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La rebelión de las Cañadas. Origen y Ascenso Del EZLN

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La rebelión de las Cañadas. Origen y Ascenso Del EZLN-Carlos Tello Díaz
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La violencia en Chiapas

Aprincipios de 1983, el general Absalón Castellanos empezaba
su gestión al frente del gobierno de Chiapas. Su gobierno, que
duraría seis años, habría de ser uno de los más negros en la
historia del estado. El general Castellanos acababa de cumplir
cincuenta y nueve años. Su vida, muy activa, había transcurri­
do sin interrupción en las filas del Ejército. Fue director del
Colegio Militar y, más tarde, comandante de la 31a Zona Militar
en Chiapas. En el momento de ser designado gobernador era
también uno de los ganaderos más poderosos del estado. Los
Castellanos, originarios de Comitán, eran conocidos por sus pai­
sanos como "los caciques de la Selva".1 La familia del general
-hermanos, tíos, sobrinos- poseía muchas de las propiedades
más grandes de la región. En La Independencia tenían la finca
Pinar del Río, de 1 500 hectáreas; en Amatenango del Valle, la
finca San Nicolás, de 2 500 hectáreas; en Las Margaritas, la finca
El Momón, de 10 000 hectáreas. Uno de los hermanos del gober­
nador, Ernesto, nombrado presidente del Comité Estatal Forestal,
amasaría por esos años una fortuna gigantesca con la
devastación de los bosques de Chiapas y de Oaxaca. Junto con
la corrupción, sin duda, el signo del gobierno del general ha­
101
bría de ser la represión contra todas las organizaciones campe­
sinas del estado. Un indicio de la represión por venir tuvo lugar
en la primavera de 1983. A mediados de marzo, dos tojolabales,
Tomás y Felipe López, que trabajaban acasillados en la finca
La Candelaria, cayeron en manos de las autoridades de Las Mar­
garitas. Ambos fueron torturados. Sus casas, más tarde, ardie­
ron entre las llamas. Tomás y Felipe, militantes de la CIOAC,
descubrieron en la cárcel la naturaleza de su delito: las tierras
que solicitaban -una parte de La Candelaria- eran propiedad
de la madre del gobernador de Chiapas.
Absalón Castellanos había sido nombrado gobernador en el
contexto del recrudecimiento de la Revolución en Ce n­
troamérica. El gobierno de México, preocupado por el auge de
la guerrilla, quería tener seguridad en su frontera con Guate­
mala. Resultaba por ello natural designar un general al frente
del gobierno del estado. La militarización de Chiapas empezó
por esos años con la construcción de la carretera del Usuma­
cinta, que tenía por objeto facilitar el desplazamiento de las tro­
pas en el sureste de México. En Guatemala, al lado de la
frontera, la población sufría con una brutalidad sin preceden­
tes la violencia del general Efraín Ríos Montt. La represión
desatada por su cuerpo de élite, los kaibiles, acabó por com­
pleto con las comunidades que respaldaban al Ejército Gue­
rrillero de los Pobres, muchos de cuyos rasgos -su
reivindicación de los indígenas, su paciencia, su vocación por
el secreto- habrían de caracterizar después, en México, al
Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En la Selva Lacan­
dona, la mayoría de los refugiados -más de cuarenta mil­
recibió protección en la zona que lindaba con el río Lacantún.
Algunos fueron luego transferidos a Campeche, otros a Tabas­
co y unos más a Quintana Roo. La Revolución ardía por todas
partes. En El Salvador, los rebeldes contaban incluso con el
apoyo de la Iglesia. Las comunidades de base, los jesuitas, el
arzobispo, todos estaban involucrados en una lucha de libera­
ción. El socialismo, a principios de los ochenta, era todavía un
102
ideal por el que los hombres estaban dispuestos a sacrificar la
vida. En ese contexto, el recurso de las armas parecía no nada
más legítimo, sino también viable. Su viabilidad acababa de
ser demostrada por los sandinistas en Nicaragua, quienes re­
novaron, con su lucha, el ejemplo de la Revolución Cubana.
La postura de la Iglesia
Samuel Ruiz vivía de cerca la Revolución en Centroamérica.
Con Osear Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador, man­
tuvo siempre relaciones muy cordiales, como las mantuvo tam­
bién con los jesuitas de la UCA. Secundado por un grupo de
sacerdotes, todos de Chiapas, publicó varios desplegados para
condenar la represión en Guatemala. Eran tiempos sumamente
turbulentos. Apenas unos meses antes, recordaba, un cura de la
diócesis de Tapachula, el padre Hipólito Cervantes, había sido
acribillado en su parroquia por soldados del general Ríos Montt.
Así lo sabía también, sin duda, el reportero del Unomásuno
que lo entrevistó en su casa de San Cristóbal en marzo de 1983.
Aquel mes, justamente, Sergio Méndez Arceo, que había cum­
plido setenta y cinco años, acababa de dejar la diócesis de Cuer­
navaca. Don Samuel, a partir de entonces, habría de ser la cabeza
más visible del ala progresista de la Iglesia. Era un hombre ya
maduro, con la mirada cansada detrás del vidrio de sus ante­
ojos. Aunque le gustaba mucho, todavía, perturbar las conven­
ciones con su forma de vestir: sus combinaciones de camisas y
corbatas desafiaban, en efecto, los gustos más extravagantes.
Ese día de marzo, en su casa, habló sin rodeos al Unomásuno.
-De pasarse el fuego de Centroamérica a México no será
por cuestiones ideológicas, sino debido a las carencias y nece­
sidades de la sociedad marginada .........-explicó monseñor Ruiz.
En aquel entonces, de hecho, quienes formarían el núcleo
del EZLN tenían ya relaciones con algunos miembros de la dióce­
sis de San Cristóbal.
103
-El cambio vendrá a partir de las demandas de quienes es­
tán fuera de los beneficios de la sociedad --continuó-o Varios
grupos buscan el cambio de la sociedad y se habla de la exigen­
cia del cambio del sistema social, y esto tiene cierta conver­
gencia con la vocación del cristiano al anunciar un reino de
justicia, amor y paz.
2
Unos meses después, a mediados de noviembre, penetraron
en la Selva los cuadros de lo que, tiempo más tarde, habría de
ser el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En México,
desde los sesenta, las guerrillas conformaron, vale recordar, un
fenómeno más o menos recurrente. Hubo muchas, algunas im­
portantes, pero todas fracasaron. Todas desaparecieron junto
con los hombres que las comandaban, liquidados en su mayo­
ría por las fuerzas del Estado. Arturo Gámiz, líder de la Unión
General de Obreros y Campesinos, murió con sus compañeros el
23 de septiembre de 1965, al tratar de tomar por las armas el
cuartel de Ciudad Madera, al oeste de Chihuahua. Genaro V áz­
quez, dirigente de la Asociación Cívica Nacional Revoluciona­
ria, murió junto a sus acompañantes el 2 de febrero de 1972, en
un accidente de carretera, unos 12 kilómetros antes de llegar a la
capital de Michoacán. Lucio Cabañas, cabeza del Partido de los
Pobres, murió también el 2 de diciembre de 1974, solo, embos­
cado por un destacamento de soldados en El Ototal, un poblado
de la sierra de Guerrero. Estos fueron, sin duda, los grupos más
famosos que lucharon con las armas. Hubo desde luego muchos
otros: el Frente Urbano Zapatista, el Movimiento de Acción Re­
volucionaria, los Comandos Armados del Pueblo, todos ellos re­
primidos por un gobierno que, sin embargo, apoyaba sin titubeos
a la Revolución Cubana. Hacia finales de los setenta quedaban
en el país, visibles todavía, dos movimientos más que reivindi­
caban el uso de las armas: el Partido Revolucionario Obrero Clan­
destino-Unión del Pueblo y la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Ambos limitaban sus actividades a los asaltos, a los secuestros y
también, en ocasiones, a los asesinatos. Eran muy distintos, en
sus métodos de lucha, al grupo que comenzaba por esos días a
104
trabajar con los indígenas de Chiapas. "Seguimos el camino co­
rrecto", afirmarían los dirigentes del EZLN. "No nos aventamos
a asaltar bancos, a matar policías, a secuestrar, sino que nos di­
mos a aprender sin que nadie nos enseñara".3
El discurso de los guerrilleros que llegaron a las Cañadas
en el otoño de 1983 era muy parecido, sin lugar a dudas, al .
discurso de los maoístas que trabajaron en esa región antes de
su llegada: Unión del Pueblo y Línea Proletaria. Ambos per­
seguían un mismo fin, por diferentes medios: la Revolución.
