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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

LACAN, FREUD Y EL PSICOANALISIS.


(La escuela Inglesa y la Francesa)

Resumir Las características del psiconálisis de la corriente llamada francesa (continuador de las lecturas de
J. Lacan), es quizás una tarea imposible, porque cierta trasmisión teórica se apoya en la retórica y la
experiencia. Además se trata de una corriente de pensamiento compleja, y la mayoría de las personas,
incluso pertenecientes al campo “psi” no logran captar la lógica de trabajo.

Sigmund Freud, es el fundador del psicoanálisis. Su clínica acompañó sus investigaciones, y su obra se
extendió y desarrolló durante muchos años. Es indudable que el campo “psi” cambió a partir de sus escritos.
Muchos autores lo han continuado. Pero la obra de Freud es tan vasta y polémica que incluso entre sus
seguidores no hay acuerdo. Así, diferentes líneas de trabajo (incluso opuestas entre sí) afirman entonces
que si Freud hubiera continuado vivo, hubiera llegado a postular lo que esas mismas líneas plantean. Por
otro lado existen diferentes interpretaciones de lo que dijo Freud.

El psicoanálisis rompe con la idea de un individuo que se propone un objetivo y se prepara para cumplirlo
(como otros postulados sostienen). Entonces comienza a plantear la noción de un “sujeto” como constreñido
a una estructura que lo preexiste. Así la sensación de autonomía de una persona, su mismidad, (el yo moi),
no resulta confiable, sino que autoengaña, en el sentido de realizar acciones que no coinciden con lo que
esa persona quisiera realizar. De esta manera las personas realizan maniobras tales como no poder
estudiar a pesar de proponérselo, decir algo que no se quería, fracasar al triunfar, olvidos, actos fallidos,
errores, etc. El psicoanálisis se diferencia de otras posturas porque cree en estos actos fallidos, dan
lugar a la expresión inconsciente. Esta postura contradice otras teorías, porque afirma que un individuo,
estudiando sus problemáticas personales, su padecer, comprendiéndolo, haciéndolo notar, generando
nuevos vínculos, o rompiendo las estimulaciones, no logrará modificar la situación.

El psicoanálisis postula la noción de representaciones inconscientes. La corriente llamada inglesa sostiene


que un sujeto se propondría conscientemente una cosa pero inconscientemente otra. Pero el psicoanálisis
de la corriente llamada francesa (partiendo de la lectura de J. Lacan) rompe con la idea de una vida
inconsciente y otra conciente. Porque no acepta que exista una vida inconsciente separada, como si se
tratara de un psiquismo paralelo. Por el contrario postula que el inconsciente no está ni se ubica en
ningún lado, sino que este se produce. Por lo tanto, los actos fallidos no son una expresión de una
cuestión que se cree inconscientemente pero por la represión el sujeto no se entera (corriente inglesa) sino
que es la irrupción de una representación inconsciente que no estaba en ninguna parte, sino que se produjo
en ese momento. Por lo tanto hipnotizar a un individuo para averiguar los motivos interiores de su malestar,
resulta inconsistente. Aunque uno de los libros escritos por S. Freud se llamó “la interpretación de los
sueños”, los sueños no se interpretan, sino que lo que cuenta es lo que un sujeto puede decir sobre ellos.
Entonces cobra importancia los dichos de un sujeto, su padecer, y también las irrupciones del inconsciente.

El psicoanálisis se basa en la idea de estructura, de cómo un sujeto es determinado por la relación con los
demás, de cómo esta relación constituye una verdadera matriz (fantasma) que marca maneras de
comportarse basadas en rasgos estructurales. De esta manera poco importa un síntoma aislado, ni sirve de
nada proponerse corregirlo de por sí solo, sino que un síntoma es un anudamiento significante que dice
mucho más de lo que aparentemente dice. Por lo tanto los síntoma no son equivalentes a una estructura,
por lo que los manuales de diagnóstico tales como el DSM-IV y el CIE 10, pierden importancia. Cobra
entonces significación los trazos simbólicos que operan estructuralmente. Es clave la noción de faloi (no
confundir con pene), caracterizada por la presencia de una ausencia, falo como representable
simbólicamente aunque no perteneciente al orden de las representaciones. La noción de falo implica la
circularidad y significación de las funciones que permiten la constitución subjetiva de un sujeto.

Esta postura traza una línea divisoria entre la psicología, basada en el aprendizaje, la reeducación, el
dominio, el aprendizaje, el acomodamiento, etc., y el psicoanálisis preocupado por el deseo del sujeto. Aquí
se habla de sujeto, del deseo, y de un más allá que implica la noción de "goce" como un más allá del
principio de placer.

El yo divide al sujeto. En este sentido Lacan toma una frase de Descartes: ”Pienso luego Soy” y la modifica
en: “Soy allí donde no pienso pensar”. En el sentido que si el sujeto piensa, entonces no es y si es no
piensa. Por lo tanto en el psicoanálisis se evita la especulación consciente, y se habla de modificar el
posicionamiento estructural y fantasmático.

Esquematizando sobre el campo "psi" en general puede decirse que las corrientes apoyadas en la

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reflexión conductual, se basan en el esquema de estímulo – respuesta – estímulo. A partir de allí se


explican patologías y se proponen su resolución desde ese esquema. Así las cosas, si alguna persona no
come estará marcada por la influencia cultural de la estética de la delgadez, si un niño observa violencia por
televisión este hecho contribuirá a una actitud violenta, y si un caballero eyacula precozmente, será por su
habito de hacerlo así. Para el psicoanálisis este esquema es completamente insuficiente, y lo demuestran
día a día todas aquellas personas que no responden de manera similar ante estímulos comunes.

De igual manera, otros enfoques no conductuales como la gestalt, o las terapias focalizadas, también se
apoyan en un razonamiento donde hay algo que cambiar con relación a “comprender” el punto conflictivo,
por lo que se toma nuevamente distancia del psicoanálisis. Al igual que las corrientes basadas en un
enfoque sistémico y social, que postulan la circularidad de esquemas de roles que enquistan maneras de
comportamiento o de organización, pero no dejan de basarse en el pensar o razonar conciente.

El psicoanálisis sostiene que una cuota de libertad se adquiere al analizar el posicionamiento subjetivo que
posee un sujeto y los significantes que lo determinan. Significantes organizados en una cadena basada en
la diferencia.

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La subversión del sujeto en Jacques Lacan


Ignacio Castro Rey

Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de
haber cedido en cuanto al deseo.

Lacan se presenta muy pronto como enemigo de la psicología, de su idea de un yo totalizador y unitario.
Además, se declara «antifilosófico», pues desconfía de las pretensiones universalizadoras de la filosofía y
odia directamente la medianía del discurso universitario. Sin embargo, no ha dejado intacta ni la psicología,
ni la filosofía, ni la cultura del siglo XX. Después de una larga vida errante, plagada de encuentros y de
polémicas, lo encontramos en 1974, expulsado de la Escuela de Altos Estudios de París, dando clase en
una sala prestada de la Facultad de Derecho a 500 alumnos que le reciben con una expectación inusitada.

Lacan pertenece a la generación que sigue al existencialismo (Sartre, Bataille, Camus), al estructuralismo
de los años sesenta. Junto con Althusser, Barthes y Lévi-Strauss constituye la cabeza visible de un
movimiento que inunda la cultura y las ciencias humanas occidentales hasta bien entrados los años setenta.
Por razones no del todo misteriosas, tal vez porque en el mundo hispano, a diferencia de la cultura
angloamericana, siempre se dio una especial atención a lo asocial, a la lógica de lo que fracasa en la
historia, Lacan ha tenido una especial acogida en el mundo hispanohablante, particularmente en Argentina y
España. La atención latina a lo primario, a la tragedia de lo «atrasado», es también lo que explica que Freud
haya sido traducido al español muy tempranamente, antes que al inglés o al francés.

El doctor Lacan se presenta en los años sesenta bajo el emblema del «retorno a Freud», con el programa
de liberar a Freud de las deformaciones «psicologistas» a que su éxito social lo había sometido, sobre todo
en el psicoanálisis norteamericano. Quizá el punto clave aquí es el papel que en la teoría freudiana le
conceden los psicoanalistas norteamericanos al Yo como instancia de control (cuando Freud había
advertido claramente: «El Yo no es el maestro en su morada»). Sucesivos conflictos de Lacan con la IPA, la
asociación internacional de psicoanálisis, conducen finalmente a su expulsión en 1963. La disculpa es la
duración de las sesiones (Lacan no es partidario de un tiempo fijo, sino de que el curso de la «asociación
libre» fije el término), pero había ya una fuerte tensión entre Lacan y la institución psicoanalítica. Podíamos
decir que la duración de las sesiones concentra toda la obsesión de la oficialidad analítica por la métrica, por
lo mensurable, obsesión a la que Lacan se opone. De cualquier modo, es gracias a esa expulsión, cuando
tiene ya 62 años, que Lacan puede exponer libremente sus ideas e impactar en los jóvenes psicoanalistas e
intelectuales franceses, incluyendo la llamada «generación del 68». Junto a Sartre, Deleuze, Foucault,
Lyotard y otros, Lacan se convierte, a pesar de su escepticismo político, en uno de los focos de atención de
la efervescencia que domina París en los años setenta, después de la revolución de Mayo.

Además de su formación clínica y médica, Lacan se relaciona intensamente con los científicos (Lévi-
Strauss, Jakobson), los artistas y escritores surrealistas (Dalí, Eluard, Breton), con la filosofía (Heidegger,
Sartre, Merleau-Ponty). Es particularmente significativa su relación personal con Heidegger, cuando
entonces casi nadie le hacía caso en Europa. Un poco a la manera de Sócrates, Lacan habla mucho
más de lo que escribe. Pero como escribía igual que hablaba, y viceversa, no hay una diferencia
fundamental entre sus Escritos y la transcripción de los Seminarios orales. En todo caso, el «sistema»
lacaniano es difícil, irregular, abierto, con constantes revisiones y reapariciones de los mismos temas, a
veces con conceptos nuevos. Aunque él, en otra de sus ironías, decía que su estilo era «cristalino» (porque
cristalizaba al oyente), la verdad es que su forma de escribir, la densidad laberíntica de sus giros barrocos,
sus juegos homofónicos de palabras y, sobre todo, la profundidad de su pensamiento, hacen sudar incluso a
sus discípulos más cercanos. Una de las características de los Seminarios de Lacan es la forma en que
fustiga a sus oyentes, como si nunca estuviera satisfecho con el nivel de atención que le prodigan.

El inconformismo es la nota general del pensamiento de Lacan, su incesante interrogación, su desconfianza


hacia el éxito de lo que parece consagrado. Llega a decir que el psicoanálisis debe fracasar como institución
para obtener algún resultado en la práctica. En efecto, se trata de una ciencia «conjetural», irónica: la
ciencia imposible del ser único. Por eso pone en pie un estilo que es una auténtica muralla para los
oportunistas y se atreve a cuestionar lo que ya parece fijado, incluyendo sus propias creaciones. En 1978, a
los 77 años, aún se atreve a disolver la asociación que él mismo había creado.

Hombre de una cultura vastísima, como Freud, Lacan aparece siempre como un genial intruso en todos los
terrenos (¡hasta hablando de Kant!), con páginas gloriosas sobre el sufrimiento humano, la sociedad
consumista, la muerte y la locura, el arte, el sexo, el lenguaje, la matemática, la mujer y el hombre, los

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conceptos claves de la filosofía y los momentos más importantes de las religiones, incluyendo el
cristianismo. Admira particularmente el estilo de Baltasar Gracián, el barroco y los místicos españoles.

Su yerno y albacea, Jacques-Alain Miller, comenta: «La impaciencia de Lacan cortaba el apetito de los
más hambrientos, que rápidamente se ponían a trabajar para este amo que sabía que iba a morir y que les
enseñaba que no había que perder tiempo... Lacan no se sacrificaba por nadie... Ciertamente, pedía mucho,
no aceptaba de buena gana que la respuesta del otro fuera un no, ignoraba las conveniencias cuando su
deseo estaba comprometido –pero ¡qué alivio tratar finalmente con alguien que sabía y que decía lo que
quería, y que quería lo que deseaba, sin esas vacilaciones, esos arrepentimientos, esos enredos del deseo
que arruinan la vida!–»{1}

El resultado de este modo de operar es que la «teoría» de Lacan se presenta siempre por fuera de todas las
disciplinas de entonces, mutando de modo imprevisto y vinculada a la experiencia de lo que sólo se
presenta una vez, un inconsciente que emerge de forma en cada caso única, sin admitir un metalenguaje
que lo encierre, que lo abarque. Lacan es un ejemplo llamativo de coherencia, de unidad entre la teoría y la
práctica: en cada sesión, el analista ha de sumergirse en el silencio para escuchar aquello que emerge de
modo imprevisible.

