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BIBLIOTECA IBEROAMERICANA DE ENSAYO/8

COLECCION DIRIGIDA POR MANUEL CRUZ, JULIANA GONZÁLEZ y LEON OLIVÉ

1. Fernando Salmerón - Diversidad culturaly tolerancia

2. Isabel Cabrera - Ellado oscuro de Dios

3. Luis Villoro - Estado plural. pluralidad de culturas

4. Mercedes de la Garza - Rostros de 10 sagrado en el mundo maya

5. Ezequiel de Olaso - Jugaren serio. Aventurasde Barges

6. León Olívé - MulticulturaJismo y pluralismo

7. Ernesto Garzón Valdés - Instituciones suicidas. Estudios de ética y política

8. Fernando Broncano - Mundos artificiales. Filosofía del cambio tecnológico

9. Fernando Escalante Gonzalbo - La mirada de Dios. Estudio sobre la cultura del sufrimiento

Fernando Broncano

Mundos artificiales

Filosofía del cambio tecnológico

Facultad de Pnosoña y Letras Universidad Nacional Autónomade México

cultura Libre

JI'edición, 2000

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copy- right, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplaresde ella mediantealquiler o préstamo públicos

D.R. © 2000 de todas las ediciones en castellano, Editorial Paidós Mexicana, S.A. Rubén Darlo 118, col. Moderna, 03510, México, O.E

Te!.: 5579-5922, Fax: 5590-4361

D.R. © Editorial Paidós SAICF

Defensa 599, Buenos Aires D.R. © Ediciones Paidós Ibérica, S.A. Mariano Cubí 92,08021, Barcelona

Coeditan: Editorial Paidós Mexicana, S.A., y Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México

ISBN: 968-853-450-1

Impreso en México - Printed in Mexico

SUMARIO

Prólogo

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Introducción

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La mirada de Ulises: la racionalidad tecnológica y sus críticos

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iEn qué consiste el problema de la racionalidad tecnológica?

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El determinismo tecnológico o el sueño de la razón que produce monstruos Pierre Menard, inventor de la bicicleta o la frivolidad del

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constructivismo

39

La pregunta por Heidegger: el desasimiento de la técnica y el control democrático de las alternativas tecnológicas

55

La

racionalidad como astucia de la

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Resumen

 

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Sugerencias bibliográficas

79

Mundos artificiales

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81

La tecnología y sus alrededores: la ciencia, las técnicas, las ciencias de lo

83

De la división entre lo natural y lo

99

Diseñando mundos artificiales

116

Resumen Sugerencias bibliográficas

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130

La lógica del diseño yel sujeto de las decisiones tecnológicas

133

La tensión entre innovación y riesgo

135

iQuién diseña los objetos?

139

Los diseños: ¿árboles o redes'

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7

8 MUNDOS ARTlPICIALES SUMARIO 9 ¿Tienealguna lógica el cambio tecnológico? Lainteracción de los patrones y
8 MUNDOS
ARTlPICIALES
SUMARIO
9
¿Tienealguna lógica el cambio tecnológico? Lainteracción
de los patrones y las habilidades en los diseños
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Sugerencias bibliográficas
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Resumen.
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Sugerencias bibliográficas
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El cambio técnico y la
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Algunos problemas en la explicación del cambio
tecnológico
Laperspectiva evolucionista: cambio, evolución, progreso
293
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Epílogo: los viejos cacharros nunca
Los espacios olvidados
Acerca de la conservación de especies y sus
La cultura de los artefactos
Los objetos también están sometidos a
La conservación de los artefactos
285
285
296
299
yel problema de
Elster
.
185
La teoría
económica evolucionista
193
305
La teoría culturalista del cambio tecnológico:
la tecnología como
La evolución de los
210
219
223
Sugerencias bibliográfícas
224
El control social de la tecnología y los valores internos del
225
Los dilemas del control social de la
Las bases normativas del sujeto tecnológico: el punto de
vista del ingeniero
La emergencia de una tradición interna
El diseño participativo y las tensiones internas entre
225
231
235
248
Resumen
Sugerencias bibliográficas
256
257
Controversias tecnológicas y racionalidad
La invención de las controversias tecnológicas
Entre la discusión y el
Bienes (y males) públicos en el desarrollo
Dilemas de acción colectiva en el caso de bienes
públicos
Dimensiones de la gestión colectiva del desarrollo
tecnológico
Las controversias y los costos de segundo orden:
259
259
263
268
272
275
la institucionalización del cambio tecnológico
279

PRÓLOGO

• QUIÉN SE ACUERDA DE LA COMIDA DE ALGAS? Dos décadas

l

de investigación para obtener proteínas de las al-

gas llevaron a una vía muerta: sabían mal y eran muy caras de obtener. Otra oportunidad perdida. Otras veces hay suerte y se consigue: alguien inventa el clip y de pronto

descubrimos que teníamos necesidad de ordenar los papeles de la mesa. En el principio fue la rueda, la palanca, el plano inclinado y poco más. Todo se fue enredando: el tornillo, la

rueda de molino, los batanes

escuelas politécnicas, la revolución industrial, los movimien- tos ecologistas, los cyborgs, el miedo, la carrera por lo último. La tecnología es la parte que más ha cambiado del ser humano. Este libro es una reflexión sobre varios aspectos del cambio tecnológico, sobre lo mucho que ignoramos y sobre lo dificil

que es integrar el cambio tecnológico en la sociedad democrá- tica. Sobre lo fácil que es la manipulación del miedo y del deseo y sobre lo dificil que es la reflexión sensata acerca de las posibi- lidades y las alternativas tecnológicas. Hay una moralina protec- nológica y una moralina antitecnológica, Lasdos son gratis, son otros los que pagan los costos: los riesgos y las oportunidades perdidas. Es desesperante tener que recordar que la tecnología no es otra cosa que la transformación colectiva de la realidad, que no se transforma hacia ningún lugar, hacia ningún mundo perfecto, sino desde este tiempo y lugar Ydesde este mundo imper- fecto. Yque lo hacen seres imperfectos, que tienen que ir apren- diendo sobre la marcha, aprovechando los muchos errores y los ocasionales aciertos.

y después los ingeniatores, las

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12

MUNDOS

ARTIFICIALES

El punto de vista es filosófico. Pero el filósofo no tiene un punto de vista privilegiado, no se ha subido en una esca- lera y ve desde arriba el salón y la reunión. Pasea, habla con unos y con otros, pregunta, escucha y de vez en cuando le- vanta las cejas: su punto de vista es el del curioso que se mue- ve de uno a otro corrillo y no se queda definitivamente en ninguno. Al final de la fiesta levanta acta y dice lo que ha vis- to: lo que ha podido ver y escuchar. Hegel decía lo mismo con mejores metáforas: el búho de Minerva levanta su vuelo al atardecer de la historia, pensar el tiempo presente con cate- gorías de lo universal, etc. Al fin y al cabo, intentar dar cuenta de lo que pasa, interpretar los signos, poner palabras a nues- tros temores y a nuestras mejores intenciones. Su voz es una voz más. Bienvenida si tiene algo que decir; prescindible si es una voz engolada que suelta sartas de tópicos adornados de términos abstrusos. Conocí a uno que cuando se liaba siem- pre acababa la parrafada con la misma predecible sentencia:

«j Esto es episternológico!» Pensaba que así añadía profundi- dad a su discurso. Aquí se adopta una actitud diferente, la de la filosofía analítica. Que no es otra cosa que pelearse con el lenguaje y el pensamiento para decir las cosas claramente: to- do lo que se puede pensar, se puede pensar claramente, todo lo que se puede decir, se puede decir con claridad. El filósofo analítico es el que toma la actitud contraria al que leía el tex- to a la señora de la limpieza y si ella lo había entendido, lo corregía para oscurecerlo un poco. Al contrario: si la señora de la limpieza no lo entiende, es que tú tampoco lo has en- tendido. No se excluye el uso de algunos términos técnicos como «epistemológico», «metafísico», etc., pero no hay que darles demasiada importancia. Para acabar, mi agradecimiento a aquellas personas que me han ayudado a pensar más claramente sobre estas cues- tiones. Miguel Ángel Quintanilla, Jesús Vega, Bruno Maltrás, son los más cercanos y con los que necesito discutir continua- mente. A Jesús le reitero mi agradecimiento: su ayuda se va

PRÓLOGO

13

convirtiendo en imprescindible. Manolo Liz, Margarita Váz- quez, Javier Aracil, Jesús Ezquerro (a quien debo una cuida- dosa revisión), Pepa Toribio, Alfonso Bravo, Mikel Olazarán:

con ellos aprendí a pensar sobre la técnica. Más recientemen- te, Javier Echeverría, Eulalia Pérez Sedeño, Toni Doménech, Camilo Cela Conde, Eduardo Albar, Santiago López Carcía:

gracias a ellos el océano de mi ignorancia tiene algunas islas. Ernesto Sosa, Marcelo Sabatés, Eduardo Rabossi, David Sosa, León Olivé, han sido de excepcional ayuda en los últimos meses y lo han sido mucho más en los últimos años. Manuel Cruz, con su apoyo constante, y Laura Lecuona, con su cuida- do profesional, han hecho posible y gratificante el proceso de edición. Quedan muchos otros, quedan Paquita, Alicia, Fernando.

INTRODUCCIÓN

E sm LIBRO SE ORGANIZA

EN SEIS CAPtTuLOS

más un

epílogo.

Consiste en una reflexión filosófica sobre la tecnología

como fenómeno histórico e institucional que aparece

con la Revolución Industrial. Puede ser leído alternativamen- te como un ensayo o como un manual sobre filosofía de la tecnología. Elprimer capítulo reconsidera tres líneas de pensamiento fi- losófico sobre la tecnología a cuyo trasluz vamos a delinear las tesis principales del libro. Estastesis son, en primer lugar, el de- terminismo tecnológico, base fundamental del pesimismo que ha sostenido a muchas filosofías, aunque también base implí- cita del optimismo del que hacen gala muchas versiones pro- pagandísticas; en segundo lugar, el constructivismo social, de origen filosófico posmoderno, una corriente que goza de una creciente popularidad en numerosos círculos;en tercer lugar, la concepción «situada» de origen heideggeriano. Sopesamos sus argumentos y los mensajes que han aportado al dominio co- mún y criticamos aquellas tesis de las que discrepamos. Esun capítulo que tiene un cierto carácter histórico como desarrollo de las aportaciones filosóficas más importantes, pero es sobre todo una guía para delimitar las posiciones siguientes. Elcapítu- lo termina con una propuesta sobre la lógica de la tecnología en la historia o, si se quiere, sobre su racionalidad, que se resu- me en la capacidad de crear y aprovechar oportunidades. Esta idea es el eje central de todo el libro, que discurrirá alrededor de ella desde varias posiciones.

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16

MUNDOS

ARTIFICIALES

El segundo capítulo es una teoría sobre la naturaleza de los artefactos tecnológicos y una demarcación de la tecnolo- gía frente a otros fenómenos culturales como la ciencia. La tesis central es que los artefactos tecnológicos tienen una pro- piedad, la composicionalidad de sus partes y funciones, que explica la capacidad de crear continuamente nuevos artefac~os a partir de un trasfondo limitado de recursos. La composicio- nalidad establece una relación entre la estructura abstracta de los artefactos, su diseño, y las operaciones de innovación y producción que dan nacimiento a los artefactos. El tercer capítulo desarrolla la idea de diseño en tanto que actividad social. La emergencia de la capa~idad de dis,;- ñar como operación abstracta fue lo que separo la tecnología de las técnicas artesanales, supuso una revolución en la divi- sión social del trabajo que condujo al complejo sistema con- temporáneo y creó un nuevo dominio cultural y profesional. La capacidad de crear colectivamente nuevos artefactos fue posible por la emergencia de nuevas formas de le~guaJey re- presentación de los objetos futuros. Se propone la Idea de pa- trones como concepto que categoriza y ordena los recursos de los que se dispone para diseñar nuevos objetos y procesos. El cuarto capítulo aborda el problema de la forma del cambio técnico. Debido a un compromiso determinista im- plícito en la mayoría de las aproximaciones (optimistas y pe- simistas) a la tecnología, el cambio técnico se ha tratado

generalmente como

teórico. La llamada corriente evolucionista en economía se ha encargado de mostrar los aspectos contingentes, histór~cos del cambio técnico y la enorme sensibilidad de este cambio a pequeñas variaciones en el medio. En este capítul.o anali~a­ mas el concepto de cambio técnico, su forma y vanas teorías, entre ellas la de la economía evolucionista, que han tratado este concepto. En general sostenemos un patrón neoevolu- cionista que deriva de la idea de que la tecnología, como otros sistemas culturales, está sometida a procesos de cambio que

algo no proble~áti~o, sin mayor in~erés

INTRODUCCIÓN

17

pueden iluminarse y entenderse tomando algunas nociones de la teoría de la evolución biológica. Los capítulos quinto y sexto se dedican a los problemas normativos y sociales que plantea el cambio tecnológico. Se defiende la idea de que la tecnología contemporánea ha des- cubierto de manera irreversible la necesidad de formar con- sensos y estructuras sociales estables de reflexión y control sobre el cambio técnico. En el debate social sobre las opcio- nes tecnológicas no todos los intereses son iguales. Una con- dición de legitimidad es separar los intereses de cada grupo y observar las normas a las que obedecen. En el capítulo quin- to planteamos la perspectiva del ingeniero, o si se quiere, de los sistemas de innovación, como una de las perspectivas in- volucradas en el desarrollo tecnológico. Planteamos la idea de que la capacidad de consenso y negociación no excluye la atención, el respeto y la legitimación del punto de vista inter- no de los ingenieros. En el capítulo sexto proponemos un modelo de contro- versia y consenso social que, por un lado, concede crédito al pesimismo de la razón en lo que a las capacidades reales de formación estable de consensos se refiere y, por otro lado, no desmaya en un optimismo de la voluntad de construir el há- bito institucional de la controversia. El epílogo, por último, es una llamada desesperada al cultivo de la cultura tecnológica, lejos de la admiración reve- rencial y del desprecio a todo lo que tradicionalmente se ha considerado bajo y de poco interés para la «alta cultura». La defensa del «medio ambiente artificial» es una metáfora so- bre la urgente necesidad de extender la sensibilidad social hacia nuestras propias realizaciones técnicas. Del mismo mo- do que el humanismo renacentista propagó el respeto a los objetos de arte, se aboga por una nueva forma expandida de humanismo que reconcilie a la cultura con sus propias pro- ducciones.

LA MIRADA DE U LISES:

LA RACIONALIDAD TECNOLÓGICA Y SUS CRÍTICOS

El navegante Odisea engaña a las divinida-

des naturales como en un tiempo hacía el

viajero civilizado con los salvajes, a quienes

ofrecía piedras de vidrio multicolor a cam- bio de marfil.

M. HORKHEIMF,R y T. W. ADORNO,

Dialécticade la Ilustración

¿EN QUÉ CONSISTE EL PROBLEMA DE LA RACIONALIDAD TECNOLÓGICA?

Pensar la racionalidad en el ojo del huracán

Treinta años después de la revolución tecnológica, de la ex- tensión universal de las tecnologias de la información, de la transformación del mundo en un sistema complejo de in- teracciones, del acceso inmediato y cotidiano a cualquier hecho lejano en los estrechos intervalos de tiempo que per- miten los medios de comunicación, de la duda escéptica so- bre los proyectos sociales de liberación que dominaron el siglo, de la emergencia de nuevos imaginarios sociales como los cyborgs y los mundos después del desastre, treinta años

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MUNDOS

ARTIFICIALES

después del 68, la tecnología se ha ganado el puesto de pro- blema filosófico de primer orden. La tecnología ha desbanca- do al mundo físico y al mundo social de su lugar de objetos privilegiados de reflexión que ocuparon en las edades clási- cas de la filosofía y en épocas más recientes (el siglo XIX) res- pectivamente. Y se ha alzado a ese puesto por la cercanía de los sistemas tecnológicos en todos los intersticios de la vida:

cotidiana, social, histórica. El horizonte que nos rodea, el paisaje que observamos todos los días e incluso lo que per- manece oculto, como lo están las ondas electromagnéticas que .traen la información a nuestros aparatos, conforma nuestra nueva naturaleza y el ámbito de nuestras preguntas últimas. Lo que nos es más inmediato no es por ello lo más senci- llo y accesible al pensamiento. La cercanía ciega: es aleccio- nador que a Marx, el pensador de más larga y aguda vista del siglo XIX, se le escapara precisamente el marco que estaba de- terminando el siglo siguiente, la nueva importancia del Esta- do y de la sociedad civil, de modo que el marxismo nunca llegó a tener una teoría del Estado. De modo análogo, la gran filosofía de nuestro siglo (la epistemología y metafísica) ha estado dominada por el fenómeno de la ciencia, por la omni- presencia del lenguaje, de las estructuras representacionales y de los marcos conceptuales, y ha sido incapaz de pensar lo que precisamente estaba transformando la ciencia contem- poránea: la creciente dependencia de la tecnología, de las prácticas no lingüísticas, de los procesos de institucionaliza- ción y colectivización que son la marca de agua de la tecno- logía contemporánea. La tecnología significa la irrupción de grandes sistemas en los que están implicados técnicas, conocimientos, institu- ciones sociales, investigadores e ingenieros y patrones de uso. Es un producto de transformaciones industriales, econó- micas, políticas y científicas que han situado el desarrollo tecnológico como la fuerza económica más importante, aten-

tA

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DE

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diendo a la dimensión de sus consecuencias económicas, so-

por citar es-

te último caso de la ciencia, que el desarrollo tecnológico sería imposible sin la ciencia, no es menos cierto que ningu- na de las investigaciones científicas avanzadas serían posibles sin la tecnología contemporánea. La tecnología ha converti- do la ciencia en un sistema masivo de investigación que de- pende de los analizadores automáticos, de los procesadores de información, de los materiales avanzados, de los grandes sistemas de observación, de las redes informáticas. Esta capa- cidad de impregnar el conjunto de todas nuestras dimensio- nes culturales y sociales nos obliga a repensar su naturaleza y a reflexionar sobre la novedad de su creciente dominio. La primera de las cuestiones filosóficas es la racionalidad tecnológica. Daniel Bell, uno de los economistas que estu- diaron en los años sesenta y setenta las nuevas características de la sociedad nacida de la tecnología dice en su libro más

conocido, El advenimiento de la sociedad postindustrial:

ciales, ambientales o científicas. Si bien es cierto,

La tecnologíaha creado una nueva definición de racionalidad, una nueva forma de pensamiento, que pone de relieve las rela-

ciones funcionales y las cuantitativas. Sus criterios de actuación

son los de la eficiencia y la optimización, o sea, una utilización

de los recursos con el mínimo costo y el mínimo esfuerzo. Esta

nueva definición de la racionalidad funcional encuentra su

transferencia en nuevas formas de educación, en las que las nuevas técnicas cuantitativas de la ingeniería y la economía

desbordan a los métodos más viejos de la especulación, la tra- dición y la razón [p. 222).

La afirmación de Bell es doble:

1) La forma de la racionalidad tecnológica es la racionali- dad instrumental. 2) La racionalidad tecnológica es nueva en la historia.

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MUNDOS

AltTIFICIALES

Sospecha y escepticismo

Esta alegada irrupción de una nueva definición de racionali- dad ha desembocado en el más agrio de los debates filosófi- cos. Unos han celebrado la nueva forma de racionalidad, otros han dedicado sus esfuerzos a su aclaración y otros, por fin, han desarrollado una nueva forma de escepticismo. Por debajo de muchas filosofías contemporáneas que han estu- diado el fenómeno tecnológico subyace una actitud de sos- pecha acerca de la propia racionalidad de la técnica: aun si las decisiones tecnológicas concretas son racionales, puede

ocurrir que la misma práctica de la tecnología no searacional. Es-

o ta sospecha, signo de un nuevo escepticismo, sostiene la tesis de que la tecnología es racional sólo en apariencia, mas no en la realidad: el creciente dominio de la tecnología implica- ría la expansión correlativa de la racionalidad instrumental; pero esta aparente extensión de la racionalidad instrumen- tal, optimizadora y cuantitativa, ocultaría una paralela exten- sión de la incapacidad para hacemos cargo de nuestro destino, bien a causa de que la tecnología se haya convertido en una fuerza autónoma, bien a causa de que haya amplifica- do y al mismo tiempo ocultado las relaciones de poder, bien ; a causa de que nos haya cegado filosóficamente para hacer- nos incapaces de pensar nuestro puesto en el mundo. y esta sospecha se extiende a todos los que pretenden una reflexión menos apocalíptica sobre la naturaleza de la tecnología. Se sospecha, para decirlo en dos palabras, que se hace una «filosofía pagada por la empresa»! y que los soció-

1 La expresión es de Staudenmaier; y se refiere a quienes cultivan el modo «whig}) (liberal) de escribir la historia de la tecnología. Se aplica este calificativo a los historiadores de la ciencia que reconstruyen la ciencia des- de las categorías del presente, y todo el proceso anterior como un proceso

que conduce al estado actual, de manera que resulta en una historia al margen de todo contexto y que pierde por tanto su carácter histórico. Lo

aplicamos por extensión a los historiadores de la tecnologfa que escriben

LA

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DE

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lagos, economistas o filósofos que no denuncian radicalmen- te el fenómeno tecnológico, lo que de verdad hacen es ocultar bajo el lenguaje aséptico del cambio tecnológico, entendido como un desarrollo autónomo de artefactos y procesos, la es- pesa mezcla de intereses políticos y económicos que son la verdadera explicación de la tecnología en las sociedades con- temporáneas. De manera que la cuestión de la no racionalidad de la tecnología llevaría incluida la denuncia de la ocultación culpable de este hecho por quienes se consideran abande- rados de la nueva racionalidad. Así, la tarea del intelectual auténticamente crítico sería denunciar a los teóricos de la ra- cionalidad para que por fin el pueblo se dé cuenta de que el emperador está desnudo y que su ropaje racional no era más que una ilusión. La forma más importante de escepticismo contemporá- ' neo es la que considera imposible distinguir las razones téc- nicas de otras razones económicas, sociales o políticas. Uno de los más conspicuos defensores del llamado «constructivis- mo socia¡", Michael Callan, lo expresa de esta forma:

Lo que estoy cuestionando aquí es la afirmación de que es po- sible distinguir durante el proceso de innovación fases o activi- dades que son distintivamente técnicas o científicas de otras que están guiadas por una lógica económica o comercial [Ca- llon 1, p. 83].

¿Por qué es escéptica esta forma de pensar? La razón no está en lo que afirma, sino en lo que niega. El escéptico respecto al conocimiento no es el que postula la presencia de factores sociales en el conocimiento, lo que no puede ser negado, si- no el que niega que, además, la verdad tenga también algo

la historia como una historia de artefactos y genios inventores. Se diría de ellos que habrían sido pagados por la empresa para ocultar detrás de los artefactos todos los conflictos.

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MUNDOS

ARTIFiCIALES

que ver con nuestra aceptación justificada de las teorías. El escéptico respecto a la tecnología es, análogamente, el que niega que la eficiencia tenga que ver con el cambio tecnológi- co, no el que afirma que en el desarrollo de la tecnología los factores tienen una índole diversa.

Razones para no serescéptico

¿Tenemos razones para no aceptar estas posiciones escépticas de sospecha sistemática?, ¿se puede ser lúcido y crítico sin necesidad de adoptar una actitud desesperada ante toda jus- tificación racional de las decisiones tecnológicas? Al contra- rio, solamente el abandono del escepticismo nos capacitará para la comprensión crítica de la tecnología. El escéptico puede serlo hacia la teoría o hacia la práctica:

el escepticismo teórico se refiere al conocimiento en general y al conocimiento científico en particular; el práctico puede referirse a instituciones como la política o el Estado, de for- ma indiscriminada o, en nuestro caso, hacia el sistema tecno- lógico en su conjunto. En primera instancia aparece como una actitud crítica y se presenta a sí mismo como una suerte de terapia, pero en realidad es una actitud que nos incapacita para la crítica. Pues el escéptico por principio es como aquel que en el contexto de discusiones sobre la justicia o la injusti- cia de acciones o sucesos particulares siempre afirma cosas como «aquí cada uno va a lo suyo» o expresiones similares. Lo malo de esta actitud, en apariencia crítica, es que evita de hecho el rendir cuentas de las acciones y consecuencias con- cretas que han sido expuestas para su discusión. El escepticis- mo general acerca de la tecnología socava cualquier propuesta tecnológica y cualquier intervención racional en una contro- versia tecnológica, abriendo la puerta para que tal controver- sia degenere en una polémica en la que ganará quien tenga el

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poder de la fuerza sin importar que los medios destruyan la esfera pública de la controversia. Pero además de su impotencia práctica, el escepticismo se basa en muchos casos en afirmaciones confusas y genera- les sobre la racionalidad tecnológica que impiden analizar con detalle los sistemas tecnológicos. Y ésta es una de las ta- reas más urgentes pues, mientras que la cultura nos ha dota- do de instrumentos teóricos muy potentes para el estudio de los sistemas intelectuales, la práctica humana y el complejo de prácticas que llamamos tecnología en particular han que- dado al margen de la reflexión filosófica. En esta situación los pronunciamientos de principio y en términos generales nos impiden enfocar los detalles sobre los que tal vez podría- mos realizar una evaluación racional de los pros y los contras de los sistemas tecnológicos contemporáneos. Por último, el escepticismo no resuelve, sino que aumen- ta, el temor (O su contrario, la admiración) irracional por las innovaciones tecnológicas. Adoptar un punto de vista tan ge- neral impide una transformación de la conciencia pública. En definitiva, el escepticismo de principio acerca del fe- nómeno de la tecnología tiene problemas de compatibilidad con una actitud racional en las controversias tecnológicas y es incapaz de hacer propuestas acerca de cómo decidir demo- cráticamente las estrategias tecnológicas más adecuadas.

