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En este trabajo, reflexionamos sobre cómo el poder influye en nuestra

percepción de la vida y de la muerte y como nos subordinamos a ese poder


que surge a partir de la creación de un saber orientado a la mejora de la
calidad de vida o, en palabras de Foucalt, en hacer vivir y dejar morir.

En las sociedades occidentales actuales, la muerte, la enfermedad, el


sufrimiento físico, los defectos físicos congénitos o adquiridos, se han
convertido en cuestiones, prácticamente invisibles. Rechazamos la idea de la
muerte hasta el punto de haber dejado en manos institucionales su gestión. Las
personas mayores, cada vez más, debe tener un aspecto juvenil y no sólo el
aspecto, sino que sus actitudes deben ser el más parecido posible a las
actitudes de gente más joven. El ocio en la tercera edad, debe ser activo,
dinámico. Hay viajes, salas de baile, gimnasios, actividades culturales de todo
tipo, etc. Parece como si las personas no pudieran envejecer; no está permitido
sentirse mal, hay que "vivir".

Si nos centramos en las personas que llegan al mundo - los recién nacidos-,
los conocimientos médicos generan un poder que se impone a los padres con
la excusa de que debe procurarse la mejor calidad de vida, tanto para el hijo
que llega, como para los padres, que deberán proveer de todo lo mejor a la
criatura, cosa que debe suceder en las mejores condiciones posibles, hasta el
punto de proporcionar todos los mecanismos legales, y médicos necesarios
para deshacerse de esa persona que llega si algo no va bien en el proceso de
gestación. Este poder que surge, en este caso, de la generación de saber
médico y que está destinado a la administración de la vida y, al mismo tiempo,
administrar la muerte cuando sea conveniente para asegurar una buena vida,
es lo que Foucault denomina biopoder.

Como se puede ver en esta pequeña explicación, la gestión de una vida de


calidad, es un asunto que puede justificar y, de hecho justifica, la utilización de
todos los mecanismos de que se pueda disponer para asegurar la calidad de
esa vida. Esto puede comportar la asunción de ciertas prácticas de exterminio,
más o menos discretas, de individuos que por cuestiones de raza, enfermedad,
o malformación, puedan ser considerados "de baja calidad" o perjudiciales para
alcanzar el nivel cualitativo estándar, determinado por el poder. Un reflejo
actual de estas cuestiones, son las leyes en varios países de nuestro entorno
en los que se promueve la legalización del aborto bajo unas condiciones muy
concretas con el fin de evitar que nazcan individuos que no se ajustan a los
estándares mínimos fijados.

Este poder que surge de la generación de saber, es ejercido por las


administraciones para controlar y regular la vida de las personas haciendo lo
que, en palabras de Foucault era "hacer vivir o dejar morir". Este ejercicio del
poder surgido de la producción de saber orientado al análisis y la gestión de
poblaciones humanas, regidas por leyes biológicas, es lo que llamamos
biopolítica. Sin embargo, hay varios autores - como Negri o Agamben, por
ejemplo-que, entienden que el ejercicio de este poder es una acción ejecutada
sobre las poblaciones y, en última instancia sobre los individuos, y consideran
el biopoder y la biopolítica conceptos sinónimos.
La generación de saber y el poder surgido en este proceso, originan en las
poblaciones y, consecuentemente en los individuos, opiniones y maneras de
entender los diversos aspectos vitales sobre los que se quiere ejercer control.
Así, si tomamos los conceptos de vida y muerte, podemos ver como, en base a
los conocimientos médicos y científicos, los humanos tienen una concepción
muy concreta de estos y, más específicamente, tienen una opinión de cómo
debe ser la vida y la muerte y, además, se piensa sobre quién puede morir y
quien puede vivir y quién no.
Esto nos puede llevar a reflexionar respecto de los estilos de vida actuales y las
servidumbres de muchos comportamientos hacia la forma de concebir cómo se
debe vivir y cómo debe ser la vida. Así, el aumento del culto al cuerpo como
imagen de salud, las dietas y todos los comportamientos asociados a este
concepto vital nos llevan a considerar cómo esta relación saber - poder nos
influencia en nuestras actitudes cotidianas.

