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Trabajo Final

PROCESOS DE MODERNIZACIÓN II
Lic. en Comunicación Social FACULTAD DE CIENCIA POLÍTICA Y RRII UNIVERSIDAD NACIONAL DE ROSARIO

INTEGRANTES: Buzzatto, Ezequiel Cayón, Andrés Del Piccolo, Lucas PROFESOR: Marcelo Martinetti COMISIÓN: Matiné

FECHA DE ENTREGA: 19/12/08

INTRODUCCIÓN
John Maynard Keynes fue, tal vez, el economista más influyente en el siglo XX. Su obra central, “la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero”, desafió el paradigma económico dominante al momento de su publicación en 1936. Se cumplen 72 años de la publicación de su obra, convertida en un clásico de la economía como "La riqueza de las naciones" (1776) de Adam Smith, y "El Capital" (1867) de Karl Marx. “La Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” es el libro que logró aportar una salida a la profunda crisis del capitalismo de los años 30, capitalismo que hasta el momento no había pasado por grandes sobresaltos. Se consideraba que este sistema obtenía el equilibrio necesariamente en el pleno empleo. Con la caída de Wall Street, en octubre de 1929, se evidenciaba que la desocupación y la recesión podían durar años. Lo que la crisis produjo fue una reducción de los salarios, desempleo mediante. Además, mermó la capacidad de consumo y producción, y la baja de la tasa de interés ya no estimulaba nuevas inversiones. Es decir, los empresarios no estaban dispuestos a invertir, ya que no iban a encontrar quién comprara sus productos en un mercado cada vez más deteriorado por la crisis que reducía, a su vez, la capacidad de consumo. Keynes sostenía que en esos casos el Estado era quien debía generar la demanda recurriendo al gasto público, más allá del límite de sus ingresos; o sea, promover un déficit deliberado. En 1933, fue Franklin D. Roosevelt quien aplica el New Deal, un conjunto de medidas económicas puestas en marcha para actuar de forma enérgica sobre las graves causas de la crisis económica de 1929. Dentro de las políticas generales, llevadas a cabo se hallaban por ejemplo:  Devaluación del dólar

    La

Acuñación de monedas plata Ley bancaria Seguro sobre depósitos bancarios Subida de salarios finalidad de este conjunto los de medidas fue fomentar las

exportaciones,

aumentar

precios,

remediar

deficiencias

estructurales anteriores del sistema. La reactivación de la economía se llevo a cabo a través del consumo y la inversión, dado que no había suficiente dinero en manos de los consumidores, se incremento el esfuerzo fiscal del Estado, por ende aumento el gasto para reactivar la producción. Además para evitar futuras crisis se establecieron controles bancarios más estrictos para evitar que se pudiera provocar otro crack bursátil en el futuro. Las ideas de Keynes fueron fundamentales en los Estados Unidos para poder sobrellevar la crisis. Estas políticas fueron aplicadas en distintos países, incluyendo el nuestro en diferentes etapas de la historia de la Argentina por ejemplo, durante la primera y segunda etapa del gobierno de Juan D. Perón y durante el gobierno de Néstor Kirchner. Este trabajo intentará dar cuenta de cómo algunos postulados keynesianos siguen vigentes en la actualidad y se muestran como una opción valida para afrontar los periodos de recesión. Particularmente, nos remitiremos al ejemplo del gobierno de Néstor Kirchner quien a priori parecería haber apelado a las ideas de Keynes para poder encontrar una salida a los duros momentos que afrontaba la Argentina luego de la debacle del año 2001.

DESARROLLO
Es pertinente, antes de comparar a Kirchner con Keynes, introducir una breve reseña de sus ideas generales.

