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MEDICINA

ÁRABE

Componentes:
Raquel García Ortega
Mario Hernández Alemán
Claudia Irene Bordón Poderoso
Irina Hernández Medina
Aidana María Herrera Herrera
Índice
1. Introducción.
2. Conocimiento científico y concepción del cosmos.
3. Historia externa de la medicina árabe.
4. Charlatanes.
5. La praxis médica.
a. Posición del hakim.
b. Formación del médico árabe.
i. Formas de enseñanza de la medicina.
ii. Postura ética del médico.
6. Instituciones médicas árabes.
7. La función del médico.
8. Técnicas diagnósticas y terapéuticas.
a. La dietética.
b. La farmacología.
c. La cirugía.
9. La asistencia al enfermo.
10.Conclusión
Introducción
Alrededor del año 500 d.C. la península Arábiga era un territorio mayoritariamente
árido y seco, el cual estaba habitado por tribus enfrentadas entre sí. Sin embargo, por ella
pasaban las rutas comerciales que unían África con Europa y Asia, y con el comercio llegaron
influencias de muchas culturas y religiones. En este mundo de intercambios, surgió el Islam.

Mahoma, su fundador, nació hacia el año 570 en La Meca, ciudad que vivía del
comercio. Al principio se dedicó a guiar caravanas que circulaban por su país camino de
oriente, con lo que entró en contacto con el judaísmo y el cristianismo. Más tarde, comenzó a
transmitir las enseñanzas de Alá reveladas por el ángel Gabriel de forma que, a su muerte, en
el año 632, y tras la emigración a Medina (hecho conocido como la Hégira que marca el año
uno en el mundo islámico) prácticamente toda la península Arábiga había sido unificada bajo la
doctrina del Islam.

Dicho hecho sigue siendo uno de los sucesos más sorprendentes de la historia, pues,
en tan sólo cien años, el puñado de belicosos beduinos que en su comienzo era el ejército
musulmán había logrado conquistar Siria, Palestina, Persia y parte de la India, Egipto y todo el
norte de África, y la península Ibérica. Fue en el año 740 cuando terminó este gran proceso
expansivo de los árabes, el cual se hizo posible por la existencia de un potente ejército.

Al frente de este vasto territorio se encontraba el califa, sucesor de Mahoma y vicario


de Alá. El Corán atribuía al califa el deber de “ordenar el bien y prohibir el mal”. Su autoridad
era total tanto en el aspecto religioso como en el político. Al principio, el cargo era electivo,
pero luego los Omeyas lo hicieron hereditario en su familia. La gran extensión del imperio hizo
necesaria una rígida administración que se inspiró en los modelos bizantinos y persas de los
territorios conquistados.

La sociedad islámica era muy heterogénea y desigual, pues convivían personas de


distintas religiones (musulmanes, judíos y cristianos) y etnias. Los musulmanes eran tolerantes
y no obligaban a convertirse al Islam a los habitantes de las zonas conquistadas. Sin embargo,
por encima de estas diferencias culturales, existía una división social basada en criterios
económicos. En la cultura islámica, además, la mujer era considerada una de las propiedades
más valiosas para el hombre, por lo que debían de ser vigiladas y ocultadas. Esta situación
provenía de las tribus del desierto, frecuentemente enfrentadas y con condiciones de vida muy
duras, por lo que debían asegurarse la continuidad familiar gracias a un número elevado de
hijos.

En cuanto a la economía, los desiertos de Arabia hacían difícil la agricultura, por lo


que fue necesario desarrollar complejas técnicas de regadío, inventando la noria o el molino
de agua. En las ciudades, había un grupo muy numeroso de artesanos que trabajaban con gran
destreza los materiales que las rutas comerciales les acercaban. Así, el comercio era la base de
la economía islámica. Por tierra, los musulmanes controlaron las rutas que provenían de
Europa, África y Asia. Por mar, disponían de la mejor flota y de los puertos comerciales más
activos. Acapararon las mercancías más ricas: Las especias de Asia oriental, las piedras
preciosas y las maderas de India, la seda de China y el oro y el marfil de Sudán.
La gran expansión que alcanzó la civilización islámica puso en contacto a numerosas
culturas que enriquecieron la suya propia. De esta forma, las primeras tribus nómadas, que
carecían de una tradición artística, aprendieron los principales rasgos del arte de los pueblos
conquistados para crear un estilo propio, fácilmente reconocible aún hoy día, por su
decoración creativa.

