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APERTURA II BOULEVARD ANIMALISTA, 2010

Vivimos en una Sociedad en la que la protección hacia los


niños es un asunto que está presente tanto en las leyes y
códigos de conducta como en la boca de los políticos, de los
responsables de las fuerzas de seguridad, de los
profesionales de la enseñanza o de la medicina y en
definitiva, de todos aquellos que tienen algo que aportar al
especial cuidado que merecen los más pequeños por su
vulnerabilidad ante las posibles agresiones, físicas o
psíquicas, de las que puedan ser víctimas.

Esa es la teoría. Hermosa, moderna, efectiva en apariencia


y cómo no, suficiente para alimentar la autocomplacencia
de quienes tienen la obligación de velar por el amparo que
a estos seres se les ha de dispensar. La práctica, sin
embargo, no resulta tan idílica, y la realidad nos trae cada
día ejemplos de cómo sus ojos infantiles son testigos de la
violencia, del abuso, de la explotación y hasta del
asesinato. Y no sólo por parte de individuos cuya brutalidad
se ejerce al margen de la ley, sino – y eso es lo más terrible
– practicada de forma lícita y con la connivencia de buena
parte del poder, de los medios de comunicación y de
numerosos ciudadanos.

Así es, los niños crecen familiarizándose con el sufrimiento


y con la muerte continua de millones de animales
provocada por el ser humano de millones de animales, y el
que sea un hecho repetitivo, aceptado por la sociedad,
autorizado y generalmente, no aborrecido de forma
explícita por sus padres, por sus profesores o por los
referentes infantiles del momento, implica que una acción
perversa como lo es el infligir padecimiento o arrebatar una
vida, lo asuman los más jóvenes como una necesidad,
diversión o incluso como un acto educativo, negando con
ello el reconocimiento de los derechos fundamentales de
esas criaturas sometidas por el hombre y arrogándose, por
lo tanto, la capacidad de imitar a su vez las conductas que
vieron en sus mayores. La violencia forma parte,
incomprensiblemente, del modelo de aprendizaje existente
en el Siglo XXI.

Cada vez que un niño acude a una corrida, a un encierro, a


un espectáculo con vaquillas o con toros embolados,
lanceados o ensogados, a una cacería, a un circo con
animales o a un zoológico, estamos inculcándole un
especismo que le hará pensar que la pretendida
supremacía del ser humano es una bula para dañar o matar
a los miembros de otras especies; le estamos endureciendo
para aniquilar en él cualquier atisbo de piedad futura hacia
esas criaturas; le estamos adoctrinando para que crea que
causar dolor, encerrar o matar no es un acto malo en si
mismo, sino que depende de la racionalidad de la víctima. Y
al final, como ocurre siempre, la interpretación subjetiva de
las enseñanzas hará que algunos marquen el límite de esa
violencia que les hemos hecho concebir como buena en los
animales no humanos, mientras que otros, darán un paso
más y la ejercerán también contra sus semejantes. Los
anales del crimen son abundantes en casos que
demuestran como este salto es una realidad frecuente.
Algunos estados han tomado ya medidas. España no lo ha
hecho.

¿Protección de los menores? Pura hipocresía. No sólo


estamos instalando en sus conciencias infantiles el germen
de la crueldad para con otros seres, sino que además
somos responsables de que todos los años, varios niños
mueran o resulten gravemente heridos en el transcurso de
estas demostraciones de ferocidad hacia los animales. Los
encierros y la caza ostentan el despreciable primer puesto
en esta sangría de menores, y cada cierto tiempo hemos de
saber cómo muchachas y muchachos que apenas
comienzan a vivir, son atravesados por pitones o
reventadas sus entrañas de un disparo, y todo porque sus
padres quisieron hacerles partícipes de un episodio de
violencia con animales, mientras los políticos consienten y
se curan en salud declarando el profundo pesar que les
aqueja por lo que siempre denominan: “un fatal accidente”.

Pero no es un accidente. Es la consecuencia lógica de unas


prácticas en las que lo único cierto, es que el padecimiento
y la muerte son los principales protagonistas. Las del
animal siempre, las de los niños en ocasiones. Sin embargo,
y aunque físicamente los más pequeños salgan indemnes
de tales muestras de brutalidad, el daño causado a sus
mentes moldeables es muchas veces irreversible, y el que
hará posible que este siniestro bucle, transmitido de padres
a hijos, se repita una y otra vez.

Exigimos el fin de semejante aberración. No queremos que


nuestros hijos sean testigos indiferentes ni cómplices de lo
que más allá de los eufemismos implantados en la
conciencia social, no dejan de ser asesinatos. La protección
que ignora esos resquicios por los que penetra el
sufrimiento ajeno para salir convertido en indiferencia y
hasta en sadismo hacia terceros constituye una farsa
sangrante, un bálsamo inútil para quienes nos negamos a
ser engañados y por eso, reclamamos a los políticos una
gestión eficaz y sin dobleces en la defensa de los menores
ante cualquier forma de violencia, al tiempo que lanzamos
un grito a la sociedad para que despierte de esta sinrazón y
se niegue a seguir siendo secuaz de tal degradación en la
educación de nuestros hijos.

Bienvenidos todos a este II Boulevard Animalista, una


edición para la que el lema que se ha escogido es
“Protejamos a los menores de la violencia”. Bienvenidos y
gracias por estar aquí, porque son vuestra presencia y
vuestra voz, las que al fin lograrán acabar con el maltrato
legal de animales humanos y no humanos.

Julio Ortega Fraile