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Academia Nacional de Historia Boletín 181

Academia Nacional de Historia Boletín 181

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BOLETÍN
DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Volumen LXXXVIII N° 181
2009

AÑO DEL BICENTENARIO
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Volumen LXXXVIII N° 181
2009

AÑO DEL BICENTENARIO

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Un acto de incorporación académica tiene siempre un grato sabor, tan-
to porque implica la culminación de una etapa de esfuerzo intelectual
del recipiendario, que es reconocida públicamente por sus colegas,
cuanto porque marca la presencia de simiente nueva en el fértil surco
de la cultura académica, lo que constituye una promesa de reverdeci-
miento del tronco longevo.

Inspirado en estos pensamientos, he querido hurgar un poco
en la historia del academicismo hispanoamericano, para brindar a uste-
des un poco de agua prístina de aquellas vertientes.
Como es conocido, el término castellano Academia viene del
latín academia, y éste a su vez del griego akademeia. En su sentido origi-
nal recuerda a la institución fundada por Platón en la Grecia clásica,
inspirada en el nombre de un héroe mitológico, Akademos o Hekade-
mos. La Academia platónica estaba integrada por un olivar para traba-
jar, un parque para pasear y un gimnasio para ejercitarse y ahí se ense-
ñaba a los jóvenes griegos matemáticas, filosofía y ciencias naturales.
Siguiendo el ejemplo griego, en la Europa Moderna se institu-
yeron academias político–culturales bajo el influjo de las ideas de la
Ilustración. La primera de ellas fue la Academia Francesa, fundada en
1634 por iniciativa del Cardenal Richelieu y reconocida oficialmente al
año siguiente por el rey Luis XIII. Surgió como una academia literaria
destinada a vigilar el uso correcto de la lengua francesa, que se creía
había llegado a la culminación de su desarrollo. Se compuso original-
mente de 34 miembros, llamados “Los Inmortales”, tanto por su lema
institucional (“A la inmortalidad”) cuanto por el hecho de que sus
miembros tenían carácter vitalicio. Ese número fue aumentado a 40 en
1639. Un siglo y medio más tarde, la Convención revolucionaria de
1793 disolvió la Academia Francesa y las demás academias reales, pero
la nueva República Francesa, comprendiendo la necesidad que la
nación tenía de la creación y la reflexión académicas, reorganizó a estas

instituciones e integró con ellas el nuevo Instituto de Francia, creado
dos años más tarde. Cabe precisar que el primer Diccionario de la Len-
gua Francesa fue publicado por la Academia en 1694, despertando la
envidia de las demás naciones europeas, que buscaron emular su
acción.

Surgió así la Real Academia Española, institución cultural fun-
dada en 1713 por un grupo de ilustrados que lideraba don Juan Manuel
Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, quienes
buscaron constituirla para trabajar en ella al servicio del idioma nacio-
nal. Al año siguiente, el rey Felipe V aprobó su constitución y la colocó
bajo su “amparo y Real Protección”.
Una veintena de años más tarde empezó a gestarse la Real
Academia de la Historia, que nació como una tertulia literaria de afi-
cionados a esta ciencia. En 1735, los contertulios consiguieron que el
rey Felipe V autorizara y protegiera oficialmente sus trabajos intelec-
tuales, lo que se hizo mediante Real Cédula de 17 de junio de 1738. Ese
decreto real reconoció a la Real Academia de la Historia y la tomó bajo
la Real Protección

… para estudio de la Historia y la formación de un Diccionario
Histórico–Crítico universal de España, y la consideración no menor
de las grandes utilidades que producirá esta vasta obra en beneficio
común, aclarando la importante verdad de lo sucesos, desterrando las
fábulas introducidas por la ignorancia, o por la malicia, y conducien-
do al conocimiento de muchas cosas, que obscureció la antigüedad, o
tiene sepultadas el descuido…

LAS ACADEMIAS EN NUESTRO PAíS

Siguiendo el influjo de la Ilustración europea, la Ilustración americana
buscó también crear sus propias academias, para tener espacios ade-
cuados a la reflexión filosófica, histórica, literaria y científica. Y a nues-
tro país le corresponde el honor de haber organizado la primera acade-
mia ilustrada del continente americano, cual fue la “Academia Pi-
chinchense”, fundada en Quito al comenzar la segunda mitad del siglo
XVIII. Tarea ardua es la de establecer el año exacto de su establecimien-
to, que según Dionisio Alcedo se habría producido en 1763, aunque
Pedro Fermín Cevallos afirmó que esta sociedad cultural habría nacido

