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El Hijo de Puta Cabrón

El Hijo de Puta Cabrón

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Publicado porDaniel Diez
La obra narra la vida de Sergio, un joven que se ve condenado a recorrer una vida difícil, en la que tropieza una y otra vez sin encontrar su camino hacia la libertad y la paz. Cobarde, se deja llevar por las drogas, el sexo, la infidelidad y la violencia sin pensar en las consecuencias. Buscar el equilibrio en su vida le empujará a recorrer el camino que nunca imaginó.
La obra narra la vida de Sergio, un joven que se ve condenado a recorrer una vida difícil, en la que tropieza una y otra vez sin encontrar su camino hacia la libertad y la paz. Cobarde, se deja llevar por las drogas, el sexo, la infidelidad y la violencia sin pensar en las consecuencias. Buscar el equilibrio en su vida le empujará a recorrer el camino que nunca imaginó.

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04/27/2012

Ilustración: Mercedes Gutiérrez (Lille

)

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El día que nací

R

ecuerdo que estaba en pelotas, en medio de un

valle. Era la Sierra de Madrid. Hacía frío. El escenario azul y blanco. El viento silbaba helado. Los dedos de mis pies habían tomado un color azul con tonos lilas que me daban pánico. La nieve se derretía y colaba entre mis largas uñas. ¿Lo tuve merecido? Mi nombre es Sergio. Entonces tenía 25 2

años y estaba a punto de ser devorado por una serpiente hija de puta... Recuerdo aquella escena una y otra vez cada vez que me follo a una mujer. Aún lo hago. Me salen heridas en la lengua cuando digo 'hacer el amor'. No escarmiento. Sigo siendo lo que todas creen, pese a que en aquel instante creí que tenía un narcisista y vergonzoso final en bandeja. Lo viví en mi cabeza infinidad de veces. Y sin embargo, fue un final peor. Aquella cabrona, junto a su amiguita, descubrieron todo. Y el merecido que yo no vislumbré fue el que ellas apenas idearan en dos minutos de café. Esta es mi historia. Cinco años sin sentimientos, buscando el sexo fácil, la mentira intrínseca y externa como eje de mi vida. Hoy, recluido en una paz difícil de explicar, he decidido que voy a revelar todo lo que me ha llevado a ser como soy. Un Hijo de Puta Cabrón, con mayúsculas, por supuesto.

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Mi primera vez

S

us

labios

habían

caído sobre mí, una

y otra vez, como un inofensivo huracán. Me enredaba Giraba, en borracho, ella. e

inconsciente, sin saber si aquella belleza me

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merecía. No era mi primer beso, pero sí era la chica más guapa a la que había besado. Estaba tan empalmado en aquel callejón oscuro, frío y solitario, que si hubiera introducido sus dedos entre mis pantalones me hubiera corrido allí mismo. Un mero roce en la entrepierna hubiera bastado. Sin embargo, ella no parecía ser de esas chicas. Su jersey de punto, morado, escondido bajo un largo abrigo oscuro. Su pelo rubio y liso, de peluquería cara, su piel clarita, suave como la arena de una playa. Maquillada en su justa medida. Los pantalones prietos marcando su adolescente figura, y unos zapatos de tacón medio, a juego con su abrigo. Y sin saber cómo, yo estaba ahí, perdido en sus labios, saboreándolos; disfrutándolos, y mirando el reloj de reojo. Eran las diez de la noche. En media hora tenía que estar en casa de los padres de mi novia. Traté de abrazarla. Quería sentir sus pechos sobre mí. Ella accedió, volvió a buscarme los labios y los encontró. La miré a los ojos. Preciosos. Ella no estaba excesivamente borracha para olvidar aquel momento. Un pelín achispada tan sólo. Nos apretamos más para refugiarnos del frío. Al fin sentí el placer de sus pechos sobre mí. Estaban duros, tal vez a causa del tipo de sujetador. Hice que mi mano descendiera con delicadeza por la cintura hasta rozar suavemente su culo. Terso, pequeño, dúctil, redondo. Entonces la empujé hacia a mí. Los dos nos rozamos en aquella oscuridad. Era sábado. Sentí su pelvis y chocamos. Fue lo más cerca que estuve de tirármela.

Olvidé su nombre en el mismo momento que, entre la niebla de la noche, la vi borrarse calle arriba. Me dio un último beso, tierno, me miró a los ojos, y quizá creyó que pronto volvería a besar mis labios. Incluso, tal vez imaginó

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alguna tarde de domingo en pareja. Yo no. Una vez mudó su cuerpo al vacío de otra calle, dejando ante mi mirada aquel culo respingón, terso, pequeño y redondo, supe que jamás nos volveríamos a ver. Me equivoqué. Mi reloj digital marcaba las 22.25 horas. Estaba a diez minutos de lo que podía ser, al fin, mi primera noche de sexo. Mi novia había logrado deshabitar casi al completo la casa de sus padres. Era nuestra noche. Ella ponía la cama y yo el condón. Los dos, ¿el amor? Regresé del sueño erótico de la escena anterior y me miré en el cristal de un oscuro portal. Me peiné. Observé mi cuello en busca de alguna marca que desde luego no poseía, y, tras respirar profundamente, caminé. El frío no me impedía respirar el aroma de aquella chica; dulce; adolescente; demasiado nuevo. Sin embargo, jamás imaginé que lo llevaba pegado a la piel. Vi el timbre pero no lo toqué. Esperé. Ella no estaba en el portal. Habíamos quedado allí porque su abuela enferma, con más de 90 años, dormía en una de las habitaciones. Este pequeño contratiempo no iba frenar la noche. Desde hacía meses nos buscábamos sin culminar lo que tanto deseábamos: follar; sentirnos dentro; hacer el amor. Aquella cita era nuestra oportunidad. ¿La única? Nuestra primera vez, esa que tantas veces habíamos rozado y hablado y nunca penetrado. Lucía excesiva belleza. Apareció maquillada y peinada minuciosamente con el secador. Desprendía un inconfundible olor a mora. Nueve meses de relación ya me habían acostumbrado al aroma. Era mi chica. Ya no podía analizarla con objetividad en el aspecto físico, pero sabía que no doblaba las miradas masculinas a su paso. Inicié una relación con ella porque la chica rubia de pechos grandes me rechazó durante unas fiestas de instituto. Fue un segundo

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plato, sí, no obstante, aquel rollo nocturno juvenil de segunda mano me llevó a descubrir que aquella chica era lo golfa que yo deseaba. En la primera cita hizo lo que nadie me había hecho. Esa picardía sucia me encantó; nos gusta a todos los hombres. Y poco a poco, cita a cita me fui enamorando hasta perder la noción de la belleza. Nueve meses después nos creímos preparados. Me besó en el ascensor. Sabía a tabaco. Yo a alcohol. Nos volvimos a besar y posé mi mano en su culo. No pude evitar comparar y concluí que había dejado escapar un trasero mucho mejor. -Has bebido -soltó tajante. Apreté los labios creyendo que así evitaría transmitir mi hedor etílico y afirmé levemente con la cabeza y la mirada. El silencio nos invadió uno segundos, y de pronto, el ascensor golpeó contra el último piso. En su casa el silencio amedrentaba. Ella me indicó el camino y yo lo tomé como un reo que recorre el pasillo verde. Cuando quise empezar a relajarme descubrí que estaba rodeado de varias fotos de sus padres y una colcha hortera; grotesca. Ella apareció con un camisón negro repleto de peladillas brillantes. Allí, a escasos centímetros, estaba la persona que me iba a robar la virginidad. Fue ella. Me besó, me desabotonó el pantalón y se sumergió entre mis calzoncillos. Toqué el cielo, tensé las piernas y descubrí que seguía haciendo aquellas caricias labiales como ninguna. Aunque nadie más me lo hubiera hecho. Y no hubo conversación alguna. No la necesitábamos. De hecho, el sexo suele tener poco diálogo; más en esa postura... ... De pronto, un ruido, una voz y un golpe estuvieron a punto de cortar la excitada circulación sanguínea. La abuela caminaba por el pasillo. Gritó su

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nombre. Ella con arte se enderezó, y como si su maniobra sexual fuera plenamente cotidiana, abandonó la habitación. Yo no lo podía creer. Tumbado sobre la cama y medio desnudo, perdiendo mi verticalidad, veía peligrar mi primer polvo. -Ven al baño -oí de pronto, segundos después. -¿Cómo? -Vamos al baño, cari -repitió. -¿Por? Me cogió del pescuezo y me introdujo allí. Cerró la puerta, puso el cerrojo y sin mediar una sola palabra me besó. No hubo una frase, sólo un impulsivo diálogo corporal. El más claro llegó cuando sus manos cogieron las mías y las llevó a la altura de sus caderas pidiéndome que le bajara las bragas.

Fue doloroso. Lo recuerdo difuso. Me vi temblando, abriendo el preservativo y tratando de ponérmelo lo más rápido posible equivocada y correctamente. No quería que el frío del cuarto de baño y los nervios llevaran a mi pene a languidecer. Estaba sentado con las nalgas al aire sobre la tapa de la taza del váter. Ella se acercó e intentó sentarse sobre mí. Sentirme. Yo quise meterla. Pero ninguno pudimos. Los nervios nos pudieron. Seguimos besándonos e hicimos dos intentos más. Pero la conexión se resistía. Al final fue ella la que decidió regresar a la cama, buscando mayor relajación; comodidad. Yo fui como un niño, como un drogadicto con el mono; como un ciego que es guiado hacia la puerta del metro. Hubiera ido al fin del mundo sólo por meterla. Y lo hice. Aquella imagen nunca la olvidaré. Me dolió, me excité, invadí su vagina, y ella quedó sobre mí. Primero le lastimó, después saboreó lo que tantas

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veces había llamado nuestra primera vez. Yo no pude moverme más que un par de veces. Y sin poder evitarlo, durante esos escasos segundos imaginé sobre mí a la preciosa pija de aquella noche. Me excitó más, y de inmediato, me corrí. Ella lo notó. Lo vio en mi cara; mis gestos, mis convulsiones y esa estúpida sonrisa. Y sobre la cama, sudados y mirándonos como dos extraños, acabó todo. Fue un minuto. Mi minuto; nuestro minuto... Ella se levantó, se puso el camisón, me besó y quedó tumbada a mi lado. Yo me erguí y fui directo al baño. Me descubrí frente al espejo, mirándome y palpando un líquido que no sabía qué era -años después descubrí que las mujeres también se corren-. Sin embargo, no fue eso lo que me asustó, sino el roto que había esparcido mi semen por todo mi pene. Mis ojos miraron atrás. Ella no estaba. Me lo arranqué, le hice un nudo, lo introduje en el sobre metálico y seguidamente en el bolsillo de mi vaquero tirado en el baño. -Te quiero -susurró con un beso -Y yo... -¿Qué tal…? -Muy bien, ¿y tú? -Bien -respondió dándome otro

beso- ¿El preservativo? -Lo he guardado. Luego lo tiro yo en la calle -sentencié.

Lo intenté una vez más. Pero ella no quiso repetir la experiencia, al menos esa misma noche. No tendría un buen sabor de boca de mi primer

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polvo. En mi cabeza se repetía la frase 'eyaculación precoz'. Y yo quería sentirme mejor conmigo mismo. Aquello no se parecía en absoluto a lo que tantas veces había visto en las películas porno. Sin embargo, no ocurrió nada más. A media noche caminaba hacia mi casa. Introduje la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el preservativo. Lo miré, pero ni siquiera pensé en el riesgo que podía suponer un embarazo. Menos aún en una enfermedad venérea. Vi la papelera, lo tiré y seguí deslizando mis zapatos calle abajo.

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10.000 pesetas

H

abían transcurrido tres semanas. No habíamos vuelto a follar. Siendo sincero, sí lo intentamos, en plena calle, pero tuve un gatillazo. Y

siendo más sinceros, una eyaculación precoz. Cuando uno es tan joven, no se plantea el porqué, únicamente se siente mal; pequeño; impotente; avergonzado. Y no sabe cómo remediarlo. El ansia, el deseo le excitan tanto que no puede evitar la eyaculación furiosa sobre sus calzoncillos. Además, desconoce por completo en qué consiste el sexo. Menos aún 'hacer el amor'. El único objetivo que tenía entonces era meterla allí dentro. Tampoco había vuelto a ver a la chica rubia, pero por alguna razón aún perduraba su sabor en mis recuerdos labiales. La había buscado durante varios 11

fines de semana entre el humo de los bares, pero su belleza era un vacío en mi mirada borrosa. Cuando uno es infiel una vez, repite. Siempre, si puede. Y nunca se coloca en la posición de la otra persona. En lo doloroso que puede resultar que descubra tal infidelidad. Y si la revelamos, la disfrazamos para no herir tanto. Nos cuesta afrontar la realidad. Muy pocas veces lo hacemos. Tal vez, por eso somos infieles. Y quizá, porque nunca afronté las actuaciones de mi vida me convertí en la persona que soy. Que Laura no estuviera bien conmigo no ayudaba. Ella no estaba cómoda a mi lado. Se aburría. Hacía semanas que no brillaba la chispa en sus ojos. La sonrisa había encogido en sus labios. Y pese a ese gesto torcido y apagado, no me decía nada en palabras. Yo tampoco preguntaba. Quizá porque entonces no percibía su estado como un problema de pareja. Ni lo sospechaba. O no quería. Porque cuando ella decidía irse a casa y besarme en los labios con sobriedad absoluta, me alegraba. Apenas unos segundos después, corría veloz, feliz. La olvidaba junto a mis amigos, que esperaban en algún bar. Tomándome una copa y buscando como una serpiente busca su presa, disfrutaba de mis horas de libertad. Y estaba enamorado, o eso creía… Pero durante aquellas horas nocturnas etílicas sólo podía pensar en besar a alguna de las desconocidas que habitaban en nuestra noche. Mi rastreo nunca cesaba, y Laura vivía en mi olvido.

No sé la época exacta del año en la que estalló la crisis. Únicamente recuerdo el frío. También dónde fue, la hora y que lloré. Nunca creí que una chica me haría llorar. Jamás. Mi corazón virgen recibía su primera cuchillada. La

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primera cicatriz imborrable. Un navajazo trapero e inesperado. El fino hilo de su cuchillo fue veloz, constante e hiriente. Me senté en un frío banco de cemento, en un improvisado refugio de amor. Un espacio oscuro, idóneo para parejas. Ella, por primera vez en demasiadas semanas, lanzaba hacia mí cariño y mimos excesivos. La lengua me recorrió la boca y mis manos buscaron rozar la parte inferior de sus menudos pechos. Ella fue sentándose sobre mí, y cuando nuestros cuerpos vestidos encajaron, se detuvo. Me miró y sacó del bolso un pequeño paquetito de color azul donde podía leerse, "Espero que te guste". -Es para ti, cari -susurró. Me besó y luego volvió a buscarme la mirada. Yo se la tendí. Nos quedamos helados, en silencio durante unos segundos, hasta que mi voz logró pronunciar dos palabras. -¿Y esto? -Un regalo. -¿Pero por qué? -Porque te quiero... -Pero hoy no es nada... -¿Y...? Laura me volvió a besar. Besos cortitos. Cada vez más rápidos. Cuando terminó abrí el envoltorio con destreza. Rápido. La caja de plástico era del mismo color. Tal vez algo más oscura. Al instante de abrirla lo averigüe. Era una cadena plateada con un corazón partido por la mitad casi al completo. La parte superior seguía unida. No tuve palabras. Ella sí. -Ahora tienes que dar la mitad del corazón a quien ames.

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Sonreí y la besé. Fue un beso largo. Un morreo -en argot juvenil- que nos babeó. Nos bebimos; compartimos, y cuando creí que aquello no iba a parar hasta explotar el calentón, ella me separó. Puso su mano en mi hombro y me miró. Aquellos ojos miraban distinto, pero tampoco lo quise ver aún. Había una herida a punto de perforar mi piel, tenía mi nombre y parecía inevitable. Rompí el corazón de plata y le entregué la mitad mientras besaba su cuello con mis labios. Ella me retiró y volvió a ofrecerme besos secos. Retiró la mitad de su corazón de mis dedos, se descolgó su cadena y lo enganchó. Sin embargo, su sonrisa volvía a mostrarse pequeña; artificial. -Te quiero, Sergio. -Y yo. -No, quiero que lo sepas. -Lo sé.

Nunca sabes bien cómo es la frase. Cómo llega, ni cómo hiere. Pero en su gesto, en su voz y en el arrepentimiento vi lo que me contaba escasos

segundos antes de que me dijera la frase. Fue su manera de decirlo. El

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susurro que plasmó "tengo que contarte algo", y mi voz afónica, aterrada, sólo preguntó un seco "¿qué?". Comenzó hablando de un chico. Me preguntó si le conocía, me explicó quien era, me recordó sus rasgos físicos, y cuando le recordé y le puse rostro, pisó mi corazón diciéndome que una noche no pudo evitar "enrollarse" con él. De camino a casa. Él la convenció. Justo después de haberme dejado ir. No sé cómo fue, pero mi corazón de plata, pegado ya en mi pecho, sangró. Quemaba. Mi estómago yacía ahogado, sin aire, y la noche alcanzó una negrura espesa sobre nuestros cuerpos. Aquel refugio se había convertido en una puñetera cárcel. Y cuando levanté la mirada ahogada, la creí ver llorar relatándome la infidelidad. Y al recuperar la palabra, sólo se me ocurrió preguntar una cuestión. -¿Sólo esa vez? La respuesta nunca pudo tener peor desenlace. La herida fue una tortura. Y aunque deseé abofetearla y abandonarla allí mismo por zorra y por puta, no lo hice. No pude irme. Mis lágrimas acabaron mezclándose con las suyas. Los dos nos abrazamos, y al tercer intento, después de largos minutos, ella encontró mis labios. Fui débil. Y mi perdón nació sin que yo supiera el motivo. Tal vez el miedo a la soledad, o tal vez porque en el momento que ella preguntó por mi fidelidad yo mentí. Preferí adoptar el papel de víctima.

Tardé días en digerir que accedía con honores a la lista interminable de los cornudos. Nunca lo revelé a nadie. Y no lo hice pese a que todas sus amigas ya lo sabían. Llevaba escrito en la frente la palabra vergüenza; imbécil. Tampoco quería dar esa información a mis amigos. Además, tampoco asumía la

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infidelidad de mi novia. Lo había hecho porque en la discoteca su amiga se había liado con otro. Por empatía. Y con el tío que yo conocía se había liado en cinco ocasiones. Y una tarde en su pueblo no pudo decir que no a otro. Estaba herido y rabioso. Aquella noche, mientras el corazón roto de plata quemaba en mi piel, mi rostro enrojecido y mis ojos vidriosos no podían disimular la tristeza. Vi la luz de madrugada. Mi cabeza, horas después, ya fría, sólo pudo encontrar una puerta positiva ante a aquellos acontecimientos. Laura acababa de darme un cheque en blanco y libre de malas conciencias.

No fue fácil servir la venganza en plato frío cuando me creía enamorado y quería ser infiel sin que lo averiguara. Manu y Javier sobrevolaron conmigo en aquel plan sin que supieran la verdadera razón. Dos íbamos borrachos. Javier se sostenía difícilmente en un estado de inconsciencia. Y pese a él, estábamos

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dentro. El portero nos había permitido entrar siempre que cuidáramos de Javier, que había puesto su mejor cara sin conseguirlo. Cuando lo planteé había dudas, pero el primer paso ya estaba dado. Sólo habíamos puesto un límite: 10.000 de las antiguas pesetas. Creí que ninguna merecía mi dinero. Ni siquiera la cerveza que se me calentaba entre los dedos merecía el precio que había pagado. En el ambiente se mezclaba, con mucho desorden, el color rojizo de las paredes, la oscuridad y los hombres que superan los cuarenta junto a chicas ligeras de ropa que trataban de buscar un nuevo cliente. Nosotros éramos los más jóvenes de todo el local. Habían pasado diez minutos cuando la miré por primera vez. Nunca imaginé que pudiéramos llegar a hacer aquello. Nunca creí que gastaría una sola peseta en follar. Y dudé, pero Manu logró convencerme. Ella tenía un acento extraño, un rostro suave, blancuzco y maquillado. Su cabello era negro, liso y largo. Sus ojos azules, y frente a los míos, lucía unos pechos enormes. Con dulzura, sin apenas poder oír "hola, guapo", deslizó su mano hasta mi entrepierna. El aroma me ahogó cuando sus labios rozaron mi cuello y dejó que sus grandes pechos se apoyaran en mí. En ese instante hubiera pagado todo mi dinero, pero Manu, todavía con la mayor parte de su sangre en la cabeza, regateó. La tenía dura. Nunca había alcanzado ese clímax de excitación. Estaba ante una profesional del sexo, no obstante, de pronto había olvidado por completo que aquella mujer sólo quería escarbar en mi bolsillo. Yo en cambio imaginaba que la atraía. Imaginaba que la tenía a mi lado hurgándome

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mientras Manu le convencía de un precio más barato porque yo y mis encantos la ponían cachonda. Sin embargo, todo aquello era mentira.

Lo que hicimos en la habitación a la que los dos accedimos por unas escaleras estrechas también parecía una fantasía. Justamente por 60 euros; “10.000 pesetas” repetía Manu una y otra vez. Era un trío. Dos por uno. Los dos a la vez. Media hora. El alcohol y Manu me persuadieron, aunque desconocía mi preparación para follar junto a un amigo. El miedo no fue vernos desnudos y erectos peleando por el placer de una puta. El miedo golpeó en nuestros rostros cuando la boca de la puta terminó comiéndose el semen de Manu. De pronto, nuestra noche dio un giro mortal. Recuerdo que yo trataba de meterla por detrás sin conseguirlo. Ella gritó. Manu la llamó zorra. Mis músculos se congelaron, y entonces sólo podía ver en mi cabeza un billete de 10.000 pesetas sobre la mesilla de la prostituta.

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4 Venganza, cobardía y mentiras

E

n el amor, arrinconarse en la mentira hasta que la punta afilada del cuchillo que sujeta tu novia sobre tu cuello abre la piel, a veces

funciona. Si hay un resquicio de duda, puede ser el camino hacia la luz. Negar lo evidente no funciona. Frases como "no es lo que parece, cari, yo te lo explico", mientras tu pene o preservativo aún sostiene restos de fluidos vaginales, casi nunca funcionaron. Hay que saber admitir la derrota. Soportar el chaparrón cuando te han cazado y sufrir los merecidos golpes. Me eduqué así. La vida que viví desde pequeño siempre me llevó a mentir. A hacerme una vida paralela, más fácil gracias a las mentiras; mis mentiras; construía una vida a placer. A veces perdía, pero muchas, ganaba. Y con el paso de los años decidí aplicar esta estrategia también a las relaciones de 19

pareja. No siempre la verdad y la sinceridad hacen fuerte y feliz a dos enamorados. En ocasiones, basta con creer que se vive en la verdad; la felicidad. Utilizar la negación completa solía ampararme. Si no existen pruebas, niega. No hay testigos fieles de que ha ocurrido, niégalo. Es lo que siempre me repetía una y otra vez por muy arrinconado que me viera. Siempre creí que en el amor triunfaban antes las mentiras que las verdades como puños. En ocasiones, aunque la verdad parezca evidente y golpee en la cara sin piedad, las mentiras en un enamorado son más permeables y acaban calando. A veces, hasta límites insospechados. El que miente sólo debe defender la verdad hasta el final. Así actué días después. El acontecimiento del puticlub no se desalojaba de mi cabeza. No podía quitarme las imágenes nítidas y violentas. Y la llamada de Laura, una semana más tarde, no ayudó. La historia había volado de boca en boca, de mano en mano. En las suyas, pequeñas, descansaba la noticia con mis iniciales. Yo lo supe después. Sin embargo, cuando oí su voz al otro lado del teléfono, apagada, ya sospeché. Tuve miedo. Ella apenas tardó un “hola” para lanzarme la pregunta. Clara y concisa. -¿Estabas en el puticlub con Manu? La pregunta me dejó pálido. Me cerró el estómago. Fue un golpe inesperado, directo y doloroso. Sentí un retortijón. Miré atrás. Mis padres no escuchaban; ni siquiera estaban en el salón. Respiré despacio, espiré e inspiré hasta en cinco ocasiones, y de inmediato inicié mi defensa. Pensé. Si preguntaba era porque albergaba dudas. Yo tenía que disipárselas y hacerle creer que no había estado aquella noche con él en el 'puti'. Difícil, pero posible.

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Negué después de unos segundos de silencio, sin embargo, apenas dije el “no”, ella lanzó sus fuentes; chivatazos, cotilleos. Además, su gran base: las pequeñas noticias aparecidas en la prensa local. Mis iniciales aparecían entre las noticias de sucesos. Los dos detenidos. Uno de ellos era yo. Creo que tras aquel suceso Manu y yo jamás volvimos a mirarnos igual…

Me frené. Me sentí perplejo, sujetándomela a escasos centímetros de su coño. Mi erección se acobardó. Los ojos de Manu no me miraban pero lo decían todo. La puta no esperaba el semen y cuando lo engulló, sus asustadizos dientes apretaron con miedo y fuerza. Lo debieron hacer con rabia, porque a Manu se le saltaron las lágrimas. Además, su segundo acto reflejo, que fue el de escapar de la presa, elevó la tortura. Los dientes de ella se arrastraron pegados a su piel. El alarido que conquistó aquella habitación erizó todo el vello de mi cuerpo. Cuando quise preguntar si estaba bien, él ya se había revuelto y liberado. La gritó, la escupió y la golpeó con la mano abierta. Ella sólo pudo asustarse, esconderse y torpemente limpiarse los restos que le quedaban por una de la comisura de sus labios. Y tal vez fue el silencio que vino acompañado de un cruce de miradas lo que desencadenó todo. Quizá ayudó el alcohol, o alguna droga. Yo, congelado por la cobardía y el pánico, no pude mover un solo dedo. Vi la sangre, el odio, la venganza y la rabia mezclándose en numerosos golpes. Primero en su cara, después en la mirada, y cuando parecía que la inconsciencia de la puta iba a finalizar la pelea, ella gritó con toda su alma lo que creyó que sería su última palabra: "¡Socorro!".

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Al instante salté. Me moví por primera vez desde que comenzara todo. Y al segundo de saltar, miré a la puerta de entrada de la habitación. Estaba cerrada. Y cuando mis ojos volvieron a la escena de la pelea, ésta ya no existía. Ella tenía los ojos en blanco, la mandíbula sangrante y desencajada, y aparecía desdibujada en el suelo, boca arriba. -¿Qué hiciste? -Tartamudeé. -Patearla la cara. -Puta zorra... -Murmuré mientras de reojo le buscaba la herida en el pene. Sin embargo, él se vistió veloz. -Vámonos. Lo pensé, pero lo descarté al instante. No podía estar muerta. Era imposible. Aquello sólo pasaba en las películas. Los dos la miramos. El cuerpo seguía quieto. Nos miramos y decidimos terminar de vestirnos y huir. Pero no lo conseguimos. No había atado mi primera zapatilla cuando la puerta se abrió de golpe. Los dos hombres que de tan 'buen rollo' nos habían dejado entrar, aparecían ahora ahí, de pie, con un rostro serio e incrédulo. Apenas bastaron un apretón y dos golpes para reducirnos. No dudaron. Yo intenté zafarme, despreocuparme de Manu y huir como fuera. Creí que iba a morir. Incluso grité una y otra vez, desesperado, "¡yo no he hecho nada! ¡Lo prometo!". Sin embargo, no lo conseguí. No hubo piedad. Una hora más tarde, los dos, magullados, estábamos en la comisaría. Manu se declaró culpable, y yo quedé en libertad al día siguiente. Minutos antes de pisar la calle supe que ella estaba en coma.

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...No podía contar aquello. Nunca. Pero sus palabras al otro lado del teléfono seguían sonando infranqueables. Decidí apoyar mi teoría en Javi. No sabía cómo, pero ahí tenía mi única baza. Él había recobrado la conciencia en medio de nuestro polvo y había abandonado el local. Él ya habría negado estar allí, pensé. Entonces mi voz afirmó que había acompañado al puticlub a Manu, pero que luego me había ido con Javi. -Vamos a vernos -zanjó. -¿Qué? -Necesito verte la cara. A las siete. En el Anina. Acepté. Tenía dos horas para crear una coartada, dibujar mi carita de cordero degollado y esperar salvar la relación.

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El encuentro fue frío. Sin un beso. Distante. Ella traía las pruebas. En su pequeña mano escondía un recorte de una noticia con mis iniciales. El titular decía: "Dos jóvenes dan una paliza brutal a una prostituta y cae en coma". Allí, leyendo aquello pero sin prestarle atención me abordó el ingenio. La cerveza se vació en mi mano tras el último sorbo y claudiqué. La miré a los ojos y hablé. -Sí, estuve. Pero no subí. Ni de coña. Fui a acompañar a Manu. Pero yo me quedé con Javi. No quería decírtelo porque ya sabes como es la novia de Javi. Él no quiere que se sepa porque su novia le cuelga de los testículos... -¿Entonces? -interrumpió. -Sólo subió Manu, te lo juro, cariño -declaré desesperado-. Javi y yo nos quedamos tomando una cerveza en el bar. Y cuando ocurrió todo yo decidí ir de testigo a la comisaría. Nada más... -Tú siempre tan bueno -replicó seria. -Le acompañé para ayudarle, y claro, me tomaron los datos, y por eso... -¿Por eso qué? Mi pausa se iba a alargar. Porque por eso o, por alguna maldita razón los astros no se alinean de la manera que yo deseo. “No están de mi lado”, pensé. Volví a mirar por

encima de su hombro. La vi.

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Allí estaba. Preciosa y rubia. No sé si disimulé. A mí me parecía imposible hacerlo. Y cuando Laura esperaba el final de mi excusa, unimos las miradas. -¡Sergio! ¿Estás tonto, o qué? -Perdona, me siento mal -dije sin pensar. Me salió del alma. -¿Qué? -La tripa, me duele. Me siento mal... No estaba previsto, pero salió de mi boca. Y debió de sonar sincero, porque ella se inquietó, y por primera vez me tocó; me acarició. Y casi sin pelearlo, dos minutos después estábamos fuera del bar. Y de pronto, parecía aceptar lo del puticlub. Ella no volvió a mencionarlo. Sólo quería saber si me sentía bien. Diez minutos más tarde estaba besándome con suavidad en mi portal. -Tómate una manzanilla y métete en la cama, ¿vale? -dijo antes de despedirme- Y mañana me cuentas... -Vale -musité. -Te quiero -dijo finalmente con otro beso. -Y yo.

Su silueta tardó en desaparecer de mi vista. Yo me quedé agazapado en el primer piso. Dejé pasar dos minutos. No quería arriesgar. Esperé a que mi reloj marcara y media. Entonces me erguí y bajé las escaleras de dos en dos. En cinco minutos regresé al bar. Pedí una cerveza. La fortuna me sonrió. Ella seguía allí. La volví a buscar con la mirada, pero en esta ocasión necesité mayor esfuerzo. Finalmente, cuando pedí mi segundo botellín, chocamos. Le hice un gesto con la cerveza y ella se acercó. Tan guapa, tan rubia como aquella primera noche.

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-Hola... -Dijo su voz, dulce y sobria. -Mucho tiempo, ¿no? -Dije jovial mientras le pedía una cerveza- Creí que habías huido de mí. -¿Quién era la chica? -¿Qué chica? -Me hice el tonto. -Con la que estabas antes... -Insistió. -Mi ex… está loca por mí... casi tanto como… yo por ti. Ella se acercó y me miró de cerca; demasiado cerca. Su aroma volvió a envolverme y deseé volver a perderme en sus labios. -Mientes… -No. -¿Y eso cuánto es? -Mucho.

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5 Tres no son multitud

D

os meses después estaba atado a dos relaciones. Cómo iba a desatarme, no lo sabía. Leti me brindaba esa belleza que me hipnotizaba con sólo

dibujar en mis ojos su silueta. Laura había acumulado un pasado que había dejado huella en mi corazón. Pese a los cuernos. Además, el único sexo que tenía era con ella, y poco a poco mejoraba. No podía desprenderme del placer carnal mientras no comprobara en carnes el bello elixir de la rubia. Uno se acostumbra a todo. Por muy inverosímil que parezca, todo en esta vida puede llegar a convertirse en habitual. Yo jamás hubiera creído enredarme en esas largas piernas, pero una vez más la vida me sorprendió. Hay noches en las que no tiene por qué pasar nada. Es lo usual. La noche de más de dos meses después al puticlub, no. Sólo recuerdo dos imágenes

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golpeándome aún en la cabeza. Una era que estaba muy borracho. La otra que sus dos virtudes eran enormes. El resto de detalles los quise olvidar.

La neblina del bar bailaba al ritmo de la música. O así lo creía yo. La copa perdía el equilibrio y sustentaba una marejada descontrolada. Manu era, de nuevo, el compañero de fatiga. Ninguno quiso hablar del puticlub, ni del juicio pendiente; él acusado y yo de testigo. El resto de amigos había ido desapareciendo. Las bajas nocturnas nos habían unido otra vez.

Cuando la vi, sabía que aquellos deliciosos pechos escasamente abrigados bajo un top de rejilla no eran de verdad. Pero algo tienen las tetas femeninas, falsas o verdaderas, que siempre

cautivan a los hombres. En ocasiones, los magnetizan. Les entorpece el ritmo cerebral hasta despojarles del habla. En aquel instante, cuando mi octava copa de whisky cola provocaban desmedidos efectos etílicos en mi organismo, los dos bustos perfectamente curtidos me conquistaron. La mujer no dejaba indiferente ni pasaba desapercibida. Morena, alta y de curvas temerarias. De hecho, aún separados, ya intuía que superaba mi metro setenta y cinco de altura. Contoneaba su cuerpo al ritmo de la música en medio de la pista, pero aún no me miraba.

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Vi cómo la distancia entre nosotros moría con el ritmo que ella marcaba. Bailaba libre y sensual. La examinaba sin reparo y la veía crecer al tiempo que se adentraba en mi espacio. Ella me habló; me susurró al oído. Su acento era extranjero, pero no disponía de un cerebro para pensar en su país de origen. Su dedo índice me acariciaba marcando una línea curvilínea y vertical desde el pecho al ombligo. Un escalofrío me la puso dura. Y entonces creí que era una prostituta. Busqué a Manu, pero estaba entre el gentío abstraído en su copa. Le miré, pero no me devolvió la mirada. Lo que sucedió a continuación fue rápido y borroso. El apetito sexual me cegó. Ella me dijo que era muy guapo. Yo le devolví el piropo. Ella lo repitió con algún adjetivo más, yo me interesé por su nombre, ella me habló de mis labios, y sin previo aviso me susurró, “vamos, ven conmigo”. En ese momento me cogió la mano. Yo di el último trago a mi copa y la solté en movimiento. No íbamos hacia la salida. Su piel era áspera y sus dedos me resultaron más grandes que los de las chicas que había acariciado. No había calculado su edad, pero seguro que rozaba los treinta. Se liberó de dos chicos que nos impedían el paso y entró con firmeza al pasillo del baño. Me metió dentro después de mirar atrás en dos ocasiones. Sin mediar palabra alguna conmigo, cerró la puerta. En el interior no titubeó, cogió mi cara y me besó. Cuando ella decidió que el beso había terminado, la luz me reveló sus facciones. Sin embargo, no supe cómo actuar al ver su cara. Además, enseguida la escondió su cabello. Se arrodilló y comenzó a desabotonarme uno a uno los botones de mi vaquero. De pronto, estaba saboreándome como nadie lo había hecho. Tampoco era un número elevado; más bien nimio;

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unitario. Allí, sobre la taza del váter otra vez, estaba viviendo el éxtasis de mi vida. Sabía que era un hombre. Operado. Al menos los pechos. En algún momento de su vida, aquella persona, la que me estaba haciendo una felación excepcional, había tenido que ser sólo un hombre. Y aun teniendo esa idea como única en mi mente, estaba tocando el cielo con los dedos; soñaba; volaba. Estaba a punto de correrme, pero luchaba por evitarlo. Mi estómago palpitaba, hacia dentro y fuera, y los dedos de mis manos trataban de aferrarse a los sucios azulejos del baño. Finalmente mi mano derecha se desvió y fue directa a acariciar sus pechos. Eran enormes. Cuando los sentí, estaban tersos; duros. Sentado sobre aquella inmunda taza del váter, borracho, y con la última copa disparando mi estado de embriaguez, olvidé quién era yo y qué hacía. Fue más difícil olvidar que la mejor mamada de mi vida venía de una boca masculina. Porque del cielo al infierno hay una distancia demasiado escasa. Igual que del blanco al negro. Los polos opuestos siempre me parecieron tan cercanos. Cuando mi móvil vibró en el pantalón supe que Manu me buscaba. Traté de parar el vibrador, pero no podía introducir la mano en el bolsillo ni acertar con la tecla desde fuera del vaquero. El móvil paró. Ella también. Cogió mi polla en plena erección. Yo tuve que ponerme de pie. Ella decidió darse media vuelta, y con la misma mano acercó mi miembro a su culo. Levantó su minifalda, retiró el tanga y apoyó las manos contra la pared curvando su cuerpo levemente. No había duda de lo que quería. Por segundos tuve la certeza de que estaría operada por completo. Era una convicción fantasiosa Siempre hay casos. Creí que no tendría que penetrarla

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por el culo. Quería encontrar el único orificio que yo conocía sexualmente. Intenté acercarme. Me apoyé en sus caderas, sobre sus piernas firmes, largas y masculinas completamente depiladas. Debía de necesitar que la penetrara con urgencia, porque nerviosa y presta no esperó. Atrapó mi pene y aceleró mi búsqueda. Luego cogió mi mano y la llevó sin un movimiento de duda a su pelvis. Allí topé con lo que nunca hubiera querido toparme, pero que hacía rato sospechaba descubrir. No pude por menos que sobresaltarme. Me separé todo lo que me permitía aquel pequeño espacio y traté de vestirme. Había sido el despertar de un sueño. Quizá llegaba la hora de beberme la pesadilla. Ella me miró. Por primera vez nos miramos. Fue una mirada directa. Yo, por primera vez, la observé con una leve pero ficticia nitidez. -Chúpamela ahora tú, cariño –suspiró con un fino hilo de voz. Me quise esconder. No fue posible. Mi cara únicamente logró contraerse; adelgazar por el pánico hasta límites insospechados. Como ‘El Grito’ de Edvard Munch. La mirada que yo sostenía segura y precisa desapareció. Mi mandíbula se tensó y el miedo empezó a empaparme de verdad cuando su mano decidió empujarme. La fuerza fue suficiente para que de nuevo acabara sentado de un solo golpe en el retrete. Sin tiempo para analizar los acontecimientos, ella colocó su gran polla erecta a escasos centímetros de mi rostro. Su mano aterrizó en mi pelo, lo acarició, y suavemente levantó mi cabeza para que de nuevo volviéramos a mirarnos. Sin haber empezado a experimentar algo que no deseaba experimentar, había empezado a ponerme en la piel de todas aquellas personas que por primera vez tuvieron que “comer una polla”. Algunas o muchas por deseo. Por mi mente pasaron las felaciones más famosas, las que a diario se realizan en

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cualquier casa de putas, o las que en ocasiones terminan bajo una mesa de oficina. Yo iba a probarlo. Iba a ser el chupador. “Cómo debía uno hacer aquello”. En los servicios de aquel lóbrego pub no quería meterme su polla en la boca. Allí y en ningún sitio. Sin embargo, con sus pechos duros y desnudos a la vista, me cogió del pelo, esta vez con más fuerza, y me pegó aquel vibrante pene en los labios. Ella ocupaba toda la puerta de salida. Quería huir, pero en aquel preciso instante, cuando el aroma de su miembro llegó a mi nariz, sólo puede pensar en esconder los dientes.

No hay resaca igual. Las hay similares, pero nunca llegan a ser idénticas. Cada borrachera depara un mañana distinto. Y no hay resacas gemelas por demasiadas razones. Deberían encajar todas en modo, tiempo y lugar. La hora del despertar, dónde despertar, la manera de despertar. El grado de dolor de cabeza o el sabor del paladar. El brillo de los ojos, seguramente vidriosos. La hinchazón o ardor de estómago o el número de recuerdos que se atesoran en la memoria segundos después de abrir los ojos. El ser humano es incapaz de repetir dos resacas con todos estos factores idénticos.

El sol no entraba por la ventana. Me resultó extraño, pero no levanté los párpados para buscarlo porque ya sabía que era de día. El móvil había sonado al menos en tres ocasiones, y además, mi cuerpo comenzaba a sentirse incómodo entre las sábanas. Había llegado el momento de levantarse...

Los malos recuerdos, los que se salvan del olvido, llegan de sopetón. Como un bofetón inesperado que te deja en ridículo. Es cuando uno comienza a

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sentirse de nuevo vivo; despierto. Las pupilas comienzan a reconocer el espacio al tiempo que rememoran la noche. El aprieto azota cuando lo que descubren los ojos no es familiar. Esa imagen asusta. Es el momento de masticar el amargo pánico. El momento de afrontar que ha habido algo durante la noche que no se ha llevado bajo control. Y así fue.

Cuando abrí los ojos y no reconocí mi habitación, su mano cayó sobre mi cuerpo con delicadeza buscando una caricia. Al sentir el tacto de su piel descubrí que estaba desnudo. Por completo. Al instante hubo otro movimiento. Sus enormes y firmes tetas reposaron sobre mi espalda. Era el aroma. Su sabor. Una desconocida habitación y muchos recuerdos que recuperar.

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6 Celebraciones

S

iempre hay un instante en el que el ser humano intenta recuperar las lagunas que produce la noche. Lo intenta con todas las fuerzas. Sin

embargo, el alcohol fulmina todos los recuerdos por completo. Los elimina sin dejar rastro. Fue en ese imposible proceso de recuperación de datos e imágenes cuando volví a examinar la habitación. Asustado seguía sin saber cómo había entrado allí. Giré el cuerpo, saqué una pierna y salí de la cama; desnudo. Al instante, decidí recuperar mi ropa. -¿Qué hora será? –Pregunté en voz alta sin querer. -Buenos días, mi niño guapo –dijo su voz, espesa.

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Volví la mirada y la encontré tumbada, sonriente, creyéndome que me devoraba con la mirada. Mis rodillas temblaban, mi corazón cabalgaba atropellado y el estómago se revolvía incómodo en su minúsculo habitáculo. No tenía dudas. Era un hombre dibujándose con mujer. -Me tengo que ir –murmuré subiéndome a gran velocidad los calzoncillos y pantalones, casi al mismo tiempo. -¿Por qué? -Mis padres, estarán preocupados.

Encontré los calcetines enredados junto al edredón y sin titubear me los puse. Miré la hora. Era la una de la tarde. Tenía dos mensajes en el móvil y tres llamadas perdidas. Busqué la cazadora. Cuando la localicé en la silla avancé. Me calcé, y al levantar la mirada ella estaba ahí, a escasos centímetros de mí, completamente desnuda; desnudo. Tuve que levantar la barbilla para mirarle a los ojos. Me sacaba media cabeza. Los pechos de silicona me rozaban. -Eres muy guapo –dijo con ternura. Su mano se elevó y fue hacia mí. Me acarició la mejilla y sin que pudiera evitarlo me dio un beso en los labios. Su lengua surcó mi boca, y yo, imbécil y congelado no me atreví a detenerlo. El beso fue eterno, pero sin saber el motivo, correspondido. -¿Me llamarás algún día? -Puede ser –mentí. En ese momento me arrebató el móvil de la mano. Ni siquiera recordaba que lo sujetaba. Lo desbloqueó y apuntó uno a uno los números de su teléfono.

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“Me llamo Gabriela” siseó en mi oído mientras su lengua me humedecía el lóbulo. No me soltó. Atrapó una bata rosa del armario y me llevó de la mano por un largo pasillo repleto de puertas. Al menos habría seis habitaciones más. No recordaba ninguna. Pude oír música latina y voces. En el resto se respiraba un completo silencio. En ese preciso instante hubiera pagado todos mis ahorros por borrar aquella noche de mi vida. Me hubiera endeudado hasta las orejas por finiquitar la despedida con tan sólo chasquear los dedos. Sin embargo, no pude evitar ni un solo segundo. Aquel beso en la puerta que me separaba del portal fue una eternidad. Sin embargo, únicamente viví los escasos segundos que en realidad duró.

Bajé aquellas escaleras de tres en tres. Pisar la calle, respirar aire puro y sentir el frío me dio una libertad inaudita. Corrí sin mirar atrás. Quería llegar a mi casa en el menor tiempo posible para lavarme y borrar la historia lo antes posible. En esa carrera mi móvil volvió a sonar. Otro

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mensaje. Miré la bandeja de entrada. Dos de Laura y uno de Leticia. "¡Mierda!", pensé. Con miedo leí:

“Dnd stas? T llamé. Móvil y casa. Spero q no olvidars mi cumple. Es con mis padres”.

“Llámame cnd dspierts”

El segundo mostraba enfado. Sin embargo, no estaba preparado para llamarla. Tenía dos llamadas perdidas suyas. La otra era de Manu. En cambio, el otro mensaje me hizo lucir una pícara sonrisa. “Hla, niño. Hoy hace 1mes q supe por primera vez dl placer de ts labios. Stoy sola n casa. ¿T aptc 1peli sta tard?”

Miré mi cartera, tenía dinero. Paré un taxi, me subí y en el interior llamé a Manu para explicarle mi versión de la noche. La creyó. Eliminado el primer frente, respiré tranquilo. En mi habitación, aún sin duchar, disfrutando de la soledad porque mis padres estaban en la casa de la playa, sólo pude pasear nervioso por el pasillo. Aferrado con fuerza a un vaso de leche trataba de no darle más vueltas a la noche. Las infidelidades deben vivir bajo techos impermeables para evitar las filtraciones. El goteo de errores agrieta cualquier corazón. Una relación es una partida de ajedrez y cada movimiento cuenta. Mi cerebro, en aquel instante, atesoraba numerosas dudas y poco tiempo. Cada día vivía más enamorado de la belleza de Leti. Había logrado compaginar ambas parejas desde hacía dos meses. “¿Pero

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cuánto tiempo conseguiría alargar la estresante situación?” Sí crecía mi certeza de cambiar, sin embargo, abandonar a Laura me dolía demasiado. No quería perderla por nuestro pasado, y más cuando el sexo con ella había mejorado. Con Leti era algo que todavía no había, aunque sin duda, perdía la razón por follármela. En mi habitación, meditando la situación, me distraje al observar decenas de apuntes de informática. En un tablón de corcho decenas de fotos de amigos; vacaciones y pequeños viajes. Especialmente, había fotos de Laura conmigo. También de ella sola posando para mí. Recuerdos que inevitablemente me enternecían y jamás podría borrar por muchas infidelidades que lleváramos a cuestas. Descolgué la cadena de plata con el medio corazón y me la volví a poner. Me miré en el espejo y descubrí mi rostro espigado. Necesitaba una ducha antes de ir al cumpleaños de Laura. Era mi primera cita con padres al frente; su familia. Un gran paso. Di dos más de verdad. Miré a la habitación de mi hermano, vacía, como siempre desde hacía demasiados años. No podía evitarlo. Pasé dentro. Abrí el armario, vi la ropa, recordé y cerré deprisa. Mi cuerpo quedó de pie en el espejo que poseía la puerta. Languidecía por momentos. Sí, necesitaba una ducha y frotarme bien para quitarme aquel aroma. Además, tenía mucho que pensar y más que ingeniar.

-Apestas a alcohol -dijo después de que la besara en los labios. Hizo una pausa y me miró de arriba a abajo-, pero estás tan guapo... -Felicidades -le susurré.

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De mi bolsillo salió un sobre que justificaba vagamente un olvido inexplicable. El sobre rojo lo había cogido de la habitación de mi hermano. Dentro había un papel donde había escrito a mano: 'Vale por un fin de semana donde desees'. -Nos lo merecemos –dije jovial. Me besó. Oyó un "te quiero" y me llevó de la mano al salón. Sonriente y con el primer plan impecable tenía que lanzarme al segundo; más difícil. De pronto, el flechazo de su beso me hirió el corazón. Traté de olvidarlo, pero no podía borrar la imagen de Gabriela saboreándome en su habitación. La escena conseguía repetirse nítida en mi mente una y otra vez mientras sus padres me saludaban en aquel salón. Primero tendí la mano a su padre, después dos besos a la madre, y finalmente otros dos a la fría y arrugada abuela, en cierto modo, testigo de nuestro primer polvo. Sentado en la mesa, frente a aquella tarta con 19 velas, un bofetón mental me reveló que lo que había entre Laura y yo vivía el principio del fin. No sabía dónde estaba el fin ni cómo encontrarlo. Menos aún si iba a tener los huevos suficientes para provocarlo, pero todo en aquel salón apestaba a artificial. Allí, entre sonrisas y frases enlatadas, no podía quitarme de la cabeza mi noche anterior. No podía quitarme de la cabeza a Leti, con quien había quedado en media hora. Deseba perderme bajo la manta de su sofá y ver si podía saborear todas las esquinas de su piel. Deseaba verla en pijama esperando que mis labios corrieran sin titubear hasta encontrarse con los suyos. -¿Te pasa algo, cariño? –cuchicheó Laura bajo la conversación familiar. -Nada, -respondí asustado-. Estaba pensando en ese fin de semana contigo. Te quiero.

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Ella sonrió, y cuando la mirada se sostuvo en mis ojos, vi el brillo. Volví a ver la cegadora luz de amor sincero y fiel que una vez tuvimos los dos. Sentí naúseas.

No sé cómo lo hice, ni por qué. Tampoco era el plan, pero un 'sms' imprevisto en medio de una copa de cava con brindis incluido, mientras la tarta esperaba impaciente en medio de la mesa, lo precipitó todo. “Pueds vnir cnd kiers. Me muero d gans d bsart. Y no sólo n ls labios”. Mi pierna derecha sufrió un tembleque. Fue constante e imparable. Mi entrepierna vivió un cosquilleo y comenzó a levantarse, y mi cerebro se nubló en el preciso instante que Laura hizo la fatídica pregunta. Por supuesto, había olvidado silenciar el teléfono. -Es mi padre. -¿Un mensaje de tu padre? –se sorprendió. La mentira era tan evidente que ayudó a transformar mi rostro. Tenía miedo. Y ese gesto quizá podía serme válido para lo que acaba de ocurrírseme. -Han tenido un accidente de tráfico de vuelta a casa. Dicen que no me preocupe, que no es nada, pero que los llevan al hospital para hacerles unas pruebas –escupí increíblemente del tirón. -¿Qué? Eso pensé yo. “¿Qué?”. Estaba sudando, pálido y asustado. A mi mala cara también debió ayudarle la resaca. Sólo se me ocurrieron cuatro palabras. -¿Puedo ir al baño? Laura me llevó del brazo. Mi mano temblaba, y ella sólo podía acariciarme. Sentía verdadera compasión.

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Sentado en la misma taza del váter que me vio follar por primera vez, sonreí. Solo, lavé mi cara y escribí un mensaje a Leti con la victoria pataleando de alegría. Estaba frenético. Tardé cinco minutos en volver a salir. Antes tiré de la cadena. El retrete no se llevó nada de mi organismo; sólo agua. Fuera su rostro seguía mostrando preocupación. La abracé y después de treinta segundos lancé la frase que iba a lapidar aquella celebración. -Voy a ir a verles. -Te acompaño –afirmó de inmediato. La sorpresa fue mayúscula. Tenía que contraatacar. Quitarle la idea de la cabeza. -No, Laura. Quiero ir solo. –Le sujeté la cara, la besé y no le quité la mirada de los ojos ni un instante. Debía ser convincente. -¿Estás seguro? -Disfruta de tu fiesta, por favor -sentencié. Mantuvo unos segundos de

suspense, pero al final afirmó con la cabeza. Yo no pude evitar correr. Coger la cazadora,

guardarme el móvil en un bolsillo interior de ésta y seguir corriendo hasta el salón para despedirme. En todo momento logré contener mi felicidad interna y nerviosa. Toda esta mezcla de ingredientes fue la que me llevó al ridículo. De pronto,

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absurdamente, estaba en el suelo. Pisé el edredón y volé de la habitación al pasillo. Todos vinieron a socorrerme, si bien, antes de que la sangre llegara al río, me sacudí y afirmé que nada me dolía. La rodilla me gritaba desgañitada. -Llámame cuando llegues –pidió Laura. -Seguro que no es nada –añadió su padre-. Vete tranquilo. “Otra despedida eterna”, pensé. Minutos eternos después corría calle abajo. No sabía cómo iba a arreglar tal desaguisado, así que decidí pensar únicamente en Leti. En nuestra celebración.

Y allí estaba. En pijama. Guapísima. Mirándome. Excitándome con sólo medio beso. Con sus pechos ligeramente dibujados bajo un ‘Snoopy’ desgastado. Me tomó la mano y nos volvimos a besar. -¿Te gustó mi mensaje? –dijo su voz, demasiado sugerente. Inédita. -Sí. ¿Dónde me vas a besar más? –La puerta de la calle se cerró... -No, el otro, el del baño de agua caliente... -¿Cómo? –Pregunté. -Te lo envié hace unos minutos. En ese instante me ahogué. La excitación y los nervios despertaron un cosquilleo en mí que no cesaba de crecer. Frente a mí tenía una bañera a rebosar de agua caliente y espuma para los dos. -No lo había oído... -dije perplejo. Recogí mi mano y la introduje en el bolsillo para coger mi móvil. Quería leer el mensaje y saber con detalle que me esperaba. Pero el bolsillo de mi cazadora estaba vacío. Veloz, busqué en otros bolsillos. Vacíos. Busqué en los de los pantalones. Vacíos. El calor y color de mi piel desaparecieron. Vacío.

