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C O M E N TA R I O B R E V E A L A S E P Í S T O L A S

ROMANOS
Henry T. Mahan
Un comentario explicativo, versículo por versículo, de la epístola
de Romanos. De gran utilidad para los que necesitan una ayuda en
sus devociones personales pero no tienen tiempo para estudiar
comentarios más extensos; para los cristianos que necesitan una
presentación clara del mensaje de la epístola de Romanos; para los
que necesitan una explicación rápida de un pasaje o versículo; para
los que enseñan en clases bíblicas, Escuela Dominical o grupos de
jóvenes.
Henry T. Mahan preparó estos comentarios motivado por su
interés pastoral hacia su propia congregación y los dirigentes de la
misma. El autor tiene una amplia experiencia en el ministerio
pastoral, habiendo permanecido en su pastorado actual durante
más de treinta años. También se le conoce ampliamente en
diversos lugares como conferenciante y evangelista.
EDITORIAL PEREGRINO, S.A.
Apartado 65
13600 Alcazar de San Juan (C. Real)
España

© EVANGELICAL PRESS
Titulo original de la obra: Bible Class Commentary - Romans
Primera edición en español: 1987

© EDITORIAL PEREGRINO, S.A. 1987 para la versión española


Traductor: Luis Cano

Edición electrónica preparada por Joseph Murphy: 2011

Imagen de la portada:
La última oración de los mártires cristianos,
por Jean-Léon Gérôme (1883)
Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

El Evangelio acerca de su Hijo


10
Romanos 1:1-6
10

Listo para predicar el Evangelio


13
Romanos 1:7-15
13

No me avergüenzo del Evangelio


16
Romanos 1:16-20
16

Por lo cual Dios los entregó


19
Romanos 1:21-32
19

No hay acepción de personas para con Dios


22
Romanos 2:1-11
22

Judíos y gentiles bajo condenación


26
Romanos 2:12-16
26

¿Quién puede ser llamado un verdadero


judío?
29
Romanos 2:17-29
29

¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?


32
Romanos 3:1-8
32

COMENTARIO BREVE A LAS EPÍSTOLAS | ROMANOS | Henry T. Mahan


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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

No hay justo, ni aun uno


35
Romanos 3:9-20
35

El justo y el que justifica


39
Romanos 3:21-31
39

Justicia imputada
43
Romanos 4:1-8
43

Es por fe, para que sea por gracia


46
Romanos 4:9-16
46

Abraham: padre de muchas naciones


49
Romanos 4:17-25
49

La bendición de la justificación por la fe


52
Romanos 5:1-5
52

Cristo murió por los impíos


55
Romanos 5:6-11
55

Muerte en Adán, vida en Cristo


58
Romanos 5:12-21
58

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

El que ha muerto, ha sido justificado del


pecado
62
Romanos 6:1-10
62

Siervos del pecado o siervos de Dios


66
Romanos 6:11-23
66

Nuestro motivo para la obediencia: ¿la ley o el


amor?
70
Romanos 7:1-6
70

Un hombre con dos naturalezas


73
Romanos 7:7-25
73

Ninguna condenación en Cristo


77
Romanos 8:1-10
77

Santos y felices hijos de Dios


80
Romanos 8:11-17
80

Plena satisfacción en Cristo


83
Romanos 8:18-27
83

El propósito de Dios: nuestra seguridad


86

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

Romanos 8:28-31
86

Conclusiones de las misericordias del pacto


89
Romanos 8:32-39
89

El verdadero Israel
92
Romanos 9:1-8
92

No por las obras sino por el que llama


96
Romanos 9:9-18
96

Objeciones a la misericordia soberana


100
Romanos 9:19-33
100

La invitación libre del Evangelio


104
Romanos 10:1-10
104

Predicando el Evangelio a todos los hombres


107
Romanos 10:11-21
107

Los escogidos sí lo han alcanzado


110
Romanos 11:1-7
110

¿Ha desechado Dios a los judíos?


114
Romanos 11:8-36
114

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El andar del creyente en este mundo


118
Romanos 12:1-8
118

Nuestra actitud hacia otros


122
Romanos 12:9-21
122

Nuestra actitud hacia la autoridad


126
Romanos 13:1-7
126

El amor: la regla de vida del cristiano


130
Romanos 13:8-14
130

Conflictos sobre la libertad cristiana


133
Romanos 14:1-9
133

Sólo Cristo es nuestro Juez


137
Romanos 14:10-23
137

Afecto y unidad mutuos entre los creyentes


140
Romanos 15:1-7
140

La gloria de Dios: la preocupación del creyente



144
Romanos 15:8-17
144

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

Colaboradores de Dios
147
Romanos 15:18-33
147

Y en conclusión
150
Romanos 16
150

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

El Evangelio acerca de su
Hijo
Romanos 1:1-6
La Epístola a los Romanos no fue la primera epístola de
Pablo. Algunas fueron escritas antes que ésta. Probablemente
fue colocada en primer lugar en el Nuevo Testamento por la
excelencia de su contenido, o quizá debido a su propósito. El
propósito principal de esta epístola es arrojar luz sobre la
doctrina de la justificación, la cual no es por naturaleza, ley o
ceremonia, sino por la justicia de Cristo imputada a través de
la gracia de Dios y recibida por fe.

Calvino dijo: “Cuando alguien adquiere un conocimiento
de esta epístola, se le abre un entrada a todos los tesoros más
recónditos de la Escritura.”
v.1.
“Pablo”. La mayoría está de acuerdo en que el apóstol
era llamado Saulo entre los judíos, y Pablo por los gentiles
(Hch. 13:9). Una cosa es cierta: los verdaderos siervos de
Cristo no son aficionados a títulos caprichosos. Pablo se
identifica de tres manera:

1. “Siervo de Jesucristo”. Esta no era sólo una
expresión de humildad, sino que denota a un verdadero ministro
de Cristo y su iglesia, para lo que él mismo se considera
verdaderamente un voluntarioso, amante y obediente esclavo de
Jesucristo (Ex. 21:1-6).

2. “Llamado a ser apóstol”. Un apóstol era alguien
enviado por Cristo, recibía su autoridad y doctrina directamente
de Cristo y poseía un poder especial para hacer milagros en

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

confirmación de su misión y autoridad (He. 2:3,4). Algunos


cuestionan al apostolado de Pablo porque fue llamado después
que Cristo ascendió.

3. “Apartado para el evangelio”. Sabemos que él fue
separado desde el vientre de su madre (Gá. 1:15), fue separado
para traer el Evangelio a los gentiles (Hch. 13:2), pero esta
referencia es a su determinación de predicar el Evangelio (1 Co.
1:17; 2:2:). Es el Evangelio de Dios en el sentido de que Él es
el Autor, el Ejecutor, el Sujeto y el Revelador.
v.2.
Este Evangelio de Dios no es un nueva doctrina. Este es
el Evangelio de la gracia concebida en el corazón de Dios desde
toda la eternidad. Fue ordenado antes que el mundo fuese. fue
escondido en Cristo desde el principio y fue revelado a los
hijos de los hombres en promesa, por los profetas, y en
ejemplos, tipos y ceremonias a través del Antiguo Testamento
(Hch. 10:42; He. 1:1,2; Lc. 24:44,45). Los profetas
profetizaron de la promesa del Evangelio; fue manifestado por
la venida de nuestro Señor Jesucristo (2 Ti. 1:9,10).
v.3.
Estas palabras tienen que ser leídas con el versículo 1:
“El evangelio de Dios acerca de su Hijo, nuestro
Señor Jesucristo”, y expresa el importante asunto del
Evangelio. Cristo es el Evangelio. El Evangelio concierne a su
persona y obra. Todo el Evangelio está incluido en Cristo; y
así, en cuanto alguien se aleja un paso de Cristo, se aparta del
Evangelio (2 Co. 11:3; 1 Jn. 5:11-13,20).

Dos cosas deben encontrarse en Cristo de forma que
podamos obtener salvación en Él: deidad y humanidad (Is. 9:6;
Mt. 1:23; Jn. 1:14). El es el Hijo de Dios, nuestro Señor
Jesucristo, y de acuerdo a la carne es la simiente de David (Sal.
132:11; Lc. 1:32). Parece haber sido común a los judíos

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referirse a su Mesías como el Hijo de David (Mr. 10:47; Mt.


22:42).
v.4.
Nuestro Señor Jesucristo fue hecho o vino a ser la
simiente de David (Gá. 4:4), pero fue declarado Hijo de Dios
(Jn.10:30). Es el Hijo de Dios con poder (He. 1:2,3; Mt.
28:18, Jn. 17:2; 5:36). “Según el Espíritu de santidad”
puede ser entendido o del Espíritu Santo (Mt. 3:16) o de la
divina naturaleza de Cristo, que fue sin pecado.

El fue declarado Hijo de Dios y por la resurrección declara
ser todo lo que pretendía.
v.5.
Habiendo completado su definición del Evangelio, Pablo
habla de su llamamiento al apostolado y del propósito de su
ministerio. Por la misericordia de Cristo, él recibió gracia en
su conversión y el oficio de un apóstol. Fue por favor divino,
no por sus propios méritos, que él fue escogido para tan alto
oficio (1 Co. 15:10).

Nosotros hemos recibido un mandamiento para predicar el
Evangelio en todas las naciones, y este Evangelio es recibido y
obedecido por fe (Mr. 16:15,16). Es nuestro deber predicar al
mundo y es el deber de todos los hombres oír y creer (Jn.
6:28,29). Por especial nombramiento, Pablo fue un ministro a
los gentiles para honra y gloria del nombre de Cristo, en cuyo
nombre fue y en cuyo nombre predicó (Ro. 10:13-15).
v.6.
El llamamiento aquí no es a un oficio, sino que es ese
llamado interno, eficaz y personal del Espíritu de Dios a la fe
salvadora en el Señor Jesucristo (1 Co. 1:26-30).

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Listo para predicar el


Evangelio
Romanos 1:7-15
v.7.
El apóstol se dirige a todos los creyentes en Roma sin
distinción alguna, excepto para decir que ellos son “amados
de Dios” y “llamados a ser santos”. El Señor, a través
de su propia bondad, nos hace objetos de su amor (1 Jn. 4:10),
y por su Espíritu nos llama por el Evangelio a la obediencia de
fe.

A continuación viene el usual saludo del apóstol: “Gracia
y p a z a v o s o t ro s d e D i o s n u e s t ro P a d re y d e l
S e ñ o r J e s u c r i s t o . ” El ora por un incremento de gracia,
porque cada gracia es imperfecta y aquellos que más tienen más
necesitan (2 P. 3:18). Por paz se entiende paz con Dios a
través de Cristo, paz en nuestros propios corazones y paz entre
creyentes y con todos los hombres. El Padre es el Dador y
Cristo es la Fuente de toda bendición en esta vida y por toda la
eternidad.
v.8.
Después de la dedicatoria y el saludo, continúa con una
acción de gracias.

1. El objeto de su agradecimiento es Dios. Ya que todo lo
que somos, tenemos y sabemos viene de Él, es razonable que
alabemos y demos gracias a Dios (1 Ts. 5:18; Stg. 1:17).

2. La persona mediante quien son dadas las gracias es
Cristo. No se puede venir a Dios excepto a través de Cristo, ni
hay sacrificio de oración o alabanza aceptable excepto mediante
Él (Jn. 14:6; 1 Ti. 2:5).

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3. Las personas por quienes fueron dadas las gracias eran
todos los creyentes, y el hecho por el cual los apóstoles
estaban más agradecidos era que esa gente creía el Evangelio
tan firme y abiertamente, que su fe en Cristo era conocida a
través del mundo. Hombres y mujeres de fe verdadera no se
avergüenzan de declararlo (Ro. 1:16; Lc. 9:26).
v.9.
“Testigo me es Dios”. Estas palabras constituyen
una apelación a Dios y conllevan la forma de un juramento,
porque Pablo no era conocido personalmente por los santos en
Roma. Por tanto, asegurándoles su afecto, interés y continuas
oraciones por ellos, dice: “El Señor Dios, a quien sirvo en lo
más profundo de mi ser, corazón, mente y espíritu, en el
glorioso Evangelio de su amado Hijo, es mi testigo de que os
menciono continuamente en mis oraciones.”
v.10.
Una de las cosas que Pablo rogaba ante el trono de la
gracia era que pudiera tener la oportunidad de visitar la iglesia
en Roma. Oraba que Dios le permitiera una próspera y
provechosa visita entre ellos.
v.11.
No era el deseo de Pablo viajar simplemente, o ver la
gran ciudad de Roma, o contemplar las riquezas, grandezas y
vistas históricas, sino el de ministrar a la iglesia luz espiritual,
conocimiento, paz y consuelo a través de la Palabra. Dios
había dado a Pablo la habilidad de predicar el Evangelio,
enseñar la Palabra y establecer iglesias en la verdad (Ef. 4:11 -
14; He. 3:13). El se ofreció a los santos en Roma para ayudar
a consolidarlos y establecerlos en la fe.
v.12.
Cuando la Palabra de Dios es fielmente predicada y los
creyentes son establecidos firmemente en la fe, los resultados
son el consuelo y la seguridad. Cuando los creyentes son
establecidos, tanto ellos como el ministro son juntamente

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confortados. La gracia de la fe es la misma en todos, la llamada


común fe (Tit. 1:4).
v.13.
Este deseo de visitarlos no era un impulso repentino,
sino un deseo que él había acariciado por largo tiempo. Fue
estorbado o bien por Dios, quien tenía trabajo para él en otros
lugares (Hch. 16:6-9), o por Satanás, quien algunas veces por
permiso tiene ese poder (1 Ts. 2:18), o por sus obligaciones en
otros lugares. Pablo deseaba tener algún fruto entre ellos.
Entendemos por “fruto” la conversión de los pecadores, la
edificación de los creyentes y la fecundidad de los creyentes en
gracia y obras (Mt. 7:15,16; Jn.15:16).
v.14.
“Por cause de la misericordia de Dios hacia mí y por su
divino llamamiento al ministerio de la Palabra, tengo una
obligación que cumplir, un deber que realizar y una deuda que
pagar a todos los hombres, cultos o incultos, sabios o no
sabios.” El Evangelio es el mismo para todos los hombres, y
tiene que ser predicado a las naciones cultas y civilizadas tanto
como a los bárbaros, paganos e incivilizados. Es el mismo
Evangelio para los que son eruditos y sabios con respecto a la
sabiduría y conocimientos humanos, y a los que son indoctos e
ignorantes en cosas naturales (1 Co. 1:26-30; Mt. 11:25).
v.15.
Pablo estaba dispuesto y listo para predicar el Evangelio
al cuartel general del Imperio Romano, el asiento de Satanás y
donde se hallaba la persecución más fuerte. Estaba ansioso por
cumplir el llamamiento de Dios, hasta donde le permitiera el
Señor.

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No me avergüenzo del
Evangelio
Romanos 1:16-20
v.16.
El apóstol declara que no se avergüenza del Evangelio de
la gracia de Dios, de la misericordia a los culpables a través de
Cristo, de la salvación por sustitución. Si bien esto parecía sin
sentido a algunos y una piedra de tropiezo a otros, Pablo no se
avergonzaba de creerlo y predicarlo (1 Co. 1:18-24). Algunos
religiosos demuestran que no pueden soportar la deshonra de su
Evangelio. Lo confiesan en privado pero no lo quieren en
público. Algunos cubren el tropiezo de la cruz con palabras de
sabiduría y filosofía humana, buscando complacer a los
hombres. Algunos añaden sus obras a su gracia.

El Evangelio de Cristo y la predicación de este Evangelio
son los medios que Dios usa para (1) traer pecadores muertos a
la vida (Stg. 1:18; 1 P. 1:23; Mr. 16:15,16); (2) abrir los ojos
ciegos (2 Co. 4:3-6); (3) revelar a Cristo (Ro. 10:13-15; 1 Co.
15:1-4); y (4) declarar la salvación a través de Cristo (Ro. 3:24 -
26).

“Al judío primeramente; y también al griego.”
La palabra “griego” incluye a todos los gentiles. Estas dos
clases abarcan a toda la humanidad. Los judíos fueron
escogidos para recibir la ley, los profetas, los tipos y el
tabernáculo; así, podemos decir que el Evangelio en tipo y
promesa fue primeramente predicado a ellos (Jn. 1:11-13; Ro.
3:1,2).

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

v.17.
El Evangelio de Cristo revela la justicia de Dios (Ro.
3:25,26). Si hemos de buscar salvación o vida con Dios,
debemos encontrar primero su justicia, porque Dios es santo,
justo y recto, y para ser amado por Dios, aceptado por Dios y
justificado delante de Dios, debemos llegar a ser justos: no por
nuestra justicia, que es como trapos de inmundicia, sino por su
justicia (Mt. 5:20; Ro. 10:1-4). No podemos obtener salvación
en ningún sitio sino a través del Evangelio de Cristo, porque en
él se revela la justicia de Dios (Ro. 5:19; 2 Co. 5:21). Esta
justicia no es conocida ni entendida por la luz de la naturaleza,
sino que debe ser revelada (1 Co. 2:9,10).

“Se revela por fe y para fe”. La justicia es asegurada
por Cristo y recibida por fe. “Por fe y para fe” significa de un
grado de fe a otro, porque la fe, como cualquier otra gracia,
crece. Al crecer en la fe, tenemos un claro concepto de la
justicia de Dios en Cristo y también de nuestro pecado e
iniquidad.

“El justo por la fe vivirá.” Cuatro veces aparece
esto en la Escritura (Hab. 2:4; Gá. 3:11; He. 10:38).
Comenzamos por fe (Ro. 3:22), continuamos por fe (Col.
1:23) y morimos en fe (He. 11:13). ¡No vivimos sobre la fe,
sino por ella sobre Cristo!
v.18.
Hay dos revelaciones dadas desde el cielo: una es la
gracia de Dios en Cristo (la justicia de Dios sobre todos los
que creen), y la otra es la ira y juicio de Dios sobre los
incrédulos.

Esta ira se revela en la ley, en el juicio de Dios sobre
Adán, Sodoma, el mundo de Noé y otros innumerables
ejemplos, y en la cruz de Cristo, en la cual Dios ofreció su
propio Hijo, quien borró el pecado de su rebaño (Sal. 5:5;
7:11; Jn. 3:36).

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El apóstol comienza en este versículo a describir la terrible
maldad e injusticia de los hombres que viven bajo la revelación
natural pero destituidos del verdadero conocimiento de Dios.
Ellos tienen algún conocimiento del Ser divino a través de la
creación y la conciencia, pero la reprimen y dan salida tan sólo
al mal.
vv.19,20. Hay algunas cosas acerca de Dios que no pueden ser
conocidas, excepto a través del Evangelio revelado, pero hay
cosas acerca de Dios que pueden ser conocidas por la naturaleza.
Dios mismo es invisible, pero su poder, majestad y gloria
brillan en las cosas que Él ha hecho (Sal. 19:1).

“Claramente visibles” es la expresión usada aquí.
Dios dio a los hombres ojos para mirar en todas las direcciones
para contemplar su gloria.

“Siendo entendidas” se refiere a la mente y corazón del
hombre, el cual debería reconocer y amar a Dios de forma
inteligente y ponderada. Por no andar en la luz que tienen,
están sin excusa. No tienen excusa para su idolatría y vida
viciosa. Aunque los hijos de Adán no tengan más que la
manifestación del Dios vivo en la obra de la creación, la
providencia, la ley y la conciencia, es suficiente para hacerles
inexcusables delante de Dios, porque es su deber hacer buen
uso de estas cosas, y la causa de no hacerlo así radica en sus
malos corazones (Ro. 2:14,15).

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

Por lo cual Dios los entregó


Romanos 1:21-32
v.21.
Pablo testifica aquí que Dios ha dado a los hombres el
medio de conocer que hay un Dios, porque el mundo no existe
por casualidad, ni podría sostenerse a sí mismo. Su eternidad es
evidente porque Él es el Hacedor de todas las cosas. Su poder
sostiene todas las cosas y hace continuar su existencia. Su
sabiduría organiza las cosas en su propio orden. Su bondad es
evidente, porque no hay otra causa sino Él mismo para la
creación y preservación de la tierra. Su justicia castiga al
culpable.

Aunque los hombres tenían tal conocimiento de Dios, ni
pensaron ni hablaron honorablemente acerca de Él. No le
glorificaron como Dios, ni le honraron como el Creador, ni le
adoraron come el Señor y Gobernador del Universo.

No fueron agradecidos por el conocimiento que tenían, ni
por la misericordia de Dios. Abandonaron la verdad de Dios y
volvieron a la vanidad de su razón y necia imaginación. Sus
necias mentes y corazones, cuando se apartaron de Dios,
solamente pudieron hundirse precipitadamente en la oscuridad
del error, el engaño y la injusticia (Is. 55:8-9; Pr. 14:12; Ro.
8:7). Los hombres que no quieren que Dios reine sobre ellos
tendrán oscuridad y muerte reinando en ellos.
v.22.
Los así llamados doctos entre los gentiles primero se
auto-denominaron sabios; luego, para cubrir su vanidad y
orgullo, se llamaron filósofos. Pero a pesar de toda su
arrogancia y pretensiones de ser amantes de la sabiduría, se
hicieron necios, porque no hay verdadera sabiduría,

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

conocimiento, ni entendimiento aparte de nuestro Señor (1 Co.


3:18-20; Pr. 2:6; 1Co. 1:19,20). El mayor error de un hombre
es buscar sabiduría en sus propios pensamientos y
entendimiento y tratar de rebajar a Dios al nivel de su baja
condición, en lugar de humildemente mirar a Dios para una
revelación de sí mismo (Mt. 11:25-27; 13:10-13,16).
v.23.
Habiéndose imaginado un dios tal que ellos pudieran
comprender de acuerdo a su razonamiento carnal y
entendimiento natural, estaban muy lejos de conocer al Dios
vivo y verdadero (Jn. 17:3; 1 Jn. 5:20). Dios es incorruptible,
inmortal e invisible, y esto es lo opuesto de todas las criaturas
y cosas corruptibles (1 Ti. 1:17; Col. 1:14,15). El tiene una
gloria que le es esencial, la cual no puede ser cambiada o
representada por una persona, dibujo o imagen llamada por su
nombre. Los paganos dicen: “Sabemos que Dios está en los
cielos, y este dibujo, estatua o persona no es Dios, sino su
imagen.” Esto es aún idolatría porque es una gran indignidad
contra Dios concebir tan grosera idea de su majestad como para
atraverse a representarla por cualquier imagen de Él (Jn. 4:24;
He. 1:1-3; Ex. 20:4,5). Pongamos fin a todas las reliquias,
imágenes, cuadros, cruces y representaciones religiosas del
Dios vivo, porque son idolatría. La degeneración del hombre le
condujo desde las imágenes de hombres y pájaros (para
representar a Dios) a las bestias, y aun las serpientes.
v.24.
Vemos en el resto del pasaje adónde nos lleva la
idolatría. Cuando los hombres rehusan el verdadero
conocimiento de Dios y siguen su imaginación y la
contaminación de sus mentes y corazones, se hunden más y
más en las más oscuras y viles clases de mal.

“Dios los entregó” es una frase que aparece tres veces
en los próximos versículos. Esto significa que Dios cortó su

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control providencial y los dejó en la contaminación de su


propia naturaleza. El corazón del hombre es la fuente de toda
maldad. Las concupiscencias que moran en él son muchas y
tienden a inmundicia de una u otra clase (Jer. 17:9; Mt.
15:19,20). Cuando Dios deja al hombre solo, no hay nivel
demasiado bajo para él.
v.25.
Fueron entregados a la idolatría. La honra y la adoración
religiosas no pueden ser dadas a un ídolo o a una criatura sin
quitársela al Dios vivo.
vv.26,27.
A causa de sus prácticas idolátricas, Dios los dejó
que deshonraran sus propios cuerpos y naturalezas a través de la
homosexualidad y la perversión, tanto entre los hombres como
entre las mujeres.
v.28.
Dios los entregó a mentes tan vacías de juicio, que
justifican y aprueban su maldad. Su entendimiento es tan
inmoral que llaman malo a lo bueno, y bueno a lo malo (2 Ts.
2:10-12).
vv.29-31.
Tan lejos estaba esta gente de tener una rectitud que
les justificase delante de Dios, que estaban llenos de toda
injusticia. Se da una larga lista de los más viles pecados
cometidos por ellos.
v.32.
Toda esta maldad es agravada por su conocimiento de la
voluntad de Dios (a través de la luz de la naturaleza): que estas
cosas son contrarias a ella y que son merecedoras de la muerte;
sin embargo, las hicieron y se complacieron con quienes las
practicaban.

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

No hay acepción de
personas para con Dios
Romanos 2:1-11
Para entender los primeros versículos, debemos leer todo el
capítulo y determinar a quiénes está hablando el apóstol. En el
capítulo precedente, Pablo ha descrito el estado de los paganos
idólatras. Ahora pasa a los judíos, quienes (al mismo tiempo
que rechazaban la justicia de Dios en Cristo, de quien daban
testimonio la ley y los profetas) buscaban la salvación en su
relación con Abraham, su observancia de la ley ceremonial y
su moralidad externa. Pablo muestra que el justo juicio de Dios
es el mismo contra judíos y gentiles, porque todos han pecado.
Los versículos 17, 23 y 28 nos dan la evidencia de que Pablo
se dirige aquí a los judíos religiosos, y no a los filósofos
paganos.
v.1.
Los judíos religiosos juzgaban y condenaban a los
gentiles, y Pablo los censura (no por juzgar y condenar el
pecado y la idolatría, sino por ser culpables en sus corazones, y
algunas veces en sus hechos, de las mismas cosas por las que
condenaban a otros). Pablo dice que la ley declara a todos los
hombres culpables delante de Dios (Ro. 3:19-23). Ha
demostrado ya la inexcusabilidad de los gentiles, y en estos
versículos hace lo mismo con respecto a los judíos. Cuando
condenas los pecados de otros y eres culpable de las mismas
transgresiones, te condenas a ti mismo y eres inexcusable (Mt.
5:21,22,27,28).

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v.2.
El juicio de Dios es según verdad: no apariencia, obras,
nación o profesión. Dios castigará el pecado sin acepción de
personas en dondequiera que se encuentre. “El alma que pecare,
ciertamente morirá.” “Dios no tendrá por inocente al culpable.”
El verdadero creyente es libre de condenación porque es justo.
Ha cumplido la ley y sufrido el justo castigo en la obediencia y
muerte de Jesucristo, con quien es uno (Ro. 5:19; 2 Co. 5:21;
Ro. 3:25,26).
v.3.
Puesto que los juicios de Dios son rectos y verdaderos,
que Dios mira al corazón y no la apariencia externa, y que
todos los hombres son pecadores y culpables delante de Dios,
¿cómo puede esperar escapar alguien que no tiene una justicia
perfecta y una expiación suficiente? (Job 25:4-6). Todos deben
ser juzgados conforme a sus obras, y todos los que no estén en
Cristo perecerán (Ro. 8:1,33,34).
v.4.
“¿Sois los judíos tan ciegos como para malgastar, abusar
y despreciar las riquezas de la bondad, tolerancia y paciencia de
Dios para con vosotros? ¿No sabéis que la bondad de Dios
busca conducimos al arrepentimiento y la fe en él?” Benignidad
denota los beneficios y bendiciones de Dios hacia ellos.
Paciencia denota la tolerancia de Dios hacia ellos y la no
inmediata ejecución de la venganza. Longanimidad significa la
extensión de su paciencia. Por su posición como descendientes
de Abraham, su prosperidad bajo la benignidad de Dios y el
retraso de su juicio llegaron a la conclusión de que escaparían
de la condenación. Estas misericordias y beneficios, que
debieran haberles hecho volver a Dios en verdadero
arrepentimiento y fe, sirvieron sólo para endurecerlos en su
presunción y falsa profesión.