La racionalidad colectiva como proyecto

La cuestión de la racionalidad de la tecnología no es más que la cuestión de la racionalidad de las opciones tecnológicas so- bre las que nos cabe decidir democrática y colectivamente. y, como en cualquier decisión individual o colectiva, podemos razonar a favor y en contra de las razones que nos mueven a esta decisión, pero no podemos dejarnos caer en el escepti- cismo generalizado. El núcleo de la cuestión es cómo pueden

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MUNDOS

ARTIFICIALES

ser racionales las decisiones tecnológicas en las que están in- volucrados muchos y muy heterogéneos actores. La racionalidad es una propiedad que puede predicarse de las decisiones individuales o colectivas, de las decisiones atómicas o de los planes complejos, de las acciones puntua- les o de las trayectorias históricas. A medida que vamos as- cendiendo en la escala de la complejidad ascendemos hasta el nivel hegeliano de la racionalidad en la historia. Así, en una escala grande, hablamos de la racionalidad del desarro- llo científico para referirnos a trayectorias largas en la historia de la ciencia en las que están involucrados cambios teóricos profundos. Pero los grandes episodios están compuestos por decisiones rápidas adoptadas sobre la base de la información relevante en el contexto inmediato. Son decisiones que to- man agentes motivados por los más variados intereses, entre los que no siempre destaca 'la búsqueda de la verdad como el primero de la agenda. El problema de la racionalidad del de- sarrollo científico se puede reescribir así: cómo estas decisio- nes de corto alcance pueden componer una trayectoria en la que, en términos generales, aumente la verdad de nuestros conocimientos y disminuya la falsedad. En el caso de la tec- nología el problema es similar, aunque centrado en la efi- ciencia, con el añadido de que involucra agentes mucho más heterogéneos, intereses mucho más variados y acciones que no son, o al menos no prioritariamente, epistémicas. La racionalidad no excluye la existencia de valores, por muy instrumental que se quiera. Es el ordenamiento de los valores lo que está en juego y lo que hace racional la empresa de la tecnología. Al igual que en la ciencia existe un código de valores, también hay valores intrínsecos que componen el ethos particular de la tecnología, que no siempre es admitido y reconocido, un ethos que, al igual que sucede con la ciencia en lo que respecta a la búsqueda de la verdad y la prevención del error, no puede olvidarse sin salir del terreno interno de la tradición tecnológica. La racionalidad de la tecnología, desde

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este punto de vista, se puede entender también como la cues- tión de si las trayectorias tecnológicas promueven a largo pla- zo los valores incluidos en el ethos de la tecnología. La noción de racionalidad es normativa, es decir, permite criticar las decisiones no racionales, pero no tiene por qué ser absurdamente normativa, «utópica», en el sentido de que solamente pueda ser ejercida por seres perfectos, porque en- tonces conduciría a una teoría hipócrita de las acciones hu- manas. La tensión entre lo descriptivo y lo normativo es y debe ser constitutiva de cualquier teoría de la racionalidad.

Una teoría de la racionalidad que tuviera como consecuencia que la gran mayoría de las decisiones son irracionales sería una teoría hipócrita; paralelamente, una teoría que por ser consentidora de los errores nos impidiera la crítica de las de- cisiones y llevase a la consecuencia de que todo lo real es ra- cional sería igualmente ciega e inútil. La racionalidad, para ir avanzando conceptos, se parece mucho al concepto de salud:

es borrosamente normativo pero no nos impide las decisio- nes precisas. No tenemos una idea de qué puede ser la salud perfecta pero sí tenemos las percepciones claras de la enfer- medad' pace Foucault y todos los que creen que la enferme- dad es una mera construcción social del poder. En este capítulo no vamos a exponer positivamente cuál es la noción de racionalidad tecnológica que consideramos adecuada. Haremos más bien un negativo de esta noción contrastándola con las concepciones que han sido dominan- tes en la filosofía de la tecnología de los últimos años:

1) El determinismo tecnológico o la tesis de que la tecno- logía es autónoma y modela la sociedad al margen de las intenciones de sus miembros. 2) El constructivismo social, o la tesis de que los objetos y los sistemas tecnológicos son un conglomerado de inte- reses indistintos en los que priman los sociales.

La visión heideggeriana de la tecnología como un modo metafísico de ser.

3)

28

MUNDOS

ARTIFICIALES

Cada una de estas visiones tiene un mensaje que hay que escuchar y un conjunto de hipérboles y exageraciones con las que no tenemos por qué cargar necesariamente.

EL DETERMINISMO TECNOLÓGICO o EL SUEÑO DE lA RAZÓN QUE PRODUCE MONSrRUOS

Los hijos de Mary Shelley

El monstruo «creado» por el doctor Frankenstein es una cria- tura verdaderamente exigente. Una vez que comenzó a tomar conciencia de las cosas y observó la felicidad de los pobres exigió a su creador que le «construyera» una compañera, y su creador supo que si cedía a sus deseos habría creado una es- pecie que odiaría a los humanos. Mary Shelley nos recuerda en su novela el relato del Génesis, precisamente en el mo- mento en que Dios descubre que ha hecho las cosas mal y tiene que arreglarlas a toda prisa con una costilla de Adán. Las creaturas que uno crea se vengan pidiendo y pidiendo sin parar. Cuando Mary Shelley escribió El doctor Frankenstein la nueva tecnología, fruto del encuentro entre los modos de in- vestigación científica y la innovación artesana en el nuevo marco del protocapitalismo, recorría y transformaba Europa y América a toda velocidad. Se habían descubierto tipos nue- vos de fuerzas, el universo se había llenado de fluidos lumi- nosos, magnéticos, calóricos, eléctricos y algunos pensaban que la vida no era más que un tipo de fuerza entre otros, un fluido vitaJ.2 Cabría imaginar que el descubrimiento y la ma-

2 No se ha observado sino hastamuy recientemente que Mary Shelley re- fiereen su libro experimentosreales que pudo observar en Londres. Charlct- te Sleighha reconstruido los experimentos que realizó GiovaniAldini, sobri-

no de Galvani, durante el año 1802 en la Royal Humane Society. Entre ellos

se incluía «resucitar» cadáveres mediante corrientes galvánicas. Se aplicarona

los miembros del cadáver de George Póster, al poco de ser ahorcado por la

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nipulación del fluido vital era ya sólo cuestión de tiempo. Y en ese contexto nació el monstruo creado por el doctor Fran- kenstein, un objeto/sujeto que cobraba vida autónoma y que tomaba sus propias decisiones dirigidas por un lógica impla- cable que producía un terror hasta ahora desconocido entre todas las fuentes anteriores de inseguridad, plagas, hambru- nas, rayos, inundaciones, guerras. ¿Estaba loco el doctor

Frankenstein o era simplemente inmoral?, ¿quizás simple- mente estaba haciendo algo ilegal o políticamente incorrec- to?, o tal vez sólo se dejaba llevar por una lógica implacable de causas encadenadas. Un influyente núcleo de pensadores de este siglo ha exten- dido la sospecha sobre la irracionalidad del cambio tecnológi- co. La posición es conocida por el término de «determinismo tecnológico». Iacques Ellul, Lewis Mumford y recientemente Langdon Winner son los filósofos más conocidos defensores

de esta forma

vertido en un sistema autónomo, en una especie de nuevo y peligroso Levíathan que arrasa con su dinámica todos los sis- temas humanos, económicos, políticos, culturales y cual- quier tipo de relación entre individuos y grupos. Ellul escribe «La técnica se ha convertido en el nuevo y específico milieu en

1. Es artificial, autóno-

ma e independiente de toda intervención hurnana.»> La tesis del determinismo tecnológico se presenta en dos formatos: en primer lugar como una tesis de contenido ético, político y en general normativo; en segundo lugar como una tesis de contenido empírico, como una teoría de la historia."

de determinismo. La tecnología se habría con-

el que se obliga a existir al hombre [

justicia británica. Les resultaba ilustrativo al parecer observar cómo las mandíbulas se contraían en horribles gestos y las manos agarraban con fuerza al experimentador o al público.

3 Ellul [p. 10) citado en Roe Smith [p. 47).

4 Esta distinción es analizada por Bimber, aunque su trabajo refiere más bien a la vieja discusión acerca de si Marx era o no determinista tecno-

lógico.

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El determinismo de carácter normativo consiste en una críti- ca de la falta de control social de la tecnología y en las ame- nazas a la autonomía individual. Lewis Mumford y Iacques Ellul han sido los pioneros de esta interpretación; Langdon Winner, su más conocido defensor en la actualidad, sostiene

Los seres humanos tienen todavía una presencia nominal en el

sistema, pero han perdido su papel activo y dirigente.Tienden a obedecer a pies juntillas las normas y requerimientos de los sistemas que supuestamente gobiernan. Aquí tiene lugar una revalorización de valores que Nietzsche habría encontrado de- testable: por la necesidadtécnica [Winner 1, p. 381·

La esencia de esta formulación deriva de la afirmación de que la tecnología moderna impondría una forma de raciona- lidad imperiosa, la racionalidad económica o racionalidad instrumental. y esta imposición sería desastrosa: «más allá de

un cierto nivel de desarrollo tecnológico -afirma Winner-

control de los fines libremente articulados y firmemente defendidos es un lujo que ya no es posible permitirse» [1, p. 234]. Este juicio

expresa un elemento normativo acerca de la tecnocracia que ha sido desarrollado entre otros autores por Habermas: la tecnocracia ocultaría autoritariamente la libre discusión de alternativas y fines bajo una ilegítima extensión de los argu- mentos «técnicos» a terrenos que no lo son [véase Habermas 1]. Sin embargo, los defensores del determinismo tecnológi- co añaden un postulado de necesidad: es la lógica interna del desarrollo de los grandes sistemas tecnológicos la que con- duciría necesariamente a esta «adaptación inversa» de los fines a los medios [véase Winner 1, pp. 234 Y ss.]. Esta afir- mación de facto distancia a los defensores del determinismo tecnológico de autores como Marcuse y Habermas en los que la crítica política al capitalismo se distingue de las tesis acerca de la naturaleza de la tecnología." Mientras que Marcuse y

el

5 Es un tanto discutible si Marcuse y Habermas quedan exonerados

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Habermas proponen cambios sociales, políticos y culturales que liberen a la tecnología del dominio que sobre ella ejerce una representación ideológica, en las tesis del determinismo tecnológico solamente un cambio en la tecnología es acepta- ble. El control político y moral debe llevar a tecnologías alter- nativas, no a sociedades alternativas.

Crítica del determinismo tecnológico.

En el balance de esta forma de determinismo, que tiene origi- nalmente un impulso político emancipador, está el haber se- ñalado cómo muchos sistemas tecnológicos aumentan el control social y el autoritarismo, cómo el poder se centraliza y hace más fuerte por el hecho de que las alternativas tecno- lógicas hayan sido unas y no otras. En su contra está el ele- mento de necesidad que originariamente encontramos en las tesis de Max Weber sobre los procesos de racionalización en las sociedades avanzadas y que un amplio espectro de auto- res han convertido en una especie de ley natural ante la que no cabe resistencia alguna. «Sólo un dios puede ayudarnos», decía Heidegger en la entrevista para Der Spiege1. mostrando

del determinismo tecnológico. Particularmente Marcuse, quien en El hom- bre unidimensional a veces habla de la tecnología en términos deterministas:

«Hoy la dominación se perpetúa y se difunde no sólo por medio de la tec-

nología

político en expansión, que absorbe todas las esferas de la cultura» IMarcu- se, p. 187], pero está claro que está hablando de una dominación política ante la que caben alternativas que liberen las potencialidades que la propia tecnología crea, hasta un punto que pueden ser leídos hoy sus textos como una defensa de utopías tecnológicas y científicas: «La civilización indus- trial ha alcanzado el punto en el que, con respecto a las aspiraciones del hombre por una existencia humana, la abstracción científica de las causas finales se vuelve anticuada en los propios términos de la ciencia. La misma

ciencia ha hecho posible que las causas finales sean el dominio propio de la ciencia» [pp. 260-2611.

sino como tecnología, y la última

provee la legitimación del poder

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ARTIfiCIALES

bien claramente las consecuencias no queridas de esta forma de aparente crítica de la sociedad contemporánea: la resurrec- ción del fatum y de la providencia como filosofía y agenda oculta de la historia. Hay una segunda forma de determinismo tecnológico que se presenta más como una explicación del cambio social que como un programa de reforma de la tecnología contem- poránea. Esta segunda posición convierte al cambio tecnoló- gico en un motor del cambio social poderoso que se impone a las demás fuerzas sociales. En 1967 Heilbroner escribió un famoso artículo en Technology and Culture, «¿Son las máqui- nas el motor de la historial», que comienza con la cita de Marx de La miseria de la filosofía: «El molino manual trae la sociedad feudal; el molino de vapor, la sociedad capitalista industrial.s En este trabajo Heilbroner [11 defiende una ver- sión nomológica del determinismo tecnológico en el sentido fuerte que establecen estas dos proposiciones:

1) Dado un estado de la tecnología en una región espa- cio-temporal determinada, sólo existe un futuro social posible. 2) El futuro tecnológico es predecible, al menos parcial- mente mediante la prospectiva. Estas tesis del determinismo tecnológico están ocultas pero activas en al menos dos tradiciones contradictorias en apariencia: la primera es la tradición marxista denominada en otros tiempos «rnecanicista», la segunda es la tradición propagandística del progreso tecnológico que encontramos difundida en todo tipo de iconografía publicitaria desde los

más viejos tiempos

de la propaganda comercial. 6

6 Roe Merrit Smith tiene un interesante trabajo de esta iconografía en

Estados Unidos desde el siglo pasado. Ojeando las láminas del siglo pasa-

do uno siente rápidamente el efecto de déjii vu que encuentra en la publici-

dad actual. Sobre el uso de la iconografía para el estudio del desarrollo

tecnológico es muy interesante también H. Nielsen.

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Según Bimber, todavía quedaría una tercera forma de de- terminismo tecnológico, la que denomina de «consecuencias no deseadas de la tecnología». Se trata, más que de una forma de determinismo, de una descripción de los mecanismos por los que los sistemas tecnológicos entrelazan sus necesidades produciendo la apariencia de tener una dinámica autónoma. En su fórmula más débil, «toda innovación tecnológica tiene efectos no deseados», no es una versión del determinismo, si- no una apreciación que todo sociólogo hace respecto de las acciones humanas y en su fórmula más fuerte, en la que las consecuencias no deseadas siguen una misma dirección y trayectoria, sumando sus efectos para producir un sistema autónomo, se reduce a las versiones anteriores del determi- nismo. En esta forma de determinismo cabe incluir una ob- servación cotidiana de extremada importancia para estudiar el cambio tecnológico: las dependencias que genera una in- novación tecnológica cuando se extiende socialmente: la co- municación entre ordenadores genera una necesidad urgente de cables o medios rápidos de transmisión de información, las compañías deben ponerse de acuerdo para desarrollar transmisiones de «banda ancha», para ello deben introducir transformaciones técnicas y económicas que terminan cam- biando la gestión de la comunicación, etc. Si observamos las grandes transformaciones históricas como la introducción del vapor, de los tintes sintéticos y otras similares, observare- mos que estas dependencias son la regla y no la excepción. Pero esta observación no implica directamente el determinis- mo; lo que nos lleva al determinismo es la forma en la que consideramos que estas interdependencias modifican las tra- yectorias de desarrollo tecnológico. Por último, el propio

Heilbroner [2J ha postulado un «determinismo blando»

en realidad se reduce a la idea de que la tecnología es una fuerza de cambio social entre otras. Estas formas de determi- nismo son más bien formas de autonomía de un dominio que no son incompatibles con la acción intencional, sino

que

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que son producto de la estructura funcional y de la arquitec- tura de los artefactos. No les alcanza nuestra crítica puesto que son posiciones razonables, no diferentes del autono- mismo que presenta toda obra humana en la que existe una tradición acumulativa de cambios, desde la ciencia al arte pa- sando por las propias instituciones como el derecho." La primera apreciación acerca de! determinismo es que se trata de una tesis empírica que debe ser contrastada con los datos que tenemos de los historiadores, pues como interpre- tación de la historia entra en e! capítulo de cualquier otra for- ma de determinismo llamémoslo «metafísico», en el viejo sentido positivista de irrefutable. Un determinismo de esta clase siempre encontrará un modo de escapar a cualquier ar- gumento empírico. En esta línea, A. C. van der Valk ha pro- puesto un test social para comprobar empíricamente si e! determinismo tecnológico es correcto:

El advenimiento de la tecnología de clonación parece ser el último caso de test de la tecnología moderna. Dado el hecho de que una gran mayoría de la gente aborrece la idea de la clo- nación, el imparable desarrollo de esta tecnología probaría definitivamente la existencia de una fuerza detrás de la propul- sión de la tecnología moderna [Van der Valk, p. 11·

No sabemos muy bien cómo sería posible saber si la gen- te aborrece la clonación hasta e! punto y en la cantidad que afirma Van der Valk, ni las razones en las que se basa para ha- cer tal afirmación, pero supongamos que sea así: en este caso tendríamos una comprobación empírica de si es cierto que una tecnología se impone por encima de la voluntad mayori- taria. No vamos a dilucidar aquí las numerosas zonas oscuras

7 Jesús Vega ha subrayado la distinción entre determinismo y autono- mismo. Aunque estoy de acuerdo con ella, no creo que el autonomismo signifique ningún determinismo: el determinismo no admite grados.

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de este presunto argumento empírico, lo importante es po- ner de manifiesto hasta qué punto se encuentra en grave ries- go ahora la noción de racionalidad. Si todos los ciudadanos desean algo distinto de lo que tienen y a pesar de ello ocurre algo no deseado, no podemos decir de ellos que sean agentes productores de su existencia, sino seres dirigidos por fuerzas ciegas a las que ni siquiera cabe resistir. Si fuera cierto, e! pro- blema entonces no sería tanto de la tecnología en sí misma cuanto de los mecanismos por los que la sociedad puede ex- presar colectivamente su voluntad. Pero si nos referimos al terreno de los hechos, Io cierto es que hasta e! momento todos los datos de los historiadores de la economía más importantes, si bien han' señalado la importan- cia de! desarrollo tecnológico en la configuración de las socieda- des, han mostrado mucho más claramente la sensibilidad que tiene el desarrollo tecnológico a factores sociales como e! apo- yo financiero, político y cultural," Es decir, la tecnología es mu- cho más dependiente de la voluntad social que a la inversa. Pensar que dada una situación tecnológica el futuro ya está de- terminado puede resultar consolador tanto para las ideologías anti como pro desarrollistas, pero lo cierto es que nos dejan igual que estamos ante lo que Rosenberg [2J ha llamado e! pro- blema de la caja negra, e! de cómo se relacionan los cambios científicos, tecnológicos y sociales. Por citar un caso sumamen- te conocido y citado, e! de la tecnología china: no podemos ex- plicar cómo habiendo desarrollado prácticamente las mismas innovaciones que la Europa de los siglos XVI y XVII, su trayectoria diverge tanto de la europea. Lo mismo podemos decir de la cul- tura japonesa entre los siglos XVII y XIX. Ylo que es más reciente:

casi todas las predicciones de los teóricos de la tecnología autó- noma acerca de cómo se habrían de desarrollar los grandes

8 Los datos más elaborados acerca de la tecnología contemporánea se encuentran en los ya hitos de Manuel Castells 1 y 2, pero también en clási-

coscomo Rosenberg 2, Mokiry E. L. Iones 2 y 3.

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complejos tecnológicos de los años sesenta y setenta se han ob- servado claramente falsas. Que la tecnología nuclear, por citar un ejemplo cercano, esté en clara recesión por la voluntad po- lítica de muchas sociedades y estados, refuta de forma flagran-

te el determinismo.

El determinismo y la raz6n en la historia

Pero el determinismo es mucho más grave como filosofía de

la tecnología porque, como intentaremos mostrar en este li-

bro, los artefactos abren pero no determinan las trayectorias futuras de la sociedad. El hilo conductor que da coherencia a este libro nos lleva a una conclusión contraria: el futuro está abierto y está constituido por las posibilidades disponibles o accesibles. La innovación tecnológica es, precisamente, un medio de transformación colectiva del futuro que nos cabe esperar: cada innovación abre posibilidades que pueden ser

o no aprovechadas por las sociedades y los grupos y las socie-

dades. Sólo está escrito nuestro pasado. Desde e! punto de vista moral y político las tesis de! de- terminismo son aún mucho más graves puesto que socavan toda responsabilidad con el futuro. Bajo una apariencia críti-

ca se esconde a veces un simple pesimismo o escepticismo sobre las capacidades de cambio histórico de las sociedades que en realidad equivale, conceptual y éticamente hablando, a la exoneración de toda responsabilidad con e! futuro a quienes se sitúan en esta perspectiva." Al contrario de lo que

9 El determinismo tecnológico nos conduce a otra cuestión: ¿cuál es la naturaleza de la reflexión filosófica sobre la tecnologíat. jcual es el lugar de la filosofía de la tecnología? Es una cuestión marginal y situada en un metanivel del discurso en el que queremos movemos, pero que merece la pena considerar brevemente en esta circunstancia. La importancia que al menos en tamaño ha ido adquiriendo la filosofía de la tecnología tiene

que ver sin ninguna duda con la preocupación que ha ido produciendo la

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se piensa en el contexto de muchos movimientos sociales, la resistencia social a los efectos autoritarios de una nueva tecnología puede ser articulada sin acudir al determinismo tecnológico. Andrew Feenberg ha sido uno de los pocos filó- sofos de la tecnología contemporáneos que ha separado cla- ramente el proyecto emancipador y crítico del análisis de la

tecnología en las últimas décadas: ha surgido el pensamiento, la actitud y la actividad ecológica y han crecido movimientos que en algunos países tienen relevancia política. Por otro lado, todos los gobiernos consideran la capacidad tecnológica como la mejor preparación en la competencia eco- nómica. La tecnología ha sido el factor determinante en las transformacio- nes económicas después de la primera crisis energética y las tecnologías de la información han transformado definitivamente nuestras sociedades en lo que tiene mucho de parecido con una nueva revolución «industrial». Esa importancia tendría que notarse en la filosofía, que al fin y al cabo sigue la regla hegeliana de levantarse al atardecer del día, pero no es lo más rele- vante desde nuestro punto de vista: la filosofía de la tecnología es impor- tante porque los sistemas tecnológicos, los artefactos, la instrumentalidad, las prácticas, la capacidad de transformar la realidad, el poder de las ins- tituciones sociales y las microinstituciones, y otros factores que iremos considerando, se han convertido en parte de una transformación más pro- funda en la filosofía contemporánea, que ha girado hacia las prácticas y la acción humana convirtiéndolas en el territorio privilegiado que en otros tiempos tuvo el pensamiento y la actividad puramente intelectual, ajena a

la corporalidad y ajena a la socialidad del otro y de lo otro. De manera que la

filosofía de la tecnología es importante porque es parte de la teoría de

la acción, de la acción humana, intencional y racional. Pero, ¿cabe hablar

de racionalidad en un proceso en el que no somos agentes intencionales? Las tesis del determinismo, en lo que respecta a la racionalidad tecnológi- ca, son las tesis de la racionalidad cero: es como hablar de la racionalidad de la historia natural. Yen ese preciso momento abandonamos también el

tema que nos había congregado, la acción humana. Porque el determinis- mo es al fin y al cabo la idea de que la tecnología es parte de otra historia en la que nosotros no contamos. Pero si no hay problema de racionalidad ni de intencionalidad ni de límites de la acción ni de responsabilidad civil

o penal, ¿para qué continuar hablando? Escurioso que muchos partidarios del determinismo lo hagan en el contexto de un debate ético o político so- bre la tecnología, sin reparar en que la ética y la política presuponen ya la racionalidad de los agentes.

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tecnología. En su análisis, tanto Marcuse como Habermas, Foucault, y por supuesto todos los defensores del determinis- mo, han caído en un fatalismo injustificado [véanse A. Feen- berg 1 y 2]. Lo más grave no es que hagan un mal análisis de la tecnología sino que hacen un mal análisis de la sociedad, que deja de considerarse como un campo tenso en el que di- versos grupos luchan por liberarse de sus ataduras o por man- tener sus privilegios para convertirla en un mero apéndice de la burocracia o la tecnocracia. Ahora bien, la extensión de la democracia a la tecnología, según Feenberg, no sólo es posi- ble, sino cada vez más urgente, y precisamente en los prime- ros momentos del diseño, no cuando las tecnologías se han impuesto y estabilizado. Las tecnologías implantadas, al igual que las leyes aprobadas, son restos de batallas (perdidas o ganadas, según por qué parte) que, una vez establecidas, le- gislan y determinan los comportamientos. Es antes de su im- plantación cuando la democracia es imprescindible. Concluyamos ya este análisis de las tesis deterministas: el problema de la racionalidad de la tecnología, si no aceptamos el determinismo, se convierte en el problema de si es posible racionalizar el propio desarrollo tecnológico, en el problema de cómo hacer que las decisiones tecnológicas sean a la vez racionales y democráticas, en el problema de cómo evaluar las opciones emprendidas en un contexto amplio de intere- ses y, por último, en el problema de cómo lograr que esta ra- cionalidad sea colectiva, intencional, libre del miedo y de las constricciones del poder, pero también audaz en los proyec- tos de transformación. En el siguiente apartado vamos a tratar la segunda corrien- te escéptica sobre el desarrollo tecnológico: el constructivismo social. Si el determinismo fue la ideología dominante en los grandes movimientos ecologistas de los años ochenta, el cons- tructivismo ha sido el representante de la cultura posmodema de los noventa.

