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Aniversario de José María Arguedas

(III)
Escrito por César Lévano y Gustavo Gutiérrez
Jueves 21 de Enero de 2010 22:11

1. Arguedas: la partida continúa

En su texto La literatura como


testimonio y como una
contribución, publicado con
disco en la serie Perú Vivo
que editó Juan Mejía Baca,
Arguedas expresa: “hice
cuanto me fue posible por
contribuir a alcanzar el gran
ideal que está bastante
próximo: la integración del
país que estaba, y aún está,
desarticulado”.

Arguedas no quería peruanos


arrodillados.

2. En el cuadragésimo aniversario de la muerte de José María Arguedas

Aunque nos sorprenda, semanas antes de su muerte, escribió a un amigo: ―mi fe


en el porvenir jamás me falló‖. Pese al desenlace de su vida, ésta no fue trunca.
José María nos enseñó, para decirlo con otra de sus frases, a chupar el ―jugo de la
tierra para alimentar a los que viven en nuestra patria‖.
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Con motivo de un aniversario mas de la muerte de Jose Maria Arguedas, 18


de enero- el Foro-Red Paulo Freire, entrega a Uds. trabajos sobre su vida y
significado. Esta es nuestra tercera entrega con dos breves articulos de

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César Lévano y de Gustavo Guetiérez:

1. Arguedas: la partida continúa

2. En el cuadragésimo anuversario de la muerte de José María Arguedas

1.- Arguedas: la partida continúa

César Lévano

Lima, 02 de Diciembre del 2008

Ocurrió en la noche, cuando ya empezaba el vértigo del cierre de edición. Una


dama pidió hablar conmigo un minuto para entregarme un libro. Era la escritora
huancaína Isabel Córdova Rosas, que vive hace veinte años en Madrid, donde ha
publicado 27 libros. Y aquí viene la sorpresa.

El libro que me dio es Tinko y Gabi en el Amazonas, cuya cuarta edición trae una
cita que también tiene su historia. Me cuenta doña Isabel que, siendo muy niña y
precoz lectora, acudió a una conferencia que daba Arguedas en el Museo de
Arqueología y Antropología de Pueblo Libre. Ella estaba sentada fuera del auditorio
cuando se le acercó un señor con sombrero que le dijo: ―¿Qué haces aquí?‖
―Quiero escuchar al señor Arguedas, pero yo no hablo con extraños‖, respondió.

El extraño la hizo ingresar a la sala, y le dijo: ―Yo soy Arguedas‖.

En la disertación, el escritor pronunció esta frase: ―Un hombre y una mujer, cuando
niños y niñas, deben inclinarse ante los libros para que, cuando adultos, no se
arrodillen ante los hombres‖.

La frase expresa el sentido de la obra de Arguedas: el de la lucha contra la


opresión y la explotación, que en nuestro país, sobre todo en los años de
aprendizaje arguedianos, se manifestaba como odio y desprecio hacia el indio.

En ensayo que en 1960 publiqué en la revista Tareas de Alejandro Romualdo


Valle, registré lo que me había dicho Arguedas sobre sus lecturas juveniles: Gorki,
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Korolenko, el Moby Dick de Herman Melville. Pero una obra parece haberle
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impresionado más que todas entonces: Tungsteno.

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Me dijo Arguedas:

―-Lo leí de un tirón, de pie, en un patio de San Marcos. Afiebradamente recorrí sus
páginas, que eran para mí una revelación. Cuando concluí, tenía ya la firme
decisión de escribir sobre la tragedia de mi tierra‖.

Mario Vargas Llosa pretende que Arguedas proponía una utopía arcaica. Lo que
era arcaico era el régimen semifeudal que reinaba en el agro peruano a inicios del
siglo XX.

En mi ensayo de 1960 subrayé: ―Contra la creencia infundada, que hemos oído


sostener alguna vez, de que Arguedas aspira a una especie de autarquía cultural
del indio, nos parece que lo dicho en su obra tiende hacia el mestizaje, no de la
sangre, sino de las ideas, con las fuerzas del futuro‖.