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v.5.
“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido,
confiando en tus obras, tradiciones y pretensiones de justicia,
estás amontonado ira e indignación para ti en el Día del
Juicio. Eres el autor de tu propio destrucción.” Los beneficios
y especial favor de Dios que estos judíos gozaban aumentó su
condenación, porque habrán de dar cuenta de todos ellos (Ro.
3:1,2; Lc. 12:47,48). ¡No hay juicio de Dios que no esté de
acuerdo con una estricta justicia! Misericordia y juicio son
irreconciliables excepto en Cristo, en quien la misericordia es
ejercida consecuentemente con el juicio. ¡La justicia y el juicio
estricto no admiten misericordia! ¡La absolución de un creyente
en Cristo en ese día será tan justa como la condenación del
impío! (Hch. 17:31).
v.6.
En ese Día del Juicio, Dios (que es recto, santo, justo y
verdadero) procederá con cada persona de acuerdo con sus
hechos. Cada hombre responderá por sí mismo de todo lo que
pensó, dijo o hizo. El castigo será universal pero no igual,
porque es un juicio justo (Mt. 11:22,23).
v.7.
Estas palabras son descriptivas de una clase de personas:
los que con fe y perseverancia han buscado la gloria de Dios en
Cristo, la honra que permanece en Cristo y la inmortalidad en
Cristo, o la resurrección de vida (Fil.3:10,11) ¡Dios les dará
vida eterna!
v.8.
Pero para los egocéntricos, obstinados, hipócritas y
desobedientes al Evangelio de la verdad, habrá indignación e
ira.
vv.9-11.
La ira de Dios será derramada sobre todos los
hombres culpables de pecado (ya sean judiós o gentiles), y la
misericordia de Dios será sobre toda persona en Cristo (ya sean

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judíos o gentiles), pues no hay acepción de personas para Dios


(Ro. 3:22,23; 10:12,13; Col. 3:11).

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Judíos y gentiles bajo


condenación
Romanos 2:12-16
v.12.
La justicia divina tiene que proceder contra el pecado:
¡todo aquél en quien se encuentre pecado ha de perecer! Los
gentiles que no tienen la ley escrita de Moisés perecerán,
porque han pecado contra la luz de la naturaleza, la conciencia y
la ley escrita en sus corazones. Por otro lado, los judíos, que
tienen la ley escrita, serán juzgados por esa ley y condenados.
El tener la ley, oírla o cumplirla parcialmente no los librará de la
condenación; al contrario, aumentará su desdicha.

Dos objeciones se levantan generalmente contra estas
palabras: (1) ya que Dios no ha dado la ley escrita a los
paganos, no deben ser condenados, y (2) ya que Dios dio a los
judíos su ley escrita y los declaró ser su pueblo especial, deben
ser excusados. Ambas objeciones serán tratadas en los tres
próximos versículos que se encuentran entre paréntesis.
v.13.
Leer la ley, predicarla y oírla puede justificar a un
hombre en sus propios ojos, e incluso en los ojos de los
hombres, pero no le justificará delante de Dios (Lc. 16:15; Mt.
23:27,28). Si un hombre buscase justicia por la ley, ésta
debería consistir en una obediencia perfecta, interna y externa
(Gá 4:21; 3:10). Los mandamientos de Dios no son dados para
consideración, curiosidad o contemplación, sino para ser
obedecidos perfectamente. Sin una perfecta santidad ningún
hombre será justificado (Mt. 5:20). Esta justicia es nuestra en
Cristo (Ro. 3:19-26), a través de la fe.

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v.14.
Este versículo facilita la respuesta a la objeción de que
Dios no puede con justicia condenar a los paganos ya que no
les ha dado la ley escrita. Pablo afirma que a pesar de que ellos
no tienen una ley escrita, han probado por sus propios hechos
que tienen una ley en ellos mismos, puesta ahí por Dios. Los
paganos hacen ciertas cosas (aunque imperfectamente)
mandadas por la ley, que prueba que ellos disciernen la
diferencia entre lo correcto y lo erróneo.
v.15.
Haldane distingue entre la ley misma y la obra de la ley.
La obra de la ley es lo que la ley hace; esto es, lo que enseña
acerca de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo erróneo. Los
gentiles, que instituyen ritos religiosos, hacen leyes para
castigar el robo, el asesinato y el adulterio, y recompensan la
honestidad y la verdad, prueban que está impresa en sus
corazones la obra de la ley, la cual distingue entre lo justo y lo
injusto. El testimonio de sus propias conciencias testifica
contra ellos.

“Acusándoles o defendiéndoles”. Esto supone un
conocimiento de lo correcto y lo erróneo. Ningún hombre
puede acusar o condenar a otro si no tiene una regla de lo
correcto y lo erróneo, y ningún hombre puede defender una
acción a menos que tenga una regla similar. El gentil no está
sin ley, a pesar de que esté sin la ley escrita de Moisés, y será
juzgado y condenado conforme a la luz y el conocimiento que
tenga (Ro. 1:18-20).
v.16.
Estas palabras tienen que ser leídas en conexión con el
versículo 12. Estos expresan el tiempo cuando los judíos y
gentiles serán juzgados. Al igual que hay una ley común para
toda la raza humana, hay un juez común, que es Dios, y habrá
un día cuando Dios celebrará este juicio (Ap. 20:12-15; 1 Co.
4:5).

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“Los secretos de los hombres” significa que este
juicio incluirá todas las cosas, incluso las más secretas y
ocultas. No es como el juicio de los hombres, que no pueden
discernir los pensamientos y el corazón. Dios no sólo expondrá
la culpabilidad externa sino también la interna, aun los más
íntimos pensamientos del hombre (Ec. 12:14).

“Por Jesucristo”. Jesucristo dirigirá el juicio, porque
será el Juez de los vivos y de los muertos, y a Él ha entregado
el Padre todas las cosas (Jn. 5:22; Hch. 17:3; Ap. 1:17,18).

“Conforme a mi evangelio”, esto es, el Evangelio
que él predicó. El Evangelio incluye todas las cosas reveladas
por Cristo y declara este juicio (Mr.16:15,16; Jn. 3:18-36).

“En la economía de Jesucristo hay dos grados extremos:
uno es de humillación, el otro de exaltación. El grado más bajo
de su humillación fue su muerte y sepultura. El grado opuesto
de su exaltación será el Juicio Final. En su muerte fue cubierto
con reproches y traspasado con dardos de la justicia divina. Fue
expuesto en la cruz como espectáculo a toda la ciudad de
Jerusalén. En el Juicio Final, ataviado de gloria y majestad,
aparecerá delante de todo el Universo en la gloria de su Padre
(Fil 2:6-11).”




-Roberto Haldane

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¿Quién puede ser llamado


un verdadero judío?
Romanos 2:17-29
Desde aquí hasta el final del capítulo, Pablo se dirige
especialmente a los judíos para mostrar que todas sus ventajas
externas sobre los gentiles, como la ley, las ceremonias, los
profetas y demás, no los justificaban delante de Dios. Eran
pecadores como los gentiles y al confiar en estos tipos y
privilegios externos, sólo agravaban su condenación.
vv.17-20.
En estos cuatro versículos Pablo trata de los
privilegios de los judíos bajo seis epígrafes diferentes.

1. “Tú tienes el sobrenombre de judío”. Ellos eran
la simiente de Abraham. Con ese nombre eran distinguidos del
resto de las naciones y personas.

2. “Te apoyas en la ley”. No significa que amaran u
obedecieran la ley, o entendieran su propósito, o vieran a
Cristo como fin y meta de ella para justicia, sino sólo que
tenían la ley y las ceremonias y, por tanto, pretendían el favor
y las bendiciones de Dios.

3. “Te glorías de que el verdadero Dios es tu
Dios”. Los gentiles adoraban ídolos; los judíos adoraban al
verdadero Dios. Los gentiles eran extranjeros, los judíos
pertenecían al pacto. Los gentiles no tenían ni profetas ni
tabernáculo; Dios moraba con la nación de Israel.

4. “Dices que conoces la voluntad de Dios”; lo
que Él requiere, lo que Él manda, y lo que le es agradable.

5. “Dices que apruebas las cosas de Dios porque

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has sido instruido por la ley”.



6. “Dices que eres guía y maestro de otros
hombres.” Sentían que tenían en su ley la encarnación del
conocimiento y la verdad, que los capacitaba para ser maestros
e instructores.
vv.21-23. En estos versículos Pablo revela la hipocresía de
ellos. Establece más firmemente lo que ya había dicho
anteriormente en este capítulo; esto es, que a pesar de que
tenían la ley, no la practicaban, y que a pesar que se gloriaban
en su conocimiento de la ley, eran ignorantes de su
espiritualidad y, por tanto, se condenaban a sí mismos (Ro.
10:1-4).

Aquí tenemos a un hombre que dice pertenecer al pueblo
escogido de Dios, que ha recibido y aprobado la ley, que se
gloría en Dios, que conoce su voluntad, que aprueba las cosas
excelentes, que enseña a otros que no deben robar, mentir,
cometer adulterio o adorar ídolos. Seguramente es un hombre
de Dios. El querría hacernos creer que lo es. Pero debajo de esta
máscara de hipocresía hay un ladrón, un adúltero, un blasfemo
y un idólatra, que se burla de la ley por su continua
desobediencia a la misma.

A pesar de cualquier ventaja que los judíos tuvieran sobre
los gentiles, estaban, no obstante, en la misma condición
delante de Dios: injusticia, maldad, intemperancia, y por tanto
sujetos a la misma condenación.
v.24.
“Está escrito por vuestros profetas que dondequiera que
habéis transitado entre los gentiles, vuestra conducta y
comportamiento hizo que los paganos se burlasen del nombre
de Dios” (Ez. 36:20-22; 2 S. 12:13,14).

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v.25.
¡Pablo persigue aquí a los judíos hasta su última
fortaleza, la circuncisión! Este rito era más antiguo que Moisés
y los distinguía de otras naciones. La circuncisión era un
símbolo del pacto del Señor y una señal de todas las ventajas
de que disfrutaban los judíos. Pensaban que la circuncisión era
suficiente para obtener justicia. Pablo declara que en cuanto a
obtener el favor de Dios, la circuncisión es provechosa sólo si
se guarda perfectamente la ley (Gá 5:2,3). “Si estás confiando
en el hecho de que eres circunciso para reconciliarte con Dios,
y no guardas todas la ley, eres como un incircunciso.”
vv.26,27.
Este es un caso hipotético, porque ningún hombre
puede guardar toda la ley. “Pero supongamos que un hombre
incircunciso guardase toda la ley perfectamente. El sería justo
delante de Dios y os condenaría a vosotros, que tenéis la forma
exterior y la letra, pero transgredís la ley.”
vv.28,29.
Un hombre no es hijo de Dios, justo delante de
Dios, y justificado meramente por su nombre, nacionalidad,
profesión y ceremonias. La verdadera circuncisión no es algo
externo, sino una obra interna de gracia en el corazón.

Un hombre es un verdadero judío (o persona redimida) si
ha experimentado una obra de gracia en su corazón, si ha
renunciado a sus obras y mira a Cristo, si adora a Dios en
espíritu y en verdad, si tiene la ley de Dios escrita en su
corazón y no en su mano, y es alabado por Dios y no por el
hombre (Sal. 34:18; 51:17).

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¿Qué ventaja tiene, pues,


el judío?
Romanos 3:1-8
Este capítulo puede dividirse en tres partes:

1. Los versículos 1-8 responden a las objeciones contra las
cosas mencionadas en el capítulo 2.

2. Los versículos 9-19 prueban que los judíos y los
gentiles son culpables de pecado, y no pueden ser justificados
por la ley.

3. Los versículos restantes indican el verdadero y único
camino de justificación: por la justicia y muerte del Señor
Jesús.
v.1.
Debemos leer Romanos 2:28,29. Si uno no es un
verdadero judío por haber nacido de padres judíos y haberse
criado según las costumbres, ceremonias y religión de los
judíos, sino que cualquiera de cualquier nación que es nacido de
la Palabra y del Espíritu de Dios pertenece al verdadero Israel, y
si el ser circuncidado no beneficia a menos que se guarde toda
la ley, entonces ¿de qué aprovecha la circuncisión? Si tener la
ley, los profetas y las ceremonias aumenta la condenación de
los hijos naturales de Abraham y su responsabilidad, ¿qué
ventaja o provecho tiene el ser judío? Mejor ser pagano,
pensaría uno.

Puede preguntarse hoy en el mismo sentido: “¿Por qué
predicar el Evangelio a los paganos, si la mayoría de ellos lo
rechazarán y esto les traerá más responsabilidad por su
incredulidad a causa de la luz de la Palabra predicada?

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v.2.
En el Antiguo Testamento los judíos tenían grandes
ventajas sobre las naciones gentiles. Tenían la Palabra de Dios.
Este término se utiliza cuatro veces en el Nuevo Testamento.
En Hechos 7:38 significa la ley do Moisés. En Hebreos 5:12 y
1 Pedro 4:11 abarca las verdades del Evangelio. En este
versículo están incluidas todas las Escrituras del Antiguo
Testamento, especialmente en lo que se referían al Mesías,
¡Jesucristo! Mientras los gentiles tenían que descubrir a Dios
como podían a través de la creación, la conciencia y la
providencia, los judíos tenían las profecías de la venida del
Mesías, las figuras y tipos de su sacrificio y expiación en las
ceremonias, y la promesa de redención y perdón a través de la
fe en Él. En lugar de creer en Él, confesar su culpabilidad
revelada por la ley y descansar por la fe en la misericordia de
Dios y la justicia imputada, tomaron la ley, la circuncisión,
las ceremonias y la herencia judía, y establecieron su propia
justicia basada en una imperfecta e hipócrita obediencia a la
forma. Todas las leyes, rituales, moralidad, ceremonias,
Escrituras y forma externa no son de valor, sino por el
contrario devastadoras, si no conducen a la persona de Cristo.
v.3.
¿Y qué si la mayoría de los judíos ignoraron las promesas
de Dios, no creyeron las profecías del Mesías, le despreciaron y
rechazaron cuando vino y buscaron ser aceptados a través de su
herencia y sus ritos? ¿Anula esto la promesa de Dios
concerniente al Mesías? ¿Neutraliza la promesa de Dios en
Cristo? ¿Anula el pacto de Dios con Abraham? ¿La rebelión e
incredulidad de la nación favorecida deja sin efecto la redención
por la gracia a través de la fe en Cristo?
v.4.
“¡De ninguna manera!” Ni pensarlo. La verdad de Dios
nunca puede ser cambiada por la falta de fe en los hombres.
Dios es verdadero y fiel a su Palabra, a su promesa, a sus

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atributos y a sus pactos. Por otra parte, el hombre es falso, no


sólo porque frecuentemente viola su palabra, sino que su
naturaleza es la de mentir y rehuir la verdad (Ro. 8:7; Gn. 6:5).

Pablo cita a David (Sal. 116:11; 51:4). Dios es justo en
sus juicios, recto en todo lo que hace, y prevalecerá a pesar de
lo que los hombre pecadores digan o hagan.
vv.5,6.

Alguien puede decir: “Si mi injusticia establece,
ilustra y elogia la justicia de Dios, entonces Dios debería ser
injusto por infligir su ira sobre mí.” Esta no es la opinión de
Pablo, sino que es una objeción suscitada por los necios. La
respuesta es que toda injusticia es pecado y que por ella misma
no elogia o ilustra la justicia de Dios. No predicamos que la
maldad y el pecado del hombre glorifican o que por ellos
mismos hacen gloriosa la gracia de Dios. Si Dios usara la
maldad de los creyentes para glorificarse, no podría juzgar la
maldad de los incrédulos. La misericordia de Dios para el
desdichado, la gracia para con el culpable y el perdón para con
el más injusto le glorifican. El fondo negro no da belleza al
diamante expuesto, sino que simplemente nos permite ver su
belleza por el contraste que ofrece.
vv.7,8.

Nada es más opuesto a la verdad que la mentira. Una
mentira nunca puede ser ventajosa para la verdad del Dios de
verdad. La mentira es del diablo y merece la muerte. La verdad
de Dios nunca puede abundar a través de la mentira. Si esto
fuera cierto, entonces los hombres podrían decir: “Hagamos
males para que vengan bienes.” Pero el mal no puede producir
por sí mismo sino solamente el mal. El hecho de que la gloria
de Dios se manifiesta a través de la gracia hacia el principal
pecador, no es una obra de hombres sino de Dios, quien, a
través de la justicia de su hijo, hace que aun nuestro pecado
promueva su propia gloria.

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No hay justo, ni aun uno


Romanos 3:9-20
En los dos capítulos anteriores Pablo había escrito acerca de la
culpabilidad de los gentiles y de los judíos separadamente.
Ahora los considera juntos y prueba con la Escritura que todos
los hombres son pecadores y que no hay justo, ni siquiera uno.
A través de estos versículos, está apoyando la conclusión que
tenía en mente todo el tiempo y a la que llega en el versículo
20, a saber, que por las obras de la ley ningún ser humano
puede ser justificado, y todo esto es para mostrar el camino
verdadero de la paz, como se ve en los versículos 21-26.
v.9.
Los judíos no son superiores ni mejores que los gentiles
con respecto a su estado y condición delante de Dios. A pesar
de que los judíos tienen ventaja con respecto a privilegios
externos y revelaciones, con todo, dice el apóstol, hemos
probado que todos los hombres, judíos y gentiles, son
igualmente nacidos en pecado, son en la práctica pecadores e
igualmente condenados ante la ley de Dios (Sal. 14:1-3; Ec.
7:20). Todos son no solamente culpables, sino también
esclavos del pecado.
v.10.
Esta afirmación debe ser considerada como un resumen
de todo lo que sigue, y define el asunto por completo: “No
hay justo, ni aun uno”. Ninguna persona posee una
justicia con la cual pueda de alguna forma satisfacer las
demandas de nuestro santo Dios. Cuatro veces usa Pablo la
frase: “no hay” y añade dos veces: “ni aun uno” (Ro. 3:23).

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v.11.
El hombre piensa que es una criatura sabia y con
entendimiento. Es cierto que tiene la facultad de entender cosas
naturales, cívicas y morales: y esto muy imperfectamente. Sin
embargo, el hombre no tiene un conocimiento espiritual de
Dios, ni un verdadero sentido de sí mismo y de su pecado, ni
un verdadero conocimiento del camino de salvación en Cristo
(1 Co. 2:14; Jn. 6:44; Ef. 4:18).

No hay nadie que busque a Dios diligentemente, con todo
el corazón o en Jesucristo. No hay nadie que le adore en
espíritu y en verdad y tenga comunión con Él a través del
Mediador para su honra y gloria (Jn. 5:40-44).
v.12.
“Todos se desviaron” de Dios y su verdad (se
desviaron de la santidad, la luz y la vida) hacia sus propios
caminos de pecado y maldad Is. 53:6). “Se hicieron
inútiles”, viniendo a ser corruptos e inmundos. Son
inadecuados para lo que Dios los ha hecho: glorificar a Dios.
“No hay quien haga lo bueno” en el sentido espiritual.
El pecado y el yo están mezclados con todo lo que hacemos.
Sólo Dios es verdaderamente bueno. Aun nuestras buenas
obras son inaceptables y sucias delante de Él (Is. 64:6).
vv.13,14.
Hasta aquí el apóstol ha hablado del pecado del
hombre en términos generales. Ahora trata los detalles: las
palabras y los hechos.

Con respecto a nuestras palabras, señala todos los órganos
del habla: la garganta, la lengua, los labios, la boca. No hay
nada más ofensivo que una tumba abierta arrojando el horrible
olor de la carne corrompida. El lenguaje que viene de la
garganta de un pecador procede de un corazón y una naturaleza
muertos y corruptos. Usa su lengua para formar palabras de
mentira, odio, blasfemia y exageración. El veneno mortal de la
serpiente es expulsado por sus labios en forma de palabras

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calumniadoras, chismorreos y blasfemias. “Su boca está


llena de maldición” significa que no dicen solamente
palabras vergonzosas, sino blasfemias contra Dios en
particular. Está llena de palabras duras contra Dios, los
superiores, los padres y las autoridades. Amargura,
murmuraciones e desagrado fluyen libremente.
v.15.
Habiendo mostrado las pecaminosas palabras del
hombre, Pablo se dirige a sus hechos. Esto viene de Isaías
59:7. Los pies representan movimiento y acción, y cuando dice
que se apresuran para derramar sangre, denota la impaciencia y
prontitud de los hombres para pecar contra Dios y contra los
demás.
vv.16-18.
Todos los caminos que toman los hombres y los
métodos que siguen les hacen desdichados y les conducen a la
destrucción (Pr. 14:12). El camino del pecado no construye:
sólo destruye.

Los hombres, por naturaleza, no conocen el camino de la
paz con Dios en Cristo. Cristo es el único camino de
salvación, vida eterna, paz y felicidad por siempre. Un hombre
sólo puede conocer esto si Dios se lo enseña (1 Co. 2:7-10).

“Temor de Dios” no significa temor del infierno, la
condenación y la ira de Dios, sino un temor reverente,
adoración y afecto, lo cual lleva a la fe y la obediencia. El
hombre natural siente desprecio hacia el Dios vivo, como lo
demuestra el trato dado a Cristo. No quiere honrar a Dios.
v.19.
La ley de que se habla aquí es la ley moral de Dios tal
como aparece en toda la Palabra de Dios, y que todo hombre
está obligado a observar y obedecer, ya sea judío o gentil. Toda
la raza humana está bajo la ley de Dios. Esta ley declara a cada
hijo de Adán culpable y cierra toda boca. No tenemos defensa,

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pretexto ni respuesta, porque la santa ley de Dios expone


nuestra corrupción interna y externamente.
v.20.
Por tanto, esta es la conclusión del apóstol: la ley no
puede salvar, no puede justificar, no puede dar rectitud. Sólo
puede hacer tres cosas: (1) cerrar nuestras bocas y declararnos
culpables delante de Dios; (2) enseñarnos lo profundo y oscuro
de nuestro pecado y depravación; y (3) dirigirnos a la fe en el
Señor Jesucristo (Ro. 7:7-11).

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El justo y el que justifica


Romanos 3:21-31
Los versículos 19 y 20 resumen lo que Pablo ha dicho con
respecto a los judíos y los gentiles. Todos son culpables de
pecado. Todo están sin excusa. Ninguno puede abrir su boca
para su propia defensa o pretender justicia alguna, sino que cada
uno debe reconocerse culpable delante de Dios. Pablo entonces
procede a la conclusión que quiso extraer de todo esto: no hay
justificación de nadie delante de Dios por las obras o por los
hechos de la ley. La ley revela el pecado; no puede remediar el
pecado.
v.21.
“Pero ahora, aparte de la ley, se ha
manifestado la justicia de Dios.” “La justicia de
Dios” es una de las expresiones más importantes de la
Escritura, y significa tanto el precepto de la ley como la pena
que impone la ley. Esto es, que la santa ley debe ser honrada en
cada jota y tilde, y en donde exista la más pequeña de las
ofensas, la justicia debe ser satisfecha. No estamos hablando
aquí de la santidad personal de Dios, sino de la justicia que (por
su gracia) ha provisto e imputado al pecador culpable a través
de su Hijo (Ro. 10:1-4).

“Aparte de la ley”: No sin la perfecta obediencia de la
ley (puesto que Cristo lo hizo), sino sin considerar la
obediencia del pecador a la ley. Si no hay imputación de la
obediencia de Cristo, ninguno será salvo (Is. 64:6; Mt. 5:20).

“Se ha manifestado” en el Evangelio. ¿Por qué es el
Evangelio el poder de Dios para salvación? Porque en él se
revela la justicia de Dios (Ro. 1:16,17). Cristo la cumplió por

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nosotros y nos la reveló (Ro. 5:19).



Moisés y todos los profetas testificaron de esta justicia en
Cristo (Is. 53:11; Jer. 23:5,6); Sal. 85:10-13).
v.22.
Esta justicia perfecta, por la cual somos santificados,
justificados y presentados ante Dios como santos y sin
mancha, no nos es imputada por causa de alguna obra nuestra,
sino que se recibe por fe. La fe no es parte de esta justicia, sino
que ésta se recibe a través de la fe. Antes de que participemos
de algo en Cristo, debemos ser uno en Él, y esta unión se
obtiene a través de la fe (Ro. 4:11-13; Fil. 3:9; Ro. 4:20-24).

Esta justicia divina es para todo aquel que cree, de cada
tribu, nación y lengua. No hay diferencia entre las personas del
Antiguo Testamento y las del Nuevo, entre judíos y gentiles,
entre hombres y mujeres.
v.23.
¿Por qué no hay una forma de vida para unos y otra
forma para otros? Porque todos han pecado y no alcanzan los
requerimientos ni la gloria de Dios (Ro. 3:9-11; Sal. 14:1-3;
Ro. 5:12).
v.24.
La bendición aquí es la justificación, la cual está en
oposición a la acusación y la condenación (Ro. 8:31-34).
Tenemos la santidad y justicia de su Hijo, como si fuera
nuestra propia (Ro. 5:1; Ef. 1:6,7).

La causa de esta bendición es la gracia inmerecida de Dios.
Él nos escoge, nos redime y nos llama según el puro afecto de
su voluntad (Ef. 1:4-7).

El origen de esta bendición es la redención que tenemos en
Jesucristo. Cristo, como nuestro Redentor, obedeció la ley
perfectamente, borró nuestros pecados con su propia sangre,
fue sepultado y resucitó. Está sentado a la derecha del Padre

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como nuestro Mediador. En Él estamos completos (Col. 1:19 -


23).
v.25.
La palabra “propiciación” se refiere al propiciatorio
(He. 9:5), lo cual era un tipo de Cristo. Cristo es la
propiciación a Dios por nuestros pecados. El nos ha
reconciliado con Dios por su obediencia y sacrificio (He. 2:17;
2 Co. 5:19).

“Los pecados pasados” quiere decir que Dios perdonó
los pecados de los creyentes bajo la dispensación del Antiguo
Testamento por la expiación de Cristo. Estaban persuadidos de
las promesas en Cristo y las aceptaron por fe (He. 11:13). Fue
debido a la paciencia de Dios que no los destruyó
inmediatamente, sino que pasó por alto sus pecados hasta que
su ley fue honrada y su justicia santificada por Cristo.
v.26.
“Con la mira de manifestar en este tiempo su
justicia”, o para mostrar esta perfecta justicia provista por
Cristo para cada creyente (Ro. 5:19; 2 Co. 5:21). No
solamente somos inocentes, sino que tenemos la justicia de
Dios en Cristo. Dios salva a los hombres de tal manera que su
justicia y verdad no resultan comprometidas y violentadas. Es
un Dios justo y un Dios que justifica (Sal 85.10).
vv.27,28.
No hay lugar o razón para la jactancia en judíos o
gentiles. ¡Toda jactancia es eliminada! ¿Por qué principio es
excluida la jactancia? ¿Por obras? Por supuesto que no.
Nuestros pecados son revelados y puestos al descubierto por la
ley de Dios. Estamos privados de toda gloria. El principio de la
fe destruye la jactancia, porque la fe recibe todo de Dios y no
reclama nada para nosotros mismos (1 Co. 1:30,31). La
conclusión es firme: la justificación es por la fe sin las obras
de la ley.

