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“Realidad Paralela”, por Ana Vega

©2010 Ana Vega

Prólogo de Sebastián Gutiérrez Gómez

Todos los derechos reservados.


Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de la autora.

Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez


Corrección: Anabel Ocaña
Diseño: Ángel Muñoz Rodríguez (portada y contraportada, imágenes
de interior) \ Ana Patricia Moya Rodríguez

Depósito legal: CO-1389-2010

Córdoba, 2010

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La mirada del escritor es una mirada especial. Está
acostumbrada a ver lo que a otros les pasa inadvertido.
Encuentra historias que contar en gestos, en pequeños detalles,
en un simple posar las manos o en un brillo a contratiempo en
los ojos. El escritor ve el mundo de un modo diferente que
ayuda al lector a comprenderlo. Quizá esa sea una de las
funciones del escritor, cuando no su principal tarea: hacer ver
la realidad del mundo a los demás a través de la ficción que ha
creado.

Ana Vega nos ofrece en Realidad paralela multitud de


historias dibujadas con breves pinceladas. Al igual que los
pintores impresionistas, su escritura busca conmover al lector
con cortas frazadas llenas de humanidad y poder. Su alma
poética guía su mano a lo conciso, a lo sustancioso, sin
abandonar - como los buenos escritores de relatos - el gusto por
el silencio explícito que hace pensar al lector. También su alma
poética dota a su prosa de una música especial, una música
marina y abismal que disfruta buceando el los recuerdos.

Las que podrán leer en este volumen de relatos, son historias de


gente corriente que se preocupa de la vida; personajes cercanos
(obreros, carteros, etc.), momentos de esperanza rotos por
crisis de desesperación. Como en la vida.

No huye Ana Vega de los terrenos resbaladizos, Lolitas y


espíritus inquietos. Le gustan los juegos de palabras, impostar

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voces masculinas y llevarnos de la mano al mar de la
melancolía. Le gusta el surrealismo para procurarle una evasión
al lector que se adentre en sus palabras. Otro mundo, pero
también mundo, es posible.

Relatos esfera, de círculo cerrado, de caminar redondo y


pausado, impregnados de saudade y metáforas. Relatos muy
breves que contienen historias de vida

Al otro lado del espejo se asoma una realidad paralela que les
sorprenderá.

Atrévanse a mirar en él y disfruten de esa otra realidad.

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Se llama Ignacio Sánchez Casares. Ante un mísero sueldo,
tres hijos y la mirada perdida por el alcohol, decide acabar
con todo y acercarse más aún a la persona que ayer mismo
le condujo, por última vez, a la más ardiente soledad. Su
nombre es Silvia. Parece mayor de edad cuando él la mira
largo rato. Es la primera vez que su silueta se desdibuja
bajo otra sombra.

A las diez en punto se produce el encuentro. Nadie


recuerda haber visto nada. María toma a su hija pequeña
del brazo y se abandona junto a la puerta. Un frío
repentino atraviesa la casa.

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Exangüe, la palabra en cuestión es exangüe. Vaya donde
vaya ahí está, arrogante, altiva, burlándose de un pobre
inocente como yo. Se le olvida, a la muy engreída, que ha
sido creada por mí, por nosotros los humanos; se cree que
la ha parido el diccionario solito.

Todo comenzó el fatídico día en que mi hijo me preguntó el


significado de la palabra exabrupto, ahí comenzó mi
desdicha. Como todo buen padre, mentí para ocultar mi
ignorancia de oficinista de mediana edad inculto y algo
vulgar y convencí a mi retoño de que, a pesar de que su
padre podría explicarle muy bien su significado, lo mejor
para su aprendizaje sería acudir al diccionario e ir
cogiendo el hábito de tan sana costumbre. En fin, la
ceguera de la inocencia nos permite a los padres
convertirnos ante los atónitos ojos de nuestros hijos en
todo aquello que nos gustaría ser y nunca seremos.
Inevitablemente, los hijos van creciendo y cierto día se dan
cuenta de lo ridículos e insignificantes que somos, sobre
todo después de haber mentido tanto.

Acudimos, como si de una inusitada odisea se tratase, mi


hijo y yo en busca de la peculiar palabreja.

Llegamos a la “e” un poco cansados, ya que Javi había


insistido inexplicablemente en detenerse en las últimas
páginas de la “b” y la “c”, a veces hasta lo más insólito
puede resultar apasionante. Aquí está, me dijo con una

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ilusión que, la verdad, nunca lograré entender:
“Exabrupto: cosa dicha bruscamente”. Javi salió corriendo
como si nada en el mundo tuviese interés para él o exigiese
su presencia, y ahí me quedé yo, solo ante las páginas
doscientos setenta y ocho y doscientos setenta y nueve. Por
curiosidad, examiné las palabras que allí se me ofrecían
como todo un descubrimiento. Exacerbar, exacto, exaltar,
examen... exangüe, la palabra me produjo un cierto
cosquilleo momentáneo. Cerré el diccionario. Exangüe,
pensé, qué palabra más rara. Lo abrí de nuevo y examiné
su definición: “Exangüe: desangrado, aniquilado, sin
fuerzas”.

Días más tarde, hojeando el periódico volví a encontrarme


de nuevo ante su ingrata presencia: “El cuerpo de la
víctima yacía exangüe...”. Simpática y desagradable
coincidencia, pensé. Mi vida de oficinista de segunda y
honrado padre de familia continuó su cotidiano transcurso.

Yo aún no me había dado cuenta, pero ella ya había


comenzado su persecución. Me refiero a la dichosa
palabreja, por supuesto.

Cierto día me la encontré de nuevo en un cartel


publicitario, y eso no fue lo peor, porque al día siguiente
apareció en mi propia casa, en la boca de mi propia mujer.

La persecución llegó más lejos. Ahora ya no se conformaba


conmigo, amenazaba en las recetas de cocina de mi esposa,

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en los cuadernos de caligrafía de mi hijo, en los locutores
de radio, en los telediarios, incluso se había apoderado de
mi suegra. Los diccionarios deberían llevar una etiqueta
adjunta para advertir a posibles incautos como yo de los
peligros de las palabras, sobre todo de su facilidad para
adherirse a los humanos.

Dicen que el hombre es un animal de costumbres, pero yo


no consigo adaptarme a tan horrible persecución: quizás si
la palabra fuese otra, dalia, pez, incluso farmacia, podría
soportarlo. Y aquí estoy yo, un oficinista de segunda y
honrado padre de familia, al límite de quedar abatido por
tanta presión, exangüe (incluso a mí me ha poseído).

Pero lo que más me asusta es que, esta mañana, al leer el


periódico, mi mirada se ha visto ineludiblemente atraída
hacia un titular donde aparecía la palabra más espantosa
que he visto en mi vida: “Pingüe”.

Tengo miedo.

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Comenzamos con la mermelada. Cada miembro del grupo
escoge un sabor, dependiendo de su preferencia por el licor
de manzana, melocotón o cualquier otro. Es una decisión
importante porque, si no eliges bien el sabor que más se
adapta a tu adicción, el resto del programa se viene abajo.
Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para ello, ya
que tu curación dependerá de la sinceridad de tu respuesta.

Dejar de beber es un proceso largo y tortuoso, que exige


una disciplina casi militar y mucha paciencia.

Quizás lo más difícil para el enfermo sea dar el primer


paso, el de la mermelada. La sustitución del licor por esa
cosa pegajosa con que se unta lo que un día se llamó pan
es, sin duda, algo doloroso e indigno. Para llegar al paté, y
finalmente a los productos congelados nos queda aún
mucho camino por recorrer.

La subida de un producto inferior a otro superior o más


complejo conlleva dos o tres meses de duro trabajo, de
desear no haber dejado nunca de beber. Debemos emplear
toda nuestra fuerza interior para no caer en la tentación y
emborracharnos de nuevo, para no abandonar por un vaso
de vino tinto nuestro costoso ascenso de la mermelada al
café.

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Una vez alcanzado el nivel en el que llevamos a cabo la
sustitución por paté, el peligro de recaer habrá disminuido
considerablemente y la mitad del programa habrá sido
felizmente superado. La elección de los productos se
realizará en función, sólo y exclusivamente, de nuestro
gusto personal en cuanto a la preferencia de unos por el
vino u otros por el whisky, en este caso de mayor
dificultad.

Los consumidores habituales de vino o cerveza se dedican a


realizar la sustitución por productos secos como los
cacahuetes, avellanas, nueces, etc., mientras los
consumidores de bebidas de mayor carácter, como el
whisky o el vodka, se dedican a los productos húmedos,
(poner coma) como las aceitunas y demás.

Una vez superados los cacahuetes y las aceitunas, el


programa se encuentra ya en su fase final. De aquí a los
productos congelados nos aguardan tan sólo dos
sustituciones: las legumbres y las verduras.

Antes de pasar a los congelados, se practica un examen


médico a cada miembro del grupo que nos permita
averiguar si alguno de los enfermos ha vuelto a beber, lo
cual desbarataría todo el proceso y todo el programa habría
sido inútil.

Tras la sustitución por productos congelados, desciende el


grado de ansiedad y la autoestima del grupo sube

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milagrosamente; nos sentimos reconfortados y alegres,
totalmente rehabilitados.

Gracias a este programa muchos alcohólicos hemos logrado


abandonar la bebida. La adicción a la comida implica un
programa mucho más largo y complejo donde se comienza
con la sustitución de la mermelada por una copita de
jerez...

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Le conocí en otoño. Yo tenía catorce y él cuarenta y dos, en
mayo cumpliría cuarenta y tres. No sé cómo ni dónde nos
conocimos, pero eso tampoco importa. No sé si me quería,
ni si yo sabía lo que era el amor; nada de eso importaba.

A las seis le esperaba en el parque. Llegaba con su coche,


me abría la puerta y yo le miraba a los ojos. Después
íbamos a su apartamento y él me acariciaba, me besaba.
Siempre se me ocurría alguna excusa para mi madre: hoy
ceno en casa de Alicia, he quedado con Sara...

Me regalaba vestidos, sombreros, zapatos, pero siempre me


sobraba un poco de aquí o allá y eso nos hacía reír. Le
gustaba deshacer mi trenza y enredar sus dedos en mi pelo.
Le gustaba sentir cerca a su niña.

De vez en cuando, conseguía engañar a mi madre y pasaba


la noche con él. A la mañana siguiente, cuando me
despertaba, solía abrazarme con fuerza, como si al hacerlo
evitase que algo o alguien le robase a su niña.

Le gustaba sentarme en su regazo y acariciarme el cabello.


Me decía cosas bonitas mientras me hacía el amor, y yo
sentía algo especial en sus brazos.

Ahora él tiene cuarenta y ocho y en mayo cumplirá


cuarenta y nueve, yo tengo veinte y aún no sé si esto es
amor, pero yo me pierdo en sus ojos...