Los viajeros árabes trajeron de Oriente artículos como el papel, la pólvora, la brújula
y el astrolabio. Estos dos últimos instrumentos fueron fundamentales en el desarrollo de la
navegación. Los musulmanes fueron excelentes astrónomos, capaces de elaborar amplios
catálogos de astros, y grandes matemáticos, que difundieron el uso del cero y progresaron en
álgebra y trigonometría. También progresaron mucho en el campo de la química,
descubriendo el ácido sulfúrico y el ácido nítrico, entre otras sustancias. Hallazgos árabes son
también la obtención del alcohol y los primeros métodos de destilación.

Como forma de comunicación se usó la lengua árabe, lo que significó una de sus
grandes aportaciones históricas pues, a través de ella, muchas de las obras griegas y romanas
conservadas en las provincias bizantinas conquistadas fueron transmitidas más tarde al
occidente cristiano gracias a las traducciones árabes. Así, en el campo de la medicina, muchos
textos perdidos con la destrucción de la biblioteca de Alejandría fueron traducidos al árabe,
como escritos de Hipócrates, Aristóteles, Dioscórides, Galeno y otros autores clásicos, para
posteriormente ser traducidos del árabe al latín.

Sin duda, una de las ciencias que mayor importancia alcanzó en el mundo árabe fue
la medicina. En los tratados médicos islámicos se refleja por primera vez el uso del yeso para
tratar las fracturas óseas y se recogen técnicas de cirugía relacionadas con amputaciones de
miembros y ligaduras de arterias. También dominaban otras técnicas como la anestesia. Los
médicos árabes estuvieron especialmente preocupados por la prevención de las
enfermedades, por ello, desde los primeros tiempos, introdujeron dietas y normas higiénicas
que no eran habituales entre otras poblaciones, como la limpieza de los dientes. Trataban las
enfermedades mentales mediante terapias basadas en la música, el teatro e incluso la
sugestión. En las ciudades más importantes existían grandes hospitales muy bien dotados,
pues contaban con cocinas, zonas de baño y masajes, jardines botánicos, farmacia e incluso
biblioteca. Los estudiantes de medicina hacían prácticas en estos hospitales. Además, en el
Islam surgió la figura del hakim, médico filósofo que busca la sabiduría en el ejercicio de la
medicina, y entre los cuales destacan Ali Abbas, Rhazés, Avicena, Abulcasis, Avenzoar,
Averroes, Maimonides… pertenecientes al período de máximo esplendor de la medicina
islámica, los siglos X y XI.

Conocimiento científico y concepción del Cosmos

En la cultura cristiana se repetía ante todo una convicción judío-cristiana: el


mundo ha sido creado de la nada por la omnipotencia de un Dios transcendente a él.
“No hay más dios que Alá”, dice la más central de las sentencias religiosas del Islam. “El
es Alá, el Uno”, añade el Corán. El monoteísmo de los musulmanes es absoluto,
tajante. Cristo es para Mahoma un profeta admirable; no obstante, la idea cristiana de
ver a Jesús de Nazaret como Dios-Hombre o Dios encarnado le parece inadmisible y
blasfemia. Tan absoluta como el monoteísmo es la concepción musulmana de la
omnipotencia divina y del carácter infinitamente soberano de la divina voluntad. El
bien y el mal, son bien y son mal porque Alá lo ordena; tan justo es que un pecador se
salve, si Dios lo quiere, como que se condene. Al universo, creación suya, puede
gobernarlo a su antojo. En Dios hay veinte cualidades de necesidad (existencia,
eternidad, unidad, poder, etc.), otras veinte de imposibilidad (las opuestas) y una de
posibilidad: su poder de realizar todo lo posible y lo imposible. Operando sobre la
mentalidad preislámica de los hombres del desierto, esta actitud ante dios y la
creación será básica y determinante en la configuración musulmana de la ciencia del
cosmos.

“La naturaleza- escribe M. Cruz Hernández- poco puede ofrecer en el desierto. Pero
sobre la pobreza del desierto pesa aún otro carácter más duro: su inestabilidad. Una
tormenta de arebam (arena) hecho nada infrecuente, es capaz de cegar pozos y
fuentes y de borrar toda señal de ruta. Por tanto, no es de extrañar que el árabe
careciera de un concepto de naturaleza al estilo de physis helénica, como fuerza
potenciadora de la uniformidad cíclica que late bajo el cambio aparente. El puro azar
de la inestabilidad del desierto solo puede responder a un tipo de ley: el destino
inexorable y arcano.”

