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JUAN RODRIGUEZ FREYLE EL CARNERO PROLOGO Por ESTE amplio ventanal que la BIBLIOTECA avacucHo ha abierto en momento oportuno sobre el ancho solar de Ja cultera hispancameri- cana, se asoman ahoxa, reclamando atencién en un mds vasto escenario que aquel en que aparecieron por primera vez, un autor y una obra que presentan caracteristicas tan peculiares, que bien pudieran califi- carse de curiosas, En efecto, el autor es un improvisado e insular escritor colombiano del siglo xvir, de cuya vida es muy poco Io que en verdad se sabe: apenas cuando fue bautizado; que lo tonsuraron en una crisis de escasez de clérigos; que, como “soldade razonable”, combatié contra los pijaos; que, siendo mozo, viaié a Espafia, y nada mds que valga la pena de ser tenido en cuenta, ni siquiera como simple anécdota. Tampoco nadie sabe cudndo y en dénde murié, y de sa linaje parece que no queda ni el menor vestigio. “Huérfano de oidor pabre”, dijo de él mismo cuando guedé solo en Espaiia, a Ia muerte de su protector el licenciado Alonso Pérez de Salazar. Parece que cxpresién tal es la sintesis mas cabal que de su casi ignorada vida puede hacerse. En cuanto a su obra, si bien algo conocida antafio en Colombia, y no mucho en los tiempos presentes, es desconocida fuera de ella. Los que la han comentado no saben en qué género literario deben matricularla: si es historia, si es crénica, si es un Jibro de memorias o uma historia anovelada, o eso que Huizinga denomi- naba “historia perfumada”, o sea, mezcla de autobiografia, de relate fan- tastico y de historia documental. Tampoco nadie ha acertado a explicar a ciencia cierta por qué, en lugar del extensisimo y prolijo titulo original que el autor le dio a su obra, la posteridad la concce mds bien con el peregrino nombre de El Carnero. De estas peculiares caracteristicas de tal obra y de su autor procuraremos tratar en el curso de este prélogo, en el cual acaso podr4 encontrar algo el lector desprevenido, que pueda darle alguna luz sobre esa obra y ese autor. Ix PADRES DE RODRIGUEZ FREYLE Hablando de sus padres, dice don Juan: “A principios del aio de 1553, cntrd en este Nuevo Reino el sefior obispo don fray Juan de los Barrios, del Orden de San Francisco, el cual trajo consigo a mis padres. Fn este tiempo habia una cédula en la Casa de la Contratacién de Sevilla, por la cual privaba Su Majestad el Emperador Carlos V, nuestro rey y sefior, que a estas partes de Indias no pasasen sino personas espafolas, cristianos viejos, y que vinicsen con sus mujeres” (Cap. IX, pdgs. 103-104, ed. 1955). Con estas palabras quiere ef autor mostrar cémo sus padres vinie- ron al Nuevo Reino arrimados a la sombra de un buen arbol y casados como Dios y su rey mandan, y provistos de las cédulas que confirman su condicién de cristianos viejos, ranciosos e hidalgos de solar canacido, Si Icemos con atencién una detallada carta que, con fecha 15 de abril de 1553, dirigid, desde Tamalameque, fray Juan de los Barrios a Jos miem- bros del Real Consejo de Indias, para informarles sobre las incidencias y peripecias de su viaje, desde el dia en que salié de Ja barra de Sankicar de Barrameda hasta su arrtbo a dicho Tamalameque, podremos darnos cuenta cudn accidentado fue cl viaje de los esposos Freyle-Rodriguez, compafieros de ruta del sefior obispo de los Barrios. Don Juan y defia Catalina debieron de salir de Aleal4 de Henares, para encaminarse a Sanlitcar, en los postreros dias de octubre de 1552. Antes de continuar, permitasenos aqui una breve digresién para aclarar una suposicién de don José Maria Vergara y Vergara, sepiin Ja cual, los padres de Rodriguez Freyle “tal vez conocieron y trataron al manco de Lepanto en sus nifieces, porque ademés de ser contempordncos eran del mismo pueblo”. No fue posible tal trato y conecimiento, porque cuando los Freyle-Rodriguez salieron de Alcalé para venir a Indias, don Miguel de Cervantes era entonces apenas un nifio de cinco afios. Llegan éstos a Sankicar apenas comenzado noviembre. Ef 4 se encuentran con dl cbispo Barrios y se embarcan en la misma flota, pero no sabemos si en el mismo navio. El 18 Megan a la isla de Gomera y descansan alli hasta ef 21. Al dia siguiente prosiguen todos el viaje. En csta travesia los sorprende un recio temporal que dura seis dias y obliga a la flota a retroceder 60 Ieguas abajo de las Canarias. Entretanto, los piratas fran- ceses, sometidos al doble comando del catélico Frangois Leclerc. apodado “Pata de palo”, y del luterano Jacques de Sores, atracan y saquean uno de Tos barcos que habia quedado zaguero y hunden otros. Diez o doce navios siguen Ia costa de Berberia hasta arribar a Cartagena antes que el resto de los galeones, reducido entonces a 33 barcos, Cuando ccsa el vendaval, éstos prosiguen su ruta hacia Jas Canarias y se detienen dos leguas antes de Iegar a ellas. Por serles los vientos contrarios, navios y pataches se ven obligados a permanecer alli un mes, Tampoco pudo acudir en su auxilio el general de Ia flota, que con dos o tres navios habia alean- zado Wegar a la Gran Canaria, por temor a los franceses que en esas x aguas merodeaban sin perder a los espafoles de vista. Estando unos y otros considerando cémo podrian salir del aquel apuro, cuatro navios ligeros franceses embisten a la flota y hubieran podido disparat contra ella, porque sus barcos iban tan pesados como desprovistos de suficientes defensas, Pasado este peligro, la armada puede por fin llegar a las anhe- Jadas islas Canarias, el 20 de diciembre del dicho afio de 1552, donde permanece hasta ef 24, cuando reanudé su