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Sucede que María le dijo que no. Que a pesar del vestido y
las apariencias, si estaba sola en aquella fiesta, alguien
guardaba su lugar en la cama de alguna ciudad extranjera.
En fin, que “no”, pero lo dijo tarde, demasiado tarde y
Pablo creyó, como es común en estos tiempos, parece ser,
que aquello era un asunto de alta traición en toda regla. Y
es que si una mujer acude sola a cualquier
“emplazamiento” (con alevosía, si el motivo es festivo),
algo anda buscando. Si además fuma o bebe de un modo
determinado, la cosa se complica, y no digamos ya, si a la
hora de bailar se contonea con un cierto “tonito” al modo
de ver masculino, un tanto guerrero (que, por otra parte, es
el mismo que ella emplea en su casa cuando a solas
escucha esa salsita que tanto le gusta, o cuando le enseña a
su sobrino Luismi como no caer en el más absoluto ridículo
o, al menos, mantenerse dignamente cuando le llegue el
momento de lucir y menear esqueleto), pues bien, todo
parece indicar que la chica está sedienta.

Pablo, deja a un lado la parte superior de su cuerpo para


abandonarse a la parte más inferior del mismo (en todos
los sentidos) y ataca, horas antes del conflictivo “no”, a la
hembra en cuestión. Repite la operación varias veces,
porque el vestido de ella así lo requiere. Ella, por su parte,
que sólo ha venido a pasar un rato para olvidarse de que
Javier viaja en estos momentos rumbo a París y tras la
plúmbea insistencia de sus amigas, ofrece su sonrisa a
Pablo, y contesta a sus preguntas amablemente.

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Procura ser agradable, por cortesía.

Pablo toma la cortesía por incitación al acoso y, ante tal


situación, pone todo su empeño, superior, inferior e
intermedio, en llevarse al huerto a este vestido corpóreo
que es María esta noche.

Se acerca a la barra para pedir unas copas, a ver si con el


alcohol la chica le va facilitando la entrada triunfal en el
paraíso que desde el principio ella ha anunciado
ostentosamente por medio de muy diferentes y luminosas
señales.

En un momento de debilidad, recurre a otros miembros de


la manada para intercambiar iniciativas. Pablo se refiere a
la agradable e incauta María en términos de “calefacción
central”, lo cual anima a más participantes a intentar llevar
a cabo la ardua tarea que supone esta chica indefinida de
altas temperaturas. Pablo le cede el turno a Juan, Juan a
Pedro, Pedro a Manuel, Manuel a Luis, Luis a Santos, éste
al siguiente (de quien no se conoce ni el nombre) y el
proceso continúa hasta altas horas de la madrugada.

A las 6, Pablo toma las riendas, le agarra del brazo y con


todas las escasas buenas maneras que le quedan tras tan
fatigosa tarea la invita, no muy amablemente, a refugiarse
en un lugar más tranquilo. María responde un “NO” sonoro
y preciso que enfría considerablemente las fervientes

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ilusiones de las respectivas partes inferiores de los allí
presentes.

Pablo se enfurece y no entiende nada, porque él tan sólo ha


seguido las instrucciones que ella le ha dado.

María se queda simplemente perpleja por tamaño


malentendido.

Ser agradable puede provocar ciertos desórdenes en el


ecosistema varonil, cuyas consecuencias son del todo
impredecibles.

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El aeropuerto es un lugar fantástico para recordar mientras
esperas.

Sandra desmenuzaba el sándwich vegetal con las manos y


después se atusaba el pelo con disimulo, como si nadie se
percatase de las huellas grasientas que dejaba en su pelo
negro.

Despedazaba aquel sándwich como tantas veces había


destrozado su vida, y lo hacía con rabia, con furia, dejando
resbalar las lágrimas.

Miraba a un lado y a otro, pero las maletas pasaban con


rapidez y ninguna era verde, ni grande, ni acogedora y
ninguna escondía su rostro.

A las doce Sandra sintió que el niño que llevaba dentro no


era suficiente excusa para olvidarlo. Les unía aquel verano
en París, sus noches, aquel avión que se lo llevó todo...

Siguió esperando. Llegaron las tres y las cuatro y a las seis


sintió de nuevo el frío de aquella tarde.

Cerró los ojos. Al abrirlos, descubrió que el niño que


llevaba en el vientre no sólo le daba otra oportunidad de
ser feliz, también le suplicaba amar a alguien que no
conocía París, ni tenía una maleta verde, pero que le había

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llenado ese vacío de tantos años con algo que, por primera
vez en su vida, jamás la abandonaría.

Sandra salió del aeropuerto y cogió un taxi. Al llegar a


casa, una enorme maleta verde la esperaba sobre la
mecedora.

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Después de diez años, aquellos días en el lago se tornan
algo borrosos, como si todo se conservase intacto en el
interior de un espejo. Cuando uno es joven se vuelve un
poco loco y temerario y, no sé, visto desde ahora, desde la
perspectiva que te dan los años, quizá no hubiese
reaccionado tan alegremente; quizá no, seguro. Recuerdo
sobre todo las noches larguísimas, la dipsomanía que más
bien nos afectaba a todos, en mayor o menor medida, y
Chucho con sus cosas de la Argentina y su insistencia en
acompañarle al lago, el dichoso lago. Nunca suelo recordar
los momentos malos o más difíciles de aquellos años en la
universidad, tal vez por ello se queden ahí parados,
paradisíacos, perfectos, utópicos, porque me niego a
recordar lo oscuro y, por supuesto, hubo una parte oscura.

Chucho llegó a convencernos a mí y a los chicos:

- ¡La pasaremos bien! - decía con esa expresión tan


convincente y peligrosa - Ya verán, allá las cosas son
hermosas de veras.

Supongo que después nos reímos y pusimos el gesto ése de


aventurilla tonta que sólo consigues a los veinte.
Decidimos ir en seguida, ese mismo fin de semana.
Preparamos las maletas con una rapidez inusitada en
nosotros. Chucho venía de vez en cuando a nuestra
habitación y bromeaba:

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- Les presentaré a mi abuelo, muchachos. Ya verán, él era
un argentino de mucha pompa. ¡Era un intelectual, vos
deberías saber qué es eso, Pablito!
- Tu abuelo está muerto, Chucho, no bromees con eso-
respondía yo algo agitado. A mí los muertos siempre me
han dado mucho miedo.
- Yo me entiendo, Pablito.

De todos modos, no le dimos importancia a las tonterías de


Chucho, él era así, lo malo es que a veces resultaba difícil
distinguir en qué momento había dejado de bromear.

Llegó el fin de semana y todos estábamos muy excitados


con el viaje, Chucho nos había dicho que su cabaña en el
lago era una “preciosura” y que allí disfrutaríamos mucho;
bebiendo, se sobreentiende. A las diez Chucho llegó con el
coche y yo me senté delante, junto a él. David y Sergio se
acomodaron detrás entre risitas. Tardaríamos en llegar
unas tres horas aproximadamente.

- David y Sergio dormirán en la habitación que está junto a


la cocina, la que tiene la ventana que da al lago, yo dormiré
en el sofá-cama y Pablito dormirá en la habitación del
abuelo... - nos decía mientras sacaba un cigarrillo- El
abuelo siempre decía que después de muerto se iría a vivir
allá, al lago, donde conoció a la abuela Aneta. Le gustaba
esa habitación, la llamaba “el cuarto oscuro” porque había
tanto silencio en ella como para reescribir “Guerra y Paz” o
matar a un budista.

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- ¿Por qué tengo que ser yo justamente el que la vaya a
ocupar?
- ¿Eh?
- ¡Que yo no quiero dormir en esa habitación! ¡Que duerma
David o Sergio!
- Al abuelo le hubiera gustado. Le hubiera gustado mucho
conocerte. ¡Vos sos un intelectual como él, Pablito!
- Sí, ya...

Cuando llegamos comenzaba a anochecer, así que no


pudimos ver bien el paisaje del que tanto nos había
hablado Chucho. Sacamos las maletas y las metimos
dentro. Era una casita muy hermosa. Chucho nos mostró
las habitaciones y después de comer algo, nos fuimos a
dormir. Estábamos cansados. Yo tardé un poco más en
dormirme, oía los ronquidos de unos y otros a derecha y a
izquierda y eso empeoraba bastante la situación. Era una
habitación extraña, realmente oscura, con una paz
inmensa, como para recitar la Biblia sin inmutarse. Sin
embargo, había un olor bastante raro, como a fritura. La
cocina estaba muy cerca, pero en fin, no dejaba de resultar
curioso...

- ¿Vos sos el amigo del golfo de mi nieto?


- No bromees más, Chucho, quiero dormir.
- Yo no soy Chucho, boludo.
- Yo no soy peludo. Eso lo será usted.
- ¡Boludo, che, no peludo!
- Pero, vamos a ver, ¿tú no estás muerto?

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- Sí. ¿Y qué pasa por eso, ah? Yo soy muerto, pero no tonto.
Yo soy un intelectual de la Argentina y los comunistas no
nos vamos tan pronto para el otro lado, Pablito. ¿Te llamas
así, no es eso?
- Sí, me llamo Pablo.
- Pues bien, Pablito, ¿tú sabés quién es mi ídolo? Yo te voy
a dar pistas. Tiene barba y bigotillo de guerrillero, el pelo
oscuro, los ojos negros... ¡Fuma mucho mi ídolo! Y, por
supuesto, es latinoamericano. Él es un revolucionario
todavía. ¿Sabés de quién te estoy hablando?
- Claro que lo sé, de Julio Cortázar.
- ¡Sos imbécil, nenita! ¿Vos sos loco? Es el Che. El Che
Guevara, boludo.
- Ah, perdón.
- Pero que perdón, ni nada, nenita. Vos sos un reprimido,
seguro. Aunque no andabas muy descaminado con lo de la
adivinanza... ¿Tú sabés qué me gustaba a mí de pequeño?
Las papas, nenita. Las papas con una buena salsita
sabrosa.
- ¡Pero ahora estás muerto!
- Sí, pero no me lo recuerdes más, boludo. Yo soy
revolucionario, tú sabes...
- Sí, comprendo.
- ¿Tú sabés qué yo echo de menos acá arriba? El
Surrealismo, compañero. Acá todo es tan blanco, tan
limpio, acá ya no se puede revolucionar nada, ni tan
siquiera hay donde escupir... Echo de menos la vida,
muchacho.
- Entiendo.

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- Cómo que entendés? Vos sos un inculto, seguro. Pablito
era tu nombre, ¿no? Vos no podés ser nada llamándote así.
¡Qué cruz, nenita, qué cruz! Vamos a ver, muchacho, ¿tú
conocés quién es Cavafis, nenita?
- Pues no, ni quiero.
- Sos un impresentable, boludo. No tenés remedio. Vos no
querés aprender nada, sos peor que el zángano de mi nieto.
Tiene razón acá el amigo cuando dice que los crea para
después juntarse ellos. Aquí abajo ya no hay
revolucionarios, allá no se puede y acá no se quiere...
- Yo comprendo lo que usted me dice, per...
- ¡Qué vas a entender vos, nenita! Tenés veinte tacos, tan
sólo.
- Ya, pero yo...
- Mirá, mejor será que se duerma y mañana le traigo una
encuesta para me la responda. Así sabremos arriba si hay
esperanza de revuelta o no acá abajo. ¡Es que no tenés
ideales, che! Y eso no puede ser. Ahora dormíte.
- Creo que ya me he desvelado.
- Dale, Pablito. Dormíte de una vez. ¿Vos no sabés cumplir
una orden?
- Bueno, está bien, lo intentaré. Una oveja, dos ovejas, tres
ovejas, cuatro ovejas, cinco...
- Sos un poco sonso, nenita, pero a su edad es lo más
normal. Dormíte, pues, dormíte.
- ...