Respecto de la concepción de la muerte, nuestro análisis lo podemos enfocar,


no tanto en que actualmente, y como hemos dicho anteriormente, la muerte es
un aspecto de la vida que tiene muy poca visibilidad en las sociedades
occidentales, sino más bien en que mediante el biopoder y la biopolítica, los
agentes institucionales deciden quién puede vivir y quién debe morir. Ejemplos
de esto, los tenemos en muchos estados modernos y las leyes eugenésicas
que han aprobado y ejecutado en el extremo más explícito de lo que hemos
expuesto y, en el extremo más subliminal, las prácticas sumergidas de
esterilización que se han llevado a cabo por parte de estados que se han
considerado y se siguen considerando a sí mismos, como superiores y con las
que han intentado exterminar a colectivos considerados inferiores o
contaminantes.
Como muestra de ello, podemos ver la película "La sangre del cóndor",
disponible en http://vimeo.com/10734543, en la que se narra la historia real de
unos americanos soberbios que se consideran superiores, y programan la
esterilización sistemática de las mujeres quechuas en Bolivia durante la década
de los años 60.
Por otra parte, en la actualidad y en muchos países desarrollados y
democráticos, los conocimientos científicos se ponen al servicio de la gente
para ofrecer toda la información que sea necesaria con el fin de que se pueda
"decidir" si una vida nueva se ha de exterminar o no debido a algún tipo de
problema biológico no normativo.

Ya hemos comentado anteriormente, algunos comportamientos que pueden


reflejar la subordinación de los individuos a la concepción de la vida que genera
el biopoder. Respecto de la subordinación al poder a partir de las actitudes ante
el concepto de muerte, podemos encontrar ejemplos en el debate que surge en
el momento que podemos decidir abortar si la nueva vida es portadora de algún
tipo de malformación como el síndrome de Down. Hay mucha gente que
considera normal que se produzca un aborto si el feto presenta esta alteración.
Incluso personas que por edad o por problemas biológicos probablemente no
tengan oportunidad de engendrar nueva vida en otra ocasión, prefieren abortar
y plantearse la adopción de un niño o niña que no será biológicamente suyo,
pero será un hijo o hija sano.
En un sentido similar, encontramos sociedades que justifican la pena de muerte
para delincuentes que se consideran "irrecuperables" por la sociedad o que sus
crímenes han sido cometidos debido a profundas alteraciones cognitivas por
causas biológicas. De estos planteamientos, a aceptar como "necesario" la
eliminación de grupos sociales por causas religiosas, étnicas o políticas, sólo
hay un paso. Ahora bien, ¿como puede justificar la biopolítica el hecho de
poder decidir quién puede morir? ¿Y en base a qué? Cómo es posible que se
decida matar a una persona y, sin embargo, no tener que enfrentarse a
acusaciones de asesinato. Y lo que es más interesante, ¿como la sociedad se
somete a esta decisión y acepta esta eliminación sin considerarla un atentado
contra la vida?

Una magnífica explicación para estas preguntas nos la da Agamben en su


descripción del concepto de homo sacer. Concepto éste, que va ligado a la
diferenciación que hacían los griegos, respecto de la vida. Para estos, la vida
podía ser llamada bios o zoe. En el primer caso, se referían a la vida
contextualizada, mientras que al referirse a zoe, hablaban de la vida desnuda,
despojada de cuerpo, descontextualizada e indiferenciada. Así pues, el homo
sacer se refiere a una situación particular del hombre en la cual, y mediante un
ejercicio de poder de una estructura social determinada, este es despojado de
la bios y declarado homo sacer u hombre sagrado, lo que quiere decir que su
vida es zoe o vida desnuda y en consecuencia, se puede hacer lo que sea
necesario con ella sin que ello signifique estar cometiendo ningún delito ni que
haya ningún tipo de conflicto moral para actuar en el sentido que sea
necesario.

Un ejemplo muy gráfico y muy clarificador lo podemos ver en algunos debates


públicos respecto de la amniocentesis y la conveniencia o la necesidad de
practicar el aborto cuando hay una malformación del feto. Es habitual encontrar
posturas que consideran que practicar el aborto es matar a un niño a lo cual se
suele replicar que "un feto no es un niño. Tiene vida, pero no es un niño ", y se
suelen hacer referencias al código civil para argumentar estas afirmaciones.
Efectivamente, el artículo 30 del código civil español, determina que se
considera como "nacido" un "feto" que tenga "figura humana" y que sobreviva
24 horas al nacimiento. Como podemos observar, si nos atenemos a este
artículo dictado por una estructura de poder, el feto sería una vida desnuda,
zoe, sobre la que se puede intervenir ya que mientras no nace se cumplen
determinadas condiciones no puede considerarse bios.

Por tanto, no hay nada ilícito en la práctica abortiva si la zoe no cumple las
características determinadas por biopoder como normativas para convertirse en
bios. En este caso, la comunidad médica, ejerciendo su práctica de saber - la
amniocentesis-, genera un poder que podemos considerar biopoder en el
sentido que busca regular un aspecto de la vida de los individuos de una
sociedad determinada y al mismo tiempo provoca una servidumbre en forma de
aceptación de la eliminación de una vida en un porcentaje, que alcanza el 90%
de los casos.