No hay ganancia sin pérdida, había dicho Freud. Relámpago de verdad en la frontera entre dos mundos,
podemos considerar la ciencia de Lacan como el envés del discurso contemporáneo de la ciencia, como la
negatividad que necesita este determinismo extremo del mundo técnico (ciertamente, tal vez no sea casual
que los pacientes del psicoanálisis casi nunca sean sencillos campesinos). Miller ha dicho que el analista
aprovecha precisamente la fe actual en el determinismo, en la causalidad, para liberar el beneficio de una
inesperada contingencia.

Fiel a la imagen de Don Juan, que ama las mujeres «una a una», también a él se le conocen muchas
relaciones, a veces un poco escandalosas. Es una característica del personaje una especie de disciplina del
instante, la capacidad para vivir «tres minutos en uno» y para cambiar inesperadamente. Por eso
desconfiaba incluso de los que pretendían seguirle. Prologando a una joven universitaria que hace una tesis
doctoral sobre él, dice: «Mis Écrits no sirven para una tesis, la universitaria particularmente: antitéticos por
naturaleza, pues lo que formulan sólo cabe tomarlo o dejarlo». Termina así, hablando de los textos que
intentan saquearle: «Interesarán para trasmitir lo que literalmente he dicho: iguales que el ámbar que
preserva la mosca, para nada saber de su vuelo»{2}

Dentro del ingente campo problemático que Lacan aborda, escogeremos ocho registros:

1. La Spaltung

Desde el comienzo para Lacan se trata de limitar, de relativizar el papel del saber, la ciencia positiva, la
sociedad. Retornar a Freud es remitirse a un malestar incurable en la cultura. Desde ahí se intenta subvertir
el sujeto de la ciencia: ¿si la ciencia se ocupa de todo, qué pasa con el sujeto, con lo supuesto en ese
horizonte de saber? En todo caso, ¿qué tipo de ciencia es posible después del descubrimiento del
inconsciente? Lacan parte de la fórmula de Saussure1 (Significado/Significante) para invertirlo e insistir
en la primacía del significante: la barra separadora (Ste./Sdo.) es resistente a la significación, impermeable

1
En semiótica, y en especial, dentro de ésta, en lingüística, la palabra 'signicante' es particularmente utilizada por la escuela
estructuralista, a partir de Ferdinand de Saussure, eminente lingüista de la ciudad de Genève. Saussurre dictó un curso en el cual
traduce los términos utilizados precedentemente por los pensadores alemanes del s XIX: "Sinn" y "Bedeutung". Para traducir (al
francés) "Sinn" ,utiliza la palabra que puede facilmente entenderse en castellano: SIGNIFICANTE; para "Bedeutung", la palabra
fancesa que usa es fácilmente traducible como 'significado'.

En tal curso, Saussure explica que el signo, o el símbolo, -luego otros estudiosos distinguiran los conceptos signo de símbolo-, está
constituido por un Significante (abreviado: Ste.) y un Significado (abreviado: sdo). Si ejemplificamos a un símbolo (en el sentido
saussurriano de símbolo) como una palabra -por ejemplo la palabra "árbol", Saussurre considera que el Significante es la "huella
sonora" o -lo que es lo mismo en su opinión- el conjunto de fonemas que constituyen a la palabra "árbol". Mientras que el significado
es la representación psíquica del objeto mencionado: 'árbol'. De un modo simplista, puede decirse entonces que el significante es el
conjunto de sonidos de una palabra, y que el significado es lo que este conjunto de sonidos está transmitiendo como mensaje.
Saussure ilustra esto inscribiendo al significado (sdo.) y al significante (Ste.) dentro de un circulo dividido en dos partes iguales; en la
parte superior pone al significado, en la parte inferior al significante, y a ambos los relaciona con dos flechas que representan una
relación biunívoca (es decir, Saussure creía que había una complementareidad total entre un significante y lo por éste significado).

Luego, la noción saussuriana ha debido ser corregida y mejorada, si bien su idea es fecundísima.

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a una relación unívoca. De manera que la significación nunca puede cerrarse, siempre sufre un
desplazamiento en la cadena significante. La «barra» que impide el cierre de la significación implica un
contacto indirecto con el sentido y la consiguiente caída del referente. De resultas de ello, el propio sujeto
queda dividido: entre el «sujeto del enunciado» y el «sujeto de la enunciación» se establece una división
(Spaltung). Frente al cogito de Descartes («Cogito ergo sum»), Lacan replica: «Yo pienso donde no soy, yo
soy donde no pienso». El sujeto está dividido entre el sujeto del conocimiento y el sujeto del
significante. Una persona no está loca por creerse otra, por ejemplo, Napoleón. Más bien Napoleón está
loco si se cree Napoleón, si cree que su verdad coincide con su saber{3}. Radicalizando a Freud, en Lacan
se produce el retorno de una Verdad que sólo acaece en la falla del Saber: se trata de una verdad que no
puede conocerse, no puede saberse positivamente de una vez por todas, permitiendo el autoconocimiento
del sujeto. En resumidas cuentas, Lacan no es un simple «humanista», tampoco un pensador de las Luces
o un «hombre de izquierdas», pues no puede creer en el autodominio del hombre, en su capacidad para
iluminarlo todo. Hay un resto asocial e incultivable, el inconsciente, que es fundamental e impone que la
verdad sólo pueda decirse a medias.

2. El inconsciente

El eje de la existencia es inaccesible para el hombre. Éste permanece expropiado de su intimidad y por eso
Lacan habla de Extimidad, de un afuera que está en el centro mismo del sujeto. Somos sujetos del
inconsciente, de una cifra de destino que no es posible saber de modo general, positivo, anticipable. Que
exista inconsciente impone que el hombre sólo sabe el sentido de lo que hizo después, a posteriori. Para
empezar, el lenguaje no es un útil del que el hombre dispondría. El lenguaje es exterior a los seres
hablantes, anterior a ellos, y de su entrecruzamiento con el cuerpo queda un sedimento de
naturaleza simbólica, el inconsciente. Inconsciente es ese «sedimento significante en la atadura del
sujeto a la lengua». La palabra afecta al cuerpo, lo desvitaliza: así pues, ganar un lugar como sujeto en el
campo del significante es perder el ser de la vida natural (por esta razón, para Lacan, una ontología que
intente vincular el hombre con la naturaleza es una ficción). Parasitado por el significante, el hombre paga
un precio por hablar, una libra de carne. Así pues, el inconsciente no es solamente un fondo de
desconocimiento, lejano y pasivo. «Esa dimensión del inconsciente que evoco estaba olvidada... El
inconsciente se había vuelto a cerrar sobre su mensaje gracias a los cuidados de esos activos ortopedistas
en que se convirtieron los analistas de la segunda y de la tercera generación, que se han dedicado, al
psicologizar la teoría analítica, a suturar esa hiancia. Créanme, yo mismo nunca la vuelvo a abrir sin tomar
precauciones... el inconsciente freudiano no tiene nada que ver con las formas llamadas del inconsciente
que le han precedido... el inconsciente romántico de la creación imaginante... Tropiezo, fallo, fisura... –la
sorpresa, eso por lo que el sujeto se siente rebasado, por lo que halla a la vez más y menos de lo que
esperaba»{4}. El inconsciente no es el registro exótico que complementa la buena marcha de la economía,
el lobo, el fondo primario que podemos sacar los fines de semana. No es una excepción, es otro concepto
de la ley, de la regla. El inconsciente se estructura como un lenguaje e interviene activamente en la vida
consciente del sujeto. El inconsciente es dinámico: un lapsus es el síntoma de que el inconsciente trabaja,
de que «no cesa de no escribirse»{5}. Este dinamismo del inconsciente (Deleuze hablaría de «nomadismo»)
viene a decir que en la polémica de Hume con Descartes acerca de la sustancia del sujeto, es como si
Lacan aceptara con Hume que no hay sujeto totalizante, elevado sobre cada situación, pero para decir que
en cada situación permanece la indeterminación del inconsciente, una cifra que siempre va «por delante»
con un mensaje que es preciso descifrar una y otra vez. De ahí que el hombre sólo conozca el sentido de lo
que hizo o lo que dijo después, cuando ya no hay remedio. El significante está así ligado a la contingencia,
no al determinismo, ni a una causalidad que fuera predecible. Lacan no trabaja con el uno totalizador, una
Uno de los principales 'correctores' de lo que Saussure ha dicho respecto al Significante y al significado es Lacan; la modificación en
la explicación que de significante y significado hace Lacan, será fundamental en el devenir de la psicología, en especial en lo atinente
al psicoanálisis: Lacan, "rompe" el encierro (el círculo) en que Saussure suponía al significado y al significante; invierte primero la
situación de ambos: el significante (Ste.) es ubicado "arriba" y el significado (sdo.) abajo; espesa la barra que los separa
(homologándola a la censura entre consciente, y lo inconsciente), luego hace desplazar al significado y dice 'debajo del Significante...
Hay... nada.

A esta altura del presente texto, quien esto escribe, comprende que para aquel que no ha profundizado en el psicoanálisis -y en
especial en el de cuño lacaniano- todo puede parecer un galimatías. Sin embargo la cuestión se aclara si se entiende que Lacan quiere
decir que el pensar está constituido básicamente por significantes que cambian continuamente de significado; que el psicoanalista
debe, entonces,muchísimas veces, tener más en cuenta al significante (el fonema u otra representacióm hecha por la persona durante
el análisis) que el supuesto significado (una persona durante un psicoanálisis puede usar un significante creyendo a nivel consciente
que le está dando un significado, sin embargo, muchas veces ese significante remite -y es lo que importa- a otros significados que de
momento son inconscientes). Más aún, el pensar humano, está privilegiadamente (por cierto que no únicamente)configurado por
significantes; estos tienen una materialidad (tanto su sonido, como el conjunto de neuronas o engrama, que soportan a cada
significante.

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unidad envolvente, sino con lo unario, el uno que emerge en cada caso de modo único. «La discontinuidad,
ésta es pues la forma esencial bajo la que nos aparece en primer lugar el inconsciente como fenómeno –la
discontinuidad en la que algo se manifiesta como una vacilación... ¿Es lo uno anterior a la discontinuidad?
No lo creo así... uno cerrado –espejo al que se aferra la referencia al psiquismo de la envoltura. El uno
introducido por la experiencia del inconsciente, es el uno de la hendidura, del coste, de la ruptura... una
forma ignorada de lo uno... se pierde en la medida en que se encuentra... Se trata siempre del sujeto en
tanto que indeterminado»{6}. Así pues, sigue Lacan: «La verdadera fórmula del ateísmo no es que Dios ha
muerto, sino que Dios es inconsciente»{7}. A veces Lacan recuerda un pasaje de Freud donde la verdad del
inconsciente se revela como un descubrimiento súbito que sacude a este mundo adormecido: Padre, ¿no
ves que estoy ardiendo?

3. Real, simbólico, imaginario

Lacan elige siempre lo impar, el uno de la discontinuidad. Por eso sostiene un orden ternario, una trinidad
con la que se escora el dualismo, impidiendo que el sistema se bloquee en una oposición dual, simplemente
metafísica (consciente/ inconsciente: manifiesto/latente). Aunque hay un isomorfismo entre el significante y
el inconsciente, no todo es significante en la estructura, lo cual marca una diferencia con el estructuralismo.
En efecto, Lacan no es «estructuralista» en cuanto toda su teoría está polarizada por algo no
estructurable, algo inasimilable que tal vez recoge un eco de la anterior experiencia existencialista. Se
trata de lo real como imposible: el referente ha caído, pero esa caída (como «la nada» de Sartre) es
estructurante. En el síntoma, puente tendido hacia lo real, habita algo irreductible, que resiste a la
simbolización. Ante ese real sólo cabe la metáfora: «¿No resulta relevante que, en el origen de la
experiencia analítica, lo real se haya presentado bajo la forma de lo que hay en él de inasimilable -bajo la
forma del trauma, determinando toda su sucesión, e imponiéndole un origen en apariencia accidental?»{8}.
El vínculo con lo real es fantasmático y el fantasma no es otra cosa que la obra que el significante ha
realizado en lo real. Se trata de una relación paradójica, pues el fantasma es una ecuación que conecta al
que habla con lo real que ha perdido. Así pues, la materialidad del inconsciente incluye lo real como
imposible, una imposibilidad constitutiva. Las tres dimensiones (dit-mansions) que rodean al sujeto son
respectivamente: a) lo imaginario, que se corresponde con la «fase del espejo» donde el niño aprende a
distinguirse del otro y anticipa su madurez identificándose con su imagen en el espejo, identificación que va
acompañada de júbilo (sin embargo, la simetría invertida del espejo y el carácter externo de la imagen
especular llevan consigo una alienación del sujeto en lo imaginario: el yo como lugar de desconocimiento);
b) lo simbólico: el acceso al mundo del lenguaje va a permitir al sujeto una segunda cota de identidad: el
sujeto se establece no siendo la cosa ni el nombre que le ha dado a la cosa (en el juego del Fort-Da –
fuera/ahí– el niño, al hacer desaparecer y reaparecer el carrete atado a un cordel, puede simbolizar y
controlar la ausencia de la madre: el futuro sujeto renuncia al objeto reemplazándolo por significantes (así
como la metáfora es parte constitutiva de lo simbólico, la metonimia –la parte por el todo– es parte
constitutiva de lo imaginario); c) tenemos el yo como instancia imaginaria (moi) y el yo como instancia
simbólica (je): el «yo ideal y el ideal del yo», pero queda lo real, que «no cesa nunca de no escribirse»: es
una experiencia constante en la cura el ser enfrentado a aquello que no para nunca de no escribirse y
«vuelve siempre al mismo lugar», escapando al significante, al símbolo. Hay un núcleo subyacente a todas
las formaciones del inconsciente, su ombligo: el deseo inconsciente, el fantasma del deseo. Lacan aísla el
objeto de ese fantasma en el objeto (a), que es real y causa el deseo del sujeto; este objeto constituye el
plus del goce. El «objeto (a)» es la manera de referirse a lo que está irremediablemente perdido, pero que
sigue siendo causal, pues resulta de las operaciones de castración (a procede de autre: el otro, el
semejante imaginario).

