Tanatología

La tanatología (“La ciencia de la muerte”) es el estudio de los procesos relacionados con las reacciones ante la muerte, tanto del que está muriendo, como de los que asisten dolorosamente al proceso. Un área que guarda relación con ésta es el estudio de las reacciones del personal sanitario ante la muerte y el duelo en su trabajo con los pacientes y cómo pueden llegar a entender sus propios temores y sus sentimientos de pérdida.

Disciplina Científica cuya finalidad principal es curar el dolor de la muerte y el de la desesperanza. No se trata, pues, de dar consejos ni consuelos. Es curar estos dolores que son los más grandes que el ser humano pueda sufrir. "Ayudar a bien morir" será una meta tanatología cuando la muerte de un paciente está cercana, pero no la finalidad principal. Por lo mismo, el tanatólogo puede definirse como un "especialista en enfermos terminales", pero con finalidades específicas, ya que no se trata de un paliativista, ni de un urgenciólogo, ni de un intensivista, ni de un algólogo. La definición de lo que es el enfermo terminal, es diferente a la definición médica del término. En tanatología, un enfermo terminal es: "Una Persona que padece una enfermedad por la que posiblemente vaya a morir en un tiempo relativamente corto y que conoce su diagnóstico". Hacemos hincapié en las palabras: Persona (ver al paciente como lo que es: Persona Humana), Posiblemente (ni siquiera probablemente), Tiempo

relativamente corto (bajo el punto de vista del enfermo ó su familia), Conoce el diagnóstico (si es una enfermedad que enfrenta al paciente a su propia muerte, cambia la vida del paciente, al menos en cuanto a sus emociones y en cuanto a su visión de la vida, a partir del momento mismo de conocer el diagnóstico médico). De esta manera, la labor tanatología debería comenzar en el momento en que se les diga su diagnóstico al enfermo y a su familia. Lo que médicamente es enfermo terminal, en Tanatología se le llama enfermo en fase terminal. La tanatología gira alrededor del enfermo terminal y se basa en las descripciones y observaciones que sobre él se realizan para ofrecer un diagnóstico y, mediante este, determinar seguir. La tanatología tiene una base interdisciplinaria: enfermería, medicina, psicología, las acciones a

asistencia social, espiritualidad y religiones, justicia, ética, etc. La tanatología percibe al hombre como un todo, con sus necesidades y con sus realidades físicas, psicológicas, espirituales, sociales y culturales; contemplando primero al enfermo terminal y luego a quienes le rodean. El objetivo principal de la tanatología es ayudar al hombre en aquello a lo que tiene como derecho primario y fundamental: morir con dignidad, plena aceptación y total paz.

Si comenzamos a intuir qué es la vida, nos será más fácil llegar a

comprender el modo en que a todo fenómeno vital le sigue un declive y un nuevo comienzo. La muerte es un tránsito y un descanso, un amanecer y un anochecer, una despedida y un encuentro, una realización y una promesa, una partida y una llegada. Nuestra vida no comienza cuando nacemos y no termina cuando morimos. Sólo es pasar un tiempo para madurar y crecer un poco.

La Tanatología comprende muchos campos de acción, desde la atención al enfermo moribundo y a su familia, hasta la elaboración del proceso de duelo por una pérdida significativa.

En la biología, se considera vivo lo que tenga las características:
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Organización: Formado por células. Reproducción: Capaz de generar o crear copias de sí mismo. Crecimiento: Capaz de aumentar en el número de células que lo componen y/o en el tamaño de las mismas. Evolución: Capaz de modificar su estructura y conducta con el fin de adaptarse mejor al medio en el que se desarrolla. Homeostasis: Utiliza energía para mantener un medio interno constante. Movimiento: Desplazamiento mecánico de alguna o todas sus partes componentes, Se entiende como movimiento a los tropismos de las

