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Boletín de la

Academia Nacional de Historia


boletín
de la
academia nacional
de historia

Volumen LXXXVIII N° 182

Segundo semestre de 2009


BOLETÍN de la A.N.H.
Vol LXXXVIII nº 182

©  Academia Nacional de Historia del Ecuador

ISSN Nº 1390-079X

Diseño e impresión
PPL Impresores 2529762
Quito
flandazurippl@andinanet.net

marzo 2010

Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación

4
ÍNDICE GENERAL

Editorial 7

EN EL BICENTENARIO 11
• De la utopía al martirio. Quito 1809-1810
Enrique Muñoz Larrea 13
• La organización judicial durante
el movimiento independentista de 1809.
Sus protagonistas y su jurisdicción territorial
Patricio Muñoz Valdivieso 102
• El bicentenario de la revolución quiteña:
Cuestionamientos y nuevas interpretaciones
Gonzalo Ortiz Crespo 143
• En busca del Acta de la Independencia de Quito
Gustavo Pérez Ramírez 165
• Mensajes cifrados de la revolución
Hernán Rodríguez Castelo 185
• Un clérigo patriota: el doctor don josé de Salazar y Rivera
Gregorio César De Larrea 193

ARTÍCULOS Y ENSAYOS 201


• Capítulos de la historia de vecindad colombo–ecuatoriana
Jorge Núñez Sánchez 203
• Miguel de Gijón y León, un quiteño trotamundos
Jorge Núñez Sánchez 243
• El libro de Carlos Paladines: El Movimiento
Ilustrado y la Independencia de Quito
Ruth Gordillo R. 261
• La nobleza de los Ortiz de Zevallos
Gregorio César De Larrea 265

DISCURSOS ACADÉMICOS 293


• La región esquiva: ¿Solo el Zamora con Loja llorará?
Galo Ramón Valarezo 295
• Bienvenida al doctor joaquín Gómez De La Torre Barba
Padre Dr. Jorge Villalba Freile S.J. 312

5
RECENSIONES 317
• El Comisionado Regio Carlos Montúfar y Larrea.
Sedicioso, insurgente y rebelde.
Hernán Rodríguez Castelo 319
• Olmedo el hombre y el escritor
Hno. Eduardo Muñoz Borrero 322
• Historia del Acta de la Independencia de Quito
del Diez de Agosto de 1809
Hernán Rodríguez Castelo 328

VIDA ACADÉMICA 331


• IN MEMORIAN
Dr. Manuel de Guzmán Polanco ha muerto
Recuerdos del Dr. Manuel
Octavio Latorre 335
• Manuel, historiador
Patricio Quevedo Terán 340
• Centenario de la Academia Nacional de Historia
Juan Cordero Íñiguez 342
• Discurso del Dr. juan Cordero Íñiguez en su
posesión como Director de la ANH 357
• La perdurable lección del Dr. jorge Luna Yepes
en el centenario de su natalicio
Jorge Salvador Lara 367
• Un “Olmedo” de la Academia Nacional de Historia
en homenaje a Guayaquil 381
- Discurso del Dr. Rodolfo Pérez Pimentel 382
- Discurso del Dr. Hernán Rodríguez Castelo 384
• Informe sucinto del Dr. juan Cordero Íñiguez correspondiente
al cuarto trimestre del 2009 391

Individuos de número de la ANH a diciembre de 2009 395


Miembros correspondientes a diciembre de 2009 401
Miembros electos para correspondientes 406
Miembros honorarios 407
Miembros extranjeros electos como correspondientes 407
Miembros de provincias 410

6
ste nuevo número del Boletín de la Academia Nacional de

E Historia se abre con una nota luctuosa: el fallecimiento de


quien hasta hace muy poco fuera su director, el Dr. Manuel
de Guzmán Polanco.

Manuel de Guzmán Polanco estuvo al frente de la corporación


ocho años, que fueron años especialmente difíciles y decisivos.
Las dificultades comenzaban por la falta de sede de la Acade-
mia, una vez que el viejo y venerable local de junto al Museo de
Arte Colonial estaba inutilizable. Mientras se adelantaban ges-
tiones –que suelen ser largas y a veces hasta desalentadoras–
para conseguir un local digno para la Academia, el Director pu-
so su propia oficina al servicio de los asuntos administrativos
más urgentes, a la vez que conseguía espacios adecuados para
las sesiones académicas más amplias. Fruto de su tenacidad,
conjugada con el tacto propio del gran diplomático que siempre
fue, la Academia pudo posesionarse de un local digno de la cen-
tenaria e ilustre Corporación. El 8 de agosto de 2007 el Alcalde
de Quito, general Paco Moncayo, Miembro también de nuestra
Academia hizo la entrega a la Academia de la casa “La Alham-
bra”, recuperada por el Municipio quiteño y restaurada por el
Fondo de Salvamento (FONSAL). Esta sede, que cuenta, sin
duda alguna, entre las más bellas que tenga Academia alguna,
acogió para algunas actividades a los historiadores de Ibero -
américa que llegaron para el Congreso Extraodinario de las
Academias Iberoamericanas de Historia, celebrado en Quito
como número central de las celebraciones del Bicentenario de
la gesta quiteña de 1809 a 1812.

Hacia el final de su gestión Manuel de Guzmán asumió la ur-


gente, importantísima e ineludible tarea de movilizar a acadé -
micos, historiadores y la misma opinión pública nacional –más
bien lerda ante cosa de tanta trascendencia– para una cele-
bración del Bicentenario del pronunciamiento autonómico del
10 de agosto de 1809. Rechazó, de modo digno y enérgico, la
postura de la persona puesta al frente del Comité de Celebra-
ciones Cívicas, que nunca entendió lo importante que era para
el Ecuador, para su identidad y su autoestima, para la inteligen-

7
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

cia profunda de sus grandes horas, celebrar con grandeza el Bicente-


nario. Personalmente Manuel de Guzmán destacó en Valparaíso el sig-
nificado de la denominación “Quito, Luz de América”, dado por el
Congreso chileno en los mismos días de esos grandes acontecimientos.
Ante el monumento a Camilo Enríquez, gestor de ese pronunciamiento
chileno, ponderó “la importancia histórica del altísimo calificativo”.

Y otra gestión personal suya logró que un Congreso Iberoameri-


cano de Academias de la Historia decidiese celebrar en Quito un Con-
greso Extraordinario para solemnizar el Bicentenario de Agosto, a la vez
que se iluminara desde varios ángulos iberoamericanos, el pronuncia-
miento quiteño y su trascendencia americana. Si ese Congreso fue un
éxito, se debió también, en gran parte, a los empeños personales del Di-
rector de la Academia Ecuatoriana.

Ha sido motivo de enorme complacencia para quienes hacemos


este Boletín haber colaborado con toda la pasión que la alta coyuntura
requería con la celebración bicentenaria que el Director de la Academia
de tanto modos impulsaba.

Y nuestro Boletín continúa aportando, desde el ámbito de sus


propias tareas, a esa celebración que, como lo señalamos desde la por-
tada del número anterior, no es de un día, por ilustre que haya sido, sino
de una gesta que se extendió por meses de iluminada maduración y de
heroica defensa del nuevo proyecto político: “Años del Bicentenario
1808-1812”. Por ello, la primera sección y la más importante es “En el
Bicentenario”.

Algo que ha convertido al Boletín de la Academia Nacional de


Historia, desde sus primeras entregas, en fuente ineludible de consulta
es la publicación de documentos inéditos. Este nuevo número no resul-
tará excepción gracias al aporte del académico numerario Enrique Mu -
ñoz Larrea que nos entrega una parte importantísima de sus hallazgos
hechos en el Archivo Histórico Nacional de Madrid . Documentos tan
sugestivos y dignos de lecturas profundas como la “Relación que hace
el Oidor Decano de la Real Audiencia de Quito D. josé Fuentes de
Bustillo en un informe que eleva a la junta Central de Gobierno sobre
los sucesos del 10 de agosto de 1809” y un conjunto de oficios y cartas
posteriores al 10 de agosto de 1809.

8
E D I TO R I A L

El artículo “La organización judicial durante el movimiento in-


dependentista de 1809. Sus protagonistas y su jurisdicción territorial”
aporta puntos de vista a la discusión de varios temas que poco a poco
han ido esclareciéndose.

Dos textos incluidos en esta sección tuvieron un origen un tanto


ajeno a ser artículos del Boletín; pero los dos significan interesantísimos
aportes a la iluminación de la Revolución de Agosto. El primero, “El Bi-
centenario de la Revolución quiteña: cuestionamientos y nuevas inter-
pretaciones” de Gonzalo Ortiz Crespo fue, salvo ligerísimas variantes
indispensables para el nuevo formato, su discurso de ingreso en la Aca-
demia. De especial importancia en este texto es su discusión del libro
revisionista a ultranza y, como lo prueba Ortiz, gratuito en su hipótesis
fundamental de jaime Rodríguez La revolución política durante la
época de la Independencia. El Reino de Quito 1808–1822.

El otro texto son las palabras dichas por el académico Hernán


Rodríguez Castelo en su presentación en el Palacio del Bicentenario (an-
tiguo Hospital Militar) de su libro sobre la poesía quiteña de la Revolu-
ción de Agosto. Como ese libro lo prueba y este texto lo destaca, en los
poemas que circularon en Quito por esos días se dijeron cosas que nin-
gún cronista del tiempo las dijera. Y uno de esos poemas nos abre las
puertas hacia el nuevo bicentenario que nos espera y que nos está exi-
giendo ya preparativos acordes con la enorme magnitud del trágico
acontecimiento: “Cántico lúgubre en que se lamenta el estado de deso-
lación de la ciudad de Quito en el día jueves 2 de agosto de 1810, a la
una y media de la tarde”.

Especial interés despierta el artículo de Gustavo Pérez que narra


su insistente búsqueda del Acta original de la Independencia y que dió
como resultado el hallazgo de tres copias manuscritas de la misma.

Completan el Boletín interesantes artículos y ensayos y discur-


sos de especial importancia como los dichos por el académico juan Cor -
dero Iñiguez en el centenario de la Academia Nacional de Historia y al
posesionarse como nuevo Director de la Academia.

9
EN EL
BICENTENARIO
DE LA UTOPÍA AL MARTIRIO
QUITO 1809-1810

Enrique Muñoz Larrea

Acordaos de las hazañas que hicieron


nuestros antepasados,
y adquiriréis una gloria grande
y un nombre eterno.

(1. Macabeos, 15-55) 1

INTRODUCCIÓN

Fue el jueves 10 de agosto de 1809, día que celebraba en el calendario li-


túrgico de la Iglesia Católica la fiesta de San Lorenzo mártir, cuando un
grupo de patriotas desconocieron la autoridad del teniente general
D. Manuel Ruiz de Urríez y Cavero, conde Ruiz de Castilla, como pre-
sidente y capitán general de la Real Audiencia de Quito. Tal desconoci-
miento se fundaba en que el descubrimiento y la conquista de las tierras
de América fue realizado a nombre de los Reyes Católicos, que lo finan-
ciaron personalmente, y no del Reino de España; por lo tanto, fueron
realizadas a nombre de la Corona española, por lo que el territorio ame-
ricano fue denominado Reino de Indias; de esta manera se consideró
que estos territorios pasaban a ser propiedad de los Monarcas por dere-
cho de conquista.
Al faltar los Monarcas Españoles por la usurpación de Napo-
león del trono Ibérico, cesaba la relación de vasallaje de los americanos
a su señor natural el Rey Fernando VII y desconocían, por lo tanto, a las
autoridades que ya no representaban a la corona Española.
En la primera declaración el 10 de agosto al pueblo de Quito la
junta de Gobierno manifiesta:

1 Cita de D. Vicente Rocafuerte al iniciar su discurso en la Convención de 1845.

13
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

“Un pueblo que conoce sus deberes y que para defender su libertad e
independencia ha separado del mando a los intrusos y está con las
armas en las manos resuelto a morir o vencer, no reconoce más juez
que a Dios, a nadie satisface por obligación, pero lo debe hacer por
honor. En esta inteligencia, el pueblo de Quito da al mundo entero
razón de su conducta tocante a los acontecimientos políticos del día.
…Y, que habiendo cesado el aprobante de los Magistrados, han cesado
también éstos sin disputa alguna en sus funciones, quedando por ne-
cesidad la soberanía en el Pueblo.” 2

El reducido número de personas ilustradas que proclamaron la


independencia el 10 agosto, debieron conocer las obras del Padre Riva-
deneira que criticaba a la monarquía absoluta o las de Saavedra Fajardo
que reprochaba la astucia, la mentira y el interés de los políticos. Y que
decir de las tesis del Padre Vitoria, creador del derecho internacional
público, que proclamaba el derecho igualitario de los pueblos o del
Padre Mariana que “funda la existencia del Estado en el consentimiento
de los hombres”, así como las obras de los Enciclopedistas franceses.
La idea de independencia subyacía en la pequeña clase alta de
la sociedad criolla compuesta por la aristocracia, los profesionales y te-
rratenientes que solo esperaban la conjunción de circunstancias favora-
bles que determinaran el momento de llevarla a cabo. El pueblo que era
indiferente a esta idea cambió radicalmente a partir del sacrificio de los
patriotas del 2 de agosto e hizo suya la lucha por alcanzar la libertad.
Hubo grupos humanos, como el indígena, que fueron manifiestamente
realistas hasta el final de las guerras de la independencia.
Cabe destacar que la figura del Rey era intocable, mas no las
autoridades que ejercían el gobierno que siempre fueron blanco de las
protestas del pueblo; solamente se comenzó a cuestionar a su Real per-
sona hasta bien entrada las luchas libertarias.
El Procurador general de Quito dice en una carta al Consejo de
Regencia, refiriéndose a las ideas libertarias, “ ... y porque desde ahora hace
más de veinte años (Quito) aspira con frenesí... buscando el modo de poner en
obra su proyecto”, sin embargo, no hubiera tenido éxito ningún movimiento
independentista, si la milicia de Quito no la hubiese apoyado.

2 AHNM. Secc. Consejos. 2674. Exp.2. Lega. 24.

14
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Mientras existieron una serie de sólidas estructuras políticas, admi-


nistrativas y sociales, las Fuerzas Armadas de las distintas provincias
de ultramar se limitaron a cumplir sus funciones. Solamente cuando
el sistema salta en pedazos con motivo de la emancipación, y cuando a
causa de la guerra que ésta genera aumenta la importancia del sector
militar, entonces éste empieza a desempeñar por primera vez en su his-
toria un activo papel en la política. En España se generó un proceso
parecido a partir de 1808.3

A partir de esa fecha y casi todo el siglo XIX, tanto en España


como en América, las fuerzas armadas por medio de sus jefes o Caudi-
llos ejercieron el poder con pocos lapsos de tiempo constitucionales. Se
cambió la monarquía unificadora por regimenes caudillistas que ante-
ponían sus intereses personales al de la nación; este lastre frenó el de-
sarrollo de los pueblos y, en nuestro caso, nos fuimos quedando
rezagados frente a la prosperidad de América del Norte.
El Siglo XVIII fue especialmente adverso a los súbditos de la
Presidencia de Quito, desastres telúricos, meteorológicos, epidemias,
plagas, desacertadas acciones administrativas, impositivas y comerciales
mantuvieron en constante zozobra a sus habitantes. La pobreza, enfer-
medad, desocupación y la falta de medidas adecuadas para atenuar
estos males, hicieron, que durante ese siglo, hubieran múltiples alza-
mientos de indígenas y criollos protestando por su extrema situación.
Para mi entender, fueron las causas económicas, más que las ideológicas,
las que determinaron finalmente el apoyo del pueblo a la revolución.
Ayer como ahora nos ilusionamos que un cambio político nos traerá
bienestar y prosperidad, sin embargo, para el pueblo representó que “el
último día del despotismo fuese el primero de lo mismo”.
Tengo que relatar esta gesta libertaria sin remover viejos renco-
res, sino aclarar o dar a conocer nuevos hechos que por falta de docu-
mentos estaban en el limbo del pasado, que estos documentos sean los
mejores decantadores de nuestra historia, que a cada quien den su
justo valor, evite que convirtamos personas en personajes y acciones
en proezas, si esto lo logro, vale la pena el esfuerzo y tiempo invertido.
Finalmente, seamos indulgentes con nuestros padres próceres
por algunos de sus vaivenes de fidelidades, lo que quedan son zonas

3 julio Albi. La defensa de las Indias, pag 116.

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de sombra sobre la actuación de algunos patriotas del 10 de agosto, en


esa época, “era normal, esos cambios de lealtad tanto en la aristocracia espa-
ñola o criolla: siempre acordaban lealtad al sector que era dueño del poder. Era
una forma de garantizar su seguridad personal, familiar y a sus bienes, pero
quedaba claro, que no había una inclinación ideológica y menos una predispo-
sición para la lucha,” sobre todo en los primeros tiempos de la indepen-
dencia.

Memorial de agravios que la Junta de Gobierno de Quito manifiesta


a los ayuntamientos de Popayán, Cuenca y Loja para justificar su
revolución y pedir su adhesión. Agosto de 18094

Cuando un pueblo sea el que fuere, muda el orden de un Gobierno


establecido largo tiempo; cuando las imperiosas circunstancias le han
forzado a asegurar los sagrados intereses de su Religión, de su Príncipe
y de su Patria, conviene a su dignidad manifestar al Público sus mo-
tivos y la justicia de su causa.
Quito, pues conquistado 300 años ha por una Nación valerosa,
protegido por los númenes tutelares de sus soberanos, con leyes justas,
un clima benigno, un terreno fecundo medianamente poblado de hom-
bres industriosos, y aptos para todo, debía ser feliz; pero sin tener de
que quejarse, ni de sus soberanos, ni de sus Leyes, ha sido mirado por
los españoles, que únicamente lo mandaban, como una nación recién
conquistada olvidando que sus vecinos, son también por la mayor parte
descendientes de esos mismos españoles; han sido mirados con despre-
cio tratados con ignominia; ofensa la más amarga a la dignidad del
hombre. Han visto todos los empleos en sus manos; la palabra criollo
en sus labios ha sido la del insulto, y del escarnio y para elevar al Trono
sus quejas han tenido que dar vuelta a la mitad del globo, y de esta in-
mensa dificultad han abusado siempre sus opresores.
Los dulces y pacíficos preceptos de su santa religión, el in-
nato amor a sus Reyes, y una larga costumbre, los ha conser-
vado sumisos y obedientes, en medio del despotismo subalterno
mas ignominioso, sin atreverse a registrar sino temblando sus
profundas heridas, y a manifestar en sus semblantes un con-
tento que no podía estar en sus corazones.
4 BAENH.

16
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

La nación española devastada, oprimida, humillada, y vendida al


fin por un indigno favorito vio arrebatar de entre sus brazos a un joven
monarca, sus delicias, y sus esperanzas, por un soberano que después
de haber asolado Europa, preparada en secreto cadenas su huésped, a
su aliado, a su amigo, a una nación fiel, y valerosa y a la América en-
tera, despertó al fin de su letargo, se armó para defender sus indescrip-
tibles derechos y ha resistido al tirano, con una energía, con una
constancia, con un tesón digno de mejor suerte; más no siempre co-
rresponden los sucesos a la justa de la causa, y el maldad muchas veces
triunfa a la virtud.
La América entre tanto fiel a su religión y a su príncipe llorará
su suerte, a más de 2.000 leguas de distancia, y prestos motivos sa-
grados hacia ardientes y continuos votos con el más profundo dolor;
las esperanzas la consolaron alguna vez, prodigará sus tesoros para
salvar a la Patria, deseara derramar su sangre por ella, bañará en llanto
y levantará sus manos al Cielo.
Quito retirado en un rincón de la tierra no tenía quien substitu-
yese sus esperanzas, quien disipase sus temores, ni quien tomase medio
alguno para defenderla, vio de repente encarcelar con el mayor escán-
dalo a cinco de sus más nobles, y leales hijos, llamará delito de Estado
el pensamiento de no sujetarse nunca a Bonaparte, y el haber hecho
planes para este digno objeto.
Sabe que el Regente de su Audiencia había dicho que era preciso
degollar a catorce de sus vecinos nobles; ve con la mayor sorpresa de-
nunciado por un Oidor el deseo de lograr en América a Fernando Sép-
timo y el Santo Padre, como si este dulce deseo, fuese un delito. Con-
sidera que la mayor parte de los que mandan son hechuras del infame
Godoy, la execración del género humano; nota las desconfianzas de la
Junta Suprema manifestadas públicamente y tomar medidas a dos mil
leguas de distancia para salvarla de Bonaparte, pero al mismo tiempo
no ve empleo alguno concedido al fiel Americano, que ella misma elo-
gia. Le consta que en casa del que acababa de gobernarlo, y Jefe de un
temible partido, se había dicho que si la España se sujetaba a Bona-
parte, seria preciso que la América hiciese lo mismo con estos antece-
dentes, y con otros que se omiten.
El pueblo por estúpido que fuese no habría temido su próxima es-
clavitud, y el ser vendido cargado de cadenas al atroz enemigo de su
Religión, de su Príncipe y de su Patria, y de todo lo más sagrado que

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

el hombre tiene sobre la tierra, se resolvió al fin de asegurarlo todo;


mudó en un instante la forma de su gobierno, con solo la prisión de
nueve individuos con el mejor orden, el menor silencio, y respetando
las vidas, y los intereses de sus propios enemigos. Juró por su Rey y
Señor a Fernando Séptimo, conservar la Religión de sus Padres, de-
fender, y procurar la felicidad de la Patria, y derramar toda su sangre
por tan sagrados y dignos motivos. Juramos a la faz de todo el mundo
la verdad de lo expuesto.
Hombres buenos e imparciales de cualquier Nación que seáis, juz-
gadnos, no os tememos, ni debemos temeros.

Quito agosto de 1810.

CAPITULO I

CREACIÓN DEL GOBIERNO DE LA UTOPÍA

Arenga que pronunció el Marques de Selva Alegre, presidente de la


Suprema Junta Gubernativa establecida en Quito a nombre de
nuestro Augusto Monarca, el señor don Fernando VII (que Dios
guarde) en la instalación que se celebró el día 16 de agosto de 1809.5

“Señores:

Qué objetos tan grandes y sagrados son los que nos han reunido
en este respetable lugar. La conservación de la verdadera religión, la
defensa de nuestro legítimo monarca y la prosperidad de la Patria. Veis
aquí los bienes más preciosos que hacen la perfecta felicidad del género
humano, cuan dignos son nuestro amor, nuestro celo y veneración y
como no temblar yo al verme constituido por el voto unánime de ese
pueblo generoso por cabeza de la Suprema Junta que se compone de
los ciudadanos más dignos de esta ilustre capital. Conozco señores que

5 Archivo AHNM. Sección Consejos. Legajo 21676. Carpeta 1. Exp. 1. Doc.5. Copia de un original
que me remitió y la asigno y firmo en Cartagena de Indias a 11 de octubre de 1809. (f) josé An-
tonio Fernández.

18
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

el valor de esta dignidad está unido al exacto desempeño de todas sus


funciones, nada más tengo que protestar con la sincera efusión de mi
reconocimiento, sino que me sacrificaré todo por la consecución de los
santos fines que aspiramos. Ya sabéis que estos están vinculados a
nuestras más estrictas obligaciones en nuestros inviolables derechos y
en nuestros más íntimos intereses. Cuento seguramente para tan cre-
cida obra con todos los talentos, luces y patriotismo de los funcionarios
que componen este considerable cuerpo político, con las grandes vir-
tudes de nuestro Excmo. e Ilustrísimo prelado, con la sabiduría del ve-
nerable clero secular y regular y con todos los auxilios de mis amados
compatriotas.
Reunamos todos nuestros esfuerzos particulares, para procurar
de todos modos el bien general, la firme perseverancia en nuestros prin-
cipios, la concordia y tranquilidad entre nosotros, el celo, claridad y
prudencia en nuestras deliberaciones, son los únicos medios que po-
drán consolidar la seguridad y felicidad pública que nos hemos pro-
puesto.
Concluyamos pues señores, dirigiendo al Omnipotente nuestros
humildes votos para conseguir las luces y el acierto en todo, digamos
con sinceridad propia de americanos españoles, ¡viva nuestro legítimo
Señor natural don Fernando VII! y conservémosle a costa de nuestra
sangre, esta preciosa porción de sus bastos dominios libres de la usur-
pación tirana de Bonaparte, hasta que la divina misericordia le vuelva
a su trono o que nos conceda la deseada gloria de que venga a reinar
entre nosotros.”

Formación de la Junta Suprema de Gobierno 6

Presidente, el Serenismo señor marqués de Selva Alegre.

Vocales de la Junta:
Los excmos e ilustrísimos Señores Obispos de Quito y Cuenca.
Los excelentísimos representantes de los barrios, y Cabildo señores:
Marqués de Solanda y don Juan José Guerrero y Matéu, representantes
de la ciudad.

6 BANH. Número 73. Hay una ligera variación de nombres con el acta notarial levantada de
este acto, que consta en la nota.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Don Melchor de Benavides, representante del Cabildo.


Don Manuel Zambrano, representante del barrio de San Sebastián.
Marqués de Villa Orellana, representante del barrio de San Roque.
Don Manuel de Larrea, representante del barrio de San Blas.
Marqués de Miraflores, representante del barrio de Santa Bárbara.
Don Manuel Matéu y Aranda, representante del barrio de San Marcos.

Ministros los Excmos. señores :


De Estado y Guerra, don Juan de Dios Morales.
De Gracia y Justicia, don Manuel Rodríguez de Quiroga.
De Hacienda, don Juan de Larrea y Jijón.

Secretario del gobierno con tratamiento de señoría:


Don Vicente Álvarez.

Consejo:
El Ilmo. señor doctor don José Javier Ascásubi, quien preside las salas
de lo Civil y lo Criminal.

Senadores: 7
Sala de lo Civil, con el tratamiento de Señoría:
El señor doctor don Pedro Jacinto de Escobar, Decano.
El señor doctor don José de Salvador
El señor doctor don Pedro Quiñones y Cienfuegos
El señor doctor don Antonio Tejada
El señor doctor don Mariano Merizalde, Fiscal

Sala de lo Criminal:
El señor doctor don Felipe Fuertes Amar, Regente
El señor doctor don Luís Quijano, Decano
El señor doctor don José del Corral
El señor doctor don Bernardo de León
El señor doctor don Salvador Murgüeitio

- Fiscal el doctor don Francisco Xavier de Salazar.


- Protector general de Indios, con honores de Senador, el doctor
don Luís Cabal.
7 Se cambiaron de nombre a los Oidores por Senadores.

20
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

- Alguacil mayor de Corte con tratamiento de Señoría el doctor


don Antonio Solano de la Sala.

Tienen tratamiento el de Señoría a los individuos del Venerable Deán


y Cabildo de las Catedrales de Quito y Cuenca.

Los sueldos asignados a estos dignatarios eran:


6.000 pesos al Presidente.
2.000 pesos a los vocales.
2.000 pesos a los Ministros y Secretarios.
1.500 a los Tribunales.

La Falange (milicias) de Fernando VII comprende tres compañías


sobre las dos de milicias existentes. 8

Plana Mayor:
-Inspector general con tratamiento de Señoría y grado de coronel, don
Juan de Salinas.
-Auditor de Guerra con grado de teniente coronel,
el doctor don Juan Pablo de Arenas

Tenientes coroneles vivos y efectivos:


-Don Xavier de Ascázubi
-Don Antonio Ante
-Don Joaquín Zaldumbide de dragones.

Sargentos Mayores:
-Don Nicolás Aguilera
-Don Manuel Aguilar
-Don Xavier Zambrano 9

Ayudantes Mayores:
Don José Vinuesa

8 En la nueva organización del Ejército español de 1780 se creó el piquete que fue la unidad más
pequeña de la Infantería formado por 15 a 20 hombres; la compañía por 100 a 200 hombres; el
batallón que agrupaba a varias compañías y variaba entre 600 a 800 infantes y los regimientos
que podían unir a dos o más batallones, igual estructura se continuó en la Falange quiteña-
9 Por su participación en el golpe revolucionario les ascendieron al teniente Aguilera y al Sar-
gento Zambrano al grado de sargentos mayores (comandantes).

21
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Don Mariano Ortiz


Don Mariano Cevallos.

Abanderados:
-Seis alférez.
-Tres capellanes.
-Tres cirujanos.
-Un Tambor Mayor.
Más tarde se completaría el regimiento Fernando 7º con las siguientes
unidades, bajo el mando de 20 capitanes, 20 tenientes, 20 subtenientes,
50 cadetes, 25 sargentos, como pié veterano10 y 500 hombres de tropa.

Primer batallón:
- Teniente coronel don Xavier de Ascásubi y Matéu.
- Sargento mayor don Xavier Matéu y Zambrano.
- Ayudante Mayor don José Vinuesa.
- Capellán doctor José Joaquín Corella.
- Médico doctor Miguel Luna,
- ayudante, Pedro Monrroy.

Segundo Batallón:
- Teniente coronel don Antonio Ante.
- Sargento mayor don Nicolás Aguilera.
- Ayudante mayor don Mariano Ortiz.
- Capellán doctor Antonio Castelo.
- Médico don Pedro Jesuenes.

Tercer Batallón:
- Teniente coronel don Joaquín Zaldumbide.
- Sargento mayor don Manuel Aguilar.
- Ayudante mayor don Mariano Cevallos.
- Capellán doctor Pablo Arévalo.

1 Batallón de granaderos.
1 Compañía de artillería con 10 cañones, con un total de 600 hombres.

10 El pie veterano, era el así denominado en el ejército Real, al instructor de las tropas novicias.

22
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

HE AQUÍ COMO PENSABAN LOS PATRIOTAS QUE CREARON


ESE UTÓPICO ESTADO

Carta enviada a Barbacoas por el presbítero doctor Manuel de Quiño-


nes y Cienfuegos a su hermano que cuenta los sucesos de Quito 11

“…se ha rebajado el papel sellado a los dos reales de su antigua


taza y ha quitado el estanco de tabaco para esta ciudad que era pieza
inútil pues hubo año que quedaron libres solo diez o doce pesos y ha
rebajado el cabezón (impuesto) de las haciendas para que los pobres la-
bradores, respiren y puedan gozar de adelantamientos que todo re-
dunda al fin, en beneficio de su Monarca.”
La Falange ya está casi completa con gente muy bella, la oficiali-
dad en que se ha empleado la más lúcida juventud de Quito preten-
diendo con ansia incorporarse en ella de cadetes aún los niños de diez
a doce años de modo que, no se respira aquí otra cosa que entusiasmo
y patriotismo, aun en boca de las señoras, que de nada hablan con más
gusto que de cosas de Estado y de la libertad de nuestra Patria, ofre-
ciéndose que en caso necesario contribuirán para el mantenimiento de
las tropas con las más preciosas alhajas de su uso.
Se han nombrado nuevos corregidores a los pueblos los que van
adoptando pacíficamente y llenos de alegría el plan, particularmente
en Riobamba que han celebrado con salvas y los demás regocijos y así
otras cosas grandes, que es imposible referir.
Su Alteza ha nombrado de Gobernador de Cuenca a D. José Ig-
nacio Checa, que lo era de Jaén; que ha dado esta resulta al capitán
Juan Salvador; y que depuesto el Corregidor de Ibarra, ha colocado en
su lugar con título de gobernador a D. Manuel Zaldumbide.
Ayer 16 de agosto fue convocada la ciudad y se celebró la insta-
lación y ratificación de la Suprema Junta de ella. Fue este teatro muy
magnífico y serio en el cual se puso un sitial con el retrato de Fernando
Séptimo, al pie de él se sentó el Presidente con dos soldados a los lados,
al lado derecho el ilustrísimo señor Obispo y luego los demás señores
etc., los excelentísimos señores Ministros de Gracia y Justicia, de Ha-

11 BANH. Número 73. Carta enviada de Quito el 17 de agosto de 1809 por el Presbítero don
Manuel Quiñones a su hermano el Alférez Real don Nicolás de Quiñones, residente en Bar-
bacoas.

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cienda y el de Guerra y los excelentísimos señores Representantes,


todos vocales de la Junta, los nuevos Senadores de lo Civil y de lo Cri-
minal, todos Togados, los Cabildos eclesiásticos y Secular, todas las
Comunidades Religiosas, el Clero, los Colegios y la Universidad, toda
la nobleza y demás pueblo. Más si esa función fue tan magnífica fue
sin comparación mayor la de hoy (17 de agosto) en la catedral para la
misa de Acción de Gracias y juramentos que con el Ilustrísimo señor
obispo hicieren después de cantado el Tedeum Laudamos, desde el Pre-
sidente, todos los demás Tribunales, Cabildos, Gremios, Comunidades,
Empleados y demás de la nobleza y pueblo, todos por su orden al pie
del altar mayor, sobre los Libros de los Evangelios, delante del Obispo
juraron el defender la Religión, los Derechos del Rey Fernando Sép-
timo y la Patria y establecimiento de esta Suprema Junta. No es posible
pintarte de prisa la grandeza de esta función.”

Reconocimiento del pueblo de Quito


a la Junta de Gobierno

En los días sucesivos para legitimar el establecimiento del nuevo


orden y gobierno se comienza a recoger firmas entre los habitantes de
Quito, y alcanzan más de 8.000 rúbricas, que debieron ser la casi to-
talidad de alfabetos de la ciudad. 12

Carta anónima enviada a Cuenca en la que narra la sesión de


los patriotas en la sala de San Agustín, cuenta:

“el diez y seis, en la Sala de San Agustín asistieron todos los cuer-
pos (gobierno, eclesiástico, militar) y pueblo, ratificaron las elecciones
antes hechas y fue un día de mucho gozo donde se presentaron las
arengas y el manifiesto del pueblo que le remito impresas, dando
sus motivos de haber levantado la voz, en fin, todo se ha mudado sin
haber derramamiento de una gota de sangre, con lo que se ve clara-
mente que la mano Omnipotente ha estado pródiga con Quito, liber-
tándonos también del tremendo día en que los chapetones tenían

12 Carta del 24 de octubre de 1809 del coronel Salinas al Presidente de Quito.

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

destinada nuestra total ruina, degollando a más de cincuenta de los


nobles de esta ciudad, pero la chinita se ha vuelto respondona, y el co-
razón de nuestros compatriotas Americanos, principalmente los de
Quito, son muy generosos y compasivos, y contra ellos no hay más
que arresto, esto es que a los principales que ya lo están, tratándoles
como corresponde, sin tocarles ni en su persona ni hacienda, y los
demás andan libremente confirmados en sus antiguos empleos, esto es
a los que no se han metido, ni sabido en la traición que nos querían
hacer” 13

Acta notariada sobre las primeras actuaciones


de la nueva Junta de Gobierno

- Notificación del cese de las Autoridades.


- Elección de representantes a la junta Suprema de Gobierno.
- Elección de Ministros del Nuevo Gobierno.
- juramentos en San Agustín y en Catedral. 14

“Yo, el infrascrito escribano de S.M. que despacho por Real Orden y


por ausencia del señor Secretario Particular de la Suprema Junta Gu-
bernativa de este reino, don Vicente Alvarez erigida por el común voto
unánime del pueblo para que a nombre de su Majestad Católica el
señor don Fernando VII (que Dios guarde) gobierne dicho reino; cer-
tifico en cuanto puedo, debo y al lugar en derecho, los S.S. y demás
personas que la presente dieren con vista del expediente formado sobre
el particular que entre los sujetos nobles del centro de la ciudad, aten-
didas las presentes críticas circunstancias de la Nación, declararon so-
lemnemente haber cesado en sus funciones los Magistrados actuales
de esta capital de Quito y sus provincias y que en su virtud como pa-
rroquianos del centro de la catedral eligieron y nombraron por repre-
sentantes de él a los señores marqueses de Selva Alegre don Juan Pío
de Montúfar, y de Solanda don Felipe Carcelén y firmaron este nom-
bramiento. Los del barrio de San Sebastián eligieron y nombraron por
representantes de él al señor don Manuel Zambrano regidor de este
ilustre ayuntamiento y firmaron. Los del barrio de San Roque eligieron

13 juan Cordero Iñiguez. Cuenca y el 10 de Agosto de 1809. UNAP. Pág.190.


14 ANHM. Secc. Consejos. Leg. 21674. Exp. 2. Doc. 3

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y nombraron por representante de él al señor Marqués de Villa Ore-


llana don Jacinto Sánchez y firmaron. Los del barrio de San Blas eli-
gieron y nombraron por representante de él al señor don Manuel de
Larrea y firmaron. Los del barrio de Santa Bárbara eligieron y nom-
braron por representante de él al señor Marqués de Miraflores don
Mariano Flores y firmaron. Los del barrio de San Marcos eligieron y
nombraron por representante de él al señor don Manuel Matéu y fir-
maron. En virtud de estos nombramientos declararon que los antedi-
chos individuos unidos con los representantes de los Cabildos de las
provincias sujetas actualmente a esta gobernación y las que se unieren
voluntariamente a ella en lo sucesivo como son Guayaquil, Popayán,
Pasto, Barbacoas y Panamá que ahora dependen de los Virreinatos de
Lima y Santa Fe los cuales se procurarán atraer, compondrán una
Junta Suprema que gobernará interinamente a nombre y como repre-
sentante de nuestro legítimo soberano el señor don Fernando VII y
mientras S.M. recupera la península o viene a imperar en América,
eligieron y nombraron para Ministros secretarios de Estado a don Juan
de Dios Morales, don Manuel Quiroga y don Juan de Larrea, el pri-
mero para el despacho de los negocios extranjeros y de guerra, el se-
gundo para el de Gracia y Justicia y el tercero para el de Hacienda, los
cuales como tales, sean individuos natos de la Junta Suprema, y para
el secretario particular a don Vicente Alvarez. Nombraron y eligieron
por Presidente de ella al señor Marqués de Selva Alegre a quien se le
dará el tratamiento de Alteza Serenísima y sus vocales referidos ten-
drán el de excelencia y al secretario el de Señoría y todo el cuerpo el de
Majestad.
Que los referidos S.S. prestarán el juramento solemne de obedien-
cia y fidelidad al Rey en la Catedral y lo harán prestar a todos los cuer-
pos constituidos así eclesiásticos como seculares que se sostendrán la
pureza de la religión, los derechos del Rey, los de la Patria y harán gue-
rra mortal a todos sus enemigos, principalmente franceses valiéndose
de cuantos medios y arbitrios honestos le sugieran el valor y la pru-
dencia para lograr el triunfo.
Que para el efecto siendo absolutamente necesaria, una fuerza mi-
litar competente para mantener el reino en respeto se levante pronta-
mente una falange compuesta de tres batallones de infantería sobre el
pie de ordenanza y montada la primera compañía de granaderos que-
dando por consiguiente, reformadas las dos de infantería y el piquete de
dragones actuales. Que el jefe de la falange sea coronel, y nombraron de

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tal a don Juan Salinas; de auditor de guerra a don Juan Pablo Arenas.
Que para la más pronta y recta administración de justicia crearon
un Senado compuesto de dos salas, civil y criminal con un gobernador
a su cabeza. La de lo civil tendrá un decano, tres senadores y un fiscal.
La de lo criminal un regente, un decano, tres senadores, un fiscal, un
protector general y un alguacil mayor cuyos nombramientos firmaron
todos los que han dado sus poderes como diputado del pueblo. En su
consecuencia los S.S. que componen la suprema junta mandaron con-
gregar por medio de S.A.S. que dirigió oficios a todos los cuerpos res-
pectivos al convento del gran padre San Agustín el 16 del corriente y
habiéndose así verificado se extendió el acta cuyo tenor copiado a la
letra es como sigue:
En la ciudad de San Francisco de Quito en 16 de agosto de 1809,
estando en la Sala Capitular del convento máximo del gran padre San
Agustín destinado por su mayor capacidad, congregados por medio de
oficios despachados por Su Alteza Serenísima, el señor Presidente de
la Suprema Junta Gubernativa Marqués de Selva Alegre, el Ilustrísimo
Sr. Obispo don José Cuero y Caicedo, el I. Cabildo de esta ciudad, el
venerable Dean y cabildo eclesiástico, el alguacil mayor de Corte y Mi-
nistros de la Real Hacienda, los jefes del cuerpo veterano y milicias, el
cuerpo literario de la Universidad, los curas de las parroquias inme-
diatas, los rectores y colegios de San Luis y San Fernando, los Rvdos.
PP. Prelados de las religiones con sus individuos, el colegio de aboga-
dos, el Diputado e individuos del comercio, los jefes y administradores
de las Reales Rentas, los Excmos. Procuradores y subalternos del Se-
nado y juzgados, los nobles del lugar con mucho concurso público, a
efecto de que enterados de la voluntad del pueblo explicadas en actas
de la constitución del nuevo gobierno dijesen libremente sus senti-
mientos sobre el establecimiento que se había acordado, precedidas de
unas breves peroraciones que hizo Su Alteza Serenísima el señor pre-
sidente y los Excmos. Señores ministros don Manuel Rodríguez de
Quiroga y don Juan de Larrea, manifestando los motivos que habían
invitado al pueblo a formar la Suprema Junta y ventajas que de ella
resultarían y leídas por el Excmo. señor Ministro de estado don Juan
de Dios Morales las actas y diligencias que se extendieron antes so-
lemnemente, todos unánimemente y conformes con respectivo vivas y
aclamaciones de júbilo, ratificaron cuanto se había propuesto y orde-
nando como que se dirigía a unos fines santos de conservar intacta la

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religión cristiana, la obediencia al señor don Fernando VII y el bien y


felicidad de la Patria importantes y necesarias en las circunstancias
críticas presentes en que el común invasor de las naciones Napoleón
Bonaparte, pretende apoderarse y adjudicarse su dinastía la nación y
reino español, arrancándole por fuerza de nuestro legítimo soberano
el señor don Fernando VII y quisieron se firmase por todos los cuerpos
e individuos que concurrieron, autorizándolo los escribanos de esta
ciudad capital, que dan fe y por ante mí el presente escribano de S.M.
que despacho por su Real Orden por ausencia del señor secretario de
la Suprema Junta”.
Esta se halla firmada por todos los referidos cuerpos y enseguida
día 17 después de la misa de gracias y el Te Deum Laudamus prestaron
el juramento en la santa iglesia Catedral todos ellos en presencia de la
imagen del Cristo crucificado nuestro amado Redentor y los Santos
Evangelios que estaban colocados en un altar portátil con ceras encen-
didas en el cuerpo de dicha iglesia, y el Excmo. e Ilustrísimo señor
Obispo sentado a la derecha, a cuya presencia y de la Suprema Junta
procedieron a hacer el juramento desde S.A.S. y su Junta hasta los no-
bles del lugar y el público en la forma siguiente:
“Juramos al señor don Fernando VII como nuestro Rey y Señor
Natural y juramos adherir a los principios de la Junta Central de no
reconocer jamás la dominación de Bonaparte ni la de Rey alguno in-
truso. Juramos conservar en su unidad y pureza la religión católica,
apostólica, romana en que por la misericordia de Dios tuvimos la feli-
cidad de nacer y juramos finalmente hacer todo el bien posible a la Na-
ción y a la Patria, perdiendo si necesaria fuere por estos sagrados
objetos hasta la última gota de nuestra sangre por la Constitución”.
Lo que he concluido pasaron a dejar a la Suprema Junta en casa
de S.A.S., y para que así conste donde convenga y obre los efectos que
haya lugar en derecho doy la presente de Orden Real en este muy noble
y muy leal Reino de Quito en 21 de agosto de 1809.
Por Real Orden y en ausencia del señor secretario Atanasio Olea,
los escribanos del Rey nuestro señor de esta Corte que aquí firmamos
y signamos, certificamos y damos fe, que la certificación que precede
autorizada por don Atanasio Olea, es tal escribano de S.M. (que des-
pacha de orden Real por anuencia del señor secretario de la Suprema
Junta Gubernativa de este Reino) como se titula y nombra, y a sus se-
mejantes actuaciones, que ante el susodicho ha pasado y para siempre

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

se ha dado y da entera fe y acredito judicial y extrajudicialmente por


ser fiel, legal y de toda confianza. En cuya virtud damos la presente
en este muy leal y muy noble Reino de Quito el 21 de agosto de 1809.
Hay un signo. En testimonio de verdad, Miguel Munive, escribano de
Su Majestad y receptor, hay un signo. En testimonio de la verdad, Es-
teban Hidalgo y Paredes, Escribano Público.
Es copia de un original al que me remitió y signo, y firmo en Car-
tagena el 11 de Octubre de 1809. Antonio Fernández.”

Como anteriormente manifesté, esta copia Notariada que fue


enviada de Quito a Cartagena de Indias el 22 o 23 de agosto de 1809 y
llegó el 11 de octubre y en el primer transporte fue remitido a España,
de manera que en la Península se conocía cualquier ocurrencia de Quito
a los tres meses. Otro tanto demoraba para el resto de América. A Bogotá
y Lima no tardaban más de 45 días.

El Marqués de Villa Orellana da cuenta de la instalación de la


Junta de Gobierno, el 21 de agosto de 1809

Señor Doctor Don Julián Francisco Cabezas.


Muy Señor mío y mi más estimado tío:

Aunque en este correo no he recibido carta de usted le dirijo esta


por participarle los felices acaecimientos de esta ciudad en que con la
mayor felicidad y sin derramar una gota de sangre, hemos logrado
nuestra libertad porque los motivos urgentísimos y peligro inminente
en que estábamos por la Guerra abierta que los Españoles Europeos
nos habían declarado a los Americanos (Como lo verá usted mejor por
los papeles que se han remitido a esa por el Gobierno y otros particu-
lares) forzoso a que se tomase la resolución de quitarles el mando y po-
nerlo en una Junta Suprema Gubernativa que mande el Reino de Quito
a nombre de nuestro Soberano Rey y Señor Don Fernando Séptimo,
conservando la Religión en su pureza y mirando con el mayor anhelo
con el bien público. Incluyó a usted una razón de los sujetos que com-
ponemos la suprema Junta y el Senado que se ha creado para la admi-
nistración de Justicia, como lo verá por la planilla adjunta donde
también están los Jefes de la Falange de Quito que ya está casi completa

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la gente con muy bella oficialidad en que se ha empleado la más lúcida


juventud de Quito pretendiendo con ansia incorporarse en ella de ca-
detes aún los niños de diez a doce años de modo que no respira aquí
otra cosa que entusiasmo y Patriotismo aun en boca de las Señoras,
que de nada hablan con más gusto que de cosas de Estado y de la liber-
tad de nuestra Patria ofreciéndose que en caso necesario contribuirán
para el mantenimiento de las tropas con las más preciosas alhajas de
su uso, lo que espero que imitaran todos los demás pueblos, pues a
cuantos se mandaron aviso de lo acaecido se ha juntado con nosotros
ofreciéndonos cuántos auxilios sean necesarios de dinero y gente, que
solo de los muy distantes aun no tenemos contestación siendo uno de
ellos el de Barbacoas del que no dudamos se junte con nosotros y par-
ticipe de la libertad que le ofrecemos, y Usted que conoce las ventajas
que de esto se les seguirá, no debe de contribuir de su parte a esta unión
haciéndoles ver que en ello nada arriesgan por no tener a quien temer
pues según las noticias ciertas que tenemos toda la América nos imi-
tará por las noticias ciertas que tenemos en que todas se hallan en igual
disposición. Como estos días toda la gente se ha hallado ocupada en
estos asuntos, han cesado los demás despachos etc. pero ahora volverán
las cosas a su antiguo ser apuraré en que se practiquen las diligencias
que usted me tiene recomendadas.
Mi hijo Pepe sale mañana a servir su corregimiento de Otavalo,
quien saluda a usted muy afectuoso como igualmente las señoras en
cuya unión pido a Dios guarde a usted muchos años. Beso la mano de
usted- Su afecto sobrino que verlo desea.
Marqués de Villaorellana.

El español don Francisco Requejo escribe a su hijo


a Barbacoas manifestando su inquietud con el nuevo orden de cosas
y el temor de ser expulsado de la Audiencia.

Quito 18 de agosto de 1809

Mi querido hijo don Casimiro:


No sé como explicar a Usted las zozobras y congojas en que se
halla metido mi corazón cuando frustradas nuestras esperanzas en los
pleitos que teníamos pendientes y entre manos, quien sabe los resortes

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

que hoy tomarán las cosas, por haberse creado en esta ciudad otros dis-
tintos Magistrados con deposición del Excelentísimo Señor Castilla y
demás Ministros que componían esta Real Audiencia el día diez del
corriente: el que cuando ésta llegue a sus manos le contemplo mejor
impuesto que yo mismo por las noticias que habrán llegado a esa Ciu-
dad. Aquí la Suprema Junta que se ha erigido a nombre de nuestro
amado Soberano Fernando Séptimo está manejándose con la mayor
prudencia y sagacidad, especialmente el Serenísimo Señor Presidente
marqués de Selva Alegre. Mas con todo, como la voz del Pueblo sea
contra los Chapetones, de los cuales también están presos don Simón
Sáenz y don José Vergara. Administrador de Correos, cuyo empleo ha
vacado no sé la suerte que a mi me tocará pues algunos dicen que a
todos se echaran por Mainas y otros destinos. No sé la suerte que por
esta razón me tocará: pues aunque algunos amigos me esfuerzan prin-
cipalmente mi fino amigo y también de usted don Francisco de la Flor,
con quién pasé a visitar a dicho señor Presidente y nos abrasó con la
mayor benevolencia: en lances tales suele la emulación o algún fin par-
ticular levantar muchas llamas por que se queme aún la inocencia.
Yo quedo resignado gustosamente en lo que Dios quiera disponer
de mi persona, pues como pecador, no merezco sino su justa indigna-
ción, por más que como Ciudadano no he dado en parte alguna el me-
nor mérito para que se me pueda causar la menor molestia; es preciso
vivir en el día con el mayor temor y recelo, porque no podemos penetrar
las intensiones ocultas y humanas por solo tocar a Dios su investiga-
ción y movimientos. En este estado lo que más acongoja es que si se
verifica nuestra expatriación a regiones extrañas y remotas es forzoso
ir a morir y perecer de necesidad por no tener absolutamente medios
algunos para subvenir a esta calamidad, cuando como a Usted tengo
abiertamente significado como a mi amante hijo y favorecedor que aun
esta Ciudad ajena a estos padecimientos, he pasado amargos días y los
estoy pasando por la misma razón: Que hemos de hacer, que en todo
se cumpla la voluntad y resolución de nuestro Soberano Dios que todo
lo permite y dispone según conviene para la mayor gloria. No obstante
esta calamidad, entre tanto, por medio de mis buenos amigos, procu-
raremos el medio más oportuno al buen éxito de los negocios que trae-
mos entre manos, principalmente el del Escribano en cuya separación
de esa Ciudad estriba la mayor quietud y sosiego de ese vecindario.
Quiera Dios que así sea, aunque hoy tenemos que lidiar con muchos

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más manos que antes pero nada se aventurará por falta de Diligencia.
Estoy impuesto de que pretende algún acomodo en esta Ciudad aunque
sea de oficial de Pluma en Real Hacienda, bien aquí o Cuenca, si le
consigue creo verificados nuestros deseos y estaremos libres de seme-
jante ladilla.
Pretende esta Ciudad, que Barbacoas se sujete a su estableci-
miento, como Popayán, Pasto y más lugares de aquel Gobierno y que
los Reales Intereses vengan a estas casas. No sé lo que pensará aquella
capital que creo será el Norte de Barbacoas y demás lugares de su go-
bernación. En cuyo particular como que usted es sujeto de los mas aco-
modados en su Patria y cargado de hijos espero se manejará con la
mayor cordura y prudencia de modo que no meta en casa el menor dis-
gusto y mucho menos la ruina. Procurando como antes le tengo escrito
el mejor trato con sus esclavos, no sea cosa que por algún no pensado
caso vengamos a ser esclavos de ellos a buen librar. No lo quiera ni
permita el Señor porque sería la más terrible ruina de esa pobre pro-
vincia y cuando usted me escriba por los Correos nada me toque de
esos particulares porque no hay seguridad de que se entreguen las car-
tas como vienen y bueno es cautelarnos de la mejor sorpresa que para
escribir lo que acomode a cada uno, solo puede hacerse por medio de
un coadjutor seguro y de muchísima confianza, como el portador de
ésta, porque de otro modo no me atrevería a escribir a Usted ni aun
mis recelos ni mis sentimientos.
El diez y nueve del presente se fue el excelentísimo Señor Castilla
a su quinta de Iñaquito entre tanto verifica su Marcha, que no se le
restringe el que la verifique por donde quiera. Y ha andado tan cris-
tiano que con don Carlos Estrella primer oficial de la Secretaria de go-
bierno me mando tacita consabida conforme se la entregue y di recibo
de ella quedando a su disposición de usted junto con mi reconocida vo-
luntad.
Ya dije a Usted que no hay que contar con lo que le debía el di-
funto Presidente porque sus bienes no alcanzan a pagar la mitad de lo
que debe, más con todo si quiere Usted que hagamos la oposición
mande el recibo de los Doblones de dicho amigo porque de lo contrario
no podrá hacerse la menor vitalidad. 15
Diego me escribe en este Correo no tener orden de Usted para re-
mitir los mil pesos restantes que Usted me dijo después de pagados de
15 Habla del Barón de Carondelet.

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los mil de la Casa de mazo, pues como he dicho a Usted se le restan


doscientos y más según lo dirá la liquidación que previene y el premio
de los Doblones para recoger las hebillas y tomar el finiquito total de
dicha casa Usted verá como deba hacerse en el particular. Yo por el
Correo contestaré a Usted ajeno de todo lo que pasa y Usted hará lo
mismo conmigo. Si bien que si me dan la Licencia pasaré en estos cor-
tos días a la Provincia pues espero el avío en estos dos días, y allá podrá
Usted destinarme todas sus ordenes con la mayor satisfacción siempre
con persona de confianza. Encomiende Usted a Dios y en cuanto sea
posible acuérdese de su amante Padre que siempre ha procurado mirar
por sus cosas y honor más que propias, y entre tanto mandar cuanto
quiera a su amante seguro servidor que su Mano Besa.-
Francisco Requejo.-

Relación que hace el Oidor Decano de la Real Audiencia de Quito


D. José Fuentes de Bustillo en un informe que eleva a la Junta
Central de Gobierno sobre los sucesos del 10 de agosto de 1809.16

“El amor, la lealtad y fidelidad tan debidas a V.R.M. son princi-


pios íntimamente radicados en mi corazón, sin que sean capaces de bo-
rrados ni las mayores amenazas que me han hecho, ni las más horro-
rosas prisiones que he sufrido; ni las más infelices capciosas suges-
tiones, ni el estado miserable a que me han reducido las inauditas in-
surgentes ocurrencias de la Ciudad de Quito por los traidores finísimos
secuaces de las máximas de la doctrina que ha trastornado al Universo.
Y la distinción de Regente de aquella Real Audiencia que he merecido
a la Real Clemencia de V.M., me constituye en la obligación de dar
cuenta con mi mayor sumisión y respeto, aunque sucintamente, de un
caso tan extraordinario como digno de la mayor atención, en las cuales
presentes circunstancias que afligen a todos los que tenemos el honor
de ser fieles vasallos de V.M. que oscurecen esta pequeña porción de
sus Dominios y necesitan de pronto remedio.
La mañana del 10 de Agosto último se ejecutó en Quito la más
alevosa traición por los insidiosos autores de ella; la que, por las pro-
videncias que consecutiva e inmediatamente se dieron por estos insur-

16 AHNM. Secc. Consejos. Leg. 21676. Exp. P1. Doc. 8.

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gentes, se conoce estar aquélla anteriormente bien tratada y meditada


por los unos; sabida por muchos; y por no haber habido persona que
dejase de abrazarla, debiendo haberse opuesto a ella, se advierte lo in-
constante y veleidoso de este Pueblo y sobre todo la indolencia o impo-
líticos miramientos observados en otros tiempos y por una peligrosa
indulgencia tenida en el presente se ha llegado al extremo de que sin
el menor temor y respeto se haya ejecutado con salvoconducto en estos
días una traición que si no se remedia de pronto, puede traer al Estado
incalculables y fatalísimas consecuencias. ¡Y en qué tiempos! En unos
en que toda la España con sus fieles y Américas, suspiran pública y
primariamente por la libertad de nuestro afligido Monarca. En unos
en que los leales y todos sus habitantes, no respiran sino rasgos de fi-
delidad, entusiasmo y generosidad. En unos en que las Américas están
íntimamente unidas con la heroica España, nuestra amada Patria, ofre-
ciendo cada cual sus vidas y caudales para la suspirada libertad de
nuestro amado Rey, rogando muy instantemente en el templo y
uniendo todos sus votos y deprecaciones a las de los sacerdotes del Altí-
simo, para que por su medio se digne la Divina Majestad oímos y liber-
tamos de tantos males como afligen a la España y a todo español. Pues
en éstos, Quito ha tratado y trata de que sobre tan leal suelo lluevan
las desgracias originadas por las doctrinas del Corzo, cuyas máximas
parecen ser el fundamento de las que siguen los rebeldes. iY en qué
tiempos! En unos en que todo el Orden Eclesiástico con sus dignísimos
y religiosos Prelados; todo el Orden Político con los Jefes y Magistrados
que lo gobiernan dan las mayores pruebas de su amor y lealtad de la
constante fidelidad de las Américas y de todos sus habitantes sin dis-
tinción; en unos en que se ha proclamado solemnemente a V.M. en
unos en los que se ha Jurado con la mayor pompa a la Suprema Junta
Central, como a su Regente que lo representa durante su desgraciada
ausencia; en unos en qué no se ha tratado otra cosa sino de observar el
mejor modo en la administración de Justicia, cortando los intolerables
abusos introducidos para deprimirla; en los que se trataba de hacer lle-
gar a V.M. una remesa de los crecidos caudales que se reservaban en
sus cajas reales; en los que el Presidente y yo estábamos creídos de la
fidelidad que aparentaban sus habitantes. Pues en ellos es cuando
Quito se declara traidora y manifiesta a todas luces los finísimos sec-
tarios de las máximas destructoras del Universo, quienes bajo de una
criminal apariencia, todo lo trastornan y no intentan, otra cosa que

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mudar de gobierno; para declararse luego con el absurdo, al que se co-


noce aspiraban por todos sus aspectos y por las providencias in-
mediatamente tomadas.
En éstos, pues, es cuando aparece una denuncia de un plan bien
formado para hacer lo mismo que ahora se ha verificado; una denuncia
que declaraba suficientemente estas ideas; una denuncia que manifes-
taba los papeles anónimos, sediciosas opiniones, juntas y conversacio-
nes de la misma calidad dirigidas a trastornar el orden; a deprimir la
Real Autoridad y a separar a sus habitantes de la obediencia debida a
V.M. y la Suprema Junta Central que lo representa, con otra multitud
de cosas que declaraban las ideas de sus autores y que daban a conocer
el fundamento en que se hallaban éstas y que presentaban la urgente
necesidad de ser reprimidas, cortadas y sofocadas, como corresponde a
asuntos de tanta gravedad y consecuencia; teniéndose además a la vista
una multitud de pasquines, libelos, entremeses y comedias infames e
hijos de la malicia, en los que no se perdona la opinión, el carácter y
representación de las personas, contra quienes se dirigen todos los me-
dios, aún los más reprobados, pero que son los más adecuados para
trastornar el orden e introducir la rebelión.
Esta denuncia, por la que se formó causa a varios sujetos y todos
ellos incluidos en la presente revolución como miembros o autores de
ella, se empezó sin que yo tuviese el menor conocimiento; se siguió
según su extraordinaria naturaleza de un modo muy poco conforme y
después fue encomendada al Ministro más moderno, quien dio vista
al Abogado-Fiscal, y éste, trastornando las leyes políticas, no haciendo
caso y separándose del orden y de las Leyes que gobiernan estos deli-
cados asuntos, dirige toda su opinión y sus miras a disculpar a los no-
toriamente culpados, a sacar por verdaderos reos a los denunciantes, a
pedir pena contra éstos y después de varias inconsecuencias, aconseja
a los primeros a que traten estos asuntos con las debidas precauciones;
que es lo mismo que dar a entender de que traten libremente sobre estas
materias, pero con precaución de aquellas personas que los puedan de-
nunciar; e inventando un nuevo sistema para que no se hagan esas de-
nuncias tan recomendadas y recomendables, atemorizando con penas
a los que tuvieron la lealtad de denunciar, prescribe las denuncias, tan
señaladas en las Leyes y abre el Camino más seguro para la rebelión
que ha sucedido; así por estos antecedentes como por la peligrosa in-
dulgencia que sin la menor reflexión se concedió inmediatamente a

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

todos los acusados la libertad, se palpó y se demostró con horror el des-


graciado resultado que tienen las cosas cuando no se manejan con los
conocimientos e integridad que son indispensables para el mejor ser-
vicio de V.M. y para el bien del Estado en todos los asuntos y señala-
damente en los de tanta gravedad; animándose por ello y por una
irreparable condescendencia los acusados y sus defensores a estampar
en sus escritos rasgos que daban a conocer sus ideas y su impulso a la
libertad.
De aquí resultaron sus frecuentes juntas para la ejecución de su
plan, el que se ejecutó en la mañana citada, habiéndose en la noche
antes cometido la más infame venta del Cuartel por los oficiales y sar-
gentos, comprando de antemano a una compañía y seduciendo inme-
diatamente a las demás, apoderándose los rebeldes de las armas,
cañones, pólvora y demás utensilios y pertrechos reservados en el al-
macén y sala de aquéllos; y en esa misma noche rodearon con soldados
mi casa, la del Oidor Decano y las de algunos otros empleados; me
apresan la mañana siguiente del día diez con el mayor estrépito, bulli-
cio y escándalo, sin darme el menor tiempo ni arbitrio para resistir a
la fuerza, y me tienen treinta y dos días preso entre cañones, con cen-
tinelas de vista y sin la menor comunicación ni aun la de mi mujer y
familia, registrándome hasta la comida y bebida; tienen del mismo
modo al Oidor Decano D. José Merchante, a dos Oficiales, al Asesor y
a los Administradores de Correos y de Diezmos, todos europeos. En
los mismos términos y en la propia mañana prendieron al Teniente
General Conde Ruiz de Castilla, Presidente de Quito, aunque ni con
tanto rigor ni por más que por el tiempo de diez a doce días; nos privan
de nuestros distinguidos empleos y nos suprimen toda distinción, y
sólo se escapan, y no les ha comprendido éstas y otras duras e insur-
gentes providencias, el citado Oidor más moderno D. Felipe Fuertes y
el Abogado Fiscal D. Tomás de Arrechaga.
Firman en esa mañana una lista de sujetos que suscriban la pro-
hibición de la Real Autoridad y exterminio de las personas que legíti-
mamente la representamos y la de otras, sin otra culpa que el ser fieles
y leales Ministros de V.M. y sin otro motivo que el del honor, justifi-
cación e integridad que nos caracterizan.
Fundan una Junta, con el título de Suprema, compuesta del Ilmo.
Obispo y de dieciséis o veinte sujetos más, la dan el nombre de Majes-
tad; al Marqués de Selva Alegre, Presidente de ella, el tratamiento de

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Serenísimo y a los demás Vocales, el de Excelencia.


Hacen un nuevo juramento solemne, con pompa y formalidades
que ellos establecen.
Ponen pena de la vida a quienes respondan por la noche España,
cuando se pregunte Quién Vive, y precisamente sujetan al público a
que se responda: El Rey.
Extinguen las Administraciones de tabacos; rebajan el papel se-
llado; hacen otras rebajas en los tributos; levantan tropas con divisas
nunca vistas ni usadas en los Reales Ejércitos de V.M., desde el último
soldado hasta el primer Oficial.
Establecen Primeros Ministros y Ministros de Estado, de Guerra,
de la Real Hacienda, de Gracia y Justicia.
Forman toda graduación en lo militar, hasta Mariscales de
Campo e Inspectores, y en lo político, un nuevo Senado con dos Salas,
dos Fiscales, un Gobernador, con tratamiento de Ilustrísimo, y un Re-
gente, que, lo fue, y renunció a los pocos días, el citado Oidor D. Felipe
Fuertes.17
Establecieron otros empleos, aún para los Eclesiásticos, con los
tratamientos que quisieron y dispensaron del Real Patronato.
Remitieron armas, cañones y todo pertrecho de guerra a Provin-
cias circunvecinas para conquistarlas y para reducidas en caso de re-
sistencia por la fuerza a la obediencia y reconocimiento de esta Junta,
enviando antes papeles sedicioso para seducir a la inocencia y atraer a
la ignorancia a sus máximas ideas revolucionarias.
Establecen Secretarías Covachuelista.
Tratan de acuñar moneda. De fundar una nueva Orden, llamada
de San Lorenzo y de establecer títulos republicanos.
Y conociendo no ser los suficientes ni los caudales de la Real Caja
de V.M. ni los ingresos para tantos gastos ofrecen los unos sus haberes,
y tratan entre otros de echar mano de los bienes y rentas de las iglesias
y tal vez de imponer nuevas contribuciones.
Estos y otros muchos son los particulares que han tratado los in-
surgentes desde el día 10 de Agosto y que algunos no han tenido el
menor reparo para afirmar que resulta así de las Actas de sus Juntas
revolucionarias, las que con precisión han de dar la más cabal idea del
sistema de esta rebelión, siempre que las nuevas ocurrencias acaecidas

17 AHNM, en carta de 23 de agosto de 1809 desde Riobamba a don Melchor Aymerich, indica
hallarse huido de Quito en esa ciudad.

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no les haya dado lugar a sepultarlas.


También expiden en ese día nombramientos de Corregidores para
las Villas de Ibarra, Otavalo y Guaranda y dan los gobiernos de Gua-
yaquil, Cuenca, Popayán y Pasto a sujetos de su facción.
Dan providencias para sitiar por hambre a la Provincia y Ciudad
de Barbacoas, sólo por ser fieles y leales a V.M., con otra multitud de
providencias consiguientes de las desleales miras que se propusieron
desde los principios y que dan, una prueba evidente de su sistema re-
volucionario; pero con la desgracia de no haber habido persona que por
su dignidad, carácter y estimación pública les hubiese disuadido de su
proyecto, haciéndoles presente lo horroroso del delito, la criminalidad
de sus máximas y el odio común que se han adquirido, poniendo en
ejecución una traición tan inesperada como precursora de una infini-
dad de daños irreparables y claro comprobante de la Causa que en con-
tra de muchos de éstos se estaba siguiendo.
Apoderados así de la fuerza y autoridades, se valieron desde luego
y después de los medios más infames para afianzar con ellos, su vil in-
surgente proyecto, esparciendo desde esa mañana por escrito y por
medio de sus satélites, que en Lima, en Buenos Aires, en el Cuzco y en
otras Ciudades que se había hecho lo mismo en el propio día, asegu-
rando en sus providencias, en sus escritos y por medio de aquellos in-
fieles que dentro de un mes se verificaría en todas las Américas;
añadiendo las más negras noticias fraguadas por los insurgentes, to-
cantes a deprimir y rebajar la fidelidad, el valor y el heroísmo de nues-
tra amada España, hasta el extremo, de afirmar que ésta se hallaba
enteramente perdida, valiéndose antes y después de la seducción del
populacho y otros pueblos a quienes no cesan de agitar para conseguir
sus depravados intentos, no perdonando la acreditada opinión del Pre-
sidente y del Regente. Echando mano de las imposturas Impropias del
honor que a cada uno le caracteriza. Y de otras ridiculeces contra los
demás presos, porque así creyeron les convenía para el establecimiento
de su soñado proyecto, sin poner la consideración en el odio común
que se han adquirido en todos los Reales dominios de V.M.
Saben mi modo de pensar y les consta la integridad y el honor
con que siempre he desempeñado el Real servicio de V.M. Es público
y notorio el asombroso despacho que ha habido en el Tribunal en año
y siete meses que ocupé aquella Regencia, hasta que me privaron de
ella los rebeldes, y resulta haberse visto y determinado, en sólo ese

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

tiempo, más de dos mil causas.


He tratado y conseguido, a pesar de muchos disgustos, de cortar
los abusos introducidos; de que las causas registradas se volviesen a
abrir mediante cualquier empeño y en fin he trabajado y he hecho
cuanto ha estado de mi parte a fin de que las Reales Cédulas de V.M.
se cumplan como es debido, sin dar lugar a las violentas y desacatadas
interpretaciones ajenas de todo magistrado.
Confiesan entre los mismos rebeldes y en sus juntas que soy el
único a quien temen por mi capacidad y por las prendas que me carac-
terizan. Aseguran no tener qué tacharme y en este estado se lanzan al
arbitrio de seducir a un europeo para que declare contra mí; a quien le
ofrecieron la Comandancia de la Artillería que vino contra Pasto y Po-
payán, si así lo cumplía y que efectivamente consiguió haciéndose de
su partido y declarándose por ello un verdadero traidor.
Y todo cuanto quieren imputarme se reduce a suponer que yo en
meses pasados había dicho que era necesario separar de Quito y ahorcar
a doce sujetos como sectarios de Napoleón y seductores de las máximas
bonapartistas, con el único fundamento que el haberme yo expresado en
diferentes ocasiones la novedad y extrañeza que me causaba el saber que
las malas noticias que venían de España, al instante se creían y exage-
raban, y las buenas se dudaban y rebajaban, siendo más sensibles los
efectos que causa. Dan las primeras que los buenos con las segundas.
Y en otra ocasión, haberme explicado como debía con un Cura,
que defendía la política, religión, filosofía y otras buenas partidas que
atribuía al corzo Bonaparte, hasta el extremo de enfadarme con otro
Cura por su modo de producirse. Pero siempre estaba yo muy distante
de que hubiese en Quito hombres capaces de adoptar las máximas de
aquel Corzo y de ponerlas en ejecución, pues en tal caso hubiera hecho
lo que debía como leal vasallo y fiel Ministro de V.M., y con los pre-
sentes desgraciados recursos los rebeldes han probado los justos moti-
vos que tuvieron para temer una pena correspondiente al delito que
abrigaba su corazón.
Al Oidor Decano le atribuyeron no sé qué denuncia que hizo al
Presidente, tocante a la Causa.
A los demás, lo que les ha parecido, ya todos supuestos sentimien-
tos, que aunque fuesen ciertos no les autoriza para sus capciosas dis-
culpas y sólo a los citados Oidor menos antiguo y Abogado-Fiscal no
se han atrevido a tacharles, andando el primero disperso, como estamos

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los demás.
Por otra parte es indispensable hacer presentes a V.M. algunos
hechos de estos rebeldes, que dan a conocer bien claro su modo horroro-
so de pensar, pues habiéndose empezado a predicar por los Curas del
Sagrario contra esta revolución, abocaron a la puerta los cañones, con
el designio de dispararles, siempre que se oyese repetir los sermones
que no les acomodaba, haciendo el mayor desprecio del Ssmo. Sto. y
no perdonando ya a la dignidad del Rvdo. Obispo, desengañado por
sus perversas ideas.
En este estado, saben que algunos pueblos se les rebelan. Que las
tropas remitidas para contener y castigar la insurrección, las tienen
casi a la vista, gracias a las acertadas y aceleradas providencias toma-
das contra ellos por los Virreyes de Lima y Santa Fe, y por los Gober-
nadores de Popayán, Guayaquil y Cuenca, y por heroísmo del Rvdo.
Obispo de la citada Cuenca. Conocen el entusiasmo de estas Provin-
cias, todas reclamando contra la de Quito. Les consta la gloriosa acción
dispuesta y organizada por el Comandante de las de Popayán y Pasto,
D. Francisco Gregario Angula, quien viendo al Ejército de los rebeldes
en disposición de ofender con su artillería y el asedio en que tenían a
los de Barbacoas, los acometió, haciendo prisioneros a los que no pu-
dieron huir, siendo uno de ellos el citado Comandante de Artillería D.
José Ipinza, dejando en el campo siete cañones, las armas, municiones
y demás pertrechos de boca y guerra. En este conjunto de circunstan-
cias, se atemorizan los rebeldes de Quito y piensan discurrir unos nue-
vos medios, en mi corto entender peores que los primeros, y son reponer
por fuerza al Presidente, obligándole a obrar según el dictamen de los
insurgentes; no dándole libertad ni para renunciar ni para firmar otras
providencias que aquellas que son conformes con su sistema revolu-
cionario, y aquellas que dimanan y son propias de sus desleales ideas,
de esta suerte consiguen del Presidente el que escriba Oficios a los Co-
mandantes de las tropas impidiendo su entrada, que es todo el objeto
de los rebeldes, para agitar entre tanto a la Capital y demás pueblos;
rehacerse y tal vez esperar los auxilios que ellos dicen haber pedido. Le
obligan a hacer una consulta dirigida al Virrey, para que no se repon-
gan las autoridades y demás empleados arrebatados por los rebeldes.
A que funde una Audiencia, haciendo Regente al referido Oidor D.
Felipe Fuertes, nombrando de conjueces a dos Abogados que fueron
sus Senadores. Mandar a la Villa de Ibarra, declarada con la de Ota-

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

valo y sus territorios, en contra de la rebelión de Quito, que le remita


los cañones, armas, pólvora y demás pertrechos que siempre han te-
nido; librando providencia a la de Otavalo y su valle de Cayambe, para
que inmediatamente levanten un Escuadrón de 200 hombres armados,
para tenerlos prontos a la primera orden. Pero con la felicidad de que
ni uno ni otro se cumplió a causa de las providencias que con conoci-
miento de todo se tomaron.
Los rebeldes me desterraron al pueblo de Otavalo, sujetándome a
sus duros insurgentes decretos, sin darme más que ocho horas de tér-
mino que mediaron desde la salida de la prisión hasta la de Quito, y a
mi esposa y familia les hicieron precipitar el viaje al día siguiente, obli-
gados a salir de Quito sólo con lo muy preciso, y como suele decirse
con lo albergado, a abandonando ellos a sus crueles providencias, la
casa y bienes, y reducidos por tan Increíbles como espantosos procedi-
mientos, al estado de una propia y verdadera mendicidad.
En medio de estas reflexiones, tengo noticias de las nuevas ocu-
rrencias de Quito. Se me comunica y confía el recado que de orden de
aquel Presidente va un fiel Eclesiástico para el Gobernador de Popayán,
para el Comandante de estas Tropas, en cuyo Cuartel General me hallo
refugiado y para los Corregidores de su tránsito, con el objeto de que
desempeñase y asegurase a todos la opresión en que se hallaba, y que
no se obedeciese a orden alguna, ni oficio alguno suyo, aunque lo viesen
con su firma pidiendo que cuanto antes entren las tropas en Quito,
para contener a lo rebeldes. Se me da noticias de lo expuesta que está
mi persona por la fidelidad abiertamente declarada del pueblo de mi
residencia, Otavalo, y de su inmediato la Villa de Ibarra, con la dila-
tada jurisdicción que abrazan ambos Corregimientos. En estas circuns-
tancias y después de estar desengañados estos pueblos y advertidos en
los términos expresados, me resolví a abandonar a mi esposa, a refu-
giarme a este Cuartel General, para avisar a este Comandante y vivir
con alguna tranquilidad. Le hallé ya instruido por el citado Eclesiás-
tico, por cuyo motivo no hice otra cosa que afianzar y asegurar las no-
ticias comunicadas por el Presidente por medio del citado Eclesiástico,
llamado D. José María Azaizo y por el resultado de sus consiguientes
providencias.
Luego que le vi y me recibió en su alojamiento le instruí del estado
en que se hallaban aquellos Corregimientos y sus Capitales, cuyos Ca-
bildos habían formado Actas declarándose por fieles vasallos de V.M.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

y en contra de los insurgentes y de su revolución y lo deseosos y nece-


sitados que estaban de que entrase en sus pueblos algún trozo de estas
tropas que pudiese auxiliar sus leales procedimientos en el caso de verse
acometidos por los insurgentes y sus secuaces. Pero me manifestó la
última orden que acababa de recibir del Gobernador de Popayán rela-
tiva a que no saliese de este gobierno sin nueva orden. Y resolvió darle
parte, como yo lo hice igualmente, y lo que ha resultado es saber que
los rebeldes, viéndose por todas partes perdidos y apurados, pero in-
flexibles en sus ideas revolucionarias que alimentan y agitan a propor-
ción de la libertad de que están disfrutando con perjuicio de la
seguridad del Estado, en contra de éste y de nuestras vidas, han medi-
tado el arbitrio de sorprender al Virrey de Santa Fe para que les oiga,
para una composición y tratados que parece quieren formar; y para
que se interese con V.M. para su Real aprovechamiento en lo que se
convenga para el perdón no sólo de la multitud, sino también de los
principales autores y cabezas de esta desgraciada revolución; y pres-
cindiendo de lo que se resuelva por el Virrey, no puedo prescindir de
hacer presente a V. M. que me parece no ser posible que los revolucio-
narios insurgentes se salgan con sus engañosas ideas y el que logren
sorprender con ellas a aquella superioridad, en atención a los prácticos
conocimientos y evidentes noticias que se tienen así de sus máximas,
como también del estado en que actualmente han puesto al Presidente,
al gobierno de Quito y a los fieles vasallos que somos de V.M. con el
resultado de aquéllas.
En estos antecedentes hice al Virrey de Santa Fe, desde este Cuar-
tel General, la representación que con mi mayor respeto acompaño
copia a V.M., señalada con el No.1, y en ella le doy a este Jefe una idea
de todo según los resultados más evidentes para que enterado de ellos
resuelva lo que estimare sea más conforme con las actuales circuns-
tancias, pidiéndole también se me contribuya con mi sueldo correspon-
diente a mi plaza de Regente en cualquiera parte que existiere, durante
el atrevido alzamiento de Quito, y el que informe a V. Soberanía para
que se digne hacerme la gracia que en ésta petición a V.M. y habiendo
advertido las consecuencias qué se seguirán con algunas providencias
tomadas por el Presidente Conde Ruiz de Castilla que dan a conocer
la opresión en que lo tienen aquellos insurgentes y la ninguna libertad
con que obra, me pareció hallarme en la obligación de pasar al Oidor
D. Felipe Fuertes y a los Corregidores de Ibarra y Otavalo los oficios

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

que igualmente acompaño en copia a V.M., señalados con el N-2, para


contener por mi parte del modo posible los rápidos progresos de la re-
belión; impedir la seducción; y sostener a los pueblos que se han de-
clarado fieles en la lealtad debida a V.M., que es lo que me ha parecido
deber hacer en medio de la situación en que me hallo, pero con la des-
gracia de temer algunos malos resultados, según el actual sistema ob-
servado en Quito con los rebeldes traidores.
Y finalmente no puedo prescindir de estos evidentes conocimien-
tos para representar a V.M. con todo mi respeto, que el actual sem-
blante que manifiestan las cosas de Quito presenta por todos sus
aspectos una solapada intención de sus rebeldes, dirigida a maquinar
con la libertad que disfrutan contra las vidas, las de mi familia y contra
todos aquellos que se han manifestado abierta y claramente fieles a
V.M., y que esta indulgencia, acaso más peligrosa que la primera, les
hará poner en ejecución lo que después será irremediable, con dobles
gastos, pudiéndose al presente evitar el que se pierda el Reino y cortar
todo el cáncer a poca costa y sólo con la efectiva entrada de las tropas
que ahora tienen casi a la vista, y en disposición de defender la obe-
diencia debida a V.M. y de asegurar al Estado, a la Religión y a las
vidas y haciendas de sus leales vasallos, como se lo he representado a
vuestro Virrey de Santa Fe y demás Jefes para aquello que conviniere
resolver.
Estos son, Señor, los motivos que me han asistido para abandonar
el destierro en que me pusieron los insurgentes, después de una dila-
tada y cruel prisión, y cogerme a este Cuartel General y al alojamiento
de su Comandante.
Este es el aspecto que puedo manifestar de los infieles y desleales
procedimientos de Quito. Este es el estado verdadero desde su principio
hasta el presente en que se halla.
Este es aquel que ha hecho ver la acendrada fidelidad de algunos
vecinos de aquella Ciudad, ilustres por su nacimiento y mucho más
por su descubierta lealtad, la que les ha ocasionado el odio de los in-
surgentes, exponiéndolos a sus venganzas.
Esto y algo más expongo al Virrey y al Gobernador de Popayán,
para que con la posible celeridad se ocurra al remedio de tantos males
que han causado los insurgentes y a mirar por el bien y seguridad del
Estado; que todo se puede conseguir con la entrada de las tropas que
se hallan acuarteladas y esperando a otras más.

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Estos son los movimientos y males que han causado los insur-
gentes rebeldes de Quito y todos me han obligado a hacer esta reverente
representación a V.M., y con mi mayor sumisión y respetuoso rendi-
miento.
Suplico a V.R.M. se digne hacerme la clemencia de atender la
ingenuidad y verdad con que hago esta reverente exposición, represen-
tando los acaecimientos de Quito, los daños y perjuicios que me han
causado y estoy padeciendo por las duras y desleales providencias de
aquellos insurgentes, reduciéndome al estado de una verdadera po-
breza, y obligándome a vivir separado por ahora de mi esposa y familia.
Y en atención a lo demás que sobre esto expongo a V.M. con la mayor
sumisión y respeto, a la de mis circunstancias personales, y la integri-
dad y el honor con que siempre he procurado desempeñar el Real ser-
vicio de V. M. en los destinos de Oidor y Fiscal de Vuestra Real
Audiencia del Cuzco y de Regente de la de Quito, desempeñando en
ambas partes y en otras las comisiones más delicadas que se me han
confiado, con aquel celo y exactitud que es notorio, se digne V. R. M.
la singular de sacarme de Quito, promoviéndome con igual plaza de
Regente a vuestra Real Audiencia de Lima o México; o la de promo-
verme a España, con la plaza que sea más del Soberano agrado de
V.M., y en el ínterin, la de que se contribuya con el salario corres-
pondiente a esta Regencia (de la que me han privado los rebeldes), en
cualquier parte que existiese durante la insurrección presente de
Quito, en lo que recibiré especial merced de la Soberanía de V.M.
Dios guarde a V.R.M. los muchos y felices años que hemos me-
nester para bien de sus dilatados dominios y la mayor felicidad de sus
amantes vasallos.
Cuartel General de Túquerres y Noviembre 21 de 1809.

José Fuentes González Bustillo.

CAPÍTULO II

LA CONTRARREVOLUCIÓN CUENCANA

El 16 de agosto de 1809 a las 13 horas recibe el cabildo cuencano un co-


rreo de la junta Provisional quiteña que le comunica “que el 10 de agosto

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

el pueblo de Quito temeroso de ser entregado a la dominación francesa se ha


congregado y declarado haber cesado legítimamente los magistrados en las fun-
ciones que tenían de la Junta Central de España, y, que en consecuencia, habían
constituido una Suprema Junta Provisional para que gobierne a nombre del
Señor Fernando Séptimo, mientras su Majestad recupere la Península o venga
a imperar en América; su Presidente el marqués de Selva Alegre participa al
Ilustre Cabildo para su inteligencia, a fin que elija y nombre representante a este
cuerpo con el sueldo de 2.000 pesos, según disposición soberana del pueblo; al
obispo le nombran miembro nato de la Junta”, quien rechaza tal nominación.
El gobernador de Cuenca reacciona inmediatamente contra
dicha junta y convoca a Cabildo ampliado en el que están presentes “el
Obispo, autoridades y más vecinos Nobles y Honrados que hacen un conjunto
de cuarenta y cinco personas. El Obispo primero y luego todos los presentes
hincados de rodillas y puestas las manos sobre los Evangelios, expusieron: juro
a Dios y a Jesucristo Crucificado, obedecer al Rey Nuestro Señor don Fernando
Séptimo, y en su Real nombre a la Junta Central que gobierna en España y
todos sus dominios, de defender los derechos de la Corona y Autoridad de dicha
Suprema Junta, la Religión y la Patria, hasta derramar si fuese necesario la úl-
tima gota de sangre, jurando así mismo no obedecer a la Junta creada por el
pueblo de Quito con el falso supuesto de haberse extinguido la verdadera Cen-
tral....” . Se acordó convocar a los gremios de la ciudad para que elijan
tres Diputados que integren el Cabildo ampliado para que por su medio
“hablen cuanto hallaren sea conveniente al servicio de Dios, del Rey y
de la Patria según las actuales circunstancias”.
Al día siguiente de conocido el pronunciamiento de Quito envía
como emisario al doctor josé María Landa y Ramírez, secretario del
Obispo don Andaré Quitián y Ponte, al Corregimiento de Loja y al Vi-
rrey de Lima, para hacerles conocer de la proclama de Quito, pidiendo
al virrey el auxilio de 200 hombres debidamente pertrechados para de-
fender los derechos de la nación, solicitando su protección e igualmente
que “ dicte las providencias convenientes que cedan en el buen servicio del Rey,
la Patria y la Religión” 18; y al doctor Diego Fernández de Córdova a Gua-
yaquil, demandando al gobernador el envió de 100 hombres para con-
tener a los revoltosos.
Al mismo tiempo que Aymerich comunicaba a Lima, avisó al
virrey de Nueva Granada sobre el pronunciamiento de Quito, noticias

18 De esta manera Aymerich auspicia la intromisión del virreinato del Perú, que duraría hasta
1814.

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que surtieron consecuencias inmediatas con el envió de fuerzas milicia-


nas de Cuenca, Lima, Santa Fe y Panamá a restituir en el cargo al Presi-
dente de Quito, acciones que trastornaron aún más el débil liderazgo
del marqués de Selva Alegre que renunció la Presidencia de la junta en
el moderado realista D. juan Torcuato Guerrero Matheu V conde de
Selva Florida.19
El 20 de octubre de 1809 sale hacia Quito don Melchor Aymerich
al mando de 1.833 hombres, mil doscientos de Infantería y seiscientos
Dragones, amén de los indígenas que ayudaban en la conducción de las
recuas de mulas cargadas con la intendencia de la tropa. Dejó en Cuenca
como comandante de Armas a don Eugenio de Arteaga al mando de dos
compañías con milicianos procedentes de Saraguro y Oña. Nombró su
ayudante, al recién ascendido capitán de Dragones de milicias don An-
tonio García de Trelles. No encuentra ninguna resistencia a su paso por
Alausí y Riobamba, y deja ordenes precisas para que a su aviso la im-
portante fuerza levantada por los realistas de Riobamba, que consistía
en 600 hombres, acuda a Quito. Llega a Ambato el día 25 y establece allí
su Cuartel general en vista de la orden del Presidente de no avanzar a
Quito en consideración que había sido repuesto en su cargo el 8 de sep-
tiembre, allí se encuentra con las fuerzas de Arredondo que siguen a
Quito.
Habiendo fracasado la rebelión de Quito por la falta de apoyo
del pueblo que permanecía entre asombrado e indiferente, y a las enér-
gicas como oportunas medidas tomadas por el virrey Abascal, y las que
adoptaron independientemente los gobernadores de Cuenca, Guayaquil
y Popayán, los patriotas que integraron la junta Suprema temían la en-
trada de Aymerich a Quito porque habiéndoles incoado en Cuenca un
proceso por subversión se enfrentaban a la pena de muerte, de acuerdo
a las leyes existentes. Sabían que Aymerich venía con las expresas orde-
nes del virrey de “atacar y destruir a los insurgentes” y no a firmar ca-
pitulaciones, por esta razón, influyeron en la decisión del Presidente en
evitar la entrada del gobernador de Cuenca, difundiendo noticias que
le llegaron al Presidente, sobre la pretendida intención de Aymerich de
hacerse cargo de la Capitanía General y por lo tanto desplazarle del go-

19 Nació en Quito el 23 de junio de 1765. Capitán de Milicias, Regidor perpetuo del Cabildo de
Quito, Director de la Escuela de la Concordia. Se casó con doña María Trinidad Dávalos Bor-
rero en 1815, tuvieron una única hija D. joaquina Guerrero y Dávalos quien casó con el
guayaquileño D. juan Caamaño y Arteta. Falleció en Quito en 1836.

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bierno al Conde. “Aymerich estaba cogido con la red tejida por la habi-
lidad de Arrechaga, el cual tenía mucho que temer de la entrada de las
tropas de Cuenca”.
Todas estas circunstancias debieron influir en la decisión del
conde Ruiz de Castilla de impedir la entrada a Quito del gobernador de
Cuenca ya que este se sentía fuerte y respaldado con las tropas enviadas
por el Virrey del Perú, tan es así que daba por hecho, que por lo menos,
tomaría el mando militar de Quito, para lo cual llevó consigo a toda su
familia.
El Cabildo de Cuenca también escribió al conde pidiéndole
aceptar a las tropas de Cuenca para que sean estas quien le resguarden,
misiva con otra en igual sentido que le envía el gobernador Aymerich
con su ayudante el capitán Antonio García de Trelles, este regresó a Am-
bato con la contestación al oficio del Cabildo de Cuenca y con otro diri-
gido al coronel Aymerich indicándole se retire con sus tropas a su
“departamento” considerando no ser necesarias. Acatando esta orden
dispuso el 26 de noviembre el retorno inmediato de las tropas ligeras al
mando del comandante Miguel Rada y el regreso escalonado de las
demás. Los primeros días de diciembre arriban las milicias a Cuenca; se
les recogió las armas a la tropa y les donaron los uniformes que debían
ser guardados en sus casas “encargándoseles los tengan, como memoria
de honor con el mayor aseo y cuidado, como la joya más preciosa. Se
les permite su uso solamente en los días de fiesta y en alguna otra fun-
ción extraordinaria a que concurran, tales como las procesiones, casa-
mientos, y padrinazgos..... impartiéndoles al mismo tiempo el privilegio
para el caso que hallándose con el uniforme incurrieran por su desgra-
cia, en algún delito no se deba perder el fuero militar y sea llevado al
cuartel....que se les da las gracias a nombre de su Majestad a todos los
que formaron la expedición a Quito por haberse portado como honrados
patriotas, los más sirviendo sin sueldo y vistiéndose a su costa, otros
por la escasez de su fortuna tomando el sueldo y vestido que se les ha
dado del fondo destinado al asunto”.20

20 Acta del Cabildo de Cuenca del 4 de diciembre de 1809. Libro de Cabildos 1806-1810.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

CAPÍTULO III

FIN DE LA UTOPÍA

La junta de Quito se vio en apuros al verse cercada por las go-


bernaciones de Cuenca, Guayaquil y Popayán que no aceptaron adhe-
rirse al golpe del 10 de agosto, como también por la derrota sufrida por
las milicias que fueron enviadas a Pasto a prevenir un posible ataque
de los realistas por el norte, éstas, bajo el mando del teniente coronel D.
Francisco javier Ascásubi que fue hecho prisionero junto con su se-
gundo, el sargento mayor D. Xavier Zambrano Matheu, que alcanzó a
huir a Ibarra. El teniente coronel Ascásubi permaneció prisionero de las
fuerzas realistas, hasta la reposición en el cargo de presidente de Quito
del conde Ruiz de Castilla, luego fue enviado a Quito e ingresado a pri-
sión junto a los otros patriotas en el cuartel Real de Lima.
A los setenta y cuatro días de gobierno se esfumó la quimera de
nuestros padres próceres, he procurado, en lo posible, acudir a otras
fuentes para comprender y conocer la otra verdad en temas relacionados
con nuestra independencia en que la conseja ha distorsionado muchos
sucesos; el tiempo y el conocimiento de nuevas fuentes son los
mejores decantadores de la historia, dan a cada quien su justo valor,
evita que convirtamos personas en personajes y acciones en proezas.