La diócesis de San Cristóbal, naturalmente, apoyaba sin vaci­
lar aquel ideal. Estaba comprometida con la liberación de las
comunidades, y más aún: con el cambio del sistema. Esa era
la diferencia que la distinguía de la diócesis de TuxtIa, pobla­
da de zoques, así como también de la diócesis de Tapachula,
habitada sobre todo p o ~ mames, muchos miles, diseminados
en las laderas de las montañas de Chiapas. La politización de
las comunidades de las Cañadas era, sobre todo, resultado del
compromiso que con ellas adquirieron los sacerdotes de la
diócesis de San Cristóbal. Nadie lo negó jamás, incluso des­
pués ~ e l estallido de la rebelión del EZLN. "Ciertamente no­
sotros tenemos que ver con esa rebelión", afirmaría don
Samuel, "porque a raíz de la reflexión cristiana instamos a los
indios a recuperar su dignidad y a darse cuenta de que para
ellos no sólo hay deberes sino también derechos".4 ¿A eso
limitaba su responsabilidad la diócesis encabezada por Samuel
Ruiz, a contribuir a la toma de conciencia de los indígenas de
las Cañadas? La diócesis no era -no es- una comunidad
notable por la homogeneidad de sus miembros. Las doctrinas
más dispares cohabitaban en la Casa del Señor. Entre sus agen­
tes de pastoral, en aquellos tiempos, prevaleció sin embargo
la postura de quienes estaban convencidos de la necesidad de
respaldar a la guerrilla para contribuir, así, a la liberación de
las comunidades.
La diócesis tomó la decisión de colaborar con los rebeldes en
un contexto muy particular. En 1983, las comunidades de Chia­
105
Un proyecto de Revolución
¿Quiénes eran esos hombres y mujeres que llegaron a la Selva
con el otoño de 1983? Muy pocos lo sabían. Eran militantes de
las Fuerzas de Liberación Nacional. Las FLN, fundadas a fina­
les de los sesenta, habían sido descubiertas en un tiroteo con la
policía de Monterrey. Con el paso de los años, hacia mediados
de los setenta, recibieron un golpe que pudo ser de muerte. Las
fuerzas del Estado los cercaron en Monterrey y Nepantla, y
después en Ocosingo. Allí murió César Yáñez, "el principal
. cabecilla del grupo", según una nota de la Procuraduría.
6
Y áñez
daba clases de derecho en la Universidad de Nuevo León. "Era
un tipo muy destacado en los medios universitarios", afirman
sus contemporáneos.
7
Muchos de los miembros de la organiza­
ción eran, como él, intelectuales de la clase media del país.
Entre sus militantes estaba Napoleón Glockner, hijo del ex rec­
tor de la Universidad de Puebla, que pasaría después unos me­
ses en el penal de Lecumberri, antes de ser ajusticiado por sus
compañeros, acusado de traición junto con su mujer, Nora Ri­
vera. Estaba también Alberto Híjar, funcionario de la Secreta­
ría del Trabajo, profesor de filosofía en la UNAM, amigo del
pintor David Alfaro Siqueiros, que sería más tarde capturado
por las fuerzas de seguridad en la ciudad de México. Estaba,
por último, Dení Prieto. Sus padres, que vivían en Coyoacán,
pensaban que Dení trabajaba con una comunidad de campesi­
nos en Tlaxcala. "Era una chava muy sensible, muy inteligen­
te, muy comprometida", recuerda uno de sus compañeros en el
Colegio Madrid.
8
Dení -o sea, Maria Luisa- era parte de la
red urbana de las FLN en el estado de México. Fue una de las
cinco personas que murieron en la casa de Nepantla. Tenía sólo
diecinueve años.
Las FLN atravesaron por un periodo muy crítico después de ser
golpeadas por el Ejército. Sus dirigentes estaban muertos, presos
o desaparecidos. Ello no obstante, a pesar de perder las redes
que tenían en los estados de México, Chiapas y Nuevo León,
conservaban aún las que tenían en otras partes de la República.
Estaban a salvo los responsables de Puebla, Veracruz y Tabasco,
así como también los del Distrito Federal. Varios de ellos llega­
rían después a la Selva Lacandona. Entonces sobrevivían en
circunstancias muy precarias, bajo las órdenes del compañero
Mario Sáenz. Eran los tiempos más terribles de la guerra sucia
contra la guerrilla. Muchos de ellos renunciaron a la causa. Otros
no: persistieron. A fines de los setenta, las FLN, ya bajo la jefatu­
ra de Fernando Y áñez, empezaron a crecer en el contexto de la
Revolución en Centroamérica. Los unían vínculos de solidari­
dad con los movimientos que sacudían esa región. Algunos de
sus militantes (por ejemplo Ruth Herrera) eran miembros del
FSLN de Nicaragua; otros (como William Morales) eran parte
de las FALN de Puerto Rico. No tenían impedimento de nacio­
nalidad para reclutar a quienes simpatizaban con su causa. Un
año después del triunfo de los sandinistas, inspirados por esa
victoria, publicaron sus Estatutos, un documento de cuarenta y
dos cuartillas que tenía en la portada una estrella roja de cinco
puntas encerrada por un círculo negro, sobre las siglas de las FLN.
Ahí plasmaron sus metas, enunciadas en el capítulo de los Prin­
cipios Generales. "Las FLN", declaraban, "son una organiza­
ción político-militar cuyo fin es la toma del poder político por
los trabajadores del campo y la ciudad de la República Mexica­
na, para instaurar una república popular con un sistema
socialista".9
Las FLN combinaban, en la clandestinidad, tres formas de
lucha: la política, la militar y la ideológica. Sus fines, a largo
plazo, eran "derrotar política y militarmente a la burguesía",
para después "instaurar un sistema socialista que, mediante la
propiedad social de los medios de producción, suprima la ex­
plotación de los trabajadores". 10 En esa línea tenían, asimismo,
fines a corto plazo. U no de ellos resulta ahora sorprendente.
"Integrar las luchas del proletariado urbano con las luchas de
campesinos e indígenas de las zonas más explotadas de nuestro
país", afirmaban los Estatutos, "y formar el Ejército Zapatista
108
109
de Liberación Nacional" .11 El EZLN, en efecto, al menos en esa
concepción, estaba ya previsto tres lustros antes de salir a la
luz en Chiapas. Era uno de los organismos que constituían las
FLN, junto con las EYOL (o sea, las células de Estudiantes y
Obreros en Lucha). Ambos operaban bajo las órdenes de la Di­
rección Nacional, "el organismo político-militar de mayor je­
rarquía de las FLN"Y La Dirección Nacional estaba formada
por tres responsables nacionales, uno de los cuales era el co­
mandante en jefe de las Fuerzas de Liberación Nacional. Para
desarrollar sus funciones contaba, además del Buró Político,
con el apoyo de dos entidades: las Comandancias de los Fren­
tes de Combate y los Comités Clandestinos Directivos de Zona.
