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POEMAS DE PÍNDARO

A Teóxeno de Ténedo (*)


Hay un tiempo para recolectar amores,
corazón mio, cuando acompaña la edad:
pero aquel que al contemplar los rayos
rutilants que brotan de los ojos de Teóxeno
no siente el oleaje del deseo, de acero
o de hierro tiene forjado su negro corazón
con fría llama y, perdido el aprecio
de Afrodita, la de vivaz mirada,
o violentas fatigas padece por la riqueza,
o se deja arrastrar por la femenina osadía
esclavo de todos sus (...) vaivenes.
Más yo me derrito como cera de sagradas
abejas.
por el calor mordida en cuanto pongo mis
ojos
en los lozanos miembros de adolescentes mozos.
¡ Era cierto que tambien en Ténedo
Persuasión y Donosura tenían su sede
en el hijo de Hagesilao !

(*) Según la leyenda Teóxeno fue el último amor efébico de Píndaro, y la persona
en cuyos brazos falleció el poeta.

A HIERÓN DE SIRACUSA
Acompañar con bárbito al espíritu y la voz, embotados por el vino,
(el bárbito)
que inventó antaño el lesbio Terpandro
al oír en los banquetes de los Lidios
el tañido repicante de la esbelta pectis.
No ensombrezcas los placeres de la vida; mucho mas llevadero
es para el hombre una existencia placentera.
Amar y corresponder al amor
¡ hagámoslo en su momento oportuno !
¡ No prosigas, corazón, porfía
envejecida más de la cuenta !
.. y los encantos de los amores que envía Afrodita,
para echar ebrio, con Químaro, un cótabo (*)
por Agatónides...
...
(*) El cótabo fue un juego de moda en Atenas entre los siglos VI a IV a.C.
consistente en arrojar el resto del vino de la propia copa en un recipiente metálico
homónimo del juego que, al desequilibrarse y chocar con otro colocado a
propósito, tenía que emitir un sonido nítido especial. Al hacer esto, se pronunciaba
el nombre de una persona, de manera que actuaba como "oráculo amoroso".

A HIERÓN DE SIRACUSA II
Reluce su fama
en la colonia, por sus hombres célebres, del lidio Pélope.
Por éste sintió pasión el poderoso Posidón,
el que la tierra conduce, cuando Cloro lo sacó
del inmaculado caldero
provisto de un brillante hombro de marfil,
¡ En verdad que es mucho lo asombroso !
E incluso puede acontecer que los rumores
de los mortales, habladurías adornadas con abigarradas
ficciones, trasgrediendo el relato verdadero,
nos engañen por completo.
A Hagesídamo, vencedor en el pugilato
Leedme en voz alta el nombre del vencedor olímpico,
el hijo de Arquéstrato, a ver en qué parte de mi espíritu
está escrito, pues se me había olvidado que le debía
un dulce canto. Musa, tu y la Verdad,
hija de Zeus, con la mano enderezadora,
rechazad la censura embustera
de que he faltado contra el huésped....
así también cuando un hombre, Hagesidamo,
que ha conseguido victorias llega al predio de Hades
sin ser cantado, con vana aspiración ha obtenido para su esfuerzo
placer breve; pero sobre ti la lira de grata voz
y la dulce flauta esparcen su encanto.
Nodriza de tu ancha fama
son las Piérides, hijas de Zeus.
Yo he emprendido esta tarea con afán y me he posado
sobre el glorioso pueblo locro, para verter
miel sobre esta viril ciudad.
Al hijo seductor de Arquéstrato
he elogiado, pues le vi vencer con la fuerza de su puño
junto al altar de Olimpia
en aquella ocasión:
poseía esa mezcla de hermosura externa
y lozanía que antaño a Ganímedes (*)
libro de la muerte, que a nadie respeta
con la ayuda de la Cípride.
(*) La Cípride es Afrodita, diosa del amor. Ganímedes fue raptado por Zeus en
plena adolescencia al haberse enamorado el Dios del Olimpo del joven príncipe, y
destinado a ser su copero, con vida y juventud eternas. La equiparación del
vencedor con Ganímedes no puede ser mas elogiosa.
A Trasideo de Tebas
Musa, si conviniste en ofrecer, a cambio de paga,
tu voz, obediente a la plata, a ti te corresponde hacerla tremolar aquí y allá
en honor de Pitónico,
el padre, o de su hijo Trasideo,
cuya felicidad y fama están flameantes.
Hermosa fue su victoria de antaño con el carro
y en Olimpia conquistaron con sus caballos
el rayo veloz de los célebres juegos;
mientras que en Pito, al bajar a la arena para la carrera ligera,
fueron superiores a la helénica concurrencia
por su rapidez. Que no ambicione yo mas bienes que los divinos,
con aspiraciones adecuadas a la edad,
pues cuando me encuentro con que en una ciudad
los de enmedio poseen flor de prosperidad más duradera,
censuro el destino de las tiranías.
Dedicado estoy a los logros compartidos: fuera los envidiosos.
Mas cuando uno alcanza la cima
y con pacífica conducta escapa
de la funesta desmesura, puede hacer mas bella travesía hasta el límite
de la negra muerte si a su gratísima descendencia
ha proporcionada renombrada gloria, mas poderosa que todas las riquezas.
Tal don es el que distingue al hijo de Ificles,
Yolao, el que himnos dedicamos, y al fuerte Cástor,
y a ti, soberano Polideuces, hijos de dioses,
que un día habitáis en la sede de Terapna
y al otro dentro del Olimpo.
A Aristóclides, vencedor en el pancracio
Si bello de cuerpo y con una conducta que no desdice de su hermosura
el hijo de Aristófanes ha alcanzado la cima de su virilidad,
ya no es fácil seguir surcando el mar inaccesible
más allá de las columnas de Heracles,
héroe dios, dispuso como gloriosos testigos
del límite de la navegación, sometió éste en el mar a descomunales
monstruos de la navegación, sometió éste en el mar a descomunales
monstruos y por propio impulsa exploró de las marismas
las corrientes, por donde llegó hasta el punto final que le condujo de
regreso
y descubrió aquella tierra. Corazón mío, ¿hacia que ajeno
promontorio desvías mi navegación ?
Te pido que lleves la Musa a Eaco y su raza.
Con mis palabras se compadece lo mas sublime de la justicia elogiar al
valeroso....
Del rubio Aquiles, ya de niño, cuando en casa de Fílira
vivía, grandes hazañas eran los juegos: muchas veces
con sus manos lanzaba, veloz como el viento, la jabalina de breve hierro,
en su lucha a leones salvajes la muerte causaba
y a los jabalís aniquilaba;
hasta los pies del Crónida Centauro
llevaba los cuerpos agonizantes,
a los seis años por vez primera y en todo el tiempo postrero...

