Está en la página 1de 5

Un grito resonó, agudo y horrible, por todo el pasillo.

Los humanos miraron en todas direcciones,


sin poder ver nada más allá de la oscuridad que asfixiaba sus ojos. Desde las paredes les llegó el
sonido de cientos de pequeñas garras correteando por ellas, ecos casi metálicos que los
envolvieron completamente. Todos desenvainaron a la par, lanzando golpes ciegos contra cientos
de pequeños seres que se lanzaron, uñas en ristre, a descuartizar.

-¡¡Los putos sortilegios, maldita sea!!-Gritó Rahid mientras lanzaba una pequeña botella de cristal
rellena de algún tipo de líquido rojizo que habría podido resultar visible de haber habido algo de
claridad. El recipiente se estrelló entre los ojos de uno de los seres y rebotó contra el cráneo de
otro hasta finalmente caer al suelo. El aire se curvó alrededor del lugar del impacto y el líquido
empezó a calentarse y expandirse en menos de lo que dura un chasquido de dedos hasta
conformar una nube de fuego que estalló, dando alumbrado por unos segundos y calcinando a
varias decenas de aquellas... cosas. Las Cosas chillaron al entrar en contacto con el abrasante
fuego; su piel escamosa y sus enormes ojos fueron vaciados de toda humedad, de luz, de hambre,
de vida.

El gesto del recién impuesto cabecilla fue imitado por sus acompañantes, que hicieron lo propio,
en pocos segundos las explosiones se convirtieron en una sinfonía de percusión que golpeaba el
compás que dirigían las mandíbulas de las Cosas. Habían, no obstante, perdido a uno de los suyos.
Uno que no fue lo bastante rápido como para salvarse y que fue llevado entre gritos y súplicas al
grueso de las Cosas y devorado tras ello. Su carne les había dado fuerza para continuar: Hacía
tiempo que no devoraban a un humano. Los seres de la Vigilia no tenían ese aroma tan... real que
poseían las personas. Cuatrocientas bocas se relamieron de puro placer antes de echar a correr
contra los intrusos.

A estos no les iba tan bien como a sus perseguidores. Habían agotado todos los conjuros de los
que disponían y todavía no se explicaban el por qué de esa repentina emboscada, claro que no
había tiempo para pensar, y menos cuando el pasillo, que aparentemente desde fuera terminaba
en una puerta, giraba y se curvaba en un accidentado camino que dificultaban enormemente su
movilidad. Cada vez llevaban menos ventaja.

Neilla gritó. El olor de la sangre les golpeó como una bofetada y no se atrevieron a girarse si quiera
para ver qué había sido de su compañera. De alguna manera lo imaginaban.

María chocó en ese momento contra algo de madera, cerrado; lo golpeó varias veces, palpó las
paredes ¿Un muro de madera? No, no lo era. Con manos nerviosas y lanzando miradas a la
oscuridad chasqueadora que tras ellos se extendía y oyendo a pocos centímetros de su oreja las
voces de sus compañeros instándole a darse prisa, buscó el pomo de aquella puerta.
Encontrándolo finalmente y tirando de él con fuerza. Todos entraron de un salto y ella cerró la
puerta tras de sí. No había acabado ahí.

-¡Quieren abrirlo!-Gritó, aterrada, mientras peleaba contra el pomo de la puerta, que a su vez
luchaba por ceder bajo los impactos descompasados de las Cosas. Su grito de ayuda fue recibido
con sorpresa al principio y luego con la determinación que nace del miedo, dos se lanzaron contra
la puerta para tratar de mantenerla cerrada hasta que un tercero encontró una tranca que colocó
de forma perpendicular a la entrada. Contra todo pronóstico aguantó y finalmente pudieron
respirar tranquilos, dejándose caer contra el suelo, jadeantes.