A la mañana siguiente me desperté algo atolondrado y


confuso, les conté lo sucedido a los chicos, pero no me

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creyeron. Nunca volvimos a hablar de ello. Sergio y David
regresaron un par de veces más al lago. Supongo que es
bastante probable que alguna de sus estancias allí explique
de alguna manera su drástica decisión de enrolarse en la
guerrilla zapatista, aunque quizá sólo sean conjeturas
mías. A veces he llegado a pensar en la posibilidad de que
el abuelo de Chucho no sea el único espíritu revolucionario
que anda por ahí suelto, y que la misma historia se repita a
lo largo de los siglos. Así, si cambiamos a Sergio por Silvio,
y añadimos otro Pablo, no yo, nos daríamos cuenta de lo
agradecidos que deberíamos estar a todos los abuelos
revolucionarios que siguen entre nosotros. Qué habría
sido, sino, de la trova cubana.

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En el mundo de los decúbitos pronos, Silvia era toda una
novedad. Aparecía en cualquier momento, encima de un
árbol, en el cielo y a veces se hacía invisible.

Ella no era como los demás. Lo había intentado miles de


veces, pero cada vez que lo hacía sufría de terribles dolores
de tripa. Su vientre no estaba hecho para apoyarse en el
suelo y mucho menos para ser utilizado como medio de
transporte o desplazamiento. Para el resto de las chicas de
su edad, Silvia era un poco estrambótica y rarita, no
comprendían porqué se empeñaba en ser diferente.

Los más ancianos y sabios se acercaban para explicarle el


método, pero todo era inútil: Silvia no aprendía.

Se encontraba muy a gusto con su espalda y, mientras


todos se arrastraban con el vientre, ella podía ver las
estrellas y la luna. Ser el único decúbito supino entre tanto
prono despertaba muchas envidias y recelos, por lo de la
humillación que supone tener tan poco mundo a la vista.
Por eso la criticaban y la señalaban con el dedo cuando
miraba el cielo, pero Silvia era feliz pese a todo.

Nunca aprendió cómo poder arrastrarse con el vientre sin


hacerse añicos, pero mientras lo hacía con su espalda
soñaba con un mundo lejano donde unos seres altos y
desgarbados se arrastraban con los pies.

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Claudia es alta y flaca, y a veces luce tacones de mujer
fatal. Me gusta ver sus ojos negros mientras le beso el
cuello. En el fondo no es tan fría como parece. Carlos y los
demás dicen que estoy chalado, pero a mí me gustan sus
piernas. Ahora ya no me importa Julia ni sus infidelidades
(si es que puede llamarse infidelidad al borde de Luis) y
casi no recuerdo a la dulce María con su carita de mazapán
y sus mentiras. Nunca volverán a dejarme con mis botas
nuevas y mi chaleco de piel de seductor frente al cine
“Paraíso”, después de haber agotado mis esperanzas y mis
cigarrillos. Ya no habrá más Julia ni María, ni sábados de
Ana o Belén.

No me arrepiento de nada. Me molesta un poco lo de la


policía, sí, pero al final no son más que papeles, qué me
importan ellos si soy feliz a su lado.

Al fin y al cabo, no es lo mismo que te fichen por atracar a


una pobre ancianita que a unos grandes almacenes, por lo
menos yo sí tengo moral.

¡Estaba tan sexy con aquel vestido azul en aquel


escaparate!

Carlos y los demás dicen que estoy chalado, pero a mí me


gustan sus piernas.

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Ocurrió hace un par de días. Me enamoré de él por su voz,
así, de repente. Dijo: Muy buenos días, soy el cartero, ¿me
abre, por favor? Yo, por supuesto, respondí con un: Sí, sí,
sí, sí, sí... Y me enamoré. Sin conocerlo.

Desde entonces, esperé su llegada día tras día con la misma


ansiedad con que esperaba la cocinita y la muñeca repollo
la noche del cinco de enero. Cada mañana corría a
descolgar el aparatejo que me traía su voz para preguntar
una y otra vez: ¿Quién es...?. Eso me producía una
felicidad inmensa.

Al sexto día me decidí a bajar hasta el buzón poco después


de haberlo abandonado él. De esta manera, podría sentirlo
más cerca todavía. Me quedé allí sentada, junto al buzón,
olfateando una a una, las cartas que él me había dejado.
Aún podía percibirse su aroma chorreando por las paredes.
Ahí me enamoré del todo.

A la semana siguiente, creí conveniente deslizarme hasta el


portal justo en el momento en que depositaba las cartas en
el buzón. Sería muy romántico. Estaba decidida a
conquistarlo, no me importaba en absoluto lo que fuese
necesario para ello. Y así lo hice.

Ese mismo día nos conocimos. Al principio, se mostró


receloso con lo de vivir juntos, por lo del piso y lo caros
que están, supongo. Ese día sólo nos besamos.

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Al día siguiente, creí necesario conocernos más a fondo y,
ni corta ni perezosa, así se lo hice saber. Cedió con
bastante rapidez, aunque tampoco le dejé escabullirse.

Fue en ese momento cuando él se enamoró también...

A decir verdad, mis expectativas en cuanto a sus artes


amatorias se me quedaron un poco grandes.

Pasado un mes, bajé a fijar la fecha de la boda, para que él


conociese con exactitud el día en que debía ponerse el frac
azul que yo le había comprado para la ocasión. Estaba muy
ilusionado.

Nos vimos un par de veces más en el portal, hasta que yo


decidí que lo mejor sería fugarnos a Cuenca, ya, en ese
mismo instante. Qué será de las pobres e indefensas cartas
sin mí, murmuró. Se mostró preocupado por el reparto del
día, aún debía entregar la correspondencia del sesenta y
cuatro, sesenta y seis, sesenta y ocho, setenta y setenta y
dos, pero yo le convencí: ¡Debemos irnos ya, no hay
tiempo!. Entonces me preguntó qué haríamos con las
cartas, y yo, cómo no, le respondí que, indudablemente,
leerlas todas, una por una, hasta hartarnos. Pareció
sorprendido con mi propuesta, pero cumplió mis órdenes,
sumiso, como siempre.

Una vez leídas, decidí que ya podíamos marcharnos con la


conciencia tranquila. Y nos fuimos.

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Salimos del portal, abrazados y muy contentos. Mi madre
gritaba desde el balcón: ¡Susana, sube las cartas de una
vez! Pero… ¿quién es ése que va contigo? ¿Pero dónde va
esta niña con el cartero? ¡No ves que llevas el pijama
puesto...!

Se me ha olvidado explicar que, a lo largo de todo este


tiempo, mi madre nunca sospechó nada de mi relación
clandestina con el cartero, aunque siempre se extrañó que
para bajar al buzón por dos o tres cartas tardase cuatro o
cinco horas. Razones tenía para preocuparse.

Y ahí se quedó mi madre gritando y suplicando que por lo


menos le subiese el recibo del agua antes de irme, mientras
mi cartero y yo perdíamos entre la multitud, él más ligero
que nunca y yo muy decidida, como siempre.

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A la sombra del baobab todo se ve diferente. Aquí nunca
llueve ni hace frío, pero tampoco hace calor. Sólo
oscuridad. Oscuridad placentera, como de andar por casa.
El baobab es como un poblado muy cosmopolita, la gente
va y viene de sus vidas, pero sólo yo permanezco aquí
inmóvil. Todo es diferente. Los que van y vienen saben que
aquí hay un mundo, pero el resto de las personas de ahí
fuera no tienen tanta suerte: creen que el baobab es sólo
un árbol.

Es un baobab discreto, nada llamativo.

Llevo muchos años bajo sus ramas, observando, midiendo


las acciones que veo en el exterior. Me da un poco de
miedo salir fuera. Los que van y vienen tienen mucha
suerte porque conocen ambos lados, el del sueño y el de la
vida, la paz y la muerte. Pero no todos tienen tanta.

A la sombra del baobab todo se ve distinto, a pesar de que


ahí fuera los dolores crezcan como la hiedra
envolviéndonos en su chillido. Pero aquí estoy seguro, por
lo menos mientras no me despierte...

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Ser el último ujier del mundo requiere una capacidad
especial para perderse; no sólo conocer cuál es el momento
apropiado de hacerlo, sino cómo y cuándo debe suceder.
Olvidarse es fácil, pero para perderse se necesitan años de
práctica. No todo el mundo puede hacerlo. Si no hubiese
sabido perderme seguramente nuestra raza se habría
extinguido y eso sería muy peligroso, porque después
vendría la desaparición de razas tan antiguas como la de
los ministros grises o los jueces.

Llevo con gran dignidad mi calidad de especie reconocida


por su talento en París, Londres o Vigo, muy anterior a
razas más extendidas como la de conserje, locutor o
camarero. Perderse bien es una cualidad imprescindible
para sobrevivir, pero para ello debes mantener una estricta
disciplina a lo largo de los años. No basta con querer
perderse. Llegado el momento hay que desaparecer del
escenario molesto con todo tipo de precauciones. Llevar un
sombrero rojo o botas altas no ayudan en absoluto.

Si algo he aprendido en estos últimos miles de años es que


si no sabes perderte no vas a ninguna parte.

32
En Charlestón las nubes son pocas y el viento escaso. Los
escritores se acobardan mucho ante tal panorama. No hay
mucho que describir, lo siento, tienen razón.

Los squalers viajan de noche con mucho cuidado de no


perder el correo que los escritores esperan siempre bajo las
cornisas. “Esto es una comuna de letras”, dice el gran Jo
cuando tiene la oportunidad de hacerlo, cosa no muy
frecuente...

Los picos de las montañas aparecen siempre nevados en


honor a los escritores que siempre, siempre, miran muy
alto, los pobres.

Las plumas corren deprisa a poco que se les ve la tinta,


para no ser capturadas e inmediatamente reincorporadas al
programa “Juta” de ayuda a las manos. Casi todos los
domingos varias manifestaciones se expresan públicamente
en la plaza principal. Algunas, la mayor parte, son de la
familia H que se niega a seguir viviendo con tanto escritor
en observación continua, otras, son las que forman la red
clandestina de plumas, que de manera ilegal se asocia en
sindicatos de muy mala fama y muy mala fe. La cosa acaba
muy mal a eso de las ocho y media.

A veces se hace de noche y los squalers se divierten


atizando al personal manifestante con todo tipo de

33
correspondencia, de un modo bastante desagradable. Es
muy penoso, sobre todo para los escritores que aguardan
en su cornisa.

No hay mucho más que ver en Charlestón, sólo escritores y


más escritores. Eso es todo. Mañana dejaré la pensión
“Hillom” para coger el primer tren de la mañana con
destino a Saskatoon. Espero no dormirme.

Canadá, 1999. Fragmento n12.Diario II.

34
Fíjense en todas esas muchachas ahí desparramadas y
desparramándose por todas partes, por todo el escenario, o
pasarela, o lo que sea.

- Ganará la más guapa - dice Conchita. Y todos asentimos,


aún conociendo la más oscura realidad del asunto.

