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Cartas de amor de la monja portuguesa

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A mediados del siglo XVII, una portuguesa de dieciséis años, Mariana de Alcoforado, fue recluida por su padre, viudo reciente, en un convento de monjas franciscanas de Beja, ciudad de la provincia de Alentejo, al sudeste de Lisboa, y poco después tomó el hábito. A los veinticinco años conoció al joven oficial francés Noel Bouton, que había venido a la península con las tropas de Luis XIV, y se enamoró perdidamente. El militar huyó a Francia, para escapar a las consecuencias de las escandalosas relaciones, y más tarde fue nombrado caballero de Chamilly y mariscal de Francia. Entre diciembre de 1667 y junio de 1668, la monja le escribió las cinco famosas cartas de amor, que fueron publicadas por primera vez en francés en enero de 1669. No ha sido encontrado el original portugués. Rilke las tradujo en 1913 y se inspiró parcialmente en ellas para sus Elegías del Duino. La traducción al español se debe a Pedro González-Blanco. La información anterior fue recogida del prólogo de Nuevas cartas portuguesas, una apasionada reflexión sobre el amor, la mujer y la sociedad de nuestro tiempo, de tres mujeres portuguesas que escogieron como núcleo las cartas de la monja. El libro, publicado por primera vez en Portugal en la primavera de 1972, provocó la detención de sus autoras, acusadas de "abuso de la libertad de prensa" y "atentado a la moral pública". El procedimiento judicial contra "las tres Marías" (así pasaron a ser conocidas pues eran María Velho da Costa, María Isabel Barreno y María Teresa Horta) comenzó en octubre de 1972, provocó una polvareda mundial y concluyó súbitamente en abril de 1974. Las acusaciones fueron retiradas y el juez consideró que las Nuevas cartas portuguesas eran una obra de valor literario y animó a las tres autoras a que siguieran escribiendo. Por la invencible intensidad de su poesía, la reflexión sobre el amor y la despiadada aceptación de su destino, Mariana de Alcoforado nos ha dejado una obra que se considera clásica. Cada vez que abrimos sus páginas bellas y violentas, el amor vuelve a existir y sus estragos y delirios continúan.

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C
muerte.

onsidera, amor mío, cuán excesivamente descuidado fuiste. ¡Ay, sin ventura de ti! Traicionáronme fementidas esperanzas y con ellas me engañaste. Una pasión en que cifrabas tantos deleitosos proyectos sólo puede darte ahora

una mortal desesperación, apenas comparable a la crueldad de tan lamentable ausencia. Y este destierro, para el que toda fuerza de mi dolor no encuentra un nombre demasiado funesto, ¿ha de privarme para siempre de apacentarme en esos ojos donde tanto amor veía y que me hicieron conocer arrobos que me colmaban de contentamiento, que eran todo para mí, que llenaban toda mi vida? Perdieron mis ojos en los tuyos la única luz que los animaba. Hoy sólo les quedan lágrimas, y no les doy otro empleo que el de llorar, desde que supe que te resolvías a una separación, para mí tan insoportable, que pronto me llevará a la

Y, con todo, me parece que tengo un no sé qué de enamorado apego a las tristezas de que tú solo eres causa. Te consagré la vida, desde que en ti se posaron mis ojos, y siento en sacrificártela un místico placer. Mil veces al día van a ti mis amargos suspiros, y no me traen los tristes otro alivio a tantas tribulaciones, sino el aviso crudamente sincero de mi tremenda desventura, que no me deja concebir esperanza y a cada instante me repite: "¡No te consumas en vano, infeliz Mariana! ¡Abandona la quimera de anhelar a un amado que no volverás a ver, que huyó de ti, que se halla en Francia gozando de todos los deleites, que no piensa un instante en tus penas, que te dispensa de todos estos transportes, que no te los estima!" Pero ¡no!

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No puedo decidirme a pensar tan mal de ti. Estoy interesadísima en justificarte. ¡No quiero imaginar que me hayas olvidado! ¿No soy ya una desventurada sin atormentarme con falsas sospechas? ¿Por qué me obstino en borrar de la memoria todos los desvelos con que te esmerabas en probarme tu amor? ¡Ay! Tanto me deleitaban, que fuera bien ingrata si no te amase con los mismos deliquios a que mi pasión se elevaba cuando conseguía los testimonios de la tuya. ¿Cómo es posible que recuerdos de tan dulces instantes se hayan convertido en tan amargos y que, contra toda naturaleza, sirvan solamente para desgarrarme el corazón? ¡Pobre de él! Tu carta última le puso en un estado singular: tales saltos me daba en el pecho, que parecía forcejear y arrancárseme y volar hacia a ti. Tan quebrantada me quedé de todas estas violentas emociones, que por más de tres horas estuve de todo punto enajenada de los sentidos. Era como si me defendiese de volver a la vida que debo perder por ti, ya que para mí no la puedo conservar. Con harta pesadumbre volví en mí. Era mi dicha sentir que moría de amor, y finalmente me hallaba bien, viendo cómo cesaba de flagelarme el dolor de tu ausencia. Después de estos padecimientos he sufrido muchas indisposiciones, mas, ¿puedo vivir sin dolor en tanto que no te vea? Lo soporto sin murmurar, puesto que de ti viene. ¡Cuitada de mí! ¿Esta es la recompensa que me das por haberte amado tan emocionadamente? No importa. Estoy decidida a darte toda mi adoración y a no querer a nadie más en la vida. Harás igualmente bien en no querer a ninguna otra. ¿Podría satisfacerte una pasión menos ardiente que la mía? Tal vez encontrarás más hermosura -y, con todo, me decías en otros días que yo era bonita-, pero no hallarás nunca tanto amor, y... lo demás no es nada. No me digas en tus cartas cosas superfluas y que me acuerde de ti. Ni puedo olvidarte, ni desecho la idea que me hiciste concebir de que vendrías a pasar algún tiempo conmigo. ¡Ay, por qué no habrías de estar a mi lado toda la vida! ¡Pudiera yo salir de este aborrecido convento, y no esperaría en Portugal a que se cumplieran tus promesas! Iría sin escrúpulos en busca tuya, y te seguiría y amaría en todas partes.