Debido a esto, el sabio del Islam no fue capaz de inventar, como luego el sabio
medieval cristiano, la noción de “causa segunda”, esto es, la idea de que el fuego
quema en último término, sí, porque Dios lo quiere (Dios como “causa primera” de
todo lo creado), pero de modo inmediato porque Dios creando el fuego, ha querido
que a la naturaleza de éste pertenezca esencialmente la propiedad de quemar (el
fuego como “causa segunda” de la indignación). De ahí que las irregularidades en el
curso del suceder cósmico que nosotros llamamos “leyes de la naturaleza (y los
teólogos medievales supieron atribuir a las “causas segundas” del mundo creado,
fuesen para el musulmán “costumbre de Alá” (sunnat Allah); una “costumbre” que el
amiestático Señor del Universo podría romper o alterar en cualquier momento. Lo
creado, enseña Avicena, depende de Dios de un modo absoluto, eterno y constante. El
mundo sería a la vez eterno y no eterno: no eterno porque Dios lo hizo de la nada;
eterno, a la vez, porque hasta su menor detalle estaba ya en la mente de Dios.

Así creado por El, Dios ha querido que el universo se nos muestre, aun salvo las
variantes que en el esquema introduzcan algunos autores, tal y como Ptolomeo había
enseñado; aun cuando la consistencia real de sus distintas partes fuese luego
entendida conforme a las varias ideas musulmanas acerca de la creación, Avicena, por
ejemplo, enseña que el mundo se ordena en diez esferas-la de las estrellas más
lejanas, la de las estrellas fijas, la de Saturno, la de Júpiter, la de Marte, la del Sol, la de
Venus, la de Mercurio, la de la Luna, y el mundo sublunar-,cada una con su alma
motora y su inteligencia propia. Y así configurando el cosmos, el hombre lo conoce y lo
utiliza, porque para él ha sido creado. Lo cual propone al sabio musulmán tres tareas:
clasificar las distintas ciencias conforme a su jerarquía y a su contenido, establecer el
modo según el cual tal conocimiento y tal utilización puede ser rectamente
conseguidos; averiguar, mediante esas ciencias, lo que son y lo que hacen los diversos
entes que componen el universo.

La clasificación de las ciencias fue tema importante para al-Farabí, Avicena y los
Hermanos Sinceros. Al- Farabí propone una división en cinco ramas:

1. Lingüistica y filología.
2. Lógia.
3. Ciencias matemáticas (aritmética, geometría, perspectiva, ciencia de la
pesantez, mecánica).
4. Física y metafísica.
5. Ciencias políticas, jurídicas y teológicas.

Las ciencias matemáticas pueden ser puras y aplicadas, y la mecánica, a su vez, más
“racional” o más “física”. Para Avicena, es preciso ante todo distinguir entre ciencias
teóricas y ciencias prácticas, aquellas tienen su fin en la verdad, estas tras en el bien.
Las ciencias teóricas se ordenan en tres niveles, ciencias de la naturaleza, matemática y
metafísica; y las ciencias de la naturaleza pueden ser fundamentales o derivadas (entre
estas, la medicina, la magia y la alquimia). Por su parte, los Hermanos Sinceros
clasifican los saberes según un orden ascendente y dinámico: matemáticas, ciencia de
los cuerpos físicos, ciencia de las almas racionales y ciencia de las leyes divinas. En los
tres casos, la relación entre el conocimientos teórico y su utilización práctica se
corresponde con la que los griegos, y sobre todo Aristóteles, establecieron entre
theoría, episteme (ciencia) y tekhne (arte).

En eso presupuestos tuvieron principio y fundamentos las ciencias y las artes de la


naturaleza cósmica, durante la Edad Media islámica.

No son escasos los méritos de los árabes en la historia del saber matemático.
Heredaron, desde luego, la matemática griega y la india; pero su genialidad abstractiva
y combinatoria, por un lado, y su tendencia a ver la realidad materia o mental no con
agregación de “naturalezas dotadas de propiedades” sino de “entes activos dotados de
un papel operatorio, que concurren con los demás en el conjuntos de las operaciones”,
por otro lado, les llevaron a dos creaciones importantes. El álgebra, fundada por al-
Hwarizmí-de su nombre se derivan el universal “algoritmo” y nuestro “guarismo”- y la
concepción dinámica, la “personalización” del número.