-Pasillo Oeste.-Sollozó Rahid, llevándose las manos a la cabeza.-Todo una trampa. Todo para
nada...
-Gilipollas.-Escupió María sin contemplaciones mientras le levantaba del suelo con solo su fuerza,
que desde siempre había sido más que notable.-Tú nos has metido en esta ratonera. Tú nos
sacarás.-Su mirada era veneno, un veneno que atravesaba la misma oscuridad. Rahid no pudo
hacer otra cosa que no fuera asentir.-Perfecto, en tal caso todo el mundo en pie, es hora de
continuar, hora de escapar.-Dijo mientras daba un paso en dirección al otro lado de la enorme
habitación de mármol negro.

Un zumbido. Un resorte activándose. La sangre manó de su boca. Estaba muerta antes de darse
cuenta de qué había ocurrido.

Y María oyó como Elisa caía hacia atrás, oyó el sonido brotando de la herida que la flecha había
abierto en su cuello. Y María vio como, aterrado, Rahid encendía una de las teas que colgaban del
techo lanzando un papel que aun no sabía como había encendido. Y María vio como las llamas
brotaron sobre ellos, revelando sombras que allí no estaban. Y María vio la sombra arácnida que
llenaba la pared frente a ella. Y María interpuso su bastarda entre el enorme monstruo y ella antes
de que el primero cerrase su fauces. El fétido aliento de la tarántula le golpeó la cara y tuvo que
hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no mover un pie que pudiera activar las baldosas
y, por tanto, las flechas. Una nueva acometida de su enemigo la hizo caer de culo hacia atrás, ahí
donde no parecía que hubiera ningún mecanismo peligroso. Y Nelson gritó, acometiendo con su
hacha sin piedad contra el ser de ocho patas.

Era llamado Tristeza por los pocos que conocían el complejo. Un ser que había estado ahí desde
antes aún de la creación del ayuntamiento. Tristeza, escarabajo de ocho patas rotas.
Alimentándose de carne humana, el tiempo dejó de significar algo para él. Alimentándose de
almas humanas, su propia esencia corrupta ignoró la materialidad. Tristeza... La araña que pende
sobre nuestras cabezas; intocable, intangible, inolvidable.

El hacha atravesó a Tristeza sin que ésta se inmutase si quiera, el hacha tocó el suelo bajo ellos... Y
el hacha activó la baldosa. Desde la pared un chasquido resonó, y el virote salió disparado a toda
velocidad desde ésta. El venablo recorrió la habitación, atravesó el cuerpo de Tristeza como si
fuera aire y fue a clavarse en el ojo de Nelson, sin que éste pudiera hacer nada por evitarlo. Su
cuerpo desplomado despertó nuevas flechas que rebotaron contra la pared, exentas de objetivos.
María lanzó un mandoble con todas sus fuerzas. El metal cortó los cartílagos y la quitina de forma
limpia, sajando la pata con facilidad y haciendo que la araña gritase. Tristeza no estaba
acostumbrada a que la hirieran, a que la tocaran de verdad. Aquella humana lo había hecho... de
alguna manera. La misma humana que se elevaba ahora frente a ella, espada en mano y
fulminándole con la mirada. La misma humana que le había arrancado una de sus patas.

-Tristeza. Escarabajo de siete patas rotas.-Recitó de memoria. Por algún motivo, ese poema había
surgido de lo más recóndito de su mente. Levantó su bastarda de nuevo, el arma refulgió al brillo
del fuego.-Yo cortaré tu mortaja.-Tristeza rugió, atacando con una de sus patas, como si se tratase
de una pica. María giró sobre sí misma y bajó su bastarda de golpe; la extremidad cayó, pesada al
suelo.

Dos flechas surcaron el aire. De haber tenido labios, Tristeza habría sonreído... Para luego convertir
su rostro en una mueca de ira cuando los virotes chocaron contra una pared de cristal que antes no
estaba ahí. María miró en la dirección en la que se extendía el escudo y vio como Rahid proyectaba
este de alguna forma desconocida. Brujería.
Las flechas tintinearon en el suelo, activando nuevos resortes cuyas saetas, detenidas por el
escudo, volvieron a caer. En pocos segundos una lluvia de flechas se había desatado contra ellos. El
escudo se iba agrietando tras cada impacto hasta que, finalmente, un virote se hundió en el
hombro de Rahid y dos en el antebrazo de María. Los virotes restantes cayeron al suelo, pero nada
ocurrió.