Eran estructuras muy complejas, indispensables para conseguir
el propósito del movimiento: "llevar al pueblo a sostener una
larga lucha revolucionaria para sacudirse la dominación capi­
talista, considerando la lucha armada como una extensión y la
expresión superior de la lucha política de masas, y proponién­
dose iniciarla en aquellos lugares donde las masas irredentas
estén dispuestas a empuñar las armas, aprovechando las deter­
minaciones geográficas y estratégicas debidamente valoradas
por nuestros mandos". 13 Chiapas ofrecía todas las ventajas para
su proyecto de Revolución.
La fundación del EZLN
Los zapatistas no negarían, al estallar la rebelión, sus lazos con
las FLN. "Somos de ésos", habría de confesar el mayor Mario.
14
Hacia fines de 1983, en efecto, los dirigentes más importantes
del movimiento llegaron a la Selva para fundar el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional. Llevaban varios meses dedi­
cados a recorrer el territorio que sería después la zona de sus
operaciones en Chiapas. A mediados de noviembre, con el fin
de las lluvias, salieron en un camión de carga rumbo a las Ca­
ñadas. Arribaron con sus mochilas a cuestas a las orillas del río
110
Jataté, que cruzaron para pernoctar en el ejido La Sultana. En­
tonces comenzaron a caminar hacia el oriente, en busca del cen­
tro de la Selva. Al pasar por las comunidades de la región usaban
siempre los uniformes de trabajo, color caqui, que solían llevar
los ingenieros de Pemex. Al cabo de dos o tres jornadas de mar­
cha divisaron el nacimiento del río Negro. Allí establecieron su
campamento. Era el 17 de noviembre. Formaban un grupo de
cinco personas nada más: dos indígenas (Frank y Javier) y tres·
mestizos (Germán, Elisa y Rodolfo). Todos acababan de cam­
biar sus nombres por razones de seguridad. Con el paso del tiem­
po llegaron varios compañeros más, algunos mestizos, otros
indígenas del norte de Chiapas. Todos bajaron después por la
cuenca del río Negro para sentar sus bases en los alrededores de
la laguna de Miramar. Entre los indígenas del grupo destacaban,
en ese momento, Mario, Frank y Benjamín, los cuales tenían
relaciones de parentesco con algunas de las familias de los eji­
dos asentados al sur de Miramar -sobre todo Tierra y Libertad,
formado por choles y tzotziles originarios, como ellos, de la
región de Sabanilla. En aquel ejido, en efecto, los zapatistas tu­
vieron sus primeros contactos con los campesinos de la Selva.
Los cuadros que fundaron el EZLN entrenaban bajo las ór­
denes del comandante Germán, el jefe supremo de las FLN.
Germán les daba cursos de guerra de guerrillas: les enseñaba
a caminar en la montaña, a cazar, a manejar las armas que
serían después fundamentales en la guerra de liberación. Con
él estaban ya, por esas fechas, algunos de los jóvenes más
prometedores del movimiento. Vivían todos muy aislados en
la Selva. Uno de sus contactos con el exterior era Gabriela, el
nombre de lucha de Silvia Fernández, quien tenía bajo su res­
ponsabilidad el avituallamiento de los compañeros del EZLN.
Gabriela acababa de cumplir treinta y cinco años. Vivía por
lo general en la ciudad de México, donde formaba parte de la
dirigencia de las FLN. Había comenzado su vida de militante
durante los años más duros del combate a la guerrilla, aque­
llos que siguieron al golpe de Nepantla. Todos entonces la
111
conocían con el nombre de Sofía. Tiempo más tarde, junto
con sus actividades en las FLN, coordinó la carrera de diseño
de la comunicación en la Universidad Autónoma Metropoli­
tana. Allí reclutó, al final de los setenta, a varios de quienes
serían después los artífices del EZLN. El objetivo de todos ellos
era realizar la Revolución en México, a partir del ejército re­
belde que preparaban en Chiapas. En la montaña, según sus
planes, entrenaban a los guerrilleros que combatirían después
en el resto del país. Tenían por guía "la ciencia de la historia y
la sociedad: el marxismo-leninismo, que ha demostrado su va­
lidez en todas las revoluciones triunfantes de este siglo",'5
Durante 1984, ocultos todavía, empezaron a trabajar con dis­
creción entre los campesinos de la Selva. Vacunaban, enseña­
ban, ayudaban en los quehaceres del campo. También recorrían
las cañadas más profundas de la región. Quienes los veían en
la montaña -altos, blancos y delgados- los confundían a
menudo con los turistas que visitaban la laguna de Miramar.
Así transcurrieron los días. Estaban asentados en su territo­
rio, pero no penetraban aún en las comunidades.
El compañero Marcos
A lo largo de 1984 empezó a destacar sobre los demás uno de
los cuadros mejor preparados de las FLN, uno que con el curso
de los años habría de pasar a la historia con un nombre de le­
yenda: Marcos. Su nombre de verdad, en el movimiento, lo
conocía nada más la Dirección Nacional. Rafael Guillén, en
aquel verano, acababa de cumplir veintisiete años. Era natural
de Tampico, Tamaulipas. Había realizado sus estudios en el
Colegio Félix de Jesús Rougier y, más tarde, con los jesuitas,
en el Instituto Cultural Tampico. Allí fundó con sus amigos
una revista de literatura, La Raíz Oculta, producida por el Ta­
ller de Ciencias de la Comunicación. Participó también en una
obra de teatro sumamente popular por esos días: Esperando a
112
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Godot. Era un muchacho bastante reservado, algo tímido, con
fama de excéntrico en su forma de vestir (hay quien lo recuer­
da, por ejemplo, con una boina roja). Los fines de semana, se­
gún sus amistades, los aprovechaba para trabajar en la colonia
Pescadores, una de las más pobres de Tampico. Sus padres,
Alfonso Guillén y Socorro Vicente, vivían con sencillez en Eba­
no 205. Tenían una cadena de tiendas de muebles, donde ven­
dían también electrodomésticos: Mueblerías Guillén. Rafael
vivió con ellos hasta salir a la capital para cursar sus estudios
de filosofía en la UNAM. Unos años más tarde, por el éxito de
sus exámenes, recibiría la Medalla Gabino Barreda. Era lector
de los estructuralistas, en especial de Althusser y de Foucault.
A finales de los setenta dio por un tiempo cIases en la UAM,
donde tuvo la oportunidad de conocer a Silvia Fernández, la
dirigente de las FLN. El encuentro fue trascendental. Rafael
Guillén, desde entonces, hizo suya la consigna de los guerrille­
ros, una frase tomada del general Vicente Guerrero: Vivir por
la Patria o Morir por la Libertad.
Guíllén comenzó a asistir muy pronto, a partir de su reclu­
tamiento, a las casas de seguridad que tenían las FLN en la
ciudad de México. "Empezaba a enfrentar un mundo nuevo",
diría más tarde, "apenas intuido por lecturas de historia y no­
velas".'6 Sus compañeros, entonces, lo llamaban Zacarías. A
principios de los ochenta participó con ellos en los preparati­
vos del curso de primeros auxilios que tuvo lugar en San Cris­
tóbal. Un año después viajó con un grupo más pequeño-en
el que también estaba Elisa- a la capital de Nicaragua, don­
de coordinó un taller de diseño de la comunicación dirigido a
sindicatos que pertenecían al Frente Sandinista de Liberación
Nacional. Tenía contactos entre los sandinistas, algunos esta­
blecidos por medio de Alberto Híjar, uño de sus sinodales en
la Universidad, entonces todavía militante de las FLN. A su
regreso, entusiasmado con lo que vio, dejÓ de dar por unos
meses sus clases de la UAM para dedicar todo su tiempo a la
Revolución. Algunos testimonios afirman que, en aquel pe­
113
riodo, asistió con otros guerrilleros a un campo de entrena­
miento en Cuba; otros más confiables aseguran, por el con­
trario, que fungió como representante de los militantes de la
ciudad en el Buró Político de las FLN. Era responsable de la
red de Monterrey cuando, pocos meses antes de la fundación
del EZLN, murió quien había sido su mentor en la organiza­
ción, un hombre muy versado en la historia de las guerrillas
del país, prolífico con la pluma, que por esos tiempos tenía
bajo su responsabilidad la red de Chihuahua. Falleció con su
mujer en un tiroteo contra la policía, en la ciudad de Puebla.