4. La cura

El sentido es imaginario, el equívoco es propiamente lo simbólico: la operación analítica consiste en llevar el


sentido imaginario al equívoco simbólico, que carece de sentido (el sentido siempre está del lado de lo
«religioso»). La imputación del inconsciente al prójimo es un acto de piedad por el que se interrumpe la
cháchara social para que, en el hombre que sufre, algo hable de nuevo desde el silencio. La gente va al
analista porque sufre, porque sus vivencias desbordan constantemente su capacidad de simbolización, los
determinismos imaginarios a los que achaca su desequilibrio. El silencio del analista representa el Otro del
inconsciente. La transferencia se produce hacia el analista como portador de un supuesto saber (el sujeto
supuesto saber). Entre otras cosas, el analista calla porque no tiene nada que decir: su primera función es
otorgarle la palabra al paciente, concederle un insólito espacio de silencio para que desde ahí lo Otro tome
la palabra. Al inconsciente no se lo comprende, no se lo explica: se le escucha... «Diga usted lo que quiera»
(talking cure): cuanto más libre es el juego de la asociación, más se atiene a la ley de un inconsciente que
permanece soterrado bajo la imagen que tiene de sí el sujeto. El silencio del analista representa al Otro del
inconsciente, lo no sabido de las vivencias. No hay conocimiento del inconsciente, no se puede hacer una

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psicología o una filosofía del inconsciente. Desde una silenciosa escucha, el analista solamente se autoriza
a sí mismo, lo que causa la indignación lógica en la jerarquía institucional, entre los que se creen
propietarios del saber de especialistas. Pero para Lacan es clave que no exista metalenguaje, ningún saber
previo desde el que interpretar la emergencia del inconsciente, que siempre sucede «uno a uno», de
manera inanticipable (por eso en algún lugar Lacan dice que la experiencia del inconsciente es como la de
una «puntuación sin texto»). Que no hay metalenguaje significa que no hay fórmula que se pueda aplicar al
inconsciente en general: la hipótesis de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje hay que
probarla en cada caso. En este tiempo donde los medios no dejan de parlotear y donde el prójimo ha
enmudecido, el psicoanalista cobra por escuchar. Al pagar por cada sesión, el analizado se desprende de la
escoria de sus fantasmas, queda exento respecto a su analista y también con respecto a lo que ha dicho en
la sesión (por eso, dicen los psicoanalistas, lo realmente caro es lo que no se paga). Hay una escena
originaria, un trauma en el pasado que debe lograr su descarga pero de modo oblicuo, a través de
fragmentos y fábulas, pues donde hay significante hay error con respecto al referente y el trauma está
perdido como hecho real. El inconsciente se da en el acto de un decir, como aquello que «sabe» más que lo
que el hablante quiere decir. El que habla no es dueño de lo que dice: en cuanto se habla, uno es hablado
por la lengua que preexiste lógicamente al sujeto (el lapsus no se usa, se impone, pues en el lenguaje
siempre se juega algo del orden del malentendido). Se trata siempre del tropiezo, el fallo, la fisura, una
sorpresa por la que el sujeto se siente rebasado, por la que halla «a la vez más y menos de lo que
esperaba». Es difícil establecer los efectos del análisis, que son forzosamente lentos. Al histérico le dará la
defensa, el caparazón que le falta, le ayudará a desprenderse de su dependencia dolorosa respecto del
Otro, le enseñará el aislamiento. Al obsesivo le forzará a pensar en lo que le disgusta, le permitirá franquear
la barrera del placer y mirar de frente lo que antes consideraba con un rodeo, o no consideraba...
Finalmente, el sentido de la cura no es librarnos del dolor sino solamente enseñarnos a vivir con lo incurable
que nos constituye. Se trata de despertar al sujeto neurótico de los fantasmas de omnipotencia que
mantiene y que alimentan bien su presunción, cuando cree satisfacerlos, bien su depresión, cuando piensa
fallarles.

5. La castración

El falo está situado en la hendija entre la «necesidad» (biológica) y la «demanda», interferida por el lenguaje
(dirigida al Otro). El falo es un significante privilegiado, es el significante del deseo: de hecho, los griegos no
lo representaban como un órgano, sino como una insignia. Por eso en las vicisitudes de la castración el falo
queda marcado. Esa relación entre deseo y marca es imaginarizada como amenaza sobre el órgano por el
varón, mientras que en la mujer es imaginarizada como nostalgia de órgano. Pero esto sólo en el aspecto
imaginario: lo decisivo de la castración se juega a otro nivel, y está referido a la castración de la madre (el
Otro primordial del sujeto). Lo que la madre desea es el falo, el significante del deseo. El hijo quiere ser el
falo, pero ese anhelo está condenado estructuralmente al fracaso, pues no se puede ser el falo. Esta
imposibilidad del sujeto de satisfacer el deseo del Otro siendo el falo, y ese deseo siempre insatisfecho,
configuran lo que Lacan llamó falta-en-ser (manque à être). Lo decisivo de la castración no es que el sujeto
tenga o no tenga órgano: lo decisivo es que la madre no tiene falo. En la vertiente imaginaria de la
castración (experimentada por la mujer como nostalgia del órgano que no tiene y como amenaza sobre el
órgano que tiene por el varón), en ambos casos la tenencia del órgano introduce la dimensión de la falta: en
uno porque teme perderlo, en otra porque lo añora. La falta-en-ser condena al sujeto a parecer el falo,
protegiendo el órgano: este parecer constituye la impostura masculina y la mascarada femenina.

6. No hay relación sexual

La dimensión de la función fálica establece que no hay relación sexual. El mundo animal representaría la
imagen de un goce absoluto, que para el hombre está perdido y desvirtuado por su relación con el lenguaje,
desde la función simbólica del falo. Entre uno y otro sexo se establece el campo del significante, en el cual
destaca el significante del deseo: la función fálica viene a decir que lo que los seres humanos entienden por
«ligar» no establece la relación entre los dos sexos, no colma el abismo que los separa. Los humanos
gozan, pero parcialmente, pues gozan del falo y no del sexo: perdidos para ellos el goce sexual absoluto
que puede suponerse a los animales, les queda la posibilidad de gozar del falo. En lugar de la relación
sexual, imposible, quedan sujetos al goce fálico, un goce parcial dependiente del significante. Pero el goce
fálico no es simétrico para ambos sexos, por lo que entre lo masculino y lo femenino no se establece una
relación de complementariedad. Los dos sexos no son la «media naranja» de una totalidad armónica: el
uno, el hombre, goza como Todo (todo en él goza del falo), mientras el otro, la mujer, lo hace como No-Todo
(no todo en ella goza del falo). Las «fórmulas cuánticas» de la sexuación son la escritura lógica de las
distintas maneras que tienen los hablantes de situarse en relación al falo. Como hablar es «perder el ser»,
por eso no hay escritura posible de la relación sexual: no hay inscripción en el inconsciente ni del
significante hombre ni del significante mujer, sino que sólo hay un significante, el falo. Lacan escribe esta

Juan Carlos Landriscini 7


APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

imposibilidad así: ]f.f (x.y), no existe función tal que entre x e y constituya una relación. La función fálica no
se instala bajo la forma de una universalidad que coloque a todos los hablantes bajo una misma ley, pues
«no hay universal que no tenga como límite una excepción que lo niega». La relación sexual «no cesa de no
escribirse... La contingencia es aquello en que se resume lo que somete la relación sexual a no ser, para el
ser que habla, más que el régimen del encuentro»{9}. La sexualidad se instaura en el campo del sujeto por
una vía que es la de la carencia. El ser vivo sexuado ya no es inmortal. Precisamente el fantasma es un
montaje con el que cada sujeto organiza, a través de sus escenas, lo que va a reemplazar a la inexistente
relación sexual.

7. ¿La mujer?

Lacan no dice que el placer no sea posible, que el sexo no tenga sus alegrías (él las encontró de mil
formas). Sólo dice, con Rilke y otros, que es imposible separar la relación sexual de la experiencia de la
finitud, del sufrimiento del amor y el desamor, de la decepción, del engaño. El sexo publicitario y la
pornografía son ingenuos, con frecuencia son aburridos y tristes, porque estarían encadenados al sueño de
un sexo sin el amor, sin finitud. En este aspecto, vinculando la sexualidad al amor, la mujer siempre ha sido
más intuitiva (aunque ahora la equiparación de los sexos esté borrando eso). Hay un goce «suplementario»
en la mujer, con respecto a la función fálica, que la libra del Todo. Aunque hay algunos hombres (por
ejemplo, el místico) que se colocan también del lado del No-Todo, de un goce más allá del falo. Lacan dice:
«creo en el goce de la mujer, en cuanto está de más... ese goce que se siente y del que nada se sabe ¿no
es acaso lo que nos encamina hacia la ex-sistencia?»{10}. La mujer «no existe» porque no constituye una
clase: su relación privilegiada con el No-Todo impone que la mujer, a diferencia del hombre, exista una a
una. En esta línea de pensamiento, Lacan llega a reivindicar la vieja idea eclesiástica de que la mujer «no
tiene alma»: no la tiene si se entiende por alma una dimensión que la eleve, que la salve de la singularidad.
«Sólo hay una manera de poder escribir la mujer sin tener que tachar el la: allí donde la mujer es la verdad.
Y por eso, de ella, sólo se puede decir a medias (mi-dire), mal-decirla (médire)»{11}. No hay la mujer:
precisamente «lo esencial en el mito de Don Juan es que las posee una por una».

8. La ética

Afirmar el inconsciente en el hombre es «un acto de piedad increíble», pues presupone la existencia (como
en Sócrates) de un daimon en cada cual, una voz a la que obedecer. El «el estatuto del inconsciente, que
como les indico es tan frágil en el plano óntico, es ético. Freud, en su sed de verdad dice -Sea lo que sea,
hay que ir a él»{12}. Los lacanianos reivindican el coraje de no faltar al inconsciente del que se es sujeto.
Hay que leer, formarse, pero sobre todo es preciso leer el inconsciente, ese libro de tirada única donde está
escrito el guión de la vida. Y esto plantea entonces una cuestión muy grave, la de reconciliarse con la ex-
sistencia de cada cual. Pero entonces, ¿en qué queda la libertad? De cualquier modo, parece que no
elegimos en la vida como quien elige colores. Parece que no, pues en aquello que nos jugamos algo
importante elegimos lo que sentimos como propio, lo que nos toca, que nos corresponde. De otro modo,
¿por qué mantener una elección como propia, digan lo que digan los otros? Así, como en Spinoza, en Lacan
hay una suerte de «elección forzosa». Por la misma razón que podemos decir que una decisión es algo que
«no se puede pensar» (J. Alemán), pues tomamos la decisión en la medida en que somos tomados por ella,
también debemos decir que, propiamente hablando, no elegimos. Nos limitamos a estar a la altura del
acontecimiento, a la paradoja de no ceder en cuanto al deseo, convirtiendo en tarea la inanticipable
causalidad que nos determina. Los estoicos hablaban aquí del amor fati, un amor al destino que no parece
muy lejano a Lacan: nos limitamos a reconocer lo inevitable, a quererlo como propio, como una libre
elección. Desciframos la cifra que en cada caso nos corresponde, el devenir inconsciente del que somos
sujeto, y esto dibuja como una especie de circularidad: «Como dijo un día Picasso... Yo no busco,
encuentro... No me buscarías si no me hubieras ya encontrado»{13}. Hay ciertamente una especie de
círculo vicioso, el que recordaba Píndaro con su «Llega a ser lo que ya eres» y el que recordaba Freud con
su: Wo Es war, soll Ich werden. «¿Goce de qué? De un ser único que sólo tiene una cosa que decir –Soy lo
que soy»{14}. El goce no es el placer, es un concepto más complejo, está más allá del principio del placer,
que sería un dique homeostático y regulador frente al goce. En el horizonte de la cuestión hay un goce
mítico, el goce imposible de la cosa, de la madre, del Otro. El más allá del placer que es el goce confina con
el dolor y el sufrimiento. «¿Qué es el goce? El goce es lo que no sirve para nada»{15}: queda fuera de lo
útil, pues el sujeto del inconsciente atenta contra sí mismo y en su constitución surgen efectos estructurales
que no colaboran en absoluto con el bienestar, obstaculizando cualquier ideario social que pretenda reducir
el malestar en la cultura. El goce es una satisfacción de las pulsiones independiente del sufrimiento, por eso
puede incluir el malestar... e incluso cosas peores. Frente a esto, el deseo siempre está vinculado a la
insatisfacción. No el deseo de esto o lo otro, sino el deseo: «Toda una temática que atañe al estatuto del
sujeto aparece cuando Sócrates formula no saber nada, excepto lo que concierne al deseo. Sócrates no
coloca al deseo en la posición de subjetividad original, sino en la posición de objeto»{16}. El deseo, esa

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

pasión inútil (Lacan reivindica aquí a Sartre), abre la existencia. De ahí la frase: «El deseo, lo que se dice el
deseo, basta para que la vida no tenga sentido si produce un cobarde»{17}. Que duda cabe, que esta
manera de pensar deja en una incómoda posición todo lo que ataña a «la sociedad», incluso a la
democracia. Pero en estos márgenes se quiso mover Lacan, para quien no hay que creer en una sociedad
ideal, en una democracia moderna que encarne de manera laica la vieja promesa religiosa.