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PIERRE MENARD, INVENTOR DE lA BICICLETA o lA fRIVOLIDAD

DEL CONSrRUCTIVISMO

El constructivismo social es la traducción posmoderna, en el terreno de la filosofía de la tecnología, de la teoría de la cons- trucción social del texto en el terreno de la literatura:

Es una revelación cotejar el don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo J:

1 ] la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, de- pósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo XVII, redactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la

historia. Menard, en cambio, escribe:

] la verdad, cuya madre es la historia, émuladel tiempo, de- pósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Me- nard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen 11. L.

Borges, Pierre Menard, autor del Quijote].

l

Pierre Menard, autor del Quijote, escrito por Borges, es una

de las reconocidas primeras reivindicaciones de la intentio re- ceptoris, del papel del lector en la «construcción» del texto, más allá de la mera interpretación. El texto deja de ser un objeto cuyo sentido está exhaustivamente constituido por la intentia auctotis, por las motivaciones y vivencias del autor, tal como defendía la hermenéutica clásica, o por la intentio operis o es- tructura formal y semántica del texto, tal como defendió el es- tructuralismo: ahora el texto es una construcción del conjunto de sus lectores y del contexto histórico en el que vivieron. Esta misma idea, que ha dado origen a toda la posmoder- nidad en crítica literaria, se ha traducido en el campo de los

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estudios sobre ciencia y tecnología en una forma de entender el cambio sociotécnico: el texto científico y el artefacto tecno- lógico son una «construcción social», No está muy claro qué se quiere indicar bajo este rótulo, pero el núcleo común es que no tiene sentido, a juicio de estos autores, estudiar los textos científicos desde el punto de vista de sus propiedades formales, de su significado o de su posible verosimilitud, ni los artefactos y procesos tecnológicos desde el punto de vista de su diseño y eficiencia en la práctica. En términos positi- vos, sin embargo, unos autores se refieren a la «construcción social» como al conjunto de intereses sociales que causan la producción del texto o el artefacto y otros al conjunto de in- tereses y agentes que «interpretan» el texto o artefacto. El papel del razonamiento y los métodos de contrasta- ción y prueba en la génesis de las teorías o innovaciones lo ejercen ahora las controversias. A diferencia de un razona- miento, que es algo que no puede ser entendido sin entender los pasos y las inferencias, las controversias son procesos so- ciales externos que puede observar un sociólogo sin necesi- dad de captar su significado. Su función será la del notario que levanta acta de los agentes implicados y de sus intereses y discusiones, sin descender a las posibles razones que tengan en sus argumentaciones. La posmodernidad en los estudios sobre la tecnología se ha convertido con una pasmosa rapidez en la industria de mayor crecimiento en los ámbitos de la filosofía y la sociolo- gía. Se han abierto institutos, programas, departamentos, re- vistas y se ha formado una multitudinaria comunidad de investigadores que aparecen bajo las siglas SSK (Social Studies of Knowledge), sss (Social Studies of Science) o 81'S (Science, Technology and Society};'? El núcleo común a las varias co-

10 Marta González r., losé A. López Cerezo y losé L. Luján (comps.) 1 Y

2 son dos fuentes magníficas para una visión panorámica de los temas, los autores y las bases filosóficas de estos estudios.

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mentes que conviven en este nuevo espacio es el constrncti- vismo, que puede ser más estrecho, cuando se limita a un constructivismo social de los objetos de un dominio de in- vestigación, o más amplio cuando aparece en la forma de re- des de actores que no son necesariamente agentes humanos tradicionales. En lo que se refiere al cambio tecnológico nos limitaremos a las tesis del constructivismo amplio defendido por Bruno Latour, Michel Callon y Wiebe E. Bijker, entre otros numerosos estudiosos de los sistemas sociotécnicos. 11 El principio fundamental en lo que respecta al estudio del cambio técnico es el principio de simetría. Es un principio que tiene su origen en un grupo de investigadores en sociología del conocimiento, originarios de la Universidad de Edimbur- go, autodenorninado Programa Fuerte [véase Bloor]. Este programa defendía la idea de que el investigador de la cien- cia, sociólogo, historiador o filósofo, debe permanecer indi- ferente ante la verdad o falsedad de las teorías a la hora de explicar causalrnente los orígenes de tales teorías.'? En lo que respecta al constructivismo sociotécnico, este principio se ex- pande en otros tres: 13

11 Wiebe E. Bijker,Thomas Hughes y Trevor Pinch (comps.); Wiebe E. Bijker y l. Law (comps.); Wiebe E. Bijker; Bruno Latour, Aodrew Pickering, Iohn Law (comp.) y Michael Callon 2 son algunas de las más importantes

referencias de esta corriente y en cualquier caso una fuente para el resto. 12 Elotro componente característico del programa fuerte es el principio

de causalidad que especifica que han de estudiarse los orígenes causales del

conocimiento buscando estas causas en las estructuras sociales. Este princi- pio no es sostenido necesariamente de manera tan fuerte en la forma de constructivismo a la que nos estamos refiriendo. 13 Bijker discute la extensión del principio de simetría de la sociología del conocimiento de D. Bloor a los principios que expresamos aquí [pp. 272-273] Bijker encuentra que esta expansión contradice en parte el programa sociologista, puesto que la sociedad también es una construc- ción a veces de actores no intencionales como los artefactos.

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1) Principio de simetría epistémico: la explicación del cono-

cimiento debe ser indiferente a su verdad o falsedad.

2) Principio de simetría pragmático: la explicación de! cam-

bio técnico debe ser indiferente al éxito o fracaso de los programas o marcos tecnológicos.

3) Principio de simetría ontológico: la explicación del cam-

bio técnico debe ser indiferente a si los agentes causa- les son intencionales (individuos) o no (estructuras sociales o artefactos).

El principio de optar por lo mejor

Para entender mejor las implicaciones de estos tres principios debemos detenernos brevemente a ver qué es lo que niegan:

Los principios epistémico y pragmático afirman, en reali- dad, dos cosas distintas. La primera es una observación metodo- lógica con la que es difícil mostrarse en desacuerdo: que el his- toriador, e! sociólogo o e! filósofo deben atender por igual a los éxitos que a los fracasos. Es más, si de los éxitos podemos apren- der algo acerca de la lógica del cambio tecnológico es seguro que, al menos desde un espíritu popperiano, podemos aprender mucho más de los fracasos. Y esta observación sirve por igual al principio epistémico. Pero nuestros dos principios afirman, ade-

más, algo más fuerte: el éxito no explica nada, e1 mismo debe ser ex-

plicado. Este principio es una herencia del programa fuerte de so- ciologia del conocimiento contra las formas de contar la historia de la ciencia o explicar su desarrollo en las que las teorías verda- deras se explican como resultado de operaciones internas, epis- térnicas, mientras que las teorías falsas se explicarían por la in- terferencia de factores externos como los intereses sociales (o en la epistemología clásica las pasiones, los compromisos ideoló- gicos o metafísicos y otras fuentes de perturbación). En e! caso de la tecnología, supone e! abandono de la idea de que los artefactos y procesos se introducen y extien-

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den, entre otros muchos factores, a causa de sus propiedades técnicas, preferibles a otras alternativas. Supongamos que te- nemos tres modelos posibles de un diseño, por ejemplo, de un nuevo modelo de automóvil: A, B Y C tales que sus pro- piedades técnicas los ordenan de menor a mayor así, A>B>C. Supongamos que ahora observamos e! patrón de innovación de estos modelos y encontramos que, efectivamente, A fue e! elegido para ser producido masivamente, o que, en el caso de que todos ellos hubieran sido producidos, A es el mayorita- rio en ventas, B e! segundo y C el tercero. Si algún día escri- biéramos la historia del automóvil explicaríamos e! éxito de A, entre otras razones, porque fue preferido por sus propie- dades.!" Este modo de explicar las decisiones tecnológicas, obso- leto según e! constructivismo, supone que la gente (ingenie- ros, empresarios, políticos, usuarios, etc.) elige entre las opciones disponibles la que se adecua mejor a sus intereses.

A este patrón explicativo subyace un supuesto en el que la

optimalidad de los diseños coincide con la racionalidad de

no so-

lamente la alternativa que cumple sus objetivos sino la que mejor cumple sus objetivos. Tradicionalmente se ha creído

que la racionalidad y la optimalidad son supuestos para po- der interpretar, explicar y reconstruir la historia de las accio- nes humanas. Y cualquier posible desviación de lo que este principio nos haría esperar sería lo que demandaría alguna «causa» explicativa que interfiere en la racionalidad de los agentes. Así, en e! caso de los automóviles, una desviación de

la ordenación de preferencias podría acudir, por ejemplo, a

las elecciones [véase Elster

1 J: el agente racional elige

14 El ejemplo es abstracto, pero tengo en la cabeza la película Tuc1ler, de Francis Ford Coppala, en la que se narra la historia de un ingeniero de automóviles innovador cuyos diseños fueron rechazados en los años cin- cuenta, pese a ser, o precisamente por ello, muy superiores a los produci-

dos por las grandes marcas.

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que el agente podría haber estado ofuscado por la propagan- da, que no conocía todas las alternativas disponibles, que fue obligado por el poder a elegir en un orden diferente, etc. Elso- ciólogo, historiador o filósofo racionalista busca en el entorno del agente o en mecanismos psicológicos internos explicacio- nes a lo que se ha convertido en un problema explicativo: có- mo es posible que el agente no haya elegido lo mejor.'! En resumen, el sistema racionalista de explicar el cambio tecnológico o de reconstruir la historia consiste de la aplica-o ción de un patrón de explicación intencional que presupone que los agentes son racionales, y que esta racionalidad es má- xima. La unión del principio de racionalidad máxima con el carácter intencional de las decisiones implica que el abando- no de la asimetría entre las explicaciones de las tecnologías que tienen éxito y las que no las tienen no pueda hacerse im- punemente: es necesario abandonar o al menos reformar la idea de que las explicaciones intencionales son intencionales

15 Es posible e incluso

probable que no coincidan las decisiones del

agente y la optimalidad de la alternativa. La microfísica del historiador o sociólogo puede entonces dirigirse hacia varias opciones [véase Elster 1,

pp. 74-76]: puede que las opciones estén mal definidas, en cuyo caso es

explicable cualquier desviación de lo que cabría esperar, en segundo lugar,

puede que sea intrínsecamente imposible ordenar A, B, e tal como había- mos supuesto al principio, por ejemplo, por el hecho de que la ordenación se hace relativamente a objetivos que compiten entre sí y que todos ellos son categóricos desde el punto de vista del agente. Pensemos en objetivos como la potencia, el bajo consumo, el bajo costo, consideraciones ecológi- cas como la emisión de gases o la reciclabilidad, etc. Si ocurre que el orden de las alternativas cambia respecto a cada uno de estos objetivos, y que el orden es relativo a la estructura interna del agente, nos encontraremos con que no existe ninguna salida intrínsecamente óptima. En tercer lugar ca- be que exista lo que Elster ha denominado «mecanismos» y que son patro- nes causales que obligan al agente a ser irracional. independientemente de lo que él haría en circunstanciasideales: las limitaciones cognitivas, las deter- minaciones sociales, la ideología, en el sentido marxista de sesgo de la in- formación a causa de la propia posición en el entramado social, etcétera.

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si y sólo si son racionales. Es necesario abandonar o modifi- car el concepto de racionalidad. El construetivismo social de la realidad, y por extensión todo tipo de constructivismo que use el principio de simetría epistémico o pragmático, abandona o reforma necesariamen- te la idea de racionalidad y en nuestro caso la idea de raciona- lidad tecnológica. No puede acudir a la explicación clásica de las ideologías, puesto que las ideologías, al menos en la tradi- ción marxista o en la de Manheim, son visiones distorsiona- das de la realidad que presuponen la radical racionalidad de los agentes: el que está abajo en la escala social, puesto que no tiene nada que perder salvo sus cadenas, ve las cosas como son, sin interferencia, mientras que el resto está coaccionado y sesgado por los mecanismos causales que derivan de su po- sición en la arquitectura sociaL El constructivismo considera que este tipo de explicaciones son todavia excesivamente ra- cionalistas para su gusto. Pero lo que en realidad ha abando- nado es el supuesto de racionalidad: de hecho reconstruye la historia, cualquier historia humana, adoptando criterios si- métricos respecto a si los agentes son racionales o no lo son. Pero veamos ahora qué ocurre cuando tenemos en cuen- ta el tercer principio de simetría, el ontológico.

De aClantes a cyborgs

Algunos autores, precisamente los que han tenido mayor éxi- to popular, se han adherido a un principio más fuerte, que cae bajo el rótulo de principio de simetría ontológico:

Así, Bruno Latour puede haber elegido estudiara Louis Pasteur, pero el objeto del estudio no es tanto celebrar como decons- truir al sujeto.ParaLatour, Pasteur es un efecto, un producto de un conjunto de alianzas, de materiales heterogéneos. En la

medida en que Pasteur «es>¡ un «hombre» necesitamos ver que

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esto es un producto más que algo inherente a Pasteur [Law (comp.), p. 12J.

Todos somos redes heterogéneas, productos de solapamientos confundidos. ¡Habrías encontrado realmente nuestro camino en la última semana sin máquinas?, ¡desde luego que no! Tú eresen parte máquina [p. 17].

Las entidades hacen la historia, pero no en las condiciones que ellas mismas eligen [p. 18].

Esta última paráfrasis de Marx'" establecía originalmente un dilema entre las intenciones de los hombres y las conse- cuencias no queridas de sus actos. Pero este texto parece llevar- nos obligatoriamente a un solo polo de la tensión: la historia se hace por medio de agentes que no tienen por qué ser ni si- quiera humanos. Michel Callan [21 ha popularizado la noción de redes so- ciotécnicas en las que los humanos y sus artefactos entran por igual en e! complejo de sistemas causales que e! historiador debe reconstruir:

un objeto técnicopuede sertratado como un programade acción que coordina una red de roles. Estos roles son ejercidos por no humanos (laspropias máquinas y otros objetos como accesorios o suministros de energía) y «humanos periféricos» (tales como vendedores,consumidores, reparadores, etc) [p. 136).

Andrew Pickering propone los cyborgs, mezcla de organis- mos y máquinas, no sólo como metáfora, sino como modelo

16 «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos.» La cita, muy cono- cida y repetida, está en el segundo párrafo de El dieciocho Brumario de Luis Bonapaite, uno de los textos a los que hay que acudir para estudiar el modo en el que Marx entendía y reconstruía la historia.

LA

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real de reconstrucción histórica. El historiador posmoderno busca e! cyborg en la historia con el mismo interés que el his- toriador de! XIX buscaba e! héroe o el genio.

Los estudios tradicionales sobre la ciencia son asimétricos acer-

ca de la agencia y reconocen la agencia genuina solamente en

el campo humano pero no en la naturaleza, que es contempla-

da como materia inerte esperando pasivamente la representa-

ción. Así, los filósofos de la ciencia han tenido miedo de la agencia humana (deseos, querencias, motivos) y han querido dominarla vía la Razón entendida como método. Los sociólo- gos han buscado más bien entender la agencia humana (inte-

reses) como causas genuinas de creencia y extensión cultural.

De nuevo y en común con otros, mis estudios me convencen

de que esta distribución asimétrica de agencia es insostenible, especialmente cuando las cuestiones sobre la ciencia y la tec- nología están en el candelero. Más obvio me parece que las má- quinas hacen cosas que no pueden hacer sin ayuda de las mentes y los cuerpos humanos, esto es, las máquinas sonagentes performativos en un sentido análogo a los agentes humanos, esto es, agentes huma- nos disciplinados. Quizás es menos obvio, pero pienso que

debemos dejar a la agencia salir a la superficie en nuestra com- prensión de la ciencia, la tecnología y la sociedad [Pickering,

p. 40; el subrayado es mío j.

Un agudo crítico de esta corriente, Robert Nola, ha califica- do el posmodernismo de «Chernobil cultural» de la filosofía francesa, a la par con Disneylandia y otra serie de desastres cul-

turales que le han ocurrido últimamente al país de la cultura universal. El hecho de convertir las máquinas en actantes a la par que cualquier ser humano, aunque aparentemente puede ser leído como una frívola boutade de intención retórica, es sin em- bargo un grave suceso cultural, mucho más grave que e! de los principios de simetría sociológicos: epistémico y pragmático.

A fin de cuentas, e! sociologismo de! programa fuerte en

sociología de! conocimiento no es más que e! último, más

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ingenuo y fácilmente refutable que cualquiera de los demás reduccionismos. El reduccionismo sociológico considera que hay «causas» sociales, en el sentido de que hay hechos socia- les que tienen influencia causal sobre las acciones humanas. Nadie sabe, sin embargo, dónde reside el poder causal de los hechos sociales, como no sea en los patrones individuales de construcción de la acción, en el miedo provocado por la ex- pectativa del castigo o en el deseo sembrado por la propagan- da o libremente decídído.'? Hay reduccionismos hacia abajo, como ocurre cuando se afirma que todo hecho social se redu- ce a intenciones de los individuos, o quizá a otras instancias aun inferiores, y reduccionismos hacia arriba, como el impli- cado por la afirmación de que un individuo, o la intención de un individuo es una construcción social. Pero, a diferencia de los reduccionismos hacia abajo, que al fin y al cabo pre- tenden buscar la causalidad en niveles más profundos de explicación, los reduccionismos hacia arriba convierten la ex- plicación de la conducta humana en algo misterioso: ¿cómo es posible que la sociedad «cause» algo?

La enfermedad infantil del constructivísmo

Pero el reduccionismo hacia arriba no es el menor de los pro- blemas del constructivismo. Es más curioso el dilema ante el que se encuentra cuando se enfrenta a lo que parece ser una de las causas mayores de su éxito: su capacidad para el com-

17 Foucault, un autor sin el que no pueden entenderse las actitudes

posmodernas, se presentaa sí mismo como un descubridor de la microflsi- ca del poder,pero dejando a un lado la cuestión del carácter de estas metá- foras físicas (algo que Sokalha puesto ya abiertamente sobre el tapetede la discusión (véase Sokal y Bricmont]), Foucaulthabríahecho bien en medi-

tar sobre los mismos problemas que ya se planteó Spinoza cuando refle- xionó sobre la naturaleza del poder, acudiendo a mecanismos causales mucho más plausibles y humanos como el miedo y el deseo.

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promiso político con propuestas de resistencia a la tecnolo- gía nacidas en los movimientos sociales como son los varios ecologismos. feminismos o antimilitarismos. El constructivismo es un poderoso instrumento de crítica por cuanto permite descubrir el sesgo que introducen en el lenguaje y los diseños los intereses sociales. La actitud femi- nista, por ejemplo, ha permitido analizar cómo existen ses- gos de género en numerosas ciencias, particularmente en la biología, y cómo se perpetúan actualmente en las biotecnolo- gías de reproducción asistida [véanse Pérez Sedeño y Longi- nol. La existencia de formas de traducción del poder de control sobre la ciencia y la tecnología es un hecho reconoci- do y sin embargo difícil de detectar. En eso estriba el interés de la crítica intelectual de la tecnología: en hacer visible lo que el tiempo y la estabilización de los artefactos convierte en invisible. Tal como ocurre en la sociedad en general, una desi- gualdad en el poder es fácil de reconocer cuando estamos en un periodo de discusión o controversia, pero cuando se es- tabiliza en forma de un hábito o ley tiende a desaparecer el elemento desigualitario para dejar visible únicamente el fun- cional. Nadie suele reparar en las barreras arquitectónicas de las ciudades, donde «nadie» se refiere al ciudadano medio, salvo cuando se comienza a pertenecer al grupo minoritario de los ciudadanos con minusvalías motrices, por ejemplo, a quienes tienen que mover las sillas de sus hijos pequeños a través de las aceras, las escaleras múltiples, los accesos a los metros y autobuses, etc. Esto ha sido descubierto y puesto de manifiesto claramente por los mejores estudios de caso co- mo los de Bijker sobre el desarrollo de un artefacto como la bicicleta, en donde el hecho de que fuera usado por varones de clase alta o por mujeres se tradujo en una controversia so- cial sobre los mecanismos de seguridad como los frenos. Una vez que el artefacto se estabiliza, esos orígenes se pier- den o transforman.

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Esta función social, política e intelectual es responsable de la bienvenida que han tenido los estudios sociales de la ciencia y la tecnología. Pero el constructivismo, pese a que sea mayoritario entre los profesionales de esos estudios (co- mo lo es el platonismo entre los matemáticos) es una forma de entender el significado político de tales estudios, y aquí se encuentra ante un dilema: ¿tiene algún compromiso el teóri- co de estos estudios con los movimientos de emancipación o simplemente con el proyecto de extensión universal de la de- mocracia a ámbitos como el diseño? . En un artículo que produjo cierto malestar entre los teóricos constructivistas, Langdon Winner [3] criticó la incapa- cidad de compromiso social del aparentemente hipercriticis- mo sociologista. Muchos constructivistas se han dado por aludidos [Bijker, Aibar y Bijker] y han sostenido que los estu- dios constructivistas tienen implicaciones para la política de la tecnología. Pero Collins, uno de los más destacados defen- sores del constructivismo, en una controversia suscitada por Social Studiesof Science, órgano privilegiado del sociologismo de la escuela de Edimburgo, ha reivindicado en tono sarcásti- co la neutralidad política de los estudios sociales de la cien- cia contra los defensores del espíritu sesentayochista de los movimientos internos de reforma de la ciencia como fueron, por ejemplo Science for the People y otros similares. Collins afirma cosas como: «Aunque ya no tenemos razón alguna para creer que un sistema político en particular es vital para el crecimieno del conocimiento científico, todavia sabemos, sin embargo, cómo queremos que se haga nuestra ciencia» [Collins 4, p. 2321. Collins, un sociólogo abiertamente relativista y uno de los más radicales en la crítica a las formas racionalistas, cree que al estudioso de la ciencia solamente le interesa la ciencia, sea cual sea su posición política, y además especifica este de- seo acerca de cómo queremos que sea la ciencia:

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Sabemosque preferimos una ciencia informada por algocomo

). Descubrir que las normas de la

ciencia son a veces más honradas de palabra que de obra no las

hace menos dignas: simplemente destruye el lazo con la prácti- ca del conocimiento que RobenMenan y sus seguidores inten- taban establecer [p. 232).

las normas mertonianas [

Robert K. Merton inició en los años cincuenta y sesenta la sociología de la ciencia, pero su aproximación es lo contrario del «sociologismo». Consideró que la ciencia había sido his- tóricamente el producto de un compromiso con valores mo- rales como el comunitarismo, el universalismo, el desinterés para todo lo que no sea la verdad y el escepticismo organi- zado para combatir la credulidad ingenua [véase Merton). Siempre ha sido considerado por los constructivistas como el paradigma de la forma de estudiar la ciencia antirrelativista, de manera que las palabras de Collins son más bien curiosas en boca de quien ha defendido abiertamente el relativis- mo, mucho más en lo que respecta a las normas del método científico. y es que la queja de Collins señala rápidamente cuál es el dilema al que se enfrenta el filósofo constructivista: si se trata de una persona comprometida con alguna causa social o po- lítica, su interés básico es mostrar que la causa puede llevarse a buen término en la práctica, que no existen determinismos irreversibles, que se deben descubrir los sesgos del poder allí donde los filtros de la costumbre los ha hecho invisibles y que, por consiguiente y en conclusión, serían necesarios los mejores estudios (en el mejor sentido científico del término) para descubrir exactamente el grado de penetración de la de- sigualdad social en la práctica de la ciencia, de la tecnología o en general de la economía, la política y la sociedad. Helen Longino lo ha expresado claramente en una frase referida al compromiso social del movimiento feminista en filosofía, en epistemología en este caso: hacer filosofía de la

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ciencia como una feminista, no hacer filosofía feminista de la ciencia. Porque solamente son útiles los estudios cuando son lúcidos y permiten una práctica racional. De manera que si a un militante le preguntamos qué trabajos le vienen mejor para su causa, preferirá que sean aquellos que le sean más útiles por la información que contienen, y aquellos que no impidan la práctica, convirtiendo al sujeto, a todo sujeto, in- cluido aquel que pretende cambiar las cosas, en un mero ins- trumento, o como se ha dicho, en los órganos sexuales de reproducción de las máquinas. De modo que por su propio interés rechazará la filosofía constructivista en lo que se refie- re a los trabajos que tiene que usar, incluso para defender e! constructivista. Pero es que incluso e! filósofo constructivista que no desea un compromiso político abierto, como es e! caso del sociólo- go Collins, al que acabamos de citar, para defender la inde- pendencia de la ciencia y la política, lo hará con argumentos como los que acabamos de leer, que son, siento decirlo, una de las más lúcidas refutaciones del constructivismo, pues lo que afirman es que e! compromiso de! sociólogo lo es tan só- lo con una buena ciencia (aunque lo haga defendiendo e! re- lativismo) . Queda, por último, una tercera opción que no es la del compromiso político ni la neutralidad, sino la de formar al filósofo o al sociólogo como gestor o árbitro de la ciencia y la tecnología. Así, Steve Fuller, otro de los más ardientes defen- sores de una filosofía constructivista, ha reconocido que la agenda oculta es «volver a la idea del siglo XIX de la interven- ción de los filósofos con el fin de mejorar el curso de la pro- ducción de! conocimiento». Fuller critica en consecuencia la filosofía de la ciencia y la tecnología contemporáneas y más bien alejadas de toda prescripción sobre la política científica, precisamente por su poca audacia normativa:

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Desgraciadamente, las prescripciones propuestas en nuestro

tiempo (es decir, desde la aparición del positivismo lógico) han estado más cerca del espíritu del maestro de escuela po- niendo notas que del gestor político tratando de mejorar el es- píritu de investigación [Fuller, p. 94).