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“hacia el año de 1762” y opiniones actuales la sitúan en 1756 e inclusive
antes. Lo cierto e irrefutable es que existió, que funcionó por varios
años en la segunda mitad del siglo XVIII y que se extinguió tras la
expulsión de los jesuitas, que fueran sus animadores.
Nuestro ilustre colega el doctor Jorge Salvador Lara, Director
Honorario de esta Academia y actual Director de la Academia Ecuato-
riana de la Lengua, ha buscado reconstruir la nómina de los posibles
miembros de la Academia Pichinchense y ha incluido en ella al quite-
ño Juan Romualdo Navarro, que fuera oidor de esta Audiencia Real y
tuviera un papel protagónico en la “Revolución de los barrios de Quito”,
ocurrida en 1765. Y esto me da pie para manifestar que basta leer el
erudito estudio escrito por Navarro Monteserrín, titulado “Idea del
Reyno de Quito”, redactado entre 1761 y 1764, para formarse un criterio
aproximado del nivel intelectual que debió tener aquella academia.
Redactado con un estilo elegante y entusiasta, este libro fue el primero
en describir íntegramente la geografía y la demografía quiteñas, deta-
llando de modo sorprendente la toponimia y los recursos de cada re-
gión, las misiones religiosas asentadas en ellas y hasta las empresas
extractivas emprendidas en cada lugar, lo que revelaba un amplísimo
conocimiento del país. Pero lo más sorprendente de su libro era la serie
de proyectos que su autor recomendaba al rey de España, para el fo-
mento y progreso del país quiteño, y un gran capítulo de “Providencias
de Buen Gobierno que pide la provincia de Quito a beneficio de la Real Ha-
cienda y de los Indios y reflexiones jurídicas sobre cada una de ellas.” En sín-
tesis, esta obra prueba a plenitud varias cosas: una, que los quiteños
tenían hacia 1760 un conocimiento cabal de las realidades y potenciali-
dades de su país; dos, que estaban, por tanto, en capacidad de autogo-
bernarse; y, tres, que la Academia Pichinchense fue no sólo una tertulia
intelectual sino, sobre todo, un centro de reflexión política sobre los
problemas del país quiteño y un espacio para el florecimiento de la ini-
cial conciencia patriótica.

Tras la temprana extinción de la Academia Pichinchense, sur-
gieron en Quito nuevas academias del pensamiento ilustrado. Durante
su destierro en Bogotá, el sabio mestizo Eugenio Espejo concibió la idea
de organizar en Quito una fraternidad patriótica, destinada a promo-
ver las nuevas ideas y a motivar a los criollos quiteños acerca de las
posibilidades de progreso de su país. Ese fue el origen de su “Discurso
a la Escuela de la Concordia”, publicado en Bogotá, en 1789, con financia-

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miento de su amigo Juan Pío Montúfar y Larrea, que fuera el antece-
dente de la instalación de esa academia privada, ocurrida hacia 1790 o
1791. A decir de Jorge Carrera Andrade, esa organización “llegaría a
contar con veintidós miembros y veintiséis socios correspondientes y formaría,
en 1789, el núcleo de la Sociedad Económica de Amigos del País. Natu-
ralmente, el sagaz y activo conde (Gijón) fue el primer Presidente de la revo-
lucionaria “Escuela...”, taller, logia y almáciga de los futuros próceres y már-
tires de la emancipación de la colonia”.1

El doctor Espejo, padre espiritual
de esa organización, pero de escasos recursos económicos y de modes-
ta extracción social, fue designado Secretario de la entidad, en la que el
conde Gijón demostró a la élite quiteña la viabilidad de sus proyectos
de desarrollo económico y social, en razón de la riqueza del país y de
la laboriosidad y talento práctico de sus pobladores, que entre los si-
glos XVI y XVII habían levantado una formidable industria manufac-
turera, que era el asombro de toda la América española. Gijón contri-
buyó de manera importante al proceso de auto reconocimiento y auto-
valoración de la élite criolla, a la que aportó una conciencia económica
sobre su país, pero sus ideas alarmaron a la Inquisición limeña, que en
enero de 1789 lo enjuició por el delito de “proposiciones e irreverencias”.2
Mas el esfuerzo de esos académicos no quedó ahí. Siguiendo el
modelo de las sociedades patrióticas europeas, ellos buscaron consti-
tuir una organización pública para promover sus ideas de progreso
social. Nació así la “Sociedad Patriótica de Amigos del País” de Quito,
que juntó a patricios quiteños y altos funcionarios coloniales; fue su
Presidente al mismo que lo era de la Audiencia, el general Luis Muñoz
de Guzmán, su Vicepresidente el progresista obispo José Pérez Calama
y su Secretario el sabio doctor Espejo, quien quedó también encargado
de la redacción y publicación del primer periódico quiteño, llamado
“Primicias de la Cultura de Quito”.
Para la “Sociedad Patriótica de Amigos del País” fue funda-
mental el aporte del obispo de Quito, don José Pérez Calama, quien
fuera desde antes socio correspondiente de la Sociedad Bascongada y
fundador de la “Sociedad de Amigos del País” de Michoacán, en Mé-
xico, en 1784. Este personaje actuó como director de la nueva academia

