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Historia Política de Colombia.

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La independencia de los países coloniales de la América hispana se produjo a comienzos del
siglo XIX como consecuencia de un conjunto de causas internas y externas, que hacían
intolerable por más tiempo el gobierno despótico de la monarquía española, a medida que los
pueblos adquirían conciencia política y sentían la necesidad de autogobernarse.

El criollismo empezó a ser la razón política de los nuevos americanos, que ya no quisieron ser
ciudadanos españoles y menos depender de reyes despóticos. Y como este sentimiento era
general en todo el continente, la desmembración del imperio fue una lógica consecuencia de su

Grandeza y del destino de las naciones que había engendrado y en las cuales había establecido
gobiernos coloniales; para volverlos propios sólo se necesitaba hacerlos por sí mismo.

La gran sublevación de los comuneros, que tuvo su epicentro en el Virreinato granadino, no fue
producto de circunstancias aisladas y casuales, sino una de las manifestaciones del gran proceso
revolucionario que estaba cumpliéndose en la América española, profundamente perturbada por
el impacto adverso de la política colonial borbónica.
Autogobierno, independencia, libertad, democracia, república, eran expresiones nuevas surgidas
de la naturaleza social de estos países, que estaban cansados de la monarquía. Desde mediados
del siglo XVIII algunos pensaban substituirla por la Gran Bretaña, que les parecía más justa o
mejor, pues aún no tenían suficiente madurez para concebir una forma de gobierno propio y
acorde con su idiosincrasia

Un régimen colonial odioso, especulador, injusto, cruel, que daba mal trato a los gobernadores y
abusaba de los monopolios, ejercido por agentes déspotas que no sabían gobernar, tenía que ser
insoportable. Esas eran las causas internas. No obstante este panorama, hay que decirlo muy
claro, la gesta revolucionaria tuvo desde su nacimiento un gran enemigo interno" las oligarquías
criollas".

Desde hacía dos siglos, en Inglaterra y Francia venía surgiendo el movimiento científico- cultural
de la ilustración, que en lo político había engendrado al enciclopedismo, en lo económico a la
economía política, en lo literario y artístico al romanticismo y en el orden social y político al
despotismo ilustrado y a las revoluciones de los Estados Unidos (1776) y la francesa (1789), Los
preceptos de la primera se concretaron en la declaración de los Derechos del Hombre,
proclamada en Filadelfia en Julio de 1776 y luego en París, en Agosto de 1789, texto político-
filosófico de la Democracia. Algunos desconocen la influencia del enciclopedismo en la
mentalidad de nuestros próceres y en la de la independencia; pero lo cierto es que, tanto unos
como otros, en ella se inspiraron y les sirvió como decálogo para redactar las constituciones
orgánicas de las nuevas repúblicas. Antonio Nariño tradujo tal declaración del francés y la
publicó el 15 de Diciembre de 1793. Camilo Torres la leyó en inglés del texto de Filadelfia. Y
así fue llegando a la conciencia de los criollos.

Pero no fueron las causas internas ni esa filosofía política por sí solas las que provocaron el
estallido independentista, que hubiera podido demorarse algunos años más, sino la invasión de
Napoleón a España, en Enero de 1808, la toma de Madrid el 23 de Marzo y el apresamiento de
su rey Fernando VII y del ex rey Carlos IV en Bayona el 30 de Abril, lo mismo que la renuncia

que de sus derechos hicieron en la persona de Napoleón el 5 de mayo, todo lo cual dio lugar a
que éste impusiera a su hermano José como rey de España. El pueblo, al quedar sin rey, formó
juntas municipales de gobierno, que asumieron su representación y sus derechos y se organizaron
para la defensa armada.

El 15 de Junio Napoleón reunió en Bayona una Asamblea Constituyente, que el 6 de Julio votó
una Constitución democrática para España y sus colonias en América, asamblea en la cual dio
representación a los americanos, entre ellos a los granadinos Francisco Antonio Zea e Ignacio
Sánchez de Tejada..

Por su parte, las cortes españolas en Cádiz expidieron una Constitución el 18 de Marzo de 1812,
en la que se reconocían derechos a los americanos. Pero nada de esto tenía plena validez; era un
hipócrita reconocimiento de igualdad que no podía existir por parte de los americanos para con
los españoles peninsulares ni para con los franceses. El 22 de Enero de 1809 la junta suprema de
Sevilla también declaró esa igualdad y dijo que las colonias eran parte integrante de la
monarquía. Entonces, tanto los de la península como los de América se dividieron en
afrancesados y fernandistas.

En las colonias se crearon las mismas juntas supremas de gobierno en defensa de los derechos
del rey y de la religión católica. La primera fue la de Chuquisaca el 25 de Mayo de 1809, contra
la real audiencia de Charcas; luego la de Paz, el 16 de julio siguiente; y la de Quito el 10 de
Agosto que tuvo directa repercusión en la Nueva Granada. Fue depuesta el 28 de Octubre,
aunque tuvo mayor trascendencia.

Un impulso decisivo dio al espíritu de estos pronunciamientos autonomistas la declaración de
Napoleón del 12 de Diciembre de 1809 en Paris, al decirles desde allí a las colonias americanas
que tenían derecho a su independencia y que Francia no se opondría a ella.

Desde luego, los criollos, que empezaban a tomar conciencia política, no se quedaron mudos ni
maniatados. Las ideas de independencia y libertad habían ganado mucho terreno por acción de
los precursores y el conocimiento de la filosofía del enciclopedismo. La junta de Sevilla,
interesada en saber quiénes estaban con la regencia y quienes con Napoleón, mandó a Santafé, en
tiempos del Virrey Amar Y Borbón, (Septiembre de 1808), al comisionado capitán Juan José
Pando y Sanllorente, que, el día 11 hizo jurar como rey a Fernando VII declarar la guerra a
Napoleón y consiguió dinero para ayudar a España

Como respuesta a tales declaraciones de igualdad e invitaciones a elegir diputados criollos a las
Cortes, el 20 de Noviembre de 1809 el jurista Camilo Torres, a nombre del Cabildo, redactó el
célebre Memorial de Agravios, en el que hizo un certero y crítico análisis de la situación
político- social, que puso en evidencia los derechos naturales del pueblo americano frente a la
monarquía. Éste no se envió a España, ni salió del país, pero produjo una gran repercusión.

Por entonces había una conspiración contra el virrey. Estaban presos Antonio Nariño, el cura
Andrés Rosillo, el Oidor de Quito don Baltasar Miñano y otros; y dos revolucionarios
ajusticiados en Pore (Casanare) el 30 de Abril de 1810: José María Rosillo y Vicente Cadena,
primeros mártires de la independencia.

2.

TÚPAC AMARU INSPIRADOR DEL LEVANTAMIENTO COMUNERO. 2.
(HERNÁNDEZ DE ALBA GONZALO, El 20 de julio de 1810. Biblioteca EL TIEMPO.
Círculo de Lectores S. A Bogotá 2007.) 2

3.

En 1780 José Gabriel Cóndorcanqui, llamado Túpac Amaru, en el pueblo de Tinta Perú
dirige el levantamiento indígena con éxito arrollador, pusieron sitio a la Villa Imperial del
Cuzco. Cóndorcanqui, como descendiente de los antiguos Incas, fue proclamado, por
multitudes delirantes de entusiasmo, Monarca del Perú, con el título de José I.

Túpac Amaru, y más tarde Galán se equivocaron, al considerar posible un entendimiento con los
criollos y al acompasar el ritmo de sus operaciones militares a la celebración de esta hipotética
alianza. No advirtieron que en el Perú, lo mismo que en el Virreinato granadino, los criollos
dejaron de interesarse en la revolución y procedieron a borrar las huellas de sus actividades
subversivas, cuando sus riquezas y privilegios se vieron en peligro de ser arrollados por las
exigencias del pueblo amotinado, que reclamaba la distribución de la tierra, la libertad de los
esclavos, la integridad de los resguardos y el término de las mitas.

Los violentos traumatismos a que se vieron expuestos los magnates criollos en las primeras fases
de la sublevación indígena, les quitaron todas sus ilusiones y entre ellos se creó un clima de
general hostilidad contra los rebeldes. El conflicto en su parte inicial tuvo resultados adversos

Para Túpac Amaru, pero repercutió en las más distintas regiones de la América española y en
el Virreinato granadino tuvo resonancias decisivas en el curso de la revolución de los
Comuneros. Por medio de mensajeros llegaron al Nuevo Reino las proclamas del caudillo
peruano y desde Santa Fe se remitieron secretamente a distintos lugares. Se produce el
movimiento de los llanos orientales del Nuevo Reino en especial en los pueblos de las antiguas
Misiones jesuitas, donde el movimiento indigenista tuvo sus más radicales manifestaciones.

El terreno estaba abonado para la sublevación, no sólo por la ineptitud y abusos de los curas
doctrineros y de las órdenes religiosas que sustituyeron a la Compañía de Jesús, sino porque
las famosas haciendas y los hatos fundados por los Jesuitas y cuyo usufructo y propiedad
transmitieron a los indios de las Misiones, les fueron arrebatados al producirse la expulsión de
la compañía e incorporados a la Real Audiencia bajo la denominación genérica de "Bienes de
Temporalidades", considerable proporción de los cuales adquirieron, por remate, las grandes
familias criollas de Santa Fe. No fue por una casualidad que la revolución de los comuneros
encontró al Marqués de San Jorge de administrador de la Encomienda de los llanos y a don Luis
de Caicedo y Flórez de Gobernador General de los llanos.

Bastó por tanto, que uno de los capitanes comuneros, al iniciarse la sublevación, incitara a
los indios del pueblo de Silos a levantarse contra las autoridades, para que el día 14 de
Junio se produjera una general conmoción y se aprobara, en la plaza, el acta siguiente:«
En el pueblo de Silos se juntaron todos los del común y en voz alta, con bandera y
tambor se hizo voz: " Que viva el Rey Inca ( Túpac Amaru) y muera el Rey de España y
todo su mal gobierno y quien saliera
a la defensa"...».La rebelión se extendió rápidamente
por los pueblos llaneros. Támara, Pore, Morcótes, Paya, y Pisba se alzaron en armas y mil
quinientos indígenas, debidamente montados, se prepararon a ascender la cordillera y marchar
sobre la Capital. Ya veremos al Marqués de San Jorge costeando, de su propio peculio, el
envío de tropas a los llanos, a fin de aniquilar la revuelta indígena.

Antes del levantamiento de los llanos hubo el movimiento de Tocaima, estos dos alzamientos
proclamaron a Túpac Amaru como soberano. La aproximación de las masas comuneras a la
sabana determinó reacciones radicales en la población indígena. Los indios de las salinas,
despojados por el Fiscal Moreno y Escanden de sus inmemoriales derechos, mostraron su
inconformidad, opusieron obstáculos al transporte de la sal y exigieron que se les restableciera
en el ejercicio de su antiguo dominio sobre las minas. Los ánimos se calmaron un tanto por
virtud de las promesas consignadas en las capitulaciones de Zipaquirá, pero bastó la primera
sospecha de que ellas se desconocerían para que el descontento saltara y se desencadenara una
sublevación de grandes proporciones.

4.

AMBROSIO PIZCO INICIADOR DE LA TRAICIÓN DEL MOVIMIENTO

COMUNERO.

En la sabana de Bogotá, donde los indígenas habían padecido prolongadamente la opresión y
abusos de los grandes hacendados criollos, donde habían librado una batalla sin pausa para
defender sus Resguardos y disfrutar del tiempo necesario para trabajar sus tierras, el contagio del
espíritu revolucionario no demoró en prender y los indios, al acercarse los comuneros del
Socorro, cortaron su tradicional lealtad a la corona y proclamaron como Monarca, no al inca del
Perú, sino al Chibcha Ambrosio Pizco, designación desafortunada ya que este indígena era parte
de la oligarquía criolla y nada hace por la independencia y menos por los de su raza Al igual que
muchos de los capitanes comuneros, Pizco procedió a tomar las medidas del caso para salvar su
responsabilidad en la revuelta y procuró por todos los medios dar la impresión de que los
rebeldes le habían obligado a aceptar tan engorrosa dignidad. Nada tiene pues, de extraño que
Juan Francisco Berbeo se comunicara con Pizco y lo utilizara para amortiguar los ímpetus de la
revolución indigenista.

El Virreinato ardía por los cuatro costados en momentos en que los emisarios de la Audiencia
esperaban a los comuneros en Zipaquirá. El Arzobispo Caballero y Góngora se sentía impotente
para evitar la captura de la Capital, porque la ola revolucionaria golpeaba con violencia en Pasto,
Ambalema, Mariquita, Antioquia, la Sabana, el Socorro, los Llanos, Cúcuta y Mérida, y no era
presumible que los pueblos, una vez arrolladas las autoridades, se contentaran con menos de una
victoria total.
En el curso de la marcha de los comuneros hacia Zipaquirá se vieron obligados a afrontar
graves dilemas y no tardaron en descubrir que una cosa era protestar contra los impuestos y
los abusos del Visitador y otra muy distinta solidarizarse con una revuelta, cuya dinámica había
conducido al levantamiento de los esclavos, la ocupación de los latifundios, la rebelión de los
indios y la proclamación de Monarcas aborígenes en el Virreinato.

5.FRANCISCO BERBEO, EL GRAN TRAIDOR DE LA REVOLUCIÓN COMUNERA.

Dueños los criollos del poder económico y usufructuarios principales de la esclavitud de los
negros y de la explotación de los indios, ya no podían ocultar su alarma ante los inesperados
giros que había tomado la sublevación y el mismo Berbeo, quien había cedido frecuentemente a
las exigencias de la gleba para conservar su influencia sobre ella, miraba con verdadero temor la
posibilidad de que las turbas sublevadas se apoderaran de Santafé. Ello explica por qué Berbeo, al
enterarse, en las proximidades de Zipaquirá, de« que se hallaban en los llanos de Chía, según
sus palabras, unos dos mil hombres con el ánimo de dirigirse a la capital. (Santafé) y deseando
evitar las desgracias que de este atentado podrían resultar», expidió la famosa orden del 31 de

Mayo de 1781, cuyo texto, incomprensible en el jefe de una revolución, se acomoda a la
conducta de quien tenía el propósito de conjurar los naturales desarrollos de esa revolución.
La orden decía: « Juan Francisco Berbeo, Capitán General, Comandante de la expedición de
los comuneros: Hago saber a todos los señores capitanes, Diputados y Jefes de mi ejército, que le
doy comisión a don Ambrosio Pizco, Cacique llamado de Bogotá, para que pase personalmente
y con gentes hasta las goteras de la ciudad de Santafé, y con todo rigor contendrá las gentes que
pretendieren entrar a la ciudad a insultar y robar. Por lo que, si necesario fuere, hará poner dos
horcas, una en la entrada de San Diego y otra en la entrada de San Victorino, para castigo de los
insultares».

Esta autorización a Pizco no fue para amedrentar con las horcas a los círculos oficiales de la
Capital como lo afirman algunos historiadores, la orden es muy clara y fue para evitar la toma de
Santafé, las declaraciones pertinentes de Berbeo y con su extraño comportamiento en el curso de
las negociaciones de Zipaquirá no dejan duda de la intención de cegar los ímpetus de la
revolución.

De nada sirvieron los reparos de los Capitanes del Socorro más devotos a la causa del pueblo,
principalmente Antonio Monsalve y Francisco Rosillo que sospechaban con fundamento que
Berbeo se proponía evitar la captura de la Capital y por ello juzgaron conveniente remitirle, el 23
de Mayo, una nota, en donde le planteaban, con acierto y visión, los verdaderos objetivos de la
revolución. Más categórica fue la nota dirigida a Berbeo, el 6 de Junio, por don Antonio Molina,
le decía que el fin principal es hacer de nuestra parte la Corte de Santafé, la que debe invadir en
caso de que se hallen sus habitantes en contra nuestra, pues en este supuesto deberá desolarse,
por lo que me parece necesario que por ahora no se propongan más Capitulaciones.

Estas instrucciones constituían precisamente la contrapartida de las órdenes dadas por las
autoridades de Santafé a sus emisarios y al Arzobispo, las cuales decían: « Se espera que en ese
pueblo (Zipaquirá) se acuerde y quede perfeccionado todo sin necesidad de que la multitud de
gentes venga a esta ciudad o se acerquen a ella, que no se les permitirá.

La captura de la capital la cual ha debido ser el objetivo principal de Berbeo, sólo le sirvió de
amenaza para esgrimir ante el Arzobispo, cuando el prelado y los emisarios de la Audiencia se le
reunieron en Nemocón. Inicialmente aparentó tener pocos deseos de tratar con los comisionados
Y se mostró reservado y hostil con ellos hasta tanto que el Arzobispo, alarmado, le declaró que la
Audiencia estaba resuelta a hacer las concesiones indispensables para contentar a los pueblos
sublevados. Esta oferta satisfizo las aspiraciones principales de Berbeo, quien deseaba obtener de
las autoridades coloniales las ventajas y privilegios ambicionados por la oligarquía criolla, pero
quien miraba, con inocultable temor, la posibilidad de las turbas comuneras invadiera a la
Capital, seguro como estaba de que la sublevación tomaría entonces rumbos insospechados,
escaparía fácilmente de su control y la plebe victoriosa tendría, en medio del saqueo y de la
violencia, la oportunidad de imponer condiciones incompatibles con los intereses y las fortunas
de los grandes señores de la oligarquía. Bastó, por tanto, que el Arzobispo le ofreciera a Berbeo
reconocer, en Capitulaciones escritas, las principales exigencias de los pueblos, para que éste
conviniera en detener la marcha de los sublevados y en dar principio a las negociaciones de
Zipaquirá.

Tan manifiesto era el desgano de Berbeo de proseguir adelante y tan poco se cuidó de tomar las
medidas indispensables para garantizar la ocupación de Santafé, que el Arzobispo pudo crear, en
el propio campo comunero, factores de resistencia a la posible prosecución del avance hacia la

Capital. Conociendo el antagonismo que existía entre las Villas de Tunja y el Socorro,
antagonismo que se derivaba de la pretensión de los tunjanos de mantener al Socorro sometido
indefinidamente a su jurisdicción, el Arzobispo se sirvió de esta rivalidad lugareña para
convencer a los Capitanes comuneros de Tunja de que la captura de Santafé por una multitud
compuesta, en tan importante proporción, por gentes de la provincia del Socorro, haría inevitable
la supremacía de dicha Villa sobre Tunja. De esta manera consiguió el Arzobispo que los
tunjanos miraran con hostilidad la posible invasión de la Capital y que sus Capitanes, flor y nata
de la oligarquía criolla y ya suficientemente alarmados por el "desenfreno y desmanes de la
plebe comunera", lo respaldaran y respaldaran a Berbeo en los esfuerzos que ambos realizaron
para que las Capitulaciones se firmaran en Zipaquirá y se descartara el asalto a Santafé. Nada
tiene, pues, de extraño, que la considerable masa de las fuerzas tunjanas abandonaran
tranquilamente el pueblo de Nemocón, cruzaran la Villa de Zipaquirá y terminaran acampándose
en el camino que conducía a la Capital, con la evidente intención de cerrar el paso al resto del
ejército, si Berbeo y el Arzobispo no conseguían contenerlo.