Nada hay que objetar a las aspiraciones a colaborar en una mejora de la política de la ciencia y la tecnología; es parte del compromiso político, incluso de la mejor parte de! compro- miso político, pero Fuller, en la mejor tradición burocrática, propone que los filósofos se dediquen a un trabajo práctico como éste:

Los investigadores, por ejemplo, pueden ser colocados en com-

petición mutua directa en situaciones en las que previamente

no competían. Es más, puede requerírseles que incorporen los intereses de otra disciplina, incluyendo a los practicantes de esa disciplina, a fin de recibir una financiación adecuada. Fi- nalmente los investigadores pueden ser forzados a dar cuenta de sus resultados, no sólo a los practicantesde su propia disci- plina, sino también a los de otras disciplinas y puede que in- cluso al público en general. Al manipular estas variables de la producción del conocimiento, el epistemólogo social puede asegurarse de que los límitesdisciplinaresno se solidifiquen en «géneros naturales»y que la comunidad científica no adquiera intereses de claserígidamentedefinidos [p. 94).

Esta vocación administrativa del filósofo constructivista ya fue propuesta curiosamente por Feyerabend, para quien el anarquismo metodológico que promovía respecto al desa- rrollo de la ciencia dejaba de ser tal respecto a la función de! filósofo que se convertía, al igual que promueve Puller, en un garante de los intereses sociales dentro de la comunidad científlca.l" En otro lugar he mantenido la sospecha de que

111 Fuller incluso especifica con algún detalle las tareas que reserva a

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Feyerabend esconde un trasfondo más cercano al proyecto autoritario del idealismo alemán [véase Broncano 6) y ahora lo afirmo claramente respecto a la propuesta de Fuller: no tie- ne mucho sentido recorrer un camino de crítica radical a las filosofías tradicionales de la ciencia, como el positivismo ló- gico, para terminar defendiendo una mera reforma adminis- trativa de la función de los filósofos en la programación social de la ciencia y la tecnología. Concluyendo nuestra valoración del punto de vista cons- tructivista sobre la racionalidad científica: debemos distin- guir tajantemente entre el interés social, político, filosófico que tiene descubrir los velos que enmascaran muchas dife- rencias sociales, un logro que a veces consiguen los mejores estudios constructivistas, de la obsesión metodológica por negar la importancia de factores internos, como la verdad en el caso de las teorías científicas o la eficiencia en el caso de la tecnología, que se expresa en el principio de simetría o neu- tralidad ante la verdad y la falsedad, la eficiencia y la inope- rancia. Pero esta neutralidad sólo lo es en apariencia: es neutral en lo que respecta a la racionalidad de los actores hu- manos, individuales o colectivos. Ocurre, sin embargo, que al abandonar el supuesto de racionalidad, la historia huma-

los filósofos, pues sus prescripciones, afirma, «se convierten en inútiles si no tienen como objetivo último el guiar el curso de la investigación pre- sente y futura» [Puller, p, 94). Así propone que sea obligación (y derecho)

del epistemólogo: 1) «tratarla clase de asuntos que van a ser decididos por inercia institucional» [p. 93]; 2) «determinar el valor relativo de la investi-

gación producida por las disciplinas académicas» Ip. 93J; 3) elevar la queja

contra el hecho de que (dos investigadores en política del conocimiento no

tienen función alguna en el descubrimiento o la construcción de los temas que tratan de resolver» Ip. 931; 4) «reestructurar periódicamente los am- bientes en los que los investigadores compiten por los recursos» [p. 931. De modo que se trata de una agenda que hace temer que le deje al filósofo poco tiempo para seguir siendo filósofo, o sea, para reflexionar con cierta distancia sobre el conocimiento, incluida su participación en el proceso. Pero, claro, esto para Fuller significa abandonar la responsabilidad.

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na se convierte en un absurdo, incluidos los esfuerzos por co- rregir la irracionalidad. No es lo mismo mostrar el mismo in- terés de investigación hacia los éxitos que hacia los fracasos (esa neutralidad es una de las mejores recomendaciones me- todológicas que pueden hacerse a quien estudie el cambio tec- nológico: ambos han de ser estudiados), que demostrar el mismo desinterés hacia el éxito que hacia el fracaso: esta neutralidad es una de las peores recomendaciones que puede hacerse a quien tiene o desea tener algún tipo de responsabi- lidad sobre el futuro.

LA PREGUN'IA POR HEIDEGGER: EL DESASIMIEN'!D DE lA 'lí!CNICA y EL CONTROL DEMocRÁnco DE lAS AITERNA11VAS TECNOLÓGICAS

La tercera familia de objeciones contra la racionalidad tecno- lógica está enraizada en la tradición fenomenológica y tiene su origen en Heidegger. Distinguiremos entre el pensamiento de Heiddeger en Ser y tiempo, que ha sido fecundo en ideas acerca de los sistemas tecnológicos, incluso en nuestros días, de las críticas que expresa en la posguerra en «La pregunta por la técnica» y otros escritos contemporáneos. Este segun- do Heidegger ha tenido una influencia muchísimo mayor. Es el Heidegger que se adscribe a una corriente profundamente pesimista junto con Iacques Ellul y Lewis Mumford.!? Es una tradición que confronta el nuevo universo de la tecnología contemporánea con el mundo cotidiano en el que discurren nuestras vidas, Nuestro mundo familiar se compone de prácticas, hábi- tos y tradiciones que trazan los límites de nuestra identidad de grupo y, quizás por ello, se convierten en algo más que descripciones de cómo somos, adquiriendo un estatuto casi

1') Ellector puede encontraruna buena historia de la filosofía de la tecno- logía en los escritos de Carl Mitcham. especialmente en Mitcham 1 y 2.

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normativo, al menos en cuanto sirve para diferenciarnos y distanciarnos de otros que no comparten esa identidad. En las civilizaciones tradícíonales-" la relación con el mundo y la inserción en él a través de los objetos técnicos se produce en medio de un equilibrio dirigido por el discurrir «natural- del mundo natural. Los cambios, cuando ocurren, son lentos y no tienen efecto en el tiempo de las vidas de la gente, no afecta a sus expectativas psicológicas sobre el mundo ni a los lazos que les atan a los otros. El cambio técnico en esas socie- dades es indistinguible en velocidad e importancia de los otros factores que configuran el cambio social. La irrupción de la tecnología contemporánea habría producido una rup- tura de esta situación originaria de equilibrio. Los grandes sis- temas tecnológicos y el cúmulo de artefactos que nos rodea estarían perturbando estas formas de vida normativamente constitutivas y llevándonos a otras en las que nos sentiría- . mas extraños y que, para decirlo en términos heideggerianos, cada vez nos alejarían más incluso de comprender la propia esencia de la técnica.

El arte del mantenimiento de la motocicleta y la instrumentalidad heideggeriana

Probablemente la mejor ejemplificación de la filosofía heid- degeriana de la tecnología se encuentre en una novela bestse- ller de los años en que estaban comenzando los primeros

movimientos ecologistas, Zen yel artedel mantenimientode la

moto de Robert M. Pirsig. Narra un viaje a través de las llanu- ras centrales de Estados Unidos en una motocicleta que el

20 Entenderemos por tradicionales las anteriores o simultáneas pero enfrentadas al proceso de globalización: véase Castells 2. Castells ha seña-

lado la paradoja que resulta de que el proceso de globalización implique

un renacimiento de los movimientos sociales basados en señas de identi-

dad.

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autor realiza acompañado de su hijo. El cuidado de la moto- cicleta es el objeto de los pensamientos y las reflexiones del padre, que ejerce de narrador a lo largo de las interminables jornadas a través de las Creat Plains del Oeste Medio estadouni- dense y extiende esta meditación on the road a una meditación sobre la relación que establecemos con la tecnologia. Los grandes sistemas tecnológicos nos convierten en extranjeros en un paisaje ajeno, cambian nuestra vida y transforman en extraños a nuestros propios instrumentos; por el contrario, la motocicleta, en medio de las praderas, sin talleres de repara- ción, sin otra mediación que nuestra habilidad, metáfora del caballo del antiguo pionero, nos reconcilia con la más vieja de nuestras relaciones con los instrumentos. la de cuidarnos de ellos porque dependemos mutuamente unos de otros.

Atraviesas un área de industria pesada de una gran ciudad y ahí está toda la tecnología. Enfrente están las cercas de alambre de púas, los portones con candados. los letreros diciendo NO PASE, Ymás allá, a través de la atmósfera de hollín, ves extrañas, feas formas de metal y ladrillo de propósito desconocido y cuyos maestros artesanos nunca ves. No sabes qué tienes tú que ver con eso ni por qué está ahí, no hay nadie para decírtelo y en-

tonces te sientes alienado, extraño, como si no pertenecieras

aquí Ip. 15].

Cuando nos enfrentamos a los artefactos con otra acti- tud, con la de aquellos que saben que son cosas nuestras, de las que debemos cuidarnos, la tecnología se convierte en otra cosa muy diferente. en algo que nos pertenece; cuando uno se ocupa de su moto por sí mismo descubre hasta qué punto nuestra cultura ha aceptado la enajenación como un hecho consumado:

Mientras trabajaba pensaba sobre esta misma falta de cuidado en los manuales de los ordenadores que estaba editando. Escri- bir y editar manuales técnicos era lo que había estado haden-

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do para vivirlos últimos once mesesdel año, y sabía que estaban llenos de errores, ambigüedades, omisiones y de información

tan resumida que tenías que leerlo seis veces para conseguir

darle algún sentido a aquello. Pero lo que me asombró desde la primera vez fue el acuerdo de esos manuales con la actitud del espectador que había visto en la tienda: estaba incorporada en su formato. En cada línea estaba implícita la idea de que «aquí está la máquina, aislada en el tiempo y en el espacio de todo lo demás del universo. No tiene ninguna relación conti- go, tú no tienes ninguna relación con ella diferente a la de apretar botones, mantener niveles de voltaje, comprobar las

condiciones de

tomaba realmente ninguna actitud diferente de la actitud del manual hacia la máquina, o de la actitud que yo tenía cuando la compré. Yse me ocurrió que no hay ningún manual que ten- ga que ver con el objetivo real del mantenimiento de la moto, el aspecto más importante de todos. Tener cuidado de lo que estás haciendo es algo a lo que no se le concede importancia o que se da por supuesto. En este viaje tendríamos que darnos cuenta, explorarlo un

poco, para ver si en esta extraña separación entre lo que el

hombre es y lo que el hombre hace podemos obtener algunas claves de lo que ha ido infernalrnente mal en este siglo xx. No quería darme prisa, es una venenosa actitud del siglo xx. Cuan-

do uno tiene prisa por algo quiere decir que no se va a preocu-

par mucho por ello y se va a dedicar a otras cosas [p. 25].

error », y así todo lo demás. El mecánico no

Pirsig nos habla pues de este extrañamiento de nuestra cultura ante los objetos que nos rodean, no ya, como postu- laba el determinismo tecnológico, porque nos dominan y convierten en sus objetos, sino porque han dejado de ser al- go nuestro para travestirse en meros medios de uso de los que no hay que cuidarse más que en tanto sirvan a su objetivo. En términos de Heidegger, son «emplazados» por su objetivo. Para algunos autores [véase, p. ej., Mitcham 2] Heidegger es, con Ortega, el gran filósofo de la técnica, con quien coincide, curiosamente, en no haber escrito poco más que algún opúscu-

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lo sobre el tema. Sea cual sea nuestro juicio sobre la posición heideggeriana, su influencia filosófica ha sido decisiva (en el campo de la filosofía de la técnica, en los demás no tiene senti- do resaltar su importancia), y lo curioso es que se ha extendido mucho más allá de la filosofía a ciertas formas de ingeniería co- mo la arquitectura o la inteligencia artificial. Encontramos citas de Heidegger en textos de arquitectura, en manifiestos ecologis- tas, en manuales cristianos de bioética y en textos de ingenieros de robótica e inteligencia artificial «situada». No hay en Heidegger, como es bien sabido, una actitud muy proclive o defensora de la tecnología. Los años de ma- duración filosófica de Heidegger coinciden con la reacción anticientífica y antitecnológica de la República de Weirnar." Muchos intelectuales, siguiendo la línea de La decadencia de Occidente de Spengler, achacaron a la ciencia y la técnica la derrota que la orgullosa Alemania había sufrido en la prime- ra Guerra Mundial. La crítica de la tecnología alcanzó los más profundos niveles filosóficos de orden ontológico, aun- que su influencia se extendió por numerosos aspectos de la cultura, de la ciencia y del arte. Se acusaba a la ciencia y a la tecnología, para decirlo rápidamente, de haber sido contami- nadas por el materialismo. El historiador de la ciencia Paul Forman ha reconstruido el impacto que tuvo esa actitud en la ciencia alemana y cómo los científicos reaccionaron ante la enorme presión de los intelectuales ocultando sus creen- cias filosóficas y abjurando de cualquier manifestación que pudiera ser malinterpretada como cercana al materialismo. La metafísica tuvo serias consecuencias políticas y culturales. No fue la única actitud ante la tecnología, pero sí fue la dominante en Alemania durante los años de la posguerra y configuró de forma esencial una tradición filosófica muy in-

21 La ciencia de esta época y la influencia que recibió del entorno inte- lectual anticientífico han sido estudiados por el historiador de la ciencia

Paul Forman y por Sánchez Ron.

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fluyente a lo largo de todo el siglo. En su origen encontramos una crítica en la que, quizá no por casualidad, coinciden Hei- deggery la escuela de Prankfurt.F La tecnología, se argumenta, está contaminada del espíritu dominador de la naturaleza. El pecado original de la técnica no está en ella misma sino en ese espíritu prometeico que se le achaca. Heidegger hereda en parte esa tradición, pero añade algo más, su compromiso metafísico con una forma de entender la tecnología: la tecnología es metafísica por otros medios. La idea de la racionalidad técnica como racionalidad instru- mental, para Heidegger, impide que seamos capaces aun de captar la esencia de la tecnología,

de este modo damos testimonio de este estado de necesidad:

que nosotros, con tanta' técnica, aún no experienciemos lo esenciante de la técnica; que nosotros, con tanta estética, ya no

conservamos lo esenciante del arte [véase Heidegger 1, p. 37).

La técnica no es lo mismo que la esencia de la técnica [

esenciade la técnicatampoco es en manera alguna nada técni-

co. Por esto nunca experimentamos nuestra relación para con la esencia de la técnica mientras nos limitemos a representar únicamente lo técnico y a impulsarlo, mientras nos resignemos

con lo técnicoo lo esquivemos [p. 9).

). La

y Heidegger nos propone una definición de esta esencia:

Si nos preguntamos paso a paso lo que es propiamente la técnica, representada como medio, llegaremos al salir de lo oculto. En él descansa la posibilidad de toda elaboración pro- ductora. La técnicano es pues un mero medio, la técnicaes un mo- do de salir de lo oculto. Si prestamos atención a esto se nos

22 Me refiero fundamentalmente a Dialéctica de la Ilustración, que a efectos de lo que estamos debatiendo es una especie de manifiesto de revi- si6n de la actitud ilustrada.

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abrirá una región totalmente distinta para la esencia de la téc- nica. Es la región del desocultamiento, es decir, de la verdad [Heidegger 5, p. 15).

Que la técnica no sea un mero medio es un descubri- miento notable. Heidegger va a mostrar una comprensión de la racionalidad técnica que llega más allá de la mera raciona- lidad instrumental a la que aludíamos en la cita de Daniel Bell al comienzo. En Ser y tiempo Heidegger establece una re- flexión metafísica sobre la instrumentalidad que tiene mu- cho que ver con el análisis que hace Wittgenstein de las formas de vida. La separación del mundo de la conciencia y el mundo objetivo no se reunifica en la vieja solución idealis- ta, sino a través de un nuevo análisis del mundo-a-mano en el que se realiza la existencia:

Los griegos tenían un adecuado término para (cosas», pragma- ta, esto es, aquello con lo que se tiene que ver en el «andan> que

"se cura de» (praxis). Perodejaron ontológicamente en la oscu- ridad junto al carácter específicamente "pragmático» de los

pragmata y los definieron inmediatamente como (meras cosas»

[Heidegger 1, p. 81).

Esta reivindicación de las cosas como ptagmata ha dado pie a que Richard Rorty y Hubert Dreyfus, dentro de la ola de reivindicación actual de las identidades filosóficas estadouni- denses, reivindiquen a su vez a Heidegger como pragmatista [véanse Rorty y Dreyfus 2 J, pero quizás Heidegger esté dicien- do algo ontológicamente más fuerte que lo que el pragmatis- mo de James o Dewey pretendían. Heidegger está hablando de un mundo constitutivo humano en el que no cabe hablar de lo natural como opuesto a lo artificial, y mucho menos de lo interno y representacional como opuesto a lo externo causal:

62

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En el «andan> se encuentra un útil para escribir o el palillero, el útil para cosero la aguja, el útil para hacer algoo el instrumen- to, el útil para caminar o el vehículo, el útil para medir o el ins- trumento de medida [p. 81].

con

Un útil es «algo para» [

j, en la estructura expresada

el «para» «hayuna referencia» de algo a algo [p. 81].

El útil, respondiendo a su (ser útil», «es» siempre por la

adscripción a otro útil: palillero, pluma, tinta, papel, carpeta,

mesa, lámpara, mobiliario, ventanas, puertas, cuarto. Estas «co- sas» jamás se muestran inmediatamente por sí, para llenar co-

mo una suma de cosasreales un cuarto [p. 811·

si observamos estos textos encontraremos en los objetos propiedades que tradicionalm~ntese han aplicado a los con- ceptos, como es la referencia a otra cosa, la intencionalidad y la capacidad de componerse en unidades mayores. No es por casualidad: Heidegger está analizando el «mundo-a-mano» de los objetos mediante categorías que, como más tarde compro- baremos, son propiedades que tienen los diseños: la referencia a una función y la dependencia en su funcionalidad de otros diseños que completan su identidad, del mismo modo que la tuerca necesita ser completada con el tornillo. Y esta cornposi- cionalidad de los útiles «compone» un mundo en el que lo na- tural existe como materia que es conformada en el diseño. Lo que Heidegger piensa de los útiles se aplica en parte también a las representaciones conceptuales en el modo en el que se rela- cionan con el mundo. Heidegger, como Wittgenstein, se aleja del representacionalismo cartesiano que separa lo «interno» o mental de las habilidades corporales: las representaciones, al igual que la materia, solamente existirían en cuanto corporei- zadas en las habilidades que permiten al sujeto tener una exis- tencia en el mundo. De ahí que los descubrimientos en lo que respecta a la técnica en Heidegger resulten tan novedosos, pues conectan con una de las formas recientes más interesantes en el estudio de aquello que el lenguaje y los artefactos compar- ten, el modo de conectar con el mundo.

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Este territorio intermedio es un dominio ontológico que Heidegger con toda la razón no quiere reducir a la antropolo- gía, al contrario, es el lugar en el que tiene que construirse el do- minio del hombre. «Enel útil usado es codescubierta por medio del uso la "naturaleza", la "naturaleza" a la luz de los productos de la naturaleza» [p. 84]. Se trata de un espacio de interacción y de posibilidades que emergen a la luz, con lo que adquiere sentido la idea de la técnica como un aparecer, puesto que cons- tituye un ámbito en el que tiene lugar la existencia, que no es sino una realización temporal de posibilidades. En la siguiente sección veremos a modo de ejemplo có- mo estas ideas de Heidegger han sido recuperadas en una aproximación recientísima a algunas de las tecnologías más importantes contemporáneas, la Inteligencia Artificial y la robótica.

Inteligencia sin representación

Esta interpretación que hacemos de Heidegger nos muestra un criterio de racionalidad tecnológica lejano respecto de las caricaturas de la «racionalidad instrumental- que solemos encontrar en muchos textos tecnófilos y tecnófobos. Pues si el mundo-a-mano es un mundo que el hombre hace y en el que al tiempo se hace, la racionalidad es una propiedad que define algunas de las trayectorias posibles, algo sobre lo que el análisis de Heidegger no tiene en principio una posi- ción comprometida en términos del propio análisis. De hecho esta interpretación es la que ha influido en una región de la tecnología tan aparentemente lejana a la filoso- fía heideggeriana como es la inteligencia artificial, que no creo inoportuno traer a colación [véanse Brook y Steels (comps.). Clark, Dreyfus 1, Dreyfus y Dreyfus, Winograd y Flores]. Es- tos autores comparten independientemente de sus diferencias un profundo malestar con la inteligencia artificial clásica, no

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ya sólo como tecnología sino como proyecto teórico para es- tudiar la inteligencia. La inteligencia artificial clásica habría estado dirigida, desde el punto de vista de esta concepción, por el paradigma cartesiano representacionalista con la única peculiaridad de haber trasvasado el representacionalismo in- ternalista mental al nuevo lenguaje del procesamiento de infor- mación: los conceptos tradicionales serían ahora objetos en un lenguaje mental que, en principio, no establecería dife- rencias ontológicas entre lo que ocurre internamente en una máquina procesadora y lo que ocurre en el cerebro. El cuerpo y el contexto de acción sería únicamente un lugar o circuns- tancia donde se produce la acción causada por los estados internos, cuya esencia son sus relaciones informacionales o computacionales, que determinan su carácter computacio- nal. Éstas son a grandes rasgos las principales características del paradigma computacional en inteligencia artificial y por extensión en filosofía de la mente. Dreyfus [1] ya protestó contra la imagen del hombre que se derivaba de esta concep- ción, y desde hace años ha sido materia de controversia en el terreno de la filosofía de la mente. No es sin embargo el te- rreno al que queremos llevar nuestro ejemplo. Dentro de la propia inteligencia artificial y especialmente en los autores dedicados al diseño de robots y agentes artificiales prepara- dos para sobrevivir en contextos abiertos y no predecibles, se ha producido en los últimos años una reivindicación de las ideas heideggerianas de la situacionalidad en un «mundo-a- mano» de actividades."

23 Hasta tal punto se declaran continuadores de la tradición heidegge- riana que Winograd y Flores, y en panicular Winograd, padre en cierta me-

dida de los programas capaces de comprender mundos externos, dedican el capítulo 3 de su libro a (explicar» la filosofía heideggeriana. Y lo más

sorprendente es lo recomendable de su lectura para alguien ajeno al pensa-

miento de Heidegger. No solamente Heidegger ha influido en esta concep-

ción. Como reconoce Andy Clark, también Merleau-Ponty, Píaget, Vigotsky

y todos aquellos que han concebido la actividad mental como una activi-

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Rodney Brooks ha dado un nombre propagandístico a esta corriente que no hubiera desagradado al propio Heidegger: «in- teligencia sin representación». Consiste en el proyecto de conce- bir la inteligencia como una interacción mediada, continua, temporal entre el cerebro, el cuerpo y sus órganos, los instru- mentos y el mundo, de modo que la actividad resultante es un producto cooperativo de la interacción de todos estos elemen- tos. Laracionalidad no es tratada como una propiedad interna y mucho menos representacional en donde los cálculos deter- minen cada uno de los movimientos. Si usamos la metáfora de un tango, que no puede ser bailado individualmente, podría- mos hablar de la racionalidad como de una propiedad pareci- da a la armonía de los movimientos del baile. Hay muchas for- mas de bailar, algunas de ellas son armónicas y otras no: la racionalidad sobrevendría sobre la forma de la interacción «si- tuada» en el mundo. De acuerdo con esta interpretación de la fi- losofía heideggeriana, el carácterdel mundo técnico, su carácter ontológico, sería independiente de cualquier noción de racio- nalidad que podamos considerar. Se trata tan sólo de una forma de superación de la concepción representacionalista, la concep- ción en la que las técnicas son representaciones en forma de re- glas, y postular una situacionalidad o «armadura» (algo que quizás tiene que ver con el Gestell de «La pregunta por la técni- ca»), una mirada dirigida al proceso, antes que al Estado. La ra- cionalidad, instrumental o no, nada tiene que ver en una orien- tación que pretende ser ontológica. Pero estas ideas no agotan todo lo que Heidegger sostuvo acerca de la técnica. Junto a este Heidegger que aporta una vi- sión positiva de la habilidad técnica encontramos al Heideg- ger de la posguerra irremisiblemente pesimista respecto a la tecnología.

dad «situada» han influido en esta concepción, pero lo que a nosotros nos importa en este momento es cómo se relaciona con la propuesta metafísi- ca heideggeriana.

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Técnica y destino

Después de la guerra, hacia 1959, Heidegger desarrolla una versión alejada de las ideas sobre la instrumentalidad de 1927 y cercanas a las que Horkheimer y Adorno estaban di- fundiendo:

Ahora el mundo aparece como un objeto al que el pensamien- to calculador dirige sus ataques y a los que ya nada debe poder

j.

resistir r La naturaleza se convierte así en una única esta-

ción gigantesca de gasolina, en fuente de energía para la técnica

yla industria modernas [Heidegger 3, p. 23]. La pregunta fundamental de la ciencia y de la técnica con- temporáneas no reza ya: ¡de dónde se obtendrán las cantidades suficientes de carburante y combustible? La pregunta decisiva es ahora: ¡de qué modo podremos dominar y dirigir las ini- maginables magnitudes de energía atómica y asegurarle asi a la humanidad que estas energías gigantescas no vayan de pronto -aun sin acciones guerreras-e- a explotar en algún lugar y ani- quilarlo todo? [p. 23].