navegacién; pero con tan mala suerte, que al cabo de dos dias de navegacion se ve obligada a regresar al punto de partida por no serle el viento favorable. Fi 30 de diciembre logran los galeones salir por fin de la Gran Canatia, pero el 12 de enero de 1553 se incendia la nave capitana y perecen trescientas personas, entre ellas Garcia del Busta, que venfa a encargarse de la go- bernacién de Popaydn, su esposa, cuatro hijos y algunos hermanos de él y otros que lo eran de su consorte. Sélo se salyé uno de los hermanos def gobernador, don Pedro Hernandez del Busto, porque se arrojé a] mar y nadando pudo Hegar hasta el batel en que habia podido escapar el general de los galeones, Carrefio, junto con dieciocho marineros. A ese caballero lo acogié ¢l obispo Barrios y Jo Ilevé consigo hasta Santafé. Después de tan azaroso viaje, desembarcan por fin en Santa Marta, el ilustre prelado con sus compaiieros de travesia, los esposos Freyle- Rodriguez. El dia de arribo fue precisamente el 6 de febrero de 1553. Don Fray Juan de los Barrios permanece dos meses en este puerto espe- rando un navio que lo Ilevara, ya a Santo Domingo, ya a Cuba, con el objeto de prestar ante el obispo de una de esas dos didccsis cf juramento a que estaba obligado, en virtud de mandato expreso en cédula real, de defender y favorecer la iglesia, de no conspirar contra cl Papa y hacer la visita a los limina apostolarum cada dos afies. etc. Fspera en vano su ilustrisima, porque no hay navio que se comprometa a viajar a aquellos puertos por temor a los corsarios franceses, Dicenle que por Riohacha es posible hacer tal ruta, Encaminase a ese lugar el senor de Jos Barrios y en el camino se informa de un alzamiento de los indios de Buritica. muy pacificos de suyo. La causa de tal levantamiento se atribuye al capitin Pedro de Urstia, sobrino de] presidente del Reino, licenciado Miguel Diez de Armendériz, y nombrado por la Real Audiencia como capitén y justicia mayor de Santa Marta, comisionado para pacificar a los indios de Ja Sierra de Tairona. En cfecto, Urstia ha enviado adelante a algunos espafoles bisofios, personas a quienes por serlo, Itaman en estas tierras chapetones. Estos, por ignorar la lengua indigena y desco- nocer las costumbres, obvian estos inconvenientes entregindose a ejecu- tar en los indios toda clase de atropellas: vejarlos, obligarlos a menesteres contrarios a la dignidad humana y robarles sus tierras y mantenimientos. EI senor obispo ruega, exhorta y aun requiere al guapo capitan navarro, sefior de Urstta, para que prescinda de hacer a tierras de los taironas Ja entrada punitiva que venfa preparando. Ursta persiste en su empeno y el sefior obispo, descorazonado, regresa a Santa Marta, se embarca x1 en el Magdalena y sube al Nuevo Reino y hace escala en Tamalameque, desde donde le escribe a su rey para darle cuenta de las peripecias de su viaje y de las vejaciones inferidas por Jas tropas de Urstia a los naturales de Buriticd. A todas estas, nos quedamos sin saber cud] fue la suerte inmediata que cortieton les padres de Rodriguez Freyle apenas Hegaron a Santa Marta. Si nos atenemos a Jo que éste dice en su crénica, o sea, que “fue mi padre saldado de Pedro de Urstia (...), aumque no se hallé con él en este Reino, sino mucho antes, en las jornadas de Tairona, Valle Dupar, Rio de la Hacha, Pamplona y otras partes” (Cap, 2), cabe entonces supo- ner, primero, que don Juan Freyle y su esposa, dofia Catalina Rodriguez, no acompariaron al obispo de les Barrios en su viaje a Santafé de Bogots: y segundo, que don Juan opté por quedarse en Santa Marta y entrar, en calidad de chapetén, al servicio de Ursa, quien entonces, al decir del redicho sefior de los Barrios, se preparaba a intentar una nueva entrada a dominios de los taironas, Antes de continuar, creemos conveniente hacer muy a la Jigera el recuento de algunas de las actuaciones de Urstia en el Nuevo Reino, anteriores a su expedicin pacificadora a algunas provin- cias de la gobernacién de Santa Marta. Fn el aiio de 1547, después de haber ejercido Ursua el gobierno del Nuevo Reino, como sustituto improvisado de su tio, el licenciado Diez de Armendariz, cargo que por cierto desemperid a gusto de sus stbditos, a pesar de sus verdes afios, trata aquél con éste acerca de realizar su sofiada jornada det Dorado, en Ja cual también soiiaron antes tres alema- nes: Spira, Alfinger y Hutten. Su compariero en la aventora es Orttin ‘Velasco. Salen ambos de Tunja en 1548. Presumen que su Dorado acam- pa alla por los fades de las Sierras Nevadas venezolanas, y hacia alli enca- minan su paso con escalas sucesivas en las provincias de los laches y de los chitareros, en el valle del Espiritu Santo, donde ambos fundan la cindad de Pamplona, cuando discurre el aio de 1549. Precisamente es aqui adonde queriamos egar, porque Rodriguez Freyle dice que su padre acompaié a Pedro de Ursiia en la jornada de Pamplona, y esto no puede ser cierto porque en dicho afio de la fundacién de esta ciudad, 1549, don Juan Freyle andaba atin por sus tierras alcalainas con Ja mente embargada quizds por pensamientos muy distintos del de emprender un viaje de aventuras a esta parte de las Indias Occidentales. Cuatro largos afios después de fundada Pamplona por Urstia, Hegé don Juan a Santa Marta, donde precisamente Jo estaba aguardando, sin conocerlo, cl man- cebo gentil a quien el hado tenia predestinado ya a mori en una tene- brosa encrucijada del Marafidn, a manos de los esbirros del tirano Aguirre. En 155], Urstia hace dos entradas sucesivas a la provincia de Ins Muzos. En la segunda contiende, ademés, con panches y colimas; pero en