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Noche de rábanos (Huizache)

Naxeli estaba sentada en aquella silla mecedora que había sobrevivido más de tres generaciones
con la familia. Mecía lentamente mientras contemplaba el árbol de huizache que tenía en frente.
Se había pasado toda la tarde y parte de la noche adornándolo. En sus ojos se reflejaban aquellas
series de luces viejas con muchos foquitos ya quemados. Su sonrisa de Mona Lisa contrastaba
aquellas ramas teñidas con cal y el papel laminado sin brillo con el que había rodeado las espinas
del huizache. Tenía frente a ella el fruto del esfuerzo de todo un día.

Muy temprano caminó por la plaza principal, aquella mañana de 23 de diciembre era común ver
a mucha gente preparando la exposición de figuras y nacimientos de rábano, desde el zócalo hasta
la catedral la gente admiraba aquellas artesanías tradicionales de totomoxtle y flor inmortal.

Naxeli caminaba desesperada, en su mente solamente tenía una idea que motivaba sus pies
cansados por setenta y cuatro inviernos vividos: Ya casi era Noche buena y aún no había puesto su
arbolito de huizache y su nacimiento de totomoxtle.

Mientras sus manos creaban las figuras del nacimiento, recordaba todos esos años atrás cuando
su “viejo” la ayudaba a cortar el arbusto, a limar las espinas y secar el huizache, mientras su viejo
pelaba la corteza se quejaba y decía que era el último año que lo hacía. Sin embargo, todos los
años ayudaba. Ya son cuatro años que el “viejo” no le ayudo a amarrar el totomoxtle, una lagrima
surcó su arrugada mejilla mientras pensaba que el “viejo” estaba en un mejor lugar…
Poco a poco sus manos dieron forma a aquella naturaleza seca, mientras aquellas cáscaras se
convertían en becerros, vacas y pastores, un recuerdo invadió su mente, cuando su hijo, el Médico
Melquiades Romero dos años antes le había comprado un árbol de navidad en el supermercado.

- Ñaa, te tengo una sorpresa. Te compré un hermoso arbolito de navidad, es exportado,


muy verde, grande, ya no tendrás que esforzarte por pintarlo con cal, ya tiene su propia
base. Creo que ya es hora que tires esa maceta de barro negro.

Mamá Naxeli se acercó a aquel arbolito de fierro y plástico, juntó su rostro a una de las ramas,
miró a su hijo fijamente y le explicó con cariño:

- Huíni, no huele.

Pensó para sí:

- Cadi guidxélu'lu'. Garuttí cadi caní' (No se confundan, nadie dice nada).

Murmuró con tristeza:

Cadaagu' ladxiduaya

¿Qué dice? Preguntó el Doctor a su esposa Xicarulu?

Xica murmuró al oído del galeno:

- Que tiene el corazón aplastado.

Sin dar explicaciones, mamá Naxeli puso nuevamente aquel ciprés en su caja y colocó un huizache
seco en aquella despintada maceta que su “viejo” le había regalado en la navidad de su
aniversario de bodas de plata. Todos observaron en silencio.
Cerca de las nueve de la noche, minutos antes que su hijo fuera con su familia a ver la exposición
de figuras de rábano en la plaza principal, su nieta Naxelita le dijo a su papá

- Papá, está muy bonito nuestro arbolito.

En ese momento abuelita Naxeli, sintió que todo su esfuerzo había valido la pena.

Era la noche del rábano, mamá Naxeli se encontraba sola en casa, el resto de la familia Romero
estaba en la plaza central de Oaxaca esperando al ganador de la exposición de la noche, lo que a
ella le importaba poco.

Ella contemplaba y disfrutaba su obra como cuando niña, con esa ilusión infantil miraba aquel
nacimiento de totomoxtle, con emoción rascaba aquel tallo de huizache y disfrutaba su olor
característico que le recordaba una vida entera de navidades.

Las cajitas de cerillo adornadas a modo de regalitos montaban guardia, a un costado de aquella
maceta de barro negro, algunas palomitas de maíz las acompañaban, aquellos espinos cubiertos
de papel laminado la felicitaban, algunas pelotitas de papel china coqueteaban entre sí debajo del
huizache, mamá Naxeli lagrimaba en su silla mecedora mientras esperaba al resto de la familia
Romero con aquella satisfacción del deber cumplido.

Autor: @rockcommel