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Sofía Vaz Romero Dpto.

de Lengua castellana y Literatura


IES de Llerena

Curso 2010-2011

Literatura Universal
2º Bachillerato
Textos del Romanticismo
Wolfgang Johan von Goethe

Werther
Libro Primero
4 de mayo de 1771
¡Cuánto me alegro de haber marchado! ¿Qué es, amigo mío, el corazón del hombre? ¡Dejarte, cuando tanto te amaba, cuando era tu
inseparable, y hallarme bien! Sé que me perdonas. ¿No estaban preparadas por el destino esas otras amistades para atormentar mi
corazón? ¡Pobre Leonor! Pero no fue mi culpa. ¿Podía pensar que mientras las graciosas travesuras de su hermana me divertían, se
encendía en su pecho tan terrible pasión? Sin embargo, ¿soy inocente del todo? ¿No fomenté y entretuve sus sentimientos? ¿No me
complacía en sus naturalísimos arranques que nos hacían reír a menudo por poco dignos de risa que fueran? ¿No he sido…?
¿Pero qué es el hombre para quejarse de sí? Quiero y te lo prometo, amigo mío, enmendar mi falta; no volveré, como hasta ahora, a
exprimir las heces de las amarguras del destino; voy a gozar de lo actual y lo pasado como si no existiera. En verdad tienes mucha
razón, querido amigo; los hombres sentirían menos sus trastornos (Dios sabrá por qué lo hizo así) de no ocupar su imaginación con
tanta frecuencia y con tal esmero en recordar los males pasados, en vez de en hacer soportable lo presente.
Te ruego digas a mi madre que no olvido sus encargos y que en breve te hablaré de ellos. He visto a mi tía, esa mujer que goza de tan
mala reputación en casa, y está muy lejos de merecerme mal concepto: es vivaracha y apasionada, tal vez, pero de estupendo corazón.
Le expliqué todo lo relacionado con la retención de la parte de herencia de mi madre y ella me externó las razones que tenía para ac-
tuar así, me dijo las condiciones por las que estaba dispuesta a entregarme no sólo lo que se le pide, sino más. En fin, por hoy no me
extenderé en este tema; dile a mi madre que todo estará bien. Estoy convencido de que la negligencia y las discusiones produc en en
este mundo más daños y trastornos que la malicia y la maldad. Por lo menos, éstas no abundan tanto.
Estoy aquí en la gloria. La soledad en este país encantador es el bálsamo perfecto para mi corazón, tan dado a las emociones fuertes; y
la estación del momento, en la que todo se renueva y rejuvenece, derrama sobre él un suave calor. Cada árbol, cada seto, es un rami-
llete de flores; le dan a uno ganas de volverse abejorro o mariposa para sumergirse en el mar de perfume y respirar el aromático ali-
mento.
La ciudad en sí es desagradable, pero en sus cercanías, en cambio, la naturaleza hace gala y ostentación de bellezas inefables. Esto fue
lo que movió al difunto conde de M*** a plantar un jardín en uno de estos oteros que con gran variedad forman los valles más deli-
ciosos. El jardín es muy sencillo y en cuanto se entra en él, se nota que no se trazó por una mano de hábil jardinero, sino por un co-
razón sensible que quería deleitarse. Mucho he llorado al recordarle en las ruinas de un pabellón que era su retiro predilecto y que
también se ha hecho el mío. Pronto será el dueño del jardín; estoy aquí desde hace pocos días y el jardinero siempre se muestra muy
atento y afectuoso conmigo. No lo perderá.

1
Fragmentos de la obra de Friedrich Hölderin

Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu si no chocaran con el destino, esa vieja roca
muda.
No hay nada que pueda crecer y perecer tan profundamente como el hombre.
El lenguaje es el bien más precioso y a la vez el más peligroso que se ha dado al hombre.
El hombre es un dios cuando sueña; un pordiosero cuando reflexiona.

