo Portoviejo de la Pontificia Uni-

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versidad Católica, secretario académico de la Universidad “San Gregorio de Portoviejo” y promotor cultural a través de los principales medios de comunicación: “El Diario”, “La Hora Manabita” y las radioemisoras “Farra”, “Rumbos” y “Sucre”. Conocí a Ramiro hace más de cuatro años, luego que se formara el capítulo Guayaquil de la Academia Nacional de Historia y fuera yo nombrado director de éste. En la primera reunión del directorio decidimos que mientras no hubieran capítulos de la Academia en todas las provincia del Ecuador, nuestra entidad regional debería relacionarse con ecuatorianos y ecuatorianas que hagan y promuevan estudios históricos en el ámbito geográfico de la antigua provincia colonial de Guayaquil en donde se encuentran los territorios de nuestros pueblos navegantes prehispánicos desde los Valdivia, Machalilla hasta los manteños-huancavilcas que encontraron los conquistadores españoles y que constituyen una de las raíces más antiguas de pueblos con desarrollo agrícola y tradición cerámica en Ecuador y América. Ramiro Molina Cedeño como director y fundador de la revista cultural “Spondylus”, presidente de la Sociedad de Estudios Históricos de Manabí, director de “Diálogos Culturales”, organizador de eventos académicos históricos en esta provincia y asiduo participante a los actos culturales hsitóricos en Guayaquil, es uno de esos ecuatorianos. Don Ramiro Molina ha publicado la “Historia de la Universidad San Gregorio de Portoviejo” y “Portoviejo Histórico–Fotográfico. Siglo XX”. Tiene inéditas la “Historia de la Aviación en Manabí” y dos tomos de “Portoviejo Cronológico–Documental y Fotográfico”, el primero desde 1522 hasta 1950 y el segundo desde 1951 al 2005. Actualmente está preparando su obra “Manabí y sus cantones desde 1822” Estamos seguros que su incorporación como miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia, la noche de hoy, será un estímulo adicional para que don Ramiro continúe trabajando en la investigación del pasado y la difusión histórica. Esperamos también que las autoridades provinciales y cantonales, las universidades manabitas, el núcleo provincial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y los empresarios de la región, por qué no, apoyen la investigación histórica y propicien la publicación de trabajos académicos como los del ilustre incorporado en esta noche y de otros investigadores manabitas como el académico profesor José Arteaga Parrales, Dr. Alfredo Cedeño Delgado, Dra. Tatiana Hidrovo Quiñonez, y

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el sociólogo Carlos Alberto Zambrano Argandoña, para tan solo mencionar unos pocos. Los pueblos que no estudian su pasado están destinados a caer en los mismos errores, hay que aprender también de los periodos de prosperidad y desarrollo. Hace cien años, por ejemplo, llegaban a Manabí emigrantes de otras regiones de la patria y del mundo entero, aumentó considerablemente la economía provincial con la exportación del cacao, tagua, caucho, café y sombreros de paja toquilla. Pocos pensaban en emigrar de esta bendita tierra. Muchos de ustedes aquí, al igual que lo es nuestro recipiendario, son descendientes de inmigrantes de esa época de gran crecimiento regional a la que hay que estudiarla con profundidad para emprender nuevamente una etapa de prosperidad que evita la inmigración de nuestros ciudadanos. La tierra manabita nos ha dado uno de los más importantes historiadores nacionales, el Dr. Wilfrido Loor Moreira. Las obras de este ilustre hijo de esta tierra, quien fuera destacado miembro de la Academia Nacional de Historia son fundamentales en la historiografía nacional, entre ellas destacan La Victoria de Guayaquil, García Moreno y sus asesinos, Eloy Alfaro en tres tomos, Estudios Históricos y Políticos y la Conquista de Quito. Otros preclaros manabitas han servido a la sociedad con sus trabajos históricos, el padre, el tío y el tío bisabuelo de Ramiro, que ya mencionamos anteriomente, don Temístocles Estrada, don Viliulfo Cedeño Sánchez. Que la incorporación de don Eduardo Ramiro Molina Cedeño a la Academia Nacional de Historia sea un estímulo para su esforzado trabajo e inspire a otros manabitas a la investigación del pasado de esta tierra y de nuestra patria Ecuador. Sea usted bienvenido don Ramiro. Muchas Gracias.

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MANABÍ: SU HISTORIA – SU NOMBRE
Ramiro Molina Cedeño

Discurso de incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia

La primera provincia española que existió en América del sur llamose Puerto Viejo, territorio ubicado bajo la línea ecuatorial; estancia del conquistador español Francisco Pizarro y de paso obligado al mundo infinito de riqueza, poder y gloria. Este primer indicio lo encontramos en la Carta Universal elaborada por don Diego Riveiro en 1 529 que ubica a Puerto Viejo en calidad de provincia, al igual que lo dice doña Juana, reina de España, que la provincia de Puerto Viejo es parte de la Mar del Sur en la Tierra Firme llamada Castilla del Oro, mandato real que fue fechado en Toledo el 26 de julio de 1 529, con motivo de la cédula real otorgada a los conquistadores conocidos como “Los trece de la fama”, para que en nombre de Dios, en su nombre y en nombre de España, conquisten y tomen posesión eterna de todos aquellos territorios, sus pobladores y riquezas que por la fuerza de su espada y la protección de la iglesia católica lograren. Es la provincia de Puerto Viejo que se crea sobre el territorio aborigen de Cancebí, último cacique de la sociedad manteña que comprendió los pueblos que se encontraban desde los límites de la desembocadura del río Chone hasta la actual provincia del Guayas en la Península de Santa Elena, poblaciones identificadas entre sí por costumbres y dioses propios, por una lengua común, a pesar de la diversidad de dialectos que existieron entre ellos, por una tradición de carácter mercantil que llevaban consigo milenariamente y que encuentra su máximo apogeo en la concha Spondylus, concha que encerraba el secreto de las lluvias y de la fertilidad que tanto ambicionó conocer y poseer el imperio incaico que floreció en la altiplanicie andina al sur y al centro del continente suramericano, comercio de Spondylus que per165

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mitió a los manteños relacionarse con otras culturas aborigenes milenarias más allá de sus propias fronteras y que les proveyó de nuevos elementos que llegaron a enriquecer profundamente su cultura. Este es el territorio de Cancebí, en el antiguo Jocay, donde se encuentran los primeros restos de población humana, diez mil años antes de Cristo; es la población con la que empieza a forjarse la identidad de los pobladores de la costa ecuatoriana, principalmente, de la actual provincia manabita; es la población que vive en armonía con su entorno; la población que se alimenta del mar y de la tierra y que en épocas de verano, ante dolorosas sequías y escasez de comida busca refugio en las montañas de Chongón y Colonche, en el corazón mismo de la provincia, el lugar donde nunca falta el alimento y el agua, rejuveneciendo su espíritu en lo maravilloso de sus micro climas y en lo encantador de sus paisaje. Son los momentos en que unos deciden encaminar sus pasos hacia otros lares formando sus propios clanes. Esta es la tierra cancebina donde la mujer hizo parir la tierra y plasmó con ella el mágico mundo de la fertilidad humana, talvés en un intento desesperado de interpretar la grandeza de sus dioses que daban vida a un nuevo cuerpo que germinaba en ella. Así como nació la agricultura en manos de la mujer, nació también la cerámica, moldeando su propia figura de mujer valdiviana, muchas veces tallándola con una protuberancia que adornaba su deformado cuerpo, era la protuberancia que encerraba al nuevo hijo concebido por la gracia del dios Sol y la diosa Luna. Es la cultura alfarera que se esparce entre las poblaciones que se suceden en el tiempo, valiéndose de distintos elementos que adornan su arte y toman diferentes formas acordes a su momento, a su geografía, a todo aquello que motiva sus sentidos y les son necesarios como muestra de fe, poder o existencia. No son culturas aborigenes distintas las existentes en este territorio, la una es continuidad de la otra, Valdivia, Machalilla y Manteña tienen una misma ancestralidad histórica, no existen manteños del norte ni manteños del sur; todos ellos forman parte de una misma identidad aborigen. Qué distinto este territorio de Cancebí al territorio del norte, con poblaciones conocedoras y practicantes del arte de la guerra, poblaciones que, a pesar de la cerrada resistencia que ofrecieron, sucumbieron inicialmente al poderío de los Shuar, en su peregrinación de siglos hacia el oriente ecuatoriano y que nos impuso el ritual de las Tsantsas, pero fueron estas poblaciones las que más tarde impidieron la

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temprana conquista de su territorio por parte de España; con una cerámica distinta que pone al descubierto otro tipo de cultura, con costumbres y rituales funerarios como las tolas que les acercan e identifican con las poblaciones del sur de Colombia, como si fueran parte de una misma historia, de una misma nacionalidad aborigen; poblaciones más estrechamente unidas a la tierra, que se adaptan fácilmente a la espesa jungla que es bañada por ríos montañeros como el Cojimíes, Coaque, Jama, Briceño y el Chone que le mantienen siempre verde, mientras el territorio cancebino, con su principal río, el Río Grande, conocido ahora como Portoviejo, languidece por falta de agua, debiendo sus habitantes prever el futuro, para procurarse la misma mediante la construcción de jagüeyes (albarradas) hechas a mano y pozos de agua dulce tallados en roca viva. No quiero enfrascarme en un relato o estudio del pasado aborigen manabita, quiero solamente remarcar que la provincia de Manabí siempre estuvo comprendida por dos territorios y poblaciones que encierran historias distintas, que su nombre talvés no se derive de la existencia de una tribu, de una comunidad o del nombre de un río sino de una determinada región geográfica. La provincia de Puerto Viejo siempre tuvo como cabecera provincial a Villa Nueva que, por costumbre, se la conoce con el mismo nombre de su provincia. Fue la primera ciudad española fundada en la costa ecuatoriana y quinta en la América del sur. El Dr. Wilfrido Loor Moreira (Manabí prehistoria y conquista) nos dice que las tribus que habitaron en este territorio, de los cancebíes o Manta, fueron los apichiquies, cancebís, pichotas, picoasaes, picunsis, manabíes, jarahuas y jipijapas, siendo el cronista italiano Benzoni (1 547) quien nombra por primera ocasión a una tribu llamada Manabí, que algunos arbitrariamente quieren interpretarla como lengua quechua-cayapa que significa tierra sin agua, de lo cual se hace eco el cronista, también español, Pedro Cieza de León en sus Crónicas del Perú, quien posiblemente toma los escritos de Benzoni y las narraciones de otros viajeros y de los mismos conquistadores para hablar de estos territorios, sin haber estado en él; teoría que se afianza a través del tiempo sin que ningún estudio serio se haya hecho al respecto. El interés se centra en considerar que al existir una población llamada Manabí, que unos la ubican hacia el sur, entre Jipijapa y Paján, otros, en determinadas cartografías, hablan sobre “el paso de los mana-

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bíes” haciendo alusión al paso de Alvarado hacia las alturas de Quito en 1 534, y que no sabemos si habla de los manabíes como tribu o como aborigenes que proceden de una región determinada de este territorio o de otros territorios, mientras otros, alegremente, la sitúan entre Rocafuerte y Calceta; en fin, difícil será conocer su ubicación y existencia pero que, si realmente existió, debió ser una tribu o comunidad que tuvo su importancia y contó con un considerable número de pobladores para que su nombre se perpetúe en el tiempo. Fray Joel Monroy en su historia de los Mercedarios nos dice que una vez fundado el convento de Puerto Viejo, que se funda con la ciudad misma en 1535, tomó a su cargo las doctrinas de la Conchita, Tobal, Zancala, Tosagua, Charapote, Pasa, Manta, Levique, Mallagua, Capi, Cama, Taramiso, Camillogua, Pillesagua, Pipay y las Gipijapas Alta y Baja y que después estos y otros pueblos fueron reducidos a tres doctrinas que son las de Manta, Picuazá y Gipijapa. Vale preguntar entonces: ¿si existió la tribu Manabí por qué los mercedarios no la redujeron a doctrina cristiana?, comunidad religiosa que tenía por objetivo primordial “amansar el espíritu salvaje de los conquistados”, que aborrezcan a sus dioses paganos imponiéndoles el Dios cristiano y, ya dócil, aceptar la autoridad de España. No es posible considerar que una organización social aborigen de tal magnitud e importancia haya podido ser evitada o pasado desapercibida para la comunidad mercedaria de entonces, lo que nos podría llevar a colegir, si creemos en su existencia, que esta población debió encontrarse en un territorio de difícil acceso para ellos, esto es en la zona norte del Manabí de hoy. Puerto Viejo no existiría como provincia durante el periodo colonial, esta condición la mantuvo, talvés, hasta que pasó a ser considerada como parte anexa del territorio de Guayaquil, ciudad que basa su desarrollo e importancia en su grande y navegable río, en la bondad de su tierra y de sus bosques maderables que le convierten en el primer puerto astillero del Pacífico sur y en la que se asientan importantes capitales de sectores agro-exportadores y comerciales y más tarde financiero. LA anexión en referencia debió darse con la creación de la Real Audiencia de Quito el 29 de noviembre de 1 563, ratificado por la cédula real de erección del Virreinato de Santa Fe del 27 de mayo de 1 717 y la real cédula del 20 de agosto de 1 739, así como la Ley I que dispone “los sueldos y salarios que deben percibir las distintas autoridades de gobiernos, corregimientos y alcaldías mayores”, reconoce solamente a

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Guayaquil como corregimiento y (a su autoridad) con un sueldo de mil pesos ensayados. Los límites de la tenencia o partido de Puerto Viejo, impuestos por España, fueron siempre los mismos, desde la punta de Charapotó hasta la Península de Santa Elena. No podemos considerar estos límites como mera coincidencia a los límites naturales que comprendía el territorio de Cancebí, ni podemos considerar tampoco como impuestos por simple antojo de los conquistadores; ellos, experimentados en estas lides, debieron tomar en consideración que las poblaciones existentes en estos territorios formaban una misma organización social, distintos a las poblaciones del norte, los que sí eran pueblos guerreros por excelencia, a pesar de su buen nivel de organización social, productiva y cultural que tenían, como los Punáes en Guayaquil. Estos límites de Puerto Viejo, como ciudad y como partido de Guayaquil, se verifica con claridad en el informe de Zelaya del 17 de agosto de 1 765 en que dice que “la provincia cuenta con 5 200 habitantes sin incluir la costa norte, que pertenece al partido de La Canoa, en la provincia de Esmeraldas, que llegaba hasta el brazo de mar a cuyo frente se hallaba Bahía de Caráquez, que no era entonces un punto, ni siquiera un caserío”. El partido de La Canoa para 1 740, censo de la época del geógrafo Pedro Vicente Maldonado, contaba con más de cincuenta familias de zambos o individuos cruzados entre la raza india y la negra. Este es el Puerto Viejo que no logra tener, durante los siglos XVII y XVIII, una presencia o participación efectiva en el contexto nacional, con una economía deprimida y que está sometida a las decisiones de Guayaquil. Puerto Viejo es una provincia que pierde su importancia desde el momento mismo que abandona su condición de ciudad-puerto (1538), por el despoblamiento paulatino de su territorio cuando un fuerte contingente de 230 soldados, comandados indistintamente por Francisco de Orellana y Gonzalo de Olmos marcha al Perú en auxilio de Francisco Pizarro que se doblegaba ante el coraje de Manco Inca (1 536-1537), o cuando Francisco de Orellana en su condición de “Gobernador de Puerto Viejo y pacificador de los territorios de Guayaquil” marcha con hombres y armas, a esta última ciudad, para su conquista, fundación y poblamiento (1 537), o el mismo Orellana, con soldados de Puerto Viejo parte a la conquista del río Amazonas (1 541), así como ve

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con tristeza el éxodo de sus habitantes producto de los varios incendios (1537, 1 541 y 1 547) que reducen a cenizas la ciudad. Puerto Viejo basa su economía en la agricultura, con una producción que, desde principios del siglo XIX, pretende satisfacer intereses monopólicos que imponen sus políticas de comercialización y precios, tan irrisorios, que obliga muchas veces al productor agrícola manabita a dejar perder su cosecha por el gasto mayor que le representa su recolección. Es en esa época en que aparece y paulatinamente se fortalece el sistema hacendatario que, según Carlos Zambrano Argandoña, “tiene su base en las estancias que dejan de ser las organizadoras del espacio rural, sistema hacendatario que se aplica, en su mayor parte, a la explotación de productos agrícolas que son destinados a cubrir las demandas del mercado mundial”. El monocultivo gana espacio, principalmente con el cacao, al igual que la explotación libre del caucho y la tagua que se produce libremente y de manera silvestre, hace que se requiera de mayor cantidad de fuerza de trabajo, permitiendo que el circulante monetario se incremente y genere un comercio más dinámico, basado en la fabricación de sombreros de paja toquilla, actividad que a su vez obliga al uso más frecuente de sus puertos de Machalilla, Manta y Bahía de Caráquez, que empiezan a ser disputados en su control y administración por Quito y Guayaquil, intereses monopólicos que al no poder gozar de sus beneficios deciden, en 1831, boicotear su existencia como puertos mayores para importación y exportación, retardando durante varias décadas su desarrollo y sumiendo a esta provincia en un estado de aislamiento y postración económica, que lo vivió durante dos siglos en la colonia, y la hace mucho más dependiente de Guayaquil. El proceso libertario, del 10 de agosto de 1809 y del 2 de agosto de 1 810, en nada afectaría a los intereses manabitas, desprovista totalmente de fuerzas realistas y obligada al pago permanente de tributos a la corona española sin resarción alguna en obras, más bien brindaría apoyo a los complotados negando provisiones, armas y vituallas a los buques y fuerzas del gobierno español que se acercaban a sus puertos, a más de acoger bajo su cuidado y protección a varios de los patriotas quiteños que buscaban protección a sus vidas. Si bien no tuvimos participación alguna antes y en la rebelión del 9 de octubre de 1820 en Guayaquil, no existen documentos que demuestren lo contrario, no podrá negarse jamás que nuestra provincia

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jugó, posteriormente, un papel de mucha importancia al haberse adherido inmediatamente a este proceso libertario, que fue incruento por su buena planificación y organización, adhesión que hicieron las poblaciones de Paján, Jipijapa el 15, Portoviejo el 18 y Montecristi el 23 de octubre del mismo año, adhesiones que si no se hubiesen dado, bajo cualquier circunstancia, hubiere hecho remecer los cimientos de este acto revolucionario al quedar Guayaquil desprotegido en su territorio de vanguardia y limitado a una reducida circunscripción territorial, con lo que anulaba en mediano tiempo sus pretensiones de convertirse en república libre e independiente. José Joaquín de Olmedo se erige no solo como el gran impulsor de esta gesta heróica del 9 de octubre de 1820 sino también como el ideólogo del proceso libertario. Él sabía que tenía que contar con la anuencia y participación de todos los pueblos de la costa, sin mirar su condición étnica, social o económica, “tratar a todos por igual, a excepción de los esclavos” quienes seguirían sometidos hasta mediados del siglo XIX, y brindarles representatividad al interior del Colegio Electoral, ente que tuvo el carácter de cuerpo legislativo, conformado por 61 representantes. Puerto Viejo contaba ya con una población superior a los 17 000 habitantes, según censo de 1808, que le daba derecho a contar con 10 diputados que representaron a las ciudades de Puerto Viejo, Jipijapa, Pichota, Montecristi, Charapotó, Paján, Puerto Cayo y Picuazá, mientras que la zona norte de La Canoa, que comprendía las poblaciones de La Canoa, Chone,Tosagua y Mosca (Junín), con un apoblación de 1 496 habitantes tuvo un diputado. Con el censo de 1808 y las elecciones para el Colegio Electoral de noviembre de 1820, se vuelve a ratificar la existencia de dos sectores o regiones territoriales, de lo que posteriormente sería Manabí, como son la tenencia de Puerto Viejo y el partido de La Canoa. Desde el mismo momento en que Puerto Viejo recibe la noticia, se adhiere a la revolución octubrina y conforma el “Batallón Olmedo de los decididos de Portoviejo” que estuvo integrado principalmente por ciudadanos de Portoviejo, Pichota, Charapotó, Montecristi y Jipijapa, con sus peones asalariados y/o esclavos, tropa que acude con armas, dinero y vituallas a las luchas independetistas que se libran en Huachi, Riobamba y el Pichincha. Puerto Viejo nunca dejó solo a Guayaquil; siempre fue fraterno y solidario. Desde aquí partieron, en 1537, hombres y armas comanda-

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dos por Francisco de Orellana para su fundación y defensa; en esta tierra se cobijaron sus arcas reales cuando soportó la sublevación de los punaes que asoló la ciudad (1541); Puerto Viejo entregó sus mejores hombres, las haciendas se quedaron sin ganado, el dinero del pueblo y de las cofradías solventaban en parte las guerras que se sostenían. Sabían los portovejenses que el triunfo de Guayaquil pertenecía a todos y que su derrota traería consigo muerte, miseria y tristeza. Como podemos notar, todas las acciones de apoyo que se dieron en este territorio durante el proceso libertario estuvieron circunscritas a las poblaciones del partido de Puerto Viejo y no de la zona norte. Con esto no pretendo desmerecer a este sector manabita, pero si es necesario remarcar que las dos zonas fueron siempre reconocidas como distintos territorios y cada uno de ellos respondieron, en sus momentos, a sus propios intereses, Remitámonos a la obra Manabí desde 1822 (Editorial Ecuatoriana. 1969) del Dr. Wilfrido Loor Moreira, primer manabita que en 1978 fue propuesto y aceptado comno miembro de la Academia Nacional de Historia y por su fallecimiento no logró incorporarse como tal, quien textualmente dice: “En 23 de febrero de 1 814 don Pedro de Alcántara y Vera, caballero y diputado por la provincia de Guayaquil, propone a la Asamblea Constituyente de la monarquía española que se erija en villas, La Purísima Concepción de Santa María de Baba, San Fernando de Babahoyo, San Nicolás de Daule y San Juan de Jipijapa. Esta última era la capital del partido del mismo nombre que según el proyecto comprendía los pueblos de Canoa, Chone Tosagua, Portoviejo, Pichota, Charapotó, Montecristi, Paján, Punta de Santa Elena, Colonche, Chanduy y Morro, es decir, Canoa, Chone y Tosagua con las montañas de Calceta que fueron de la antigua Esmeraldas y las tenencias de Puerto Viejo, Santa Elena y Daule del corregimiento de Guayaquil. La nueva circunscripción territorial se explicaba por la afinidad de raza de los indios de Jipijapa con los de Santa Elena, sus conexiones históricas, su importancia comercial y las facilidades de comunicación por la costa y la vía marítima”. En la misma obra del Dr. Wilfrido Loor Moreira apreciamos la cédula real emitida el 7 de julio de 1 803, que, supuestamente, por mala interpretación del virrey del Perú, el marqués de Avilés, agrega al Perú a la provincia de Guayaquil que comprendía hasta la Punta de Pajonal, cerca de la Punta de Charapotó, pero no así el partido de La Canoa, perteneciente a Esmeraldas en territorio de Quito, dándole pertenencia al Virreinato de Santa Fe, disposición que definitivamente fue deroga-

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da por cédula real del 23 de junio de 1819 y publicada el 6 de abril de 1820. Está claro que los límites de Guayaquil llegaban solamente hasta Punta Pajonal de Charapotó, y que estos se mantienen inalterables hasta el 2 de agosto de 1 822 en que una comisión de cinco miembros nombrados por el Colegio Electoral, y en el que están como representantes nuestros los diputados: Dr. Manuel Rivadeneira y Mario Cevallos por Portoviejo; Dr. Cayetano Ramírez y Fita y Rudecindo Lucas por Montecristi; José Leocadio Llona por Jipijapa; José Aguilera por Paján; Vicente Zambrano por Pichota (Rocafuerte); Francisco Alvarado por Charapotó; y, Mariano Cevallos por Canoa; propone al Libertador Simón Bolívar que Guayaquil, se constituya en Departamento de Marina de la División del Sur para lo cual se deben crear cuatro provincias, que son: Bolívar, con su capital Daule, con los cantones de: Babahoyo y sus viceparroquias Caracol y Pueblo Viejo; Baba y sus viceparroquias de Pimocha, Vinces y Palenque; y, Daule con sus viceparroquias de Santa Lucía y Balzar. Tumbalá, con su capital Santa Elena y los cantones de: Machala y sus viceparroquias Puná, Balao y Naranjal; y Santa Elena con sus viceparroquias Chanduy, Colonche y Morro; Guayas con su capital Guayaquil y los cantones de Guayaquil y su viceparroquia Chongón y Samborondón con sus viceparroquias Nausa, Yaguachi y Taura; Portoviejo, con su capital Portoviejo, con los cantones de: Portoviejo y sus viceparroquias de Pichota, Jipijapa y Paján; y, Montecristi y sus viceparroquias Charapotó, Tosagua y Canoa. Portoviejo pasa a tener condición de provincia por haber sido aprobado dicho proyecto por el Libertador Bolívar, aunque inefectivamente para no reconocer la existencia del Departamento General de Marina de la División del Sur y evitar que Guayaquil se fortalezca política, territorial y militarmente. Vemos también que Guayaquil extiende el territorio de Puerto Viejo incorporando a Montecristi el territorio del partido de La Canoa ganando los territorios del sur de Esmeraldas, Santo Domingo de los Colorados y parte del corregimiento de Latacunga, desmembrando y debilitando a Quito que ya había perdido los territorios de Pasto en el norte, anexados a Colombia, y parte de la espesa amazonía en el este, entregado al Perú, con lo que lograría ejercer el control absoluto sobre el perfil costanero, es decir, sobre los puertos que garantizaban el comercio con el mundo y le brindaban su poderío económico, que desde 1 565 Quito había ambicionado, esto es, con-

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tar con un puerto en Esmeraldas o Manabí para el fomento de su comercio. Guayaquil estaba consciente de su necesidad de contar con mayor territorio para sus propósitos de ser república independiente o cuando menos capital de una nueva república, sin necesidad de estar sujeta a Colombia lo que le representaba volver a ser o seguir siendo una parte del territorio del Departamento del Sur, sujeta a un gobierno ajeno a sus intereres y “al ideal de Bolívar de crear un estado confederado y centralizado a Bogotá como capital mayor”. Colombia era la alianza menos indicada para estos fines ya que por ancestralidad histórica y legal, Guayaquil formaba parte de ella. Guayaquil ambicionaba convertirse en un país limítrofe, intermedio entre dos grandes naciones que la convertirían en una potencia marítima y comercial. Estratégicamente la Junta Patriótica de Guayaquil, compuesta por Olmedo, Ximena y Roca, el primero que defendía la existencia de una república independiente sin ser indiferenete a una alianza con el Perú, y los otros dos miembros de esta Junta, especialmente Ximena, abiertamente dispuestos a intregarse al Perú, debía pedir asistencia y protección militar al general San Martín quien, a pesar de las graves dificultades económicas y militares que enfrentaba, estaba por ocupar la plaza de Lima, importante reducto de las fuerzas realistas desde la misma conquista. San Martín siempre fue cauto en esta posible alianza, buen estratega y conocedor de la realidad histórica de América, sabía que este territorio, que se ufanaba de su libertad, formaba parte indisoluble de Colombia y que su intervención ocasionaría un enfrentamiento militar con las fuerzas de Bolívar que, triunfante por el norte, estaba enfrentando una cruenta guerra de posiciones con las fuerzas realistas acantonadas en Pasto. San Martín no estaba en condiciones de brindar apoyo militar a Guayaquil, mucho más de tomarlo bajo su amparo, aunque para mayo de 1822 haya incorporado parte de su tropa, compuesta por argentinos, paraguayos, chilenos y peruanos, en la batalla del Pichincha a órdenes del general Sucre. La revolución de Guayaquil no hizo más que apresurar la presencia militar de Colombia. Hombres experimentados, comandados por el general Mires, con armas y municiones, se presentaron ante la Junta de Gobierno y manifestaron la dicha del Libertador Bolívar a la gesta libertaria. La presencia del mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, a más de fortalecer su presencia, conmina a los guayaquile-

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ños, que lo vitoreaban a su paso, a la unificación de fuerzas para derrotar al ejército opresor y construir la gran nación colombiana. Convocatoria que tiene eco en los portovejenses que proceden a declarar, el 16 de diciembre de 1 821, su incorporación a Colombia. El historiador manabita Temístocles Estrada, en sus Relaciones Históricas Geográficas de Manabí hace valiosas aportaciones a este hecho trascendental, y dice: “Encontrándose de teniente de gobernador del distrito de Puerto Viejo el comandante, guayaquileño, Juan Francisco Elizalde, junto al párroco Manuel Rivadeneira y los miembros del cabildo proceden a declarar su incorporación a Colombia, movimiento al que también se adhiere el batallón Vencedores de Guayaquil. Este hecho significa que Portoviejo, a más de ser la primera provincia del Ecuador que se anexaba a Colombia, tomaba con ello las armas contra España bajo la bandera bolivariana y no bajo el pabellón guayaquileño de octubre. Este movimiento fue apoyado por los párrocos de Montecristi, Cayetano Ramírez y Fita; de Jipijapa, Baltazar Avilés; de Canoa, Mariano Plaza; y, de Chone y Tosagua, Cayetano Cedeño, así como los pueblos de Pichota, Charapotó y Paján. Esta “Acta de Portoviejo” fue entregada al mismo Sucre en Guayaquil y contenía las doce razones jurídicas por las que Portoviejo se incorporaba a Colombia”. Esta unidad perturba los planes de Guayaquil que inmediatamente ordena que sus tropas avancen contra Portoviejo para lograr su inmediato sometimiento por las armas. La oportuna intervención del mariscal Sucre, quien envía emisarios para que pidan a los portovejenses regresen sobre sus pasos desistiendo de su anexión a Colombia en virtud de que con ello se evitaría una confrontación militar entre ambos pueblos hermanos provocando un gasto inútil de vidas y de recursos. Portoviejo se retractó de su anexión y aceptó a cambio que su incorporación a Colombia lo haría por medio del Colegio Electoral de Guayaquil y luego de que las fuerzas de Colombia y Guayaquil derrotaran definitivamente a las tropas realistas de España. Pocos meses después y ante la persistencia de Guayaquil de mantenerse independiente, el venezolano don Pedro Gual, en su calidad de diputado por Guayaquil, aconseja al Libertador Bolívar de que anexe, aún por la fuerza, a Puerto Viejo y a todas las poblaciones que a bien pudiere con el fin de debilitar su resistencia y si ésta cometiera cualquier acto hostil ocupara inmediatamente toda la provincia. Con la incorporación, de 1821, de Portoviejo a Colombia no sería la primera vez que Portoviejo asumiera sus propias decisiones, rebelándose contra Guayaquil, contrariando su ambición de convertir-

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se en ciudad rectora de la región y/o del país; esto también se dio el 16 de julio de 1826, cuando los vecinos de esta ciudad reprueban la rebelión de Venezuela que planteaba la constitución de un gobierno federal, planteamiento que el cabildo de Guayaquil acoge y se declara en 1 827 como provincia federal y obliga a que el resto de provincias de la costa siga su ejemplo, posición que en poco tiempo fue abandonada. Portoviejo siempre fue afecto y leal al pensamiento y a la persona del Libertador Simón Bolívar, a pesar de que éste, en 1824, declarase a los terrenos, que desde tiempos inmemoriales pertenecían, especialmente, a las comunas de Montecristi y Pichota, así como las pertenecientes a las cofradías cristianas durante la colonia, como terrenos baldíos y pertencientes al gobierno colombiano y por lo tanto de libre ocupación, para que sean entregados al coronel Vicente Castro, en pago a los préstamos, en dinero y armas, que éste hiciera a favor de la independencia ecuatoriana, lealtad que se vuelve a poner de manifiesto en 1 830, cuando apoya la intención de consagrar al Libertador Bolívar como monarca de todos los territorios liberados por la brillantez de su genio y la heroicidad de su espada. El 25 de junio de 1824 Bolívar ejecuta el decreto de creación de la provincia con el nombre de Manabí, nombre que, como hemos visto, es mencionado solamente por el italiano Benzoni (1547) y el español Pedro Cieza de Lerón en sus “Crónicas del Perú”, escritas entre 1548 y 1 553, desconociendo por completo el antiguo nombre español de Puerto Viejo, talvés queriendo que sus habitantes reconozcan sus raíces históricas, su identidad aborigen, o quizá pretendiendo con ello crear una provincia, teritorial, poblacional y económicamente grande y poderosa como Guayaquil y de esta manera, esta última ciudad, desestime sus pretensiones republicanas o federalistas; o, en caso contrario que el mismo Guayaquil, al igual que lo hizo en 1 822, haya propuesto, con intenciones encubiertas, que esta nueva provincia se llame Manabí, no solo por su historia como tribu, comunidad o región, sino también por lograr que las dos territorialidades se cobijen en una misma provincia para lograr la construcción de un estado republicano e independiente de Colombia y Perú. Muchas teorías, basadas en estudios e investigaciones hstóricas y arqueológicas serias se han presentado acerca del origen y procedencia del hombre manabita, teorías como las expuestas por el padre Juan de Velasco y Gonzalo Molina García, considerando la procedencia del manabita de la región centro americana, talvés por la existencia en

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Nicaragua y Honduras de tribus como los manabíes y del cacique Manabique, o teorías que se han mantenido durante tanto tiempo en simple especulación como que su procedencia está más allá de sus fronteras marítimas, en el mundo asiático, teoría que toma actualidad con las declaraciones formuladas por el científico japonés Takehiko Furuta (Diario El Universo de Guayaquil, febrero 2 007) que considera que el hombre manabita y el nonbre Manabí es originario del sur de Japón, de la actual área de Kagoshima y Ariak, y de quienes dice “eran poseedores de un gran espíritu navegante y aventurero”, poblaciones orientales que se dejaron llevar por la corriente marina de Kuroshio permitiéndoles así mantener un constante intercambio comercial y cultural con los pueblos de América pero que, por la erupción del volcán Kikay Caldera, hace 6300 años, debieron migrar definitivamente a estas tierras, asentándose en el actual cantón Jama, que en idioma japonés quiere decir “Entrada a la playa grande”, territorio al que le impusieron el nombre de “Manabí” que significa “Tierra del sol verdadero”, que luego será parodiado por Cieza de León que dijo “...el sol se mueve sobre ella durante todo el año”, muy posiblemente por las doce horas diarias de luz y calor solar de las que somos beneficiarios por encontrarnos bajo la línea ecuatorial. Teoría de Furuta que no es nueva, teoría que la encontramos en el libro Manabí prehistoria y conquista del Dr. Wilfrido Loor Moreira, que dice: “...fue Asia el lugar de donde vinieron los primitivos habitantes de América, sea por el Pacífico, arrastrados por la corriente de Kuroshiwo que aún hoy arroja desperdicios asiáticos a las costas de California”. Cualquiera sea la procedencia del hombre manabita o el significado de su nombre, nadie puede ni podrá desconocer que esta tierra de valles, ríos, montañas, selvas, mar y mujeres bellas, siempre ha sido la provincia de brazos abiertos que ha brindado hospitalidad y solidaridad a todo aquel que le visita o busca refugio y que una vez que le ha conocido, le ha sido y le será imposible alejarse de ella. Gracias.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
- Acotaciones históricas, Efrén Avilés Pino. Diálogos Culturales. Revista Spondylus N° 7. - Acotaciones históricas, Melvin Hoyos Galarza. Diálogos Culturales. Revista Spondylus N° 8. - Crónicas del Ayer Manabita, Alberto Molina García. - Crónicas del Perú, Pedro Cieza de León. - Descripción de Portoviejo. Informe de Dionicio de Alsedo y Herrera, Jacinto Morá de Butrón. - El capitán Francisco Pacheco en la conquista de América. Fundador de Portoviejo, Gonzalo Molina García. - El desarrollo histórico del norte de Manabí, Carlos Zambrano Argandoña. Revista Spondylus N° 15. - El libro de Guayaquil, Melvin Hoyos Galarza y Efrén Avilés Pino - Etnología Ecuatoriana, Franklin Barriga López. - Historia de la Revolución de Octubre, Camilo Destruge. - Historia del Ecuador, Efrén Avilés Pino. - Historia del Ecuador, Roberto Andrade - Historia del Reino de Quito en la América Meridional, Juan de Velasco - Historia documentada de la provincia del Guayas, José Antonio Campos. - Historia General del Ecuador, Federico González Suárez - La historia del mundo nuevo, Girolamo Benzoni - Las antiguedades de Manabí, Marshal Saville - Los pueblos navegantes del Ecuador, Jorge Marco Pino - Los religiosos de La Merced en la costa del antiguo reino de Quito, Fray Joel Monroy - Manabí desde 1822, Wilfrido Loor Moreira - Prehistoria de Manabí, Emilio Estrada - Puerto Viexo, Ramiro Molina Cedeño. Boletín de la Sociedad de Genealogía del Ecuador. - Recopilación de documentos oficiales de la época colonial, Imprenta “La Nación”. 1894. Guayaquil. - Relación de la Gobernación de Guayaquil. 1605. Distrito Portoviejo, Anónimo - Relaciones Históricas y Geográficas de Manabí, Temístocles J. Estrada.

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BIENVENIDA AL SR. EDUARDO ESTRADA GUZMÁN COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Benjamín Rosales Valenzuela

Cuando Eduardo Estrada Guzmán se dedica a una actividad, lo hace con pasión. En 1972 se involucró con la dirigencia del Guayaquil Moto Club, institución pionera del motociclismo deportivo y entre 1977 y 1984 formó parte del directorio de la Federación Internacional de Motociclismo en representación de las federaciones de Centro y Sur América. Desde 1977 es radioaficionado y como tal se especializó en el servicio de comunicaciones para casos de emergencia, esta experiencia lo llevó a ser Coordinador de la Junta Provincial de Defensa Civil. Ejerciendo ese cargo coordinó la creación de un sistema integrado de comunicación de diferentes organismos de apoyo de la Defensa Civil como son Policía, Cuerpo de Bomberos, Comisión de Tránsito, Cruz Roja, las tres ramas de las Fuerzas Armadas y el aeropuerto “Simón Bolívar” que se lo conoce como el servicio “911” y que sirvió para ayudar a las víctimas del último fenómeno de “El Niño”. Por su tesonera labor en la Junta Provincial de Defensa Civil recibió en 1989 la Orden Nacional al Mérito en el grado de oficial. En 1991 realizó el “Manual de Emergencia del Radioaficionado Ecuatoriano” y siguió colaborando con la Defensa Civil hasta 1994. En 1993 fue nombrado presidente del Guayaquil Radio Club y desde 1995 formó parte del directorio de la Unión Internacional de Radioaficionados, región americana, institución en la que fue electo Secretario en 1998 hasta el año 2001, tiempo en el cual Ecuador fue sede continental de este organismo técnico de comunicaciones. Desde muy joven se interesó en la historia como lector, su padre José Estrada Icaza había heredado parte de la biblioteca de su abuelo Víctor Emilio. Es solo a partir de 1999 que Eduardo vuelca su pasión creativa en la investigación histórica, con tanto ahínco que en menos de una década ha dado valiosos frutos. Comenzó investigando sobre el faro que estuvo en el Guayaquil Yacht Club para lo que se relacionó con el Instituto de Historia Marítima. Con esa institución se comprometió a profundizar sus estudios sobre los faros de la república y en el año
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2002 se publica el XIII tomo de la obra “Historia Marítima del Ecuador” que fue su primera obra de envergadura en temas históricos. Su dedicación a los temas marítimos lo han hecho acreedor al reconocimiento como miembro correspondiente de la Academia Ecuatoriana de Historia Marítima y Fluvial asumiendo el reto de trabajar en el Tomo VII de la Historia Marítima del Ecuador que incluye la década que se inicia en 1840. El primer volumen de esta extensa obra que trata con profundidad la historia del Ecuador desde el punto de vista de los intereses marítimos y fluviales cubre los años 1840 y 1841 fue publicado en el 2005. En la noche de hoy, el Capitán Mariano Sánchez Bravo, director del Instituto de Historia Marítima presentara el segundo volumen que abarca los años de 1842 a 1844. Es una obra vastísima, que incluye todos los aspectos navales, de transporte marítimo y fluvial, de aduanas, portuarios, de astilleros, comercio, búsqueda de guano, colonización de Galápagos, políticas estatales y relaciones externas que afectaron el desarrollo marítimo y fluvial de la república en el periodo estudiado. El trabajo está realizado con prolijidad exponiendo Eduardo, abundante referencias documentales. Muy interesante es la información que el autor transmite de los efectos de la fiebre amarilla en la costa ecuatoriana. Este terrible azote llegó a Guayaquil desde Panamá con el bergantín goleta “Reina Victoria” el 31 de agosto de 1842 y ocasionó miles de muertos. En un inicio las autoridades no reconocieron la gravedad del mal por lo que no se pudo evitar la expansión del mismo, a comienzos de octubre cundió el pánico cuando morían decenas por día, el comercio se paralizó, la mitad de la población de la ciudad huyó a la Sierra, a poblaciones pequeñas e incluso al Perú. El autor describe los esfuerzos del Gobernador Don Vicente Rocafuerte para organizar la atención a los enfermos y evitar la propagación de la peste con medidas sanitarias. Este es un ejemplo de los aspectos que cubre este trabajo y que lo hace tan interesante; felicitaciones Eduardo y sigue adelante con el reto que te has impuesto terminando los tres volúmenes restantes. Desde que Eduardo comenzó a realizar investigaciones históricas, ha dictado conferencias en diversas oportunidades, ha publicado artículos en la revista del Instituto de Historia Marítima y ha participado en encuentros de historia guayaquileña y nacional y en el VII Simposio de Historia Marítima y Naval Iberoamericana. En agosto de 2005 presentó las conclusiones de su investigación sobre el diseño y características del vapor “Guayas” que fue lanzado al agua en agosto

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de 1841 y que se representa en el escudo nacional. En el campo de la genealogía, Eduardo Estrada mantiene un sitio Web interactivo sobre los apellidos Estrada e Icaza que es un referente mundial para los que llevan esos apellidos y quieren conocer sus raíces ancestrales. Debemos resaltar que el recipiendario de esta noche escribe semanalmente desde hace diez años en el diario Expreso sobre temas políticos y sociales del país. A los que conocemos a la familia Estrada Icaza no nos sorprende la pasión con la que Eduardo se ha dedicado desde hace ocho años a la investigación y trabajos en el campo histórico. Don Emilio Estrada Carmona fue un empresario comprometido con la revolución liberal que escribió su pensamiento político y llegó a la Presidencia de la República. Hace año y medio se cumplió el sesquicentenario de su nacimiento y Guayaquil le rindió homenaje con la inauguración de su estatua, acto en el que tuve el honor de recordar su memoria. Su hijo Don Víctor Emilio Estrada Sciacaluga escribió sobre economía, política, seguridad nacional y una biografía de su padre. Fue uno de los más importantes empresarios guayaquileños de la primera mitad del siglo pasado, Ministro de Estado y Presidente del Concejo de la Municipalidad de Guayaquil. Con su esposa doña Isabel Icaza Marín se afanaron en darle a sus cinco hijos varones y tres mujeres la mejor educación de la época. Para ese efecto en la década de los treinta se trasladaron unos años a Bruselas donde también residían otras familias pudientes de Guayaquil como los Orrantia González y Valenzuela Barriga. Fruto de una educación sólida en principios y con alto nivel cultural sus hijos sobresalieron en muchos campos destacándose especialmente los dos mayores Emilio y Julio. Nos acompaña esta noche la menor de sus hijas, María Leonor, cultísima dama guayaquileña a la que conocemos cariñosamente como “Titina”. Emilio fue también empresario y político habiendo sido electo Alcalde de Guayaquil pero su personalidad resalta por la dedicación que le puso a la investigación arqueológica. Trabajó con Julio Viteri Gamboa, Francisco Huerta Rendón, Betty Meggers y Clifford Evans, y del resultado de sus esfuerzos se conoció la más antigua cultura agrícola de Sudamérica, la Valdivia. Sus obras más conocidas son: Arqueología de Manabí Central, Cultura Valdivia, Las Cultura Pre-Clásicas Formativa o Arcaicas del Ecuado, Prehistoria de Manabí, entre otras; por las que fue reconocido como miembro de la Academia Nacional de Historia. Julio Estrada Icaza realizó una magnifica labor de investigación históri-

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ca y organizó el Archivo Histórico del Guayas que tanto ha servido para documentar estudios regionales. Sus principales obras son: El Hospital de Guayaquil, El Siglo de los Vapores Fluviales con Don Clemente Yerovi Indaburu como coautor; El Puerto de Guayaquil en tres tomos; La Lucha de Guayaquil por el Estado de Quito en la que demuestra los esfuerzos locales por la integración nacional. Fue electo miembro de la Academia Nacional de Historia pero no llegó a incorporarse por su fallecimiento. En la cuarta generación del Presidente Estrada, destaca Cecilia Estrada Solá, hija de Julio, quien ha terminado de recopilar el trabajo de su padre y publicado la Guía Histórica de Guayaquil en cuatro tomos. Actualmente se encuentra próxima a publicarse su obra sobre los incendios de Guayaquil. Otros miembros de la familia trabajan en labores sociales y culturales para beneficio de Guayaquil y el Ecuador. Eduardo es hijo de don José Estrada Icaza y de doña Rosa Guzmán Sánchez, su padre murió a los cuarenta y un años cuando nuestro nuevo colega académico tenía tan solo seis años. Cuando le informé hace cerca de ocho meses que había sido aceptado como miembro correspondiente de la Academia me dijo que su discurso de rigor en su incorporación versaría sobre el Tricolor de la República del Ecuador y confieso que pensé que este tema pudiera ser algo árido. Sin embargo, ¡cuán equivocado estuve! Eduardo ha investigado el origen de nuestra bandera desde el tricolor usado por el patriota venezolano Francisco de Miranda en sus primeros afanes independentistas y su interesante trabajo se constituye en una importante obra para la historiografía nacional y bolivariana. No quiero extender mis comentarios sobre el mismo para que sean ustedes los que aprecien este ilustrado trabajo. Para mí y para el capítulo Guayaquil es un honor darte la bienvenida Eduardo a la Academia Nacional de Historia. Esperamos que tu incorporación a esta centenaria institución sea un estímulo para que continúes sirviendo al país buscando la verdad de nuestro pasado histórico. Hay mucho por hacer y la Patria necesita personas como tú dispuestas a sacrificar su tiempo investigando archivos, leyendo documentos, recopilando información, analizándolos y escribiendo para beneficio de la memoria nacional. Muchas Gracias
Guayaquil, julio 4 de 2007

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LA BANDERA DEL IRIS 1801 - 2007 EL TRICOLOR DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR 1830 - 2007
Eduardo Estrada Guzmán
Discurso de Incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia

Introducción Este trabajo, que es la síntesis de uno mayor, fue consecuencia de una duda surgida cuando se presentó al Congreso Nacional el diseño del vapor "Guayas" que debería ser el que figure en nuestro escudo nacional. El funcionario que recibió el diseño observó que la bandera que llevaba el buque estaba equivocada, pues era el tricolor tal cual lo tenemos hoy, cuando debía ser de tres franjas iguales, como el de Venezuela, pues según el funcionario esa era la bandera de nuestra independencia. La bandera era lo que menos me había preocupado cuando trabajé en el estudio del diseño del vapor "Guayas" original, pues hasta ese momento yo daba por descontado que nuestra bandera actual era la misma desde nuestra independencia como nación, con los conocidos cambios legales durante el período Marcista y los eventuales cambios temporales durante períodos revolucionarios. La duda sembrada por ese funcionario motivó una investigación sobre el tema, cuyo resultado presento a ustedes el día de hoy. Viajaremos atrás en el tiempo hasta encontrarnos con Francisco de Miranda Rodríguez, precursor y protolíder de la independencia de los territorios que conformarían la primera República de Colom183

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bia, conocida conceptualmente como La Gran Colombia. Seguiremos el proceso que llevó al diseño de la bandera tricolor y luego iremos retornando hacia el presente, conociendo los cambios que se dieron en la bandera y las causas de la confusión que hasta hoy ha persistido en cuanto a sus colores y la magnitud de sus franjas horizontales. La investigación de este proceso fue fascinante y cargada de emociones y sorpresas. Al concluirla me siento satisfecho y creo haber realizado un trabajo prolijo que está sustentado a cada paso con documentos primarios de irrefutable veracidad, o secundarios pero plenamente confiables. Hemos de señalar también los errores en que han incurrido algunos historiadores, pues desafortunadamente es necesario hacerlo para evitar que esos errores continúen creando confusión e incertidumbre. El Concepto Hay muchos conceptos sobre la bandera, pero el que me parece más apegado al espíritu que representa es el que les cito parcialmente a continuación: "Es la bandera esencialmente un símbolo de la Patria. En todo símbolo tenemos un objeto material que representa un concepto espiritual en virtud de una semejanza que se ha convenido en ver entre los dos. Así nuestra bandera no es materialmente sino un rectángulo de tela de tres colores, amarillo, azul y rojo; pero en él hemos convenido en ver la representación sensible de la Patria. Vemos la bandera y espontáneamente brota en nosotros la voz emocionada: ¡Patria, Patria! ¡Ecuador! Los colores se transforman en conceptos y sentimientos, y por los ojos hablan al alma. La aparición del pendón amarillo, azul y rojo es como la aparición de la Patria misma...". Aurelio Espinosa Pólit, S.I. Significado La bandera nacional, en su conjunto, tiene un solo significado: PATRIA.

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Miranda y su fascinación por los colores Francisco de Miranda Rodríguez parece haber tenido una fascinación por los colores desde que empezó a registrar sus memorias y llevar un prolijo archivo de sus observaciones y correspondencia, pues en ellas menciona con frecuencia las impresiones que le causaban los colores. Esa fascinación ha hecho que determinar exactamente el momento de concepción de los colores de la bandera de la independencia de Colombia sea prácticamente una tarea imposible, pero sí encontramos a lo largo de su amplia y variada correspondencia algunas referencias a los colores que serían los de la bandera colombiana, referencias que se han prestado para crear teorías infundadas sobre los orígenes de los colores. Para comprender bien la historia de la bandera de Miranda, es necesario conocer algunas de esas teorías que han sido presentadas por historiadores a través de los tiempos: Teorías La influencia femenina y los uniformes Las teorías de la influencia femenina y las de los colores de los uniformes como importantes en la concepción de la bandera carecen de un sustento sólido, no así las referentes a Colón y los Incas. Los colores de Colón y de los Incas Algunos investigadores han logrado establecer relación de los colores de la bandera tricolor con dos temas que interesaban mucho, sino apasionaban, a Miranda: Su admiración por Cristóbal Colón y su opinión de que había que hacerle justicia al "Descubridor del Nuevo Mundo", dándole su nombre al continente que entonces ya se conocía como "América", fue una obsesión para Miranda. La admiración de Miranda llegaba al punto que su ejército se denominaría "Colombiano", sus memorias y correspondencia fueron recopiladas en una colección denominada "Colombeia", que quiere decir "todo lo relacionado con Colón", y los territorios que pretendía liberar se denominarían "Colombia". Juan Zevallos Chevasco, investigador ecuatoriano, profundizó en la relación de los colores Colombo-Mirandinos, estableciendo una

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muy interesante relación en un trabajo inédito. Tuvo la gentileza de adelantarnos el conocimiento de su trabajo que establece, sin duda alguna, una relación directa de los colores del tricolor de Miranda con los del escudo de armas primitivo de los Colón, que eran los tres primarios del arco iris, ubicados en el orden correcto de rojo, amarillo y azul. Cuando los Reyes Católicos premiaron a Colón con un escudo de armas acuartelado, en el cuartel siniestro inferior incluyeron las armas primitivas de Colón, debajo de las de León y al lado de una creación original, descrita como "archipiélago de oro", que mostraba el gran descubrimiento realizado por el explorador. (fig. 1 color)

Esta muestra relaciona directamente a Colón con Miranda y los colores de la bandera tricolor. Otra teoría es sobre la admiración que sentía Miranda por los Incas. En sus escritos planea aplicar parte de la estructura política y militar de los Incas en las tierras que liberaría del dominio español y es bien conocida la admiración de los Incas por el arco iris y el uso de sus colores en las ceremonias y en su vestimenta. Inclusive, se habla de una divisa de los Incas, con pequeños cuadros de todos los colores del arco iris, aunque no he podido encontrar una muestra. No sería esa la misma bandera que usa actualmente el movimiento indígena en América Latina, que es el arco iris en franjas horizontales que muestran 6 de los 7 colores visibles. Los historiadores venezolanos Julio Febres Cordero y Carlos Edsel González han establecido esa relación basados en algunos de los libros que tenía Miranda en su biblioteca, como "Comentarios Reales", de Garcilazo Inca de la Vega; "Los Incas", de Juan Francisco Marmotel y los mismos escritos de Miranda en su "Colombeia".

