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Autonomía universitaria en Venezuela en el siglo XX e inicios del siglo XXI

Eleazar Narváez

La conculcación de la autonomía universitaria continúa, con nuevos ingredientes,


en las tres primeras décadas del siglo XX. A la tradición centralista implantada por
Guzmán Blanco y seguida por los gobiernos siguientes, se agregan sucesivos
cierres de la Universidad, expulsiones de estudiantes, manifestaciones recurrentes
de descontento por parte de éstos, y se evidencia asimismo, en medio de una
crisis institucional universitaria, un claro propósito oficial de restringir la libertad
académica como expresión de una tendencia que ya venía perfilándose en años
anteriores con cambios en la legislación educativa y en los estudios que le daban
mayor importancia a las ciencias naturales en comparación con el cultivo de las
formas libres de pensamiento.

Así, como parte de ese escenario donde se mantiene aún un régimen


antiautonómico en un nuevo siglo que, entre otras cosas – como señala Leal
(1981) - trajo sobre la Universidad violaciones del poder público y sevicia por parte
de sus agentes, cabe resaltar lo siguiente:

En primer lugar, el cierre de la Universidad en tres oportunidades: La primera, el


11 de marzo en 1900, siendo Santos Dominici rector de ese establecimiento, en
respuesta del Ejecutivo por la protesta que desencadenó la expulsión de varios
estudiantes de la Universidad Central, a raíz de la participación de la juventud
universitaria de Caracas en varios actos de crítica al gobierno. La segunda, el 1º
de octubre de 1912, después de que la Asociación General de Estudiantes de
Venezuela acordara la realización de una huelga general para exigir la renuncia
del rector Felipe Guevara Rojas, como rechazo a las propuestas de reforma de la
Universidad hechas por éste; clausura “...con la que la Universidad pasa
enteramente a manos del Ejecutivo...” (Caballero, 1974: Pág. 67), y el gobierno
trató de impedir la concentración de estudiantes a través de una reorganización
que separaba las diversas Escuelas. La tercera, en febrero de 1928, después de
la sustitución de Diego Carbonell por Juan Iturbe como rector de la institución, al
calor de las celebraciones de la “Semana del Estudiante” entre el 6 el 9 de ese
mes, que dieron paso a una fuerte represión por parte de la tiranía y al
encarcelamiento de muchos estudiantes.

Por cierto, este protagonismo estudiantil – que bien pudiera ser visto como parte
de ese proceso al que aludimos anteriormente, el que se inició después de 1870 1,
cuando los estudiantes, abrazando las banderas del positivismo, muestran una
mayor beligerancia en vinculación con los problemas de la vida nacional – en los
años siguientes va a intensificarse, enriquecerse y desarrollarse en oposición a la
dictadura gomecista y en la búsqueda de nuevos horizontes con el concurso de la
Asociación General de Estudiantes a partir de 1921 y de la Federación de
Estudiantes de Venezuela desde 1927, a la cual se incorporaron estudiantes de
educación media, y particularmente de la llamada generación del 28 - considerada
un hito en nuestra historia, con la cual termina una etapa y otra comienza (Leal,
1981) - cuyos protagonistas “...no fueron simples líderes políticos que escogieron
esa como cualquier otra profesión. En Venezuela, ellos inventaron la política; y
esto en todos los sentidos que quiera dársele” (Caballero, 2004: Págs. 15-16). Y
un rasgo esencial de esa invención de la generación estudiantil venezolana de
1928, clave en el devenir de nuestra democracia, como señala este autor en otro
trabajo suyo (Caballero, 2007), fue la preocupación por “...fundirse en la masa, por
representar y representarse como una voluntad colectiva...” (Pág. 217), en su
oposición a la egomanía de tiranos y anti-tiranos” (Idem): “Esa voluntad
impersonal la ratifican en la práctica con la entrega en masa de los estudiantes a
la policía y la adopción de un símbolo, como ellos mismos lo dijeron entonces,
‘despojado de toda corporeidad’: la boina azul” (Caballero, 2007: Pág. 218). La
importancia de esto en lo sucesivo para la vida política del país se hace patente en
la siguiente afirmación de Velásquez (1993): “Lo que diferencia al 23 de enero de
los episodios similares de nuestra historia es su carácter de jornada colectiva,
1
Sin olvidar aquí, por supuesto, que como bien dice Weinberg (2001), la vieja y combativa tradición
estudiantil en nuestros países puede rastrearse desde la colonia.
tanto en lo militar como en lo civil. Pues hasta 1948, la caída de todo Gobierno
representaba en Venezuela, el triunfo y consolidación en el poder del caudillo
vencedor en la jornada” (Pág. 157).

En segundo término, la reducción de la libertad académica que, con base en el


Código de Instrucción Pública de 1912 dictado en la gestión ministerial de Gil
Fortoul, se expresó en la eliminación de la Facultad de Filosofía y Letras y su
sustitución por la de Física y Matemáticas; por cuanto, como sostiene Soriano
(2005):

(...) parecía más fácil controlar a los estudiosos del organismo humano y de la exactitud de los
números, que a los cultivadores de las formas libres del pensamiento. Quiere decirse que las
tensiones entre el espíritu libre del mundo académico y el gobierno, se difuminaban en el
reconocimiento que, desde el mundo oficial se hacía de las ciencias en boga, desde los
esquemas vigentes del positivismo, mientras se cercenaba toda reflexión de carácter
humanista y político. Era la forma gubernamental de comprometer a la Universidad en el
progreso, aceptando y avalando las ideas positivistas y sus esquemas comprometidos con el
desarrollo científico, mientras se abatían las manifestaciones libres de cualquier pensamiento
filosófico o reflexión humanista que, centrados en el hombre y su vida en sociedad, osaran
cuestionar las políticas del régimen de turno (Pág. 35)

En tercer lugar, la reconstitución de la Universidad en el año 1922 a partir de


diversas Escuelas de Estudios Superiores que dependían directamente del
Ejecutivo, después de mantenerse cerrada desde el año 1912 esa institución. De
acuerdo con Caballero (1974) esa reconstitución tenía implícito un “atisbo de
autonomía”, por cuanto algunas disposiciones del reglamento de la UCV
reservaban al Consejo Universitario “...la atribución de servir de cuerpo consultivo
y proponer al Ejecutivo Federal las reformas y medidas que juzgare convenientes
para la buena marcha de la Institución, así como también la de dictar el
Reglamento de la Institución, el cual debería ser sometido a la aprobación del
Ejecutivo” (Pág. 68).

1. Vientos de esperanza sin eco inmediato: La Reforma Universitaria de


Córdoba.
Un hecho cierto es que los aires renovadores de la Reforma Universitaria de
Córdoba no tuvieron influencia alguna en el desarrollo de la vida de la Universidad
en los años de la dictadura de Juan Vicente Gómez en Venezuela. Una reforma
que se expresó en un movimiento latinoamericano2 que trascendiendo lo
académico-universitario, se inició en junio de 1918 en Argentina, cuyo epicentro
estuvo en la provinciana y claustral Universidad de Córdoba - considerada la más
cerrada y atada a la herencia colonial de las universidades argentinas-, con una
trama ideológica compleja alimentada por varias corrientes de pensamiento sobre
un trasfondo de positivismo – convergentes éstas en la preocupación por
encontrar una respuesta nacional y americana -; motorizada esa reforma por una
clase media emergente en un contexto nacional de cambios sociales importantes y
de evidencia de “...una puja por el control efectivo del poder político por parte de
los nuevos grupos en ascenso...” (Weinberg, 2001: Pág. 275), y en una
“...situación internacional conmovida y trágica” (Weinberg, 2001: Idem); objeto la
misma de múltiples críticas y de explicaciones de sus causas con base en factores
no siempre coincidentes; y con un programa que Tünnermann (2000) resume en
once postulados:

1) Autonomía universitaria en sus aspectos político, docente, administrativo y económico; autarquía


financiera; 2) Elección de los cuerpos directivos y de las autoridades de la universidad por la propia
comunidad universitaria y participación de sus elementos constitutivos, profesores, estudiantes y
graduados, en la composición de sus organismos de gobierno; 3) Concursos de oposición para la
selección del profesorado y periodicidad de las cátedras; 4) Docencia libre; 5) Asistencia libre;
Gratuidad de la enseñanza; 7) Reorganización académica, creación de nuevas escuelas y
modernización de los métodos de enseñanza. Docencia activa, mejoramiento de la formación
cultural de los profesionales; 8) Asistencia social a los estudiantes. Democratización del ingreso a
la universidad; 9) Vinculación con el sistema educativo nacional; 10) Extensión universitaria.
Fortalecimiento de la función social de la universidad. Proyección al pueblo de la cultura
universitaria y preocupación por los problemas nacionales; 11) Unidad latinoamericana, lucha
contra las dictaduras y el imperialismo (Págs. 74-75).