Fragmentos de la obra de Novalis


Tengamos tan sólo paciencia, vendrá, tiene que venir, el tiempo sagrado de la paz perpetua, en que la nueva Jerusalén será la capital
del mundo; y hasta entonces sean alegres y animosos en los peligros del tiempo, compañeros de mi fe, anuncien con la palabra y las
obras el Evangelio divino y permanezcan fieles a la fe verdadera e infinita hasta la muerte.
Cuando veas un gigante, examina antes la posición del sol; no vaya a ser la sombra de un pigmeo.
El camino misterioso va hacia el interior. Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el
futuro.
Lo que ahora no alcanza la perfección, la alcanzará en un intento posterior o reiterado; nada de lo que abrazó la historia es pasajero, y
a través de transformaciones innumerables renace de nuevo en formas siempre más ricas.
Todos aquellos planes que no sean trazados plenamente según todas las disposiciones del género, tienen que fracasar.
Cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos des-
cubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos.
WORDSWORTH sobre ella construir un arco iris, para

El mundo es demasiado para nosotros: siempre la Fantasía errante, mezclando, de los campos
recibiendo y gastando, disipamos las fuerzas; a medio labrar, hierbas con flor de adormidera;
en la naturaleza vemos muy poco que se nuestro, te coronaban tus Favoritos, cantando
y hemos cedido nuestros míseros corazones. tu poder, sin censura ni compasión del sabio.

Esta mar que desnuda su seno hacia la luna, Ah, muestra qué más dignos honores se te deben,
estos vientos que aullando pasan a todas horas clara juventud; mueve lohondo del corazón:
y ahora se amontonan como flores dormidas: confirma a tu glorioso Espíritu a que emprenda
para eso, y para todo, no estamos entonados,
un sendero de abrupta subida y alta meta;
no nos mueve. ¡Gran Dios!, preferiría ser y si hay una alegría que mengüe lo que pide
un pagano crecido en una fe gastada, recuerdo agradecido, haz irse a esa alegría.
para poder, erguido en estos prados suaves,

ver algo que me hiciera menos desamparado:


observar a Proteo saliendo de los mares,
oír su enguirnaldado cuerno al viejo Tritón.

SONETO
¡Oh clara juventud! Bastante era adorar
con soles obedientes toda lluvia extraviada,
y si una inesperada nube bajaba, pronto,

2
Lord Byron, Camina bella Tras largos años,
¡Cómo habría de saludarte! -
Con silencio y lágrimas.
Camina bella, como la noche
De climas despejados y cielos estrellados;
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz ***
Se reúne en su aspecto y en sus ojos:
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día. Acuérdate de mí
Una sombra de más, un rayo de menos, Llora en silencio mi alma solitaria,
Habría mermado la gracia sin nombre excepto cuando está mi corazón
Que se agita en cada trenza de negro brillo, unido al tuyo en celestial alianza
O ilumina suavemente su rostro; de mutuo suspirar y mutuo amor.
Donde pensamientos serenamente dulces
expresan Es la llama de mi alma cual lumbrera,
Cuán pura, cuán adorable es su morada. que brilla en el recinto sepulcral:
Y en esa mejilla, y sobre esa frente, casi extinta, invisible, pero eterna...
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez ni la muerte la puede aniquilar.
elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los tintes que ¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
brillan, no pases, no, sin darme una oración;
Y hablan de días vividos en bondad, para mi alma no habrá mayor tortura
Una mente en paz con todo, que el saber que olvidaste mi dolor.
¡Un corazón cuyo amor es inocente!
Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
*** te pedí nada: al expirar te exijo
Cuando nos separamos que vengas a mi tumba a sollozar.