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-¿Qué pasa, Sergio? -Nada, he perdido el móvil –respondí aterrado.

7 Los problemas de pensar con el pene

L

os problemas hay que afrontarlos. Ignorarlos no los hace desaparecer. Nunca. Por nimias que sean las complicaciones, deben pelearse hasta

lograr la solución. No enmendar los problemas siempre aviva el riesgo de un aprieto mayor. Algunos son como una calentura en el labio, que están ahí, ocultos, esperando volver a salir. Mirar a otro lado no sirve para nada. Sin embargo, en aquel momento, joven y acobardado, creí que era el mejor y único camino a seguir. Sólo pensaba con el pene. Mi polla latente, ahogada 43

bajo los calzoncillos, quería meterla en caliente. Mi cabeza debía reposar y evitar pensar. Ya llegaría el momento de utilizarla, y tal vez, justificar aquel acontecimiento.

Ante mí tenía una bañera de agua caliente, espuma y una chica dispuesta a desnudarse para mí. Recordaba que únicamente había conseguido ver sus pechos de refilón y bajo una fría y densa oscuridad. Laura podía y debía esperar. Quería disfrutar de aquel momento al completo. Si bien, no fue una felicidad plena. Dice un dicho que las desgracias nunca vienen solas, y quizá por eso aquella tarde viví el comienzo de otro gran problema. Tardé tiempo en tratarlo como tal, y más en darle una solución. Sin embargo, existía.

Sus labios sabían a fresa. Su piel tenía el vello erizado. Mis labios secos sabrían a alcohol y mi piel parecía acobardarse cuando era atacada por pequeños escalofríos. El pánico me golpeaba en la boca del estómago. Los dos, de pie, íbamos a descubrirnos desnudos por primera vez. La tensión podía

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palparse en nuestras miradas, que inquietas, no lograban retirarse un segundo de las únicas pupilas allí presentes. -Paso del móvil –dije. -Ya habrá tiempo para eso… –Su hilo de voz planeó por el cuarto de baño mientras se quitaba los calcetines. Hay escenas, imágenes o momentos que después de soñarse tantas veces, suceden realmente. En ese preciso instante los nervios suelen apresar al ser humano y enfrascarlo en un bote hermético de pánico. A veces de tal manera, que se hace imposible disfrutar del deseo tantas veces deseado. Lo que viví aquella tarde creo recordar que se cumplió como un sueño. Un cosquilleo me recorrió toda la piel cuando vi que sus pantalones junto al tanga descendían hasta sus tobillos. No dudó y metió uno de sus pies en el agua. Mis huevos se encogieron. Primero escondidos, después salieron a la luz, pero ella no se percató de mi desnudez. Yo sí reparé en la de ella. Vivido la noche anterior, poder contemplar aquel joven cuerpo femenino desnudo adentrándose en la bañera lentamente, fue todo un antídoto para matar cualquier mal recuerdo. Yo tampoco tardé en sumergirme junto a ella. Los dos, uno frente al otro, tumbados, bajo la espuma, mirándonos, tensos, cada vez más arrugados por el vapor y el calor del agua. En silencio, los dos esperábamos romper el hielo.

A mí nadie me explicó nunca cómo debe hacerse el amor a una chica. Menos a un chico. Tampoco imaginé que hubiera tanta diferencia entre una mujer y otra. Pensaba que un coño era un coño. Que después de haber aprendido a meterla en uno, en todos sería igual. Sin embargo, aquella tarde percibí, al

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menos un poquito, algunas de las diferencias que existen. Ni fue tan sencillo ni tan placentero. A mí nadie me explicó que en el sexo había preliminares. Tampoco cómo darle placer a una mujer. Lo intuí erróneamente. Rara vez las parejas hablan de cómo mejorar sus relaciones sexuales. ¿O sí? En mi caso no. Entonces, con mi edad, sí había oído hablar de los orgasmos, pero no sabía qué eran, ni en la teoría ni en la práctica. Y menos cómo se llegaba a provocarlos. Tampoco me importaba. Y no tenía idea de que las mujeres se corrieran. Tenía claro que metiéndola y frotando ambos sentiríamos el placer que buscábamos. Que el sexo era una paja. Ni siquiera viendo películas pornográficas había querido aprender. Para mí aquellas escenas eran pura ficción. Nadie podía durar tanto ni eyacular tanta cantidad. No dudaba. Eran efectos especiales. Lo hacían para que las películas pudieran ser de larga duración. A mí una película apenas me duraba dos minutos. Justo el tiempo de una paja. Y además, creía lo que me habían contado mis amigos acerca de que los actores usaban drogas para mantener la erección y evitar correrse.

Un exceso de excitación en el hombre siempre es negativo en el sexo. No favorece el coito; menos aún un buen polvo. Pero en aquel instante, a escasos centímetros de ella, piel sobre piel, me era imposible evitarlo. No podía relajarme. Únicamente podía pensar el pene, lo que era un nivel de pensamiento nulo. Toda la sangre se manifestaba ahí abajo. El corazón me latía tanto, que no había parte de mi cuerpo que no vibrara. Fue su frase, “tomo la píldora” la que me excitó más si cabe. Mi primera vez a pelo. Luego me azotó otra pregunta: “¿No es virgen?”.

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La duda voló rápido de mi mente. Su vello púbico contra mi glande avivó en mí un escalofrío que hizo aletear y tensar todos los dedos de mis pies. Traté de empujar. El agua se columpió. No nos importó. Los dos nos besábamos intensamente, como si deseáramos comernos la boca a mordiscos. Nos acariciábamos toda las partes de nuestros cuerpos, y al tiempo, tratábamos de buscarnos; unirnos. La bañera, excesivamente ancha, permitió la maniobra. Volví a empujar, ella me ayudó y el calor nos invadió muy poco a poco. Mi excitación creció a una velocidad descomunal. El gatillo estaba a punto de disparar mi semen. Mi ansia anidaba en horizontes insospechados. Todo era distinto. Tantas eran las ganas, que sólo quise empujar; masturbarme veloz. Ella contrajo mi pene con la vagina. Ella gimió. Dos, tres veces. Después estallé de placer. Mi cerebro seguía en blanco. Soñé que había sido el mejor polvo de mi vida. Y me lo creí.

El gélido aire de la calle, el oxígeno en mi cerebro y el miedo al verme de nuevo en la realidad empezó a hacerme sentir incómodo. Una voz me dijo que tenía más de un problema. Uno de ellos pequeño, pero problema. No lo achacaba a mí, sino a la falta de práctica. Tenía la certeza de que era porque no había practicado mucho sexo. Por eso no duraba. Me faltaban mujeres en mi cama. Ésta sólo era mi segunda mujer, justifiqué casi en voz alta de camino a casa. Y mientras abría la puerta del portal me propuse solucionarlo. Lo del móvil debía esperar. Mis padres tenían la cena preparada sobre la mesa y dos llamadas para mí. Una de ellas incluía un mensaje. Laura, inteligente, había preguntado por el

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accidente, seguramente con el objetivo de verificar mi mentira. Justo después de que mi madre dijera con sorpresa, “¿qué accidente?”, ella se apresuró a rectificar, pedir perdón y decir que se había equivocado. Concluyó la conversación exigiendo que le llamara urgentemente. Tenía algo importante que contarme. -Luego llamo –dije mientras me metía un trozo de filete en la boca. Por fortuna mis padres pocas veces se entrometían en mi vida y olvidaron al instante. Además, aquella noche tenían algo que les importaba más. -Has entrado en la habitación de tu hermano. –El rostro de mi padre permanecía congelado, mirándome. -No –respondí firme y seguí comiendo. -El escritorio estaba revuelto. -¡No es un puto templo! ¿Vale? He entrado, sí, necesitaba coger una cosa, ¿Y qué? –Me levanté, dejé el plato a medias sobre la mesa, y sin mirar a ninguno de los dos, me encerré en mi cuarto.

No llamé a Laura. No supe de ella en tres días. No quería. Iba a esquivar la situación hasta que no quedara otra opción. En cambio sí supe de Leti. Hablamos por teléfono y me hizo creer que tal vez Laura no había mirado el móvil, y que tampoco había llamado al número de los mensajes (La tenía en la agenda con una ‘L’). Después de cinco minutos de conversación tenía claro que no había contactado con ella. Leti había estado como siempre. Incluso más cariñosa. Yo en cambio me notaba distante. No quería saber de ella. La preocupación por el evidente final con Laura, la chica con la que salía desde hacía un año, mataba mi libido. Además, el polvo con Leti me había herido

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una decepción interna. En frío, había descubierto que se había muerto gran parte de la atracción sexual. Follarse a aquel cañón no había sido todo lo que esperaba. De hecho, había tenido pajas mejores. Cruel, pero real. Y por eso, cuando me dijo que quedáramos aquella tarde para ir al cine, mostré apatía, mentí, me excusé y relegué el encuentro para un día más propicio.

En clase, en casa y con mis amigos. De pronto, ese era mi extraño y nuevo día a día. Trataba de olvidar algo que era inolvidable y creer que así todo volvería a la normalidad. No tenía móvil. El pánico de afrontar su mirada me impedía recuperarlo. Apenas veía un resquicio de luz. Más cuando llevábamos dos días sin hablar. Laura tenía que saberlo ya todo. ¿O no? Comía lentejas cuando el teléfono sonó como siempre pero distinto. Estaba demasiado concentrado en la televisión. Mi madre se levantó. Diez segundos después, tuvo que repetir hasta tres veces: “Es Laura”. Fue un hachazo verbal cuando mis oídos masticaron las dos palabras. La congoja me dio un vuelco al estómago. Me miró y mi piel comenzó a enmudecer. Hay citas que nunca deseas. Sabes que debes afrontarlas, pero también asumes que terminarán mal. Rara vez te equivocas, y yo aquella vez no creía equivocarme. Era tarde, a punto de anochecer. Había quedado con Laura en el bar que tantas veces nos había visto besar enamorados. Quizá era una señal positiva y todavía había esperanza. Ella había elegido el sitio. Sin embargo, al ver su cara, las sospechas más pesimistas regresaron a mí. Necesitaba un milagro y yo quería salvar la relación. Tenía fe y era un creyente nulo.

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A escasos dos pasos, su gesto era demasiado serio, pero extrañamente ofrecía una hiriente sonrisa. ¿Jugaba conmigo? No me besó. Esperó distante. Fue un primer mal síntoma. ¿Cuál era su estrategia? Tal vez buscaba la confusión. O la distracción. O quizá sabía que nada iba a arreglar la situación y había optado por un rostro repleto de soberbia y tranquilidad. Deseaba impedirme que viera su desazón. Vestía de azul. Dibujaba una curiosa y bella silueta, ofreciéndome unos pechos generosos, excesivamente elevados y turgentes para lo que acostumbraban ver mis ojos. O tal vez el telón de la ceguera había caído a la altura de mis pies y ahora deseaba lo que irremediablemente sentía perder y vería caer en brazos de otro. Y allí, entre un silencio e intercambiando miradas incómodas me dije de pronto: “Puedo evitarlo”.

Yo pedí una coca cola. Ella una entre cerveza. ambos La mudez

continuaba. sólo

Anteriormente

habíamos oído un “hola”, suyo, y un “¿qué tal?”, mío y sin respuesta. No hubo más palabras. Y yo no iba a pedirle el móvil. Lo asumí y me convencí. Sin embargo, no hizo falta. Ella lo puso sobre la barra.

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-¿Qué me vas a contar de esto? –Bebió de un trago media cerveza. -Nada –respondí sin tiempo para pensar-. Debió de caérseme. -¿Y qué tal el baño de agua caliente? –Arrojó sin piedad. -¿Cómo? -Sí, el puto baño de agua caliente con la tal L. ¿O quieres que me lo cuente ella? Porqué es ella, ¿no? –Volvió a beber. -No sé de qué me hablas –insistí firme sin poder probar un sorbo de mi refresco. Ella mantuvo una quietud silenciosa quemándome con su mirada. Yo me sentía aterrado, pero no iba a echarme atrás. Pero entonces llegó mi gran error. No atrapé lo que era mío. Lo tenía a mano y desaproveché la oportunidad. Ella sí fue veloz y decisiva. -Preguntaremos a L con quién demonios se bañó y por qué te mandó a ti el sms... Y por qué hay quince más en la bandeja de entrada de tu teléfono móvil –atacó del tirón con hiriente ironía. En ese instante vi la derrota. La creí sobre mí casi por completo. Los dos estábamos sentados junto a la barra. Ella buscaba el teléfono en la agenda. Yo, acongojado, miraba al suelo sin poder moverme. De pronto ella hizo un gesto brusco y golpeó el móvil sobre la barra. Creí que desistía, que quería hacerlo de otra manera. Pero no fue así. Al instante oí un tono. Había puesto el altavoz para que los dos pudiéramos sufrir la conversación. Al segundo tono, Leti contestó.

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8 Ruptura y destrucción

S

u voz sonó viva y jovial. Deseosa de responder a la llamada que acababa de oír en su móvil. La primera palabra que pronunció fue mi nombre. No

encontró respuesta. Ni siquiera la mía. Decidí no jugar. Opté por mantenerme en silencio y esperar el siguiente arrebato de Laura. No hizo movimiento alguno. En cambio Leti sí. Volvió a repetir mi nombre. Hubo otro silencio. Entonces supuse que, por alguna razón, tal vez tenía la suerte de ver cómo Leti colgaba el teléfono. Si no encontraba mi voz al otro lado, por qué iba a insistir. No ocurrió así. 52

Laura procedió y dibujó ante mí un gesto claro. Ella veía más que evidente nuestro futuro inmediato. No atisbaba más salida que actuar. Hablaba yo o hablaba ella. Y quizá, debido a que nunca se me ha dado bien pensar bajo presión, ella actuó primero. Yo, sin saber bien por qué motivo, todavía buscaba en mi mente la manera de salvar la relación con Laura. Deseaba mandar a Leti a la mismísima mierda más podrida del planeta. “Entre ella y yo todo ha terminado”, me mentí. “La posible solución está en nuestro pasado. Si yo perdoné su infidelidad, ¿por qué ella no?”, Medité. Vació la cerveza. Posó el botellín sobre la barra y cogió el móvil. Yo continuaba entumecido en el taburete. Y tres segundos después de la tercera y última vez que Leti dijo mi nombre, comenzó el diálogo. En esa última ocasión, Sergio sonó con tono interrogativo. El bullicio del bar pareció desaparecer, pero el sigilo únicamente era fruto de mi acongojada imaginación. -Hola –dijo Laura con el altavoz activado. Me sobresalté, pero sólo en mi interior. Mi cuerpo no movió una pestaña. En esta ocasión, la respuesta de Leti no incluyó mi nombre. -Disculpa. ¿Quién eres? –La pregunta brindaba recelo y sorpresa. Hundí más la cabeza y la mirada. Quería desaparecer, que el dibujante de aquella historia borrara mi silueta con su goma y dejara un vacío sobre el espacio que ocupaba en aquella viñeta. Pero aquello no era ficción. Tenía que afrontar el lío en el que estaba metido. -Hola –reiteró Laura-. Soy la novia de Sergio, le conoces, ¿verdad? -Sergio... –repitió.

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-Sí, Sergio –insistió de nuevo-. Un chico moreno, ojos y pelo negro, no muy alto, algo guapo y, por supuesto, muy cabrón. Sonrió y me miró aún con la última palabra entre los dientes. La disfrutaba. Herido, de pronto incluso temí que escondiera una bofetada bajo la manga. La temía. -¿Sergio Martínez? -Ese mismo. Está aquí conmigo, callado como un puto cobarde. No quiere dar la cara. Nos ha engañado a las dos, ¿sabes? Y a mí me ha puesto los cuernos, contigo, ¿verdad? –explicó pausada y sin elevar la voz. -Es una broma... -No. ¿Quieres comprobarlo? –retó cortando su frase. El órdago me abofeteó. -¿Cómo? –Preguntó Leti. Por primera vez levanté mi hundimiento corporal. Había llegado el momento de mover ficha. No quería que la mierda se me colara entre los dientes y me asfixiara hasta la muerte. No deseaba que mi final fuera tan vergonzoso. Yo no era así. Si perdía a aquella chica, quería hacerlo con orgullo. Era mejor que ambas. No había bebido una sola gota de mi coca cola, pero sí las palabras hirientes de Laura. Llegaba mi turno. Iba a devolver cada uno de los golpes y con intereses a un elevado porcentaje. Y pese a que el ardor en mi estómago alimentaba una bomba a punto de estallar en el mismísimo infierno, lo que podría a destruirnos a los dos, no pensaba tocarle un solo pelo. Únicamente deseaba expresarme, pero no encontraba las frases violentas que rompieran la

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tortura telefónica. La ira me quemaba y las uñas de mis manos dolían ya en las palmas de mis manos. La miré a los ojos. La amenacé. Entrecerré los párpados. Escupía fuego, odio, rabia, impotencia y ansias de venganza. Y sin soltar una sola palabra, yo creía que había puesto todo aquello en el ambiente. Laura me sonrió, satisfecha y orgullosa de lo que había obtenido de mí. La cólera me convulsionó y Laura retomó la conversación. Apenas habían transcurrido unos segundos, los necesarios para que ella pudiera disfrutar de mi dolor. -Ven al bar y que Sergio te lo explique. Estamos en La Latina. ¿Sabes llegar? Es un bar que se llama ‘Anina’, junto a la plaza del mercado. ¿Lo conoces? -Sí –afirmó áspera. -Aquí... La aticé. La golpeé, pero lo hice concretamente en la mano que sujetaba el móvil. Lo hice con rabia, energía, con mi mano izquierda abierta y de forma instintiva; sin pensar. El aparato salió despedido de entre sus finos dedos. Voló y se estrelló contra la pared que quedaba frente a la barra. Los dos nos miramos, perplejos. Ella sorprendida. Yo asustado por mi acción. Raudos buscamos el punto exacto en el que había quedado el teléfono. Y en ese lance, atrapados por la tensión, decidí lanzar mis primeras palabras. -No te entiendo, Laura –dije con la voz ajada por el largo silencio-. Me engañas con otro, otros, ¡Joder! Lo hago yo y tengo que soportar esta puta mierda... ¿Lo crees justo? El chantaje congeló su rostro. Por primera vez la vi recular y dudar. Nos volvimos a mirar, obviando por completo el móvil, que había quedado en el suelo, junto a una columna y bajo una silla de madera.

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-¿Hola? –Oímos con nitidez. Buscamos la voz, y los dos, como si un muelle se hubiera activado en nuestros asientos, nos levantamos de un salto y nos abalanzamos hacia el teléfono. Al parecer, y milagrosamente, sólo se había soltado la tapa. La batería seguía intacta en su lugar. Le clavé mi codo y llegué primero. Lo cogí y me protegí. Enarqué las cejas, sonreí y colgué de inmediato. Las miradas de los clientes nos acometieron, pero las ignoramos. -¿Qué quieres? –Pregunté-. ¿Qué deje a esa zorra? Fue una vez, sólo una puta vez, ¿vale? No pasó nada. Lo del baño de agua caliente es mentira, una maldita fantasía. ¡Si es una pija de mierda! -¡Mientes! ¡Hay miles de mensajes en el móvil! -gritó -¡Te has vuelto una puta loca! –Exploté. -¿Qué? -A ésta sólo la conocí una noche, tonteamos, le pasé mi móvil y empezamos a hablar por sms, nada más –concluí con escasa serenidad.

Una falsa calma nos invadió. Fue una leve pausa tensa. Me dio tiempo a pensar. Creí que había ganado mucho terreno en poco tiempo. Atisbaba la victoria, creía. La mentira estaba de nuevo, una vez más, a punto de salvar aquello. Sin embargo, cuando la miel estaba a punto de rozar mis labios cometí un grave error verbal. Las palabras brotaron de mi corazón herido y rencoroso, y la cabeza no las filtró. Mi móvil sonó. Volví a colgar sin dudar. Y al segundo apagué el teléfono. Leti debía esperar. -No te creo –siseó con las primeras lágrimas en los ojos.

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-¿Y por qué debí creerte yo a ti? –Pregunté- ¡Tu fuiste más zorra que yo y te perdoné! -¿Más qué? –aulló entre lágrimas- ¿Más qué? ¡Puto Cabrón de mierda! En esa ocasión las miradas de los allí presentes nos acecharon sin disimulo. Me hundí un instante cuando su grito se derrumbó sobre mí. Decidí jugármela. -Sí, Laura –insistí-. Yo me he dado cuatro besos con esa chica, lo admito, pero tú te liaste con varios, ¿recuerdas? ¡Me lo dijiste tú! A eso aquí, en mi pueblo y en la china lo llaman zorra ¿o no? Yo he tenido que vivir con los cuernos estos meses y jamás te lo he echado en cara. Y ahora tú me montas este puto numerito. ¡Por cuatro putos besos! Zorra de mierda...

La bofetada silenció el bar. Su cara abatida y humedecida poco tenía que ver con la mía, encendida aún por mis últimas palabras. Ni me inmuté. Mi mejilla brillaba enrojecida. Estaba crecido y no iba a rectificar ni una de las letras que acababa de lanzar. Quería volver a tener la sartén por el mango. Quería dominar. -¡No es justo! –dije dolido. -Sergio... –dijo Laura. -¿Qué? -Cabronazo –suspiró-, hemos roto. Sus ojos se escondieron y su cuerpo abatido se dirigió a la salida a gran velocidad. -Gracias, zorra... –repliqué con un susurro prepotente entre dientes y media sonrisa.

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No dudaba. Ella dio media vuelta. Regresó decidida, violenta y trató de abofetearme. Esta vez no me cogió por sorpresa y atrapé su brazo por la muñeca. Lo intentó con la otra mano, pero también la frené. Cerró los puños, buscó mi pecho, pero finalmente rompió a llorar y se liberó de mí sin que yo lo impidiera. -Vete, anda, será lo mejor –concluí.

Desapareció en cuanto la puerta del bar se cerró. Miré alrededor y fue fácil descubrir las miradas. Me tomé la coca cola de dos tragos, pagué y me fui. Estaba nervioso, liberado, asustado. Creía que había ganado. De alguna manera, la victoria era más mía que suya.

Tardé tres meses en volver a ver a Laura. No en cambio a Leticia. Me la tiré un fin de semana después y varios más. Conseguí convencerla. Yo no sabía nada de la conversación del bar. Después opté por el romanticismo. Primero recorté la distancia entre los dos. Después lance una tierna mirada continuada. Le susurré que ella era la única, y en un escaso minuto, sin saber 58

bien cómo, confió en mí y pude volver a probar sus besos. Quería saber si podía follármela de otra manera. Intenté actos más sentimentales. Evité penetrarla al instante y primero disfruté de su cuerpo. Recorrí su piel con mis labios. Pero una vez más todo fue un fracaso precoz. Yo me corrí. Ella creo que no. Así, tras dos meses repletos de malos polvos decidí ponerle fin. Necesitaba otra mujer. Con Leti no avanzaba sexualmente y opté por ignorar su existencia. Un día llegó la pregunta fatídica. Minutos después respondí de la misma forma que lo había hecho ella, a través de un sms. De esta manera rompía una nueva relación.

Mi vida, de pronto, comenzó a cambiar. Nunca supe qué me llevó a tal locura. Sí sé cómo me decidí por la prostitución. La creía una solución a mi secreta precocidad. Veía en la profesionalidad una forma de controlarme. Las drogas vinieron de Manu, que a la espera de juicio estaba en libertad. Volvió a mi vida con una bolsita repleta de cocaína y los teléfonos de varias putas. Necesitaba probar si la droga funcionaba. ¿A qué sabía la cocaína? ¿Qué efectos producía en mí? El lugar de las operaciones fue la casa de mis padres, que una vez más se habían ausentado para disfrutar de la playa. Aquella noche di un verdadero giro a mi vida. Todos mis sueños, estudios, un futuro trabajo como informático, aprobar el carné y comprarme un coche, morirían antes del amanecer. La loca fiesta de solteros, con sexo, droga y música, fue el principio del fin. Uno nunca sabe cómo azota la droga hasta que el rulo de un billete pegado a la nariz empieza a absorber el polvo blanco. Tuve miedo. Sin embargo, cinco

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minutos después estaba eufórico. Lo suficiente para follarme a la puta y creer que iba a tener el mejor polvo de mi vida. Era guapa y bajo el abrigo no escondía sus pechos. Nos miramos, sonreímos y decidí que fuera por separado. Fui el primero. Ella se sentó sobre mí y cabalgó. Fue menos breve, distinto y muy placentero. Sobre todo la felación. Pero hoy sé que también fue objetivamente breve. Bebimos whisky, bebimos ron, bebimos chupitos de tequila y nos esnifamos un gramo de cocaína en apenas tres horas. Una hora después tomábamos copas en un bar de Madrid. Desencajados, hablando mucho y riéndonos nos creíamos capaces de follar a cualquiera. Sin embargo, no fue así. Pese a que cambiamos de pub, el sexo gratis no parecía llegar. Cambiamos. Y tampoco. Y cuando llegaron las seis de la mañana sucedió todo. Desde la barra, al fondo, entre el gentío, divisé la silueta de Laura. Tal vez nada hubiera sucedido si alguien no le hubiera comido la boca en ese instante. Manu no me detuvo, sólo me incitó. -¿Le rompemos la boca? -No, déjame –respondí. Empujé y llegué a ellos en un tiempo prudencial. Quizá fui muy brusco. -Buenas noches, zorra –declamé con media sonrisa.

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9 A golpes hacia el abismo

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i mueca sonriente duró dos nimios segundos. El tipo que acompañaba a Laura se giró, me clavó la mirada, y cuando yo levanté el puño para

destrozarle aquella cara de gilipollas, sus nudillos se incrustaron en mis dientes. Él fue más rápido. Todo sucedió demasiado deprisa. La multitud sintió una fuerza invisible que les obligó a moldear un vacío entre nosotros.

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Laura reaccionó y se interpuso entre ambos. Yo me abalancé hacia él. Histérico, descontrolado, moviendo mis brazos torpemente, tratando de alcanzarle en alguna parte de su cuerpo. Sin embargo, ni siquiera llegué a tocarle. Alguien me aprisionó desde la cintura y me arrastró hacia atrás. Cogí vuelo y pataleé. No pude evitar que la distancia entre ambos fuera creciendo. La música cesó. Las miradas distantes cayeron sobre mí, y enfurecido, mi cuerpo sobrevoló hacia la calle.

La noche parecía más oscura, aunque al final de la calle la claridad del amanecer era cada segundo más que evidente. Manu me recogió del suelo, desde donde yo trataba de reconstruir lo sucedido hacía un instante. Me levantó y me transportó veloz hacia lo que pudiera ser nuestra trinchera; un espacio sin peligro; dos manzanas más abajo. -¿Estás loco o qué? –Soltó furioso en cuanto estuvimos solos. Yo trataba de acomodarme en un banco de madera. -No lo estoy –respondí indiferente. -Toma –dijo tendiéndome un pañuelo. Lo cogí. Era de papel. Lo desdoblé sin darle las gracias ni abordar su mirada. Me limpié la sangre de los labios, barbilla y dientes, y seguí escondido en mi cuerpo. La boca me dolía horrores. No era capaz de gesticular. Realmente, aquel tipo me había borrado la media sonrisa de un zarpazo. Escupí. Era sangre. Viscosa. Entrecerré los ojos levemente y después de unos minutos en mí, volví a levantar la cabeza y encontrarme con mi amigo. -Aún tienes sangre –dijo señalándome la barbilla.

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Me la retiré con rabia. Ya estaba seca y no me supuso excesiva dificultad limpiarla. -Fue instinto animal... –logré pronunciar. -¿Y viste que había siete tíos junto a él? Ignoré la pregunta. Me puse de pie, escupí nuevamente, y después de dar cuatro indecisos pasos, dejar a Manu a mi espalda, regresé. Colocado a su lado, le miré, sonreí escuetamente, justo lo que me permitía evitar el dolor y cambié de tema. -No nos queda coca, ¿verdad? -No –respondió resignado. El silencio entre los dos era insólito. El único en toda la noche. Volví a sentarme en el banco, frente a él, me pasé el pañuelo por los labios, y cuando el espasmo de dolor cesó, reviví una y otra vez aquellos tres minutos de mi vida. El pecho se me empequeñecía por la rabia que disparaban los latidos de mi corazón. Cada segundo, el sosiego era menor y el deseo mayor. El ímpetu no desaparecía de mi organismo. Estaba inquieto. Cada uno de los dedos de mis manos se tensaban y relajaban constantemente. Intenté relajarme. Respiré profundamente, pero mi ira azotaba y buscaba la manera de emprender la venganza a tal vergüenza. -¿La penúltima? –Interrumpió Manu de pronto- Para relajarnos y terminar bien la noche... -Perfecto –respondí al segundo. -¿Estás bien? –Se preocupó. -Mejor que tú –ironicé-. ¡Qué hijoputa!

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Me levanté de nuevo. Estiré mi cuerpo, los brazos y miré alrededor. Manu me observaba, tal vez preocupado. Yo, de manera inconsciente, seguía buscando a quien sabía que no iba a encontrar fácilmente: A Laura.

La calle contigua albergaba los últimos borrachos de la noche. Almas en pena sin un rumbo controlado, sin destino concreto ni ritmo continuo. El sueño vencía a cualquier preocupación. La jovialidad reinaba frente a la tristeza, y la ceguera les impedía ver con nitidez dos metros más allá de sus narices. -Olvídate de la zorra –sugirió Manu desde atrás. -La voy a matar, tío. ¡Es una puta hija de puta! –Exploté- La muy zorra le ha defendido a él. ¡La muy zorra, tío! ¿Quién la desvirgó? ¡Yo! ¿Y quién es ese gilipollas? ¡Nadie! -Tranquilo... –Calmó poniéndome la mano en el hombro- Deja de decir chorradas. Vamos al ‘Zulo’ y olvidémonos. -Pero que sepas que la mataba... –Susurré risueño mientras comenzábamos a andar. Manu se detuvo al tercer paso. Me miró. Serio me cogió de los hombros, y frente a mí sonrió. -Al ‘Zulo’ y nos olvidamos de todo.

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No hubo respuesta. Sólo afirmé moviendo la cabeza. Giramos hacia la calle de los garitos. No quedaba abierto alguno. Ni siquiera el pub que me había visto salir volando. Las persianas ya habían caído hasta besar el suelo. No quedaba resquicio alguno por el que pudieran escapar las notas musicales. La noche dormía placentera en el vacío de los sucios bares. El sol casi asomaba a

nuestras espaldas y el bullicio de los jóvenes se convertía en sucesos intermitentes comandados por pequeños grupos. La caza del taxi y la búsqueda del autobús y el metro eran los principales propósitos de las manadas efímeras. No tenía en mi mente una nueva copa, pero sabía que tal vez era el camino a seguir para destruir aquella tormentosa noche. Mi labio superior presentaba muy mal aspecto, contemplé al mirarme en la ventanilla de un coche. A lo mejor una copa mejoraba su estado de salud; la física, ya que la mental seguía turbia. Un odio se alimentaba de ese dolor. Un milagro sostenía mi ímpetu corporal. Acepté contenerme. De hecho, por momentos creía sin duda

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que lo mejor era seguir ahogándome en alcohol para desinfectar y asesinar los malos recuerdos. Al ‘Zulo’. Allí íbamos. Así era como llamaba Manu a un antro de perversión que cerraba sus puertas a las doce del mediodía. Caer en aquellas cuatro paredes te empujaba a contemplar la decadencia absoluta del ser humano festivo. La luz en su interior sólo nacía de contados y pobres focos de colores que impedían ver el movimiento continuo de las personas. En ocasiones era imposible verse las caras. Ni siquiera a medio metro. Los dos seguíamos caminando en un silencio intenso. A mí me importaba un comino ese mutismo. Yo seguía en mí, centrifugando cada uno de mis pensamientos. Imaginaba la copa de whisky, la que podía matar la irá que latía en cada uno de los 96.000 kilómetros de mis arterias y venas. Recordaba la impotencia de haber perdido aquella noche. Aún me dolía más esa herida que el labio. Curarla sólo tenía un medicamento: La venganza. “En píldoras o en sobres, daba igual”. Sonreí al pensar el chiste absurdo. -Vamos a follarnos a alguna guarra, ¡ya verás! –Irrumpió Manu. Quizá la oscuridad del ‘Zulo’ podía regalarnos a alguna joven borracha. Nos la llevaríamos a casa. Faltaba coca, pero también podía conseguirse. No era imposible. De menor calidad, pero droga al fin y al cabo. Y por supuesto, queríamos la otra droga, a la que es adicto todo hombre. La droga que nubla la razón, del ser humano masculino en mayor proporción, y por la que se destrozan a diario miles de vidas: El sexo. Era puro sexo. Descargar. Meter. Matar el ansia. Nada más. Desgraciadamente sólo queríamos desnudar, sobar, penetrar y corrernos. Tan simple y repugnante. Y queríamos que fuera gratis. “Que sea guapa a estas horas de la

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noche poco importa”, sugerí de camino. Al mismo tiempo los dos comenzábamos a reírnos. Nos bastaba una chica que buscara un buen polvo, el que nosotros íbamos a prometerle regalar sin asegurarle que lo fuera. “Y si la borrachera ayuda a un dos por uno mejor”, apuntó Manu. Nos miramos otra vez. Nos detuvimos y repetimos las palabras “¡dos por uno!”. Lo hicimos casi gritando. Al instante soltamos una carcajada. Nuestros cuerpos se doblaron y las risas golpearon contra el suelo. Después nos echamos hacia atrás y buscaron el cielo. No sé qué nos pasó. Sólo recuerdo que las carcajadas no terminaron hasta que ambos jadeamos sin apenas aire. Nos apoyamos el uno en el otro y cuando recuperamos el aliento y logramos incorporarnos, Manu musitó, “Vamos, anda”. Me levanté. El labio superior me dolía mucho más que antes. Me lo toqué. Sentí un latigazo y calle abajo seguí la estela torpe de Manu.

Durante breves minutos, la risa había curado en cierta medida la herida sentimental. Sin embargo, aquella calle semivacía, a escasos doscientos metros del ‘Zulo’, volvió a abrirla. A lo lejos, una silueta que no confundiría ni al borde de un coma etílico, la despertó. Me vi de pronto caminando con los párpados levantados hasta el límite, analizando con detalle lo que percibía. Decidí detenerme. Nervioso, inmovilizado. Las rodillas me flojearon. Las palmas de mis manos desaparecieron y sentí en ellas las uñas. La idea me atacó el corazón, que se aceleró, pero la lucidez cerebral y la voz de Manu me detuvo en un primer instante. -¿Qué haces ahí? –Preguntó siete pasos por delante. -Me voy a casa –solté sin pensarlo demasiado.

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-¿Cómo? -Me ha dado el bajón. Me piro. –Y no había terminado de pronunciar la última frase cuando caminaba acelerado en dirección contraria. -¡Pero qué haces, gilipollas! –gritó. Oí mi nombre hasta cuatro veces. Y cuando esperaba la quinta, crucé la calle, desaparecí a sus ojos y corrí. Sabía dónde iba. Lo tenía claro, pese a que cada paso que echaba mi cuerpo hacia delante me aterraba. Algunos nervios me apresaban, pero otros me empujaban hacia mi destino. La respiración me ahogaba. La sed física no crecía en mí, sí en cambio la mental.

Había estado en aquel portal infinidad de veces; infinidad de despedidas; más besos. Sin embargo, ninguno iba a ser como el que iba a darle aquella noche. Y lo iba a hacer en su portal. Conocía a la perfección cada uno de los barrotes grises; su tacto. Sabía de memoria la forma del pomo y justo la altura en la que comenzaba el cristal. Quería que aquella noche durmiera con el sabor de mis labios. Que notara el tacto de mi piel labial y no lo olvidara hasta el último segundo de su vida. Giré una calle más y cuando me creí solo, les descubrí. Estaban besándose en un garaje. La oscuridad casi no me dejaba reconocerlos. Estaban cerca de la parada de Metro de Ópera. Ella no necesitaba coger el transporte público. Lo sabía y rezaba lo que no sabía porque él sí. No quería complicar aquella final de la noche a la que apenas quedarían veinte minutos. En ese tiempo, no dudaba que seguro sería de día.

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Me hervía la sangre cuando los minutos continuaban pasando en mi reloj y ellos dos no se separaban. Estuve a punto de irme y también a punto de saltar el coche, darle a él una patada en los huevos e improvisar. Sin embargo, seguí esperando. Él cogía a Laura por la cintura; mi cintura. el Le cuello

acariciaba

mientras le retiraba suavemente el

cabello. Sus labios se perdían clavícula; clavícula. lentamente por su mi Subió y

finalmente se derrumbó con pasión en sus labios; mis labios. Cumplió mi deseo. Me senté un instante en un pequeño escalón, tras un coche, desde donde podía verles con facilidad. En ese instante decidí tener paciencia infinita. Ser paciente hasta la eternidad para plasmar como fuera mi objetivo. Mi momento persecutorio se complicó cuando los dos bajaron las escaleras del metro. La posibilidad de que ella durmiera en casa de él me alteró. Estuve a punto de seguirles hasta los tornos aun a riesgo de que en el interior la luz artificial me descubriera. Afuera me abrigué más. Caminé hasta la valla que bordeaba la boca del Metro. Me asomé. Me alejé. Volví y entonces decidí bajar las escaleras. Y en esa precisa decisión sus zapatos aparecieron. Vi sus

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pies; mis pies. Me giré, salté y corrí cinco segundos largos hasta cruzar la calle y esconderme a más de cincuenta metros. Sí, era Laura.

Nunca imaginé llegar a aquella situación. Sentarme en aquel escalón y disfrutar tantísimo mientras la veía llegar en solitario. Estaba achispada y deambulaba con un leve vaivén. Vestía una de sus bonitas faldas vaqueras y una cazadora verdosa. Sólo quería volver con ella. Demostrarle que mis besos aún enamoraban. Y sólo había una manera: Besándola. Me levanté. Y cuando estuvo a tres pasos me vio. -Hola –dije en voz baja, ofreciendo un aire seductor y amigable. -¿Qué haces aquí? –Articuló sobresaltada. -No te despediste de mí tras la pelea. Fue de muy mala educación por tu parte. –Ironicé. -Sergio, vete por favor. Déjame entrar en casa... –suplicó desde la distancia. Estiré la mano y la invité a pasar. Le sonreí y le volví a insistir que podía subir a su casa. Ella confió. -¿No me creerás un psicópata? -¿Está bien tu labio? –Se preocupó. De pronto dio medio paso. -No, la verdad. –Se lo enseñé y ella quiso verlo. Se acercó. Demasiado. Fue la trampa. Sabía que iba a volar hasta las estrellas por el dolor de mi labio, pero cuando sus dulces dedos buscaron tocar mis labios, el cepo se cerró. Mi mano derecha apresó su muñeca izquierda, mi otra mano la atrapó de la cintura y mis labios se hundieron en los suyos. Y en tal maravilloso acontecimiento, mi lengua buscaba surcar y abrazarse a la suya. Cerré los ojos y el dolor fue

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desapareciendo. No obstante, meramente fue durante los escasos segundos que conseguí retenerla pegada a mí. -¡Gilipollas! –Chilló en cuanto mi fuerza se suavizó y logró separarse. -Te quiero –suspiré. Entonces me abofeteó. Me abofeteó como nunca nadie lo había hecho. La mandíbula me tembló. La marca de su mano podía calcarse en mi cara con un rotulador. Mi cuello tuvo que voltearse cerca de noventa grados. Y sin mediar palabra, dos segundos después, sin saber por qué, yo le devolví la bofetada. Mi ímpetu se disparó. Tanto enloquecí, tal fue el odio, la ira, el asco y la impotencia, que la golpeé con todas mis fuerzas. El rechazo me hacía aborrecer su presencia. Y sólo hizo falta un tortazo. Mi mano la derrumbó. Y yo, rabioso y nervioso me abalancé sobre ella. -Eres mía y lo sabes. Siempre lo serás –dije mientras estaba de rodillas sobre ella sujetándole las dos muñecas. -¡Y una puta mierda! –Arrojó entre lágrimas. -Te podría follar aquí ahora mismo y nadie se enteraría –advertí. En ese instante, ya bajo la primera luz albina de la mañana, todo se precipitó. Laura me miró con sumo odio, escupiéndome en los ojos hasta en dos ocasiones. Al instante trató de zafarse, yo solté mi mano izquierda, la cerré convirtiéndola en un puño y como un acto reflejo, éste se abalanzó sobre su cara.

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10 Abrazando la locura

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a locura es demasiado amplia y compleja. Sin embargo, me resultó fácil aferrarme a ella. Sin quererlo ni darme cuenta me abrazaba. Lo que

nunca he sabido es si la locura me apresó antes de aquella noche en la que decidí seguir a Laura y vengarme. La violenta escena que rubricó el fin de nuestra historia se me repetía en infinidad de ocasiones durante pensamientos absortos, cada vez más habituales. Y en mis sueños. No iba tan ebrio para poder añadirle algún olvido. Ni siquiera podía introducirle borrosidad a los recuerdos. Tampoco la coca, creo, fue la culpable de que perdiera el control. Tal vez fue el escupitajo que nació de sus labios y ahogó mi mirada. Ultrajado, veía cómo sus ojos abiertos y sinceros seguían arrojando odio. Y aun atrapada por mí, sus gestos continuaban asegurándome que aquel cuerpo ya no era mío. Aquellos labios despreciaban mis besos, y yo no pude soportar aquel tormento martilleando feroz en mi cerebro. No pude consentirlo. Estaba pegada a ella, pero la distancia era cada segundo más brutal. Ella se alejaba y mi físico le ataba. Quería retenerla para siempre, pero mis gestos, acciones y palabras lograron lanzarla a un infinito tan remoto, que no podía atisbar una mínima sombra de su existencia.

Hoy puedo respirar tranquilo porque la rutina de un vecino, tal vez, salvó la vida de Laura. El footing, un deporte tan sano y mañanero detuvo mis golpes y

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separó físicamente mi cuerpo del suyo. Un fuerte empujón me hizo rodar varios metros. Durante unos segundos reinó la calma. Ya nada nos volvió a unir lo suficiente para sentir una pizquita de cariño. Ni siquiera indiferencia. Su rostro disparaba una mirada rota, disipada y repleta de lágrimas y sangre. Traté de cerrar los ojos. Soñé desaparecer. Busqué los recuerdos en los que Laura me sonreía, acariciaba, susurraba, besaba y amaba. Pero de pronto, una voz grave me obligó a abrir los ojos. Allí, frente a ellos tenía mis nudillos heridos. Me miré los dedos y éstos buscaron retirar alguna lágrima de mi cara. Sólo limpiaron pequeñas e inocentes gotas de sangre femenina. Me miré la ropa. También acumulaba manchas. Tenía mucho más de lo que nunca imaginé. Las observé y comencé a llorar. Acababa de dar un paso demasiado firme y equivocado. Nadie iba a rescatarme de aquel terreno peligroso y asqueroso. No sabía cómo lo había hecho ni por qué. Y peor aún, no sabía si me preocupaba. El arrepentimiento oficial sólo llegó cuando me enfrenté a un juez. La decisión total la tomaron mis padres, si bien no sé todavía si ésta ayudó a curar mi culpabilidad. Laura y yo, distanciados, llegamos a un acuerdo. Y escuchando mi futuro inmediato lloré. Me creía merecedor de ello, pero seguía llorando como un niño mientras aceptaba. Días después, continué con llantos íntimos y secos. Sería un mínimo de un año.

Había tenido contadas peleas en mi vida. La mayoría, grupales. Las pocas que había disputado en solitario se habían saldado con una contundente derrota a mi favor. En ningún caso había disfrutado del extraño sabor que producían mis golpes colisionando en un cuerpo contrario.

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Aquella madrugada, con el amanecer más que evidente sobre mi cabeza, de rodillas sobre ella, sabía que deseaba ver mi puño rompiendo su cara. Necesitaba voluntad. Por desgracia la tuve. En aquel preciso momento, cuando ocurrió por primera vez, no sé cómo explicarlo, pero disfruté. Un latigazo pellizcó mis dedos, heridos y sangrientos. La expresión de la cara de Laura se transformó en pánico. Aún con su saliva en mi entrecejo, todo había cambiado. De pronto, yo dominaba la situación. Ella dejó de patalear. Estaba inmóvil en el suelo y fácilmente sometida. La mirada de súplica, junto al placer, y la adrenalina en mis nudillos y corazón me empujaron a golpearla tres veces más. Tras el segundo puñetazo su sangre me conquistó la cara. En el tercero oí un chasquido que debieron decser los huesos de su nariz.

Abstraídos en nuestro vacío, en silencio, me sentía protegido peleando en una burbuja transparente. Esa protección me impidió escuchar los gritos del vecino. El hombre calvo, con cerca de 40 años y una escasa barriguita deportiva sólo tuvo que tocarme para que despertara. De inmediato me empujó con brío hacia un lateral y logró así separarme de mi presa. Exhausto, no traté de regresar a ella. Únicamente me mantuve reviviendo una y otra vez los últimos minutos de mi vida.

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Nunca le quise pegar. “Jamás”, sentencié amenazado por aquel hombre, que sin embargo, no me tocó un solo pelo. Laura se puso de pie sin decir una palabra. Mostraba la cara desfigurada, amoratada y ensangrentada. Se acercó, me miró a los ojos queriéndome herir y me atizó una patada en el costado izquierdo. El vecino se lanzó sobre ella, porque rabiosa quiso repetir. El hombre impidió una batalla en la que seguramente me tocaba ser el perdedor. No tenía fuerzas ni las quería buscar. Laura pataleó, gritó y me insultó. Parecía un sueño. Todo era muy lejano. Tumbado en el suelo, mirando al cielo sin verlo seguía apresado por mi acelerada respiración. Giré la cabeza y me quedé hipnotizado con el balanceo del mp3 de mi salvador. Ahí, en posición fetal, estaba protegido, sumido en una abstracta reflexión sin destino. No me moví. De hecho, tampoco creí moverme minutos después. Caminé congelado física y mentalmente cuando tuve que volver a sentir el frío metal en mis muñecas.

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Fue un tiempo extraño. Mi madre, poco a poco, comenzó a colarme ciertos relajantes en el colacao, el zumo o el vaso de agua. Siempre a primera hora de la mañana. Éstos mataban mi actividad, todo mi ánimo y me convertían durante largas horas en un verdadero vegetal. Descubrí su maniobra enseguida, sin embargo, no hice nada por evitarlo. Por alguna extraña razón, tal vez adictiva, seguí dejando que lo hiciera. Las píldoras adormecían la ira que me provocaba todo lo sucedido. Me costaba reconocer el error. Ensimismado en recuerdos y pensamientos acababa culpando a Laura de mi estado. Sin duda. Y quizá por eso prefería que las drogas evitaran una nueva enajenación. En aquel estado, mis fuerzas no lograrían llevarme de nuevo al rellano del portal. Enamorado y herido, era posible. Fueron demasiadas las tardes, que endrogado, imaginé y deseé levantarme del sofá para terminar lo que había empezado. Me enredaba en pensamientos tan maquiavélicos, que cuando despertaba sólo deseaba una nueva pastilla que me ayudara a dormir.

“Nadie podía follarse a mi Laura”, machacaba mi cerebro. Me hervía la sangre si imaginaba que aquel tipo la penetraba. Me hacía vomitar hasta sentir que me arrancaba la garganta a pedazos. Después, una mano invisible me abofeteaba, me cogía del pescuezo, lograba ponerme de pie, y a patadas me empujaba hasta la calle. Debía regresar a la escena; al portal de Laura. Allí esperaría hasta verla aparecer. En aquella ocasión no terminaría con vida. En su muerte vería mi paz. Mi descanso y sosiego. Si ella no existía no podía hacerme daño. Nunca pensaba en las consecuencias. Aquellos sueños homicidas eran la única vía que me liberaban de un doloroso tormento. Por fortuna, mi madre impidió que se convirtieran en realidad.

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Recuerdo tres visitas antes de que el escenario de mi vida sufriera el cambio. El primero en venir a verme fue Manu. Apareció serio. Pasaban las cinco de la tarde. Tomó una coca cola. Me dio un poco de conversación, aunque él tuvo más palabras que decir que yo. Sólo me arranqué cuando quise pedirle perdón, pero entonces ya no lo tenía enfrente. Las otras dos visitas también fueron masculinas y por la tarde. Javi llegó junto a Fernando, Darío y Óscar. Los cuatro vivieron una visita tensa con la reprimenda constante de mi madre, que desde la cocina les pedía que comieran algo. Yo permanecía tumbado en el sofá. Javi y Darío, junto a mis pies. Fernando y Óscar sentados en sillas en frente. No hicieron comentario alguno de lo sucedido. Creí que apenas habían estado dos minutos, sin embargo, debieron superar la media hora. La última visita fue la de mi padre. Pese a vivir en casa, había evitado en todo momento coincidir conmigo. No me había dicho aún una sola palabra. Tan sólo había conducido de camino a casa. Acto seguido se encerró en su estudio. Ni siquiera estaba con nosotros en la mesa a la hora de comer, cenar o desayunar. Aquella tarde decidió enfrentarse a mí por primera vez. -No te parece suficiente todo lo que hemos sufrido ya por tu culpa –dijo sin mirarme a los ojos, sentado en el sillón contiguo de la derecha. Mantuve la calma, en silencio. Sentado, con los pies encima del sofá y abrigado con una manta hasta la altura del cuello. Resistí con el rostro serio, aunque deseaba reír. Carcajear hasta quedarme sin aliento. Me hallaba atrapado en un surrealismo absurdo. La risa quería liberarse de mí, pero me contuve. -¿Ya has olvidado lo de tu hermano? –Continuó en el mismo tono sobrio.

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-No –respondí de inmediato con voz pastosa. -Pues parece que sí, parece que caminas decidido hacia el mismo camino, ¿no? En ese instante opté de nuevo por el silencio. No me gustaba la guerra ni el terreno en el que se disputaba la batalla. -La mala vida no da segundas oportunidades, hijo, y tú hace años tuviste ya una injustamente –escupió con lágrimas en los ojos. No pude articular palabra. Sus ojos y los míos, por primera vez, comenzaron a golpearse a muerte, como dos boxeadores en empate técnico al borde de oír el sonido de la última campana; furiosos, desesperados por alcanzar la victoria. El minuto pasó y las miradas finalmente se hundieron. La suya húmeda. La mía alicaída, seca y cobarde. Terminó el combate. Aquellos sesenta segundos me parecieron toda una vida inolvidable. Fue nuestra última conversación. Las palabras entre ambos ya sólo han salido para saludos vagos y preguntas cortas y vacías a las que acompañaban respuestas como “bien”, “normal”, o “tirando”.

El final de mi vida llegó en primavera, una semana después del pacto entre Laura y yo. Creí que sólo serían palabras. Me bastaba con vivir en casa, endrogado. No salir y esperar a que la herida fuera cicatrizando hasta eliminar cualquier recuerdo doloroso que me llevara a cometer alguna locura. Sin embargo, llegó el día. Mi madre se encerró en la habitación y comenzó a hacer mi maleta. Con el pálpito de mi corazón bajo mínimos, dormía en lo que se había convertido en mi sofá. Una hora después, mi madre puso la

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maleta en la puerta. Diez minutos más tarde estaba sentado en el asiento trasero del coche, en el lado izquierdo, con mi rostro pegado a la ventana. Mi padre conducía en silencio. Mi madre me vigilaba por el espejo retrovisor. Los tres nos mantuvimos callados. Supe a ciencia cierta donde iba a pasar una larga temporada cuando estuve frente a una valla que daba acceso a una enorme finca verde. En aquel edificio blanco iba a curar mi supuesta enfermedad. “Ordenará tus ideas, tu cerebro y encauzará tus pasos”, dijo mi madre, mientras un señor alto, delgado, de pelo blanco y con una bata también blanca sonreía como un estúpido. Desde el primer momento en el que pisé aquel centro, soñé en salir. Nunca me creía un enfermo más. Era un extraño en aquella jaula de grillos. Tumbado en mi cama, en una habitación con vistas a un bello parque verde repleto de enormes árboles, bancos de madera, paseos empedrados, con un kiosko y una fuentecilla, me sentí asustado y queriendo huir. Ni siquiera abrí la maleta.