DEjEMOS QUE HABLE UN TESTIGO DE AQUELLA ÉPOCA


SOBRE LA QUIMERA DE LA jUNTA DE GOBIERNO,
LAS OBSERVACIONES SON LLENAS DE REALIDAD Y DE UNA
VERSACIÓN FUERA DE TIEMPO. 21

“Sin muchos alcances sabe cualquier hombre que piensa que para
una revolución política es necesario un conocimiento exacto del país y
sus producciones para compararlas luego con las necesidades de los
naturales; saber el estado de los fondos públicos y de las rentas que
deben formarlo y calcular si estas corresponden a los gastos ordinarios
y aún exceden para ocurrir a los gastos extraordinarios. Conocer sus
fuerzas interiores y graduar si tiene la potencia necesaria para rechazar

21 Archivo General de Indias. Sección Estado. Legajo 72. Expediente 64.

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

a los enemigos que quieran atacar el nuevo gobierno. Examinar sus


relaciones exteriores y ver si de éstas se pueden sacar recursos para
cuando la vicisitud de la guerra de la preponderancia del enemigo.
Analizar los tres ramos que forman los fundamentos de un estado y
que vienen a ser las fuentes perennes de la vida política de las socieda-
des, es decir, la agricultura, artes y comercio, observando en ellos si
tienen la energía suficiente para alimentarnos, para vestirnos, para ser
la riqueza individual y de la opulencia del fondo público. Si estos tres
ramos pueden hacernos necesarios a los vecinos, y si favorecidos por
la localidad que facilita la exportación de nuestros frutos pueden ga-
narnos la consideración de los extraños y procurarnos las materias y
efectos que nos faltan. Si por medio del comercio de nuestras produc-
ciones y artefactos podemos adquirir relaciones y alianzas que auxilien
y sostengan la independencia y otras disensiones políticas que en lo
sucesivo pueden sobrevenir. Y últimamente examinarnos a nosotros
mismos si tenemos talento, valor, constancia, sufrimiento en una pa-
labra carácter de hombres.
Pero nada de esto amigo mío, estos hombres han fabricado su obra
sin cálculo, sin examen, sin meditación como quien dice a tontas y a
locas, porque si vemos la posición Geográfica de Quito la hallamos se-
pultada en lo interior del Continente, sin más relaciones políticas que
hasta el pueblo de Tulcán por la parte norte y hacia el de Guaranda
por la del Sur que son los confines de su provincia con desiertos des-
conocidos al levante y poniente. Las producciones generales de su suelo
no pasan del trigo, cebada, papas, maíz y poco azúcar de las cuales no
pudiendo hacer algún comercio por la dificultad de exportación, apenas
bastan para sustentar a los naturales, sin que con ellas podamos decir
que se han llenado el número de nuestras necesidades, pues nos falta
la sal, el vino, el cacao y el arroz artículos todos precisos para nuestra
conservación con otros muchos que el lujo ha venido a ser tan necesa-
rios como los primeros. No tenemos minas, ni mas ingreso de conside-
ración para llenar el fondo público que el tributo de los miserables
indios, y si este se compara con los gastos de la quimérica monarquía,
hallaremos que no cubre ni la cuarta parte de los sueldos asignados a
los representantes de la suprema Junta, Senado y Falange y las demás
creaciones que después se han hecho porque las Alcabalas, Correos y
Estanco de aguardientes ya se ha visto lo que ha producido en los tres
meses no completos de revolución que ciertamente no han dado para

49
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

pagar los sueldos de los respectivos empleados, siendo así que estos
mismos ramos, antes de que se cortaran nuestras relaciones con las
provincias vecinas dejaban una existencia considerable al Erario.
Nuestras fuerzas interiores si se deducen en una justa proporción del
número de almas a que asciende la provincia no pueden pasar en rigor
de cinco mil hombres listos para tomar las armas, mas por desgracia,
estos no pasan de 700 fusiles parte de ellos inutilizados, algunos ca-
ñones de ínfimo calibre, aunque sin municiones y un corto número de
pistolas y sables. Júzguese pues si con todo este grande aparato militar
en una tierra abierta sin murallas, castillos, baluartes, etc. pueden re-
sistir al poder de la monarquía española que no mirará con indiferencia
la emancipación de la provincia quiteña. No tenemos más relaciones
exteriores que las adquiridas por el comercio y como este es tan limi-
tado, nos ha hecho un poco necesario que no pasan de Popayán por la
parte norte y Guayaquil por la del sur. Jergas, trencillas, pinturas y
algunas otras frioleras que no merecen la pena de indicarse, forman
toda la masa de nuestras negociaciones, en cambio nos viene el oro
amonedado de Popayán que es el que hace toda nuestra circulación con
las ropas de Castilla tan necesarias para nuestro vestuario. De Gua-
yaquil nos proveen el hierro y el acero para labrar los campos sin cuyas
precisas materias nos faltarían víveres para sustentarnos, nos proveen
también de la sal, del vino, del arroz, del cacao, peces, y otras menu-
dencias. La provincia de Popayán se puede pasar muy bien sin los efec-
tos de Quito, pues en el reino de Santa Fe encuentran con poca dife-
rencia los equivalentes. La de Guayaquil no se diga, pues la provincia
de Cuenca le ofrece los mismos géneros que la de Quito. Con que ve-
nimos a concluir comparadas estas necesidades recíprocas que pu-
diendo Guayaquil y Popayán pasar muy bien sin los géneros de Quito,
éste, perecería infaliblemente si aquellas dos provincias le cortasen sus
relaciones.”

Proclama exhortatoria
del Virrey de Lima al vecindario de Quito

Cuando las noticias últimamente recibidas de la Península son


tan lisonjeras como podíamos desear, pues por todas partes van siendo
arrollados los ejércitos enemigos, de los cuales se habían retirado a

50
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Francia más de cincuenta mil hombres con los mejores Generales que
habían enviado a España; cuando la Suprema Junta Central ha sido
reconocida por todas las Potencias de la Europa que están en libertad
de hacerlo, y aún aliando a nosotros algunas de ellas por medio de Tra-
tados solemnes; cuando nuestro Soberano Congreso se halla más arrai-
gado que nunca y expidiendo las celosas sabias providencias que
constan de los papeles públicos, para extirpar de una vez los bandidos
de la gavilla de Napoleón; y cuando sus conatos y esmero por la fide-
lidad de la América los ponen de manifiesto las Reales Ordenanzas que
nos dirige al intento, ¿podría imaginarse que hubiese sobre la tierra
hombres tan perversos y descarados que se atreviesen a negar la exis-
tencia de la Suprema Junta? Sí, quiteños, los ha habido y hay en vues-
tro suelo, y vosotros que conocéis sus personas habéis desconocido sus
intenciones; creed que no son otras que las de edificar sobre vuestras
ruinas su soñado engrandecimiento. Quiteños: abrid los ojos y no cre-
áis sus afectadas vociferaciones: las de Viva el Rey Fernando VII tras-
tornando sus Leyes, atropellando las legítimas autoridades, y dando
por concluida la Suprema de la Nación, que habéis jurado, es el len-
guaje de los traidores. Sí, quiteños: os vuelvo a exhortar, que miréis
por vosotros y no temáis las tropas que envío a Guayaquil, cuya van-
guardia se va a hacer a la vela; no les temáis, repito, porque son vues-
tros hermanos y van inspirados de toda la humanidad y fraternidad
que posee mi corazón; no pudiendo persuadirme que os obstinéis en
sostener vuestro engaño y querer ser tratados como hijos expósitos y
enemigos de la grande y más generosa Nación del Globo. La experien-
cia del bloqueo que sufrís por vuestra imprudencia, os hará ver prác-
ticamente que no podéis subsistir por vosotros mismos; y si esperáis el
ataque, lloraréis, como yo, con poco remedio las resultas; que vuestra
tropa ni por su número, ni instrucción ni armas, su Artillería y Jefes
que la dirigen puede resistir de modo alguno a la que se os acerca. No
confiéis en la áspera situación de ese territorio, pues los soldados y ofi-
ciales que os convidan con la amistad, no encontrarán dificultad que
no allanen. No permita la Divina Providencia que mi suerte sea tan
amarga que se llegue a hacer uso de la fuerza, en cuyo caso las tropas
atacarán con la energía que corresponde a su honor pero no, lejos de
mí semejante idea: vosotros conoceréis la razón y os someteréis a ella,
sobre el seguro de que, aunque no me corresponde el juzgamiento de
vuestra causa, me interesaré con el dignísimo Jefe Superior de ese Vi-

51
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

rreinato para que se os mire con toda la indulgencia de hijos descarria-


dos que vuelven arrepentidos a la sumisión y obediencia paternal; no
dudéis que así suceda, la experiencia que tengo de las bondades de ese
Sr. Virrey me lo asegura.
Lima, 17 de Septiembre de 1809.

Abascal

Nombramiento del coronel don Manuel de Arredondo como jefe de


las tropas que envía el Virrey de Lima a la pacificación de Quito 22

Señor Don
Manuel de Arredondo

“Hallándome bien persuadido de la acendrada lealtad patriotismo


y conocimientos militares de usted, he determinado confiarle el mando
de las tropas que se están aprontando y saldrán muy breve para Gua-
yaquil en los buques del comercio próximos a navegar aquel puerto,
de los que usted elegirá el que mejor le parezca para su embarco.
Luego de que usted llegue se presentara al señor Gobernador de
aquella plaza a cuya ordenes va, para operar con su acuerdo en los in-
teresantes objetos que motivan su comisión. Supongo que a su arribo
estarán reunidas las tropas y tomadas las demás disposiciones preve-
nidas al referido Gobernador, pero como sea una de las mas esenciales
circunstancias el disciplinarlas23 y ponerlas expeditas a fin de operar
con acierto en las ocurrencias, importa sobre manera que VS. ponga
en esto especial cuidado, y encerrando el motivo de su permanencia
allí regresara a esta capital por tierra o como mejor le parezca, que es
cuanto por ahora decirle .
Dios que a VS. guarde. Lima Septiembre 19 de 1809.”

José de Abascal.

22 AHNM. Sección Consejos. Leg. 21674. Exp. 1. Doc. 13


23 Entrenarlas

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Pertrechos de guerra enviados con las tropas expedicionarias


peruanas al mando del coronel Arredondo a la pacificación
de Quito. 24

Don Francisco de Miangolarra Comisario Interino de Artillería del


departamento de Lima, en virtud de la orden del Excmo. Señor Virrey
de 13 de Septiembre que me ha comunicado el señor don Joaquín de la
Pezuela, coronel del real Cuerpo de Artillería, subinspector y coman-
dante de el, se remiten en la fragata nombrada la Hortensia a cargo de
su maestre don Juan Bautista de Egaña al puerto de Guayaquil a dis-
posición del caballero Gobernador los pertrechos siguientes:

Cañones de bronce de montaña del calibre de a 4 6


Curreñas para estos, con sus respectivos armones y cajones
de entreguarderas 6
Ruedas de repuesto 3
Tapaboca con su cordel 6
Plomadas de loma embreadas 6
Tirantes de cañones 12
Cuchillos flamencos 6
Bolsas para conducir municiones 6
Bota lanza fuego de tenacilla 6
Bota lanza fuego de hojalata con sus cordones 6
Punzones con almohadilla 8
Escobillones de a 4 de montaña 12
Cubos 4
Palancas de dirección 12
Clavos para clavar artillería 12
Tirantes de cáñamo 6
Cubos 2
Estopines de carrizo 1500
Turquesas para fundir balas de a 18 en libra 2
Alicates para cortar 2
Volanderas, sotrotor y tuercas de las 6 curreñas y armones
de Montaña con dos llaves de destornillar un cajón 1
Fusiles de ordenanza sin pavonar con sus bayonetas y Vainas 300
Cartucheras 300
Porta sables de infantería con sus porta bayonetas 300

24 AHNM. Secc. Consejo. Leg. 21674. Doc. 8. Exp. 1.

53
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Sables de infantería con sus vainas 200


Cartuchos de bala de a 4 con 15 onzas de pólvora cada uno 400
Cartuchos de bala de metralla 200
Lanzafuegos 200
Cuerda de mecha 1qq.
Cartuchos de fusil con pólvora y bala 100.000
Pólvora en saco y barril retobado 100 quintales y los otros
50 de cañón 100
Piedras de chispa para fusil y pistola 4.000
Encerador de caja 16
Resmas de papel sellado 30
Empaques de dichos pertrechos
Cajones 314
Fardos 10
Retobo 1
Barriles 100

Estos pertrechos son de todo servicio y van a entregar en dicho puerto


al guarda almacén de artillería quien pondrá a continuación de esta
guía su recibo expresando las circunstancias que haya habido en la en-
trega devolviéndomela firmada para legitimar la data y cancelar el do-
cumento interino que deja firmado dicho maestre.
Lima 19 de Septiembre de 1809.

Francisco de Miangolarra.
Nota. Además de lo expresado van 140 armamentos completos en 10
cajones y 2 fardos para igual número de hombres del batallón de par-
dos.

Manifiesto de la tropa que al mando del primer teniente de guardias


españolas don Manuel de Arredondo, se destina desde la
ciudad de Lima a la expedición de Quito por la vía de Guayaquil,
con indicacion de los cuerpos a que corresponden y su número.

Cuerpo Cap. Tente. Sargtos Soldados

Artillería 0 0 1 8
Real de Lima 2 5 6 180
Pardos 2 2 2 138

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Sub totales 4 7 9 326


Oficiales y Sargentos 18
Plana mayor 1 Comandante y un Ayudante 2
Total del batallón 346

VARIOS DOCUMENTOS ENVIADOS POR EL PRESIDENTE DE LA


REAL AUDIENCIA CONDE RUIZ DE CASTILLA AL
GOBERNADOR DE GUAYAQUIL, CORONEL BARTOLOMÉ DE
CUCALÓN SOBRE LAS INCIDENCIAS POSTERIORES
AL 10 DE AGOSTO DE 1809.25

Oficio del Presidente de Quito Dirigido al Gobernador de Guayaquil


por el que le delega todas las facultades sin limitacion alguna.

El portador de ésta que es mi ayudante, e hijo de V.S. , don José


María Cucalón, informará verbalmente a V.S. de todo lo ocurrido en
esta capital desde el día 10 del pasado agosto, en que cuatro pícaros sin
honor ni religión habiéndose apoderado de la vil tropa del cuartel, por
medio del soborno, han cometido los mayores atentados que pueden
caber en el corazón del hombre más abandonado, entre los que me ha
sido muy sensible la dilapidación del Real Erario en la formación de
tropas y sueldo de innumerables empleados que se han creado con el
engañoso pretexto de defender y sostener los derechos de la Religión y
del Soberano en lo que me ha sido imposible poner el menor remedio a
causa de hallarme, aunque ya en libertad, pero sin fuerzas.
En este conflicto no me queda otro arbitrio que el de conferirle a
V.S. a nombre de S.M. todas mis facultades sin limitación alguna como
a jefe de toda mi satisfacción a fin de que pidiendo el correspondiente
auxilio al Excmo. Sr. Virrey de Lima en caso necesario, bajo la condi-
ción de reintegrarse los gastos por estas Cajas Reales, ponga el remedio
que pondría yo mismo, en el caso de hallarme libre de la opresión.

Dios que guarde a V.S. muchos años.


Iñaquito, 7 de septiembre de 1809.
Conde Ruiz de Castilla.

25 AHNM. Consejos, Legajo 21674. Exp. 2. Doc. 20.

55
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Oficio del conde Ruiz de Castilla al gobernador de Guayaquil


indicando ha sido repuesto el cargo de Presidente y anuncia
el castigo que impondrá a los patriotas

Tengo entendido que los autores de la revolución de que he ha-


blado a V.S. en oficio de ayer, apremiados por las graves dificultades e
inconvenientes que les rodean en su escandaloso proyecto, han arbi-
trado darle una colorida acción de justicia restituyéndome a la Presi-
dencia y Comandancia General de que me habían despojado, con la
calidad de que al mismo tiempo ejerza también la Presidencia de la
Junta que formaron con casi una absoluta independencia. Yo bien co-
nozco que los que la han compuesto, lejos de poder ejercer jurisdicción
alguna, son dignos del castigo correspondiente a semejante atentado,
pues en esta ciudad no pueden existir otros cuerpos, ni empleados a
más de los constituidos por las leyes, ni esta provincia puede separarse
un punto del Supremo Gobierno y Capitanía general de Santa Fe a la
que estamos sujetos y en su consecuencia el día que se me llame, ex-
pondré públicamente lo conveniente sobre este particular, haciéndoles
entender la estrecha obligación que tenemos de observar las leyes del
reino, pero si a pesar de ello, no puedo poner el remedio correspondiente
por las críticas circunstancias actuales de hallarme en medio de una
tropa infiel, que en caso preciso seguirá el partido de sus sobornadores,
admitiré por ahora mi reposición en los términos expresados, hasta que
tomando las medidas correspondientes, en la prudencia que exige el
caso, pueda ponerlo todo en el respectivo orden por medio del escar-
miento de los culpados; pues de lo contrario me haría responsable ante
Dios y el Soberano de las funestas consecuencias que se están origi-
nando con las hostilidades y con los indebidos y continuados gastos de
la real hacienda, que si se deja por más tiempo en poder de aquellos, se
consumirá enteramente, sin la más leve esperanza de su reintegro.
Todo esto me ha parecido indispensable prevenirle a V.S. con an-
ticipación, con el objeto de que inmediatamente reciba este oficio, se
sirva transcribirle su contenido a los Excmos. Señores Virreyes del
Reino y Lima; a los Sres. Gobernadores de Panamá, Popayán, Cuenca,
y demás que tenga V.S. por conveniente; y de que V.S. bajo de este
concepto del que no me podré apartar en ningún evento, cumpla con
lo que le tengo encargado a nombre de S.M. en dicho mi oficio anterior

56
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

tomando las medidas más prudentes que exigen estas estrechas cir-
cunstancias, de las que informará a V.S. con más extensión mi ayu-
dante don José María Cucalón que como persona de mi satisfacción se
halla instruido de todo.
Dios que a V.S. guarde muchos años.
Iñaquito, 8 de septiembre de 1809.
Conde Ruiz de Castilla.

Carta que envía don Juan José Guerrero, Conde de Selva Florida,
como Presidente de la Junta de Quito, ante la renuncia del Marqués
de Selva Alegre, proponiéndole al Conde Ruiz de Castilla acepte la
presidencia de la Junta y le plantea un acuerdo de siete puntos.

Excmo. Señor:
El Jefe de la Junta y de acuerdo con ella, como también con los
votos de toda la ciudad de Quito, nobleza, vecindario y cuerpos políti-
cos antes de que marche la última expedición al mando del coronel don
Juan de Salinas contra las inmediatas provincias que han cortado la
correspondencia y comunicación con esta capital, para evitar todos los
funestos efectos y sangrientas consecuencias que naturalmente deben
seguirse de una guerra civil entre los vasallos de un mismo soberano
y fieles a una misma religión, en descargo de su conciencia y en cum-
plimiento de sus deberes esenciales, propone al Excmo. Conde Ruiz de
Castilla los medios más oportunos y más eficaces para conciliar la paz,
mantener la subordinación en la dependencia, consultar a la seguridad
pública de todo este reino y evitar finalmente el derramamiento de san-
gre que ya se presenta a los ojos y por cuantos arbitrios han sugerido
la política se ha procurado estorbar y detener hasta ahora, y para que
no se le imputen en ningún tiempo los males y terribles estragos que
hayan de seguirse ni al actual jefe, ni a la junta que ha gobernado la
provincia, toma personalmente este partido para ponerse a cubierto en
lo sucesivo.
Está firmemente persuadida la junta que el Excmo. Conde Ruiz
de Castilla, consultando con su acertada prudencia, y viendo las críti-
cas circunstancias que se presentan, no podrá negarse a un partido tan
nacional, tan equitativo y tan justo como el que va a proponerse, que
aprobaría desde luego el mismo Rey N.S. y la Junta Central, su repre-
sentante.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

1.- Que la se ha constituido en Quito una junta provincial sin


otro objeto, ni designio que los santos fines que se propuso desde el
principio, de la conservación de la Santa Fe, obediencia al rey N.S. don
Fernando VII y la seguridad de la patria, temiendo ser presa y con-
quistada por el inicuo tirano de la Europa Bonaparte que notoriamente
aspira a sojuzgar a América, crea una Junta provincial sujeta y sub-
ordinada a la suprema central de España, y con sólo dependencia a ésta
como lo reconoce y ha reconocido siempre según lo acredita el auto que
así lo expresa, publicado por bando el día 21 del presente mes y que
manda circular por todas las provincias.
2.- Que el jefe y presidente de ella, sea el mismo Excmo. señor
Conde Ruiz de Castilla para dirigir y autorizar la Junta Provincial,
según y como están las de los reinos de España, que mandaron esta-
blecer en todas las cabezas de provincias. Y puesto que está declarado
por una real orden que la América es una parte integrante de la Mo-
narquía española, no es irregular que Quito como capital de un reino
participe de las excepciones y prerrogativas de los de España y tenga
su Junta particular como tienen las capitales de España.
3.- Que para calmar las inquietudes y odio público, no puedan
ser restituidos a sus antiguas funciones y empleos, el regente don José
Puentes González Bustillo, ni el oidor don José Merchante, ni el asesor
don Francisco Javier Manzanos, ni don Simón Sáenz, ni don José Ver-
gara, ni los oficiales retirados, todos los cuales repugnan y ofenden a
la opinión y concepto público.
4.- Que el señor Presidente de acuerdo con la junta haga las mo-
dificaciones que se estimen oportunas y convenientes en el Real Senado
de justicia, contándose desde luego con el señor don Felipe Fuertes y
el doctor don Tomás Arechaga, que no han perdido la estimación y la
confianza del público en ningún evento.
5.- Que del mismo modo se modifiquen y atemperen los trata-
mientos de la Junta como de los individuos de ella según se acordase
posteriormente.
6.- Que en ningún caso, ni por ningún evento se haga novedad
ni persecución de ningún ciudadano en su honor, vida, ni intereses,
por este motivo, debiendo quedar toda en la forma dicha hasta la reso-
lución del Rey N.S. a quien se dará cuenta de todo lo obrado enviando
un comisionado de confianza.
7.- Que el Excmo. Sr. Virrey del reino, se entenderá con esta

58
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Junta en todo lo relativo al mejor servicio del Rey N.S., comunicando


las órdenes que estime conveniente, sin que se altere lo acordado en
este plan por haberse devuelto el reconocimiento a la suprema autori-
dad, a quien se dará cuenta bajo estos artículos que en nada se apartan
de las leyes fundamentales del reino y de la subordinación a las supre-
mas autoridades, se restablecerá inmediatamente la paz y el sosiego
político que deba cooperar todo servidor del Rey.
Si el señor Conde no tiene a bien aceptar y aprobar los artículos
contenidos no respondo al Rey, a la Suprema Junta central, ni al uni-
verso todo, de las funestas y terribles consecuencias que se sigan de la
anarquía, del poder arbitrario, y de los excesos de un pueblo conducido
al despecho. Aún es tiempo de prevenirlos y después serán irreparables.
A este efecto, y para sincerar mi conducta, y la de la Junta, que ha pro-
cedido con toda suavidad y dulzura, dimito ahora mismo el empleo y
funciones de que estoy encargado, como también lo hacen los demás
vocales que han quedado, para no constituirse responsables de los es-
tragos que amenazan al instante que quede abandonada la autoridad
al populacho.
Yo, señor, no hago otra cosa, que trasladar al conocimiento de
V.E. los dictámenes de la Junta, cuya presidencia provisionalmente
pude aceptar por introducir el buen orden, prevenir mayores daños,
contribuir al empeño de que se atiendan los verdaderos intereses del
soberano, que se restablezca la sumisión y obediencia como es de jus-
ticia, y se acostumbraba antes y se respeten las leyes del reino sin mu-
danza ni alteración alguna en todas sus disposiciones señaladamente
las que prescriben el gobierno monárquico, y la sucesión hereditaria
de nuestros reyes.
Quito, octubre 24 de 1809.
(f) Juan José Guerrero y Mateu.

Contestacion Del Conde Ruiz De Castilla A Don Juan Jose Guerrero

“He recibido el oficio de V.S. fechado de este día, en el que mani-


fiesta las lastimosas circunstancias en que se halla esta provincia, los
deseos que tiene de restablecer el buen orden y los partidos que ha po-
dido sacar de esa junta para que yo vuelva a ocupar el mando que me
confió la piedad del Rey.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Enterado de todo, y sin comprometer mi obligación y decoro digo


a V.S. en cuanto al primero y segundo artículo, que presidiré la Junta
que se ha formado en esa ciudad, a semejanza de las instaladas en Es-
paña con título de Provincial arreglándose a sus objetos de seguridad,
con sujeción al Excmo. señor Virrey del reino y dependiente su per-
manencia de S.M. o de la junta suprema central depositaria de la real
autoridad.
Que conservaré separados a los señores don José Bustillo, don José
Merchante, regente y Oidor; al asesor don Francisco Javier Manzanos,
al administrador de Correos, don José Vergara y Colector de rentas
don Simón Sáenz de Vergara, don Joaquín Villaespeza y don Bruno
Resúa de sus respectivas ocupaciones, informando lo conveniente a
S.M. Es muy debida la reforma del senado y debe quedar con arreglo
a las leyes 63, 97 y 180 del libro II, título XV, de las municipales, re-
poniéndose al señor don Felipe Fuertes en su empleo de oidor y al doc-
tor don Tomás Arechaga en el de Fiscal interino.
Debe quitarse el tratamiento de Majestad que se había dado a la
Junta y hacerse otras modificaciones que propondré.
Ofrezco bajo palabra de honor y seguridad de no proceder
contra alguno en esta razón, y que informaré al Excmo. señor
Virrey del Reino los motivos que a ello me obligan pidiéndole
su superior aprobación, sin perjuicio de lo cual daré cuenta al
Rey o a su suprema junta central.
Son los premios en que únicamente puedo aceptar los propuestos
artículos, cuya contestación me parece muy arreglada a la razón y las
leyes.
Dios que guarde a V.S. muchos años.
Iñaquito, 24 de octubre de 1809.
(f) Conde Ruiz de Castilla.

AUTO:

Habiendo quedado reducida la Junta a los objetos conducentes a


la seguridad pública en los casos en que fuese insultada o invadida por
enemigos de la nación y los que atentasen contra las leyes fundamen-
tales de la monarquía, introduciendo y fomentando novedades subver-
sivas del buen orden y obediencia al Rey N.S., ya que la junta central

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

es depositaria de su autoridad suprema, aprobando y conociendo en


los artículos que incluye la respuesta que precede del Excmo. Sr. Pre-
sidente Conde Ruiz de Castilla, bajo las miras indicadas, se acordado
eximir de sus oficios a los secretarios de Estado, Guerra, Gracia, Jus-
ticia y Hacienda, mediante a que según los principios expuestos, deben
quedar sin funciones y abolida la potestad suprema que se atribuyó ar-
bitrariamente (junta instalada el 10 de agosto del presente año).
(f). Conde Ruiz de Castilla, Juan José Guerrero y Mateu, Melchor
de Benavides, Manuel Zambrano, Vicente Álvarez, Secretario vocal.

DECRETO:
Siendo de mi cargo en el poco tiempo que he administrado este
gobierno, rectificar y metodizar los procedimientos de esta capital y de
todos sus vecinos, para que no se desvíen, ni declinen en un solo punto
de los fines conducentes a favor de la religión, mejor servicio del Rey
y bien de la patria, y al mismo tiempo el procurar que ésta o sus habi-
tantes no padezcan perjuicio ni disminución en el concepto de fidelidad
al soberano, para el mejor arreglo de cuanto importe al sosiego público
sin la más leve ofensa del vasallaje debido por justicia; llévese este oficio
a la primera Junta que se celebre, para que cuidemos de combinar per-
fectamente los intereses públicos con los del soberano y sus preciosas
regalías, guardando ante todo las leyes fundamentales de la monarquía
sin innovación alguna a que he pretendido siempre.”

(f). Conde Ruiz de Castilla.

Oficio del capitán Juan Salinas al conde Ruiz de Castilla en el que


trata de justificar su actuación en la revolución del 9 de Agosto y le
ofrece su protección

“Excelentísimo Señor:

El Pueblo de esta Capital, infatuado con que le dominaría la Fran-


cia como también por las injusticias que sufría de algunos Jueces, opre-
siones y vejámenes irrigados, ejecutó revolución el 9 de Agosto. Puso
las armas en mi mano, las admití con el objeto de que no se derramase
sangre ni se perjudiquen haberes de algunos españoles que iban a ser

61
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

saqueados y principalmente que llegada la ocasión oportuna, entregar-


las a V. E.
Todo lo he conseguido. Hasta hoy no ha corrido sangre. No se ha
perjudicado a nadie en un maravedí, ya en los días sucesivos de aquel
día, ya en las conmociones que he disipado con riesgo de mi vida.
Resta sólo, Excmo. Sr., efectuar la entrega de las armas y baterías
a V. E. Llegó la coyuntura favorable: tiénelas V. E. a la disposición,
sin solicitar por este servicio premio alguno. Dígnese V. E. venir breve
a su Palacio, para que no tengan efecto las órdenes de la Junta de obrar
en Pasto en represalias de la irrupción hecha en Carondelet y la Tola
por Barbacoas, con derramamiento de sangre, incendios y robos en Es-
meraldas. Si V. E. tiene alguna desconfianza del Pueblo, yo mismo iré
a caballo a conducirlo, con el seguro que hasta que me circule el espíritu
vital por las venas, está la vida de V. E. segura, como se lo tengo ofre-
cido en respuesta a la dignación de V. E. pidiéndome guarde su vida
del desenfrenado pueblo. Concibo que éste no odia a V. E. ni tendrá
razón; a más, con mis intimaciones le tengo pacífico.
Sólo sí ruego a V. E. no se haga novedad en averiguaciones: se
irritará al Pueblo. Sacrificado yo por la entrega de las armas, corre pe-
ligro toda la Provincia. Son más de ocho mil las firmas (entre ellas no
la mía), en la ratificación del Acta Popular, inclusas la del Ilmo. Sr.
Obispo, Cabildos Secular, Eclesiástico, Religiones, etc., a más del po-
pulacho; tendremos otros tantos enemigos de que es difícil escapar, o
batiéndonos en campaña o a manos de asesinos.
Dios guarde a V. E. muchos años, para bien del Rey y de este
Reino.
Quito, Octubre 18 de 1809.
Juan Salinas.”

Carta a Guayaquil indicando ha sido repuesto el cargo


de Presidente y anuncia el castigo que impondrá a los patriotas

“Tengo entendido que los autores de la revolución de que he ha-


blado a V.S. en oficio de ayer, apremiados por las graves dificultades e
inconvenientes que les rodean en su escandaloso proyecto, han arbi-
trado darle una colorida acción de justicia restituyéndome a la Presi-
dencia y Comandancia General de que me habían despojado, con la

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

calidad de que al mismo tiempo ejerza también la Presidencia de la


Junta que formaron con casi una absoluta independencia. Yo bien co-
nozco que los que la han compuesto, lejos de poder ejercer jurisdicción
alguna, son dignos del castigo correspondiente a semejante atentado,
pues en esta ciudad no pueden existir otros cuerpos, ni empleados a
más de los constituidos por las leyes, ni esta provincia puede separarse
un punto del Supremo Gobierno y Capitanía general de Santa Fe a la
que estamos sujetos y en su consecuencia el día que se me llame, ex-
pondré públicamente lo conveniente sobre este particular, haciéndoles
entender la estrecha obligación que tenemos de observar las leyes del
reino, pero si a pesar de ello, no puedo poner el remedio correspondiente
por las críticas circunstancias actuales de hallarme en medio de una
tropa infiel, que en caso preciso seguirá el partido de sus sobornadores,
admitiré por ahora mi reposición en los términos expresados, hasta que
tomando las medidas correspondientes, en la prudencia que exige el
caso, pueda ponerlo todo en el respectivo orden por medio del escar-
miento de los culpados; pues de lo contrario me haría responsable ante
Dios y el Soberano de las funestas consecuencias que se están origi-
nando con las hostilidades y con los indebidos y continuados gastos de
la real hacienda, que si se deja por más tiempo en poder de aquellos, se
consumirá enteramente, sin la más leve esperanza de su reintegro.
Todo esto me ha parecido indispensable prevenirle a V.S. con an-
ticipación, con el objeto de que inmediatamente reciba este oficio, se
sirva transcribirle su contenido a los Excmos. Señores Virreyes del
Reino y Lima; a los Sres. Gobernadores de Panamá, Popayán, Cuenca,
y demás que tenga V.S. por conveniente; y de que V.S. bajo de este
concepto del que no me podré apartar en ningún evento, cumpla con
lo que le tengo encargado a nombre de S.M. en dicho mi oficio anterior
tomando las medidas más prudentes que exigen estas estrechas cir-
cunstancias, de las que informará a V.S. con más extensión mi ayu-
dante don José María Cucalón que como persona de mi satisfacción se
halla instruido de todo.
Dios que a V.S. guarde muchos años.
Iñaquito, 8 de septiembre de 1809.
Conde Ruiz de Castilla.”

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

CAPITULO IV

COMIENZA EL MARTIRIO

Presentó la renuncia de Presidente de la junta de Gobierno de


Quito el débil y tornadizo marqués de Selva Alegre, a los dos meses y
tres días de haber tomado posesión de su cargo al ver que la revolución
había fracasado, que los corregimientos de Ibarra, Latacunga, Ambato,
Riobamba y Guaranda se habían plegado al lado realista, que las gober-
naciones de Cuenca, Guayaquil y Popayán estaba en contra de la re-
volución y que se aprestaban las milicias enviadas por los virreyes de
Nueva Granada y Perú a tomar a la Capital por las armas y que Cuenca
se preparaba para despachar un importante número de milicianos mal
preparados, con pocos fusiles, algunas lanzas e indios con hondas; igual-
mente, hay que tomar en cuenta que las milicias que levantó el gobierno
revolucionario de Quito, nunca había visto un fusil, y los pocos que te-
nían habían enviado al norte con las milicias de Ascázubi, que fue de-
rrotado y tomadas sus vituallas.
Los pocos patriotas leales que quedaba con Morales y Quiroga
se vieron indefensos al darse cuenta que Salinas les habían abandonado
y se resignaron a que, el también tornadizo D.juan josé Guerrero, por
decir menos, asuma la Presidencia de la junta.
Hay que tomar en cuenta que en Quito antes del 10 de agosto
apenas existía un poco más de un centenar de soldados veteranos, man-
dados por una veintena de oficiales y sargentos, todos ellos ya entrados
en años, pues eran los rezagos que quedaban de la leva que entrenó Re-
quena a su entrada al Amazonas en 1780. El capitán Salinas para 1810
tenía 55 años, edad madura para la época.
Es preciso saber que levantamientos como el de Quito de 1809
era una ocasión preciosa para que los funcionarios Reales puedan obte-
ner un asenso rápido en su carrera. Veamos lo que le supuso a don Ma-
nuel de Urríez Cavero y Ahones la rebelión en 1780 del Cacique de
Pampamarca josé Gabriel Condorcaranqui Túpac Amaru. Estuvo de Co-
rregidor de Paruro en la provincia de Cuzco con el grado de coronel, el
3 de abril de 1781 participó al mando de la cuarta columna del ejército
realista que salió del Cuzco a combatir al rebelde Túpac Amaru, que es-
taba “compuesta de 3.000 hombres, de los cuales 2.000 eran indios, con
la meta de cortar la retirada rebelde por Urubamba, obtuvo sucesivos

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

triunfos en Cochiriguay, derrotando a un cuerpo numeroso de más de


6.000 hombres”26.
Esta acción le supuso ser nombrado Presidente de la Real Au-
diencia del Cuzco, creada en 1787, fue su tercer presidente y lo ejerció
de 1794 a 1806, en ese empleo le fue concedido el título de Conde de
Ruiz de Castilla y ascendido a brigadier el 21 de abril de 1792, a mariscal
de campo el 5 de octubre de 1802 y a teniente general el 7 de octubre de
1806; su promoción a este grado, el más alto dentro del escalafón militar
de los ejércitos españoles, dice : “atendiendo al singular mérito que ha
contraído en la causa de la sublevación que intentaron en la misma pro-
vincia los traidores Gabriel Aguilar y josé Manuel Ugalde”.27 Estos pró-
ceres fueron denunciados de “sus patrióticos trabajos” y ahorcados en
el Cuzco por orden del Conde Ruiz de Castilla el 5 de diciembre de
1805.28 Esta breve reseña nos da una idea cabal de la real persona que
era el conde: era un individuo sanguinario, sin honor, ni ley, atendía a
sus bajos instintos y fue el promotor de la causa de enjuiciamiento y po-
siblemente, si no se adelantaron los hechos del 2 de agosto, los patriotas
hubiera terminado colgádos en un patíbulo.
Al coronel D, Melchor Aymerich le pagaron con un ascenso rá-
pido a Brigadier y a los dos años a Mariscal de Campo. Cuando no hubo
otra insurrección pasaron 20 años y múltiples rogativas para su próximo
ascenso que tuvo lugar en la Habana en 1834.
El Obispo de Cuenca Don Andrés Quintián Ponte y Andrade
fue nombrado enseguida por la Regencia de Cádiz como Consejero del
Rey y obtuvo la Orden de Carlos III.
Arredondo que vino de teniente coronel, en premio a su cobar-
día y proterva conducta, a su llegada a Lima, le concedieron el corone-
lato.
A Manuel Arrechaga quien ofició de verdugo de los Patriotas
le valió el cargo de Oidor.
Al abogado Pablo Hilario Chica y Astudillo, de ingrata memo-
ria, fue el que les trasladó presos a los patriotas cuencanos de una ma-
nera inhumana a la cárcel de Guayaquil, fue premiado con una plaza
de Oidor en la ciudad de Santa Fe. Otro hombre cruel, el gobernador de
Guayaquil Cucalón, fue ascendido a Brigadier.

26 Carlos Valcarcel. La rebelión de Tupac Amaru. Ediciones Peisa . Lima .


27 Ibídem anterior
28 Roberto Andrade. Historia del Ecuador. Pag. 169.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

El 24 de noviembre había arribado a Quito el teniente coronel


D. Manuel Arredondo con de 325 soldados del Real de Lima, la mayoría
pardos, (negros), con 60 pardos granaderos de la plaza de Guayaquil,
al mando de 20 oficiales y sargentos; la poca guarnición que quedaba el
Quito al mando de Salinas depuso las armas y este renunció al mando.
Cuando dos seres de la misma calaña se conocen nacen en ellos
un sentimiento de aproximación porque es un mismo fin el que los une,
sentar en Quito un precedente de represión de sangre y fuego a todas
las colonias españolas americanas, para que desistan de toda idea liber-
taria y ellos ascender en sus respectivas carreras, tal fue el caso del co-
barde de Arredondo y el felón de Arrechaga
Lo cierto es que a los 10 días de la entrada de Arredondo, estos
dos seres viles, tanto influyeron en los sentimientos del conde, que le
hicieron olvidar el concepto más profundo que tiene un noble y un mi-
litar, que es el honor.
El 4 de diciembre cundió la alarma entre los habitantes de
Quito, Ruiz de Castilla el que dos meses antes había suscrito las capitu-
laciones con la junta de Gobierno de Quito, asegurando que “ofrezco
bajo palabra de honor y seguridad de no proceder contra alguno en esta
razón, y que informaré al Excmo. señor Virrey del Reino los motivos
que a ello me obligan pidiéndole su superior aprobación, sin perjuicio
de lo cual daré cuenta al Rey o a su suprema junta central”, daba orden
de prisión para que la ejecute el Oidor Felipe Fuertes Amar, a todos los
individuos que concurrieron y tuvieron parte en la escandalosa revolu-
ción del 10 de agosto y ordena que Arredondo le de los auxilios que pi-
diere. Es más, ordena a todos los habitantes de la presidencia que
denuncien al gobierno sobre el paradero de las personas cuya lista ad-
junta, bajo pena de muerte al que no lo hiciese, los protegieren o los en-
cubran.
La lista fue la siguiente:
El marqués de Selva Alegre, doctor juan de Dios Morales, doc-
tor Manuel Rodríguez de Quiroga, el cura de Pintag doctor josé Riofrío,
el cura de San Roque josé Correa, el coadjutor Antonio Castelo, D. An-
tonio Ante, D. juan Ante, el sargento distinguido Xavier Zambrano, el
sargento Mariano Ceballos, el sargento josé Vinueza, el teniente Nicolás
Aguilera, D. Antonio Pineda, D. Luis Saa, el doctor josé Corral, D. An-
tonio Bustamante, D. Luis Vargas, D. Antonio Sierra, D. Mariano Villa-
lobos, D. Vicente Paredes, D. joaquín Barrera , doctor josé Padilla, D.

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Francisco Romero, El Pacho Organista, D. juan Pablo Berrazueta, el Tri-


buno jaramillo, D. Toribio Ortega, el doctor juan Pablo Espejo, D. Ma-
nuel Angulo, D. josé Xavier Ascásubi, los tres cuñados del doctor
Quiroga, el escribano juan Antonio Rivadeneira, el doctor juan Pablo
Arenas, D. Nicolás Vélez, D. Pedro Vintimilla, el regidor D. Manuel
Zambrano, el capitán D. juan Salinas.
Continuó la sustanciación del proceso con los presos que reco-
gieron en las cárceles lleno de irregularidades, tanto es así que el mismo
Oidor D. Felipe Fuertes Amar, sobrino del Virrey de Nueva Granada, le
escribe dándole a conocer las anomalías del juicio, este acude al voto
Consultivo de la Audiencia de Santa Fe y de acuerdo con él le manifiesta
al conde Ruiz de Castilla “Prevengo a V.E. que luego que se ponga a
punto la decisión y sentencia final sin proceder V.E. al pronunciamiento
de este, nos la remita para su inspiración y demás fines que se estimen
arreglados a su mérito en esta superioridad del Virreinato.”
Llenos valentía y sapiencia jurídica fueron los alegatos presen-
tados por Morales, Quiroga y D. Mariano Villalobos que de nada sirvie-
ron, ya que la sentencia a muerte fue manifestada con anterioridad por
Arrechaga contra los patriotas aún antes de iniciar el juicio. Arrechaga
dictó la Vista fiscal acusando injustamente y pidiendo la decapitación a
más de cuarenta personas.
El pueblo de Quito, como decía anteriormente, no manifestó un
notorio entusiasmo por el pronunciamiento revolucionario del 10 de
agosto anterior, sin embargo, un año después, al ver que la pena de
muerte pendía sobre la cabeza de sus dirigentes, hizo suya su angustia
y dolor y trató heroicamente liberarlos a pecho descubierto y sin más
armas que unos puñales.
Lo que sucedió el 2 de agosto de 1810 es difícil de describir pues
al desarrollarse las acciones en tres sitios diferentes al mismo tiempo,
no hubo alguien quien relate tan importante suceso, algo recogió D.
Pedro Fermín Cevallos y D. Manuel de jesús Andrade. Lo que si se
puede es determinar son los nombres de los patriotas que atacaron el
Cuartel en que estaba alojado el Real de Lima y el Presidio. 29
Teniente coronel josé jerez. Quiteño. En unión de otros quiteños
del pueblo llano: josé Antonio Pereira, josé Mariano Rodríguez y juan
Antonio Silva atacan el presidio que se ubicaba frente al Carmen bajo,
29 Pedro Fermín Cevallos en su historia del Ecuador y Manuel de jesús Andrade en su libro
Próceres de la Independencia, Índice Alfabético de sus Nombres. Quito agosto de 1908.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

hieren al soldado de guardia, liberan a los presos, que eran la mayoría


de los soldados de la guarnición de Quito en 1809. Se visten de soldados
y toman los fusiles para acudir a libertar a los presos de los otros cuar-
teles, sin sospechar que los otros comprometidos habían fallado.
Cuando Montes llegó en 1812 jerez fue tomado preso y depor-
tado a Panamá con D. Carlos Motúfar; se escaparon y se incorporaron a
las fuerzas de Colombia. Rindió su vida en 1816 en la batalla de la Cu-
chilla del Tambo.
Los hermanos Pazmiño, oriundos de Latacunga, y los quiteños,
el capitán Landáburo, Godoy, Albán, Mideros, Mosquera y Morales,
estos siete héroes atacaron el cuartel Real de Lima

ASESINATOS DEL 10 DE AGOSTO DE 1810 30

Fueron asesinados en el Cuartel los siguientes Patriotas:

Pbro. D. juan Riofrío, cura de Pintag.


Dr. D. juan de Dios Morales Leonin.
Dr. D. Manuel Rodríguez de Quiroga.
Capitán D. juan Salinas y Zenitagoya.
Don juan de Larrea y Villavicencio
Don Antonio de la Peña.
Dr. D. juan Pablo Arenas.
Don Francisco Xavier Ascázubi.
Teniente D. Nicolás Aguilera.
Don Manuel Cajías.
Don Vicente Melo
Don josé González.
Don Carlos Betancourt.
Oficiales Reales:
Capitán D. Nicolás Galup.
Capitán D. joaquín de Villaespesa.
Soldado Francisco Montoya.
Particulares abaleados en ese día en la calle:
Da. María Monge.

30 C. de Gangotena y jijón. Boletín 15 al 17 de ANHE. 1923

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

El carpintero Manuel Marcelino Falcón.


La señora Nicolaza Valverde, que estando enferma es su casa, falleció
del susto al oír las tropelías de la tropa que acometía en la ciudad.

El Abogado Fiscal Tomás Arechaga en vista de los autos seguidos a


pedimento del Presidente de la Real Audiencia Capitan General y
Conde Ruiz De Castilla. Por el Juez Instructor de la causa, sobre la
averiguacion y descubrimiento de los principales autores de la Revo-
lucion del 10 de Agosto de 1809, dicta su Vista Acusatoria, a los cuatro
meses diecisiete dias de haber iniciado la causa, pidiendo la decapi-
tación de más de cuarenta personas y el destierro de otros cien indivi-
duos. 31

“El abogado fiscal dictaminó:


Que la circunstancia de haberse puesto en obra este inaudito y
criminal atentado por los mismos sujetos que anteriormente se halla-
ban procesados como autores de un nuevo plan de gobierno les han
transmitido a los ignorantes, y mal intencionados un engañoso motivo
de creer, que el ministerio Fiscal no los trató a aquellos como a reos de
alta traición, por haberse conducido en su acusación animado por una
peligrosa indulgencia o impelido por alguna otra causa no menos re-
prensible que incompatible con la imparcialidad de su oficio. Esta per-
suasión injuriosa al honor, integridad, que ha acreditado al Fiscal en
todos sus procedimientos, si bien no tiene lugar alguno para con los
que han pasado de vista los autos de la materia; lo tiene sin duda al-
guna para los que han carecido de su lectura mayormente en las demás
provincias, en las que a proporción de la distancia se abultan notable-
mente las especies de esta clase, y por esto es que se ve en la necesidad
de manifestar, aunque ligeramente, hasta el estado del más completo
convencimiento, que si aquel criminal proyecto no se sofocó en
sus principios por medio del ejemplar castigo a sus autores, fue
porque en la formación del respectivo proceso no se pusieron en
ejercicio las reglas, prevenciones y cautelas, que son indispen-
sables para el claro descubrimiento de los delitos de esta natu-
raleza.

31 Sección Consejos. Leg. 21674. Exp. 1. Doc. 40..

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

En efecto, por los autos que se hallan agregados al actual proceso


y a la acusación fiscal arreglada a su mérito que obra en ellos, se ve a
clara luz que entre los varios individuos arrestados por aquella causa,
no hay dos comprendidos en un mismo delito; porque si don Juan Sali-
nas se creyó autor del referido plan de nuevo gobierno por haberse de-
nunciado, que fue el único que lo consultó con el padre Fray Andrés
Torresano, los demás fueron acusados de muy diferentes delitos, con la
circunstancia de haberse adulterado sus cargos en el mismo sumario.
Las causas que motivaron el que en este juicio se hubiese empren-
dido un trabajo ímprobo son las siguientes:
Primera.- El no haberse practicado las correspondientes diligen-
cias con el mismo religioso denunciante para la manifestación del ci-
tado plan, que era el único documento justificativo del cuerpo del
delito.
Segunda.- El no haberse procedido en una misma hora, o a lo
menos en un mismo día a la prisión de todos los culpados para evitar
la confabulación, instruyendo para el efecto previamente un proceso
circunstanciado antes de haberse dado el golpe con el arresto de Sali-
nas, que alarmó a los demás, de modo que con la falta de cautela con
que se condujo el asesor de la causa en este particular, permitiendo la
mediación de 10 o 12 días entre una y otra prisión, aún dio lugar a
que el abogado don Manuel Rodríguez de Quiroga se hubiese prepa-
rado para el reconocimiento de sus papeles con uno bastante indecente
y desvergonzado que se le encontró en una de sus gavetas, como es pú-
blico y notorio, y esto a pesar de que la causa de su arresto como fun-
dada en la sola amistad con Salinas no fue preveniente a la prisión de
éste, sino anterior, como se deja entender .
Tercera.- El haber dejado caer don Pedro Pérez Muñoz, que hacía
de secretario de la causa, según se dice públicamente en casa del mismo
Salinas la declaración de éste, ocasionando con este descuido que el y
sus compañeros se hubiesen enterado, no menos de lo que contenía el
proceso, que del medio de la defensa que habían de tomar para ir con-
formes con Salinas.
Cuarta.- Finalmente, el no haberse ocultado los nombres de los
delatores, con arreglo a lo prevenido por la pragmática del señor don
Carlos III, causando con este descuido, una manifiesta contrariedad
en el contexto de sus respectivas denuncias, nacidas seguramente de
la falta de libertad con que hablaron.

70
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Habiendo procedido con el desorden indicado, ¿cómo era posible


se descubriese con la claridad que exigen las leyes un delito de tan difícil
prueba, como lo es el de una insurrección intentada?. Sin justificación
del cuerpo del delito, con sólo un testigo contra el autor del plan, sin
ninguno contra los demás, podía el Fiscal haberlos inculpado, tratán-
dolos de reos de alta traición?. Nada menos; su Ministerio, según dijo
en aquella ocasión, es de buena fe y como tal no debe comprometerse,
sino es en los delitos justificados en el modo y forma que previene el de-
recho, pues de lo contrario lejos de cumplir con su obligación se echaría
sobre sí la feísima y criminal nota de temerario e injusto acusador.
Más ahora que los mismos acusados han costeado la prueba de
que carecía aquel sumario, presentando con el hecho el plan del nuevo
gobierno, que no se hallaba agregado a los autos, se ha visto que éste
no era hipotético como se figuraba, es decir, para sólo el caso de que
fuese tomada enteramente la Península y extinguida así la Suprema
Junta Central, como la dinastía del señor don Fernando VII, sino ab-
soluto y total notificable en cualquier evento. Así lo persuaden eviden-
temente tanto las circunstancias, cuanto el modo, y forma con que se
estableció este criminal proyecto.
De hecho se realizó este, existiendo la Suprema Junta Central en
todo su esplendor, vibrando en su consecuencia las más sabias y efica-
ces providencias, tanto para la expulsión de los franceses de la penín-
sula, cuanto para el mejor y más acertado establecimiento de la
monarquía en obsequio a nuestro adorado soberano y de todos sus va-
sallos. Supuesto este punto de hecho, como confirmado por los muchos
papeles públicos que se han escrito sobre el particular, igualmente que
el de derecho acerca de la legitimidad indiscutible de aquel soberano
cuerpo, reconocido por tal, no sólo por todas las provincias de España
e Indias, sino también por todas las potencias de la Europa, como apo-
yado en las leyes fundamentales del reino. ¿Qué otra cosa ha sido la
instalación de una Junta Suprema con el tratamiento de Majestad y
nombramiento de oficios, y empleados, anexos a la soberanía, sino una
desobediencia declarada, un alzamiento consumado y en fin un delito
de alta traición comprendido en uno de los 14 casos señalados por la
ley de Partida que trata esta materia?.
Los ejecutores de este grave atentado, conocieron muy bien la
fuerza de esta consecuencia y por eso es que para ocultar su infame y
alevosa intención a lo menos hasta ponerse en estado de resistencia a

71
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

la invasión de las provincias limítrofes, ocurrieron al único partido de


suponer la extinción de la Suprema Junta Central, por el defecto de re-
presentación política a los vocales de las provincias ocupadas por los
franceses, pero ¿quién no ve que este miserable y ridículo subterfugio
que sólo ha sido un velo con que se ha querido cubrir la inequidad?.
¿Habrá por ventura quien se persuada, que los vocales elegidos por el
libre voto, hayan perdido su legítima representación, por la ocupación
violenta de las provincias que los eligieron?. Es un principio muy obvio
para cualquiera que tenga un mediano discernimiento que los actos
hechos con plena libertad, no son derogables, ni pierden su fuerza por
los hechos, por el miedo, y violencia, así es que el poder dado por un
hombre libre para cualquiera efecto no pierde su valor por la infusa es-
clavitud a que lo haya reducido la fuerza, pues de lo contrario surtiría
unos mismos efectos la coacción que la libertad, lo que es un absurdo.
Se deduce pues, que habiendo concurrido libre y espontáneamente
las provincias de España a la elección de sus respectivos representan-
tes, que no son en sustancia otra cosa que unos apoderados autorizados
para constituir el cuerpo soberano de la Nación, quedaron con toda la
autoridad necesaria, a pesar de haberse reducido a solas las provincias
de las Andalucías, respecto de las demás que fueron ocupadas injusta-
mente por la violencia irresistible de las armas, porque ni la material
variación del lugar, ni la injusta usurpación del tirano, pudieron en
buena jurisprudencia haberles quitado formas, justo al año de la re-
conquista que ahora han llevado a cabo con general aplauso y satisfac-
ción nuestra.
Pero aún hay más, que aunque aquella falsa reflexión pudiese in-
fluir de algún modo en el engaño de los ignorantes, sólo tendría lugar
para con los españoles, cuyas provincias se hallaban ocupadas por las
tropas del Tirano, más no para con los americanos, que poco antes de
la referida escandalosa revolución procedieron gustosos y libres de la
opresión francesa, a la elección de sus respectivos Diputados, en quienes
según los mismos principios de los revolucionarios no se podía dudar
su legítima y política representación. Siendo esto así ¿con qué facultad
ni qué motivo procedió la ciudad de Quito a la realización de un hecho
tan diametralmente opuesto a lo que poco antes había practicado?.
No hubo otra facultad ni motivo para semejante procedimiento,
que la corrompida intención de algunos individuos que quisieron hacer
independiente esta provincia a vuelta de las críticas circunstancias en

72
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

que nos hallábamos, y a la sombra de igual acontecimiento que supo-


nían públicamente haber sucedido en las capitales de Lima y Santa Fe,
no menos que en todas las demás provincias de ambas Américas. Este
es el criminal fin a que aspiraron estos insurgentes, sobornando a la
vil tropa del cuartel y engañando a los demás con las más seductivas
especies, bajo los sagrados nombres de la Religión, el Rey y la Patria,
quebrando por consiguientemente no solamente el juramento prestado
de obediencia a la Suprema Junta Central de España, sino también el
de vasallaje a nuestro amado soberano el señor don Fernando VII y su
dinastía, y otro sacrilegio que se produjo con el juramento en la Cate-
dral a favor de la Junta y de la Constitución, que no era otra cosa en
esencia que la indicada independencia y sustracción del suave yugo de
la dominación española, según se acredita más claramente por el modo
y forma con que se realizó el Plan, que es el segundo punto de la divi-
sión que se propuso el Fiscal.
A pesar de que el interior del hombre es impenetrable y que por
consiguiente no es fácil distinguir sus intenciones, sin embargo, pue-
den ser tales y tan claras sus acciones que manifiestan sin equívoco al-
guno y sin el más leve recelo de engañar al espíritu que las haya
animado. Así sucede puntualmente en la presente causa; pues todos
los procedimientos de la Junta Revolucionaria, no han respirado sino
libertad, independencia y sustracción de la dominación española.
En primer lugar hemos visto que bajo del engañoso efecto de defen-
der los derechos del soberano, se han atropellado sus leyes, deponiendo
a los Magistrados legítimamente constituidos sin causa alguna, estable-
ciendo tribunales y empleos no designados por S.M., rebajando a la
mitad el precio de papel sellado, extinguiendo el cabezón 32 de las hacien-
das, los estancos de tabacos y aguardiente, dándoles a las tropas que ha-
bíanles erigido un aumento de sueldo, y, finalmente, librando otras
muchas providencias y disposiciones dirigidas al mismo objeto de una
variación del gobierno no accidental, por tocar inmediatamente tanto en
las regalías de la soberanía, cuanto en el gasto superfluo e indebido del
real erario, tan recomendable en las estrechas circunstancias del día.
En segundo lugar hemos notado con el mayor asombro darle al
populacho, compuesto de gente más ruin y despreciable de la ciudad el

32 El impuesto llamado “cabezón” fue un tanto por ciento por fanega que podía producir la
propiedad rural, de acuerdo con la medida apropiada en uso. Esto obligaba a los propietarios
a hacer producir sus tierras, ya sea trabajándolas directamente o arrendándolas.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

nombre de Soberano, permitiendo de este modo que esta vil canalla


amotinada, dictase y pidiese imperiosamente por medio de los que se
denominaban Tribunos todo lo que les inspiraba sus amotinadores,
cuando por otro medio no podían conseguir la bárbara ejecución de sus
proyectos. El jefe de esta obra dirá acaso que en esta parte sólo hubo
una variación accidental de las leyes?. Llegará su arrojo a tal extremo
que quiera sostener que de este modo cumplía con la defensa de los sa-
grados derechos que había jurado?. Su argucia tendrá tanta fuerza que
convenza la existencia del supremo poder de la ez del pueblo sustitu-
yendo a Fernando VII y a toda su dinastía?. Desengáñese desde ahora
que por más que apure sus capciosas y seductivas ideas, jamás podrá
persuadir semejante absurdo. Cuanto más se esfuerce a ello, tanto más
claramente hará que el veneno de sus infames y sacrílegos intentos
prescindiendo de todos los atentados cometidos desde el día 10 de
agosto último, bastaba este sólo hecho para graduar a sus autores de
reos declarados de alta traición, porque estando expresamente preve-
nido por las leyes fundamentales de la Nación, que el poder soberano
recae en los magnates del reino, a falta de legítimo sucesor de la corona,
fue una usurpación prodictoria el dárselo a la ínfima plebe, mayor-
mente estando vivo nuestro adorado Fernando, y existiendo aún mu-
chos individuos de la familia reinante.
En tercer lugar, es así mismo muy digno de notarse el modo con
que procedieron a este sin par y escandaloso proyecto, valiéndose de
los medios más inicuos y viles que podía inventar la malicia humana.
En efecto, no hay dato que pruebe más eficazmente el mal fin de cual-
quier operante que la ilicitud de los medios de que se vale, porque no
siendo compatible ningún evento lo justo con lo injusto, tampoco pue-
den hermanarse los medios reprobados con un objeto santo y honesto
como lo que es el que aparentan haberse propuestos los autores del cam-
bio de gobierno. Ellos no pensaron jamás persuadir con razones la bon-
dad suprema de sus actos a los principios, sino cuando vieron ya que
no surtía efecto la fuerza y sorpresa con los sagaces, el engaño y se-
ducción con los ignorantes, el soborno y la ofensa de grandes ventajas
con los miserables. Cuando ya no pudieron lograr igual suceso que el
de esta ciudad, en las provincias de Popayán, Cuenca y Guayaquil,
por medio de los nuevos gobernadores que nombraron para el efecto,
fue cuando pensaron confundir a sus gobernadores y Cabildos con ar-
gucias y reflexiones fundadas sobre falsos supuestos, aunque inútil-

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

mente. A los principios de la revolución estuvieron muy distantes de


haberles ofrecido aquellos los grados militares, y demás utilidades y
ventajas que constan de sus respectivos requerimientos y papeles. Estos
hombres miserables faltos de conocimientos políticos y de cálculo, juz-
garon dar un golpe decisivo, creyendo que las tropas de las demás pro-
vincias se componían de oficiales y soldados tan ruines y ridículos, tan
sin honor ni entusiasmo como los de la guarnición de esta ciudad. En
fin, para todas sus operaciones contaron únicamente con este especie
de medios y arbitrios, no se valieron jamás de los medios prevenidos
por las leyes para el caso urgente en que suponían hallarse estas pro-
vincias con el imperio del tirano de la Europa.
Finalmente la diversidad y aún contrariedad de los motivos que
asignaron para bonificar sus procedimientos, es también una prueba
inequívoca del inicuo objeto a que se dirigieron, pues según la capaci-
dad o disposición de los sujetos a quienes querían satisfacer o engañar
era la variación de las causales; a unos se les aseguraba que nuestro
suspirado Fernando VII había tocado, el momento para nosotros fu-
nestísimos de su muerte y que en su virtud, la Suprema Junta Central
y sus representantes se hallaban ya enteramente extinguidos, a otros
se les decía, que aunque existía ese Soberano Congreso estaba tratando
el modo de entregar las Américas al pérfido Bonaparte y que en conse-
cuencia habían recibido ya todos los jefes de estos lugares los corres-
pondientes oficios para el efecto; a otros últimamente trataron de per-
suadirles que aquella misma noche en que ellos asaltaron el cuartel
iban a ser degollados todos los americanos, por los europeos que exis-
tían en esta ciudad, obligándolos de este modo a los inadvertidos y fal-
tos de reflexión a tomar las armas y ponerse a la defensa de un suceso
fingido; pero lo que más admira es que no satisfechos con las suposi-
ciones referidas, hayan pretendido también apoyar su gobierno revo-
lucionario en la suma apatía y falta de energía que le atribuyeron al
gobierno anterior y como este defecto no haya tenido otro objeto a que
contraerse a excepción de la causa que se les formó a ellos mismos sobre
el plan hipotético que ya se ha tratado, es muy digno de la mayor ad-
miración que la humanidad que se le dispensó entonces, en el supuesto
de ser unos sujetos de honor y fidelidad que la hayan reconocido por
un delito digno del castigo que ejecutaron, se habrá visto en el mundo
perfidia semejante?. Pero no. No se extrañe esta conducta, supuesto
que en sentir del sabio legislador de las leyes de la Partida, son conse-
cuencias forzosas de la traición, la injusticia, la mentira y la vileza.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

De todo lo expuesto hasta aquí se deduce muy claramente que los


revolucionarios, lejos de haberse propuesto defender los sagrados de-
rechos de la Religión, Rey y Patria tiraron abiertamente a la destruc-
ción de estos preciosos objetos por el vil interés de su propio engrande-
cimiento no menos que por el reprobado e inicuo deseo de tomar por
sus mismas manos la satisfacción de sus particulares resentimientos.
Porque a la verdad ¿cómo podían haber defendido la sacrosanta Reli-
gión con los perjurios, engaños, seducciones, falsedades, intrigas, vio-
lencias y sobornos que se han manifestado?, ¿cómo al Rey con la
usurpación de su soberanía dada a la escoria del pueblo con el atrope-
llamiento de sus legítimas autoridades, quebrantamiento de sus leyes,
las más sagradas y disipación de los caudales reales que se han anali-
zado?, ¿y cómo finalmente han mirado por la Patria, ocasionándoles a
esta Ciudad y a sus provincias las desdichas, calamidades y conster-
nación en que se hallan sumergidas, habiéndolas puesto en el conflicto
horroroso de matarse unos a otros, si el gobierno no toma el tempera-
mento prudente con que felizmente cortó esta desgraciada escena?; y
por último echándoles encima a todos sus vecinos la más abominable
y fea nota de traidores, por la que en ninguna parte podrá ser mirado
sin abominación el nombre de quiteño?. Es menester ser muy estúpido
o haber cerrado enteramente los ojos a la razón para no conocer la con-
tradicción manifiesta que envuelven estos particulares, con el sano ob-
jeto que aparentaron haberse propuesto.
Más para que no se confundan los inocentes con los culpables, los
que obraron por timidez y cobardía con los entusiasmados, ni los enga-
ñados y seducidos por sus seductores, seguirá el Fiscal en su acusación
el mismo sistema prudente y justo que adoptado V.E. en la pes-quisa y
en su consecuencia reservándolos para el correspondiente indulto a los
que merezcan, los comprenderá únicamente a los que según derecho
están excluidos de esta gracia, estos son primeramente los autores del
nuevo plan de gobierno; segundo, los que concurrieron a su ejecución
la noche del 9 de agosto; tercero, los que siendo sabedores de lo uno o de
lo otro, no denunciaron oportunamente al gobierno para el remedio co-
rrespondiente; y cuarto, finalmente, los que aunque entraron con pos-
terioridad por la fuerza o temor, ayudaron al proyecto con arbitrios, con
consejo, con dinero, con seducciones, o en otra forma semejante.
En la primera clase están comprendidos, según resulta de los
autos, el doctor don Juan de Dios Morales, el capitán don Juan Salinas,
el doctor don Manuel Rodríguez de Quiroga, don Javier de Ascázubi,

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

el doctor don Juan Pablo Arenas, don Antonio Bustamante y don Juan
de Larrea, y aunque este último no consta haber concurrido a la casa
de Ascázubi en donde se extendió el plan por Morales, la víspera de
San Lorenzo, de acuerdo con los primeros, sin embargo, la confesión
de dicho Morales, apoyada con su fuga, no menos que con la criminal
proclama que pronunció en la tumultuaria Junta celebrada en el con-
vento de San Agustín, prueba evidentemente su complicidad, consti-
tuyéndolo en el mismo grado que a los demás.
De la segunda clase según la división propuesta, aunque también
de la primera en razón del delito son todos los que en la noche del 9 de
Agosto concurrieron armados a la Casa de doña Manuela Cañizares
para de allí encaminarse al cuartel a incorporarse con la tropa seducida
y sobornada por el Capitán Salinas. Estos son, a más de los anterior-
mente designados, el cura de Píntag don José Riofrío, el de la parroquia
de San Roque don José Correa, el presbítero don Antonio Castelo, los
abogados don Antonio Ante, don Luis A., don José Padilla, don Nicolás
Jiménez, don Juan Ante, don Antonio Pineda, don Mariano Villalobos,
don Vicente Paredes, don Joaquín Barrera, don Luis Vargas, don An-
tonio Sierra, don Francisco Romero, don Toribio Ortega, don Manuel
Angulo, Francisco Guzmán, conocido por el organista, don Juan Cue-
llo, don Nicolás Vélez, don Pedro Veintimilla, el escribano don Juan
Antonio Ribadeneira, don Manuel Cevallos, don Miguel Donoso, don
Ramón Egas, don José Bosmediano, el Procurador Cristóbal Garcés,
don Carlos Larrea, don Feliciano Checa y don José Cañizares.
Por lo que hace al Marqués de Selva Alegre, Presidente de la
Junta Revolucionaria y a su hermano don Pedro Montúfar, no consta
su concurrencia en la referida noche de la toma del cuartel, ni menos
el que hubiesen convenido en el hecho, antes de que se tuviese noticia
positiva de la total ocupación de la Península por los franceses, pero
esto mismo acredita que ambos fueron sabedores así del plan, como de
su ejecución y que por consiguiente deben justamente ser numerados
en la tercera clase a pesar de resultar esto por la sola confesión de Mo-
rales respecto a que ésta se hallaba suficientemente sostenida por sus
actos posteriores, como son en cuanto al primero, la admisión del em-
pleo de Presidente de la Junta, dado por unos pocos facciosos, el ejer-
cicio de él, librando todas las providencias anexas a la seducción de las
demás provincias y resistencia a las armas de S.M. que se propusieron
los insurgentes, con la complacencia que manifestó con la gratificación
de más de 600 pesos que distribuyó entre los soldados, y finalmente su

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

fuga, sin embargo de habérsele llamado en edictos y pregones; y por lo


que hace al segundo, su allanamiento a las actas seductivas que se dic-
taron en el Cabildo que presidió como Alcalde ordinario a pesar de
haber tenido menos motivos de temer a los insurgentes como hermano
que es del Presidente de la Junta, y finalmente la carta seductiva que
escribió a Barbacoas asegurando ser legítima la Junta establecida en
esta ciudad y manifestando las ventajas que le resultarían aquella pro-
vincia de su reunión con ésta. En esta misma clase debe igualmente
ser considerada doña Manuela Cañizares que como dueña de la casa
en donde se celebró la última Junta expresada, fue sabedora de todo lo
que se había de haber practicado por los concurrentes y que por consi-
guiente pudo muy bien haber dado cuenta oportunamente al gobierno
para su remedio.
Poniéndoles el Fiscal la acusación en forma con reproducción de
los cargos que se ha hecho en sus respectivas confesiones, pide contra
todos los designados en las tres clases referidas el que declarándolos
V.E. reos de alta traición los condene a la pena ordinaria del último
suplicio y confiscados todos sus bienes en el modo y forma de estilo,
con arreglo a la Ley Segunda, título II, de la partida VII, concordante
con la Segunda título 18, del libro VIII de las leyes recopiladas de Cas-
tilla y a la IX, título 13 de la partida II, sin que para apartarse del pun-
tual cumplimiento de éstas, pueda servir de excepción el carácter
sacerdotal para con los eclesiásticos, ni la entrega de las armas para el
capitán Salinas, ni finalmente, para con algunos de los expresados, el
haber declarado posteriormente a favor de la buena causa.
No es lo primero, porque aunque la Ley X, título 2, del libro 1º
de las Municipalidades, disponga la remisión a los reinos de España
de los Eclesiásticos culpados en motines y traiciones habla en el con-
cepto de gozar éstos de fuero en semejantes delitos como se deduce muy
claramente de las expresiones de la citada Ley que previene sean cas-
tigados por sus prelados; más, habiéndose ya derogado todo fuero por
privilegiado que sea en los casos de esta naturaleza, tanto por la Prag-
mática recopilada por el señor don Carlos III, cuanto por otras poste-
riores soberanas resoluciones, nos hallamos en el caso de juzgarles a
éstos del mismo modo que a los seculares, como que en razón del vasa-
llaje debido al Soberano, no hay diferencia alguna entre unos y otros.
Bajo cuyo concepto por Real disposición de la Junta Suprema del Rey
han sido decapitados los eclesiásticos comprendidos en semejantes crí-
menes, y no hay razón alguna legal ni política que se obligue en las

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Américas a distinto procedimiento, cuando en las circunstancias ac-


tuales, es tan necesario el ejemplo aquí que allá; mayormente con res-
pecto al Dr. Riofrío, que a más de lo referido fue con gente armada a
conquistar la provincia de Pasto en donde causó los desórdenes que se
experimentaron.
No lo segundo, porque si don Juan Salinas se resolvió a poner a
disposición de V.E. la tropa de su mando, fue cuando a más de haberse
verificado la contrarrevolución de las provincias de Latacunga, Ham-
bato, Riobamba y Guaranda a favor del legítimo gobierno ya se tuvo
noticia cierta de la venida del auxilio de Lima no menos que los prepa-
rativos de guerra de las provincias de Popayán y Cuenca, cuando ya
se hallaba cerciorado Salinas de las ideas ocultas de sus mismos oficia-
les y soldados que se habían determinado unirse con las tropas auxi-
liares, y finalmente cuando sus mismos beneficiados y allegados
intentaban asesinarlo, como que su resistencia y el criminal y sangui-
nario empeño de Morales eran los únicos obstáculos que encontraron
los demás autores de la insurrección para no haber podido realizar la
pacificación de esta ciudad que tanto les hizo desear su arrepentimiento
a vista de la ruina que les amenazaba. De modo que aquella acción de
Salinas no fue efecto de amor al soberano ni un verdadero arrepenti-
miento nacido del acontecimiento del atentado que cometió, sino un
apurado arbitrio que tomó por su propia conveniencia con el objeto de
asegurar su vida, no menos que su empleo de coronel, valiéndose para
el efecto de la especie de capitulación que hizo celebrar a sus compañe-
ros con S.E. a vueltas de la operación en que lo tenían, creyendo equi-
vocadamente sacar partido por este medio de su propia iniquidad sin
hacerse cargo de que así como las convenciones particulares que hacen
los ciudadanos por miedo, dolo o fuerza son nulas, también son las que
la autoridad celebra con una gavilla de facciosos armados y dispuestas
para todo género de atentados.
Estas mismas consideraciones manifiestan a la clara luz la nin-
guna indulgencia que debe haber para con los sujetos que se declararon
después contra la Junta Revolucionaria, pues que todas sus operaciones
fueron nacidas de la imposibilidad que advirtieron y conocieron prác-
ticamente en el buen éxito de su criminal proyecto, a vista de la resis-
tencia de las demás provincias y de sus preparativos para el ataque de
ésta. Bajo este concepto es que la Real Pragmática citada, aún en el
caso de una retirada voluntaria de los revoltosos, les niega enteramente

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el indulto a los autores de la conmoción popular. Y así a pesar de todo


lo expuesto pudiese haber lugar a cualquier indulgente consideración
sólo debería entenderse con el Marqués de Selva Alegre y su hermano
don Pedro Montúfar quienes a más de no haber concurrido a la for-
mación del plan del nuevo gobierno, ni a su ejecución, como se ha
dicho, conocieron su hierro a los pocos días de la insurrección y trata-
ron con el mayor empeño sobre el restablecimiento del legítimo go-
bierno exponiéndose a los temibles efectos de furor de Morales y
Salinas; de modo que por esta razón no se vieron en esta ciudad las de-
capitaciones, destierros y demás funestas consecuencias que segura-
mente se hubieran experimentado con otro Presidente que hubiese
llevado el sistema y sanguinarias miras de aquellos dos, cuyas circuns-
tancias como pública y notoria, la recomienda el Fiscal en obsequio de
la verdad para los efectos que haya lugar en derecho.
En la cuarta clase están comprendidos muchos de los vecinos de
esta ciudad que contribuyeron gustosos a la perfección y estabilidad
del nuevo gobierno, pero para que en ellos se pueda graduar la malicia
de sus operaciones, es indispensable hacerse cargo de que por una parte
han sido ofuscados con especies más tentadoras fundadas en hecho cuya
falsedad era absolutamente desconocida por su poca o ninguna ilus-
tración en materias políticas, y por otra estimulados con el ejemplo del
Ilustrísimo Sr. Obispo de esta Diócesis, de este príncipe de la iglesia,
a quien lo vieron autorizar con su respetable dignidad la revoltosa
Junta celebrada en el Convento de San Agustín, recibir de sus sagradas
manos después de pontificar la misa de Acción de Gracias y el inicuo
y sacrílego juramento hecho a favor de la nueva constitución, con asis-
tencia de los cuerpos y empleados creados por ésta, convidándose vo-
luntariamente para el efecto, y finalmente concurrir como primer vocal
de aquella Junta a dictar y rubricar las providencias que derogaron las
sagradas regalías, y supremas facultades de la soberanía.
El ánimo del Fiscal, no es acusar, ni formarle el más leve cargo a
este Prelado de la Iglesia, pues sabe muy bien que el juzgamiento de
su causa es privativo de S.M. o el tribunal que se haya erigido con este
objeto, mas no por esto, hablando de buena fe, puede prescindir de con-
fesar en obsequio de la verdad que su ejemplo y conducta han consti-
tuido en el tiempo de la revolución una seducción irresistible para el
pueblo, que compuesto la mayor parte de hombres sin ilustración, sin
conocimientos, y aún sumamente ignorantes, no solo han mirado en

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

todos los tiempos a los señores Obispos como a hombres elevados a


aquella dignidad, sino aún como a una especie de Deidades, no menos
infalibles en sus determinaciones, que irreprensibles en su conducta.
Siendo este el concepto que tienen en estos lugares, y constatando
de público y notorio en esta ciudad que muchos de sus honrados veci-
nos a pesar de la buena disposición que manifestaron al principio, en-
mudecieron con el perjudicial allanamiento de su Señoría Ilma., no
puede el Fiscal sin agravar su conciencia acriminar indistintamente a
todos los que con posterioridad a aquel ejemplo tomaron parte en el
nuevo gobierno, antes sí confiesa y confesará en cualquier evento y cir-
cunstancias, la infelicidad, timidez, y apocamiento del pueblo en ge-
neral, que a pesar de habérsele dado lanza para cometer los mayores
atentados no tuvo valor para salir por sí un punto de los límites pres-
criptos por las leyes, constituido por necesidad, y con manifiesta re-
pugnancia suya, a servir de un mero instrumento de los revolucio-
narios por no señalarse y hacerse el bando de sus iras en caso de resis-
tencia. Por cuya razón, cualquier cargo que le resulte a la generalidad
de esta ciudad y sus provincias, revierte contra el Sr. Obispo que te-
niendo como Pastor de la iglesia las más poderosas y temibles armas
con que combatir y sofocar en sus principios a los viles traidores, pro-
fanadores del templo, los reanimó con su anuencia conduciendo al
mismo tiempo su rebaño por el sendero de la perdición, sin que para
esto haya podido servir de remedio la exclamación que hizo en su Ca-
bildo el día 14 de agosto a que este documento cerrado con 7 sellos y
custodiado en poder de la Priora del Monasterio de El Carmen con la
obligación de guardar sigilo bajo de la gravedad eclesiástica de incurrir
en excomunión mayor, lejos de haber podido producir el más leve efecto
a favor de la buena causa solo prueba que tanto el Sr. Obispo, cuanto
su Venerable Dean y Cabildo, concurrieron a todos los actos ya refe-
ridos con pleno conocimiento de lo mal que hacían. 33
Véase ahora si este dato oculto y herméticamente cerrado con 7
sellos pudo haber servido de resistencia y corrección a los autores de
la Revolución o a lo menos de ejemplo y exhortación a los demás veci-
nos preocupados y seducidos que es el único objeto para el que hubiera
tenido que hacer uso de él, el Fiscal con el mayor dolor de su corazón
protestando que su ánimo no ha sido tocar directamente a la alta dig-

33 Se refiere el Fiscal a un documento redactado por el Obispo en el que declaraba oponerse a


la revolución del 10 de agosto de 1809.

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nidad de su Señoría Ilustrísima, que la mira con veneración corres-


pondiente a su sagrado y distinguido carácter, sino sólo al manifestar
que las personas que entraron posteriormente a sostener el plan del
nuevo gobierno, carecen de la criminalidad, que seguramente les hu-
biera sido imputable en otras circunstancias .
El Fiscal se hace cargo desde luego, que nadie está obligado a se-
guir el mal ejemplo ante sí, contrariamente debemos todos resistirlo
aunque sea dado por nuestros legítimos superiores, pero esto se entien-
de cuando el mal a que se nos invita es claramente conocido por tal,
mas no cuando se halla disfrazado con apariencias de bondad como su-
cede al presente, pues ocultó el veneno de los insurgentes con las más
especiosas aparentes razones bajo los sagrados nombres de religión,
rey y patria confirmado por el sucesor de los apóstoles al pie del altar
y en la tremenda presencia del Santísimo descubierto, y finalmente
aprobado por los vecinos más sensatos de la ciudad, se engañó y fue
aceptado por la mayor parte del vecindario, pero no así con respecto a
los letrados y demás personas de ilustración y criterio en quienes no
pudiendo tener lugar el engaño, ni debiéndose admitir en justicia seme-
jante anomalía, es de creerse fundadamente que prosiguieron con pleno
conocimiento a los actos reprobados que se les ha hecho cargo, con el
interés de conservar los honores y empleos a que fueron provistos.
En este número entrarán los abogados doctores don Francisco Ja-
vier Salazar, don Antonio Tejada, don Mario Merizalde, don Luis Qui-
jano, don Bernardo de León, don José del Corral, don Pedro Quiñones,
don José Sánchez de Orellana y don José María Tejada, quienes des-
pués de haber admitido sin repugnancia alguna los empleos de Sena-
dores en el nuevo tribunal a excepción de los dos últimos que no fueron
provistos a semejante destino, escribieron varias cartas seductivas a
las provincias inmediatas, fundando con razones engañosas la legiti-
midad del gobierno de los insurgentes, constituyéndose por consi-
guiente en verdaderos reos de alta traición, según el espíritu de las
leyes que tratan del caso, como podrá declararlo V.E. en justicia, con-
denándolos en su virtud a un presidio a todos ellos, con confiscación
de sus bienes, por el tiempo que fuere de su superior agrado, para cuya
graduación recomienda el fiscal a V.E., por lo que hace al doctor Sala-
zar la circunstancia de haber dictado como asesor del cabildo de esta
ciudad todas las actas seductivas que se dirigieron a los cabildos de las
demás provincias contra el dictamen de la mayor parte de los capitu-

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

lares, el haberle servido de consultor al Marqués de Selva Alegre en la


Junta levantada, aprobándole como tal la licitud supuesta de lo hecho,
con sólo la calidad de que se sujetase a la Suprema Junta del Reino,
según resulta de su misma declaración. Y por lo que respecta a don
Sánchez de Orellana, la admisión del empleo de corregidor de Otavalo,
el empeño con que se manifestó en él, librando con la mayor energía
todas las providencias que estimó necesarias, tanto para mantener
aquella provincia en una perfecta sujeción al gobierno intruso, cuanto
para la conquista de las provincias de Pasto y Popayán y seducción de
sus fieles habitantes.
Para el mismo efecto, recomiendo a V.E. por el extremo contrario
la conducta posterior de don Antonio Tejada, Luis Quijano y don Ma-
riano Merizalde, de lo que los dos primeros a pocos días después de la
revolución comenzaron a trabajar por el restablecimiento del legítimo
gobierno, sin perdonar diligencia alguna, hasta verse expuesto a las
sanguinarias determinaciones de los facciosos, especialmente Quijano,
que por esta razón se vio en la precisión de huir de esta ciudad. Y el
tercero con motivo de haber asistido a la Junta Revolucionaria como
Fiscal que era de lo civil, impidió el último saqueo de las Cajas Reales
oponiéndose vigorosamente a las arbitrarias disposiciones de Morales
y Salinas.
En la misma clase están comprendidos el doctor don Salvador
Murgueitio, que como comisionado por la Junta Revolucionaria pasó
a tratar con el Cabildo de la ciudad de Cuenca y les dirigió a sus capi-
tulares varias cartas seductivas con el objeto de inspirarles las mismas
ideas revolucionarias de los insurgentes de esta ciudad; el Marqués de
Villa Orellana que con igual comisión se dirigió a la ciudad de Gua-
yaquil y se condujo con el mayor entusiasmo a favor de la autoridad
intrusa la exaltó, hasta llegar al extremo de recriminar la conducta
prudente y leal de su compañero el doctor don José Salvador que va-
liéndose de aquella favorable ocasión se trasladó a dicho Puerto, re-
nunciando a la referida comisión y al empleo de Senador que le dieron
y que se agrega la carta seductiva que escribió también a Barbacoas
pretendiendo sostener la escandalosa revolución de esta ciudad; el Mar-
qués de Miraflores que no contento con haber admitido el empleo de
representante de la Junta, a pesar de su avanzada edad y achaques,
causando con este hecho el mayor escándalo en la ciudad por su ascen-
diente con el pueblo, escribió igualmente una carta seductiva a Popa-

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yán aprobando el procedimiento de los insurgentes; el Regidor don


Manuel Zambrano que en calidad de General sostuvo la expedición
dirigida a Pasto librando las providencias más ejecutivas a fin de con-
seguir la conquista de dicha provincia; a don José de Larrea que como
Corregidor de Guaranda nombrado por la junta levantada, cortó los
caminos y dio otras providencias dirigidas a impedir la entrada de las
tropas de S.M. que venían de la provincia de Guayaquil; el teniente
don Manuel Aguilar que con el nombre de general de la división del
sur organizó sus disposiciones con el mismo objeto que Larrea; don
Nicolás de la Peña que escribió una carta igualmente seductiva que las
envió a la capital de Lima en quien para mayor abundamiento concurre
las circunstancias de haber estado complicado en la causa anterior; don
Antonio de la Peña su hijo, y don Juan de Larrea que en la provincia
de Alausí mandaron hacer fuego contra don Pedro Calixto y don José
Pérez y otros sujetos que se declararon a favor de la buena causa em-
barazando de este modo la pronta reunión de aquellas provincias con
la ciudad de Cuenca; don Tadeo Benítez que en el pueblo de Funez
mató alevosamente a uno de los soldados de la parte de Pasto habién-
dole antes convidado con la paz, cuyo hecho se halla justificado, sin
embargo de negarlo aquel abiertamente. El escribano Atanasio Olea
que destinado por la junta para las correspondientes actuaciones, sirvió
con el mayor empeño y entusiasmo haciendo firmar con amenazas a
todos los vecinos de esta ciudad la criminal acta celebrada en el Con-
vento de San Agustín. Últimamente don Juan Barrero, don Juan Pablo
Verrazueta y don Antonio Cuello que en calidad de tribunos plebeyos
suscitaron nuevas conmociones, convocando barrios con el objeto de
impedir el restablecimiento del gobierno legítimo a pesar de haberse
declarado ya toda la ciudad contra la insurrección.
Contra los 14 sujetos referidos pide el Fiscal igual pena de presidio
en los mismos términos que tiene expresados anteriormente para que
V.E. con arreglo a las circunstancias particulares que concurren en
cada individuo, se sirva fijar el término de su condena, teniendo en
consideración para ello de que en actos posteriores algunos de ellos
acreditasen haber trabajado a favor de la autoridad legítima, es indis-
pensable el discernimiento del motivo que les obligó a ello respecto a
que muchos de los entusiastas desistieron de su empeño sólo por la di-
ficultad que encontraron en su empresa; pero cuando a pesar de esto
puede influir aquella circunstancia en la rebaja de la pena, solo deberá

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entenderse en su modo o duración mas no en lo sustancial de ella que


debe proporcionarse al delito en su origen.
También es muy digna de notarse la conducta observada por los
corregidores de Latacunga, Riobamba, Guaranda, Ibarra y del Justicia
Mayor de Otavalo y tenientes de Ambato y Alausí que lejos de resistir,
prestaron la más ciega obediencia a las órdenes del gobierno intruso,
dando las disposiciones necesarias para los preparativos de guerra que
se les previno por la Junta insurrecta para ponerse a las verdaderas
armas del Soberano, cuya criminal condescendencia los reanimó a los
insurgentes para proceder a los demás hechos y conquistas que se pro-
pusieron las provincias de Guayaquil, Cuenca y Popayán, y aunque
el corregidor de Guaranda no entró en dichas disposiciones de guerra
por haber sido separado de su empleo; pero también es cierto que sirvió
de emisario de los pliegos remitidos por la expresada Junta a la ciudad
de Guayaquil por cuya razón se han hecho acreedores todos ellos, por
lo menos a que se les prive de sus empleos y se les condene al pago ín-
tegro de todas las cantidades pertenecientes al Real Erario, que hubiese
gastado por orden de la citada Junta revolucionaria o de su Presidente
como podrá determinarla V.E. con la integridad que le es propia.
No son de menor consideración los vocales de la Junta que cons-
tituyeron el cuerpo soberano proditoriamente elegido en esta ciudad
los que debiendo oponerse a semejante criminal establecimiento, dando
mal ejemplo a los demás del pueblo como hombres de representación y
ascendencia en él, se prestaron francamente a servir sus empleos, jurar
la constitución y ejercer las demás funciones anexas a su ministerio,
con grave ofensa y perjuicio de los privilegiados derecho de la sobera-
nía; y aunque en ellos tenga mucho lugar la excepción de la notoria
fuerza que padecieron para poder liberarse de una demostración ejem-
plar correspondiente al grave atentado que cometieron con la usurpa-
ción de las supremas facultades de S.M., sin embargo no por eso
pueden eximirse enteramente de toda pena pues que pudieron después
de haber salido de la sorpresa reflexionar y oponerse abiertamente a lo
hecho y en su virtud deben ser condenados todos ellos en mancomún
a la reposición de los caudales reales que se gastaron de orden de la
junta, de su presidente o de cualquiera de los titulados ministros, a ex-
cepción del marqués de Solanda y don Juan José Guerrero, que siguie-
ron en sus empleos de representantes con consulta y anuencia de V.E.,
que conociendo sus buenas intenciones, les previno que continuasen
en aquellas ocupaciones para no hacerse sospechosos a los insurgentes

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

y poder obrar por consiguiente por la buena causa a su debido tiempo


con sujeción a las superiores órdenes de V.E. como así lo efectuaron
especialmente dicho Juan José Guerrero que habiendo obtenido el em-
pleo de Presidente, con acuerdo también de V.E., consiguió poner las
cosas en su entorno más favorable que podía haberse apetecido en aque-
llas críticas circunstancias.
Finalmente en la tropa que se vendió por el vil soborno entregán-
dose a disposición de su seductor Salinas, es indispensable la más se-
vera demostración para escarmiento de otros, pues que siendo ésta la
que debe prestar la correspondiente seguridad para la tranquilidad pú-
blica y energía de la real autoridad, como que con este objeto la man-
tiene el soberano con el decoro y distinciones que le están concedidas,
es responsable de la más grave falta que pueda haber en semejantes
casos en el cumplimiento de sus deberes, y en su consecuencia pide el
fiscal que ya que no se puede verificar en ella lo dispuesto por el Art.
26, título 10, tratado VIII de las reales ordenanzas de ejército, a lo
menos sean quitados todos los soldados que se hallaron en el cuartel la
noche del 9 de agosto, para que en ellos se efectúe la pena del último
suplicio y que los restantes después de pasados por debajo de la horca
sean destinados a obras públicas en los presidios que designare V.E.
de cuya operación deberán ser separados el teniente don Nicolás Agui-
lera, que se hallaba de oficial de guardia en la prevención, el sargento
distinguido don Javier Zambrano que también estuvo de guardia, el
soldado José Andrade que igualmente se hallaba de centinela en la
puerta del cuartel, los sargentos José Vinueza y Mariano Cevallos por
haberle servido todos ellos de instrumento al capitán Salinas para la
seducción y soborno de que se ha hablado, y como tales deben igual-
mente sufrir la pena del último suplicio en la forma acostumbrada sin
que para ser eximido de ella le pueda servir a Cevallos la falta de jus-
tificación que se nota en los autos; respecto a que la notoriedad del
hecho, la graduación del oficial que obtuvo inmediatamente y su fuga
constituyen la más completa prueba de su complicidad en el mismo
grado que a los demás.
Todos los designados hasta aquí son los autores y principales cóm-
plices de la revolución del 10 de agosto último, que tanto ha escanda-
lizado a todas las provincias de la América alarmándolas para el corres-
pondiente ataque con grave perjuicio del Real Erario y de los intereses
de sus fieles y leales vecinos. Este ha sido el atentado mayor que se ha
visto desde la conquista hasta ahora cuyas funestas consecuencias son

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

incalculables y las llorará la desgraciada ciudad de Quito por muchos


siglos por haber abrigado en su seno a unos inicuos que la han sacrifi-
cado pretendiendo fundar sobre sus ruinas el engrandecimiento que
soñaron, pero este pueblo que en medio de la seducción y violencia ha
sabido distinguir las viles intenciones de aquellos y resistir en lo posi-
ble sus proyectos en la afirmación de su fidelidad, debe mirar también
con la mayor complacencia, la ejecución del justo castigo que se han
hecho acreedores, en consideración a que cualquier indulgencia que le
pueda inspirar la humanidad para con ellos, es perjudicial a los mismos
vecinos de esta provincia cuya tranquilidad pública debe ser preferida
según todos derechos a toda especie de conmiseración que la renuncia
el fiscal en defensa de los sagrados derechos del soberano tan vilmente
ultrajados pidiendo que V.E. con la justificación que acostumbra se
sirva acceder a cuanto tiene expuesto a efecto de que las Américas que
han visto con horror el escandaloso atentado que ha dado méritos a
esta causa, vea también con gusto el ejemplar castigo que a cortado y
puesto fin a las funestas consecuencias que amenazaba.
Otro sí dice el fiscal: que todos los reos que se hallan en prisión se
han descargado en sus respectivas confesiones suficientemente expo-
niendo todas las excepciones que han considerado oportunas para sus
defensas, de modo que no les queda ya mas que decir en contestación
a la acusación fiscal, en esta virtud, y en la que en los delitos notorios
como en el presente no son de guardarse las formalidades y demás trá-
mites ordinarios del derecho, según la común doctrina de los mejores
criminalistas de la nación, podrá V.E. omitiendo el traslado que en
otras circunstancias correspondería al actual estado de la causa, man-
dar se recibe a prueba con un término corto y perentorio para que den-
tro de él, procedan aquellos a la justificación de las excepciones que
tienen propuestas, pues de lo contrario a más de entrar en unas con-
testaciones superfluas, se prolongará el progreso de la causa con el
abultado proceso de más de 3.000 fojas, ocasionando los perjuicios que
se dejan entender.
Quito, 21 de abril de 1810.
(f) Dr. Arechaga.
Es copia de la vista fiscal que se refiere y corre en la respectiva
causa de que certifico.
Quito, 27 de mayo de 1810.
Carlos Estrella.”