Pensar que un acontecimiento tan importante como la movilización de las fuerzas tunjanas podía
cumplirse contra la voluntad de Berbeo y sin que él tomara ninguna medida para evitarlo o para
contrarrestar sus obvios efectos políticos y militares, no pasa de ser algo increíble. Berbeo no era
ingenuo y tenía, como lo reconocen sus defensores, indiscutible don de mando, lo cual no se
compagina con la creencia de que el Arzobispo acompañado de cuatro o cinco personas, pudo
impunemente, robarle, en sus propios ojos, la tercera parte del ejército comunero. La hipótesis
resulta más inverosímil cuando se sabe ciertamente que Berbeo, pudiendo hacerlo, no realizó
esfuerzo alguno, por pequeño que él fuera, para evitarlo.

Si existiera alguna duda con respecto al acuerdo entre Berbeo y el Arzobispo y a la solidaridad
del mismo Berbeo con los Capitanes de Tunja en el importante asunto de la invasión de la
Capital, ella se desvanece con aquellos apartes del Informe del Arzobispo a don José Gálvez, en
que se refiere a las negociaciones llevadas a cabo en Zipaquirá, después de que las masas
comuneras, por orden de Berbeo, se acamparon en las proximidades de la villa. « Nos
lisonjeaba la estipulada paz, dice y sólo restaba que los jefes de los tumultuantes y acampados en
las inmediaciones de Zipaquirá formasen sus representaciones para concluirla, pero al tercer día
se conmovieron de nuevo las gentes con tanto ardor, que se disiparon todas nuestras esperanzas y
nos vimos en la última consternación. Viéndolos yo resueltos a marchar a Santafé y temiendo
verificasen sus ideas de pasar de allí a Popayán y Quito, poniendo en combustión todo el

Continente, determiné volver a verme con los Capitanes. Acosta de una inalterable paciencia
logré no sólo aquietarlos y admitir Capitulación, sino también que don Juan Francisco Berbeo
me prometiese se reglaría ésta en el mismo Zipaquirá, sin mover el campamento, contra el
dictamen de muchos, que acaso para poner en ejecución sus siniestros fines, intentaban que fuese
en Santafé.

Algunos historiadores han supuesto que la conducta blanda y contemporizadora de Berbeo en
Zipaquirá fue el resultado de la equívoca actitud de los tunjanos, a los cuales atribuyen la
intención de ofrecer resistencia armada Si Berbeo insistía en proseguir a la capital. Del informe
del prelado se colige claramente que las divergencias decisivas no se presentaron entre Berbeo y
los Capitanes de Tunja, sino entre estos últimos y la mayoría de los comuneros, que se mostraban
resueltos a ocupar Santafé. Los de la comprensión de Tunja y Sogamoso « adhirieron dice el
Arzobispo a mi estipulación (convenio) con Berbeo y la hicieron válida contra el sentimiento
del partido contrario.» Si en Nemocón o en Zipaquirá Berbeo hubiera gritado! A Santafé! Los

débiles factores de resistencia construidos por el Arzobispo se habrían visto arrollados fácilmente
por la impetuosa voluntad de las multitudes«,

Berbeo, por el contrario, ordenó a las masas comuneras acamparse en las proximidades de
Zipaquirá y todos sus empeños se redujeron a tomar extrañas medidas para diluir sus
responsabilidades frente a las autoridades con las cuales se preparaba a negociar. Cuando se le
pidió, por el Arzobispo, que presentará por escrito, las solicitudes de los sublevados, no quiso
hacerlo personalmente y comisionó a los Capitanes de Tunja para que las redactaran. Al recibir
el proyecto de las capitulaciones dejó una constancia en donde aparecía el nombre de todos los
que habían participado en su elaboración.

Los principales obstáculos que habría de vencer Berbeo para llegar, en Zipaquirá, a un acuerdo
que pusiera término oportuno a la revolución, no provendrían del Arzobispo, resuelto a hacer las
concepciones indispensables, sino de las propias masas comuneras, cada día más exigente y
menos confiado en la conducta de sus Capitanes. Ello explica suficientemente por qué el
proyecto de Capitulaciones, redactado por los Capitanes de Tunja y presentado al Arzobispo,
abarcaba tópicos relacionados no sólo con las viejas pretensiones de la oligarquía criolla, sino
también con los conocidos anhelos de los indígenas y de los desheredados del Reyno. Solo así
podían esperar los Capitanes que las multitudes sublevadas aceptaran el Tratado y convinieran en
dispersarse. De igual manera lo entendió el Arzobispo, visiblemente preocupado por las
crecientes dificultades que afrontaba Berbeo, y venciendo sus propios escrúpulos y los
escrúpulos de los comisionados, aceptó el "concordato compuesto de treinta y cinco artículos" y
se avino a remitirlo inmediatamente a la Capital, para que la Audiencia, como se lo exigieron, lo
ratificara con las debidas solemnidades.

Surgió entonces un tropiezo inesperado. Cuando el Real Acuerdo recibió el proyecto de
Capitulaciones, los Oidores no pudieron disimular su indignación, dada la extensión de las
exigencias en el contenido y, no atreviéndose a rechazarlo por temor de que continuara el avance
de los comuneros, optaron por dejar en manos de los Comisionados la total responsabilidad de
aceptarlo. En su respuesta alegaron que los emisarios del Real acuerdo estaban ampliamente
autorizados para pactar y se limitaron a solicitar, a los dichos emisarios, que procuraran aclarar
algunos artículos ambiguos y modificar otros francamente inaceptables.

« Cuando los portadores del proyecto de Capitulaciones llegaron por segunda vez a la Capital y
el emisario del Arzobispo hizo a los Oidores un relato de lo que estaba ocurriendo en Zipaquirá
se procedió a convocar una sesión urgente y secreta del Real Acuerdo y en ella, forzados los

Oidores por la gravedad de los acontecimientos, adoptaron la resolución que consta en el acta de
dicha sesión. «En la junta dice el acta celebrada la noche del día siete de Junio de 1781,
consiguiente a lo acordado sobre la aceptación y confirmación de las proposiciones hechas por
Don Juan francisco Berbeo, como Comandante que se titula de los Comunes, de la Ciudades,
Villas, Parroquias y Pueblos de la mayor parte de este Reyno, dijeron haber procedido a dicha
aprobación sin embargo de la notoria repugnancia y monstruosidad que envuelven, estrechados
por una parte de las desmedidas fuerzas de más de quince mil hombres con que se hallaba dicho
Berbeo, incomparablemente mayores que las que se han adquirido y hay en esta ciudad.

El texto del acta demuestra que los Oidores, encabezados por don Juan Francisco Pey y Ruiz,
estaban de antemano resueltos a no cumplir las Capitulaciones y que su confirmación, dada esa
noche, no tuvo otro objeto que prevenir el asalto de la Capital, mientras llegaban las tropas
solicitadas al Virrey. Por eso hicieron constar en el acta que las aceptaban" bajo el seguro

concepto de su nulidad". Tal era precisamente, lo que sospechaban todos los humildes
comuneros en Zipaquirá, aunque otra cosa pensara sus Capitanes, quienes preferían, como
buenos criollos, correr el riesgo de ser engañados, a permitir el desencadenamiento, con la toma
de Santafé, de una vasta revolución social en todo el Reyno.

Se ha dicho y se dijo entonces que Berbeo aceptó una dádiva de quince mil pesos del Arzobispo
como precio de la entrega de la revolución y de los obvios esfuerzos que realizó para evitar
que los comuneros invadieran la Capital. No han faltado tampoco, historiadores que le califican
de traidor por haber solicitado y recibido los dineros que le dio Caballero Y Góngora en
Zipaquirá.

Muy extraño es que el jefe de una revolución le aceptara especies venales al representante del
poder contra el cual se había desatado la revolución y se sirviera de ese dinero para amortiguar el
entusiasmo y la fe de quienes le habían confiado la personería de las aspiraciones del pueblo. «
Acabándose el dinero en Zipaquirá declaró el mismo Berbeo y no pudiendo contener la gente, lo
manifestó al Ilustrísimo señor Arzobispo, quien le dio otros mil pesos, que repartió entre
todos». La extrañeza se aminora, no obstante, si se tiene en cuenta que Berbeo se consideraba
poco solidario con las esperanzas de los desvalidos y sólo pensaba en salvaguardar los intereses
de la clase criolla, gravemente amenazados por la rápida radicalización de las aspiraciones
populares. Ello explica su estrecha colaboración con el Arzobispo y la plena confianza con que,
un tiempo después solicitó de Caballero y Góngora un certificado sobre su buena conducta en
Zipaqurá.

Nadie puede suponer válidamente que el Arzobispo Caballero y Góngora, después de terminada
la rebelión, le iba a expedir un elogioso certificado a Berbeo, de no haberlo constatado, como le
constaba, la eficiencia de los servicios prestados por él en Zipaquirá para salvar la Capital. Las
diferencias que establece el Arzobispo entre la conducta contemporizadora de Berbeo y el
comportamiento revolucionario y radical de Galán,
explican por qué se frustró el
movimiento. La revolución fracasó no porque las autoridades desconocieran posteriormente las
Capitulaciones, sino porque su ímpetu y energía fueron tronchados en Zipaquirá, cuando la
oligarquía criolla y sus representantes se negaron a seguir vinculados al curso que había tomado
la sublevación comunera. En tierras santandereanas se ha acuñado recientemente el término
"berbeismo" para designar la conducta política de quienes entregan las grandes revoluciones
cuando en su curso emergen a la superficie los dolores del pueblo y el espectáculo sombrío de la
miseria de los humildes irrumpe, dramáticamente, en el banquete de los privilegiados. Debemos
advertir, sin embargo, que este fenómeno no se presenta exclusivamente en la revolución de los
comuneros. Con Berbeo se inicia entre nosotros una tradición política que habrá de tener una
Rigurosa continuidad en nuestra historia. El pueblo dará los grandes coletazos sociales,
empujará, con el acuerdo de sus anhelos insatisfechos, el ritmo de la vida nacional, pero en la
hora decisiva aparecerá siempre el "berbeismo" de nuestras oligarquías, que se encargaran de
amortiguar el impulso popular y de frustrar las grandes revoluciones, reduciéndolas a un sórdido
regateo sobre sus exclusivos intereses, que abusivamente presuponen identificados con las
conveniencias públicas. Ya veremos cómo el sistema, que hace su amorfa aparición con Berbeo,
se perfecciona el 20 de Julio de 1810 y desde entonces se prende, como una planta parásita, al
tronco de nuestra historia republicana La oligarquía gobernante y sus ideólogos se encargarán
de elaborar la literatura y de ponerle la música al "berbeismo", destinado a convertir al pueblo
colombiano en la víctima de una continuada serie de trágicas frustraciones.

No podía faltar en las Capitulaciones la principal reivindicación exigida por la oligarquía criolla
y ella se consignó en el artículo 22, cuyo texto dice: « Que en los empleos de primera, segunda
y tercera plana, hayan de ser antepuestos y privilegiados los nacionales de esta América a
los europeos,
por cuanto diariamente manifiestan la antipatía que contra las gentes de acá
conservan. Pues están creyendo, ignoradamente, que ellos son los amos y los americanos, todos
sin excepción, sus criados.

La más importante de las concesiones otorgadas a la revolución por los emisarios de la
Audiencia está contenida en el numeral referente a la "demolición" de los Resguardos. Los cinco
o seis mil indios armados que acompañaban a los comuneros exigieron poner término a dicha
"demolición" y otorgarles en plena propiedad las tierras de los Resguardos. Aunque las
Capitulaciones fueron revocadas posteriormente por las autoridades coloniales, el principio
contenido en la cláusula séptima fue de los pocos que en forma parcial quedó vigente, porque si
la Audiencia no otorgó a los indios la plena propiedad de sus tierras de Resguardo, sí suspendió
la "demolición" de los Resguardos.

Aceptado por el Arzobispo el texto de las Capitulaciones, las masas comuneras exigieron a los
emisarios de la Audiencia que juraran cumplirlas " en misa solemne que oficiaría Su Señoría",
El 8 de Junio de 1781 se ofició, por el Arzobispo, una misa solemne en la Iglesia de Zipaquirá, a
la que concurrieron los Capitanes comuneros, gran parte de las montoneras sublevadas y los
comisionados de la Real Audiencia, juraron en nombre del Rey, guardar las Capitulaciones
propuestas y confirmadas por dicha Real Audiencia y Junta de Usías, a don Juan Francisco
Berbeo, sus Capitanes, oficiales y demás tropa, y de no ir en tiempo alguno contra ellos.

Coronados, con esta solemne ceremonia, las negociaciones de Zipaquirá, Berbeo ordenó la
desmovilización inmediata de las montoneras sublevadas. Berbeo partió para Santafé,
en compañía del Arzobispo, y allí se le nombró Corregidor del Socorro, con todos los
honores, sueldos y prebendas que él había previsto tan oportunamente en las
Capitulaciones.

6.

JOSÉ ANTONIO GALÁN EL VERDADERO CAPITÁN.

En medio de este espectáculo de vergonzosa claudicación, se yergue la figura solitaria de José
Antonio Galán, quien con gesto magnífico se apresura a ocupar el puesto del que desertaron los
Capitanes Comuneros.

Cuando recibió el texto de las Capitulaciones y la orden de Berbeo de licenciar sus hombres y
poner término a sus actividades revolucionarias, no pudo contener su sorpresa y su indignación
ante este melancólico final. Sus recios instintos de caudillo le indicaban que la formidable
conmoción comunera tenía derecho a esperar cambios más profundos en la estructura social y
económica del reino y no entendía que se pusiera término a la insurgencia dejando intacto y
fortalecido el poder de las autoridades, cuya conducta provocó la sublevación. Las discrepancias
Entre Galán y Berbeo no eran atribuibles a una supuesta aspiración de conseguir la
independencia, que algunos historiadores asignan a Galán sino a la magnitud de los cambios
sociales que los dos trataban de introducir en la vida colonial. Berbeo, como el Marqués de San
Jorge, defendía los intereses de la oligarquía dueña de la riqueza y su aspiración Se reducía a
conseguir para los grandes señores criollos los privilegios que les permitirían igualarse con los
españoles y ocupar los empleos y distinciones honoríficos propias del régimen virreynal. Galán,
por el contrario, representaba las aspiraciones de los desheredados y su tarea en la sublevación se

halla indisolublemente ligada al levantamiento de los esclavos, las reivindicaciones indígenas, la
invasión de los latifundios y la liberación de los cosecheros, largamente oprimidos por los
grandes propietarios criollos.

Galán actuaba como el caudillo de los humildes y en esta calidad no entendía que se
prescindiera de tomar la Capital del reino y sólo aceptaba una negociación con el Monarca
español o sus representantes cuando todo el Virreinato estuviera levantado en armas y en los
campos, las minas, las ciudades y las plantaciones, el pueblo pudiera disponer de la oportunidad
para modificar las estructuras sociales, que eran el producto de la antigua hegemonía de la
raza conquistadora y de sus descendientes criollos sobre las razas vencidas o esclavizadas.
Resulta, por tanto, explicable que José Antonio Galán se negara, sin una vacilación, a aceptar la
validez del Tratado de Zipaquirá. Tratado que considerara un simple expediente para engañar al
pueblo comunero.
A toda prisa abandonó las regiones occidentales, teatro de sus hazañas, y se encaminó a la
provincia del Socorro, para realizar su último esfuerzo a favor de la revolución. Cuando
consiguió llegar a Mogotes, después del más azaroso de los viajes, porque la Real Audiencia
había remitido la orden de capturarlo a todos los alcaldes y autoridades de las localidades,
escribió al consejo de Capitanes de Guerra del Socorro una carta, fechada el 23 de Septiembre
de 1781, en ella anuncia entrar en rebeldía y que si es necesario ofrendar la vida para frenar el
pernicioso cáncer de la Corte de Santafé, que amenaza con la ruina, las vidas y la esclavitud. No
podemos dar espera a que lleguen los refuerzos de Cartagena y nos aniquilen agregaba.

Si las autoridades coloniales consiguieron su primera victoria con la firma de las Capitulaciones
de Zipaquirá, el desconocimiento de dichas Capitulaciones, que constituía la segunda etapa de la
política de la audiencia, dirigida entonces por el Oidor Decano don Juan Francisco Pey y Ruiz,
sólo podía llevarse a afecto cuando se dispusiera de fuerzas militares suficientes en Santafé. Ello
explica la ansiedad con que se esperaban los refuerzos militares solicitados urgentemente al
Virrey, cuyo envío se retardó por numerosos obstáculos con que tropezó en Cartagena el señor
Flórez. En fin se destinaron quinientos hombres de las milicias que estaban a sueldo y se
encargó de la expedición al Coronel don José Bernet. Estos efectivos sólo llegaron a Santafé
después de la firma de las Capitulaciones, de manera que su función se redujo a poner término a
una serie de brotes subversivos que ocurrieron en la Capital y a proporcionar a la Audiencia el
respaldo coactivo que necesitaba para desconocer impunemente los compromisos adquiridos por
sus emisarios en Zipaquirá.

Aunque se pensó en movilizar dichas tropas a la provincia del Socorro cuando llegó a Santafé
la noticia de que Galán trataba de provocar un nuevo alzamiento popular, la medida resultó a la
postre innecesaria, porque don Salvador Plata se encargó de contrarrestar las actividades del
caudillo comunero, tomando contra él medidas más eficaces que las previstas apresuradamente
por el Real Acuerdo. Asimismo el Marqués de San Jorge procuró congraciarse con el gobierno
dando cuantiosos donativos y participando activamente en la formación de Milicias destinadas
a combatir a los comuneros, el señor Plata supuso, no sin fundamento, que la captura de Galán
destruiría todas las sospechas que pudieran tener las autoridades sobre su conducta y en
compañía de Juan Bernardo Plata y Juan Rudolfo Azuero se preparó a emprender, con la ayuda
de nutrida tropa, reclutada a su propia costa, la inicua cacería del gran caudillo del pueblo
granadino.
Al enterarse de que Galán había regresado a la provincia del Socorro, Plata y sus familiares,
incluyendo los Azuero, se convirtieron en los personeros del odio de los criollos acaudalados
contra el caudillo de los humildes y a costa de sus fortunas reclutaron y equiparon la tropa

necesaria para capturarle, en momentos en que Galán se preparaba a librar la última y
desesperada batalla por la revolución.

Cuando Galán comenzaba a constatar el rápido desmoronamiento de la revolución, supo también
que don Salvador Plata, acompañado de numerosa y bien armada tropa, le seguía los pasos y
trató de dirigirse, con sus hermanos y algunos amigos fíeles, a tierras de los indios guanes o a los
llanos, donde tenía la esperanza de burlar la persecución. Desdichadamente fue alcanzado por
Plata en las proximidades de Onzaga, y después de una escaramuza, en la que Galán resultó
herido, se le capturó y cargado de cadenas fue remitido por Plata a Santafé.