A la mañana siguiente me hicieron multitud de preguntas que no supe si respondí bien o mal. Realicé varios test, me establecieron una medicación y conocí a mi compañero de habitación. El tipo estaba gordo, medía metro ochenta y tenía estrabismo, lo que me hacía difícil conversar con él. Siempre estaba leyendo tebeos y sólo hablaba de los personajes y las historias de los tebeos. Allí tenía demasiado tiempo libre. Paseaba, hablaba con mi médico, practicaba un deporte impuesto y en ocasiones íbamos de excursión. Sólo mi madre venía a visitarme una vez por semana. En apenas un mes ya odiaba

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todos los pasillos. Odiaba a la gente; médicos y pacientes. Me odiaba a mí por estar allí. Y sin darme cuenta, empecé a caminar con la cabeza gacha, contando el número de azulejos que había entre mi habitación y el patio. Una tarde, de pronto, quise expulsar todo lo que llevaba dentro. Y lo hice del tirón. En apenas media hora había conseguido una libreta y un boli y escribí un texto sincero y sentido. Por alguna razón me enamoraba leerlo. Cada vez que lo hacía, más. Y justificaba todo lo que me había ocurrido con Laura. Deseaba que ella lo tuviera. Quería que, después de todo pudiera sentir mi regalo más bonito y sincero.

No sé cómo fue, pero mi estrategia funcionó. Estaba allí, junto a una cabina, tratando de convencerme de que los números que marcaba eran los que siempre había

marcado para hablar con Laura. Nadie me vigilaba. Tampoco quería montar un escándalo, sólo

conseguir que Laura recibiera el texto que había escrito para ella. Por desgracia, tardé un mes en decírselo. Nunca creí que su voz interrumpiera los constantes tonos, pero todos los martes iba y pedía permiso para llamar. Cuando su voz dormida sonó al otro lado estuve a punto de llorar. Me contuve.

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-Hola, Sergio –dijo sin titubear. -Hola... –Temblé. -No puedes llamarme y lo sabes –continuó. -Quiero regalarte algo que he escrito –justifiqué. -Envíamelo por carta, pero deja de llamarme. Sé que eres tú... -Necesito verte. –Lloré. El silencio se eternizó entre los dos. Yo respiraba nervioso. Buscaba las palabras pero se escondían. Traté de ser sincero. O al menos, mostrarle lo que para mí era sinceridad. -Laura, sólo quiero leerte un texto sincero escrito para ti. Sabes donde estoy, no puede pasarte nada. Quiero terminar bien contigo, con una sonrisa, un abrazo. Estoy rodeado de gente, no puedo hacerte nada. No quiero hacerte nada –balbuceé entre lágrimas-. Sólo leerte mi amor más sincero... -No puede ser... –Rechazó. -Laura, es el último favor que te pediré. Es nuestra despedida. No sé si saldré de ésta... –insistí sin cesar de llorar- Por favor. Aquel silencio creí que sería el último. Seguramente avisaría al centro de mis llamadas y todo terminaría. Pero un fino hilo de voz interrumpió mis pensamientos e iluminó mi mirada. -Vale, nos veremos.

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11 Las letras del A.D.I.O.S.

S

oñé todas

las noches con

el encuentro. Incluso me masturbé

idealizándolo. Pero no aconteció como tantas veces había deseado. Fue

diferente. Ninguna de las expectativas soñadas se cumplió. Tuve que aceptar aquel frío encuentro en la sala de visitas. Había soñado que accedería a un paseo por el jardín, y que caminaríamos separados pero cercanos. Iríamos hasta la fuente, y bajo el abeto más alto del parque podría leer mi texto a la espera de recibir un último beso suyo. Los dos con lágrimas en los ojos y nuestros labios juntándose de nuevo. Sin embargo, no accedió. Su “no” fue rotundo e insalvable. Se sentó en la misma mesa que yo, pero muy distante y sin una mínima mueca de simpatía. Había previsto esta actitud. Nunca soñado, pero sí la había barajado como posible. Arrojó un “hola, ¿qué tal?” con excesiva desgana, como si estuviera frente a un desconocido. Su gesto me

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irritó. No me gustaba su pose. “Si no quería verme, que no hubiera venido”, pensé enrabietado. No iba a soportar que aquella visita fuera mera lástima por mí. Creí que tenía todas las herramientas físicas y mentales para luchar contra lo peor. Decidí ignorar su mal gesto y disfrutar de su presencia. Adoraba aquel rostro que había maltratado. La miré. Apenas una leve cicatriz en la ceja conmemoraba nuestra pelea. Sonreí y me introduje la mano en el bolsillo. Percibí el tacto del papel. Las palabras tronaron en mi cabeza. Había leído decenas de veces aquel texto y no había cambiado ni movido una sola palabra. -¿Sigues con el tipo ese? –solté de pronto con el tacto de la hoja entre los dedos. -Sergio, no he venido a esto –atajó con sobriedad. -Lo sé –lamenté sin sacar un milímetro la hoja del bolsillo del pantalón. -¿Qué querías darme, leerme...? –apresuró a preguntar, incómoda en aquella silla. -Es un gilipollas –insistí obcecado-. Lo sabes. La mesa blanca rectangular creció aún más. La distancia nos abofeteó. Estábamos abriendo un mar entre los dos. Ni estirando nuestras manos podríamos tocar nuestros dedos. Laura me miraba fijamente, con la cabeza ladeada, buscando un gesto; un movimiento; una palabra. Yo me la jugué. Mantuve la tensión, la quietud y escupí un órdago suicida. -Nunca te tenía que haber puesto la mano encima. Aquellos puñetazos eran para él... -¡Me voy! –interrumpió-. Adiós...

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Su cuerpo se levantó. A la vista quedó por completo su vestido morado, el que tantas veces había quitado para ver y amar su cuerpo desnudo. Se puso de pie con tanta energía que sus pechos dieron un pequeño respingo. Los imaginé; saboreé y acaricié. Ni siquiera me lanzó una última mirada. Dio un giro y comenzó a andar hacia la salida. Yo no pude moverme, sólo contemplar su caminar. A la izquierda observé a dos cuidadores. Fruncí el entrecejo y odié estar vigilado y encerrado. Seguramente, de no ser por la medicación hubiera estallado en cólera, golpeado la mesa con los dos puños, firmando en alto y con presencia mi autoridad. Y al segundo, hubiera corrido tras ella. “Sólo quería saber si estaba con él, el gilipollas ¿Por qué? ¡Por qué!” me gritó el cerebro lagrimoso. “Porque la muy zorra sigue follándose a ese hijo de puta” susurré en respuesta desde el corazón. La situación era una cuenta atrás. Los movimientos que me restaban para evitar el ‘jaque mate’ se podían contar con los dedos de una mano. Llegaba el momento que jamás hubiera querido poner en escena. Tenía que utilizar mis últimas armas. Se escapaba y era mi última oportunidad. Si anhelaba luchar por una reconquista tenía que actuar ya. No habría más opciones si huía. Si desaparecía tras aquella puerta el adiós sería definitivo. -¡Laura! –chillé. Mi voz brotó amplia, grave, desesperada. De inmediato mi mano emergió veloz del pantalón. Deshice la hoja de papel que llevaba sujetando en todo momento, la posé sobre la mesa y la empujé. Se deslizó veinte centímetros, dio una vuelta de campana y aterrizó suavemente en el centro. Ella giró la cabeza y me miró a los ojos con lástima. Yo respondí con mis ojos llorosos.

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Emanaba tristeza pese a que traté de evitarlo. Y en esa conversación visual irrumpieron más jugadores en el terreno de juego. La mano la sentí fuerte, pesada y caliente sobre mi hombro. -Sergio, cálmese –dijo el cuidador en mi oreja. -Vamos –me invitó otra voz desde la izquierda. Los dos buscaron apresarme por los codos y lo lograron. Laura seguía de pie al fondo, mirándome, pero con el cuerpo dirigiéndose hacia la salida. Sentí pánico. Por un momento me creí perdedor; cobarde. No quería tener que recurrir a mi último cartucho. No me veía con valentía. Sin embargo, todo apuntaba a que era mi única posibilidad en aquel instante. Me iba a ganar una verdadera fama de loco, pero no podía dejarla escapar y ver que mi texto moría sobre la mesa, en soledad, y sin su dueña. Los dos cuidadores consiguieron girar mi cuerpo y empujarme hacia la dirección opuesta. Sufrí un nuevo pero pequeño empujón. Luego me vi arrastrado con la punta de mis pies rozando el suelo. Alcancé a mirar atrás.

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Laura ni siquiera iba a molestarse en ir a por el papel. “Quizá no lo había visto”, me engañé. En ese instante avisté la lástima que desprendían sus ojos. Laura bajó la mirada, giró la cabeza y sus pupilas desaparecieron. Entonces, el botón rojo que da pánico presionar se hundió hasta el fondo. No pensé. Aún hoy recuerdo todo como un sueño.

Antes de actuar pude saborear muchos sentimientos. Uno de ellos dormía en mi estómago, donde tenía cinco puñaladas aún vivas. Me herían. Era ese posible adiós definitivo. Cinco puñaladas, una por cada letra, las últimas que me había susurrado, mirándome a la cara mientras yo aún podía respirar su aroma. Se alejaba y me moría viendo cada uno de los pasos que la alejaban de mí. Abandonado, dolorido, inmóvil, odiándola, solitario. Repitiéndome estas palabras, estallé. -¡Laura! ¡Espera! –aullé con la mandíbula desencajada. Unos segundos antes había relajado todos los músculos de mi cuerpo. Me había dejado llevar sin tensión, lo que facilitó la relajación de los cuidadores. Tiré de mis brazos hacia atrás, me desaté, giré mi cuerpo y entonces grité su nombre. El silencio y la perplejidad se adueñaron de la sala. Los dos trabajadores reaccionaron, pero entonces yo puse sobre el tapete mi estrategia; toda la carne en el asador. No había vuelta atrás. Había conseguido desenfundar un pequeño cuchillo de mantequilla con una minúscula sierra. Carlos iba a matarme en cuanto me lo confiscaran, pero ¿Qué narices hacía él con un cuchillo en el armario? Haber encontrado aquella alternativa sustituía con creces a tener que utilizar uno de los alambres del somier.

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Sobre mí tenía hasta quince miradas distintas. Todas acechándome. Trabajadores del centro, pacientes y visitantes. Y entre todas ellas faltaba la que yo quería. -¡Laura! –volví a gritar, esta vez desgañitándome la laringe. La última ‘a’ voló durante segundos por todo el centro. Di cinco pasos corriendo y cogí el papel de la mesa. -¡Sergio! ¡Quieto, por favor! –oí. Todo había sido instintivo. Todo aquello lo había considerado muy pocas veces porque no quería plasmarlo en la realidad. Si bien, ahora estaba atrapado por mis hechos y debía avanzar hasta el final. Nunca creí que Laura llegaría a desaparecer. -No hagas nada –dijo otra voz más sosegada-. Tranquilo, por favor. Tenía el cuchillo en mi cuello. Toda la sierra se hundía sobre mi piel. Mis ojos continuaban vidriosos, rojizos. Los nervios, pese a la medicación, se me habían disparado. El metal bailaba aceleradamente en mi yugular como una ola. -Buscar a Laura –supliqué atropellado-. Decirle que venga y no haré nada. -¿Quién? –preguntó la última voz. No hizo falta que me explicara. Marta, una de las chicas de administración, la que más cariño me había ofrecido desde que llegué, salió veloz en su búsqueda. Verla correr despertó en mí una leve mueca de felicidad y calma. Poco a poco la tensión se esfumaba. Mi brazo dejó de hundirse en mi cuello. Fueron cinco segundos tan sólo, porque cuando vigilé a mi espalda y vi que me acechaba una bata blanca, me volvió a conquistar la rigidez. -¡Marchaos! –amenacé dando un salto atrás.

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-Tranquilo, Sergio –dijo enseñándome las palmas de sus manos. -¡Qué todos se coloquen pegados a las paredes y ventanas! –ordené mientras giraba sobre mí-. No quiero que las de la limpieza tengan hoy un trabajo extra. Mi socarronería me resultó extraña y absurda, pero tras haberla pronunciado me había oprimido más si cabe. Sentí que el cuchillo vencía mi piel, y una lágrima roja comenzó a hormiguear por mi cuello. No me asusté. Yo no la veía. Aunque sí percibí varias miradas de asombro. Como una gota de sudor, ésta recorrió mi garganta y se perdió en mi pecho. No la quise limpiar. La dejé descender. Y quizá, esa sangre fue la que cambió de verdad la escena. Las veinte personas que tenía como testigos se pegaban ya a las principales paredes de la sala a la espera del espectáculo final. Sin duda, el ‘adiós’ definitivo, pero como yo quería. Estaba tan concentrado, que hacía rato que no lograba escuchar las palabras y frases que llegaban desde el entorno. Sólo me había centrado en vigilar y mantener la distancia. Su presencia por sorpresa me sobresaltó. Retomé la llorera nada más verla. Los nervios la habían secado, pero de nuevo, al ver su cara, resucitó. Observé su mirada, sus labios, su frente, su nariz. Ella ofrecía un gesto complicado con una mezcla de pánico y preocupación. No pude moverme. Únicamente pregunté suavemente. -¿Lo leerás? Su cuerpo de pie era hermoso. Ella estaba a escasos centímetros de Marta, reluciente, guapísima. -Lo voy a leer –respondió.

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No había terminado de decir aquellas palabras cuando mi brazo libre ya se había levantado hasta alcanzar una posición horizontal. El texto quedó suspendido apuntando hacia ella. Laura dio dos pasos y se separó de Marta, quien no hizo nada por evitar nuestra unión. Estiré más mi brazo. Laura continuó avanzando. Nos mirábamos. Yo pretendí ofrecerle mis ojos más sinceros, tristes, pero sinceros. Volví a mirar a alrededor, a los espectadores. Apenas se habían movido un paso. Laura llegó hasta mí, pero mantuvo en todo momento una distancia prudencial. Avanzaba temblorosa. Estiró su brazo y sin siquiera tocarme los dedos, tiró del papel con firmeza. Yo no me resistí y ella lo atrapó.

No lo abrió allí. Antes se retiró. Concretamente dio tres pasos atrás, y sin perderme de vista. Cuando estuvo segura de su seguridad desdobló la hoja. El absurdo cuchillo seguía en mi cuello, pero de nuevo más relajado. Sonreí un instante y mantuve esa mueca feliz. Volví a vigilar dando un giro sobre mí

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mismo. El brote de felicidad golpeaba cada vez más fuerte en mi organismo. No sabía por dónde ni por qué llegaba, pero me inundaba. Reí por un impulso, y recordé el día que Laura y yo fumamos marihuana por primera vez. Fue en Ámsterdam. Los dos no podíamos parar de reír inmersos en aquella cortina de humo. Mis labios continuaron creciendo y arqueándose hacia el cielo. Mi mirada se abrió. Se secó. Miré a Laura intensamente, que con la hoja extendida comenzó a leer. -En voz alta, por favor –pedí. Su voz sonó seca, dulce y nerviosa. Oírla me hizo olvidar todo.

Tengo tiempo de encontrar tu mirada. Quiero ver y dibujarte cada mañana al despertar. Tu cuerpo está desnudo y mi piel se excita en cada uno de los miles de poros que respiran en mí. Tu aroma es gris, pero el colorido de tus besos son un manjar para mí. Quiéreme, aunque sea sólo un instante, y yo beberé cada resquicio que me ofrezcas. La noche contigo es un segundo en el cielo. Una caricia es un orgasmo. No hay vida si paseas conmigo. Un trozo de nube se convierte en nuestro hogar. Estoy loco. Quizá por ti. Seguro por mí. Repito tus besos en todos mis sueños, y si no los sueño, me duermo hasta recogerlos, aún vivos. Es esa la droga que me da la vida. A la que soy adicto desde que te vi. La primera vez que pude saborear el tacto de tu piel... Aún tengo en mi brazo el recorrido de tus dedos, y si me miro, me excita saber que volverás a mí. Pero todo son sueños. Sueños de una tarde de primavera bajo un manto de polen. Allí en

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ese parque estoy cada tarde. Allí, vivo un beso tuyo y trato de recordar si fue verdad. Sueño que es verdad, pero cuando la noche invade el parque y me regala la soledad, lloro. No estás. Tal vez nunca estuviste. Sin embargo, tengo la fortuna de imaginar, de cerrar los ojos e imaginar los tuyos, mirándome. Tus labios. Y recuerdo que te desnudo, que te acaricio, que tus dedos me excitan, me besas. Y al querer hacerte el amor, siempre despierto abrazado fuertemente por la locura.

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12 La soledad

V

idriosa. Recordaría esa mirada aún en mi lecho de muerte. La había visto besarme, regalarme sentimientos, abrazarme con fuerza, pero

sobre todo, decirme “te quiero”. Musitármelo al oído mientras me besaba detrás del lóbulo descendiendo con suma suavidad hasta mi cuello. Vi que su mirada daba un paso hacia mí. Sonrió. Incluso corrió, saltó sobre mi cintura y la cogí como tantas veces la había cogido; con sus piernas abrazando mi cadera, sus brazos rodeando mi cuello y los dos abrazados fuertemente para terminar besándonos. Oí aplausos, oí algún grito y oí risas. Era el paraíso y nadie había decidido terminar con mi vida. Toda aquella realidad voló cuando el peso de la alegría desapareció para dejar paso al lastre de la tristeza. Mi pecho se ahogó, y entonces no me quedó más remedio que despertar. Supe que el único peso que tenía encima era el

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de dos cuidadores que se habían aprovechado de mi abstracción en la inopia para atacar. Me retorcían los brazos y me pedían tranquilidad; que me calmara. Traté de levantar la cabeza, pero mi mejilla estaba presionada contra el frío suelo de los azulejos. Giré los ojos todo lo que pude y alcancé a ver sus zapatos, luego sus piernas y finalmente llegué a su cara. De pronto, me pusieron de pie. Yo era un muñeco muerto, sin fuerzas. La única firmeza que mantenía se veía en mis ojos, que no perdían de vista a Laura. Sin embargo, el gesto que había idealizado anteriormente no lo veía por ninguna parte. Había muerto. Divisé una lágrima seca en su mejilla derecha. Aún sostenía la hoja entre sus finos dedos, los que tantas veces había podido coger, acariciar sin darme cuenta que los acariciaba. Porque aquellos dedos habían podido vivir entre los míos sin necesidad de pedirlo. Era algo rutinario; un simple gesto que tantas veces había plasmado por inercia y pocas veces me había parado a saborear. En aquel instante, tener sus dedos conmigo era un deseo imposible de cumplir.

No tuve fuerzas de decirle todas las palabras que atropellaban a mi cerebro. Ideas, frases, súplicas, preguntas; verdades que durante segundos llegaban con rabia al corazón. Cada segundo más lejos en el terreno físico. En el sentimental un abismo devoraba lo que tanto nos había unido. Lloraba. Lo hacía constantemente sin poder evitarlo. Me ahogaba y me alejaba. Entraba sin remedio en un estado de tristeza abocado a la soledad. No lo he vuelto a sentir en lo que llevo de vida. A punto de abandonar la sala de visitas, taladrado por la voz sosegada de ya un solo empleado que me sujetaba por la espalda, escuché dentro de mí la necesidad de saber. Por

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alguna maldita razón Laura continuaba allí, de pie, mirando la nota, releyendo y viendo que me alejaba sin poder o querer hacer nada. Debía saber el porqué. “¿Aún me quería? ¿Le había conmovido mi nota? ¿Quería darme una oportunidad? ¿Iban a cambiar algo mis letras?”. Necesitaba oír de su propia voz una opinión; un pensamiento; un sentimiento. Al menos una palabra, aunque fuera vacía. Un suspiro al menos. Lo tenía que pedir. Lo podía pedir. Mi boca; mi voz, aunque acongojada y seca por haber oído (disfrutado) en ella mis palabras, seguía viva y libre. Nada me impedía hablar. Únicamente el tiempo corría en mi contra. Las voces de los presentes cuchicheaban y yo debía elegir la frase correcta. Tal vez sólo podría pronunciar una. Pensé velozmente infinidad de propuestas. Estuve a punto de preguntar de manera directa, “¿Me quieres?” O exclamar sin miedo, “¡Te quiero!”. Sin embargo, aquello no era una fantasía ni un cuento con final feliz obligado. La realidad me abofeteó en los labios, me los partió, sangré e incrementé mi llorera intensa. El odio me arrancó el corazón y chilló. -¡Laura! ¡No! –Respiré acelerado durante tres segundos pestañeando una y otra vez-. ¡Zorra! ¡Eres una puta zorra!

Nunca supe si fue premeditado, pero aquel gesto resultó claro y evidente. Había un adiós con todas las letras mayúsculas. Me sentí como una res a la que queman a fuego. Su acción me quedó sellada en el corazón. Además, el gesto vino acompañado por los ingredientes perfectos para cocinar una sabrosa venganza. La mirada de pena o lástima se convirtió en odio. Sonrió y me enseñó los dientes con clara evidencia de rabia y venganza. Finalmente, marcó con claridad el inicio, el nudo y desenlace del acto. Del amor al odio

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dicen que hay un paso. Allí sólo hubo un gesto. Y quizá es la misma distancia que separa a la compañía de la soledad. Observado por más de veinte personas, amarrado por un cuidador y frente a la persona que creía el amor de mi vida, me sentía más solo que nunca. Sentí que un abismo negro me engullía. No obstante, desde la oscuridad podía ver con nitidez aquella agria escena. Desde la lejanía remota, mis ojos lograron aproximarse como si

hicieran un ‘zoom’. Me sentí pegado a ella cuando sus dedos índice y pulgar izquierdos cogieron la hoja por la parte superior de mi texto. Lo vi con un enfoque perfecto cuando la mano derecha hizo el mismo gesto. Después me buscó la mirada, la encontró y mordió. Preso, sin poder retirar los ojos de los suyos, ella sonrió y disfrutó. Acto seguido rompió en dos mi corazón de papel. De arriba abajo y con suma lentitud, saboreando la acción, mimando el crujido que desprendía la hoja al romperse y quemando la herida que se perpetraba en mí. Cuando terminó sonrió más, puso los dos trozos juntos, uno encima del otro, en horizontal, y repitió la acción con el mismo desprecio. 96

Fue entonces cuando mi voz explosionó, mis brazos pelearon sin victoria, mis piernas patalearon de odio y mi voz volvió a chillar sin tener en cuenta a la razón. No sé qué ocurrió después. La nitidez se nubló y toda mi vitalidad se desplomó. Mis párpados comenzaron a derrumbarse y a ser excesivamente pesados. Jadeante, sólo alcancé a ver que la puta de Laura escupía sobre unos pequeños trozos de papel, los pisaba y salía huyendo con mucha prisa. La soledad me devoró.

Tardé semanas en recobrar el habla. No tenía nada que decir. Y articular una sola palabra me asustaba tanto, que sólo intentar pronunciarla me secaba el paladar. Era como si lloviera arena del desierto en mi lengua. La cama de aquella habitación se había convertido en el escenario de mi vida. Cientos de fantasías sin sentido caminaban por mi mente. Las adoraba retener, pero huían cuando despertaba. En esos sueños siempre tenía compañía, miradas y gestos para mí, e incluso el tacto de otra piel viva. Nacían cuando recordaba las palabras que un día escribí para ella y que aún tenía intactas en mi memoria. En cambio, mi realidad sólo tenía el paseo vacío de mi compañero de habitación. Sin “hola”, y menos aún una mirada. Estuve más de cinco semanas en aquella cama sin salir de la habitación por voluntad propia. Necesitaba un castigo y me lo impuse. Mis únicas salidas y paseos eran obligados: charlas, medicación y actividades que realizaba sin entusiasmo. Viví aquellas semanas de mi vida sin luz. La noche había tomado todo el entorno que me rodeaba. Ni siquiera cuando Carlos llegaba y subía la persiana hasta el techo y la luz natural de la calle entraba por los amplios

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ventanales e invadía la habitación me sentía con vida. Más de una noche me creí literalmente muerto.

Nunca supe qué fue ni quise saberlo. Quería que pasara el tiempo. Sabía que la medicación me empequeñecía. Seguro que también ayudó la soledad, el desamor, el silencio y mi cerebro. Todos tuvieron libertad y fuerza para hundirme psicológicamente. Lo que sí sé es por qué salí poco a poco de aquel maloliente pozo negro. Una razón estuvo en los colores de ciertas pastillas. La otra radicó en que Carlos decidió hablarme. Aquel chico fuerte y alto se sentó a mi lado, sonrió con la boca abierta y relajada, y me miró con los ojos agudamente vidriosos y entrecerrados. En la cama, yo anotaba decenas de palabras que surgían de miles de pensamientos inconexos; vivencias. Sostenía el cuaderno que había dado vida al texto que escribí para ella. Entre tanto, él me analizaba divertido. Podía oler su aroma a sudor seco, pero no le miré pese a la sorpresa de su presencia. Incluso tuve miedo. Era la primera vez que me sentía tan débil y cobarde. -¿Cuándo vas a preparar tu próximo espectáculo en el centro, loco? –Preguntó socarrón con voz pastosa. No pude por menos que alzar la mirada y enfrentarme a sus ojos. Estaba mucho más cerca de lo que intuía. Me asusté. Podía ver los poros de su piel. Descubrí que ofrecía un inusual rostro afeitado, pero el mismo pelo rapado sobre su mirada abierta y jovial. -Aquí es mejor que te relaciones si quieres salir pronto –continuó-. Quieres, ¿no? Afirmé sin poder decir un absurdo sí. Hubo un corto silencio.

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-Yo nunca me he enamorado, loco –prosiguió relajado y recolocando su posición en la cama-, así que no sé si lo que hiciste fue locura o amor. Sí sé que me debes una. Me ha costado demasiado recuperar el cuchillo. Carlos se apoyó casi en la pared, en perpendicular a mi posición. Introdujo una mano en el bolsillo y sacó el mismo cuchillo que yo había pegado a mi cuello durante largos minutos. Sentí un escalofrío y escondí la cabeza. Me lo mostró sin que pudiera evitar ignorarlo. Sonrió y se introdujo la otra mano en el bolsillo contrario de sus pantalones anchos. De pronto me di cuenta que vigilaba sus movimientos de manera intermitente, nervioso y desconfiado. Quería seguir escribiendo mis pensamientos, pero me era imposible. No me llegaba una sola palabra, por lo que abandoné el cuaderno bajo la almohada. -¿Fumas? –preguntó. Negué y al segundo observé. En su mano tenía un pequeño cogollo de marihuana. Lo machacaba sobre la palma de su mano y con el cuchillito lo despellejaba. -Me he enganchado a esto, loco –confesó-. No lo saben...

Hacía demasiado tiempo que no tenía contacto con las drogas de la calle. “Una cerveza...”, pensé. Demasiado tiempo. Y no había reservado un segundo de mis días en echar de menos a esa bebida que tanto adoraba antes. Tampoco pensaba en mis amigos. Únicamente recordaba a mis padres, que después del ‘espectáculo’ habían decidido visitarme una o dos veces por semana. Mi madre hablaba durante media hora conmigo mientras yo escuchaba. Mi padre esperaba en el coche.

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Cuando sus dedos machacaron la hierba en el tabaco me llegó el de sobra conocido aroma; “increíblemente fantástico”, me dije. Carlos extrajo una boquilla y papel de liar, y cuando nuestras miradas volvieron a juntarse, él ya tenía el cigarrillo entre los labios. -Me han dicho que la chica tenía un polvazo... ¿Erais novios desde hace mucho? La palabra ‘polvazo’ me removió en la cama. Cambié mi posición, levanté la cabeza y amenacé dejando atrás mi rostro neutro. Recogí las piernas y traté de asegurarle que no era el camino. Sin embargo, él no me miró. -Yo nunca he tenido novia. –Cogió el mechero, encendió, aspiró y fumó- Debe de ser maravilloso... Afirmé sonriendo. -Follar cuando quieras –reflexionó sonriente al tiempo que daba otra calada al porro-, follar como quieras... Me puso un gesto picarón, rió y volvió a darle otra calada. En ese momento me miraba con intriga. Fumaba, se tocaba la cabeza rapada con la mano libre y volvía a mirarme en busca de algo. Finalmente se lanzó. -Loco, ¿cómo es tocar una teta? Por primera vez en mucho tiempo sonreí. Quizá fue el tono de sus palabras. Me resultó gracioso. Su gesto y sinceridad. “¿Cuántos años tendrá?”, pensé. -¿Quieres? –invitó colocándome el cigarrillo casi entre los dedos. Fue un impulso. Tal vez ayudó el delicioso aroma que ya embriagaba el cuarto y flotaba libremente en la habitación. Dos segundos después, tenía el calor de la boquilla en mis labios, y el aroma y el humo en mi paladar y pulmones.

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Tragué todo el humo que pude y lo expulsé suavemente, disfrutando del instante. Resucité. No

me quiero morir sin tocar una –perseveró mientras con su mano derecha imaginaba tocarla en el aire-. A veces lo sueño y me empalmo, ¿tú no? Y suelo correrme... No quiero despertar del sueño, pero lo hago y me veo en la cama, empapado ahí abajo. Siempre solo. Me miró esperando algún comentario, pero me mantuve en silencio con el porro entre los labios. Estiró la mano y se lo di. Sonreí. La marihuana era buena. Me levanté, fui a por un vaso de agua. Lo bebí de un tragó y volví a sentarme. -Loco, ¿tú cuántas tetas has tocado? No pude evitarlo. Ni siquiera estaba acomodado en la cama y dentro de mí estalló una carcajada. Él me acompañó y lo agradecí. Fueron segundos felices. Cuando los dos estuvimos de nuevo en silencio, el porro descansaba de nuevo

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entre mis dedos. -A mí me gustan las tetas grandes y redondas –continuó-. ¿Has tocado muchas de esas? Ahora sí me clavaba la mirada. Muy serio. Yo sólo podía sonreír, aunque algo me volvía intranquilo por momentos. -¿Cómo eran las tetas de tu chica? Las vi antes de que hubiera terminado la última palabra. Por instinto, sin pensar, respondí mi primera palabra en semanas. -Preciosas. –Al instante suspiré.

Decidió hablar unos minutos más de tetas. Imaginó todas las tetas, en ocasiones con mi ayuda. Le conté alguna experiencia brevemente, inventé alguna otra y los dos reímos hasta que el dolor de nuestras tripas nos hizo parar. Entonces él decidió dar un paso más. Era sin duda lo que le había traído hasta mi cama. La pregunta llegó después de largos segundos de silencio. -¿A ti te han tocado mucho la polla? -Lo suficiente... –Mentí, sabiendo que nunca era suficiente. -Debe de ser maravilloso que alguien te haga una paja... Su mirada entonces me aterró y supe que me estaba pidiendo un favor. Tragué saliva y comencé a buscar la manera de salir de allí.

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13 Cruzar la raya

M

e sentí preso. A oscuras. En tinieblas. Congelado. Sólo una leve luz entraba cortada por una escueta ventana. El haz de luz llegaba justo

hasta la punta de mis pies, en tiras, construidas por los barrotes que cubrían parte del espacio de la pequeña abertura cuadrangular que se vislumbraba en lo alto de la pared. Cuatro paredes. Las cuatro completamente lisas. Eran grises como el cemento. La cárcel estaba vacía, sin un solo mueble. Ni una cama. Tampoco una silla. Atrás, a mi izquierda, divisé de reojo una puerta metálica de color verde, de tal grosor, que abrirla sin la llave precisa se me antojaba imposible. Permanecía quieto, sentado, con las piernas recogidas, las rodillas bajo mi frente y los brazos cruzados. Estaba desnudo. El frío me ahogaba. Y lloraba o había llorado. No sabía cómo había llegado allí, y tampoco cómo iba a abandonar. El silencio me aterraba. Ni siquiera oía correr el aire. La brisa debía de atravesar la ventana, pero no podía sentirla. Traté

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de percibir el silencio hasta el límite extremo. “¿Cómo era escuchar ese silencio? Espantoso”, pensé. Afiné mis oídos. Escuché con mayor precisión, cerrando los ojos con fuerza, sin embargo, poco a poco el silencio desapareció. Logré oír. Nunca creo que hubiera podido oír ese vaivén en cualquier otro escenario del planeta, pero en el mío sí. Era un hilo de aire que nacía a escasos metros de mí. Volaba hasta introducirse en sus pulmones y regresaba hasta mí, suave como una pluma, queriendo acariciarme. Era constante, tranquilo y relajante. No obstante, su presencia me estremecía. ¿Quién o qué lo causaba?

De pronto, sin mirarle pude ver con claridad su posición. Su gesto, su cuerpo desnudo como el mío. Por alguna razón, poco a poco, el frío fue desapareciendo de aquella gélida sala. La temperatura apresaba mi organismo; mi piel, que se suavizaba por segundos. Mi respiración comenzó a azorarse. Aceleró un poco más. La suya se mantuvo en esa calma dominante. Un nuevo sonido llegó nítido a mis oídos cuando mi pene comenzó, por alguna extraña explicación, a enderezarse. Entre mis piernas trataba de asomar. La planta de uno de sus pies se alzó levemente. Sentí cómo su piel se despegaba del suelo con suavidad, y una vez en el aire volvía a caer; más cerca. El golpe fue seco, pero en absoluto brusco. El sonido y el movimiento se repitió. El calor creció y la respiración continuó zumbando en el ambiente. La mía atropellada. La suya sosegada. Su aliento sobrevolaba tan cerca de mi cabeza que ya no me quedaba duda de quién era la persona allí presente. Mi erección creció y el glande asomó. Era el único movimiento de mi cuerpo junto al de mi pecho, provocado por mi

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respiración. Apreté los párpados creyendo que así iba a desaparecer, pero sólo conseguí que su piel desnuda se fotografiara con mayor nitidez en mi mente. Perfecta en aquel fotograma. Estaba de pie. Yo reconocía cada poro de su piel. Una piel limpia, con escaso pelo corporal y sin apenas lunares ni granos. Tampoco cicatrices. Un ombligo perfecto. Un cuerpo curvado pero al mismo tiempo sexual. “Excitante”, pensé. Descendí la mirada y visualicé su vello púbico recortado pero rizado. Era en el único punto donde nacía una leve oscuridad; en sus genitales colgados y adultos. Oí otro golpe seco y desnudo sobre el suelo. En esta ocasión la vibración del golpe llegó a mis nalgas. Mi excitación continuaba presente por mucho que intenté eliminarla. Respiré profundamente. Le olí. Era su sudor seco ahogándome. El acelerado latir de mi corazón resonaba como un tambor en aquella cárcel vacía, con eco incluido. Y de pronto, cuando parecía que esa bomba estallaría dejando mi cuerpo en migajas, sus dedos me quemaron en el hombro izquierdo. Me

asusté. Abrí los ojos sin que lo ordenara mi cerebro y contemplé completamente su pie desnudo,

bajo mi pene erecto. La sangre me hinchaba las

venas. Levanté la cabeza y entonces descubrí la

realidad de su cuerpo. No muy distinto de lo que

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imaginé. Solamente cambiaba su erección, casi idéntica a la mía, con su glande asomando a la altura de mis ojos. Miré sus ojos y todo el vello de mi piel se erizó. Nuestra excitación creció y la voz sonó dulce y convincente. -¿Follamos?

Estaba húmedo. Abrí los ojos y vi el techo oscuro. Estaba sobre la cama. Sudaba. Mi entrepierna mostraba una mancha humedecida bajo el pijama. El aroma del cuarto aún olía a marihuana. Respiré con fuerza, relajándome y tratando de recolocarme. Quería regresar de aquel sueño de inmediato, no obstante, éste me había atrapado tanto, que mi cerebro volvía a gatas, torpe y muy despacito. Me revolví entre las sábanas. Sentí la incomodidad bajo los calzoncillos Miré a la izquierda. Carlos dormía. Como un bebé. Sonreí y recordé la tarde que habíamos vivido, por primera vez, juntos. Era un bebé atrapado en un cuerpo de adulto con necesidades de adulto. Ahora, dormido, parecía tan distinto; relajado. Nunca le había observado en ese estado somnoliento. Tampoco le había visto en el extremo de aquella tarde; íntimo y humano. Continué mirándole, sin saber la razón, con media sonrisa. Se me hacía muy diferente. No era el chico desnudo que había invadido mis sueños en la cárcel solitaria. Mismo rostro, quizá idéntico cuerpo, e incluso aroma, pero distinto. Más real, tal vez. Había tenido un día extraño. Aún las imágenes me golpeaban sin que yo pudiera evitarlo. De vivir de la nada a tener que sumergirme en una tarde repleta de nuevas y demasiadas emociones. Entendía que mi mente hubiera

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decidido regalarme aquel sueño. Lo que no comprendía, o no quería comprender, era que mi cuerpo hubiera disfrutado con aquel sueño. Volví a removerme dentro de las sábanas. Levanté la goma del pijama, observé y decidí cambiarme. Bebí agua en un vaso de plástico en cuanto estuve con ropa limpia. De pie, en calzoncillos, sonriente, apoyado junto a la ventana y mirando sin disimular al grandullón. “¿Por qué me hacía feliz?”, susurré en voz alta. “¿Tendría algo dentro de mí que él me ayudaría a expulsar?”, musité. Reí y terminé el agua de un solo trago. Necesitaba un trago. Necesitaba una buena copa de ron, con apenas un hielo y en un vaso de cristal. Sentarme, utilizar mis dedos desnudos para jugar con el borde del cristal, acercarme el vaso a la nariz para oler suavemente el aroma dominicano, arrimármelo a los labios y saborear el principio del licor entrando poco a poco. Sintiendo con cada sorbo el dominio de los efectos del alcohol. Entonces, los verdaderos sentimientos e impulsos aflorarían. Hacerlo podría una manifestación de las verdades que ahora, sobrio, era incapaz de expulsar. No quería oírmelas decir, y sin embargo, tenía una necesidad extrema de hacérmelas sentir. Pero allí era imposible conseguir una sola gota del alcohol. Me arranqué el pensamiento de la cabeza y volví a ver el vaso de plástico vacío. “¿Estaría desnudo bajo las sábanas?”, pensé. Volví a beber un vaso de agua sin abandonar en ningún momento aquella sonrisa estúpida. Sentí un cosquilleo en el estómago que descendió y removió mi pene, justo cuando me imaginé retirando levemente las sábanas y dejando a la vista su torso ¿desnudo?, su mano derecha, la que me había acariciado los dedos horas antes, estaba a la vista. “¿Me excitaba su cuerpo desnudo? ¿Por

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qué?”, rumié mientras mordisqueaba el borde del vaso. Mis dientes habían dejado ya su huella, pero insistían. Traté de recordar a Laura desnuda, pero la mente, caprichosa aquella noche, me lanzaba una y otra vez a una escena más reciente.

Nunca pude imaginar que los dos llegaríamos a estar así. Descubrí una mirada violenta, disfruté de unas pupilas electrizadas y bebí el relax con el que me abandonó. Cuando la punta de su cuchillo me pinchó la nariz con aire juguetón, la idea de huir desapareció de mi mente. -Tienes que masturbarme... –Susurró pinchando tres veces en la punta de mi nariz e indicándome con la mirada la situación exacta de sus genitales. -No puedo... –Mentí. -Sí, puedes y me lo debes –respondió-. ¿Te ayudo, loco? Piensa que nadie me ha tocado aún. Hoy necesito saber cómo es que me toquen. Me pareció ver una lágrima en uno de sus ojos. O la inventé. Mis manos comenzaron a sudar. Las yemas de mis dedos comenzaron a frotarse en mis palmas constantemente. Mi cerebro se rindió y no encontró excusa. Y cuando embriagado por la marihuana empecé a buscar la puerta de salida, Carlos atrapó mi mano con excesiva ternura y la llevó a su entrepierna. No sé si drogado o por voluntad propia. Aún no he querido darme una respuesta. “¿Para qué?” La verdad es que no opuse resistencia. No tenía fuerzas, y por alguna razón desperté a mi curiosidad.

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Fui yo el que bajé aquella cremallera y desabotoné el botón del pantalón. Usaba calzoncillos ‘slips’, blancos; de algodón. Los levante con suavidad y encontré su pene, insólitamente flácido todavía. Incluso el mío se mostraba más rígido en aquella situación. Miré a Carlos buscando una pista para continuar, pero él ya miraba al techo dejándose hacer. Se había acomodado, colocando su cuerpo casi tumbado por completo. “¿Me creía un experto?”, cavilé cuando estaba a punto de apresarle.

Mis dedos se aferraron a la base, junto a los testículos. Sólo con el tacto de mis dedos ya tembló. Sin pausa, inicié un leve movimiento hacia arriba y abajo, con una suavidad y timidez excesiva. Su piel, arrugada, comenzó a estirarse muy despacio. Era como si aquello, por primera vez ajeno a mí, tuviera vida. Me gustaba aquella situación. Empecé a descubrir en varias ocasiones su glande, pero nunca lo vi. Únicamente sentí que la piel, retirada

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hacia atrás lo desarropaba y él exprimía mayor rigidez. Mis manos pidieron oprimir más, justo al tiempo que mi vaivén se aceleraba y su sangre ganaba terreno allí abajo. Latía y yo me dejaba llevar por su respiración. No creo que aún hubiera alcanzado su plenitud eréctil, pero yo decidí acelerar. Él me dejó unos segundos, pero de pronto me detuvo. Cogió mi mano con su mano y marcó un ritmo más suave, casi a cámara lenta. Placentero para ambos. Sus dedos abrazaron mis dedos mientras mis dedos abrazaban su pene. Los dos con una misma cadencia; unidos; cosidos. Subiendo al cielo, bajando al infierno, a la espera del gran final. Cada ascensión, cada descenso, martilleaba en mí provocando un cosquilleo delicioso. Sin duda, la sensación era en ambos. La tensión de su cuerpo aparecía y desaparecía al ritmo del contoneo, al compás que proponían nuestras manos. Sus dedos libres apretaban con fuerza mis sábanas. Sus ojos cerrados. Eran mis manos las que dominaban aquel cuerpo. Con suavidad extrema, sus dedos fueron despegándose de los míos. Sentí de nuevo el hormigueo cuando me abandonaba con delicadeza. Quería ignorarlo, pero yo también estaba empalmado. Quería que él me hiciera una paja, pero no me atreví a pedirlo. Solamente continué. Abracé su pene con más fuerza, sintiendo que el pellejo acariciaba suavemente su glande. Lo hacía cada vez más rápido, vigilando como se estrangulaba su cuerpo con cada uno de mis movimientos. Aquel juego me estaba gustando. Lejos de la sexualidad de cada uno, estaba sintiendo que mis dedos regulaban su éxtasis. Lo dominaba y quería hacerlo explotar. No sabía si con su explosión llegaría la mía, pero al acelerar y ver su contracción yo también me tensé. En mis testículos algo se removió, y cuando aceleré hasta alcanzar una sacudida inaudita en mi

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muñeca, pude sentir que volábamos. Los espasmos quemaron mis dedos, que decidieron aferrarse más para sentir cómo se derramaba cada milímetro de placer. Eran pequeños disparos, y cada uno era un chispazo apresándome. La velocidad extrema había desaparecido en mi mano. Tan sólo mantenía un pequeño baile, arriba y abajo, mientras él disfrutaba aún de cada una de las sacudidas eléctricas de aquella explosión. Unidos, me era difícil perder el contacto. Sentí que su pene perdía la erección, y finalmente fue Carlos el que con suavidad, me desató de él. -Lo haces muy bien –dijo mientras se acercó a una de las mesas de la habitación y cogió un pañuelo de papel para limpiarse. -Es mi primera vez –apunté a decir. -Y la mía... “Y la mía”, había dicho. No estaba seguro. Caminé despacio por la habitación. Me acerqué a él. Mantenía aquel sudor seco en su piel. Me gustaba. Tenía los ojos cerrados, respiraba suave y el brazo izquierdo colgaba de la cama. Supe que ahora era él el que me debía una. Con la masturbación reciente en mi mente, quería pedírselo. La necesitaba. No sabía si quería despertarle, pero tal vez el azar, buscado o no, hizo que todo se precipitara. La botella de plástico estaba junto a su cama, y cuando me puse de cuclillas para contemplarle de cerca, moví un pie lo justo para darle una patada a lo que sabía que estaba allí, pero no había visto. La botella cayó de pronto. La ausencia de tapón permitió que el agua se derramara, el líquido comenzó a fluir. Yo me puse de pie. Me asusté. Miré al suelo buscando la causa del alboroto. Vislumbré la botella y me lancé a ella para evitar que el derrame fuera mayor. Dos segundos después oí su voz...

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-¿Qué haces, loco? –Sonó pastosa, lenta y dormida. -Nada, perdona –respondí nervioso-. Tropecé con tu botella... Abrió más los ojos y trató de sentarse sobre el colchón para ver mejor la escena. -¿Y qué haces en mi cama? –Preguntó algo más despierto. El silencio se mantuvo. Fui a por un paño húmedo, recogí el agua poco a poco, de rodillas. Miré buscando su posición. Me miraba, con los ojos cada vez menos entrecerrados, sin una mueca clara. -Dime –insistió. -Te miraba, lo siento –confesé. -¿Por? -Soñé contigo –continué sin dejar de limpiar el poco agua que ya restaba. Corrí a escurrir el paño y regresé a la escena del crimen. -¿Qué soñaste? -Estábamos los dos en una cárcel, desnudos. Un sueño raro –le revelé con nerviosismo. -¿Algo erótico, loco? –dijo con tono socarrón-. ¿Había escenas sexuales? -No. Fui conciso y claro, pero cuando le miré sabía que no me estaba creyendo, o no quería creerme. -¿No hacíamos nada en el sueño? -Bueno... –recapacité- Me desperté en ese momento. -¡Vaya! Qué pena... ¿no? –Su cara empezó a mostrar una sonrisa picarona- Y querías hacer algo, ¿verdad? Llevar tu sueño a la realidad, ¿verdad, loco?

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La boca se me secó. Agaché la cabeza y por primera vez sentí pánico ante el sexo. Quería enfrentarme y quería huir. Él seguía mirándome serio, ya casi despierto. Yo seguía con el trapo en la mano, húmedo, junto a la botella, sin lograr mantenerle la mirada -¿Verdad, loco? –Insistió. -Tenía curiosidad... -¿De qué? -Quiero que me devuelvas el favor... -¿Sólo eso? –Bromeó. Fue entonces cuando pensé de verdad cómo sería practicar sexo con un hombre. Fue entonces cuando me planteé si quería probar aquello. Los dos nos miramos, y aunque los ojos lo decían, fue más difícil plasmarlo en palabras. Alguien tenía que hablar.

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14 Tiempo de romper hilos

U

n día desperté, y al recoger mi primer pensamiento supe que toda mi vida había cambiado en apenas unos meses. Por primera vez era

consciente de ello. Tenía recuerdos e imágenes en mí que ya no devolverían mi vida a tal y como era en el pasado. No quería abandonar el rumbo ni algunos de los estados en los que me había sumergido, pero sí tomar de nuevo las riendas y decidir. Nunca quise borrar nada, únicamente lo asumí como una parte más de mi existencia en este planeta. Sin duda, ciertos hechos sí querían que viviesen escondidos en un rinconcito más oscuro. No obstante, si el deseo me lo volvía a pedir, mordería sin miedo. Era el momento de volver a conducir. Arrancar, acelerar, frenar y aparcar siempre que yo lo decidiera. La dificultad era máxima después de tanto tiempo en coma, pero debía ser valiente.

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El día que lo decidí llevaría más de medio año encerrado en aquellas instalaciones. Mi despertador digital marcaba las 8.34 de la mañana. Boca arriba, con los brazos bajo mi cabeza y los ojos abiertos como platos empecé a ver mi nueva realidad con perspectiva; conseguí abandonar mi cuerpo y hacer un recuento de todo lo que me había pasado; desde el cielo; a vista de pájaro, que es como mejor se aprecia lo que a uno le sucede. Y desde allí, por primera vez, mis ideas apuntaban con convencimiento hacia una salida. Me urgía recuperar mi día a día. Había llegado el momento de abandonar aquel nido de locos. Tomar vuelo de nuevo en solitario. Para lograrlo, sólo necesitaba saber la manera de cortar los dos hilos que me ataban con fuerza a aquel sitio. Uno, si lo cortaba, iba a herir. El otro era cuestión de cortarlo con las tijeras de la cordura. Inicié el regreso hacia la sensatez de inmediato. Esa misma mañana. Dar de comer a mi pasotismo y hermetizarme en una burbuja velada, escondiéndome del mundo, sólo me había transportado a un encierro mayor. Esa actitud distaba mucho del “buen comportamiento” que ellos solicitaban. Tenía que ser lo que ellos consideraban unirme a la lucidez. Abrazarme con fuerza. Era la única manera de lograr la rúbrica que abría las puertas hacia la calle. Requería trabajo, excesivo para mí. Más después de tanto tiempo sometido por la apatía. Me exigiría una actitud constante. Aquella mañana de otoño lo tenía decidido. Abandonaría y regresaría a casa. Vuelta a empezar. Era huir en cierta medida. A lo mejor. Pero al tiempo que escapaba sabía que iniciaba un enfrentamiento. La huida no sabía si deparaba un escenario mejor, pero necesitaba volver a pisar la realidad urbana sin sentir una vigía; un dominio. Iba a tener que armarme de paciencia. Me removí en la cama y

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volví a reafirmarme. Mi línea de pensamiento se obcecaba en ser la hormiguita que hasta la fecha nunca había sido. El hilo entonces se desharía solo... En cambio, deshacer el otro ovillo tendría mayor complicación. Lo tenía frente a mí cada día. Había visto cómo se había forjado cada noche con motitas de polvo sentimentales. Yo sólo buscaba sexo, pero él había decidido correr más lejos. Yo sólo quería saciar un apetito que se había despertado por azar. Los orgasmos que no podía disfrutar junto a un cuerpo femenino, los había encontrado en un cuerpo masculino sin alcanzar a creérmelo del todo. No dudaba de mi heterosexualidad. O tal vez no dudaba de mi no homosexualidad. ¿Bisexual? Jamás me lo planteé. Disfruté de aquellos momentos. Realmente, fue toda una sorpresa. Nunca imaginé que mi vida podría bucear en aquellos retozos sexuales masculinos sin que la conciencia me torturase minutos después. Una noche me encontré disfrutando de aquella nueva manera de vivir el sexo, y por alguna razón que no llegué a quererme explicar, continué bebiendo de la fuente. El único inconveniente apareció en Carlos. La noche que descubrió mi sueño los dos cruzamos la raya, y tal vez ninguno dio pie para regresar de nuevo al origen. Yo no había perdido de vista a aquella línea, pero él en cambio sabía que sí. Estaba perdido en su desierto particular. Y después de dos meses, yo ya dudaba que quisiera regresar al día antes en el que empezó todo.

En una cama. Allí empezó todo. No sabía el camino ni la manera de andarlo, ni si me iba a gustar la ruta o el mero hecho de profanarlo, pero cuando aún

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sujetaba la botella sin tapón él decidió darme un empujón. Puso las dos palmas de sus manos en el borde de la cama, se inclinó y de repente sus labios cayeron suavemente sobre los míos. “¿Me gustaba?”. Fue un beso silencioso, delicioso, investigador. calmado Sin e

duda,

únicamente fue raro el tacto de su escasa barba sobre mis labios. El resto comenzó a convertirse en excitante y placentero. Cada segundo que

pasaba, nuestros labios se buscaban y pegaban más. Él me cogió el cabello, los dos sumergimos nuestras lenguas en las bocas con calma, pero tensos, y poco a poco abandonamos aquella fase de prueba para adentrarnos sin miedo en un terreno exclusivamente impulsivo. El cerebro desapareció. Nuestras lenguas se bebieron; nuestros dientes mordían con suavidad y los labios se friccionaban sin cesar. Y sin embargo, el momento de mayor excitación me abofeteó en la pausa, cuando nos detuvimos, nos separamos unos centímetros y nos miramos. El fuego estalló, creció la llama y los dos nos lanzamos el uno contra el otro como suicidas. La piel se fundió y extraña y dificultosamente conectamos el uno con el otro hasta que desgañitado entre sudores, grité lo que dictaba el final de aquella segunda escena.Tardé en descubrir de la vida de Carlos. Aquella primera noche sólo

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me dejé llevar, tanto, que diez minutos después, los dos desnudos, mientras él bailaba con mi pene, y cuando yo aún estaba retorciéndome sobre la cama, explotó lo que llevaba meses dentro de mí. No ocurrió más aquella noche. Nos abrazamos, piel con piel, mirándonos, sin decir una sola palabra, sin pensar, y nos dormimos.