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Dudas Hay historiadores que han dudado de la concepción, por parte de Miranda, de la bandera del arco iris. Uno de ellos fue el venezolano Carlos Medina Chirinos, quien en un trabajo de 1940 que en su momento fue aceptado casi sin objeciones por sus colegas venezolanos, dice tajantemente que "...ni el Generalísimo trajo nuestro emblema nacional, ni posteriormente fue su autor", aseveraciones que fueron totalmente erradas. Otro incrédulo fue Santos Erminy Arismendi, quien dice: "El teniente James Biggs, americano quien formaba entre los expedicionarios del 'Leander', en su relación, al reseñar el día 12 de marzo expresa: 'En ese día se ostentaron por primera vez abordo, los colores de la bandera colombiana; es una enseña que reproduce los tres colores que predominan en el arco-iris (...)' Sin embargo, es de observar que lo apuntado por el Teniente Biggs nada prueba históricamente, desde luego que allí no se determinan cuales son, para él los colores predominantes en el arco-iris, porque si el azul, el amarillo, y el rojo son ciertamente colores primarios, es por lo general el morado (color secundario) el predominante..." Con esto Arismendi nos ratifica que cada cual ve los colores de manera distinta, porque la mayoría de las personas sí ven predominar el rojo, amarillo y azul. Además, desde el punto de vista histórico, nos indica que no estudió bien a "Colombeia", pues su duda queda aclarada por el mismo Miranda, como veremos a continuación. Las palabras de Miranda Estando en Londres, Miranda promovía activamente su proyecto libertario a través de reuniones con posibles auspiciadores y conspiradores. Sus contactos con políticos importantes del momento le abrían muchas puertas y su expedición se tomaba en serio y tenía adeptos, aunque no los suficientes que la financiaran adecuadamente para emprenderla, pues Inglaterra no tenía entonces el incentivo de enemistad con España que sí tendría cinco años después. El día 19 de mayo de 1801 presentó, en inglés, un proyecto de materiales y equipos que necesitaba para su ejército, que ya había denominado "colombiano". Parte de la primera hoja reproducimos a continuación:

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Aquí tenemos, de "Colombeia" de Francisco de Miranda y reproducida del original por primera vez, su definición de la bandera colombiana, que bien claro la expresa como "La Divisa, el Arco Iris...", e incluía la figura de la libertad y el nombre de "Colombia". Miranda proyectó inicialmente llevar 20 pendones y 10 banderas. Cinco días después, el 24 de mayo de 1801, presentó un proyecto modificado, esta vez en francés, seguramente para conocimiento de posibles auspiciadores que hablaban ese idioma:

En esta lista, nos da los colores como él veía el arco iris en la bandera: rojo, amarillo y azul, y los ordena en tres "zonas" que serían fajas. En este proyecto modificado mantuvo el número de banderas pero cambió los 20 pendones a 5 pabellones. Como podemos ver, Miranda sí estableció la relación de su bandera con el arco iris y definió claramente que los tres colores de la divisa eran el rojo, amarillo y azul, en el orden que aparecen en el fenómeno atmosférico. Esta es la bandera de 1801. (fig 2 color) Estas palabras de Miranda esclarecen de manera concluyente el hecho de la concepción de la bandera de Colombia basada en los colores predominantes o primarios del arco iris. Los términos "colours", "flags", "drapeaux" y "pavillons" que usa Miranda en los documentos mostrados tenían significados específicos algo distintos a los actuales que constan en los diccionarios, aun-

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que he consultado diccionarios y enciclopedias bastante antiguas para encontrar las definiciones más cercanas a la realidad de 1801. La bandera de 1801 Quedan indicados los colores de la que sería la bandera concebida por Miranda en 1801, pero sin la figura de la libertad. Sin embargo, de manera inexplicada por el mismo Miranda, los colores fueron invertidos cuando la usó en su campaña libertadora de 1806, como veremos a continuación. La campaña de 1806 Para mediados de 1805, el proyecto de Miranda había evolucionado al punto de que ya tenía suficientes recursos económicos y apoyo político para financiar la expedición, procurarse los artículos necesarios y tener un puerto seguro desde donde partir. El apoyo que necesitaba lo encontró en los Estados Unidos de Norte América, donde, si bien no logró apoyo oficial para su expedición libertadora, sí obtuvo la indiferencia necesaria para poder realizar actividades que eran claramente preparatorias de guerra. La bandera de 1806 No se conoce la razón por la que Miranda invirtió el orden de los colores de la bandera cuando inició su campaña de 1806. Es más, en ningún momento, desde que sale de Nueva York hasta que regresa a Londres ese mismo año, se describe la bandera por parte del mismo Miranda o sus acompañantes. Sólo James Biggs nos indica crípticamente, el 12 de marzo, que: "Este día los colores colombianos fueron desplegados por primera vez. Esta enseña está formada por los tres colores primarios que predominan en el arco iris." Si nos ajustamos al sentido literal de sus palabras, la bandera izada tendría que haber sido rojo, amarillo y azul, o sea la misma establecida en 1801. Sin embargo, por declaraciones posteriores realizadas por los pocos habitantes de Vela de Coro y Coro que quedaron en los pueblos luego de realizada la invasión, la bandera que se desplegó en ellos fue exactamente lo inverso, o sea azul, amarillo y rojo. La bandera que describirían los habitantes de Vela de Coro y

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Coro era exactamente la inversa de la descrita por Miranda en 1801 en Londres. No se sabe cuál fue la razón para invertir los colores, pero éstos seguían siendo los primarios del arco iris, aunque no en su orden natural. El "Leandro" navega sin bandera Desde que salió de Staten Island, Nueva York, el "Leandro" sí había desplegado la enseña americana hasta llegar y aún posiblemente hasta salir de Jacmel, Haití. Biggs relata en carta del 1 de abril que el general había declarado que el "Leandro" no tenía derecho a llevar la enseña de los EE.UU. y que no izaría la enseña de Colombia hasta que fuera primero desplegada victoriosa en su tierra natal, de tal forma que el buque se encontró navegando sin bandera, junto con sus dos goletas de apoyo. Esta evolución puede tener una explicación en el descontento que empezó a manifestar el capitán Lewis por la interferencia de otros oficiales en su mando. Miranda no dio a Lewis el respaldo que el capitán creyó merecer y eso causó un fuerte malestar en el comandante de la nave insignia. Es posible que a raíz de ese problema, Lewis, marino norteamericano, objetara el uso de su enseña en una expedición que a todas luces era de carácter bélico y ajena a la política oficial de su país. Ocumare, Capitanía General de Venezuela El día 25 de abril al caer la noche, la flotilla estaba a seis millas de Ocumare. Las dos goletas, con su menor calado, se acercarían a la costa para efectuar el desembarco. Pero los defensores de la costa no se quedaron impávidos y de inmediato avisaron la novedad a Puerto Cabello. Ya habían llegado avisos de alerta de otras fuentes, de tal forma que guardacostas españoles estaban atentos a cualquier intento de invasión. Por alguna razón el desembarco no se realizó el día 26 y eso bastó para perder la oportunidad. El 27 de abril, a las 6 de la mañana, se avistaron dos buques cercanos a la costa. El general ordenó que se los persiga pero éstos desplegaron toda la vela posible y se acercaron más a la costa en dirección a Puerto Cabello. Para las 10 a.m. el "Leandro" dejó de perseguirlos y retornó a su puesto fuera de Ocumare. Se continuaron los preparativos para el desembarco. Los guardacostas, en vez de continuar hacia Puerto Cabello regresaron hacia la flotilla a las tres de la tarde, con intención

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de atacarla, lo que causó que se paralizaran las operaciones previas al desembarco y los buques se prepararan para enfrentar a los guardacostas, que eran un bergantín y una goleta. Luego de acercarse, éstos se retiraron nuevamente, lo que dejó a la flotilla en paz por el momento, pero con el programa de desembarco alterado. A pesar de ese peligro, el general insistió que continuaran los preparativos una vez caída la noche, con el fin de efectuar el desembarco temprano en la mañana del 28. A las once de la mañana se contó con viento favorable y el "Leandro" entró a enfrentar a los dos españoles. Se intercambiaron disparos pero los tres buques estaban muy distantes para que alcanzaran sus balas. Lewis intentó una maniobra de alejamiento para separar a los guardacostas con el fin de enfrentarlos unitariamente, pero éstos no la siguieron sino que se dirigieron contra las dos goletas de la expedición, ahora indefensas al alejarse de ellas el "Leandro". La maniobra había sido un fracaso y las goletas cayeron presa de los guardacostas. El desembarco había fracasado y se habían perdido hombres, armas y equipos valiosísimos. Se atribuyó la captura de las goletas al hecho de que no acataron la orden del general de mantenerse cerca del buque insignia, que las habría protegido con sus cañones. Pero aún así, Miranda no se daría por vencido y emprendió una replegada táctica hacia la isla de Bonaire, donde se reabastecieron de agua. El 1 de mayo se dirigió hacia Trinidad. Las banderas capturadas en las goletas Entre los materiales capturados en las dos goletas invasoras se encontraban proclamas de Miranda y algunas banderas, las que fueron llevadas a Puerto Cabello y Caracas, junto con los prisioneros, uniformes y varios artículos, para el juicio y ejecución de los invasores capturados. Los documentos españoles del proceso dan cuenta de las banderas capturadas, lo que ha causado gran confusión entre los historiadores al mencionarse una bandera que fue aceptada por algunos como la oficial de la expedición. En esos documentos se incluyó también otra bandera, aparentemente la bandera naval de Miranda, que sería usada como enseña de los buques. Veamos algunos relatos. Carlos Medina Chirinos, en su obra Observaciones sobre la bandera venezolana, dice: "En abril de 1806 fueron apresados dos de los barcos de

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la expedición del Precursor en las costas de Ocumare; de ellos se tomaron las banderas revolucionarias que el 4 de agosto del mismo año hizo quemar Guevara Vasconcelos en Caracas i Puerto Cabello, con el retrato i otros papeles del invasor. Los dibujos de tales banderas fueron a dar a manos del Rey, lo mismo que el de la de Gual i España de 1797. (...) Esta bandera negra, roja, i amarilla tiene su tradición revolucionaria, porque fue la insignia de aquellos tremendos alemanes que tánto i tan reñidamente lucharon por la Unión Germánica con inclusión de Austria..." Aquí anotamos que los alemanes adoptaron tales colores por primera vez en 1848, de tal forma que el historiador Medina Chirinos ¡se anticipó con 42 años a los mismos alemanes! Es una lamentable falla de investigación por parte de este reconocido y respetado historiador venezolano. Continúa Medina Chirinos: "La otra bandera, de las varias que trajo el Precursor en 1806, es toda azul, sobre éste, un sol que brota de las aguas; en el centro del azul, la faz de la luna llena, i arriba, fuéra de la bandera, un gallardete rojo, en el cual se lee; 'Muera la Tiranía i Viva la Libertad'; abajo, fuéra de bandera, se lee: 'Pavellón de Miranda en su Corveta.' Suponemos que a estos colores, azul, amarillo i rojo ha debido referirse el Teniente Biggs cuando habla de colores del arco iris en su Crónica, porque en este 'Pavellón de Miranda en su Corveta' aparece el amarillo del sol, el azul del paño y el rojo del gallardete, pero de ningún modo resulta tricolor, porque en él existe el blanco de la luna llena...". Los mismos españoles etiquetaron esta bandera como "Pavellon de Miranda en su Corveta". Veamos dos de esas banderas mencionadas por Medina Chirinos, con la leyenda puesta por los españoles. Ésta imagen es reproducida del documento original que se encuentra en Sevilla:

La bandera "alemana" fue, según algunos historiadores, entre ellos Carlos Edsel González, una de tantas banderas de camuflaje que llevó

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Miranda. En ese momento histórico, no representaba a nación alguna, pero sí podía servir para confundir. Edsel también nos dice que esa bandera pudo haber pertenecido a una de las unidades del Ejército Colombiano que debía haber desembarcado en Ocumare. Algunos historiadores la han confundido con la bandera de los revolucionarios del 19 de abril de 1810, pero si bien esa llevaba los mismos colores, eran en otro orden, como veremos más adelante. Sobre el pendón naval de Miranda es poco lo que podemos decir, pues hemos visto que los buques de la expedición no izaron la bandera colombiana o alguna otra que la enseña de los Estados Unidos y ésta sólo en el "Leandro". Es muy posible que ese pendón fuera usado en el "Leandro" cuando estaba anclado en Vela de Coro, junto con la bandera colombiana. Hay algunos relatos que aseguran que los colores de Colombia flameaban en todos los buques menos los norteamericanos, pero eso no es creíble, pues los británicos no permitirían tampoco que una bandera extraña predominara en sus buques. A fin de cuentas, el "Leandro" era el único buque que pertenecía a Miranda, pues el resto eran prestados o temporalmente alquilados. Navegando sin destino El 28 de mayo, después de muchas vicisitudes mientras navegaban, por las cuales la confianza de las tropas expedicionarias en su jefe fueron menguando, la tripulación del "Leandro", cansados de huir de todo buque que se avistaba, desplegando la enseña norteamericana, permitió que se le acercara uno que resultó ser el balandro de la armada inglesa "Lilly", cuyo comandante informó al general Miranda que lo andaba buscando y que lo invitaba a entrar a puerto inglés. El apoyo de la flota inglesa revivió la expedición y el "Leandro" partió de la isla Barbados con destino a la isla Trinidad, en compañía del balandro "Lilly", el bergantín "Express" y la goleta mercante "Trimmer". La flotilla en Trinidad El 24 de junio entraron a Trinidad, donde recibieron el apoyo decidido de las autoridades británicas. La expedición recibiría apoyo logístico inglés así como buques, pero no tropas para la invasión. El 25 de julio partió de Trinidad la flota invasora, que estaba integrada así: "Leandro", de 16 cañones; "Lilly", 24; "Express, 12;

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"Attentive", 14, "Provost", 10; y, los botes cañoneros "Bull-dog", "Dispatch" y "Mastiff" de dos y tres cañones. También la integraban dos buques mercantes desarmados, "Trimmer" y "Commodore Barry". Las tropas para el desembarco no excedían los 400 hombres. Luego se les uniría otro buque, el "Bacchante". La expedición no sólo había revivido sino que con el apoyo inglés se había fortalecido más allá de lo que Miranda había soñado para dar su golpe contra los españoles. Desembarco en La Vela de Coro El 2 de agosto la flota se acercó a la costa a la altura del puerto de La Vela de Coro. Una mala maniobra del piloto llevó a la flota más allá del puerto, por lo que tuvieron que maniobrar para regresar y así perdieron el elemento de sorpresa. Se intentó un desembarco, pero el viento fue adverso y no pudieron completarlo. Tuvieron que esperar hasta el día 3 en la madrugada, cuando desembarcó la primera división bajo la protección del fuego de los buques. Los fortines de La Vela respondieron, así como mosqueteros desde los arbustos en la playa, pero no pudieron impedir el desembarco. Las tropas se dirigieron de inmediato a los fortines para capturarlos, lo que lograron rápidamente, virando de inmediato los cañones para dirigirlos hacia la población. Flamean en el continente los colores de Colombia Fue entonces en el fortín de San Pedro, al amanecer del 3 de agosto de 1806, que el sol naciente mostró flameando el tricolor de Colombia. El avance de las tropas invasoras fue relativamente rápido, pues las tropas realistas no opusieron mayor resistencia. Sin embargo, en su avance se encontraron con un pueblo abandonado por sus habitantes, pues las autoridades españolas habían difundido historias terribles de lo que les harían los invasores. Sólo quedaron en el pueblo aquellos que no habían podido fugar por razones de salud o avanzada edad, así como los presos de la cárcel. La ausencia de la población fue el primer golpe que sufrió Miranda, pues él esperaba ser recibido con los brazos abiertos por los habitantes, que lo verían como su libertador. Miranda envió emisarios con proclamas y banderas de tregua para invitar a los ciudadanos a volver a sus hogares, mas nadie acogió su invitación.

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El día 4 entró el ejército libertador en Coro, encontrando la ciudad abandonada al igual que La Vela. Esto no sólo era una decepción para quienes pensaban que serían acogidos como libertadores, sino que planteó un problema militar de inmediato: Sin población los pueblos no tenían utilidad alguna y no habría forma de aumentar las tropas como se requería para continuar con la invasión y ampliarla hacia el interior. No había noticias de fuerzas que se les unirían para reforzarlos y sin ellas la invasión fracasaría. Tampoco habría reabastecimiento de alimentos y pertrechos. Esto acabó con todas las ilusiones de la invasión y quedó claro que no habría la espontánea manifestación de adhesión de los pueblos a quienes se pretendía dar libertad. Las tropas se sintieron engañadas y, más grave aún, Miranda tuvo que enfrentar la realidad de que no era bienvenido por parte de quienes él había venido a liberar. Para el día 10 de agosto la situación era insostenible, pues no tenían como reabastecer las tropas ya que los abastecedores de los pueblos se habían mantenido alejados. Los pueblos seguían abandonados, salvo por las tropas y los mismos moradores que habían estado allí al desembarcar. La retirada Un consejo de guerra, en el que participó Miranda, decidió reembarcar y abandonar las plazas. Así lo hicieron el 13 de agosto, dejando atrás, con un fracaso, el primer intento de liberación de los pueblos de la Capitanía General de Venezuela. Una vez retiradas las fuerzas invasoras, las autoridades formaron causa para averiguar los pormenores de lo que había sucedido. En las declaraciones de los pocos habitantes que permanecieron en los pueblos encontramos repetidamente la descripción del tricolor que Miranda desplegó por primera vez en territorio continental americano. Todos coinciden en declarar que los colores de la bandera que vieron en la torre de la iglesia eran azul, amarillo y encarnado, en ese orden, de arriba hacia abajo. (fig. 3 color) La Bandera de 1811 La importancia de esta bandera Esta parte es, tal vez, la más importante de todo este trabajo, pues la bandera creada por la Comisión del Supremo Congreso de Ve-

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nezuela en 1811, es la bandera madre de las actuales de Colombia, Ecuador y Venezuela. A lo largo de este trabajo, revisaremos los actos legales que fueron formando nuestras tres banderas y encontraremos que jurídicamente mantuvieron una continuidad evolutiva interrumpida pero consecuente, aunque en algunos casos se dieron errores en los textos legales que cambiaron el sentido de lo actuado y que alteraron la configuración real de la bandera. Miranda y el tricolor La bandera tricolor primitiva del Ejército Colombiano de Francisco de Miranda murió con el retiro de las tropas de La Vela de Coro. Miranda no volvió a mencionar ese tricolor azul, amarillo y rojo que había sufrido la derrota. Pero en su mente se mantenía la composición elemental del arco iris, como símbolo de libertad. Simbolismo del iris Figurativamente, la luz ha sido y sigue siendo un símbolo de libertad y por ello las estatuas que la representan frecuentemente llevan una luz en alto. Si estos colores primarios podían combinarse en secundarios para reunirse y dar nuevamente una luz blanca luego de haber sido separados, algo especial tenían esos colores. Creemos que es por esto que Miranda mantuvo su interés en ellos y si hubiera sido necesario, los combinaría de todas las formas posibles en las divisas que significaban libertad. Hasta 1806 ya había puesto en práctica dos combinaciones de las cuales tenemos conocimiento, y en 1811 haría otra combinación, esta vez más duradera. Aunque nos salimos del orden cronológico de la narrativa, una demostración clarísima del simbolismo del iris como representación de la libertad lo tenemos en palabras memorables de Simón Bolívar: "Yo venía envuelto con el manto del Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco (...) Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares; ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la Libertad. Balona ha sido humillada por el resplandor de Iris..."
Cita parcial de: Mi delirio sobre el Chimborazo.

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Vientos de libertad Para fines de la primera década del Siglo 19 los vientos de libertad arreciaban en las Américas. La debilidad de España, subyugada por el imperio francés, dio la oportunidad de comenzar movimientos revolucionarios que, camuflados como actos de apoyo al rey Fernando VII, darían los primeros pasos hacia la libertad. Movimientos similares se dieron en la Presidencia de Quito, Virreinato de Nueva Granada y Capitanía General de Venezuela entre 1808 y 1811. En Venezuela, lugar donde nacería nuestra actual bandera, el movimiento libertario comenzó efectivamente el 19 de abril de l.810, como un renacer de la conspiración de los mantuanos, de 1808 y como uno de apoyo al legítimo Rey de España. Los mantuanos eran individuos que pertenecían al grupo de criollos poderosos en la época colonial. A nombre del Rey, se desconoció al Gobierno títere de los franceses y se estableció una "Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII". Esta Junta enarboló, a partir del 4 de mayo, una bandera que sería considerada como la segunda del movimiento libertario venezolano (la primera, la de Miranda). Era una divisa compuesta de los colores rojo, amarillo y negro, con la sigla F VII en la franja amarilla central. Los colores rojo y amarillo significaban la bandera española y el negro la alianza con Gran Bretaña, que fue factor indispensable para lograr el objetivo de los supuestos "Conservadores". El resultado fue que, aunque el 19 de abril de 1810 no se declaró la independencia de España, para todo efecto práctico se había establecido una administración independiente de la del reino, lo que llevó eventualmente a la declaración de independencia formal, el 5 de julio de 1811. Se instala el Congreso de Venezuela El Congreso General de Venezuela se instaló el 2 de marzo de 1811, jurando fidelidad al rey Fernando VII. Al comenzar su trabajo reformó su nombre al de "Supremo Congreso de Venezuela" y se estableció como la máxima autoridad, por sobre el Poder Ejecutivo y el Judicial. El trabajo avanzó lentamente al comienzo, a pesar de que se nombró una comisión para redactar un proyecto de Constitución. No

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afloraron en los primeros meses del Congreso los sentimientos independentistas pero estaban allí, a punto de ebullición. Las actas del día 5 de julio de 1811 Para el día 5 el tema era el que predominaba y se dieron ardorosos debates en la sesión de la mañana, hasta que a las tres de la tarde el Presidente de turno, Juan Antonio Rodríguez Domínguez, expresó que está: "...declarada solemnemente la Independencia absoluta de Venezuela". En la sesión de la tarde, aparte de nombrar la comisión que redactó la Declaración de Independencia, se nombró una comisión: "para la asignación de la bandera y cucarda nacional a los señores Miranda, Clemente y Sata..." Si leemos con atención esas pocas palabras y vemos lo que ocurrió en los próximos días, notaremos que el proceso secretarial no era muy prolijo. Para efectos de claridad, los nombres completos de los comisionados eran: general Francisco de Miranda Rodríguez, capitán de fragata Lino de Clemente y Palacio, y capitán de ingenieros José de Sata y Busy. Las actas de los días 6 y 7 de julio nada dicen sobre la aprobación de la cucarda o escarapela que debían presentar los comisionados; sin embargo, en la proclama emitida por el Supremo Poder Ejecutivo el 8 de julio, referente a la "Independencia de Venezuela", en su párrafo tercero dice: "...y que desde hoy en adelante se use por todos los Ciudadanos, sin distinción, la escarapela, y divisa de la confederación Venezolana, compuesta de los colores asul celeste al centro, amarillo y encarnado á las circunferencias, guardando en ella uniformidad".

A la izquierda, la muestra de la Escarapela de 1811 en el Archivo General de la Nación, de Colombia y a la derecha la de los fondos del Foreign Office, de los Archivos Nacionales del Reino Unido.

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Estaba claro que la escarapela había sido aprobada por el Congreso y puesta en uso por el Poder Ejecutivo, a pesar de que no consta en actas. El orden de estos colores es el de 1801. El acta del 9 de julio de 1811 – Se aprueba la Bandera El día 9 de julio el acta de la única sesión dice en su segundo párrafo: "Se trató de la nueva Bandera Nacional, y quedó aprobado el diseño presentado por los señores Clemente y Miranda, comisionados al efecto en la forma que corre, y se ha mandado usar". El texto de esta acta es demasiado escueto y por ello merece análisis comparativo con lo mandado por el Congreso el día 5. Hay varios puntos que destacan: 1) Se omite el nombre del diputado Sata y Busy, lo que se presta a conjeturas, pues no se conoce que se haya excusado. También puede él haber estado a cargo de la escarapela y al concluir su trabajo ya no participó en la comisión. 2) No menciona la cucarda, por la obvia razón de que ya había sido aprobada y dispuesto su uso. 3) No se describe la bandera aprobada, una falla grave, pues ésta era su partida de nacimiento. 4) Fue mandada a usar, como en efecto lo fue, por primera vez, el 14 de julio. 5) No se objetó de forma alguna el proyecto presentado, de tal forma que su aprobación fue por consenso, lo que significa que era un diseño aceptable para todos los diputados. Pero desde este punto nace una gran controversia que ha durado, hasta hoy, 196 años y posiblemente dure muchos más. La controversia se origina por falta de documentación. Ya vimos que la resolución del Congreso fue redactada de manera incompleta y ambigua, lo que se presta a muchas interpretaciones y especulación. La bandera de tres franjas desiguales Todos los historiadores venezolanos concuerdan que la bandera creada por la comisión del Supremo Congreso de Venezuela fue de tres franjas desiguales, descrita así de forma representativa por el historiador de la bandera Sr. Daniel Chalbaud Lange: "La Bandera era la misma que el Precursor había hecho ondear en 1806 en Jacmel, La Vela y Coro. Sus colores eran amarillo, azul y rojo, en franjas desiguales, más ancha la primera que la segunda, y ésta más que la tercera". Chalbaud es de la escuela que cree que la bandera de 1806 fue la misma de 1811, a más de la teoría de las franjas desiguales.

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Documentos de soporte Después de mucho investigar, he llegado a la conclusión de que hay solamente dos documentos que son el sustento de la bandera de tres franjas desiguales que casi todos los historiadores venezolanos consideran como la de 1811: El relato de José Félix Blanco El primero y más importante es un relato de José Félix Blanco, importante historiador venezolano del Siglo 19. El segundo, que corrobora al primero, es una carta, de la cual no he podido encontrar su original, fechada 4 de febrero de 1814. Veremos ambos documentos en orden. El general Guzmán Blanco, gobernante de Venezuela en 1875, ordenó se publicara una obra que recopile los "Documentos para la historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia". Esos documentos, en gran cantidad, habían sido recopilados, puestos en orden cronológico y anotados por el sacerdote, historiador y General honorario José Félix Blanco, nacido en 1782 y fallecido en 1872. Permanecieron inéditos hasta la orden del presidente Guzmán Blanco. José Félix Blanco fue partícipe de muchos eventos de la independencia pero no comenzó su carrera de historiador sino hasta avanzada edad. En la monumental obra ya citada, Blanco escribe en la página 165 del Tomo III, con el número referencial 580: "EL CONGRESO GENERAL DE VENEZUELA FIJA EL PABELLON Y ESCARAPELA NACIONAL DEL NUEVO ESTADO INDEPENDIENTE" "Aprobada por el Congreso la proposicion hecha de declararse inmediatamente la Independencia, nombró una Comision de su seno compuesta de los Diputados general Francisco Miranda, Capitan de Fragata Lino Clemente y Capitan de Ingenieros José de Sata y Bussi, para que le presentasen un diseño de la Bandera y escarapela que debiera establecer el nuevo Estado independiente; y desde luego exhibieron una muestra formada de los tres colores del Arco Iris, fajas horizontales, amarillo, mas ancho, azul ménos ancho, y encarnado ménos ancho que el inmediato, que fue aceptada sin contradiccion. Este fue el pabellon que habia compuesto Miranda desde Europa y el que trajo en sus espediciones sobre Ocumare y Coro en el año de

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1806. (...) El 14 del propio Julio se publicó solemnemente el Acta de la Independencia y se enarboló el Pabellon Nacional adornado con el emblema de una India, concurriendo á la plaza mayor de Catedral, hoy plaza Bolívar, los cuerpos de todas las armas, mandados por el Gobernador militar don Juan Pablo Ayala..." Como podemos ver claramente, no se trata de una cita textual de las actas del Congreso sino de un relato dentro de una obra muy amplia. Veamos la supuesta bandera de 1811.

La carta de las lanillas El segundo documento es una carta, fechada 4 de febrero de 1814, que envía el Sr. José Antonio Gonell, Ministro e interventor de las Cajas de La Guaira, al Sr. Director General de Rentas Nacionales. El texto dice: "Hemos recibido la orden de V. S. de 3 del presente, sobre que el encargo de lanilla para pabellones y talcos (lámina metálica muy delgada y de uno u otro color, que se emplea en bordados y otros adornos): encargaremos los cajones de este artículo como V. S. dispone; pero no haremos el encargo de las lanillas según habíamos representado a V. S. sino de esta suerte: ocho piezas del color amarillo, siete del azul y seis del encarnado, atendiendo a que no deben llevar los pabellones los colores iguales." En cuanto a esta carta, aunque se ubicara su original dudaría de su autenticidad, pues ella se da en un momento en que el tricolor amarillo, azul y rojo, en ese orden, no era la bandera en uso, sino una de dos: La entonces bandera de Cundinamarca, similar al antiguo tricolor de Miranda de 1806: azul, amarillo y rojo de franjas iguales, o la bandera de los cuadrilongos rojo, amarillo y verde de Cartagena, que era la bandera que según historiadores colombianos llevaban los ejércitos de Bolívar en esa época. Pudo ser el tricolor de Cundinamarca, similar al de Miranda de 1806, porque el 30 de octubre de 1813 el Libertador le escribió al

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Gobernador de Margarita, Gral. Juan Bautista Arismendi: "El pabellon que la victoria ha enarbolado en todos los pueblos de Venezuela y que debe adoptar toda la nacion, es el mismo que se usaba en la primera época de la República, estos es, de los tres colores azul, amarillo y encarnado". Si la carta de Bolívar es auténtica (y debe serlo, pues la fuente es el trabajo de su edecán, Daniel Florencio O'Leary), la bandera de la que escribió fue la de Cundinamarca, que fue aprobada por el Colegio Electoral el 7 de agosto de 1813, en Santa Fe de Bogotá, y que pertenecía a la nación que le estaba dando apoyo para su campaña libertadora. No podemos descartar que fuera el mismo Bolívar quien sugiriera a los gobernantes de Cundinamarca la adopción de esta bandera, en memoria de los eventos de 1806. Esta bandera y la de Miranda de 1806 son idénticas en concepto, aunque los matices de los colores podían ser algo distintos. (fig. 4 color) Pudo ser el cuadrilongo rojo, amarillo y verde de Cartagena, con la estrella de ocho puntas en el centro, porque aún desde antes de que fuera adoptada esa bandera como nacional de manera provisional por el Congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, a partir del 26 de abril de 1814, ya había sido usada por las tropas libertadoras. Tenemos para ello la clara evidencia de la muerte del valiente coronel Atanasio Girardot, que la llevaba el 30 de septiembre de 1813, día que pasó a la gloria al plantarla y luego morir en la cima del Bárbula. La bandera de Cartagena había sido concebida el 17 de noviembre de 1811.

Está claro entonces que las tropas libertadoras de la Campaña Admirable llevaron una de dos banderas: El tricolor de Coro y de Cundinamarca, o la bandera de Cartagena. Sea cual fuere la bandera, lo dicho por el Sr. Gonell no es aplicable, pues si era la de Miranda y Cundinamarca, la tela tendría que ser

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en las mismas proporciones; y, si era la de Cartagena, se necesitaba lanilla verde en vez de azul. La verdadera bandera de 1811 No deja de ser difícil contradecir a todos los historiadores de un país, que están convencidos de que la bandera fue como la describió Blanco; y, peor aún si son del país donde nació la bandera. Ellos han tenido en sus manos, desde hace muchos años, la evidencia de como era la bandera de 1811, pero por respetar ciegamente lo dicho por el venerable Blanco, no han querido ver las evidencias que tenían al frente y que al menos un historiador de la Bandera, Francisco Alejandro Vargas, tuvo en sus manos en dos ocasiones, las presentó al menos en dos ediciones (de 1940 y 1972) de su trabajo "Estudio Histórico sobre la Bandera, el Escudo y el Himno Nacional de Venezuela", pero las ignoró sin razonamiento lógico alguno. Más aún, el trabajo de Vargas ha sido la base de muchos otros, pero aparentemente ninguno de quienes lo han usado prestaron atención a esas evidencias publicadas. Ante la uniformidad de criterio de los eminentes historiadores venezolanos, éste investigador y escritor de historia también creyó por algunos meses que la bandera de 1811 era la de franjas desiguales y ya tenía desarrollado su trabajo en ese sentido, pero la evolución de la investigación y el encuentro de una y luego varias evidencias contradictorias pero irrefutables y concluyentes, echaron abajo todo lo elaborado sobre la base del trabajo de los historiadores venezolanos. La evidencia inicial vino de Francisco Alejandro Vargas, en la segunda edición, de 1940, del trabajo ya mencionado. En la página 14, nota (6) dice: "El Boletín de la Academia Nacional de la Historia (ANHV), N° 87, tomo XXI, correspondiente a los meses de julio, agosto, y setiembre de 1939, trae entre sus páginas 262 y 263 un cróquis en colores del diseño de una Bandera y una escarapela, diseño que según la erudita afirmación de Don Manuel Segundo Sánchez, proviene de los archivos de Foreign Office. El Escudo de esta Bandera, además de la descripción hecha arriba, trae las siguientes inscripciones: a la espalda de la india VENEZUELA LIBRE, y en una cinta, a sus pies; COLOMBIA. No fue ésta la Bandera adoptada por el Constituyente de aquel año, porque sus dimensiones son: amarillo doble ancho del azul y el rojo, que si eran franjas de igual anchura. Es muy probable que aquel

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sea uno de los proyectos surgidos por aquellos días. Observamos que si a este diseño le quitamos el Escudo y colocamos en su centro el de la Bandera colombiana o el de la ecuatoriana, resultaría semejante a cualquiera, de ellas, ya que los Pabellones de estas Repúblicas hermanas, tienen esas dimensiones, y han conservado los colores usados por la Unión Gran Colombiana: Venezuela, Nueva Granada y Quito". Bien, para cualquiera que lea estas palabras por primera vez sin antecedente alguno, es poco lo que dice porque confunde, pero con los antecedentes que ya tenía, me llamó mucho la atención, especialmente en la última parte. Estas palabras me dirigieron hacia el archivo del Foreign Office, pues en las fuentes consultadas localmente no tenían ese número del boletín de la ANHV (aún no conocía otro fondo, que sí lo tenía). El archivo del Foreign Office de la Gran Bretaña está actualmente bajo custodia de los Archivos Nacionales del Reino Unido (NAUK). Una búsqueda en ellos, con la asistencia de su personal especializado, no dio resultados positivos, a más de recibir de ellos una copia en tamaño natural de la proclama del 8 de julio de 1811 del Poder Ejecutivo de Venezuela, con la cual se pudo aclarar el tema de la escarapela. El personal del NAUK me comunicó que el material que necesito bien podía estar en alguna carpeta no consultada, lo que requería una investigación ampliada, con un costo muy elevado. Esa investigación amerita que sea realizada por un Gobierno que desee esclarecer sin duda alguna la historia de las banderas. Ese resultado me dirigió hacia los Archivos Nacionales de los EE.UU. pues era muy posible que ese país también recibiera una copia del diseño de la bandera. Paralelamente también realicé un contacto en Francia, pero sin resultados. Felizmente contaba con un colaborador espontáneo y muy eficiente en Washington, y en cuestión de pocos días tuve en mis manos una copia de la bandera que había sido enviada por el Supremo Poder Ejecutivo de la Confederación de Venezuela al Presidente de los Estados Unidos de Norte América en 1811. Verla fue recibir un balde de agua fría y en ese momento se derrumbó todo el trabajo de algunos meses. Esta imagen era, claramente, la de una bandera en que la franja clara ocupaba la mitad y los otros dos colores, indefinidos al ser tonos de grises, ocupaban la otra mitad en partes iguales. Como escu-

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do tenía lo que se veía claramente como una india. En pocas palabras, era igual a la bandera que describió Vargas como la que estaba en los archivos del Foreign Office. Era, además, parecida a la publicada en varios trabajos venezolanos, entre ellos el primario que usé para la investigación inicial, que era el de Daniel Chalbaud Lange, pero con diferencia en el ancho de las franjas y en el escudo con la india. Veámoslas a continuación:

National Archives and Records Administration. Colombia, Microfilm 51, Rollo 1, Cuadro 53

Inmediatamente se vio que había un claro conflicto en el punto crítico del ancho de las franjas. Como se hizo imperativo ver el diseño que estaba en el Boletín de la ANHV y como habían algunos otros puntos pendientes que era necesario resolver, decidí emprender un viaje de investigación a Bogotá y Caracas. En el Archivo General de la Nación, en Bogotá, entre los primeros documentos que encontré estuvo el que muestro a continuación:

En ese archivo tienen una acuarela a todo color de la bandera venezolana de 1811. Está archivada en la Mapoteca y registrada en su índice (arriba derecha). (fig. 5 color)

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Ahora faltaba conocer el ejemplar que estaba, según Vargas, en el Boletín N° 87 de la ANHV. Se ubicó el dibujo de la bandera, no en el Boletín N° 87 como había dicho Vargas, sino en el N° 83, que correspondía a los meses de julio, agosto y septiembre del año 1938. Era obvio que Vargas no había buscado ni visto el dibujo y se había limitado a escribir lo que le dieron de referencia equivocadamente. Si hubiera leído lo que dice el artículo sobre los documentos copiados del fondo del Foreign Office, habría tenido que estudiar el asunto de ese dibujo minuciosamente y se habría encontrado con que se ubicaba en 1811 por los documentos que lo acompañaban. A continuación el dibujo reproducido de las copias fotográficas del Foreign Office:

La imagen fotográfica era en blanco y negro y había sido pintada para la publicación en el boletín, pero las proporciones de los colores son inequívocas. El escudo no permite alterarlos. En la edición de 1972 de la obra ya citada de Francisco Alejandro Vargas, en la página 18 dice textualmente: "En noviembre de 1946, cuando visitamos el Archivo Nacional de Colombia, en Bogotá su culto Director, nuestro apreciado amigo y colega, Doctor Enrique Ortega Ricaurte, nos mostró una copia en colores del diseño original que se conserva en Washington; copia que hoy reproducimos y en el cual puede observarse que además de la descripción que hemos hecho antes, trae las siguientes inscripciones: a la espalda de la india, VENEZUELA LIBRE, y en la cinta, a sus pies, COLOMBIA. Observamos también que si a este diseño le quitamos hoy el Escudo y colocamos en su centro el de la Bandera Colombiana o de la Ecuatoriana, resultaría semejante a cualquiera de ellas, ya que los Pabellones Nacionales de estas Repúblicas hermanas han conservado permanentemente

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los colores y dimensiones de la Bandera de Venezuela, Bandera Madre, desde el establecimiento de la Unión Colombiana, el 17 de Diciembre de 1819". Él está diciendo, en la última parte de la cita, lo que era una realidad, pero luego de decir esto, no vuelve a tocar el tema, ignorándolo inexplicablemente. Pero Vargas está errado, pues la imagen que publica en la página 17 de esa obra no es de la que está en Bogotá, ni la que está en Washington, ni la que consta en el Boletín N° 83 de la ANHV (Londres). Es diferente a todas si se comparan los detalles del dibujo del escudo. Adicionalmente, como se podrá comparar más adelante, el ejemplar en Bogotá, que es un dibujo original, no es copia del de Washington. De hecho, comparando los tres ejemplares (cuatro con el de Vargas), verá que en el dibujo de la india hay diferencias entre los ejemplares, incluyendo uno crítico: En el de Londres y en el de Vargas dice Venezuela Libre. Los otros dos dicen sólo Venezuela. Hay diferencias sutiles en las varias figuras y muy obvias en el lagarto. No cabe la menor duda de que se trata de la misma bandera, ni cabe duda sobre las proporciones de las franjas, aunque son obvias las diferencias en la india, el lagarto, los adornos y las leyendas, que constituyen la parte difícil del dibujo de esa bandera. Comparativo de los dibujos de la india en las cuatro banderas

Washington

Bogotá

Londres

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Estos dibujos ampliados permitirán al lector poder comparar las cuatro indias en los varios diseños disponibles. Es muy posible que el de Vargas sea un arte moderno realizado a su orden. En todo caso, se ve claramente que todos tienen diferencias, aunque sutiles entre sí, algo lógico si consideramos que se tratan de artes realizados, al menos tres de ellos, en 1811. Legitimidad de esta bandera Ahora viene el asunto de su legitimidad. Vargas no supo qué hacer con la información que tenía, ni los historiadores que le dieron las referencias analizaron lo que tenían en sus manos. Cierto es que el ejemplar en Bogotá, el que está a todo color, está huérfano de documentos de soporte, aunque una investigación de los documentos de Cartagena y de Cundinamarca en 1811 podrían traer sorpresas. Y cierto es también que el ejemplar traído desde Londres vino con otros documentos que no tienen relación a él, aunque no debemos olvidar que los mismos funcionarios del National Archives of the United Kingdom dejaron claro que los documentos pueden estar en alguna carpeta no consultada. Pero el ejemplar que vino de Washington sí tiene sus soportes, que le dan legitimidad incuestionable. Veamos los hechos. El 9 de julio de 1811 la bandera fue presentada por la Comisión al pleno del Congreso, quienes la aceptaron sin modificación y dispusieron sea usada El 14 de julio fue desplegada por primera vez, al amanecer, en el Cuartel de San Carlos, a pocos pasos del actual Panteón Nacional, en Caracas. Luego, ese mismo día, fue desplegada en la Plaza Mayor, actual Plaza Bolívar. El 29 de julio de 1811, don Cristóbal de Mendoza, Presidente en turno del Supremo Poder Ejecutivo de la Confederación de Venezuela, escribe a don Telésforo Orea, residente en Filadelfia y Washington, y hasta esa fecha "comisionado privado" de Venezuela en los EE.UU. Lo nombra oficialmente "Agente Extraordinario de la Confederación de Venezuela" y le dispone se presente ante el Presidente de los Estados Unidos y le comunique solemnemente la declaración de independencia que acababa de promulgar el Congreso. El Sr. Orea debía obtener del Gobierno de los EE.UU. el reconocimiento de la nueva nación y el

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establecimiento de "relaciones comerciales y demas que sean convenientes á la misma felicidad..." El Sr. Orea se presentó ante el Secretario de Estado de los EE.UU. James Monroe, el 6 de noviembre de 1811. Le entregó una comunicación en la cual consta, en las páginas 2 y 3, el siguiente texto: "Permitame V. S. que le acompañe un diseño de la bandera Nacional que desde ahora será el distintivo de Venezuela entre las demás Naciones..." Veamos a continuación una reproducción parcial de la carta del 6 de noviembre de 1811. Ver el último párrafo de la página izquierda y el primero de la derecha:

Para los escépticos, esta carta, la del 29 de julio, sus transcripciones y la imagen de la bandera están en los Archivos Nacionales de los Estados Unidos, en la serie relacionada con Colombia, en el Microfilm 51, Rollo 1, a partir del Cuadro 46. No creo que sea posible proveer una más clara prueba de legitimidad de un documento. De esta forma queda demostrada la legitimidad del diseño que fue presentado por el agente de Venezuela en Washington. No hay por qué dudar de la legitimidad del presentado en Londres ni el presentado ya sea en Cartagena o en Cundinamarca, en 1811. Aún el diseño usado por Vargas puede ser copiado de otro ejemplar original, proveniente de un archivo público o privado.
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Considero que esta demostración deja en claro que la bandera adoptada por el Supremo Congreso de Venezuela el 9 de julio de 1811 fue el tricolor amarillo, azul y rojo de franjas horizontales, que tenía la amarilla ocupando la mitad superior de la superficie, y las azul y rojo ocupando la mitad inferior, en partes iguales. La razón para dejar la franja amarilla más ancha habría sido el tener un lienzo en el cual colocar escudos como el de la india, o el posterior del cóndor. También veremos más adelante como se colocaron en la franja amarilla las estrellas decretadas en Pampatar y luego en Angostura. La bandera de 1812 Pocas personas saben que el escudo de Venezuela cambió al poco tiempo. En efecto, el 15 de febrero de 1812, el Supremo Congreso cambió el escudo de la india a uno que era un cóndor que sostenía en sus garras izquierdas flechas y en las derechas un caduceo coronado de un gorro frigio. En el pecho del cóndor había un sol que tenía como centro un número 19, que recordaba el 19 de abril de 1810. Sobre el cóndor había un lema en Latín que decía: "Concordia Res Parve Crescunt". El Sol, con el número 19 en el centro, era un diseño que ya había sido usado en papel moneda emitido por el Supremo Congreso de la Confederación Venezolana el 27 de agosto de 1811. Lo que hizo el Congreso el 15 de febrero fue integrarlo dentro de un conjunto que incluyó al cóndor y los símbolos de la libertad, la guerra y el comercio, para hacerlo el escudo oficial de Venezuela, en reemplazo de la india.

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Tanto este escudo como la bandera incluyéndolo tuvieron corta duración por la caída de la primera república en 1812, pero son parte de la evolución de los símbolos patrios venezolanos. Dudas razonables A pesar de lo interesante que resulta lo citado anteriormente, debo manifestar ciertas dudas en cuanto a la veracidad del conjunto documental, no del contenido, pues si bien lo que dice es coherente, el estilo y el contenido de la redacción difieren mucho, al ser más amplios e incluyentes de información, de aquel usado en las actas del Supremo Congreso en el mes de julio de 1811. La información que incluye la cita anterior es tan detallada que más bien formaría parte de los diarios de debates, que no aparecen en ningún archivo... Aún con esta duda razonable, hay otros documentos que respaldan lo que dice el texto citado, por lo tanto lo damos como cierto, en la medida que no afecta a la bandera en su composición fundamental de colores y dimensiones de sus franjas. Las banderas entre 1813 y 1817 Ya vimos en la parte anterior, por razón de demostrar la legitimidad de la bandera de 1811, las banderas que usaron las tropas libertadoras de Nueva Granada y Venezuela entre 1813 y 1817. Reiteramos que no hay evidencia alguna de que se usara en ese período la bandera tricolor de 1811. Más aún, el mismo Bolívar nos ratifica, en cartas publicadas, que eran otras las banderas que usaron sus tropas y que entonces no había una nacional de Venezuela. Creo que está claro que las dos banderas que usaron las tropas libertadoras en ese período fueron las de Cundinamarca (similar a la de Miranda de 1806) y la de Cartagena.

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Las banderas de 1817 La bandera de Pampatar El Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar, edición de 1999, Tomo I, páginas 969 y 970 dice esto sobre el Congreso de Cariaco y el Gobierno de Pampatar: "Asamblea celebrada los días 8 y 9 de mayo de 1817 en Cariaco (Edo. Sucre), la cual restableció brevemente el sistema federal y el gobierno civil que habían desaparecido al caer en 1812 la Primera República. Ha sido llamado también Congresillo de Cariaco (...) En la sesión del día 9 el 'Congreso Federal', nombre con el cual se autodesignó en el acta de ese día, recibió el juramento del 'general en jefe de los Ejércitos de la República y jefe de la fuerza armada' Santiago Mariño y del almirante Luis Brión, quienes reconocieron la autoridad del Congreso como soberana y se comprometieron a respetar y cumplir la Constitución Federal de 1811. De inmediato se juramentaron como miembros del Poder Ejecutivo, Mayz, Zea y Cortés de Madariaga y luego, el Congreso se declaró en receso, suspendiendo indefinidamente sus sesiones. Como cuerpo emanado del Congreso de Cariaco, el Triunvirato empezó a funcionar el mismo día 9. El Triunvirato se trasladó a Margarita y se estableció en Pampatar, donde el 12 de mayo de 1817 le dio a la isla el título de 'Nueva Esparta'. Dictaron también, en los días siguientes, (...) un decreto por el cual se incorporaron las 7 estrellas a la bandera nacional (...) Poco después, a fines de mayo de 1817, el Triunvirato emanado del Congreso de Cariaco se disolvió también. Veamos el texto del decreto dado por el Gobierno de Pampatar: "OFICIO DEL SECRETARIO DEL GOBIERNO AL ALMIRANTE SOBRE LA BANDERA QUE DEBEN USAR LOS BUQUES DE GUERRA Y MERCANTES El Respetable Poder Ejecutivo en decreto del día ha declarado que deben usarse en las Banderas de los buques de guerra de la Escuadra de la República de Venezuela siete estrellas azules en campo amarillo, en representación de sus siete Provincias, y los Mercantes sólo la tricolor. Y os lo comunico de orden del mismo Respetable Poder para vuestra inteligencia.

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Palacio de Gobierno. En Pampatar, mayo 17 de 1817. Casiano Bezares. Honorable Almirante Capitán General de Mar y Tierra, Luis Brion". La bandera de Angostura Dice Francisco Alejandro Vargas: "Y el Pabellón Nacional con su gualda estrellado de azul comenzó a flamear en los mástiles de nuestros buques de guerra conduciéndolos al triunfo sobre la Escuadra Española, remontando el Orinoco hasta Angostura, tras la estrella luminosa de Bolívar, quien tan pronto como hubo libertado la Provincia de Guayana, dictó en consecuencia el siguiente Decreto: "SIMON BOLIVAR, Jefe Supremo etc. Habiendose aumentado el número de Provincias que componen la República de Venezuela por la incorporación de la Guayana decretada el 15 de octubre último, he decretado y decreto: Artículo único.- A las siete estrellas que lleva la bandera nacional de Venezuela se añadirá una, como emblema de la Provincia de Guayana, de modo que el número de las estrellas será en adelante de ocho. Dado firmado de mi mano, sellado con el sello provisional del Estado y refrendado por el Secretario del Despacho, en el Palacio de Gobierno de la ciudad de Angostura, a 20 de noviembre de 1817 – 7°"

Creación de la República de Colombia El concepto de la República de Colombia, formulado originalmente por el precursor Francisco de Miranda, fue recogido por Simón Bolívar desde su inicio en las luchas libertadoras. Para el año 1819 la situación política y militar había evolucionado a tal punto que se podía hacer realidad el sueño mirandino. Tocó a Bolívar hacerlo realidad. Aquí debemos anotar que el nombre "Gran Colombia" fue conceptual, pero se volvió de uso común sin ser el nombre oficial de la "República de Colombia".

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El Congreso de Angostura El 15 de febrero de 1819 se instaló en la ciudad de Angostura, capital de la provincia de Guayana venezolana. Fue el segundo Congreso Constituyente de Venezuela, luego del de 1811-1812 realizado en Caracas y Valencia. El 17 de diciembre de 1819: "EL CONGRESO SOBERANO DE VENEZUELA REUNIDO EN ANGOSTURA, DICTA LA LEY FUNDAMENTAL DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA.- EL PRESIDENTE DE LA ASAMBLEA PASA LA LEY AL PODER EJECUTIVO QUE LA MANDA EJECUTAR. I Ley Fundamental de la República de Colombia El Soberano CONGRESO de VENEZUELA á cuya autoridad han querido voluntariamente sujetarse los PUEBLOS de la NUEVA GRANADA recientemente libertados por las ARMAS de la REPÚBLICA: (Nos saltamos a lo pertinente:) Ha decretado y decreta la siguiente Ley Fundamental de la REPÚBLICA de COLOMBIA: Artículo 1° Las Repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada quedan desde este día reunidas en una sola baxo el Título glorioso de REPÚBLICA DE COLOMBIA": (Por no tener los siguientes relación con el tema, vamos directo al:) "Artículo 10° Las Armas y el Pabellón de COLOMBIA se decretarán por el Congreso General, sirviéndose entretanto de las Armas y Pabellón de Venezuela por ser más conocido: ...". Una vez concluida la discusión de la Ley Fundamental y aprobada ésta por el Congreso, Francisco Antonio Zea, neogranadino de

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nacimiento y Presidente del Congreso de Venezuela, proclamó: "La República de Colombia queda constituída. ¡Viva la República de Colombia!" Proclama que fue recibida con ovaciones por los diputados y demás asistentes a la reunión. Simón Bolívar, como Presidente de la nueva República, sancionó la Ley Fundamental. ¿Pero cuáles fueron la bandera y escudo venezolanos que aprobó el Congreso? Desafortunadamente no se la describe en las actas, pero las opciones no son muchas. Las posibles Banderas de 1819 Queda descartada la bandera de Angostura, de las 8 estrellas, pues claramente establecen que se usará el escudo de Venezuela y en la de Angostura se había eliminado el escudo de la bandera. Si vamos más atrás en el tiempo, tenemos la bandera con el escudo de 1812, pero, como en las actas hablan de la América redimida, y el escudo del Cóndor con el "19" en el centro no duró sinó pocos meses, entonces tal vez el concepto fue que debía ser la original de 1811, en que aparecía la india que representaba a la libertad, pero este escudo a su vez había durado pocos meses, desde julio de 1811 hasta febrero de 1812. (fig. 6 color) Se usa la india nuevamente Ahora bien, en 1820 tenemos pruebas irrefutables que se usó una variante mejorada de la india de 1811 que representaba la libertad. Su posición es de descanso y un buque navega tranquilamente en el agua de su mar. Incluye las tres estrellas de los departamentos que integrarían el núcleo de la República de Colombia. Este uso anticipado de la tercera estrella nos da una idea clara de la proyección libertaria de Simón Bolívar, quien, al menos desde que aparecen por primera vez las tres estrellas, ya tenía claro su objetivo de integración de lo que ahora son Venezuela, Colombia y Ecuador. Este escudo lo encontramos en un "Tratado sobre la regularización de la guerra", firmado el 27 de noviembre de 1820 entre el Libertador Presidente de Colombia y el general Pablo Morillo, General en Jefe del Ejército Español. ¿Quiere decir este uso que el escudo dispuesto por el Congreso de Angostura fue el de la india? Puede ser, pero el Congreso no dispuso modificaciones al anteriormente existente, por lo tanto se debía haber continuado usando el original de 1811. Ahora bien, la introducción

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de cambios arbitrarios en los escudos se practicarían en el futuro, de tal forma que los cambios que se introdujeron al escudo de la india serían sólo un preludio de lo que sucedería con algunos escudos ecuatorianos, como el de 1835, el de 1843 y aún en el actual. A continuación dos ejemplares de este escudo. El de la izquierda, en tonos de grises, proviene del microfilm de los Archivos Nacionales de los EE.UU. que contiene el tratado citado (NARA MF.51-R.2F.48). El de la derecha, de un sitio Web sobre los escudos venezolanos.

Aquí lo vemos incorporado en una bandera que muy posiblemente fue la oficial de la República de Colombia desde el 17 de diciembre de 1819 hasta el 18 de julio de 1821.

Recapitulando, uno de los escudos (cóndor o india) y Banderas que hemos visto debía ser la bandera y el escudo provisional de Colombia a partir del 17 de diciembre de 1819, pues eran los únicos que estaban amparados por decretos legalmente dados. Las estrellas de Angostura, aunque legalmente dadas, no constituían un escudo de armas. Un Escudo para la Nueva Granada Interesantemente, la Nueva Granada, por su cuenta, adoptó un nuevo escudo de armas a partir del 10 de enero de 1820. Poco más de un año después éste sería adoptado como escudo de armas de la República de Colombia.
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Veamos su antecedente: "...el general Francisco de Paula Santander, como vicepresidente, establece por decreto como armas de la República (artículo 1°): 'El sello de la República de la Nueva Granada se compondrá del cóndor en campo azul con una granada en las garras; por debajo un globo sobre el cual se elevan diez estrellas presididas de una llama; será coronado de guirnalda de laurel y orlado con una cinta y estrella de la Orden de los Libertadores, y el siguiente mote: Vixit et vincet amore Patriae' (Venció y vence el amor a la Patria)". Esta decisión de Santander muestra su individualidad frente a las decisiones de Bolívar.

La bandera de tres estrellas Y en este punto vale intercalar una bandera de tres estrellas cuya muestra tenemos en un dibujo fechado 1823, pero que bien puede ser también de 1820. Es necesario hacer notar que el tema de las tres estrellas fue iniciado poco después de terminado el Congreso de Angostura. No pensamos que las proyecciones de Bolívar incluían inicialmente al Perú, que habría significado una cuarta estrella, porque ya se conocía de los esfuerzos de San Martín por liberar ese territorio.

El infante de marina de esta imagen, tomada del libro Historia de los uniformes militares de Colombia, de la autoría de Luis Roca M. y

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editado en 1998, lleva la bandera de tres estrellas y en su sombrero la cucarda o escarapela con el orden incorrecto de los colores: amarillo, rojo y azul. El Sol de Colombia El movimiento revolucionario de Guayaquil, que se venía gestando algunos meses antes por parte de un decidido grupo de patriotas, cobró fuerza con la llegada, a fines de julio de 1820, de los tres oficiales del célebre Batallón Numancia: Capitanes Luis Urdaneta y León Febres-Cordero; y, Sargento Mayor Miguel Letamendi. No está totalmente clara la circunstancia de la salida de Lima de los tres oficiales. Unos historiadores dicen que venían desterrados por sus opiniones y actividades contrarias a la corona española. Otros dicen que iban de paso a Venezuela a incorporarse en otro cuerpo militar. Lo cierto es que al desembarcar en Guayaquil se encontraron con que ya estaba en marcha una revolución, pero que carecía de liderazgo militar. Ellos llenaron ese vacío y se incorporaron de corazón al movimiento revolucionario. Una vez consumado el hecho en la madrugada del 9 de octubre de 1820, José de Villamil nos relata en sus memorias: "Al aparecer el Sol en todo su brillo por sobre la cordillera, Cordero vino a mí corriendo, y obligándome, sin mucha ceremonia, a dar media vuelta, me dijo: mire Ud. al Sol del Sud de Colombia. 'A Ud. en gran manera lo debemos', dije. Nos abrazamos con ojos húmedos". Esta cita de Villamil nos refuerza el hecho de que a pesar de que la Presidencia de Quito aún no formaba parte de la República de Colombia, en la mente de los libertadores ya era la "tercera estrella" de esa República. Las Banderas de 1821 Llega el tricolor a Guayaquil El general José Mires llegó a Guayaquil el 10 de enero de 1821 en misión de inteligencia y como avanzada para la futura llegada del general Antonio José de Sucre. Fue muy bien recibido, pues trajo suministros militares como regalo para la Junta de Gobierno. El general Mires trajo consigo la bandera tricolor, así como cintas tricolores que fueron repartidas a las damas de la ciudad.

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Dice Ricardo Márquez Tapia: "Mires con exquisita cultura y entrañable amor a la Bandera de Miranda, llegó con rara maestría, sin desconocer la importancia del Bicolor Octubrino, a obtener que el señorío, en toda manifestación cultural, como bailes, teatros banquetes, procesiones, llevasen por adornos en sus vestidos, la Cinta Tricolor, preludio de la Bandera Colombiana en el Ecuador". Así, el entonces coronel Antonio Morales escribe al general Francisco de Paula Santander, con fecha 4 de mayo de 1821: "Las señoras sustituyen en sus abanicos a la Bandera de Chile, la de Colombia, y en la procesión del Domingo de Ramos, vi que era casi general en sus vestidos, el adorno de guirnaldos tricolores, de los que se componen nuestra Bandera". Había entrado entonces a Guayaquil, con respeto y un halo de popularidad, el tricolor colombiano. No sabemos exactamente cómo lucía esta bandera en cuanto al escudo que llevaba, pero no cabe duda en cuanto a sus colores y las dimensiones de sus franjas: Era el tricolor venezolano de 1811, con la franja amarilla ocupando la mitad del área y las azul y roja la otra mitad, en iguales proporciones horizontales. Queda la duda del escudo que la hacía oficial, como hemos visto previamente, pues esta bandera fue traída antes de la aprobación de la segunda Ley Fundamental de Colombia, dada el 12 de julio de 1821 y sancionada el 18 del mismo mes. Sucre llega a Guayaquil El 30 de abril de 1821 el General Antonio José de Sucre desembarcó en la Punta de Santa Elena en vez de continuar navegando hasta Guayaquil, pues tenía muchos hombres enfermos a bordo. Continuó su viaje por tierra, llegando el 6 de mayo por la noche. Con él vino de manera oficial la bandera tricolor de Colombia, portada por las unidades denominadas "Santander", "Guías" y "Albión", pero tuvo mucho cuidado de que sea usada con discreción y respetando siempre la bandera del 9 de octubre. Algunos historiadores dicen que el "Santander" desembarcó en Manabí. Desde el 7 de mayo el Tricolor de Colombia y el Bicolor de Octubre marcharían lado a lado en las luchas de independencia del territorio de la Presidencia de Quito, hasta las faldas del Pichincha. Desafortunadamente, nadie se tomó la molestia de registrar para la historia una descripción detallada de esa bandera.

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A pesar de las posibles diferencias en el escudo o estrellas que llevaba la bandera tricolor traída por Sucre y sus tropas, de lo que no hay duda es del orden de sus colores y las dimensiones de sus franjas, pues no se decretaron cambios desde su aprobación en 1811. Las cuatro posibles banderas traídas en 1821

1811

1812

1819

1820

Se instala el Congreso de Cúcuta El 6 de mayo de 1821 se instaló en la Villa del Rosario de Cúcuta, Departamento de la Nueva Granada de la República de Colombia, el Congreso General, que sería Constituyente. En la instalación el diputado Fernando de Peñalver, designado Presidente, dio una sentida alocución que tenía el propósito de enardecer el sentimiento cívico de los representantes para que, "...unidos con un espíritu todos los hijos de Colombia, bajo un Gobierno propio, popular, representativo; adheridos inviolablemente á los sagrados principios republicanos que hemos proclamado; seamos solo esclavos de las leyes para que podamos ser libres...". El Congreso se instaló con 57 diputados y se inició considerando una nueva versión de la Ley Fundamental de Colombia, que reemplazaría la dada por el Congreso de Angostura en 1819. Inicialmente, el primer proyecto de Ley estaba integrado por 12 artículos y en ninguno se mencionaba la bandera o el escudo. Luego se aumentaron dos artículos. A más de esa Ley, el Congreso comenzó a discutir su reglamento interno y algunos artículos de la Constitución, de tal manera que las actas reflejan una mezcla de artículos de tres cuerpos legales distintos. El Territorio de la República comprendía "...desde la ensenada de Tumbes en Guayaquil sobre el Pacífico, hasta la embocadura del Orinoco en Guayana sobre el Atlántico...". Esa definición fue cambiada para cuando se aprobó la Ley Fundamental.

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Se trata sobre la bandera y el escudo Sesión del día 26 de junio – Se adopta la Bandera En varias sesiones se había tratado sobre la bandera y el escudo nacionales, pero no se había concretado el asunto ni se los había incluido formalmente en uno de los artículos de la Ley Fundamental. En la sesión del 26 de junio se trató lo siguiente: "...Se dio por terminada la 1° discusión de los arts. 7°, 10°, 13°, y 14° de la Ley Fundamental, habiéndose aprobado la proposición que hizo el Sr. Castillo y apoyó el Sr. Presidente: que se declarase por de la República el pavellon de Venezuela, y que la Comisión de Legislación informe sobre las armas y cuáles deban ser". De esta manera quedó aprobada, como de la República de Colombia, la bandera de Venezuela.

Esto es copia de la parte pertinente del acta original del 26 de junio de 1821, partida de nacimiento oficial de la bandera de la República de Colombia. Sesión del 12 de julio El Poder Ejecutivo urgía al Congreso la adopción de la Ley Fundamental con el fin de que pasen a tratar a tiempo completo sobre la Constitución. Fue tal la presión que en los días precedentes al 12 de julio se reestructuró la Ley Fundamental de manera tan rápida que las actas no reflejan debates que justifiquen el texto que fue aprobado. Art. 11° de la Ley Fundamental La bandera y el escudo fueron incluidos en el artículo 11° des-

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pués de haber estado en el 10°: "Mientras el congreso no decrete las armas y el pabellon de COLOMBIA, se continuará usando de las armas actuales de Nueva Granada y pabellon de Venezuela". No lo dicen, pero estando ya dada la Ley el día 12, el día 13 Pedro Gual introdujo un cambio en el texto referente al escudo. Lo que vemos es lo que se cambió el día 13 y sancionó el 18.