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1 Jorge Carrera Andrade: “La tierra siempre verde”, Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito,

1977, p. 254.

2 El proceso contra Gijón en: Archivo Histórico Nacional, Madrid, Fondo Inquisición, legajo

1649.

quiteña y se encargó de la Reforma del Plan de Estudios de la Real y
Pública Universidad de Santo Tomás. Aportó con su biblioteca perso-
nal a los estudios ilustrados, creó una cátedra de entrada libre en la
Real Universidad, que se denominó “Política personal y gubernativa y
economía pública” (1791) y se empeñó en promover proyectos prácticos
para el desarrollo del país, tales como la reapertura y puesta en uso del
camino a la costa de Esmeraldas.
En general, al interior de la “Sociedad Patriótica de Amigos del
País”, la élite local tuvo ocasión de debatir abiertamente los problemas
de la nación quiteña. Por su parte, el órgano de ésta, “Primicias de la
Cultura de Quito”, se convirtió, gracias a su editor y redactor, Eugenio
Espejo, en un vehículo de difusión del matinal pensamiento criollo.
Así, nuestro Precursor escribió en el Nº 1 de ese periódico:

“No puede llamarse adulta en la literatura, ni menos sabia a una
nación, mientras con universalidad no atienda ni abrace sus verdade-
ros intereses; no conozca y admita los medios de encontrar la verdad;
no examine y adopte los caminos de llegar a su grandeza; no mire, en
fin, con celo, y se entregue apasionadamente, al incremento y felici-
dad de sí misma, esto es del Estado y la sociedad”.3

La extinción temprana de la “Sociedad Patriótica de Amigos del País”
de Quito, por falta de la real aprobación para sus estatutos, fue segui-
da de la prisión y muerte del revolucionario doctor Espejo y del enjui-
ciamiento de Gijón por la Inquisición limeña, lo que provocó la fuga de
éste hacia Europa por las selvas del Amazonas y finalmente su muerte
en la ruta de tránsito.

LAS ACADEMIAS REPUBLICANAS

Con el advenimiento de la república, surgieron en el actual Ecuador
nuevos proyectos tendientes a organizar sociedades de corte académi-
co, que sirvieran como espacios de reflexión sobre los nuevos retos y
problemas que enfrentaba la nación independiente. Una de las prime-
ras iniciativas en este sentido la tuvo el general Antonio José de Sucre,
en su calidad de Intendente del Distrito Sur de Colombia. Consciente

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3 “Primicias de la Cultura de Quito”, Nº 1.

de que en el país quiteño se había aletargado el espíritu público, Sucre
promovió la formación de una academia llamada “Sociedad Económi-
ca”, a la cual confió la formación de planes para el desarrollo del país.
Posteriormente, ante las reiteradas quejas de Quito frente a la política
librecambista del gobierno del Vicepresidente Santander, que estaba
arruinando la agricultura quiteña y lo que quedaba de su antigua
industria manufacturera, el Libertador Simón Bolívar escogió a algu-
nos miembros de esta academia para integrar con ellos las Juntas de
Beneficencia de los Departamentos del Sur, “compuestas de los vecinos
más distinguidos por sus talentos, representación y patriotismo” y a ellas les
encargó la tarea de “meditar y proponer al Gobierno Supremo los arbitrios
más adecuados para promover la felicidad, o por lo menos remediar los males
que sufrían los departamentos meridionales de la República”.4