Pensamiento Keynesiano
En su libro “la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” publicado en 1936 (considerado como el fundador de la macroeconomía moderna). Keynes presenta una teoría basada en la noción de demanda agregada para explicar la variación general de actividad económica, tales como las observadas durante la Gran Depresión de los años 30. Según su teoría, el ingreso total de la sociedad está definido por la suma del consumo y la inversión; y en una situación de desempleo y capacidad productiva no utilizada, "solamente" pueden aumentarse el empleo y el ingreso total, incrementando primero los gastos, sea en consumo o en inversión. Por otro lado la cantidad total de ahorro en la sociedad es determinada por el ingreso total y, por tanto, la economía podría alcanzar un incremento del ahorro total, aun si las tasas de interés se bajaran para estimular los gastos en inversión. El libro abogaba por políticas económicas activas por parte del gobierno para estimular la

demanda en tiempos de elevado desempleo, por ejemplo a través de gastos en obras públicas. Se pueden presentar las ideas principales de Keynes en los siguientes puntos:

La negación de la ley de Say y el consiguiente rechazo de la tendencia automática hacia el pleno empleo

El papel fundamental de la demanda agregada como elemento determinante del nivel de actividad económica y del nivel de empleo, tanto a corto como a largo plazo

La incorporación de la función de consumo y distinción entre los deseos de ahorrar y de invertir.

La importancia de las expectativas, especialmente en las funciones de inversión y de preferencia por la liquidez.

La incidencia de las fluctuaciones de la demanda de inversión en la inestabilidad económica.

El supuesto de que los mercados a menudo presentan rigideces e imperfecciones.

El papel fundamental de las políticas de estabilización de la demanda efectiva.

Keynes distinguió dos situaciones en el seno del capitalismo. En las situaciones normales, el libre juego de la oferta y la demanda asegura el pleno empleo. En las situaciones anormales cae la demanda y, con ella, el empleo. La salida para estas situaciones es que el Estado reactive la demanda y el empleo mediante la expansión de la obra pública aunque sea a costa de un déficit presupuestario. Pasada la recesión, el Estado vuelve a su posición "normal", restablece la disciplina presupuestaria y le cede el paso a la inversión privada. Los economistas ortodoxos piensan igual que Keynes en las situaciones normales, pero en las situaciones anormales acentúan la disciplina presupuestaria negándose a la obra pública. Los ortodoxos

creen siempre en el capitalismo liberal. Keynes pensaba en un capitalismo liberal y en otro intervencionista según fuera el ciclo económico, pero el espíritu de su obra era capitalista porque no proponía como los socialistas una intervención permanente sino ocasional del Estado: en una heterodoxia para salvar, paradójicamente, a la ortodoxia. Mientras Keynes pensaba en una heterodoxia transitoriamente estatista para salvar a la ortodoxia capitalista, en 1933 Franklin D. Roosevelt asumía la presidencia de los Estados Unidos para actuar en igual sentido. Lo había precedido Herbert Hoover, un ortodoxo cuyos ajustes agravaron la crisis. Pero Roosevelt, anunciando el "nuevo trato" o New Deal , lanzó un vasto plan de obras públicas que lo ayudó a remontar la crisis. La piedra basal de la teoría de Keynes consiste en que el sistema de mercado libre (o laissez-faire) ha quedado anticuado y que el Estado debe intervenir para fomentar el pleno empleo, forzando la tasa de interés a la baja (también estimulando la inversión) con objeto de aumentar los gastos de consumo. El pleno empleo es sólo un caso especial, el caso más general y característico es el de equilibrio con desempleo. Ante le insuficiencia del gasto de consumo y de inversión para mantener el pleno empleo, el Estado debería estar dispuesto a incrementar el flujo de ingresos a través de gastos financieros por déficit presupuestarios. Es decir, el Estado debería convertirse en la fuente de gasto a la que se recurra como último recurso. Además de atribuirle al escaso gasto de inversión la causante de desempleo, el economista ingles creía que la cantidad de trabajo entregada es diferente cuando disminuyen los salarios reales (producto de la caída del salario monetario). Cuando la demanda es transitoriamente más pequeña, puede tener como consecuencia (en determinados contextos institucionales) el hecho de que la oferta también sea contraída; con lo que se lograría un nuevo equilibrio del mercado, a costa de que el mercado pierda cierta magnitud en ambos momentos. Estos hechos ocurridos en el decenio de 1920 dieron lugar