Carlos era albañil. Lo fue en una vida pasada. Me lo contó la noche siguiente, la que él bautizó como la noche de la virginidad. Así fue. Incluso yo sentí perderla de nuevo. Sentí que mi pene, al lograr introducirse en él al quinto o sexto intento recogía otra medalla como desvirgador. La tercera. Carlos tenía 28 años y me aseguró que jamás había estado con nadie, ni con un hombre ni con una mujer. Le creí. Además, me permitió ser el líder de aquella expedición amorosa, lo que agradecí. No sabía si estaba preparado para acoger su placer. De hecho, era el único papel que deseaba tener en aquel terreno homosexual. Me sentía igual de inexperto en ambos campos, pero dirigir el concierto con la batuta no me asustaba. Carlos llevaba año y medio en el centro psiquiátrico. Tenía brotes sicóticos y esquizofrenia, me reveló. Un día en la obra perdió los papeles, y atacado por los nervios arrojó dos cubos de cemento a dos compañeros. Y a un tercero, que vino a increparle, le tiró de un quinto piso con sólo un empujón. Murió en el acto. Me confesó todo esto al segundo mes bajo un ambiente embriagador, sustentado por la marihuana. También añadió que él no recordaba nada de aquello. Carlos apenas se relacionaba con dos personas más en todo el centro. Uno era su médico particular. El otro era Mateo, su mejor amigo y su supuesto

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contrabandista. Éste era el que le pasaba la marihuana y otros utensilios a través de un contacto secreto. No me dijo más. Le pregunté si era posible conseguir alcohol. Carlos sólo negó y me besó. Yo le mimé, le besé más y le pedí si era posible que yo lo intentara pidiéndoselo directamente a Mateo. Sin embargo, en ese instante se separó de mí, cambió el rostro y negó con mayor rotundidad. -En la puta vida hables a Mateo de nada de esto –advirtió con excesiva seriedad-. La marihuana no existe, ¿entiendes? -Perfectamente –respondí confuso. Él se acercó despacio y me besó, tal vez arrepentido por la refriega verbal. Traté de volver a hacer una pregunta, pero entonces él levantó su dedo índice y me lo puso suavemente en los labios. Me agarró la mirada con la suya, me la hirvió y negó levemente con las pupilas. Sentí demasiado miedo, pero no hice nada. Sólo permanecí quieto. Vislumbré un nuevo gesto en Carlos. Cambiaba su rostro por completo. La pasión seguía, pero tras ella podía verse claramente un brillo distinto. Nunca más volví a preguntar.

Siempre creí que el lado masculino era distinto. Que si había surgido la homosexualidad en este planeta meramente era para liberarse sexualmente. Había creído que esa opción sexual venía motivada por la mojigatez femenina. El hombre buscaba en el otro hombre el sexo rápido y directo, y sin complicaciones, que negaban tantas mujeres. Tenía claro que dos hombres no buscaban amor. No lo entendía así. Me parecía imposible. Hoy sí veo que existe esa posibilidad. Comencé a advertirla la noche que Carlos comenzó a besarme de forma distinta. Sus besos habían cambiado. Ya

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no eran únicamente pasionales. Incluso sus caricias. De pronto empezaron a multiplicarse los mimos después del acto. Poco a poco me incomodaban, cada vez más. Me alimentaban la ira y empujaban con rabia a levantarme de la cama e irme a la mía. Nunca lo hice. Ni siquiera cuando me susurraba frases vacías que él llenaba de piropos emocionales sobre el maravilloso momento que atravesaba su vida gracias a mí. Su voz era más suave y sedosa. Sonreía por nada. Pronunciaba palabras que no había oído en la vida, y las lanzaba, creía yo que con malicia, para clavármelas en el corazón con excesiva dulzura. Sé que quería despertar mi lado más tierno, pero no sentía nada. Estando los dos desnudos, viviendo aquel momento, me sacudió un frío y eterno escalofrío. Me recorrió todo el cuerpo y percibí que mi estómago se retorcía. Los testículos se me encogieron y tuve ganas de orinar. Me apresaron las nauseas. Las rodillas me temblaron y supe que era miedo. El hilo ya era una soga. Y continuar con aquella farsa sexual, cercada por el amor, iba a alimentar el grosor de aquella cuerda. Y romperlo en ese instante, a demasiados meses de abandonar aquel centro, suponía un elevado riesgo. No lo quería afrontar. Mi vida desembocaría en un escenario que no quería pisar ni vivir. Los focos me quemarían y el público me abuchearía y no descartaba que el mobiliario cayera sobre lo que iba a ser mi cadáver. Y al tiempo sabía que, dejarlo engordar y luego huir no era la solución. Aquella noche callé. Y la siguiente. Y muchas más. Era mi sino. Sin embargo, Carlos decidió dar un paso de gigante en nuestra historia.

“Y cena con velitas para dos” cantó en cuanto abrí la puerta de la habitación. Yo había pasado el día entero en la biblioteca, ese espacio que él desconocía

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y a mí me liberaba. Tenía que reconocer que cada día huía más de él. La biblioteca se había convertido en mi soledad. Y con todo, mi distanciamiento no eludía el sexo nocturno. De hecho, sólo era a esas horas cuando manteníamos relaciones. Rara vez había ocurrido a lo largo del día. Y nunca fuera de nuestro cuarto. Nadie sabía de nuestra aproximación y contacto

corporal. O eso creía yo. Me sorprendí. Yo escondía un libro entre mis manos. Carlos lo ignoró. Él, hijo único, con padres separados y olvidados por ambas partes, sin tener terminada la que una vez llamaban ‘EGB’, no veía en las letras de los libros utilidad alguna. Mientras hubiera películas, la lectura podría seguir esperando dormida y cerrada entre dos tapas duras. Yo en cambio me había vuelto un adicto a la fuerza. La escena era preciosa. El libro se me cayó de las manos. El golpe en el suelo fue seco. Abrí los ojos como platos. Examiné la escena de nuevo, sonreí nervioso y vi cómo Carlos se acercaba feliz. No sé cómo, pero

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había conseguido velas y fuego. Inaudito. Los platos, vasos y cubiertos eran de plástico. El menú exquisito. Había gulas al ajillo, jamón ibérico, paté con tostadas, queso cortado en cuñas y seis langostinos para cada uno. Grandes y deliciosos. Y junto a todo aquello, lo que me disparó más aún la mirada: Vino. Una botella parpadeaba en el centro de la mesa al vaivén de la llama...

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15 La verdad duele

S

ólo pude balbucear. Me agarroté, como un tonto con los ojos abiertos sin apenas pestañear. Balbuceé de nuevo, pero no conseguí decir nada.

Carlos dio un paso más y se situó a un escaso palmo de mí. Me cogió la mano y dejó volar sus labios hasta los míos. Seguí inmóvil. Me sujetó las dos manos con suavidad y me guió lentamente. Cuando quise arrojar mis primeras palabras ya estaba sentado sobre la silla, mirando a la ventana. Carlos estaba enfrente, sonriente, sumido en su plena satisfacción. Al observarle, daba la sensación de no tener problema alguno en la mente. Sólo disfrutaba de ese instante. Su felicidad plena estaba en aquella mesa. No sé de dónde, pero alcanzó dos copas enormes de cristal. -Debo devolverlas intactas –señaló sin desdibujar su sonrisa. 123

-¿A qué se debe? –Acerté a preguntar al fin, mientras Carlos me cedía una copa y vertía el vino dentro. -A nosotros –respondió-. ¿No te parece suficiente?

Hundí la cabeza. Zambullí mi nariz en la copa de vino y me concentré en la mezcla de aromas que embriagaban mi olfato. Él elevó la copa y la inclinó suavemente hacia mí. Su mirada ardía. Brillaba en aquel ambiente tenue más que ninguna de las dos velas. Agarré la copa con más fuerza y golpeé la suya dócilmente. Después la acerqué de nuevo a mí, sintiendo como el borde del cristal se posaba en la base de mi nariz. Leí la etiqueta de la botella: 'Ramón Bilbao'. Su aroma me avivó el ansia de beber, y cuando lo hice, el paladar enloqueció de felicidad. “¿Por qué tragar?”, vacilé. Posé la copa en el mantel anaranjado de papel. El vino, finalmente, desfiló por mi garganta. El éxtasis me conquistó, y de repente sentí el calor de sus manos sobre las mías.

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-Está delicioso –dije con la voz temblorosa y colocando torpemente la servilleta de papel fuera del plato, a mi izquierda, logrando así separar nuestras manos. -Lo sé –afirmó-. Tan delicioso como tú. Aquel vómito de palabras me dio nauseas. Me asustó. Agaché aún más la cabeza, sostuve el silencio y bebí de nuevo con media sonrisa. Sin mediar más palabras, los dos comenzamos a despellejar los langostinos. Él sé que se detuvo y me miró. Me observaba; me analizaba; me estudiaba con detalle. Yo decidí evitar sus ojos. Ignorarlos y concentrarme en quitar las últimas cáscaras que se apegaban con fuerza a la piel del langostino. “¿Cómo había llegado a esa maldita escena?”, me pregunté mientras masticaba y bebía y veía que me miraba. -Exquisito –mascullé- ¿Cómo lo has conseguido? -Es secreto... –Respondió infantil- Como tú y yo. -¿Mateo? -¡Sshh...! –Mantuvo un silencio y tomó mi mano derecha, que casualmente estaba libre de actividad-. Disfrutemos de este momento. No preguntes, disfruta. El tono de voz me tranquilizó. Él se alzó y sin esfuerzo llegó con sorprendente facilidad a mis labios.

Después del beso la cena fue rápida. Excesivamente silenciosa para mi gusto. Creo que él la disfrutaba únicamente con cada uno de mis gestos; con los obligados encuentros visuales. Entre los dos y sobre la mesa seguía firme la botella, que se aclaró también con excesiva velocidad. Cuando sostenía la

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última copa, mis párpados barrían mis ojos con elevada frecuencia. Mis manos limpiaban mi cara buscando la nitidez. Carlos en cambio mantenía los ojos abiertos, acechándome con la misma firmeza. En ese instante no quedaba nada en la mesa. Nos habíamos saturado con todos los alimentos, acompañados por escuetas conversaciones vacías. Un diálogo repleto de anécdotas sin importancia y recuerdos del día y un pasado cercano. Siempre sin que nuestras palabras nos transportaran fuera de aquel recinto. Él evitaba escupir palabras que llevaran a su cerebro a crear imágenes suyas fuera del centro. -¿Postre? –Me sorprendió con la copa columpiándose en mis labios. -¿Cuál? –Indagué alzando la mirada y las cejas, y sin separar un ápice la copa de mi boca. -¿Lo dudas? –Jugó. Se me atragantó el vino. No quería sexo. Lo tenía claro. Iba a evitarlo. Estaba envalentonado y quería aprovecharlo. Poco a poco, con los dedos temblorosos posé la copa en el mantel. “No me apetecía sexo”, volví a repetirme mientras me lamía los labios y trataba de sostener su mirada. Seguía candente. Esperaba una respuesta que llevara palabras. Pero tardó en llegar. El sexo con estos preliminares era ‘hacer el amor’. Hacerlo estaba muy lejos de mis intenciones. Menos cuando en mi cabeza azotaba firme el martillo de la ruptura. Dolería, pero debía arrojarle la verdad. Sin duda, aceptar sexo aquella noche era aceptar su juego; su amor; nuestra relación. -Entonces, ¿Quieres postre? –Insistió. Tragué saliva, entrecerré la mirada y me concentré en sus ojos. Repentinamente me puse de pie.

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-Necesito ir al baño. Él cambió la mirada, pero no la movió un ápice de mis ojos. Yo sonreí e hice algo que no entraba en mis planes. Lo hice porque creía que era la única llave para salir del aquel romántico escenario. Me incliné, le cogí la mano y le besé con ternura. -Ahora vuelvo –suspiré. -Te espero. Cuando dijo esas palabras ya me había liberado y caminaba hacia los baños del centro. Por primera vez recorrería aquellos pasillos en estado etílico. Todo era extraño. Demasiado difícil de comprender. Tenía que apostillar un plan en apenas dos minutos.

Nunca supe el orden de sus planes. A veces uno planea, otras veces las cosas surgen y en ocasiones le cogen por completa sorpresa. Siempre creí que Carlos había organizado la cena mucho antes de que descubriera que yo tenía firmes intenciones de abandonar el centro. ¿Me equivoqué? ¿Era un puñetero órdago? La noche me había sumido en un maldito bucle con la locura como única salida. Sí sabía que Carlos no quería abandonar el centro, de manera que enterarse de mi mejoría, incluida la posible cura mental, en absoluto irrumpía en sus proyectos de futuro, ni a largo ni a corto plazo. Para él, aquello era como si nuestras vidas se hubieran parado en el tiempo y tuvieran predestinado morir allí. Él no quería salir de allí porque allí era feliz, libre y valiente. Afuera, sin

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lugar a dudas, era un preso del miedo. Y enseguida, una irremediable tristeza le devoraría y obligaría a dejarse devorar por la demencia.

Cuando abrí la puerta de la habitación él no había modificado en exceso su posición. Uno de los postres lo acerté. En cuanto me acerqué a la mesa me lo hizo saber al oído mientras me supervisaba su mirada más picarona. El otro no lo adiviné pero lo descubrí sobre su mano derecha, descansando en pequeñitas hojitas verdes. A su izquierda, el papel, la boquilla, un mechero y su nueva navajita plegable con un mango de madera, mucho más útil y fácil de ocultar. Bebí un trago de vino en cuanto mi culo recuperó la silla. Era el último sorbo. Se acabó. “Necesitaba un whisky”, deseé. -Tenías que haber conseguido un licor, un whisky... –solté nervioso. -Relájate, loco, ahora fumamos, nos relajamos, y luego nos damos el chupito de adrenalina que necesitamos. Con más alcohol te me dormirías... Contemplé a Carlos. Liaba un perfecto canuto mientras el eco de aquel mote seguía resonando en mi cabeza. Hacía mucho que no me llamaba ‘loco’. Sonreí. En ese instante, las velas casi derretidas sirvieron para encender el porro. Lo romántico desapareció de un bofetón. Yo permanecía risueño. Carlos no follaba hasta que no terminaba el canuto por completo. “Tenía tiempo”, creí. Sus caladas me daban silencio para pensar. El porro se coló entre mis dedos, fumé, me mareé y volví a fumar. Lo estaba disfrutando. Se lo devolví. Me dijo algo que apenas escuché y decidí que no podía pensar tanto, que tenía que actuar. Si bien, todo se precipitó. La palabra que quería detener el inminente

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acontecimiento sólo resonó en mi interior cuando sus labios mordieron los míos y sus manos se posaron en mi trasero.

"¿Me estaba convirtiendo en un verdadero experto en tener que decir adiós?" Mi vida sobrevivía escalando a la cima de pequeñas emociones sentimentales, que después yo derrumbaba de alguna manera. Mi vida sentimental cojeaba y no encontraba el bastón adecuado. Todo el que había utilizado hasta ahora lo había partido en dos. Una vez más, iba a suceder. Sin embargo, de todas mis rupturas, ésta sería la más sincera. Al menos por mi parte. Yo tenía que dar el paso. En otras quizá hubiera sido también el culpable del roto, pero nunca tuve la voluntad de romper el lazo. Allí, en cambio, sí. Necesitaba convertirme en el autor de la herida. Anhelaba ser el dueño de la frase: “Se acabó”. No quería construir una falsa relación prefabricada sobre una enorme base de mentira. Sentimientos de mentira y verdad enfrentados sin saberlo. Era una bomba de goma dos alimentándose constantemente. Iba a enseñar mis cartas cuando Carlos se puso de pie. Retiró la silla, apagó el porro sobre el plato y sopló una de las velas para matar su llama. Se pegó a mi lado. Me giró el cuello y levantó mi cabeza para que los dos nos miráramos. Me mantuve sentado en la silla mirándole. Tuve ganas de llorar, de que algo me hiciera desaparecer, pero nada de eso ocurrió. Nos separaba medio palmo. Yo seguía haciendo trampas con mis cartas boca abajo. En esta ocasión no podía hacer creer que tenía una mejor jugada y esperar que el contrincante se retirara. Él no iba a retirarse. No podía vivir aquel amor con todos los

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ingredientes que conllevaba y esperar a decirle adiós el día que las maletas me empujaran a la cordura. Era injusto. Actué. Alcé las cejas, levanté mi cuerpo y mis brazos muertos se hicieron con un poco de fuerza. Mis dedos apretaron sus hombros. Sus ojos achispados por algo distinto al alcohol se sorprendieron. Él posó sus manos en mi trasero y me besó cuando mi primera palabra iba a tocarle los labios. Tuve que pedirle una pausa retirándole dócilmente. Posé mis manos bajo sus orejas y le pedí que me mirará sin decirle una sola palabra. Lo hizo. En un primer instante dibujó media sonrisa. Luego torcería el gesto. “Era mi momento”, me repetí. “¡Dilo!”. Quería hablar mirándole pero no podía mantener su mirada. Me dolía, y él lo notaba. Los latidos de mi corazón tronaban en la habitación. Mi respiración volaba incómoda en las idas y venidas, y me ahogaba. Me asfixiaba de miedo. “¿Por qué? Pánico de una relación, ¡qué absurdo!”, pensé. -¿Qué pasa, Sergio? –Se adelantó sobrio. Reí al oír su voz. Me balanceé, caí de nuevo en la silla y reí a carcajadas. La maría parecía aturdirme, y pensar que iba a tener que pedirle a un hombre que dejara de besarme me resultó demasiado gracioso. Mi cuerpo de pronto se acuclilló en el suelo. No podía parar de reír. Levanté los párpados y me di cuenta que me encontraba a la altura de su pene. Me visualicé comiéndole la polla y la risa estalló de nuevo dentro de mí. -Sergio –dijo. Los ojos se me cerraron solos y mi boca mostraba su posición más amplia mientras lanzaba constantes carcajadas imposibles de parar. La potencia se multiplicó y entonces tuve que abrazarme el estómago.

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-¡Sergio! –Gritó. Tardé segundos en percibir sus palabras posteriores. Lo hice cuando él, rabioso, me cogió del pelo con una mano y de la axila con la otra para ponerme de pie. Yo tenía lágrimas en los ojos, la piel del rostro rojiza y los labios aún ebrios de felicidad. Mi respiración continuaba acelerada. Él seguía con el gesto agrio. Necesité un pequeño lapso de tiempo para reparar en su estado, pero cuando nos volvimos a mirar, yo descubrí que él también lloraba. -He dicho que tengo que decirte que nunca te vas a ir de aquí. Eso era lo que celebrábamos hoy. Me enteré la semana pasada. Quieres irte, pero no podemos. Quería que supieras que eso es imposible –recitó de memoria retirándose las lágrimas con su mano derecha. Mi cuerpo tembló. Fue un bofetón inesperado. Me debilitó totalmente. De hecho, no podía digerir las palabras que me estaban mordiendo el estómago. Cada letra era una maldita piraña hambrienta comiéndome por dentro. ¿Dónde estaban mis fuerzas? -Lo siento, Sergio, pero estate tranquilo, tengo contactos y aquí viviremos bien. Sabes que no podemos vivir fuera de aquí. No soy capaz... -¿Qué dices? –Le empujé y conseguí separarme unos pasos. No quería sentir su contacto. -Sí, sé que querías que iniciáramos una vida juntos afuera, en la calle, pero mi vida, la nuestra estará aquí siempre. Conseguiré todo lo que deseas, ¿no lo has visto? –Señaló a la mesa y volvió a retirarse más lágrimas-. No necesitamos irnos fuera, yo...

-¡Cállate! –chillé enajenado-. ¡No tienes ni puta idea! ¡Estás loco!

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-Y tú, cariño. Los dos lo estamos. Locos, enamorados. Juntos viviremos nuestro particular... -¡Cállate, Carlos! ¡Cállate ahora mismo, por favor! Tú y yo no somos nada juntos, ¿entiendes? El rostro de Carlos enmudeció por primera vez. ¿Encontré la formula? Los nervios me dominaban. La enajenación dominaba mis actos, mis palabras. Sentí ganas de huir. Saltar por la ventana, correr y atravesar todo el jardín, trepar la valla y correr hasta no tener una gota de fuerza; hasta caer exhausto; muerto. Alguien tenía que sacarme de allí. Aquella noche supe que mi cordura estaba más presente que nunca. -¡Me voy! –Me liberé pero sin dar un paso. -¿Adónde? –Preguntó de inmediato- No puedes irte, cariño. Estás borracho. Estamos aquí para siempre. Tenemos que hacer el amor, terminar nuestra cena. ¡Bésame! –Dio un paso hacia mí- Que más da allí fuera que aquí. El amor no entiende de escenarios. Es nuestro amor, nuestro mundo... Temblaba. Seguía petrificado. No estaba escuchando aquellas palabras. ¿O sí? A dos pasos, lo suficientemente lejos de él y no me sentía cómodo ni seguro todavía. El paladar se me estaba secando y me faltaban fuerzas para escapar de aquella habitación. -No te puedes ir, aún tenemos que celebrar que nos queremos... –Continuó. Fue aquella frase la que detonó mi paciencia, e hiriente y sin pensarlo dos veces descargué mi verdad sobre él. -Carlos, yo no te quiero. Lo siento, pero no te quiero hoy, nunca te quise y nunca te querré.

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Las palabras me vaciaron. Sentí flotar. La libertad saltó sobre mí para abrazarme. Sin mantener un segundo aquella tensión, me giré, le perdí de vista y caminé hacia la puerta. Puse la mano en el pomo y aunque oí sus pasos acercarse ya nada iba a detenerme. Sin embargo, una vez más me equivoqué. La debilidad me cazó de repente. Era un pellizco, como un mordisco. Era una lágrima lamiendo una herida en mi corazón. Como si las uñas de sus finos dedos me hubieran rajado la piel y la hubieran abierto por completo. Esa herida lloraba. Mis

rodillas flojearon. Caí, y el frío metal siguió ardiendo dentro de mí. Me había acuchillado por la espalda y no podía creerlo. ¿Iba a morir? Sus últimas palabras

aún resuenan en mis sueños. -Siempre conmigo. estarás

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16 Mordiendo mi propia pesadilla

T

odo lo recuerdo como un sueño. Años después, incluso, me aseguraba que todo lo que ocurrió aquella noche fue un puñetero sueño. Una

pesadilla que trato de olvidar, y que sin embargo, me es imposible. Cuando desnudo, en la ducha, el agua cae sobre mi piel, siento escalofríos al notar que las gotas acarician la cicatriz que me dejó su navaja. Muero de dolor, sicótico tal vez, si la esponja roza la herida. Es una pequeña línea de cinco centímetros que yace en mi espalda. Parece que bajo mi piel hubiera excavado un pequeño topo. Aquella noche me bebí mi propia medicina.

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La desesperación la entiendo. Ver que la persona que más quieres huye. Ver que no tiene palabras. En muchas ocasiones, no hay frases precisas, ni sentimientos que puedan evitar su marcha. Tampoco hay tiempo para hechos que logren convencer a la pareja a no abandonar el nido. En ese instante, el ser humano suele retroceder a una remota prehistoria y desenfundar el animal que lleva dentro. Y es el hombre en la mayoría de las ocasiones. Cegado por el amor, y con el cerebro completamente desenchufado, la violencia se hace fuerte en él y eyacula con rabia como último intento de retención. Cada golpe, patada o puñetazo, cada cuchillada, cada bofetada, cada gesto de odio, engorda aún más el adiós definitivo. El final. Mis lágrimas escupieron por el miedo. También por el fuerte dolor que me pellizcaba en la espalda con cada uno de mis resoplidos inquietos. De rodillas, frente a la puerta, y con mi mano derecha soltándose del pomo por falta de fuerzas y dirigiéndose a tapar mis ojos y frente, creía morirme. Fruncía el ceño, apretaba la mandíbula, y por enésima vez en mi joven vida rogaba a Dios que me ayudara. Deseaba desaparecer, pero nadie actuó y emprendí un corto camino por la primera tortura de mi vida. Tal vez sólo fueron cinco minutos, pero yo creí que aquello era la eternidad. Sin duda. Esencialmente, cuando volví a tropezar con su mirada y sus labios sangrientos tocaron los míos. La eternidad era dueña y señora de aquella escena. No veía el final por mucho que pensara en él y lo imaginara. Recuerdo que me oriné encima preso del pánico, y que vomite poco después de que sus labios volvieran a tomar una leve distancia. El pánico me mordió con ira y me contagió con su veneno cuando vi que él ni siquiera pestañeó durante mi

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vómito. Sonrió y me acarició la cabeza. En ese momento tuve la certeza de que jamás daría un paso más en mi vida fuera de aquella habitación.

Antes, el ardiente metal se había avivado dentro de mí. Había jugueteado dentro de mí. Fueron segundos, pero los recuerdo con tan sumo detalle que me asusta. Cuando llegó el momento de abandonar mi piel, él lo hizo con suavidad. Tuve el recuerdo de una penetración sexual. Como si él retirara su pene del interior de mí, justo después de eyacular. La sacó con cuidada calma, sintiendo cada uno de los milímetros de la piel que había usurpado, y siempre a idéntico ritmo lento hasta conseguir la liberación. Acto seguido, mi espalda escupió sangre, y su brazo sin arma se posó en mi hombro. -Aún queda el postre –musitó girándome la cabeza desde la barbilla-. ¿Te lo quieres perder?

Mi corazón continuaba a un ritmo vertiginoso. Deprisa, asustado por la herida abierta en su castillo de piel. Traté de levantar la mano para aferrarme de nuevo al pomo de la puerta. También quise gritar, pero me sentía afónico. Seco y sin fuerzas. La espalda me aguijoneó cuando mi codo superó la altura de mi cuello. Carlos optó por voltearme, sin mimos ni cuidado. De nuevo mis ojos se enfrentaron a la mesa de la cena, a él, a nuestras camas, a derecha e izquierda, y al jardín invisible que imaginaba ver a través de la oscura ventana. Lo sentía apacible, durmiendo bajo un cielo ligeramente estrellado en aquella noche sombría. La luna torcida y escuálida y el cinturón de Orión eran las únicas luces protagonistas allí arriba. Y yo las quería ver. Abandonar aquel cuarto y sentir la humedad y el frío del jardín en la soledad. Sin

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embargo, mi futuro inmediato real iba a ser muy distinto. Estaba a punto de ser besado y apenas lograba sostenerme de rodillas.

Cada segundo, más húmedo. La sangre mojaba ya mis pantalones y hacía gotear mi camiseta. Carlos sujetaba el cuchillo con su mano derecha, con la mirada vacía, pero fija en mis ojos. Lentamente se acercó la navaja a los labios. El filo se posó en sus labios y mi sangre se empapó con suavidad por toda su sonrisa. -Tú y yo hace tiempo que somos lo mismo y no lo sabes. Debería habértelo dicho... -Ayúdame –rogué sin apenas vocalizar-, me muero, Carlos. Me sentí estúpido soltando aquellas palabras, pero eran ciertas. Él no me escuchó. Saboreó un poco más mi sangre de la navaja y prosiguió. -Nuestra sangre, en cierto modo, es la misma. Cuando uno está enamorado ambas se funden. Son distintas pero tienen algo en común. Estamos unidos aunque no quieras asumirlo.- Se arrodilló y quedó a la altura de mis ojos- Tú te mueres cada día, y no por la herida de esta noche, cariño. -¡Estás loco! –solté histérico y afónico.

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-Yo, y tú. Los dos lo estamos. Y vamos a morir juntos. Es nuestra única salida. Es la única solución. Debes aceptarlo. Enamorado y haciendo el amor se camina mejor hacia la muerte. –Quedó a un palmo de mí sin que yo pudiera evitarlo y concluyó- Yo te quiero, Sergio, y tú deberías aprender a quererme porque siempre estarás conmigo. Con los puños cerrados, sin moverme para evitar las punzadas de la herida, él completo la pequeña distancia que restaba entre ambos y posó sus labios sangrientos en los míos. Nunca supe si iba a morir desangrado o de la mano directa de Carlos, al que imaginaba retomando la violencia y convirtiéndome en un colador humano. No dudaba que sí él me mataba moriría conmigo. En cambio, sí dudaba qué ocurriría si moría desangrado allí en la habitación o de camino al hospital. Quería saber el final de aquello, y sin embargo, no tengo recuerdos. Me es imposible relatarlo. Sí me alivia saber que, matemáticamente, Carlos no pudo violarme. Sí sé que después del beso él quería que hiciéramos el amor. No le importaba mi agónica situación. Tras vomitar, él sonrió, me limpió la barbilla y cogió mi débil mano izquierda. Él ya se había desabrochado los botones del pantalón. Sentí su pene erecto bajo los calzoncillos. La escena comenzó a nublárseme. No tenía fuerza en ninguna parte del cuerpo. El sueño me estrangulaba. Los párpados se me hundían constantemente. Quería tumbarme y dormir. Y ni siquiera así me iba a sentir descansado. Carlos seguía a la misma distancia, si bien, yo comenzaba a verle cada vez más lejos; se alejaba y se emborronaba. Mi mano sí seguía allí tratando de masturbar. Muerta, pegada a mi brazo, que se alargaba a mis ojos como si se tratara de plastilina.

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Su erección continuaba. Él me guiaba... Pero de pronto, mis ojos huyeron, mi cuerpo fue derrumbándose hacia atrás y desparecí de allí.

Son varias las versiones de mi final. Como una serie de televisión. No sé si aún hoy he escogido alguno. Extrañamente, me gusta la que cuenta que Carlos salió gritando de mi cuarto, me cogió por los tobillos y me arrastró desde la habitación hasta el final del pasillo de las habitaciones dejando tras de sí un desigual riachuelo de sangre. Diez minutos después estaba en la enfermería y media hora más tarde en el hospital. Sin embargo, no puedo creerme la primera parte de la historia. La segunda versión es similar, pero más verosímil porque mi cuerpo no se movió del cuarto. Otra persona añadió que Carlos trató de suicidarse cuando lo separaron de mí. Hubo demasiados bulos. Incluso llegó a decirse que los dos habíamos aparecido muertos en la habitación y que el centro lo ocultaba. Era fácil apoyarse en esa teoría. Yo sólo regresé a firmar unos documentos y para recoger algunas de mis cosas. Mis padres habían solicitado el alta voluntaria. Sólo necesitaría una entrevista semanal hasta el alta definitiva. De Carlos no supe nada hasta un mes

después.

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Tenía la boca seca cuando desperté en el hospital. Estaba desorientado, asustado. La presencia de mi madre, seria, llorosa y triste no me relajaba. Al ver mis pupilas en movimiento, ella se acercó apresuradamente. Olí su peculiar e inconfundible perfume francés mezclado con el aroma de su maquillaje. Rompió a llorar cuando se sentó sobre la cama, posó su mano sobre la mía y me besó en la mejilla. Sentí que con la otra mano me tocaba las piernas. Me alivié. -¡Te quiero, hijo! ¡Vaya susto nos has dado! Mantuve el abrazo que de improviso tenía encima, quieto, tratando de recordar y volviendo a sentir cada una de las partes y funciones de mi organismo. Quise tocarme la cara. Lo conseguí cuando ella volvió a separarse. Tenía barba, pero poco más que la noche de la cena. Volví a observar a mi madre. Se secaba las lágrimas. Me miraba. -¿Papá? –Pregunté. -Trabajando. -¿Qué hora es? -Las diez, de la mañana... –Puntualizó. -Y... ¿Llevo muchos días...? Se separó de mí y fue a buscar una silla. La puso al lado de la cama. Esta vez no me cogió la mano. Mantuvo la distancia. Se quedó sentada a medio metro, mirándome, con sus manos anilladas sobre las rodillas.

-Llevamos toda la noche contigo. ¡Qué susto nos has dado! Papá tuvo que irse temprano, ya sabes, trabajo. -Lo sé.

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Llegó el silencio. Tenía tiempo para pensar, pero no lo hice. Los dos examinamos la habitación. Yo por primera vez, ella por enésima vez. Después volvimos a mirarnos. Me sonrió, yo dibujé una leve mueca de resignación y bajé la cabeza. -Todo esto es culpa mía –irrumpió de pronto. -Déjalo, mamá. ¿Se puede poner la tele? -Nunca debí darte nada, nunca debimos... Papá se empeñó. -¡Déjalo! –Me enfadé- Sólo ha sido un susto, tú lo has dicho, ¿no? Miremos hacia delante. Decidí ponerme a buscar la forma de encender la tele. Necesitaba una tercera voz que rompiera el silencio que vivía bajo nuestra conversación. -No, cariño, no lo dejo. Hemos hecho lo que en cierta manera tantas veces te echamos en cara. Detuve mi búsqueda y la miré de nuevo. Giré el cuello y sostuve mis ojos en el punto exacto en el que habían nacido aquellas estúpidas palabras. No podía creer lo que oía. Sí de papá, pero jamás de ella. Y escupía aquellas sandeces sin mover un músculo de su cuerpo. -No te castigues, mamá –Quise zanjar -Sí, me castigo, y tú deberías hacerlo también. Quizá así nos ayudarías a todos a enderezar nuestras vidas. -¿Castigarme? ¿Yo? ¿Lo dices por lo de Jon? ¡No fastidies, madre! -Pues sí, por lo de Jon –replicó sin alzar la voz. -Lo de Jon no tiene nada que ver con esta puta mierda. Fue un puto accidente, ¿entiendes, mamá? Os lo he dicho a papá y a ti miles de veces.

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Igual no lo queréis entender, pero eso no es mi problema, ¿vale? ¡Superarlo ya, coño! La explosión de mis palabras dejó una calma absoluta. Fue una bofetada del revés inesperada para ella. Sabía que aquella era la voz de mi madre, pero sin duda, las palabras tenían la firma de mi padre. Ella reanudó una leve llorera que se secó con un pañuelo de seda beige. Yo giré la cabeza hacia el otro lado. Oí que se levantaba. Creí que se marcharía. Erré. Oí los pasos. Vi la sombra. La vi a ella y vi que me tendía una hoja sobre las sábanas. Era sobre mi estado de salud. La pesadilla aún quería darme un último mordisco.

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17 Descubriendo la realidad

L

a primera vez que volví a dormir en casa, no dormí. Me tumbé en la cama, miré al techo y pensé en el cambio que había dado mi vida en

menos de un año. Busqué los motivos, pero no los localicé todos. No encontré tampoco las razones. Tuve tiempo suficiente para buscarlas, pero me perdía en reflexiones que no me ayudaban a descansar. Había dormido mucho mejor en el hospital, junto a mi madre. No hubo día que despertara sin su presencia. Por la noche dormíamos los dos, o eso creía yo. Yo en la cama, ella sobre dos sillas. Por el día hablábamos sobre todo lo que nos inspiraba la tele; noticias

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del mundo y España, política, chismes y pequeños comentarios relacionados con la ficción. Lo demás era tabú. Las miradas lo decían todo. Era difícil olvidarme del olor de Carlos. Olvidar su mirada me era imposible. No necesitaba cerrar los ojos para verla. De nuestras noches tampoco me olvidaba; su risa, su marihuana, su andar, el tacto de su piel, su desnudez, la manera de excitarse, correrse, la forma de su pene. Trataba de olvidarme de aquello. Pero nunca algo me había sido tan difícil. Me golpeaba

incansablemente en los pensamientos. Yo trataba de dibujarme un futuro mejor, de establecerlo como única prioridad en mis ideas, pero siempre acababa naufragando en la herida que aún me atormentaba al descansar sobre la cama; más si cabe en mi cama. Deseaba enderezar mi vida, terminar mis estudios de informática, trabajar, poder volverme a correr una fiesta con los amigos; mis amigos, y follarme a una tía hasta la extenuación. Sólo quería a una chica desnuda entre mis brazos. Sus piernas abrazando mi cintura y las mías la suya. Su coño y sus tetas y labios, todos para mí. Los de arriba y los de abajo. Nada más. No quería hablar con ella, sólo deseaba follármela. Me daba igual cómo fuera. Sentir el sexo apegado a mí. Meterla hasta al fondo y eyacular. Una y otra vez. Y luego me gustaría follarme a otra distinta, y después a otra, y finalmente a otra más. Quería que con todas fueran polvos salvajes. Que me hirieran la piel, me arañaran, me desgarraran la garganta y enrojecieran el capullo hasta que no pudiera soportar la mínima fricción. Anhelaba sentir ese segundo en el que el cuerpo quedaba agarrotado y desencajado hasta el límite para poder estallar de placer; que los dos nos sumergiéramos en ese temblor, tocando fondo; el clímax. Y al final, notar que los dos caemos poco a poco en la relajación más profunda. Necesitaba lamer

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unos pechos, succionar cien coños, beber su vida. Necesitaba el sexo femenino pidiéndome más y reafirmar mi heterosexualidad. Lo pensé la primera noche que dormí en mi casa pero no dormí. Cuando terminé de masturbarme por tercera vez eran las cuatro de la mañana. Hacía mucho que no me masturbaba solo. Hacía más tiempo que no sentía ese deseo pasional y sexual hacia un cuerpo femenino. Una mujer. ¿Cuál? En aquellos momentos me era fácil excitarme con cualquiera. Sólo quería meterla y quemarme con el ardiente calor de una vagina. Necesitaba sentir la piel de ella por dentro, sin preservativo. Antes de levantarme de la cama, porque la luz ya entraba por la ventana, me masturbé otra vez. Apenas unas gotas de semen cayeron en las sábanas. ¿Qué me estaba pasando? Y el sueño no llegó.

Volver a desayunar leche con colacao en la cocina de mi madre, en la misma silla de la cocina que me vio crecer me provocaba excesivos recuerdos. Me resultó más extraño de lo que preveía. feliz Estaba por el

absurdamente

absurdo hecho de poder volver a desayunar en mi taza. Con cubiertos de verdad. Estaba feliz porque la tele de la

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cocina me recordaba a un pasado distinto y mejor. Y porque mi madre me cuidaba como a un maldito rey de Arabia. ¡Jamás había visto tanta bollería sobre la mesa! Mucho más feliz. La libertad había vuelto a mi vida. Además, tenía una segunda oportunidad, y mi futuro inmediato iba a alejarse mucho del pasado reciente. Quería empezar de cero más que nunca y olvidarme de todo. -¡Vamos, hijo! ¡Aligera! –gruño mi madre mientras fregaba y recogía la mesaTenemos que estar a las once en punto. -Voy. Tranquila, mamá. El colacao reposaba aún caliente en la taza. Era lo más delicioso que había probado en demasiados meses y no quería ver que se terminaba. Bebí un sorbo y decidí untar y comerme una nueva mantecada. La mordisqueé y mastiqué con suma pausa. Ni punto de comparación con las secas magdalenas que cada mañana servían sin éxito en el centro. Sonreí comiéndola. Estúpidamente reí. ¿Era aquello lo que me estaba evidenciando un mejor porvenir? Algo había cambiado sin lugar a dudas, y seguro que el cambio iba a progresar aunque en menos de una hora tuviera que regresar al escenario de mi pesadilla. La habitación de la cena romántica más surrealista de mi vida. -Te has levantado con apetito... -¡Ajam! –dije con la boca llena. -Vístete y vamos –pidió. Terminé el colacao, di la taza a mi madre y camine en calzoncillos, descalzo y despeinado hasta mi habitación. Allí tenía toda mi ropa; mucha ropa. Y muchos más recuerdos. Laura seguía intacta en la pared en forma de fotografía. Demasiado guapa para mí. Excesivamente dolorosa su sonrisa. La

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fui arrancando poco a poco de la pared, la rompí en cuatro pedazos y dejé que se olvidara en la papelera vacía. También había regalos. Mis notas seguían intactas, y varias cartas y postales. Éstas se acumulaban en el escritorio. Todavía no las había abierto. La mayoría de mis amigos. Ninguna de Laura. Una de Leticia, pero no decía nada interesante. “Espero que te pongas bien pronto y podamos tomar un café”. “Yo espero volver a follarte pronto en esa bonita bañera que tienes...”, pensé entre dientes sonriendo. Me sentía feliz. Mi ordenador seguía intacto, tal vez algo más sucio. Lo encendí mientras me vestía. Quería averiguar si alguien le había metido mano. Al menos a primera vista lo iba a descubrir. Mis padres eran demasiado torpes. Sin embargo, no vi nada anómalo en el tiempo que tuve. -¿Ya estás con el trasto ese? Mi madre estaba preparada por completo, con las llaves del coche colgando de su dedo izquierdo y el bolso firme sobre su hombro derecho. Excesivamente elegante. Con pendientes, maquillada, repeinada, una falta morada y una blusa negra con ribetes bordados a juego. Iba de domingo. Yo de martes. -Voy.

La primera frase de la responsable del centro no fue original. Se acercó, me acarició la cara y preguntó, “¿Qué tal?”. Su voz salió con mayor cantidad de aire que sonido y tintineó en el ambiente demasiado maternal. Afirmé con un “bien” escueto y también escasamente original. Sin permiso utilicé la silla que quedaba frente a su mesa. Mi madre optó por recibir su aprobación, y mientras esperaba, me miraba con desaprensión, regañando mi actitud.

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-De verdad, que desde el centro todos sentimos mucho lo ocurrido. Jamás había sucedido nada igual. -La disculpa la soltó mientras regresaba a su silla, junto a la ventana. -Lo importante es que él está bien y se haga justicia –intervino mi madre clavándome la mirada con una amplia sonrisa-. ¿Verdad? Afirmé suavemente. Esperé callado a que llegara algo interesante que escuchar o rebatir. Intuyo que durante varios minutos hubo un diálogo vacío de interés como los muchos que hay en este mundo. No obstante, ellas sí parecían abstraídas en sus palabras. Incluso derrochaban entusiasmo. De pronto, mi nombre sonó y me involucró en la conversación sacándome de mis pensamientos; de mi silencio. Volví a levantar la cabeza, la mirada, sonreí a Raquel, miré de reojo a mi madre y lancé un escueto “¿sí?”. -La habitación está completamente recogida y tus cosas casi listas. Puedes ir cuando quieras. –Debió de repetir por el tono en que lo dijo. -Ve, anda –me animó mi madre. -Sí, vale, -acepté. Clavé las palmas de mis manos en los bordes de la silla. Apreté. Hundí las uñas en la parte inferior de ésta y noté cómo el paladar comenzaba a secárseme a una velocidad vertiginosa. El cuerpo se me agarrotaba y el corazón me empezó a latir más rápido por la falta de oxígeno. -Ve, cariño – insistió mi madre. Giré la cabeza y volví a asentir con una mirada difícilmente amistosa. Y no me pregunten por qué, pero esperaba que mi madre me acompañara. No por miedo, más bien por ayuda. Quería que me ayudara a recoger las cosas. “Me engañaba”, pensé. Sabía que me mentía. Su presencia a mi lado me permitiría

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alcanzar un mínimo de calma, la que ahora no veía ni de lejos. Esa calma era un punto borroso en el infinito. Ni siquiera imaginaba. -Voy, mamá –articulé con una sutil molestia. -Yo me quedo comentando unos asuntos con Raquel, ¿vale? Miré a las dos. Aún esperé unos segundos por si emergía la pregunta, pero nunca llegó el “¿Quieres qué te acompañe?”. El silencio se perpetuó durante los últimos segundos que estuve en aquella sala. Ninguna de las dos puso una palabra en sus labios hasta que no cerré la puerta por fuera. Tal vez Raquel no entendía de psicología, o quizá aquello se trataba de una prueba más. El examen que tenía enfrente me exigía conseguir pisar la escena que podía haberse convertido en mi fin. Apenas dos semanas después. No sé, ni siquiera aún hoy, si aquello fue una buena actuación. Yo sentía pánico. Si bien, no supe del pavor hasta que ella me dijo que fuera a por mis cosas. Arrastré la silla para romper el sosiego. Me puse de pie con torpeza y percibí que mis rodillas temblaban. Era verdadero terror. No quería ir. Ellas lo tenían que saber, pero ellas callaban. Yo callaba. Y tras girar mi cuerpo, caminar y abrir y cerrar la puerta, inicié con firmeza el camino que me llevaba de nuevo a mi peor pesadilla. No sabía siquiera si iba a llegar, pero me dirigía hacia allí.

Analizaba con detalle cada uno de los pasos que me acercaban a mi habitación; nuestra habitación. Sabía que Carlos no estaba, pero sin saber el motivo crecían mis dudas. Creía que en cualquier esquina iba a aparecer con su andar torpón, su mirada fija y lenta, y su sonrisa bobalicona diciéndome,

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“¿Qué tal todo, loco?”. Nadie apareció. Ni siquiera me crucé con los cuidadores del centro. Nadie. Como si lo hubieran vaciado para mí. A escasos cien metros de la puerta me detuve. Busqué restos de la supuesta mancha que había dejado mi sangre. Sin embargo, el pasillo aparecía impoluto. Reanudé mi marcha, miré el reloj del móvil y recordé que en aquella planta era la hora de la gimnasia. La soledad me intranquilizó más. Me invadió el miedo cuando la puerta estuvo a la vista. Me obligué a detenerme. Desconfiaba, cada vez más, de la soledad de aquella habitación. ¿Esperaba hallar algo más además de mis cosas? ¿A alguien? Era absurdo. Sabía que no, pero la ansiedad había debilitado mi certeza. La puerta de la habitación 017 parecía enorme en aquel pasillo. Los números en color beige me parecieron incluso diferentes. Más tétricos. Jamás me había fijado en ellos. Miré a la derecha e izquierda y me distancié para contemplar la puerta. Nunca antes me había planteado lo que suponía abrir una maldita puerta. Nunca me había aterrado tanto. ¿Por qué? Lo que podía haber al otro lado no era nada, y cada segundo que lo pensaba la dificultad me era mayor. Di tres pasos, y decidí pegar la oreja en la madera de aquella puerta. ¿Oía silencio? Mi corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza, que no conseguía oír nada. Cerré los ojos y sentí cómo mis dedos temblaban contra la puerta. Tenía tantísimo miedo de repente, que no podía escuchar más que el vivir de mi cuerpo. Volví a distanciarme. Volví a vigilar. ¿Por qué era tan gilipollas? "¡Nadie iba a estar esperándome allí dentro!", me grité. Y menos aún la persona en la que estaba pensando constantemente. Necesitaba afrontarlo. Abrir la puerta,

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recoger mis cosas y dar un portazo para siempre al pasado; a lo que sucedió aquella noche. Había un futuro y yo tenía que tomar las riendas. Opté por dejar de pensar. Me quité la puerta de los ojos. Me agaché, me escondí en mí mismo y conté hasta cinco. Ni despacio ni rápido. A un ritmo constante y decidido. No podía volver con mi madre como un maldito niño cobarde sin mis cosas. Era un paso atrás respecto a mi libertad. Me levanté y caminé veloz hacia la puerta. Fueron tres pasos. Mi mano derecha se estiró, apreté el pomo con fuerza, frío, lo giré y abrí. La habitación descansaba en paz tal y como la había conocido. Sin embargo, de pronto me atizó con furia la última imagen que tenía de ella. Su mirada en el centro, su aroma, la tenue luz, su respiración vibrando y mi dolor adentrándose en mí hasta paralizarme los huesos y la conciencia. Pestañeé y volví a visualizar con detalle lo que en realidad había allí. Quería convencerme de que estaba solo. Sin él.

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18 Libertad atada

A

parecía frente a mí. Con el cuchillo en la mano, sonriente. “¿Qué tal loco?, ¿Has venido a por el postre?” Veía la escena con total nitidez. La

sentía, palpaba y temía. Mi mente me la hacía experimentar. Yo me la estaba bebiendo; saboreando. Me era imposible deshacerla. Y por un lado, tampoco quería. Era él y yo. Los dos enfrentados, y aunque aterrado, deseaba atacar y saldar cuentas. “¿Deseaba su muerte?”, vacilé. La venganza tal vez. Y no sólo por la cicatriz perenne que se amoldaba aún en mi espalda. Quería que pagara el importe por la herida que latía en mi vida. No iba a ser fácil la venganza, ni la manera concreta de realizarla. Sé que la histeria me atraparía... No lo dudaba. Si lo tuviera delante de mí realmente no sabría cómo actuar. Improvisaría. La violencia me conquistaría.

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Y repentinamente me vi inmerso en una película. La rodé en mi mente y corregí mis actos cuando no me gustaban. La ficción me obligó a salir a escena y actuar. “¡Acción!”, grité. Corrí, salté sobre él y le aticé un puñetazo entre los dientes. Me excitó su sangre correteando entre sus encías. Luego le golpeé en la nariz. Un rojizo riachuelo le encharcó el rostro. Me dio asco. Sufrí náuseas. Quise vomitarle encima, pero no lo hice. Quise morderle el labio y arrancárselo. Tragármelo. Incluso en pleno estado de rabia, soñé con besarle y morderle la lengua cuando me la metiera hasta la campanilla, algo que siempre solía hacer. Me dejé besar, y entonces, mi trampa dental se activó y apretó sin piedad hasta sentir que se partía en dos. No pude cogerle del pelo, así que decidí atrapar sus minúsculas y ridículas orejas. No le veía llorar, así que escupí directamente a sus ojos. No le veía sangrar todo lo que quería, así que hinqué mis uñas en su cuello hasta ver que la piel se desgarraba y las gotas de sangre desfilaban suavemente para esconderse bajo su camiseta. Y cuando sólo me quedaba cortar por lo sano su vida, mi rodilla se hundió entre su entrepierna, golpeó y yo me fui con media sonrisa. Era el definitivo ‘The End’. No quería ver su muerte. Su mala vida se encargaría de tal

honor.

Tardé

unos de

minutos la

en

desaparecer

ficticia

habitación. Fue como si me

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hubieran soltado de un avión. Cuando choqué contra el suelo, mi cuerpo despertó por completo. Resucitó. Estaba allí, en soledad. La habitación estaba intacta. Tal y como la había visto por primera vez. Di dos pasos, tres y un cuarto. No había nadie. Lógico. Sin embargo, no me entretuve. No me detuve en detalles. Recogí mi ropa, que ya casi estaba preparada en mi maleta. Guardé varios de los bolígrafos que utilizaba, dos cuadernos y tres libros de la biblioteca que, como no habían retirado del cuarto, tomé prestados para siempre. Además, me llevé ‘Azul casi transparente’ de Ryu Murakami, un pequeño libro que Carlos me había regalado y se había convertido en mi obra de cabecera; mi lectura nocturna. Recorrí el pasillo veloz, como si me persiguieran. Únicamente me crucé con dos asistentes que rehusaron saludarme. Me miraron en dos ocasiones, de manera intermitente e intercalando susurros. Sonreí y seguí avanzando obviándolas. Mi madre permanecía en el interior del despacho de Raquel. En idéntica posición. Las dos debían de continuar conversando. Di dos golpecitos en el cristal de la puerta y entré sin esperar una respuesta de aceptación. Pese a esto, las dos se asustaron. Las dos se recolocaron en sus asientos en cuanto notaron mi presencia. De inmediato, mi madre se levantó. Su rostro denotaba enfado. Su piel aparecía acalorada y con una postiza sonrisa, como si dos hilos estiraran de los codos de sus labios. Raquel puso un gesto casi idéntico pero más comedido. -¿Pasa algo? –Pregunté. -Nada, hijo. Nos vamos ya. –Tendió la mano a Raquel y ella la aceptó- Muchas gracias por todo lo que han podido hacer.

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La ironía, una receta frágil en mi madre, abofeteaba sin disimulo en el tono de cada palabra. “Lo siento”, oí musitar. Raquel se levantó para darme dos besos. Lo hizo y nos fuimos. Todo fue excesivamente rápido.

El viaje en coche me regaló una canción. La pinchaban en una extraña emisora de radio. La sensación de libertad con ese tema creció más fuerte dentro de mí. Bebía cada una de sus frases por primera vez y me hicieron sentir bien, aislándome por completo de la monotonía y silencio del trayecto. Sin embargo, hoy no puedo recordarla. Hoy siempre me viene a la cabeza la letra de otra canción: “Una racha de viento nos visitó, pero nuestra veleta no se inmutó... Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas... Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor, me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor...” La libertad nacía y crecía en mis venas con cada curva. En cada frenazo. En cada acelerón. En la absurda posibilidad de ver los semáforos de nuevo, descubrir nuevos rostros pasear por las aceras, cruzando frente al vehículo ilegalmente o por el paso de cebra correspondiente. La libertad me hacía sonreír al ver bailar sin ritmo una hoja de un árbol. Incluso al ver en silencio las primeras luces de Navidad que pronto acabarían haciéndose fuertes en la Castellana. Sentí más placer cuando decidí bajar la ventanilla y percibía que el aire frío azotaba mi cara y me hacía llorar. La sensación de libertad me ayudaba a despertar de mi pesadilla, aunque no a olvidarla. Deseaba borrar el pasado, aunque olvidando no podía obviarlo. Ni siquiera las consecuencias. La herida desfilaba con total libertad por mi vida y eso era imposible de

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erradicar. Ni a largo plazo. Caminaría por la libertad a partir de hora, pero un fino hilo siempre me ataría a ese pasado. Pese a ese trazo de tristeza interior invisible, yo continuaba con mi sonrisa en el coche, con la cabeza pegada a la ventanilla, sintiendo cómo el frío aire se colaba por una esquelética rendija. Y allí, en el asiento del copiloto, la felicidad me iluminaba con mayor amplitud cada segundo. Me alejaba para siempre de un oscuro camino en mi vida. Pero entonces, durante mi ardua tarea de olvidar y disfrutar, mi madre optó por lanzarme una zancadilla. Despertarme del sueño y avivarme el interés por la persona que envenenó mi vida. -¡Vamos a denunciar! –explotó bajando el sonido de la música. -¿A quién? –Pregunté apático. -Al centro, por supuesto, y a tu compañero. No puede irse de rositas como ellos quieren. Por el bien de todos y el tuyo, hijo. -¿De qué hablas, madre? –Giré la cabeza y clavé sus ojos en ella, que seguía concentrada en la conducción con la mirada fija en la carretera. -De lo que te ha sucedido. –Frenó de golpe ante un semáforo en rojo y me miró- ¿O crees que todo lo que ha pasado es nada? ¡Te intentó asesinar! El afilado grito materno me asustó. Enderezó mi cuerpo y me sentí tenso e incómodo en el interior del coche. Se había hecho excesivamente pequeño aquel habitáculo. -No... Sí, no sé, pero ya llegará el juicio, ¿no? -agaché la cabeza- Yo quiero olvidarlo, madre.