Cuando nos separamos ***


En silencio y con lágrimas,
Con el corazón medio roto,
Para apartarnos por años, Sol del que triste vela...
Tu mejilla se volvió pálida y fría,
Y más frío tu beso; ¡Sol del que triste vela,
En verdad aquella hora predijo astro de cumbre fría,
El dolor de esta. cuyos trémulos rayos de la noche
El rocío de la mañana para mostrar las sombras sólo brillan.
Se hundió gélido en mi frente - !Oh, cuánto te asemeja
Se sintió como el anuncio de la pasada dicha
De lo que siento hoy. al pálido recuerdo, que del alma
Todos tus votos están rotos, sólo hace ver la soledad umbría!
Y ligera es tu fama;
Escucho decir tu nombre, Reflejo de una llama
Y comparto su vergüenza. oculta o extinguida,
Te nombran frente a mí, llena la mente, pero no la enciende;
Un toque lúgubre en mi oído; vive en el alma, pero no lo anima.
Un estremecimiento viene a mí - Descubre cual tú, sombras
¿Por qué te quise tanto? que esmalta o acaricia,
No saben que te conocí, y como a ti, tan sólo la contempla
Aquellos que te conocen demasiado bien: - el dolor mudo en férvida vigilia.
Por mucho, mucho tiempo he de arrepen-
tirme de tí,
Demasiado hondo como para expresar.
En secreto nos encontramos -
En silencio me lamento,
De que tu corazón pudiese olvidar,
Tu espíritu engañar.
Si llegara a encontrarte
3
Shelley: Himno a la belleza intelectual
Si bien de niño he tratado con fantasmas, corriendo
A través de muchas y ansiosas cámaras, cuevas, ruinas,
La terrible sombra de algún poder oculto Y estrellas de madera, persiguiendo con pasos temerosos
Flota velada entre nosotros, -pasa por La esperanza de un diálogo con los queridos muertos.
Este mundo con alas inconstantes, Invoqué los nombres venenosos de los que nuestra juven-
Como el viento del estío arrastrándose de flor en flor- tud se alimenta;
Como la luna demorándose en las montañas, No fui escuchado -Yo no los ví-
Que visita con su mirada impaciente Cuando sonaba profundo en el espacio vital,
Cada rostro y corazón humano; En aquel dulce momento
Como los tonos y las melodías del ocaso, donde el viento confiesa todos los secretos;
Como las amplias nubes bajo las estrellas, De repente, tu sombra cayó sobre mí,
Como el recuerdo de una música perdida; Me encogí, y froté mis manos en éxtasis.
Como la nada que por su gracia nos es querida,
Y sin embargo, más querida aún por su misterio. Prometí que dedicaría mis facultades
A tí y sólo a tí -¿No he honrado mi voto?-
Espíritu de Belleza, que consagras con tu sutileza, Con el corazón palpitante y los ojos luctuosos, aún ahora
Brillando sobre el pensamiento y la forma humana Convoco a los fantasmas de un millar de horas,
¿Hacia dónde te has ido? Cada uno desde su tumba silenciosa: En soñadas alcobas
¿Por qué pasas de largo y nos dejas atrás De celosos estudios o placenteras ternuras,
En este vasto valle de lágrimas, solos y desolados? Han contemplado conmigo la envidiosa noche.
Pregunta por qué el sol no teje para siempre Saben que ninguna alegría iluminó mi frente,
Al arcoiris sobre el río joven de la montaña, Desencadenada con la esperanza de que habrás de liberar
Por qué la nada debe desvanecerse y caer en lo que una vez Este mundo de su oscura esclavitud,
fue, Que tú, horrible encantadora,
Por qué el miedo y el sueño, la muerte y el nacimiento Nos darás todo lo que estas palabras no pueden expresar.
Derraman sobre el día de esta tierra su oscuridad,
Por qué el hombre siente con pasión el odio y el amor, El día se hace más solemne y sereno
La esperanza y la desazón. Cuando pasa el mediodía -hay una armonía
En el otoño que resplandece en el cielo,
Ninguna voz de algún mundo sublime, ni sabio Y que durante el verano no es vista ni oída,
Ni poeta jamás ha elevado sus respuestas. Como si no pudiese ser, como si no fuese.-
Por lo tanto, los nombres del Demonio, Fantasmas y Cielos Así pues, deja que tu poder, que desciende
Permanecen en el recuerdo de su vano empeño, Igual a la naturaleza de mi pasiva juventud,
Frágiles hechizos -cuyo encanto pronunciado no lastima- Inunde mi propia vida con su calma;
De todo lo que vemos y oímos, A este que te adora en cada forma que te contiene,
Duda, azar, cambio. Y a quien. Espíritu Justo, tus conjuros obligan
Tu luz por sí sola, como la niebla cayendo por la montaña, A temerse a sí mismo, y a amar a toda la humanidad.
O la música enviada por el viento nocturno
Que tiembla en las cuerdas de un instrumento inmóvil, Percy Bysshe Shelley (1792-1822)
O el brillo lunar sobre el estanque en la medianoche,
Nos brinda gracia y verdad en este inquieto sueño de vida.