Merece destacarse que en la literatura consultada no se registra un consenso


acerca de la proyección de esa reforma en nuestro país. Por un lado, Tünnermann
(2000) dice que ese movimiento, con las características que Córdoba le imprimió,
se ubica entre las dos guerras mundiales, si bien algunos de sus postulados
2
Con huellas incluso en países de Viejo Mundo, como Francia, donde, en los sucesos registrados
en mayo de 1968, en París, se notan reminiscencias de los episodios cordobeses, que en la
opinión de Weinberg (2001), denotan “...una actitud, un clima, un aire de familia” (Pág. 271)
fueron incorporados en los textos legales de varios países de la región
latinoamericana después de 1945. En el caso de Venezuela, dicho autor señala
que es en 1944 cuando se incorpora buena parte de un plan de reforma
proclamado por la juventud en 1940. Sin embargo, por otra parte, Caballero
(1974) sostiene que en el país “...sólo se comienza a hablar de reforma, bajo la
influencia de los planteamientos de la Universidad de Córdoba, a partir de 1936”
(Pág. 91). Asimismo, es de hacer notar que en las referencias acerca de la
proyección continental de esa reforma que hace Weinberg (2001) no aparecen
rastros de Venezuela en lo que se considera una “...valiosa recopilación
documental y testimonial” de dicho movimiento reformista. No obstante,
Bronfenmajer y Casanova (1982) hablan de la influencia de éste en el modelo de
universidad liberal que impone la generación estudiantil del 28, mientras Peñalver
(1979) menciona los Congresos Nacionales de Estudiantes en Venezuela en 1938
como continuación de la extensión del movimiento de “Reforma Universitaria” en
este país y en otros de América Latina.

2. Avances y retrocesos entre los años 1936 y 1958.

Así, ni los planteamientos de ese movimiento reformista ni otras propuestas


innovadoras de verdadero progreso dejaron su huella en el ejercicio autonómico
de la Universidad en esas primeras décadas del siglo veintiuno que finalizaron con
la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en el año 1935.

A partir de esta fecha y hasta 1936, con las condiciones miserables dejadas por
esa dictadura desde el punto de vista económico, social y cultural, el país vivió una
profunda convulsión social y política que abrió las puertas, desde este último año,
a un debate sobre variados asuntos de interés nacional3 en los que la educación
ocupó un espacio muy importante:

3
“...temas como la democracia y su alcance social, la modernización capitalista de la sociedad, el
papel del Estado en su sentido técnico y social, el desarrollo económico sobre rieles
antiimperialistas y nacionales, la defensa y potenciación técnica de nuestra fuerza de trabajo
mediante la mejora del salario, la salud y la educación” (Luque, 1999: Pág. 103)
Desde 1936 el tema educativo se asoció a la aspiración de una sociedad democrática en un
sentido más amplio que el estrictamente liberal. Se asoció también – y esto es esencial -, a un
nuevo concepto de nación abierto a la inclusión de las grandes mayorías despojadas de recursos
materiales, de cultura universal, de saber especializado y marginada del ejercicio real de sus
derechos políticos (Luque, 1999: Pág. 104)

En ese contexto, uno de los grandes líderes de ese debate – Luis Beltrán Prieto
Figueroa – en representación de una comisión constituida por maestros,
profesores y miembros de la Federación de Estudiantes de Venezuela, presentó el
23 abril de 1936 ante la Cámara del Senado del Congreso Nacional un Proyecto
de Ley Orgánica de Educación Nacional que, centrando su atención de manera
primordial en la responsabilidad del Estado en la educación pública, dándole un
nuevo sentido y una mayor amplitud a la gratuidad de los estudios y concibiendo la
escuela como una unidad estructurada orgánicamente – en la idea de estructurar
la educación nacional desde el kindergarten hasta la Universidad – (Luque, 1999),
“...se planteó la cuestión de la autonomía universitaria con la creación del
Congreso Nacional Universitario; por si fuera poco, se afirmó en él ‘la obligación
de los propietarios de fincas a colaborar con el Estado en la educación del pueblo’
” (Luque, 1999: Pág. 118).

Sobre tal propuesta en ese Proyecto, que en definitiva no fue aprobado por ese
“Congreso gomecista”, vale la pena leer la reseña indicada por Luque (1999) de
los comentarios de un senador (Arreaza Calatrava), quien, no obstante apoyar “la
autonomía universitaria en su aspecto técnico”, opina que las Universidades no
pueden aspirar a disfrutar de la autonomía económica mientras no cuenten con
rentas propias, y manifiesta su desacuerdo con

(...) la cláusula que establece el derecho de los Estados de constituirse en Distritos Universitarios
cuando tengan los Centros de estos estudios, lo que ocasionaría la multiplicación de las
Universidades, y por ende, el proletariado profesional (...); en fin, la cláusula que llevaría a la
dirección de nuestros Altos estudios al Estudiantado, porque envuelve el peligro de crear una
dictadura estudiantil (Luque, 1999: Pág. 124)

Asimismo, es de tomar en consideración lo señalado por Caballero (1974) acerca


de un planteamiento sobre la autonomía universitaria que, por cierto, reaparecerá
formalmente diez años después en un proyecto de estatuto universitario del cual
hablaremos más adelante:

Cuando, a partir de 1936, se habla de autonomía, se buscará regresar a la independencia también


en el terreno rentístico. Sobre todo, la UCV comienza a plantear la necesidad de tener una
asignación fija, legalmente establecida, según un porcentaje definido del Presupuesto Nacional
destinado a todas las Universidades. Esto puede atribuirse al deseo de “despersonalizar” las
relaciones Universidad-Gobierno en este terreno (Pág. 90)

Respecto a esta dimensión de la autonomía, acota Caballero (1974): “No siempre


el goce de autonomía rentística indica que se tenga autonomía académica, ni
mucho menos política. Pero la recíproca no es verdadera, por lo menos hasta
1958: a cero autonomía rentística corresponde siempre cero autonomía política y
académica” (Pág. 89)

Dice este historiador, por otro lado, que tanto en el gobierno como en la
Universidad se emplea más abiertamente el concepto de autonomía4, y comienza
desde entonces, a partir de 1936:

(...) una larga lucha por el rescate de la autonomía universitaria, que se liga con otra por la reforma
de la Universidad. Se puede decir que toda la discusión se centra, hasta 1958 al menos, en estos
dos problemas: la posibilidad por la UCV de nombrar sus propias autoridades y personal, y la
posibilidad de acceder a este último por concurso (Caballero, 1974: Pág. 70)

Así, como parte de ese propósito de rescate de la autonomía universitaria, en los


años 1937 y 1939 son presentados ante el Congreso Nacional dos Proyectos de
ley (entre ellos, un Proyecto de Ley de Universidades elaborado por el Consejo
Universitario de la UCV) – los cuales no fueron aprobados – en los que se
propone el nombramiento de las autoridades universitarias por el Ejecutivo Federal
con base en ternas de candidatos elegidas por los Consejos de Escuela
(Caballero, 1974).

4
Al afirmar esto, este autor señala lo dicho por el Ministro de Instrucción Pública, Rómulo Gallegos,
en su Memoria anual (Caballero, 1974: Pág. 69), en la cual éste plantea la autonomía como
desiderátum y orientación; e igualmente hace referencia a la proclama donde los estudiantes, a
través de la Federación de Estudiantes de Venezuela, formulan varias proposiciones acerca de la
necesidad de la autonomía universitaria (Caballero, 1974: Pág. 70)
En los años siguientes, concretamente desde 1940 a 1946, varios hechos de
importancia se observan en la continuación del afán autonomista en cuestión, a
saber:

i. Restitución parcial y tímida de la autonomía universitaria en la nueva Ley de


Educación sancionada por el Congreso el 15 de julio de 1940, con base en la
discusión del Proyecto de Ley de Educación presentado ante la Cámara de
Diputados el 25 de mayo de 1940 por el entonces Ministro de Educación
Nacional, Arturo Uslar Pietri. Esa Ley, que en opinión de Prieto Figueroa (2005:
Págs. 78-79) “...es clara y precisa sobre la función docente que corresponde al
Estado”, en lo concerniente a la autonomía universitaria, establece para las
Universidades Nacionales:

(...) una limitada recuperación de su autonomía, al permitirle a cada una de las Escuelas que la
integran, la elección de dos candidatos con los cuales el Consejo Universitario formula una lista
que cada tres años pasa al Ejecutivo Federal para que de ella sean nombrados el Rector,
Vicerrector y Secretario
(Febres Cordero, 1959: Págs. 54-56)

ii. Otra vez la injerencia del Ejecutivo Federal, mediante la reforma de la Ley de
Educación en el año 1943, en la designación y remoción libre de las
autoridades universitarias, así como en la provisión en interinato de los cargos
docentes no cubiertos por el sistema de concursos; bajo el argumento de que
la poca autonomía otorgada a la Universidad en la Ley de Educación de 1940
“...dio origen a la formación, dentro de la UCV, de ‘roscas’ que hacía imposible
todo remozamiento” (Caballero, 1974: Pág. 72)

iii. Propuesta de una amplia autonomía en el Proyecto de Estatuto Orgánico de


las Universidades Nacionales elaborado por una comisión universitaria
designada por el rector Juan Oropeza en abril de 1946, e integrada por los
doctores Rafael Pizani, quien la preside, Eduardo Calcaño, Raúl García
Arocha, Francisco Montbrún, Eugenio Medina y el bachiller Alejandro Osorio, el
cual fue remitido al Rector de la UCV el 28 de mayo de 1946. En ese
documento se sostiene que “...uno de los inconvenientes más ciertos con que
ha tropezado la formación de una conciencia universitaria en el país...es el de
haberla considerado y tratado, desde fines del siglo XIX, como un simple
apéndice burocrático del Ministerio de Educación Nacional” (Febres Cordero,
1959: Pág. 205); e igualmente se plantea lo siguiente:

(...) En nuestro concepto, si se quiere intentar seriamente una reforma a fondo de las
Universidades Nacionales, es necesario comenzar por independizarlas no formalmente, como
lo hizo la Ley de Educación Nacional de 1940, que mientras admitía una tímida autonomía en
la designación de las autoridades universitarias, dejaba sin embargo a las Universidades
atadas a la voluntad del Ejecutivo con el cordón administrativo del presupuesto; sino una
autonomía no simulada que permita el amplio desenvolvimiento de la Universidad mediante la
fijación de una cuota anual fija (no menor del 2% en el Proyecto) del Presupuesto de Rentas
Públicas de la Nación y la garantía de libertad de manejo de sus fondos, sin la perturbación
agobiante del procedimiento administrativo para su inversión (Febres Cordero, 1959: Pág. 205)

iv. Una amplia autonomía administrativa, la organización de las facultades dentro


de un sistema de autogobierno desde el punto de vista docente, la
participación estudiantil en todos los organismos de dirección universitaria
(¿eco de la Reforma Universitaria de Córdoba?), así como las funciones de
previsión y vigilancia de la educación universitaria por parte del Ministerio de
Educación Nacional, son aspectos incorporados en el Estatuto Orgánico de las
Universidades Nacionales de 19465, en el que se establecía:

(...) artículo 4º.- El gobierno universitario estará integrado por los designados del Ejecutivo
Federal, los representantes del profesorado, los representantes de los estudiantes y por los
representantes de los egresados.
(...) Artículo 5º.- Las Universidades Nacionales tienen personalidad jurídica autónoma y
patrimonio propio, distinto e independiente del Fisco Nacional. Este patrimonio estará integrado
por los bienes o valores que adquieran por cualquier título legal.
(...) Artículo 6º.- La autoridad suprema de cada Universidad reside en su Consejo Universitario,
presidido por el Rector de la Universidad.
(...) Artículo 7º.- En la Ley de Presupuesto General de Rentas y Gastos Públicos de la Nación
se incluirá, anualmente, con destino a las Universidades Nacionales que actualmente
funcionan, una partida cuyo monto global será del 1 al 2% de las rentas anuales que se
presupongan en dicha ley (Febres Cordero, 1959: Pág. 210)

5
Acerca de este Estatuto, afirma Luque (1999) que “...se colocó a buena distancia de lo que había
sido la tradición universitaria venezolana: elitesca en cuanto a la composición social de su
comunidad y atrasada en lo concerniente a las nuevas ciencias, la tecnología y el pensamiento
social crítico” (Pág. 366)
Y asimismo, en ese Estatuto donde se promulgaba la autonomía universitaria y
se le otorgaba al Consejo Universitario varias funciones en sintonía como
expresión de ésta, el gobierno se reservaba una parcela de dicha autonomía
para tener en sus manos la dirección general de la educación del país
(Caballero, 1974). Como observa Febres Cordero (1959), el Ejecutivo se
arroga la potestad de designar y remover libremente a las autoridades
universitarias, a fin de “contrarrestar el carácter reaccionario del Claustro y dar
paso a autoridades progresistas”6; y además, al no aprobarse la propuesta de
la antes citada comisión universitaria de asignar una cuota fija anual del 2% del
Presupuesto de Rentas Públicas de la Nación, sino un monto variable
comprendido entre el 1 y el 2%, ello constituía, por supuesto, una rendija
abierta a posibles manipulaciones e indebidas presiones a la Universidad por la
vía de su presupuesto.

En definitiva, como es señalado por Luque (1999):

(...) el Estatuto Orgánico de las Universidades Nacionales decretado el 28 de septiembre de


1946, amplió y le puso límites – al mismo tiempo – a esa nueva autonomía. El nuevo poder
político establecido con la Junta no fue partidario de la tesis de la autonomía absoluta y, en
consecuencia, defendió lo que por ellos fue llamado un “concepto racional de autonomía” que,
en general, daba cabida al Ministerio de Educación Nacional en asuntos inherentes a las
“funciones de previsión y vigilancia. Así, y sin contradecir la última reforma parcial a la Ley de
Educación del año 43, en el Estatuto mencionado el Ejecutivo se reservó la facultad de elegir al
Rector, Vice-Rector y Secretario de las Universidades. (Pág. 323)

Ese derecho del Ejecutivo en lo que respecta a la designación y remoción de


las autoridades universitarias se mantiene más tarde en la Ley Orgánica de
Educación Nacional de 1948 – reivindicativa de una educación inspirada en el
humanismo democrático, con sentido social y nacional, orientada hacia las
masas, la formación del profesorado, la integración del sistema educativo,
colaboradora de la sociedad y con inspección y control (Luque, 1999) – la cual
establece en su artículo 46:

6
Propósito que se atribuye a quienes auparon esa facultad del Ejecutivo (Febres Cordero, 1959).
El Gobierno de las Universidades Nacionales estará formado por las autoridades universitarias,
designadas por el Ejecutivo Nacional, por los representantes que elijan el profesorado, los
estudiantes y los egresados, en la forma que establezca el Reglamento7

Esto, no obstante lo contemplado en su artículo 44:

Cada Universidad Nacional organizará su régimen docente, sus planes de


estudio, sus programas y métodos de trabajo, ajustándose a las correlaciones que exige la
unidad funcional del sistema educativo del Estado y atendiendo a las necesidades
nacionales.

Y lo previsto en su artículo 47:

Las Universidades tienen personalidad jurídica autónoma y patrimonio propio, distinto e


independiente del Fisco Nacional. Este patrimonio estará integrado por los bienes o valores
que adquieran por cualquier título.

Algo que es de señalar también en esta Ley, que es parte del espíritu que la
anima en su concepción de la autonomía universitaria, presente ya en el
artículo 3 del Estatuto Orgánico de las Universidades Nacionales de 1946, es
el propósito de evitar que estas instituciones se aíslen de los otros ciclos de la
educación y se pongan de espaldas a los intereses nacionales, en atención a
lo cual, en el contenido de esa Ley se establece lo siguiente en su artículo 44:

Para mantener la unidad pedagógica, cultural y científica de las Universidades y asegurar su


correlación con los otros ciclos del sistema educativo, funcionará un Consejo Nacional de
Universidades integrado por el Ministro de Educación, quien lo preside; un representante del
Segundo Ciclo y uno por las demás ramas del Tercero, designados por Ministro de Educación
Nacional; los Rectores de las Universidades Nacionales; un representante de los profesores y
uno de los estudiantes por cada Universidad, elegidos por los sectores respectivos. La
organización y las atribuciones del Consejo Nacional serán pautadas en el Reglamento.

Respecto a este asunto, planteaba Prieto Figueroa (2005):

Es saludable que la Universidad disfrute de cierta autonomía administrativa dentro del régimen
de vida institucional de la nación, pero la actividad docente debe guardar la necesaria
coordinación y correlación con los diversos ciclos educativos que le preceden, mediante la
creación de organismos técnicos, que funcionarán lo más alejado de los intereses
momentáneos de las camarillas que dentro y fuera de la universidad piensan más en sus
conveniencias que en los intereses nacionales (Págs. 253-254).

7
Véase, Prieto Figueroa (2005: Pág. 249)
Curiosamente, como ocurrió con ciertas funciones atribuidas al Consejo
Nacional de Universidades a partir de la década del 70 del siglo pasado,
algunas respuestas a esas aprensiones acerca de posibles extralimitaciones
en el ejercicio autonómico por parte de las Universidades Nacionales dieron
paso a decisiones que han sido interpretadas como violatorias de la autonomía
universitaria.

Asimismo, en lo que respecta a la idea de independencia ligada a la


concepción de autonomía presente en la Ley de Orgánica de Educación de
1948, bien vale la pena recordar hoy las palabras de un parlamentario – Jóvito
Villalba – en la oportunidad de discutirse el Proyecto de Ley de Educación
presentado por Arturo Uslar Pietri en el Congreso Nacional:

Si la universidad es autónoma ella no puede ser entregada en manos del Ejecutivo para que el
Ejecutivo reglamente su constitución y su vida. Si la universidad es autónoma, este proyecto de
ley no puede derogar el Estatuto Orgánico de las Universidades. Si acaso, lo que podemos es
reemplazar el Estatuto Orgánico de las Universidades por una Ley Orgánica de las
Universidades Nacionales. Lo primero, ciudadano Presidente, sería ir contra la propia
autonomía que estamos creando, sería crear la autonomía de la Universidad, reconocerla, para
luego burlarnos de ella y pisotearla. Cuando se habla de autonomía universitaria, ello quiere
decir autonomía frente al Poder Ejecutivo no frente al Estado, porque en Venezuela es
tradicional el que la Universidad se rija por la norma superior que el Soberano le dicta, que el
Estado le dicta8. (Cursivas mías)

Después vendrán – en el marco de los hechos ocurridos entre el derrocamiento


del presidente Rómulo Gallegos en 1948 y la larga dictadura pérezjimenista
que duró hasta el mes de enero de 1958 – la intervención de la Universidad
Central mediante el Decreto Nº 321 dictado el 17 de octubre de 1951 por la
Junta de Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela presidida por Germán
Suárez Flamerich; y el restablecimiento de la tradicional organización de la
Universidad y la designación de sus nuevas autoridades por el gobierno con la
promulgación de la Ley de Universidades Nacionales de 1953.