El tratamiento de esta resolución nos da una idea de la desorganización que reinaba en el Congreso, pues el día 26 de junio ya habían resuelto de manera definitiva que la bandera de Venezuela sería la de la República; y vimos que recién el 29 de junio se consideraron las armas de la Nueva Granada a falta de un informe de la Comisión de Legislación. Éste artículo había dejado otra vez el tema de la bandera y del escudo en un estado "provisional". La bandera y escudo de armas dados el día 12 de julio (debería ser el 13 con el cambio que hizo Gual) y sancionados el 18 de julio de 1821:

El uso de ese escudo de la Nueva Granada debe haber generado resistencia en el Congreso, pues apenas tres meses después se adoptaría un nuevo escudo de armas, sin cambiar la bandera. El escudo dado el 4 de octubre de 1821 En efecto, el 4 de octubre se dio y el 6 del mismo mes se sancionó una ley "Designando las armas de la República". Veamos una imagen parcial del impreso de esa ley:

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Se cambió "las armas", pero ni siquiera se mencionó a la bandera, por lo tanto quedó la misma adoptada en la sesión del día 26 de junio y luego en el artículo 11° de la Ley Fundamental, o sea la de Venezuela de 1811. Veamos las armas compuestas de "dos cornucopias llenas de frutos..."

Este diseño es el oficial, salido del Ministerio del Interior y Relaciones Exteriores de Colombia y tiene el aval de Pedro Gual, quien envió un ejemplar a la Legación en Londres. Para quienes se fijen en detalles, es interesante que la cinta que ata las cornucopias en su parte inferior tiene los colores de la bandera invertidos, esto es: rojo, azul y amarillo. Lo mismo sucede con el orden descendente de las plumas de las flechas, por lo que parecería que fue hecho a propósito, sin poder definir por qué razón. De la adopción de este escudo se dieron dos diseños de bandera de la República. Inicialmente se usó el escudo de armas en el campo amarillo, cumpliendo así su función como lienzo para ese propósito,

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pero luego, sin explicación, se cambió el escudo al centro de la bandera, lo que requirió que en algunas le pusieran un fondo blanco para evitar que se pierda en el azul. Veamos las dos versiones de la bandera, de las cuales no ha sobrevivido un solo ejemplar:

Luego del traslado del escudo al centro de la Bandera, las que se diseñaron posteriormente se seguirían usando así, lo que conceptualmente dejaba al doble ancho del amarillo sin razón de ser. La bandera a partir de 1822 El Tricolor en la lucha por el Departamento del Sur Mientras el Congreso debatía en Cúcuta, en el campo de batalla el Tricolor se desplegaba en los campos de Yaguachi, junto al Bicolor de Octubre. El 19 de agosto de 1821 se dio la primera batalla que libraron dentro del actual territorio ecuatoriano las tropas libertadoras de Colombia, junto con las guayaquileñas. Ya vimos que esa bandera, si es que llevaba escudo, era una de las ya mostradas. No sabemos cuando se comenzó a usar efectivamente la bandera con el escudo de las cornucopias, pero debe haber sido ya entrado el año 1822, pues entonces, más que ahora, la ejecución de cambios legislativos llevaba tiempo. El Tricolor desplaza al Bicolor Luego del triunfo de las tropas libertadoras en Pichincha, el 24 de mayo de 1822, en los días siguientes el Tricolor colombiano flameó en el Tejar, en la Plaza Mayor y en el Panecillo. Quito se incorporó a Colombia cinco días después del triunfo, el 29 de mayo y con ello el Tricolor se convirtió en la bandera del antiguo Departamento del Ecuador. No así en Guayaquil. Más aún, el 2 de junio de 1822 la Junta de Gobierno de Guayaquil modificó su bandera a la blanca con el cuadro celeste en cantón, con la estrella de cinco puntas en el centro.

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No se sabe con exactitud la razón para esta modificación cuando la situación era tan fluida, pero no se puede descartar la posibilidad de que los patriotas hayan realizado el cambio para que el Bicolor de Octubre no sea humillado por los acontecimientos que las autoridades guayaquileñas muy posiblemente preveían que ocurrirían, y de hecho ocurrieron, para demérito de la grandeza del Libertador, quien humilló a las autoridades de Guayaquil y a los próceres de octubre, e impuso la fuerza por sobre la razón.

A la izquierda, el pabellón del 9 de octubre de 1820, bandera que recorrió gloriosa, al lado del tricolor mirandino, los campos de batalla de la independencia del Ecuador, ala derecha, el bicolor del 2 de junio de 1822, bandera que reemplazó al pabellón de octubre y que sufrió las humillaciones de Bolívar. Guayaquil es Colombiano El Libertador ya había resuelto que Guayaquil tenía que incorporarse a la República de Colombia lo más pronto posible. Esta creencia había llegado al punto de obsesión. Bolívar obtuvo lo que deseaba, pues el 31 de julio los mismos guayaquileños pidieron su anexión a Colombia y se arrió por última vez el Bicolor de Junio. Desde entonces, el Tricolor colombiano se convirtió en bandera nacional. Las franjas iguales en Pichincha Algunos historiadores aseguran que la bandera que flameó en Pichincha fue de tres franjas iguales. Sin embargo, ninguno nos ha provisto de evidencias documentales que respalden sus aseveraciones. Las pinturas realizadas posteriormente no son evidencia válida.

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Se disuelve la República de Colombia Se separa el Departamento del Norte En noviembre de 1829 Venezuela declaró su separación de la República de Colombia. José Antonio Páez se proclamó Jefe Civil y Militar de Venezuela. El 13 de enero de 1830 el general Páez emitió un decreto que hizo formal la separación de Venezuela. En su considerando 1° dice: "Que por el pronunciamiento de los pueblos de Venezuela, ha recobrado su soberanía". No había paso atrás, Venezuela había dejado la República de Colombia. El 6 de mayo de 1830 se reunió el Congreso Constitucional de Venezuela en la ciudad de Valencia, el cual se caracterizó por ser antibolivariano. Nació el Estado Venezolano. En los primeros meses de este Congreso no se hicieron cambios a la bandera o al escudo de armas venezolanos, por lo cual continuó usándose la bandera y Armas de Colombia. Se separa el Departamento del Sur La separación del Ecuador de la República de Colombia se inició el 12 de mayo de 1830 con una consulta de ciudadanos quiteños al encargado de la Prefectura del Sur, Gral. Sáenz, quien no pudo resolverla, y se concretó el 13 con la representación de Quito al titular de la Prefectura del Sur, general Juan José Flores, quien acogió el pedido el día 14, declarando la separación del Departamento. La representación de los quiteños fue seguida cinco días después por una de Guayaquil y así se fueron sumando los pedidos separatistas de los varios pueblos hasta que todo el territorio se manifestó a favor, pero esto no hizo más que reforzar lo que ya había sido resuelto por el Prefecto con el solo pedido de los quiteños. En la representación de Quito se encargaba al general Flores del mando supremo, civil y militar, lo que él aceptó de inmediato. El 31 de mayo Flores convocó a Congreso Constituyente para el 10 de agosto en la ciudad de Riobamba. El Estado del Ecuador mantiene el Tricolor El general Flores no realizó un pronunciamiento oficial sobre la bandera y el escudo luego de la separación de Colombia, de tal forma

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que no se tenía certeza de cual había sido la bandera que conservó el Estado del Sur. Algunos historiadores publicaron a través del tiempo los indicios de la continuidad de la bandera, pero desafortunadamente no fueron tomados en cuenta por sus colegas, con lo que esa información se fue perdiendo en el tiempo hasta que fue olvidada. Luego, "historiadores" poco prolijos, a falta de investigación, se dieron a inventar cuentos sobre la bandera de nuestra independencia, convirtiéndola unos en un tricolor de franjas iguales horizontales y otro, más desinformado, en un tricolor de franjas verticales de iguales magnitudes. En la investigación realizada hemos podido recuperar la información auténtica de la escasa bibliografía que la publicó y, lo que es mejor aún, pudimos ver y copiar los documentos primarios donde está la información, en el Archivo Histórico de la Cancillería ecuatoriana. Una de las preocupaciones del general Flores fue la de mantener relaciones cordiales con los otros dos estados de Colombia: Venezuela y la Nueva Granada. Esta última se encargó de mantener la ficción de la República de Colombia por algunos meses más. Se escribe al Norte En carta del 30 de junio al Jefe de Estado de Venezuela, Flores le dice, entre otras cosas: "Tengo el placer de informar á V.E. que anhelando vivamente los pueblos del Sur de Colombia por establecer intimas relaciones con el gobierno y los pueblos del Estado de Venezuela, deseando á la vez informar los principios y sentimientos de unidad nacional: conservar el glorioso nombre de Colombia, su vandera iris agorera de la paz y las obligaciones que nos ligan dentro de nosotros mismos..." El portador de la misiva sería el general Antonio de la Guerra. Tenemos también las instrucciones que el ministro Esteban Febres-Cordero dio al General el día 2 de julio, antes de su partida, de las cuales citaremos el objeto principal de su misión, contenido en el punto tercero: "El objeto principal de su mision, será conservar el modo, forma, y bases con que deba reunirse la nacion Colombiana, ya sea bajo un Sistema Federal, ya por un Congreso de Plenipotenciarios, ó ya en confederacion sobre determinados objetos, debiendo ser en todos casos espresa, terminante, é irrevocable: concertar que la nacion conserve el nombre, y la bandera de Colombia, y que reconosca, y pague fielmente la deuda esterior, é interior..."

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Se escribe al Centro El 2 de julio el general Flores escribió desde Guayaquil al Jefe encargado del Ejecutivo en el Centro, o sea en Bogotá. Entre otros puntos le dice: "...de sostener con una mano sus libertades publicas, las leyes de su corazon, de sus costumbres, de sus climas, de sus necesidades, y con la otra el tricolor que como simbolo de Iris presajia nuestra paz interna, que amenaza á los tiranos, que nos dá respeto en el mundo: de conservar el glorioso nombre de Colombia, patria del inmortal Bolivar y cuna de tantos heroes...". Queda claro entonces que Flores era promotor de la idea de mantener la bandera de Colombia, consecuentemente no variaría la del Sur, que estaba a su cargo. El Congreso Constituyente se reunió en Riobamba a partir del 14 de agosto, no el 10 como había sido convocado. Confusiones A partir de este momento comienzan las confusiones en cuanto a la bandera del Estado del Ecuador en la República de Colombia. Ricardo Márquez Tapia, historiador que acierta en muchos de sus relatos a pesar de que no cita fuentes, dice correctamente que el Congreso "...en nada varió la bandera de Miranda". Otro historiador, Isaac J. Barrera nos dice que "El Congreso ecuatoriano de 1830 dispuso que la bandera del nuevo Estado fuera la misma usada hasta entonces, con un lema que decía: 'El Ecuador en Colombia'. Y la bandera de Miranda fue la de nuestra República, durante quince años...". Barrera se equivoca en cuanto a que el Congreso dispuso, pues ni siquiera tocó el tema, pero sí está en lo correcto en cuanto a que la bandera de Miranda continuó siendo la del país por quince años. Se adoptan Armas del Estado El día 19 de agosto de 1830 el Congreso Constituyente del Estado del Ecuador en la República de Colombia decretó: "Art. 1° Se usará en adelante de las armas de Colombia, en campo azul celeste, con el agregado de un Sol en la Equinoccial sobre las fasces, y un lema que diga: El Ecuador en Colombia. Art. 2° El gran sello del Estado y sello del despacho, tendrán grabado este blasón.

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Comuniquese al Poder Ejecutivo para su publicación y observancia. Dado en el salón del Congreso Constituyente, en Riobamba, a diez y nueve de setiembre de mil ochocientos treinta, vigésimo de la Independencia." (fig. 6 color) El año de referencia Hay dos puntos que es necesario aclarar en este decreto. Uno es referente al año de la independencia. Muchas personas piensan que se refiere al año 1809, o sea al 10 de agosto, pero se equivocan pues se refiere al año 1810, o sea al 19 de abril: la "revolución" dada en Caracas. Durante todo el período floreano, cuando se refieren al año de la libertad, se refieren a 1810.

El matiz del azul y el Sol El otro, más ligado a nuestro tema, es el del azul-celeste que se da como fondo del escudo. No se lo mencionó antes sino en la proclama del 8 de julio de 1811 como uno de los colores de la escarapela de la independencia de Venezuela. De hecho, el azul celeste era el matiz de azul que se usaba en la bandera primitiva de Miranda, pues es el color primario del arco iris. Este es el color que venimos usando en todas las banderas que se han elaborado para este trabajo y por ello veremos que el fondo del escudo es idéntico al azul de la bandera. El Sol aparece heráldicamente "figurado", como se lo graficará en todos nuestros escudos. Venezuela modifica su Escudo de Armas-1830 El 14 de octubre de 1830 el Presidente del Estado, José Antonio Páez, sancionó un decreto del Congreso Constituyente de Venezuela (a este decreto se le asignó el N°. 54) que dice así:

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"Art. 1° Es escudo de armas para el Estado de Venezuela, será desde la publicación de este decreto, el mismo de Colombia, con la diferencia que en campo de oro las cornucopias serán vueltas para abajo, y en la parte inferior de la orla llevarán la inscripción Estado de Venezuela. Regirán en clase de provisionales hasta que la próxima legislatura determine sobre la materia..."

No se mencionó la bandera. Los historiadores venezolanos relatan el cambio del escudo, pero aseguran que se mantuvo la bandera de las tres franjas desiguales, con lo que no concuerdo por las razones expuestas anteriormente, pues está claro que la bandera fue la de 1811, de la franja amarilla dupla de las azul y roja. La Nueva Granada se establece como Estado El 17 de noviembre de 1831 la Convención del Estado de la Nueva Granada dio una ley "que hace de las provincias del centro de Colombia un estado con el nombre de Nueva Granada". Fue sancionada el día 21 del mismo mes. Es importante anotar que varios tratadistas difieren en cuanto a estas fechas, diciendo unos que fue el 1° de diciembre de 1831, pero no las he podido confirmar con documentos primarios. La Constitución fue sancionada el 2 de enero de 1832. Continuidad de la Bandera Es interesante que el año de 1830 Ecuador, al igual que Venezuela, modificaron el escudo pero no tocaron la bandera. Nueva Granada, al terminar con la ficción de la República de Colombia en el año 1831, mantuvo su bandera y escudo sin cambio alguno. ¿Tuvo en esto alguna influencia la carta enviada por el general Flores a fines de junio del año 1830? Es muy posible que sí, pues está claro que los gobiernos

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de la antigua Colombia se empeñaban, y lo harían por algunos años más, en pretender una continuidad de la "Gran Colombia", cuando ya estaba totalmente liquidada. El Escudo del Estado del Ecuador-1833 El Presidente emitió un decreto el 12 de enero de 1833, "Mandando sellar escudos de oro, pesetas i medio reales de plata; fijando el tipo que debe caracterizar estas monedas". En el art. 2° de la parte resolutiva dice: "En el anverso de ellas se grabarán las armas del Estado, compuestas de dos cerritos que se reunen por sus faldas, sobre cada uno de ellos aparecerá posada un águila (¡ojo con esto!); i el sol llenará el fondo del plano: (...) En la circunferencia se escribirá este mote: El poder en la constitucion; (...) En el reverso se gravarán las armas de Colombia; en su circunferencia estas palabras: El Ecuador en Colombia...". Con este decreto se había creado, de manera indirecta, pues no hay un decreto específico, un escudo de armas adicional para el Estado y se puso los dos en la misma moneda, dándole al nuevo la prioridad al estar en el anverso y al antiguo de Colombia restándosela, al colocarlo en el reverso. Era una forma curiosa de crear un nuevo escudo de armas, como si fuera un simple detalle más en un decreto de acuñación de monedas. A continuación, de la biblioteca del Dr. Carlos Matamoros, vemos un dibujo de la moneda de 1834 en sus dos lados:

Este escudo de armas permaneció anónimo por mucho tiempo. Decreto de cambio de Escudo y Bandera de la Nueva Granada Siendo Presidente el general Francisco de Paula Santander, el Congreso de la Nueva Granada en pleno decretó el 8 de mayo de 1834 y el Presidente sancionó el 9, un decreto que modificaba sustancialmente la bandera y el escudo de armas de la República. Veámoslo:

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"Artículo Primero.- Las armas de la Nueva Granada serán un escudo dividido en tres fajas horizontales, que llevará en la superior, sobre campo azul, una granada de oro, con tallo y hojas de lo mismo, abierta y granada de rojo. A cada uno se sus lados irá una cornucopia, ambas de oro, inclinadas y vertiéndose ácia el centro, monedas la del lado derecho, i la del izquierdo frutos propios de la zona torrida. Lo primero denota el nombre que lleva esta Republica; y lo segundo la riqueza de sus minas i la feracidad de sus tierras". Pasamos a la bandera: "Artículo Sesto.- Los colores nacionales de la Nueva Granada serán rojo, azul y amarillo. Estarán distribuidos en el pabellon nacional en tres divisiones verticales de igual magnitud. La mas inmediata a el asta, roja; la división central, azul, i la de la estremidad amarilla. Artículo Septimo.- Las banderas que hayan de enarbolar en los buques de guerra, en las fortalezas y demas parajes públicos, y en las que despleguen los ministros y agentes de la República en países extranjeros, llevarán las armas de la Nación en el centro de la división azul. Las de los buques mercantes llevarán en el mismo lugar una estrella blanca con ocho rayos. Artículo Octavo.- Tanto las armas de la República, descritas en los artículos 1° y 5°, como las banderas de que habla el anterior, se harán siempre conforme a los modelos que acompañan esta ley". El escudo que vemos a continuación es el oficial dado por el Congreso, con el texto del decreto que hemos conocido.

Venezuela cambia su Bandera y Escudo Ese mismo año 1834 el Congreso de Venezuela decidió el cambio de su bandera nacional y su escudo. Sin embargo, los cambios no se pudieron poner en efecto hasta dos años después, en 1836.

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El 20 de abril de 1836 el Congreso de Venezuela da el decreto N° 213 reformando el N° 54 del 14 de octubre de 1830: "El Senado y la Ca. de R. de la Ra. de Venezuela reunidos en Congreso, considerando: Que el decreto de 14 de Octubre de 1830 designó provisionalmente el escudo de armas de la República dejando el Congreso Constituyente á los constitucionales la facultad de fijarlo de un modo permanente, decretan: Art. 1° Las armas de Venezuela serán un escudo, cuyo campo llevará los colores del pabellon venezolano en tres cuarteles. El cuartel de la derecha será rojo, y en él se colocará un manojo de mieses, que tendrá tantas espigas cuantas sean las provincias de Venezuela, simbolizándose á la vez la union de éstas bajo su sistema político y la riqueza de su suelo. El de la izquierda será amarillo y como emblema del triunfo llevará armas y pabellones anlazados con una corona de laurel. El tercer cuartel que ocupará toda la parte inferior será azul y contendrá un caballo indómito blanco, empresa de la Independencia. El escudo tendrá por timbre el emblema de la abundancia que Venezuela había adoptado por divisa, y en la parte inferior una rama de laurel y una palma atadas con giras azules y encarnadas, en que se leeran en letras de oro las inscripciones siguientes: Libertad – 19 de abril de 1810 – 5 de julio de 1811. Art. 2° El pabellon nacional será sin alteracion alguna el que adoptó Venezuela desde el año de 1811 en que se proclamó su independencia, cuyos colores son amarillo, azul y rojo en listas iguales horizontales y en el orden que quedan expresados de superior á inferior. Art. 3° Las banderas que se enarbolen en los buques de guerra, en las fortalezas y demás parajes públicos, y las que despleguen los agentes de la República en países extranjeros, llevarán las armas de la Nacion en el tercio del color amarillo inmediato á la asta. Art. 4° Se colocarán las armas nacionales en las salas y puertas exteriores del Congreso, del Poder Ejecutivo, diputaciones provinciales, concejos municipales, tribunales de justicia y demás oficinas públicas. Art. 5° Se deroga el decreto de 14 de Octubre de 1830". Este decreto es el origen de una de las mayores confusiones sobre la bandera y lo sorprendente es que se dio en el país donde nació la bandera tricolor.

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La fuente de la confusión es el artículo 2°, el cual es contradictorio. Cuando dice que "El pabellón será sin alteración alguna el que adoptó Venezuela desde el año de 1811 en que proclamó su independencia" se está refiriendo al tricolor adoptado por el Supremo Congreso el 9 de julio de 1811. Ese pabellón era, como hemos visto, de la franja amarilla ocupando la mitad de la superficie, la azul una cuarta parte y la roja la otra cuarta parte en franjas horizontales y en ese orden. Pero acto seguido, el mismo artículo dice: "cuyos colores son amarillo, azul y rojo en listas iguales horizontales...", con lo cual se está refiriendo al pabellón de Miranda de 1806 en cuanto a la magnitud de las listas mas no a su orden de colocación. Si ese decreto hubiera sido consecuente con lo dicho por José Félix Blanco en su obra sobre Bolívar, la bandera habría llevado listas de diferentes magnitudes, como grafican los historiadores venezolanos la bandera de 1811. Lo cierto es que la bandera que resultó fue un híbrido entre la de 1806 y 1811, llevando la magnitud igual de las listas de la bandera de 1806 y el orden de los colores de 1811.

Venezuela cambiaría en varias ocasiones el escudo de armas e inclusive se lo reemplazaría con estrellas como se hizo en Pampatar y Angostura, pero no se variaría la bandera en sí, en cuanto a los colores o sus magnitudes. El escudo que vemos aquí es de 1871. En esta bandera con el escudo se aprecia mejor la razón por la cual se estableció en 1811 el amarillo de magnitud dupla. La presencia del escudo hace que la franja amarilla, que es de igual magnitud que las azul y roja, parezca más pequeña. En la actual bandera venezolana, la presencia de las estrellas blancas en la franja azul compensan un poco el efecto óptico.

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Cambios a través del tiempo Entre los años 1834 y 1836, tanto la Nueva Granada como Venezuela cambiaron el orden, dirección y magnitud de las franjas del tricolor. Sólo Ecuador mantuvo el orden y las proporciones originales hasta 1845 y luego las retomaría en 1860. La Nueva Granada, ya con otro nombre, el de Estados Unidos de Colombia, regresaría, en noviembre 26 de 1861, al tricolor de 1811. Hasta ese momento se había denominado Confederación Granadina y finalmente retomarían el nombre de República de Colombia en 1886, pero el orden y las magnitudes de las franjas de su bandera no variaron desde 1861. Se establece la República del Ecuador Para 1835, año de la Convención Constitucional de Ambato, el escudo del Estado de 1833 adquirió primera importancia por la formalización de la separación del Ecuador de la República de Colombia, algo que de hecho se había dado desde el 13 de mayo de 1830, pero que se mantenía ficticiamente por respeto a la memoria del Libertador. En la Convención el país tomó el nombre de "República del Ecuador", en reemplazo de su antiguo nombre de "Estado del Ecuador en la República de Colombia". Al elevarse el "Estado" a categoría de "República", su escudo propio también se elevó. Pero, curiosamente, esa "elevación" se dio, de forma parecida a su creación, como un elemento más de un decreto de papel sellado. Fue dado en Ambato el 10 de agosto de 1835 y sancionado el 16 de agosto por el presidente Vicente Rocafuerte. Dice así: "Art. 2° En el sello se pondrán las armas de la república con el lema, República del Ecuador...". (fig. 7 color)

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A partir de entonces y hasta 1843 se usó este escudo. En un decreto de 1836, sobre acuñación de moneda, se daría una descripción más detallada de él, que incluiría las estrellas y el volcán. El Escudo de 1843 La bandera no se alteró en la Convención de 1843 y es más, como veremos a continuación, ni se la mencionó en el decreto que dio el nuevo escudo de armas. El Decreto "La Convención Nacional decreta: Art. Único. Las armas de la República serán en la forma siguiente: el escudo tendrá una altura dupla a su amplitud; en la parte superior será rectangular, y en la inferior elíptico: su campo se dividirá interiormente en tres cuarteles: en el superior se colocará sobre fondo azul el sol sobre una sección del zodíaco: el cuartel central se subdividirá en dos, y en el de la derecha sobre fondo de oro se colocará un libro abierto en forma de tablas, en cuyos dos planos se inscribirán los Nos. Romanos I, II, III, IV indicantes de los primeros artículos de la Constitución: en el de la izquierda sobre fondo de sinople, o verde, se colocará un (sic) Llama. En el cuartel inferior, que se subdividirá en dos, se colocará en fondo azul un río sobre cuyas aguas se represente un barco y en el la izquierda sobre fondo de plata se colocará un volcán. En la parte superior del escudo, y en lugar de cimera, descansará un cóndor, cuyas alas abiertas se extenderán sobre los dos ángulos. En la orla exterior y en ambas partes laterales se pondrán banderas y trofeos". Este decreto fue dado por la Convención el 18 de junio, fue sancionado por el Presidente el 19 y fue publicado en la Gaceta del Gobierno el 2 de julio. La llama fue reemplazada por un caballo. El escudo y la bandera de 1843 Esta representación es heráldicamente correcta. Este escudo y la bandera tricolor estuvieron vigentes hasta el año 1845, en que estalló la revolución marcista. Desde junio, en que capituló el presidente Flores, hasta noviembre de ese año, en que adoptó legalmente una nue-

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va bandera y escudo, el Ecuador no tuvo bandera o escudo de armas oficiales. (fig.9 color)

La situación política Una desastrosa política interna y externa llevaron al Ecuador a una crisis a fines de los años 1850s. Había una terrible escisión interna y el país comenzó a fraccionarse. Para agravar la situación, el Perú, ahora bien armado en su ejército y marina, aprovechó la situación para tratar de sacar ventajas territoriales, apoyando abiertamente a uno y subrepticiamente a otro bando. Alianza entre Flores y García Moreno El general Flores se encontraba asilado en Lima y gozando de la hospitalidad del Gobierno peruano. Allí también se encontraba, en 1859, Gabriel García Moreno, antiguo detractor de Flores e inicialmente afecto a la Revolución Marcista. En 1852 García Moreno había roto con el gobierno ecuatoriano y era enemigo violento de los marcistas. Flores, desde que obtuvo asilo en Lima, había realizado continuos hostigamientos a los gobiernos marcistas. Él estaba presto a participar en cualquier empresa que dificultara la situación política de sus enemigos. La situación era propicia para un acuerdo entre Flores y García. Viejos rencores fueron olvidados y en 1859 Flores se alió con García Moreno, que para entonces ya era un formidable político y polemista. Con el auspicio subrepticio del gobierno peruano, se formó un ejército que fue ocupando el territorio ecuatoriano, mientras el gobierno marcista del general Guillermo Franco lo perdía. Llegó un momento en que lo único que Franco controlaba era Guayaquil y sus entornos. El ejército de García Moreno y Flores, tuvo éxito al tomar Guayaquil el 24 de septiembre de 1860. De inmediato asumió la Jefatura Suprema de

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la República el Dr. Gabriel García Moreno y la Jefatura del Ejército el Gral. Juan José Flores. Se decreta nueva Bandera en 1860 A dos días de tomada Guayaquil y con el Gobierno en esa ciudad, el Dr. García Moreno emitió el siguiente decreto: "GABRIEL GARCÍA MORENO, JEFE SUPREMO DE LA REPÚBLICA, AUTORIZADO POR EL GOBIERNO PROVISORIO, CONSIDERANDO: 1° Que la bandera nacional del Ecuador es la gloriosa bandera tricolor con la cual conquistó su independencia en los campos de batalla: 2° Que la enunciada bandera es un vínculo de union con las naciones hermanas que formaron la antigua y gloriosa República de Colombia, y con las cuales estamos llamados a constituir una grande y poderosa Comunidad Política: 3° Que a la bandera tricolor están asociados grandes recuerdos de triunfos espléndidos, virtudes heróicas y hazañas casi fabulosas: 4° Que la bandera bicolor ha sido humillada por la negra traicion de un jefe bárbaro, y lleva una mancha indeleble: 5° Que la antigua bandera ecuatoriana, sellada con la sangre de nuestros héroes, se conservó inmaculada y triunfante, y es un monumento de nuestras glorias nacionales; DECRETO: 1° Se restablece en la República la antigua bandera Colombiana. 2° Se enarbolará dicha bandera en la Casa de Gobierno a las 4 de tarde del dia de mañana, y será saludada por las salvas de artillería, conforme a ordenanza. 3° El presente decreto se comunicará a los ajentes diplomáticos y consulares de las naciones estranjeras y a S.E. el Jeneral en Jefe del ejército, para que lo ejecute con la solemnidad debida. Dado en la Casa de Gobierno, en Guayaquil, a 26 de Setiembre de 1860. GABRIEL GARCÍA MORENO.- Luciano Moral, Secretario" Pero no se mencionó el Escudo Con ese decreto volvió a ser Bandera Nacional del Ecuador la

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de la antigua República de Colombia. Sin embargo, hemos visto que el decreto no menciona al Escudo Nacional, con lo que quedó vigente el antiguo escudo marcista. Nadie parece haberse percatado que ese escudo llevaba grabados en el zodiaco los meses gloriosos de la Revolución Marcista, la peor ofensa a Flores. Podían haber dejado el zodiaco sin los signos, como el escudo de 1843. Las confusiones El texto del decreto, al no describir nuevamente el tricolor colombiano, dio cabida a muchas confusiones en cuanto a la magnitud de las franjas, aunque ya no se volvió a hablar del tricolor de las franjas verticales. Así es como debe haberse visto la bandera oficial a partir del 26 de septiembre de 1860. (fig. 10 color)

Entre los documentos que confirman que el tricolor de 1860 es igual al actual, tenemos la Geografía y Geología del Ecuador del Dr. Teodoro Wolf, la Geografía de la República del Ecuador arreglada por los HH. de los EE.CC. para uso de sus alumnos y un documento elaborado por el Consulado del Ecuador en Génova, publicado en 1892. Estos documentos reiteran el uso del tricolor del doble ancho amarillo mucho antes de 1900. En el documento del Consulado, el escudo está mal elaborado, pues no es ovalado. El documento de los "HH. de los EE. CC.", de 1881, se muestra a continuación:

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Y el de Wolf, de 1892, a continuación:

Y si lo demostrado no fuera suficiente, de prueba una joya De hecho, tenemos una prueba preciosa, que forma parte de una joya valiosa. La lucha por la recuperación de Guayaquil en 1860 fue ardua. La batalla del "Cruce del Salado" fue épica y para recompensar los actos de valor que se dieron, la Convención decretó una condecoración, que se denominó "Arrojo Asombroso".
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Veamos lo que dice al respecto Ricardo Márquez Tapia: "La hermosa visión, de contemplar al cabo de 15 años en los dominios del Ecuador a la Bandera de Colombia, ondulando triunfante sobre los sicarios de la libertad; causó en los dirigentes de la opinión pública, hacer la merecida apoteosis del símbolo de Bolívar, en la conciencia ciudadana. En esta virtud, el referido emblema, fue incrustado en oro y plata, en las medallas conmemorativas, que se adjudicaron a los militares que batallaron en las jornadas de sangre del año de 1860; y así la Convención de 1861, reunida en Quito, siendo su Presidente el General Juan José Flores, Vicepresidente el doctor Mariano Cueva, dio un Decreto en Marzo de 1861, de concesión de honores a los vencedores, el cual dice: Art. 2° Los combatientes que pasaron el Estero Salado, llevarán una cruz al pecho en el lado izquierdo.- 3° La cruz tendrá cuatro radios ligados entre sí, por la Bandera Nacional Tricolor y se leerá en la orla esta inscripción: ARROJO ASOMBROSO, y dentro de ella llevará un castillo esmaltado. Los Generales y los Coroneles, la llevarán en forma de placa labrada en oro y plata, con esmalte de los colores del iris. Los demás Jefes, Oficiales y Soldados, la llevarán pendiente de una cinta tricolor y el diámetro no excederá de diez líneas. Las primeras serán de oro con esmaltes tricolores y las últimas de plata con igual esmalte". De esa condecoración se había conocido, porque su imagen ha sido publicada en algunas ocasiones, la placa otorgada al general Flores, pero no se conocía la medalla menor, pendiente de la cinta tricolor. Veamos aquí, por primera vez, las dos medallas juntas:

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Esta medalla se hizo bajo la supervisión directa del general Flores, para quien sería una condecoración muy especial, por varias razones, entre ellas su reivindicación como jefe militar. El recipiente de la medalla menor fue nada menos que Antonio Flores Jijón, hijo del General y entonces al servicio del ejército comandado por su padre. No sólo tenemos el tricolor de la franja amarilla dupla de la azul y roja iguales en la medalla en sí, sino también en la cinta de la medalla menor. Si esa no fuera la bandera de Colombia que conoció el general Flores como oficial superior del Ejército Libertador bajo el mando supremo de Bolívar, Flores no la habría puesto en una medalla tan importante, tanto en la joya como en la cinta. Para mí, esa medalla es el mejor testimonio de cual fue la bandera restaurada en 1860, y al serlo, se confirma también que esa fue la bandera que llevó el Ejército Libertador de Colombia. El Decreto de 1900 El Congreso de 1900 sólo se limitó a describir y a reglamentar el uso de la bandera y el escudo, sin introducir alteración alguna en el ancho de sus franjas. La reiteración o aclaración de la franja amarilla más ancha puede deberse a las confusiones que ya estaban creando algunos ilustres historiadores de la época, que estaban confundidos. Veamos parcialmente el texto del decreto legislativo: "EL CONGRESO DEL ECUADOR DECRETA: Art 2° El Pabellón Nacional será, sin alteración alguna, el que adoptó el Ecuador desde que proclamó su independencia, cuyos colores son: amarillo, azul y rojo, en listas horizontales, en el orden en que quedan expresados, de superior a inferior, debiendo tener la faja amarilla una latitud doble a las dos de los otros colores. Art 3° Las banderas que se enarbolen en los edificios nacionales, buques de guerra, fortalezas, y las icen los Agentes Diplomáticos y Consulares de la República en países extranjeros llevarán las Armas de la Nación en el centro, sobre las fajas de los colores amarillo y azul. Art 4° Las banderas que se enarbolan en los edificios municipales,

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no llevarán las Armas de la Nación, sino un círculo de estrellas blancas, colocadas en la faja azul, y en número igual al de las Provincias que componen la República. Art 5° El Ejército usará el Pabellón Nacional de que habla en artículo 3°; y cada batallón o regimiento, llevará en su bandera o estandarte, y en la faja de color amarillo, el número que le corresponde, según lo que al respecto disponga en Ministerio de Guerra. Art 6° Las banderas que enarbolen los buques de la marina mercante y toda persona particular, serán las que se determinan en el artículo 2°" Entre 1900 y 2007 No se dieron mayores novedades en cuanto a la bandera entre estos años, salvo los ya usuales de mal uso de la bandera y el escudo por falta de reglamentación adecuada. La Bandera sin el Escudo Ahora bien; entonces, tal como ahora, el uso del escudo de armas en la bandera le da un carácter de oficial y por ello algunos estados, como el Ecuador en 1900, han legislado el uso de la bandera de diversas formas, para el uso de los ciudadanos y aún de entes estatales de menor rango. También es una realidad que la dificultad que representa para el ciudadano común dibujar adecuadamente un escudo para incorporarlo a una bandera nacional, hace más fácil su uso sin el escudo nacional. La bandera sin el escudo sigue representando a la nación, aunque cuando algunos países comparten la misma bandera, eso crea dificultades. Tal es el caso de Colombia, Ecuador y en menor grado Venezuela, por la diferencia en la magnitud de sus fajas. Algunos especialistas en banderas tratan de diferenciar las banderas de las dos naciones: Ecuador y Colombia, dándoles diferentes proporciones. Así, dejan a la bandera colombiana en la proporción usual de las banderas, que es de 2:3 (porque los colombianos sí salen a defender su bandera) y le dan a la ecuatoriana una proporción 1:2 que la hace extremadamente larga, o 1:3 que le da una mayor desproporción (porque nadie la defiende, ya que no hay una norma). Lo más triste es que esa variación en sus proporciones también se practica en el mismo Ecuador. Así, vemos banderas de distintas proporciones en colegios y aún en entidades oficiales.

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Los decretos sobre la bandera ecuatoriana nada dicen sobre sus proporciones y eso es algo que se debe legislar oportunamente, pues la bandera ecuatoriana está siendo graficada de manera antojadiza en varias fuentes de información digital. A continuación vemos la bandera ecuatoriana comparada con la colombiana. La diferencia se marca más cuando se ve las banderas con el escudo:

Colombia 2:3

Ecuador 1:2

¿Cuál es la proporción a la que debe ir la bandera ecuatoriana? ¿Debe ser 2:3 como la gran mayoría de las banderas del mundo? ¿O debe ser en una proporción alargada de 1:2 como se ha graficado aquí, o aún 1:3, que la desproporciona totalmente? Esa es una decisión que deberá ser tomada cuando se haga una revisión seria de la legislación vigente que rige los símbolos patrios. Pero es una revisión que debe hacerse bien, con tiempo y prolijidad, para evitar los errores en que se han incurrido en el pasado. El Día de la Bandera El 23 de septiembre de 1955 se emitió un decreto legislativo que declaró al 26 de septiembre como el día de la bandera, al haber sido restituido el tricolor colombiano como bandera nacional del Ecuador en esa fecha. Este decreto se publicó en el Registro Oficial N° 942, del 8 de octubre de ese año. Desde entonces, ese día se celebra en todo el país con homenajes a la bandera nacional. En ese día se realiza la jura de la bandera en los planteles educativos del país. El uso de la bandera Hace falta una reglamentación clara sobre el uso de la bandera nacional. El decreto de 1900 no cubre algunos detalles que se pasaron por alto. Veamos algunos ejemplos:

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Hay un detalle de frecuente ocurrencia, que se escapa: El debido respeto a la Bandera cuando se entona el Himno Nacional. En las ceremonias oficiales y privadas se tiene la mala costumbre de colocar las banderas en la parte posterior de las "mesas directivas", de tal forma que los funcionarios que están en ella le dan la espalda a las banderas. Cuando se entona el himno, ellos permanecen de espaldas a la bandera, lo cual es un irrespeto. Deberían darse la vuelta y mirar a la bandera. La bandera debe colocarse de tal forma que todos los presentes la puedan mirar cuando se entona el Himno Nacional, pues esa es una señal de respeto y veneración. Una demostración patética de falta de ceremonial lo tenemos en la imagen adjunta, que constituye uno de los momentos más solemnes del uso de la bandera: Como vemos, los oficiales militares están recogiendo la bandera sin ceremonia alguna, como si fuera un trapo, cuando ese acto debería ser ceremonioso y responder a un protocolo. Estandarización de colores Otra sugerencia es el establecer estándares para los colores. Las banderas ecuatorianas tienen cada una un color distinto. En Venezuela ya han establecido un patrón de colores que tiene que ser usado por todo confeccionador de banderas y aún para el uso de imprentas. Proporciones - efectos visuales Para tener una mejor idea de los efectos visuales que causan las variaciones en las proporciones, veamos tres ejemplos:

Bandera en proporción 1:1, usualmente usada en forma de banderas para vehículos oficiales.

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Bandera en proporción 2:3, la forma usual de la mayoría de las banderas nacionales.

Bandera en proporción 1:2, la forma en que se grafica la bandera ecuatoriana en Internet.

Esta bandera requiere un asta muy alta para que nunca toque el suelo, que es una de las mayores ofensas que se puede hacer a una bandera. Reubicación del escudo Otra sugerencia para mejorar el uso de la bandera puede ser el permitir la reubicación del escudo en el cuarto superior pegado al asta (cantón), para facilitar su doblado, y usar el escudo en el centro sólo en los pabellones que permanecen siempre expuestos:

En fin, la conclusión más importante a la que se ha llegado es que nuestra actual bandera es la misma de nuestra independencia en cuanto a colores y magnitudes de sus fajas. Algunas personas pueden decir que entonces este trabajo no tuvo razón de ser, pero la verdad es

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que el asunto de cual había sido nuestra bandera de la independencia nacional no estaba nada claro y se había prestado a muchas confusiones. Felizmente este trabajo concluye demostrando esta verdad comprobada y así queda resuelta una duda que ha creado incertidumbre por muchos años. Una duda resuelta es una duda menos en nuestra maltratada historia.

Guayaquil, 5 de julio de 2007

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DISCURSO DE BIENVENIDA A LA DRA. ANA LUZ BORRERO VEGA COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Juan Cordero Iñiguez Director del Capítulo de Cuenca de la ANH

Ana Luz Borrero Vega, cuencana de nacimiento y de corazón, ha dedicado su vida al estudio y está en la cátedra universitaria desde 1984, después de formarse y graduarse con honores en la especialización de Historia y Geografía de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, donde continúa sus labores académicas, hallándose en este momento en su año sabático, que lo está utilizando en un gran proyecto, que es como una suma de sus preocupaciones, darnos a conocer cómo se desarrolló la ocupación humana en el territorio cuencano, desde su fundación hasta nuestros días. La distinción lograda como la mejor estudiante de su promoción, reconocida por la Universidad con la concesión del premio Benigno Malo, da testimonio de su empeño académico. Obtuvo todos los títulos que ofrece nuestra Facultad, inclusive el de doctora y siguió estudios de cuarto nivel que le han dado un Diplomado en la enseñanza de Historia y Geografía, en Quito; una Especialización en Población y Desarrollo, en Chile; una Maestría en Artes y Ciencias, en Ohio; y, una Especialización en Docencia sobre Cultura e Historia de América Latina, en Sevilla, con los auspicios del Colegio de América y de la prestigiosa universidad Pablo de Olavide. Ana Luz se ha desempeñado como directora del Centro Académico de Historia y Geografía y de la Sección del mismo nombre de la Casa de la Cultura. Ha sido directora o coordinadora académica de una Maestría en Población y Desarrollo; de postgrados propiciados por la Facultad de Filosofía, y de un convenio de intercambio y movilidad académica de estudiantes de las universidades de Cuenca, Sevilla, Veracruz y Montevideo.

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Así mismo, ha participado como invitada a ejercer la cátedra universitaria en varios lugares del país y ha dirigido investigaciones y proyectos académicos. Citemos algunos: Profesora de Geografía Humana y de Integración entre el espacio y la sociedad en el décimo segundo y vigésimo cuarto cursos nacionales de Geografía Aplicada. Directora de una investigación sobre los cambios poblacionales y las migraciones en el Azuay; de otra sobre el sector informal urbano en Cuenca; de un sólido trabajo, en coordinación con otros profesores universitarios, sobre la recuperación de la memoria histórica de Cuenca y de uno más sobre la geografía de los paisajes de Cuenca. Asesora y directora en el tema de migración dentro de la investigación titulada Mujer, familia, migración y actividades productivas en los cantones orientales del Azuay. Entre los foros, cursos, seminarios y talleres en los que ha participado, coordinado, ha sido moderadora o ha presentado alguna ponencia están los siguientes: Descentralización y participación social; Pobreza y ruralidad; Mujer y migración; Mujer y comunicación; Bases políticas, sociales, culturales y económicas para la construcción del Nuevo Ecuador; Regionalización del Ecuador, propuestas para el Austro; Comunicación, educación y desarrollo sustentable; Manejo integral de las cuencas hidrográficas, con énfasis en la cuenca del Paute; Cuenca y su futuro; Cuantificación de impactos ambientales; Residuos sólidos, salud y participación ciudadana; Desarrollo sustentable de montañas; Alternativas de desarrollo; La nueva ley de extranjería en España y su impacto en los migrantes ecuatorianos; Ecuador megadiverso; Cambio climático; Ciudades en el tiempo. Ana Luz ha asistido y participado en cursos y congresos nacionales de Historia y Geografía; sobre sistemas de información geográfica; técnicas geográficas, fotointerpretación; evaluación del impacto ambiental; movimientos historiográficos actuales; ambiente, comunicación e investigación; metodología de la investigación; cambio climático y retroceso de los glaciares en la zona andina; Filosofía, cultura y ciencia. Tiene membresías en la Casa de la Cultura, en la Asociación de Historiadores del Ecuador, en el Centro de Estudios ambientales de la Universidad de Cuenca, entre otras instituciones y hoy nos honra con su incorporación a la Academia Nacional de Historia.

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Autora o coautora de numerosas obras. Destacamos algunas: 1987. Historia Social y Económica de Cuenca y su Provincia. Inédita. 1989. El paisaje rural en el Azuay. (Corresponde a su tesis doctoral) 1992. La migración y la movilidad en la provincia del Azuay. 1994. Impacto de la migración en el Azuay. 1997. Mujer y migración: un fenómeno de alcance nacional y regional. 1998. Familia, mujer y migración internacional y actividades productivas. 1999. Desarrollo local sustentable: el caso de los cantones nororientales en el Azuay. 2002. La migración: estudio sobre las remesas de divisas que ingresan al Ecuador. 2004. Uso del suelo y paisaje glacial en la cuenca del Llaviuco, parque nacional del Cajas. 2005. Historia y geomorfología glaciar en el Parque Nacional del Cajas. 2006. Población y migración en la provincia del Azuay. En prensa. 2006. Recuperación de la memoria histórica de Cuenca en la primera mitad del siglo XX. (A publicarse en el 2007). Es autora de varios artículos sobre los campos de su especialización publicados en las revistas Pucara, Cabeza de Gallo y en el Diario El Mercurio. Su discurso sobre la población de Cuenca entre 1850 y 1950 corresponde a una parte de la magna tarea de estudiar al habitante y al paisaje de Cuenca desde la fundación de la ciudad y nos consta que sólo con una gran disciplina y con una precisa coordinación de varios investigadores, a quienes remunera con su peculio, podrá cumplir su compromiso con la Universidad y su anhelo de darnos a conocer, por primera vez, con documentos y estadísticas, cómo ha evolucionado una población española, india y mestiza, matizada ocasionalmente con la etnia negroide, desde que Cuenca tuvo unos veinticinco vecinos, quizá unos pocos más, hasta el registro censal de mediados del siglo pasado, cuando llegamos a sobrepasar ligeramente los 46.000 habitantes. Investigadora meticulosa, le gusta manejar los datos y términos con la mayor precisión posible y para comunicar resultados prefiere estar segura, que emitir algún criterio que pueda ser aventurado. Su mundo, el de la geografía, en sus múltiples enfoques: físico, humano, económico, ecológico, lo ha dirigido hacia el estudio de la región austral y más concretamente de Cuenca y su entorno.

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El período cubierto en su Discurso cubre un siglo de crecimiento lento pero constante de la población cuencana, aunque en ese lapso haya perdido su segunda ubicación después de Quito, por la explosión creciente e incontenible de la ciudad de Guayaquil hasta la fecha, para lo cual la provincia del Azuay, con sus viejos hábitos migrantes, ha contribuido substancialmente. Con el análisis del censo de 1950 cierra su exposición y todos esperamos que continúe su detallado estudio para que nos dé a conocer el crecimiento de cerca de 46.000 habitantes a mediados del siglo pasado a los 300.000 y más a la fecha, con toda la carga de obligaciones urbanísticas que conlleva ese crecimiento y que deben estar bien atendidas por la Municipalidad, institución que debe considerar estudios de base, de rigurosidad científica, como los de Ana Luz, para poder planificar por lo menos para los próximos cincuenta años, es decir, para llegar al medio milenio de vida cuencana, con mejores condiciones de vida para todos los cuencanos, dentro de un creciente urbanismo mundial. Ana Luz, nuevamente y de corazón, te damos la bienvenida a la Academia Nacional de Historia y esperamos tu decidida participación en el engrandecimiento de la Institución que no te es extraña porque está en tus genes, como descendiente por todos tus apellidos y particularmente por el ancestro de los Borrero, algunos de los cuales fueron miembros de nuestra centenaria Institución, cuyos nombres cimeros son los del Presidente Antonio Borrero Cortázar, autor de una enjundiosa refutación a una biografía de Gabriel García Moreno escrita por el padre Berthe y del estudio y presentación de las obras completas de fray Vicente Solano en edición de lujo hecha en 1892. En la bibliografía azuayocañari están las numerosas obras históricas y geográficas de Alberto Muñoz Vernaza, Alfonso María Borrero, Manuel María Borrero, de tu padre el Dr. Antonio Borrero y de muchos familiares más. Ana Luz, tú estás añadiendo laureles a una ilustre familia, de las más notables de esta ciudad que se ha distinguido por el esfuerzo de sus hijos. Ana Luz: Cuenca, los cuencanos, te agradecemos por tus aportes académicos y confiamos en que los seguirás dando con la misma calidad científica y sobre todo con la calidez humana, con que siempre actúas.
Cuenca, enero 2007

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POBLACIÓN Y TERRITORIO EN CUENCA: 1850-1950
Ana Luz Borrero Vega A la memoria de Guadalupe y Claudia

Discurso de incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia

Introducción Este trabajo ofrece una panorámica general de los procesos de crecimiento y poblamiento de la Región de Cuenca entre 1850 y 1950, además de ciertos aspectos del cambio urbano de Cuenca. Se delimitó este período -un siglo- en función de los cambios políticos y administrativos ocurridos en esa época. El año de inicio 1850, coincide con la época en que comienza en Cuenca un ciclo económico exportador cascarillero (hasta 1855) y también toquillero (se inicia en 1845); la fecha límite del análisis, el año de 1950, a más de ser importante por que se realizó el primer censo oficial estadísticamente moderno en el territorio nacional –que marcó una diferencia en calidad y credibilidad de la información censal entre los siglos XX y XX–, también es una época en la que se cierra el ciclo exportador de la región, en este período decaen las exportaciones azuayas del sombrero de paja toquilla. En esta investigación se utilizaron técnicas de la demografía histórica, de la historia regional y de la archivística. Las fuentes utilizadas fueron primarias y secundarias estas últimas recoge la mayoría de la literatura sobre el tema, en particular de autores como Cordero Palacios, Hamerly, Achig, Espinoza, Washbrun, Palomeque, Minchon, entre otros. Las fuentes primarias constituyen un conjunto de documentos relacionados con padrones, censos e informes sobre la población de Cuenca y su región, así como informes parroquiales. La documentación proviene de los siguientes Archivos: el Archivo Nacional de Historia/Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay (Fondo

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Administración de la Gobernación de Cuenca), del Archivo Nacional en Quito (Padrones del Azuay y Cuenca), así como del Archivo de la Curia Arquidiocesana de Cuenca. Estos archivos ofrecen valiosas informaciones sobre datos generales de la población a más de estadísticas demográficas de natalidad, mortalidad y migración. La documentación está compuesta de listas nominativas censales, realizadas en diversos años del siglo XIX y de informes de las autoridades locales como jefes políticos, tenientes políticos y gobernadores, basados muchas veces en datos de los registros de la Iglesia: bautizos, defunciones y matrimonios. Se utilizó para el desarrollo de esta investigación la información más coherente, ya que la que poseía demasiados errores de cómputo y poca credibilidad fue dejada de lado. El espacio limitado de este artículo, me impide profundizar en temas como la estructura de la población por sexo, edad, ocupación, distribución urbana y rural, alfabetización, epidemiología, salud y reproducción de Cuenca, así como de cada una de las unidades territoriales de su provincia. Características de la evolución de la población en el Territorio de Cuenca entre 1850 y 1950 Dentro del marco de la transición demográfica se analizarán las etapas demográficas de Cuenca y su región en el periodo de estudio. Cada una de ellas tienen una distinta duración temporal: la primera correspondería a fines del siglo XVIII y mediados del XIX. En esta etapa vemos dos procesos, uno de descenso o contracción poblacional, que coincide con el período de las guerras independentistas y los problemas económicos y sociales suscitados en esa época. Una segunda fase de esta primera etapa, entre 1825 y 1854 donde se produce un crecimiento poblacional con una tendencia a la concentración urbana. Luego, entre 1854 y 1861 se produce un brusco descenso de la población en general y de la población urbana en particular. Entre los años de 1825 y 1838-40, de acuerdo al análisis de Hamerly, la tasa de crecimiento fue positiva pero muy lenta, de solamente 0,42 % anual. En 1838-40 la población de la provincia de Cuenca, ascendía a 102.689 habitantes. La segunda etapa transicional se inicia a partir de 1860, época de importantes cambios políticos impulsados por el gobierno garciano, que afianza el Estado Nacional y centralista que determinara la pérdida de autonomía y la disminución del poder territorial de Cuenca. A su

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vez, la sociedad azuaya vivió un proceso de recuperación económica, que alentó también al crecimiento demográfico que se extendió hacia fines del siglo XIX. En este período la población vivió cambios positivos caracterizados por el crecimiento interno, la urbanización y por la abundante migración de azuayos a las zonas orientales y a las provincias costeñas de Guayas y el Oro principalmente. Esta situación ejemplifica la altísima e histórica movilidad de la población cuencana. El crecimiento demográfico continúa con tasas positivas en el siglo XX. A este período (1870-1930) según el demógrafo e historiador Minchom se lo puede denominar como la etapa de la “expansión demográfica ecuatoriana”. En su estudio demográfico sobre Cuenca, Hamerly citado anteriormente concluye que el crecimiento demográfico de Cuenca y su región entre 1838 y 1938 -es decir durante un siglo-, se triplicó en relación con la etapa independentista, la población creció a un ritmo de 1,23 % anual. El poblamiento en el territorio de estudio, así como el de otras regiones urbanas contemporáneas de los Andes, fue parte del proceso colonizador español de los siglos XVI y XVII que estableció una estrategia de control territorial y administrativa de las poblaciones indígenas, mediante la fundación de ciudades coloniales con característica corporativas, estamentales y jerárquicas, estructura que se conservó en Cuenca hasta fines del siglo XIX. Los vecinos de la ciudad, españoles blancos, ciudadanos con derecho a participar en el Cabildo y, por tanto, en la toma de decisiones, convivieron con otros estamentos de la vida urbana constituida por mestizos, indígenas y esclavos, en un territorio que en el período prehispánico, correspondía al área cultural Cañari. A inicios del siglo XIX la provincia de Cuenca constituía un importante foco regional dentro de la Real Audiencia de Quito, estaba conformada por los territorios de la antigua Gobernación de Cuenca que se mantuvieron con ligeros cambios desde fines del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Un aspecto constante que moldea la urbe o de la ciudad-región de Cuenca , a su población, su cultura, ideología e imaginario, fue el hecho de que ésta es una ciudad interiorana andina, aislada por su geografía debido a la presencia de los Andes como barrera física y a la falta de vías de comunicación, grave problema no resuelto sino muy tardíamente en el siglo XX.

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Para inicios de la República se puede hablar de una división geográfica regional tanto por razones físicas como culturales y sociales. Cada una de las regiones tenía sus características demográficas propias como tamaño, densidad, dispersión o concentración así como también particularidades en su composición por sexo, raza, urbano/rural y situación socioeconómica. La relación entre ciudades y sus regiones contiguas dieron lugar a la formación de una región demográfica. Según Washbrun, las regiones demográficas a fines de la Colonia pueden dividirse de tres maneras: “características básicas demográficas, relaciones entre centros urbanos y áreas anexas y, la actividad comercial y económica principal”. Desde este punto de vista se contemplan tres regiones: la sierra-norte, la sierra-sur, y la costa. Estas áreas fueron jurisdicciones administrativas, al menos en asuntos de Real Hacienda; también formaron regiones demográficamente distintas, que pueden identificarse por características de población, relaciones urbano-rurales y funciones económicas. Durante el período de estudio la población vivió cambios notorios, se destaca su contracción y su reducción como se observa en un análisis comparativo de los censos de 1780 y de 1825 , fechas correspondientes al primer censo colonial oficial y el primero del período republicano. Cuyos datos fueron de 82.708 y 75.785 habitantes respectivamente; en cuanto a la población urbana, ésta desciende de 18.033 habitantes en 1780 a 10.981 para el año de 1825. El descenso de la población así como la ruralización de la misma en el período comprendido entre 1780 e inicios de la República (1824), se produce también en otras regiones y ciudades serranas del país, tal es el caso de Quito que de 25.000 habitantes en 1780 descendió a 20.000 para 1840. Como consecuencia de la declinación de la población, en el período citado la población de la Gobernación de Cuenca se redujo en un 10%. Como se señalara brevemente párrafos arriba, las causas de este descenso poblacional son múltiples, tanto en la región de estudio así como en el resto del país, la población se vio diezmada como consecuencia de las guerras de la Independencia, el colapso de las economías locales y regionales debido, en particular, a la reducción del comercio con Lima debido a cambios administrativos originados desde el Virreinato de la Nueva Granada, con un marcado centralismo. A más

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del inicio de una fuerte emigración hacia la Costa, zona que se vinculó al mercado internacional a través de la producción y exportación de cacao. La población urbana a mediados del XIX se recupera, aunque no llega a la cifra del Censo borbónico realizado por el Gobernador Vallejo en 1778-80, para el censo de 1864, Cuenca contaba solamente con 17.080 habitantes, menor a la de fines de siglo XVIII. Durante este período, Cuenca forma parte de una red de ciudades que estructuran el espacio nacional, que se transforman, diversifican sus funciones, se extienden, y crean mercados urbanos, por ende, estimulan el crecimiento económico y productivo del país y de sus áreas de influencia. La población indígena de Cuenca, a inicios de la Colonia, sufrió un descenso demográfico muy marcado, entre otras causas debido a la mita minera. Sin embargo, para fines del XVIII la población se recuperó y creció gracias a la recepción de indígenas migrantes, conocidos en la época como forasteros; este crecimiento se debió a la migración Norte-Sur o migración intra-sierra. El Libro de Tributos de 1792, según señala Tyrer Brines, presenta en esta región una alta población inmigrante, constituida por el 75% del total. En este período Cuenca y su región se convirtieron en proveedoras de productos para la Costa, trasladados por la vía Cuenca Molleturo-Naranjal o por una ruta alterna como fue la de Cuenca-IngapircaMilagro-Guayaquil. La migración desde la región de Cuenca hacia la costa se produce ya desde inicios del siglo XIX, a este fenómeno demográfico se lo denominó “bajada a la Costa”, se trata de la emigración de campesinos azuayos hacia Guayaquil y otras zonas costaneras como la actual provincia de El Oro. Estudios previos como los de Palomeque anotan la importancia de la migración serrana a la costa durante el período de auge cacaotero. La emigración es fundamentalmente de hombres jóvenes solteros, así lo confirman los datos de población cantonales de la década de los sesenta por ejemplo. Datos del crecimiento de la población de Guayaquil corroboran esta afirmación y demuestran la importancia de la inmigración serrana, particularmente desde la zona serrana centro-sur hacia esa ciudad. En 1812 Guayaquil tenía alrededor de 13.000 habitantes , luego en 1831 contaba ya con una población de 24.000 habitantes. Este crecimiento explosivo siguió a lo largo del siglo XIX. Para 1900 la población de esta urbe ascendía a 60.000 habitantes.