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vv.29,30.
Está claramente demostrado que los judíos y los
gentiles están en el mismo nivel con respecto a su estado
delante de Dios. El es el Señor Dios de ambos, y justifica a
ambos de la misma forma: a través de la fe en Cristo.
v.31.
La ley es abolida como pacto de obras. Es cumplida por
Cristo en cuanto a su administración, y es destruida como
yugo de esclavitud, pero la ley permanece inmutable en las
manos de Cristo, donde es honrada, establecida y cumplida
(Mt. 5:17-20).

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Justicia imputada
Romanos 4:1-8
Hay tres lecciones principales expuestas en el tercer capítulo.

1. No hay justificación en absoluto para judíos o gentiles
delante de Dios por las obras de la ley (Ro. 3:20).

2. Tenemos la justificación de Cristo, por la cual los
creyentes son completamente justificados y santificados en la
presencia de Dios sin nuestra obediencia a la ley. Es gratuita,
completa y para siempre en Cristo (Ro. 3:21-22).

3. La justicia perfecta no sólo justifica al pecador, sino que
también honra la ley y justicia de Dios, permitiendo así que
Dios sea justo y a la vez justificador (Ro. 3:26).

Pablo procede en el capítulo 4 a ilustrar estas verdades,
usando dos hombres considerados con la más alta estima por
los judíos: David y Abraham.
v.1.
En este capítulo se alude a Abraham (en sentido
espiritual) como el padre de todos los creyentes, pero este
versículo habla de su relación con los judíos (según su
descendencia natural), siendo el primero de la circuncisión.
¿Qué es lo que halló según la carne? ¿La circuncisión y la ley?
¿Halló el camino de la vida, justicia y salvación por sus
servicios y actividades? No da una respuesta, pero por lo que
dice a continuación, la respuesta es: ¡No!
v.2.
Si Abraham fue justificado por sus obras, ya sean
ceremoniales o morales, entonces, contrariamente a lo que
Pablo había enseñado, tenía algo de qué gloriarse: pero por
supuesto no delante de Dios, que veía los pecados de su
corazón y conocía todos sus sentimientos (comp. 16:15).

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v.3.
Habiendo negado que Abraham (u otro hombre) es
justificado por obras, Pablo apela a la Escritura. Este es
nuestro fundamento de fe, la regla de fe y práctica y el origen
de toda información acerca de Dios, el pecado, la salvación y la
vida eterna: ¡Las Escrituras! (Gn. 15:6; Gá. 3:6; Ro. 4:20-22).

¿Pero no dice Santiago que Abraham fue justificado por las
obras? (Stg. 2:21). Pablo y Santiago no están hablando de la
misma cosa. Pablo se refiere a la justificación de la persona
delante de Dios. Santiago habla de la fe de la persona (o su
pretensión de ella) delante de los hombres. Pablo condena
nuestras obras como una causa de justificación delante de Dios.
Santiago alaba las obras como la evidencia de nuestra
justificación delante de Dios. Pablo escribió a los que
confiaban en sus obras para salvarse. Santiago escribió a los
que descuidaban o negaban la necesidad de obediencia.
v.4.
Para un obrero, lo que merece o gana nunca puede
llamarse un regalo, un favor, o una misericordia, sino que, al
contrario, es una obligación que se le debe. En caso de que se
realice un trabajo (sin tener en cuenta el grado de dicho
trabajo), es una deuda y no una gracia (Ro. 11:5,6).
v.5.
No es que el creyente no haga buenas obras, sino que no
obra con la intención de obtener vida y salvación (Ef. 2:8-10;
Stg. 1:20). Nosotros obramos porque amamos a Cristo, y no
con la intención de ser justificados (2 Co. 5:14,15). Los
elegidos creen a Dios, que justifica a los impíos (Ro. 5:6-8),
aun a Abraham, que antes de ser regenerado era impío. Su fe
(no el acto de la fe, sino el objeto de la misma: Cristo) le es
imputada por justicia. Las obras no significan nada con
respecto a la justificación, porque aun nuestras mejores obras
están llenas de pecado (Is. 64:6), pero la verdadera fe producirá
obras de fe y trabajo de amor (1 Ts. 1:3).

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vv.6-8.
David, el rey escogido, el hombre conforme al corazón
de Dios, es citado en el tema de las bendiciones del hombre que
cree a Dios y busca aceptación y justificación en Cristo, no en
sus obras (Sal. 32:1,2).

1. “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades
son perdonadas”. Nuestras iniquidades son apartadas de
nosotros tan lejos como el este está del oeste. Son echadas tras
las espaldas de Dios; son arrojadas a lo más profundo del mar,
y no se recordarán jamás.

2. “Y cuyos pecados son cubiertos.” Son cubiertos
de la justicia divina, y jamás serán vistos otra vez o traídos a
juicio (Ro. 8:33,34).

3. “Bienaventurado el varón a quien el Señor no
inculpa de pecado.” Aparecemos delante de Él sin falta o
mancha, y seremos irreprochables. Somos justificados y
absueltos (Col. 1:22; Jud. 24).

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Es por fe, para que sea por


gracia
Romanos 4:9-16
El apóstol establece plenamente a través de su epístola la
verdad de que el hombre es justificado delante de Dios por fe y
no por obras. En estos versículos muestra de la forma más
contundente que Abraham no obtuvo justificación por la
circuncisión, y que fue justificado antes de que fuera
circuncidado. La justificación no necesariamente tiene que ver
ni depende de la circuncisión. ¡Somos salvos por gracia!
v.9.
¿Es la justificación tan sólo para los judíos circuncidados,
o es también para los gentiles? Por qué hace Pablo una
pregunta como ésta? Porque los judíos no sólo creían que la
justificación delante de Dios dependía (por lo menos en parte)
de sus obras, sino que esta bendición estaba conectada con la
circuncisión y, por tanto, ¡solamente era para los judíos! El
propósito de las palabras siguientes es el de probar que la
justificación pertenece a los gentiles y los judíos, y que es por
fe y no por circuncisión. Abraham sirve de ejemplo.
v.10.
¿Cuando fue justificado Abraham? Si la justicia le fue
imputada antes de que fuera circuncidado, entonces la
circuncisión no fue la causa, ni es necesaria para ser justificado
y, por tanto, puede aplicarse tanto a gentiles como a judíos. De
acuerdo con las Escrituras, Abraham estaba en un estado de
justicia y justificación antes del nacimiento de Ismael (Gn.
15:6; 17:1-4,9-14,24,25).

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vv.11,12.
Si Abraham fue justificado antes de ser
circuncidado, ¿por qué entonces fue circuncidado?

1. Su circuncisión, y la circuncisión de todos los judíos,
era una señal o símbolo del pacto que Dios hizo con Abraham
y su descendencia natural concerniente al disfrute de la tierra y
de su favor. Esto los distinguiría del resto de las naciones (Gn.
17:8-11).

2. La circuncisión es también una señal típica de Cristo
(como eran todas las ceremonias de la ley), del derramamiento
de su sangre para limpieza del pecado y de la circuncisión del
corazón.

3. Fue un sello para Abraham de que sería el padre de
muchas naciones en un sentido espiritual, y que la justificación
de fe (la cual él tenía) vendría sobre todos ellos, gentiles y
judíos, de la misma manera: por fe (Ro. 4:23,24). Aunque
todos los descendientes naturales de Abraham fueran
circuncidados, él sólo era padre de los que tenían su fe en lo que
representa espiritualmente la circuncisión.
v.13.
“O a su descendencia”. El pacto, en todas sus
promesas referentes a las bendiciones espirituales, fue
establecido en Cristo, que era la descendencia de Abraham (Gá.
3:16), y fue dado a toda su iglesia en Cristo (Ro. 8:16,17).

“Heredero del mundo” significa este mundo y el
venidero. Abraham y todos los creyentes son los herederos de
todas las cosas en Cristo (1 Co. 3:21-23; He. 11:8-10,13; Lc.
20:34-36).

“No por la ley..., sino por la justicia de la fe.”
No por la ley de Moisés, ni por la ley ceremonial, ni por la ley
de la circuncisión, sino por la fe en Cristo (Gá. 3:21,22).
vv.14,15.
Si los judíos, que estaban buscando justificación y
vida eterna por las obras de la ley, hubieran obtenido gracia y

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gloria a causa de su obediencia a la ley, entonces la fe sería


dejada de lado, y la promesa de justicia por fe quedaría sin
efecto. Si la salvación es por obras, es inútil que Dios prometa
vida a aquellos que, a causa de su incapacidad para guardar la
ley, buscan la salvación por la fe. La salvación no puede ser
por fe y obras (Gá. 3:18; 2:21).

Es la ley quebrantada la que trae sobre nosotros la ira de
Dios. La ley no sólo no puede justificar (a causa del estado
pecaminoso del hombre) sino que maldice y condena al
culpable (Ro. 3:19; 8:3,4).

“Donde no hay ley, tampoco hay transgresión.”
Esto no es una especie de expresión proverbial. El pecado es la
transgresión de la ley de Dios. Sin embargo, la ley ha venido:
no solamente la ley escrita, sino la ley que se revela a través de
la creación y la conciencia, y está escrita en el corazón.
v.16.
Por tanto, la justicia y la justificación son por fe y no
por obras. En ninguna otra forma, sino a través de la fe, puede
la salvación ser por gracia (Ro. 11:6). Una recompensa debe
considerarse como totalmente por gracia, o bien totalmente
como una deuda en base a las obras realizadas; no se pueden
combinar las dos. Si Dios toma en cuenta alguna obra del
hombre, entonces la salvación no es por gracia.

Además, la única forma en que la salvación es segura y la
promesa de vida eterna cierta, para judíos y gentiles, es que
toda la obra sea hecha por la gracia de Dios. Nosotros nacemos
pecadores; por práctica y elección propia hemos fallado, y el
futuro no nos depara esperanza aparte de su gracia (Gá. 3:10;
4:21; Stg. 2:10).

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Abraham: padre de
muchas naciones
Romanos 4:17-25
El versículo 16 declara algunas cosas que cada creyente ha
tenido que aprender.

1. La salvación es por fe para que sea totalmente por
gracia.

2. La salvación por gracia es la única manera segura en que
puede haber salvación. Si fuera por obras, ninguno podría ser
salvo.

3. Los creyentes del Antiguo testamento y los del Nuevo,
tanto judíos como gentiles, son salvos por gracia a través de la
fe en Cristo.
v.17.
Abraham, en sentido espiritual, es el padre de todos los
creyentes; no de los judíos solamente (Gn. 17:4,5), sino de
todas las naciones. En aquel momento en que Abraham estuvo
delante de Dios, a pesar de no ser padre en ningún sentido, era
tan cierto para él como si ya hubiese ocurrido. Dios lo quiso, y
el resultado tendría lugar con tanta certeza como que Dios
llama a la existencia las cosas que no existen. Dios, de acuerdo
con su propósito eterno, habla de cosas que no existen de la
misma manera que habla de cosas que existen (Ro. 8:29,30;
Hch. 15:16-18).

“El cual (Dios) da vida a los muerto”. Fe en el
poder de Dios para dar vida donde no la hay es la base apropiada
para creer cualquier cosa que Dios se proponga hacer. Si Dios

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da vida a los muertos, ¿no puede dar vida a la matriz de Sara?


¿No puede levantar nuestros cuerpos de la tumba?
vv.18,19.
“Contra esperanza”. Que Abraham fuera padre
por medio de Sara, estaba contra todos los principios de la
naturaleza. Ella tenía 100 años de edad, pero Abraham
creyó “en esperanza”. Su esperanza estaba en la promesa de
Dios; la esperanza de Abraham para llegar a ser padre de
naciones de creyentes descansaba completamente en la Palabra
de Dios. Creyó a Dios y esperó exactamente lo que Dios dijo
que ocurriría. Nuestra esperanza de redención no es un deseo o
capricho, sino la expectación basada en la promesa de Dios y la
adquisición realizada por el Hijo (2 Ts. 2:16,17; 1 P. 1:3).

“Así será tu descendencia” (Gn. 15:5). Aquí tenemos
a un hombre viejo sin hijos, con una esposa anciana, oyendo a
Dios declarar que por medio de esta esposa su descendencia
sería tan numerosa como las estrellas del cielo. Abraham creyó
a Dios. Su edad, impotencia y la falta de vida en la matriz de
Sara no abatieron su fe. Este ejemplo debe siempre animar la
nuestra. Siempre habrá obstáculos y dificultades, pero ninguno
que nuestro Señor no pueda vencer (Gn. 18:14; Mt. 19:26).
v.20.
Abraham no vaciló ante la promesa, porque fue hecha
por el que no puede mentir y con quien todas las cosas son
posibles. No vaciló ante las dificultades y aparentes
imposibilidades que obstaculizaban el camino, porque su fe en
Dios era fuerte y, por tanto, dio a Dios toda la gloria por su
fidelidad, poder, gracia, y bondad. Es importante que
glorifiquemos a Dios reconociendole sus atributos y creyendo
que Él actuará de acuerdo con ellos.
vv.21,22.
“Plenamente convencido” significa que estaba
persuadido y seguro que Dios era capaz de cumplir lo que había

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prometido (2 Ti. 1:12; He. 7:25; Fil. 3:20,21).



Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, no por
la fuerza de su fe, sino porque su fe descansaba y confiaba
verdaderamente en Dios, no en él mismo ni en sus obras (Ro.
3:21,22).
vv.23,24.
El relato de cómo Abraham fue justificado no fue
registrado solamente por su causa, ni es aplicable solamente a
él, sino que es por fe que cada creyente es justificado y
santificado. Otros fueron justificado por fe antes que
Abraham, pero el primer testimonio registrado respecto a la
justificación de pecadores por la fe es el de Abraham. El fue el
primer hombre escogido y designado como el progenitor del
Mesías (Gá. 3:16). Por tanto, es llamado el padre de todos los
creyentes.

La justicia nos será imputada, al igual que a Abraham, si
creemos a Dios, que es identificado por el hecho de haber
levantado a Jesús, nuestro Señor, de los muertos. Creer para
salvación no es creer solamente en la existencia de Dios, sino
creer en Él con respecto a su Evangelio. La fe salvadora
implica la persona y la obra de Cristo, quien fue prometido por
Dios, enviado por Dios, herido por Dios, levantado por Dios y
sentado victoriosamente a la derecha del Padre (Jn. 3:14-16,36).
v.25.
Cristo fue entregado por su Padre en manos de la
justicia y la muerte (de acuerdo con su propósito divino) para
redimirnos. Cristo murió en nuestro lugar y resucitó como
nuestra Cabeza y Representante, y fue legalmente absuelto y
justificado, y nosotros lo fuimos en Él. La resurrección de
Cristo no obtuvo nuestra justificación (ésta fue hecha por su
obediencia y muerte), pero su resurrección dio testimonio de la
misma: la deuda del pecado quedó saldad (Ro. 1:1-4).

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La bendición de la
justificación por la fe
Romanos 5:1-5
El los capítulos precedentes Pablo afirma clara y firmemente
que la justificación delante de Dios no es por obras sino por fe.
Ahora procede a mostrar las bendiciones que a través de Cristo
son nuestras.
v.1.
Somos justificados y considerados justos delante de Dios
por la fe en el Señor Jesús, creyendo en Él como es revelado en
las Escrituras. Por tanto, siendo justificados, tenemos paz con
Dios. Esta paz se desprende del hecho que en Cristo somos
justos, nuestros pecados son perdonados, y somos santos y sin
hombres están enemistados con Dios, y Él con ellos (Jn. 3:36;
Ro. 8:7). Cuando estamos en Cristo, somos reconciliados y
gozamos de paz (Is. 32:17; 2 Co. 5:19).
v.2.
Por Cristo tenemos entrada a la gracia, o a un estado de
favor, relación filial y aceptación. La paz y la gracia difieren
entre sí (1 Co. 1:3; Gá 1:3). La paz denota una bendición
particular. “Entrada... a esta gracia” (un estado de favor)
implica todas las bendiciones (1 Co. 3:21-23; Col. 1:12; He.
10:19-22).

“Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de
Dios.” La esperanza de salvación eterna, la esperanza de ser
iguales a Cristo, la esperanza de contemplar su gloria como
coherederos producirá gozo. No puede haber verdadero gozo sin
semejante esperanza (Sal. 17:15; 1 Jn. 3:1-3).

Martín Lutero dijo: “A pesar de ser un pecador, no me

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desespero, porque Cristo, que es mi Redentor y mi justicia,


vive. En Él no tengo pecado, ni temor ni remordimiento de
conciencia, ni temor del juicio, porque en Él no hay
condenación. Ciertamente soy un pecador en lo que concierne a
esta vida, pero tengo una justicia de Dios que está por encima
de esta vida, que es Cristo mi Señor: ¡en Él me regocijo!”
v.3.
No solamente es gloría el creyente en la esperanza de la
gloria de Dios, sino que se gloría también en la tribulación, las
pruebas y aflicciones (Stg. 1:2,3; 2 Co. 12:10). No nos
gloriamos en los sufrimientos ni en las pruebas en sí mismas,
porque la mayoría de las pruebas son gravosas y difíciles, sino
que nos gloriamos en el efecto de la prueba. Todas nuestras
pruebas son señaladas por Dios, nuestro Padre, y son para su
gloria y nuestro bien (Ro. 8:28; He. 12:9-11; Sal. 119:71).

“La tribulación produce paciencia”. Paciencia es
sumisión a la voluntad de Dios. Es estar satisfecho, y esperar
en el Señor (He. 13:5; Sal. 27:13,14). Es lo opuesto a la
codicia, las quejas y la precipitación. Implica no sólo nuestra
actitud respecto a Dios y su providencia, sino también nuestra
actitud respecto a otros durante la tribulación.
v.4.
“La paciencia produce prueba”, o madurez de
carácter y demostración de fe genuina. La tribulación no
produce fe, pero revela la fe que hay. Ciertamente, la
tribulación puede detectar a un hipócrita, endurecer su corazón
y hacerle caer de su profesión. La verdadera fe se fortalece más
como resultado de la tribulación.

“La prueba produce esperanza”. Al manifestarse y
confirmarse mediante la prueba la autenticidad de nuestra fe, y
al crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo, nuestra
esperanza de gozar de la gloria prometida en Cristo se
fortalece.

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v.5.
Los que poseen una buena esperanza en Cristo nunca se
avergonzarán de esa relación, ni tendrán jamás causa para
avergonzarse (porque en Él son perfectos), y nunca serán
avergonzados. Una esperanza vana y una falsa profesión se
desvanecerán finalmente, mostrarán estar vacías y darán como
resultado la perdición eterna (Ro. 9:33; 10:11).

No es nuestro amor por Dios lo que nos da una fuerte
esperanza y consuelo (a pesar de que la gracia y el fruto del
amor a Dios y a otros es producido en nosotros por su
Espíritu), sino que el Espíritu Santo nos revela el amor de
Dios por nosotros en Cristo, y con el conocimiento de ese
amor vienen sus efectos: paz, acceso a la presencia de Dios y
regocijo en la esperanza de la vida eterna (Ro. 8:35-39; 1 Jn.
4:9,10)

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Cristo murió por los impíos


Romanos 5:6-11
El los versículos precedentes, el apóstol escribe acerca de la
esperanza de la gloria de Dios en el creyente (v.2) y el hecho de
que los que tienen esa buena esperanza en Cristo nunca se
avergonzarán de esa relación, ni tendrán por qué avergonzarse,
ni serán avergonzados. La verdad del amor de Dios hacia
nosotros en Cristo y la realidad de ese amor han sido puestos
en nuestro corazón por el Espíritu. En los versículos
siguientes procede a darnos pruebas y evidencias del amor de
Dios por nosotros.
v.6.
“Cristo murió por los impíos.” Esta es la suma y
sustancia de nuestro Evangelio y es el gran artículo de la fe.
¿Quién murió? Cristo: el unigénito, el bienaventurado Hijo de
Dios hecho hombre (Ro. 8:34; Mt. 3:16,17). ¿Cómo murió?
Una muerte vergonzosa, bajo la ira y el juicio de Dios (Fil.
2:8). ¿Por qué murió? Murió por, en lugar y como sustituto de
todos los elegidos de Dios para que Dios sea el justo y el que
justifica (Ro. 3:24-26) ¿Por quiénes murió? “Por los impíos”:
no por los justos, religiosos o merecedores, sino por aquellos
que son impíos por naturaleza y práctica (Ef. 2:1-5) ¿Cuándo
murió por nosotros? Cuando estábamos sin fuerza para
obedecer o guardar su ley y sin posibilidad de ayudarnos a
nosotros mismos. Estábamos en la esclavitud de la ley y el
pecado e incapaces de cambiar nuestra condición (Jer. 13:23).
El murió por nosotros “a su tiempo”, en el tiempo señalado
por el Padre (Gá. 4:2-4; 1 Ti. 2:5,6). Esta es la prueba más

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grande de amor: que uno dé su vida por el objeto de ese amor (1


Jn. 4:10; Jn.15:12,13).
v.7.
Hay dos tipos de hombres mencionados aquí.

1. Un justo: esto es, uno que es moral, estricto y religioso
delante de los hombres en todos sus caminos, sin ser
necesariamente amado. No es probable que uno muera por esta
clase de hombre.

2. Después está el hombre bueno y benévolo, que es
clemente, amable y considerado para con todos. Entre los
hombres es amado y respetado. ¡Algunos ciertamente morirían
por un hombre así!
v.8.
Pero Dios manifestó su amor por nosotros (dio prueba
clara y evidente de ese amor, por lo que no hay lugar a dudas)
en que, cuando aún estábamos en pecado, Cristo murió por
nosotros. Esto es cierto con respecto a todos los que son
salvos, desde Abel hasta Pablo, hasta ti y hasta mí (Is. 53:6).
Cuando Cristo nos amó, murió por nosotros y nos redimió,
éramos pecadores de nacimiento, elección propia y práctica, sin
amor por Dios (Ro. 8:7,8).
v.9.
Si el amor de Dios por nosotros es tan grande y rico que
entregó a Cristo para morir por nosotros cuando aún éramos
impíos pecadores, es mucho más cierto y seguro que siendo
justos, justificados y libres del pecado en Cristo, seremos
liberados de la futura ira y castigo de Dios (Ro. 8:31-34).
v.10.
Si mientras éramos enemigos de Dios (Ef. 2:3; Col.
1:21; Ro. 8:7) fuimos reconciliados con Dios a través de la
muerte de Cristo (2 Co. 5:18-21), es mucho más cierto que,
estando Dios reconciliado con nosotros y nosotros con Dios,
seremos diariamente guardados, librados y sustentados por la
vida resucitada e intercesora del hombre Cristo Jesús. Si puedes

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comprender lo que Dios ha hecho por nosotros mientras


éramos enemigos, trata de comprender las bendiciones que son
nuestras como hijos y amigos: los que somos coherederos con
Cristo (Ro. 8:16,17).
v.11.
“No sólo esto”, es decir, no sólo nos gloriamos en
la esperanza de la gloria de Dios (v.2), no sólo nos gloriamos
en las tribulaciones (v.3), no sólo somos salvos de la ira a
través de Él (v.9), no sólo somos reconciliados con Dios por
su Hijo (v.10), sino que nos “gloriamos en Dios” por el
Señor Jesús. Nos regocijamos en Dios mismo como nuestro
Dios del pacto, como el Dios de toda gracia, paz y salvación, y
nos regocijamos en sus perfecciones, su providencia y su
presencia. El medio por el cual tenemos acceso a este gozo y
gloria es nuestro Señor Jesús (Col. 2:9,10). Es por Cristo, en
Él y a través de Él que hemos recibido la expiación o
reconciliación. La completa redención, satisfacción y expiación
son logrados mediante su sangra derramada por pecadores, y
recibidos por fe.

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Muerte en Adán, vida en


Cristo
Romanos 5:12-21
El propósito de los versículos siguientes es:

1. Mostrar cómo los hombres vinieron a estar en la
condición de pecado, depravación e incapacidad, y

2. Compara las dos cabezas: Adán y Cristo. Dios ve a
todos los hombres en Adán, su cabeza y representante. Como
sus descendientes, nosotros estamos bajo el pecado, condenados
y muertos. Dios ve al creyente en Cristo, su Cabeza y
Representante. En Cristo somos redimidos, y vivimos en Él.
En Adán morimos; ¡en Cristo vivimos! En Adán perdimos el
camino, la verdad y la vida; Cristo es el camino, la verdad y la
vida.

Adán es un tipo (en sentido opuesto) de Cristo. La única
forma en que Adán tipificó a Cristo fue como la cabeza de una
raza. El resto de la comparación es lo opuesto (1 Co. 15:45 -
49).

El primer Adán (hombre) El segundo Adán (hombre)

Un alma viviente Un espíritu vivificante


De la tierra Señor del cielo
Hechos pecadores en él Hechos justos en Él
Muerte en él Vida en Él

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v.12.
El pecado entró en el mundo por la transgresión de
Adán. Por representación e imputación, el pecado y sus
resultados (muerte espiritual, muerte física, oscuridad,
enfermedades y enemistad contra Dios) se introdujeron en todos
los hombres. Cuando Adán pecó y cayó, todos pecamos y
caímos. No solamente nos fue imputado el pecado, sino que
nos fue impartida una naturaleza de pecado (Sal. 51:5; 58:3).

Debemos ir al versículo 18 si hemos de mantener el hilo del
pensamiento, porque los versículos 13-17 son un paréntesis
para explicar el significado de “por cuanto todos pecaron”.
v.18.
Por tanto, así como el pecado de un hombre (Adán) tuvo
como consecuencia el juicio y la condenación para todos los
que representaba, también el sacrificio y la obediencia de un
hombre (Cristo) trajo justificación, redención y vida a todos
los que Él representaba. Nosotros no estábamos presentes
físicamente cuando Adán cayó, pero estábamos en sus lomos,
y estábamos en él como cabeza del pacto para la raza humana;
por tanto, fuimos condenados. En la misma manera, cuando
nuestro Señor obedeció perfectamente los requerimientos
santos de Dios y satisfizo la justicia de Dios en la cruz,
estábamos en Él como su simiente y pueblo del pacto (1 Co.
15:21,22) y, por tanto, fuimos aceptados como justificados.
v.19.
Las palabras “fueron constituidos” y “serán
constituidos” en este versículo son importantes. El pecado de
Adán no sólo nos trajo a juicio y nos hizo susceptibles o nos
dirigió al pecado, sino que por su caída fuimos realmente
hechos pecadores. Así también, la obediencia de Cristo no nos
hizo salvables ni nos capacitó para ser justos delante de Dios
por nuestras obras, sino que fuimos hechos justos y

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santificados enteramente sobre la base de lo que Él hizo (2 Co.


