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4. IV.

2007

Llegó el momento de entrar. El joven no tenía mayor interés en hacerlo, no tenía sentido para él. No
disfrutaba de las alegrías ajenas, ni de los momentos de goce en medio del alcohol y el estruendo de la
música. Prefería los lugares silenciosos, calmados, nostálgicos, donde el tiempo transcurría lentamente
a su modo de ver. No le importaba estar en un centro citadino, o en medio de la nada. Sólo pedía estar
con sus amigos para nunca poder olvidar esos momentos.

Pero ahora tenía que entrar. Varios conocidos ya lo habían saludado desde el interior, y hacer acto de
presencia era cuestión de formalidad. Así que se dirigió hacia sus compañeros de rutina. Se sentó a
charlar con ellos, mientras el ambiente todavía no estaba en apogeo. Rehusó a aceptar una o dos copas
que le ofrecieron. En esos tiempos no acostumbraba a tomar, y no quería incumplir sus normas. A
medida que el volumen de la música aumentaba, los cuerpos empezaban a moverse. La fiesta estaba
empezando, y él era el único que no quería hacer parte de ella.

En ese momento, su mirada se cruzó con la de Ángela. El joven dejó de charlar, mientras observaba
detenidamente los movimientos de aquella adolescente mientras saludaba a los asistentes. Dejó de sentir
la música. Dejó de soñar en lugares silenciosos, calmados y nostálgicos. Y se dio el lujo de pensar en
ella. Sólo por un instante.

El médico se acercó a la tumba de su amiga y dejó caer una rosa roja sobre ella, como lo acostumbraba a
hacer todos los días.. “Ya no se consiguen tulipanes azules, como en los viejos tiempos, lo recuerdas?
Aquella vez que te llevé uno y pensaste que te iba a jurar amor eterno? Esa vez pensaste mal, mujer.
Siempre te admiré, pero nunca te amé. No tenía por que amarte. Nunca he tenido ese derecho.” Observó a
su alrededor la inmensidad del cementerio, siempre bello y silencioso. Una verdadera ironía de paz y
tranquilidad que oculta el misterio del final de todo ser con cada lápida y osario, y con cada ser, en cuerpo
o sólo alma, que se digna a entrar en él.

Aunque sabía bien que no tenía motivo para sentirse culpable por la muerte de su amiga, en el fondo
pensaba lo irónico de la situación. Él era un médico reconocido, respetado por muchos, admirado por
otros y según él mismo, sin motivos para ser odiado. Pero nada pudo hacer frente a la fatalidad que le
quitó a su mejor amiga. Sólo abandonaba esos pensamientos cuando tenía la oportunidad de ayudar a
alguien que, aunque fuera en la más mínima expresión, le hiciera recordad a esa persona que ahora yacía
más allá de la muerte, el miedo y el destino.

“Señorita… vendré a visitarla otro día. Quisiera poder verte nuevamente, pero creo que es prudente
esperar unos años, no es asi? Y nunca vendré a llorar. Nada de lágrimas, me prometí a mi mismo,
recuerdas? Apuesto a que sí.”. Sonrió para sí mismo. Recordó la sonrisa de su amiga por un instante, y
dejó el cementerio.

Disponía de su propio vehículo, pero disfrutaba más poder pensar mientras observaba el entorno. Solía
decirse a sí mismo que las situaciones se afrontan mejor con calma, y que los mejores momentos sólo
pueden ser el resultado de dos situaciones: un impulso que no pudo ser controlado, en medio de la
voluntad y la osadía, o el resultado de una correcta estrategia, rodeada de pensamiento e imaginación.
Prefería el segundo tipo de situaciones, pero tenía bien claro que sólo una mezcla de las dos podía llevar
al éxito, y en su profesión, incluso a salvar a una vida. Caminó hacia el sitio donde tenía planeado
reunirse con sus colegas, viejos compañeros de universidad. Siete personas a las que había decidido
invitar sin motivo en especial, con la sola intención de encontrarse de nuevo. Sólo siete personas, los
pocos que aún permanecían a su lado. Tenía por costumbre recordar el nombre exacto de todo aquel que
cruzaba palabra con él, exceptuando la mayor parte de los pacientes. “Con sólo reconocerlos basta”.
También estaba seguro que muy pocas personas lo recordaban a él. Durante un tiempo culpó a los demás
por eso, pero poco a poco se obligó a sí mismo a cambiar su modo de pensar. No podría influenciar a
todos, no podía ser alguien especial para todos. Sólo unos pocos son los que permanecen realmente a
nuestro lado. “Por que habrán de recordarme? Es natural que me olviden. Que tengo yo de importante
para haber dejado huella en sus vidas?”- se decía a sí mismo mientras sonreía.