a que Keynes dijera en su "Teoría general": "En tanto y en cuanto haya desempleo, el empleo se incrementará en la misma proporción que la cantidad de dinero, y cuando haya pleno empleo, los precios se incrementarán en la misma proporción que la cantidad de dinero". En cuanto al mercado, el aporte de Keynes radica en que el desencadenante de los movimientos de la demanda y la oferta es el mercado de o capital. Cuando la demanda Al de capital es transitoriamente menor, la oferta imita esta baja, en lugar de mantenerse aumentar transitoriamente. tender ambos movimientos a la baja, el mercado como un todo vuelve a un nuevo equilibrio. Aunque ahora, la cantidad de capital aplicado será menor que antes, lo cual alterará la nueva proporción que resulta de los demás factores de producción. Por otro lado, cuando disminuye o se retiene parte del capital o ahorro de otras épocas, una parte de los otros dos factores resultará excedente y quedará fuera del mercado; el resultado de esto es un creciente stock involuntario de estos otros dos factores. Por último, en cuanto a la teoría del dinero, Keynes indicó que los ahorros e inversión se determinaban en forma independiente. La cantidad destinada a ahorro tenía poco que ver con cómo variaba las tasas de interés, que a su vez no estaba relacionada con cuánto se destinaba a la inversión. En cambio, Keynes insistió en que los cambios en la cantidad destinada al ahorro dependían de la predisposición para consumir; predisposición que resulta de cambios incrementales, marginales, y al ingreso. Por lo tanto, la cantidad destinada a la inversión estaba determinada por la relación entre la tasa esperada de retorno sobre la inversión y la tasa de interés.

Contexto Histórico Argentino (Finales del siglo XX y principios del XXI)
La crisis iniciada a finales del gobierno de Carlos Menem (y profundizada con el gobierno de Fernando De la Rúa) llevó a la peor caída económica de la historia, comparable con el crack del ’29 en los

Estados Unidos. Aquí también se generó el círculo vicioso de recesión: menor consumo, menor producción, más desocupación, menores salarios, etc. Ahora bien, las principales diferencias entre ambas situaciones era que la crisis de EEUU (a fines de los ’20) era de inversión y con una fuerte fuga de capitales, pero con una gran estabilidad monetaria, lo que permitió emitir sin mayores riesgos. En cambio, en Argentina, la crisis del 2001-2002 era monetaria y fiscal. Desde 1998, cuando empezó la recesión, la Argentina quedó instalada en una situación "anormal" en términos de Keynes. Había llegado, al parecer, la hora del economista británico. Pero, finalmente esto no sucedió. Keynes pensaba de forma cíclica. En tiempos de bonanza, él recomendaba que el Estado fuera ortodoxo para ahorrar, previniendo lo que pudiera venir. En tiempos de crisis, pensaba en un Estado pródigo, capaz de gastar el ahorro de la etapa anterior en inversiones públicas. El caso argentino indicó que en momentos económicos favorables (en los años 90), el Estado aumentó el gasto público y el endeudamiento externo a un punto tal que la crisis -cuando llegó- lo encontró quebrado. La recesión arribó, y en esa etapa había maneras de concentrar los pocos recursos que quedaban para obras públicas. Pero aquí se opuso la ideología ortodoxa del Fondo Monetario Internacional, que recomendaba ajuste tras ajuste acentuando la crisis en vez de aliviarla. Varios economistas apuntaban que de la crisis se salía con un profundo ajuste de las cuentas públicas, con el aumento de impuestos al consumo, y con el impulso del "déficit cero". Pero el panorama fue desolador, la economía explotó y buscó un nuevo reacomodamiento. Hubo deflación, quiebras masivas, corridas bancarias, corralito, violencia social y, luego, amenaza de inflación. Esto significó un rotundo fin a la ley de convertibilidad y produjo una brutal e inmediata devaluación de la moneda.

