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Esteva, Gustavo - Desafíos de la interculturalidad

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INTERCULTURALIDAD Desafíos de la interculturalidad

Desafíos de la interculturalidad1
Gustavo Esteva
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Trato aquí de compartir mi perplejidad ante el tema que nos congrega. Me suscita innumerables preguntas para las que no tengo respuestas. Quiero poner sobre la mesa los elementos de reflexión que me parecen pertinentes. ¿La cultura? Tengo la impresión de que la palabra cultura ha estallado. Retiene aún todo su prestigio. Sigue cargada de connotaciones, habitualmente positivas, pero acaso perdió ya toda denotación precisa. Se ha vuelto saco de sastre, en el que se arrojan elementos de muy diversa índole. Forma parte del lenguaje que le recomendaba Humpty Dumpty a Alicia en el país de las maravillas, en que cada palabra significa lo que quiere la persona que la emplea. Esto parece muy cómodo, pero así no podemos entendernos. Lo que es peor: creemos estar hablándonos, diciendo algo uno al otro, pero lo que el otro oyó es muy distinto a lo que pensamos. Cuando los brasileños dicen pois nao (pues no), están diciendo que sí, pero nadie se confunde: todos saben de qué se trata. Cuando en India el interlocutor mueve la cabeza de un lado para otro, en la forma en que habitualmente negamos algo, en realidad está mostrando su conformidad con lo que se dice. Quien no esté al tanto del significado local de su gesto caerá en la confusión. En ella estamos hoy con la palabra cultura. Cada vez que la usamos surge la necesidad de precisar lo que queremos decir con ella.

Toda “cultura” tiene algunos aspectos externos o manifiestos, que son enteramente visibles: las costumbres cotidianas, la lengua, las artes, la comida, la habitación, los comportamientos de un grupo. Tiene también algunos aspectos estructurales, en parte visibles y en parte invisibles, que alguien de afuera sólo puede detectar mediante análisis y una observación prolongada, aunque son enteramente familiares para quienes están adentro: la estructura de la familia y de las organizaciones y prácticas sociales, las normas jurídicas y políticas... En toda “cultura” hay también un plano más profundo, que determina aquellos aspectos morfológicos o estructurales: es el plano del mito, de la cosmovisión, de la fuente del sentido, del horizonte de inteligibilidad, de lo que a veces llamamos espiritualidad o raíz del conocimiento. Para el propósito de nuestra conversación, adoptaré la noción de Raimon Panikkar, cuando sostiene que cultura es el mito englobante de una sociedad o un grupo en un momento dado del tiempo y del espacio. Mito sería, en esta noción, el horizonte de inteligibilidad en el que todas nuestras percepciones de la realidad adquieren sentido. El mito nos ofrece el marco en el cual se inscribe nuestra visión del mundo. Es lo que permite y condiciona cualquiera de nuestras interpretaciones de la realidad. Permite ver, como la luz, pero habitualmente, como a ella, no podemos verlo. Examinada en este plano, la cultura no es objetivable: sólo podemos aproximarnos a una cultura participando en su mito. Lo que podemos ver de una cultura desde afuera de ella, desde otra cultura, no logra
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Intervención en el seminario “El carácter de la interculturalidad”, Oaxaca, Oax. 12 de octubre del 2001. Diálogos en la acción, primera etapa, 2004

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captarla, entenderla. Cada cultura es una galaxia que alberga la experiencia y percepción del mundo a partir de las cuales surge la comprensión de uno mismo y de los demás, de la realidad a nuestro alrededor. Cultura no es una cosa especial o aparte de otras, como una persona, un naranjo, una montaña o una teoría, la aritmética, la lógica... Cultura es algo así como temperatura: un estado de comunidad, de atmósfera que objetos, rasgos o características toman en cierto lugar, para cierto grupo, en una época determinada, y dejan de ser propiedad o peculio de ciertos individuos o instituciones. Cultura es atmósfera de bienes o bienes en estado de atmósfera o de mar, dice Juan David García Dacca. Atmósfera respirable para el espíritu humano. Cultura sería, en este enfoque, el conjunto de figuraciones de un pueblo, en un momento determinado de su historia, que constituyen y establecen los ámbitos de su modo de ser, pensar y actuar, así como las manifestaciones morfológicas y estructurales de esas figuraciones. Finalmente, aún dentro del intento de acotar el sentido que aquí quiere dársele a la palabra cultura, expresa para diversos grupos y pueblos lo que constituye su nosotros, el uso fuerte de la primera persona del plural, cuando hablan de sí mismos. Ese nosotros se manifiesta en lo que somos, pensamos y hacemos, en lo que configura tanto las manifestaciones que están a la vista de todos como las que parecen ocultas o secretas. La interculturalidad Concebidas así, las culturas mutuamente inconmensurables. son