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El acelerón me pilló por sorpresa. Atacó justo después de querer asesinar un claxon. A mi madre le apresaron los nervios, pisó el acelerador con ímpetu, soltó el embrague de una vez y las ruedas chirriaron. -Hijo, tú tienes que olvidar ciertas cosas, no lo dudo, pero otras no puedes. Están contigo. Es tu vida. Tendremos que superarlas juntos. Él debe pagar por lo que hizo. Y sin embargo, no lo va a hacer. -¿Cómo? -Sólo le han cambiado de centro. Sigue el mismo tratamiento y en idénticas condiciones –relataba mientras peleaba con el tráfico del centro de la capital, cambiando constantemente de carril-. Y Nada va a cambiar. Nosotros tenemos que hacer algo. -¿Dónde está? -Eso es lo más grave del asunto... -¿Dónde? –pregunté con mayor seriedad. Mi madre giró el volante sin dar el intermitente, volví a oír un claxon, pero no sentí golpe alguno. Estábamos frente a la rampa descendente que daba acceso al garaje de la comunidad de vecinos. -A dos manzanas de nuestra casa. ¡De ti! ¡Es vergonzoso! -¿Dónde? –Insistí inquieto. Cuando me concretó la dirección se me puso la piel de gallina y la libertad, viva, me ató un poquito en corto.

Transcurrió medio año hasta que volví a ver a Carlos de cuerpo presente. Uno frente al otro. Los dos juntos, separados por un escaso metro. Sin embargo, apenas un mes después de nuestra cena romántica ya sabía de él. La

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curiosidad con la que mi madre me había alimentado había dejado a mis dedos libres de uñas y necesitaba respuestas. Desde la distancia, pero noticias suyas; explicaciones. Aún no tenía el valor suficiente como para enfrentarme a su cara. Ni valentía, ni ideas maquiavélicas para desayunar la venganza que tanto anhelaba. Opté por un método inusual en pleno siglo veintiuno, pero totalmente eficaz para su estado. Le escribí una carta. Lo hice la misma tarde que mi madre me reveló donde estaba. Escaso medio folio, pero suficiente para decirle que yo seguía vivo y que mi herida no había cicatrizado. Deseaba hacerle saber que no iba a olvidar el daño. No quería que durmiera tranquilo. Y escribí a mano.

Querido Carlos,

Te sorprenderá la carta. Te sorprenderá leer de nuevo palabras de mi puño y letra. Lo más sencillo era huir y alejarme de ti para siempre, pero sabiendo lo cerca que estás de mí y la herida que corre por mi sangre, no puedo evitar contactar contigo para decirte que, en cierta manera, nuestra batalla no ha terminado. ¿O sí? Tú lo dijiste: “¿Siempre estaremos juntos?”. Ahora lo entiendo. No sé explicar el dolor; el odio. Quizá con el tiempo se borre y me olvide de ti. Ahora me es imposible. Tengo una larga espina afilada entre mis venas. No dudo que ya lo sabías. Descansa impasible a la distancia justa de mi corazón. En mi vida diaria no me hiere, pero oír tu nombre y recordarte estremecen mis latidos. El pinchazo se convierte en una insufrible tortura que alimenta mis ganas de ti.

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Hoy no sé si volveré a mirar tus ojos. Si lo hago, ten miedo. Yo lo tendré. Y antes de despedirme, sí necesito saber una respuesta. ¿Por qué me contagiaste con tu veneno? ¿Desde cuándo lo tenías planeado? Quiero saber qué parte de cordura hay en ti en todo lo que me sucede o si todo es fruto de la locura. Ahora mismo estoy llorando. Si buscas bien en el folio, verás las sombras de mis lágrimas resecas. Espero tu sinceridad. Un saludo, Sergio. Doblé la hoja. Me sequé las lágrimas. Cogí un sobre de uno de los cajones de mi escritorio. Metí la carta dentro. Cogí otra hoja y en ella escribí mi dirección. Le pedí discreción si decidía responder. Le pedí un seudónimo o anonimato. Pegué el sobre. Y sin dudar un segundo más abandoné la habitación. Compré un sello. También lo pegué con rapidez. Y sin abandonar mi acelerado nerviosismo, busqué el buzón más cercano. No quería pensar, porque entonces encontraría una manera de arrepentirme. En cuanto vi el cilindro metálico, decidí abrir su boca y soltar la carta de mis dedos. La empujé con tal brusquedad, que me fue imposible buscar un segundo de arrepentimiento. En el momento en el que la carta yacía dentro del buzón, sin posibilidad de rescate, me relajé y cavilé en las consecuencias. Hacía un nuevo nudo a la única cuerda que coartaba mi recién estrenada libertad. Me arrepentí en cierta manera. Aunque al mismo tiempo comprendía que era un escrito inevitable.

La respuesta de Carlos llegó cinco días después. Yo estaba en el salón jugando al FIFA con mi ‘Play Station’. No esperaba una respuesta tan temprana. De

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hecho, al segundo día había olvidado la carta por completo. Imaginé que no le llegaría la carta. Se perdería en recepción. -¡Sergio! –Gritó mi padre- Una admiradora... Pausé el juego, asomé la cabeza y vi a mi padre con un pequeño taco de cartas, en su mayoría facturas. -Parece que tienes una admiradora secreta... –Sonrió y me lanzó con desprecio un pequeño sobre. -Sí, seguro... –Farfullé soltando el mando.

Atrapé la carta del suelo y leí: ‘Lilly’. Sonreí. Una de las protagonistas de nuestro libro; mi libro de cabecera. Mi corazón se aceleró, y la espina hirió con ira mientras un nudo estrangulaba mi estómago. Mi piel moría, y mi mandíbula quedó desencajada durante largos segundos. -¿Todo bien? –Preguntó mi padre.

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Agaché la cabeza, me levante y crucé por su derecha sin mirarle. Tenía una dirección única: Encerrarme en mi cuarto. -Todo perfecto –dije antes de desaparecer. Ni siquiera en la soledad de mi habitación, con la carta en la mano, mirándola, quemándome, podía tranquilizarme. Oí a mi padre por el pasillo, pero él sabía que no podía venir a interrumpir. Mi madre debía de seguir en la cocina. Me aislé del mundo. Sentí cómo el calor ardía en mis manos. Puse un disco de ‘Franz Ferdinand’ y rajé la carta por un lateral con suavidad y temblor. Bajo los primeros acordes de ‘Jacqueline’ buceé en el dolor de sus primeras palabras.

1. Letra de la canción: ‘Dulce Introducción al caos’ de Extremoduro.

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19 La carta
Hola, loco. ¡Menuda sorpresa! Te echo de menos, mucho. Llevo un mes sin follar. Imagino que tú también. Me habrás sido fiel, ¿no? ¡Uf! Eso hace echar de menos a cualquiera, ¿no crees?

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Entiendo el enfado que emana tu escueta carta. No sé el motivo. No sé qué herida te duele más. Sé que, si es lo que creo y te lo hubiera dicho nunca hubieras follado conmigo. ¿Qué harás tú a partir de ahora? ¿Quieres tirarte toda una vida sin meter tu bonito pene en un chochito caliente? ¿O en un culito? ¿Qué te gusta más ahora? Para saborear ambas te será imprescindible mentir. Quizá algún día lo nuestro tenga solución. Hoy lo dudo. Y no planeé nada, que conste. No al menos nada de la parte final. Estoy enamorado de ti, simplemente. Es lo único sincero que siento ferozmente en mí. El resto son asquerosas falacias; sentimientos efímeros. Y no seré ni el primero ni el último amante que mata o intenta matar al amor de su vida. Nunca quise herirte, pero ver que te ibas de mí me dolió, tanto, que necesitaba hacerte saber; que sintieras mi dolor en tu piel. Es la primera carta que escribo en muchos años y no se me está dando decidido mal. Por cierto, como ‘Azul he la casi

apodarme de

protagonista

transparente’. ¿Qué te parece? ¿Sexy? Siempre quise ser una mujer. ¿Me querrías entonces? Yo aún te quiero. Ya te lo he dicho, ¿verdad? Me masturbo pensando en ti.

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Todos los días. ¿Tú? Al menos sé que piensas en mí. Tú has iniciado esta batalla verbal de cartas. ¿Adónde quieres llegar? Matarme no solucionaría nada. Lo sabes. Además, eres cobarde por naturaleza. Te cuesta en exceso afrontar la realidad. Lo percibí enseguida. Luego supuse que por eso te escudaste en la locura. Es más sencillo todo, ¿cierto? Y más fácil en la soledad sin que nadie te moleste. Así eras tú. Así eres. Desde el principio supe que caerías en la tentación. ¿Te lo mereces? No lo sé. ¿Me lo merezco yo? Tampoco lo sé. ¿Cómo fue? Tal vez algún día... ¿De verdad vas a venir a verme? Tengo la piel de gallina. Todo el cuerpo se me eriza. El corazón se me atropella como a un chiquillo en su primer día de colonias. Esas palabras tuyas aún respiran jadeantes en mi cabeza. Estoy cachondo como un quinceañero en su primera vez. Si ahora estuvieras aquí y me pusieras la mano en la polla, me correría en un solo instante. ¿Tú no? ¡Tócate, anda! Ahora, hazlo por mí y luego cuéntamelo en la próxima carta. ¿Vale? Ojalá lo hagas. ¡Ay, loco! ¿Qué vas a hacer con tu vida? Sin mí... ¿Te curarán tus papis? Te llevarán al mejor centro del país y te tendrán años encerrado allí, con los mejores tratamientos, hasta que encuentren la deseada vacuna. Tú tranquilo, siempre te quedaré yo. Dos hombres de la mano, unidos por nuestra pasión sexual, envenenados, caminando, enamorados hasta la muerte. Ya no podríamos hacernos más mal... Pero tú tuviste que querer huir. No lo entiendo. ¿La chupo mal? No me mientas, ¿eh? Te he visto y sentido. Te retorcías en nuestra cama; mi cama y la tuya. He notado cada uno de tus espasmos golpeando a derecha, izquierda, arriba y abajo. Y finalmente, recuerda que saboreé tu semen golpeándome en el paladar.

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¿Aún sigues leyendo? Iba a escribir poco, pero esto me está resultando altamente divertido. No esperaba noticias tuyas. De verdad. Incluso descartaba que estuvieras enfermo. Sabía la posibilidad, pero pareces un tipo con suerte. ¿De verdad lo estás? Lo siento. O no, no sé. Tal vez lo merezcas, por cobarde. ¿Acaso lo merezco yo? Me repito, lo sé, pero me gustaría tenerte aquí para poder oír ya todas las respuestas a mis preguntas. Mi historia es mucho más dura que la tuya. Quizá por eso enloquecí. Estaba enamorado, más que ahora de ti. ¿Te creíste la escena de la obra? No, ¿verdad? Patrañas, puras y asquerosas patrañas. Tal vez te lo cuente en el futuro, pero en otra carta. Aunque sólo en el caso que rechaces un encuentro cara a cara. ¿Volverás a escribirme? Creo que sí. Me necesitas. Tienes cuentas pendientes conmigo. Tienes dependencia a mí. ¿Nos volveremos a ver? Pregunto demasiado y yo no respondo a tus preguntas. ¡Cómo soy! Sin embargo, tampoco creo que quisieras eso. Querías tener noticias mías, nada más. Además, no hay porqué, y si lo hay lo encontrarás tu mismo el día que decidas actuar en silencio y rezar que el veneno no se propague. Porque no es lo mismo follar con condón que sin él, ¿verdad? Los dos lo hablamos aquella noche orgásmica en la que sacamos tantas virtudes a una relación homosexual. La heterosexualidad sólo se cubre del embarazo, ¿verdad? ¿Y tú qué quieres ahora mismo? Ardo en deseos. Ardo si sueño saborear miles de mis deseos. El primero, verte. Luego tocarte, olerte, saborearte, morderte, comerte, besarte. ¿Estás seguro de que no me quieres? ¡Piénsalo bien! ¿Por qué me escribes? No hay más, Sergio, mi loco. Debes afrontar tus pasos del futuro tu mismo. Por recurrir a mí no vas a remediar nada. Sólo me vas a encontrar a mí, amándote. Yo no puedo curarte. No sé si vienes a mí por la herida en la piel o por la enfermedad que 165

tal vez te contagié. Si es por el sida, sólo tú puedes afrontarlo. Si realmente lo padeces, y no me quieres, deberás caminar tú solo. No hay espacio ni tiempo para la venganza. Créeme. Yo te quiero mucho. Lo sabías mucho antes de que organizara la cena. Pero te hiciste el despistado una vez más y eso no es justo. Un día amaneció como otro cualquiera y los besos y las caricias habían cambiado. Eso se nota, Sergio. Tus gestos y palabras brotaban con suma medida, y las mías se dejaban llevar y brillaban sin mesura. Tu mirada dejaba más que en evidencia todo lo que sentías, pero preferías esconderte en tu biblioteca y aprovecharte del sexo. ¡Maravilloso! Loco te echo mucho de menos. ¿A qué juegas? Yo sé mi juego pero, ¿el tuyo?

Tuve que detenerme. Aún me quedaba un folio, pero parecía que me restaba una eternidad. Que vivía en ella. Necesitaba agua. Un buen trago de alcohol; ron, whisky, vodka, tequila... Un buen polvo con una tía. Y pensé en Leticia. ¿Hora de tomarse esa cerveza o café? Franz Ferdinand seguía sonando en la habitación. Su aroma, el de Carlos, me recorría las fosas nasales. ¿Cómo lo había hecho? Incluso al pasarme la lengua por el paladar podía saborear sus besos. Salí de la habitación, me metí en el baño sin llegar a ver a nadie y cogí la pasta de dientes. Tuve una arcada. Me cepillé concienzudamente. Lo necesitaba. El sabor a menta anegó mi boca y tuve otra arcada. Poco a poco, Carlos desaparecía de mí. Me cepillaba rápido y fuerte. Oí dos golpes en la puerta. Me sobresalté. Creí que al otro lado estaba él, que me esperaba para seguir hablándome. Era absurdo, pero la maldita carta parecía tenerme

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atrapado en su universo. Ni siquiera había podido soltar el sobre y las hojas. Me quemaban en la mano derecha. -¿Estás bien, hijo? -Sí, papá –respondí tirando de la cadena inmediatamente. La soledad volvió al baño. Mi padre desistió. Me miré al espejo. Estaba pálido. Feo. Hacía mucho que no me observaba con detalle. ¡Cómo había cambiado! “¿No quería quitármelo de la cabeza? ¿O sí?”, me pregunté observándome. “¿Necesitaba verle para una venganza o simplemente para una explicación?”. Cuando el agua del váter dejó de correr escuché el silencio. Mi padre se había marchado definitivamente. Levanté las hojas y volví a mirar las letras de trazo infantil. Analicé el escuálido sobre en el que únicamente aparecía su apodo y mi dirección, y entonces descubrí algo más. No había caído en ello. Estaba en el fondo y su delgadez o mis nervios me lo habían hecho obviar. Sonreí. ¡Qué cabrón! No pude evitar reír. Entre mis dedos sujetaba uno de sus porros de marihuana. Estaba envuelto, como si de un regalo se tratara, en un amplio papel de fumar. Y estaba escrito. Lo deshice y leí: “Disfrútalo, sonríe a la vida y recuérdanos”. Abrí la puerta del baño apresurado, regresé a la habitación, escondí el porro en un cajón y dejé la carta sobre la mesa. Aún tenía demasiado presente su olor. Me maldije. ¿Cómo coño lo hace? De inmediato cogí el móvil y busqué en la agenda. Llegué a la ‘L’ y escribí un mensaje. Necesitaba unos labios femeninos. Necesitaba quedar con ella esta tarde, aunque sólo fuera mirarla, oírla y olerla. Aunque mi interior pidiera besarla, desnudarla con furia y follarla sin esperar su consentimiento. Necesitaba un espacio y un mundo distinto. Para ello, el primera paso era conseguir la cita, el segundo engañarla

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para ir a su casa, y quizá entre medias, explicar, de la manera adecuada, mi ausencia. “Te he echado de menos”, escribí antes de enviar. Miré los folios de nuevo y supe que no tenía ganas de continuar, pero debía hacerlo. Tampoco iba a tener la concentración necesaria porque gran parte de mí esperaba impaciente un mensaje. El móvil seguía apagado. Cogí la hoja. Decidí cambiar de música y opté por los ‘Beatles’. Metí el CD, bajé el volumen y comenzaron a sonar los primeros acordes. Me quedé de pie apoyado en el escritorio. Miré el móvil, que seguía sin dar señales de vida. Jugueteé con la última hoja y me la puse delante. Era la hora de afrontar el final.

Si has escrito esto es porque quieres verme. Ese es tu juego. ¿Me equivoco, loco? Me queda una duda. ¿Quieres verme para que follemos o para darme una paliza? Algo me dice que más lo primero. No te veo capaz de lo segundo. Así que concretemos. ¿Cuándo quieres verme? No será fácil. El control al que soy sometido es muy alto. De todas maneras planearemos algo. Yo me las ingenio, sigo teniendo los contactos suficientes. Yo te estoy siendo fiel, ¿eh? Espero que tú también. Además, tuvimos una despedida muy fea. Deberíamos mejorarla. Ardo en deseos. Iremos directo al sexo, ¿te parece? Sobran las palabras, que son las que nos enfadan, y por supuesto, evitaremos la cena. Curaremos nuestros pecados y perdonarás mis heridas, ¿verdad? A veces sueño demasiado, piensas diferente, lo sé. Querido, Sergio, hoy enviaré esta carta. Estas letras surgen un día después. He hecho una pausa de un día. ¿Se nota?

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Hoy, antes de ponerle punto final al escrito he releído tu carta, y la verdad es que me duelen tus palabras, y más lo que intuyo de ellas. Decirte que descubrí mi enfermedad hace un año. Nadie lo sabe. Es la única solución para ser normal; el de antes. Nadie debe saberlo. Es mi opinión. Si de verdad te he contagiado, lo siento. Tal vez eres uno más de mi lista. ¿Qué elegirías tú con mi vida a cuestas? Quizá mi vida sea ahora en cierta manera parte de tu vida. Debes convivir con ello. Yo elegí obviarlo. El futuro nos lo revela todo y los pacientes son los que mejor llevan la espera. En mi vida, en esta que me toca vivir, me gusta más esperar y esperarte. Yo te espero. Puede que hoy, el efecto de la medicación me haga soltar todas estas palabras de un modo extraño, pero son sinceras, lo prometo. Estoy siendo consciente de lo que escribo. Tal vez no estoy siendo consciente de cómo lo escribo. Sin embargo, lo que sí soy es consciente de que te escribo a ti, Sergio. Yo te esperaré, eso tenlo claro. No tengo mucho más que hacer, así que a la espera de saber tus verdaderas intenciones, a la espera de saber el significado o continuidad de estas cartas me quedo. A la espera de ti.

Te echo de menos, loco. Carlos.

PD: En el fondo del sobre encontrarás una ayudita para pensar mejor en tu futuro. ¿El nuestro?

El folio se me cayó de las manos. Mis dedos no tenían una gota de fuerza. La hoja flotó suave hasta tocar el parqué, por el que resbaló suave hasta llegar al borde de la puerta. Me sentía agotado, como si me hubieran dado una paliza. 169

La música evitaba a duras penas que sus palabras escritas sonaran altas y claras en mi cabeza. Martilleaban en mi frente. Pellizcaban mis ojos. De pronto, el corte entre una canción y otra me aterró por el excesivo silencio. El móvil vibró, y mi corazón aceleró el ritmo cardiaco y el vaivén de mi pecho. Incluso lancé un grito corto, agudo y absurdo. Di tres pasos, recogí la última hoja de la carta del suelo y la uní al resto. Las doblé y apresé el móvil. Era ella.

20 ObseXión

L

a masturbación se había convertido en una forma de vida. Exprimía mi vida cada noche, cada tarde, cada mañana al despertar. Incluso en

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sueños. Nada saciaba mis ganas de sexo. Ni el frío de la calle, ni la lluvia constante del invierno, ni la oscuridad de los días, ni las duchas heladas a las que a veces me sometía creyendo que así podría relajarme. Siempre acababa aferrado a mi pene y al brío suicida de una posible existencia. Y no me preocupaba, sólo me obsesionaba. Necesitaba sexo con una mujer de manera inmediata. Me hería la espera. Deseaba tener entre mis brazos el cuerpo de una mujer desnuda. Me hería porque, en ese tiempo, seguían aleteando en mí las palabras de Carlos, a las que había decidido dar portazo sin valorarlas. Anhelaba olvidar la razón que cargaba muchas de sus afirmaciones. Estaba en un estado de transición, y obsesionarme con la carta no ayudaba. Los folios reposaban intactos en el cajón junto al porro. Me aterraba escribir. No tenía palabras; las palabras. Además, la herida del corazón supuraba rápido y el dolor disminuía, por lo que mi cabeza regía con suficiencia para templar mi sangre. Entonces no existían palabras para él. No poseía los hechos de la penitencia que le devoraría.

De nuevo había vuelto a mis clases de informática. De nuevo había vuelto a tener independencia lejos de mis padres. Y además de teléfono móvil, de nuevo tenía tarjeta de crédito y dinero propio en billetes y monedas. Incluso contacto con mis amigos. Y por supuesto, había vuelto a saborear una, dos, tres y más cervezas. Lo único que me ataba al pasado era mi estado; las primeras revisiones médicas relacionadas con la enfermedad de Carlos; ahora mi enfermedad. Todavía no podía aceptarlo. Menos creerlo. De hecho, cada vez que me enfrentaba al médico esperaba y deseaba con todas mis fuerzas que él sonriera y dijera, “Espero que nos pueda perdonar, Sergio, pero todo

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ha sido un error, porque usted está muy sano. No está contagiado”. Incluso rogué a Dios. Sin embargo, esas palabras a las que les puse sabor a sandía veraniega no se derramaron sobre las comisuras de mis labios. Lejos de esa hiriente realidad comenzaba a disfrutar de la otra vida paralela a la que me quería aferrar mientras fuera posible. Olvidaba así las sombras que me hundían. En clase retomaba amistades. Y con los de ‘toda la vida’ organizaba un jolgorio grandioso por mi regreso. Sólo había pedido una cosa: Putas. La obsesión me azotaba constantemente después de más de dos meses fuera del centro. “Seguía sin meterla en caliente, ¡joder!”. Imaginar la sensación de follarme a una mujer me obligaba a masturbarme de inmediato. Daba igual dónde estuviera. Lo había hecho entre clase y clase imaginando a todas mis compañeras, en el Corte Inglés después de ver a varias dependientas con esa faldita tan corta junto a su habitual e insinuante escote, en casa de Manu, una tarde en el que su hermana acababa de salir del baño. No pude evitar ir al servicio, inspirarme con su aroma, imaginarla desnuda en la ducha y masturbarme. Mi casa también estaba tomada. El morbo me había llevado a hacerlo en la cocina, en la habitación de mi hermano y en la mis padres, en la entrada a riesgo de que me pillaran, e incluso en la terraza. El deseo crecía tanto dentro de mí, que hoy dudo que no fuera una enfermedad; otra más. Para construir la realidad paralela tuve que levantar un muro que evitara ver el pasado. Y la mentira volvió a convertirse en parte de la decoración de mi vida. La gente sí quería saber, y yo adorné a mi gusto el universo de mi ausencia. Carlos no existía, y el porqué de mi ingreso en el Centro fue más que injusto. Ofrecer una sonrisa, ojitos de pena y un silencio repleto de

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resignación, continuado por la frase “así es la vida... Pero ahora hay que mirar hacia el futuro”, ayudaba a calzar mis falacias. Mucho más difícil fue lo de Leticia. También me había obcecado con ella. Lejos del amor. Tal vez era que ella fuera la única chica que se había interesado por mí. Además, la deseaba ardientemente. Aquella tarde de la bañera había inspirado en mí un incansable onanismo. Era la única chica que me sentía capaz de follar sin pagar. Y pese a la cercanía, aún dormía demasiado lejos de mí. Al menos en cuanto a sexo se refiere. Ni siquiera pude tocar sus mejillas con mis labios la primera vez que nos volvimos a ver. Y sin embargo, quería lanzarme sobre ella, abrazarla, meterle la lengua, arrancarle la ropa, lamerle el cuerpo, besarla, saborearla y penetrarla hasta sentir todo su calor. Sentir sus abrazos, sus uñas en mi espalda, su humedad en mi entrepierna, el aliento y sus gemidos, su sabor, la tensión física y nuestra explosión final. Quería explotar. Estaba hastiado de una imagen que siempre acababa conmigo de pie, con los ojos cerrados, tenso, y con un pañuelo de papel aferrado a mi mano derecha esperando recoger el elixir de mi pene palpitante.

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Leticia contestó a mi mensaje de texto con frialdad. Aceptaba la invitación, la del café, pero sus palabras prensadas mostraban dudas. Esa misma tarde no quedamos. Tomamos ese café que acabó convertido en cerveza tres días más tarde. Estaba preciosa, desconfiada, distante pero complaciente. Seguía con su melena rubia, lisa y suelta. Sus ojos miraban distinto. Ella se había

convertido en una mujer. Apareció con un abrigo largo que dejaba todo su interior a mi imaginación. Me saludó con un “hola” cauto. Sus brazos siguieron pegados al cuerpo. No hubo contacto siquiera. Respondí casi de forma idéntica y nos sentamos. Nos miramos, y los dos, estúpidos, sonreímos. Bajo el abrigo llevaba un vestido morado que reavivó en mí una excitación ya patente. Ella comenzó a quitar la pegatina del botellín de la cerveza y la saboreó con un primer trago cortó. Yo imité. -¿Qué tal estás? –Rompió el hielo.

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-Bien –respondí seco y bebí-. Tirando... Ella se desenfundó un fular del cuello y sus clavículas y el inicio de sus pechos quedaron a la vista. Recordé besándolos. Me azoré, me tensé y excité deseoso de ella. -Creí que nunca nos volveríamos a ver, de verdad –dijo con un fino hilo de voz. -¿Por? -¿Tú qué crees? –soltó ofensiva- Ni sé por qué estoy aquí. Te pasaste tres pueblos, ¿no crees? -O diez –corregí-. Lo sé, se me fue... -¡Joder, tío! –Bebió otro trago y se recolocó en la silla. -Lo siento –musité. -No es suficiente, Sergio –me increpó- ¿Sabes? -¿Qué? –pregunté intrigado mientras bebía hasta colocar la cerveza a su mismo nivel. -Yo te quería. La cerveza se me detuvo en la traquea, como si hubiera pasado de una masa líquida a sólida. La respiración no circulaba con normalidad en mi organismo y la piel de mi cara empalideció. Mis pupilas buscaron la sinceridad en sus palabras y la besé en mi imaginación. -¿Sergio? –Me despertó. -Lo siento... –Hundí la cabeza y traté de disculparme- Tienes toda la razón. No sé ni cómo estás aquí conmigo. No lo merezco. -Porque hay algo que me dice que no eres tan malo –dijo tras una pausa. -¿El qué?

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-Algo, lo siento, lo percibo. -Vaya... Enmudeció durante largos segundos hasta que lanzó una nueva declaración que me congeló. -Además, me gustas. Todavía. Su mano se posó sobre la mía. Me asusté. No había caído en la cuenta, pero hacía casi un año que una mujer no me tocaba. Estaba muy nervioso. Mantenía mi excitación, pero en esta ocasión me hacía sentir raro. Aún quería lanzarme sobre ella, pero en ese justo instante tenía miedo. ¿Qué buscaba tocándome la mano? -No soy tan malo. Fueron las circunstancias, una mala época –acerté a decir sin olvidarme del tacto de sus dedos. -¿De verdad pegaste a aquella chica? –Preguntó tras una pausa, por sorpresa y con una sobriedad extrema. Las manos me quemaron y me solté. Me recliné hacia atrás y la miré desconfiado. El calor se congeló. Ella había cogido toda la baraja de la conversación y jugaba a placer conmigo. No me gustaba. Nada. -¿De qué estás hablando? –Fingí no recordar tras unos segundos de mutismo. -Lo sabes, Sergio. -No –mentí veloz-, no fue así. -Era tu novia, ¿verdad? –preguntó con suma calma. -Sí. -¿Y yo? -La chica de la que me estaba enamorando –mentí de nuevo. -¡Mentiroso!

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-No, no miento. Es verdad –insistí-. Me empezabas a gustar mucho, pero todo se precipitó y no tuve tiempo de arreglarlo como es debido. -Sí, descubrí a tiempo tu doble vida. Tu novia te dejó e hiciste todo lo posible por recuperarla sin pensar un segundo en mí, y ocurrió lo que ocurrió. -¿Qué ocurrió? –Pregunté con autoridad- No lo sabes, Leti, así que no vengas de sabidilla. No sabes lo que he vivido. No es tan fácil todo. Creí que después de la llamada de mi novia no querrías saber de mí. He pensado mucho en ti, más de lo que te imaginas. -No sé... -Pues yo sí sé. ¿Por qué estoy aquí? –Pregunté con la sensación de que ganaba terreno. -Porque no tienes a nadie –golpeó con furia, sin contemplaciones. Hubo un silencio y los dos relajamos nuestros cuerpos sujetando el botellín con tan solo un par de sorbos de cerveza en nuestro haber. -Te equivocas –dije sereno-, tengo, pero tú me gustas mucho. El silencio volvió a adueñarse de nosotros, especialmente de ella, que había cambiado su mirada. “¿Parecía creer algunas de mis palabras?” Logré mirarla a los ojos, sostener su mirada y sonreír. Ella pesaba. De nuevo su mano se posó sobre la mía e hizo un gesto con la cabeza para que abandonáramos el bar. De nuevo sin tocarnos, pero esta vez sintiéndonos en la escasa distancia, nos levantamos, salimos a la calle y caminamos. Sin palabras. Ella se detuvo cuando las escaleras del metro podían verse. -¿Lo intentamos de nuevo? -Ardo en deseos –dije recordando las palabras de Carlos. -Me gustas y lo sabes, pero necesito recuperar la confianza...

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-Confía en mí. –Di un paso y le cogí la mano. -Poco a poco, ¿vale? La despedida me azotaba y pellizcaba. La tenía muy cerca, pero iba a tener que esperar para desearla y sentirla. Sin embargo, ella quiso darme un aperitivo de lo que podía ser el futuro. Sus labios volvieron a tocar los míos. Fue un instante. Me derretí. Ella desapareció tras la boca del metro y yo caminé, en principio, sin destino.

Lo que improvisas y haces sin pensar suele ser lo mejor que te ocurre en la vida. La hubiera atacado y dado el beso de mi vida. Mi mano se hubiera posado en su trasero para pegar su pubis a mi miembro excitado, pero lo pensé, dudé y quedó en nada. Además, esa acción podía tirar por la borda cualquier posibilidad de follármela. Era jugármela a una sola carta. Mi entrepierna se ahogaba y ella se alejaba. Sus piernas, su culo, su coño, sus tetas y labios dejaban de estar a la vista de mis ojos, y sin embargo, me mantenían en llamas; temblando. Necesitaba una mujer. Cogí el teléfono y llamé. De camino entré a un bar. Pedí papel y boli y apunté la dirección. No pensaba en mis actos, sólo actuaba. -¿Es privado? –Pregunté. -Voy cada semana, Sergio. Trato exquisito y un precio asequible para lo que tienes. Y te lo mereces, tío –dijo Manu con media sonrisa en la voz. -¿Y a cuál no te has tirado tú? –bromeé ya fuera de la taberna. -¡Ja, ja! A unas cuantas...

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-Vale, entonces, dime a cuál es la que más te tiras, para evitarla, ¡Je, je! Las comparaciones son odiosas. -Mika y Floren la negrita –respondió sin pensar-, pero te las recomiendo. Di que vas de mi parte. -No te pases. -No, en serio, dilo, y luego te llamo y me cuentas, ¿vale? -¡Cabrón! ¡Y una mierda! –Exclamé entre risas. -¿Hace cuánto que no follas, tío? ¿Un año? Me mantuve callado. Él lo entendió y espero. Dudé, pero la mentira no sonaría convincente así que respondí la verdad que él esperaba, pero sin detalles dramáticos. -Sí. Lo necesito, me está obsesionando. -¡Joder! Hoy no puedo, pero el próximo sábado nos vamos los dos y te invito yo, ¿vale? -¡Ja, ja! Ok -acepté. La conversación se alargó un poquito más. Yo fui quien la cortó. Y cuando lo hice ya estaba frente del viejo edificio céntrico de la dirección. Era en la cuarta planta. Mi primera vez de putas solo. Pensé en el condón que llevaba en la cartera. “¿Fiel compañero de viaje sexual a partir de ahora?”.

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Me crucé con dos hombres mientras subía por las escaleras. Los dos eran mayores. Y de pronto, me asusté. Mi móvil sonó con fuerza en el eco del portal. Un mensaje. Era Leticia. Lo leí dos veces. “Me ha gustado mucho verte de nuevo y besarte. Te he echado de menos. Voy a confiar en ti”, venía a decirme. El corazón se me aceleró y la maldije por ese deseo comedido. Llegué a la puerta y toqué el timbre. Me abrió una señora con una voz dulce y sensual. Me invitó a pasar con delicadeza. Dentro, tras cerrar la puerta de la calle, comencé a visualizar un particular olimpo de diosas desnudas ofreciéndome sus servicios.

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21 Adicciones

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s fácil hacerse adicto al sexo. Es placentero, delicioso y único. “¿Por qué no estar apegado a él todo el día?” “¿Qué tiene de malo?” La tarde que

salí de su coño, me lo planteé. Fue frío, pero era vivir dentro de un templo hirviendo. Maravilloso. Distante, rápido, pero increíblemente necesario. Quizá nunca volvería a ver a esa mujer. Ni siquiera me dijo su verdadero nombre, y sin embargo, tuvo algo de especial e inolvidable. Tampoco sucedió en un entorno maravilloso. Si bien, al pisar la calle, ligero, sonriente, relajado y follado, me sentí vivo. Y al mismo tiempo, poseído. Aún golpeaba en mí su mágico movimiento de cadera. La sensación me latía en la entrepierna. Dudé. Pisaba cada una de las baldosas sin firmeza. Titubeaba porque deseaba repetir. Dar media vuelta, subir las escaleras del portal de nuevo, tirar de billetera y volver a follar. Hacérselo a una de las chicas que descarté sin estar seguro de querer hacerlo. Entrar en la habitación, y aún con el miembro rojizo, volvería a alojarme en el interior de una mujer. Cuando se cerró la puerta por primera vez, todas las chicas desfilaron pegadas a mí. Lo imaginé con todas, y eso no facilitaba mi decisión. La elegí a ella

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porque sin terminar de desnudarse por completo, me embriagó su dulce voz y la posibilidad inminente de posar mis manos sobre sus tetas. Ella me hizo olvidar quien era. Al menos durante los cortos minutos que duró el espectáculo. Me la hubiera follado como un loco desesperado tras una felación orgásmica que apunto estuvo de hacerme eyacular. Sus gruesos labios desfilaban perfectos por mi pene. La retiré en ese momento y me fui hacia ella. Sin embargo, la palabra contagio bailó ante mis ojos. De sus dedos colgó un preservativo que finalmente cayó en la palma de mi mano. De inmediato, su otra mano se posó sobre mi pene y mantuvo una masturbación suave. Lo que vino después, fue sexo. Crucé una calle más y miré mi cartera. Apenas había dinero suficiente. “¿Por qué deseaba tanto volver a follar otra vez?”. Me daba igual con quién. Mi listón, en plena excitación constante, había desaparecido. La sangre me hervía a diario, y en ese momento, recordando lo vivido, se incineraba en mis venas. Junto a los billetes vi mi tarjeta de crédito. “¿Volver?” Me detuve frente al paso de cebra. Un segundero me decía el tiempo que restaba para que se pusiera el semáforo de peatones en rojo. “¿Por qué necesitaba tanto el sexo de una mujer?” Lo medité. Quieto, sobre el borde de la acera. En ese instante sonó el teléfono. Era Manu. Quería saber mi hazaña. Crucé la calle veloz, descolgué y al fin descarté repetir. Al menos ese día. Manu se puso eufórico con todo lo que le contaba.

Estuve días sin follar de nuevo. Regresé a las masturbaciones. Buscaba nuevas formas. Incluso logré correrme mentalmente sin tocarme con las manos.

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Solamente rozándome con las piernas y creyendo que penetraba un delicioso coño. Casi siempre recordaba a Leti. Quedé con Leticia un viernes. Fuimos al cine. La película la eligió ella. Era española, y la verdad es que no me disgustó. La parte final tuvo un momento estelar. Nuestras manos, cansadas de jugar a entrelazarse y de acariciarse en el posabrazos conjunto, se apretaron. Su mirada me quemaba en la cara y no tuve más remedio que girarla. Me sonrió sincera y me besó con excesiva pasión. Su lengua volvió a cruzarse con la mía y su cuerpo se apegó a mí más

que nunca. Desde ese preciso instante, sin perder el hilo de la película, los besos se atropellaban casi a cada minuto. Su mano continuaba acariciándome el brazo. Únicamente lo apretaba cuando la película perdía intensidad y deseaba mis labios.

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-Son adictivos, ¿lo sabes? –Susurró. -Pero no provoco sobredosis –bromeé. -¿Ah, no? –sonrió y me beso de nuevo saboreándome-. No me importaría un buen chute de ti. Aquella tarde terminó de nuevo en el metro. Atrapados en una burbuja opaca hecha a medida, sin oír el ruido que nos azotaba constantemente, sin ver las infinitas imágenes que se aglomeraban en nuestro entorno, nos despedíamos sin separarnos un milímetro el uno del otro. Acepté el juego. No iba a irme. No iba a ser yo el que rompiera aquella escena, en la que, siendo sinceros, no estaba del todo cómodo. Sin embargo, era el camino a recorrer para llegar al destino deseado. Pegados, sujetos por la cintura, apretándonos hasta sentir la asfixia en nuestros pubis, bailábamos. Con un vaivén constante que nos gustaba; alimentaba; excitaba. El momento de decirnos adiós aún estuvo lejos. -Mándame un mensaje cuando llegues. –Sus manos cogían mis dedos y nuestras miradas hipnotizaban- Hazlo, ¿vale? -Lo haré, no lo dudes –dije con media sonrisa. Ella se acercó de golpe y me besó otra vez. Me abrazó, y al oído, junto antes de irse, susurró, “me gustas mucho”.

En apenas un mes hubo más citas. A dos o tres por semana. Tomamos cafés y un helado mientras paseábamos por la ciudad. Salimos una noche hasta las dos o tres de la madrugada. Los dos llegamos a casa con un principio de borrachera acentuada, y finalmente, nos besamos apasionados en la

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oscuridad, tal y como ocurrió la primera vez. Creo que los dos moríamos por desnudarnos, abrazarnos, saborearnos y acostarnos; hacer el amor. Yo no pondría impedimentos, pero intuí que ella quería cautela. Otro día, también estuvimos juntos de turismo en otra ciudad. Todo un día. Viajamos en tren, reímos, conversamos y tal vez comenzamos a enamorarnos. Y hubo una tarde de picnic en un parque. Hubo más cines, e incluso fuimos al teatro. Ella me invitó. En una pequeña calle paralela a la Gran Vía de la ciudad vimos la obra ‘Silenciados’. Extrañamente, muy interesante. Nuestra relación caminaba con paso firme. Los dos habíamos decidido obviar el pasado. Y los dos habíamos decidido no formalizar nada dialécticamente. Que los hechos hablaran por sí solos. Y hablaron. Necesitábamos tiempo, pero éste nunca se detiene y al final todo llega. Aunque antes hubo otros hechos en mi vida. Ocurrieron de forma paralela. Hechos a los que poco a poco me hice adicto. Evidentemente, Leticia los desconocía.

Todo comenzó el fin de semana previo a la gran fiesta. Aquella noche repetí en el piso, pero con otra prostituta. No quería repetir. Además, volví a probar una droga que mejoraba mi proyección sexual y escondía por completo mi timidez. -¡Es la ostia, tío! –Dijo chupando el carné- Te duerme paladar, lengua y dientes. -Lo noto, lo noto –le dije apoyado en la puerta del baño-. No siento el tabique... -Dos de estas rayas y a la puta le revientas el coño, ¡Ja, ja! –Vaciló Manu.

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Reí. Reímos. Guardamos el billete y nuestras carteras. Pedimos otra copa y hablamos indefinidamente hasta que decidimos ir a follar. Él invitaba. A las putas y a la droga. Yo pagué las copas. Manu se interesó por mi año en el centro, pero yo estuve esquivo y sólo expuse mi versión. Le hablé de Carlos. Incluso le conté mi historia, pero puse a otro como protagonista. Y la narré casi como una leyenda. “¡Putos maricones!”, apuntilló Manu terminando la copa, entrecerrando los ojos y haciéndome un gesto para que fuéramos de nuevo al baño. Mi regreso al club fue muy distinto. Me sentía mayor, más alto, más fuerte y borracho de confianza. Además, tenía la protección que me daba la compañía de Manu. -¿Por separado? Preguntó. -Por supuesto –respondí mirando a una chica que seguramente sería de origen africano. Fue mi polvo más largo. No diría mi mejor polvo, pero sí uno de los que no se olvidan. Ella sabía moverse y yo supe retener mi eyaculación el tiempo suficiente como para disfrutar del momento. Me encantaban sus pechos de chocolate, sus carnosos labios, que no me dejó besar. Me gustó que me invitara a hacerlo a cuatro patas. Me trajo viejos recuerdos... Ella tuvo que corregir mi posición para que me adentrara en el orificio correcto. Me sentía en el cielo. Mientras, ella hacía lo posible porque me corriera, pero yo, de alguna manera, tenía controlada la situación. Sentía como los bordes de su vagina me presionaban. Yo empujaba, me retraía y volvía a sumergirme hasta tocar el fondo del mar. El final me llevó a colocarme encima de ella. Sujetaba sus piernas en alto y la apuñalaba fuera de mí, sudoroso y tenso. Metía mi

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polla hasta tocar su pared vaginal, sentía su humedad recorriendo mi piel de plástico. Me sentía muy poderoso; la soberbia de la coca. Explotar en ella iba a ser una adicción superior a cualquier masturbación. Ella gritó. No sé si fingió. Me apretó los brazos y entonces exploté. Mi semen se disparó, decidido a ir hacia su interior, sin embargo, el condón impidió que se colara en su organismo. Exhausto, ella me retiró, sonrió y me acarició mi pelo. -Estuvo muy bien, nene.

Una semana después repetimos. El escenario cambió. Cogimos varios gramos de copa, alcohol suficiente para emborracharnos hasta perder el conocimiento y Manu contrató a dos mujeres para los siete que estábamos en aquella fiesta casera. Las drogas y el alcohol fue a escote. Durante las tres horas que estuvimos con ellas, sólo Javi, Manu y yo decidimos practicar sexo. Su belleza no quitaba el hipo, pero supimos recrearnos en sus habilidades. No fue tan intenso, pero tuvo su encanto. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía relajado. Y aunque sin olvidar las dificultades que me había regalado el pasado, pero sí dejándolas escondidas en el trastero de la memoria. Sólo quería follar, esnifar y beber. La botella de Jack Daniels, poco a poco, aparecía más transparente. La cocaína me reducía la borrachera y nuestras conversaciones se aceleraban. El nirvana estaba cada vez más cerca. Entre veloces y nerviosos diálogos etílicos olvidamos el paso del tiempo. Sólo lo tuvimos en cuenta cuando la luz del sol comenzó a colarse por la ventana. El amanecer asomaba y la coca tomaba un color más blancuzco sobre el tablero de parchís. Una imagen muy dantesca. -Debemos repetir esto más a menudo –dijo Manu.

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-Sin duda, tío –dije-, pero vamos a un puti, que sale más barato y es mejor... -A no ser que alguna guarra nos la quiera chupar gratis –sugirió Manu que volvió a jugar con la tarjeta de crédito y el polvo blanco. -¿Y dónde la encontramos? –Preguntó Javi. -¿Tu madre, Javi? –bromeó Manu. Los dos reímos. Él se mantuvo serio con una mueca jovial. Bajo las risas, Javi logró soltar algún insulto. -¿Y tú no estás con Leticia? –Interrumpió Javi, que ya hacía un rulo con un billete. -Sí... a ver si me la follo –respondí- Está al caer... -Luego la pasas, tenemos que probarla, ¿no? Hacerle una revisión, al menos básica. Neumáticos, aceite, frenos, embrague, ¡Ja, ja, ja! -Ni en tus mejores sueños –corté. -Mis sueños son libres, no te metas con ellos –amenazó divertido- Incluso puedo soñar con tu madre, ¿verdad? Las carcajadas volvieron a invadirnos. Javi nos miraba con una leve sonrisa de cortesía, impaciente por volver a esnifar. Manu terminó las tres rayas y los tres esnifamos en casi completo silencio. Sólo se oyeron las aspiraciones. Javi retomó la conversación. -¿Y por qué no te follas hoy a Leticia? -¡Eso! –apostilló Manu. -¿Cómo? -¡Llámala! –instó Manu desencajado- ¡Ahora! Les miré. Estaba atónito. Me mantuve serio. De hecho, nadie rió. -¡Estáis locos!

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-Vas a echarla el polvo de tu vida y de todos tus sueños –insistió Manu. Dudé. Pero cuando me vi follando con ella, no pude evitar buscar mi móvil. Ambos vieron mi gesto y Manu fue lo suficiente rápido para levantarse, dar tres pasos, cogerlo de la estantería y tendérmelo. -¿A qué esperas?

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22 Tres pollas siempre mejor que una

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ntre citas, juergas y clase, a veces aparecían tardes en mi vida en las que sólo me dedicaba a azotarme con dolorosas dosis de dolor. El

pensamiento es el arma más fuerte, y la soledad batallaba conmigo hasta la lágrima y la súplica. No podía obviar que yo caminaba a mayor velocidad hacia la muerte, porque además del tiempo, que es el que come al ser humano por dentro poco a poco, tenía un comensal más. Me punzaban en el estómago sus mordiscos. Me desfilaba el alma por la tristeza infinita; perdida y sin rumbo. Mi pena se alimentaba de una rugosa hoja médica que dormía cada noche en mi escritorio. Y me recortaba el futuro esas tres letras mayúsculas. La cantidad de mañanas, cada día, menguaban para mí. Ese trance ensordecía mis palabras más positivas y envenenaba mi corazón. Y al dar un beso sentía que escupía veneno; especialmente a Leticia. Ignorar la realidad no la elimina. Ni siquiera ayuda enterrarla. Lo había hecho infinidad de veces, pero siempre resucita porque la realidad no está muerta. No podía cerrar la puerta y obviar que al otro lado hay una herida que

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cicatrizar, un lamento que consolar, una gripe que curar. Nunca miraba la sangre, nunca oía los llantos, ignoraba los síntomas que evidenciaban mi enfermedad. La cobardía me apresaba y yo me sentía cómodo conversando con ella. Sin embargo, en aquella ocasión, mi madre condujo el maltrecho carruaje de mi vida herida hacia el mejor destino. Iba a controlar paso a paso mi salud. No me iba a permitir que viviera en la ignorancia. No iba a ver cómo otro hijo caminaba sin remedio hacia la muerte. Yo no podría aplicar la famosa Ley de ‘Si no vas al médico nunca estarás enfermo porque nadie te lo dirá’. En absoluto. Mis sesiones médicas estaban programadas para todo el año, y mi primera cita llegó el lunes, horas después de nuestro amanecer en casa de Manu.

Los excesos, en todos los sentidos, se pagan. Siempre. En ocasiones, como en los bancos, con intereses y de una manera muy “hija de puta”. Sonreí al pensarlo, de pie, en el primer escalón del portal. Cuando conseguí subir todas las escaleras, sentí verdadero agobio en el solitario ascensor. Eran las seis de la tarde. Cuando abrí la puerta de casa ofrecí a mis padres un rostro desfigurado que en alguna esquina debía de emanar honor y felicidad. Mis padres, en cambio, no encontraron nada de eso. En el salón y en la cocina hallé dos frentes. La mirada de mi madre era de pura desaprobación, mientras que los ojos de mi padre, enormes y firmes, eran soberbios, repletos de ira retenida y desprecio. No obstante, optó por la cobardía, porque decidió seguir lejano, sentado en el fondo del salón. Él estaba peleando conmigo a bofetada limpia con su mirada imperturbable. Yo estaba deseando la soledad. Y en ese instante, mi lengua y mandíbula se movieron para hablar sin pensar.

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-¡Qué! –reté a mi padre desde la lejanía- Ya soy mayorcito para tener que dar explicaciones. Mi padre se mordió la lengua. Lo vi. Sólo cambió de canal y con ello finalmente centró la mirada hacia la tele. -Hijo, no son horas –reprendió mi madre-. No son horas... ¡Menuda cara traes! Date una ducha y vete a la cama. -Ya te dije que dormiría donde Manu... -¿Y has dormido? –Me empujó hacia el pasillo y comenzó a susurrar- Mañana tenemos un día duro y largo, ¿no recuerdas? Son los análisis completos... -¿Tenemos? –Ironicé deteniéndome y mirándole a los ojos. -Sí, tenemos. Voy a ir contigo. ¿No me dirás que lo habías olvidado? Su voz sonó áspera. Yo retomé mi camino y aceleré mis pasos hacia la habitación. -No. –Mentí. -Y que sepas que lo de las noches se tiene que acabar –dijo desde el pasilloEstos excesos no son buenos... Cerré la puerta de la habitación y sus palabras cesaron. La tranquilidad y el silencio me dieron unos segundos de paz. Pocos, pero segundos

maravillosamente degustados. Poco a poco, imágenes comenzaron a chocar en mi cabeza. La coca despertó en mí sudores fríos. La piel parecía convertírseme en papel de fumar húmedo; roto. Incluso me costaba respirar. La sinusitis se me acentuaba. La nariz, especialmente el lado del tabique izquierdo, seguía dormido; insensible por completo. Mi mandíbula se tensaba en pequeños espasmos y el corazón me corría a un ritmo desenfrenado. Sin darme cuenta, acabé tumbado en la

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cama, mirando al techo, viendo cómo la noche se atropellaba en fotogramas, rápidos, uno tras otro sin poder disfrutar de casi ninguno. Empujé con todas mis fuerzas para detener algunos recuerdos, pero todos se escabullían. Parecían embadurnados de aceite. Por mucho que los aferrara, resbalaban. Los abrazaba y huían. Por arriba, por abajo, por la izquierda y por la derecha. Echaba la vista atrás y veía cómo huían entre risas; se reían de mí. “¡Joder! ¡Mierda!”, pensé. Y en tanto, el círculo de imágenes continuaba su circuito particular una y otra vez. Me mareaba; me agobiaba. Decidí cerrar los ojos para mayor concentración. Traté de relajarme, buscar el silencio total, pero mis latidos se empeñaron en golpear mi pecho con mayor fuerza; veloces. El ruido era atroz. -¿Estás bien, hijo? –Oí a mi madre golpeando la puerta. Creí que soñaba. -¡Sergio! –Insistió sin llegar a abrir la puerta. Era de verdad. “¿Tal vez dije lo de ‘joder’ y ‘mierda’ en voz alta?” -Sí, mamá –dije con una pesada velocidad. Me recoloqué en la cama. No tenía sueño. No podía dormir. Demasiadas emociones pasadas y demasiadas por llegar. Obvié las del futuro y me obcequé en el círculo de imágenes; todas eran recientes, desternillantes y excitantes. A veces las creía un sueño, sin embargo, el último mensaje de mi móvil decía lo contrario.

Siempre he creído que la mayoría de las mujeres se emborrachan mucho más cuando salen en grupo, acompañadas por miembros de su mismo su sexo. Las

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mujeres abandonan el alcohol en exceso en cuanto encuentran pareja. Hay excepciones, pero es un cambio manifiesto en muchas mujeres. Tal vez fue eso lo que instó a Leticia a venir a casa de Manu. La escasa lejanía, el alcohol, mi sutileza, y por supuesto, el sexo, la excitación, y sin duda, el alcohol en sangre que atesoraba su organismo a las seis de la mañana. Tras mandarle un ‘sms’ prudente pero tentador, Manu y Javi insistieron en que llamara, pero sabía que si estaba en la cama nunca iba a venir. La fortuna sonrió y yo respondí al tercer tono. Ella me estaba llamando...

-Hola, guapo –dijo entre un bullicio femenino cercano. -Hola... –Respondí con un abismo de felicidad cayendo sobre mí- ¿Qué haces despierta a estas horas? -¿Y tú? -Esperándote, ya te lo he dicho. –Me levanté y me alejé de la atenta escucha de los dos-. Echándote de menos. -Y yo –susurró ella. Hubo un silencio telefónico. Mientras, los dos esperaban una respuesta con la sonrisa dentuda, los ojos abiertos, las cejas invadiendo la frente y los brazos inquietos repletos de gestos ininteligibles. Decidí obviarles de nuevo. -¿Sergio? -¿Sí? -A mí también me apetecería dormir contigo. -¿De verdad?

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-Mucho... De verdad –dijo de nuevo colándose una voz femenina desbocada en la conversación. -Tengo casa –propuse nervioso. -¿No están tus padres?-Mejor, el casón de un amigo. Solos. El silencio me hizo dudar que fuera a aceptar. -¿Estás seguro? –Titubeó. -Me apetece mucho besarte –tenté.

