Año II, N° 2

Precio: S/.2.00

Cajamarca, I semestre de 2008

Colaboraciones: kcreatinnorg@yahoo.es

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Creación y más
EDITORIAL
l segundo paso en este escabroso mundo literario. Hay tres tipos de héroes para el común de la gente: los bomberos, los mismos héroes patrios y los escritores. De los tres el menos cuerdo es el escritor, y dentro de este heroísmo, el más descabellado es el de fundar una revista. No sólo la hemos fundado. Y que no se crea poco cuerdo el diseminar conocimiento. Deben ver para creer en nuestro segundo paso, que persiste, como los cactus en los cerros. Nuestro curso en el camino ya puede vislumbrar un feliz ocaso. Todo lo que se hace bien, con disciplina, con esperanzas, con ciegas esperanzas, las que se tiene en el Perú en torno a la literatura, se concreta de manera eficaz a través de la persistencia y el trabajo. Así lo demuestran: Una falda azul mojada bajo la lluvia, relato de Javier Farfán. En Místico Valente, Fernando del Val consagra de manera magistral al poeta español José Ángel Valente. El mito de Narciso, no ausente en los artistas, se ve alegorizado en este segundo número por el texto de María José García, una suerte de

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relato, ensayo, y artículo: Otoño en mi ventana o el discípulo de narciso. Carlos Cerda nos hace ver lo necesaria que es la literatura como “una posibilidad de cambio”. En Poesía van textos de Teresa Soto González y Fernando del Val. Y por último Jack Farfán nos acerca al Enigma de escribir y nos reseña la última edición de los inmortales Diálogos entre los dos máximos representantes de la literatura argentina: Borges y Sábato; así, develamos ante ustedes el segundo número de la Revista Kcreatinn. Una provechosa lectura.

Egon Schiele Reclining Woman with Green Stockings, 1917 Gouache and black crayon on paper 11 5/8 x 18 1/8 in. (29.4 x 46 cm) Private collection

NARRATIVA

Una falda azul mojada bajo la lluvia
Javier Farfán Cedrón ientras las gotas de la lluvia besan los vidrios de la ventana me pregunto si algún día volveré a verte en tu falda azul, mirándome con la boca fruncida desde la otra acera antes de cruzar la calle. Lo que veo por la ventana es lo que veo por la ventana. Nada más. Veo media casa del costado, medio árbol, medio rayo de sol, media cola de gato. Estoy aquí sentado frente a la ventana desde la última vez que entraste al pequeño café, después de verte cruzar la calle angosta. Veo ahora como vi entonces, que al caminar tus manos apretaban tu mochila de cuero contra tu pecho. No te quitaste las gafas oscuras hasta después de sentarte en la gruesa silla de eucalipto del café de mesitas con manteles rojos. No pusiste tu mochila en la silla de al lado como lo hacías siempre en un café. Cogiste la carta del café y tus ojos con sombras oscuras debajo de ellos se pegaron a ella y pediste un té negro con miel, sin mirar al mozo. Ahora pienso en ese café y en esa tarde, pero más pienso en tu falda azul mojada por la lluvia, pegada como una película delgada pegada a tu cintura y a tus piernas. Aquella tarde el mozo me sirve un café y tú miras el mantel de la mesa que bien pudo haber sido una capa de torero. Te pregunto si quieres algo más. “No,” dices tú. Te digo que vas a tener más hambre más tarde. “Ya no”, dices tú. No hay nadie en el café. Dos mozos de camisas blancas y pantalón negro están jugando cartas sobre el mostrador del fondo, sus manteles de servir, también blancos, sobre sus hombros. Hay un viejo ventilador colgado a la pared que da vueltas lentamente y suena como llanta de bicicleta oxidada. Mi café tiene un sabor

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metálico, como si le hubieran echado las dos últimas cucharadas que estaban pegadas al fondo de la lata de café instantáneo. “A qué hora viene la gente a este lugar?”, dices. No te contesto porque he empezado a pensar que va a llover y tenemos que llegar al Terminal de buses antes de las seis y media de la tarde. “Ese mozo tiene la camisa sucia”, dices tú. Te oigo, pero no sé qué hora es y no quiero preguntarte. “Tiene manchas de salsa de tomate en las mangas de la camisa blanca”, dices. Tiras tu mochila de cuero sobre el piso sin mirar dónde cae, pareces calcular que es junto a tus pies. Sacas las piernas fuera de la mesa, cruzas la derecha sobre la izquierda. Giras el cuerpo hacia mí, tus piernas se quedan estiradas, perpendiculares a tu silla. Me miras. Te digo en voz baja que todo ya salió bien y estará bien hasta el final. Desde mi silla puedo ver la placita de enfrente y, detrás de los árboles, los cerros que rodean aquel pueblito balneario. Desde aquí se ven las faldas de los cerros azules y púrpuras, y encima de ellas se han extendido los toldos grises de las nubes. Veo a la gente que empieza a correr cuando los truenos empiezan. “He estado equivocada,” dices tú. “Tú no estás donde deberías estar. Dónde has estado esta tarde? No te contesto. Miras al mozo que trae tu té. Observas su delantal blanco sin parpadear. Luego miras el té y la miel sobre la mesa. Te pregunto si mejor no quieres un té de tilo. No contestas. Hechas dos cucharaditas de miel al té y te pones a mirar al piso. Tus mejillas hundidas se han puesto amarillas. Hay rastros de lápiz labial en una de las comisuras de tu boca y en el lado derecho del labio superior. Tienes el cabello despeinado sujetado con un gancho a un costado. “El enfermero y la doctora preguntaron por el padre,” dices tú. Me observas. Me estudias. No contesto. Desde la ventana del café puedo ver los cerros azules y pequeños. Y pienso que algún día me gustaría caminar hasta allá. “El enfermero se puso los guantes,” dices tú. “El enfermero de manos gruesas como ladrillos de cemento contaba chistes mientras colocaba los cuchillos, serruchos, jeringas, alicates de acero, sobre una mesa al costado de mi cama. Después de cada chiste su risa empezaba con un ronquido. Y con su risa sentía que la