plantas, e incluso al desplazamiento de distintas estructuras a lo largo del citoplasma. Qué no es vida No es vida cualquier otra estructura del tipo que sea (aunque contenga ADN o ARN) incapaz de establecer un equilibrio homeostático (virus, viriones, priones, células cancerígenas o cualquier otra forma de reproducción que no sea capaz de manifestar una forma estable retroalimentaría sostenible con el medio, y provoque el colapso termodinámico). Así, se puede concluir que una célula está viva, pues posee una regulación homeostática relativa a ella misma, pero si no pertenece a un organismo homeostático, no forma parte de un organismo vivo, consume recursos y pone en peligro la sostenibilidad del medio en el cual se manifiesta. El significado de la muerte Las reacciones ante la muerte dependen, en parte, del contexto. Por ejemplo, la muerte puede experimentarse como predecible, o impredecible. La muerte esperada implica que uno sabe que la vida dura aproximadamente lo que, de hecho, dura; esencialmente, uno muere cuando lo esperaba y los que asisten a esa muerte no se ven sorprendidos por ella. En el esquema vital de Erik Erikson, el último período de la vida conlleva la lucha entre la integridad y la desesperanza. Según Erikson, la resolución positiva del tener que enfrentarse a una muerte inevitable incluye un sentimiento de plenitud, paz e integridad, en lugar de sentimientos de fracaso, horror y desesperación. En la teoría de Erikson, sólo puede existir una resolución

positiva si se han resuelto satisfactoriamente los conflictos propios de las fases precedentes del desarrollo adulto. La muerte inesperada implica que ésta se produce de un modo prematuro o inesperado, y los que presentan el duelo sufren un gran shock. Este tipo de muerte suele referirse a 1) la muerte de una persona joven, 2) la muerte repentina, o 3) la muerte catastrófica, relacionada con la violencia o los accidentes, y situaciones incomprensibles. La muerte también puede calificarse como intencionada (suicidio), no intencionada (trauma o enfermedad), y sub-intencionada (abuso de fármacos, dependencia alcohólica, consumo de cigarrillos). La muerte puede tener muchos significados psicológicos distintos, tanto para el moribundo como para la sociedad en general. Según la formulación de Susan Sontag, la muerte puede llegar incluso a tener el poder de una metáfora. Por ejemplo, algunas personas ven la muerte como el merecido castigo por lo que se percibe como una vida inmoral y llena de pecado. Reacciones ante la muerte inminente Algunos investigadores han estudiado las reacciones ante la muerte. Una de las primeras y más útiles clasificaciones de las distintas reacciones ante la muerte inminente fue la que realizó la psiquiatra y tanatología Elisabeth Kübler-Ross. Rara vez un paciente moribundo sigue una secuencia regular de respuestas que puedan identificarse con claridad. Sin embargo, las cinco fases que proponía Kübler-Ross se encuentran ampliamente. Fase 1 - Shock y negación Cuando se le comunica a un paciente que va a morir, la primera reacción suele ser de shock. Los pacientes suelen sentirse aturdidos al principio y luego se niegan a creer el diagnóstico o la posibilidad de que algo vaya mal. Algunos pacientes nunca logran superar esta fase, y van de médico en médico hasta encontrar a alguno que apoye su posición. El grado en el que la negación puede ser una respuesta adaptativa o no adaptativa depende de

si el paciente continúa o no con el tratamiento, incluso cuando niega la realidad del diagnóstico. En estos casos, los médicos deben dar al paciente y a su familia, de un modo respetuoso y directo, información general sobre el carácter de la enfermedad, su pronóstico y las distintas opciones de tratamiento. Una comunicación efectiva presupone que se toleren las respuestas emocionales del paciente, y que se le asegure que no va a ser abandonado. Fase 2 - Ira Los pacientes se sienten frustrados, irritables y coléricos por estar enfermos. Una pregunta típica es: "¿Y por qué a mí?". Pueden sentirse coléricos contra Dios, contra su destino, algún amigo o algún miembro de su familia; incluso llegan a culparse a sí mismos. A veces la cólera se desplaza hacia el personal hospitalario o los médicos, a los que se ataca por la enfermedad. Los pacientes en este estado son difíciles de tratar. El médico que tenga dificultades para comprender que la ira es una respuesta esperable, y que realmente se ha producido un desplazamiento, puede llegar a abandonar al paciente o a ponerlo bajo la atención de otro colega. El tratamiento de la rabia de los pacientes implica comprender que ésta no puede tomarse como nada personal. La cólera suele disminuir si uno se enfrenta a ella con respuestas no defensivas y comprensivas: se ayuda así también al paciente a reenfocar los sentimientos profundos (p.ej., duelo, miedo, soledad) que subyacen en la rabia. También, el médico debe reconocer que esa cólera puede representar los intentos de pacientes de dominar una situación a lo cual se sienten completamente fuera de control. Fase 3 - Negociaciones Los pacientes pueden intentar negociar con los médicos, los amigos, e incluso con Diossi se produce la curación, ellos cumplirán tal o cual promesa, tales como obras de caridad o asistir a la iglesia regularmente. Otro aspecto de estas negociaciones, es que los pacientes pueden creer que los médicos, si él es un buen enfermo (complaciente, que no discute, cariñoso), lo tratarán mejor. El tratamiento con este tipo de pacientes