que compartimos con otros miembros de nuestra cultura y no con los de otras culturas. No puede haber un criterio supracultural que desde algún punto exterior o neutral examinara, comparara y juzgara diferentes culturas. Dependemos siempre de nuestra lengua, de nuestros conceptos y valores, de nuestro punto de vista, todos ellos culturalmente arraigados. No podemos establecer jerarquía alguna entre las culturas, o aplicar los valores de alguna a las otras, aunque cada quien, desde su propia cultura, puede apreciar o despreciar a otras a condición de que reconozca que lo está haciendo desde afuera de ellas, horizontalmente, aplicando sus propios criterios y percepciones a algo enteramente distinto. Podemos identificar algunas invariantes humanas: todos respiramos, pensamos, sentimos o preferimos algunas cosas sobre otras. Pero cada cultura percibe todo ello de manera diferente y distintiva y así configura diferencialmente esas invariantes humanas. No hay universales culturales. Todas las culturas tienen sus valores, pero no son absolutizables o universales: no se pueden aplicar a todas. Esto no implica relativismo, sino relatividad: cada cosmovisión, cada afirmación, cada noción, es relativa a su contexto. Nadie posee, desde ninguna cultura, una visión que las pueda abarcar a todas. Una situación intercultural se produce cuando entran en relación personas o grupos de distintas culturas. Cuando en esta relación una de ellas se impone a la otra, por la fuerza o por la persuasión, como en la condición colonial, puede suscitar resistencia en los colonizados: una forma de aislamiento, de retiro hacia la propia cultura. O bien se genera transculturación o aculturación, por vocación o reacción de supervivencia: se abandona la propia cultura para "trasladarse" a la cultura dominante, para instalarse en ella. A menudo se presenta
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Al pensar, estamos irremediablemente arraigados en nuestra cultura: lo hacemos desde su interior, desde el trasfondo cultural
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una combinación de estas dos reacciones: resistir y al mismo tiempo asumir grados y formas de asimilación o absorción. Una cultura puede enriquecerse de ese modo, aprovechando un rasgo que muchas comparten: la tradición de cambiar la tradición de manera tradicional, lo que da continuidad histórica a una cultura y permite que su cambio, su dinamismo, no la disuelva. Llamo interculturalidad a una condición que supone una actitud diferente a las que acabo de mencionar, cuando no se impone una cultura a la otra. A mi entender, la interculturalidad alude a la situación dinámica de quien adquiere la conciencia de que existen otras personas, valores y culturas, reconoce que no es posible el aislamiento y tampoco quiere renunciar a su propia cultura. Esa conciencia admite la limitación de toda cultura, la relativización de todo lo humano, y en vez de refugiarse en la propia, de intentar aislarse, alejándose del otro o suprimiéndolo, se anima a interactuar con él desde el reconocimiento de su otredad radical. La necesidad actual de la interculturalidad Hoy como nunca antes, estamos obligados a adoptar una posición ante la efectiva presencia del otro. Se ha vuelto imposible evitar la mutua interacción, interdependencia, interferencia: el mundo nos está arrojando a todos a los brazos del otro. Y ahí, en esa situación novedosa de la que ya no es posible escapar, en que no cabe ya remontarse a zonas de refugio para aislarnos como hicieron muchos de nuestros ancestros, en ese nuevo contexto sentimos cada vez más, sufrimos con creciente intensidad, la incompatibilidad de cosmovisiones diferentes. No me refiero a situaciones en que interactúan diferentes opiniones, puntos de vista o actitudes. Puede aplicarse en ellas un procedimiento democrático, que ofrece a quienes quedan en minoría un premio de consolación y la esperanza de cambiar su
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posición en la siguiente baza. No es poco. Es mejor que pelear en muchos conflictos a los que hoy estamos expuestos, puede ser la mejor o la única opción pacífica. Pero el procedimiento democrático no resuelve la confrontación entre cosmovisiones diferentes, en la interculturalidad. Su contacto o conflicto no puede resolverse con la victoria de una parte, así sea provisional, transitoria. Nos plantea inevitablemente la cuestión del pluralismo. Conforme al supuesto bien arraigado en la experiencia de que la realidad misma es plural, el conflicto pluralista no puede manejarse con el mero procedimiento democrático, en que cada parte trata de convencer a la otra y finalmente se definen mayorías y minorías. Frente al pluralismo de la realidad, que está suscitando confrontaciones a escala sin precedente, sólo cabe la actitud pluralista. Se requiere, hoy, abrirse al diálogo entre las culturas. El diálogo entre culturas no es mera conversación ni encuentro democrático. No existe un lenguaje intercultural. No es posible hablar o pensar si no es arraigado en la propia cultura. No hay espacios intermedios ni puentes de comunicación. Las palabras y conceptos de una cultura sólo tienen sentido, su sentido, en el interior de esa cultura. Cada cultura segrega sus propios criterios de verdad y significación. El diálogo entre culturas ha de ser un diálogo dialogal. Es un diálogo que trasciende los planos del logos de cada una de las culturas que entran en relación, sus sistemas conceptuales, sus razones y valores. Implica una mutua apertura a la preocupación del otro, para compartir alguna guía, sospecha, inspiración, ideal, o cualquier elemento que ambas partes puedan compartir y ninguna de ellas controle. Es arte tanto como conocimiento, techné y praxis, gnosis y theoria. Hemos de intentarlo, de hacerlo real, incluso cuando una de las partes se resiste a hacerlo.