En el capítulo dedicado a la Revolución de los Comuneros del Nuevo Reyno, por el más
penetrante de los biógrafos de Túpac Amaru, Boeslao Lewin, se encuentran los siguientes
conceptos, referentes a la captura de José Antonio Galán: « Cabe señalar que fue Galán quien
levantaba los esclavos donde llegaba con su gente. Con este antecedente importante, porque
aún después de la independencia los negros seguían siendo esclavos, no resultará tan extraño el
hecho de que dos Capitanes Generales de los comuneros fueron los que tomaran la tarea de
entregarlo, cuando se puso al frente de los que reaccionaron contra la traición de la Real
Audiencia. Es cierto que uno de estos Capitanes Generales era el miserable don Salvador Plata;
pero no menos cierto es que le ayudaron en la vil tarea de entregar al heroico caudillo popular,
Capitanes de los comuneros de tan destacada actuación, como Pedro Alejandro de la Prada y
Juan Bernardo Plata. A todos ellos no sólo les movía el deseo de demostrar palmariamente su
fidelidad al gobierno español, para librase del castigo por sus pecados anteriores, sino también

el rencor profundo del vecino criollo hacia la plebe y su Capitán libertador de esclavos.

Cree oportuno recalcar esto, porque después de decenas de años de vida independiente, lograda al
calor de las ideas igualitarias, en la parte septentrional y austral del Continente, en las antiguas
colonias inglesas y española, los negros seguían siendo esclavos... Para completar esta
característica, ciertamente muy escueta, de Galán, nos permitimos citar las palabras con las que
acompañó Salvador Plata la entrega del Caudillo": presento a los pies de V. A. El Túpac
Amaru de nuestro Reyno" »

Vino entonces el proceso en que acusaron a Galán de traidor, rebelde, culpable de amores
incestuosos con su hermana, a todo lo cual agregó el Arzobispo que« era hombre de oscurísimo
nacimiento, exaltado por desgracia suya y por una especie de fanatismo hasta el ridículo
concepto de jefe invulnerable» El juicio culminó con una sentencia condenatoria, cuya horrible
severidad no dio motivo para una sola protesta por parte de los antiguos jefes Comuneros »
Condenamos decía el fallo a José Antonio Galán a que sea sacado de la cárcel, arrastrado y
llevado al lugar del suplicio, donde sea puesto en la horca hasta que naturalmente muera; que
bajando se le corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes y pasado el resto por las
llamas, para lo que se encenderá una hoguera delante del patíbulo, su cabeza será conducida a
Guaduas, teatro de sus escandalosos insultos; la mano derecha puesta en la plaza del Socorro; la
izquierda en la Villa de San Gil; el pie derecho en Charalá y el pie izquierdo en el lugar de
Mogotes; declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al Real
Fisco; asolada su casa y sembrada de sal, para que de esta manera se dé al olvido su infame
nombre... » La sentencia fue firmada por Juan Francisco Pey y Ruiz, Juan Antonio Mon y
Velarde, Joaquín Vasco y Vargas, Pedro Catani y Francisco Javier Sema.

Los magnates de la oligarquía criolla granadina, a diferencia de lo que suele afirmarse, sólo
motivos de satisfacción derivaron de la trágica muerte de Galán. El libertador de los esclavos, el
amigo de los indios y defensor de los campesinos sin tierra, no era para ellos sino un "ladrón", un
Infame y rencoroso plebeyo" que se había atrevido a manchar, con horrendos crímenes, un
movimiento nobilísimo en el que no han debido discutirse, según pensaban, sino "libertades" de
los grandes señores del Reino, amenazadas por los excesos del Visitador Gutiérrez de Piñeres.

En el desconocimiento de las Capitulaciones participó activamente la oligarquía criolla y las
autoridades no necesitaron realizar mayores esfuerzos para que fueran sus "patricios", y el propio
Consejo de Capitanes de Guerra del Socorro, los que solicitaran la revocatoria del Tratado de
Zipaquirá. El conflicto entre los intereses del pueblo y los de la oligarquía criolla, puede seguirse
en las actas levantadas en distintas parroquias para pedir oficiosamente la anulación de las
Capitulaciones, medio de que se sirvió la Audiencia para disimular su flagrante violación de
compromisos solemnemente adquiridos. Como el Virrey Flórez, una vez revocadas las
Capitulaciones, insistió en presentar su dimisión ante la Corona, y a la persona nombrada para
sucederle falleció inesperadamente, fue designado como Virrey el Arzobispo Caballero y
Góngora y el Presidente del Consejo de Indias, don José Gálvez, le ordenó proceder sin
contemplaciones contra los comprometidos en la sublevación.

Las represalias no se hicieron esperar y de ellas fueron víctimas algunos de los flamantes
Capitanes comuneros, que tan notorios esfuerzos habían realizado para congraciarse con las
autoridades. Berbeo fue destituido de su cargo de Corregidor del Socorro, para regocijo de don
Salvador Plata, quien pudo así adueñarse de los remates de las rentas y de los mejores negocios
de la provincia. En Marzo de 1783 recibió Plata del Arzobispo- Virrey, que bien lo conocía, la
recompensa por sus hazañas contra los comuneros. « Teniendo a la vista le escribía el prelado,
los documentos con que ha hecho constar su fidelidad al rey en aquellos calamitosos tiempos, he
venido a elegirle y nombrarle por Juez Subdelegado de las Reales Rentas de Tabaco, Alcabalas,
Aguardientes y demás ramos que las componen, en las jurisdicciones del Socorro, San Gil y
Tequia».

Las poblaciones y villas que más activamente participaron en la revolución padecieron entonces
el régimen de una verdadera ocupación Militar y por instrucciones del padre Finestrad se
realizaron, en ellas, verdaderos destierros en masa a las insalubres regiones del Darién

Si el pueblo fue la verdadera víctima de las represalias oficiales y de las severas medidas de
seguridad tomadas para prevenir nuevos levantamientos, no puede decirse lo mismo de la
oligarquía criolla, que logró salvarse por su oportuna defección del movimiento comunero. El
Indulto General decretado por el Arzobispo- Virrey tuvo como objeto libertar a los magnates
criollos del castigo a que eran acreedores, de acuerdo con el texto de las leyes, y los problemas
que intentó resolver Caballero y Góngora con el otorgamiento de este indulto, seguido de la
necesaria habilitación para que los criollos arrepentidos pudieran desempeñar cargos públicos,
los describe el propio Arzobispo- Virrey en su comunicación enviada a la Corte, el 15 de
Octubre de 1783: « Además de que esta habilitación me pareció consecuencia forzosa del
Indulto, dice, tuve para ello el poderoso motivo de la constante pacificación de los pueblos.
Como en estos países, ni en los que tengo vistos de América, hay amor al prójimo, están
continuamente calumniándose por los más ligeros motivos. Con el de la sublevación y con
ocasión de la elección de Alcaldes en el presente año, han sido tantos los recursos que se hicieron
a la Real Audiencia para excluir a los electos, que se vio precisado a mandar por punto general
siguieron los Alcaldes del año anterior. Estas consideraciones y la de evitar en adelante

innumerables ofensas a Dios y a los prójimos, que veía como precisas y que tal vez podrían
llegar a perturbar la tranquilidad de los pueblos, como que habiendo escogido por Capitanes a los
sujetos que son los principales hacendados y sujetos distinguidos de ellos (los pueblos) y
quedando éstos incapaces de obtener los primeros empleos de la república, recaerían

Precisamente en gente rústica e incapaz de administrar recta justicia, me incliné a concederles
esta habilitación como medio único de lograr el servicio de ambas Majestades».

De esta manera se estableció un tácito tratado de paz, sustitutivo de las Capitulaciones de
Zipaquirá, entre la oligarquía criolla y las autoridades coloniales. Ello explica la decisiva
contribución prestada por las grandes familias criollas de Santafé los Lozanos, Barayas,
Caycedos y Ricaurtes a la formación de Milicias encargadas de proteger la Capital contra un
nuevo levantamiento comunero.

El acuerdo establecido sobre el común temor de un "nuevo alzamiento de las plebes", perduraría
hasta tanto que ese peligro se desvaneciera y después se reanudaría la vieja controversia entre
criollos y españoles, entre el poder económico y el poder político, la cual tendría su histórica
culminación el 20 de Julio de 1810. En esta fecha, sin embargo, se reabriría también el conflicto
entre la oligarquía criolla y el montón anónimo de los humildes y los desheredados, cuyos
personeros serán Antonio Nariño y Simón Bolívar. Aleccionados los magnates criollos por la
experiencia del movimiento comunero, tendrán buen cuidado de no obrar con la ligereza que lo
hicieron sus padres y dirigirán sus esfuerzos a impedir que sus desacuerdos con las autoridades
españolas se transformen en una revolución social, como ocurrió en 1781.

Por algo la oligarquía criolla estará representada, en 1810, por los descendientes directos de los
personajes que entregaron la Revolución de los Comuneros y sacrificaron fríamente a Galán. En
sus primeras plantas figurarán quienes formaron, en sus juventudes, los mandos de las Milicias
destinadas a combatir el peligro de una nueva revolución comunera; al frente del Poder
Ejecutivo, como cabeza de la Primera Junta Suprema establecida en Santafé el 20 de Julio,
colocará la oligarquía criolla a don José Miguel Pey, hijo del Oidor Juan Francisco Pey y Ruiz,
personaje central de la Audiencia que burló las Capitulaciones y quien fuera autor principal de la
sentencia de muerte contra Galán. Y el cuadro habrá de completarse con la despiadada
persecución de que sería objeto los grandes voceros de nuestro pueblo. Nariño y Bolívar, por
parte de don Vicente Azuero Plata y don Diego Fernando Gómez Plata, familiares de este
Salvador Plata que entregó a Galán a las autoridades españolas. De esta manera hará su aparición
la llamada Patria Boba.

EL 20 DE JULIO DE 1810.

La ocupación de Andalucía por los ejércitos franceses obligó a la Junta Central de Sevilla a
desbandarse y parte de sus miembros, reunidos en la Isla de León bajo el amparo de la flota
británica, constituyeron un Consejo de Regencia, compuesto de cinco vocales, y a continuación
convocaron las cortes del Reyno para que ellas afrontaran la histórica crisis que vivía la
Península El 24 de Febrero de 1810 fue decretado el ensanche de la representación de América,
ampliando las circunscripciones electorales, y la Regencia dirigió una proclama a los Dominios,
cuyos términos indicaban su intención de apaciguar el visible descontento de los criollos.

A esta declaración se siguió el envío inmediato de Comisionados Regios al Nuevo Mundo. Los
cuales fueron seleccionados entre los criollos residentes en España, a fin de facilitar su
aproximación a los grupos disidentes de las Colonias. Para el Virreinato Granadino y la

Audiencia de Quito designó el Consejo a don Antonio Villavicencio y Carlos Montúfra, ambos
quiteños y singularmente autorizados para el desempeño de su misión, porque Villavicencio se
había educado en Santafé y Montúfar era hijo del famoso Marqués de Selva Alegre, jefe de la
rebelión ocurrida en Quito en 1809.

La pugna entre los criollos y las autoridades coloniales presentaba en Cartagena, donde primero
debían tocar los Comisionados, modalidades aún más complejas y explosivas, porque en esta
plaza y en su provincia, las clases sociales tenían una composición muy definida, lo cual
acentuaba el carácter radical a sus conflictos. « La sociedad en Cartagena, dice Jiménez
Molinares, tenía entonces esta fisonomía: una aristocracia de blancos arriba y la" gente de color"
abajo, y entre estos extremos, la clase media formada por la plebe blanca venida de España,
"blancos de Castilla", y la procreada en América, "blancos de la tierra", infiltrada por elementos
de arriba y de abajo: nobles venidos a menos y libertos venidos a más... En la localización
domiciliaria en Cartagena podía contemplarse geográficamente esa distribución. La clase alta
habitaba el cogollo de la ciudad, en soberbias mansiones; la media junto a ella, en una parte de la
barriada de San Diego, en casas bajas, y la inferior llenaba el arrabal de Getsemaní, separado
apenas de la urbe por un lienzo de muralla y un foso o brazo de mar y ocupando un género de
habitaciones, en la mayor parte, semejante a las madrigueras... La clase alta vivía, como antes, de
la burocracia, del grueso comercio y de la explotación de las enormes haciendas que trabajaban
los esclavos por el pienso; la media del comercio menor, de artes y oficios manuales, como la
platería, zapatería, sastrería y como escribanos comunes; y la inferior, los esclavos de sus amos,
y los no esclavos, del transporte marítimo y terrestre, del laboreo de las minas y de la fábrica de
murallas y castillos. ».

El estamento criollo constituía el centro del poder económico de la ciudad y ello explica sus
periódicos conflictos con las autoridades, conflictos que se manifestaban en las frecuentes
discrepancias del Gobernador y el Cabildo, convertido en feudo político de las familias
representativas de la oligarquía criolla: los García de Toledo, los Días Granados, los Ayos, los
Castillo y Rada y los Gutiérrez de Piñeres. Tales discrepancias se acentuaron, como era fácil
prever, al conocerse en Cartagena los adversos desarrollos de la crisis española y los criollos
trataron entonces de forzar al Gobernador, don Francisco Montes, a compartir el poder con ellos,
a aceptar la asesoría administrativa y política de los Regidores del Ayuntamiento. Algunos más
audaces, llegaron, inclusive a proponer la constitución de una Junta de Gobierno, formada por
los grandes señores del estamento criollo y el Gobernador, sin conseguir otra cosa que ahondar el
conflicto con Montes, quien se denegó categóricamente a permitir la limitación de sus
atribuciones jurisdiccionales. Esta negativa obligó a los criollos a examinar la posibilidad de
abrir las puertas a la colaboración del pueblo en el conflicto, al tiempo que una fracción, dirigida
por Germán Gutiérrez de Piñeres, se inclinaba a pedir el concurso de la barriada de Getsemaní y
de los esclavos negros. En esta discrepancia influyó la vieja rivalidad que existía entre Cartagena
y la Villa de Mompóx, Villa a la cual estaban vinculados los Gutiérrez de Piñeres, pero ello no
resta trascendencia a la aparición de un partido popular en Cartagena, partido que reflejaba,
no obstante la extracción patricia de sus dirigentes, las aspiraciones de los desposeídos y que
habría de desempeñar un papel decisivo en la declaración de Independencia.

Cuando la pugna entre el grupo dominante de la oligarquía criolla y la fracción que comandaban
los Gutiérrez de Piñeres estaba en sus principios y había restado no poca eficacia a la oposición
contra el Gobernador, llegaron a Cartagena los Comisionados Regios, cuyas amplias miras en
pro de los americanos les ganaron general simpatía y les otorgaron autoridad bastante para actuar

como jueces en el conflicto entre el Cabildo y el Gobernador. Villavicencio se sirvió de las
amplias facultades de que estaba investido para promover importantes cambios a favor de los
criollos y obtuvo del Gobernador Montes, no sin grandes trabajos, de que aceptara las
exigencias de García Toledo, a fin de debilitar, por este medio, al partido de Gutiérrez
Piñeres,
cuya evidente peligrosidad no se le ocultó al Comisionado Regio.

El 22 de Mayo de 1810 se acordó, por tanto, que " el Gobernador continuaría en la
administración de la república en unión del Cabildo" y se designaron dos miembros del
Ayuntamiento para asesorar a Montes en las cuestiones fundamentales de la Administración.
Protocolizado este acuerdo, se prestó en Cartagena el solemne juramento de obediencia al Rey
don Fernando VII y al Consejo de Regencia.
• Satisfecho Villavicencio del éxito de sus gestiones, procuró enterarse, por distintos
conductos, del estado general del Reyno, y cuando dispuso de suficientes elementos de juicio,
elaboró una serie de informes para el Consejo de Regencia, en los cuales formulaba severos
cargos a las autoridades coloniales y se solidarizaba con la inconformidad manifestada por los
criollos en los últimos años. Su informe del 24 de Mayo de 1810, por ejemplo, tenía las
características de un Memorial de agravios y sus principales recomendaciones se
concretaban a pedir el nombramiento, en los altos cargos de la Administración colonial, del
Marqués de San Jorge, don Camilo Torres, Frutos Joaquín Gutiérrez, Ignacio de Pombo,
Joaquín Camacho, Eloy Valenzuela, José María Castillo y Rada, Francisco José de Caldas y
Miguel Días Granados. El Comisionado Regio Juzgaba, indudablemente, que el malestar del
Reyno desaparecería al otorgarse prebendas bien remuneradas a las personalidades eminentes de
la oligarquía criolla

Si la llegada de Villavicencio a Cartagena disminuyó las tensiones políticas que existían en esa
plaza, su retardo en ella hizo posible que en Santafé tomara inesperadas proporciones el conflicto
que enfrentaba al Cabildo capitalino y a las autoridades virreinales. Al señor Amar y Borbón y a
los Oidores no les causaron gracia ninguna las condescendencias de Villavicencio con los
americanos y decidieron anticipar las medidas de represión policiva que habían ideado para
reducir a la impotencia al partido criollo. Su plan, como el plan del Conde Ruiz de Castilla en
Quito, fue procesar, por traidores a la Corona, a las principales personalidades del estamento
criollo, a fin de colocar a Villavicencio y Montúfar ante hechos cumplidos y obligarlos a asumir
la responsabilidad, si insistían en entenderse con los criollos, de tratar con individuos juzgados
por el grave delito de traición. Para el efecto, los Oidores Alba y Frías elaboraron una numerosa
"lista" de las personalidades que debían ser detenidas y con el mayor sigilo se comenzaron a
instruir los procesos, a fin de tenerlos listos en el momento oportuno.