La Junta de Beneficencia del Ecuador estaba presidida por el Jefe
Superior del Sur e integrada por los influyentes quiteños doctor José
Fernández Salvador, coronel Vicente Aguirre y don José Modesto La-
rrea; a falta del presidente titular, debía actuar como tal el doctor José
Fernández Salvador. Tras tres meses de trabajo, la Junta concluyó su
detallado informe acerca de los problemas del país y sus posibles solu-
ciones, mismo que fue remitido a Bogotá por el Jefe Superior del Sur, el
5 de enero de 1827. El amplio memorial quiteño comenzaba por hacer
un recuento histórico del origen de las manufacturas quiteñas, de su
florecimiento mercantil y finalmente de los problemas que se habían
ido acumulando en las últimas décadas en contra de éstas, provocando
su decadencia y la ruina de general de la región; a continuación pasa-
ba a formular una serie de precisas recomendaciones para solucionar
los problemas de la economía quiteña, entre las cuales constaban las si-
guientes: que los licores y artículos de un lujo refinado se recargasen de
fuertes derechos de importación, y que se prohibiese introducir por los
puertos de la república, desde Guayaquil hasta el Istmo, y en las pro-
vincias de Antioquia y del departamento del Cauca, las manufacturas
extranjeras que pudieran ser reemplazadas por los artefactos de Quito.
Poco después, tras regresar a Quito, el mariscal Sucre se inte-
gró a la Sociedad Económica, que seguía funcionando como una acade-
mia de carácter privado, y ahí expuso inicialmente sus ideas sobre pro-
tección industrial y fomento de la economía nacional, que luego comu-

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4 Restrepo, “Historia de la Revolución de Colombia”, Ed. Bedout, Medellín, 1969, t. V, P. 307.

nicó oficialmente al gobierno de Bogotá, mostrándose así como un sóli-
do pensador y asumiendo el liderazgo en la defensa de los intereses
nacionales, frente a la penetración económica británica y norteamerica-
na en los países recién emancipados de España.
Esa búsqueda de crear centros de reflexión académica acerca
de los asuntos nacionales no salió únicamente de los círculos del poder
republicano. También floreció en la sociedad civil quiteña, donde pen-
sadores republicanos (tanto hijos de las familias tradicionales como de
la emergente clase media urbana) buscaron espacios para expresar sus
ideas en beneficio de la república y promovieron la formación de círcu-
los de pensamiento, que luego dieron lugar a nuevas academias, deno-
minadas “Sociedades Democráticas”. Uno de esos círculos fue organi-
zado por el padre Clavijo, un progresista fraile mercedario, quien, poco
después de la batalla de Pichincha, hizo circular una publicación a
favor de la liberación de los indios. “El estilo vivo y picante llamó la aten-
ción de todos los hombres pensadores. Era un cargo directo contra los liberta-
dores de la América, que no hacían la menor cosa en desagravio de esa raza tan
paciente, sufrida y desgraciada.”5

Más tarde, este fraile nucleó a su alrede-
dor a un grupo de jóvenes discípulos que se interesaban por el destino
de su país. “Era un sacerdote ilustrado, filantrópico y amante de la justicia.
Escritor culto y ameno, buen orador, y, como profesor de Humanidades, abrió
la senda de la filosofía moderna. Sus discípulos lo idolatraban…”6

. Mas las
gentes del poder lo veían con malos ojos y el general Flores se refería a
ese círculo republicano que el fraile había formado, con el mote de “Los
demagogos del doctor Clavijo”.

Posteriormente, esos mismos jóvenes ingresaron a la Univer-
sidad Central, se empeñaron en el estudio del Derecho Público y for-
maron una tertulia patriótica que se reunía en casa de uno de ellos, José
Miguel Murgueitio, quien abrió su buena biblioteca al uso de sus com-
pañeros. Según dejara constancia uno de sus miembros,

La primera reunión tuvo lugar en casa del general Matheu, con más
de sesenta personas, todas llenas de entusiasmo y patriotismo. Se
nombró de Presidente al general (José María) Sáenz y de Secretario a
José Miguel Murgueitio. De entre las personas notables que forma-

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5 Pedro Moncayo, “El Ecuador de 1825 a 1875”, Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito,
1979, 2º tomo, p. 11

6 Id.

ban dicha sociedad, a más de las enumeradas, citaremos a los señores
Sáenz, Ontaneda, Barrera, Los Ascázubis, Zaldumbide y otros mu-
chos que sería prolijo enumerar. 7