Amor, esperanza y autoestima, son como nubes


Que se apartan y retornan en un momento incierto.
El hombre fue inmortal, y omnipotente,
Hasta que tú, desconocida y horrible como eres,
Encerraste tu gloriosa marcha dentro de su corazón.
Tú, mensajero de simpatías,
Que resbalas y disminuyes en los ojos de los amantes,
Tú, que del pensamiento humano eres alimento,
Como la oscuridad a una llama moribunda,
No huyas como tu sombra vino,
No huyas, evitando la tumba que será,
Como la vida y el horror, una oscura realidad.

4
John Keats, Al sueño no para los sentidos, sino más exquisitas,
tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
La Caída De Hiperión (sueño) ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
Tienen los locos sueños donde traman
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
elíseos de una secta. Y el salvaje
vislumbra desde el sueño más profundo ¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!
lo celestial. Es lástima que no hayan
¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
transcrito en una hoja o en vitela
que no despedirán jamás la primavera!
las sombras de esa lengua melodiosa
Y tú, dichoso músico, que infatigable
y sin laurel transcurran, sueñen, mueran.
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
Pues sólo la Poesía dice el sueño,
con hermosas palabras salvar puede ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
a la Imaginación del negro encanto
anhelante por siempre y para siempre joven;
y el mudo sortilegio. ¿Quién que vive
cuán superior a la pasión del hombre
dirá: “no eres poeta si no escribes
que en pena deja el corazón hastiado,
tus sueños”? Pues todo aquel que tenga alma
tendrá también visiones y hablará la garganta y la frente abrasadas de ardores.
de ellas si en su lengua es bien criado.
¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
Si el sueño que propongo lo es de un loco
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
o un poeta tan sólo se sabrá
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
cuando mi mano repose en la tumba.
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
Soñé que en un lugar estaba donde ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
palmera, haya, mirto, sicomoro alzada en la montaña su clama ciudadela
y plátano y laurel formaban bóvedas vacía está de gentes esta sacra mañana?
cerca de manantiales cuya voz Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
refrescaba mi oído y donde el tacto tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
de un perfume me hablaba de las rosas. por qué estás desolado podrá nunca volver.
Vi un árbol de boscaje recubierto
por parras, campanillas, grandes flores (…) ¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
***
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
John Keats, Oda a una urna griega Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
Tú, todavía virgen esposa de la calma, «La belleza es verdad y la verdad belleza»... Nada más
criatura nutrida de silencio y de tiempo, se sabe en esta tierra y no más hace falta.
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda
de dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son ésas, o qué hombres? ¿Qué doncellas
rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por
huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje
frenesí?

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;


sonad por eso, tiernas zampoñas,

5
Leopardi, La vida solitaria de tan ardiente estuvo. Con fría mano y desnudo en el suelo. Adversa llega
lo oprime la desdicha y se ha hecho hielo por ciudadanas calles la blancura
La matutina lluvia - cuando alegre en la flor de la edad. Recuerdo el tiempo de tu luz al amante vil, que ronda
en la encerrada estancia la gallina en que a mi alma bajaste. Era aquel dulce los muros de las casas y anda oculto
bate sus alas, y al balcón se asoma e irrevocable tiempo en el que se abre en la sombra, y se para y se amedrenta
el lugareño, y cuando el sol naciente a la mirada juvenil la escena cuando una luz se enciende o cuando se
va traspasando con sus rayos trémulos desdichada del mundo, y le sonríe, abre

las gotas mientras caen -, en mi cabaña como si fuera paraíso. Al joven, algún balcón. Opuesta a los malvados,

dulcemente llamando, me despierta. el corazón le late de esperanza a mí siempre benigna la faz tuya