Como los criollos ignoraban que estaba fraguándose contra ellos en las esferas del Gobierno,
esos días daban muestras de su gran alborozo por la próxima llegada de Villavicencio, cuyas
cartas les permitían esperar confiadamente en que el Comisionado Regio los apoyaría en sus
reclamos contra el Virrey y la Audiencia Ello explica por qué en el mes de Junio de 1810 se creó
en Santafé una situación bien particular: al tiempo que las autoridades coloniales discutían sobre
la validez de las credenciales del representante de la Metrópoli y ni siquiera pensaban en
organizar los festejos acostumbrados para esos casos, los grandes señores criollos. Sindicados de
rebeldes, no disimulaban su regocijo por la venida del Comisionado y hacían alardes del gran
banquete que se preparaban a ofrecer a Villavicencio en casa de don Pantaleón Santamaría, la
más lujosa residencia particular de Santafé,

En los primeros días del mes de Julio se enteraron los criollos, por la indiscreción de un
funcionario del Real Acuerdo, de la existencia de la famosa "lista" de las personas que debían
detenerse preventivamente y de los procesos cuya instrucción se confió a los Oidores Alba y
frías. Los más destacados dirigentes del partido criollo trataron de establecer la fecha de arribo
de Villavicencio a la Capital y para su desesperación sólo pudieron obtener noticias confusas, de
las cuales parecía deducirse que Villavicencio se encontraba todavía en Cartagena Si bien el
pánico y el derrotismo no se apoderaron totalmente de los criollos, ello se debió al oportuno
conocimiento que se tuvo en Santafé de las insurrecciones ocurridas en Caracas y Pamplona,
Insurrecciones que terminaron en el derrocamiento de las autoridades locales y en su reemplazo
por Juntas “conservadoras de los derechos de Fernando VII". La solución de una Junta de
Gobierno en Santafé se convirtió, para los notables, por tanto, en la única alternativa que podía
salvarlos de las medidas decretadas por la Audiencia, y esta común aspiración dio,
paulatinamente, un carácter más definido a sus actividades políticas. En carta dirigida por
Acevedo Gómez a Víllavicencio, el 29 de Junio de 1810, le decía: « Cada instante que corre
hace más necesario el establecimiento de la Junta Superior de Gobierno. A imitación de la de
Cádiz y compuesta de diputados elegidos por las provincias, y provisionalmente por el cuerpo
Municipal de la Capital. ».

En casa de Acevedo Gómez se celebraron frecuentes reuniones de los principales personeros del
estamento criollo y la consideración del problema que a todos incumbía, puso entonces de
manifiesto las diferentes opiniones y los distintos temples de carácter.

Pronto descubrieron los participantes en dichas juntas que la casa de Acevedo estaba vigilada y
ello los forzó a buscar un lugar de reunión menos expuesto. Como don Francisco José de Caldas
desempeñaba el cargo de Director del Observatorio Astronómico y de él nada sospechaban las
autoridades, se consiguió que autorizara la reunión de los jefes del partido criollo en la torre del
Observatorio, y ello explica por qué en los días 17 y 18 de Junio de 1810, se efectuaron en la
oficina de Caldas, las célebres juntas en las cuales se decidió la suerte del Nuevo Reyno. De ellas
fueron cuidadosamente excluidos quienes no compartían la idea de reducir el movimiento a
la simple captura del poder por los notables del Cabildo de Santafé, y el problema tratado
exhaustivamente en el Observatorio fue el de encontrar la manera de utilizar al pueblo de la
Capital, cuyo concurso sojuzgaba necesario, para contrarrestar una posible intervención de las
milicias, sin tener que adelantar campaña de agitación social, que los magnates criollos,
recordando la experiencia de los Comuneros juzgaban singularmente peligrosas, y sin adquirir
compromisos políticos con la "plebe", tan menospreciada por ellos.

Libres del estorbo de Nariño, quien insistía siempre en la necesidad de deponer a las autoridades
con un auténtico levantamiento popular, los principales personeros de la oligarquía criolla, José
Miguel Pey, Camilo Torres, Acevedo Gómez, Joaquín Camacho, Jorge Tadeo Lozano, Antonio
Morales, etc., pudieron consagrarse a idear la táctica política de que se servían para provocar una
limitada y transitoria perturbación del orden público, que había de permitir al Cabildo capturar el
poder por sorpresa y tomar a continuación las providencias indispensables para el pronto
restablecimiento del orden, de manera que el pueblo no pudiera desviar el movimiento de los
rumbos que la oligarquía, pensando sólo en sus intereses, trataba de darle anticipadamente. La
ocasión era propicia para este género de proyectos, porque los abusos de poder cometidos por las
autoridades habían deteriorado considerablemente su prestigio y los patricios criollos, en su
calidad de víctimas, se ganaron una simpatía transitoria, conque no contaron en épocas anteriores
y que les sería de gran utilidad en las jornadas decisivas que se aproximaban.

Fue don Antonio Morales quien se encargó de sugerir la manera de utilizar, a favor de la causa,
la visible impopularidad del Gobierno, y a propuesta suya se decidió promover un incidente con
los españoles, a fin de crear una situación conflictiva que diera salida al descontento potencial
que existía en Santafé contra los Oidores de la Audiencia. Morales manifestó a sus compañeros
que ese incidente podía provocarse con el comerciante peninsular don José González Llorente y
se ofreció gustoso a intervenir en el altercado, porque profesaba, por cuestiones de negocios, una
franca animadversión al español. Como los notables criollos no disponían de muchas
alternativas, la sugerencia de Morales fue aceptada y se decidió ejecutar el proyecto el próximo
Viernes, 20 de julio, fecha en que la Plaza mayor estaría colmada de gentes de todas las clases
sociales, por ser el día habitual de mercado.

Para evitar la sospecha de provocación deliberada se convino en que don Luis Rubio fuera el
Veinte de Julio a la tienda de Llorente a pedirle prestado un florero para decorar la mesa del
anunciado banquete a Villavicencio y que, en el caso de una negativa des obligante, los hermanos
Morales procedieran a agredir al español. A fin de garantizar el éxito del plan si Llorente
convenía en facilitar el florero o se negaba de manera cortés, se acordó que don Francisco José
de Caldas pasara a la misma hora por frente al almacén de Llorente y saludara, lo cual daría
oportunidad a Morales para reconvenirle por dirigir la palabra a un " chapetón" enemigo de los
americanos y dar así comienzo al incidente.

Tal era, sin embargo, la parte secundaria del plan, como se encargaron de advertirlo don José
Acevedo Gómez y Camilo Torres. Para ellos, como para la mayoría de los asistentes a las juntas
del Observatorio, lo importante era conseguir que el Virrey, presionado por una intensa
perturbación del orden, constituyera ese mismo día la Junta Suprema de Gobierno, presidida por
el mismo señor Amar e integrada por los Regidores del Cabildo de Santafé. Todos los esfuerzos
de los conjurados debían dirigirse, por tanto, a evitar que dicha perturbación se prolongara más
de lo indispensable, para no correr el riesgo de que el pueblo adquiriera conciencia de su fuerza,
como la adquirió durante la revolución de los Comuneros, y pretendiera imponer un orden
político difícil de controlar por los procuradores de la oligarquía criolla. Como se contaba, por
anticipado, con el endeble carácter del Virrey, la principal preocupación de los conjurados fue la
posible resistencia de las milicias de la Capital y por ello ordenó al Capitán Antonio Baraya,
pariente de los principales conjurados, estorbar cualquier intervención de dichas milicias durante
la asonada y se advirtió que debía estar listo para contribuir al restablecimiento del orden, no
bien accediera el Virrey a autorizar la constitución de la Junta de Gobierno.

El 20 de julio de 1810, hacia las once de la mañana, la plaza mayor estaba colmada por una
heterogénea concurrencia, compuesta de tratantes y vivanderos, indios de los Resguardos de la
Sabana y gentes de todas las clases sociales de la Capital. Aunque los conjurados tenían la
resolución de correr todos los riesgos, hacia las diez de la mañana convocaron el cabildo, y, a
propuesta de algunos Regidores, que insistían en recomendar una conducta prudente y en que se
agotaran las medidas conciliadoras antes de acudir a hechos revolucionarios, se decidió
comisionar a don Joaquín Camacho para que, a nombre del Ayuntamiento, se trasladara al
Palacio Virreynal y solicitara a don Antonio de Amar la formación de una Junta de gobierno,
presidida por él e integrada por el cabildo y los patricios designados por el mismo Cuerpo
Capitular. El desarrollo y resultados de esta gestión los describe el mismo señor Camacho en el
"Diario Político" Amar denegó abiertamente; instado por segunda vez con razones victoriosas, se
indignó y con un aire feroz respondió: « Ya he dicho».

Poco antes de las doce del día, como estaba previsto, se presentó don Luis de Rubio en el
almacén de Llorente y después de hablarle del anunciado banquete a Villavicencio, le pidió
prestado el florero para adornar la mesa. Todo parece indicar que Llórente se negó a facilitar el
objeto pedido, pero no existe prueba de que su negativa hubiera sido dada en términos
despectivos o groseros. El comerciante español era hombre de avanzada edad y de muy mala
salud, y ello hace más verosímil la versión de quienes afirman que se limitó a explicar su
negativa, diciendo que " por haber prestado la pieza otras veces se iba maltratando y perdía su
valor". Sólo la intervención de Caldas, quien pasó por frente al almacén y saludó a Llórente,
permitió a don Antonio morales tomar la iniciativa y formular duras críticas a Caldas por dirigir
la palabra a "este sastrezuelo que ha dicho mil cosas contra los criollos". Morales y sus
Compañeros comenzaron entonces a gritar que el comerciante español había dicho a Rubio: «
Me c... en Villavicencio y en los americanos», afirmación que Llorente negó categóricamente,
al tiempo que se dirigía al interior del almacén para evitar altercado. Morales " le siguió hasta
dentro del mostrador y hartó de palos a Llórente, por pura casualidad escapó de entre las manos
de éste", según afirma un relato de la época.

Mientras el comerciante peninsular era golpeado por Morales, los principales conjurados se
dispersaron por la plaza gritando: ¡están insultando a los americanos ¡¡ Queremos Junta! ¡Viva
el cabildo! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Mueran los Bonapartistas! Como era de preverse, los
primeros tumultos se formaron en los alrededores del almacén de Llórente y sólo la oportuna
intervención del Coronel José María Moledo, Comandante de uno de los Regimientos de la
Capital, consiguió salvar la vida del español.

El sentido que espontáneamente tomó la ira de la multitud, compuesta de indios y blancos,
patricios y plebeyos, ricos y pobres, indica los extremos de impopularidad en que habían caído
las autoridades y particularmente los Oidores de la Audiencia. Las turbas se precipitaron sobre
las casas de los Oidores Alba y Frías y del Regidor Infiesta y " rompieron a pedradas las
vidrieras, forzaron las puertas y todo lo registraron", dice el Diario Político". Sus dueños
pudieron salvarse refugiándose en los zarzos o saltando por las tapias a las residencias vecinas.

El Virrey, las autoridades militares y los españoles, contemplaron atónitos ese súbito y violento
despertar de un pueblo al que siempre se habían acostumbrado a menospreciar, y la maquinaria
del estado se inmovilizó desde el momento en que la magnitud de la emergencia hizo
imprescindible que fuera el Virrey quien tomara las decisiones para afrontarla Mientras la
marejada popular adquiría las dimensiones de una tormenta revolucionaria, Amar y Borbón
escuchaba en Palacio, sin poder resolverse, las opiniones de la Virreyna, quien le solicitaba
ordenar la salida inmediata de las tropas a la plaza y los juicios del Oidor Jurado, recientemente
llegado a Santafé, quien le aconsejaba buscar un compromiso con la oligarquía criolla y romper
francamente con los Oidores Alba y Frías. Como todos los hombres débiles, el Virrey sólo trató
entonces de evitar que sus subalternos tomaran decisiones que pudieran echar sobre sus espaldas
la sombra de alguna responsabilidad.

Cuando el Coronel Sámano le pidió permiso para sacar las tropas y los cañones a la plaza,
agregando que se comprometía a dominar en pocos minutos el tumulto, el Virrey le respondió
con la prohibición expresa de tomar ninguna medida de carácter militar, negativa que
desmoralizó a la oficialidad española y le comunicó el complejo de temor que dominaba al
mandatario. De esta manera se facilitó la tarea del Capitán Baraya, quien en el Batallón Auxiliar
y en el Parque de Artillería, pudo fácilmente ganarse a muchos de los oficiales, arguyendo, como
lo hacían los patricios criollos en la plaza, que no era ésta una insurrección contra España, sino

un acto de legítima defensa de la patria española contra las autoridades corrompidas, que tenían
el proyecto de entregar el Reyno a Napoleón y a los "Libertinos de Francia".

La violencia de las turbas no tuvo entonces las proyecciones revolucionarias que eran de
esperarse, porque gran parte de la gleba que intervino en esta primera fase del conflicto estaba
formada por indios y vivanderos de las poblaciones de la Sabana, que debían regresar a sus
pueblos al atardecer. Ello explica por qué, hacia las cinco de la tarde, la presión multitudinaria
había cedido y tanto en la plaza como en las calles era menor la concurrencia Después de asaltar
las residencias y almacenes, los indios y vivanderos comenzaron a dejar la ciudad y en las vías
de salida se advertía la aglomeración que anteriormente tuvo su epicentro en la Plaza Mayor y
calles adyacentes.
La convicción de que el movimiento estaba a punto de fracasar, de quedar reducido a "un
profundo y melancólico silencio", indujo a Acevedo Gómez, quien era el más firme y valeroso
de los jefes de la oligarquía criolla, a salir de su casa dirigirse al edificio del Ayuntamiento, con
la intención de invitar a los Regidores a reunirse en Cabildo y resuelto a arengar al pueblo para
evitar su total dispersión. Ya en el edificio del Cabildo, sólo consiguió reunir a don Miguel de
Pombo, a don Manuel de Pombo, don Luis de Rubio, el secretario Meruelo y el Coronel José
María Moledo y, en un esfuerzo desesperado por salvar el movimiento, salió al balcón del
Cabildo, llamado “La Cazueleta", y pronunció una elocuente arenga pidiendo al pueblo no
olvidar que la "La suerte de todo el Reyno dependía del resultado que tuviese este movimiento
de la Capital". De esta manera trataba de ganar tiempo y de mantener reunidos a algunos grupos
de gentes en la plaza, pues no se le ocultaba que el Virrey y las autoridades sólo esperaban el
momento en que acabara de desbandarse la gente para reasumir el control del orden público.

El tribuno comprendió que debía aprovechar el resto de entusiasmo que aún se advertía entre el
limitado grupo de gentes situadas en las proximidades del Cabildo y procedió a poner en
ejecución la parte vital del proyecto acordado en las juntas del Observatorio. Se declaró investido
del carácter de "tribuno del pueblo", carácter que le había otorgado pequeños grupos de amigos
suyos cuando salió de su casa y desde el balcón de " La Cazueleta" comenzó a designar las
personas que debían formar parte de la nueva Junta del gobierno del Reyno.

Acevedo proclamó una caterva de sujetos de viso para miembros o vocales de la Junta que dijo
debía e iba a establecerse y a encargarse del Supremo Gobierno, nombrando uno por uno. Tal
fue el procedimiento que se empleó el 20 de julio para constituir la famosa Junta de gobierno,
Junta integrada por Acevedo, en su mayoría, con personas que no se habían aproximado siquiera
al lugar de los acontecimientos. Por exclusiva voluntad suya y de acuerdo con lo decidido en las
juntas del Observatorio, fueron nombrados para vocales de dicha Junta, don José Miguel Pey,
entonces Alcalde ordinario de primer voto, don José Sanz de Santamaría, Tesoro de la Real Casa
de Moneda; don Manuel de Pombo, Contador de la misma; don Camilo Torres, Luis Caicedo y
Flórez, Miguel de Pombo, Juan Bautista Pey, Arcediano de la Catedral; don Frutos Joaquín
Gutiérrez, Joaquín Camacho, Francisco Morales, Juan Gómez, Luis Azuola, Manuel Álvarez,
Ignacio de Herrera, Emigdio Benítez, Capitán Antonio Baraya, Fray Diego Badilla, Coronel José
maría Moledo, Pedro Groot, Sinforoso Mutis, José Martín París, Juan Francisco Serrano Gómez
y Nicolás Mauricio de Omafta.

Aunque la oligarquía había nombrado, hacia las seis y media de la tarde, su propia Junta de
Notables, el hecho tenía todas las características de una victoria fugaz. Los grupos de gente que
rodeaban el Cabildo eran cada vez más escasos y al mismo Acevedo Gómez le había sido
imposible conseguir que los Regidores y la mayoría de los vocales nombrados se trasladaran al
lugar de los acontecimientos. En el Palacio Virreynal las caras se habían alegrado de nuevo y el

señor Amar, demostrando unos bríos que no se le conocieron durante toda la tarde, lanzaba
puyas a la virreina y a quienes le habían sugerido medidas drásticas. Se ufanó ante sus
consejeros y la Virreina, de la intuición que le permitió anticiparse a prever que el "bochinche"
no tendría mayores consecuencias y se extinguiría, al cabo de unas horas de retozo popular, con
la misma facilidad con que comenzó.

Debe reconocerse que los razonamientos del Virrey no andaban del todo descaminados, porque a
las seis y media de la tarde el movimiento proyectado por los magnates criollos estaba tocando
linderos del más completo fracaso. Cada minuto que transcurría era menor la concurrencia en los
alrededores del Cabildo y mayor la resistencia que demostraban los Regidores y Vocales a
comprometerse en una aventura que tenía escasas perspectivas de éxito. Acevedo Gómez, dando
Muestras de un coraje extraordinario, trataba de evitar que las gentes se dispersaran y luchaba
prácticamente solo, por salvar su causa del desastre inevitable. Entre él y el Virrey se libraba un
duelo silencioso y dramático, de cuyo desenlace dependería la suerte futura del nuevo Reyno. El
señor Amar, siguiendo las tendencias de su carácter abúlico, se limitaba a esperar, seguro de que
el tiempo era sus aliado y obraba en su favor mientras Acevedo aprisionado en las redes de
estrategia política de la oligarquía criolla, fundada en la desconfianza por el pueblo y en el deseo
de limitar, al mínimo posible, su participación en el movimiento. Se veía precisado a realizar
desesperados esfuerzos para conseguir, con ruegos y discursos, que los grupos de gentes, cada
vez más escasos, que permanecían en la plaza, no se desbandaran. » Si perdéis este momento
de efervescencia y calor clamaba Acevedo desde el balcón del Cabildo: si dejáis escapar esta
ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes; ved (señalando las
cárceles) los calabozos, los grillos y las cadenas que os esperan».

Estas vibrantes sentencias, citadas por los historiadores como prueba de la elocuencia de
Acevedo, constituyen, más bien, la demostración palpable de la dramática encrucijada a que se
hallaba enfrentado en esos momentos. La derrota del movimiento hubiera sido inevitable de no
haber intervenido, José María Carbonell. Si nuestra historia republicana se inicia con la
persecución del hombre que salvó el movimiento del 20 de Julio, ello se comprende al conocer
los procedimientos de se valió Carbonell para rescatar la causa americana del fracaso a que la
habían conducido esa tarde los patricios criollos. Carbonell no desconfió de nuestro pueblo, ni
quiso limitar, al mínimo indispensable si intervención de aquellos sucesos decisivos, sino que lo
invitó, sin reticencias ni reservas mentales, a llenar con sus aspiraciones y esperanzas el magno
escenario a donde iba a cumplirse el nacimiento de la nacionalidad.