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camilla donde yo estaba acostada con las piernas abiertas y dobladas, se movía como una hamaca. Un brazo de metal despintado que colgaba del techo sostenía una luz blanca ancha sobre mi vientre. Vi desdoblarse a la habitación en pequeñas piezas de un rompecabezas, cayendo metálicas con el frío de la sala. Me acordé de aquella vez cuando tenía cinco años y mi mamá me dejó en la esquina de la casa y me dijo espérame, no me demoro y mientras más la esperaba más se demoraba y pasaban los perros oliéndome y la gente me miraba y yo estaba avergonzada de responder que mi mamá ya regresaba, que sólo necesitaba esperarla.” Paras de hablar y estiras las dos manos frente a ti. Mueves los dedos, los estiras y te detienes en las uñas. Te digo casi al oído que ya pasó todo y que he conseguido pasajes de bus para regresar a las seis y media de la tarde. Juntas las manos y las frotas una contra la otra. Tienes los labios secos, entreabiertos, para dejar pasar el aire, como si no tuvieras suficiente aire pasando por la nariz. Miras alrededor tuyo y descubres de nuevo al café. Miras las sillas vacías y al fondo del café encuentras a la vieja del mostrador sentada en una silla alta frente a la caja con las manos sobre el regazo, pequeña como una muñeca arrugada desde la frente al cuello. La vieja mueve la boca cerrada y te mira. Miras dentro del mostrador por entre las piernas de los mozos jugando cartas. Dentro hay tortas selva negra, pasteles de limón, de manzana, tortas heladas, empanadas, piononos, alfajores. Detienes la mirada sobre una torta rosa cuadrada que está al medio del mostrador. “Todos quieren un pedazo de ti. Te acuestan sobre una cama, te anestesian, te preguntan si estás bien, luego te cortan en pedacitos y se reparten la torta. A uno le toca el hígado, a otro el pulmón, a otro el páncreas, otros se llevan los riñones. Pero yo me quedo con los ojos, las orejas, el corazón. Encima tengo atadas las manos y también los pies. Me dejan gritar, pero sólo para seguir los movimientos, las rutinas, para que me dé cuenta que sigo con vida, y me pinchan la punta de los dedos con un alfiler para ver si aún siento”. Yo pido un chilcano de pisco y miro las primeras gotas de lluvia caer. Las gotas apenas hacen ruido al tocar los adoquines de la calle. Colocas los pies debajo de la mesa. Te enderezas. Te pasas la mano por la frente. Te limpias las uñas con la yema de los dedos. Te limpias el sudor de las palmas de las manos sobre el mantel rojo. Quiero arreglarte el cabello que se te ha caído sobre la frente mientras hablabas, pero te veo como una estatua. Distante, seca, abandonada a los pensamientos eternos, una alegoría a la soledad. “Soy una criatura malvada”, dices. El mozo trae el trago. Me lo apuro. Pago la cuenta. Te cojo del brazo. Te levanto. Recojo tu mochila y me la

coloco al hombro. Salimos del café y la lluvia no duele cuando cae sobre nuestras cabezas. Caminamos sin prisa pero con pasos firmes. Llegamos al Terminal de buses. Entramos al pabellón de embarque. Hay una cola de gente ingresando al bus de dos pisos que espera con el motor encendido. Llega mi turno y saco dos pasajes, los entrego a la muchacha de uniforme rojo y me pide mi documento de identidad. Te pide el tuyo y tú me miras con los labios bien cerrados. Tus ojos negros se han hundido. Me miras desde el fondo de un abismo. El cabello mojado te cae sobre la cara en fibras gruesas que forman una cortina. Desde ese escondite tus ojos empiezan a parpadear. Te das la vuelta y sales apresurada del Terminal hacia la lluvia. Te doy alcance. Te agarro de los hombros y eres un animal agonizante. Una paloma herida en mis manos a punto de reventarle el corazón que golpea contra las paredes de tu pecho. Las venas de tu cuello saltan como conejos encerrados dentro de un costal. Me acerco a tu cara y apenas respiras. Te cojo las manos y no he tocado acero más frío que el tuyo. Te pido que nos vayamos y te digo que nuestras vidas están allá en la otra ciudad, nunca regresaremos a este pueblito donde nadie nos conoce, nadie sabrá nada. Me miras y me tocas el pecho y das un paso hacia atrás. Ladeas la cara y dices muy suavemente: “No”. Te das la vuelta y caminas hacia la lluvia, en contra del tráfico. Caminas con la falda mojada pegada a tus caderas como un plástico transparente. Tus brazos cuelgan libremente a cada lado de tus caderas mientras cada paso te lleva hacia los cerros casi invisibles ahora. Las luces de los postes de cemento de la pequeña avenida del pueblito ya se han encendido pero yo apenas las puedo ver. Veo las luces como si alguien las hubiera borrado y dejado el rastro de un aura amarilla que cae sobre las aceras y el asfalto mojados a las seis y media de la tarde. Frente a las ventanas lejanas como ésta recuerdo ahora tu entrada al café por vez última; veo, como vi en esa tarde, tu falda, la lluvia, tu falda azul mojada bajo la lluvia. Y el pisco que me sirvo no me abriga porque tengo la humedad de la lluvia metida en los pies.