Su nombre de pila era Marcos. Poco después, Rafael Guillén,
en su memoria, lo adoptó como nombre de combate. Con él
llegó a la Selva Lacandona en mayo de 1984, al campamento
que mandos llamaban La Pesadilla. Allí continuó su edu­
cación. "Había que aprender a vivir de la montaña, hacer que
la montaña nos aceptara", diría más tarde.
l
? No fue nada fácil.
Era necesario caminar sin descanso, con el peso de la
la; comer sin pode: bajar a los poblados; aprender a
dormir en hamaca, cubierto por un pedazo de nylon, en medio
del zumbido de los moscos. Marcos evocaría después aque­
llos años, tan duros, como los más importantes de su vida.
En octubre de 1984, Marcos habló con otros compañeros en
una reunión que tuvo lugar en el ejido Las Tazas. Acababa de
recibir apenas unos días antes el grado de teniente del EZLN.
En esa ocasión estaba vestido de civil. sin armas, rodeado de
los representantes de las comunidades más importantes de la
cañada de Avellanal. Eran alrededor de veinte, sentados todos
a la sombra de unos árboles. La reunión empezó con unas pala­
bras de Panchón, un militante de las FLN que Marcos conocía
desde sus tiempos al frente de la red de Monterrey. El compa­
ñero Panchón, que era agrónomo, describió las técnicas más
adecuadas para trabajar la tierra de la Selva. Después intervino
Marcos. Su forma de ser -amable, muy suave- inspiraba con­
fianza en la gente, que seguía con atención el sentido de su
discurso. Muchos lo veían allí por vez primera, joven, bastante
pálido, enflaquecido por los rigores de la montaña. Parecía muy
convencido de lo que decía. Habló sobre el EZLN, sobre la ne­
cesidad de luchar por medio de las armas para terminar de raíz
con la pobreza en México. Era indispensable, explicaba, "ini­
ciar la ofensiva guerrillera contra el ejército burgués".18 Había
que construir una nueva Patria.
Los indígenas que lo rodeaban también hablaron al final de
la reunión. Expusieron sus problemas, aceptaron el apoyo que
\
les ofrecía el EZLN. Estaban allí presentes algunos de los diri­
"
gentes más radicales de la Unión de Uniones, entonces apenas
repuestos de la derrota sufrida por ellos a raíz del rompimiento
con la Pajal Ya Kactic. El sueño de los campesinos de la región
--constituir una unión de crédito- acababa de fracasar de la
forma más estrepitosa. Las cosas iban mal. Hacía también un
año, un año y medio, que permanecían fuera de circulación los
asesores de Línea Proletaria. acusados de gobiernistas por la
diócesis de San Cristóbal. Adolfo Orive, por ejemplo, trabaja­
ba con unos compañeros en un despacho de consultoría que
tenían en la ciudad de México. René Gómez, a su vez, concentra­
ba sus esfuerzos en un proyecto de cría de novillos en el ejido
Amador. Casi todas las actividades de dirección estaban sus­
pendidas. En ese contexto de languidez, las FLN empezaron a
contactar a los militantes de la Unión de Uniones. El presiden­
te de la Unión era Francisco López, don Pancho, un chol de
Sabanilla que vivía con su familia en el ejido Tierra y Libertad.
Tenía por aquel entonces alrededor de treinta y tres años. Era
catequista. Hablaba chol, tzeltal, tzotzil y tojolabal, y domina­
ba muy bien el español. Conocía de vista, por supuesto, a todos
los guerrilleros que caminaban por la zona. Mantenía relacio­
nes, asimismo, esporádicas y breves, con algunos de sus líde­
res. Era por demás imposible no tenerlas. Los campamentos de
los zapatistas estaban localizados en los alrededores de su co­
munidad, que sería también la primera en ofrecerles una base
)
de apoyo para que pudieran, desde allí, salir a recorrer el resto
de las Cañadas. El EZLN, con el tiempo, gracias al apoyo de los
114 lIS
t
líderes de la región, coincidiría punto por punto con las bases
de la Unión de Uniones.
Represión y rebelión
Al comenzar el año de 1985, la Unión de Uniones recuperó
parte de su fuerza con el empuje de su nuevo dirigente, Ausencio
Lorenzo, un tzeltal originario de Dolores las Palmas. Las acti­
vidades que promovió, muy novedosas, permitieron a la Unión,
en reflujo desde la ruptura con la Pajal, enfrentar con éxito los
sucesos acaecidos en Nueva Estrella. En ese verano, un grupo
de peones que solicitaban tierras entraron en conflicto con los
ganaderos del segundo valle de Ocosingo. El conflicto, fuera
de control, provocó más tarde que pistoleros a sueldo quema­
ran, como represalia, la comunidad de N úeva Estrella. La Unión
de Uniones respondió con la movilización de todos los ejidos,
que culminó después con un plantón en la cabecera de Ocosingo.
Así surgió de nuevo, a mediados de 1985, como la presencia
más poderosa de las Cañadas. Aquel año, cabe señalar, había
sido sumamente represivo. El 27 de enero, Enrique Vázquez,
dirigente tojolabal del PSUM, fue baleado sin piedad en un ca­
mino de Las Margaritas. El 5 de abril, Florentino Pérez, líder
campesino del ejido Buena Vista, fue liquidado por elementos
de la Policía JudiciaL El 27 de julio, Margarito Ruiz, secreta­
rio general de la CIOAC, fue cercado por un grupo de matones
apenas unas horas después de negociar el cese de la represión
con el general Castellanos. El 4 de octubre, Andulio Gálvez,
abogado de los pobres, diputado federal por el PSUM, fue acri­
billado por unos pistoleros frente a sus oficinas en Comitán.
Amnistía Internacional, que publicó después sus investigacio­
nes en España, afirmaría que los pistoleros, comandados por
un tal Julio Pérez, trabajaban a las órdenes de Ernesto Caste­
llanos, hermano del gobernador de Chiapas. El crimen hubo de
ser uno más entre los ciento cincuenta y tres asesinatos que,
por motivos políticos, fueron cometidos a lo largo de su go­
bierno, uno de los más violentos en la historia del Sureste.
La represión del gobierno contra los campesinos provocó el
desgaste de sus organizaciones, las cuales, según un analista,
"de 1985 en adelante entraron en una fase contestataria". 19 En
ese marco de violencia, los guerrilleros empezaron a penetrar
en las comunidades de las Cañadas. No las penetraron solos.
El apoyo de la diócesis resultó fundamental. Así lo recorda­
rían después los indígenas de la región, algunos con un poco
de resentimiento. "Entraron con los padres", aseguran. "Por
eso la gente facilito lo creyó. Decían que cuándo vamos a te­
ner algo si no vamos a pelear".20 El respaldo de los sacerdo­
tes, hay que subrayar, fue siempre cauteloso. Muchos de los
miembros más destacados de la diócesis ignoraban, incluso,
el papel que desempeñaban sus otros compañeros en la gesta­
ción del movimiento. Samuel Ruiz, en concreto, jamás habló
sin rodeos a favor de la guerrilla. Hablaba más bien con ayu­
da de parábolas. "Metía sus rollitos':, dicen por allá, "y la gente
se daba cuenta". 21 Chiapas atravesaba por un periodo de re­
presión sin precedentes. Los campesinos no tenían modo de
luchar por sus derechos. Así pues, entre los pastores que los
acompañaban, muchos aceptaron la necesidad de formar gru­
pos que, con las armas, contribuyeran a la defensa de las co­
munidades. Esos grupos, en ese momento, habrían sido, la
verdad, impensables sin el apoyo -primero pasivo, después
activo-- que les dieron los miembros más radicales de ía Igle­
sia. Los ejidos vivían muy olvidados en la Selva. El 99 por
ciento no tenía luz, agua, correo, teléfono; el 90 por ciento no
tenía caminos para transitar; el 85 por ciento no tenía maes­
tros del Sistema de Educación FederaL Su principal contacto
con el exterior era la Iglesia. Los sacerdotes, por esa dependen­
cia, mantenían una relación muy paternal con los campesi­
nos. Eran como sus críos. En medio de las adversidades,
pensaban muchos, los tenían que guiar, una vez más, en la
senda de su liberación. Esa senda pasaba, ahora, por el sacri­
116
117
ficio. Estaba dicho en las Sagradas Escrituras. Los hebreos
debieron sufrir también las adversidades más terribles antes
de llegar a la Tierra Prometida. Así lo revelaron a los cate­
quistas, quienes a su vez lo difundieron entre las comunidades:
el pueblo de Dios tenía Que luchar para construir el Reino.