Notas

{1} Jacques-Alain Miller, Cartas a la opinión ilustrada, Paidós, Buenos Aires 2002, págs. 44-45.
{2} Prólogo a Anika Rifflet-Lemaire, Lacan, Edhasa, Barcelona 1971, pág. 21.
{3} Cfr. Jacques Lacan, «Kant con Sade», Escritos II, Siglo XXI, México 1975, págs. 342 ss.
{4} Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral, Barcelona 1977, págs. 36-
37.
{5} Jacques Lacan, Aun. El seminario: libro 20, Paidós, Buenos Aires 1981, pág. 74.
{6} Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, op. cit., pág. 38.
{7} Ibíd., pág. 69.
{8} Ibíd., pág. 65.
{9} Jacques Lacan, Aun. El seminario: libro 20, op. cit., pág. 114.
{10} Ibíd., pág. 93.
{11} Ibíd., pág. 125.
{12} Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, op. cit., pág. 45.
{13} Ibíd., pág. 19.
{14} Jacques Lacan, El reverso del Psicoanálisis. El seminario: libro 17, Paidós, Buenos Aires 1992, pág. 70.
{15} Jacques Lacan, «Subversión del sujeto», Escritos I, México 1971, pág. 323.
{16} Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, op. cit., pág. 25.
{17} Jacques Lacan, «Kant con Sade», Escritos II, op. cit., pág. 354.

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

SOBRE EL INCONSCIENTE Y EL LENGUAJE: UNA INTRODUCCIÓN A LACAN

Autor: Juan Camuña.

Ficha de la cátedra “Psicoanálisis (Freud)”.


Año 2005.

I— Graffittis en el muro

“Tenemos, pues, el plano del espejo, el mundo simétrico de los ego y de los otros homogéneos. De él debe
distinguirse otro plano, que llamaremos el muro del lenguaje.
El lenguaje sirve tanto para fundarnos en el Otro como para impedirnos radicalmente comprenderlo. Y de
esto precisamente se trata en la experiencia analítica.
El sujeto no sabe lo que dice, y por las mejores razones, porque no sabe lo que es”(1).

El ser humano ocupa un particular lugar en el mundo, en la medida en que no posee una relación directa
con el mismo, o con lo que podríamos denominar la “naturaleza”, de la que se encuentra separado por un
“muro”, que Lacan denominó como el “muro del lenguaje”.

Sabemos que existen personas, objetos, ideas pero este conocimiento sólo es aprehensible por medio del
lenguaje que hace las veces de mediador, introduciendo al símbolo como creador de la realidad
propiamente humana, y despojando al sujeto de una relación “instintiva” o “natural” con el mundo. “El
símbolo se manifiesta en primer lugar como asesinato de la cosa”(2), con lo que el lenguaje establece un
ordenamiento en la experiencia humana que Lacan denominó como orden simbólico y que, anudado a lo
imaginario y lo real, conforma la estructura subjetiva del hombre.

El hombre se encuentra apresado por el lenguaje, rodeado por las paredes del muro (del que, en el caso
más favorable, nunca saldrá), aunque no por esto es un ser pasivo: también habla, y su discurso muchas
veces lo desconcierta: no entiende lo que dice, le extrañan sus sueños, sus síntomas, dice más (o menos)
de lo que quiere decir, verdaderos graffittis del discurso, en los que Freud supo escuchar la verdad del
deseo inconsciente del sujeto a través de sus formaciones (sueños, chistes, síntomas neuróticos, actos
fallidos, fantasías).

Será a partir de la experiencia freudiana y de los aportes de otras disciplinas (tomaremos, para nuestro
desarrollo, a la lingüística estructural) que Lacan podrá enunciar uno de sus postulados fundamentales: el
de que “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”*. En la explicación de esta tesis consistirá
el desarrollo del presente trabajo.

II— La Lingüística Estructural de Ferdinand De Saussure

“Del lenguaje se ocupa la lingüística”, podríamos decir. De hecho, fue de un tenor similar la objeción que los
lingüistas le formularon a Lacan, como veremos más adelante. Pero puede decirse, con absoluta justicia,
que la lingüística como ciencia, la lingüística moderna, debe su estatuto y sus blasones a Ferdinand de
Saussure, creador de la lingüística estructural y sin el cual no hubiera habido lingüistas en condiciones de
refutar a Lacan.

Muy lejos queda nuestra intención de presentar toda la teoría de de Saussure; sólo abordaremos aquellos
aspectos fundamentales, que hicieron de su obra uno de los referentes ineludibles para comprender los
desarrollos de Jacques Lacan. A los lectores interesados en ampliar esta temática remitimos a la clásica
obra “Curso de lingüística general”, que se consigna en la bibliografía del presente trabajo.

En primer lugar, de Saussure establece una clara diferencia entre lengua y habla, señalando que el objeto
de estudio de la lingüística es la primera.

La lengua es un hecho social y consiste en un sistema de signos de significado convencional, y de igual


valor para todos los miembros de la comunidad que la utiliza. El valor “universal” de la lengua permite la
*
Las citas que aparecen señaladas por un asterisco no corresponden a un texto en particular, sino que aparecen en tantos
textos y mencionadas tantas veces por Lacan, que dejamos al lector la tarea de comenzar la lectura del autor francés
para encontrarse con ellas.

Juan Carlos Landriscini 10


APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

comunicación entre las personas, lo que sucede por medio del habla, a la que definiremos como el uso
individual de los signos.

Señaladas estas diferencias, abordaremos ahora un elemento que encontramos tanto en la lengua como en
el habla: el signo, verdadero articulador entre estas dos dimensiones, y por ello estructural en el lenguaje, el
signo se sitúa en la base misma, en el fundamento del lenguaje (ningún elemento contingente podría servir
de nexo entre lengua y habla, que son, como dijimos, las dos dimensiones que adquiere el lenguaje). Dice
de Saussure: “Lo que el signo lingüístico une no es una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen
acústica. La imagen acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica, la
representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos”. Unión que, además, es arbitraria: “El
lazo que une el significante al significado es arbitrario; o bien, puesto que entendemos por signo el total
resultante de la asociación de un significante con un significado, podemos decir más simplemente: el signo
lingüístico es arbitrario.
Así, la idea de sur no está ligada por relación alguna interior con la secuencia de sonidos s-u-r que le sirve
de significante, podría estar representada tan perfectamente por cualquier otra secuencia de sonidos. Sirvan
de prueba las diferencias entre las lenguas y la existencia misma de lenguas diferentes: el significado
«buey» tiene por significante bwéi a un lado de la frontera franco-española y böf (boeuf) al otro, y al otro
lado de la frontera franco-germana es oks (Ochs)” (3).

El gráfico siguiente nos muestra la estructura del signo:

Sdo = Concepto
Sgte Im. Acúst.

En este gráfico, la barra representa la unión indisoluble entre significado y significante.

Es en la comunicación en donde entran en juego los tres elementos destacados: un sujeto (que hace las
veces de emisor) selecciona signos de la lengua y los combina mediante el habla, constituyendo así un
mensaje dirigido a otro sujeto (receptor). La estructura de la comunicación podría graficarse de la siguiente
manera:

E M R

Naturalmente, la comunicación sólo es posible si los signos poseen ya un valor predeterminado e igual para
todos los sujetos, valor que está establecido por la lengua (dimensión sincrónica del lenguaje) y que por ello
posibilita que el habla (dimensión diacrónica) se transforme en comunicación.

III— Lacan y el “inconsciente estructurado como un lenguaje”

Señalar que el lenguaje es el fundamental creador de la realidad humana no es poco; pero descubrir y
señalar cuál es la estructura del mismo supone un paso decisivo. Es lo que hizo de Saussure.

Considerar al hombre como un ser racional, con conciencia de sí mismo, de su ser y su finitud, capaz de
organizar su existencia mediante una abstracción –las leyes- es destacar un hecho sin parangón en la
naturaleza; pero demostrar que la razón y la conciencia son sólo un ínfima parte del sujeto y que los “puntos
claves” de la existencia humana se ven sobredeterminados por un sistema –el Inconsciente– desconocido
para el yo, supone un paso decisivo en la consideración de la Humanitas. Es el que dio Freud.

Lacan orientará su búsqueda teórica desde la obra freudiana –el psicoanálisis- hacia el lenguaje –de
Saussure mediante–, en pos de determinar cuál es la relación entre los dos factores claves de la existencia
humana (el inconsciente y el lenguaje).

El primer paso es obvio: el sueño, el lapsus, el chiste, el síntoma neurótico son fenómenos de lenguaje, tal
como lo resalta Lacan: “La función de la palabra sólo puede explicarse al definir el campo del lenguaje. Esos
dos términos son el título de un discurso que pronuncié en Roma, en 1953, y del cual surge mi escuela
después de muchas dificultades.
Mi escuela es freudiana, y eso no debe extrañar, ya que demostré claramente que los testimonios aportados
por Freud de la existencia del inconsciente, de los sueños, de los lapsus y ocurrencias, sólo son
interpretables sobre el texto de lo que se dice a través de la palabra del propio interesado. Este es un hecho
patente en las tres obras que Freud ha escrito sobre cada uno de esos temas y que constituyen el punto de

Juan Carlos Landriscini 11


APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

partida de su «pensamiento»”(4). Referencias como éstas son innumerables en la obra de Lacan, pero sólo
nos aproximan a la cuestión planteada, indicando que las formaciones del inconsciente son hechos de
lenguaje. La pregunta, entonces, subsiste: ¿de qué manera se articulan estas dos estructuras –inconsciente
y lenguaje?

En primer lugar, notamos que, cuando del inconsciente se trata, no es aplicable la relación establecida por
de Saussure entre significado y significante a partir del signo lingüístico, dado que el sentido de, por
ejemplo, un sueño, es singular, individual, válido únicamente para el sujeto que lo soñó (por ello es que no
se puede hablar de un “simbolismo” onírico). Este hecho contrasta con la “universalidad” del signo, con el
valor que posee el signo para toda la comunidad que lo utiliza, a partir de la lengua común.

Un solo ejemplo nos bastará para demostrar lo expresado: el sueño freudiano conocido como la “Mesa
redonda”.

Dice el contenido manifiesto de ese sueño: “Varias personas comiendo juntas. Reunión de invitados o mesa
redonda... La señora E.L. se halla sentada junto a mí, y coloca con toda confianza una de sus manos sobre
mi rodilla. Yo alejo su mano de mí, rechazándola. Entonces dice la señora: «¡Ha tenido usted siempre tan
bellos ojos!...» En este punto veo vagamente algo como dos ojos dibujados o el contorno de los cristales de
unos lentes...”(5)

¿Qué quiere decir este sueño? Está fuera de toda duda que el relato de su sueño por parte de un sujeto
constituye un hecho de lenguaje, mas: ¿cómo aplicar la estructura del signo en este caso? ¿Cómo aplicar el
significado sobre el significante, siendo que, precisamente, el significado se escabulle por todos lados, sin
dejarse aprehender? ¿Cómo decir qué es lo que significa este sueño con la fórmula del signo? Desde luego,
poseemos el recurso de afirmar que “los sueños” (o los lapsus, o los síntomas, etc.) “son fenómenos
absurdos, carentes de sentido y no merecen, por tanto, nuestra atención ni nuestro interés”. Atajo disponible
hasta que el maestro vienés lo cerró, demostrando que todos los fenómenos mencionados poseen una
lógica y un sentido, perfectamente comprensibles luego de realizado su análisis. Porque el punto clave es
éste: los sueños (o cualquier formación del inconsciente) poseen un sentido, dicen algo, son un mensaje, tal
el descubrimiento de Freud. Pero el primer psicoanalista llega a esta conclusión por medio de una vía
sorprendente, insólita hasta ese momento: las ocurrencias espontáneas de sus pacientes. La asociación
libre, regla técnica fundamental del psicoanálisis, consiste en que el paciente (el analizante) diga lo primero
que se le ocurra, sin previa reflexión ni crítica, con lo que se produce un material en apariencia azaroso,
pero que a partir de la interpretación del analista va resignificándose y “ordenándose”, con lo que comienza
a aparecer en el discurso del sujeto un sentido desconocido para él mismo hasta ese momento, pero que,
paradójicamente, le es propio. Con ello, entramos ya en el terreno del inconsciente que podemos considerar
como un discurso incomprensible para el yo, un mensaje que necesita ser traducido para comprender su
texto, labor que sólo es posible a partir del psicoanálisis.