Pobre Conchita, mi mujer, mi otro yo, la madre de mis


hijos, la que nunca se pregunta a sí misma nada porque ya
tiene bastante con lo que tiene, o sea, yo, o sea, conmigo.

La verdad, yo nunca he entendido muy bien la diferencia


entre eso que llaman “aspirantes” con eso otro, por
ejemplo, que llaman “aspiradoras”, esa especie de abismo
entre pensamiento y expresión bucal. Quizá se deba a mi
naturaleza enfermiza y algo intelectual y, por ello,
enfermiza. Todo esto, mi intelectualidad patológica o
patógena o patagónica, no sé, me conduce inevitablemente
hacia preguntas tan atolondradas como porque me llamo
Tomás. Y no es que me llame, me grite, o me busque a
voces, quiero decir, que mi nombre, el que me ha
acompañado siempre, sea Tomás y no Conchita, por
ejemplo, como mi mujer. ¿Por qué no yo Conchita y ella
Tomás? Lo cual me provoca otra seria cavilación: ¿y quién
demonios manda aquí?

Veamos otro ejemplo. Qué tipo de relación puede


establecerse entre el A-GOBIO que me inunda y me invade

35
los martes a eso de las ocho, con el pobre GOBIO que nada
(y esto con segundas) tiene que ver conmigo. La telaraña
lingüística me deja en cueros de nuevo. Me sumerjo en un
profundo desconcierto...

- Ésa es la más guapa. Seguro que gana. Acércate para


tomar las medidas, si lo hago a bulto seguro que me sale
corto de mangas, como siempre...
- Conchita...
- ¿Sí?
- Tú, ¿alguna vez has deseado tener otro nombre? No sé,
Teresa, o Eva, o Greta? Quién sabe, a lo mejor tu vida
habría sido diferente...
- ¡Tú ven aquí y ponte derecho!
- Bueno, ¿me contestas o no?
- Vamos a ver, levanta los brazos y no te muevas... Pues no
sé, a mí me hubiera gustado ser más alta, eso sí, y ser
actriz y conocer mundo, pero veo que eso trae muchos
problemas a la larga, así que no sé, no me decido. Las cosas
son como son y ya está. ¡Pensar es cosa de locos!

Entre madeja y madeja, yo seguía con mis inquisiciones (y


puede que vaya con segundas también). A mí siempre me
ha dado mucho miedo ir a la frutería y pedir un cuarto, o
un kilo de kiwis por la posibilidad de estar cometiendo,
aún sin quererlo, una atrocidad en alguna parte del mundo.
Esto me producía una serie de alucinaciones tales como
observar un bello plumaje pardo circundando el alimento e

36
imaginar Nueva Zelanda, sus paisajes, sus gentes y, sobre
todo, su fauna. El mal sabor de boca me duraba días.

Y ahora llega la Semana Santa y el culto y las procesiones


y quién podría no sonrojarse al dirigirse a esas devotas
mujeres como si fuesen orugas. Qué tipo de mente
retorcida puede habérmela jugado otra vez, jugárnosla a
todos con sus indecorosas coincidencias. Procesionarias.
Es el fin.

O quién sabe si cuando le digo a mi Conchita que me eche


en la sartén un ajo bien hermoso, bien grande, un ajolote,
no la estaré induciendo al anfibicidio.

Y cuando le narro mis peripecias en el parque tras las


jovencitas y no tan jovencitas y, por decencia, más que por
vergüenza, le cuento a mi Conchi, no la verdad, la de los
puñetazos que me dan siempre donde nunca deben darse;
cuando le digo la gran mentira, que CAÍ y por eso vengo
como vengo, no le estaré dando mono por liebre. Y qué
culpa tendrá el pequeño mono de mis debilidades y qué
tipo de explicación es ésa:

- Pero, ¿qué te ha pasado, Tomás?


- Monó. Que... Que monó y me hice daño.

No hay más que incógnitas en el universo. Qué vergüenza,


qué vergüenza...

37
- Mira ésa, Tomás. No me gusta tanto como la otra, va toda
pintada.
- No digas eso, Conchita, pobre niña, no hace falta que la
llames gallinácea. Tampoco es para ponerse así...
- Tomás, creo que pasas demasiado tiempo con ese
diccionario.

Que sean “aspirantes a” no quiere decir que sean


aspiradoras, o viceversa, por muchas relaciones que
puedan establecerse en nuestra cabeza, entre unas y otras,
unos y otros.

Somos una fauna abisal, sin duda alguna.

***

Epílogo

ASPIRANTE: Persona que ha obtenido derecho a ocupar un cargo


público. Candidato.

ASPIRADOR, RA: Que aspira el aire. Denominación aplicada a


diversos aparatos que sirven para aspirar fluidos, polvo o residuos
de reducidas dimensiones.

AGOBIO: Acción y efecto de agobiar.

GOBIO: Pez pequeño, de 15cm. de longitud, que vive en aguas


fluviales límpidas.

38
KIWI: Ave corredora de Nueva Zelanda, de alas casi inexistentes,
plumaje pardo, pico largo y barbas desordenadas, que mide unos
30cm de altura. Fruta de corteza marrón pilosa y pulpa de color
verde.

PROCESIONARIA: Oruga que se alimenta de las hojas del pino,


roble y encina, a las que causa grandes estragos, y que tiene la
costumbre de avanzar en largas filas, con la cabeza de una tocando
la parte posterior de la anterior.

AJOLOTE, AXOLOTE O AXOLOTL: Vertebrado anfibio urodelo


de los lagos mexicanos y norteamericanos, capaz de reproducirse en
estado larvario y que raramente consigue la forma adulta.

CAÍ: Pequeño mono platirrino americano.

PINTADA: Acción de pintar en las paredes, vallas, etc., letreros o


murales de contenido político o social. Letrero o mural de ese
carácter. Gallinácea, originaria de África, aclimatada en el mundo
entero.

39
Los frikis son seres diminutos. Tienen tres pelos con tres
nombres respectivamente: Joaquín, Mauricio y Arévalo.
Pueden ser de distintos tipos: pobres y ricos. Los frikis
pobres nunca van a la escuela, y los frikis ricos son muy
inteligentes porque van siempre. Hay frikis muy testarudos
que se empeñan en aplastar a los frikis pobres y éstos, por
lo tanto, se ven más diminutos de lo que en realidad son.

La sociedad friki está gobernada por el Gran Freak, el cual


habla mucho y no dice nada, pero todo el mundo debe
acatar sus órdenes. El Gran Freak tiene un séquito real
formado por frikis del tipo “ricos”, los cuales suelen ser
bastante testarudos en el aspecto antes citado. De este
modo han sido exterminados millones de pobres frikis.
Estos frikis no poderosos tienen una cosa llamada “moral”
que, según ellos, los distingue de los frikis ricos y,
generalmente, son buenos frikis, honrados y trabajadores.
A los súbditos del Gran Freak les molesta sobremanera el
aspecto descuidado de los frikis paupérrimos y éstos lloran
en gran cantidad por ello. La escuela es cara.

Los pequeños frikis no poderosos adoran a sus tres pelos y


los agrios del Gran Freak no les hacen ni caso. Esta
situación es inexplicable para los frikis pobres, los cuales
están muy, muy orgullosos de Joaquín, Mauricio y Arévalo
y no comprenden, porque, testarudos, se empeñan en
esconderlos. Suelen ser algo que se llama “muycinicos”.

40
El Gran Freak y lo suyos son totalmente desgraciados, en
cambio, los frikis pobres siempre están de buen humor y
siempre sonríen. Es una de las muchas circunstancias a
explicar en la sociedad friki.

A veces, los frikis honrados se cansan y hacen algo que se


llama “huelga”, pero que siempre termina en otra cosa
llamada “manifestacionmultitudinaria”. El Gran
Freak dice que eso es muy peligroso y farfulla algo entre
dientes parecido a:

izquierdasocialismocomunismoanarquiapeligropel
igropeligropeligropeligropeligroso...

41
Julia había sido siempre una jovencita alegre y orgullosa.
Cuando paseaba del brazo de su novio por el parque los
muchachos la miraban con disimulo y se les encendían los
ojos; siempre esperaban a que estuviese sola para
piropearla y mandarle guiños.

Julia era esbelta y tenía unos aires de grandeza al caminar


que encandilaban hasta al más ciego. Era lo que solían
llamar una buena hembra.

Desde niña, canturreaba a todas horas por los rincones y,


de vez en cuando, en su habitación se echaba un bailecito.
Ciertamente podía pecar de alocada, pero era tan
encantadora...

- ¡Guapa!- , le decían por la calle.


- ¡Gracias, caballero!-, decía con la sonrisa en los labios.

Trabajaba en una corsetería del centro de Madrid, aunque,


a pesar de su independencia económica, continuaba
viviendo con sus padres. Seguiría allí hasta la boda con
Luis.

Cierto día preparó el despertador para las ocho y media y


se fue a dormir. Debía salir temprano porque antes de ir a
la corsetería pasaría por la tienda de Juana.

42
A las ocho sonó el despertador un poco despistado. Julia se
levantó más triste que nunca, como si viniese de algún
terrible sueño lejano. Se vistió y fue hacia el espejo para
peinarse.

Se le había borrado la sonrisa.

Cuando vio su cara allí reflejada, sin aquellos dientes


blancos como luceros, no se sorprendió en absoluto. Estaba
demasiado triste para eso.

Salió a la calle y nadie la piropeó, o quizá sí, pero estaba


demasiado triste para eso y para cualquier cosa.

Acudió a la corsetería un día más, después nunca volvió.

Se encerró en su habitación y jamás se escuchó ni el más


leve canturreo.

Algunos dicen que se llevó su sonrisa el viento, otros que


se le olvidó.

43
Bien. Todo va bien. Nada malo va a suceder. Tranquila, K.,
tranquila. Todo va bien...

Pero sus cuerpos pesan y el olor a sudor y a erección


hambrienta es insoportable. Afuera el cielo gotea lluvia
como de metal oxidado y las calles parecen estremecerse
ante el espectáculo putrefacto de la noche que vende
cuerpos o los regala.

Son las diez y media y algo me impide salir de este


minúsculo espacio cuadriculado en blanco con su justo
retrete y su injusto espejo de motel barato que ya no tiene
sabor de tanta saliva esparcida por las paredes. Me toco el
vientre, y los muslos, y me araño la piel porque necesito
otro dolor donde esconderme. Las huellas jamás
desaparecen, es como si todas las manos que me han
retorcido y amasado y apretujado y besado el cuerpo se
quedasen ahí señalando su territorio; como si nada ya
fuese totalmente mío. Quizás tengan razón. Cualquier cosa
en venta, cualquier cosa, lo que sea, se convierte en
propiedad absoluta y privada, con derecho a todo, de quien
ha pagado el precio de posesión, de esclavitud. Y las
huellas quedan siempre. Y las huellas no desaparecen.

La primera vez hubo dolor y asco. Y sentí nauseas con


aquel tacto canoso, con aquella mole de barro que se servía
de mí como si se tratase de un animal mecánico que con

44
tres monedas reproduce sonidos y vibra. Esa noche
comprendí.