En este contexto, emergieron algunos economistas herederos de Keynes, como Remes Lenicov (ministro de Eduardo Duhalde) y Roberto Lavagna. Se diferenciaban por algunas variantes técnicas. En el 2003 se impulsó el déficit cubriendo de papeles pintados el país: durante el gobierno de Duhalde llegaron a circular 16 bonos provinciales (a partir del 2003 Lavagna los fue retirando del mercado gracias a los primeros sobrantes de caja). La súper devaluación provocó una colosal transferencia de recursos y la economía cotidiana encontró un piso desconocido de pobreza. El nuevo modelo económico hizo revivir las exportaciones y promovió la sustitución de importaciones de bienes que, por su valor en dólares, se hacían imposibles de seguir comprando en el exterior. El período post-devaluación tuvo inmediatamente sus beneficiarios y generó un flujo de dinero que en un principio profundizó el déficit público (por ejemplo, con millones de planes sociales) y que después empezó a utilizarse para reponer las reservas del Banco Central, equilibrar las cuentas y generar un superávit inédito. De esta manera, la dupla Kirchner-Lavagna no hizo más que retomar las ideas de Keynes. La fórmula se basaba en más déficit para salir de la crisis, más superávit cuando se sale de ella. No obstante, fueron acusados (por keynesianos ortodoxos) de no impulsar más el déficit y de no disponer de una política más seria y profunda de préstamos para la producción. Además, los han criticado por mostrarse "más preocupados por el índice de precios y por el superávit que por el empleo". Pero ellos (con algunas variantes) realizaron lo que la mayoría de los keynesianos aggiornados hoy difunden por todo el mundo. El desafío en la Argentina del 2003 era enorme. Keynes decía que para alcanzar el pleno empleo no solamente se hace necesario tener una moneda propia y única con un verdadero Banco Central que la emita con carácter exclusivo, sino que es imprescindible que esa emisión se realice como contrapartida de la creación de riqueza. En la historia económica mundial abundan los casos en que demostraron

que es perfectamente factible expandir el crédito y la cantidad de dinero para la producción, no para el Estado, sin que ello genere inflación. En nuestro país, hasta ese momento, había un 40% de desempleo y subempleo, existía una capacidad productiva de 15 millones de toneladas anuales de cemento, pero sólo se producían tres millones. Doce millones de toneladas no se fabricaban por falta de demanda en un país en el que también escaseaban viviendas, redes de agua potable, cloacas, carreteras, escuelas, aeropuertos y cárceles. El ejemplo de la industria automotriz era también calamitoso. Esta industria tenía capacidad de producción para 700.000 automóviles por año, pero sólo se lograba el 15% de esa capacidad. Es decir, llegando a fabricarse alrededor de 100.000 automóviles al año. Otro índice revelador del año 2003 era el crédito al sector privado, en la Argentina era equivalente al 10% del PBI contra un 60% en Chile y un 100% en España. Había un evidente ahogo de la economía nacional, producida por falta de crédito al sector privado productivo. En cuanto a los créditos hipotecarios sobre viviendas, representaban menos del tres por ciento del PBI, contra el 100% en Estados Unidos. A fin de que esta orientación crediticia no genere desconfianza y temor a la inflación era necesario, que el Gobierno tenga previamente finanzas públicas sanas. Lo cual se asegura derogando reintegros y transferencias de la renta fiscal, que para entonces superaban los diez mil millones de pesos anuales. La pregunta que aquejaba a esos tiempos era inevitable: ¿Podrá Kirchner asumir ese rol de moderador del mercado? Los antecedentes eran favorables, se registraba un halo keynesiano en el caudillo patagónico: en Santa Cruz (en sus once años y medio como gobernador) invirtió $ 1500 millones en obra pública, para levantar más de 10.000 viviendas, 200 escuelas, hospitales y caminos. Su gobierno estuvo signado por políticas sociales integradas, plan de infraestructura y obras públicas "como estrategia para el desarrollo