ambas no logra doblegar Ja resistencia indomable de estos indios astu- tos come la vulpeja, ligeros como el venado y valientes como el toro de casta. xIt En 1552, Is Real Audiencia lama, una vez mds, a Urstia para confiar- le la conquista y pacificacién de los naturales de Ja provincia de Santa Marta, empresa en la cual han fracasado succsivamente don Rodrigo de Bastidas, Rodrigo Alvarez Palomino, Garcia de Lerma, cl doctor Rodrigo Infante, don Pedro FernSndez de Lugo y el propio tio de Ursila, el licen- ciado Miguel Diez de Armenddziz. Cuando don Juan Freyle entra a su servicio, Ursia ya ha recorrido las tierras y sierras de los bodigua, bonda, jiriboca y zaca, aliados de los taiconas, Ya entonces est4 de vuelta de la Sierra Nevada de los Aruaco y ya ha esguazado el Gaira y el Piedras. Ya pasd Ia tremenda pesadilla de la batalla del Paso de Origuo o Paso del Rodrigo, en la cual lidié enfermo de calenturas, descalzo, famélico, des- nutride y con sdlo doce soldades para hacerle frente a més de 2.000 gandules, diestros tiradores de dardos enherbolados —tres heridas de flecha envencnada recibié Urstia en la contienda— y expertos, come los uxianos, susianos ¢ indos, que combatieron con Alejandro Magno’, en la tactica de ganar cumbres inaccesibles para desafiar desde alli ak enemigo a gue las escale, para destrozarlo y arrojarlo luego al abismo, echando a redar sobre él gigantescas piedras o galgas. Vencedor Ursia, regresa a Santa Marta, donde se rchace y prepara una nueva entrada contra los taironas y pocigiieicas. Seria entonces, discurria ya bien entrado el afio de 1553, cuando Juan Freyle ingresaria, en calidad de bisofio chapetén, a las fuer- zas expedicionarias de Urstia, A comienzos de 1554 regresa éste a Santa Marta, de donde pasa a Nombre de Dios y de aqui a Lima: punto de partida de la tristemente jornada de Omagua y del Marafién. No se sabe en qué afio pasaron de Santa Marta a Santafé los padres de Rodriguez Treyle. Incidentalmente su hijo nos cuenta que don Gonzalo Jiménez de Quesada fue compadre de sus padres por haber sido padrino de bautismo de una hija de ellos. (Cap. VII). No se sabe aun si, ademés de Juan y de esta nina, los Freyle-Rodriguez tuvicron otros hijos, coma se ignora también si fue esta nifia, 0 quizds otra, la que con e] andar de los aiios habria de casarse con cl napolitano Francisco Ocalla u Ocaglio, soldado que milité bajo las érdenes de Carlos V en la famosa accién de Argel, entre octubre y diciembre de 154], accidn en la cual las trepas espattolas sufrieron una tremenda derrota, Sea como sea, lo cierto es que nuestro autor tuyo un sobrino clérigo, el padre Antonio Bautista de Ocaglio, que precisamente estaba ejerciendo el curato de Une y Cucca, cuando su tio Juan Rodriguez Freyle estaba a punto de terminar El Carnero (Cap. XIV). Alli mismo cuenta nuestro cronista cémo su padre, don Juan Freyle, acompaiié a Jiménez de Quesada en su segundo viaje a F'spaia, empren- dido a su regreso de Ja infortunada expedicién al Dorade. Comenta Ro- driguez Freyle este viaje, lamenténdose de que st padre lo hubiera hecho, puesto que se marché con muchos y muy buenos ducados y regresé sin blanca. A este percance lo califica el autor como uno de “Jos descuidos” 1 Quinto Curcio Rufo. Historia de Alejandro Magno. Colec. “Obras Maestras”, Barcelona, Ed. Theria, S.A., 1960, pfgs. 84-85 y 193-195. XIE que tenia el Adelantado, el otro fue no haber escrito, siendo hombre de letras, los sucesos de la conquista. Comcntando estos reparos, escribié cl historiador Vicente Restrepo: “Otro de los descuidos que sin duda le achacaba, era el de que no se hubiera constituide en tutor de su compa- dre Rodriguez, para evitar que gastara el caudal que evd a Espana” CApuntes para la biografia del fundador del Nuevo Reino de Granada, Bogotd, 1897, p. 46). No he encontrada dato alguno —que segura- mente tiene que haberlo— sobre este segundo viaje de Quesada a Casti- Nia. De su jornada al Dorado regres6 en 1572, se encargé de Ja pacifi- cacién de los gualies en 1574, lucgo se retira a Mariquita, donde murié cn 1579. Segin estas cuentas, el unico aiio que le quedé disponible para viajar a Espaiia fue el de 1573. De aqui en adelante, don Juan no vuelve a mencionar a sus padres. Cae sobre sus vidas un pesado telén de silencio. Hasta hoy se ignora cuando y dénde murieron, BIOGRAFIA DE UNA SOMBRA Si alguna virtud debe encarecerse en don Juan, la de su discrecién debe serlo ciertamente, Muy de raro en raro encontramos un dato autobiogrd- fico, una alusién, asf sea indirecta, a su persona, alguna luz que nos permita vislumbrar esa sombra esquiva que, al deslizarse sobre Jas pigi- nas de su libro, sélo nos deja el leve rastro de unos intermitentes pasos suyos, tenues huellas que se pierden de pronto para no reaparecer jamds. Cuando més necesitamos saber un detalle de su vida, del cual apenas nos da intencionadamente un ligero indicio, el suficiente para alertar nuestra curiosidad, pasa a ocuparse de ciro tema, con el aire de quicn no ha insinuado nada. En cierto modo, Rodriguez Freyle es el precursor del recurso conocido con el nombre de subliminal en el mundo de la mo- derna publicidad y que consiste on dejar escapar una breve cxpresién en cl curso de un relato, expresi6n que aparentemente nada tiene que ver con éste, pero que repetida a ciertos intervalos, se va insinuando imper- ceptiblemente en el subconsciente del lector hasta convertirse en una obsesién, alld en los mds profundos meandros del alma. Por ahora basta consignar lo mucho que lamentamos la discrecién de nucstro autor, y que pudiera considerarse también como coqueteria