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No me atrevo a pensar que cuanto te digo fuese posible, ni quiero alimentar una esperanza que me proporcionaría algún alivio, y sólo me queda entregarme a la pena de todo mi infortunio. Te confieso que la ocasión que mi hermano me dio de escribirte me produjo gran alborozo y suspendió por un momento la desesperación en que vivo. Te conjuro a que me digas: ¿Por qué me has hechizado a este punto, sabiendo que habías de abandonarme un día? ¡Ay! ¿Por qué te recreaste en hacerme desdichada? ¿Por qué no me dejaste tranquila en mi soledad conventual? ¿Qué mal te hice? Mas perdona, amor mío. De nada te culpo. Ni estoy en condiciones de vengarme de ti y tan sólo acuso de sus rigores a mi destino. Ni al separarnos nos hizo todo el daño que de él pudiéramos temer y no conseguirá desunir nuestros corazones. El amor, más fuerte que sus fatalidades, los unió para toda la vida. Si algún interés tienes por la mía, escríbeme muchas veces. Bien merezco tengas algún cuidado de informarme del estado de tu corazón y de tu vida. ¡Ah! Y sobre todo ven a verme. ¡Quién tuviera esa dicha! ¡Qué locura la mía! Bien sé que no es posible. Adiós, no puedo más. ¡Adiós! Ámame siempre. Y haz padecer más a tu pobre

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T

u teniente acaba de decirme que una tormenta hizo entrar al barco en que viajaban, de arribada forzosa, en el Algarve. Temo que hayas sufrido mucho en el mar. Tan vivamente me absorbió esta idea, que olvidé todas mis penas.

¿Acaso imaginas que tu teniente se interesa más que yo en lo que te atañe? ¿Por qué ha de hallarse él mejor informado, y, en suma, por qué no me has escrito? Me siento muy infeliz pensando si para hacerlo no has tenido ocasión alguna desde que marchaste, y más aún si teniéndola no me escribiste. Son desmedidas tu injusticia y tu ingratitud; pero me pesaría mucho que te acarreasen desgracia. Prefiero que queden sin castigo a que me venguen. Resisto a todo cuanto debiera convencerme de que no me amas, y me siento mucho más dispuesta a dejarme arrastrar de mi pasión, que de los motivos que me das para dolerme de tu frialdad. ¡Cuántas mortificaciones me hubiera ahorrado si tus ojos y tus palabras correspondieran, desde los primeros días que te vi, a la desgana que en ti noto de un tiempo a esta parte! Mas, ¿quién no se engañara con tantos extremos y quién no los tuviera por sinceros? ¡Cuánto cuesta el que nos resolvamos a sospechar de la lealtad de aquellas personas a las que amamos! Bien veo que la menor disculpa te satisface, sin que te tomes la molestia de discurrirla. El amor que te tengo está tan fielmente a tus órdenes, que no puede consentir en juzgarte culpado sino para gozar del inefable placer de ponerme de acuerdo conmigo misma. Me acabaste con la porfía de tus galanteos, me embrujaste con tus finezas, me rendiste con tus juramentos, me arrebató mi violenta inclinación, y las derivaciones de principios tan ledos y dichosos no son más que lágrimas, suspiros y una muerte fatal, a la que no puedo poner remedio.

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Cierto que amándote logré delicias jamás imaginadas; más ahora me cuestas desmesuradas penas. Las emociones que en mí provocas son terriblemente excesivas. Si hubiera resistido obstinadamente a tu amor y dado cualquier motivo de pesar y de celos con que inflamarte y prenderte más, si en mí hubieras llegado a notar cualquier esquivez artificiosa, si, en fin, opongo mis razonamientos a la inclinación natural que hacia ti me impelía y que luego me hiciste notar -aun así juzgo inútiles todas mis diligencias-, podrías entonces castigarme severamente y abusar de tu poder sobre mí, con asomos de justicia. Pero me pareciste digno de mi amor antes de que me dijeses que me amabas, me mostraste una gran pasión, me sentí deslumbrada y me abandoné a ti perdidamente. Si no estabas ciego como yo, ¿por qué me dejaste caer en esta mísera condición en que ahora me veo? ¿Qué querías hacer de todos mis arrebatos, que en su misma exageración no podían dejar de serte importunos? Sabías perfectamente que no habías de permanecer siempre en Portugal. ¿Por qué me elegiste para hacerme desgraciada? Hubieras encontrado, sin duda, en esta tierra, cualquier mujer más hermosa con quien gozar los mismos placeres, pues sólo los del cuerpo ambicionabas; que te amase fielmente mientras estuviese con ella; a quien el tiempo pudiera consolar de tu ausencia y a la que hubieras dejado sin alevosía ni crueldad. Este comportamiento tuyo, más es de un tirano, airado en perseguirme, que de un amante que sólo debe pensar en cautivarme. ¡Ay! ¿Por qué tratas con tales rigores a un corazón que es tuyo? Con la misma facilidad con que me dejé arrebatar de tus palabras, conspiras contra mí. Sin cuidar a valerme de todo mi amor y sin intentar saber si hubieras hecho por mí algo extraordinario, fácil me hubiera sido resistir a mejores razones de las que te movieron a dejarme. Me habrían parecido muy flojas y ninguna capaz de arrancarme de tu lado. Mas quisiste aprovechar los primeros pretextos que se te ofrecían para