5:21).
v.20.
Entonces la ley se introdujo para poner en evidencia el
mal que estaba en nosotros por nacimiento y naturaleza (Ro.
3:19,20; 7:7). La ley quita toda excusa y nos revela qué es lo
que realmente somos: ¡pecadores culpables! Pero donde el
pecado sobreabundó y contaminó cada facultad, la gracia de
Dios en Cristo sobreabundó mucho más, en justificación (Col.
1:21,22), regeneración (Ro. 8:1) y santificación (2 Co. 5:17).
v.21.
El pecado tiene tal poder sobre los hombres en su estado
natural, que se dice que “reina” para muerte. Tiene dominio
(poder para controlar y mandar) sobre súbditos voluntarios. Por
tanto, en un estado de regeneración y justificación en Cristo, la
gracia de Dios reina, y la santidad viene a ser el principio
dominante (1 Jn. 5:3-5; Ro. 6:12-14).
Volvamos al versículo 13.
vv.13,14. El versículo 12 declara que “la muerte pasó a todos
los hombres”. Nadie puede detenerla o escapar de su poder,
porque en Adán todos pecaron. Aun aquellos que vivieron antes
que la ley fuera dada en el Sinaí, eran pecadores bajo
condenación. Alguno argüirá: “Donde no hay ley, el hombre
no es responsable.” Si esto es verdad, entonces, ¿por qué reina
la muerte? ¿Por qué hay gente que muere (aun niños) sin haber
cometido un acto de rebelión como el de Adán? Adán fue una
figura de Cristo en un sentido, tal como hemos afirmado (1
Co. 15:21,22).
v.15.
Si bien, en un sentido, Adán es un tipo de Cristo, la
caída de Adán y el juicio que siguió no son dignos de ser
comparados con la gracia de Dios y el don gratuito de vida que

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tenemos en Cristo. En Adán lo perdimos todo; en Cristo


ganamos mucho más de lo que perdimos.
v.16. El efecto de la obediencia de Cristo no es compartable al
efecto del pecado de Adán.

Cristo confiere mucho más de lo que perdimos en la Caída.

Cristo no perdona un pecado, sino todos los pecados.

Cristo justifica de tal manera que el creyente es justo y
nunca perecerá (Jn. 10:27,28).
v.17.
Si bien por medio de Adán la muerte reinó sobre
nosotros, mucho más aquellos que son hechos justos por
Cristo, reinarán con Él (Ro. 8:16,17).

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El que ha muerto, ha sido


justificado del pecado
Romanos 6:1-10
v.1.
El capítulo comienza con una objeción que Pablo sabía
sería presentada contra el Evangelio de la gracia inmerecida.
Alguno diría: “Si somos justificado por la gracia de Dios
solamente, aparte de cualquier obra, ¿qué nos impide continuar
pecando? Si donde nuestro pecado es el peor y nuestra
culpabilidad la más grande, la gracia de Dios abunda y es
glorificada, entonces pequemos más y más para que la gracia
sea glorificada.”

Para empezar, el pecado en sí mismo no es la causa de la
glorificación de la gracia de Dios. El pecado es la causa de la
ira y el juicio, no de la gracia. A Dios le ha placido magnificar
su gracia en el perdón del pecado. No es por la comisión del
pecado que la gracia es glorificada, sino por su perdón. La
gracia es glorificada poniendo fin al reinado del pecado, no
fomentándolo. La gracia capacita a los hombres a aborrecer y
terminar con el pecado, no a amarlo y seguirlo.
v.2.
“En ninguna manera” es una expresión que Pablo
usa frecuentemente para expresar sorpresa y aborrecimiento
hacia una cosa. “Porque los que hemos muerto al
pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”

1. ¿En qué se sentido estamos muertos al pecado? No
estamos muertos a su influencia (Ro. 7:15-19), ni a su
presencia (Ro. 7:21), ni a sus efectos (Ro. 7:24; Sal. 51:3).
Nuestro Señor nos enseñó a orar: “Perdónanos nuestros

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pecados” (Lc. 11:4). Estamos muertos a su pena y


culpabilidad; el pecado no puede condenarnos (Ro. 8:33,34).
Estamos muertos al pecado como un amo que gobierne sobre
nosotros; Cristo es nuestro Señor. Estamos muertos al pecado
como una forma de vida; no lo consideramos como un amigo,
sino como un enemigo.

2. ¿Cómo viviremos realmente en pecado los que tenemos
esta actitud hacia él? Se dice que las personas viven en pecado
cuando se entregan a él, cuando están sometidos a él, cuando el
pecado es su placer y deleite, y cuando no le ofrecen resistencia
real. Vivir en pecado y justificar el pecado es contrario al
Espíritu de Cristo y a la experiencia de la regeneración. El
gozo del creyente tiene que ser como el de Cristo, y no como
el del mundo (1 Jn. 2:15,16).
vv.3,4.
En estos dos versículos Pablo da una respuesta
completa a la objeción hecha en el versículo 1, mostrando que
la santificación del creyente descansa en el mismo fundamento
que su justificación: ¡la unión con Cristo! Aquí se mencionan
dos bautismos.

1. Somos bautizados en Cristo. Esto no es una figura sino
una experiencia real. Hay una unión real con el Señor
Jesucristo por el Espíritu de Dios en la que somos realmente
uno con Cristo (Jn. 17:23; 1 Jn. 4:12; Gá. 2:20). No puedo
ser más un aliado del pecado, como tampoco Cristo, pues Él y
yo somos uno.

2. Somos bautizados en agua. ¿Cuál es el significado de
nuestro bautismo? Estamos confesando que somos
identificados con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección.
Somos muertos a la vieja vida; ésta está sepultada, y nosotros
resucitamos para andar como nuevas criaturas con nuevos
corazones, nuevos principios y una nueva vida (Fil. 3:8-11).

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v.5.
La naturaleza del bautismo es una sepultura, lo que
significa no sólo nuestra muerte con Cristo y las bendiciones
resultantes de esta unión, sino nuestra muerta al mundo y al
pecado, así como Cristo terminó con los pecados que cargó. El
fin del bautismo es una resurrección. La persona no permanece
sepultada en agua sino que se levanta como Cristo se levantó,
y esto en la semejanza de su resurrección: nunca más bajo el
control del pecado y de uno mismo, sino bajo el poder e
influencia del Espíritu Santo (2 Co. 5:17). La referencia aquí
puede ser también a la vida después de la resurrección como en
los versículos 8-10.
v.6.
“Nuestro viejo hombre”. Se le llama “nuestro viejo
hombre” porque está con nosotros desde nuestro nacimiento y
es la vieja naturaleza recibida de nuestro padre, Adán. Consiste
en partes y miembros como la voluntad, la mente, el afecto, y
las acciones (Ef. 4:22; Col. 3:9,10). Esta vieja naturaleza
nunca puede ser mejorada; debe ser destruida. Es crucificada
diariamente por el Espíritu y la gracia de Cristo para que su
poderosos reinado sea dominado. Permanece con nosotros hasta
la muerte, pero no debemos complacerla ni proveer para ella,
sino crucificarla (Gá. 5:24). Servimos a Cristo, no al pecado
(Ro. 6:16).
v.7.
Esto no es una muerte física. Un día moriremos
físicamente y seremos libres para siempre de la presencia del
pecado; pero la referencia aquí es al hecho de que, siendo uno
con Cristo en su muerte bajo la maldición de la ley y habiendo
pagado por completo la pena del pecado, somos totalmente
libres de cualquier pena, maldición o acusación. No somos
libres de la presencia del pecado, ni de su carga, ni de nuestra
continua lucha con él, ni siquiera en nuestras mejores acciones,

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pero somos libres de su dominio, de la culpa y del castigo que


conlleva.
vv.8-10. Una vez que el creyente se identifica con Cristo en su
muerte, tiene una esperanza segura de vivir para siempre con
Él. La referencia aquí es a la vida después de la resurrección.
Cristo, habiendo resucitado de los muertos, no morirá otra vez,
ni tampoco los que han muerto y resucitado con Él. La ley, el
pecado y la muerte no tienen cadenas para nosotros, porque el
precio fue pagado por completo, la ley ha sido honrada y la
justicia satisfecha (Ro. 8:32-34). El murió al pecado una vez,
porque en esa muerte satisfizo completamente toda acusación.
El vive para Dios en una comunión ininterrumpida con Él.

Si no experimentas una completa liberación de la
maldición, culpabilidad y dominio del pecado en Cristo, el
pecado continuará dominándote y reinando sobre ti. Si no
experimentas una completa liberación en Cristo, abrirás la
puerta a la incredulidad y la duda, y darás lugar a los ataques del
legalismo y la justicia propia.

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Siervos del pecado o


siervos de Dios
Romanos 6:11-23
El los versículos precedentes Pablo ha probado que el
Evangelio de la justificación por la fe no nos lleva a una vida
de pecado, sino que la fe en Cristo y el amor por Él son el
verdadero fundamento de la santidad y su motivación (2 Co.
5:14-17). El objeto del resto del capítulo es el de exhortar a los
creyentes a vivir conforme a su unión con Cristo y
consecuentemente con el propósito del Evangelio (Ef. 1:4;
Col. 3:12-14). Los que son justificados son santificados. Estas
dos bendiciones nunca están separadas en las Escrituras (Ro.
8:9; 2 Co. 5:19; 1 Jn. 4:7,8).
v.11.
Como consecuencia de nuestra relación con Cristo, hay
dos cosas que deberíamos considerar como ciertas.

1. “Muertos al pecado”. Nuestro pecado ha sido
perdonado, pagado y desechado. No estamos condenados a
muerte por su causa, ni tenemos comunión alguna con él, ni
se le permitirá reinar sobre nosotros jamás.

2. “Vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor
nuestro.” Como personas justificadas, vivimos
espiritualmente delante de Dios, teniendo la justicia de Cristo y
la vida eterna a través de Él. Como personas santificadas (los
que sienten la carga del pecado y la corrupción de la carne)
amamos a Cristo, su Palabra, su pueblo y sus mandamientos,
y andamos en el Espíritu, no practicando los apetitos de la
carne.

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v.12.
Una vez que Cristo es nuestro Señor y Maestro, su
camino nos es placentero y sus mandamientos no son
gravosos. Deseamos vivir para su gloria y manifestar su
gracia. El pecado permanece en el creyente (para su
consternación y pesar), pero no reina como su dueño. El
pecado es una lucha; nos aflige y hace sufrir, pero no nos
domina ni controla. Se obedece al pecado cuando le damos
lugar sin lucha u oposición alguna.
v.13.
La Versión Amplificada dice: “No continuéis ofreciendo
o entregando los miembros de vuestro cuerpo y facultades al
pecado como instrumentos de maldad. Sino ofreceos y
entregaos a Dios como habiendo sido resucitados de muerte a
vida y los miembros de vuestro cuerpo a Dios, presentándolos
como instrumentos de justicia.” Nuestros corazones deberían
estar llenos de amor y respeto: no de odio, envidia y quejas.
Nuestros pensamientos necesitan estar puestos en cosas puras,
amables y de buen nombre: no en la carne, el materialismo y
el mundo. Nuestras lenguas deberían ser usadas en alabanza,
ánimo y testimonio: no en chismorreos, críticas y
murmuraciones. Nuestras manos y pies deberían estar sirviendo
a otros: no empleados solamente en intereses egoístas.
v.14.
Nada es más real que esto. El propósito de Dios, la
gracia y el Espíritu están empeñados en prevenirlo. Estamos en
el reino de su amado Hijo. Cristo es nuestro Señor y el pecado
ha sido destronado. No estamos bajo la ley como pacto,
maldición o condenación. ¡Estamos bajo la gracia! Estamos
bajo el reinado de la gracia: el principio de la gracia. La
verdadera santidad no es el resultado de la ley, sino de la gracia
en el corazón (Gá. 5:13,17).

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v.15.
La persona que sugiere que, cuando ya no estamos bajo
la ley sino bajo la gracia, debemos dar rienda suelta a la carne y
al pecado, revela su total ignorancia de la gracia de Dios y la
obra de Cristo. Antes de ser regenerado, el hombre ama el mal
y a sí mismo, y odia a Dios y a otros; pero después de la
regeneración, ama a Dios, la santidad y a otros. No estamos
buscando una excusa para pecar, sino la fuerza para evitarlo.
v.16.
Esta es una buena forma de determinar si hemos sido
salvados. Deberíamos saber que si el pecado se enseñorea de
nosotros, si nos deleitamos haciendo el mal, si disfrutamos
con malas compañías, si andamos en oscuridad, entonces
Cristo no es nuestro Dueño. El tenor de nuestras vidas revela
quién es nuestro dueño. ¿Qué es lo que realmente disfrutas?
¿En qué dirección te estás moviendo realmente? ¿Quién es en
verdad tu Señor?
vv.17,18.
Gracias a Dios, hemos sido librados de la esclavitud
y el cautiverio del pecado. Este ha sido un trabajo de corazón.
No es simplemente una aceptación mental de credos, sino una
obediencia de corazón al Evangelio de Cristo (Ro. 7:22-25).

La palabra “justificado” en el versículo 7, significa
“libertado” en el versículo 18: no ser nunca más un esclavo
bajo el control del pecado. En el versículo 7 somos libres de la
culpa, la pena y la condenación; en este versículo se dice que
somos libertados del control y servidumbre del pecado. Su
dominio sobre nosotros ha sido quebrado.
v.19.
“Hablo”, dice Pablo, “en términos humanos familiares
porque la verdad espiritual os es difícil de entender. Así como
en el pasado entregasteis de buena gana vuestras mentes,
corazones, lenguas y manos para hacer el mal, entregadlos
ahora de buena gana a Dios y a la santidad.”

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vv.20-22.
Cuando erais siervos del pecado, no teníais interés
en la justicia ni le erais provechosos. ¿Qué beneficio te ha
proporcionado tu pecado y maldad? El fin y el resultado de todo
pecado es la muerte. Pero ahora que sois siervos de Dios y
estáis libres del amor al pecado y su dominio, tenéis los frutos
del Espíritu: amor, gozo, fe, paz, y (el resultado final) la vida
eterna.”
v.23.
La paga del pecado, justamente ganada, es la muerte:
espiritual, física y eterna. El don de Dios (dado gratuitamente)
es la vida eterna por siempre a través de Cristo.

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Nuestro motivo para la


obediencia: ¿la ley o el
amor?
Romanos 7:1-6
El los capítulos precedentes Pablo dijo que los creyentes no
están “bajo la ley, sino bajo la gracia”. El sabía que esto sería
una ofensa para los creyentes judíos que aún retenían un
elevado concepto de la ley. Por tanto, al comienzo del capítulo
7 explica su significado. La ley a la que se refiere Pablo en este
capítulo no es la ley ceremonial, sino la ley moral de Dios: la
voluntad plena de Dios manifestada a toda la raza humana.

1. Dios dio a Adán una ley de obediencia universal, por la
cual quedaron ligados él y su descendencia a la obediencia
(siendo la muerte el resultado de la desobediencia). Todos los
hombres fueron colocados bajo ese pacto y esa ley (Gá. 3:10;
Ro. 2:14,15).

2. Esta misma ley escrita en el corazón continúa siendo la
regla perfecta de justicia y pronuncia una maldición sobre todo
aquel que falle aun en lo más mínimo (Stg. 2:10). Esta ley fue
entregada por Dios en el monte Sinaí en diez mandamientos.

3. Es sólo cuando el creyente está unido a Cristo que es
libre de este pacto de la ley. El lenguaje de la ley es: “Haz esto,
y vivirás”, o: “Si deseas entrar en la vida, guarda los
mandamientos.” Pero, recuerda, la ley no sólo requiere los
actos externos del hombre, sino también la actitud: no sólo la
manera, sino también el motivo (Gá. 4:21; Mt.
5:21,22,27,28,38,39). Estamos unidos a la ley, casados con
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ella y bajo ella como un pacto hasta que somos libertados en


Cristo.
v.1.
La muerte libera a una persona de la obligación de
cualquier ley a la cual está legítimamente sometido: ninguna
otra cosa puede hacerlo. La ley, como un principio de
justificación y santificación, tiene dominio sobre el hombre
hasta que (por la unión con Cristo en muerte, sepultura y
resurrección) viene a ser como un hombre muerto con respecto
a la ley (Ro. 6:7). Entonces es libre de la culpa, la maldición y
el dominio de la ley.
vv.2,3.
El apóstol da una ilustración en la cual la muerte
disuelve legalmente la obligación. La mujer a la que se refiere
el texto viene a estar muerta con respecto a la ley de su marido,
no por su propia muerte, sino por la de él. Si su marido
muere, ya no está más unida a él en ningún sentido; está en
libertad para casarse con quien quiera.
v.4.
La libertad del creyente con respecto a la ley como un
pacto de vida o muerte (como principio de justificación o
condenación) es tan completo como la libertad de un muerto
con respecto a la ley del estado a la libertad de una viuda con
respecto a ley de un marido muerto.

Esta libertad con respecto a la ley no se debe a nuestra
muerte, sino a la de Cristo. Sin embargo, considerado
espiritualmente, puesto que estamos en Cristo y Cristo en
nosotros, fue la muerte nuestra (Gá. 2:10; Ro. 6:6-8). La
muerte de Cristo fue una muerte que respondió a todas las
demandas de la ley. Y así como la ley no tiene más demandas
sobre Él, tampoco las puede tener sobre nosotros (Ro.
8:1,33,34).

Ya no estamos casados con la ley, sino con Cristo.

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Dependemos de Él. Nuestra felicidad está en llevar su nombre;


nuestro gozo está en compartir su amor y comunión. Esto es
muy consolador para los creyentes. Estamos tan completa e
irreprensiblemente libres del pacto de la ley como si nunca
hubiésemos estado bajo ella. Cuando Lutero descubrió esto, le
dio tal descanso a su mente que le pareció estar a la puerta del
paraíso. Dijo: “Nuestros pecados ya no son nuestros sino de
Cristo, porque Dios los cargó todos en Él.” Por otra parte, la
justicia de Cristo es nuestra (Col. 1:22). Las obras que son el
resultado de nuestra relación matrimonial con Cristo, que son
hechas en fe y que brotan del amor, son los únicos y genuinos
frutos de la justicia.

La liberación de la ley en Cristo no es solamente necesaria
para la justificación, sino también para la santificación. Los
hombres no pueden ser justificados por la ley en su estado
natural, y no pueden ser santificados por la ley en el estado de
regeneración (Gá. 3:1-3). La ley no puede hacer bueno a un
hombre malo, ni puede transformar a un hombre salvo en
santo.
v.5.
“Cuando estabais en la carne, ¿cuál era el efecto de la ley
en vosotros? ¿Os hizo santos? No, en lugar de someter las
pasiones y pensamientos carnales, los irritaba. Estábamos
llenos de enojo hacia la ley y el Dador de la ley.”
v.6.
Ahora, sin embargo, estamos eximidos de la ley y hemos
terminado toda relación con ella, habiendo muerto a lo que una
vez nos reprimía y mantenía cautivos. Servimos a Cristo no
por obediencia a reglas y reglamentos escritos, sino en novedad
de vida y amor. La obediencia forzada de un hombre bajo la ley
es la obediencia de un esclavo. La obediencia de un hombre
libertado y adoptado es la obediencia de un hijo. La obediencia
de una esposa es la obediencia de amor (2 Co. 5:14).

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Un hombre con dos


naturalezas
Romanos 7:7-25
Hay pocos pasajes en la Palabra de Dios que hayan causado
más discusión y desacuerdo que este que tenemos delante
nuestro. Algunos dicen que Pablo está escribiendo acerca de su
vida antes de ser salvo, y que expresa las experiencias de un
hombre no salvo. Otros dicen que está hablando de sus propios
conflictos internos al tiempo de escribir la epístola y que éstos
son los verdaderos sentimientos y conflictos de todo creyente.

A continuación tenemos el resumen en cuatro puntos de lo
que Pablo está diciendo en esto versículos.

1. La ley (ese sistema que hace de la obediencia la
condición de vida y que la justicia dependa de una perfecta
obediencia) nunca puede librar a una persona de la maldición y
dominio del pecado. Si alguien ha de ser justificado, tiene que
ser librado de la ley como un pacto o método para obtener vida
y ser llevado a Cristo, el cual es nuestra justicia.

2. La ley puede decir a una persona lo que es correcto o
erróneo. Puede ordenarle hacer lo bueno y evitar lo malo.
Puede amenazarlo, condenarlo y maldecirlo si no cumple, pero
no puede erradicarle sus inclinaciones pecaminosas (más bien
las irrita y estimula). Por tanto, en lugar de llegar a ser
mejores y más felices bajo la ley, nos volvemos más
depravados y desdichados al incrementarse el conocimiento de
la ley.

3. La ley en las manos del Espíritu Santo no detiene al
pecado; lo revela. No da vida; mata. No hace santo al hombre;

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expone su corrupción.

4. “Aun ahora que estoy regenerado y en Cristo, ahora que
he sido traído bajo influencias que me hacen amar y disfrutar de
la ley de Dios, aún siento mi incapacidad y mi imperfección.
El conflicto es parecido a una guerra civil en mí. No miraba a
la ley para justificación, ni puedo mirar a la ley para
santificación. Miro a Cristo para ambas.” Pablo prueba por su
experiencia pasada que la ley no puede hacer justo a un pecador,
y por su experiencia actual prueba que la ley no puede hacer
santo a un hombre salvo. Ambas cosas, justificación y
santificación, se hallan en Cristo.
v.7.
“¿Es la ley la causa de mi pecado? ¿Debo culpar a la ley
porque descubre y expone mis malos pensamientos y pasiones?
En ninguna manera. Yo no habría conocido qué es realmente el
pecado sin la ley de Dios.” Saulo de Tarso miró a la ley como
hace la mayoría, en la frialdad de la letra, como una cosa
externa. No vio el pecado de los pensamientos, actitudes,
deseos, naturaleza y voluntad. “No codiciarás”: no solamente
no harás el mal, sino que ni siquiera pensarás mal.
vv.8-10. Sin este conocimiento espiritual de la ley, el pecado
estaba allí, pero para Pablo estaba muerto. El se consideraba
justo, pero cuando la luz del Espíritu entró en su conciencia,
vio una innumerable multitud de concupiscencias y maldad en
su corazón. “Pensé que estaba sano y saludable
espiritualmente. Vivía en un estado de autojustificación. Pero
cuando la verdadera ley fue revelada, me vi a mí mismo muerto
en pecado, muerto para Dios y bajo condenación. ¡La ley de
Dios dada a Adán para producir felicidad y vida, me sentenció a
muerte eterna!”

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

vv.11-13.
“Mi naturaleza pecaminosa utilizó aun la ley para
engañarme, Fui engañado al pensar que guardaba la ley, la cual
me hizo más pecador aun: un pecador muerto, engañado,
autosuficiente, protegido en un falso refugio. La ley de Dios es
justa, santa y buena. No prohíbe sino lo que es erróneo, y no
requiere sino lo que es recto. En su naturaleza, propósito y
normas es digna de su santo Creador. ¿Es la ley, entonces, la
causa de mi condición de muerto? ¿Es la ley la causa de mi
desdicha e incapacidad? No, es el pecado el que me condena. La
ley es el espejo que revela mi pecado tal como es.”
v.14.
“La ley es espiritual”. “Viene del Espíritu de Dios
y alcanza al espíritu del hombre. Requiere santidad en lo
íntimo (servicio y obediencia espirituales, amar a Dios con
todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos).
Pero yo soy una criatura de la carne, habiendo sido vendido a
esclavitud bajo el control del pecado. La naturaleza de la ley y
mi naturaleza de carne son totalmente opuestas.”
v.15,16. La palabra “entiendo” significa “apruebo.” No
hay creyente en la tierra que no haga o piense demasiado
frecuentemente aquello que no aprueba. “Esto prueba que
conozco y estoy de acuerdo que la ley es buena y me pongo del
lado de la ley de Dios, porque condeno mi maldad y me
lamento por mis transgresiones” (Sal. 51:3-4)
v.17.
Pablo no está negando su responsabilidad por el pecado.
No le está echando la culpa a otro. Está diciendo que la vieja
naturaleza, a pesar de no ser dominante, está aún presente, y
esta influencia es la causa de sus pecados. Cuando Pablo dijo
de su labor apostólica: “No yo, sino la gracia de Dios
conmigo” no estaba diciendo que no realizaba la labor, sino que
lo hacía bajo la influencia del Espíritu Santo. Cuando dijo:

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

“Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”, no estaba diciendo


que no vivía, sino que estaba agradecido a Cristo por el origen
y mantenimiento de su nueva vida. De la misma manera, el
pecado no puede actuar. El hombre debe actuar, pero el pecado
es la influencia que motiva el acto.
vv.18-25. “Nada bueno mora en mi carne. Puedo desear ser
perfecto, pero no puedo cumplirlo. Tengo la intención y el
anhelo de ser perfecto, pero no el poder para llevarlo a cabo.”
Repite lo que dijo en los versículos 16,17 (Gá. 5:17; Mt.
26:41). Nada podría expresar más plenamente la amarga lucha
que nos acompaña. El apóstol habla aquí de dos voluntades en
cada creyente: una quiere la absoluta santidad, la otra el pecado.

“¡Infeliz, desdichado y miserable de mí! ¿Quién me soltará
y librará de las cadenas de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a
Dios que Él lo hará a través de Jesucristo el Ungido!”

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

Ninguna condenación en
Cristo
Romanos 8:1-10
Hay dos cosas que cada creyente quiere por encima de todo.

1. Quiere librarse de la culpa y maldición del pecado, para
vivir en Cristo.

2. Quiere librarse del poder y la práctica del pecado, para
andar en el Espíritu. Un interés salvador en Cristo y nuestra
unión viva con Él producen ambas cosas.
v.1.
El apóstol no dice que no seamos condenables, porque
aún hay pecado en nosotros y todo pecado es condenable. El
pecado, sin embargo, no puede traernos a condenación, porque
estamos en Cristo (Gá 3:13; Ro. 8:33,34). Cristo ha llevado
la pena, el juicio y la condenación de todos nuestros pecados:
pasados, presentes y futuros (Col. 1:20-22).

“Los que no andan conforme a la carne, sino
conforme al Espíritu.” Esta no es la razón por la que no
somos condenados, sino que es una descripción de los que están
en Cristo. La carne no es nuestro dueño ni nuestro guía. Cristo
es nuestro Señor, y el Espíritu Santo es nuestro guía.
v.2.
El Evangelio de Cristo (o el pacto de gracia en Cristo)
nos ha librado a todos los creyentes de la ley del pecado y de la
muerte (o el pacto de las obras) (Ro. 3:19; Gá. 3:10), porque
toda demanda ha sido cumplida en Cristo (Ro. 6:7-18).
v.3.
La debilidad e incapacidad para salvar no proviene de
ningún defecto en la ley de Dios, porque la ley es perfecta y

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

santa. El defecto y la debilidad residen en nuestra carne. La ley


no puede salvar porque somos incapaces de guardarla (Ro.
7:18; 3:10-12). Cristo, sin embargo, puede justificar al impío
y hacer justo al mayor pecador porque, como nuestro
representante, Dios lo envió aquí en la semejanza de carne, y
no sólo obedeció la ley perfectamente, sino que fue condenado
y castigado por nuestras ofensas (Ro. 5:19; 2 Co. 5:21; 1 P.
2:24).
v.4.
“La justicia de la ley se cumpliese en
nosotros”. Por esta razón Cristo vino a la tierra: para que por
su obediencia activa y pasiva todos los creyentes sean
justificados, santificados, hechos santos y aceptos en Él. En
Cristo hemos respetado la ley y santificado la justicia, somos
perfectos delante de Dios (1 Co. 1:30; Col. 2:9,10).