consiste en hacerles entender que van a ser tratados lo mejor posible, hasta donde lo permitan las posibilidades del médico y que se hará cuando esté en su mano, con independencia de la conducta o de cualquier otra acción del paciente. El enfermo debe ser animado a participar activamente en el problema y comprender que ser un buen paciente significa ser lo más honesto y directo posible. Fase 4 - Depresión En la cuarta fase, los pacientes muestran claros síntomas de depresión abandono, retardo psicomotor, problemas de sueño, desesperanza y , posiblemente, pensamientos suicidas. La depresión puede ser una reacción contra lo que la enfermedad ha podido provocar en su vida (p.ej., la pèrdida del trabajo, apuros económicos, falta de ayuda, soledad y aislamiento de amigos y familiares), o bien puede ser la anticipación de la pérdida de la vida que se producirá al final. Si aparece una depresión profunda con signos vegetativos y pensamientos suicidas, puede estar indicado el tratamiento con antidepresivos o con terapia electro-convulsiva (ECT). Todas las personas sienten al algún grado tristeza ante la perspectiva de su propia muerte, y la tristeza normal no requiere ningún tipo de intervención biológica. Sin embargo, los trastornos depresivos profundos y los pensamientos suicidas activos pueden aliviarse, y no deben ser aceptados como consustanciales al conocimiento de la muerte próxima. Si se sufre una depresión profunda, es poco probable que se pueda mantener la esperanza. La esperanza puede llegar a retrasar la muerte y fomenta la dignidad y la calidad de vida del paciente.

Fase 5 - Aceptación Los pacientes llegan a aceptar que la muerte es inevitable y la entienden como una experiencia universal. Sus sentimientos pueden variar desde la neutralidad hasta la euforia. En circunstancias ideales, el paciente resuelve sus sentimientos sobre la inevitabilidad de la muerte y es capaz de hablar de ello y de enfrentarse a lo desconocido. Las personas que tienen profundas creencias religiosas y que están convencidas de que existe una vida futura después de la terrena, pueden encontrar consuelo en la máxima religiosa: no temas a la muerte; acuérdate de los que se han ido antes que tú, y de los que te seguirán. La atención del paciente moribundo La habilidad de los médicos para atender compasiva y eficazmente a un paciente moribundo depende, en gran medida, de la firmeza de sus propias actitudes ante la muerte y el hecho de morir. Algunos médicos tienen actitudes disfuncionales hacia la muerte y los moribundos, que suelen ser reforzadas por el tipo de enseñanza que reciben. Cuando la formación se basa casi exclusivamente en el control y la erradicación de la enfermedad a expensas de la atención y la comodidad de la persona enferma, la muerte y el paciente moribundo se convierten en enemigos. En otras palabras, puede llegarse a pensar que la muerte y el moribundo son consecuencia de un fallo personal y, por ello, reflejan las limitaciones y la inadecuación del médico. Cuando ocurre esto, no es infrecuente que se evite el contacto con pacientes moribundos o que éstos provoquen una especie de irritación, impaciencia y miedo. A causa de sus conocimientos extensos sobre el cuerpo humano y su experiencia técnica para controlar muchas enfermedades, los médicos pueden llegar a sentirse inconscientemente omnipotentes a la hora de