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regresar a Francia. Partía una nave. ¿Por qué no la dejaste marchar? Te reclamaba tu familia. ¿Desconoces las persecuciones que de los míos he sufrido yo? Tu honra te obligaba a dejarme. ¿Pensé yo en la mía? Tenías que ir a ponerte al servicio del rey. Si cuanto de él dicen es cierto, no tiene necesidad de tus auxilios y te los hubiera dispensado fácilmente. ¡Qué ventura la mía si hubiéramos pasado la vida juntos! Mas ya que era fatal que una cruel ausencia nos separase, creo que debo complacerme, al menos, de no haber sido infiel, y no quisiera, por cuanto hay en el mundo, realizar tan negra acción. ¿Cómo -pues conociste el fondo de mi corazón y de mi ternura- pudiste resolverte a dejarme para siempre y a exponerme a los terrores de que no te acuerdes de mí... sino para sacrificarte en aras de una nueva pasión? Bien sabes que te amo como una loca. Con todo, no me quejo de esta insana furia de mi corazón. Me acostumbré a las tribulaciones y no podría vivir sin este placer a que me adhiero, de amarte en medio de mil tormentos. Mas me aflige el tedio y el desabor por cuanto me rodea. Todo se me hace insoportable: el convento, la familia, las amistades. Odio todo lo que estoy obligada a ver y hacer. Tan celosa me siento de mi pasión, que me parece que todos mis actos, todas mis obligaciones, te pertenecen. Sí, tengo escrúpulos de no emplear en ti todos los momentos de mi vida. ¿Qué haría, infeliz de mí, sin tanto odio y sin tanto amor como llenan mi corazón? ¿Podría sobrevivir acaso a lo que incesantemente me absorbe para llevar una existencia tranquila y sin cuidados? ¡Ay! No podría, no, acomodarme a ese vacío, a esa indiferencia. Toda la gente ha reparado en la completa mudanza de mi genio, de mis maneras, de mi persona. Mi madre me habló de esto, con desabrimiento al principio, luego con cariño. No sé lo que le respondí. Creo que se lo confesé todo.

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Las hermanas más austeras se compadecen de mi estado de ánimo, se sienten movidas de una cierta piedad hacia mí. A todos conmueve mi pasión: sólo tú te muestras indiferente, escribiéndome cartas frías, llenas de repeticiones, con la mitad del papel en blanco, dando a conocer burdamente que te pereces por terminarlas. Tanto me instó doña Brites, días pasados, a que saliera de la celda en busca de esparcimiento, que me llevó hasta las puertas de Mértola. Allí me asaltó un cruel recuerdo, que me tuvo llorando el resto del día. Volví otra vez a mi aposento y me tiré en la cama, reflexionando sobre los escasos síntomas que noto de curarme alguna vez. Lo que para darme alivio hacen quienes me rodean, acibara mi dolor, y no encuentro en los remedios más que motivos de aflicción. Desde aquel mirador te vi pasar, con aires que me arrebataron, y en él estaba el día en que comencé a sentir los primeros efectos de mi desatinada pasión. Me pareció que deseabas agradarme, si bien aún no me conocieses. Supuse que reparabas en mí, distinguiéndome entre las demás compañeras. Imaginé que, cuando pasabas, apetecías que te viese y admirase tu destreza y garbo al hacer caracolear el caballo. Me asustaba si le obligabas a ejercicios difíciles. En fin, me interesaban, en lo más mínimo, todos tus pasos, todas tus acciones. Sentía que ya no me eras indiferente y participaba de cuanto hacías. ¡Ay! Harto conoces lo que siguió a estos comienzos. Sin embargo, no puedo evitar, aunque sé que no debo, recordártelo, recelando que te sientas -si esto es posible- más culpable de lo que has sido, y reprendiéndome a mí misma las inútiles diligencias hechas para que me fueras fiel. ¡No lo serás, no! ¿Es que puedo esperar, de mis cartas y de mis lamentaciones, lo que contra tu ingratitud no lograron mi amor y mi abandono? Cierta estoy de mi desventura. Tu injusto comportamiento no me deja puertas abiertas para dudar de ella y todo he de temerlo puesto que me abandonaste... ¿Es que sólo para mí tendrás atractivo y no se arrobarán otras en tus ojos? Creo que ha de pesarme el que los sentimientos e inclinaciones de otras justifiquen los

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míos, y, ¡considera las contradicciones del alma humana!, quisiera que todas las mujeres de Francia te hallasen adorable y que ninguna te amara y que no te agradase ninguna. Es ridículo, es imposible todo esto, lo sé. Mas harto tengo experimentado que no eres capaz de un gran afecto y que bien pudieras olvidarme sin estímulos exteriores y sin que a ello te obligase una nueva pasión. Con todo, tal vez desearías tener un pretexto razonable. Verdad es que yo sería más desdichada y tú menos criminal. Veo que permanecerás en Francia, sin grandes placeres, en absoluta libertad. Ahí te retiene la fatiga de un gran viaje, ciertas pequeñas conveniencias y el recelo de que no puedas corresponder a mis ardientes transportes. ¡Ay, no lo temas! Me bastaría saber que estabas en mi misma tierra y verte alguna vez. Mas de seguro me engaño, y ¡quién sabe si más que mis fuerzas amorosas te habrán cautivado el rigor y los desdenes de otra! ¿Será posible que te enardezcan más los malos tratos? Pues bien, antes de sumergirte en una gran pasión, piensa bien en todas mis congojas, en la incertidumbre de mis proyectos, en la contradicción de mis emociones, en la extravagancia de mis cartas, en mis saudades, en mis desesperaciones, en mis anhelos, en mis angustias, en mis horrendos celos. ¡Mira que vas a sufrir mucho! Te conjuro a que aprendas en este ejemplo que te estoy dando, y que al menos no sea inútil cuanto por ti padezco. Hace cinco o seis meses me confiaste que habías amado en tu país a una señora. Si es ella quien te impide tomar la vuelta al mío, dímelo sin reparos, para que no me consuma aún más. Me queda un resto de esperanza y, si no ha de servirme, preferiría perderla por completo y yo con ella. Mándame el retrato de esa señora, con alguna de sus cartas. Cuéntame lo que te dice. Tal vez halle en eso motivos de consuelo o de mayor mortificación. No puedo continuar en este estado y cualquier mudanza me sería bienhechora. También quisiera poseer los retratos de tu hermano y de tu cuñada. Cualquier cosa tuya me es siempre muy cara. Siento una devoción total por todo cuanto te