Otra vez aparece la frase: “...que no andamos
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”
Los próximos diez versículos revelan el significado de esta
frase.
v.5.
Los que no han sido regenerados, salvados, se preocupan
(están interesados, afanados, entusiasmados) por las cosas de
este mundo y de la carne (Mt. 6:24-33). Salud, felicidad y
honra para la carne son su mayor interés. ¡No así para los que
están en Cristo! Ellos se ocupan y piensan en su relación con
Cristo, en un crecimiento en gracia, en una relación con otros
y en alcanzar la resurrección de los muertos (Fil. 3:8-11).
v.6.
Esta mentalidad carnal es un estado de muerte espiritual.
El que está inmerso en el reino del mundo, está muerto, y todo
lo que tiene, busca y obtiene ya ha sido juzgado y condenado (1
Co. 7:29-31). El creyente regenerado que dirige su afecto a las
cosas de arriba, forma parte de un reino vivo. Dios vive; su

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

reino vive; sus posesiones viven; su pueblo vive. No


solamente viven, sino que viven en un bendito estado de paz y
gozo (Lc. 12;15; 1 Ti. 6:6-11).
v.7.
La mentalidad carnal odia a Dios y razona contra Dios. El
hombre carnal no odia sus ídolos (sus dioses), sino que odia al
Dios vivo (Stg. 4:4). La mente carnal no quiere estar sujeta o
sometida a la voluntad de Dios, al camino de Dios, a la
providencia de Dios ni al Evangelio de Dios (Jer. 13:23; 17:9).
Agustín dijo: “¿Cómo puede calentarse la nieve? Sólo haciendo
que deje de ser nieve. La mente natural no puede ser corregida o
modificada, sólo destruida” (Is. 55:7,8).
v.8.
Aparte de Cristo no hay nada que podamos ser, pensar,
decir o hacer que sea grato a Dios. Los elegidos somos aceptos
y gratos a sus ojos porque estamos en Cristo (Ef. 1:3-6; He.
11:6).
v.9.
“No vivís según la carne”. Esto no significa que no
seamos humanos (que no tengamos pasiones, apetitos y
deseos, o que nuestra vieja naturaleza esté erradicada), sino que
tenemos una nueva naturaleza y mora en nosotros el Espíritu
de Cristo, que es la influencia dominante en nuestras vidas.
Estar en el Espíritu es estar gobernados, influidos y
controlados por el Espíritu. Aquellos que han sido justificados
en Cristo, también han sido santificados en Cristo y tienen el
Espíritu de Cristo. Si alguien no tiene la vida y el Espíritu de
Cristo, no es de Cristo.
v.10.
Este cuerpo de carne y todo lo relativo a él, está sujeto a
la muerte a causa del pecado, pero nuestros espíritus, que están
vitalmente unidos a Cristo, no tienen mancha, ni pecado, y
gozan de vida eterna por causa de su justicia.

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

Santos y felices hijos de


Dios
Romanos 8:11-17
v.11.
Este cuerpo natural es un cuerpo moribundo, sujeto a
las aflicciones, enfermedades, debilidades y finalmente a la
muerte, por causa del pecado. Pero si el Espíritu de Dios mora
en nosotros (por gracia mediante la fe), la muerte no es el fin,
porque el que levantó a Cristo de los muertos levantará
también nuestro cuerpos de la tumba en el tiempo señalado
por Él (1 Co. 15:12-22,42-44). Este cuerpo no estará siempre
en corrupción y ruina, sino que se levantará a la imagen de
Cristo (1 Jn. 3:1-3).
v.12.
“Así que” hace referencia a los versículos 5, 6, y 9.
Puesto que nuestro primer interés no es la carne, el
materialismo y las cosas de este mundo, sino el reino de Dios
y su justicia; puesto que nuestra carne y todo lo relativo a ella
morirá y seremos levantados a su semejanza, no estamos
obligados a vivir para la carne y este mundo, sino a vivir para
Cristo que nos redimió. Los que están libres de la condenación
y la muerte no están libres de la obediencia; pero a quien
mucho se le perdona, mucho amará. Somos motivados a
santidad por nuestro amor por Cristo y su amor por nosotros
(2 Co. 5:14,15).
v.13.
Aquellos que viven conforme a la carne ya están
muertos; ¡la muerte eterna les aguarda! Una persona que ha
recibido la gracia de Dios en verdad, no puede vivir conforme a
la carne, porque no ama el pecado ni el mundo; ama a Cristo y

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

la santidad. Por causa del Espíritu de Dios que vive en él, la


conducta externa del creyente y su curso de vida consisten en
negar la carne y andar conforme al Espíritu (Ro. 8:1). Los
creyentes viven en Cristo ahora, y vivirán con Cristo para
siempre.
v.14.
Esta es la evidencia de una unión con Cristo. Somos
regenerados por el Espíritu Santo; somos bautizados en Cristo
por el Espíritu; somos enseñados por el Espíritu Santo;
oramos, alabamos, cantamos y vivimos guiados por el
Espíritu de Dios (Jn. 3:6; 1 Co. 12:13; Jn. 16:13,14; 1 Co.
14:15; Gá. 5:16-18).
v.15.
“El espíritu de esclavitud (y)... temor” es una
actitud o estado mental. Es el estado mental de un esclavo
hacia su dueño, o de un prisionero hacia su apresador. “El
espíritu de adopción” es la actitud mental con la que un
hijo afectuoso y agradecido considera a su padre. El ama,
respeta, confía y cree en su padre, lo cual produce una paz de
mente y un sentimiento de pertenencia. Ahora somos hijos de
Dios (Jn. 1:12; 1 Jn. 3:1,2). Hay diferentes explicaciones para
el uso de la palabra “Abba”. Algunos dicen que es una palabra
siria. La palabra “padre” es una palabra griega; por tanto, Él es
Padre de judíos y griegos. Otros afirman que se usa para
expresar la vehemencia del afecto. Otros dicen que significa
“mi padre”. Hay quienes sostienen que es una palabra que sólo
hombres libres pueden utilizar (según la tradición judía).
v.16.
El Espíritu Santo (por su presencia y a través de la
Palabra de Dios) da testimonio de que somos hijos de Dios.
Nosotros siempre tendemos a dudar de esta bendición por dos
razones: (1) la grandeza de la bendición y (2) nuestra maldad y
desmerecimiento para recibirla. El Espíritu Santo da este

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

testimonio a nuestro espíritu, no a nuestros ojos y oídos


naturales, sino a nuestros corazones (porque es interno), a
nuestras almas (donde lo recibe la fe) y a nuestro entendimiento
(para que tengamos seguridad) (1 Jn. 5:20).
v.17.
Los hijos del mismo padre, ya sean naturales o
adoptados, son herederos. Por naturaleza somos hijos de ira,
pero por su voluntad y gracia somos hijos de Dios (Stg. 1:18).
Siendo hijos de Dios, somos herederos de su gracia, sus
bendiciones, su reino y todas las cosas (1 Co. 3:21-23).
“Coherederos con Cristo” significa que es a través de Él
y con Él que somos herederos de Dios y su gloria (Ef. 1:3-7).

“Padecemos juntamente con Él” comunica dos
ideas.

1. Cristo y su pueblo son uno; y cuando Él sufrió, sangró
y murió, nosotros estábamos en Él. Por tanto, cuando Cristo
murió, nosotros morimos a la maldición, condenación y
cadenas del pecado y la ley. Por esto mismo, somos levantados
con Él, sentados en Él y somos partícipes con Él de las
bendiciones de ese sacrificio.

2. A causa de nuestra unión con Él, tendremos que sufrir
aquí por su causa y la causa de su Evangelio (Jn. 15:18-20).
Esta identificación con Cristo resultará en gloria eterna para
todos los hijos de Dios (Ef. 2:6,7; Fil. 3:20,21).

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Plena satisfacción en
Cristo
Romanos 8:18-27
El versículo 17 dice: “Si es que padecemos juntamente con Él,
para que juntamente con Él seamos glorificados.” Tres ideas se
nos comunican aquí.

1. Cristo y su pueblo son uno; por tanto, cuando Él sufrió
y murió, estábamos en Él y participamos de la eficacia y
bendiciones de su sacrificio.

2. A causa de esta unión con Él, tendremos que soportar
sufrimientos, por su causa y la del Evangelio.

3. Siendo aún carne frágil y estando sujetos a toda clase de
dolores, aflicciones y enfermedades corporales y eventualmente
a la muerte, tendremos que sufrir pruebas en esta tierra.
v.18.
Ninguna prueba o aflicción es fácil. Si las pruebas
fueran sin dolor e incomodidad, no cumplirían el propósito
para el cual son enviadas (Stg. 1:2-4). Sin embargo, al
considerar todos los pesares, sufrimientos y pruebas de la tierra
a la luz de su gloria eterna, cuando seremos semejantes a Él,
gozando su presencia y participando de su reino perfecto, estas
inconveniencias actuales pierden su valor. No son dignas de ser
comparadas con esa gloria (1 Jn. 3:1-3).
vv.19-22. Habrá una nueva tierra, pero la revelación de esa
nueva tierra espera la resurrección del pueblo de Dios. La tierra
donde vivimos ha llegado a estar sujeta a decadencia,
enfermedad y muerte a causa del pecado de Adán. Este estado no
continuará porque la creación será librada de esta esclavitud,

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

como nosotros seremos librados de nuestros cuerpos corruptos


(2 P. 3:13). La tierra, materialmente, es la misma que antes de
la Caída; después de la restauración será perfecta.
v.23.
No sólo toda la creación gime y está con dolores de
parto bajo el peso del pecado, sino que nosotros también
estamos cargados con la vieja naturaleza y anhelamos los
deleites de una completa redención (Ro. 7:24,25; 1 Co. 15:42 -
49).

“Las primicias del Espíritu” significa que el
creyente, bajo la obra santificadora del Espíritu Santo, goza ya
de un anticipo de lo que será el cielo y la vida eterna. El cielo
será el pleno cumplimiento y perfección de lo que ahora
gozamos en parte (1 Co. 13:12,13).
v.24.
En verdad, si bien estamos justificados, santificados y
seguros en nuestro Redentor, no estamos aún salvados en el
sentido pleno de esa palabra bendita. La plena satisfacción es lo
que anhelamos, contemplamos y esperamos (Sal. 17:15). Esa
bendita esperanza de ser semejantes a Cristo no es un mero
deseo, sino un deseo basado en la promesa de Dios y la plena
expectación de su cumplimiento en Cristo. Un deseo ya
experimentado o visto no es esperanza. Cuando estemos en la
plena posesión del cielo, la esperanza vendrá a ser una realidad,
y la fe dará lugar a la vista.
v.25.
Sin embargo, cuando nuestra esperanza de perdón,
salvación y total redención es en Cristo y en su bendita
promesa (a pesar de que todavía no vemos el cumplimiento de
todas sus promesas), pacientemente las esperamos, porque sus
promesas son tan seguras como su Palabra (Tit. 1:1,2; He.
11:13).

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

v.26.
Las palabras “de igual manera” parecen decir: “No
sólo la esperanza de la gloria futura (en y a través de su
Palabra) nos lleva a esperar pacientemente la liberación y la
resurrección, sino que el Espíritu Santo también nos sostiene
en nuestra debilidad.” Nosotros no sabemos qué oraciones
ofrecer, qué cosas pedir o cuál es la voluntad de Dios, pero el
Espíritu Santo ora en nosotros y por nosotros con gemidos
indecibles. Él nos capacita para orar conforme a la voluntad de
Dios (Jn. 14:16-18; 16:13,14).
v.27.
“El que escudriña los corazones” es Dios.
Ningún hombre conoce el corazón de otro, ni tampoco conoce
su propio corazón (Lc. 16:15). El Señor conoce nuestros
motivos, nuestros pensamientos y nuestras intenciones (Jn.
21:17). El conoce la mente o el propósito y providencia del
Espíritu de Dios, y hace intercesión por los creyentes de
acuerdo con la voluntad de Dios para ellos, y en perfecta
armonía con la misma.

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

El propósito de Dios:
nuestra seguridad
Romanos 8:28-31
v.28.
“Y sabemos”. Este no es un asunto de opinión o
incertidumbre, sino que sabemos esto con tanta seguridad como
que somos redimidos por la sangre de Cristo.

“Todas las cosas”. (1) Dios el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo; (2) todos los ángeles buenos, gobernantes y
ministros; (3) todos los seres malos, como Satanás; (4) todos
los eventos buenos, como la paz, la prosperidad, la salud y la
felicidad; y (5) todos los eventos malos, como la guerra, el
hambre, la tristeza, las enfermedades y la muerte.

“Ayudan”. Todas estas cosas no sólo están presentes y
actuando en nosotros y junto a nosotros, sino que todas
cooperan bajo la dirección y el control de Dios para cumplir su
propósito para nosotros. (Ilustración: El camino de José al
trono de Egipto. Gn. 45:3-8.)

“A bien”. Bien eterno es lo que significa esto, no
necesariamente comodidad actual, tranquilidad y gozo. Nuestra
meta final es la de estar con Cristo y ser semejantes a Él, y
esto es lo que “todas las cosas” nos ayudan a conseguir (Sal.
17:15; Ef. 1:10-12).

“A los que aman a Dios..., a los que conforme
a su propósito son llamados.” Esta promesa de un
bienestar eterno no es una promesa general para todos los
hombres, sino solamente para aquellos que han recibido a
su gracia a la fe salvadora. No hay misericordia o gracia aparte
de Cristo (Col. 2:9,10; 1 Co. 1:30).

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

v.29.
Las palabras “antes conoció” han sido traducidas por
algunos como dando a entender que Dios previó quiénes
habrían de creer, pero la palabra (como en 1 P. 1:12) es
preordenados, predesignados por Dios desde toda la eternidad
(Hch. 13:48; 1 Ts. 2:13; Ef. 1:3,4). En un sentido, Dios
conoce a todos los hombres. El conoce todo acerca de ellos (su
nacimiento, vida, muerte y destino), pero en amor y gracia
eterna Él conoce sólo a sus ovejas (Jn. 10:14-16; Mt. 7:23).

Dios ha predestinado o predeterminado en su propósito
eterno que todos los que Él salva serán un día exactamente
como su Hijo, Jesucristo (Ef. 1:4,5; 1 Jn. 3:1-3), para que Él
(Cristo) sea el primogénito entre muchos hermanos. Bajo la
ley, el Señor elegía al primogénito (Ex. 13:2), el cual tenía
autoridad sobre todos los hijos y como el sacerdote del Señor.
Cristo es el primogénito del Padre con respecto a todas sus
criaturas. Cristo es el primogénito de todos los hijos de Dios
(son escogidos en Él). Cristo es el primogénito de los muertos
para no morir más. El es la gloria principal porque todos
tienen que estar en Él y ser como Él.
v.30.
“Llamó”. Los hombres por naturaleza no aman a Dios
y no vienen a Cristo, y en cambio aman la oscuridad, el mal y
el pecado (Jn. 3:19; 4:40; 6:44). Si los hombres han de
acercarse a Cristo en arrepentimiento y fe deben ser llamados
eficazmente, convencidos y dotados de la fe (Sal. 110:3; Gá.
1:15; 2 Ti. 1:9,10).

“Justificó”. Esto es, Dios perdona sus pecados, borra su
iniquidad y los hace perfectamente santos y justos en su
presencia por la obediencia y el sacrifico de Cristo (Ro. 5:19;
3:19-22; 2 Co. 5:21; Col. 1:21-23).

“Glorificó”. Se refiere a la gloria eterna. A esto se ha
estado refiriendo el apóstol en estos versículos: eterno bien,

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eterna herencia y eterna gloria. Nuestra unión con Cristo nos


da derecho a todas las cosas (Jn. 1:12; Ro. 8:16-18; 1 Co. 3:21-
23). Realmente, en el propósito y visión de Dios; estamos ya
glorificados en nuestra Cabeza y Representante: Cristo (Ef.
2:6; Is. 46:9-11).
v.31.
Esta pregunta abarca todo lo que se ha dicho en los
versículos precedentes. ¿Qué añadiremos a estas cosas? Nada
puede añadirse. ¿Qué diremos en contra de estas cosas? Nada.
¿Qué deduciremos de estas cosas? Si Dios está por nosotros en
eterno amor, en eterna gracia, en llamamiento divino, en
substitución y en justificación; si Dios ya nos ha aceptado y
glorificado en Cristo y está decidido a glorificarnos
personalmente con Cristo, ¿quién puede estar contra nosotros?
No la ley, porque ha sido honrada. No la justicia divina, porque
está satisfecha. No Satanás, porque ha sido juzgado y echado
fuera.

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Conclusiones de las
misericordias del pacto
Romanos 8:32-39
v.32.
Dios ha declarado en su Palabra que mostrará
misericordia, que redimirá y glorificará a su pueblo, y que el
cielo será poblado por un pueblo santo como su Hijo amado.
(Ex. 33:18,19; Jn. 6:37-39; Ro. 8:29,30). Aquí está la mayor
evidencia de que su promesa será cumplida. “El que no
escatimó ni a su propio Hijo”. No le evitó a Cristo
nada de lo que debía ser, soportar, sufrir y cumplir para tomar
nuestro desesperado caso y redimirnos (Is. 53:1-6). Dio a
Cristo para ser nuestra Garantía. Representante y Ofrenda por
el pecado (Jn. 3:16; Gá. 5:4,5). Si Dios amó de tal manera que
dio a Cristo, y Cristo amó de tal manera que vino a este
mundo y llevó todo nuestro pecado y vergüenza, ¿no nos va a
dar el Padre gratuitamente todo lo que Cristo adquirió para
nosotros? ¿Vino Cristo en vano? ¿Sufrió de esa manera en
vano? ¡No! ¡Ni pensarlo! (Jn. 10:27-30).
v.33.
Los escogidos de Dios son aquellos de quienes se habla
en los versículos 28-30.

1. ¿No son culpables estas personas? ¡Sí, lo son! Son
acusados de las transgresiones de Adán, de su propios pecados y
falta de justicia, y de una multitud de pecados antes y después
de la conversión.

2. ¿Hay alguien que les acuse? ¡Sí! Ellos mismos se
acusan y condenan (Sal. 51:3,4). Satanás es el acusador de los
hermanos (Ap. 12:10). Pero estas acusaciones no sirven para

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nada. Todas son contestadas en Cristo. En Él nuestros pecados


son perdonados, tenemos una perfecta rectitud, y la justicia es
totalmente satisfecha (Ro. 5:1; 8:1; Jud. 24). ¡Nos ha
justificado por muerte y decreto!
vv.33,34.
Pablo afirma y argumenta sobre los dos
fundamentos de la completa redención y seguridad de cada
creyente.

1. En Dios quien lo anunció y lo cumplió. “Dios es el
que justifica.”

2. Es Cristo el que cumple toda demanda y adquirió nuestra
redención por su muerte. “Cristo es el que murió” (1 P. 1:18-
20). La muerte que Él murió fue la muerte de la cruz. Aquellos
por quienes murió eran los elegidos de Dios.

“Más aun, el que también resucito”. Su
resurrección es una garantía contra la condenación tan firme
como lo es su muerte. Su resurrección testifica del
cumplimiento de su muerte y de su aceptación. Si no hubiera
resucitado, estaríamos aún en nuestros pecados (1 Co. 15:17-
22).

“El que además está a la diestra de Dios”. El
entró en el cielo con objeto de prepararlo para nosotros y tomar
posesión de él en nuestro nombre. ¡Él se sentó tras haber
terminado la obra que vino a hacer! (He. 10:11-13). Nosotros
estamos sentados con Él en los cielos.

“El que también intercede por nosotros.” Por la
aparición de su persona, por la presentación de su sacrificio,
por el ofrecimiento de las oraciones y alabanzas de su pueblo,
por la aplicación a nosotros de los beneficios de su muerte (1
Ti. 2:5; He. 10:19-22).
v.35.
Pablo continúa esta serie de preguntas: “¿Qué, pues,
diremos a esto? ¿Quién acusará? ¿Quién es el que

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condenará?” Ahora pregunta quién puede apartarnos de la


mano de Dios o separarnos de su amor. ¡Nadie! Ni tribulación
(pruebas, aflicciones, y cargas), ni angustias (de cuerpo o
alma), ni persecuciones (del mundo o falsos hermanos), ni
hambre (falta de alimento o bebida), ni desnudez, ni peligro, ni
espada (lo cual no le ha tocado a muchos creyentes). El amor
de Cristo por nosotros es eterno, infinito e inmutable. Nada
que este mundo proporcione puede cambiar ese amor (Ro.
11:29; Mal. 3:6).
v.36.
Esta cita es del Salmo 44:22, y el significado es que por
causa de Dios, la verdadera adoración y el Evangelio de
redención, el pueblo de Dios ha sido perseguido, despreciado y
muerto, considerado por el mundo solamente como ovejas de
matadero (Jn. 16:1,2).
v.37.
En todas estas pruebas y dificultades no hemos sido
vencidos ni derrotados, sino beneficiados por ellas (Stg. 1:2-4).
v.38,39. Pablo dice que está completamente persuadido que
nada en todo el Universo (no importa que sea bueno o malo),
presente o futuro, puede separarnos del amor de Dios que es en
Cristo Jesús. A pesar del pecado en nosotros, de las varias
aflicciones, debilidades, pruebas o enemigos dentro y fuera,
tenemos razón para gozarnos y considerarnos eternamente
seguros en el amor del Redentor.

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El verdadero Israel
Romanos 9:1-8
Los judíos buscaban un Mesías (Jn. 7:40-42), pero esperaban
que restaurara la nación de Israel a una prominencia mundial,
que restaurara el gran reino de David y confiriera a Israel gran
favor con Dios. Si algún gentil había de participar en este
reino glorioso, tenía que ser convirtiéndose en judío. Es obvio
que no entendieron los sacrificios y tipos, porque no concebían
al Mesías viniendo primero como un Cordero, una Ofrenda por
el pecado y un Salvador. Leyeron las Escrituras del Antiguo
Testamento que se referían a su triunfo y gloriosa segunda
venida (el eterno reino de justicia), y las aplicaron a su primera
venida y a su nación solamente. Pero Cristo vino como estaba
escrito: el Cordero de Dios, la justicia de Dios, la expiación y
el sacrificio por el pecado, por judíos y gentiles (Ro. 10:12,13;
Ef. 2:11-16). ¿Cómo respondieron los judíos? Con pocas
excepciones, le rechazaron a Él y su mensaje (Jn. 1:11; Hch.
13:44-48). Como resultado de su mayor pecado, el rechazo de
Cristo, han estado ciegos, y el Evangelio ha sido predicado a
las naciones gentiles (Ro. 11:7-10). Los gentiles, en gran
número, creyeron el Evangelio y fueron salvos. Los judíos, en
su mayor parte, permanecen aún en su incredulidad. Esto es lo
que había en la mente de Pablo cuando escribía las siguientes
palabras.
vv.1-3.
Hay tres cosas que notar en esto versículos.

1. La solemne promesa. “Digo la verdad como cristiano.
No miento. El Espíritu Santo es mi testigo.”

2. El afecto sincero. Pablo era feliz en Cristo, pero cuando

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pensaba en la ceguera e incredulidad de sus hermanos judíos, le


causaba gran tristeza (Ro. 10:1).

3. La asombrosa afirmación. Si su separación de Cristo
pudiera asegurar la salvación de ellos, él estaba dispuesto a
ello. Esto es muy difícil de entender, pero Moisés dijo
prácticamente lo mismo (Ex. 32:31-33).
v.4.
Pablo identifica a aquellos de quienes habla: mis parientes
son los descendientes de Abraham.

1. La adopción era suya: no la adopción espiritual que
transforma a los hombres en coherederos con Cristo, sino que
eran la nación escogida por Dios y estaban separados de las
naciones idolátricas (Dt. 7:6-8).

2. La gloria era suya (1 S. 4:22). Esta gloria era la
presencia de Dios en medio de ellos: el tabernáculo, el arca, la
nube, etc.

3. Los pactos con Abraham y David eran suyos.

4. La entrega de la ley era suya. La ley fue dada a Israel en
el Sinaí.

5. El culto a Dios era suyo. Este es el culto del
tabernáculo, la forma aceptable de adorar a Dios (He. 9:1-8).

6. Las promesas eran suyas: las promesas del Mesías, de
redención y de gloria.
v.5.
De esta nación procedían los padres: Abraham, Isaac,
Jacob, José, Moisés, David y todo los demás (He. 1:1). Pero
una honra infinitamente mayor era que Cristo, según la carne,
vino de la nación judía. El es un descendiente directo de David
(Ro. 1:3; Mt. 1:1).

“El cual es Dios sobre todas las cosas, bendito
por los siglos.” Esta es una de las afirmaciones más
distintivas de la deidad de nuestro Señor: es Dios sobre todas
las cosas (Jn. 10:30; He. 1:8; Hch. 20:28).

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v.6.
La incredulidad de Israel y su rechazo por parte de Dios no
significan que el propósito divino haya fallado, ni que las
promesas de Dios no sean efectivas; porque no son los
descendientes de Abraham quienes constituyen el verdadero
Israel de Dios, sino aquellos que creen en Cristo, sean judíos o
gentiles (Ro. 3:29,30; 4:9-12). La promesa de redención fue
hecha a Abraham y su descendencia que es en Cristo (Gá.
3:16). Hay muchos judíos que no son Israel y muchos gentiles
que son Israel (Fil. 3:3).
v.7.
Tenemos esta ilustración en el caso de Ismael e Isaac.
Ismael no era de Israel, a pesar de que era un descendiente
directo de Abraham. El error de los judíos era que se
consideraban hijos de Dios por ser hijos de Abraham. Esta
descendencia era sólo una figura de la descendencia espiritual de
todos los creyentes de todas las naciones.
v.8.
El resumen es: los hombres no son hijos de Dios porque
sean hijos de Abraham, ni porque sean hijos de creyentes, ni
por ninguna descendencia según la carne; sino que son hijos de
Dios los que son hijos del pacto de gracia en Cristo Jesús, que
han nacido de nuevo (Jn. 1:11-13), que creen en el Señor
Jesucristo con el corazón.

Dios tiene un pueblo, una nación santa escogida en Cristo.
A este pueblo Él ha dado su presencia, sus bendiciones y toda
su herencia para siempre (1 P. 2:9). El Israel nacional es un
tipo de esta nación santa.

Aquellos que forman este Israel santo no lo forman porque
hayan sido creados por Dios, o porque nombren a Dios como
su Padre, o porque realicen una forma de adoración, sino que
son hijos de Dios los que son escogidos por Dios y son hijos
de verdadera fe. Ismael e Isaac ilustran esto. Ambos fueron

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hijos de Abraham por descendencia natural, pero sólo uno fue


escogido. Dios tiene un pueblo escogido en cada nación.