En su texto La literatura como testimonio y como una contribución, publicado con


disco en la serie Perú Vivo que editó Juan Mejía Baca, Arguedas expresa: “hice
cuanto me fue posible por contribuir a alcanzar el gran ideal que está
bastante próximo: la integración del país que estaba, y aún está,
desarticulado”.

Arguedas no quería peruanos arrodillados.

“Arguedas es el escritor de los encuentros y desencuentros de todas las


razas, de todas las lenguas y de todas las patrias del Perú. Pero no es un
testigo pasivo, no se limita a fotografiar y a describir, toma partido.”, (Gustavo
Gutiérrez, Entre las Calandrias)

Nació el 18 de enero de 1911 en Andahuaylas. Cuando tenía 3 años murió su


madre y quedó al cuidado de su abuela. En 1917, su padre se casó con una
terrateniente adinerada, quien determinó que el niño viviera con los sirvientes.
Arguedas se crió en Puquio y estudió en Abancay, Ica y Lima.

Su vida y su creación se nutrieron de su tierra y del pueblo peruano, especialmente


de campesinos, artesanos, músicas y artistas populares. ―Recorrí los campos e
hice las faenas de los campesinos bajo el infinito amparo de los comuneros
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quechuas‖, contaba.
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En 1928 publica en la revista "Antorcha" de Huancayo. En 1931 ingresa a San


Marcos y culmina sus estudios de literatura en 1937, año en que es apresado por

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sus actividades políticas.

Se casa en 1939 con Celia Bustamante Vernal. En 1944 le sobreviene una crisis
que le impide escribir por 5 años. En 1949 es cesado por comunista. Obtiene el
grado de Doctor en Letras en 1963. En 1965 se divorcia y luego, en 1967, se casa
con Sybila Arredondo. El 28 de noviembre de 1969 se suicida.

José María Arguedas (Perú, 1911-1969)

Escritor y antropólogo peruano. Su labor como novelista, como traductor y difusor


de la literatura quechua, y como antropólogo y etnólogo, hacen de él una de las
figuras claves entre quienes han tratado, en el siglo XX, de incorporar la cultura
indígena a la gran corriente de la literatura peruana escrita en español desde sus
centros urbanos. En ese proceso sigue y supera a su compatriota Ciro Alegría. La
cuestión fundamental que plantean estas obras, pero en especial la de Arguedas,
es la de un país dividido en dos culturas —la andina de origen quechua, la urbana
de raíces europeas— que deben integrarse en una relación armónica de carácter
mestizo. Los grandes dilemas, angustias y esperanzas que ese proyecto plantea
son el núcleo de su visión. Nacido en Andahuaylas, en el corazón de la zona
andina más pobre y olvidada del país, estuvo en contacto desde la cuna con los
ambientes y personajes que incorporaría a su obra. La muerte de su madre y las
frecuentes ausencias de su padre abogado, le obligaron a buscar refugio entre los
siervos campesinos de la zona, cuya lengua, creencias y valores adquirió como
suyos. Como estudiante universitario en San Marcos, empezó su difícil tarea de
adaptarse a la vida en Lima sin renunciar a su tradición indígena, viviendo en carne
propia la experiencia de todo trasplantado andino que debe aculturarse y
asimilarse a otro ritmo de vida. En los tres cuentos de la primera edición de Agua
(1935), en su primera novela Yawar fiesta (1941) y en la recopilación de
Diamantes y pedernales (1954), se aprecia el esfuerzo del autor por ofrecer una
versión lo más auténtica posible de la vida andina desde un ángulo interiorizado y
sin los convencionalismos de la anterior literatura indigenista de denuncia. En esas
obras Arguedas reivindica la validez del modo de ser del indio, sin caer en un
racismo al revés. Relacionar ese esfuerzo con los planteamientos marxistas de
José Carlos Mariátegui y con la novelística políticamente comprometida de Ciro
Alegría ofrece interesantes paralelos y divergencias. La obra madura de Arguedas
comprende al menos tres novelas: Los ríos profundos (1956), Todas las
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sangres (1964) y El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971); la última es la