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concierne. No me dejo a mí mismo ningún albedrío. Momentos hay en que me figuro que sería capaz de servir sumisamente a quien tú amaras. Tanto me han quebrantado tus malos tratos y tus desprecios, que a veces ni me atrevo a pensar en que pueda tener celos de ti, por temor a desagradarte, y llego a diputar por la mayor impertinencia de este mundo el permitirme dirigirte censuras. A veces estoy convencida de que no debo expresar acerbamente, como hago con frecuencia, sentimientos que te lastiman. Hace mucho tiempo que un oficial espera por esta carta. Hice el firme propósito de escribirla, que modo que la pudieras leer sin aborrecimiento. No obstante, va llena de extravagancias. Debo cerrarla y no me siento con fuerzas para hacerlo. Mientras te escribo, me figuro que te hablo y que de algún modo estás a mi lado. La primera que te escriba no será ni tan extensa, ni tan importuna. Puedes abrirla con esta seguridad, que desde ahora te doy. Sin duda debo acallar una pasión que te desagrada y no te hablaré más de ella. Dentro de pocos días, hará un año que me entregué a ti, sin titubeos, transida de emoción. Creí entonces tu amor por mí muy ardiente y muy sincero, y ni por soñación pude imaginar que mis favores te enojaran tanto que te obligasen a recorrer quinientas leguas de camino y exponerte a los peligros del mar, por alejarte de mí. De nadie pudiera yo esperar tal cosa. Deberías recordar mi pudor, mi confusión, mi vergüenza; mas, ¡ay de mí!, de nada te acuerdas que te obligue a quererme. El oficial que ha de llevar esta carta me manda a decir, por cuarta vez, que debe partir. ¡Qué prisa tiene! ¡Sin duda abandona también en esta tierra a una desdichada! Me cuesta fechar esta carta más de lo que a ti te costó dejarme, tal vez para siempre. Adiós. No me atrevo a darte mil cariñosos nombres de amor, ni a entregarme a mis

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impulsivos arrebatos. Te amo mil veces más que a mi vida y mil veces más de lo que pienso. ¡Tan tirano y tan querido! No me escribes... Imposible dejar de decírtelo otra vez. Vuelvo a las andadas y se va el oficial. ¡Qué importa! ¡Que parta! Escribo para mí más que para ti. Busco con ello aliviar mi corazón. También el final de la carta va a empavorecerte. No la leerás. ¿Qué hice yo para ser tan desdichada? ¿Por qué envenenaste así mi vida? ¿Por qué no nacería yo lejos de esta tierra? Adiós, perdóname. Ya ni me atrevo a pedirte que me ames. ¡Mira a lo que me redujo tu destino! Adiós.

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¿Q
olvidado.

ué será de mí? ¿Qué quieres que haga? ¡Cuán lejos me veo de lo que imaginaba! Supuso que me escribirías de todos los lugares por que pasaras.

¡Esperaba recibir cartas larguísimas! Creí que alimentarías mi pasión, con la esperanza de tu regreso. Pensé que una confianza absoluta en tu fidelidad me proporcionaría algún alivio y que permanecería así en una condición soportable, sin grandes inquietudes. Hasta formé unos leves propósitos de poner todo el esfuerzo de que fuera capaz al servicio de mi curación, si con certeza llegaba a saber que me habías

Tu ausencia, algunos rasgos de devoción, el natural recelo de arruinar enteramente la poca salud que con tantas vigilias y tamañas mortificaciones me queda, la escasa esperanza de tu regreso, la frialdad de tu cariño, tus postreros adioses, tu partida fundada en mal forjados pretextos, otras mil consideraciones, no por razonables menos inútiles, me ofrecían un refugio, si... lo hubiera deseado. No teniendo que batallar sino contra mí misma, ni podía desconfiar de todas mis flaquezas, ni prever todo cuanto ahora padezco. ¡Ay de mí, cuán digna soy de lástima por no poder dividir contigo mis penas y por verme sola, enteramente sola, entre tanta desventura! Esta idea me mata. Muero de terror al pensar que nunca sentiste de veras el íntimo deliquio de nuestros goces. ¡Ay, sí! Ahora conozco la falsía de todos tus transportes. Me traicionabas cuantas veces decías que tu supremo encanto era estar a solas conmigo. Sólo a mis importunidades debes tus éxtasis y tus raptos. Concebiste a sangre fría el propósito de incendiarme. No considerabas mi pasión sino como una victoria, y tu corazón jamás se conmovió con ella. Pero, ¿tan