prevenir la muerte. Cuando estos médicos tienen que enfrentarse a ella, pueden sentirse traicionados y a la defensiva: su imagin se ha visto gravemente dañada. Estos médicos ven a los pacientes moribundos como recordatorios de su propia falibilidad. Algunos médicos iniciaron sus estudios de medicina movidos por sentimientos inconscientes de miedo a la muerte. Estos médicos esperan, sin conciencia de ello, que, a través del estudio y la destreza médica, pueden conseguir algún tipo de control sobre su propia mortalidad. Aunque estos médicos tienen en alguna ocasión que enfrentarse a pacientes que mueren, sienten tal grado de ansiedad, que experimentan una fuerte necesidad de evitar el contacto con enfermos moribundos. Estos médicos pueden intentar enfrentarse con su miedo a la muerte a través de una profunda intelectualización; por ejemplo, pueden dar al paciente detalles poco importantes y con frecuencia innecesarios sobre el día a día de las vicisitudes de la enfermedad, mientras tratan de evitar cualquier conversación sobre los temores, las preocupaciones y los sentimientos del paciente. La tarea fundamental del médico que se ocupa de atender a enfermos terminales es proporcionarles una atención compasiva y un apoyo contante. Los puntos esenciales de una atención apropiada son visitar al paciente de forma regular, mirarle a los ojos, tocarlo, escuchar lo que el paciente quiere decir y tratar de contestar a cualquier pregunta de la manera más respetuosa posible. Lo más importante es saber ser honesto y tener tacto. La mayoría de los pacientes desean que su médico les diga la verdad; por ejemplo, prefieren saber que tienen cáncer. Decir la verdad no excluye que se puedan tener esperanzas. Si el 85% de la gente que sufre una enfermedad dada muere en el plazo de 5 años, también es cierto que otro 15% sigue viviendo después de ese tiempo. Además, es posible que no todos los pacientes quieran saber detalles concretos sobre su enfermedad. El médico debe preguntar al paciente hasta qué grado quiere conocer su enfermedad y debe responder de acuerdo a los deseos del paciente.

El grado de conocimiento de la enfermedad que tiene el paciente, su familia y el personal hospitalario varían en extensión. Podríamos concretar cuatro tipos de conciencia: conciencia abierta, en la cual el personal médico, la familia y el paciente son perfectamente conscientes del diagnóstico, tratamiento y pronóstico de la enfermedad, conciencia que simula no saber, en el que esas mismas personas lo saben, pero pretenden que no lo saben; conciencia sospechosa, en el que todos lo saben excepto el paciente, que sospecha la verdad; y conciencia cerrada, en la que todo el mundo, menos el paciente, lo sabe. Los hospitales tienden a que el conocimiento sea abierto, siempre que pueda ser tolerado por todas las personas implicadas; pero algunos pacientes terminales pueden preferir no saber la verdad sobre su estado, y este deseo debe respetarse. Sin embargo, hay que hacer todos los intentos posibles, de un modo educado y respetuoso, para animar al paciente y a su familia a que hablen abiertamente. Muchas veces, lo que parece ser un rechazo a hablar sobre la muerte inminente puede ser, de hecho, miedo al aislamiento o al rechazo o, a que se percibe sin, falta de valor. Hay que tener en cuenta también otros factores en la atención al paciente moribundo. El control del dolor debe ser enérgico en la fase terminal. Un moribundo debe poder seguir funcionando con tanta efectividad como permita su enfermedad. Esto es relativamente fácil de hacer cuando el enfermo está relativamente libre de dolor. El médico debe usar tantos narcóticos como se necesiten y se puedan tolerar para que el paciente pueda atender sus cometidos con un mínimo de incomodidad. Además, el médico no debe personalizar las quejas de un enfermo que podría estar en la fase de cólera, y debe ayudar a los miembros de la familia a enfrentarse a los sentimientos que provoca en ellos la muerte inminente del enfermos. Para muchos pacientes, su familia es la fuente fundamental de apoyo emocional y se entienden con ella mucho mejor y con más fluidez que con el médico que le atiende. Intervenciones familiares

El primer paso en el trabajo con la familia del paciente moribundo es establecer una alianza con ella. Esto puede lograrse dejando que los miembros de la familia hablen de sus propias vidas y preocupaciones, y mostrando cierta comprensión hacia ellos. El médico debe tratar de evaluar hasta qué punto la familia quiere que se la oriente y se la ayude, y hasta que punto desea ser autónoma. Cuando se sufre un gras estrés externo, cual es la muerte inminente de un miembro de la familia, los conflictos familiares pueden intensificarse. El médico puede ser de utilidad para ayudar a la familia a centrarse en la mejor manera de hacer frente al estrés exterior, en lugar de la mutua culpabilidad y la discusión. La apertura de canales de comunicación entre los miembros de la familia puede servir de ayuda. La familia puede negarse a hablar con el enfermo moribundo acerca de su muerte inminente, por miedo a sentirse demasiado afectados o afectan al paciente. De la misma manera, el enfermo moribundo puede tratar de evitar el hablar sobre su propia muerte por temor a agobiar a la familia. En situaciones como éstas, el médico puede hacer saber a las dos partes los sentimientos de los otros y puede animarles a hablar, e incluso sacar este tema cuando todos estén juntos.