literaria, que lo induce a asomarse lo menos posible por entre las celosias de su relato para ha- blarnos en primera persona. A pesar de esto, trataremos de cautivar algu- nas de sus instantaneas y espaciadas apariciones para intentar formar con cllas, eslabondndolas, un bosqueja de lo que pudo set su vida, ya que del cudndo y cémo de su muerte nada se sabe hasta el momento. En el Libro segundo del Bautisme de la iglesia arzcbispal de Santafé de Bogot4, afio de 1566, que se conserva en el archivo de la Parroquia de San Pedro de la hoy simplemente llamada Bogoté, se lee, en su XIV folio 3, la siguiente partida de nacimiento, que transcribimos con la orto- grafia y estilo de la época: “Juan, a 7 dias del mes de maio de 1566 baptize yo Juan descobar cura desta Sancta iglesia a juan hijo de juan Freile i de su legitima muger Catalina Rdz. Fue padrino AI? de Olalla i madrina Juana Lopes de Herrera hija del dicho Al? de Olalla Fueron testigos Lido de maiorga y Gonzalo Cilegible) i porques Vdad lo firmo de mi nombre, Jioan descobar", E] dia de su nacimiento nos lo dice eb propio Rodriguez Freyle en el capitulo II de su Carnero, donde escri- be: “C.. .) naci en esta ciudad de Santafé, y al tiempo que escribo esto me hallo con edad de setenta afios, que Jos cumplo Ja noche que estoy escribiendo este capitulo, que son los veinticinco de abril y dia de San Marcos del dicho afio de seiscientos treinta y seis”, El niio Juan cumple nucve afios, asiste a la escuela publica y acos- tumbra madrugar para “ganarse la palmeta”, o sea, para legar a la escuela antes que los demds nifios. Es asi cémo cicrto dia, el de Santa Lucia, que la iglesia celebra el dia 13 de diciembre, al llegar al pie del campa- nario pajizo de Ja iglesia mayor, ve y oye cémo una mujer se asoma a uno de los balcones de las casas reales y comienza a gritar: “jque se muere el presidente! jque se muere el presidente!”. A estas voces acuden don Hernando Arias Torero, a medio vestir, y en pos de él, don Antonio Cid, cantero de profesién, que desemboca a Ja plaza por Ja calic real. Todos tres, escolar, mayordoma de ohra y cantero, corven a cual més, por ver quién llega primero a la casa del presideme. Por Ja prisa que lleva, al sefior Cid se le cae la capa y le pide al escolar Redrigucz que la recoja y se la eve, Obedece éste y presto Ilcgan los tres al tiempo, traspasan el dintel, suben al segundo piso donde estA la aleoba del pre- sidente, entran, se acercan a su lecho y comprueban, alarmados, que el sefior presidente, don Francisco Bricefo, ya habia muerto. Corria enton- ces el afio de 1575. (Carnero, cap. X). Ota maiiana, precisamente la del 12 de julio de 1580, los nifios de la escuela de Segovia estaban en clase cuando, de pronto, pasé un tropel de gente que iba en pos del oidor y licenciado don Antonio de Ce- tina. El maestro al ver al oidor y el tumulto que Jo segula, pregunté que a dénde iban. Le contestaron en coro que a ver el muerto. Entonces el maestro “pidié la capa, fue tras el vidor, y los muchachos nos fuimos tras del maestro”. Esto Jo cuenta uno de esos discipulos de Segovia, que entonces frisaba en los 14 afios de edad, ciertamente un poco crecidillo para andar atin haciendo palotes en la escuela publica, Fl muerte, al que vecinos, curiosos, alguaciles y eseuelantes iban a ver en albcrotado en- jambre, era el chamatillero 2 quien, mientras vivid, Hamaban los vecinos Juan de los Rios. Hechas las averiguaciones del caso, desctibrense los asesinos: el doctor Andrés Cortés de Mesa y Andrés de Escobedo. Se les sigue el juicio del caso, se les condena a muerte y se les ajusticia publica- mente el 30 de julio de 1580. (Carnero, cap. XII). xv EL VISITADOR BURLADO Siguiendo el orden cronolégico que cn este capitulo nos hemos propues- to, con el fin de reconstruir, en cuanto sea posible, la vida de nuestra cronista, encontramos en su libro estas lineas autobiografieas: “Ilegaron un jueves al medio dia, que yo me hallé en esta sazén en casa del visi- tador. Desde el corredor los veia venir y decia “ya vienen alli”. Estaban jugando las barras en el patio; estdbamos mirando Juan del Villardén, que después fue cura de Susa, y yo, que entonces éramos estudiantes de gramatica [...]" (Carnero, cap. XIIL). Asi, escueta, la cita es sibilina. Precisa enmarcarla en sus anteccdentes y consecuencias para explicar su contenido autobiografico. Corria la segunda mitad de 1580, el mismo afo en que ocurrid la ejecucién del oidor Cortés de Mesa, mencionada en las lineas que anteceden. F] presidente Lope de Armendariz. se muestra desesperado porque cuantas cartas escribe al rey 0 al Real Consejo de Indias, doliéndose del mal trato que el visitador Juan Bautista Monzén ——su juez de residencia— le da, éste, valiéndose de no se sabe qué tretas, intercepta esas cartas. Un dia entra Juan Roldén, sin previo aviso, al despacho del presidente y lo sorprende doliéndose en voz alta de esta su mala fortuna. Roldén, sin pensarlo por segunda vez, le ofrece hacerle viables sus intentos de comunicarse con la Corte. Pidele a Armendariz que le dé dos pliegos aparentemente idénticos, con sus sellos y rabricas, pero diferentes cn su contenido; porque el uno ha de Hevar escrita la carta que él, Armendériz, quicre enviar, y el otro ha de evar sélo una hoja en blanco, Roldén toma este pliego, se lo ata fuertemente a Ja cintura desnuda con una toalla de manos y lo asegura luego con el cinturén de los pantaloncs. E] sobre escrito que contienc la carta de verdad, lo confié Roldan a otro mensajero, de quien nadie recelaba, el cual debia tomar una ruta disimulada que Jo Hevaria sin el menor riesgo