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poca delicadeza de espíritu tienes, tan infeliz eres, que no supiste gozar de otra manera mis enamorados arrebatos? Y aunque así no fuese, ¿cómo con tan ardoroso amor no conseguía yo hacerte feliz? Lloro por todas las inagotables delicias que perdiste. ¿Por qué fatalidad no lograste alcanzarlas? ¡Ah! Si las hubieras llegado a conocer, verías que eran mucho más dulces que el engaño de que me hacías víctima, y sabrías, por propia experiencia, que se es infinitamente más feliz y se siente algo inmenso entregándose violentamente a los furores de la pasión, que no dejándose amar. No sé lo que soy, ni lo que hago, ni lo que deseo. Me desgarran mis contrarias emociones. ¿Puede imaginarse más mísera condición? Te amo perdidamente y me domino mucho para no desearte que te atribulen los mismos ímpetus de amor. Me mataría o, si no lo hiciese, moriría de pena, si me convenciera de que no tienes reposo alguno, de que tu vida era desesperación y locura, de que llorabas inconsolable, de que todo te era odioso. Si no me alcanzan las fuerzas para mis propias penas, ¿cómo soportar las que me dieran las tuyas, mil veces más punzantes? Mas tampoco puedo resolverme a desear que no me lleves en el pensamiento, para decirte toda la verdad de cuanto puede provocarte gozo, de cuanto puede halagarte el corazón, de cuanto en Francia pueda complacerte. No sé por qué te escribo. Bien veo que casi tendrás compasión de mí y yo no quiero tu compasión. Me causo enojo cuando reflexiono en todo lo que sacrifiqué por ti. Perdí la reputación. Me expuse a que los míos me maldijeran, a la severidad de las leyes de esta tierra para con las religiosas, a tu ingratitud, que me parece la mayor de las desgracias. Y sin embargo, siento implacablemente que mis remordimientos no son sinceros, que desde el fondo del alma quisiera haber afrontado por tu amor mayores peligros, y me ensoberbece un funesto placer por haber aventurado mi vida y mi honra. Todo cuanto de más precioso atesoraba, ¿no debía ponerlo a tu disposición? Di si no debo sentirme bien satisfecha por haber hecho lo que hice. Hasta pienso que aún no estoy contenta de mis penas y los excesos amorosos, puesto que, ¡cuitada de

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mí!, no puedo estar satisfecha de ti. Vivo... ¡qué infiel soy!... y hago tanto por conservar la vida como por perderla. ¡Me muero de vergüenza! Mas, entonces, ¿mi desesperación sólo está en mis cartas? Si te amase tanto como te dije mil veces, ¿no estaría ya muerta? Te engañé. Tú eres quien debes quejarte de mí. ¡Ay!, ¿por qué te quejas, amor mío? Te vi partir, no espero verte volver, ¡y aún vivo! Te traicioné. Imploro de ti que me perdones. Mas no; no me perdones, te lo suplico. Trátame severamente. No supongas que mis sentimientos sean demasiado vivos. No te contentes tan fácilmente. Dime que de verdad quieres que muera de amor por ti. Te exhorto a que me socorras de este modo, para que pueda yo vencer la flaqueza de mi condición y acabe desesperada con todas estas irresoluciones. Un fin trágico te obligaría a pensar muchas veces en mí. Te sería cara mi memoria y acaso te conmoviese esta muerte extraordinaria. ¿No sería eso preferible a verme reducida al miserable estado a que tú me llevaste? Adiós. ¡Cómo quisiera no haberte visto nunca! ¡Triste de mí, que veo cuán falsa es esta exclamación y conozco -tan luego me brota-que estimo mucho más ser desventurada amándote, que feliz sin haberte llegado a conocer! Me resigno a mis hados adversos, sin murmurar, porque fuiste tú quien no quisiste darme la felicidad. ¡Adiós! Prométeme condolerte, amoroso de mí, si muriera de pesadumbre, y que al menos la vehemencia de mi pasión te lo haga todo repugnante y tedioso. Con esto me basta; y si es fatal que para siempre te abandone, quisiera que no fuese de otra. ¿No sería excesivo refinamiento servirte de mi desesperación para provocar amor en las demás mujeres y vanagloriarte de haber suscitado el cariño más arrebatador y sublime que hasta hoy hubo en el mundo? Adiós, una vez más. Bien sé que escribo cartas muy largas. No me conduelo de ti. Perdóname y disculpa a una pobre loca que -¡bien lo sabes!- no lo era antes de apasionarse de ti. Adiós.

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Me parece que insisto demasiado en el insoportable estado en que me hallo. Te agradezco, en el fondo de mi corazón, todas las mortificaciones que me causas y aborrezco la tranquilidad en que vivía antes de conocerte. Adiós. Mi pasión crece por instantes. ¡Ay, cuántas cosas tengo que decirte aún!

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s terrible la violencia con que remuevo mis sentimientos, en el ansia de hacértelos comprender por escrito. ¡Cuán feliz fuera yo, si los pudiese medir por la vehemencia de los tuyos!

Mas ni puedo fiar en ti, ni dejar de decirte, con harto menos viveza de lo que

siento, que no debías mortificarme tanto -¡tanto!- con un olvido que me enloquece y que a ti debiera avergonzarte. Al menos sería justo y legítimo acallar los lamentos de mi desolación, que preví al verte marchar. Me equivoqué al pensar que tendrías para conmigo un proceder leal, porque lo excesivo de mi amor me colocaba por sobre todas las sospechas, y merecía mayor fidelidad que la que corrientemente se discierne. Mas la disposición en que estabas de traicionarme sobrepasaba todo cuanto legítimamente debías a una mujer que tanto sacrificó pro ti. Ni dejaría de ser desdichadísima si tan sólo me amaras por corresponderme. No admito mas que la espontánea inclinación. Mas, ¡qué lejos estoy de todo esto! ¡Han pasado seis meses sin una carta tuya! Me está bien merecido todo infortunio, por la ceguedad con que me abandoné a este amor. ¿No debí prever que los deleites acabarían antes de que mi amor se extinguiera? ¿Podía esperar que residieras siempre aquí y que renunciaras a tu carrera y a tu patria, para sólo ocuparte de mí? Mis penas no pueden aliviarse y el recuerdo de todo cuanto gocé me llena de tremenda desesperación. Todos mis anhelos fracasarán y ¡jamás volveré a verte en mi aposento, con aquel arrebatado amor que me mostrabas! ¡Pobre de mí, engañada entonces, suponiendo que todos aquellos raptos que me arrebataban cabeza y corazón eran en ti verdaderos y no excitación efímera del placer que al terminar nuestra intimidad se apagaba!