Pero Heidegger, pese a algunas interpretaciones, no es un ecologista avant la lettre, sino que nos propone algo diferente, una especie de desasimiento de los objetos técnicos, un mo- do de estar en donde

nuestra relación con el mundo técnico se hace maravillosa-

mente simple y apacible. Dejamos entrar objetos técnicos en

nuestro mundo cotidiano y al mismo tiempo los mantenemos

fuera, o sea los dejamos descansar en sí mismos como cosas

que no son algo absoluto, sino que dependen ellas mismas de

algo superior [

nemos abiertos al sentido oculto del mundo técnico laapertura al misterio [Heidegger3, p. 27].

]. Denomino la actitud por la que nos mante-

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Dreyfus ha encontrado en esta actitud de Heidegger una llamada a una relación libre con la técnica, una manera de usarla sin quedar atrapado por ella, Dreyfus considera que esta actitud es la que encontramos en la cultura japonesa [véase Dreyfus 3, p. 99], Y es también la actitud que encon- tramos en el ensayo-relato de Pirsig que por algo se titula El

Zen yel arte del mantenimiento de la moto. Puede que sea cier-

to, en cualquier caso el argumento que desarrollamos aquí no tiene que ver con cuál haya sido la verdadera actitud de Heidegger, sino con las consecuencias que tienen algunas ideas que han sido influyentes después de él. Es más, conce- do que esta interpretación ecologista puede ser la correcta. Pero incluso así, precisamente en esta forma, se muestra ya lo que me parece que reside el aspecto más dañino, más sutil- mente dañino y peligroso: es una forma de pensar la técnica esencialmente antidemocrática y antihumana. y no porque Heidegger personalmente no tuviera mayor interés por la democracia, que es sabido que no lo tenía, ni por su compromiso con el nacionalsocialismo, que sabemos hoy que nunca abandonó, pese a tantos intentos de salvarlo, sino porque de un modo esencial su comprensión metafí- sica, y de su tesis de la técnica como desvelamiento de un destino al que la acción intencional es ajena, lleva necesaria- mente a un desinterés por la cuestión de la transformación del presente como producción del futuro. Porque la com- prensión de la técnica como un aparecer no puede desligarse de un pensamiento en el que el destino es inhumano, es aje- no y en el que sólo cabe una actitud poética de desasimiento, una actitud que es aparente y superficialmente religiosa pero realmente hipócrita: no prohíbe el disfrute, incluso el disfrute irrestricto de los bienes de la técnica, no prohíbe el uso del poder, prohíbe el querer, el deseo, sobre todo el más profundo de los deseos, el de no someterse al destino,

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porque todo análisis de la situación se queda corto al interpre tar por adelantado el mencionado todo del mundo técnico desde el hombre y como su obra. Se considera lo técnico, re- presentado en el sentido más amplio y en toda la diversidad de sus manifestaciones, como el plan que el hombre proyecta y que finalmente le obliga a decidir si quiere convertirse en escla- vo de su plan o quedar como un señor. Mediante esta representación de la totalidad del mundo técnico, todo se reduce al hombre, y, como sumo, se exige una

ética del mundo técnico. Atrapados en esa representación, nos

reafirmamos en la opinión de que la técnica es sólo una cosa del hombre. Se hace oído sordo a la llamada del ser que habla en la esencia de la técnica. Dejemos de una vez de representar lo técnico sólo técnica- mente, esto es, a partir del hombre y de sus máquinas. Preste- mos atención a la llamada bajo cuyo influjo se encuentran en nuestra época, no sólo el hombre, sino todo ente, naturaleza e historia, en relación con su ser [Heidegger 2, p. 811.

Este texto de Identidad y diferencia me parece sumamente ilustrativo y aleccionador para todos aquellos que pretenden una recuperación de Heidegger con propósitos éticos y aun políticos. Quienes creen que acabando con la forma de repre- sentar «lo técnico sólo técnicamente» ya han hecho las paces con Heidegger se equivocan: en e! mismo paquete están to- das las demás instancias, las éticas, las políticas, las antropo- lógicas. Porque las exigencias del ser son inhumanas, en e! sentido de que las cosas humanas, tan humanas como e! frío o e! calor, no cuentan en el camino de! destino de! ser. Quisiera traer a colación un texto más bien anecdótico en lo que respecta a las ideas de Heidegger sobre la técnica. No encontraremos muchas propuestas concretas en Heidegger (salvo su programa de acción en e! rectorado, pero mejor lo dejamos a un lado). Sin embargo, en «Construir, habitar, pensar» entró en la consideración de un problema tan con-

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creta como la falta de vivienda al que aplicó su método y es- trategia filosófica y concluyó en estos términos:

iQué pasa con el habitar en ese tiempo nuestro que da qué pensar? Se habla por todas partes, y con razón, de la penuria de viviendas. No sólo se habla, se ponen los medios para reme- diarla. Se intenta evitar esta penuria haciendo viviendas, fo- mentando la construcción de viviendas, planificando toda la industria y el negocio de la construcción. Por muy dura y amar- ga, por muy embarazosa y amenazadora que sea la carestía de viviendas, la auténtica penuria del habitar no consiste en primer lugar en la falta de viviendas. La auténtica penuria de viviendas es más antigua aún que el ascenso demográfico sobre la tierra y que la situación de los obreros en la industria. La auténtica pe- nuria del habitar descansa en el hecho de que los mortales pri- mero tienen que volver a buscar la esencia del habitar, de que tienen que aprender primero a habitar. iQué pasaría si la falta de suelo natal del hombre consistiera en que el hombre no consi- dera aún la propia penuria del morar como la penuria? Sin em- bargo, así que el hombre considera la falta de suelo natal, ya no hay más miseria. Aquélla es, pensándolo bien y teniéndolo bien en cuenta, la única exhortación que llama a los mortales al habitar [Heidegger 4, p 142).

Leído este texto como una llamada al espacio vital se lle- na de connotaciones terribles, si atendemos al uso que hizo e! nazismo de ese término; pero leído ateniéndonos única- mente a los términos filosóficos demuestra una llamada a una esencia del espacio de habitación difícilmente compren- sible o bien terriblemente «conservadora». El problema que subyace nace de la contradicción interna en el pensamiento de Heidegger.v' Mientras que ha determinado correctamen-

24 Esta tensión tiene también su correlato en la actitud estética de Hei-

degger. siempre paralela a la actitud hacia la técnica. Molinuevo ha insisti- do en la separación de los varios aspectos de la filosofía de Heidegger y

sobre qué cosas son y no son recuperables. Su análisis, creo, puede trasla- darsea la filosofía de la técnica.

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ARTIFICIALES

te que no podemos separar a la gente de los lugares, en tanto que espacios que habitan, porque son parte de su constitu- ción diríamos nosotros, Heidegger abandona de pronto el problema real, técnico, político y moral de qué, cómo, para quién, para qué, dónde, etc., construir y se retira a un lugar que llama el pensar que a) en primer lugar deja sin respues- ta los problemas centrales antropológicos (y también me- tafísicos) y b) en su lugar da una respuesta que, considerada con los ojos más compasivos, suena a tautológica: habitar es habitar. No resisto la tentación de comparar este texto de Heideg- ger con este otro del más radical de los arquitectos de la Bau- haus, Hans Meyer:

Construir es la organización de los procesos vitales. Construir es sólo en parte un procedimiento técnico. El diagrama econó-

mico son las directrices que determinan el esquema del proyec- to de la construcción. Construir no es ya una tarea individual,

en la que se realizan las ambiciones arquitectónicas. Construir es un trabajo de un conjunto de artesanos e inventores. Única-

mente el que sabe dominar los procesos vitales trabajando en

colaboración con los demás puede considerarse realmente un

buen constructor. Construir, si antes representaba un negocio

individual (favorecido por la desocupacióny por la escasez de vivienda), ahora es una empresa colectiva de toda la nación [Meyer].

Meyer, director unos años de la Bauhaus hasta 1930, cuando en Alemania ya era imparable la marea del fascismo, hizo explícito un programa y un proyecto para la tecnología que explica perfectamente por qué la Bauhaus sufrió tantas persecuciones desde su nacimiento en los consejos obreros de 1919, y que, también hay que decirlo, por qué ahora se re- chaza tantas veces bajo la acusación de funcionalismo, tecno- logismo, etc., olvidando este componente político y moral sin el que no tiene sentido.

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LA RACIONALIDAD COMO ASTUCIA DE lA RAZÓN

Es el momento de reconsiderar las críticas de la racionalidad instrumental y plantear claramente ya cuál es nuestra opción, que iremos desarrollando a lo largo de los demás capítulos.

Lafiabilidad de la racionalidad

¿Aqué estamos llamando racionalidad? No tenemos una bue- na caracterización de la racionalidad aunque no nos faltan siste- mas de normas racionales. La noción económica, instrumental, tecnológica de racionalidad prescribe, en un mundo de recursos escasos, alcanzar los objetivos buscados con el menor costo po- sible. La racionalidad nos ordena ser eficientes en nuestras ac- ciones." Pero no está muy claro qué significa: numerosos filó- sofos han protestado contra la restricción de la racionalidad a la elección de medios dejando a un lado la deliberación de fines y la discusión de normas, muchos economistas han señalado la insuficiencia de la teoría de la decisión clásica para explicar y predecir la conducta económica correcta sin introducir normas morales de conducta-" Todas las críticas se resumen en dos:

la racionalidad instrumental es muchas veces insuficiente (se puede ser instrumentalmente «racional», pero completamente tonto y ciego como agente que toma decisiones) y en no pocas

25 Véanse Quintanilla 5 y la discusión que hacemos más adelante.

26 Los economistas y matemáticos han desarrollado la teoría de la de- cisión y la teoría de juegos como modelos de decisiones racionales en con- textos de incertidumbre y dependencia de las acciones de muchos agentes, sin embargo, hay una queja universal contra el formalismo matemático de la teoría de la decisión. Los psicólogos han observado que los sujetos ncr- males (subrayamos el «normales»] no siguen las normas de la teoría de la decisión cuando realizan juicios intuitivos sobre las situaciones en las que deben tomar decisiones. H. Simón. y después de él numerosísimos teóri- cos de la ciencia cognitiva, han propuesto una noción «satisfactora» más

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ocasiones es innecesaria, puesto que bastan criterios menos exi- gentes para adoptar decisiones correctas e intuitivamente ra- cionales. No sabemos si hay un criterio adecuado de racionalidad, pero sí podemos recoger muchas de las críticas en una noción que no abandona el componente normativo que usualmente adscribimos al término «racional», y al tiempo relativiza el comportamiento racional a los contextos en los que toma- mos decisiones: la racionalidad es la facultad que tenemos para adoptar las decisiones correctas y, como tal, exigimos que sea simple y llanamente una facultad fiable. 1) La fiabilidad es siempre relativa a la exigencia del con- texto: no es lo mismo tomar una decisión en un contexto en el que las alternativas están bien definidas, los objetivos de- terminados y consensuados y los medios contrastados, que en los contextos más habituales en los que faltan algunas de esas condiciones. Tendríamos, desde este punto de vista, con- textos que son más o menos exigentes y que nos piden nor- mas equivalentes de racionalidad. No exigimos que sea una racionalidad máxima ni nos conformamos con lo que a veces se denomina «racionalidad mínima», sino que exigimos que tenga las garantías adecuadas al contexto. Ser racional en la vida cotidiana, en asuntos pequeños, no exige la misma refle- xión que cuando dependen bienes o vidas ajenas de nuestras decisiones. La racionalidad es, para decirlo en pocas palabras, la pro- piedad que describe la calidad de los controles de calidad que adop- tamos respecto a nuestras inferencias y decisiones. 2) En segundo lugar, es concreta y «situada»: recupera- mos la idea de la racionalidad como capacidad para crear y

que maximizadora de racionalidad: el agente es racional cuando toma la

decisión que le parece mejor relativamente a su conocimiento y sus capaci- dades, no la absolutamente mejor.

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aprovechar las oportunidades, de la racionalidad tecnológica co-

mo astucia: 27 El mito de Odisea el astuto ha sido convertido por Hork- heimer y Adorno, en la Dialéctica de la Ilustración, en el para- digma de la racionalidad ilustrada en la Antigüedad. Odisea engaña a los hombres y a los dioses, sobre todo a los dioses, que ahora quedan puestos al descubierto en su impotencia ante la capacidad de simulación de Odisea. Horkheimer y Adorno estaban preocupados por la capacidad de la ilustra- ción griega para destruir los mitos, sustituyendo, según ellos, los viejos mitos por el nuevo mito que representa Odisea. Pe- ro hay muchos más aspectos en Ulises que los que Horkhei- mer y Adorno han resaltado, incluso creo que han ocultado precisamente los más relevantes desde el punto de vista de la racionalidad. Ulises es quien está más harto de la guerra y de las venganzas. Ha acudido a Troya por obligación, pero re- suelve la situación actuando como estratega hábil e inventa un artefacto y un engaño que ayuda a ganar la guerra. No es un pacifista, claro, pero no es el militar y militarista profesional Aquiles, ni el poderoso Agamenón que es capaz de desenca- denar una guerra para satisfacer su orgullo de amante herido. Ulises se encuentra con la violencia y trata de resolver la si- tuación de la forma más racional posible. Insisto en los dos términos. En su posterior viaje es perseguido por los dioses, cómo no, a quienes la inteligencia les molesta. Y en varias ocasiones nos muestra Ulises las terribles contradicciones y paradojas de la racionalidad, cómo para ser racional a veces hay que ser irracional, por ejemplo, ordenando a sus hom- bres que no cumplan sus órdenes cuando el canto de las sire- nas haga insoportable la llamada.

27 Debo esta noción a JesúsVega [2], quien la ha desarrollado históri- camente y quien ha dirigido mi atención hacia el mito de Odisea. Jesús in-

siste más en la capacidad de ser hábil en las acciones situadas, mientras que la noción que aquí presentamos incluye un momento más amplio de

descubrimiento de las alternativas.

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La racionalidad de Ulises es cualquier cosa menos una ra- cionalidad plana e instrumental, al menos según las caricatu- ras que de la racionalidad instrumental se hacen. Su historia es una historia de contingencias ante las que su razón reac- ciona aprovechando las circunstancias favorables. La raciona- lidad de Ulises integra aspectos morales, sin los que no entenderíamos su capacidad para convencer a los compañe- ros de proseguir el viaje, pero no es mera moralidad, no se re- duce a ella. La racionalidad de Ulises es su habilidad para explotar las posibilidades. La habilidad en situaciones con- tradictorias, tensas, de incertidumbre y riesgo, la mezcla de audacia, prudencia y capacidad para el éxito son los compo- nentes esenciales de la racionalidad.

La.s dimensiones extendida.s de la racionalidad tecnológica

El agente aprovecha las oportunidades que le brinda el con- texto, y al hacerlo es racional cuando toma la decisión más adecuada a sus intereses. Pero los intereses no son necesaria- mente meros instrumentos. La decisión puede tomar en cuenta varias dimensiones [véase Nozick]. De hecho sin ellas no podriamos entender el cambio técnico. Solamente la pri- mera de ellas corresponde a lo que tradicionalmente hemos entendido como racionalidad instrumental:

1) Eficiencia. Quintanilla [5] propone un análisis de la noción de eficiencia tecnológica que recoge de un modo sen- sato y más realista la idea de racionalidad del ingeniero y el economista sin reducirla a la mera relación entre costo y be- neficio. Distingue entre los objetivos conscientemente pro- puestos y los resultados realmente conseguidos. De esa manera se puede establecer una noción de eficiencia como adecuación de los medios a los objetivos. La idea tradicional ingenieril es la eficacia «termodinámica» o relación entre po- tencia y gasto en términos de unidades de energía, es decir, la

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efectividad y capacidad de alcanzar resultados o el que los objetivos buscados estén incluidos en los resultados. Pero, como dice Quintanilla, no se deben matar moscas a cañona- zos, por lo que podemos distinguir también la adecuación de una acción que mide el grado de distancia entre los objetivos propuestos y los resultados conseguidos. Por último, la efi- ciencia de una acción consiste en la relación entre la intersec- ción de los objetivos y los resultados dada la unión de resultados y objetivos, es decir, la adecuación entre objetivos y resultados obtenidos. 2) Valor. Puede que no sea suficiente que las acciones sean eficientes para que sean racionales, pues una acción puede tener un valor, más allá de los resultados que se obtengan en esa ac- ción, por el hecho de que esa acción «significa» algo, o como Nozick propone, porque su valor es el valor de todas las accio- nes de una clase. No se puede limitar la racionalidad de las ac-

ciones tecnológicas a lo que propone un utilitarismo restrictivo. Muchas de ellas incorporan la intención de mostrar que así se deben hacer las cosas, que las hacemos de esta forma porque así se deben hacer." Más adelante (en el capítulo «El control social

de la tecnología

porar los valores, entre ellos los valores internos del artesano y

el ingeniero, pero también los valores sociales consensuados o decididos. Esta normatividad interna no es ajena a la racionali- dad y debe ser recogida por ella. Por ejemplo, cuando un arte- sano, ingeniero o técnico insiste en que las cosas hay que hacer- las con un alto nivel de calidad, la decisión no es solamente

») analizamos cómo esta idea permite incor-

28 Nozick se refiere por ejemplo a la utilidad interpersonal: pensemos en la utilidad de no mentir o de ser fiel a la pareja: el hacerlo así ahora re- coge la idea de que si violara la regla haría mucho más verosímil la próxi- ma violación. Lo mismo ocurre con la utilidad estratégica interpersonal:

superar la desidia en este instante hace más verosímil que pueda hacerlo en otras ocasiones. La idea de utilidad extendida que aplicamos aquí no se refiere solamente a estos aspectos, sino a un concepto mucho más amplio de racionalidad tecnológica.

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instrumental, sino que incorpora un valor extendido que reco- gemos en esta idea del valor de significado de la acción. 3) Referencia simbólica. Hoy sabemos que las catedrales y los relojes se extendieron en parte por necesidades técnicas

yen parte por

Un reloj señalaba elementos de identidad profunda del suje- to que toma la decisión. y la función simbólica de las decisio- nes tecnológicas no es un elemento ajeno a la racionalidad, al contrario, es uno de los elementos que suele formar parte en las controversias tecnológicas. Es racional incorporar a las de- cisiones el hecho de que representan nuestras fronteras como individuos, grupos o comunidades. De esta manera puede re- cogerse en cierta forma la idea de estilo que no solamente es importante en arte sino también en tecnología, especialmen- te en los sistemas tecnológicos contemporáneos. Estas dimensiones configuran la decisión del agente o es- tán dadas por la naturaleza de la acción. En la tecnología se configuran estas tres dimensiones de manera interna en la ló- gica de su desarrollo. Si las ignoramos nunca entenderemos las decisiones tecnológicas, o, peor aún, tendremos que reco- nocer que casi todas son irracionales. Pero el elemento que quisiéramos resaltar es la contin- gencia que recoge el concepto de oportunidad. Las oportu- nidades son a la vez subjetivas y objetivas: son los cursos disponibles de acción que el sujeto tiene que valorar. Están ahí, pero el agente debe descubrir y saber que están disponi- bles. Son posibilidades sobre las que hay que razonar. No to- dos los objetivos son posibles, ni representables siquiera antes de disponer de los medios adecuados, no todos los ob- jetivos son realizables, no todos los objetivos son legítimos, y lo más importante, no todos los objetivos están dados: hay que descubrirlos, hay que proponérselos y hay que ser capaz de organizar los medios para llevarlos a cabo. Esta situacio- nalidad de las oportunidades dentro de un espacio de posibi- lidades hace que no sean los elementos fijos como suponen

los efectos simbólicos de la decisión tecnológica.

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los economistas. Los contextos reales de acción y decisión son procesuales, interactivos, narrativos, y las decisiones no sólo tienen que ser correctas, adecuadas en el sentido estruc- tural, sino que han de tomarse en tiempo real, a tiempo y de- ben adaptarse a la situación concreta. No hay nada más irracional que un tonto con un manual de instrucciones. La imagen del ingeniero calculador con la regla de cálculo y el cálculo de la regla no es más que una ca- ricatura hecha por gente alejada de las decisiones reales. El estudio histórico de la innovación tecnológica nos resalta por el contrario lo habitual que es encontrar elementos de normatividad interna, de simbolismo y sobre todo de capaci- dad para ver más allá que los demás las oportunidades en un mundo de posibilidades. Yde ser hábil para realizarlas, astu- to para engañar a la naturaleza y a los dioses. Este difícil equilibrio de contingencia y elementos estruc- turales es el que se recoge en la idea de racionalidad como as- tucia, como virtud de aprovechar la situación. Incorpora elementos morales pero no es mera aplicación de un código, incorpora elementos de identidad, pero no es mera propa- ganda. No es racionalidad máxima ni mínima, es racionali- dad fiable, suficiente.

RESUMEN

En este capítulo hemos analizado tres corrientes muy impor- tantes del pensamiento contemporáneo sobre la tecnología en lo que respecta a la noción de racionalidad tecnológica. De la discusión del determinismo tecnológico podemos separar la cuestión de que los problemas tecnológicos se entrelacen y formen un tejido inseparable con problemas so- ciales y psicológicos, de la tesis determinista. Un problema técnico rápidamente trasciende lo técnico puesto que se in- serta en una red de cuestiones de relaciones con un medio

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técnico en el que esa solución tiene lugar, con un ambiente

económico, que la hará posible, y con un ambiente social

y de uso, que le dará sentido. La complejidad explica que to- da decisión tenga consecuencias (a veces no queridas) en diferentes niveles y en lugares alejados del campo de deci- sión. Pero esta observación no implica el determinismo. La filosofía determinista produce el abandono del problema de

la racionalidad: no hay racionalidad cuando sólo intervienen

causas. Pero necesitamos la racionalidad porque vivimos en un mundo de incertidumbre y riesgo, y son los problemas real- mente duros los que exigen que nuestra razón funcione con lucidez: si la razón fuera mero cálculo no la necesitaríamos. Por último, es falso que la tecnología determine las socieda- des: es un factor más entre los otros que las configuran, pero ella misma depende para su subsistencia de lo que estas so- ciedades decidan. En cuanto al constructivismo, también hay una observa- ción correcta que no puede soslayarse: la flexibilidad inter- pretativa de todos los sistemas técnicos. La identidad de los artefactos es inestable y está sometida a discusión en los pri- meros momentos de la innovación y el diseño. Posterior- mente la interpretación se fosiliza en la costumbre, y una solución contingente se convierte en lo que antes era sola- mente una opción que había que discutir frente a otras. De ahí que necesitemos un sujeto colectivo democrático y lúci- do: no basta reconocer el carácter social de las decisiones téc- nicas, antes bien se plantea el problema de cómo construir el sujeto social que tome las decisiones de manera que las op- ciones del futuro dependan de lo que se decida colectiva- mente. Yeso no es ajeno a la racionalidad, por el contrario, la racionalidad colectiva es una de las formas más difíciles de conseguir de la racionalidad y uno de los proyectos de más desesperanzada urgencia. Aunque, sin duda, para conseguirla necesitamos abandonar la frivolidad posmoderna del cons- tructivismo.

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Por último, Heidegger: de él aceptamos en primer lugar que el hombre y su medio técnico están para siempre imbri- cados, )\ en segundo lugar, que las formas de vida son nor- mativas, que si abandonamos la referencia a nuestras formas de vida hemos abandonado también el problema originario de lo técnico. Pero no podemos aceptar la existencia de un nivel de pensamiento originario anterior, posterior o trans- cendente a los problemas reales y directos cotidianos: no hay sentido en la historia que haya que desvelar. Hay que dar sen- tido todos los días a nuestras historias particulares. Si esta- mos más próximos a Heidegger que a todos los demás en uno de los aspectos, nos separa de él una zanja mucho más profunda que con el resto porque recorre la noción misma de racionalidad. Nunca puede ser un trasunto pálido de un plan oculto en la historia que no acabamos de desvelar los humanos. No hay destino, somos los únicos responsables de la historia, los únicos; y necesitamos la racionalidad para que esa responsabilidad no se disuelva en disculpas. Frente a estas tres nociones proponemos una noción de racionalidad como capacidad para descubrir y aprovechar las oportunidades. Una noción que recoge la contingencia de la circunstancia y la habilidad para aprovecharla, pero también la norma de que la decisión sea la más adecuada posible. Esta noción es la que desarrollaremos en los siguientes capítulos.

SUGERENCIAS IlIBJ.JOCRÁFlCAS

Sobre el determinismo tecnológico, Smith y Marx presentan una muy recomendable antología de estudios sobre el con- cepto. El representante contemporáneo más conocido es Langdon Winner [1 Y2], aunque ya encontramos varios ele- mentos en Mumford, uno de los grandes clásicos de la histo- ria y filosofía de la tecnología. Una crítica muy acertada desde el punto de vista político se encuentra en Feenberg. En

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cuanto al constructivismo, la antología de M. González, J. A. López Cerezo y J. L. Luján recoge algunos de los trabajos más importantes. Latour [1 y 2] representa la posición más extre- ma. Una posición más matizada se encuentra en Bijker y en la antología ya clásica de Bijker, Hughes y Pincho Las conse- cuencias del pensamiento heiddegeríano para la tecnología han sido desarrolladas especialmente por Agre, Dreyfus [1] Y por Winograd y Flores en lo que se refiere a los campos de la inteligencia artíficial y la robótica, pero extensibles a toda la tecnología. Sobre la noción de racionalidad extendida, No- zick es una buena introducción. Nudler (comp.) recoge va- rios estudios sobre la noción de racionalidad relevantes para nuestra presentación.