ni tropiezo a Cartagena, donde deberfa entregarlo a la primera flota que saliera con destino a Sevilla. Roldén presumia o ya se habia informado de que en Honda Io estaban esperando alguaciles enviados por Monzén para apre- henderla, registrarlo y arrebatarle el pliego del presidente Armendériz. Todo salié tal como to habia planeado el astuto Rolddn; Mega a Honda, Ie intiman prisién, hay una cscaramuza de estocadas, se rinde, lo regis- tran, le arrebatan el pliego que Ilevaba pegado al pellejo. Rolddn se muestra amohinado, Los alguaciles lo consuelan, io invitan a almorzar, Ie ruegan que regrese con ellos a Santafé, donde cl visitador Monzén le brindaré casa y empleo. Roldén agradece las tentadoras ofertas, pero diceles a aquellos alguaciles alguacilados que si no les suena a mal, Je faciliten més bien una canoa y un poco de maiz para viajar a Remedios, donde piensa vivir retratdo sus ultimos dias para no regresar jamas a Santafé, Los alguaciles, condolidos, no sélo le dan Ja canoa que Roldan pide, sino también abundante provisién de bizcacho y cuatro buenos y cremosos quesos. Hechos estos aprontes, Roldan se despide, enternecido XYE y lloroso, de sus generosos benefactores; y éstos, no menos atribulados por Ja separacién, aunque un tanto consolados por las buenas nuevas que se prometian Hevar a Monzén, le descaron a aquél la mejor suerte en su viaje. Deseo que no les salié fallido, porque Roldan, apenas se vio solo, enrumbé su canoa hacia Cartagena en busca de la posta secreta que por otro camino habia enviado con la carta del licenciado Armendariz. Este largo cuento prolijo explica quiénes eran las personas con tanta ansie- dad esperadas por las gentes que oteaban a lo lejos, desde el corredor de Ja casa del visitador Monzén, entre las cuales se encontraban, en condi- cion de curiosos, dos estudiantes de Gramitica: Juan Rodriguez Freyle y Juan de Villardén, futuro cura de Susa. El remate de este cuento, ya se lo imaginar el lector, y con él, el chasco que se Hevaria ell licenciado Monzén y lo amohinados y corridos que quedarian los engatusados algua- ciles engaritados. Esta no fue la tinica ocasin en que Rodriguez Ereyle asistié como espectador eventual de la truculenta tragicomedia en que lo comprome- tieron sus ensafados compadres de la Real Audiencia, secundados taima- damente por prelados y cabildantes de la metropolitana local. Més adelante veremos otra episodio en el que, sin quererlo, se vio interviniendo como impensado testige. ENTRE LA CRUZ Y LA ESPADA Segin el orden cronolégico que venimos siguiendo con la acaso ingenua intencin de reconstruir, si no la vida total de Rodriguez Freyle, s! por Io menos algunas etapas de ella, nos encontramos con que éste dice que era estudiante de la escuela de Segovia, y como tal corrié con todos sus condiscfpulos a curiosear el lugar dende ocurrié la tragica muerte de Juan de los Rios, hecho que tuvo lugar en 1580. Luego anota que era estu- diante de Gramdtica cuando, con su condiseipulo Villardén, estuvo curioseando la egada de los alguaciles embaucados por Roldin, desde un corredor de la casa de Monzén, hecho que ocurrié también en el mismo afio de 1580. En orden a establecer el bagaje cultural de Rodri- guez Freyle, que autorice a dar como suyas las numerosas digresiones eruditas que alternan con la narracién de los hechos que constituyen el eje de su obra, cabe preguntar aqui si cn la escuela de Segovia, que al parecer era solamente fo que hoy se denomina “escucla publica”, en la cual sélo se imparte ensefianze primaria, se ensefiaba también entonces Gra- matica a alumnos mayores de 10 afios y de superior capacidad intelectual. Entendida, claro est4, la palabra Gramdtica en el sentido que en los sighs xv y xv7 se le atribufa, 0 sea, “cstudio de la lengua latina”, o como arte liberal integrante del trivio cl4sico: gramdatica, retérica, y dia- léctica, Ahora bien, esta pregunta se eslabona con otra que suscita la lectura de este texto, que sélo he hallado en Ja edicién de 1890: “Este xvIn Prelado (don fray Luiz Zapata de Cardenas), siendo yo estudiantillo, me ordenéd de corona y grados, y pluguiera Dios los hubiera seguido, pero sabe Dios dispomer lo mejor, que més vale ser razonable soldado, que caer en fama de mal sacerdote, y serlo” Ced. cit., pags. 178-179). Entonces, la pregunta que ahora ocurre hacer es ésta: gen qué afio recibié Rodriguez la orden sagrada de la tonsura? El hecho de ser estudiantillo, relacionado con el de haber recibido Ja “orden de corona y grados”, de manos del arzobispo Zapata de Cér- denas, lleva a Ja conclusién de que ambos hechos coinciden en el 4mbito del Colegio Seminario de San Luis, fundado en 1582 por el mismo arzo- bispo, quien de su peculio pagaba la alimentacién y vestuario de los seminaristas, “Y hubo maestros que leyeron a los colegiales que se eligieron y a los dems que querian ofr gramética y retdrica”. (Carta del arzobispo Zapata de Cardenas al Consejo sobre el abandono del Colegio Seminario por los colegiales e informaciones detalladas al respecto. Friede, Ob. cit., 325-338). Ahora bien, por esa época ya comenzaba a hacerse sentir la carencia de clero secular que supliera en la administracién de las parroquias y en las tarcas de adoctrinamiento a los religiosos de las distintas érdenes que, en virtud de disposiciones especiales, deberfan recogerse en sus conventos. Esta situacign se tornd critica en 1584, cuando “como solu- cién inmediata al problema de la falta de clero, el Arzobispo Zapata re- solvié ordenar a quienes se le presentaran, sin exigir al candidato mayores calidades; tal solucién no fue feliz, pues si