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Ante la perspectiva muy real e inmediata de genocidios y culturicidios catastróficos, sin precedente, por el afán de imponer el primer imperio realmente global de la historia, un imperio estrictamente monocultural, estamos obligados a poner a prueba la opción: el diálogo intercultural. A partir del reconocimiento de la radical otredad de los otros, de los diferentes, es preciso plantearnos con toda seriedad y rigor la creación de un mundo en que quepan muchos mundos y en que todos ellos puedan coexistir en armonía. ¿Educación intercultural? Los educadores han logrado convencer a la mayor parte de la gente de que la educación es tan antigua como el hombre y que forma parte infaltable de la condición humana y la vida social. Describen prácticas e instituciones del pasado, por ejemplo entre los griegos y los aztecas, y las presentan como formas de educación que serían antecedentes de las actuales. Pero esa manera de inventar la historia no es sino una forma de colonizar el pasado, atribuyendo a antiguas culturas formas de pensar o actuar que son estrictamente contemporáneas. La educación aparece como uno de esos pretendidos universales culturales cuya existencia o validez estamos rechazando. La educación y las escuelas son en realidad muy modernas. Nacieron con el capitalismo y el estado nacional y para el mismo propósito. La educación de los niños se menciona por primera vez en 1498, en un documento francés. En inglés se alude a ella, por primera vez, en 1530. En 1632, Lope de Vega se burló en una comedia del uso de la palabra en español, pues hasta esa época se empleaba aún para aludir a la crianza de los niños con el pecho; Lope juega con la idea de que esto pueda ser realizado por varones. (Conviene tener presente que en ese año se celebró el 70o. aniversario de la Universidad de San Marcos, en Lima. La lectura de los clásicos
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o de la ley existieron mucho antes. Pero en esas instituciones no se educaba a nadie para la vida). La educación es una creación estrictamente cultural, propia de una cultura. Y es un hecho histórico: tuvo un principio, que podemos ubicar con claridad en el tiempo y en el espacio. Aunque se constituyó por múltiples factores, nació de una nueva convicción que se generalizó en Europa en el siglo XVII; la de que el hombre nace estúpido y no es competente para vivir si carece de educación. La educación sería lo inverso de la competencia vital, que se postuló al concebirse ese nuevo pecado original: nacer estúpido. La consolidación social de la idea de la educación puede asociarse con la vida de un personaje notable, John Amos Comenius, que vivió de 1592 a 1670. Este hombre inventó las escuelas: las concibió como una herramienta para enseñar todo a todos. Imaginó la producción masiva de una nueva mercancía, el conocimiento, y el sistema para distribuirla. Su sistema haría la educación muy barata y accesible para todos. Tenía, en este campo, una intención semejante a la de Henry Ford respecto a los automóviles. Como él, fracasó: no se cumplió su expectativa de llevar a todos su nueva mercancía. Este pionero temprano de la eficiencia era también un alquimista y aplicó el lenguaje de su oficio al arte de educar niños. Trataba de "sublimar" los "elementos base" de la materia infantil, que asumía estúpida, conduciendo sus espíritus destilados por siete sucesivas etapas de sublimación. Durante los últimos tres siglos se generalizó la idea de la educación. Con la pedagogía, la educación se convirtió en la búsqueda de un proceso alquímico que produciría un nuevo tipo de hombre, que encajaría bien en el nuevo ambiente creado por la magia científica. Con el tiempo, los educadores educaron a todos en la idea de que la educación, lo que ahora recibe ese nombre, era tan antigua como el hombre, expresión
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de la condición humana y una necesidad y derecho universales. Aprender y otorgar reconocimiento social al que sabe pueden ser vistas como invariantes humanas. "Los pájaros vuelan, los peces nadan, el ser humano aprende", dice John Holt. Aprender es expresión de la condición humana: aprendemos desde el día que nacemos hasta que morimos. Cada cultura, sin embargo, tiene sus formas propias de aprender y de reconocer al que sabe. Tienen diversas teorías y prácticas del aprendizaje. No pueden reducirse a la educación y mucho menos a la escuela, que son dispositivos de una sola cultura: la dominante. El hecho de que esa cultura ejerza un dominio de alcance global no la hace universal. El imperio romano no convirtió en romanos a todos los pueblos y culturas que sojuzgó. Lo que hemos llamado equívocamente "occidentalización" del mundo no implica que todos los pueblos y culturas se hayan vuelto "occidentales", que hayan dejado de ser lo que son, aunque exista un número creciente de personas "occidentalizadas". Las mayorías sociales del mundo siguen perteneciendo a otras culturas; están aún inmersos en sus propios horizontes de inteligibilidad. La educación se ha definido socialmente como una necesidad y un derecho y se ha convertido en adicción general e imposición burocrática. En todas las sociedades existen ya mecanismos de persuasión o coerción legal, social y física para imponer la educación. En todas las culturas, además, han surgido adeptos a la educación, que desde adentro de ellas han contribuido a incorporarles este dispositivo que las sujeta, primero, y luego las disuelve. Plantearse una educación bicultural o intercultural es, por tanto, una contradicción en los términos. En realidad, es un eufemismo para disimular lo que en realidad hacemos con ese dispositivo: disolver las