regional" y la premisa de la economía como "una herramienta para definir un proyecto de país". Su mensaje electoral como presidente rezaba: "Roosevelt pudo hacer inversión pública con un Estado sin reservas, quebrado y en recesión y no generó hiperinflación. Nosotros creemos que esto va a reactivar la economía y va a dar poder adquisitivo a la gente. Este plan de obra pública va a constituir una inyección de generación de trabajo, que no es lo mismo que dar subsidios". Aquí ya estaba planteado una de sus metas centrales del futuro presidente Kirchner: combatir el desempleo con la reactivación de la obra pública. Los analistas económicos anticipaban que el de Kirchner era un programa keynesiano. Estos especialistas argumentaban que ciertos factores estaban en post de un “keynesianismo al menos tardío”. Una clave la constituyó el presupuesto, que llegó al nivel de superávit. Otra importante fue el error "ortodoxo" reconocido por Anne Krueger (ex subdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional) en el caso argentino. La tercer y última cuestión a tener en cuenta es la diferencia que existió entre el ministro de Economía, Roberto Lavagna, y ministros necesariamente "gastadores" como el de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, Julio De Vido, y el de Educación, Daniel Filmus. La disputa en todos los caso no fue ideológica, ya que todos son keynesianos (al igual que el ex presidente del Banco Central, Alfonso Prat- Gay), sino "contable".

Política Fiscal y Monetaria del gobierno de Nestor Kirchner (2003 – 2007)
En los primeros años ya se evidenciaron aspectos de Keynes: “se aprecia sensatez desde el ministerio de economía. El paso a paso de Lavagna, esa cosa pragmática, los valores de austeridad y prudencia monetaria”.

La receta de Keynes indicaría que estaba en contra de eso. Defendía los gastos "ruinosos", inclusive el gasto con endeudamiento. Lo justificaba, incluso no tener superávit fiscal, para situaciones de desempleo. Sostenía que había que emplear todos los recursos en generar demanda de inversión. Pero la realidad es que la inflación no era su preocupación, porque pensaba en cómo salir de la recesión. Aunque parece sugerir que la inflación mala recién arranca después del pleno empleo, que antes de eso sería una inflación genuina, de crecimiento, por cuellos de botella en la oferta. Keynes pensaba que no podía estar ocioso el dinero si había desempleo. En ese sentido, sería anti-keynesiano tener una política fiscal prudencial, esta idea ortodoxa de guardar para el futuro. La misión del Estado se limitaba a defender el país de una agresión externa, o a asegurarse el cumplimiento de contratos. Los mercados eran incapaces de generar por sí solos pleno empleo. El economista británico se encargó de estudiar (en su "Tratado de reforma monetaria") lo que en el año 2003 pasaría en la Argentina: estabilidad de precios versus estabilidad del tipo de cambio. Keynes explicaba que el costo de la inestabilidad cambiaria era mucho menor que el de la inestabilidad de precios, que afectaba la rentabilidad y por lo tanto traía conflictos sindicales. Por un lado, las metas de inflación que implementó el Banco Central fueron inventadas por Keynes y, segundo, Kirchner no sería tan keynesiano como dice, si el único objetivo de su mandato hubiese sido sostener el tipo de cambio a rajatabla. Además, tres doctrinas keynesianas que parecieron relevantes en nuestro país. Primero, Keynes nunca fue un apasionado del libre-cambio. Creía que la ausencia de políticas domésticas para mantener el pleno empleo forzaría a los países a descansar sobre un crecimiento basado casi exclusivamente en las exportaciones, lo que llevaría a un proteccionismo violento.