aumenté el numero de sacer- dotes, el clero perdié prestigio y por muchos atios se sintieron los efectos de la precipitacién del arzobispo en ordenar candidatos ineptos”. (José Restrepo Posacla, Arguididcesis de Bogotd, t. 1, Bogota, 1961, pag. 19). En esta recursiva “emisién” de clérigos, acaecida en 1584, no pudo que- dar incluido Rodriguez Freyle, porque en ese afio ya él habia abandonado el claustro para alistarse, probablemente en 1583, en la expedicién envia- da por su amigo y protector, cl cidor Alonso Péxez de Salazar, a combatir a los pijaos en la provincia de Timana. Entonces cabe suponer que Ro- driguez recibié la tonsuca de manos de sw prelado al terminar el Semi- nario su primer afo lectivo, o sea, el citado afio de 1582, Para hacer esto, el serior arzobispo tendria en cuenta dos factores: primero, la prepa- tacién intelectual det ordenado gue, aunque no muy adelantada en las teologias dogmaticas y moral y en la ciencia escrituraria, con todo seria en mucho superior a la muy precaria —casi nula diriamos— que debian ofrecer los sacerdotes ordenados en 1584. El segundo factor, o mds bien impedimento, seria la menor edad del candidato: Rodriguez tenia enton- ces 16 afos apenas, edad que Jo inhibia de recibir las Grdenes mayores, pero no asi la de Ja tonsura. Fn 1586, cuando el Seminario se clausuré a consccuencia de una alborotada y original “huelga de sotanas”, ya Ro- driguez andaba por Espafia, a donde viajé “en busca del origen de sus nominativos”. xvnt SOLDADO RAZONABLE Rodriguez. Freyle dice en El Carnero que gasté los afios de su mocedad andando por tierras de pijaos para hacerles la guerra con algunos capi- tanes timaneses. No he podido determinar en qué ciclo de la interminable guerra de espafioles contra pijaos, y viceversa, intervino 0 participé don Juan. Veintiocho ajios antes de nacer, ya lidiaban a muerte conquistado- res y pijaos, natagaimas y coyaimas. Cuarenta y dos aiios largos después de haber nacido él, habria de continuar esta guerra a muerte hasta la casi total extincién de nacién tan bravia como indomable. Algunas pa- labras suyas y algunas circunstancias especiales nos inducen a conjeturar gue Rodriguez se alisié para guerrear contra los pijaos en wna accién de represalia contra ellos, organizada por el capitan Diego de Bocanegra en el afio de 1583. Tenia entonces nuestro cronista 17 afios. Ya acaba- mos de ver cémo a fines de 1582, siendo A estudiantillo, el arzobispo Zapata de Cardenas lo “ordend de corona y grados”. Posiblemente fue entonces cuando, después de pensarlo mucho, decidié “que més vale ser razonable soldado, que caer en fama de mel sacerdote, y serlo”. Estas palabras nos hacen pensar que ya entonces, apenas recibidas Jas primeras Srdenes sagrades, el joven Juan ya tenia en mente “ser razonable solda- do” para alistarse en algunas de Jas sucesivas jornadas emprendidas con el fin de ver la manera de acabar, de una vez por todas, con el ya casi insoluble “problema pijao’. Ahora bien, las posibles circunstancias que lo indujeron a alistarse en la mencionada expedicién de Bocanegra serian las que paso a exponer. Entrado ya el susodicho afio de 1583, el gober- nador de Popaydn, don Sancho Garcia del Fspinar, que habia venido a Santafé con el objeto de ventilar algunos negocios relacionados con su cargo, determina regresar a su provincia. Al Jlegar a la altura del Quindio, le salen al paso los pijaos, le matan gente de su escolta, indios y espaiio- les, y le roban cinco mil pesos del buen oro, muchas valiosas joyas y apreciable cantidad de plata labrada. Inmediatamente, el gobernador pide auxilios a la Audicncia de Santafé. Mientras estos Hegan, cl capitin Bocanegra, a quien, en cualquier momento que se necesite, se le encon- trar4 indefectiblemente pasedndose por tietras de pijao, acude a socorrer al gobernador payanés en apuros. Sale en pos de los asaltantes, a través de las provincias de Tamagala y Guano, donde les inflige rudo castigo. Pasa luego a Coyaima y sienta su real en el sitio donde en tiempo ya longincno prosperd la ahora extinguida ciudad de Santiago de la Frontera. Aguarda aqui Bocanegra el refuerzo de tropas santaferefias, prometido, desde un principio, al pillado gobernador de Popaydn por el oidor encar- gado entonces de la presidencia de la Audiencia, el licenciado Alonso Pérez de Salazar. Precisamente, este caballero es aquel de quien Redri- guez dice en el capitulo XV de su crénica, que “es de mi devocién, y a quien yo fui sirviendo hasta Castilla”. Estas palabras demuestran que favor que el uno le pidiese al otro, le seria atorgado sin dilacién. Y Rodriguez, RIX ni corto ni perezoso, le pediria a su oidor que Jo incluyera en el cucrpo de tropa que ya salia hacia los lados de ‘Timané, en misién punitiva. Pérez de Salazar, que en tan buen concepto tenia a su joven amigo y sarvidor, el sefior Rodriguez, sin tardanza accederia a io que éste le pedia. Ya lo tenemos entonces de “soldado razonable”, presto a entrar en accién. En los primeros encuentros del contingente de refresco con enemigo tan ducho como duro de pelar, algunos soldados mozos, de los que Haman bisofios 0 chapetones, desertan. Colman los vacios que éstos dejan, soldados enviados por e] entonces gobernador de Popaydn, don Juan de la Tuesta Salazar. Recordemos que nuestro autor dice que él signié esta guerra “con algunos capitanes timaneses” (Cap. XIX). Pues bien, con Bocanegra y algunos capitanes timaneses —que la historia tam- poco nombra—, el soldado bisoio Juan Rodriguez entraria a las provin- cias de Otaima, Cocaima, Bcuni y Mato. Bocanegra y su gente deshacen emboscadas, talan sembrados