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Informe del Teniente de la Segunda Compañía del Regimiento


Real de Lima don Juan de Celis que estuvo de oficial de guardia
el 2 de agosto de 1810, cuando se produjo el sacrificio de los
patriotas el 2 de agosto de 1810. 34

“El Teniente de la segunda compañía del Regimiento Real de


Lima en cumplimiento del decreto de usted de fecha de ayer, para que
informe a consecuencia de lo mandado por el Excmo. señor Presidente
y Capitán General sobre lo ocurrido en el cuartel de prevención el día
2 de agosto dice:
Que efectivamente se halló haciendo de oficial Comandante de
aquella guardia en dicha fecha y habiendo estado cerca de la una pa-
seándose por la puerta de guardia, se le presentó el Regidor don José
Guarderas pidiéndole permiso para verse con el presbítero doctor don
José Riofrío y requerirle sobre la letra de una esquela que a nombre de
éste le habían llevado pidiéndole unos pesos, y dudada que Guarderas
hubiera hecho alguna petición, y habiéndole pedido que le acompañase
al cuarto del dicho eclesiástico, fue con el exponente dejándole encar-
gado al cabo primero del Lima Faustino Uricote, que hacía de sargento
de la guardia, que cuidase de la puerta entre tanto volvía de arriba, y
hecha la diligencia se despidió el dicho regidor quedándose el que le in-
forma arriba haciendo cerrar la puerta del Dr. Riofrío.
En ese mismo acto se oyó un ruido extraordinario en la puerta
del cuartel para donde se dirigió con toda prontitud el presente oficial
y entonces reparó que se habían introducido por sorpresa 6 hombres
de los paisanos de la plebe y armados de cuchillos acometían ciega-
mente a los soldados de la guardia en el zaguán de la misma preven-
ción. Uno de aquellos arremetió contra el exponente tirándole varias
cuchilladas que esquivó con el uso de la espada, hasta que habiéndose
cegado el mismo con el deseo de acertar un golpe que lo recibió el oficial
en la mano izquierda, se clavó el mismo por el costado y cayó en tierra.
En la misma refriega fueron muertos los cuatro compañeros por los
soldados; el último que había echado mano de un fusil de la misma pre-
vención que estaba descargado (según lo refieren los presos que que-
daron vivos) acometió por el lado al capitán don Nicolás Galup que
había concurrido a la bulla haciendo dirigir un cañón contra la puerta
del cuartel y en ese mismo acto fue herido por el costado de un golpe

34 AHNM. Secc. Consejos. Leg. 21677. Carp. P 2. Exp. 1. Doc. 29.

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

de bayoneta que estaba armada en el mismo fusil que tenía el paisano


y que sobrevivió a los demás.
Habiendo estado presente el Sargento Javier Sanchez agregado a
la artillería mandó pegar fuego al mismo cañón con el paisano Juan
Antonio Ribadeneira, que dicen se hallaba escribiendo en el cuarto de
otro sargento, y para evitar el destrozo que amenazaba el cañonazo dis-
parado dentro del mismo zaguán le fue preciso al exponente salvarse
del peligro saliendo de carrera a un lado de la calle atropellando a otro
de los agresores que se había puesto a la puerta con fusil y habiendo
sido muerto luego que se descargó el cañón, volvió el exponente a en-
trar en el cuartel y entonces reparó muerto al capitán Galup. Dejando
resguardada la puerta con los cañones que se sacaron y los demás sol-
dados que habían concurrido, se dirigió a los cuartos altos acompañado
de su soldado asistente Andrés Hurtado y halló en el corredor todavía
palpitante el cadáver del doctor don Manuel Quiroga el único preso
que por haber estado comiendo pudo salir de su cuarto huyendo y fue
muerto, después reparó muerta también fuera del cuarto, a una negra
del mismo Quiroga que le llevaba la comida; luego siguió viendo el
destrozo que se había hecho en los demás calabozos cuyas puertas ha-
bían sido quebradas a viva fuerza por los soldados que acometieron a
los presos que fueron muertos dentro de sus propios cuartos como el
capitán Salinas que le halló así en su cama.
Solamente habían escapado hasta entonces, por no se qué casua-
lidad, el doctor Juan de Dios Morales y don Francisco Javier Ascázubi
quienes estuvieron desarmados y luego que vieron al exponente, le pi-
dieron con las más vivas y tiernas instancias que les favoreciere, les
aseguró sinceramente dejándoles a un soldado armado de fusil para
que hiciese de centinela en compañía del mismo asistente Hurtado, en-
cargándoles eficazmente que custodiasen a dichos dos sujetos, sin per-
mitir que se les hiciesen ningún daño ni se les atropellase su cuarto.
Habiendo oído nuevos tiros de fusil en el zaguán de la prevención,
hubo de bajar precipitadamente el que informa a dar las providencias
oportunas para impedir el nuevo desorden y entonces se impuso que
se acometía contra los presos que estaban en los dos calabozos de abajo
los cuales imploraban a voces la protección del exponente que tuvo que
meterse en medio de las balas y bayonetas para impedir la barbaridad
de los soldados que pretendían acabar con esos infelices que no habían
tenido otro recurso que atrancarse por dentro faltándoles ya este débil

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

resguardo por haber forzado los soldados las puertas y a pesar de las
amenazas que se le hicieron al oficial contra su vida logró libertar a 6
de los que estaban encerrados, habiendo perecido sólo don Vicente Melo
que preocupado del susto o por una curiosidad indiscreta, se asomó y
recibió un balazo mortal en la cabeza cuya desgracia no pudo impedirla
el exponente.
Inmediatamente de haber salvado la vida a los expresados, oyó de
nuevo tiroteo en los calabozos de arriba y aunque concurrió con la
mayor presteza encontró ya muertos con la mayor violencia al doctor
Morales y Ascázubi y no apareciendo el centinela que les había dejado,
solo pudo reconvenir al asistente Andrés Hurtado sobre este nuevo
atentado y le dio por razón que un pelotón de soldados lo había atro-
pellado a él y al centinela amenazándoles ferozmente porque cumplían
con la orden que les había dado de oponerse a la violencia que consu-
maron forzando la puerta y matando a balazos a dichos dos presos con
la misma inhumanidad que lo habían hecho con los demás. Luego se
dirigió el exponente al calabozo o aposento del presbítero don Antonio
Castelo y habiendo encontrado a éste vivo le preguntó por sus compa-
ñeros que lo eran don Manuel Angulo y don Mariano Castillo y ha-
biéndole dicho que el primero estaba libre y oculto en un tumbado,
encontró al segundo herido entre los muertos de otro aposento a donde
había pasado casualmente, lo hizo conducir al suyo poniéndole en se-
guridad con nueva centinela, le dio aviso al administrador de correos
don José Vergara para que viniese a ver a don Manuel Angulo que
había escapado del modo que queda dicho.
Esto fue lo que individual y cierto ocurrió en ese desgraciado su-
ceso, cuya causa no pudo evitarse por la sorpresa con que se introdu-
jeron los que asaltaron al cuartel que se sacrificaron con el ímpetu más
ciego, pues según indicaban sus movimientos manifestaban estar
ebrios, lo que se conoció evidentemente con el reconocimiento que se
hizo al único que quedó vivo por haberlo encerrado los mismos presos
que escaparon en el calabozo de abajo. Así por la resistencia que hacían
los soldados de la prevención como por el fuego continuo que hacía la
guardia del palacio a la puerta del cuartel, se impidió que pudiesen
agolparse más gente para introducirse adentro lo que hubiera causado
mayor desorden y mortandad.
El exponente asegura a usted delante de Dios que no dio ninguna
orden contra los presos, ni podía haberla dado cuanto no la tuvo de su

90
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

Excelencia ni de usted, ni se le había comunicado por el oficial inme-


diato que le entregó la guardia.
Esta atrocidad bárbara fue obra de sólo los soldados que se amo-
tinaron con el mayor desorden sin habérseles podido sujetar en aquel
conflicto; ellos clamaban irritados sobre vengar la muerte del capitán
Galup, conmovidos a mayor abundamiento con los lamentos que daba
su hijo el alferes don Agustín Galup a la vista de la desgracia de su
padre.
De todo lo expuesto pueden dar también razón el sargento Sán-
chez, el escribiente Rivadeneira, el asistente Hurtado, los presos que
escaparon en los calabozos de abajo, don Francisco Romero y don José
Andrade que pudieron libertarse de la tragedia de sus compañeros,
como también los presbíteros Castelo, Angulo, y Carrillo; debiendo
también exponer las dos hijas del Dr. Quiroga como las protegí después
de que encontré muerto a su padre habiéndolas recomendado con la
mayor eficacia a los soldados asistentes del cuarto del capitán Galup
para que las cuidasen con todo esmero, hasta que por la noche las de-
posité en una tienda junto al cuartel y las mandé a su casa al día si-
guiente.
Finalmente debe también informar el presente oficial en obsequio
a la verdad, y en cumplimiento del honor que profesa, que no vio, ni
pudo descubrir que ninguno de los presos, así de los que murieron,
como de los que quedaron vivos hubiesen tenido armas de ninguna
clase, ni cometido agresión alguna contra la tropa cuando fue atacado
el cuartel, ni después que fueron acometidos, en cuyo acto no se halló
presente para impedirlo a pesar de la insubordinación que manifesta-
ban todos los soldados y que se tumultuaron sin oír la voz del oficial,
ni guardar orden en nada aún después de pasado el primer conflicto.
Todos los muertos a excepción del Dr. Quiroga y su negra, fueron
hallados dentro de sus propios cuartos calabozos, como que los más es-
tuvieron cerrados fuera de algunos, donde estaban comiendo a esa hora,
habiéndose forzado las puertas por los soldados como lo manifiestan
todas ellas que se hallaban hechas pedazos, como también las mesas,
sillas y otros muebles de servicio que tenían los presos, cuyos cadáveres
fueron despejados de todas sus ropas, según reparó el exponente cuan-
do se entregó a los religiosos de San Agustín y San Francisco que ocu-
rrieron de orden del gobierno para darle sepultura.
De todo lo expuesto y de no haber encontrado muerto ni herido a

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

ninguno de los soldados que hacían la guardia de los calabozos altos,


se conoce claramente que los presos murieron indefensos y por sola la
barbarie y rapacidad de los soldados, que son los únicos responsables
de tan lastimoso desastre, sin que pueda resultarle de esto ningún
cargo, ni reato al presente oficial porque ni el pudo prever un lance tan
repentino y de pura sorpresa como lo fue el ataque del cuartel de que
no tuvo ninguna noticia, indicio ni sospecha alguna, ni tampoco fue
posible por las calamitosas consecuencias que se ocasionaron por la
confusión y la violencia de un tumulto inesperado.
El exponente no ha podido dejar de hacer una relación circuns-
tanciada y sincera, así por lo que requiere la gravedad del caso, como
por manifestar la inocencia con que procedió en el desempeño de su
empleo, para que en ningún tiempo se le pueda argüir de falta en su
obligación, ni de exceso en el uso de sus facultades, pues en todo pro-
curó comportarse con la prudencia y reflexión que exigían unas cir-
cunstancias tan críticas como imprevistas.
Es cuanto debe informar para ilustración de la verdad y en obse-
quio de la justicia, bajo la satisfacción de que nadie podrá convencerle
de lo contrario a cuanto deja expuesto que a mayor abundamiento
puede comprobarse con el testimonio jurado de las personas que que-
dan citadas, como que presenciaron los hechos referidos.
Quito, agosto 16 de 1810.
Tnte. Juan de Celis.”

Informe del Obispo de Quito don Jose Cuero y Caicedo al virrey de


Santa Fe sobre la matanza del 2 de agosto de 1810.

“Excmo. Señor:
El día 2 del presente mes experimentamos aquí la escena más san-
grienta y dolorosa. Voy a hacer a V.E. una breve relación de ella, para
que se instruya de la verdad y de lo más interesante del suceso, pues
las circunstancias del tiempo no me han permitido hacer un detalle in-
dividual de todo.
A la una y media de la tarde cuando la ciudad estaba más tran-
quila por haberse retirado las gentes a comer en sus casas, acometieron
25 hombres poco más o menos a la guardia del presidio que se componía

92
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

de pardos, les quitaron las armas, hirieron al centinela, al oficial y sol-


taron a los presos, al mismo tiempo que se habían dirigido al cuartel
otros tantos o pocos menos de los que entraron en él que fueron 6, y
los demás quedaron fuera.35 Aquellos mataron al capitán Galup del
Real de Lima, tomaron la artillería, y con cuchillos, única arma con
que acometieron mataron a otros soldados, los que estaban de centinela
en las puertas de los calabozos y los demás de facción tomaron sus fu-
siles y lograron matar desde el alto a los que tenían asegurada la arti-
llería. Entonces dirigieron una pieza de artillería hacia la puerta del
cuartel y con ella mataron tres, con lo que se retiraron los demás. Al
mismo tiempo que en el cuartel se hacía tan sangrienta carnicería, los
soldados del presidio que está a poca distancia y en la misma dirección
del cuartel hicieron muchos tiros para dispersar la gente. Los Pardos,
de la guardia de la cárcel que está en la plaza, comenzaron a matar a
cuantos casualmente estaban en ella, entre tanto se tocaban las cam-
panas con señal de arrebato lo que conmovió a los barrios y el tiroteo
del cuartel siguió adelante por lo que se dio la orden para que fuesen
muertos todos los presos, con que en efecto escaparon pocos de tan in-
humana carnicería, hallándose todos indefensos, unos comiendo y otros
acostados en sus camas.
Los mozos que huyeron mataron en las calles al capitán don Joa -
quín Villaespeza36 y a muchos soldados de los limeños que estaban dis-
persos. Luego salieron partidas de soldados y a sablazos y balazos
mataron a cuantos inocentes indefensos que encontraban en las calles,
que sólo murieron los que no pudieron refugiarse en las casas, pues
éstas cerraron inmediatamente y quedó la ciudad sosegada.
En los barrios seguía el fermento pero los recorrí en compañía de
mi provisor y clero secular y regular y logramos tranquilizarlo todo.
Mientras así estábamos llenos de consternación y trabajando por apa-
gar un fuego que no se sabía cómo se prendió, los zambos de Lima y
otros soldados, se ocupaban en el más inaudito saqueo, pues sólo a don
Luis Cifuentes le robaron cerca de 80.000 pesos cuasi todo en plata y

35 El obispo habla del presidio en el que estaban presos los soldados de las Milicias, que se le-
vantaron el 10 de agosto, y el cuartel que era el que estaba presos los demás patriotas y ahora
se llama Real de Lima.
36 El capitán D. joaquín Villaespesa de 58 años, nacido en Teruel de calidad noble, soltero con
38 años de servicio en los regimientos de Cantabria, en el de milicias de Cartagena, en el de
Veteranos de Quito hasta su extinción, pasó a Guayaquil y vino al mando de la tropa de par-
dos de Guayaquil, que mandó el coronel Cucalón acompañando a las tropas limeñas del
coronel Arredondo. Hoja de vida obtenida en el Archivo de Simancas.

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oro sellado, le rompieron y despedazaron los espejos y cuantos muebles


no se podían llevar, dejándolo apenas vivo porque al ruido de los tiros
y golpes, rompieron las puertas de la calle y logró escapar por el techo.
Más de 200.000 pesos son los robados en aquel momento y en la
noche, pues abusando de la orden que se dio para que no saliese nadie
de sus casas, a excepción de los sacerdotes que se ocuparon en una es-
pecie de ronda para sosegar cualquier movimiento, se robaron varias
tiendas, no contentos con haber dejado en estado de mendicidad aquella
tarde a muchos infelices y principalmente a cuantos tienen sus cajones
y tiendas en el portal de mi palacio. Después de sosegado el bullicio pa-
saron los soldados al presidio a recoger sus camas y encontrando allí a
cinco individuos en el calabozo,37 los pasaron a cuchillo y no contentos
con eso siguieron matando del mismo modo a uno u otro en las calles,
hasta el día cuatro porque ni obedecen a sus jefes, ni éstos han podido
contenerlos ni reducirlos al cuartel.
Esto es Excmo. señor lo que ha pasado casi todo a mi vista a ex-
cepción de los primeros pasos y lo más verosímil de lo que no he pre-
senciado, pues he procurado tomar las correspondientes noticias para
informarlo. Acaso se dirá a V. E. que los presos estuvieron de concierto
con los de afuera y que tomaron armas y por eso los mataron pero el
oficial de guardia ha asegurado lo contrario, y así es que también han
muerto en el cuartel una o dos mujeres, saliendo otras heridas mala-
mente y que algunos enfermos perecieron en sus camas como don Juan
Salinas que la noche antecedente se confesó por haber estado a las puer-
tas de la muerte con un dolor de cólico. No sé hasta ahora el número
de los infelices que sacrificaron sus vidas en aquel trágico día, lo que
sí puedo con bastante probabilidad es afirmar que los sublevados que
tuvieron armas no mataron sino a cinco de los que estaban en el cuar-
tel, tres que derribó la artillería en la puerta y otros tantos que cayeron
en varias partes, porque los soldados huían de los que tenían siquiera
un palo en la mano y se cebaron con su saña en personas inermes ma-
yores y mujeres. De los soldados se han procurado ocultar el número
por política pero es bastante seguro que tocan a 50 muertos.
Una empresa tan arrojada, tan bárbara e inaudita como la que
acabo de referir hará ver a V.E. el estado de opresión y despecho a que
se ha conducido a este infeliz pueblo, según lo hemos representado aun-

37 Estos eran soldados de las Milicias de Quito, que no quisieron huir, como lo hicieron sus
demás compañeros.

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

que con mucha moderación mi provisor y yo. Solo la desesperación


podía conducir a un tan corto número de hombres con sólo cuchillos a
un cuartel con todas sus armas y ponerse en estado de ganar la guar-
nición como se vio y que acaso no lo consiguieron por haber oportuna-
mente retirado yo con mi clero a las gentes que se notaba iban a
favorecer a tantos inocentes que morían en las calles. Fije V.E. los ojos
en el cuartel y en el presidio y contemple los cadáveres de los prisione-
ros, pasee por las calles de Quito y véales regadas de sangre y de cuer-
pos muertos de gente inocente e inválida; vuelva a las casas y tiendas
y registre su desolación y su ruina con el más bárbaro saqueo; y en-
tonces conocerá V.E. que no he dicho nada en mis exposiciones. El sa-
queo ya se había anunciado y causó un movimiento el día siete del
pasado mes, del que tal vez se había dado cuenta a V.E. por el gobierno.
La orden de pasar a cuchillo a los presos de la ciudad se comentaba
y se hizo pública, y aún el Dr. Quiroga representó que antes de que se
le hiciera morir sin los auxilios de la santa iglesia, se le ahorcase con-
forme lo pedía el abogado fiscal y se proveyó no a lugar por ahora. Uno
y otro se ha visto ejecutado. No crea V.E. que yo justifico una acción
tan inaudita con esos hombres desesperados que se han sacrificado así
y a tantos inocentes. Lo que únicamente pretendo es mover la compa-
sión de V.E. para lo que luego diré.
Luego que yo vi la inhumanidad con que habían procedido los
zambos limeños, la mucha sangre que se derramó de inocentes y el
cruel saqueo de casas, tiendas y luego que en la carrera que hizo de la
ciudad y barrios, oí las sentidas quejas que producían todos, comprendí
el eminente riesgo que corría la tropa y magistrados. Después comencé
a oír los preparativos que se hacían en las cinco leguas para venir a
vengar la sangre de sus hermanos y compatriotas.
Luego reflexioné que si un puñado de hombres habían puesto en
riesgo próximo a perderse la guarnición que estaba descansada, sería
muy temible que se acabase de ganar si se reunían muchos contra los
que ya estaban abatidos del trabajo y bien inutilizados con el aguar-
diente que habían bebido aquella noche que pasó la tropa en vela y sobre
las armas, estas consideraciones me hicieron suplicar al señor Presi-
dente convocase un cabildo público para tratar de sosegar la provincia
y remediar los daños que nos amenazaban. S.E. accedió y congregó
también al Real Acuerdo. En esa Asamblea grande se hicieron todas
las reflexiones que tan apuradas circunstancias merecían y después de

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

un maduro examen se resolvió lo que dicte del acuerdo del día 4 remi-
tirá a V.E. el presidente con el correspondiente informe.
Me parece Excelentísimo señor que no puede V.E. dejar de apro-
barlo, yo por mi parte me atrevo a suplicar a V.E. se digne no sólo rati-
ficar una resolución tan oportuna y única para evitar la destrucción
de esta provincia sino también manifestar la complacencia que le ha
de causar el que por este medio prudente haya logrado la paz y tranqui-
lidad, y que el pueblo haya sofocado sus sentimientos a la voz de una
junta que trató únicamente de su bienestar. Si estos sentimientos que
espero de la bondad de V.E. se publican por bando, como se ha hecho,
con la resolución de la Junta,38 no dudo que la paz sea estable porque
la muy alta representación de V.E. puede dar y dará sin duda al pueblo
la idea más cierta de la seguridad de cuánto le hemos prometido. De lo
contrario temo mucho y más a la vista del ejemplo de Caracas y de lo
que se nos anuncia en este correo a sucedido en Buenos Aires y Chile
cuyas noticias no puedo afirmar sean positivas, pero corren.
No nos confiemos Excmo. señor en la fuerza de las armas ni en el
celo de los ministros del que se ha desplegado con tanta energía, go-
bernémonos por la prudencia y disimulemos algo de lo que se debe a la
justicia para evitar grandes y mayores males, cediendo al imperio de
la necesidad y atendiendo a la salud del pueblo como a la suprema de
las leyes. Son estos los sentimientos de mi corazón y los dictámenes de
mi conciencia sobre que V.E. podrá resolver lo que sea de su superior
agrado quedándome a mí el consuelo de haber hecho cuanto he podido
y me ha parecido de justicia en obsequio de este pueblo que me ha con-
fiado la providencia y de los deberes de mi fidelidad al Soberano que se
ha procurado obscurecer por la preocupación y el capricho
Dios guarde a V.E. muchos años.
Quito, 6 de agosto de 1810.
José Obispo de Quito.”

38 Se convocó a un Cabildo abierto y al Real Acuerdo, que resolvieron la salida de Quito del
batallón Real de Lima, que se dirigió a Guaranda de donde más tarde fueron expulsados por
don Carlos Montufar, porque les amenazó con colgarlos y corrieron hasta Lima, abandonando
equipajes, armas e incluso un dinero que se decía era de don Simón Sáenz.

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D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

EPÍLOGO

Tomado del libro de Wiliam Bennet Stevenson, secretario privado del


conde Ruiz de Castilla, quien fue testigo presencial de los hechos.

En las calles de Quito murieron unas trescientas personas inclu-


yendo siete soldados españoles (del Real de Lima)…. tal era la furia
desplegada por la tropa “pacificadora” que un grupo de ellas habiendo
encontrado a un capitán uniformado que pertenecía a la caballería de
Guayaquil, uno de los soldados tomó la espada del capitán y le atravesó
el cuerpo con ella, dejándole agonizante en su sangre a no más de 50
yardas de la puerta del cuartel.
Los poderes de la palabra no pueden describir la ansiedad que pro-
vocó este lúgubre acontecimiento entre los habitantes quienes desco-
nociendo su origen, lo consideraron una matanza arbitraria de sus
compatriotas y en consecuencia temían que se repitiera de la misma
manera.
El día 5 de agosto se publicó una orden para los jefes de todas las
organizaciones corporativas, para los funcionarios y oficiales y para
los habitantes principales, con el fin de que se reunieran en el palacio
y que resolvieran por los medios más adecuados la restauración de la
paz, la tranquilidad y la confianza. Así fue que las personas convocadas
se reunieron; el Presidente tomó su silla, con el Obispo a su derecha y
el coronel Arredondo a su izquierda, el Regente, los Oidores, los Fis-
cales, el Procurador General y otros funcionarios y personas de dis-
tinción. El Presidente se levantó y en pocas palabras expresó su dolor
por lo que había ocurrido y su sincero deseo de restaurar la paz y la
unión entre la gente. El Obispo respondió en pocas palabras diciendo
que temía que estos deseos nunca se cumplirían, mientras no fueran
retiradas de la ciudad esas personas que habían aconsejado a su Exce-
lencia a olvidar sus promesas. Arrechaga se levantó y dijo que su Ex-
celencia recriminaba su conducta, a lo cual el prelado replicó que los
años y la dignidad le impedían recriminar a Arrechaga. Esta discusión
condujo a que el Presidente solicitara a que Arrechaga abandonase la
sala, solicitud que fue cumplida de mala gana, y sin embargo este des-
aire de parte del obispo solo cuatro días antes de la reunión, le habría
conducido al calabozo.
El doctor Rodríguez un sacerdote secular altamente reverenciado

97
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

por su sabiduría y por su virtud de todos los que le conocían, se levantó


de su asiento y avanzando al centro de la sala brindó un elocuentísimo
y animado discurso que duró más de una hora. Relató el carácter de
los quiteños en general, explicando la causa de la última revolución
con caridad evangélica y abordando el tema de los resultados fatales
de aquella, con la más sincera pena, de tal modo que no por simpatía
sino por sensibilidad, convicción, vergüenza y remordimiento, grandes
lágrimas corrieron por las mejillas de su auditorio. Concluyó repi-
tiendo lo que había dicho su prelado y añadió que el pueblo de Quito
ya no podía estar seguro de sus vidas y de sus propiedades a menos
que esos individuos que últimamente han envilecido su nombre de pa-
cificadores sean removidos de esta ciudad. “Yo aludo, dijo, a los ofi-
ciales y a las tropas, ellos que han cobrado la vida de más de trescientos
seres inocentes, tan fieles cristianos y leales súbditos como ninguno y
si no se hubiese detenido la matanza, pronto habrían convertido esta
provincia, una de las más ubérrimas de la Corona Española, en un de-
sierto; y al execrar su memoria, los futuros viajeros habrían exclamado,
aquí yació una vez Quito” .
Don Manuel Arredondo, temblando por su seguridad personal,
se levantó y dijo que el estaba muy convencido que el gobierno de Quito
confiaba en la lealtad de los quiteños, y que le permitiera retirarse con
sus tropas. Inmediatamente de aprobó dicho retiro y una vez elaborada
el acta de la sesión, fue firmada por al Presidente, el Obispo, el coman-
dante de las tropas y algunos otros miembros.
Se iniciaron inmediatamente las preparaciones para la evacuación
militar de la ciudad y las tropas del comandante Arredondo empezaron
su marcha a la mañana siguiente, dejando a los doscientos soldados de
Santa Fe y al gobierno a merced de un populacho desesperado por sus
crueldad y sus crímenes.

Real acuerdo convocado por el presidente Conde Ruiz de Castilla


para tratar sobre los sucesos del 2 de agosto de 1810.39

En la ciudad de San Francisco de Quito en cuatro días del mes de


agosto de mil ochocientos y diez años. Habiendo congregado el Excmo. Sr.
Presidente conde Ruiz de Castilla en su palacio al “Real Acuerdo” y al

39 AHNM.- Sección Consejos. Leg. 21677. Carpeta P. 2. Exp. No. 1. Doc. 38.

98
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

ilustre Ayuntamiento, al ilustrísimo señor Obispo, a los Prelados, a los


empleados, y demás individuos que firman al pie de este Acuerdo; hizo pre-
sente su excelencia, que el fin con que los había convocado no era otro que
el de conferenciar y acordar los medios que debería usar para restablecer
la paz pública que se halla perturbada en toda la Provincia, a consecuencia
de vanos temores y desconfianzas al gobierno que se han propagado sensi-
blemente, hasta el extremo de haberse experimentado el trágico y doloroso
suceso del día dos del corriente.
Y enseguida el Real Acuerdo hizo manifiesta su resolución acerca de
que debía cortarse de raíz la causa del diez de agosto, de que, es una con-
secuencia de todo lo que se ha experimentado: las muertes de los presos en
el cuartel, entre quienes se comprenden el capitán D. Juan Salinas, D. Juan
de Dios Morales, D. Manuel Rodríguez de Quiroga y otros de los proce-
sados en ella, y de muchos paisanos y soldados de la guarnición, todo lo
que no pudo evitarse en el desorden y confusión de aquel día.
Después hablaron sobre el particular el ilustrísimo señor Obispo y
otros individuos de la Junta que hicieron presentes las críticas, y arriesga-
das circunstancias en que se halla la ciudad, y Provincia, pues aunque la
conmoción del día dos se sosegó por la fuerza de las armas y muy particu-
larmente por la intervención y exhortaciones del ilustrísimo Sr. Obispo y
del clero secular y regular, con todo se sabe que el fermento subsiste, y que
en las inmediaciones de la ciudad hay preparativos que amenazan una ex-
plosión próxima de que resultaría una acción la más sangrienta y desola-
dora de toda la provincia.
Que la prudencia dicta en estos casos, que los males se corten de raíz,
y que por cuantos medios sean posibles, que se eviten daños y muertes de
los vasallos de nuestro muy amado rey Fernando VII, y que últimamente
el imperio de las circunstancias y la salud pública ceden a cualquiera otra
consideración y aún hacen callar a las leyes, pues para éstos casos impre-
vistos tienen los Magistrados, y principalmente los señores Presidentes y
Reales Audiencias las más amplias facultades, haciéndose responsables en
caso de omisión de los perjuicios ante la Real persona de nuestro Soberano.
En consecuencia de todo esto acordaron unánimemente, que, después,
pues las circunstancias del día dos exigían el más pronto remedio, debían
acordar y acordaron que como el único y más eficaz, se suspenda la Causa
que se ha seguido sobre la revolución del diez de agosto en el estado que
está, no obstante de que el proceso se ha remitido al Excmo. Sr. Virrey del
distrito para su sentencia, pues ésta circunstancia aunque grave y de muy

99
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

alta consideración no debe impedir un remedio, que como único, para evitar
grandes males, no puede dejar de ser de la aprobación de S.E., ni su omisión
del Real Agrado.
Que se restituyan a esta ciudad, y al ejercicio libre de sus empleos, y
posesión de sus bienes, honor y estimación, todos los sujetos comprendidos
en la Causa citada de resolución.
Que de ninguna suerte se proceda a la averiguación de los que pro-
movieron, inventaron y ejecutaron la empresa arrojada del 2 del presente.
Que ni aquella, ni ésta perjudiquen a la fidelidad, rendido vasallaje y honor
de éste vecindario, que en todos tiempos, y particularmente en estos tristes
y aciagos días ha dado pruebas de su constante amor a nuestros legítimos
soberanos.
Que la tropa de Pastos y de la guarnición de Lima, salga de esta ciu-
dad y provincia a la mayor brevedad y luego después el resto de ella, pues
con ésta Providencia queda concluida su comisión de auxiliar esta plaza.
Que para el batallón que ha de levantarse en ésta ciudad, se echará
mano de los vecinos de ella y de su Provincia para que vean todos la con-
fianza que de ellos hace el gobierno, a quien deben corresponder del mismo
modo con la suya, confiando de su celo, y prudencia en todos casos y cir-
cunstancias.
Que se haga entender a todos, que la especie vertida acerca de que el
Excmo. Sr. Presidente tenía resuelto no dar curso a la comisión de D. Car-
los Montúfar, es absolutamente falsa y que en consecuencia entrará en esta
ciudad con el correspondiente decoro y se le recibirá con la misma estima-
ción y honor con que fue creado el Comisionado de la Junta de Sevilla.
Que siempre que ocurra algún incidente sobre las causas que se han
contado en virtud de ésta providencia, el Excmo. Sr. Presidente convocará
al Real Acuerdo para tratar de él, y que no se vuelva a hablar ni tratar de
éstos particulares, quedando todos enteramente extinguidos con los papeles
que existen en esta ciudad, custodiados en el archivo secreto, suplicándose
al Excmo. Sr. Virrey del Reino para que se haga lo mismo con los que se re-
mitieron a aquella capital, informando el Excmo. Sr. Presidente detallada-
mente sobre los particulares que se han tenido presentes para esta resolución
equitativa, única y necesaria en las imperiosas circunstancias del día.
Concluidos estos tratados en todo conformes a las intenciones del
Excmo. Sr. Presidente y Real Acuerdo, interpusieron ambos, para su se-
guridad y firmeza toda la real autoridad que está depositada en su Exce-
lencia y su Alteza, como que representan a la Real persona, a cuyo Sobe-

100
D E L A U TO P Í A A L M A RTIRIO

rano nombre ofrecen a esta ciudad y su provincia toda su protección, el


vigilar en su bienestar y el perfecto cumplimiento de este Acuerdo.
En consecuencia de todo, mandaron que para que llegue la noticia a
todos, se publiquen por bando en la forma acostumbrada, que se circulen
testimonios a las Justicias del distrito de esta Presidencia para que se haga
lo mismo; que se avise de lo ocurrido a los señores gobernadores de Popa-
yán, Cuenca y Guayaquil para su inteligencia y por correo extraordinario
se de cuenta al Excmo. Señor Virrey del Distrito con el informe que queda
acordado, y al Rey nuestro señor en el Supremo Consejo de Regencia, su-
plicando su real aprobación.
Así lo acordaron, mandaron y firmaron de que doy fe.
El conde Ruiz de Castilla, José Obispo de Quito, José Fuentes Gon-
zález Bustillo, José Merchante de Contreras, Felipe Fuertes Amar, Ignacio
Tenorio, doctor Tomás de Arechaga, doctor Manuel José de Caicedo, Juan
José Guerrero y Mateu, Juan Donoso, Pedro Calixto y Muñoz, José Guar-
deras, Simón Sáenz de Vergara, doctor Pedro Jacinto de Escobar, Francisco
Javier Orejuela, Fray Mariano Ontaneda, provincial de la Merced, Fran-
cisco Rodríguez Soto, Canónigo Magistral, Fray Luis Cevallos guardián
jubilado, Fray Alejandro Rodríguez, Prior de Agustinos. Fray Sebastián
Solano, Rector de San Fernando. Manuel de Arredondo, José Duque, Fray
Julián Naranjo, Provincial de Predicadores. Fray Mariano Benítez, Lector
y Prior. José de Vergara Gaviria. D. Tomás de León y Carcelén, propietario
de Cámara, Gobierno y Guerra.
Doy fe, que hoy de la fecha se publicó por mando el auto acordado
que antecede en la forma acostumbrada, al son de las cajas, trompas y pitos
con el auxilio de las tropas de caballería que las precedía el señor coman-
dante D. Manuel de Arredondo con todos sus respectivos oficiales, lo mis-
mo que las del fisco que guarnecen esta ciudad y con asistencia del secre-
tario de Cámara, Gobierno y Guerra, D. Tomás de León y Carcelén y sub-
alternos de ésta Real Audiencia, cuya publicación se hizo al frente de la
bandera de dichas tropas, concurriendo a oírla mucho concurso de gente,
la que publicaba dando vivas a nuestro amado monarca el señor D. Fer-
nando VII (que Dios guarde). Y para que conste pongo por diligencia.
Quito, Agosto 5 de 1810.
Máximo Sosa y Suárez.
Escribano Receptor.

101
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

FUENTES Y ARCHIVOS CONSULTADOS

AEML Archivo Enrique Muñoz Larrea.


AGMS Archivo General Militar de Segovia.
AHNM Archivo Histórico Nacional Madrid.

102
LA ORGANIZACIÓN JUDICIAL DURANTE
EL MOVIMIENTO INDEPENDENTISTA DE 1809.
Sus protagonistas y su jurisdicción territorial

Patricio Muñoz Valdivieso

La revolución independentista para los dominios indianos de España,


y específicamente para los que formaban parte del virreinato de Nueva
Granada, se veía venir desde muchos años antes gracias a la labor de
varios precursores entre los que se contaban principalmente el quiteño
Dr. D. Francisco Xavier Eugenio de Santa Cruz y Espejo con sus incen-
diarios escritos y ensayos, los neogranadinos D. Antonio Nariño y Ál-
varez con su traducción de los “Derechos del Hombre y del Ciudadano”
y D. Francisco Antonio Zea, y el venezolano D. Francisco de Miranda y
Rodríguez, el primero que instrumentó procedimientos para llevar a la
práctica el deseo de eregir países con sistemas de gobiernos propios al
crear un ejército al que ya llamó “colombiano” con el que provocó la
primera intentona de sublevar en 1806 su patria. Sin embargo, el pre-
texto inmediato para ejecutar esos planes se produjo a raíz del interven-
cionismo napoleónico en el destino político español tras los aconteci-
mientos de marzo de 1808 en Aranjuez y los de abril y mayo en la fran-
cesa población de Bayona que terminaron con el traspaso de la Corona
desde los Borbón a los Bonaparte. A ello se sumaba el descontento ge-
neral que pesaba por la crisis económica producida por las continuas y
desgastantes guerras de España, aliada entre 1796 y principios de 1808
con la Francia primero revolucionaria y luego napoleónica, contra Gran
Bretaña1.
La conjuración o conspiración de los mantuanos, organizada
por miembros de la nobleza, dada en Caracas el 15 de julio de 1808 a
favor de Fernando VII de Borbón luego de un altercado con los militares
franceses que habían arribado para obtener el reconocimiento de josé I
Bonaparte como Rey de España, fue ya un primer paso para instalar una
junta a imitación de las organizadas en la península ibérica con el fin

1 http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_IV_de_Espa%C3%B1a

103
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

de ejercer soberanamente el gobierno a nombre del monarca cautivo,


con el aditamento muy americano y nada novedoso que propugnaba la
separación de los españoles europeos del mando para asumirlo los es-
pañoles indianos; al fin, esa pretendida junta jamás llegó a formarse a
pesar de un dictamen favorable del Cabildo caraqueño y en su lugar se
reconoció a la junta Suprema de Sevilla. “Los mantuanos rechazaron
toda vinculación con Miranda, el 24 de octubre el Marqués de Toro en-
tregó al Capitán General una carta que desde Londres le había escrito
Miranda el 20 de julio, en la cual le incitaba a promover la instalación
de una junta en Caracas a través del Cabildo Municipal y a ponerse
luego de acuerdo con los cabildos de Santa Fe (Bogotá) y Quito para lo-
grar, decía Miranda, «nuestra salvación e independencia». Sin embargo,
en aquellos momentos los más influyentes mantuanos de la generación
más vieja no aspiraban, al parecer, a la plena independencia, sino a una
autonomía que a través de la junta les permitiera dirigir la política ve-
nezolana dentro del imperio, y mantenerse libres del dominio francés
si España sucumbía. Por su parte, los mantuanos más jóvenes, los que
se reunían en la cuadra de los Bolívar parecían estar en gran parte incli-
nados a la independencia, y tal era el caso también de agitadores popu-
lares como Matos Monserrate, aunque éste, igual que los demás, se
declarase públicamente partidario de Fernando VII”, punto este último
que veremos no es necesariamente contradictorio con el deseo de eman-
cipación. En noviembre los mantuanos intentaron otra vez que se orga-
nice una junta, aclarándose que subordinada a la recientemente
constituida junta Central Española, pero no dio fruto gracias a un con-
trapronunciamiento dirigido por las autoridades, consecuencia de lo
cual fue que algunos fueron arrestados, otros desterrados y muchos
otros tuvieron que refugiarse en el campo, con lo que se dio fin al mo-
vimiento2.
En nuestro país, mientras todos estos sucesos se desarrollaban
en España y Venezuela, las autoridades españolas buscaban garantizar
su dominio sobre este territorio, así el 3 de octubre de 1808 el Capitán
de Fragata D. juan josé Punelo Sanllorente, Comisionado de la junta
Suprema de Sevilla, había llegado a Quito y obtenido la reafirmación de
la fidelidad a Fernando VII y el rechazo a la invasión francesa3; y el 9 de

2 http://es.wikipedia.org/wiki/Conjuraci%C3%B3n_de_los_Mantuanos
3 Rodrigo Páez Terán, Correos, signos postales, filatelia: visión histórica, en Bol. de la Academia
Nacional de Historia, No. 179, 2007

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L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

diciembre de 1808, se había jurado en “junta (entiéndase por asamblea)


extraordinaria”, convocada por el Conde Ruiz de Castilla, por las cor-
poraciones y tribunales principales, en presencia del comisionado D.
Rafael Vicente Bourman, lealtad a la junta Suprema Central española
creada el 25 de septiembre de ese año en Aranjuez, luego trasladada por
los avances del ejército francés a Extremadura, Sevilla e isla de León, su-
cesivamente4.
La junta Central Española había dispuesto en decreto de 22 de
enero de 1809 que los dominios americanos elijan vocales representantes
para incorporarse a su seno, uno solo por cada virreinato y por cada ca-
pitanía general. Las Audiencias de Quito, Charcas (actual Bolivia) y
Guadalajara (dentro del actual México) no habían sido consideradas
como entes independientes para elegir diputados pues no eran ni virrei-
nato ni capitanía general, así que la primera debía participar en el pro-
ceso eleccionario del virreinato neogranadino al que pertenecía, la
segunda en el del virreinato rioplatense y la tercera en el del virreinato
de Nueva España. La elección debía adoptar el siguiente modo: cada ca-
bildo debía primero elegir tres candidatos y de esos tres escoger por sor-
teo uno solo; luego, entre los únicos candidatos de todos estos cabildos,
el Real Acuerdo constituido por el Virrey o Capitán General y la Au-
diencia donde residía ya sea el Virrey o el Capitán General, debía hacer
un sorteo en el que se escogería tres de todos ellos y de esa terna de los
tres escogidos se debía seleccionar por sorteo uno solo, el cual era el
vocal representante. En nuestro caso, el Real Acuerdo formado por el
Virrey de Nueva Granada y la Audiencia de Santa Fe, debía reunirse en
la capital virreinal, es decir, en Santa Fe (Bogotá) donde se seleccionaría
a quien represente al Virreinato de Nueva Granada.
El Virrey neogranadino concedió el derecho a votar a 20 cabil-
dos, de ellos, eran audiencialmente quiteños, los de Popayán, Pasto, Iba-
rra, Quito, Riobamba, Cuenca y Loja. Se conoce los candidatos electos
de algunos ayuntamientos. El cabildo ibarreño eligió al Conde de Pu-
ñónrrostro que estaba en la península ibérica. El cabildo quiteño eligió
a su candidato el 9 de junio de 1809, el favorecido fue D. josé de Larrea
y jijón el que salió sorteado, pues resultaron eliminados el Conde de Pu-
nónrrostro y D. Carlos Montúfar y Larrea; los tres residían en España
con lo que se facilitaba la posibilidad de que puedan asistir a la junta

4 http://es.wikipedia.org/wiki/junta_Suprema_Central

105
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Central5. El cabildo riobambeño eligió por candidato a D. Carlos Mon-


túfar y Larrea, pues resultaron eliminados D. juan Larrea y Villavicencio
y D. josé de Larrea y jijón; Montúfar y Larrea jijón residían en España6.
El cabildo cuencano eligió a su candidato el 19 de junio de 1809, el favo-
recido, luego de una contienda bastante incidentada, fue D. Fernando
Guerrero de Salazar y Piedra, Alcalde Ordinario de Primer Voto, el que
salió sorteado, pues resultaron eliminados el Alcalde Ordinario de Se-
gundo Voto D. josé María Vásquez de Novoa, chileno y el Canónigo de
la Catedral cuencana Dr. D. josé de Landa y Ramírez, rioplatense. El ca-
bildo lojano eligió al Alcalde Ordinario de Primer Voto Dr. D. josé Félix
Pedro de Valdivieso y Valdivieso en agosto de 1809, luego del 10 en que
se dio el pronunciamiento revolucionario quiteño. La elección final se
dio el 16 de septiembre en Santa Fe, los tres seleccionados para formar la
terna fueron el quiteño Conde de Puñónrrostro, candidato por Ibarra, el
Mariscal de Campo D. Antonio Narváez, candidato por Cartagena de In-
dias, y el Dr. D. Luis Eduardo Azuola, candidato por Santa Fe, y de ellos
resultó ganador en el sorteo Narváez quien se encontraba en nuestro con-
tinente, ¿llegaría a su destino?. Respecto del candidato cuencano Gue-
rrero de Salazar podemos decir que ni siquiera esa condición lo salvó de
la muerte que le esperaba a consecuencia de los malos tratos sufridos en
prisión por sus verdugos los gobernadores Aymerich y Cucalón.
El cabildo guayaquileño, sujeto al virreinato peruano, eligió a
su candidato el 10 de julio de 1809, el favorecido fue el Dr. D. josé de
Silva y Olave, Chantre de la Catedral limeña, el que salió sorteado, pues
resultaron eliminados el Dr. D. Francisco Cortázar y Lavayen, Oidor de
la Audiencia santafereña, el Dr. D. josé Ignacio Moreno y Santistevan,
Cura Vicario de Huancayo, y el Dr. D. josé Baquíjano y Carrillo, Conde
de Vista Florida, Oidor de la Audiencia limeña; en este caso, el Gober-
nador de Guayaquil D. Bartolomé Cucalón designó los cuatro candida-
tos a pesar que el decreto preveía tres y que los candidatos debían ser

5 Rodríguez O., jaime E., Las primeras elecciones constitucionales en el Reino de Quito, 1809-
1814 y 1821-1822, en Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, No. 14, 1999, pp. 6, 27, 28, 51;
Libros de Google: Rodríguez O., jaime E., La Revolución Hispánica en el Reino de Quito, las
elecciones de 1809-1814 y 1821-1822, en Marta Terán y josé Antonio Serrano Ortega, editores,
Las guerras de la Independencia, Colegio de Michoacán y otros, Méjico, 2002; Rodríguez O.,
jaime E., La Revolución Política durante la época de la Independencia, El Reino de Quito 1808-
1822, Universidad Andina Simón Bolívar – Corporación Editorial Nacional, Biblioteca de His-
toria, Quito, 2006
6 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954

106
L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

nombrados por el ayuntamiento. Al siguiente mes, el Real Acuerdo reu-


nido en Lima, de los 17 candidatos de los cabildos, seleccionó tres para
formar la terna, los que fueron el arequipeño Brigadier General D. josé
Manuel Goyoneche, el limeño Oidor Baquíjano y el guayaquileño Chan-
tre Silva, y de ellos resultó ganador en el sorteo Silva quien se encon-
traba en Lima de donde partió vía Guayaquil, Acapulco y Méjico para
España, pero estando en la última ciudad tuvo que emprender el retorno
pues llegó la noticia de la disolución de la junta Central7.
A la par, así mismo, en Quito, al poco tiempo de haberse difun-
dido las novedades ocurridas en España, uno de los cosechadores de las
propuestas de los precursores, en ese mismo año de 1808, el Dr. D. An-
tonio Ante y Flor, según sus propias palabras, escribió un discurso titu-
lado “Clamores de Fernando VII”, “una proclama y un catecismo,
manifestando las ventajas de la independencia y consiguiente soberanía
en nuestro suelo”, los que “copiados en parte por los señores juan Sali-
nas, Doctor Luis Saá”, D. Antonio Pineda y Donoso y D. Miguel Donoso
y Albán, “se remitieron por el Correo a las Capitales de Caracas, Bogotá,
Lima, Chile y Buenos Aires, y a algunas otras Provincias con un anó-
nimo para que se difundiesen por las demás, con el objeto de incitar a
que la revolución se rompiese por alguna de las que tenían más funda-
mento de Quito, especialmente Lima, a donde me dispuse a marchar
con el Doctor Saá, para observar el estado de opinión de aquella, y co-
municarlo a ésta”, viaje que no se efectuó. Esto debió haber sucedido en
julio a la par que en Caracas se producía el indicado trastorno de los
mantuanos, pues de haber conocido Ante esa revuelta, otra hubiera sido
la forma de redactar su memorial. En lugar de partir a Lima, aprove-
chándose de que aproximadamente desde el 2 de mayo de 1808 los es-
pañoles habían roto su alianza con la Francia napoleónica, país que
durante ese año le hacía una ventajosa guerra a España, Ante se consti-
tuyó en el “primer caudillo” que se dedicó a preparar “una revolución
para la que seduje a dicho Salinas, y otros oficiales de las Tropas del Rey

7 Rodríguez O., jaime E., Las primeras elecciones constitucionales en el Reino de Quito, 1809-
1814 y 1821-1822, en Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, No. 14, 1999, pp. 6, 27, 28, 51;
Libros de Google: Rodríguez O., jaime E., La Revolución Hispánica en el Reino de Quito, las
elecciones de 1809-1814 y 1821-1822, en Marta Terán y josé Antonio Serrano Ortega, editores,
Las guerras de la Independencia, Colegio de Michoacán y otros, Méjico, 2002; Rodríguez O.,
jaime E., La Revolución Política durante la época de la Independencia, El Reino de Quito 1808-
1822, Universidad Andina Simón Bolívar – Corporación Editorial Nacional, Biblioteca de His-
toria, Quito, 2006.

107
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

que guarnecían esta Capital” la que al no tener el suficiente eco fue aban-
donada por su mentalizador8.
Un año antes, en 1807, cuando aún el panorama de estabilidad
política en España se mantenía, ya Rocafuerte y Morales discutieron en
la hacienda de Naranjito del primero y donde estaba refugiado Morales,
acerca de la independencia de América, “convenimos en que había lle-
gado la época de establecerla: sólo diferimos en los medios de llevarla
cabo, y obtener el mejor resultado. Yo era de sentir que esperáramos a
formar y extender la opinión, por medio de sociedades secretas, de ex-
tenderlas al Perú y a la Nueva Granada, para apoyarnos en tan podero-
sos auxiliares. El (Morales) quiso lo contrario, y que en el acto mismo se
diese el grito de independencia”9. El método sugerido por Ante era pa-
recido al de Rocafuerte. Morales luego sobrellevó su confinamiento en
Latacunga, de donde pasó a Píntag, curato que lo tenía el Dr. D. josé
Riofrío, a quien Morales convirtió en su prosélito, y desde allí realizaba
Morales sus visitas al Marqués de Selva Alegre en el obraje de Chillo
para así mismo atraerlo a la causa.
El proyecto para levantar la revolución fue retomado en ese
mismo año, pocos meses después, a raíz del arribo de Ruiz de Castilla
como Presidente el 1 de agosto de 1808, entre otros, por el Cap. D. juan
de Salinas y Zenitagoya, solo que esta vez bajo el patrocinio del Marqués
de Selva Alegre, para lo que celebraron los comprometidos varias juntas
privadas desde ese mes, en las que uno de sus asistentes fue el Dr. Ante
por invitación del mencionado Salinas. La reunión de la mañana de la
Navidad del 25 de diciembre de 1808 en la hacienda-obraje de Chillo
del indicado Marqués, antes propiedad de la Compañía de jesús, es la
primera de la que se tiene noticia. Estuvieron divididos en dos partidos,
según Arechaga en su acusación fiscal de 21 de abril de 1810, unos bus-
caban establecer una república, entendida como monárquica liberal, y
otros querían coronar a la Princesa de Brasil10. En esas tertulias, Salinas
8 Antonio Ante y Flor, “El Ciudadano manifiesta a la República de Colombia la conducta política
que ha observado desde el año nueve que su patrio suelo Quito proclamó su independencia,
hasta el año veinte y dos en que fue restituido a él del presidio de Ceuta”, Quito, 1822, con es-
tudio introductorio de jorge Salvador Lara, en Leonardo Moncayo jalil, Los Correa en el Ecua-
dor 1730-2004, SAG No. 120, Quito, 2004.
9 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937), tomado de Vicente Rocafuerte, “A la Nación” No. IX.
10 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937).

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L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

presentó el “Plan de Defensa de Quito y sus Provincias con el objeto de


conservarlas para nuestro soberano y su dinastía en caso de que tomada
la España por los franceses, intente invadirnos y lo que podía hacer
cuando llegue esta infausta noticia”, elaborado entre el 25 de diciembre
de 1808 y febrero de 1809. En él se preveía la creación de una junta Pro-
vincial para gobernar y de un Tribunal de justicia como se verá más ade-
lante11. El premeditado golpe revolucionario por inmaduro y precipita-
do, a decir de Ante, seguramente por no gozar de una sólida acogida
esta idea entre los países sudamericanos como él esperaba, se suspendió
a instancias del mismo Ante por algún tiempo, pero una vez delatado
el intento, incoado el respectivo proceso judicial y vigilados sus promo-
tores por un receloso gobierno, se decidió por exhortación de Salinas
que era hora de hacerlo. En ese proceso, Quiroga, uno de los encausados,
antes del mismo pronunciamiento agostino, quizás en marzo cuando
estaba en prisión, decía que no era delito en un americano, separarse de
la monarquía española, si ésta cayera en poder de Bonaparte12.
Se ha juzgado, sobre todo por parte de los españoles de enton-
ces, entre ellos, uno de los convencidos era D. joaquín Molina y Zuleta,
Presidente de la Audiencia quiteña, que existía un unísono plan concer-
tado para sublevar a toda la América hispana el mismo día, pero las
pruebas implican lo contrario, de haber sido así, el abatimiento de las
fuerzas españolas hubiera sido implacable. Como mucho, lo que exis-
tieron fueron comunicaciones entre varios dirigentes sociales y políticos
de todos los países hispanoamericanos que intercambiaron ideas y ac-
ciones a tomarse, en distinto tono y conforme las circunstancias parti-
culares de cada tierra, respecto de la posibilidad de proclamar ya la
autonomía o independencia, o de acceder al poder político en sus pro-
pios países, aprovechando la desintegración de la España peninsular,
intentando adoptar, unos, aparentemente como sistema político, ya
como parte de España o bien separadamente, el de una república mo-
nárquico-democrática en que reine bajo una concepción liberal ya sea
Fernando VII o quizás su hermana la infanta Carlota joaquina, residente
en Brasil, o simplemente, mantener el sistema pero compartido entre es-
pañoles europeos y americanos.

11 Mena Villamar, Claudio, El Quito Rebelde (1809-1812), Abya Yala – Letra Nueva, Quito, 1997
12 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937)

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

En el movimiento altoperuano de Chuquisaca del 29 de mayo


de 1809 no hubo “el carácter político de transformación del sistema gu-
bernativo”, “su causa no fue otra que el desacuerdo entre las mismas
autoridades de la Colonia, sobre el régimen que debía adoptarse para
conservar el sistema colonial, en medio de la situación embarazosa y
anárquica de la Metrópoli” 13. Don josé Manuel Goyeneche14, que, había
recibido de paso en el Brasil instrucciones de la Infanta doña Carlota ´al
efecto de hacerla reconocer en las colonias como la representante y he-
redera de su familia cautiva´, llegó con su intriga a Chuquisaca. La Real
Audiencia quiso apresarlo como traidor, y, al ver en el Presidente D.
Ramón García de León y Pizarro ´cierta lenidad y disimulo´, lo acusó
de complicidad e intentó deponerlo”. “Así estalló entre las principales
autoridades, una división que, complicándose con la intriga y enconán-
dose con la pasión, comprometió al pueblo en una asonada, que dio el
triunfo a la Audiencia, y destituyó a Pizarro”. No hubo una victoria de
elementos nuevos, de “individuos de otras ideas y otras aspiraciones,
como sucedió en la Revolución de Quito”. Su finalidad, según analizan
los historiadores Ramón Sotomayor y Valdez y Camilo Destruge no fue
otra que “hacer triunfar una de las formas propuestas y discutidas para
la conservación del estado colonial” 15. En tanto que en el movimiento
de La Paz de 16 de julio de ese mismo año se llegó a constituir la “junta
Tuitiva de los derechos del Rey y del Pueblo”, se separó a las autorida-
des españolas y el 22 de julio de dio a la luz el “Plan de Gobierno” que
se convirtió en el primer estatuto constitucional del territorio hoy boli-
viano. En él se formaron tres ministerios, llamados departamentos: Go-
bierno, Gracia y justicia, Culto y Hacienda. Fue presidida por el Coronel
D. Pedro Domingo Murillo. En el “Manifiesto de los patriotas de La Paz
a los pueblos del Perú” del 27 de julio se exhortó a favor de la procla-
mación de la independencia a los pueblos del Perú y a revelar los pro-
yectos que en ese sentido fermentaban en las mentes de muchos criollos,
se llamaba a “que era tiempo de levantar el estandarte de la libertad en
estas desgraciadas colonias”. Finalmente la junta desapareció el 30 de

13 Hernán Rodríguez Castelo, ¿Quito o Chuquisaca-La Paz?, en Bol. de la Academia Nacional


de Historia, No. 180, 2008
14 http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_de_Chuquisaca
http://es.wikipedia.org/wiki/junta_Tuitiva
http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Domingo_Murillo
15 Hernán Rodríguez Castelo, ¿Quito o Chuquisaca-La Paz?, en Bol. de la Academia Nacional
de Historia, No. 180, 2008

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septiembre y asumió el mando Murillo hasta su derrota en noviembre16.


Así nació el pronunciamiento del viernes 10 de agosto de 1809,
día de San Lorenzo, consecuencia de un largo y complejo proceso forta-
lecido en determinadas corrientes de pensamiento que se venían divul-
gando y madurando desde hace más de medio siglo17, y de la apre-
miante necesidad de recuperar para Quito el peso político y económico
perdido desde el siglo XVIII18, traducido en varios intentos fallidos re-
vestidos de peticiones de mayor autonomía desde la presidencia au-
diencial de D. josé García de León y Pizarro. Se dio inicio ese día al
movimiento, autonomista–independentista y republicano–monarquis-
ta– liberal en su origen y claramente emancipador, republicano al estilo
estadounidense, y antimonarquista en su cenit, que concluirá tras casi
trece años de un continuo batallar, el 24 de mayo de 1822 en la manu-
misión completa del territorio del entonces conocido como reino de Qui-
to, y el 9 de diciembre de 1824 en la casi consolidación de la inde-
pendencia de la Sudamérica española tras la batalla de Ayacucho, ga-
nada por Sucre, aunque definitivamente afianzada al caer la fortaleza
de El Callao en enero de 182619. Solo unos cuantos días antes, el 6 de
agosto de 1809, Ruiz de Castilla aseguraba a la Suprema junta Guber-
nativa de la Monarquía Española que no había razón para desconfiar
del señalado precedente juramento dado el 9 de diciembre de 1808, pero
los insurgentes quiteños en el Manifiesto de la junta Suprema de Quito
al Público del mismo 10 elaborado por Morales y en oficios subsiguien-
tes justificaban la instalación de la junta Suprema quiteña en razón de
que consideraban extinguida la representación global atribuida a la
junta Central Española reducida a mandar solo sobre Andalucía, sin
gozo del beneplácito de la voluntad general puesto que el conjunto es-
pañol era más amplio y constituido por más reinos que tenían el mismo
derecho para eregir su propia junta con la calidad de suprema y también
interina como las que se habían constituido en 1808 en la península20.
Frecuentemente se considera términos antitéticos las palabras

16 http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_de_Chuquisaca
http://es.wikipedia.org/wiki/junta_Tuitiva
http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Domingo_Murillo
17 Mena Villamar, Claudio, El Quito Rebelde (1809-1812), Abya Yala – Letra Nueva, Quito, 1997
18 Alonso Valencia Llano, Élites, burocracia, clero y sectores populares en la Independencia Qui-
teña (1809-1812), Rev. Procesos No. 3, 1992
19 Octavio Latorre T., El dominio del mar: un factor olvidado en nuestra historia republicana,
en Bol. de la Academia Nacional de Historia No. 181, Quito, 2009
20 De la Torre Reyes, Carlos, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Banco Central

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

república y monarquía, sin embargo, para entonces, conforme la con-


cepción política hispanista, no gozaban de absoluta diferencia, la repú-
blica, es decir, la cosa pública, para su bienestar, o felicidad como se
decía, podía adoptar para obtener ese bien tan preciado y deseado, como
principales sistemas de gobierno, ya sea, la monarquía, la aristocracia o
la democracia, o bien una mezcla simultánea de elementos de todos esos
sistemas y otros secundarios, y durante las revoluciones americanas,
desde la de los Estados Unidos de América, lo que se produjo al fracasar
la primera opción, es decir, la monárquica, fue derivar en la adopción
de concepciones de organización política de estilo democrático–aristo-
cratizantes, reflejo algo modificado del sistema político espartano, antes
que del ateniense, mayormente participativo. Como consecuencia de las
revoluciones americana y francesa, según el interés respectivo o con-
forme la confusa transformación política también presente en la termi-
nología, se mantienen sus significados o se convierten en términos
opuestos, de allí que no es sorprendente que dentro de las mismas filas
españolistas, se considere al sistema político que se pretendía implantar
por los rebeldes quiteños, o bien, como republica monárquica o bien
como cosas contrapuestas tanto lo republicano como lo monárquico, o
que se hubiera provocado denominar socarronamente al nuevo Estado
como Imperio de Quito al intentar asemejar el sistema adoptado con el
que existió en el Imperio Romano que dispuso de otra naturaleza.
En el documento que formalizó el primer grito de independen-
cia, el instrumento en el cual se organizó el establecimiento y funciones
de las primeras instituciones propias del naciente país, que fueron la
Junta Suprema de Quito, la Falange y el Senado de Justicia, denomi-
nada por sus contemporáneos, independentistas y detractores, en sus
documentos oficiales y declaraciones como “Constitución” o “Acta”
o “Constitución y Acta popular” o “Acta del pueblo” o “Acta Consti-
tucional”, generalmente conocida como Acta de Independencia o pri-
mera Acta de Independencia, primera ley fundamental propia escrita
en nuestro país, aunque de incipiente elaboración teórica y técnica,
“pieza jurídica de trascendental fuste político: la reasumisión de la so-
beranía o derecho de gobierno por los representantes del pueblo” en pa-
labras del ex Presidente de la Corte Suprema de justicia y ex Presidente
Constitucional Interino Dr. Manuel María Borrero González21, suscrita
del Ecuador, Centro de Investigación y Cultura, Colección Histórica XIII, Segunda Edición,
Quito, 1990 (Primera Edición, 1962)

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el señalado día 10 por una asamblea compuesta por los diputados ba-
rriales de la capital, realizada en el Palacio Real, actual Palacio de Ca-
rondelet, ratificada el día 16 por una asamblea popular ampliada en la
Sala Capitular del convento de San Agustín, a la que asistieron, entre
otras autoridades, los flamantes dignatarios judiciales todos togados,
presididos por el Dr. D. josé Xavier de Ascázubi y Matheu, y jurada en
la Catedral el 17 según el español anónimo22, lo que parece más real, o
el 19 conforme el autor del Viaje Imaginario23, se dispuso la creación de
las instituciones mencionadas. El Senado era el máximo efectivo órgano
administrador de justicia, función que debía cumplirla basándose en
los principios de prontitud y rectitud, denominados actualmente de ce-
leridad y probidad; en tanto que la Falange era el ejército, al que se le
otorgó tal nombre por Quiroga en memoria de las huestes macedonias
de Alejandro Magno24.
El máximo tribunal judicial como el gobierno y el ejército esta-
ban encabezados, conforme la flamante constitución organizativa polí-
tica adoptada en el reino de Quito, por el monarca reinante D. Fernando
VII de Borbón. El ánimo autonomista–emancipador se refleja entre los
protagonistas de la revolución, muestra de ello se encuentra en la carta
del Marqués de Villa Orellana dirigida en 1809 al Dr. D. julián Francisco
Cabezas25, resaltada por Demetrio Ramos Pérez26, en ella expresaba que:
“Hemos logrado nuestra libertad, porque los motivos urgentísimos y

21 Borrero González, Manuel María, La Revolución Quiteña 1809-1812, 1962


22 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII)
23 Manuel josé Caicedo y Cuero (atribuido a), Viaje Imaginario por las provincias limítrofes de
Quito, y regreso a esta capital, en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la In-
dependencia y de la República, Quito, 1960 (existen ediciones anteriores, la primera anterior
a 1890).
24 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII)
25 Luis Felipe Borja Pérez (hijo), Para la historia del 10 de agosto de 1809, Boletín de la Sociedad
de Estudios Históricos Americanos, Tomo II, Nos. 4-6, Colección de Revistas Ecuatorianas
XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Lista de sujetos que compo-
nen la Suprema junta, el Senado y jefes de la Falange enviada el 21 de agosto de 1809 por el
Marqués de Villa Orellana a su tío el Dr. D. julián Francisco Cabezas, y cartas de los Quiñones,
todos comprendidos dentro de uno de los tantos procesos incoados a los patriotas (primera
edición, 1919).
26 Demetrio Ramos Pérez, entre el Plata y Bogotá, cuatro claves de la emancipación ecuatoriana,
Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pp. 71-269.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

peligro inminente en que estábamos por la guerra abierta que los espa-
ñoles europeos nos habían declarado a los americanos…, forzó a que se
tomase la resolución de quitarles el mando…”. Es patente la intención
autonomista–independentista, si se acepta las declaraciones de algunos
españoles que afirmaron que “a la voz de ´Quién vive?´, no se respondió
más con ´España´ sino con ´El Rey´” y cuando en la Constitución, para
representar al monarca, se designaba la junta Suprema, para actuar en
su nombre “mientras Su Majestad recupere la Península o viniere a im-
perar en América”. Los insurgentes, en principio, monárquicos o realis-
tas, dejaban a salvo de toda sospecha a la figura del príncipe reinante,
pero acusaban al mal gobierno europeo como causa de todos los males,
así desconocían a la junta Suprema Central española, dejaban a la Au-
diencia sin funciones; y abrían una puerta para una futura transforma-
ción de corte republicano no necesariamente monárquico si no se
cumplía una de esas dos condiciones por parte del monarca, no impli-
caba para un futuro próximo necesariamente que por ausencia del Rey
la monarquía debía ser representada permanentemente por otros cuer-
pos políticos.
La junta Suprema, también denominada junta Suprema Guber-
nativa o Suprema junta o junta Soberana o Consejo Central o junta Cen-
tral o junta Suprema Gubernativa Interina o Suprema junta Gubernativa
o junta Gubernativa Interina o junta Suprema Nacional, generalmente
conocida como primera junta, estuvo presidida por el quiteño D. juan
Pío Montúfar y Larrea, Marqués de Selva Alegre, quien también fue ti-
tulado Presidente del Estado, e integrada por los ministros o secretarios
de estado Dr. D. juan de Dios Morales y Leonín, n. de Santiago de Arma
de Ríonegro en la neogranadina Antioquia, Dr. D. Manuel Rodríguez
de Quiroga y Cuenca, nativo de Chuquisaca27, la actual ciudad boliviana
de Sucre, Vicerrector de la Universidad de Sto. Tomás, y el quiteño D.
juan de Larrea y Villavicencio, cuñado de Montúfar, en los despachos:
el primero para los asuntos internos, negocios extranjeros y de la guerra
(y además se lo designó como Superintendente General de Correos), el
segundo para el de gracia y justicia, y el tercero para el de hacienda; los
cuales como tales eran individuos natos de la junta Suprema. Quiroga
y el indicado Salinas, Inspector General de la Falange, serían quienes
tuvieron la iniciativa para presionar a dar el golpe revolucionario en
27 Fernando jurado Noboa, Datos genealógicos del prócer doctor Manuel Rodríguez de Quiroga
y Cuenca, Revista Museo Histórico No. 48, 1970, pp. 100-106

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L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

tanto que Morales se convirtió en el ideólogo, encausador y sostenedor


de la permanencia de la revolución. Montúfar que hasta las dos de la
mañana del 10 de agosto había estado en Quito desplegando esfuerzos
para obtener la adhesión a la junta que debía proclamarse a la madru-
gada de ese día, se ausentó, previo acuerdo con los demás complotados
que se encontraban en un planificado festejo, a esa hora a su hacienda
de Chillo, de donde fue llamado, con aparente sorpresa del Marqués, a
tomar su puesto, habiendo arribado a la capital a las tres de la tarde en
medio de una gran ovación.
Para el funcionamiento de los tres ministerios, se designaron
como Cobachuelistas o Covachuelistas28 u Oficiales Primeros al quiteño
D. javier Villacís y Carcelén, al lojano Dr. D. josé Félix Valdivieso y Val-
divieso, a Don N. Celi (que muy probablemente se trata del lojano Dr.
D. Agustín Celi y González) y a Don N. Maldonado (que muy proba-
blemente se trata de D. Miguel Maldonado, oficial de la Falange). No se
especifica a qué despachos ministeriales debían servir, pero es muy pro-
bable que Villacís estuviera destinado al ramo de Guerra, Valdivieso a
los asuntos interiores y exteriores, Celi al de Gracia y justicia, y Maldo-
nado al de Hacienda. Respecto de Villacís se conoce que arrepentido
dejó el cargo de Cobachuelista al darse cuenta que lo había aceptado en
vez de una capitanía en la Falange cuando ésta era mejor remunerada.
Valdivieso y Celi no llegaron jamás a actuar pues siempre estuvieron en
Loja y Cuenca, respectivamente. En lugar de Celi se conoce que estuvo
actuando el ambateño D. Vicente Merino29. Muchos años más tarde los
Cobachuelistas30 fueron llamados Oficiales Mayores y actualmente Vi-
ceministros o Subsecretarios.
Además la junta Suprema estuvo conformada por los marque-
ses de Solanda y Villa Rocha D. Felipe Carcelén y Sánchez de Orellana,
de Villa Orellana D. jacinto Sánchez de Orellana y Chiriboga, y de Mi-
raflores D. Mariano Flores de Vergara y jiménez de Cárdenas, D. Manuel
Zambrano y Monteserrín, D. Manuel de Larrea y jijón, D. Manuel Ma-

28 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII)
29 Núñez del Arco, Ramón, Informe del Procurador General de Quito de 20 de mayo de 1813,
en Documentos Históricos, Los hombres de agosto, Boletín de la Academia Nacional de His-
toria, No. 56, 1940
30 josé Canga Arguelles, Diccionario de hacienda para el uso de los encargados de la suprema
dirección de ella, T. II, Londres, 1826

115
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

theu y Herrera, representantes de los barrios, y por el quiteño D. Vicente


Álvarez y Torres, secretario particular con voto. Posteriormente, el día
12 incorporó como Vocales Natos de ella a los Obispos de Quito y
Cuenca doctores D. josé Cuero y Caicedo y D. Andrés Quintián Ponte y
Andrade, respectivamente. Solo Cuero y Caicedo aceptó el día 15, aun-
que a Quintián siempre se lo consideró miembro. Sarcásticamente para
los españolistas la junta Suprema era conocida como junta Nacional y
Montúfar como jefe Supremo.
Se ha considerado que el Obispo Cuero y Caicedo fue también
designado Vicepresidente de la junta Suprema, sin embargo, según el
español anónimo en carta de 25 de octubre de 1809 y subsiguientes,
quien ocupó ese cargo fue el Marqués de Solanda. Al respecto, en el in-
forme de Núñez del Arco de 1813, solo se menciona que el Obispo fue
vocal nato; el 14 de agosto de 1809 era considerado por Ruiz de Castilla
como eminencia gris tras la presidencia de Montúfar y le atribuía iróni-
camente la calidad de ser el real Presidente31; y el día 16 de agosto
cuando se ratificó el Acta Constitucional, conforme el español anónimo,
en la sala capitular del convento de los agustinos, la mesa directiva la
conformaban el Presidente Marqués de Selva Alegre, sentado al medio,
acompañado a los lados por el Obispo y por el “Vicepresidente Marqués
de Solanda”. Según Isaac Barrera, el Cabildo Eclesiástico aconsejó a Cai-
cedo que ejerciera el cargo vicepresidencial, sin embargo, parece que
existe confusión, y a lo que se refería es a la función de Vocal. El 7 de
septiembre el Obispo Cuero y Caicedo había dejado de concurrir a las
sesiones de la junta Suprema. El Marqués de Solanda tuvo tan bajo perfil
posteriormente que incluso se lo ha considerado uno de los más radica-
les españolistas durante esta primera revolución, situación que cambió
en la segunda en que apareció como un cauto rebelde. El Marqués de
Miraflores también renunció muy pronto a su calidad de representante.
El 11 de agosto se tomaron una serie de medidas económicas.
El día 13 de agosto, ante el requerimiento del Presidente del Estado, la
Honorable junta y los Oidores de la Audiencia Nacional, el ayunta-
miento capitalino designó como sus representantes para integrar la
junta Suprema al quiteño D. juan josé Guerrero y Matheu y a D. Mel-
chor Benavides, que se incorporaron el mismo día. Ese mismo día los
cabildos riobambeño e ibarreño designaban como sus representantes a

31 Alfredo Ponce Ribadeneira, Quito: 1809-1812 según los documentos del Archivo Nacional de
Madrid, Madrid, 1960

116
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la junta, el primero al mismo D. Manuel Zambrano y Monteserrín, re-


presentante por el barrio quiteño de San Sebastián por haberse excusado
su hermano D. Estanislao32, y el segundo a D. Manuel de Zaldumbide33.
Se desconoce a los representantes de los cabildos de Otavalo, Latacunga,
Ambato, Guaranda y Alausí. El 17 de agosto tras la jura de la Constitu-
ción, se estableció la Orden de San Lorenzo, en conmemoración del día
del golpe, para gratificar a quienes presten servicios relevantes a la pa-
tria. En los días siguientes se dictaron decretos respecto de organización
hospitalaria, instalación de Academias, un Gabinete de Historia Natural,
un jardín Botánico, entre otros34. El 27 de agosto la villa de Ambato ju-
raba el Acta Constitucional35 y Riobamba lo hacía el 29 de agosto36.
La Falange tenía por Comandante en jefe al Rey, representado
en el ejercicio de ese destino por la junta Suprema, la cual controlaba
políticamente a ese ejército a través de Morales, Ministro de Guerra, en
tanto que se desempeñaba como lo que hoy conocemos como jefe de
Estado Mayor y entonces como Inspector General el Coronel Salinas,
quien para resguardar la defensa y sostener el flamante Estado, dividió
la fuerza en dos, una para el norte y otra para el sur. La del norte tuvo
por General en jefe al Vocal D. Manuel Zambrano, quien también se des-
empeñó como Embajador ante los cabildos de Popayán, Pasto y Barba-
coas, y a sus órdenes militaron el presbítero Dr. D. josé Riofrío y el
Teniente Coronel D. Francisco javier de Ascásubi y Matheu, capturado
durante la campaña contra Pasto; Riofrío y Ascásubi luego fueron muer-
tos el 2 de agosto de 1810. La del sur tuvo varios Generales en jefe con-
forme la campaña militar que debía emprenderse, uno de ellos fue el
Teniente Coronel D. Antonio Ante y otro el Sargento Mayor D. Manuel
Aguilar y Viteri. jamás existió el grado de General y cuando consta en
la documentación patriota de la época este trato se refiere a la calidad
de General en jefe como también se decía entonces a quien comandaba
una campaña de gran envergadura en tanto que en la información es-
pañolista el tratamiento acota un sentido burlesco.

32 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954


33 Cristóbal Tobar Subía, Monografía de Ibarra, Centro de Ediciones Culturales de Imbabura,
1985 (primera edición en 1929)
34 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII)
35 Fausto Palacios Gavilanes, Apología, honores y reivindicación de Celiano Monge, en Bol. de
la Academia Nacional de Historia, No. 180, 2008
36 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

La institución judicial estuvo compuesta de doce senadores, a los


que también se los llamaba “Senadores y Ministros Togados”, todos doc-
tores, distribuidos en dos Salas: Civil y Criminal, consideradas también
como la primera y segunda salas, cada una con tratamiento de alteza. El
Senado estaba efectivamente dirigido por un gobernador, que a su vez
presidía las dos Salas, aunque efectivamente solo presidía la Sala de lo
Civil, con dos mil pesos de sueldo y tratamiento de usía ilustrísima. La
Sala de lo Criminal, estaba presidida teóricamente por el gobernador
pero efectivamente por un regente subordinado al gobernador, con dos
mil pesos de sueldo y tratamiento de señoría; los demás ministros con el
mismo tratamiento anterior y mil quinientos pesos de sueldo; agregán-
dose un protector general de indios con honores y sueldos de senador, y
un alguacil mayor con los tratamientos y emolumentos de la Audiencia.
Se nombró a los siguientes seis senadores para integrar la Sala
de lo Civil, como Gobernador, y su vez en la práctica cabeza máxima del
tribunal en pleno, al quiteño D. josé javier Ascázubi y Matheu; decano
(es decir, más antiguo en la nominación) al bugueño D. Pedro jacinto
Escobar y Ospina; ministros fueron electos el quiteño D. josé Fernández
Salvador y López, el popayanejo D. Ignacio Tenorio y Carvajal y el qui-
teño D. Bernardo Ignacio de León y Carcelén; y como fiscal fue desig-
nado el quiteño D. Mariano Merizalde. Para formar parte de la Sala de
lo Criminal, o del Crimen como también se la llamó, se eligió otros seis
senadores, como regente al español Oidor D. Felipe Fuertes y Amar,
como decano al payanés D. Luis Quijano y Carvajal, como ministros al
bugueño D. josé del Corral y Bandera, D. Víctor Félix de San Miguel y
Cacho, n. de la neogranadina Mompox, y el popayanejo o payánes D.
Salvador Murgueitio y Castillo, cuñado del vocal Zambrano, y como
fiscal al quiteño D. Francisco javier de Salazar y Alvear. Fueron nom-
brados como Protector General de Indios D. Tomás Arechaga, n. de
Oruro en la actual Bolivia, y como Alguacil mayor o Alguacil Mayor de
Corte D. Antonio Solano de la Sala y Piedrahita37. Parte de ellos se po-
sesionaron el día 18.
Curiosamente, el Senado, conocido eventualmente también
como Real Senado o como Consejo, era el máximo Tribunal judicial en
37 Biblioteca Luis Ángel Arango, Banco de la República de Colombia. http://www.lablaa.org/
blaavirtual/historia/actas-de-independencia/actas-declaraciones-independencia-001.html:
Armando Martínez Garnica e Inés Quintero Montiel, Actas de formación de juntas y declara-
ciones de independencia (1809-1822), Reales Audiencias de Quito, Caracas y Santa Fe, UIS,
2007

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la práctica, sin embargo, coexistió con la Audiencia, que durante este


periodo, se denominó también Audiencia Nacional, la cual se mantuvo
teóricamente, aunque sin poder judicial y político reales como el más
alto tribunal de justicia y máximo organismo de gobierno, facultad esta
última que pasó realmente a la junta Suprema. Las autoridades de la
vieja Audiencia, su Presidente el Conde Ruiz de Castilla y dos de sus
Oidores, el Regente D. josé Fuentes González Bustillos y el Dr. D. josé
Merchante de Contreras, fueron destituidos el 10 de agosto y manteni-
dos en prisión unos días. Se ratificó por los revolucionarios como Oidor
a D. Felipe Fuertes y Amar, y se designó por el flamante régimen eman-
cipado, por existir una plaza vacante de Oidor en ese organismo, al bar-
bacoano Dr. D. Pedro Manuel Quiñones y Cienfuegos, cuñado del mar-
qués de Miraflores, personaje este último, es decir, el Marqués, conside-
rado como uno de los principales propagadores de las ideas revoluciona-
rias francesas de libertad, igualdad y fraternidad y cuyo cadáver en 1810
fue velado y sepultado con custodia militar por temor de que hubiera fin-
gido su deceso para escapar. Tanto Fuertes y Quiñones, nominales Oido-
res Ministros Togados de la Audiencia, recibieron nombramientos sena-
toriales lo que en la realidad les permitía ejercer la judicatura.
La junta Suprema, en nombre del Rey, expresaba el 26 de sep-
tiembre que debido a “los motivos de sospecha y desconfianza que el
Pueblo de Quito tenía en los antiguos Magistrados y Ministros, se creó,
entre otros objetos, un Senado de justicia, compuesto de dos Salas, una
para el despacho de los negocios civiles, y otra para el conocimiento de
lo criminal, con los honores, distinciones y prerrogativas que tuvo mi
antigua Audiencia y Chancillería Real establecida en aquella Ciudad”,
la que como ya se ha indicado solo existía nominalmente. El 23 de julio
de 1813 D. joaquín de Molina, Presidente que fue de la Audiencia de
Quito, ridiculizaba a los insurgentes llamándolos “griegos americanos”
por denominar “senado” “(institución ajena a la tradición ibérica), a
aquello que era en realidad una audiencia”, aunque Molina en todo caso
debió decir romanos y no griegos; además, el Senado romano era más
que un tribunal judicial.
El régimen entonces instalado duró hasta el 21 de octubre de
ese año de 1809 en la ciudad de Quito, ya que en los algunos corregi-
mientos adheridos a la conmoción revolucionaria se había restaurado
el gobierno del antiguo sistema. Hasta ese día la junta se mantuvo en
uso de las plenas facultades que se había dado al constituirse, ya que

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

ese día, astutamente, se adujo que siempre había reconocido a la Su-


prema junta Central Española como la representante del Rey, con lo que
se desvirtuó por completo su naturaleza. Continuó funcionando la jun-
ta, que pasó desde el 21 a llamarse junta Provincial, como subordinada
a la Central Española, y las demás instituciones unos días más. La junta
Suprema y luego Provincial estuvo presidida desde el 14 o 15 al 25 por
D. juan josé Torcuato Guerrero y Matheu, como sucesor del Marqués
de Selva Alegre, aunque a Guerrero, heredero del condado de Selva Flo-
rida, título que no le fue despachado por no haber cancelado lo adeu-
dado por su posesión38, ya el 10 y 12 se lo encuentra actuando interina-
mente como presidente en alternancia con el titular marqués de Selva
Alegre, cuya dimisión fue aceptada por la primera junta el 13.
La subida de Guerrero a la presidencia fue precedida desde el
día 12 con una primera pretensión de Montúfar de dejar el cargo presi-
dencial con la condición de elegir como presidente a D. Manuel Ruiz de
Urries y Castilla, Conde Ruiz de Castilla, depuesto Presidente de la Au-
diencia, y cuya reposición ya era preparada desde el 22 de agosto por
Montúfar y a la que posteriormente coadyuvaron Guerrero, D. Manuel
de Larrea y jijón, compensado en 1815 con el marquesado de San josé,
y tardíamente el jefe de la fuerza militar Salinas, Quiroga y Morales,
éstos tres presionados por las circunstancias. Desbaratada esta intención
por un motín producido la noche de ese mismo día cuyo tribuno fue el
Gobernador de Quijos D. Mariano Villalobos, al siguiente día el 13, se
le aceptó la renuncia a Montúfar sin esa condición, a raíz de que Morales
se encargó de propagar la nueva. El marqués de Selva Alegre, su familia
y sus partidarios huyeron de la multitud enfurecida en dirección a La-
tacunga donde se encontraba ya el 18 de octubre y de vuelta en Quito el
4 de noviembre, e incluso se llegó a difundir el rumor infundado que
en Pujilí estaba levantando tropas para deshacerse de los empecinados
revolucionarios Morales, Quiroga y Salinas39. Morales entonces preten-
dió ser designado sucesor de Montúfar, pero no pudo lograrlo, lo que
abrió pasó para que desde el mismo 13 de octubre se presenten varias
candidaturas presidenciales a la junta, entre ellas la del marqués de Villa

38 Demetrio Ramos Pérez, entre el Plata y Bogotá, cuatro claves de la emancipación ecuatoriana,
Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pp. 71-269
39 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII)

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Orellana propuesto por el barrio de San Roque que no llegó tampoco a


fructificar, y la del Gobernador del Senado de justicia D. josé javier de
Ascásubi y Matheu, propuesto por el mencionado Villalobos, el que fue
aclamado pero que no pudo ser posesionado debido a una algarada tra-
mada por su primo hermano Guerrero, con el apoyo de una brillante in-
tervención de Quiroga, que obtuvo que la junta revea la designación de
Ascásubi y designe el 14 o 15 a Guerrero para reemplazar a Montúfar.
En octubre, antes del día 12, el marqués de Villa Orellana había renun-
ciado a su calidad de representante a la junta de Gobierno40.
La junta Provincial, previa capitulación del 24, el día 25 designó
finalmente como Presidente de ella al Conde Ruiz de Castilla que
aceptó. Ahora bien, según el español anónimo, el Conde entró inmedia-
tamente a las once de la mañana a la ciudad, aunque según otras infor-
maciones, despachó desde su quinta en Iñaquito donde estaba refugiado
y retornó a Quito el 28. Parece que la primera noticia tiene más asidero.
Así, se dio inicio a la reposición de la Audiencia, según sus antiguas fa-
cultades que tenía hasta antes del 10 de agosto, y, por otro lado, se pa-
ralizaba la campaña militar que Morales y Salinas tenían planeada
hacer para tomar Pasto. Según lo acordado en la capitulación no se re-
puso –aún– a los dos oidores: el Regente Fuentes González Bustillos,
que había jurado que bebería la sangre de unos 14 líderes rebeldes, ni a
Merchante ni a otros funcionarios españoles. Solo el Oidor Fuertes y el
Fiscal interino Arechaga debían ser repuestos en sus antiguos empleos
y además fueron llamados a reintegrarse al Real Senado de Justicia, ins-
titución que conforme lo capitulado debía ser modificada consensual-
mente por el Presidente Conde Ruiz de Castilla y la junta según lo
disponían las leyes de las Partidas 63, 97 y 108 del libro segundo título
10 o 15 de las municipalidades; se consideraba que esos individuos go-
zaban de la estimación pública, aunque el primero, momentáneamente,
no se integró pretextando que el insurgente D. juan Salinas continuaba
al mando de la Falange de Guerra, creación de los independentistas.
Otro punto acordado fue que se cambie los tratamientos de la junta y
sus integrantes. A Salinas por haber accedido a última hora a la reposi-
ción de Ruiz de Castilla se intentó matarlo en Machachi por el Teniente
Coronel D. Antonio Ante y los capitanes D. juan Ante y Valencia y D.
Andrés Salvador y López, hermano del ex senador y el cual en la se-

40 Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954

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gunda era revolucionaria, cambiando de criterio, facilitó la llegada de


las tropas de Montes a Quito. No se conoce quien fue primero en expre-
sarlo, si González Bustillo al decir que caerían 14 dirigentes revolucio-
narios, o si el Marqués de Selva Alegre que fue acusado de haberse
manifestado públicamente por “la conveniencia de ahorcar a catorce
chapetones en la plaza mayor”.
De manera progresiva, la Audiencia volvió a su estado pleno de
atribuciones, el día 27 de octubre el Presidente de la junta Provincial
Ruiz de Castilla en conformidad con los vocales que habían quedado,
según el español anónimo en carta de 30 de noviembre, Guerrero, el
Marqués de Solanda, Benavides y el Secretario Álvarez, y conforme
otras informaciones, Guerrero, Benavides, Zambrano y el Secretario Ál-
varez, destituyó a “los Secretarios de Estado, Guerra, Gracia y justicia y
Hacienda, mediante a que según los principios expuestos, deben quedar
sin funciones y abolida la potestad Suprema que se atribuyó arbitraria-
mente a la junta instalada el 10 de agosto del presente año”, y poco a
poco aniquiló sus demás creaciones, proceso que en el aspecto militar
se puede dar por concluido el 25 de noviembre con la disolución que
hizo el Coronel D. juan de Salinas y Zenitagoya, cabeza militar visible
que fue de la revolución, del Escuadrón de Dragones del que se había
hecho cargo el 17 de noviembre tras renunciar a la Comandancia de las
Compañías de Infantería sobre las cuales ya tenía el mando antes del 10
de agosto. Salinas nuevamente pasó a ser como Capitán y con el goce
de su sueldo. Militarmente el ejército revolucionario ya no era necesario
pues para el 24 de noviembre había ya arribado a Quito el Comandante
D. Manuel Arredondo y Mioño, heredero del Marquesado de San juan
Nepomuceno, al mando de las huestes limeñas, tras impedir Ruiz de
Castilla que arribaran a la capital las fuerzas comandadas por el Gober-
nador de Cuenca Aymerich, a quien consideraba un peligroso rival, el
que fue persuadido por Guerrero y San Miguel, enviados del Conde. El
25 de noviembre entraba Arredondo con el grueso de sus tropas entre
las 9 y 10 de la mañana y se hacía cargo de todas las armas de la Falange.
El 29 de octubre quisieron renunciar los vocales de la junta Provincial
pero Ruiz de Castilla lo impidió según comunicaba en oficio del 2 de
noviembre ya que creía que aún era conveniente mantenerla para no al-
terar los ánimos. Sin embargo, Ruiz de Castilla no se deshizo completa-
mente todavía de Morales a quien designó Secretario de la Presidencia
de la Audiencia, según informaba el Gobernador de Cuenca D. Melchor

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de Aimerich el 13 de noviembre, fecha en que también se encontraba en


Ambato el Oidor Merchante, y se confirmaba que Salinas continuaba al
frente del mando militar.
El 3 de noviembre Ruiz de Castilla daba a luz un bando en que
expresaba que era su intención cumplir con el convenio de capitulación,
aún existían unas agonizantes junta, Senado de justicia y Falange de
Guerra, y en ese acto, aunque hizo leer una proclama del guayaquileño
Dr. D. josé de Silva y Olave, electo vocal representante del virreinato del
Perú a la junta Central Española en que se recomendaba prudencia para
contrarrestar la revolución, su actuación posterior demostraría que no
le llegó ese mensaje ni el de la proclama emitida por el Virrey Abascal
de 17 de septiembre en que se prometía no causar daño si la revolución
desaparecía. Incumpliendo las capitulaciones, el 8 de noviembre se daba
fin a las dos primeras instituciones, y la Audiencia compuesta por el
Oidor Fuertes y conjueces nombrados, expidió el mismo día un Real
Acuerdo declarando que todas las providencias expedidas en los juicios
tramitados desde el 10 de agosto por las dos Salas de lo Civil y de lo
Criminal, quedaban nulitadas por lo que entonces debían volver a ser
sustanciados al estado en que estuvieron al 9 de agosto. Antes, el 5 de
octubre el Virrey de Nueva Granada había autorizado que todos los re-
cursos elevados desde Barbacoas y que se tramitaban en la Audiencia
quiteña, hasta que se restablezca, pasen a ser conocidos provisional-
mente por la Audiencia de Santa Fe, lo cual se hizo extensivo a toda la
parte de la gobernación de Popayán sujeta a la Audiencia quiteña. El 21
de noviembre de 1809 desde Túquerres el Regente de la Audiencia, aún
no repuesto, D. josé Fuentes González Bustillo, informaba que los re-
beldes quiteños habían obligado a Ruiz de Castilla, tras la supresión del
Senado, a fundar una Audiencia “haciendo Regente al referido Oidor D.
Felipe Fuertes. Nombrando de Conjueces a dos Abogados que fueron
sus Senadores”, pero esto era tan solo parte de la propaganda españo-
lista para presionar a restablecer en sus puestos a los denostados fun-
cionarios, se trataba de la Audiencia que poco a poco recuperaba sus
facultades, claro que para ello necesitaba para funcionar de personas
dispuestas a ejercer interinamente esa responsabilidad, se ignora quie-
nes fueron los dos ex senadores que integraron ese tribunal audiencial.
De esta forma desapareció esta primera convulsión libertaria,
luego de verificarse desde el mismo agosto, a los pocos días de organi-
zado el nuevo sistema político, la progresiva contrarrevolución españo-

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lista dentro de las mismas filas de las instituciones creadas, así como las
deserciones, maquinadas por los Calisto, de los cabildos de Ambato (5
de octubre), Riobamba (8 de octubre), Guaranda (11 de octubre), Alausí
y Latacunga, y también de las tropas estantes en esas provincias, donde
se organizaron compañías propias; y al conocerse la inminente llegada
de las tropas represoras virreinales peruanas procedentes de Lima, las
neogranadinas procedentes de Santa Fe al mando de D. josé Dupret, las
de Popayán a cargo de D. Antonio Mendizábal, las de Pasto bajo el
mando de D. Francisco Gregorio de Angulo, las de Cali bajo la coman-
dancia de D. josé María Quijano, las de Cuenca (que jamás entraron y
debieron regresar desde Ambato) y las de Guayaquil formadas por un
escuadrón de dragones que entraron en enero de 1810 con el Goberna-
dor Cucalón. Para el 14 de octubre también Latacunga y para el 26 tam-
bién Ibarra habían regresado al redil españolista, aunque esta última y
Otavalo solamente después de Quito, es decir, luego de la entrega de la
presidencia de la junta a Ruiz de Castilla, puesto que en esos corregi-
mientos norteños se mantenían vivos los operativos de la campaña mi-
litar contra Pasto, ciudad que nunca fue tomada. En Ibarra y Otavalo
fracasaron las gestiones desplegadas por D. Nicolás Calisto y Borja para
obtener la defección de sus cabildos, en su lugar fue tomado prisionero
y enviado a Quito. Cuando se supo la deserción de las poblaciones de-
sertoras situadas al sur de Quito, Morales, Quiroga y Salinas intentaron
rearmar una operación militar para reconquistarlas, sin embargo, debido
al frágil estado de conjuración existente en la ciudad se abandonó la idea
pues hubiera sido imprudente tanto dejar la capital como atacar con una
fuerza militar cada vez era más reducida.
Coincidencialmente, los tres Oidores Fuentes González Busti-
llos, Merchante de Contreras y Fuertes Amar y el Asesor general de Go-
bierno D. Fco. Xavier de Manzanos y otros funcionarios destituidos
estaban desterrados en varias partes del territorio sujeto al régimen
emancipador, haciendo propaganda contra la rebelión de agosto. Los
Calisto y su círculo desde un principio se mostraron como opositores
del nuevo régimen, uno de ellos, el español D. Pedro Pérez Muñoz,
yerno de D. Pedro Calisto y Muñoz, fue Secretario designado para eva-
cuar las diligencias procesales cuando en marzo se abrió causa de estado
contra varios de los futuros implicados en el golpe agostino como se
verá más adelante, y tanto él como su familia política para desvirtuar
cualquier encubrimiento cuando en los primeros días de abril de 1809

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se fingió el robo de los legajos que contenían el juicio41, los mismos que
asomaron en el estudio de Quiroga mágicamente cuando el prócer ne-
cesitó hacer su alegato de defensa en 1810, tomaron la resuelta actitud
de demostrar furibundamente que eran enemigos de la causa patriota
como en su momento veremos la misma actitud en Arechaga, Fuertes y
San Miguel. El 30 de noviembre se renovaba el juramento de fidelidad
a la junta Central Española42.
Desde un primer momento, hubo un intento por cubrirse las es-
paldas en caso de que fracase el movimiento revolucionario, prueba de
ello es el Acta de Exclamación del Cabildo Eclesiástico quiteño de
agosto, así como el Acta Secreta del Cabildo riobambeño de 5 de sep-
tiembre43, un Acta Secreta firmada por los vecinos de Guaranda, y al pa-
recer también una posiblemente existente Acta Secreta del Cabildo
ibarreño44. También caen dentro de este acto, las cartas del Marqués de
Selva Alegre al Virrey Abascal para conseguir la reposición de Ruiz de
Castilla, las misivas de octubre de Salinas al Conde Ruiz de Castilla, la
actitud de Quiroga de no suscribir las actas anteriores al 11 de agosto, y
la correspondencia secreta descubierta cruzada en abril de 1811 durante
la segunda revuelta entre el Comisionado Regio D. Carlos Montúfar y
el Presidente de la Audiencia D. joaquín Molina, el Gobernador de
Cuenca D. Melchor de Aymerich y el Obispo de Cuenca D. Andrés
Quintián45.
La revolución nacida radical, esperanzadora e innovadora, fue
apagando su ardor, al verse materialmente cercada y aislada económi-
camente, al parecer la actitud de Montúfar y otros más, manifiesta en
devolver la autoridad a la Audiencia, empezó a convertirse en la más
apropiada solución para evitar una tragedia de mayor proporción, lo
que no se consiguió, pues entre las noches del 3 y 4 de diciembre, so pre-
texto de haber develado nuevos planes de rebelión, empezaron los arres-
tos e instrucciones judiciales contra los patriotas que culminaron en la
41Francisco Xavier Aguirre Abad, Bosquejo histórico de la República del Ecuador, Anuario his-
tórico jurídico ecuatoriano, Vol. III, Corporación de Estudios y Publicaciones, Guayaquil, 1972
42Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII).
43Alfredo Costales Samaniego, Década sangrienta, Quito, 1954.
44 Cristóbal Tobar Subía, Monografía de Ibarra, Centro de Ediciones Culturales de Imbabura,
1985 (primera edición en 1929).
45 “El Filósofo en su retiro”, “Reflexiones de un filósofo en su retiro” 1 de abril de 1812 ( Archivo
de Cristóbal de Gangotena y jijón), en Documentos Históricos, La revolución de agosto, Bo-
letín de la Academia Nacional de Historia, No. 64, 1944.