Las lenguas semíticas, se ha escrito, “algebriza” aquello que expresan, al paso que
las lenguas indoeuropeas o arias lo “geometrizan”. Acaso por esto la geometría árabe
sobresalga en los problemas de cálculo, más abstractos, y no en los de construcción,
más figurativos, dominio este en el cual los árabes no lograron rebasar el nivel del
legado helénico. Otros logros comúnmente atribuidos a los matemáticos del Islam,
como el empleo del as cifras llamadas “árabes” y el uso del número cero, podrecen en
rigor de la matemática india.

Fundamental, pero no literalmente fieles a la enseñanza de Ptolomeo y Aristóteles,


los cultivadores árabes de las ciencias descriptivas del cosmos también lograron muy
notables progresos.
Entre todas estas ciencias, la astronomía era para el sabio musulmán la más noble
y hermosa, no solo porque el Corán invitaba a contemplar la potencia de Dios en el
orden del universo, también porque ciertas exigencias del culto- determinación del
mes del Ramadán, de las horas de la plegaria, de la orientación hacia la Meca-
obligaban a contar con ella.

Fueron corregidos bastantes datos de Ptolomeo acerca del movimiento aparente


del Sol y de los planetas, se compusieron no pocas tabla astronómicas, quedaron
formalmente separadas de la astronomía y la trigonometría esférica- en Abul´l-Wafa
(940-998) tiene esta su fundador-y algunos, como el genial al-Biruní, coetáneo de
Avicena, osaron defender el heliocentrismo de Aristaco de Samos. En la construcción y
el empleo del astrolabio se hizo especialmente famoso el andalisí al-Zarqalí p Azarquiel
(1029-1087). Naturalmente, la astrología “judicial” o ciencia de los “decretos de las
estrellas”, por tanto d ellos horóscopos, se halla en estrecha relación con la astronomía
científica.

Aristóteles, Arquímedes y Pappus de Alejandría fueron, en cuanto a la


mecánica, los maestros directos de los árabes, pero el ingenio y la mentalidad de estos
introdujeron novedades importantes en el saber recibido.

Algunas de estas novedades tuvieron carácter operativo: Ibn al-Haytham y al-


Biruní determinaron con precisión distintos pesos específicos, al-Biruní aplicó la
aritmética al empelo de la balanza, los Banu Musa se ocuparon en la invención de
máquinas automáticas. Otras, y aquí la originalidad es más importante, fueron de
orden conceptual: estudiando la diferencia entre los cuerpos naturales y los artificiales,
al-Kindi modifica de modo muy sutil-y en cierto modo premoderno- las ideas
aristotélicas de materia y forma; al-Farabí entiende la dynamis griega como “potencia
activa”o “fuerza” y continuando la vía abierta por el neoplatonico alejandrino Juan
Filipón, varios sabios árabes, con Abu´l Baraqat al-Baghdadí a su cabeza, discuten la
física aristotélica en cuanto al movimiento de los cuerpos sólidos en el espacio y
esbozan la doctrina de impetus Buridan. Que tales gérmenes no alcanzasen entre los
árabes ulterior desarrollo, no amengua su importancia intelectual e histórica.

Ibn al-Haytham, el Alhacén de los occidentales, fue la gran figura árabe de la


óptica. Hay en su obra una sumaria óptica fisiológica y una discusión filosófica sobre la
naturaleza de la luz; pero, sobre todo, gran cantidad de investigaciones
ópticogeométricas: reflexión y refracción, experimentos con espejos planos y curvos, e
incluso un tratado sobre la medida del paraboloide de revolución.

Muy especial recuerdo merece la alquimia de los árabes. El origen de la


alquimia es anterior a ellos, seguramente greco-egipcio; de Alejandría habría pasado a
Bizancio. Se discute si su nombre procede del término egipcio chemi “negro”, del cual
se derivaría el nombre griego de Egipto, “tierra negra”, o de khyma, “fusión de un
metal”. En cualquier caso, la teoría y la práctica de ella ocupan un lugar considerable
en el campo de la ciencia árabe. Jabir ibn Hayyan o Geber, sabio del siglo VIII, y el
médico Rhazes fueron sus más importantes cultivadores, al-Biruní y Avicena, sus
críticos más calificados.
Los conceptos fundamentales de la estequiología cosmológica árabe siguieron
siendo los griegos. Los cuatro elementos de Empédocles, tierra, aire, agua y fuego, y
los dos pares de cualidades básicas. La tierra, por ejemplo, es el resultado de unirse la
frialdad la sequedad y la sustancia. Por tanto, cabe también decir: la sequedad es tierra
sin frialdad (P: Kraus, exponiendo a Jabir). Pero sin abandonar estos conceptos
fundamentales, los árabes no se limitaron a esa suerte de combinatoria cosmológica, a
la cual su mentalidad tantos les inclinaba; dieron también algunos pasos en el dominio
comprendido entre la pura especulación cosmológica y la experiencia del laboratorio.
Jabir clasifica los minerales en “espíritus” o sustancias volatilizables (azufre, arsénico,
mercurio, etc.) “metales” o sustancias, fusibles o no, que al ser martilladas se
pulverizan. Junto a las “cualidades sensibles” aparecen así “cualidades operatorias”.
Por otra parte, la noción de “potencia activa” cobra ahora carácter alquímico. Pero
sobre tan prometedores fundamentos, los alquimistas se lanzaron al empeño de la
transmutación de los metales y dieron por reales y razonadas muchas inconsistentes
fantasías. Más positiva y menos imaginativa que la de Jabir fue la alquimia de Rhazes.
Lo cual no impidió que esta presunta “ciencia alquímica” fuera sometida por Avicena a
una severa crítica intelectual y empírica.