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culturas subalternas. Hay educación de la cultura dominante, en su interior o para las culturas subalternas, aunque ahora se acostumbre llamar educación a prácticas de otras culturas que nada tienen que ver con ella. En México, este carácter colonialista de la educación se planteó en forma explícita en el siglo XIX. Los padres de la patria, que al dar a conocer la primera Constitución plantearon que con ello no hacían sino seguir, paso a paso, "el ejemplo de la república feliz de los Estados Unidos del Norte", se propusieron también imitarlos en la cuestión de los pueblos indios: exterminarlos. Pero en nuestro caso los indios eran demasiados y nuestros liberales, además, eran muy ilustrados: no podían plantearse un genocidio. Por tanto, se propusieron un culturícidio: educar a los indios... en su extinción. El empeño persistió a lo largo del siglo XX. Como en todos los demás aspectos del ejercicio de dominación, enfrentó la resistencia de los pueblos indios. Cuando el presidente Cárdenas se propuso vencerla tuvo que poner las escuelas bajo cerco militar o policiaco para que los niños no escaparan, con la complicidad de sus padres. En 1949 el presidente Truman anunció una campaña mundial para hacer valer la nueva hegemonía norteamericana y la disimuló bajo el emblema del desarrollo, acuñando para ello la palabra subdesarrollo. Dentro del paquete de políticas desarrollistas que desde entonces se nos empezaron a imponer, para asimilarnos al modo norteamericano de vida, quedó incluida en lugar prominente la educación. En 1953 los expertos de UNESCO prepararon un diagnóstico de la educación en América Latina. Encontraron que su principal obstáculo era la indiferencia o resistencia de los padres y propusieron como remedio una gran campaña de difusión. Once años después, los mismos
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expertos prepararon un nuevo diagnóstico. Según ellos, ningún país latinoamericano podría satisfacer la demanda de educación. La campaña había tenido éxito. Los padres habían sido educados en la idea de que sus hijos necesitaban educación y empezaron a exigirla, aunque nunca, en ningún país, se logró satisfacer su demanda. Por la insuficiencia o incapacidad de los estados, y por la resistencia que aún enfrenta, no se ha dado educación a todos. Pero la educación cumple en parte su función. Logra sacar de su cultura a algunos, formarlos en la dominante, someterlos a ella, y al mismo tiempo descalificar a todos los demás, subordinar los por otra vía. La educación se ha planteado siempre en nombre de la igualdad. Ese ha sido su principal objetivo explícito, el propósito que pretende justificarla y legitimarla. Se sostiene que gracias a ella podrá crearse una sociedad más igualitaria, que con ella todos tendrán acceso a las mismas oportunidades. Sin embargo, el resultado principal de la educación, en todas partes, es la producción masiva de desertores de la educación y su consecuente descalificación social. La educación crea dos clases de personas: capitalistas del conocimiento y destituidos. Un estudio de la UNESCO mostró que 60% de los niños que actualmente ingresan al primer grado de la escuela nunca logran llegar al nivel que en sus países se considera obligatorio. Una minoría pequeña asiste a instituciones educativas por 20 a 30 años, mientras la mayoría no asiste o lo hace por unos cuantos años. El fenómeno no se observa solamente en sociedades como la nuestra. Aparece también en las más ricas. Jonathan Kozol se hizo famoso con un libro en que describía la vida en una escuela primaria en Estados Unidos. Lo llamó "Muerte a edad
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temprana". Hace pocos años publicó el resultado de su examen del sistema educativo norteamericano. Su nuevo libro se tituló "Desigualdades salvajes" La educación, por tanto, puede ser legítimamente descrita como un instrumento criminal de discriminación social de la mayoría de la población. También puede ser descrita como un dispositivo de disolución cultural, de destrucción de las culturas. Durante los últimos años, a medida que los pueblos indios transforman su empeño de resistencia en lucha de liberación, han colocado la educación en el centro de sus preocupaciones. El Foro Estatal Indígena de Oaxaca lo expresó con claridad en una resolución plenaria, en que señaló que la educación era el principal instrumento de destrucción de los pueblos indios. Existen todavía, en todas partes, demandas generales de más y mejor educación que no podrán ser satisfechas. Sólo uno de cada mil jóvenes indígenas oaxaqueños podrá graduarse en una universidad. La inmensa mayoría será descalificada en el camino y se le discriminará por ello. Existen también empeños de reforma. De hecho, los reformadores forman ya una plaga. Aunque disputan interminablemente sobre los métodos y orientaciones de la reforma, coinciden en el afán central: mantener la adicción a la educación, prolongar su agonía. Hay incluso esfuerzos, tan patéticos como empeñosos, por encontrar la cuadratura del círculo: inventar la educación indígena, bicultural o intercultural. Quienes los conciben y realizan no logran darse cuenta de que así quedan atrapados en un oximorón, una contradicción en los términos, y en consecuencia militan valientemente contra su propia causa. Han aparecido, mientras tanto, desde todos los puntos del espectro ideológico y como expresión de una convicción cada vez más general, iniciativas que dejan atrás la educación o le dan la
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vuelta. La asumen como una más de las imposiciones burocráticas con las que es preciso lidiar. Concentran ahora su empeño en regenerar sus propias formas de aprendizaje y reconocimiento social, culturalmente arraigadas, al tiempo que ensayan formas de diálogo dialogal, con la cultura dominante y con otras. En esos nuevos empeños, se toma muy en cuenta la conciencia de que la educación es un hecho histórico.