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ARTÍCULOS

ARTICULO
convertimos en arañitas por retales de tela. Dilucidar el verso puede equivaler a desconjurar la palabra. Y es, en ese subconjunto de lo asible con lo que no está al alcance de la mano, donde la poesía se manifiesta en erguida distinción. Valente habla de música, de fábulas, de cuadros, de mitos; mucho, de pasajes religiosos. Y en cada particular habita agazapada la poesía. Extiende realidades análogas. Así, La piedra y el centro, aun sin nombrar la poesía, termina siendo una reflexión continua sobre este género supremo en significaciones y aspectos formales –la manera más noble de creación, según Martin Amis–. Se dedica a hablar de ‘otras cosas’, más apresables, pero no deja de hablar de la poesía. Una primera conclusión es que Valente es un místico. Desde este supuesto habrá que leer toda su concepción del arte. Y tiene mucho sentido cuando el arte, efectivamente, llega sugerido por algo tan difícil de atrapar como la inspiración y procura, luego, levitaciones levíticas. Recuerdo a Pombo referir que espiritual no quiere decir mojigato. O algo así. No hace falta ser un curilla vendemotos para entender que nuestro cuerpo, nuestra vida, contiene un alfoz de sombras, dudas y sensaciones. Esto no debe despistar de que la materia lo sostiene todo. Y cuando muere nuestro cuerpo morimos enteros. Así se ponga a bailar nuestra alma una jota. De todos modos, la poesía nos deja la palabra, que es el asidero material del desciframiento definitivo. Ayuntamiento maravilloso El ensayo de Valente son las cien maneras de decir que la poesía consiste en la reunión de la materia con lo divino. Todo su lenguaje es implícito, de dentro hacia dentro. En líneas paralelas al discurso poético. El rodeo, en poesía, muchas veces equivale al camino recto. Más que nada porque cuando alguien se enfrenta suicidamente al qué o al porqué de lo delicado y sublime, aun tentándose la ropa, suele acabar trasquilado. Un elefante jamás cabrá en una caja de cerillas… salvo que un poeta establezca lo contrario. El arcano, lo trascendente y los antípodas en un mismo punto del mapa: la multitud seguida del vacío; la coincidencia del tiempo y la eternidad. El placer, el dolor. Conceptos, al fin y al cabo, que nos ponen en contacto con la belleza de las cosas. La unidad de la poesía es la misma que coyunta los cuerpos en el acto amoroso. Ese estado de suspensión probablemente es el que permite a Ángela Vallvey sentir más placer en la poesía que en el sexo. La misma suspensión sensual que prueba el nexo desrealizante con la espiritualidad. En esos excursos de lo real está, precisamente, la huella que incrimina, el detalle que sitúa la prueba por encima del indicio. Aunque, siempre a tientas. Todo en la poesía son indicios con valor de prueba y pruebas disfrazadas

Místico Valente
Fernando del Val [España] alabras que emprenden viajes extáticos, siempre cercanas a lo sagrado. Eso es, entre otras muchas cosas, la poesía. Un viaje a los límites que va encontrando por el camino las líneas de llegada. Dice José Ángel Valente que toda teoría ha sido devorada por su método y, por tanto, se aleja de ella. Y cita a T. S. Elliot: “Para teorizar se requiere una inmensa ingenuidad; para no teorizar, honestidad”. Pero lo que el autor recoge bajo el título La piedra y el centro es una contrateoría cargada de teoría. La primera colisión, sobre las diatribas entre estilo y contenido, mencionando a Nietzsche: “Para ser artista ha de sentirse como contenido lo que el habla ordinaria llama forma”. Es difícil disertar de lo que, en parte, se desconoce. Quizá por ello las poéticas son teorías extremas. En algún sentido, como hablar del contenido de los evangelios. En las religiones la unidad de criterio la impone la fe; en la poesía reina la incertidumbre. Pero que la palabra poética -se repite hasta convertirse en fundamento- aparezca revelada parece fuera de toda duda. Y esto añade espectros luminosos. La inquietud, la emoción, la empatía, la felicidad o la tristeza gelmaniana son expresiones de un yo que, contenido en nuestra cabeza, escapan a la definición. Las revelaciones se justifican en sí mismas y calan polifónicamente hormigonando el resultado: en el sentido, en la voz, en la forma, en la obra final. La poesía es misterio y no debe emplearse demasiada fruición en las explicaciones. Una larga saga de poetas coincide en ello. Implica no reducir lo indefinido a concreto. La potencia del verso radica en colocar puertas al campo sin saber exactamente su ubicación. La tela de araña sin araña. Al leerlo, los lectores nos