Tristeza, pese a no ser un ser inteligente, sabía, a diferencia de sus supuestas víctimas, que la
munición de las ballestas mecanizadas no era infinita. Tristeza se llenó de ira... Y tristeza cargó
contra María abatiendo sobre ella sus seis patas restantes y sus fauces rezumando veneno. María
abrió los ojos de par en par, tan sorprendida como se puede estar y... Sajó tres patas de un solo
movimiento, haciéndola caer pesadamente sobre las ahora inservibles baldosas, Tristeza trataba
de moverse desesperadamente, pero no podía con solo tres extremidades. Tristeza contempló
como María se acercaba a ella con la expresión neutra de alguien que ha contemplado la muerte
de decenas de seres como él. Y Tristeza, por primera vez, sintió miedo.

La espada bajó como un rayo contra el tórax de la tarántula, destrozándolo con un horrible sonido
y llenando el suelo de un líquido viscoso casi imaginario en cuanto a textura y color. María se dejó
caer sobre el suelo: al terminar, y al ver los cadáveres de sus compañeros había perdido toda la
seguridad que demostró durante el combate. Habían caído cuatro, joder. Cuatro de seis que
entraron. Cuatro... Y ellos estaban heridos.

-Quédate aquí.-Le dijo el brujo mientras caminaba hacia el final de la sala, de puntillas y por donde
sabía que ya habían caído las flechas, por si alguna de las ballestas todavía mantenía su
funcionamiento. Colocó las manos sobre la puerta y cerró los ojos.

Magia.

Cerca, muy cerca. A varios metros sobre ellos se encontraba, una fuente de magia como nunca
antes había conocido. Una verdadera Puerta formada por energía pura y dura, una fina rasgadura
de zeon que unía Vigilia y mundo real. Una puerta a la esperanza.
Corrió de vuelta, feliz como un niño con una golosina e ignorando el lacerante dolor del virote
que continuaba incrustado en su hombro. Había decidido no arrancárselo hasta que no salieran
para evitar desangramientos.

-¡Estamos cerca!-Comentó, jubiloso, mientras ayudaba a la inquisidora a incorporarse.-Justo sobre


nosotros. Imagino que habrá unas escaleras ¡Vamos, joder, vamos!-La instó. Ella reaccionó
finalmente tras unos segundos y echó a correr tras él, no sin antes echar una última mirada a los
caídos ¿Para quién buscaban libertad?

Abrieron la puerta y, efectivamente, del pie de ésta al final subían una serie de escalones que,
según él, llevaban a la sala de la puerta. Se lanzaron una última mirada, buscando aliento, y
subieron los escalones tan rápido como podían dadas las circunstancias. Pese a lo que podáis
pensar: No. No hubo más trampas de ningún tipo durante el trayecto. Nadie había logrado, hasta
el momento, vencer a Tristeza, nadie había vivido el tiempo suficiente como para descubrir el truco
de las baldosas. Nadie había llegado tan lejos.

Abrieron la puerta que quedaba al final de las escaleras tras un largo avance en espiral que se
prolongó durante cerca de un cuarto de hora. La plancha de vieja madera crujió antes de ceder,
revelando un habitáculo de suelo enmoquetado con una alfombra de color sangre finamente
decorada y paredes ocultas por toda una suerte de estanterías cuyos libros de lomos idénticos
daban un aspecto de seriedad al despacho. En el centro de éste, tras un escritorio, una anciana
figura reposaba, recostada contra un sillón. Tenía un aspecto similar al de una tenia monstruosa,
con una boca llena de dientes afilados y de ojos ciegos y cerrados como si durmiera. Sus dedos
regordetes y terminados en uñas anormalmente largas se hallaban entrecruzados sobre la mesa,
su pecho no se movía. Su piel era gris.

