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l murciélago ratonero grande se llama así, “grande”, pero en reali-

E dad mide menos que muchos teléfonos móviles, unos ocho centí-
metros, de la cabeza al trasero. Es fácil encontrarlos cerca de las
iglesias, por ejemplo. No porque sean muy religiosos o les guste entonar can-
tos gregorianos al caer el sol, sino porque allí las condiciones son muy favo-
rables (para su gusto): es oscuro, se está tranquilo y hace menos frío que en
el exterior. Los murciélagos ratoneros son inquilinos bastante exigentes: por
lo general, no les gusta ni el frío excesivo ni el ruido. Sobre todo el ruido: eso
es lo que menos soportan.
¿Por qué? De momento, esa es una pregunta sencilla: casi salta a la vista la
respuesta. En comparación con otros animales, los murciélagos no tienen ore-
jas, sino antenas parabólicas. Sus pabellones auditivos son más grandes que
toda la cabeza. Si un ser humano naciera con unas pantallas de ese calibre,
lo llamarían Dumbo y lo exhibirían en los circos, para mayor susto de los leo-
nes y los tigres.. Pero entre los murciélagos es normal e incluso estu-
pendo, porque les sirve para hacer algo extraordinario: ver con el
oído.

Claro que los murciélagos –una clase de mamíferos del orden


de los quirópteros- no ven como los demás animales. Por-
que con las orejas, sobre todo, oyen, y lo hacen estupenda-
mente, mucho mejor que los seres humanos. Pueden captar
sonidos que nosotross no oiríamos jamás: los ultraso-
nidos; que están ultra (más allá de) nuestra capacidad
auditiva. Pero eso no es lo mejor: estos quiróp-
teros pueden “oír” cosas que no emiten el
más mínimo sonido, ni ultrasonido si-
quiera. Por ejemplo, una pared. O
una rama. O una libélula que
descansa sobre una hoja.

Una universidad para niños. p. 96 Ulrich Janssen y Ulla Steuernagel