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No por las obras sino por el


que llama
Romanos 9:9-18
v.9.
El nacimiento de Isaac fue mediante promesa; ¡sin un
milagro, esto nunca habría tenido lugar. El nacimiento de
Ismael no fue mediante promesa, sino de forma natural (léanse
los vv. 7,8). Ismael es tipo de los que nacen según la carne y
son carnales. Isaac es tipo de los que nacen del Espíritu y son
hijos de Dios (Jn. 3:5-7; Gá. 4:28; Fil. 3:3).
v.10.
No solamente prueba el caso de Isaac que no todos los los
descendientes de Abraham son hijos de Dios, sino que tenemos
una prueba más fuerte aun en el nacimiento de Jacob y Esaú,
que nacieron al mismo tiempo y fueron concebidos por Rebeca
del mismo padre. Los judíos argumentarían que Ismael nació de
una esclava e Isaac de Sara, la esposa legal. Pero Jacob y Esau
nacieron del mismo padre y la misma madre al mismo tiempo.
La gran distinción hecha entre los dos hermanos sólo podría
atribuirse a la soberana voluntad de Dios (Ex. 33:18,19).
v.11.
La elección de Jacob como objeto de misericordia se
hizo antes de que los hijos nacieran (2 Ts. 2:13). La elección
se hizo antes de que hicieran algo bueno o malo (Tit. 3:5). La
elección se hizo conforme al propósito de Dios (Ro. 8:28; Ef.
1:11; 2 Ti. 1:9). Este es el fundamento y origen de toda
misericordia: la soberana voluntad de Dios (Ef. 1:3-5).
v.12.
Había sólo un punto en el que los hijos de Isaac eran
diferentes. Esaú era el mayor y (según la carne y la costumbre

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natural) tenía prioridad y poder sobre Jacob. Sin embargo, Dios


escogió al hijo más joven para recibir su misericordia y
participar de su gracia (1 Co. 1:26-29). El dominio del menor
sobre el mayor surgió del amor eterno de Dios a uno y su
aborrecimiento al otro. Este versículo enseña las grandes
doctrinas fundamentales de la soberanía, la elección, la
predestinación y la reprobación.
v.13.
Está escrito en Malaquías 1:1-3: “Y amé a Jacob, y a
Esaú aborrecí.” Los hombres quieren que esto diga: “A Esaú
amé menos”, pero no es esto lo que dice en las Escrituras. Los
que tienen algún conocimiento de la santidad de Dios y la
pecaminosidad del hombre entenderán por qué Dios podía
aborrecer tanto a Jacob como a Esaú, al igual que a toda la raza
humana. El amor de Dios por Jacob, como su amor por
nosotros, es en Cristo (Ro. 8:38,39). Dios actuó en justicia
con respecto a Esaú: en misericordia con respecto a Jacob.
Fuera de Cristo sólo hay ira y juicio (Jn. 3:36).
v.14.
El apóstol anticipó la objeción de la mente natural a la
verdad de la soberana misericordia. ¿No implica el amor a
Jacob y el aborrecimiento a Esaú antes de que nacieran que hay
injusticia en Dios? ¿Es justicia para Dios amar a uno que no
ha hecho nada bueno y aborrecer a otro que no ha hecho nada
malo? ¿Cual es la réplica del apóstol? “En ninguna manera.”
Dios prohíbe que alguien le atribuya algún despropósito (Job
1:22). Todo lo que Dios hace es consecuente con la perfección
de su carácter (Gn. 18:25).
v.15.
El apóstol no defiende o disculpa a Dios. Apoya su
doctrina solamente en la Escritura y reproduce las propias
palabras de Dios a Moisés declarado la verdad de la
misericordia soberana (Ex. 33:18,19). Esto es suficiente para el

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creyente; Dios ha hablado.



De todas formas, podemos dar diferentes razones de por qué
Dios debe elegir, santificar y llamar a sí a un pueblo o, de otra
manera, ninguno sería salvo.

1. Todos los hombres están perdidos y muertos en Adán
(Ro. 5:12,17-19).

2. Los hombres por naturaleza no aman a Dios (Jn. 3:19;
Ro. 8:7; Jn. 5:40).

3. Los hombres consideran las cosas de Dios como necedad
(1 Co. 1:18; 2:14).
v.16.
Esta es la conclusión:

1. La salvación no es por la voluntad de los hombres, sino
según la voluntad y el propósito de Dios (Jn. 1:11-13).

2. La salvación no se obtiene por las actividades y
esfuerzos de la carne, sino que es consumada por la obra del
Espíritu y la Palabra de Dios en el corazón (Ef. 2:8,9; Stg.
1:18; 1 Co. 1:30,31).
v.17.
Este versículo podría leerse después del versículo 13
como otro ejemplo de la absoluta soberanía de Dios en lo que
respecta a su gracia y misericordia, y a disponer de los hombres
como Él quiera, para su gloria y el cumplimiento de su
propósito. El nacimiento, la situación, el poder y la conducta
del Faraón fueron todos por disposición divina (Hch. 2:23;
4:27,28), para cumplir la voluntad de Dios con respecto a
Israel. Sabemos que todo pecado está en los hombres, pero aun
la ira del hombre alabará al Señor, y todos los hombres y cosas
existen por su propósito y para su gloria (Sal. 76:10).
v.18.
Pablo repite otra vez que Dios tendrá misericordia de
quien Él quiera tener misericordia (Mt. 11:25,26) ¡La
misericordia es un atributo divino! ¡La misericordia es

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soberana! Dios debe tratar con justicia a todos los hombres,


pero cuando actúa en misericordia, está en libertad de tratar a
los hombres según su propia voluntad en Cristo. Sin embargo,
la misericordia no puede ser ejercida a expensas de la justicia
(Ro. 3:25,26).

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Objeciones a la
misericordia soberana
Romanos 9:19-33
El versículo 18 declara la inmutable soberanía de Dios en la
salvación y la misericordia. Si Dios tiene el derecho y el poder
para mostrar misericordia a quien Él quiera, entonces endurecerá
también a quien Él quiera. La Escritura declara que Faraón
endureció su propio corazón (Ex. 9:34,35). También dice que
Dios endureció su corazón (Ex. 10:1). Se dice que Dios
endurece los corazones de los hombres (muy parecido a eso de
que Dios crea las tinieblas y la adversidad. Isaías 45:7),
dejándoles seguir su propio camino, sabiduría y malos deseos.
Si Dios no da luz, las tinieblas reinarán. Si los medios de
gracia no se manifiestan, el mal abundará (Hch. 2:23). Los
mimos medios que proporcionan vida y misericordia a los
elegidos, vienen a ser piedra de tropiezo e instrumentos de
mayor condenación para los que perecen (2 Co. 2:15,16).
v.19.
Aquí tenemos la tercera objeción a la misericordia
soberana usada continuamente por la mente natural. La primera
objeción (v.6) es que la mayoría de Israel perece; por tanto,
parece ser que el propósito y la promesa de Dios han fallado.
La segunda objeción (v.14) es que Dios es injusto por escoger
a algunos y pasar por alto a otros. Ahora, en el versículo 19,
aparece la tercera objeción: si Dios muestra misericordia a
algunos, y nadie puede resistir su soberana voluntad, entonces
¿por qué inculpa a los pecadores? Si la ira de los hombres está

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tan controlada por Dios que también sirve a su propósito,


entonces, ¿por qué echarle la culpa al pecador?
vv.20-23.
En estos versículos el apóstol da tres respuestas
distintas a esta objeción. Estas respuestas nos satisfarán a la
mente natural, pero serán suficientes para todo creyente que
recibe la Palabra por fe.

1. (v.20) “Oh hombre, ¿quién eres tú para que
alterques con Dios?” “¿Quién eres tú para cuestionar la
providencia de Dios o esperar entender los caminos de Dios?”
Qué necio y arrogante para una criatura finita sentarse como
juez de la misericordia y justicia de Dios. La respuesta a por
qué dios hace lo que hace, se encuentra en Él mismo, no en
nuestra sabiduría natural.

2. (v.21) La palabra “potestad” aquí denota derecho,
privilegio o autoridad. Dios tiene derecho de hacer con lo suyo
lo que Él quiera. Pero es mucho más que esto. El poder de
Dios es siempre ejercido de forma consecuente con su justicia
y gloria. El principal fin del hombre es glorificar a Dios; por
tanto, Dios tiene derecho de hacer lo que mejor sirva para su
gloria.

3. (v.22) Dios ha determinado dar a conocer a este universo
dos cosas. Dará a conocer su ira contra el pecado y las riquezas
de su gracia y gloria.

Dios ha soportado estos vasos de ira con mucha paciencia,
como hizo con el viejo mundo antes del diluvio, con Faraón
antes de quitarlo de en medio, y con Sodoma antes de
destruirla. Estos incrédulos tienen una luz que aborrecen y unos
medios de gracia que desprecian.

Los vasos de misericordia reciben su misericordia, amor y
gracia, no porque sean mejores o más sabios que otros, o
porque lo merezcan, sino porque Dios los escogió para revelar

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su gracia en ellos y hacerles objeto de su misericordia desde la


eternidad.

“No es sabio para el novicio entrometerse demasiado con
los propósitos y misterios divinos. Nada tiene mayor tendencia
a confundir el entendimiento y endurecer el corazón que tomar
comida fuerte demasiado pronto. Procuremos no hablar de estos
asuntos demasiado ligeramente. Las cosas secretas pertenecen a
Dios; las reveladas nos pertenecen a nosotros. Tocante al
Todopoderoso, no podemos escudriñarle, pero es excelente en
poder, juicio y gracia. No afligirá sin causa. Regocijémonos
que la gran verdad de la gracia divina está escrita en la Palabras y
revelada en Cristo” (M. Lutero).
v.24.
La promesa de la vida eterna no fue hecha a la simiente
natural de Abraham, sino a la verdadera simiente de Abraham:
Cristo (y a todos los que gracia están en Él, ya sean judíos
o gentiles).
vv.25-28.
El llamamiento de los gentiles se encuentra
profetizado a través del Antiguo Testamento. Esta profecía es
de Oseas 2:23. La nación judía fue típicamente la esposa de
Dios, pero cuando Cristo viniera, revelaría su verdadera
descendencia y llamaría amada suya a la que no era amada: esto
es, los gentiles (Ef. 2:11-13).

A pesar de que los descendientes de Abraham se cuentan
por millones, sólo un pequeño número es el verdadero Israel de
Dios. Estos judíos pensaban que todos los descendientes de
Abraham eran el pueblo de Dios. Cuando el Mesías vino y lo
rechazaron (Jn. 1:10,11), después de centenares de años de
longanimidad hacia su idolatría y rebelión, Dios terminó con
ellos y los ha cegado hasta hoy.

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v.29.
Realmente, la doctrina de la elección, lejos de ser una
doctrina dura y cruel, es causa de regocijo, porque si no hubiera
sido que Dios escogió a un pueblo para salvarlo, ni judíos ni
gentiles habrían escapado de la ira venidera. Deberíamos haber
sido destruidos, como Sodoma y Gomorra.
vv.30-33.
¿Cuál es el resultado de toda esta situación? La
conclusión de todo es que los gentiles que son escogidos por
Dios, llamados por el Espíritu y redimidos por Cristo, han
obtenido la justicia de Cristo por fe (a pesar de que no la
buscaron y estaban abandonados al mal), mientras que Israel
(que tuvo todas las ventajas, la ley y los profetas, y buscaron
la aceptación de Dios) no la encontraron. ¿Por qué? Porque
Israel buscó justificación por obras, y no por gracia; por las
obras de la ley, y no por la fe.

Israel tropezó en Jesucristo. En lugar de mirar hacia Él,
que cumplió todos los tipos, promesas y sacrificios, lo
rechazaron totalmente. Si hubieran entendido a sus profetas,
habrían abrazado a Cristo. Por tanto, se escandalizaron de sus
obras y se avergonzaron de su cruz.

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La invitación libre del


Evangelio
Romanos 10:1-10
Los que son escogidos para vida en Cristo, serán salvos (Jn.
6:37-40), pero tienen que ser traídos al arrepentimiento y la fe
por los medios que Dios ha señalado (2 Ts. 2:13; Mr.
16:15,16; 1 Co. 1:21). La creencia de que la gracia soberana
hace nula la oración por los pecadores, el celo evagelístico y
misionero, y una sincera invitación a todos los hombres a
someterse a las demandas de Cristo y recibirle como Señor y
Salvador, no es del Señor y, por tanto, es una doctrina falsa.
v.1.
Los judíos odiaban a Pablo y su Evangelio. Rechazaron
el mensaje de la cruz y, sin embargo, él expresa una y otra vez
su profundo amor por ellos, y ora a Dios para que sean salvos.
Nunca debemos cesar de orar por los incrédulos y usar los
medios que Dios ordena para buscar su conversión.
v.2.
Estos judíos no eran ateos. Eran religiosos. Tenían celo
por la ley y las ceremonias, pero eran ignorantes. No conocían
al Padre ni al Hijo. No entenderían la espiritualidad ni los
propósitos de la ley y las ceremonias. ¿Cuán a menudo oímos
decir a la gente: “Si alguien es sincero en su religión, su credo
no es importante”? ¡Esto no es verdad! (Jn. 17:3; Fil. 3:5-9).
v.3.
Eran ignorantes de la pureza y santidad de la ley de Dios,
y también de la rigurosidad de la justicia de Dios (Gá. 4:21;
3:10). Estaban tratando de merecer la aceptación por parte de
Dios sobre la base de la fuerza de sus obras, hechos y deberes

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religiosos. ¿No es esto un cuadro de nuestro tiempo?



Rehusaron someterse a la verdadera justicia de Dios, ¡que
es Cristo! Cristo en la carne, en la cruz y en la gloria es
nuestra justicia. El método divino de aceptación y justificación
no requiere nada, sino someterse o ser recibido (Jn. 1:12; Ef.
1:6). Dios no requiere que produzcas justicia, sino que la
recibas. Dios no requiere que produzcas vida, sino que recibas
vida en Cristo.
v.4.
Hay varias cosas que se sugieren aquí.

1. El abrazar a Cristo para salvación significa el fin de la
ley como método de justificación. Abandonemos toda
esperanza en nosotros mismos, y miremos a Cristo.

2. La meta de la ley es traer al pecador a Cristo. Así lo
explica Gálatas 3:24,25.

3. La ley contiene condiciones de vida: “Haz esto y
vivirás.” Cristo es el fin de estas condiciones. No estamos más
bajo la ley como pacto o maldición.
v.5.
La justificación de la ley radica en hacer perfectamente
todo lo que la ley requiere: no sólo en hechos, sino en
pensamientos, actitudes y motivos. La ley no requiere lo mejor
que tú puedes hacer, sino lo mejor que Dios puede hacer:
perfecto amor a Dios y a todas sus criaturas, un corazón
perfecto. Una criatura caída no puede hacer esto (Ro. 8:3).
vv.6,7.
La mejor ayuda para entender estos versículos viene de
Juan Brown: “No pienses que la divina justificación depende de
algo que puedas hacer tú o algún otro. No es necesario decir:
“¿Quién subirá al cielo para bajar al Mesías?” El ha venido ya,
y ha cumplido la obra para la cual vino. Ha consumado nuestra
justificación y redención. No es necesario decir: “¿Quién
descenderá al abismo para hacerle subir de la tumba?” ¡El ha

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resucitado! Ha resucitado para nuestra justificación, e intercede


por nosotros. El Evangelio que revela esto te dice que todo está
consumado. El todosuficiente Salvador tiene que ser creído y
recibido.
v.8.
La justifica de la fe es el Evangelio que te predicamos.
Esto es todo lo que necesitas oír y creer. El Evangelio está en
tu boca y en tu corazón, y esto se explica en los dos versículos
siguientes.
v.9.
Confesar a Cristo con la boca es hacer una profesión
sincera y de corazón a Dios delante de los hombres de que
Cristo Jesús es nuestro Profeta para revelar a Dios, nuestro
Sacerdote para expiar por nosotros y nuestro Señor para reinar
sobre nosotros. Cuando ésta es nuestra experiencia, lo
confesamos en el bautismo de creyentes.

Creer en nuestro corazón que Dios le levantó de los
muertos es:

1. Creer que Él vino a esta tierra como “Dios encarnado” -
(Jn. 1:14).

2. Creer que el sacrificio fue eficaz y suficiente, porque
Dios le levantó de los muertos (1 Co. 15:13-22).
v.10.
El apóstol explica la naturaleza de la fe. Esta no reside es
en un mero asentimiento mental o posición doctrinal, sino que
es una genuina obra del corazón. Es creer con el afecto, la
voluntad y el entendimiento. Es contemplar al Hijo en su
gloria, su plenitud, su disposición y su suficiencia para salvar.
A través de esta fe somos salvos y justificados (Ef. 2:8,9; 2
Ti. 1:12).

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Predicando el Evangelio a
todos los hombres
Romanos 10:11-21
v.11.
Varias cosas son evidentes en este solo versículo de la
Escritura.

1. El perfecto acuerdo del Antiguo y Nuevo Testamento
(Is. 28:16). Como en el caso de Abraham, la justificación no
es por obras sino por fe (Ro. 4:20-24).

2. Cualquiera que crea (ya sea judío o gentil) será salvo.
Para los judíos fue difícil admitir a los gentiles en el reino de
Dios.

3. La segura conexión entre fe y justificación (confesión y
salvación) es evidente. Los que crean en Cristo con sus
corazones y le confiesen como su Señor serán salvos.

4. Los que creen no se avergonzarán de Él, ni serán
avergonzados. Su manto de justicia cubrirá nuestra desnudez.
v.12.
No solamente está incluido el gentil en la misericordia
de Dios, sino que no hay la más mínima diferencia ante los
ojos de Dios entre judíos y gentiles. Todos han pecado (Ro.
3:22,23), y todos tienen necesidad de la justificación de Cristo.
Dios es capaz de suplir las necesidades de todos los que invocan
verdaderamente su nombre (Hch. 7:25).
v.13.
Esto está tomado de Joel 2:32. El nombre del Señor
significa el Señor mismo. Su nombre revela quién es Él, qué
es lo que ha hecho, por qué lo hizo y dónde está ahora. Y
ningún otro nombre puede salvar (Fil. 2:6-11).

Jehová-jireh: El Señor proveerá (Gn. 22:13,14).

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Jehová-rafa: El Señor tu sanador (Ex. 15:26).

Jehová-nisi: El Señor es mi estandarte (Ex. 17:8-15).

Jehová-salom: El Señor es paz (Jue. 6:24).

Jehová-tsidkenu: El Señor justicia nuestra (Jer. 23:6).

Jehová-sama: El Señor allí (Ez. 48:35).
Invocar su nombre es humillarnos delante de Él, reconocer su
majestad, creer su promesa y esperar en su misericordia.
v.14.
En este versículo Pablo insiste en la necesidad de
predicar el Evangelio a los pecadores. Nadie puede ser salvo si
antes no invoca al Señor. Ninguno puede invocar el verdadero
nombre del Señor si primero no cree que el Señor desea y
puede salvarle. Nadie puede creer que Él desea y puede salvarle
antes de oír de su gracia, su muerte y su redención; y nadie
puede oír estas cosas a menos que estas noticias gozosas le
sean predicadas (Mr. 16:15,16; Stg. 1:18; Jn. 5:24).
v.15.
Estos embajadores de Cristo que predican las noticias
gozosas de salvación, son enviados por el Señor. Creen en su
Evangelio bajo su autoridad y por el poder de su Espíritu (Mt.
28:18,19; 2 Co. 5:20,21). La mayor bendición que Dios puede
dar a un pueblo es un fiel predicador del verdadero Evangelio.
v.16.
A pesar de que el Evangelio era predicado a judíos y
gentiles con la promesa de que cualquiera que creyera sería
salvo, no todos los que oyeron lo creyeron. Esto no debiera
parecer extraño a aquellos que están familiarizados con la
Escritura. Isaías dijo: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?” -
(He. 4:2; 1 Co. 2:8-10). El Evangelio debe de ser revelado por
su Espíritu (Jn. 6:44,45).
v.17.
Por tanto, la fe depende del oír. Nadie puede confiar en
un Cristo que no le ha sido revelado. Debemos oír con deseo,
oír con entendimiento, con una necesidad (Mt. 13:15,16). La fe

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depende del oír y el oír depende de la Palabra de Dios. Es


esencial oír la Palabra.
vv.18-21.
Los últimos cuatro versículos tratan de cuatro
cosas:

1. La predicación del Evangelio a los gentiles (Sal. 19:4).

2. La profecía del Antiguo Testamento acerca del
llamamiento de los gentiles (Dt. 32:21).

3. Israel debía haber sido consciente de esto (Is. 65:1).

4. El rechazo de la misericordia de Dios por parte de los
judíos (Is. 65:2).

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Los escogidos sí lo han


alcanzado
Romanos 11:1-7
Después de escribir las palabras registradas en el capítulo 10,
Pablo comprendió que surgiría un objeción por parte de sus
adversarios. ¿Ha desechado Dios a su pueblo llamado judío?
¿Dónde está su pacto con Israel? ¿Cómo deben entenderse sus
promesas a Israel? ¿Qué esperanza pueden tener los judíos de
obtener la salvación? Pablo procede a considerar estas
preguntas.
v.1.
En su forma acostumbrada, cuando la objeción es
contraria a la Escritura y muy desagradable para él, Pablo
exclama: “En ninguna manera” (Ro. 3:3,4; 3:31; 6:1,2).
“¿Ha desechado Dios a todos los judíos?” “De ninguna manera;
yo soy judío.” Al Señor le agradó salvar a Pablo de Tarso, que
era descendiente de Abraham y de la pequeña tribu de Benjamín,
y Dios le transformó en un ministro del Evangelio.
v.2.
Aquí tenemos la afirmación más importante: “No ha
desechado Dios a su pueblo al cual desde antes
conoció” entre los judíos o los gentiles. Hay un sentido en el
que toda la raza humana es pueblo de Dios. Los seres humanos
son ciertamente sus criaturas, sus súbditos, para hacer con
ellos como Él quiera. Pero no todos son conocidos de
antemano; no todos son objeto de su eterno amor y gracia (Ro.
8:28-30). Muchos le oirán decir: “Nunca os conocí.” De la
misma manera, Israel fue escogido de entre las naciones. Fue
llamado el pueblo de Dios y bendecido con las promesas, los

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profetas, la ley y los sacrificios, pero no todos los israelitas


fueron conocidos, porque la mayoría de ellos perecieron en la
incredulidad (He. 4:2). Elías no hizo intercesión por los
israelitas, sino que intervino contra ellos.
v.3.
En lugar de orar por ellos, como los profestas tenían por
costumbre, Elías se vio obligado a quejarse contra ellos por su
idolatría, desprecio e incredulidad. El pensó, además, que Dios
había terminado con Israel y que los abandonaría totalmente
porque habían destruido los alttares de Dios, y creyó que era el
único israelita que todavía adoraba al veradero Dios (1 R.
19:10).
v.4.
¿Cómo respondió Dios a Elías? (1 R. 19:18). “No estás
solo: Yo tengo siete mil hombres en Israel que conocen mi
nombre y buscan mi gloria.” Dios, entonces, no ha desechado
completamente a Israel, ni ha desechado a los judíos ahora. Los
hombres sinceros, como Elías, generalmente se equivocan
cuando se desesperan por causa de Dios y la verdad. Cuando la
iglesia y la causa de Cristo parecen estar en su peor momento
(la idolatría, la superstición y el error parecen controlar la
situación), Dios tiene siempre un pueblo que Él conoció de
antemano, redimió y llamó.
v.5.
De la misma manera, en el tiempo presente hay un
remanente (hay algunos); siempre lo ha habido, lo hay ahora y
siempre lo habrá. Elías no fue el único judío creyente en su
día, y Pablo dice: “No soy el único hoy.” Puede que el número
sea pequeño (Ro. 9:27), pero Dios tiene su pueblo.

“Escogido por gracia” (Ef. 1:3,4; 2 Ts. 2:13).

1. Dios nos escoge.

2. Dios nos escoge en Cristo.

3. Dios nos escoge desde la eternidad.

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4. Dios nos escoge para ser como Cristo.

5. Dios escoge según su propia voluntad (Jn. 1:12,13; Ro.
9:16).

Casi todos los que profesan ser cristianos creen en alguna
clase de elección. Deben creer porque la elección es un término
bíblico. Pero la elección que se enseña en la Escritura no está
basada en obras, méritos previstos, o en la voluntad del
hombre, sino que Dios no escogió según su voluntad,
propósito, misericordia y gracia (2 Ti. 1:8,9). Por nuestros
propios medios no amaríamos a Dios, ni buscaríamos a
Cristo, ni vendríamos a Él (Jn. 5:40-44; 1 Co. 2:14).
v.6.
La salvación es por la pura e inmerecida gracia y
misericordia de Dios. Las obras, esfuerzos y hechos de los
hombres no están incluidos (Jn. 1:12,13; Ro. 9:15,16). Si la
salvación se lograra por nuestras obras (por pequeñas que sean),
entonces no sería por gracia. Si puedes encontrar alguna razón
por la que Dios debería salvarte que no sea por su gracia en
Cristo, y que le ha placido mostrar misericordia, entonces estás
propugnando una salvación por obras.
v.7.
“¿Qué pues?” ¿Qué se puede responder a esta
afirmación que Pablo propugna? Es tan claro com el sol que
Dios no ha desechado a todo el pueblo judío, ni a nadie a quien
conociera de antemano y diera a Cristo de cualquier época o
período de tiempo.

“Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado”:
esto es, el Israel carnal (el cuerpo y conjunto de aquel pueblo
que buscaba vida y justicia por los hechos y ceremonias de la
ley); porque esto es imposible (Ro. 3:20; He. 10:4). Buscaron
la justicia en el lugar equivocado y en una manera errónea.

“Pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los
demás fueron endurecidos.” Pablo divide a Israel en dos

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partes: los escogidos y los demás. Estos escogidos obtuvieron


misericordia, gracia y justicia en Cristo, como ocurrió al
apóstol mismo, y los demás fueron dejados en tinieblas (2 Co.
4:3-6).

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¿Ha desechado Dios a los


judíos?
Romanos 11:8-36
Este es un capítulo difícil, que exige el mayor cuidado y
consideración en oración, libre de teorías preconcebidas y
sistemas proféticos. Puedo ver cinco divisiones.
I. vv.1-7. ¿Ha rechazado y repudiado totalmente Dios a los
judíos? ¡Por supuesto que no! Pablo se pone como ejemplo.
Dice que es judío y que Dios lo trajo al conocimiento de
Cristo. Elías pensaba que era el único creyente que quedaba,
pero Dios le dijo que tenía a siete mil hombres que le
conocían. De la misma manera, ahora mismo, hay un
remanente escogido por gracia.
II. vv.8-10. Los judíos tenían a los profetas, la ley, el
tabernáculo, los tipos y las promesas de redención a través de
Cristo. Rehusaron oír, ver o abrazar las promesas. Aun cuando
Cristo vino, le rechazaron (Jn. 1:11); por tanto, Dios los
entregó a ceguera espiritual hasta hoy (Sal. 69:20-25).
Rechazaron a su Mesías, por lo que la mesa pascual y todos
los tipos y ano tenían significado para ellos. En lugar de ser el
medio para guiarlos a Cristo, estos tipos vinieron a ser una
trampa al servirles de refugio.
v.11. ¿Han tropezado de tal forma que su caída sea irreparable?
¡De ninguna manera! ¿Permanecerán siempre en su estado de
ceguera? ¡No! ¡Dios utilizó su rechazo del Evangelio para
enviar el Evangelio a los gentiles! (Hch. 13:44-48; 28:27,28).

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“Para provocarles a celos.” Pablo menciona esto
tres veces (Ro. 10:19; 11:11,14). Han de ver lo que han
perdido rechazando a Cristo y lo que los gentiles han ganado
con recibirle. Dios utiliza medios para cumplir sus propósitos.
v.12-15. Si a través de su caída y ceguera, la gracia de Dios
ha venido a los gentiles, y a través de un puñado de judíos
Dios revolucionó al mundo, piensa en las bendiciones que
habría en el mundo si Dios abriera lo ojos de una gran parte de
esta nación.