En aquella histórica tarde del 20 de julio, cuando la revuelta de los oligarcas estaba fracasada,
cuando Acevedo luchaba desesperadamente en el Cabildo y el Virrey y sus consejeros se
limitaban a aguardar el momento de registrar la realidad de este fracaso, José María Carbonell
realizó uno de los actos más trascendentales de nuestra historia: acompañado de un grupo de
estudiantes y de amigos se encaminó a los arrabales de Santafé, a las míseras barriadas de
extramuros, donde habitaban en guaridas millares de artesanos, de mendigos, de indios y
mulatos, de gentes desesperadas y míseras, y las invitó a trasladarse al centro de la ciudad para
solicitar no una Junta de Notables sino Cabildo Abierto.

Desde este momento los acontecimientos adquirieron un cariz distinto, porque habían cambiado
también las fuerzas sociales que les imprimían su dirección peculiar. La multitud que colmaba la
Plaza Mayor hacia las ocho de la noche no era la misma multitud heterogénea que reaccionó
abruptamente cuando a las doce del día se produjo el altercado entre Morales y Llórente. Ya no
eran gentes de paso, ni los vecinos y vivanderos de la Sabana, sino el pueblo de los arrabales de

Santafé, millares de hombres y mujeres que habían dejado sus míseras covachas, donde vivían
como fieras olvidadas de Dios, para volcarse sobre la ciudad.

En la famosa "Relación Anónima" de la jomada del 20 de Julio, se refiere que Entusiasmado el
pueblo con los discursos de don José María Carbonell se juntaron los Capitulares en la sala" y el
Cabildo" se llenó de gente. Ocurrió la historia de siempre. No bien el pueblo puso la cara la
oligarquía corrió a reclamar sus privilegios. Acevedo Gómez había luchado solitario en el
Ayuntamiento, había sentido transcurrir los minutos como si fueran siglos, sin que sus amigos y
compañeros de conjura dejaran el refugio " de los retretes de sus casas". Sólo ahora, cuando la
despreciada plebe, cuando los de "ruana" oponían el sólido poder de su masa a las autoridades
coloniales, corrían a hacerse presentes en el recinto del cabildo, no para convertirse en los
Voceros de ese pueblo que había salvado la revolución, sino para discutir, en junta de notables,
las prebendas y privilegios que esperaban derivar de una victoria que no les pertenecía.

Comenzó entonces la primera etapa de la batalla entre la oligarquía y el pueblo, batalla que
habría de adquirir características dramáticas en el curso de los días siguientes. Como Acevedo
Gómez había designado, para integrar la Junta, a la plana mayor del estamento criollo,
Carbonell trató de modificar esta situación e insistió en que todas las decisiones se tomaran esa
noche en Cabildo Abierto, lo cual significaba que el pueblo, en uso de su capacidad deliberante y
soberana, habría de nombrar directamente las nuevas autoridades del Reyno. Tal fue la consigna
dada a los estudiantes y a las multitudes, de manera que a las ocho de la noche sólo se escuchaba,
en la Plaza Mayor, un grito unánime, salido de miles de gargantas; j Cabildo Abierto! Esta
consigna, a diferencia de lo que suponen muchos historiadores, constituía una advertencia
amenazadora, no sólo para las autoridades virreynales, sino muy particularmente para la
oligarquía criolla, empeñada en que todas las decisiones las tomara privativamente el Cabildo de
Santafé, sin permitir al pueblo desempeñar otra función que la de mudo espectador de la comedia
de los notables.

El inquietante vocerío de la multitud obligó al Ayuntamiento a convenir, como transacción, en
que se solicitara permiso al Virrey para instalar el Cabildo Abierto y al recibirse la rotunda
negativa del señor Amar, Carbonell resolvió actuar por su cuenta y sin contar con el
Ayuntamiento, de manera que él y sus amigos se dispersaron por la ciudad y acudieron a un
expediente que puso en conmoción a la Capital: entraron a las iglesias y con el consentimiento de
los párrocos o sin ese consentimiento, echaron las campanas al vuelo. « Hizo el pueblo dice el
Diario Político" tocar fuego en la catedral y en todas las iglesias, para llamar de todos los puestos
de la ciudad el que faltaba. Estos clamores, en todo tiempo horrorosos, llevaron la consternación
y el espanto a todos los funcionarios del Gobierno. Tembló el Virrey en su Palacio».

Según los relatos de la época, hacia a las ocho de la noche, había más de nueve mil personas en
la plaza, lo cual significaba que cerca de la mitad de la población de Santafé estaba participando
en aquella histórica jomada. Respaldado por esa multitud, Carbonell resolvió que el pueblo y no
el Ayuntamiento de Santafé pidiera Cabildo Abierto a las autoridades coloniales. « A cada
mensaje dice el "Diario Político" y a cada negativa (del Virrey), tomaba más vigor este pueblo
activo y generoso. En fin, comisionó al doctor don Benedicto Salgar, a don José María
Carbonell, don Antonio Malo, don salvador Cancino y otros, para que concediese (el Virrey) el
Cabildo Abierto que solicitaba». En la entrevista se produjo un violento altercado entre
Carbonell y el Virrey y sólo la prudente intervención del Oidor Jurado logró atenuar el carácter
desagradable de dicha entrevista y conseguir de Carbonell y sus compañeros, que se retiraran a
esperar, en la plaza, la respuesta del Virrey. Ya solos el señor Amar y el Oidor Jurado, éste le

dijo al malhumorado mandatario: «Concede V.E. cuanto pida el pueblo si quiere salvar su vida
y sus intereses.».

Comenzaron entonces en la Sala del Ayuntamiento, y, a espaldas del pueblo, las deliberaciones
entre el delegado del Virrey y los principales dirigentes del estamento criollo. Como la multitud,
agolpada en la plaza, daba muestras de evidente desconfianza contra el Regimiento de Artillería,
en cuyo cuartel esperaba el Coronel Sámano, y considerables grupos de hombres y mujeres
exaltados dirigidos por Carbonell, se habían aproximado a los cuarteles y pedían a la oficialidad,
con gritos desafiantes, que rindieran las armas, tanto Acevedo Gómez como algunos de los
Regidores, temerosos de que se produjera un choque sangriento, decidieron pedir al Oidor Jurado
y al Virrey que pusieran las guarniciones de la Capital a órdenes del Cabildo, para protección de
los Regidores y del mismo Virrey. « Mientras iban y venían diputaciones dice el " Diario
Político" el pueblo hacía movimientos de arrojo y valor contra el Parque. Decían: Aunque no lo
tomemos, a lo menos impediremos sacar los cañones contra los que se organizan en la plaza.

El Oidor Jurado, a fin de evitar un choque entre el pueblo y las fuerzas armadas, recomendó al
Virrey aceptar la solución propuesta por los criollos, quienes despacharon, a su vez, emisarios
encargados de explicar al señor Amar que su autoridad de gobernante estaría mejor garantizada
si las tropas recibían órdenes del Cabildo y no de oficiales por quienes el pueblo tenía manifiesta
desconfianza El Cabildo consiguió el control de las guarniciones de la Capital, lo que fortaleció
extraordinariamente su posición. En los días siguientes se descubrirían las ominosas
consecuencias que, para el pueblo, tendría la captura del poder militar por los mandatarios de la
oligarquía criolla.

Empezó entonces a tratarse, entre los regidores y el delegado del Virrey, la cuestión más
conflictiva, aquélla que podía conducir al entendimiento o a la total ruptura: la constitución de
una junta Suprema de Gobierno, compuesta por los miembros del Cabildo y las personalidades
designadas esa tarde por Acevedo Gómez. Cuando el problema le fue planteado a Jurado por don
Camilo Torres, el Oidor no se sintió con autorizaciones bastantes para decidir una cuestión de
tanta trascendencia y así lo manifestó con franqueza al Cabildo, agregando que él simpatizaba
con la solución, pero que le era imposible aceptarla sin recibir instrucciones expresas del Virrey,
solicitó en consecuencia, se le permitiera trasladarse a Palacio para tratar el asunto con el señor
Amar, y ello interrumpió la armonía que hasta el momento había reinado entre el Oidor y los
Capitulares. La mayoría de los presentes, encabezados por Acevedo Gómez, se opuso a la salida
de Jurado del Cabildo, por comprender que su presencia constituía el símbolo del
reconocimiento, hecho por el Virrey, de la legitimidad del Cabildo Extraordinario y, por tanto, se
hizo contar en el Acta " que ninguna persona salga del Congreso (el Cabildo Extraordinario),
antes de que quede instalada la Junta". Como el vocerío del pueblo en la plaza se tomaba cada
vez más amenazador y muchos de los regidores temían que Carbonell empujara a la multitud a
tomar el Palacio Virreynal por asalto se adoptó una medida de transacción y se designó a don
Antonio Morales para que se entrevistara con el Virrey, le expusiera la gravedad de la situación
y obtuviera de él las autorizaciones indispensables para que el Oidor Jurado pudiera instalar la
junta Morales pasó inmediatamente a Palacio y allí hubo de enfrentarse a las conocidas
vacilaciones del señor Amar y a la franca resistencia de la Virreina, quien se oponía con
tenacidad a la autorización de la Junta.

Cansado de ofrecer garantías y de explicar al Virrey que los criollos eran los más leales y celosos
defensores del trono, Morales se vio precisado a forzar una decisión, porque la dramática
velocidad de los acontecimientos no permitía nuevas demoras, y le dijo lacónicamente al Virrey:

«Tres partidos se presentan a Vuestra Excelencia: salir en persona a sosegar un pueblo
enfurecido; pasar personalmente a las Casas Consistoriales; o aumentar las facultades de Jurado.

Temeroso el señor Amar de que el pueblo se desbordara y la dirección del movimiento pasara
definitivamente a manos de Carbonell, cuya peligrosidad había advertido en la entrevista de esa
tarde, renunció a sus últimos escrúpulos y, en pleno acuerdo con Morales, envió instrucciones al
Oidor Jurado para que autorizara la junta, siempre que se reconocieran expresamente por el
Cabildo, los derechos de la Corona y las relaciones de dependencia entre los Dominios y la
metrópoli.

Por las correcciones que se hicieron en el Acta del cabildo esa noche, ha podido establecerse que
su redacción inicial fue modificada en el sentido de hacer más expreso el reconocimiento de

Fernando VII y del Consejo de Regencia y dar importancia especial al nombramiento del Virrey
como Presidente de la Junta Suprema. Tales fueron las bases sobre las que se llegó a un acuerdo
entre el Oidor Jurado y los patricios criollos, quienes no deseaban la independencia sino
compartir el poder con el Virrey.
En general, para las oligarquías criollas de América, la
Independencia era una alternativa sembrada de peligros, y sólo deseable en el caso de que
España fuera dominada por los "libertinos de Francia" y se tratara de imponer, a las posesiones
de Ultramar las detestables "doctrinas de la revolución Francesa. Por ello las revueltas que
dirigieron las oligarquías criollas, en 1810, en las capitales americanas, coincidieron en su
adhesión a Fernando VJJ y al Consejo de regencia de Cádiz.

Si en México la única excepción a esta regla, el movimiento tuvo un sentido claramente
separatista e implicó una franca ruptura con España, ello se debió al carácter popular de su
revolución. Allí el levantamiento no fue un golpe de estado dado por la oligarquía desde los
cabildos, sino una insurrección revolucionaria del pueblo, de los indios, contra las autoridades
coloniales. « El 16 de Septiembre de 1810, dice Luis Alberto Sánchez, en circunstancias de que
se hallaba en su Iglesia, subió Hidalgo al pulpito, y, desde ahí, vivo contraste con los demás
movimientos americanos, pronunció una encendida arenga incitando a los feligreses a
desconocer la autoridad de España, exaltando sus sentimientos nacionales, de raza, y de odio a
los Españoles. Y al grito ¡Viva Nuestra señora de Guadalupe ¡Abajo los gachupines; se inició la
rebelión.

Como a los criollos no les importaba la Independencia sino compartir el poder con las
autoridades coloniales, en el Cabildo de Santafé pudo el Oidor Jurado, la noche del 20 de julio,
conseguir que en el Acta de ese día se dejara registrados y a salvo los intereses de la Metrópoli.
Fue don Camilo Torres quien se encargó de defender la jurisdicción del Consejo de Regencia y
los derechos de Fernando VJJ, dando muestras, desde aquella noche, de la conducta equívoca que
mantendría a lo largo del proceso de emancipación.

Fue don Camilo Torres quien, en la noche del 20 de Julio, más eficazmente ayudó al Oidor
Jurado a pedir que se tomara cualquier decisión que pudiera parecerse a una declaración de
Independencia, fue él, con Frutos Joaquín Gutiérrez y Acevedo Gómez, quienes impusieron la
elección del Virrey como Presidente de la Junta Suprema.

Una vez electo el señor Amar, se designó Vicepresidente de la Junta a don José Miguel Pey, hijo
del famoso Oidor que ordenó el desconocimiento de las Capitulaciones otorgadas a los
Comuneros y redactó la famosa Sentencia de muerte contra Galán. A continuación el Oidor

jurado procedió a instalar la junta de Gobierno y los vocales presentes juraron no " abdicar los
derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y
desgraciado Monarca don Fernando VII" y sujetar “este nuevo Gobierno a la Superior Junta de
regencia, ínterin exista en la Península". Para terminar la ceremonia, se recomendó «muy
particularmente al pueblo, dice el acta, la persona del Excelentísimo señor don Antonio de
Amar».

Pactado, en el Acta del 20 de Julio, el gobierno conjunto de las autoridades coloniales y los
partidos criollos, se produjo automáticamente un nuevo encuadramiento de fuerzas y sobres las
viejas disputas, que se declararon aquella noche canceladas, comenzaron a dibujarse las fronteras
del conflicto entre una oligarquía triunfante y un pueblo que buscaba confusamente su liberación
y confiaba en que aquella profunda crisis del orden colonial no habría de reducirse a simple
oportunidad para que las clases acaudaladas se apoderaran de los centros nerviosos del Estado.

Hacia las tres de la mañana las notabilidades criollas celebraban su victoria y el pueblo, fatigado
por ocho o nueve horas de espera, comenzaba a retirarse, con la seguridad de que apenas había
comenzado la batalla y de que en los días siguientes se pondría en juego su destino. Al tiempo
que la junta de Gobierno declaraba terminada la revolución y consideraba, con apremio, las
precauciones indispensables para imponer el orden en los próximos días, don José María
Carbonell tomaba las medidas del caso para que el pueblo se mantuviera en manifestación
permanente desde las once de la mañana del día 21 de Julio. Carbonell no estaba dispuesto a
dejar sin definir el problema básico de la Independencia, ni a tolerar que aquella batalla, ganada
por el pueblo, no tuviera alcances distintos de un simple traslado del poder, de manos del
Virrey a la poderosa oligarquía criolla de grandes hacendados, comerciantes, plantadores
esclavistas y abogados que constituían la verdadera clase opresora de la sociedad granadina,
la clase cuyas divergencias con la Metrópoli no tenían otro sentido que su deseo de derogar
aquellas instituciones de la legislación española que otorgaban alguna protección a los indios y a
los desposeídos, para lo cual trataban de adueñarse del Estado.

Como los notables criollos comprendieron que Carbonell constituía el verdadero obstáculo para
sus proyectos y que el pueblo había dejado, bajo su dirección, de ser el rebaño con cuya
pasividad e ignorancia contaban, se procuró excluirlo de las deliberaciones del Cabildo en la
noche del 20 de julio y no se le nombró en la Junta de Gobierno, no obstante que a él se debía el
éxito de aquella jornada. Todas estas precauciones no bastaron, sin embargo, para tranquilizar a
los notables, La misma Junta, dominada por José Miguel Pey y Camilo Torres, habría de
condenarle, días después, a la pena de cárcel y su arresto sería ordenado por el hijo del Oidor
que redactó la sentencia de muerte de Galán. Nada tiene, pues, de extraño, que la figura histórica
de José María Carbonell sea hoy poco conocida entre nosotros.

A don José María Carbonell no se le ocultaron las vinculaciones que existían entre la
permanencia del Virrey en el Gobierno y la consolidación de la hegemonía política de la casta
criolla hegemonía que estorbaba todo cambio de la estratificada sociedad granadina y se propuso
conseguir, por eso, la destitución de los funcionarios españoles, comenzando por el Virrey, a fin
de que la nueva nacionalidad, independizada de sus amarras coloniales, se diera un gobierno que
fuera el resultado de airear francamente, en el ágora pública, los alcances y proyecciones del
histórico conflicto entre la oligarquía y el pueblo.

A las ocho de la mañana del día 21 de Julio se presentaron en el edificio del Cabildo las personas
designadas por Acevedo Gómez para integrar la Junta de Gobierno y procedió a ocuparse de la
cuestión que tenía, para todos la mayor importancia: el reconocimiento oficial de la Junta
suprema que debía protocolizarse por medio del Juramento que prestaría el Virrey,
comprometiéndose a obedecer los dictados de una entidad de la cual era Presidente. Si los
vocales del nuevo organismo gubernamental hubieran deseado asumir una posición de
Independencia frente al representante de la Corona, lo natural hubiera sido solicitar al señor
Amar que se trasladara a las Casas Consistoriales a prestar el juramento. No ocurrió así, porque
los notables criollos necesitaban del Virrey y deseaban ganarse su buena voluntad, lo cual
explica la actitud dócil que siguieron la mañana del 21. « Formados en dos alas dice el " Diario
Político", pasaron al Palacio». El Virrey los recibió en la Sala de Audiencias, y ante el
Vicepresidente de la Junta, don José Miguel Pey, prestó juramento de obediencia a ella,
empleando, eso sí, la fórmula acordada la noche del 20 de Julio, que establecía el expreso
reconocimiento de Femando VII y el Consejo de Regencia.

La alegría y el regocijo que reinaban en Palacio se interrumpieron súbitamente cuando se supo
que grandes manifestaciones populares, agrupadas por Carbonell y sus amigos en San Victorino y
los barrios altos, avanzaban sobre el centro de la ciudad, a lo largo de la Calle de Moneda real.
La noticia causó general desconcierto y los actos de Palacio se disolvieron. El señor Amar ordenó
cerrar las puertas de la mansión virreynal y los vocales de la Junta se encaminaron a las Casas
Consistoriales, a fin de actuar, por primera vez como suprema autoridad del Reyno. Minutos
después de reunirse en la Sala del Cabildo, se enteraron los vocales de que las oleadas de pueblo
en marcha hacia la Plaza Mayor tenían un carácter impresionante por su volumen y obedecían a
consignas altamente peligrosas para la supervivencia de los pactos celebrados en la noche del 20
de julio. Conocieron también que la multitud portaba armas y en ella era general el vocerío
contra el Virrey, los Oidores de la Audiencia y los españoles.

A las doce del día la Plaza Mayor se había convertido en el epicentro de una vasta conmoción
republicana y tanto Carbonell como numerosos oradores improvisados se dirigieron a la Junta de
Gobierno, pidiendo en términos altivos, la prisión del señor Amar, de los Oidores Hernández de
Alba y Frías y del Regidor Mancilla Solicitaron también la excarcelación de los presos
condenados por las autoridades coloniales y la inmediata libertad del Canónigo Rosillo, detenido
en el convento de los Capuchinos. Enfrentada la Junta a exigencias que afectaban seriamente las
bases del acuerdo pactado con el Oidor Jurado y el virrey, trató de calmar los ánimos, de actuar
con parsimonia y prudencia, sin conseguir otro resultado que aumentar la inconformidad popular.