8
Véase Diario de debates de la Cámara de Diputados de los Estados Unidos de Venezuela. Mes
VI. Caracas, 30 de agosto de 1948. N° 41, Pág. 403.
Con el Decreto Nº 321, una vez intervenida la Universidad Central y destituidas
sus autoridades, se crea el Consejo de Reforma de la Universidad Central de
Venezuela cuyos miembros – un Presidente, un Vice-Presidente, un Secretario
y dos Vocales – son de libre nombramiento y remoción del Ejecutivo Federal,
con la responsabilidad de ejercer el gobierno de esa Universidad y promover la
reorganización técnica y administrativa de la misma, así como la de “mantener
de modo parcial o total la suspensión de actividades acordada formalmente por
el Consejo Universitario de la Universidad Central de Venezuela el 16 de
octubre de 1951, hasta tanto lo exija el proceso de normalización de la vida
universitaria”9

Acerca de las consecuencias de ese Decreto, afirma Febres Cordero (1959),


además de sus efectos en el cambio de autoridades y de algunos profesores
del Instituto y en la eliminación de la representación estudiantil en el gobierno
universitario, tuvo otras repercusiones graves: la división del estudiantado y del
profesorado en dos grupos antagónicos (en amigos y enemigos del Gobierno);
el espíritu dictatorial de las autoridades universitarias impuestas por el régimen;
el desaliento en la juventud universitaria; la pérdida de numerosos científicos,
investigadores y profesores eminentes; trastornos en el funcionamiento de las
Cátedras, Servicios y Escuelas; la destrucción de la carrera profesoral; el clima
de inseguridad y zozobra en el que debían actuar los docentes; la frecuente
interrupción de las tareas docentes por la constante repulsa estudiantil; el
desprestigio nacional ante el hecho de una Universidad que con su actitud
cohonestaba el atropello a valores espirituales y morales esenciales de la
nacionalidad; la pérdida de reconocimiento en el ámbito internacional de la
Universidad al eliminarse su autonomía; el éxodo fuera del país de centenares
de estudiantes; y traición a sí misma al desconocer derechos fundamentales
del ciudadano y al permitir el encarcelamiento y destierro de profesores y
estudiantes que sólo defendieron principios que la institución estaba obligada a
mantener.
9
Véase Artículo 1º del Decreto Nº 321 de fecha 17 de octubre de 1951, dictado por la Junta de
Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela.
Por otro lado, la Ley de Universidades de 1953 resume el espíritu, los métodos
y las enseñanzas de un Consejo de Reforma que fracasa desde el punto
académico y administrativo y deja de existir formalmente a partir de entonces
en un marco legal: “...Sin autonomía, sin Decanos elegidos por sus respectivas
Facultades, sin representación estudiantil en Consejos y Asambleas, sin la
participación de éstos ni de los graduados en el gobierno universitario...”
(Febres Cordero, 1959: Pág. 119); pero con el nuevo ingrediente de profesores
considerados como funcionarios nacionales de libre elección y remoción por el
Presidente de la República.

Bronfenmajer y Casanova (1982) afirman que con la restauración militar


autoritaria que significó la llegada al poder de Marcos Pérez Jiménez, la
Universidad:

(...) será sometida a sus primeras pruebas de fuego como centro de poder. Asumida esta
restauración como retroceso de la posibilidad de modernización en términos democrático-
populistas, las vanguardias universitarias desempeñarán un papel importante en la lucha
contra ese estado autoritario-militar, desplegando una acción que dará lugar a la primera
reorganización de la enseñanza universitaria y será origen, en el marco del cierre temporal de
la Universidad Central, de las primeras experiencias de privatización, con la fundación de las
universidades no estatales: Católica Andrés Bello y Santa María (Págs. 282-283)

En los años que siguen, sobre todo a partir de los últimos meses de 1957 hasta
los primeros veintitrés días del mes de enero del año siguiente, cuando el
estudiantado tuvo un destacado protagonismo al lado de otros actores y
comenzó la huelga estudiantil del 21 de noviembre, se desató una profunda
crisis que llevó al derrocamiento del gobierno de Marcos Pérez Jiménez a
consecuencia de una jornada colectiva de lucha.

Después de la dictadura pérezjimenista, una nueva etapa se abre tanto para el


país con el “renacimiento” de su vida democrática a partir del 23 de enero de
1958, como para la universidad venezolana en general y la autonomía
universitaria en particular, con el Decreto Nº 458 de promulgación de la Ley de
Universidades con fecha 5 de diciembre de 1958 por la Junta de Gobierno de
la República de Venezuela presidida por el presidente Edgar Sanabria.

Precisamente, por esto que acaba de decirse, antes de seguir adelante


queremos llamar la atención sobre algo dicho por Soriano (2005) que
compartimos y hemos tenido siempre presente como criterio orientador en la
aproximación histórica a la autonomía universitaria en nuestro trabajo:

Esta aproximación a la autonomía universitaria desde los orígenes de la universidad


venezolana en el siglo XVIII hasta el siglo XX permite ahora preguntarse: ¿Cuál es la
universidad venezolana cuyo rastro se ha seguido hasta aquí?, y ¿cuán Universidad es aquella
tras cuya autonomía seguimos, a partir de 1958? El seguimiento ha obviado la fundación y
desarrollo de otras instituciones del mismo género de temprana data como la Universidad de
Mérida (1806-1810) o las de Maracaibo (1891, 1946) y Valencia (1892- 1958) y, para tiempos
más recientes no se propone expresamente acometer la observación de proceso que,
precisamente, en las últimas décadas del siglo XX a las que hemos llegado en esta pesquisa,
ha conducido a la existencia de tantas instituciones de educación superior que aspiran ser o
simplemente son, acreedoras a este título. En consecuencia, es obligado reconocer que esta
aproximación es limitada, y preferentemente centrada en el examen y desarrollo de la
autonomía en la Universidad de Caracas, desde los tiempos de su fundación en 1721, de su
reorientación por Bolívar en 1827, hasta el 23 de enero de 1958. Pero reconocerlo es recordar,
a su vez, que en la historia de la Universidad en Venezuela, la importancia de la Universidad
Central ha sido crucial y, por supuesto, cualitativamente diferente. Tan crucial, que examinarla
resulta del todo indispensable antes de acometer cualquier aproximación al tema en relación
con cualesquiera de las demás instituciones del mismo género en el país, porque si bien puede
decirse que la historia de la autonomía en la Universidad Central puede obviar el examen de la
autonomía de otras universidades venezolanas, es imposible que éstas se propongan como
cometido su propio examen, prescindiendo del desarrollo del tema respecto a la Universidad
Central. En consecuencia, queda claro en todo caso, que cualquier aproximación que incluya
respecto al tema lo ocurrido después de 1958, tiene obligadamente que plantearse desde la
perspectiva suficientemente amplia de la educación superior en general, para integrar en ella,
discriminándolas, todas las posibilidades que en las cuatro últimas décadas ha generado al
respecto la circunstancia nacional (Págs. 52-54)

3. De 1958 a 1999: Entre la restitución y la consagración constitucional


del régimen autonómico.

En el nuevo tiempo democrático10 que comienza a vivir el país después de la


caída del régimen personalista y autocrático del general Marcos Pérez
Jiménez, entre las primeras medidas del nuevo Gobierno, bajo la presidencia
de Wolfgang Larrazábal - en lo que concierne a las universidades - se
10
En modo alguno se quiere decir aquí que sólo a partir de 1958 comenzamos en Venezuela a vivir
en democracia, tal como lo sostiene Caballero (2007)
menciona el Decreto Nº 17 de fecha 3 de febrero de 1958, mediante el cual, en
su artículo 1º crea una Comisión Universitaria (que fuera presidida por
Francisco De Venanzi), para que, entre otros objetivos, a) estudie y proponga
ante el Despacho de Educación un proyecto de Estatuto de las Universidades
Nacionales “...que contemple y asegure la autonomía universitaria”; b)
proponga al Despacho de educación las medidas dirigidas a adscribir a “...las
Universidades respectivas, las edificaciones y dotaciones actuales y las que se
realicen en el futuro para funcionamiento de los institutos o para fines rentales”;
c) presente al Despacho de Educación un “...proyecto de Presupuesto para las
Universidades Nacionales que permita desarrollar con amplitud todas las
labores científicas, docentes, administrativas y complementarias, de acuerdo
con las necesidades culturales, técnicas y científicas del país”. d) ejerza el
gobierno de la Universidad Central de Venezuela. Dicha Comisión, de acuerdo
con el artículo 3º, contaba con 60 días hábiles para presentar el resultado de
sus gestiones, prorrogables a criterio del Ministro de Educación.

Ese mismo mes de febrero de 1958, el día 11, la mencionada Comisión acordó
la reincorporación de los miembros del personal docente y de investigación de
la Universidad Central que en el año 1951 fueron separados de sus cargos por
el Consejo de Reforma con el argumento de que “...rehusaron al compromiso
adquirido de no dictar clases hasta tanto ‘no se llegue a una solución
satisfactoria que deje incólume la autonomía universitaria’ “11

Cumplida de una manera extraordinaria la labor que le fuera encomendada a esa


Comisión Universitaria, el 5 de diciembre de 1958 fue promulgada la nueva Ley
mediante el Decreto Nº 458 con la que “...la Universidad recupera el ejercicio de
su soberanía” (Febres Cordero, 1959: Pág. 145), y el 18 de ese mismo mes, en un
solemne acto de proclamación de la autonomía universitaria realizado en el Aula
Magna de la UCV, el Presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria,
señalaba:

11
Véase Febres Cordero (1959: Pág. 112)
El espíritu de análisis y de sano patriotismo que orienta la vida venezolana hacia un conocimiento
sincero de las propias fallas y defectos tenía que aplicarse como deber impostergable, a la suerte
de nuestras universidades Bien se sabe que no hay base firme y perdurable para un armonioso
progreso social allí donde no se cuente con una educación críticamente abierta a todas las
corrientes del pensamiento y de la ciencia, adecuada a las necesidades presentes y futuras y
accesible a todos los miembros de la colectividad, sin otras limitaciones que las impuestas por la
naturaleza humana.