Segundo, Keynes pensaba que el ciclo de negocios está sujeto irremediablemente a la incertidumbre ("no existe una base científica sobre la cual calcular alguna probabilidad", dijo). Con esto se refiere a que la inestabilidad financiera probablemente sea endémica al sistema capitalista de mercado y, pese a nuestras lecciones de los 90, la Argentina (y el mundo) deben estar siempre atentos a la llegada de un nuevo tsunami económico. El tercer y último punto era la creencia de un sistema de tipo cambio fijo que pueda ajustarse de común acuerdo. En la actualidad, muchos economistas profesan la flotación de las monedas, hecho que fomenta la integración de los mercados de capitales. Por otro lado, Keynes ponía demasiado énfasis en que el problema del desempleo podía resolverse con política monetaria. Ahora bien, ¿qué hubiera dicho el economista inglés en nuestro país al respecto? Sin vacilar, hubiese recomendado bajar las tasas de interés por parte del Banco Central a fin de proporcionar el financiamiento a largo plazo para la venta de nuevas casas, nuevos departamentos y nuevos automóviles. La reactivación consecuente del sector de la construcción y del sector automotriz hubiese tenido un efecto multiplicador muy importante sobre el resto de la economía y en un año, el desempleo se hubiera reducido sustancialmente. El economista inglés, además habría aconsejado una fuerte expansión monetaria y crediticia para estimular el aumento de la producción. En la teoría keynesiana el interés es un fenómeno monetario que depende de la preferencia por la liquidez, y, por lo tanto, de la cantidad de dinero existente en relación al PBI. Y si el Banco Central tiene la facultad de regular la cantidad de dinero, la política de tasas muy elevadas hacia la actividad productiva privada pasa a ser una flagelación social sin sentido. Esta serie de estímulos al sector productivo actualidad. privado a través de descuentos determinaría una repentina baja en la tasa de interés que los bancos cobran en la

La rebaja en las tasas y la expansión monetaria en situación de previo desempleo y de recursos de capital ociosos no genera inflación según Keynes, excepto en un precio: en el tipo de cambio. Una rebaja en la tasa de interés produce una suba en el tipo de cambio y viceversa. Los que defienden tasas de interés bajas bregan indirectamente por un tipo de cambio alto, esto es, devaluado. Y los que abogan por tasas de interés altas, esto es los usureros y los bancos, en el fondo están pidiendo tipos de cambio bajos, dólar barato, o peso sobrevaluado. Ante el planteo anterior, alguien podría preguntarse: ¿cómo es posible entonces que en 2002 y 2003 hayamos tenido ambos, tasas de interés y tipos de cambio altos? Ello ocurrió simplemente porque medidas excepcionales, como las vinculadas al corralito, destruyeron la confianza en el sistema bancario, y destruyeron también el crédito al sector privado. Con respecto a lo monetario, Lavagna escribió en LA NACION (10-082003): "La política monetaria tiene como objetivo central asegurar la estabilidad de precios, sin comprometer el nivel de actividad económica y la ocupación". Esta aplicación del instrumento monetario es la de la escuela clásica. Keynes hubiera perseguido la estabilidad de precios por medio de una política fiscal extremadamente dura combinada con una política de ingresos. Y hubiera dejado a la política monetaria el objetivo de promover la actividad económica y la ocupación. La gran ventaja del tipo de cambio fluctuante vigente consiste en que el Banco Central, ya liberado de la obligación de comprar y vender divisas a cambio de pesos para mantener el tipo de cambio fijo, puede ahora usar la política monetaria y crediticia para regular la actividad económica y el empleo. Mientras exista alto desempleo, la preocupación básica del Banco Central debe ser aumentar el nivel de la actividad y el empleo. Recién cuando se llegue al pleno empleo, la finalidad primordial de la política monetaria debe ser preservar la estabilidad de precios. En resumen, la política monetaria de Lavagna,-

en sus primeros años- no es keynesiana. Y mientras tanto, el desempleo continúa. En todos los casos, la clave para generar una expansión monetaria no inflacionaria radicó siempre en que la sociedad estaba convencida de que la nueva emisión monetaria no era destinada a financiar los gastos del Estado, sino a financiar la producción, en situaciones donde previamente había una gran capacidad productiva ociosa y una hiper-recesión.