Después llegó el “caballo” y el whisky, para tapar los


huecos que ellos no me llenaban. Y bebí y me bebí una a
una las venas por las que circulaba un poquito de vida. La
calle fue mejor desde entonces, menos fría.

Me duele el cansancio. Son demasiados cuerpos encima,


demasiadas moles, demasiada piel con gafas o sin ellas,
demasiados flacos, gordos, absurdos, tríos, palabras,
mentiras.

He perdido peso. Tengo mal aspecto, ojeras, desde la


última paliza, aquélla en el “Tres Estrellas”.

Hoy ha sido un día ajetreado y no he tenido que


molestarme en bajar a la calle, “El Rubio” me ha dejado
aquí muy temprano y me ha subido cinco o seis. El de las
cinco no estaba mal, bastante normalito, nada de cosas
raras. El de las nueve me marcó la cara. A ellos les gusta
eso. Un hombre siente en función de la fuerza que ejerce
sobre su presa.

A pesar de todo, no me quejo, quizá ni tan siquiera tenga


fuerzas para eso, estoy cansada. Sé que nada cambiará. No
hay final feliz para las chicas de la calle, sólo eso, la calle y
lo que quede de venas. La vida es como es, sólo los de
arriba pueden cambiar su destino. Los de abajo nacemos

45
con las manos bajo tierra y no tenemos raíces, solamente
huellas. A los otros las heridas les cicatrizan y a mí se me
quedan abiertas, siempre disponibles.

Bien, todo va bien, nada malo va a suceder, tranquila K.,


tranquila, todo va bien, me repito una y otra vez, las que
sean necesarias, mientras espero con la jeringuilla en la
mano.

46
Cielo azul, radiante sol e incluso cierto ligero aroma a
salitre y roca. Camino despacio mirándolo todo, recuerdo
algo de un gato curioso que murió hace mucho tiempo o
algo así, pero sigo mirando, observo las casitas de planta
baja, el dorado trigo, los árboles... Ahora siento un nudo en
el estómago, esa sensación de que algo importante anda
cerca. Me paro. Creo que no debo seguir. Lo mejor será que
dé media vuelta y deje la aventura para los aventureros,
alguien me dijo un día que un gato se había muerto por
curioso. Decidido, regresaré por donde he venido.

Vuelvo a ver las casitas de planta baja, aquellos árboles,


qué delicioso pan podría conseguirse con aquel trigo...
Noto de nuevo el olor a salitre, a arena mojada y sol. La
playa debe de estar cerca. Sé que aquel pobre gato murió
por su espíritu inquieto, pero yo no soy gato, ni curioso,
sólo siento ese nudo de lo que debe ser, de lo inevitable.
Volveré a retomar el camino.

Me ha costado un poco el retraso y ya comienzo a sudar, el


sol calienta demasiado. Sigo andando. Ahora el paisaje ha
cambiado y huele a café con leche, casi a hojaldre. Sigo
andando y veo a lo lejos algo que no puedo distinguir bien.
Ahora camino deprisa, cada vez más. Creo que sí soy
curioso, a pesar del gato.

Podría afirmar que es una especie de cartel o algo así. Sí,


un cartel, ahora estoy seguro. A medida que me voy

47
acercando alcanzo a ver dos palabras. Creo leer “no tocar”
o “no saltar”. Tendré que acercarme más...

***

- Cariño, ¿estás bien? Estás pálido y no tienes muy buena


cara, lo mejor será que tomes una pastilla e intentes
dormir de nuevo.
- No recuerdo.
- Pero, ¿qué no recuerdas?
- Nada. No recuerdo nada.

48
Hacia arriba:

Para comprender el mundo hacia arriba se necesitan ante todo


dos o tres buenas agallas. No es imprescindible, pero sí muy
aconsejable mantener durante todo el proceso una saludable
actitud nada rencorosa y condescendiente con el resto de
personas que no pueden o no tienen la capacidad suficiente
para compartir nuestro modo de entender el mundo hacia
arriba. Deberán tomarse ciertas precauciones necesarias antes
de emprender el viaje de comprensión; éstas se dividen en dos:
“imprescindibles” y “depende de su voluntad”. Las precauciones
correspondientes al género de “imprescindibles” son
sobradamente conocidas por todos y por ello no las repetiremos
aquí. Entre las precauciones del género “depende de su
voluntad” señalaremos como imprescindibles dos: la corbata de
color azul (en su punto justo) y los calcetines rayados.

Llegados a este punto, se considera totalmente apto para el


viaje de comprensión a cualquier transeúnte de estatura media.

Una última advertencia sería ya, evidentemente, no bajar nunca


la vista.

Hacia abajo:

Dada la perspectiva pesimista que conlleva este tipo de visión


del mundo, debemos comenzar por tareas sencillas que nos
ayuden en la comprensión, tales como escuchar el crujir de los

49
muebles de madera o acariciar la lavadora. Tendremos en
cuenta siempre la posibilidad de desplomarnos en cualquier
momento, esto nos mantendrá muy despiertos.

Tras el primer mes de práctica del “Programa Sencillo-Abajo”


nos sentiremos muy pequeños, diminutos, lo cual será de gran
ayuda en nuestro camino de percepción del mundo hacia abajo.

Durante tres años y tres noches seguiremos el “Proceso Hacia


Abajo” y una vez marcados con el escudo de las liras nos
encontraremos ya capacitados para realizar el primer viaje.

En horizontal:

Si no has nacido con la capacidad específica de entender el


mundo en horizontal te será absolutamente imposible
adquirirla posteriormente. La visión horizontal se transmite de
madres a hijos y es un tipo de comprensión que se da en muy
pocos casos. Es, sin duda alguna, el modo de entender el mundo
más apropiado para los seres de una sola cabeza que comienzan
el viaje a cuatro patas.

En vertical:

Debemos esforzarnos mucho para poder alcanzar el nivel de


comprensión vertical, uno de los más complejos.

Comenzaremos intentando respirar por las orejas sin que ello


distraiga nuestra atención. Una vez lo hayamos conseguido

50
cerraremos la boca e introduciremos un guante por la nariz. De
este modo la concentración será máxima. Sin perder el
equilibrio respiratorio, cogeremos el martillo y mantendremos
fija la mirada en él durante tres minutos. En el momento justo
de alcanzar el clímax expulsaremos mediante un bufido el
guante de nuestra nariz, con la fuerza necesaria para que el
mismo vaya a caer sobre el martillo, encajándose en el hierro.
Mantendremos, ahora, la mirada sobre el guante durante tres
días. Al cuarto día, al amanecer, estaremos preparados para
emprender el viaje.

Con los ojos abiertos:

El único modo de combatir este tipo de comprensión del


mundo, nada aconsejable, es amarrar con una cuerda dos
novelas breves de cualquier autor del s. XX a cada uno de los
párpados, respectivamente, y esperar con paciencia. Es un
método seguro, limpio y eficaz, comprobado a lo largo y ancho
del universo.

Con los ojos cerrados:

La forma más habitual y cómoda de alcanzar este modo de


entender el mundo es y será, por los siglos de los siglos,
mantenerlos siempre así.

51
Los tarandelos son una especie en extinción. El último
tarandelo con vida fue visto a orillas del Sena el catorce de
mayo del año tres mil novecientos noventa y seis. Esto sólo
ocurre en ocasiones muy especiales, son muy rigurosos en
cuanto al número de visitas a su ciudad natal. Vagan por el
mundo de un sitio para otro hasta que les llega el momento
de la transformación. Después son libros para siempre. De
ahí el dicho popular: “este libro parece tener vida propia”.
La explicación es bastante evidente, cuando un tarandelo
llega a nuestras manos ya ha sido transformado y, por
tanto, no podemos ver su mirada, ni sus pies, ni su larga
cola dorada.

Primero fueron los tarandelos y no el huevo ni la gallina.


Su desaparición sigue siendo un misterio. Hoy día existen
muchos libros, pero no todos son auténticos tarandelos, es
decir, no todos lo han sido anteriormente. Si el libro que
tenemos en nuestro escritorio es un tarandelo de verdad lo
notaremos enseguida, en sus palpitaciones, en la capacidad
que posee para atraparnos, para contar historias.

Todo tarandelo ha sido humano antes que libro, en el


mundo anterior y por ello guarda tantas historias dentro.
Ahora, desgraciadamente, ya no surgen las
transformaciones necesarias para que un tarandelo nazca;
ya no crecen en ningún lecho de muerte esas largas colas
doradas que daban el privilegio a unos pocos hombres de
llegar a ser libros algún día. Para que esto sucediese

52
tendrían que darse unas condiciones atmosféricas que ya
no existen porque el sol se apagó hace mucho tiempo y
porque no hay oxígeno. La tierra se secó del todo en el dos
mil. Sólo quedan los libros. Pero aún cabe la esperanza de
que el tarandelo del Sena se reproduzca antes de
convertirse en libro y nazcan unos cuantos humanos que,
bien alimentados, pueden llegar a tarandelos a los noventa
y cinco, o ciento tres años. Crucemos los dedos.

53
El verano se había ido deslizando, poco a poco, hacia ese hueco
estacional de hojas secas que es el otoño. Ahora los años
pesaban más que nunca para Alfonso Tresto.

Tendría unos cinco años cuando le llegó su primera tristeza. A


esa edad uno no conoce a sus enemigos y cree que la felicidad es
eso que te cosquillea en el estómago cuando has ido al campo a
cazar grillos y observas que has realizado la más asombrosa
cacería. Claro está que pronto se van muriendo tus trofeos e,
incluso, algunos se devoran entre sí. Entonces, te das cuenta de
que las cosas no son lo que parecen y, lo que es peor, siempre
huyen cuando ya las has conseguido.

A los quince años le llegó la segunda tristeza y ésta fue más


difícil que la anterior. Aquí decidió que lo mejor era olvidarse
de sueños y esperanzas, que a la larga siempre duelen.

Después vino la tercera y la cuarta y a la quinta tuvo una nueva


sensación. La tristeza se convirtió en melancolía dolorosa. Pasó
el tiempo y quiso volver a soñar, pero se le había secado el
alma.

Tras muchos años de melancolía, ya en el lecho de muerte,


sintió un dolor agudo en el pecho y supo que aquello no era una
de sus tristezas.

Se dio cuenta, demasiado tarde, que jamás había intentado ser


feliz.

54
La abuela siempre nos decía que tres cuartos de hora son mucho
menos que media hora y que los gatos no tienen siete vidas
porque nacen ya muertos del todo, son espíritus del más allá y
por eso tienen los ojos tan grandes y tan verdes.

Papá nos explicaba que todo eso que nos causaba tanto
desconcierto eran “cosas de la abuela” y con eso nos
conformábamos. Así crecimos mis hermanos y yo creyendo todo
lo que nos decía papá.

Identificamos, pues, desde niños, todo aquello que nos


sorprendía en el mundo como “cosas de la abuela”, sin más
preguntas ni respuestas que las que nos dio papá. A medida que
fuimos creciendo y madurando, algunos más que otros, nos
dimos cuenta de cómo todo aquello de la abuela y sus cosas
había influido en nuestras vidas, del modo en que nos había
marcado. Ante mi sorpresa y la de mis hermanos, nos
hallábamos de pronto explicando a nuestros propios hijos
cualquier etapa o hecho del mundo, suceso o pubertad, con la
frase que, sin quererlo nosotros, se nos había atragantado en la
garganta: “Son cosas de la abuela, hijo”.