Con estas premisas claves, Lacan realiza su lectura de de Saussure de la que extrae una conclusión
fundamental: el significante posee una radical supremacía por sobre el significado, siendo el segundo
un efecto del primero.

Podemos apreciar que Lacan conserva los dos términos introducidos por de Saussure en el signo
lingüístico, pero invertidos:

Significante (S)
significado (s)

En donde la barra representa la separación estructural entre significante y significado.

Lo que nos lleva a considerar qué es, para Lacan, un significante. Sabemos ya que para de Saussure era la
imagen acústica, la representación mental del concepto; mas, Lacan lo definirá de un modo diferente: “un
significante es lo que representa a un sujeto para otro significante”*. Definición ésta, a primera vista,
un tanto extraña pero sostenida por una solidez lógica (y clínica) que veremos a continuación.

Retomemos el sueño freudiano de la mesa redonda. El contenido manifiesto no nos arroja ninguna luz sobre
el significado del mismo, aunque no deja de ser una representación mental: un significante. Representación
que sólo va aclarando su sentido en la medida en que se le asocian otras representaciones (es decir, otros

Juan Carlos Landriscini 12


APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

significantes) que van constituyendo una cadena, “lógicamente eslabonada”, que es lo que Freud denominó
como cadena asociativa. En el ejemplo mencionado, “mesa redonda” es un significante que representa a
Freud, pero no para otro sujeto, sino para otro significante: la mujer, la deuda, la paternidad, el amor, son
algunos de los significantes que se destacan en la larga serie asociativa que se desprende a partir del
contenido manifiesto del sueño, y que va aclarando el significado del mismo. Por ello, otra forma de definir al
significante es la de mencionarlo en términos de una cadena, a partir de la cual se va gestando,
retroactivamente, el significado. En base a estas consideraciones, el esquema inicial que introducimos para
explicar la teoría de Lacan (significante sobre significado), se vería corregido y precisado de la siguiente
forma:

S1—S2—S3—S4—Sn
significado

Si el significante es una cadena, se deduce que son necesarios al menos dos significantes, para producir un
efecto de sentido. Un síntoma neurótico no es, inicialmente, un significante; pero si al síntoma se agrega
alguna asociación que, retroactivamente, aclara su sentido, estamos ya en la dimensión del significante.
Isabel de R. acude a Freud derivada por un médico, que la diagnostica como histérica. Sus síntomas eran
dolores en las piernas y dificultades para andar, cuyo origen no era orgánico. ¿Qué sentido tiene este
síntoma? ¿Qué mensaje expresa? Imposible saberlo, se nos presenta como un jeroglífico similar al
contenido manifiesto de un sueño. Mas la labor de análisis arroja algunas luces que permiten leer y
comenzar a comprender el texto que un síntoma constituye. “Dolores en las piernas, dificultad al andar”
(sgte 1) se asocia con “lo sola que estaba” (sgte 2) (stehen significa en alemán tanto “estar” como “estar en
pie”) en ocasión de una serie de infortunios familiares. Se asocia, además, con “el sentimiento de su
«impotencia» y la sensación de que «no lograba avanzar un solo paso» en sus propósitos” (sgte 3) de
reconstruir la felicidad familiar, etc.(6) En este ejemplo podemos apreciar cómo el significado se constituye
retroactivamente, como efecto de la cadena significante. Que no hay primacía del significado se demuestra
por el hecho de que un síntoma similar en su forma en dos sujetos, posee un significado diferente para cada
uno de ellos.

Propiedades del significante

Para finalizar este punto, destacamos que el significante posee dos propiedades: la materialidad y la
combinación. Con materialidad hacemos alusión a que cada significante es diferente de los demás y es
éste hecho el que posibilita la relación de los mismos, es decir, su combinación. De este modo, las
propiedades del significante hacen que éste se exprese, estructuralmente, en forma de una cadena: lo que
Freud denominó como la “cadena asociativa”, que no es otra cosa que la puesta en juego del discurso
(inconsciente) del sujeto.

Finalmente, estas propiedades del significante están relacionadas con las figuras retóricas del lenguaje: la
materialidad se articula a la metáfora, y la combinación a la metonimia, figuras retóricas que se
constituyen, además, en las leyes del lenguaje, como veremos más adelante.

La “puntada”, “puntos de capitón” o “puntos de almohadillado”. El punto de basta

De lo expresado hasta acá surge un interrogante: ¿el deslizamiento de la cadena significante es indefinido?
Lacan sostiene que no, y para explicarlo introduce los conceptos de puntada, o puntos de capitón; y el de
punto de basta.

Antes de proseguir, consideramos oportuno introducir una cita, que explica con mucha claridad qué es un
punto de capitón: “Es lo que se conoce en tapicería como capitoné. Ingenuamente uno pensaría que esos
botones aparecen cosidos uno a uno y esto sería análogo a los signos en el sentido saussureano. En
verdad el capitoné no se hace así, sino que se trata de un entrecruzamiento de hilos que por tensión
producen las depresiones en la superficie, también llamadas puntos de almohadillado. Lo que hay que
retener es que todos estos puntos se producen simultáneamente al tirar de los hilos y no uno a uno. La
puntuación de una frase es análoga a la tensión de los hilos; tiene por resultado el abrochamiento del
sentido que resulta retroactivo y que se presenta como una unidad. Ejemplifiquemos:
Un.
Un hombre.
Un hombre bien.
Un hombre bien parecido.
Un hombre bien parecido al mono.”(7)

Juan Carlos Landriscini 13


APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

El discurrir de la cadena significante no es infinito ni tampoco azaroso; si las ocurrencias del sujeto no nos
aportan, al principio, claridad alguna, de a poco van, interpretación del analista mediante, “ordenándose” en
un sentido lógico, en el que puede ya leerse un discurso, un mensaje, estructurado por el inconsciente del
sujeto. Freud expresa, con respecto a la cadena asociativa, que “los pensamientos mismos van formando,
con admirable docilidad, cadenas lógicamente eslabonadas, en las cuales se repiten como centrales
determinadas representaciones” (8). Estas representaciones centrales tienen una estructura metafórica,
cuyo efecto es dar un sentido a las demás representaciones. Son los puntos de capitón. En el sueño de la
mesa redonda, que ya mencionamos anteriormente, los puntos de capitón son las ideas que tienen que ver
con la deuda, la mujer, el amor; en el análisis de ese sueño nos da la impresión de que todas las
representaciones “desembocaran” en dichos temas, que de este modo producen un efecto de puntada,
resignificando el discurso del sujeto y estableciendo su sentido. Pero Lacan habla también de un punto de
basta, que implica una detención de la cadena significante, “el punto de basta por el cual el significante
detiene el deslizamiento, indefinido si no, de la significación” (9). En el sueño freudiano que nos va sirviendo
de ejemplo, encontramos este punto de basta, precisamente en el momento en que Freud expresa que “En
el tejido cuya trama nos descubre claramente el análisis podría yo ahora separar más los hilos y demostrar
que van a unirse todos en un nudo único; pero consideraciones de naturaleza no científica, sino privada, me
impiden llevar a cabo en público tal labor”(10). El acceso a las representaciones inconscientes reprimidas
determina, según Freud, el efecto de sentido que adquiere el discurso del sujeto una vez realizado el
análisis; efecto de sentido que da una última puntada al discurso (el punto de basta), resignificando toda la
cadena significante, y deteniendo el deslizamiento de la misma.

En conclusión, significado y significante, las dos dimensiones que estructuran al lenguaje, y que de
Saussure articula en el signo lingüístico, son retomadas por Lacan quien las sitúa en otra articulación,
precisamente invierte la fórmula saussuriana y demuestra la supremacía del significante por sobre el
significado.

Significado o Efecto de sentido

Hasta este momento nos hemos manejado con un término que pertenece, en realidad, al campo de la
lingüística: el significado. Lo vimos como un efecto de la cadena significante, como lo que se constituye al
final del deslizamiento significante y es singular, particular para cada sujeto. Al ser, de esta manera,
sumamente variable, Lacan intenta sustituir la “rigidez” que transmite el concepto de significado en tanto se
ve relacionado con la “inmutabilidad” del concepto, cuando en psicoanálisis se trata de la singularidad del
deseo, y de cómo éste se constituye y expresa a través del significante (que, como vimos, es siempre parte
de una cadena). Decíamos, así, que Lacan busca reemplazar el término “significado” por otro que exprese
mejor lo que es el resultado dela cadena significante. A tal fin, emplea el concepto de “significancia” al
principio y también al final de su obra. En el transcurso de ésta, utiliza también los términos de
“significación”, “efecto de significación” y “efecto de sentido”. Nos inclinamos por este último, dado que la
“significación” se establece entre lo imaginario y lo simbólico, quedando así lo real elidido; en tanto que el
sentido es el efecto de una intersección entre lo simbólico y lo real, en el que se diluyen los efectos
imaginarios. Aunque no desarrollaremos el tema de los tres registros (sólo estamos exponiendo una
introducción al orden simbólico) y su interrelación, nos importaba dejar establecido en qué contexto y
dentro de qué límites hablamos de “significado”, y porqué nos parece más atinado su abordaje en términos
de un efecto de sentido.

Ahora bien: ¿estas diferencias que vamos marcando desde la teoría lacaniana nos indican que de Saussure
estaba equivocado? De ninguna manera. El signo es una realidad, constituye un hecho, y si la teoría
saussureana trae aparejada una verdadera revolución en la lingüística es porque logra ordenar ciertos
fenómenos en un contexto conceptual que los explica convenientemente, adquiriendo un status verdadero y
rigurosamente científico.

Sin embargo Lacan tampoco estaba equivocado y la subversión de la teoría saussureana que éste realiza
debe situarse en un eje mucho más amplio: el de la subversión freudiana que, precisamente, invierte la
valoración que el hombre poseía de sí mismo hasta ese momento. Antes de Freud, dotado de razón y
conciencia, y por ello dueño de sí, de su ser, de su voluntad; después de Freud, “un extranjero en su propia
casa”, sobredeterminado por el inconsciente, verdadero sistema que marca, sin que el sujeto (el yo) lo
sepa, el sentido de su existencia.

Explicaremos esta diferencia de un modo más metodológico y conceptual: la teoría saussureana se


encuentra limitada a lo que Freud llamó “proceso secundario” y que recordaremos, se caracteriza por un tipo
de energía ligada, que trae aparejada una identidad de pensamiento. Las consecuencias son evidentes: si
mencionamos la palabra “casa”, cada sujeto se representará un “lugar donde viven las personas”: unión
entre significado y significante, posibilitada por la identidad de pensamiento y que consiste en que la energía

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

psíquica permanece ligada a una representación determinada, sin que se desplace permanentemente a
otras representaciones.

Otro caso es el de los procesos primarios, que son inconscientes, y en los cuales la energía fluye libremente
de una representación a otra mediante desplazamientos y condensaciones, y en los que Freud encuentra
una “identidad de percepción”. Las consecuencias de este “libre fluir” de la energía a través de las
representaciones son situar al significado como contingente, y como efecto de la cadena significante: “La
casa es hermosa” nos revela un significado que se transforma por completo sólo con un ligero desliz, un
pequeño desplazamiento: “La caza es hermosa” ya posee otro sentido, dado que condensa otra serie
diferente de ideas.
Lacan y de Saussure se sitúan, en síntesis, en dos órdenes diferentes: uno se ocupa del inconsciente –el
analista– y otro del yo –el lingüista–.

Metáfora y metonimia

Otro de los fundamentos es adoptado por Lacan en base a la sugerencia de su amigo Roman Jakobson,
lingüista ruso de la Escuela de Praga, y contemporáneo del analista francés.

Jakobson, si bien está lejos de desautorizar a De Saussure, centra su interés en aspectos que van más allá
del signo lingüístico, y sostiene que el lenguaje se organiza de acuerdo con dos grandes ejes: el
paradigmático y el sintagmático. Desarrollaremos brevemente cada uno de ellos.