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Hubiera sido menester que en aquellos momentos de suprema felicidad acudiese yo a la razón, para moderar los excesos de mi deleite y para poder anticiparme a los padecimientos actuales. Pero me entregaba toda a ti, amor mío, y no podía detenerme a pensar en cuanto había de ser más tarde la ponzoña de mi entendimiento. ¿Es que había algo que pudiera interrumpir el placer con que yo gozaba las ardorosas muestras de tu pasión? Era demasiado fuerte la embriaguez que me poseía al sentirte a mi lado, para pensar que algún día te separarías de mí. Recuerdo, sin embargo, haberte dicho que tu separación me haría muy desdichada; mas aquellos terrores se desvanecían rápidamente y sentía el goce de sacrificártelo todo, abandonándome al hechizo y la alevosía de tus protestas. Bien claro veo cuál pudiera ser el remedio para todas mis penas. Librárame de ellas tan luego dejase de amarte. Mas, ¡ay de mí!, prefiero, a olvidarte, sufrir más aún. ¿Depende esto de mí? ¡Si ni aun puedo vituperarme haber imaginado, ni un solo instante, el no continuar queriéndote! Más digno de duelo eres tú que yo, pues mi angustiosa pena vale más que todos los placeres que puedan darte tus amantes de Francia. No envidio tu indiferencia. Me das lástima. Te desafío a que me olvides completamente. Me jacto de haberte llevado a no poder tener sin mí placeres perfectos y soy más feliz que tú, porque amo mi propio amor. Hace poco me hicieron portera del convento. Todos los que me hablan creen que estoy loca. No sé lo que les respondo y es preciso que las monjas estén tan bobas como yo para suponerme capaz de ejercer el más ruin empleo. ¡Cómo envidio la suerte de Manuel y de Francisco! ¿Por qué, como ellos, no estoy contigo siempre? Te hubiera seguido y servido extremosamente. Nada en el mundo me atrae, si no es verte. Siquiera, recuérdame. Me bastaría con tu recuerdo, pero no estoy segura de él. No encerraba en tan angosto espacio mis esperanzas cuando nos veíamos a diario, pero me has enseñado a someterme a todos

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tus caprichos y voluntariedades. No me arrepiento de adorarte, hasta me lisonjea el que me sedujeras. Tu rigurosa ausencia, tal vez eterna, no disminuye en nada la violencia de mi amor. Quiero que toda la gente lo conozca; no hago misterio de nuestras relaciones; me precio de haber atropellado por ti toda especie de decoro. Sólo en amarte perdidamente toda la vida hago consistir mi honra y mi religión. No te digo nada de esto para obligarte a que me escribas. No quiero nada a la fuerza. De ti sólo quiero lo que naturalmente te brote del corazón, y rechazo todas las simulaciones de amor y, singularmente, las excusas. Siento gozo disculpándote el que no te decidas ni a garrapatear cuatro letras. Te perdono las faltas que puedas cometer, desde lo más profundo de mi corazón. Un oficial francés tuvo esta mañana la gentilísima caridad de hablarme de ti, más de tres horas. Me dijo que la paz con Francia era ya un hecho. Siendo así, ¿no podrías venir verme y llevarme contigo? Puede que no lo merezca. Haz lo que te plazca. Mi amor ya no depende del modo como me trates. Desde que te fuiste, no he gozado de salud un solo día y sólo siento alivio repitiendo incesantemente tu nombre. Algunas monjas, que saben de mi lastimoso estado, me hablan de ti con frecuencia. Salgo del cuarto, en que tantas veces estuviste, lo menos posible y estoy siempre contemplando tu retrato, mil veces más querido para mí que la vida. Esto me alivia y me entristece a la vez, pensando que nunca más volveré a verte. ¿Cómo es posible que no te vea más? ¿Me abandonarías para siempre? Esta idea me aniquila. Tu infeliz Mariana no puede ya más. Al acabar esta carta me siento desfallecer. ¡Adiós, adiós! ¡Ten piedad de mí! MARIANA

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Cartas de amor de la monja portuguesa

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Por última vez le escribo. Espero que por el tono y estilo de esta carta advierta que por fin llegué a la conclusión de no haber sido nunca amada y de que por tanto debo dejar de amar. Cuanto de usted me queda, le será enviado con el primero que salga para Francia. Ni seré yo quien escriba su nombre en el sobreescrito de esta misiva... Encargué de todo ello a doña Brites. ¡Bien diferentes eran las confidencias a que la tenía habituada! Sus cuidados me satisfacen más que los míos propios. Tomará todo género de precauciones, para que yo quede segura de que usted ha recibido el retrato y las pulseras con que un día me obsequió. Quiero que sepa usted cómo desde hace días me siento dispuesta a quemar y despedazar todas las prendas de su amor, que tan caras me eran. Tal flaqueza le revelé, que de seguro no me ha creído capaz de tal atentado, ¿no es cierto? Pues bien, preferí pasar toda la pena que me costó separarme de ellas, para por lo menos hacerle sentir a usted este pequeño despecho. Le confieso, para vergüenza suya y mía, que estaba unida a estas fruslerías y que hube de reflexionar largo tiempo para desprenderme de cada objeto, al mismo paso que me complacía en no importarme nada de usted. Mas con tan buenas razones como las que me inspiró su conducta para conmigo, se llega siempre a resultados plausibles. Todo lo que puse en manos de doña Brites. ¡Cuántas lágrimas me costó! Después de mil congojas y contradicciones, que puede usted imaginarse, y de las que no tengo por qué darle cuenta, exhorté a mi amiga para que jamás me hablase de aquellos objetos, ni me los devolviera, aunque con insistencia se los pidiese, y que sin prevenirme se los enviara a usted. No he conocido del todo el exceso de mi amor hasta que quise curarme de él, y