Nuestra universidad reclamaba una vigorosa, consciente y eficaz acción reformadora, capaz de
ponerla a tono con sus altos destinos. Vinculada a nuestras más nobles causas desde los albores
mismos de la Independencia, ha tenido el privilegio, no sólo de ser hogar de la cultura, sino
también forja donde se han templado caracteres republicanos, que no han vacilado en ofrendar
vida y libertad por la justicia y la dignidad humana.12

Y donde igualmente Rafael Pizani, para entonces Ministro de Educación, decía:

Y comparecemos con emoción y gozo, porque la autonomía de nuestras Universidades no sólo


abre para ellas las posibilidades de una reorganización docente y administrativa; no sólo significa el
rescate de un principio que, por haber nacido con la idea misma de la Universidad, debe
entenderse como un principio esencial que orienta su destino; no sólo porque la autonomía sirva
para liberar la vida universitaria de los entorpecimientos que la Administración Pública pueda
implicar en su libre desarrollo...con la nueva Ley de Universidades, se deposita en las manos de
nuestros profesores, de nuestros egresados y de nuestros estudiantes, una de las más delicadas y
comprometedoras responsabilidades.

Porque la autonomía no significa solamente prerrogativa académica que configura el devenir


histórico de las Universidades, sino que, especialmente en nuestra hora y para los hombres de
nuestro tiempo, la autonomía de la Universidad venezolana debe significar el ejercicio de la
responsabilidad que esas Universidades tienen adquirida ante su propio pueblo.

Y es de alto contenido simbólico el que con la libertad para el pueblo, llegue paralelamente la
libertad para la Universidad, y que cuando al pueblo se le reconoce y se le respeta el derecho a
escoger sus propios gobernantes, a la Universidad se le brinde la misma responsabilidad13.

Asimismo, resulta de interés tomar nota de las palabras de otros miembros de la


Comisión – Francisco De Venanzi, quien fuera después el Rector de la UCV,
Pedro Rincón Gutiérrez, Rector de la Universidad de los Andes y Edmundo
Chirinos, representante estudiantil - en relación a las cuales nos permitimos
transcribir los extractos indicados a continuación:

12
Discurso pronunciado por el doctor Edgar Sanabria el 18 de diciembre de 1958, en el acto
solemne de proclamación de la autonomía universitaria llevado a cabo en el Aula Magna de la
Universidad Central de Venezuela, con base en el Decreto Nº 471 de la Junta de Gobierno. Véase
“Autonomía Universitaria”, UCV (1959: Pág. 11).
13
Palabras del doctor Rafael Pizani en el acto solemne de proclamación de la autonomía
universitaria realizado en el Aula Magna de la UCV el día 18 de diciembre de 1958, con base en el
Decreto Nº 471 de la Junta de Gobierno. Véase “Autonomía Universitaria”, UCV (1959: Pág. 17).
Francisco De Venanzi:

Nos hemos paseado a través del tiempo para mostrar como uno de los aspectos fundamentales de
la autonomía tal vez el más importante – como es la elección de las autoridades en el propio seno
de la institución – tiene sólidas raíces históricas. Fue en efecto práctica común por unos 111 años
en nuestra casa de estudios. Por otra parte, para puntualizar la importancia que tiene la
incorporación de la correspondiente disposición a la nueva Ley de Universidades cuya
promulgación hoy celebramos, puede notarse que durante unos 144 años no hemos podido poner
voluntariamente al frente de la Universidad a una persona que represente al sentir mayoritario de
su profesorado y de las representaciones estudiantiles y de egresados.

Y ahora que tenemos la autonomía ¿qué debemos hacer con ella?

La autonomía no es privilegio que recibe la institución para aislarse de los dolores del pueblo y
convertirse en círculo de intereses creados, cerrado al llamado de la Nación. Es al contrario
instrumento de superación técnica para cumplir con toda efectividad la tarea de convertir a la
Universidad en el factor principal del progreso de la comunidad y en símbolo unitario esencial en la
vertebración de una sociedad pujante, aguijoneada por el hondo deseo de satisfacer plenamente
sus grandes necesidades espirituales y materiales.

Libre de de interferencias extrañas a su esencia universal, podría así la Universidad desempeñar a


cabalidad la función que se ha impuesto de ser “alma del pueblo” (UCV, 1959: Págs. 26-27)

Pedro Rincón Gutiérrez:

Hoy honramos a Venezuela, honrándonos nosotros mismos. Hoy desagraviamos a la Patria,


reivindicando a su más alta expresión cultural y científica y la dignificamos, al ennoblecer con este
acto la jerarquía moral de sus Universidades.

Categorías éticas que ayer fueron pisoteadas y derechos inalienables que en horrible pasado
fueron conculcados, vuelven a brillar señeros en la frente dolida, nunca mancillada, de la muy
Ilustre Universidad Central de Venezuela. Y junto con ella, madre y ductora, del destino
universitario nacional, las Universidades de Provincia sienten el aleteo majestuoso de los derechos
recuperados y el gozo infinito de saberse libres en un país que de nuevo encontró la ruta de la
dignidad humana y del apacible convivir democrático.

No es una coincidencia por cierto, que luego de proclamar al Presidente electo de todos los
venezolanos y de sentar el fundamento de nuestra institucionalidad democrática, el primer acto de
solemne contenido del Gobierno provisorio, sea la entrega del Nuevo Estatuto Universitario (UCV,
1959: Pág.31)

Edmundo Chirinos:

Pero no es propio del joven universitario de hoy a quien el decenio dictatorial que incubó su
personalidad hizo más sombrío analítico que alegre y ligero, mostrarse sólo jubiloso cuando las
circunstancias le interrogan. Con la autonomía sucede como con esos “slogans” comerciales que a
fuerza de repetirse llegan al clamor sin que los que le coreen se impongan cabalmente de sentido y
significación, y pudiera pensarse que los jóvenes universitarios no se han percatado de la
responsabilidad, de los peligros, virtudes y contradicciones que la concepción y práctica de la
autonomía llevan implícitamente para la Universidad y para la Nación.

Por ello vamos aunque sea tan sólo a bosquejar, cuál ha sido y es, la posición doctrinaria que
frente a la autonomía ha asumido y defendido el estudiantado universitario.

Entendemos que un organismo es autónomo, no sólo cuando es independiente, sino cuando en


base de semejante independencia es capaz de trazarse normas que regulen su conducta y
orienten su desenvolvimiento institucional; y referido al ámbito universitario esa autonomía se
refleja por lo menos en tres órdenes distintos pero complementarios: 1º el orden de su gobierno, 2º
el orden económico y administrativo y 3º el orden docente. Y en cada uno de ellos, al lado de sus
virtudes y beneficios, avizoramos serias contradicciones y peligros que nos adelantamos
responsablemente a plantear (UCV, 1959: Pág. 38)

Sin duda alguna, esas palabras del presidente de la Junta de Gobierno y de los
miembros de la Comisión Universitaria traducen con plena conciencia la enorme
significación de la autonomía que es restituida a las Universidades Nacionales, así
como la responsabilidad que ella implicaba tanto en el plano colectivo e individual
para los universitarios. Y desde luego, esos discursos expresan en general de
manera conjunta, con el contenido del texto legal que los motiva, lo que Caballero
(1974) denomina, al calor de los sucesos de 1958, “...una nueva etapa en la
adecuación histórica entre la Universidad y la realidad nacional” (Pág. 110), cuyo
rasgo más significativo es:

(...) la súbita expansión de la Universidad y una profunda transformación en sus estructuras


fundamentales (autonomía, democracia interna, libertad de cátedra y de investigación). Se trata,
fundamentalmente, de la obra de una vanguardia universitaria formada en la etapa anterior, que
permaneció más vinculada a la Universidad que al aparato del Estado. Surge así una Universidad
con fines propios, en función de un nuevo grupo social: el formado por los profesores y los
investigadores universitarios, una suerte de intelligentzia que entiende vivir y producir sin
dependencia directa del Estado, pero ejerciendo sobre el mismo una vigilancia crítica imbuida del
propio (Sic) que esta gestión de la vanguardia universitaria se produce en función de una coyuntura
histórica que es aprovechada por esa vanguardia, pero que es producto de una situación política
general caracterizada por el auge popular y democrático, del cual la vanguardia universitaria es tan
solo parte, cualquiera que sea la importancia de su contribución (Caballero, 1974: Pág. 110)

