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MISTICISMOS MIMÉTICOS. Gerardo y Carla.

Vibrante chispear, sentía la tormenta abrasando su carne para entonces por sí


misma ulcerada frente a un alma-lumbre-abatida:

Llovía: eras gota de punzantes eras, creando, un filo de guillotina.


Una, íntegra, la vanguardia, estaba naturalizada a jóvenes agrupaciones grisáceas
de falsos inherentes congéneres en estado gaseoso. Desgarro auricular.
La bella, de forma sometida, sólo perduró hasta la caída en el ocaso, en el fatal
declive final.

Tienes toda mi gratitud entre hidrógeno y oxígeno.

Atravesar el inmenso campo aéreo de reacciones adversas a la inmunda acción


humana cometida momentos atrás por un miserable, aquella acción por aplacar con
húmedas puñaladas, mediante sinuosa facilidad y delicadeza. Definitivamente, eso
tuvo hacer.
Honrado traspasar, con alta probabilidad, la abriera puertas de lujuria, con
posibilidad a favor degustó deleitada el goce con amnistía gracias a un sabor
caramelo como si de libar el néctar libertino se tratase. Dejaba también, entre otras
nubes poco singulares, a su regia y análoga creadora -procedencia-, ésta habría de
ser una nebulosa -dicha definición evidenciada por el terminar heroico-sufragador
de su informal descendiente-.

Informal descendiente que quebró un cráneo, informal descendiente que rozó sesos
desligados a la vida propia por atrevimiento, por denegar vida ajena.
El impacto de meteoro quedó plasmado en el asfalto, junto a mi devoción perdida.

Ríos, truenos, mares.


Gota oxigenada. Me despertaste acalorado.

Resulta incierto la manera por la cual una discreta gota logra la capacidad de
convertir su estructura en relámpago:

Juro que aplicó una inundada descarga eléctrica, que no pude evitar un zarandeo
aplicable al absoluto
-incluido hasta el último ápice de inmanencia restado-, tal vez saltaron finas virutas
o se soldó con mi cabello castaño usual. Perdura la sensación de chispa, recorriendo
el vidrio ocular corriente.
Estaba afectado, lo suficiente como para no aceptar sin rechistar marchar sin
conocer el nombre de la rescatadora modesta de cambiante traje, tortuosa,
redonda y tan transparente como segura.

Culpa, proclamó penetrando mis entrañas. Así me nombran - Dijo la cuchilla acuosa.
Ríos, truenos, mares.
Dolor breve en exceso mas paciente sumergido arrebatadamente arrepentido.

Poco después, los restos aserrados de la aterradora tormenta sorprendieron al torso


del común hombre, a su poca paciencia atizándolo desde norte a sur, al cuerpo aún
no descompuesto.
Ese organismo que, previa sutura existencial, previa muerte neuronal, sólo como
recipiente pulido podría haber servido. Ese ser que tantos años permaneció vacío.
Conoce claramente que cometió el mayor error de su vil subsistencia, negar
felicidad actual y deshacerse del sostén-columna para su obtención futura a una
forastera, desgraciadamente, no afortunada.
No dudó, no. No se detuvo a explorar la complejidad de sus cometidos, la identidad
de su masacre. El cobarde irreflexivo-efusivo no paró a sentir cada capilar
sanguíneo ardiendo en culpabilidad. La libre persona a la que negó sufrió, él, débil,
él no sufrió, no. Lo realizado injustificado. Él el débil.
Débil, débil, débil.

Pretendiendo demostrar su valía ante los capilares sanguíneos repletos de


violencia, innovó dolor ígneo, reafirmando su cobardía, su endeblez. No conocía el
valor de la sangre, de su esposa. No conocía las quemaduras. Desconocía que
nadie ha de estar jamás por encima de nadie.

El desamparo tiznado.
Humo. Asfalto. Estampado. Fuego.

Antes de perecer albergaba fuertes remordimientos desperdigados, sé que no me


creerías pero la culpa desmembró, produjo el génesis acompasado por mi punto
final.
Carezco de alma, está electrificada, diluida, situada en el ocaso, en el declive.
Entiende el influir de las décadas, querida.