Finalmente, los miembros de ese grupo buscaron el consejo y dirección
del coronel Francisco Hall, un viejo héroe de la independencia, irlandés
de origen, que vivía retirado en una de las colinas de la ciudad y aco-
gía en su casa a los jóvenes ecuatorianos que se interesaban por el des-
tino de su país y de las demás repúblicas hispanoamericanas. Hall
había sido discípulo del filósofo liberal inglés Jeremías Bentham y las
gentes de su tiempo lo consideraban un verdadero filósofo. Nació, así,
la primera de las “Sociedades Democráticas” del Ecuador decimonóni-
co, llamada precisamente “Sociedad Democrática del Quiteño Libre”,
nombre que remarcaba la intención liberadora de esta organización.
Pero la nueva entidad no se limitó a estudiar los libros de los
filósofos liberales y a debatir en privado sobre el destino de la nación.
Creyó indispensable contar con un órgano público, para manifestar a
toda la sociedad sus ideas sociales y planteamientos políticos. Ese órga-
no fue el periódico “El Quiteño Libre”, que tuvo como su redactor al
coronel Hall y como editor responsable a Pedro Moncayo.
No vamos a hacer aquí la historia política de esa sociedad, que
se enfrentó valientemente al régimen floreano y se extinguió ahogada en
sangre. Pero dejamos constancia de su original carácter académico, que
la llevó luego a compromisos concretos con la realidad de su tiempo.
Nuevas “Sociedades Democráticas” surgieron en las décadas
posteriores, con un espíritu académico similar a esa primera, es decir,
en búsqueda de desarrollar y difundir los conocimientos filosóficos,
científicos y artísticos, pero también con ánimo de conquistar una am-
plia y genuina vida democrática, que terminara con las lacras sociales
heredadas de la colonia.

La Revolución Marcista, al exaltar un espíritu patriótico y de
autoafirmación nacional, abrió espacios para que floreciera una prima-
vera de libertad. Los sectores más avanzados de la sociedad ecuatoria-
na, en particular la juventud, encontraron en ella la oportunidad para
expresar abiertamente sus ideas de progreso y renovación social y para
lanzarse a la búsqueda de una auténtica cultura nacional. Por su parte,
el nuevo régimen, de corte liberal y nacionalista, contribuyó a afianzar

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7 Id., p. 113.

esa búsqueda de nuevos rumbos sociales y culturales con la implanta-
ción de la instrucción primaria gratuita, por la Convención Nacional de
1853, en busca de crear las bases para una nueva y ampliada ciudada-
nía, que fuera el sostén de la soberanía popular y la independencia
nacional.

Una cuestión poco visible, pero de la mayor significación, fue
por entonces el trastrocamiento de los personajes simbólicos de la his-
toria y la historiografía, como efecto inmediato e inevitable de las gue-
rras y revoluciones, que, con su huracán de violencia, impactaron pro-
fundamente en la conciencia colectiva de los pueblos y recrearon el
imaginario colectivo.

En el caso de la prolongada y sangrienta guerra de indepen-
dencia, ella produjo numerosos héroes y mártires, que, como necesaria
consecuencia ideológica, vinieron a sustituir a los santos coloniales en
el renovado altar patriótico. Complementariamente, esto produjo otras
formas de innovación cultural y una de ellas fue la relativamente pron-
ta reorientación de la percepción histórica y de los estudios sobre el
pasado, con lo cual surgió una novedosa crónica político–militar, que
prácticamente desterró a la crónica religiosa y a las historias de las vi-
das de los santos. Ahí se originó también el “arte heroico”, que simbo-
lizó en los héroes y mártires de la independencia a los arquetipos del
ser nacional y la vida republicana, del mismo modo que las imágenes
de los santos habían simbolizado el modelo de vida de la época colo-
nial. Así, el arte encontró nuevos motivos de inspiración, nuevos pode-
res tutelares y nueva clientela artística alrededor de las entidades y
autoridades republicanas. Eso permitió que el arte y los artistas pudie-
ran liberarse progresivamente de la tutela eclesiástica y ensayar la bús-
queda de una ideología más abierta y propicia a su creación intelectual.
Más tarde, ese fenómeno se expresó públicamente con la cons-
titución de la Escuela Democrática de Arte “Miguel de Santiago”, el 31
de enero de 1852 y con 92 socios, todos ellos artesanos y artistas, culto-
res de la pintura, la escultura y la música. Aunque la finalidad explíci-
ta de la nueva entidad era mejorar la formación técnico–académica de
sus miembros, en realidad su acción apuntaba a combatir el viejo espí-
ritu colonial superviviente y apuntalar el emergente espíritu republica-
no. Por eso, su pénsum de estudios abarcaba cuestiones tan aparente-
mente desconectadas como “cultivar el arte del dibujo, la Constitución de
la República y los principales elementos de Derecho Público”.