En efecto, estos y otros aspectos de gran importancia relativos al tema de


autonomía universitaria se establecen en la Ley de Universidades de 1958. Así,
cabe destacar, entre otros, los siguientes rasgos esenciales:

a) La Universidad es definida como una comunidad de intereses espirituales que


reúne a profesores y estudiantes en la tarea primordial “...de buscar la verdad y
afianzar los valores trascendentales del hombre”; b) Las Universidades son
consideradas “instituciones al servicio de la Nación”, con la responsabilidad de
“colaborar en la orientación de la vida del país, mediante su contribución
doctrinaria en el esclarecimiento de los problemas nacionales”, y además,
llamadas a “realizar una función rectora en la educación, la cultura y la ciencia”; c)
Se asume que la enseñanza universitaria “se inspirará en un definido espíritu de
democracia, de justicia social y solidaridad humana, y estará abierta a todas las
corrientes del pensamiento universal, las cuales se expondrán y analizarán de
manera rigurosamente científica”; d) Se concibe que “la finalidad de la Universidad
es una en toda la Nación”, y “dentro de este concepto se atenderá a las
necesidades del medio donde cada Universidad funcione y se respetará la libertad
de iniciativa de cada institución”; e) Se consagra la autonomía de las
Universidades y la inviolabilidad del recinto de estas instituciones; f) Las
Universidades Nacionales son consideradas con “personalidad jurídica y
patrimonio propio, distinto e independiente del Fisco Nacional”; g) Inclusión
anualmente en la Ley de Presupuesto General de Ingresos y Gastos Públicos de
la Nación, de una partida para las Universidades Nacionales cuyo monto global no
sea inferior al 1 ½ % del total de rentas presupuestadas en dicha ley h) “La
autoridad suprema de cada Universidad reside en su Consejo Universitario, el cual
ejercerá las funciones de gobierno por órgano del Rector, del Vice-Rector y del
Secretario, conforme a sus respectivas atribuciones”; i) El Rector, el Vicerrector y
el Secretario serán elegidos por el claustro universitario y durarán cuatro años en
sus funciones, mientras que los Decanos serán elegidos por la Asamblea de la
respectiva Facultad y durarán tres años en sus funciones; j) El nombramiento de
los miembros del personal docente y de investigación – cuyo ingreso, ubicación y
ascenso están sujeto a las normativas propias de las Universidades apegadas a
esta Ley - estará a cargo del Rector, considerada la propuesta del Consejo de la
respectiva Facultad y con la aprobación del Consejo Universitario; k) Los
miembros del personal docente y de investigación disfrutarán de completa
independencia en la enseñanza y en la orientación y realización de sus trabajos, si
bien los programas de sus asignaturas o los planes de sus trabajos de
investigación que elaborarán deberán someterlos para su aprobación a las
autoridades universitarias respectivas; l) Se consagra la participación de los
estudiantes en las distintas instancias de cogobierno universitario; m) Se establece
que funcionará el Consejo Nacional de Universidades para coordinar las
relaciones entre estas instituciones y armonizar sus planes pedagógicos,
culturales y científicos.

En gran parte de tales rasgos se evidencia el contenido en general de la


autonomía que en ese entonces fue restituida a las Universidades, pudiéndose
discriminar el mismo de acuerdo con los distintos tipos de autonomía universitaria
mencionados por Soriano (2005), a los cuales hicimos referencia anteriormente.
En lo que respecta a la interpretación y valoración de esas especies de
autonomía en ese momento, plantea esta autora:

En 1958, la autonomía se entendía preferentemente como inviolabilidad del recinto universitario


(autonomía territorial) y libertad de cátedra (autonomía académica). Sobre la autonomía
económica, a pesar de que desde 1959 se había acordado incrementar el presupuesto a las
universidades nacionales con la consignación de una partida no inferior al 1,5% del presupuesto
nacional para financiarlas cabían, no obstante, suficientes reservas porque el reconocimiento del
mencionado acuerdo no daba a la universidad la iniciativa acerca de sus fondos. Pero lo acordado,
junto al reconocimiento de la autonomía administrativa y gubernamental, permitió el aumento y
mejora de los institutos existentes, la creación de nuevas escuelas, el mejoramiento de las
instalaciones y, sobre todo, de los instrumentos y condiciones de trabajo, el crecimiento y
diversificación de la actividades de extensión no menos que la estabilidad del personal docente y
administrativo. (Soriano, 2005: Págs. 57-58).

No obstante estos y otros avances tangibles en el cumplimiento de sus misiones


fundamentales por parte de la Universidad, que permiten hablar de un gran
progreso en el desarrollo de las actividades universitarias en la nueva etapa
democrática que comenzó a vivir la sociedad venezolana, muchas dificultades y
tensiones se fueron acumulando al cabo de pocos años en la Universidad Central
de Venezuela, al verse ésta:

(...) sacudida por la conmoción experimentada en el país como consecuencia del proceso de
remodelación de sus instituciones políticas. La influencia de este proceso con su carga agitativa
poco propicia para la normal evolución académica, ha reducido la eficacia de sus orientaciones
puestas en juego y el desarrollo de nuevos planes (De Venanzi, 1963: Págs. 9-10)
Esas tensiones se van a extender e intensificar desde 1959 hasta 1970 y producir
serios trastornos en el ejercicio autonómico de la Universidad. En la acertada
referencia hecha por Soriano (2005) de los acontecimientos vividos por la
Universidad Central de Venezuela durante ese período – Bronfenmajer y
Casanova (1982) sitúan en esta etapa el auge y la crisis de la universidad liberal -
cabe diferenciar dos momentos desde el punto de vista de la repercusión de esos
hechos en la autonomía universitaria:

El primero, coincidente con el tiempo de gestión de Raúl Leoni (1964-1969), donde


recrudece la violencia que caracterizó al período de gobierno de Rómulo
Betancourt (1959-1964) y la Universidad, convertida en espacio de una mayor
politización, “fue una institución alterada por las avanzadas revolucionarias de la
izquierda comprometida con la ‘lucha armada’.“ Este es el momento de la primera
ocupación militar de la Universidad Central de Venezuela en el período de la
llamada democracia representativa - con entrada a la fuerza en el recinto y
allanamiento de la residencia del Rector Jesús María Bianco - ordenada por el
gobierno de Leoni el 15 de diciembre de 1966, dos días después de haber
suspendido las garantías constitucionales en el país. Vale la pena decir que ante
hechos como éste dos posiciones contrapuestas se esgrimían, valoradas en los
siguientes términos por Soriano (2005):

Desde la perspectiva de la izquierda ‘comenzaba a cercenarse orgánicamente la autonomía


universitaria’, mientras desde la perspectiva del gobierno y la racionalidad académica propiamente
dicha se habría producido el abuso y el mal uso de la autonomía desde un movimiento anti-sistema
ante el que éste tenía que reaccionar contra la inviolabilidad del recinto al amparo de de la cual se
propiciaba la insurrección. Lo que efectivamente pasaba era que se vulneraba la autonomía sin
calcular la capacidad de reacción del régimen establecido: si se había convertido a la universidad
en instrumento de la lucha armada en virtud del abuso y malinterpretación (sic) de la autonomía,
tenía que contarse con la reacción del gobierno que, por lógica y necesidad de las cosas, allanaba
el recinto. Desde la óptica del sistema no podía concebirse, y menos admitirse la idea de la lucha
extra y antisistema desde la Universidad. En todo caso, el allanamiento disolvía de un solo golpe el
tópico y el mito de la “extraterritorialidad” del recinto universitario (Pág. 65)

El segundo, en tiempos de la gestión de Rafael Caldera (1969-1974),


específicamente durante el denominado proceso de “Renovación Universitaria”,
cuando la Universidad Central fue objeto de dos allanamientos: uno, el 31 de
octubre de 1969, mediante la “Operación Kanguro” por parte del gobierno, en unas
circunstancias en que el mencionado proceso, después de haberse iniciado en el
primer semestre de 1968 y asumido posteriormente a partir del mes de abril de
ese año por el gobierno universitario bajo el liderazgo de Jesús María Bianco –
con la denominación de “Renovación Académica” - se hace más activo y profundo
en el lapso comprendido entre marzo y octubre de 1969; el otro, más brutal, de
mayor duración y de peores consecuencias para esa institución, llevado a cabo el
25 de octubre de 1970, después de que es aprobado en el parlamento la Reforma
a la Ley de Universidades en septiembre de 1970, con el propósito fundamental de
poner orden en una institución donde el ejercicio de la autonomía y el citado
proceso de renovación se desenvolvían de un modo inadmisible para el Ejecutivo
y, en general, para los intereses de las agrupaciones partidistas signatarias del
denominado “Pacto de Punto Fijo” que, firmado el 31 de octubre de 1958 por los
principales líderes de Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el
Partido Socialcristiano COPEI, fue concebido como un “verdadero tratado de
regularización de la vida política nacional”, a fin de lograr:

(...) “la despersonalización del debate, la erradicación de la violencia interpartidista y la definición


de normas que facilitaran la formación del Gobierno y de los cuerpos deliberantes, de modo que
ambos pudieran agrupar equitativamente a todos los sectores de la población venezolana,
interesados en la estabilidad de la República como sistema popular de Gobierno” (Velásquez,
1993: Pág. 179)

Unos comentarios adicionales son necesarios acerca de los hechos que durante
ese período afectaron seriamente el ejercicio de la autonomía en la Universidad
Central de Venezuela y también, aunque en menor proporción, en Universidades
como las de Mérida y el Zulia. En primer lugar, hay que puntualizar que ese
proceso de renovación se inició y alcanzó mayor intensidad y nivel de desarrollo
en la Universidad Central – si bien se extendió a otras universidades autónomas
como la Universidad de los Andes, la Universidad del Zulia y la Universidad de
Carabobo – donde se hizo visible inicialmente en tres Facultades (Ciencias,
Ciencias Económicas y Sociales y Humanidades y Educación) con un debate
intenso sobre la Universidad, sus funciones, sus posibilidades de transformación y
sus vinculaciones con la sociedad (Méndez, 1995); y posteriormente tuvo
resonancia en toda el Alma Mater, como bien dice este autor, con una
multiplicidad de signos y hechos que, además de otros, evidencian cambios en los
planes de estudios, la estructura curricular, la evaluación de los aprendizajes, la
relación profesor-alumno en distintas carreras, etc., y plantean diversas exigencias
como, por ejemplo, la de tener organismos de cogobierno paritarios de estudiantes
y profesores para impulsar la renovación en diferentes Escuelas y Facultades.
Asimismo, es preciso señalar – a partir de lo dicho por Méndez (1995) - que el
origen y desenvolvimiento de ese movimiento de renovación universitaria ha sido
visto por distintos autores como respuesta al agotamiento político dominante en la
institución, al considerarse a ésta en deuda con la necesidad de una mayor
democratización interna y una mayor compenetración con la sociedad, así como
con los postulados en general de la Reforma Universitaria de Córdoba; y también
ha sido valorado por otros en lo que respecta a lo que significó como reacción a
las razones políticas atribuidas a las pretensiones de modernización de la
educación superior latinoamericana impulsadas desde los Estados Unidos a partir
de los años de los sesenta, a lo que representó como expresión del reacomodo o
de la búsqueda de una mayor oxigenación de la izquierda revolucionaria después
de su derrota política- militar en ese período, e igualmente a lo que significó como
resonancia de movimientos contestatarios juveniles que se realizaban en
diferentes partes del mundo durante esos años.