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horrenda y fatídica inmolación de los principales protagonistas de la re-


volución que despertó la conciencia libertaria de la América española.
Cumplidos los arrestos indicados, Ruiz de Castilla, según carta del día
6 de diciembre, reinstaló inmediatamente el día 5 en sus puestos de Oi-
dores a Fuentes González Bustillos y a Merchante de Contreras y a los
otros funcionarios españoles separados de sus cargos. Quizás, el inde-
ciso y tímido Montúfar en un intento desesperado por salvar la causa
patriota, tuvo un repentino aunque inútil arrojo de escribir el 14 de sep-
tiembre de 1809 una carta solicitando armas y municiones al gobierno
británico y a cualquier barco de esa bandera cercano a las costas esme-
raldeñas que pudiera proporcionárselo.
Caso curioso, como consecuencia de la progresiva restauración
del viejo régimen, fue que en parte de la provincia de Esmeraldas se
mantuvo una leve llama revolucionaria, las autoridades designadas por
el régimen revolucionario duraron hasta luego del 4 de diciembre de
1809, uno de aquellas fue el Cap. D. josé Miguel Betancourt y Nicolalde,
Teniente de Gobernador y Administrador de Rentas (o Factor) de Taba-
cos, residente en Atacames, el cual fue depuesto y arrestado después de
ese día por una asonada contrarrevolucionaria46. Hacemos notar que la
provincia de Esmeraldas estuvo expuesta en el mes de septiembre a la
convivencia y lucha entre autoridades tanto patriotas como españolistas,
se conoce de la furia invasora a principios de mes del cuencano D. josé
Urión, Teniente del puerto esmeraldeño de la Tola, quien destruyó el
pueblo de Piti y expulsó al cura del pueblo de Esmeraldas por haberse
adherido a la causa patriota47, así como los preparativos que hacia el día
22 de ese mes organizaba D. Guillermo González para tomarse a nombre
del cabildo españolista de Pasto las poblaciones esmeraldeñas de Tu-
maco y Carondelet, noticia que comunicaba el Dr. D. josé Riofrío desde
Tulcán al Comandante que se encontraba en Ibarra para que tome las
debidas precauciones48, lo que si se dio, pues desde Barbacoas se atacó

46 Fernando jurado Noboa, Historia Social de Esmeraldas: Indios, negros, mulatos, españoles
y zambos del siglo XVI al XX, T. I: A-B-C, Revista de la Sociedad Amigos de la Genealogía –
SAG- No. 102, Quito, enero de 1995, pp. 174-176
47 Manuel josé Caicedo y Cuero (atribuido a), Viaje Imaginario por las provincias limítrofes de
Quito, y regreso a esta capital, en Biblioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la In-
dependencia y de la República, Quito, 1960 (existen ediciones anteriores, la primera anterior
a 1890)
48 josé Riofrío, Cartas de Riofrío a Morales, 1809, en Pensamiento Ilustrado Ecuatoriano, estudio
introductorio y selección del Dr. Carlos Paladines, Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuato-
riano, Vol. IX, Banco Central del Ecuador – Corporación Editora Nacional, 1981

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a fines de mes Carondelet, La Tola (que para entonces estaba controlada


por los independentistas) y Esmeraldas49.
El 5 de enero de 1810 el Regidor D. Pedro Calisto escribía que
Montúfar se encontraba prófugo pero que gran parte de los miembros
de la junta se paseaban serenamente incluidos los antiguos Senadores.
El proceso judicial levantado desde diciembre de 1809 continuó en el
trascurso del primer semestre de 1810.
“¿Hubo o no hubo traición?” se pregunta el notable historiador
Demetrio Ramos Pérez, quien analiza el hecho de la siguiente manera:
“La traición es siempre la cómoda explicación de un fracaso. Y no cabe
duda que en el movimiento del 10 de Agosto la hubo, sin que la traición
fuera el personaje clave. La reposición del depuesto presidente conde
Ruiz (de) Castilla fue una fórmula a la que se apela el 25 de octubre para
salir de la situación creada, que era, en definitiva, lo que perseguían las
cartas de Montúfar al virrey de Lima, una vez que pudo comprender
que las provincias no secundaban en común la iniciativa quiteña”50.
Equivocaciones, indecisiones, arrepentimientos, oportunismos,
falta de perspectiva, ingenuidad, quemeimportismo, novelería, tomas
de partido forzosas, divisionismo, oposición, antes que la misma deser-
ción y felonía, acabaron con el primer momento revolucionario inde-
pendentista quiteño, los próceres no consiguieron mantener el suficiente
entusiasmo por la causa en las filas de la misma nobleza, de la clase
media, de la masa, del ejército y del clero, que se inmovilizaron, e incluso
expresaron su molestia y rechazo al nuevo régimen, incapaz de fran-
quear un bloqueo territorial bien concertado en sus fronteras, la oposi-
ción fue creciendo cada vez más antes las adversas circunstancias, la
falta de visión e ingenuidad respecto de las oportunidades que se rega-
laban a Cuenca, Guayaquil, Popayán y Pasto con este motivo para su-
plantar a la débil Quito como centro de poder, astutamente explotadas
sobre todo por el Virrey del Perú, obligaron a los juntistas a transar su
fin. Popayán tenía razones de peso, incluso intelectuales, para pretender
ser capital de un reino, conocida entonces era la frase “Todo el mundo
es Popayán” y si no veamos cuantos senadores de justicia eran origina-
rios de esa jurisdicción: Escobar, Tenorio, Quijano, Corral, Murgueitio,

49 Alonso Valencia Llano, Élites, burocracia, clero y sectores populares en la Independencia Qui-
teña (1809-1812), Rev. Procesos No. 3, 1992
50 Demetrio Ramos Pérez, entre el Plata y Bogotá, cuatro claves de la emancipación ecuatoriana,
Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1978, pp. 71-269

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Quiñones, Tejada y Cabal, además, estaba el funcionario jiménez. Los


gobernadores de Cuenca D. Melchor de Aymerich, de Guayaquil D. Bar-
tolomé Cucalón y Villamayor y de Popayán D. Miguel Tacón aspiraban
a sustituir a Ruiz de Castilla en la presidencia de la Audiencia quiteña.
Pasto pretendió durante la primera revuelta quiteña que la Audiencia,
el Obispado y uno de los colegios se trasladen allá. Quizás, para muchos,
los traidores eran los patriotas, difícil es imaginarse para gente que había
vivido casi tres siglos solamente conociendo la existencia de España
como vínculo, repentinamente verse despojados de aquel.
Es posible que en el ánimo vacilante de Montúfar y muchos
más, entre ellos su hijo D. Carlos, no solo en la primera rebelión sino
también en la segunda, haya influido la manera de cómo debían llevarse
adelante los objetivos propuestos, no formaban parte de un todo aislado,
la red familiar y social del Marqués oscilaba comunicativamente con
personajes de la talla del peruano D. josé Baquíjano y Carrillo, Conde
de Vista Florida y del español D. Miguel Lardizábal y Uribe, el primero
la cabeza liberal más influyente en su país, republicano–monarquista,
individuo plenamente convencido de la posibilidad de mantener la uni-
dad de los dominios americanos y españoles bajo un solo gobierno, co-
rriente predominante que impidió fructificara cualquier conmoción
separatista por lo menos en la capital limeña, miembro del futuro Con-
sejo de Estado establecido por la Constitución Española de 1812, y el se-
gundo, vocal representante por el virreinato de Nueva España a la junta
Central Española y luego vocal representante por los dominios indianos
del futuro primer Consejo de Regencia que nombró coincidencialmente
tras el fracaso de la primera junta quiteña como Comisionados Regios
para Nueva Granada y Quito a los quiteños D. Antonio Villavicencio y
Verástegui y D. Carlos Montúfar y Larrea, hijos de los quiteños Conde
del Real Agrado y el Marqués D. juan Pío, respectivamente, y parientes
entre si. Tanto Baquíjano como Montúfar eran parientes de Lardizábal51.
Además, Montúfar, debió estar bien informado sobre varios de los acon-
tecimientos de la campaña libertaria de 1806 emprendida en Venezuela
por D. Francisco de Miranda y Rodríguez y de la conspiración de los
mantuanos de 1808 de Caracas, si nos atenemos al hecho de que esta-
bleció, según denunciaban un español anónimo y el español Pérez
Muñoz, para los miembros de la junta Suprema de la primera revolu-

51 http://es.wikipedia.org/wiki/jos%C3%A9_Baqu%C3%ADjano_y_Carrillo
http://sisbib.unmsm.edu.pe/BibVirtual/libros/literatura/melgar/la_ilusion.htm

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ción y para los integrantes del Congreso Supremo de la segunda, atuen-


dos provistos de tres colores básicos: azul, negro y encarnado (rojo), el
primero y el tercero provenientes de la bandera tricolor del ejército ya
llamado colombiano por el precursor venezolano, en tanto que el se-
gundo y también el tercero componentes de la escarapela o cucarda bi-
color de Fernando VII y también de la posible bandera tricolor naval de
la expedición de Miranda52. Es más, Pérez Muñoz dice que las bandas
eran tricolores53 aunque el español anónimo habla de una banda celeste
terciada nada más.
Por otro lado, el entramado familiar y social de los Matheu era
probablemente otra fuente de irresolución, el Conde de Puñónrrostro y
Marqués de Maenza era yerno del notable difunto Barón de Carondelet,
Presidente que fue de la Audiencia quiteña, y sobrino político del Ge-
neral D. Fco. javier Castaños y Aragoni, recientemente victorioso en la
batalla de Bailén dada el 19 de julio de 1808 que le valió el título ducal
de la misma denominación y marcó un hito importante en la resistencia
española frente al arrasamiento francés, el cual fue el Presidente del in-
dicado primer Consejo de Regencia, persuadido absolutista y años más
tarde tutor de Isabel II. El indicado Conde de Puñónrrostro y Marqués
de Maenza además era amigo del alma de Mejía Lequerica y los dos
como diputados por el virreinato neograndino en las futuras Cortes pen-
saban casi similarmente que el peruano Baquíjano. El Conde de Puñón-
rrostro actuó primero como diputado suplente principalizado y luego
como principal tras ser electo como tal por el Real Acuerdo en Santa Fe
en tanto que Mejía fue siempre diputado suplente principalizado. Qui-
zás se esperaba demasiado de una España peninsular que se batía entre
la descomposición y la restauración.
Claros desafectos contra la revolución fueron, además de algu-
nos integrantes de la junta, también algunos senadores, entre los que se
contaron Tenorio, Fuertes y San Miguel, el Protector General de Indios
Arechaga y el Alguacil Mayor Solano de la Sala. El 13 de agosto se ad-
mitía por la junta Suprema la renuncia del Dr. San Miguel seguramente
presentada el 12 y en su reemplazo era electo el payanés Dr. D. Antonio
Texada y Gutiérrez de Celis, quien ese mismo día 13 fue trasladado de

52 Eduardo Estrada Guzmán, La bandera del iris 1801-2007 y el tricolor de la República del
Ecuador 1830-2007, en Bol. de la Academia Nacional de Historia No. 179, Quito, 2007
53 Fernando Hidalgo Nistri, Compendio de la Rebelión de América, Cartas de Pedro Pérez
Muñoz sobre los acontecimientos en Quito de 1809 a 1815, Biblioteca del Bicentenario de la
Independencia No. 11, FONSAL, Segunda Edición, Quito, 2008

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la Sala de lo Criminal para la que había sido designado a la Civil, ha-


ciéndose entonces un canje con D. Bernardo de León, que pasó de la
Civil a la Criminal, previo acuerdo al que se había llegado el mismo 12.
El 13 era designado senador de la Sala de lo Civil el Oidor Quiñones en
reemplazo del senador Tenorio que fugó a Popayán, según contaba
León, por el eventual derramamiento de sangre que Tenorio premoni-
toriamente intuía se acercaba. Arechaga así mismo se excusaba y era de-
signado en su lugar como Protector General de Naturales y Ministro
Togado del Real Senado el bugueño Dr. D. Vicente Lucio Cabal y Varona,
yerno del senador Salazar. Todos estos nombramientos eran comunica-
dos al Gobernador del Senado Ascázubi a través del Ministerio de Es-
tado respectivo54. También, según el informe de Aymerich, fue Senador
el lojano de origen piurano Dr. D. juan josé Mena55, el que debió ser
luego del 21 de agosto, fecha en que no se lo menciona como tal por el
marqués de Villaorellana en carta dirigida a su tío Dr. D. julián Francisco
Cabezas, quizás fue quien reemplazó al doctor Fernández Salvador en
la Sala de lo Civil que como se verá dimitió al cargo senatorial el 13 de
septiembre.
Otros dos nombramientos hechos por la Suprema junta Guber-
nativa de funcionarios del Senado, pero que no eran miembros del Tri-
bunal, fueron los dados el 25 a favor del Dr. D. Nicolás Ximénez y
Escandón, bugueño y Lic. D. josé Padilla y Moncayo, quiteño, indivi-
duos miembros del Colegio de Abogados del Real Senado, designados
Agente Fiscal de lo Criminal y Agente Fiscal de lo Civil, respectiva-
mente56. Se desconoce quienes actuaron como Secretario del Tribunal en
Pleno y Secretarios de las Salas, parece que ocupó el primer cargo y la
54 Gangotena y jijón, Cristóbal de, “Documentos históricos: algunos nombramientos de go-
bierno y justicia librados por la Suprema junta Gubernativa del Reyno de Quito, Boletín de
la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo III, Nos. 7-9, Colección de Revistas
Ecuatorianas XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Libro de Tomas
de Razón de las Reales Cajas de Quito 1808-1814 (primera edición, 1919)
55 Rodríguez Ordóñez, jaime E., La Revolución Política durante la época de la Independencia,
El Reino de Quito 1808-1822, Universidad Andina Simón Bolívar – Corporación Editorial Na-
cional, Biblioteca de Historia, Quito, 2006 (Anexo III, Lista enviada por Melchor Aymerich,
Gobernador Intendente de Cuenca residente en Quito con la tropa de su mando, de los elec-
tores y regidores elegidos patrocinada por el jefe Político Superior D. Toribio Montes, Quito,
22 de septiembre de 1813)
56 Gangotena y jijón, Cristóbal de, “Documentos históricos: algunos nombramientos de go-
bierno y justicia librados por la Suprema junta Gubernativa del Reyno de Quito, Boletín de
la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, Tomo III, Nos. 7-9, Colección de Revistas
Ecuatorianas XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Libro de Tomas
de Razón de las Reales Cajas de Quito 1808-1814 (primera edición, 1919).

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secretaría de una de las Salas D. javier Gutiérrez, sin embargo, éste aún
para ese momento no estaba incorporado y se conoce que en la primera
era de la revolución actuó como oficial de la Falange. Parece que fue Se-
cretario de una de las Salas el criollo insurgente seductor Manuel Cruz
que actuó también como Alguacil Mayor de Corte interino57.
Fuertes Amar, sobrino del Virrey de Nueva Granada, como Oi-
dor, Asesor y juez de instrucción en 1809 y 1810, San Miguel como Te-
niente de Canciller y Fiscal interino de la Audiencia en 1813, y Arechaga
como Fiscal interino en 1809 y 1810, se contaron entre los principales
perseguidores de los patriotas de agosto. San Miguel en 1810 junto con
el ex Presidente Guerrero serán designados en premio a sus delaciones
como alcaldes ordinarios de segundo y primer voto de Quito, respecti-
vamente. Además, San Miguel fue el encargado de arrestar el 4 de di-
ciembre de 1809 a su colega el senador Corral y al funcionario senatorial
Padilla, y también fue el encargado de portar el proceso judicial desde
el 22 de junio hasta el 2 de julio de 1810 a Bogotá para entregarlo al Vi-
rrey, a pesar de una petición de varios presos, entre los que estaban Me-
rizalde y Murgueytio, realizada el 20 de junio, para impedir que sea San
Miguel el portador, así como a pesar de la opinión contraria demostrada
por algunos miembros de la Audiencia, llamada en esta ocasión también
junta. Arechaga y Fuertes actuaban además de esa forma por cuanto re-
caía sobre sí la sospecha, para los españolistas, de que por su negligencia
durante el proceso incoado en marzo y abril de 1809, denunciado en fe-
brero, contra Montúfar, Salinas, Morales, Quiroga, D. Nicolás de la Peña,
Dr. D. josé Riofrío, cura de Píntag, D. Antonio Negrete, secretario de
Montúfar, el cura de Sangolquí y otros, no se detuvo el pronunciamiento
de agosto.
En efecto, el entonces Capitán Salinas, entre el 25 de diciembre
de 1808 y febrero de 1809, había elaborado el ya señalado “Plan de De-
fensa de Quito y sus Provincias con el objeto de conservarlas para nues-
tro soberano y su dinastía en caso de que tomada la España por los
franceses, intente invadirnos y lo que podía hacer cuando llegue esta
infausta noticia”. En el preveía que “Se podría crear una junta Provincial
cuyo Presidente sería el marqués de Selva Alegre en caso que no quiera
ser el actual –se refería a Ruiz de Castilla–, compuesta de 13 jueces o pa-

57 Núñez del Arco, Ramón, Informe del Procurador General de Quito de 20 de mayo de 1813,
en Documentos Históricos, Los hombres de agosto, Boletín de la Academia Nacional de His-
toria, No. 56, 1940

131
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dres de la patria que lo fueran el Sr. marqués de Villaorellana, don Mel-


chor Benavides, don josé de Ascásubi”, el piurano D. Luis Valdivieso y
Carrión, “Manuel Larrea, Manuel Zambrano, juan Guerrero, Luis Qui-
jano, Dr. Antonio Tejada”, y además los tres Ministros que deberían ser
el Dr. Manuel Quiroga que ocuparía el cargo de “Secretario para los
asuntos fuera de Quito”, el Dr. juan de Dios Morales, a quien no se le
asigna cartera específica, y para lo Interior el Dr. Víctor San Miguel. Y
para administrar justicia “Se crearían también Ministros siendo los si-
guientes: Dr. josé Salvador, Dr. Pedro Escobar, Dr. Ignacio Tenorio, Dr.
Salvador Murguitio, Dr. Mariano Merizalde y fiscal Dr. D. Tomás de
Aréchaga”58. Al suceder los hechos del 10 de agosto varios de los pro-
puestos para integrar la junta serían designados para ser senadores de
justicia, y claro está que Arechaga no actuó ferozmente en ese juicio por-
que era uno de los implicados en la revolución que se fraguaba según
prueba una carta del Marqués de Selva Alegre dirigida al ex senador Sa-
lazar que descubría los partidos e intrigas de Arechaga en el tiempo de
la rebelión, a lo que se suma el hecho de que se suprimió por el mismo
Arechaga la última pregunta del interrogatorio solicitado por Quiroga
referida a la actuación del Fiscal, notándose que estaba implicado en
ella, como se afirma por el autor del Viaje Imaginario. Este plan fue de-
fendido por Morales en el Manifiesto al Público que empezó a circular
el 10 de agosto al acusar de bonapartismo y afrancesamiento a quienes
consideraron como cuerpo del delito al documento ideado de Salinas.
El sentido de la palabra Juez era mucho más amplia entonces, se asimi-
laba a jefe.
El senador Tenorio, tío de uno de los grandes ideólogos revolu-
cionarios neogranadinos D. Camilo Torres y Tenorio, entre quienes exis-
tió una muy interesante correspondencia respecto del mejor sistema de
gobierno que debìa imperar en América59, actuaría como Oidor Super-
numerario interino de la Audiencia repuesta en todas sus facultades en
1810, cargo que según Ruiz de Castilla lo obtuvo solo por haber huido
el día 11 de agosto cuando estalló la revolución de 1809, a pesar de ser
orate e inepto, opinión que se diluye cuando se conoce que fue el gestor
de la salvación de Quito cuando obstruyó la ejecución de la orden es-
parcida por Ruiz de Castilla el 2 de agosto de 1810 para incendiar la ca-

58 Mena Villamar, Claudio, El Quito Rebelde (1809-1812), Abya Yala – Letra Nueva, Quito, 1997
59 jaime Urueña Cervera, Nariño, Torres y la Revolución Francesa, Ediciones Aurora, Colombia,
2007

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pital y específicamente la hermosa casa de D. Nicolás de la Peña, y ges-


tionó para que el Obispo Cuero y el Provisor Caicedo salgan a las calles
a tranquilizar a la gente con lo que se evitó una masacre aún peor; ade-
más, Tenorio junto con el Obispo de Cuenca y el santafereño D. josé
María Lozano, antes del 5 de octubre de 1809 fueron comisionados por
el Virrey de Nueva Granada para tratar de doblegar a la junta Suprema
de Quito, negociaciones que jamás llegaron a darse. Solano de la Sala se
mantendría como Alguacil Mayor en la restaurada Audiencia.
También en la línea contrarrevolucionaria estuvo comprometido
de manera directa Fernández Salvador, comisionado cerca de las auto-
ridades civiles y eclesiásticas guayaquileñas para obtener su adhesión;
Fernández Salvador, también Regidor del cabildo capitalino, furibundo
españolista, a medio camino, desde Bodega el 23 de septiembre, comu-
nicaba al también comisionado para el mismo fin el Marqués de Villa
Orellana que se encontraba en Guaranda, que se excusaba del cumpli-
miento de la misión, que renunciaba al cargo senatorial y que se dirigía
a Guayaquil a ponerse a órdenes del Gobernador españolista, dejando
desconcertado al Marqués; previamente aquello ya lo había decidido el
12 de septiembre en Riobamba en conferencia secreta tenida con Mur-
gueytio, Calixto y el senador Quijano, al que también se lo considera co-
misionado para actuar ante las autoridades guayaquileñas, pero que
seguramente desertó antes que Fernández Salvador; en 1810 Fernández
Salvador fue premiado con el nombramiento de Corregidor interino de
Riobamba, población que puso reparo a su designación considerando
que debía reivindicarse jurídicamente por haber participado como se-
nador del régimen insurgente; posteriormente en el segundo pronun-
ciamiento revolucionario de 1810 se reivindicó, pero para el partido
independentista, al convertirse en el gacetero de los insurgentes. Luego
del 9 de octubre de 1810 el Regidor Fernández Salvador enrostraba a
Ruiz de Castilla y a los componentes de su gobierno el cargo de haber
agredido a toda la ciudad cuando se asesinó a los hombres de agosto60.
Para evitar la ira del repuesto gobierno español, algunos sena-
dores, en mayor o menor grado, intentaron en sus confesiones desaten-
derse de su compromiso independista, así tenemos a Murgueitio y
Tejada, comisionados cerca de las autoridades civiles y eclesiásticas
cuencanas, y popayanejas y pastusas, respectivamente, para obtener su
60 Agustín Salazar y Lozano, Recuerdos de la Revolución de Quito (selección), en Biblioteca
Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960

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adhesión. Murgueitio en vez de defender los principios de la actuación


revolucionaria, la justificaba como producto de la ignorancia sobre lo
que realmente sucedía políticamente en la península ibérica, y tuvo la
triste secreta instrucción impartida por Montúfar, a espaldas de Morales,
tanto a él como al Regidor D. Pedro Calixto de negociar con las autori-
dades cuencanas la reposición de Ruiz de Castilla, sin embargo, ni eso
lo salvó, se le conmutó la pena de destierro a la africana Ceuta con el
confinamiento a Guayaquil, sin embargo, se quedó en Riobamba. Tejada
ni siquiera aceptó el cometido, aunque luego participó junto con el mar-
qués de Solanda, D. Manuel Larrea, el senador Quijano y D. javier Mon-
túfar en la negociación de las capitulaciones, escritas por Morales y
Quiroga, para entregar la presidencia de la primera junta a Ruiz de Cas-
tilla, la cual se efectuó en la quinta de Iñaquito de propiedad del Conde;
estuvo preso por haber participado en la revolución, finalmente terminó
ordenándose sacerdote al poquísimo tiempo y en esa condición reveló
junto con el español D. Simón Sáenz de Vergara, el 2 de agosto de 1810
el plan para liberar a los patriotas que tuvo tan fatal desenlace.
El senador Salazar, fue apresado, quien al ser acusado de haber
redactado las cartas y oficios dirigidos para fomentar la rebelión de otras
poblaciones en su calidad de Asesor del Cabildo, se defendió mencio-
nando que “ni entró en la Fiscalía del Crimen del llamado Senado… ha-
biendo hecho por otro lado cuanto pudo porque se guardase la debida
subordinación a la Suprema junta Central del Reyno”, además responde
que la incriminación que se le hace la ha promovido San Miguel y otros
capitulares, es decir, los regidores del cabildo, para librarse, pues dice
que “tan letrado fue el Asesor como el Procurador General Síndico Dr.
San Miguel”. Su esposa la popayaneja Da. josefa Lozano y Carvajal fue
incluida también como una de las más entusiastas defensoras de la
causa patriota. Tanto Salazar como Fernández Salvador, considerados
los dos mejores juristas de su época, fueron suspendidos en el ejercicio
de su profesión de abogados por la Audiencia en enero de 1810 lo que
se ratificó en Cuenca el 11 de septiembre de 1815 lo cual poco le importó
al General Montes, Presidente de la Audiencia, que nombró a Salazar
como Asesor general de Gobierno interino y Auditor de Guerra interino
y a Fernández Salvador como Fiscal interino de la misma.
El senador Quijano, autor de la arenga pronunciada por el Mar-
qués de Selva Alegre el 16 de agosto de 1809 en San Agustín61, acompañó
al indicado marqués a Latacunga cuando huían de la amenaza de ser

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sacrificados por varios quiteños que vieron en la entrega de la presiden-


cia a Ruiz de Castilla la plasmación de las supuestas maquinaciones de
Montúfar para hacer fracasar la revolución, opinión que el Virrey del
Perú D. josé de Abascal y Souza se había encargado de difundir hábil-
mente casi desde el comienzo de la rebelión gracias a las misivas que le
había escrito Montúfar; a Quijano se le había interceptado una carta en
que criticaba la conformación de la junta; en su testimonio “Discurso
sobre la insurrección de América” se lamentaba de todos los males que
acarrearon las dos revoluciones; además declaró que desempeñó el em-
pleo senatorial contra su voluntad y que recomendó siempre se reco-
nozca a la junta Central española; en la segunda rebelión fue uno de los
más eficaces agentes a través de su correspondencia para subvertir; pero
al igual que su colega Murgueitio, por haber sido Ministros del Ejecutivo
de la segunda junta y del Congreso, fueron condenados a 8 años de des-
tierro al presidio de Ceuta, penas que no se ejecutaron, pues Quijano fa-
lleció el 28 de abril de 1813 en Guayaquil, doce días después de rendir
su declaración testimonial el 16 en la cárcel donde estaba enfermo62. El
senador Merizalde adujo que impidió a Morales y Salinas saquear las
Cajas Reales y que trabajó por el restablecimiento del legítimo gobierno.
El senador Escobar, que el 6 de abril de 1810 se desempeñaba
como Procurador General del Cabildo en premio a su defección, sin em-
bargo, consiguió gracias a su mesurada carta dirigida ese día al Virrey
de Nueva Granada D. Antonio Amar y Borbón, que el proceso que se
llevaba contra los revolucionarios pase por orden virreinal a la referida
autoridad, ya que afirmaba que todo el juicio era un montaje “resultado
que fue una maquinación perversa de los émulos de los mismos presos
que aspiran a su destrucción” y que era falso la trama de nuevas cons-
piraciones, esperando así evitar la tragedia que de todos modos se desa-
tó, orden a lo que no se pensaba dar el ágil trámite que requería, y que
se dio solamente al enterarse que había sido nombrado el hijo del Mar-
qués de Selva Alegre como Comisionado Regio para Quito por el Con-
sejo Supremo de Regencia; luego se volvió decidido insurgente al soli-
citar usando de ese mismo oficio en 1810 que el Gobierno apruebe la

61 Rodríguez Ordóñez, jaime Edmundo, La revolución de 1809: Cinco cartas de un realista anó-
nimo, en Rev. del Archivo Nacional de Historia No. 19, Casa de la Cultura, Quito, 1973 (pu-
blicadas originalmente en las Memorias del General O`Leary, Caracas, 1881, T.XIII);
62 Luis Quijano, Discurso sobre la insurrección de América, Guayaquil, 16 de abril de 1813, en
Pensamiento Ilustrado Ecuatoriano, estudio introductorio y selección del Dr. Carlos Paladines,
Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, Vol. IX, Banco Central del Ecuador – Corpo-
ración Editora Nacional, 1981

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erección de la segunda junta; en 1804 Escobar había sido acusado por


D. Pedro Montúfar, hermano del Marqués, de haber sido amigo del pre-
cursor Espejo, encausado este último en 1794 por traición.
El senador León estuvo preso pues se le acusó de difundir la pro-
clama de Quiroga, de incitar a D. Pablo Hilario Chica para que provoque
que Cuenca se una al plan revolucionario, y que como Procurador Sín-
dico del cabildo capitalino en 1811 dictaminó por la Independencia. Otros
reputados como leales a la causa independentista, además de León, fue-
ron Quiñones, preso y procesado por haber escrito cartas sediciosas para
conseguir que su natal Barbacoas se subleve63; y sobretodo Ascázubi, el
Gobernador del Senado, testa representativa del más alto tribunal de jus-
ticia, quien fue acusado en junio de 1810 de preparar otra revolución y
quien en septiembre de 1815 fue uno de los comprometidos en un nuevo
conato subversivo el cual fue delatado por el ex Presidente Guerrero.
El Gobernador del Senado Ascázubi fue hermano del Teniente
Coronel D. Francisco Xavier de Ascásubi y Matheu, asesinado el 2 de
agosto de 1810, y en cuya casa se redactó la tarde del miércoles 8 de
agosto el primer documento constitucional de 1809 de la llamada patria
infante, niña, heroica o boba, dictado por Morales al guayaquileño Dr.
D. juan Pablo Arenas y Lavayen, hermano materno del Cnel. D. jacinto
Bejarano y Lavayen a quien se consideraba presunto partidario de la
causa patriota en el puerto y tío de D. Vicente Rocafuerte y Bejarano el
cual por recomendación de la Baronesa viuda de Carondelet Da. María
Concepción Castaños había dado asilo a Morales en su hacienda gua-
yaquileña de Naranjito cuando fue perseguido en 1807 por asuntos de
amor y política. Ya en esa ocasión, Rocafuerte y Morales discutieron
acerca de la independencia de América como se ha citado64. El Acta
Constitucional la dictó respaldándose en los poderes extendidos ese
mismo día por casi todo el vecindario de Quito en que instituían apo-
derados que debían nombrar a los personeros que debían formar la
junta Suprema, lo hizo en presencia de D. Antonio Bustamante, alias el
63 Luis Felipe Borja Pérez (hijo), Para la historia del 10 de agosto de 1809, Boletín de la Sociedad
de Estudios Históricos Americanos, Tomo II, Nos. 4-6, Colección de Revistas Ecuatorianas
XXIX, Banco Central del Ecuador, Segunda Edición, Quito, 1988: Lista de sujetos que compo-
nen la Suprema junta, el Senado y jefes de la Falange enviada el 21 de agosto de 1809 por el
Marqués de Villa Orellana a su tío el Dr. D. julián Francisco Cabezas, y cartas de los Quiñones,
todos comprendidos dentro de uno de los tantos procesos incoados a los patriotas (primera
edición, 1919).
64 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937), tomado de Vicente Rocafuerte, “A la Nación” No. IX.

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Sipo, y del Dr. D. Antonio Ante y Flor, fue leída por Quiroga la noche
del jueves 9 de agosto en los aposentos de su amante Da. Manuela Ca-
ñizares cuando al son de un festín se discutió y se dio los toques finales
a la Constitución que se proclamó al siguiente día65 con lo que se preci-
pitó el golpe de estado, originalmente previsto para el 20, al enterarse
del rumor que D. Simón Sáenz, padre de la gran Manuela, preparaba
solapadamente una sanguinaria persecución de los criollos más conno-
tados cuyos nombres estaban implicados en el plan diseñado por Sali-
nas, con la intención puesta por parte entonces de Sáenz de entregar
Quito a Bonaparte una vez eliminados estos opositores al reconoci-
miento de josé I. El objetivo se consiguió adelantar además recurriendo
al rumor tendencioso que habría un terremoto el día 10 y que para evi-
tarlo era necesario tener el alma en paz para entonces obligándose a ob-
tener el anhelado deseo de ser libres66. El Gobernador Ascázubi en la
parte personal gozó de la fama de ser un individuo intrépido: acompañó
a Humboldt en 1803 en la ascensión al volcán Pichincha y con ayuda de
su hermano, el prócer sacrificado, raptó de un convento a su prima her-
mana para convertirla en su esposa67. Además, fue padre de uno de los
mejores gobernantes que han regido al Ecuador, aunque interina y bre-
vemente, D. Manuel de Ascázubi y Matheu. La suegra de Ascásubi, la
marquesa viuda de Maenza fue considerada como otra de las decididas
protectoras de la segunda sublevación patriota; su primo hermano y cu-
ñado el Vocal de las dos juntas D. Manuel Matheu y Herrera organizó
y mantuvo las guerrillas que en Latacunga retrasó en 1812 el avance de
las fuerzas españolas hacia Quito; y su otro primo hermano y cuñado el
Conde de Puñónrostro y Marqués de Maenza fue protector y gran amigo
de esa gran lumbrera de la defensa de los derechos de los americanos el
Dr. D. josé Mejía Lequerica, cuñado de Espejo, en las Cortes españolas,
recinto en que actuaron como diputados por el virreinato neogranadino.
El Protector General de Naturales Cabal fue parte del grupo de
patriotas perseguidos tras la derrota de la segunda junta, entre los que
se contaban los célebres D. Nicolás de la Peña y Da. Rosa Zárate. Se co-

65 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937)
66 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937), tomado de una carta de Antonio a su padre de 22 de agosto de 1809
67 Dueñas de Anhalzer, Carmen, Marqueses, cacaoteros y vecinos de Portoviejo, Universidad
San Francisco de Quito–Abya Yala, 1997

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noce que para enero de 1810 en Quito estaban presos los senadores As-
cásubi, Quijano, Salazar y Quiñones (éste último que se había refugiado
en Barbacoas había sido remitido a Quito) y los funcionarios senatoriales
Padilla y jiménez; otros habían escapado o aún no eran arrestados. En
el proceso, Arechaga solicitó en su vista fiscal de 21 de abril de 1810 la
pena de muerte y confiscación de bienes para los funcionarios Padilla y
jiménez; prisión y confiscación de bienes para los senadores Salazar, Te-
jada, Merizalde, Quijano, León, Corral, Quiñones y Murgueytio, y por
arrepentimiento y colaboración pidió el indulto para Tejada, Quijano y
Merizalde. Fue exceptuado de cualquier acusación el ex senador Fer-
nández Salvador. Arechaga consideraba en su acusación fiscal como per-
sonas de ilustración y criterio a los ex senadores Salazar, Tejada, Meri-
zalde, Quijano, León, Corral y Quiñones, y además a D. josé Sánchez
de Orellana y Cabezas y a D. josé María de Tejada68.
La jurisdicción territorial efectiva sobre la que pudieron ejercer
sus actividades gubernamentales y judiciales tanto la junta Suprema
como el Senado de justicia se redujo a los corregimientos de Ibarra, Ota-
valo, Quito, Latacunga, Ambato, Chimbo y Riobamba, la cuencana te-
nencia de corregimiento de Alausí, partes de la gobernación de Esme-
raldas, la gobernación de Quijos–Sumaco, la región de Canelos o La Ca-
nela y la gobernación de Macas, es decir, sobre las actuales provincias
de Carchi, Imbabura, Pichincha, Santo Domingo de los Tsáchilas, Coto-
paxi, Tungurahua, Bolívar, Chimborazo, partes de Esmeraldas, Napo,
Orellana, Pastaza y el norte de Morona –Santiago. El resto del territorio
del reino de Quito se mantuvo sometido al gobierno español, pues se
controló a los simpatizantes del movimiento libertario existentes en esa
zona; y a pesar del deseo expresado en la Constitución de 1809 de que
se vayan incorporando provincias que eran y no eran parte del antiguo
reino quiteño, como era para el último caso la zona neogranadina de la
gobernación de Popayán así como el territorio de la antigua Audiencia
de Tierra Firme o Panamá, aquello jamás se concretó.
A raíz del golpe revolucionario del 10 de agosto de 1809, aunque
la Audiencia continuó existiendo nominalmente con el nombre también
de Audiencia Nacional, sin embargo, perdió sus atribuciones ejecutivas
en manos de la junta Suprema como las judiciales en manos del Senado
de justicia. Fue recuperando progresivamente sus atribuciones, con-

68 Roberto Andrade Rodríguez, Historia del Ecuador, Primera Parte, Biblioteca de Historia Ecua-
toriana No. 1, Corporación Editora Nacional, Segunda edición, Quito, 1982 (primera edición,
Guayaquil, 1937)

138
L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

forme a la antigua usanza normativa hispánica, entre el 25 de octubre y


5 de diciembre de 1809. El territorio sobre el que ejerció competencia
este Tribunal fue modificado por primera vez por Real Cédula de 1740
y posteriormente sufrió otros recortes e interrupciones a raíz de 1776,
1802 (15 de julio) y 1803 (7 de julio), años en que se dictaron disposicio-
nes que versaban sobre los tipos de jurisdicción que debían aplicarse
para el juzgamiento de cuentas de la Audiencia y para la administración
de las gobernaciones de Mainas y Guayaquil. En 1776 se creaba un Tri-
bunal de Cuentas o Contaduría Mayor para la Audiencia quiteña pero
se excluía de su jurisdicción a toda la gobernación de Popayán que se
sujetaba al Tribunal de Cuentas o Contaduría Mayor de la Audiencia de
Santa Fe, y a la gobernación de Guayaquil que se adscribía al Tribunal
de Cuentas o Contaduría Mayor de la Audiencia de Lima, aunque pocos
años después Guayaquil volvía a la jurisdicción del Tribunal de Cuentas
de Quito. En el caso de Mainas, por la real cédula de 1802, el aspecto
concerniente a lo militar pasó a control de la Audiencia de Los Reyes o
Lima en el virreinato peruano, y desde los acontecimientos revoluciona-
rios quiteños, progresivamente pasaron las facultades político-adminis-
trativas a la indicada Audiencia limeña. Y aunque se dispuso en la cédula
que se segregue junto con Mainas también la gobernación de Quijos, ex-
ceptuando el curato de Papallacta, sin embargo, del papel no pasó esta
última reducción; dentro de la gobernación de Quijos entonces se encon-
traban las regiones de Sumaco y Canelos. Con Guayaquil casi pasó lo
mismo con la real orden de 1803, primero en cuanto a la administración
militar, y desde 1809, luego del 22 de enero, tras la convocatoria a desig-
nar representante a la junta Central Española, por autoad- judicación
hecha por el Virrey del Perú Abascal, el control político–administrativo
pasó a la Audiencia de Lima, sin embargo, por real cédula de 23 de junio
de 1819 se derogó la real orden de 1803 con lo que la gobernación gua-
yaquileña retornó a depender plenamente en todo aspecto a la Audiencia
quiteña. En cuanto a lo judicial propiamente dicho, las dos gobernaciones
se mantuvieron bajo dependencia de la Audiencia quiteña, excepto
cuando esta dejó de funcionar por efecto de la revolución quiteña, siendo
entonces asumida interinamente esa competencia por la Audiencia de
Los Reyes. Se excluye del presente análisis los cambios ocurridos en la
jurisdicción eclesiástica que corresponde a otra materia.
En la noche del 21 de abril de 1810, D. Pedro Montúfar y Larrea,
hermano del Marqués, escapó tras conocerse el dictamen fiscal de ese
día en que se pedía su condena a muerte, lo que provocó se redoblen

139
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

las medidas de seguridad en las prisiones donde se encontraban los


principales protagonistas de la revolución, y a su vez que los presos y
sus partidarios tomen acciones destinadas a intentar obtener la libertad,
que trajo como emanación que se inicien más procesos contra los vecinos
principales de la ciudad con la mira puesta en provocar su huída y dejar
a la urbe sin líderes que se opongan al aceleramiento del juicio y diri-
gentes capaces de arrastrar masas para evitarlo. Al poco tiempo, se habló
que Da. María de la Vega y Nates, esposa de Salinas, estaba corrom-
piendo a la tropa para que se subleve, y a los pocos días se arrestaron a
D. joaquín Mancheno y D. josé Antonio Angulo denunciados por orga-
nizar una nueva supuesta revolución, aunque unos días más tarde fue-
ron liberados.
Poco tiempo después, se conoció que las tropas provenientes de
Panamá se acercaban para reforzar las fuerzas españolas acantonadas
en Quito, y el 11 de junio por delación de Sáenz y del indicado San Mi-
guel, futuro portador del proceso judicial contra los patriotas, se denun-
ció la supuesta existencia de una nueva conjuración revolucionaria
acaudillada por el ex Gobernador del Senado de justicia el doctor Ascá-
subi, a quien se arrestó así como a cuatro individuos más que estaban
en su casa y una esclava suya a quien se ofreció dinero y su libertad para
que lo delate, y también al Provisor y Vicario General del Obispado el
Dr. D. Manuel josé Caicedo y Cuero, liberados tras 13 días de encierro.
El día de Corpus, en la noche del 21 de julio de 1810 entraron los parti-
darios de la independencia arrestados en Cuenca entre agosto y sep-
tiembre de 1809, enviados desde Guayaquil donde se los había retenido
varios meses, uno de ellos era D. Francisco Calderón. No pudo llegar el
ya mencionado D. Fernando Guerrero de Salazar y Piedra, apresado y
candidato electo por su ciudad para ser elegible como Vocal represen-
tante del virreinato neogranadino a la junta Central Española, por haber
fallecido en Ambato; así de enorme era la torpeza que engalanaba a Ay-
merich y Cucalón por un lado al tratar al que podría eventualmente con-
vertirse en su superior administrativo, y por otro, esa actitud de los dos
últimos era reflejo claro del irrespeto que producía una decadente junta
Central Española que cada vez perdía más el control sobre el territorio
peninsular con el avance estrepitoso de la ocupación francesa69.
69 Pedro Fermín Cevallos Villacreses, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen
hasta 1845, Clásicos Ariel No. 79, Guayaquil, década 1970 (Primera Edición, Lima, década
1870); Manuel Rodríguez de Quiroga, Defensa, 1810, en Pensamiento Ilustrado Ecuatoriano,

140
L A O R G A N I Z A C I Ó N J U D I C I A L D U R A N T E E L M O V I M I E N TO I N D E P E N D E N T I S TA

estudio introductorio y selección del Dr. Carlos Paladines, Biblioteca Básica del Pensamiento
Ecuatoriano, Vol. IX, Banco Central del Ecuador–Corporación Editora Nacional, 1981; Alberto
Muñoz Vernaza, Memorias sobre la Revolución de Quito, en Orígenes de la Nacionalidad
Ecuatoriana, Corporación Editora Nacional, Biblioteca de Historia Ecuatoriana No.8, Qui-
to,1984 (artículo reeditado y publicado originalmente por partes en Cuenca en la revista La
Unión Literaria entre 1909 y 1911)
En Estudios Básicos sobre la Nacionalidad Ecuatoriana, Biblioteca del Ejército Ecuatoriano
Vol. 14, Centro de Estudios Históricos del Ejército, Quito, 1998, los siguientes artículos reedi-
tados: jacinto jijón y Caamaño, Quito en la emancipación (1809-1822) (Título original: In-
fluencia de Quito en la emancipación del continente americano, la Independencia (1809-1822)
en el Boletín de la Academia Nacional de Historia Nos. 21-23, 1924, y reeditado también en
el Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 180, 2008); julio Tobar Donoso, Causas y
antecedentes de la separación del Ecuador (Boletín de la Academia Nacional de Historia Nos.
30-32, 1930); julio Tobar Donoso, Orígenes Constitucionales de la República del Ecuador
(1936); julio Tobar Donoso, La Independencia (Boletín de la Academia Nacional de Historia
No. 82, 1953); julio Tobar Donoso, Dos documentos memorables (La Carta de 1812 y el Pro-
yecto de Miranda) (Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 98, 1961)
En La Revolución de Quito 1809-1812 según los primeros relatos e historias sobre autores ex-
tranjeros, selección, estudio introductorio y notas de jorge Salvador Lara, Colección Ecuador,
Corporación Editora Nacional, Quito, 1982, se encuentran fragmentos reeditados de las obras
de: josé Manuel Restrepo, Historia de la revolución de la República de Colombia (Primera
Edición, París, 1827); Mariano Torrente, Historia de la Revolución Hispanoamericana (Primera
Edición, Madrid, 1829); josé Antonio de Plaza, Memorias para la historia de Nueva Granada
(Primera Edición, Bogotá,1850)
Borrero González, Manuel María, Quito, Luz de América, Quito, 1959; Carlos R. Tobar Guar-
deras, Introducción a Viaje Imaginario por las provincias limítrofes de Quito, y regreso a esta
capital, publicada en Anales de la Universidad Central nos. 24-33, Quito, 1890 y luego en Bi-
blioteca Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito,
1960; Agustín Salazar y Lozano, Discurso pronunciado en el Congreso de 1847, en Biblioteca
Ecuatoriana Mínima, No. 16: Cronistas de la Independencia y de la República, Quito, 1960;
Ramiro Borja y Borja, Derecho Constitucional Ecuatoriano, Tomo III, Instituto Geográfico Mi-
litar, Quito, 1979; jorge Salvador Lara, La Revolución de Quito: 1809-1812, en Historia del
Ecuador, Vol. 5, Salvat Editores, Barcelona,1980; Marie-Danielle Demélas e Yves Saint-Gours,
jerusalén y Babilonia, Religión y política en el Ecuador 1780-1880, Corporación Editora Na-
cional- Instituto Francés de Estudios Andinos, Quito, 1988; William Bennet Stevenson, Nar-
ración histórica y descriptiva de veinte años de residencia en Sudamérica, Col. Tierra
Incógnita 14, Abya Yala, 1994; Carlos Landázuri Camacho, Balance historiográfico sobre la
Independencia en Ecuador (1830-1980), Rev. Procesos No. 20, 2004; Guillermo Bustos Lozano,
La producción historiográfica contemporánea sobre la Independencia ecuatoriana (1980-
2001), Rev. Procesos No. 20, 2004; Keeding, Ekkehart, Surge la nación, la Ilustración en la Au-
diencia de Quito 1725-1812, Banco Central del Ecuador, Biblioteca del Bicentenario No. 1,
Quito, 2005; Archivo Nacional de Historia, La revolución de Quito 1809-1812, Edición Espe-
cial, Boletín No. 33, Quito, 2007; Hernán Rodríguez Castelo, La gloriosa y trágica historia de
la independencia de Quito 1808-1813, en Bol. de la Academia Nacional de Historia, No. 179,
2007
Gangotena y jijón, Cristóbal de, “Los Fernández Salvador”, Boletín de la Sociedad de Estudios
Históricos Americanos, Tomo IV, Nos. 10-12, Colección de Revistas Ecuatorianas XXX, Banco
Central del Ecuador, Quito, 1988 (Primera Edición, 1920); Cristóbal de Gangotena y jijón, Los
Ascásubi, Boletín de la Academia Nacional de Historia No. 19, Quito, 1923; Alfredo Costales
Cevallos, Historia de Riobamba y su provincia, Casa de la Cultura, 1972; jurado Noboa, Fer-
nando, Las Coyas y Pallas del Tahuantinsuyo, Quito, 1982; Carlos Marchán Romero/Bruno

141
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Andrade Andrade, Estructura Agraria de la Sierra Centro-Norte 1830-1930, T. IV, Conforma-


ción Orgánica de las Familias Terratenientes, Bco. Central del Ecuador, Quito, 1986; jurado
Noboa, Fernando, Los Larrea, Burocracia, Tenencia de la Tierra, Poder Político, Crisis, Retorno
al Poder y el Papel en la Cultura, Rev. SAG No. 22, Quito, 1986; jurado Noboa, Fernando, Los
Ribadeneira, Antes y Después de Colón, Tomos I, II y III, Revistas SAG Nos. 25, 26 y 29, Quito,
1987; Eduardo Muñoz Borrero, Entonces fuimos España, Quito, 1989; jurado Noboa, Fer-
nando, Migración Internacional a Quito entre 1534 y 1934, Tomos I, II y III, Revistas SAG Nos.
51, 52 y 53, Quito, 1989, 1990 y 1993; josé María Restrepo Sáenz, Raimundo Rivas y otros, Ge-
nealogías de Santa Fe de Bogotá, T. IV, Grupo de Investigaciones Genealógicas “josé María
Restrepo Sáenz”, Edit. Nueva Gente, Bogotá, 1995; Alberto Rosas Siles, Nobleza titulada del
Virreinato del Perú, Rev. 21 del Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas –IPIG-,
Lima, 1995; jurado Noboa, Fernando, Los Corral en el Ecuador, Rev. SAG. No. 126, Nuestra
Piel Social No. 1, Quito, agosto de 1996; Guino Guiliani, “Un prócer olvidado: don juan Ante
y Valencia”, en Leonardo Moncayo jalil, Los Correa en el Ecuador 1730-2004, SAG No. 120,
Quito, 2004 (primera edición en Diario El Comercio, Quito, 8 de julio de 1945); Quintero Guz-
mán, Miguel, Linajes del Cauca Grande, Fuentes para la historia, Ediciones Uniandes, Bogotá,
2006; Fernando jurado Noboa, El conquistador Rodrigo Pérez de Guzmán o el reino de la in-
teligencia, Vol. II, Rev. Sociedad Amigos de la Genealogía No. 205, 2008, Capítulo 31; Internet:
josé de la Riva Agüero y Osma, Precursores de la Independencia, Parte I: Don josé Baquíjano
y Carrillo, Lima; Hernán Rodríguez Castelo, La escritura de los hombres de agosto, en Bol.
de la Academia Nacional de Historia, No. 181, 2009.

142
EL BICENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN QUITEñA:
CUESTIONAMIENTOS
y NUEVAS INTERPRETACIONES*

Gonzalo Ortiz Crespo

Introducción con Beethoven

Hagamos un esfuerzo de concentración y pongámonos en 1809.


Mientras en Quito se fragua la revolución, en Viena, capital del imperio
austrohúngaro, Ludwig van Beethoven empieza a componer el Con-
cierto N° 5 en Mi bemol mayor, opus 73, quizás el más famoso de los que
escribió –y que, por causas no precisadas y, en cualquier caso, no por
indicación del autor, se lo conoce como Emperador. Oigámoslo por un
momento y reconozcamos el extremado virtuosismo de esa música (se
escucha el inicio de la obra).
En el primer movimiento, el piano participa en la entonación
heroica de la orquesta, pese a que en algunos pasajes se hace sutil y re-
finado (se escucha otro trozo del Allegro). En el segundo movimiento, se
abandona a una melodía desplegada, abierta (se oye el inicio del segundo
movimiento, Adagio un poco mosso). Finalmente, sin detenerse, se precipita
en la arremolinada marcha del tercer movimiento, cuyo tono entusiasta
y triunfalista se afirma en impetuosos ritmos (se escucha un largo segmento
del tercer movimiento Rondo: Allegro).
¿Por qué mencionar ahora la coincidencia de fechas de la Revo-
lución Quiteña con una obra musical? No por capricho y ni siquiera por
situar la época en que se dio aquella revolución –la primera que logró
establecer un gobierno independiente en la América Hispana–, sino por-
que los dos fenómenos, por lo demás tan distintos entre sí, no son coin-
cidencia casual sino que ambos muestran de manera fehaciente la
transformación que el mundo occidental experimentaba desde finales
del siglo XVIII, como consecuencia, directa o indirecta, de la Ilustración
y de la Revolución Francesa.

* Discurso de Incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia

143
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

No hay que forzar nada, sin embargo. Es bien sabido que el


genio musical bautizó Bonaparte a la portentosa Sinfonía N° 3, compuesta
entre 1802 y 1804, pero que, indignado al conocer que Napoleón se había
proclamado emperador, tachó el título y la llamó simplemente Heroica.
En efecto, la proclamación de Napoleón como emperador indignó a Bee-
thoven como a muchos intelectuales y artistas de toda Europa, cuyos
ideales de libertad vieron traicionados, temiendo, además, un regreso
al absolutismo. Esos ideales, en el caso del genial músico alemán, se re-
ferían tanto a la libertad individual del ciudadano como a la libertad de
creación del artista, ideales que Beethoven nunca separó de un sentido
innato de misión. El arte, pensaba, tenía como objetivo liberar a la hu-
manidad y orientarla hacia la belleza y la justicia.
Beethoven era pues, hijo de su época, heredero de la Edad de la
Razón, pero fue mucho más: su genio le impulsó a ser un verdadero
transformador del papel de la música y de los músicos en la historia de
Europa y el mundo. En efecto, a partir de Beethoven la música dejó de
ser un medio para entretener los ratos de ocio de una élite y se convirtió,
de hecho, en una creación destinada a toda la humanidad. La tradición
romántica posterior habría de hacer de Beethoven un verdadero para-
digma del artista que habla a toda la humanidad. Conviene resaltar aquí
otro papel fundamental de Beethoven, pues fue él quien redefinió la fi-
gura del músico en relación a la sociedad y a la cultura de su tiempo:
los músicos ya no serían lacayos de librea de algún miembro de la aris-
tocracia o la realeza, sino profesionales independientes, que vivirían de
su trabajo y que, si aceptaban algún mecenazgo, expresamente dejarían
señalado en el respectivo convenio, como lo hizo el propio Beethoven,
que ello no condicionaba a su libertad de crear e, incluso, de viajar. Esto
se hizo patente incluso en su vestimenta y en el abandono de la peluca:
si recordamos la iconografía de los genios musicales del siglo XVIII,
como Bach o Mozart, los vemos con pelucas bien arregladas y peinadas,
a la moda francesa. Beethoven no se puso jamás peluca, y se dejó crecer
su propia, y abundante, cabellera, todo un símbolo de su abandono de
normas sociales del ancien regime.
Por esa libertad creadora defendida con orgullo y por su genio
de incansable explorador de las formas de su arte, Beethoven es quien
inauguró la época moderna en la música: superó el clasicismo, que con
Haydn y Mozart había llegado a la cumbre, y creó obras tan perdura-
bles, experimentales y modernas, que solo en nuestra época han sido

144
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

correctamente decodificadas y han revelado su auténtica esencia, mien-


tras el romanticismo y otros movimientos del siglo XIX y el XX no las
alcanzaron a comprender.
El propio concierto Emperador, este que hemos oído… y cuyo
final tal vez conviene oír ahora (se escuchan los tres minutos finales de la
obra), este concierto Emperador, compuesto en 1809, tiene características
épicas (“sinfonía con piano” la han llamado algunos), con un originalí-
simo arranque y soberbias cadencias, pero sobre todo, en lo que aquí in-
teresa, es una muestra, como otras obras de madurez de Beethoven, de
que la actitud del compositor ya no es la de quien trata de hacer algo
bello dentro de las formas consagradas por siglos, con proporción, equi-
librio y simetría, como se enseñaba en el siglo XVIII, donde las clases
sociales debían conformarse con el orden de la sociedad, que se reputaba
provenía de órdenes del mismo Dios y donde el papel asignado a los
músicos era el de ser lacayos de unos nobles. No, Beethoven enfrentó la
creación con un enfoque del todo distinto: no objetivo sino subjetivo,
con la voluntad de expresar unos contenidos interiores, una visión del
mundo y de la humanidad, un concepto propio del destino y de Dios.

Amnesia y hasta cinismo

El maravilloso lenguaje de la música y la figura genial de Bee-


thoven nos han permitido situarnos en el ambiente de renovación y
cambio del año crucial de nuestra independencia, 1809. Estas palabras
mías que, necesariamente, por las normas de la Academia Nacional de
Historia no deben ser excesivamente largas, no intentan volver a narrar
los hechos desde 1808 hasta 1812, sino que más bien buscan tres cosas,
en ese orden:
• Describir el estado de amnesia histórica y hasta de cinismo
con que se estaba viendo a la Independencia ecuatoriana a fi-
nales del siglo XX e inicios del XXI.
• Refutar la máxima expresión de revisionismo histórico de la
Independencia: un libro que sostiene que ésta fue un error.
• Describir la estrategia seguida por la Municipalidad del Dis-
trito Metropolitano de Quito para recuperar la memoria de
nuestra Independencia y celebrar el Bicentenario, discutiendo
de paso qué es lo “apropiado” en este caso.

145
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Empecemos por lo primero: a los sucesos del año 1809, y a todo


el proceso independentista de nuestra patria –esto es, del proceso histó-
rico que incluyó la conformación del primer gobierno revolucionario de
la América Hispana el 10 de agosto de 1809; la masacre de los patriotas
y de decenas de elementos del pueblo quiteño el 2 de agosto de 1810; sus
nuevos momentos cumbres el 11 de diciembre de 1811, con la proclama-
ción del Estado Libre de Quito, y el 15 de febrero de 1812 con la expedi-
ción de la primera Constitución, que definió a dicho Estado como una
república dotada de un gobierno presidencial–, les cayeron en las últimas
décadas interpretaciones superficiales y hasta sarcásticas, que se exten-
dieron a una parte del público, que llegó a abrigar un menosprecio con-
miserativo hacia estos hechos –con el curioso éxito que tiene cualquier
disparate histórico entre personas irreflexivas y con mala formación.
En efecto, hace algunos años ciertas personas poco conocedoras,
diletantes de la historiografía, llegaron a sostener que el 10 de agosto de
1809 no fue sino producto de la improvisación de un grupo de personas
que, llevadas por un entusiasmo momentáneo, no sabían muy bien lo
que hacían. Antes, a mediados del siglo pasado, cundió, en cambio, la
moda, inspirada en un marxismo elemental, de considerar que se trataba
solo de una supuesta “revolución de los marqueses”. Planeando sobre
esta perversión de la historia ha estado otra: una patética posición re-
gionalista que intenta denostar y minimizar a la revolución de Quito
para sostener que la independencia solo se inició el 20 de octubre de
1820 en Guayaquil.
Parte de esta enfermedad es lo que podemos llamar amnesia
histórica, una enfermedad social en nuestro continente que Víctor Díaz
Gajardo, caracteriza por tres factores importantes:
• rechazo al saber histórico y al pensamiento crítico;
• repudio al compromiso con el presente; y
• desvaloración de la cultura propia. 
Todo esto se resumiría en la notoria falta de compromiso con el
presente y en el sentido de pertenencia social, algo que actualmente re-
bota en casi todos los ámbitos de nuestra cultura.1
Ahora, para encontrar la motivación de quienes intentan empe-
queñecer a la gesta quiteña –aparte de los regionalistas y aparte de los

1 Díaz, Víctor, Amnesia histórica o negación de la memoria. Ponencia presentada en el IV Co-


rredor de las Ideas, celebrado en Asunción, Paraguay, en julio del 2001. Publicado en Sala de
Profesores (Revista de los estudiantes de Pedagogía de la Universidad Católica Cardenal Raúl
Silva Henríquez) Nº 2 de septiembre de 2001.

146
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

marxistas mecánicos, quienes aplican toscamente al proceso indepen-


dentista la teoría marxista de la lucha de clases–, debe explorarse la hi-
pótesis de que se trata de una reacción contra aquel otro afán de
convertir al relato de la independencia en una historia sagrada, llena de
héroes inmarcesibles, aislada e inapelable, que no explica ni causas ni
ritmos ni consecuencias de los hechos; que se ciega ante los contraluces
y matices; que ignora las distintas posiciones, las improvisaciones, las
dudas y las divisiones internas, y que ni siquiera atiende las derrotas,
ciertamente presentes, junto con los triunfos, en la lucha por la libertad.
Pero ninguna de estas posiciones tiene bases suficientemente
sólidas como para imponer su versión de los hechos, ni esa sacralidad
excesiva logra explicar del todo su opuesto: el afán destructor y revisio-
nista de la historia que asoma como un ritornello cada cierto tiempo.
Como dijo Carlos Paladines,
“Y si bien hoy, a la distancia de casi dos siglos, su historia casi
se ha convertido en un conjunto de hechos gloriosos, no cabe la menor
duda que borrado el carácter sacral y mistificador de la historiografía
imperante, renacerá el proceso independentista con el peso propio de
su génesis, de sus limitaciones y aciertos, de sus luces y de sus sombras,
con el peso de futuro que aún guarda en sus entrañas”.2

Un proceso, no un hecho aislado

Para superar esas visiones simplistas o cínicas hay que insistir


en primer lugar en que la Independencia fue un proceso, no un hecho
aislado.
Con toda la importancia del 10 de agosto, cuando se depuso al
anciano Ruiz de Castilla, se volteó al ejército realista y se inició la for-
mación de un gobierno autónomo, las celebraciones del Bicentenario no
deben centrarse en ese solo hecho: por eso, incluso en el decreto presi-
dencial que formó la Comisión Presidencial del Bicentenario –decreto
que me cupo impulsar e, incluso, redactar3–, la conmemoración se ex-
tiende a todo el período que va desde el año 2008 hasta el 2012, pues se
trata de un proceso de cuatro años que, si bien comenzó como un mo-

2 Paladines, Carlos, Pensamiento independentista: el movimiento ilustrado ecuatoriano, en


Ayala, Enrique, ed., Nueva Historia del Ecuador (Quito, Vol. 6, Independencia y Período
Colombiano, 178-179
3 Véase, más adelante, un relato de lo acontecido con relación al decreto.

147
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

vimiento de autonomía, desembocó por una radicalización cada vez


mayor, en la constitución del Estado de Quito, un estado nacional no
solo independiente sino plenamente republicano y representativo.
Como sucede en todo proceso histórico, es obvio que quienes
lo iniciaron no sabían cómo iba a terminar. Ni siquiera los dirigentes de
la Revolución Francesa, paradigma de las revoluciones, pensaron desde
el primer momento en pasar por la guillotina al rey y proclamar la Re-
pública. Quien crea eso no ha leído la historia. Ni siquiera cuando en
los Estados Generales, los representantes del Tercer Estado, esto es del
pueblo, se autocalificaron como Asamblea Nacional, o cuando procla-
maron los “Derechos del hombre y del ciudadano”, ni siquiera cuando
el 20 de junio de 1789 hicieron el “juramento del juego de Pelota” y pa-
saron a ser “Asamblea Nacional Constituyente”, ninguno de ellos fue
suficientemente clarividente para saber lo que iba a acontecer tres se-
manas después, el 14 de julio, con la Toma de la Bastilla.
Pero recordemos que tras esa violencia, y de la que se extendió
por toda Francia, con la toma y saqueo de los castillos de la nobleza, to-
davía el rey Luis XVI se reconcilió con la Asamblea y aceptó la bandera
tricolor.
No solo eso, sino que inclusive después de haber sido apresado
en junio de 1791, el Rey fue restituido en su cargo y pronunció un dis-
curso muy aplaudido cuando, en septiembre, se proclamó la Constitu-
ción que establecía la monarquía constitucional, en la que el rey tenía
poder de veto frente a las decisiones de la Asamblea Legislativa.
¿Podrían saber entonces, el rey, los asambleístas, los parisinos,
que un año después se asaltaría el Palacio de las Tullerías, se depondría
al rey y se proclamaría la República? ¿Había algún adivino, ni siquiera
el jefe de los jacobinos, Maximilien Robespierre, que predijera entonces
que la Asamblea Legislativa iba a desembocar en el caos y que en enero
de 1793, sí, casi cuatro años después de los Estados Generales, el rey
sería ejecutado y en octubre lo sería su esposa María Antonieta y que
entre 1793 y 1794 reinaría el Terror y serían ejecutadas, casi todas en la
guillotina, más de diez mil personas4 acusadas de actividades contra-
rrevolucionarias?
Si eso pasó en la revolución paradigmática –e igual se puede
decir del proceso de Independencia de EEUU y de todos los procesos
4 Aún se discute si el número no fue mayor. Hay historiadores franceses que sostienen que
fueron más de 30.000 personas las ejecutadas o asesinadas durante los años del Terror.

148
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

de cambio revolucionario–, ¿cómo puede pedirse a Montúfar, Quiroga,


Salinas, Ante y los demás hombres y mujeres de agosto, que en 1809
proclamaran la República del Ecuador? No, no lo hicieron. Y tampoco
fue una “jugada maestra” como algunos pretenden, la coartada de pro-
clamar la junta hasta la restitución de Fernando VII al trono: para los
patriotas esa era la tesis justa y basada en derecho: la soberanía había
vuelto al pueblo, transitoriamente, mientras no hubiera monarca, y lo
sería de manera definitiva si faltaba para siempre el rey. Fue la reacción
de las autoridades realistas –y en eso coinciden todos los historiadores
contemporáneos serios–, en especial la masacre a los líderes del movi-
miento autonomista y al pueblo quiteño el 2 de agosto de 1810, lo que
radicalizó al movimiento y convirtió a su lucha en una lucha por la in-
dependencia plena y por la forma republicana de gobierno, como lo con-
sagrará la primera Constitución, en 1812. Eso es lo que se celebra en este
Bicentenario: un proceso y unos héroes de los que pueden enorgulle-
cerse todos los ecuatorianos de hoy, pero que, al dar el golpe la madru-
gada del 10 de agosto de 1809, no sabían los sacrificios que tendrían que
hacer, hasta el de su propia vida, pero que dieron sin duda ese paso con
valentía, desatando un proceso de lucha por la libertad y la justicia, aún
inacabado.

La independencia no fue un error

Ahora bien, el afán revisionista de la historia no ha sido derro-


tado. Hay un reciente ejemplo del afán de minimizar la Independencia,
que resulta inconcebible porque viene de un historiador profesional,
muy alabado por lo demás en otros ámbitos. Su autor es el historiador
ecuatoriano-estadounidense, jaime E. Rodríguez O., quien sostiene que
la Independencia del Ecuador fue un error. Con todo el debido respeto,
debo declarar que ni comulgo con esa y otras peregrinas tesis, que refuté
en un artículo en la revista Gestión5, ni acepto su olímpico desprecio a
todos los historiadores ecuatorianos.
Su libro La revolución política durante la época de la Indepen-
dencia. El Reino de Quito 1808-1822 fue publicado por la Corporación
Editora Nacional y la Universidad Andina Simón Bolívar en 2006. La
polémica que levantó el libro, en especial mi artículo, porque no he visto

5 Ortiz Crespo, Gonzalo, El revisionismo llega a su clímax: la independencia fue un error,


Gestión, N° 154, abril de 2007.

149
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

otros, ha provocado a su vez que la revista Procesos, publicada por el


Área de Historia de la Universidad Andina Simón Bolívar, dedique su
sección de Debates a siete ensayos sobre este libro.6
Este autor llega a sostener que ni Quito quiso la independencia
en 1809-1812 ni fue beneficiosa la guerra librada a partir del pronuncia-
miento de Guayaquil del 9 de Octubre de 1820 y culminada “al pie” (sic)
del Pichincha en mayo de 1822. Sostiene que mejor habría sido continuar
como miembros de una idílica “comunidad hispánica” y aceptar una
“regencia constitucional”. Y asevera:

Dicho sistema habría sido una alternativa aceptable frente a un


Estado independiente de Quito, pues contaba con mayor representati-
vidad y era más democrático que el sistema establecido en Colombia,
que por entonces [abril de 1822] buscaba obtener jurisdicción sobre el
Reino de Quito.7

En toda la historiografía sobre la Independencia nadie ha plan-


teado una idea semejante, la cual, incluso siendo condescendientes, no
puede calificarse sino como un despropósito.
Rodríguez añade que “Al aceptar una regencia constitucional,
el gobierno de Guayaquil no habría comprometido su integridad pues
no habría necesitado la ayuda de Colombia para liberar la Sierra”
(loc.cit.). O sea, que la supuesta “representatividad” y “democracia” de
la Monarquía española eran una “alternativa aceptable” y por tanto,
toda la lucha de Guayaquil –que para esas mismas fechas apoyaba al
ejército de Sucre que combatía a los realistas en la Sierra y estaba cerca
de derrotar a Aymerich en el Pichincha– era una necedad, como lo fue
el desangre de los patriotas desde 1810.
¿Se trata de un párrafo suelto en que el historiador tal vez se
equivocó? No, porque constituye el eje central de su libro. Como dice
más adelante:

6 Varios Autores, La Independencia ecuatoriana según Jaime Rodríguez, Procesos, Revista Ecuato-
riana de Historia, N° 27, I semestre de 2008 (Breve introducción y artículos de Galaxis Borja
Rodríguez, Heraclio Bonilla, Christian Büschges, Guillermo Bustos, Sonia Fernández, Pablo
Ospina y Rocío Rueda). Debo confesar que mi impresión es que algunos de estos autores pa-
recen no haber leído mi crítica.
7 Rodríguez O, jaime E., La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino
de Quito 1808-1822 (Quito, Corporación Editora Nacional-Universidad Andina Simón Bolívar,
2007), 100-101. Las páginas se citan en el texto para evitar la profusión de notas al pie de pá-
gina.

150
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

La evidencia sugiere que la región habría permanecido conforme


como parte de la Monarquía constitucional española. Lo más probable
es que los dirigentes del Reino de Quito hubieran aceptado con entu-
siasmo la introducción de una regencia constitucional del tipo pro-
puesto por los diputados americanos ante las Cortes de Madrid de
1821. Por desgracia, el antiguo Reino poseía vecinos poderosos al norte
y al sur. En última instancia, el presidente militarista de Colombia,
Simón Bolívar, conquistó y explotó la región como parte de sus esfuer-
zos para separar a Perú de la Monarquía española (p. 199).

La forma verbal que Rodríguez utiliza en la primera parte del


párrafo citado, es potencial: dice que los dirigentes “hubieran aceptado
con entusiasmo” el régimen colonial, que “lo más probable” era eso, que
Quito “habría permanecido conforme”… Pero, la verdad es, y todos lo
saben, que esos dirigentes luchaban ya por muchos años, y con gran
costo de vidas y fortunas, contra el régimen colonial español. Por lo
tanto, el planteamiento del autor no pasa de ser una hipótesis delirante.
Esa es precisamente la debilidad fundamental de la obra: el
autor, en vez de historiar lo que pasó es que se dedica a especular sobre
lo que pudo haber sido y no fue. Tanto la “monarquía constitucional espa-
ñola” como una suerte de “comunidad hispana”, al estilo del Common-
wealth británico, que se habría formado en caso de aceptarse los planes
de las Cortes de Cádiz, no fueron sino declaraciones bien intencionadas,
que incluso constaron en documentos escritos, sí, pero que no se tradu-
jeron en hechos en la dinámica entre peninsulares y criollos en las tierras
de América.
Es como si alguien quisiese juzgar la vida real de la población
del Ecuador de hoy utilizando como única fuente la Constitución vi-
gente. ¿No sería esa una pintura del todo errónea? La Constitución es
una declaración de principios pero ni todo lo que ella proclama se cum-
ple al pie de la letra ni tal documento describe la economía, la estructura
social, la dinámica política, no se diga los intríngulis de una política
como la ecuatoriana. Verdad tan evidente no requiere comprobación,
mucho menos hoy, cuando la nueva Constitución, aprobada por el pue-
blo ecuatoriano el 28 de septiembre de 2008, tiene capítulos enteros que
no han entrado en vigor… Aunque, pensándolo bien, también hoy, de-
cenas de miles de ingenuos creen, como Rodríguez, que la Constitución
define de tal manera la realidad que va a ser la panacea que solucione

151
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

todos los problemas, y que de ella brotará mágicamente empleo, sobe-


ranía, reparto equitativo de la riqueza, honestidad a toda prueba y per-
fecta estructura de representación política.

Bolívar ¿conquistador?

La segunda parte del párrafo citado de Rodríguez es otro dis-


parate. La independencia del Ecuador no se logró porque Bolívar haya
“conquistado” este territorio: el proceso independentista de estas tierras
tomó 14 años, fue largo, frustrante, complejo, y desangró y arruinó a
Quito, sobre todo a Quito, pero también a Guayaquil, a Cuenca y a mu-
chas otras ciudades del actual Ecuador, y ello no por una quimera sino
porque esos pueblos querían separarse de España. Fue, y eso increíble-
mente lo escamotea Rodríguez, un proceso, como sostuvimos más arriba,
cuyos actores iniciales jamás pudieron saber cómo se iban a dar las cir-
cunstancias, aunque esa incógnita no les impidió poner en la lucha todo
su idealismo y coraje. Ese proceso implicó que lo desatado el 10 de agos-
to de 1809 no era ni podía ser lo que se obtuvo en 1830.
Nadie sabía en realidad lo que se lograría: pero había que lu-
char, y lo hicieron, con inmenso sacrificio, que Rodríguez ni valora ni
aquilata… y ni siquiera refiere. En efecto, ¡en un libro sobre la indepen-
dencia del actual Ecuador dedica exactamente seis líneas a la masacre
del 2 de agosto de 1810 (tres en la página 74 y tres en la 196)!
Para este autor, como lo revela el espacio que le da en su libro y
la ninguna importancia que le asigna para juzgar los hechos subsecuen-
tes, esa hecatombe, que privó a Quito de sus mejores dirigentes tanto
de la junta Soberana como de los barrios, en que murieron asesinadas
300 personas (1% de su población, como que hoy murieran 20.000), y en
que la ciudad fue pasada a saco y martirizada, esa hecatombe, digo, fue
para él insignificante, como lo fueron los sucesivos esfuerzos para al-
canzar la independencia, en los que siguió muriendo gente –recuérdense
solo las batallas de 1812, los fusilamientos de ese año; los de Nicolás de
la Peña, Rosa Zárate, josé Antonio Correa y otros patriotas en Tumaco
en 1813; el de Carlos Montúfar en Buga en 1816, las nuevas prisiones de
1816 y 1817, los exilios a Ceuta, Manila y Cádiz en 1817 y 1818, etc., etc.–
Los avatares de las juntas quiteñas, la feroz reacción española,
la falta de apoyo de Guayaquil, Cuenca, Riobamba y demás provincias
a las aspiraciones libertarias de Quito, el cerco a la ciudad, a la que no

152
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

debía pasar “ni una onza de sal” como ordenó el virrey Abascal, su
toma, las prisiones de los patriotas, la masacre y saqueo del 2 de agosto,
los vaivenes en el propio régimen español (de la apertura constitucional
al absolutismo, para luego repetir el ciclo), el pronunciamiento de Gua-
yaquil en 1820 a favor de la libertad (porque para entonces las circuns-
tancias socio económicas que afectaban directamente a sus habitantes
habían cambiado), la imposibilidad de Quito de apoyarla luego de una
década de desangre, y la debilidad bélica y estratégica de Guayaquil…
todo eso llevó a la necesidad de requerir el auxilio de Bolívar. Los habi-
tantes “del Reino de Quito, convertido en Provincia de Quito”, como
suele repetir ad nauseam Rodríguez, jamás habrían podido derrotar a los
realistas sin la labor de tenaza de los dos ejércitos: el del sur comandado
por Sucre y el del norte conducido por Bolívar.
Y no fue por un designio maléfico de Bolívar que se prosiguió
la lucha en el Perú –a cuya libertad, por cierto, lo que hoy es el Ecuador
contribuyó decisivamente–, sino porque, como también lo pensó el
héroe argentino josé de San Martín, la corona española tenía que ser de-
rrotada en el virreinato más poderoso y protegido, el de Lima, pues, de
lo contrario, la libertad de todos los países de Sudamérica corría peligro
inminente.
No son las únicas hipótesis antojadizas que Rodríguez estampa
en su libro. Al contrario, son tan abundantes y tan llenas de inquina con-
tra la historia y la historiografía de la Independencia ecuatoriana que
forman un andamiaje asombroso, y hay que decirlo, repudiable. Como
he refutado en otra parte su fantasioso y autosuficiente texto, les ahorro
disgustos y no los repito aquí.8

La celebración del Bicentenario de la Independencia

Recordar y recuperar la historia por un afán necrofílico no tiene


sentido. La disciplina histórica y la conmemoración, en este caso con-
creto, del Bicentenario, tienen sentido porque si permitimos que conti-
núe la amnesia histórica, lo que conseguiremos, como dije más arriba,
es una notoria falta de compromiso de las actuales generaciones con el
presente y una crisis en su sentido de pertenencia social. Y una sociedad
no puede permitirse, por su responsabilidad con el futuro, que ello con-
tinúe.

8 Ver Ortiz Crespo, Gonzalo, El revisionismo llega a su clímax, op cit.

153
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

En efecto, los estudios científicos más serios, como uno reali-


zado en el Reino Unido, cuyos resultados fueron publicados en revistas
científicas de primer orden, demuestran que la amnesia impide imagi-
nar el futuro. Es decir que, a nivel individual, las personas que olvidan
el pasado están condenadas a vivir sólo en el presente. Un grupo de vo-
luntarios enfermos de amnesia sometidos a una serie de pruebas fueron
incapaces de imaginarse situaciones futuras, bastante corrientes, como
una celebración navideña en familia o el reencuentro con un amigo, en
contraposición a otro grupo de voluntarios, que no padecían la enfer-
medad.9 Lo mismo sucede con las sociedades: si los integrantes de una
sociedad no tienen conciencia del pasado, podrán describir imágenes
separadas, pero, como los enfermos amnésicos del experimento, serán
incapaces de visualizar una experiencia entera, de unificarla, dentro de
sus mentes. Tendrán por tanto visiones parciales, como piezas de un
rompecabezas que no pueden unir.
Si los protagonistas del movimiento de la Independencia fueron
hombres y mujeres de su época que pensaron lo que era mejor para el
Quito y se decidieron a hacerlo, lo que debemos fomentar hoy es tam-
bién gente visionaria, que conciban un Ecuador mejor, una sociedad de
avanzada en esta coyuntura de la globalización y de la crisis mundial.
René Maugé habla, y en eso estoy completamente de acuerdo con él, de
“la Generación del Bicentenario”, aquellos niños que comienzan la es-
cuela estos años, que debe ser cuidada y preparada como pocas en la
historia para que puedan sacarle al Ecuador adelante.
Frente a esto, ¿qué hemos hecho en la Municipalidad de Quito?
La celebración del Bicentenario de la Revolución de Quito se
inició, con una sesión solemne conjunta del Concejo Metropolitano de
Quito y del Concejo Municipal de Rumiñahui el 15 de diciembre de
2008, para conmemorar el punto de partida de dicho proceso revolucio-
nario: la conspiración de Chillo Compañía.
El acto realizado en la propia capilla de la hacienda tuvo, feliz-
mente, buen eco en la prensa nacional. Que el mensaje había sido en-
tendido en toda su dimensión se comprueba por el editorial principal
del El Comercio pocos días después. Permítanme citarlo en su totalidad:

9 El estudio británico realizado por científicos del Wellcome Trust Centre for Neuroimaging
de la University College de Londres tuvo eco en la revista estadounidense Proceedings of
the National Academy of Sciences (PNAS). Fuente: www.tendencias21.net

154
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

“La conspiración por la Independencia

La enseñanza de la historia  tradicional presentaba al 10 de Agos-


to de 1809 como un hecho aleatorio y, en el mejor de los casos, premo-
nitorio de otras expresiones en América destinadas a iniciar tibiamente
la gesta  de la liberación de España. La Municipalidad del Distrito Me-
tropolitano de Quito nos acaba de enrostrar tal desacierto.
La independencia, como toda revolución, no fue un hecho sino un
proceso. Hubo antecedentes determinantes. Entre nosotros –la nación
ecuatoriana– un ideólogo como fue el doctor Eugenio de Santa Cruz y
Espejo.
Fundamentados en sus principios, algunos de sus  discípulos,
desde su privilegiada posición colonial, iniciaron la rebelión contra la
dominación española. En este contexto, el 10 de Agosto fue el resultado
de una vocación política que concibió un gobierno popular, mucho
antes de que los franceses invadieran España.
Así se registra la conspiración fraguada en  una hacienda de Los
Chillos –antigua propiedad de los jesuitas– el 25 de Diciembre de 1808,
meses antes de la proclama de mayo en Chuquisaca, y el grito conti-
nental de Quito el 10 de Agosto de 1809. La revolución abortó en el
Carnaval de 1809, pero, luego de las prisiones de los complotados, dio
a luz el 10 de Agosto. Por lo tanto, hubo conspiración, prisión, libertad
y, un año después, una brutal represión.
Esa fue la  rebelión continental que se produjo en Quito, Chuqui-
saca y Córdova. Fue lograda por reposados lectores de la Enciclopedia,
visionarios religiosos  y un pueblo que fue masacrado –varios cientos–
el 2 de Agosto de 1810, en la embestida del  Ejército español al Cuartel
Real de  Lima.

Hasta aquí el editorial principal del diario El Comercio del 20


de diciembre de 2008.
Ciertamente no fue intención de la municipalidad “enrostrar tal
desacierto” a nadie. Lo que sí hemos venido buscado, desde el 2000, con
los alcaldes Paco Moncayo y Andrés Vallejo y quien esto escribe como
concejal a cargo de los temas de la educación y la cultura y de los temas
del Bicentenario –para lo que hemos recibido la colaboración de direc-
tores y funcionarios municipales de todas las áreas–, es ir cimentando
en el pueblo quiteño y en el del Ecuador, la verdadera apreciación de
los hechos.

155
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

En efecto, con Paco Moncayo a la cabeza, resolvimos que la me-


jor manera de celebrar la fecha magna del Bicentenario tenía que ser con
impactos trascendentes en la vida de los pobladores de Quito, presentes
y futuros.
Por eso nos propusimos metas claras, que constan en el Pro-
grama de Gobierno Municipal 2005-2009 llamado “Hacia el Bicentena-
rio”. La primera, que para el 10 de agosto de 2009 la totalidad de habi-
tantes de la ciudad tuviera acceso a los servicios básicos. Por eso cons-
truimos 2500 km de redes de agua potable y otros 2500 km de redes de
alcantarillado, y miles de conexiones domiciliarias, con lo que la pobla-
ción del Distrito Metropolitano servida con agua ha pasado de 60% al
98% y con alcantarillado de 50% al 95%. Esto coloca a Quito entre las
primeras ciudades del mundo en desarrollo, en lo que tiene que ver con
la cobertura que alcanzan estos servicios, lo que contribuye directa-
mente a mejores estándares de vida y de salud.
Similares esfuerzos se han hecho en construcción accesos y ca-
lles adoquinadas en los barrios, con la participación de los propios mo-
radores, así como de dotación de electricidad, casas comunales, unida-
des de policía comunitaria.
Se preguntarán, ¿y esto qué tiene que ver con la Academia Na-
cional de Historia? Les diré que esto es historia. Historia reciente, de la
que no debemos olvidarnos.
La otra cosa que nos propusimos para celebrar el Bicentenario
fue, como lo repetía obsesivamente Paco Moncayo, que para el 10 de
agosto de 2009 no hubiera ni un solo niño o niña o adolescente de Quito
que no tuviera acceso a la computadora y al Internet, ¡y estamos a punto
de lograrlo! En las siete primeras fases de este proyecto que se inició en
el año 2001, se atendió a 673 centros educativos fiscales, fisco misionales
y municipales, con 5.000 computadoras y servicios conexos y hoy esta-
mos ejecutando la octava y última fase, que atenderá a 565 centros edu-
cativos adicionales, con 4.000 computadoras, sus correspondientes
instalaciones eléctricas y redes de datos, más 565 impresoras, con un
presupuesto referencial de $ 2’600.000.
Hay otras acciones trascendentes para esta conmemoración: la
Ciudad Bicentenario, en Pomasqui, una de las soluciones que tiene en
marcha el Municipio de Quito para garantizar el acceso a vivienda digna
a familias de ingresos bajos. 12.000 viviendas, de $10.000 a $12.000, se
construirán en esa zona. Este mismo año las primeras 300 familias ocu-
parán sus casas.

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C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

Otra forma concreta de celebrar los 200 años de nuestra inde-


pendencia es la creación de la Unidad Educativa El Bicentenario, que
ya inició su actividad con el primer año de básica, y cuyas instalaciones
se construyen, con un hermoso proyecto arquitectónico, en la zona de
El Beaterio en el sur de Quito.
Pero la principal acción que nos propusimos para la celebración
del Bicentenario fue y es la construcción del nuevo aeropuerto de Quito.
Este proyecto, postergado por 30 años, es el más grande de nuestra ciudad,
por el monto de su inversión, por los 5.000 puestos de trabajo que genera
y por la repercusión que tendrá para el desarrollo de nuestra ciudad.
Contra la infamia y la calumnia, quiero reasegurarles, aunque
ustedes ya lo saben, que este proyecto ha sido realizado con honestidad
acrisolada, cuidando cada centavo del pueblo de Quito. La concesión
no es hecha a ningún descalificado sino al Gobierno del Canadá, y el
Concejo Metropolitano autorizó de forma unánime los contratos y la ga-
rantía municipal, que no es una garantía financiera sino de seguridad
jurídica. Hemos vencido obstáculo tras obstáculo, puestos por delezna-
bles intereses económicos y políticos que han alcanzado lamentable eco
en algunos medios de comunicación y hasta en organismos del Estado.
Y seguiremos defendiéndonos de los ataques, que estallan como bombas
a nuestro paso, y que es el indignante precio que hay que pagar por ser-
vir a Quito.
La construcción, que ya está en el 50%, avanza a tal ritmo que
el nuevo aeropuerto se inaugurará, si es que no logran detenerlo o re-
trasarlo los grandes intereses que se le oponen, antes de la fecha de oc-
tubre de 2010 especificada en el contrato. El Alcalde Andrés Vallejo
anunció –y ojalá quien quiera que sea el nuevo Alcalde de Quito no lo
eche a perder–, que el primer vuelo despegará de ese aeropuerto el 10
de agosto de 1810.

Rescatar y llenar de sentido fechas y lugares

Concomitante con las acciones estratégicas mencionadas hemos


actuado para llenar de sentido las fechas y los lugares del primer grito
de Independencia.
¿Recuerdan ustedes que la celebración de la fecha del 10 de agos-
to venía siendo cada vez más relegada por los sucesivos gobiernos? Era
la amnesia histórica de que hablábamos antes. Ese menosprecio era mo-
tivo de la preocupación de las personas de espíritu cívico y amantes de

157
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

la patria, entre ellas los miembros de la Academia Nacional de Historia.