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El 4 de enero de 1994, al comenzar la tarde, seis guerrilleros
del EZLN fueron capturados en Oxchuc. al este de San Cristó­
bal de Las Casas. Fueron golpeados con varillas y después ata­
dos de pies y manos al barandal del kiosko de la plaza. Jessica
Kreimerman, enviada del diario Reforma, platicó con uno de
ellos, José Pérez. Era un campesino de veinticuatro años que
pertenecía, desde principios de los noventa, a las milicias del
EZLN. Acababa de llegar a la ciudad por orden de su mando,
quien suponía que los zapatistas tenían aún el control de la re­
gión. "Cuando vi a estos hermanos pensé que eran compañe­
ros", dijo, "pero resultó que no, y entre quince de ellos nos
apalearon con varillas de la construcción".
1
Estaba sangrando
y temblando de frío y de miedo. ¿Por qué luchaba? ¿Cuáles
eran sus ideales? "Quiero que haya democracia, que ya no haya
desigualdad", afirmó José Pérez. "Yo busco una vida digna, la
liberación, así como dice Dios".2 En sus palabras quedaba plas­
mado lo más noble de la rebelión de Chiapas. Las causas que
generaron esa rebelión no fueron nunca cuestionadas por el grue­
So de los mexicanos. Eran justas, eran reales. Así lo proclama­
ron las movilizaciones que sacudieron al país, encabezadas por
259
miles de personas, mismas que contribuyeron a forzar la tregua
con el EZLN. El 12 de enero, en efecto, terminaron las hostili­
dades. Ese día, el presidente Carlos Salinas anunció su deci­
sión de "suspender toda iniciativa de fuego en el estado de
Chiapas".3 En el curso de los enfrentamientos habían muerto,
oficialmente, diecinueve soldados, veinticuatro policías y ciento
cincuenta guerrilleros, más un número no determinado de civi­
les. Otros cálculos arrojaban cifras más altas, superiores a qui­
nientos, como las dadas a conocer por la diócesis de San
Cristóbal.
Salinas tomó la decisión de contener el fuego -presionado,
sin duda, por las voces que demandaban la paz- cuando supo
que la rebelión en el país estaba bajo control del Ejército. Así
pues, junto con el éxito político de los insurgentes, incuestio­
nable, uno más de los factores que posibilitaron la tregua fue,
irónicamente, el fracaso militar del EZLN. En el Frente Para­
Central, las torres de la CFE no pudieron ser derribadas a prin­
cipios del año, como tenía previsto Marcos. Las primeras en
caer, de hecho, tardaron casi una semana. "Comandos insur­
gentes delEZLN derrumbaron las torres eléctricas de la CFE",
dirían entonces los zapatistas. "Misión cumplida".4 Las demás
cayeron en el curso de los meses, como la de Coatzacoalcos,
ante la desesperación del comandante Germán. En el Frente
Norte, por otra parte, el mayor Javier fue capturado en un
Volkswagen por la Policía Federal de Caminos. Acababa de
robar, con armas de fuego, la distribuidora de Carta Blanca en
Hidalgo del Parral, ayudado por tres indígenas de Chiapas. Sa­
lió de la cárcel con ayuda de Rosario Ibarra, para ser después
ascendido por Germán a teniente coronel del EZLN. En el Fren­
te Sur-Oriental, por último, muchas de las acciones de los
zapatistas resultaron en verdad espectaculares, como las que
culminaron en la toma de San Cristóbal. Los reveses qlle su­
frieron, sin embargo, también fueron considerables. Yolanda
no pudo tomar Rancho Nuevo; Moisés no pudo llegar a Cornitán;
Josué no pudo cercar a los soldados en la carretera de Palen­
260
que; Pedro, el cuadro más importante de los rebeldes, después
de Marcos, murió sin entrar en acción en la cabecera de Las
Margaritas. Los zapatistas perdieron también a quien era la ca­
beza de sus organizaciones de masas, el compañero Hugo, que
cayó junto con decenas de milicianos en el mercado de
Ocosingo. Estos reveses obligaron a la Comandancia General
del EZLN a replantear sus objetivos en aquel Frente de Comba­
te. Al comienzo de la rebelión, Marcos afirmaba que su guerri­
lla no era "la que pega y huye, sino la que pega y avanza".s
Más tarde, al fracasar, diría que su plan, en realidad, era com­
batir contra los soldados en su cuartel para lograr "una retirada
ordenada".
6
El EZLN recibió con incredulidad la noticia del cese al fuego
anunciado por Salinas. A pesar de ello ("chin, pérate, algo pasó,
se supone que esto debe pasar cuando ya tengamos meses pe_
leando"), la tregua fue aceptada de inmediato por el
subcomandante Marcos.? En su comunicado del 12 de enero,
en efecto, ordenaba a sus hombres suspender "toda operación
ofensiva en contra de tropas federales".8 La facilidad con la
que los zapatistas aceptaron detener el fuego sorprendió tam­
bién, a su vez, al gobierno de la República. Era sin embargo
una decisión congruente con las circunstancias y los antece­
dentes de la guerrilla. Respondía, desde luego, a la debilidad
militar del EZLN, evidente ya por esos días, así como al carác­
ter esencialmente político de las FLN. Respondía también a las
dudas que tenía Marcos sobre la violencia, dudas de peso, re­
sultado de las discusiones que mantuvo sin cesar, antes de la
guerra, con el comandante Rodrigo. Todos sus temores fueron
confirmados por la realidad: los rebeldes demostraron estar mal
equipados y mal entrenados, sin apoyo fuera de la zona de con­
flicto, aislados por el rechazo que sentía la mayoría del país a
la lucha con las armas, no obstante su simpatía por la causa de
los indígenas. Era necesario, entonces, replantear su estrategia
a partir del cese al fuego. Con el tiempo, de hecho, Marcos
optaría por una variación de lo que proponía Rodrigo: mantuvo
261
secretario general del PFLN. Conservó su lugar de honor en la la clandestinidad pero sacrificó el uso de las armas -aunque
jerarquía de la organización, aunque el mando de verdad --el sin renunciar a ellas- para poder hacer trabajo más abierto
con aquellos grupos que podían ser ganados a la causa del EZLN.