Te perdí entre humo. Volví con truenos. Te seguí desde el asfalto precipitado.
Solemne aquí, mi sentir de hidrógeno.

No, no me atrevo. Me atreví a valorarte y actuar consecuentemente. Pero, no, no


me atrevo a juzgar como suicidio lo que la lluvia desde su primer goteo desató-
estoqueó en este pútrido interior, en un extraño ojo por ojo paranormal, muerte por
muerte, inverosimilita, del dolor por dolor.
No me privé del vacío eterno, temo con el vacío en lo material.
Admito la cobardía que corrompe el hastío de este asesinato del asesino viscoso
eviscerado cubierto en yagas y gangrena. Plasmado en el pavimento de una
calzada.

Resultado, proclamó acidificando mis huesos. Así me nombran - Dijo la calzada


donde soy depósito.

Párpados, cesar, caed como tapias una vez traspasada la locura. Una vez el fuego
no se avive, una vez no quede nada más que los pulmones encharcados y un rostro
embarrado.

El hombre ahogado del galvánico fuego fatuo calmado, a la muerte.

Entró, el interior se disponía lóbrego, estipulado, sumamente ordenado y demasiado


acostumbrado al frío seco del aliento que añadía, como salpimentando, el fogoso
varón.
Izquierda, derecha, izquierda, izquierda, llegó a la habitación. El suelo crujía,
pidiendo clemencia a sus pies, sentirlo siempre reconfortó al escuálido ambicioso en
placeres de poderes. Tan solo con virar unos cuantos grados su visión podría
haberse permitido figurar aquello que por tantas instancias se mantuvo fiel a su
retina, su mujer. Debido a que se asemejaba para él a un desperdicio demorarse
contemplando, decidió no detenerse, posó su abrigo sobre la cama marcada en su
hacer por la rapidez de movimientos cada aurora cuando el tiempo parece
acelerarse, y ligando secuencialmente, con la misma cadencia al caminar, se dirijo
al comedor.
Izquierda, derecha, llegó. Cerca de un millar de comodidades a la luz y sin embargo
su interés estaba centralizado, el sofá su única pasión.

Carla, siempre a destiempo, creo pensar que no tienes sangre si no agua


transitando tus venas.
Nunca sabrás guisar algo decente, nunca sabrás porqué poner un plato caliente, no.

Al regresar de la cocina trajiste contigo una botella de vino, decidida a estar entre
nosotros.

Carla, la mujer robot: prototipo sufridor de lágrimas derrochadas debajo de


cochambrosas-almohadas-obstruye-ventrículos. Nunca volqué llantos por ti, quién
acaso podría llorar en un dulce océano de truenos. Reflejada en mis pupilas
estuviste nunca fuiste.
De endiablada flaqueza, religión, dietética y poca certeza. No, lo cierto, lo cierto es,
no somos, no eras, nuestras eras del no nosotros el no.

Solemne aquí, mi sentir de hidrógeno.


Sollozo. Desplome. Evaporación.

Entre calumnias arrojadas arropadas en brío se sirvió la mesa. La lejanía por metros
entre los asientos la medían de un modo distinto, aproximadamente unos veintitrés
corazones desgajados en cuestión de colapso.

Alzando tu copa manchaste mi camiseta -propasé tu intimismo, propasaste mi


cubierta- , me prendiste, nos arrastraste a la llama natatoria.
Ahora identifico lo difícil del causante, la entretrama del impulso.

Líquido carmesí conformador de esencia. Me despertaste acalorado.


Tienes toda mi gratitud entre hidrógeno y oxígeno.

Fue sencillo, albergado en una cerradura de queroseno, el acabado: una puerta


cerrada y la cerilla arrojada.
Los gritos del valor de sangre, el trueno de las pupilas, muñecas, caderas. Carla, la
nebulosa.

Un abyecto vacuo, extinguido entre hidrógeno y oxígeno.


Nunca querida gota oxigenada, se despide, el inflamable.
A la muerte.

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