y persiguen al enemigo hasta sus dltimos reductos. Hecho el escarmiento, todos regresan a Chaparral y de aqui dan Ja vuelta a Santafé. Bien parece que a hacer estas casi rutinarias correrias, se limitaria la presunta participacién de Rodriguez Freyle en uno de los muchos episodios o ciclos de Ja guerra hispano-pijao. Ahora bien, si no fue en esta guerra de 1583 cuando nuestro caballero se inicié como “soldado razonable”, acaso por ser demasiado mozo, cabe entonces suponer que en la de 1592, porque ésta si fue ciertamente guerra comandada “por algunos capitancs timaneses”, que es Ja unica caracteristica que nos da para que nosotros averigiiemos quiénes fueron esos capitanes de Timand, qué accién de guerra comandaron y cuando. Efectivamente, en el afio de 1592, don Bernardino de Mojica y Gue- vara, vecino y encomendero de Tunja, pide a la Real Audiencia gue le confie la conquista de los pijaos, a cambio de que se le conceda la gober- nacién de Timand por dos vidas. Don Bernardino se obliga, ademés, a fundar tres ciudades y a formar su equipo de capitanes timaneses. Con este fin, comienza por ordenar a Diego de Bocanegra, el ineludible capi- tén en cualquier accién de guerra contra los pijaos, que salga de las tierras ahora confiadas a su dominio Cel de don Bernardino) y que no vuelva a poner los pies en Ja ciudad de Medina de Jas Torres, Bocanegra obedece. Mojica Mega a Ibagué, cabeza de su gobierno, con achenta soldados, algunos de ellos reclutados en Santafé. gNo seria Rodriguez, entonces de 26 afios, uno de los enrolados? Ciertamente ya no es un mozo, y menos atin un real mozo, porque es un tanto corto de talle y otro tanto regordete y un tantillo jorobado. Mojica sale de Thagué hacia la mesa de Chaparral, a una legua del sitio que ocupa Medina de las Torres. Alli se ocupa don Bernardino en dirigir obras defensivas y en hacer de Chaparral un fuerte, desde donde dirige las operaciones de conquista y pacificacién de la tierra. Al cabo de 20 dias, envia a su maese de campo y futuro capitan timanés, Pedro Jovel, a que con 30 soldados entre a la provincia de Ambeima. Simultdneamente despacha a su sobrino Francisco EX de Serna, con otro destacamento, a que penetre en Ja provincia de Maito. Animado el gobernador Mojica con los éxitos iniciales de su empresa, decide fundar una ciudad, a Ja cual da el nombre de San Miguel de Pedraza. Envia Iuego a Jovel a que inspeccione las provincias de Otaima y Cacaima. En esta ocasién la suerte le es adversa al sobrino de don Bernardino, porque cae en una emboscada que le han tendido los pijaos. Mueren dos de sus soldados: Andrés del Duero y Andrés Azpeitia. Hieren a Juan Velasco, capitén timanés. Los demas soldados huyen. Jovel logra escapar y corre hacia Chaparral. Tanto éste como Velasco piden a Mojica trasladar su cuartel a Neiva, “pues desde alli se podrian hacer con menos peligro las conquistas”. Mofica accede, regresa a Neiva y la reedifica. Reside alli seis meses. Padece trabajos inenarrables: la tropa deserta, los indios de servicio enferman, los soldados mueren, Mojica decide viajar a Tbagué. En cuatro balsas envia por el rio Magdalena cbjetos de su servicio personal, bastimentos, algunos soldados y armas. Hundense las balsas, ahogdndose el alguacil mayor y las indias de servicio. Los demés, desnudos y hambricntos, yerran a la aventura por arcabucos y desiertos. Deshecho, llega don Bernardino con su gente a Ibagué. Enfermo, renun- cia a sus empresas de conquista, regresa a Tunja y aqui muere. Timanéa, que en un principio pertenecié a la gobernacién de Popaydn, pasa Inego a la dependencia de la Real Audiencia de Santafé y termina por ser go- bernacién aparte, bajo el mando de Diego de Ospina, “capitan timanés” y amigo intimo de Francisco Ocallo (u Ocaglio), cufiado de Rodriguez Freyle. Finalmente, los pijaos, libres de huéspedes incémodos, redoblan sus brios y quedan muy ufanos de sus victorias. (Simén, V, 258-261). Viéndolo bien, rememorando esta infortunada aventura del bueno de don Bernardino de Mojica, que nunca ha debido abandonar sus barran- cas de Tunja para irse a tierras de pijaos en busca de pan de trastrigo, no vemos el menor rastro de nuestro “soldado razonable”. De habexse hallado don Juan en esta evaporada expedicién de Timand, nos hubiera dejado en su crénica algo més que esa su instantanea mencién de “que gasté los afios de mi mocedad por esta tierra, siguiendo la guerra con algunos capitanes timaneses”. DUDA QUE PERSISTE Haremos, sin desanimamos, un ultimo esfuerzo para intentar ubicar en el tiempo el aio en que don Juan Rodriguez Freyle anduvo por tierra de los pijaos haciendo su guerra con estos aprovechados alumnos del Cacique Calarcd. Hemos hallado en Ias Noticias Historiales de fray Pedro Simén un pasaje en el que se narra cémo el capitén Antén de Olalla cumplid una misién que le confié ef presidente Borja, cuando éste, en 1608, se puso al frente de las operaciones militares de ese afio dirigiéndolas desde el fuerte de Chaparral. En dicho pasaje hemos encontrado algunas coin- XXI cidencias con otro, ese si autobiografico, de Rodriguez Freyle, que nos han animado a intentar vado para ganar la otra orilla que nos propo- nemos. En efecto, el capitén Olalla, en cumplimiento de aquella misién, salié en busca de los indios natagaimas, que también eran pijaos, los cua les se dedicaban a imposibilitar el trénsito entre Timand y el Valle de Neiva, En esta ocasién Olalla recorrié, no sélo la provincia de los dichos natagaimas, sino también 1a de los cativas y otra en que se levantan unos altisimos y elevados riscos que Jaman Los Organos y que caen sobre el