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Mujeres marcadas: mujeres olvidadas

por María Ignacia Schulz

Sigamos callando y con nuestro silencio permitamos que miles de mujeres sigan
haciendo de su dolor, un dolor aislado, incompartido, que ni siquiera tengan la
posibilidad de saber que a otras también nos hiere, que otras también podríamos
abrazarlas y decirles: no es tu culpa, es la nuestra, llora hasta que vacíes el alma,
pero no calles, que tampoco nosotras callaremos.

Desde hace cierto tiempo quiero escribir sobre este tema, pero cada vez me resulta
más difícil iniciarlo. Un estremecimiento recorre mi piel, siento ganas de gritar, de
llorar – a veces lloro e interrumpo-, siento impotencia, dolor, rabia, preocupación. Me
pregunto una y otra vez qué debo hacer, cuál es mi papel en todo esto.

Cualquiera que sea, definitivamente no es callar. Soy una mujer. El relato


desgarrador de mujeres víctimas de violaciones sexuales me deja siempre perpleja,
adolorida, como si me fuesen apagadas colillas de cigarrillo en el alma.

Ana, Victoria, María, Esperanza, los nombres de todas aquellas mujeres violadas por
quienes deberían protegerlas. Por familiares cercanos, por desconocidos que bien
podrían cuidarlas de un posible robo, por los grupos armados -paramilitares,
guerrilla, fuerzas de seguridad- enfrentados en una guerra inútil y que no encuentran
mejor marca de poder y dominio que el horror estampado en la piel de una mujer.

Los relatos son desgarradores y es de admirar el valor de estas mujeres para repetir
el sufrimiento, la indignación, al tomar la decisión de contar, de denunciar.

Doble valor porque en muchos casos las denuncias no dejan de ser más que una
expresión del desahogo y muchas de ellas terminan siendo nuevamente lastimadas
al ser rechazadas por sus familias, abandonadas por esposos ridiculamente
ofendidos, recriminadas por una sociedad que las acusa de ser ellas las incitadoras
y por lo tanto, merecedoras del castigo; maltratadas por las autoridades con
exámenes humillantes y preguntas irrespetuosas ¿qué hacía a esas horas? ¿por
qué iba sola...? ¿Qué ropa usaba en el momento...?

Sí, nosotras víctimas y culpables al mismo tiempo. Condenadas a callar para no


exiliarnos del afecto y la comprensión de los otros. Preferimos aislarnos, cerrar los
ojos y lavarnos una y otra vez y seguir callando.
¿Hasta cuándo? El caso colombiano es dramático. Durante el conflicto armado han
sido violadas miles de mujeres por paramilitares, guerrilleros y el mismo ejército.

La impunidad se mantiene en un estado que produce asco. Mientras los


paramilitares que dejan las armas reciben múltiples beneficios, las familias
desplazadas luchan por conseguir comida, vivienda y el respeto de una sociedad
que ahora los ve como mendigos más.

Mientras los paramilitares declaran sólo determinados delitos, nadie les pregunta por
las mujeres que han violado, mutilado, asesinado. Eso no constituye delito, es un
botín de guerra, es un instrumento necesario para el control de territorios.

Sus víctimas silenciadas y avergonzadas seguirán callando para no hacer de su


dolor, insisto, uno más grande y público, que a nadie conmueve, del que nadie se
compadece.

Mujeres “objetivos militares” por tener relaciones con el “enemigo”; mujeres a


quienes se les exige vestirse decentemente pero que al momento de ser
secuestradas para violarlas son obligadas a usar faldas cortas, blusas con amplios
escotes; mujeres marcadas en sus cuerpos con el nombre del grupo armado;
mujeres mutiladas, asesinadas de hecho o en el alma.

Madres, esposas, hermanas, hijas, amigas, mujeres. Como yo. Seres humanos.

El testimonio de una víctima recogido por Amnistía Intenacional en medellín en


marzo de 2004 es bastante claro y doloroso:

Yo no quiero psicológos. Ellos quieren que recuerde y yo lo que quiero es tener la


mente ocupada precisamente para no recordar.

Y si esta mujer desea con todas sus fuerzas callar, olvidar, es precisamente porque
nosotros, nosotras, también hemos guardado silencio. Las hemos condenado con
nuestra indiferencia, con nuestro no hablar de lo que sucede en Colombia.

Debemos exigir que al menos los casos denunciados sean investigados hasta hallar
al responsable. Quizás con ello, algún día, también otras mujeres se decidan a
denunciar, se sientan realmente acompañadas sin estigmas de ninguna clase.