No hubo más palabras de convencimiento. Estaba a tres paradas de metro. Casi podía venir andando. Le di la dirección, y tras un beso sensible en voz, dijo, “Hasta ahora mismo”. -¿Viene? –Preguntó Manu. -¿Viene? –Repitió Javi. -¡Viene! –Afirmé. El estruendo fue de órdago. Los gritos me ensordecieron. Sus caras ostentaban excesiva felicidad. Excesivamente extrema. Ellos dos no van a follársela, pero parecía que sí. Se desorbitaron, gritaron, saltaron, y Manu enloquecido puso música, tres rayas y tarareaba feliz... “¿Qué coño estaba pasando?” Me rayé de pie, quieto, aún con el teléfono caliente entre los dedos. “Qué tiene tu veneno, que me quita la vida sólo con un beso” sonó en el salón sobre la melodía musical de una guitarra acústica. Manu esnifó. Javi esnifó. El rulo de papel cayó en mis manos y los dos al fin se relajaron. Los dos estaban expectantes. -¿Cuándo llega?

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Les miré e imaginé a Leticia viniendo en el metro. "¿Me estaba arrepintiendo?" Excitada, nerviosa, enamorada, emocionada, deseosa de un gran momento romántico, y no de la mierda que allí teníamos montada. Tres caballos desbocados hambrientos de sexo. Me agaché y esnifé. -¿Qué queréis hacer, tíos? –Pregunté sentado en sofá, invadido por una desconocida chulería. -¿Por? –Preguntó Manu. -A Leti me la voy a follar yo, yo solo, así que os tendréis que pirar, ¿no? – Sugerí sonriente.

-¿Cómo? –Vaciló Manu. -¿Qué? –Inquirió Javi- ¿No me vas a dejar ni un cachito?

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Los dos empezaron a descojonarse hasta que Manu desveló sus verdaderas intenciones. -La metes tú un poquito, que sude bien por dentro, luego la meto yo, luego Javi, y repetimos todos hasta que salgan natillas... Las risas estallaron, incluso yo sonreí. “¡Qué hijos de puta!”. Reí. No pude evitarlo. Me estaba partiendo el culo con la puta frase. Y pensándolo e imaginándolo una y otra vez, me puse cachondo. La tenía dura, allí en el sofá. Y pensé, “¿Y por qué no? ¿Querría? Tres pollas siempre mejor que una” Reí. Reí más. Perdí el norte y supe que para conseguirlo necesitaría tramar una puta estrategia genial. El tiempo corría en mi contra. Miré el reloj. Habían pasado diez minutos desde mi conversación con ella. Leticia estaba a punto de llamar al timbre.

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23 Los ojos curiosos

S

us ojos chispeantes tambaleaban sin dar siquiera un paso. Su voz pastosa bailaba natural a escasos centímetros de mí. Los dos estábamos de pie

sobre aquella alfombra rojiza y dorada de formas geométricas. La escasa luz natural del amanecer irrumpía por la ventana de la cocina. Sonrió, se apoyó en mis labios y me besó. Respondí con otro beso. Yo continuaba frenético, excitado, acelerado. Cogí su cintura. Los dos, quietos, nos mirábamos. Sus ojos retando a mis ojos. Su piel rojiza, cansada, ebria; feliz. La mía desconocida para mí. El segundo beso estrechó nuestra distancia. El roce nació. Sus manos se deslizaron lentamente por mi espalda hasta posarse con firmeza en mis glúteos. Las mías hicieron el mismo recorrido. El roce se incrementó con mayor intensidad y velocidad. Caricias, besos, pellizcos suaves, mordisquitos y las primeras intenciones de querer desnudarnos. Simulábamos que nos amábamos junto a la puerta de entrada, frente al salón, donde apenas quedaban unas nimias pistas de lo que había sido aquella

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noche. En la cocina, a la derecha, descansaban botellas, vasos de plástico vacíos y colillas. Nosotros ignorábamos aquellos indicios del pasado reciente. Únicamente nos besábamos, nos mirábamos y nos acariciábamos deseosos de bebernos. El entorno que nos rodeaba era un vacío absoluto. Deseé escuchar el silencio durante segundos mientras, excitados bajo una acelerada respiración, continuábamos cosidos a nuestros ojos. -Vamos –susurré. Ella me detuvo. Creí que dudaba, pero me equivoqué. Me besó

desenfrenadamente. Su mano bajó por mi cintura hasta perderse en mi entrepierna; justamente a la altura de mis testículos. Acarició levemente. -Quiero hacer el amor contigo ahora, antes de dormir –dijo sin apartarme la mirada-, porque espero que el dormir contigo incluya eso... -Por supuesto –respondí inquieto al sentir que el primer botón de mi vaquero se desabrochaba. -¿Sergio? –Preguntó con su mano apoyada en mi segundo botón de pantalón. -¿Sí? -¿Me quieres? La respiración me bloqueó. La glotis taponó mi garganta, y la sensación de ahogo despertó sudores fríos en mi piel. Me lamí los labios, me los mordí y acaricié su cabello. Levanté su mirada subiéndole la barbilla con mis dedos. -Sí, Leticia... Te quiero. Me estoy enamorando de ti –embauqué nervioso. -Y yo, Sergio. Su cara ostentaba un resplandor diferente. Sin pausa, emitió una mirada pícara, y al mismo tiempo, comenzó a desabrochar todos los botones de mi pantalón.

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Aquello nunca debió haber ocurrido en la entrada de la casa. No debió haber ocurrido. Lo pensé cuando mis palabras mudas bucearon en mí sin encontrar la salida. El plan “genial” que habíamos ideado comenzaba a desmoronarse como un clásico castillo de naipes. Mis piernas se tensaron, suspiré hasta en tres ocasiones, apreté los puños, clavé las uñas en las palmas de mis manos y parte de mí desapareció dentro de ella. Necesitaba volar como estaba volando en aquel instante. Acariciar su cabello era deslizarme completamente ebrio de felicidad por espumosas nubes de cerveza. Sentía su baile por el infierno; paso, giro, paso, paso y giro. Cada nota musical anudaba aún más los músculos de mi organismo. Tal vez era el cielo y yo no me le había ganado. No tenía derecho ni a verlo desde el patio de butacas. Sin embargo, lo estaba viviendo. Mi cuello se relajó, mi cabeza se inclinó hacia atrás. Iba a eyacular. Debería avisar. Mi semen latía dentro de mí con una fuerza desorbitada. Sudaba en mi piel. Aullaba en mi interior. Brincaba furioso como un oleaje que anhelaba llegar a la orilla. Entonces, la puerta chirrió. Los dos nos congelamos. Ella se despegó de mí, y con sus labios húmedos, y mi pene en sus dedos. Me miró de rodillas. -¿Oíste? –musitó. -No. –Mentí- El viento tal vez. -¿Seguro que estamos solos, Sergio? -Segurísimo –volví a mentir.

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Ella mantuvo un instante de duda. Pero finalmente sus ojos volvieron a abandonar la inquietud y se arrojaron sin miedo a esa picardía excitante que me estaba regalando un dulce paseo por el

paraíso infernal. Ella se sumergió en mí de nuevo. Segundos antes de que volviera a encenderse mi excitación, tuve que

mirar hacia la puerta del salón. disimulo, Lo hice como si con la

excitación me llevara la vista hacia allí.

Necesitaba confirmar su presencia. Ella succionó. Su lengua me saboreó. Tuve un espasmo, dos, tres, perdí la cuenta. La puerta continuaba levemente abierta. Ella buscó la base de mi pene. Sentí su glotis. Aceleró, y en ese preciso instante vi sus cabezas aparecer. Una encima de la otra. Sabía que habían sido ellos los que habían chirriado durante mi felación. Sonrientes, con los ojos como platos, permanecían inmóviles. Yo creí estar mareándome. Quise detener aquello, pero ella lo impidió. Aceleró más. La velocidad era salvaje. Ella no quería frenar y yo no pude evitar la eyaculación mientras observaba desencajado los rostros de Manu y Javi.

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Nunca sucedió lo que habíamos planeado. Quizá fue un acierto. Nunca me atreví a preguntarle qué deseaba, o si lo deseaba. De las palabras a los hechos siempre hay un largo trecho; un riachuelo empedrado de corriente impetuosa. Si tratas de saltar siempre corres el riesgo de caer. Los tres nos hundimos. Cobardes. La cobardía nos abofeteó, y ellos no entraron en escena cuando desnudos sobre la cama paternal íbamos a hacer el amor. Si bien, no llegué a tenerlas todas conmigo hasta que nos volvimos a vestir. Anhelaba sentirme dentro, y al mismo tiempo, temía ser interrumpido; violado. Sus ojos me respiraban en la nuca como una losa ardiente. Los míos penetraban su mirada. Sólo necesitaba cubrirme para rubricar el acto que tantas noches había soñado; masturbado. -Tengo yo, creo... –Dije mientras nuestros sexos se rozaban- Dame un segundo... -¿El qué? ¿Condón? –Preguntó cogiendo mi muñeca. Asentí y sonreí. -¿No querrás que seamos papás ya...? –Bromeé mientras me era imposible eliminar de mi cabeza la imagen del papel que colgaba de mi habitación. -¡Tonto! –Sonrió y me besó. Me echó hacia ella y me dejé llevar un poco por sus besos y caricias- Tomo la píldora... El susurro fue un eco suave que me excitó aún más. Mi pene escalaba hasta alcanzar de nuevo su plenitud. No parecía afectado por la anterior eyaculación. Quería. Suplicaba volver a expulsar el placentero brebaje que hervía dentro de sí. -Ya, pero... ¿Más vale prevenir que...?

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No podía hacer aquello repetía mi mente. Lo deseaba. “¿Quién no desea sentir el calor real de un coño en su pene?”. Pero no lo iba a hacer, me aseguré. Traté de separarme e ir a por el preservativo. -Quiero sentir tu piel –dijo pegándome de nuevo a su pubis. Era el momento y no lo era. No podía decir nada. No podía revelar. Tampoco podía renunciar a un polvo “a pelo”. No podía y debía. La batalla mental me azoraba y la salida; la solución se borraba cada vez que la palpaba con la yema de mis dedos. No y sí en plena batalla. Era un regalo del cielo. Además, tenía dos espías que iban a torturarme físicamente si rechazaba aquel pastel. La observé, desnuda, preciosa, ebria y excitada. Sin poder dejar de ver en el aire el dibujo de un preservativo sentí que sus manos en mi culo empujaban. Estaba decidida. El primer contacto me contrajo. Sentí un cosquilleo al notar su vello púbico. Ella me besó. Deslizó un poco más sus manos, las pegó con fuerza a mis nalgas, apretó y mi pene resbaló hasta posarse en su interior. Atrás, pegados a la puerta, sus ojos invisibles para mí, se clavaban cada vez con más ansia. Olía su piel, que emanaba el fuerte hedor de la cocaína. Incluso podía advertir cómo sus alientos alcohólicos se inmiscuían en nuestro sudor sexual. Cada vaivén más cerca. Ella y yo, y ellos de mí. El oleaje que vivimos fue intenso, corto y fiero. Ella gimió, gritó. Yo gemí, suspiré, gruñí. Nos arañamos; nos abrazamos, y exhaustos consumamos el acto con un dulce beso. La fotografía de Manu y Javi grabando todo lo que acontecía en aquella habitación no había desaparecido ni un instante de mis pensamientos.

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Al despertar de las locuras, éstas resultan sueños. Las deseamos enfrascadas en esa ficción somnolienta. Y si uno se arrepiente, las cree una mentira inamovible. Hace todo lo posible para que puedan desaparecer de su pasado. Sin embargo, el ser humano es dueño y responsable de todos sus actos y éstos siempre te persiguen. El domingo por la noche, afectado aún por la coca, sin sueño, leía una y otra vez el mensaje de Leticia. Decía que me quería y que había vivido el momento más maravilloso de su vida. El lunes, Manu me llamó para decirme que estaba deseando quedar conmigo para ver juntos el vídeo. No mostré un entusiasmo excesivo. Por un lado estaba arrepentido, pero por otro, estaba deseoso de verme en plena acción. No concretamos el día. Además, mi madre escuchaba cada palabra con excesiva hambre de curiosidad. Colgué y postergamos la concreción para otro día. “¿Cómo se ve uno desde fuera cuando folla?”.

Llevaba una bata azul, pelo blanco, gafas de pasta, era alto y sonreía en exceso. Leía unas hojas, anotaba y me volvía a mirar. No había duda de que estaba enfermo. El virus no estaba atacando mi organismo aún, pero yacía tranquilamente asentado en mí. La palabra “vigilancia” sonó en varias ocasiones. Yo me mantuve en silencio, tratando de no escuchar. Sus palabras siempre hacían mención a mi futuro. Me asustaban; me daban pánico. Me recordaban a alguien a quien deseaba olvidar: Carlos.

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Sin embargo, el doctor desconocía ese pasado y quería saber. Tal vez todos los humanos somos curiosos por naturaleza. Y aunque conocer el origen de mi contagio no iba a sanarme, él quería saber cómo. -Da igual, ¿no? –Respondí. -¿Drogas o sexo? –Preguntó mi madre. La sorpresa fue de órdago. Giré la mirada y pedí una explicación, sin embargo, ella se mantuvo firme en su decisión de preguntar. Incluso el doctor abrió más los párpados y cambió el gesto. Opté por tomar aire y darle a mi madre la verdad. -Sexo. El silencio se mantuvo durante unos segundos. El doctor retomó la palabra. -¿Ella lo sabe? -Sí -mentí. -¿Está en tratamiento? -No sé. -¿No lo sabes? –Interrumpió mi madre con brusquedad- ¿Quién es? -No te lo voy a decir, madre. -Deberías. -Debería tantas cosas... –Ironicé. El hombre de la bata azul volvió a serenar la conversación. Anotó más palabras en su cuaderno, y tras un silencio se levantó y fue hacia un armario. Extrajo unos folletos y se acercó a mi madre. Yo me mantuve mirando al suelo, paciente, deseoso de abandonar aquello. El doctor pidió a mi madre que nos dejara solos. Entonces miré a los dos con desaprobación. No me gustó en absoluto, pero ella aceptó. Recoloqué mis ojos y apunté hacia el suelo.

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-Toma. –Me tendió los folletos y dos preservativos que obtuvo de su bolsilloNo creo que sea necesario, pero entiendo que debo decírtelo. Me quedé con todo en la mano, sonrojado, asqueado, y deseando desaparecer con un solo chasqueo de dedos. -He dicho a tu madre que saliera para que te sientas más cómodo. Espero haber acertado... –Sonrío tratando de hablarme de colega a colega. -Sí –dije reservado. -Eres joven, y entiendo que esto no te va a privar de mantener una vida sexual activa, pero... –Miró a la puerta y volvió a mí- A partir de ahora eso es tu compañero de viaje. Siempre. Lo sabes, ¿verdad? -Sí –musité. -Sé que es una tontería, que no debería, pero tengo que preguntarlo. ¿Has mantenido más relaciones sin preservativo? Necesitaba huir. No esperaba este interrogatorio. Sus palabras me trasladaron a la mañana anterior. No pude desviar mis pensamientos, pero sí pude engañar torpemente al médico. -No, claro... –titubeé. -¿Seguro? -Sí. No lo creyó, aunque tampoco me importó. Sólo deseaba volver a casa y dormir. Fue eterno. Además, el lunes todavía tenía un revés inesperado. Todo pasa en la vida, y si aparece, es mejor afrontarlo, porque esquivándolo no desaparece. El viaje en coche sostuvo un nuevo interrogatorio maternal. Yo aposté por el silencio, y harto de su voz, tomé una pequeña y absurda decisión que seguramente fue la que puso sobre la mesa mi secreto. En vez de

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subir a casa, opté por tomar un café y leer el periódico en soledad; disfrutando del silencio. Esa media hora dio a mi madre el tiempo suficiente. En el buzón había una carta para mí. Ella decidió abrir la curiosidad que se escondía en el sobre donde el nombre de ‘Lilly’ era el único remitente.

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tf

24 La montaña de Mahoma

S

u

mirada

lo

decía

todo. quieta,

Triste,

enrojecida,

vidriosa y rota. Sujetaba el sobre de una mano, el folio de la otra. Al verme, de inmediato, dejó las hojas sobre la mesa de la cocina. Me hipnotizaron. Mi madre quedó en un segundo plano; borrosa. En cambio, su letra quedó nítida para mis ojos. Inolvidable para mí, y sin embargo, desconocía el significado de todo lo que había allí escrito. Estaba a un palmo de la carta, y al

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mismo tiempo, a mil años luz de poder leerla. “¿Qué había escrito ese hijo de puta?”. Necesitaba leer. Beberme de un trago todas aquellas palabras, como si de un chupito de whisky se tratara. Pero todavía debía salvar la batalla que mi madre había planteado en la cocina. Entre sollozos, mi madre lograba chillarme frases donde las palabras protagonistas eran ‘maricón’, ‘mentiroso’, ‘vergonzoso’, ‘educación’, ‘cobarde’ o ‘confianza’. Mi madre tomaba aire a trompicones tras cada frase, lloraba, volvía a gritarme y retomaba un lloro lento y torpe. La batalla sólo podía empeorar si en aquel preciso instante se hiciera realidad la presencia de mi padre. De momento, él no estaba. Además, a mí no me preocupaba él. Ni siquiera pensaba en él. Sólo quería huir, pero no era fácil la retirada. No había una bandera blanca que cortara aquella ráfaga dialéctica. -¡Nos has destrozado la vida! –Insistió sentándose en una silla- ¿Ya estás contento? Lo sentí como el primer reto, como la primera pregunta no retórica de aquella batalla. Era una cuestión que necesitaba respuesta; la mía. Ella dudaba que aquello lo hubiera hecho por otra razón que no fuera “joderles la vida”. -Me muero, madre, es una verdad clínica, así que quizá no este tan contento. Y una pregunta, ¿Vuestra vida? –Golpeé con ironía. -Tu hermano también murió y el dolor nos llegó a nosotros. Nosotros lo sufrimos. No entiendes todo lo que os queremos. ¡Ni lo sabías entonces ni ahora! ¿Verdad? -Entiendo que sois un poco egoístas.

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-¿Egoístas? –Mi madre se levantó de la silla y dio un paso hacia mí- ¿Por qué? ¿Por darte la vida? ¿Por darte techo y de comer? ¿Por darte dinero sin pedir nada a cambio, para que luego tú lo gastes en alcohol y drogas como dicen los análisis? ¿Por tratar de enderezar tu vida? ¿O por gastarnos nuestros ahorros en un centro privado para que tengas una vida mejor? -Yo no lo he pedido. Le vi el gesto, pero algo la detuvo. Su mano estuvo a punto de levantarse y seguramente atizarme la misma bofetada que me dio dos días después de la muerte de mi hermano. Sin embargo, mi madre cogió aire, se quitó un par de lágrimas de los ojos y habló con una extraña serenidad. -Tú no lo has pedido, es cierto, pero nosotros no queremos ver cómo te mueres poco a poco en tu habitación. ¿O cuál es tu plan? -No sé, aún no lo he pensado... -Una vez muerto no se puede pensar –Apuñaló mi madre verbalmente quedándosele un rostro neutro y desconocido para mí-. Piénsalo. No pude moverme. Estaba petrificado por aquellas palabras. Y aunque deseaba acercarme a la carta y borrar la cara de mi madre, no podía. El odio maternal me mordisqueaba como una fiera lo hace a su presa muerta. -Eres muy cruel –musité titubeando. -Sergio, cariño, es la vida real. -Mi vida –apostillé. En ese instante mis ojos lograron escaparse de su mirada, que agazapada, se secaba más lágrimas. Sin dudar, dirigí mis pupilas hacia los folios. Tenía las hojas y el sobre a apenas cuatro palmos. Podía leer el encabezado y la palabra ‘loco’. Cuando iba a comenzar la lectura, mi madre me desconcentró.

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-¿Quién es el egoísta ahora? –Se sacó otro pañuelo de papel del bolsillo, caminó hasta el cubo de basura para depositar el usado y tras sonarse los mocos me miro seria.- Mira, Sergio, debes tener en cuenta que si quieres seguir viviendo con nosotros debes cambiar. No sólo la actitud, que es un paso, sino que a partir de ahora debes sernos sincero, porque sino... -¿Me estás amenazando? –Interrumpí. -Tienes que empezar por contarnos toda la verdad acerca de lo sucedido para que volvamos a confiar en ti –continuó como si no me hubiera escuchado. -¿Qué verdad? Mi madre dio tres pasos. Su rostro tenía largos riachuelos rojizos en la piel, y especialmente en la nariz. La humedad se almacenaba bajo sus ojos. Se detuvo a un palmo de mí. Yo decidí no acobardarme, mantener la posición. Me cogió la cara desde la barbilla, con suavidad, y la soltó. En ese instante escupió con seriedad la parte de la conversación que más le ardía en las entrañas. -¿Desde cuándo te gustan los hombres? ¿Qué pasó realmente con el chico del centro? -No me gustan los hombres –zanjé-, te equivocas, madre. ¡Siempre te equivocas en todo! -Entonces, ¿Quieres decirme que eso es todo mentira? –Preguntó enfadada señalando a las cartas. -¡Sí! –Afirmé, cada vez más nervioso, y sintiendo, sin saber el motivo, que me ahogaba por la falta de aire. -No te creo, Sergio. -¡Es tu problema! –Grité sintiendo por primera vez ganas de llorar.

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-¿Fue él? Enmudecí. Sabía que si pronunciaba una palabra más iba a llorar. “¡Cómo una puñetera niña!”, me dije. Apreté los labios, no parpadeé y decidí terminar con aquello. No iba a sincerarme. En absoluto. Me negaba. Di un paso atrás para recuperar espacio, me lancé a por las cartas, las cogí sin la oposición de mi madre. -¡Métete en tu puñetera vida! –Arremetí dándome media vuelta con la intención de irme. -¡Tu vida también es la mía! –Increpó – Y haré todo lo que esté en mi mano por saber qué pasó. -¡Jamás! –Advertí mirándola con enfado- Prefiero caminar solo hacia la muerte que de la mano contigo. Nunca supe por qué lo dije, pero ya estaba ahí, flotando en el aire con toda su maldad. Las palabras se repetían y tal vez desencadenaron mi futuro más inmediato. El primer gesto llegó cuando mi madre me sujetó, me zarandeó y me arrebató las cartas de la mano. Oí sus gritos pero no los traduje. Sus lágrimas crecieron, su respiración se aceleraba, pero ella no me preocupaba. No me afligía su malestar. Tan sólo quería evitar que ella destrozara las cartas. Quería recuperarlas sin que sufrieran daño alguno.

-Soy tu madre... –Susurró más serena- No me merezco esto. -No lo pareces –dije con maldad.

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El bofetón me dobló la cara y el orificio izquierdo de mi nariz moqueó. Instintivamente, sin saber por qué, lo devolví. Mi madre quedó de rodillas en el suelo del golpe. Tampoco me dolió. Únicamente, sentí un cosquilleo en la palma de mi mano derecha. Traté de limpiarme los mocos de mi nariz, pero era sangre. Sin mediar palabra, con mis lágrimas aún escondidas bajo los párpados, me agaché para arrancarle las cartas de los dedos. La mirada de mi madre estaba acobardada y triste; débil. No me detuve un segundo a observarla.

Decidí irme al baño y echar el cerrojo. Me lavé la cara mientras la sangre goteaba constantemente en el baño. Me mojé la nuca y finalmente me presioné el orificio nasal durante unos segundos. Después me coloqué una bola de papel higiénico. Oí la voz de mi madre en el exterior, pero opté por

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tirar de la cadena varias veces y abrir más grifos. Necesitaría una salida alternativa. No quería volver a enfrentarme a ella. Menos aún a mi padre. Ya pensaría más tarde en cómo escapar. En mis dedos me ardían las letras de Carlos. Me senté en la taza del váter. El papel higiénico que colgaba de mi nariz ya estaba enrojecido. Lo cambié. Desdoblé la hoja y decidí desconectar de la realidad patente que me golpeaba. Volví a tirar de la cadena y leí mientras los grifos de la ducha, el lavabo y bidé echaban agua fría a máxima presión.

Hola, Loco,

Estás siendo malo conmigo. Te mereces unos azotes. ¡Qué picarón soy! ¿Eh? ¿Me has olvidado? ¡Qué cruel eres! No fastidies que esa va a ser tu venganza... Olvidarme. Menudo rollo. No me gusta nada. Si era esa, lo siento, loco, no vale. Por eso te escribo. Voy a tomar las riendas del asunto. Perdiste tu oportunidad. Tenemos que decirnos adiós y va a ser de verdad, ¿te parece? ¡Te parece! Y cómo decía el dicho, creo, si Mahoma no va a la montaña, será la montaña la que tendrá que ir a Mahoma. ¡Me encanta ser montaña! ¡Qué poderío! No es que tenga poderes, pero tengo contactos. Y no quiero enrollarme en esta carta. Sí contigo, pero no te dejas. Pero me centro, que pensar en ti me descentra. Y pienso mucho en ti. ¿Tú? Mis contactos me han dado información, ¿sabes?, además de la posibilidad de tener la libertad suficiente para verte. Y será lejos de este centro. ¿Qué te parece? ¿Nervioso?

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Lo he hecho porque veo tu falta de iniciativa, loco, y mis ansias de volver a hacer el amor contigo me comen por dentro. Así que voy a marcar una fecha, con hora y lugar. ¡Ay loco! ¡Cuántas noches te recuerdo! Me toco mucho pensando en ti. Revivo tantos momentos... ¿Lo recuerdas? Y ¿sabes? Invento nuevos momentos contigo. Y siempre me toco hasta estallar de placer. ¿Y tú? No me mientas, que sé que eres demasiado malo conmigo. ¡Mira que no responder mi carta!

Pero concretemos, loco. Tengo dos días libres. El primero será para vernos. El segundo para complicarte la vida en caso de que no aparezcas. No te diré más. Eso sí, no te arrepentirás si vienes... Y sí, si no vas. ¡Deseo volver a verte! Pues anota. No hay tiempo para modificaciones ni rectificaciones. Hazte un hueco en la agenda. Nos veremos este jueves en la puerta de entrada a las instalaciones deportivas de ‘El Retiro’. La hora: 22.00 horas. Tengo un regalo para ti. No me falles, loco, se valiente. Un beso ardiente.

PD: La chica rubia no se enterará, tranquilo.

Tenía un sudor frío recorriéndome la frente. Las piernas me temblaban y deseaba apretujar aquella carta hasta convertirla en un punto minúsculo en la palma de mi mano. Deseaba quemarla, escupirla, pisotearla, lanzarla al interior de la taza del váter y tirar de la cadena hasta ver que desaparecía de

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mi vida. Sin embargo, no podía quitarme la minúscula frase de la posdata. “¡Joder!”. -¡Hijo, estás bien! –Gritó mi madre golpeando la puerta. -Sí –respondí seco. -Por favor, sal, hablamos y lo solucionamos –rogó-, no se lo diré a papá... -No –dije-. Más tarde. -Vale...

El silencio volvió a estar protagonizado por los grifos. Decidí cerrarlos. Releí de nuevo la carta. Me quedé de pie. Me miré al espejo y solté el folio que Carlos había escrito de puño y letra. Me quité el papel rojizo de la nariz, me lavé la cara con agua fría y volví a coger la carta sin secarme las manos. La leí de nuevo. Al terminarla me sentía peor; fatal porque Leticia podría estar medida en ese embrollo. “¡Qué hijo de puta!”, pensé. Me sentía empujado a recorrer un camino que temía en exceso; repleto de peligros. Y quizá, sin salida ni fin. Y no quería correr el riesgo. Hice una bola de papel con la carta, apreté con fuerza y abandoné el baño con una idea clara; dos. Iba a verme con Carlos de nuevo, e iba a poner punto final a lo nuestro. Abandoné el cuarto de baño, me senté en la cama y guardé las cartas arrugadas en el cajón. Dos minutos después mi madre volvió a aparecer. No tenía marca alguna en la cara por fortuna. Estaba triste, apagada y aún emanaba el rojizo de los lloros recientes. -¿Estás bien, hijo? -Sí –repetí.

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-No quería abofetearte, pero entiende que... -Yo tampoco, madre –Interrumpí. -Lo sé, hijo, pero entiende que yo tengo razón, no puedes guardarte ni ocultarnos... -¡Ya, madre! Por favor... –Supliqué. -Pero... -¡Ya! –Insistí elevando la voz. Mi madre no estaba conforme, pero accedió al silencio. Sólo hizo un apunte más. -No le diré a tu padre lo de las bofetadas, pero sí tiene que saber todo lo de las cartas. -Tu misma. -Y otra cosa... -¿Qué? -No vas a ir a la cita con ese chico el jueves.

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25 La vida improvisa

A

ntes de vivir los enfrentamientos más deseados y temidos, los imagino; los sueño y reconstruyo en mi mente de todas las maneras posibles.

Filmo pequeñas películas ficticias en mi imaginación. Bajo la luna, en torno a un silencio otoñal acompañado por el silbar del viento, y con los minutos y segundos de espera tensos y largos golpeando en los oídos. Son los momentos previos a lo que será la gran batalla. Sin embargo, luego, cuando el enemigo, pretendiente, contrario, o término que lleve en dicha ocasión, aparece en escena, uno espera disponer de margen de maniobra para consumar lo que uno ha imaginado días antes. No suele ser así.

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No existe un protocolo establecido. Los segundos que sirven para analizar su presencia, mirar su mirada, examinar sus gestos, buscar su miedo... Las peleas físicas y psíquicas no siguen reglas. Trotan libremente. A veces son sucias. Otras mueren de dolor en uno dentro porque no hay valor para lanzarlas al exterior. Se ven, se palpan, se sienten en el ambiente, pero se incineran en nuestras entrañas. Las otras son como las escenas preparadas del cine. Perfectas; limpias, e incluso preciosas. Pero son las menos, creo yo. Al final, si echas un breve vistazo al pasado, descubres que de poco sirven los planes. En la vida se improvisa. No hay guión. Uno es el protagonista de su gran obra de teatro, y los personajes secundarios que están contigo en escena actúan con total libertad.

Sin saber muy bien dónde coño me metía, inicié mi locura nocturna como si tuviera quince años. Escapándome de casa. Aquella noche no dormí en mi cama. Ese hecho impulsó el futuro inmediato de mi vida diaria. La noche era fría. El viento azotaba por los entresijos del arbolado. Las hojas despegaban y aterrizaban sin un circuito concreto. Estaba nervioso. La humedad me hacía tiritar. Me abrigué. Los días habían pasado como el pegajoso ritmo de un caracol sobre un rugoso asfalto veraniego. Ni siquiera me tranquilizó la tarde que pasé en el cine con Leticia. El protagonista murió al final de la película. Nos besamos, nos tomamos una cerveza y nos despedimos como siempre. Carlos se colaba en mi cabeza con aire sonriente y me impedía disfrutar de la cita. Y la actitud de Leti me serenaba. Él no había atacado a mi chica. Ella estaba feliz. Enamorada; jovial sin razón aparente. Estuvimos enamorados, acaramelados. “¿Lo estaba yo?”, me lo preguntaba de

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camino a casa. No tenía la respuesta precisa. Tenía sensaciones, pero no sabía si simbolizaban el amor. Era feliz a su lado, estaba a gusto, y el miedo a perderla me aterraba. Sin embargo, durante el trayecto pensativo deseé e imaginé follarme con todas mis ganas a más de seis chicas. Tres del metro, dos de la calle.

Después de horas muertas en el sofá, de unos días de clase, y frías conversaciones con mis padres, llegó el jueves. Huí por la tarde aprovechando la soledad del hogar. Eran las diez menos diez cuando comencé a pisar las libres calles empedradas de El Retiro. La incomodidad me abrazaba. Todos los que me rodeaban eran sospechosos de ser él. Cada paso ajeno me recordaba a él. Cada ruido alimentaba mi absurda pesadilla. Dudada que estuviera en el sitio acordado. Sabía que él iba a buscar su momento estelar. Su sorpresa. Incluso podría estar siguiéndome desde casa. Yo quería joderle ‘su sorpresa’, pero no sabía cómo, porque todas mis sospechas, a una por minuto, se diluían al instante. Llegué al lugar. Era de noche. Varios jóvenes con mochilas abandonaban el centro deportivo. Dos farolas iluminaban la entrada. El resto del parque se mantenía oscuro. No había rastro de Carlos. Introduje mi mano en el bolsillo, y entonces, oí su voz. No acerté su procedencia. La primera palabra que pronunció fue mi apodo. Nada más. Miré atrás, a un lado y al otro, pero el vacío emergía con una totalidad absoluta. El aroma a marihuana bailó bajo mi olfato. Un chispazo de frío encendió mis ojos. Las lágrimas brotaron y eliminaron mi borrosa mirada. En ese momento, sus dedos en mi hombro derecho agitaron mi respiración, despertaron mi pánico e hirieron mi miedo.

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Se había movido como un fantasma. Una luz naranja palpitaba en sus labios. El humo voló hacia mí. -¿Quieres? –Susurró tendiéndome el porro. -No, gracias –musité tembloroso. -¡Anda, dale un poquito! Acepté. El calor del cigarrillo liado me ardió en los dedos. Mis labios lo sujetaron. Respiré profundo, y el tabaco y la marihuana se encendieron para volar hacia el interior de mi cuerpo. -Estás tal y como te recuerdo... -Y tú –asentí devolviéndole el porro tras una última calada. -Echaba de menos el sabor de tus labios en mis porros –dijo tras dar una calada. Sonreí. No pude evitarlo. Fue una sonrisa nerviosa. Estaba casi frente a mí. A menos de un palmo, pero seguía siendo una sombra en la que solo las pupilas repletas de brillo le daban vida. El mundo que nos rodeaba había muerto para mí. Me volví a meter las manos en el bolsillo. Le sentía observarme, como si sus labios lamieran mi piel. Lamía cada resquicio con sus ojos. Volvieron los temblores. Entre mis dedos, en el bolsillo del pantalón dormía la fría madera de la navaja que un día me regaló. Me veía incapaz de usarla, pero en mi cabeza había aparecido esa imagen infinidad de veces. Todas las noches antes de dormir, mis sueños se habían inundado de sangre golpeándome tras cada estocada. Allí, a un palmo escaso de él, la cobardía se reía de mí. -¿Caminamos? –Preguntó. -Vale. –Acepté.

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Traté de mantener la distancia, pero el camino se me hacía cada vez más estrecho e uniforme. Me costaba caminar con firmeza. Cada paso me sentía más mareado; borracho. Tembloroso. El miedo me ahogaba. Iba sin un destino concreto y estábamos demasiado solos. Él no quería mostrar aún sus cartas. Yo tampoco. De hecho, mi carta sólo era una, dormía en el bolsillo del pantalón, y cada segundo que pasaba dudaba mucho que fuera a destaparse sobre el tapete. Abandonar la partida se convertía en la opción más factible. -¿Por qué me has abandonado? –Rompió el silencio. -Ya lo sabes –respondí seco. -No lo sé. -Dio otra calada y me obligó a fumar- Cuenta. -Es una tontería remover toda nuestra mierda, ¿no crees? –Fumé y me detuve. -No lo sé, igual sí es divertido. –Rió. Carlos siguió caminando. Vi su estela. Durante un segundo sentí la oportunidad. Era la ocasión: “¡Abandona!”. Pero reanudé el camino. Me volví a parar. Di una calada más, finiquité el porro y lo tiré al suelo. Lo pisé y respiré hondo. -Quiero empezar de cero, olvidarme del pasado. De hecho, ya he empezado a hacerlo. He venido a decirte el adiós definitivo, no hay vuelta atrás y no acepto chantajes –advertí. El corazón me abofeteaba el pecho. Me sentí diminuto. Yacía de pie, firme, pero preso de los nervios. Las rodillas me aleteaban como las alas de un colibrí. Él me miraba, pero no le veía en aquella fría oscuridad arbolada. Únicamente sentía su mirada, su aroma y respiración. De pronto, sus pasos se oyeron en la arena.

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-Vaya, vaya... –canturreó con sorna mientras empezaba a aplaudir con fuerzaAlabo tu valentía, no la esperaba. -No quiero seguir jugando. Tú tu camino y yo el mío –proseguí austero-. En el pasado nos unió algo, sí, y por tu culpa vivirá siempre con nosotros, pero a partir de ahora yo quiero vivir algo en lo que ya no estés tú. -Entiendo... –Masculló compungido-. ¿Éste es tu adiós, loco? -Sí. -Pues lo siento, pero tengo que decirte que difiere del mío. Lo siento –planteó tras una pausa eterna-. Tendremos que negociar, ¿no? Su rostro se había colocado a un palmo del mío. Al fin le veía la cara. Le olía la piel a crema. Me devoraba su mirada vidriosa, sonriente y enloquecida. Evitaba mirar sus labios, los que tantas veces, en la oscuridad, había besado. -¿Qué quieres? –Me atreví a preguntar. -Que lo hagamos por última vez –dijo seductor. -¡Estás loco! –Me giré brusco y traté de huir- Cuídate... -¡Quieto, loco! –Gritó y me cogió del brazo con fuerza- El final a esta cita lo pongo yo. Su gruesa mano sujetaba mi muñeca. Lo hacía con energía y excesiva firmeza. Yo volví la cabeza. Sonreía. Me miraba seguro de que iba a conseguir lo que se proponía. No albergaba una sola duda. Su convicción aterraba. Yo me aferré a la posibilidad de tirar con fuerza, de alejarme; de soltarme. Y me esforcé, pero increíblemente no lo conseguí. Mi mano libre rozó el bulto del bolsillo. -¡Suéltame! –chillé sin apenas voz. -Ni hablar, loco –negó con un sosiego inaudito, y manteniendo la presión sobre mi muñeca- ¿Has olvidado mis deseos?

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-No, pero no es mi idea compartirlos. -¿Y has olvidado a Leticia para venir aquí? -¡Hijo de puta! Luché más. Me acerqué a él. Mi mano libre le cogió del cuello. Apreté. Él se dejó hacer. Sonreía, fascinado por lo que estaba ocurriendo. Él oprimió más mi muñeca. -Es una chica guapa –opinó con la voz ahogada-. Entiendo que no la quieras perder, loco. Pero yo necesito que tengamos una despedida digna.

Acepté la derrota. Solté su cuello con resignación y esperé a que moviera ficha. Poco después, llegó el movimiento sutil. No pude evitar caer en ese desliz. De pie, permanecíamos pegados, separados por exiguos centímetros, ahogado por su mirada, saboreando su aliento, comiéndome su calor. -No puedes hacerme esto –rogué con aires de desesperación. -Me gusta tenerte así de cerca. Mucho mejor... En ese instante, cuando la palabra ‘mejor’ resonaba en mi cabeza, ocurrió. Mi mano empujada con suavidad resbaló por su muslo y llegó hasta su entrepierna. Estaba erecto. Apreté la mandíbula, hice un débil gesto de separación, pero él pegó más mi mano sobre su pene. -Me gusta respirar tu aliento –continuó con un tono seductor. -Déjame marchar –pedí con un fino y tembloroso hilo de voz. -¡Bésame! –Pidió cogiéndome de la cintura. Cada vez me sentía más agotado. La soledad en aquel parque urbano me parecía infinita. Tal vez lo era. O tal vez ignoraba mi alrededor. Seguí

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sintiendo la navaja pegada a mi muslo. No tenía fuerzas ni valor. Se había convertido en un instrumento inútil. “Quizá el camino era ese”, pensé. “Quizá deseaba ese camino”. Mi subconsciente estaba decidiendo por mí y no lo sabía. Nos mirábamos. Ardíamos. Vivíamos de nuestros alientos. La piel, el calor y la mínima distancia entre nuestros labios se acentuaba. Pero entonces, hubo un giro inesperado. Él escupió dos palabras que jamás hubiera imaginado oír en su voz. -Puedes irte. -¿Cómo? Mi muñeca se liberó. Carlos, extrañamente, dio un paso atrás. La luz de una pequeña farola se colaba entre los dos y el frío volvía a azotarme. -No puedo forzar algo que no deseas... Su rostro lucía hundido. Yo di un paso atrás por instinto. Di otro paso. Miré alrededor, buscando al agente municipal o persona que hubiera

desencadenado aquello. Sin embargo, estábamos solos. -Me voy, Carlos –dije titubeando. Él permaneció callado, quieto, con la cabeza alicaída y la sensación de vivir en plena tranquilidad. Busqué su mirada, pero estaba perdida. Di otro paso atrás y empecé a alejarme. Advertí que su aroma seguía pegado a mí; que sus ojos voraces volaban por mi cabeza; que su calor aún ronroneaba en mi piel. No llegué a perderle de vista. Y cuando tomé la decisión, no supe el motivo. Únicamente pregunté. -¿Será el adiós definitivo?

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Su sombra se movió. Sus ojos se avivaron y su cuerpo creció de nuevo. Algo dentro de mí deseaba volver a probar sus labios. Él era una droga. Aquella cercanía, aquel calor, aquella pasión retenida había sacudido mi apetito dormido; mi deseo. La única luz artificial volvió a caer con suavidad sobre nosotros. Las palabras desaparecieron, y cuando quise utilizar el cerebro y la razón, nuestro arrebato pasional ya había surcado los cielos y aterrizado de nuevo en la calma absoluta. La humedad de sus labios inició un beso dulce, suave, casto. Las caricias emergieron y un latigazo pasional nos desnudó y unió.

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26 Hacia el libre albedrío

A

manecer desnudo en la calle con la sensación de haber cometido una locura, despierta sentimientos indescriptibles. Había iniciado un vuelo

denso en el que planeaba cegado por un manto de nubes blancas. Era como si me devorara esa especie de algodón inexistente. Dudaba. No sabía si sentirme avergonzado u orgulloso. Necesitaba tiempo, pero corría despacio. Desde el futuro el pasado siempre se ve de manera distinta.

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Vestirme, sentir amanecer bajo un habitado arbolado, reír y besar con satisfacción y armonía hería más mi duda. Ni siquiera el adiós que preguntó él obtuvo la afirmación que los dos deseamos. Al caminar, supimos que mis sendas tomaban rumbos opuestos. Que se volvieran a unir en el futuro era una respuesta difícil de desenvolver. -¡Sergio! –Gritó. Me volví al instante, como si estuviera hipnotizado. Tembloroso como un niño. Carlos parecía una figura enorme a lo lejos. Su piel albina brillaba y su sonrisa podía saborearse con detalle desde mi posición. Sonreí. Tenía algo entre los dedos, observé. -¿Qué? -Se te olvida esto –dijo sin gritar. Recorrí los pasos que nos habían separado. Le miré con firmeza. Hallé un gesto de niño en su rostro. Sobre mi mano posó la navaja. Los dos nos mantuvimos como estatuas, en silencio. Piaban los pájaros, silbaba lentamente nuestra respiración. -¿Definitivo?- Preguntó.

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-Sí –dije recogiendo la navaja de entre sus dedos.

Lo fue. El fin del principio de mi vida. Mi vida se precipitó a un revés que quizá yo mismo construí de una manera indirecta. Con los mismos hábitos, pero con un escenario distinto. Sin llegar a tener las maletas en la misma puerta, aquella mañana, cuando regresé a casa, los dientes sangrantes de mis padres escupieron sus palabras más mordientes. No hubo un resquicio de paz o perdón. No hubo tregua. La decisión estaba tomada, y ni siquiera mi madre dio un paso atrás. No dudó. Mis excusas no quebrantaban sus sentimientos ni doblegaban sus raciocinios. Habían tomado la firme decisión a causa de mi osadía. Si quería ser libre, tendría que volar. Tenía dos semanas para buscar un nuevo nido. Fieros y serios, no creyeron una sola de mis palabras. No querían gastar una sola gota de sudor más en mí. Quizá era un farol, pero nunca arriesgué lo suficiente para averiguarlo. Decidí aprovechar la luz hacia la que me empujaban para iluminar mi futuro. Darle otro color. Y caminé, con miedo, pero caminé, y en el camino tropecé con la piedra que me llevó de bruces a la solución. Algunos cambios parecen imposibles. Parecen exigir saltos gigantescos, sin embargo, cuando no queda más remedio y hay que afrontarlos, uno acaba ejecutándolos. Yo lo hice poco a poco y sin pausa. Y cuando miré al pasado, vi la otra orilla desde donde partí, y la vi demasiado lejana. Atrás quedaba mi habitación, mis padres, la casa que me vio nacer y crecer; donde alimenté muchos de mis dramas.

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Casi nada es imposible en la vida. Un solo gesto puede transportarte de inmediato a un escenario inesperado, completamente distinto. Yo di el paso y coincidí en el camino con Leticia y su hermana mayor. -Vivamos juntos –dijo tras escucharme durante diez minutos largos. -Me tengo que ir en dos semanas –repetí. -Mi hermana busca compañeros de piso, yo quería irme, pero sola dudaba... -¿Compañeros? -Sí, se le han ido los dos en una semana. Tiene dos habitaciones. -No sería mejor compartir cama –insinué. -Aún no, -cortó seria- es por mi hermana, no nos aceptaría. -Entiendo. El precio de las habitaciones, la zona, el piso y la oportunidad precipitó todo. Lo creí temporal, pero me equivoqué. Era nuestro particular ‘apartamento para tres’. Mi nueva vida me reubicaba en 70 metros cuadrados. Allí comenzó mi libre albedrío; mi verdadera existencia sexual. Hasta ahora sólo había conocido la punta del iceberg. Los meses de sexo más frenéticos de mi vida se adentraban en mí. La adicción parecía insaciable con el paso del tiempo. Descubrí la realidad de los polvos salvajes. Leticia retorcía por completo cada uno de mis músculos mientras desgarraba con sus uñas mi piel. Y sin embargo, buscaba más. De hecho, allí organicé fiestas con prostitutas, de nuevo con Manu como gran artífice del evento. Aprovechaba que Leticia y su hermana organizaban un fin de semana familiar para emborracharnos, drogarnos y follarnos a dos, tres o cuatro putas. Los gastos nunca corrían de mi cuenta. Y lejos del ocio y la vida sexual, allí, en aquel apartamento terminé mis estudios y encontré mi primer trabajo. Mis padres sólo me pagaron los

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primeros tres meses de alquiler. Allí llegué a vivir cerca de tres años. En ese tiempo fui feliz. Y realmente, inicié una nueva andadura vital. Creí convertirme en un hombre y sin darme cuenta comencé a beberme la soberbia que me proporcionaba el sexo. Porque cuando uno logra sacarle el máximo provecho al sexo, éste se vuelve sublime en todos los sentidos. Entonces, los orgasmos aletean en ambas entrepiernas sin descanso. Cada segundo sumido en la unión de este maravilloso acto es una sobredosis más de placer imposible de describir con exactitud. El sexo es una droga. Baña de confianza al ser humano y lo bautiza con una felicidad inamovible. Dudo que exista una dosis excesiva y mortal. El sexo es la única droga del mundo con facultades vitales. Tras vaciar las cajas y las maletas, y asentarme en la habitación, comencé a devorar sexualmente a Leticia, yo crecí como hombre. Descubrí que los conocimientos sexuales prácticos me envalentonaban. Saber que había dejado atrás las eyaculaciones precoces y que disfrutaba de horas de placer

inagotables me convirtió en un personaje más

chulo y prepotente. Y en absoluto me disgustaba. Además, continuaba patente ‘putera’. con más mi No Manu que afición podía

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abandonar esa extraña adicción a la prostitución. Además, de pronto había surgido en mí una nueva inquietud que me empujaba a la infidelidad. Quería y necesitaba enseñar a las mujeres lo bien que follaba. Ellas debían probarme, saberlo. El hecho de tener que pagar era algo secundario. Tenía que hacer valer la oportunidad de ofrecer orgasmos a cualquier chica del mundo. Esa presión nerviosa previa a la primera penetración se había esfumado. Caminaba recto abducido por una extraña confianza en mi mismo. Y tras cada polvo, crecía un centímetro más. Me sentía como un carpintero que se enzarza enloquecido a golpear clavos de acero con su martillo. Imaginaba todos los clavos en fila. Yo levantaba el brazo y atizaba sin pausa, una y otra vez, viendo como las cabezas de acero se hundían en la madera. Cada vez con mas ira; fuerza y furia. Tampoco me pregunté el motivo, pero tenía esa necesidad. Me decía: “Quiero meterla en coños jugosos y calientes”. Era un placer idéntico al de clavar un clavo en la madera. Cada vez que estaba sumergido en ellas, muchas veces reía en pleno acto. A las putas les daba igual la risa. A Leticia le cambiaba el gesto. Sin embargo, me era imposible evitar esa imagen del carpintero que clava clavos y dice con media sonrisa: “coños jugosos y calientes”.

Practicaba el sexo a diario. A Leticia le encantaba y yo nunca decía que no. Fue así durante los dos primeros años. Leticia y yo lo hacíamos sin pensar en las consecuencias. Sólo nos saltábamos los jueves; mi día de putas. Aunque esas mismas noches, en ocasiones solía despertar a Leti y violarla consentidamente. A ella le encantaba hacer el amor casi sumida en un sueño nocturno.

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Mientras caminaba por este día a día, no miraba atrás. No veía el cambio que había sufrido mi vida. Únicamente disfrutaba del presente. Olvidarme del pasado había sido muy fácil. Él único recuerdo del pasado yacía en casa de mis padres, la que visitaba para tres únicas necesidades. Recogía la medicación, la correspondencia en blanco y me masturbaba en el baño. Carlos seguía escribiendo, pero yo había decidido convertirlo en un insólito recuerdo que borraba tras una eyaculación en soledad.

Dudo mucho que mi futuro hubiera sido alternativo si su hermana no hubiera visto lo que vio. Llevábamos dos años de convivencia. Creo que hubiera sido cuestión de tiempo que Leti cazara la realidad de mi vida paralela, o su hermana la nuestra. Se fue por culpa del sexo evidente. Habíamos arriesgado mucho, y aunque tenía sospechas sonoras desde hacía meses, aquella tarde recibió una pitanza visual de órdago. La imagen era dantesca pero real. Fue un ataque visceral de los muchos que teníamos cuando la soledad del apartamento nos abandonaba. El cerebro se nos desconectaba y nos lanzábamos a morder nuestro instinto más primitivo. En aquella ocasión, estábamos haciéndolo de pie en la cocina, junto a la lavadora. Yo tenía penetrada a su hermana pequeña. No pudimos hacer nada para evitar que nos viera. Lo habíamos hecho en todos los lugares posibles del apartamento, y en la cocina no era la primera vez. Yo lo propuse, ella aceptó. Me encantaba vivir lo que creía una auténtica película porno. Nunca supe sus motivos porque no hablábamos de sexo; sólo lo practicábamos. Los míos eran más que evidentes: Necesitaba el sexo como el comer. Y si no era con ella, no iba a dudar; tiraría de billetera.

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Su hermana tardó tres días en abandonarnos, y durante ese tiempo no crucé una mirada con ella. Nosotros tardamos tres semanas en encontrar compañero. Leti lo sufrió más porque perdió la confianza. Yo trataba de quitarle hierro al asunto. Incluso se me despertó un cosquilleo interno al recordar la escena que califiqué como morbo. Recordarme detenido, dentro de ella, con los calzoncillos en los tobillos, mientras sus pechos desnudos colgaban frente e mis labios, me empujaba a una excitación imparable. Ella se sobresaltó. Yo traté de pie que no se cayera. Fijé mis manos más aún en sus nalgas. Ella se aferró a la repisa, junto a la lavadora, y al ver que su hermana seguía inmóvil, junto a la puerta, observándola sin pestañear, se apegó a mí con brutalidad. Sentí presión en mi pene. Me excité, eyaculé y temblé. Fueron escasos tres segundos borrosos, pero en ese instante pude ver a su hermana pasear por la cocina con dulzura, besándome mientras Leticia quedaba aferrada a mi cintura sintiendo parte de mi elixir colándose por su vagina. Todo fue un sueño. Desapareció primero de la puerta de la cocina y después del piso. Lo hizo sin hacer mucho ruido. Tampoco creí que la pillara por sorpresa después de dos años de convivencia. Ella debía de saber lo nuestro, sin duda. Las paredes no estaban insonorizadas y existían indicios típicos y difícilmente excusables; gemidos nocturnos y mañaneros, chirridos de alcoba o condones olvidados en el baño, e incluso miradas o gestos cada vez menos sutiles.