tio Saldafia. Cuando Olalla logré despejar el camino de Timand tomé, junto con los natagaimas, unos indios que parecian ser cautivos de éstos y a quienes Hamaban dukos (Simén, V. 316). Pues bien, Rodriguez también Hegé en sus andanzas belicosas por aquellas tierras hasta los pica- chos de Los Organos, que describe como un fendmeno de la naturaleza, y mos cuenta luego que una vez “nos sucedié que habiendo dado un albazo sobre el cercado del cacique Dura, a donde hallamos retirada la gente, porque nos sinfid 1a espia y les dio aviso, halldronse slo dos indias viejas que no pudieron huir, y un chiquero de indios duhos que los tenian engor- dando para comérselos en las borracheras”. (El subrayado es nuestro). Apiadado de estos indios, nuestro cronista y otros soldados los sacaran de alli, los emplearon como cargueros y, al cabo de algunos dias, huye- ron sin ser sentidos (Carnero, cap. XI, p. 301, ed. de 1955). Esos indios duhos y bahaduhos de que hablan tanto cf padre Simén como Rodriguez Freyle “eran la carne de monte de los pijaos, que salian 2 caza de ellos, como acd se sale a caza de venados’ (Carnero, loc. cit.). Segin el profesor Lucena Samoral, esta misteriosa nacién de los duhos es desco- nocida por Ia prehistoria y la antropologia americana (Ob. cit. vol. TIL, t. I, p. 99). Parece que los duhos y los bahaduhos habitahan en Ia gober- nacién del Valle de la Plata y su provincia o nacién Timitaba por el oriente con los pijzos, pasado el Magdalena. Fl Valle de la Plata se extendia desde Pasca hasta Timand, y estaba adscrito al Valle de Neiva y equidistante entre la nacidn pijac y Santafé. Finalmente, estas aparentes coincidencias topogedficas (las cumbres de Los Organos) y humanas Cel encuentro con Ios indios duhos y bahaduhos), amén de otras, mds bien anodinas, no autorizan para sefialar el afio de 1608 como aquel en que Rodriguez, ya hombre de 42 aiios, entrd a participar en Ja septuagésima contienda contra los pijaos. Quizds, si algin dia se encontraran las néminas o catalogos de Jos soldados que acompaiia- ron a Tos capitanes Bocanegra, Talaverano, Mojica, Salazar, Villanueva, Velasco, etc., etc., en sus respectivas jornadas en tierras de pijaos. quizds aparezca mencionado en tales documentos el nombre del “soldado razo- nable" don Juan Rodriguez Freyle. No descarto tampoco la posibilidad de que este dato ande por ahi, ya divulgado y confirmado, en libros o documentos que yo no conozco. Muy a vuclo de péjaro nos da nuestro autor una visidn de lo que fue esa contienda, desde que se inicié hasta el dia en que don Juan de Borja XXII la dejé a punto de terminar. Tanto Rodriguez como fray Pedro Simén quisieron escribir Ja historia pormenorizada de esta guerra desde sus prin- cipios hasta su terminacién, pero apenas pusieron manos en escribirla, se encontraron con gue ya estaba hecha y andaba manuscrita de mano. en mano, bajo el titulo de Guerra y conguista de los indios pijaos, Su autor era don Hernando de Angulo y Velasco, quien, por ser escribano de Ia Real Audiencia y secretario del presidente Borja, pado disponer de abundante documentacién de primera mano y fue, ademés, testigo presencial de no pocos encuentros entre espaioles y pijaos, por haber acompafiado a Borja en sus dos entradas: a Chaparral (1608) y a Tbagué (1607). Infortunadamente, de los manuscritos de esa obra no se logré conservar siquiera uno tan sélo. Igual suerte corrié el manuscrita de la Comedia de Ia guerra de los pijavs, obra del mariquitefio Hernando de Ospina, sobrino del capitén Diego de Ospina, de quien pasaremos a ocuparnos en seguida. UNA CONSPIRACION FANTASMAL Conviene retroceder aqui al afio de 1581, cuando acontecié un hecho al cual se refiere nuestro autor en forma autobiogrdfica para dar testi- monio de él. En dicho aiio culminan las dcsavenencias de la Real Audien- cia con el visitador Monzén. Circula en la ciudad fa noticia de la inter- ceptacién de un mensaje secreto enviado por don Diego de Torres, cacique de Turmequé, al visitador Monzén, en el cual Je daba a entender que si necesitaba hombres, él, Torres, haria de las espigas soldados. Los de la Audiencia Je dieron a este recado metaférico el significado que ellos entendian ser el mas apropiado al momento, o sea, que el Cacique y el visitador tramaban un alzamiento. Entonces, para debelarlo, enviaron propios a Mariquita con el objeto de que avisaran al capitdn del sello real, Diego de Ospina, que debia acudir con gente de tropa en auxilio de la Audiencia. Segin fray Alberto Pedrero, este Ospina era “un mozo de condicién inguieta con cualidades harto impertinentes al servicio de Vuestra Majestad” (Carta al rey, Pamplona, 29 noviembre de 1581, en Friede, Ob. cit. VIII, 73). Segim doiia Esperanza Galvez Pefia, “este tal Ospina era un condenado a galeras”. (La visita de Monzén y Prieto de Orellana al Nuevo Reino de Granada, Sevilla, 1974, p. 75). Avisado Ospina, ptisose en camino con 30 arcabuceros y el capitan Oliva, Iegaron a Tocaima, tomaron descanso en una venta Hamada La venta de Aristoy, “a donde habfamos Iegado poco antes, yo y un cufado mio Tamado Francisco Antonio de Ocallo, napolitano.. .” (Carnero, cap. XIV). Este y Ospina eran buenos amigos. Rodriguez y su cufiado iban a Tocaima en viaje de negocios. Ospina le pregunté a Ocallo u Ocaglio qué nuevas corrfan en Santafé. Contestéle el napolitano que alli todo anda revuelto a causa de Jo mal que se Ievaba el visitador Monzén con los sefiores de la XxI Audiencia. Ospina, al oir esto, le dijo a Francisco Antonio: “AJI4 voy (a Santafé), que me han enviado a llamar y para lo que se me ofreciesc llevo conmigo esta gente.