El eje paradigmático es el eje de las sustituciones, lo que indica que, en el registro de la lengua, podemos
encontrar términos equivalentes intercambiables entre sí (podemos decir “mesa redonda” o “mesa circular”),
lo que abre la posibilidad de sustituir una palabra por otra. Es el eje en el que se sitúa la metáfora: si
decimos que “un manto negro envolvió a la luna”, estamos sustituyendo un significante por otro, ya que la
palabra “noche” no aparece mencionada, aunque conserva una relación con el significante anterior. Ahora
bien: ¿cómo logramos discriminar que este “manto negro” es la noche y no, por ejemplo, una nube? Para
ello es necesario considerar la ubicación de este significante en la cadena, en su relación con los que lo
preceden y los que le siguen, y esto ya nos lleva al eje sintagmático del lenguaje.

El eje sintagmático es el de las combinaciones, se sitúa en el habla, y la figura retórica que le corresponde
es la metonimia. Si hablar es establecer relaciones entre significantes, la metonimia es definida como “la
parte por el todo”: si decimos “poner la mesa”, se entiende que el sentido apunta a colocar el mantel,
servilletas, platos, cubiertos, etc., a efectos de almorzar o cenar; se apunta a la relación entre varios
elementos unidos en contigüidad, aunque sólo se mencione uno, incluido “en presencia” (la mesa). Otras
formas que adopta la metonimia son aquellas en que se mencionan como “el autor por la obra” (por
ejemplo, “leer a Freud”) o el “continente por el contenido” (por ejemplo, “tomar un vaso de agua”). En estos
casos encontramos también una asociación de elementos dada por contigüidad, aunque la definición que
expresa a la metonimia como “la parte por el todo” nos parece más abarcativa, a raíz de lo cual
trabajaremos con ella.

Dicen los lingüistas: “Para Jakobson, la interpretación de toda unidad lingüística pone en marcha en cada
instante dos mecanismos intelectuales independientes: comparación con las unidades semejantes (= que
podrían por consiguiente reemplazarla, que pertenecen al mismo paradigma), relación con las unidades
coexistentes (= que pertenecen al mismo sintagma). De este modo, el sentido de una palabra está
determinado a la vez por la influencia de las que le rodean en el discurso, y por el recuerdo de las que
podrían haber ocurrido en su lugar. (...) esta dualidad es para Jakobson de una gran generalidad.
Constituiría la base de las figuras retóricas más empleadas por el “lenguaje literario”; la metáfora (un objeto
es designado por un objeto semejante) y la metonimia (un objeto es designado por el nombre de un objeto
que está asociado en él en la experiencia) provendrían respectivamente de la interpretación paradigmática y
de la sintagmática, a tal punto que a veces Jakobson considera sinónimo sintagmática y metonímica,
paradigmática y metafórica” (11).

Las únicas “objeciones” que quizás podríamos plantear a lo expresado en esta frase, son las de que no
hablaríamos del “lenguaje literario”, sino del lenguaje en su aspecto más general; y que no mencionaríamos
el término “objeto” (empleado en las definiciones de metáfora y metonimia), sino al concepto de significante.
“Objeciones” que, naturalmente, no provienen de la lingüística sino del psicoanálisis y que consisten, en
realidad, en una extrapolación de los conceptos de la lingüística a la experiencia psicoanalítica, con las
necesarias modificaciones que esto conlleva.

El siguiente esquema sintetiza lo expuesto:

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

Eje paradigmático Eje sintagmático

Lengua Habla
Sustitución Combinación
Significantes unidos en ausencia Significantes unidos en presencia
Sincronía Diacronía
Metáfora Metonimia

En base a estos desarrollos, Jakobson sugirió a Lacan que la metáfora podría equipararse al concepto
freudiano de condensación, y la metonimia al de desplazamiento.

Si bien los desarrollos de Freud con respecto a la condensación y al desplazamiento poseen algunas
diferencias con los de metáfora y metonimia, podemos destacar como fundamental un punto: el de que
poseen una estructura afín.

Para Freud, la condensación y el desplazamiento son las leyes que rigen el funcionamiento del
inconsciente, siendo la primera una convergencia de dos o más representaciones sobre otra, a la que de
este modo sobredeterminan. Para seguir con el ejemplo expuesto, señalaremos lo siguiente: el contenido
manifiesto de un sueño es sumamente corto, conciso, incomprensible; mas luego del análisis, parten varias
cadenas asociativas que conducen a las ideas latentes (preconscientes) del sueño, primer paso para
acceder a las representaciones inconscientes, que son las que verdaderamente forman el sueño, pero que
no se encuentran representadas directamente en el contenido manifiesto del mismo. Dicho de otra manera:
se encuentran sustituidas por el contenido manifiesto. Recordamos que es ésta, precisamente, la fórmula de
la metáfora: la sustitución de un significante por otro.

Con respecto al desplazamiento, Freud lo define como la transferencia de la energía psíquica desde una
representación importante (inconsciente) a una indiferente (prec.-cc.), siendo que la metonimia es definida
como “la parte por el todo”. En nuestro ejemplo, “poner la mesa” es la alusión a una parte, por medio de la
cual se hace referencia a un todo. Con la siguiente observación: la referencia cae sobre lo menos
importante (la mesa ya está puesta), dejando de lado lo verdaderamente importante (y que sí hay que
poner: cubiertos, manteles, platos, etc., que es lo que indica la expresión citada). ¿Y en el sueño de Freud?
La representación más intensa es la Sra. E.L., persona indiferente para él en la vida cotidiana, y que en el
sueño manifiesto ocupa un lugar central e intenta seducirlo. De los resultados del análisis, podemos decir
que la Sra. E.L. es una parte (indiferente, nimia), que se arroga la representación del todo (las
representaciones inconscientes, y verdaderamente importantes): de la Sra. E.L. parten cadenas asociativas
que conducen tanto al tema de la deuda como al del amor, centrales en las ideas latentes.

De este modo, si las leyes del inconsciente son equiparables a las leyes del lenguaje, concluimos que
entonces “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”, dado que obedece a sus leyes
(metáfora y metonimia).

Lacan, en su teorización, conserva los términos introducidos por de Saussure en el signo lingüístico
(significado y significante), aunque invertidos; y utiliza los ejes del lenguaje formulados por Jakobson (y
cuyos modelos o formas retóricas son la metáfora y la metonimia), aunque aplicados al sujeto del
inconsciente ($).

Este procedimiento lacaniano está sumamente fundado, ya que la lingüística y el psicoanálisis abordan dos
campos diferentes (en la medida en que una se ocupa de los fenómenos que atañen al yo, la razón y la
conciencia, y el otro toma a su cargo todo aquello que tiene relación con el inconsciente). No obstante, y por
ello mismo, Lacan se hizo acreedor a duras críticas (muchas de ellas justificadas) por parte de los lingüistas,
que le reprocharon, en resumidas cuentas, valerse de términos de su disciplina pero asignándoles un
significado o un valor diferente. Por este motivo, Lacan trazó una clara diferencia entre los campos de
incumbencia y los objetos de estudio de la lingüística y del psicoanálisis, aclarando que él no hacía
lingüística sino “lingüistería”, término que engloba o incluye todos aquellos fenómenos de lenguaje en los
que entra en juego el inconsciente.

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

IV— “Lingüistería”

“Un buen día me di cuenta de que era difícil no entrar en la lingüística a partir del momento en que se había
descubierto el inconsciente.
Por lo cual dije algo que me parece, a decir verdad, la única objeción que pueda yo formular a lo que oyeron
el otro día de labios de Jakobson, a saber, que todo lo que es lenguaje pertenece a la lingüística, es decir,
en último término, al lingüista.
Y no es que no se lo conceda con todo gusto cuando se trata de la poesía, a propósito de la que esgrimió
este argumento. Pero si se considera todo lo que, de la definición del lenguaje, se desprende en cuanto a la
fundación del sujeto, tan renovada, tan subvertida por Freud hasta el punto de que allí se asegura todo lo
que por boca suya se estableció como inconsciente, habrá entonces que forjar alguna otra palabra, para
dejar a Jakobson en su dominio reservado. Lo llamaré la lingüistería.
Esto deja su parte al lingüista, y también explica el que tantas veces tantos lingüistas me sometan a sus
amonestaciones —desde luego, no Jakobson, pero es porque me ve con buenos ojos, o dicho de otra
manera, porque me quiere, como lo expreso en la intimidad—.
Mi decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, no pertenece al campo de la
lingüística”(12).

Desde sus dominios, situados en la lingüistería, Lacan prosigue su trabajo, aportando más desarrollos a los
que ya vimos. Entre ellos, dos que presentaremos acá, sin pretender que nuestro análisis sea exhaustivo.
Ellos son el “hablente” y “lalengua”.

Estos extraños términos no son más que una acentuación de las diferencias entre la lingüística y el
inconsciente; pretenden dar un contenido propio a los descubrimientos del psicoanálisis, para situarlos en el
contexto conceptual que se fue edificando, a partir de Freud, desde la clínica.

Y la clínica psicoanalítica consiste, en primer lugar, en ceder la palabra al sujeto para permitir el despliegue
de un discurso que, al estar articulado y sobredeterminado por el inconsciente, también es extraño para el
propio sujeto que habla. La función del analista será entonces la de ir operando sobre ese discurso, y lo
hará también con la palabra –interpretación mediante- a fin de ir produciendo efectos de sentido en el texto
del analizante. Lo cual no es sin consecuencias: el asombro, la angustia, la sorpresa, suelen acompañar el
(re) surgimiento de ideas y representaciones que el sujeto posee, y que le cuesta reconocer como propias,
dado que la represión implica fundar una ignorancia permanente del yo con respecto al sujeto: al crear el
inconsciente la represión divide al sujeto, dejándolo en una situación de ignorancia con respecto al propio
deseo que, sin embargo, insiste en reaparecer: sueños, lapsus, síntomas neuróticos “hablan” un discurso
que el yo no comprende. Este sujeto que habla sin saber –sin entender– lo que dice no es entonces el
“hablante”, el sujeto que se comunica con los demás en un lenguaje sin fisuras (como parecería ser el
lenguaje si nos atenemos a la teoría saussuriana), sino un sujeto que habla en un “idioma” que él mismo
desconoce. Lacan acuñó, para referirse al sujeto del inconsciente ($) el concepto de parlêtre, condensación
entre parler (hablar) y être (ser). Desafortunadamente, no existe, en español, una traducción eficaz de este
nuevo término, que conserve las resonancias del original francés. Se lo podría traducir como “serhablante”,
“hablanteser”, o “hablente”. Preferimos, arbitrariamente, esta última.

Mas este hablente, dijimos, habla una lengua particular: la de su propio inconsciente, y es por ello diferente
a la lengua de los lingüistas. Lacan la denominó como lalangue
(“lalengua”), homofónica a la langue (“la lengua”). En este caso, la traducción es bastante similar, aunque
vale señalar que en la homofonía concluye el parecido, ya que trazan campos absolutamente diferenciados.
Es por ello que Lacan enuncia que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, y no como “el”
lenguaje: “el” lenguaje es el campo de la lingüística; un lenguaje (lalengua) ya es la entrada en el campo
psicoanalítico, en tanto da cuenta del sujeto del inconsciente ($).

Lalengua es, en primer lugar, la lengua materna. Mas no es el idioma, ni la lengua de una comunidad
determinada, sino la manera en que el discurso del Otro se inscribió en el sujeto, los deseos que generó, los
ideales, la sexuación, las fantasías, emblemas e identificaciones que el sujeto fue incorporando, asimilando,
de su relación con el Otro, en su paso por el complejo de Edipo y el complejo de castración; es la forma en
que el lenguaje se inscribió en el sujeto. Provisoriamente, podríamos mencionar a los padres en el lugar de
Gran Otro, aunque luego iremos precisando este punto.

De este modo, surge acá un interrogante: si lalengua que habla un sujeto es singular, ¿cómo es entonces
posible la comunicación? Si cada cual habla un lenguaje, ¿qué posibilidad existe de que dos –o más–
sujetos se entiendan? Basta una ligera observación sobre la realidad cotidiana para concluir que el
malentendido se encuentra, siempre, a la orden del día.