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E N EL CAPrIlIl.o ANTERIOR liEMOS SOSrENIDO que las tres gran- des tradiciones en filosofía de la técnica de nuestro si- glo, la tradición crítica, la sociológica y la hermenéutica,

tienen elementos valiosos que pueden ser mantenidos yele- mentos rechazables de los que debemos distanciarnos. Esuna afirmación que ahora pondremos a prueba exponiendo qué concepto de tecnología nos permite tal conclusión. Busca- mos una característica que nos explique la creatividad, la capacidad de extenderse a todos los rincones, la transforma- ción que introduce la tecnología, en definitiva, un criterio de demarcación. Un criterio así es una frontera conceptual que trazamos en un fenómeno histórico y cultural. Hablamos de historia del arte, de historia de la ciencia y de historia de la técnica como fenómenos parcialmente autónomos 1 y nos re- ferimos a tradiciones culturales que se mantienen vivas en tanto se preserve la memoria de procedimientos, objetos y re- sultados que, observados a lo largo de intervalos temporales largos, configuran una trayectoria parcialmente autónoma respecto a otras regiones de la cultura.

1 Nótese, sin embargo, que no siempre necesitamos criterios de de- marcación: si queremos contar la historia de la cama, no necesitamos más que identificar el objeto (cama» y situar cada ejemplar en un marco de re- ferencia temporal. No existe ninguna relación interna en el proceso de cambio. Un criterio de demarcación se aplica a fenómenos culturales cuya historia adquiere una cierta autonomía respecto a otros, aunque interactúe con ellos, como ocurre, por ejemplo, con el artey la filosofía, la ciencia y la técnica, etcétera.

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No tenemos una definición clara del territorio de la tec- nología: no ha recibido aún la atención cultural que han me- recido otros fenómenos culturales. El reciente libro de Carl Mitcham [21 es un volumen de tamaño normal que recoge casi todo lo importante en la historia del pensamiento sobre la tecnología. Pues bien, para hacerse una idea de cuán oceá- nica es la laguna de nuestra ignorancia, compárese, sólo en tamaño, con la bibliografía sobre fenómenos como la cien- cia, el arte o el Estado y se tendrá una medida de la falta de tradición analítica sobre la tecnología. Quizás estemos en una situación similar a la de los filósofos del siglo XVIII que re- flexionaban sobre el Estado moderno: ellos mismos forma- ban parte del proceso de constitución de la nueva forma de Estado. Quizás es lo que ocurre con la tecnología: se trata de un nuevo modo de organizar socialmente la transformación de la sociedad que se está constituyendo al tiempo que refle- xionamos; y no es despreciable la posibilidad de que tam- bién lo haga con materiales de nuestra propia reflexión. Si comenzamos preguntándonos ¿por qué la gente, las empresas, los Estados, buscany desean la tecnología? o ¿por qué la temen?, tendremos una buena pista para determinar qué es la tecnología contemporánea. Y esta característica, en la que encontramos el núcleo de valor de la tecnología y por la que juzgamos los sistemas tecnológicos, es la capacidad de abrir posibilidades y crear oportunidades. El horizonte de expec- tativas cambia al aparecer un cambio tecnológico por peque- ño que sea y esta modificación no se reduce a los efectos que de hecho tenga este cambio, sino que se amplía a cuáles pue- de tener. Los sistemas tecnológicos tienen muchos efectos:

transforman las sociedades, hacen ricos a algunos, pobres a otros muchos, acaban con las tecnologías obsoletas, pero muchas otras posibles consecuencias (y oportunidades) se quedan en el territorio de lo que podría haber sido. La tecno- logía es ante todo un espacio de alternativas posibles: es el lugar desde el que se puede configurar el futuro en lo que de-

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pende de la acción humana. A diferencia de las técnicas, la tecnología es un sistema de instituciones que no ha existido siempre, es un producto de la sociedad contemporánea cons- tituido con los materiales de otras instituciones cercanas.' En primer lugar distinguiremos la tecnología de tres do- minios cercanos: la ciencia, las ciencias de lo artificial y las técnicas artesanales. En segundo lugar especificaremos una ca- racterística de lo artificial que nos permite relacionar estas tres instancias con la tecnologías: la complejidad de niveles. Por último, consideraremos la idea de las posibilidades pragmáticas construidas colectiva y críticamente como el territorio especí- fico de la tecnología.

LA TECNOLOGÍA Y sus ALREDEDORES: lA CIENCIA, LAS TÉCNICAS,

LAS CIENCIAS DE LO ARTIFICIAL

Lafrontera entre ciencia y tecnología

Hay dos modos de estudiar las relaciones entre ciencia y tec- nología. La primera es interna, se refiere a elementos cons- titutivos y definitorios de la actividad de la ciencia y la tecnología. La segunda es externa, se refiere a las relaciones y distinciones que podemos establecer entre los sistemas so- ciales de la ciencia y la tecnología. Ambas recogen dos di- mensiones constitutivas de la ciencia y la tecnología: como actividades características de la cultura y como instituciones sociales. Veamos en primer lugar la distinción en lo que respecta a su naturaleza como actividades. A su vez, hay dos maneras de enfocar esta distinción: refiriéndonos al método y refiriéndo- nos a la naturaleza del conocimiento característico de ambas."

2 Sobre esta afirmación del carácter histórico de la tecnología, véase más adelante el capítulo «Elcontrol social de la tecnología

»,

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La tradición moderna ha establecido que el criterio de identificación de la ciencia es el método: lo que distingue al conocimiento científico de otras formas de conocimiento y otros dominios culturales es ser un producto que ha sobrepa- sado los más rigurosos controles de calidad en lo que respecta a la justificación de sus enunciados y teorías: los experimen- tos, las pruebas matemáticas, etc. Si queremos aplicar a la tec- nología un esquema similar debemos buscar algún criterio lógico o metodológico para caracterizar la tecnología de ma- nera unívoca. Las dos posiciones que encontramos como puntos de referencia son:

1) La posición que considera que la tecnología y la cien- cia difieren en el método. 2) La posición que considera que, no siendo la tecnología otra cosa que ciencia aplicada, no hay ninguna dife- rencia esencial entre ciencia y tecnología en lo que res- pecta al método. La primera concepción sostiene sus argumentos sobre la base de la distinción entre los objetivos respectivos de la ciencia y la tecnología. Es una posición defendida por los se- guidores más o menos ortodoxos del falsacionismo poppe- riano [véase Agassi]. La tecnología, se afirma, persigue la fiabilidad de sus artefactos mientras que la ciencia persigue la capacidad explicativa que nace de la audacia de las hipóte- sis.' De estos dos objetivos resultan métodos contradictorios:

3 Véase el número monográfico que TecJmology andCulture [no. 6, 1966] dedicó a esta discusión, en particular los trabajos de Agassi y el de M. Bunge [1l.Labibliografía sobre el tema, como puede suponerse, es muchísimo más

numerosa,pero estasdos posiciones son las más representativas.

4 En la filosofía popperiana la audacia de una hipótesis se mide por el grado de sorpresa que produce respecto a un trasfondo de conocimientos admitidos en una comunidad. Los grandes descubrimientos, los que según Popper caracterizan la buena ciencia, son primeramente hipótesis que pre- dicen hechos que contradicen lo que cabría esperar. La historia de la física

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la ciencia aprende de los errores, postula hipótesis en los sec- tores de mayor riesgo y restringe los márgenes de error per- misibles en sus predicciones; la tecnología, dirigida a la construcción de artefactos eficientes que hacen menos peli- groso y más habitable nuestro medio ambiente natural, no puede, por el contrario, permitirse los lujos conjeturales que la ciencia se permite. La tecnología no permite la falibilidad de sus prospecciones: los aparatos tienen que funcionar en las condiciones normales, los puentes no pueden caerse. Por esta razón su trasfondo teórico son teorías que han sido bien corroboradas. Mientras que en la ciencia no tienen ninguna importancia las verificaciones, sólo las falsaciones -se argu- ye desde esta posición-, en la investigación tecnológica la ve-

está llena de ejemplos que corroboran esta noción popperiana: la idea de osciladores que emiten energía en paquetes discretos, que Plank tuvo que conjeturar para resolver el problema del espectro de emisión de energía de un cuerpo negro/por ejemplo, fue una hipótesis física que añadió al apara- to matemático y que contradecía profundamente toda la ciencia clásica, basada en que todos los procesos naturales eran continuos. Entre septiem- bre de 1900 y enero de 1901 Plank se atrevió a formular una hipótesis que cambió radicalmente toda la física posterior. El propio Plank estaba asom- brado de la audacia de su propia hipótesis (Kuhn 1 es un monumento de la historia de la ciencia que reconstruye con precisión este episodio). En el caso de la tecnología los grandes descubrimientos serían aplicaciones de ciencia bien conocida. Así, la radio, por ejemplo, es un descubrimiento po- co notable en lo que respecta al conocimiento. Cuando Hertz «descubre» las ondas de radio en 1888 en realidad solamente comprueba lo que ya ha- bía sido predicho por la teoría de campos electromagnéticos de Maxwell más de diez años antes. Marconi en 1895 extiende la emisión de ondas de radio desde unos pocos metros (tal como había hecho Hertz) hasta 2.4 km. En 1901 transmite señales desde Cornualles hasta el otro lado del Atlántico en Terranova, superando la curvatura terrestre. Desde el punto de vista tecnológico la transformación fue radical, tanto como para pensar que es una fecha clave en la historia de la tecnología (y de la sociedad J, pe- ro desde el punto de vista de la audacia cognoscitiva, afirmaría Popper, ya

estaha todo hecho.

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rificación, la corroboración y la aceptación sólo de riesgos mínimos son la base fundamental de los procedimientos evaluativos. El desarrollo del conocimiento se contempla desde esta perspectiva como un proceso que se mueve en una doble di- mensión. Por un lado las teorías científicas convergen hacia una mayor verosimilitud, por otro lado, en la medida en que nuevas y más poderosas teorías nos permitan establecer los límites de aplicación de las anteriores, se genera un proceso de convergencia hacia la mayor fiabilidad y eficiencia. Con- viene en este momento recordar que estamos hablando de la tecnología en cuanto conocimiento, no en cuanto conjunto de acciones que usan conocimiento. La fiabilidad en este ca- so también es proporcional directamente a nuestro conoci- miento del modus operandi de los sistemas implicados. En el extremo opuesto se encuentran quienes no distinguen entre ciencia aplicada y tecnología. Según esta posición, desde la ciencia más teórica hasta la más simple tecnología existe un continuo sin soluciones. Quienes defienden esto no niegan que existan diferencias entre la tecnología, la ciencia aplicada y la ciencia básica. Estaúltima se ocupa de las leyesque rigen clases muy grandes de sistemas de los que se han abstraído todas las características individuales que nacen de su particular estructu. ra o ~usrelaciones con el entorno. La ciencia aplicada se ocupa precisamente de la aplicación de las teorías generales a estos sis- temas particulares, aplicación que no tiene por qué entenderse como una tarea trivial o poco creativa,ya que suele ser necesa- rio construir modelos complejos en los que intervienen teorías de muy diferente caráctery muchas vecespertenecientes a disci- plinas diversas. Entre ambas no existe, empero, ninguna dife- rencia metodológica. La tecnología se diferencia de la ciencia aplicada al me- nos en una cosa, algo que no debe olvidar ninguna concep- ción: en la tecnología aparecen reglas nomopragmáticas que ordenan o prescriben acciones sobre un sistema para cense-

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guir un objetivos Este componente, sin embargo, no es su- ficiente para hacer abandonar la posición que acabamos de explicar. Quienes la defienden practican una especie de natu- ralismo prescriptivo: las reglas se derivarían del conocimiento que tenemos de los estados futuros de un sistema de acuerdo con nuestra ciencia aplicada, más ciertos fines que le son da- dos a la tecnología desde fuera." El conocimiento que tene- mos del sistema nos proporciona una jerarquización de fines instrumentales de modo que las reglas pragmáticas se infie- ren directamente del camino que la ciencia aplicada nos ha trazado. Así pues, en último extremo, tampoco existe ningu- na diferencia apreciable entre ciencia aplicada y tecnología. Estas dos posiciones tienen una parte de verdad y otra de error. La primera tiene razón cuando insiste en que la ciencia y la tecnología se distinguen radicalmente por sus distintos objetivos, la explicación en un caso y la transformación prác- tica en el otro; tiene razón también cuando insiste en los di- versos valores que usamos para evaluar una y otra, pero yerra cuando afirma que se produce una diferencia en el método.

Al contrario, laforma de innovación que introduce la tecnología es la aplicación del método científico a la praxis humana.

5 Sobre la naturaleza de las reglas nomopragmáticas. véanse Toribio y

Quintanilla 3.

6 Niiniluoto ha establecido varias distinciones entre ciencia básica y

aplicada dentro de un continuo que son relevantes aquí: la más importan- te y definitiva es la que existe entre utilidades epistémicas (verdad, simplicí-

dad, p. ej.}, que caracterizan los objetivos de la investigación científica básica y utilidades pragmáticas (ergonomía, ecología, Utilidad económica, etc.], que caracterizana la ciencia aplicada. La distinción entre ésta y la tec- nología no es de naturaleza sino del hecho de que las proposiciones des- criptivas se conviertan en normas prescriptivas, Así, una proposición aplicada tendría la forma: «el objetivo O en la situación S se alcanza ha- ciendo A». Esta proposición puede predecir un hecho o prescribir una ac- ción dependiendo de cómo la consideremos. Sobre la semántica de las reglas tecnológicas, véase el trabajo de JosefaToribio.

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Decía Marx que la diferencia entre el perfecto trabajo de la abeja y el imperfecto trabajo del artesano consiste en que este último se representa en la cabeza lo que quiere hacer. Es cierto, pero no significa nada todavía, ya que la representa- ción previa es lo que comparten en común todas las acciones humanas: la artesanía, la técnica y la acción cotidiana que nos permite sobrevivir como individuos día a día. La tecno- logía significa un modo especial de representación de la acción futura: la representación puesta a prueba, sometida a conjeturas y refutaciones'? Al igual que ocurre en la investi- gación científica, en la tecnología contemporánea también se construyen modelos y prototipos fundados teóricamente que, sobre todo, se someten al control de funcionamiento con el objeto de asegurar sus márgenes de fiabilidad. Si entendemos método como batería de controles de calidad, teóricas en una, prácticas en la otra, las diferencias entre ciencia y tecno- logía no se encontrarán en el método: no al menos en mayor grado del que las distintas ciencias difieren entre sí. Si no es, pues, en el método, veamos qué ocurre en relación con el ti- po de conocimiento que incorporan. La ciencia produce conocimiento, la tecnología cambia la realidad, transforma la materia en nuevas formas, así que un candidato potencial para encontrar una clara demarcación esta- ría en el conocimiento que poseen los agentes. En ambas -la

7 En los próximos capítulos insistiremos en cómo los diseños son

conjeturas sometidas a una y otra contrastación, basados a su vez en un co- nocimiento común de trasfondo. Constant 11, uno de los más esforzados defensores de la similaridad metodológica de la ciencia y la tecnología, va más allá y sostiene que la racionalidad de las ciencias de la ingeniería sigue

el mismo patrón de inferencia bayesiana que las inferencias científicas

(véase 3 J. Lo más estimulante de este recomendable trabajo es el modo en el que recoge el reto del constructivismo social para admitir la implicación de lo comunitario en la ciencia. Pero insiste en el papel esencial de la fiabi- lidad como base de la racionalidad de las decisiones tanto en ciencia como en tecnología. Hay que añadir que además su ejemplo acerca de la ingenie- ría del petróleo es sumamente convincente.

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ciencia y la tecnología- aparecen proposiciones descriptivas, leyes, regularidades, hechos y proposiciones prescriptivas, reglas. En las dos aparecen también valores,s e igualmente en- contramos las mismas discrepancias entre valores incompati- bles.? Pero hay una diferencia: en la tecnología se transforma la realidad mientras que en la ciencia solamente se transforman las representaciones. La capacidad de transformar el medio, desde esta perspectiva, afectaría también al conocimiento necesario para hacerlo. Quintanilla [3] ha postulado que la capacidad de trans- formación de la realidad es la principal diferencia entre cien- cia y tecnología. Y es cierto, la transformación del medio como resultado de la tecnología no puede ser dejada a un la- do. Quintanilla define las técnicas como sistemas de accio- nes dirigidas a la transformación de la realidad. Si es así. desde el punto de vista de las acciones deberíamos encontrar entonces algún tipo de distinción en el conocimiento necesa- rio para llevarlas a cabo. Porque lo cierto es que también la ciencia es un sistema de-acciones: acopio de información, ex- perimentación, cálculos, etc. [véase Hacking]. Pero el hecho de la transformación induce algo más. Jesús Vega [11 ha en- contrado aquí una profunda diferencia. Las reglas tienen un componente proposicional. lingüístico, y un componente no proposicional. que en inglés se denomina know-how, saber cómo y que fue resaltado por el filósofo de la mente Cilbert Ryle. Las habilidades técnicas, desde el punto de vista de Ve- ga, incluirían algo que no tienen las habilidades científicas, una referencia a un trasfondo de esquemas corporales y de

8 Echeverría [31 incluye un tratamiento sistemático de los valores en la ciencia. Su tesis, correcta, es que el pluralismo de valores es la norma, más que la excepción. 9 Véase más adelante el capítulo 3 para la tensión entre el valor de la innovación y el valor del control del riesgo. La tensión paralela en la cien- cia es la que existe entre la búsqueda de la verdad y la evitación del error:

una y otra nos producen estrategias metodológicas distintas.

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conocimiento no conceptual que enlaza con el modo en el que están hechos nuestros cuerpos [véase Vega 1, cap. 2], nuestro ser en el mundo, para expresarlo en términos heideg- gerianos. Este criterio de demarcación nos lleva a una concepción de la tecnología muy relacionado con las filosofías de la téc- nica de comienzos de siglo que subrayan una notable propie- dad que la teoría de la acción ha olvidado tradicionalmente. Sin embargo, no lo considero un criterio suficientemente fuerte de distinción. Es verdad que hay una distinción entre el co- nocimiento proposicional de un cosmólogo, pongamos por caso, a quien le preocupan los extremos de grandes y peque- ñas dimensiones del universo, y el de un bioingeniero que diseña micro cámaras para explorar' el organismo. Pero en los territorios intermedios la distinción se borra o nos obliga a convertir en tecnologías demasiadas ciencias aplicadas. Ade- más, en ciencias conviven también elementos esencialmente prácticos: una buena parte de la biología descriptiva, la taxo- nomía, la fisiología animal, la anatomía, etc., comparten con la ingeniería precisamente este componente. Maynard Smith, el biólogo evolucionarlo, por ejemplo, cuenta que cuando intentó encontrar un buen criterio de clasificación morfoló- gica de aves tuvo que comenzar a leerse tratados de diseño de aeromodelismo. Otras ciencias como la geografía o la psico- logía nos muestran que sus representaciones exigen una refe- rencia a estos esquemas corporales. Existe una diferencia entre la ciencia y la tecnología, es verdad: la tecnología transforma la realidad, la ciencia no, o al menos no como objetivo. Pero esta diferencia no se encon- trará en el conocimiento necesario para la transformación, en el conocimiento implicado en las acciones, sino en las ca- racterísticas de los productos de esas acciones, en las caracte- rísticas de los artefactos. Insistimos para acabar esta comparación con la ciencia en nuestra afirmación acerca de la tecnología: es la aplicación

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del método científico a la transformación colectiva de la rea- lidad. No hay pues diferencias en el método o en la naturale- za del conocimiento. Las diferencias están en los productos.

Las ciencias de lo artificial y la tecnología:

el artede modelar la realidad

Mayor dificultad de diferenciación existe entre la tecnología y el

complejo de ciencias y de técnicas que Herbert A. Simon denominado «ciencias de lo artificial». Veamos algunos

ejemplos: teorías matemátícas de la planificación económica y social, como la teoría de juegos, la investigación operativa, la programación lineal, la teoría de la elección colectiva; ciencias de la computación, inteligencia artificial y ciencias cognitivas, teoría de sistemas y de la simulación, teorías de la «arquitectu- ra de la complejidad», teorías del diseño. Son instrumentos que se emplean habitualmente en la ingeniería, desarrollados en contextos de investigación ingenieril y que se estudian en las es- cuelas técnicas, pero que no pueden ser considerados estricta- mente como tecnología. Hay muchas razones para ello. La pri- mera es que trabajan con objetos abstractos como son los modelos matemáticos, los programas de ordenador, las lógicas, etc, que no entrañan generalmente, o no lo hacen como obje- tivo primario, la transformación del conocimiento, sino la transformación de la información. En segundo lugar, porque desarrollan instrumentos que tienen aplicación por igual en ciencia y en tecnología.

Del mismo modo que las ciencias tradicionales producen teorías basadas en leyes naturales, dirigidas a dar explicacio- nes causales, estas nuevas ciencias construyen ciertos objetos abstractos que llamamos modelos. Lo interesante de las téc- nicas de modelado es que no solamente nos ayudan a trans- formar la realidad, también nos ayudan a entenderla. Las teorías científicas contienen también modelos, de hecho las

nuevo

[31 ha

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teorías científicas son conjuntos de modelos, tal como postula la concepción estructuralista de la ciencia. Pero existe una di- ferencia entre los modelos de simulación y los modelos de teorías científicas. Aunque ambos son estructuras matemáti- cas, los modelos que incluyen las teorías estándar tienen una pretensión de verdad literal que no tienen estos nuevos ins- trumentos. Así, un modelo de un sistema mecánico no sola- mente pretende predecir la conducta del sistema sino, en la medida de lo posible, capturar y representar la estructura del sistema. Los modelos de simulación están orientados directa- mente a la predicción y sólo de manera derivada nos propor- cionan un conocimiento de la estructura. Javier Aracil, Manuel Liz y Margarita Vázquez [véanse Aracil 1 y 2, Liz 1, Vázquez, Vázquez y Liz] han estudiado las dimensiones epistemológicas de las nuevas técnicas de simu- lación, especialmente de los modelos que emplean las técni- cas de sistemas dinámicos. El origen de una simulación suele ser una estructura de datos compleja, en la que no cabe des- cubrir a primera vista una regularidad simple: la predicción meteorológica, la previsión de perturbaciones en sistemas complejos como redes eléctricas o redes de comunicaciones, las interacciones de un sistema económico en su conjunto, el desarrollo urbano, un sistema ecológico, etcétera. Para simular un sistema el ingeniero necesita, primero, los datos empíricos relevantes, segundo un'} hipótesis provi- sional, que le facilitan los expertos en ese sistema acerca de cómo se relacionan las propiedades que pueden actuar causal- mente en el sistema complejo, así como ciertos datos sobre su composición y algunas perspectivas sobre su evolución. El modelador no espera, sin embargo, a tener una teoría del sis- tema en cuestión, elabora un primer boceto de modelo cuali- tativo que posteriormente se convertirá en una estructura matemática cuando aplique sus técnicas particulares. 10 El pri-

10 Pueden ser técnicas de sistemas dinámicos (no lineales, particular-

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mer producto es una estructura abstracta que computa o transforma información: predice datos que representan la conducta del sistema real que estamos tratando de represen- tar. A partir de este modelo se construyen progresivos refina- mientos que tratan de aproximarse de manera continua a la estructura de datos y ser cada vez más fiables en sus predic- ciones. El resultado final es también una estructura compleja abstracta que ahora ya podemos emplear como instrumento de controlo predicción de la realidad, pero también como instrumento de conocimiento. Si funciona predictivamente, es que hemos capturado algo nuevo acerca de la estructura de la realidad. El principio metodológico que rige en las ciencias de lo artificial es el principio de simulación: «si parece un pato, .an- da como un pato y hace ¡cuál, ¡cuál, no hay duda, es un pa- to». Las ciencias de lo artificial se basan en la hipótesis metodológica de que ciertas regularidades funcionales pue- den ser descritas y capturadas en un nivel abstracto aunque no conozcamos cuáles son los mecanismos causales que sub- yacen. David Marr, un matemático de Essex, que desgraciada- mente para el desarrollo de las ciencias de lo artificial murió de leucemia a los 35 años, desarrolló en 1979 un trabajo de investigación sobre el sistema visual humano, ejemplo para- digmático desde entonces de lo que son estas ciencias. Leinte- resaba simular y construir un sistema de visión equivalente al sistema humano, no importaba que estuviese implantado en un ordenador con un robot o en un cerebro humano; debería de dar cuenta de las mismas capacidades en uno y otro caso, incluidas las ilusiones perceptivas. En su trabajo desarrolló una batería de cálculos y modelos que intentaba aproximarse

mente, si nos enfrentamos a sistemas dinámicos de alto grado de compleji-

dad), pero pueden ser teorías formales como la teoría de la decisión, la teoríade juegoso, en el caso de la inteligencia artificial y la ciencia cognitiva,

técnicas de programación dirigidas a la representación del conocimiento.

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al sistema tridimensional de la visión humana. No vienen al caso aquí sus características, aunque sigue siendo interesantí- simo releer su proyecto, lo importante fue la teoría de la dis- tinción de niveles de representación que se ha convertido ya

en una definición clásica de las ciencias de lo artificial. En el nivel 1 tenemos una teoría del cálculo: ,,¡Cuál es el objetivo del cálculo?, ¿por qué es apropiado?, y ¡cuál es la ló- gica de la estrategia mediante la que se le puede llevar a cabo?» [véase Marr, p. 33]. En el nivel 2 encontramos la repre- sentación y el algoritmo: ,,¡Cómo puede implementarse esta teoria del cálculo? En particular, ¡cuál es la representación de la entrada y la salida y cuál es el algoritmo para la transfor-

macióni- [p. 33]. En el nivel 3 se sitúa la implementación en el

soporte fisico: «¡Cómo pueden realizarse físicamente la repre-

sentación y el algoritmo?» [p. 33J. Si comparamos estos niveles con el proceso de modela- ción que describen Aracil, Liz y Vázquez, descubrimos para- lelismos robustos: el primer nivel corresponde al modelo cualitativo que a rasgos generales tomamos del conocimien- to experto o del conocimiento de los expertos. El segundo nivel es propiamente el modelo y el tercer nivel es una reali- zación física que corresponde ya propiamente a la tecnolo- gía. Es en el segundo nivel en el que encontramos el núcleo

de estas ciencias. No son ciencias genuinas porque sus explica-

de Marr, aunque

llegue a funcionar no nos dice nada sobre los mecanismos concretos de la realidad. Pero tampoco son proyectos tecno- lógicos porque están dirigidos a conocer las interacciones abstractas que se dan entre diversos roles funcionales de un sistema. Y al mismo tiempo nos descubren algo de la reali- dad, la arquitectura funcional, al tiempo que también nos

ciones no son causales." El sistema de visión

11 La bibliografía sobre la causalidad en las explicaciones funcionales desborda cualquier intento de referencias. En Broncano 4 he propuesto mi visión personal. Una buena introducción en español es Liz 2.