Las armas, pensaba, habían cumplido ya con su propósito. Te­
nían ahora que callar. "No salimos a la guerra elIde enero
para matar o para que nos mataran", diría más tarde. "Nosotros
salimos a la guerra para hacernos escuchar".9
El subcomandante Marcos tardó poco, muy poco, en hacer
oír su voz. El ascenso de su presencia en los medios de comu­
nicación resultó vertiginoso -no nada más en México sino en
todos los países, en particular en los del sur de Europa. Duran­
te las hostilidades en Chiapas, en medio de la confusión provo­
cada por las balas, aparecieron en los diarios del país una serie
de comunicados firmados por el EZLN. Los primeros fueron emi­
tidos por instrucciones del comandante Germán en la ciudad
de México. "Luchamos contra la violencia de la pobreza", de­
claraba uno; "contra la violencia del hambre, al igual que la de
la farsa electoral o la violencia del desempleo y las enfermeda­
des de los pobres. Luchamos por el socialismo".1O Unos días
más tarde, luego del cese al fuego, las emisiones de los comu­
nicados empezaron a ser monopolio del subcomandante Mar­
cos. Los primeros en salir fueron entregados a La Jornada--el
17 de enero, por la mañana- en el lugar donde por ese enton­
ces operaba con sus hombres el subcomandante: San Andrés
Larráinzar. Uno de ellos afirmaba lo siguiente: "los únicos do­
cumentos válidos como emitidos por el EZLN y reconocidos
por todos los combatientes zapatistas serán aquellos que ten­
gan la firma del compañero subcomandante insurgente Mar­
COS".1I Al hacer suya la voz de la guerrilla, Marcos desplazó a
Germán en el liderazgo del EZLN. Ese desplazamiento -súbi­
to, irreversible- significó el triunfo de una línea que privile­
giaba, por encima de las balas, el uso de las palabras. La
comunicación entre los dos, no obstante sus diferencias, man­
tuvo más o menos la normalidad de siempre. Germán no dejó
de ser el comandante en jefe del EZLN, así como también el
262
control sobre los hombres y las armas, y sobre la voz de la
r
guerrilla- estaba ya en poder de Marcos.
,
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Los documentos del EZLN llegaron a La Jornada por con­
:
ducto de una empresa de cine que tenía lazos muy estrechos
con el director de este periódico: Argos S.A. Vicente trabajaba
t por aquellos días en Argos. Era también, desde hacía un año, el
~
responsable de la Comisión de Ideología del PFLN. Vivía con
su mujer, Elisa, en su casa de Tenayuca 30, en la colonia Letrán­
Valle de la ciudad de México. Ella acababa de dar a luz unas
'1
semanas antes, por lo que era sobre todo él quien distribuía a la
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I
prensa los comunicados del EZLN. Contaba para ello con todos
los avances de la tecnología. Los zapatistas, en efecto, tenían
medios de comunicación muy sofisticados. Operaban radios,
t
televisores y computadoras desde sus campamentos en las Ca­
]
ñadas, y llegaron a manejar después teléfonos satelitales, con
lo que pudieron acceder allí también, en la montaña, a los ser­
1
~
vicios de Internet. Marcos había sido, desde principios de los
noventa, el promotor más entusiasta de las computadoras. Una
parte considerable de sus gastos estaba dedicada, concretamente,
a comprar los accesorios y los programas necesarios para tener
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comunicación por Internet. Entendió muy bien, a diferencia de
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sus compañeros, sobre todo los más viejos, las posibilidades
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¡ que ofrecía para su causa el universo de las telecomunicacio­
nes. A partir de 1994 las explotó con maestría. Sus vínculos
+ con el exterior, por lo demás, empezaban a crecer también por
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otros medios, bastante más tradicionales. Entre ellos destaca­
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ba, sin duda, el apoyo de la diócesis de San Cristóbal. La dió­
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cesis, distanciada de las FLN desde fines de los ochenta, estaba
ahora cautivada con el éxito del EZLN. Los curas, de hecho, le
tenían un poco de envidia a los guerrilleros. Negaban en públi­
1
co sus lazos con ellos, pero cacareaban en privado la colabora­
+
ción que les brindaron. "Les pusimos la charola", decían unos,

"y se comieron solos el banquete". 12
263
Los comunicados de Marcos eran muy distintos --en su tono,
en su lenguaje- a los primeros que salieron con la rúbrica del
EZLN, aquellos dirigidos a la prensa por órdenes de Germán.
Eran también muy distintos al discurso común entre los
zapatistas antes de la rebelión, aquel que practicaban entre las
comunidades que los apoyaban en Chiapas. La prosa del
subcomandante -ágil, lírica, moderna, a veces cursi, a menu­
do demagógica, pero muy contrastaba notablemente
con las ideas -solemnes, torpes, obsoletas- de la literatura
que divulgaba con el resto de sus compañeros en la clandestini­
dad. Apenas unos meses antes del levantamiento, los insurgen­
tes, decenas y decenas, apuntaban en sus cuadernos las metas
de la guerra de liberación. ¿Cuáles eran? Estaban inscritas al
comienzo del Reglamento insurgente del EZLN. "El EZLN fue
creado para conquistar por medio de la lucha armada la libera­
ción nacional y nuestra segunda independencia, y no suspende­
rá la lucha hasta instaurar en nuestra patria un régimen político,
económico y social de tipo socialista". 13 Esas metas estaban
también plasmadas, aún con más crudeza, en la Declaración de
principios del PFLN. Todas ellas fueron silenciadas en los co­
del subcomandante Marcos. Los zapatistas, con él
al frente, propusieron en su lugar un objetivo más vago, sus­
ceptible de ser respaldado por un sector más o menos amplio
de la población: "la formación de un gobierno de transición
democrática, el cual garantice elecciones limpias en todo el país
yen todos los niveles de gobierno".14 Hubo pues, a partir del
levantamiento, por un tiempo más o menos prolongado, un dis­
curso sin coherencia en el seno del ElLN. Hacia dentro, los
zapatistas identificaban sus metas con ei socialismo ("un régi­
men polftico, económico y social de tipo Hacia
fuera, en cambio, las identificaban con la democracia ("un go­
bierno de transición democrática").16
Las contradicciones de los zapatistas eran un síntoma de la
confusión que reinaba por esos días entre los dirigentes del EZLN
respecto al proyecto de nación que le proponían a México. Tam­
264
bién eran, claro está, un efecto de su táctica de encubrimiento.
Los insurgentes fueron muy cuidadosos en mantener ocultos
sus lazos con las FLN. Jamás afirmaron en público lo que mani­
festaban en privado: que luchaban por "la dictadura del prole­
tariado".11 Eran, después de todo, una guerrilla poscomunista.
En su lugar destacaron la matriz indígena del EZLN. "Somos
producto de quinientos años de luchas", declararon al comien­
zo del levantamiento. "Se nos ha negado la preparación más
elemental para así poder utilizarnos como carne de cañón y sa­
quear las riquezas de nuestra Patria sin importarles que este­
mos muriendo de hambre y enfermedades curables, sin
importarles que no tengamos nada, absolutamente nada, ni un
techo digno, ni tierra, ni trabajo, ni salud, ni alimentación, ni
educación, sin tener derecho a elegir libre y democráticamente
a nuestras autoridades". 18 Esas frases resultaron contundentes.
Los indígenas, era cierto, vivían en condiciones de miseria.
Estaban atrofiadas las vías que tenían para resolver en paz los
problemas que pesaban sobre sus comunidades. México había
sido siempre un país muy injusto, muy antidemocrático, sobre
todo en Chiapas. Así lo subrayaban las personas -asesores,
curas, guerrilleros- con quienes convivían los indígenas en
sus comunidades. El recurso de las armas era, por ello, inevita­
ble --es decir, legítimo. ¿Era también viable? Evidentemente
no. La violencia de los zapatistas parecía suicida. A pesar de
ser inevitable, no contribuía, de no ser contenida, a la solución
de los problemas que la generaron. El levantamiento tenía que
ser resuelto por la vía del diálogo. Esta distinción entre la legi­
timidad y la viabilidad de la violencia, entre su validez moral y
su eficacia política, estaba detrás de la reacción de todos aque­
llos que, sin condenar el recurso de las armas, se manifestaron
en favor de la paz.