Logros económicos: crecimiento – desendeudamiento – ahorro
Roberto Lavagna estuvo en el ministerio de economía y producción desde abril del 2002 al noviembre del 2005. Su gestión estuvo signada en “dar sino en la medida en que le lleguen los recursos”. Tal vez, por ello se habla ahora de neokeynesianismo: “gastar cuanto se pueda, pero sin abandonar el modesto superávit”. Hay varios puntos que el ex ministro de economía destaca de su mandato:

Recuperación y crecimiento de la economía: desde el segundo trimestre del 2002 al tercer trimestre del 2005 el Producto Bruto Interno creció en un 35%. En ese período la producción construcción. se expandió por la en un 36%, el motorizada y la fundamentalmente industria, comercio

Desempleo: la Tasa de Desempleo según la primera y la última medición registradas durante la gestión de Roberto Lavagna por la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC cayó de 21,5% a 10,1%.

Pobreza e indigencia: ambas cayeron considerablemente en relación con la Población Económicamente Activa. La pobreza lo hizo de un 53% a 33,8% y la indigencia de un 24,8% al 12,2%.

Reestructuración de la deuda externa pública: nuestro país concluyó exitosamente (en mayo del 2005) el proceso de reestructuración de su deuda pública con el sector privado con una aceptación de 76,5% a su propuesta de canje por nuevos bonos, lo cual implicó una reducción de la deuda de u$s 65 mil millones.

Desendeudamiento con los organismos internacionales de crédito: definió una política de paulatino y rápido desendeudamiento con los organismos multilaterales de crédito (FMI, BM y BID), que comenzó por retirar el pedido de nuevos créditos por u$s 20 mil millones que había formulado el gobierno anterior al FMI. Las operaciones realizadas por la Argentina con esos organismos durante la gestión de Lavagna arrojaron un desendeudamiento neto.

Reunificación monetaria: suprimió las 14 cuasimonedas emitidas por otros tantos estados provinciales, además de la moneda nacional.

En noviembre del 2005, Roberto Lavagna renuncia la cartera de hacienda. El ministro tenía planeado impulsar un “fondo anticlíclico" para enfrentar posibles situaciones adversas, que concentraba 3.000 millones de pesos argentinos. Esta cantidad era una cuenta especial del gobierno donde se depositaban los excedentes del superávit fiscal. Estos ahorros, estaban previstos destinarlos a contrarrestar posibles desequilibrios macroeconómicos y se nutrían de los excedentes de la recaudación fiscal. Esta iniciativa parte de un principio keynesiano: ahorrar lo máximo posible en tiempos de expansión económica, para poder contrarrestar posibles desajustes en las dinámicas económicas y disponer de recursos propios para momentos de crisis. En lenguaje coloquial, el objetivo sería "guardar para cuando no hay".

La economía argentina estaba creciendo a un 8% anual y generó un incremento de los ingresos fiscales. Además, el gobierno argentino acumuló en el fondo unos 300 millones de su moneda en forma mensual. Este plan fue una de las últimas ideas de Lavagna. Sin embargo, no pudo llevarlo a cabo durante su gestión, pero sí fue seguida por sus sucesores. A primera vista, este fondo es compatible con los preceptos que impulsan los organismos multilaterales de crédito. La idea es mantener superávit fiscales de algunos puntos del producto, a fin de mantener la disciplina y el gasto público en niveles sustentables, de esta forma no recurrir permanentemente a financiación externa. Esta herramienta es ortodoxa, y su empleo de es carácter

heterodoxo, parece ser una idea empapada de previsión y cautela, dos condiciones destacables, y más aún teniendo en cuenta la volatilidad que caracteriza los escenarios económicos contemporáneos; mercados que fluctúan en rangos y frecuencias de difícil previsión. En diciembre del 2005, asume el ministerio de economía Felisa Miceli. A la ministra se la consideraba como una continuadora de la política económica de Lavagna, pero situada ideológicamente un poco más a la izquierda que el anterior ministro. Felisa indicaba que el mayor objetivo de su administración era mejorar la distribución del ingreso. Entre el 2004 y el 2005, la economía argentina creció a un ritmo del 9%, pero el salario real promedio seguía debajo del nivel previo a la devaluación del peso en 2002 y los niveles de pobreza, si bien se redujeron, continuaron siendo elevados. En cuanto a la inflación, llegó a un 12% en 2005, la ministra decía que "se debía pasar por una inflación más alta de la deseada”. Esta frase era en respuesta a las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional, que estaban apuntadas a reducir el gasto público y aumentar las tasas de interés para contraer la economía. Miceli negaba que los aumentos salariales