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descubren una estructura que cualquier proyecto tecnológico deberá realizar en el diseño de un artefacto concreto.

Al menos de una forma conceptual debemos distinguir

la tecnología de las ciencias de lo artificial, a pesar de que en la

práctica estén profundamente relacionadas. Y también de una forma conceptual debemos distinguirlas de las ciencias clásicas. Pero tampoco debemos confundirlas con ciencias aplicadas, puesto que su investigación puede ser en ciertos momentos te- diosamente básica y abstracta. Piénsese en los lógicos que inves- tigan lógicas no monotónicas o en las especulaciones de los matemáticos que se dedican a la teoría de la decisión: a pesar de formar parte de estas nuevas ciencias, su nivel es probablemen-

te uno de los más básicos de la actualidad.

Tecnología y técnicas

La tecnología es la aplicación del método científico a la satis- facción de las necesidades humanas mediante la transforma- ción del medio ambiente: en realidad también el método científico es la aplicación al conocimiento cotidiano de una nueva forma de racionalidad basada en la curiosidad y la in- novación, en la cuidadosa comprobación de resultados bajo el arbitrio de jurados teóricos y empíricos y, ante todo, una racionalidad producto del trabajo cooperativo, aunque tam- bién competitivo y crítico. No hay diferencia entre tecnología

y ciencia respecto al método: las tecnologías surgen de la in-

novación de nuestros sistemas de transformación del medio, en particular, en el momento en que se acepta la idea de que el mundo puede ser transformado de muy diferentes formas para satisfacer nuevas necesidades. Son los mismos orígenes ideológicos que los de la cien- cia: los que encontramos en Bacon, en Descartes, en las uto- pías renacentistas y, en general, en todos los movimientos de renovación social. No es casual que sea la Revolución France-

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sa la primera institución de formación tecnológica.J2 Ambas, la ciencia y la tecnología, son producto de un proceso de ins- titucionalización y división del trabajo.t ' Pero la tecnología, a diferencia de la ciencia, tarda aún varios siglos en consti-

tecnológica de la acción. Las técnicas surgen de las artesanías.

la gran industria. La tecnología significa el paso de un modo simple de comportamiento racional a un complejo institucio- nal en el que la planificación, la innovación y el control ya no son patrimonio de personas particulares sino en cuanto éstas

tuirse socialmente a pesar de que las expectativas sociales no le pueden ser más favorables. Su despegue definitivo exigirá que maduren ciertas condiciones circunstanciales: tiene que acumularse antes un amplio conjunto de técnicas sobre el que construye el acceso al estadio superior de la planificación

Artesanos inquietos que buscan nuevos métodos, inventores

forman parte de instituciones. Lasdiferencias están en la escala, en la división social del trabajo, en la composición de los pIa- nes, en el conocimiento incorporado y en la complejidad del sujeto que produce la tecnología. Este cambio estuvo profundamente relacionado con la emergencia de la actividad del diseño. El diseño, que estudia- remos más adelante, implica un lenguaje abstracto simbóli-

1)

en

el sentido más folklórico del término, científicos interesa-

co, de dibujos y representaciones precisas que permiten

dos en mejorar sus aparatos de medida, todos ellos introdu- cen una dinámica de cambio en el pacífico mundo de la artesanía. Nacen las técnicas de la artesanía, en primer lugar, como innovaciones en busca de mejores resultados y, en se-

varias transformaciones en las técnicas artesanales. Recojo al- gunas que han sido señaladas en un lúcido artículo de David McGee aplicado a la arquitectura naval:

gundo lugar, como aplicación de ideas científicas. (Con la ciencia la relación es más compleja en los comienzos: son

2)

El artesano trabaja directamente con materiales, mien- tras que el diseñador lo hace con representaciones. El artesano tiene que ajustar las piezas una a otra por

muchas las leyes,naturales que se descubren a partir de las técnicas, e incluso alguna ciencia completa. Tal es el caso co- nocido de la termodinámica sobre la larga experiencia en in-

3)

un lento trabajo de modelado y acoplamiento: en el diseño se hace a través de la prefiguración de la forma exacta de las piezas. El diseñador puede modificar una y otra vez sus re-

genios de vapor [véase Cardwell].) La relación que existe entre la acumulación de descubri-

mientos técnicos y la tecnología es la misma que existe entre el conocimiento que se desarrolla mediante un ciego proceso de ensayo y error y el conocimiento científico maduro, organizado en complejos programas de investigación que articulan investi- gaciones de naturaleza muy diversa en periodos muy amplios.

presentaciones, el artesano solamente puede modifi- car los artefactos. Cuando se trata de algo tan grande como un barco de guerra, esta propiedad se convierte en una ruptura determinante. 4) El diseñador crea un lenguaje esotérico que exige nue- vas habilidades que ya no son solamente prácticas.

O si se quiere, también, en la relación del trabajo artesanal con

12 vérin estudia la emergencia de un nuevo tipo de actor social, el in-

geniero, en los siglos xvn y XVIII, siglos en los que se produce la revolución científica. Véase también Rogers. n Sánchez Ron realizó un buen estudio de la importancia que tiene la institucionalización tanto en ciencia como en tecnología.

Un diseño exacto y preciso permite cálculos matemá-

ticos y por consiguiente puede aplicarse la ciencia, cosa que no ocurre con la artesanía. En la revolución científica las matemáticas se convirtie- ron en el nuevo lenguaje de la naturaleza que permitió una nueva forma de pensar las leyes mediante modelos abstrac- tos que se aplican a muchos fenómenos de muy diversa natu-

5)

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raleza. Un modelo matemático de flujo de fluidos, por ejem- plo, se puede aplicar a las corrientes eléctricas en un medio conductor, al aire en la superficie del ala de un avión o al agua en una turbina. En la revolución tecnológica se produjo un proceso muy similar: los borradores y esquemas que usa- ban los artesanos, los mecánicos y los «ingeniatores. dan pa- so progresivamente a representaciones cada vez más precisas de los artefactos. Aparecen los planos: representaciones en las que cada parte del dibujo representa una parte de la má- quina, del barco o el edificio. Poco a poco aparece un len- guaje abstracto de representación: las piezas se dibujan en diversas perspectivas, se introduce el plano a escala, que per- mite medir con precisión la forma de las partes en el plano. El nuevo técnico puede ahora cambiar un papel, imagi- nar nuevas formas, corregir defectos, calcular resistencias y comportamientos sin necesidad de realizar el objeto. Un pla- no lleva tiempo, formación, horas de trabajo. Pero introduce un cambio sustancial: se mueve en un mundo abstracto que progresivamente se hace más concreto y termina (o no) en un artefacto concreto. McGee observa que en este proceso los intereses sociales y políticos pudieron ser importantes. Su ejemplo es el de la arquitectura naval militar en la Inglaterra del XVIII YXIX: el Parlamento quería buenos barcos para la Ar- mada pero no pagar más impuestos, de ahí la presión por calcular lo máximo posible el comportamiento de un barco antes de construirlo. Los arquitectos comienzan a desarrollar representaciones cuidadosas del casco y a calcular el compor- tamiento. Antes de 1860, observa McGee, apenas se puede prever más que los centros de gravedad, y apenas un poco del comportamiento dinámico. Pero aunque solamente fuera por reproducir los barcos cuyo comportamiento se mostró excelente, ya estaba justificado un lenguaje abstracto que ya no podían leer los carpinteros navales de los astilleros.!" Un

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ejemplo gráfico de este cambio lo muestran los varios casos en que alguna cultura sin medios industriales han reproduci- do objetos sofisticados como armas o automóviles. La repro- ducción se ha hecho mediante una costosísima reproducción exacta de cada una de las partes, sin mediación de planos y especificaciones técnicas. La habilidad técnica indudable de sus herreros solamente puede ejercerse mediante un derro- che increíble de tiempo, materiales y mano de obra. Pode- mos hacernos una idea de cómo el nuevo lenguaje abstracto implica una irreversible separación del mundo de la técnica artesanal y una organización social de la distribución del tra- bajo técnico. Concluyendo, la tecnología, sus instituciones, los siste- mas tecnológicos y sus productos, los artefactos, conforman un territorio cultural profundamente relacionado con la cien- cia, con las ciencias de la modelación artificial y con las téc- nicas, pero es un territorio que tiene una cierta autonomía en la historia, sus propias tradiciones y reglas.

DE lA DIVISIÓN E"mE LO NATURAL Y LO ARTIFICIAL

Algunos criterios de distinción

La distinción entre lo natural y lo artificial sigue siendo una de las cuestiones más debatidas y es una importante división que afecta a otras también muy importantes, como es la dis- tinción entre aspectos normativos y descriptivos. El caso es que, como tantas veces suele ocurrir, tenemos muy clara la división mientras nadie nos pregunte por ella. Necesitamos un criterio que cubra los casos paradigmáticos y que nos ilu- mine también en los casos difíciles.

seña contemporáneo. Véase Banharncomo una buena introducción a la

lOO

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ARTIFICI·AL.ES

Manue! Liz [véase 3] cree que no podemos encontrar un criterio claro. Si bien admite que lo necesitamos, piensa que cualquier criterio que adoptemos para dividir lo natural de lo artificial tendrá que usar otras dicotomías que él cree que son aún más confusas o están aún en mayor peligro. Por ejemplo, los objetos artificiales son objetos fabricados intencional- mente mientras que los naturales han sido producidos por causas. Pero si somos escépticos respecto a alguna de estas distinciones se pone rápidamente en peligro la posibilidad de establecer una distinción clara entre los dos mundos. Y de hecho es cierto que la dicotomía entre intenciones y causas es una de las más controvertidas de la filosofía actual, 15 por lo que no tendría mucho futuro e! proyecto de establecer una frontera seria entre objetos diseñados intencionalmente y los que no lo han sido. La estrategia de Manue! Liz es encontrar objeciones de este tipo para cualquier distinción posible, por lo que concluye que es un tipo de antinomia como las que denunciaba Kant, una distinción que estamos obligados a hacer pero que no podemos hacer. La conclusión es precipi- tada aunque sí es cierto que depende ~e otras distinciones, incluso distinciones problemáticas. Pero eso le ocurre a toda distinción conceptual: depende de otras distinciones concep- tuales. Lo incorrecto en e! esquema de Liz es que sospecha que la distinción debe demarcar dos mundos separados. No concibe que es una distinción entre e! mundo natural y una parte característica suya. Obsérvese en la figura las dos formas de distinguir lo na- tural y lo artificial: un criterio para demarcar lo artificial no es un criterio que separe lo artificial de lo natural, sino un cri-

15 Así,un filósofocomo Jaegwon Kim ha criticado lanoción de propieda- des funcionales y porextensiónde propiedades representacionales como pro-

piedades reales, puestoque no son propiedades causales. Sólo laspropiedades intrínsecamente causales son propiedades que conforman la arquitectura de la realidad, las demás son propiedades de segundo orden que no entendemos

bien hasta que no conocemos su basecausaL

Objetos naturales

Objetos

artificiales

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M U N D O S A R T I F I C I A L

Objetos naturales

FIGURA 1

o

Objetos artificiales

terio que establece qué partes del mundo natural son artifi- ciales. No siempre está clara esta idea. Así, José Sanmartín [2] afirma «La distinción, en suma, entre lo natural y lo artificial sue- le ser bastante sencilla. Loaproductosde.Ia.cultura. fácilmente identificables, se superponen ala-naturaleza, no.entran.a for- mar parte de ella» [2, p. 78]. Ocurre, sin embargo, que esa distinción tan fácil supone otra equivalentemente difícil, co- mo es la distinción entre naturaleza y cultura. No podemos referirnos fácilmente a ella sin una cierta sospecha de estar cometiendo un círculo. Tomemos pues e! primer candidato: objetos artificiales son objetos producidos porla cultura y objetos naturales son los produ- cidos por la naturaleza. Si tuviésemos un criterio claro de dis- tinción entre naturaleza y cultura, estaríamos ante una buena distinción entre lo natural y lo artificial. Por ejemplo e! crite- rio biológico de distinción entre naturaleza y cultura: natura- leza es la información transmitida genéticamente, cultura es la información transmitida no genéticamente [Mosterín]. El criterio es muy interesante pues se aplica a todos los casos normales, aunque tiene un problema de cierta gravedad: no nos permite diferenciar productos animales de productos humanos, pues, como muchos biólogos han estudiado [véase Bonner], son

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numerosas las especies que dependen para su supervivencia de técnicas y artefactos que son transmitidos culturalmente, por aprendizaje individual mediante imitación. Los felinos enseñan a sus crías a cazar, los chimpancés fabrican bastonci- llos para extraer termitas y pequeñas esponjas para empapar- las con el agua de los huecos de los árboles en las épocas de sequía. Si no observasen a sus semejantes hacerlo no lo apren- derían. Podemos decir que los animales fabrican artefactos y tienen técnicas, pero abandonamos entonces la intuición que respalda nuestro criterio, el que lo artificial pertenece al do- minio esencialmente humano. Un segundo candidato, que se acercamás a esta intuición, es

el criterio de intencionalidad: objetos artificiales son aquéllos pro-

ducidos intencionalmente. Es el criterio de Marx para diferenciar los productos del arquitecto de las construcciones de la abeja. El arquitecto se representa previamente lo que quiere realizar y ac- túa siguiendo un plan dirigido por esta representación. Como el anterior, también es un criterio intuitivamente aceptable y es- tablece una condición suficiente de la tecnología. Pero igual- mente nos deja sorprendidos ante muchos productos que ten- dríamos dificultades para calificar como tales. ¿Qué es lo que nos representamos?, ¿es el objeto?, ¿es su formal, ¿es su mate- ria?, ¿esel modo en el que llegamos a construirlo? Pensemos en un grupo de cazadores y recolectores que vuelve todas las tardes a su aldea. Se representan el final de su camino, se representan los paisajes que deben atravesar, quieren llegar del modo más sencillo y rápido y todos los días hacen el mismo trayecto. Elre- sultado es un sendero que es un subproducto de sus acciones intencionales, pero que en sí mismo nunca fue intentado como tal. ¿Sería artificial de acuerdo con el criterio de intencionali- dad? Y, por otro lado, observemos los instrumentos de piedra de las culturas de guijarros que realizaron homínidos anterio- res. Apenas podemos distinguir en ellos elemento alguno de ar- tificialidad, a pesar del duro esfuerzo que exigió su elaboración.

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ArtTIFICIALr.S

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Un tercer criterio es el criterio de control. No basta la in-

tencionalidad. El grado de artificialidad de un objeto lo produce el grado de control que tenemos sobre él. También es un criterio

intuitivo que identifica como artificiales los objetos paradig- máticamente artificiales. El reloj, por ejemplo, que desde el siglo XIV se convirtió en el objeto que apuntaba a la existencia de un constructor y diseñador. Pero igualmente nos deja sor- prendidos ante casos que no quisiéramos eliminar. El más claro son los grandes sistemas técnicos en los que se debaten las más duras controversias tecnológicas contemporáneas. Son objetos complejos, cuyas partes están controladas, pro- bablemente con el mayor grado de control que podamos imaginar, pero cuya composición ya no lo es. Precisamente las discusiones sobre riesgo aceptable en las nuevas tecnolo- gías provienen de esta razonable sospecha. 0, como ha anali- zado Javier Echeverría [véanse 1 y 31, las nuevas tecnologías de la acción y la comunicación a distancia, internet, por ejemplo, controlable en sus elementos, pero no en cuanto «objeto», mucho más parecido a un medio o a un paisaje. Los anteriores criterios establecen condiciones necesarias pero no suficientes para encontrar objetos artificiales. El cri- terio que propondremos establece una distinción desde den- tro: se trata de encontrar una propiedad que identifique una característica de nuestras técnicas y de los artefactos que fa- bricamos con ellas. Este criterio es la composicionalidad de las técnicas y los artefactos. Para desarrollar este concepto vamos a referirnos brevemente al modo en el que compren- demos sistemas complejos como los organismos o los arte- factos: la ingeniería inversa.

Paisajes de eficacia

La intencionalidad del diseño es un criterio que subraya el origen de los artefactos, el control se dirige al éxito en nuestra

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empresa, pero necesitamos alguna característica que dependa del propio objeto, algún criterio de artificialidad que depen- da del propio hecho de la técnica y sus resultados. Pues bien, una pista para este criterio nos lo facilita un conocido argu- mento antievolucionista que busca demostrar así la existen- cia de un creador del mundo y las especies:

Supongamos que, al cruzar un zarzal, mi pie tropieza con una piedra, y se me pregunta cómo esa piedra ha llegado hasta allí; probablemente podría contestar que, por lo que yo sabía, ha- bía estado allí siempre: quizá tampoco sería fácil demostrar lo absurdo de esta respuesta. Pero supongamos que hubiese en- contrado un reloj en el suelo, y se me preguntase qué había su- cedido para que el reloj estuviese en aquel sitio; yo no podría dar la misma respuesta que antes, de que, por lo que yo sabía, el reloj podía haber estado allí desde siempre.

Este argumento fue escrito por William Paley, en su Natu-

ral Theology - or Evidences of the Existence and Attributes of the Deity Co/lected from the Appearances of Nature, en 1802. Su ar-

gumento se basa en un argumento a la mejor explicación, que infiere que cierto grado de complejidad estructural en los efectos no sería posible sin cierto grado de complejidad es- tructural en las causas." Independientemente de que sea muy convincente como demostración de la existencia de Dios, sí es efectivo como criterio para delimitar el territorio que los sistemas biológicos comparten con los artefactos dentro de la naturaleza. Es un territorio en el que reinan la complejidad y

16 Sober [3, pp. 63 y ss.] estudia la estructura lógica de este argumento distinguiendo entre lo que es un argumento a la mejor explicación y lo que es una inducción: muchas de sus consideraciones están supuestas en la apli- cación que vamos a hacer a los objetos técnicos de la teoría de las funciones

biológicas. Otras consideraciones pueden encontrarse en Beth Prestan, 1998, quien compara eluso de la noción de función en los artefactos y en

los organismos. Manuel Liz dirigió mi atención a este trabajo en una prove- chosa sesión de discusión sobre la distinción entre artificio y naturaleza.

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el diseño. Los sistemas artificiales son un tipo específico de sistema que pertenecen al orden de lo complejo, un orden que podemos especificar así:

Sistemascausales> Sistemasbiológicos> Sistemas artificiales

No hemos resuelto todavía nuestro problema de encon- trar un criterio claro de «artificíalidad», pero hemos descu- bierto algo nuevo en la distinción entre naturaleza y artificio que emerge del argumento del relojero. Daniel Dennett [3] ha traducido esta tricotomía en esta dicotomía:

1) Orden: estructura física causal puramente nómica. 2) Diseño: estructura física causal que exige un tipo es- pecial de explicación. La idea es que ciertas estructuras en la naturaleza necesi- tan ser interpretadas y no meramente explicadas mediante un tipo especial de perspectiva que es la ingeniería inversa o perspectiva del diseño. No es suficiente conocer exhaustiva- mente el complejo causal de un reloj como lo haría un físico para saber que ese objeto es un reloj: necesitamos algunos hechos más. Laforma física solamente adquiere «sentido» so- lamente cuando adivínamos que un proceso sistemático ha organizado así la materia para que se realicen ciertas funcio- nes: la rueda de escape, el péndulo, los engranajes, la esfera y las manillas, etc. Imaginemos un ser de otro planeta (o un ar- queólogo industrial) que encuentra el reloj en la playa: debe «interpretar» las partes, la forma, como partes y formas ade- cuadas a ciertas funciones. Este proceso de interpretación que llamamos ingeniería inversa se somete a ciertos principios o presupuestos. El más importante es un supuesto de optimiza- ción de recursos: en el reloj no sobran tuercas, cada parte está ahí porque cumple una función en el sistema y si no, no esta- ría. El supuesto de optimización tiene un doble componente:

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un supuesto de buena estructura o de máximo en un paisaje de eficacia, y un supuesto de economía causal.

Principio de buena estructura: la relación estructura/función es la más simple y eficiente de las posibles

La buena estructura es relativa a un marco físico que constri- ñe las posibilidades: por ejemplo, el material del que está he- cho el reloj. En términos económicos significa que nos encontramos ante un óptimo que puede ser absoluto o rela- tivo, global o local. Podemos entender mejor esta idea en el marco del concepto de paisajes de eficacia. En el Colegio Ma- yor «Arzobispo Fonseca» de Salamanca se expone una precio- sa colección de relojes que abarcan los siglos XVI al XVIII. SUS formas, mecanismos y materiales varían enormemente: ma- dera, papel incluso, marfil, diversos metales y aleaciones. To- dos miden el tiempo pero lo hacen con diferente precisión, fiabilidad, robustez, etc. Algunos son más manejables y transportables que otros, unos sirven para el mar y otros para el bolsillo, otros son ornamentos domésticos. Hasta que no se ve la colección no se puede uno imaginar cuán grande es la variedad de formas de los relojes. Imaginemos ahora que tenemos una cierta forma de medir su valor de eficacia.'? No nos importa si es fácil o no hacerlo o si la eficacia es una pro- piedad singular o el resultado de un complejo multidimen- sional de otros valores. A cada reloj le podemos dar un valor de eficacia y representarnos de forma abstracta el espacio en el que se expone la colección, una preciosa sala del XVI, como un espacio geométrico en el que cada punto representa el va- lor de eficacia. Las trayectorias en el espacio podemos consi- derarlas como paseos por la habitación explorando las varias soluciones al problema de medir el tiempo. Pensemos ahora en una sala borgiana infinita en la que estuvieran expuestos

17 Véase en el capítulo siguiente la propuesta por Quintanilla [4}.

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todos los relojes posibles, algunos de ellos existentes, algunos que nunca existirán, otros que se han perdido para siempre. Su representación geométrica configura un paisaje de eficacia y las trayectorias de un punto a otro podemos entenderlas co- mo paseos de exploración en este paisaje de eficacia, como exploración en el horizonte de posibles diseños de relojes.l" El principio de buena estructura nos dice que los objetos que encontraremos ahí constituyen máximos locales en la eficacia funcional: relojes que funcionan o han funcionado, aunque no sean los mejores posibles, pero sí mejores que cualquier otra configuración de partes, de tuercas, tornillos y volantes que podamos hallar en los alrededores cercanos de este espacio.

Supuesto de progreso de las trayectorias adaptativas: las tra-

yectorias históricas siguen la línea de aumento del valor de eficacia

No hay milagros en la historia de los artefactos. Los organismos y artefactos nacen después de largos procesos de adaptación en el que la selección natural, en un caso, la inteligencia en otro, van mejorando las partes o inventando nuevas."? Los diseños con buena estructura que han producido la forma y la arquitec- tura funcional de un artefacto exploran las trayectorias en el pai- saje de eficaciayfie suceden en la historia «subiéndose» a las al- turas de eficacia de los diseños anteriores. De manera que las

18 La teoría de los paisajes de eficacia ha sido desarrolladapor los teó- ricos de la complejidad del Instituto de Santa Fe: Kauffmann, Kauffmann y Levin, Cowan, Pines y Meltzer (comps.). Dennett 3 discute el significado

filosófico de estas propuestas. En español se encuentra ya abundante bi-

bliografía sobre este tema. Como introducción es interesanteel libro colec-

tivo de entrevistas La tercera cultura, Barcelona: Tusquets. 1997.

1<) En los dos capítulos siguientes trataremos del proceso de diseño y de cómo se producen los cambios que realizan estas líneas de progreso. El principio que consideramos aquí es solamente un principio metodológico que debe desarrollarse en una más amplia teoría del cambio técnico.

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trayectorias posibles, nos dice este principio, se restringen a aquellas que siguen la dirección del diseño adaptativo. En la evolución de los organismos se traduce en el principio de que la adaptación es una (quizás la más importante) de las fuer- zas evolutivas, en los diseños artificiales se traduce en el princi- pio de que el artefacto se ha producido racionalmente siguien- do un plan, y que los cambios han seguido la línea de aumentar la eficacia de los artefactos anteriores. Estos dos principios se aplican a todos los sistemas dota- dos de diseño, sean sistemas naturales o sistemas artificiales. Son dos supuestos metodológicos que nos permiten aplicar la estrategia interpretadora que llamamos de ingeniería in- versa: decodificamos las partes, la forma, la materia de los or- ganismos y sistemas bajo la hipótesis de que cumplen una función, y que el hecho de que la cumplan explica que esa parte, materia o forma esté ahí. Insisto en que son principios metodológicos. Como tales, son análogos al principio de causalidad que aplicamos al estudiar las regularidades físicas del universo: suponemos que la realidad está dotada de una estructura causal-? y, como también ocurre en nuestras conje- turas sobre los mecanismos causales naturales, podemos equivocarnos, lo que hemos tomado por una relación causal bien puede ser una relación contingente, casual. Lo impor- tante es que sin suponer que el mundo tiene una estructura causal no investigaríamos científicamente nada, del mismo modo que sin suponer estos principios racionales de diseño no lograríamos comprender los artefactos, ni siquiera los más cotidianos como la cuchara o el tenedor, ni tendría sen- tido la ingeniería como una profesión racional. Repárese en que todavía no hemos distinguido los arte-

20 Obsérvese la diferenciaentredos regularidades: «no existe una esfe- rade oro del tamaño de la Tierra» y «no existe una esferade uranio del ta- maño de la Tierra». La primera es una meraregularidad, la segunda es una ley causal: está prohibida por las disposiciones causalesdel uranio.