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de indicios. Y hay en esos excursos un cobijo de plumas y palabras en que trascendemos la corporeidad. Necesariamente, nos hacemos más humanos cuanto más exploramos las posibilidades –espirituales- de nuestro cuerpo. La poesía, pues, como el amor, reúne lo divino y lo carnal. El amor es uno, la poesía también. Como ejemplo Valente pone el Cántico espiritual. Y lo comenta asegurando que no resultaría aceptable, “más que por razones de método, separar ladera humana de divina”. El poema, experiencia unitaria de la unidad, carece en ese sentido de laderas. El autor lo tiene claro: el verbo se hizo carne y “la desacralización del eros ha dado lugar sistemáticamente a expresiones desviadas”. Quizá el resumen lo contenga el Cantar de los cantares cuando señala que, del cuerpo se puede hacer un órgano de éxtasis. Misterio Por medio de sus libros alcanzamos el paraíso de la lectura completa, aquella que nos transporta a territorios siempre vírgenes, donde apenas se dispone de una antorcha para caminar. A cambio siempre hay luna llena. La unificación cuerpo-espíritu explica, de igual modo, la poesía. Valente eleva tal unión a categoría erótica para decir sin miramientos que el místico “arrastra toda la potencialidad unitiva del Eros”. Vamos, que la poesía es sensual y erótica hasta cuando describe un campo de maíz en Pensilvania. La experiencia del lector pasando la vista por las páginas del libro es semejante a la que expresa el autor cuando transcribe lo que las musas le dictan entre susurros al oído. Místico rompedor, Valente, se permite citar, después de a Teresa de Jesús, a Freud –cierto, ¿acaso no es el inconsciente sino revelación de lo que somos cuando no somos?-. Tiene su análisis algo de goce y delectación, de erotización excedentaria y envolvente. La poesía surge del misterio, tiene su nudo en el misterio y muere en el misterio procreador de nuevos misterios. No pocos autores recomiendan no tratar de explicarla ya que, fundamentalmente, no es posible hacerlo de manera completa. Y para dejar las cosas a medias, mejor no empezar. Esta renuncia no implica ausencia de esfuerzo por comprender su raíz. Sino rendirse a la evidencia de su etérea fundamentación. En este punto cabe invocar la poesía desde procesos no comunicativos. Es decir, la poesía fuera del lenguaje normativo, reglado, ordinario que pretende mensajearse con el lector, como si los libros fueran teléfonos móviles. Para lo cual, indiscutiblemente, hay otros géneros más propicios. Según Valente, “lo poético exige, como requisito primero, el descondicionamiento del lenguaje como instrumentalidad”. Pero la capacidad de la poesía es tal, que puede

trascender el reduccionismo, incluso, sin perder voz crítica. La llamada poesía social es el más difícil de los usos. Pero lo vemos posible –y ya hemos hecho otra cuadratura del círculo- en la elegante letra de Riechmann, Gamoneda, Bonald, Montero o del propio Gelman, acudiendo a distintos tipos de escritura. La poesía debe, en definitiva, acercarse a la palabra total, englobar locución, acción y pensamiento. Elevar el ser a su máxima manifestación. Como en otros casos, la escritura de Valente parte del desconocimiento. Del desconocimiento ilustrado. Su mundo es una reunión de muchos mundos. Como reformador de la poesía, aun dentro de la tradición, merecería ser canonizado secularmente. Sus textos, como los de otros grandes, condensan las grietas del alma. Y la aparente frialdad que deja la erudición la mezcla en sensible unión con el mundo que habita, escribe y traduce, siempre, en luminoso decurso.

Otoño en mi ventana o el discípulo de Narciso
María José García Hernández [España] s casi la una y media de la mañana... El olor a tierra mojada trepa por los aires y se enzarza en las cortinas, anunciándome con su frío aliento que hoy por fin el otoño se ha instalado en la ciudad. No esperaba un día así, lo reconozco. Hubiera preferido que hoy el sol me recibiera a la salida, ciegamente, inextinguible… Pero la lluvia, en un ejercicio táctico impecable, ya ha invadido las aceras y unas nubes grises tejen sus proyectiles con auténtico fervor místico… He vuelto a casa y me ha recibido el silencio. De nuevo la noche se rinde a mis pies. Escribir es una enfermedad mortal, eso creían los románticos y así lo sentenció Goethe: el romántico es el enfermo. La teoría subjetivista del arte creía en el poetaprofeta capaz de percibir en la realidad el aleteo de lo sublime… El poeta sentía la veneración de las musas y definía la creación como un acto divino ejercido a través del uso de la palabra. Kant les dio la pista, Lessing la teorizó y con la escritura descubrieron que la música era la más sensorial de todas las artes, la única que podría elevar y fusionar el alma del poeta con la armonía perfecta de las esferas planetarias. “La musique avant toute chose”, la música ante todo, promulgaba Verlaine en su Art Poétique… El problema del lenguaje: la imposibilidad de esquivar el

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sentido, las amarras de una aspiración estética que jamás podrá soltar más lastre… Tanto el Simbolismo como los frenéticos movimientos de vanguardia (sobre todo estos últimos, con sus discursos incendiarios a favor de la destrucción de bibliotecas, la abolición de lo pasado, el retorcimiento de las formas hasta hacerlas irreconocibles…) favorecerían el descubrimiento de un hecho que ha revolucionado no sólo el arte o la literatura, sino también al artista y a su forma de mirar el mundo: el dinero. El Arte, el cine o la literatura son un negocio, forman parte de todo un circuito industrial que ha revelado la doble naturaleza del objeto artístico, como señalaba Bourdieu al analizar las reglas del arte: por un lado es un bien material y por otro es un bien simbólico. Todo esto ya lo denunciaba de algún modo Oscar Wilde al escribir su Retrato de Dorian Gray: “hoy todo el mundo conoce el precio de todo y el valor de nada”. El capitalismo se ha apoderado del Arte, y el arte no podía decir No… Y es que el poeta es un hombre o una mujer de carne y hueso (siempre lo ha sido), tan común como el más común de los mortales. Las musas ya no existen, en su lugar, anidan las musarañas… Quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí se preguntará qué relación tiene todo esto con el mito de Narciso… ¿Os acordáis? Narciso era un joven hermosísimo de quien todos se enamoraban y cuyas insinuaciones veían siempre rechazadas. Incluso la ninfa Eco, castigada por la diosa Hera, esposa de Zeus, a repetir las últimas palabras de lo que se le dijera, cayó prendida de su belleza. Jamás pudo confesarle su amor, y un día le ofreció sus brazos. Narciso la rechazó y Eco, entristecida, se escondió en una cueva y se dejó consumir hasta que de ella no quedó más que la voz, reverberando en las paredes de las grutas. Némesis, diosa de la venganza, decidió el castigo: que Narciso viera su propio rostro reflejado en las aguas de un lago y se enamorara de sí mismo. Y así fue. Absorto en la contemplación de su propia belleza se dejó morir, y donde antes estuvo su cuerpo nació una flor: el narciso. El mito dio lugar a muchas teorías explotadas por el Psicoanálisis, como el narcisismo infantil. Sin embargo, el DRAE nos ofrece como segunda entrada del término “narciso” lo siguiente: “Hombre que cuida demasiado de su adorno y compostura, o se precia de galán y hermoso, como enamorado de sí mismo”. Pero en todo esto nos olvidamos de una cosa: incluso para observarnos a nosotros mismos necesitamos un espejo. Y el espejo de Narciso eran las aguas en las que se reflejaba, las aguas del lago. El relato de Oscar Wilde titulado “El discípulo” invierte por completo el mito de Narciso, y nos demuestra que todos, absolutamente todos los seres humanos lo somos. Os dejo con el relato: Cuando murió Narciso, el remanso de su placer se