Por fin llegó al sitio. Un plácido lugar con mirada hacia un verde y frondoso parque, alejado del estridor
de la ciudad y el tráfico, bajo el ambiente ligero de alegres melodías de compositores que trascendían las
épocas. “Nada mejor que la música clásica. Que puede superar al Vals de las Flores o el Tercer
Concierto?”. Y pidió un expresso, esperando la llegada de sus compañeros.

Demoraron algún tiempo en llegar. Uno a uno fueron entrando aquellas siete personas que quiso invitar.
Cada uno un mundo aparte, distanciados por la rutina y los deberes que sólo la Medicina da a conocer,
pero unidos por los recuerdos de los años que compartieron de su juventud. Él siempre fue el más joven
de todos, pero nunca le dio importancia. “Que cada uno de ustedes me asigne una edad, según lo que
piensen de mí”, había dicho una vez. Y si algo le alegraba era poder saludar de nuevo a su mejor amigo,
casado ahora, con el cual había departido en las buenas y malas situaciones. Junto a él se encontraban
otros personajes singulares, cada uno con una definición única y un recuerdo singular: aquel que se sentó
a su lado durante toda la carrera, la mujer que acompañó en la depresión durante cierto viaje, el estudiante
que nunca sobresalió, pero siempre se mantuvo entre los mejores promedios; el que fue siempre víctima
de las burlas de sus compañeros, pero ahora se encontraba profesionalmente por encima de ellos; la
primera y única mujer a la que le había confesado sus sentimientos, a pesar de no ser del todo sinceros en
una época de juventud inexperta. I'm still alright to smile, le había dicho.

“Tal y como en la canción. Tenía que pasar. Era necesario. Nunca la amé. Me fijé sólo en su cuerpo en un
inicio, y ahora es amiga mía”- se dijo mientras la saludaba.

Su mirada se dirigió hacia la séptima silla, aún vacía.

Y dudó por un instante si había elegido a la persona correcta para ocuparla.

Pidió que se repatiera una copa de vino a cada uno de los presentes, incluso si se negaban. Quería hacer
un brindis apenas estuvieran completos los invitados. “Nada mejor que el vino”.- pensó.

En ese momento entró la séptima persona. Una personalidad extraña, con cuerpo de mujer. Una mujer
única, a la que el joven admiraba de pensamiento y corazón, y que tuvo el placer de conocer por
coincidencia. Nunca fue realmente su amiga. Tampoco su amante. Nunca le dijo nada. No le dio a
conocer sus sentimientos. Se convirtió sin saberlo en la segunda mujer capaz de robar su pensamiento. Y
sin embargo quiso invitarla. Por qué? Ni el mismo lo sabía.

Unos brazos la rodearon por la espalda, y sus labios, al darle un beso a una figura hasta el momento
desconocida para todos los presentes, dieron a conocer al prometido de la recién llegada.

Ángela parecía disfrutar de la fiesta más que nadie. Lejos de ella, el joven sólo podía mirarla. Eran
buenos amigos, pero… acaso valen los sentimientos de los amigos más íntimos cuando de amor
unilateral se trata? O surgen de la nada los sentimientos cuando se ve a una mujer hermosa o a un
hombre atractivo, y se imagina el amor sólo con ver a esa persona? De nada servía la amistad ni la
sinceridad con la que la tratara. Ni los más puros deseos de felicidad hacia ella, ni los pequeños
sacrificios de cada día por hacerla sonreír serían valorados en el momento de dar a conocer lo que el
corazón reserva. Nada vale. Y el Joven lo sabía.