Y así crecieron nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos,


creyendo que cualquier duda de la humanidad cabía en una
frase. Y la estupidez viajó de generación en generación hasta
que un día un hombre más bien pequeño, con gafas y pelo cano,
se propuso investigar el pasado de la abuela.

55
Sentado en el retrete, mientras escucho a Beethoven,
pensando en la última buena explosión que he escuchado,
me pregunto: ¿Y a mí qué me importan los transeúntes? La
vida hay que vivirla, chaval, pese a quien pese. Aquélla sí
que fue gorda, una buena monté aquel día. Ya no se hacen
explosiones como las de antes. ¡Ay, la del treinta y nueve,
qué tiempos aquellos!

El otro día, cuando iba caminando por la calle


tranquilamente me asaltó una duda incontrolable, muy
inquietante, por así decirlo: ¿Realmente soy un asesino?
No sé, yo me identifico más con los quinquis, ya sabes, las
canguis, vamos a ver, con los marginales, los rateros,
ladronzuelos, pícaros, no sé, con el Lazarillo de Tormes,
por ejemplo, ése si que era un gran tipo. Como os iba
diciendo, a mí, bueno, y a mi primo el “chuleta” también,
nos gustan las explosiones, los circos, ya sabes, los
colorines y el ruido. La primera vez que nos pescaron al
chuleta y a mí) habíamos volado por los aires un almacén
de bufandas y calcetines, en fin, nada del otro mundo, algo
sencillo. Eso fue al principio, después nos dio el instinto
asesino y comenzamos con las víctimas, pero por razones
de seguridad tan sólo. Es decir, si nos ponemos a avisar a
todo el mundo para que salga del edificio, perderíamos
mucho tiempo y tampoco merece la pena por cinco o seis.

Una vez instalados los explosivos, el “chuleta” y yo nos


sentamos en algún parque cercano a observar el proceso.

56
Después nos felicitamos mucho por nuestra tarea y nos
fuimos a casa. A veces cogemos el walkman y nos
deleitamos con las tres o cuatro estaciones esas tan
famosas y tan clásicas, primero yo y después el “chuleta”.
De vez en cuando vemos una Heli de acción.

El “chuleta” es muy observador y me quiere mucho, así que


si ve que me dan los mareos se marcha corriendo en
seguida. Ya sabe que me gusta estar solo cuando me dan
los ataques. Es un buen colega, muy atento y considerado,
aunque un poco histérico, si me descuido liquida a la mitad
de la población mayor de sesenta y cinco años, odia a la
tercera edad. Nunca le he preguntado porqué, sus razones
tendrá, supongo.

La verdad es que no encuentro ninguna explicación a mi


conducta, si bien es cierto que no me gustan los edificios,
ni los almacenes, ni los cines, ni las casas y mucho menos
los ascensores donde normalmente sufro asfixia por falta
de oxígeno, no encuentro ninguna relación entre mi
claustrofobia y mis explosiones. Tal vez si el mundo fuese
un espacio totalmente abierto, sin puertas, ni techos, quizá
entonces...

57
María tenía largas trenzas y sonrisa de niña buena. Podríamos
decir que era una niña de ésas, dulce y sonrosadita.

María tenía una gran familia y un perro y una casita en las


afueras. Aparentaba muy bien ser feliz.

Cuando le preguntaban si quería un helado: “No, no me apetece.


Gracias”. Y es que nunca le había apetecido nada realmente.

Se le daba bien eso de dibujar animalitos entre el bosque, eso


sí, con pajaritos de cielo azul siempre al fondo.

Sus amigas del colegio la apreciaban mucho, sobre todo por su


extensa colección de muñecas de porcelana. La visitaban muy a
menudo.

“¿Te gustaría ir al zoo el sábado, mi amor?”, decía la madre


con cierta desesperación. “Me da igual”, repetía una y otra vez
la niñita.

Y pasaron los años y María se convirtió en una bella mujer


sonrosadita, y elegante. Tuvo tres hijos y un marido de portada
y otra casita en las afueras. Parecía tan feliz...

“Cariño, hoy te he comprado un ramo de rosas precioso. Ven a


verlo”, intentaba el pobre hombre. “Ya iré luego. Gracias”.

58
Y es que nunca le había apetecido nada realmente, ni tan
siquiera ser feliz de algún modo.

59
Como cada tarde, Miguel Lombardia salía con prisa de su
trabajo de ocho a cinco, mientras esperaba ansioso el
momento de liberarse de su fiel corbatita rayada. No era una
tarde demasiado especial, ni fría ni calurosa, simplemente
otra tarde en una ciudad cualquiera.

Qué fácil resulta caminar hacia casa después del trabajo,


pensaba. No tenía un trabajo excepcionalmente duro, no,
pero ese presumido de Manolo jugaba con los límites de su
paciencia con sus paseitos y sus miradas. Esperaba con
cautela cualquier pequeño error para ejecutar su zancadilla a
algún inocente padre de familia con más pelo que él. Sin
duda era un trepa de mucho cuidado.

En fin, la vida existe y, por tanto, se mueve, aunque no como


debería, se repetía a sí mismo.

Aún le quedaba un trecho más bien largo para llegar a casa,


aunque ya podía percibir el sabor del hogar.

Tomó la precaución de visualizar la escena: Su mujer le


obsequiaba un beso a su llegada mientras los niños gritaban
un caluroso papá, te quiero.

Qué fácil es soñar lo nunca visto.

Al pasar por la confitería de la esquina, el tufo dulzón le


indicó que ya estaba cerca y le supo a hogar, a madre tierra.

60
Cruzó la calle y, ahí, se lo encontró, con su mirada y su
sabiduría. Cuántas historias había vivido aquel portal,
cuántos besos robados a su amparo y, cómo no, cuántas
lágrimas...

Sacó su llave, deprisa, como siempre, y casi taciturno y aún


borracho de oficina, metió la llave; pero la llave no quiso
abrir. Volvió a intentarlo. Lo intentó de nuevo. Imposible.

Un poco nervioso ya, probó la infalible sacudida. La llave no


entró. Instintivamente, golpeó más fuerte.

La puerta, al fin, cedió.

Cruzó el umbral extrañado, pero sin dar al suceso demasiada


importancia.

Subiendo las escaleras imaginó posibilidades policíacas.


Quizás su mujer había cambiado la cerradura convenciendo a
los vecinos de una hipotética trágica historia para fugarse
con su amante. Tal vez no debería haber tomado tanto café
esa mañana.

Como de costumbre, sacó la llave y se dispuso a abrir. Rió.


No era posible. La llave no entraba. Esta vez, las sacudidas
fueron inútiles y sólo sirvieron para arropar sus nervios.
Intentó calmarse, pero no lo logró. Se sentó en el descansillo.

61
Observó con atención aquel pequeño trozo de acero.
Imposible, pensó.

Seguramente todo poseía su perfecta explicación lógica, así


que llamaría a su vecina Teresa y ella le diría lo ocurrido. Mi
mujer le habrá dejado alguna nota para mí y la nueva llave,
quiso creer el pobre hombre.

Rápidamente se incorporó y llamó varias veces al timbre. No


contestaba nadie. Después de un rato un señor mayor abrió la
puerta.

- ¿Qué deseaba?- preguntó algo somnoliento.


- ¿Puedo hablar con Teresa? - dijo el pobre infeliz.
- Aquí no vive ninguna Teresa - contestó el anciano mientras
cerraba de un portazo.

Miguel Lombardia no comprendió nada. Le temblaban las


manos, miraba hacia un lado y a otro esperando ver aparecer
alguna respuesta en el aire. Se sentó. Se levantó de nuevo. Se
volvió a sentar. Fríamente, calculó cada una de las posibles
explicaciones. Se decidió, cómo no, por la más
cinematográfica: se encontraba en una dimensión
desconocida...

Todo tipo de terroríficas preguntas con cuerpo de mujer e


hijos y dudas de color de hogar desfilaron ante él.

62
Al igual que un personaje más de cualquier historia
fantástica bajó las escaleras como si nada hubiese ocurrido.
Se mintió una y otra vez. Se negó. Se reprendió a sí mismo
por sus locuras.

Salió del portal confundido y se alejó sin dejar de pensar.

Al pasar por la confitería de la esquina el fuerte tufo dulzón


volvió a invadir su nariz. Héctor, el pastelero, lo saludó
desde dentro.

- Adiós, Héctor- dijo Miguel sin pensar.

De pronto, se detuvo, se dio media vuelta y vio cómo Héctor


le sonreía. ¿Cómo podía ser posible cambiar de dimensión y
llevarse a Héctor con él?

Simplemente era imposible.

Como un autómata condujo otra vez sus pasos hacia el portal.


Ahí estaba frente a él de nuevo. Tomó todo el aire que pudo
en sus pulmones y cerró los ojos. Soltó el aire, y respiró
tranquilo. El número que allí había escrito era el 64 y no el
63.

Miguel Lombardia rió y dudó de la cordura humana mientras


abría el portal de su casa.

63
Ahora estará con cualquiera de ellos, con aquel moreno de
ojos saltones que la buscaba con la mirada desde la
pescadería, o con aquel otro de aquel verano; seguramente
seguían viéndose. Le besará la nuca para luego descender a
sus muñecas, le dirá palabras que yo no supe decirle al
oído, acariciará su pelo mientras ella sonríe.

Jamás debí dejar que saliese sola, tendría que haberme


puesto en la puerta, frente a ella para impedirle el paso y
suplicar, rogarle que no me abandonase, que mi vida sin
ella no tiene sentido, que siempre la he querido y siempre
la querré.

No recuerdo el momento en que la perdí, sólo deseaba que


fuese mía, solamente mía. Los gritos la habían asustado, sí,
por eso me engañaba, por los gritos, sólo por los gritos;
pero me seguía queriendo, lo sé. No debí darle aquella
bofetada, pero me herían sus palabras, sus mentiras, había
estado en sus brazos o en otros, era inútil negarlo. Después
le había acariciado el rostro. Intentaba borrarle mis
huellas con los dedos, pero ya era tarde. Lloré, por ella y
por mí, por su carita enrojecida por mi mano. Me rendí a
sus pies, se los besé, le dije que la amaba y que no quería
hacerle daño, sólo que fuese mía, tan sólo eso. Ella lloró
también y eso aún dolía más. Nos besamos y la abracé y
ella se dejó acariciar. Esa noche fue más mía que nunca. Y
ahora se había ido. Dijo que sólo compraría unas cuantas
cosas, leche, pan, ese chocolate que le gusta tanto, y

64
volvería rápido, muy rápido, sólo sería un momento. Pero
yo sabía que no era así y en aquel instante me dejé llevar
por sus ojitos diminutos y por ese gesto de su pelo al girar
la cabeza. Y ahora estará en sus brazos, en los de algún
otro que no soy yo y alguien le robará esa sonrisa que me
gusta tanto.

Me parece escucharla subiendo las escaleras, con ese


tintineo que dejan sus botitas negras, sí, creo que ya sube.
No volveré a dejarla escapar, me encerraré con ella, la
ataré a mí con una cuerda si es preciso. Debe ser mía. Ya
está entrando.