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Por la misma época, se constituyeron también en Quito otras
dos Sociedades Democráticas: la “Sociedad de Ilustración” y la “Socie-
dad Hipocrática”. La primera estaba conformada por jóvenes intelec-
tuales de diversa especialidad, estudiantes universitarios y gentes
letradas, y su objeto era promover la educación general del pueblo y en
especial la educación política de los ciudadanos, pues consideraba que
la ignorancia era la base de la inacción y el fanatismo. Su Presidente,
Juan Francisco Gómez de la Torre, proclamaba:

Aunque los retrógrados maldigan y se irriten, los jóvenes de la So-
ciedad de Ilustración mantendremos en continuo movimiento el pen-
samiento regenerador. No nos intimidaremos porque se nos diga que
al indicar una reforma abrimos un volcán a nuestros pies... Para el
combate no se necesita más que de valor, y para el triunfo, la justicia
de la causa que se defiende. Nunca aplazaremos los momentos favora-
bles que se presenten para luchar con(tra) todos aquellos que quieran
su elevación destruyendo los derechos del pueblo…8

A su vez, la Sociedad Hipocrática estaba integrada por médi-
cos, estudiantes de medicina y auxiliares, y tenía por finalidad desarro-
llar la ciencia médica y utilizarla al servicio de los más necesitados.
Como afirmara su Presidente, doctor Rafael Barahona:

La Sociedad Hipocrática trabaja por emancipar a la Medicina de esa
vieja rutina en que ha gemido, y por encarrilarla por el sendero de los
descubrimientos. Procurará demostrar que un método universal, ade-
más de ser quimérico, es extravagante y exótico, y que el clima, los
alimentos, las costumbres, etc, constituyen el sistema higiénico de un
país. Y para conseguir los resultados a que se dirijan nuestros esfuer-
zos, aguardamos de los sentimientos filantrópicos del gobierno, que…
se empeñe en fomentar la salubridad pública, como el bien más posi-
tivo de la doliente humanidad…9

Naturalmente, la emergencia de estas sociedades, en las que

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8 “Discursos pronunciados por los miembros de la Sociedad de Ilustración, de la Escuela
Democrática de Miguel de Santiago y de la Sociedad Hipocrática en el día seis de marzo del
presente año de 1853, en el local de sesiones de la Sociedad de Ilustración”, Quito, 1853,
Imprenta del Gobierno.
9 “Discursos…”, cit., p 9.

bullía el pensamiento liberal y se manifestaban los primeros atisbos de
socialismo utópico, inquietó grandemente a las entidades del viejo ré-
gimen, que las combatieron acusándolas de ser clubes revolucionarios
empeñados en la disolución social. Finalmente, las “Sociedades De-
mocráticas” fueron afectadas profundamente por la crisis política y la
guerra civil de 1859–1860, de la que emergió triunfante el caudillo aris-
tocrático Gabriel García Moreno. Luego, la nueva situación política ter-
minó por privarlas de libertad de acción y llevarlas a su extinción.

LAS PRIMERAS ACADEMIAS NACIONALES

La Academia Ecuatoriana de la Lengua nació como un grupo
de académicos, expertos en el uso de la lengua española en Ecuador.
Fue establecida en Quito, el 15 de octubre de 1874, apenas tres años
después que la Academia Colombiana, que es la decana de su tipo en
América.

Y ahora hablemos de nuestra Academia, que nació en 1909 con
el nombre de “Sociedad de Estudios Históricos Americanos” por inspi-
ración y gestión del sabio historiador y notable patriota monseñor Fe-
derico González Suárez, que fuera obispo de Ibarra y arzobispo de
Quito. Esa Sociedad congregó a toda la brillante intelectualidad capita-
lina de su tiempo y entre sus socios fundadores figuraron algunos jóve-
nes discípulos de González Suárez y otros destacados hijos de la aris-
tocracia terrateniente: Luis Felipe Borja, Alfredo Flores Caamaño, Cris-
tóbal de Gangotena y Jijón, Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel La-
rrea, Aníbal Viteri Lafronte, Juan León Mera y José Gabriel Navarro.
La fundación de esta Sociedad tuvo como motivación explícita
la promoción de los estudios históricos bajo las concepciones científi-
cas del positivismo, en razón de que hasta entonces había prevalecido
una “historia de opiniones”, que respondía a la lucha ideológica libe-
ral–conservadora más que a una rigurosa investigación de las fuentes
primarias. El positivismo histórico surgió, pues, como una alternativa
científica, cuya acción se orientaba a construir un saber histórico a par-
tir de la exhaustiva investigación de las fuentes documentales.
También podemos hacer una lectura histórico–ideológica del
nacimiento de esa sociedad académica, pues resulta obvio que el blo-
que histórico conservador, acosado y vencido por los liberales en el
campo político–militar, buscó refugio en el ámbito de la ciencia y la cul-

