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Relato a la manera de Bryce Echenique y su exagerado Martín Romaña

Antonio Solano. 1996

Quiero contar mis desventuras, bueno, no mis desventuras, mis desgracias


personales, y quiero contarlas como sucedieron, sin recortes ni digresiones. Quiero que
aprecien en mi infinita desdicha los destinos tristes que me acechan sin merecerlo.
Primero tendría que hablar de Obdulia, aunque más bien Obdulia viene a formar
parte del final de la historia, pero en el fondo es el origen. Obdulia. Tú me perdiste, me
dijiste que te quitaba el sueño y lo creí. Fue mi perdición. Mis padres pagaban mis
estudios, mis estudios iban bien, casi bien, y entonces te conocí. Pero volvamos al
principio. Yo estudiaba en aquella triste facultad, universitario de mierda me decían mis
amigos del barrio, pero yo gozaba de beca institucional, mis padres no eran ricos, o sí, y
realmente los chicos del barrio estudiaban todos, derecho, empresariales, químicas,
ingenierías, vaya mamones, total porque yo hacía una carrera inútil...
Mis lecturas de los existencialistas, de los deconstruccionistas, de la generación del
desengaño, me hicieron un despojo. Yo necesitaba una razón para enfrentarme a los
pragmáticos chicos del barrio y tú me dijiste que te quitaba el sueño. Y te creí.
Sueño el que pasaba yo en las reuniones de la plataforma del cero siete. Porque
tanto Bukowsky, tanto American psycho, tanta generación X de periódicos de mierda me
estaba traumatizando. Ximo, que no te engañen, que te la van a meter. Que no, abuela,
que yo sé lo que me hago, carrera de inútil. Carrera de inútil, que haces una oposición y
se presentan mil, y no apruebas, está claro, carrera inútil que vas al Inem y se ríen en tu
cara, y te dicen que por qué no te pegas una vuelta por ahí, carrera inútil que da asco
decir lo que estudias. Pero yo sigo empollando y asistiendo a mis reuniones del cero siete,
porque algo útil hay que hacer.
Obdulia también iba a las reuniones del cero siete, eso antes de lo del día de san
Juan. Y es que a mí el verano me altera. La gente cree que soy un cursi y que la
primavera me deja atolondrado ya hasta septiembre, pero en el fondo la primavera me la
suda, es el verano incipiente el que me subleva. Antes de los existencialistas, de Derrida,
de Ray Loriga y su basca, permanecía impasible ante los veranos. Antihistamínico en
ristre, sufría estoico en silencio las calenturas estivales. Pero no conocía entonces a
Obdulia tampoco. Manolo, el de Patraix, me convenció para que sufriera en compañía los