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Al mismo tiempo que se producen cambios demográficos importantes por la ruptura de las relaciones coloniales, desde inicios del siglo XIX las distintas regiones del país se constituyen y articulan. Luego son éstas las que dominarán el escenario económico, político y social en el Ecuador del siglo XX; las tres principales son las de Ecuador-Quito, Guayaquil y Cuenca. A partir de la Independencia en 1824, Se producen nuevas divisiones territoriales, se crean por Decreto en el mes de junio los Departamentos de Quito, de Azuay; dividido en las provincias de Cuenca, Loja y Jaén de Bracamoros con Mainas y, el de Guayaquil. La provincia de Cuenca se conformaba en cuatro cantones: Cuenca, capital, Gualaceo, Cañar y Girón, Posteriormente se anexó el cantón Gualaquiza, cuya cabecera fue el Sígsig. En 1880 se crea por Decreto Legislativo la Provincia de Azogues, que luego en 1884 tomará el nombre de Cañar, lo que produjo la reducción territorial del Azuay . Entre 1830 y 1870 surgen nuevas identidades territoriales, éstas nacen originalmente en base de un ideario federalista formulado en el período de la Gran Colombia que construye símbolos como banderas propias; se produce también una diferenciación a través de fiestas patrias particulares como las que se celebran el 9 de Octubre, el 3 de Noviembre, a más de otros elementos culturales como el arte popular, la tradición oral. De acuerdo al criterio de Federica Morelli, la formación de “regiones” en este período s fundamenta el control que cada ciudad ejercía sobre el espacio rural de su distrito, esto dio lugar según su tesis a la formación de un sistema de ciudades-regionales, más que de regiones . Según la opinión de Morelli, la constitución de las regiones fue un proceso posterior a aquel que proponen Maiguashca y otros estudiosos del proceso regional en el Ecuador , ella sostiene que a raíz de la creación del Ecuador en 1830: “son los municipios de las ciudades los protagonistas de este proceso, el naciente Estado independiente tiene entonces un fundamento municipalista y no regional” . Este es el caso de Cuenca, cuya población jugó un papel importante en la vida política del país a partir de mediados del siglo XIX; fue significativo su aporte en la consolidación de los derechos civiles, constitucionales y democráticos, así como al desarrollo del pensamiento progresista y liberal . La decimonónica ciudad de Cuenca, capital administrativa de la provincia del mismo nombre y sede arzobispal desde 1786, se trans-

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forma urbanísticamente: comienza a evidenciar un crecimiento vertical, que transforma el sencillo paisaje de viviendas o casas blanqueadas de una planta, de adobe y tejas en construcciones cada vez más altas y complejas. Se abandona la arquitectura colonial y se inicia la construcción con los nuevos cánones arquitectónicos, imperantes en Europa y en otros países de Iberoamérica. La evolución de Cuenca se produce gracias al crecimiento demográfico y a los cambios económicos, políticos y culturales que modificaron la función urbana, aunque la economía de la región siguió siendo agrícola y artesanal . La ciudad se convierte en el escenario de los principales sucesos políticos, religiosos y culturales de la región. En este periodo se amplían las relaciones de mercado. Son bien conocidos los vínculos económicos de ésta con la economía internacional a través de la explotación y exportación de cascarillera, de la producción de tejidos y de la manufactura de sombreros de paja toquilla, elaborados en la ciudad y su región. Se produce el tránsito del la “ciudad tradicional o colonial hacia la ciudad “moderna” o “ciudad de la primera modernidad”; la vida de la sociedad se seculariza, se tratan de mejorar las comunicaciones, los medios de transporte, el sistema escolar y educativo así como la salud pública. En este período surge un nuevo modelo de gestión de la ciudad , de manejo urbano, de planificación y, es entonces cuando nacen reformas al higuienismo y presentación de la ciudad; se construyen edificios para escuelas, colegios, hospitales, sanatorios, lazaretos, casas de beneficencia, sociedades de obreros, etc. Durante este período Cuenca luchó por romper con el aislamiento geográfico mediante la construcción de vías, de carreteras y del ferrocarril, tal es el caso la construcción del ferrocarril del Azuay (Sibambe-Cuenca) que se iniciara en 1875 y concluyera muy tardíamente en 1966 . También se pensaba en la construcción de una vía de ferrocarril de Yaguachi a Naranjal para favorecer la comunicación con Guayaquil . Un trabajo constante a lo largo de este siglo, redoblado desde 1861, fue el de la vía Cuenca-Mollelturo-Naranjal, a más de otras vías. Importante logro en la comunicación fue el establecimiento de una línea telegráfica, servicio inaugurado el 10 de agosto de 1885, que en parte alivió el fuerte aislamiento de la zona con otras ciudades, con los puertos y el mercado exterior.

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Transformación y crecimiento de la población del siglo XIX En la década anterior a 1840, la población de la provincia del Azuay (que incluía a la de Cañar en su territorio), sumaba un total de 102.689 habitantes, para finales de los años cuarenta, según el censo o padrón presentado por el Ilustre Consejo Cantonal de Cuenca, la población provincial, para julio de 1849 era de 124.215 habitantes; divididos en tres cantones: Cuenca con 55.993, Azogues con 41.936, Gualaceo con 26.286. Desde el punto de vista étnico, la población blanco-mestiza constituía el 45.7 % del total, la indígena el 54 % y la negra 0.3 %. Este censo también presenta datos sobre la población de indios conciertos e indios libres, los primeros suman un total de 12.030 entre hombres y mujeres. Durante la década de los cincuentas se llevan adelante varios censos, en los archivos se conservan los de: 1854, 1855 y de 1857, se escogen los datos de 1855 para su descripción: La población de la provincia de Cuenca, formada por los cantones antes citados suma un total de 122.215 habitantes, que muestran un ligero descenso de la población en relación a los datos de 1849. Existió un gran interés por conocer datos completos sobre la población durante la presidencia de García Moreno, es así que en el año de 1861 se crea la Ley del 11 de Abril, que establece un modelo sobre la obtención y presentación de los resultados censales, además este gobierno insiste en la obtención de información básica parroquial sobre indicadores de natalidad, mortalidad, nupcialidad, así como la descripción de las causas de la mortalidad, orden que es ejecutada por el gobernador de la provincia, los jefes políticos cantonales, los tenientes políticos parroquiales y por los curas párrocos; Es 1861 el año con mayor número de información censal y de estadísticas vitales de todo el siglo XIX, esta información desde la gobernación se enviaba a Quito, se la recepta quincenalmente, y se mantuvo en los libros copiadores en Cuenca. Según el censo del año de 1861, la población total de la provincia asciende a 117.376, de la cual 59.136 pertenece al cantón Cuenca, y 20.809 habitantes pueden ser considerados población urbana de esta ciudad , la composición étnica era la siguiente: población blanco-mestiza 37,2 % y la indígena 62,8 %, situación similar a otras áreas de la provincia a la región austral.

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El análisis demográfico de los censos entre 1849 y 1871, es muy complejo debido a la enorme discrepancia de datos que existen entre sí, sin tomar en cuenta el hecho de la creación de nuevos cantones, impide un análisis certero de la población dentro de límites y territorios cambiantes. Además, cabe señalar que en ciertos casos los cabildos y parroquias del siglo XIX, a mayor población podían pretender mayor representatividad política; lo que determina que en ciertos censos las cifras no reflejen toda la realidad, sino más bien son el producto de la necesidad de las autoridades de aumentar el número de habitantes de su región por razones electorales. Pero, por otro lado pueden presentar cifras inferiores a la real, ya que también pueden sufrir una sobrecarga de tributos y de obligatoriedad de trabajo en la obra pública, que dio lugar a que se disminuya intencionalmente el número de hombres de los cuadros poblacionales estudiados. Como muestra de la afirmación anterior, se pueden dar los siguientes ejemplos: en el censo de 1857, se establece que los habitantes de la provincia del Azuay eran 122.243 y de Cuenca urbana 10.918 habitantes, por el contrario, pocos años más tarde, el censo de 1861 presenta una población provincial de 117.376 habitantes y para el año de 1868 una cifra muy similar de 117.649 (ver cuadros demográficos en el anexo N° 1, particularmente cuadro N° 5). Durante el último cuarto del siglo XIX, en 1885, se lleva adelante un nuevo censo provincial con datos e información detallada de la composición de la población por grupos de edad, por sexo y ocupación. A pesar de que se ha desmembrado a la provincia del Cañar, la población de la provincia presenta un crecimiento demográfico importante con un total de 104.307 personas y el cantón Cuenca 64.183. Entre 1850 y 1885 se puede hablar de un auge exportador y de un aumento poblacional, a pesar de que no hay cambios tecnológicos notables y tampoco mejoran las comunicaciones interregionales. Pero a partir de 1885 se nota una decadencia de la exportación de la “cascarilla” y la quinina. La producción agrícola y ganadera sirve para abastecer al mercado interno regional. Una tendencia constante de las estadísticas vitales durante el siglo XIX, que se pueden observar en particular entre 1850 y 1885, es el de las altas tasas de natalidad y de mortalidad infantil, así como un elevado índice de nupcialidad. Los detalles de los registro parroquiales y de las tenencias políticas, dejan perfilar las cusas de la elevada mortal-

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idad, en el caso de los niños, enfermedades infecciosas y parasitarias, en el caso de las mujeres jóvenes por parto. La viruela, el sarampión, tercianas, fiebres, disentería y otras enfermedades acosan constantemente a la población. Los tenientes políticos se quejan constantemente de la falta de recursos para combatir las enfermedades infecciosas como viruela y sarampión. Entre otras razones, para mejorar el estado de la salud de la población, se crea un cargo municipal que es el de “Médico de Vacunas”, que consta en el listado de empleados municipales de 1892. Otra tendencia que también se puede observar a través de esta información, es el crecimiento de algunas parroquias y la aparición de nuevos asentamientos relacionados con la producción o la extracción de algún recurso, como el caso de algodón y la paja toquilla, hacia la zona sur oriental de la provincia, hacia la Costa y hacia las zonas mineras, incluidas las de los placeres auríferos del Paute, del Namangoza, etc. Al analizar la composición de la población por raza, se pueden definir áreas predominantemente indígenas y otras con predominio de población blanco-mestiza. En cuanto al índice de masculinidad, las zonas urbanas muestran una importante presencia de mujeres, frente a las zonas rurales que pueden presentar un mayor número de fuerza laboral masculina. Los datos sobre ocupación en los censos de 1875 y de 1885, permiten observar la altísima participación de la mujer en la producción y en la economía regional; las encontramos como propietarias, comerciantes, artesanas, trabajadoras independientes, agricultoras, jornaleras, entre otras. En Cuenca la actividad comercial y mercantil predomina en comparación con otras localidades de la región, en esta actividad es muy importante la participación femenina. Es interesante conocer que su variada actividad artesanal está relacionada con dos de las más importantes actividades manufactureras de exportación en la región: la primera, la de los tejidos, tocuyos, bayetas, mantas, etc., la segunda como tejedoras del afamado sombrero de paja toquilla. Existe un altísimo número de hiladoras y tejedoras en los diferentes censos, esta rica información la obtuvimos sobre todo de los censos nominativos, también se desempeñan como costureras, tejedoras, sombrereras, chicheras, cocineras, hilanderas, fajeras, tejeras, estereras, peineras y bordadoras, etc., el cantón con una mayoría de población dedicada a la producción del sombrero de paja toquilla en

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1875 es el de Azogues, el 60 % de la misma figura como sombrereros, de los cuales el 53 % está conformado por mujeres. Otras fuentes informan sobre el desarrollo educativo de la provincia, se obtienen los datos de las escuelas primarias, del número de estudiantes por sexo, se determinan también los problemas y dificultades de la educación provincial. La educación femenina aunque no generalizada, comienza a ser cada vez más importante a partir de la década de los años cincuenta. En el censo educativo de l857, en Cuenca, de un total de 568 estudiantes primarios, 87 eran mujeres, frente a 17 escuelas para niños, existían solamente 3 para niñas . Para el censo del año de 1885, se incrementa la información solicitada, se añaden a los datos demográficos otros muy valiosos que permiten conocer un perfil socio-económico de la población, entre éstos están las características del domicilio, donde se distingue entre domicilio fijo y precario, la religión, el número de extranjeros, que era muy bajo, -la mayoría franceses- y también italianos, ingleses, españoles, chilenos, en este orden. Describe las profesiones; divide a las mismas en científicas, y artesanales, existían 138 personas calificadas como profesionales científicos y el resto corresponde predominantemente a actividades artesanales, industriales y agrícolas. La importancia de los artesanos puede interpretarse por el número de personas que asciende a 6414. Cabe señalar que profesiones que se consideraban artesanías, hoy son profesiones, que necesitan de una larga formación universitaria, como la de arquitecto y dentista. El mayor número de artesanos es el que comprende a la rama de de tejedores y tejedoras luego la de sombrereros y sombrereras le siguen otras como tintoreros, plateros, latoneros, escultores, joyeros, zapateros, picadores de tabaco, cigarreros, cereros, peleteros, curtidores, molineros, comerciantes y músicos. La Población en la primera mitad del siglo XX Durante las primeras décadas del siglo XX existe una marcada ausencia de datos e información sobre la población de Cuenca y su región. Únicamente estimaciones de la población permiten reconocer un importante crecimiento y expansión demográfica en la zona así como en el resto del país; el ritmo de crecimiento sobrepasa el 1,5 % anual.

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Para 1920 el número de habitantes de Cuenca asciende a 30.000 habitantes de la provincia del Azuay en 1938 es de 240.717; las cifras de población de estas décadas nos permiten confirmar la importancia del crecimiento demográfico de la región que se inicia desde los años sesenta del siglo pasado (que se mantiene alrededor del 1,23 % anual entre 1838 y 1938). Un estudio Cisneros publicado en 1948, presenta un cuadro de la población del cantón Cuenca y de la provincia durante la década de los cuarenta, con los siguientes datos: en 1941 101.676 y 254.147 respectivamente y para 1945 las cifras que denotan crecimiento están por el orden de 114.309 para el cantón Cuenca y de 273.659 para el Azuay, pero al no ser cifras censales tienen menos confiabilidad. Para 1950, primer censo moderno, la población provincial era de 250.975 y la ciudad de Cuenca de 52. 606, lo que demuestra un notable crecimiento con respecto al año de 1920. Desde 1950 en adelante Cuenca mantendrá un continuo crecimiento, y en su entorno en las parroquias y caseríos que conforman su zona suburbana el crecimiento será aún mayor, donde se puede observar el impacto de la expansión urbana. La tasa de crecimiento del Azuay entre 1950 y 1960 fue de un 2,95%, ésta puede ser considerada alta si la comparamos con otros países del mundo y moderada si la confrontamos con los ritmos de crecimiento demográfico de otras regiones del país a aún más dinámicas en su crecimiento, como es el caso de los centros urbanos de la Costa para ese período. Conclusiones A través de la recolección de las fuentes primarias documentales -durante el proceso de la investigación-, se pudo observar a través de esbozos de información, una riqueza todavía no explotada que debe ser analizada, particularmente a partir de los censos nominativos. Conforme avanza el siglo XIX, aumenta la información demográfica, en cantidad, en calidad y en mayor rango de datos y variables. Pero, un problema sin resolver por otro lado es el de la escasa información sobre la población provincial durante las primeras décadas del siglo XX. La información documental del siglo XIX, para ser analizada correctamente, necesita de una mirada global, para su análisis y comparación, no se puede hacer afirmaciones sin revisar toda la informa-

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ción posible, así como los contextos y las razones históricas para el levantamiento de la misma. Se debe tomar en cuenta la intencionalidad con la que fueron levantados y escritos esos documentos oficiales. La recolección de la información censal, fue producto de la necesidad gubernamental y municipal de obtener información para efectos electorales, de tributación y por razones de gestión político-administrativas, tanto públicas como religiosas, por ejemplo el caso del cobro de los diezmos. La tendencia general de las informaciones censales y de los padrones es inexactitud de los datos; ciertos importantes cuadros presentan errores de cómputo. Los cambios territoriales a lo largo del período de análisis son muy numerosos, por tanto se dificulta la comparación y el análisis de la información poblacional a nivel parroquial y cantonal. El aumento de población, el crecimiento económico y razones geopolíticas dieron lugar a la erección de nuevas parroquias, nuevos cantones, así como eliminación de cantones y desmembraciones territoriales mayores, como la escisión la provincia de Cañar. El corto tamaño de esta investigación no permitió llegar a profundizar el tema de las relaciones entre los procesos de transformación urbana y el crecimiento de la población durante el período estudiado, analizar las correlaciones entre crecimiento poblacional, cambio social y urbanización, que se ampliará en una investigación futura. Se puede concluir indicando existieron diversas etapas según las características del crecimiento demográfico, así como importantes cambios en el crecimiento urbano de Cuenca, también se destaca la emigración de la población provincial, en general Cuenca y su región mantuvieron un crecimiento positivo sobre el uno por ciento anual. La población urbana de Cuenca, se nutrió por el crecimiento natural y también por la inmigración interna, sobre todo de población de las parroquias cercanas a la ciudad, la movilidad de la población masculina dio lugar a una composición de la población con predominancia de la población femenina.
enero 26 de 2007

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E N

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1850

-

1950

Bibliografía:

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ANEXO N° 1

Cuadro N° 1 Censo de la Población de la provincia de Cuenca en 1849

PO BL ACI Ó N Y T E R R I TO R I O

Cantón

Parroquias

Blancos Indígenas Hombres Mujeres Niños Niñas Hombres Mujeres Niños Niñas

Negros hombres mujeres totales

Cuenca

E N CU EN C A 1850 -

Sagrario San Sebastián San Blas San Roque Baños Cumbe Girón Nabón Oña Jima Chaguarurcu Pucará Valle Paccha Sidcay Molleturo 10058 3422 4425 8414 10774 4334 4576 116

5452 1063 883 219 290 48 201 344 321 57 169 102 173 153 454 3

5044 1276 962 224 280 65 109 490 290 83 132 131 173 190 608 1

502 513 409 122 168 45 205 290 124 53 117 109 200 119 445 1

649 969 378 156 170 29 183 294 134 34 120 98 218 104 887 2

109 999 1709 298 918 415 462 555 208 317 140 120 400 552 1184 28

102 1115 2161 307 936 475 579 680 256 409 45 174 400 1606 1479 50

140 478 855 215 198 230 444 263 155 169 46 123 404 263 320 31

203 546 819 327 130 248 450 287 149 154 54 130 383 237 420 39

32 4 1 0 0 1 36 1 1 0 40 0 0 0 0 0

40 4 0 1 2 0 29 1 5 0 38 0 0 0 0 0 120

13173 6927 8177 1865 3052 1556 2698 3201 1653 1276 901 987 2351 2224 5797 155 55993

1950

Totales

9932

Fuente: Carpeta 18.444, julio 3 de 1849, Cuenca: datos cantonales, no se incluye la información de los cantones de Gualaceo y de Azogues Elaboración: Autora.

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Cuadro N° 2 República del Ecuador Censo de la Población del Cantón Cuenca, año de 1861
Censo de la población del Cantón de la Capital Parroquias Sagrario Sansebastián Sanblas Sanroque Baños Valle Paccha Quingeo Sidcai Llacao Santarosa Sinincai Turi Sayausí Cumbe Jima Nabón Oña Jirón Sanfernando Chaguarurcu Pucará Asunción Chaucha Molleturo Total Total en el folio 1 Blancos Indíjenas 10122 620 1449 814 1080 635 591 975 949 834 51 64 380 352 216 214 1466 897 772 112 461 546 260 111 0 23971 24141 4539 819 903 1473 2403 2080 1739 2530 1430 1287 1634 481 1304 833 1938 1659 2617 897 1117 700 407 582 541 219 203 34335 34299 Totales % Blancos 14661 1439 2352 2287 3483 2715 2330 3505 2379 2121 1685 545 1684 1185 2154 1873 4083 1794 1889 812 868 1128 801 330 203 58306 58440 60 43 49 55 45 34 25 38 40 39 3 13 22 28 10 11 36 50 69 14 53 48 48 50 0 41 41

Fuente: ANH/C, Cuenca, Censo de la población de Cuenca, marzo 27 de 1861, Jefatura Política del Cantón. ® Juan María Vásques. Elaboración: autora.

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Cuadro N° 3 Censo de la Población Urbana de Cuenca año de 1968, según edad, estado, ocupación y alfabetismo
Edad M 6871 887 1181 1025 9964 6867 1037 939 1007 9850 3741 630 1067 860 6298 960 920 596 836 3312 6648 747 1410 1031 9836 7933 1239 1219 1583 11974 men. may. Con Sin industria industria 2675 421 787 284 4167 Ocupación

Sexo

PO BL ACI Ó N Y T E R R I TO R I O

Parroquias

H

Estado Civil casados solteros

Saber Leer y Escribir si no 6929 164 335 102 7530 3679 1503 1671 1765 8618

Totales 10608 1667 2006 1867 16148

E N

Sagrario San Blas San Sebastián San Roque Totales

3737 780 825 842 6184

CU EN C A 1850

Fuente: Jefatura Política de la Provincia de los Cantones de Cuenca, Estadísticas del Censo de 1868. ANH/C, Carpeta N. 44, año de 1868. Fondo de la Gobernación del Azuay.

-

Elaboración: Autora

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Cuadro N° 4 Población de los cantones de la provincia del Azuay, año de 1885

Cantones Cuenca Gualaceo Paute Girón Gualaquiza Totales

Hombres 21.890 8.476 5.919 6.375 4.752 47.412

Mujeres 28.612 9.483 6.394 7.306 5.100 56.895

Totales 50.502 17.959 12.313 13.681 9.852 104.307

Fuente: ANH/C. Censo de la provincia del Azuay, 1885, Cuenca, junio de 1885, Firman El gobernador, El Vicario y el Jefe Político. Elaboración: Autora.

Gráfico N° 1 Distribución de la Población del Cantón Cuenca en 1885 por sexo y edad

Fuente: ANH/C, Cuenca, Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, censo de junio de 1885. Elaboración: Autora.

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Cuadro N° 5 Resumen comparativo de los datos censales de la provincia del Azuay entre los años de 1849 y 1885

Cantones Cuenca Azogues Gualaceo Total Fuente Carpetas ANH/C

1849 55.993 44.205 26.286 126.571 N. 18.444 Año de 1849

1854 77.970 36.834 25.438 140.242

1855 51.461 48.939 21.819 122.215

1861 59.136 31.681 26.559 117.376 N.72 1861 1868

1868 57.927 34.773 --117.649 N. 44 y 45

1885 64.183 N.C. 40.124 104.307 1885

N. 18.910 N. 40.662 1854 1855

Fuente: Archivo Nacional de Historia, Cuenca, varios años. Elaboración: Autora. Nota: para el censo de 1885, no constan los datos de la población del cantón Azogues, que para entonces forman parte de otra provincia, se debe tomar en cuenta esta información en el momento de analizar y comparar los totales provinciales. Este cuadro Demuestra las dificultades de análisis de los datos censales, se pueden notar las discrepancias entre 1854 y 1855, lo que da poca fiabilidad a la información.

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Cuadro N° 6 Población cantonal de las provincias de Azuay y Cañar. 1825-1893

Años

Cuenca

Girón

Total

Gualaceo Paute

Gualaquiza

Total

Azogues

Cañar

Total

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Total provincial

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1825 1849 1854 1856 1857 1858 1861 1875 1880 1892 1893

22.317 46.553 67.420 45.639 31.931 31.210 44.765 66.732 53.142 -70.669

7.335 9.440 10.550 9.469 12.738 11.311 12.021 13.434 14.052 -17.738

29.652 55.993 77.970 55.108 44.669 42.521 56.786 80.157 67.194 -88.407

------14.682 -24.331 -88.407

------11.461 11.660 17.309 -16.367

------3.901 ---13.013

18.224 26.286 25.438 23.719 24.998 23.582 30.044 -41.640 -53.281

17.610 27.552 21.857 34.258 35.433 37.060 22.759 26.290 18.635 ---

9.645 14.384 14.977 15.335 17.143 17.683 10.818 12.290 18.635 ---

27.255 41.936 36.834 49.593 52.576 54.743 33.577 38.704 40.569 64.000 --

75.131 124.215 140.242 128.420 122.243 120.846 120.407 -149.403 196.400 --

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Fuente: Silvia Palomeque Torres, 1990. Cuenca en el siglo XIX, la Articulación de una Región. Quito: FLACSO, Abya- Yala, Cuadro N. 8, p. 234. Datos de los censos de 1825, 1854, 1856, 1857, 1858, 1861, 1875, 1880.

DISCURSO DE BIENVENIDA AL DOCTOR JUAN MARCHENA FERNÁNDEZ COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Enrique Ayala Mora

Si algún acucioso historiador asiático del siglo XXIII, desde el saber dominante de entonces en la escala planetaria o quizá interplanetaria, se dedicara con asiático empeño a leer lo relevante que se hubiera escrito en su pasado, es decir en nuestro presente, sobre la Historia de lo que llamamos América Latina o lo que quedara de ella, se toparía en su búsqueda con muchos historiadores y todavía mayor número de títulos. En ese caso, tendría forzosamente que elegir solo unos cuantos autores y lecturas, que reputara más representativos e interesantes. En ese fatigoso esfuerzo me parece que se toparía forzosamente con don Juan Marchena Fernández, sus escritos, sus discípulos y sus andanzas. Para que esto sucediese hay, desde luego, muy buenos motivos. Juan Marchena ha escrito muchísimo y sobre los más variados temas. Y lo ha hecho con gran solidez de base empírica y al mismo tiempo con audacia innovadora no exenta de una vena crítica o autocrítica, e inclusive de una buena dosis de sentido del humor. Marchena es uno de los historiadores latinoamericanistas mas prolíficos y al mismo tiempo un gran sucitador. Estamos aquí para reconocer sus esfuerzos y sus aportes. Así lo han hecho muchas universidades, otras instituciones superiores y centros académicos de las tres regiones de Latinoamérica, entre ellas la Universidad Andina Simón Bolívar, que en este mismo paraninfo que hoy nos alberga, lo declaró su profesor honorario. Ahora, es la Academia Nacional de Historia la que ha apreciado los grandes aportes de Marchena al conocimiento de nuestra Patria Grande y por ello lo incorpora formalmente a su elenco como miembro correspondiente. A mi me ha correspondido intervenir con el discurso de bienvenida. Y lo hago con enorme satisfacción, no solamente porque

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estoy seguro que el aporte del recipiendario a nuestro saber historiográfico continuará siendo abundante y de calidad, sino porque se trata de un entrañable amigo con quien he compartido muchos combates por la Historia. Suele dedicarse este tipo de discursos a una revisión de la producción bibliográfica del nuevo miembro. De este modo se informa a la corporación sobre sus merecimientos y se realiza un ejercicio de crítica. Pero en este caso no voy a seguir esa costumbre. En primer lugar, porque la obra de Marchena es tan extensa y variada, que resultaría imposible abarcarla en un discurso de las proporciones que este debe tener. En segundo lugar, porque los aquí congregados como sus colegas, lectores o discípulos, hemos tenido oportunidad de leer e incluso debatir su producción, y esbozar un resumen resultaría inoficioso. En tercer lugar, porque resulta mucho más creativo y útil, sobre todo teniéndolo aquí presente, acercarnos al hombre y las diversas dimensiones de su personalidad y su obra. Por ello, permítame en pocas palabras esbozar una semblanza de Juan Marchena Fernández, el historiador. Andalucía y su capital Sevilla son un espacio privilegiado para ver a América al mismo tiempo de cerca y de lejos. No solo porque desde allí se inició la Conquista del Continente, o porque desde allí se dirigió la colonización del vasto imperio hispánico, sino porque nuestra independencia corrió paralela con la de la España rebelde, también empeñada en su propia guerra de independencia, refugiada en el último pedazo de tierra gaditana, y sobre todo porque allí se han sentido y se ha pensado mucho, quizá más que en ninguna otra parte, a nuestra América. En Sevilla se han realizado por siglos estudios americanos. Cerca del Archivo de Indias se han descubierto tramos importantes de nuestro pasado y se han definido profundas vocaciones historiográficas. Los ecuatorianos sabemos por ejemplo, que allá el Padre Enrique Vacas Galindo realizó lo que vino a ser el más extenso acopio documental sobre nuestro país. Y allá mismo encontró Federico González Suárez, nuestro más grande maestro e historiador, no solo la mayor cantidad de información, sino una buena parte de la inspiración para su magna Historia General. Juan Marchena es andaluz y estudió Historia Americana en la Universidad Hispalense. Eso definió no solo su profesión sino su opción vital. Sevilla lo trajo a América Latina y aquí quedaron para siempre su cerebro y su corazón. Todas las dimensiones de su obra deben

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verse considerando este rasgo definitorio de su identidad humana y profesional. De allí es que para muchos de nuestro oficio, el apellido de este Marchena está tan ligado a nuestro continente como el del fraile visionario que auspició a Cristóbal Colón. Sus estudios y publicaciones se han desenvuelto en el ámbito de la relación entre América y España. Se lo considera uno de los más importantes especialistas en el estudio del final del Antiguo Régimen en la Península y en las Indias, particularmente de las fuerzas militares. Pero su producción bibliográfica cubre amplísimos campos que van desde estudios sobre la Época Aborigen hasta las culturas contemporáneas; abarca temas como el comportamiento del Estado o la historia de los pueblos indígenas; trata con igual solvencia, y yo diría con similar cariño, el estudio del pasado de regiones tan diversas como Cartagena, Potosí, el interior de Argentina y, desde luego, Andinoamérica Ecuatorial, es decir, nuestro país. En todos sus trabajos se reflejan su enorme esfuerzo de investigación, su gran conocimiento de la realidad, su amplio dominio de la historiografía americana, española y mundial, su capacidad de explicar un pasado brumoso y elusivo con brillantez y claridad. Juan Marchena es un docente de vocación; diría que un maestro compulsivo, si quisiera describirlo mejor aún. Enseñar es lo que sabe y lo hace con solvencia, con pasión y entrega. Cuando enseña pone en acción todos los sentidos y hasta utiliza sus propios recursos teatrales. Domina la escena en el aula y nunca deja de provocar debate y de formular preguntas que suscitan contestaciones novedosas. Sus estudiantes recuerdan bastante los contenidos de sus cursos, pero mucho más su actitud de buscador y provocador. Juan ha tenido alumnos de muchos países y varios continentes, tanto en España como fuera de ella, lo mismo en Estados Unidos, en Centroamérica y el Caribe, como América Andina y el Cono Sur. Según él confiesa, y créame que no es mera retórica, de ellos y de haber tenido que enseñar en muchos lugares y dirigir gran cantidad de investigaciones, ha aprendido la mayoría de lo que sabe sobre nuestra América Latina. Su actividad, sin embargo, no se ha reducido a la cátedra. También ha repensado la docencia en su conjunto y ha hecho grandes esfuerzos innovadores de proyectos académicos. Como director, en muy pocos años logró hacer de la Sede Iberoamericana Santa María de la Rábida de la Universidad Internacional de Andalucía, un centro de

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formación y de encuentro de los temas de punta de nuestro subcontinente. Y luego, en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, en cuyos inicios tuvo un destacado papel y donde ahora ejerce la docencia, no solo ha realizado una labor inmensa de reivindicación de ese ilustrado americano que influyó decisivamente en la vida de la capital andaluza, sino que ha consolidado un modelo novedoso de programas doctorales en diversas disciplinas, de gran impacto en ambos lados del Atlántico. En muy cortos años esos programas han logado las más exigentes distinciones académicas en el medio español y europeo, logros que, por cierto, no han logrado conseguir instituciones con años de vida y mayores recursos. Entre esos doctorados, desde luego, los de Historia Latinoamericana han sido fundamentales. Con una gran cantidad de alumnos, pero lo que es más, de graduados, han contribuido a formar una generación de investigadores y docentes, al mismo tiempo que han coadyuvado a consolidar una relación estrecha y productiva entre las comunidades de historiadores de América Latina y España. Fruto también de la colaboración de Juan Marchena es el doctorado en Historia de la Universidad Andina Simón Bolívar, cuya dirección compartimos. Consecuencia directa de una buena actividad de cátedra son las contribuciones que un profesor hace en la dirección y tutoría de tesis. Juan Marchena ha dirigido gran cantidad de ellas. Muchas, a colegas de verdadera notoriedad profesional, que han realizado contribuciones sustanciales. Otras a gente notable pero de poca disciplina intelectual, candidatos de pronóstico reservado, a quienes ha encausado a la producción historiográfica con gran paciencia y esmero. Esto es, quizá, aún más meritorio. También es notable el gran esfuerzo realizado por Juan en el campo editorial. Su propia producción, como ya lo destaqué, es enorme y muy variada en lo que hace relación con los temas y las localidades y regiones a que se refiere. Pero también hay una gran cantidad de libros promovidos y alentados por él en varias series de publicaciones. En este campo, por ejemplo, su aporte a la preparación y publicación de la Historia de América Andina ha sido muy significativo. Y, desde luego, buena cantidad de seminarios, cursos cortos y otros eventos, promovidos en Andalucía y varios lugares de América, han complementado su extensa labor académica. Habiéndose formado en la escuela más tradicional de los estudios americanos, la de Sevilla, Marchena asimiló la experiencia acumulada. Pero al mismo tiempo se convirtió en un gran innovador no solo

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de los estudios, sino de la concepción de Latinoamérica en el medio español, y de la relación de las academias de los dos lados de la relación atlántica. En el campo la Historia y mucho más allá de él, Juan es el más importante impulsor de una renovada forma de vernos y de colaborar entre nosotros. Y esta actitud nueva, no es solamente fruto de una postura intelectual, sino de una actitud de vida. Marchena, ese gran viajero y andariego, no es un turista académico. Es alguien que en cada visita a nuestras tierras, corta o larga, trata de vivir la vida de la gente y comprenderla. Y desde luego que esa vivencia ha sido enormemente fructífera. Juan conoce nuestro continente, no solo su historia, sino su realidad actual, mucho mejor que la gran mayoría de los que lo vemos desde nuestra particular situación y circunstancia. Conoce a América Latina en sus grandes diversidades de clase, étnicas, regionales, religiosas, pero al mismo tiempo la ve como una unidad de raíces, de tragedia y de destino, con una mirada escrutadora, pero al mismo tiempo radicalmente optimista sobre el porvenir. Esa combinación de las perspectivas de cerca y de lejos, con una visión unificadora y positiva, enriquece su visión y su mensaje. De su experiencia en el conocimiento sobre burócratas borbónicos, ilustrados, miembros de las milicias y soldados, en el tránsito entre el siglo XVIII y el XIX, en uno de los momentos más complejos de cambio en la vida de la humanidad, Juan Marchena descubrió a los actores más destacados de nuestra historia, los pueblos indígenas, los mestizos y sus diversas manifestaciones, los afroamericanos, las regiones, las ciudades, las culturas específicas. Pero en su vida académica también los ha visto de cerca, ha convivido con ellos en sus continuidades del presente. Ha estado en las capitales, en las ciudades grandes, pero ha buscado también el modo de llegar a destinos inverosímiles, que ni siquiera constan en los planes turísticos más sofisticados, como pueblos perdidos en las montañas o las selvas. De allí que en sus trabajos históricos y de coyuntura, en sus obras de ficción literaria y en su afición por fotografiar lo insólito, los protagonistas son los generales y los negros trabajadores de puerto, los grandes comerciantes cartageneros y las vendedoras de los mercados andinos, las corporaciones de notables y las bandas de pueblo. Su gran erudición viene de su enorme capacidad de investigación y de lectura, pero también de haber convivido con la gente común, lo que le ha permitido hurgar la historia del pueblo llano.

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De este conocimiento de nuestras realidades, de este compromiso permanente con Latinoamérica surgió una práctica de impulso a la cooperación académica, a la vinculación con organizaciones de base, de contacto entre personas e instituciones. Marchena, que es ciertamente conocido en ambos lados, pero más reconocido en el nuestro, ha propiciado muchos conocimientos y amistades entre nosotros mismos. Es uno de los ejes de lo que hoy llaman una “red” informal que, con el tiempo, se concretó en el establecimiento en Sevilla, de una gran iniciativa como El Colegio de América, un centro académico donde se cruzan iniciativas y potencian proyectos de cooperación multinacional e interdisciplinaria. Esa identificación no solo con los temas de la Historia de América Latina, sino con su gente, alentó el apego de Juan Marchena por lo nuestro. Cuanto visitante llegó durante años a su oficina se encontró de manos a boca con una momia llevada a España por una casi olvidada misión científica decimonónica, al cabo de no se cuantas peripecias. Tan insólita compañera, desde su urna, atestiguó muchos días y noches de trabajo y no pocas discusiones de iniciativas de cooperación académica. Y si bien ya la momia ocupa ahora un lugar en el museo, Juan ha ido en cambio, acrecentando su rica colección de santos y vírgenes que son objeto del culto popular en los más diversos ámbitos de Latinoamérica. Y también ha enriquecido una extensa muestra de máscaras, tapices y exvotos que, junto con los libros, fotos y documentos, copan cuanta pared o recoveco hay en sus espacios de trabajo y de vivienda. Ahora mismo Juan sigue en pie de lucha por instalar un “diablo huma” ecuatoriano de tamaño natural, precisamente en la entrada de su casa. Decía al iniciar estas palabras que un investigador del siglo XXIII descubriría la importancia de las publicaciones de Juan Marchena sobre Latinoamérica y en lo que a nosotros hace relación, sobre Ecuador, nuestro país, al que ha dedicado varios trabajos importantes, especialmente sobre su Independencia. Pero nosotros, como muchos colegas de todo el Continente, no hemos necesitado tres centurias para darnos cuenta de ello y reconocer sus esfuerzos y sus aportes. Por eso estamos aquí en este acto en que se incorpora como miembro de la Academia Nacional de Historia del Ecuador. Con esta oportunidad escucharemos un sólido al tiempo que atrevido discurso de incorporación sobre un tema de cuya escogencia me declaro responsable, como lo soy también de su elección para la dignidad que se le otorga, junto con un numeroso grupo de colegas de la corporación que lo propuso.

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Con todo lo dicho como antecedente, y en especial con todo lo que Juan Marchena Fernández ha hecho como historiador, maestro y promotor, me complace darle la bienvenida a la Academia. Un investigador particularmente bien formado, riguroso e imaginativo, que tiene a América Latina como centro de su vida intelectual, será un gran aporte a la institución y al país. Un hombre de grandes empeños, un correcaminos activo y dedicado, un querendón de lo nuestro a quien más que los papeles le interesa la gente, más que los documentos las personas y sobre todo más que los títulos y distinciones los seres humanos, que aceptará esta recepción como un nuevo abrazo al entrañable amigo de muchos y al conocedor y descubridor de las grandes y pequeñas historias de nuestra América, la Patria Grande.

Quito, 11 de julio de 2007

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Juan Marchena F. Universidad Pablo de Olavide

Cuando nos acercamos al tema de las guerras de independencia, tanto la de España contra Francia, como las de América contra la monarquía española, lo primero que llama la atención al historiador es la indiscutible línea de continuidad que enlaza e interconecta ambos procesos. Una línea de continuidad que apenas si ha sido estudiada por las respectivas historiografías con todos los matices del caso. Salvo excepciones, no se ha avanzado mucho en ella, más allá de señalar la trascendencia del derrumbe de la monarquía y de la quiebra en España del Antiguo régimen de cara a la ruptura de los nexos coloniales; o el influjo de la Constitución de Cádiz, sus fracturas y continuidades, en los nuevos marcos políticos surgidos de estas guerras. Se ha insistido, por el contrario, mucho más en los aspectos puramente bélicos de ambos sectores en pugna que en sus diversos y mutantes comportamientos ideológicos; aspectos ideológicos que apenas si han sido tenidos en cuenta en el análisis de las décadas que siguieron al conflicto. La reciente publicación de un estudio sobre el estado del debate historiográfico en torno a las independencias iberoamericanas así viene a demostrarlo1. Rara vez el proceso de las independencias americanas ha sido analizado como un contínuum entre 1808 y 1825. Un proceso que abarca y concierne a todos los territorios de la antigua monarquía española. Un proceso que comenzó en 1808 con la forzada renuncia al trono español de la dinastía borbónica y el establecimiento en España de una serie de nuevas autoridades dispersas y a veces contrapuestas, que pusieron fin al sistema medular de autoridades propias del Antiguo
1 Manuel Chust y Jóse Antonio Serrano (eds.), Debates sobre las Independencias Iberoamericanas, Estudios AHILA, Vervuert, 2007.

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régimen; proceso que continuó sin interrupciones a lo largo de 1809 y 1810 en la totalidad de los territorios americanos, igualmente con el establecimiento de nuevas autoridades dispersas y asimismo contrapuestas, que, del mismo modo que en España, pusieron fin también al antiguo sistema de gobierno colonial. En ambos casos, la resistencia de las autoridades tradicionales fue grande, negándose a entregar el poder y actuando con contundencia contra lo que consideraron era una revolución política que les apeaba del mando y de sus privilegios corporativos. Si en España las autoridades de los viejos Consejos de Castilla y de Estado se enfrentaron a las diversas Juntas Provinciales, en su afán por no perder el poder central, en América, las autoridades de las grandes sedes virreinales, México y Perú especialmente, se opusieron con dureza a las diversas Juntas también provinciales o regionales que se fueron estableciendo, igualmente ante el temor de perder el control virreinal. De ahí que, por lo menos hasta 1814, y tanto en España como en América, la guerra, o las guerras, fueron más un producto de los cambios políticos al interior de las sociedades y de sus enfrentamientos con la dirigencia político-administrativa tradicional, que una guerra que, en el caso español, fuera dirigida expresamente a lograr la revolución social; o, en el caso americano, a la creación de nuevos regímenes republicanos en esos momentos. Ni siquiera durante el periodo comprendido entre 1812 y 1814, años de vigencia de la Constitución de Cádiz, podría afirmarse rotundamente que la ruptura total ya se hubiera producido. Ciertamente los desencuentros en Cádiz entre intereses peninsulares y americanos fueron profundos: problemas como los desequilibrios en la representatividad territorial, como la exclusión de determinados colectivos, o como el mantenimiento de una marcada dependencia fiscal y económica americana respecto de la parte española, fueron obstáculos a la larga insalvables. Pero en cambio parecen ser más las avenencias que las disonancias entre liberales de ambos lados del mar, frente a las actitudes de conservadores y absolutistas; al fin y al cabo, entendían al absolutismo monárquico como un enemigo común a batir, y al viejo régimen feudalizante hispánico como un estrecho corsé del que debían liberarse, y liberar a su vez a sus respectivos pueblos, de los que se sentían dirigentes responsables. Quedaba por discutir cómo habría de llevarse a cabo esta liberación.

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Una cierta identificación que, del mismo modo, se notaba también entre los conservadores de ambos lados del mar, quienes entendieron igualmente que el enemigo a batir eran esos liberales, españoles y americanos, que no solo propiciaban una revolución política en los territorios de la vieja monarquía, sino que avanzaban ahora en la vía de una revolución social, al parecer de ilimitados alcances, que resultaría devastadora para ellos y para sus intereses tradicionales como clase hegemónica. Pero la situación cambió drásticamente. Y de nuevo tanto en España como en América. Cuando, finalizada la guerra contra Napoleón, Fernando VII se entronizó como monarca en 1814 y abolió la constitución de Cádiz, comenzó a perseguir con toda rotundidad a los liberales, fueran quienes fueran, y decidió emprender, mediante una serie de campañas “pacificadoras”, lo que en Madrid denominaron la “reconquista” americana. Desde 1815, con la “Expedición Pacificadora de Costa Firme” al mando del general Pablo Morillo, y hasta 1820, en sucesivas expediciones, decenas de miles de soldados y oficiales, extraídos del ejército peninsular que recién había derrotado a las tropas napoleónicas, fueron enviados al otro lado del mar, desde Nueva España hasta Chile. Se les ordenaba llevar a cabo una guerra continental -de tan vastas e inabarcables proporciones como incierto desenlacecontra los que comenzaron a llamarse “patriotas americanos”. Estas expediciones fueron la consecuencia de una política imperial -ya caducada, como pronto se demostró- que pretendió no solo “reconquistar” y reinstaurar el absolutismo monárquico en aquellas regiones americanas donde la insurgencia parecía haber triunfado a las alturas de 1814; sino apoyar con los recursos ultramarinos el restablecimiento del Antiguo régimen en la propia España, habida cuenta la completa bancarrota en que se hallaba la Real Hacienda española tras la guerra contra Napoleón. Pero existió otro motivo no menos importante. La progresiva resistencia que el liberalismo español representado por la oficialidad militar estaba ofreciendo al gobierno absolutista de Fernando VII, incitó al monarca a buscar una fórmula eficaz para disolver el peligro de un ejército que, hasta entonces, había sido fundamentalmente de corte constitucional, y podía, si se empeñaba en ello, volver a instaurar por la fuerza el texto gaditano. La fórmula hallada por el rey vino a ser emplear a estas tropas en una guerra colonial, sobre todo a los oficiales liberales, forzándolos a defender los intereses

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de la monarquía al otro lado del mar, emprendiendo una guerra de alta intensidad que pusiera fin a la insurgencia americana. “Reconquistar” el continente se transformaba así una cuestión de obediencia debida, y al ejército no le quedaría sino obedecer. La receta pareció ser eficaz solo por un tiempo, hasta 1820, pero esos seis años gastados en una de las guerras más crueles del pasado americano -y como el tiempo demostró, también más inútiles- y esos 40.000 soldados y oficiales remitidos a Ultramar -que nunca regresaron o lo hicieron en una mínima partemarcaron la historia española y americana en las décadas que siguieron. Frente al estudio de las guerras en sí mismas, o paralelamente al estudio de estas guerras, han ido surgiendo tanto en Europa como en América Latina una serie de nuevos trabajos que intentan resaltar el valor de los análisis de los procesos ideológicos, sociales y económicos que se engavillan en este haz de conflictos que originaron la quiebra del Antiguo régimen en América y España, y hacer perceptibles sus gestores y sus actores, fundamentalmente los colectivos y corporativos. Sobre todo considerando este periodo como una coyuntura particularmente importante, puesto que, en su transcurso, quedaron expuestos los graves problemas de este tiempo de bisagra que, chirriante pero efectivamente, enlazó dos concepciones muy distintas de la realidad, determinando a las sociedades iberoamericanas. Una realidad, la de las primeras décadas del siglo XIX, en la que conceptos ideológicos como derechos del hombre, justicia de los pueblos, soberanía nacional y ciudadanía, transformados ahora en preceptos políticos, pasaron del lenguaje de las palabras a constituir la raíz de las luchas sociales en la conquista de la libertad2. De una libertad que, en sí misma, rompía con el pasado. Conceptos y preceptos que fueron muchos de ellos enterrados y sojuzgados en los años y décadas que siguieron, y de un modo similar en España o en Latinoamérica, pero que han constituido la raíz de las luchas sociales hasta nuestros días. Actualmente me hallo finalizando un trabajo sobre este tema que aborde, a ambos lados del mar, la cuestión del fracaso del liberalismo en el periodo de las independencias. Una vez finalizada la guerra contra Napoleón en 1814 y reinstaurado Fernando VII como monarca absoluto tras abolir la Constitución de Cádiz al amparo de las bayonetas movilizadas por el general Elío, en un golpe de estado que a muchos tomó desprevenidos, y apo2 Josep Fontana, La quiebra de la monarquía absoluta, 1814-1820, Barcelona, 2002.

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yado también por las soflamas exhortadas desde los pulpitos contra todo lo que tuviera relación con el liberalismo, impedir cualquier reacción frente al absolutismo, ahora de nuevo en el poder, fue considerado por el rey su tarea prioritaria. Entre las primeras medidas del nuevo régimen, y no como un mero detalle operacional sino como una más que significativa sentencia política, el monarca y sus ministros tomaron la imperativa decisión de enviar a sofocar las insurrecciones americanas a la mayor y mejor parte del ejército que hasta ese momento había apoyado al constitucionalismo gaditano. Así, en esta medida del rey y de su gobierno, pueden hallarse varios propósitos: por una parte, sujetar bajo la autoridad real a unas provincias ultramarinas que, desde 1810, actuaban autónomamente, rompiendo la vieja horma de la monarquía española; por otra, evitar, con una guerra formal y declarada, que los liberales de ambos lados del mar pudieran establecer algún tipo de acuerdo en la línea de recomponer una nueva “nación”, o una “federación de naciones” de carácter constitucionalista; y por último, seguramente el motivo más urgente y político, alejar del escenario peninsular a aquellas fuerzas militares que podrían, dado su manifestado afecto por la Constitución, intentar reinstaurarla de nuevo y obligar al rey a cumplirla. Ante la inmediatez de ser enviados a combatir en Ultramar por resolución real, los militares liberales españoles se hallaron confinados en los límites de una comprometida paradoja: la de obedecer al rey y por tanto ser desleales a las ideas que hasta entonces habían defendido, debiendo enfrentarse dramáticamente contra los liberales americanos a pesar de mantener con ellos -con mayores o menores disonancias- una misma ideología anti-absolutista y un similar ideal de cambios y de libertad; o, por el contrario, y como hicieron en su tierra los independentistas a los que debían combatir, luchar abiertamente contra el monarca y tumbar su régimen absoluto en la propia España3.
3 Algunas de las claves del proceso están planteadas en: FrancesoAndreu Martínez Gallego, Entre el Himno de Riego y la Marcha real: la nación en el proceso revolucionario español, Manuel Chust (ed.) Revoluciones y revolucionarios en el mundo hispano. Cit; Irene Castells, La utopía insurreccional del liberalismo. Torrijas y las conspiraciones liberales de la década ominosa, Barcelona, 1989; Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma (coord.), Liberales, agitadores y conspiradores, Madrid, 2000; otra mirada en Alberto Gil Novales, Del Antiguo al nuevo régimen en España, Caracas, 1986. Una actitud diferente fue la que tomó el que fuera guerrillero contra Napoleón y luego jefe liberal Francisco Javier Mina, que marchó a México en 1816 a seguir combatiendo contra el absolutismo del rey, uniéndose a los patriotas mexicanos y muriendo en el empeño cerca de Guanajuato, fusilado por el virrey Apodaca (1817). Manuel Ortuño Martínez, "Expedición de Mina. Intervención exterior en la independencia de México", en

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La decisión de enviar al ejército a Ultramar por parte de Fernando VII parecía basarse en un análisis no muy desacertado sobre las posibilidades que tenía el rey de volver a implantar el viejo orden absoluto, después del vendaval de la guerra contra Francia, si no se desprendía previamente de este ejército liberal que hasta entonces había luchado por una “nación constitucional”. Posibilidades que no eran ciertamente muchas porque una parte importante del ejército español en 1814, o mejor dicho, una apreciable porción de sus oficiales -excluyendo a un sector del antiguo generalato-, con grados conferidos precipitadamente en una guerra tan irregular como fue la desarrollada desde 1808, había sido hasta entonces el principal soporte de la Constitución y ahora parecía dispuesta a ser su garante; es decir, habían luchado a la vez contra Francia y contra el Antiguo régimen4, como indicaba Manuel José Quintana al ejército en el Manifiesto a la convocatoria de la celebración de Cortes: “Vuestros combates al mismo tiempo que son contra Napoleón son para la felicidad de vuestra patria...”5 Efectivamente, muchos de estos oficiales, liberales en diverso grado, se habían sentado en el hemiciclo de San Felipe Neri6: sesenta y siete diputados entre 1812-1814 eran o habían sido militares, el colectivo profesional más grande, compuesto por nueve tenientes generales, seis brigadieres, diez coroneles, cinco tenientes coroneles, cinco comandantes, nueve capitanes, cuatro tenientes, un guardia de corps, un capellán y dieciséis jurídicos. La mayor parte de ellos no procedían del antiguo ejército borbónico, sino que habían obtenido sus galones en los campos de batalla, después de 1808, peleando contra los franceses. Era un nuevo ejército. Su liberalismo quedó de manifiesto, según el estudio de Raúl Morodo y Elias Díaz, a la hora de votar los artículos y decretos más conflictivos: el 95% de los diputados militares votaron sí a la abolición de la Inquisición, el 90% a favor de la libertad de imprenSalvador Broseta, Carmen Corona. Manuel Chust (eds.) Las ciudades y la guerra, 1750-1898, Castellón, 2002, pág. 61. 4 Tesis expuesta desde hace años por Fierre Vilar, en Hidalgos, amotinados y guerrilleros. Pueblo y poderes en la historia de España, Barcelona, 1982, pág. 199. 5 Manuel José Quintana y Lorenzo, "Manifiesto en nombre de la Junta Central, a la convocatoria de la celebración de Cortes", en Isidoro de Antillón, Colección de documentos inéditos pertenecientes a la política de nuestra revolución, Palma, 1811, pág. 124. Ver también Miguel Artola, La España de Fernando VII, Madrid, 1983. 6 José Cepeda Gómez,: "La doctrina militar en las Cortes de Cádiz y el reinado de Fernando VII", en Historia social de las fuerzas armadas españolas, Vol. 3, La época del reformismo institucional, Madrid, 1986,págs.l6-22.

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ta, y más del 80% a la abolición de los señoríos7. Muchos de ellos siguieron defendiendo abiertamente el régimen constitucional a pesar de su abolición en 1814, organizando asonadas, sublevaciones y motines por buena parte de la geografía peninsular hasta 1820, y pagando con la vida, el destierro o la cárcel su marcado liberalismo8. No hay que olvidar que, finalmente, y pese al empeño que el rey puso en lo contrario, persiguiendo a los liberales con todo el rigor que pudo9, muchos de estos oficiales reimplantaron la Constitución en 1820, e intentaron mantenerla durante el Trienio Liberal. El constitucionalismo de una buena parte del ejército era, pues, más que público y notorio. Además, alguno de ellos, como el coronel de marina Gabriel Ciscar, extendía este liberalismo a la cuestión americana, proclamando en las Cortes su disposición a negociar con una América insurgente y explicando su negativa a seguir aplicando medidas de fuerza contra los liberales americanos: “El medio de la fuerza armada de que actualmente se hace uso para la pacificación de aquellas provincias... envuelve el perjuicio de establecer a la larga... un muro de bronce entre peninsulares y americanos: muro que ya en otros tiempos separó entre nosotros la Holanda y Portugal”, considerando necesario establecer “un olvido general de lo pasado para que en el marco constitucional pueda verificarse la sólida unión entre los españoles de ambos mundos”10. En las actas de la sesión de las Cortes extraordinarias del 5 de mayo de 1810, puede leerse la proclama de otro de los diputados militares: “¡Oh! americanos: no vienen vuestros caudales como en otro tiempo venían, a disiparse por el capricho de una Corte insensata, ni a sumer7 Raúl Morodo y Elias Díaz, "Tendencias y grupos políticos en las Cortes de Cádiz y en las de 1820", Cuadernos Hispanoamericanos, N° 201, 1966. Sobre este asunto ver también Julio Busquéis, El militar de carrera en España, Barcelona, 1967; José Cepeda Gómez, El ejército en la política española, 1787-1843, Madrid, 1990; Alberto Gil Novales, Ejército, poder y constitución. Homenaje al general Rafael del Riego, Madrid, 1987; Roberto Blanco Valdés, Cortes, rey y fuerza armada en los orígenes de la España Liberal, 1808-1823, Madrid, 1988. En este sentido resulta imprescindible la consulta de las obras de Manuel Chust, aquí citadas, y del Diccionario biográfico del Trienio Liberal, dirigido por Alberto Gil Novales (Madrid, 1991) para comprobar el peso y el número de estos oficiales en la práctica política del liberalismo español del periodo. 8 Charles W. Fehrenbach, "Moderados and Exaltados: The Liberal Opposition to Ferdinand VII, 1814-1823", Hispanic American Histórica! Review, N.50.1, 1970; y la sobras ya citadas de Irene Castells e Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma. 9 Ignacio Lasa Iraola, "El primer proceso de los liberales, 1814-1 SI5", Hispania, N.XXX, Madrid, 1970 10 Diario de Sesionen de las Cortes Generales y Extraordinarias, 12 de septiembre de 1813, pág. 6213. Ver también Emilio La Parra, El regente Gabriel Ciscar. Ciencia y revolución en la España romántica, Madrid, 1995.

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girse en el piélago insondable de la codicia hipócrita de un favorito”11. El mismo Riego creía firmemente, y así lo manifestó en su proclama de enero de 1820, que “la Constitución por sí sola basta para apaciguar a nuestros hermanos de América”12. Por tanto, liberalismo, constitucionalismo y negociación con los patriotas americanos eran los tres problemas-pecados gravísimos en que, en opinión de Fernando VII, habían reincidido estos oficiales liberales, pero de los que él los absolvería por la vía de la expiación al enviarlos a combatir al otro lado del mar. Una decisión que acabó en sangriento fracaso. La expedición de 1815 y las que siguieron hasta 1820 fueron a la vez una catástrofe militar y un fiasco político. Sólo lograron demorar la independencia americana, tozuda y violentamente, apenas por unos pocos años, demostrando la irreversibilidad del proceso13. Irreversibilidad que ya se sabía. El mismo rey José Bonaparte, José I de España, había sido informado a fines de 1811 por sus consejeros y ministros españoles: “La parte débil del sistema actual de España, como no se le ocultará a Vuestra Majestad, es la conservación de las Indias... Existe un convencimiento general de que las Indias están perdidas, y que tras habernos agotado durante tres siglos para adquirirlas y defenderlas, su repentina emancipación nos condena a un periodo de miseria”. Años antes, el ministro Aranda ya se lo había advertido también a Carlos IV: “Si España entra en guerra en Europa, las poblaciones de América, que, resentidas y descontentas, esperan una ocasión de levantarse, se aprovecharán, pues no pudiéndose enviar pronto grandes fuerzas contra ellas tendrán tiempo para preparar su defensa”14. Y el mismo Napoleón sabía que la sublevación americana se venía encima ya en 1808, cuando el 19 de mayo de ese año ordenó que “es preciso enviar en el acto 500.000 francos a El Ferrol para armar seis navios y tres fragatas. Llevarán 3.000 hombres que, desembarcados en Buenos Aires, pondrán a América al abrigo de cualquier acontecimiento”. Al mismo tiempo nombraba al brigadier Vicente Emparán como capitán general de Venezuela, ordenando embarcarse para Caracas con varios miles de fusiles en el
11 Id. Diario de Sesiones... 5 de mayo de 1810. 12 Sobre este convencimiento de Riego, Antonio Borrego, El general Riego y los revolucionarios liberales, Ateneo de Madrid, 1885-1886; Stella-Maris Molina de Muñoz, "El pronunciamiento de Riego", 'Revista de Historia Militar, N° 47, Madrid, 1979. 13 M. Du Casse, Mémoires et correspondance politique et militaire du Roí Joseph, París, 1853-54, Vol.IV, pág. 467. 14 Andrés Muricl, Historia de Carlos IV, Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1959, Vol.I., pág. 155.