trocó de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, y llegaron llorando a través de los bosques las ninfas de las montañas, las oréades, para consolar al remanso con su canto. Y cuando vieron que el remanso se había trocado de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y gritando al remanso le dijeron: -No nos sorprende que hagas un duelo tal por Narciso, tan hermoso como era. -¿Era hermoso Narciso? –dijo el remanso. -¿Quién había de saberlo mejor que tú? –respondieron las ninfas-. A nosotras siempre nos desdeñaba, pero a ti te cortejaba, y solía recostarse en tus orillas e inclinarse a mirarte, y en el espejo de tus aguas reflejaba gustoso su belleza. Y el remanso respondió: -Pero yo amaba a narciso porque, cuando recostado en mis orillas se inclinaba a mirarme, en el espejo de sus ojos veía mí propia belleza reflejada. El lago era más narcisista que el propio Narciso… Somos seres sociales, nuestra identidad y lo que somos es también lo que los demás nos devuelven de nosotros mismos. El poeta es un “narciso” que bucea en la vida de los demás para encontrarse a sí mismo, y escribe sus impresiones mirando a los ojos ajenos que los miran. Y esos otros ojos seguirán haciendo lo mismo por los siglos de los siglos. Lo que es arte o no siempre lo decidirán los poderosos, aquellos cuya voz y voto vengan legitimados por el dinero, la posición, los intereses. Oscar Wilde nos revelaba que incluso aquellos que creen estar solos no lo están, porque siempre habrá alguien que le devuelva su propia mirada. Cuando hace unos días hice mi entrada en esta comunidad, entré como de puntillas… Tenía la sensación “narcisista” de estar buscando mi rostro entre las aguas cristalinas del lago. Y lo que he descubierto ha sido miles de miradas que me devuelven mi forma de mirar, miles de historias que se suceden ante mí como los fotogramas de una hermosa película. Y a todos os doy las gracias. Son las tres de la mañana… Huele a mojado y a lo lejos suenan las sirenas. Y pienso que han abandonado el mar para provocarme el sueño. Apago mi ordenador… Soy presa de Neptuno.

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El enigma de escribir
Jack Farfán Cedrón
“Cada vez que repetimos un verso de Dante o Shakespeare, somos, de algún modo, aquel instante en que Shakespeare o Dante crearon el verso. En fin, la inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos. ¿Qué puede importar que esta obra sea olvidada?” Jorge Luis Borges, Borges Oral

ada mañana el escritor se levanta y empieza a teclear las letras que formarán historias, largas, medianas, o cortas historias. ¿Pero por qué hay textos que nos gustan y textos que no nos gustan, si, digamos, todos ellos fueron escritos con las mismas palabras del idioma en que fueron tramados? ¿Cuál es el ángel que dicta a los elegidos, buena literatura. Por qué los eligió a ellos y no a los otros, a los que por más que se rompen el lomo escribiendo, jamás dicen nada, jamás conmueven a nadie, jamás hacen razonar a nadie?. Es el enigma de escribir. Son las aguas mansas que en el acto de escribir se vuelven tempestuosas y azotan bosques ennegrecidos por la noche, y no hay cuándo termine la tempestad de escribir, hasta que, agotado, por fin el escritor ya vomitó todo, y está satisfecho con esto. El escritor se enfrenta a los destinos, el escritor tiene que contar la historia de cada uno de los hombres, y a través de ella, convencer, conmover, traer a la mente recuerdos. El escritor es o no reconocido, alabado, idolatrado; en suma, recordado, según convenza o no con su historia, según sumerja o no a su propia realidad a su lector, sin más remedio que dejarse arrastrar por la historia. El acto de escribir desenvuelve el ovillo del enigma desde el que fue concebido el genio, que es un proyecto que ya tenía Dios en mente, aun antes de haberlo pensado. Escribir es un mecanismo de traer recuerdos o hechos ya vividos; es avizorar el porvenir, o hacer presente el pasado, como en un cuadro, que algún día fue presente, pero que cuando se lo aprecia es siempre pasado, pero también presente. Un cuadro de palabras. Para Vargas Llosa el acto de escribir es una manera de hacernos menos desgraciada la vida; de hecho escribir nos hace felices. Imagino a los escritores levantándose, o aún antes de levantarse, pensando, tramando el poema o la historia que escribirán mañana, que será quizá un ejemplo de cómo no sucumbir ante la rutina que los agobia. Hemigway en El viejo y el mar relata el episodio de la persistencia, de la terquedad, de vencer los obstáculos, aunque haya que perderlo todo, aunque haya que tirarlo todo al mar, aunque se llegue calato,