Las semanas que tardamos en encontrar compañero de piso vivimos desatados. Tuve que suspender mi jornada ‘putera’ porque tenía heridas sexuales en mi pene. Nuestro sexo había alcanzado una violencia extrema,

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hasta el punto de caernos desde la cama, golpearnos contra una mesilla, incluso abrir en dos una de las patas de la mesa del salón. También tiramos una estantería. Desconectábamos por completo durante el acto y

conseguíamos olvidarnos de todos los objetos que nos rodeaban. Nos golpeábamos en un vaivén continuo sin controlar la fuerza que nos embargaba. Nos enzarzábamos entre mordiscos y arañazos desmedidos. Perdí un trocito de oreja en una ocasión y le abrí el labio más de una vez. La sangre volaba sobre mi piel al ritmo de nuestras eyaculaciones unísonas. Ninguno de los dos quiso parar aquello, y quizá ese griterío violento expeliendo hormonas sexuales por todo el apartamento desencadenó mi futuro inmediato. Leticia fue la encargada de conseguir el nuevo inquilino. Fue chica, y sí, en apenas un mes descubrió que los dos éramos pareja. Leticia había decidido alquilar el piso así para evitar que la gente se espantara al vivir con una pareja. Yo me desentendí. Y los dos continuamos teniendo ese sexo nocturno que tanto nos encantaba. Era difícil evitar los gemidos, más imposible, el ruido y casi inevitable ocupar las dos habitaciones. Traté de convencerle a Leticia de que reveláramos nuestro secreto, sin embargo, ella se negaba. Quería mantener el juego. Y a ese juego se unió María, la nueva chica de pelo rizado, con unos kilitos de más, unos pechos enormes y sonriente. Sentada en el sofá, una noche, en la que los tres veíamos uno de los reality show de una cadena privada, mi móvil se encendió. Era el ‘Bluetooth’. Me quería llegar una fotografía. El nick del teléfono móvil que me quería enviar la fotografía era ‘Quiero follarte’. Dudé si aceptar. Rechacé y me fui a la cocina a por agua. Dos minutos después, la pantalla de mi móvil volvió a encenderse. Seguía en la esquina de

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mi sofá. Miré a Leticia, a mi lado, que descansaba medio dormida sin perder la compostura. En la otra esquina, María también perdía su mirada en la televisión. Sin embargo, un gesto le delató. Su mano se perdía en el bolsillo de su blusa y tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo. Sabía que la observaba. En ese instante acepté. Abrí la foto y descubrí una imagen de ella desnuda en mi móvil. No veía su cara, pero sin duda era ella. Dos minutos después, la pantalla de mi móvil volvió a encenderse. En esta ocasión había puesto a su teléfono el siguiente nombre: “¿Te apetece?”.

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27 La amante

E

s extraño que una mujer acose a un hombre. Quizá no sea el término adecuado, pero sí debo decir que no es lo habitual. La mujer suele

conquistar desde la distancia, y si no lo consigue, suele retirarse. Y digo “suele”, siempre hay excepciones. El hombre suele ser el que asome el papel de acosador; el que agota e insiste. Su tarea es la de cansar y aferrarse al sexo opuesto que desea sin atender las señales. No cesa hasta que ella pone de manifiesto su negación más absoluta. El sexo con una mujer bien lo vale. A veces, lo es el amor. En mi caso fue el morbo. Estaba de pie, frente a la lavadora, echando el suavizante en el hueco del detergente, cuando María se acercó y me tendió distintas prendas para lavar. En su mayoría ropa interior. Me tembló la voz, el pulso. “¿Por qué?”. Sonreí y cogí una falda, varios calcetines, un tanga y dos sujetadores que con delicadeza introduje en el bombo. Jamás me había enfrentado a una mujer con tanta seguridad en sí

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misma. No sabía si de verdad la tenía, pero algo en ella la transmitía. Su mirada mordía lo que deseaba e iba a por ello. “¿Eran estas las chicas de siglo veintiuno?”, pensé cuando la vi abandonar la cocina. Me asustaba. Mi corazón aún latía temeroso. Y al tiempo, avivaba mi miembro a una velocidad inédita; o eso creía yo. “¿Era una sensación mental o física?”. Mi vida se había zambullido en una pequeña charca turbia con un excedente de víboras a mi alrededor. Dos en apenas setenta metros cuadrados. Una de ellas me ataba sexualmente, y además, vivía enamorada de mí. La otra me acorralaba con pequeños gestos que me mordisqueaban los huevos. María había estudiado farmacia, estaba en pleno periodo de beca y disponía de un excesivo tiempo libre. Y la chica se había convertido en mi pequeña obsesión. En apenas un mes había dejado atrás su actitud tímida y silenciosa para convertirse en la “supuesta guarrilla” que todo hombre desea una vez en su

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vida. Sin jugar la partida había ganado una gran mano. De hecho, el juego de los mensajes a través de ‘Bluetooth’ no se zanjó tras la primera noche. Con tacto, continuó atacando. Dejando sus pequeñas semillas. Ella sabía que yo no la iba a delatar. Como una buena pescadora, iba dejando que yo mordiera el cebo del anzuelo lentamente. Además, aprovechaba nuestra soledad para avivar el contacto vía móvil. Y sin embargo, ninguno de los dos había hablado del tema. El morbo invadía el apartamento, y la tensión chispeaba cada vez que nos cruzábamos. Ella vivía en aquel apartamento porque sus padres le pagaban un máster. Con la beca no tenía para vivir. Poco más sabía de su vida. Cuando afrontábamos la soledad, ambos optábamos por encerrarnos en nuestras respectivas habitaciones. Nuestra comunicación sexual fluía por ‘Bluetooth’. Nuestros breves diálogos asaltaban en escasas ocasiones, tímidos y vacíos. Desde que lanzó la primera bala, no había dejado de acotar mi terreno. Yo trabajaba hasta las cinco de la tarde, Leticia lo hacía hasta las nueve de la noche de dependiente en una firma de ropa. Aquellas horas de soledad con María se me hacían interminables. Trataba de luchar contra una tentación demasiado fácil. Por mucho que buscara planes alternativos, siempre acababa en casa antes de tiempo. Ella no me atraía, pero me había puesto sobre la mesa, en bandeja, una excelente merienda sexual. Sólo tenía que dar el paso, atrapar el bistec y morder.

Nuestro salón era amplio y oscuro. Nuestras habitaciones estaban pegadas unas a otras. La mía era la de la esquina, aunque supuestamente, porque en aquella cama pequeña no dormía casi nunca. En el medio dormía yo con

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Leticia. En la habitación más próxima al salón y a la cocina dormía María. Nadie entraba en el cuarto de nadie. En la cocina, compartíamos ciertos productos comunes. En la nevera nos distribuíamos por baldas. Era extraño para Leticia y para mí, pero ella, por alguna razón que nunca pregunté, mantenía esa artificial apariencia. El mando de la tele era de Leticia, si bien, María compartía gustos televisivos. Yo era más de la lectura o la indiferencia. No teníamos turnos para limpieza oficiales, pero sí mentales. Cada semana limpiábamos uno de los tres. Y raramente, nadie se los saltaba. Todo funcionaba bien. La única incomodidad me arañaba cuando su móvil y el mío decidían penetrar en ese extravagante juego erótico de nimia distancia. Ninguno daba un solo paso hacia el cuerpo a cuerpo. Ninguno declaraba la retirada; Ni cortábamos el juego por lo sano ni avanzábamos para jugar en un nivel superior. Ambos, que habíamos aceptado las reglas. Al mes de conocernos, alcanzamos el disparate divino. Ella decidió poner su correo electrónico en el nombre del móvil y activó el ‘Bluetooth’. Un minuto después tenía en mi teléfono un nuevo tono y su dirección de mail. Tres minutos más tarde estábamos hablando por Internet a una sola habitación de distancia. Absurdo; morboso. Monstruosamente morboso. Por primera vez, practiqué ‘cibersexo’. Era tal la vergüenza, que cuando terminábamos, desconectábamos y permanecíamos encerrados en la habitación. Era mi “ciber-amante”, me dije sonriente, tumbado en la cama y aún con pequeños fluidos seminales en la punta de mi pene. En ese instante, ante el pánico de la presunta soledad y el silencio real, opté por escuchar un excelente disco acústico de Nirvana. Esperé a que Leticia llegara a casa, y entonces, María y yo nos vimos. Sin embargo, apenas intercambié pequeñas palabras que

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construían estúpidas frases impersonales. Aquella tarde sexual a distancia viciada por la imaginación y la creatividad individual se repitió tres veces más antes de que uno de los dos decidiera mostrar sus cartas. Ella ganó y planteó cambiar de juego. Yo me negué. Manu me dio plantón un jueves. Y aquella tarde, con una cerveza en la mano, María decidió acompañarme, mirarme desde la distancia en el sofá, sonreírme y azotar la tensión que respirábamos impacientes. La tele empequeñeció, el salón subió de temperatura, el oxígeno se esfumó y ella rompió el hielo tras echar limón a su cerveza. -¿Hoy no vas al ordenador? La pregunta me inquietó literalmente. Di un diminuto respingo, bajé el volumen de la televisión, bebí cerveza de una lata y examiné su figura. Apenas se parecía a la que yo había imaginado durante nuestra conversación erótica en Internet. Ella puso sus piernas desnudas sobre la mesa y solo se colocó el vestido para que no le viera las bragas. -Aún no... –respondí alicaído -¿Prefieres ver la tele? -No... -¿Y qué prefieres? -No sé. –Me incomodó y bebí. -Igual tienes una amiga en Internet con la que charlar un rato –insinuó recolocándose las piernas, que continuaron mostrándome su desnudez blanquecina. -Igual... –Afirmé aceptando el juego y con media sonrisa.

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Miré la hora del móvil. Era pronto. Leticia no iba a parar el combate que ella quería iniciar. “¿Pero adónde íbamos? ¿Ficción o realidad?” -¿Entonces? –Insinuó mientras recortaba la distancia que nos separaba del sofá. Terminé la cerveza y sentí una prominencia importante en mi entrepierna. Estaba inquieto ante la oportunidad de follarme a una tía que no me atraía pero que me inflaba un efecto morboso inconcebible. Mi cerebro trabajaba en exceso en aquellos instantes. No podía retirarme de la cabeza el rostro de Leticia. La veía llegar cansada, contándome sus problemas, desnudándose en la habitación, besándome y haciéndome el amor como todas las noches. -Sergio, te quedaste mudo... –Susurró. -No, en absoluto –dije sin una gota de saliva. -¿Me voy al cuarto? –Preguntó. -Como quieras... –respondí sonriente. -Si fuera lo que yo quiero... –Insinuó dando un pequeño saltito más en el sofá. Su piel me rozaba- ¿A qué jugamos? -No sé... -La realidad siempre es mejor que la red... -Lo sé... -¿Entonces? Podía oler su piel. Sentía su respiración; ese aroma a cerveza humedeciendo sus labios. Me estremecía el suave balanceo de su brazo sobre el mío. Me achicharraba su mirada, y me hería la conciencia cuando mis ojos se distraían hacia la puerta de entrada. No podía dejar de pensar en Leticia. Quizá no en

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ella y el daño que podría hacerle, sino en el riesgo. En esa duda, María se apoyó en mi hombro y me susurró al oído. -Quiero que hagamos realidad el final de la otra tarde... -¿De verdad lo haces tan bien? –Pregunté mientras sentía sus labios por mi cuello. -De verdad –afirmó. El siguiente paso lo ejecutó de manera vertiginosa. Y dos minutos después María ya había movida ficha. Abrió sus piernas, se colocó sobre las mías y comenzó a besarme. Bajo el vestido no llevaba bragas. Me besaba los labios, el cuello, me quitó la camiseta y me besó la clavícula, los pectorales, y en tanto, yo trataba de acariciarle los pechos, enormes, preciosos con unos amplios pezones marrones. La realidad nos vapuleó sexualmente. Ella me desabotonó los pantalones y me masturbó. Resbaló sobre mí y quedó de rodillas sin soltarme el pene. Me lo lamió, lo chupó, lo succionó y ella me permitió eyacular. Le encantó saborear. Tenía razón, lo hacía muy bien. -¿Vamos a mi cuarto? -Un momento, –dije- voy al baño. El arrepentimiento me roía y alimentaba mis dudas cerebrales. Me limpié los fluidos. La puerta se abrió por detrás. El corazón se me detuvo un instante. -¿Estás bien? -¡Joder! ¡Qué susto, tía! -Lo siento. Me subí el pantalón y mentí. -Lo siento, tendremos que continuar otro día, tengo que irme –apunté echando un vistazo al móvil-. Lo siento, de verdad.

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Ella se quedó mirándome unos segundos, después me dijo que lo entendía. Yo me encerré en la habitación, me eché desodorante y salí a la calle sin despedirme de María, que también, sin mediar palabra, estaba escondida en su cuarto con la puerta cerrada. Caminé, caminé y pensé. No era el hecho de la infidelidad, era el acto de haber corrido tanto riesgo lo que me preocupaba. “¿O no?”. Me importaba interpretar las sensaciones

recientemente vividas y así poder tomar una decisión; un rumbo. Sin embargo, no las descifré. Me tomé una cerveza en un bar, en soledad, y a la segunda vi todo con mayor claridad; tenía que disfrutar más de aquellas mamadas. Aquella tarde, cuando volví a casa era de noche. Leticia descansaba en una esquina del sofá, casualmente, en la misma que María me había hecho la felación hacía unas horas. Ella estaba en la habitación. Aquella noche, por primera vez en tiempo, no hicimos el amor.

No volví a tener noticias de María hasta una semana después, en un escueto mail. Mi vida no volvió a darse un revolcón hasta una semana después y dos días de un fin de semana. Esas 48 horas las viví con Manu y Javi de senderismo en plena Sierra de Ávila. Necesitaba desconectar de la presión de la charca de víboras en la que se había convertido nuestro ‘apartamento para tres’. Además, el sexo con Leticia había perdido un pelín de intensidad; o eso creía yo, y mi cabeza no podía quitarse de la cabeza los labios de María limpiando con suavidad las “venas de mi polla”. Me reí al pensarlo. La tarde que sobre la espalda cargaba una mochila, leí el mail. Me preguntaba si le había gustado y si quería repetir. Que si no le había gustado, que no pasaba nada, que se

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olvidaría de mí. Sonreí, y respondí. “A la vuelta repetimos. Queda mucho por practicar...” Y practicamos. No pude quitarme de la cabeza nuestras actuaciones pendientes. La montaña me ayudó a pensar, y entre rocas, árboles, aves, riachuelos y paz rural me planteé que quizá la relación sexual con Leticia había llegado a tocar techo y necesitaba investigar nuevos pantanos. La necesidad siempre latía en mí, pero la noche nunca me había ofrecido la oportunidad si no era tirando de billetera o tarjeta de crédito. Llegué a casa un domingo a las seis de la tarde. Junto a Manu y Javi había tomado más de seis cervezas antes, en un bar que quedaba junto al apartamento. Habíamos llegado a la ciudad a mediodía, habíamos comido de tapas y bebido. Estaba ligeramente ebrio.

-¿Hola? –Asomó su cabeza desde la habitación. -Hola –dije roto por el agotamiento y el alcohol- ¿Leticia? -Trabajando –anotó con felicidad-. Al final ayer cambió el turno a una compañera. -Ajá... Se acercó a mí. Levanté las palmas de las manos pidiéndole un respiro. Sonreí y la besé ligeramente en los labios. Me descolgué la mochila de los hombros, caminé por el pasillo sin dar tumbos, abrí la puerta de mi habitación y lancé la mochila con brusquedad. -¿Saldamos cuentas? –Preguntó desde el fondo del pasillo con un tono de voz que me resultó deliciosamente picarón. -Saldamos –afirmé-, un momento.

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Me encerré en el baño, me lavé las manos y busqué los preservativos que nunca usábamos. No quería convertir mi pene en una ruleta rusa con todas las mujeres. Ya me había metido en un callejón sin salida con Leticia, no quería ampliar mis complicaciones y envolverme en una telaraña vírica. Busqué pero no encontré. Pensé, “en la mesilla de la habitación de Leticia”. Salí, ella ya no estaba en el pasillo. -¡Ahora voy! –Grité. Entré en la habitación de Leticia; la nuestra. Abrí el primer cajón. Vi sus bragas y tangas, después varios preservativos sueltos. “¡Bingo!”. Sin embargo, la mirada se me hundió de pronto en el parqué. Fue como si alguien me hubiera arrancado los ojos y me los hubiera pegado en el suelo. Junto a la cama, donde yo había vivido tanto, descansaba un preservativo usado. Lo intuía, porque estaba dentro de su sobre verde. Parpadeé, pero seguí allí. Me arrodillé y me aquello segundos. quedé observando largos engañaba

durante “¿Me

Leticia?”, cavilé. “¡Joder!”, grité. Estiré No el tenía brazo, elección. cogí el

envoltorio y con mis dedos saqué el fino plástico de color beige. -¿Estás bien?

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La voz llegó desde la puerta. Yo me puse de pie. Solté el envoltorio y sólo pude verme como un estúpido sujetando un preservativo lleno de semen. Las rodillas me temblaban y ni siquiera podía ver con nitidez el rostro de María, que optó por la mudez. “No es mío, no es mío”, me repetía en silencio una y otra vez y otra vez, deseoso de hallar un error en mis recuerdos. “No es mío”, me afirmé tras largos segundos.

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28 A 2 y 3 bandas

M

e obsesiono con las mujeres. Ese, tal vez, es mi problema. Siempre me ha ocurrido, y en aquella época lo descubrí. Nunca supe reponerme

con dignidad. Ni siquiera actué con diligencia. Tampoco me entristecí. Ni me enfadé. Tampoco pedí una explicación. La venganza, de la única manera que entonces la conocía, la apliqué. Tampoco creo que María dudara de su papel. Ella era la amante y su cuerpo mi momento de placer vengativo. La duda me atormentaba en una única y escueta pregunta. “¿Por qué?” Volví a recorrer el mismo camino diez minutos después. Lo hice de igual manera, con un preservativo entre los dedos, pero en esa segunda ocasión, desnudo. María reposaba en la cama, en cueros; en su cama. Yo me sentía satisfecho, en paz, sin las ansias inmediatas de saber el porqué del primer condón. Me quedé de pie, en la cocina, con el preservativo usado entre mis dedos y mi pene aún levemente erecto. Abrí el cubo de la basura, y con

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valentía lo dejé caer sin querer ocultarlo. Era mi manera de plantear la batalla. Miré el reloj de la cocina. Eran las ocho y cinco de la tarde. Entrábamos en zona de riesgo 3. Dejé atrás mi habitación y la de Leticia. Me atusé el pelo en el baño, oriné y volví con María. Salté sobre la cama y nos besamos. Leticia llegó cansada a las nueve de la noche. No había rastro de la contienda sexual anterior. Me miró. Su enorme bolso aún colgaba del hombro. Lo hizo con frialdad. Caminó deprisa hacia su cuarto, y cuatro segundos después, asomó la cabeza y me buscó. Le vi desde el salón. -¿Qué tal, pequeña? –Pregunté. -Te necesito –susurró. -¿Cómo? –Pregunté acercándome hasta ella. -Un buen polvo... He tenido un día horrible –dijo en voz baja y desplegando media sonrisa. -Pero... ¿Y...? -Me da igual. ¡Vamos! ¡Pasa! Fue un polvo extraño. Siempre sin valorar los no gratuitos ni los homosexuales. Una infidelidad con doble sentido. “¿Quién era la engañada?”, me cuestioné. Sin lugar a dudas, cuando Leticia cabalgaba sobre mí, supe que ella era la principal. Sin embargo, no podía evitar sentir pena por María. Al tiempo, la rabia me pellizcaba. El preservativo me reavivó un ardor estomacal. Traté de acelerar aquel momento sexual; dibujar en su interior el punto y final. Las ideas se me acumulaban en la cabeza, y aunque era capaz de mantener la erección con facilidad, era incapaz de correrme. Traté de alcanzar su techo sexual para excitarme, pero sólo logré que ella se corriera,

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tuviera un orgasmo y gritara. “¡Joder!”, pensé mientras la besaba. Ella me mordió y arañó al tiempo que los dos nos hundíamos sudorosos en una final apoteósico.

María no hablaba. Yo tampoco. Teníamos sexo y conversaciones vacías; divertidas, pero sin trascender en ningún momento en lo que implicaba la relación. Ella obviaba y yo me dejaba lleva por la otra manera de sentir el sexo. María disfrutaba más de los preliminares. Me besaba por todo el cuerpo, me tensaba y destensaba con sus caricias labiales, y cuando llegábamos a la penetración, ambos rozábamos un orgasmo casi constante. Lográbamos mantenernos en esa cima deliciosa durante largos minutos. Y en el momento que la velocidad rompía la belleza sexual y llegaba el “córrase quien pueda”, entonces el placer escupía a borbotones nuestro elixir. Sentía cómo los espasmos de mi semen le golpeaban sin cesar. Sin alcanzar el salvajismo que

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en ocasiones me atrapaba y cautivaba con Leticia, disfrutaba de un sexo plenamente distinto. Me entusiasmaba y necesitaba bucear más en ella. Y no abandoné a Leti. Tampoco le pregunté por el preservativo. Ella tampoco preguntó por el que yo tiré. No al menos de manera directa y acusadora. Ocurrió tres días después, una noche que María se acostó temprano después de que el sofá se hubiera convertido en una olla a presión porque los mimos de una encendían la ira de la otra. La tierra no me tragó. María optó por la retirada, y en ese instante, Leticia abordó el tema. -¿Sabes si se ha echado novio, amante o rollete? La pregunta me cazó por sorpresa. Incluso sentí sudores fríos. Temblé, y seguro que sufrí un leve cambio en el color de mi piel. -No, ¿por? -Es que... –Bajó el tono de voz- Después del fin de semana que tú te fuiste a la Sierra aparecieron dos condones en la papelera de la cocina. -¿Dos? –Pregunté sorprendido. -Sí, ahí, sin envolver ni nada... –Musitó. No pude por menos que mantenerme en silencio durante largos segundos. “¿A qué jugaba?” Aquella maldita conversación Me enervaba. “¡Qué hija de puta!”, pensé dejando escapar una sonrisita por la comisura de mis labios. -Tendrá derecho, ¿no? –Hablé al fin. -Pero no sé, –estalló con un humor más bronco- debería ser más limpia. -Déjala, mujer -¡Se lo voy a decir! –Saltó- ¡Joder, Sergio! Aquí vivimos tres, y aunque no tenemos reglas estrictas, algo de educación, decencia...

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-Leticia, por favor –interrumpí sujetando sus brazos con suavidad-, no hagamos una montaña de esto. -¿Te pones de su parte? –Me reprochó encendida. -No, en absoluto. –Traté de mantener la calma, manteniendo el silencio y dudando qué decir o si decirlo. -¿Entonces? -Sólo ha ocurrido una vez, démosle un voto de confianza –apacigüé. Aquello del voto de confianza no calmó mucho a Leticia, pero sí mi beso. Luego ella acabó arrastrándome a la cama casi de manera literal. El tema de los condones se finiquitó ahí. Nunca volví a saber de ellos en meses. Curiosamente la vida que envolvían murió y resucitó.

Mantener una relación a dos bandas agobia mucho mentalmente; agota. Ya no es solo el famoso error del nombre, que es el mínimo a superar para mantener una ‘bi-relación’, sino el hecho de las historias que cuentas; qué cuentas y cómo las cuentas. Hay que construir dos vidas. Una de ellas es más de verdad, la otra es más de mentira. Hay aspectos de una vida que los puedes aprovechar para tu otra vida, pero hay otras que es obligatorio ocultar. En mi caso todo fue más sencillo, porque aunque no fuera explicito, María sabía de mi vida real. Ella sólo fingía cuando Leticia estaba en casa, y yo cada vez me las ingeniaba mejor para irnos fuera cuando ella estuviera. Además, María colaboraba, y cada vez desaparecía con mayor asiduidad cuando los dos descansábamos en el sofá. El pequeño escalón piramidal llegaba los jueves. Manu seguía llamándome y me era difícil; casi imposible decirle que no. Tomábamos copas, nos

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drogábamos y nos contábamos la vida semanal. Risas, intentos de ligues gratuitos imposibles por nuestra ebriedad, y al final, la derrota tirando de billetera o tarjeta de crédito en un club. La verdad es que yo empezaba a cansarme de aquella pelea nocturna que siempre me despertaba con resaca, peor cuerpo y varios dígitos menos en mi cuenta bancaria. Pero una noche, Mika apareció junto a la barra y me enamoré.

Siempre me ha parecido más fácil el billar de las bolas de colores, una blanca, una negra y seis agujeros. Sólo tienes que preocuparte de meterlas. Nunca me gustó el billar a tres bandas. Excesiva dificultad; excesiva maña. En esos casos abandono. Prefiero lo fácil. Llegar, coger el palo, untarle el taco, apuntar, acariciarlo, empujar, golpear y meter. Es maravillosa la sensación de golpear las bolas de billar. Uno puede imaginar el ruido que produce sin llegar a pestañear. La noche que solté 40 euros a Mika y volví a casa caminando solo con pequeñas dosis etílicas en mis venas y unos cuantos miligramos de coca en mi organismo, descubrí que me obsesionaba con facilidad con ciertas mujeres. No era amor. Me encaprichaba y necesitaba descubrirlas, vivir su vida, follarlas, y luego hacer con ellas el amor varias veces. Esa noche, con el olor de Mika aún en la piel, supe que por muchos años que viviera con Leticia, ella no era el amor de mi vida. Tampoco María, y quizá, casi imposible que lo fuera Mika, una chica del Congo de 22 años que hablaba un perfecto español. Sus ojos me hipnotizaban como a un niño de un año un sonajero. Sin embargo, ella era puta y yo un hijo de puta.

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Pese a la dificultad lo intenté. Deseaba conocer a aquella mujer de piel nocturna. Deseaba invitarla a cenar, a un helado, a follar cien veces, sacarla de la prostitución, desayunar a su lado... Las imágenes me golpeaban de camino a casa, lo que tal vez perjudicaba más aún mi inexistente rectitud. También sabía que era cuestión de tiempo que yo me aburriera de ella. “Ese era mi problema”, pensé frente al portal. Siempre habría una mujer en el mundo con la que yo quisiera acostarme y mantener una relación. Aunque yo ya tuviera una. “¿Aunque estuviera enamorado?” Aquella noche me dije que sí. Tenía el deseo perenne de investigar el sexo opuesto. Sonreí, subí las escaleras, ebrio, y las imaginé a las dos dormidas. Reí. “Si es sexo, cualquier chica vale, o casi”, me dije emitiendo una muda carcajada. Abrí la puerta y pensé de nuevo en Mika. “¿Cómo era su vida?”

Nunca lo adiviné. Uno no gana todas las batallas, y quizá es la derrota la que más enseña. La victoria es disfrute y ciega. Tal vez en esta historia no haya hablado de todas mis derrotas; sexuales, sentimentales o vitales. Uno siempre guarda secretos. Me obsesioné y comencé a ser yo el que llamaba a Manu. Y como trabajaba y tenía un sueldo 'decente' comencé a ser yo el que compraba e invitaba a droga y a copas. Sin embargo, el largo viaje hacia la noche no era sencillo y debía evitar pequeñas zancadillas y piedras molestas en los zapatos. Una de ellas era que Manu quería cambiar de club. Yo insistía en repetir, y además, siempre esperaba a que él subiera a la habitación para irme con Mika. Tenía que cumplir su regla básica: “No repetir con una puta”. Yo alcancé mi cifra récord: 7 noches con ella. La séptima, borracho, pero que muy borracho, y

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‘encocao’, me declaré a ella y perdí. Mika decidió cerrarme la puerta y derrotar mis intentos. Yo acepté la derrota como un verdadero inútil impotente. Por primera vez en mi vida, follarme a Mika era secundario. Deseaba sentirla y verla en otro estado. Anhelaba descubrir su piel a la luz del día. Y por supuesto, también follármela mientras esa claridad del alba iluminaba su cuerpo desnudo. Follármela sin ese mecanismo económico y temporal que enfría el sistema de la prostitución. Y así se lo dije. -Estás loco, nene –dijo ruborizada. -Habló en serio –balbuceé-, vente conmigo. -Vístete, guapo –dijo colocándose el topo que escondía sus pechos de chocolate- dormirla te sentará bien. -Mika... –farfullé- Me gustas... -Por favor, señorito Sergio, váyase –suplicó. -¡Te quiero! –Grité. De pronto la vi avanzar. Sentí sus dedos en mis bíceps. Una fuerza desorbitada emergió de ella y comenzó a arrastrarme. Las lágrimas se descolgaban de mis párpados y su gesto serio continuaba expulsándome de la habitación. No peleé. Rogué, pero me dejé hacer. Recuerdo que Mika me susurró una última frase. -Esta fue nuestra última cita... De rodillas, me quedé quieto en el pasillo, sobre una alfombra morada, en calzoncillos, con los vaqueros, mi camisa y la corbata del trabajo sobre el regazo. Avergonzado. La puerta se abrió y con ella la esperanza, no obstante, sólo fueron mis zapatos con los arrugados calcetines en su interior.

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Bebí demasiado aquella noche. Mucho más. Ni siquiera esperé a Manu. Me sentí tan derrotado... Creí ser una estrella de Hollywood al que le rompen el corazón en cien mil pedazos y se lo queman. Pedí un whisky con hielo. Me bebí tres más y no encontré la salida del bar. Me ayudaron. Tampoco encontré el camino a casa. Ni siquiera podía dar un paso sobre otro. Me senté, vomité y traté de volver a caminar. De nuevo vomité. La memoria me abandonó, el recuerdo decidió irse a dormir y yo me emborroné por completo. No sé qué sucedió aquella noche. Cuando salí de un taxi aún era de noche. Y al despertar me dolía la cabeza, la luz del sol entraba por la ventana y tenía el paladar como un estropajo disecado. Estaba completamente desnudo, me giré y besé a Leticia. Abrí los ojos y vi mi error. El rostro sonriente y aún somnoliento era el de María.

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29 El cazador cazado

E

l miedo es un sentimiento que cuando se apodera de uno, bloquea todo sistema de raciocinio. Suele disparar la adrenalina e impulsar al cuerpo

humano a ejecutar actos incontrolados que pueden alcanzar límites insospechados. Aquella mañana, el miedo me atormentaba. Desnudo, a escasos centímetros de María, buscaba y no encontraba una sola imagen del pasado que construyera mi camino hasta aquella cama. Me sentía indefenso, impotente, avergonzado, y sin una explicación coherente que ofrecer a mi cerebro exhausto. “¡Por qué!” Abrí los ojos hasta alcanzar una amplitud mayor del entorno. María sonreía. Me volvió a besar, acarició mi torso con su dedo índice con excesiva suavidad. Yo me mantuve quieto con la respiración sostenida, nervioso y muerto. Me

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sentí un muñeco de cera, aunque ante aquel calor corporal me hubiera derretido. Recordaba. Hacía mil esfuerzos por recordar, pero el final de la noche estaba velado en mi memoria fotográfica. A la luz seguía habiendo oscuridad; negro absoluto. “¡Joder!”. Mi última imagen se remontaba una y otra vez a la calle, al fugaz encendido de una luz verde que se alejaba calle abajo sobre un vehículo blanco. Veía esa escena una y otra vez en la cama indebida y no conseguía avanzar hacia el final de la noche; hacia mi destino matinal. La resaca peleaba con los últimos latigazos de la borrachera. Los

segundos me parecían minutos y el instante una eternidad.

Un portazo me sobresaltó. Icé mi cuerpo hasta dejarlo sentado sobre la cama con mis manos sujetas a las sábanas del colchón. Me giré despacio y traté de poner los pies en el suelo sin marearme. Desnudo, sobre el parqué, busqué mi

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ropa. La planta de mi pie pisó el botón de mi pantalón. Fue como un minúsculo mordisco. Traté de no ser derrotado por el mareo. Me sostuve tras un suave vaivén, miré al frente y al fin escupí mis primeras palabras. -¿Qué ha pasado? -Mi voz sonó ronca y pastosa. María sonrió ya de pie al otro lado de la cama, colocándose una bata verde escondiendo su desnudez completa. El miedo me castigó más la inseguridad. -Estabas borracho –dijo indiferente pero jovial-, muy borracho. -¿Y...? ¡Joder! Encontré mis calzoncillos entre las sábanas. Oí pasos. Me meaba encima de miedo y también casi de manera literal. Mi vejiga iba a explotar. María se había ajustado la bata hasta tapar por completo su cuerpo de cuello a tobillos. Yo me subí los pantalones con torpeza. Afuera los pasos se sucedían, las puertas se abrían y se cerraban. El miedo me mordía la yugular y disfrutaba con mi acelerado ritmo arterial. Me sentía muy débil. -Tranquilo –dijo caminando hacia la puerta-. Yo lo explico... -¡Para! –Grité en un susurro histérico al tiempo que daba un salto torpón que me colocó frente a ella- Necesitamos un plan. -No nos va a dar tiempo, Sergio. Actuemos con naturalidad, además, Leticia acaba de despertarse... -¡Y una leche! Aquella fue mi última expresión en la soledad dual. La frase se me repitió durante largos y eternos minutos. Quizá fue porque como nunca actúo bien bajo presión, utilicé aquella voz en mi cabeza para escudarme de la batalla sangrienta que se avecinaba. Todo se precipitó. De pronto, una bofetada me hundió hasta la profundidad más oscura del océano. La bofetada fue la puerta

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de la habitación de María, la fuerza fue la mirada de Leticia. Repleta de ira y tristeza, pude palpar el resplandor de sus ojos en llamas. Y de la sequedad de sus pupilas emergieron dos enormes olas que inundaron aquella habitación hasta arrojarme con brío a la más absoluta oscuridad. Los pantalones se me deslizaron de entre los dedos y quedaron rugosos en mis tobillos. La habitación encogió como si fuera de plastilina y un niño hubiera decidido apretujarla al límite. Me faltaba aire. Me ahogaba en aquella silenciosa tensión. Mi corazón aturdido y temeroso no cesaba de nadar en busca de una superficie en calma, pero en la humedad más claustrofóbica no hallaba la superficie; el aire; el oxígeno. “¡Mierda!”. Me subí de nuevo los pantalones a gran velocidad. La resaca me clavó un cuchillo en la sien, pero fue una herida fugaz. Busqué el resto de mi ropa, que dormía ebria en el suelo. Leticia ya debía de estar hablándome, sin embargo, yo no podía escuchar ni una sola de sus palabras. Vi a María de reojo. Había retrocedido varios pasos y se ajustaba la bata hasta el cuello. De nuevo la boca de Leti vocalizó mi nombre. En esa ocasión, sus palabras sí martillearon mi cabeza. -Sergio, por favor, ¿me vas a decir qué coño haces aquí? -No sé –acerté a responder como un gilipollas-, me he despertado... -¡Cómo que no sabes! –Gritó retirándose las lágrimas de la cara y sin moverse aún un ápice de la puerta de entrada. -No hemos hecho nada –aclaré sin firmeza mientras me abotonaba la camisa. -¿Cómo? No puedo creérmelo. ¡Increíble! ¡Encima! ¡Joder! -–Dio tres pasos con furia y decisión, y me abofeteó.

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-Estaba muy borracho, no me acuerdo... –Justificaba mientras dolido mi mano acariciaba el cosquilleo de mi mejilla-. Pero te juro que no ha pasado nada, ¿verdad? María se había pegado a la ventana. Ni siquiera hubiera podido verla de reojo, pero en ese momento la estaba mirando. Leti había decidido obviarla en esa primera fase de la batalla. -Sergio... no, no... –Se trabó. Cogió aire y tras retirarse las lágrimas giro el cuello.- ¿Y tú? ¿Tú qué? La cuchillada vocal cazó por sorpresa a María, y al oír el tono de voz mordiéndole el cuello se sobresaltó. Aproveché la tregua para recuperar mi corbata, mis calcetines y mis zapatos. Observé a María, sosegada y escondida tras la cama, de pie, con los brazos cruzados. -No pasó nada, Leticia. Tiene razón –dijo mirándome con lástima-. Si me dejas te lo explico. La prepotencia no debió gustar a Leticia, que cruzó los brazos también y se dibujó con una pose de incrédula a la espera paciente de la explicación. Yo en cambio estaba impaciente por oír la historia. -Cuando llegó yo estaba en el ordenador. Esta noche no he dormido. –Parecía sincerarse- Él estaba muy borracho... -¿Y? –Exigió Leticia. -Yo estaba... –Tomó aire y bajó la mirada- Chateaba con un amigo... Iba ligera de ropa y él empezó a vacilarme... -¿Por? -Porque casi me pilla en pleno... -¡Qué!

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El silencio inundó la habitación. Sólo bailaban nuestras respiraciones aceleradas. Todos cruzamos las miradas un instante buscando una respuesta. María apretó los labios, tomó de nuevo aire y expulsó su verdad. -Estaba teniendo sexo por Internet... ¡Vamos, cibersexo! Mentía. Lo sabía. Los dos minutos de tregua me habían dejado observar y rescatar alguno de los detalles que antes había obviado. El primero; el que más me atormentaba, dormía sobre la mesilla del fondo, a escasos dos metros de María. Un nuevo maldito preservativo usado y escondido en su sobre rojizo roto. Yacía en una esquina, junto a un libro de Ken Follet y una lámpara de flores. Rezaba porque cayera al suelo, pero no era creyente. De pronto, imágenes reales o ficticias en forma de recuerdos me atropellaron e invadieron mi memoria. -¿Y él te ayudó? –Ironizó, señalándome sin mirar. -No –respondió con rotundidad. -¿Entonces? María exhibió media sonrisa pícara, cómplice, y de nuevo, jovial. -Se quedó dormido ahí, en la silla. -¿Y la ropa? -Leti, no le des más vueltas. No pasó nada. Se emborrachó, empezó a quitarse la ropa burlándose de mí, y cuando iba a irse a la cama contigo se quedó dormido... De nuevo el silencio, y cada vez era más incómodo. Observé a Leticia, más convencida, más serena, menos lacrimosa. Ella volvió la mirada hacia mí. No había perdón, pero sí una gota de luz en aquella completa oscuridad. -Lo siento –musité-, de verdad.

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-¡Joder, Sergio! –Reprochó cogiéndome del brazo y empujándome a abandonar el cuarto de María- Date una ducha y llama al trabajo. ¡Mira la hora que es! Decidí huir sin dudar. La tensión y el calor me calcinaba en aquellas cuatro paredes. Quería que Leticia me acompañara para eliminar el más mínimo riesgo, pero no fue así. Miré atrás, y el condón todavía brillaba en la esquina de la mesilla. -Lo siento, María –dije desde la puerta. -Eso, perdónale –Atacó Leti con rencor-, no sabe lo que hace. -No pasa nada –tranquilizó María. -Y a mí también... Fue lo último que oí desde el pasillo.

Las mentiras al nacer viven dentro de quien las escucha. Pero lo peor de las mentiras es que son frágiles, y que bajo ellas vive siempre la verdad. Es eterna. Bajo la mentira pueden esconderse otras mentiras, sin embargo, en el corazón de éstas siempre reside la verdad. Ésta nunca desaparece. Paciente, espera una minúscula grieta que le permita asomar y ver de nuevo la luz del sol. Son la raíz de nuestras vidas y se agarran a nosotros por mucho que las queramos ocultar. No hay veneno que las mate. Es un cáncer para el ser humano, y le atormenta cuando se confunde la ficción y realidad; mentira y verdad. La mentira de María sirvió. Leticia había picado el anzuelo y asumido que aquel cebo era caviar del bueno y no un simple placebo barato improvisado. Aceptó mi error, y tal vez ofreció el perdón silencioso, si bien, nada fue igual. Todo cambió después de aquella mañana. La herida abierta había derramado

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excesiva sangre y ciertas manchas eran difíciles de quitar. La cicatriz no desaparecería sin largas horas de cirugía. “El tiempo lo cura todo, ¿no?”, pensé aquella tarde en el salón sin intercambiar una sola palabra con ella. Sabía que necesitaba tiempo, y además, yo tenía que ser paciente. Y lo fui a mi manera. Ella, por su parte, supo castigarme. De repente dejamos de hacer el amor. No estaba de humor. Yo lo acepté, pero en absoluto lo llevaba bien. Fue un terremoto hormonal y cerebral que me llevó a un onanismo exacerbado. Y además, tampoco salí con Manu el jueves siguiente. No lo creía correcto por mucho deseo sexual que tuviera bajo mis pantalones. Él lo entendió después de largas carcajadas telefónicas. Fueron días extraños. Creí que Leti pediría a Maria que se fuera, pero no lo hizo. Todo lo contrario. Ambas afianzaron la amistad y consiguieron arrinconarme en una extraña soledad en compañía. Me sentía aislado, dolido, e impotente. El tema apenas salía a la luz. Nuestras conversaciones de pareja fueron paralelas a aquella noche. Tan sólo escuetos “ya te vale... mira que...” Me echaba en cara la borrachera y que hubiera intentado ‘tontear’ con nuestra compañera de piso, pero nada más. Yo asumía la responsabilidad balbuceando dulces palabras. “Yo te quiero, Leti. Jamás te engañaría... De verdad, de corazón”. Ella me dio un beso leve en los labios con los ojos tristes, y desapareció de la habitación. La impotencia me martirizaba. María también tardó en hablarme. Lo hizo dos semanas después. Era de nuevo jueves, y por primera vez desde aquella noche estuvimos de nuevo los dos solos en un mismo espacio. Durante ese tiempo, yo la había huido, y María también. Aquella tarde ella decidió romper la barrera opaca que nos cegaba.

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Yo, descalzo, aún con mi traje de trabajo, veía la tele. Ella apareció con decisión y se sentó a mi lado en el sofá, posando con suavidad su mano sobre mi pierna. -¿Cómo lo llevas? Sonreía y mantenía una cercanía que de pronto me parecía inaudita. Alcé la mirada, las cejas, me retiré sorprendido y sonreí. -¿Cómo? -No fue para tanto. Se le pasará –auguró acercándose de nuevo a mí. -¿Por qué me salvaste el culo? María amplió su sonrisa. Su mano subió por mi pierna y no fui incapaz de mover mis brazos para detenerla. -Te he echado de menos –susurró. -¿A qué jugamos? -¿Tú qué crees? -¿Quieres que me la vuelva a jugar? –Pregunté acomodándome en el sofá, buscando una gota de aire, nervioso. -Mira la hora –dijo señalando al amplio reloj que colgaba en la pared del salón-. No hay riesgo. Dudaba, pero tenía mi centro neurálgico sexual a pleno rendimiento, lo que debilitaba mis neuronas. -No sé –pude decir mientras sus labios rozaban ya los míos. -Una última vez –Mentía sabiendo que no iba a ser así-, tengo un nuevo juego a poner en práctica. ¿Me dejas? Fue como si un torbellino en plena calma se adentrara en mi cuerpo sin avisar; por sorpresa. Nada podía detenerlo. Sentir su pequeña mano entre mis

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piernas convirtió la chispa en una enorme llamarada. Su ímpetu me zarandeó y una vez más me vi lanzado hacia el averno que todo ser humano desea; el sexo. Sus pechos en mis labios, su mano en mi pene, sus labios en los míos y yo deseoso de dar una respuesta a todos aquellos envites. De inmediato tiró de mi corbata, la desanudó y cogiéndome del brazo me llevó hasta su cama. Me entraron escalofríos. Sentía deseo y miedo. El deseo frente a mí, el miedo fuera de aquella casa. Me desnudó. Ella hizo lo propio y con la corbata en la mano, se quedó mirándome. Echó un vistazo a la puerta. Me estremeció. -¡Échate! –Ordenó colocando su mano en mi pecho desnudo. Sumiso, caí boca arriba. Ella caminó con suavidad y sensual alrededor de mi cama, y con una habilidad vertiginosa ató mis manos a la cama. -¿Este es el juego? -En absoluto –apuntó pícara-, esto sólo son los preparativos. Me gustó sentirme atado y saber que ella iba a hacer conmigo todo lo que quisiera y, seguramente, yo deseara. Apretó con fuerza la corbata a mis muñecas y me susurró al oído, “No quiero que te escapes... Pero tranquilo, hoy tocarás el cielo... o el infierno, no sé”. Nunca tuve tantas ansias de que me follaran. O sí, pero aquella sensación era nueva y me aceleraba el deseo, el miedo, la excitación, el morbo... Deseaba que de inmediato, ella cabalgara sobre mí sin caricia alguna previa. Ansiaba darle todo aquel semen que burbujeaba desde hace varios minutos en mis testículos. Mi pene latía con cada una de sus caricias, y chillaba, imploraba la necesidad de entrar ya en un coño. Sin embargo, María tenía una tortura preparada especialmente para mí.

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Se arrodilló al final de la cama, acarició mis pies, los besó y entonces fue cuando yo decidí relajarme, cerrar los ojos y disfrutar de aquel juego. Quería sentir cómo iba a recorrer con sus labios cada poro de mi piel. Fueron treinta segundos maravillosos y ni siquiera había llegado a la altura de mis rodillas. Todavía restaba el clímax más brutal. Sin embargo, un segundo después, la oscuridad de dos pequeños ojos metálicos me dejaron sin aliento. Ni siquiera había oído sus zapatillas en el parqué, pero estaba allí. Pestañeé y me removí en la cama sobrecogido. En ese momento María ya estaba de pie, miraba al suelo y cogía la bata verde. No dijo una palabra. Me revolví en la cama de nuevo, en esta ocasión con rabia y fuerza, pero realmente la ”zorra” me había apretado fuerte. Leticia sujetaba una escopeta. El pánico me comía. “La maldita escopeta de dos cañones de su padre, ¡Joder!”, pensé. Me iba a cagar encima. El estómago convulsionaba y los esfínteres se debilitaban. “¿Se le había ido la puta cabeza a Leticia? ‘¡Joder, mi vida!”, me decía. No dejaba de mover mis muñecas sin perder de vista la escopeta y el dedo índice de Leticia colgado junto al gatillo. La erección había desaparecido, y con ella, María. Sin mediar palabra abandonó la habitación. Yo tenía el paladar tan seco como si hubiera

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caído sobre mi boca la candente arena de una playa. No tenía palabras, sólo tacos y onomatopeyas que apenas escupía entre dientes. El miedo me conquistaba y la incertidumbre me aterraba. Dos minutos después entró María, vestida, con una jeringuilla en la mano y sonriendo. Leticia seguía con la escopeta entre sus manos, los ojos enrojecidos por las lágrimas. Su rostro emanaba furia a borbotones. No iba a decirme nada, lo sabía. María tampoco lo hizo. En silencio actuó sin dudar. Yo no pude reaccionar. La fina aguja que traía en su mano derecha se hundió en mi pierna y sentí cómo el líquido que contenía empapaba mi organismo. “¿Cuál era el juego?”. Iba uniendo piezas recordando detalles del pasado que me ayudaban a entender, pero mi vista se emborronaba y los párpados comenzaron a pesarme demasiado. La oscuridad, esta vez sí, me devoró por completo.

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30 Prisionero de la agonía (I)

N

o tenía oxígeno suficiente. Me ahogaba. La claridad, curiosamente, la asimilé con la muerte, que parecía obsesionada con envolverme en la

soledad. Al despertar, el recuerdo más cercano que escupió mi cerebro encerraba demasiados cabos sueltos. Al despertar apenas abrí los ojos. Únicamente tenía la necesidad de dar una bocanada de aire, pero sentía la lengua como una lija y mis labios palpitaban comprimidos y sellados a una cinta aislante. Pronto comenzaron a avivarse mis articulaciones y percibí que mis tobillos también estaban ahogados por una suave cuerda. Traté de deshacer el nudo a la fuerza, pero apenas había holgura. Al escuchar oí zumbido. Enseguida deduje que era el motor de un viejo coche. La imagen de éste me vino de inmediato a la cabeza. Era un viejo R12 rojo. Lo había visto

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aparcado hace semanas en una comida familiar por parte de Leticia. La incertidumbre me aterraba, y morir no era un futuro próximo imposible. Pronto pude visualizar parte de mí. Estaba desnudo. Acto seguido, imaginé una foto de mí. Un cosquilleo me recorría todo el cuerpo por la tela ruda que me rozaba la espalda debido al movimiento constante e irregular del automóvil. Estaba atado por las muñecas y tobillos. También los testículos, aunque no estaba seguro. Notaba una presión rugosa ahí abajo, sin embargo, no podía verla. “¡Joder!”

Volví a intentar moverme por mi propia voluntad y fuerza. Lo logré levemente, pero mi organismo chilló de dolor. Percibí movimientos involuntarios y el dolor fue idéntico. Curvas, acelerones, pequeñas y largas frenadas, y mi corazón nervioso tomando mayor velocidad. La luz también comenzó a clarear mi mirada. Pequeñas flechas de albor se colaban entre las

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minúsculas rendijas de una densa tela. Podía ver sombras en la oscuridad. Traté de rotar de nuevo, pero en ese instante vi que no sólo estaba sobre una tupida y áspera tela, sino que ésta me envolvía. Era un maldito saco. Un puñetero saco de patatas.

Intenté estirar las piernas, entumecidas por la postura, sin resultado positivo alguno. Era un feto ahogado por una agónica placenta, y torturado por mi artificial cordón umbilical. Cualquier movimiento me flagelaba los ligamentos de todas mis articulaciones. De hecho, el único vaivén que era capaz de ejecutar era a causa del coche. Las curvas parecían más extremas y la tortura crecía tras cada una de las consecutivas sacudidas. Deseaba morir. Golpearme en la cabeza y perder el conocimiento; desmayarme. Si bien, nada de eso ocurrió. Cada minuto que viví allí dentro me trasladó a la sensación que supone atravesar todo un puñetero túnel infernal en soledad repleto de drogadictos que se juegan la vida por un puñetero céntimo de euro. Eterno, aterrador, desconocido y asqueroso. Deseaba correr, huir con toda mi adrenalina hinchando mis anoréxicas venas hasta hacerlas explotar. Jamás miraría atrás. Únicamente esperaría a que mi corazón irrumpiera por mi boca junto a mis pulmones. Además, a mi incómoda posición tuve que empezar a añadirle el frío. Por las mismas rendijas que entraba la luz, comenzaba a colarse con rabia una fina pero helada ventisca que comenzaba a graparse en mi desnuda piel. Tiritaba inconscientemente. Lo descubrí cuando mis dientes comenzaron a hacer ruido pese a que mis labios seguían sellados. El castañeo era un sonido interno, pero me molestaba. No podía detenerlo. La respiración tampoco quiso perderse aquella fiesta de incómodas sensaciones y se trajo

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consigo una aceleración. El oxígeno que entraba por los orificios de mi nariz no era suficiente. El aire estaba excesivamente viciado y mi organismo quería más y más y más. Anhelaba una buena bocanada de aire puro. Expandía al máximo mis fosas nasales, pero no era malditamente suficiente. “¡Me ahogaba, joder!”. Grité, aunque sólo emití una eme oscura. Y por segundos creí perder el sentido. Boté y la realidad volvió a despertarme. Debió de ser un bache. Un latigazo me hirió en la entrepierna. Sentí que me desangraba allí abajo. El olor luego me dijo lo contrario. Quise volver a intentar desatarme, pero todos los intentos se convertían en un peor resultado. Vi que mis dedos sí podían llegar a mis labios. Iba a dolerme, pero mi dedo índice y pulgar decidieron coger de una esquina de la cinta aislante. Tiré con rabia, escupí un histérico grito mudo y respiré profundamente. La mortificación se acrecentaba, el dolor me laceraba con mayor constancia y el miedo me escupía con media sonrisa y soberbia.

¿Cuándo empezó todo? Quizá nunca lo sepa. Tal vez me muera y me quede con esa duda escondida en un rincón de mi cerebro inerte. Si fuera creyente podría aprovechar el limbo, ese espacio previo al infierno o al cielo, para disiparla. No saber aquello se convertía en una puñetera espinilla remordiéndome una y otra vez la piel que queda justo debajo de una uña. Necesitaba saberlo, pero mi enemigo sabía que desconocerlo me hería. Descubrir cómo pasó todo era el agua de mi sed. Al final, mi vida continuó seca de cualquier líquido que saciara aquella necesidad.

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Atando cabos uní pequeñas conclusiones que construyeron mi teoría, pero las cuerdas bailaban demasiado y había lagunas negras de dimensiones considerables. Mis primeros pensamientos al respecto llegaron en aquel coche. Me ayudaron a ignorar el dolor. Pensé en Leticia. “¿Lo había organizado ella todo?” No obtuve respuesta en aquel maletero. Horas después sí hallé algunas respuestas y enigmas. Fueron mínimos. Leti sabía que ocultármelos me malhería más si cabe. Sonreía, disparaba y callaba. No disfrutaba, aunque tratara de convencerme de que sí. Sólo sonreían sus labios. Lo pedía el juego, pero no sus ojos; su alma. María era una efigie borrosa desde la distancia. Era la mujer sincera que yo creí. Para ella fui diversión. No me cabía duda. Un golpe me hirió en la frente. No me hice sangre. El coche frenaba. Se detuvo, aunque el motor seguía ronroneando. En la quietud me sentía más aliviado. Asfixiado, a oscuras, congelado y dolorido, pero con una menor desazón. Mi mente volvió a quedarse paralítica, vagando sobre un denso y eterno manto de nieve. “Necesitaba saber”, me grité. “¿Cuántos días, semanas o meses había durado aquel engaño? ¿Y qué engaño? Porque tal vez el engaño no era tal”. Había construido una mentira sobre una mentira ajena y yo no sabía que existía la segunda. Me rayé. “¡Joder!” El coche de nuevo arrancó. Dio tres giros bruscos, sentí un revolcón estomacal y vomité. Una tupida catarata esmeralda sucumbió sobre el saco, mi cara y parte de mi pecho. Aún me atacaban las arcadas mientras trataba de volver a pensar en el engaño.