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navio El Descubridor. Además nombraba al general Gregorio de la Cuesta (entonces capitán general de Castilla la Vieja) virrey de México, y a varios coroneles para diversos destinos en Veracruz y otros lugares de Nueva España. Era una forma de sacarse de encima a los viejos generales borbónicos, a la vez que asegurar la tranquilidad de las colonias. A Castaños (capitán general en Andalucía) le ofreció también otro virreinato, quizás el peruano. Es decir, enviar a América a los enemigos, lo más lejos posible, no fue un invento de Fernando VII. Las medidas napoleónicas no se concretaron porque los acontecimientos lo impidieron, pero todo indica que estuvo a punto15. En todo caso lo que obtuvo Fernando VII enviando al ejercito a América fue imposibilitar cualquier acuerdo entre las partes.. Esta idea de un acuerdo entre los liberales de ambos lados del mar fue defendida durante el periodo por diversos autores españoles, en una variedad de posturas, desde Alvaro Flores Estrada en su Examen imparcial de las disensiones de la América con la España, de los modos de su reconciliación y de la prosperidad de todas las naciones16, publicado en Cádiz en 1812, hasta Blanco White, en las páginas de El español, de 1810 a 1814, y luego en Variedades y El mensajero de Londres. Uno de los más activos defensores de un acuerdo transoceánico entre liberales fue José Joaquín de Mora, editor del almanaque No me olvides, quien recorrió varias repúblicas americanas y que incluso participó en la elaboración de la constitución de Chile17. La idea de una construcción federal de la monarquía española o hispánica fue igualmente considerada, al menos por parte de los liberales más progresistas18.
15 Estos generales parece que silenciaron luego estas ofertas de Napoleón, so peligro de ser acusados de traidores, y no informaron de ello a las Juntas respectivas, salvo Emparán, que lo comunicó a la de Sevilla y ésta lo nombró entonces para idéntico cargo, marchando a su destino en 1809. José Ramón Alonso, Historia política del ejército español, Madrid, 1974, pág. 120. 16 Cádiz, Imprenta de Jiménez Carreño, 1812. 17 Vicente Lloréns, Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra, 1823-1834, Madrid, 1979. 18 Manuel Chust (cd.) Federalismo y cuestión federal en España, Castellón, 2004; Manuel Chust, La cuestión nacional americana en las Cortes de. Cádiz, Valencia, 1999, págs. 232 y ss; José Luis Villacañas Berlanga, "Una propuesta federal para la Constitución de Cádiz: el proyecto de Flórez Estrada", en Manuel Chust e Ivana Frasquet (eds.), La trascendencia del liberalismo doceañista en España y América, Valencia, 2004. Para el caso mexicano, Manuel Chust e Ivana Frasquet, "Soberanía hispana, soberanía mexicana: México, 1810-1824", en Manuel Chust (coord.), Doceañismos, constituciones e independencias. La Constitución de Cádiz y América, Madrid, 2006, pág. 169.

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Un acuerdo entre las partes que hubiera evitado también el papel preponderante que una generación de militares iluminados por la guerra alcanzó en la política española y en la latinoamericana durante las décadas siguientes, manifestado en el militarismo autocrático que acabó por imponerse en muchas repúblicas al fin de la guerra por la independencia19, o en las llamadas “guerras civiles”, en las guerras entre federalistas y centralistas, o en las guerras interregionales, en el caso americano; o en las guerras carlistas en el caso español, y en la continuada presencia de militares caudillos actuando políticamente como garantes y salvadores de la nación y de la monarquía. Un papel preponderante, en resumen, del caudillismo político-militar, que impidió el desarrollo normal de las recién surgidas “entidades nacionales” en marcos jurídicos más acordes con los nuevos tiempos, y otra vez a ambos lados del mar. Por otra parte, estas expediciones ordenadas por Fernando VII a partir de 1814 produjeron, además, una terrible sangría humana. En las regiones americanas donde actuaron (que aún queda como un re cuerdo aterrador e imborrable en la memoria colectiva de estas naciones) su efecto fue devastador, y sus víctimas pudieron contarse en decenas de miles. El mismo Morillo, a los pocos meses de llegar, comenzó a actuar como un verdadero iluminado por una guerra sin límites, en un escenario donde, en sus propias palabras “todo es sangre, destrucción y horrores”, “entre montones de cadáveres que resultan de cada acción ganada o perdida”, solicitando continuamente más y más poderes en la jurisdicción neogranadina. Así se lo hizo saber en marzo de 1816 al secretario del Consejo de Estado para que se lo comunicara a Su Majestad: “Creo pues de mi obligación, Sr. Excmo., repetir que en Venezuela la autoridad suprema debe residir en uno solo, que ésta debe ser ilimitada, y que a estas provincias... no se las debe considerar más que como un vasto campo de batalla donde solo decide la fuerza, y en donde el general que dirige la acción la gana en vista de su talento o fortuna sin que nadie se atreva a hacer otra cosa más que obedecerle, callar y ejecutar sus órdenes...” 20.
19 Muy revelador es en este sentido el trabajo de Tulio Halperin Donghi, "Del Virreinato del Río de la Plata a la Nación Argentina", en Víctor Mínguez y Manuel Chust (eds.) El Imperio sublevado. Monarquía y naciones en España e Hispanoamérica, Madrid, 2004, en especial las págs. 280 y ss., donde analiza la importancia de la élite militar, surgida en 1810, en el transcurso de ¡a revolución de Buenos Aires. 20 Carta reproducida en El Correo del Orinoco, Angostura, N.2, julio 1818, págs. 1 y 2. Edición facsimilar de Gerardo Rivas Moreno, Bogotá, 1998.

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Y produjeron también una terrible sangría humana entre las mismas fuerzas expedicionarias, puesto que, a los pocos meses de llegar al continente, la mayor parte de estos 40.000 soldados y oficiales enviados habían muerto o desaparecido. Las enfermedades, producto de su falta de preparación y aclimatación; la ausencia de apoyo logístico desde España que nunca llegó; la deserción, que llevó a muchos a desesperar por la ausencia de relevos; y una guerra que duró más de diez años, acabaron con casi todos ellos. El mismo general Morillo, y el resto de los jefes militares realistas, se vieron obligados a hacer la guerra con tropas locales en su mayor parte, porque sus altivos regimientos fueron muy pronto consumidos, y de ellos apenas quedaban ya, en 1820, las banderas y los tambores. Y ello extendió aún más por el continente americano la sensación -en realidad bastante más que una sensación- de que se trataba de una guerra civil entre americanos, porque a la guerra fueron arrastrados fundamentalmente sectores populares cuyo poder de decisión para estar en un bando o en otro fue duramente constreñido por las medidas de fuerza que contra ellos aplicaron unos y otros. Sin olvidar que, además, en México, en Perú, en Charcas, en Chile e incluso en la Nueva Granada, no pocos de estos oficiales peninsulares acabaron por abrazar finalmente la causa patriota, sobre todo después de 1823, cuando, tras tantos años en América, acabaron por identificarse más con la posición de los militares republicanos independentistas que con la causa de un rey que de nuevo se empeñaba, tercamente y a cualquier precio, en mantener un absolutismo tan añejo como imposible. Al mismo tiempo, esta decisión de enviar al ejército a Ultramar fue un fracaso puramente militar. Era masiva la presencia de liberales en el seno de la oficialidad de estas unidades embarcadas, porque precisamente este era el objetivo que se pretendía, mandarlos lejos; pero también entre las tropas, puesto que la mayor parte de los soldados habían sido voluntarios presentados en las diversas ciudades españolas para luchar contra Napoleón, pero, en modo alguno, parecían dispuestos a combatir ahora en América; la guerra colonial, después de siete años de combates en el península contra los franceses, fue extraordinariamente impopular. No era una guerra ni querida, ni entendida. Definitivamente fueron a la fuerza, una especie de destino final del que muchos sabían nunca podrían regresar. De aquí que los jefes que debían mandar todas estas unidades habían de ser absolutamente fieles

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a las ideas y propósitos del monarca, absolutistas y obedientes elegidos por su pragmatismo, para mandar a una oficialidad y unas tropas que en cualquier momento podrían sublevarse; de hecho, entre las que quedaron en España, no cesaron de alzarse y sublevarse contra el rey. Es decir, las discrepancias en el seno de estas unidades, incluso antes de salir de la península, en el viaje, y ya en América, fueron continuas, y así continuaron hasta el final. Morillo reconocía que en buena parte de sus oficiales y de la mayor parte de sus tropas, no podría hallar sino una obediencia debida que en cualquier momento se quebraba. Todo un esfuerzo que vino a ser, por último, y en lo político, definitivamente inútil para el régimen absolutista, porque no logró eliminar en España el peligro que para él representaba un ejército de fuerte impronta liberal y firmemente convencido de su proyecto renovador. Prueba de ello es que, en 1820, otros militares, aborrecidos del absolutismo fanático del rey y su gobierno, de la persecución a que eran sometidas las ideas que habían defendido hasta entonces, acuartelados en Cádiz y sus contornos para ser remitidos también a América, y sabedores del catastrófico destino al que habían sido arrastrados sus compañeros en Ultramar, se sublevaron antes de embarcar y obligaron al monarca a aceptar el restablecimiento de la Constitución21. Por eso, cuando Fernando VII consiguió, tres anos después, entronizarse de nuevo como monarca absoluto tras pedir ayuda a media Europa, quitando “de en medio del tiempo” a la constitución gaditana22, pues este fue textualmente su dictamen, no dudó en emprender una rotunda y definitiva persecución antiliberal, que tuvo su fase más aguda en las acciones represivas contra los militares progresistas, disolviendo al ejército por entero y sustituyéndolo por los “Cuerpos de Voluntarios Realistas”23, creando las “Comisiones Militares” o “Juntas Depuradoras”, y “purificando” uno por uno a estos oficiales24, a fin de “limpiar
21 Antonio Alcalá Galiano, "Apuntes para servir a la historia del origen y alzamiento del ejército destinado a Ultramar en 1 de enero de 1820", Obras escogidas (Edición de Jorge Campos) Biblioteca de Autores Españoles, N.LXXXIV, Madrid, 1955, págs. 327-342 22 Josep Fontana, De en medio del tiempo. La segunda restauración española, 1823-1834, Barcelona, 2006. 23 Juan Sísinio Pérez Garzón, "Absolutismo y clases sociales: los voluntarios realistas de Madrid, (1823-1833)", Anales del Instituto de Estudios Madrileños, N° XV, 1978; Federico Suárez, "Los cuerpos de voluntarios realistas. Notas para su estudio", Anuario de Historia del Derecho Español, Madrid, 1956; Alfonso Braojos Garrido, "Los voluntarios realistas, un vacío en la historia militar de Andalucía", Milicia y sociedad en la Baja Andalucía. S.XVIIIy XIX, Sevilla, 1999. 24 Pedro Pegenaute, Represión política en el reinado de Fernando VIL Las comisiones milita-

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todas las Secretarías del Despacho, tribunales y demás oficinas y guarniciones... de todos los que hayan sido adictos al sistema constitucional, protegiendo debidamente a los realistas”25. Y ello a pesar de que estos oficiales hubieran hecho en su nombre la guerra contra Napoleón solo unos años antes, o que aún defendieran agónicamente la causa del rey en América, sumidos en un marasmo ideológico que ni los mismos protagonistas sabían explicar a cabalidad26. Así pues, liquidar al liberalismo militar había sido desde 1814 uno de los objetivos de la política real, y al fracaso de este empeño o a la “tibieza” de las medidas entonces adoptadas achacaron los conservadores el éxito del pronunciamiento de Riego y sus compañeros en 1820, causantes del “horror y anarquía” en que decían haber vivido los tres años que siguieron. Así, después de 1823, este objetivo inicial emprendido de acabar con los oficiales liberales, se transformó en el eje central de la política fernandina; una política a desarrollar a cualquier precio y de la manera más contundente, volviendo a poner en vigor los antiguos decretos de 1814. Por Real Orden de 9 de octubre de 1824 se dispuso que: “(Art.l0) Los que se declaren... partidarios de la constitución publicada en Cádiz... son declarados reos de lesa majestad y como tales sujetos a la pena de muerte... (Art.2°) Los que hayan escrito papeles o pasquines dirigidos a aquellos fines, son igualmente comprendidos en la misma pena... (Art.3°) Los que en parajes públicos hablen contra la Soberanía de S.M. o a favor de la abolida constitución... y fuesen efecto de una imaginación indiscretamente exaltada... quedan sujetos a la pena de cuatro a diez años de presidio... (Art.5°) Los que promuevan alborotos... que se dirigieren a trastornar el gobierno de S.M. o a obligarle a que condescienda en un acto contrario a su voluntad Soberana, se declaran reos de lesa majestad... (Art.8°) Los que hubiesen gritado muera el rey son reos de alta traición y como tales sujetos a la pena de muerte... (Art. 9°) Los masones, comuneros y otros sectarios, atendiendo a que deben considerarse como enemigos del Altar y los Tronos, quedan sujetos a la pena de muerte... como reos de lesa majestad divina y humana... (Art.10°) Todo espares. 1824-1825, Pamplona, 1974; Soren Christensen fed.) Violence and the Ábsolutist State, Copenhagen, 1990. 25 Instrucciones personales de Fernando Vil, en Federico Suárez, Luis López Ballesteros y su gestión al frente de la Real hacienda (1828-1832), Pamplona, 1970, pág. 84. 26 J. Marchena F., "La expresión de la guerra. El poder colonial. El ejército y la crisis del régimen colonial en la región andina". Historia de América Andina, Vol.4, Quito, 2003; Alberto Wagner de Reyna, "Ocho años de La Serna en el Perú. De La Venganza a La Ernestine", Quinto Centenario, N° 8, Madrid, 1985.

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ñol., queda sujeto... bajo el juicio de las Comisiones Militares ejecutivas, en conformidad con el Real Decreto de 11 de septiembre de 1814, por el que S.M. tuvo a bien, en las causas de infidencia o ideas subversivas, privar del fuero que por su carácter, destinos o carrera les estaba declarado... (Art. 11°) Los que usen las voces alarmantes y subversivas de viva Riego, viva la constitución, mueran los serviles, mueran los tiranos, viva la libertad, deben estar sujetos a la pena de muerte., en conformidad del Real Decreto de 4 de mayo de 1814, por ser expresiones atentativas al orden y convocatorias a reuniones dirigidas a deprimir la sagrada persona de S.M. y sus respetables atribuciones" 27. Como puede deducirse y varios autores han señalado, en la España de 1814, 1820 y 1823, y a pesar de tanto discurso encendido como se pronunció en otra dirección, preocupó más el problema político peninsular que la independencia de las colonias. O entendieron que este segundo problema estaba supeditado al primero. Y ello porque, para algunos de los oficiales liberales españoles, la tarea primordial consistía en sacar adelante la "revolución" nacional, y con ella la destrucción definitiva de las estructuras feudales del absolutismo, de las diferenciaciones sociales por origen o condición, consolidando además una soberanía basada en el poder ciudadano, en la confianza de que luego podrían arreglarse otros desajustes pendientes, especialmente con los liberales americanos, en cuanto afirmaban coincidir con ellos en las principales cuestiones de fondo; mientras que, para los otros, los absolutistas más apegados al régimen servil, lo más importante era reinstaurar el viejo orden, y evitar por todos los medios que los anteriores lograran consolidar su proyecto, toda vez que la mayoría de los conservadores estaban convencidos de que, tras las aspiraciones de una "soberanía nacional", se disimulaba la de una "soberanía popular", así como la disgregación de las posesiones dominios inalienables de Su Majestad en el Nuevo Mundo. Una doctrina de la soberanía popular expuesta, entre otros, por Francisco Martínez Marina en su, Discurso sobre el origen de la monarquía y sobre la naturaleza del Gobierno español, editado en Madrid en 181328, en el que afirma: "El Pueblo realmente es la nación
27 Reales Decretos de Fernando VII, cit., Vol.IX, págs. 224, 227. Ver también Mariano y José Luis Peset, "Legislación contra liberales en los comienzos de la década absolutista, 18231825", Anuario de historia del derecho español, año 1967. Los decretos de 1814 aquí referenciados se comentan en !a nota 88 del presente trabajo. 28 Imprenta de Fermín Villalpando, Madrid, 1813. Edición y estudio preliminar de José Antonio Maravall, Madrid, 1988, págs. 132 y 150,

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misma y en quien reside la autoridad soberana... El pueblo, que ha de estar representado en Cortes por los procuradores de los comunes, concejos y ayuntamientos, únicos representantes del reino según la ley y costumbre...". Una doctrina que, en sus fundamentos, fue la misma que aplicaron la mayor parte de los cabildos y juntas americanas a partir de 1810, de ahí que resulten idénticos los discursos a uno y otro lado del mar. Un concepto de nación que, desde 1810, se hallaba expuesto en los catecismos de doctrina civil publicados por la Junta Suprema de Gobierno en Cádiz, de carácter verdaderamente rupturista con lo anterior, en cuanto partía de una "disolución" del antiguo orden con motivo de la guerra para formar una "sociedad nueva": "El pueblo ha recobrado la libertad, cautiva por tanto malvado egoísta, y se ha puesto en el estado anárquico por disolución, reclamando incesantemente el orden y sus derechos para formar una sociedad nueva, cuyo edificio empiece por los sólidos cimientos del derecho natural y concluya con la más perfecta armonía del derecho civil, arruinando el gótico alcázar construido a expensas del sufrimiento y de la ignorancia de nuestros antepasados"29. De ahí que las Cortes pudieran actuar como una asamblea soberana a manera de convención, y, según el decreto de Cortes del primer día de reunión, el 24 de octubre de 1810, "los diputados que componen este Congreso, y que representan la nación española, se declaran legítimamente constituidos en Cortes Generales y Extraordinarias", afirmando que "reside en ellas la Soberanía nacional" 30. Es decir, se partía de una disolución del estado social originario (presocial, sin autoridades) y se conformaba una nueva realidad, una soberanía fundada en los principios del derecho natural. De donde devenía, para algunos, el carácter revolucionario de la guerra. Porque, a partir de ésta y con la constitución de una nación española por obra de las Cortes, el pueblo se sacudía del yugo absolutista y recobraba la soberanía usurpada por los agentes del Antiguo régimen. Así en el periódico El Robespierre español. El amigo de las leyes o cuestiones atrevidas sobre la España, editado en Cádiz en 1811, era corriente el empleo en tal sentido del término revolución31. En el N° 12, se lee: "El pueblo español, por medio de su gloriosa revolución, ha sacudido el yugo que le agobiaba. Ha recobrado la soberanía que le tenían usurpada, y ha dado a sus diputados todos los plenos poderes y facultades amplísimas para deshacer, reformar,
29 Andrés de Moya Luzuriaga, Catecismo de Doctrina Civil, Imprenta de la Junta de Superior Gobierno, Cádiz, 1810. 30 Decreto de las Cortes en el primer día de su reunión, 24 de octubre de 1810. 31 Isla de León y Cádiz, 1811-1812, Nums. 1 al 27, 1811-1812.

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abolir, crear de nuevo, refundir o extirpar cuanto sea conveniente a la salvación de la patria y a su futura felicidad". Similar, por tanto, a las proclamas de las Juntas Americanas. Sobre la de Quito en 1809 nada he de indicar. En bronce, en la Plaza Grande de esta ciudad, está grabada. En Caracas en 1810, la Junta y el Cabildo proclamaban que si la Junta Central en España "ha sido disuelta y dispersa en aquella turbulencia y precipitación, y se ha destruido finalmente aquélla soberanía constituida legalmente para la conservación del estado... el sistema de gobierno con el título de Regencia organizado por los habitantes de Cádiz... no reúne en sí el voto general de la nación, ni menos aún el de estos habitantes (de Caracas), que tienen el derecho legítimo de velar por su conservación y seguridad como partes integrantes que son de la monarquía española"32. Apenas unos días antes, el 19 de abril, el Cabildo había insistido en que se hacía necesario erigir un gobierno "que supla las enunciadas faltas, ejerciendo los derechos de la soberanía, que por el mismo hecho ha recaído en el pueblo, conforme a los principios de la sabia constitución de la primitiva España y a las máximas que ha enseñado y publicado en innumerables papeles la Junta Suprema extinguida" 33. Es decir, el discurso era el mismo. Era la revolución política, que se planteó por mil y una vías, a ambos lados del mar, y en la misma dirección. Vías como la adjudicación de la vieja simbología del Antiguo régimen al nuevo, como arrebatando, restando o eliminando potestad a las antiguas formas de poder, y asignando dicha potestad a las nuevas: de "soberano" a "soberanía nacional", un cambio trascendental en la legitimación del imaginario social liberal. Como se ha señalado" 34, fue precisamente un militar americano en Cádiz, José Mejía Lequerica, quiteño, diputado por Bogotá, el que propuso que al nuevo poder ejecutivo emanado de las Cortes se le habría de denominar en adelante Alteza, por ser gestor del poder nacional; que al poder judicial se le reservara el de Nación, porque en el imperio de la ley se igualaban todos los españoles; y que al poder legislativo, es decir, a las Cortes, se le adjudicara el de Majestad, por ser en ellas donde residía la soberanía. Es decir, términos antes reservados exclusivamente al soberano pasaban ahora al Estado35.
32 Gazeta de Caracas, T. II, N.95, 27 abril de 1810. 33 Acta del 19 de abril de 1810: Documentos de la Suprema Junta de Caracas, Caracas, 1979. 34 Manuel Chust , "Soberanía y Soberanos: problemas en ¡a constitución de 1812", en Marta Terán y José Antonio Serrano Ortega (eds.) Las guerra de la Independencia en la América española, Zarnora-México, 2002, pág. 36. 35 Naturalmente, en abril de 1814 los conservadores eliminaron esta disposición, declarándo-

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Como se observa, una revolución terminológica que contenía una revolución política, soportadas ambas desde la Constitución como capital jurídico36. Pero, al mismo tiempo y en otros frentes, también se estaba llevando a cabo una revolución social: la que eliminaba o pretendía eliminar los privilegios feudales y estamentales del Antiguo régimen. Fierre Vilar señala que en 1808 había en España guerra y revolución al mismo tiempo: guerra contra los franceses, y guerra entre grupos sociales más lucha de clases37, desarrolladas todas en el marco de un conflicto que, obviamente, iban más allá del mero hecho de combatir a las tropas de Napoleón. Es decir, una revolución política, y también una revolución social38; aunque, como señala Lluís Roura, ambas se desenvolvieron con una clara desconexión entre sí 39. De hecho, el término "guerra de independencia española" fue una acepción consolidada solo posteriormente por la historiografía conservadora a lo largo del XIX español, y escasamente usado durante el desarrollo de la misma. La mayor parte de los autores del momento se refirieron al conflicto como "guerra contra la invasión francesa", o "guerra y revolución de España". Por tanto, para ambos grupos españoles, el conservador y el liberal, el problema americano era una de las difíciles cuestiones que tenían que resolver, pero desde luego no el más urgente, frente al que consideraban "gravísimo problema" político de la monarquía. Es más, en este caso concreto de las expediciones, la solución aplicada pareció magnífica para el gobierno fernandino, en la medida que preveían
se "que el tratamiento de Majestad corresponde exclusivamente al rey": Manuel Chust, "El rey para el pueblo, la constitución para la nación", en Víctor Minguez y Manuel Chust (eds.) El Imperio sublevado. Monarquía y naciones en España e Hispanoamérica, Madrid, 2004, pág.235. 36 José María Portillo, Revolución de nación. Orígenes de la cultura constitucional en España. 17801812, Madrid, 2000; Bartolomé Clavero, José María Portillo y Marta Lorente, Pueblo, nación, constitución, Vitoria, 2004. 37 Hidalgos, amotinados... cit, pág. 245. 38 Antonio Alcalá Galiano, "Índole de la revolución de España en 1808", en Obras escogidas (Edición de Jorge Campos) Biblioteca de Autores Españoles, N.LXXX1V, Madrid, 1955. 39 Lluís Roura, Guerra y ocupación francesa: ¿freno o estímulo a la revolución española?, Manuel Chust e Ivana Frasquet (eds.), La trascendencia del liberalismo doceañista en España y América, Valencia, 2000, pág. 19. Agustín Arguelles, como Roura señala (pág.25), era consciente de esta desconexión, y en su obra La reforma constitucional en Cádiz (reedición, Madrid, 1970, pág. 262) aclaraba que para llevar adelante otras esferas de la revolución "hubiera sido necesario luchar frente a frente con toda la violencia y furia teológica del clero, cuyos efectos demasiado experimentados estaban ya", por lo que "se creyó prudente dejar al tiempo, al progreso de las luces y a las reformas sucesivas y graduales de las Cortes venideras, que se corrigiese, sin lucha ni escándalo, este espíritu intolerante".

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solucionar los dos problemas con una misma medida. En la realidad no resolvió ninguno de los dos; a todas luces los complicó aún más. De ahí que deba enfatizarse el significado de estas expediciones, la enviada con Morillo en 1815 y las que siguieron hasta 1820, porque sus repercusiones fueron más allá de su propio destino. El intento disparatado de Fernando VII de detener el tiempo, mediante una guerra de reconquista, remitiendo al otro lado del mar a miles de soldados, conllevó la independencia definitiva de la América continental, donde esta guerra ofensiva solo pudo ser entendida como un acto despótico de tiranía e intromisión, y las tropas españolas consideradas como invasoras y extranjeras. Ciertamente que el restablecimiento del régimen absolutista en la península hizo suspirar en América de pura satisfacción y a robustecerse mucho más en su recalcitrante postura a muchos de los militares férreamente realistas y conservadores (fueran españoles a americanos), los que sentían al constitucionalismo gaditano, tal cual alguno escribió, "como un sistema destructor de la autoridad y de la moral cristiana"; o, como anotó en Charcas el general Olañeta, "Si algo tenía de bueno la Constitución del año 12 es que jamás se observó en el Perú" 40. Pero a la vez, la vuelta al absolutismo en 1814 y el envío de estas tropas consolidó a otros de estos militares en su irreductible postura independentista y republicana, advirtiendo a los muchos indecisos americanos que ese absolutismo, "una vez el rey se quitó la máscara", era lo único que podía esperarse de las promesas españolas, que habían dejado de ser ambiguas para ser radicalmente agresivas con el envío de las unidades expedicionarias, como en 1814 expuso en México el capitán Ignacio Rayón en su proclama a los españoles europeos: "Aclamasteis al Congreso de Cádiz para que os salvase; jurasteis la observancia de una constitución que os dio, y que mirasteis como la fuente de vuestra felicidad futura... Os prometisteis que vuestro Rey sería el primer ciudadano español; pero os engañasteis en vuestra esperanza, pues resistiéndose abiertamente a guardar este Código, os ha dejado confundidos y expuestos a ser el blanco del partido llamado servil, que apoyasteis con vuestra aprobación y juramentos. El decreto de 4 de Mayo dado en Valencia, os coloca en el estado en que os hallabais cuando el valido Godoy disponía de vosotros a su capri40 J. Marchena F., "La expresión de la guerra..." Cit, pág.79.

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cho, y ahora sois tan esclavos de un déspota como lo fueron vuestros antepasados. Estos son los frutos que habéis cogido de vuestras lágrimas y sacrificios hechos por aquel Fernando, en cuyo nombre habéis inmolado más de cien mil americanos. Recorred nuestras campiñas, y las veréis desoladas: nuestras propiedades, y las veréis invadidas: nuestros templos, y los veréis saqueados y profanados: veréis poluído lo más santo, hollado lo más sagrado, y derramada por todos los ángulos de la vasta América la sangre, el duelo y la muerte" 41. El redactor del Correo del Orinoco, en el número 2 de 1818, así lo certifica también, cuando acusa a Morillo de "vendido" al absolutismo de Fernando VII después de haber jurado la Constitución de Cádiz: "Morillo, uno de los principales traidores que vendieron su patria ya libre, ya bien constituida, llena de gloria y elevada a su antigua dignidad: la vendieron, digo, y la sacrificaron al déspota. Traidores que poco antes habían jurado a la faz de la nación no admitir en su territorio si al pisarlo no juraba el mismo renunciar de toda pretensión al poder arbitrario. Sin Morillo, sin Elío, O'Donnell y otros cabecillas, la España no habría perdido el fruto de tantos sacrificios, de tanta constancia y de tan nobles y heroicos esfuerzos. ¿Qué español no se avergonzará de hacer profesión de tales sentimientos en el siglo 19? El temor de desagradar a Fernando es la única regla de la conducta militar y política de Morillo. Como su amo esté contento, ¿qué el importa que su patria oprimida por el imbécil despotismo, que él mismo contribuyó a restablecer, se halle por toda partes rodeada de males y peligros, y sobre todo empeñada en una guerra que evidentemente la conduce a su ruina, si no aprovecha los momentos de hacer una paz ventajosa? Morillo conoce esta verdad... y sin embargo lejos de desengañar a su rey, y representarle con la integridad de un hombre honrado el término fatal que debe tener esta guerra si se obstina en continuarla, lo excita a mandar nuevas tropas a perecer en América, y a vejar con nuevos impuestos a su nación para emprender nuevas cruzadas"42.

4I J. Marchena F. "Revolución, representación y elecciones. El impacto de Cádiz en el mundo andino", Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, N. 19, Quito, 2003. 42 El Correo del Orinoco, cit,. pág. 2.

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Y Bolívar, en su carta desde Jamaica de 1815 tras la llegada de las tropas de Morillo a Nueva Granada, escribía igualmente: "¡Qué demencia la de nuestra enemiga pretender reconquistar la América, sin marina, sin tesoros y casi sin soldados! Pues los que tiene apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia y defenderse de sus vecinos", para añadir que lo único logrado por los invasores en Venezuela había sido hasta entonces que "los tiranos gobiernen un desierto, y solo oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia... Los más de los hombres han perecido por no ser esclavos, y los que viven combaten con furor en los campos y en los pueblos internos, hasta expirar o arrojar al mar a los que, insaciables de sangre y crímenes, rivalizan con los primeros monstruos que hicieron desaparecer de la América a su raza primitiva" 43. Es decir, el fracaso definitivo de Cádiz en América no devino solo de las dificultades o reticencias de la aceptación (ni siquiera del rechazo) del texto constitucional en las diferentes jurisdicciones americanas, sino precisamente de la decisión tomada en España de acabar con el liberalismo, español y americano, en 1814, restando toda credibilidad a cualquier proceso de apertura o diálogo entre la monarquía y los territorios de ultramar que no se basara en la aceptación del absolutismo fernandino y en el restablecimiento de las anteriores relaciones de dominación. Una decisión, la de acabar con Cádiz y las negociaciones con América que, para que no quedaran dudas, fue seguida de la puesta en marcha de las expediciones de "reconquista", desplazando hacia Ultramar al ejército peninsular. Por parte patriota, las expediciones no pudieron ser entendidas de otro modo que como una contundente y definitiva declaración de guerra. En toda América, como Margarita Garrido ha explicado para el caso de Nueva Granada, a partir de la llegada de las tropas de Morillo y demás cuerpos expedicionarios, la cuestión de la independencia se planteó como una guerra de valores, entre los propios de los connaturales americanos y los de "los españoles", satanizados ahora como "los más crueles y despiadados... monstruos que vomitó el infierno", tal cual fueron anatemizados desde pulpitos y escritos por varios eclesiásticos colombianos. Estas tropas que llegaron fueron representadas como "enemigos irreconciliables", "que justifican por sí mismos la desobe43 Kingston, 6 de septiembre de 1815, dirigida a un ciudadano inglés, Henry Cullen. Reinaldo Rojas, Bolívar y la Carta de Jamaica, Barquisimeto, 1980.

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diencia a un rey que ha mandado agentes tan perniciosos", invocando al Supremo Poder para que los eliminase. Cuando los españoles fueron vencidos al fin, exclamaron desde el pulpito: "Desaparecieron las huestes infernales, y se han restituido los derechos de los Americanos. El Dios de los Ejércitos ha descargado su brazo poderoso sobre los tiranos, infundiendo esfuerzo y valor a los americanos para hacer desaparecer a su enemigos". En una batalla entre el bien y el mal, en la que los americanos luchaban "por lo sagrado", los pecados capitales quedaban del lado de los soldados españoles de Morillo y demás generales realistas, que eran en sí mismos "pruebas de la barbarie de su nación", apareciendo como "impíos", ladrones de las joyas sagradas, destructores "de nuestros templos, altares y ministros", portadores de "herejías, blasfemias y corrupción de costumbres con que quieren acabar con nosotros"44. Más que significativamente, eran los mismos adjetivos y argumentos con que la iglesia española satanizó a las tropas invasoras francesas45. Las Vírgenes (en Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, México... fueran del Rosario, de la Merced, de Guadalupe) estaban ahora de parte de los americanos, y eran nombradas patronas de los ejércitos nacionales, como expresó el cura de Guaduas, en Colombia: "Las Armas de la república expirantes se ponen en Chiquinquirá bajo tu precioso manto: os eligen generala, y tú, como la estrella matutina que anuncia la venida del gran planeta, guiando sus rayos, conduces las armas por los lados del Caquetá a las llanuras del Casanare". Es decir, los iconos religiosos fueron utilizados del mismo modo que en España, donde las Vírgenes también habían conducido a las tropas frente a Napoleón, y asimismo figuraban como generalas de las tropas. Los blasfemos eran ahora los españoles, como manifestaba en un bando José María Morelos: "Que los gachupines se vayan a su tierra, o con su amigo el francés que pretende corromper nuestra religión" 46; o José Joaquín Olmedo, en su Canto a Bolívar y a la victoria de Junín de 1826: "¡Guerra al usurpador! ¿Qué le debemos? / ¿luces, costumbres, religión o leyes? / ¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos / feroces y por fin supersticiosos! / ¿Qué religión? ¿La de Jesús? ¡Blasfemos! / Sangre, plomo
44 Sermones de los curas de Bosa, Guaduas y Villeta, 1819. Margarita Garrido, "Contrarrestando los sentimientos de lealtad y obediencia: los sermones en defensa de la Independencia en el Nuevo reino de Granada", en Actas del XII Congreso Internacional Ahila, Porto, 2001, Vol.II, págs. 72 y ss. 45 Ibidem, pág. 73, sermón del cura de Guaduas. 46 Citado por Marco Antonio Landavazo, "Imaginarios encontrados. El antiespañolismo en México en los siglos XIX y XX", Tzintzun, Revista de Estudios Históricos., N° 42, 2005, pág.34.

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veloz, cadenas fueron / los sacramentos santos que trajeron"47. Incluso en algunos himnos y canciones patrias, se destacó el hecho de que estos españoles enemigos a los que ahora se derrotaban habían sido a su vez los vencedores de Napoleón, como escribió el colombiano Manuel María Madiedo en su loa a la batalla de Ayacucho: "He aquí por fin los miles de opresores / que han vencido al invicto Bonaparte / de los Hijos del Sol regios señores" 48, o el ya citado José Joaquín de Olmedo: "Y el Ibero arrogante en las memorias / de sus pasadas glorias... / Y el arma de Bailen rindió cayendo / el vencedor del vencedor de Europa" 49... Todas referencias claras del impacto que el envío de las tropas "reconquistadoras" para sojuzgar a la independencia tuvieron sobre la creación de un imaginario americano, nacional, republicano y, sobre todo ahora más que nunca, antiespañol50. Estas expediciones resultaron funestas también para España, puesto que la persecución del liberalismo, y dentro de este proceso la remisión de buena parte del ejército a Ultramar, fue una de las claves del proceso político peninsular, produciendo un vacío que el liberalismo español tardó mucho tiempo en cubrir. Fueron, entre 1814 y 1820, seis años definitivos en la historia española, porque desbarataron el proyecto constitucional que recién se hallaba en sus albores, y porque obligó a la fracción liberal a utilizar los pronunciamientos militares, los golpes de mano, los alzamientos y sublevaciones de guarniciones, como uno de los pocos instrumentos políticos a su alcance, en cuya represión los conservadores no dudaron en utilizar los más enérgicos procedimientos. La ruptura del continuismo constitucional con el exilio forzado a Europa de numerosos progresistas españoles, la remisión a América de muchos de ellos destinados a una guerra sin horizontes, y la represión a que fueron sometidos los principales líderes liberales encuadrados en el ejército, crearon un hueco difícil de llenar. Vicente Lloréns, en un texto ya clásico51, concluye: "La nación española no solo se encontraba en ruinas, sino privada de quienes podían contribuir más eficazmente a su reconstrucción. Con los afrancesados y los libe47 José Joaquín de Olmedo, La Victoria de Junín, Canto a Bolívar, edición de Aurelio Espinosa Pólit, Biblioteca Ecuatoriana Clásica, Vol. 14, Quito, 1989, pág. 114. 48 Manuel María Madiedo, "Ayacucho", en Poesías, Bogotá, 1859, pág. 201. 49 José Joaquín de Olmedo, cit, pág. 118. 50 Para el caso de México, Harold Sims, La expulsión de los españoles de México (1821-1828), México, 1974. 51 Liberales y románticos.. Cit., pág, 43.

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rales, habían desaparecido en realidad de la vida pública las minorías dirigentes del país. En consecuencia, no hubo en España una restauración ni siquiera aparente del anterior orden de cosas, sino una destrucción mayor, una mutilación poco menos que irreparable en todos los órdenes de la vida nacional". Los más de los oficiales liberales exiliados en diversas ciudades europeas se mantuvieron durante estos seis años en la evocación más o menos activa de su lucha antiabsolutista, en la planificación de conspiraciones -algunas de ellas fantásticas- contra el rey felón52, y en la esperanza de que los compañeros que habían quedado en España sublevarían por fin a las tropas para devolverles la nación perdida, lo que no se concretó sino hasta 1820, porque la remisión a Ultramar de estas expediciones, y el método empleado para ello, lo habían impedido hasta entonces53. Al finalizar la guerra, tras la victoria de Ayacucho y la derrota de las tropas realistas, toda una generación de militares españoles que habían combatido en América por el rey, algunos por más de quince años, debieron regresar a su patria según la capitulaciones de guerra. Apenas eran ya un puñado de supervivientes, pero su retorno a España fue sumamente complicado: Primero porque a la mayor parte de ellos les esperaba un consejo de guerra, no solo por haberse rendido sino, principalmente, por ser liberales, en un momento de máxima persecución política del liberalismo por parte de Fernando VII como ya se comentó. De modo que muchos de estos oficiales optaron por exiliarse directamente en Francia u otros países, y volver a conspirar contra el rey felón. Es decir, tras quince años de pelear a favor del rey, ahora continuaron casi diez años más peleando contra ese mismo monarca en España y Europa. Y segundo, porque los que sí pudieron atreverse a regresar a su tierra, toda vez que se suponía habían sido absolutistas durante su permanencia en América, y así venían cargados tanto de justificaciones per52 Rafael Sánchez Mantero, Las conspiraciones liberales en Francia, 1815-1823, Sevilla, 1972; id., Liberales en el exilio. La emigración política en Francia en la crisis del Antiguo régimen, Madrid, 1975. 53 La documentación sobre los servicios militares de estos oficiales enviados a América entre 1814 y 1820 se halla en el Archivo General de Simancas, Secretaría de Guerra, Guerra Moderna, 2998. Pueden estudiarse igualmente todas sus hojas de servicio en Juan Marchena Fernández (coord.), Gumersindo Caballero y Diego Torres Arriaza, El Ejército de América antes de la Independencia. Ejército regular y milicias americanas. 1750-1815. Hojas de servicio, uniformes y estudio histórico, Madrid, 2005.

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sonales de lealtad como de acusaciones contra sus compañeros de armas liberales y constitucionalistas, no encontraron la comprensión del gobierno fernandino, sino que fueron relegados en el mando, destinados a unidades de segundo nivel, acusados velada o abiertamente de cobardes, y calificados despectivamente como "ayacuchos". A la muerte de Fernando VII, la batalla en las pampas y cerros serranos andinos volvió a reproducirse en España: los generales y oficiales liberales regresaron al fin desde su exilio (habían pasado casi veinte años desde que partieron con las unidades expedicionarias) aprovechando la amnistía decretada por la reina regente María Cristina hacia los liberales, e inmediatamente ofrecieron sus servicios a la reina si intentaba llevar adelante un nuevo proyecto constitucional: fueron generales como Espartero, Canterac, Valdés... ahora llamados "cristinos". Los otros generales, también "ayacuchos", que habían permanecido al lado de Fernando VII hasta su muerte, ante la posibilidad de un nuevo restablecimiento constitucional, abrazaron la causa del otro pretendiente al trono, el hermano de Fernando, Carlos María Isidro, ultracatólico, ultraconservador y ferozmente antiliberal. Fueron generales absolutistas en América y ahora carlistas y tradicionalistas en España, como por ejemplo el jefe de todos ellos, el general Maroto, que había pelado en Chile, Solivia y Perú desde 1815, también presente en Ayacucho, acusador despiadado de los liberales en las sierras andinas. Estos militares se sublevaron contra la reina regente dando inicio a las guerras carlistas que asolaron la península ibérica durante más de cincuenta años causando más de cuatrocientos mil muertos. Si los generales liberales pudieron mantenerse en el poder, como salvadores de la monarquía constitucional ahora, durante la regencia y luego durante el gobierno de la reina Isabel I, entre ellos el sempieterno general Bartolomé Espartero y toda su generación de combatientes en las guerras d independencia americana, fue peleando durante todo este mismo tiempo hasta la década de 1860 contra el absolutismo carlista y conservador de sus otros compañeros de armas, todos procedentes de las pampas de ayacucho. Esta generación de iluminados por la guerra no pudieron, porque fueron ya para siempre incapaces, de bajarse jamás del caballo, y de entender que la política y los pueblos podían prescindir de ellos. Sobre los iluminados por la guerra en el mundo latinoamericano a lo largo del S.XIX no es necesario insistir, pues es más que sobra-

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damente conocido y en esta sala se reúnen, probablemente, algunos de los más destacados especialistas en este asunto. De ahí que, para terminar y como indicamos al principio, debe intentarse acercar dos temas que hasta entonces la mayor parte de las historiografías han trabajado por separado. No es posible entender ni las independencias americanas ni la quiebra del Antiguo régimen en España, ni las consecuencias de esta guerra en los mundos americano y español, sin poner en contacto ambos objetos de estudio, porque se hallan íntimamente enlazados. Por eso, revisitando las fuentes, tanto españolas como americanas, que atienden a ambos e interconectados procesos, el historiador tiene la sensación de comprenderlos mejor, manejando nuevas claves y proponiendo nuevas miradas. Que este próximo centenario de las independencias permita este acercamiento historiográfico para que estas miradas sean compartidas. Muchas gracias.

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BIENVENIDA AL SEÑOR RODRIGO PÁEZ TERÁN COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Eduardo Muñoz Borrero, f. s. c.

El año bisiesto dos mil ocho en los trescientos sesenta y seis pliegues de su manto, nos deparará alegres y penosas sorpresas, entre las primeras, y en esta ágora de la flamante sede de la Academia Nacional de Historia, la incorporación del apreciado amigo señor don Rodrigo Páez Terán, cuya decisión de integrarse oficialmente como Miembro Correspondiente de esta cuasi centenaria entidad, ha sido aceptada por unanimidad. Regla antes de leer la Historia es leer la vida del historiador. Solo una vida limpia, de ascensión hacia lo mejor, es el sello de autenticidad de sus escritos. Tercera década del siglo XX. Entremos a una solariega casa quiteña, donde nos reciben con finura de sentimientos, el caballero de las letras José Roberto Páez Flor (1893-1983) y su esposa Eugenia Terán Robalino, dama de alto quilate espiritual. Tres inquietos muchachos alegran el hogar, y, muy temprano, toman su carril escolar para recibir esmerada educación en el tradicional Colegio de La Salle. Son los profesionales Roberto, Juan Fernando y Rodrigo. El primero se ha destacado en las técnicas eléctricas y electrónicas; Juan Fernando, prestigioso jurisperito, acariciado por las musas, se ha embebido en la poesía; y Rodrigo, ha incursionado por los campos de la filatelia y la biografía y por los predios de la Historia. En el ámbito empresarial su labor ha sido justipreciada como Fundador y Director de la Bolsa de Valores de Quito, 1969-1994; Socio Fundador, Director y Presidente Ejecutivo del Centro Comercial Iñaquito CCI, 1971-1983; Cofundador y Director de Organización Comercial Ecuatoriana de Productos Artesanales OCEPA, Quito, 1975-1977. En fin, Fundador y Presidente Ejecutivo de Emporio de la Construcción, EMCOSA, 1979-1982.

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La mejor empresa o mejor dicho, compañía, ha sido la formada en su hogar con María Lourdes Paredes Peña, dama de singulares calidades y descendiente del excelente poeta mariano don Belisario Peña Gómez, cuyo centenario de fallecimiento recordamos hace dos años. Los cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, a los que debemos agregar cuatro nietas y dos nietos, han sido la alegría de la familia y deben ser su mejor diadema. Su ímproba labor, su dedicación a los quehaceres culturales con disciplina, a todo lo largo de la vida, y guiado por nobles e inquebrantables ideales, han caracterizado su camino existencial. Hombre de letras como su hermano, Rodrigo Páez, se ha destacado por ser escritor con tenaz y concienzudo ejercicio de la pluma desde su edad juvenil, con un estilo personal breve y claro, espejo del que caracterizó a su padre don Roberto Páez de quien el recordado académico Enrique Villasís Terán expresara en el prólogo de la obra Estudios de la Historia Ecuatoriana, auspiciado por el Grupo Aymesa: “La historia escrita por nuestro autor es escuela de patriotismo. Y así lo dicho por Platón, por boca de Sócrates, tiene su doble punto de vista, y es que “los mejores escritos solo sirven en realidad para despertar los recuerdos de los que ya saben”. Es un punto de vista.... El otro: “los mejores escritos [aquí la historia de don José Roberto] sirven para guiarnos a los que no sabemos”. Antes de sumergirnos no en las profundidades, sino desde las riberas en los manantiales que han surtido agua vivificante a los campos de la investigación histórica, cúmplenos destacar a vuela pluma las actividades culturales que ha dirigido o colaborado nuestro colega: * Promotor del Tercer Encuentro Nacional de Fotografía, Quito, 1986. * Promotor de la Primera Exposición de Fotografías del siglo XIX, Quito, 1986. * Colaborador para las Séptimas Jornadas de Historia Social y de Genealogía, Quito, 1987. Cuando nos presenta su incursión en los ámbitos postal y filatélico, nuestra admiración sube de grado; es tan extensa que nos inva-

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de la perplejidad y optamos, como indican los medios televisivos, por presentar un avance, sacrificando en razón de la brevedad, algo que bien merece la pena conocerlo y que podréis cercioraros en alguno de los números que verán la luz del Boletín de nuestra Academia. En lo referente a los Correos del Ecuador: * Presidente Ejecutivo: 1992 * Presidente del Directorio: 1992-1994 * Colaborador y asesor para la emisión de cuarenta y un series postales. A la Asociación Filatélica Ecuatoriana: * Miembro activo juvenil y posteriormente miembro activo adulto. * Vocal Director por varios períodos desde 1978. * Vicepresidente 1980-1981 * Presidente 1982 - 1986. * Delegado a Exposiciones filatélicas internacionales: 19782007 * Delegado ante la Federación Interamericana de Filatelia: 1978 –2007. En lo tocante a sus actividades postales y filatélicas: de las múltiples actividades espigaremos las siguientes: * Delegado del Presidente Ejecutivo de Correos del Ecuador, para los actos académicos con ocasión de la conmemoración de los doscientos cincuenta años de la Misión Geodésica 1736-1986, en Quito y en Bahía de Caráquez, Manabí. * Promotor y organizador del Primer Congreso Filatélico Ecuatoriano, Quito, 1985. * Organizador de la vigésima novena Asamblea anual ordinaria de la Federación Interamericana de Filatelia, Quito, 1995. * Editor de la revista “El Coleccionista Ecuatoriano”, órgano de la Asociación Filatélica Ecuatoriana, Quito, 1976-2004. * Colaboración especial con el Instituto Postal y Telegráfico de Venezuela, IPOSTEL, para la serie de sellos postales conmemorativos del bicentenario del nacimiento del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre y Alcalá, febrero de 1995. Numerosas publicaciones (Históricas y Genealógicas). La lista se inicia desde 1986 y culmina en 2005.

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La misma razón que adujimos nos impele a presentar solo las más importantes: * Flor y Franco: Ascendientes y Descendientes, Quito, 1987. * Fray José María Vargas, O. P., Obras Selectas, tomo I. * Centenario del nacimiento de J. Roberto Páez, Cronista de la ciudad de Quito, 1893-1983. * Centenario del fallecimiento del historiador Pedro Fermín Cevallos, 1893-1993. * Sesquicentenario del nacimiento de Juan Benigno Vela Hervas. * Patrimonio Artístico Ecuatoriano, fray José María Vargas, O. P., 3ª edición. Publicaciones filatélicas. * No menos de quince, desde el Reglamento para la Exposición Filatélica Nacional Quitex, que vio la luz en 1982, hasta el folleto dedicado al general José de San Martín en las emisiones postales de América y de España, año 2004. * Entre ellas se destaca el Álbum Didáctico de Sellos Postales 18651982, cuyos textos los escribió conjuntamente con el filatelista Giovanni Cataldi. * Importante publicación la de 1984: Ecuador historia postal y catálogo de marcas prefilatélicas, cuya versión inglesa la realizó con Leo John Harris, norteamericano y Percy Bargholtz de nacionalidad sueca. * No puede omitirse el homenaje al gran filatelista don Samuel Valarezo Delgado, recordado con admiración en 1985. Capítulo de mucho interés el ofrecido por Páez Terán para el lujoso libro: El Palacio de Carondelet, intitulado: “El Palacio de Gobierno en la filatelia ecuatoriana”. Aquel se lo publicó en las postrimerías de la presidencia del arquitecto Sixto Durán Ballén, 1996. Numerosos los artículos publicados en la revista de AFE “El Coleccionista Ecuatoriano”, entre los años 1978 al 2007, referentes a filatelia, bajo la firma de Rodrigo Páez Terán o con su seudónimo CROFILEC. No es todo. En los dieciocho boletines de difusión e información de las emisiones de sellos postales, años 1992 a 1994, los textos de este insigne obrero de la cultura son elocuente testimonio. Sus sugerencias para temas, motivos o elección de viñetas para cuarenta y un emisiones de sellos postales ecuatorianos entre los años

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1982 a 1996, tuvieron gran aceptación. Entre los personajes honrados en las estampillas, constan Rocafuerte, Juan de Velasco, los presidentes Robles y Velasco Ibarra, el historiador Federico González Suárez, el santo Hermano Miguel, el humanista Aurelio Espinosa Pólit, el polígrafo Julio Tobar Donoso y el pintor Eduardo Kingman. No nos extrañe que don Rodrigo Páez haya sido acogido en academias y sociedades culturales, como miembro Correspondiente de la Real Academia Hispánica de Filatelia de Madrid o en la Sociedad Amigos de la Genealogía. Es Fundador y Tesorero de la organización cultural “Fundación Fray José María Vargas, O. P.” de Quito. Lo que nos sorprende es el dilatado espacio de tiempo que ha demorado en integrarse como individuo Correspondiente a la Academia de la Historia, de la que por muchos años ha sido miembro Electo. Y ahora echemos un vistazo sobre la disertación del flamante académico para su incorporación: Correos, signos postales. Filatelia: Visión histórica. La forma didáctica envuelta en sencillez y a la vez elegancia, caracteriza el discurso que se desenvuelve con soltura, sin complicaciones ni sutiles enredos, nos sirve manjar de su especialidad, para que nuestros escasos o regulares conocimientos se amplíen y robustezcan. Luego de corta introducción, entramos al período Colonial, para revelarnos cómo se realizaba la correspondencia, qué medios se empleaban, cuáles eran las instituciones destinadas para facilitarla; emergen los términos carta, cartero, mensajero, emisario, estafeta, administración. Sabemos que el abogado Juan de Solórzano y Pereyra en su obra La Política Indiana divida en seis libros, se refiere en uno de sus capítulos a Correos: “Del servicio de los Correos que en Perú llaman chasquis”. Conocemos que el uno de julio de 1769, se establece en la Audiencia de Quito, la “Real Renta de Correos”, y que su primer administrador general fue don Antonio Romero de Tejada. Se habla de los modos de efectuar la franquicia; Páez nos ilustra al indicar que en el ámbito del estudio de la actividad postal y del coleccionismo, esta época se denomina “prefilatelia”, y en el Ecuador va desde el año 1769 hasta 1864.

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Interesante saber que en 1808, cuando autoridades españolas pedían adhesiones a Fernando VII, se utilizaron marcas postales con la grabación: ¡Viva Fernando VII!. En la Gran Colombia Se reproduce el decreto del gobierno mediante el que se establece la Renta de Correos. Los indicadores mostraban el texto: “República de Colombia”. La República Iniciada la vida republicana del Ecuador, su primer presidente Juan José Flores, dispuso con fecha dieciséis de enero de 1833 en un decreto la regularización del ramo de Correos, los que se rigieron por éste hasta el año 1864. Quizá la nota curiosa sea la contratación de la impresión de los primeros sellos postales con el notable tipógrafo quiteño Manuel Rivadeneira: “un millón quinientas mil estampillas para portes de correo: medio real coloración azul, un real en tonos verde y amarillo, y cuatro reales en color rojo....” El examen de la colección de marcas prefilatélicas y sellos postales de nuestro país, como anota el nuevo académico: “sirve de modo maravilloso, para evocar acontecimientos históricos, conocer la geografía y los paisajes, rememorar a las personas que han influenciado de manera destacada en el convivir nacional, en fin, los sellos son como una gran pantalla pese a su escala reducida, que nos muestra paso a paso la conformación de la nacionalidad ecuatoriana”. Rodrigo: Hago mías las palabras iniciales de un canto al gran académico Hermano Miguel: “ La Academia te abre sus puertas cual ejemplo de pulcra docencia”....

Quito, enero 16 de 2008

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CORREOS, SIGNOS POSTALES, FILATELIA: VISIÓN HISTÓRICA
Rodrigo Páez Terán

INTRODUCCIÓN El distinguido Director de la Academia Nacional de Historia doctor Manuel de Guzmán Polanco, quien honra a la Institución con su imponderable eficiencia y total entrega, me insinuó reiteradamente con la gentileza que le caracteriza, la conveniencia de mi incorporación como miembro Correspondiente a la Academia, puesto que había permanecido por dilatado período de tiempo en condición de Electo; su invitación se convirtió en reto impostergable y me propuse acceder a la Academia, con el incentivo adicional del ejemplo de mi querido y recordado padre, J. Roberto Páez Flor, quien mencionaba con sano orgullo, que pertenecer a tan alto organismo fue su máxima satisfacción en el ámbito cultural y en su condición de Subdirector, pudo dirigirla en varias oportunidades. En el Universo creado por la infinita sabiduría de Dios, nace el ser humano como suprema expresión de su amor, con el deseo innato de compartir con sus semejantes anhelos, inquietudes, realidades; surge así la palabra, como manifestación del convivir entre cercanos y lejanos. El desarrollo del hombre en su constante aventura vital, se facilitó siempre mediante aquel sutil efluvio que flota en el espacio y lo vincula a sus congéneres: la COMUNICACIÓN. Inventada la escritura, ésta se convierte en elemento ideal para desempeñar la función de ser nexo discreto, rápido, seguro, oportuno, para acortar la distancia que separa a dos seres inteligentes; y en la constante búsqueda de mantener esta unión, se inician los Correos. Ahora, con la extraordinaria facilidad del correo electrónico, los teléfonos celulares y otros inventos modernos, vivimos intercomunicados de manera permanente, en este entorno denominado “aldea global”, espacio desconocido hace cincuenta años y sin duda alguna, en siglos anteriores.