Se dirigió hacia ella y la saludó del modo más natural que pudo actuar. Rechazó la copa de vino que ella
amablemente le ofreció. Se culpó mentalmente a sí mismo. Siempre se negaba a recibir detalles, pero no
era el momento para negarse. Ella no le dio importancia y siguió la conversación. Al poco tiempo el
Joven decidió despedirse. “La noche entera nos espera. Por qué nos dejas tan temprano?”. El Joven se
disculpó, argumentando que quería del ambiente en el que se encontraban. La muchacha aceptó las
excusas y lo dejó partir, y logró darse cuenta del instante en el que el Joven se resistió a mirar atrás. Ya
lo conocía. Sabía muy bien que él sólo cerraba el puño cuando un pensamiento suficientemente lo
atormentaba. Reflexionó un momento acerca de lo que había visto y se dio cuenta de la verdadera razón
por la que había abandonado el sitio. Se sonrojó ligeramente. Sabía que él nunca le hablaría del tema,
pero no podía evitar sentirse extraña en la situación en la que se encontraba.

Al poco tiempo, todo volvió a la normalidad para ella. Nada podía hacer. En este caso, de nada valían
los sentimientos.
La muchacha saludó amablemente a los presentes. Luego presentó formalmente a su prometido y
anunció la fecha de su boda. Todos aplaudieron. No era la primera del círculo social en contraer
matrimonio, pero entraría a una nueva etapa de su vida. Quién era el amante? Quién fué el afortunado?
No importaba. Y en estas circunstancias es natural desear felicidad al prójimo. Se deseó en medio del
brindis un futuro próspero y alegría a la futura novia y esposa. Y entre bromas y sonrisas, ella se despidió
rápidamente, agradeciendo la invitación, pese a no poder aceptarla del todo.

No era la primera vez que el anfitrión de la reunión pasaba por esa situación. Había aprendido a dar
importante a cada momento, así que dejó a un lado cualquier triste pensamiento y se integró con sus
amigos.

Pasaron algunas horas, y en el lugar sólo quedó él con su mejor amigo. Se dieron la oportunidad de
hablar con total confianza, tal y como lo hicieron durante su juventud. Recordaron nuevamente los
episodios más memorables de los viejos tiempos, se dejaron abordar por la risa y la nostalgia de las
memorias, que son capaces de revivir por completo momentos inolvidables. Hacen que las sonrisas y las
lágrimas se repitan. Y que al final, por más duro que sea un alma, dejan escapar un suspiro, que representa
el anhelo de volver a los tiempos en los que los simples conocidos llegaron a trascender en nuestras vidas.

Pero el amigo se dio cuenta de un puño cerrado durante la despedida de la Novia, y puso en conversación
el tema. No hubo reparo en hablar de la tristeza causada por la eterna soledad, que le impedía hasta el
momento gozar de palabras tan sencillas como Te Quiero, o tan profundas como Te Amo. No era la
primera vez que hablaban al respecto. Pero el amigo sintió fortaleza en las palabras que escuchaba. Hacía
mucho tiempo había conocido a un Joven afligido por la soledad, embarcado en su primera aventura
pasional con una amiga que ahora había desaparecido totalmente de sus vidas. Ahora él hablaba del futuro
y de la felicidad ajena como si fueran sus prioridades. Había superado la tristeza? Se había resignado a
ella? Decidió no preguntarle. Tendría muchas ocasiones como esta para hacerlo. Y cuando llegó el
momento de despedirse, el Amigo insistió en un nuevo brindis. Se había dado cuenta que pesar de haber
servido como muro de los lamentos durante varios años, al menos podía confiar en él. Y se alegraba de
haberlo conocido.

El Joven permaneció unos instantes sentado un pequeño mirador, intentando en vano contener el llanto.
Se sentía agobiado por no haber podido hablarle a Ángela como quería, y en el fondo, por no haber sido
suficientemente discreto como para no hacerse obvio mientras estuvo con ella. Sabía que ella había
notado lo que pasaba.

Al poco tiempo, todo eso dejó de importarle. Se dio cuenta que pasaría muchas noches como esta, en
medio del llanto, si se dejaba llevar por la tristeza. Así que se hizo a si mismo una promesa de no llorar.
De no dejar que la tristeza le robara las lágrimas, y guardarlas para los momentos de extrema alegría.
Para momentos que valieran la pena. Era una promesa sencilla, sin testigos ni documentos. Una
promesa personal que le dio fuerzas esa noche, y le hizo buscar en sí mismo un motivo para seguir
viviendo. Pensó que quizá sería capaz de influenciar a todos los que conociera y evitar que pasaran por
la misma situación. Y que quizá tendría algo de sentido compartir la felicidad ajena.