Rescatar su celebración fue prioritario en nuestros planes municipales.
Y para ello empezamos a ofrecer cada 9 de agosto por la noche el con-
cierto público “Luz de Quito siempre viva”, en la Plaza de la Indepen-
dencia. Organizado por el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cul-
tural (Fonsal), ha acogido a 20.000 asistentes en promedio en cada edi-
ción.
A ello se sumó luego, la “Velada Libertaria”. Fui su principal
impulsor, y lo conseguimos paso a paso. Como al comienzo había du-
das, conspiramos en el 2005 con María Elena Machuca para mantener
abierto unas horas más por la noche del 9 de agosto el Centro Cultural
Metropolitano, para que la gente que salía del concierto pudiera visi-
tarlo. Tras haber visto la entusiasta respuesta de la gente, lo repetimos
en el 2006 y contando con la capacidad organizativa alcanzada por el
equipo de Quito Cultura, nos lanzamos ya con todo a realizar la Velada
Libertaria el 9 de agosto de 2007, iniciándolo con desfiles desde San Blas
y La Recoleta, contando con el número central del concierto “Luz de
Quito, siempre viva” seguido de espectáculos nocturnos en calles y pla-
zas y lugares históricos y, además, logrando que se abrieran todos los
escenarios culturales del Centro Histórico (museos, teatros, iglesias, cen-
tros culturales) hasta las dos de la madrugada del 10 de agosto. No
menos de 200.000 personas asistieron, entusiasmadas, según la conser-
vadora cifra oficial de Quito Cultura, aunque los medios de comunica-
ción hablaron de más (El Comercio dijo 250.000).
La nueva edición de 2008 fue aún mejor: los centros culturales
abiertos toda la noche ya no se limitaron al Centro Histórico sino que
comenzaron en El Ejido por el norte (el Museo del Banco Central) y en
Chimbacalle (el nuevo Museo Interactivo de Ciencia) por el sur, y los
participantes subieron a 300.000, según las fuentes.
El objetivo de estos dos actos, el concierto y la velada, se ha cum-
plido: que el pueblo de Quito conmemore la víspera de la independencia
con una celebración cultural de una riqueza y variedad sin parangón en
el año, sin concesiones al alcohol ni a los bailes como en otras fiestas.
Las actuales autoridades de la ciudad ya no estaremos para el 9 de
agosto de 2009, pero dejaremos todo listo, pues el concierto “Luz de
Quito, siempre viva” y la Velada Libertaria de este año del Bicentenario
deben ser mejores que todos las anteriores, y ojalá, como lo he propuesto
en el Comité del Bicentenario, se la amplíe a otras ciudades del país, a

158
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

fin de que cada una de ellas tenga su Velada Libertaria la noche del 9 de
agosto, con ocasión de esta fiesta de trascendencia nacional e interna-
cional.
El Bicentenario también está celebrándose en dos museos a
nuestro cargo. Desde hace algunas décadas, la municipalidad tiene entre
sus más preciados bienes el Cuartel de la Real Audiencia, donde hace
52 años se inauguró el Museo Mena Caamaño, y ya hace tiempo se mon-
taron escenas con figuras de cera en el sitio de la prisión y la masacre
de los próceres el 2 de agosto. Para darle la dimensión adecuada a lo
que sucedió allí, se abrió en el año 2000, como parte del entonces recién
inaugurado Centro Cultural Metropolitano, la exposición permanente
“De Quito al Ecuador”. En 2005 ampliamos esta exposición, con más fi-
guras de cera y un recorrido didáctico más claro sobre las causas de la
independencia. Ahora, en este 2009, se la mejorará aún más, con nuevas
escenas y figuras de cera. Este es el museo histórico más visitado del
Ecuador.
Y estamos hoy aquí, en el Centro de Arte Contemporáneo El Bi-
centenario, el edificio del antiguo Hospital Militar que estaba abando-
nado y vuelto conventillo, restaurado magníficamente por el FONSAL
y convertido hoy en este nuevo centro cultural de Quito que desde pro-
pio su nombre festeja la libertad. Hoy por hoy, aquí se alojan seis expo-
siciones simultáneas:
• la espectacular muestra multimedia e interactiva La revolución
quiteña inaugurada en agosto de 2008 y que continuará abierta
a lo largo del 2009;
• el espacio exclusivo para niños y niñas y prohibido para ma-
yores llamado Nuestra historia… ¡vívela jugando!;
• la exposición que está aquí vecina a estas salas del primer piso
Centenario, Efemérides y consolidación nacional que nos recuerda
cómo se celebraron los cien primeros años de nuestra inde-
pendencia en 1909, bajo el gobierno de Eloy Alfaro que enten-
dió la dimensión que había que darle a esa conmemoración,;
• América Insurgente, que muestra cómo el ejemplo de Quito
prendió en todo el continente, y cómo cada una de las nacio-
nes latinoamericanas llegó a ser independiente, y
• Un legado del siglo XIX, una muestra de las primeras imágenes
del Ecuador actual, asombrosas fotografías originales, toma-
das hacia 1860 (y que nos muestran cómo debió ser el Quito
de 1809, pues entre la independencia y la llegada de esos pri-

159
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

meros fotógrafos muy poco cambió nuestra ciudad desde el


punto de vista urbanístico).10
• Y Calles y Muros, un recorrido que permite la ubicación en el
espacio quiteño de la Independencia, con un mapa de Quito
con atriles explicativos de los lugares en que acontecieron los
hechos de hace 200 años, y un plano de la ciudad, sobre el que
se puede caminar, donde se resalta la nomenclatura de calles
y plazas relacionadas con la gesta. Para completar este aspecto
urbano hay una sala que con las técnicas del graffiti callejero
rinde homenaje al precursor Eugenio Espejo
Por fin, estas mismas salas en las que ustedes me hacen el favor
de acompañar hoy, se llenarán dentro de poco con la exposición prove-
niente del Museo del Louvre sobre la Revolución Francesa y su influen-
cia en las ideas independentistas de los quiteños.

Disputar el pasado es disputar el futuro

La memoria que se va forjando de un proceso histórico es, en


realidad, una disputa sobre el sentido del futuro, porque lo que hacen
las generaciones posteriores al revisar el pasado es proyectar lo que pro-
ponen para la sociedad en la que viven. Por eso, la historia se escribe
siempre desde una ideología, desde una cosmovisión, incluso desde una
posición política, reinterpretándola en un fluir que se parece, en sus
cambios y en sus luchas, a la propia historia que se narra.
Creo firmemente que sí es posible superar las desviaciones ide-
ológicas mayores, los regionalismos exacerbados, las argumentaciones
falaces respecto de la Independencia. ¿Cómo se lo logra? A través de
más y mejor conocimiento de los hechos. La memoria adecuada de pro-
ceso tan extraordinario como fue la Revolución Quiteña no puede ha-
cerse sino con una comprensión cabal del entramado social y de la época
en que surgió, de los antecedentes que la provocaron, de las acciones de
sus protagonistas. Por eso, otra forma de celebrar es la extraordinaria
serie de libros que el FONSAL ha publicado sobre los antecedentes y los
hechos de la Independencia, a lo que debo añadir los esfuerzos de otras
colecciones o bibliotecas del Bicentenario como las del Banco Central,
de la Empresa Eléctrica Quito, de la Universidad Alfredo Pérez Guerrero
con el Grupo Santillana y otras más. Mientras más sólido sea el bagaje
documental, mientras más crítico sea el aparato intelectual con el que

160
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juzguemos esa documentación, mientras más amplia sea la mirada (no


solo a los héroes sino a las clases populares; no solo a los hechos políticos
sino a la vida cotidiana) mejor contrastemos las opiniones que se han
ido dando en las distintas narrativas históricas de los acontecimientos,
y resultará menos difícil dilucidar los hechos y sus significado para las
actuales generaciones.
Por eso es interesante la posición del editorial antes citado del
diario El Comercio, que hasta parece demostrar un cierto reconoci-
miento de culpa y propósito de enmienda… sobre las versiones cínicas
o superficiales de la independencia. No estaría mal que se la aplique, al
menos en lo que se refiere a la actual generación de quienes hacen opi-
nión pública. Ello haría honor a la tradición de la prensa nacional, pues
no hay duda que ella sí ha jugado un papel de importancia para cimen-
tar la conciencia sobre la historia patria y en especial el aprecio a la Re-
volución de Quito de 1808 a 1812 (sin ir más lejos, el propio diario El
Comercio en su edición del primer bicentenario de la Independencia, el
10 de agosto de 1909, publicó documentos inéditos, en especial el admi-
rable alegato de Quiroga en su primera prisión).
Solo con una amplia y profunda mirada a los hechos, desde el
quehacer historiográfico actual, y desde la realidad política y económica
de hoy, con obras de trascendencia y llenando de sentido a fechas y lu-
gares, la conmemoración del Bicentenario de la Revolución Quiteña de
1809-1812 hará justicia a los hombres y mujeres que hace 200 años lu-
charon por sus ideas, tras procesos intelectuales que ellos mismos tu-
vieron que realizar, a pesar del férreo control de las conciencias de esa
época, con estudios, propuestas y debates complejos, en un entorno del
que partían impulsos causados por las condiciones sociales, económicas
y políticas de la sociedad como un todo y de la historia personal de cada
uno de ellos en particular. Solo así podrá entenderse el carácter de la
participación de las diferentes clases sociales en aquel movimiento. Solo
así podrá justipreciarse el heroísmo de unos y también, la debilidad, las
vacilaciones de otros. Solo así podrá ponerse en perspectiva aquellos
hechos que, aunque sus autores no lo supieron de inicio, y no lo podían
saber, culminaron tres lustros después en la independencia lograda de-
finitivamente en las escarpadas faldas del Pichincha el 24 de mayo de
1822 y en la batalla de Ibarra el 17 de julio de 1823, verdadero final de
las guerras de la independencia en territorio de la actual República del
Ecuador.11

161
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

No quiero terminar este discurso sin hacer una breve mención


a dos hechos curiosos, tal vez únicos en la historia. El primero es que
me incorporo a la Academia Nacional de Historia como Alcalde de
Quito en funciones, debido a un reemplazo temporal al Alcalde titular,
Andrés Vallejo, siendo actualmente Primer Vicepresidente del Concejo
de Quito. Esto me lleva a rendir mi homenaje a dos ilustres miembros
de la Academia que fueron alcaldes de Quito: el primero de los alcaldes
de la época moderna, jacinto jijón y Caamaño12 y el penútimo, Paco
Moncayo Gallegos13, aunque se incorporaron a la Academia antes de
ejercer sus funciones edilicias. Así mismo, algunos concejales que han
sido destacados historiadores, y se han incorporado a esta Academia
antes o después de su actuación en el cuerpo edilicio. Por ello creo y,
permítanme que lo resalte, que es la primera vez que un Alcalde en fun-
ciones ingresa a la Academia.
Con la anuencia de ustedes, el segundo hecho al que deseo re-
ferirme, es más íntimo. Es el hecho de que soy el cuarto Académico de
la Historia de mi familia, pues lo fueron mi padre, Luis Alfonso Ortiz
Bilbao, historiador de la conquista y la colonia, quien fuera Secretario
Perpetuo de esta corporación hasta su muerte hace 20 años, y mi her-
mano mayor, Fernando, biólogo, pionero de la conservación de la natu-
raleza e historiador de la ciencia, fallecido en trágico accidente hace siete
años. Mi hermano menor Alfonso, historiador de la arquitectura y del
arte, quien nos acompaña, se incorporó hace cinco años a esta Academia
y continúa con su admirada labor científica y editorial. A los tres rindo
mi cariñoso y conmovido homenaje, hoy que sigo sus pasos, así como a
mi querida madre, aquí presente, con sus 92 años, luz de todos los Ortiz
Crespo.
Y ya que estoy en esto, es mi deber mencionar a dos tíos míos
por el lado de mi madre, también miembros de la Academia: el gran
Hernán Crespo Toral, una de las figuras más reconocidas en el rescate y
conservación del patrimonio del Ecuador, quien falleció hace un año
(este lunes se cumplirá exactamente un año de su partida), y jorge Sal-

11 Es penoso que el Gobierno Nacional, aunque finalmente creó, a instancias de la Municipali-


dad quiteña y con un decreto ejecutivo que yo mismo redacté, el Comité Presidencial del Bi-
centenario, no haya apoyado las iniciativas de dicho comité. Esta no es la ocasión para
describir en detalle un proceso que ha estado lleno de frustraciones.
12 Fundador de la academia hace 100 años y alcalde en el período 1948-1952.
13 Miembro Correspondiente de la ANH y la persona que más tiempo ha desempeñado la Al-
caldía de Quito, pues lo hizo desde agosto de 2000 hasta enero de 2009

162
C U E S T I O N A M I E N TO S Y N U E VA S I N T E R P R E TAC I O N E S

vador Lara, mi tío político, director muchos años de esta Academia y


actualmente presidente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, Cro-
nista de la Ciudad de Quito y director del Archivo Municipal de Histo-
ria. A la memoria de Hernán y a la presencia tan amable de jorge en este
acto, expreso también mi homenaje de admiración y cariño.
Estas relaciones familiares son timbre de orgullo cuando lo que
se destaca no es ni abolengo ni fortuna sino el espíritu cívico, la dedica-
ción al estudio, la honradez acrisolada, el amor a la patria, en suma: los
valores trascendentes y no los deleznables. Me he esforzado de ser digno
de su nombre, y de la tradición hidalga de servicio honesto al pueblo
de Quito y a la patria. Con su ejemplo y el de ustedes, señoras y señores
Académicos, me propongo seguir haciéndolo.

163
EN BUSCA DEL ACTA
DE LA INDEPENDENCIA DE QUITO

Gustavo Pérez Ramírez

Según Pedro Fermín Cevallos, el primero de los historiadores que di-


vulgó el contenido del acta, pocos de los documentos que se publicaron
de la Revolución de Quito “habrían escapado de las llamas a que fueron
entregadas por los españoles, y escapando también de la incuria de nues-
tros conciudadanos”.1 Se refiere en particular a las arengas de Selva Ale-
gre y de Quiroga del 16 de agosto de 1809: “una y otra habían sido dadas
a la estampa, y como serán poquísimos los que tengan noticia de ellas
las insertamos íntegras por el mérito de haber escapado de las llamas.
¿Habrá sido incinerada el acta original?

En la sala Capitular del Convento de San Agustín, donde uno


supone que estaría el manuscrito original, le indican al visitante que el
Acta se quemó en un incendio, aunque no saben decir cuándo ni dónde.
En cambio le enseñan los dos cuadros con marcos barrocos que penden
de la pared.
En el de la izquierda se lee:

En esta sala el 16 de agosto de 1809, los diputados del pueblo


ratificaron solemnemente con su firma
la Independencia de la Patria proclamada el 10 de agosto.

Y se mencionan los nombres de la junta Gubernativa, de los Mi-


nistros o Secretarios de Estado y de los Representante s de los Barrios.
En el cuadro de la derecha se lee:

Próceres de la Revolución del 10 de agosto de 1809 sacrificados en el


cuartel real el 2 de agosto de 1810.

1 Pedro Fermín Cevallos, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, 1870, Lima,
imprenta del Estado, tomo III, capitulo I, p. 37.

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Juan Salinas. Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga,


Juan Pablo Arenas, José Riofrío, Francisco Javier Ascasubi, Antonio
de la Peña, José Vinueza, Juan de Larrea y Guerrero, Manuel Cajas,
Mariano Villalobos, Anastasio Oleas, Vicente Melo y D. Tobar.
La heroica hazaña del Pueblo de Quito está en el recuerdo para ejemplo
de las generaciones.
En la cripta de esta sala reposan las reliquias de la mayor parte de los
Próceres.

El acta original tampoco se encuentra en el Archivo Nacional.


Su directora ejecutiva, Grecia Vasco de Escudero, en edición especial
conmemorativa del Bicentenario, se anticipó en 2007 a publicar el texto
del “Acta de Instalación de la Primera junta revolucionaria de Quito”.2
Interrogada sobre la fuente, se refirió al Monumento de la Independen-
cia en la Plaza Grande de Quito, donde en efecto hay una placa en
bronce con los nombres de los representantes de los varios Barrios de la
capital que nombraron a sus representantes, si bien aparece de último
Manuel de Angulo, que en todas las actas trascritas fue el primero en
firmar entre los representantes del Barrio del Centro o Catedral.
El Acta de la Independencia es un documento de primordial im-
portancia histórica por tratarse de uno de los fundamentos institucio-
nales de lo que con el tiempo sería Ecuador. Verdad histórica, que, como
lo recuerda el historiador Rodríguez Castelo, es una conclusión a la que
llegó Nicolás Clemente Ponce, en 1909:

En la conspiración de 1808 se halla el pensamiento genuino con que


nuestros padres emprendieron la obra legendaria de la emancipación
americana 3

Pero antes de proseguir, debemos aclarar que el acta manuscrita


original que buscamos es la que ostente las firmas de puño y letra de
los Representantes de los Barrios que firmaron, posiblemente, no una,
sino varios ejemplares con diferentes destinos. Con el tiempo los escri-

2 Archivo Nacional, La Revolución de Quito, 1809-1812, 2007, Edición Espacial, Boletín Nº 33, Pro-
ducción Gráfica, Quito Ecuador.
3 N. Clemente Ponce, Op. Cit., en la nota 14, p. 63. Ver Rodríguez Castelo, Hernán, La gloriosa y
trágica historia de la independencia de Quito 1808-1813, Boletín de la Academia Nacional de His-
toria, vol. LXXXVI Nº 179, p.23.

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E N B U S C A D E L AC TA D E L A I N D E P E NDENCIA DE QUITO

banos fueron haciendo otras, que autenticaron como fiel copia. De estas
he encontrado tres a las que me referiré más adelante.

Hipótesis sobre el acta original

Sobre el acta original se han emitido varias hipótesis, además


de la que trata de incineración. Según hipótesis del historiador jorge Sal-
vador Lara, debió haber sido destruida, porque era prueba evidente
comprometedora.
Otra hipótesis supone que habría sido llevada a Santa Fe de
Nueva Granada, entre la documentación que el Virrey Amar y Borbón
le pidió al Conde Ruiz de Castilla, y que éste envió por medio del Dr.
Don Vicente Félix de San Miguel, una vez que firmó las Capitulaciones
mediante las cuales volvió a la Presidencia de la Audiencia en octubre
de 1809.4 Quedaría el interrogante sobre si esta documentación a su lle-
gada hubiera sido reducida a cenizas, como se oye decir.
Téngase en cuenta, que en el oficio de 6 de noviembre, el Conde
le promete al Virrey que oportunamente “iré participando a V. E. todo
lo que ocurra para su gobierno”5
Otra hipótesis, es que el acta original podría estar entre la do-
cumentación del Fondo Audiencia de Quito que haya llegado a parar al
Archivo Nacional de Colombia, además de la que fue enviada por el
presidente Rocafuerte al historiador josé Manuel Restrepo, y que se
conserva en el Archivo Histórico de su nombre.

Búsqueda del Acta en Bogotá y Quito

En noviembre de 2008 fui a Bogotá en busca de información


para escribir sobre cómo se vivió en Santa Fe de Nueva Granada el Grito
de Independencia de Quito, capítulo que me había comprometido a re-
dactar para el libro con el que el Grupo América, ha conmemorado el
Bicentenario: En torno al 10 de Agosto de 1809 6

4 Ver el “Oficio del conde Ruiz de Castilla al Virrey Amar dándole cuenta de lo sucedido en
Quito el 10 de Agosto de 1809 hasta que resumió el mando. Quito 18 de octubre de 1809. Do-
cumento 40 entre 274 que cita josé Gabriel Navarro, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de
1809, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Plan Piloto del Ecuador, 1962, p.496.
5 Salvador Lara, Escritos de la Independencia, Op. Cit., p. 327-333, documentos que se encuen-
tran en el Archivo Histórico de Madrid, citado por Alfredo Pareja, Doc. 46
6 Grupo América, En Torno al 10 de Agosto de 1809, 2009, PPL editores, Quito, Ecuador. Ver
www.grupoamericaecuador.com

167
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Tuve entonces la oportunidad de conocer el Archivo Histórico


Restrepo, cuyo curador, josé Manuel Restrepo Ricaurte, gentilmente me
mostró detalladamente el Archivo, y, al concluir, puso en mis manos el
volumen 25, que contiene un arsenal de documentos originales sobre la
Revolución de Quito, inclusive dos manuscritos del Acta, de los que ob-
tuve copia junto con muchos otros documentos que encontré posterior-
mente, y que traje a Ecuador.7
En Quito, prosiguiendo la investigación, encontré una tercera
copia del Acta, en el Archivo Histórico del Banco del Estado, gracias a
indicaciones del Arq. Alfonso Ortiz Crespo, Acta que, a diferencia de las
que se encuentran en Bogotá, trae una breve introducción para indicar
que la copia se hace “a fin de que se haga el uso conveniente para paga-
mento del sueldo de las Plazas” que consten en el Acta. El original de
este documento se encuentra en el Archivo Histórico del Banco Central
del Ecuador, Fondo jacinto jijón y Caamaño, Volumen 00006, entre los
documentos que el presidente, general juan Ramírez de Orozco, ordenó
copiar en 1818 de todos los documentos de origen revolucionarios exis-
tentes en los Archivos de Quito. En el índice aparecen como “Asuntos
relacionados con la Revolución del 10 de Agosto de 1809”.
Las tres actas son iguales en lo esencial, excepto por pequeñas
diferencias de copistas, y porque la primera que figura en el Archivo
Histórico Restrepo termina con la firma de juan Barreto, como se ha pu-
blicado desde un principio hasta ahora el acta, sin mención del manus-
crito original.8
En cambio, la segunda, que está en el volumen 25 del Archivo
Restrepo, tienen un importante complemento, con los primeros decretos
que revisaron nombramientos en reemplazo de quienes no pudieron

7 Gracias a la colaboración de la biblioteca de la Academia Nacional de Historia de Ecuador,


fue posible obtener una copia más clara con base en los microfilmes que la Academia había
adquirido del Archivo Histórico josé Manuel Restrepo de Bogotá, y con la ayuda del Archivo
Histórico del Banco Central y de técnicos de la Biblioteca-Archivo del Ministerio de Relaciones
Exteriores de Ecuador, fue posible obtener la copia que aquí se publica.
8 Primero Pedro Fermín Cevallos, Op.Cit. Apéndice nº II, luego Carlos de la Torre Reyes, (La
Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Colección Histórica XIII, Banco Central del Ecuador,
Quito 1990, pp.214-217) a quien se toma por fuente para la publicación del Acta en la Nueva
Historia de Ecuador, Ayala Mora, Enrique, Editor, 1995, Vol. 15, pp.68-71, Grijalva, Quito, Ecua-
dor; Salvador Lara, jorge, La revolución de Quito 1809-1822, p. 45. El contenido del Acta también
aparece publicado en 1910, en Biografía del Doctor Juan de Dios Morales, páginas históricas de la
Guerra del Ecuador 1910, En Boletín de la Academia Nacional de Historia Militar,2009,Vol.1, nº
1, Imprefepp, Quito, Ecuador, pp.385-388.

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E N B U S C A D E L AC TA D E L A I N D E P E NDENCIA DE QUITO

aceptar, en reemplazo de uno que huyó y de otro que renunció. Además


incluye el testimonio de la sesión del 16 de Agosto y copia del oficio con
el nombramiento que se hizo de dos Secretarios de la Suprema junta en
los Doctores Don Luis Quijano y Don Salvador Murgueitio, relevando
a Don Fernando javier Villacio, que fue interinamente nombrado Secre-
tario de la Presidencia. Este oficio no se reproduce en el Acta encontrada
en el Archivo Histórico del Banco del Estado, que perteneció a jacinto
jijón y Caamaño.
En las páginas siguientes se reproduce el

FACSIMILE DEL ACTA DE LA INDEPENDENCIA DE QUITO


DEL 10 DE AGOSTO DE 1809.

Copia del documento que se encuentra


en el Archivo Histórico josé Manuel Restrepo,
Bogotá, Volumen 25. [Microfilm] rollo nº 9 Fondo 1 vol. 25
Biblioteca de la Academia Nacional de Historia, Quito, Ecuador.

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Transcripción del Acta:

Nos, los infrascritos diputados del pueblo, atendidas las


presentes críticas circunstancias de la nación, declaramos solem-
nemente haber cesado en sus funciones los magistrados actuales
de esta Capital y sus Provincias. En su virtud, los del Barrio del
centro o Catedral, elegimos y nombramos por Representantes de
él a los Marqueses de Selva Alegre y Solanda, y lo firmamos- Ma-
nuel de Angulo, Antonio Pineda, Manuel Cevallos, Joaquín de
la Barrera, Vicente Paredes, Juan Ante y Valencia.
Barrio de Los del Barrio de San Sebastián elegimos y nombramos
San por Representante de él a don Manuel Zambrano, y lo firmamos
Sebastián Nicolás Vélez, Francisco Romero, Miguel Donoso, Juan Pino,
Lorenzo Romero, Manuel Romero.
Barrio de Los del Barrio de San Roque elegimos y nombramos por
San Roque Representante de él al Marqués de Villaorellana, y lo firmamos-
José Rivadeneira, Ramón Puente, Antonio Bustamante, José Ál-
varez, Diego Mideros y Vicente Melo.
Barrio de Los del Barrio de San Blas elegimos y nombramos por
San Blas Representante de él a Don Manuel de Larrea y lo firmamos- Juan
Coello, Gregorio Flor de la Bastida, José Ponce, Mariano Villalo-
bos, José Bosmediano, Juan Unigarro y Bonilla.
Barrio de Los del Barrio de Santa Bárbara elegimos y nombramos
Santa Representante de él al Marqués de Miraflores y lo firmamos-
Bárbara Ramón Maldonado y Ortega, Luis Vargas, Cristóbal Garcés, To-
ribio Ortega, Tadeo Antonio Arellano, Antonio de Sierra.
Barrio de Los del Barrio de San Marcos elegimos y nombramos por
San Marcos Representante de él a Don Manuel Mateu y lo firmamos- Fran-
cisco Javier Ascázubi, José Padilla, Nicolas Ximenez, Nicólas
Vélez, Francisco Villalobos, Juan Barreto.
Acta de todo Declaramos que los antedichos individuos unidos con
el pueblo los Representantes de los Cabildos de las Provincias sujetas ac-
tualmente a esta Gobernación y las que se unan voluntariamente
a ella en lo sucesivo, como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Bar-
bacoas y Panamá que ahora dependen de los Virreinatos de Lima
y Santa Fe, las cuales se procurará atraer, compondrán una Junta
Suprema que gobernará interinamente a nombre y como Repre-

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sentante de nuestro legítimo Soberano, el señor don Fernando


Séptimo, y mientras su Majestad recupere la Península o viene
a imperar en América.
Elegimos y nombramos por Ministros o Secretarios de Estado a Don
Juan de Dios Morales, Don Manuel Quiroga y Don Juan de Larrea, el primero
para el despacho de los Negocios Extranjeros y de la Guerra, el segundo para el
de Gracia y Justicia y el tercero para el de Hacienda; los cuales como tales serán
individuos natos de la Junta Suprema. Esta tendrá un Secretario particular con
voto y nombramos de tal a don Vicente Álvarez.
Elegimos y nombramos por Presidente de ella al Marques de Selva
Alegre.
La Junta como Representativa del Monarca tendrá el tratamiento de
Majestad; su Presidente el de Alteza Serenísima y sus Vocales el de Excelencia,
menos el Secretario particular a quien se le dará el de Señoría. El Presidente
tendrá por ahora y mientras se organizan las Rentas del Estado seis mil pesos
de sueldo anual, dos mil cada vocal y mil el Secretario particular.
Prestará juramento solemne de obediencia y fidelidad al Rey en la Ca-
tedral inmediatamente y lo hará prestar a todos los Cuerpos constituidos así
Eclesiásticos como Seculares.
Sostendrá la pureza de la Religión, los Derechos del Rey, los de la Pa-
tria y hará guerra mortal a todos sus enemigos, principalmente Franceses, va-
liéndose de cuantos medios y arbitrios honestos le sugieran el valor y la pruden-
cia para lograr el triunfo.
Al efecto y siendo absolutamente necesaria una fuerza militar compe-
tente para mantener el Reino en respeto, se levantará prontamente una Falange
compuesta de tres Batallones de infantería sobre el pie de Ordenanza y montada
la primera compañía de Granaderos; quedando por consiguiente reformadas las
dos de Infantería y el Piquete de Dragones actuales.
El jefe de la falange será Coronel y nombramos tal a Don Juan Salinas,
a quien la Junta hará reconocer inmediatamente.
Nombramos de Auditor General de Guerra, con honores de Teniente
Coronel, tratamiento de Señoría y mil quinientos pesos de sueldo anual a Don
Juan Pablo de Arenas y la Junta le hará reconocer.
El Coronel hará las propuestas de los oficiales, los nombrará la Junta,
expedirá sus patentes y las dará gratis el Secretario de la Guerra.
Para que la Falange sirva gustosa y no le falte lo necesario, se aumen-
tará la tercera parte sobre el sueldo actual desde soldado arriba.
Para la más pronta y recta administración de Justicia, creamos un Se-

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nado de ella compuesto de dos Salas Civil y Criminal con tratamiento de Alteza.
Tendrá a su cabeza un Gobernador con dos mil pesos de sueldo y tratamiento
de Usía Ilustrísima. La sala de lo Criminal un Regente (subordinado al Gober-
nador) con dos mil pesos de sueldo y tratamiento de Señoría: los demás Minis-
tros con el mismo tratamiento y mil quinientos pesos de sueldo; agregándose
un Protector General de Indios con honores y sueldo de Senador. El Alguacil
Mayor con tratamiento y sus antiguos emolumentos. Elegimos y nombramos
tales en la forma siguiente:
Sala de lo Civil
Gobernador Don José Javier Ascázubi,
Decano, Don Pedro Jacinto Escobar,
Senadores Don José Salvador,
Don Ignacio Tenorio,
Don Bernardo de León,
Fiscal Don Mariano Merizalde.

Sala de lo Criminal
Regente Don Felipe Fuertes Amar,
Decano Don Luis Quijano,
Senadores Don José del Corral,
Don Víctor de San Miguel,
Don Salvador Murgueitio,
Fiscal Don Francisco Xavier de Salazar
Protector General Don Tomás Arechaga,
Alguacil Mayor Don Antonio Solano de la Sala.

Si alguno de los sujetos nombrados por esta Soberana Diputación re-


nunciare el encargo sin justa y legítima causa, la Junta le admitirá la renuncia,
si lo tuviere por conveniente, pero se le advertirá antes que será reputado como
mal Patriota y Vasallo y excluido para siempre de todo empleo público.
El que disputare la legitimidad de la Junta Suprema constituida por
esta Acta tendrá toda libertad bajo la salvaguardia de las leyes de presentar por
escrito sus fundamentos y una vez que se declaren fútiles, ratificada que sea la
autoridad que le es conferida, se le intimará prestar obediencia, lo que no ha-
ciendo se le tendrá y tratará como Reo de Estado. Dada y firmada en el Palacio
Real de Quito, a diez de Agosto de mil ochocientos nueve.
Manuel de Angulo, Antonio Pineda, Manuel Cevallos,
Joaquín de la Barrera, Juan Ante y Valencia, Vicente Paredes

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Nicolás Vélez, Francisco Romero Juan Pino,


Lorenzo Romero, Juan Quijano Bonilla Manuel Romero
José Rivadeneira, Ramón Puente, Antonio Bustamante,
José Álvarez, Juan Coello, Gregorio Flor de la Bastida,
José Ponce, Miguel Donoso Mariano Villalobos,
Cristóbal Garcés Toribio de Ortega Tadeo Antonio Arellano
Antonio de Sierra Fco. Javier de Ascasubi Luis Vargas
José Padilla Nicolás Jiménez Ramón Maldonado y Ortega
Nicolás Vélez Manuel Romero José Bosmediano
Vicente Melo Francisco Villalobos Juan Barreto
Quito doce de Agosto de mil ochocientos nueve.

A continuación, sin dejar espacio, el Acta continúa:

Respecto a que de consentimiento de Don Bernardo de León se hizo la


variación de trasladarlo a la Sala de lo Criminal estando nombrado por el Pueblo
en la de los Civil, lo suscribimos con el interesado para que conste. Está rubri-
cado por los señores de la Suprema Junta Doctor Bernardo Ignacio de León y
Carcelén. Quito trece de Agosto de mil ochocientos nueve.
Domingo de Quintana.
En atención a la fuga que ha hecho Don Ignacio Tenorio, Senador nom-
brado para la Sala de lo Civil, se nombra en su lugar al Doctor Don Pedro Qui-
ñones, y mediante la renuncia verbal que con el mayor empeño ha hecho de su
Plaza de Senador el Doctor Don Víctor de San Miguel ante su Alteza Serení-
sima, se le admite desde luego la renuncia y se nombra en su lugar al Doctor
Don Antonio Tejada. Comuníquese esta providencia al Gobernador del Senado
por el Ministerio respectivo para inteligencia de sus interesados y sus debidos
efectos. El Marqués de Selva Alegre, Manuel Zambrano, el Marqués de So-
landa, Manuel Larrea, Melchor de Benavides, Manuel Mateu, Marqués de Vi-
llaorellana, Juan José Guerrero Mateu, Juan de Dios Morales, Manuel Rodrí-
guez de Quiroga, Juan de Larrea.
En la ciudad de San Francisco del Quito en diez y seis de Agosto de
mil ochocientos nueve: estando en la Sala Capitular del Convento Máximo del
Gran Padre San Agustín, destinada por su mayor capacidad, congregados por
medio de oficios despachados por su Alteza Serenísima el Señor Presidente de
la Suprema Junta Gubernativa Marqués de Selva Alegre, el Ilustrísimo Señor
Obispo Don José Cuero y Caicedo, el Ilustre Cabildo de la Ciudad, el Venerable
Deán y Cabildo Eclesiástico, el Alguacil mayor de Corte y Ministros de Real

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Hacienda, los Jefes del Cuerpo Veterano y Milicias, el Cuerpo literario de la


Universidad, los Curas de las Parroquias inmediatas, los Rectores de los Cole-
gios de San Luís y San Fernando, los Reverendos Padres Prelados de las Reli-
giones con sus individuos, el Colegio de Abogados, el Diputado e individuos
del Comercio, los Jefes y Administradores de las Rentas Reales, los Escribanos,
Procuradores y Subalternos del Senado y Juzgados, los nobles del lugar con
mucho concurso público, a efecto de que enterados de la voluntad del Pueblo
explicada en las actas de la constitución del nuevo Gobierno, dijeren libremente
su sentimientos sobre el establecimiento que se había acordado, precedidas unas
breves peroraciones que hizo su Alteza Serenísima el Señor Presidente y los Ex-
celentísimos Señores Ministros Don Manuel Rodríguez de Quiroga y Don Juan
de Larrea, manifestando los mismos que habían invitado al Pueblo a formar la
Suprema Junta y ventajas que de ella resultarían y leídas por el Excelentísimo
Señor Ministro de Estado Don Juan de Dios Morales las actas y diligencias que
se extendieron antes solemnemente, todos unánimes y conformes con repetidas
vivas aclamaciones de júbilo, ratificaron cuanto se había propuesto y ordenado,
como que se dirigía a unos fines. santos de conservar intacta la Religión Cris-
tiana, la obediencia al Señor Don Fernando Séptimo, y el bien y felicidad de la
Patria, importantes y necesarios en las circunstancias críticas y presentes, en
que el común invasor de las Naciones Napoleón Bonaparte pretende apoderarse
y adjudicar a su Dinastía la Nación y Reino Español, arrancándolo por fuerza
de nuestro legítimo Soberano el Señor Don Fernando Séptimo; y quisieron se
firmase por todos los Cuerpos e Individuos que concurrieron, autorizándolo,
los Escribanos de esta Ciudad Capital, que dan fe que ante mi el Escribano de
Su Majestad que despacho por la Real Orden por ausencia del Señor Secretario
de la Suprema Junta. El Marqués de Selva Alegre, José Obispo de Quito, el
Marqués de Solanda, Melchor de Benavides, el Marqués de Villaorellana, Juan
José Guerrero y Mateu, Manuel Zambrano, Manuel de Larrea, el Marqués de
Miraflores, Manuel Mateu, Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Qui-
roga, Juan de Larrea.
Hasta aquí los Señores vocales y Ministros de la Suprema Junta Gu-
bernativa de este Reino; y continúan las firmas de los Cuerpos de la República,
Religiones y Pueblo Noble.
Es fiel copia de su original a que en lo necesario me remito. En cuya fe
doy la presente que signo y firmo de Real Orden en Quito a veinte y tres de
Agosto de mil ochocientos nueve años. Por orden Real y ausencia del Señor Se-
cretario. Atanasio Olea. Es fiel copia de su original de que certifico. Contaduría
de Quito y Agosto veinte y seis de mil ochocientos nueve

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Reiteramos nuestra pregunta, ¿Dónde está el acta original?


Según el historiador jorge Salvador Lara “muchos de los pape-
les que constituyen hoy el Archivo Restrepo fueron enviados al Doctor.
Roberto Andrade, en copia, por su hermano, el general julio Andrade
Betancour, (jefe militar alfarista, que fue Ministro Plenipotenciario en
Bogotá). Figuran como Tomo II en la Historia del Ecuador de aquel”, 9
Uno de esos documentos es el Acta de la Independencia, que
Roberto Andrade publica con una nota tomada de la carta de su her-
mano que abre nuevas pistas insospechadas:
“Puede afirmarse que el Acta original no existe (en Bogotá). No
sabemos si fue enviada, en el proceso, a Bogotá: parece que sí lo fue al
historiador Restrepo”, y nuestro fundamento es el raciocinio siguiente:
dísenos el Gral. Andrade, en la carta en que nos cuenta de los Documen-
tos enviados por él:
“En la imposibilidad de rebuscar los dos Archivos a un tiempo, (el Ar-
chivo Nacional y el del Dr. Restrepo), confié el segundo a un em-
pleado de la Legación, después de haber obtenido del Dr. Eduardo
Restrepo, nieto del Historiador, que pusiese el mencionado Archivo a
mis órdenes. El resultado fue que el joven quiteño partió a Quito, lle-
vándose a hurtadillas una buena parte de los documentos, cuya copia
le señalé yo mismo, y los publicó allí de su cuenta, según he visto”.

Y añade que el joven empleado, al publicarlos, puso la siguiente


nota:

La reproducción de los documentos anteriores tiene por objeto dar a


conocerlos en la misma forma empleada en los originales, de donde los
hemos tomado, escritos de puño y letra del Dr. Juan de Dios Morales
y autenticados con su firma. Estos documentos y los demás que se re-
producen en este folleto, pertenecen al Archivo del Sr. José Manuel
Resstrepo, que nos fue dable estudiarlo ampliamente, merced a la cor-
tesía del Dr. Eduardo Restrepo Sáenz, nieto del ilustre historiador co-
lombiano.

El joven en nada se refería al Gral. Andrade. Si los documentos


de los cuales se tomó la copia, estaban escritos de puño y letra de Mo-

9 Salvador Lara, jorge, La revolución de Quito 1809-1822, op.cit., p. 45

182
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

rales y autenticados con su firma, claro es que el Acta original del 10 de


Agosto, de la cual tomó copia el joven empleado, se hallaba en el Ar-
chivo del historiador Restrepo.
Siguiendo la pista dejada por los Andrade, recurrí en Quito al
Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde me suministra-
ron la lista de los funcionarios diplomáticos que en la Legación de Ecua-
dor en Bogotá acompañaron al general Andrade.10
Con esta información consulté el archivo de la Biblioteca Aurelio
Espinosa Polit, con resultado positivo. En efecto, Rafael Orrantia, el úl-
timo de la lista, es el autor de la publicación titulada Homenaje a los Már-
tires del 2 de agosto de 1810, con el sugestivo subtítulo de “Nuevos docu-
mentos relacionados con los sucesos de Quito 1809-1810.”, tipografía de la
Escuela de Artes y Oficios de Quito, suplemento al nº 10 de la Defensa
Nacional
El Sr. Orrantia publicó en esta obra numerosos documentos que
se encuentran en el volumen 25 del Archivo Restrepo, comenzando por
el texto del manuscrito del Acta, aseverando que es de puño y letra del
Dr. Juan de Dios Morales y autenticados con su firma.
Llama la atención esta afirmación, pues el Acta fue firmada por
quienes “eligieron y nombraron” a los Representante s del pueblo. Cabe
preguntar, ¿dónde están los documentos que el Sr. Orrantia trajo de Bo-
gotá, y que le sirvieron para su publicación?
Después de una prolija revisión de los documentos microfilma-
dos del Archivo Histórico josé Manuel Restrepo, disponibles desde mar-
zo del año pasado, 2009, en la Biblioteca de la Academia Nacional de
Historia en Quito, puedo afirmar que no se encuentra ningún Acta de
la Independencia escrita de puño y letra y firmada por juan de Dios Mo-
rales.

Seguiré la pista que dejó el General Andrade en carta a su her-


mano, que deja abierto el interrogante ¿Dónde está el Acta Original de
la Independencia?

10 Leonardo Fernández Salvador, Secretario de primera clase, juan Borja, Agregado Militar, Luis
F. Borja Pérez, 2º Secretario. Posteriormente llegó Rafael Orrantia, como Secretario de primera
clase.

183
MENSAJES CIFRADOS DE UNA REVOLUCIÓN*

Hernán Rodríguez Castelo

Yo era un gran lector de novelas policíacas. Compartí esa pasión con Ed-
uardo Kingman. El mejor obsequio que podíamos hacernos el uno al
otro, era un nuevo policial bueno; si excelente, mejor.
Ahora casi no leo novela policíaca. Y es porque ando inmerso
en investigaciones históricas. El ejercicio de la detectio, que fundara ge-
nialmente Edgar Allan Poe, y afirmaran Gaboriau con su El caso Lerou-
ge (1866) y Wilkie Collins con sus magíficas El diamante luna y La dama
vestida de blanco, y consagrara definitivamente Sir Arthur Conan Doyle,
sacando a escena a Sherlok Holmes, tiene notable parentesco con el del
historiador que persigue ciertas pistas para dar con autores, cómplices
y encubridores, o, al menos, inspiradores y beneficiarios, de hechos pa-
sados, a veces tan extraños y perturbadores como los que urdie- ron esos
grandes novelistas.
Seguramente por eso es tan fascinante leer libros de historia en
que la investigación y ese ir descubriendo y persiguiendo indicios par-
ticipa del suspenso y el dramatismo de la mejor novela policíaca.
Puesto sobre las huellas de una de estas cacerías en que el que-
hacer historiográfico así emprendido consiste, el historiador es el primer
seducido por sus hallazgos que, como las pistas hacia un tesoro escon-
dido, le van hundiendo en profundidades no por obscuras, a veces som-
brías, menos luminosas.
Y es, queridas amigas y amigos, lo que me ha acontecido con el
hallazgo que esta noche se ofrece a ustedes en este magnífico escenario,
en una de esas bellas y cuidadas ediciones del FONSAL y con el in-
teligente y generoso padrinazgo de Simón Espinosa.
El caso, tan incitantemente cifrado como el de El escarabajo de
oro de Poe, puede decirse, en substancia, así: los poemas que bullían en
la Quito de esos trepidantes días que corrieron desde el 10 de agosto de
1809 hasta 1813, cuando se recibió en Quito la Constitución hecha por
las Cortes de Cádiz, nos dijeron acerca de esos apasionantes sucesos
* Discurso en la presentación del libro Lírica de la Revolución quiteña de 1809-1812,. Palacio del
Bicentenario, 9 diciembre 2009

185
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

cosas que nunca dijeron ni cronistas ni historiadores. Había que leerlos


dando con todo lo que en esos versos, al parecer sencillos y casi festivos,
se había cifrado.
¿Se hizo antes alguna vez esa lectura? Ya juan León Mera, a
quien debemos el habernos guardado y transmitido la inmensa mayor
parte de estos poemas, sugirió la posibilidad de deambular por sus veri-
cuetos de este modo. juzgó que, aunque menos valiosos como lírica,
eran “no despreciables por el lado histórico”. Pero él mismo no dio más
que algún tímido paso para internarse por ese gran programa de lectura
policíaca.
A los dos siglos de que esos poemas se escribiesen y segura-
mente declamasen por salones y plazas y rincones de calles apenas
alumbradas por algún humeante candil me he topado con ese camino,
en el clima férvido de la celebración bicentenaria de la revolución en
que esos poemas fermentaron o leudaron.. Y aquí está un primer in-
forme de lo hallado. Que eso es este libro.
Declamaba un poema realista:

¿Qué es el pueblo soberano?


Es un sueño, una quimera
Es una porción ratera
De gente sin Dios y Rey.

En la ponencia que presenté en el Congreso Extraordinario de


Academias de Historia de Iberoamérica, reunido en Quito para honrar
la gesta quiteña de agosto, que buscaba esclarecer lo que su título anun-
ciaba: “Aporte teórico de de la Revolución de Quito de 1809 a la inde-
pendencia de América”, esta fue una de las tres grandes manifestaciones
de ese aporte en que me detuve. Y es que nunca se dijo con fórmula tan
lapidaria la última razón y el más decisivo alcance de la transformación
política que se puso en marcha el 10 de agosto de 1809.
Cuando los quiteños Ante y Aguirre visitaron, ese 10 de agosto,
muy de madrugada, al Conde Ruiz de Castilla, Presidente de la Audien -
cia, y le sacaron de la cama, en nombre de una junta Soberana –nombre
nunca antes oído por el anciano burócrata español– le comunicaron que
los habitantes de Quito habían “establecido una junta Soberana en esta
ciudad de San Francisco de Quito, a nombre de la cual y por órdenes de
su Serena Alteza el presidente y los vocales”, tenían “el honor de infor-

186
M E N S A J E S C I f R A D O S D E U N A REVOLUCIÓN

mar a Usted Su Excelencia y anunciarle que las funciones de los miem-


bros del antiguo gobierno han cesado”.
junta Soberana, un pueblo que cesaba a las autoridades envia-
das por la Corona como representantes de su autoridad… cosas tan in-
sólitas, ¿por qué? Por aquello que el versificador realista conocía como
sostenido por los insurgentes y que él consideraba “un sueño, una
quimera”: “el pueblo soberano”. La soberanía radicaba en el pueblo.
Para el realista que escandía esos indignados octosílabos tal procla-
mación era propia de gente sin Rey. Y llevaba razón: las proclamas de
fidelidad al monarca en oprobioso cautiverio de Napoleón a él no lo en-
gañaban. Pero era también propia de gente sin Dios. La soberanía del
Rey era para ese realista cosa de Dios, y tanto lo era que negar tal sobera-
nía era, sin más, negar a Dios.
Resulta especialmente notable que brillantes teólogos quiteños,
como el gran intelectual y orador famoso, Miguel Antonio Rodríguez,
dejasen a Dios fuera de estas cuestiones de poder político. Había en Qui-
to una corriente viva y lúcida de pensamiento ilustrado.
La lectura de estos poemas irá desvelando ante el lector, en
acusaciones de lado y lado, debilidades de los revolucionarios –acaso
deslumbrados por el poder del que de pronto se sentían dueños y de-
masiado afectos a plumas de colores y otros signos de ese poderío–,
ceguera y acechanzas de los realistas, y protagonismos heroicos…
Un poema denuncia a los revolucionarios más odiados, y en el
primer ovillejo lo hace con los tres ministros de la junta:

¿Quién ha causado los males?


Morales.
¿Quién los cubre con su toga?
Quiroga.
¿Quién perpetuarlos desea?
Larrea.
Es menester que así sea
Para lograr ser mandones
Estos desnudos ladrones
Morales, Quiroga y Rea.

No nos dice el poema nada nuevo, porque la acusación de que


esos “mandones” hayan sido ladrones, ante un tribunal probo no se
sostiene.

187
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Pero un segundo ovillejo reduce la acusación a dos nombres:

¿Quién angustias os destina?


Salinas.
¿Quién quiere que seáis bobos?
Villalobos.
Ya se aumentarán los robos
En aquesta infeliz Quito,
pues protegen el delito
Salinas y Villalobos.

Cualquier mediano conocedor de los sucesos de agosto sabe


quién fue el coronel juan Salinas, a quien se debió que la guarnición de
Quito plegase al nuevo orden de cosas y que después mandó y organizó
la Falange, que fue el ejército de la Revolución. Pero ¿y Villalobos?
¿Quién fue? ¿Qué hizo?
El poema nos exige seguir esa pista: la revolución estaba
sostenida por dos personajes. El uno, sabemos, tenía el poder militar,
sin el cual la revolución no se habría impuesto. Y, en este ovillejo dedi-
cado al poder, ¿qué papel tenía el nombrado Villalobos? El poema le
achaca el poder de embobar a las gentes de Quito.
Un historiador temprano de los sucesos quiteños de agosto nos
ayuda en la detectio. Leemos en su obra Recuerdos de los sucesos princi-
pales de la Revolución de Quito desde 1809 hasta 1814: “El Doctor juan de
Dios Morales fundaba haber cesado las autoridades españolas por la ab-
dicación del Rey y estado de la Península. Don Mariano Villalobos ocur-
ría a los derechos imprescriptibles de la naturaleza”. Exacta , pues, la
apreciación del ovillejo realista, con la añadidura de los poderes de ex-
positor de ese quiteño ilustre. Se nos descubre que él fue el ideólogo más
radical y hondo de esa revolución.
No menos incitante el tercer ovillejo de esta acusación realista:

¿Quién mis desdichas fraguó?


Tudó.
¿Quién aumenta mis pesares?
Cañizares.
¿Y quién mi ruina desea?
Larrea.

188
M E N S A J E S C I f R A D O S D E U N A REVOLUCIÓN

Y porque así se desea,


Querría verlas ahorcadas
A estas tres tristes peladas
Tudó, Cañizares, Larrea.

De Manuela Cañizares todos los historiadores hablan, de lo


poco que a ciencia cierta se sabe y de lo que su imaginación patriótica
inventa. ¿Pero la señora Tudó? ¿La Larrea? He aquí nuevas incitaciones
para el historiador detective. Creo haber dado con la dama nombrada
por el apellido Larrea, el más importante de la revolución. Que resultaría
ser la propia esposa de juan Pío Montufar, el primer presidente del
nuevo gobierno; es decir, la mujer fuerte detrás del hombre vacilante…
¿Y qué sabemos de doña josefa Tudó?
¿No resultan fascinantes, queridos amigos y amigas,
estas persecuciones por los laberintos de una historia de hace doscientos
años, de la cual nos sentimos justamente herederos ufanos?
Y, como ustedes sin duda van a leer el libro, solo una úl-
tima mención. No puedo acabar sin llamar la atención hacia el poema más
impresionante, más desolador y trágico de los leídos en el libro: Cántico
lúgubre en que se lamenta el estado de desolación de la ciudad de Quito
en el día jueves 2 de agosto de 1810, a la una de media de la tarde. El autor
del poema anónimo –a quien creo haber identificado- halla para su dolor
e indignación, para su cólera impotente, un cauce alto, de antiguo enraiza-
miento para los católicos –y casi todos lo eran en el Quito del tiempo- es-
tremecido de resonancia sacras: textos de la Biblia en que los profetas se
lamentan por la opresión y martirio de su pueblo a manos de tiranos im-
píos. Son trenos de jeremías, clamores de job, lamentos del salmista los
que introducen cada trágica pintura, cada grito de dolor, cada denuncia
de la sevicia de los asesinos y cada llanto por los caídos ese mediodía y
tarde. Al lector contemporáneo ese latín de la Vulgata seguramente no le
dice nada, pero aquellos eran tiempos en que la predicación tan frecuente
y escuchada comenzaba por aquellos textos. Por ello he mantenido esos
latines, aunque dando en nota al pie su traducción.
Y otra vez, el poema nos introduce en escenas que nin -
gún cronista se atrevió a narrar o, simplemente, no conoció. El poeta,
por su oficio y por el lugar que ocupaba en el Quito del tiempo conoció
todo aquello, o como testigo presencial o por una primera mano privi-
legiada. Nunca en América periodista o cronista o historiador alguno

189
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

habrá acumulado tanto horror, tanta sed de sangre, tanta sevicia en los
materiales que debía convertir en noticia, en denuncia, en grito indig-
nado.
Y ello nos deja ante una lectura final de esos poemas.
Fueron periodismo del tiempo. De un tiempo en que no había
periódicos ni radios ni televisión. Y fueron periodismo de soberbia li-
bertad. De lado y lado, del insurgente y del realista; del quiteño y del
hispano. Cada poeta dijo lo que entendía y sentía de esos inusitados
sucesos. Nadie, que sepamos, censuró esos poemas. Se decían para ilus-
trar la cara que a los autores convenía o la que ellos sentían verdadera.
Volvemos a esos poemas en vísperas de que en esta Quito, heredera de
ese alto peso de libertad de expresión, se busque aprobar una ley mor-
daza de la prensa y crear un Consejo que es en su versión a lo socialismo
siglo XXI un tribunal de la Inquisición. Porque allá se va. Todo lo otro
es, muy al estilo de estos innovadores, fronda de artículos y de fórmulas
al parecer muy aceptables para encubrir los decisivos y perversos
cometidos. Y hasta con el sofisma del gran jefe de estos aprendices de
inquisidores de que la prensa es poder y por ello hay que limitar su li-
bertad. Cuando cualquier aprendiz de lógica pudiera hacerle este sen-
cillo distingo; es poder, distingo: per se niego; per accidens (por accidente),
acepto. Porque la prensa de por sí no es poder. Se convierte en poder
cuando responde a la libertad que es su ambiente vital y cumple su
papel y los ciudadanos acogen su mensaje. Por supuesto, también en un
clima de libertad.
El 25 de junio de 1811, el quiteño josé Mejía Lequerica, colega
de universidad de los revolucionarios de agosto, pronunció en las Cortes
de Cádiz un discurso que era arrebatado alegato a favor de la libertad
de imprenta. “En efecto –dijo– si no fuese permitido hablar libremente,
aun los merecidos elogios pasarían por serviles lisonjas, y no había más
mordaz invectiva que un misterioso silencio”. ¿A esto quiere llevarnos
el gobierno?
Y en la sesión del 11 de enero de 1813 Mejía comenzó un dis-
curso que se extendería a lo largo de tres días de sesiones de las Cortes,
hasta el 13. Fue demoledor contra el que, con sombrío eufemismo, se
llamaba el Santo Oficio; es decir, la Inquisición. “Pues, Señor –recla -
maba– no se nos diga que la inquisición es tan suave ahora, como rigu-
rosa en otro tiempo”. La democracia no se compadecía con ninguna
forma de Inquisición, ni en lo religioso –¡Y lo dijo en la España de ese

190
M E N S A J E S C I f R A D O S D E U N A REVOLUCIÓN

tiempo!–. Invoco a los mártires de la Revolución de Agosto y al gran


Mejía para que su espíritu, vivo a través de su palabra, a la que estos
poemas nos han acercado esta noche, nos urja a no ceder a dictadura al-
guna ese campo en que la libertad es garantía de todas las otras liber-
tades que esos grandes quiteños conquistaron para la patria.

191
UN CLÉRIGO PATRIOTA:
EL DOCTOR DON JOSÉ DE SALAZAR y RIVERA

Gregorio César De Larrea

INTRODUCCIÓN

La familia Salazar, a la que perteneció nuestro personaje, colom-


biana de origen y establecida en la Real Audiencia de Quito, actual Ecua-
dor, en el siglo XVIII, ha producido eminentes vástagos que han
ocupado altos cargos a raíz de nuestro movimiento separatista de Es-
paña. Siempre católicos y conservadores enlazaron con otras destacadas
familias de su mismo perfil ideológico y han dado una serie de prohom-
bres durante las dos últimas centurias.
Los Salazar que nos ocupan no fueron nobles ni hidalgos, pues
nuestro biografiado, el Doctor don josé de Salazar y Rivera, no lo hizo
constar en la “relación de méritos” que hacía referencia al expediente
de “limpieza de sangre” que presentó para doctorarse. De haberlo sido,
lo habría mencionado en el mismo. En todo caso, probó no tener sangre
de moro, judío, indio ni negro, por lo menos hasta sus bisabuelos.
El apellido Salazar, de esta familia, ha terminado en hembras;
tan solo hoy vive el Licenciado Francisco Salazar Alvarado, conocido
político conservador, catedrático y Miembro de Número de la Academia
Nacional de Historia del Ecuador, que tiene solo hijas mujeres, de ma -
nera que con él se extingue el apellido.
Alfredo Ponce Ribadeneira, presbítero, en la genealogía de sus
Salazar, publicada en el Boletín de la Academia Nacional de Historia del
Ecuador, en 1978; el Doctor César Augusto Alarcón Costta, en su Dic-
cionario Biográfico Ecuatoriano; Gustavo Arboleda en el Diccionario
Biográfico y Genealógico del Antiguo Cauca, y los apuntes que nos en-
tregara el Licenciado Francisco Salazar Alvarado, nos recuerdan a algu-
nas personalidades de esta casa. Por ejemplo: Doctor Francisco Xavier
de Salazar y Albear, miembro de la “Escuela de la Concordia”, Fiscal del
Crimen en la junta Revolucionaria Quiteña del 10 de Agosto de 1809.
Dr. Agustín de Salazar y Lozano, otro prócer de la Independencia, Pre-

193
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

sidente de la Corte Suprema de justicia. Don Manuel María de Salazar


y Lozano, jurisconsulto y político. Don Vicente Lucio Salazar y Cabal,
Presidente de las Cámaras de Senadores y de Diputados, varias veces
Ministro de Estado, Vicepresidente de la República y Encargado del
Poder Ejecutivo. Don joaquín de Salazar y Lozano, jurisconsulto y pró-
cer de la Independencia. Don josé María de Salazar y Lozano, Presidente
de la Corte Suprema de justicia. General Francisco Xavier Salazar Ar-
boleda, Ministro de Estado, precandidato a presidente de la República.
Doctor Luis Antonio Salazar Arboleda, Ministro de Estado, precan-
didato a la Presidencia del Ecuador, Presidente de la Corte Suprema de
justicia, Rector de la Universidad Central. Doctor Francisco Ignacio
Salazar Arboleda, jurisconsulto. Doctor Eduardo Salazar Gómez, Minis-
tro de Estado, precandidato a Presidente de la República.
La familia Salazar, que vamos estudiando, firmaba anteponien-
do la preposición “de” a su apellido. Alfredo Ponce Ribadeneira anota
que don Tadeo de Salazar, hijo de don Santiago de Salazar y doña María
de Vásquez, pasó del Valle del Cauca, en Colombia, a Quito, en el siglo
XVIII y casó con doña josefa de Albear. De su hijo, don Francisco Xavier
de Salazar y Albear, casado con doña josefa Lozano de la familia de los
también colombianos Marqueses de San jorge, provienen los Salazar en
mención.
Don Francisco Xavier tuvo como hermano a don Ramón de
Salazar y Albear, de quien Alfredo Ponce dice erroneamente que no tuvo
sucesión. Don Ramón fue padre de nuestro biografiado, el clérigo pa-
triota Doctor don josé de Salazar y Rivera, personaje descubierto y es-
tudiado por primera vez por quien escribe estas letras.
En el Archivo Nacional, de Quito, Notaría Primera, volumen
463, 1806-1808, encontramos los siguientes cuatro documentos corres-
pondientes al año 1808 que, resumidos, publicamos por primera oca-
sión:

En Quito, el 13 de Enero de 1808, don Ramón de Salazar y Albear


otorga poder para testar al Doctor Vicente Lucio Cabal, Abogado de
la Real Audiencia, y a su hijo Doctor don José de Salazar y Rivera.
Pide ser sepultado en la Iglesia de La Merced. Fue casado con doña
María de Rivera con quien tuvo por hijos a: doña Antonia, al Doctor
don José y a doña Josefa de Salazar y Rivera. “Mejora” con el tercio y
quinto de todos sus bienes a sus dos hijas, doña Antonia y doña Josefa.

194
U N C L É R I G O PAT R I OTA : D O N J O S É D E SALAZAR Y RIVERA

En Quito, el 20 de Febrero de 1808, don Ramón de Salazar y Albear


otorga codicilo en el que pide que su hija doña Antonia quede sujeta a
su otro hijo, el Doctor don José de Salazar y Rivera, para que lo cuide
y maneje sus bienes debido a la incapacidad de ella.

Así mismo, en Quito, el 23 de Febrero de 1808, don Ramón de Salazar


y Albear vende una esclava al Doctor don Tomás de Yepes y León, Te-
sorero de la Catedral de Quito. La negra se llamaba María Mercedes,
de diez a once años de edad, nacida en la propia casa de don Ramón,
hija de otros dos esclavos suyos: Antonio y Silveria, que al momento
se hallaban también bajo el dominio del comprador. Dice que la esclava
vendida no es prófuga, borracha ni ladrona, ni padece enfermedad al-
guna, ni ha cometido delito capital que le impida servir bien. La vende
en trecientos pesos de contado. Por su parte, en el mismo acto jurídico,
el Doctor don Tomás de Yepes y León, Tesorero de la Catedral de
Quito, hace donación de la esclava a doña Josefa Osorio, mujer legítima
de don Manuel Bonilla.

En Quito, el 16 de Mayo de 1808, se dicta el testamento de don Ramón


de Salazar y Albear, en el que condona la deuda que tiene con él su
hermano el Doctor Francisco Xavier de Salazar. Declara tener también
otro hermano llamado don Francisco Vicente de Salazar. Dice que sus
dos hijas, doña Antonia y doña Josefa son solteras. Doña Antonia no
sabía escribir.

Don Ramón de Salazar y Albear falleció el 10 de Abril de 1808.


Había remitido ropas de la tierra para ser vendidas en Popayán. Su her-
mano, el Doctor don Francisco, tenía almacén en su casa. Don Ramón
de Salazar y Albear había entregado fianza de dos mil pesos, hipote-
cando su casa, a don Simón Sáenz de Vergara, español, para que acceda
al cargo de Colector. Don Simón Sáenz de Vergara fue padre de Manue-
lita Sáenz, compañera del Libertador Simón Bolívar.

BIOGRAFÍA

Nuestro Doctor don josé de Salazar y Rivera fue bautizado en


El Sagrario de Quito el 21 de Noviembre de 1768, como Félix josé María.

195
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Fue su padrino el Doctor Xavier Salazar (Dato gentileza del Economista


jorge Moreno Egas). En 1810 declaró tener 42 años. Estudió en el Cole-
gio San Fernando y la Universidad de Santo Tomás. Fue cura de Nane-
gal por 4 años, de Santo Domingo de los Colorados, luego, de Cangahua
ubicada cerca de Cayambe hacia 1818, y de Sangolquí desde 1828 hasta
1836.
En el Colegio de San Fernando siguió el curso de Física, fue Se-
cretario de dicho Colegio y Prefecto de Casa -una especie de Inspector
General-.
Fue Bachiller y Maestro en Filosofía por la Universidad de Santo
Tomás. Siguió también los cursos en ambos Derechos y fue licenciado y
doctor en Derecho Canónico y Civil.
Probó legitimidad y limpieza de sangre y estudió con una de las
becas reales de Su Majestad.
El doctor don josé María de Arteta y Calisto, Corregidor de Ota-
valo, a cuya jurisdicción pertenecía Cangahua, certificó que el doctor
don josé de Salazar tenía “idoneidad, carácter atento, sagaz y de los mo-
dales más gratos”. (Arch. Curia Quito, Concurso para Beneficios y Re-
laciones de Méritos, 1820 - 1822).
El doctor don josé de Salazar fue cura párroco de Santo Domin-
go de los Colorados entre 1806 y 1813. (Velarde Segovia, Patricio, Las
Primeras Misiones Religiosas en la Antigua Región de Santo Domingo
de los Colorados, 1570 - 1820, Quito, 2004, 95 p.p., pg. 60). El cacique de
Santo Domingo de los Colorados, Gobernador Allexandro Aguauili, el
Teniente Pedáneo Salvador Aguaguili, certificaban en 1813, que había
sido notoria la residencia material y formal del doctor Salazar en Santo
Domingo, predicando en los días festivos, enseñando personalmente la
doctrina cristiana, administrando los sacramentos y ejercitando con ca-
ridad todas sus obligaciones, con su anhelo de formar iglesias no solo
en el Pueblo sino también en sus anejos. Había reducido a algunos que
se hallaban remontados por años y cuando salía de su curato, dejaba en
su lugar otros sacerdotes para que hicieran sus veces como: el Padre
Fray Tadeo Morales, Fray josé Bargas, Fray Marco Vásquez (Certifica -
do fechado en Santo Domingo en noviembre de 1813) (Velarde Segovia,
op. cit., pg. 63).
En el Archivo de la Curia de Quito, Concurso para Beneficios,
1813, caja 40, f. 163, dice que por estar afectado de salud pide salir del
curato de Santo Domingo en 1813. Para ello, el Dr. don Pedro jiménez,

196
U N C L É R I G O PAT R I OTA : D O N J O S É D E SALAZAR Y RIVERA

profesor de Medicina en Quito, dice que hacia 1811 fue llamado por Sa-
lazar debido a su quebrantada salud, pues padecía de vómito y otras
dolencias, acompañado de dolor agudo del ventrículo e hipocondrios.
Se mostraba obstruído el hígado y la mayor parte del vientre, por lo que
acusaba fatiga violenta que no le permitían ejercicio ni movimiento, ra-
zón por la que necesitaba laxante, antiflogístico y cuidado dietético, tam-
bién ejercicio a pie y a caballo. El médico decía que no le convenía el
temperamento cálido ni la humedad; de lo contrario podría atacarle hi-
dropesía y la muerte.- Quito, 22 de mayo de 1812/.- Dr. Pedro Felipe ji-
ménez.
Recordemos que el Doctor Pedro jiménez estuvo implicado en
la insurrección que culminó con la muerte del Conde Ruiz de Castilla,
Presidente de la Real Audiencia de Quito, el 15 de junio de 1812, por lo
que se le sentenció a curar gratuitamente en el Hospital de la Real Cari-
dad durante tres años (ANH, Criminales, caja 220, esp. 28 Noviembre
1812).
El Doctor don josé de Salazar asistió, cuando cura de Santo Do-
mingo, a su difunto padre, en su enfermedad. También, el Dr. don Vi-
cente Lucio Cabal le llamó para evacuar ciertos asuntos de la testa-
mentaría del propio padre del Dr. josé de Salazar.- Quito, 22 de noviem -
bre de 1813. (Arch. Curia de Quito, Concurso para Beneficios, 1813, ca-
ja 40, f. 163).
El presbítero Dr. don josé de Salazar, quiteño, cura de Santo Do -
mingo de los Colorados, estaba acusado de haber apresado en su cura -
to a algunos extranjeros, dando luego, cuenta de sus actos al Presidente
de la junta Revolucionaria de Quito y a don juan Salinas (De la Torre
Reyes, Carlos, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809, Quito,
1961, Talleres Gráficos de Educación , pg. 496).
En 1810 don josé Salazar se hallaba preso en uno de los conven-
tos de Quito, siendo aún cura de Santo Domingo, por revolucionario
(Borrero, Manuel María: Quito, Luz de América, Quito, Ed. Rumiñahui,
1959, 338 p.p.)
Don Ramón Núñez del Arco en su informe de 1813, en el nume -
ral 376, cita a don josé de Salazar como “criollo, insurgente seductor”
durante los movimientos independentistas de 1809, cuando se desem-
peñaba como cura de Santo Domingo.
Respecto al doctor don josé de Salazar, como patriota, podemos
ampliar y decir lo siguiente, según el Proceso seguido a los patriotas que

197
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

reposa en el Archivo Municipal de Historia, Revolución de Quito, 1809,


volumen X, tomo 1 (1.195). En él, nuestro personaje se defendía de la si-
guiente manera:
En 1810 estaba preso en el cuartel por la demanda de injurias pro-
puesta por don Simón de Rojas, como reo de la mayor gravedad. Había
sido llevado ahí, después de haber los comisionados al efecto, despeda-
zado varias piezas que ocupaba doña María Luisa Viteri, y amenazado
con presidio y pérdida de sus vidas a los criados y otras personas que
habitaban “dicha mi casa”.
Narraba don josé de Salazar, que se hallaba entregado al cumpli-
miento de sus obligaciones religiosas en Santo Domingo, en agosto de
1809, cuando algunos “traficantes” que iban y venían del pueblo de Chi-
llogallo le informaron de la recién creada junta. Desde su parroquia,
Santo Domingo de los Colorados, le separaban diez días de viaje hasta
Quito. En su curato se apareció un inglés llamado don Benito Benet, que
decía pasaba a Guayaquil con un pliego de don Pedro Muñoz, que lo
remitía desde su mina. No habiendo canoa pronta, se mantuvo en San-
to Domingo, y sin saber su contenido y designios, escribió al Dr. don jo-
sé Pérez, cura de Chillogallo, notificándole de la aparición de él, y de
que lo abrigaba en su convento. Entonces, fue sorprendido de un reca -
do de un tal Antonio Ruiz, alias Chombo, por el que se le prevenía que
se dirigían a su pueblo dos chapetones bien armados y con intenciones
depravadas y que para ello se preparase.
Por otra parte, habían rumores en su curato, de que don Simón
Rojas y don josé Prat, en el tránsito de Santo Domingo habían hostiliza -
do a la gente por lo que dicha gente se había puesto en movimiento, ar -
mados con escopetas, pistolas y puñales, lo que infundía temor desme-
dido, creyéndolos enemigos.
Así pues, los indios de Santo Domingo, suponiendo que a su cu-
ra lo querían matar, resolvieron contenerlos sin que Salazar hubiese con-
currido directa ni indirectamente. Asegurados y en prisión, ambos, hasta
que se dispuso su regreso a Quito, no por orden del Presidente de la
junta sino por disposición de los indios, le fue preciso a Salazar, para
salvar las vidas de don Simón Rojas y don josé Prat, dirigir oficios al
Presidente de la junta, dándole parte de lo ocurrido para que no se le
impute exceso alguno en este hecho.
Por ello, decía el Dr. josé de Salazar, acusándolo de insurgente,
se le tenía en “larga, estricta y molestosa prisión”.- Quito, 14 de junio
de 1810.

198
U N C L É R I G O PAT R I OTA : D O N J O S É D E SALAZAR Y RIVERA

El Doctor don josé de Salazar residía en la Diósesis de Popayán


en 1835.
Para finalizar diremos dos cosas:
Un tal don josé Salazar fue cura de Yaruquíes en 1805 y de Ma-
chachi en 1823. Seguramente se trata de un homónimo, también cura.
Así también, josé Salazar O.F.M., franciscano, dictó curso de Filosofía
entre 1771 y 1774, según Ekkehert Keeding, en su libro: “Surge la Na-
ción. La Ilustración en la Audiencia de Quito (1725 - 1812)”, Ed. Banco
Central del Ecuador, Quito, 2005, p. 70.

199
ARTÍCULOS
Y ENSAYOS
CAPÍTULOS DE LA HISTORIA DE VECINDAD
COLOMBO–ECUATORIANA

Jorge Núñez Sánchez

INTRODUCCIÓN

Ecuador es un país marcado por su historia territorial. Esto se refleja no


solo en su mapa actual, que muestra un territorio cinco o seis veces
menor al que tuvo originalmente en la época colonial, sino también se
manifiesta en su mentalidad colectiva, altamente sensible a todo lo que
tenga que ver con los problemas fronterizos.
Pero, por otra parte, también es un país de paz, de gente que
gusta de vivir en paz y que ama la paz como una norma de conducta ciu-
dadana y un valor superior en las relaciones internacionales. Por eso, apa-
rece como un “país raro” entre sus vecinos, un Perú expansionista, siem-
pre ocupado en conflictos de fronteras y siempre preocupado en adquirir
armas, y una Colombia sacudida por un conflicto civil antiguo y com-
plejo, cuyo escenario principal se ha trasladado a nuestra vecindad.
En el marco descrito, los ecuatorianos vemos a nuestro país
como una “isla de paz” y queremos que siga siempre así, sin conflictos
armados en el interior y sin conflictos armados en las fronteras. También
nos enorgullecemos de ser un país laico y tolerante, donde nadie es per-
seguido y ni siquiera amenazado por sus ideas políticas o religiosas. Y
nos causa un particular orgullo el ser un país abierto a la inmigración y
que acoge a todos quienes llegan a su territorio en calidad de refugiados;
hoy mismo tenemos entre nosotros más de quinientos mil refugiados
colombianos y unos trescientos mil trabajadores inmigrantes provenien-
tes del Perú, que han llegado huyendo de la violencia o la pobreza y en
busca de vivir en esta “isla de paz”.
Empero, aunque mi país no anda preparándose para una guerra
ni tiene un conflicto interno con fuerzas irregulares, tampoco es una
“isla de quietud”, pues comparte muchos de los problemas y agitaciones
sociales que son comunes a los países del área. Por ello, es un país con
una alta conflictividad social, que ha tenido seis presidentes en los últi-

203
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

mos diez años, la mayoría de ellos derrocados por el pueblo a través de


grandes movilizaciones sociales; pero hay que aclarar que todo ello ha
sido hecho “a la ecuatoriana”, es decir, sin derramamiento de sangre.
Sirva como ejemplo lo sucedido en el derrocamiento al “dictócrata”
Lucio Gutiérrez, donde cientos de miles de personas se movilizaron dia-
riamente en las principales ciudades, durante semanas, hasta conseguir
la salida de Gutiérrez, pero todo ello apenas con una sola víctima: un
fotógrafo que murió asfixiado por los gases lacrimógenos de la policía.
En fin, hay que precisar que los conflictos y movilizaciones sociales son
en Ecuador cuestiones de breve tiempo, que generalmente se resuelven
mediante negociaciones, precisamente porque la opinión pública no to-
lera conflictos de largo plazo.
Estas anotaciones previas resultan importantes a la hora de en-
tender las relaciones del Ecuador actual con sus países vecinos, que
están marcadas por los hechos propios de la contemporaneidad, pero
también por una larga historia de conflictos y despojos fronterizos, que
han reducido su territorio y han creado una alta sensibilidad colectiva
frente a los asuntos de frontera.

ECUADOR EN LA GRAN COLOMBIA


y DESPUÉS DE SU DISOLUCIÓN

LA INTEGRACIÓN A LA GRAN COLOMBIA

La Audiencia de Quito, actual República del Ecuador, inició sus luchas


de independencia antes que cualquier otro país hispanoamericano. El
10 de agosto de 1809, los rebeldes quiteños derrocaron a las autoridades
españolas, constituyeron un gobierno autónomo y formaron un ejército
para garantizar su autonomía, todo ello bajo la fórmula de reconocer al
rey Fernando VII (entonces prisionero de Napoleón) e invitarle a esta-
blecerse en América. Por desgracia, fueron derrotados en esa primera
guerra de independencia –que se extendió con altibajos hasta 1812– y
vieron morir a su elite político–cultural, masacrada por las tropas reales
el 2 de agosto de 1810. El Libertador Simón Bolívar afirmaría más tarde
que “en las piedras sangrientas de Quito se rompió, en 1810, el pacto
político existente entre Hispanoamérica y la monarquía española.”
Ocho años más tarde, el puerto de Guayaquil proclamaría su
independencia de España y formaría un ejército propio para la libera-

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C A P Í T U L O S D E L A H I S TO R I A D E V E C I N DA D C O L O M B O – E C UATO R I A N A

ción del resto del país quiteño, llamado “División Protectora de Quito”.
Empero, reconociendo sus limitaciones militares, solicitó la ayuda de
los nacientes gobiernos republicanos dos sus dos países vecinos, Colom-
bia y Perú, que respondieron positivamente a su petición y enviaron tro-
pas auxiliares. Strictu sensu, el Ecuador se liberó a sí mismo, pues la
autoridad política que financió y dirigió la campaña de independencia
de 1820–1822 fue la junta de Gobierno de Guayaquil.
Previamente, el país quiteño había sido incluido en la Gran Co-
lombia por los diputados neogranadinos y venezolanos que redactaron
su Ley Fundamental, aunque lo hicieron sin consultar la voluntad de
los quiteños y únicamente como una reivindicación del antiguo territo-
rio del Virreinato de Nueva Granada.
La verdad es que el país de Quito se unió finalmente a Colom-
bia, pero no obedeciendo a un mandato o imposición ajena, sino por
propia y expresa voluntad de las diversas provincias quiteñas. Primero
Cuenca (abril de 1822), luego la capital quiteña (mayo de 1822) y final-
mente Guayaquil (julio de 1822) decidieron integrarse a la Gran Colom-
bia, mediante solemnes proclamas colectivas.

QUITO EN LA GRAN COLOMBIA

Quito se había incorporado a Colombia en busca de consolidar su liber-


tad e independencia nacional al amparo de una poderosa asociación re-
publicana. También buscaba poner fin a los abusos políticos y exacciones
económicas de la administración española, así como garantizar un mer-
cado amplio para sus manufacturas, puesto que era un país carente de
minas de oro y plata, y que basaba su economía en las exportaciones
agrícolas de la Costa (cacao, madera, tabaco) y manufactureras de la Sie-
rra (textiles, artesanía artística, orfebrería). Finalmente, el país quiteño
aspiraba a garantizar la integridad de su territorio, amenazado desde
fines del siglo XVIII por la política expansionista del Perú, enfilada a
apoderarse de la rica provincia costera de Guayaquil. Empero, en los
ocho años que permaneció integrado a Colombia, Quito vivió una serie
de traumáticas experiencias, que fueron erosionando progresivamente
todos sus sueños colombianistas. Fueron las siguientes:

1ª.- El enorme esfuerzo de guerra para la campaña del Perú exigido a


los departamentos de la antigua Audiencia de Quito. En síntesis, estos con-

205
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

tribuyeron para esa campaña con un total de 7.150 hombres y alrededor


de un millón y medio de pesos. Si a esto sumamos lo aportado para la
“campaña de pacificación de Pasto”, se puede concluir que el Distrito
Sur entregó a la República de Colombia, para esas dos campañas mili-
tares, alrededor de diez mil hombres y dos millones de pesos. Ese
enorme esfuerzo, hecho en apenas tres años, golpeó duramente al país
quiteño, que previamente había tenido que sostener su propia guerra
de independencia. Y además del esfuerzo en sí mismo, los departamen-
tos quiteños se sintieron afectados por los métodos usados por las au-
toridades colombianas para recoger fondos y hombres para la guerra,
que eran empréstitos forzosos y reclutas forzosas, que terminaron por
causar tremendos efectos en la economía y población del país: oculta-
miento de capitales, desmonetización de la economía, fuga de trabaja-
dores y falta de brazos para la agricultura, entre otros. También se
anarquizó el cobro de impuestos y la situación prevaleciente en Pasto y
el valle del Patía impidió la exportación de manufacturas quiteñas hacia
las provincias sureñas de la Nueva Granada.

2ª.- La administración excepcional a que estaban sometidos los tres de-


partamentos del sur colombiano: Ecuador, Guayaquil y Azuay. En ellos, al
tenor del Decreto Legislativo de 9 de julio de 1821 -que otorgó a Bolívar
facultades extraordinarias para el gobierno de las zonas de campaña re-
cién liberadas- continuaba rigiendo un gobierno puramente militar y
brillaba por su ausencia el ejercicio de las garantías constitucionales.
Precisamente esa administración excepcional había impedido que se eli-
giera a un Vicepresidente del distrito de Quito, como mandaba la Ley
Fundamental, con lo cual el país carecía de autoridades civiles y nacidas
en el propio suelo y solo poseía autoridades militares, de origen vene-
zolano o neogranadino.
Por ello, la ciudadanía se sentía huérfana de protección estatal
y respondía con protestas a la imposición de contribuciones y reclutas
o a las violencias ejercidas por las autoridades militares.
Las protestas quiteñas dieron lugar a que el Libertador se con-
siderara afectado por ellas –puesto que de él emanaban las facultades
extraordinarias y el poder militar que se ejercía en los departamentos

1 Según josé Manuel Restrepo, para 1826 la penuria del fisco era total en los departamentos del
Sur y de la costa Atlántica. Ver “Historia de la Revolución de Colombia”, Ed, Bedout, Medellín,
1969, tomo V, pág, 263.

206
C A P Í T U L O S D E L A H I S TO R I A D E V E C I N DA D C O L O M B O – E C UATO R I A N A

del Sur– y renunciara a la Presidencia de Colombia en enero de 1824. Su


renuncia no fue aceptada por el Congreso colombiano, pero el partido
santanderista maniobró para que le fueran retiradas a Bolívar las facul-
tades extraordinarias para la administración de los departamentos me-
ridionales, declarando que dichas facultades correspondían al encar-
gado del Poder Ejecutivo, quien podía delegarlas total o parcialmente
al jefe Superior del Sur (28 de julio de 1824). Pero esa resolución no trajo
ningún beneficio para Quito, pues un mes después se reimplantó en los
departamentos quiteños el estado de excepción.

3ª.- La política librecambista del gobierno de Bogotá, que perjudicó no-


toriamente a la producción manufacturera de los Departamentos quiteños.
Esa política tuvo su mayor representante en el Vicepresidente
Santander, gobernante efectivo de Colombia entre 1822 y 1826, y a con-
secuencia de ella las regiones costaneras, tradicionales productoras de
bienes de exportación (cacao, café, añil, maderas), se sintieron benefi-
ciadas con la apertura del país al comercio internacional. Pero las zonas
interiores, vinculadas por su producción al mercado interno y dueñas
de una significativa producción artesanal y manufacturera, se vieron
afectadas por el ingreso masivo de mercancías extranjeras de menor pre-
cio (textiles, harinas, herramientas), que terminó por arruinar la produc-
ción local. Además, al fomentar una economía agroexportadora e im-
portadora de manufacturas, esa política impulsó el desarrollo de un ca-
pitalismo dependiente, atado crecientemente al mercado externo, a los
préstamos extranjeros y a la inversión foránea.
Para los Departamentos del Sur, esa política librecambista fue
catastrófica y acabó por destruir su economía, al punto que sus reduci-
das exportaciones no llegaban a cubrir el valor de sus crecientes impor-
taciones; en el período 1821–1825, aquellas fueron inferiores a éstas en
un 17% de promedio. Obviamente, ello produjo la consecuente reacción
quiteña. A comienzos de 1826, la junta Provincial de Pichincha dirigió
al Congreso una amplia representación, denunciando “el mal estado de
las manufacturas del Ecuador” por efecto de las leyes de libre comercio.
El Congreso no atendió los reclamos quiteños, que más bien merecieron
burlas oficiales, publicadas en la prensa gubernamental, pero sí lo hizo
el Presidente Bolívar, que al llegar a Quito, a su regreso del Perú, tomó
conocimiento de la deplorable situación económica en que se hallaban
los Departamentos de Quito y decidió crear en ellos juntas de Benefi-

207
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

cencia que ayudaran a meditar soluciones y “remediar los males que


2
sufrían los departamentos meridionales de la República”.
En ese marco se explica el apoyo mayoritario de Quito a la dic-
tadura de Bolívar, quien, una vez instalado en el mando supremo, in-
tentó rectificar el rumbo económico del país. En general, el Libertador
impulsó entonces una política proteccionista, reformando en esencia el
sistema librecambista impuesto por Santander. Y como parte de ella es-
tableció en Quito una junta de Distrito, a la que delegó poderes excep-
cionales para promover el desarrollo regional. Poco después, en atención
a lo solicitado por la junta de Distrito, Bolívar decretó algunas medidas
importantes para promover la economía sureña arruinada por la guerra:
creó en Guayaquil un Tribunal de Comercio, ordenó rematar en pública
subasta el monopolio del tabaco, prohibió la introducción por los puer-
tos del Pacífico de varios tipos de tejidos que se producían localmente y
dispuso que pudieran pagarse en especie los intereses de las hipotecas
que pesaban sobre las propiedades agrícolas quiteñas.

4ª.- La expedición de la nueva “Ley de División Territorial” de Co-


lombia, efectuada el 4 de julio de 1824, que quitó al Departamento del Ecuador
de sus extensos e históricos territorios de Buenaventura y Pasto, que pasaron a
3
ser provincias del Departamento del Cauca.
Aunque esta ley fue dictada por el Congreso colombiano en uso
de su soberanía y en busca de dar a la República una mejor distribución
administrativa, no es menos cierto que vino a alterar los tradicionales
límites que dividían a la antigua Audiencia de Quito del territorio de la
4
Nueva Granada, al establecer como línea divisoria entre los departa-
mentos de Cauca y del Ecuador una línea que iba de la boca de Ancón,
en el Pacífico, al río Carchi, en la región interandina.
Eso produjo una airada reacción de la población quiteña, que se
manifestó a través de la junta Provincial de Pichincha, la cual reclamó
“la división territorial, solicitando que hasta el río Mayo se extienda el
5
Departamento del Ecuador, incluso Barbacoas.” También los cabildos

2 Restrepo, op. cit., tomo V, pág. 307.


3 Al tenor de la nueva ley, la provincia de Buenaventura comprendía los cantones de Izcuandé,
Barbacoas, Tumaco, Micay y Raposo, y la de Pasto estaba integrada por los de Túquerres e
Ipiales.
4 Según la Real Cédula de 1563, esos límites pasaban por Buenaventura, Pasto, Popayán, Cali,
Buga, Champachica y Guarchicona.
5 Gaceta de Colombia: 25-XII-25.

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de Quito y Ambato se dirigieron al congreso colombiano con enérgicas


protestas contra la Ley de División Territorial (16 de enero de 1826), rei-
vindicando para el Departamento del Ecuador la provincia de Pasto y
el territorio costanero comprendido entre Ancón y Barbacoas. Tan in-
tensa fue la presión ciudadana que el Intendente del Departamento del
Ecuador, general juan josé Flores, dirigió al Congreso tres representa-
ciones seguidas con el mismo objeto. En la práctica, las protestas quite-
ñas no tuvieron ningún efecto en cuanto a reformar los límites estable-
cidos por la Ley de División Territorial; cuando más, la Ley Adicional
del 17 de abril de 1826 aclaró que los límites meridionales del Departa-
mento del Ecuador, partiendo desde la boca de Ancón continuarían por
el río Mira, fijado como “límite litoral respecto de la provincia de Bue-
naventura.”6

AUTONOMISMO QUITEñO E INVASIÓN PERUANA A COLOMBIA

Esa acumulación de problemas con el gobierno de Bogotá dio lugar al


surgimiento de movimientos autonomistas en el país quiteño, que apun-
taban hacia el autogobierno, la autonomía e incluso la separación de la
Gran Colombia. Y esos movimientos terminaron por mezclar- se con el
conflicto político que entonces protagonizaban en Colombia los boliva-
ristas y santanderistas. Así, en abril de 1827, el Departamento de Gua-
yaquil, bajo el estímulo de los sucesos de Venezuela, desconoció la
autoridad del jefe Superior designado por Bolívar y nombró jefe Civil
y Militar del departamento al gran mariscal peruano josé de Lamar, na-
cido en Cuenca y emparentado con poderosas familias guayaquileñas
(16 de abril de 1827). Curiosamente, esa insurrección guayaquileña tuvo
el respaldo del Vicepresidente Santander, que buscaba minar de este
modoso el poder de Bolívar. Poco después, Lamar abandonaba Guaya-
quil para hacerse cargo de la presidencia del Perú, para la que el Con-
greso de ese país lo había elegido en ausencia. El conflicto autonómico
del Sur tomó entonces un giro inesperado: Lamar se alió secretamente
con Santander, bajo el estímulo norteamericano, y acordó con éste una
operación militar peruana contra el sur de Colombia, que debía coincidir
con una guerra civil provocada por los santanderistas en el centro del
país.7 Así, los intereses nacionalistas ecuatorianos se entremezclaron con
6 Gaceta de Colombia: 30-IV-26.
7 Ver: joaquín Posada G., “Memorias histórico–políticas”, Ed. Bedout, Medellín, tomo I, pág.
197; también j. M. Restrepo, op. cit., tomo VI, pág. 44.

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las desbocadas pasiones neogranadinas y las soterradas ambiciones del


expansionismo norteamericano.
Luego, los hechos se agravaron rápidamente. En julio de 1827,
el Cabildo Abierto de Guayaquil instituyó un gobierno federativo para
ese departamento y anunció que el mismo seguiría vinculado a Colom-
bia por el término de un año, en espera de que en ese lapso fuera con-
vocada una convención nacional; de no suceder así, Guayaquil ejercería
su derecho para constituirse como a bien tuviere. Y el general venezo-
lano juan josé Flores, jefe Superior del Sur y representante de la oligar-
quía quiteña –a la que se hallaba vinculado por matrimonio– entró en
acuerdos políticos con el gobierno provisional del puerto y convino con
éste en promover el establecimiento de un sistema federal de gobierno
en los tres departamentos meridionales de Colombia, los cuales debían
pasar a integrar un nuevo Estado independiente, en caso de que el Li-
bertador se retirara del gobierno central.8
En septiembre, se produjo el “motín de los Arrietas”, militares
que intentaron tomar la plaza de Guayaquil y proclamar su incorpora-
ción al Perú; el motín fue aplastado por las mismas fuerzas del gobierno
guayaquileño, pero debilitó significativamente al movimiento federa-
lista porteño. A ello se sumó la convocatoria de una Convención Nacio-
nal hecha por el gobierno colombiano, que dejó sin base política al
movimiento guayaquileño y facilitó a Flores el control definitivo de ese
departamento, que así volvió a situarse bajo la autoridad colombiana.
Eso agravó las cosas, pues Lamar y Flores aspiraban a formar y
presidir un nuevo Estado quiteño, separándolo de la Gran Colombia. El
gobierno peruano de Lamar, animado por Santander y los agentes nor-
teamericanos, decretó el bloqueo de los puertos colombianos del Pacífico
(agosto de 1828) e invadió el sur de Colombia (diciembre de 1828). Pa-
ralelamente, en una clara demostración de la coordinación existente con
el Perú, los santanderistas intentaban asesinar a Bolívar en Bogotá y los
coroneles Obando y López se alzaban en armas en Popayán y Pasto, con
el doble fin de desatar una guerra civil e impedir el paso de las tropas
colombianas hacia la frontera con el Perú.
Pero Bolívar se salvó del atentado, Obando y López negociaron
su rendición y Lamar fue derrotado en Tarqui por las fuerzas que diri-

8 Ver: Francisco X. Aguirre Abad, “Bosquejo Histórico de la República del Ecuador”, Corpora-
ción de Estudios y Publicaciones, Guayaquil, 1972, págs. 216-217; también j. M. Restrepo, op.
cit., tomo VI, pág. 44.

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gían Sucre y Flores (27 de febrero de 1829). Sucre no se aprovechó de la


victoria y firmó con Lamar el Convenio de Girón, por el que Perú se
comprometía a levantar el bloqueo de Guayaquil, a pagar la deuda de
independencia con Colombia y a respetar la línea de frontera de la an-
tigua Audiencia de Quito. Pero luego Perú rehusó cumplir con sus com-
promisos y el conflicto siguió hasta que Lamar fue finalmente fue
derrocado de la presidencia y el nuevo gobierno peruano entró en tratos
con Bolívar, lo que llevó a la firma del Tratado Larrea-Gual o Tratado de
Guayaquil, por el que Perú y Colombia firmaron la paz y buscaron re-
solver sus diferencias.
Los puntos principales de ese Tratado estipulaban que los lími-
tes entre Perú y Colombia serían los mismos que existieron entre los Vi-
rreinatos de Nueva Granada y el Perú antes de la independencia, con
las variaciones mutuamente ventajosas que establecieran las partes. In-
clusive se trató entonces sobre la línea de frontera a fijarse, pero como
Colombia quería que fuese la Tumbes-Huancabamba-Marañón, y Perú
la Tumbes-Chinchipe-Marañón, se acordó el nombramiento de una co-
misión mixta de fijación de límites, que debía comenzar su labor cua-
renta días después de la ratificación del tratado. Bolívar, que permaneció
en Guayaquil hasta la ratificación del tratado por el Congreso peruano,
nombró inmediatamente al general Tomás Cipriano de Mosquera como
Ministro Plenipotenciario en el Perú, encargándole presidir la parte co-
lombiana en las comisiones de fijación de límites y liquidación de la
deuda de independencia.
Luego vinieron los hechos finales de la historia grancolombiana.
El Libertador emprendió su viaje final, concluyó la Convención Nacio-
nal encargada de constitucionalizar a Colombia y don joaquín Mos-
quera fue electo nuevo Presidente del país, el mismo día que se instalaba
en Valencia el Congreso Constituyente de la República de Venezuela (6
de mayo). Por su parte, el general Flores apuraba en Quito la secesión
del Ecuador y su consagración como Presidente, facilitada por el alevoso
asesinato del mariscal Sucre en las selvas de Berruecos (4 de junio).
Entre tanto, el general Tomás Cipriano Mosquera concluía en
Lima su misión de fijar definitivamente los límites entre Colombia y
Perú. Pero como la Gran Colombia había muerto y el Ecuador se había
separado ya de la integridad colombiana, Mosquera no tuvo ningún em-
pacho en regalar al Perú todos los enormes territorios ecuatorianos si-
tuados en la margen derecha del Amazonas, lo que quedó consagrado

211
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

en el Protocolo Mosquera–Pedemonte. suscrito por Mosquera, como Mi-


nistro Plenipotenciario colombiano, y el doctor Carlos Pedemonte, Mi-
nistro de RR. EE. del Perú. Ese documento reconocía como frontera entre
Colombia y Perú una línea que salía desde Tumbes, pasaba por Macará
y se extendía por el Marañón hasta la boca del Yuratí, límite con el Brasil.
Dicho de otro modo, la primera frontera entre las repúblicas del Perú y
Ecuador no fue negociada y firmada por ningún representante ecuato-
riano, sino por un general colombiano.9 Luego, ese infeliz protocolo fue
cuidadosamente ocultado por ambos países suscriptores, de modo que
el Ecuador ni siquiera tuvo noticias de él hasta que alguna filtración di-
plomática colombiana lo alertó de su existencia. Entonces Ecuador soli-
citó a Colombia una copia del mismo, que le fue entregada hacia 1870,
es decir, cuarenta años después de suscrito el protocolo. Solo entonces
se enteró Ecuador de cual era su línea de frontera con el Perú.