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Centraré mi disertación en la faceta histórica del proceso evolutivo de los Correos y sus diversos elementos que facilitaron siempre las comunicaciones, la correspondencia epistolar, y presentaré una somera visión de sucesos y acontecimientos ligados a su desarrollo. Pese a su importancia, la vida de los Correos, no ha merecido la adecuada atención de los historiadores, quizás por ser tan evidente su existencia o en la creencia que ocuparse de ella, resultaba intrascendente. Las palabras chasqui, propio, posta, para las actuales generaciones son léxico extraño; sin embargo, sin aquellos servidores, hubiese sido imposible intercambiar noticias, datos, órdenes, conocimientos, disposiciones, leyes, entre personas y naciones. En nuestro país, las comunicaciones en la época precolombina, se efectuaban utilizando cordeles de distintos colores anudados de varias maneras, denominados “quipu” (nudo), o el sistema oral, ambos por intermedio del “chasqui” (que significa recibo), pues tanto los naturales de estas tierras como los incas invasores, fueron ágrafos. (fig 1). LA COLONIA La Casa de Contratación, organizada por disposición expedida en Alcalá de Henares en enero veinte de 1503, fue el primer ente administrativo creado en España para cuidar los recientes descubrimientos ocurridos en el Nuevo Mundo: era un establecimiento de características eminentemente comerciales. Las leyes que regían la Casa de Contratación, se codificaron en 1552, incluyendo la reglamentación concerniente a deberes y calificaciones de comerciantes, marineros y banqueros, relacionadas con la navegación peninsular y americana. Si bien no se menciona en el Código de 1552, un funcionario muy importante se había incorporado a la Casa de Contratación. En efecto en mayo de 1514, el emperador Carlos V (fig 2), estableció el cargo de Correo Mayor de las Indias, para la estafeta colonial y lo confió, con derecho sucesorio, al erudito jurista don Lorenzo Galíndez de Carvajal [1472-1527], miembro del Consejo de Castilla; él y sus sucesores manejaron el Correo en América del Sur por doscientos cincuenta años, hasta 1768. Año del Señor de 1647: en España reina Felipe IV; actúa como décimo quinto virrey del Perú, don Pedro de Toledo y Leyva, marqués de Mancera y comendador de Esparragal; y la Real Audiencia de Qui-

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to, con una población de seiscientas mil almas, está bajo la discreta presidencia del licenciado don Martín de Arriola y Belardi. La época y las circunstancias son propicias, para que el notable abogado doctor don Juan de Solórzano y Pereyra, llamado por sus conocimientos el “oráculo de la jurisprudencia”, redactara una obra fundamental para aquellos tiempos: la Política Indiana, dividida en seis libros. El capítulo catorce, comprende treinta y tres proposiciones y está dedicado a Correos, como se desprende del encabezado: “DEL SERVICIO DE LOS CORREOS QUE EN PERÚ llaman ‘chasquis’, y llevan y traen las cartas del reyno: y si para él se pueden repartir indios. Y de la libertad que se ha mandado haya en las Indias en escribirlas, y penas de los que las abren, o cogen”. Las disposiciones jurídicas y políticas se aplicaron en las colonias españolas y algunas de ellas, se mantuvieron inclusive hasta los primeros años de vida republicana. Existe certeza documental que desde 1685, en el territorio de la Real Audiencia de Quito, funcionó de manera formal el sistema de Correos bajo la administración de los Galíndez de Carvajal y para su operación terrestre, se aprovecharon la gran calzada real y los “tambos”, construcciones incaicas. El noveno y último Correo Mayor, fue don Fermín Francisco de Carvajal y Vargas [m. 1782], conde de Castillejo y del Puerto, futuro duque de san Carlos, y alcalde de Lima en 1750, quien mantuvo la concesión hasta 1768. Para poder recuperar los Correos de manos de Carvajal y Vargas, la Corona le gratificó con una anualidad de catorce mil pesos y el título de Grande de España. (fig. 3) La Cancillería en Quito, guarda en su mapoteca un auténtico tesoro: la plancha con la que se grabó en 1779, el famoso mapa elaborado por el notable hombre público, ingeniero, Gobernador de Mainas, y Comisario de Límites, don Francisco de Requena y Herrera, (Orán 1743 – Madrid 1824), el que se identifica así: MAPA Que comprende todo el distrito de la AUDIENCIA DE QUITO En que se manifiesta con la maior individualidad Los Pueblos y Naciones bárbaras que hay por el Río Marañón y demás que en él entran Para acompañar a la Descripción del nuevo Obispado que se proyecta en MAYNAS Construido De Orden del Sor. Dn. Josef García de León y Pizarro

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Presidente Regente Comandante y Visitador General de la misma Audiencia Por Dn. Francisco Requena Yngeniero Ordinario, Governador de Maynas y Primer Comisario de Límites el Año de 1779 En este notable y detallado mapa, se identifican con facilidad, las diversas rutas postales de la época utilizadas por Correos, para el servicio de las comunicaciones terrestres y fluviales, en el territorio de la Real Audiencia de Quito. Correos del Ecuador, el ente que regula y maneja la comunicación postal en nuestro país, es la más antigua corporación de carácter estatal que subsiste aún con las mismas regulaciones básicas de aquella época, modernizadas y adaptadas a las circunstancias. El uno de julio de 1769, se establece en la Audiencia de Quito, la REAL RENTA DE CORREOS. El primer Administrador general designado para manejar la Real Renta, fue el caballero hidalgo español don Antonio Romero de Tejada y la Cámara, nacido en 1740 en la villa de Almazán, Castilla la Vieja, hombre de carácter noble, quien ejerció tan delicado cargo con ahínco y probada honorabilidad durante veinte y cinco años hasta diciembre diez de 1794. (Romero formó en Quito, numerosa familia de diez vástagos). El veintitrés de octubre de ese año, en atención a sus méritos y ejecutorias, fue ascendido a Administrador principal de Correos de Buenos Aires, con una renta anual de dos mil quinientos pesos fuertes. Por disposición oficial, efectuó un tedioso viaje visitando todas las poblaciones de su recorrido, pasando por Lima, Santiago, Mendoza, hasta llegar a su destino en mayo veintitrés de 1796 y elevar un memorial a la Corona, de la condición encontrada en las diversas postas de la ruta. Al producirse en Buenos Aires la revolución independentista del diez de mayo de 1810, fue separado de su cargo en septiembre de ese año y desterrado a Luján, ciudad en la que falleció a poco y en extrema pobreza. En su reemplazo se designó como nuevo Administrador de la Renta de Correos de la Real Audiencia de Quito, a don José de Vergara y Gaviria, quien actuó hasta septiembre de 1810, cuando bajo el patrocinio del Comisionado Real don Carlos Montúfar y Larrea se estableció la Junta Gubernativa. Vergara Gaviria y el oidor Felipe Fuertes Amar, realistas, huyeron hacia el oriente; apresados en Papallacta y traídos a

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Quito, murieron ajusticiados. Final tenebroso de los dos primeros funcionarios del Correo quiteño. En tiempos del monopolio Carvajal, por lo menos desde 1734, toda correspondencia satisfacía su porte al momento de franquearla; el Real Servicio de Correos en España, por el contrario, establecía que el pago lo efectuase el destinatario. Luego que la Corona asumió la responsabilidad del Correo, operaron ambos sistemas, lo que determinó la implementación de ciertas marcas que se aplicaban sobre la correspondencia, con las palabras DEBE, indicativa que el porteo se abonaría contra la recepción, o, FRANCA, significando que el valor ya fue pagado por el remitente. Para facilitar el control, cada pieza circulada ostentaba también el nombre de la población de su origen. En el ámbito del estudio de la actividad postal y del coleccionismo, esta época se denomina PREFILATELIA, la que en nuestro país, abarca desde julio uno de 1769 hasta diciembre treinta y uno de 1864. La marca postal prefilatélica más antigua registrada hasta la fecha correspondiente a nuestro país y de la etapa Colonial, es una con la palabra QUITO, aplicada con tinta color negro, sobre una carta doblada de índole oficial, cursada por don Juan José Diguja, vigésimo cuatro presidente de la Real Audiencia, a don Antonio Mallo, Oficial Real de las Reales Caxas en Popayán, con fecha seis de octubre de 1769, tan solo a noventa y cinco días de iniciadas las operaciones del nuevo sistema de la Real Renta de Correos en la Audiencia quiteña. (fig 4). En mayo de 1808, Napoleón Bonaparte invade España, designa a su hermano José como rey y depone a Fernando VII, ocupación que duró por seis años hasta 1814. Sin embargo, algunas ciudades españolas quedaron libres del control militar francés y constituyeron Juntas Patrióticas para resistir la intromisión napoleónica. En agosto catorce de 1808 el Comisionado de la Junta de Sevilla, capitán de fragata don Juan José Punelo Sanllorente, llegó a Santa Fe de Bogotá portando un manifiesto mediante el que se explicaban las razones de su funcionamiento y se solicitaba la adhesión de las colonias americanas al rey don Fernando VII y el rechazo al invasor. El virrey de la Nueva Granada don Antonio Amar y Borbón, convocó a reunión a su Consejo el cinco de septiembre y el once del mismo mes, en la plaza principal de Santa Fe, los ciudadanos reafirmaron su fidelidad y lealtad a Fernando VII. Las celebraciones incluyeron la elaboración de bandeletas, escarapelas, cintas, pancartas, sombreros y estandartes con bordados

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que ostentaban la leyenda VIVA FERNANDO VII. La utilización de marcas postales patrióticas con el mismo texto, fue otra de las manifestaciones de respaldo al depuesto rey. El tres de octubre de 1808, el Comisionado Punelo Sanllorente llegó a Quito con similar objetivo: conseguir la adhesión de la Real Audiencia hacia Fernando VII; es así como en la correspondencia cursada desde Ambato, Guaranda y Riobamba, se usó la marca postal patriótica abreviada: V.VA F.º 7º. Ha sido imposible determinar las causas por las que no se utilizó este marchamo tan especial, desde otras ciudades de la Real Audiencia de Quito. (fig. 5) LA GRAN COLOMBIA Decreto del Gobierno mediante el que se establece la Renta de Correos: “Francisco de Paula Santander Omaña, de la Orden de Libertadores de Venezuela y Cundinamarca, condecorado con la cruz de Boyacá, general de división, vicepresidente de la República encargado del poder ejecutivo, &, &, &. Considerando que el congreso general de Colombia no expidió ley sobre la organización del ramo de correos, y conviniendo uniformarla en lo posible para que sea más expedito su manejo, he venido en decretar lo siguiente: 1.- La renta de correos, incorporada a la hacienda pública por la ley de creación de la contaduría general, depende en la parte directiva de la secretaría de hacienda, mientras que no haya un director general del ramo. 2.- Se formarán tres distritos principales de correos a cargo cada uno de un administrador general con residencia, el del distrito del norte en Caracas, el del centro en Bogotá, y el del sur en Quito. 3.- 4.- 5.6.- Mientras la ciudad de Quito permanezca bajo el gobierno español, las administraciones de correos continuarán en la dependencia que ahora tienen de la general de Bogotá. El secretario de estado y del despacho de hacienda queda encargado de la ejecución y cumplimiento de este decreto. Dado en el palacio de gobierno en Bogotá, capital de la República a ocho de enero de 1822. Duodécimo.

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Francisco de P. Santander – El secretario de hacienda José Ma. del Castillo y Rada.” En la etapa en la que conformamos la Gran Colombia, los identificadores de las poblaciones, mostraban en su parte superior el texto: REPUBLICA DE COLOMBIA; sin embargo algunas de estas marcas se continuaron utilizando, en ciertas ciudades ecuatorianas, hasta tan tarde como 1846/1847, lo que demuestra o penuria fiscal o desidia, y constituyen un evidente anacronismo. (fig 6) Hasta la presente fecha, se han identificado y clasificado, más de doscientas marcas de la época prefilatélica utilizadas en el territorio de lo que hoy es el Ecuador, originarias de veinte y cinco ciudades, demostrativas del eficiente funcionamiento de las estafetas en esas localidades. A futuro, posiblemente se encontrarán marcas postales adicionales, pues los archivos privados y oficiales, guardan probablemente correspondencia no revisada aún en su totalidad. LA REPÚBLICA Iniciada la vida republicana del Ecuador, el padre de la patria, Juan José Flores y Aramburu, dispuso por decreto de enero dieciséis de 1833, la organización y el funcionamiento del ramo de Correos. El texto pertinente es así: “Juan José Flores Presidente del Estado del Ecuador, etc., etc., etc. CONSIDERANDO: 1º - Que interesa a toda sociedad civilizada el buen arreglo en la conducción de la correspondencia epistolar entre los miembros que la componen; 2º - Que importa a la mejora y fomento de las rentas públicas, la mejor organización del ramo de correos, así por lo que toca a la expresada correspondencia como en lo relativo al transporte de caudales, a fin de evitar abusos, perjuicios y fraudes, sea en detrimento del erario, o de los particulares, DECRETO: Art. 1º - Se prohíbe a toda persona de cualquier condición y empleo, ...... etc.,”

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De este tenor son los veinte y seis artículos del decreto, mediante los que se regula y organiza adecuadamente, para aquella época, el funcionamiento de los Correos. El artículo primero prohíbe la conducción de toda clase de correspondencia por intermedio de personas particulares, bajo pena de multas. El segundo estatuye que los guardas de alcabalas, se preocuparán de controlar lo anterior, y, en pago, percibirán la mitad de las multas recaudadas. El siguiente es muy interesante, ya que menciona al PROPIO, empleado privado que perduró hasta las primeras dos o tres décadas del siglo veinte. Se designaba como propio a un mandadero, que servía usualmente a gente de cierto nivel económico y dedicado casi exclusivamente a llevar los recados o los escritos de su patrono, a las amistades de éste o para atender determinados negocios o mensajes, que por su importancia, era conveniente enviarlos o recibirlos en mano. Este artículo veda la utilización del propio, bajo pena de doscientos pesos de multa. Las subsiguientes disposiciones, se refieren a diversos aspectos relacionados con el funcionamiento de los correos terrestres y marítimos. Artículo veintiséis: El Ministro de Estado del departamento de Hacienda queda encargado de la ejecución del presente decreto. Dado en el palacio de Gobierno en Quito a dieciséis de enero de 1833 – Vigésimo tercero – Juan José Flores – Por orden de S. E. – El Ministro de Hacienda – Juan García del Río”. Los Correos nacionales se regularon con este decreto hasta el año 1864, en que fue sustituido por uno nuevo, cuando se dispuso la utilización de los sellos postales engomados, a partir de enero de 1865. Como el envío de cartas con el indicativo DEBE -o a cobrar-, se prestaba a muchos subterfugios creados por la inventiva humana, lo que causaba serios perjuicios a los Correos a nivel universal, el profesor inglés sir Rowland Hill (1795-1879), ideó un nuevo sistema: el sello postal adhesivo, también denominado estampilla, utilizado por vez primera en Londres en mayo seis de 1840: un pequeño trozo de papel cuya viñeta en negro, muestra el perfil de la joven reina Victoria de

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Gran Bretaña y con valor de un penique: esta primicia es conocida en el mundo filatélico como el “penique negro” (fig. 7) Brasil fue el primer país latinoamericano que adoptó este novedoso sistema en 1843. Al Ecuador llegó un cuarto de siglo más tarde, en la primera administración garciana. El abogado quiteño doctor Pablo Bustamante del Mazo (18201881), ejercía las funciones de ministro de Hacienda y recibió desde el exterior, varias cotizaciones para el suministro de sellos postales, elementos indispensables para la implementación del sistema para el cobro anticipado del valor de la correspondencia; entre estas propuestas, debió estar la escogida por más económica, que cotizaba dicha impresión en la suma de dos mil novecientos setenta pesos; esto se deduce del decreto del Congreso de abril dieciocho de 1864, cuyo texto es: “El Senado y la Cámara de Diputados de la República del Ecuador, reunidos en Congreso, Considerando: Primero.- Que el sistema de franquicia por medio de estampillas está en uso en la mayor parte de las naciones de América y Europa; y, Segundo.- Que este sistema no solo facilita el trabajo de la administración de correos y hace más efectiva la responsabilidad de sus empleados, sino que también promueve el mejor servicio público y evita los fraudes que con frecuencia se notan en el sistema actual, Decretan: Art. 1º.- Se autoriza al Poder Ejecutivo para que invierta dos mil novecientos setenta pesos en mandar romper tres planchas en Europa, para imprimir y engomar un millón quinientas mil estampillas, que deberán emplearse en la franquicia de correos. Art. 2º.- Tan luego como se obtengan las estampillas de que habla el artículo anterior, se establecerá la franquicia de correos por medio de ellas; y el Poder Ejecutivo dará el reglamento correspondiente para la ejecución del presente Decreto. Comuníquese al Poder Ejecutivo para su ejecución y cumplimiento.Dado en Quito, Capital de la República, el 18 de abril de 1864.El Presidente del Senado, Juan Aguirre Montúfar.El Presidente de la Cámara de Diputados, Manuel Carrión Barrera.Palacio de Gobierno en Quito, a 20 de abril de 1864.- Ejecútese. R. Carvajal - El Ministro de Hacienda, Pablo Bustamante.”

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Por estar ausente de Quito don Gabriel García Moreno, ejercía la función ejecutiva, el vicepresidente de la República, doctor Rafael Carvajal Guzmán (Ibarra 1819-Lima 1878), quien dispuso el cumplimiento del decreto legislativo. Si bien el Congreso autorizó al Ejecutivo la impresión en Europa de los primeros sellos postales, el ministro Bustamante del Mazo, suscribió en octubre treinta y uno de ese año, un contrato con el conocido y destacado impresor quiteño don Manuel Antonio Rivadeneira Heredia (1814-1894), propietario de la imprenta «De la Nación», ubicada en el barrio san Marcos. De esta manera, el erario nacional obtuvo un ahorro del cincuenta por ciento del costo inicialmente previsto. El texto del contrato aludido es el siguiente: “El H. señor Ministro de Hacienda, a nombre del Supremo Gobierno y en conformidad con el Decreto Legislativo de 20 de abril del presente año, y el señor Manuel Rivadeneira por su propio derecho, han acorado el contrato siguiente: El señor Rivadeneira se compromete a entregar de la fecha en dos meses, por mitades, un millón quinientas mil estampillas para portes de correo, perfectamente grabadas, engomadas y en conformidad con los diseños que se le han dado. Todos los gastos, incluso el de papel, serán de cuenta del señor Rivadeneira. Las planchas grabadas en estaño, lo mismo que las matrices en acero, pertenecerán al Estado después de impresas las estampillas indicadas. El Gobierno le indemnizará por este trabajo y en pago de las planchas pre-indicadas, mil quinientos pesos, quinientos de contado y la restante cantidad cuando se haya entregado el número total de estampillas. Quito, octubre 31 de 1864.- Pablo Bustamante.- Manuel Rivadeneira.” Para contratar en Quito la impresión de la primera serie de sellos postales, influyeron no solamente el menor precio y la entrega rápida del material, sino también la circunstancia que Rivadeneira Heredia tenía fama de hábil artesano e impresor, y más aún, si quien elaboraría las planchas, sería su hija primogénita, doña Emilia Rivadeneira Valencia de Hèguy (1839-1916), grabadora excepcional, quien manejaba el buril con maestría, tanto que en 1887, la Cámara del Senado así lo reconoció al calificarla como “verdadero genio artístico en su ramo”.

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La imprenta Rivadeneira entregó los sellos postales en las denominaciones: medio real coloración azul, un real en tonos verde y amarillo, y, cuatro reales color rojo. (fig. 8) Emilia elaboró la viñeta de los sellos, con el escudo de armas de la República, las palabras ECUADOR CORREOS y al pie, la indicación de los respectivos valores en la moneda de la época: los reales. Los coleccionistas conocen a estos sellos postales, que carecen de perforaciones en sus costados, como CLÁSICOS. Su utilización para el franqueo de la correspondencia, comenzó el primer día de enero del año 1865, fecha del nacimiento en nuestro país de la era filatélica. Como indicábamos, en 1840, se inició el nuevo sistema para cobrar el valor del franqueo y mejorar la fluidez de la correspondencia, con el uso de los sellos adhesivos; cada país utilizaba la tarifa que estimaba conveniente para sus finanzas; esto causaba un sinnúmero de dificultades, pues se debían cruzar cuentas para pagar y para cobrar por el manejo “interno” de las respectivas piezas postales originarias de los distintos países. Transcurridas casi cuatro décadas, surgió la feliz iniciativa de unificar las tarifas de correo y establecer a nivel mundial un convenio de cobro y pago por los servicios postales. En junio de 1878 se reunió en París, la Convención Postal Universal, que creó uno de los primeros organismos de carácter multilateral que permanece aún vigente: la Unión Postal Universal, que desde su fundación, tiene su sede en Berna, Suiza. El general Cornelio Escipión Vernaza Carbo (Guayaquil 18301898), ministro de Exteriores del gobierno Veintemilla Villacís, cursó una nota diplomática en noviembre quince de 1879, a su contraparte en Suiza, comunicándole que en esa fecha, el Ejecutivo resolvió aprobar la convención y reglamentos de la Unión Postal Universal, solicitando ponga en conocimiento de los países signatarios, la solemne adhesión ecuatoriana, y que para los efectos y actos ulteriores, se ha instruido con plenos poderes, al cónsul general en París, señor don Clemente Ballén y Millán (Guayaquil 1828-París 1893). En julio uno de 1880, quedamos incorporados a la Unión Postal Universal.(fig. 9) En las primeras décadas del siglo veinte, en el Ecuador, se fomentaba la afición al coleccionismo de sellos postales, por el influjo de lo que sucedía en varios países europeos; los filatelistas deseaban unirse para compartir inquietudes y conocimientos; el veinte y cinco de

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agosto de 1935, un grupo de dieciséis distinguidos coleccionistas quiteños, por iniciativa de los señores Manuel Pérez Flores y Francisco Meneses Navas, con la colaboración de César Fuentes Mera, Julio Almeida Jarre, Vicente Rivadeneira Yépez y Jorge Gándara Villamar, constituyeron la Asociación Filatélica Ecuatoriana, para promover el cultivo de la afición filatélica. Nuestra entidad cultural, próxima a celebrar 75 años de vida institucional, se ha mantenido vigorosa, gracias a que siempre evitó en su entorno ingerencias políticas o extrañas a sus fines sociales y a que sus dirigentes actuaron con criterio sano, honorabilidad y verdadero amor por la filatelia, como el ex Presidente de la República don Sixto Durán Ballén Cordovez, el señor Samuel Valarezo Delgado o el querido colega Juan Casals Martínez, por citar tres de los más importantes ex presidentes de la Asociación. A raíz de la exposición de filatelia QUITEX’82, surgió la necesidad de contar con la herramienta básica para el coleccionismo filatélico: un catálogo nacional de las emisiones postales. Mediante el decidido apoyo brindado por el Banco Central del Ecuador, se publicó la obra fundamental de la filatelia ecuatoriana: “Ecuador: Álbum Didáctico de Sellos Postales 1865-1982”, que a nivel mundial constituyó una verdadera primicia, puesto que ningún país había editado algo similar: la reproducción a escala natural y a color, de 2362 sellos circulados en nuestra patria en un período de más de cien años. Luego de paciente labor diaria de ocho meses, del estudioso filatelista Giovanni Cataldi Incarnati y de quien os habla, circuló esta obra de la que el Ec. Abelardo Pachano Bertero, en ese entonces máximo personero del Banco, manifestó en la presentación del libro: “El esfuerzo desplegado por el Banco a través del Centro de Investigación y Cultura para cubrir en lo posible una amplia gama del saber humano se ha encauzado también a la filatelia. Una primera muestra lo constituye este libro que con legítimo orgullo entregamos al público nacional y extranjero. Al esfuerzo del Banco por la difusión de la cultura patria se sumó el afán de que el país fuera mejor conocido en el ámbito internacional a través de un medio a la vez novedoso y atractivo como es el estudio y la colección de sellos postales. ( ... ) Este libro, la mejor obra sobre filatelia ecuatoriana, demuestra satisfactoriamente que mediante cuidadosas ediciones especializadas puede conseguirse un tipo de difusión cultural que llegue a sectores no atendidos por una aproximación más elitista a la cultura.” Mis colegas me concedieron el privilegio de ejercer la presiden-

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cia de la institución en 1985, año que coincidió con la celebración de las Bodas de Oro fundacionales, ocasión adecuada para la realización del Primer Congreso Ecuatoriano de Filatelia, que incentivó los estudios referentes a esta materia en el país, entre coleccionistas nacionales y extranjeros. El examen de la colección de marcas prefilatélicas y de sellos postales, sirve para evocar acontecimientos históricos, conocer la geografía y los paisajes, rememorar a las personas que han influido de manera destacada en el convivir nacional; el sello, pese a su reducida escala, es como una gran pantalla, en la que podemos admirar la conformación de la nacionalidad ecuatoriana. Los sellos del s. XIX, nos muestran a los presidentes Flores y Rocafuerte, a los líderes de la revolución de marzo de 1845: Roca Rodríguez, Noboa Arteta, Olmedo Maruri y Elizalde Lamar y a los notables hombres públicos de nuestra patria: Espejo, Mejía, Calderón, Moncayo Esparza, Carbo, Montalvo, Vargas Torres. Con la emisión postal conmemorativa de la inauguración del ferrocarril transecuatoriano en 1908, Correos estableció la acertada política de recordar trascendentales acontecimientos de la vida nacional, mediante la circulación de sellos postales alusivos: la Exposición nacional de 1909 con ocasión del centenario de la proclamación de la Independencia; la inauguración del Palacio de Correos en Quito en 1927; en 1936, la primera Exposición Filatélica Nacional, promovida por la Asociación Filatélica Ecuatoriana; en 1944, el centenario del nacimiento de monseñor Federico González Suárez, mentalizador y fundador de esta nuestra benemérita Academia Nacional de Historia, y, así los sucesos básicos del desarrollo nacional. (fig. 10). Coleccionar marcas y sellos postales, no es solo un pasatiempo, ni consiste únicamente en su clasificación, sino que induce al estudio y a la didáctica de la historia en sus diversas manifestaciones y promueve distintos intereses ligados con la biografía, la literatura, el arte, las ciencias, la hagiografía, el patriotismo, los deportes, la religión, es decir, con aquello que en esencia forma el ámbito global de un pueblo y su cultura. Mil gracias por su atención. Quito, 16, enero, 2008

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María Cristina Cárdenas, REGIÓN Y ESTADO NACIONAL EN EL ECUADOR. EL PROGRESISMO AZUAYO DEL SIGLO XIX, Quito, Academia Nacional de Historia-Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, España, 2005, 352 pp.
Con inexplicable y lamentable retraso ha comenzado, por fin, a circular este importante libro. El Progresismo es uno de los movimientos políticos más importantes, y, por muchos aspectos, fascinantes de nuestro convulso siglo XIX. Fue una de las respuestas más vigorosas, sólidas y de clara afirmación ecuatoriana a las inquietudes que, en momentos de modo dramático y hasta trágico planteó a la joven nación ecuatoriana la realización concreta de ese poder cuya autonomía se había conquistado en la gesta que comenzó en agosto de 1809 y culminó con la batalla de Pichincha. Y, con ser esta respuesta -forjada por un cuadro brillantísimo de intelectuales y políticos cuencanos- tan importante y tan necesaria para entender la evolución del poder político en nuestro país carecíamos de un estudio sistemático y riguroso. El libro de María Cristina Cárdenas ha venido a llenar ese vacío. Un primer capítulo aborda la gestación del Progresismo azuayo, y aunque la autora anuncia que lo hará correr desde 1807, propiamente discurre desde los años en que comienza la actividad política y cultural -y económica, pues también en esto fue importante y decisivade Benigno Malo. Benigno Malo llena esta primera parte del estudio. Esa enorme figura de intelectual y hombre público -cuyo bicentenario se cumplió este 2007, y como que a Cuenca, incluidas sus universidades, que tanto deben a Malo, se les pasó tan importante celebración-. Y, por ello, la
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autora comienza por una semblanza extensa del prócer. No sin razón, porque Malo iba a pesar decisivamente en la búsqueda de un camino intermedio entre anarquía disolvente -la que llevó al país al borde de su disolución en 1859- y poder fuerte, unificador y constructor pero con tendencia a ser absoluto a costa de muchas libertades políticas -que fue la respuesta garciana a ese país que se había vuelto al parecer ingobernable y en el que hacía falta imponer, como fuese, orden y trabajo-. En esencia, el Progresismo significaría la propuesta, teórica y práctica, de ese camino intermedio. Benigno Malo está en varios tramos de su trayectoria en lo más alto del poder, pesando decisivamente en sus decisiones. Ello le da oportunidad a la autora para analizar las respuestas que propuso o dio a cuestiones tan vitales para el país como su actividad económica incluidas agricultura, tributación y proteccionismo-, el desarrollo regional -uno de los temas claves del pensamiento político de Malo, de que dan fe importantes textos periodísticos suyos (en los que Cárdenas no se extiende, seguramente por guardar las proporciones de capítulos, temas y subtemas) fue el de las autonomías regionales frente al poder central-, la vialidad, la salud, la inmigración extranjera -que para Malo fue casi tan importante como para Rocafuerte (frente a posturas reaccionarias como la de Solano). A este recorrido por acciones y empeños de Malo cuando fue parte del poder, sigue una síntesis de su ideario reformador. La autora destaca su constitucionalismo, la importancia que atribuyó siempre a la educación como formadora de un ciudadano que superase una formación puramente teórica -y hasta abstrusa- para convertirse en constructor y productor, el planteo de la relación justa entre federalismo y centralismo, y la visión ancha de una identidad americana. El historiador que ha convivido con esos tiempos cuencanos acaso echa de menos el violentísimo rechazo por parte de otra figura de este Progresismo, Mariano Cueva, del gobierno que él, cínicamente, llamaba Malo-Ascázubi. El Cuencano de Cueva pesó en la caída de ese gobierno que, bien vistas las cosas, resulta un anuncio de la realización de los principios del Progresismo en el gobierno. El segundo capítulo, que la autora titula “Consolidación del progresismo azuayo” -ella, que suele ser radical en sus principios, le escatima esa mayúscula que parece indispensable- y extiende de 1860 a 1869, aborda el complejo asunto de la relaciones de Malo y otras figu-

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ras del movimiento naciente con García Moreno, que, a partir de ese 1860, domina absolutamente el horizonte de la política ecuatoriana. Malo -y otros importantes políticos cuencanos- apoyan en un primer momento la gestión de quien ven -¿y quién podía dejar de verlo?- como el salvador del país y que estaba poniendo la bases para hacer de esta nación casi liquidada un país sólido, respetable, en vías de reconstrucción y progreso. Pero Malo se distancia de García Moreno y llega a dura ruptura con él. Y otros de los que se estaban convirtiendo en los ideólogos del naciente Progresismo pasan a una oposición violenta. Para María Cristina el asunto medular de este distanciamiento fue el religioso. “La gran separación: el Concordato de 1862”, titula una sección de este capítulo. Esta hipótesis le incita a penetrar en la visión del catolicismo y su relación con el poder nacional, en que los progresistas cuencanos se iban a distanciar de la teocracia garciana y su realización en el Concordato. Caracteriza el catolicismo liberal y discute si los progresistas azuayos fueron católicos liberales o conservadores progresistas. Este es uno de los tramos más interesantes del libro. Fue la hora del tremendo Syllabus, uno de los momentos más crudamente cavernarios del catolicismo del XIX -esto no lo dice la autora, sino quien hace esta recensión-. Lo que la autora afirma es esto: “En el Ecuador, la recepción del Syllabus estaba preparada por el ambiente proclerical que había inducido García Moreno. El documento se convirtió en un componente central del discurso conservador extremo, y su influencia se mantuvo hasta entrado el siglo XX. Los conservadores a ultranza, cuyos escritores editaban en Quito el periódico La Civilización Católica, se apresuraron a proclamar su entusiasmo y dieron al texto papal un alcance máximo apropiado a sus objetivos” (p. 71-72). Frente a ese recrudecimiento de un catolicismo radical, que aspiraba a invadir todos los espacios del poder, la postura de los progresistas azuayos fue la de conservadores moderados. Nada en ese tiempo se hacía en Cuenca fuera del catolicismo. Pero la ruptura violenta de los progresistas azuayos con García Moreno fue por razones políticas. Fue un reclamo frontal, firme y hasta violento, de libertad electoral y alternabilidad en el poder, que tuvo como bandera la candidatura presidencial de Francisco Xavier Aguirre y el rechazo del que tenían por continuismo garciano. Pero su oposición fracasó y se impuso y fortaleció el que Cárdenas llama, acertadamente, el Estado nacional católico.
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A la muerte de García Moreno, el Progresismo llega al poder con Antonio Borrero. Ello está en el centro del siguiente capítulo. Y sigue otro período en que el Progresismo realiza su proyecto político desde el poder: 1877 a 1888. También en este tramo del análisis de Cárdenas, las relaciones del Progresismo con los sectores más obscurantistas de la Iglesia son fundamentales para entender ese concepto más moderno de tales relaciones que estaba en el corazón de la ideología progresista. Se cierra este penetrante estudio del Progresismo azuayo con un capítulo dedicado a su auge y ocaso, con las presidencias de Flores y Cordero. Sobre todo el caso Cordero requería de una visión de suficiente complejidad y objetividad como el que nos ofrece la autora. En suma, un libro indispensable, ineludible para el debate histórico sobre este tramo de la historia patria y sus principales figuras, abordadas desde el mirador cuencano; es decir, el más vecino a esos hechos y esas figuras y su entorno económico, social y político. Concienzudamente la académica ha ido desentrañando -siempre con sólido respaldo documental- esos hechos que, en sus propias palabras, “llevan a comprender mejor las inflexiones de la historia regional azuaya y el modo como intersecta a la historia nacional”.
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LA REVOLUCIÓN DE QUITO. Archivo Nacional, Boletín N. 33. Edición Especial, Quito, Producción Gráfica, 2007, 196 pp.

El Archivo Nacional, dirigido con inteligencia y pasión por la académica Grecia Vasco de Escudero, acaba de hacer un importante aporte al esclarecimiento de los acontecimientos quiteños de 1809-1812, en vísperas del bicentenario de la primera revolución libertaria americana: con el título La Revolución Quiteña 1809-1812, el número 33 del Boletín del Archivo, que se ha extendido hasta casi las 200 páginas, nos entrega preciosos documentos y noticias de otros relativos a la Revolución quiteña que se guardan, muy bien catalogados, en cajas del Archivo. Se abre el volumen con el “Acta de Instalación” de la Primera Junta Revolucionaria de Quito. Y sigue con la nómina de los próceres de la Revolución. Pero como fuente de esa nómina se da el monumento de la Independencia, de la plaza grande. Y ello lleva a publicación tan seria a incluir en ese listado honroso a Juan José Guerrero, traidor de esa revolución, como lo probó con aplastante documentación Alfredo Flores y Caamaño, en su Descubrimiento histórico relativo a la independencia de Quito (Quito, 1909) y quedará claro para quien lea la panorámica, de los hechos gloriosos y trágicos de la Revolución con que se ha abierto esta entrega del Boletín de la Academia Nacional de Historia. A continuación se insertan unos pocos pasajes del Viaje imaginario por las provincias limítrofes de Quito y regreso a esta capital, sin que se diga una sola palabra sobre la autoría de texto tan importante y de fascinante lectura como visión los hechos que siguieron al agosto de 1809 y los trágicos acontecimientos del 2 de agosto de 1810, narrados por un testigo presencial, que estaba en una posición privilegiada para verlos y enjuiciarlos.
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Ese texto fue escrito -por supuesto bajo la ficción de un autor español- por Manuel José Caicedo, sobrino del obispo José Cuero y Caicedo, que, al tiempo de los sucesos referidos en su crónica, era Provisor y Vicario General de la Diócesis. Este Manuel José Caicedo -a quien suele nombrársele “el Provisor Caicedo”- fue brillante profesor universitario, ilustrado y de ideas progresistas, que jugó papel importante en la liberalización de la Universidad Quiteña en la primera década del XIX, y era reconocido por letrado, en ciudad que en tanto tenía a intelectuales y elocuentes. Fue activo participante en la Segunda Junta, y hasta levantó un batallón de indios. Para Agustín Salazar Lozano, testigo y cronista de los hechos de Agosto, no había dudas sobre la autoría de Caicedo Y el primer editor del Viaje Imaginario, Carlos R, Tobar, que lo publicó en los Anales de la Universidad Central, en 1890, estableció la autoría de Caicedo -con un argumento muy fuerte y otro dudoso-. Pedro Fermín Cevallos dio siempre el Viaje por obra de Caicedo. Y actualmente nadie duda de que Caicedo sea el autor de texto que extendió a nuevos lectores la Biblioteca Ecuatoriana Mínima en su tomo de Cronistas de la Independencia. En fin, lo interesante del tomo del Archivo es la noticia de que el Viaje Imaginario es documento que posee ese Archivo. Compulsado con otras ediciones del libro, los pasajes citados ofrecen variantes. ¿Ha llegado el momento de hacer una edición crítica de texto tan importante? Lo importante de la publicación del Archivo es lo que sigue: las “Sumarias instauradas contra los involucrados en los acontecimientos de la Segunda Junta Superior del Gobierno de Quito”, páginas 29 a 131. Son los juicios que instaura Toribio Montes, tras las derrotas de los ejércitos quiteños en 1812. Son acusaciones y, como era natural, con habilidad y astucia los acusados, las niegan o minimizan. Todo ello da al lector pistas para una lectura que recoja cuanto en estas sumarias ilumina lo que en esos días heroicos y complejos sucedió, y la parte que en ellos tuvieron los acusados. Así, en la primera sumaria, que hizo a don Joaquín Mancheno —uno de los tantos próceres de la Revolución a quienes no se ha dado en la historia el lugar que sus hechos les merecieron-, la acusación del auto cabeza de proceso resulta -en el desmañado y rudimentario estilo curial- una verdadera crónica -aunque caótica y de tintas cargadas- de los hechos desde la derrota quiteña del Panecillo, a través del prócer: Que prófugo de esta vecindad cuando las tropas de Quito fueron derrotadas en el punto del Panecillo, siendo el dho Mancheno uno de los

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corifeos de la Insurrección, pues que en esta segunda coludido desde los principios con el partido del Marqués de Selva Alegre, llevó íntima y estrecha amistad, hasta que perdida ésta, fugitivo se mandó mudar a la ciudad de Pasto, en ocasión que los quiteños la invadían. Conseguido el intento y entregada la plaza a las tropas de Popayán, se unió a ellas en calidad de capitán, y acompañado de Don Joaquín Caycedo que hacía de Presidente de la junta de dho Popayán, regresó a esta capital, y en su virtud pasado algún tiempo unido también con Don Nicolás de la Peña suprimo hermano, con Don Francisco Calderón, que eran los que habían levantado el estandarte de la contrarrevolución por el partido de la Casa de los Sánchez triunfó en é, separando al referido Marqués de Selva Alegre y sus colegas del mando, y subrogando a los suyos en él, hasta la extinción de la revolución: deforma que en todo este tiempo, fue el autor de los hechos principales de ella, hostilizó a varios sujetos del pueblo que se habían demostrado por la causa Justa, proclamando siempre muerte contra ellos, entre los que se numeran don Pedro Calisto, su hijo don Nicolás, y su yerno Pedro Pérez Muñoz, a quienes consternó demasiado en la prisión del cuartel en que perecieron, sin olvidarse de hacer iguales operaciones contra doña Teresa Calisto que también se hallaba presa en el propio cuartel. Las conmociones populares las sugería el dho Mancheno especialmente la que ocurrió el siete de septiembre del año próximo pasado en la que el populacho sacó a la plaza mayor dos horcas contra los individuos de la Junta, en el mismo que acometió dho. Populacho la casa del prebendado doctor don José Camacho, la saqueó, destruyó y robó, y ala del presbítero don Antonio Bernal que hizo con poca diferencia loo mismo, habiéndose expuesto de público que estos hechos provenían de los referidos Mancheno y Peña; no menos que se encargó también de exigir a los vecinos pudientes con el nombre de préstamo, las cantidades que le parecía, amenazándolos en su defecto con prisiones y otras extorsiones de esta naturaleza. Ésta la acusación hecha al revolucionario. Su interés justifica cita tan inusualmente larga en una recensión. Ilustra el tenor de los más ricos e importantes de estos documentos. Por entre acusaciones ensañadas y acaso tendenciosas, y defensas de los acusados elusivas, a veces ambiguas y siempre dirigidas a deshacer los cargos, el estudioso de la Revolución quiteña reconoce hechos consignados por muchos cronistas y cobra pistas para adentrarse en otros. Así la sumaria del Mar-

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qués de Villa Orellana, que toca momentos claves de la actuación del personaje hasta cuando él y su hijo “se retiraron... al partido de la villa de Ibarra donde el primero se erigió de Presidente del falso Gobierno, revolviendo igualmente a las gentes de aquella vecindad y disponiendo nuevo ataque contra las tropas reales, qe. se verificó con mucha efusión de sangre, en el que también fueron derrotados dhos. Rebeldes: hasta que preso en la mencionada villa, o su territorio, por el Señor Coronel Comandante. Don Juan Sámano, fue conducido al lugar de arresto en qe. se mantienen”, según la tosca simplificación de la acusación. Y en las preguntas acusatorias que se le hacen al Marqués y sus hábiles respuestas, hay también mucho que leer en una lectura profunda y entre líneas. No menos interesante el proceso de Antonio Ante. Y la brevísima acusación y no menos breve vista del abogado fiscal, tras las cuales se falla: “se le destina al presbítero Dn. Juan Pablo Espejo a una Recolección del Cuzco pr. Espacio de diez años y con especial encargo a los prelados de la Casa a efecto de que vigilen sobre su conducta”. Otros procesos nos entregan figuras o desconocidas o apenas conocidas de héroes de la Revolución, como el presbítero Pedro González Berdugo, con las declaraciones de varios acusadores, o el penitenciario de la iglesia catedral de Quito D. Manuel José Guisado. Para completar su utilidad, el volumen incluye al final un índice Onomástico. La III parte del libro no nos da documentos sino un índice, con indicación de caja y expediente. Son también documentos relativos la Revolución quiteña en sus apartados “Criminales”, “Gobierno” y “Fondo especial”. Por fin, hay un corto detalle de los documentos relativos a la Revolución que se encuentran en el Archivo General de la Nación, en Bogotá, y se han obtenido gracias a la cooperación institucional que nuestro Archivo mantiene con el colombiano, En suma, un urgente y rico incentivo para seguir ahondando en los sucesos quiteños del 1809 -y no solo el 1809- hasta el 1812, que será lo más importante de las celebraciones bicentenarias.
Hernán Rodríguez Castelo

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Juan J. Paz y Miño Cepeda (editor), ASAMBLEA CONSTITUYENTE Y ECONOMÍA. Constituciones en Ecuador, Quito, PUCE-THE, Editorial Abya Yala, 2007, pp. 122

Este libro contiene tres trabajos: “Constituyentes, Constituciones y economía”, escrito por Juan Paz y Miño, quien es el editor responsable de la obra, “Economía Política de la Asamblea Constituyente” de Pablo Dávalos Aguilar y “Los fundamentos económicos en la nueva Constitución” de Carlos de la Torre Muñoz. Se trata de una obra escrita por tres profesores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador: historiador económico, el primero, y economistas los otros dos. Ellos han tomado como eje un acontecimiento de vida inmediata en el Ecuador del año 2007: la reunión de una Asamblea Constituyente de plenos poderes que deberá transformar el marco institucional del Estado y expedir una nueva Constitución, acorde con el proyecto de revolución ciudadana impulsada por el presidente Rafael Correa. Por propia declaración, destacada en la presentación del libro, los autores anhelan movilizar conciencias, cuestionar las supuestas verdades inamovibles, remover las ideas comunes y, por supuesto, suscitar pasiones sociales. Porque lo peor que puede suceder a una sociedad es que se acostumbre a mirar el horizonte que tiene en el momento, pero que no se decida a mirar el nuevo horizonte que está detrás de las montañas. Y en Ecuador es eso lo que ha ocurrido en los últimos 25 años: el horizonte “neoliberal”, los supuestos del “mercado libre”, la idealización de la “empresa privada”, el encantamiento con una “economía social de mercado” que nunca se construyó y que nunca se pensó en construir, han dominado el horizonte nacional, sirviendo como montañas inamovibles que pretenden impedir que los ecuatorianos y ecuatorianas avancen hacia nuevos horizontes. En el primer trabajo, Juan Paz y Miño realiza una notable sín-

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tesis de las 18 Constituciones que han regido la vida nacional, desde la perspectiva de sus contenidos económicos y su significación en esta materia. El autor hace un corte entre las Constituciones del siglo XIX y las del siglo XX. Destaca la evolución de los derechos, desde los de primera generación (individuales) hasta los de tercera generación (ambientales y colectivos), en cuyos marcos se inscribieron los principios y las instituciones económicas fundamentales del país. Concentra su atención en las Constituciones del “siglo XX histórico”. Y particularmente enfoca a la última, esto es la de 1998, a la que Paz y Miño considera una Constitución que si bien avanza en derechos y garantías, retrocede en materia económica y desinstitucionaliza al Estado, precisamente para consolidar un “modelo empresarial” de desarrollo que, según el autor, privilegió los intereses de una elite frente a los mayoritarios intereses nacionales. Paz y Miño no solo realiza un examen de ciertas menudencias jurídicas, sino que ubica el proceso constitucional ecuatoriano en el contexto evolutivo de la sociedad nacional, a fin de que cada Constitución sea comprendida en el tiempo al que respondía. De esta manera, el autor ha logrado un importante avance interpretativo en el estudio jurídico y, sobre todo, ha destacado elementos sustanciales del constitucionalismo económico, que normalmente no han sido advertidos por los tratadistas. Todo ello lo explica a fin de que también sea comprendido el proceso que ha conducido a la convocatoria de la nueva Asamblea Constituyente. Estas son las contribuciones centrales de la investigación. El trabajo de Pablo Dávalos parte de considerar que la Asamblea Constituyente convocada se ofrecía como un instrumento esencial para el cambio en el Ecuador. Para ubicarla, el autor realiza un análisis de la crisis política y de la crisis económica vividas por el país en la última década y que constituyeron el espacio en el que emergió la clase media, pues fue la más afectada por ellas. Examina, de modo particular, la quiebra bancaria de 1999 y la dolarización, considerados momentos decisivos para la pérdida de la capacidad regulativa y política del Estado. Todo ello volcó las expresiones del descontento de las clases medias, que pasaron a ser actores políticos directos. Ellas asumieron el “discurso de la ciudadanía” y la “moralización” de la política, pero desde la “demanda liberal”, lo que les adscribe a los “fetiches” de la “estabilidad”. En esa postura, siempre movible, dice Dávalos, la

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Asamblea Constituyente parece ser su espacio ganado para liquidar el pasado, pero sin que nada pase. El artículo de Carlos de la Torre Muñoz, por su parte, cuestiona abiertamente la idea tan generalizada en el país de que es necesario establecer constitucionalmente un “modelo económico”. Para fundamentar su posición, De la Torre examina algunas de las Constituciones ecuatorianas del último siglo para rastrear en ellas la definición de algún “modelo”. Al mismo tiempo sostiene que la economía ecuatoriana, como se desarrolló en las últimas décadas, no alcanzó el rango de “neoliberal”, propiamente dicha, y que tampoco edificó un determinado “modelo” si se atiende a los términos conceptuales de lo que hay que entender como tal en la teoría económica. Lo que hubo, precisa el autor, es mas bien un conjunto de “recetas” con las que se guió a la economía y que no hubo límites en ellas, hasta tal punto que incluso la Constitución fue violada tantas veces cuanto quiso el interés privado. Concluye De la Torre que, vistas las experiencias históricas, es mejor NO definir “modelo” alguno en la nueva Constitución. Ello significaría ahorcar las posibilidades que tiene el país y la economía para el manejo de tantos instrumentos cuantos sean necesarios para generar el bienestar colectivo. Los tres artículos de este libro abordan el tema de la Asamblea Constituyente y la economía desde una singular perspectiva: tratar de contextualizar los análisis sobre una base histórico-estructural, movida por actores sociales y por la política contemporánea. En este sentido rebasan la simple coyuntura, al propio tiempo que son testimonios de lo que ocurre en el Ecuador. Además, ubican al gobierno del presidente Rafael Correa en el proceso hacia la nueva Constituyente y la nueva Constitución. Un libro interesante y sin duda valioso para la historia del presente.

Jorge Núñez Sánchez Quito, enero de 2008

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Juan J. Paz y Miño Cepeda, REMOVIENDO EL PRESENTE. Latinoamericanismo e Historia en Ecuador, Quito, PUCE-THE, Editorial Abya Yala, 2007, pp. 221

Este libro contiene 9 textos escritos por el autor en distintos momentos de su trayectoria investigativa. Una parte de ellos son trabajos presentados como ponencias en diversos encuentros académicos internacionales, en tanto los otros son estudios expuestos en el país y, además, preparados como parte de las actividades académicas que cumple el autor al frente del “Taller de Historia Económica (THE)” que dirige en la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Como Paz y Miño resalta en la presentación de la obra, los estudios ofrecidos a los lectores integran tres aspectos esenciales de su comprensión de la historia: la vinculación del pasado con el presente, la visión del Ecuador como un país incrustado en la historia de América Latina y el desarrollo de la historia inmediata como una importante corriente del quehacer investigativo contemporáneo, destinado a la comprensión de los procesos de mayor actualidad, labor en la que Paz y Miño se ha destacado como un innovador en la historiografía ecuatoriana. En orden de su presentación, el primer texto trata sobre el pensamiento de Simón Bolívar a través de tres fases: la época revolucionaria, la institucional y la del desengaño. Se quiere sugerir con ello tanto las esperanzas iniciales como las frustraciones finales de Bolívar a raíz de la Independencia y la fundación de la Gran Colombia, cuando las oligarquías regionales y las ambiciones políticas se interpusieron contra el gran sueño bolivariano de la unidad. El segundo, presenta a un Eloy Alfaro continuador de la obra de Bolívar. Este gran caudillo liberal, que condujo la Revolución más importante del país después de la Independencia, no solo que fue un

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internacionalista liberal, sino que trató de reconstituir la Gran Colombia, se solidarizó con Cuba y hasta logró reunir un Congreso Internacional en México, que quiso crear un sistema jurídico continental, capaz de sujetar el expansionismo norteamericano. El tercer texto examina la reunión del Partido Conservador del Azuay en 1911 como un intento de modernización ideológica y de compromiso social reformista, que resultaba pionero en la historia partidista ecuatoriana. En este sentido, la ponencia altera los conceptos tradicionales que se han mantenido sobre la trayectoria del conservadorismo. El cuarto brinda un contraste con el anterior, pues también descubre al Partido Liberal de 1923 con un programa ideológico renovador y, sobre todo, abiertamente identificado con la problemática social nacional y con propuestas incluso tempranamente socialistas. Pero, al mismo tiempo, ubica el nuevo papel político que jugarán los partidos Socialista (1926) y Comunista (1931), que surgen con el motor de la organización clasista de los trabajadores. Y el cuadro queda completo con la visión del naciente “populismo” liderado por José María Velasco Ibarra, quien inauguró la movilización electoral de las masas y el discurso retórico por el pueblo. Un conjunto reflexivo, que permite comprender la época de origen de la cuestión social ecuatoriana. El quinto texto trata sobre las relaciones entre Ecuador y Perú, pero no solo para destacar el ancestral conflicto territorial que separó a los dos países, sino para inquietar en la comprensión mutua de la terrible deuda externa que los hermanó y en las virtualidades que, una vez suscrita la paz definitiva entre ambas naciones, se abren e inician con la integración. El sexto trabajo aborda un tema desconocido: se trata de los vínculos que es posible encontrar entre Ecuador y México a través del Caribe como concepto y espacio geográfico-social. Interpretación sugerente, sobre todo a partir de las comparaciones que suscita la “Guerra de Castas” del antiguo Yucatán con lo que sigue sucediendo con los pueblos indios de la región amazónica ecuatoriana. El séptimo es un trabajo de reflexión de evidente significación contemporánea. Paz y Miño se concentra en oponer las edificaciones de dos modelos de desarrollo en el Ecuador: uno, al que denomina modelo estatal desarrollista, se habría consolidado en las décadas de los años 60 y 70; pero en los 80 y 90 del pasado siglo, el país habría cambiado

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hacia un modelo empresarial, que coincidió con la evolución de los gobiernos constitucionales. El autor juzga que este último modelo privilegió a unos pocos y desfavoreció a muchos, además de que afectó la institucionalidad estatal y la vida política. El octavo texto puede considerarse un punto más sobre la visión del anterior, que contrasta los orígenes del movimiento obrero nacional con la incursión neoliberal, cuyas tesis flexibilizadoras agravaron no solo las condiciones del trabajo, sino los derechos antiguamente conquistados. El último, como una especie de resumen teórico y conceptual, sintetiza de una manera atrayente, crítica e innovadora, la historia ecuatoriana desde 1979 hasta el 2007. Se trata del discurso que presentara el autor al incorporarse como Individuo de Número de la Academia Nacional de Historia. El panorama histórico sirve para destacar los dos términos clave en los que se ha movido Paz y Miño en sus recientes obras: el concepto de historia inmediata y el de deuda histórica, ambos íntimamente relacionados con los desafíos del historiador en el presente y su compromiso social. Un libro escrito con claridad, precisión y rigurosidad. Sustentado en fuentes nuevas e interpretaciones que invocan a la reflexión del pasado, con la mira de que la historia es una ciencia viva, esencial para el mundo del presente y la construcción del futuro, como sostiene abierta y francamente su autor.

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LA CASA DE LA ACADEMIA

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LA ACADEMIA EN SU SEDE

El 8 de agosto del año pasado, el Alcalde de Quito, general Paco Moncayo Gallegos, hizo la entrega a la Academia Nacional de Historia de su nueva sede, la casa “La Alhambra”, restaurada por el Fondo de Salvamento, FONSAL. “Nos complace -dijo el burgomaestre quiteño, en nombre del pueblo de Quito- entregar este aporte a la Academia Nacional de Historia porque creemos firmemente en la identidad nacional” Y vio la historia patria, de la que la Academia es custodia, como clave de esa identidad y fuente de patriotismo. “Sin historia -dijo- un pueblo no puede ser de patriotas”. Por su importancia, nuestro Boletín recoge íntegro ese discurso. Agradeció al Alcalde, a nombre dela Academia, su director, el Dr. Manuel de Guzmán Polanco, qien en su discurso evocó los comienzos de la Academia, destacando el espíritu de tolerancia que desde entonces la caracterizó, y trazó, a grandes rasgos, la trayectoria de la Academia hasta llegar a esta nueva sede, a tono con la importancia de su tarea nacional. También entregamos este discurso en esta parte dedicada al magno acontecimiento. UNA CASA CON HISTORIA La llamada, por sus características arquitectónicas y, en particular, ornamentales, “La Alhambra” está ubicada en la esquina de las calles 6 de Diciembre y Vicente Ramón Roca, en el barrio la Mariscal. “Fue construida en 1928,por su propietario, quien fue, además, diseñador y constructor, el Dr. Gabriel Baca Miranda (1870-1941)”, ha escrito en una breve memoria el arquitecto Pablo Roldán Baca, su nieto. La mansión fue una de las edificaciones fastuosas y de abolengo en el que para ese entonces no pasaba de ser un barrio “alejado del centro”. Fue siempre motivo de curiosidad y admiración por su relación con la Alhambra de Granada. El arquitecto Roldán nos dice que la casa edificada por don Gabriel se inspiraba en la Alhambra morisca, que había visitado en uno de sus viajes por Europa, viajes generalmente motivados por un negocio familiar de importaciones, que mantenía en el Pasaje Baca -calles Espejo y Venezuela-.
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La mansión se enriqueció con elementos del arte mozárabe de herradura, festonados, arcos ojivales, mampostería policromada con elementos herbáceos, como cenefas, capiteles con hojas de helechos, guirnaldas de frutas, flores y aves. “Las paredes estaban empapeladas en colores vivos y decorados. También había frescos en las paredes del baño”, reuerda Pablo Roldán. “Hacia 1973, fecha del fallecimiento de su esposa, Dña. María Baca Lasso, la casa la heredaban sus tres hijas, Laura y Magdalena, ya fallecidas, y María Eugenia, quien vive” -reseña Pablo Roldán. “En 1984 se vende la propiedad al Dr. Hugo Herdoiza Ríos quien fallece a poco. La propiedad sufre gran deterioro”. Fue tal el deterioro, que convertida en conventillo y en depósito de chatarra, amenazaba ruina. El FONSAL la recupera, reconociendo su valor munumental. “Los detalles mudéjares que tiene son únicos en el país -ha declarado el arquitecto Sergio Bermeo, uno de los 17 técnicos que trabajaron en la laboriosa obra de recuperación integral y restauración- Las ventanas y los arcos del torreón y algunos arcos interiores son referentes del estilo”. La intervención espacial tuvo tres fases bien definidas: La primera se ocupó del arreglo del torreón, y se consolidaron las cabezas de los muros y se repararon las cubiertas. La segunda se ocupó de la rehabilitación total de la casa; se consolidaron las cimentaciones, los muros y las cubiertas. Se habilitó el subsuelo. La tercera se ocupó de patios y jardines -son 2500 metros de terreno- y de la iluminación decorativa. Junto a la antigua construcción, se edificó un añadido moderno, que dota al edificio de un auditorio, amplio espacio para la biblioteca y espacio para instalar una cafetería. La casona, en forma de U, con un torreón enhiesto y una escalera central que da a una galería flanqueda por arquería de medio punto, luce muy cercana a su primitivo esplendor, con una planta señorial y la riqueza de su arquitectura y decoración entre mudéjar y ecléctica. Y ha recibido un destino acorde con su importancia monumental y su belleza: alojar a la Academia Nacional de Historia, con su archivo y su biblioteca abierta al público. Especialmente significativo que esto se haya hecho en estas vísperas de un bicentenario cada vez más cercano y más urgente.