Por otra parte, tenemos ese 10% de la población que acepta que la vida nueva
no es simplemente vida desnuda, sino que este ser concebido es ya desde el
inicio bios y que, por tanto, no se puede hacer nada que pueda perjudicar a
esta persona, sean cuales sean sus características. Y es en esta postura
donde creemos que se puede ver claramente la aspiración del biopoder de
regular todos los aspectos de la vida humana en una sociedad. Si ampliamos la
mirada al referido código civil español, encontramos, antes del artículo 30, el
artículo 29 que nos dice que es el nacimiento lo que determina la personalidad,
pero el concebido se tiene por "nacido" para todos los efectos que le sean
favorables, siempre que cumpla las condiciones del artículo siguiente. Así pues
estas "condiciones que le sean favorables" son las que determinarán la
condición de zoe o de bios. Pero ¿como se determina esto? En este caso,
dependerá de los intereses del organismo de poder que lo valore, que se
tomarán en consideración unos aspectos u otros. No es - o no debería-ser lo
mismo, la valoración que pueda hacer un organismo religioso que un poder
estatal. Este poder estatal, es el encargado de dictar las leyes y, por tanto, el
único que a partir de estas, puede determinar que es zoe o que es bios y, en
consecuencia, el único capacitado para ejercer la biopolítica. Esto nos lleva a
entender, porque un organismo religioso no puede justificar el aborto, ya que
éste no puede distinguir entre una vida desnuda o una vida contextualizada
mediante el otorgamiento de leyes (al menos en nuestra sociedad) ya que esta
potestad, solo la ostenta el poder legislativo y, por tanto, para la iglesia, toda
vida nueva, sean cuales sean sus características, debe considerarse bios.

Hemos hablado hasta ahora, de la acción del bipoder sobre la vida nueva y
sobre el hecho de decidir quién vive y quién muere. Quién puede morir y quien
puede vivir. Pero hay que ver también el efecto que produce en la vida ya
constituida, y en la servidumbre que genera en las personas vivientes la
aceptación de las reglas de juego marcadas por la biopolítica. Para Agamben,
toda acción política es, en realidad, biopolítica orientada a la regulación de la
vida de las personas. Si nos fijamos un poco, podemos ver como las acciones
políticas están orientadas a indicarnos cómo debemos vivir, cuáles son las
pautas comportamentales que debemos seguir, que tenemos que comer,
cuándo y hasta cuándo tenemos que trabajar, si podemos o no fumar, si hemos
de hacer ejercicio, si hemos de tener hijos y cómo deben ser, como hemos de
morir, etc.

Todo este ejercicio de poder, genera unos actos de sumisión que, muy a
menudo nos lleva a aceptar la distribución masiva de medicamentos que
vivimos actualmente en las sociedades occidentales, para ajustar nuestra vida
a los cánones establecidos por el biopoder. Hay medicamentos para todo, o
casi todo. Y si no hay un medicamento, las compañías farmacéuticas invierten
millones para conseguirlo. Para dejar de fumar, tenemos medicamentos, para
regular la natalidad tenemos medicamentos, para tener hijos, también. Hay
medicamentos para tener un peso "adecuado", para rendir más el trabajo, para
poder trabajar, a pesar de estar enfermos, etc. Mediante el saber científico, se
crean las herramientas necesarias para podernos someter al biopoder cuando
no podemos llegar a los estándares marcados por este y desarrollarnos
"normativamente". Nos encontramos así ante la paradoja de que una sociedad
en la que se supone que los individuos deben ser más sanos, gracias a la
intervención biopolítica, en realidad es una sociedad altamente medicalizada y
enfermiza que depende muy a menudo, los fármacos para sobrevivir.
Las personas mayores, los enfermos terminales y los crónicos, al ser
considerados como seres vivientes contextualizados, es decir como bios, son
susceptibles de vivir y tienen que vivir. Por tanto, la medicalización es un
instrumento más de la biopolítica para llevar a cabo su control y su regulación
sobre la vida. Por otra parte, la gente "sana", también es susceptible de
medicalización dado que se debe regular sus condiciones de vida y sobre todo,
su "calidad" de vida. Es decir, no actúa tanto en el aspecto biológico del
concepto vida sino que, más bien, actúa sobre la concepción social de esta.
Esta concepción de la vida como concepto vacío de enfermedad, de
sufrimiento, y, incluso de muerte que tenemos hoy día.

Bibliografía:

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