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herido, a punto de morir por el cansancio, pero siempre se llegará con el trofeo, que es, metafóricamente hablando, el fruto de la escritura. Hemos vencido la batalla, somos el único héroe en la playa desierta en la madrugada, bañada por el mar que ya está tranquilo de habernos probado qué tan persistentes éramos. Somos el único héroe que llegó con un esqueleto de pez a una playa desierta, y en ningún momento pensó en dejar a su pescado, a su trofeo; en ningún momento sintió miedo, más bien coraje ante la insistencia de los obstáculos. Venció la furia, venció la terquedad; venció el darlo todo sin esperar respuesta por ese esfuerzo. Importó el proceso, más que los meros resultados. Importó el acto mismo de escribir, el enigma de escribir. A menudo los escritores no trazan esquemas para dar preceptos en sus historias, o magnánimos ejemplos de moral. Las buenas historias no son morales o inmorales, son sólo buenas o malas historias –anotó Oscar Wilde–; son ejemplos que toman de alguna manera experiencias vividas, que amalgaman con la imaginación, con la destreza del acto de escribir, en mayor o en menor grado, dependiendo de la naturaleza de la historia que queramos contar, del genio literario con que nos desenvolvamos, ese enigma que poco a poco se va descubriendo en sucesivas historias contadas, y que da cuenta del acto de escribir y del enigma que ello encierra. La única razón de escribir, el único motivo secreto de escribir, la acción amada de escribir, tal vez sea el placer de pensar en silencio sin más sonido que la pluma surcando el papel, o las teclas de la máquina de escribir, o el ordenador apilando, como en una casa, cada ladrillo que en su conjunto vendrían a formar la arquitectura de la historia. Escribimos para ser felices, para no morir de inanición ante el mundo que sucede allá afuera, y nosotros no podamos hacer nada porque no sabemos hacer otra cosa que escribir y escribir. Escribimos para pensar en secreto, para exorcizarnos poco a poco; para al final llegar puros, resplandeciendo de luz, sabiendo que hemos dejado lo mejor que pudimos dejar, sabiendo que hemos dejado lo que mejor supimos hacer, y lo hemos dejado siendo felices en cada uno de nuestros fugaces días en que no dejamos de escribir. Cada mañana el escritor no se pregunta por qué escribe, no cuestiona la moral de sus personajes, ni la moral de las ideas o concepciones del mundo que urden sus personajes, que finalmente son las concepciones de él mismo, sus ideas, sus sueños o desesperanzas, como si ante ello dejáramos la piel que ya se tiene que mudar, y nos renováramos y sintiéramos el aire más puro, el agua más pura, la realidad más real y por ese hecho de ser más real, más mágica. Después de haber culminado nuestra propia historia, real o irreal, mística o terrorífica, sucia o pura, clara o hermética, nos sentimos como en un sueño relajante y detenido. Hemos descifrado el enigma. El escritor no piensa en ser famoso o en ganar tal o cual

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concurso de muertos cuando escribe, ni mucho menos piensa en ser reconocido, o idolatrado (me refiero al buen escritor), porque los concursos son para escritores muertos; porque escribir para un jurado conformado por cuatro gatos que no determinan el gusto de un millón de individuos, de un infinito de almas que juntas a la vez sienten toda la historia, es haber renunciado a nuestros principios como escritores. El escritor escribe para toda la humanidad, no para cuatro jurados de un concurso de muertos. Más bien escribir por el gusto de escribir, eso sí que es placentero. No para que mi obra sea aceptada por un editor de literatura light o chicha, plagada de jergas, de sucesos triviales que no perduran en la memoria más que por el momento en que se la leyó. No escribimos para nadie en especial, sí para un universo de lectores; no pensamos en nadie durante el enigma de escribir, durante el acto que nos santifica día a día; escribimos sólo para disfrutar de un trance mágico que nos acompaña desde el principio hasta el final de la historia, y si esa historia gusta, enhorabuena; si no gusta, a escribir y escribir más. Creo que vamos siendo felices hasta que el sueño ficticio termina, y somos otros, pesamos menos, somos más leves, más santos y hasta una sonrisa escapa de nuestros labios. Cabría comparar la escritura con el acto de amar a una mujer. Pero ¿qué es lo que queda después de los restos del amor o del acto de escribir? Quedan sólo recuerdos placenteros, divinos, de ensueño; es como si no quedara nada; es como un soplo que todo se lo ha llevado, como el primer soplo que nos trajo al mundo. Es el enigma de escribir.