OLÍMPICAS

1. A PSAUMIS DE CAMARINA, VENCEDOR EN LA CUADRIGA DE MULAS

¡De sublimes virtudes y de coronas en Olimpia ganadas


recibe con riente corazón, Hija del Océano,
el dulce primor, dones de Psaumis y de su carro de mulas incansables!

Él, Camarina, acreció tu ciudad populosa,


y seis pares de altares glorificó en las fiestas mayores de los dioses
con sacrificios de bueyes y porfías de certámenes
durante cinco días

en carros de caballos y mulas y en corcel ensillado. Y a ti amable gloria


consagró con su victoria, y por voz del heraldo a su padre
Acrón proclamó y tu asiento recién habitado.

Y vuelto de los amables lugares de Enómao y Pélope,


canta, oh Palas, protectora de pueblos, tu bosque sagrado
y el río Oanis y la patria laguna

y augustos canales, por los que el Híparis riega el país


y rápido aglutina el bosque de firmes moradas a lo alto erigido,
llevando del desamparo a la luz a este pueblo de ciudadanos.

Siempre por las nobles virtudes combaten el esfuerzo y dispendio


hasta la meta que en riesgo se oculta. Los que con éxito
lo consiguen, aun a sus ciudadanos parecen ser sabios.

¡Zeus salvador en tu trono de nubes, que habitas la colina de Crono,


que honras el Alfeo de ancha corriente y la gruta sagrada del Ida!
¡Con el canto de lídicas flautas me presento ante Ti suplicante,

y te pido enaltezcas aquesta ciudad con hazañas ilustres de hombres


y que tú, vencedor en Olimpia, a quien los corceles contentan
de Posidón, tengas hasta el fin senectud animosa,

Psaumis, rodeado de hijos! Y si alguien alimenta su felicidad en salud,


abastado de bienes y a ellos añadiendo la fama
que no pretenda llegar a ser dios.

PÍTICAS

1. A MEGACLES DE ATENAS, VENCEDOR EN LA CUADRIGA.

El más bello preludio para la estirpe potente


de los Alcmeónidas es Atenas, la gran ciudad,
cuando hay que echar cimientos de canciones
en honor de los caballos.
Pues ¿qué patria, qué casa habitando podrás tu nombrar
que en Hélade sea oída
como más gloriosa?

Porque en todas las ciudades se propala la fama


de los ciudadanos de Erecteo, oh Apolo, los que
en Pitón divina construyeron tu casa admirable.
¡Pero cinco victorias en Istmia me guían, y una muy insigne,
la Olimpíada de Zeus,
y dos conseguidas en Cirra,

oh Megacles, tuyas y de tus antecesores!


En el éxito nuevo me gozo. Pero esto me duele:
que la envidia se vuelva a las obras hermosas. Se dice, por cierto,
que la dicha floreciente, constante,
trae así al hombre lo uno igual que lo otro.