LA REVOLUCIÓN ALFARISTA y SU IMPACTO EN COLOMBIA

Un nuevo escenario de conflictos entre Ecuador y Colombia se formó a


partir de 1895, cuando triunfó la Revolución Liberal ecuatoriana.
Si vemos a esta revolución en perspectiva continental, nos ha-
llaremos con que ella formó parte de un esfuerzo coordinado de varios
líderes liberales latinoamericanos, unidos por la fraternidad masónica,
para transformar sus países y establecer en ellos regímenes laicos, de-
mocráticos y cabalmente republicanos. Y quizá la mayor expresión de
ese esfuerzo común fue el intento de crear una “Internacional revolu-
cionaria”, que tuvo sus mayores gestores en los ecuatorianos Marcos y
Eloy Alfaro y el nicaragüense josé Santos Zelaya. Ese esfuerzo se con-
cretó finalmente en el famoso “Pacto de Amapala”, suscrito en 1894 por
los presidentes Zelaya, de Nicaragua, Bonilla, de Honduras, y Gutiérrez,
de El Salvador, junto el ecuatoriano Eloy Alfaro, los colombianos Rafael
Uribe Uribe y juan de Dios Uribe, y el venezolano joaquín Crespo, pacto
al que luego se unieron el peruano Nicolás de Piérola, el panameño Be-

9 Setenta y tres años después, los norteamericanos le aplicarían a Colombia una receta parecida
para despojarle de Panamá: el Tratado Hay–Buneau Varilla,, que privó a Colombia de su istmo
y entregó a los EE.UU. la Zona del Canal, fue suscrito por el Secretario de Estado norteameri-
cano y un aventurero francés que actuaba en nombre de la naciente República de Panamá.

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lisario Porras y los cubanos josé Martí y Antonio Maceo. Por ese pacto,
los suscriptores comprometieron su ayuda mutua en los campos militar,
político y financiero, con miras a conquistar un abanico de objetivos que
incluían: la independencia de Cuba y Puerto Rico, la aplicación de la re-
forma liberal en los países centroamericanos y andinos, y la reconstitu-
ción de la Gran Colombia, como puntos de partida para un nuevo
proyecto de unidad latinoamericana.
Una simple revisión de la cronología política de esos años mues-
tra la seriedad con que los firmantes tomaron su compromiso y el modo
coordinado con que ejecutaron sus acciones. Crespo tomó el poder en
Venezuela en 1892, entrando en Caracas de modo triunfal, el 6 de octu-
bre de ese año. Zelaya tomó el poder en Nicaragua en julio de 1893, de-
rrocando al conservador Roberto Sacasa. Bonilla depuso del poder al
conservador Domingo Vásquez en Honduras y asumió el mando en
1893. Piérola logró coordinar a las montoneras peruanas desde 1893 y
alcanzó el gobierno tras una guerra civil de dos años, en la que sus mon-
toneros derrotaron al ejército regular. Los liberales colombianos se alza-
ron en armas en enero de 1895 contra el gobierno conservador, que les
había cerrado las puertas a la participación electoral, y capitularon tras
una breve campaña se sesenta días. Por su parte, los liberales cubanos
se lanzaron en febrero de 1895 a una nueva campaña por la indepen-
dencia de su país. Alfaro, llamado por el pueblo ecuatoriano, asumió la
jefatura Suprema del país en junio de 1895 y entró triunfalmente en
Quito el 4 de septiembre de ese mismo año, tras derrotar a las fuerzas
conservadoras en una breve pero durísima guerra civil. Y los liberales
colombianos tomaron nuevamente las armas en octubre de 1899 e ini-
ciaron la llamada “Guerra de los Mil Días”, ganada finalmente por los
conservadores.
A más de la coordinación de sus cronogramas de acción, la fra-
ternidad masónica que unía a todos estos revolucionarios liberales se
expresó también en formas directas de colaboración político-militar, en
las que Eloy Alfaro destacó notoriamente, tanto a través de sus iniciati-
vas políticas como de sus giras continentales, en las que promovió la
formación de una alianza revolucionaria latinoamericana, que tuviera
por objetivo el establecimiento de una “Confederación de Estados Sud-
americanos”, que contrapesara la influencia continental de los Estados
Unidos.
También incentivó la celebración de un Congreso Centroameri-

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cano de Plenipotenciarios, que se reunió en 1890, en Acajutla (El Salva-


dor), en el que fueron aprobadas las bases de un acuerdo regional de
paz, aunque fracasó el proyecto de reconstituir la República Centroa-
mericana.
La acción de esa Internacional Revolucionaria coordinada por
Alfaro no se redujo a conversaciones y planes políticos. Pasando de las
palabras a los hechos, el presidente venezolano joaquín Crespo entregó
fondos para promover las acciones revolucionarias. Lo propio hizo el
gobernante nicaragüense josé Santos Zelaya, quien entregó para la
causa recursos financieros, armas y un barco, el “Momotombo”, que
quedó en manos de Alfaro. Hubo también otras contribuciones para la
causa común, de las que se conoce poco o casi nada, en razón del secreto
con que se manejaron. Y no faltaron contribuciones específicas para tal
o cual proceso nacional, como p. e. el aporte personal de mil pesos que
Antonio Maceo hizo a Alfaro para la revolución liberal ecuatoriana.
Los participantes del “Pacto de Amapala” habían acordado pre-
viamente que esos recursos serían usados en el país donde más próximo
estuviera un estallido revolucionario. Y como el estallido se dio primero
en Colombia, el barco, las armas y los recursos acopiados fueron cana-
lizados hacia ese país, donde los liberales se habían lanzado a una gue-
rra revolucionaria con más voluntad que recursos y sin contar con el
armamento indispensable para una larga campaña, al punto que no pu-
dieron proveer de armas de fuego a grandes contingentes de voluntarios
que se enrolaron para la lucha.
Para entonces, las fuerzas conservadoras del área coordinaban
también sus acciones contrarrevolucionarias, en especial los gobiernos
de Bogotá y Quito, que mantenían una estrecha colaboración mutua;
estos gobiernos también cruzaban información con el gobierno español,
cuyos agentes vigilaban estrechamente a los revolucionarios cubanos y
a sus colaboradores en los diversos países. Fue así que Eloy Alfaro, iden-
tificado ya como el jefe de esa internacional revolucionaria, fue expul-
sado de la provincia de Panamá por el gobierno colombiano de Rafael
Núñez, a petición del gobierno ecuatoriano de Antonio Flores jijón.
Nuestro personaje pasó entonces a Costa Rica y desde ahí emprendió
una nueva gira política que lo llevó a Nueva York, San Francisco de Ca-
lifornia, México, El Salvador y finalmente Nicaragua. Aquí lo esperaba
un honroso decreto de la Asamblea Nacional nicaragüense, por el cual
“en atención a sus altos merecimientos personales” y a “los grandes ser-

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vicios prestados por él a la causa de la democracia en América Latina”


se le otorgaba el grado de “General de División del Ejército de la Repú-
blica”. Ese decreto tenía fecha del 12 de enero de 1895. Cinco meses des-
pués, Alfaro recibía desde Guayaquil el aviso de que había sido pro-
clamado jefe Supremo de la República del Ecuador, por lo que regresó
de inmediato a su país.
Una vez en el poder, Alfaro se empeñó en cumplir con las obli-
gaciones que le imponía el “Pacto de Amapala”, particularmente res-
pecto de la guerra cubana de independencia y la revolución liberal
colombiana (“Guerra de los Mil Días”). En cuanto al primer caso, es co-
nocido su frustrado intento de enviar tropas ecuatorianas a pelear por
la independencia de Cuba, así como sus gestiones políticas ante el go-
bierno español. También es conocido su apoyo a la lucha de los liberales
colombianos, que en buena medida era una continuación de los apoyos
mutuos que en el pasado se habían brindado los liberales de Ecuador y
Colombia.
El apoyo de Alfaro a la revolución colombiana no sólo se justi-
ficó en los ideales comunes y la fraternidad masónica, sino también en
la activa colaboración que el gobierno conservador de Colombia, presi-
dido por Miguel Antonio Caro, brindó a los derrotados conservadores
ecuatorianos, amparándolos en territorio colombiano, brindándoles
apoyo económico y financiero, y entregándoles una franja fronteriza,
para que desde ahí incursionaran frecuentemente contra el Ecuador. Al-
faro, por su parte, dio protección territorial y entregó apoyo económico,
armas y equipos a los revolucionarios colombianos, con miras a que
estos lograran abrir un corredor en el frente sur para abastecer por ahí
a sus tropas del Cauca. Cabe precisar que igual cosa hicieron entonces
los gobiernos liberales venezolanos de joaquín Crespo y Cipriano Cas-
tro, quienes proveyeron de armas, recursos y apoyo logístico a los libe-
rales colombianos del departamento de Santander. Y tampoco faltó el
sostenido apoyo del gobierno nicaragüense de Zelaya, que ayudó, con-
juntamente con el gobierno ecuatoriano de Alfaro, a la fuerza liberal co-
lombiana de Belisario Porras que incursionó en Panamá desde
Centroamérica, con ánimo de abrir un nuevo frente de guerra contra el
gobierno de Bogotá.
Varias fueron las incursiones militares hechas en ese periodo
desde Colombia contra el Ecuador, bajo la coordinación de los generales
colombianos Miguel Montoya, jefe del Sur del Cauca, y N. Domínguez,

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

enviado especial del gobierno colombiano. La primera tuvo lugar en


1895, cuando el jefe conservador ecuatoriano Aparicio Ribadeneira, au-
toproclamado “Capitán General de los Ejércitos, Supremo Director de
la Guerra y Encargado Provisional del Poder Ejecutivo”, empezó una
campaña de reclutamiento de mercenarios en las poblaciones del sur de
Colombia, con fondos y armas provistos por las autoridades colombia-
nas; de este modo logró formar una columna de más de 100 pastusos,
con la que fortaleció sus propias tropas, cada vez más afectadas por la
deserción. Sin embargo, por presión directa del Presidente colombiano,
que buscaba guardar al menos un aparente respeto al derecho interna-
cional, Ribadeneira se vio compelido a ocupar “siquiera un palmo de
terreno ecuatoriano”, como condición indispensable para continuar re-
cibiendo el reconocimiento oficial colombiano de “representante del Go-
bierno Constitucional del Ecuador” y el consecuente apoyo económico
y militar.10 Buscando, pues, controlar el territorio de la sierra norte para
asentar allí su gobierno, el ex-Ministro lanzó una operación militar con-
tra Ibarra, a cargo de los batallones Ayacucho y San Gabriel, dirigidos
por el comandante Ricardo Cornejo. La operación resultó un fracaso,
pues los expedicionarios fueron derrotados en Ibarra por las fuerzas li-
berales del coronel Nicanor Arellano. Esto produjo un generalizado de-
rrotismo en el resto de emigrados conservadores, que terminó por
frustrar la continuación de la campaña. Al fin, el gobierno colombiano
desarmó a los emigrados y mercenarios, poniendo fin, por el momento,
a la acción militar de éstos en la región fronteriza colombo-ecuatoriana
(3 de octubre de 1895).
Posteriormente, nuevas incursiones militares contra el Ecuador
fueron organizadas por los conservadores ecuatorianos emigrados, con
el activo respaldo del gobierno de Colombia y del Obispo de Pasto, fray
Ezequiel Moreno Díaz, que convirtió a la guerra contra los liberales
ecuatorianos en su particular “guerra santa” contra el odiado libera-
lismo.11 Teniendo como “Comandante General de Operaciones” al co-
ronel colombiano Almeida, el prelado formaba ejércitos de pastusos
fanáticos y los lanzaba contra el vecino país, proclamando que “el libe-
ralismo es pecado, es un error contra la fe y está condenado por la igle-
sia”. También protegía a los cristeros ecuatorianos derrotados y, sin

10 Miguel A. González Páez, “Memorias Históricas”, Editorial Ecuatoriana, Quito, 1934, págs.
228-9.
11 Desde 1992, fray Ezequiel Moreno es santo de la Iglesia católica.

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recato alguno, instruía a los sacerdotes de su jurisdicción para la recluta


de combatientes: “Procurad, Venerables Cooperadores, –les decía– que
vuestros pueblos no vean impasibles la guerra que se hace a jesucristo
y a su Religión Santa”.
Uno de sus protegidos en Pasto era don Pedro Schumacher, el
obispo de Portoviejo, que había desatado la guerra civil en la provincia
de Manabí, proclamando “el exterminio de los impíos”. Al fin, como el
aguerrido ejército ecuatoriano derrotara una y otra vez a los invasores
(que en enero de 1899 llegaron a penetrar hasta el nudo de Sanancajas)12,
fray Ezequiel y sus cómplices buscaron provocar la directa intervención
de tropas colombianas en los ataques al Ecuador.
Entonces, al gobierno de Alfaro le salió un aliado inesperado:
lastimado su espíritu patriótico por la descarada intervención extranjera
en los asuntos internos de su país, el obispo de Ibarra, monseñor Fede-
rico González Suárez, dirigió a los sacerdotes de su jurisdicción una no-
table carta en la que advertía:

Cooperar de un modo u otro a la invasión colombiana, sería un crimen


de lesa Patria; y nosotros los ecuatorianos no debemos nunca sacrificar
la Patria para salvar la Religión: el patriotismo es virtud cristiana y,
por lo mismo, muy propia de sacerdotes.

Exasperados, fray Ezequiel y sus áulicos se lanzaron contra


González Suárez. Mediante folletos y pasquines le dijeron de todo:
“apóstata”, “oportunista”, “infame”, “tonto”, “turiferario del crimen
victorioso”, etc. El más afiebrado insultador del obispo de Ibarra fue
Schumacher, quien, según el mismo González Suárez, lo había “perse-
guido con encarnizamiento” desde años atrás, por revelar en la Historia
General del Ecuador la corrupción eclesiástica existente en la época co-
lonial. Y se dice que la facción pastusa llegó incluso a planear el asesi-
nato del prelado ecuatoriano.
La polémica entre los obispos de Pasto e Ibarra fue tremenda.
Entre otras publicaciones, fray Ezequiel lanzó un violento folleto titu-
lado “O catolicismo o liberalismo. No es posible la conciliación”. En él,
señaló a “los cómplices más notables del liberalismo”, que en su opinión
eran: 1.- Los que dan su voto por candidatos liberales. 2.- Los que con-
12 En el duro combate de Sanancajas, ocurrido el 23 de enero de 1899, hubo 44 muertos, en su
mayor parte colombianos.

217
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tribuyen con su dinero a la mejor organización del Partido Liberal. 3.-


Los que asisten a fiestas liberales; los que concurren a entierros libera-
les;... los que... llenan de aplausos a los que pronuncian discursos libe-
rales. 4.- Los que se suscriben a periódicos liberales. 5.- Los que mandan
a sus hijos o dependientes a escuelas y colegios liberales... Según este
cruzado de la fe, ni siquiera se salvaban del anatema “las mujeres que
se adornan con cintas rojas o engalanan sus casas y balcones con trapos
rojos en las fiestas...”
Como si todo esto no bastara, el actual santo viajó en 1898 a
Roma, para que la Sagrada Congregación dirimiera sus contradicciones
con monseñor González Suárez. La opinión del Vaticano le fue favorable
y el 30 de mayo del año siguiente Ezequiel tuvo una “entrada triunfal
en Pasto, resarcido de tantos pesares”.
A partir de entonces, prosiguió con más bríos su guerra santa
contra el liberalismo ecuatoriano, mientras la feroz guerra civil llamada
“De los Mil Días” agitaba ya el suelo colombiano. Entonces Alfaro pasó
a la ofensiva: envió un contingente de tropas en apoyo de los liberales
colombianos y prestó todo su apoyo y protección a sus coidearios del
país vecino que se organizaban o refugiaban en nuestro país. Y el 29 de
marzo de 1900 ordenó que sus tropas regulares cruzaran la frontera y
liquidaran al nuevo ejército mercenario formado por el obispo de Pasto
y acampado en Ipiales. En represalia, tropas regulares colombianas y
cristeros atacaron Tulcán, donde fueron derrotadas.
Como es sabido, los liberales colombianos no lograron vencer a
las fuerzas de contención que los conservadores habían colocado en la
frontera sur, con lo cual perdieron la posibilidad de beneficiarse en
mayor medida del apoyo alfarista. Y tras ello se instaló en el Ecuador el
gobierno de Leonidas Plaza Gutiérrez (1901), que continuó la reforma
liberal en el interior pero negó todo apoyo a la revolución liberal colom-
biana, obteniendo a cambio que el gobierno de Bogotá refrenara al
obispo de Pasto y su “guerra santa” contra el alfarismo y retirara el
apoyo militar a los conservadores ecuatorianos emigrados; años más
tarde, por el Tratado Peralta-Uribe (1910) Colombia se comprometió a
la internación de los frailes capuchinos refugiados en Pasto, que seguían
en actitud agresiva.

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DELIMITACIÓN FRONTERIZA DE ECUADOR CON PERú

BEMOLES DEL PROTOCOLO MOSQUERA–PEDEMONTE

La aplicación del Protocolo Mosquera–Pedemonte enfrentó vicisitudes


sin cuento. Buscando aprovechar en su favor la disolución de la Gran
Colombia y la formación del nuevo “Estado del Ecuador”, Perú inició
con posterioridad una turbia campaña de desprestigio contra este do-
cumento, tratando de anular sus efectos jurídicos mediante contradic-
torios argumentos, entre ellos la inexistencia de una de las partes
firmantes (la República de Colombia) a la fecha de la suscripción y la
falta de aprobación legislativa. Obviamente, el Perú violaba con ello un
principio fundamental de las relaciones internacionales, cual es el de-
nominado “pacta sun servanda”, que reconoce a los tratados y conve-
nios entre los países como una ley obligatoria para las partes.
Posteriormente, tras la misteriosa desaparición de las copias ori-
ginales del documento, incluida la que poseía Colombia en su legación
de Lima, el gobierno del Perú empezó a utilizar un argumento adicional,
que luego ha sido repetido neciamente por los historiadores peruanos:
que el protocolo era falso y que nunca fue suscrito.13
Por suerte, el Ecuador posee una copia certificada de dicho do-
cumento que le fuera proporcionada en 1906 por el Gobierno de Colom-
bia, gracias a gestiones del Ministro Plenipotenciario ecuatoriano julio
Andrade. También hay numerosas pruebas adicionales de su existencia,
tales como los reconocimientos de su validez hechos por historiadores
y estadistas peruanos de la talla de don Carlos Paz Soldán, el doctor Ar-
turo García y el doctor Alberto Elmore, este último Ministro de RR. EE.
del Perú.

LA PRIMERA “GUERRA DEL PACÍFICO”

Frenado en su expansión hacia el norte por la derrota de Tarqui, Perú


reemprendió su expansión hacia el sur y el sureste. Si el general Gutié-
rrez de la Fuente había ofrecido ayuda militar a su amigo Santa Cruz,
boliviano de nacimiento, para que se impusiera por la fuerza en su país,

13 En 1911, Luis Ulloa publicó en Lima una obra titulada “Algo de Historia. El falso Protocolo
Pedemonte-Mosquera”. La doble tesis de su falsedad e invalidez ha sido publicitada, más
recientemente, por Gustavo Pons Muzzo, en su obra “Estudio histórico...”

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el mariscal Gamarra, tras ser electo presidente del Perú (31 de agosto de
1829), se lanzó a promover por todos los medios la agregación de Bolivia
al Perú.
En los diez años siguientes, el militarismo peruano –del que Santa
Cruz era uno de los líderes– anarquizó al Perú y Bolivia con sus alianzas
y contra alianzas, sus revueltas y alzamientos, y creó finalmente un
clima de inseguridad en toda el área meridional de Sudamérica, al cons-
tituir la Confederación Perú-Boliviana y emprender en una política agre-
siva hacia los estados limítrofes del sur. Como consecuencia de ello, la
Confederación presidida por Santa Cruz entró en guerra con la Repú-
blica Argentina y posteriormente debió enfrentar una guerra con Chile,
cuyo ejército ocupó Lima con el apoyo de los “restauradores” peruanos
que dirigía Gamarra. El Ecuador fue invitado entonces por Chile para
que participara en la guerra contra la Confederación, ofreciéndosele a
cambio la consagración de sus territorios amazónicos y la entrega del
departamento peruano de La Libertad.14 Respetuoso de sus convenios
con los países vecinos y amante de la paz, el Ecuador se negó a ello y no
participó de la guerra ni de los beneficios del posterior triunfo chileno,
completado en marzo de 1939. Por otra parte, en un acto de inexplicable
ceguera, el gobierno de Quito tampoco quiso sacar ventaja de la crisis
peruana y de los ventajosos arreglos territoriales que el gobierno confe-
derado ofreció al Ecuador, para garantizarse su neutralidad en el con-
flicto.15

SEGUNDA INVASIÓN PERUANA AL ECUADOR

El fin de la Confederación y el destierro de Santa Cruz no terminó, por


cierto, con el militarismo peruano, que ahora se nucleó bajo el gobierno
de la “Restauración”, que presidía Gamarra. Tampoco puso fin al sueño
imperial del Perú, que volvió a extender sus tentáculos hacia Bolivia
pero fue frenado por las tropas de Ballivián en los campos de Ingavi,
cerca de La Paz, el 18 de noviembre de 1841. Gamarra quedó muerto en
el campo de batalla.
El triunfo chileno sobre Santa Cruz y la posterior muerte de Ga-

14 Phillip T. Parkerson, “Andrés de Santa Cruz y la Confederación Perú-Boliviana. 1835-1839”,


Ed. juventud, La Paz, 1984, p. 209
15 Véase al respecto: jorge Basadre, “Historia de la República del Perú. 1822-1933”, Edit. Uni-
versitaria, Lima, 1969, t. III, pp. 176-177.

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marra privaron de sus mayores líderes al militarismo peruano y frena-


ron temporalmente el expansionismo del Perú, por lo que sus países ve-
cinos pudieron gozar de relativa paz durante unos pocos años.
En el caso del Ecuador, esos años de paz sirvieron para empren-
der reiterados intentos de solución al problema de límites con el Perú,
que fracasaron siempre por la mala fe con que actuaba este país, cuyo
interés no se orientaba a concluir un arreglo definitivo sino a cuestionar
la validez del Tratado de Guayaquil y dilatar su ejecución, como forma
de ganar tiempo, mientras sus tropas ocupaban progresivamente los te-
rritorios ecuatorianos de la región amazónica. Así se explica el fracaso
de la misión Elizalde en el Perú (1839), la malintencionada actitud del
plenipotenciario peruano Matías León en Quito (1841-1842), el agresivo
trato dado en Lima al plenipotenciario ecuatoriano Bernardo Daste por
el canciller Charún (1842) y la creación de una jurisdicción militar pe-
ruana en Loreto (1853), que abarcaba territorios ecuatorianos situados
al norte del Amazonas.
Empero, ya desde 1846 empezó a revivir nuevamente el mili-
tarismo peruano, esta vez bajo el liderazgo del mariscal Ramón Castilla,
cuyo ascenso al poder coincidió con el descubrimiento del guano como
nuevo recurso exportable del país. Los nuevos recursos fiscales permi-
tieron a Castilla emprender un proceso de centralización administrativa
y fortalecimiento militar del Perú. Así, creó una poderosa Guardia Na-
cional, equipó con dos modernos barcos a vapor (el “Rímac” y el “Ama-
zonas”) a la armada de guerra peruana y aumentó su cuadro de oficiales
y tropas. Fue tal el esfuerzo militarista del Perú que, en aquel período,
“la mayor parte de los ingresos fiscales se consumían en ejército y ma-
rina.”16
Obviamente, esas nuevas y poderosas fuerzas armadas perua-
nas no estaban destinadas sólo a lucir sus uniformes en los desfiles, sino
a sostener y desarrollar una renovada política expansionista en el área
del Pacífico Sur. Con todo, durante ese primer gobierno de Castilla solo
hubo dos pequeños conflictos internacionales, uno con el Ecuador y otro
con Bolivia.
Durante el gobierno del sucesor legal de Castilla, josé Rufino
Echenique (1851-1855), la política expansionista peruana cobraría nuevo
vigor. Perú puso en marcha una activa colonización de ambas riberas
del Amazonas y sus confluentes, sin respetar los derechos ecuatorianos

16 L. A. Sánchez, id., p. 262.

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y apoyó la expedición militar de Flores contra el Ecuador. También in-


vadió el litoral de Bolivia, a pretexto de contradicciones comerciales, y
ocupó militarmente el puerto boliviano de Cobija (1853).
Pero fue en el segundo gobierno de Castilla (1855-1862) cuando
el poder militar del Perú se enfiló directamente contra el Ecuador. Para
comenzar, Castilla azuzó la guerra civil que se había iniciado en el Ecua-
dor, proveyendo de armas y dinero a los enemigos internos del gobierno
de Francisco Robles y especialmente a Gabriel García Moreno. Luego,
cuando la anarquía había cundido ya en el país vecino y actuaban, a la
vez, cuatro gobiernos regionales (en Quito, Cuenca, Loja y Guayaquil),
el mariscal-presidente, según lo reconoce un destacado historiador pe-
ruano, “para reforzar su prestigio personal ... ordenó el bloqueo de Gua-
yaquil y, luego, él mismo, en persona, estableció su cuartel general en el
país ecuatoriano”.17
El pretexto de la nueva intervención fue impugnar el pago en
terrenos baldíos hecho por el gobierno ecuatoriano a los acreedores bri-
tánicos de la deuda de la independencia, en 1854, (Convenio Espi-
nel–Mocatta) ratificado en 1857 por un nuevo convenio (Icaza–Pritchett)
que señalaba las zonas destinadas al pago, entre las cuales se incluía un
millón de cuadras cuadradas en el cantón Canelos, junto al río Bobo-
naza. Adicionalmente, la actitud provocadora del Ministro peruano en
Quito, juan C. Cavero, hizo que el Ecuador cortara comunicaciones con
él y dio lugar a un grave entredicho diplomático, que concluyó con el
“bloqueo pacífico” de los puertos ecuatorianos decretado por Castilla,
el 26 de octubre de 1858, al cual siguieron la llegada del gobernante pe-
ruano con varios barcos y 5.000 soldados, y la ocupación de Guayaquil
y otras partes de la costa ecuatoriana por las tropas invasoras.
En esas condiciones, Castilla escogió como su interlocutor al go-
bierno regional de Guayaquil, presidido por el general Guillermo Fran-
co, y le impuso el “Tratado de Mapasingue” (25 de enero de 1860), por
el que se obligaba al Ecuador a reconocer los supuestos títulos territo-
riales del Perú sobre la región amazónica y a renunciar a la propiedad
de los territorios orientales de Quijos y Canelos.
Ese pretendido Tratado fue rechazado ese mismo año por la
Convención Nacional reunida en Quito, la cual lo declaró nulo, odioso,
sin valor ni efecto, por cuanto había sido “mandado forjar por una au-
toridad incompetente y usurpadora”. Y es que el “convenio” era tan

17 L. A. Sánchez, id., pp. 265-266.

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irrito que se negó a ratificarlo el mismo congreso del Perú, aduciendo


que “no (era) un tratado, porque éstos no pueden celebrarse sino con
Gobiernos legalmente constituidos, o que dominen de hecho la totalidad
de una nación...” (1863).

LA SEGUNDA “GUERRA DEL PACÍFICO”

La política armamentista y el expansionismo del Perú hacia la costa sur


produjo, inevitablemente, la resistencia de Chile, que veía amenazados
sus intereses nacionales. Quedaron, así, sentadas las bases para la se-
gunda guerra del Pacífico, que estalló en 1879 y en la cual las armas chi-
lenas volvieron a imponerse a las de la alianza peruano-boliviana.
Antes y durante el conflicto, Chile propuso reiteradamente al
Ecuador que se le uniera en la guerra contra el Perú, ofreciéndole a cam-
bio ventajas territoriales sobre este país. Pero el Ecuador, empeñado
desde tiempos de García Moreno en una política de neutralidad frente
a la disputa por la hegemonía del Pacífico Sur, hizo oídos sordos a los
llamados de Chile, su aliado natural, para que atacase por el Norte, y
cubrió con su inacción las espaldas del Perú durante el conflicto. Incluso
posteriormente, cuando su triunfo era ya casi total, Chile invitó al Ecua-
dor a participar en el conflicto, ofreciéndole repartirse entre ambos los
despojos del vencedor, pero su afán de paz y una inexplicable lealtad
con el Perú llevaron al gobierno del Ecuador a mantenerse tercamente
aferrado a una neutralidad casi suicida.
Así lo reconoció, años más tarde, en comunicación reservada al
Congreso peruano, el Ministro Plenipotenciario del Perú, doctor Arturo
García, diciendo:

Conviene no olvidar ... el grave peligro en que estuvimos, por no haber


resuelto oportunamente la disputa de límites, de ver al Ecuador unido a
nuestros enemigos en la última guerra. Conocidas son todas las activas
gestiones que en este sentido hizo la Cancillería chilena y los esfuerzos
y ofrecimientos de sus ministros en Quito, don Joaquín y don Domingo
Godoy. Si en esos momentos el Presidente del Ecuador, que entonces lo
era el General Ignacio de Veintimilla, hubiera seguido ciertos consejos,
la cuestión de límites se habría resuelto bien a nuestra costa.18

18 “Memoria que eleva al Gobierno el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario Dr.


D. Arturo García, al entregar el original del Tratado de Límites con el Ecuador firmado en
Quito el 2 de mayo de 1890.”

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La derrota en la guerra del Pacífico tuvo para el Perú terribles


consecuencias. Por el Tratado de Ancón (23 de octubre de 1883), Chile
le impuso al Perú la cesión perpetua e incondicional de la provincia de
Tarapacá y la ocupación legal de las provincias de Tacna y Arica por un
lapso de diez años, al cabo de los cuales debía realizarse un plebiscito
para decidir el definitivo dominio sobre ellas. El plebiscito nunca se efec-
tuó y Chile retuvo ambas provincias hasta 1929, año en que firmó con
Perú un tratado por el que devolvía a éste la provincia de Tacna e incor-
poraba definitivamente a su territorio la de Arica.
La derrota peruana tuvo también consecuencias para el Ecua-
dor. Un sector influyente de la civilidad peruana valoró en su real mag-
nitud la ayuda prestada a su país por la neutralidad ecuatoriana y,
deseando garantizarse para siempre la amistad del Ecuador frente a po-
sibles conflictos futuros, buscó resolver para siempre el problema limí-
trofe con su vecino del norte. Claro está, ello era posible también porque
el ejército del Perú se hallaba diezmado por la derrota y el militarismo
peruano había caído en total desprestigio, no quedándole a la diploma-
cia sureña otro camino que el de la negociación y la paz. Fue en ese
marco que, por primera vez en su historia, el Perú buscó una aproxima-
ción amigable con el Ecuador y su liderazgo diplomático se empeñó en
la resolución definitiva del problema territorial que había enfrentado a
ambas repúblicas desde su fundación. La voluntad de paz y compren-
sión mostrada por el Ecuador facilitó la realización de negociaciones di-
rectas, que sustituyeron al proceso de arbitraje del Rey de España,
acordado antes por ambos países, y condujeron finalmente a la firma
del Tratado Herrera-García (2 de mayo de 1890), negociado entre los
plenipotenciarios doctor Pablo Herrera, por Ecuador, y doctor Arturo
García, por Perú.
Por ese documento, ambos países se esforzaron en comprender
los puntos de vista e intereses del contrario y acordaron hacerse mutuas
concesiones para llegar al establecimiento de una línea de frontera acep-
table para ambas partes. Así se explica también la pronta ratificación
que el Congreso ecuatoriano dio al Tratado, pese a la conciencia que
había sobre los renunciamientos que éste conllevaba.
Por desgracia, el tratado fue torpedeado en el Congreso pe-
ruano, donde el trauma causado por la pérdida de sus provincias coste-
ras a manos de Chile había generado un espíritu chovinista y revan-
chista. Por ello, se lo “aprobó” con modificaciones tales que volvían im-

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posible su aceptación por el Ecuador. Así se perdió una ocasión de oro


para la consecución de una paz definitiva y sólida entre ambos países.
En adelante, la diplomacia peruana volvería a empeñarse en las consa-
bidas dilatorias, a la espera de inclinar a su favor el arbitraje del Rey de
España y ganar tiempo para la reconstitución del poder militar del Perú.

LAS TENSIONES FRONTERIZAS DE 1910

Fracasado el esfuerzo de paz y amigable entendimiento que significó el


Tratado Herrera-García, Ecuador y Perú no hallaron más salida que con-
tinuar sometidos al proceso de arbitraje. Pero el arbitraje era un camino
lleno de riesgos y, como se vio luego, también de trampas, pues lo que
el Perú pretendía no era un arbitraje general sino solo uno reducido a
sus nuevas ambiciones frente al tratado Herrera-García. Ello eviden-
ciaba una terrible mala fe, pues se había obligado a nuestro país a re-
nunciar previamente a sus derechos, para llevarlo luego a un arbitraje.
Inevitablemente, ello produjo incidentes populares en ambos países
(1893) y nuestro Encargado de Negocios debió abandonar Lima. La me-
diación de la Santa Sede y Colombia evitó entonces el estallido de un
conflicto armado.
Surgieron, entonces, nuevas ideas para concluir un arreglo. Y
en el intermedio, mientras las tratativas seguían su curso, se produjeron
revoluciones en ambos países y triunfaron sucesivamente las fuerzas li-
berales del Perú (17 de marzo de 1895) y el Ecuador (4 de septiembre de
1895), creándose por algunos años un ambiente de distensión, gracias a
la identidad ideológica de sus gobiernos..
Durante su gobierno (1895-1899), Piérola se preocupó de refre-
nar el caudillismo militarista que había asolado al Perú en la etapa an-
terior, y para ello emprendió una reorganización del ejército, con ayuda
de una misión militar francesa.
Alfaro, por su parte, tomó conciencia de los peligros interna-
cionales que acechaban al Ecuador y diseñó un plan de fortalecimiento
estratégico del país, que incluía la modernización y profesionalización
de las fuerzas armadas y la construcción de una red de vías ferroviarias.
En la ejecución de su plan, contrató una misión militar chilena, fundó
el Colegio Militar, para la formación de oficiales, y la Academia de Gue-
rra, para su posterior perfeccionamiento; también creó la Escuela de Cla-
ses y los Cursos Militares de Aplicación, para la formación profesional

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de los suboficiales y la tropa. A su vez, se puso en marcha un gran pro-


yecto de ferrocarriles nacionales, con miras a unir la Sierra y la Costa
(línea Guayaquil- Quito), vincular al norte con el sur (ferrocarril Tulcán-
Loja, ferrocarril de El Oro y ferrocarril de Manabí) y colonizar y poblar
la región oriental (ferrocarril al Curaray). Además, el plan ferroviario
respondía también a una estrategia de defensa nacional, pues permitiría
una rápida movilización de tropas desde y hacia cualquier lugar de país.
Pero la distensión entre ambos países comenzó a esfumarse en
los últimos años del siglo XIX, a consecuencia del retorno al poder del
“partido civilista” peruano liderado por Manuel Pardo, expresión his-
tórica de la vieja oligarquía con sueños virreinales. La proximidad de
emisión del laudo arbitral español inflamó el ánimo de ambos pueblos
y creó un ambiente prebélico desde 1809, pues el Perú convocó a sus
fuerzas de reserva y el Ecuador respondió con igual medida. Un nuevo
intento de mediación, de los Estados Unidos, fracasó por la oposición
del Perú, que continuó con sus aprestos de guerra, ante lo cual el Ecua-
dor invocó la amistad de Chile, país que proporcionó armamento al
Ecuador, le entregó en venta un moderno buque de guerra y envió una
misión naval-militar para que ayudase al entrenamiento de las fuerzas
ecuatorianas.
Paralelamente, en ambos países se produjeron ataques contra
las representaciones diplomáticas del otro, lo que dio pie al Perú para
presentar un pliego de reclamos que constituían un verdadero ultimá-
tum, y que fueron rechazadas por la cancillería del Ecuador. Conti-
nuando con su plan intimidatorio, el Perú ordenó a su flota de guerra
zarpar hacia el Golfo de Guayaquil, lo que fue respondido con una
orden del presidente Eloy Alfaro para que el cazatorpedero “Libertador
Bolívar” se hiciera a la mar y enfrentara a la flota sureña. Entonces,
frente a la firmeza del gobierno alfarista, el Perú dispuso el retorno de
su flota a El Callao y retiró el pliego de exigencias presentado.
Con todo, la crisis no terminó ahí, pues, consideradas las críti-
cas circunstancias políticas reinantes, el Ecuador solicitó la inhibición
del Real Arbitro español. Entretanto, el Perú había concentrado dos di-
visiones de tropas en la frontera y efectuaba constantes provocaciones
militares, a la vez que su flota de guerra volvía a dirigirse al Golfo de
Gua- yaquil. Fue entonces cuando el Ecuador mostró su capacidad de
respuesta: utilizando el nuevo ferrocarril del Sur, Alfaro trasladó rápi-
damente varios cuerpos de tropas a la frontera y él mismo se colocó a la

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C A P Í T U L O S D E L A H I S TO R I A D E V E C I N DA D C O L O M B O – E C UATO R I A N A

cabeza de ellas, listo a repeler la agresión peruana. Al fin, la mediación


de Chile, Argentina, Brasil y los Estados Unidos, solicitada por el Perú,
evitó el estallido de la guerra, mientras el árbitro español anunciaba for-
malmente la suspensión momentánea del arbitraje. Los países media-
dores propusieron de inmediato un plan de separación y desmovi-
lización de fuerzas, que fue acatado por las partes, y un proyecto de pro-
tocolo que no fue aceptado por el Ecuador, que planteó reformas a su
texto. Esas reformas apuntaban, en esencia, a lo siguiente: que las nego-
ciaciones directas estuviesen bajo la acción de los mediadores; que la
sede de las negociaciones fuera Washington, y que Colombia –de acuer-
do a los compromisos del Protocolo Peralta-Uribe– estuviera también
presente en esas negociaciones.

ENREDADO EN LOS “HILOS DE LA DIPLOMACIA”

En 1910, mientras nuestro país enfrentaba la amenaza de una nueva in-


vasión peruana, un gran historiador y mejor patriota, monseñor Fede-
rico González Suárez, Arzobispo de Quito, proclamó lleno de indig-
nación:

Si ha llegado la hora de que el Ecuador desaparezca, que desaparezca,


pero no enredado en los hilos de la diplomacia sino en los campos del
honor, al aire libre y con el arma al brazo. No lo arrastrará a la guerra
la codicia sino el honor.

El 24 de noviembre de 1910, el Real Arbitro se inhibió definiti-


vamente y los dos países se abocaron a una interminable negociación
alrededor de lo que se denominó entonces “la fórmula mixta”, que tam-
poco condujo a resultado alguno, pues lo que Perú quería era ganar
tiempo mientras negociaba con Colombia y Chile un arreglo definitivo
de límites y dejaba al Ecuador aislado de sus aliados.
De este modo, pese a los compromisos públicos y secretos ad-
quiridos con el Ecuador para una defensa común del patrimonio común,
Colombia firmó con Perú el Tratado Salomón–Lozano (24 de marzo de
1922), por el cual cedía a este país gran parte de los territorios que el
Ecuador le cediera antes a ella, en la zona del Putumayo. Ecuador, sin-
tiéndose traicionado, rompió relaciones con Colombia. Casi paralela-
mente, el gobierno peruano avanzó conversaciones con Chile, llegando

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el 20 de julio de 1922 a firmar con este país un acta, por la que se desig-
naba al Presidente de los EE. UU. como árbitro de las estipulaciones no
cumplidas del Tratado de Ancón. Algunos años más tarde, en julio de
1929, Chile firmó con Perú el Tratado definitivo de Paz, lo que dejó sin
piso a la amistad ecuatoriano–chilena.
Tras el gobierno de Alfaro, la política exterior ecuatoriana había
vuelto a sus cauces tradicionales de apocamiento e irresolución y que-
dado enredada, una vez más, en las argucias legales y enredos de trá-
mite planteados por la diplomacia peruana.
El último acto del drama negociador se dio a partir de 1936,
cuando se iniciaron las conferencias en Washington, acordadas meses
antes por el Protocolo Viteri–Ulloa. Fueron dos años de inútiles escara-
muzas jurídicas, en las que cada parte volvió a insistir en sus consabidos
argumentos, y al fin el Perú abandonó las negociaciones en septiembre
de 1938. De nada sirvieron los pedidos ecuatorianos para que los demás
países de América presionaran al Perú a volver a la mesa de negocia-
ciones, pues todos respondieron que cooperarían a un arreglo si ambos
países se lo pedían conjuntamente. Un último intento ecuatoriano por
restablecer las negociaciones, hecho en 1938, durante la Octava Confe-
rencia Panamericana, tampoco dio resultado alguno. Todo parecía indi-
car que el Perú se encaminaba hacia la búsqueda de una solución militar
al diferendo.

LA AGRESIÓN PERUANA DE 1941 y EL TRATADO DE RÍO

A partir de 1939, menudearon las acusaciones y provocaciones peruanas


contra el Ecuador, que tardíamente trataba de establecer puestos fron-
terizos en ciertos sitios de su territorio amenazados por la constante y
progresiva ocupación peruana.
Para 1940, los aprestos bélicos del Perú eran ya evidentes y la
cancillería ecuatoriana se prodigó en denuncias y llamados de atención
a los gobiernos de América, sin ninguna respuesta positiva. Entonces el
Ecuador apresuró dos medidas defensivas que consideraba indispensa-
bles: el inicio de la construcción de la carretera Cuenca–Loja, que per-
mitiría movilizar refuerzos hacia la frontera sur, y la autorización de un
empréstito de 30 millones de dólares para la defensa nacional. Esas tar-
días medidas, publicitadas inadecuadamente, sólo contribuyeron a que
el Perú acelerara la agresión antes de que nuestro país mejorase su ca-

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pacidad defensiva. Ese mismo año, el congreso peruano aprobó un pre-


supuesto de defensa de 600 millones de soles. En septiembre, tropas pe-
ruanas incursionaron en Zamora. En diciembre, Perú efectuó la primera
concentración de tropas en la frontera norte, mientras el Director de la
Escuela Superior de Guerra, coronel Eloy Ureta, daba los últimos toques
al plan de invasión, cuya sola idea entusiasmaba a los jóvenes oficiales.
Alarmado por esa guerra de agresión que el militarismo de su
país preparaba contra el Ecuador, el líder del APRA, Víctor Raúl Haya
de la Torre, conocido por sus ideas de unidad indoamericana, denunció
el asunto a diplomáticos de otros países del área, asegurando conocer
que la acción contra el país vecino se produciría a fines de ese mismo
mes (febrero de 1941).
Siguieron varios meses de agitación, en los que el Ecuador si-
guió clamando por la intervención pacificadora de los países america-
nos. Al fin, en mayo de 1942, Argentina, Brasil y los Estados Unidos
ofrecieron sus “amistosos servicios” para lograr una “pronta equitativa
y final” solución al problema limítrofe. Empero, una vez más, el asunto
no pasó de las palabras, pues los mediadores, ante la sorda oposición
peruana, prefirieron no dar ningún paso.
La invasión se inició finalmente el 23 de julio, tras terminar el
invierno. Luego de montar algunos incidentes fronterizos, 13 mil solda-
dos peruanos de la “Agrupación Norte” invadieron el Ecuador, apoya-
dos por abundante y moderno equipo de artillería, blindados y aviación.
El pequeño e impreparado ejército ecuatoriano, de apenas mil hombres,
resistió valerosamente el empuje enemigo y en algunos lugares hasta
llegó a montar exitosos contraataques, pero finalmente fue arrollado por
la poderosa maquinaria de guerra peruana, cuya aviación bombardeó
salvajemente a ciudades y poblaciones inermes, incendiando hospitales
y masacrando a civiles inocentes, mientras columnas blindadas avan-
zaban hacia el norte y fuerzas paracaidistas descendían en la retaguardia
del ejército ecuatoriano. Cuatro días más tarde, la derrota militar se
había consumado y una marea de refugiados civiles y soldados en reti-
rada siguió marchando hacia el interior del país, mientras el ejército pe-
ruano afianzaba sus posiciones en la provincia de El Oro.
Entretanto, los mediadores empezaban a actuar, por fin, y lo-
graban acordar un cese al fuego entre los dos países, que debía iniciarse
el 26 de julio a las 6 de la tarde. Ecuador aceptó el cese al fuego y rea-
grupó sus fuerzas más atrás, pero el Perú continuó su agresión, ocu-

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pando fácilmente las posiciones dejadas por el Ecuador y tomando las


islas de jambelí. Nuevos ceses de fuego fueron sistemáticamente viola-
dos por el Perú, cuya aviación bombardeó ciudades y pueblos, mientras
sus paracaidistas tomaban por asalto las ciudades orenses de Arenillas,
Santa Rosa, Puerto Bolívar y Machala.
En los meses siguientes, el Perú buscó imponer al Ecuador un
“arreglo directo”, que estableciera una línea definitiva de frontera que
respondiera a sus máximas pretensiones anteriores. En esas circunstan-
cias, el japón atacó a la base naval norteamericana de Pearl Harbour (7
de diciembre), por lo que fue convocada urgentemente una Reunión
Consultiva de Cancilleres de la OEA, que se inició en Río de janeiro, en
enero de 1942.
Fue en ese marco donde el país agresor impuso a su víctima el
inicuo Protocolo de Río de Janeiro (29 de enero de 1942), contando para
ello con la activa colaboración de los Estados Unidos, que deseaban con-
cluyera prontamente ese “incidente” para debatir lo que realmente les
interesaba: la ayuda que debía darles América Latina en su próxima gue-
rra contra los países del Eje. Violando la propia carta de la OEA y el afa-
mado principio americano de que “la victoria no da derechos”, le fue
impuesto al Ecuador un tratado de límites que le cercenaba la mayor
parte de su territorio oriental y le privaba de acceso al Amazonas, el his-
tórico “Río de Quito”.
Poco después, en un alarde triunfalista, la cancillería peruana
publicaba un folleto titulado “El Protocolo de Río ante la Historia”, en
el que se decía:

“Peruano: Puedes estar orgulloso del Tratado de Río porque:


1º. El Perú ha obtenido en 1942 que el Ecuador reconozca la soberanía
absoluta de Tumbes, Jaén y Maynas;
2º. El Perú ha obtenido en 1942 que el Ecuador declare que no es país
amazónico;
3º El Perú en 1942 ha obtenido 200.000 kilómetros más que en 1829;
... 70.000 kilómetros más que en el Tratado de 1890; ...
7º. El Perú es el único dueño del Marañón y posee el curso de los ríos
Santiago, Morona, Pastaza, Tigre y Napo, hasta puntos donde no llegó
ninguna posesión anterior.”

Una vez iniciado el proceso demarcatorio de la nueva frontera

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con el Perú, Ecuador hubo de enfrentar nuevamente las interpretaciones


arbitrarias y tramposas del vencedor, que buscaba extender sus fronteras
aún más allá de la línea fijada en el Protocolo de Río. Pero, al llegar a la
zona Zamora–Santiago, los trabajos demarcatorios se encontraron con
una dificultad insalvable, pues la geografía existente no correspondía a
la señalada en el protocolo de Río. Fue así como las partes solicitaron la
ayuda de la fuerza aérea norteamericana para la elaboración de un mapa
de la región. Ese mapa estuvo listo en febrero de 1947 y reveló que, en
vez del “divortium aquarum de los ríos Zamora y Santiago” señalado
en el protocolo, existía una cuenca hidrográfica intermedia, la del Ce-
nepa, lo que marcaba la existencia de dos divorcios de aguas: uno entre
el Zamora y el Cenepa, y otro entre el Cenepa y el Santiago.
Puesto que ello volvía inejecutable el Protocolo de Río, el Ecua-
dor planteó al Perú el reconocimiento y estudio común del problema, y
luego, ante su negativa, planteó en marzo de 1951, ante los garantes del
tratado, la “inejecutabilidad del Protocolo de Río de janeiro”, posición
que mantuvieron los posteriores gobiernos ecuatorianos. A eso siguió
la tesis de la “nulidad del Protocolo”, que contribuyó a crear una reno-
vada conciencia nacional e internacional sobre el problema territorial
existente entre el Ecuador y el Perú.

EL PROBLEMA TERRITORIAL EN EL PERIODO 1968–2000

La quinta presidencia del doctor josé María Velasco Ibarra, iniciada en


1968, coincidió con el inicio en el Perú de la llamada “revolución nacio-
nalista”, bajo el liderazgo del general juan Velasco Alvarado. Respon-
diendo a un plan secreto de las Fuerzas Armadas del Perú, denominado
“Plan Inca”, el gobierno militar se lanzó a una audaz transformación de
las estructuras económico-sociales del país, en busca de modernizar las
relaciones de producción, liquidar el poder de la vieja oligarquía y for-
talecer el “poder nacional” del Perú. Mas el proyecto militar peruano
tenía un objetivo secreto: la preparación de una guerra de revancha con-
tra Chile, con ocasión del centenario de la guerra del Pacífico. Solo así
se explica el desbocado armamentismo peruano de aquellos años, que
llevó a nuestro vecino a convertirse en la segunda potencia militar de
Sudamérica, situada inmediatamente después del Brasil.
Desde luego, ese armamentismo tenía también un sesgo ideo-
lógico, pues el régimen militar peruano aparecía como una barrera ge-

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opolítica que impedía la expansión del fascismo reinante en el cono sur


y especialmente en el Chile de Pinochet. Bajo esa perspectiva, la Unión
Soviética halló en Perú un aliado político y un mercado ideal para la co-
locación de sus arnas y equipos militares. La deuda militar peruana con
la URSS se elevó, según expertos militares, a la impresionante cifra de
dos mil millones de dólares.
Obviamente, el plan de revancha contra Chile hacía necesario
que el Perú se aproximara al Ecuador, en busca de neutralizarlo, y sobre
ese mar de fondo se instauró un proceso de distensión entre ambos paí-
ses y se desarrollaron vigorosamente los proyectos binacionales de in-
tegración, tales como los de las cuencas hidrográficas Puyango–Tumbes
y Catamayo–Chira, la Comisión Económica Permanente, el Convenio
de Ferias Fronterizas y el proyecto de riego Zapotillo.
Pero esa “luna de miel binacional” tuvo un final inesperado,
pues los errores políticos del régimen militar llevaron al Perú al borde
del colapso y un nuevo gobierno militar, presidido por el general Fran-
cisco Morales Bermúdez, buscó desandar lo andado y dejó de lado –al
menos en lo inmediato– los planes de revancha contra Chile. Al término
de ese gobierno, Perú retornaba a la democracia y llegaba nuevamente
al poder Fernando Belaúnde Terry.
Fracasada la “revolución nacionalista” y disparada una gene-
ralizada crisis económica, la clase dirigente y las fuerzas armadas pe-
ruanas volvieron a sus tareas y posiciones tradicionales: la una, a la
recuperación del poder social y económico perdido; las otras, a la repre-
sión interna y al chovinismo.
Fue en ese clima regresivo y de generalizada frustración que
los militares peruanos montaron el conflicto de Paquisha, en el área no
delimitada de la frontera con Ecuador. Se inició el 22 de enero de 1981,
cuando un helicóptero peruano atacó el puesto ecuatoriano de Paquisha,
situado en la vertiente oriental de la disputada Cordillera del Cóndor.
Ante la protesta oficial del Ecuador, Perú negó el ataque, pero a partir
del 28 sus fuerzas bombardearon y atacaron por tierra los puestos mili-
tares ecuatorianos de Paquisha, Mayaycu y Machinaza, ubicados en el
área, siendo resistidas duramente por las fuerzas ecuatorianas.
Una ola de emoción cívica se levantó en todo el Ecuador, donde
el pueblo se movilizó para la defensa nacional. Ecuador denunció ante
la OEA la agresión sufrida y pidió la convocatoria de su Reunión de
Consulta, que se efectuó entre el 2 y 4 de febrero, pese a la oposición pe-
ruana.

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Deseoso de paz, el Ecuador aceptó la separación de fuerzas y el


envío de observadores militares que garantizaran el cese al fuego, pero
el Perú, tras aceptar el cese al fuego, lo rompió el 20 de febrero, en busca
de tomar efectivamente los puestos ecuatorianos que antes anunciara
haber capturado. En los nuevos combates, Ecuador derribó un helicóp-
tero enemigo, lo que motivó a que el Perú amenazara con una guerra
total si el Ecuador no se retiraba de los puestos que mantenía. Final-
mente, la intervención de países amigos logró el restablecimiento de la
paz y el inicio de la separación de fuerzas, circunstancia que Perú apro-
vechó para ocupar con sus fuerzas los puestos evacuados por el Ecua-
dor. Tras nuevas tensiones, se iniciaron en Huaquillas las conversaciones
entre jefes militares de ambos países, que concluyeron el 5 de marzo de
1981 con un “acuerdo en el desacuerdo”, pues el almirante Raúl Sorroza
(Ecuador) y el almirante jorge Dubois (Perú) suscribieron por separado
un acta con sus respectivos puntos de vista.

CONFLICTO DE PAQUISHA y GUERRA DEL CENEPA

Un renovado interés por la solución definitiva de nuestro diferendo li-


mítrofe con el Perú fue planteado a partir del gobierno del presidente
Oswaldo Hurtado Larrea (1981-1984), A partir de 1984, el gobier- no del
presidente León Febres Cordero optó por mantener congelada la situa-
ción fronteriza, siguiendo su conocida tesis de “mantener la herida
abierta, sin ulcerarla ni infectarla”, expuesta ya en 1983. Diferente fue
la actitud del Presidente Rodrigo Borja Cevallos, quien emprendió en
una política internacional de alto perfil y se abocó decididamente a la
búsqueda de mecanismos imaginativos para la solución del problema
territorial con el Perú, que incluían un posible arbitraje papal al pro-
blema limítrofe.
Por desgracia, el gobierno peruano de Fujimori se desentendió
del esfuerzo de paz y se lanzó a preparar una nueva agresión al Ecuador,
con ánimo de tomar por la fuerza los territorios disputados del valle
oriental del Cenepa. Para ello fue montada una formidable maquinaria
militar, que incluía modernísimos aviones cazabombarderos, helicópte-
ros de guerra y misiles estratégicos.
La nueva agresión se inició en 1992, cuando los aviones perua-
nos bombardearon los puestos avanzados del Ecuador, mientras sus tro-
pas atacaban masivamente y sus tanques se movilizaban amenazadora-

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mente en la costa, con ánimo de atacar las ciudades ecuatorianas. Los


combates fueron durísimos, pero las tropas ecuatorianas resistieron los
sucesivos asaltos enemigos, mientras la aviación ecuatoriana destrozaba
a su similar peruana en varios combates aéreos. Al fin, derrotado en tierra
y aire y privado de su principal arma de ataque, Perú se retiró del com-
bate y aceptó la intervención amigable de otros países, que presionaban
por un cese al fuego.
Se iniciaron entonces las negociaciones diplomáticas, que lleva-
ron finalmente a la suscripción de la Declaración de Paz de Itamaraty
(1995), por la cual Ecuador y Perú pusieron fin a sus diferencias de límites
después de 170 años de conflictiva relación fronteriza.

DELIMITACIÓN FRONTERIZA CON COLOMBIA

Tras la extinción de la Gran Colombia, Ecuador y la Nueva Granada (más


tarde llamada República de Colombia) tuvieron diversos episodios de
confrontación y delimitación fronteriza, en muchos de los cuales el Perú
actuó (abierta o soterradamente) como un tercero, pues casi siempre se
trataba de definir quien iba a quedarse con un nuevo pedazo del Ecua-
dor. Solo así se explica que la actual Colombia y el Perú, originalmente
países distantes, que hasta comienzos del siglo XX se hallaban separados
por la presencia de un país intermedio, hayan terminado por convertirse
en colindantes, a costa del pequeño y débil Ecuador.
Cronológicamente vistos, esos episodios fueron los siguientes:

SEGREGACIÓN DE PASTO

El primer conflicto con la actual Colombia fue la disputa por la provincia


de Pasto, que tradicionalmente había formado parte de la Audiencia de
Quito y luego de la República del Ecuador, llegando inclusive a elegir y
enviar diputados al Congreso ecuatoriano. Pero luego, bajo influencia
del caudillo regional josé María Obando, se produjo la voluntaria incor-
poración de Pasto a la República de la Nueva Granada. Ello provocó un
amago de conflicto armado, que se saldó de un modo curioso: cuando
Flores llegó con su ejército a desalojar a los soldados neogranadinos que
ocupaban Pasto, él y Obando parlamentaron y acordaron que la región
pasara a la Nueva Granada, a cambio de una “compensación simbólica”
que Flores recibió de Obando, en dinero contante y sonante. Para po-

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nerlo en términos jurídicos, hubo por parte del gobierno ecuatoriano un


reconocimiento a la autodeterminación del pueblo pastuso.

CONFLICTOS CON LAS FUERZAS DE LA NUEVA GRANADA (1862–1863)

Mientras gobernaba en Ecuador el caudillo teocrático Gabriel García


Moreno, tras vencer en una guerra civil a los liberales ecuatorianos, la
Nueva Granada se debatía también en una guerra civil entre liberales y
conservadores y terminó por envolver en sus conflictos al país vecino,
que tuvo dos sucesivos enfrentamientos militares con las fuerzas que
combatían al interior de la actual Colombia.
El primer conflicto se produjo cuando fuerzas conservadoras
bajo el mando de julio Arboleda penetraron en Ecuador, persiguiendo
a tropas liberales que seguían a Tomás Cipriano Mosquera. En el inci-
dente resultó herido el comandante Vicente Fierro, jefe militar ecuato-
riano que trató de impedir con sus tropas esa incursión. García Moreno
exigió satisfacciones por la violación territorial y conminó a Arboleda a
destituir al jefe de las tropas invasoras y a entregarle a quien hirió a Fie-
rro, para juzgarlo por el delito cometido en Ecuador. A causa de la ne-
gativa de Arboleda y las instigaciones de Mosquera, el conflicto se
agravó y las fuerzas ecuatorianas y neogranadinas, ambas de signo con-
servador, se batieron en Las Gradas, cerca de Tulcán, siendo derrotadas
las de García Moreno (30 y 31 de julio de 1862). A esto siguió el Tratado
de Tulcán, por el que Ecuador se comprometió a entregar cuantiosas in-
demnizaciones en dinero, armas, municiones y vestidos. Adicional-
mente, ambos gobiernos acordaron un pacto de alianza para su mutuo
sostenimiento.
Un año más tarde, se produjo un nuevo conflicto en la frontera
norte, esta vez con las fuerzas del general Mosquera, quien, tras triunfar
en la guerra civil colombiana, lanzó un agresiva proclama contra el go-
bierno conservador ecuatoriano (15 de agosto de 1863), prometiendo
“hacer triunfar el principio republicano sobre la opresión teocrática que
se quiere fundar en la tierra de Atahualpa...”19
Instigando el conflicto estaban los liberales ecuatorianos derro-
tados por García Moreno, particularmente el general josé María Urbina,
y también los conservadores colombianos; unos y otros confiaban en un
triunfo militar del otro país, que beneficiara a su partido.

19 Roberto Andrade, “Historia del Ecuador”, 1907, p. 43.

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Puestos ambos países en pie de guerra (una guerra ideológica


más que nacional), hubo una serie de intrigas y fallidas tratativas de
paz, por lo que la guerra fue inevitable. El 6 de diciembre de 1863, en el
sitio de Cuaspud, chocaron los ejércitos de ambos países, dirigidos por
Mosquera y Flores, respectivamente. La derrota ecuatoriana fue total y
Flores retrocedió hasta Otavalo, lo que permitió a Mosquera ocupar Iba-
rra. El conflicto concluyó con el Tratado de Pinsaquí, beneficioso para el
Ecuador, puesto que Mosquera –que ahora soñaba con una reconstitu-
ción de la Gran Colombia– no exigió al vencido reparaciones de guerra.
Empero, es preciso puntualizar que Mosquera actuaba con ab-
soluta doblez frente al Ecuador, puesto que cuatro años antes, a poco de
proclamar el Estado del Cauca, había suscrito en Popayán el Tratado se-
creto Mosquera–Zelaya (16 de julio de 1859), por el que caucanos y pe-
ruanos acordaron repartirse el territorio ecuatoriano, de modo que
Guayaquil y Cuenca quedasen en manos del Perú y Quito y la costa
norte en manos del nuevo Estado del Cauca.

CONFERENCIA TRIPARTITA ENTRE ECUADOR, COLOMBIA y PERú (1894)

Sospechando lo que se le venía encima, Ecuador buscó una aproxima-


ción con Brasil y Colombia, por separado, con miras a aislar al Perú. En
ese marco negoció con Brasil el Tratado Tobar–Río Branco, suscrito por
el Ministro ecuatoriano en Río de janeiro, Carlos R. Tobar, y el Canciller
del Brasil, Barón de Río Branco, que reconoció a Brasil la línea fronteriza
Apaporis–Tabatinga, que permitió a este país hacer presencia en el norte
de la hoya amazónica, a la vez que se reconoció que ambos países tenían
una frontera común.
Desde fines del siglo XIX, Ecuador tuvo que enfrentar las ambi-
ciones de tres países (Perú, Colombia y Brasil) sobre sus territorios ama-
zónicos del norte. Empero, nunca hubo una conferencia cuatripartita
para resolver las diferencias limítrofes. Hubo, sí, una Conferencia Tri-
partita entre Ecuador, Colombia y Perú, reunida en 1894, por iniciativa
de Colombia, que buscaba con ello una oportunidad para asomarse al
reparto de la Amazonia ecuatoriana. La conferencia no resolvió nada en
concreto, pero ahí se evidenció la debilidad política y militar del Ecua-
dor, lo que dio inicio a una nueva aproximación colombo–peruana para
repartirse el oriente del Ecuador.20
20 Ver artículo de jean Paul Deler “El area amazónica: litigio y conflictos” en “Nueva Historia
del Ecuador”, tomo 12, págs. 340–350.

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TRATADO DE ARBITRAJE DE LÍMITES ANDRADE–BETANCUR (1904)

El Plenipotenciario ecuatoriano en Bogotá, General julio Andrade, firmó


en 1904 el Tratado Andrade Betancourt, por el que se sometía a la deci-
sión inapelable del Emperador de Alemania la cuestión de límites entre
Ecuador y Colombia. Pero Colombia, a la par que negociaba este con-
venio con el Ecuador, mantenía en reserva el hecho de que poco antes
había suscrito con el Perú el Tratado secreto de Arbitraje y de Modus
Vivendi Tanco–Pardo, por el que ambos países acordaran repartirse el
territorio amazónico ecuatoriano, encerrando al Ecuador entre el mar y
la Cordillera de los Andes.21
Fue complementado por la Convención de Arbitraje de Límites
Andrade–Vásquez Cobo, de 1907, y finalmente por el Tratado de Límites
Andrade–Betancur, de 1908, y la Convención Adicional Andrade–Urru-
tia, del mismo año.

TRATADO PERALTA–URIBE (1910)

Tratado de alianza y límites Peralta-Uribe, de 1910. El ex Ministro de


RR. EE. del Ecuador, doctor josé Peralta, dejó escrito en sus Memorias:

El 13 de mayo de 1910 firmamos con Colombia, un tratado de


Alianza y un Protocolo adicional con mi intervención y la del Ministro
Plenipotenciario del vecino país, don Carlos Uribe, según el cual nos
declaramos unidos a perpetuidad con el fin de conservar y hacer efec-
tivo el derecho de dominio que nos correspondía, respectivamente, en
los territorios amazónicos.

TRATADO MUñOZ VERNAZA – SUáREZ (1916)

El Tratado Muñoz Vernaza-Suárez fue suscrito el 15 de julio de 1916.


Por él, Ecuador cedió a Colombia el amplio sector comprendido entre
los ríos Caquetá y Putumayo, originalmente perteneciente a la Audien-
cia de Quito. Ecuador se satisfizo con un acceso al Putumayo y recuperó
pequeñas porciones de territorio que habían sido cedidas en 1908 y 1910.
Seis años después, Colombia cedió al Perú gran parte de los te-

21 Ver al respecto: jorge Villacrés Moscoso, “Historia Diplomática de la República del Ecuador”,
Universidad de Guayaquil, 1972, tomo 3.

237
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

rritorios obtenidos de Ecuador por este tratado. Entonces se criticó al


plenipotenciario Alberto Muñoz Vernaza, quien, por su ingenuidad y
falta de experiencia, no había incluido en el tratado una fórmula tradi-
cional en estos casos, que prohibiese a Colombia la cesión a terceras po-
tencias de los territorios recibidos de Ecuador. En su alegato de defensa,
Muñoz replicó a los críticos: “El Tratado de 1916 fue bueno: lo único que
ha faltado es ... la lealtad del Gobierno de Colombia”.
Según el historiador ecuatoriano Pío jaramillo Alvarado, en su
obra “Los Tratados con Colombia”, este instrumento fue prematuro y
excesivamente generoso al ceder territorios sin compensación alguna y
con la renunciación absoluta del Ecuador a sus viejos títulos de dominio
en el Putumayo y el Caquetá. También manifiesta que, hechos los cál-
culos correspondientes, sobre los mapas y planos más autorizados, se
concluye que la extensión territorial cedida por el Ecuador a Colombia,
mediante este tratado, fue de 180 mil kilómetros cuadrados.
Es necesario relievar que este tratado fue aprobado prontamente
por los Congresos de ambos países, que acto seguido nombraron sus
respectivas comisiones demarcadoras para ejecutarlo en el terreno.
Poco después, era electo Presidente de Colombia el negociador
de este tratado, doctor Marco Fidel Suárez, y llegaba a la Presidencia del
Ecuador el canciller que promovió el convenio, doctor Alfredo Baque-
rizo Moreno. Entonces, como parte del cumplimiento de este instru-
mento legal, ambos acordaron reunirse para inaugurar conjuntamente
el puente internacional de Rumichaca, donde Baquerizo pronunció una
frase que se volvería lugar común: “Un puente más es un abismo me-
nos”. De parte colombiana, el compositor Emilio Murillo eternizó ese
encuentro con su famoso bambuco “Rumichaca”.

TRATADO SECRETO LOZANO–SALOMÓN (1922)

El 24 de marzo de 1922, pese a los compromisos públicos y secretos ad-


quiridos con el Ecuador para una defensa común del patrimonio común,
Colombia firmó con Perú el Tratado secreto Salomón-Lozano, por el cual
cedió a este país gran parte de los territorios que el Ecuador le cediera
a ella en 1916, en la zona del Putumayo y el Caquetá, recibiendo a cam-
bio el Trapecio de Leticia, territorio ecuatoriano antes usurpado por el
Perú. Gracias a este tratado, Perú se asomó a la región norte de la hoya
amazónica y acabó de rodear al Ecuador por el lado este. Como ha es-

238
C A P Í T U L O S D E L A H I S TO R I A D E V E C I N DA D C O L O M B O – E C UATO R I A N A

crito Manuel Medina Castro; “Colombia entregó al Ecuador a las fauces


del Perú. (Y) en 1941 el Perú se engulliría la mitad del territorio ecuato-
riano restante.”22
Ecuador se enteró de su existencia de este tratado recién en 1925
y buscó infructuosamente que no fuera ratificado por el Congreso co-
lombiano. Luego, sintiéndose traicionado por Colombia, rompió rela-
ciones diplomáticas con este país.

ACTA TRIPARTITA DE WASHINGTON (1925)

En marzo de 1925 el Ecuador se enteró, con sorpresa, que se había sus-


crito en Washington la denominada Acta Tripartita, por parte de repre-
sentantes diplomáticos de Colombia, Brasil y Perú, junto con el Se-
cretario de Estado norteamericano, por la cual se convalidaba defini-
tivamente un tratado secreto colombo–peruano (Tratado Lozano–Salo-
món) suscrito en 1922, para resolver las diferencias limítrofes entre
Colombia y Perú a costa de un toma y daca de territorios legalmente
ecuatorianos.
¿Cómo se enteró Brasil de ese tratado secreto? No lo sabemos,
pero lo cierto es que se sintió afectado por el mismo, ya que amenazaba
la línea de frontera fijada con Ecuador por el Tratado Tobar–Río Branco
(1904) y sus derechos derivados. Por ello presionó e incluso amenazó a
Colombia y Perú para que no lo dejaran fuera del reparto de territorios
ecuatorianos y los consecuentes derechos de navegación.
La otra pregunta que surge es qué papel jugaban los Estados
Unidos en ese asunto. Y la respuesta es que fue invitado por Colombia,
que demandó sus buenos oficios para contrarrestar las presiones de Bra-
sil. Más allá de esa formalidad, los EE.UU. aspiraban a beneficiarse de
la aplicación de ese acuerdo colombo–peruano, garantizando en su
favor la libre navegación por los ríos de la hoya amazónica.
Así se explica que, por el Acta Tripartita, Colombia y Perú se
obligaran a ratificar el Tratado Lozano–Salomón, Colombia se obligara
a suscribir con Brasil un tratado de límites que reconociera la línea Apa-
poris–Tabatinga (acordada entre Brasil y Ecuador), y Brasil levantara
sus reservas y concediera a Colombia la libre navegación por el Ama-
zonas y los demás ríos comunes.

22 Manuel Medina Castro, “La cuestión limítrofe en el Ecuador”, artículo en “Nueva Historia
del Ecuador”, Enrique Ayala Mora editor, Coedición Ed. Grijalbo–Corporación Editora Na-
cional, Quito, 1992, tomo 12, pág. 327.

239
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

El notable historiador peruano jorge Basadre asignó el éxito de


este tratado colombo–peruano a la decidida intervención de los Estados
Unidos. Escribió:

...La tenaz ingerencia norteamericana (hizo) llevar adelante el tratado.


Fue una victoria del Departamento de Estado... La acción diplomática
norteamericana no aparece visible en relación con la firma misma del
tratado. Pero surge, en cambio, nítida y decisiva, para hacer retirar la
oposición del Brasil en 1925, para insistir en que se efectuara la apro-
bación del Congreso y para precipitar el voto parlamentario de 1927.23

PARA FINALIZAR

Hoy, como ayer, la ingerencia norteamericana marca los proble-


mas fronterizos entre Colombia y sus vecinos, particularmente entre Co-
lombia y Ecuador. Esta vez, el pretexto para esa ingerencia es el combate
al narcotráfico, paraguas bajo el cual se han cobijado el “Plan Colombia”,
la implantación de una base aérea militar norteamericana en Ecuador y
las fumigaciones en el área fronteriza, que han enfriado las relaciones
ecuatoriano–colombianas.
Para Ecuador, la aplicación del “Plan Colombia” ha significado
la intensificación del conflicto armado colombiano en la misma orilla de
su frontera norte, la frecuente incursión de combatientes colombianos
de distinto signo en su territorio, el desplazamiento de cientos de miles
de refugiados hacia las provincias ecuatorianas del norte y la presencia
de una permanente “guerra de nervios”, que tiene en zozobra a la po-
blación fronteriza.
En busca de limitar esos efectos del conflicto colombiano en su
ámbito de soberanía, Ecuador se ha visto en el caso de movilizar una
fuerza militar de casi diez mil hombres a su frontera norte, con un
enorme costo económico, que se suma a los costos que implica la pre-
sencia masiva de refugiados colombianos en su suelo.
Obviamente, esto plantea la necesidad de una nueva relación
fronteriza entre ambos países, que, sobre la base de su tradicional her-
mandad y el respeto mutuo de su soberanía nacional, busque la resolu-

23 Citado por Manuel Medina Castro, artículo citado, p. 327.

240
C A P Í T U L O S D E L A H I S TO R I A D E V E C I N DA D C O L O M B O – E C UATO R I A N A

ción de los problemas que enervan hoy su trato y comunicación interes-


tatal.

NOTA DE CIERRE: este artículo fue preparado a inicios del año 2008, para
la conferencia que el autor sustentó en Bogotá, en la “Cátedra Ecuador: fronte-
ras, vecindad e integración”, organizada por la Academia Diplomática de San
Carlos y el Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Uni-
versidad Nacional de Colombia.
Como salta a la vista, todavía no se había producido el bombardeo y la
incursión militar colombianos en Angostura, del 1 de marzo de 2008, que vio-
laron la soberanía territorial ecuatoriana y tan gravemente han afectado desde
entonces a las relaciones entre Ecuador y Colombia.

241
MIGUEL DE GIJON y LEON,
UN QUITEñO TROTAMUNDOS

Jorge Núñez Sánchez

Entre los más interesantes y curiosos personajes de nuestra historia fi-


gura uno que, en pleno siglo XVIII, viajó por varios países y continentes,
emprendió negocios internacionales, fue amigo de notables filósofos eu-
ropeos, colonizó tierras inhóspitas de España, anduvo en logias france-
sas y cruzó las selvas del Amazonas. Fue, en suma, un perfecto tro-
tamundos.
Para comenzar, es necesario que esbocemos al menos el origen
social de nuestro personaje, don Miguel Gijón y León, que nació en
Quito, en 1717, en una importante familia de la aristocracia criolla. Tanto
por la línea de los Gijón como por la de los León, sus antepasados in-
mediatos eran españoles. Su abuelo Manuel de León, natural de Rei-
nosa, llegó a Quito desde España hacia fines del siglo XVII, para
posesionarse del cargo de Corregidor de Otavalo, y luego, pese a las
prohibiciones legales existentes, contrajo matrimonio con una rica he-
redera criolla de Riobamba, doña Magdalena de Chiriboga, lo cual le
permitió “criollizarse” y vincularse vitalmente a la aristocracia terrate-
niente quiteña. El resultado más evidente fue que don Manuel pasó a
convertirse, para todos los efectos, en un criollo más y ciertamente de
los principales. Así, fue regidor y varias veces alcalde del cabildo de Rio-
bamba, funciones en las que lo siguió su hijo Manuel, mientras que su
hijo Bernardo se asentaba en la capital de la audiencia y más tarde lle-
gaba a ser alcalde de Quito. Entre tanto, su hijo mayor, Gregorio, destacó
como canónigo de grandes luces y su hija Manuela contrajo matrimonio
en 1706 con un español recién venido, Cristóbal Gijón, nacido en Fuen-
terrabía, Guipúzcoa, y llegado con ansias de “hacer la América”.1
Aprovechando el sistema de renunciación de oficios, Cristóbal
Gijón logró suceder a su suegro como titular del rico y extenso corregi-

1 Datos citados por Marcelín Defourfenaux en “Un ilustrado quiteño: don Miguel de Gijón y
León, primer Conde de Casa Gijón, (1717-1794)”, publicado originalmente en el Anuario de
Estudios Americanos, XXIV, Sevilla, 1967, y reproducido en el Boletín de la Academia Nacional
de Historia del Ecuador, en febrero de 1987.

243
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

miento de Otavalo, cargo en cuyo ejercicio acumuló una considerable


fortuna, y más tarde se radicó en Quito, donde llegó a ser alcalde de la
ciudad.
Para tener una idea de la notable fortuna que poseyó Cristóbal
Gijón mencionamos que, entre sus propiedades, figuraban las haciendas
de Conaqui Grande, Conaqui Chuiquito, Carlaco, Periquela, Hospital,
Guadavi, San Andrés del Puente, Puraca y Mojanda (“haciendas de pan
sembrar”), Quichigi (de “potreros de queresa”), San Vicente (de “potre-
ros de ceba”), San Nicolás y Cambugán (“hatos de ganados mayores”),
y la hacienda–obraje de Peguchi. Todos esos bienes se hallaban en las
jurisdicciones de los contiguos corregimientos de Otavalo e Ibarra, al
norte de Quito, que hoy forman los cantones del mismo nombre, en la
provincia ecuatoriana de Imbabura.2
Miguel de Gijón fue el segundo de cuatro hijos y quedó huér-
fano de padre a los 16 años, en 1733. Ante la incapacidad práctica de su
hermano mayor para manejar esos bienes, Miguel asumió desde enton-
ces la administración de la herencia paterna, pesada carga que abandonó
tres años más tarde, por desavenencias con su madre, y que retomó en
1738, tras la muerte de ésta. Durante ese intermedio, la incuria familiar
casi había arruinado esos bienes: las haciendas se hallaban empeñadas
con los prestamistas, el obraje se había cerrado y los indios trabajadores
se habían dispersado por otras comarcas. Así, el joven Miguel debió res-
catarlos y restablecerlos, contando para ello con la ayuda de sus fami-
liares y en especial del Marqués de Villa Orellana. Luego, tras un es-
fuerzo de tres años, mejoró la producción de los bienes familiares y los
puso en mejor situación que antes. Lo que es más, logró todo aquello
sin recurrir al método tradicional, que hubiera sido redoblar la extorsión
a los pobres indios, sino más bien utilizando con ellos métodos de pro-
tección y persuasión, ya que era, según su propia confesión, “inexorable
defensor de mis pobres indios, porque si algún sirviente excediese de
los castigos que yo había moderado, lo despedía y castigaba sin la menor
condescendencia, aunque yo tuviese mucha necesidad de ellos.”3
Mas el restablecimiento de sus propiedades lo dejó cargado de
deudas con sus familiares, por lo que, seguramente aconsejado por sus

2 Ibíd..
3 “Memorias del modo con que yo, Don Miguel de Gijón y León, caballero del Orden de San-
tiago, he empleado los años de mi vida…”, 1790–1794. Manuscrito inédito en poder de la fa-
milia Gijón y solo mostrado parcialmente a Marcelín Defourfenaux, quien lo cita en su estudio.

244
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

parientes quiteños, se lanzó a una audaz aventura comercial en la ruta


Quito–Cartagena, en busca de obtener prontos y significativos benefi-
cios económicos. Cabe destacar en este punto la trascendental impor-
tancia que tuviera esta ruta de comercio para la economía quiteña del
siglo XVIII, especialmente después de que la apertura de la ruta marí-
tima del Cabo de Hornos inundara la región peruano–chilena con tex-
tiles ingleses, privando a Quito de su principal mercado de exportación.
A partir de entonces, la ruta hacia Cartagena cobró creciente importan-
cia, pues las ventas hechas por ella permitieron a Quito y sus provincias
centrales exportar hacia el rico mercado neogranadino los productos
textiles de las manufacturas supervivientes a la crisis, a la vez que los
tradicionales bienes producidos por los artesanos y artistas de la “Es-
cuela Quiteña”: pinturas y esculturas religiosas, platería, orfebrería y
otros.
Para entender mejor esa aventura comercial emprendida por
Gijón, es necesario precisar que esta ruta de comercio ofrecía algunos
elementos de particular atracción para los quiteños del siglo XVIII. Uno
de ellos era la posibilidad de vender manufacturas en las zonas auríferas
del Chocó y Popayán, obteniendo a cambio oro en polvo o en pasta, que
luego se hacía acuñar en la Real Casa de Moneda de Popayán, con lo
cual se lograba monetizar en parte a la arruinada economía del centro
quiteño, no productora de metales preciosos. Otro elemento de atracción
era la posibilidad de acceder a la zona de Muzo y trocar manufacturas
por esmeraldas, que luego eran revendidas con ventaja en el puerto de
Cartagena. Pero la atracción principal de esta ruta de comercio radicaba
en la posibilidad de introducir mercancías de contrabando desde la costa
atlántica hasta las regiones andinas, como lo habían probado inclusive
los académicos franceses que, a comienzos de aquel siglo, vinieron a
Quito para medir un arco del meridiano terrestre.
Hacia allá se encaminó, pues, nuestro personaje, presumible-
mente en 1741, llevando textiles de su obraje de Peguchi y manufacturas
varias, que luego trocó por esmeraldas, las que, a su vez, revendió con
gran beneficio en Cartagena, “donde –según dejó escrito– las buscaban
con furor los comerciantes”.4 El regreso, como era habitual en el negocio,
lo hizo cargado de mercancías europeas y productos asiáticos venidos
a México en el “galeón de Manila” y llegados a Cartagena por la vía de

4 Gijón, “Memorias del modo con que yo…”, cit.

245
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Veracruz. Pero si el resultado de aquel viaje fue espléndido en términos


económicos, lo fue más en términos políticos, pues Gijón se encontró en
Popayán con el virrey de Nueva Granada, don Sebastián de Eslava, con
quien tuvo gratas conversaciones y logró establecer una buena amistad.
Como resultado de todo ello, nuestro personaje retornó a Quito cargado
de riquezas y mercancías, y adicionalmente con dos nombramientos ofi-
ciales: el de Corregidor de Ibarra, para su hermano Manuel, y el de Co-
rregidor de Otavalo, para su propia persona. Y si esos nombramientos
tenían importancia en sí mismos, la tenían mayor en este caso, pues ga-
rantizaban una venta segura y sin interferencias de las mercancías traí-
das de Cartagena por don Miguel, cuya venta le produjo tan pingües
beneficios “que –según dijo en sus memorias– doblé y redoblé los cau-
dales que había llevado y me habían prestado para aquel viaje.”
Ese viaje y sus excelentes resultados económicos iban a marcar
para siempre el destino de Gijón, que siguió traficando ocasionalmente
por esa ruta durante algún tiempo y que luego emprendió viajes de co-
mercio por la antigua y clásica ruta de Quito–Guayaquil–El Callao.
Si los viajes en la ruta de Cartagena le revelaron los grandes be-
neficios que producía el comercio, los nuevos viajes por la “carrera de
Lima” iban a aportarle nuevos y mayores conocimientos sobre el tráfico
mercantil en gran escala. Especialmente le interesó el auge que se vivía
en la producción cacaotera guayaquileña y en la extracción de quina o
cascarilla en las regiones de Cuenca, Riobamba y Guaranda, aunque fi-
nalmente, estimulado por su pariente el Marqués de Villa Orellana, de-
cidió concentrarse en el negocio de la cascarilla, que por entonces gene-
raba un gran movimiento mercantil entre el sur quiteño y el norte pe-
ruano, en razón de que las zonas productivas tenían más fácil acceso a
los puertos peruanos de Paita o El Callao que al puerto quiteño de Gua-
yaquil, donde el fuerte y largo invierno tropical complicaba las opera-
ciones de transporte terrestre.
Todo ese cúmulo de circunstancias determinaron que Miguel
Gijón viajase una y otra vez a Lima y entablase una excelente amistad
con un ilustrado peruano que más tarde alcanzaría renombre universal,
don Pablo de Olavide, entonces oidor de la Real Audiencia de Lima. Y
esa amistad se estrecharía todavía más cuando Gijón estuvo aquejado
de una enfermedad que seguramente fuera malaria, lo que lo llevó a
permanecer en esa ciudad durante alrededor de un año (probablemente
entre 1751 y 1752), hasta su plena recuperación. Entre Gijón y Olavide

246
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

se inició, así, una amistad de gran importancia para la historia hispano-


americana, en razón de los trascendentales efectos que produciría en el
futuro la acción combinada de ambos personajes. Por otra parte, esa
larga permanencia de Gijón en la Ciudad de los Reyes le permitió acce-
der a buenas bibliotecas, comprar libros, cruzar ideas con otros ilustra-
dos y consolidar su ya importante cultura.
Con todo ese bagaje de conocimientos y experiencias, hacia 1753
decidió emprender un sueño largamente acariciado en su imaginación,
cual era el de conocer otros países. Solo que no lo hizo como había in-
tentado hacerlo antes de su enfermedad, esto es, como un simple viajero
interesado en recorrer el mundo, sino como un hombre de negocios que
buscaba conocer mejor el ámbito del comercio internacional, del que ya
tenía buenos atisbos.
Aprovechando una oferta de su pariente el Marqués de Villa
Orellana, tomó a su cargo un gran cargamento de cascarilla colocado
por éste en el puerto de Paita y emprendió viaje a Panamá. No hallando
navíos de registro que transportaran esa gran carga, que ascendía a más
de mil quintales, la transportó en chatas y bajeles hasta Panamá y luego
en 400 mulas hasta la otra orilla del istmo, desde donde pasó grandes
trabajos para llevar su carga hasta La Habana y finalmente hasta Cádiz.
Cuando el viaje concluyó, los costos de transporte o los daños causados
por el viaje habían mermado la preciosa carga de Gijón en cosa de un
veinte por ciento. Empero, la venta del producto restante le produjo a
nuestro viajero un enorme beneficio. Lo que es más, tanto las dificulta-
des vividas como las ganancias logradas le permitieron completar sus
conocimientos acerca del comercio internacional, lo que dos décadas
más tarde le serviría para ilustrar al rey de España acerca de la conve-
niencia de instituir un sistema más abierto de comercio entre España y
sus posesiones americanas.

GIjON Y OLAVIDE EN EUROPA

Aunque el tema central de nuestra disertación se refiere precisamente a


las ideas económicas que llegó a desarrollar y difundir Miguel de Gijón
y León, no podemos soslayar algunos hechos trascendentales de su vida,
que tuvieron lugar en la península ibérica y otros países europeos, y
siempre en vinculación con su antiguo amigo y socio de negocios, el li-
meño Pablo de Olavide, quién había viajado a España en 1752, para de-

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

fenderse de graves acusaciones en su contra. Dos años más tarde, por el


tiempo en que Gijón llegó a Madrid, su amigo Olavide resultó benefi-
ciado con un indulto real. Y de inmediato, gracias a un oportuno casa-
miento con la riquísima viuda Isabel de los Ríos, el limeño volvió a
convertirse en un hombre rico y poderoso, teniendo siempre como socio
de negocios a su amigo quiteño.
Dos años más tarde, los dos amigos ingresaron paralelamente a
la Orden de Santiago, lo cual revela a las claras que eran merecedores
del favor real. Inteligentes, audaces y ricos, ambos americanos siguieron
manejando sus negocios de comercio, pese a que su condición de miem-
bros de una orden de caballería les impedía por principio dedicarse a
tarea tan vil como ésa; para ello se valieron del subterfugio de asociarse
con un gran comerciante de Madrid, don josé de Almarza, quien figu-
raba al frente de sus negocios comunes.
A la par que acrecentaban su fortuna personal, fueron vinculán-
dose estrechamente a los círculos ilustrados de la capital imperial, donde
valoraron sus ideas liberales y su espíritu reformista. Todo parece indi-
car que por entonces se iniciaron los dos en la masonería, bajo la tutela
del Conde de Aranda, fundador y Gran Maestre del Grande Oriente Es-
pañol. Tras la expulsión de los jesuitas, Olavide fue designado director
del nuevo Hospicio de Madrid por influencia de Aranda, y Gijón fue
nombrado liquidador de temporalidades del Colegio Imperial de Ma-
drid, por influencia del ministro de Hacienda, Músquiz, todo ello al
decir de Marcelin Defourfenaux, biógrafo de ambos personajes.5 Pero
su principal destino administrativo estaba todavía por llegar y llegó
efectivamente en 1767, cuando Olavide fue puesto al mando del nove-
doso plan de colonización de la Sierra Morena, con el rango de Supe-
rintendente, lo que le permitió nombrar como su segundo a Gijón, que
aceptó el cargo con el carácter de “ad honorem”. Olavide fue designado
poco después director de la “Asistencia” de Sevilla y luego “Intendente
de los cuatro reinos de Andalucía”, cargo que equivalía al de un virrey.
En la práctica, eso significó que Gijón debió asumir prácticamente solo
el trabajo de traer desde Alemania a un gran número de vasallos pobres
del rey de España: campesinos, artesanos, vagos y mendigos, para em-
prender con ellos las tareas de colonización y creación de nuevas pobla-
ciones. Entre tanto, su amigo Olavide, amante del buen vivir tanto como

5 Defourfenaux, cit., p. 69.

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de las ideas liberales, se rodeaba en Sevilla de “los hombres más distin-


guidos e ilustrados de la ciudad”, entre los cuales el joven magistrado
jovellanos, y abría una tertulia en su casa, que pasó a convertirse “en
centro de reunión de todos cuantos seguían la moda.”6
El esfuerzo colonizador de la Sierra Morena fue ciertamente gi-
gantesco, pues no solo se trataba de poblar unos eriales olvidados, sino
de volverlos fértiles mediante la creación de obras de riego y, finalmente,
de desarrollar en esa región de Andalucía un experimento de reforma
social y organización agraria, que sirviera como modelo para otras re-
giones del imperio.
En cuanto a lo religioso, bajo el ideario liberal de Aranda y Cam-
pomanes, compartido plenamente por Olavide y Gijón, la Iglesia debía
estar presente en las nuevas poblaciones pero ser mantenida lejos del
manejo político de ellas, para evitar que se produjeran conflictos y gue-
rras de religión, en atención a que muchos de los colonos alemanes eran
protestantes. Así, se permitió la instalación de los capuchinos suizos en
las nuevas poblaciones, pero se prohibió establecer conventos en ellas.
Al fin, eso provocó un enfrentamiento entre Olavide y los capuchinos
suizos, cuyo superior lo acusó ante la Inquisición de “hereje, ateo y ma-
terialista”.7
Esto habría de convertirse en motivo adicional para una crisis
político–religiosa que terminó por enfrentar a los jefes del bando liberal
con la Iglesia, que había sido afectada en seguidilla por varias medidas
reformistas de éstos, entre las que destacaban la expulsión de los jesuitas
la reforma universitaria impuesta por el Estado (que, entre otras cosas,
suprimía la antigua atribución de los conventos para otorgar títulos uni-
versitarios), la secularización de algunos centros educativos y final-
mente esa limitación para que los eclesiásticos interviniesen de modo
influyente en el plan colonizador de la Sierra Morena.
Menos de tres años estuvo Gijón al mando efectivo de plan co-
lonizador, del que finalmente se separó a fines de 1769, fastidiado por
las trabas y críticas del consejero de Castilla, Pérez Valiente, que se ha-
llaba encargado de inspeccionar el proyecto. Y renunció pese a que Ola-
vide le insistió en que continuara al frente del asunto y aun el mismo

6 jean Sarrailh, “La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII”, Fondo de Cultura
Económica, México, 1981, p. 620.
7 La denuncia en: Antonio Ferrer del Río, “Historia del reinado de Carlos III en España” Imp.
de Matute, Madrid, 1856, t. III, p. 46.