Me levanto, y las nubes, el murmullo y de deseo en el pecho, y se dispone será en estos lugares, donde sólo
gratos alcores y espaciosos campos
primero de los pájaros, el aura a afrontar el vivir cual danza o juego
y los campos gratísimos bendigo. el mísero mortal. Pero tan pronto ofreces a mi vista. Yo solía,

pues de sobra os conozco, infaustos muros como te hube advertido, amor, mi vida aunque inocente fuera, a tu gracioso

De la ciudad, adonde el odio sigue destrozó la fortuna, y a estos ojos rayo agraviar si en habitados sitios

y acompaña al dolor, donde afligido ya sólo les quedaba el llorar siempre. me hacía visible a la mirada humana

vivo y muy pronto moriré, ¡ay! Alguna Si en ocasiones por el campo abierto, o a mis ojos mostraba humanas formas.

-aunque escasa- piedad por mí revela en la callada aurora, o cuando fulgen Lo alabaré ya siempre, bien te observe

Natura en estos sitios, ¡oh!, en un tiempo bajo el sol tejas, lomas y campiñas, deslizarte entre nubes, bien te vea

más amable conmigo. Tú desvías hallo de hermosa muchachita el rostro; -dominadora del etéreo campo-

del mísero la vista, y desdeñando o si acaso en la calma placentera mirar serena esta infeliz morada.

desventuras y afanes, a la reina de estiva noche –el errabundo paso A mí me verás siempre solo y mudo

felicidad te entregas, ¡oh Natura! ya de regreso al pueblo deteniendo- errar por bosques y riberas verdes,

no resta al infeliz en cielo o tierra la yerma tierra miro, y de una joven o sentado en la hierba, satisfecho

otro amigo o refugio sino el hierro. que aún prosigue en la noche sus labores si para suspirar fuerzas me quedan.

Me siento en solitario puesto a oigo sonar en la apartada estancia Traducción de Eloy Sánchez Rosillo
veces el expresivo canto, se estremece
en un cerro, a la orilla de algún lago mi corazón de piedra, ¡ay!, mas retoma
coronado de plantas taciturnas. pronto el férreo sopor, que le es extraña
Allí, cuando en el cielo es mediodía, toda grata emoción al pecho mío.
su imagen apacible el sol refleja, ¡Oh cara luna!, a cuyo rayo plácido
ni hoja ni hierba agítanse en el viento; danzan las liebres en el bosque, e irritan
no se encrespan las ondas; la cigarra por la mañana al cazador, que halla
no canta ni sus plumas bate al pájaro; rastros falsos y de las madrigueras
no hay mariposas; voz o movimiento
vario error lo desvía. ¡Salve, oh reina!
no oigo o veo a lo lejos ni a mi lado. de las noches benigna! Adverso baja
Hondísima quietud tiene esa orilla, tu rayo a matorrales y barrancos,
donde casi del mundo y de mí mismo a edificios desiertos y al acero
me olvido, inmóvil; y mis miembros suel- del pálido ladrón, que atentamente
tos
el fragor de caballos y de ruedas
paréceme que yacen, sin que espíritu
oye de lejos, o el rumor de pasos
o sentido los muevan, y su calma
en la calle silente, y de improviso,
con el silencio del lugar se funde.
con ruido de armas, voz muy bronca
Amor, amor, volaste ya muy lejos
y mala catadura, el pecho hiela
de mi pecho, que un día al rojo vivo
del viandante, a quien deja medio muerto
6
Víctor Hugo, Lise aunque hablándole, no conseguía escucharle.