“SOBRE LOS DEBERES”, prueba del alma robusta y grande LECTOR: ¿Qué dimensión le da Ud. al deber? CICERÓN: De ninguna acción de la vida puede estar ausente el deber, y en su observación está puesta toda la honestidad de la vida, y en la negligencia toda la torpeza. LECTOR: ¿Qué relación encuentras entre la honestidad, la justicia y la beneficencia? CICERÓN: La honestidad tiene dos partes: la justicia, que es la más espléndida de todas las virtudes, por la cual se constituyen los hombres de bien, y a ella aparece unida la beneficencia, que puede llamarse también bondad y generosidad. La primera obligación que impone la justicia es no causar daño a nadie, si no es injustamente provocado; la segunda, ordena usar de los bienes comunes como comunes y de los privados como propios. LECTOR: Algo que quieras destacar sobre la justicia. CICERÓN: Sí, la extrema justicia es injusticia extrema. LECTOR: ¿Cuál es el papel básico de los hombres en la tierra? CICERÓN: No nacemos únicamente para nosotros, sino que parte de nuestro nacimiento lo exige la patria, parte los amigos; y, como según place a los estoicos, todos los productos de la tierra han sido creados para el uso de los hombres, y los hombres mismos han nacido los unos para los otros, a fin de que puedan ayudarse recíprocamente. LECTOR: En nuestro tiempo se puede llenar un estadio de libros sobre cultura de paz, sin embargo, aún se escucha el ruido de las armas. ¿Qué piensas al respecto? CICERÓN: Hay dos medios para poner fin a la contienda, la negociación y la fuerza, el primero es propio de los hombres, el segundo de las bestias. LECTOR: Finalmente, ¿deseas agregar algo más? CICERÓN: Me despido con la siguiente cita: “El hombre que gentilmente enseña a quien va errado hace como si le encendiera una luz de su propia luz”. “DEMIAN”, portador del estigma de Caín 1. ° Pensamiento crítico “La mayoría de las cosas que nos enseñan son seguramente verdaderas, pero se pueden ver desde otro punto de vista que el de los profesores y generalmente se entienden entonces mucho mejor”. 2. ° Temor “Si se teme a alguien, es porque ese alguien tiene poder

Literatura: posibilidad de cambio
Carlos Cerda Gaitán* [Nicaragua] irva el presente artículo como un estímulo a las personas, de todas las edades —con alma y corazón de niño —, para que identifiquen la literatura con los propósitos más elevados de nuestro tiempo. Como una posibilidad de cambio, de progreso individual y colectivo. Presentaré, con un poco de ingenio, algunas luces que han alumbrado mi camino y que encontré en las siguientes obras: “Sobre los Deberes” (Cicerón) y “Demian” (Hermann Hesse).

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sobre uno”. “Un miedo así nos va destrozando, hay que liberarse de él. Tienes que hacerlo si quieres convertirte en un hombre”. 3. ° Pasado “Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos lo sueños”. 4. ° Sueños y proyectos “Si un animal o un ser humano concentra toda su atención y su voluntad en una cosa determinada, la consigue”. 5. ° Otra lectura del malhechor que dijo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino” “Si hoy tuvieras que escoger de entre los dos ladrones a uno como amigo, o tuvieras que decidirte por uno para darle tu confianza, seguro que no elegirías a ese converso llorón”. 6. ° Valor de la soledad “Hay muchos caminos por los que Dios puede llevarnos a la soledad y a nosotros mismos”. “De nuevo podía estar solo. Recobré el gusto por la lectura, por los largos paseos”. “Mi meta no era el placer, sino la pureza; no la felicidad, sino la belleza y el espíritu”. 7. ° Lo que se desea con bastante fuerza “Lo que se desea con bastante fuerza, se consigue”. “Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello”. 8. ° Esencia y naturaleza humana “Cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aún más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas”. 9. ° Cada persona, un ser único pensante “Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y saberlo”. “Cada hombre tiene que dar una vez el paso que le aleja de su padre, de su maestro; cada cual tiene que probar la dureza de la soledad”. “Las gentes que no siguen a la manada son muy pocas en todas partes”. 10. ° Amor y conquista “No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que desea. Pero tiene que saber renunciar a esos

deseos o desearlos de verdad. Cuando llegue a pedir con la plena seguridad de que su deseo va a ser cumplido, éste será satisfecho. Sin embargo, usted desea y al mismo tiempo se arrepiente de ello con miedo. Su amor se siente atraído por mí. El día que me atraiga a sí, acudiré. No quiero hacer regalos. Quiero ser ganada”. Comentario final No pude evitar relacionar el cambio, del que hablo, con la necesidad de construir un mundo más coherente con los valores humanos, los que hemos puesto, a lo largo del tiempo, en tablas y leyes. La literatura desde la perspectiva del arte que emplea la palabra hablada o escrita como forma de expresión es un medio relacionado con el espíritu de reforma, de cambio. En cada producción intelectual, de cualquier tempo u época, el lector encontrará un mensaje provocador para cambiar su realidad, como individuo y como parte de una sociedad. Acércate, en soledad, a un libro y compruébalo.
Managua, diciembre de 2007.
*Abogado nicaragüense que trabaja en el fortalecimiento del Estado de derecho y modernización del servicio justicia en Centroamérica. Candidato a realizar estudios especializados en la Universidad de Paris II en el área de ciencias políticas a través del Programa de Beca EIFFEL.

POESÍA

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Un poemario*
Teresa Soto González [España] Imitación de Wisława Mis hermanas no escriben poesía, mis hermanas no leen los periódicos ni se ponen sombreros ni saben a las cinco de la tarde que son las cinco de la tarde. Yo no soy Wisława Szymborska, no soy Marina Tsvietáieva y no soy Hölderlin. No soy ninguno de los tres y no quisiera ser los tres a la vez. Mis vecinos no saben que escribo, les agradezco que no lo sepan. No lo saben y no me leen y a mí me gusta que no me lean. Gracias a que no me leen no pienso nunca en qué pensarán mis vecinos de mis versos. La ciudad donde vivo no es silenciosa así que en mis versos no está el silencio de mi ciudad. Mi portero no sabe pronunciar mi nombre y no lo pronuncia por las mañanas cuando se sacan los nombres a pasear atados a una correa de saludos. Así que no oigo mi nombre cada mañana. De tanto no oír mi nombre empecé a pensar que no lo había tenido nunca. ¿Se puede perder un nombre? Yo no necesito mi nombre para escribir, así que no lo escribo. Esto es una imitación. Para una imitación sólo sirve el nombre de otro. El metro Si digo “¡metro!” no hace falta que diga: ruedas, raíles, vagones, andenes, asientos, ventanillas. Pero en la estación de Sadat había: ruedas redondas como panes, rezos interminables como raíles, vagones largos como piernas, andenes fijos como fémures. Y por las ventanillas a las mujeres se les caían los rezos de las bocas. En los asientos había regazos y en los regazos, niños. De las sillas colgaban pies y de las manos colgaban pequeños Coranes de bolsillo. Alrededor del libro, la cremallera parecía una boca que guardaba dentro las palabras de Dios. Una boca metálica. La boca se tragaba las palabras sagradas.
*Premio Adonais de Poesía; España, 2007