"De los cuidados paliativos al Ars Moris - Un abordaje psico-espiritual" "Aprende a morir y aprenderás a vivir. Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a morir", así rezaba un viejo manual occidental sobre la muerte y el proceso de morir. Actualmente, en nuestra sociedad se ha producido un considerable avance en lo referente a la atención al paciente moribundo, desarrollo que se ha realizado por un lado en lo que hace a la terapia del dolor y más específicamente a la farmacología en sí. Pero también, el movimiento de los cuidados paliativos desarrollado a mediados del siglo pasado por C. Saunders en Inglaterra y que da cuenta de la necesidad de brindar una

atención compasiva tendiente no sólo a disminuir el sufrimiento físico del paciente sino también a optimizar su calidad de vida, a través del control de los síntomas físicos, emocionales, mentales, sociales. Pero como supiera decir el sabio maestro budista, Padmasambhava: "Quienes creen que disponen de mucho tiempo, sólo se preparan en el momento de la muerte. Entonces los desgarra el arrepentimiento. Pero, ¿no es ya demasiado tarde?". En este sentido creo que la pregunta que todos y cada uno de nosotros nos debemos hacer aquí y ahora a nosotros mismos y con total sinceridad es: ¿Qué sé sobre la muerte?". En primer lugar debemos ser conscientes de que la muerte es un absoluto misterio, pues nadie ha regresado del "más allá" para referirnoslo. Todo lo que contamos es con lo que se denomina "experiencias cercanas a la muerte". Pero debemos ser con nosotros mismos tan íntegros como lo fue el célebre filósofo griego Sócrates, cuando afirma: "El temor a la muerte, señores, no es otra cosa que considerarse sabio sin serlo, ya que es creer saber sobre aquello que no se sabe. Quizá la muerte sea la mayor bendición del ser humano, nadie lo sabe, y sin embargo todo el mundo le teme como si supiera con absoluta certeza que es el peor de los males". Aunque si contamos con dos certezas irrefutables. Sabemos que es absolutamente cierto que habremos de morir y también que es absolutamente incierto cuándo y cómo. Angustiosas interrogantes existenciales ambas si las hay. En "El conocimiento silencioso" de Carlos Castaneda, don Juan, el gran brujo yaqui dice: "Sin una visión clara de la muerte, no hay orden, no hay sobriedad, no hay belleza. Los brujos se esfuerzan sin medida por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel más profundo, que no tienen ninguna otra certeza sino la de morir. Ese conocimiento da a los brujos el valor de tener paciencia sin dejar de actuar; les da, asimismo, el valor de

acceder, el valor de aceptar todo sin caer en la estupidez y, sobre todo, les otorga el valor para no tener compasión ni entregarse a la importancia personal". En otro momento expresa: "Los brujos dicen que la muerte es nuestro único adversario que vale la pena. La muerte es quien nos reta y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes y corrientes o brujos. La diferencia es que los brujos lo saben y los hombres comunes y corrientes no". Este concepto de la muerte como el gran adversario que nos infunde de valor y paciencia para actuar sin entregarnos a la importancia personal o ego-centrismo nos hace ver a la muerte como un maestro que nos saca de nuestro in-consciente escondite y nos abre a la verdad de la vida y del universo. Reflexionemos sobre ello. A poco que pensemos, hemos de llegar a darnos cuenta de que en realidad ignoramos quienes somos, es decir, cuándo nos preguntan sobre nuestra identidad respondemos con una diversa variedad de elementos que hemos coleccionado con el fin de definirnos a nosotros mismos (por ejemplo, soy uruguayo, psicólogo, hombre, etc.). Pero cuando todas esas cosas se nos quitan, ¿tenemos idea de quienes somos en realidad sin y detrás de todos esos agregados?. Además, nos identificamos con nuestro cuerpo y con nuestra muerte, pero que sucederá cuando ya no estén presentes, ¿son estos dos elementos sostenes seguros y confiables de nuestro ser y de nuestra identidad? Para no hacer frente a estas interrogantes, buscamos y exigimos vivir según un plan pre-establecido, por ejemplo, estudiar, trabajar, formar una familia, etc., etc., de manera de vivir de forma acelerada, ocupando el tiempo con responsabilidades y con cosas materiales. En una palabra, si deseamos dejar de una vez por todas que la vida nos viva a nosotros y en cambio vivir nosotros la vida (valga la perogrullada), debemos empezar por aceptar la muerte como una gran maestra que continuamente nos susurra al oído: "Carpe diem", es decir, vive la vida en el