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tura, quizá con la esperanza de sentar las bases para un futuro rescate
de su antigua influencia cultural. Pero debemos reconocer también que
esta agrupación mostró desde sus inicios una apertura hacia otros sec-
tores intelectuales, de diversa matriz ideológica. Así se explica que
desde sus inicios ella haya tenido en sus filas a un liberal como Luis
Felipe Borja Pérez y que, en 1915, ella haya invitado a participar en sus
trabajos al historiador radical y maestro laico Celiano Monge y al mo-
derado Isaac J. Barrera, con lo cual la entidad fue adquiriendo un cier-
to perfil ecuménico.

Dos años más tarde, en diciembre de 1917, moría González
Suárez y asumía la dirección de la Sociedad don Jacinto Jijón y Caa-
maño, que se convirtió desde entonces en su Director y también en su
mecenas, pues la entidad funcionaba en su casa y su peculio personal
financiaba el Boletín de la entidad, que inició su publicación en 1918,
por lo que hoy mismo es la más antigua revista científica ecuatoriana.
Y dos años más tarde, en 1920, la sociedad fue reconocida por el Con-
greso Nacional como una entidad privada con finalidad social y públi-
ca, y por mandato de la ley fue cambiado su nombre original por el de
“Academia Nacional de Historia”.
Estas remembranzas resultan útiles para entender en toda su
magnitud el acto de esta tarde, en el que se incorpora a la Academia
Nacional de Historia un nuevo miembro correspondiente, que es el
doctor Javier Gomezjurado Zevallos.
En verdad, nuestro recipiendario no es neófito en estos asun-
tos, pues desde hace algunos años ha sido académico de la historia en
la Casa de la Cultura Ecuatoriana, donde ostenta la categoría de Miem-
bro de Número de la Sección Académica de Historia y Geografía. Lo
que es más: nuestro colega viene respaldado por una sólida formación
académica, que incluye estudios de sociología, historia y gestión am-
biental, un doctorado en Sociología y Ciencias Políticas y varios cursos
de postgrado.

También respalda su presencia entre nosostros su amplia labor
historiográfica, que abarca varios libros como autor, otros como editor
y otros más como coautor, amén de numerosos ensayos y artículos
científicos, publicados en revistas especializadas del país y el extranje-
ro, y de muchas ponencias presentadas a congresos de historiadores.
Su inicial aproximación a la historia se dio, como en muchos
casos, a través de los estudios genealógicos, campo en el que ha desco-
llado con muy sonados logros, entre los que cito: “El historiador Fer-

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nando Zevallos Ross”. Guayaquil, 1994. “El artista Enrique Gomez-
jurado Flores y su descendencia”. Quito, 1994. “Los Gomezjurado en
Ecuador y Colombia” (volumen completo). Quito, 1995. “El Árbol
Genealógico”. Quito, 1996. “Historia y desarrollo de la Genealogía en
el Ecuador”. Quito, 1997. “Biografía y Genealogía del Gral. Guillermo
Rodríguez Lara”. Quito, 1997. “Relación histórica del apellido Assures
y su derivación en el de Henestroza, en Colombia”. Bogotá, 1998. “Ge-
nealogía de una línea de los Mendoza de Manabí”. Quito, 2007.
Sin embargo, Javier ha entendido que la Genealogía es una dis-
ciplina auxiliar de la Historia y que para ser un historiador acabado es
indispensable incursionar en otras disciplinas, como la biografía, y fun-
damentalmente en los nuevos campos de la historia social, que se vin-
culan con las estructuras socio económicas, las formaciones étnicas, la
vida cotidiana y la historia de las mentalidades. Es así que su labor his-
toriográfica se ha ampliado a nuevas temáticas, que revelan su afán de
investigación y esclarecimiento del pasado. Cito en este campo a los
siguientes trabajos: “Matrimonios Indígenas en Latacunga entre 1689 y
1720”. Quito, 1996. “Matrimonios blanco mestizos en Latacunga”. Qui-
to, 1996. “Un aporte inédito para la historia social de Popayán”. Bo-
gotá, 1997. “Chapacoto en la época garciana”. Quito, 1998. “Comercio
de Esclavos en Ibarra entre 1670 y 1681”. Quito, 1999. “Los estamentos
sociales en Ibarra Colonial”. Ibarra, 1999. “La historia en torno al Vol-
cán Pichincha”. Quito, 1999. “El Centro Histórico de Quito como es-
pacio de reproducción económica y sociocultural”. Quito, 2000. “El
pensamiento periodístico de Juan Benigno Vela”. Quito, 2000. “Pleitos
sobre cacicazgos en Quero”. Quito, 2001. “El pensamiento periodístico
de Celiano Monge Navarrete”. Quito, 2002. “Sangolquí Profundo”.
Quito, 2003. Quito, 2004. “Pleitos sobre cacicazgos en Otavalo en el
siglo XVIII”. Quito, 2004.