Pablo repite el argumento del versículo 12. Si cada judío
llegara a ser un evangelista (un creyente en Cristo), esto sería
vida de entre los muertos, no sólo para los judíos, sino para la
iglesia gentil, la cual está en el día de hoy en un estado de
agonía. Esto produciría el mayor avivamiento que el mundo
jamás haya visto. El resultado de que Cristo fuese revelado a
los judíos sería una bendición inigualable para los judíos y los
gentiles.
v.16. Este es el tercer argumento para probar que Dios no ha
desechado totalmente a los judíos.

1. Las primicias de la cosecha se daban a Dios, y esto
santificaba toda la cosecha.

2. Si hay vida en la raíz del árbol, todo el árbol puede
parecer muerto y toda rama marchita y quebrada, ¡pero la vida
en la raíz producirá nuevas ramas! Estas primicias y raíces son
Abraham, David y los apóstoles.
III. v.17. En los próximos versículos Pablo nos previene a
los creyentes gentiles del peligro de jactarnos contra los judíos
por causa de nuestras bendiciones y su ceguera. La nación judía
fue un olivo de Dios; ¡Abraham fue la raíz! La mayor parte del
verdadero pueblo de Dios fue escogido de entre los judíos. Por

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su incredulidad algunas de las ramas fueron cortadas y nosotros,


perteneciendo al árbol silvestre, hemos sido inhertados para
participar de la raíz y la sustancia (Ro. 1:16; Jn. 4:22; Ro. 3:1;
9:4,5).
v.18. Recordemos que los judíos fueron los primeros
creyentes. Los judíos no han recibido ventajas por parte de los
gentiles, pero los gentiles han recibido muchas de los judíos.
Los primeros predicadores eran judíos y Cristo procedía de
Israel.
vv.19-24. Un espíritu arrogante precede a una caída. Si Dios
no perdonó a las ramas naturales, esta es una buena razón para
que nosotros seamos humildes y temerosos, no sea que no nos
perdone a nosotros. Por su incredulidad fueron desechados, y la
fe en Cristo los restaurará. Lo mismo puede decirse de
nosotros.
IV. vv.25-32. Estos versículos parecen indicar la futura
conversión y restauración de los judíos. Este misterio es
revelado para prevenirnos de jactarnos contra los judíos y
formar nuestra propia opinión acerca del propósito de Dios en
relación con la nación de Israel. Esta ceguera natural es
temporal hasta que el conjunto total de los gentiles sea llamado
(Lc. 21:24).
v.26. Algunos dicen que éste es el Israel espiritual (judíos y
gentiles creyentes), pero esto no concuerda con el contexto,
porque éste se refiere al pueblo judío. (Véanse los vv.27-29.)
Con respecto al Evangelio, son enemigos por causa de los
gentiles, pero en lo que se refiere a la elección, son amados por
causa de sus antepasados (Dt. 7:6-8). Los dones y propósitos
de Dios nunca cambian.

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vv.30,31. “En un tiempo vosotros los gentiles no creíais el


Evangelio, pero obtuvisteis misericordia. Ahora son los judíos
los que no creen, pero obtendrán misericordia.”
V. vv.33-36. En estos versículos finales Pablo nos recuerda
nuestra incapacidad de compresión de la sabiduría,
conocimiento, juicio y mente del Señor. Somos necios al
tratar de poner al infinito Dios en un molde o encasillar sus
inescrutables caminos y designios. El hará lo que quiera, con
quien quiera, cuando quiera, y todo lo que haga será justo
porque lo hace Él. Cuando pensamos que tenemos todas las
respuestas y entendemos los caminos de Dios, estamos
revelando nuestra ignorancia y necedad. Dejemos que nuestra fe
se sume a las palabras de Elí: “El Señor es; haga lo que bien le
pareciere” (1 S. 3:18).

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El andar del creyente en


este mundo
Romanos 12:1-8
Pablo, habiendo enseñado en los capítulos precedentes la gran
doctrina de la redención por gracia a través de la fe, se refiere
ahora al resultado de la redención: la vida de gracia y santidad o
el andar, la conducta y la manera de vivir del creyente en este
mundo. Nuestra actitud y deberes para con Dios, la iglesia y
todos los hombres pueden ser resumidos en una palabra: ¡amor!
Él nos amó a nosotros (1 Jn. 4:16), y nosotros le amamos a
Él (1 Jn. 4:19) y nos amamos unos a otros (1 Jn. 4:20,21). Si
no entendemos esto y no estamos motivados por el amor,
entonces hemos fracasado aun antes de comenzar a discutir
sobre nuestros deberes y obras (Gá. 5:13,14).
v.1.
“Os ruego por las misericordias de Dios”. Sea
lo que sea lo que tengamos que hacer, decir, ser o dar, no es
mediante amenazas, temor ni regateos, sino por la misericordia
de Dios hacia nosotros (1 Jn. 4:11; Ef. 4:32; Lc. 6:35,36).

“Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio
vivo”. Pablo está hablando precisamente de aquello que
nosotros pensamos está diciendo: nuestras facultades humanas.
Utilicemos nuestras lenguas para alabar a Dios. Que nuestros
pies nos lleven a adorar, a la asamblea, a las casas de otros para
ministrarles. Usemos nuestros brazos para abrazar y levantar al
necesitado. El creyente, como un sacerdote, se ofrece a sí
mismo a Dios como sacrificio vivo. “Heme aquí, Señor,
envíame a mí” (a predicar a los perdidos, a cuidar a los

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enfermos, a sostener a los misioneros, a animar a los débiles, a


consolar a los fatigados), que de alguna forma me uses para
cumplir tus propósitos. ¿No es ése nuestro culto racional,
puesto que no somos nuestros, sino que hemos sido comprados
por su sangre?
v.2.
La palabra “siglo” significa la naturaleza, carácter,
opiniones, metas y actitudes de los hombres no regenerados. El
hombre mundano busca la alabanza de los hombres; el creyente
busca la alabanza de Dios. El mundano piensa sólo en sí
mismo; el creyente toma en consideración a los demás. El
mundano se preocupa por el cuerpo; el creyente se preocupa
por el alma. El mundano pone la mira en lo que se ve; el
creyente pone la mira en lo que no se ve. El mundano se
preocupa por lo que ha de comer, beber o vestir; el creyente
busca primero el reino de Dios y su justicia.

Esta actitud espiritual sólo puede conseguirse mediante una
obra renovadora o regeneradora de Dios en la mente y el alma.
Esto es contrario a la naturaleza de la carne (2 Co. 5:17; Fil.
2:12,13). Como las hojas viejas caen del árbol para dar lugar a
las nuevas, así la obra renovadora del Espíritu en nuestras
almas y corazones expulsa el orgullo, la envidia, la malicia y
la codicia. De esta forma, ambos experimentan y manifiestan
lo que es agradable y honroso para Dios (Ef. 5:9,10).
v.3.
Pablo nos exhorta a cultivar una gracia suprema: ¡la
humildad! (Jer. 9:23,24; Stg. 4:6; 1 P. 5:5). Necesitamos
recordar que nuestros dones, conocimiento, habilidad y aun la
fe son dones de Dios (1 Co. 4:7; 15:10).
vv.4,5.
El apóstol ilustra la unión de los creyentes tomando
como ejemplo el cuerpo humano. El cuerpo humano es uno,
pero tiene muchos miembros; y cada miembro está colocado

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proporcionadamente a los otros para el bien de todo el cuerpo.


Los ojos ven, pero no oyen. Los oídos oyen, pero no respiran.
Así nosotros somos un cuerpo en Cristo y estamos juntamente
unidos, teniendo dones y capacidades diferentes, pero sirviendo
al mismo propósito: el bien del cuerpo y la gloria de Cristo.
vv.6-8.
Se mencionan algunos de estos dones, ¡pero no todos,
desde luego!

Profecía. En el período actual la profecía consiste en la
adecuada compresión y predicación de las Escrituras. Esto se
lleva a cabo conforme a la capacidad que de Dios.

Servicio. Este servicio se refiere al de los diáconos y otros
que cuidan de las necesidades y bienestar de los demás. No hay
necesidad de restringir esto a un cargo oficial, sino que es de
aplicación a todos los que se dedican a cuidar de las necesidades
del cuerpo de Cristo.

Enseñanza. La capacidad de enseñar a otros la Palabra es
don de Dios; y si alguien posee el don, debería usarlo
diligentemente.

Exhortación. Supongo que esto debería ser principalmente
la responsabilidad del pastor o los ancianos, pero es
ciertamente el deber de todo creyente dar una palabra de ánimo,
consejo y consuelo (He. 3:12,13).

Repartir. Esto no significa que unos han de dar y otros no,
sino que algunos son bendecidos con la capacidad de dar más, y
esto debería hacerse con liberalidad, sin ostentación y con
sencillez.

Presidencia. Este es el lugar de liderazgo y responsabilidad,
como el del pastor, los ancianos, diáconos, maridos y padres,
tomando nuestra responsabilidad seriamente y presidiendo en
amor.

Misericordia. Este es un don que todos poseen, e implica

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amabilidad, perdón, buenas palabras y entendimiento. No


deberíamos ser reacios a ejercer esta gracia, sino hacerlo con
alegría.

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Nuestra actitud hacia otros


Romanos 12:9-21
Este capítulo parece dividirse en tres partes: versículos 1,2,
nuestra consagración y dedicación a Dios; versículo 3-8,
nuestra consagración y dedicación a los deberes y dones en el
cuerpo de Cristo; versículos 9-21, nuestra actitud general y
conducta para con los demás.
v.9.
“El amor sea sin fingimiento”, sin pretensión ni
hipocresía. Nuestro amor los unos por los otros, como nuestro
amor a Cristo, debe ser genuino, sincero y del corazón: no de
palabras solamente, sino con hechos y en verdad (1 Jn.
4:7,8,19,20).

“Aborreced lo malo”. Los creyentes pecan, pero no
aman el pecado ni en principio ni en práctica, ni lo excusan o
justifican en ellos mismos o en otros (Sal. 51:3,4). La palabra
“seguid” significa “pegarse a” o “tener compañía con”.
Caminar con Dios y con los que conocen a Dios. Asirse a los
principios piadosos, asociarse con gente e ir a lugares que
contribuyen a nuestro crecimiento espiritual. (Léase 1 Co.
15:33.)
v.10.
El creyente desea en verdad amar a todos los hombres.
No hay lugar en un corazón regenerado para el odio, el rencor y
la intolerancia, sino que hay un amor especial para aquellos que
son llamados hermanos. El significado es: “Amaos unos a
otros como miembros de la misma familia, dando prioridad y
honra el uno al otro” (Fil. 2:3,4; Gá. 6:10). Haciendo a otros
felices, encontramos felicidad. Dando, recibimos.
Proporcionando bienestar y honra a otros, somos honrados. El

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carácter de un hombre no siempre se revela en lo que otros


dicen acerca de él, sino en lo que él dice acerca de otros en
privado.
v.11.
Aquí hay dos opiniones y ambas son verdad.

1. Haz que la gloria del Señor reine en todas las cosas.
Cualquier cosa que hagas, hazla para el Señor. Si estás ocupado
en un trabajo secular por un sueldo, o si sirves al público,
trabaja como si el Señor Jesús fuese tu jefe (Ef. 6:5-7; Col.
3:22,23).

2. No permitas que la adoración y los asuntos del Señor
degeneren en un frió formalismo. Hagamos que nuestros
deberes religiosos (como el estudio, la oración, el testimonio,
las canciones, las ofrendas y la predicación) sean siempre
motivados por un ferviente celo e interés.
v.12.
“Gozosos en la esperanza” está colocado entre
servir al Señor y ser paciente bajo las pruebas, porque nada
tiende a motivar a un creyente a servir a Dios y perseverar en
las pruebas con paciencia como la esperanza de ser como
Cristo.

Aprendamos a esperar las pruebas y a soportarlas sin
murmurar contra Dios quien las envía (para nuestro bien), y
sin amargura contra los hombres, que sólo son sus
instrumentos (Jn. 16:33). La oración es necesaria en todo
tiempo (1 Ts. 5:17; Ef. 5:19,20).
v.13.
Cuando otro creyente está necesitado, la iglesia
responderá a esa necesidad. Debemos vestir al desnudo,
alimentar al hambriento y cuidar de que la familia de Dios esté
provista. Nuestros hogares tienen que ser hoteles de
hospitalidad abiertos a todos los creyentes (Mt. 25:34-40).

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v.14.
Muchos cristianos, a través de los años, han tenido que
soportar verdadera persecución. Experimentamos poco de esto,
pero sí sufrimos oposición y malos sentimientos por causa del
Evangelio. Oremos por nuestros enemigos como hizo nuestro
Señor: “Padre, perdónalos”, y como Esteban: “Señor, no les
tomes en cuenta este pecado.”
vv.15,16. Cuando los hermanos son de un solo corazón, son
capaces de sentirse identificados mutuamente en el gozo y la
tristeza. Un amor fuerte produce un fuerte interés y
preocupación mutuos.

“Unánimes entre vosotros”. Juan Brown dijo: “Estad
unidos en vuestros afectos, sentimientos y metas. Es difícil
amar a cada cristiano con el mismo grado de amor, porque no
todos son igualmente amables y amigables, pero podemos
amar con la misma clase de afecto.”

“No altivos”, etc. No seáis altaneros, orgullosos y
exclusivistas, sino estad dispuestos a adaptaros a gente de toda
posición, y a dedicaros a tareas humildes (Jer. 45:5; Mt. 23:8 -
11). Debemos cultivar habitualmente un profundo sentido de
nuestra propia indignidad e ignorancia.
vv.17,18.
La venganza privada es contraria a nuestro
Evangelio. No debemos devolver malas palabras por malas
palabras o malos hechos por malos hechos. Procurar lo bueno
delante de todos los hombres, tiene que ver con nuestros
negocios, nuestra conversación limpia, nuestra conducta en
público y nuestra fidelidad hacia la familia y los deberes
cívicos y comerciales.

“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros,
estad en paz con todos los hombres.” No debemos
perturbar a otros ni dejar que ellos nos perturben. Lo primero

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depende de nosotros: lo segundo no. ¡El principal transgresor


en esta batalla es la lengua!
vv.19-21.
Aquí reside la causa del mayor desorden: que la
gente tome en sus propias manos la venganza. Por naturaleza
pagamos con la misma moneda. “Dejad lugar a la ira” -
(1), ceded ante ella, no la resistáis, apartaos de su camino y
dejad que se agote por sí misma. No te dediques a cavilar sobre
los malentendidos ni los albergues dentro de ti. Déjalos que
mueran. ¡Algún día Dios ajustará las cuentas!

Tu cólera nunca ganará el corazón de un enemigo, pero tu
bondad puede alcanzar su corazón y conciencia.

No dejes que los malos hombres y los malos
pensamientos dicten tu línea de conducta. No dejes que el odio
y malos sentimientos prevalezcan sobre lo mejor de tus
principios cristianos. No dejes que la venganza disipe la luz
divina del perdón.
(1) La frase “de Dios” no se encuentra en el texto griego
o r i g i n a l . L a v e r s i ó n RV 1 9 0 9 t r a d u c e s i m p l e m e n t e : “ D e j a d l u g a r
a la ira”. (N. del E.)

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

Nuestra actitud hacia la


autoridad
Romanos 13:1-7
El en capítulo 12 el apóstol enseñó los deberes,
responsabilidades y actitudes correctas que incumben a los
creyentes en su trato mutuo, con una exhortación referente a
nuestra conducta en el mundo y nuestra actitud hacia todos los
hombres. En este capítulo trata de nuestros deberes y actitudes
como miembros de una sociedad ordenada. Este capítulo tiene
que ver con nuestra actitud respecto a toda autoridad,
especialmente la autoridad civil.

Algunas de las razones por las cuales Pablo tiene que tratar
este tema son:

1. Algunos de los cristianos primitivos eran acusados de
sedición y se pensaba que eran enemigos del gobierno. Cristo
fue acusado de ser enemigo de César.

2. Algunos de los cristianos primitivos eran judíos, la
simiente de Abraham, los cuales rechazaban a cualquier
gobernador gentil.

3. Algunos de los cristianos primitivos tenían la idea de
que como la mayoría de los gobernantes, magistrados y gente
en autoridad eran malvados y hombres profanos, por tanto los
hijos del reino de Dios no debían obedecerlos ni someterse a
ellos.
v.1.
“Sométase toda persona a las autoridades
superiores”. Se refiere a reyes, presidentes, gobernadores,
policías o comoquiera se denominen los poderes superiores,

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

porque son investidos con autoridad sobre otro. Estar


sometidos a ellas significa mostrar respeto, obediencia y honra
adecuados a sus puestos y obedecer sus legítimos mandatos con
sumisión. Significa también orar por ellos (Tit. 3:1-2; 1 P.
2:13).

“No hay autoridad sino de parte de Dios”. Dios
es la fuente y el origen de todo poder. Toda autoridad existe por
su permiso y designación. Este versículo se refiere
principalmente a autoridades civiles, pero es verdad con
respecto a toda autoridad, tales como maridos, padres, jefes,
ancianos: todos obtienen de Dios el derecho de gobernar y
dirigir. Los malvados pueden abusar, pervertir y corromper la
autoridad, pero el gobierno y el liderazgo son necesarios y
deben ser obedecidos.
v.2.
La persona que resiste o se rebela contra la autoridad
legítima en cualquiera de esos casos, está resistiendo el orden y
la ordenanza de Dios. La resistencia a la autoridad en el
desempeño fiel y correcto del oficio, trae juicio sobre el
transgresor. De cualquier manera, esto no incluye a aquellos
magistrados que ponen sus reglas y leyes por encima de la ley
de Dios. La Escritura dice: “Hijos, obedeced en el Señor a
vuestros padres” (Ef. 6:1). Cuando los hombres se ponen en
contra de la ley de Dios, tienen que ser resistidos (He. 13:17).

v.3.
La autoridad en cualquier área no infunde terror a los que
tienen motivos correctos y buena conducta. La autoridad es
sólo odiada por aquellos cuyas obras son malas. “¿Quieres,
pues, no tener miedo o temor de los que están en autoridad?”
Entonces, haz lo bueno, y tendrás su aprobación.
v.4.
Los que están en lugares de autoridad (quienesquiera que
sean) son los siervos de Dios para el bienestar general de todos.

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

¿Cómo sería una casa, escuela, oficina, fábrica, ciudad o país


sin autoridad? Pensemos en un juego sin árbitro. ¡Qué caos
reinaría si no hubiera leyes ni poder para hacerlas cumplir!

Si no estamos dispuestos a seguir el orden a Dios y su
legítima autoridad, si no estamos dispuestos a someternos a la
autoridad, entonces la autoridad es designada por Dios para
proceder contra nosotros por sí misma, y al hacerlo así es el
instrumento de Dios en la ira y el juicio.
v.5.
Por tanto, los creyentes están sometidos a la autoridad no
solamente por temor al castigo o para evitar la ira, sino que el
creyente aprueba la autoridad y la respeta como un asunto de
conciencia, sabiduría y principio. Nuestras conciencias no sólo
nos dicen que la manera que tiene Dios de gobernar y ordenar es
correcta, sino que nos hace amarla y aprobarla.
v.6.
“Pues por esto”. Está ordenado por Dios, es para el
bienester general y el bien de todos, y entendemos y estamos
de acuerdo con la necesidad del liderazgo y la autoridad.
Tenemos que pagar nuestros impuestos y lo que se requiera de
nosotros para el sostenimiento de los oficiales, gobernantes y
magistrados. Los dirigentes del gobierno (tales como los
presidentes), los senadores, gobernadores, alcaldes, policías,
bomberos, profesores, etc., promueven el bienestar general de
la sociedad y tienen que ser mantenidos por los impuestos que
paga la gente. Ellos, además, son siervos de Dios en un trabajo
continuo y a pleno tiempo.
v.7.
“Pagad a todos lo que debéis”. Cualquier autoridad
que se haya encomendado a un hombre es una comisión sagrada
por la que dará cuenta a Dios. Esa es su responsabilidad. La
nuestra es obedecer, respetar y sometemos a ellos como al
Señor. “Pagad los impuestos a quienes debáis impuestos,

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respetad a quienes debáis respeto, honrad a quienes debáis


honra.”

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El amor: la regla de vida


del cristiano
Romanos 13:8-14
v.8.
“No debáis a nadie nada”. Este versículo ha sido
usado para disuadir de comprar a crédito o de tomar prestado
dinero, pero ésta no es la aplicación en manera alguna. La
mayoría nunca podría tener una casa o coche, o continuar en
los negocios, si el tomar prestado dinero estuviera prohibido
por la Escritura. El versículo, según su contexto, continúa las
instrucciones en cuanto a cumplir todas las obligaciones, ya
sean un deber civil o natural. Obediencia, respeto, honra y
servicio son deudas que deben pagarse. A los padres se les debe
respeto y obediencia. A los maridos y padres se les debe
sumisión. A los líderes se les debe honra y apoyo. Estos
deberes tienen que ser cumplidos.

“Amaros unos a otros”. Esta es la respuesta a todo lo
anterior. Aquel que verdaderamente ama a Dios y a otros,
cumplirá lo que Dios requiere de él (Mt. 22:35-40; Gá.
5:13,14).
v.9.
La primera tabla de la ley habla de respetar a Dios. La
segunda tabla que se menciona aquí, tiene que ver con nuestro
prójimo. Nuestro amor a Dios ciertamente nos conducirá a
adorarle, a no tener ídolos, a no tomar su nombre en vano; y si
amamos a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros
mismos, haremos todos los esfuerzos necesarios para tratarle
como querríamos ser tratados. Ciertamente, no le robaremos,

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no codiciaremos su mujer o propiedad, no diremos falso


testimonio acerca de él, ni le mataremos.
v.10.
El hombre que verdaderamente ama a su prójimo, no le
dañará voluntariamente; más bien hará todo lo que esté en su
poder para fomentar la felicidad de su vecino. Por tanto, ¡toda
la ley está comprendida o cumplida en la palabra “amor”!
v.11.
“Conociendo el tiempo”. Este es un tiempo
especial, una hora crítica. Este es el día de la salvación. Es el
día de la gracia y la misericordia en Cristo (2 Co. 6:2; He.
3:12-14). Mientras el Evangelio se predique, mientras
tengamos nuestras facultades, es tiempo para buscar al Señor
(Is. 55:6; Pr. 1:24-28). Sin embargo, la referencia principal en
este versículo es a creyentes que pueden haberse tornado
descuidados o indiferentes en sus responsabilidades y su
relación con Cristo y la iglesia. Es tiempo para despertar de la
indiferencia, del descuido o de una atención dividida y ocuparse
en los asuntos del Maestro. Nuestra libertad final y nuestro
descanso eterno están mucho más cerca que cuando creímos al
principio. Algunos de nosotros seremos llamados a dejar esta
tierra dentro de muy poco. ¡Nuestra relación con Cristo debiera
ser nuestra principal preocupación!
v.12.
El tiempo presente de vida está ya bastante gastado para
la mayoría de nosotros (Sal. 90:12). Se le llama “la noche”
porque esta vida en la tierra, en el mejor de los casos, está llena
de las obras de las tinieblas. Error, odio, pecado, enfermedad y
muerte, guerra y pobreza es la porción de aquellos que caminan
por este valle de muerte y tinieblas. Nuestro día glorioso de
libertad está cerca, y necesitamos procurar hacer firme nuestra
vocación y elección. Gastemos menos tiempo en las cosas de
la carne, y más buscando el reino de Dios. Desechemos

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Comentario Breve a la Epístolas - Romanos - Henry T. Mahan

aquellas cosas que no contribuyen a nuestro bienestar espiritual


(Ef. 6:11-13).
v.13.
Vivamos, caminemos, hablemos y conduzcámonos de
una manera honrosa y piadosa, como estando a la vista de
todos los hombres a plena luz: no en glotonerías y borracheras,
no en lujurias y lascivias, no en contienda ni envidia. Estas
cosas están prohibidas y son impropias para cualquier creyente,
pero especialmente para el creyente que está en el umbral de la
gloria. Nuestro placer y deleite debieran ser la comunión del
Evangelio y nuestros compañeros aquellos que han sido
redimidos por Cristo.
v.14.
“Vestíos del Señor Jesucristo”. Esto no sólo
significa vestimos de su justicia inmaculada e imputada por fe
y hacer una confesión firme y pública de Él, sino imitarle
ejercitando la gracia: andar como Él anduvo, amar como Él
amó, perdonar como Él perdonó, someternos a la voluntad del
Padre como Él se sometió.

“No proveáis para los deseos de la carne.” Esto
es, pensad menos en este cuerpo de carne y no le dediquéis
tanta atención. Mientras pensamos en la carne, mientras
meditamos en las pasiones y deseos de este cuerpo, de alguna
manera nos disponemos a cumplir sus deseos (Fil. 4:8).

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Conflictos sobre la libertad


cristiana
Romanos 14:1-9
Este capítulo trata de nuestra actitud mutua en cuanto a
disputas y desacuerdos referentes a la observancia de ciertos
días, el comer ciertos alimentos y los conflictos sobre cosas
que no están específicamente ordenadas o prohibidas en las
Escrituras. Los asuntos conflictivos pueden variar hoy, pero
los principios trazados pueden aplicarse a todos.
v.1.
“Recibid al creyente débil o al bebé en Cristo en vuestra
congregación, pero no para criticar sus opiniones o
convicciones.” Esta declaración está dirigida al cristiano
maduro, fuerte y con conocimiento. Si se nos instruye a crecer
en la gracia y el conocimiento de Cristo, podemos deducir con
toda seguridad que hay debilidades e inmadurez que requieren
desarrollo. “Recibid al débil en la fe y al inmaduro en vuestra
congregación; prestadles atención; soportad su ignorancia
pacientemente, más bien que demandar que conozcan
inmediatamente lo que a vosotros os costó años aprender.
v.2.
La fe que uno tiene le permite comer de todo, mientras
que otro tiene problemas acerca de la carne sacrificada a los
ídolos o la carne prohibida bajo la ley, por lo que limita su
comida a legumbres.
v.3.
El creyente maduro que entiende que el reino de Dios no
es comida ni bebida, sino justicia y paz (esto es, no lo que
entra en la boca, sino lo que sale del corazón es lo que

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contamina), no debe despreciar a aquel que no entiende estas


cosas y que todavía está sujeto a la tradición de “no toques, no
gustes”. El que no come, no juzgue al que come, porque Dios
ha recibido a ambos (Mt. 15:17-20).

1. El desacuerdo no es sombre el Evangelio de la
sustitución.

2. El desacuerdo no es sobre la ley moral de Dios.

3. El desacuerdo no es sobre el arrepentimiento, la fe, el
amor o la piedad.

4. Es sobre comida, bebida y cosas en relación con la carne
y no con el espíritu. La religión natural del hombre consiste en
obras, hechos y en la aprobación de uno mismo delante de
Dios. Cuando acude a Cristo, le es difícil darse cuenta que
nuestra total aceptación es en Cristo, no en nuestra propia
justicia y obras. Esta es una mortaja difícil de desechar.
v.4.
El creyente, ya sea débil o fuerte, es siervo del Señor. No
es mi siervo para que yo le condene o le juzgue. Permanece en
pie o cae delante del Maestro. Es elegido por Dios para su
salvación y su servicio. El Maestro ordenará su propia casa, y
el hermano débil no caerá, sino que crecerá en fe y gracia, así
como el creyente maduro se fortalecerá más en Cristo. Que
cese toda crítica, condenación y juicios mutuos, en cosas que
no pertenecen al Evangelio de justicia.
v.5.
Este es otro ejemplo de las diferencias de opinión en la
iglesia acerca de la observancia de las leyes judaicas. Pablo está
hablando de ciertos días señalados por Moisés, tales como la
Pascua, diferentes días de fiesta y el sábado. Estos eran días
santos en el Antiguo Testamento, y estas tradiciones difíciles
de quebrantar. Uno observa un día de reposo estricto; otro
estima cada día como el día del Señor y ordena su vida en
oración y adoración continuamente.