Las turbas, guiadas por Carbonell, comenzaron a obrar por cuenta propia y gravísimos hechos se
cumplieron en Santafé ante la aterrada e impotente Junta de Notables. Las casas de los Oidores
fueron asaltadas, se las saqueó, y sólo la intervención de las milicias y de algunos miembros del
nuevo gobierno, consiguió salvar la vida de sus dueños. Simultáneamente, otra porción de la
multitud se dirigió al convento de los Capuchinos, libertó al eclesiástico Rosillo y lo llevó el
triunfo a la plaza, donde los amotinados realizaron una desafiante exhibición de poderío.

Al pueblo de Santafé no se le ocultó entonces que la deseada emancipación de la Metrópoli
perdería sus efectos libertarios si ella se traducía en el simple acaparamiento del gobierno por
la poderosa oligarquía criolla,
y ello explica el carácter radical de su comportamiento.

La preocupación de los notables estaba sobradamente justificada porque la presencia del pueblo
en las calles había creado una situación revolucionaria, cuyos lógicos desarrollos resultaban
incompatibles con los compromisos pactados el 20 de Julio. Ese mismo día, hacia las cinco y

media de la tarde, el pueblo hizo una nueva demostración de fuerza, tanto más afrentosa para la
Junta, cuanto que la futilidad de los pretextos invocados, indicaba que Carbonell se proponía
poner de relieve el carácter precario de las nuevas autoridades, El pueblo y sus tribunos exigió, al
atardecer, no sólo la conducción de los Oidores a la cárcel común sino también que se les hiciera
comparecer en los balcones del Cabildo, una vez les fueran remachados los grillos. No obstante
que la junta diputó a varios eclesiásticos para hacer desistir a los amotinados de tan humillante
solicitud, las gentes reunidas en la plaza permanecieron impasibles y« viendo que era preciso
presentarlos refiere el "Diario Político", los eclesiásticos vocales referidos recomendaron
moderación: pidieron que no se les dijesen palabras injuriosas, ni fuesen a arrojar piedras... La
noche se acercaba, y en efecto. Se oscureció en estos debates. El pueblo pidió que se encendiesen
bujías y que se realizasen cuanto antes sus deseos. En efecto, se expusieron estos dos ministros a
los ojos de un pueblo ofendido... Concluida esta escena dolo rosa, fueron conducidos a sus
respectivos calabozos».

La experiencia de la agitada jornada del 21 de Julio, durante la cual el pueblo consiguió sus
primeras victorias contra la Junta de Notables, demostró a Carbonell la necesidad de organizar
un Estado Mayor revolucionario que pudiera competir con los nutridos cuadros dirigentes del
estamento criollo y mantener el entusiasmo libertario de las multitudes.

Para el día 22 fueron convocados, por él, los jefes de los barrios, los conductores de los artesanos
y los estudiantes de avanzada, a quienes se señaló, como punto de reunión, un lugar del barrio
San Victorino « Como contrapunto al gobierno que presidía el Vicepresidente Pey observa
Abello Salcedo, se estableció en San Victorino una Junta Popular, bajo la presidencia de don
José María Carbonell, la que instaló sin más plan y actividades que dar rienda suelta a las
pasiones que bullían en los suburbios capitalinos. Esta Junta no era otra cosa que un club
Revolucionario permanente, en donde se pronunciaban las más disparatadas arengas, sobre
soberanía popular, el derecho de oprimidos.

Allí iniciaron su carrera pública estudiantes, quienes más tarde se distinguieron en la gesta
emancipadora, en la magistratura, o rindieron la vida en los patíbulos levantados por los
pacificadores en el año 16».

La Junta Popular se instaló el día 22 y durante toda la tarde y parte de la noche se debatieron en
ella los grandes temas de la Revolución. Allí combatió Carbonell elocuentemente la solución
pactada el 20 de Julio entre la oligarquía criolla y el Virrey, expuso la necesidad de movilizar al
pueblo para conseguir la inmediata declaratoria de Independencia, la prisión de Amar y el
desconocimiento de Fernando VII.

En su recinto habló Carbonell de la "soberanía popular", del derecho de los oprimidos" e hizo
hincapié en la necesidad de mantener una permanente acción multitudinaria, a fin de conjurar el
peligro de que el movimiento de Independencia se redujera a un simple traslado del Poder de
manos de los funcionarios de la Corona a la oligarquía de hacendados, comerciantes y
plantadores esclavistas, que andaban buscando la oportunidad propicia para derogar las Ordenes
españolas que otorgaban alguna protección a los indios y a los desheredados. Uno de los grandes
méritos de Carbonell fue haber comprendido, como comprendió, que la nobilísima causa de la
Independencia no tenía para los notables criollos otro sentido que el de una gran fronda de las
clases acaudaladas, empeñadas en desmantelar el Estado para convertir su libertad de dueños de
la riqueza en abusiva licencia contra los desposeídos y los humildes.

El 22 de Julio fue un día de aparente calma, de obligada pausa, que sirvió a la Junta de Notables
y al club Revolucionario de San Victorino para prepararse, respectivamente, a afrontar el
histórico conflicto que se aproximaba Al tiempo que en la Junta Popular de decidía mantener al
pueblo en manifestación permanente hasta conseguir la prisión del Virrey y la declaratoria de
Independencia, los Notables criollos, reunidos en las casas Consistoriales, acordaban realizar un
gran despliegue de propaganda, a fin de preservar el prestigio de Fernando VII, y proceder,
también, a la organización de unas milicias de confianza para restablecer el orden. Esta última
medida era tanta más necesaria cuanta que las tropas regulares españolas que el 20 de Julio se
pusieron a órdenes de la Junta, contemplaban ahora, no sin cierto regocijo, los apuros de la
oligarquía criolla, que no vaciló en estimular el desorden cuando él podía convertirlo y a la
postre se mostraba aterrada ante los desenvolvimientos lógicos del movimiento revolucionario de
liberación.

Tales antecedentes permiten comprender el curso que siguieron los acontecimientos el día 23,
cuando la Junta de Gobierno, inspirada por José Miguel Pey y Camilo Torres, tomó la iniciativa,
Resuelta a poner término a los "desmanes del pueblo" y a impedir las actividades revolucionarias
de don José María Carbonell. Desde muy temprano se colocó en los balcones de las Casas
Consistoriales, bajo palio, un enorme retrato del rey Fernando VII, y se situaron las milicias
regulares en la plaza, como guardia de honor de la " imagen de nuestro amado soberano", según
refiere el "Diario Político". Hacia las diez de la mañana se inició la ceremonia, preparada en el
Palacio Virreynal, salió un desfile, encabezado por el propio señor Amar, don José Miguel Pey,
Camilo Torres y los Vocales principales de la Junta de Gobierno, desfile que rindió honores al
retrato de Fernando VII. Poco después se dio a conocer, por conducto del pregonero, el primer
Bando de la nueva Junta de Gobierno, cuyo texto decía: « Convencido este cuerpo de los
sentimientos con que el pueblo ha excitado su lealtad a favor de su justa causa, ha resuelto, como
fundamento de la Constitución a que prestará todo el lleno de su energía, se observen los puntos
siguientes: 1. Sostener y defender la Religión Católica, Apostólica y Romana, Universalmente
recibida por nuestros mayores... 2. Defender los derechos de nuestro amable soberano don
Fernando VE, conservando este Reyno a su augusta persona hasta que tengamos la feliz suerte
de verlo restituido a un trono de que le arrancó el tirano del mundo (Napoleón)... 3. A favor de la
tranquilidad pública se prohíbe absolutamente todo espíritu de división como perjudicial en un
tiempo en que la Junta Suprema se ocupa en el reposo y quietud general; exigiendo muy
particularmente el amor que debe tener el pueblo a los españoles europeos, reconociendo en ellos
a sus hermanos y conciudadanos, y entendiendo que sobre puntos de tan alta consideración, la
misma Junta tomará las providencias más activas y vigorosas... Con este objeto de la tranquilidad
se prohíben también los toques de campana extraordinarios, y cualquier otra alarma que no se
haga de orden de la Junta. 4. El pueblo pedirá lo que quiera por medio de su Síndico Procurador
General en quien ha puesto su confianza, que aprobará lo que sea justo, desechando con maduro
examen lo que en lugar del beneficio público engendre la inquietud de los ánimos, o traiga
alguna consecuencia perjudicial.».

No se crea, sin embargo, que estas precauciones parecieron bastantes a los vocales de la Junta
Suprema. En el mismo Bando, en su punto sexto, se determinó la creación del Regimiento de
"Voluntarios de la Guardia Nacional", cuyo reclutamiento y mandos de confiaron a don Antonio
Baraya y a don Joaquín Ricaurte. Como su leva, organización y disciplina demandaban tiempo y
debían someterse a las ordenanzas militares en vigencia, el mismo 23 ordenó la Junta la creación
de cuatro Escuadrones de Caballería, los cuales debían reclutarse entre los hacendados de la
Sabana, los famosos "orejones", y sus mayordomos de confianza, a fin de que custodiaran el
orden en la Capital e impidieran los "desmanes del pueblo".

Para comandar esa famosa Caballería que, "arrojando el arado volaron a empuñar la espada",
como dice el "Diario político", fue designado el gran Hacendado de la Sabana, don Pantaleón
Gutiérrez, casado con la hija del famoso Oidor Moreno y Escanden, quien en su época propuso,
no obstante su título de protector de Indios, "demoler" los Resguardos, y fue uno de los
personajes más odiados por los Comuneros.

La Guardia fue reclutada apresuradamente y para completar el armamento de los "orejones" se
tomaron del Palacio Virreynal" las numerosas medialunas y lanzas que se hicieron para oprimir a
la provincia del Socorro en 1781". Estas armas servirían ahora para amedrentar al pueblo de
Santafé, que había enarbolado, bajo la dirección de Carbonell, la bandera libertaria que la
oligarquía criolla entregó, en 1781, en las Capitulaciones de Zipaquirá.

Como consecuencia de las medidas de prevención adoptadas por la Junta, el día 24 transcurrió en
calma y el 25 la ciudad presentaba el aspecto de una plaza sitiada «La caballería dice el
"Diario Político", velaba en todos los puntos peligrosos, paseaba las calles, visitaba el Parque,
los cuarteles, las entradas y rodeaba las cárceles... se notaba cierto grado de tranquilidad en los
movimientos del pueblo, que no se había observado en los días precedentes, y aún pareció en
este momento semejante a un mar enfurecido que comenzaba a calmar».

No debe creerse, sin embargo, que Carbonell y la Junta Popular habían perdido su tiempo o se
hallaban intimidados. Desde el día 24 por la tarde Carbonell y sus compañeros se dispersaron por
los barrios de Santafé, con la consigna de alertar a sus habitantes contra una posible traición de
los notables y resueltos a promover una gran conmoción revolucionaria para conseguir la prisión
del Señor Amar y de la Virreina

En la mañana del 25, Carbonell y sus amigos hicieron circular el rumor de que en Palacio se
estaban alistando las tropas y cargando los cañones y esta especie actuó como material explosivo
acumulado en los días anteriores. Los redactores del "Diario político" relatan los sucesos del 25
y de la sorpresa que se llevó la Junta Suprema ante una súbita conmoción popular, que juzgó
imposible después de las drásticas medidas adoptadas para conjurar el peligro de este tipo de
perturbaciones. « En todos los ángulos de la ciudad dice el "Diario" reinaba silencio y
tranquilidad. De repente se difunde con una velocidad increíble la voz de que la guardia de honor
que aún se conservaba al Virrey Amar, había cargado con balas sus fusiles; que había muchas
armas ocultas en Palacio; que había también cañones. Un pueblo inmenso se deja ver en las
agitaciones más vivas. Una parte acude al Parque de artillería, otra avanza a Palacio, otra. En fin,
pide urgentemente a la Junta el registro de las armas y la seguridad de Amar y su mujer... la junta
dudaba, pero conocía que la perplejidad en estas circunstancias podía tener las más funestas
consecuencias».

El gobierno ordenó a dos de los vocales trasladarse a Palacio, a fin de verificar si eran ciertos los
cargos formulados al Virrey, y los dichos vocales, después de "registrar todos los departamentos
de Palacio, que se franquearon por el secretario del Virrey, don José de Leyva, no hallaron las
armas, ni los cañones que creían". No obstante que el mismo Vicepresidente Pey informó al
pueblo del carácter infundado de sus temores, los ánimos no se aquietaron y la multitud, azuzada
por Carbonell y sus amigos, realizó el primer intento de asaltar la mansión virreynal. La Junta se
halló entonces ante la misma crítica alternativa que hubo de afrontar el señor Amar el 20 de julio.
O cedía ante la presión del pueblo enfurecido u ordenaba a la Caballería despejar la plaza En tan
apuradas circunstancias, la Junta optó, finalmente, por claudicar y el mismo Virrey convino, de
buen modo, en que se le trasladara al edificio del tribunal de Cuentas. En todo caso, antes de

sacar al señor amar de Palacio, la junta tomó la precaución de situar la caballería y las tropas
regulares en los alrededores de Palacio.

En los días siguientes la Junta consiguió mantener, con relativa normalidad el control del orden
público, gracias a la vigilancia de la Caballería y a las actividades de tipo religioso que
ordenaron en todas las iglesias, con la evidente intención de frenar la dinámica revolucionaria de
la inconformidad popular. Los destacados eclesiásticos que pertenecían a la Junta y
particularmente el Arcediano Juan Bautista Pey, hermano del Vicepresidente, lograron que el
clero de la capital prestara su apoyo a la clase gobernante, de manera que los sermones de los
párrocos, los oficios religiosos y hasta las procesiones, llegaron a convertirse en instrumentos
políticos de los notables.

Así consiguieron los notables criollos, valiéndose de la vanidad de algunos sacerdotes, altamente
situados en la Jerarquía eclesiástica, empujar a la iglesia granadina al campo de los privilegiados,
con notable perjuicio para su misión de defensora de oficio de los humildes. Resumiendo las
actividades de la Junta en este sentido dice el historiador José Manuel Groot: « El 29 de Julio la
Suprema Junta y el Gobierno Eclesiástico celebraron una solemne fiesta de acción de gracias en
la Iglesia Catedral Metropolitana, por el feliz éxito de la transformación política

El 6 de Agosto puede considerarse como un día clave en el proceso aludido, porque en esta fecha
ordenó la Junta una extraña ceremonia« Ese día refiere el "Diario Político" que es el aniversario
de la Conquista, se solemnizó con la asistencia, en cuerpo, de la suprema Junta. Toda nuestra
Caballería y la de la Guardia de honor que fue de los Virreyes, se dejaron ver armada en la
carrera. La ceremonia fue de las más solemnes y lucidas. La conmemoración del "aniversario de
la Conquista", a los quince días del 20 de Julio, explica el sentido profundo de la política criolla,
muy poco liberal y nada generosa. ¿Puede alguien imaginarse, por ejemplo, al pueblo francés
celebrando con regocijo, a los quince días de la toma de la Bastilla, la fundación de la dinastía de
los Capetos? Pero en Santafé era necesario conmemorar la Conquista, porque el estamento
criollo, cuya capa dirigente se adueñó del Poder e!20 de Julio, se inspiraba en la filosofía de la
casta que don Camilo Torres resumió, en los siguientes términos, en el mal llamado Memorial de
Agravios: « Los naturales (los indios), conquistados y sujetos hoy al dominio español, son muy
pocos o son nada en comparación de los hijos de europeos que hoy pueblan estas ricas
posesiones... Así, no hay que engañamos en esta parte: tan españoles, somos como los
descendientes de don Pelayo y tan acreedores por esta razón a las distinciones, privilegios y
prerrogativas del resto de la nación española, como los que, salimos de las montañas, expelieron
a los moros». Lo que separaba fundamentalmente a los criollos de los peninsulares eran " las
distinciones, privilegios y prerrogativas que la Metrópolis se resistió a otorgar a los primeros con
suficiente largueza. Por eso, la revolución terminó para ellos cuando constituyeron su junta
de Notables
y desde entonces su única preocupación fue impedir que el pueblo, amenazara su
hegemonía política o pusieran en tela de juicio las preeminencias sociales a que se juzgaban
acreedores, en su calidad de herederos de los conquistadores y encomenderos. Explicablemente
celebraban con festejos extraordinarios, la Conquista y en esos días la Junta encargaba a don
Miguel de Pombo el estudio del problema de los resguardos y este estudio desembocaría, en la
práctica de una política de despojo de las tierras de los indios.

El pueblo de Santafé intuyó, gradualmente, las amenazas que, para su destino, estaban
incubándose en las sesiones de la Junta de Gobierno, y en los días 7 y 8 de agosto comenzó a
levantarse de nuevo la marejada de la inconformidad popular, sin que bastaran, para impedirlo,
las rondas y el continuo patrullaje de la famosa Guardia de orejones.

Si la Junta Suprema se preparaba para emplear" medios rigurosos", no puede decirse que el club
revolucionario de San Victorino permaneciera inactivo. José María Carbonell y sus amigos
trabajaban incansablemente y en la primera semana de Agosto de 1810 terminaron la
organización de los barrios populares de la Capital, de manera que en cada uno se estableció una
Junta, dependiente de la de San Victorino, encargada de mantener el espíritu de rebeldía y de
movilizar las gentes al centro de la ciudad, cuando así lo dispusieran los jefes del movimiento.
Igualmente se formaron cuadros de artesanos armados, encargados de enfrentarse a los orejones
y a las milicias regulares, si la Junta Suprema se decidía a emplear medios coactivos para hacer
cumplir el Bando que prohibía las manifestaciones públicas, Refiriéndose a estos críticos días,
dicen los redactores del "Diario": « Días 9, 10, 11 y 12 de Agosto. Crecía la inquietud en los
ánimos; las voces sordas, partidos y amenazas que se traslucían, hacían temer los sucesos que no
tardaron en desenvolverse».

En la mañana del día 13 de Agosto de 1810 se palpaba en Santafé esa tensión eléctrica que suele
preceder a las grandes conmociones revolucionarias. Aunque la Junta tenía fundadas sospechas
que algo muy serio estaba para suceder, no le fue posible tomar oportunamente las medidas
Preventivas del caso, porque sus miembros no lograron ponerse de acuerdo al discutir la
conveniencia de enviar a la Caballería a patrullar los barrios o mantener las fuerzas militares
concentradas en el centro de la ciudad. Cuando los vocales discutían estas alternativas, se
produjo en la plaza un incidente, cuya naturaleza describe el cronista Caballero, testigo
presencial del suceso. « Ese día dice por unas palabras que dijo el Procurador don Eduardo
Pontón, sobre, que no convenía que Lastra fuese el conductor para llevar a los ex virreyes a
Cartagena, le respondió Ricaurte (Joaquín) y se tiraron. El pueblo se encargó a favor de Pontón,
y aunque la Junta lo mandaba a la cárcel, el pueblo no lo consintió; el tumulto y alboroto fue
grande. En esto don José María Carbonell y otros insistieron al pueblo para que pidiese que
pusiesen al Virrey en la cárcel y le pusieran grillos; y a la Virreina en el Divorcio. Todos lo
pedían a gritos, pero es de advertir que los que pedían esto era la gente baja, pues no se advertía
que hubiese gente decente».