novela-diario truncada por su muerte. De todas ellas, la obra que expresa con
mayor lirismo y hondura el mundo mítico de los indígenas, su cósmica unidad con
la naturaleza y la persistencia de sus tradiciones mágicas, es Los ríos profundos.
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Su mérito es presentar todos los matices de un Perú andino en intenso proceso de
mestizaje. En Todas las sangres, ese gran mural que presenta las principales
fuerzas que luchan entre sí, pugnando por sobrevivir o imponerse, recoge el relato
de la destrucción de un universo, y los primeros balbuceos de la construcción de
otro nuevo. Otros relatos como El sexto (1961), La agonía de Rasu Ñiti (1962) y
Amor mundo (1967) complementan esa visión. El proceso de adaptación a la vida
en Lima nunca fue del todo completado por Arguedas, cuyos traumas acarreados
desde la infancia lo debilitaron psíquicamente para culminar la lucha que se había
propuesto, no sólo en el plano cultural sino también en el político. Esto y la aguda
crisis nacional que el país empezó a sufrir a partir de 1968, lo empujaron al
suicidio, que no hizo sino convertirlo en una figura mítica para muchos intelectuales
y movimientos empeñados en la misma tarea política. © eMe

Textos:
El barranco (fragmento)

Los ríos profundos (fragmento)

2.- EN EL CUADRAGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Gustavo Gutiérrez

04, diciembre del 2009

Pocos lugares, en Lima, más apropiado para recordar a Arguedas que El Agustino.
José María escribió desde y para los peruanos olvidados y marginales, muchos de
los cuales fueron llegando a Lima y ocuparon las zonas periféricas de la vieja
ciudad capital. Vinieron con su pobreza cuestas, pero también con sus valores
humanos y culturales, con sus sufrimientos y con sus esperanzas. Muchos
capitalinos los vieron con temor, ‗nos cambian la ciudad‘, decían. José María tenía
otra mirada, en un poema a Tupac Amaru, ve, más bien a los nuevos pobladores
como ―cóndores de inmenso y libre vuelo‖, y al mismo tiempo, como capaces de
amar ―con amor de paloma encantada, de calandria‖.
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Arguedas habla y cuestiona «entropado», como decía él, comprometido, con lo


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más pobre y auténtico del pueblo peruano al que supo amar y comprender como
pocos. Había vivido en medio de él, «metido en el oqllo [pecho] mismo de los
indios». Escribe, para decirlo con sus propias palabras desde las entrañas del

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pueblo peruano. Eso es lo que lo hace tan permanente y cuestionador. A 40 años
de su muerte lo sentimos tremendamente presente en nuestros días. Cercano a
muchos jóvenes que miran hacia adelante, leer a Arguedas nos pone en contacto
con un país efervescente e ―impaciente por realizarse‖. En uno de sus cuentos, un
hacendado pregunta a un indio: ―¿Eres gente u otra cosa?‖. José María defiende la
condición de gente de los olvidados del país.

Hay en él un proyecto de justicia y liberación de todo aquello que se niega a


reconocer la dignidad humana de un pueblo cargado de historia; lo busca a través
de tanteos, pero con honda convicción y amor. La búsqueda fue atormentada,
porque fue hondamente vivida en la encrucijada de las marchas y contramarchas
históricas de un pueblo. En ese proceso José María intentó recoger los diferentes
aspectos de una nación compleja y controvertida. Ese esfuerzo sigue vigente y
continúa interpelándonos en un país en que la desigualdad social es tan marcada.
Pero la palabra de Arguedas no se escucha en el silencio, sino –paradójicamente-
en medio del bullicio nacional, en medio de los gritos dispares de la gente, en
quechua y en castellano, no se oye sino en el coro de los reclamos de un pueblo
por sus derechos y en las expresiones de sus alegrías, porque allí buscó estar
José María. Esas voces son manifestaciones de vida, hemos nacido para vivir
decía con sencillez Arguedas, que no tuvo una vida fácil.

Aunque nos sorprenda, semanas antes de su muerte, escribió a un amigo: ―mi fe


en el porvenir jamás me falló‖. Pese al desenlace de su vida, ésta no fue trunca.
José María nos enseñó, para decirlo con otra de sus frases, a chupar el ―jugo de la
tierra para alimentar a los que viven en nuestra patria‖.

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