aquí y ahora, sin dejar situaciones inconclusas, pues no sabemos que llegará primero, si la muerte o el próximo día. Como dice Sogyal Rimpoché: "El último pensamiento y emoción que tenemos justo antes de morir ejerce un poderosísimo efecto determinante sobre nuestro futuro inmediato. Este último pensamiento o emoción puede amplificarse desproporcionadamente e inundar toda nuestra conciencia en el momento de la muerte. En este momento nuestra mente se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento que entonces nos ocupe". Como afirmábamos, vivir una "vida impecable" como decía don Juan, daría cuenta asimismo del logro de la capacidad de lo que podríamos denominar como "morir con arte" o "ars moris", que consistiría en afrontar el momento último de nuestra existencia sin desear ni pensar en nada, sin mantener apego a ser o cosa alguna. Y esto se lograría tan sólo a través de la práctica de un camino espiritual, que no necesariamente religioso. La consecución de una visión espiritual implica ni más ni menos que mirar hacia dentro de nosotros disolviendo aquellos aspectos fragmentarios y en perpetuo conflicto en nuestra conciencia, relajando la tensión del ego y volviendo a reposar en la naturaleza de la mente. Se podría decir que consiste en una metodología, una praxis tendiente a lograr una plena conexión con nuestra esencia más íntima. En conclusión y coincidiendo plenamente con C. Longaker, afirmamos que las cuatro tareas básicas para experimentar con plenitud la vida y la muerte son: 1) darnos cuenta de que el sufrimiento existe y que se puede transformar en una experiencia de plenitud. 2) mantener una comunicación con nosotros mismos y con los demás, donde nos expresemos con todo nuestro ser y fundamentalmente con nuestro corazón, lo más compasivos y libres de apego que podamos.

3) prepararnos espiritualmente para la muerte, lo que implica el ser capaces de vivir en el momento presente, sin dejar situaciones inconclusas que sólo han de constituir un lastre que incrementará nuestro dolor y sufrimiento y el de quienes nos rodean. 4) encontrar significado a nuestra existencia, sintiéndonos seres plenos a pesar de nuestras imperfecciones, aceptando nuestros errores y expiando los que podamos haber. Aspectos multidisciplinarios: La intervención con los enfermos terminales es multidisciplinaria, puesto que son varias las áreas que necesitan apoyo:

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Médica.- cuya función es dar al enfermo aquellos paliativos que le permitan estar con el mínimo dolor y sufrimiento. (Cuidados Paliativos) Tanatología.- ayudando al enfermo en el aspecto emocional. También dando a poyo a sus familiares y allegados. Legal.- Para que el enfermo pueda dejar resueltos este tipo de asuntos. Espiritual.- Que puede incluir no solamente el aspecto religioso, sino también el aspecto espiritual del sentido de la vida, del sufrimiento o de la muerte.

Conclusiones La Tanatología ayuda tanto a los pacientes terminales como a los familiares y allegados desde que el familiar es diagnosticado, durante el proceso y posterior a la muerte para la elaboración del duelo. Asi también la Tanatología se enfoca a cualquier pérdida significativa que tenga el ser humano, es por ello que la importancia de la Tanatología hoy en día es indiscutible, contemplando que a lo largo de nuestra vida

enfrentamos diversos tipos de pérdidas, muertes, separaciones, pérdidas de miembros, pérdida de salud, de ilusiones ante una discapacidad, es por ello que su campo de acción es muy amplio.

“La muerte es sólo un paso más hacia la forma de vida en otra frecuencia y el instante de la muerte es una experiencia única, bella, liberadora, que se vive sin temor y sin angustia”.Elizabeth Kübler Ross.

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