249
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conde de Aranda se negó a admitir su renuncia, manifestándole que,


por el contrario, el rey estaba muy satisfecho con sus servicios y deseaba
que continuara al frente de la obra colonizadora. Es que Gijón era hom-
bre de una sola pieza: honrado, serio, franco hasta la temeridad e in-
transigente con quienes dificultaban su labor o pretendían afectar su
honor personal.
Retirado de la Sierra Morena, se dedicó a cuidar una extensa
propiedad que tiempo atrás había adquirido cerca de Málaga, en la que
desarrolló cultivos de caña e instaló ingenios de azúcar, antes de em-
prender en cultivos experimentales de plantas americanas, tales como
quina y algarrobo. Luego, en 1771 compró otra propiedad en los extra-
muros de Málaga y ahí dio inicio a su propio y particular proyecto de
colonización y reforma urbana, destinado a dar vivienda y trabajo a mu-
chas familias pobres de la región. Y llamó a su obra “La Carolina Mala-
gueña”, en homenaje al rey Carlos III, al que admiraba por su espíritu
reformador y moderno.

EL PENSADOR LIBERAL

Por la misma época en que desarrollaba su proyecto malagueño, Gijón


se vinculó a la “Sociedad de Amigos del País” de Madrid, a donde llegó
en marzo de 1776, precedido por su fama de industrial, pensador ilus-
trado y filántropo. Ese iba a ser el foro en que nuestro personaje expon-
dría libremente sus ideas políticas y económicas, que lo revelarían como
un reformista avanzado y sin duda el más auténtico pensador librecam-
bista de esa España ilustrada de fines del siglo XVIII.
Durante los dos años siguientes, Gijón fue uno de los más acti-
vos socios de la organización, a la que presentó varias memorias de gran
interés, sobre asuntos económicos y sociales. Como socio que era por el
ramo de la industria, se interesó vivamente en el tratamiento de temas
referidos al desarrollo de la industria textil, que el veía como uno de los
medios de promover el progreso de España. Así, en octubre de 1776 pre-
sentó una memoria sobre el establecimiento de “Escuelas Patrióticas”
para la enseñanza de la industria textil a las jóvenes campesinas, desa-
rrollando de modo práctico una idea que su amigo Campomanes había
esbozado un año antes en su “Discurso sobre el fomento de la industria
popular”. Luego, en febrero de 1777 presentó un proyecto para desarro-
llar en España la industria del algodón, mediante la importación de ma-

250
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

teria prima desde el Perú. Poco más tarde, en abril de 1777 leyó otro tra-
bajo útil a la industria textil, titulado “El uso del termómetro para la cría
de los gusanos de seda”.
También se interesó por el cultivo de plantas americanas útiles
a la economía española y el fomento de la arborización en la península.
En septiembre de ese mismo año envió desde Ecija una “Noticia circuns-
tanciada del cultivo del algarrobo” que se hacía en la localidad y en
marzo de 1779 presentó un trabajo sobre el “fomento de arbolados, bos-
ques y montes, y medios de hacer viveros y plantar árboles para los as-
tilleros en la costa de Málaga.”8
En fin, mostró también su interés por los problemas sociales, el
primero de los cuales era el de la pobreza campesina. Y tomó parte en
la redacción del “Informe sobre las reglas para la formación de un Monte
Pío para socorrer a los labradores”, proyecto que se encaminaba a finan-
ciar el sostenimiento de los campesinos pobres en épocas previas a la
cosecha.
Sin embargo, su principal interés teórico estaba centrado en el
tema del libre comercio entre España y las Indias, que ciertamente cono-
cía mejor que nadie. Por sus propias declaraciones se sabe que Gijón
había venido redactando desde 1760 “diferentes papeles y memorias, en
que no solamente he explicado por razonamiento la necesidad de que se
permita un comercio libre para el Perú, sino también sobre el práctico
uso que nuestra desgraciada nación hace de ello, sujeto a las pragmáticas
y reglamentos del comercio que en algún tiempo serían acertados, pero
que en el estado presente de la Europa son sumamente perjudiciales para
el Perú y sus vasallos.”9 Si esos papeles y memorias no habían salido a la
luz pública, obvio es pensar que estuvieron destinados a ilustrar el crite-
rio de sus amigos en el gobierno metropolitano y, en última instancia, el
del rey de España, cuyo visto bueno resultaba indispensable para cual-
quier reorientación de la política económica española.
Uno de esos memoriales es el que Gijón envió el 1º de septiem-
bre de 1776 a su amigo y protector político, el Conde de Campomanes,
que era uno de los españoles más versados en economía y cuya opinión
gozaba de considerable influencia en la corte de Madrid.10 Unos años

8 Cit. por Defourfenaux, p. 74.


9 Carta de Gijón a la Sociedad de Amigos del País, de Madrid, sin datos; citada por Defourfe-
naux, p. 75.
10 Para entonces, Campomanes presidía la “Real Sociedad Económica Matritense de Amigos
del País”, donde acababa de presentar dos de sus famosas memorias, una “Sobre el estable-

251
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

atrás, Campomanes había escrito unas “Reflexiones sobre el comercio


español a Indias”, que no fueron publicadas entonces, sino recién en
1988, y en las cuales este notable ilustrado asturiano buscaba sistemati-
zar los conocimientos y datos que se tenían sobre el tema y formular
una estrategia mercantilista para España, que enriqueciera al Estado me-
diante la liberalización del comercio con América y otras medidas com-
plementarias.
En la misma fecha, Gijón dirigió otro memorial de similar corte
e intención a don josé Bernardo de Gálvez, un profundo conocedor de
la realidad hispanoamericana, pues había sido Visitador General del Vi-
rreinato de Nueva España, donde destituyó al virrey Marqués de Crui-
llas y colaboró con el nuevo virrey, Marqués de Croix, en la expulsión
de los jesuitas. Pues, bien, Gálvez acababa de ser nombrado Ministro de
Indias y Gijón se dirigió a él, el 1º de septiembre de 1776, con el fin de
estimularlo a tomar medidas prácticas para favorecer el libre comercio
intercolonial.
Paralelamente, preparó una tercera Memoria sobre el tema, des-
tinada a leerse en la Sociedad de Amigos del País de Madrid, pero la
lectura se suspendió por razones políticas, pues parece que su amigo
Campomanes le aconsejó que no la diera a luz mientras el gobierno no
resolviera definitivamente el asunto del libre comercio con las Indias.
De ahí que su trabajo pudiera leerse en la Sociedad recién el 7 de marzo
de 1778, en un acto que parecía destinado a respaldar la aplicación de
la Real Cédula del 2 de febrero anterior, por la que el gobierno español,
dirigido por el conde de Floridablanca, tomó las primeras medidas para
el comercio libre entre España y América.
Comenzaba su memorial a Campomanes diciendo: “Siendo tan
importante el objeto del comercio en el sistema actual del mundo, y en que
todas las potencias ponen su mayor estudio, los españoles tenemos aban-
donados los que debiéramos hacer con muchas ventajas. El tiempo en que
se tomaron las sabias y circunspectas medidas para el comercio de Indias,
ya pasó. Los españoles y aun extranjeros están admirados de que no mu-
demos el sistema de flotas, y que en lugar de los galeones nos hayamos
ceñido a (enviar) un pequeño número de (navíos de) permisos.”11

cimiento de Escuelas Patrióticas de Hilados” y otra “Sobre poner en sólida actitud las tres
clases de la Sociedad: de agricultura, industria y oficios”, ambas leídas el 6 de abril de 1776.
11 Para el presente trabajo hemos consultado el texto original de la Memoria presentada por
Gijón a Campomanes el 1º de septiembre de 1776, existente en el Archivo General de Indias,
Sección Quito, Legajo 223.

252
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

A continuación, tras ensayar una historia crítica del sistema co-


mercial español en la llamada “carrera de Indias”, entraba al análisis
de los problemas del comercio intercolonial español y sus posibles so-
luciones.
Después de explicar con cifras concretas los principales rubros
de producción de las islas francesas e inglesas del Caribe, mostraba su
asombro por el hecho de que aquellas posesiones coloniales, que eran
unos “puntos invisibles” en comparación con los “inmensos continentes
de Nueva España, Tierra Firme y el Perú”, exportaran más bienes co-
merciales que las grandes colonias españolas, por lo cual afirmaba:
“Cuando los extranjeros sacan partidos tan ventajosos, … los españoles
hacemos un comercio miserable.” En la culminación de su minucioso
análisis, concluía demostrando con cifras que solamente los ingleses y
franceses juntos sacaban de la producción y comercio de sus pequeñas
colonias del Caribe “mayor valor en sus frutos que lo que todo el Perú
nos contribuye con su oro y plata en cada seis años.”12
Empero, precisaba que la raíz del problema no radicaba en la
falta de producción exportable en las posesiones españolas, sino en un
anticuado sistema de comercio basado en el monopolio, por el que muy
pocos navíos de permiso podían ir de España hacia América y retornar
cargados de productos americanos. Así, señalaba, “apenas se puede
traer un poco de cacao y de quina, quedándose allá considerable porción
de quina, de algodón, de cueros al pelo, cordobanes, lanas de oveja, de
alpaca y de vicuña.”13 Concluía denunciando que por falta de transpor-
tes en qué enviarlos a España, los productores hispanoamericanos ter-
minaban llevando algunos de esos productos a Panamá y vendiéndolos
a comerciantes ingleses de jamaica u holandeses de Curazao, mientras
que otros productos simplemente se dañaban o mal vendían en los mis-
mos sitios de producción, con ruina para el productor y ninguna ventaja
para el real erario. “Si el comercio activo y pasivo con la metrópoli diese
segura exportación a los frutos, y por consiguiente que compensase sus
gastos a los colonos, aquellos inmensos territorios darían frutos y mate-
rias primas en mucha mayor abundancia que las Islas Antillas o de Bar-
lovento”, afirmaba.14
Demostraba también que el vigente sistema comercial estaba vi-

12 Ibíd
13 Ibíd..
14 Ibíd..

253
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

ciado en su esencia, pues se limitaba a enviar cada año unos pocos na-
víos de permiso, que iban para América cargados de productos de alto
precio comprados a los países industriales de Europa, y volvían a Es-
paña cargados del oro y plata del Perú, metales estos que finalmente
terminaban en manos extranjeras, en pago de las mercancías llevadas al
Nuevo Mundo. Por ello, parafraseando a Ustáriz, Gijón afirmaba que
“los españoles, en lugar de alegrarse del arribo de sus flotas y galeones,
debían llorar de que todos sus caudales eran conocidamente para los
extranjeros.”15
Gijón iba más allá y demostraba que, inclusive en el caso de que
esos caudales de oro y plata traídos de América no fuesen a parar al ex-
tranjero, constituían, por su monto, un negocio bien pobre para España.
¿Qué significan, inquiría, “los 5 millones, más o menos, que se traen del
Perú en oro y plata, en comparación con 33 millones y 200 mil pesos
fuertes que valen los frutos y materias primas que solos los ingleses y
franceses traen de sus islas?”16 En su opinión, esa cuestión traía apare-
jada otra igualmente grave: el sistema productivo y comercial de los in-
gleses y franceses daba trabajo a muchas gentes de mar y tierra,
estimulaba la industria naval, impulsaba en las metrópolis la produc-
ción de bienes industriales destinados a las colonias, y en las colonias,
de materias primas y bienes destinados al consumo de sus metrópolis y
a la venta a otros países, todo lo cual se reflejaba en una creciente riqueza
y bienestar de esos países. En comparación, demostraba que “en el in-
feliz comercio de España no hay otra ciencia, arte ni aplicación que el
que cuatro españoles de Cádiz y otros tantos de Lima sepan comprar y
vender algunos frangotes de ropas preciosas, que apenas caben en 3, 4
ó 5 navíos de permiso.”17
Como principales conclusiones de su memoria, Gijón planteaba:

1. Que al real erario y a la nación española le debían interesar


“más de 20 veces cualquiera cantidad que venga en frutos del
Perú, que el que viniese a España la misma cantidad en oro
y plata”.
2. Que la primera medida para resolver los problemas del co-
mercio intercolonial radicaba en que “el gobierno permitiese

15 Ibíd..
16 Ibíd..
17 Ibíd..

254
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

a todos los españoles y de todos los puertos de la península


que armasen bajeles comerciantes y los despachasen a todos
los puertos de Indias…, con escala y tránsito de unos a otros”
con el fin de llevar productos españoles y traer materias pri-
mas y frutos americanos.
3. Que se debería estimular que en todas las tierras fértiles y
amplios desiertos del Perú y otras regiones se cultivasen
“todos los preciosos frutos connaturales al país y al clima”,
entre otras cosas permitiendo la libre introducción de escla-
vos.
4. Que para evitar los riesgos naturales que suponía la navega-
ción por el Cabo de Hornos, aumentados por la presencia de
los ingleses en la islas Falkland, se debía reorientar el comer-
cio del Perú, Chile y Quito hacia el istmo de Panamá, donde
debía emprenderse la apertura de un canal por el río Chagre,
cuya construcción podría financiarse con capitales particula-
res, para forzar “las barreras que puso la naturaleza para im-
pedir la comunicación de los dos mares y de los dos mun-
dos”, con lo cual, aseguraba, “veríamos con mucha facilidad
florecientes nuestros comercios.”18

GIjÓN Y SU IDEA DE ABRIR UN CANAL EN PANAMÁ

A su vez, en el memorial dirigido al Secretario Universal de Indias, josé


de Gálvez, Gijón le decía que “toda España est(aba) ya llena del concep-
to y gozo” de que, con su elevación, se iniciaba “la feliz época en que
los comercios a Indias ser(ían) útiles al Estado”, toda vez que hasta en-
tonces habían sido muy perjudiciales. Planteaba de entrada su idea cen-
tral: “Si el comercio fuese libre y general a todos los puertos de España,
se llevarían a Indias frutos de los países respectivos, y géneros de sus
fábricas… De retorno traerían de Indias, en copioso número de buques,
cuanto oro y plata producen, y lo que es más, traerían tantos preciosos
frutos que producen las Américas, que se quedan allá por falta de bu-
ques o clandestinamente se los traen los extranjeros en derechura a sus
reinos.” Insistía en que del área del Pacífico Sur no se llevaban a España
más que oro, plata y una pequeña parte de cacao y quina, y denunciaba:

18 Ibíd..

255
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

“Una parte de los más preciosos, como la quina y el cacao, pasan a Pa-
namá, y se los llevan los ingleses, holandeses y franceses desde Chagre
y Portobelo…”
Reconociendo las dificultades que planteaba la navegación por
el Cabo de Hornos, agregaba que esta podría complicarse todavía más
en el futuro, “porque habiéndose establecido los ingleses en las Islas Fal-
kland (Malvinas), se han puesto en proporción de interrumpirnos el co-
mercio siempre que quieran.” Todo esto lo llevaba a una conclusión
importantísima, que expresaba de este modo: “Parece que el único re-
medio para hacer más cómodo y seguro el comercio de unos reinos tan
bastos, y tan opulentos en oro, plata y frutos, sería que la tierra abriese
sus puertas a la navegación y que uniese los límites de los dos mundos,
si se abriese un canal navegable en el Istmo de Panamá, el cual es más
fácil y menos costoso que el que acaba de establecerse para el Reino de
Murcia, como que éste debe tener cincuenta y tres leguas, y aquel nece-
sita de cinco leguas hasta que pueda incorporarse con el río de Chagre,
que es navegable desde Cruces.”
Los memoriales de Gijón sobre el comercio libre vinieron a dar
respuesta al viejo interrogante que se formularan los gobernantes espa-
ñoles, acerca de por qué España se beneficiaba tan poco de la posesión
del más grande imperio colonial del mundo, y precisamente por eso lo-
graron el resultado apetecido. Conmovido por las razones del quiteño,
su amigo josé de Gálvez promovió la implantación del comercio libre
entre España y sus dominios americanos. Y el 12 de octubre de 1778, el
rey Carlos III dictó finalmente el esperado “Reglamento para el Comer-
cio Libre”, por el que se habilitaba a trece puertos españoles para co-
merciar con América y a veintidós puertos americanos para comerciar
libremente con España; además, se abolían ciertos derechos y se rebaja-
ban otros.
A propósito del pensamiento económico de Gijón, su biógrafo
Defournefaux afirmó en 1967 que “muchas de las ideas desarrolladas
por Miguel Gijón carecen de originalidad”, poniendo como ejemplo los
estudios previos hechos sobre el tema del comercio por josé del Campi-
llo y Bernardo Ward, y los análisis coetáneos del mismo conde de Cam-
pomanes. Empero, el notable y erudito estudio de jean Sarrailh sobre
“La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII”, publicado
originalmente en idioma francés en 1954, estableció ya que la obra del
irlandés Ward fue escrita hacia 1762 pero publicada por primera vez re-

256
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

cién en 1779. Además, los estudios de la historiadora argentina Rosa


Cusminski de Cendrero han demostrado que la obra de Ward publicada
en 1779 fue en gran parte un plagio del “Nuevo sistema de gobierno
económico para la América”, de Campillo, elaborado en 1742 y publi-
cado recién en 1789, aunque Sarrailh precisa que el plagio pudo ser
hecho por el editor de Ward, que publicó la obra después de la muerte
de su autor. En síntesis, tanto la obra de Campillo como la de Ward fue-
ron publicadas después de que Gijón leyera su opúsculo en la “Sociedad
de Amigos del País” de Madrid, y mal pudieron ser antecedentes del
pensamiento de nuestro personaje, gestado desde mucho tiempo atrás
y a partir de experiencias propias y particulares.
Claro está, lo dicho no excluye que algunas ideas de Campillo,
hechas públicas durante su ministerio, pudieran haber influido en el
desarrollo del pensamiento de Gijón, cuestión que no desmerece la obra
del quiteño, que, como lo reconoce Defournefaux, “no se limita a una
crítica general del sistema, sino que la apoya sobre ejemplos concretos,
derivados de una larga experiencia de las dificultades del comercio ame-
ricano.”19 Además, como precisa el biógrafo, su Memoria se orienta tam-
bién a promover una mejor explotación de los recursos naturales
americanos, y en especial los frutos y productos vegetales, en oposición
a la tradicional explotación minera de oro y plata.20
Pero Miguel Gijón no era solo un pensador librecambista sino
también un reformador social, que se preocupaba por resolver los gran-
des problemas de la sociedad, tanto en España como en América. Fue
así que ejercitó una aguda crítica sobre la pobreza y sus causas, sobre la
miserable situación de los indios y otros problemas similares, pero,
como buen ilustrado que era, planteó paralelamente un abanico de so-
luciones prácticas para la resolución de los mismos, que abarcaban
desde reformas políticas y económicas hasta cambios tecnológicos e in-
novaciones en los usos sociales.

LAS ULTIMAS AVENTURAS DE MIGUEL GIjON

Mientras Gijón emprendía su proyecto de la Carolina Mala-


gueña y desenvolvía sus ideas de avanzada en la Logia Matritense y la
Sociedad de Amigos del País, de Madrid, la Iglesia buscó tomar repre-

19 Defourfenaux, cit., p. 80.


20 Ibíd..

257
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

salias contra los reformadores liberales, por medio de su brazo repre-


sivo, la Inquisición, que apresó y encausó a Olavide acusándolo de he-
rejía y de pertenecer a la masonería. Gijón, que estaba alerta, se mantuvo
aparentemente alejado del problema, pero por lo bajo desenvolvió va-
rias actividades encaminadas a salvar a su amigo limeño, ocultando
pruebas perjudiciales, comprando testigos de la acusación y finalmente
preparando la huida de Olavide hacia Francia.
En lo personal, cuando la Inquisición lo citó, en julio de 1778, a
testificar en el proceso contra Olavide, logró ponerse a salvo discreta-
mente, saliendo de modo legal de España y refugiándose en Francia,
donde se dedicó a cuidar las inversiones que poseía junto con su amigo
Olavide y a cultivar la amistad de algunos importantes ilustrados fran-
ceses, entre los que figuraban los autores de la afamada “Enciclopedia”:
Diderot y D’Alambert. Más tarde, viajó a Ginebra en compañía de su
sobrino el marqués de Villa Orellana, con el objeto de visitar al filósofo
Rousseau y de encargar la fabricación de unas máquinas destinadas a
la explotación minera en la Audiencia de Quito. Así, esos viajes fuera
de España le proporcionaron a Gijón la ocasión de trabar amistad con
los más altos representantes del pensamiento liberal francés, en los años
previos al estallido de la revolución francesa.
Varios escritores que han estudiado el tema, como el holandés
jean de Booy21 y el biógrafo francés Marcelin Defournefaux, han esta-
blecido que entre Diderot y Gijón llego a existir una íntima amistad, pre-
guntándose el modo en que ésta surgió y se acrecentó. En nuestra opi
nión, la explicación más plausible hay que buscarla en las relaciones de
fraternidad masónica que unían a estos personajes entre sí y que tam-
bién los vinculaban con varios otros de sus respectivos entornos. Dicho
de otro modo, el marco para esas estrechas relaciones de amistad estaba
dado por los vínculos de colaboración existentes entre los masones es-
pañoles y franceses, a través del Grande Oriente Español y el Gran
Oriente de Francia.
Esas relaciones serían también de la mayor importancia para
Olavide, preso y sentenciado por la Inquisición, de cuya suerte Gijón
informó a Diderot y otros filósofos franceses, que se interesaron por el
destino del limeño. Entre tanto, Gijón se aplicó a conseguir que los acu-
sadores de Olavide retiraran sus cargos y que los mismos inquisidores
aflojaran su condena y le permitieran pasar a un régimen de libertad vi-
21 jean de Booy, “A propos de l’ “Encyclopédie” en Espagne. Diderot, Miguel Gijón et Pablo de
Olavide”, en Revue de Littérature Comperée, XXXV, Nº 4, octubre–diciembre de 1961.

258
M I G U E L D E G I J Ó N Y L E Ó N , U N QU I T E Ñ O T ROTA M U N D O S

gilada en su casa de Sevilla, desde donde el prisionero finalmente huyó


a Francia. Finalmente los dos amigos volvieron a encontrarse, en mayo
de 1781, en París, donde Gijón permanecía por temporadas, pues se
había embarcado en nuevas empresas económicas, siendo la principal
de ellas su proyecto de explotación aurífera para Quito. Fue allí donde
recibió, en 1784, la noticia de que el rey de España le había concedido el
título nobiliario de Vizconde de la Carolina Malagueña y a continuación
un título de Castilla, con la denominación de Conde de Casa Gijón.
Ese título nobiliario le vino muy oportunamente, pues le per-
mitió solicitar la protección del rey y de sus ministros para su proyecto
minero en América, especialmente para el tránsito de la maquinaria y
de los operarios de la misma desde Europa hasta Quito. De este modo,
pudo finalmente embarcarse con sus ayudantes y artefactos y llegar a
su destino, no sin antes sortear las consabidas dificultades aduanales y
burocráticas.
A la vez gran empresario y enamorado de la filosofía liberal,
una vez instalado en Quito se abocó a financiar el costoso montaje de
su empresa y, poco después, se asoció con el sabio doctor Espejo y su
sobrino el marqués de Villa Orellana para impulsar la creación de una
fraternidad masónica denominada “Escuela de la Concordia”, destinada
a promover las nuevas ideas en la capital de la audiencia y a motivar a
los criollos quiteños respecto de su propio desarrollo económico.
Pero Quito no era Madrid y las autoridades coloniales no mos-
traban la misma tolerancia que las metropolitanas respecto de las nuevas
ideas que traía Gijón, las que alarmaron especialmente a la Inquisición
limeña, que en enero de 1789 ordenó a Gijón que compareciera en un
plazo de cuatro meses, para enfrentar una acusación por el delito de
“proposiciones e irreverencias”.22 Tras dos años de plantear dilatorias y
pedir plazos adicionales para su comparecencia, Gijón comprendió que
se estrechaba el cerco inquisitorial a su alrededor y prefirió escapar a
España, donde esperaba ampararse bajo la protección de sus amigos li-
berales y hermanos masones. Pese a sus setenta años de edad, cruzó la
cordillera central de los Andes y navegó por los ríos de la hoya amazó-
nica hasta llegar a Manaos. De ahí escribió al embajador español en Lis-
boa, pidiendo autorización para regresar a España. El embajador con-
sultó el asunto con el conde de Aranda, que nuevamente se hallaba de
ministro de Estado, y éste autorizó el regreso de Gijón a la península.
22 El proceso contra Gijón en Archivo Histórico Nacional, Madrid, Fondo Inquisición, legajo
1649, expediente Nº 14.

259
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Mas el esforzado conde no lograría completar su viaje de re-


greso. Se embarcó en Manaos hacia Cádiz, en un barco que hacía escala
en jamaica. Ahí desembarcó y se hospedó en una posada, donde murió
el 11 de septiembre de 1794, mientras leía en su cama, al ser envuelto
por el incendio del mosquitero que lo cubría. Fue, sin duda, la extinción
simbólica de un hombre representativo del “siglo de las luces”.

260
EL LIBRO DE CARLOS PALADINES: EL MOVIMIENTO
ILUSTRADO Y LA INDEPENDENCIA DE QUITO

Ruth Gordillo R.

Digo “el libro de Carlos Paladines” porque el acto mismo de la


selección de autores y textos, implica la puesta en juego de la creación
en su significado más justo y arcaico, el de la poiesis. En efecto, el autor
toma un contexto teórico-histórico y busca en el tiempo determinar los
contenidos posibles sobre el tema de la Independencia de Quito; allí
marca el sentido de estas páginas que hoy, a propósito de una celebra-
ción, vuelve a entregar fundamentalmente a los filósofos pero también
a los políticos y a los historiadores.
Hay una serie de consideraciones fundamentales que debo se-
ñalar antes de iniciar la presentación de este texto. Primero es necesario
partir de la importancia filosófica que tiene para la historia del pensa-
miento universal. Segundo, la relevancia dentro de la necesidad de re-
vitalizar el ámbito de la reflexión que, en el caso del tema del texto, la
Ilustración, coloca a la razón en el eje de toda intención del filosofar con-
temporáneo. Y, tercero, la inagotable riqueza que ofrecen los autores se-
leccionados para trabajar los temas políticos, históricos y económicos
que actualmente ocupan a diversas esferas de la sociedad ecuatoriana.
Los criterios de periodización que se anuncian en el estudio in-
troductorio están dados por Arturo Andrés Roig cuya empresa filosófica
llegó al Ecuador con el afán de dar forma al pensamiento que subyace
en la amplia producción de trabajos de ensayo, cursos de Filosofía, tra-
bajos científicos, políticos, jurídicos y religiosos. Todo este material ha
sido periodizado en cuatro fases que recorren el proceso de Indepen-
dencia de Quito: la fase de emergencia cuya características fundamental
es la emancipación del pensamiento, la fase de confrontación y lucha
que se centra en el pensar crítico y renovador, la fase de esplendor que
instaura la necesidad de consolidar en los hechos los ideales propia-
mente ilustrados y, finalmente, la fase de consolidación y ocaso que des-
arrolla el advenimiento de una serie de elementos utópicos, prácticos y
románticos que entran en contradicción con algunos de los ideales de
la fase anterior.

261
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Esta delimitación de tres fases tiene presupuestos en varias dis-


ciplinas, específicamente en la Historia, la Filosofía y la Política. Estos
presupuestos se hallan relacionados por una característica propia del
pensamiento ilustrado que se define en el acento especial en la política,
a través del discurso político. Todo ello, enuncia Carlos, sustentado en
los discursos filosóficos que abordan la metafísica, la ética y la lógica.
Esta forma de ordenar el pensamiento da importancia crucial a una pos-
tura respecto del lenguaje y de su función discursiva, orden enunciado
por Roig respecto de la Filosofía política. El tema de la Historia completa
el momento de los presupuestos cuando claramente se entiende que los
procesos de independencia se periodizan desde una continuidad en la
que es posible encontrar ciertos elementos que actúan de forma dialéc-
tica como es el caso de la fase de consolidación que, señalamos en el pá-
rrafo anterior, plantea un debate entre ilustrados y utópicos y román-
ticos, debate que según Carlos, deja ver el ocaso de una época que difí-
cilmente se podrá recuperar por el sentido que imprimió al desarrollo
intelectual de estas tierras.
Desde esa mirada, la Ilustración se construye como pensa-
miento profundamente vinculado a procesos históricos de cambios ra-
dicales. Así nació en Europa y así se lee en los textos elegidos por Carlos
especialmente en las dos primeras fases de periodización: aparecen los
trabajos sobre Filosofía y ciencias de Francisco Aguilar, josé María Linati
y B. Mauel Carbajal, en la primera y el invaluable Eugenio Espejo , josé
Mejía Lequerica, josé joaquín de Olmedo, Domingo Larrea, josé Luis
Riofrío, Manuel josé Caycedo, Miguel Antonio Rodríguez, Manuel Ro-
dríguez de Quiroga, Luis Quixano, Francisco Rodríguez de Soto, Ma-
riano Valdivieso, en la segunda. En todos ellos aparece una de las formas
más relevantes y de valor actual que tiene la Ilustración, esta es, el pen-
sar crítico sobre estructuras filosóficas, científicas, políticas, económicas
y sociales establecidas y que no dejaban lugar a los ideales y proyectos
históricos de aquellos convulsionados años.
Precisamente a la luz de esta razón crítica es posible decir que
el libro de Carlos Paladines tiene validez más allá del conocimiento del
sentido del pasado, ahora más que nunca, cuando el pragmatismo y el
utilitarismo han dejado al sujeto huérfano de toda posibilidad de ejercer
su voluntad de discernir, ahora, a doscientos años, la necesidad de re-
cuperarnos como sujetos críticos se impone con la misma fuerza que
apareció en los viejos ilustrados en su afán de lograr la emancipación.

262
E L L I B RO D E C A R L O S PA L ADINES

Emancipación no solo de estructuras políticas, económicas y sociales co-


loniales, sino de pensamientos colonizantes que condenan al hombre a
la esclavitud y a la deshumanización. Por ello me congratulo por la po-
sibilidad de apurar en este espacio, fundamentalmente académico, la
presentación de un texto que es necesario y pertinente.
Una de las tesis que Carlos deja planteada en el estudio intro-
ductorio se refiere a los resultados del programa de la Ilustración al abrir
a la nación en ciernes, a un proceso de modernización. Esta tesis señala
en las fases tercera y cuarta: de esplendor bajo la égida del los gobiernos
criollos aquella y de consolidación y ocaso, la última, el fracaso del pro-
grama ilustrado: éste chocó con la razón reducida a mero instrumento,
medio para un fin, que se tomó, desde las estructuras capitalistas inci-
pientes que se construyeron en el Ecuador, todo el ámbito de lo humano,
trastocando el ideal en utopía o en propuesta teórica desvinculada del
mundo de lo real:

Los ilustrados abrigaban la esperanza de que la difusión de conoci-


mientos prácticos o útiles, de cartillas técnicas, periódicos, escuelas de
primeras letras, instrucción a la juventud, al campesino, al religioso y
al comerciante, repercutirían en la industria y agricultura, con lo cual
los ilustrados pudieron plantear el problema educativo ya no solo en
la dimensión de la formación individual sino también en la dimensión
social o institucional que entraña la enseñanza.1

Dice Carlos. Pero ello chocó con los procesos de explotación de la tierra
y del hombre que fueron el fundamento de la modernización y el pro-
greso.. La Ilustración presentó en estas tierras una contradicción que es
propia de la modernidad.2 Por ello precisamente, los ilustrados han sido
a veces quienes gobiernan, a veces los perseguidos y desterrados, sobre
todo cuando se han puesto de lado de los no favorecidos con los proce-
sos de modernización.
El momento de la independencia implicó una seria crisis del ré-
gimen colonial; se habló de un nuevo orden revolucionario que, al hacer
un balance hoy, parece no haberse concretado. Todavía resuenan las cla-
ses de Arturo Andrés Roig, de Carlos Paladines, todavía sus voces se-

1 Paladines Escudero Carlos. Introducción y selección de textos. El movimiento Ilustrado y la In-


dependencia de Quito. Quito, FONSAL, 2009, p. 74.
2 Ibidem.

263
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

ñalan con certeza la necesidad de hacer reales los ideales emancipa- to-
rios. Parece necesario volver a buscar en los textos, en la historia, las pis-
tas para proponer el presente; pero ello impone una resignificación de
las categorías ilustradas, aquellas que aluden a la libertad, la represen-
tatividad, la legitimidad, la ética, la humanidad, la política, los gobiernos
y el sentido de otras categorías como la tierra, la productividad, el tra-
bajo, la igualdad, el respeto. Todo ello en función de dos preguntas: ¿qué
hacer? Y ¿cómo hacer? Hoy como ayer, el interés parece estar más allá
de lo filosófico, está en lo político, en el hacer cotidiano que nos atraviesa
en las distintas áreas de la vida social. Por ello Carlos concluye diciendo:

Sin lugar a dudas, el Ecuador de hoy no es comprensible sin ese siglo


y el movimiento intelectual que le caracterizó, y seguramente por eso
recurre nuestro país de modo permanente a su recuerdo y aún en forma
borrosa resucita completamente a personalidades como Espejo, Roca-
fuerte, Mejía, Quiroga, Ascázubi, Rodríguez, Riofrío, Morales, Cay-
cedo, o gestas gloriosas como el 2 y el 10 de Agosto, el 9 de Octubre, el
24 de Mayo.3

Sin lugar a dudas, concluyo yo, no podemos comprendernos si no trae-


mos el pasado al único momento que nos es claro, el presente: ahora nos
reunimos aquí para entregar formalmente el libro de Carlos Paladines,
en esa acción marcamos la presencia de tantos pensadores y tantos seres
humanos que labraron las páginas del texto, en ellas hallamos nuestros
sueños, las utopías que persisten, la razón que reclama su verdadero
sentido.
Por todo lo expuesto, agradezco profundamente a Carlos Pala-
dines la oportunidad de permitirme hacer el ejercicio necesario de revi-
sar, pensar y ordenar gran parte de lo que fue mi formación de pre grado
en la Escuela de Filosofía de la PUCE. Gracias a ti Carlos y a los maes-
tros, como Roig y Agoglia, que hablan a través de tu libro y que se alzan
con el reclamo del parricidio porque ahí precisamente, se inicia la eman-
cipación.

3 Ïdem, p. 158.

264
LA NOBLEZA DE LOS ORTIZ DE ZEVALLOS

Gregorio César De Larrea

INTRODUCCIÓN

Esta familia originaria de las Montañas de Burgos en España, firmó


Ortiz de Cevallos, con “C”, en Ecuador, mientras que con “Z” en el Perú.
Siguieron información de Hidalguía y Nobleza tanto en Quito como en
Lima; esta última la hicieron confirmar en Madrid.
Durante el siglo XVII, especialmente en su segunda mitad y du-
rante el siglo XVIII, vascos y montañeses (burgaleses) pasaron a Amé-
rica, contrajeron matrimonio con ricas criollas generalmente descen-
dientes de encomenderos y dieron origen a las estirpes más poderosas,
nobles y acomodadas; es decir, aristocráticas, cuya hegemonía socioe-
conómica aun subsiste. Como en aquel entonces los hidalgos eran quie-
nes tenían preferencia para acceder a cargos públicos de importancia,
esos migrantes, oriundos de las dos regiones españolas donde más gente
hidalga se hallaba radicada, pues luego de la invasión mora se replegó
al Norte, zona geográficamente inaccesible, las “buenas familias” crio-
llas buscaban casarlos con sus hijas, preferiblemente si se trataba de hi-
dalgos por los cuatro costados, en cuyo caso cumplían con el principal
requisito para obtener un hábito en Orden Nobiliaria: Santiago, Cala-
trava, Alcántara, San juan de jerusalén (Malta) o Carlos III. La Orden
de Montesa exigía prueba en los dos primeros apellidos. O para “bene-
ficiar” un título -entonces llamado “de Castilla”- de Marqués o Conde.
Más si tomamos en cuenta que los prejuicios raciales exigían prueba de
“limpieza de sangre” por los cuatro costados, para acceder a esas mer-
cedes, obtener privilegios y hasta para recibirse de Abogados o Clérigos.
Como en Vasconia y Burgos prácticamente no se radicaron moros ni ju-
díos, se tenía a sus habitantes por “cristianos viejos”, “sin mezcla de
mala raza”, donde evidenciaban haber conservado los caracteres pro-
pios de la raza blanca de sus ancestros.
Ellos aportaban al matrimonio su hidalguía, “limpieza de san-
gre” y buena presencia, mientras que las novias, su fortuna.

265
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Cabe anotar que la novísima tecnología permite, mediante exa-


men de ADN, determinar el origen racial de las personas. Al aplicarlo,
se concluye que el “HAPLOGRUPO R1b”, propio de la raza blanca de
Europa Occidental, es el que predomina en Cantabria, que incluye las
Montañas de Burgos, y en el país Vasco. Así se comprobó que vascos e
irlandenses son, racialmente, los más puros de Europa; de ahí su orgullo
y nacionalismo.
Hidalguía suele confundirse con nobleza, aunque estrictamente
no son lo mismo. Nobleza e hidalguía las transmite exclusivamente el
varón.
Hidalguía significa descender de alguien noble o hidalgo por
línea recta de varón. La nobleza es algo superior, pues para ser noble se
requiere descender por línea recta de varón, de noble, cuyos hijos hayan
sido tenidos siempre en mujer noble o, por lo menos, hidalga; en caso
de haberlos tenido en mujer villana, perdían la nobleza pero no la hi-
dalguía, la cual se mantenía indefinidamente, de generación en genera-
ción, siempre y cuando el padre la haya poseído. Nobleza e hidalguía
no se pierden aún tratándose de hijos fuera de matrimonio: naturales,
ilegítimos, sacrílegos, etc., pues nobleza e hidalguía nada tienen que ver
con la legitimidad.
La familia de la mujer hidalga debia otorgar “dote” al novio. Él,
en cambio, le entregaba las “arras” por su virginidad, cuyo monto debía
ser de aproximadamente el diez por ciento de lo que el esposo tenía al
casarse.
Actualmente para ostentar legalmente hidalguía en España y
sus antiguas colonias, se debe probar descender por línea recta de varón,
de noble o hidalgo. Para ser reconocido como “noble” es necesario pro-
bar nobleza o hidalguía en los cuatro primeros apellidos.
Los hidalgos “notorios” eran quienes en España eran tenidos
por tales dentro del conglomerado social. Ellos podían probarlo me-
diante declaración de varios testigos o, simplemente, se hallaban “em-
padronados” como hidalgos en su lugar de residencia. A veces, los hi
dalgos seguían pleitos contra las Cancillerías españolas para ser decla-
rados como tales mediante una “ejecutoria”.
Si el hidalgo tenía mucho dinero, era llamado “caballero”.
En América, algunas personas o familias seguían expedientes o
informaciones de nobleza o hidalguía ante los Cabildos y, algunos, los
hacían confirmar por las Audiencias, generalmente buscando se les con-
ceda “estrados”; es decir, asiento en el Tribunal de la Audiencia.

266
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

En Quito conocemos el caso de la familia Cabezas, barbacoana,


entroncada con los Serrano de Quito, que en 1801 siguió expediente ante
la Real Audiencia de Quito, pidiendo se les ampare en la cuasi posesión
de nobleza de sus ascendientes. O el caso de la familia Merino, de Rio-
bamba, que siguió expediente de amparo de nobleza para tomar estra-
dos en la Real Audiencia de Quito en 1793. Los Ortiz de Zevallos
hicieron lo propio.
Algunas familias legalizaban su nobleza o hidalguía pidiendo
“certificación” de ellas y del blasón de su linaje a los “Cronistas Reyes
de Armas” de España, que son una especie de notarios de la nobleza.
La Real Orden de 17 de noviembre de 1747, el posterior Real Decreto de
29 de julio de 1915 y el Decreto de 1951 regulan sus funciones. El artículo
cuarto de este último decreto reza: “Compete a los Cronistas de Armas
la expedición de certificaciones de nobleza, genealogía y escudo de
Armas. Las certificaciones de los Cronistas de Armas con autorización
para el uso, sólo tendrán validez con el visto bueno del Ministerio de
justicia. Los Cronistas de Armas serán personalmente responsables de
las certificaciones que expidan en el ejercicio de sus cargos”.
El estatuto nobiliario vigente en España exige que para obtener
certificación de escudo de armas, si se trata de ciudadanos americanos,
se probará la genealogía del primer apellido del solicitante, hasta el es-
pañol que pasó a Indias, indicando de qué lugar de la madre patria era
vecino el migrante. Sin embargo, es necesario aclarar que ostentar blasón
no es prueba de nobleza, excepto en Navarra, aclarando que muchas
casas nobles o hidalgas del País Vasco jamás ostentaron escudo de
armas.
Los titulados del Reino tienen derecho a colocar sobre su escudo
de armas la respectiva corona, diferente según la jerarquía del título. Los
hidalgos colocarán sobre el blasón un yelmo. Quienes deseen usar su
escudo en el anillo, lo harán en bajo relieve –para sellar– en el meñique
de la mano izquierda. También se lo podrá colocar, labrado en piedra,
sobre el frontis de la casa; o usar en vajillas, muebles, tapices, u otras
cosas y lugares.
Los Ortiz de Zevallos practicamente no descollaron en la Real
Audiencia de Quito, pero fue su enlace con la marquesa de Torre Tagle
en el Perú republicano, dama que descendía de varias de las más rancias
casas nobiliarias limeñas, lo que los encumbró hasta la actualidad, re-
conociendo, por supuesto, que su tronco quiteño, que pasó a Perú en

267
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

tiempos de la independencia respecto de España, y su hijo, fueron polí-


ticos y abogados muy brillantes, lo que les permitió entroncarse con la
alta sociedad de la capital del virreinato en el momento clave cuando
emergían nuevos grupos de poder, fenómeno similar para otras familias
en todo el resto de Latinoamérica durante la emancipación.
El número de títulos nobiliarios, entre Marqueses y Condes –y
un Duque en Perú- extendidos para los Virreinatos de Perú y México,
fue de cientoveintidós para el primero y aproximadamente cien para el
segundo. Las Reales Audiencias y Capitanías Generales, como Quito,
Charcas (Bolivia), Chile y Venezuela recibieron alrededor de diez cada
una. En Buenos Aires se extendió uno solo, de Conde. El caso de Cuba
es aparte, pues obtuvo su independencia de España tardíamente, en
1898, razón por la que recibió unos doscientostreinticinco.
Títulos nobiliarios con Grandeza en América, se extendieron
muy pocos, casi todos para Cuba en el siglo XIX. Su número, veintitrés.
Los “Grandes de España” ocupaban la categoría más alta de la
nobleza del reino. No tenían la obligación de “descubrirse” –quitarse el
sombrero– ante el Rey y recibían de él el tratamiento de “primo”, mien-
tras que los titulados sin grandeza eran tratados de “pariente”.
A diferencia de otras monarquías, en España y América, Mar-
queses y Condes tenían igual jerarquía, mientras que en el resto del
mundo, el marquesado era algo superior al condado. Algunos títulos
nobiliarios españoles tenían anexa grandeza, recordando que todos los
Duques eran Grandes. El Conde de la Monclova, Virrey de México y de
Perú, era “Grande de España” y es ancestro de la ya mencionada mar-
quesa de Torre Tagle.
Luego de nuestra emancipación, la mayoría de títulos nobilia-
rios americanos fueron rehabilitados por ciudadanos españoles, que no
tenían el primer derecho genealógico. Tan solo unos cuantos fueron re-
habilitados en Perú, Chile, Venezuela, México, Guatemala, Colombia,
Ecuador y Estados Unidos –de cubano radicado en Miami–, siendo el
marquesado de Torre Tagle uno de ellos.
Al “beneficiar” un título, en América se daba libertad al conce-
sionario de escoger el de Marqués o Conde, y los aproximadamente vein-
ticinco mil pesos que se recibían a cambio se los destinaba para solventar
algún gasto público del reino español, en la península o en Indias.
La denominación del título podía responder a varios criterios:
a veces se le ponía denominación del señorío que poseía el titular en Es-

268
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

paña –en América no existían señoríos–; por ejemplo: al Señor de la


Monclova, cerca de Sevilla, se lo creó Conde de Monclova, uno de ellos
Virrey del Perú, que nos ocupa como ancestro de la peruana Marquesa
de Torre Tagle enlazada con Ortiz de Zevallos. Podía también, la deno-
minación, recordar algún hecho glorioso del titular; verbi gracia, Duque
de Bailén, en memoria de esta célebre batalla. O podía reflejar su ape-
llido; por ejemplo: Conde de Larrea. Honrar al santo del nombre, mar-
qués de San jorge. Perpetuar el apellido del concesionario anteponiendo
una de las palabras: Casa, Villa o Torre. Verbi gracia: el quiteño Conde
de Casa jijón, o el también quiteño Marqués de Villa Rocha, apellidado
justamente Rocha; o el Marqués de Torre Tagle, de apellido Tagle, en el
Perú. O para recordar el lugar de donde era oriundo el concesionario, o
el nombre de alguna hacienda que le pertenecía.
jamás dos títulos nobiliarios de igual jerarquía –dos marqueses,
dos condes, etc.– podían tener la misma denominación; si coincidían,
uno, el más recientemente creado o rehabilitado, debía cambiarla. Pocas
veces, al rehabilitar un título, se modificaba su denominación original.
Por ejemplo: el marquesado de Santiago, del que venimos los Larrea
del Ecuador, se rehabilitó en España como Marqués de Villamayor de
Santiago.
Actualmente en España y en sus ex colonias están vigentes al-
rededor de dos mil quinientos Títulos del Reino, de entre los cuales unos
quinientos tienen Grandeza. Todos los Duques son Grandes. Marqueses
y Condes, ambos, si son Grandes, tienen igual jerarquía que los Duques.
En caso de ostentar varios títulos la misma persona, se usará el de mayor
jerarquía, siendo ésta el orden siguiente: Duque, Marqués, Conde, Viz-
conde, Barón, Señor. El título más usado en España es el de marqués, se-
guido por el de Conde. El Vizconde generalmente era título previo, luego
cancelado, al de Marqués o Conde. El de Barón se extiende a los descen-
dientes del antiguo Reino de Aragón y Cataluña, pues allí era muy usa-
do, no así en Castilla, razón por la que en la actualidad casi no se crea. El
título de Señor igualmente es muy raro en España. Los Grandes son tra-
tados de Excelencia y los titulados sin Grandeza, de Ilustrísimo.
Quien posee varios títulos del Reino, puede ceder uno o varios
a sus hijos, o distribuirlos entre ellos u otros parientes a falta de dichos
hijos, siempre sin perjuicio de tercero con mejor derecho genealógico.
Al fallecer un titulado, el pretendiente con el primer derecho
genealógico tendrá plazo de un año para “suceder”; de no hacerlo, el

269
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

segundo con mejor derecho tendrá plazo de otro año para reclamarlo;
de lo contrario, se abrirá un nuevo plazo de tres años para que cualquier
persona que se crea con derecho a suceder lo haga. De no reclamar el tí-
tulo nadie, permanecerá vacante durante cuarenta años –treinta en Ca-
taluña y Aragón, por estipularlo así sus antiguos fueros-, durante los
cuales cualquier persona consanguínea de quienes ostentaron el título
puede “rehabilitarlo”, siempre que su parentesco con el último poseedor
no exceda del sexto grado civil, o hasta el cuarto grado civil tratándose
de colaterales. Para probar las filiaciones se presentarán las partidas de
nacimiento y matrimonio o, antes de la existencia del Registro Civil –
creado en Ecuador en 1901- las fe de bautismo y matrimonio, testamen-
tos u otros documentos que las prueben. Deberán incluirse con carácter
obligatorio, las testamentarías de cada uno de los enlaces. A falta de hijos
legítimos, puede heredar un hijo natural.
El haber probado tener derecho a “rehabilitar” un título no ga-
rantiza que se lo haga, pues es facultad del monarca negarlo si es su vo-
luntad, luego de haber escuchado el parecer de la Diputación de la
Grandeza de España.
Transcurrido este lapso, el título revierte a la corona y nadie
puede volverlo a reclamar, aunque actualmente se analiza rever el caso
de los títulos hispanoamericanos y de las Filipinas, pues muchos de ellos
son títulos no reclamados desde nuestra emancipación. Durante estos
cuarenta –o treinta- años, quien crea tener mejor derecho genealógico
para ostentar un título, puede solicitar la “reivindicación” del mismo y
retirarlo a quien lo ostentaba en precario.
La legislación española actual, válida para sus antiguas colo-
nias, estipula que para “rehabilitar” un Título del Reino, los méritos adu-
cidos por el solicitante serán tales que excedan el cumplimiento normal
de obligaciones propias del cargo, profesión o situación social, que no
hayan sido objeto de recompensa anterior.
La “rehabilitación” de un Título del Reino se hará por vía ad-
ministrativa. En caso de existir varios pretendientes, se determinará pre-
viamente quien tiene mejor derecho genealógico en contienda civil. A
la sazón, un Abogado español promedio cobra por este juicio alrededor
de veinte mil dólares. El Marqués de la Floresta es uno de los Abogados
que, en Madrid, ejerce en la especialidad de Derecho Nobiliario y por
tanto, se ocupa de estos casos.
Si bien en tiempos coloniales, el varón mayor heredaba el título,

270
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

actualmente tiene preferencia la hembra si nació antes, excepto para la


sucesión del trono de España en que aun se prefiere al varón, según ex-
cepción estipulada por este Reino al suscribir la Convención de Nueva
York de 18 de diciembre de 1979 sobre no discriminación de la mujer.
Siempre se preferirá suceder en línea vertical (padres a hijos, nietos)
antes que colateral (hermanos, sobrinos).
Durante la Colonia los titulados debían pagar impuestos de
“media anata” y de “lanzas”. El primero, al suceder en la posesión del
título y, el segundo, un impuesto anual, que al acumularse se convertía
en impagable, razón por la que, a veces, los herederos preferían no su-
ceder y hacerse cargo de la deuda. Sin embargo existían títulos cuya
carta de creación estipulada que eran “libres de lanzas y media anata”.
Actualmente el pago de lanzas está derogado, existiendo un im-
puesto a la sucesión, cuyo valor es de unos mil dólares tratándose de
sucesión directa, y de unos mil quinientos si es transversal.
En tiempos coloniales, en Hispanoamérica, un pretendiente a
titular como Marqués o Conde, debía pagar aproximadamente veinti-
cinco mil pesos y cumplir con tres requisitos: a) Que la calidad de su na-
cimiento y las familias con las que se hallaba emparentado hayan sido
nobles. b) Que la conducta del aspirante no haya tenido defecto moral
ni político. c) Que posea fortuna suficiente para ostentar el título con de-
coro.
Las esposas o esposos de los titulados del Reino debían ostentar
alguna nobleza o hidalguía, disposición que actualmente es anacrónica,
ya no se aplica.
Actualmente se puede obtener un título o grandeza españoles
como premio por servicios extraordinarios en beneficio de la nación o
de la monarquía, para lo que se requiere el Acuerdo del Consejo de Mi-
nistros. Si los servicios no fueren extraordinarios, se consultará a la Co-
misión Permanente del Consejo de Estado y se valorará el informe de
la Diputación Permanente de la Grandeza. También existen las conce-
siones directas, realizadas por el Rey, para premiar actos de alta rele-
vancia en las armas, las letras, las artes, la ciencia o la beneficencia. Hoy
no se otorgan títulos a cambio de dinero como ocurría antaño –por lo
menos en teoría- ni se requiere que el pretendiente goce de una renta
mínima.
En la actualidad existe nobleza en Europa, no sólo en sus mo-
narquías sino también en estados como Francia e Italia, que ya no son

271
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

reinos. En estos últimos la nobleza y títulos tienen existencia como ins-


titución de Derecho Privado. Igualmente, en España, las tradicionales
Ordenes Militares: de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa son Ins-
titución de Derecho Privado. La Orden Civil de Carlos III ha sido supri-
mida. La de Malta, llamada también de San juan de jerusalén, la del
Santo Sepulcro de jerusalén y la Constantiniana de San jorge son cató-
licas, estrechamente ligadas al Vaticano y tienen capítulo en España. De
todas ellas, sólo la de Malta es soberana y mantiene embajadas en múl-
tiples países alrededor del mundo. La Orden Civil de Isabel la Católica
comprende tanto caballeros como damas, se instituyó en 1815 y se
otorga “A la lealtad acrisolada”, por lo que se la impuso a varios “rea-
listas” durante los movimientos independentistas americanos.
Si bien, en tiempos coloniales se prefería a los más ricos para ti-
tularlos, nobleza no es igual que riqueza. Las más cuantiosas fortunas
hispanoamericanas eran: primero, las mexicanas, seguidas por las cu-
banas, en tercer lugar las venezolanas, luego las peruanas y, después, el
resto. Mientras la fortuna más alta del México colonial llegó a cuatro mi-
llones de pesos en tiempos de la independencia, la más alta de nuestra
Real Audiencia de Quito era de unos trecientos mil. La Capitanía Gene-
ral de Guatemala era la colonia más pobre de Latinoamérica, y el Virrei-
nato del Río de La Plata con capital Buenos Aires, era inhóspito, frío,
casi despoblado y acosado por los piratas.
Títulos Nobiliarios de Marqués o Conde eran extendidos a ri -
cos criollos, o a chapetones que habían ejercido cargos en América, pre-
ferentemente de Virreyes, Presidentes de Audiencia, Oidores o Fiscales
–léase Ministros-. O a quienes poseían grados militares de General o Co-
ronel, recordando que durante las guerras independentistas, al terrate-
niente se lo hacía Coronel y, a su administrador, Capitán, aunque no
hayan sido veteranos –militares profesionales-. En cuanto a los Virreyes
destinados a América, se enviaron personajes de la alta nobleza espa-
ñola, mas, desde mediados del siglo XVIII la política fue nombrar a mi-
litares de larga trayectoria, pues, seguramente ya se evidenciaba des-
contento en Ultramar.
Por otra parte, eran frecuentes en América los casos de suceso-
res a títulos de nobleza que se conformaban con la aprobación de los Vi-
rreyes, Presidentes de Audiencia o Capitanes Generales, sin hacer el
trámite sucesorio en España, razón por la que el Rey Carlos III dispuso
por cédula de 6 de septiembre de 1773, que se lo haga en la Madre Patria

272
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

con carácter obligatorio. Verbi-gracia, el Título de Conde de Casa jijón


recayó por sentencia interina del Presidente de la Real Audiencia de
Quito, don Toribio Montes, en 1813, en don Francisco jijón y Chiriboga,
pero nunca se la confirmó en España y quedó vacante hasta que lo re-
habilitó por carta expedida el 13 de marzo de 1959, don josé Manuel
jijón Caamaño y Flores, poco después Presidente de la Cámara de Di-
putados del Ecuador y, más tarde, Embajador de la Orden de Malta en
Ecuador, de la que también era Caballero.
Existía la nobleza inherente al cargo, así los descendientes –siem-
pre en línea recta, no hermanos ni sobrinos- de Virreyes, Capitanes Ge-
nerales, Presidentes de Audiencia, Oidores o Fiscales, eran hidalgos o
nobles no titulados. Ser descendiente de Corregidor o miembro del Ca-
bildo –Alcalde, Regidor, Alférez Real, etc.– no daba derecho a reclamar
nobleza ni hidalguía. Algunas corporaciones nobiliarias aceptan como
prueba de nobleza o hidalguía, descender de Regidor Perpetuo del Ca-
bildo o de Familiar de la Inquisición, pues para ser nombrado como tales
se requería hacer prueba nobiliaria por los cuatro primeros apellidos.
Descender de estudiante de los Colegios o Seminarios de No-
bles de Madrid, Sevilla o Granada, donde se formaban algunos aristó-
cratas de Indias, era prueba de nobleza. En el de Granada se instruía a
sus alumnos en equitación, esgrima y baile.
Descender de caciques o curacas de las tribus americanas, o de
las familias imperiales inca o azteca, creaba nobleza.
Pertenecer a alguna de las Reales Maestranzas de Caballería es-
pañola, o descender de alguno de sus miembros, generalmente es acep-
tado como prueba nobiliaria, ya que para ingresar en ellas se necesita
probar los cuatro primeros apellidos. Las esposas de los miembros de
las Reales Maestranzas de Caballería debían probar al menos los dos
primeros apellidos.
Poseer o descender de “mayorazgo” no era prueba de nobleza.
El Rey concedió hidalguía a los primeros conquistadores de América y
a sus descendientes, siempre por línea recta de varón.
Los Caballeros de Alcántara, Calatrava, Santiago y Montesa y
sus descendientes eran nobles. La descendencia en todos los casos que
van siendo citados ha de ser siempre por línea de varón.
La Orden de Alcántara exigía probar que los cuatro abuelos del
pretendiente hayan sido nobles o hidalgos, ostentando escudo de armas
y provenir de casa solar conocida. La de Calatrava no exigía prueba de

273
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

casa solar. La de Santiago tampoco requería prueba de escudo de armas.


La Orden de Montesa, originaria del Reino de Aragón, solamente pedía
prueba en los dos primeros apellidos. En todos estos casos, el preten-
diente no debía descender de moro o judío, ni sus ascendientes haber
sido penitenciados por la Inquisición, ni haber trabajado en oficios, con
las manos, pues todo aquello era considerado afrentoso.
“Hidalgos de España”, antes llamada “Asociación de Hidalgos
a Fuero de España”, es una corporación privada a la que se puede in-
gresar actualmente, como su nombre lo indica, probando hidalguía, con
documentos públicos fehacientes. Existe, igualmente, el Real Cuerpo
Colegiado de Caballeros Hijosdalgo de la nobleza de Madrid, y la Orden
de las Damas Nobles de la Reina María Luisa. Estos dos últimos requie-
ren prueba de nobleza en los cuatro primeros apellidos. La Insigne
Orden del Toisón de Oro es la más alta condecoración española, y crea
nobleza.
Los caballeros de las Ordenes Nobiliarias tienen derecho a uni-
forme y hábito, según la ocasión.
En España, la Universidad Nacional de Educación a Distancia
otorga el título de Master en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldica y
Genealogía, entendiéndose Nobiliaria como el tratado de la nobleza.
Durante el siglo XIX y XX, típicas familias conservadoras de la
Sierra ecuatoriana fueron: Ponce, Espinosa, Ribadeneira, Tobar, Salazar,
Luna. Ellas enlazaron entre sí y varios de sus miembros constan en este
estudio. Si bien, los Ponce, los Espinosa y Ribadeneira no pertenecieron
a la antigua nobleza colonial, durante la República se dispararon en el
Ecuador y han sido de las familias más prominentes durante las dos úl-
timas centurias, siempre del ala conservadora. Los Ortiz de Zevallos en
el Perú republicano alcanzaron el más alto nivel social, como quedó
dicho.
No ha sido la intención del autor escribir toda la descendencia
de los Ortiz de Zevallos en Ecuador y Perú, ni la de todos los Ponce, Es-
pinosa o Ribadeneira. Sólo hemos incluido a quienes consideramos los
más prominentes, por ello no constan todos los hijos y nietos de su
tronco ni de sus ramas familiares.

ORTIZ DE ZEVALLOS

Escudo de Armas: Escudo partido en pal. En el primero, en campo azul,

274
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

un león de oro, superado de un lucero de oro. Orla de plata con ocho


rosas (de Ortiz). Segundo pal, sobre campo de plata, tres fajas negras.
Orla de dos órdenes de escaques de oro y rojo (de Zevallos). Y en letras
de sable el lema “Es ardid de Caballeros Zevallos para benzellos”. (In-
formación de Hidalguía y Nobleza de don josef Ortiz de Zevallos y Al-
moguera, aprobada por la Real Audiencia de Lima, el 29 de noviembre
de 1777, confirmada con Certificación y Despacho de Armas por el Rey
de Armas de su Majestad don Ramón Zazo y Ortega, Madrid, 2 de
agosto de 1780).
1. Don Alonso Ortiz de Zevallos. Nacido en España por 1600. Casó con
Gregoria Contreras.
2. Don Diego Ortiz de Zevallos y Contreras. Nació por 1630 en España,
en las Montañas de Burgos. Pasó a América hacia 1655. Casó con Ca-
talina Valdés y Gallardo.
3. Don josé Ortiz de Zevallos y Valdés. Casó con Antonia de Obregón y
Alvarez. Hijos:
a. josé Ortiz de Zevallos y Obregón. Casó con Ursula de Almoguera.
Hijo: josé Ortiz de Zevallos y Almoguera, vecino principal de
Lima, quien hizo la Información de Hidalguía y Nobleza antes ci-
tada.
b. Baltazar Ortiz de Zevallos y Obregón, que sigue:
4. Don Baltazar Ortiz de Zevallos y Obregón. Nació por 1700 en la Real
Audiencia de Quito. Casó con doña Catalina León Gil Negrete. Fue
Procurador de esta Real Audiencia de 1757. (Escudero Ortiz de Ze-
vallos, Carlos: Nuestra Familia Escudero, Mc. Lean, Virginia (USA),
Charter Printing, 1994, 644 p.p).
Nota: Don Pedro Ortiz de Zevallos fue Corregidor de Ibarra entre
1650 y 1653 (Tobar Subía, Cristóbal: Monografía de Ibarra, La Prensa
Católica, Quito, 1950, pg. 107).
Don Baltazar Ortiz de Zevallos y Obregón: casó con doña Catalina
de León Gil Negrete. Hijo legítimo.
5. Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León – Negrete: Bautizado en Quito
el 8 de enero de 1736 (Parroquia de San Sebastián). Madrina: doña
juana Vásconez y Velasco. (Archivo Nacional de Historia, Gobierno,
caja 62, exp. 21).
Por León-Negrete estaba emparentado con la familia Muriel,
que es el segundo apellido de mi madre la Lcda. Doña Zafiro Proaño
Muriel, descendiente de los Muriel León-Negrete.

275
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Don Baltazar casó con doña María Ana de Erazo y Herrera, bau-
tizada el 11 de agosto de 1746, hija legítima de don Baltazar de Erazo y
doña Gabriela de Herrera Oserín y Moreno.
Don Baltazar y su esposa doña Ana obtuvieron amparo de no-
bleza, del Cabildo de Quito, el 3 de abril de 1772.
El 15 de febrero de 1765, Baltazar Ortiz de Zevallos sigue autos
contra doña María Romo de Córdova, hija del Capitán Francisco Romo
de Córdova y doña Micaela Pérez Castellanos, y tía del I Conde de las
Lagunas. Casada con el Capitán josé García Castrillón. Autos para que
le pague el salario de 50 pesos anuales, por el trabajo que realizó para el
canónigo don Miguel García Castrillón, hijo fallecido de la demandada
(ANH, Civiles, caja 20, exp. 20. Y: Larrea, Gregorio César De: Genealo-
gías Quiteñas, pg. 43-46).
En la serie Gobierno, del Archivo Nacional, Quito, caja 62, ex-
pediente del 5 de mayo de 1806, reposa el pedido del doctor don Ignacio
Ortiz de Zevallos, abogado de la Real Audiencia de Quito, para que se
le ampare a él y a sus hermanos en la cuasi posesión de hidalguía y no-
bleza. De él hemos tomado los datos anteriores.
En el mencionado expediente consta que don Baltazar Ortiz de
Zevallos y doña María de Erazo hicieron bautizar a su hijo legítimo don
Sebastián Antonio, en la parroquia Santa Bárbara, de Quito, el 22 de
enero de 1770. En la catedral bautizaron a su hija doña María Ramona,
el 26 de septiembre de 1775. En la misma catedral bautizaron a otra hija,
doña maría jacinta Elena, el 6 de septiembre de 1785. En dicha catedral,
el 18 de febrero de 1788 bautizaron a doña María josefa de jesús, tam-
bién hija de la pareja. En la parroquia de San Marcos, de Quito, el 23 de
abril de 1797 se bautizó a doña María Margarita Ramona, otra de sus
hijas. En la misma San Marcos, el 20 de noviembre de 1790 bautizaron
a su hija doña María Isabel Dolores.
Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León Negrete otorgó poder
para testar a su hijo don Antonio, en Quito, el 26 de agosto de 1801. De-
claró ser hijo legítimo de don Baltazar Ortiz de Zevallos y de doña Ca-
talina de león Gil Negrete, ya difuntos. Casado con doña María Erazo,
vecina de Quito y tuvieron por hijos legítimos a: Don Antonio, Don
Tomás, el Doctor don Ignacio, doña María Mercedes, don Mariano, doña
jacinta, doña josefa, doña Isabel y doña Margarita Ortiz de Zevallos y
Erazo. Nombra por albacea testamentario y fideicomisario a su hijo don
Antonio.

276
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

En el expediente se expone que don Baltazar Ortiz de Zevallos


y doña Catalina de León Gil Negrete fueron hijos legítimos de personas
nobles y “bien nacidas, sin tacha en su nacimiento”. Se dice también que
doña María de Erazo es hija legítima de don Baltazar de Erazo y doña
Gabriela de Herrera Oserín y Moreno, “sujetos bien nacidos, legítimos
y de nobleza conocida”. Ningún ascendiente de los Ortiz de Zevallos ni
de los Erazo se ocupó en “oficio ruin” ni fueron castigados por la Inqui-
sición, pues eran “cristianos viejos”. De lo dicho presentaron por testi-
gos: a don Antonio Ormaza, en Quito, el 26 de marzo de 1762. A don
juan Enríquez de Guzmán, de treinta años de edad. Al Doctor don Ig-
nacio Ituarte. A don Diego Tobar y Ugarte. Al Reverendo Padre Fray
Gaspar Lozano, mercedario. A Fray Blas Bolaños, mercedario de 52 años
de edad. A don Pablo de Unda y Luna.
Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León–Negrete solicita al Ca-
bildo de Quito declare que él y su esposa han probado su nobleza y
“limpieza de sangre” y, por consiguiente, piden se les ampare en la po-
sesión de nobleza.
En tal virtud, el Capitán don Francisco de Borja y Larráspuru,
Alcalde Ordinario de Primer Voto de Quito, el 3 de abril de 1772, declara
que don Baltazar Ortiz de Zevallos y León–Negrete y su esposa deben
gozar de todo los fueros y privilegios de la nobleza. Se les ampara.
Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo, colegial que fue del Co-
legio Real de San Fernando, fue examinado por la Universidad y prac-
ticó cuatro años para recibirse de Abogado, para lo cual en 1802, hace
información de limpieza de nacimiento o limpieza de sangre. Es decir
expone que sus padres y abuelos no tenían mezcla con “mala raza”, de
moros, mulatos o mestizos, ni han ejercido oficio vil o mecánico, y en
sus costumbres han sido moderados. Para ello presenta como testigos
a: Fray joaquín Obando, don Ramón Enríquez, don josé jaramillo, entre
otros.
Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo había practicado 2 años
en el estudio jurídico del Dr. Don juan josé Boniche, y otros 2 donde el
Dr. Don Alejandro Mosquera.
En el expediente se dice que don Tomás Ortiz de Zevallos, ve-
cino comerciante de Lima, era hermano legítimo del Dr. Don Ignacio
Ortiz de Zevallos, Abogado. Don Tomás fue bautizado el 1º. de enero
de 1772 en la Iglesia de Santa Bárbara, de Quito.
El Dr. Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Erazo, Abogado, dice que

277
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

la Ley de Castilla, para declarar la posesión y propiedad de hidalguía,


baste con que pruebe el pretendiente que su padre y abuelo han estado
en dicha posesión durante 20 años, por lo que solicita amparo de cuasi
posesión de hidalguía y nobleza, en Quito, en 1806, ante la Real Audien-
cia. (ANH, Gobierno, caja 62, exp. 5 Mayo 1806).
Don Baltazar Ortiz de Zevallos y León Negrete y su esposa,
doña María Ana de Erazo y Herrera, tuvieron como hija legítima a doña
María Ramona Mercedes Ortiz de Zevallos y Erazo, bautizada en la Ca-
tedral de Quito el 26 de s eptiembre de 1775. Casó con don juan Antonio
Espinosa de los Monteros, con descendencia en Quito, que se verá en el
subtítulo: LOS ESPINOSA.
Otro de los hijos fue el DR. IGNACIO ORTIZ ZEVALLOS Y
ERAZO: Estadista nacido en Quito y bautizado el 6 de Diciembre de
1777, como Ignacio Nicolás, en El Sagrario, de Quito. Colegial del San
Fernando. Se había graduado de Bachiller. Realizó información de lim-
pieza de natales y costumbres. Practicó en el estudio jurídico del Dr. Don
juan josé Boniche, Abogado, durante 2 años; y, otros 2, donde el Abo-
gado Dr. Alejandro Mosquera. Decía haber sido, su familia y él, reputa-
dos por hidalgos. Se recibió de Abogado el 26 de Abril de 1802 (Archivo
Nacional, Quito, Serie Incorporación de Abogados, caja 4, 1800-
1809,1802). El Dr. Fernando jurado dice que fue Defensor de Pobres y
de Indígenas de la Real Audiencia de Quito. Don Ramón Núñez del
Arco, en su célebre informe, lo califica de “insurgente seductor”; es decir,
Patriota. Oficial de la Falange en la Revolución de 1809; como tal, se di-
rigió de Secretario de la expedición contra Pasto. Secretario del patriota
don Miguel Zambrano en la revuelta de 1809. Más tarde, pasó junto a
Zambrano a una hacienda en Cayambe y luego llegó a Quito donde se
contactó con el Conde Ruiz de Castilla ya repuesto en el mando. (Torre
Reyes, Carlos de la: La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809,
Banco Central del Ecuador, Quito, 1990, pg. 443). Además, elegido Se-
cretario del poder Ejecutivo en la Constitución de Quito de 1812 (Nava-
rro, josé Gabriel: La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809,
Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Quito, 1962, pg. 397).
Comandante de Artilleros en la batalla del Panecillo de 1812 contra el
General realista Toribio Montes. Formó parte de la junta de Gobierno
de 1812 como Ministro de Gracia y justicia. Huyó al Perú luego de la
derrota de los patriotas quiteños. La enciclopedia Espasa anota que en
ese país fue miembro del Congreso, Vocal del Tribunal Supremo de jus-

278
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

ticia, Ministro Plenipotenciario. Diplomático en Londres y en otras Cor-


tes Europeas. jurisconsulto. Elaboró un proyecto de Código Civil. Di-
rector del órgano oficial “El Conciliador”. El primer Congreso Inde-
pendiente del Perú le declaró hijo benemérito de la Patria. El Dr. Fer-
nando jurado en el tomo cuarto de su obra “Los Descendientes de Be-
nalcázar en la formación social ecuatoriana” escribió: que en el Perú fue
nombrado Fiscal de la junta de Secuestros hasta 1821. Diputado por
Lima al Primer Congreso Constituyente del Perú. Vocal fundador de la
Corte Superior de Lima en 1824. Auditor General de Guerra. Fiscal de
la Nación. Plenipotenciario del Perú en Bolivia.
En 1806 el Dr. Ignacio Ortiz de Zevallos sigue expediente soli-
citando a la Audiencia de Quito se le ampare a él y a sus hermanos en
la cuasi posesión de hidalguía y nobleza (ANH, Gobierno, caja 62). Fa-
lleció en 1843. El 17 de Agosto de 1807, doña Francisca de Cevallos sigue
causa para que don Ignacio Ortiz de Zevallos pague el rédito atrasado
de una capellanía de 2.000 pesos impuesta en la hacienda Panzaleo, ju-
risdicción de Machachi (ANH, Censos y Capellanías, caja 79, exp. 10).
Igualmente, en Quito, el 19 de septiembre de 1817, don Ignacio Ortiz de
Zevallos sigue autos contra el Dr. Antonio Ante, uno de los principales
próceres de la independencia ecuatoriana, y su mujer, para el cumpli-
miento de la venta de una casa y el otorgamiento de la respectiva escri-
tura (ANH, Casas, caja 28, exp. 5). El Dr. Ignacio Ortiz de Zevallos y
Erazo había casado en Quito con doña Ramona García Tobar. Entre sus
hijos destacó doña Mercedes Ortiz de Zevallos y García, radicada en el
Perú donde es célebre personaje histórico. El mismo Dr. jurado Noboa
nos dice que fue crítica literaria, escribió en prosa y en verso. Casó con
el General Manuel Egusquiza Gálvez a quien acompañó en sus actos
heroicos. Asistió a los patriotas peruanos como enfermera. Cultivó la
música y el canto. (jurado, op. cit.). Fue su hermano:
El Dr. Manuel Ortiz de Zevallos y García: Casó con doña josefa
de Tagle y Echevarría, nacida en 1822, V Marquesa de Torre Tagle, quien
rehabilitó su título el 19 de Enero de 1864. Ver el subtítulo: Los Ortiz de
Zevallos en el Perú.
Otra de sus hermanas fue: Doña Rosa Ortiz de Zevallos y Gar-
cía. Casó en Lima con don Miguel Nicanor Espinosa Mazorra, con des-
cendencia en el Perú (Cristóbal de Gangotena y jijón: Los Ponce).
Continuando con los Ortiz de Zevallos y Erazo, tenemos a:
Don Antonio Ortiz de Zevallos y Erazo: Nació en Quito y fue

279
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

bautizado en Santa Bárbara el 22 de Enero de 1770. (Archivo Nacional,


Gobierno, caja 62, exp. 5 Mayo 1806). Casó con doña josefa Camacho
Espinosa. El 6 de junio de 1838 en Quito, Antonio Ortiz de Zevallos so-
licita redimir un censo de 720 pesos de principal, impuesto en su ha-
cienda de Nono, para lo que presenta cuatro documentos de crédito
público (ANH, Censos y Capellanías, caja 99, exp. 4).
Hija: Doña María Dolores Ortiz de Zevallos y Camacho: Casó
con don Nicolás Clemente Ponce Pérez. Hijos, entre otros:

LOS PONCE

1. Don Roberto Ponce Ortiz: Casó con doña Ignacia Borja Yerovi. Sus
descendientes han brillado en el foro, la diplomacia y la cátedra.
Hijos:
1.1 Doctor Belisario Ponce Borja: Varias veces presidente de la Corte
Suprema de justicia. Casó con doña judith Miranda. Padres del
Dr. Neftalí Ponce Miranda, que fue Canciller del Ecuador en dos
ocasiones.
1.2 Dr. Alejandro Ponce Borja: Presidente de la junta Consultiva de
Relaciones Exteriores. Diplomático y jurisconsulto. Catedrático
Universitario. Vicepresidente del Concejo Municipal de Quito
(Municipio de Quito: Quito 150 años de Capital de la República,
1830-1980). Candidato a Presidente de la República. Ministro de
Relaciones Exteriores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Di-
plomático). Casó con doña Rosa Carbo.
1.3 Dr. Nicolás Clemente Ponce Borja: Nació en 1866. Ministro de Re-
laciones Exteriores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Di-
plomático, pg. 92). Miembro de la Academia Ecuatoriana de la
Lengua. Firmó con el Perú el Protocolo Ponce-Castro Oyanguren.
Catedrático Universitario. jurado Noboa escribe que fue Congre-
sista y Ministro de la Corte de justicia. Miembro de la junta Con-
sultiva de Relaciones Exteriores (Pérez Pimente l: Diccionario
Biográfico, tomo XI).
Otro de los Ponce Ortiz fue:
2. Dr. Camilo Ponce Ortiz: Nació en Quito en 1829. Presidente de la Cá-
mara de Diputados. Ministro del interior. (Maiguashca, juan: Historia
y Región en el Ecuador, 1830-1930, pg. 422). Presidente de la Cámara

280
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

del Senado. Candidato a Presidente de la República. (Alarcón Costta,


César: Diccionario Biográfico Ecuatoriano). En 1895 Plenipontenciario
ante el Perú durante el conflicto limítrofe. Canciller del Ecuador
(Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 89). Fue su
nieto:
Dr. Camilo Ponce Enríquez: Presidente del Ecuador. Nació en
1912. El biógrafo Alarcón Costta anota que fue Abogado. Estudió en
Quito, Santiago de Chile y California. Ministro de Relaciones Exte-
riores (Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 92).
Vicepresidente de la Asamblea Constituyente. Ministro de Obras Pú-
blicas, Vicepresidente del Concejo Municipal de Quito (Municipio de
Quito: Quito, 150 años de Capital de la República, 1830-1980). Dipu-
tado (Oña Villareal, Humberto: Presidentes del Ecuador, 1986, 124
p.p.). Senador. Fundador del Partido Social Cristiano. Ministro de Go-
bierno. Presidente de la República entre 1956 y 1960. Fundador de los
periódicos: Democracia y El Heraldo (Alarcón Orquera, Marco: Per-
sonalidades, Industria y Comercio en el Ecuador, Editec, Guayaquil,
1968).

LOS ESPINOSA

Doña María Ramona Mercedes Ortiz de Zevallos y Erazo, nacida en


1775, casó en el Sagrario de Quito, el 21 de junio de 1793, con don juan
Antonio Espinosa de los Monteros (Moreno Egas, jorge: Matrimonios
de españoles, en el Sagrario de Quito, 1764-1805, en revista CENIGA
No. 3). Entre sus hijos citamos a: Doña Petrona Espinosa de los Monteros
y Ortiz de Zevallos. Casó con el Dr. Manuel Espinosa Ponce. Hijos, entre
otros:
1. Dr. javier Espinosa y Espinosa: El Diccionario Biográfico del Ecuador,
de B. Pérez Marchant nos dice que nació en 1815. Fue Ministro del In-
terior y Ministro de Relaciones Exteriores. Diplomático. jurista. Mi-
nistro juez y Fiscal de la Corte Superior del Guayas. Secretario
General del Estado. Ministro Fiscal de la Corte Suprema de justicia.
Presidente del Ecuador entre 1867 y 1869 (Moncayo jalil, Leonardo,
Los Correa en el Ecuador, Quito, 2004, pg. 202).
2. Dr. josé Modesto Espinosa y Espinosa: Nacido en 1833. Senador. Se-
cretario General del Gobierno provisional de Francisco Xavier León

281
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

(Pérez Pimentel: Diccionario Biográfico, tomo III). Uno de los Funda-


dores de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Consejero de Estado.
Ministro de lo Interior (Maiguashca, juan: Historia y Región en el
Ecuador, 1830-1930, pg. 424). Ministro de Relaciones Exteriores
(Gómez de la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 90). Sus-
cribió con el Perú el Convenio Espinosa–Bonifaz. Presidente de la
Corte Suprema de justicia. El Biógrafo Rodolfo Pérez Pimentel añade
que fue Ministro del Tribunal de Cuentas, Miembro de la Academia
de Bellas Letras de Sevilla. Cristóbal de Gangotena y jijón lo llama
“notable literato”.
3. Dr. Nicolás Aurelio Espinosa y Espinosa. Fue su nieto:
Aurelio Espinosa Pólit: Célebre humanista y sabio. Según Alarcón
Costta, nació en 1894. Sacerdote jesuita. Director del Noviciado jesuita
de Cotocollao. Estructuró la más grande biblioteca de autores ecua-
torianos, igualmente en Cotocollao. Uno de los miembros fundadores
de la Academia Ecuatoriana de Cultura. En 1946 Rector fundador de
la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y su profesor, en
Quito. Autor de varios libros. A lo dicho habría que añadir que fue
Miembro de Número de la Academia de la Lengua del Ecuador, y Co-
lombiana de la Lengua. Académico de Número de la Nacional de His-
toria del Ecuador. Políglota, traductor de Virgilio y promotor de la
cultura ecuatoriana. (Puga, Dr. Miguel Angel: La Gente Ilustre de
Quito, Ed. Delta, Quito, 1994, pg. 83).

LOS RIBADENEIRA

Doña Dolores Ortiz de Zevallos y Camacho: casó con don Nicolás Cle-
mente Ponce Pérez. Hija:
Doña Ana Ponce Ortiz: casó con el Dr. Aparicio Ribadeneira
Tobar, quien según jurado Noboa, fue Diputado por Quito a la Conven-
ción Nacional de 1852. Vicepresidente de la Cámara de Diputados. Go-
bernador de Imbabura (Maiguashca, juan: Historia y Región en el
Ecuador, 1830-1930). Senador, Concejal de Quito (Municipio de Quito:
Quito, 150 años de Capital de la República, 1830-1980. Ver Nómina de
Miembros del Concejo Municipal). Contador Mayor de Quito (B. Pérez
Marchant: Diccionario Biográfico Ecuatoriano). Sus descendientes han
brillado en la política conservadora, en las ciencias jurídicas y, algunos,
en la diplomacia y la cultura. Hijos:

282
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

1. Dr. Alejandro Ribadeneira Ponce: nacido 1873, casó con doña Rosa
Salazar. Fue Presidente de la Corte Suprema de justicia. Diputado a
la Asamblea Nacional Constituyente. Hijo:
Dr. Alejandro Ribadeneira Salazar: tres veces Presidente de la Corte
Suprema de justicia. Senador (Pérez Pimentel: Diccionario Biográfico,
tomo II).
2. Dr. Aparicio Ribadeneira Ponce: el Doctor Fernando jurado en su obra
sobre la familia Ribadeneira, tomo III, nos recuerda que fue Presi-
dente de la Cámara de Diputados. Ministro de la Corte Suprema de
justicia. Ministro del Interior (Maiguashca, juan: Historia y Región
en el Ecuador, 1830-1930, pg. 424). Canciller del Ecuador (Gómez de
la Torre, josé María: Derecho Diplomático, pg. 90). Presidente del
Concejo Municipal de Quito (Municipio de Quito: Quito, 150 años de
Capital de la República, 1830-1980. Ver Nómina de Miembros del
Concejo Municipal). Encargado del Poder Ejecutivo en 1895.
3. Don Teodomiro Ribadeneira Ponce: casó con doña Mercedes Salazar
Miranda, hija del General Francisco Xavier Salazar Arboleda, célebre
político conservador del siglo XIX varias veces Ministro de Estado.
Hijo:
3.1. Don Luis Ribadeneira Salazar: casó con doña Amelia Sucre Gan-
gotena, descendiente de la familia del Gran Mariscal Antonio josé
de Sucre. Hijo:
Don Luis Ribadeneira Sucre: casó con doña Matilde Suárez Vaca,
hija de don jorge Suárez Veintimilla, hermano del Dr. Mariano
Suárez Veintimilla Presidente del Ecuador en 1947, y doña Lola
Vaca Moreno, hija a su vez de don Rafael Vaca Proaño y doña Ma-
riana Moreno Andrade propietarios de la hacienda Pisabo. Doña
Mariana Moreno Andrade era prima hermana de don Tobías Ra-
fael Muriel Moreno, bisabuelo materno del Licenciado don Gre-
gorio César De Larrea y Proaño, autor de estas letras.

Don Luis Ribadeneira Sucre y doña Matilde Suárez Vaca, son


padres de siete hijos: jorge Luis, María de los Ángeles, Francisco, Álvaro,
María de Lourdes, Miguel y Catalina Ribadeniera Suárez.
Don Gregorio César de Larrea y Proaño, Historiador y Genea-
logista, es cuarto nieto paterno de don Mariano de Larrea (Riobamba,
1765-1843) sobre el que, divagando, podemos decir lo siguiente:
El 15 de junio de 1812 tuvo lugar la conmoción popular que ter-

283
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

minó con la trágica muerte del Conde Ruiz de Castilla, Presidente de la


Real Audiencia de Quito. En el juicio seguido a los responsables de su
fallecimiento, el Fiscal expresaba que uno de ellos, el Doctor don Pedro
Ximénez, profesor de Medicina, había sido “un escandaloso promotor
de la insurrección desde su origen”, insurrección de los patriotas contra
el gobierno realista. Ximénez exhortaba al pueblo desde su balcón para
que, reunido en la plaza, se dirigiese a consumar el monstruoso crimen.
Incluso improperó con acrimonia a don Mariano de Larrea, Oficial Se-
gundo de la Administración de Alcabalas, por no dirigirse Larrea a la
plaza pública a colaborar con los amotinados y asesinos. Don Mariano
de Larrea rindió su declaración en el juicio, ante el Conde de Selva Flo-
rida, el 14 de diciembre de 1812 diciendo que el Dr. Ximénez era parti-
dario de los revolucionarios y que este médico vivía en casa de don
Vicente Paredes, donde se tenían conferencias y se hacían discursos a
favor de los patriotas entre los cuales NO se contaba don Mariano.
Larrea añadía que en aquel día horroroso, cuando los amotina-
dos atacaron al Conde Ruiz de Castilla, y escuchó aquellas frases de Xi-
ménez, don Mariano “iba huyendo de los indios furiosos y no podía
hacer mucho alto en lo que decía” el profesor de Medicina acusado, pues
por las calles donde se hallaba Larrea, “se iban acercando los tumultos
del populacho para invadir la persona y bienes del Doctor don josé Tru-
jillo y de don Francisco Xavier Pazmiño”. (Archivo Nacional, Quito, Cri-
minales, caja 220, exp. 4, 28 Noviembre 1812, 37 fojas).
Don Mariano de Larrea fue ascendido a Administrador de Al-
cabalas de Riobamba, en premio por no haber plegado a los “patriotas”
insurrectos desde 1809, cargo que ejerció entre 1813 y 1822, siendo cro-
nológicamente el último de los del gobierno español.

LOS MARQUESES DE TORRE TAGLE

Escudo de armas: En campo de plata, un pino, de sinople, al


que se ha encaramado una doncella perseguida por una sierpe, a la que
hiere un caballero, todo de su color natural (Cadenas y López, Ampelio
Alonso de; y , Cadenas y Vicent, Vicente de: Elenco de Grandezas y Tí-
tulos Nobiliarios Españoles, 1996, pg. 984).
Este “Título de Castilla”, hoy llamado “Título del Reino” fue
creado por Su Majestad Don Felipe V el 26 de Noviembre de 1730, con

284
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

el Vizcondado previo –luego cancelado– de Bracho, para don josé Ber-


nardo de Tagle y Bracho Pérez de la Riva, Gobernador del Fuerte de
Puyán, Pagador General Perpetuo del Presidio del Callao, Capitán de
Caballos y Lanzas “en el Reino del Perú”. (Cadenas y López, Ampelio
Alonso de; y, Cadenas y Vicent, Vicente de: Elenco de Grandezas y Tí-
tulos Nobiliarios Españoles, 1996, pg. 984). El segundo titular fue don
Tadeo de Tagle y Bracho (hijo del primer Marqués), Pagador General
Perpetuo y Comisario de Marina y Guerra del Presidio del Callao. El
tercero, don josé Manuel de Tagle Isásaga, Caballero de Carlos III, su
hijo; casó con doña josefa Portocarrero y Zamudio, de la Casa de los
Condes de la Monclova, Grandes de España. Fue su hijo y cuarto titular,
don josé Bernardo de Tagle y Portocarrero, Comisario de Guerra y Ma-
rina, casado con doña María Ana de Echevarría y Ulloa. La quinta Mar-
quesa fue doña josefa de Tagle y Echevarría, quien rehabilitó su título
el 19 de Enero de 1864 y casó con don Manuel Ortiz de Zevallos y Gar-
cía. Fue su hijo don Ricardo Ortiz de Zevallos y Tagle. Hijo: don josé
Ortiz de Zevallos y Vidaurre, quien rehabilitó nuevamente el título en
1919, convirtiéndose en el sexto Marqués. El séptimo Marqués, don Ig-
nacio Ortiz de Zevallos Zañartu, casó don doña Olga Ortiz de Zevallos
Basadre. La octava Marquesa, doña Elena Ortiz de Zevallos Zañartu,
sucedió el 31 de diciembre de 1959 a su hermano el séptimo Marqués.
Su hija es la novena y actual Marquesa de Torre Tagle, doña María Eu-
genia Espinosa de los Monteros y Ortiz de Zevallos, quien sucedió el tí-
tulo el 22 de marzo de 1995 y casó con don Roberto josé Rivas Martínez
y residen en Lima, Perú. (Rosas Siles, Alberto: La Nobleza Titulada del
Virreinato del Perú, pg. 283).
El I Marqués de Torre Tagle, don josé de Tagle y Bracho, era na-
cido en el valle de Alfor de Lloredo, en Asturias, Montañas de Burgos,
España. Hijo legítimo de don Domingo de Tagle y Bracho y de doña
María Pérez de la Riva. El II Marqués, don Tadeo de Tagle y Bracho, casó
con doña María josefa de Isásaga Muxica Arrue Vásquez de Acuña, se-
ñora y poseedora de las casas y mayorazgos de Isásaga, Muxica y Arrue,
en Guipuzcoa –País Vasco– y Zajuela –la Rioja– , España. El III Marqués,
don josé Manuel de Tagle Isásaga, Caballero de Carlos III, sucedió tam-
bién en la posesión del mayorazgo de Torre Tagle, fue Comisario de
Guerra y Ministro de Marina, casado con doña josefa Portocarrero y Za-
mudio, hija legítima de don Felipe Portocarrero Lasso de la Vega y de
doña Mariana Zamudio de las Infantas. (Rosas Siles, Alberto: La No-
bleza Titulada del Virreinato del Perú).

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El Gran Mariscal del Perú, y general, don José Bernardo de Tagle y


Portocarrero: Nació en Lima en 1779. IV Marqués de Torre Tagle, por
carta provisional de 1810, descendiente del Conde de Monclova, Virrey
del Perú, heredó una gran fortuna. Sus primeros estudios los realizó con
profesores privados. Durante la Colonia fue Comisario General y Real
Ministro de Guerra y Marina, cargos de los que gozaba su familia. Al-
calde Ordinario de Lima. Diputado a las Cortes de Cádiz en represen-
tación de Lima, llegó a España en 1813 donde defendió los derechos de
los criollos americanos. Permaneció en la “Madre Patria” hasta 1817. Ca-
ballero de Santiago, Caballero de Carlos III, Caballero de la Flor de Lis
de Francia. Subinspector del Ejército del Perú, Intendente de Trujillo,
ciudad de la que proclamó la independencia en 1820, siendo el primero
en abrazarla en el Perú. Al poco, San Martín proclamó la Independencia
del Perú el 28 de julio de 1821. En 1821 Inspector General de los Guar-
dias Cívicos y, más tarde, Comandante de la Legión Peruana. Consejero
de Estado en 1821. Uno de los fundadores de la Orden del Sol en 1821.
San Martín trocó su título por el de Marqués de Trujillo en 1822. Su-
premo Delegado del Poder Ejecutivo del Perú en 1822. En 1823, nueva-
mente jefe Supremo y, luego, segundo “Presidente de la República”
entre el 18 de noviembre de 1823 y el 10 de febrero de 1824, en reem-
plazo de don josé de la Riva Agüero. Falleció en 1825 junto a su esposa
y uno de sus hijos, refugiado en El Callao, en medio de grandes priva-
ciones y persecución del Libertador Bolívar con quien habían surgido
desavenencias. (Vargas Ugarte, Rubén: Historia General del Perú, tomo
VI, Ed. Carlos Milla Batres, Lima, 1981. Y, Mendiburu, Manuel de: Dic-
cionario Histórico-Biográfico del Perú).
Los retratos al óleo de cuerpo entero de todos los Marqueses co-
loniales de Torre Tagle y de casi todas sus consortes, así como su carruaje
del siglo XVIII se exhiben en el Palacio Torre Tagle, donde hoy funciona
parte de la Cancillería del Perú, hermosa casa solariega ubicada en el
centro de Lima, terminada de construir en 1735 por el I Marqués, y res-
taurada a mediados del siglo XX. Dichos retratos son propiedad de la
familia Ortiz de Zevallos Grau y están en custodia del Ministerio de Re-
laciones Exteriores.
El “Protector” San Martín quizá intentó implantar una monar-
quía en el Perú; tal es así que el 27 de diciembre de 1821 dictó un decreto
autorizando a la nobleza peruana a usar sus antiguos escudos de armas
y sus títulos de nobleza. Más tarde, el Presidente don josé Bernardo de

286
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

Tagle y Portocarrero, en 1823, prohibió a los ciudadanos del Perú el uso


de semejantes títulos (Instituto Peruano de Investigaciones Genealógi-
cas, Revista No. 21, Lima, 1995).
Posteriormente, 21 títulos nobiliarios de los 122 que se ostentaron en
Perú, han sido rehabilitados por ciudadanos peruanos luego de su
emancipación de España. Además se debe recordar que en 1744 se creó
el Condado de Casa Tagle de Trasierra, para don juan Antonio de Tagle
y Bracho, Caballero de Calatrava, nacido en España y radicado en Perú,
cuyo escudo de armas era el mismo de los Marqueses de Torre Tagle y,
aunque también coincidían sus apellidos con los del I Marqués de Torre
Tagle, no eran hermanos.