Hay quienes sostienen, con argumentos nada desdeñables, que en un escenario


como ése la práctica de la autonomía arrastra la misma carga valorativa negativa
que se le endilgó a la Renovación por algunos sectores; al afirmarse que la
defensa de la autonomía en ese entonces estaba asociada a la salvaguarda de las
cuotas de poder del mayor exponente de la izquierda marxista en alianza con
otros factores importantes pero de menor peso político en la vida universitaria.
Desde este punto de vista se coincide con quienes desde la perspectiva
gubernamental mantenían la idea de que “...la izquierda vulneraba
constantemente la autonomía, por el abuso y mal uso de la inviolabilidad del
recinto al favorecer desde allí la lucha armada...” (Soriano, 2005: Pág. 67):

(...) El clamor de renovación era justo, pero circunstancias e intereses ajenos a lo propiamente
universitario, estaban interviniendo para desvirtuar aquellos sanos propósitos. Lo de la renovación
se agravó entre nosotros por una crisis de autoridad y por un incontrolable desajuste
presupuestario que llevaron la situación universitaria a extremos lamentables (Hernández
Carabaño, 1971: Pág. XLIV)

Igualmente había coincidencia con quienes consideraban que esa defensa de la


autonomía al servicio de fines políticos y violentos era no sólo extraña a la
racionalidad académica propia de la institución universitaria, sino que era motivo
de desviación de la misma, de su retroceso y perversión.

Afirma Albornoz (1969):

(...) no es verdad una reforma exclusivamente de los aspectos técnicos de la reforma universitaria,
a fin de hacer una universidad más eficiente, sino que, cómo evitarlo, es una faceta más de la
encarnizada lucha por el poder político de la universidad, escenario de la pugna entre el gobierno y
los grupos de oposición radical, además de que esos grupos radicales viven exclusivamente en
torno a las universidades autónoma. Es más en la competencia por la posesión, el proceso de
renovación podría llegar a ser un movimiento sumamente conservador y reaccionario (Pág. 48)

En segundo lugar, en relación con los hechos que precedieron a la reforma de la


Ley de Universidades en el mes de septiembre de 1970, Hernández Carabaño
(1971) – en la Memoria y Cuenta presentada como Ministro de Educación al
Congreso Nacional de la República de Venezuela, con fecha febrero de 1971 –
señalaba que:

En 1970 la Universidad Venezolana vivió momentos de gran con-moción como culminación de un


proceso de deterioro que venía gestándose desde hace algunos años y en el cual se conjugaban
factores tanto internos como externos. Esta situación exigía la aplicación de correctivos no
previstos en la Ley. Ello determinó que el Congreso, atendiendo un justo reclamo nacional
sancionara una reforma a la ley, que sin menoscabo de la autonomía, hiciera posible corregir la
línea torcida, que como rumbo se habían trazado las universidades (Pág. XLIV)

Curiosamente, posteriormente a la aprobación de la reforma de esa ley y al


allanamiento de la Universidad Central de Venezuela en el mes de octubre de
1970, se crea, con base en esa nueva normativa jurídica, el Consejo Nacional de
Universidades provisorio que procedió a la remoción de las autoridades de esa
institución en vista de su “actitud de franca rebeldía”, así como a la designación de
autoridades provisionales y a la declaración de la mencionada Universidad en
proceso de reorganización por Resolución N° 7 del 9 de enero de 1971
(Hernández Carabaño, 1971)

Destituidos del cargo el Rector Jesús María Bianco y las otras autoridades de la
Universidad Central de Venezuela, y designados rectores interinos sucesivamente
Rafael Clemente Arráiz y Oswaldo De Sola entre 1971 y 1972, posteriormente, a
partir de este último año hasta finales del siglo XX, transcurre un período donde se
iniciaron y culminaron siete gestiones rectorales con autoridades electas
nuevamente por la comunidad universitaria, encabezadas respectivamente por
Rafael José Neri (1972-1976), Miguel Layrisse (1976-1980), Carlos Alberto Moros
Ghersi (1980-1984), Edmundo Chirinos (1984-1988), Luis Fuenmayor (1988-
1992), Simón Muñoz (1992-1996) y Trino Alcides Díaz (1996-2000); y en el cual
además, fue iniciada la gestión de Giuseppe Giannetto en el año 2000 que
terminó en el mes de junio de 2004.

En ese lapso cercano a los treinta años, cuando las autoridades de la Universidad
Central de Venezuela vuelven ser electas por el claustro universitario, puede
decirse que el ejercicio de la autonomía en esta institución, si bien no sufrió
interrupciones traumáticas de marca mayor, estuvo acompañado de varios
conflictos y tensiones que lo afectaron; y también – es necesario resaltarlo – de
avances significativos en lo que respecta a diversas dimensiones de la vida
institucional, los cuales tuvieron un lugar destacado en los progresos que
comenzaron a hacerse visibles en el conjunto de la educación superior del país en
esos años.

Lo ocurrido con la autonomía universitaria durante ese tiempo en Venezuela, tanto


en lo que concierne a su dinámica en general como al contexto en el cual se
desenvolvió, sin duda alguna hacen de ese período un punto de referencia
fundamental de la trayectoria de nuestra vida universitaria en el que ya
encontramos varios elementos significativos para plantearse algo a lo que
habíamos aludido en el inicio de este trabajo: la necesidad de resignificar la
autonomía universitaria. Algunos de esos elementos que invitan a reexaminar el
tema de la autonomía en el país, con la incorporación de nuevas consideraciones
en su análisis, son los siguientes:

En primer lugar, es preciso que le brindemos la debida atención a lo que


significaron para toda la sociedad venezolana los cambios en su vida política con
la estabilización y consolidación de la democracia representativa, y en particular lo
que esto representó como una nueva situación en la que estaba llamada a
legitimarse de otra manera desde el punto de vista social y político la autonomía
universitaria. Las bases de tal legitimación comienzan a trascender la sola
preservación y defensa de la autonomía ante regímenes de fuerza, en un
contexto distinto de relación de la Universidad con el Estado, al requerir como
ingredientes constitutivos primordiales de las mismas las realizaciones concretas
de la institución universitaria en el ejercicio de su autonomía de cara a su
compromiso amplio y complejo con esa sociedad de entonces.

En segundo lugar, cabe observar que en esas demandas de una mayor


legitimación social de la autonomía comienzan a hacerse sentir con regularidad y
mayor fuerza mecanismos de presión contra la Universidad, entre ellos, por
ejemplo, los aplicados de modo recurrente por la vía de la imposición de
presupuestos deficitarios, cuyos trastornos en el ejercicio autonómico institucional
deberían ser, por cierto, objeto de una mayor atención.

En tercer lugar, es menester revalorizar lo que en parte de ese período – sobre


todo al final de mismo - comienza a percibirse y sentirse en la vida económica,
cultural y educativa del país bajo los influjos de la globalización y la
mundialización; y la necesidad de incorporar tales efectos - de manera muy
especial, los que tienen que ver con las exigencias de la llamada sociedad del
conocimiento - en el afán de repensar y relegitimar la autonomía universitaria.

Y, en cuarto término, hay que destacar un hecho de gran relevancia que tiene
lugar en el año 1999, en el inicio de de la gestión gubernamental del presidente
Hugo Rafael Chávez Frías: la consagración de la autonomía universitaria en la
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela; en la cual, en el marco de
un proyecto de país que apunta a la refundación de la República con base en una
democracia participativa y protagónica, es posible derivar exigencias de
relegitimación del ejercicio autonómico de la Universidad que, desarrolladas en
sintonía con planteamientos y acciones gubernamentales posteriores sobre este
tema en los años de inicio del siglo XXI, podrían, precisamente, significar en
definitiva la muerte de la autonomía universitaria, al pretender redimensionar ésta
de acuerdo con las orientaciones del llamado “Socialismo del Siglo XXI” que
impulsa el actual gobierno.

4. La autonomía en los inicios del siglo XXI: angustias, respuestas y retos.

Si bien representa un avance muy importante la consagración de la autonomía en


el artículo 109 de la citada Constitución14, hay que decir que el desconocimiento
de su espíritu a partir de ciertos abusos gubernamentales en la interpretación y el
afán de cumplimiento de algunos derechos establecidos en el texto constitucional -
aunados a diversas acciones de desinstitucionalización de la educación y de
reiterado acoso oficial a la autonomía universitaria, al igual que a determinadas

14
Que dice textualmente así: “El Estado reconocerá la autonomía universitaria como principio y
jerarquía que permite a los profesores , profesoras, estudiantes, egresados y egresadas de su
comunidad dedicarse a la búsqueda del conocimiento a través de la investigación científica,
humanística y tecnológica, para beneficio espiritual y material de la Nación. Las universidades
autónomas se darán sus normas gobierno, funcionamiento y administración eficiente de su
patrimonio bajo el control y vigilancia que a tales efectos establezca la ley. Se consagra la
autonomía universitaria para planificar, organizar, elaborar y actualizar los programas de
investigación, docencia y extensión. Se establece la inviolabilidad del recinto universitario. Las
universidades nacionales experimentales alcanzarán su autonomía de conformidad con la ley”
(Pág. 39)
implicaciones derivadas de la propuesta de reforma constitucional 15 presentada
por el presidente de la República ante la Asamblea Nacional el pasado mes de
agosto de 2007 -, han constituido motivo de serias angustias en el ejercicio de la
autonomía universitaria desde la fecha de su reconocimiento constitucional hasta
el presente.