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Lenguas de hielo *

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Fernando del Val

l océano es un camposanto lleno de vida donde todo cabe como en la palma de la mano y donde todo se convierte en nada en nada cruel y profunda apagón universal cristalino galería infinita compartida por ballenas gigantes y [anélidos microscópicos cadena torácica de la naturaleza mueves la espina dorsal de tu superficie con vaivenes que el drae diría olas para distraer los ratos muertos que nosotros [llamamos vida
[*Libro Finalista del Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Torrevieja”, España 2007.]

Diálogos Borges/Sábato, compaginados por Orlando Barone
Jack Farfán Cedrón l viejo reproductor hace girar el cassette en donde quedan grabadas las voces de dos mentes lúcidas: Borges y Sábato. Por común acuerdo, obviaron la política en estos diálogos, la mayoría acontecidos en la casa de la pintora uruguaya Reneé Noetinger, amiga de ambos, mientras en el edificio de al lado moría la mamá de Borges. Alguna vez también se dieron cita en un bar de Maipú y Córdoba, rodeados de incrédulos espectadores. Sábato dijo que los periódicos deberían salir cada año o cada siglo, ya que no ocurre nada importante en las noticias que se dejan leer en ellos. Borges acotaba al respecto que los periódicos envejecen tan pronto como ya se los ha leído, que no empleaba su tiempo en leerlos y que la política no era de su interés, ni la última literatura latinoamericana. Borges no era muy aficionado a la música contemporánea, pero alguna vez le hicieron escuchar The Beatles, con lo que quedó enternecido. Para Borges un cuento no debía señalar nombres de lugares reales, para que los lectores no cuestionen o encuentren errores en la obra. Una emoción intempestiva desencadenaba un cuento –confesaba–, como en esa precisa economía verbal que exige La Poesía; en cambio Sábato veía en la novela –como Joseph Conrad–, a un África remota, a la que había que ir desvistiendo con el avance de una barca en las oscuras aguas de un mar intranquilo, como separando de los ojos la niebla. Sendos juicios del mecanismo de escribir de los dos argentinos más notables que la humanidad ha producido. Alguna tarde de sábado en que la madre de Borges contaba ya sus últimos días, a los 98 años, ambos escritores desvanecían su congoja, como un llanto de palabras que se deslíe en atmósferas de sueño, en el viejo recinto donde la copa de agua parecía esclarecer el enigma de Dios en Borges, y el vaso de whisky de

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RESEÑAS

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Sábato rememoraba un letargo de palabras dulces, donde un loco podía ser un Dios que sueña despierto, y un mendigo una persona despierta que lamenta ser cuerdamente mundano. Siete sesiones pactadas por Orlando Barone (Buenos Aires, 1941) –el compaginador del volumen–, hacia el verano de 1974/75 –Borges contaba 75 años, Sábato 63–. El libro se editó por vez primera en 1976 (Emecé) y en poco tiempo agotó una primera edición de 10 000 ejemplares y dos ediciones continuas. Veinte años más tarde una reedición llegaría a nuevas generaciones de lectores. Una nueva edición circula desde marzo de 2007. Aún parece girar en el recinto el reproductor de cassettes antiguo, aun para la época, como evocando ciegas conversaciones que suceden a un infinito de citas célebres. Obsesiones, lecturas comunes y reflexiones en torno a la idea de Dios, el arte, el tango, pintura, cine, la muerte, la lúcida locura. Una empatía comunicativa poblaba el ámbito de las conversaciones, esa serie de diálogos signados por la divinidad cabalística del número 7; diálogos de los que han dicho contados insensatos, que fueron inventados, mas cuando uno se compenetra con el tomo, reviven las lúcidas voces de estos dos seres míticos, que como dos almas flotarán al encuentro de sus palabras inmortales.
*Referencia bibliográfica: Barone, O. (compilador), 2007. Diálogos Borges/Sabato. Emecé Editores. Buenos Aires-Argentina. 216 pp.

Viñetas: 1.-http://jamillan.com 2.-Jan Cossiers, Narciso. Museo de Prado. Madrid. (www.cervantesvirtual.com) 3.- www.juanortizdemendivil.com 4.- www.juanortizdemendivil.com 5.- www.juanortizdemendivil.com 6.- www.motivos-tatuajes.com Las opiniones vertidas en los textos firmados son de exclusiva responsabilidad de cada uno de sus autores y no necesariamente reflejan las opiniones y juicios de la Revista Kcreatinn. Todo el material escrito y publicado en estas páginas es de propiedad intelectual de cada uno de sus autores. Todos los derechos reservados de acuerdo a ley. © 2008.

Producción: Kcreatinn a.c.s.f.d.l. Sponsors: César Arana/Francisco Quiroz Impresión: Publiser S.R.L. Tiraje: 500 ejemplares

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