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

Al respecto, Lacan aportó otra novedad, que trae aparejada una radical modificación de la fórmula de la
comunicación establecida por de Saussure (ver página 3), al expresar que “El emisor recibe del receptor su
propio mensaje en forma invertida”*. Fórmula que, en cierta manera, Freud ya había adelantado: “Cuando
en el tratamiento psicoanalítico aparece una serie de ideas correctamente fundamentadas e irreprochables,
surge también para el médico un momento de perplejidad, pudiendo el paciente tomar cierta ventaja al
afirmar: «Esto es en su totalidad bien pensado y cierto, ¿no le parece? ¿Qué quisiera usted cambiar de lo
que yo he contado?». Pero no tardamos en observar que tales ideas, inatacables por el análisis, han sido
utilizadas por el enfermo para encubrir otras que tratan de escapar a su crítica y a su conciencia. Una serie
de reproches contra otros nos hace sospechar la existencia, detrás de ella, de una serie de reproches de
igual contenido contra la propia persona. Nos bastará entonces referir cada uno de ellos a la persona del
enfermo. Este modo de defenderse contra un reproche referido a uno mismo, transfiriéndolo a otra persona,
muestra algo innegablemente automático y tiene su modelo en la conducta de los niños, que siempre que se
les reprocha alguna mentira responden: «El mentiroso eres tú»(13). Un fragmento del “caso Dora” puede
resultarnos útil a título de ejemplo: “Acusaciones contra el padre, que le habría transmitido su enfermedad
[sífilis], y detrás de ellas una acusación contra sí misma –flujo blanco, jugueteo sintomático con el bolsillo,
incontinencia posterior a los seis años-, secreto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por los
médicos; todo esto me parece constituir una prueba indiciaria irreprochable de la masturbación infantil”(14).
Dora acusa a su padre (enfermedad sexual transmitida hereditariamente) para evitar la autoacusación por
su propia sexualidad (masturbación infantil), situando así el origen de sus síntomas en el Otro. Por lo
general, podemos afirmar que la queja neurótica se refiere siempre al Otro, pero que el contenido de esta
queja se ajusta al propio sujeto que la emite. Forzosamente, al ponerse en juego la dimensión del
inconsciente, la comunicación es equívoca, dado que si el sujeto desconoce sus representaciones
reprimidas, al emerger éstas a la conciencia son referidas al Otro en la medida en que el propio sujeto las
siente como ajenas.

Gráficamente, la fórmula de la comunicación establecida por Lacan se presentaría así:

E W M R

El equívoco que el significante abre nos lleva a realizar una aclaración: el término en forma de “doble ve” es,
en realidad, una “M” invertida.

En un aspecto más amplio, diremos que la comunicación es equívoca porque el sentido de lo que un sujeto
dice se define desde el Otro. El discurso es siempre un mensaje dirigido al Otro, pero suele existir una
diferencia entre lo que el sujeto desea expresar, y lo que el Otro recibe, entiende o interpreta de dicho
mensaje. Por ejemplo, si un sujeto desea halagar a una mujer por medio de un piropo y la respuesta es una
bofetada, quiere decir que el mensaje no fue recibido como un piropo, sino como un insulto. Por ello, el
sentido de lo que un sujeto dice es sancionado por el Otro, con lo que la comunicación no adquiere una
dimensión lineal (como en la fórmula saussuriana), sino una mucho más compleja y que implica la relación
del sujeto con el Otro.

V- El Gran Otro

El tramo final de nuestro recorrido nos lleva a uno de los conceptos centrales en la obra lacaniana, como es
el del Gran Otro, introducido por el maestro francés en la clase del 25 de mayo de 1955 de su Seminario 2
(véase bibliografía).

Lacan diferencia un “otro”, escrito en minúsculas, de “Otro” con mayúsculas. Se simbolizan con una a o a’
para el pequeño otro, y con una A para el Gran Otro (iniciales de autre, “otro” en francés).

El pequeño otro se sitúa en la dimensión del yo y del semejante, son los otros que tratamos a diario,
cotidianamente, relación entre iguales y “de yo a yo”. La estructura de esta relación está dada por el
registro imaginario, que posee una función de desconocimiento de la relación simbólica del sujeto con su
deseo.

Por el contrario, el Gran Otro se sitúa en el registro simbólico, que es el orden del deseo inconsciente, el
lenguaje y el significante. El término evoca resonancias freudianas de la primera época, cuando en sus
inicios Freud denominaba al inconsciente como una “otra escena”, un “otro lugar” en el que se ponía en
juego y en acto el deseo del sujeto. Marca también una alteridad fundamental, destaca la ajenidad y la
extrañeza que el propio inconsciente le causa al sujeto; como si el sujeto estuviera dividido: por un lado, lo
que sabe y conoce de sí mismo, las certidumbres yoicas con que se presenta; pero además, es como si el
sujeto fuese Otro para sí mismo, en tanto los aspectos fundamentales de su ser le son desconocidos, a

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

pesar de saberlos. En esa paradoja consiste el inconsciente: es un saber no sabido y eso es, en definitiva,
el Gran Otro: uno de los nombres lacanianos del inconsciente. El sujeto del inconsciente, sujeto dividido (o
sujeto barrado), se simboliza en el álgebra lacaniana, con una “ese tachada” ($).

Lo expresado hasta acá refleja sólo parcialmente el contenido que posee el concepto de Otro, ya que éste
no sólo es una definición, un modo de nombrar al inconsciente, sino que permite ampliar y precisar el
alcance del inconsciente freudiano. Freud siempre remarcó que las “personas” (las comillas son, en este
caso, de suma importancia, ya que se trata en realidad de representaciones) más importantes en la vida del
sujeto, adquirían un valor y una significación muy elevadas sólo en la medida en que, a partir de ciertos
rasgos particulares, lograban evocar algunas representaciones reprimidas en el sujeto, pasando a ser
sustitutivas de éstas. Para un sujeto, entonces, ocupará el lugar del Otro quien evoque las representaciones
reprimidas de su propio inconsciente. Este aporte de Lacan permite despojar al inconsciente de resonancias
tales como “lo oculto”, al destacar que el deseo entra en juego en el campo del Otro.

El lector podrá haber inferido ya, probablemente, que el Otro no es, entonces, “alguien” particular, sino una
“abstracción”, un lugar simbólico a ser ocupado por personajes contingentes. Al principio de este ítem
dijimos que “el Otro se sitúa en el orden simbólico”, expresión que ahora corregiremos y precisaremos,
señalando que el Otro es el orden simbólico, es el orden del lenguaje, que preexiste al sujeto, lo constituye y
estructura, y seguirá existiendo luego de que el sujeto desaparezca. De ahí la ambición de dejar una huella,
un rastro del paso por la vida que expresa la popular frase “tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro”:
simplemente, formar parte del universo simbólico por el que transcurre la existencia humana, y que en
Lacan se lee como el Otro.

Corregiremos también otra expresión utilizada, en relación a lalengua, cuando dijimos, provisoriamente, que
el Gran Otro son los padres. Es ésta una verdad a medias, ya que si para un niño sus padres ocupan el
lugar de Gran Otro, alcanza con considerar que estos padres tuvieron o tienen, a su vez, padres (los
abuelos del sujeto), que también tuvieron padres (los bisabuelos), y así sucesivamente; con lo que, en
definitiva, todos los sujetos son, en primer lugar, hijos. La genealogía sólo es posible por el hecho de que
nadie es el Otro, lugar que puede, eso sí, encarnarse en diferentes sujetos. Con lo que volvemos a
encontrar el hecho de que el Otro es el orden simbólico, constituyente del sujeto.

Estos últimos lineamientos que venimos trazando nos permiten señalar un punto de suma importancia: el
Otro (A) no es consistente, no es perfecto; sino, por el contrario, es inconsistente, incompleto, lo que en el
álgebra lacaniana se representa como A. Si el orden simbólico fuera perfecto, cerrado, seríamos como
hormigas, perfectamente regulados por una estructura perfecta. En el Otro siempre faltará una respuesta,
La respuesta, lo que deja un lugar al sujeto, posibilitando que él busque, por medio de su deseo, un lugar en
el Otro: dado que en el Otro siempre faltará una significación, a esta significación para su deseo debe
encontrarla en una búsqueda singular cada sujeto. Mas, como esta búsqueda se juega siempre en relación
al Otro, Lacan dice que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”*, en la medida en que el deseo, para
hacerse reconocer, debe remitirse al Otro, al cual está articulado estructuralmente.

VI- Para concluir

El desarrollo precedente intenta presentarse como una introducción a los conceptos claves de Lacan, de los
cuales hemos desarrollado algunos en sus puntos más relevantes, dejando su análisis exhaustivo para otra
ocasión. Nos interesa destacar, sin embargo, que nuestro abordaje es por fuerza incompleto, y que cada
uno de los temas tratados posee una fundamentación mucho más amplia, que por imperio de los límites que
todo trabajo posee no hemos desarrollado. Queda ya en la iniciativa del lector el ahondar y corregir los
lineamientos presentados en estas páginas.

Finalizamos con una cita de Lacan que, esperamos, no resultará extraña a esta altura: “El lenguaje sin duda
está hecho de lalengua. Es una elucubración de saber sobre lalengua. Pero el inconsciente es un saber,
una habilidad, un savoir-faire [saber hacer] con lalengua. Y lo que se sabe hacer con lalengua rebasa con
mucho aquello de que puede darse cuenta en nombre del lenguaje”(15).

LIC. JUAN CAMUÑA

Auxiliar Docente Graduado de la


Cátedra “Psicoanálisis (Freud)”

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

Notas

Lacan, Jacques: Seminario 2 “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, pags. 266-67, Ed.
Paidós, 1991. (Las cursivas son del original; las negritas me pertenecen).

(2) Lacan, J.: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, pag. 307; en
“Escritos”, tomo 1, Ed. Siglo XXI, 1988.

De Saussure, Ferdinand: “Curso de lingüística general”, pag. 130, Ed. Losada, 1945. (Las cursivas
pertenecen al original).

Entrevista realizada a Jacques Lacan, y publicada en el libro “Freud y el psicoanálisis”, pag. 11, Ed. Salvat,
1973.

(5) Freud, Sigmund: “Los sueños” pag. 723, Ed. Biblioteca Nueva, 1981.

Freud, S.-Breuer, J.: “Estudios sobre la histeria”, pags. 118-9, Ed. Biblioteca Nueva, 1981.

(7) D’Angelo, R.; Carbajal, E.; y Marchilli, A.: “Una introducción a Lacan”, Ed. Lugar, 2000, pag. 35.

Freud, S.: “Los sueños”, pag. 725, Ed. Biblioteca Nueva, 1981. (Las cursivas me pertenecen).

(9) Lacan, J.: “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, pag. 785, en
“Escritos”, tomo 2, Ed. Siglo XXI, 1988.

Freud, S.: Ibid (8), pag. 725. (las cursivas me pertenecen).

(11): Ducrot, O.; y Todorov, T.: “Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje”, pag. 134; Ed. Siglo
Veintiuno, 17ª. edición, 1995.

(12): Lacan, J.: Seminario 20, pag. 24, Ed. Paidós, 1991.

(13): Freud, S.: “Análisis fragmentario de una histeria (caso «Dora»)”, pags. 951-2 (Las cursivas me
pertenecen).

(14): Ibid, pag. 976.

(15): Ibid (11), pag. 167 (las cursivas en francés son del original).

Bibliografía Consultada

• Freud, Sigmund: Obras Completas, Editorial Biblioteca Nueva, 1981.

- “Estudios sobre la histeria” (1895).


- “La interpretación de los sueños” (1900).
- “Los sueños” (1901).
- “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901).
- “El método psicoanalítico de Freud” (1904).
- “El chiste y su relación con el inconsciente” (1905).
- “Análisis fragmentario de una histeria (caso «Dora»)” (1905).
- “Psicoanálisis (cinco conferencias en la Universidad de Clarke)” (1910).
- “El porvenir de la terapia psicoanalítica” (1910).
- “Múltiple interés del psicoanálisis” (1913).
- “La represión” (1915).
- “Lo inconsciente” (1915).
- “Lecciones introductorias al psicoanálisis” (1916-17).
- “Los caminos de la terapia psicoanalítica” (1919).
- “Autobiografía” (1925).
- “La negación” (1925).
- “Psicoanálisis: escuela freudiana” (1926).
- “Construcciones en psicoanálisis” (1937).

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APUNTE PARA ENTENDER A LACAN

- “Escisión del yo en el proceso de defensa” (1940).


- “Compendio del psicoanálisis” (1940).

• Lacan, Jacques: “Escritos”, Editorial Siglo XXI, decimocuarta edición, 1988; y “El
Seminario”, Editorial Paidós, 1991.

- “El Seminario”, Libro I “Los escritos técnicos de Freud”.


- “El Seminario”, Libro II “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”.
- “El Seminario”, Libro III “Las psicosis”.
- “El Seminario”, Libro V “Las formaciones del inconsciente” (Paidós, 1999).
- “El Seminario”, Libro XI “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”.
- “El Seminario”, Libro XVII “El reverso del psicoanálisis” (Paidós, 1992).
- “El Seminario”, Libro XX “Aún”.
- “El seminario sobre La carta robada”, en “Escritos”, tomo 1.
- “Del sujeto por fin cuestionado”, en “Escritos”, tomo1.
- “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en “Escritos”, tomo 1.
- “La cosa freudiana o el sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”, en “Escritos”, tomo 1.
- “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, en “Escritos”, tomo 1.
- “La significación del falo”, en “Escritos”, tomo 2.
- “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en “Escritos”, tomo 2.
- “Posición del inconsciente”, en “Escritos”, tomo 2.
- “La ciencia y la verdad”, en “Escritos”, tomo 2.
- “El psicoanálisis verdadero y el falso”, Revista freudiana N° ¾, Editorial Paidós, Barcelona, 1993.