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rigores del estío, y yo le dije que estiaba muy a gusto yo solo, y él me dijo que estiando
varios nos lo pasaríamos muy bien. Acepté, of course, por no discutir, porque yo, en
primavera discuto lo que haga falta, pero cuando llega junio no puedo resistir más de dos
lances de diálogo, y como era ya junio, junio del 94, hace dos junios, no pude resistir y
acepté acompañarlo a sus concilios.
Voy a contarlo todo, no se preocupen, pero quiero dejar claro que el grupo del cero
siete no influyó para nada en mis actuaciones. Tampoco los chicos pragmáticos del barrio.
Pero sigo con lo mío y lo mío sigue conmigo. Ay Manolo, por qué me engañaste. Sí, tú me
engañaste. No digas que no sabías nada. No sólo no sabías, sino que, desde el principio
tenías planeada tu alcahuetería. No lo niegues, recuerdo aún tus palabras:
-Te lo vas a pasar de puta madre, Ximo. Hay unas tías de lo más enrollao, y que
además tragan lo que le echen.
-Pero si yo no necesito relaciones sociales.
-Tú calla, que llevas media vida aplatanao y yo lo voy a arreglar.
Aplatanado, lo que se dice aplatanado, no estaba. Es el verano que me subleva,
pero yo me antihistaminizo y avant. Pero tú erre que erre, casi llamando a los bomberos
para que me sacaran de casa, con lo bien que me lo paso yo con mi body.
Fuimos al local donde se reunía la plataforma, al cuartucho infame con olores a
disolvente, lejía, atún, pienso compuesto, y varón dandy. Es que el local era una planta
baja en Burjassot que, por un lado, daba a una droguería, por otro a un bar y por otro a un
almacén agrícola. Arriba vivía un cincuentón viudo que se pasaba la tarde tarareando
tangos de Gardel mientras se arreglaba pulcramente para asistir a la sesión vespertina de
Lady’s.
No me importa que la gente se divierta. Si uno quiere ir a una discoteca cutre y
pasarse toda la tarde babeando a las camareras, por mí como si se tira al paso del AVE.
Pero no hay cosa que más me fastidie que me tarareen canciones del año catapún
cuando intento concentrarme. Y el vecino del local del cero siete lo hacía. Yo intentaba
asimilar los contenidos ideológicos que los compañeros trataban de inculcar en mi
alérgico cerebro, intentaba asumir un compromiso solidario con mis camaradas solidarios,
intentaba desviar la mirada de las rollizas piernas de mi colega Duli, intentaba
concentrarme en el cero siete, y el vecino varón dandy increpaba a su reloj para que no
marcase las horas. Duli, Obdulia, a la que todavía no quitaba el sueño, sonreía cuando
los gorgoritos del detestable vecino alcanzaban unos decibelios más de lo permitido por el
orador de turno. Esa sonrisa, esa sonrisa me perdía. Pero eso fue después, después de lo

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del cubata de más y antes de lo de la noche de san Juan.
Yo, antes de lo del cero siete, leía poco. Tolkien, Ende, Süskind, y todo eso que-no-
te-puedes-perder. Pero los chicos del barrio ya me decían que yo era un poco rarito, que
tienes que leer balances, Ximo, la sagrada Constitución del 78, las valencias del helio. En
el grupo del cero siete me iniciaron en las lecturas políticamente correctas: Chomsky,
Cioran, Umbral, Cousteau. Lo de Derrida y Sartre fue propia iniciativa. Obdulia insistía en
que Sartre estaba out, y en que Derrida era un pringaíllo que quería hacerse notar entre
los intelectuales, pero yo creo que eso lo decía porque no había terminado de captar la
esencia de esas dos grandes figuras. Y mi pasión por American psycho jamás la entendió.
Bueno, tampoco tuvo tiempo.
Así entré yo en el círculo de Manolo y sus amigos, con una mano delante y otra
detrás, y casi salgo sólo con la delantera entera. Ellos me salvaron de la estulticia de los
chicos pragmáticos del barrio, ellos dieron sentido a mis estivales sarpullidos, ellos
narcotizaron mi pituitaria con esencias de trementina que no sólo sanaron mi alergia
veraniega sino que despertaron un amor que sólo conocía elfos, hadas y enanas en edad
de merecer. No hay nada mejor que unos buenos camaradas y una piernas rollizas para
despertar a un púber de su aplatanamiento tardío.
-Gracias Manolo. Me gusta mucho el grupo, me gustan las actividades y me gusta
el vecino de arriba.
-Duli ha estado muy simpática contigo. Normalmente, a los tíos nuevos que se
pasan la tarde mirándole las piernas, les suele pegar un par de hostias en el primer
descanso.
-¿Duli? ¿Quién es Duli?
-Si te limpias la baba, te cuento de qué va.
Obdulia estudia económicas, pero lo suyo es la filosofía, lo que pasa es que sus
padres sólo le pagan la carrera si hace económicas o empresariales, pero ella suspende
todas y así se sale con la suya. Obdulia no tiene hermanos, con lo que me ahorro una
bronca si me propaso con ella, y además es vegetariana convencida, con lo que me
ahorro una pasta en chuletones y entrecotes. Obdulia se apuntó a lo del cero siete por
convicción, no como otros aprovechones que sólo quieren beneficiarse a unas cuantas
solidarias. Obdulia sonríe cuando el vecino varón dandy desentona, y yo soy feliz aunque
me joda el vecino.
La noche del cubata me pilló con la faena ya bastante adelantada. La mitad del
grupo aceptaba mi presencia con indiferencia y la otra mitad con irrelevancia. Sólo