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Me sentía estúpido, avergonzado. Quería desaparecer de aquel maletero, pero estaba jodidamente atado. Además, comenzaba a notar una sensación de cosquilleo en mis articulaciones. “¡Se me estaban durmiendo las piernas y brazos!” Tenía más náuseas, esta vez por el olor, que inundaba aquel habitáculo. No podía limpiarme y mis líquidos gástricos recorrían lentamente parte de mi cara, cuello y torso con el hormigueo insufrible que conllevaba. Era una nimia gota de agua en un vaso a rebosar. De nuevo, los pensamientos me salvaban del suplicio físico. Busqué el motivo de mi situación, pero no lo encontré. Había algo más que una mera infidelidad. Todo el mundo es infiel alguna vez en su vida y a nadie o a casi nadie se le ocurre llevar a cabo una tortura de este calibre. Pensé en los asesinatos e intentos denominados ‘violencia de género’. “Jamás había vuelto a ponerle la mano encima a una mujer”, me dije orgulloso. En aquella situación, no se me ocurrió más que tal vez el mundo se está volviendo loco y el día a día nos empuja hacia una locura irremediable. El ritmo frenético de esta sociedad devora la paciencia hasta robárnosla por completo. Y no existe vacuna. El estrés, la ira y la rabia afloran en nuestros gestos, palabras y miradas con demasía facilidad. No somos las mismas personas de antaño. Hemos cambiado y cada vez aceptamos menos el dolor, las amenazas o los ataques. Volví a escupir vómito. Hasta en tres ocasiones. Mis ojos lloraban, mi nariz respiraba, y de pronto, vi en mí unos brotes verdes que, sin duda, comenzarían a florecer odio y venganza. Era prisionero de una agónica tortura, pero sólo estaba haciendo el camino de ida.

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El porqué volvió a atormentarme cuando las últimas gotas de vómito se perdían bajo mi barbilla. “No siempre lo hay”, me susurré. Yo lo necesitaba. Quería oírlo de sus labios. Quería que aquella tortura, aquella agonía pasara veloz y llegara el tiempo de las palabras y la reflexión. No obstante, nada fue así. El daño se encolerizaba con mi estado, y el frío seguía colándose sin escrúpulos por las rendijas, cristalizando los poros de mi piel. “¿Estaba despierto?”. Los ojos los tenía abiertos, creía. Temblaba mucho. “¿Deliraba?” Entonces el coche se paró, y también el motor. Pronto oí voces. La luz me cegó. No sé qué fue primero, si sus ojos o los dos cañones escopeta nítida clavándoseme en la frente. -¡Joder¡ ¡Qué olor! –Exclamó un chico. Al instante, dos sombras me tomaron de piernas y cuello. Salí del coche como un globo cargado de helio. No pataleé desde dentro del saco, sin embargo, fue algo que no me sorprendió hasta días después. En el exterior el frío encogió mi piel. Los huesos me dolían, la nieve tomaba las laderas de aquella fría montaña. “¿Qué hacéis?”, creí farfullar. Nadie respondió. Dos

pasamontañas cubrían los rostros de mis transportistas. Pese a ello, enseguida supe, por sus andares y gestos, que uno de ellos era el primo de Leticia. Le había visto ya a mi lado en infinidad de ocasiones. El silencio verbal se interrumpió cuando los seis pasos comenzaron a hundirse en la nieve. -¿La esperamos? –Preguntó una voz masculina. -Sabe el camino –musitó Leticia con un fino hilo de voz. -Estás como una puta cabra –Rió la otra voz masculina. Pronto descubrí que María nos perseguía a escasa distancia. Ella llevaba la pócima de mi salvación. Por alguna razón cerré los ojos y no lo supe hasta que

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mis nalgas se hundieron en una explanada desértica repleta por un denso manto de nievo. Apreté los dientes y traté de olvidar el frío que me azotaba en el rostro, pies y entrepierna especialmente. De pronto, mi organismo pasó a quedar colgado de los hombros de un individuo. A derecha e izquierda, decenas de árboles decían quedar a mi zaga. Yo trataba de no pensar. Únicamente, obviaba aquella ficticia realidad que me estaba hiriendo en cada una de las partes más vejatorias de mí cuerpo humano. En ese instante, ni siquiera el aire puro que conseguía colarse por el saco, ni la vomitona que me atormentaba el olfato, y menos aún el frío, me atormentaban lo suficiente. Vivía en un estado de congelación plena. No sé lo que duró el camino. Únicamente oí los pasos, percibí la luz, el cansancio de mi transportista, olí su aliento y me mantuve en silencio como una estatua. La travesía fue larga, pero menos dolorosa que el trayecto en coche. Sin duda. Lo difícil acaeció cuando alguien pulsó el interruptor de la luz. Cuando mi cuerpo, semisentado, se posó en la nieve y el frío me adormeció más. Noté cómo se rozaban las cuerdas tratando de deshacerse de un nudo. Pensé en un plan de huída. Pensé sorprenderles, e incluso hacerme el muerto. Si bien, nada sucedió. Ellos fueron más inteligentes. La luz del sol sobre las nubes ofrecía excesiva claridad. La piel que me cubría la verdadera piel, murió en el suelo, a la altura de mis muslos. Vi dos pasamontañas, a Leticia y después, al fondo, a una sombra. Nadie habló. Los tres me miraron, incrédulos, y esperaron pacientes sin perderme de vista su turno para la tortura. -¿A qué viene esto? –Dije casi para mí. -¿Eh? –Preguntó Leticia con la escopeta en la mano.

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-¿Qué por qué me jodes? –Insistí desde el suelo. -Te jodes tu solo, ¿no lo ves? –Rebatió Leti. Decidí callarme. Decidí dar un paseo pero me era imposible. Opté por moverme, pero mi cuerpo estaba paralítico. Opté por reír, ahogado por la impotencia. Me caí para atrás. Mis pies apuntaron al suelo. Dos fuertes brazos cogieron mis brazos del codo, me elevaron y fui feliz. De nuevo aterricé. La nieve seguía a una temperatura inhumana. Cuando caí al suelo, desnudo, sus grandullones desaparecieron. Yo me acomodé, busqué mi mejor sonrisa, la lancé y esperé paciente la reconquista. Me dolía el fracaso, la ausencia de respuestas, pero sabía que en esos casos debía esperar. Leticia, con la escopeta en la mano apuntando a cada una de las huellas pasadas, me miró. No quiso decir una palabra. Levantó el brazo, dio un paso más y cumplió su amenaza. El frío metal volvió a clavarse en mi rugosa frente. Ella temblaba, aunque al tiempo atemorizaba. Inclinó su cuerpo y el gatillo se movió. -No lo vas a hacer. –Supliqué viendo como mis lágrimas se mezclaban con mi vómito. -Sergio, cariño. –Mantuvo un silencio- Tienes que pagar un precio. -Estás loca, Leticia –afirmé sin dudar. Esas fueron mis últimas palabras aquel atardecer y aquella fue mi última escena. Temblé, ella me imitó empuñando el arma, y entonces, oí una mínima explosión; un enorme zumbido que nació sin duda en el cañón metálico. Mi cerebro se asustó. El paladar se me secó. Me costaba pronunciar una sola palabra más, de manera que, el pánico, me obligó a soñar que moría

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desangrado entre la densa nieve. Dos segundos después, yo estaba en la nieve esperando la herida de su escopeta.

31 Prisionero de la agonía (II)

A

quel cartucho debió haberme reventado la tapa de los sesos. Mi vida tuvo que haber terminado allí. Sin embargo, el disparo apenas me

pellizcó el hombro. Quizá ni eso siquiera. Si la muerte me hubiera abrazado, no habría sentido una gota de pena. Triste, pero sincero. Si la amenaza se hubiera convertido en un verdadero azote y mi corazón hubiera dejado de latir al instante, el final no habría dolido. Y no fue así. Dolió. Leticia jugaba a

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que doliera. No lo sentí como una locura. Había perdido la cabeza, sí, y sólo lo podía justificar en un odio hacia mí del que yo me alimenté con cada uno de sus gestos y acciones. Y lo entendí justo en el momento que sin dejar de apuntarme con la escopeta extrajo dos preservativos usados de su cartera y varios sobres inconfundibles.

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Los dos encapuchados encendieron un fuego frente a mí y desaparecieron. Mientras temblaba de pánico y frío, aún con el zumbido del primer y último cartucho impregnado en mi oído izquierdo, Leticia sonreía y me miraba sin verme. María había desaparecido. La nieve me helaba la piel y el fuego no apaciguaba mis espasmos corporales. Decidí continuar en silencio. Apenas tenía fuerzas para hablar. Tampoco ganas. El miedo del disparo aún recorría todos los centímetros de mi piel. Leti siempre tuvo puntería. Había aprendido de su padre. El fallo, sin duda, tenía un propósito. Ella no quería matarme. Al menos, yo creía que tampoco tenía una razón suficiente para firmar mi muerte. Si bien, esta siempre es subjetiva. Cada ser humano da un tamaño a sus motivos. Hay quien mata por una monedas, otros por la pérdida de un amor, otros cobrándose el ojo por ojo y hay quien lo hace en guerras

defendiendo o atacando a un país, y también los hay quienes no matarían en

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cien vidas. Yo me creía incapaz de matar, aunque seguramente me equivocaba. Quizá nadie me había arrastrado a una situación tan extrema como para despertar mi instinto asesino. “¿Habría matado a Laura si no hubiera aparecido aquel vecino?”.

Abrí los ojos después de largos segundos en la oscuridad. Trataba de soportar un extraño e inédito dolor en mi organismo. Leti esperaba. Su pose lo evidenciaba. Algo faltaba por hacer en su plan diabólico. Visualicé el entorno. Lo desconocía. Sí sabía que estábamos en algún punto de la Sierra. Me rodeaba mucha nieve, pero tampoco era un manto excesivo. No me habían ascendido hasta una zona de gran altitud, aunque el frío me afligía de forma incesante. En la lejanía descansaban largos y vertiginosos valles verdes junto a ejércitos de árboles sin una gota de nieve. Además, el cielo me observaba piadoso sin ninguna nube acechadora. -¿Qué quieres? –Pregunté. Leticia ni pestañeó. Siguió lacrimosa, mirando al vacío y esperando. No quería hablar. Busqué los famosos preservativos, pero ya no los tenía entre las manos. Los busqué y al final creí verlos entre el fuego. También examiné su entorno para dar con los sobres, pero no se reflejaron en mis pupilas. Apreté la mandíbula, sentí que se tambaleaban los empastes y las encías se unieron a la fiesta de la agonía. Cerré de nuevo los ojos con la cabeza hundida y traté de obviar un frío que cada segundo masticaba con mayor malicia por todos los recodos de mi piel, y especialmente, entre las uñas de los pies. De pronto, sentí un pinchazo. Fue en el hombro. Grité. Abrí los ojos de nuevo y vi a María extrayendo sin delicadeza una aguja de mi piel.

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-¡Joder! ¿Qué es esto? -Disfruta del viaje –dijo María dándome la espalda-, nuestro juego termina aquí. -¿De qué hablas? –Farfullé estrangulado por la afonía y atado por mis gélidas sacudidas orgánicas. María no dijo nada más. Caminó torpe sobre la nieve y fue desapareciendo. Leticia se acercó lentamente y se detuvo a la altura del fuego. -Me da igual lo que te vaya a pasar –Musitó triste. -Perdóname, Leticia –rogué sabiendo que no iba a funcionar. -Cuando leí esto hace varios meses no supe qué hacer –Dijo sujetando tres sobres entre sus dedos-. Tú sabes lo que significa. Estuve a punto de irme de casa y no dar señales de vida. Muchas veces creí que necesitaba una explicación, pero Sergio, no la necesito. -No entiendo –dije aprovechando su silencio. -Luego María me abrió los ojos. Ella quiso jugar... Pero no picaste el anzuelo hasta hoy... -¿De qué hablas? -Hablo de dolor. Me has herido mucho más de todo lo que yo te voy a herir, Sergio. El dolor que tú tienes desaparecerá cuando mueras o logres escapar. En cambio, mi dolor es tan inhumano, que vivirá conmigo siempre. -Te equivocas... -Suerte. Sonó a despedida. Acerté. Lanzó las tres cartas por encima del fuego, que se debilitaba por segundos y comenzó a dar pequeños pasos hacia atrás. -¡No...! -Aullé

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Ella no respondió. Bajó la escopeta y sin previo aviso disparó con rabia dos cartuchos sobre la nieve. Me sobresalté y un latigazo hirió mis tobillos y testículos. Cuando la miré descubrí que las lágrimas en los ojos la ahogaban. Se dio media vuelta y avanzó hacia el coche. Yo no sentía pena. Únicamente me visitaba un odio extraño que me exigía huir de aquella prisión para expresarme con una violencia extrema y descontrolada. Me sentía un estúpido, un gilipollas, un pobre cabrón que no había sido lo suficiente inteligente para esconder sus mentiras. Tal vez éstas siempre salen a la luz. “¿No hay manera de ocultarlas? ¿O el sexo nubló mi cabeza? ¡joder!”, pensé. El silencio se convirtió en un suave silbido del viento. En ese instante viví un final absurdo a mi vida.

Sentí un vahído. El frío se mezclaba como un remolino con los densos sudores fríos que invadían mi frente, axilas, espalda y pecho. Parpadeé tres veces y busqué en la lejanía a Leticia, pero se emborronaba. Los árboles que nos rodeaban crecían hasta devorar el cielo, que empezaba a acompañarse de ovejas blancas. Pedro las guiaba por los prados verdes mientras la cabaña se encogía hasta ser un punto en el infinito. Heidi sonreía, y volaba abducida por una exhausta felicidad sobre un fabuloso columpio de madera. El cielo parecía encogerse y los dibujos albinos comenzaban a tomar aspectos terroríficos. Creí oír más palabras de Leticia que se distorsionaban en mi cerebro. Eran recuerdos. Ella no estaba. Busqué los sobres húmedos entre la nieve. Pude leer con claridad el remitente y ver que de ellos salía su imagen como si de un genio se tratara. "Tres deseos", susurró mientras el aroma a marihuana bailaba en tonos grises a mi alrededor. Observé mi entorno con lentitud y

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busqué una manera de huir. Mis dedos se hundían en la nieve. Intenté que emergieran. Al aire mostraban distintos tonos morados. Apenas me importaba. Apenas me dolía. Una idea me golpeó en la mente y reí. Sin embargo, al oírme reír descubrí que llevaba tiempo haciéndolo. Creí que quemando la cuerda de mis tobillos podría desatarme y salir corriendo. Ese plan quemaría mis pies. “Un mal menor”. Tendría que decidirme rápido porque el fuego se empequeñecía. Iba y venía. Subía y bajaba. La nieve me quemaba el culo. Sentí un cosquilleo por el cuerpo y noté cómo el bosque comenzaba a girar sobre mí. El vahído se convirtió en un mareo. “¡Tenía que huir ya!”

Hice un gran esfuerzo para levantar mis pies. Me pesaban toneladas. Las lágrimas de mis ojos volaban como cubitos de hielo derritiéndose por mi piel. Me dolía el viento y el frío escarbaba con desesperación en mis ojos. Mis pies eran pequeños ancas de rana ante mis ojos. Saltaban una y otra vez temblorosos. El fuego escapaba de mi movimiento con un gesto burlón. Trataba de colocarlos sobre la punta de la llama para ver cómo la cuerda se deshacía. Sin embargo, me era imposible concretar la posición del fuego. Me arrastré sobre la nieve, y de mi entrepierna vi que nacía un orín, vi que la nieve se derretía y vi brotar un río de oro. El atardecer del Nilo corrió montaña abajo hasta las baldosas amarillas, donde del brazo llegaba un espantapájaros, un hombre de hojalata, un león y una niña. Pestañeaba una y otra vez, respiraba con calma tratando de frenar mi corazón, que chillaba, pero continuaba inmerso en malditas alucinaciones.

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Creí que todo aquello era verdad. ¿Qué era verdad y qué mentira? Y, cuando trataba de concentrarme en la nieve para evitar imágenes, la vi. Una serpiente de más dos metros escupía su lengua viperina de un color rojizo, mirándome con ira y maldad. Se acercaba; arrastraba. Y lo hacía con dulzura, insinuándose, sensual. Con decisión, parecía tener la firme decisión de devorar mis huevos. La serpiente crecía tras cada uno de los subjetivos segundos que estaba viviendo. ¿Iba a engullirme? Su cabeza verde se inflaba alcanzando el tamaño de un balón de fútbol. Abría la boca y tenía claro que su objetivo era comerme. Tras de sí, dejaba un reguero de sangre por la nieve. Esquivó el fuego y se deslizó entre las dos cartas. Yo no me moví. No respiré, no pestañeé. Sólo la observaba con una quietud extrema. Una vez más, no tomé una decisión en mi vida. Me recordó al sexo. La serpiente comenzó a recorrer mi piel. El cosquilleo de su piel áspera me acariciaba, y cuando quise darme cuenta, su boca escondía mis pies en su interior. Era como si una aspiradora me estuviera absorbiendo. La saliva, sus músculos me empujaban con una fuerza constante hacia su interior. Me estaba ahogando en su calor. Con una calma constante, la serpiente me chupaba. Era como si mi cuerpo fuera un pene y estuviera viviendo la penetración de mi vida. Iba a desaparecer en su interior y vivir dentro de una vagina. El viento seguía silbando, yo temblando de pánico y frío. El calor de su paladar en mi entrepierna me excitó. Entonces pensé en apoyar mis manos en los bordes de su boca, empujar y abandonar aquella locura. Pero de pronto, la abertura se ensanchó, el cielo se oscureció y la saliva vaginal de aquella serpiente me ahogó los labios, cegó mi mirada y escondió mi cabeza. Si era la

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muerte, por alguna razón, no dolió. Sonreí. Era una muerte preciosa. El calor, la ausencia de oxígeno y aquella suave respiración interna provocó en mí sueño. Quería dormir. Cerrar los ojos y no despertar. Parpadeé, pero la oscuridad ya era absoluta. Me abracé a mi cuerpo y al fin obtuve un sorbito de paz. El sueño también me devoró.

32 El camino de mi hermano

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L

a muerte no siempre te quiere. A mí me escupió en la cara y no me invitó a pasar. Tal vez ni siquiera fuera la muerte. A lo mejor

únicamente fue un disfraz barato; una pésima imitación del adiós a la vida. Uno cree que cierra los ojos, que no respira, que el corazón dijo basta y cesó en sus golpes contra el pecho para sobrevivir, y cree aceptar morir. Sin embargo, aquellas sensaciones sólo fueron fruto de los sueños; mi imaginación; mi cerebro. Y las drogas, el gran motor de todas aquellas emociones. Cuando volví a abrir los ojos estaba semidesnudo, la cabeza me pellizcaba de dolor, pero no sentía frío. Estuve tres días tendido en la cama de un hospital. Llegué con hipotermia. Además, los médicos debieron introducirme una aspiradora para hacerme un buen lavado de estómago. Sin móvil, sin objetos personales, y sin apenas ropa, acabé de nuevo en casa de mis padres. El tobogán volvía a dejarme caer hasta los brazos familiares. Pero el descenso no despertaba en mí ni una risita. Mi madre preguntó una sola vez. Yo me negué a contar, si bien, el sexto sentido materno escondía en su mirada la certeza de aquello había sido un lío de faldas. En mi cama, sentado ante una habitación desértica decidí examinar los detalles para olvidar lo sucedido. No obstante, sabía que era imposible. Encontré una explicación a los recuerdos más recientes que aún me atormentaban, cuando decidí abrir uno de mis cajones y descubrir que faltaban dos cartas de Carlos. El resto estaban leídas con descuido. Golpeé la mesa del escritorio y engullí una buena cucharada de ira visceral. Por su parte, mi madre quería salvarme del “camino”, que según ella había escogido de forma inmadura e inocente. Mi padre ni siquiera me dirigió la

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palabra, ni la mirada, ni una mínima cercanía o tacto. El regreso a casa tuvimos que hacerlo en taxi.

Días después, a mi madre aún se le podían ver las lágrimas secándose en las mejillas. Sentada en el comedor, con su delantal sucio y sus zapatillas de casa. -¡Ay! Y Si no llega a ser por los forestales... -Ya, madre –corté. -¿Quién lo hizo? -Basta, madre... -Si no llega a ser por... -¡Por favor! -Muerto, te hubieran encontrado muerto. –Las lágrimas no cesaban y ella no se las retiraba. -Por favor, mamá, que ya lo sé... –Musité tras absorber los sabrosos espaguetis que había cocinado. -Primero tu hermano, luego tú... Esta familia necesita ya una alegría. -Perdona, mamá –insistí tratando de buscar un silencio. -La semana que viene hará siete años... ¿Vendrás? Volví a enroscar los espaguetis en el tenedor. Ella me miraba. Me quemaban sus ojos. Me llevé la pasta a la boca. Mastiqué suavemente, engullí y medité. Sentí que la masa engordaba en mi garganta y me costaba tragar. Lo logré y expulsé las palabras que sabía no quería escuchar. -No, mamá, sabes que no me gustan las celebraciones de ningún tipo.

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Su rostro comenzó a metamorfosearse. Los ojos se le escondieron y las lágrimas se secaron por un instante. -¡Era tu hermano! –Chilló- Tú estabas allí, deberías recordarle, al menos una vez en la vida, ¿no? -Le recuerdo, madre. -¡Mentira! –Los ojos le estallaron- Nunca has querido saber nada de él desde aquel día. Dime, Sergio, ¿Por qué? Se me hizo un nudo en el estómago que me escaló hasta el pecho. Mi corazón se encolerizo y los espaguetis parecían trepar al mismo ritmo hasta taponar el pequeño espacio de mi garganta. Bebí agua, tragué con dificultad y cuando conseguí quitar aquella enorme bola de ansiedad, respiré hondo. No quise dar un paso más hacia el frente. -Ya, mamá, por favor... -¡Vendrás! –Exclamó levantándose de la silla. Cogió un paño con rabia y lo retorció varias veces. Decidí callar. Agité la bandera blanca hundiendo la barbilla. Terminé mi plato a duras penas. Ella recogió la cocina. La tensión apenas dejaba un resquicio de libertad. Las respiraciones se entrecruzaban y nuestros corazones peleaban a ritmos distintos. Finalmente fue ella la que se retiró. Lo hizo después de largos minutos en un mismo espacio sin dirigirnos la mirada. -Limpia los platos y recoge cuando termines –apuntilló durante la huida. Cuando mi madre descubrió las drogas alucinógenas que me habían inyectado, tales como la psilocibina, así como una leve dosis de mezcalina, más conocida como peyote, ella creyó que, bien había sido yo voluntariamente, o bien me había dejado engañar. No pudo por menos que recordar a Jon; su hijo; su

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muerte. La mirada que expuso junto a concisas y breves palabras, mientras sus dedos se pegaban con rabia al parte médico, lo decían todo. Sus labios se despegaron, su lengua los humedeció y entonces habló. -¿Te lo hicieron? -Sí. -Mientes... ¿Qué pasó? -Déjalo, madre –zanjé. Que las drogas volvieran a planear sobre nuestra familia abría heridas intrínsecas, sobre todo, en mi madre, que nunca ha superado la muerte de Jon. Mi padre siempre tuvo su particular teoría. Yo, único testigo de todo lo que sucedió, decidí callarme, apartarme y declararme inocente.

Superado el trance, llegó el día. No recuerdo si era el cuarto, quinto o séptimo. Tenía que recuperar mis cosas; mis objetos personales; mi día a día. Empecé a las nueve de la mañana en mi sitio de trabajo. La habilidad dialéctica materna había evitado un despido. Después, necesitaba recoger el resto de mi vida, que dormía donde hasta hacía bien poco había sido mi casa; el escenario donde había comenzado mi martirio. Las señales de aquello respiraban en mi piel. Una cicatriz en mi hombro y feas heridas en los dedos de mis pies debido al frío. Me costaba caminar. Calzarme fue un maldito suplicio. También tenía pequeñas marcas en los tobillos y manos. Me recorrió un enorme escalofrío cuando caminé por la acera que me dejaba frente al que fue mi portal. Sentí que en cualquier instante iba a volver a ser asaltado. No podía evitar mirar atrás, a un lado y al otro de manera constante. El número de viandantes se multiplicaba y el pánico me albergaba

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entre tanto rostro golpeándome con su odio y sus miradas. Un leve golpe en el hombro me hizo volar, me retiré y un señor refunfuñó. Me detuve junto a la calzada y traté de recomponerme. No tenía un plan. No tenía un odio visceral hacia ella, y tampoco sabía bien cómo iba a actuar. Ni siquiera sabía si podría entrar en casa. ¿Y ella? ¿Me esperaría? El surrealismo se adueñaba de aquel momento, sin duda. Si echaba un vistazo atrás, mi vida tenía verdaderos picos de surrealismo. Sin embargo, todas las vidas tienen esos picos. Algunas más, otras menos, y muchas desgraciadamente acaban siendo públicas en los titulares del telediario. Yo no quería llegar a ese extremo. Mi cerebro había clavado delante de mis ojos un enorme cartel con la palabra ‘NO’ en mayúsculas. Así debía actuar. La puerta del portal era descomunalmente enorme. Me invadía un extraño pavor. Tenía miedo. Introduje la mano en el bolsillo de mi pantalón y extraje las llaves de emergencia que un día di a mi madre. Sentí cómo el relieve tartamudeaba en mis dedos. Giré el metal y huí del frío natural de la calle para adentrarme en un portal de sobra conocido. Opté por examinarlo con mayor precisión. Buscaba detalles anteriormente ignorados. Me ayudaba a retrasar la batalla. Y subiendo cada una de las escaleras, despacio, en silencio, me convencí de que quería pasar página, hoy al menos. No quería una pelea, únicamente deseaba recoger todas mis cosas. Ya habría tiempo para una venganza elaborada.

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Frente a la puerta comenzó todo. Introduje la llave, me dispuse a girarla y entrar con una amplia sonrisa que dijera, “¡Buenas tardes! ¿Qué tal va todo?” Pero algo lo impidió. La llave rozó en exceso y el giro fue imposible. Estuve dos segundos paralizado. Extraje la llave, la observé y encontré el motivo. Respiré profundamente y, antes de que me atacara el pánico, pulsé el timbre. Deseaba que no hubiera nadie. “El encuentro bien podía ser otro día...” Y los pasos se oyeron. De nuevo un silencio. Me retiré de la mirilla instintivamente,

esperé y volví a tocar el timbre. En ese momento la puerta se abrió y una Leticia temerosa y desmejorada asomó la cabeza. -¿Sergio? -El mismo –respondí con una amplia sonrisa repleta de satisfacción. -¿Qué haces aquí? Vete...

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Estuvo a punto de cerrarme la puerta en las narices, sin embargo, una vez más, mi instinto despertó a tiempo y bloqueé la acción. Empujé con fuerza, pero la cadena atada al marco me impidió entrar. -Me iré –dije tratando de meter el pie entre la puerta, manteniendo un pulso de fuerza contra la puerta-, pero necesito todas mis cosas. En ese instante la vi llorar. Pensé que si en ese preciso momento aparecía María, el pulso seguramente acabaría en derrota. La situación empeoraría si un vecino salía en su ayuda. Y cuando estaba sumido en esos pensamientos, Leticia lanzó las palabras que comenzaron a cambiarlo todo. -No están... –Dijo entre lágrimas- Aquí ya no hay nada tuyo. -¿Cómo? ¿Dónde están? Leticia se tomó un tiempo breve que me pareció eterno. Se escondía tras la puerta, pero podía sentir su fuerza, su olor. Cada segundo, más asustada y cansada. -¡Vete, Sergio! –Clamó desde el otro lado- Aquí ya no hay nada tuyo. -¡Y dónde están mis cosas, joder! –Grité. -Las tiramos. -¿Qué? -María y yo tiramos todo a la basura. Cada letra fue como un pequeño alfiler atravesándome la piel testicular. Habían herido mi vida; mi pasado; mi presente; mi futuro. Habían borrado toda mi vida. No quise creerlo, y perdí la razón cuando decenas de imágenes me ametrallaron la cabeza. Mi ropa, mis regalos, mis recuerdos, mi música, mis libros, mis fotografías, y sobre todo, mis cuadernos con mis escritos personales. Toda mi creación sentimental eliminada de un plumazo. No podía

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creerlo. El ‘NO’ con mayúsculas tomó otro significado completamente opuesto. La tristeza me invadía y derrotaba. Ella vio la debilidad y quiso finiquitar aquella conversación. Empujó con brío. Tardé en ver su intención, pero mi pie izquierdo sintió la presión y reaccioné con violencia. Mi acción albergaba más odio y fuerza. Nadie venía a ayudarla. Hoy los vecinos no hacían uso de sus viviendas. Logré sujetarla del brazo y le susurré colérico. -Ábreme la puerta, Leticia. Temblaba, casi tanto como yo. Lo que hubiera deseado tener un arma. A mi cabeza vino una escena cinematográfica inolvidable; un hacha. Y tras este pensamiento sucedió todo. Fue rápido, como un sueño que atropella y solapa todas las imágenes. Golpeé una vez más la puerta, dos y tres, y como el cuento, cedió. La cadena no debía de estar bien enganchada. Leticia vociferó, corrió, pero yo no fui a por ella. Cerré la puerta y vi que se escondía en su habitación. Oí ruidos, movía muebles. Yo caminé con decisión hacia mi cuarto. Quería ver la mentira de sus palabras. Oí hablar a Leticia. Lo haría por teléfono. Abrí la puerta de mi habitación, y cuando golpeó contra la pared, unas manos invisibles me exprimieron el cuello. Vacía. Nada. Una cama sin sábanas y muebles desnudos. “¡Joder!” Corrí a la habitación de María, y también nada. Una cama vacía y muebles desnudos. En el salón tampoco había nada que me perteneciera, sólo algunos objetos personales de Leticia. Acelerado, ahogado, nervioso, percibiendo una y otra vez los lloros palpitantes de ella, grité: “¡Habéis matado una parte de mí!” La frase comenzó a castigarme en la cabeza y con ella imágenes pasadas, presentes y futuras. Aquella frase había tenido otra voz. La había dicho mi hermano con tan solo diez años. Mis padres le habían tirado a la basura gran

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parte de sus juguetes rotos, los que él guardaba con mimo en pequeñas cajas de zapatos. Lloró, gritó, pataleó, pego, se escapó de casa y volvió. Ese día, aún preso del odio, hizo lo que nunca nadie imaginó. No sé bien cómo me invadió. El sentimiento de mi hermano comenzaba a asaltarme. Lo hizo muy rápido. Aún hoy, cuando recuerdo, tengo demasiada borrosidad. Vi las llaves, vi los periódicos y sentí el pánico constante en la habitación. Sonreí tal y como lo hubiera hecho si tuviera un hacha en mis manos. Reí, cogí la prensa y corrí a la cocina. Allí empecé mi obra maquiavélica. Estaba fuera de mí. Reí más cuando las primeras llamas quemaron el mantel y varias servilletas de tela y papel. Inicié otros dos fuegos en los dos cuartos vacíos. Un tercero en el salón. Cuando el sofá sufría sus primeras llamaradas, cogí las llaves del salón. El humo curioso y denso comenzaba a recorrer los pasillos. En ese instante salí corriendo cerrando la puerta. Aturdido, acelerado, temeroso y excitado, caminé sin descanso durante una hora sin un destino. Después entré en un bar. Bebí. Después me deshice de las llaves. Luego bebí más. Apenas podía hilar ideas en mi cabeza. Ni siquiera pensaba en las consecuencias de mis actos. Bebí más. Borracho, triste, desorientado, lloré, y lo hice por mi hermano. Aquellas lágrimas eran suyas. En la calle, bajo una noche oscura y fría, la luz de un comercio oriental me orientó. Me hice con dos botellas de Jack Daniels y caminé torpe a casa de mis padres. La soledad me sorprendió cuando vi que la puerta estaba cerrada con llave. No sabía dónde podían estar. En aquel estado me era totalmente indiferente. Cogí un vaso y fui al salón. “Una es para ti y la otra es para mí, mi hermanito”, me sorprendí hablando en voz alta.

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Sonaba un maravilloso tema de los Beatles y bailaba una buena cantidad de whisky entre mis dedos. La botella se desnudaba al ritmo que la besaba. Mis ojos se entrecerraban. La última vez que bebí aquel whisky Jon estaba conmigo. Era una borrachera en son de paz. La guerra la iniciamos el día que él se tiró a la chica que yo deseaba. Hoy, tan absurdo. Entonces, una herida imperdonable. Era una joven morena de ojos vedes del instituto. Marta le eligió a él. Yo no pude soportarlo. Me levanté del sofá, me tambaleé, me terminé el vaso de whisky y caminé torpe hasta la habitación de mis padres. Allí estaba. Una caja de cartón rota y un nombre de sobra conocido: Prozac. Volví al salón, me senté y volví a llenarme el vaso. -Esto va por ti, hermano. –Levanté el vaso y sostuve tres pastillas en la otra mano. -¿Qué haces, canijo? Su voz llegó nítida. Inconfundible. Lloré. Miré a la izquierda, pestañeé tres veces, pero no desapareció. -¡Joder!

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-Baja eso inútil –ordenó. -El alcohol, ¿verdad? –Me dije borracho y cómico- Voy a lavarme la cara... -Soy tu puta imaginación, sí -dijo con hastío-, pero si me has traído aquí espero que no sea para ver cómo la palmas. -Sí... Mejor será que beba un poco más. -Eres un estúpido. Siempre los has sido. Bebí un poco de whisky del vaso. Decidí tomarme las pastillas para terminar el resto, pero éstas ya habían desaparecido de mi mano. Traté de coger más, pero la caja estaba vacía sobre la mesa. Ya las había tomado. -Hermano. -¿Qué? -Tengo un secreto que confesarte.

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33 Lo oscuro

N

egro es el final de una vida. La oscuridad irrumpe siempre en nuestro organismo cuando no respira. Negro es el cielo de un invierno lejos de

una gran ciudad, abandonado por la luna y desnudo de estrellas. Negra es la soledad; la muerte. Negra era la mierda y el vómito que expulsé después de aquella noche alcohólica. Negro era el carbón que los dos siempre mordíamos en Navidad, dulce de sabor y amargo en la conciencia. Negra es la oscuridad dentro de un ataúd en el que comienza a caer la tierra. Negro es el color que tantos quebraderos de cabeza ha traído a este mundo. Negro es siempre el final de un ser vivo; para el que se va y a veces para el allegado que se queda. Negro es el final de una obra de teatro; de una película, y debiera serlo de un libro. Y negra fue el color de la camiseta que llevaba Jon aquella noche.

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Sonreía, bebía, sostenía entre sus dedos a la chica que yo quería, y de vez en cuando la besaba. Creo que era feliz. Yo me reconcomía en un odio fraternal que nunca debí dejar escapar sin control. Después de aquella noche, una enorme sombra emborronó el camino de mi vida. Nunca quise dar aquel paso. Ni recuerdo el momento exacto en el que lo di, pero lo di. Los dos lo dimos. Los dos iniciamos aquella batalla de reproches y envidias que terminó sincerándonos a bofetada limpia. Y cuando llegó la hora de ondear la bandera blanca, todo fue una farsa. Y al final, la sangre llegó al río. Yo nunca acepté la culpa de lo sucedido. Fue un puñetero accidente. Aquella noche, descubrí que por una chica llegaba a ser capaz de perder la razón hasta límites insospechados. Aquella noche, descubrí que mis actos trataban de eliminar las verdades que Jon arriesgó a chillarme. Quería borrar el desprecio y la humillación que me había herido sin reparo días atrás. No quería aceptar el futuro ni el presente que me escupía de manera tenaz. Y a ello, sin lugar a dudas, se unió mi increíble obsesión por las mujeres. Las había visto en revistas, en la televisión, pero nunca había visto un cuerpo desnudo real. Me obsesionaba verlo y palparlo. Porque la primera vez impresiona demasiado. Recuerdo que me dio pánico; vértigo. Porque cuando uno es tan joven y no ha disfrutado del sexo femenino ni una sola vez, ni ha observado a una mujer como su madre la trajo al mundo, a escasos metros de sí, se estremece. El hombre deja de ser hombre y empequeñece. Un denso cosquilleo le recorre la piel, especialmente entre los testículos, y le apresa la cobardía. Los nervios se agarran tanto al organismo masculino, que en ocasiones inhabilitan su gran rifle sexual.

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Poco antes de que Jon me levantara la chica deliberadamente, yo quería hacerlo con todas, y hacerlo como en las películas. Sin embargo, el sexo para mí es como escribir, raramente se aprende en un día, y nunca del todo. Tan joven, y desconocía aún qué era exactamente lo que me obsesionaba, sí las mujeres, o únicamente el sexo; el morbo de follármelas por primera vez. Desde mi primera paja siempre soñaba con “tirarme” a cada una de las miles de mujeres que había en este “puto y enorme planeta”. Sin duda, cada coño era un paraíso completamente distinto. Lo era cada par de pechos, cada beso, cada movimiento sobre mi polla, cada caricia, cada olor, cada felación, cada orgasmo, cada una de mis eyaculaciones dentro de su coño. Cada copulación era un puñetero mundo completamente distinto al otro; como un libro. Demasiadas chicas a las que follar y la vida hija de puta me daba tan poco tiempo para disfrutarlas a todas. Y todo aquello comenzaba a obsesionarme. Acababa de iniciar la adolescencia. Además, si el coño se acompañaba de un buen cuerpo y un mejor rostro, nacía en mí una adicción enfermiza que me empujaba a querer descubrir sus recónditas maneras de darle placer. Y si no lo lograba, me sumergía en una masturbación imaginativa constante. Durante la adolescencia fue cuando nació mi fuerte deseo inhumano hacia el sexo femenino. Éste ya nunca desapareció. Reflexioné y creí que tal vez era algo químico, que mi organismo tendría un gen único en el mundo capaz de despertar esa atracción colérica hacia el sexo femenino; un tumor en la testosterona; una enfermedad. Nadie me había examinado para confirmar mi teoría, pero si algún día la corroboraban, jamás querría curarme; matar ese deseo. Me encantaba follar y quería seguir deseando desear follar. Hasta la

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fecha, los únicos exámenes perpetrados en mí, detectaron drogas y un virus letal que, adormecido, esperaba paciente destruir mi organismo. La batalla obsesiva dio sus primeras patadas la tarde que pude oír de la propia voz de mi hermano lo maravilloso que había sido follar con la chica que yo más deseaba en aquella época. Marta llegó a venir conmigo al cine, e incluso tuvimos nuestro beso adolescente. Sin embargo, un día dejó de hablarme. Ni siquiera me miraba a la cara. Aquella chavala de 16 años, que tantas veces había protagonizado mis masturbaciones nocturnas, decidió subirse a la noria de mi hermano. Sus gemidos sobre él me arañaban de manera suave, hiriente y constante la testosterona y la envidia. Jon apareció un viernes. Yo descansaba en calzoncillos en el salón. Yo tenía quince años. Mi hermano tenía diecisiete. Ella se colaba entre los dos en edad. Cuando también la vi aparecer a ella tras él me sobresalté, recogí una manta y me tapé. Una ráfaga inmensa de pensamientos me nubló la vista. No hacía ni un mes de nuestra cita. Marta se perdió por el pasillo sin llegar a mirarme. Jon sí se acercó decidido. Sin mediar palabra apagó la televisión. Luego sí habló. -Canijo, vete –ordenó con serenidad. Había movido todos los hilos para que nuestros padres se fueran el fin de semana. No quería perder la oportunidad. El único obstáculo en su plan llevaba mi nombre, y no iba a ser lo suficientemente grande. -¿Qué? Ni hablar –respondí con firmeza. -Eres un estúpido. Vete por las buenas, no quiero forzar las malas –advirtió. -¿Cómo puedes...? ¡Cabrón! Lo sabías, te lo dije...

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-Es cuestión de poderes, de talento –fanfarroneó-. Es algo que tú nunca tendrás, eres demasiado estúpido. -Eres un... Cabronazo –cuchicheé mientras me levantaba del sofá para colocarme a su altura de sus ojos-. No me voy a marchar, hermano, así que sí quieres tirártela tendrá que ser por encima de mi cadáver... -Y por detrás –amenazó cogiéndome del cuello-. Eres demasiado orgulloso. Acéptalo, has perdido, así que vete. -Ni de coña –reafirmé ahogado. Los dos nos mantuvimos de pie mirándonos a los ojos. Yo traté de hacerme el fuerte pese a que me crecía el miedo. Al fondo oí sonar una canción de Mecano. Dejé escapar una sonrisa burlona. Jon me soltó y se retiró varios pasos. Yo decidí sincerarme. -Jon, ella iba a ser mi primer polvo, ¡joder! Allí tenía que estar yo. –Señalé a su habitación- Tú puedes tener a cualquiera... ¡Ya las has tenido! -Pero Marta es la que a ti te interesa –Rió-, y aún necesitas crecer mucho para poder decir la palabra polvo. Ahora, canijo, vete. -No. -¡Vete! –Insistió elevando la voz. -¡Te he dicho que no! –Grité- ¿O quieres que llame a papá y mamá? Jon se quedó con la palabra en el paladar. Al fin se detuvo, se retiró dos pasos y aceptó mi chantaje. Aunque no frené su plan. Y lo que vino después fue una tortura sicológica inolvidable. Me obligué a vivirla. Era una guerra fría que creía ganar, pero me engañaba. Ella gemía sin recato. Cada suspiro que emergía del otro lado de la habitación lo quise mío, pero yo no los provocaba. Anhelé entrar. Estuve a punto de hacerlo en más de diez ocasiones, pero

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finalmente me fui de casa en pleno orgasmo. Me odiaba. Impotente y estúpido caminé sin rumbo. Aquella noche, cuando regresé a casa, no pude dormir ni quitarme las imágenes ficticias de aquel polvo.

Sin embargo, la gran batalla llegó la noche de su muerte. Toda una maldad que nació como una broma y se finiquitó con el adiós definitivo de mi hermano. Recuerdo la noche impoluta, fría. El gentío en la plaza bebiendo hasta los límites más extremos. Ella vestía una minifalda que apenas dejaba algo a mi imaginación. Estaba a su lado. Yo bebía whisky con coca cola. Mi hermano también. Ella no. -Te va a sentar mal, canijo –bromeó mi hermano quitándome el mini. -Ni en tus mejores sueños –advertí. Sonreí y esperé paciente mi oportunidad para recuperarlo. La noche se emborronaba levemente. La distancia con mi hermano era la justa, hasta que el orín nos unió contra la pared. Allí, preso de los primeros síntomas alcohólicos, lancé mi primera cuchillada. -Poco debió sentir con eso... –Apunté a su polla con mi pis y reí- Apenas la oí gemir. -¡Qué dices, imbécil! -Sin haber follado aún una sola vez en mi vida, lo haría mejor que tú, ¡seguro! -¡A qué te meto dos hostias, gilipollas! -¿Con esa mierda polla? –Reí, me subí la cremallera y le empujé mientras aún meaba. Aquel tanto me regaló una extraordinaria dosis de felicidad. Al volver di un buen trago de mi bebida. Sonreí y reí recordando. Creí que sería el tanto dela victoria. Eran las once de la noche. El alcohol bailaba dentro de mí con

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soltura. Y a su regreso, Jon tampoco quiso discutir en público sobre su pequeña picha. Después, desapareció con Marta. -Hola, Sergio –Oí a mi espalda varios minutos después -Hola –respondí tembloroso y sorprendido, dándome la vuelta y viendo su rostro angelical. -¿Puedo hablar contigo un momento? El universo social de aquella plaza parecía esfumarse. Marta, sin mi hermano, me estaba pidiendo un favor y me sonreía. Me regalaba su mirada en exclusiva; sus dulces palabras; su maravilloso aroma; su plena sensualidad. Hizo un gesto con el dedo índice, dio un giro sutil hacia atrás y nos distanciamos. Caminaba nervioso tras ella. La creí seguir como lo hacía Michael Jackson en ‘The way you make me feel’. -La verdad, Sergio, es que tú... me gustas –se sinceró en un susurro escuálido. -¿Y Jon? -Un capricho –siseó-, tú eres el que... Suspendió las palabras en el aire, pero yo las creí atrapar y escuchar con total nitidez. A escasos metros del bullicio, con el riesgo soplándome en las orejas, no veía más que su maravilloso cuerpo desnudo sobre una bandeja de plata. Y ella fue la que actuó, también nerviosa. Me cogió las dos manos y comenzó a besarme suavemente en el cuello. El alcohol y la oscuridad detuvieron cualquier raciocinio al respecto y lanzaron el atrevimiento. Ella controlaba mis manos en todo momento. Yo me moría por acariciar su piel, pero ella me frenaba. Las voces ya no me llegaban a los oídos. De pronto, ella introdujo sus manos bajo mi camisa, y cuando comenzó a desabotonar mis pantalones me paralicé, como si el hielo hubiera envuelto toda mi piel. Iba a ser esa la

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primera vez que una mujer me tocaba la polla... Pero me equivoqué. La brusquedad me golpeó un minuto después. Alguien tiró de mis pantalones hacia abajo, y seguido, de mis calzoncillos. Marta desapareció como si un mago la hubiera tocado con una varita, y yo, sin que pudiera evitarlo, fui arrastrado al centro neurálgico del botellón. La voz de mi hermano repicó suave y maliciosa en mi corazón sensorial. -Siempre serás un estúpido. Nunca apuntes tan alto con las chicas.

Nunca he olvidado aquellas dos frases, aquella acera, los rostros mirándome a mí, desnudo. Allí nació mi verdadero deseo de venganza. Mi secreto. Lo que provocó su muerte.

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-¿Lo recuerdas, hermanito? –Pregunté volviéndome a servirme dos dedos de whisky. -Inolvidable, canijo... Momento inolvidable. Jon se emborronaba ante mis ojos. Estaba quieto, sonriente y mirándome sin ápice de sentimiento. El salón se empequeñecía y mis palabras se mezclaban con los recuerdos. “¿Cuánto tiempo llevaba en aquel estado?” -Tu tiempo se acaba, canijo –advirtió su voz. Bebí sin saborear, recordé y permanecí nervioso rememorando todo lo que vino después. -Hermanito –suspiré-, tengo que confesarte algo. -Eso ya lo has dicho, estúpido. -Te lo diré. –Bebí y me acomodé. -¡Dale! –Dijo sentándose en una silla frente a mí. -Después de lo de los pantalones me fui, ¿recuerdas? Pero sólo me fui para volver. Me habías ganado esa partida, pero yo quería ganar la guerra. No podía quitarme de la cabeza que todo el mundo me hubiera visto en pelotas. Me sentía tan ridículo... Deseé con todas mis fuerzas que vivieras mi misma situación. Se me fue de las manos... ¿Recuerdas cuando volví? Lo hice en son de paz con un mini de whisky. Era Jack daniels, como hoy. Entonces tenía un poco de coca cola, como te gusta a ti. Tú aún tenías esa sonrisa maliciosa en los labios. Tus ojos bailaban vidriosos, ebrios de felicidad. Marta ya se había ido. No sé cómo, pero debí sacar fuerzas de algún recóndito lugar de mi organismo para enfrentarme de nuevo a ti y a mi vergüenza. Aún me temblaba el pulso cuando te di la bebida. Era nuestra pipa de la paz. Tranquilo, canijo, ya pasó, me dijiste, y me diste unas pequeñas palmaditas

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en el hombro. Ahí estuve a punto de echarme atrás, pero tú bebiste y no lo hice. No me atreví. ¿Recuerdas que compartíamos la bebida? Pues no fue así. Yo no bebía, hermanito. Tú te bebiste todo el mini. Tal vez no fuiste consciente. A esas horas ya estábamos suficientemente borrachos para engañarte con facilidad. En mi defensa debo decir que no fue idea mía. Sabes que siempre me ha faltado iniciativa. Siempre me dejo llevar por los acontecimientos. La idea fue de Manu, él me pasó el LSD líquido. Sí, Jon, tu whisky con coca cola tenía LSD... y a saber qué más... No lo pregunté... Se nos fue de las manos... Tras el primer mini, la droga no te había hecho efecto, así que nos encargamos de aumentar la dosis en el segundo y de que te lo bebieras todo. ¡Joder! Todo ocurrió muy deprisa. Estabas tan normal, charlando y riendo con nosotros, bebiendo, y de pronto, tu estado cambió por completo. Comenzaste a reír de una forma extraña, a correr sin destino, huyendo de mentiras, a desnudarte, a fantasear. Sí, nos reímos mucho, pero cuando tus pupilas parecían no mirarme, sentí que me ahogaba el miedo. Algo no iba bien. Tu mandíbula temblaba, la respiración acelerada te ahogaba. Parecías poseído por un ser endemoniado. No eras tú, Jon, ¡No eras tú, joder! Perdiste la camiseta, tirabas el dinero, piedras, querías arrancar bancos, lanzabas botellas, tenías miedo de las farolas, ¿recuerdas? ¡Ve hacia la luz!, gritabas. Todos reían. Yo no, te lo aseguro. No me gustaba hacia donde iba la broma, y entonces, desapareciste. Sólo yo te busqué. Y te encontré tendido sobre el césped, boca arriba, sin camiseta, completamente desorientado. No eras capaz de pronunciar una sola palabra, no conseguías mirarme; temblabas tanto, tan frío... Balbuceabas pero no te entendía nada. Dime algo, dime algo, te pedía una y otra vez desesperado. Te traté de levantar para que

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respiraras mejor, grité, chillé, vociferé, me desgañité la garganta. ¡Te lo juro! Sentí pánico, una desolación e impotencia infinita. Y de pronto, sin despedirte, sin previo aviso, te fuiste otra vez. Y entonces fue para siempre. Tu cuerpo se detuvo, tu mirada se esfumó. De rodillas, a tu lado, vi que mi mano dejaba de temblar sobre tu pecho desnudo. Tú ya no estabas allí, aunque yo te llamara a voces... Te abofeteaba, te gritaba una y otra vez, te besaba, te lloraba, y soñaba con verte despertar. Pero nunca volviste... Me detuve en ese instante para recogerme las lágrimas. Hipaba. Bebí un nuevo vaso y busqué a Jon. No estaba a mi lado. Me levanté torpe. El suelo se movía o yo no me sostenía. Sentía ardor en la cara. Giré sobre mí mismo, pero no encontraba espacio para moverme. No sabía salir de aquel pequeño cubículo. Me giré, y de repente sentí sus nudillos en mi cabeza junto a un grito femenino y agónico. Mi cuerpo voló, golpeó contra la mesa y cayó sobre la alfombra. Los ojos me parpadeaban nerviosos. Los abrí, busqué la nitidez pero no la encontré. En la borrosidad de mi alcohol pude notar una herida mojándome la frente y la ira odiosa de mi padre sujetada por los débiles mis brazos de mi madre. Los dos lloraban sobre mi cuerpo tendido.

Allí firmé el final de un principio en el que la oscuridad psíquica fue la gran protagonista de mi vida. Al despertar, el calendario ya había avanzado varias hojas. Entre mis dedos descansaba la noticia arrugada y desgastada. Se le podía ver la cara borrosa entre los bomberos, policías y vecinos. Aterrada. Había leído la noticia cientos de veces en apenas unos meses. La palabra ‘superviviente’ en negrita me aliviaba. No podía desprenderme de esa realidad. Me perpetuaba en los recuerdos el grado de locura que había

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alcanzado mi mente. Cosido a la soledad, la medicación y un cuaderno en blanco junto a un bolígrafo comencé a ser un poco más feliz. El divorcio paternal era definitivo. El maternal tenía visos de recuperación. No obstante, no los necesitaba. Quería abrazarme a la incomunicación y a mis pensamientos. Quería caminar hacia un rumbo opuesto y sincero. Quería enderezar mi desequilibrio psíquico y emocional. Y sentía pánico, como un equilibrista sin red que está a punto de pisar la cuerda por primera vez. Recaer en un centro psiquiátrico y esquivar los barrotes de metal fue sencillo con mis antecedentes. Además, me adapté a gran velocidad. Ayudó la soledad de mi cuarto. Mi actitud era austera y eremita. No intercambiaba palabras, ni saludos, ni miradas, ni gestos, ni siquiera un insignificante detalle que evidenciara que vivía en compañía. Era como si me hubieran vaciado la mirada y arrancado toda la sensibilidad. Y inexplicablemente sentía paz dentro de mí. Era un ser feliz. Sonreía dentro de mí. No recuerdo si fueron tres o cuatro meses el tiempo que transcurrió hasta que mi sonrisa emergió al exterior. Sí recuerdo con exactitud muchas de los detalles de aquel día. Recuerdo la ubicación de los rayos del sol sobre mi armario, o la página exacta en la que me detuve de leer el esperpéntico y maravilloso ‘Sopa de miso’. Supe que mi vida iba a recoger el equilibrio que necesitaba. Ocurrió a primera hora de la mañana, durante el desayuno. Zumo, una tostada, yogur y leche. Lo estaba acariciando en el ambiente, sin embargo, no identificaba el qué. Lo estaba viendo ante mis ojos, pero hacía tiempo que no observaba. Tirité. Un escalofrío y me estremecí cuando un dedo índice se posó en mi piel después de tanto tiempo. Un chispazo neuronal me empujó

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hacia un interminable fotograma repleto de sensaciones y del que no sabía huir. Sexo, besos, sonrisas y risas, masturbaciones, experiencias, felicidad, paz, amor, vino, sangre, violencia, contagio y un dulce aroma a marihuana inundando mi corazón. Me relajé, sonreí, escuché, y me sentí invadido por la plena felicidad. -Hola, loco.

fin

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