Que la Junta Popular había preparado cuidadosamente la vasta conmoción social que estalló ese
día en Santafé, lo revela la rapidez con que fue invadido el centro de la ciudad por turbas
exaltadas, que partieron de los barrios de Belén, Las Aguas, san Victorino y Las Cruces.
Carbonell repitió de nuevo la hazaña política del 20 de Julio y hacia medio día la Plaza estaba
colmada por una gigantesca multitud y las tropas se habían visto obligadas a replegarse, a fin de
proteger las Casas Consistoriales, los cuarteles, y sobre todo el tribunal de Cuentas, donde se
encontraba el Virrey « La fuerza revolucionaria dice el "Diario Político", tomo el mayor
incremento en la mañana de ese día. El pueblo ocupaba toda la gran plaza, no se hablaba sino de
prisiones y arrestos de las personas que parecían sospechosas; todo se hallaba en la más viva
agitación».

En los primeros momentos la Junta se negó a considerar la posibilidad de llevar a las cárceles
comunes al señor Amar y a la Virreina y ello determinó una primera ofensiva de la multitud
sobre el Tribunal de Cuentas, ofensiva que obligó a la Caballería a efectuar varios simulacros de
ataque para contener el empuje de las montoneras populares. Entonces comenzaron a llover
piedras sobre los orejones y sus oficiales solicitaron, con urgencia, nuevas instrucciones para
afrontar aquella crítica emergencia. Mientras los vocales deliberaban y el desconcierto se
generalizaba en las Casas Consistoriales una porción de la multitud se aproximó al edificio del
Ayuntamiento, cuyas puertas custodiaban las tropas con bayoneta calada, y los amotinados
comenzaron a lanzar ¡abajos! A los Vocales Regidores de Santafé. Hacia las tres de la tarde la
situación no podía ser más grave, porque ya varios de los soldados de Caballería habían sido

heridos a piedra y la presión sobre el tribunal de Cuentas era insostenible, a menos de permitir a
la Guardia cargar sobre las turbas. Ante la crítica magnitud de la emergencia, la Junta se vio
forzada a ceder por segunda vez y ordenó a la Caballería trasladar al señor Amar y a su esposa a
las cárceles comunes.

Conseguida la prisión del Virrey y de la Virreina, el pueblo se dedicó a celebrar en las calles su
triunfo mientras los patricios criollos y los españoles se ocultaban en sus residencias. Hacia el
atardecer las manifestaciones comenzaron a disolverse y a las nueve de la noche reinaba en la
ciudad un profundo silencio. Sólo en las Casas Consistoriales se trabajaba activamente, porque
allí la Junta de gobierno y los jefes de los distintos cuerpos armados, deliberaban sobre la
conducta que debía seguirse después de la amenazadora exhibición de fuerza realizada por el
pueblo ese día Las voces que en ocasiones pasadas abogaron por una conducta prudente, fueron
ahogadas entre las protestas y recriminaciones de quienes solicitaban poner término, de una vez
por todas, a la" intolerante dictadura de los insubordinados" y la Junta resolvió, finalmente,
actuar sin contemplaciones. Hasta este momento la oligarquía criolla había disimulado el espíritu
de casta que informaba al gobierno constituido el 20 de Julio. Pero los acontecimientos del 13 de
Agosto se encargaron de desprestigiar las actitudes contemporizadoras y la Junta decidió llevar a
cabo, al día siguiente, una gran manifestación de la "nobleza criolla" a fin de dar respuesta a la
inusitada exhibición de poderío realizada por el "populacho". Esta decisión se complementó
naturalmente, con las correspondientes órdenes de reforzar la Guardia y ocupar la Plaza Mayor
con las tropas de línea, desde las primeras horas de la mañana siguiente.

Hacia a las once de la mañana del 14 de Agosto de 1810« se juntó refiere Caballero, toda la
nobleza en la plaza y pidió a la Junta que sacara a los ex virreyes de la prisión y los llevará a
Palacio». Si en el día anterior esa misma plaza de había visto colmada por millares de gentes,
hoy la concurrencia era visiblemente escasa, porque las tropas, esas si muy numerosas, habían
ocupado las esquinas, con instrucciones de no permitir la entrada sino a personas de la alta clase
social de Santafé. Los vocales de la Junta recibieron la manifestación de los notables desde los
balcones del Ayuntamiento y desde ellos habló el Vicepresidente Pey para aceptar la solicitud de
la nobleza y hacer, como lo hizo, un gran elogio del señor Amar y de la Virreina Después del
discurso del Vicepresidente, los miembros de la Junta descendieron a la Plaza y allí se formaron
dos cortejos, como estaba convenido: uno de ellos encabezado por el señor Pey, don Camilo
Torres, los vocales de la Junta y los "caballeros de la nobleza", se dirigió a la cárcel para libertar
al Virrey y presentarle las disculpas del Gobierno y de la Sociedad de la Capital. Mientras tanto
las damas distinguidas de Santafé, encabezadas por doña Francisca Prieto Ricaurte de Torres,
esposa de don Camilo y otras distinguidas damas se dirigieron a la cárcel del Divorcio y después
de liberarla, acompañaron a doña Francisca Villanueva, del Divorcio a Palacio.

El 15 de Agosto, mientras se efectuaba la procesión de Nuestra señora del Tránsito, el señor
Amar y doña María Francisca salieron sigilosamente de la Capital y ya libre la Junta de las
resistencias que se había ganado por sus visibles vinculaciones con el Virrey, pudo consagrarse a
afrontar la gran crisis política que amenazaba la misma estabilidad del gobierno de notables. Las
medidas de represalia, en consecuencia, no se hicieron esperar. El local donde funcionaba el club
de San Victorino fue ocupado por la Caballería, su puerta se condenó y el día 16 de Agosto,
refiere el cronista Caballero, « se pusieron presos a don José María Carbonell, al escribano don
Manuel García y a don Joaquín Eduardo Pontón, por haber hablado con imperio y haber sido
causa que pusieron al Virrey en la cárcel y a la ex Virreina en el divorcio».

II.

LA PATRIA BOBA.

La Independencia fue propuesta y declarada por los Cabildos de las ciudades capitales
provinciales de los Virreynatos, las Audiencias y Capitanías, y fueron ellos los que crearon las
Juntas supremas de gobierno. En la Nueva Granada varias ciudades se pronunciaron de acuerdo
con el respaldo al rey Fernando VII para asumir por sí mismas el gobierno local. Por eso no
hicieron proclamaciones directas de Independencia sino de autogobierno.

La declaración de Independencia de Santa Fe de Colombia, que tanta trascendencia alcanzó y
vino a ser el fundamento del movimiento emancipador. No fue propiamente de Independencia
sino de autogobierno,
pero constituyó la base política de la independencia El 26 del mismo
mes, por otra acta del Cabildo se desconoció el Consejo de Regencia y poco a poco y de hecho,
se fue avanzando hacía la autonomía y la Independencia, hasta llegar al pronunciamiento

definitivo de Julio 16 de 1813, bajo el nombre de Independencia de Cundinnia rea. Esta
vez el pueblo gritó: "abajo Fernando VII; viva Napoleón.

Antonio Nariño se hallaba por estos días presos en Cartagena, a causa de sus luchas por la
libertad, allí esperó, nuevamente, que la Junta de Notables recordara sus eximios servicios a la
causa de la Independencia, servicios que le ganarían en la Historia, el título de Precursor.
Mientras los nuevos mandatarios se ocupaban de rendir honores desmedidos a quienes tenían la
confianza de la camarilla gobernante, a Nariño no se le prestó atención, su nombre se rodeó de
un silencio intencional y le fueron negados hasta los recursos indispensables para trasladarse a
Santafé, porque se temía, con fundamento, que su prestigio le convirtiera automáticamente, en el
vocero de un pueblo sobre el cual se había establecido una nueva tiranía. Los Vocales de la Junta
no parecían dispuestos a tolerar el regreso inoportuno del hombre que poco había simpatizado
con los proyectos del núcleo dirigente del estamento criollo y se anticipaban, por eso, a prevenir
el conflicto inevitable con quien comprendió tempranamente que la empresa de formar una
Nación no podía limitarse a una conjura de notables o al reemplazo de la hegemonía española
por la hegemonía de una casta soberbia, que intentaba cerrarle al pueblo, todas las vías de acceso
a los beneficios de la nacionalidad

En Santafé no hubo encuentro de armas en estos años del810 a 1813. La revolución tomó
luego un curso puramente político. En desarrollo de lo consignado en el Acta del 20 de Julio
se convocó a las provincias a un Congreso, que se instaló el 22 de diciembre y que no llegó a
ningún acuerdo. Las provincias estaban divididas: unas con Santafé (Centralistas) y otras con
Tunja (Federalistas). La simiente federalista y antisantafereña la había sembrado Cartagena al
proponer el 19 de Septiembre de 1810 un Congreso federal de las provincias de Cartagena,
Antioquia, Quito, Maracaibo y otras, contra Santafé.

Disuelto el Congreso, la Junta Suprema convocó a un colegio electoral de la provincia, que se
instaló el 27 de Febrero, y el 30 de Marzo votó la Constitución del Estado de Cundinamarca,
nombre aborigen de la provincia Este mismo día se eligió presidente a Jorge Tadeo Lozano,
quien se posesionó el 1. De Abril siguiente y el día 4, como Viceregente de la persona del rey,
sancionó la Constitución.

Antonio Nariño surgió como periodista político el 14 de Julio de 1811 con la Bagatela y
arremetió contra el gobierno del presidente Lozano, al que derrocó con su pluma el 29 de
Septiembre. Su gobierno acentuó la preeminencia de Santafé y, como centralista, se enfrentó a
las provincias federalistas, contra las que libró una larga lucha política y armada a partir de 1812,

lo que determinó el período llamado la " Patria Boba". Los combates más importantes fueron
los de Ventaquemada el 2 de Diciembre de 1812, en el que fue derrotado Nariño, y el de Santafé
el 9 de Enero de 1813, en el que éste venció a los federalistas en forma definitiva. (Velandia
Roberto PROLIBROS LTDA, Santafé de Bogotá, D. C.)3

1.

VERSIONES DE LA PATRIA BOBA.

El 27 de noviembre de 1811 se reunieron en Santafé los diputados federalistas y conformaron el
gobierno de las Provincias Unidas de Nueva Granada, cuya capital la establecieron en Villa de
Leyva y luego en Tunja, desde donde hicieron la guerra a Cundinamarca

Nariño había constituido el Estado de Cundinamarca en la República de Cundinamarca el 17 de
abril de 1812, y ahora triunfante organizó un ejército para marchar al sur a liberar las provincias
de Popayán y Pasto. Pero antes reunió el Colegio Electoral e hizo proclamar la independencia
absoluta el 16 de Julio de 1813.
Esta Quizá sea la concepción más real de lo que fue la Patria
Boba, no obstante se registran otras formas de ver tan funesto acontecer.

Luego de más de tres siglos de sometimiento a España, no fue fácil para nuestros compatriotas
acostumbrarse de un momento a otro a una relativa libertad. Entre 1810 y 1815 nuestra Patria
vivió un período de aprendizaje, de entretenimiento, para poder digerir la libertad. En tono
burlón se le ha dado el nombre de La Patria Boba. Este momento se caracterizó por la sencillez

de las costumbres, por el ambiente parroquial en que fácilmente prosperaron los bandos, grupos
o partidos y en que los hombres que nos habían arrancado del yugo español se entregaron a
discusiones inútiles, a disputas internas, en lugar de preocuparse por afirmar el poder, por seguir
la lucha contra el enemigo. (GUTIÉRREZ VILLEGAS JAVIER, Historia De Colombia,
DECIMOSÉPTIMA EDICIÓN, Editorial Bedout S. A. Medellín Colombia).4

Para otros historiadores el calificativo de Patria Boba, suele emplearse para designar la época
comprendida entre los años de 1810 y 1815, que se ha prestado para que se identifique dicha
época con el predominio de personalidades generosas y tan apegadas a ideales altruistas y
románticos, que sus errores se juzgan, por anticipado, limpios de todo interés mezquino y se los
explica como el producto involuntario de un noble idealismo que no les permitió percibir, a
tiempo la realidad. Así se urdió la leyenda de una Edad Dorada, de una Patria Boba que, a
manera de Atenas, tuvo la fortuna de ser gobernada por un areópago de "próceres", cuya
conducta desprendida y romántica les ganó el derecho de personificar las grandes virtudes de la
nacionalidad.

Estas premisas benévolas y optimistas sirvieron para revestir, con una fachada brillante y
engañadora el conflicto entre la oligarquía y el pueblo, conflicto sobre el cual se tendió desde
1810, un velo de silencio deliberado. Se quiso así prefigurar una inexistente armonía social, que
no pudo alcanzarse entonces porque los notables criollos fueron hallados faltos de grandeza
humana y de la generosidad de miras que hubieran sido indispensables para plasmar una
temprana unidad nacional. El visible contraste entre la destreza de que dieron muestras cuando se
trató de utilizar el gobierno para sus propios y egoístas fines y la lamentable ceguera e
inestabilidad que les distinguió en todos los momentos en que se requería una auténtica
comprensión de las necesidades y esperanzas de nuestro pueblo, fue el origen de su rápido
desprestigio y la causa de esa atmósfera de mediocridad que le imprimieron indeleblemente a su
época. ( LIEVANO AGUIRRE INDALECIO, Los Grandes Conflictos Sociales Y Económicos
DE Nuestra Historia. Volumen u- Tercer Mundo).5

2.

LA RECOMQUISTA ESPAÑOLA.6 ( JUAN CARLOS EASMAN Reconquista e independencia Biblioteca EL TIEMPO, Círculo de

Lectores S. A Historia 2 Bogotá 2007.)

Restablecido Fernando VII en el trono en 1814, lo primero que hizo fue reconquistar las
provincias perdidas. Para lo cual creó una junta de generales el 1 de Julio de este año, que
dispuso el envío de un gran ejército de 16.000 hombres al mando del general Pablo Morillo, con
sus segundos Miguel de la Torre y Pascual Enrile, a quienes luego se sumaron Sebastián de
Calzada, Francisco Warleta, Donato Ruiz de Santacruz, Julián Bayer y Francisco Tomás
Morales.

La expedición salió de Cádiz el 13 de Febrero de 1815 en 60 navios, y llegó primero a
Venezuela, donde dejó 8.500 hombres; siguió luego a Santa Marta, a donde entró el 22 de Julio y
a Cartagena el 20 de Agosto, a la que le puso un sitio que duró 106 días, hasta el 6 de diciembre,
el más cruel de toda su historia, en el que murieron 6.000 patriotas contra 3125 de Morillo. Su
entrada inició la llamada "época del Terror", que cubrió de luto a todo el país. Morillo dividió su
ejército invasor en cuatro columnas: una al mando del general Miguel de la Torre, que salió por
el Magdalena hacia Ocaña- Socorro- Pamplona- Santa Fe; la segunda con Julián Bayer para el
Chocó; la tercera por la vía de los ríos Nechí y Cauca hacia Antioquia y Valle del Cauca con
Francisco Warleta, a quien reforzó Vicente Sánchez Lima, la cuarta con Donato Ruiz de
Santacruz por el Magdalena, con la misión de subir hacia Honda, hasta Neiva..

Por los llanos del Oriente vino Sebastián Calzada, el que luego de algunas victorias sobre los
patriotas en Casanare (Octubre de 1815), y en Chitagá y Málaga, siguió a Bogotá. La Torre y
Calzada unidos derrotaron al único ejército patriota, mandado por Custodio García Rovira y
Francisco de Paula Santander en Cachiri (Febrero de 1816.

Sámano avanzaba sobre el Valle del Cauca, y otra parte por el páramo de Guanácas iba hacia
Neiva. Después de su victoria en la Cuchilla del Tambo el 30 de junio de 1816, liquidó el
gobierno de las Provincias Unidas, allí representado por el Vicepresidente Liborio Mejía

El general francés Manuel Serviez y su segundo, el coronel Santander, recogieron los restos de
Cachiri y emprendieron marcha hacia Santafé, seguidos por el pacificador Latorre. Serviez,
dispuesto a despertar la mística patriota, acudió a la Virgen de Chiquinquirá, cuya imagen sacó
de la iglesia, la empacó en un cajón y la puso delante de la tropa que parecía una procesión
armada.

Serviez propuso al Presidente de la Provincias Unidas, José Fernández Madrid, la retirada del
ejército a los Llanos Orientales. En tanto que éste se aprestaba a huir con una guardia a Popayán,
Serviez pasó por Santafé rumbo a los Llanos, dejó la imagen en el alto de Ubatoque y cruzó la
Cabuya de Cáqueza sobre el río negro el 11 de Mayo.

Vencidos los patriotas del Norte, Sur, y Centro no quedó sino un reducto, el de los Llanos de
Casanare, donde pudieron sobrevivir al amparo de la lejanía y la impenetrable llanura En la
parroquia de Arauca integraron el 16 de Febrero de 1816 el último gobierno patriota, presidido
por Fernando Serrano de Pamplona. Este fue un gobierno sin jurisdicción y sin armas, aunque se
ocupó de la guerra. Muy pronto fue absorbido y dominado por Venezuela, con el general José
Antonio Páez, en pugna contra los granadinos.

El 6 de Mayo de 1816 entraron a Santafé las Tropas de Latorre y Calzada y el 26 el propio
Morillo.
No venían a pacificar sino a vengar. Perseguidos como insurgentes, aquellos
cabildantes e improvisados militares que levantaron la bandera de la revolución, uno a uno
fueron apresados y llevados a la cárcel y a los patíbulos. Allí fueron fusiladas o ahorcados y
cortadas sus cabezas como escarmiento.

3.

ORGANISMOS DE TERROR.

Morillo creó tres organismos represivos de terror: Consejo de Guerra Permanente, Consejo de
Purificación y Junta de Secuestros, cuya función era perseguir, apresar, condenar, fusilar,
confiscar y expropiar a los insurgentes. Centenares de patíbulos se levantaron en ciudades, villas,
parroquias de blancos y pueblos de indios, en los que fue desgranándose la generación procera de
los precursores y libertadores.