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Obdulia, mi sincopada Obdulia, se atrevía a conversar con aquel-engendro-amigo-de-
Manolo, que retorcía como una fregona la cara cada vez que el vecino cantaba que él era
aquél. Ya sabía sus gustos musicales, la Joplin, el Boos, Lennon, Cecilia y Llach, y sus
gustos literarios, Virginia Woolf. Yo, en cambio, seguía imbécil. O contaba mi aburrida
infancia, o contaba mi aburrida pubertad. Así que me callaba como un puta, y escuchaba
los largos monólogos de Obdulia sobre su vida woodstockiana.
Creo que ahí empezó todo. La madeja soltó su hilo, y por el hilo me enredé en la
madeja. Como nuestra comunicación se veía fluida, y Manolo me apoyaba en mi asedio al
torreón Duli, y los chicos pragmáticos del barrio empezaban a llamarme mariquita, me
decidí e invité a Obdulia a cenar la noche del seis de febrero del 95, o algo así.
Ximo se enjabonó a conciencia sus partes pudendas. Se roció a conciencia de
Drakkar noir. Se cepilló con fruición sus dientes liberales, y salió más contento que unas
pascuas diciendo ciao a su linda abuelita. En el bar de Blasco Ibáñez lo esperaba ya
Obdulia, envuelta en un manojo de pañuelos de la intifada, unas greñas a lo Bob Marley, y
unos botines de juglar con salpicones de ketchup la mar de simpáticos.
-Hola Duli.
-Prefiero que me llames Obdulia. Odio las síncopas burguesas de nombres.
Cenamos muy a lo romántico, con olores de fritura salpicados de gritos de gooool.
Obdulia estaba espléndida y su sonrisa, aunque escasa, me cautivó. Luego supe que más
que sonrisa lo suyo era un rictus de parálisis facial, pero eso lo supe más tarde. Por ahora
me tenía encandilado con sus férreas convicciones sobre la solidaridad.
La cena acabó y nos fuimos a un pub de la zona. Era un buen comienzo, así que
pedí unos cubatas para amenizar la velada.
-El alcohol es el opio de los proletarios. Debemos arrojar fuera de nosotros los
viejos vicios burgueses y entregarnos a la salvación de esa parte del mundo que nos trata
de imitar. Cero siete ya. Y recuerda que cada vez que tomes un cubata, mueren en el
tercer mundo dieciocho niños. Cero siete ya. Piénsalo.
Yo lo pensaba, sentía horriblemente lo de aquellos niños, sentía horriblemente que
no fuesen los pragmáticos chicos de mi barrio los que muriesen mientras me tomaba mi
cubata, pero ya había pedido dos gin tonics al camarero, y buenas cero siete hostias me
hubiese dado él a mí si lo dejo colgado con las consumiciones. Así que, mientras Obdulia,
mi rastafari Obdulia, tomaba su té con ginseng, yo apuraba mis dos cubatas con la mayor
presteza posible, intentando que muriesen los menos niños posibles por mi inconsciencia.
Odio tomar cubatas a contrarreloj, casi tanto como los veranos alérgicos. El primero