Viene todo empapado, dije, tienda su ropa


Yo tenía doce años; dieciséis ella al menos. aquí junto al hogar. Se arrimó más al fuego.
Alguien que era mayor cuando yo era pequeño.
Al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas, Vi su abrigo comido por polillas, que antaño
esperaba el momento en que se iba su madre; fuera azul, desplegado al calor de las llamas,
luego con una silla me acercaba a su silla, con mil puntos brillantes agujeros de luz
al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas. que mostraba el fulgor, ante la chimenea
¡Cuánta flor la de aquellas primaveras marchitas, como un cielo nocturno salpicado de estrellas.
cuánta hoguera sin fuego, cuánta tumba cerrada!
¿Quién se acuerda de aquellos corazones de antaño? Y entretanto secaba sus andrajos, chorreantes
¿Quién se acuerda de rosas florecidas ayer? de la lluvia y del agua de las hondas barrancas,
Yo sé que ella me amaba. Yo la amaba también. le veía como alguien que rebosa oraciones
Fuimos dos niños puros, dos perfumes, dos luces. y miraba, insensible a lo que ambos decíamos,
Ángel, hada y princesa la hizo Dios. Dado que era su sayal, refulgente de mil constelaciones.
ya persona mayor, yo le hacía preguntas
de manera incesante por el solo placer ***
de decirle: ¿Por qué? Y recuerdo que a veces,
temerosa, evitaba mi mirada pletórica Boz Dormido
de mis sueños, y entonces se quedaba abstraída.
Boz se había acostado roto por la fatiga
Yo quería lucir mi saber infantil,
la pelota, mis juegos y mis ágiles trompos; después de trabajar todo el día en su era;
me sentía orgulloso de aprender mi latín; luego se hizo la cama en el sitio de siempre:
le enseñaba mi Fedro, mi Virgilio, la vida
era un reto, imposible que algo me hiciera daño. Boz dormía muy cerca de sus trojes repletos.
Puesto que era mi padre general, presumía.
Las mujeres también necesitan leer Poseía este anciano mucho trigo y cebada,
en la iglesia en latín, deletreando y soñando;
y yo le traducía algún que otro versículo, y aunque rico era un hombre inclinado a ser justo;
inclinándome así sobre su libro abierto. su molino no tuvo jamás agua fangosa
El domingo, en las vísperas, desplegar su ala blanca
sobre nuestras cabezas yo veía a los ángeles. y no había el infierno en su fragua llameante.

De mí siempre decía: ¡Todavía es un niño!


Yo solía llamarla mademoiselle Lise. Era plata su barba como arroyo de abril,
Y a menudo en la iglesia, ante un salmo difícil,
me inclinaba feliz sobre su libro abierto. ni maligna ni avara fue jamás su gavilla;
Y hasta un día, ¡Dios mío, Tú lo viste!, mis labios si veía pasar espigando a una pobre
hechos fuego rozaron sus mejillas en flor.
ordenaba dejar las espigas adrede.
Juveniles amores, que duraron tan poco,
sois el alba de nuestro corazón, hechizad
a aquel niño que fuimos con un éxtasis único. Era un justo que odiaba los senderos torcidos
Y al caer de la tarde, cuando llega el dolor,
consolad nuestras almas, deslumbradas aún, con su cándida ropa toda de lino blanco,
juveniles amores, que duraron tan poco. y ante el pobre sus sacos derramados sin tregua
eran como una manar incesante de fuentes.

***
También era buen amo y un pariente muy fiel;
El mendigo
generoso a pesar de tender al ahorro;
Era un pobre que andaba en la escarcha y el viento. las mujeres miraban más a Boz que a los jóvenes,
Golpeé mi cristal; se detuvo delante
porque el joven es bello, pero el viejo es grandeza.
de mi puerta, que abrí con un gesto cortés.

Regresaban los asnos del mercado del pueblo, El anciano que vuelve al primer manantial
con labriegos sentados en las toscas albardas.
va hacia días eternos, deja atrás los cambiantes;
Era el viejo que vive en aquella casucha y aunque brilla la llama en los ojos del joven,
que está al pie de la cuesta, y que sueña esperando,
en los ojos del viejo puede verse la luz.
solitario, una luz de ese cielo tan triste,
de la tierra unos céntimos, el que tiende sus manos
hacia el hombre y las junta conversando con Dios.

Le grité: Puede entrar y caliéntese un poco.


Quise saber su nombre. Él tan sólo me dijo:
Yo me llamo el mendigo. Le cogí de la mano:

Adelante, buen hombre. Y ordené que trajeran


una jarra de leche. El anciano temblaba
por el frío; me hablaba, mientras yo, pensativo,

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