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DISCURSO DEL SEÑOR ALCALDE DE QUITO, GRAL. PACO MONCAYO GALLEGOS, EN LA ENTREGA EN COMODATO DE LA CASA “ALHAMBRA” A LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Doctor Manuel de Guzmán Polanco, Presidente de la Academia de Historia, dignísimos miembros de la Academia, excelentísimos señores Embajadores acreditados ante el Gobierno ecuatoriano y Representantes de los Organismos Internacionales, señoras y señores Concejales del Cabildo de Quito, Arquitecto Carlos Pallares, Director Ejecutivo del FONSAL, señores representantes de las Cámaras de la Producción de Quito, de las Universidades, Colegios de Profesionales, invitados especiales, señoras y señores funcionarios del Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, señores representantes de los medios de comunicación social, señoras, señores: Con mucha complacencia y a nombre del pueblo de Quito como bien lo ha expresado el Presidente de la Academia, entrego este local, casa digna de una Institución tan importante para la vida nacional como es su Academia de Historia. He recibido en esta ocasión esta medalla precisamente a nombre del pueblo de Quito. Tenga Ud. la certeza que ocupará un sitial preferente en las instalaciones de nuestra Alcaldía. Tuve la suerte de recibir la medalla como Miembro Correspondiente de la Academia de Historia cuando todavía vestía el uniforme militar y en ceremonia en la cual presenté un estudio sobre la conformación del Ejército Nacional en el Estado Ecuatoriano, de manera que ésa la voy a llevar yo y ésta el pueblo de Quito en cuya representación estamos entregando este edificio a nuestra querida Academia de Historia. Hemos querido hacer esta entrega con motivo de las celebraciones de la semana de las fiestas patrias. El día 2 de agosto hemos colocado una ofrenda floral en el calabozo del llamado Cuartel Real de Lima, donde fueron sacrificados los patriotas quiteños; y hemos presentado un gran concierto de las bandas del Ejército, Aviación, Policía

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y Municipalidad integradas y observamos con real preocupación y con mucha pena, que ese día sólo hubo una ofrenda floral en el sitio del sacrificio y esa fue la ofrenda floral de la ilustre Municipalidad de Quito. Estamos a dos años apenas de la conmemoración del Bicentenario y nuestra ciudad ha tomado muchas medidas y acciones para que no pase desapercibida esta fecha tan importante para la Patria. Hace un año y medio entregamos la estatua de nuestro Prócer Eugenio de Santa Cruz y Espejo a la Alcaldía de Madrid y hoy esa estatua está en uno de los sitios más destacados de esa ciudad. Es una estatua igual, construída en la misma época y en los mismos talleres, de aquella que hoy luce en la Avenida 24 de Mayo. En esa ocasión y en Madrid expresé que Quito como ciudad, iniciaba estas conmemoraciones con una clara comprensión de la nueva era que vive la humanidad, de esta nueva sociedad que ha nacido a filo de inicios del Siglo XXI y del nuevo milenio y que constituye la oportunidad para que los pueblos, español y americano, juntos, en magnífica celebración, recuerden esta época de la historia común. Hemos planteado también, que el Gobierno Nacional asuma el liderazgo en convocar para que la celebración no sea de ciudades aisladas que compiten por el liderazgo en el grito de independencia, sino que América entera con España por supuesto, ya no Madre sino Hermana Patria, seamos capaces de una celebración adecuada a esta especial circunstancia. Las celebraciones del Bicentenario del primer gobierno autónomo constituído en América debe ser como se ha dicho siempre, una razón más para consolidar nuestro sentido de Patria y de ecuatorianidad. No puede la patria ecuatoriana fragmentarse por ningún interés ni por interpretaciones antojadizas de su propia historia, de su presente y de su futuro porque hoy más que nunca la patria ecuatoriana debe ser una sola, integrada por supuesto a la gran patria latinoamericana. Aquí la ciudad de Quito entrega este edificio magnífico a la Academia Nacional de Historia. Lo hacemos porque estamos convencidos de que es indispensable para nuestro país reforzar el análisis histórico, conocer siempre mejor su pasado, sabiendo que como alguien dijo, la historia no es sino un diálogo entre el presente y el pasado que nos permite construir un futuro mejor, si queremos, si deseamos, si tenemos el imperativo de construir un futuro mejor para este pueblo ecuatoriano. Necesitamos ese dialogo permanente que se va a desarrollar en esta casa, necesitamos nutrirnos de nuestra historia

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necesitamos consolidar todas las razones de la unidad de este gran pueblo, el pueblo ecuatoriano. Parece, y aquí posiblemente haga un parangón, que científicamente pueda ser cuestionado, pero me parece muy importante comparar lo que nos pasa a las personas con lo que les pasa a los países. No hay enfermedad más terrible que azote a los seres humanos ahora que ese mal de Alzheimer; es el mal de la pérdida de la memoria, el ser que no sabe de dónde viene y que no sabe donde está y que se anula a sí mismo; . Los pueblos necesitan tener memoria y la historia es la memoria de los pueblos pero no solamente eso, los pueblos como las personas necesitan una identidad. Qué sería de cada uno de nosotros si no pudiésemos identificarnos como lo que somos, a qué familia pertenecemos qué apellido llevamos. La identidad es fundamental para la comprensión de uno mismo, de la sociedad, del presente y del futuro. Cómo puede fortalecerse la identidad si un pueblo no venera su historia. Y finalmente también en autoestima; de esas raíces profundas del pueblo ecuatoriano en su pasado, de esa grandeza cultural de los pueblos originarios, antes del incario, de la enorme contribución del propio incario al desarrollo de nuestros pueblos, de la presencia española en América, de todo eso debemos sentirnos orgullosos. Cómo se destruyen las personas, cuál es el principal motivo del suicidio: la pérdida de la autoestima. El sentir que el ser humano que está sometido a esa situación no vale nada, no sirve para nada; sin autoestima el ser humano no puede desarrollarse material y espiritualmente y a plenitud. Lo mismo pasa con los pueblos. Necesitamos un pueblo con identidad, con memoria, con autoestima y eso requiere y requiere vitalmente de una honda y profunda investigación de su pasado histórico. Nos complace especialmente al pueblo de Quito, entregar este aporte a la Academia Nacional de Historia porque creemos firmemente en la identidad nacional, porque somos capital de todos los ecuatorianos y porque estando ubicada aquí siendo la sede de la Academia Quito, la ciudad no podía mirar impasible la situación en que se encontraba la Academia. Hoy la Academia tiene un lugar digno de la institución que es, que va a servir como ese espacio en el cual se debatirán todos los temas referidos a nuestra historia. No necesitamos falsificar nada los ecuatorianos, no necesitamos tergiversar nada los ecuatorianos. Objetivamente tenemos una historia grande para un pueblo grande. Tenemos nosotros como ciudad que aportar a la comprensión his-

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tórica de nuestra realidad y lo estamos haciendo y lo hacemos especialmente con el Fondo de Salvamento porque en cada monumento histórico que recuperamos, recuperamos la memoria . Porque en esa enorme producción bibliográfica del FONSAL recuperamos la historia, porque cuando observamos las maravillosas obras de la cultura de nuestro pueblo, recuperamos nuestra autoestima; porque en esa mesticidad forjada en siglos, recuperamos nuestra identidad y lo estamos haciendo con convicciones profundas de ecuatorianidad, no de quiteñidad solamente: de ecuatorianidad. Cuántas valiosas aportaciones de nuestros historiadores se han perdido por interpretaciones gratuitas y no sustentadas. Pues, hemos invertido en la Municipalidad recursos importantes para sustentar una investigación arqueológica seria, científica que nos puede permitir extender también nuestras raíces del preincario. Y estamos descubriendo vestigios arqueológicos maravillosos de ese pueblo quiteño de esta geografía magnífica, espléndida, desde hace miles de años. Vamos a seguir, y en eso seremos socios, socios entusiastas con la Academia de Historia y la Municipalidad para ir reforzando la investigación necesaria para que podamos conocer certezas, de dónde venimos y para que podamos también con certezas, como país saber a dónde queremos ir; cómo vamos a construir la patria nueva, la patria justa, la patria solidaria la patria equitativa. Termino diciéndoles que sin historia un pueblo no puede ser de patriotas. El patriotismo básicamente es amor. El soldado no da la vida en la frontera, en tantas batallas, si no es por amor profundo, y por convicción de lo que es su patria, de lo que es su pueblo. Patriotismo es amor. Civismo es amor. Si los quiteños amamos a nuestra ciudad, casi no sería indispensable el Alcalde. Es el amor a la ciudad el civismo; cuidarla con cariño, protegerla porque es la casa de todos. Igual es el patriotismo. Es amor, pero Uds. saben y es un dicho viejo -no sé su autor-, que uno no puede amar lo que no conoce. El estudio nos hace conocer a fondo nuestra patria, nuestra nación, nuestro pueblo, nuestro territorio; y mientras más lo conozcamos, más patriotas podremos ser, más le podremos amar y mejor país podemos construir. Muchas Gracias.
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DISCURSO DE INAUGURACION DE LA NUEVA SEDE DE LA A.N.H.
Manuel de Guzmán Polanco

Vivimos en un mundo de inseguridad y de total relatividad. Es así que “navegamos” por el universo con el Internet o con la imaginación no más, sin encontrar lo que de veras queremos: algo que nos dé estabilidad espiritual, acercándonos a las realidades como son y no como quisiéramos que fueran. Acercarnos a la verdad, es al fin o al cabo lo que puede equilibrar nuestra ansiedad y nuestra necesidad de futuro. Por eso los jóvenes preguntan por la historia, por la verdadera, a tal punto que ellos quisieran escribirla. Por eso también hablan de “refundar el Ecuador”, pero angustiados encuentran que les falta conocerla y utilizar el cómo. Al fin muchos se ahogan en el “estrés” y se retuercen en la infecundidad. A veces, cada vez más veces, el cansancio, las urgencias de la vida o las conmociones de la razón les señalan la necesidad de mirar objetivamente lo que cuenta la historia de nuestro pasado, de nuestros triunfos, de nuestras alegrías, de nuestros fracasos, de nuestras esperanzas y nuestras actuales realidades. Atrás pueden quedar para ellos las ataduras mentales, las trabas espirituales, los prejuicios; y aparecerá la verdad que aquieta y redime. Era esa la figura del Evangelista San Juan que hace 20 siglos ya nos dijo: “La verdad os hará libres”; tal es la nobilísima función del Historiador: poner sobre la mesa la verdad, sean hechos o documentos o tradiciones e interpretarlas para unir los unos con los otros mediante la lógica y la ética, para que sea la maestra de la vida, la luz que nos guíe para el siguiente día y así todos los días. Haciendo historia, con el cayado de la verdad. La alegría de la presencia de ustedes en esta renovada pero no ostentosa, aunque sobria y digna mansión quiteña, me permite advertir los contrastes que dan el colorido a la realidad actual con el pasado. Nació la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos un 24 de julio de 1909, en la Biblioteca del Palacio Arzobispal de Quito,

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bajo la égida del admirado Federico González Suárez, que había reunido en su estudio a los jóvenes por él intelectualmente guiados, que habían hecho ya trabajos de investigación histórica sobre Ecuador y América, cuyos nombres es el momento de proclamarlos con admiración y gratitud, casi después de un siglo: Luis Felipe Borja Pérez, Alfredo Flores y Caamaño, Cristóbal de Gangotena y Jijón, Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea Rivadenerira y Aníbal Viteri Lafronte. Por estar ausentes de la ciudad no estuvieron en la sesión Juan León Mera Iturralde y José Gabriel Navarro. Nueve ecuatorianos, a los que en 1915 se juntaron con igual título de Individuos de Número, Celiano Monge e Isaac J. Barrera. Fue nombrado desde el primer día, Director vitalicio el maestro de la Historia y admirado ecuatoriano el Ilustrísimo Doctor Federico González Suárez. En 1918 se incorporan Julio Tobar Donoso y Homero Viteri Lafronte. El Boletín N° 1 de la Sociedad se publicó por primera vez en 1918. Hermoso lugar, el del Palacio Arzobispal, embrujado por el patriotismo y la sapiencia de sus concurrentes; pero el lugar no era propio. Me tocó la suerte de colocar hacen 5 años, junto a mis colegas, una placa de mármol en el lugar en que nació la Academia. Esta tiene ahora en su programa inmediato, la edición de los trabajos históricos principales de sus fundadores. Me cabe destacar un distintivo o mandamiento que desde entonces lució en la Academia y ha continuado indefectiblemente, honrando el principio de su fundador y sus primeros Individuos de Número: un principio de la domocracia: la tolerancia. El Arzobispo católico, moralista y teólogo rectilíneo trataba con delicadeza de gran señor a hombres de todas las tendencias. Respetaba sus ideas, le agradaba que las expusieran. Todos discutían serenamente con la mayor altura espiritual, sin necesidad de ofenderse. Hacían lo que debe ser una Academia: tribuna para buscar la verdad, la verdad histórica en este caso. Al lado de González Suárez estaba Luis Felipe Borja Pérez, agnóstico, pero sobre todo anticlerical, que por sus ideas políticas recibió persecuciones y destierros. El notable jurista y batallador radical quiteño aprendía de su maestro, líder del catolicismo. Admiraba la figura del egregio Arzobispo y dijo de él: “Cuantos hombres célebres hay en González Súarez”. En la otra acera, ahí estaba Jacinto Jijón y Caamaño. Era un verdadero científico de la Historia con una vasta cultura general. Con-

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servador de antecedentes y líder de la derecha, que en su lucha por sus ideales políticos llegó a la guerra civil. Tan cercano a González Suárez, oía los consejos que le daba sobre la prudencia en la política. Don Jacinto, el fino caballero y hombre público jamás tuvo dificultades con sus colegas que, en mayoría eran de la orilla opuesta. Cada uno con su conciencia, dieron ejemplo de cómo debe marchar la sociedad: respetándose los unos a los otros sin dejar de defender las propias ideas; eso es lo que lleva a la cooperación, a la mancomunidad, a la defensa de ideales comunes, sustancialmente los de libertad y orden, de trabajo y progreso, en suma de amor a la Patria. Debo de hablar del siempre ansiado hogar propio, para lo que los miembros de la Academia han tenido una paciencia condigna de la que tiene el historiador. González Suárez murió el 1 de diciembre de 1917, pero había crecido justificadamente el prestigio nacional del grupo de fundadores. Eso se demostró cuando el Congreso Nacional de 1920 reconoció como Academia Nacional de Historia a la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, tal cual aparece en el Registro Oficial N° 23 de 28 de setiembre del citado año. Como dato anecdótico recordaré que ese Congreso, asignó 150 sucres mensuales del Presupuesto nacional para “el pago de los empleados secundarios”, decía, dinero que la institución recibió durante algún tiempo hasta que la mora habitual del Fisco convenció a la Corporación de que no podía contar con semejante muestra de generosidad. Aquella ley, refrendada por el Presidente de la República, el liberal guayaquileño Dr. José Luis Tamayo, sirvió de base para la Ley Reformatoria N° 2003-14 que el Congreso Nacional expidió por unanimidad de votos el 4 de setiembre de 2003, con el Ejecútese del Presidente Constitucional de la República Coronel Lucio Gutiérrez Borbúa, publicada en el Registro oficial N° 180 de 30 de setiembre de 2003. El Congreso declaró que la Academia “es una entidad oficial y autónoma de carácter científico, sin ánimo de lucro”; y dispuso que el primero de sus recursos para cumplir sus fines sociales es “la asignación permanente en el presupuesto general del Estado”. Simplemente se hacía lo que en todos los países, empezando por lo que ocurre en España con la Real Academia de la Historia, fundada por el Rey Felipe V hacen más de tres siglos y que permanece bajo el patrocinio de la Corona.

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Después de la asignación que nos hizo el Ministro de Educación del Gobierno de Gustavo Noboa, el ilustre historiador cuencano Dr. Juan Cordero Iñiguez, los gobiernos de los señores Palacio y Correa nos han ayudado también para investigar, para “el pago de empleados secundarios” y las publicaciones del Boletín semestral, que lleva ya el número 178, y otras obras que ayudarán a consolidar la verdadera historia del Ecuador. Nos acercamos pues al primer centenario de la Academia. El 2009 es al propio tiempo el Bicentenario de la Independencia de lo que entonces era la enorme y destacadísima Real Audiencia de Quito y hoy es la pequeña República del Ecuador. Aniversario que tenemos que celebrar dignamente, no solo con el brillo de los actos públicos sino sobre todo con el profundo examen de lo que no hemos hecho para honrar a nuestros héroes, como también con lo que deberíamos hacer para ponernos a la altura de su grandeza. De 1809 a 1830 al instalarse la República, no solo pusieron sus pensamientos, actividades y bienes al servicio de la cruenta lucha por la autonomía, sino que –en gran númerorindieron su vida perseguidos por las equivocadas y truculentas autoridades locales y sus fuerzas militares -las de los Virreynatos de Santa Fe de Bogotá y de Lima-, que a sangre y fuego no permitían que estos pueblos se gobiernen por sí mismos. La historia de la Patria está en buena parte reflejada en los Boletines semestrales de la Academia, que empezaron como ya dije en 1918. La historia de la Academia también está alli. Por lo que por lo menos habría que decir algo más de sus dos primeros Directores, mentores y mantenedores: González Suárez y Jijón y Caamaño, de los que nunca será suficiente el comentar pues representan una época cumbre del pensamiento nacional y nacionalista ecuatoriano. Mas eso quedará para futuras oportunidades en que podamos contar con la presencia de ustedes, aquí mismo en este bello lugar que hoy inauguramos. Volviendo al peregrinaje histórico de la casa de la ANH, recordemos cómo, luego de su amparo en la residencia del Arzobispo de Quito, el destacado alumno, el Académico fundador Don Jacinto Jijón y Caamaño abrió las puertas de su casa a sus compañeros para que allí tuvieran local donde sesionar, en donde consultar su riquísima biblioteca y archivos históricos y, aún, donde pudieran escribir sus trabajos. Era la residencia de la calle Sucre, entre García Moreno y Veneuela, casa de por medio de la que fue la casa de Antonio José de Sucre y hoy

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es de la Sociedad patriótica que lleva el mismo nombre. Después, ya en los últimos años de vida del munificente don Jacinto, la sede de la Academia pasó a la señorial residencia del quiteño en el norte de la ciudad, la que se denomina todavía “La Circasiana”, en la avenida 10 de Agosto y avenida Colón, hoy dedicada por su nuevo dueño el Municipio de Quito a Archivo de la ciudad y al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural con su calificado equipo de restauradores de la riqueza artística quiteña. El Boletín de la Academia seguía publicándose gracias a la generosa donación de costos y de textos científicos que prodigaba Jacinto Jijón y Caamaño. Recordemos que este patriota murió en 1950. Desde 1916 hasta 1946 en su casa y en la del nuevo Director don Carlos Manuel Larrea funcionaba la Academia. Desde 1946, ésta ya tenía residencia en el local de la calle Olmedo y Cuenca, junto al Museo de Arte Colonial, en el solar que entregó el Presidente Carlos Arroyo del Río y en el que construyó las casa para la Academia, Don Jorge Montero Vela, Ministro de Obras Públicas del Presidente José María Velasco Ibarra. Precisamente en estos días estamos transfiriendo al Estado los derechos de posesión tranquila y no interrumpida de 66 años en el barrio de La Merced. Por el crecimiento de la población en el centro histórico y la ocupación de las calles y aceras ya no pudo utilizarse el local. Los tres últimos Directores, el Dr. Jorge Salvador Lara, el Dr. Plutarco Naranjo Vargas y yo hemos acogido a la Academia en nuestras oficinas particulares, debiendo también sesionar en locales diversos, a nuestro costo. Las leyes del Congreso referentes a la Academia de los años 1920 y 2003 disponen que su actividad estará sostenida económicamente por el Estado. Cuando nos vimos en la práctica expulsados de la casa de la calle Olmedo, por el comercio informal, nos quedaba acudir al gobierno nacional para que nos otorgara un techo para trabajar. Lo busqué empeñosamente, lo señalamos muchas veces, bien fueran casas o simplemente departamentos. Aparte de las múltiples trabas legales, la voluntad de los sucesivos Ministros se veía anulada por la falta de presupuesto. Los planes, los planos, las ofertas, los diferimientos eran mas cuantiosos y poderosos que nuestra ansiedad y paciencia. En ese agobiador camino asomó una luz que cortó nuestra desesperación. El Alcalde Metropolitano, historiador también, y Miembro de Honor de la Academia, decidió que la Ciudad Capital del Ecuador habría de dar

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una residencia a la Academia Nacional de Historia. La generosa decisión del General de Ejército Paco Moncayo Gallegos, héroe del Alto Cenepa, trascendió al Concejo Cantonal. Un sentimiento auténticamente nacional, no concertado, por innecesario,circulaba entre los representantes del pueblo de Quito, hombres y mujeres, entre los concejales, los asesores, los administrativos y los humildes portadores de papeles. Todos unánimemente porque se dé una residencia a la Academia Nacional de Historia. Y de seguida, sin esfuerzo pero con amor a la causa nacional, ahí estuvo FONSAL, ahí el quiteño arquitecto Carlos Pallares Sevilla que tan acertadamente lo dirige, con su masivo y sacrificado equipo para ayudarnos a buscar el local que llenara los requisitos del presente y las posibilidades de una institución, que crecerá como lo hará el país de todos nosotros, impulsado por su historia. Un sueño convertido en realidad, sueño que tuvieron también ustedes nuestros amigos, realidad de estar juntos en este bello recinto de la solidaridad nacional. De corte morisco, que recuerda nuestros ancestros árabes, con parterres de piedras nítidamente pulidas que nos hacen volver la mirada a las piedras labradas naturalmente y hábilmente concertadas una junto a la otra- en los palacios de nuestras culturas ancestrales, vernáculas y del incario. Hermosa casa, Alhambra llamada por el pueblo, en la Avenida Seis de Diciembre, que consagra la fecha de la real instalación del nuevo Quito, sobre las ruinas del Quito de los Shyris, con todo el aparato legal y la implantación de la trama cultural, inmarcesible, de la tradición hispánica. Cuidadosa reconstrucción y un moderno y airoso acoplamiento, ideados por un empeñoso y competente arquitecto el quiteño Alfredo Ribadeneira Barba, en medio de jardines que guardan árboles centenarios; es este solar que no está lejano del que era el histórico campo de Iñaquito o Añaquito, que hoy es el Parque 24 de Mayo, en recuerdo de la fecha en que se realizó al pie del colosal Pichincha la batalla en que, por primera vez en la historia de la independencia de la América hispana se cumplió triunfalmente la unión de los ejércitos de toda ella en la América del Sur. La unión hizo la fuerza y la rúbrica del destino común de Ecuador, Venezuela, Panamá, Nueva Granada, Perú, Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay. Fue este inmueble a principios del siglo XX, propiedad de la importante familia quiteña Baca; luego de la Inmobiliaria Herdoiza; y finalmente del Municipio de Quito. De antes lo ocupaban algunos arte-

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sanos y después con el tiempo fue también refugio de transhumantes y pilluelos. Tema que puede servir muy bien para la pluma de los costumbristas ecuatorianos; buen tema como cualquiera de los hilarantes motivos que utilizaron los grandes escritores españoles del Siglo de Oro. Se ha transformado, por la magia del amor a la Ciudad, en un amplio y reluciente solar, en donde plácidamente se podrá meditar sobre el pasado y el futuro del país, bajo el inigualable azul del cielo de Quito. Gracias a las autoridades, gracias a los quiteños que dan estas alegrías al país. Por vez primera la Academia, en su historia, tiene un documento público inscrito en el Registro de la Propiedad: éste que acabamos de firmar le acredita un comodato o préstamo de uso para los siguientes 50 años. Tres o más nuevas generaciones de historiadores podrán trabajar cómodamente para ayudar a hacer país. Ahora somos 28 Individuos de Número y 52 Miembros Correspondientes. A cada uno de ellos y muy en especial a los miembros del Directorio, mi gratitud por su noble comprensión y ayuda. La inauguración de este emblemático recinto es una buena muestra, tangible, de lo que significa el Bicentenario de la Independencia y el primer Centenario de la Academia Nacional de Historia. Tenemos académicos en casi todas las provincias de la República, y tendremos en todas cuando las nuevas maduren sus esfuerzos por hacer la nueva historia del Ecuador y escribirla alrededor del fuego sagrado de la unidad nacional. Señoras, Señores

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PALABRAS DE ALICIA ALBORNOZ EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO AMÉRICA NUESTRA, DE MIGUEL ALBORNOZ

Señores y señoras: Me ha pedido mi padre, Miguel Albornoz, le represente en este Acto al que lastimosamente no ha podido asistir, más que por enfermedad por precaución ante la altura. Agradezco encarecidamente, en su nombre y de la familia (presentes y ausentes), a la Academia de Historia del Ecuador y sus distinguidos miembros, -y en especial a su Presidente Manuel de Guzmán Polanco- quienes han hecho posible la presentación de América Nuestra. Muchas gracias, Manuel, por tu efectiva labor, y tus inteligentes y generosas palabras. De la misma manera agradezco al Dr. Enrique Ayala Mora por sus comentarios y sus referencias al libro de la Campaña de los Cien Días, así como por habernos facilitado este espacio magnifico para el evento: la Universidad Andina Simón Bolívar. Mi padre es un bolivariano de corazón y de pensamiento, por lo que el hecho de que haya tenido lugar aquí esta Presentación es doblemente significante y grato. Agradezco también al Secretario Académico, el Dr. Juan Valdano Morejón, así como al Licenciado Juan Paz y Miño por sus intervenciones. Y, de todo corazón, muchas gracias al amable público que nos ha honrado con supresencia. Permítanme unos comentarios Si bien Miguel Albornoz ha vivido largos años recorriendo el mundo y en especial las Américas, su conocimiento de nuestro país siempre ha sido vasto. Los ojos viajados y el entendimiento expuesto a otras realidades permite la apertura a nuevos parámetros de juicio para conocer más a fondo y valorar mejor lo propio. El libro América Nuestra es un acierto trascendente en el terreno de la Historia, con un enfoque moderno, humano, de esta disciplina, ya que recoge costumbres, dichos, tradiciones, poemas, reviviendo así épocas de la vida cotidiana tanto de los personajes como de los pueblos. A partir de las nuevas perspectivas del francés George Duby y su

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Historia de la Vida Privada se enfatiza esta nueva tendencia y enfoque en la aproximación a la Historia. Por otra parte, quiero destacar él hecho de que América Nuestra es además una obra literaria de gran valor. No obstante la deliciosa abundancia de detalles, es concisa. La prosa es elegante, el vocabulario riquísimo. El lenguaje fluye como el canto de nuestros ríos, y con la altura y la majestuosa sencillez de nuestros volcanes, y la exhuberancia de las selvas ecuatoriales. Porque en este libro, la visión del escritor es nutrida por el alma de lo propio como raíz. Viene al caso el poema de Bernárdez que cita mi padre: Porque después de todo he comprobado Porque después de todo he comprendido Que lo que tiene el árbol de florido Vive de lo que tiene sepultado. Así, Miguel Albornoz ha llevado siempre consigo su raigambre y orgullo de ecuatoriano, su conocimiento del territorio y la realidad nacional aunado a su amor por el terruño como crisol de sus logros. Y desde luego, el azoro ante la maravilla de nuestros territorios y su gran potencial a futuro. Detrás de las páginas de este volumen está latente la preocupación por el destino de nuestros países y el ideal bolivariano de unión de hermandades. Miguel Albornoz es ante todo un entusiasta de América y ese fervor se revela en cada página de estas vivencias. Un buen libro es escrito con pasión, porque sólo ésta contagia y enciende ese azoro ante lo bello, y despierta la conciencia ante lo trágico. Ojalá este libro mueva las conciencias ante las prioridades que deben sanar y avive la certeza de que somos no sólo ciudadanos de nuestro amado país sino del muy vasto territorio de la América Nuestra. La presentación de un libro es la culminación de un proyecto editorial y es desde luego un nacimiento a la luz. Así que tenemos motivo para un festejo, por lo que les invitamos a pasar a un brindis. Muchas, muchas gracias!!!

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LA ETNOMEDICINA EN EL ECUADOR (*)
Dr. Plutarco Naranjo

La presencia del hombre en el Ecuador se remonta a más de 11.00 años, como lo atestiguan las piezas talladas de obsidiana. La domesticación del maíz se inició en la cultura Las Vegas (Península de Santa Elena) y su producción llegó al nivel de “excedentes”, en la cultura muy conocida Valdivia que, a su vez, es la primera en el Hemisferio Occidental en el desarrolló, de la cerámica, 4.000 a. de C. A lo largo de esos milenios ese hombre primitivo debió haber sufrido de dolor físico, por diversas causas, debió haber sufrido traumatismos y heridas, afecciones respiratorias y trastornos gastrointestinales. Así como descubrió el valor alimenticio de ciertos productos vegetales también, en un medio de la extraordinaria biodiversidad de la naturaleza, debió ir descubriendo el valor curativo o de alivio producido por muchas plantas. Las madres y las abuelas debieron aprender también cómo ayudar a las parturientas. Así fue surgiendo una medicina primitiva y un elemental arte culinario. Un poderoso ser en el firmamento, el sol, que ofrecía luz y calor, indispensables para la vida del hombre, los animales y las plantas, debía ser un dios benéfico a quien había que rendirle culto. Al igual que en otras regiones del planeta, fueron surgiendo las religiones solares. ¿Quién ofreció al hombre andino la quinua? El dios sol. Es muy hermosa la etimología de la quinua, significa gotas del sol. El sol derramó gotas que se convirtieron en granos del más alto valor nutritivo para el sustento del hombre. ¿Quién dio el maíz al hombre? pues el dios. Así se convirtieron en alimentos de origen divino. En otro campo; quién era capaz de producir el viento, los huracanes, las lluvias y las tempestades? No el hombre común. Debieron ser espíritus o personajes o dioses poderosos, quienes con su vigor
(*) Conferencia sustentada por el Dr. Plutarco Naranjo en la Sesión Solemne realizada por la Universidad Andina “Simón Bolívar”con motivo de la investidura como Doctor Honoris Causa y Profesor Emérito. La sesión se realizó en el marco de las Jornadas Andinas de Etnomedicina (mayo, 17 de 2007).

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podían producir esos fenómenos castigar a los hombres. Había que rendirles culto y buscar su clemencia. Surgen las mitologías y religiones y consecuentemente, surge el sacerdote. Las culturas primitivas son, esencialmente animistas. El hombre tiene uno o más espíritus. Entre nuestros shuaras son tres: el huacani, el arutam y el ihuanchi. Tambiénciertas plantas, animales y hasta cerros tienen espíritus. Otro aspecto característico de las culturas primitivas, es el extendido culto a los antepasados, para que su espíritu no se vuelva contra olvidadizos sus descendientes. En casi todas las latitudes del planeta han existido plantas psicactivas o psicotomiméticas o alucinógenas. Precisamente por estas propiedades figuran entre las más antiguas descubiertas por el hombre. El que comió o bebió el zumo de estas plantas fue capaz de “ver” a los dioses. Nuestros aborígenes quichuas al beber el brebaje de una planta pudieron “ver” y saber los deseos de sus antepasados. A esa planta le llamaron ayahuasca que, etimológicamente significa “bejuco o liana para entrar en contacto con los espíritus de los antepasados”. La planta se vuelve sagrada y es un recurso importante para algunos ritos. Por ejemplo, bajo sus efectos, el joven es capaz de dominar a la anaconda y demostrar que ha llegado a la adolescencia y es capaz de conquistar el Arutam, el espíritu más importante. Surge entonces el chamán, el hombre que se convierte en la historia viviente de su comunidad, de su cultura; el hombre poderoso que puede ver a los espíritus y que puede curar los males, producidos por ciertos espíritus maléficos. En la era del hombre cazador y recolector de frutos, el varón aportaba los alimentos y la mujer desarrolló la culinaria pero, además, tuvo la perspicacia de reconocer que los granos o pepas que iban en la basura, dieron lugar al nacimiento de las plantas alimenticias. Inicialmente la mujer domesticó y luego, el hombre, desarrolló la agricultura y se volvió sedentario. Pero la mujer también llegó a conocer las plantas curativas. Surgió la herbolaria que tanto ha servido a la humanidad. Así se han desarrollado dos modalidades de medicina: la chamánica, que es fundamentalmente, de tipo psiquiátrico y la herbolaria impulsada por quienes descubrieron los efectos curativos de ciertas plantas y en particular, las abuelas de la comunidad. A través de ellas el conocimiento empírico se transmitió a las futuras generaciones, hasta nuestros días, constituyéndose en parte de la medicina popular.

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Saltando, ahora, siglos y milenios, nuestro compatriota, el Padre Juan de Velasco quien se atrevió a escribir la “Historia del Reino de Quito”, en el primer volumen de su obra, dedicada al reino natural, describe cerca de un centenar de plantas medicinales entre las cuales figuran hasta algunas introducidas por los españoles. Se excusa de no ser un conocedor de muchas plantas medicinales, pero menciona que, en Guayaquil, el Dr. Pedro Guerrero tiene un manuscrito con cerca de 5.000 “simples”. De paso mencionaré que Felipe II ante las insistentes noticias de la existencia de maravillosas plantas curativas, mandó a México al famoso médico de la corona, Francisco Hernández quién, en siete años, llegó a descubrir y estudiar más 700 plantas medicinales en solo parte de México y no le quedó ni tiempo ni fortaleza física para extender sus investigaciones al resto de las colonias españolas. Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial no menos del 90% de los medicamentos oficiales, que constaban en las respectivas Farmacopeas, eran de origen vegetal. Después de la guerra se desarrolló, aceleradamente, la química de síntesis y los nuevos medicamentos fueron desplazando a los de origen vegetal hasta que, en nuestros días, quizá el 80% son de síntesis. En muchos casos al determinar la estructura química de los alcaloides y otros principios activos de las drogas vegetales, tales estructuras sirven de modelos moleculares para la síntesis de nuevos compuestos químicos; en otros, como en el caso de la penicilina, descubierta por “serendipia” dio origen a nuevos antibióticos de síntesis o semisíntesis e impulsó la intensa búsqueda de nuevos antibióticos producidos por hongos y otros vegetales. Las drogas de síntesis han ofrecido indiscutibles ventajas: facilidad de reproducirlas en gran escala, potencia terapéutica y otros, pero en varios casos y a veces tardíamente se ha descubierto, que pueden producir efectos indeseables y hasta graves. Esto ha motivado para que se hable “del retorno al mundo verde”, al de los vegetales, en nuevos intentos de encontrar drogas naturales de mejor valor terapéutico y de menos riesgos patológicos. Esta breve descripción del origen de la medicina tradicional o etnomedicina trata de introducir al conocimiento del origen de dos modalidades principales: la herbolaria y la medicina chamánica. La herbolaria ecuatoriana y en general, latinoamericana, hizo importantes contribuciones al desarrollo de la medicina científica y por ende, a la salud humana.

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En los primeros años de la conquista española, muchos barcos regresaron a España, cargados de oro y plata y muy poco después, el cargamento fue de plantas medicinales. El famoso médico sevillano Nicolás Monardes se dio a la tarea de asistir a la llegada de esos barcos, obtener las nuevas plantas medicinales y ensayar sus virtudes terapéuticas en sus pacientes. Se convirtió, en la historia de la medicina, en el primer farmacólogo clínico. Publicó varias obras que se tradujeron a los principales idiomas europeos, principiando por el latín. España se convirtió en la farmacia de Europa. Como ejemplo me referiré a la historia de una planta ecuatoriana, la quina o cascarilla. Corría el año 1633, un fraile jesuita, llegó a la villa de Loja enfermo de paludismo o malaria que era una enfermedad desconocida en América. Los procedimientos de la medicina ibérica, sangrías, purgantes y otras iban acabando con la vida del paciente. Su paje, un indio malacato, ante el estado grave del paciente le sugirió que aceptara traer al herbolario de su comunidad para que le atendiera. En efecto, vino Pedro Leiva quien sabía curar las fiebres. Le administró un polvo café amarillo, disuelto en chicha, tres veces al día y antes de una semana el moribundo estaba sano y poderoso. El polvo era de la corteza del árbol llamado quina (Cinchona succirubra). Al poco tiempo llegó a Loja la noticia de que la Condesa de Chinchón, esposa del Virrey del Perú, estaba enferma de malaria. El corregidor de Loja, Juan Cañizares, consiguió de Pedro Leiva que le revele el secreto de la curación con esa planta, le proporcione una buena cantidad del polvo y la corteza. Mandó el precioso material por el correo de chasquis. Muy pronto llegó a Lima. Pero no era la Condesa la enferma sino el propio Virrey y tampoco la enfermedad era el paludismo sino lo que en ese tiempo se llamaba cámaras de sangre, es decir, lo que hoy llamamos amebiasis. El Virrey ordenó que el medicamento pase a manos de los jesuitas para el tratamiento de los palúdicos. El agustino padre Calancha en su libro, dice: “La corteza del árbol de los fríos, de Loja está haciendo milagros en Lima” Se confirmó así el valor terapéutico de la quina. Fue el primer medicamento específico que la medicina mundial tuvo para el tratamiento de una enfermedad. Es un amplio capítulo de la historia cómo llegó la quina a España y sobre todo a Roma y cómo la Real Audiencia de Quito se convirtió en la gran exportadora de la droga, tanto en

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forma oficial, cuanto por contrabando, ejercido aún por las propias autoridades españolas! La quina se convirtió en el talismán para la venida de misiones europeas como la de los académicos franceses que, si bien es cierto, venían a medir un arco del meridiano terrestre, la otra secreta misión era explorar los territorios de la quina, tal como lo hicieron La Condamine y el botánico Jussieau; más tarde la visita de Humboldt y el médico botánico Bompland, así como la organización de la Real Expedición Botánica, de la Nueva Granada dirigida por Mutis. Para no alargar la fascinantes historia de la quina hay que decir que salvó la vida de millones de enfermos, en Europa, África y Asia y cuando la enfermedad avanzó a América, también salvó aquí muchas vidas, con la circunstancia, un tanto perajodal que, mientras de aquí iba la corteza del árbol, había que importar de Europa a alto precio, el polvo con el alcaloide que se llamó quinina. El nombre hace referencia a que se obtiene de la quina. Con otras plantas americanas surgieron nuevos capítulos de la farmacología y la terapéutica. De Sud América fue el extracto de coca con lo cual, en la historia médica, se convirtió en el primer anestésico local. De aquí fue el curare, otro extracto vegetal que inicio otro capítulo de la farmacología el de los relajantes musculares. De aquí fueron los famosos bálsamos del Perú y de Tolú, que trocaron la bizarra técnica de aplicar una espada al rojo vivo en las heridas de los soldados, para evitar la gangrena. El bálsamo reemplazó a la espada incandescente. Podría seguir enumerando otros ejemplos que demuestran que la medicina española y europea progresaron inesperadamente gracias a la contribución americana de su materia médica. La medicina científica se desarrolló, al comienzo, sobre la base histórica, de la medicina tradicional, generalmente empírica, transmitida de una generación a otra. Importancia actual de la medicina tradicional En las dos últimas décadas la medicina científica ha progresado más que en los dos últimos siglos. La capacidad y experiencia en la síntesis química y en el desarrollo de nuevos medicamentos es muy grande. El desarrollo técnico, en muchos campos, permiten formular diagnósticos más precisos; así mismo, ha permitido descubrir el origen y evolución de muchas enfermedades graves, como las degenerativas,

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las cardio y cerebro-vasculares, los diversos tipos de cáncer; ha permitido la exploración cerebral por positrones. Otras técnicas están comenzando a dar importantes frutos en el conocimiento físiopatológico de afecciones cerebrales. La genética es, hoy en día, la que ofrece las más alentadoras perspectivas. Todo esto es maravilloso. Todo esto puede permitir una vida más saludable y longeva. El problema está en que la medicina de punta, más sofisticada y precisa se vuelve, cada vez más, en medicina de élites sociales o económicas. Un día de cuidados intensivos, en el país, equivale a varios meses de sueldo básico. El Seguro Social, con todas sus limitaciones y falencias cumple un importante papel en la salud de sus asegurados. Pero su cobertura es baja. Hay por lo menos un 30% de la población ecuatoriana totalmente desprotegida de esa medicina y que atiende sus problemas de salud mediante la medicina tradicional. Por ésta y otras razones la Asamblea Mundial de la Salud recomendó a los países miembros, lejos de condenar a la medicina tradicional, aprovechar lo que tengan de positivo y beneficioso, esos viejos conocimientos y utilizarlos sobre todo a favor de las poblaciones que no gozan de otro sistema de protección y promoción de su salud. Hay dos objetivos principales en el estudio de las plantas medicinales. 1. Descubrir la estructura química de los principios activos, es decir, de las substancias que producen los efectos terapéuticos. Es el capítulo denominado fitoquímica. Cuando se descubre la estructura molecular que, en la actualidad, es relativamente fácil, gracias al espectrógrafo de masa, los químicos están ya familiarizados con muchos procedimientos para sintetizar análogos y homólogos, con la esperanza de obtener una droga de fácil producción comercial y especialmente de mayor eficiencia terapéutica. Hay muchos ejemplos cómo el ya citado de la penicilina o del analgésico, ácido salicílico obtenido del sauce, del cual derivó el ácido acetil salicílico o aspirina que, por una parte, sirvió de modelo para la síntesis de muchos otros analgésicos y de otra, habiéndose descubierto otras propiedades de la misma molécula se sigue utilizando por más de cien años. 2. Establecer la validez terapéutica. Cada pueblo, cada cultura, en su acervo medicamentoso, tiene muchas plantas. En la mayoría, como se mencionó ya, en forma empírica, han descubierto los efectos

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terapéuticos que, con facilidad, podían constatarse; como el ya citado de la actividad antibacteriana de la penicilina o el efecto analgésico del ácido salicílico. En la herbolaria de nuestros aborígenes también figuraba el sauce como analgésico. Nuestro país en su pequeño territorio, pero gracias a su posición geográfica, sus niveles altitulinales y diversidad de clima, es la segunda en riqueza vegetal con más de 20.000 especies de plantas vasculares. A mayor diversidad corresponde mayor número de plantas medicinales y alimenticias. Hasta ahora se han descrito cerca de mil especies medicinales y aún faltan por conocerse otras más de las comunidades de la Amazonía. Validar terapéuticamente tan crecido número de vegetales es tarea ardua y de mucho tiempo. Nuestros científicos de universidades y politécnicas, con criterio selectivo, han estudiado ya unas decenas, pero queda mucho por conocerse. El conocimiento empírico, es valioso, pero no lo suficientemente confiable. Es necesaria la confirmación científica. Además hay que determinar las apropiadas indicaciones terapéuticas, las dosis, frecuencia de administración, posibles efectos indeseables y otras condiciones. Hay algunas plantas conocidas y utilizadas solo por ciertas comunidades indígenas o campesinas. Algunas otras de utilización general y aún unas pocas introducidas por los españoles, durante la conquista. Muchas de estas plantas se hallan ya a la venta en los mercados populares y unas pocas, inclusive, en los llamados supermercados, en forma de pequeños sobres al estilo del té asiático. Toda la población ecuatoriana utiliza algunas de estas plantas para aliviar o curar males menores: dolor de cabeza, dolor abdominal, tos, diarrea y otros trastornos. La población citadina tiene la oportunidad de recurrir al médico en caso que no fue efectiva la bebida de la infusión o tisana. No así, ese 30% o más de población campesina e indígena desprotegida. Sobre todo para ayudar a ese sector poblacional es necesario que se estudie sistemáticamente el valor de sus plantas medicinales. Son recursos que están a su alcance y a precio muy reducido o mejor todavía, los tiene en su propio huerto o en el de su vecino o pariente. Al determinar, científicamente el valor terapéutico de las plantas medicinales, el Estado estará cumpliendo con su responsabilidad de velar por la salud de todos, por lo menos a través de este inexpensivo sistema.

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La medicina chamánica El verdadero chamán, erróneamente considerado “brujo” es un profesional que se forma a lo largo de varios años de aprendizaje junto a su maestro. Debe asimilar los valores culturales de su comunidad, su rica mitología, sus tradiciones, sus tabúes o prohiciones. El verdadero chamán es el sabio de la comunidad. Debe así mismo aprender los tipos de afecciones que sufren algunos de los pacientes y las técnicas o modalidades para liberarlos del daño que adolece el paciente, para luego realizar el rito-curación del mismo. Algunas afecciones según su ideología se deben a castigos de las divinidades por el incumplimiento de normas de conducta o de los tantos mitos y tabúes. Otros agentes causales son: el viento, el arco iris, ciertos cerros o el efecto del poder dañino de otra personas u otros chamanes. El “ojeado” producido por la vista poderosa de ciertas gentes. Según nuestra concepción científica se trata de afecciones de origen psíquico y cultural. La sintomatología es un tanto similar cualquiera que sea la causa. El paciente se siente enfermo, pierde el apetito, pierde la fuerza para el trabajo. Es decir, son síntomas esencialmente psicológicos. Ciertos tabúes sobre alimentos son importantes y entre las primeras preguntas del chamán está ¿qué has comido? Después del diagnóstico y según el caso, el chamán, procede a la “ceremonia” curativa que consiste, en el fondo, en el exorcismo. Con el auxilio de su ayudante o discípulo inicia la ceremonia para lo cual el chamán se prepara previamente. Luego hace algo de invocaciones a los buenos espíritus mientras su ayudante, con ramas de ciertas plantas, las agita alrededor del enfermo, para ahuyentar a los malos espíritus. El chamán toma una bocanada de humo de tabaco y lo sopla al paciente; otro bocado de licor que también lo sopla, todo esto para facilitar el exorcismo. Finalmente viene la fase más importante. El chamán empieza a efectuar una especie de masaje, el “fregado” o “limpieza” para localizar el “daño” en un sitio, usualmente, en la espalda, a fin de sacar las “flechas” invisibles que penetraron en el paciente y que le producen el trastorno. Finalmente en el sitio localizado, chupa en la piel hasta librar al paciente de las terribles flechas invisibles causantes del mal. La curación-ceremonia se acompaña con recriminación, de ser necesario o de consejos al paciente.

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Este brevísimo resumen permite apreciar que la afección fue eminentemente psicológica y lo es también el tratamiento. El chamán conoce poco sobre plantas medicinales; es el respetado personaje que puede realizar estos tratamientos mayores, y es además el representante de la cultura de su grupo humano. En otra, civilización y a siglos de distancia, Freud desarrolló otra técnica de diagnóstico: el psicoanálisis. Según su concepción, muchas experiencias de la vida real, ciertos tabús, ciertas conductas consideradas pecaminosas o socialmente condenables son reprimidas al subconsciente y de alguna manera condicionan la histeria especialmente en el género femenino. Aquellas ideas o expresiones reprimidas, pueden aflorar en los sueños, pero de modo simbólico. El psicoanálisis al interpretar los sueños, vuelve consciente la causa de la histeria. Años más tarde surgió la medicina psicosomática que demostró que ciertos síntomas somáticos o físicos tenían un fuerte componente psicológico y que la curación no era completa si a las drogas no se añadía el tratamiento psicológico. Por fin la farmacología descubrió, en años más recientes, que el efecto curativo de las sustancias químicas o drogas no se debía solo a ellas mismas sino también al efecto psicológico, a la influencia personal del médico o al simple hecho de tomar el medicamento. Esto dio lugar al nacimiento de ensayos clínico-terapéuticos, en el desarrollo de nuevas drogas, los ensayos llamamos “doblemente ciegos”. Se descubrió que analgésicos, tranquilizantes, antialérgicos y otras categorías si no producían el efecto terapéutico en más de un 30 a 40% de pacientes testigos, actuaba solo psicológicamente, e igual resultado se obtenía con un placebo, es decir, con un “medicamento” preparado con almidón o azúcar. Estos resultados permiten interpretar el valor sicológico de la curación chamánica. En la actualidad y gracias a que la ley ya no condena el chamanismo, éste se ha hecho presente en las ciudades y por novelería se ofrece el espectáculo del fregado o limpieza, pero totalmente fuera de contexto. Han surgido seudos chamanes, es decir individuos, que han aprendido la técnica de sobar o “limpiar” pero que ni ellos ni los pacientes conocen el fondo ancestral del procedimiento, lo practican de modo empírico. Si el paciente mejora puede tratarse del efecto psicológico y la tal limpieza es una forma de placebo psicológico.

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ANTE EL MONUMENTO DE GONZÁLEZ SUÁREZ
H. Eduardo Muñoz Borrero

Señores Académicos:

El 17 de diciembre próximo, cumpliránse 90 años del tránsito a la Gloria de Federico González Suárez, héroe de las letras, adalid de estudios históricos, príncipe de la oratoria sacra, sostén de la Iglesia en tiempos borrascosos, arzobispo de Quito, combatiente de la pluma en las batallas de la idea, y fundador de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, hoy Academia Nacional de Historia. “En medio de las arduas ocupaciones inherentes a su cargo pastoral, tuvo el singular consuelo de verse rodeado por un grupo de jóvenes selectos, ávidos de recibir sus enseñanzas. Desde su temprana edad había ejercitado su vocación de maestro como jesuita y luego como canónigo de Cuenca. En Quito fue profesor de Historia en la Universidad Central. Cumplidos sus 65 años y con el ascendiente de su prestigio cultural y prelaticio, sintió rejuvenecerse en contacto con jóvenes que anhelaban seguir sus huellas de historiador y literato. Todos frisaban entre los quince y veinte años; todos procedían de familias distinguidas y poseían cultura relevante; a todos los unía un lazo de amistad y, sobre todo, reconocían como caudillo y maestro venerable a Monseñor González Suárez.” Después de algunas sesiones previas, acordaron organizar la prenombrada Sociedad, cuya acta de fundación se redactó el 24 de julio de 1909, con las firmas siguientes: Federico González Suárez, Arzobispo de Quito; Luís Felipe Borja (hijo); Alfredo Flores y Caamaño; Cristóbal Gangotena y Jijón; Jacinto Jijón y Caamaño; Carlos Manuel Larrea y Aníbal Viteri Lafronte. En un mensaje a dichos jóvenes, así se expresó el prelado: “Cuando yo comencé mis estudios históricos y más investigaciones arqueológicas, con el propósito de prepararme convenientemente para escribir algún día la Historia del Ecuador estaba solo y me encontraba aislado; mi primera publicación relativa a la arqueología ecuatoriana, fue recibida por nuestros compatriotas no sólo con indiferencia, no solo con desdén, sino con dis372

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gusto; nadie me dirigió ni una palabra siquiera de aliento, y no faltaron algunos individuos graves, que calificaron mi estudio histórico sobre los Cañaris”,de obra inútil, escrita por un clérigo ocioso, que en cosas de indios perdía el tiempo que debía dedicar al ejercicio del sagrado ministerio. Vino la publicaci6n de mi “Historia General de la República del Ecuador”: los primeros tomos circularon casi en completo silencio; cuando salió a la luz el cuarto, estalló contra mí la tempestad!… Entonces guardé silencio: dejé que la tempestad tronara, rugiera y estallara sobre mí: mis enemigos batieron palmas: para ellos ¡yo había sido aniquilado! Cuando la tempestad se disipó, yo levanté sereno mi cabeza... En ese momento comenzaba para nuestra República una época crítica: yo, el enemigo de la Iglesia debía, providencialmente, subir a la brecha, para combatir en defensa de la Iglesia; y subí, y combatí...” No hay duda que González Suárez era hombre de lucha, de esa lucha moral que es más asidua, que es más de todos los días que cualquier otra lucha… “Varias ocasiones, como orador, como escritor, como historiador, el mismo se creaba un circo -anota uno de sus admiradores- y saltaba a la arena, a manera de gladiador sin contrincante, a buscar con quien batirse, y solamente cuando pasaba la atonía que producen las actitudes valerosas y desafiantes, aparecían poco a poco los rivales, a medir sus armas con el retador, en desigual combate.” (Luís Cordero Crespo) ...Su trascendental amor al estudio, su hambre de conocimientos, su sed de sabiduría, nunca se saciaron, viniéndole estrechos todos los recursos económicos para adquirir libros. Es simbólico el hecho anecdótico de que, cuando niño cambiara la vieja espada enmohecida de algún abuelo militar, con los primeros libros de que tenía avidez su mente.”... Nada hay perfecto. Su trato natural no era fino, respetuoso con los superiores, afable con los amigos, emanaba terquedad con inferiores y desconocidos. Varón meditativo sedimentó siempre sus procederes en el tranquilo vaso de la reflexión. Nunca obró de improviso, pensó, examinó, raciocinó para obrar. De ahí, que tampoco rehuyó la responsabilidad. Acaso tuvo errores, se equivocó más de una vez, pero no podemos imputarle de descuido. No es el momento para referirnos con más profundidad al excelso varón que, desde la cátedra de su monumento nos dice a los que tratamos de seguir sus huellas: “Cuando di principio a mi labor histórica estaba solo, aislado, ahora, cuando para mí se aproxima ya el ocaso de la vida, no estay solo, no me encuentro aislado... Mi palabra ha caído en tierra

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fecunda, mi trabajo no ha sido estéril...Vuestra labor comienza: no he hecho más que trazaros el camino... Mañana, vuestros trabajos dejarán eclipsado mi nombre, y de ello yo no me duelo... ¿por qué había de dolerme? antes, me alegro, porque con vuestros trabajos progresarán los estudios históricos y con ellos habrá luz, y con 1a luz se conocerá mejor la verdad... Trabajad con tesón, con empeño con constancia...; venced las dificultades, arro1lad los obstáculos... La Historia tiene una majestad augusta; la lisonja la envilece, la mentira la afrenta; solo la verdad le da vida.”

Julio 24 2007

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DISCURSO DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO: MAESTRO ALFONSO RUBIO EL ÚLTIMO CASPICARA DEL PADRE JULIÁN BRAVO SANTILLÁN, S.J.
Ximena Escudero Albornoz

Señoras y señores: con un cordial y respetuoso saludo para todos los presentes me es grato presentar la biografía del maestro Alfonso Rubio, escrita por el padre Julián Bravo. La escultura, facultad de crear la figura en sus tres dimensiones reales, no es más que la materia virgen con la forma impuesta por el artista. Y como tal, enfrenta al tiempo con arrogancia, ya que puede permanecer inalterable sin que la pátina adquirida por el devenir de los años llegue a afectar su aspecto verdadero. Este arte que representa la individualidad del ser, en madera policromada nació en Egipto y se propagó en las culturas clásicas adueñándose del concepto de belleza pura. Aunque se puede hablar de importantes muestras dejadas por la época gótica en Flandes, Francia e Italia, fue en España donde se apropió del espíritu religioso, al producir emoción mediante el resurgimiento del color, de lo expresivo, directo y realista. Apareció de esta manera, una escultura híbrida en la que intervienen el tallador, el pintor y el dorador. Con abolengo marcadamente cristiano pasó a Iberoamérica, lugar en el que se difundió magistralmente. Si bien la práctica sacramental española se hizo sentir en Génova y en Nápoles, lugares en los que se trabajaban también imágenes en madera policromada para la devoción popular, en España la respuesta artística no se hizo esperar y, el patetismo fuertemente expresado en la estatuaria barroca española del siglo XVII –que no llegó a plasmarse en la quiteña- dio un giro de ciento ochenta grados al dar paso a representaciones religiosas -expresivas si-, pero cargadas de naturalismo y espiritualidad, a la moda berniniana. La identificación de la imaginería quiteña en madera policromada del siglo XVIII, con la genovesa, napolitana y murciana de esa

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misma centuria, es tan clara, que hace pensar en una asociación directa sin distancias territoriales ni diferencias raciales. En la época hispánica se distinguieron en Quito, cuatro clases de obradores de escultura, en los que –a manera de escuelas de artes y oficios- maestros, oficiales y aprendices cumplían con rigor sus tareas. Así: 1. Los talleres conformados por el escultor, los ayudantes los doradores; quienes tenían a su cargo la hechura y dorado de retablos, púlpitos y mamparas. 2. Aquellos integrados por el entallador o ensamblador y sus oficiales, encargados de ensamblar las piezas previamente talladas. 3. Los obradores compuestos por el maestro imaginero, sus auxiliares y pintores, quienes tenían a su cargo la talla y la policromía de las imágenes destinadas al culto religioso y de piezas para integrar belenes. 4. Los formados por los laceros y carpinteros, quienes ensamblaban artesonados y celosías. Sin embargo, no cabe escribir solamente en pretérito, dado que en unos pocos talleres contemporáneos parece que los siglos no hubiesen transcurrido. El maestro, rodeado de herramientas similares a las usadas por los egipcios y alguna que otra de moderna tipología, con dedicación, sabia ejecutoria y gran dosis de mística –al igual que en tiempos pasados- realiza y dirige cada proceso. Un ejemplo de ello es el obrador de Alfonso Rubio, escultor e imaginero, pintor y restaurador. Y, a continuación se incluye –por la curiosa conexión presentada de antemano- uno de los párrafos de la página 114 de mi última publicación Escultura colonial quiteña, arte y oficio, en el que se lee lo siguiente: Alfonso Rubio, maestro de maestros, merece no un párrafo específico, sino un libro independiente, en el que se pueda recabar todo el tesoro de su sabiduría; no obstante, por lo pronto se señalan dos de las tareas por él realizadas a lo largo de su vida, con seriedad, esmero, conocimiento de causa y maestría: la de imaginero (tallado, forjado y policromía) y la de restaurador. A sus 78 años, sigue trabajando con mística y con mayor experiencia, en su taller de Cotocollao.

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Miles de efigies coloniales de gran valía han pasado por sus manos, las ha restaurado con el respeto que merecen los bienes patrimoniales, sin añadidos ni cambios, utilizando para ello materiales apropiados y de óptima calidad. Crea piezas de gran detalle, en las que la delicada policromía (encarne, esgrafiado y/o estofado) no borra las huellas de su diestra gubia.. En Rubio, el arte y el oficio son indisolubles, como lo fueron antaño. Recuerda a Bernardo Legarda. Y, ¿ cuál no sería mi sorpresa? Al recibir el grato encargo del padre Julián Bravo de presentar la biografía del maestro Rubio "libro recién salido de la imprenta" al decir de su autor. Sorpresa, pues yo desconocía que el padre Bravo se encontraba inmerso en tal propósito; y sorpresa agradable, pues la labor del maestro Rubio es merecedora de un recordatorio perenne -como éste-, ya que ha preservado la tradición que dió renombre a Quito. Con un juego entre las circunstancias históricas que moldearon el ambiente del país en la primera mitad del siglo XX y el entorno familiar del biografiado, el padre Julián Bravo, lleva al lector a vislumbrar –en un principio- y después, a conocer y admirar la figura del maestro Rubio como fruto especial de esa realidad cultural. Así, el libro Maestro Alfonso Rubio, el último Caspicara estructurado en diez capítulos autónomos pero cronológicamente conectados entre sí, relata la infancia, la juventud, los inicios profesionales, la madurez artística y el afán pedagógico del maestro Rubio; intercalando hechos de la vida del biografiado con sucesos políticos nacionales que motivaron el desarrollo de las artes plásticas hacia una u otra tendencia. Con acierto el padre Bravo señala la firma del Modus Vivendi entre la Iglesia y el Estado efectuada en 1937, como el reinicio de la cooperación entre los dos poderes: el civil y el espiritual, lo que redundaría en beneficio de la conservación del patrimonio nacional. Anota además, que si bien la pintura se orientó definitivamente hacia una nueva corriente apartada de sus raíces, dice: "no ocurrió lo mismo con la escultura que se mantuvo vinculada a la tradición histórica colonial, debido al proyecto de rehabilitación, restauración de templos y conventos, emprendido por la Iglesia Católica, después de la firma del convenio del Modus Vivendi por la Santa Sede y el Estado Ecuatoriano".