Tuvo un principio y puede tener un fin. Nos encontramos acaso en el principio de su fin, que ocurrirá infaltablemente cuando hayamos logrado crear un mundo en que quepan muchos mundos. San Pablo Etla, 12 de octubre de 2001

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PISTAS BIBLIOGRÁFICAS Utilicé ampliamente ideas y hasta frases de Iván Illich, Raimón Panikkar y otros. Menciono en seguida las principales fuentes: García Bacca, Juan David. 1970. "Cultura, valor y precio". Ensayos. Barcelona; Península. Esteva, Gustavo. 2001. "Desarrollo". W. Sachs (Ed.), El diccionario del desarrollo. México: Galileo Ediciones/Universidad de Sonora. —. 2001. "Más allá de la educación". Oaxaca; Unitierra. Holt, John. 1980. En vez de educación. México: Diana. lllich, Iván. 1977. "In lieu of Education". Towards the History of Needs. Nueva York: Pantheon Books. Panikkar, Raimón. 1993. "La diversidad como presupuesto de la armonía entre los pueblos". Wiñay Marca (Barcelona), no.20. Prakash, M. y Esteva, G. 1998. Escaping Education. Nueva York: Lang. Seminario de Historia de la Educación, El Colegio de México. 1994. Historia de la alfabetización y de la educación de adultos en México. México: SEP.

Gustavo Esteva es activista e intelectual desprofesionalizado. Participa en diversas organizaciones y redes independientes de la sociedad civil. Universidad de la Tierra en Oaxaca. Azucenas 610, Col. Reforma, Oaxaca, Oax. 68050. Tels.: (951)51313 y 51241. Correo electrónico: dialogos@terra.com.mx

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