Así, tanto diversos voceros gubernamentales como otros sectores de la población


identificados con el gobierno de Chávez se han hecho eco de perversas y
exacerbadas interpretaciones de ciertos principios establecidos en el texto
constitucional – uno de ellos, la equidad social, por ejemplo – para ejercer
presiones especialmente ante las universidades autónomas, con la exigencia de
que abran sus puertas a todos los excluidos de la educación superior para
garantizar una mayor inclusión social. En esas demandas, potenciadas por los
efectos de la Misión Ribas y la Misión Sucre16 (componentes del denominado
“sistema de inclusión revolucionario”), sobresalen tres aspectos: 1) la poca o nula
preocupación por la calidad educativa, y, en el fondo, por la dignidad humana de
los beneficiarios del acceso a la educación superior en esos términos; 2) la
atención se centra casi exclusivamente en las universidades autónomas,
perdiéndose de vista las actuales condiciones precarias de éstas desde el punto
de vista de la disponibilidad de recursos, dotación, infraestructura, etc., así como
las otras posibilidades de ingreso representadas por otros institutos del mundo
heterogéneo de nuestra educación superior; y 3) el sobredimensionamiento de la
docencia, olvidándose o ignorándose que nuestras universidades desarrollan otras
actividades importantes como la investigación y la extensión, entre otras; es decir,
15
Nos referimos al “Proyecto de Reforma de la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela”, presentado por el Ministerio del Poder Popular del Despacho de la Presidencia ante la
Asamblea Nacional con fecha 15 de agosto de 2007. Ese Proyecto fue rechazado por el pueblo
venezolano en el referéndum revocatorio celebrado el 5 de diciembre de 2007.
16
Una de las críticas más fuertes que ha recibo el gobierno en materia educativa, precisamente es
lo que se ha considerado la desinstitucionalización de la educación del país, al poner en marchas
políticas educativas por vías paralelas a las desarrolladas en las instituciones ya existentes. Es lo
que ha ocurrido con la implantación improvisada de Misiones de dudosa calidad y efectividad: la
Misión Robinson (1, para erradicar el analfabetismo; y 2, para atender la prosecución de los
alfabetizados y a los que sabiendo leer y escribir han sido excluidos del sistema educativo), la
Misión Ribas (dirigida a la graduación bachilleres y a garantizar a éstos la prosecución de estudios
en la educación superior y la Misión Sucre (para la profesionalización de los excluidos de la
educación superior), por ejemplo.
no se tiene en cuenta que “Además de la propia organización la universidad
cumple en el siglo XXI cinco objetivos fundamentales: cultura, docencia,
investigación, socialización y compromiso social” ( De Miguel, 2003: Pág. 30)

Además de la toma de las instalaciones del rectorado de la Universidad Central de


Venezuela durante más de treinta días a partir del 28 de marzo de 2001, con la
cual un grupo de estudiantes con apoyo gubernamental, enarbolando la bandera
de la transformación universitaria, pretendió paralizar esa institución, cabe
mencionar, entre otros, varios hechos que durante el año 2005 contribuyeron a
hacer más precarias las condiciones requeridas por nuestras universidades
autónomas para ejercer la libertad necesaria en el cumplimiento de sus misiones
fundamentales, tales como: la aprobación y ejecución del Decreto 3.444, mediante
el cual se transfieren a un funcionario gubernamental competencias propias del
Consejo Nacional de Universidades y de la Oficina de Planificación del Sector
Universitario; la sistemática campaña de descrédito contra las universidades
autónomas y sus autoridades, llevada a cabo a través de distintos medios por
parte de diversos funcionarios gubernamentales (entre ellos, descolló tristemente
en el ejercicio de ese papel, Samuel Moncada, profesor e historiador egresado de
la Universidad Central de Venezuela); las arbitrarias y perturbadoras decisiones
del Ministerio Educación Superior y de la Oficina de Planificación del Sector
Universitario en materia presupuestaria; el desconocimiento del Ejecutivo de las
normas de homologación de sueldos de los docentes emanadas del Consejo
Nacional de Universidades; el desconocimiento de la potestad del Consejo
Universitario de la UCV para decidir en torno a la impugnación de que fuera objeto
la decana electa de la Facultad de Odontología, una vez que el Tribunal Superior
de Justicia dictó dos sentencias sobre ese caso; y las recurrentes presiones
oficiales, en nombre de una equidad e inclusión social mal concebidas, para elevar
la masificación matricular en las universidades autónomas sin la debida
preocupación por la actividad de investigación y la docencia de calidad en la
educación universitaria, y desconociendo, por otro lado, la situación precaria del
personal académico y administrativo de esas instituciones originada básicamente
por una nefasta política de no reposición de cargos que implantó el Ejecutivo
durante los años 2002, 2003 y 2004.

A esas presiones, que hasta los actuales momentos no han dejado de producir
sus efectos negativos en la práctica de la autonomía universitaria, hay que
agregarles, por un lado, las que han surgido de los discursos del presidente de la
República y de varios de sus colaboradores: la exigencia de subordinar la
autonomía universitaria a los intereses del proyecto del “Socialismo del Siglo XXI”
que se busca implantar en el país; y por el otro, las que, en comunión con las
anteriores, tuvieron que ver con algunos de los planteamientos de la antes
señalada reforma constitucional, en lo que concierne específicamente, por
ejemplo, a las actividades del Poder Popular, centrados en el propósito de
redimensionar la autonomía universitaria – en las formas de autogobierno y de
ejercicio de la democracia directa17 – para que las fuerzas afectas al actual
régimen tuviesen en el futuro inmediato una mayor representación en el ejercicio
del poder político en la Universidad.

A lo anterior se añaden las aprensiones que surgen, por un lado, con lo que se
establece sobre la autonomía universitaria en el Proyecto de Ley Orgánica de
Educación aprobado en primera discusión por la Asamblea Nacional en el año
2001, el cual fue retomado en el año 2005 para su aprobación definitiva en un
segundo debate, aún pendiente. En dicho proyecto, específicamente en su artículo
38, el Estado – que en Venezuela hay evidencias claras de que ha sido
secuestrado por el Gobierno - se arroga la potestad de reconocer a qué
instituciones de la educación superior les será aplicable el principio de autonomía
con responsabilidad; ello en el marco de una concepción del Estado docente que,
además de ser obsoleta – dada su sola identificación con dos ministerios del ramo
educativo – tiene todos los atributos de ser omnipotente e intervencionista.
Asimismo, es preciso tomar en cuenta el acoso y los temores que se han
originado, por el otro, con los intentos más recientes por parte del sector
17
El planteamiento del voto paritario para profesores, estudiantes, empleados y obreros en la
elección de las autoridades universitarias es un ejemplo de ello
gubernamental de imponer un sistema nacional de ingreso estudiantil a la
educación superior, sin tener en consideración y respetar las atribuciones que en
esa materia tienen particularmente las universidades autónomas con base en la
Ley de Universidades y en la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela.

En ese cuadro de angustias, tensiones e incertidumbres se han expresado y


hecho sentir diversas voces individuales y colectivas de la comunidad universitaria
en defensa de la autonomía, especialmente en el caso de la Universidad Central
de Venezuela, donde, ante tal panorama y con motivo del cumplimiento del
cincuenta aniversario de la restitución de la autonomía el 5 de diciembre de 2008,
se inició la celebración del Jubileo de la Autonomía Universitaria el 12 de marzo de
200718, en la perspectiva de promover una mayor reflexión y concienciación
acerca del valor, el significado y el sentido de ese principio fundamental de la
Universidad. Todo ello con la convicción plena de que es necesario y urgente
trascender una postura meramente reactiva en la reivindicación de la autonomía
universitaria, y ser más proactivo en el fortalecimiento de la misma como eje
transversal de las propuestas de transformación institucional.

En tal sentido, en el marco de esa celebración, se ha venido planteando con


mucho énfasis la necesidad de asumir el gran desafío de convertir la autonomía
en un concepto integrador y movilizador de la comunidad universitaria y de toda la
sociedad en la defensa y transformación de nuestra Universidad; vale decir, en el
concepto madre para darle respuesta a las complejas exigencias que en la
actualidad le toca enfrentar a la institución universitaria venezolana.

Asimismo, se ha insistido en la urgencia de adelantar un paso en la respuesta al


reto antes señalado. La Universidad necesita hacer más visibles las realizaciones
en el ejercicio de su autonomía, a fin de potenciar la confianza en ella de la
comunidad universitaria y la sociedad en general, para abrir sus puertas a la

18
Bajo el liderazgo del Vicerrectorado Académico de esa institución
búsqueda de nuevos horizontes de racionalidad, para profundizar su compromiso
social y su pertinencia en diferentes dimensiones y crear múltiples espacios de
amplio compromiso y participación con distintos actores en la formulación y el
desarrollo de sus políticas.

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