Al aceptar el cese al fuego, Marcos no tuvo que modificar
los hábitos que normaban la vida del EZLN. No rompió con una
tradición, sino todo lo contrario: la confirmó. En los años por
venir, él en lo personal habría de retomar el tipo de actividades
265
al que estaba acostumbrado desde mediados de los ochenta:
sobrevivir en la montaña, escribir sus cuentos y sus reflexio­
nes, mantener movilizados a los campesinos, organizar actos
de masas en los ejidos, todos festivos y maravillosos, ante la
expectativa -nunca cumplída- del comienzo de las hostili­
dades. Marcos no era un combatiente; era un estratega de la
comunicación. Así lo había sido siempre. Sus textos para La
Jornada, que marcaron el estilo del EZLN, estaban redactados
en el espíritu de los artículos que publicaba desde joven en las
páginas de Nepantla. Solían ser elocuentes, sentimentales, lite­
rarios, bromistas, ególatras, irreverentes, profusos y contradic­
torios. Su éxito en los medios, sin embargo, no era nada más el
resultado de sus dotes para la palabra. El jefe de los zapatistas
demostró también un talento fuera de lo común para el espectá­
culo. Acabó por ser lo que vio con lucidez una turista de San
Cristóbal: "un perfecto showman",19 Sus actos de masas esta­
ban, como sus textos, inspirados en el pasado; en la experien­
cia de los años de la clandestinidad. Desde mediados de la
década de los ochenta, en efecto, Marcos organizaba con sus
hombres unas puestas en escena que dejaban impresionados a
todos los habitantes de las Cañadas. En 1986 había reunido a
los obreros del Norte con los campesinos de Chiapas en El En­
cuentro; en 1988 había recreado con sus tropas un enfrenta­
miento militar en las tierras del ejido San Francisco; en 1989
había celebrado el vigésimo aniversario de las FLN con una mar­
cha de miles de milicianos en Galeana; en 1992 había logrado
convocar a todos los miembros del EZLN en el campo de avia­
ción de La Sultana, a orillas de las aguas turbulentas del Jataté.
A partir de la rebelión hubo muchos otros actos como ésos. El
primero de todos -y quizá también el más espectacular- tuvo
lugar en agosto de 1994, en el marco de las fiestas de las FLN,
cuando la Convención Nacional Democrática culminó sus tra­
bajos en un auditorio construido por los zapatistas en medio de
la Selva, entre los árboles, sobre la colina más alta de Guadalu­
pe Tepeyac.
266
El subcomandante Marcos, además de su vida pública, ex­
plotada por los medios, mantuvo también una vida clandestina
muy activa. Dirigía los quehaceres de sus tropas en las Caña­
das; coordinaba las actividades de los zapatistas de los Altos;
mantenía un contacto muy estrecho con las células de la ciudad
de México, en especial con el comandante Germán. Su rela­
ción con él estaba determinada, como siempre, por la necesi­
dad de conservar abiertos los conductos que 10 mantenían unido
con el resto de la organización en México. Germán tenía bajo
su responsabilidad el trabajo de las casas de seguridad del EZLN.
Estaban localizadas en varios estados del país, además de Chia­
pas. Entre ellas destacaban las armerías: la de Yanga, en Vera­
cruz, y la de Cacalomacán, en el estado de México. Los
insurgentes producían allí la mayoría de las armas de fuego
destinadas al EZLN. Era su función más importante. Marcos las
necesitaba. Sus innovaciones en el terreno de la táctica -sobre
todo las relacionadas con el uso de los comunicados, con el
manejo de los símbolos, con el arte de las escenografías- re­
sultaban sorprendentes por su eficacia, por su imaginación, por
su talento para minimizar el derramamiento de sangre. Esas in­
novaciones, sin embargo, eran posibles nada más sobre la base
de una estrategia de persuasión que tenía, como fundamento, la
amenaza de las armas. La estrategia del EZLN, en otras pala­
bras, debía ser avalada por su capacidad de fuego. "Lo decisivo
en una guerra", reflexionaba Marcos, "no es el enfrentamiento
militar, sino la política que se pone en juego en ese enfrenta­
miento".20 Para ello, el EZLN no necesitaba disparar sus armas,
pero necesitaba tenerlas.
Las armas de los zapatistas, pocas y malas, no pudieron evi­
tar, en febrero de 1995, la militarización de las Cañadas. La
renuncia, en los hechos, al uso de sus fusiles, a pesar de no ser
explícita, significó tambÍén un cambio en la naturaleza del EZLN.
SUS dirigentes, a partir de entonces, abandonaron sus ambicio­
nes más desmesuradas para concentrar sus esfuerzos en la lu­
cha por los derechos de los indígenas. Marcos presumía, desde
267
comienzos de la rebelión, que sus tropas estaban a las órdenes
de los pueblos en lucha de Chiapas. Por eso, decía, era
subcomandante, porque los comandantes de verdad eran los
indios. Esta inversión de mandos había sido, según su mitolo­
gía, la primera derrota de los zapatistas -una derrota, decía
él, infligida durante la gestación de la guerrilla, no por el ene­
migo, sino por el encuentro de sus líderes con las comunida­
des. Las palabras del subcomandante, que así planteadas eran
falsas, contenían sin embargo una verdad necesaria para com­
prender la del EZLN. SUS dirigentes, en efecto, tu­
vieron una relación muy especial con los indígenas de Chiapas.
Al tomar la decisión de no financiar sus actividades con robos
y secuestros, o con el tráfico de drogas, las FLN, en el momento
de fundar el EZLN, sin el apoyo de Cuba, aceptaron depender
por completo de las comunidades que los apoyaban en aquel
estado, en concreto en la región de las Cañadas. Ellas les daban
todo: comida, información, recursos para comprar armas, hom­
bres y mujeres para combatir y para trabajar en los talleres y
las armerías que tenían en el resto del país. Esa dependencia
los diferenciaba de la mayoría de las guerrillas en el continen­
te, las cuales, sobradas de recursos, tenían por lo general una
relación más autoritaria con sus bases. El EZLN no tuvo nunca
la capacidad material de imponerles un proyecto a los indíge­
nas de Chiapas. Los tuvo que convencer.
Los zapatistas crecieron gracias a la relativa prosperidad de
las comunidades, ganaderas y cafetaleras, que los apoyaban en
las Cañadas. Era para ellos imposible, sin recursos propios, cre­
cer en un contexto de miseria. Su dependencia frente a ellas no
significó, sin embargo, una inversión de mandos en el EZLN.
Los indígenas que militaban en la guerrilla, igual que los que la
sostenían con su trabajo, actuaban todos bajo las órdenes de la
Comandancia General. No sólo eso: estaban además subordi­
nados -lo sabían y lo aceptaban- a un proyecto de lucha que
los rebasaba: el proyecto de liberación nacional que plantea­
ban en la clandestinidad los comandantes de las FLN. Las razo­
268
nes que les daban parecían muy claras: la solución a los proble­
mas de las comunidades pasaba, necesariamente, por el triunfo
de la Revolución. Eran problemas comunes a los de todos los
pobres en el país; tenían que ser resueltos de la misma forma.
Los zapatistas fueron congruentes con ese modo de pensar al
estallar la rebelión. En El Despertador Mexicano, su órgano de
difusión, dieron a conocer sus leyes de guerra, leyes que trata­
ban una multitud de temas -el campo, la ciudad, el trabajo, la
industria, el comercio, la mujer, la justicia, la seguridad públi­
ca- pero que nada decían con relación, en concreto, a los in­
dios de México. Su proyecto de liberación, sin excluirlos, los
rebasaba por completo. Así, los miles y miles de zapatistas que
asombraron al país al estallar la rebelión -tzeltales y tzotziles,
choles y tojolabales- estaban en pie de lucha, no como indios,
sino como pobres, como mexicanos pobres.
Los zapatistas hicieron suyos muy pronto los rasgos que da­
ban identidad a los indios de Chiapas -sus rasgos, no sus de­
mandas, que permanecieron marginadas en el discurso del EZLN.