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factos de los objetos naturales, pero ya hemos logrado distin- guir un grupo formado por organismos y artefactos de los sis- temas causales. Ambos son sístemas funcionales, son producto de una trayectoria pasada cuyo resultado es un buen diseño. Todavía tenemos que añadir una nueva característica en común de los organismos y los artefactos: su complejidad funcional.

La complejidad funcional

Los artefactos y los organismos son sistemas funcionales, en los que la conducta de las partes es interdependiente y sólo mediante esta interdependencia podemos caracterizar su complejidad. Una montaña tiene partes, pero no tiene com- plejidad funcional. La complejidad que encontramos en la naturaleza de los organismos y artefactos técnicos tiene un doble componente: el primero es la heterogeneidad de las partes, el segundo elemento es la composicionalidad. La hete- rogeneidad se refiere a la variedad de tipos y categorías que encontramos en los elementos constitutivos de un sistema

complejo. En algún nivel de la estructura de un sistema debe- mos encontrar heterogeneidad: puede ser en el nivel de los materiales, puede ser en el nivel de las formas, pero con ele-

mentos homogéneos

La composicionalidad.se refiere al hecho de que tanto los or- ganismos como los artefactos son sistemas que muestran una ilimitada variedad de formas construida con elementos fini-

tos. Este hecho se debe a que combinaciones diferentes de elementos, siguiendo pautas y constricciones apropiadas nos permiten construir elementos completamente diferentes. Un reloj está formado por elementos muy simples, como ruedas dentadas, muelles o contrapesos, palancas, etc., los mismos elementos organizados de otra forma nos permiten construir objetos completamente distintos: una máquina calculadora

no, encontramos un sistema complejo.

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por ejemplo. En el Science Museum de Londres se exhiben modelos mecánicos de las primeras máquinas de computa- ción de Charles Babbage.?' Si uno observa estas máquinas podrá notar que la complejidad de las máquinas calculado- ras es solamente producto de la composición ordenada de ruedecillas dentadas. Algo tan complejo como los cálculos diferenciales puede nacer de algo tan simple como las ruedas dentadas. Es el poder de la complejidad. La complejidad se produce en tres niveles: la materia, la forma y la conducta de las partes.

Complejidad material La vida está formada por un complejí- sima arreglo de unos pocos materiales básicos que están ahí desde el principio de la vida. Los cuatro nucleótidos, adeni- na, guanina, citosina y timina, se combinan y a través del ARN, formado también sólo por cuatro componentes (sustitu- yendo la timina por otra pirimidina, el utracilo) codifican veinte y sólo veinte aminoácidos. Toda la vida sobre la tierra está constituida por esos elementos tan simples. Pero los vein- te aminoácidos se combinan en cadenas de cientos de ele- mentos que llamamos proteínas y que están codificadas en cadenas de «letras» del código genétíco.P Toda la complejísi- ma variedad de la vida se sostiene sobre una sorprendente- mente pobre variedad de elementos componentes. En el caso

21 Charles Babagge (1792-1871) fue un matemático inglés al que

se considera el padre de la computación mecánica. En 1822 construyó

una calculadora mecánica. En 1823 comenzó un nuevo modelo con el

apoyo del gobierno que habría de constar de 25 mil piezas, de las que lo- gró montar dos mil de ellas en 1832. No consiguió el apoyo necesario para otro tercer modelo que diseñó en 1847. En 1991 Doron Swade consiguió

reconstruir una máquina en el Museo de la Ciencia que funcionó exito-

samente. 22 Hofstadter [cap. 16} es una magnífica e insuperada demostración del carácter de código que tiene el código genérico. El hecho de que las ri- bosimas hayan fijado la sisternaticidad (semántica) del mapa de las «pala- bras» de ADN en aminoácidos específicos y las cadenas de ARNen cadenas de

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de los artefactos el cambio técnico a diferencia de la vida sí ha implicado un cambio en los materiales básicos. Hace un millón de años los utensilios de nuestros antecesores fueron cinco materiales básicos: madera, hueso, piedra, cuerno y piel. En el neolítico la gama se enriqueció con materiales ani- males, como la lana, fibras vegetales y con minerales, como la arcilla, posteriormente le tocó el turno a los metales. Ac- tualmente, quienes han intentado contar los materiales dis- ponibles hablan de 70000, pero especulativamente [véase Manzini, pp. 37-39] porque nadie sabe cómo hacerlo. Los pri- meros automóviles empleaban menos de cien materiales diferentes, hoy posiblemente más de cuatro mil [véase Man- zini, p. 38]. El diseño no es ya sólo reordenación de la forma de los materiales, sino búsqueda y «diseño» químico de nue- vos materiales de manera intencional.

Complejidad formal Podemos entender la forma en un sen- tido estricto como forma geométrica del material o en un sentido muy lato del término forma, que alcanzaría hasta los elementos simbólicos de los programas de ordenador. Aun- que en un sentido profundo no hay tantas diferencias como cabe pensar: dos símbolos básicos de un ordenador sola- mente son distinguibles por su forma, Si los objetos físicos, las configuraciones de las puertas de los microchips no reco- nocieran la forma física, no reconocerían tampoco la infor- mación transportada. Nuestra era de la información es sobre todo una era de manipulación y equivalencia de formas: la información puede viajar de los circuitos eléctricos de un mi- crochip a 'las capas de un disco óptico ya los pulsos electro- magnéticos de una fibra óptica para terminar en los pulsos mecánicos de un altavoz, a causa de la posibilidad de inter- conectar y construir equivalencias en las formas de los mate-

aminoácidos es una especie de accidente congelado que caracteriza a la vi- da, a toda la vida sobre la Tierra.

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riales. Como el hecho de la información nos informa, la rela- ción entre materiales y formas es múltiple: un martillo es una forma (o una pequeña variedad de formas) hecha de nume- rosos e ilimitados materiales. La evolución de los materiales puede ir en direcciones nuevas: búsqueda de materiales que soporten formas muy diferentes, plásticos, aleaciones, cerá- micas nuevas.P Una máquina compleja es un complejo de formas elementales cuya conducta depende de la composi- ción anatómica de las partes. Varíese la composición formal y la máquina variará de conducta o simplemente no tendrá conducta alguna.

Complejidad funcional Lasfunciones son conductas de las par- tes de un sistema que explican la existencia de esa parte. En realidad tenemos dos nociones de función que han producido numerosas discusiones a lo largo de la reciente historia del con- cepto: 24 la noción sistémica que recoge nuestro supuesto de buena estructura, es decir,el que las partes se conduzcan de ma- nera que la conducta total del sistema sea óptima, y el históri- co, que recoge nuestro supuesto sobre la adaptación, a saber, que el hecho de que haya sido beneficioso o adaptativo explica por qué está ahí ese componente. El lector puede realizar un

23 En19991a prensaespañolase hizo eco del centenario del nacimiento

de Eduardo Torroja (1899-1961l, una de nuestras glorias de la ingeniería: fue

un maestrode las estructuras de hormigón y del diseño de arquitecturas y cu- biertasque eliminaron la tradicional separación en las cubiertas y bóvedasde dos materiales, uno estructural y otro de cerramiento. Diseñé láminasde pe- queño espesorque realizaban las dos funciones. Losdiseños de TOIToja son

uno de los grandes ejemplos de esta línea de la evolución de materiales: la

búsqueda de materiales plásticos que integren la forma y la función, que muestrenlacomplejidadfuncionalporqueson capaces de asimilar múltiples formas, paralela a la diversificación de materiales. 24 ABen, Bekoffy Lauder (comps.) es una recopilación casi exhaustiva de todas las perspectivas relevantes sobre la noción de función. Para cual- quiera interesado en la noción de diseño se trata de una «biblia» que debe serleída y cuidadosamente meditada.

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«sencillo» ejercicio para entender la complejidad funcional: in- tente desarmar y volver a armar uno de los viejos despertadores. Si al volver a armar el mecanismo le sobran piezas, entenderá rápidamente esta relación: la pieza estaba en su lugar porque cumplía su función. Si no, no estaría. Lacomplejidad funcional está expresada en lo que constituye la arquitectura funcional del organismo o del artefacto, su diseño, que debe recoger en un so- lo plan los tres niveles. Las mismas funciones pueden ser realizadas por formas muy diferentes, como las formas pueden conformar materia- les muy diferentes. También es una característica que tienen en común los artefactos y los organismos. Obsérvese la función de «volar», moverse por el aire como medio: los pájaros lo hacen mediante las alas, los murciélagos mediante membranas en sus dedos, las ardillas voladoras mediante pliegues en la piel, los peces voladores mediante aletas [véase Dawkins 2]. Las cau- sas por las que evolucionan las funciones no siempre son las que hacen evolucionar las formas." Este convencimiento ha cambiado sustancialmente el evolucionismo como marco conceptual: no puede ya emplearse como sustrato básico para funcionalismos ingenuos, como les ocurrió a varias corrientes antropológicas y sociológicas. También y sobre todo en los ar- tefactos, se instauran procesos de cambio técnico desigual: los materiales, las formas y las funciones tienen sus'propios ritmos de cambio, aunque haya interacciones entre ellos. Lacompleji- dad de cada uno de los tres niveles de realización sostiene for- mas de inercia específica. Por razones que es interesante estu- diar, la vuelta a materiales, formas y funciones anteriores se produce con regularidad sorprendente: en la época de la cons- trucción en acero se construyen catedrales neogóticas, en la épo- ca de los desastres ambientales se rodean las habitaciones de

,

25 Las discusiones sobre la relación entre las formas y las funciones queda dignamente representada en estas antologías: Sober 4, Rose y Lau-

der, Ridley.

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madera, en la época del Estado laico los museos y los estadios recuperan la función del templo.

La instrumentalidad de segundo orden y la naturaleza de lo artificial

Es precisamente la comunidad de propiedades que compar- ten artefactos y organismos lo que nos permite establecer una característica específica de las técnicas humanas. Se basa en la correlación que existe entre la complejidad de los arte- factos y la complejidad de las causas. Son muchos los anima- les que disponen de técnicas, es decir, de patrones estables de conducta que transforman el medio, y son también muchos los animales que fabrican artefactos. Sabemos que las dos es- pecies de chimpancés fabrican auténticos instrumentos [véa- se Gooda1l3, Mosterín, Gibson e Ingold]. Fabrican pequeños bastones con los que hábilmente extraen las termitas de los termiteros, y estos bastones tienen formas específicas que va- rían de cultura a cultura, fabrican pequeñas esponjas de fi- bras con las que extraen agua de los huecos de los árboles en los meses de sequía, fabrican nidos en los árboles, y si no aprenden a hacerlo, como ocurre con los chimpancés criados en cautividad, son incapaces de sobrevivir. No son las técni- cas, no es la instrumentalidad lo característico de la técnica humana. Es el hecho de que sean composicionales de segun- do orden, que solamente puedan ser producidos mediante racionalidad instrumental compleja. El antropólogo Steven Mithen ha propuesto que emplee- mos este criterio para reconstruir la historia de la mente hu- mana. Pues bien, hay un salto cualitativo en la evolución cuando se comienzan a construir instrumentos para fabricar ins- trumentos. Hoy sabemos que la cercanía de la inteligencia de los chimpancés a nuestra especie es muchísimo mayor que la que existe con el resto de las especies. Lo mismo ha ocurrido

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con otras varias especies con las que hemos convivido. Pero el cambio cualitativo ocurre cuando se produce la composi- cionalidad de segundo orden en el diseño de instrumentos. Desde los primeros momentos de la especie encontra- mos algunos artefactos simples que solamente se pudieron haber producido mediante técnicas complejas: las hachas de piedra. Las hachas de piedra sólo se pueden fabricar habien- do fabricado antes instrumentos de piedra o hueso para obtener lascas, o instrumentos de pulido. Tenemos posterior- mente ya artefactos que tienen complejidad en los tres nive- les: una lanzadera de azagayas, con las lanzas, el instrumento esencial de caza del Paleolítico, muestra heterogeneidad de materiales: piedra, madera, fibras vegetales, complejidad de formas y complejidad funcional: hay que usar dos basto- nes, uno como lanzadera, con una forma especial de apoyo, otro como soporte de la punta para formar la lanza. Los ins- trumentos para fabricar instrumentos, las técnicas que hacen posible otras técnicas denotan instrumentalidad de segundo orden. No es el tejer telas de lino lo que hace de los humanos una especie técnica, es el plantar campos de lino para tener materiales disponibles. Sólo los humanos de entre las es- pecies supervivientes parecen haber tenido esta capacidad estratégica.

,, y ahora ya podemos volver sobre los criterios de división entre lo natural y lo artificial: la cultura, la intencionalidad, el control no son suficientes." Esnecesario cierto tipo de cul- tura, de inteligencia e intencionalidad, de control, para que existan técnicas y sistemas artificiales. La cuestión ahora es:

¿cuáles son las condiciones de inteligencia y cultura que ha- cen posible los artefactos y las técnicas cómposicionales de segundo orden? Es necesaria la intencionalidad estratégica:

26 Insisto en que mis críticas a los criterios que hemos examinado se refieren a que son insuficientes. En lo demás acepto que se trata de caracte-

rísticas necesarias que investigan propiedades profundas de los artefactos.

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acciones compuestas en planes, es necesaria una cultura con suficiente división social del trabajo, es necesario el control parcial de los productos: es necesaria y suficiente la existencia de diseños, la acción planificada y cooperativa. Un brevísimo caveat: alguien podría aducir que los orga- nismos también tienen «diseño». Desde hace dos siglos la existencia de un «plan» de formación del organismo es la gran fuente de resistencias al evolucionismo. Y es cierto que hubo un salto cualitativo en la historia cuando aparecie- ron ciertos genes y adquirieron una función controladora del desarrollo: hay organismos porque los genes se «expresan» ordenadamente. Pero no hay composicionalidad de segundo orden que se sustente sobre la intencionalidad estratégica. La intencionalidad estratégica exige fabricar instrumentos para fabricar partes, es una composicionalidad que exige evolu- ción cultural, el que los «mernes-.t? los patrones de acción sometidos a transmisión, imitación y cambio, sean también composicionales, Es precisamente lo que ocurre cuando apa- recen los diseños.

DISEÑANDO MUNDOS AlrnFICJALES

La racionalidad práctica, individual o colectiva, no se reduce a un cálculo de consecuencias de acciones tomadas una a una y concebidas atómicamente. La racionalidad se predica de grandes conjuntos de acciones articuladas en forma de proyectos. Incluso las acciones más triviales como ir al cine o hacer una tortilla exigen la formación de microproyectos, tal

27 La noción de «meme» fue inventada por Richard Dawkins como análogo del gen. Es un patrón de conducta o una idea que se transmite por imitación y que se reproduce en la medida en que supone algún beneficio

o placer para el imitador. La cultura, según Dawkins, es el conjunto de me- mes que adopta cada población en la historia.

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como se ha encargado de mostrar la psicología cognitiva y la inteligencia artificial. Comprendemos el mundo y actuamos sobre él mediante esquemas y patrones que nos remiten unos a otros: el patrón general «ir al cine» activa otros como «mirar la cartelera», «buscar un autobús», quizá «llamar a un amigo» 28 Estas redes de esquemas y guiones forman el tras- fondo del que está hecha nuestra experiencia vital. Con más razón, la forma sofisticada de racionalidad que ejemplifica la tecnología no puede reducirse a unidades tan pequeñas co- mo las que están implicadas en la concepción tan extendida del razonamiento instrumental medios-fin aplicado a la ac- ción. y además no debemos olvidar el carácter colectivo y cooperativo del sujeto de la investigación, la aplicación y el desarrollo tecnológicos. Las comunidades de ingenieros que trabajan en laboratorios, empresas Yotros centros de investi- gación y producción sostienen una compleja estructura de relaciones sociales y de división del trabajo. A su vez, los re- sultados de su trabajo se organizan en grandes unidades que estructuran otras más pequeñas. Llamaremos a las unidades más grandes proyectos tecnológicos y a las unidades más peque-

ñas diseños tecnológicos.

Un diseño es un plan de acción cuyo resultado es un ar- tefacto o sistema artificial (a propósito dejamos a un lado el interesantísimo problema de cómo delimitar los sistemas naturales de los artificiales). La estructura de este plan es compleja, pues, como más adelante veremos, no puede en- tenderse simplemente como una secuencia jerarquizada li- nealmente de órdenes y fines.

28 El de R. Schank y R. P. Abelson es uno de los libros ya clásicos sobre la relación entre la acción en forma de planes y la comprensión de la reali- dad. La filosofía, salvo en algunos trabajos muy técnicos dentro de la filo- sofía de las ciencias cognitivas o del lenguaje, no ha desarrollado aún el potencial que significa esta manera de ver la relación entre el pensamiento, la acción y la realidad.

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Losproyectos son grandes unidades que perviven a lo largo de la historia. Contienen fases de investigación y fases de apli- cación y desarrollo. Constituyen el marco en el que tiene senti- do la evaluación de las tecnologías. Losdiseños tomados uno a uno pueden ser aceptados o rechazados, corregidos o sustitui- dos por otros nuevos a los que se añaden innovaciones locales o totales. Es también a escala de proyectos como podemos medir el alcance y el efecto social de la tecnología o comparar proyectos alternativos que persigan similares resultados. Por ejemplo, dos proyectos diferentes de tecnologías biológicas que pretendan adecuar característicasfenotípicas de cierta especie a las necesidades humanas: uno, el tradicional, basado en la ge- nética de poblaciones y el perfeccionamiento por selección, yel otro, basado en la identificación de genes de ruptura de la ca- dena ADN y reproducción del gen en un organismo. 0, por ejem- plo, dos proyectos de simulación del pensamiento inteligente, uno basado en el perfeccionamiento de programas que se implementen en los medios existentes en la actualidad, y otro basado en la construcción de ordenadores con nuevos materia- les orgánicos que simulen el comportamiento neuronal. Estos grandes proyectos constan de multitud de diseños que son sus- tituidos y perfeccionados, sea en la fase de investigación como modelos que se corrigen antes de ponerse en práctica, sea en la fase de aplicación a partir de las deficiencias o problemas ob- servados. Los diseños cumplen en las tecnologías una función si- milar a la que las teorías cumplen en la ciencia. En esencia se trata de una secuencia de operaciones con el resultado de un objetivo prefigurado previamente. Consta de órdenes de ac- ción o de preposiciones nomopragmáticas con una estructu- ra articulada compleja. La estructura proposicional tal vez podría hacernos llevar la analogía más allá del nivel metafó- rico, pero la lógica de la tecnología es muy diferente de la de la ciencía; se mueve dentro del mundo de lo artificial. para distinguirlo de los otros mundos.

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La arquitectura funcional de un diseño

Un diseño se define por su arquitectura funcional: un plan de acción siempre se forma mediante una descripción funcional que es independiente del medio o del sistema físico que lo rea- lice o ponga en marcha. Tomemos por caso una máquina que, como cualquier otra, tiene por objeto una forma determinada de transferencia o transformación de energía: el diseño es el plan cuyo objetivo final es la realización física de esa máquina y su funcionamiento con el grado de eficiencia previsto. Al di- señar un artefacto establecemos mediante mapas, cálculos acer- ca de los materiales, diagramas de flujo, etc., la conjetura de que el artefacto es posible. Es esencial que este diseño, presentado en diversas formas y modalidades de proyecto, sea traducible, en una primera aproximación, a una secuencia de objetivos par- ciales que habrán de constituir los componentes de un plan ge- neral de acción. Estos subplanes, a su vez, se pueden describir de una manera meramente funcional -en el diseño de una máquina, por ejemplo, los diversos componentes forman a su vez objetivos de diseños que, por tanto pueden comenzar a representarse funcionalmente-. La organización del plan se va haciendo progresivamente más y más precisa hasta que la descripción funcional se convierte en reglas de procedimien- to fundamentadas en el conocimiento científico de las leyes que rigen los materiales y los sistemas físicosconcretos con que trabajamos. La estructura de un diseño, tal como lo hemos represen- tado, es la de un árbol jerarquizado de planes formado por reglas que contribuyen a la consecución de objetivos que pueden entenderse como nudos de la red que articula el ár- bol."? Esta primera aproximación a la arquitectura de un di-

2~ En el siguiente capítulo modificaremos esta idea de la estructura del diseño como árbol para acercarla a la realidad práctica, y hablaremos más bien de retículos.

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seña nos muestra, como es fácilmente observable, una forma de razonamiento instrumental simple y lineal: los objetivos están prefijados y el conocimiento disponible nos permite establecer, en principio, la fundamentación de las operacio- nes. El modelo admite una representación formal mediante el espacio de estados determinado por las propiedades rele- vantes del sistema concreto que queremos transformar. Un diseño, en esta primera aproximación, constituiría la elec- ción de un camino entre los diversos estados posibles. La elección determina los fines del proceso y los cambios de es- tado son causados por la intervención de un agente intencio- nal, bien directamente o mediante el uso instrumental de un artefacto. Un diseño, tal como nos aparece en este modelo, podría ser realizado y ejemplificado por algún programa experto de inteligencia artificial: un jugador de ajedrez, por ejemplo. Es- te concepto de diseño es correcto en esencia pero, si conside- ramos que la racionalidad tecnológica es una propiedad muy sofisticada de sistemas de acciones colectivas, el modelo nos resulta excesivamente simple. No contempla varias cuestio- nes que deberían ser tenidas en cuenta. En primer lugar, el hecho de que la transformación de un sistema de un estado a otro, cuando la transformación es el resultado de una acción intencional, no depende solamente de posibilidades legales, ni siquiera del conocimiento o las intenciones del agente sino también de sus capacidades prác- ticas para llevarlo a buen término. En realidad se trata de un caso de un problema más general que debe tenerse en cuenta en el diseño, a saber, la existencia de recursos suficientes para la realización del plan. Una primera corrección que debere- mos imponer a nuestro modelo es que el diseño debe tener en cuenta ciertas condiciones de ligadura que no dependen de la estructura interna del producto sino de sistemas exter- nos que interaccionan con él. Ligado el problema que plan- tean las interacciones con el medio sobre el que debe actuar

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el plan de transformación, nos encontramos con la existencia

de obstáculos que en muchos casos no son predecibles, de modo que el plan debe contemplar mecanismos de reacción ante las dificultades y los obstáculos. Un obstáculo en la rea- lización de un plan impone al agente la tarea de razonar ha- cia atrás buscando, entre los medios disponibles, un nuevo fin parcial no formulado antes en el plan: el de la superación del obstáculo. En tercer lugar, el diseño tiene que enfrentarse

a un problema más arduo: hemos supuesto hasta el momen-

to que siempre es posible no sólo formular, sino hasta jerar- quizar los diversos objetivos que constituyen los varios estadios de la acción. La tecnología, sin embargo, como cual- quier otra forma de acción, tiene que enfrentarse al hecho de que muchos objetivos, y por consiguiente los planes asocia- dos a ellos, entran en relaciones de solapamiento, oposición y, a veces, cooperación. El hecho de aumentar la seguridad de un mecanismo puede afectar su eficiencia o su costo, el dise- ño más perfecto puede no ser el más comerciable, etc., la competencia entre objetivos, la vieja decisión entre cañones y mantequilla es el primer problema que se aprende en los ma- nuales de teoría económica. Es también el primer problema de teoría del diseño.

Las posíbilidades pragmátícas: la tecnología en la historía de la humanídad

La idea de diseño ejemplifica dos elementos diferentes: la complejidad estructural de los artefactos y la racionalidad es- tratégica de quienes los producen. Esta doble dimensión nos permite una nueva forma de mirar la tecnología en la histo- ria, el qué es y qué es lo que la hace valiosa, si es que hay algo. Y de esta forma contestar a la pregunta a la que hemos dedicado este capítulo, ¿qué característica o características definen la tecnología y sus productos?

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Como se dijo al comienzo, esta pregunta, aplicada a cual- quier campo de la cultura, nos permite clasificar una región con cierta autonomía, la literatura, la religión, la ciencia. Por ejem- plo, en la ciencia consideramos las teorías valiosas por su con- tenido empírico o clase de estados que las teorías explican y predicen. El contenido empírico de una teoría científica al ser formulada consiste en un conjunto de estados que, según las le- yes de la teoría, son posibles. En la tecnología el contenido de un diseño tecnológico (en el momento de su formulación) también determina un conjunto de estados posibles. Son los estados de los sistemas que abarca esa particular tecnología, sistemas que cumplen la misma función que los modelos físicos de una teo- ría. Los diseños tecnológicos, a diferencia de las teorías científi- cas, abren una clase de posibilidad diferente: la posibilidad pragmática. Una tecnología en general y un diseño en particu- lar delimita un conjunto de estados y cosas pragmáticamente po- sibles. A diferencia de lo que ocurre con las teorías científicas, que establecen leyes indiferentes a nosotros, las posibilidades pragmáticas son relativas a una cultura, a un grupo humano en una situación determinada. Para situar adecuadamente el lugar de la tecnología es conveniente tratar, aunque de forma no téc- nica, ciertas nociones de posibilidad [véase la figura 21·

Posibilidades ffsicas

posibilidades pragmáticas
posibilidades
pragmáticas

FIGURA 2

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