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no creo que lo intentara, de conocer de antemano las dificultades y violencias que me costaría. Cierta estoy de que me sería menos penoso seguir amándole, ingrato como es, que romper con usted ¡para siempre! Vi que me era menos caro que mi pasión y pasé por terribles melancolías al combatirla, aun después de que sus ruines procederes me lo habían hecho odioso. No poco me ayudo el natural orgullo de mi sexo. ¡Ay, triste de mí! Sufrí sus desprecios, hubiera soportado su aversión y pienso que hasta devoraría dentro de mi corazón los celos que pudieran inspirarme sus amoríos por otras. Al menos me sentiría afrentada por un sentimiento vivo. Lo que no puedo soportar es su desdeñosa indiferencia. Sus impertinentes protestas de amistad, las ridículas finezas de su última carta, me hacen ver que recibió todas las mías, sin que le causaran la más leve impresión. ¡Y las leyó! ¡Ingrato! Muy necia soy animándome por no poder regocijarme de que le hubiesen llegado, de que no se las hubiesen entregado. Abomino de su franqueza. ¿Le pedí yo alguna vez que me dijera sinceramente la verdad? ¿Por qué no dejarme con mi pasión? Me hubiera bastado con su silencio. Ahora no puedo disculparle. Bien puedo seguir engañándome. Estoy segura de que es usted indigno de mis sentimientos y comienzo a darme cuenta de sus ruines cualidades. Mas si cuanto por usted sacrifiqué le merece alguna consideración, me atrevo a implorarle que jamás vuelva a escribirme y que me ayude a olvidarle por completo. Si me dijese, aunque fuera muy débilmente, que le causó algún pesar la lectura de esta carta, tal vez lo creyera. Quizá también esa confesión y su arrepentimiento me ablandasen e incitaran a inflamarme de nuevo. Prefiero que no vuelva usted a ocuparse de mí. Todos mis actuales proyectos se derrumbarían si usted de nuevo interviniese en mi vida.

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No deseo saber el efecto que a usted produzca esta carta y le ruego que respete el estado de ánimo en que me apresto a seguir viviendo. Puede darse por satisfecho con los quebrantos que ha causado, cualquiera que fuese el propósito que de hacerme desdichada se formase. No me arranque de mi dolor manso. Algún día construiré con él la paz de mi corazón. Prometo no tenerle odio. No quiero dejar arrastrarme por sentimientos demasiado fuertes. Sin duda encontraría, proponiéndomelo, un amante más fiel. ¿Mas quién podría hacerme amar de nuevo? ¿Cómo habría de arrebatarme la pasión de otro hombre? ¿Pudo algo la mía sobre usted? ¿Acaso no experimenté ya que un corazón noble jamás olvida a quien primero le reveló los transportes de que era capaz y no conocía; que todas sus más íntimas emociones permanecen ligadas al ídolo que para sí creo; que sus primeras sensaciones y sus primeras heridas ni pueden olvidarse ni curarse; que todo cuanto se le ofrece, como auxilio, para reanimar nuevas pasiones es en vano; que cuantos deleites busque, sin deseo ninguno de hallarlos, apenas si le sirven para sentir más profundamente que nada persiste, pero ni anhela tanto como la memoria de sus penas? ¿Por qué hacerme conocer las amarguras y las limitaciones de un afecto que no debe perdurar y los tormentos que nos trae un frenético amor cuando no es correspondido? ¿Por qué una fatalidad ciega y un destino cruel nos inclinan a los que sólo ante otras mujeres serían sensibles? Aunque con otras nuevas relaciones pudiera lograr distracción, aunque tropezara con un hombre leal y con una palabra cariñosa, tengo tal pena de mí misma, que me escrupuliza el lanzar a un hombre al mismo estado en que yo me veo. Y si bien no tengo por qué guardar a usted respetos, me sería imposible cometer tal desafuero, si de mí dependiese, por una mudanza absolutamente imprevisible. Procuro disculparlo y comprendo que las monjas no solemos ser muy amables. Con todo, me parece que si los hombres fueran más sensatos al escoger sus amores, se inclinarían a ellas más que a ninguna otra mujer, pues que nada les impide