Adoptaron muchos de sus atributos: el bastón de mando, el som­
brero con listones, el huipil con encajes en el cuello, algunos
de los giros más típicos de su lengua. Marcos, inclusive, apare­
cía muy a menudo con un chuj de lana frente a las cámaras de
televisión. Con ello, desde luego, contribuía a legitimar el al­
zamiento. Nadie les podía negar el derecho de luchar a quienes
--como decía él- morían en silencio desde siempre, a quienes
no tenían nada, absolutamente nada, más que la forma de morir
su propia muerte. También contribuía, sin duda, a enriquecer la
iconografía y la retórica del levantamiento. Pocas rebeliones
han dejado, en efecto, imágenes y palabras tan bellas como las
del EZLN. No es una casualidad: uno de los rasgos más notables
de la guerrilla fue siempre, incluso desde antes del estallido, el
uso del espectáculo para los fines de la Revolución. Aquello
que privilegiaban los zapatistas era también, por lo demás, lo
que buscaban los medios de comunicación: una representación
del levantamiento. Marcos lo garantizaba. Sus imágenes y sus
269
palabras, codiciadas por los medios, estuvieron en un principio
respaldadas por el fuego de la insurrección, por la sangre de
todos aquellos que murieron en combate: en Ocosingo, en La
Cumbre, en el cuartel de Rancho Nuevo. Con el paso del tiem­
po, sin embargo, perdieron su fuerza para subvertir el orden,
incluso su capacidad de conmover a la nación. El EZLN, al fi­
nal, dejó de luchar por la Revolución para celebrar, en su lugar,
la fiesta de la Revolución.
El EZLN planteó por vez primera sus exigencias respecto a
los indios -autonomía, entre ellas- en el contexto de las Jor­
nadas para la Paz y la Reconciliación en Chiapas. Permanecie­
ron relegadas por las demandas de siempre (la disolución de
los poderes, la formación de un gobierno de transición en Méxi­
co) hasta principios de 1995. Entonces sobrevino la militariza­
ción de las Cañadas. La historia del EZLN, a partir de ese
momento, fue también la historia del encuentro de la guerrilla
con su raíz: los indios de México. Los zapatistas encontraron
en la causa de los indios, en la lucha por sus derechos, lo que
tanta falta les hacía: un proyecto. Un proyecto viable, riguroso,
pensado con responsabilidad, apoyado por una parte de la po­
blación. El EZLN, al comienzo del alzamiento, ofreció a los
mexicanos una revolución, sin tener un proyecto de nación. Ese
fue su drama y su locura. El proyecto que los rebeldes defen­
dieron en la clandestinidad -el socialismo-- había sido por
supuesto necesario para sobrevivir los años de la Selva. Era
para ellos imposible renunciar a él: no tenían nada más. Tal
proyecto, por ello, superó los cuestionamientos que tuvieron
lugar por esos años en el seno de la organización. Trascendió
después en las leyes de guerra que publicaron los zapatistas,
así como también en muchas de las afirmaciones que sus diri­
gentes hicieron a la prensa durante la rebelión. Esas leyes y
esas afirmaciones, sin embargo, fueron rechazadas por los mexi­
canos, incluso por quienes simpatizaban con la guerrilla. Los
zapatistas tuvieron que renunciar a ellas, por lo menos de pala­
bra, pero, al hacerlo, quedaron en la orfandad, sin proyecto, al
igual que tantas otras organizaciones de la izquierda. Tenían
consignas, algunas muy imaginativas: Para todos todo. nada
para nosotros. También banderas, las más populares: ¡Demo­
cracia! ¡Justicia! ¡Libertad! Pero no tenían proyecto. Perma­
necieron en esa orfandad hasta principios de 1996, cuando
firmaron los Acuerdos de San Andrés. La fecha es importante
porque marca, esta vez sí, la derrota de los zapatistas, quienes
en ese momento dejaron de mirar al cielo nada más para ver
también su raíz. El EZLN, a partir de entonces, utilizó su presti­
gio y su capacidad de convocatoria -indudables en diversos
medios- para secundar una causa menos ambiciosa, pero más
sensata: la que lucha por los derechos de los indios.
Los años pasaron sin acuerdos entre el EZLN y el gobierno de
México. Por un lado, a pesar de su transformación, los zapatistas
no renunciaron por completo a su pasado. Cambiaron su dis­
curso, su estrategia, varias de sus metas, pero no sus reflejos
más antiguos. No tuvieron nunca la disposición para negociar
en serio con el gobierno, pues el cambio que buscaban era to­
tal, no parcial -uno demasiado grande para ser llenado sola­
mente por la causa de los indios. Por otro lado, el gobierno fue
siempre equívoco y erróneo en su trato con el EZLN. Los
zapatistas eran llamados unas veces inconformes, otras delin­
cuentes (el comandante Germán, por ejemplo, apenas benefi­
ciado por la Ley de Amnistía, fue secuestrado por las fuerzas
del orden, para ser luego liberado por instrucciones del Ejecu­
tivo). Esta falta de seriedad culminó, tiempo más tarde, en el
incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. La ausencia
de un acuerdo de paz en Chiapas propició -primero en el Nor­
te, después en los Altos- un acelerado proceso de descompo­
sición social que tuvo su expresión más violenta en diciembre
de 1997, con la masacre de Acteal. Las autoridades, al renun­
ciar a su deber: hacer cumplir la ley en el estado, aceptaron en
los hechos la proliferación de grupos que, con las armas, ha­
CÍan valer su propia ley -grupos vinculados unas veces con
los zapatistas, otras con el gobierno de Chiapas. Las elecciones
271
270
del 2 de julio de 2000 plantearon, en este contexto, condicio­
nes muy distintas para retomar el diálogo. Los mexicanos afir­
maron, en las urnas, su voluntad de cambiar al país sin
disturbios, en el marco de las instituciones que, ese día, refren­
daron su compromiso con la democracia. Con ese mandato ten­
drán que negociar los rebeldes de Chiapas.
Al recurrir a las armas, los zapatistas abrieron una coyuntura
en México. Esa coyuntura pudo haber sido respondida con re­
presión, con el endurecimiento del régimen; fue respondida, al
contrario, con diálogo, con un esfuerzo de apertura que habría
de culminar, años después, en el desmantelamiento del sistema
de dominación hegemónica del PRI. Los factores más diversos
contribuyeron a forzar ese desenlace. El saldo del levantamiento,
aun así, fue contradictorio. Es larga la lista de resultados, bue­
nos y malos, que ha tenido para la nación el estallido del EZLN.
El levantamiento sacudió la conciencia de la sociedad; acabó
con el triunfalismo del gobierno; replanteó la cuestión indíge­
na; situó sin equívocos a la cabeza de las prioridades del país el
problema de la marginación y de la pobreza; contribuyó tam­
bién, junto con otros factores, a presionar en favor de la transi­
ción hacia la democracia. Al mismo tiempo, sin embargo, dividió
las conciencias; desestabilizó los mercados; acrecentó la vio­
lencia; fomentó el voto del miedo; revivió reflejos que pare­
cían ya superados en sectores muy importantes de la izquierda.
En la zona de conflicto, como en el resto del país, las conse­
cuencias de la rebelión fueron también contradictorias. El le­
vantamiento reactivó el flujo de recursos hacia las comunidades;
aceleró la solución de los problemas de tierra de los campesi­
nos; revolucionó las normas de la impartición de justicia; im­
pulsó los cambios que requería la ley electoral en Chiapas. Al
mismo tiempo, sin embargo, desunió a las familias; provocó la
expulsión de miles de indígenas de sus poblados; dejó sin me­
dios para subsistir a rancheros muy humildes; acentuó la inse­
guridad en el campo; desató la violencia entre las comunidades;
implicó, inevitablemente, la militarización de las Cañadas. Este
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saldo del levantamiento, aún hoy, es provisional. La coyuntura
que los zapatistas abrieron con las armas, hace ya más de seis
años, no ha sido todavía cerrada. Es difícil vislumbrar su fin,
como difícil es, también, determinar si México será mejor o
peor que el país que dejó de ser al estallar la rebelión de las
Cañadas.
Ciudad de México,
6 de julio de 2000.
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