Escucho voces, pero sólo reconozco la suya. No puede


haberse atrevido a traerlo, no, el hombre que le ha quitado
el vestido y le ha besado la boca no puede ser real, debo
creerla. Sí, ahora estoy seguro, es una voz de hombre,
grave, fuerte, lo ha traído para deshacerse de mí, seguro.
Lo han planeado todo para que parezca un accidente. No,
ella debe ser mía, sólo mía. Jamás dejaré que nadie me la
vuelva a robar.

Subo las escaleras deprisa, todo lo rápido que puedo. Ya he


llegado al escritorio, debe estar por aquí. No lo encuentro.
Buscaré en aquel cajón. Aquí está. Bajaré y acabaré con él.
Nadie me la robará.

Tengo que contar las balas, una, dos, tres; sí, hay
suficientes. Debo bajar ya.

65
Ahí están, creo que está tras la puerta. Si disparo ahora
mismo la bala le alcanzará, la madera es muy fina en la
cocina. Ahora o nunca.

La puerta de la cocina cedió con el peso de un cadáver que


miraba fijamente a los ojos de su hijo.

“Debí creerte, mi amor”, dijo con la mirada perdida.

66
Caminaba durante horas, días, buscando un no sé qué por
las esquinas de los bares y las confiterías, las bibliotecas y
los andamios, hasta en los lugares más íntimos del
ayuntamiento. “Impepinable, totalmente impepinable...”,
murmuraba. La parafernalia propagandística había tomado
la ciudad, los candidatos del PAU, el MNUNIDOS y el
YOPROMETO sonreían impúdicos en los carteles.
“Impepinable”, se repetía.

Caminaba. Gruñía con desesperación. Ya comenzaba la luz


tosca de la mañana.

- Bu… bu… buenos días, Manuela. Yo...


- ¿Te crees que esto es una pensión? La próxima te juro
que agarro la sartén y te quito de una vez por todas esa
cara de esa de viejo tonto, que te juro que te arreo un
sartenazo que de Manuela Torralba tú ya no te olvidas. Ya
te enseñaré yo, ya te voy a enseñar las normas de una casa
decente donde siempre se ha sido limpio, y honrao, y de
buen diente, y con la obediencia como rosario. ¡Esto se va a
acabar, como que me llamo Manuela Torralba Cruces, que
esto se acaba...!
- Pero, mujer, es que yo, ya sabes, me desoriento y...
- ¿Te crees que yo me chupo el dedo? ¡Sinvergüenza,
canalla, que si te vas de putas, te vas, pero no vuelves!
¿Has oído? ¡Calzonazos, más que calzonazos, que ni tan
siquiera ahí dentro escondes nada!

67
“Impepinable”, pensó, pero en voz muy baja. Manuela tenía
mal carácter, las uñas muy largas y a medio pintar, pero la
lengua rápida e hiriente como un cuchillo. Al pobre Tomás
le daba ansiedad sólo de pensar en ella. Se dejaba
maltratar porque eso era lo único que podía darle, su única
contribución posible a la felicidad de esta pavorosa mujer.
Y caminaba.

D. Jorge comprendía bien su desdicha.

- ¿Qué pasa, Tomás? Me parece que te han dado duro,


seguro no se lo piensa dos veces antes de agarrar la sartén
esa mala bestia.
- Que no, que ella no es mala, que soy yo, que provoco, que
provoco cualquier cosa...
- Pero tú qué vas a provocar nada, Tomás, que te conozco
de toda la vida y tú no has pegao un grito nunca, que la
mala es ella.
- Si es que salgo de casa y no sé qué pasa que camino y
camino y se me van los días en el caminar y a lo mejor me
paso una semana sin caer por casa. Que me desoriento, o
algo así, o algo peor, imagínate.
- Serán las elecciones.
- Sí, puede ser. Adiós, D. Jorge.
- Dios te bendiga, hijo.

Al pasar por la plaza recordó de nuevo aquellos días, su


juventud, las ganas, el pelo largo y lacio de Manuela, las

68
uñas rojas... Y ya estaban aquí otra vez las elecciones, los
candidatos, D. Bartolomé, aquel doce de septiembre.

Se detuvo frente al grotesco edificio gris y, por un


momento, cerró los ojos para resucitar con un gesto
levemente desesperado aquella noche en su memoria. Las
once y media, la luna a medio florecer, el pueblo acalorado,
el griterío... Y luego, las doce en el campanario, las uñas
rojas recién pintadas por última vez, la expresión del
rostro, el pueblo ensimismado, como inerte.

“Impepinable”, pensó.

- ¡Atroz! - añadió.

69
De nuevo ante el espejo, como cada mañana de ayer y del resto de
mi vida, con esa medio sonrisa melancólica del día siguiente, del
“después de una noche de ésas”, hice unas cuantas muecas de
desamparo y me burlé de mí mismo, no sin cierta tristeza de
fondo, de volver a la rutina.

Cuando terminé de vestirme ya echaba de menos la cama y la


noche y, sobre todo, ese tipo de noches que te dejan la cara
descolgada y descolorida y descomunal en todas sus partes, ahora
más vistosas que nunca, enrojecidas, inflamadas, lívidas o de
cualquier color menos el suyo propio. En fin, uno siempre puede
sobreponerse a lo que tiene fácil solución; en este caso, la
nostalgia se curaría a eso de las doce con un poco de whisky y
alguna chica bonita.

Conseguí salir al fin de mi casa, más tarde que nunca. Con mi traje
impecable y mi corbata parecía notarse menos el largo listín de
irregularidades de mi rostro. Como siempre, llegaría tarde a la
oficina y el jefe me miraría a través de sus gafas, como mira el
león al ciervo que se queda rezagado del resto y me miraría largo
tiempo, como siempre, y no porque sintiese una irremediable
atracción por mí que le llevara a imaginar tórridas escenas de
amor, vistas por alguien a través de algún cristal, sino con esa
mirada de león que desprecia la carne a la que va a engullir de un
momento a otro a través de la cola del paro.

70
A esas horas, el tráfico hacía un ruido espantoso y la calle estaba
completamente abarrotada de personas como yo, con traje y
corbata y caras descomunales.

Mientras esperaba al lado del semáforo para poder cruzar, me


entretuve escudriñando a las personas que allí, en esa especie de
ritual, me acompañaban. Los había largos y feos, pequeños y
rubios, flacos de carácter y gordos de carácter también. Algunos
parecían flores, como aquella chica de ojos tristes, otros más bien
cardos, aunque a esas horas de la mañana casi todo es
comprensible.

Entre la multitud vi a un hombre que me llamó la atención, era


alto y desgarbado y tenía “mala pinta”, como se suele decir. Él, al
igual que yo, miraba a los demás, uno a uno, pero, a diferencia de
mi inocente curiosidad, parecía buscar algo, tal vez una víctima.
Pensé en un león con una manada de ciervos a su disposición y en
qué criterio de elección seguiría en cuanto a su personal
preferencia por uno u otro. Esta comparación me resultó familiar,
no sé por qué.

Seguí observándolo durante un rato, pero, casi sin darme cuenta,


el hombre alto y desgarbado me descubrió y me sentí indefenso y
amedrentado. Justo en ese momento en el que me miraba
fijamente y se abría paso entre la muchedumbre hacia este pobre
cervatillo, el semáforo se puso en verde.

71
Crucé la calle como si en ello me fuese la vida y continué
caminando deprisa, muy deprisa, con la seguridad de que aquel
hombre me seguía.

El corazón me latía fuerte y yo apuraba más y más mis pasos, pero


me sentía indefenso, rezagado, ya sin la multitud protectora.
Caminaba y caminaba y oía sus pasos tras los míos, acercándose,
olisqueando ya su presa.

Estaba aterrorizado. En varias ocasiones intenté mirar atrás, pero


estaba seguro de que si lo hacía, si me encontraba de nuevo ante
él, me mataría. La ofensa de mis ojos frente a él, acusándolo de
flaco y desgarbado, asegurando su futuro incierto y sus, seguro,
perversas intenciones, analizando toda su vida en su flaco y
desgarbado cuerpo, en su mal aspecto, sería terrible para él, la
humillación me costaría cara. Y ahora, mientras apuraba mis
pasos y se me aceleraban los latidos, pensaba en él y en mí,
desnudos, iguales en nuestro aspecto, yo flaco y él desgarbado, yo
desgarbado y él flaco y, lo que es peor, mi rostro pálido y ojeroso
incluso más deplorable que el suyo; claro que mi excusa era la
noche, la divina noche, una noche de “ésas”, pero quizás él tuviese
también la suya. Entonces me di cuenta de lo único que nos
separaba: mi corbata italiana y mi traje oscuro recién planchado.

Pero eso ahora daba igual, porque la humillación había sido


terrible y yo debía pagar el precio.

Mi instinto me obligaba a seguir caminando más y más deprisa.


Ahora corría como un loco y el sudor me bañaba el rostro

72
descomunal y ahora húmedo. Miraba a las personas que pasaban a
mi lado y me parecía imposible que nadie se percatase del peligro.
Quisiera haber gritado, haberles advertido de sus enormes manos
y de su aún desconocido utensilio largo y afilado, y de seguro
certero.

Pero nadie veía el peligro que acechaba mi vida. Nadie, a pesar de


mi corbata italiana y del traje... Eso ahora ya no importaba. Me
hubiera gustado darme la vuelta y plantarle cara, pero yo era el
único responsable y estaba absolutamente incapacitado para
cualquier cosa que no fuese huir y correr cada vez más rápido.

Comenzaba ya a estar cansado, me estaba quedando sin fuerzas,


pero el miedo me obligaba a seguir huyendo. Sabía que de un
momento a otro me desplomaría al fin exhausto, pero yo debía
correr hasta que eso ocurriese.

De pronto, tropecé y caí torpemente al suelo. Me quedé inmóvil,


muy quieto, paralizado totalmente. Pensé que era inútil seguir
huyendo y arrastrándome. Con las escasas fuerzas que me
quedaban, conseguí girarme y ver al fin de cerca el último rostro
que verían mis ojos. Pero no vi a nadie. Volví a comprobar mi
horizonte, pero no había nadie.

Coloqué mi corbata italiana y me sacudí el traje, el verdadero león


me esperaba en la oficina, a la cual llegaría, cómo no, más tarde
que nunca.

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- Puf. Buf, ay... No sé porqué me tiene que pasar esto a mí; en
fin, resignación. ¿A quién se le ocurre salir de casa sin el
pararrayos puesto? No sé por qué me tiene que pasar esto a
mí...

El hecho de ver a Mario enfurruñado y con malas pulgas no era


nada excepcional, bastante común, o enormemente común, diría
yo, para entendernos mejor. Y es que no era un mal tipo, sólo
un poco torpe y despistado. ¿A quién se le ocurre salir sin el
pararrayos puesto? Bueno, veamos lo que dice él a todo esto:

- ¿Por qué no llevas el pararrayos, Mario?


- Es que se me ha olvidado la cabeza en casa y sin ella, ya se
sabe, no tengo ningún sitio libre para ponérmelo. Utilizo hasta
el occipucio.
- Está bien, Mario. Qué tengas un buen día.
- Taluego.
- Taluego.