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estuvo bien pero el segundo me pateó las entrañas. Empecé a ponerme de todos los
colores, me bailaron los ojos en sus órbitas, y caí desplomado.
Desperté en casa de Obdulia, en su piso alquilado, desnudo, impúdicamente
desnudo, pragmáticamente desnudo, y ,lo que es peor, oliendo a varón dandy. Obdulia me
trajo el desayuno, con esa sonrisa que ya se había apoderado de mí.
-Eres lo más parecido a una piltrafa burguesa insolidaria que me he echado a la
cara.
Agradecí sus palabras, y me convencí de que empezaba a gustarle un poco. No
sabía si me había traído allí para que me recuperase mientras me insultaba, o sólo me
insultaba para que me recuperase. Se lo agradecí de todos modos, y por no discutir me
recuperé.
A partir de entonces Obdulia y yo fuimos novios.
Manolo y los chicos pragmáticos del barrio dejaron de importarme, aunque nunca
me habían importado. Las reuniones del cero siete se instalaron definitivamente en mi
vida como bálsamo imprescindible de todos mis males. El vecino varón dandy dejó de
resultarme insoportable, y a partir de entonces sólo me fue desagradable. Obdulia me
atendía con todos los mimos que yo necesitaba. A pesar de ser primavera, estación sólida
para mi salud, requerían mi cuerpo y mi mente toda clase de desagravios después de tan
largo período de abstinencia, sobre todo de las necesidades del primero.
Y Obdulia cumplía como nadie. Una noche, después de varias satisfacciones de mi
abstinencia, me dijo:
-Ximo, me quitas el sueño...
-Es lo más bonito que me han dicho nunca.
-Me quitas el sueño, y mañana tenemos una manifa en la plaza de san Agustín.
Eso fue el dieciséis de marzo. Nunca lo olvidaré. Mis padres pueden dejar de
subvencionar mis estudios, puede que encuentre salida laboral en mi carrera, pueden
agotarse todos los gin tonics del mundo, pero jamás olvidaré la sonrisa amorosa con que
Obdulia me dijo que le quitaba el sueño. Luego supe que era un rictus, pero en ese
momento era lo más agradable que me había ocurrido después de que Bilbo venciera a
Gollum en los acertijos del lago.
Fueron días hermosos, primavera de lejía, trinos atunados, flores que huelen a
colonia barata. El vecino se unió al grupo, siguiendo a una solterona maestra de latín,
Casta, que ejercía de activista fiel de nuestra sección. Manolo se presentó de voluntario
en el ejército, y luego nos enteramos que se marchó de mercenario a Liberia, bajo el

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mando de un reyezuelo déspota. Los chicos pragmáticos del barrio suspendieron todos
los parciales de febrero, y fueron obligados por sus padres a ejercer de albañiles en unas
obras de V.P.O. Obdulia y yo, yo y Obdulia, tan felices los dos, pasamos una primavera de
acción social a tope. Manifestaciones, pegadas de carteles, acampadas, protestas
callejeras, desnudos en los campos de fútbol, huelgas de hambre.
Y llegó el verano, y san Juan, y yo que me creía curado.
Salimos la noche mágica Obdulia, yo, Casta, la maestra de latín, y el vecino, que
nunca llegué a saber cómo se llamaba. Todo el mundo con su hoguera, hoguereándonos
todos. Todo era amor. Se lo dije a Obdulia. Me dijo que yo era un insolidario cursi. En un
muro, al final de la playa, vimos a una pareja que era atracada por un asaltante nocturno.
Casi sin pensarlo me lancé a ayudar. Entre la pareja y yo conseguimos desarmar a
nuestro adversario, que resultó ser un mozambiqueño en vías de destierro por la ley de
extranjería. Cuando Obdulia se enteró de la condición del atracador, me lanzó una mirada
fulminante, y sólo dijo:
-Eres un cerdo imperialista que sólo se interesa por el cochino estado del bienestar
sin pensar en el precio que nos cuesta. Cero siete ya. No quiero volver a verte más.
Efectivamente no la volví a ver más. Yo seguí asistiendo a las reuniones del grupo,
pero ella no volvió. Ahora no sólo no mejora mi alergia al verano, sino que en este último
otoño retoñó en mí un alegre sarpullido, que se viene a sumar a mis frecuentes llantos
incontrolados por la ausencia de Obdulia. Manolo me escribió hace poco una carta desde
Liberia contándome su aventura colonial, y me explicó también lo del rictus sonriente de
Obdulia. Pero ya era tarde. Yo sigo enamorado como un loco de ella, de aquella a la que
una vez quité el sueño.
Ahora veo desde mi ventana, justo enfrente de mi escritorio, a los chicos
pragmáticos de mi barrio, que desde un andamio me saludan alegremente. Por la calle
pasan Casta y el vecino varón dandy con un carrito de bebé. Pero la infelicidad me
traspasa, y sólo me distraigo leyendo historias del Kronen.

23 de marzo de 1996