Tres años después, tendría lugar un nuevo cambio en su vida. Conocería a una personalidad extraña, en
un cuerpo de mujer. A otro joven en el cual pudo depositar confianza y amistad. A una mujer
especialmente atractiva, y a la que le diría “I'm still alright to smile” sin siquiera amarla...

Y conocería a una amiga como ninguna otra. A una persona que llegó a considerar como el ser más
especial que jamás hubiera conocido. Con ella, no había necesidad de una novia, una caricia o un beso.
Porque hay personas que se convierten en parte de nuestra alma y nuestro corazón, y el amor simple de
un par de novios no tiene valor al lado de su compañía. Un “te quiero” valdría mucho más que un “te
amo”, y compartiría con ella las más grandes alegrías, y las más profundas de las penas.

El médico abandonó el lugar. Caminó alrededor del verde y frondoso parque que lo rodeaba, y pensó por
un momento en las cuatro mujeres que dejarían de ser simplemente compañeras. Ángela fué su locura
pasional durante la adolescencia. Dejaría luego de un tiempo de hablar con ella. Pero nunca la olvidaría.
Marcaría su juventud, y sería ella el motivo de su último llanto. Otra le haría pensar primero en lujuria,
luego en aprecio y finalmente en amistad. No consideraba un error el haberla deseado, había aprendido de
ello, no se había desesperado y eso era lo importante. Era una buena muchacha, y ahora vivía
establemente, rodeada de felicidad, y era invitada infaltable en toda reunión de amigos. La tercera sería la
segunda mujer en hacerlo vacilar, ahora a poco tiempo de casarse. La había querido profundamente.
Todavía la quería, no podía ocultar la envidia que sentía de su amante. La había acompañado durante
muchos instantes, buenos y malos. Pasaba horas y días enteros con ella, sin motivo alguno, sólo por estar
a su lado. “Éxitos en su vida”, le deseó. Seguía estimándola, a pesar de la nostalgia que le provocaba el
simple hecho de verla.

Había aprendido también que los sentimientos verdaderos llegan con el tiempo. Esa era su maldición.
Estaba condenado a vivir sólo, en medio de la tristeza aparente y profunda, mientras los demás disfrutan
de ser amados, o de aquellos que confunden el aprecio con la lástima.

Pero la cuarta mujer, valdría para él más que cualquier otra. Alegraría sus memorias, serviría de consuelo
eterno el sencillo hecho de haber compartido parte de su vida con ella. Sería su más sincera amistad. Y se
convertiría en el ser más especial que hubiera conocido. Se alegró por no haber escuchado un “te amo”.
Para él, no valían nada en comparación con los “te quiero” que ella le dedicó. Le rendiría tributo
eternamente. Nunca encontraría ser alguno como ella. Él no tenía la culpa por su muerte. Pero más que
eso, se alegraba sinceramente por haberla conocido en vida, y de haberse dejado guiar por Ella para
cumplir su promesa de compartir la felicidad ajena.

Dejó escapar una lágrima. Pero en vez de lamentarse, sonrió. “Estan reservadas para momentos alegres,
recuerdas? Dejaste este mundo y me dejaste a mí. Pero tu recuerdo no me trae tristeza, sino el impuslo de
continuar lo que tú empezaste en mí”.

No hacía falta, ni tampoco sobraba una silla en esa tarde. Él simplemente no debía estar en la reunión.
Sólo siete son los protagonistas de esta historia. Y por un momento deseó reemplazar en su lugar a la
persona que yacía bajo tierra, y que desde algún lugar seguramente lo vigilaba. Nadie le enviaría rosas
rojas ni se detendría entonces frente a su tumba. Y pasaría al olvido, como todo lo que es superfluo en la
historia.

Reflexionó sobre sus propios pensamientos, y sobre las muchas futuras ocasiones en que tendría que
superarlos de nuevo. Pero alzó la frente. No podía cambiar el pasado. Sólo le quedaba el vano futuro. Ya
lo había aceptado.

Y compró una Rosa Roja para el día siguiente.

Dedicado a cuatro mujeres. Ojalá que ellas lo lean. Son parte de la historia. Un beso, un abrazo y una

El Autor

Eldanior