El Conde de Monclova, Grande de España: El Título de Conde de Mon-


clova se creó el 20 de noviembre de 1617 para don Antonio Portocarrero
y Enríquez de la Vega, III Señor de la Monclova, en Sevilla, España. Ca-
ballero de Santiago. La Grandeza de España fue concedida en 1706 al
III Conde, don Melchor de Portocarrero y de la Vega, Virrey de Nueva
España (México) y del Perú, que acababa de fallecer. Actualmente lo os-
tenta el Duque del Infantado, Grande de España. (Elenco de Grandezas
y Títulos Nobiliarios Españoles, Ediciones de la Revista Hidalguía, Ma-
drid, 1996).
El III Conde de Monclova, don Melchor de Portocarrero y Lasso
de la Vega, fue uno de los pocos Grandes de España que ejercieron el cargo
de Virrey en el Perú. Dejó descendencia en este país, apellidada Portoca-
rrero y enlazada con los Marqueses de Torre Tagle que luego se apellida-
ron Ortiz de Zevallos. Está sepultado en la Catedral de Lima donde se
exhibe la prótesis de plata que tenía en lugar del brazo derecho.
Don Melchor fue General y Gentil hombre de Cámara del Rey.
Caballero de Alcántara, en cuya Orden tuvo la encomienda de la Zarza.
Nació en Madrid en 1636 y murió en Lima en 1705. Hijo de don Antonio
Portocarrero, I Conde de Monclova, Mayordomo de la Reina, y doña
María de Rojas Manrique de Lara. Ambos, padre y madre, descendían
de Reyes y otras personalidades. Casado con doña Antonia jiménez de
Urrea Clavero y Sessé, hija de los señores de Berbeder y Condes de
Aranda. (Mendiburu, Manuel de: Diccionario Biográfico). Nuestro bio-
grafiado, don Melchor Portocarrero y Lasso de la Vega, fue militar en
España, acompañó a Don juan de Austria en sus guerras. Comisario Ge-
neral de Caballería e Infantería de España. Ministro del Consejo de Gue-

287
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

rra y junta de Guerra de Indias (América). Entre 1686 y 1688, Virrey de


Nueva España (México). En 1688 nombrado Virrey del Perú, cargo que
ejerció hasta su muerte siendo un gran gobernante. Practicó la caridad
por lo que fue apreciado. Se le llamaba “Brazo de plata” pues perdió el
derecho en 1658 en la batalla de las Dunas de Dunkerque. Desde 1693
ostentó el título de Conde de Monclova, heredado de su hermano don
Gaspar. (Enciclopedia Espasa).
Como Virrey de México, mejoró el suministro de agua de su ca-
pital. Como Virrey del Perú, terminó la reconstrucción de Lima, dañada
por el terremoto de 1687. También reconstruyó el muelle del Callao. In-
crementó las defensas costeras. En 1689, reorganizó los astilleros reales
de Guayaquil. En 1696 Guayaquil se terminó de trasladar, hecho que
había sido aprobado por el Virrey en 1693, debido a los ataques piratas
e incendios (Laviana Cuetos, María Luisa: De pueblo a ciudad: Evolu-
ción urbana del Guayaquil Colonial. La expansión de la ciudad de San-
tiago de Guayaquil; en Revista del Archivo Histórico del Guayas,
2006-2007, pg.49). En 1698 tuvo que enfrentar el terremoto que arruinó
Riobamba, Ambato y Latacunga, en el actual Ecuador. En 1700 realizó
un censo de Lima. Ejerció el virreinato peruano durante unos 16 años,
el mandato más extenso de un virrey del Perú. En lo negativo, nada hizo
para frenar el avance portugués al interior del Perú, hecho criticado por
el Padre Samuel Fritz, misionero y cartógrafo jesuita.
El Virrey y III Conde de Monclova fue padre del General don
Antonio josé de Portocarrero y jiménez de Urrea, IV Conde de Mon-
clova, casado con doña María Teresa Gavilán y Campoverde. Hijo: Doc-
tor don Felipe Antonio Portocarrero Lasso de la Vega y Gavilán, nacido
en Lima en 1706 y casado con doña Mariana de Zamudio y de las In-
fantas del Solar. Hija: doña María josefa de Portocarrero y Zamudio, ca-
sada con don josé Manuel de Tagle Isásaga, Caballero de Carlos III, III
Marqués de Torre Tagle (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos, op. cit.).

LOS ORTIZ DE ZEVALLOS EN EL PERú

Don Manuel Ortiz de Zevallos y García: Abogado. Ministro de


Relaciones Exteriores y de Hacienda del Perú en 1857. Presidente del
Consejo de Ministros del Gobierno del Gran Mariscal don Ramón Cas-
tilla. Rehabilitó el título de Marquesa de Torre Tagle para su esposa en
1864. (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos, op. cit.).

288
L A N O B L E Z A D E L O S O RT I Z D E CEVALLOS

El Doctor Manuel Ortiz de Zevallos y García y su esposa la V


Marquesa de Torre Tagle, son el tronco de quienes hoy llevan su apellido
en el Perú. Fue su hijo, don Ricardo Ortiz de Zevallos y Tagle, VI Mar-
qués de Torre Tagle, casado con doña Carmen de Vidaurre y Panizo
quien era nieta de don Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada, nacido
en Lima en 1773 y fallecido en 1841. Vidaurre estuvo en España durante
la invasión napoleónica, fue Oidor de la Coruña, en España, Oidor De-
cano de la Audiencia del Cuzco, Oidor de Puerto Príncipe. Fundó la
Corte Superior de justicia de Trujillo en 1824, Presidente de la primera
Corte Suprema de justicia del Perú, Ministro de Gobierno y Relaciones
Exteriores del Perú. Diputado. Plenipotenciario del Perú en Panamá.
(Diccionario Histórico y Biográfico del Perú, siglos XV-XX, Ed. Milla Ba-
tres, Lima, 1986).
Entre los Ortiz de Zevallos y Vidaurre citamos a:
1. Don Carlos Ortiz de Zevallos y Vidaurre: Nació en Lima en 1876. Es-
tudió en París. Economista empírico y periodista. Casó con doña Mar-
garita Paz Soldán (Paz-Soldán, juan Pedro: Diccionario Biográfico de
Peruanos Contemporáneos, Lib. e Imp. Gil, Lima, 1921, 449 p.p.).
Además, fue empresario y Secretario Personal del Presidente don Ni-
colás de Piérola. Hijo:
1.1. Don Carlos Ricardo Ortiz de Zevallos y Paz Soldán: Embajador
del Perú y autor de varios libros sobre Diplomacia.
1.2. Don Luis Pedro Ortiz de Zevallos y Paz Soldán: Arquitecto e In-
geniero Civil. Parte de sus estudios los hizo en Alemania y en
Francia. Profesor universitario. Presidente del Banco de la Vi-
vienda del Perú (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos: Nuestra Fa-
milia Escudero, Mc. Lean, Virginia (USA), Charter Printing, 1994,
644 p.p.).
2. Don josé Ortiz de Zevallos y Vidaurre: Nació en Lima en 1878. Abo-
gado. Estudió en Francia y Perú. Casó con doña Elena Zañartu (Paz-
Soldán, juan pedro, op. cit.). VII Marqués de Torre Tagle. Embajador
del Perú en Suecia. Hija:
2.1. Doña Elena Ortiz de Zevallos y Zañartu: IX Marquesa de Torre
Tagle. Casó con don Carlos Espinosa de los Monteros y Dato, es-
pañol.
2.2. Don Ignacio Ortiz de Zevallos y Zañartu: VIII Marqués de Torre
Tagle.
3. Don Ricardo Ortiz de Zevallos y Vidaurre: Abogado, Magistrado,
juez. Autor de un libro sobre Derecho Civil.

289
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

4. Don Emilio Ortiz de Zevallos y Vidaurre. Nacido en Francia en 1885.


Embajador del Perú en Panamá. (Escudero Ortiz de Zevallos, Carlos,
op. cit.).

Para finalizar, expresaré que doña Claudia Ortiz de Zevallos, are-


quipeña nacida en 1981, fue Miss Perú Universo 2003.

Quito, Septiembre de 2009

ARCHIVOS CONSULTADOS

Archivo Nacional, Quito, Ecuador. Series: Gobierno. Incorporación de Aboga-


dos. Criminales.
Archivo General de la Nación, Lima, Perú: Testamentos. Protocolos. Base de
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292
DISCURSOS
ACADÉMICOS
LA REGION ESQUIVA:
¿SOLO EL ZAMORA CON LOJA LLORARá?

Galo Ramón Valarezo

Introducción

Uno de los aspectos que impresionan con mayor fuerza al revisar la


larga historia del espacio lojano, es la búsqueda permanente y casi des-
esperada por construir una amplia región con algún tipo de autonomía,
sin que esa utopía se haya logrado de manera duradera.
La idea de construir una región amplia, desde la amazonía hasta
el mar y abarcando a toda la región de los andes bajos nació, quién los
creyera, hace unos 1.300 años en plena época aborigen y se ha planteado
de manera recurrente con diversos matices durante estos 13 siglos: ahora
mismo es el elemento clave de la agenda local que debate el SENPLA-
DES. No cabe duda que las profundas interrelaciones entre las caracte-
rísticas geográfico-ambientales de este espacio distinto y original con
una cultura regional particular que a pesar de sus notables cambios y
de sus diversidades internas se fue amasando en su proceso histórico,
explican ese comportamiento de larga duración, que sin embargo, no
ha logrado concretar sus aspiraciones, por la presencia de poderosos
factores externos que conspiraron contra la idea, por diferencias internas
que no lograron conciliar la diversidad de intereses y por no haber lo-
grado una correspondencia entre los modelos de desarrollo planteados
y las potencialidades de la región.
Tratándose de una propuesta de larga duración que no ha po-
dido consolidarse, es oportuno revisar los aportes de cada uno de los
principales momentos de constitución de la región, para orientarnos con
mayor acierto, en este nuevo momento de debate. Ponemos a conside-
ración, cuatro momentos clave en los que se debatió el tema regional:
(i) la experiencia de los pueblos ancestrales antes de la venida de los
incas; (ii) la construcción de la Gobernación de Yaguarzongo en la colo-
nia temprana; (iii) la construcción de la Loja Federal en los albores de la
República; y (iv) la construcción de PREDESUR en la época actual. De

295
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

sus experiencias buscamos extraer las principales lecciones para el pre-


sente. Iniciemos, sin embargo esta discusión, con una breve discusión
de la región en la tradición académica ecuatoriana y por un recorrido a
vuelo de pájaro por el ambiente lojano.

LA REGION EN EL DEBATE

Los trabajos de investigación realizados en el Ecuador, coinciden en se-


ñalar que las regiones son claramente visibles en la segunda mitad del
siglo XVIII, como consecuencia de la crisis producida en la economía
obrajera que articulaba a la Audiencia de Quito, que combinada con el
impacto de las reformas borbónicas y las políticas de libre comercio, di-
versificaron al espacio en varios conjuntos económico sociales (la costa,
la sierra centro-norte y la sierra sur), que mostraban esferas de circula-
ción propias, sistemas de dominación regionales, ideologías político-re-
ligiosas específicas y claras diferencias jurídico-administrativas, cuya
presencia y acción fue determinante, en las negociaciones producidas
entre estas regiones en el proceso de construcción del estado ecuatoriano
a partir de 1830 (Maiguashca, et.all, 1994). Según esta tradición teórica,
estas negociaciones culminaron un siglo después, cuando en el proceso
de modernización producido a partir de la revolución liberal, las regio-
nes habrían inscrito en el propio estado sus características, es decir, ha-
brían creado un estado unitario, que sin embargo incorporó una serie
de características demandas por la elites regionales y locales (Maiguas-
hca, 1995)
Con el modelo de industrialización por substitución de impor-
taciones, aplicado entre 1960 y 1980, que se dinamizó con la exportación
petrolera, el estado logró una mayor centralidad y avanzó significativa-
mente la integración material y subjetiva del Ecuador, creando un nuevo
balance entre gobierno central y regiones. Sin embargo, este balance re-
trocedió con la aplicación de las políticas de ajuste neoliberales que res-
taron centralidad al estado, resurgiendo la cuestión regional, como un
problema de descentralización “a la carta”, es decir, deseable y posible
para las provincias más prósperas, mientras se profundizaba la inequi-
dad territorial entre el eje centralista Quito-Guayaquil, y una periferia
postergada.
Con la Constitución de Montecristi del 2008, el problema regio-
nal adquirió un nuevo significado: se busca construir gobiernos inter-

296
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

medios relativamente homogéneos, que rearticulen a las provincias, con


agendas de desarrollo consensuadas y estatutos particulares aprobados
en consultas populares. Este proceso ha sido encomendado a las prefec-
turas provinciales, bajo la orientación técnica del SENPLADES.
La idea de construcción de regiones, aunque aparece como un
problema de racionalidad administrativa del estado y como una bús-
queda de equidad territorial, es un problema mucho más complejo. Se
trata de evaluar si esas posibles regiones tienen capacidades para asegu-
rar la reproducción económica y social de sus habitantes de manera re-
lativamente autónoma, se trata de analizar sus complementariedades
para construir un conjunto económico próspero, pero sobre todo, exami-
nar si existe entre sus actores la voluntad subjetiva de ser región, esto es,
si el espacio tiene suficiente identidad histórica que los lleve a sus habi-
tantes a reconocerse como parte de una región, tema curiosamente au-
sente en el debate. En este punto, la construcción de identidades regio-
nales, es un tema que rebasa ampliamente a la historia reciente, nos plan-
tea reconocer la memoria larga de los pueblos, es decir, la búsqueda de
enfoques que al renovar la tradición académica, nos permita comprender
mejor estos procesos. La región de la Frontera Sur, nos ofrece grandes
posibilidades para ensayar una interpretación de esta naturaleza.

La originalidad del ambiente

El mito dice que lo intentó mil veces, pero no podía. Se revolcó en


Huato1 desnudo, con ropa, a media tarde, a media noche, lanzó mil con-
juros, ofreció su espíritu a los cerros y a los dioses, para convertirse en
angapila2 y volar por los cielos, tal como lo hacían, según su tía, los bru-
jos de Huato, pero nada, el pequeño Cango, no podía alcanzar la dicha
de volar como los pájaros. Solo quería mirar desde el cielo al valle, a la
agreste geografía que se ocultaba entre lomas, recorrer los cerros, las
huecadas, las pequeñas pampadas de ese ambiente enigmático, distinto,
original.
Fue un día en el que la luna nueva amaneció despierta, muy por
la mañana, cuando subió al cerro Pisaca para otear desde lo alto la
enorme inmensidad a la que había llegado. De pronto, un olorcito a mor-
tecina le advirtió la presencia de un animal muerto. Despacio se asomó
1 Sitio cercano a Catacocha, conocido porque existían muchos poderosos yachags (shamanes)
2 Gallinazo de cabeza roja

297
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

a la cima, con la cautela de un puma al acecho. Allí estaba tendida una


enorme guatusa, despernancada y dolorosamente muerta. Se detuvo a
unos pasos, algo se movía dentro de la panza inflada como una calabaza.
¿Será que un guatusito tierno está vivo se preguntó incrédulo? Despacio
reptó como un guazo3 con la esperanza en las manos, en la piel y en los
atentos ojos. No era el huatusito, eran dos patas de algún animal, tal vez
de un güishco4, no, eran demasiado grandes para ser güishco se corrigió,
parece un cóndor que se está comiendo por dentro a la guatusa. No lo
pensó dos veces, se acercó con el sigilo infinito aprendido a los perros
de caza, y de un salto final se asió a esas dos patas poderosas. El animal
se revolvió con una fuerza descomunal, pero Cango se mantuvo atena-
zado como bejuco al árbol que le da la vida. Las potentes sacudidas del
ave no lograron desprenderlo, cuando de pronto, sin que logre pensar
nada, el ave emprendía el pesado vuelo, llevándolo en vilo: estoy vo-
lando se repitió diez veces, como los brujos de Huato, como el taita Qui-
chimbo, mientras el negro cóndor de cabeza roja y cresta altiva se
elevaba raudo por los cielos de esa geografía para él desconocida.
Se relajó un poco y comenzó a disfrutar el paisaje. Desde lo alto
vio a la cordillera que se dirigía al mar; al suelo encabritado que se pa-
recía a una chirimoya de mil tetas; al bosque seco que hacia el sur se vol-
vía un desierto; pudo mirar al mismo tiempo al mar y a la selva elevado
como estaba por encima de esos picachos bajos; vio la tierra rojiza, arci-
llosa y antigua; a los ríos profundos y a los pequeños nichos fértiles,
hasta que el ave, agotada bajó lenta para depositarlo suave cerca del
cerro Ahuaca.
Años después, cuando Cango tuvo tiempo y conocimientos
para recorrer palmo a palmo esa geografía accidentada y bautizarla con
unos nombres que fueron cambiando de época en época, entre todas las
voces que hemos habitado en esta sorprendente geografía, fue posible
describirla con mayor propiedad
Después de pasar el nudo del Azuay, las cordilleras se achican
hasta llegar a Cajamarca, creando una región muy original, en la que no
existen grandes elevaciones coronadas de glaciares como en el resto del
conjunto andino. Las grandes elevaciones andinas con glaciares perma-
nentes, se recuperan otra vez, al pasar al sur de Cajamarca.

3 Culebra no venenosa
4 Gallinazo

298
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

En esta región el patrón de hoyas de los andes norteños, que


como una especie de celdas en escalera marcan el territorio, cambian
abruptamente: la cordillera occidental pierde su patrón longitudinal pa-
ralelo al Pacífico, para convertirse en estribaciones andinas que se diri-
gen transversalmente con dirección al mar, creando un patrón de hoyas
distinto: son hoyas transversales, estrechas y profundas, con una oro-
grafía muy irregular. Esta fragmentación del espacio es atribuida a la
llamada “transversal de Huancabamba”.
El espacio regional es internamente complejo, presenta “cam-
bios y continuidades, transiciones y rupturas, diferenciación y homoge-
nización”5. Son especialmente importantes tres transiciones: la primera,
entre la Región de Páramo y la Región de Puna; la segunda, entre el Li-
toral Húmedo estrecho y el Litoral Desértico Ancho; y la tercera, desde
la costa baja a la cordillera alta en el oriente.
Los Andes Bajos se encuentran justo en la transición de la in-
fluencia de estos fenómenos, de manera que las lluvias normales se al-
ternan con niños y sequías. Más aún, los mismos tiempos “normales”
se caracterizan por una gran inestabilidad al inicio y al fin de la tempo-
rada de lluvias, razón por la cual, la región es un espacio de “gran ines-
tabilidad climática”6. Esta diversidad e inestabilidad de climas, se
complica aún más por la orografía, la cubierta vegetal existente en los
diversos sitios y últimamente por el impacto del calentamiento global,
cuyos cambios resultan todavía difíciles de evaluar.
Las características geográficas de los andes bajos (baja altura y
cordillera occidental convertida en estribaciones transversales) y las
múltiples transiciones de norte a sur y de este a oeste, crean una región
muy original, única y distinta en el conjunto andino. Los pisos ecológi-
cos se combinan con nichos ecológicos, especialmente cuando hay hu-
medad, creando una variedad sorprendente: los Andes Bajos, es en
realidad un espacio de nichos ecológicos.
Por la baja altura de los andes, la región no tiene heladas y las
granizadas son mínimas. Estos eventos son temidos por los agricultores
de puna o de páramo por las grandes destrucciones que provocan en
los cultivos, cuestión que no inquieta a los habitantes de los Andes
Bajos7. En cambio, una desventaja importante es que, por la baja altura

5 Deler, 1991:281
6 Ver por ejemplo, Aldana, Susana y Alejandro Diez, “Balsillas, piajenos y algodón, CIPCA, 2004
7 Los habitantes de la puna han utilizado las continuas heladas para deshidratación de carne y
tubérculos.

299
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

de los andes, la región no tiene glaciares en las cumbres de las montañas,


que en los andes de puna y páramo representan importantes fuentes de
agua de altura, de cuyos deshielos e infiltraciones nacen numerosas que-
bradas y vertientes. En compensación, la región no tiene volcanes acti-
vos, de manera que la actividad volcánica reciente no ha sido deter-
minante en la disposición de los asentamientos, como, por ejemplo, es
posible observarlo en la sierra centro-norte del Ecuador. Sin embargo,
la ausencia de volcanes ha privado a la zona de cenizas volcánicas (can-
gahua): los suelos de la región son antiguos y en general erosionados y
poco fértiles, a excepción de pequeños nichos aluviales.
Cabe destacar que entre Oña y Huancabamba, por el cambio de
dirección del ramal occidental que se desvía hacia el occidente, se forma
una “deflexión transversal” rica en minerales, especialmente oro, que
se ha trabajado desde la época aborigen y que constituye una de las po-
tencialidades de la región8. Pero más que ello, lo más significativo de la
zona, es la presencia de una enorme biodiversidad, así como la existen-
cia de un importante grupo de plantas y animales endémicos, únicos de
estos ecosistemas de “bosque seco”, “bosques de neblina” y cordilleras
bajas.

La primera idea de región: la región “protoshuar”

En este primer proceso de construcción de una región transversal desde


el piedemonte de la selva hasta el Pacífico, participaron los antiguos
pueblos llamados pacamoros, paltas xiroa, paltas serranos (garrocham-
bas-paltas, malacatos, calvas y chaparra), guayacundos y yaznes. Es un
proceso lejano e invisibilizado como los cerros de nuestra geografía de
los Andes Bajos.
Estos pueblos lograron construir entre los años 500 y 1450 de
nuestra era, una área cultural transversal, que algunos la conocen como
“área jibaroana”9, o mejor denominada “región protoshuar”, caracteri-
zada por un continuum étnico, cultural y lingüístico entre los pueblos
participantes. Todos estos pueblos se entendían en su idioma y tenían
rasgos culturales similares. Ellos crearon señoríos étnicos, es decir, cons-

8 Por ejemplo las minas de “Portovelo, Zaruma, Minas Nuevas”, “Ponce Enríquez, San Ge-
rardo”, “Los Linderos, Río Playas”, “Nambija, Guayzimi, Sultana del Cóndor”, “Chinapintza,
El Hito, Bellavista, para mencionar algunas.
9 Renard-Casevitz, Saignes y Taylor, 1988

300
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

truyeron sociedades relativamente centralizadas, aunque tenían un ha-


bitat disperso por las características de los andes bajos, basadas en la re-
ciprocidad y la redistribución.
Manejaron varios pisos ecológicos en esta geografía particular-
mente arrugada. Tenían un habitat de altura y de zonas templadas, dis-
tinta a la de los asentamientos anteriores del período de Desarrollo
Regional que prefirieron las zonas bajas. Participaron de activos inter-
cambios, que les permitió crear elementos culturales comunes. Llegaron
incluso a crear una confederación más o menos consistente para defen-
der el territorio con oportunidad de la conquista incaica. Todavía volvió
a funcionar su confederación para resistir a los españoles hasta el apre-
samiento de Chunga-Acaro en 1555, que constituyó la resistencia más
larga de los indios en la sierra10.
De esta primer experiencia, podemos extraer tres grandes lec-
ciones: (i) se trató de un proyecto o utopía societal, en la que no es po-
sible identificar “pensadores”, pero en cambio, es muy visible la inten-
cionalidad de crear una “identidad” transversal desde el piedemonte
amazónico hasta el Pacífico; (ii) no hubo un poder central que organi-
zara el espacio, se trató de una iniciativa de numerosos y diversos gru-
pos, que incluso tenían desarrollos diferenciados; y (iii) se construyó de
un ancestro jibaroano común y en medio de intercambios fluidos entre
los grupos familiares, que cristalizó en el enfrentamiento con el otro, en
este caso, los pueblos surandinos y los cañaris. Es decir, el origen de la
utopía de la construcción de una región transversal de los Andes Bajos,
no corresponde a Salinas de Loyola, como varios pensadores actuales
han sostenido, corresponde a la iniciativa de los pueblos ancestrales, a
los paltas, guayacuntus, tallanes y yaznes que estuvieron antes que los
incas.
La conquista incaica rompió la idea de la construcción de un es-
pacio transversal en los Andes Bajos. La zona fue adscrita a una macro-
región gobernada desde Tumipamba, que según algunos informantes
indígenas, iba desde Mocha cerca de Ambato, en el norte, hasta Yana-
mayo (cerca de Cajamarca) en el sur11. En este ordenamiento incaico, los
pueblos amazónicos fueron excluidos y la región fue supeditada a un
poder externo al espacio.

10 Caillavet, Chantal, 1985; 1988.


11 Oberem, 1976

301
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

La región en la época de esplendor colonial

Producida la invasión colonial, un importante grupo de poder local, li-


derado por juan de Salinas, su cuñado Alderete y los Vaca de Castro
emprendieron la idea de construir una región transversal en los Andes
Bajos, mejor conocida en la literatura como la Gobernación de Yaguar-
zongo12. Se trataba de un proyecto que buscaba unir en esa gobernación
a cuatro jurisdicciones coloniales: Loja, Zamora, Piura y jaén, vale decir,
a una vasta región que iba desde el Amazonas hasta el Pacífico13.
La propuesta era bastante ambiciosa y seductora. Buscaban la
articulación de un Puerto (Paita), una zona agrícola/ganadera (Loja y
Piura) y una zona minera (Zamora, Zaruma y jaén), siguiendo el patrón
ideal de la colonia temprana. Con ello, intentaban crear una zona fuerte-
mente autosuficiente, puesto que, contaría con la producción de su pro-
pia mercancía dinero, el oro de las minas, para lograr la articulación
económica de la zona; tendría una zona de producción de la base alimen-
ticia necesaria para abastecer a la fuerza de trabajo que demandaba la re-
gión y un puerto de entrada y salida para la circulación de mercancías.
Sin embargo, a pesar de su irreprochable lógica económica, la
propuesta no resultó viable: ¿Por qué? Varias razones conspiraron contra
el proyecto.
La idea fue bloqueada por Lima y Quito. Atentaba a la política
de construcción del “espacio colonial peruano”14, que tenía su centro en
Potosí (producción de plata que fungía como mercancía-dinero) y arti-
culaba al resto de regiones, proyecto ampliamente respaldado por el Vi-
rrey Toledo y las poderosas elites de Quito y Lima. No fue suficiente el
dinero que movió Salinas, que conociendo el lenguaje de la Corona,
buscó virtualmente “comprar” la aceptación del Rey. Salinas a pesar de
contar con influencia en la Corte y de haber llevado al Rey una lágrima
del sol (un pedazo de oro de 16 libras), no logró mantener la integridad
de la Gobernación de Yaguarzongo. Su presión a la Audiencia de Quito
porque se mantenga la Gobernación, terminó por poner en la cárcel al
propio Salinas y marginar la Gobernación a la selva. Incluso debió com-
prar su libertad a los poderes coloniales.

12 jaramillo, Alvarado, Pio: 1955


13 Salinas de Loyola, juan: 1582
14 Assadouriam, Sempat, 1982

302
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

Pero no solo tuvo que enfrentar a las poderosas elites de Quito


y Lima. Su propuesta fue resistida de manera radical por los pueblos
shuar: las grandes rebeliones de 1599 y 1635 pusieron en jaque al pro-
yecto. La minería y transporte de mercancías se sustentaba en una brutal
explotación de los indios, sobre una sociedad no acostumbrada a pagar
tributos, ni a reconocer a una autoridad permanente. Salinas no era una
perita en dulce. Sustentaba su proyecto en una mano de hierro. Pero era
una empresa imposible. Ello remarcó la frontera con los jíbaros. Se con-
sideró a los jíbaros como la alteridad total. No lograron comprender su
“insolente anarquía”, su “situación de guerra intestina”, la “dispersión
que los caracterizaba”, su “irreligiosidad”, la resistencia pertinaz a la ci-
vilización cristiana y occidental, los consideraron una sociedad extraña,
de rasgos culturales incomprensibles15. Entonces, pasaron de la bús-
queda de la integración al enfrentamiento y la liquidación. Los shuar se
dieron modos para virar la tortilla. En su terreno fueron imbatibles, ter-
minando por expulsar a los codiciosos españoles.
junto a la resistencia jíbara, había otro factor sustantivo: la au-
sencia de caminos a la zona minera, la falta de mano de obra y el enorme
descenso poblacional en la sierra, producto de la combinación de la mo-
vilización de mitayos a las minas de Zaruma, Zamora, pestes y demás
imposiciones coloniales, en una región ya devastada por las guerras con-
tra los incas y las represiones de Atau Walpa sobre los pro-wascaristas
paltas, relatadas por Betanzos16.
De este proceso de construcción de la región que tuvo pensado-
res y protagonistas de la elite local española, en la época de oro de Loja,
es posible extraer cinco lecciones: (i) es notable la búsqueda por la auto-
suficiencia de la región, cuestión que Salinas mostró que era posible; (ii)
impresiona también la escasa posibilidad de negociar con Quito y Lima,
los poderes centrales, que al ver amenazado su proyecto, no dudaron
ni un solo momento en colapsarlo; (iii) resulta bastante significativa el
fracaso de la táctica de apelar al Rey y al soborno, como forma de legi-
timar el Proyecto; (iv) el modelo tenía su parte inviable: era genocida
con los shuar e incluso con los paltas serranos, era un proyecto extrac-
tivista de gran impacto ambiental y muy azaroso al basarse en la even-
tualidad de encontrar las betas de oro, factores, todos ellos, que
provocaron su inviabilidad interna; y (v) el modelo era concentrador y
15 Taylor, 1983
16 Betanzos, 1987

303
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

excluyente, se basaba solamente en las elites locales, lo cual no permitía


ganar legitimidad social, por tanto era insostenible.

La breve experiencia de Loja Federal

Loja comenzó el siglo XIX encerrada en sí misma. Creció su fractura con


Piura, declinó su exportación de cascarilla y la pequeña producción au-
rífera de Zaruma no lograba dinamizar a la región. Su elite se batía entre
las ideas de antiguo régimen, un brutal inmovilismo y la construcción
de imaginarios imposibles. Hasta su educación se había deteriorado.
Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, los terratenientes entra-
ron en una ardua disputa de los bienes de esa orden que financiaba a la
educación: los hacendados privilegiaron sus intereses inmediatos de-
jando en la ignorancia a toda una generación. El taita Marcelino Carrión
era el único que bregaba en su escuelita mal pagada por alfabetizar a
una elite sumida en la ignorancia. Fue la época oscura de Loja.
En medio de esa crisis, la elite lojana inició una intensa bús-
queda de mercados para su antigua producción de vacunos, mulares y
derivados de caña17. La salida al puerto de Paita, Puerto Bolívar o Gua-
yaquil se convirtió en un objetivo acariciado y redentor. Se propuso una
serie de proyectos. Muchos de ellos fueron de iniciativa de viajeros y
científicos que al visitar a la región la encontraron encerrada y empo-
brecida. Caldas en 1810 sugirió la salida al mar por una vía que debía
seguir al río Catamayo hasta Paita. Se inició su construcción, pero ella
resultó imposible: la abrupta geografía y la falta de recursos mataron la
idea.
Durante la independencia los lojanos realizaron importantes
contribuciones para buscar una mayor visibilidad y peso en el nuevo
régimen, sin embargo, el nuevo poder fue negociado principalmente
por las tres regiones: Quito, Guayaquil y Cuenca. En 1826 Loja buscó
negociar con la Gran Colombia una intendencia y un obispado, como
fórmula para salir de su estancamiento. Su diputado el Dr. josé Félix de
Valdivieso no logró conseguirlo18. Recibió el mandato del Municipio
local de pertenecer a Guayaquil, pero no se dio la Convención. Loja
quedó incluida en el Departamento de Cuenca. Ello solo terminó agra-
vando el conflicto con Cuenca, que apareció como la culpable de las li-
17 Palomeque, Silvia, 1994.
18 jaramillo, Alvarado Pio, 1955.

304
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

mitaciones internas: Cuenca era vista como competidora en la recolec-


ción y la exportación de cascarilla; como beneficiaria del intenso acarreto
de algodón en la que participaban los arrieros lojanos; como beneficiaria
de los excedentes que por la vía del comercio de sombreros, bayetas y
otros artículos llegaban desde esa ciudad a Loja; y como la encarnación
del centralismo (política, de la justicia y la administración religiosa) que
discriminaba a la provincia.
La construcción de la vía al mar como salida a la crisis era dis-
cutible, porque el verdadero problema era el inmovilismo de la antigua
hacienda manejada por gamonales tradicionales y dispendiosos radica-
dos en la ciudad. Una vía, si no existe una base productiva sólida para
exportar, solo es una vía de escape, de tránsito, pero siempre de salida.
La elite de Loja, mostró no tener ideas para resolver la crisis, ni capaci-
dad para negociarlas. Loja, a pesar de su importancia geopolítica en el
acceso al Amazonas, no concitó la atención nacional, de ese estado cen-
tral disputado por caudillos y acosado siempre por la anarquía, la irres-
ponsabilidad, la dilapidación de los fondos públicos y una desastrosa
conducción nacional.
En 1859 se produjo una crisis nacional que desarticuló a las re-
giones de Quito, Guayaquil y Cuenca, sobre cuyo acuerdo se mantenía
la unidad nacional. El bloqueo y ocupación peruana al litoral ecuato-
riano por el General Castilla y la firma del tratado de Mapasingue pre-
cipitaron la fragmentación regional. En medio de esa crisis de los
poderes regionales, la asamblea de padres de familia de Loja planteó la
autonomía de la provincia a través de un Gobierno Federal el 18 de sep-
tiembre de 1859, nombrando como jefe Civil y Militar al señor Manuel
Carrión Pinzado. Ello era un resultado que se veía venir desde el inicio
del siglo, cuando la elite consideraba que una mayor autonomía le per-
mitiría su crecimiento. En esta ocasión, una asamblea popular integrada
por personas de todas las clases, decidió apoyar al sistema federal pro-
puesto por la elite y el 22 de septiembre fue respaldado por los cantones
de Cariamanga y Saraguro, con lo que ganó en legitimidad, para con-
vertirse en una decisión histórica de las fuerzas representativas de la
provincia19
La creación del Gobierno Provincial Federal le permitió a Loja
varios avances, al punto que muchos consideran a este evento como la

19 Ibid: 350.

305
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

“verdadera independencia de Loja”. Le posibilitó negociar su separa-


ción como provincia de Cuenca, hecho que si bien se lo reconocía desde
1832, sin embargo, se consolidó en la Constitución de 1861. Con la cre-
ación del Gobierno Federal, Loja propuso una nueva división jurídi-
co/política: creó el cantón jambelí (junto a los de Loja, Calvas, Paltas y
Zaruma). Por fin tenía un puerto propio (el cantón jambelí). Se retornaba
al viejo anhelo de Salinas de unir un puerto, una zona agropecuaria y la
mercancía dinero (el oro de Zaruma). También logró consolidar sus ins-
tituciones: el Tribunal Superior de justicia para juzgar las causas de se-
gunda instancia desconcentrando esa función que antes residía en Cuen-
ca; la consolidación del aparato educativo, con el fortalecimiento del co-
legio de San Bernardo y el particular de “La Unión”; y la creación de las
cátedras de jurisprudencia, Medicina y Teología, cuestión que le permi-
tió formar un conjunto de generaciones instruidas que le dieron un
papel destacado en las letras, la religión y el derecho; y la creación del
Obispado en Loja negociado con la Iglesia20.
Sin embargo, la efímera existencia de Loja Federal y su recono-
cimiento como provincia, no fueron suficientes para construir verdade-
ramente la región, más allá de resucitar la idea. Tres limitaciones tuvo
esta iniciativa, que nos sirven de lecciones para el presente: (i) se trataba
de una propuesta de las elites urbanas de Loja, que no lograron, ni tra-
bajaron por incorporar a las pequeñas dirigencias cantonales; (ii) la au-
tonomía provincial no era suficiente, había que buscar una propuesta
productiva que redinamice la zona, cuestión en la que la anquilosada
clase terrateniente lojana, no tuvo iniciativas importantes; y (iii) no tu-
vieron la capacidad de negociar con el Gobierno Central recursos para
instalar la infraestructura vial que se requería. Terminaron privilegiando
su articulación formal con Guayaquil: pusieron la carreta por delante
de los burros. Tampoco se sabe que las elites lojanas hayan puesto un
solo peso para construir nada.
A decir verdad, por más de un siglo, Loja nunca logró negociar
las vías, a pesar de que buena parte de sus elites militaron en el “libera-
lismo de las luces” que les había ofrecido la modernización. Fueron par-
ticularmente impresionantes los combates entre liberales y conservado
res. Uno de ellos, la entrada de Vega, el 29 de julio de 1895, tuvo un mar-
cado tinte de enfrentamiento entre Loja y Cuenca. Sin embargo, no lo-

20 Ibid: 319-338.

306
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

graron ni un peso para integrarse al Ecuador. Presionaron por el ferro-


carril, pero no lo consiguieron. Todavía en 1923, 44 lojanos ilustres, la
mayoría liberales soñaban con una línea de ferrocarril desde Puerto Bo-
lívar-Zaruma y Loja.
La imposibilidad de construir las anheladas vías desde Loja pro-
vocó la orientación de Zaruma a Guayaquil, justo en pleno momento de
reactivación minera. La formación de la nueva provincia de El Oro dejó
en la faz de los soñadores una marcada frustración interna. Una vez más,
Loja se fracturaba, justo después de que había alcanzado la tan soñada
salida al mar.
Los cantones se sintieron traicionados y distantes de la elite ur-
bana de Loja, hasta que en 1931 pensaron en formar una provincia de
chazos, distinta a la de los alcanfores lojanos. La ocupación peruana de
1941 puso en descubierto las frustraciones: Loja estaba mortalmente
marginada del contexto nacional.

La infructuosa acción de PREDESUR

La publicación de la Historia de Loja y su provincia de Pío jaramillo


marcó una inflexión en el pensamiento lojano. Su libro planteó una re-
lectura de Loja. Al reflexionar sobre la Gobernación de Yaguarzongo y
sobre el Gobierno Federal de 1859 destacó la presencia de Loja en la
Amazonia, perdida con el protocolo de Río de janeiro de 1941. Nos ad-
vierte que “otro sería el destino de Loja” si estos proyectos habrían te-
nido oportunidad. Con angustia pregunta ¿Qué habría pasado, si el
proceso de creación de la región de Yaguarzongo y el proceso de Go-
bierno Federal se habría desarrollado? Hipotetiza que no se habría per-
dido la región amazónica y que Loja se habría desarrollado más acele-
radamente. En verdad el pensamiento de jaramillo es nítido en su pro-
puesta, sin embargo está fuertemente atrapado en el conflicto nacional
que marcó a toda esa generación21.
La propuesta de jaramillo sentó las bases conceptuales de una
lectura que la realizarán más tarde diversos intelectuales y políticos de
Loja. Ello permitió el surgimiento de la idea de crear la “Frontera Aus-
tral” o “Región Sur” en el ideario actual, integrando a las provincias de
Loja, Zamora y El Oro. Este imaginario se produjo en medio del proceso

21 jaramillo, Alvarado Pio, 1955.

307
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

de modernización que provocó el boom petrolero. En ese momento el


Estado se redefinía: se producía una negociación entre regiones y el go-
bierno central. Las regiones abandonaban todo tipo de federalismo, pero
el estado se acomodaba a las regiones. De esta manera, incluso los or-
ganismos de planificación nacional, adquirían un carácter regional:
CREA, CEDEGE, luego PREDESUR. La modernización parecía posible.
La creación de organismos regionales tenía por objeto crear el brazo eje-
cutor del desarrollo largamente esperado.
El Estado con la creación de PREDESUR22 reconocía en los he-
chos la existencia de una Región Sur, distinta a la Austral, a pesar de
toda la historiografía nacional y la posición de la elite cuencana y del
centralismo quiteño, que siempre habían considerado que no existía una
Región Sur, sino una Región Austral comandada desde Cuenca.
Sin embargo, la propuesta tuvo escasa efectividad: la sequía
afectó hasta el colapso a las bases productivas y provocó migraciones y
descapitalización. Llegamos a un momento impresionante en que la
zona no podía reproducir su fuerza de trabajo, justo cuando se estaba
creando PREDESUR, cuando se estaba concretando la utopía de región,
la gente salía. Parecía que la historia se portaba cruel con la utopía su-
reña. Se profundizó la atomización regional y la orientación productiva,
especialmente de El Oro, que encontró en el banano una actividad que
le dio gran empuje y le permitió mirar hacia afuera y no hacia Loja. La
propuesta regional manejada por PREDESUR fue burocrática, muchas
veces populista, no fue planteada a las sociedades, ni a los pueblos, ca-
reció de imaginación, muchos la hicieron solo una trinchera para pro-
yectarse como candidatos locales. Los planteamientos fueron erráticos,
se gastaron mal los pocos recursos logrados; la región se convirtió en un
discurso que no prosperaba en ningún lado, ni siquiera en Loja, menos
en Zamora o El Oro. Esta última, sobre todo, generó su propio discurso
de autonomía, pensando más hacia el mar, que hacia su interior. Los
sueños se volvieron diversos, como sus gentes.
En síntesis, las lecciones son contundentes: (i) fue una propuesta
centralizada en personajes y no en procesos societales; (ii) no logró es-
tablecer espacios para debatir las diversas iniciativas (desde las comu-
nales, de organizaciones, parroquias, cantones, provincias y cuencas,
pueblos y nacionalidades), ellas no se articularon con el proyecto de

22 PREDESUR, 2004.

308
L A R E G I Ó N E S QU I VA : ¿ S O L O E L Z A M O R A CON LOJA LLORARÁ?

construcción de región; (iii) estaba fuertemente marcada por el pasado,


es decir por la lectura de la región en medio del nacionalismo posterior
a la derrota frente al Perú de 1941; (iv) tenía muchos visos de autorita-
rismo por el liderazgo casi personal del Chato Castillo; (v) no tomó en
cuenta un proceso societal que construyeron los saraguros que poco a
poco se habían adentrado por Yacuambi y Nagaritza hasta crear un pe-
queño corredor entre la sierra y la amazonía.
Sin embargo la idea no murió. Tenía demasiada historia. La
firma de la paz y el reciente proceso de creación de las regiones plante-
ado por la Nueva Constitución y la existencia de un discurso previo de
región, crean nuevas condiciones para que la propuesta vuelva a la pa-
lestra. Otra vez Loja apuesta a la construcción de esa región esquiva,
como fórmula de desarrollo

FINAL

La propuesta vuelve acompañada con numerosos desafíos y de varios


cambios que requieren un nuevo tratamiento:
La intención geopolítica de marcar una frontera con el Perú,
cambió de horizonte con la firma del tratado de paz de 1998. Hoy se
trata de crear y fomentar una cultura de paz entre los pueblos, lo cual
abre posibilidades a una relectura y revaluación de las relaciones del es-
pacio lojano con el norte del Perú: la región debe ser pensada en su re-
lación íntima y permanente con el norte del Perú, es decir desde la
nueva óptica de crear fronteras de paz que unan a los pueblos, y no
como frontera que las divida23.
Es necesario realizar una evaluación crítica del camino andado.
Hay que reconocer sin ocultamiento que la construcción de la región sur
con las provincias de Loja, Zamora y El Oro, no ha evolucionado como
se esperaba, no es una realidad dada, ni ha sido posible consolidarla: es
una hipótesis posible que debe ser trabajada, que debe absolver sin te-
mores y ocultamientos los problemas y cuestionamientos de sus actores.
Debemos contestarnos con absoluta honestidad: ¿Por qué una parte im-
portante de orenses no ven ventajas económicas de formar una región
con Loja y Zamora Chinchipe, prefiriendo relaciones con Cuenca o Gua-
yaquil? ¿Por qué los zamoranos tienen una actitud dubitativa entre una

23 Hocquenghem, Ann Marie, 1998.

309
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

relación con la denominada “Región Amazónica” o participar de la


franja transversal que propone la Región Sur? ¿Por qué los shuar, cuyas
principales poblaciones se distribuyen entre Morona Santiago y Zamora
Chinchipe, y que podrían quedar escindidas en dos regiones, no mues-
tran ningún entusiasmo frente a la regionalización que se propone?
¿Puede encontrarse soluciones más creativas y menos territorialistas,
que permitan convivir diversas iniciativas y relaciones? ¿Por qué no
poner sobre la mesa la posibilidad de construir una región con diversas
relaciones dependiendo del tema en debate?
Requerimos de manera urgente repensar la propuesta de desa-
rrollo para Loja. Las ideas construidas hasta el momento son muy dis-
cutibles. Se continúa solamente pensando en las vías para unir al puerto
con la amazonía, sin evaluar el impacto ecológico que este tipo de in-
fraestructura puede crear. Se plantea continuar apostando a la minería
sin evaluar el escaso aporte que ha dado a la región durante los cientos
de años que se ha practicado, que mas bien han significado un impacto
brutal a sus ríos. La única idea novedosa es la producción de energía
aprovechando fuentes alternativas, pero en cambio, hace falta idear un
modelo de desarrollo sustentable que valorice los pequeños nichos eco-
lógicos de la región, hace falta una poderosa reflexión actualizada y par-
ticipativa que integre a todos los actores regionales, hace falta nuevas
alianzas, una nueva clase política, un nuevo empresariado, nuevos em-
prendedores y emprendimientos, relaciones creativas y múltiples con
Zamora, El Oro, el Norte del Perú, Azuay y Guayaquil; un acuerdo so-
cial de inclusión interno, nuevas formas de gestión para innovar las pe-
sadas e ineficientes formas de manejar los gobiernos seccionales, hace
falta y con urgencia crear un gobierno provincial verdadero y negocia-
ciones más audaces con los estados nacionales del Ecuador y el Perú,
de no ser así “solo el Zamora con Loja llorará”.

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311
BIENVENIDA AL DOCTOR JOAQUÍN GÓMEZ DE LA TORRE
BARBA COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE
DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Padre Dr. Jorge Villalba Freile S.J.

Es muy grato para mí tener la oportunidad de dar la bienvenida


a la Academia Nacional de Historia al Dr. joaquín Gómez de la Torre
Barba, pues a él me ha unido una prolongada amistad y relaciones en el
campo de la historia nacional, desde la época de su temprana juventud.
En efecto, obtenido el bachillerato en el Colegio San Gabriel
donde recibió mis clases de historia universal, ingresó a la Universidad
Católica, en el aDepartamento de Historia y Geografía, de la Facultad
de Ciencias de la Educación, en 1971. Era yo entonces Profesor de His-
toria en ese Departamento; y compartimos el trabajo de investigación
académica y de excursiones a lugares históricos.
Luego de representar a sus compañeros como Presidente de la
Asociación Escuela de Pedagogía, obtuvo con brillantez la LICENCIA-
TURA EN CIENCIAS DE LA EDUCACION, en la Especialidad de His-
toria y Geografía.
Quiso perfeccionar sus conocimientos, en cursos especializados:
Previamente estudió prepolitécnico y primer curso en la Escuela
Politécnica Nacional.
Posteriormente en el CEPEIGE.(Centro Panamericano de Estu-
dios e Investigaciones Geográficas), el IV Curso Internacional de Geo-
grafía Aplicada, en 1976.
Luego en la ESPE (Escuela Politécnica del Ejército), siguió un
curso de Geografía de Población en 1980.
El 11 de noviembre de 1988 culminó sus estudios del doctorado
cuando en sesión solemne y como Presidente de la primera promoción
del doctorado en Historia del Ecuador de la Universidad Central, pro-
nunció un discurso en el momento de su incorporación con los otros
egresados. Este doctorado tuvo el apoyo de la Academia Nacional de
Historia y de su Director el Dr. jorge Salvador Lara.
En la junta de Defensa del Artesano, obtuvo el título de “Ima-
ginero de la República” en 1991.
Por fin, en la Universidad Central, luego de llenar los requisitos

312
B I E N V E N I DA A L D R . J OAQU Í N G Ó M EZ DE LA TORRE

debidos, y obtener la aprobación de la Tesis: INFLUjO ABORIGEN EN


LA ESCUELA QUITEÑA DE ARTE, fue honrado con el título de DOC-
TOR EN HISTORIA DEL ECUADOR, en 1999.
Fue catedrático de Historia, Geografía y Cívica de la Escuela Su-
perior Militar Eloy Alfaro, Colegio Militar Eloy Alfaro y Colegio Técnico
del Ejército de 1974 a 1999. Profesor de Historia Militar en la ESMIL. en
2007 –2008.
Se ha desempeñado como encargado de museos, laboratorio y
Templete de los Héroes del COMIL., es autor de la restauración y am-
pliación del Parque Geodésico del Centro Cultural del COMIL. donde
podemos apreciar su trabajo para el rescate y puesta en valor de los mé-
todos para medir el tiempo por los indígenas, cuando construyó la Pi-
rámide del Sol, los Intihuatanas y otros elementos geodésicos.
Es miembro del IECH. Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispá-
nica, de la SEACC. Sociedad Ecuatoriana de Amigos de la Ciencia y la
Cultura de la cual es Secretario, de la SAG. Sociedad de Amigos de la
Genealogía de la que es uno de sus fundadores y Director del Centro de
Reproducciones del Arte Ecuatoriano.
Como hemos podido ver, sus aficiones académicas y estudios
comprenden la Historia Nacional, la Geografía, y también las manifes-
taciones artísticas del país.
Nuestro recipiendario tuvo la fortuna y la rara oportunidad de
relacionarse y aun incorporarse a la Historia Nacional, por haber nacido
y vivido por 30 años en la casa que perteneció al Mariscal Antonio josé
de Sucre, la denominada Casa Azul, en el centro de la ciudad, en la es-
quina de las calles Venezuela y Sucre.
Y el Dr. joaquín es testigo de como su abuelita la Sra. Alejan-
drina Cabezas de Barba y su madre Doña Carmela Barba de Gómez de
la Torre salvaron la Casa Azul, cuando se negaron a venderla al conocido
banquero Luis Napoleón Dillón para que sea derrocada y levantado allí
el edificio del Banco Central del Ecuador, que hoy ocupa el local de las
calles García Moreno y Sucre.
Posteriormente pudo ver la donación completa de los muebles
de la sala de Sucre, por parte de Doña Carmelita, para formar un museo
en honor del Gran Mariscal de Ayacucho. Museo que lo dirigió después
uno de los héroes de la guerra de 1941 con el Perú, el General Gonzalo
Orellana Barriga.
Vio también al Arquitecto Andrés Peñaherrera realizar los arre-

313
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

glos de la casa, siguiendo las indicaciones que desde Bolivia había en-
viado el Mariscal Sucre a su amigo el Coronel Vicente Aguirre, para me-
jorar esa mansión.
Diré de paso que es grato para nosotros que el Mariscal Antonio
josé de Sucre hubiera preferido este país, el Ecuador, para formar su
hogar y establecerse como ciudadano quiteño, prefiriéndole a tantos
otros países donde brilló por sus triunfos.
Igual cosa ocurrió con el General. juan josé Flores; pese a que
le convidaban insistentemente las autoridades de Venezuela a que vol-
viese a residir y prestar sus valiosos servicios allí. Y con él se afincaron
en nuestro país más de veinte altos militares que vinieron por la guerra
de la Independencia en 1820, colombianos, venezolanos y europeos.
En tiempos de la Independencia la Casa Azul fue adquirida por
Sucre el 20 de abril de 1828 poco antes de celebrar su matrimonio a dis-
tancia y por poder otorgado al Coronel Aguirre para poder casarse con
Mariana Carcelén y Larrea Masquesa de Solanda.
El 20 de septiembre de ese año el Gran Mariscal de Ayacucho
regresó de Bolivia para establecerse en su casa de Quito y para trabajar
en las haciendas de su esposa, así lo hizo durante diez meses en que
nació su hija Terecita.
Son numerosas las obras y artículos de Historia y Geografía que
ha publicado el Dr. joaquín Gómez de la Torre. Por la brevedad
de las circunstancias solo mencionaré algunas:
Motivos Indígenas Ecuatorianos (Precolombinos).- Libro Atlas.- Edi-
torial Artes Gráficas.- Quito, 1971.
El Ecuador el Hombre y la Tierra.- Actualización sobre el Ecuador
en la Enciclopedia Plaza y janes S.A.- Geographica.- Madrid,
1977.
“El Complejo Geodésico del COMIL”.- Revista del Colegio Miltar
Eloy Alfaro .- Quito, 1994.
Historia de la Casa Azul, Museo de Sucre.- Publicación del Minis-
terio de Defensa Nacional.(Folleto).- Quito, 1998.
Historia de la Escuela Politécnica Nacional, en 6 volúmenes, comen-
zando por la Politécnica de García Moreno y terminando con la
Historia del Observatorio Astronómico de Quito (Por publi-
carse).- Quito, 2003.
Geografía del Ecuador, con 23 capítulos.- Cultural S.A. (Cultu-
resa).- Madrid, 2004.

314
B I E N V E N I DA A L D R . J OAQU Í N G Ó M EZ DE LA TORRE

Este es tu país Ecuador.- Diccionario Enciclopédico en los temas de


Geografía, Ecología e Historia.- Cultural S.A. (Culturesa).- Madrid,
2005.
Biografía de Monseñor Juan Larrea Holguín.- (En preparación).-
Corporación de Estudios y Publicaciones .- Quito.- 2007–2009.

Estos son los méritos no solo académicos, sino patrióticos en el


estudio de la Historia Nacional del Dr. joaquín Gómez de la Torre, por
lo cual con todo derecho ingresa hoy como Miembro de la Academia
Nacional de Historia.
Sea bienvenido

29 de febrero de 2008

315
RECENSIONES
Guadalupe Soasti Toscano. EL COMISIONADO REGIO CARLOS
MONTUFAR Y LARREA. SEDICIOSO, INSURGENTE Y REBELDE.
Quito, FONSAL, 2009

Dentro de la “Biblioteca Básica de


Quito” se ha incluido esta biografía de Car-
los Montufar y Larrea, una de las figuras
claves de la Revolución de Quito de los años
1809 a 1812, en su segunda parte, precisa-
mente la que siguió a la llegada a Quito del
hijo del Marqués de Selva Alegre, Carlos, en
su condición de Comisionado de la Regen-
cia, y estuvo marcada por la presencia y la
evolución ideológica del brillante quiteño.
Como lo anota Carlos Landázuri en
breve prólogo, “Montufar no es un perso-
naje desconocido para la historiografía ecua-
toriana”, y, tratando de apuntar hacia el
aporte de esta nueva obra sobre el prócer, añade que no se trata “de que
Guadalupe Soasti Toscano haya descubierto nueva documentación
hasta ahora desconocida”. ¿Cuál, pues, el aporte que cabe esperar de
esta nueva empresa historiográfica sobre el fascinante personaje?
En párrafo no todo lo exacto y bien escrito que cabía esperar, lo
anuncia la propia autora.”Lejos de ser una biografía completa sobre el
personaje, se convierte en una mirada diferente sobre Carlos Montufar
y la época que le tocó vivir”; quiere adentrarse “en el análisis de un
ciudadano con ideales y creencias políticas que las vivió y las defendió
ardientemente”. Y, por si esto no resultase ya bastante problemático,
añadió: “El salvaguardó el ideal y las creencias del sector social al que
pertenecía que, en la época, fomentaron la construcción de un proyecto
político acorde con lo que se discutía, se propugnaba y se comenzaba a
vivir en el mundo occidental, la adopción del republicanismo como
forma de gobierno” (Pp. 15-16).
Avanza en la empresa así anunciada por cuatro tramos: primero,
un perfil biográfico; segundo, el contexto político, tanto en la España en
que vivió Montufar como en la Audiencia de Quito, a la que llegaría
como Comisionado de la Regencia; tercero, las acciones cumplidas por
el prócer en Quito, y el cuarto, un intento de análisis de lo que la autora

319
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

llama “los elementos que han permitido crear y construir el mito de


Montufar como héroe del Panteón cívico del Ecuador”.
En la realización de este ambicioso programa conviven logros
con limitaciones. Algunas de estas, severas. Hay asuntos de enorme im-
portancia que no le merecen a la autora soporte documental –lo cual
contrasta con el que da a cosas de menor monta. Por ejemplo, eso de la
reunión en la tarde del 9 de agosto de 1809, en la que “varios miembros
de la élite quiteña” (¿quiénes?) “acordaron establecer una junta inte-
grada por 36 vocales, escogidos entre los vecinos, cuyo fin era gobernar
en nombre de Fernando VII, en obediencia al llamado de la junta Cen-
tral para establecer juntas provinciales igual que en España” (P. 93). Y
tamaña afirmación sin un solo documento, sin la menor indicación de
fuente.
Y con ligereza aborda los sucesos del 2 de agosto de 1810, sin
más apoyo que en una fuente secundaria que no se molesta en contrastar
(P.96)
¡Y esa nota 131, tan necesitada de discusión y prueba, sin que le
salve ni el condicional “habría”!: “En la historiografía, habría que pun-
tualizar qué se entiende por realistas y por insurgentes. Cuando se re-
fiere a los primeros, se trata de quienes apoyaban a la Regencia. Cuando
se refiere a los segundos, se habla de quienes apoyaban a la junta Cen-
tral y al Rey”. Y esto, ¿en Quito? Porque para el caso lo que interesaba
era lo que se pensaba en Quito. Avanzando en la historia, la propia au-
tora dirá –cosa, por supuesto, conocida- que el partido de Sánchez de
Orellana “se pronunciaban a favor de la junta autónoma” (P. 160).
Y siguen las cosas harto discutibles. ¿Solo al llegar a América
conocieron Montúfar y Villavicencio “acerca de las revueltas y noveda-
des de Quito”? Se embarcaron, cabe recordar, el 1 de marzo de 1810. El
Informe que elevó el Oidor Decano de la Audiencia D. Diego Fuentes
de Bustillo a la junta Central de Gobierno llegó a Cartagena el 11 de oc-
tubre y fue remitida inmediatamente a la Península, en el primer trans-
porte. Habrá llegado más o menos en tres meses, tiempo que duraba la
travesía en esa estación del año. O sea que para cuando salieron de Es-
paña los Comisionados lo sucedido en Quito era ya conocido
Otras veces, y esto parece aún menos histórico, se siente el con-
tagio “ideológico”. De la primera revolución, la de 1808, dice “denomi-
nada revolución de los marqueses” ¿Por quiénes? Y, ¡claro! La autora
solo nombra a los marqueses. Y, si se atiende a la lista de los encausados,
solo uno –el dueño de casa- era marqués.

320
R E C E N S I O N E S

Y la autora llega a afirmar sin más cosas que los historiadores


de esos sucesos han discutido en toda su complejidad desde Pedro Fer-
mín Cevallos: “La junta de Quito le prohibió a Carlos Montufar entrar
en Cuenca con sus tropas, por lo que debió permanecer unos días en
Cañar” (P. 171).
Observaciones de esta laya son muchas, e impiden que un lector
serio pueda entregarse a seguir a la autora, sobre todo cuando elucubra.
Una recensión no resulta, sin embargo, lugar adecuado para agotarlas.
Frente a esto, lo importante del libro nos parecen ciertos docu-
mentos abiertos a nuevas lecturas, en contextos renovados. Así, estu-
penda la carta que Montufar escribe, dando razón de su urgencia por
partir hacia Quito, en la que podemos leer mucho sobre el espíritu del
prócer y la conciencia que iba cobrando de su misión. La carta, es im-
portante notarlo y la autora lo consigna en nota, dista de ser hallazgo
nuevo: la publicó josé Gabriel Navarro en su libro La Revolución de Quito
del 10 de Agosto de 1809. (Y, en general, la mayor parte de documentos
importantes a que la autora acude tienen esa fuente. En cuanto a sacarles
nuevo provecho, la autora pudo haber hecho mejor).
En cuanto a las fuentes secundarias maneja, se ve, una preciosa,
inédita. Todo un libro de Neptalí Zúñiga, al que sigue hasta en lo ima-
ginativo (véase la página 23). Sea esta buena oportunidad para reclamar
la publicación de esa obra de quien dedicó varios estudios a Carlos Mon-
túfar y fue, como sabemos, acucioso buceador en archivos y autor de la
que acaso sea la mejor biografía del Marqués de Selva Alegre
En la parte IV la autora trata de probar con el caso de Carlos
Montúfar una tesis sobre la construcción de héroes para situarlos en el
panteón de los próceres y padres de la patria. Para el caso se apoya en
las celebraciones del centenario del fusilamiento y los actos que rodea-
ron el retorno de los restos de prócer a la patria. Pero, como todos los
que proceden tras probar una tesis, minimiza el casi olvido en que Car-
los Montúfar ha caído en la patria y la grandeza misma del personaje,
que bien pudiera haber descubierto a lo largo de su relato.
El libro se cierra con dos interesantísimos apéndices: “Carlos
Montúfar y Larrea (1780-1816), el quiteño compañero de Humboldt”
por Teodoro Hampe Martínez y “Viaje de Quito a Lima de Carlos Mon-
túfar con el barón de Humboldt y con Aimé Bonpland”, que publicada
Marcos jiménez de la Espada en el Boletín de la Sociedad Geográfica de
Madrid, en 1889.

Hernán Rodríguez Castelo

321
Hernán Rodríguez Castelo. OLMEDO EL HOMBRE Y EL ESCRITOR.
Quito, Academia Nacional de Historia, P.P.L.Impresores, 2009

La incansable pluma de nuestro académico,


Hernán Rodriguez Castelo, en raudo y sin
par movimiento ha sacado a relucir señeras
obras como ofrendas recordatorias del Bi-
centenario del fulgente, aunque aparente-
mente fugaz resplandor del 10 de Agosto de
1809. Quizás la de mayor fuste sea la publi-
cada con el auspicio de la Academia Nacio-
nal de Historia: OLMEDO EL HOMBRE Y
EL ESCRITOR.
Con acertadas palabras el benemérito
Dr. Manuel de Guzmán Polanco en la pre-
sentación de la obra señala que: “Definitiva-
mente, la figura que comprendía aquellos
años de lucha por la libertad, es sin duda, la
de josé joaquín de Olmedo, cuya biografía revive esta figura en toda su
grandeza pero también en toda su complejidad con ejemplar rigurosi-
dad, lo mismo de historiador que de crítico literario, el Académico Her-
nán Rodríguez Castelo. La Academia Nacional se enorgullece de pu-
blicar obra tan importante y tiene la especial complacencia de hacerlo a
través de nuestro Centro Correspondiente, en homenaje a Guayaquil, la
ciudad de Olmedo en esta celebración de su fecha gloriosa del 9 de Oc-
tubre, como aporte inicial de lo que será la celebración en el año 2020.”
Rodríguez Castelo comienza el periplo de esta exquisita obra
sobre josé joaquín de Olmedo, el ecuatoriano más eximio de fines del
siglo XVIII y buena parte del siglo XIX, introduciéndonos en la vida y
la obra en la vida. Donosa figura literaria. El arco existencial del vate
guayaquileño se extiende desde 1780 hasta 1847 en que Guayaquil re-
coge su postrer suspiro. Quito puede gloriarse de haberle ofrecido desde
temprana edad las fuentes de esmerada educación que se desbordarán
en Lima, mereciendo diplomas que lo acreditaban como un estudiante
de excelencia, que participaba en torneos poéticos y dramáticos. El verso
juvenil es confidencia o es murmullo; tiene mucho de corazón y de
fuente. En aquella ciudad el joven guayaquileño tomó parte en certá-
menes filosóficos, y se dedicó a la docencia.
El autor manifiesta que, en 1808 regresó Olmedo a la ciudad na-

322
R E C E N S I O N E S

tiva con motivo de la muerte de su padre. A poco se trasladó a Quito


con el fin de incorporarse en el Cuerpo de Abogados de la Capital de la
Audiencia. En 1810, su pariente el obispo de Huamanga, Dr. josé Silva,
al ser nombrado miembro de la junta Central de Sevilla, designó para
su secretario a Olmedo. Y con él partió a España por México donde re-
cibieron la noticia de la disolución de la junta de Sevilla. Antes de di-
solverse, la junta de Sevilla había convocado a Cortes, y la Municipa-
lidad de Guayaquil eligió a Olmedo para su representante. Llegó a Es-
paña cuando ya se efectuó el movimiento de Quito. “El Olmedo que to-
maba asiento en la gran asamblea era decidido partidario del gobierno
español en América. Si su compañero Mejía, abogaba por la libertad de
imprenta, Olmedo, aunque no era orador, habló contra las mitas. Este
discurso se pronunció el 12 de agosto de 1812, y en el mismo año Roca-
fuerte lo hizo publicar en Londres”.
Fernando VII, hombre de pocos alcances intelectuales miró con
desagrado cuanto se hizo en las Cortes y persiguió a los que habían to-
mado parte en ellas. Rocafuerte huyó a Francia, Olmedo regresó a Gua-
yaquil. Mejía quedaba sepultado en Cádiz. El poeta tenía que ponerse a
salvo más que otro diputado, porque como secretario de las Cortes, re-
cibió también el nombramiento de miembro de la Diputación perma-
nente que debía funcionar hasta la reunión de la próxima asamblea,
encargada de dar curso a las leyes , decretos dictados. Olmedo tuvo que
suscribir el decreto por el cual se intimaba al rey a jurar la Constitución.
De regreso a Guayaquil (1816) contrajo matrimonio con María
de Ycaza y Silva.
Rodríguez Castelo no pierde la ocasión para analizar las diver-
sas composiciones poéticas que brotan de la pluma de Olmedo; refirién-
dose a una de ellas, habla del sombrío pesimismo existencial . Manifiesta
la faceta filosófica en la traducción de las epístolas del Ensayo sobre el
hombre del poeta inglés Alexander Pope, en “vísperas de su inmersión
en las turbulentas aguas de la política.”
Y llega 1820. Guayaquil es libre. Un nuevo sol alumbra la ínclita
ciudad. En Olmedo vibra el patriotismo y el ansia de libertad. El 9 de
Octubre la vida de Olmedo entra en un torbellino que no tendrá reposos
por algunos años. En esta fecha es designado jefe Político de Guayaquil
por voluntad del pueblo y de las tropas.
Al constituirse el Colegio Electoral se ha formado una junta de
Gobierno Provisorio., compuesta por josé joaquín Olmedo, Rafael ji-
mena y Francisco Roca.

323
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

Dos años después, el Gobierno del Perú le confía honrosos car-


gos. Posteriormente, fue designado Ministro Plenipotenciario ante las
Cortes de Londres y París. Bolívar y San Martín entran en escena. Olme-
do no titubea en actuar según sus convicciones.
A su regreso de esta misión diplomática, le fue ofrecido por Bo-
lívar el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Gran Colombia, cargo
que no aceptó.
Olmedo se encuentra nuevamente en Guayaquil. Aquí desem-
peña los cargos de Prefecto de Guayaquil, Diputado al primer Congreso
del Ecuador, y, como tal, interviene en la redacción de la Constitución
de 1830. En este Congreso es elegido vicepresidente de la república,
cargó que no llegó a desempeñar.
Fue también Gobernador de Guayas y presidente de la Asam-
blea de 1835.
Olmedo como lo demuestra con vigor nuestro autor, es el polí-
tico, el patriota y el poeta, el prosista y en momentos el filósofo, que en
todos los planos supo desempeñarse con dignidad y patriotismo. En las
páginas de Olmedo el hombre y el escritor, observamos que durante el
lapso comprendido de 1830 a 1845 su concurrencia a las Legislaturas fue
una permanente lección de civismo, se diría que el académico Rodríguez
Castelo las examina con minuciosidad de competente analista, no solo
para destacar los valores literarios, sino también como una permanente
lección de civismo. Las democracias de América estaban en la infancia
en esos días, y ya sonaban las voces desesperadas de quienes miraban
con angustia la creciente demagogia que había de ahogar los mejores
propósitos.
Fue postulado, en la Convención de Cuenca, para la Presiden-
cia; largamente contendieron los convencionales, quienes al fin se deci-
dieron por Roca: “la vara del mercader venció a la lira del poeta”, según
la frase lapidaria de Rocafuerte.
Cada página de la obra dedicada a Olmedo revela con unción
castiza, literaria, y en base a bien manejada documentación, los perfiles
de su robusta personalidad en que campean el carácter indomable, y
también la grandeza del corazón de bardo guayaquileño, privilegiado
testigo y actor de los años mozos de la Patria ecuatoriana. A veces nos
preguntamos del por qué de la amistad con el General Flores ungido
con los famosos versos: “Al General Flores, vencedor en Miñarica”, Her-
nán explica con mucha claridad:... “Ese poema solo podía captarse en

324
R E C E N S I O N E S

su espléndida belleza a costa de distinguir entre asunto y canto y poder


perdonar el asunto ante la belleza de la forma”. Y cuando la siguiente
generación, la generación romántica ecuatoriana, comienza su toma –a
partir de sus quince años– el clima es de un Antifloreanismo exacerbado,
y el propio Olmedo se disculpa por haber cantado alguna vez una vic-
toria del extranjero abominable. Olmedo había trabado estrecha amistad
con él “hasta entregarle un hijo para que lo sacara de la pila bautismal
y así, establecer el vínculo del parentesco espiritual” (Cazorla).
¿Y La Mar? Encontrándose en Paita Olmedo, recibe del go-
bierno - anota nuestro autor- un encargo que le fue especialmente grato:
formar parte de una comisión que debía reclamar al gobierno del Perú
los restos mortales del Mariscal La Mar, que se hallaban en Piura. En
nota al Secretario General de Gobierno indica:… “Como Americano,
como patriota, y como amigo me glorío de esta Comisión; y rindo al Go-
bierno las más ardientes gracias por haberme llamado a tener parte en
los honores que se preparan a tan venerables cenizas”… Sin entrar en
detalles; para el poeta, “La Mar era muy querido y modelo en las accio-
nes de la vida pública y privada”
No contento con lo expuesto, Rodríguez vuelve desde la página
199 de su obra a presentar y analizar exhaustivamente La obra y El
poeta. Más de veinte páginas dedica al estudio de ese monumento épico
lírico: “La Batalla de junín” o “Canto a Bolívar”. Nadie más competente
y autorizado que nuestro colega de la Academia para desentrañar el
mensaje y contenido: “La gloria literaria de Olmedo -escribe- se cimenta
básicamente en sus dos grandes odas, La victoria de junín. Canto a Bo-
lívar, y al general Flores vencedor en Miñarica. De este último algo
hemos dicho. En el primero se propone el autor exaltar la gloria del Li-
bertador Simón Bolívar, del hombre de ”Las cien batallas legendarias
que tiene a su cargo la inmensa obra de la emancipación y con sus in-
signes capitanes vence en sucesivas y singulares acciones de guerra a
los españoles. Bolívar es el Dios magnífico de la guerra de estos pueblos
sedientos de gloria y junín es el campo de su actuación, dispuesto por
ocultos designios para que se coronara de éxito y nombradía. Entra en
el plan del gran poema, entre otros recursos artísticos admirables están
la aparición y profecía del Inca, siendo esta parte del canto, el cuadro
más saliente y destacado no solo por las reminiscencias y el carácter evo-
cativo de la profecía. Sino por el arrogante arranque y evocación de la
misma.

325
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

En pocas palabras. El Canto a Bolívar sorprende por su vigor y


brillantez originalidad, amplitud, sistemada inspiración, pulcritud y
asunto. Es la epopeya de la obra bolivariana en América, la historia de
los titanes del nuevo mundo, el canto de la naciente democracia contra
la opresión hispana.
El canto a la Batalla de Miñarica, sin perder de mérito, y aún la
técnica que lo distingue, difiere notablemente del primero.
Muchos –como se nos indica– por razón del asunto, desdicen de la no-
bleza y nitidez de la obra poética, que debe buscar imperiosamente sen-
deros de rectitud y edificación histórica.
Las últimas páginas del libro versan sobre El prosista. Indica
Hernán que; “fue el P. Aurelio Espinosa Pólit el primero que llamó la
atención hacia la otra ladera de la producción literaria de Olmedo, la
prosa”.
El académico Rodríguez Castelo detiénese en deshilvanar va-
rios discursos, el primero, sobre la abolición de las mitas, Cortes de
Cádiz, 1812. Segundo discurso sobre el mismo asunto. Luego merece
destacarse su “Discurso en las honras fúnebres del Libertador”. Esco-
gemos esta única frase:…“Yo llamo prematura su muerte solamente
para nosotros, no para su gloria”…Luego viene la exposición y comen-
tario de los “Discursos de la Convención de Ambato”. La exhortación
final lo recoge todo: “Conciudadanos que en todo tiempo el nombre del
Ecuador y las alabanzas de sus moderadas instituciones resuenen en
nuestros techos domésticos, en las plazas públicas, en el foros, en los
templos y en la tribuna nacional”.
Algo se dice de los discursos, proclamas y manifiestos de Marzo
de 1845. “El Manifiesto se escribe para manifestar a todos los pueblos
Americanos y a las Naciones con quienes tenemos relaciones políticas
los motivos poderosos que nos han impelido a desconocer la autoridad
ilegal que nos regía y a preparar una regeneración que nos restituya la
nacionalidad tan indecorosamente usurpada”…
Nuestro autor hace notar que “Olmedo por su carácter más bien
introvertido y parco en todo, y por cierta connatural timidez, no fue ora-
dor fácil y caudaloso. Pero sabía lo que importaba ser orador y las cali-
dades a que el orador debía apuntar.”
En las páginas finales desfilaban El Ensayo y otras prosas. Dis-
cursos sobre epitalamios. El prólogo a la primera epístola de Pope y a
la segunda. Destácase también la labor periodística de este personaje y

326
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

sus reflexiones sobre la libertad de imprenta. El minucioso crítico, quizás


el más grande del Ecuador actual, nada omite, y por ello al fin de la gran
semblanza olmédica nos introduce en la interesante Correspondencia,
a veces, tejida con ironía y humorismo.
El acápite final HE AQUÍ EL HOMBRE rubrica con acierto “Al
Escritor Olmedo, camino esencial hacia el hombre OLMEDO”.

Hno. Eduardo Muñoz Borrero


Quito, 12 de diciembre de 2009

327
Gustavo Pérez Ramírez. HISTORIA DEL ACTA DE LA
INDEPENDENCIA DE QUITO DEL 10 DE AGOSTO DE 1809.
Quito, Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito
(FONSAL), 2009.

De tantos libros magníficos como ha hecho


el FONSAL para conmemorar el bicentena-
rio del pronunciamiento quiteño que co-
menzó el 10 de agosto de 1809, este debe ser
el más bello. Sin duda, Trama Ediciones,
como impresor, y Rómulo Moya Peralta,
como director de arte, se han encaprichado
para realizar una edición memorable.
Como el libro anuncia, con justa ufa-
nía, “La publicación del Acta manuscrita de
la Independencia de Quito el 10 de Agosto
de 1809, la primera en toda la América espa-
ñola, considerada piedra angular de la inde-
pendencia ecuatoriana y partida de naci-
miento de la patria a la vida republicana,
constituye la recuperación de un fragmento histórico de la identidad
institucional del Ecuador”. Proclamación tan ufana se sostendrá a pesar
de ciertas puntualizaciones que comienzan en el prólogo y se dirán en
el curso de esta recensión.
Porque, como lo señala bien el historiador jorge Núñez en su
prólogo y era cosa que para ningún historiador informado constituía
cosa nueva, el acta que este libro reproduce no es la original que los re-
volucionarios firmaron la noche de 9 de agosto, en el departamento que
ocupaba Manuela Cañizares en la casa parroquial de El Sagrario, sino
una copia, a la que el prologuista califica de auténtica. El acta original,
presume Sánchez, que haya desaparecido para siempre, “quizá des-
truida por los mismos patriotas para privar al enemigo de pruebas ju-
diciales que los incriminaran”. Pérez Ramírez citará fuentes que atribu-
yen esa desaparición a un incendio, aunque de su texto se sigue que esa
desaparición definitiva dista de ser cosa que esté fuera de dudas.
Importa señalar que otra copia del Acta ha sido rescatada por
el académico Enrique Muñoz en al Archivo Nacional de Historia de Ma-
drid, y es una copia acta que se remitió a España más tempranamente

328
R E C E N S I O N E S

que las que fueron a dar a destinatarios americanos. Esta es revelación


que seguramente nos hará pronto el distinguido historiador. Y hay que
destacar que cuantas más copias del Acta original se recuperen, por me-
jores caminos de crítica textual llegaremos al original, contrastando li-
gerísimas variantes, obra de notarios o pendolistas.
Como resultado de sus búsquedas, Pérez Ramírez dice haber
dado con tres copias del Acta. La que era conocida, que perteneció a
jijón y Caamaño y con su riquísimo fondo bibliográfico custodia el
Banco Central, es la que este libro nos entrega en versión facsimilar y
en transcripción paleográfica del propio autor. “Por lo que se puede
apreciar –anota Núñez en su prólogo-, es en realidad una copia de es-
cribano del expediente inicial de los actos de la Revolución Quiteña”.
El expediente, que deberíamos llamar “jijón”, en honor a quien nos lo
preservó y conservó, adjunta al Acta otros importantísimos textos.
Entrando ya a leer el Acta, Núñez destaca el comienzo, el anun-
cio de quienes iban a hacer el solemne y radical pronunciamiento: no la
ciudad, o los notables de ella, o gremios, sino “diputados del pueblo”.
Y es justa la aproximación que hace el historiador de esa fórmula a los
planteamientos de Vitoria –con autoridad depositada en el pueblo por
Dios- y Rousseau –ya sin ningún recurso a Dios para esa autoridad ra-
dicada en el pueblo.
Pero da un salto acrobático al proponer que, el no haber hallado
los nombres de los firmantes del pronunciamiento en registros de no-
bleza o de propiedad, “nos lleva a suponer que la mayoría de esos dipu-
tados populares fueron artesanos, pequeños comerciantes o gentes de
la plebe, iniciados en las ideas revolucionarias por los líderes de ese pro-
ceso subversivo juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga,
Antonio Ante y unos pocos más”.
Aun más funambulesco es el nuevo salto al dar, ni siquiera
como hipótesis sujeta a investigaciones y discusiones, sino como cosa
“evidente” –es el adjetivo que usa– que “esa concatenación de hechos
no fue casual sino que respondió a una planificación previa (hasta aquí
la hipótesis luce aceptable) seguramente hecha al interior de la logia
“Ley Natural”, varios de cuyos miembros pasaron a integrar el nuevo
gobierno”. Descontado ese uso lamentable del “al interior”, pudiera ser
que algunos de los miembros del nuevo gobierno fuesen masones, pero
¿no ha señalado el propio Núñez líneas arriba que “la revolución fue
concebida por unos líderes intelectuales vinculados a la Real y Pública
Universidad de Santo Tomás”?

329
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

En fin, dejando para nuevas búsquedas y análisis y discusiones


la relación de la masonería con la Revolución Quiteña, tratado, nos pa-
rece inoportunamente, en este prólogo, vengamos a los que nos dice el
autor de esta obra sobre sus hallazgos.
Con razón se extraña –y lamenta– el autor, que es colombiano,
que el Acta de la Independencia de Quito no se halla en la Sala Capitular
de San Agustín, donde debía estar, ni en el Archivo Nacional de Historia,
y nos refiere cómo el curador del Archivo Histórico josé Manuel Res-
trepo, de Bogotá, puso en sus manos el volumen 25, que recoge docu-
mentos sobre la Revolución de Quito, y allí dio con dos copias ma-
nuscritas del Acta.
Ya Roberto Andrade tuvo acceso, por gestión de su hermano
julio, ministro plenipotenciario del gobierno liberal en Bogotá, a esos
papeles del Archivo Restrepo, y publicó todo un tomo con esos docu-
mentos, que ha sido para cuantos historiadores nos hemos internado en
la fascinante historia de la Revolución Quiteña de 1808 a 1812, la fuente
documental más importante.
Pero este asunto, que se ofrece como todo un reto de ulteriores
investigaciones casi detectivescas, de si existe el Acta original y dónde
pudiera encontrarse, halla nueva incitación en una declaración de Ro-
berto Andrade en su Historia del Ecuador, que Pérez Ramírez transcribe.
Dice, en síntesis, que se encargó a un empleado de la Legación ecuato-
riana transcribir los documentos que debían llegar a Quito, y “el resul-
tado fue que el joven quiteño partió a Quito llevándose a hurtadillas
una buena parte de los documentos”. ¿Fue parte del botín el Acta?
Por encima de tan sugestivas e inquietantes incógnitas, ello es
que esta publicación nos entrega, con la dignidad ya dicha y con el rigor
de la versión facsimilar, no solo la copia del Acta, de venerable antigüe-
dad e indiscutible valor documental, sino también los tres Manifiestos
con que los revolucionarios de Agosto dieron cuenta al mismo pueblo
de Quito y a los pueblos hermanos de América de las razones y logros
del movimiento autonomista.¡Que estupendo fue el final del Manifiesto
de la junta Suprema de Quito a América!; “Las leyes reasumen su antiguo
imperio. La razón afianza su dignidad y su poder irresistible y los augustos de-
rechos del hombre, que no pueden quedar expuestos al consejo de pasiones ni al
imperioso mandato del poder arbitrario”.

Hernán Rodríguez Castelo

330
VIDA ACADÉMICA
IN MEMORIAM

Dr. Manuel de Guzmán Polanco ha muerto

Octavio Latorre

El 25 de diciembre de 2009, luego de una larga y fructuosa vida,


partió para el otro mundo el Ex Director de la Academia Nacional de
Historia del Ecuador, el doctor Manuel de Guzmán Polanco.

RECUERDOS DEL DR. MANUEL

Tuve la suerte de trabajar los últimos años muy cerca de Dn. Manuel,
Director de la Academia y esos años me sirvieron para conocer y admi-
rar a un hombre tan humano y tan valioso. A cada cualidad que se ha
nombrado en las últimas semanas, deberíamos añadir un “Y”, para in-
tegrar la personalidad de este gran hombre: padre de familia, patriota:
diplomático, caballero… Solo quisiera resaltar nueve aspectos de su vida
con ciertos detalles conocidos a través de nuestras conversaciones y tra-
bajos que muestren esa riqueza humana que todos recordamos.

Padre ideal: como pueden atestiguar sus más de sesenta descendientes.


Su corazón se agotó pero no su amor por los suyos. Cuántas veces le oí
decir: “tengo que salir antes del trabajo, porque tengo que comprar un
regalo para el cumpleaños de mi última nieta que es mañana”. Su
“tribu” como decía, era su alma pero sobre todo su respaldo a sus gran-
des obras. La estela del Dr. Manuel seguirá viviendo en su numerosa fa-
milia.

El político de convicción: para el servicio de la patria, no por intereses


personales. Fundador del Partido Social Cristiano con Camilo Ponce,
vívía a plenitud esos dos principios de cristiano y social. Con sano or-
gullo contaba las peripecias de algunas instituciones creada por él: el
Seguro Campesino, la fundación de ANETA, para mencionar las más
conocidas. Una de las únicas preocupaciones de sus últimos años era
ver el desvío de su original Social Cristianismo.

335
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

El diplomático que soñaba en la patria grande: no por deseos


de brillar sino para servirla. Su carácter le ayudó para ser aceptado y
querido en todos los sitios en donde representó al Ecuador. De una ma-
nera especial recordaba sus entrevistas con lideres mundiales como Kon-
rad Adenauer, juan Domingo y Eva Perón, estos últimos que buscaron
ayudar al Ecuador en el terrible terremoto de Ambato. Lo que más re-
cordaba fueron sus esfuerzos por conseguir la mediación del Papa juan
Pablo II para el litigio con el Perú y su frustración porque no se aprove-
chó en el Ecuador tal coyuntura.

El patriota. La patria por encima de todo, pero un patriotismo


encarnado que lo llevaba en su mente, en su corazón y que motivaba
toda su vida. Hasta sus últimos días pensaba en el gran momento que
vivía la patria, el Bicentenario de la Independencia. Los héroes del Diez
de Agosto cobraban un significado más profundo y su último libro sobre
el tema, lo había soñado por mucho tiempo.
Hasta último momento soñaba en cosas que se podía hacer por
la patria.

El caballero a carta cabal. Una personalidad integrada en la que


se incluían muchas cualidades, como la delicadeza, la sinceridad, la no-
bleza, la amplitud de miras, generosidad, Hombre de profundas emo-
ciones, pero nunca de resentimientos. Hombre de grandes relaciones
sociales, pero todas no interesadas. Pese a su larga carrera en tan diver-
sos campos, no guardaba resentimientos y peor enemistades.

El caballero cristiano. Sus convicciones religiosas eran profun-


das, sin dejos de todo fanatismo. Al comentar una frase del Presidente-
Caldera de Venezuela: “El mejor servicio que puedo hacer como
cristiano es trabajar en la política, Don Manuel respondió: “También lo
siento igual”. Los dos murieron con pocos días de diferencia.

El amigo sincero. Si como padre tenía una capacidad inmensa


de amar, le quedaba otro corazón para mostrar aprecio de todos los que
se acercaban a él. Amistad profunda, sincera, en medio de una sencillez
acogedora. Su cordialidad llevaba a que se le llamara sencillamente
como “Manuelito” y se complacía en ser aceptado y querido.
Dejó amigos por donde pasó: en las diversas naciones donde

336
V I DA AC A D É M I C A

sirvió como diplomático, en las instituciones públicas, en sus encuentros


como historiador, en sus actividades informales..
La mayoría de lo que llamamos, sus “relaciones sociales” que
eran muchas, eran en realidad amistades sociales que le servían para
ayudar a otros, para poder servir mejor a la patria, a la Academia y a
otros.
Cientos de personas nos considerábamos sus amigos, pero él re-
cordaba con afecto a miles de personas en el mundo y esa amistad era,
para Dn. Manuel amistades sociales.
Cuántas veces le oíamos llamar por teléfono a sus grandes ami-
gos para conseguir apoyo para proyectos patrióticos o para la Academia
Nacional de Historia, sabiendo que no le negarían. Esos amigos y por
su puesto, su familia colaboraron para la obra de la Academia. Todos
los que le tratamos de cerca sabemos que estas cualidades las vivía con
una sencillez y cordialidad y a la vez con fino humorismo. Cuando que-
ría referirse a temas reservados propuso una clave secreta “punto com”.
Espero que conserve su clave en el cielo: www. Manuelito.com

El trabajador incansable. Dotado de una extraordinaria vitali-


dad y talento, pudo pasar del servicio diplomático a las labores del
campo, a sus tareas profesionales de abogado, al servicio público y de
bancos, a la enseñanza universitaria, a la administración de institucio-
nes. Siempre con dedicación y optimismo, pese a las dificultades de la
política y economía nacionales. Trabajaba y pensaba con el optimismo
de un joven que comienza su vida y que espera vivir mil años para com-
pletar todos sus sueños.
Su cerebro debía ser conservado para estudiar el secreto de su
vitalidad, pues no es normal que a la edad de 94 años, todavía superaba
a muchos más jóvenes, en la memoria, en las inquietudes, en los planes,
en buscar nuevos campos de estudio, etc. Su vigor nos hizo ilusionar
que pasaría de los cien años.

La Academia y el edificio de la academia. Cuando la casi tota-


lidad está pensando en un descanso merecido, Don Manuel entraba en
una etapa de actividad intensa como historiador, como escritor y mucho
más como Director de la Academia. Hasta última hora, su cerebro estaba
lleno de proyectos de investigación histórica que esperaba culminarlos
pronto con temas como nuestro pasado en el Amazonas, el Derecho Te-

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B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

rritorial, diversos Problemas sociales, biografías de algunos ecuatoria-


nos, pero sobre todo, la importancia y trascendencia del Diez de Agosto.
Elegido Director, su sueño era impulsar a la Academia al sitio
que él creía que debía tener en la cultura nacional: tener su voz en la di-
rección de la cultura ecuatoriana. La Academia no podía hacerse pre-
sente dignamente sin un edificio digno, sin la ampliación de socios en
muchas provincias de la patria, pero sobre todo por la efectividad de
sus miembros y en especial de su director. La Academia de la Historia
no sería la que es sin la ayuda de sus relaciones sociales en las institu-
ciones públicas, de los miembros colaboradores y de sus familiares que
le apoyaron en todo.
El Bicentenario fue la ocasión para despertar la memoria y con-
ciencia de los ecuatorianos sobre los ideales de nuestros antepasados y
Dn. Manuel lo supo aprovechar en la mejor forma por la actualización
de las publicaciones de la Academia, con el concurso de historiadores
sobre el Diez de Agosto en el contexto latinoamericano, por la prepara-
ción y celebración del Congreso de Academias de Hispanoamérica de
la Historia y otros. Tales fueron algunos de los deseos vehementes del
Director. Al terminar el Congreso Iberoamericano de las Academias de
Historia, Dn. Manuel se sentió feliz, pero cansado. Era el duna dimitis y
así fue.
Esto y mucho más era Don Manuel. Todas estas cualidades uni-
das, forman un ramillete que podemos hoy ofrecer a Dios y a la Patria.
Para terminar: Dn. Manuel pasó los NOVENTA Y CUATRO
AÑOS de servicio. Casi casi 35.000 días de plenitud. . (Exactamente:
34.513)
Solo podemos decir de Dn Manuel: QUÉ VIDA TAN BIEN
APROVECHADA!. EL CABALLERO CRISTIANO QUE VIVIO SU FE
CON SENCILLEZ Y PROFUNDIDAD. EL HOMBRE QUE DEjÓ UN
HALO DE AMISTAD, DE COMPROMISO, DE PASIÓN POR LA PA-
TRIA. UNA PERSONALIDAD QUE NOS HARA SIEMPRE FALTA.
UNA FIGURA QUE SE NOS HIZO FAMILIAR HASTA CREER QUE
NUNCA NOS DEjARÍA. SERÁ DIFICIL OLVIDAR AL HOMBRE QUE
TRANSFORMÓ EL LOCAL DE LA ACADEMIA Y AL ENTRAR EN ESE
EDIFICIO NOTAREMOS LA AUSENCIA DE LA FIGURA AMABLE Y
SONRIENTE QUE SUBÍA LENTAMENTE POR LAS GRADAS, NOS
HARÁN FALTA SUS PASOS POR LAS OFICINAS; EXTRAÑAREMOS
SU FIGURA INCLINADA EN SU PEQUEÑO ESCRITORIO ESCRI-

338
B O L E T Í N N ° 1 8 2 D E L A AC A D E M I A N ACIONAL DE HISTORIA

BIENDO Y SOÑANDO EN NUEVAS OBRAS. NOS HARÁ FALTA SU


SALUDO SIEMPRE AMABLE.
Tenemos, felizmente, un canal abierto para hablar con él en el
cielo, usando la clave exclusiva: www. Manuelito. com

339
MANUEL, HISTORIADOR*

Patricio Quevedo Terán

Seguramente Manuel de Guzmán dedicó más tiempo de la vida a otros


aspectos de su amplia labor intelectual, que no a la de historiador. Él fue
jurista, diplomático, profesor universitario, político, hombre de Go-
bierno, pero hay que reconocer cómo los años más recientes los empleó
con singular lucimiento, con fervor ejemplar y contagioso, a la dirección
de la Academia Nacional de Historia, que fundara hace un siglo el ar-
zobispo González Suárez, “el más grande entre todos los ecuatorianos”.
Perteneció al grupo más íntimo y doctrinario de los fundadores
del socialcristianismo, junto con Camilo Ponce Enríquez, y por eso no
es de extrañar que Guzmán Polanco fuera a su momento el verdadero
creador del Seguro Social Campesino, sin alharacas ni estridencias pro-
pagandísticas, sino como un deber de justicia hacia los más pobres,
puesto que el socialcristianismo, movimiento primero y partido des-
pués, intentó sintetizar el fondo de religiosidad común con la doctrina
social de los papas más modernos.
Como historiador, le correspondió el delicado encargo del Bi-
centenario del Primer Grito de la Independencia política.
Entonces publicó un libro de admirable equilibrio y sensatez; lo
tituló ‘Quito Luz de América’ y en él, dos capítulos correspondieron al
estudio de jorge Núñez Sánchez.