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v.6.
Aquel que observa un día de reposo estricto o un día santo
especial, lo hace para el Señor. Aquel que considera todos los
días igualmente santos, también lo hace para el Señor.
Debemos estar convencidos en nuestra propia mente, porque
servir o adorar sólo por imitar a alguien es una necedad, y hacer
algo sin estar convencido de corazón sería destructivo. El que
come de gracias a Dios, y el que se abstiene de comer, también
da gracias a Dios. Puesto que ambas partes buscan la gloria de
Dios, debieran ser pacientes la una con la otra. Varias cosas
podrían incluirse aquí, tales como los estilos de culto, el orden
del culto, el canto de hermosos salmos, diferencias de
personalidad, modo de vestir, etc.
v.7.
No soy un árbol separado, plantado en una colina, sino
que soy una rama (junto con otras) en Cristo Jesús. No soy un
edificio que permanece separado y solo, sino que soy una piedra
(junto con otras piedras vivas) en el templo vivo: ¡Cristo
Jesús!

Tampoco vivo por mis deberes, servicios o sacrificios.
¡Vivo en Cristo! ¡No vivo por mi justicia personal, sino por la
suya! Nadie muere para sí mismo (Fil. 1:21-24). Mi vida
pertenece a Cristo y a su cuerpo, y de igual manera mi muerte.
v.8.
El Padre nos dio a Cristo. Nuestro Señor nos compró por
su vida obediente y muerte sustitutiva. Somos suyos, no de
nosotros mismos ni de otros. Tanto si comemos como si no
comemos cosas anteriormente prohibidas, tanto si guardamos
un día como si no, tanto si vivimos como si morimos, todo los
hacemos para nuestro Señor. Somos sus esclavos, y no
tenemos que ser despreciados, juzgados o mandados por
hombres en las cosas de Dios.

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v.9.
Por esto murió Él: para ser Señor de cada creyente, ya sea
que esté vivo o muerto. Nos compró para librarnos de
servirnos a nosotros mismos y de la esclavitud del mal. Nos
redimió del pecado y de otros amos que tenían dominio sobre
nosotros. Él es el Amo supremo de todos los creyentes, por lo
que debemos cultivar la paz y el amor entre nosotros.

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Sólo Cristo es nuestro Juez


Romanos 14:10-23
v.10.
“¿Por qué juzgas a tu hermano?” Estas palabras
van dirigidas al hombre que piensa que es malo comer cosas
prohibidas por la ley, y que aún guarda días santos. Se le
pregunta por qué se encarga de juzgar y condenar al hermano
que difiere de él.

“¿Por qué menosprecias a tu hermano?” Estas
palabras son para el fuerte en la fe y la libertad cristiana: aquel
que tiende a engreírse por su mayor conocimiento y mira con
desprecio al débil.

Sólo Cristo es nuestro Juez. Juzgarse y despreciarse
mutuamente por causa de diferencias, no sólo revela falta de
entendimiento y amor, sino que invade el área del señorío de
Cristo. Cada cristiano ha de seguir a Cristo, porque sólo Él es
la autoridad final en lo que es correcto o erróneo para el
creyente.
v.11.
Este pasaje está tomado do Isaías 45:23. Es por Cristo
que todos los hombres serán juzgados (Jn. 5:22; Fil. 2:10). Ni
nosotros, ni nuestros credos, ni nuestras leyes, ni nuestras
organizaciones religiosas son los jueces de los creyentes o los
incrédulos. ¡Cristo es el único Dueño y Señor!
v.12.
“De manera que”. El apóstol concluye que cada
individuo es responsable ante Cristo: ¡ya sea creyente o
incrédulo! A pesar de que nuestros pecados han sido borrados
por la sangre, no nos entregaremos al pecado; porque somos
responsables ante nuestro Amo de nuestra conducta y servicio,

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y nuestro deseo es glorificarle, ser buenos testigos y guardar


sus mandamientos.
v.13.
Esta es la conclusión: no nos erijamos en críticos y
jueces de la conducta y la vida de otros creyentes; no gastemos
nuestro tiempo acusándonos mutuamente, resaltando
debilidades y exagerando diferencias de opinión y práctica, sino
más bien usemos nuestro tiempo esforzándonos en ayudarnos
mutuamente y evitando hacer y decir cosas que puedan causar
tropiezo a otro. Podemos hacer esto procurando que nuestra
comunión sea en Cristo (no en forma), amándonos
mutuamente a pesar de las diferencias, y evitando las
confrontaciones en los puntos donde diferimos.
v.14,15. Esta no es una opinión particular, sino que he sido
enseñado por el Señor Jesús que nuestra relación con Dios y
nuestra condición espiritual no están determinadas por la
comida y la bebida, o por lo que entra en la boca (Mt. 15:11 -
19). Pero si alguien come o bebe, o hace lo que piensa que está
prohibido por Dios, es tan culpable con respecto a Dios como
si eso estuviera prohibido realmente. Enseña la libertad a un
hombre, pero no le presiones a violar su conciencia. Por
ejemplo, si la comida ofrecida a los ídolos está en tu mano y
no ves dificultad en comerla, no la comas si estás en la
compañía de un hermano que se va a ofender. No destruyas su
confianza en ti y su comunión contigo sólo por causa del
apetito. Puedes pasar sin ello.
v.16.
Es bueno estar libre del formalismo y el fariseísmo. Es
bueno tener la libertad y la paz en Cristo, pero tengamos
cuidado de usarla de tal manera que no ofenda ni llegue a ser
ocasión de división entre el pueblo de Dios.

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vv.17,18. Los hombres están muy inclinados a aferrarse a lo


externo en la adoración religiosa (1 Ti. 4:1-4). Estas cosas no
tienen nada que ver con la vida eterna. Pero la justicia de Cristo
(imputada e impartida), el gozo comunicado por la presencia
del Espíritu Santo y la paz adquirida por su sangre tienen que
ver con la vida eterna. El que en estas cosas (justicia, gozo y
paz) sirve a Cristo y es un esclavo de Jesucristo, es aceptado en
el Amado y aprobado por aquellos que conocen a Dios. El
verdadero creyente reconoce la verdadera piedad.
vv.19-21. Enfaticemos y fijemos nuestra atención en estas
cosas que nos unen en comunión, y evitemos aquellas cosas
que nos dividen. Prediquemos, practiquemos y discutamos
aquellas cosas que nos edifican y fortalecen en la fe.

Si tenéis libertad con respecto a cosas secundarias, pero
tenéis hermanos que se ofenden, entonces poned a un lado estas
cosas. Su comunión es de más valor que tales cosas.
v.22.
Si alguien no está atado por la superstición, días santos,
escrúpulos sobre comida y bebida, ritos y ceremonias, sino que
encuentra su gozo, justicia y paz sólo en Cristo, entonces está
feliz y contento (Gá. 2:20,21).
v.23.
Sin embargo, aquel a quien la completa extensión de la
libertad cristiana no le ha sido revelada, debe andar en la luz que
tiene. La palabra “condenado” no se refiere a la condenación
eterna, sino a una desaprobación. Cualquier cosa que hagamos,
debe hacerse con la convicción de que es agradable a la voluntad
de Dios. Esto no sólo se aplica a la comida y la bebida, sino a
todas las cosas.

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Afecto y unidad mutuos


entre los creyentes
Romanos 15:1-7
En este capítulo el apóstol Pablo continúa su argumento a
favor del afecto y unidad mutuos entre los creyentes. No está
hablando de unidad entre toda la gente religiosa. Nuestro Señor
condenó a aquellos que buscaban la aceptación de Dios por su
propia justicia, diciendo: “Dejadlos, son líderes ciegos,
sepulcros blanqueados.” Pablo no toleraba a aquellos que se
apartaban del Evangelio. “Si alguno os predica diferente
evangelio..., sea anatema.” Pablo está argumentando a favor
del amor y el perdón entre los que conocen y aman al Redentor,
que encuentran su paz y esperanza en el sacrificio de Cristo.
v.1.
“Así que, los que somos fuertes”. Estos creyentes
maduros no son fuertes en sí (2 Co. 12:10), sino en la fe de
Cristo: fuertes y seguros de su liberación de las reglas sobre la
comida y la bebida, la observancia de ciertos días y la
esclavitud de la ley ceremonial.

“Debemos soportar las dudas y temores, los
errores y flaquezas de los débiles.” Sus debilidades
surgen generalmente de la inmadurez de su fe (son bebés en
Cristo), o por falta de conocimiento de su libertad y
bendiciones en Cristo. Acogedles, amadles (1 P. 4:8; Pr.
10:12), y no busquéis agradaros a vosotros mismos (Gá.
6:1,2), sino buscad hacer que todos los hermanos se sientan
amados, necesitados y apreciados.

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v.2.
Ninguna parte del Evangelio debe ser sacrificada para
tener paz. Ninguna parte de la Palabra revelada de Dios tiene
que ser negada para hacer felices a los hermanos débiles. Esto,
ciertamente, no sería para su bien o edificación. No edificamos
a alguien alentándole a seguir una doctrina o moral errónea.
Pero en asuntos de personalidad, temperamento, cosas triviales,
comida y bebida, deberíamos sacrificar nuestra libertad y
derechos para que todos estén contentos y felices, a la vez que
buscamos instruirnos unos a otros en la Palabra.
v.3.
Nuestro Señor no buscó su propia comodidad,
tranquilidad, provecho o gloria. El se sometió a todas las
contrariedades y sufrimientos por el bien de su pueblo. Si
nuestro Señor actuó de tal manera, ¡cómo debiera ello
condenarnos cuando consentimos nuestros propios derechos y
deseos a expensas de toda la familia de Dios! El no tenía
pecado; fue por nuestros pecados que fue sometido al mal y la
muerte. Por amor a nosotros “se hizo pobre, siendo rico”.
Supongo que deberíamos ser capaces de negarnos algunos
derechos y deseos personales por el bienestar general de otros.
v.4.
El versículo anterior (3) es una cita del Salmo 69:7-9.
Cuando el apóstol enseña una doctrina o nos exhorta a una
práctica o principio, ¡lo prueba con la Palabra de Dios! (2 Ti.
3:16,17; 1 P. 2:2). Deberíamos leer la Escritura no para
complacer nuestra curiosidad o para probar nuestra posición,
sino para nutrir y aumentar nuestra esperanza en Cristo (Ro.
10:17).
v.5.
En los versículos 5 y 6 Pablo ofrece una oración por
todos los creyentes. ¡Sería bueno para nosotros pasar más
tiempo con esta oración!

“Pero el Dios de la paciencia y de la

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consolación”. Estos son sus atributos. El ha sido paciente y


sufrido con la raza de Adán, con su iglesia, y contigo y
conmigo. Ha llevado nuestros pecados, sanado nuestras
rebeliones y oído nuestras confesiones. ¡El nos ha consolado!
Todo consuelo real y sólido viene de Aquel contra quien hemos
pecado. El nos ha consolado en cada prueba, ha estado a
nuestro lado en cada caída, y nos ha animado en cada error.

“Os dé entre vosotros un mismo sentir”. Que
Dios os haga pacientes, sufridos, perdonadores y fuente de
consuelo mutuo.

“Según Cristo Jesús”, es decir, según su ejemplo (Ef.
4:30-32). Cuando haya perdonado cada ofensa contra mí,
cuando haya soportado toda palabra o pensamiento duro,
cuando haya pasado por alto toda debilidad y consolado a todo
amigo caído, aún no habré soportado ni un átomo de lo que
Cristo cargó por mí y de mí (Mt. 18:21,22).
v.6.
Dios es glorificado cuando las perfecciones de su
naturaleza son reconocidas, cuando la obra de sus manos es
alabada, cuando su misericordia y gracia en Cristo son
recibidas, cuando su pueblo se acerca a Él en adoración y culto,
y cuando nuestras vidas y conversaciones están en armonía con
su llamamiento. ¿Cómo podemos glorificarle cuando estamos
divididos en el corazón, el espíritu y la doctrina?
v.7.
“Por tanto, recibíos los unos a los otros” en
vuestros corazones y afectos. Abrazaos los unos a los otros,
judíos y gentiles, débiles y fuertes, ancianos y jóvenes,
hombres y mujeres.

“Como también Cristo nos recibió”, exactamente
como éramos: sin belleza y débiles, pecadores y teniendo todas
las debilidades de la naturaleza humana (Ro. 5:8).

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“Para gloria de Dios.” ¡Este debería ser el motivo y
fin principal de todo lo que hacemos!

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La gloria de Dios: la
preocupación del creyente
Romanos 15:8-17
Este estudio debe comenzar con el versículo 7: “Recibíos los
unos a los otros”. Acoged en vuestros corazones, comunión y
compañerismo a todos los creyentes en Cristo, ya sean débiles
o fuertes, pobres o prósperos, hombres o mujeres, siervos o
libres, judíos o gentiles. Acoged y amad a todos ellos, como
Cristo os amó y recibió a sí mismo para la gloria de Dios.
v.8.
Es cierto que el Señor Jesús nació judío, bajo la ley,
circuncidado y obediente a las leyes de Moisés. Fue el Mesías
judío prometido, la simiente de la mujer, de Abraham y de
David. Esto fue para confirmar y cumplir toda promesa,
profecía y tipo dado a Israel con respecto al Mesías. Sin
embargo, esto no fue para indicar (como algunos pensaron) que
su misericordia y salvación no eran para los gentiles. El
desaprobó esto directamente en Lucas 4:25-27.
v.9-12. Estas profecías del Antiguo Testamento revelan que
los gentiles estaban incluidos en el propósito y la obra de
redención de Cristo. “Para que los gentiles glorifiquen
a Dios”. Este es el más alto objeto de toda la obra de Dios:
¡su gloria!

Otra palabra aquí es “misericordia”. Todos los
creyentes glorifican a Dios por su misericordia en Cristo. No
hay ni una palabra en ninguna parte de la Escritura que anime a
los judíos o a los gentiles a esperar la salvación a través de sus
propios méritos o justicia. La salvación es la misericordia de

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Dios para con los indignos. Estas profecías están tomadas de 2


Samuel 22:50; Deuteronomio 32:43; Salmo 117:1; e Isaías
11:10. Léase también Apocalipsis 5:9.
v.13.
Pablo, al igual que en el versículo 5, expresa otra
oración por nosotros.

“Y el Dios de esperanza”. Dios es llamado el Dios de
esperanza porque toda verdadera esperanza con respecto al
perdón de pecados y el favor divino es de Dios y es efectuada en
el corazón humano por Dios mismo. ¡Toda esperanza de la que
Él no es Autor y Dador es falsa y fatal!

“Os llene de todo gozo y paz en el creer”. El
gozo y la paz verdaderos son dones de Dios en Cristo, y no los
efectos naturales de la naturaleza humana. El gozo y la paz
generados por la filosofía humana y las comodidades carnles
son temporales. (Hay placer en el pecado sólo temporalmente.)
El gozo de la redención y la paz de Cristo son eternos y reales,
aun en medio de la miseria humana y las pruebas severas.

“Para que abundéis en esperanza”. Cuanto más
conozcan los creyentes el gozo y la paz de Cristo, tanto mayor
será su esperanza. El gozo y la paz, al igual que todas las
bendiciones espirituales, vienen de Dios a través de la fe y en
proporción a la fe. Cuanto más podamos regocijarnos en
nuestras bendiciones en Cristo y entremos en la paz de Cristo,
tanto más fuerte será nuestra confianza en cuanto a la gloria
futura.

“Por el poder del Espíritu Santo.” El Padre da la
esperanza. El es el Dios de la esperanza, pero Él la de a través
de la agencia y el poder del Espíritu Santo (Jn. 14:16-18).
v.14.
“Pero estoy seguro de vosotros, hermanos
míos, de que vosotros mismos estáis llenos de
bondad”, no naturalmente, puesto que Pablo mismo dijo: “En

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mi carne no mora el bien”; sino que lo que tenían era del


Espíritu Santo, cuyo fruto es amor, gozo, paz, bondad y
amabilidad (Ef. 4:32). Estamos llenos de todo conocimiento:
conocimiento de nuestras propias debilidades, de nuestra propia
dependencia en su misericordia, de nuestra integridad en Cristo.
Sabiendo esto, estamos capacitados para aconsejar, reprender,
animar y simpatizar mutuamente.
v.15.
“Mas, a pesar de saber que estáis enterados de estas cosas
y que os preocupáis por la gloria de Cristo, como ministro de
Cristo Jesús, me atrevo a escribiros estas cosas para
recordaroslas.” Una persona puede estar familiarizada con ellas,
pero aun así necesita a un ministro de Cristo para exhortarle a
practicarlas.
v.16.
“Fui hecho un ministro de Cristo para los gentiles
(Hch. 9:15) del Evangelio de Dios”, no ministrando el servicio
del tabernáculo, ni la ley de Moisés, ni la tradición de los
padres, sino el Evangelio de Cristo, para que los gentiles
mismos puedan ser aceptables a Dios a través de Cristo,
mediante el Espíritu Santo que nos aparta y nos llama a la fe
en Él a través de la predicación del Evangelio (Ro. 10:17).
v.17.
“En Cristo Jesús tengo razones para gozarme y
gloriarme en las cosas que Dios ha efectuado por mí.” Dios
utiliza hombres. Utiliza estos vasos de barro para predicar el
Evangelio, para llevar el Evangelio a los que serán llamados
(Ro. 10:13-15), y podemos gozarnos en lo que a Dios le place
hacer a través de estos instrumentos humanos. “Pero no tomaré
para mí mismo ninguna de las alabanzas por la obra de otros.
Yo he predicado, y a Dios le ha placido bendecir la Palabra” -
(Fil. 1:14-18).

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Colaboradores de Dios
Romanos 15:18-33
v.18.
Es apóstol no quería tomar para sí mismo ninguna
alabanza por la obra y el éxito de otros. Habló sólo del éxito
que Cristo había dado a su propia obra. Muchos suponen que
es erróneo dar alabanza a los siervos del Señor por su labor,
ministerio y obras de fe. Dicen que esto fomenta su justicia
propia y su orgullo. Esto es erróneo y no viene de Dios.
¡Cristo es el que ha hecho la obra! Todo nuestro éxito está en
Cristo, al igual que nuestra capacidad y deseo de trabajar. La fe
es don de Dios. La fe no tiene que atribuirse al que predica o al
que oye, sino a Cristo, que abre el corazón. Pero el predicador,
o el maestro, o el testigo es empleado como embajador de
Cristo. Cristo llevó a cabo la obediencia de los gentiles a
través de Pablo, y Dios alaba a los siervos fieles (Mt.
25:21,34-40).
v.19.
Dios confirmó el ministerio de los apóstoles con
señales y prodigios (Mr. 16:15-20; He. 2:3,4). “Desde
Jerusalén” a otros países “todo lo he llenado del
evangelio de Cristo.” Esta es la prueba suprema de
nuestro ministerio, nuestra obra y nuestros esfuerzos para la
gloria de Dios y el bien de nuestros oyentes. ¿Has predicado de
lleno el Evangelio de Cristo? (1 Co. 1:17; 9:16; Gá. 1:8,9).
v.20.
Pablo fue un pionero cristiano. Su llamamiento y deseo
fueron ocupar nuevo terreno para Cristo y predicar el Evangelio
a aquellos que nunca lo habían oído. El que edifica sobre el
fundamento no es inferior al que construye el fundamento, pero
Pablo era un constructor de fundamentos (1 Co. 3:5-10).

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v.21.
Esta profecía está tomada de Isaías 52:15. Pablo sabía
que Dios le había levantado para esta obra: predicar a los
paganos. El da a sus siervos el más sincero deseo para ser el
medio de cumplir su propósito divino (Ro. 1:14-16).
v.22.
“Por eta causa he sido impedido de venir a Roma”,
donde el Evangelio ha sido predicado a otros. Pablo era apóstol
y misionero, no pastor (Ef. 4:11-13). Feliz la persona que sabe
lo que Dios le ha llamado a hacer, y lo hace con todo su
corazón en el Señor, gozándose en el ministerio de otros.
v.23,24. “Mi obra aquí está hecha, por lo que cuando vaya a
España, vendré a Roma, pues espero veros y ser deleitado y
bendecido con vuestra compañía.” Los verdaderos creyentes se
deleitan en la compañía de otros creyentes donde sea que se
encuentren. Necesitamos la compañía muta, y nos privamos a
nosotros mismo y a otros de una rica bendición cuando
dejamos de congregarnos (He. 10:24,25; 3:12,13).
vv.25-27. El apóstol quería ir a Roma y llevar el Evangelio a
España, pero primero iría a Jerusalén a llevar a los creyentes
pobres el dinero y los donativos que habían sido provistos por
los creyentes de Macedonia y Acaya (2 Co. 8:1-4).

Esto no era un impuesto de la iglesia o una ofrenda
obligatoria, sino un generoso donativo de los corazones de los
creyentes en estas ciudades para ayudar a sus hermanos pobres
en Jerusalén. Estos gentiles se habían beneficiado por medio de
los creyentes judíos en las cosas relacionadas con Dios, y se
sentían en deuda con ellos, por lo que compartieron sus
bendiciones materiales (Gá. 6:6-10).
vv.28,29. “Cuando haya realizado esta tarea, vendré a veros, y
mi visita a vosotros será una bendición de Dios para vosotros
y para mí. Nos gozaremos juntos en el Evangelio de Cristo.”

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v.30.
Pablo solicita las oraciones de ellos a favor de él. Basa
su petición en dos cosas.

1. “Por causa de Cristo y para su gloria.” Esto debe ser
siempre el fundamento de cualquier oración: por causa de
Cristo (Ef. 4:32).

2. “Por causa de vuestro amor por mí, el cual el Espíritu
ha obrado en vosotros.” Esta es una oración sincera y llena de
significado. Nos tenemos un genuino amor mutuo, nos
deseamos mutuamente lo mejor y pedimos que Dios no
bendiga mutuamente por causa de Cristo. La palabra “ayuda”
significa aquí un ejercicio fuerte y ferviente. La oración no es
un ejercicio formal, sino un ferviente deseo llevado delante de
Dios en el nombre de Cristo (Ef. 6:18,19).
vv.31-33. ¿Qué pedía Pablo que orasen por él?

1. Ser librado del peligro.

2. Que su donativo a los santos de Jerusalén fuera recibido
en el Espíritu de Cristo. Esto demuestra la actitud de los judíos
hacia los gentiles. No era loable en muchos casos.

3. Que pudiera visitarlos por la voluntad de Dios. Orad por
todas las cosas (Fil. 4:6; 1 Ts. 5:18).

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Y en conclusión
Romanos 16
La mayor parte de este capítulo está ocupado con saludos del
apóstol a un número de creyentes en la iglesia en Roma.

1. Debe notarse que varios de los que se mencionan eran
mujeres fieles. A pesar de que no predicaban ni usurpaban
autoridad, sí que enseñaban a los niños y a otras mujeres.
Pablo dice que eran una bendición para él y para otros muchos
(v.2), una ayuda en Cristo (v.3), y obreras para él (v.6) y con
él en el Evangelio (v.12).

2. Mientras que todas las alabanzas y la gloria por todas
las cosas deben darse primero al Señor (porque no somos nada:
Dios da el crecimiento, y cualquier don y gracia que mostremos
es del Señor), también es conforme a Cristo y recomendable
ser agradecidos por los demás y hacia los demás por cada obra
de fe y trabajo de amor. Pablo le está diciendo a estos
creyentes: “Os aprecio y aprecio vuestra fidelidad al Señor y a
mí” (2 Ti. 1:16-18).

3. El pueblo de Dios debe ser también un pueblo
afectuoso. Cuatro veces nos exhorta a saludarnos unos a otros
con un beso santo (Ro. 16:16; 1 Co. 16:20; 2 Co. 13:12; 1
Ts. 5:26). Pedro dice esto en 1 Pedro 5:14. El lo llama un
beso santo a diferencia de lo que es lascivo y de lo que es
común entre parientes. Mucho se han ridiculizado y criticado
las manifestaciones de afecto genuino entre creyentes, pero aun
así eran practicadas por las iglesias primitivas. La relación
mutua de los creyentes es más que la posesión de una doctrina
común. Son hermanos en la familia de Dios y se aman
genuinamente los unos a los otros con un afecto más profundo

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que el que el hombre natural puede conocer. Si desconoces este


afecto, puede que también desconozcas el amor de Cristo,
porque Él dijo: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos
a otros, como yo os he amado”; y: “En esto conocerán todos
que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los
otros” (Jn. 15:12; 13:35; 1 Jn. 3:14-18).
v.17.
“Guardaos de los que crean disensiones y divisiones
entre vosotros en oposición a la doctrina y enseñanza en la que
habéis sido enseñados.” Pablo se refiere a todo lo que les ha
escrito en este libro inspirado.

1. Ninguna carne es justifica por la ley, sino por la fe en
Cristo.

2. La justificación es imputada por fe, no por obras.

3. Consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios
en Cristo.

4. La base de nuestra esperanza es la gracia soberana de
Dios: la misericordia soberana.

5. La salvación viene por fe a través de la predicación de la
Palabra.

6. La caridad y el amor tienen que mostrarse a judíos y
gentiles, a débiles y fuertes.

7. Seguid aquellas cosas que traen paz, unidad y
edificación.

“Cuando os deis cuenta de los que enseñan contrariamente
a estas cosas, evitadlos. Evitad su ministerio, su compañía y
su conversación.
v.18.
“Ellos no buscan de corazón la gloria del Señor Jesús ni
el bien de su iglesia. Siembran semillas de discordia y
divisiones por sus suaves palabras y sus críticas razonables y,
desafortunadamente, engañan a la gente sencilla que no puede
discernir sus motivos e hipocresías. Buscan su propia gloria,

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su propio orgullo y reconocimiento que ellos mismos


alimentan. Cuando oigáis estas hermosas palabras que dividen
la familia, reprendedlas, y después apartaos de aquellos que las
dicen.
v.19.
“Vuestra fe y obediencia son bien conocidas por otras
iglesias, y me gozo en vosotros, que tengáis experiencia y
sabiduría en hechos de amabilidad, caridad y promoción del
bien. Deseo, sin embargo, que seáis sencillos e ingenuos
(naturales, cándidos y no artificiosos) en los caminos del mal y
del engaño.” La astucia y la manipulación de otros es algo
impropio de creyentes (Ro. 12:17; 2 Co. 8:21).
v.20.
Si no fuera por el predominio de nuestro Señor, su
pueblo nunca tendría ningún descanso en este mundo. Pero el
Señor Jesús reina y da a su pueblo paz en medio de sus
enemigos. La batalla no es nuestra sino suya, y Él destruirá a
Satanás (Jn. 16:33).

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con
vosotros.” Esto se repite otra vez en el versículo 24, lo cual
implica que hay un constante suministro de gracia que Cristo
comunica a su pueblo en todo momento. ¡Necesitamos su
gracia para redimirnos, y necesitamos su gracia cada momento
para creer, para permanecer firmes, para vivir, para amar, para
perseverar y para morir! El le dijo a Pablo: “Bástate mi gracia”:
¡ahora mismo!

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