Se acercaron pues, con cautela, conteniendo la respiración. María levantó su bastarda justo
cuando lo tenían delante y... Y la cabeza del alcalde calló sobre el suelo, así como sus extremidades
y piel. No hubo sangre, era como si llevara muerto desde hiciera meses. Como si la mismísima
Muerte hubiera segado su alma. Un horrible escalofrío le recorrió la columna vertebral y apenas
pudo abrir la boca para gritar antes de que la guadaña se abatiese sobre la espalda de Rahid a la
velocidad del sonido.

El Segador atravesó por la espalda, de forma limpia, el pecho de su acompañante, que cayó hacia
delante con la mirada vacía entre sonidos inconexos que pretendían ser palabras. María, al borde
del llanto, al borde de la locura, gritó. Y su gritó despertó un algo dormido desde hacía tiempo, una
promesa olvidada por la humana. Un reto de fe. El Segador rió mientras observaba las lágrimas de
la mujer, mientras observaba su desolación. Su risa era lo más horrible y cruel que alguien pudiera
imaginar.

Están muertos. Todos están muertos. Estoy sola. Sola, sola sola. Pensamientos como esos eran los
que llenaban la mente de María mientras sus gritos de dolor resonaban por todo el recinto. Su ira y
tristeza no conocían límites, su desolación no conocía par.

-Puedes salvarlo.-Propuso el Segador, sonriendo de oreja a oreja.-Solo dilo. Dilo.-María no


razonaba. María estaba sola. María se dejó engañar y... María tomó una decisión, una decisión
nacida de la desesperación.

-¡¡¡Me rindo!!!-Gritó con todas sus fuerzas, cayendo al lado de Rahid al hacerlo, llorando.
Impotente. Había perdido. Había sido derrotada.

Un algo se rompió en algún lugar.

Y todo cambió.
Como si nada hubiera existido.

Mil cristales cayeron al suelo, convirtiéndose en nada al tocarlo.

Y la sala se convirtió en un enorme espacio sin límites, infinito en todas direcciones y, bajo ellos, el
vacío más insondable del que solo los separaba un grueso suelo de cristal azulado. A varios metros,
en una cruz de cristal, un bebé se encontraba crucificado, con una mancha negruzca naciendo en
su vientre y extendiéndose hasta la mitad de su pecho. El Segador estaba a su lado, observando
como la mancha iba, poco a poco, tomando una forma definida. Como se iba afianzando su poder
sobre el pequeño: Sobre su nuevo hijo. Ya lo veía. Sí, ahí estaba.
Y mientras todo esto ocurría, el Segador no se daba cuenta de que un algo se fraguaba a su
alrededor. Un algo que lo envolvía todo y que a la vez no estaba ahí. Un algo imaginario. Y es que el
Segador había olvidado que en un mundo creado por sueños... Lo imposible es mundano. Y fue
entonces cuando, ante su atónita mirada, todo volvió a cambiar. El cristal se tiñó de rojo. Rojo
como la ira. El cristal se tiñó de azul, un azul muchísimo más intenso. Azul como la tristeza, azul
como el miedo... Y el centro de aquel cambio... No, no podía ser. No podía ser precisamente ella...
Pero ahí estaban, dos espirales de colores dispares concentrándose como si se tratase de un
invisible tornado en torno a la inquisidora mientras esta se hallaba tumbada sujetando el cuerpo
inerte del humano entre sus brazos. Esperando ¿Qué esperaba? ¿Y qué era ese temor irracional
que le hacía incapaz de realizar el más mínimo movimiento? ¿¡Qué era esa humana!?

La vida de Zahid se apagó. Y María se puso en pie, con la mirada acerada, en el fondo de la cual
brillaba la determinación. La inquisidora alzó la mano hacia el infinito, cerrándola en torno a un
mango inexistente y extrayendo de la nada un trozo de pura oscuridad. Oscuridad que se condensó
formando un arma. Un arma conocida por ella y que había sido su compañera desde hacía años.
Un arma forjada para asesinar demonios traicioneros como el que tenía delante. Un arma en cuyo
filo brillaba la palabra Venganza.

Un arma llamada Legislador.

Intereses relacionados