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pensar en su pasión incesantemente, ya que no las distraen las mil cosas que en el siglo absorben y consumen los corazones. No creo que sea muy agradable ver a las personas amadas entretenidas en mil frivolidades y es preciso ser muy poco delicado de alma para soportar sin protesta el que sólo se hable de saraos, atavíos y paseos. Brotan necesariamente los celos, viendo a la persona amada dedicar atenciones y tener complacencias y diálogos con todos. ¿Quién aseguraría que la persona elegida no sienta placer con todo esto? ¿Y cómo no desconfiar del amante que no toma cuenta rigurosa de todo y que fácilmente, y sin el menor recelo, cree cuanto le dicen y que confiado y tranquilo acepta a una mujer que cumple con todos los deberes sociales? No intento demostrar a usted con razonamientos las conveniencias que hubiera tenido amándome. En estos lances no cabe razonar. Ningún provecho obtuve de las veces que lo intenté. Conozco perfectamente mi destino y no trato de vencerlo. Seré infeliz toda mi vida. ¿No lo era ya cuando a diario nos veíamos? Ya entonces me aterraba la idea de que usted me fuera infiel. Anhelaba verle a todas horas y eso no era posible. Me atribulaba por los peligros que usted corría entrando al convento. No vivía cuando usted marchaba a la guerra. Desesperaba por no ser más hermosa y digna de usted. Me sublevaba contra la modestia de mi condición. Recelaba que mi afecto pudiera perjudicarle. Me parecía que aún no le amaba lo bastante. Temía que la cólera de mis parientes descargara sobre usted. Me hallaba, en fin, en tan lamentable estado como el de hoy. Si me hubiera usted dado alguna señal de su pasión por mí, yo hubiera hecho todos los esfuerzos inimaginables pro salir de aquí. Me hubiese disfrazado para irme con usted. ¿Pero qué hubiera sido de mí si al llegar a Francia no puedo unir a usted mi destino? ¡Qué escándalo! ¡Qué locura! ¡Qué vergüenza para mi familia, que ahora es todo mi sostén espiritual! Ya ve usted cómo analizo en frío la posibilidad de haber sido aún más desdichada. Por lo menos, una vez en la vida me siento asistida de la razón. A usted

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debo agradecérselo. Supongo que estará usted contento de mi moderación. No me importa saberlo. Le pedí antes que no vuelva a escribirme y se lo reitero. ¿Nunca se ha detenido a pensar en el modo como me trató? ¿Jamás conturbó su conciencia la idea de que a nadie estaba usted más obligado que a mí? Le amé... neciamente. Por usted lo desprecié todo y de todo prescindí. No ha procedido usted como un hombre de bien. Para no haberme amado perdidamente, se necesitaba tenerme aversión de antemano. Me dejé fascinar por puras exterioridades. ¿Qué sacrificios realizó por mí? ¿Olvidó o prescindió de los demás placeres? ¿Renunció, por acaso, al juego y a la caza? En días de excursiones bélicas, ¿no era el primero en partir y el último en regresar? ¿No aventuraba su vida locamente, por más que yo le pedía que, por amor a mí, fuese cauto? Pudo usted quedarse en Portugal, donde lo estimaban, y no quiso. Una simple carta de su hermano le decidió a marchar, sin vacilaciones. ¿No hizo usted gala, durante el viaje, del mejor humor del mundo, según luego lo supe? Debía odiarle mortalmente. Bien sé que fui yo quien atrajo sobre mí todas las desgracias que me afligen. Excesivamente ingenua, le revelé, por hechos y de palabras, mi arrolladora pasión, olvidando que para hacerse amar es preciso fingir y buscar astutamente los medios de enardecer. El amor por sí no engendra amor. Usted fue más cuerdo. Quería que yo le amase y para conseguir esto hizo cuanto pudo y supo. Creo que de haberle sido preciso hasta me hubiese amado. Mas bien pronto pudo usted conocer que, para salir victorioso de la empresa, no necesitaba hacerlo. ¡Qué perfidia! ¿Pensó usted entonces que podría engañarme impunemente? Pues, si por cualquier circunstancia viniese alguna vez a este país, desde ahora le digo que lo entregaré a la venganza de los míos. He vivido largo tiempo en un abandono que me causa horror y ahora me persiguen los remordimientos con furia insoportable. Siento vergüenza por todos los

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delitos en que usted me hizo delinquir y me falta ya la pasión que me impedía conocer toda la enormidad de ellos. ¿Cuándo se recuperará mi corazón de tanto desgarramiento? ¿Cuándo se verá libre de tan crueles torturas? A pesar de todo no le deseo mal, y ojalá sea usted feliz. Mas si es hombre bien nacido, ¿cómo podrá serlo? Acaso le escriba una nueva carta, para decirle que estoy ya más tranquila. Cuando ya no me mortifique tan vivamente la pasión, ¡cómo me complacerá poder echarle nuevamente en cara su injusto proceder!; ¡cómo le mostraré cuánto le desprecio, el día en que pueda hablar con profunda indiferencia de traición!; ¡qué felicidad si llego a olvidarme de todos mis deleites y todas mis desdichas y a no recordarle más que... cuando quiera! Reconozco que usted posee cualidades superiores a las mías, y que por eso me cegué apasionadamente por usted, pero no se envanezca por eso. Yo era mocita, crédula, me habían encerrado desde niña en el convento, a mi lado no vi nunca más que gente buena, jamás nadie me había lisonjeado. ¿Qué mucho que al verme por primera vez cortejada, me pareciese deber a usted los atractivos de la belleza que me elogiaba y en los que sólo entonces comencé a reparar? Todos me hablaban bien de usted, de usted que estaba haciendo lo posible por despertar en mí una fervorosa pasión. Al fin estoy ya libre del encantamiento. Para ello tuvo usted que darme las pruebas inequívocas de su desvío. Sin ellas seguiría hechizada. Devuelvo a usted las cartas y sólo me quedo con las dos últimas, para poder releerlas aún más veces que releí las primeras. Estoy segura que haciéndolo no volveré a caer en flaquezas. Me cuestan muy caras todas aquellas en las que incurrí. Hubiera sido venturosísima amándole toda la vida. De sobra sé que insisto demasiado en su infidelidad, mas me prometí a mí misma tranquilizarme y he de lograrlo, o tomaré una resolución desesperada, que de seguro conocerá sin gran pesar.

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Nada quiero de su persona. Soy estúpida repitiendo las cosas tantas veces. Le dejo para, si me es posible, no volver a pensar más en usted. Hasta creo que no debía volver a escribirle. ¿Acaso estoy obligada a darle cuenta de mi vida?

MARIANA

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