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En Ecuador, el anhelo por preservar las imágenes, las piezas escultóricas y las pinturas, que en los conventos e iglesias continuaban cumpliendo con la función para la que fueron hechas, la categorización de las mismas como obras de arte sacro y religioso, y su pertenencia al patrimonio cultural nacional como bienes histórico-artísticos, fue simultánea; y es así como el maestro Rubio encaja fácilmente en el engranaje de producción de efigies para el culto y de mobiliario religioso, en su taller estructurado a la moda colonial. Para saber apreciar la vigencia de la escultura en madera policromada de los siglos XX y XXI, hay que entender su carácter y tomar en cuenta el rol que jugaron en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, los tallistas e imagineros. Las piezas por ellos creadas debían influir positivamente en la devoción popular, despertando la fe con un lenguaje plástico correcto y de fácil lectura. Compromiso que, aceptado por Alfonso Rubio desde sus primeros años de vida profesional, ha permitido perpetuar la valía del arte al servicio de la religión y mantener activo el modelo gremial de los obradores coloniales. El padre Julián Bravo Santillán, de la Compañía de Jesús, historiógrafo y bibliógrafo de vasta experiencia y reconocido prestigio, de manera diáfana, precisa, documentada y con el rigor académico que esta tarea amerita, señala algunos de los muchos logros del maestro Rubio; ratificando así la sabia trayectoria vital de su biografiado. Como ejemplo de ello, se cita a continuación el siguiente texto compendiado: "Luego que en 1961, se descubriera entre las imágenes del convento de San Francisco la hermosa imagen del Señor con la cruz a cuestas y fuera puesta a la veneración y al culto ... fue atribuida al famoso escultor sevillano Martínez Montañés ... El maestro Rubio al hacer el mantenimiento de la escultura, antes de exponerla al público, descubrió que estaba esculpida con cuatro clases de maderas diferentes: canelo, aliso, cedro y nogal, maderas evidentemente de origen americano. Posteriormente al comparar el estilo artístico y la técnica de escultura se constató que eran las mismas de las de san Pedro de Alcántara venerado en la iglesia de Guápulo, de san Diego y de santa Clara de la iglesia de san Diego y del Señor de la Resurrección, venerado uno en San Francisco y otro en la Catedral de Quito, esculturas todas atribuidas al P. Carlos, por lo que la deducción no podía ser más evi-

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dente, que el Jesús del Gran Poder de San Francisco de Quito sería del P. Carlos" . Finalmente, apropiándome de las palabras del padre Julián Bravo, se concluye que: "Alfonso Rubio es uno de esos raros casos, casi milagrosos, de artistas autodidactos que a costa de estudios propios, de grandes esfuerzos y dedicación, han contribuido a mantener la tradición de la Escuela Quiteña con sus propias obras y con su esmerado trabajo de restauración de importantes obras de arte colonial".
Quito, 25 de octubre del 2007

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DISCURSO PARA LA INAUGURACION DE LA BIBLIOTECA “JACINTO JIJON Y CAAMAÑO”
Dr. Manuel de Guzmán Polanco Director Academia Nacional de Historia

Hay actitudes en una comunidad que no sólo enriquecen la mente sino que llenan el corazón. Una de ellas es el de la gratitud; la de todo un país, en nuestro caso, a quienes nos han beneficiado con su ciencia y su entrega ciudadana para bien de la nación. Unos fueron los héroes que dieron su vida para conducir a nuestro pueblo por el camino de la libertad; y otros los que lo han alimentado con inteligente civismo, para darle al pueblo conciencia de su destino, es decir, para llenarle de sustancia, de orgullo de su pasado y de responsabilidad para hacer su presente y crear en futuro de dignidad y bienestar. Ese pensamiento, que nos congrega en este momento, es el que anida en nuestro ser al reunirnos para recordar la figura reluciente de Jacinto Jijón y Caamaño. Ha pasado más de medio siglo desde que dejó la patria donde nació y a la que siempre sirvió; mas su nombre crece cada día, así para los que le conocimos como para los que saben el haber inapreciable que dejó al Ecuador, producto de su sabiduría de profundo investigador, audaz arqueólogo, penetrante sociólogo, filólogo paciente, severo y cabal historiador, político integérrimo, ciudadano ejemplar., Escasas resultan las palabras para calificar al hombre que entregó su vida y sus bienes a la Patria. La breve mención de sus principales obras, que es lo único a que ahora puedo aspirar, revela la multiplicidad de su espíritu y su decoro como ser humano. Nacido en cuna de oro en 1890 y crecido en medio de las grandes comodidades de sus padres, en el Colegio San Gabriel no fue sino un alumno aplicado, disciplinado y apreciado por sus maestros, sobre todo por Federico González Suárez, que era ya un notable arqueólogo e historiador; y pudo infundirle interés por estas especialidades. Su padre el apreciado caballero quiteño Don Manuel Jijón Larrea le estimuló su espontáneo acercamiento a los problemas espirituales y mate-

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riales de los obreros y artesanos. Fue así como, basado en los principios de la Renum Novarum, fué uno de los fundadores, cuando había cumplido 16 años, del Centro Católico de Obreros, meritísimo organismo de visión sindical moderna que el 19 de marzo de 2006 cumplió su primer centenario y del que después fue su tercer presidente. El joven Jacinto ya era miembro de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, fundada en 1909 por González Suárez, su mentor. Sus primeras experiencias arqueológicas las realiza en sus haciendas San José y El Hospital en Urcuquí y también en la zona de El Quinche. Su madre, la meritísima dama doña Dolores Caamaño y Almada lo lleva a París. Allí su dilecto amigo, Carlos Manuel Larrea, le acompañaba en sus estudios claramente orientados a la Historia y Ciencias Auxiliares, así como al francés, inglés y alemán, lenguas muy importantes para acceder a las mejores fuentes norteamericanas y europeas y circular en los selectos centros científicos del viejo Continente. Tanto había progresado que allí publicó sus primeros ensayos: “El Tesoro del Itschimbía” (Londres 1912) y “Los Aborígenes de la Provincia de Imbabura en la República del Ecuador” (Madrid 1914). En ese fructuoso primer viaje a Europa empezó la adquisición cuantiosa de selectos libros sobre la materia, que serían la base de la extraordinaria biblioteca que un día sus herederos cedieron al Banco Central del Ecuador y que hoy sirven a los estudiosos del país y en gran número del exterior. Es de especial importancia la citada obra sobre los indígenas de Imbabura puesto que en ella presenta sus objeciones a la “Historia del Reino de Quito”, escrita durante su confinamiento en Italia por el protohistoriador riobambeño, el jesuita Juan de Velasco, en el año 1789. Era el estudio central del número primero del Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos. El estudio de Jacinto Jijón se denominaba nada menos que “Examen Crítico de la veracidad de la Historia del Reino de Quito”. La fuerza espiritual de sus 28 años y de sus ya amplios conocimientos, que en la técnica histórica le dieron sus estudios, le condujeron a desconocer la importancia y la veracidad de lo expuesto por el famoso jesuita riobambeño, hasta entonces indiscutido. Bien sabemos que la más poderosa de las fuentes de la historia es y ha sido siempre la documental. Es evidente que el sabio expulsado de la Audiencia de Quito en 1767 por la morbosa Orden de Carlos

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III no podía tener a la mano suficientes pruebas instrumentales, pues las urgencias de la expulsión impedían llevar sino lo mínimo de pertenencias personales y no documentos. A su refugio en Faenza no pudieron llegar sino furtivamente, con la ayuda de sus compañeros, algunos apuntes de Velasco hechos en su última residencia americana en Popayán, aparte de los que él habrá podido hacer en el largo viaje hasta el exilio. Es más, de lo que se trataba fundamentalmente era lo referente a la prehistoria de los pueblos que en miles de años, sucesivas culturas ocuparon estas tierras americanas, en las que no había la escritura corriente, sino sólo símbolos más bien aplicados a cifras: los quipus. Velasco fue de los pocos que documentó en sus relatos las más aceptables de las tradiciones que oía en los frecuentes y sistemáticos viajes efectuados por las diversas regiones del Ecuador actual, el Quito de entonces. Juan de Velasco utilizó esa otra fuente de la historia: la tradición, que para las condiciones geográficas y sociológicas de la época, venía a ser la sustancial fuente de la historia del Reino de Quito. Doscientos veinte años después de Velasco y noventa años después de los estudios de Jacinto Jijón y Caamaño, ahora se puede ya decir que no era mera ficción la base histórica de la Historia del Reino de Quito, porque así lo demuestran los últimos y recientes trabajos arqueológicos y antropológicos efectuados especialmente en Quito y sus valles anexos que confirmarían el desarrollo de la cultura QUITUCARA y las sucedáneas, siendo en parte absorvidas por los Incas. La seriedad del científico y la conciencia patriótica de Jijón, así como sus nuevas experiencias en las tierras que ocuparon nuestros antepasados indígenas, le llevaron a ir deponiendo la severidad de sus primitivas conclusiones sobre el tema. Consecuentemente, subían a flote las aseveraciones de Juan de Velasco. Por ejemplo las exageraciones las atribuyó Jijón a algunas de las imaginarias informaciones del contemporáneo de Velasco, el Cacique Jacinto Collahuaso. Así lo estableció en su obra fundamental “Antropología prehispánica del Ecuador”“Velasco era hombre de buena fe, probo, escrupuloso pero crédulo, debió ser víctima de un engaño”, dijo Jijón. Recordemos que los científicos Joyce, Seville y Paul Rivet alababan al gran jesuita riobambeño. El Profesor Dr. Eduardo Estrella, en su discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia, en 1991, trató ampliamente la Historia de Velasco y terminó diciendo: “Lo que quiso es reconstruir la

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historia de un pueblo, sobre la base de sus tradiciones, este fue su objetivo, tal como lo declara abiertamente”. No hay historia de los principales pueblos que no se base en alguna fábula. Allí está la historia de Rómulo y Remo sobre el colosal imperio romano, que estos mismos días está siendo revisada una vez más en la ilustrada Italia del 2007. Allí la historia germana de los Nibelungos; allí la historia misma de América y de su descubridor Cristóbal Colón, que ya no sería genovés según algunos investigadores de la actual España sino de las Baleares. En fin, siempre estará mezclada la historia con el mito. Sobre ese océano de imaginación navega la Historia verdadera, que necesita el contraste para afirmar su imperio. Cada día nos sorprenden nuevos datos sobre los Caras que vinieron de la Costa y llegaron a Quito. Y también oímos y hablamos de los Shyris. El propio González Suárez recogió el nombre de éstos, que habrían sido los dirigentes sociales y políticos de todo el centro norte de la sierra ecuatoriana.. Seguiremos hablando no sin fundamento del Reino de Quito, como hacen 200 años hablaron los Héroes de Agosto en el Acta por la que se declaró la Independencia. Porque la Historia no sólo es una Ciencia, es también un sentimiento. Por eso la tradición es como la punta de lanza de cualquier investigación. Sobre ese sentimiento de Patria de un pueblo con profundas e insospechadas raíces, trabajó Jacinto Jijón su vida entera. No sólo para investigarla sino para recrearla en otros aspectos de la vida. El científico e intelectual era también un agricultor y ganadero progresista, modelo para sus vecinos en las haciendas de variados climas que tenía en su haber, no sólo heredado sino incrementado por él mismo. Industrial también como su famoso antepasado don Miguel de Jijón y León. Este nuevo Jijón supo darle a su producción agrícola aquello que ahora se menciona como una novedad de la Ciencia Económíca: un valor agregado, que apreciaban los ecuatorianos del siglo pasado en el Ingenio de Azúcar serrano (Oh novedad) de la Hacienda San José de Imbabura y en la fábrica de telas, aún de casimires, de Chillo Jijón, que al mismo tiempo tenía una fina y lujosa residencia y un museo de pinturas, esculturas, libros preciosos, tapices, porcelanas y cerámicas, en fin, de artículos dignos de exhibirse en cualquier parte del mundo; y –lo señalo con aplauso- siguió manteniéndose por el hijo suyo y recordado amigo, Manuel Jijón Caamaño y Flores; como actualmente lo es por Jacinto Jijón Caamaño y Barba, aquí presente, con la inteligente y sacrificada ayuda de sus respectivas cónyuges: doña Marìa Luisa Flores y

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Caamaño, la de don Jacinto, doña Cecilia Barba Larrea, la de Manuel; y doña Mariana Acosta Espinosa la de nuestro invitado especial. Y volvamos a decir apenas un poco más del gran caballero y científico, cuyo nombre preside desde hoy el Archivo y Biblioteca de la Academia Nacional de Historia. Las grandes y repetidas campañas de arqueología, a veces acompañado por don Carlos Manuel Larrea Rivadeneira, su íntimo amigo desde la infancia, le dejaron muestras del pasado andino, que fueron enriqueciendo su Museo de inconmensurable valor científico y monetario, el que ahora se halla al cuidado de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Aprovechando un manuscrito de la Real Academia de la Historia de Madrid, publicó en 1931 el “Compendio Historial del estado de los indios del Perú de Lope de Atienza”, obra que constituyó una rica contribución a la historiografía en América. Como anexo consta su obra “La religión del Imperio de los Incas” que había ya escrito en 1920. Así como en 1922 había producido otro de tantos clarificadores estudios sobre América, que tituló “La edad de bronce en América del Sur”. En su empeño de producir más y mejor, en el Perú tuvo oportunidad de encontrar a un notable arqueólogo alemán, el Dr. Max Uhle. Trabajó allá con él y luego lo contrató para que le acompañara en el Ecuador. Fructífera fue la labor de los dos científicos; de lo cual son testimonio la amplia lista de estudios publicados, varios en el Boletín de la Academia, otros por el Banco Central del Ecuador y alguna institución oficial más. Las provincias que más se beneficiaron de la presencia de Max Uhle fueron las del Sur, Loja, El Oro y el gran Azuay, así como las de la Costa. Los trabajos de Jijón y Uhle sentaron las bases de lo que 40 años más tarde lograrían Zevallos Menéndez, Emilio Estrada, Cliford Evans y Betty Meggers. Señalaré también que Max Uhle ya en 1920 había descubierto en Cuenca el templo incásico de Pumapungo, base de los magníficos logros que ha alcanzado el Banco Central del Ecuador sobre Tomebamba. En Quito, además de su cátedra en la Universidad Central, un día nos sorprendió con los restos de un mastodonte en Alangasí. El sabio germano falleció en su país en 1944. Volvamos a Jacinto Jijón. Exigente consigo mismo, una de las mayores y más profundas investigaciones estuvieron dedicadas a establecer el orden cronológico de las culturas vernáculas. Para ejemplo cito la relación establecida entre el Prepanzaleo, Guano y Elen-Pata del

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Ecuador con el Tiahuanaco y Centro América. Jijón y Caamaño fue un sabio de América toda; y así es como lo consideraban cuando vivía y lo respetan ahora los científicos del Continente. Téngase presente que, por entonces, las conclusiones temporales o finales sobre la prehistoria tenían que ser guiadas por la lógica y el raciocinio, pues aún no contaban con nuevos aparatos y no se había descubierto el extraordinario medidor del Carbono Radioactivo 14. Mayor mérito pues para los trabajos de González Suárez y luego de Jacinto Jijón, Carlos Manuel Larrea y Juan León Mera Iturralde. Ahora que empezamos a recordar los 200 años de nuestra independencia política, meditemos en el título que dio Jijón a sus estudios sobre la historia general de su Patria. Fué en 1924 que publicó esa obra gratísima para el Ecuador que llamó: Influencia de Quito en la emancipación del Continente Americano – La Independencia 1809-1822. No hubo provincia ecuatoriana que no fuera tratada en su prehistoria; y en todos sus aspectos: el geográfico, el racial, el lingüístico, el religioso, el laboral, el artístico, en fin, en su integridad. Dibujando, retratando la vida espiritual y material de nuestros antepasados indígenas. Un mapa policromado del Ecuador de antes, que permitió ver el presente con mayor realismo y con el orgullo de ser parte de esa formidable realidad. Puso mucho de su saber en examinar la historia de nuestros inmediatos vecinos Colombia y Perú. Decenas de ensayos sobre cada uno. Cuando vivió desterrado en Perú. Hizo excavaciones en las cuevas marangueras, cerca de Lima y finalmente, produjo su preciosa obra “Maranga”. Estimuló la arqueología del Cuzco y de la zona litoral peruana. Fue así como un día en 1930 habló y escribió sobre “Una gran marca cultural en el nor-oeste de Sudamérica”. En 1933 hace un curso de prehistoria ecuatoriana en la Universidad Central. Para publicar entre 1941 y 1947 un resumen de sus trabajos arqueológicos con el nombre de El Ecuador Interandino y Occidental. En 1949 publica uno de sus últimos ensayos: Notas sobre la Prehistoria de Babahoyo. En 1950 dio el salto final: a la eternidad. Su familia publicó en 1951 una parte de lo que dejó escrito, como lo denominado Las civilizaciones del Sur de Centroamérica y el Noroeste de Sud América. Así mismo, después de su muerte, aparece publicado en 1952 Antropología Prehispánica del Ecuador, que es, según uno de sus prestigiosos críticos (Julio Tobar Donoso) la “que resume en forma genial todos los elementos que se hallaban dispersos de las numerosas culturas que existieron en

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nuestro país antes de la conquista española y que había elaborado Jacinto Jijón y Caamaño”. En la presente intervención apenas he señalado –por razones de tiempo y circunstancias- poquísimos puntos de los trabajos científicos de don Jacinto. Entrega íntegra, con tiempo, dinero, sacrificios y sobre todo amor a la Patria, durante 42 años, como él mismo declaró. Si eso fue el científico, no otra cosa fue el hombre público. Entre 1929 y 1934 escribe dos volúmenes de una obra intitulada Política conservadora de la que uno de sus amigos dijo que “no hay aspecto del país que no esté allí doctamente analizado”. El exitoso análisis histórico y sociológico contrastaba con el fracaso de su acción antidictatorial militar en los campos imbabureños, lo que le condujo al destierro, con su familia; penoso intermedio que lo aprovechó en el acopio de libros de ciencia y de obras de arte, así como en el cultivo de relaciones con arqueólogos, antropólogos, historiadores en general. De regreso al país interviene con gran éxito en la política, presidiendo el Partido Conservador, siendo electo Senador por Pichincha al Congreso Nacional y luego Primer Alcalde de Quito en 1946. Antes, la ley denominaba Presidente del Concejo Municipal al personero del Cabildo. Ya había tenido experiencia positiva en la organización pacífica y productiva de los artesanos con la creación del Círculo Católico de Obreros. En el Municipio, construyó el primer barrio obrero de la Capital, al sur de la urbe, en condiciones financieras no igualadas posteriormente. Y en sus propiedades agrícolas, ya por cuenta propia, organizó la entrega de lotes agrícolas con casa de vivienda para cada familia de sus empleados y peones. Era un ciudadano que demostraba el respeto que tenía a sus principios de justicia social,. Jamás tuvo un reclamo laborar y menos un conflicto colectivo. Estamos pues ante una figura nacional de gran relieve en su época y de trascendencia para el futuro. Hoy mismo, después de 57 años de su muerte no sólo que ha crecido su figura de científico y de ciudadano ejemplar sino que no sería posible prescindir de él al estudiar las bases de la nacionalidad y la trascendencia de sus opiniones. Se necesitará de mucho tiempo para catalogar la ingente obra escrita de ese digno sucesor de Federico González Suárez. Nada mejor para describir el volumen y profundidad de su obra que aquella frase que le dedicó su gran biógrafo, su amigo y compañero académico Julio Tobar Donoso: “El mejor monumento que puede

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VIDA

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honrar a este personaje de la ciencia nacional, es el de su propia obra bibliográfica”. La actual Academia Nacional de Historia que conoce cómo ella pudo sobrevivir gracias al trabajo y al sostén económico y de su actividad en el siglo pasado, ha estimado de justicia designar con el nombre de Jacinto Jijón y Caamaño a esta Biblioteca que ahora ya puede ponerla al servicio del público. De esta manera, la Academia se honra a sí misma. Concluiré con una precisa y preciosa frase de don Jacinto, consignada en su primer estudio en 1918 sobre la inmarcesible obra del protohistoriador del Ecuador, Padre jesuita Juan de Velasco: “La historia no tiene más fin que la verdad y la justicia, los más excelsos atributos de Dios.”

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CONTRIBUCIONES

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ECUADOR Y CHILE, DOS PAÍSES HERMANOS
Víctor Eastman Pérez

NOTA DEL EDITOR: Se trata de un documento de la época en que el liberalismo político e ideológico mostraban su interna división, que trascendía a varias capas sociales del país. Esto es lo que ha motivado el siguiente artículo del Ingeniero Víctor Eastman Pérez, nieto de quien en 1911 era el Ministro Plenipotenciario de Chile en Ecuador, el Sr. Víctor Eastman Cox, que pudo salvar la vida del General Eloy Alfaro gracias a que impuso las reglas del Asilo Diplomático vigente por tradición y tratados entre Ecuador y Chile. Como anexos del artículo también publicamos el texto de la carta del Presidente Alfaro al Presidente Barros Luco, que ha permanecido inédita, así como el artículo del gran periodista quiteño Raúl Andrade, quien en su columna “Claraboya” del diario El Comercio del 14 de junio de 1979, no sólo lo comenta, sino que de paso traza la figura de un gran académico de la historia, don Cristóbal de Gangotena y Jijón que fue quien le presentó el documento desconocido, y hace el perfil de los celebrados poetas Ernesto Noboa y Caamaño y Pablo Palacio.

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Es evidente que en el caso del Ecuador y Chile siempre han existido muchos intereses comunes: sociales, militares, económicos, educativos, agrícolas, energéticos, regionales, de la cuenca del Pacífico, de sangre y tantos otros. Son países hermanos. La Historia de Chile está muy ligada con la Gran Bretaña. Desde los inicios de la República tuvo influencias Inglesas e Irlandesas con su inteligente Padre de la Patria, Don Bernardo O’Higgins, único hijo de Don Ambrosio O’Higgins, irlandés de nacimiento, que en 1788 fue nombrado Gobernador de Chile por el Virrey del Perú. Es notorio que el Gobernador O’Higgins fue siempre muy respetuoso con la población nativa de Chile e inculcó mucha educación, igualdad y justicia social entre los habitantes. Eso influenció mucho en su hijo Bernardo quien, en unión de otros chilenos famosos como Juan Martínez de Rosas, Juan Mackenna, también de origen irlandés, el General José Miguel Carrera que había peleado en España en contra de Napoleón y

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su hermano José, Pepe botellas, no aceptaron la intromisión de Bonaparte y el 18 de Septiembre de 1810, declararon la independencia de Chile. El General Pareja al mando de las fuerzas españolas trató de reconquistar la colonia, hubieron varias batallas en 1812, 13 y 14 hasta que O’Higgins con la ayuda del gran General Argentino Don José de San Martín, prepararon en dos años una fuerte expedición para liberar a Chile y desde Mendoza, donde San Martín era Gobernador, avanzaron los dos Generales al mando de 5200 hombres con 1600 caballos y entraron triunfantes en Santiago el 12 de Febrero de 1817. Nombraron a Don Bernardo O’Higgins Director Supremo de Chile, quien con mucha autoridad, disciplina y respeto democrático, empezó a formar el Gobierno. La guerra de independencia tuvo final victoria ante las fuerzas de General español Osorio en el valle de Maipó el 5 de Abril de 1818. Chile tenía en ese momento una población de 400.000 personas. En esos días, el Gobierno de Chile nombró a un inglés, Lord Cochrane, con amplia experiencia en la Marina Real Británica, Jefe de la nueva Armada de Chile con rango de Vicealmirante. En pocos años, la Armada Chilena fue la más respetada. Cochrane es realmente el fundador y padre de la Armada Chilena. En 1822 la Gran Bretaña fue el primer país en reconocer la independencia de Chile. Luego de que el General O’Higgins impulsara la formación de la Asamblea Nacional y concretara entre otras cosas un empréstito de un millón de libras esterlinas en Londres, que sirvió para pagar la Guerra de la Independencia y dar el primer impulso económico a Chile, la difícil situación de la nueva República obligó a transar y dialogar democráticamente. O’Higgins renunció y acto seguido, el General Prieto con la ayuda de Don Diego Portales lograron formar una administración. Portales como Primer Ministro empezó a desarrollar las Instituciones Públicas y en 1833 se promulgó la Constitución que con pocas variaciones, ha prevalecido. La organización de la República fue definitiva con la Administración del General Prieto. El País siguió con Presidencias estables y patriotas, la del General Bulnes 1841-1851, Don Manuel Montt 1851-1861, Don José Joaquín Pérez 1861-1871, Don Federico Errázuriz 1871-1876, Don Aníbal Pinto 1876-1881, quizá uno de los mejores Presidentes que lideró con inteligencia la guerra con el Perú y Bolivia en 1879. Luego vino la positiva administración de Don Domingo Santa María 1881-1886 que continuó con el constante progre-

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CONTRIBUCIONES

so de Chile. Don José Balmaceda 1886-1891 tuvo un serio problema con el Congreso por divergencias Constitucionales. Esto lamentablemente produjo una guerra civil que terminó con Balmaceda quien se suicidó. El Almirante Don Jorge Montt fue electo Presidente en 1891 a 1896 y afortunadamente la paz y el progreso continuaron. En 1896 el hijo de Don Federico Errázuriz del mismo nombre fue electo Presidente hasta 1901. Don Germán Riesco fue electo presidente para el período 1901–1906. Es justo señalar que Chile ha sido una Nación formada con principios y valores muy profundos y que ha tenido por tanto un desarrollo democrático estable y constante con problemas como el del Presidente Balmaceda, pero su población ha sido liderada siempre por hombres probos que cimentaron la democracia y solidaridad. El actual Ecuador es físicamente una pequeña parte de la que fue Real Audiencia de Quito, sin duda la más notable por sus éxitos en la colonización del Amazonas, por sus pintores y escultores y relevantes científicos y por haber sido la primera que se instaló como verdaderamente independiente del régimen español en Hispanoamérica en 1809. Luego de formar parte de la Grancolombia de Bolívar, los intereses de sus inmediatos Generales entre otras causas, impulsaron a que se fundara el Estado del Ecuador en 1830 con su primera Constitución. Por fortuna, la Nación ha tenido muy buenos Presidentes como Rocafuerte y muy especialmente Don Gabriel García Moreno quien, al darse cuenta del problema de las grandes diferencias entre las diversas regiones del Ecuador, contempló seriamente proponer al Gobierno de Francia un protectorado que dicho Gobierno no aceptó. García Moreno entonces forjó realmente la nacionalidad con su obra magnífica en muchos campos, especialmente el respeto a la seguridad de la vida social y su obra en educación, construcción de vías, administración moderna y muchas más. Al mismo tiempo, comenzó Don Eloy Alfaro a cuestionar seriamente la falta de libertad del ciudadano del Ecuador y luego de varios años de una lucha muy fuerte, Alfaro logra en 1895 tomar el poder e inaugurar un Gobierno diferente ajustado a las ideas liberales. Lo que pasó en el Ecuador en ese tiempo es trascendental. Se promulgaron Leyes que han transformado al país para siempre. Libertad de culto, libertad de prensa, separación de Iglesia y Estado, Matrimonio Civil, igualdad de hombres y mujeres, educación libre y laica, voto femenino,

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divorcio, son monumentales cambios que el Ecuador prácticamente las lideró en América Latina. En su primer período Presidencial de 1985 a 1901 el General Alfaro con disciplina, inteligencia y mucho respeto a la población, implantó su nueva filosofía con ayuda de sus colaboradores principales entre los cuales, se destaca el demócrata General Leonidas Plaza Gutiérrez. Este, le sucedió en el poder a Alfaro para el período 1901-1905. Luego de un corto período que gobernó Lizardo García, este fue derrocado en 1906, se convoca a elecciones y Alfaro vuelve al poder en 1906 para el período hasta 1911. En esos días la República de Chile, que estaba siguiendo muy de cerca la actuación de la Revolución Liberal de Alfaro, decidió enviar al Ecuador un representante joven con experiencia, preparado en Derecho Internacional, don Víctor Eastman Cox, (1872-1943) quien venía desempeñándose como segundo de la Legación de Chile en Londres. El Ministro de Relaciones Exteriores de esa época, don Agustín Edwards, al nombrar a don Víctor como Ministro Plenipotenciario de Chile en el Ecuador, le escribió una carta personal en la que de decía entre otras cosas “…. Si algún amigo debe tener Chile en América, ese es el Ecuador. Tu Misión es estrechar los lazos de amistad entre los dos países….” Don Víctor llegó al Ecuador en 1909 y fue recibido en Guayaquil por Don Rafael Pino y Roca, Capitán del Puerto de Guayaquil y su primer entrañable amigo ecuatoriano. Al llegar don Víctor Eastman a Quito, la Legación de Chile quedaba en la Plaza de la Independencia, donde hoy existe una sucursal del Banco del Pichincha, y antes era la matriz. Al presentar credenciales a Eloy Alfaro, el Ministro Eastman recalcó los deseos de Chile de ayudar en todo lo posible al Ecuador. Como primera cosa, Eastman estableció una estrecha relación entre los Ejércitos y Armadas de Chile y Ecuador mediante el establecimiento de la Misión Militar Chilena que reorganizó y modernizó las Fuerzas Armadas Ecuatorianas. Muchos oficiales del Ejército y Armada del Ecuador fueron y todavía son educados en Chile. Alfaro e Eastman, que ya contaban con una fuerte amistad entre ellos, diseñaron personalmente hasta los uniformes de las FF AA del Ecuador. La Misión Eastman en el Ecuador fue también muy activa en otras áreas como en educación y en comercio. Así las cosas y ante la grave emergencia internacional de una guerra con el Perú, cuando Alfaro fue a la frontera con enorme entereza en 1910, el Gobierno de Chile brindó todo el apoyo logístico necesa-

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CONTRIBUCIONES

rio para la guerra con el vecino. Felizmente en ese momento Perú retrocedió. En Agosto de 1911 y faltando un mes para la entrega del poder al Presidente electo del Ecuador don Emilio Estrada, brotó casi súbitamente una revolución en Quito. La mayoría de los Ministros de Alfaro renunciaron y el Presidente se quedó prácticamente solo. Don Víctor Eastman decidió actuar. Copio el párrafo final de un escrito del afamado periodista don Raúl Andrade, publicado en el diario “El Comercio” de Quito el día 14 de Junio de 1979 y titulado “Terrible testimonio” ya que prefiero que este importante personaje narre los sucesos de Agosto de 1911. También hago referencia a la carta de Eloy Alfaro al presidente de Chile, don Ramón Barros Luco fechada Septiembre 29 de 1911 desde Panamá, documento inédito en el Ecuador. Cito: “Era don Víctor Eastman un pulcro diplomático de altiva estampa, de elegante postura, de austera corrección en sus actos públicos. Su imagen vive entre las mejores de la época, en la memoria de quienes alcanzaron a conocerlo. La gallarda actitud del señor Eastman en aquel sucio y siniestro 11 de Agosto – que fuera como la antesala del drama de Enero de 1912 – fue de impecable señorío. Estallado el motín a medio día, don Víctor Eastman, por propio impulso, concurría al Palacio de Gobierno, situado a una cuadra de su sede oficial, para ofrecer su respaldo, aún con riesgo de su vida al ilustre mandatario depuesto. Esa actitud suya, no solamente salvó a Alfaro la vida sino a la Ciudad de Quito de una triste vergüenza. El encono político, alimentado y vivo, por desgracia, desembocó más tarde en el trágico epílogo del 28 de Enero. Quito debe y mantiene respetuoso homenaje a la memoria de don Víctor Eastman.” Fin de la cita.

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ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

INDIVIDUOS DE NUMERO, A DICIEMBRE DE 2007

DIRECTORIO
1.- DR. MANUEL DE GUZMAN POLANCO, DIRECTOR Calle OE-6-142, 2ª. Etapa – El Condado – Quito ahistoriaecuador@hotmail.com
Fecha de Incorporación: Febrero 11/99.- Sillón 12.Tema del Discurso: “La Identidad Nacional”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara.

2556-022 2492-188

2.- DR. JUAN CORDERO IÑIGUEZ 07-2839-181 SUBDIRECTOR 07-2841-540 Museo de las Culturas Aborígenes Calle Larga 524 entre Hno. Miguel y Mariano Cueva, Cuenca juancordero@hotmail.com
Fecha de Incorporación: Enero 23/02.- Sillón 20.Tema del Discurso:“Nombres y Sobrenombres de Cuenca”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco.

3.- HNO. EDUARDO MUÑOZ BORRERO 2660-365 SECRETARIO (E) Santuario Hno. Miguel – Ave. Vencedores de Pichihcha - Quito
Fecha de Incorporación: Febrero 28/91.- Sillón 11.Tema del Discurso: “La Influencia de la revolución Francesa en la Independencia de Hispanoamérica” . Le dio la bienvenida el Dr.Jorge Villalba Freire, s.j.

4.- SR. ENRIQUE MUÑOZ LARREEA Bibliotecario-Archivero Edificio Tulipán, 2º. Piso Fco. Andrade Marín 360 y Eloy Alfaro, Quito copiplan@ecnet - vientos4@tvcable.com.ec
Fecha de Incorporación: Junio 3/05. - Sillón 28.Tema del Discurso:“Semblanza del Tte. Gral. Ing. Don Fco. Requena y Herrera”. Le dio la bienvenida el Hno. de las EE.CC. Eduardo Muñoz.

2509-942 2773-523 097-290238

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5.- LCDO. HERNAN RODRIGUEZ CASTELO Director de Publicaciones Coruña N 31-181 y Whymper – Quito sigridrodriguezc@yahoo.com
Fecha de Incorporación: Junio 12/01.- Sillón 18.Tema del Discurso:“El Admirable Siglo XVIII de la Literatura Quiteña”.Le dio la bienvenida el Hno. Eduardo Muñoz Borrero.

2788-112

6.- DR. JORGE NUÑEZ SANCHEZ TESORERO Calle Alonso de Torres 278 – Edif. Monte Doral PH2, El Bosque – Quito jorgenu@andinanet.net
Fecha de Incorporación: Julio 12/01.- Sillón 19.Tema del Discurso:“La Corrupción en el Ecuador Colonial”. Le dio la bienvenida el Dr. Plutarco Naranjo.

2265-899

7.-LCDO. FRANCISCO SALAZAR ALVARADO Relaciones Públicas Manuel Sotomayor 245
Fecha de Incorporación: Febrero 17/01.- Sillón 17.Tema del Discurso: “La Vida y el Pensamiento del Gral. Francisco Javier Salazar Arboleda”. Le dio la bienvenida el Dr. Carlos Freile Granizo.

2446-049

*********** 8.- DR. JORGE SALVADOR LARA Guarderas 434 – (Urb. La Concepción) Quito jorsalla@andinanet.net
Fecha de Incorporación: Julio 27/67.- Sillón 1.Tema del Discurso: “Los Restos Humanos más Antiguos del Ecuador”.Le dio la bienvenida Don Carlos Manuel Larrea.

2469-604 2509-471

9.- FRAY AGUSTIN MORENO PROAÑO, ofm Convento de San Francisco – Quito
Fecha de Incorporación: Enero 25/79.- Sillón 2.Tema del Discurso: “Patria y Estirpe de Fray Jodoco Rique”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara.

2281-124

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MISCELÁNEOS

10.- PADRE DR. JORGE VILLALBA FREILE Residencia Universidad Católica – Quito jvillalbaf@puce.edu.ec
Fecha de Incorporación: Marzo 28/80.- Sillón 3.Tema del Discurso: “José Joaquín de Olmedo en 1830 a través de sus Cartas”. Le dio la bienvenida Fr. Agustín Moreno.

2237-940 2509-686

11.- PROF. MORALES ROBERTO Diario La Verdad - Ibarra Flores 542 entre Sucre y Rocafuerte diariolaverdad@andinanet.net

06-2640-335 06-2640-194

Fecha de Incorporación: Stbre.28/06.- Sillón 4.Tema del Discurso:“Los aportes del Cruel. Teodoro Gómez de la Torre al devenir Histórico del Norte del País”. Le dio la Bienvenida Fray Agustín Moreno, ofm.

12.- Dr. PAZ Y MIÑO JUAN JOSE El Mercurio 225 y El Día - Quito juanpym@uio.satnet.net
Fecha de Incorporación: Marzo 14/07.- Sillón 5.Tema del Discurso. “La historia inmediata del Ecuador y la deuda histórica con la sociedad ecuatoriana”. Le dio la Bienvenida el Dr. Jorge Núñez Sánchez.

095-026475 2991-619

13.- DR. EUCLIDES SILVA Urbanización La Rivera Km. 1 1/2 Vía Samborondón Manzana B – Villa 9 – Guayaquil
Fecha de Incorporación: Diciembre 11/81.- Sillón 6.Tema del Discurso: “La Presencia Iluminada de Andrés Bello en el Ecuador”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara.

04-2833-999 04-2286-305

14.- DR. MIGUEL DIAZ CUEVA Calle Luis Cordero No. 1754 - Cuenca
Fecha de Incorporación: Diciembre 17/86.- Sillón 7.Tema del Discurso: “La Lápida de Tarqui”.Le dio la bienvenida Fray Agustín Moreno Proaño, of.m.

07-2831-917 07-2847-608

15.- DR. PLUTARCO NARANJO VARGAS 12 de Octubre 2206 y Colón- Quito. Casilla 17-7-8884- Quito naranjo@lenguaje.com
Fecha de Incorporación: Julio 27/89.- Sillón 8.-

2508-479 2236-590

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Tema del Discurso: “Colón, Pizarro y las Especias”.Le dio la bienvenida el Dr. Luis Bossano.

16.- DRA:. ESTRADA JENNY Chile 3312 y Vacas Galindo, 2º. Piso - Guayaquil jennye@cua.net

04-2343-216

Fecha de Incorporación: Dcbre. 8/06.- Sillón 9.Tema del Discurso: “Segunda Guerra Mundial, Lista Negra en Ecuador”. Le dio la bienvenida el Dr. Benjamín Rosales V.

17.- DR. JUAN FREILE GRANIZO Edificio Espro – 0f. 202 – Alpallana 505 y Whymper – Quito

2333-47 2506-923

Fecha de Incorporación: Junio 30/90.- Sillón 10.Tema del Discurso:“La Vida Cotidiana de Quito a finales del Siglo XVIII: el Testamento de Catalina Aldás, madre del Precursor Espejo”. Le dio la bienvenida el Dr. Carlos de la Torre Reyes.

18.- DR. ALFONSO ANDA AGUIRRE Vargas 342 y Oriente (Edificio Zaldumbide) – Quito
Fecha de Incorporación: Mayo 26/99.- Sillón 13.Tema del Discurso: “La Federación Lojana y la Ley de Descentralización del Estado”. Le dio la bienvenida el Hno. Eduardo Muñoz Borrero, o.f.c.

2251-064

19.- DR. CARLOS FREILE GRANIZO Edificio Espro - 0f. 202 - Alpallana 505 y Whymper- Quito Apartado l7-22-20195 freiles@interactive.net.ec

2891-136 098-300700

Fecha de Incorporación: Junio 24/99.- Sillón 14.Tema del Discurso: “La Visión de Manuela Espejo sobre su hermano Eugenio, en el Juicio que por la Muerte que éste siguió contra el Presidente Luis Muñoz de Guzmán” . Le dio la bienvenida: el Padre Jorge Villalba.

20.- DR. FERNANDO JURADO NOBOA Edificio Torres de Iñaquito – Torre A Of. 901 (Altos CCNNU) - Quito
Fecha de Incorporación: Diciembre 21/99.- Sillón 15.Tema del Discurso: “Actitud ante la Muerte de los Grandes Ecuatorianos”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco.

2920-763

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MISCELÁNEOS

21.- DRA. ISABEL ROBALINO BOLLE Rocafuerte 1477 y Venezuela-Quito E-mail: isabelrobalino@hotmail.com
Fecha de Incorporación: Mayo 4/00.- Sillón 16.“Luis Robalino Dávila: Capítulos de un Ensayo de Biografía”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara.

2950-267 2280-764

22..- DR. P. JULIAN BRAVO S.J. Nogales 220 y Francisco Arcos - Quito julianbravosj@hotmail.com
Fecha de Incorporación: Mayo 22/03.- Sillón 21.Tema del Discurso:“Mario María Cicala, S.I. y su contribución a la Historia de la Antigua Provincia de la Compañía de Jesús y de la Audiencia de Quito”. Le dio la bienvenida el Dr. Jorge Salvador Lara.

2491-156/7 2493-982

23.- DR. JUAN VALDANO MOREJON Pasaje A No. 20 y José Abascal - Quito juanvaldano@access.net.ec
Fecha de Incorporación: Junio 5/03.- Sillón 22.Tema del Discurso: “Generaciones e Ideologías en el Ecuador. Itinerario de una búsqueda y nuevas aproximaciones a un Método Histórico”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán Polanco.

2370-310

24.- DR. OCTAVIO LATORRE Samuel Fritz 176 y Joaquín Sumaita (El Inca) – Quito E-mail: olatorre@andinanet.net

2400-731

Fecha de Incorporación: Junio 19/03.- Sillón 23.Tema del Discurso: “Historia de la Evolución de la Armada del Ecuador” Le dio la bienvenida Fray Agustín Moreno, o.f.m.

25.- DR. SANTIAGO CASTILLO 005411 4300-6196 Ave. Juan de Garay 845 – 4o.H CP C1l53 AB - Buenos Aires, Capital Federal - Argentina Josancas53@ciudad.com.ar
Fecha de Incorporación: Nov. 19/03.- Sillón 24.Tema del Discurso: “Epistolario de las Misiones Diplomáticas de Rocafuerte en el Perú”. Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán P.

26.- DR. ENRIQUE AYALA MORA Universidad Andina Toledo 2280 – Plaza Brasilia – Quito

3228-083 3228-031 3228-426

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De las Malvas E 15-247 y Fco. Arévalo Box 17-12-886 rector@uasb.edu.ec
Fecha de Incorporación: Enero 20/04.- Sillón 25.Tema del Discurso: “Desarrollo Histórico de la Nación Ecuatoriana”. Le dio la bienvenida el Dr. Plutarco Naranjo Vargas.

2433-485 2554-558

27.- DRA. MARIA CRISTINA CARDENAS Ave. Ordóñez Laso-Edif. Pinar 3-Dep. 4 A Casilla 01-01-1148 Cuenca acardenas@etapatelecom.net
Fecha de Incorporación: Junio 3/04.- Sillón 26.Tema del Discurso: “El Proyecto Republicano del Progresismo Azuayo (1840-1895)”.- Le dio la bienvenida Fray Agustín Moreno, ofm.

07-2829-944 094-296152 07-2843-719

28.- DR. BENJAMIN ROSALES VALENZUELA Apartado 01-562 - Guayaquil anh_guayas@yahoo.com brosales@ecutel.net
Fecha de Incorporación: Dicbre. 1/04.- Sillón 27.Tema del Discurso: “El General José de Villamil y la Independencia de Hispano América”.Le dio la bienvenida el Dr. Manuel de Guzmán P.

04-288-7492 093-040961

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ELECTOS
Dr. LUNA TOBAR ALFREDO Calle C 37 Pinar Alto-Edif. Palacio Real Bloque Norte P.H.(buzón) - Quito ****** DRA- DORA LEON BORJA Puerto Rico DR. JOSE REIG SATORRES Tungurahua 511.- Guayaquil 04-2450-190 2433-298

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MISCELÁNEOS

LISTA DE MIEMBROS CORRESPONDIENTES A DICIEMBRE DE 2007

1.- Lcdo. LUCAS ACHIG SUBÍA Calle Valle de los Chillos 1-70 y Valle de Yunguilla (Sector Coliseo Mayor) lachig@ucuenca.edu.ec 2.- Dr. MIGUEL ALBORNOZ Ave. Libertador 5322 – Piso 10-11 Buenos Aires, C.P. 1426 C.P. mikibaires@fullzero.com.ar 3.- Dr. GUILLERMO AROSEMENA AROSEMENA P.O.Box 09-01-921 Ave. 2ª. 511 entre 4ª. Y 6ª. (Los Ceibos) garoseme@gye.satnet.net 4.- Prof. JOSÉ ARTEAGA PARRALES Calle 12 de Oct. 115 entre García Moreno y Gabriela Mistral - Portoviejo. 5.- Dr. CELIN ASTUDILLO ESPINOSA Calle Sto. Domingo 204 - Quito 6.- EFRÉN AVILÉS PINO Aguirre No. 104 y Malecón 2º. Piso, Of. 212 – Guayaquil efrenaviles@hotmail.com 7.- Dr. FRANKLIN BARRIGA LÓPEZ 10 de Agosto 39-127 y Diguja - Quito f-barri@uio.satnet.net 8.- Dra. ANA LUZ BORRERO Universidad de Cuenca Calle 12 de Abril s/n Cuenca alborveg@yahoo.com 9.- Padre JUAN BOTTASSO ABYALA .- 12 de Octubre y Wilson juanbottasso.yahoo.com 10.- AURELIA BRAVOMALO DE ESPINOSA Wilson 728 y Juan León Mera – Quito aureliabravomalo@hotmail.com

07-2816-555 07-2842-424 (0f) Cuenca

5411-4781-7634

Argentina 04-2353-130 Guayaquil

06-2630-404

2524-529

04-2533-970

2458-421

07-2856-396

2562-633 2897-124

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11.- HUGO BURGOS América 1805 y La Gasca. Quito ahburgos@andinanet.net 12.- Lic. CARLOS CALDERON CHICO Librería Científica Luque 223 y Chile Casa de la Cultura (9 de Oct. y Pedro Moncayo) 13.- M.A. JUAN CASTRO Y VELAZQUEZ Casilla 4863 Guayaquil castroyvelazquez@hotmail.com 14.- Dr. JORGE CAZORLA José Martí 284 y Ave. Atahualpa Ibarra 15.- Arq. HERNAN CRESPO TORAL La Cumbre 366- Quito. 16.- Dr. JUAN CHACON ZHAPAN Julio Torres s/n y Belisario Andrade Cdela. San Marcos – Cuenca 17.- Lic. XIMENA ESCUDERO ALBORNOZ Gaspar de Escalona N.39-68 y Granda Centeno (ex Diguja) Buzón 544 Casilla 17-21-1263 – Quito. 18.- Econ. LEONARDO ESPINOSA Calle Mariscal Sucre 17-55 y MiguelHeredia Cuenca lespinos@etapaonline.net.ec 19.- EDUARDO ESTRADA GUZMAN Roca 102 y Malecón, 9º. Piso – Edif.Rocamar Casilla 09-01-7648 – Guayaquil 20.- Prof. JULIO ESTUPIÑÁN TELLO Calle Bolìvar 223 - Esmeraldas 21.- Gral. MARCOS GÁNDARA ENRÍQUEZ D. de Almagro N 32-243 y J. Severino Quito 22.- Dr. JOSÉ XAVIER GARAICOA ORTIZ Procuraduría General del Estado

2891-228 098-246041

099-762568 04-2441-949 Guayaquil 04-2328-569 04-240-3212 Ext. 113

06-2644-602

07-2450-105 07-2817-844 07-2883-128 2260-456 2584-961/2 Ext.186 099-678058

07-2842-205 07-2835-665

04-2303-969

06-2722-046

2543-888 2507-569 2898-488

2562-029

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MISCELÁNEOS

23.- Lic. EZIO GARAY ARELLANO Casilla 09-01-11140 Guayaquil 24.- Dr. JOSÉ GÓMEZ ITURRALDE Alberto Borges # 1126 y Av. De las Américas Casilla 09-01-4823. Guayaquil jagomezi@ecua.net.ec arhisgua@ecuanet.net.ec 25.- Arq. MELVIN HOYOS GALARZA Biblioteca Mcpal. de Guayaquil 10 de Agosto entre Chile y Pedro Carbo. 26.- Dra. ALEXANDRA KENNEDY DE VEGA Galería Taller Eduardo Vega Vía Turi 1-99-Casilla 01-05-1902 Cuenca 27.- DARIO LARA Paris 28.- DR. JORGE MARCOS PINO Ave. Central 300 – Cdela. Sta. Cecilia Guayaquil jgmarcos@es.inter.net 29.- Dr. GALO MARTÍNEZ Pérez Guerrero 391 y Versalles -0f. 18- Quito 30.- Dr. CLAUDIO MENA VILLAMAR Lizardo García 512 y Almagro- Quito 31.- Lic. CARLOS LUIS MIRANDA TORRES Correo Central de Pelileo 32.- Ab. EDUARDO MOLINA CEDEÑO Universidad San Gregorio de Portoviejo Ave. Eloy Alfaro y Ave. Olímpica Portoviejo – Manabí vickyfh_16@hotmail.com 33.- Gral. PACO MONCAYO GALLEGOS Alcaldía de Quito 34.- LEONARDO MONCAYO JALIL Edif. Torres de la Colón-Of. 11- Mezzanine - Quito moncayolener@hotmail.com

04-2368041 04-2394-440/41 04-239-4442

04-2524-100 Ext. 7301 ó 08

07-2847-237 07-2816-l59

04-2850-780 099-353534

2520-710

2560-416 099-299796 03-2871-218 03-2871-207 05-2639-461 05-2933-820

2542-640 099-406138

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35.- Dr. RICARDO MUÑOZ CHAVEZ rmuñozch@cue.satnet.net Estudio: Ave. 12 de Abril 2-29 Edificio Torre del Río – 4º. Piso – Cuenca 36.- Prof. GERARDO NICOLA LÓPEZ Calle Cuenca 14-35 – Ambato 37.- Arq. ALFONSO ORTIZ CRESPO González Suárez N 32-90 y Bejarano Quito 38.- Dr. CARLOS ORTIZ ARELLANO Ayacucho 1370 y Loja – Riobamba croamba@hotmail.com 39.- Ing. AGUSTÍN PALADINES Loja 40.- Arq. ANDRÉS PEÑAHERRERA Manuel Larrea 1003 Quito 41 .- Dr. GUSTAVO PÉREZ González Suárez 926, Dep. 2B Edificio Panorama - Quito. gustavoperezramirez@yahoo.com 42.- ARQ. JUAN FDO. PÉREZ ARTETA Bco. Central – Edificio Aranjuez J.Washington y R. Victoria – Quito 43.- Sr. VÍCTOR PINO YEROVI Alamos Norte Mz 1 V-10 P.0.Box 15160 Guayaquil vpino@gye.satnet.net 44.- Dr. RODOLFO PÉREZ PIMENTEL Baquerizo Moreno 910 y Junín Casilla 09-01-00875 - Guayaquil notari16@gye.satnet.net 45- Prof. VICENTE POMA MENDOZA Pasaje – Prov. de El Oro 46.- Dr. GUSTAVO REINOSO HERMIDA Calle José Arízaga 1-62 entre P. Aguirre y Gral. Torres - Cuenca

07-2880-170

03-2840-914 03-2840-913 2377-565 2580-230 099-716105 03-2966-264 03-2900-715 097-787709

2560-791 2560-818 092-740375 2230-513

2893-400/1 099-030-610 2220-528 04-2270-378 04-2248-257 04-2231-460

04-2303-700 04-2568-595 04-2568-596

099-618-349 07-2915-234 07-2825-934 07-2843-241 07-2842-029

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MISCELÁNEOS

47.- Dr. EDMUNDO RODRÍGUEZ Dpto. de Historia – Universidad de California Irving, CA. 92717 – USA. jerodrig@uci.edu 48.- Dra. ROCÍO ROSERO JÁCOME Universidad SEK – Guàpulo Toctiuco 130, Urb. San Antonio – Conocoto rosero@uio.telconet.net 49.- Cap.Fr. MARIANO SÁNCHEZ BRAVO Colinas de los Ceibos Ave. Leopoldo Carrera Calvo 505 y Calle 9ª Instituto de Historia Marítima Edif. de la Gobernación – Guayaquil inhima@gye.satnet.net Ecua_dor06@yahoo.com 50.- Dra. MARCIA STACEY CHIRIBOGA Carlos Guarderas 618 y G. Salazar (La Concepción) Quito 51.- Dr. AMILCAR TAPIA U.Católica Sede Ibarra Av. Aurelio Espinosa Pólit y J. Guzmán atapia@pucei.edu.ec -Ibarra 52.- Sra. GRECIA VASCO Archivo Nacional 10 de Agosto N 11-359 y Sta. Prisca -Quito archivonacionalec@andinanet.net

92697-3275

2340-381 096-032187

04-285-3310 04-232-4231 04-2325-906

2370-734 099-016801

06-2643-771 Ext.2107 06-6295-600

2553-919 2275-590 2280-431

MIEMBROS ELECTOS PARA CORRESPONDIENTES
1.- Dra. CHRISTIANA BORCHART Casilla 17-01-2114 –Quito 2.- Dr. RAMIRO BORJA BORJA República 500 y Almagro 3.- HUGO DELGADO CEPEDA Fco. Segura 804 y 6 de Marzo Casilla 09-1-43-53 Guayaquil 2896-511 2565-627 Ext. 1152 2555-898 2572-621 2348-650

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4.- Lic. TAMARA ESTUPIÑAN Yaruquí km. 36 1/2 estupina@pi.pro.ec 5.- Dr. JOAQUÍN GÓMEZ DE LA TORRE 6.- JAIME IDROBO URIGUEN San Joaquín – Sector Cruz Verde Box 01-01-143 - Cuenca 7.- Dr. CARLOS LANDÁZURI CAMACHO Banco Central – Edif. Aranjuez Reina Victoria 2135 y Jorge Washington clandazuri@uio.bce.fin.ec 8.- Ms. JENNY LONDOÑO Alonso de Torres 278 Edif. Monte Doral 9.- Dr. SEGUNDO MORENO YANEZ Universidad Católica – Facultad de Ciencias Humanas Piso 9- Torre 2-Casilla l7-01-2184 10.- Dr. JORGE MORENO EGAS Madrid 859 y Pontevedra (U.Católica-Dep. de Historia) Apartado 17-12-595-Quito 11.- Ing.. RODRIGO PÁEZ TERÁN Casilla l7-23-280 – Sangolquí 12.- Dra. PILAR PONCE LEIVA Víctor de la Serna, 19 Madrid 28016 - España pilarponce@hotmail.com 13.- Lic. ALFONSO SEVILLA FLORES Alpallana E 6 123 – 5º.piso A.- Quito 14.- BYRON USCÁTEGUI Marchena 129/10 de Agosto Quito

2777-273 099-458322

2220-546

2265-899

2896-511 2565-627 Ext. 1152 2567-117

2564-526

2340-164 2569-595 34 91 394 5784 91 519 7443

2231-816 2507-042

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MISCELÁNEOS

MIEMBROS HONORARIOS
- CARDENAL ANTONIO GONZÁLEZ ZUMÁRRAGA - GRAL. PACO MONCAYO GALLEGOS Alcaldía Metropolitana Tel. 2865-008

MIEMBROS EXTRANJEROS ELECTOS COMO CORRESPONDIENTES
- Embjd. MIGUEL BAKULA PATIÑO Lima, Perú - Dr. ANTONIO CACUA PRADA Subdirector Academia Colombiana de Historia Calle 99 No. 8-45 – Bogotá D.C. Colombia. - Dr. BALCAZAR CRUZADO Ave. del Ejército 356 - Trujillo – Perú alejandrocruzado@yahoo.com.ar - Dr. FRANCISCO DE BORJA MEDINA España - Dr. JOSE A. DE LA PUENTE CANDAMO Director Academia Nacional de Historia de Perú Lima - Perú admite@an-historia.org.ar - Dr. SANTIAGO DÍAZ PIEDRAHITA Director Academia Colombiana de Historia Calle 10 No. 8-95 – Bogotá D.C. Colombia - Dra. MA. PAULINA ESPINOSA DE LÓPEZ Bogotá – Colombia - Dr. WALDEMAR ESPINOSA SORIANO Lima, Perú - Dr. HORACIO GÓMEZ ARISTIZABAL Bogotá patriciarapida@hotmail.com - Dr. ASDRÚBAL GONZÁLEZ SERVEN Final Avenida Bolívar entre Calles 46 y 47 Puerto Cabello, Venezuela. 0057-13-342-439 00511-4277-987 00511-4468-911

0057-1-2567-675

00514-4967-6636

0057-1-3367-350 0057-1-2825-356

0057-1-2564-656

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- Dr. EKKEHAR KEEDING Talerweg 13 – D-67742 Aden Back – Alemania ekke_keeding@yahoo.de - Dra. MARIA LUISA LAVIANA CUETOS C/Virgen del Valle 52, 4º. B - 41011 Sevilla, España laviana@cica.es - BERNARD LAVALLE 13, rue Sateuil, París, Francia Cedex 05. - Dr. GERARDO LEÓN GUERRA Academia Nariñense de la Historia – Pasto - Prof. SERGIO MARTÍNEZ BAEZA Londres 65, Santiago smbaeza@vtr.net - Dr. EDUARDO MARTIRÉ Rodríguez Peña 1842, p. 10º. Dep. B.- 1021 Bs.As. - Argentina inhide@infovia.com.ar - Dra. EMILIA MENOTTI VIOLA Bs. As. - Argentina sociedadbolivariana@yahoo.com - Dr. OTTO MORALES BENÍTEZ Bogotá, Colombia - Dra. INÉS MUÑOZ LYDIA Presidenta de la Academia Nariñense de Historia Pasto ac_narhistoria@hotmail.com - Dra. LOISE J. ROBERTS 24694 Upper Trail – Carmel, CA. 93923 –USA ljrobertsl4@aol.com - Dr. NICOLÁS SÁNCHEZ ALBORNOZ José Martínez de Velasco 6, 28007, Madrid, España nsalbo@wanadoo.com - Dr. PEDRO VERDUGA Academia Nariñense de la Historia – Pasto 0057-27-234538 0054-011-4-683-6025 (34) 954 551-224

01-45-87-41-75

0057-27-234-538

00562-638 2489

(831) 625 5635

0057-27-234-538

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MISCELÁNEOS

- Dra. GISELLA VON WOBESER Academia Mexicana de la Historia Plaza Carlos Pacheco 21 Centro C.P.060, México acadmxhistoria@prodigy.net.mex

0055-2196-53

LISTADO DE MIEMBROS DE PROVINCIAS

CENTRO PROVINCIAL CORRESPONDIENTE DE GUAYAS

- DR. BENJAMIN ROSALES VALENZUELA Director - ARQ. MELVIN HOYOS GALARZA Subdirector - SR. EDUARDO ESTRADA GUZMAN Secretario - LIC. MARIANO SANCHEZ BRAVO Bibliotecario - LIC. EZIO GARAY ARELLANO Tesorero - DRA. JENNY ESTRADA RUIZ Vocal - DR. JORGE MARCOS PINO Vocal MIEMBROS - DR. EUCLIDES SILVA - DR. SANTIAGO CASTILLO (Argentina) - DR. GUILLERMO AROSEMENA - SR. EFREN AVILES PINO - LIC. CARLOS CALDERON CHICO

04-288-7492

04-2524-100

04-2303-969

04-285-3310

04-236-8041

04-2343-216

04-2850-780

04-2833-999 005411-4300-6196

04-2353-130 04-2533-970 099-762-568

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- M.A. JUAN CASTRO Y VELAZQUEZ - DR. XAVIER GARAICOA (Quito) - DR. JOSE GOMEZ ITURRALDE - DR. RODOLFO PEREZ PIMENTEL - SR. VICTOR PINO YEROVI - SR. HUGO DELGADO CEPEDA (electo)

04-2328-569 2562-029

04-2394-442 04-2303-700 04-2270-378 04-2346-632

AZUAY, CAÑAR, Y LOJA - DR. JUAN CORDERO IÑIGUEZ - DR. MIGUEL DIAZ CUEVA - DRA. MARIA CRISTINA CARDENAS - LIC. LUCAS ACHIG SUBIA - DRA. ANA LUZ BORRERO - DR. JUAN CHACON ZHAPAN - ECON. LEONARDO ESPINOSA - DRA. ALEXANDRA KENNEDY DE VEGA - DR. RICARDO MUÑOZ CHAVEZ - DR. GUSTAVO REINOSO HERMIDA - ING. AGUSTIN PALADINES - DR. JAIME IDROBO URIGUEN Electo) 07-2839-181 07-2831-917 07-2829-944 07-2816-555 07-2856-396 07-2450-105 07-2842-205 07-2816-159 07-2880-170 07-2825-934

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MISCELÁNEOS

IMBABURA - PROF. ROBERTO MORALES - DR. JORGE ISAAC CAZORLA - DR. AMILCAR TAPIA 06-2640-335 06-2644-602 06-2280-431

TUNGURAHUA Y CHIMBORAZO - SR. CARLOS LUIS MIRANDA TORRES - PROF. GERARDO NICOLA LOPEZ - DR. CARLOS ORTIZ ARELLANO 03-2871-218 03-2840-914 03-2966-264

ESMERALDAS, MANABÍ Y EL ORO - PROF. JULIO ESTUPIÑAN TELLO - PROF. JOSE ARTEAGA PARRALES - AB. EDUARDO MOLINA CEDEÑO 06-2722-046 05-2630-404 05-2639-461

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