Fue la época del Terror o del martirologio de la patria naciente, en el que ésta se consolidó y se
engendró la República. Cayeron, entre otros, Policarpa Salavarrieta, cuyo sacrificio infundió
conciencia de patria, así como Nariño infundió conciencia de Libertad; José María García de
Toledo, Manuel del Castillo y rada, Manuel Rodríguez Torices, Jorge Tadeo Lozano, Camilo
Torres, José María Carbonell, Antonio Villavicencio, Francisco José de Caldas, José León
Armero, Frutos Joaquín Gutiérrez, José María Cabal, Liborio Mejía, Custodio García Rovira,
Antonio Baraya, Emigdio Benítez, Francisco Morales, Joaquín Caicedo, Salvador Rizo, Antonia
Santos, Mercedes Ábrego, y centenares de hombres y mujeres, desde Cartagena hasta Tumaco y
Desde Arauca hasta Quibdó, cuyo holocausto fue el precio de la libertad, que dio dignidad y
enalteció la lucha por la independencia y la república.

En estos años de sumisión una excepción de honor fueron aquellos refugiados en Casanare
donde, a órdenes del coronel Francisco de Paula Santander, se organizaron para la guerra, y en
tres años saldrían fortalecidos con Bolívar a la cabeza a dar la batalla final. Otra fue las guerrillas
patriotas del Nordeste de Cundinamarca de los hermanos Almeida, y las de la provincia del
Socorro y otras menores, formadas por gentes de la tierra únicamente para defender el ideal de la
libertad.

1818 y 1819 fueron años fatídicos, en los que España escribió la más triste página de su historia
en América.

Restablecida la real Audiencia en Cartagena el 8 de Julio de 1816 y en Bogotá el 27 de marzo
de 1817,
de nuevo se estableció el Virreynato con Francisco Montalvo en Cartagena, quien
renunció en Febrero de 1818, y en su reemplazo asumió el general Juan Sámano el 9 de Marzo
siguiente, que duró hasta el 9 de Agosto de 1819, cuando huyó de Bogotá. Morillo había salido
para Venezuela el 16 de Noviembre de 1816.

III.LA CAMPAÑA LIBERTADORA.

Bolívar preparó en Jamaica y Haití una expedición de exiliados venezolanos y granadinos y de
ingleses, franceses e irlandeses que, atraídos por esta causa se puso a sus órdenes para luchar por
la independencia. La expedición de los Cayos salió de Marzo de 1816. desembarcó en la Isla
Margarita y luego de algunos reveses Bolívar regresó a Haití. Organizó una nueva expedición
con el almirante Luis Brión, que el 28 de Diciembre llegó a Margarita el 1 de Enero de 1817
pisó Tierra firme por los lados del Orinoco. Avanzó y se tomó la ciudad de Angostura, donde

estableció su gobierno y creó una base de operaciones guerreras sobre el oriente de Venezuela,
en cuyos campos combatieron desde entonces varios granadinos entre ellos el coronel Santander,
en las campañas de Guayana(1817) y Caracas (1818.

Bolívar convocó un Congreso que se instaló en Angostura el 15 de Febrero de 1818, ante el cual
empezó a pronunciar discursos formidables y trascendentes. Sería una revolución con congresos
y constituciones, discursos y proclamas.

Morillo, por su parte, se hizo fuerte en Venezuela, y aún más en Nueva Granada. Bolívar
continuó en su política de lanzar proclamas y se dirigió a los granadinos el 15 de Agosto de 1818
anunciándoles su campaña.

Aprobada la invasión a la Nueva Granada, Bolívar pidió a Santander alistar el ejército que éste
tenía en Casanare y, el 4 de Junio de 1819, cruzó el río Arauca; el 12 se encontraron en Tame, y
días después atravesaron el páramo de Pisba, la más gloriosa hazaña en los anales militares de
América. El 5 de julio el pueblo boyacense los recibió jubilosos y sorprendido y les dio su
apoyo, se fortaleció el ejército, se libraron combates en Gámeza, Tópaga, Corrales y Bonza, que
culminaron el 25 de Julio en el Pantano de Vargas, batalla en la que se derrotó al poderoso
ejército español del general Barreiro y se abrió el campo a la victoria final el 7 de Agosto en el
Puente de Boyacá, primera de las cinco grandes batallas que liberaron a los países bolivarianos.
El 10 de Agosto, Bolívar y Santander, con los venezolanos José Antonio Anzoátegui y Carlos
Soublete, principales de la jornada, entraron a Santa fe y establecieron el gobierno republicano

Con ellos venían gloriosas también la Legión Británica y la Legión Irlandesa, en cuyas filas
militaban ingleses, irlandeses, franceses, alemanes y norteamericanos.

El Virrey Sámano, notificado de la derrota la noche del día 8, había abandonado la ciudad el 9
junto con varios chapetones.

El 19 de Septiembre, Bolívar dejó a Santander encargado del gobierno provisional y al siguiente
día salió para Venezuela con un contingente granadino a libertar a su país. Se dirigió a Angostura
para dar cuenta de la victoria

El 17 de Diciembre de 1819 se aprobó la ley que creó la República de Colombia ( Gran
Colombia),
formada por la Nueva Granada y Venezuela, y se convocó a un Congreso en Cúcuta
a comienzos de 1821.

1.EXPEDICIONES LIBERTADORAS.

De Santa Fe llamada ahora simplemente Bogotá, partieron expediciones libertadoras hacia el
resto del país. La de los coroneles José María Córdova y Hermógenes Maza al río Magdalena,
que concluyó con la toma de Cartagena el 10 de Octubre de 1821; la de los generales
Anzoátegui, Soublette y Salom, al Norte, Pamplona y Cúcuta; la de los coroneles Joaquín París,
Antonio Obando y unos venezolanos al sur, a Popayán y Pasto, que libraron las batallas de
Candelaria el 2 de Septiembre, San Juanito el 19 del mismo, Pitayó el 6 de Junio de 1820 y
Jenoy el 2 de febrero de 1821.

En Riohacha y Valledupar combatían los generales Montilla y Luis Brión y la Legión irlandesa,
que se liquidó por su mal proceder. En la costa, desde Cartagena hasta Santa Marta, combatió el

almirante José Padilla, que alcanzó una resonante victoria en Ciénaga el 10 de Noviembre de
1820 y la más trascendente del Lago de Maracaibo el 24 de Julio de 1823, en la que derrotó a la
flota española, al mando del almirante Ángel laborde.

Bolívar había libertado a Venezuela en la batalla de Carabobo el 24 de Junio de 1821. Vino a
Cúcuta en Octubre y habiendo sido elegido por el Congreso, se posesionó de la presidencia el 3,
al igual que en la Vicepresidencia lo hizo Santander. A fin de año salió de Bogotá para Popayán
y el 1 de Enero de 1822 llegó a Cali. Siguió para Quito, donde lo esperaba el general Antonio
José de Sucre con un ejército que había conducido por mar desde Buenaventura, embarcado el 13
de Abril de 1821, y al que se sumaban otros contingentes mandados desde Panamá.

Defendido el valle del Patía por los negros e indios realistas con sus grandes jefes Agustín
Agualongo y Estanislao Merchancano, Bolívar lo cruzó penosamente y se coronó aparentemente
victorioso en la batalla de Bombona el 7 de Abril de 1822, triunfo que vino a consolidarse con la
noticia de la victoria de Sucre en Pichincha (Quito) el 24 de Mayo siguiente.

Por su parte, la Independencia de la Nueva Granada se inició políticamente con la batalla de
Boyacá,
que liberó el centro del país; se completó por el Norte con la toma de Cartagena, el 10
de Octubre de 1822 y la batalla naval de Maracaibo el 24 de Julio de 1823, y por el sur con la de
Bombona el de abril de 1822.

El vicepresidente Santander como encargado del gobierno se dedicó a organizar la república y a
reclutar hombres en la Nueva Granada, para prepararlos y formar ejércitos con el fin de enviarlos
a Bolívar. Consiguió armas, caballos, dinero y otros pertrechos también para el Libertador a fin
de que éste pudiera proseguir su campaña libertadora de Quito y el Perú, que vino a concluir en
Bolivia En esta forma, Santander financió las campañas de Bolívar y la libertad de los otros
cuatro países bolivarianos: Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, a los que proporcionó
numerosos, contingentes, algunos de cuyos soldados y capitanes, como José María Córdova, se
coronaron héroes. El Perú pagó lo que salió a deber a Colombia, el resto de la deuda se pagó así:

Nueva Granada. $51'.699.000=0%
Venezuela.

$ 29'.469.000= 28.5%

Ecuador

$ 22'.231.000 =

21.5%

Esta liquidación se hizo en Abril de 1838, prueba elocuente de la contribución de la Nueva
Granada a la Independencia de Venezuela y Ecuador.

•HECHOS DESTACADOS DURANTE LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA

•(1810-1819).El 20 de Julio de 1810 estalló la revolución que condujo a la Independencia de la

Nueva Granada.

•Al país se le conoció, entre 1811 y 1815, con el nombre de "Patria Boba" que
coincidió con la primera república de la Nueva Granada.
•El 11 de Noviembre de 1810 la Provincia de Cartagena declaró su independencia.
•En 1815, Cartagena ofreció resistencia a la entrada del Pacificador Pablo Morillo,
lo que le mereció el título de "Ciudad Heroica".
•El 7 de agosto de 1819 tuvo lugar la batalla de Boyacá, en el puente del mismo
nombre, con la cual se inició la libertad definitiva de la nueva granada, que se

consolidó en 1823.

NOTAS.

1.LIEVANO AGUIRRE INDALECIO Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de
Nuestra Historia. Ediciones Tercer Mundo. Bogotá D. E. Colombia 1980.

2.HERNÁNDEZ ALBA GONZALO, El 20 de julio de 1810, Biblioteca EL TIEMPO, Círculo
de Lectores S A Historia 2. Bogotá 2007.

3.VELANDIA ROBERTO, Prolibros LTDA. Santafé De Bogotá, D. C .

4.GUTIÉREZ VILLEGAS JAVIER, Historia De Colombia. Decimoséptima Edición, Editorial
Bedout S. A. Medellín Colombia.

5.LIÉVANO AGUIRRE INDALECIO Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de
Nuestra Historia. Ediciones Tercer Mundo. Bogotá D. E . Colombia 1980.

6.EASMAN JUAN CARLOS, Reconquista e Independencia, Biblioteca EL TIEMPO, Círculo
de Lectores S. A Historia 2. Bogotá 2007.

Bibliografía:

ABELLA, ARTURO, El florero de Llorente: Medellín, 801 Bolsilibros Bedout, vol.III, s.f.

Banco de la República, Proceso histórico del 20 de julio de 1810, Documentos: Bogotá, 1960.

ORTIZ, SERGIO ELÍAS, Génesis de la revolución del 20 de julio de 1810: Bogotá, Biblioteca
Eduardo Santos, vol., XX, 1960.

COMPILACIONES DE HISTORIA POLÍTICA DE COLOMBIA.

CAPITULO III.

TEMAS.

I.LA GRAN COLOMBIA.

1.? Qué Fue La Gran Colombia.¿

2.El Congreso De Angostura.

3.Acontecimientos Importante Del Periodo De La Gran Colombia.

4.Disolución De La Gran Colombia.

5.Santander Y Bolívar.

6. La Dictadura De Bolívar.

7.Los Grupos Políticos En La Década Del Treinta.

8..Gobernantes De La Gran Colombia.

9...El Congreso De Panamá.

1.LA GRAN COLOMBIA. (REPÚBLICA.)1.OCAMPO LÓPEZ JAVIER, Gran
Enciclopedia De Colombia, historia 2, biblioteca El Tiempo, Círculo de Lectores
.

1. ¿QUÉ FUE LA GRAN COLOMBIA?

Se llama Gran Colombia a la República creada por ley del Congreso de Angostura del 17 de
Diciembre de 1819, propuesta por Bolívar y formada por Venezuela y Nueva Granada, o sea la
antigua Capitanía de Venezuela y el Virreynato de Santa Fe (o Real Audiencia), a la que luego se
le agregó Quito o Ecuador.

La idea fue expuesta inicialmente por el precursor Francisco de Miranda en carta del 10 de Enero
de 1808 al secretario de guerra de Gran Bretaña, en la que proponía convertir los cuatro
Virreynatos en gobiernos republicanos.
Bolívar, en su carta de Jamaica del 6 de septiembre de
1815, concretó más la idea al decir que la Nueva Granada se uniría con Venezuela para formar
una República Central; esto fue lo que presentó como proyecto de ley al Congreso de
Angostura, que estuvo presidido por el granadino Francisco Antonio Zea, el 17 de Diciembre de
1819, el mismo día en que se votó.

En la citada carta, Bolívar planteó por primera vez la unidad de las naciones hispanoamericanas
y su solidaridad en defensa de las monarquías europeas. Precisamente por esos días Rusia
buscaba unirlas y lo logró con Prusia y Austria para combatir la Revolución Francesa, contra
Napoleón que estaba destronando reyes, y contra la revolución hispanoamericana. Con tales fines
y, por inspiración de la baronesa Bárbara Juliana Krudener, el zar de Rusia Alejandro I, junto
con Prusia y Austria, creó la Santa Alianza el 26 de Septiembre del año 1815, poderosa fuerza
que influyó en los destinos de Europa.

2. EL CONGRESO DE ANGOSTURA.1 ( David Bushnell, traducción de Santiago Samper
círculo de lectores S.A Biblioteca EL TIEMPO Historia 2 Bogotá- 2007.)

Inmediatamente después de la victoria de Boyacá, un congreso venezolano reunido en
Angostura ( hoy ciudad Bolívar), en el bajo Orinoco, proclamó la unión de todo el territorio que
comprendía el anterior Virreinato de la Nueva Granada como una única nación con el nombre
de República de Colombia. En ese momento, el actual territorio del Ecuador estaba bajo el
dominio español, y la Nueva Granada tenía una representación nominal en el Congreso. Sin
embargo, en lo que concierne a Venezuela y la Nueva Granada, la unión ya era un hecho
cumplido, por la forma en que la lucha por la independencia se había librado, con ejércitos
compuestos por venezolanos y neogranadinos yendo y viniendo a través de los límites de los
países y con la aceptación por parte de ambos del comando supremo del Libertador venezolano
Simón Bolívar. Él mismo era un fuerte partidario de la causa de la unidad.

En la historia de la revolución de independencia, el Congreso de Angostura se constituye en
una experiencia política de gran trascendencia, tanto hacia el interior de Venezuela y Nueva
Granada, como al exterior, en especial en la búsqueda de un apoyo decidido por parte de Gran
Bretaña y los Estados Unidos. Aunque ambos estados encontraban bondades económicas y
políticas en su apoyo a la revolución, cada uno se mostró cauteloso frente a España y a la Santa
Alianza, en la medida en que sus respectivos intereses nacionales o imperiales podían primar
sobre las esperanzas de los republicanos venezolanos y granadinos. No en vano, Bolívar se
expresaba en contra de la indiferencia que, a lo largo de 10 años, habían ofrecido los Estados
europeos y los Estados unidos; juzgaba que gran parte de aquella residía en la falta de unidad
entre Venezuela y Nueva Granada, de ahí que el nuevo Estado de Colombia pudiera ofrecer
mayor atracción e interés por parte de las naciones.

Desde su instalación, el 15 de Febrero de 1819, Bolívar había recomendado al Congreso de
Angostura el establecimiento de unas bases políticas y administrativas que condujeran, una vez
liberadas las provincias del dominio colonial español, a la unión colombiana y la creación de un
marco constitucional que representara los intereses de los pueblos y defendiera los principios,
derechos y deberes que consolidaran los hechos victoriosos de las armas. Frente a los Estados
interesados en auxiliar a los revolucionarios en su lucha contra España, Angostura y los
representantes elegidos en las provincias libres de Venezuela y de Casanare se constituyeron en
una base fidedigna de los alcances mismos de la lucha anticolonial; Angostura se volvió
asiento de observadores y representantes estadounidenses o británicos.

Uno de aquellos observadores extranjeros, James Hamilton, quedó muy impresionado con la
instalación del Congreso y las pautas trazadas por Bolívar, en este había reconocido a un jefe
político militar de hondos sentimientos liberales, admirador de la tradición constitucional
y de gobierno de Gran Bretaña, expe
riencia que había recomendado a los legisladores; estos,
por su parte, habían demostrado durante el desarrollo de las sesiones buen sentido, moderación

y liberalismo, en especial aquel que caracterizaba más al Imperio Británico y no al practicado
por los revolucionarios franceses. Con tales testimonios, La Gran Bretaña aparecía de pronto
como un modelo a seguir, como protectora de los derechos del hombre, y como una aliada
necesaria para todos aquellos pueblos que luchan por su libertad.

El balance de Hamilton iba más allá: la unidad de Venezuela y Nueva Granada, como objetivo
del Congreso, traería grandes ventajas a los habitantes del nuevo Estado, que contaría con una
riqueza natural reunida en un solo territorio, con dos mares, abundantes puertos, gran variedad
de climas, riqueza fluvial que favorecía el desarrollo del comercio interno, abundancia en
maderas y minas, una población trabajadora y amistosa y contaría con el dominio de la
comunicación entre el Atlántico y el Pacifico. Hamilton era una prueba del cálculo hecho por
Bolívar, sus informes a los interesados en Gran Bretaña, en cuanto a su capacidad de contraer
deudas y en sus esfuerzos por afirmar un Estado que respondiera a todos los compromisos
internacionales, eran la demostración más exitosa del proyecto político.

Después de Boyacá y de la proclamación de la Ley Fundamental de la República de Colombia,
Bolívar consideró oportuno enviar nuevos representantes a Estados Unidos y Europa, en busca
de apoyo político y empréstitos para continuar con la empresa libertadora; Francisco Antonio
Zea, figura de gran peso en el desarrollo de las sesiones del Congreso, fue comisionado al
exterior, mientras apoyaba la actividad de los enviados Peñalver y Vergara a Londres, quienes
estaban negociando un empréstito a nombre de la República. Bolívar había hecho las mismas
consideraciones de Hamilton sobre 105 positivos efectos de la proclamación de un solo Estado.

El año 1819, en el norte de Suramérica, fue un paso definitivo en las luchas anticoloniales de
105 revolucionarios hispanoamericanos; construyó un bastión republicano que desplazaría
fuerzas que encerrarían la resistencia realista en Perú, y que aunque terminarían colisionando
con los intereses locales y con los proyectos rivales del imperio del Brasil y las Provincias
Unidas del Río de La Plata, apoyaron los éxitos militares conseguidos por José de San Martín y
Bernardo O´Higgins, quienes en una acción intrépida a través de los Andes y desplazándose
desde Buenos Aires, baluarte de la revolución del Sur, invadieron a Chile y derrotaron a los
españoles en Maipú, en 1818. Desde Angostura, la revolución cobraba cada vez más una
dimensión Continental, cuya defensa hacia el futuro descansa en la cooperación y solidaridad
entre los revolucionarios. En una primera instancia, la fundación de la República de Colombia
aparecía a los ojos de Bolívar como la garantía de la Independencia de América del Sur.

1819 cerró una fase de las luchas políticas revolucionarias en Colombia. Le esperaba un
camino sembrado de Controversias y dificultades en el proceso de construcción de un Estado
independiente.

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