Ahora, como discurso de ingreso a esta Academia, Gomezjura-
do ha escogido un tema a la vez sugerente y difícil, cual es el de los ni-
ños expósitos y naturales en la Real Audiencia de Quito. Sugerente,
porque nos ayuda a entender las mentalidades de la época, construidas
sobre el prejuicio y la hipocresía social, y difícil, porque su tratamiento
implica desentrañar problemas humanos de alta sensibilidad, que ata-
ñen a la ética social y a la moral privada.
Precisamente por ello, nuestro recipiendario ha puesto particu-
lar interés en manejarse con absoluto rigor académico, esbozando pre-
viamente los conceptos y valoraciones teóricas que sustentan su traba-

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B O L E T Í N N ° 1 8 1 D E L A A C A D E M I A N A C I O N A L D E H I S T O R I A

jo y documentando minuciosamente cada caso analizado. Esto muestra
su seriedad profesional y marca un ejemplo en la forma en que deben
tratarse asuntos históricos que conciernen o afectan a cosas o gentes del
presente.

Tal es tratamiento dado, entre otros, al caso de los hijos ilegíti-
mos habidos entre el I Marqués de Selva Alegre, don Juan Pío Montú-
far y Frasso, y la quiteña doña Rosa Larrea y Santa Coloma, asunto
manejado con gran secreto por las autoridades civiles y eclesiásticas de
la época, habida cuenta de la alcurnia de ambos padres y de la condi-
ción de Presidente de Quito que ostentaba el marqués.
Pues bien, Javier Gomezjurado ha venido a continuar el deve-
lamiento de esta situación, que iniciara Neptalí Zúñiga con su libro
“Juan Pío Montúfar, Primer Presidente de la América Libre” (Quito,
1944) y que seguramente va a ser continuado en el futuro, puesto que
se acerca el bicentenario de nuestras primeras luchas de independen-
cia, en las que tuvo papel protagónico central el II Marqués de Selva
Alegre, conocido entre nosotros como Juan Pío Montúfar y Larrea, y
por otros historiadores, como el norteamericano Eric Beerman, con el
nombre de Juan María Torcuato de Montúfar y Larrea, todo ello por
causa de su irregular nacimiento y su aparentemente doble inscripción
de bautizo, una vez (secretamente) antes del matrimonio de sus padres
y, otra vez, después de este hecho, ocurrido recién en 1761.
De paso, esto viene a revisar la genealogía de la familia Montú-
far elaborada por Cristóbal de Gangotena y Jijón, y publicada en 1919
en el Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos –luego
Academia Nacional de Historia–, volumen III, Nos. 7 y 8. Pero así es y
debe ser la Historia, ciencia donde los nuevos conocimientos e infor-
maciones superan y revisan a los anteriores, sin que ello vaya en des-
medro de nadie, pero sí en beneficio de la verdad.
Por todo lo expuesto, me place grandemente dar la bienvenida
a la Academia Nacional de Historia al presigioso historiador y admira-
do amigo Javier Gomezjurado Zevallos, en la seguridad de que su pre-
sencia entre nosotros animará nuestros trabajos y contribuirá a un salu-
dable intercambio de opiniones intelectuales.

Gracias.

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B I E N V E N I D A A L D O C T O R J A V I E R G O M E Z J U R A D O

LOS HIJOS EXPÓSITOS Y NATURALES EN LA
REAL AUDIENCIA DE QUITO*

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