• De Saussure, F.: - “Curso de lingüística general”, Ed. Losada, Buenos Aires, 1945.

• Dor, Joël: - “Introducción a la lectura de Lacan”, Ed. Gedisa, Barcelona, 1994.

• Ducrot, O.; y Todorov, T.: - “Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje”, Ed. Siglo XXI,
decimoséptima edición, España, 1995.

• Braunstein, N.: - “Lingüistería (Lacan entre el lenguaje y la lingüística)”, Ed. Siglo XXI, México, 1982.

• Roudinesco, E.: - “Lacan”, Fondo de Cultura Económica, Colombia, 2000.

• Vallejo, A.: - “Vocabulario lacaniano”, Helguero Editores, 1987.

• D’Angelo, R.; Carbajal, E. y Marchilli, A.: - “Una introducción a Lacan”, Lugar Editorial, Buenos Aires,
2000.

• Kristeva, J.: - “El lenguaje, ese desconocido”, Ed. Fundamentos, Madrid, 1988.

• Entrevista a J. Lacan, realizada por María José Raqué Arias, y publicada en el libro “Freud y el
psicoanálisis”, Ed. Salvat, 1973.

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i
El falo en la cultura
Víctor Gutiérrez Olivares

Este trabajo fue premiado en el marco del


Concurso de contenidos de la Comunidad Russell (2003-2004)

El ateísmo deja de ser optimista para convertirse en trágico, su símbolo no es ya Prometeo, sino Sísifo
Nietzsche

¿Qué liga el arte al artista? ¿Qué enlaza la emoción estética a la forma En el libro El Banquete, de Platón; Aristófanes invitado de
Agatón en el tema propuesto por él sobre el amor, el discurso de Aristófanes es muy distinto al de Eriximaco y Pausanias que le
habían precedido, su intervención versa en llegar a conocer la naturaleza humana y sus vicisitudes, porque según él nuestra primitiva
naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente en la que existían tres géneros de los hombres, y no dos -masculino y femenino-,
había un tercero.
Era el Andrógino una sola cosa, partícipe de ambos sexos; Tenía cuatro brazos e igual número de piernas, dos rostros semejantes en
todo colocados en sentido opuesto a lo igual que sus genitales, una sola cabeza. Eran seres terribles por su vigor y fuerza por lo cual,
atentaron contra los dioses quienes no podían darles muerte y extirpar su linaje.
Fulminándolos con el rayo de Zeus concibió una idea y dijo: "Me parece tener una solución para que pueda haber hombres y para
que, por haber perdido fuerza, cese su desenfreno. Ahora mismo voy a cortarlos en dos a cada uno de ellos y así serán a la vez más
débiles y más útiles para nosotros por haberse multiplicado su número ..."
Una vez separada su naturaleza humana en dos Zeus los diseminó por toda la tierra, añorando cada parte a su contraseña, al encontrar
una de ellas se rodeaban con sus brazos y se enlazaban entre sí, deseosos de volver a su estado primitivo y estar unidos como antes
muriendo de inanición en general, por no querer hacer nada los unos separados de los otros. De ahí que busque siempre cada uno a su
propia contraparte.
De está manera, en tanto que el sujeto ($) queda constituido en la falta, y por la falta, por quererse igualar a los dioses, el sujeto tiene
que vivir cuando se produce dicha separación, deseando encontrar la parte que lo complemente. El deseo queda del lado de la
castración del lado de la falta, sólo se desea lo que no se tiene, de lo que se carece, de lo que se extraña. La satisfacción absoluta del
deseo es imposible, porque éste sólo se sostiene en la insatisfacción.
Sin embargo, en ningún otro lugar, salvo el del amor, se encuentra lo que ordena la verdad del inconsciente marcando con su sello
cada una de las representaciones que lo constituyen. Su nombre es falo(Φ).
El falo no es el pene, es el significante de eso que no hay; es lo que nos viene a representar, aquello que no existe, Lacan indica la
noción del falo como: "significante del deseo". Nunca deja uno de desear, sólo estando muerto, de ahí de entender la terrorífica
palabra unheimlich* que nos viene en principio como lo más agradable donde ya, no se desea, pero a la vez se convierte en lo más
siniestro. Para Freud nada es más pavoroso, más siniestro que ver la imagen del propio deseo hecha realidad.
El hombre por lo tanto vive contraviniendo la cultura que él mismo fundo pues ha tenido que ceder ante su pulsión; funda un nuevo
estatuto: la culpa el principio de placer da paso al principio de realidad a un más allá, Freud en El malestar en la cultura de 1929
menciona que no es la cultura la causa de la insatisfacción del deseo sino que, al contrario, es la insatisfacción del deseo, el motor de
la cultura.
Se desprende entonces que la cultura por su estructura formal, intrínsecamente heterogénea se funda en el falo que es falta y fuente
convirtiéndose de esta forma en falocentrica. Puntualizando en que el falo es el significante de la castración, de la carencia de lo que
no hay, el centro; porque promueve, pone en movimiento, es condición de existencia de la cultura, engendrada por Poros y Penia.
El deseo del falo para el otro es representado por objetos imaginarios con valor fálico en un intento de sustituir la falta a través del
poder, de atributos estéticos, de la inteligencia, del dinero, la danza, las artes, entre otras. El falo, referente del orden inconsciente, no
puede asirse en un concepto, escapa por el corte de su unidad a toda inscripción. Es decir que no existe ni imagen ni texto del falo. Su
único concepto es inconsciente: la castración. Es por esto, que lo único que el sujeto soporta es la división, estar en falta y por la
falta.
El culto al falo es estructural, aparece en todas las culturas y ha estado siempre en unión permanente con las divinidades de todas las
civilizaciones, es un símbolo que entre los primitivos adquirió poder curativo, instituyéndolo como tótem. Por ello no es raro
encontrar en muchos pueblos representaciones fálicas incrustadas en las paredes de la entrada o en forma de esculturas, para proteger
a sus habitantes contra el posible "mal de ojo" de los forasteros. Como por ejemplo entre los Akha, un pueblo del norte de Tailandia,
para protegerse de los demonios al poblado, construyen en madera figuras de un hombre y una mujer listos para copular.
El culto al falo es una de las prácticas religiosas más antiguas que se conocen y probablemente estaba relacionada con el culto a la
fertilidad, recordemos que cuando Zeus (Supra) "separó" al andrógino, también lo hizo con el fin de que se procrearan mayor número
de hombres y así, rendir más culto a sus templos.
El falo aparece ya representado en las pinturas paleolíticas, por ejemplo en las cuevas de Altamira y de Lascaux. También aparece en
el arte parietal levantino: en Cogull (Lerida) se conserva una pintura que representa una danza ritual de carácter fálico, en la que
nueve mujeres bailan alrededor de un hombre totalmente desnudo con un gran pene. Así mismo, los menhires paleolíticos se han
interpretado como representaciones megalíticas de penes.
En Trecia existía el culto a Priapo, hijo de Afrodita y de Dionisio; era representado como un hombrecito en actitud burlesca y
provisto de un enorme pene, el cual pesa en una balanza. El otro plato de dicha balanza, contiene una bolsa repleta de monedas de
oro, simbolizando no sólo el peso del pene, sino además, su valor y estima. A él se le rendía culto, en cuyo honor se celebraban
grandes orgías fálicas.
En la antigua Roma, el culto fálico continuó. En las ruinas de Pompeya se han conservado numerosas representaciones fálicas, tanto
en pinturas como en esculturas.
Críente fue otro adoratório de divinidades fálicas. La India es uno de los mejores lugares donde las representaciones fálicas se
encuentran por doquier; el dios Siva era venerado como un pene erecto (el linga), a veces combinado con una representación de la
vulva (el yoni). Incluso las torres de los templos indios son, a veces, representaciones colosales de un pene como ocurre en el famoso
templo Lingaraja.
El menhir prehistórico o el obelisco historiado de un parque de Oslo Noruega son claramente representativos del pene que se
mantiene erecto.
La erección del pene representa al padre primordial, el cual puede tener a todas las mujeres y acoplarse con ellas manteniendo esa
erección que representa el poder de eyaculación permanente, sin llegar a la detumescencia, pues él es un ser completo que no desea,
todo lo tiene, más sus hijos estigmatizados por darle muerte, por querer poseer a dichas mujeres siempre giramos en torno a buscar
ese placer y deseo de la erección permanente, buscando de objeto tras objeto sin lograrlo, creando algo que represente lo que nos
hace falta como sujetos incompletos, tachados por la ley, edificamos templos y disfrazamos nuestra carencia de poder absoluto
haciendo representaciones en bailes, pinturas, esculturas; añorando: "eso que nos hace falta"
El exhibicionismo fálico se da en todas las culturas por la necesidad, en la cual el pene erecto o sus símbolos representan el poder y
rango social, en algunas tribus son utilizadas estratagemas para simular un gran pene erecto.
El culto fálico se encuentra también en toda la república Mexicana en sus tradiciones, danzas, festividades, pinturas, ceremonias,
entre otras. A la llegada de los españoles (1520), se maravillaron de dichas danzas en las cuales se representaban hechos épicos,
históricos, sus creencias, y otros tantas más. Entre los bailes había uno muy curioso, que se encontró en uso en los pueblos mayas. Se
plantaba un madero de quince o veinte píes, y de su punta se ataban treinta o más cordeles, según el número de danzantes, todos de
pueblos diferentes. Cada uno tomaba la extremidad del suyo, y comenzaban a bailar al son de los instrumentos, cruzándose con tal
destreza que hacían sobre el madero un hermoso tejido. En éste ejemplo de uno de tantos similares en el cual los danzantes bailan al
compás del teponaztli o chirimia a un mismo paso que señala los cuatro puntos cardinales, se deja ver entrever el cuidado conque es
envuelto el xócotl o tronco para "protegerlo" y así embellecerlo. El madero o xócotl vendría a representar el órgano sexual del dios
que debe ser cuidado y adornado con mil colores.
Salió entonces Ezuauácatl con los prisioneros; mandóles poner un huéhuetl en medio, y a su música bailaron todos alrededor.
Recomendóles después que muriesen como valientes, y subió al madero, en donde volvió a bailar y cantar. Enseguida se arrojó desde
lo alto. La guerra en los pueblos prehispánicos tenía un significado místico, a la vez que morir en honor a sus dioses les prometía
llegar a alcanzar un goce.
La décima veintena era Xocohuezti, y empezaba el 28 de agosto; significaba cuando madura la fruta, los sacerdotes levantaban con
gran solemnidad y reverencia un madero Xócotl y lo enhestaban en el patio del templo. Ponían sobre el madero un gran pájaro hecho
de masa de bledos, tzoalli, haciéndole su cabeza con pico dorado, las alas y la cola con plumas, a su rededor cuatro piñas, de la
misma masa. Seguíase después la danza sagrada; formaban la rueda interior los mancebos y doncellas del Calmecac, y la exterior los
señores y principales. Terminaba ésta una hora antes de ponerse el sol, lanzabance los mancebos a subir al palo xócotl, hasta que el
primero llegaba a lo alto y arrancaba la cabeza del pájaro. Enseguida el pueblo derribaba el madero, y todos se lanzaban sobre él
arrancándole un pedazo o astilla que, como reliquia, guardaban; teniéndose por muy feliz al que había alcanzado a tomar una
pequeña parte de la masa del cuerpo del pájaro.

Conclusión
La cultura, como podemos ver, es significada en tanto falta que es la causa y efecto de una ley que tiene como significante al falo que
es fundamento del orden simbólico, condición estructural para que haya sujeto que en tanto castrado vuelve eje a su insatisfacción.
Foucault y Derrida hacen la distinción de la complementariedad que no puede existir porque nunca hablamos de sujetos iguales así
mismos, más no diferentes, menos, aún idénticos, pero sí representables. Por lo que tendremos que distinguir también que la cultura
es diferente de la civilización pues en la primera el hombre ejerce poder para modificar el medio; en la segunda sólo el que tiene el
poder puede decir el estado de las cosas, la palabra es vuelta precentificación de la cosa; el deseo, entonces no es un anhelo, si no una
nostalgia, por ello, el sujeto es evanescente por lo que tenemos que organizar nuestro mundo gramaticalmente. El hombre nombra
para separarse de sí, esta estructura que nos subyace conocida como lenguaje, nos instalará siempre en la falta. La castración no es
cortar nada, sino prohibir, por lo que buscaremos desde siempre el falo de objeto en objeto y de cultura en cultura.

Víctor Gutiérrez Olivares


México DF. Maestro en Psicología de la Educación - Perspectiva Psicoanalítica. Diplomado en Exclusión social y encierro. Profesor
adjunto de Psicología Educativa y Psicología de la Infancia. Profesor del Area Criminológica, Instituto de Capacitación de la
Procuraduría General de la República e Instituto Nacional de Ciencias Penales. Algunas publicaciones: "Trascendencia del
pensamiento del niño hacia el adulto", "¿Dónde está el poder?". Columna periodística semanal: Psicoment@rio