fueran causales de inflación; el problema, en cambio, la falta de inversiones para cubrir la creciente demanda. Además, la ex ministra de economía apoyó la estrategia de desendeudamiento adoptada por el gobierno desde principios del 2005, que consistía en pagarle al FMI en tiempo y forma y sin negociación de ser posible, con el objetivo de reducir la deuda externa y ganar independencia financiera. Por otro lado, Miceli expresó su intención de realizar una reforma a fondo del sistema impositivo, así como de revisar el desempeño del sistema privado de pensiones, al cual considera un fracaso. Durante el 2006 el PBI alcanzó un crecimiento de 8,5%, y en el final de ese año se comenzaron a entablar conversaciones con países europeos para cancelar la deuda con el denominado Club de París. Ese mismo año, también, se decidió cancelar en cuotas (hasta 2012) la deuda argentina con España, contraída en 2001.

CONCLUSIÓN
Se puede decir que durante el gobierno de Néstor Kirchner, se aplicaron algunos de los conceptos económicos de Keynes, pero otros no fueron tenidos en cuenta. Aquí estaríamos frente a la famosa frase de algunos analistas que criticaron la gestión: “los Kirchner leyeron a Keynes a medias”. En los primeros años del gobierno ya se evidenciaron aspectos del economista británico: “se aprecia sensatez desde el ministerio de economía. El paso a paso de Lavagna, esa cosa pragmática, los valores de austeridad y prudencia monetaria”. Con respecto a lo monetario, las políticas aplicadas por Lavagna tuvieron como objetivo central asegurar la estabilidad de precios, sin comprometer el nivel de actividad económica y la ocupación. Esta aplicación del instrumento monetario es la de la escuela clásica. Keynes hubiera intentado lograr la estabilidad de precios a través de una política fiscal extremadamente dura combinada con una política de ingresos. Y hubiera dejado a la política monetaria el objetivo de promover la actividad económica y la ocupación. Se manifiesta claramente que entre el ministerio de economía de la Nación y Keynes, en este punto, se tomaron caminos separados con respecto a la forma de obrar. Además, la prudencia monetaria llevada a cabo por Lavagna seguramente no hubiese sido aceptada por Keynes, quien estaba a favor de los gastos "ruinosos", inclusive de contraer deudas. Justificaba, incluso no tener superávit fiscal, en momentos de desempleo. Pensaba que el dinero no podía estar ocioso si había gente desempleada. En ese sentido, sería anti-keynesiano tener una política fiscal prudencial en etapas en donde recién se está saliendo de la crisis y hay desempleo. Pero, por otro lado, una política típicamente keynesiana pensada íntegramente por Lavagna, pero impulsada también por Felisa Miceli fue la del “fondo anticíclico”. El plan preveía destinar 3.000

millones de pesos para enfrentar probables etapas de recesión. Esta política (proveniente de un fondo creado gracias al superávit fiscal) tenía una correspondencia directa con el postulado de Keynes de “ahorrar lo máximo posible en tiempos de expansión económica, para poder contrarrestar posibles desajustes en las dinámicas económicas y disponer de recursos propios para momentos de crisis”. Por último, si bien el gobierno de Néstor Kirchner impulsó –de alguna manera- la inversión y el consumo, y se realizaron algunas obras públicas importantes, como materia pendiente ha quedado a medio camino la idea keynesiana del pleno empleo. Ya que del 2003 al 2007 la tasa de desempleo bajó un 13% (del 21,5% al 8,5 %), pero no se logró el pleno empleo.

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