Y se fue calle abajo.

Aún no he hablado de Esther, ni de Marta, pero tampoco creo


que eso os sirva de ayuda para entender al pobre Mario, ni para
añadir mayor acción al relato. Sería una carga inútil.

“Voy a llegar tarde por culpa del pararrayos de las narices y


encima cachondeo en la plaza: ¿Por qué no llevas el
pararrayos, Mario...? Y porqué no te tiras del pie izquierdo un

74
poco, a ver si se te pasa la tontería, imbécil. Este Carlos es
tonto de raíz, lo lleva en la sangre”.

El pobre Mario tampoco es muy listo. No sabe que yo, Carlos,


soy el narrador omnisciente de todo este lío y que veo y oigo
todo de todo. El desgraciado no sabe que escucho sus
pensamientos. Cree que soy otro personaje y eso sí que no. Me
parece que me cae un poco gordo el protagonista éste de tres al
cuarto. Con lo que a mí me gustan los personajes femeninos,
lascivos, pérfidos, con un poco de traición por el medio.

Ahora que lo pienso, el relato es mío, así que puedo hacer con él
lo que me dé la real gana, ¿no? Bien, pues, borramos a Mario y
comienzo de nuevo:

- Talué, Carolina.
- Taluego, Imanol

Imanol es un chico muy majo, piensa Carolina, un poco


engreído, pero agradable. Debería haberse casado con él y no
con Luismi.

Imanol vive en lo alto de la ciudad y digo en lo alto porque vive


en un árbol. Ya se sabe cómo son los ecologistas. Luismi e
Imanol son hermanos, pero no se parecen en nada; bueno sí, en
que ninguno de los dos suele terminar las palabras. Así, cuando
hablan suelen cometer errores del siguiente tamaño:

75
- He vis a tu mu, y l he dich: Talué. Y ell me ha contestá: Talué,
Imán.
- Ah, qué bié. Me alegr que me l hay contá, pero ahor teng que
ir. Taluego.
- Talué.

La única diferencia evidente entre ambos es que Luismi puede


decir “Taluego” sin entorpecer su final. Es una familia muy
curiosa. Os preguntaréis porqué en este relato nadie habla con
la corrección debida y dice “Hasta luego”, como es de suponer,
en vez de “Taluego”. La razón es la misma por la cual vosotros,
lectores, tampoco lo hacéis. Confesad. El que diga lo contrario
miente como un bellaco. Las normas sociales del estrés y la
urbe no nos dejan tiempo para más.

El día en que uno de mis personajes no imite la realidad, dejaré


de escribir para siempre.

Bueno, sigamos. Habíamos dejado a Imanol solo con sus


pensamientos y eso no es nada recomendable bajo ningún tipo
de circunstancia. Ante esta soledad decide dar un paseo.

Parece conocer a la chica de minifalda verde con cara de susto,


más que de sorpresa:

- ¡Hol, María! ¡Qué suert encontrárt aquí! ¿Cóm te v la vid?


- Lo siento, tengo mucha prisa. Otro día no vemos, ¿vale? Te lo
prometo. Hasta luego.

76
Y aquí concluye el relato y todos mis relatos para siempre. Lo
dicho: si eso ocurre, dejaré de escribir. Y, eso, ha ocurrido.
Hasta luego.

77
Hola, soy Tony Bonaro, de los Bonaros de Segovia, pero...
¡Schssssss!, no me escuchen tan alto. Me he escapado de uno
de sus relatos; no, no se vayan a creer que soy un friki, ni un
tarandelo, ni ningún bicho raro de ésos de los que escribe,
vengo de otro lado. Pasaba por allí cuando vi a un hombre
con un diccionario en la mano en lo alto del edificio “Los
Jilgueros”. Advertía de un modo apocalíptico los ocultos
peligros del diccionario y afirmaba ser perseguido por una
palabra, lo cual me pareció insólito y ridículo por su evidente
corpulencia; no obstante, me produjo cierto malestar. La
llegada del trágico momento final era inevitable, así que me
quedé a esperar un rato. Entonces me vio ella, la que monta
todo este tinglado y, de repente, mientras observaba todo
desde una esquina, abrió su enorme boca y, simplemente, me
absorbió. En seguida pasé a su cerebro y allí me incorporé al
resto, donde, dicho sea de paso, había de todo.

Por un lado, unos cercopitecos rosáceos y en no muy buen


estado, por otro, unos cuantos habitantes de Harivia no muy
limpitos que digamos y, al final de los finales de los pasillos,
un biasalariado de corte y confección británico, con cara de
pocos amigos. Daba asco ver lo sucio que lo tenía todo, claro
que, con tanta promiscuidad personajística, ya nada me
extrañaba. Olfateé un poco por aquí y por allá y charlé otro
poquito, no más de tres pasos, con uno o dos o tres o cuatro
harevíes, personas despistadas pero dignas.

78
Me acerqué hasta unos señores muy altos con bigote y traje
oscuro cuyas orejas no me decían prácticamente nada.
Llevaban gafas oscuras y el pelo muy quieto, muy quieto. Les
pregunté:

- Disculpen, ¿llevan ustedes mucho rato en estos andurriales


del Sr. Jiménez y pico?
- Es que... - y se miraron unos a otros y también a otras
partes de los pasillos - Es que… es que… que... Nosotros
comemos titulares a todas horas y a veces nos sientan mal
porque, ya sabe usted, ¡el estómago es tan delicado para las
guerras...!
- Ah, ya, comprendo, comprendo. Y, díganme, ¿son ustedes
siempre tan pulcros en el vestir?
- Sí, sí, eso siempre.
- ¡Aaaah! Bueno, pues adiós y muy buenas o buenos los
titulares, quiero decir.
- Y la paz con usted.

Me parecieron, sinceramente, algo dupanámicos para ser


egipcios, pero eso y otras cosas me las callé por
preocupación.

Como ya eran casi las cinco y yo, pase lo que pase, suelo
merendar siempre para ser voluminoso, me acerqué hasta el
biasalariado para interrogarle:

- ¿Y tiene usted hijos?


- Pues no.

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- ¿Y mujer?
- Pues no.
- ¿Y criado?
- Pues no.
- Y, dígame, ¿a veces sueña que es un pez globo muy grande,
muy grande, y no cabe en la pecera?
- Pues sí, con cierta regularidad.
- Sí, ya me lo temía... En fin, ¡Qué le vamos a hacer...! Oiga,
¿Sabe usted si podría salir un momento para comerme mi
bocadillo de albóndigas de un modo más íntimo?
- Pues... Sí, digo que sí, contesto que sí, que debe hacerlo,
puede hacerlo, siempre, siempre que usted prometa
firmemente volver a su lugar una vez digerido el alimento.
¿Qué le parece? ¿Soy o no soy un honorable, atento y
despierto biasalariado?
- Sí, debo decirle que sí a todo, puesto que yo pretendo
escaparme y disculpe usted la franqueza, pero he de burlar su
disciplinado comportamiento.
- Sus ulteriores propósitos no me incumben en absoluto, sólo
los más recientes y, en todo caso, reincidentes. Quiera Dios
que eso no llegue a ocurrir.
- Bien.
- Pues vale.

Así que me dirigí, eso sí, con mucha amabilidad hacia el


exterior del edificio donde me hallé rodeado de una serie
imprecisa e imposible de narrar de vísceras y otros cuerpos.
Allí sentado, con mis albóndigas, pensé en mi futuro como

80
diseñador, todo ello para provocarme una plácida digestión
lenta y acogedora.

A las seis y media decidí darme un garbeo por la conciencia,


en donde mi propia conciencia se tranquilizó profundamente
de no observar ninguna mancha o trapos sucios. Ella es muy
honrada, a pesar de todo. Como mi propósito ulterior y ahora
reciente había sido y ahora era, y vaya lío con esto de los
verbos, como iba diciendo, era escapar, huir, poner pies en
polvorosa, pirarme de aquel antro, pues así lo hice.

Bajé por la escalera de incendios hasta la nariz, donde


comencé a frotarme de forma indecorosa a lo largo y ancho
de la cavidad nasal hasta que fui escupido, estornudado,
brutalmente al centro neurálgico del escritorio.

Caí en un folio en blanco que a punto estuvo de engullirme


sin mediar ni un permítame el atrevimiento. Mascullé un
poco entre dientes cosas como mecagüenla, cachis, anda
que... etc. Cositas sin importancia, y me incorporé. Allí
estaba ella:

- Hello, darling, queridita Ana, perdóname, discúlpame, pero


es que las albóndigas, el bocadillo, la frustración de la ficción
y ahora encima un pareado, es que yo ya no puedo más, como
C.S. Y no aguanto más porque me quiero ir a Segovia con mi
familia, porque allí está mi libro y no quiero ser reutilizado,
reciclado una y otra vez. Y es que no tienes imaginación y es
que siempre somos los mismos y ya está bien y hay muchos

81
patos con afán de protagonismo y, por qué no, te inventas
algo nuevo y esas colas tan largas en el paro y por qué. Ay,
qué vida tan miserable, la del personaje, y es que no es
justo... ¡Quiero ser libreeeeeeee!

Bien, pues; simplemente, después del discursito y como todo


parecía indicar, mi próxima reclusión en el almacén de
posibles posibilidades para ser recicladas y vendidas como
insólitos y deslumbrantes productos dignos de un ingenio
divino... Decidí echar a correr, sí, así lo hice, corrí y corrí,
todo lo rápido que pude hasta llegar al exterior de lo que yo
creía exterior. Y de ahí a Segovia, a mi patria de papel,
chiquitilla, pero patria, al fin y al cabo. Y eso es todo.

82
83
Prólogo, por Esteban Gutiérrez Gómez 3

Sombras 7
Exangüe 8
Mermelada de manzana 11
Su niña 14
Calefacción central 15
El aeropuerto 18
El cuarto oscuro 20
Decúbito supino 26
Claudia 27
El cartero 28
A la sombra del baobab 31
El último ujier 32
Charlestón 33
Cavilaciones de Don Tomás Segovia 35
Los frikis 40
La sonrisa de Julia 42
La calle 44
No soñar 47
Formas y modos de entender el mundo 49
Tarandelos 52
La tristeza 54
Las cosas de la abuela 55
Explosiones 56
María 58
63 60
Sólo mía 64
Exteriores 67
Sin mirar atrás 70
Microcosmos 74
Interiores 78

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Ana Vega (Oviedo, 1977)

Poeta, narradora y crítica literaria.


Accésit del XXVI Premio Nacional de
poesía “Hernán Esquío” (2008).
Miembro de la Asociación de Escritores
de Asturias. Sus textos han aparecido en
diversas publicaciones (revistas y
diarios), así como en distintos libros
colectivos. Ha sido incluida en
antologías tales como “La Palabra
Compartida” y “La manera de recogerse
el pelo” (Bartebly, 2010). Traducida al
inglés y autora de los poemarios “El
cuaderno Griego” y “Breve Testimonio
de una mirada” (Amargord Ediciones,
2010). Organiza eventos culturales y
coordina talleres literarios.

En breve, publicará dos nuevos libros de


poesía. “Realidad Paralela” es su primer
libro de relatos.

85