La expansión territorial del Islam y la peregrinación canónica a la Meca pusieron


los conocimientos geográficos de los árabes (al-Idrisí, Ibn Battuta, Yaqut) en un nivel
notoriamente superior al de los griegos. En botánica continuó vigente y no fue
rebasada la taxonomía “sustancial” de Teofrasto (hierbas, arbustos y árboles); pero el
número de las especies vegetales por aquellos conocidas (al-Biruní, Ibn al-Baytar)
sobrepasa el que sus maestros griegos habían alcanzado. Sobre la influencia que el
conocimiento de Dioscórides ejerció sobre la botánica y la materia médica del Islam.

En el mundo islámico, el gobierno técnico del cosmos nunca rebasó un nivel


puramente artesana. La mecánica: la práctica y algunas prácticas que podemos llamar
prequímicas, como la coloración y la fusión -queden aparte las fantasías alquímicas-,
fueron su principal fundamento. Debe decirse, sin embargo, que el refinamiento
conseguido por los árabes en diversos dominios de la artesanía fue realmente grande,
baste recordar la belleza de sus estucos, arabescos, telas y tapices, su habilidad en
irrigación y el cultivo del campo, la finura de sus damasquinados y tantos logros más.
Lo cual no equivales a decir que en las ciudades del Islam, cuya estructura
socieconómica fue siempre un invariable régimen estamental-señorial, sugiriese algo
semejante a la incipiente burguesía de la Baja Edad Media cristiana.

Historia externa de la medicina árabe


Antes de Mahoma, la atención a los enfermos era puramente empírico-mágica,
es decir, se limitaban a la observación de los síntomas de la enfermedad por atención
directa del paciente, observando el desarrollo de la enfermedad. Por otro lado, cuando
comenzó la expansión de la cultura musulmana por tierras bizantinas y persas, llegaron
a algunas ciudades donde era cultivada la ciencia griega: Edessa y Nisibis (Siria) y
Gundishapur (Persia). En esta última tomaron mucho contacto con formas de vida
intelectual mucho más avanzadas que las suyas.

Las etapas principales de este desarrollo intelectual fueron la recepción, la


asimilación y la recreación; de esta manera, no tardaron en conocer ampliamente la
medicina técnica griega. La asimilación de las fuentes griegas se hizo posible de forma
rápida porque los musulmanes de este tiempo no dudaron en embarcarse en la
traducción a su lengua y hacer suyos los textos helénicos o siriacos. Este movimiento
de culturización estaba promovido por el propio Mahoma, que durante su vida había
inculcado la importancia de la búsqueda de la ciencia: “Buscad el saber, aunque hayáis
de ir hasta China”; “Quien deja su casa para dedicarse a la ciencia, sigue los caminos de
Alá”. Gracias a estos textos conocieron saberes y ciencias que ellos mismos ignoraban,
como la versión de los manuscritos griegos conservados en la Academia Hippocratica
de Gundishapur. A partir del siglo VIII, los árabes conocieron la obra de Platón,
Asistóteles, Dioscórides, Euclides, Ptolomeo y Galeno, entre otros.

Centrándonos en la medicina, destaca la Casa de la sabiduría o Casa del saber,


un edificio fundado por el califa Al-Mansur en Bagdad en el siglo IX (aproximadamente
año 800). Fue una especie de universidad fundada como reflejo del nacimiento del
interés del Islam por la cultura, casi perdida en todo el territorio occidental-oriental.
Uno de sus miembros más destacados fue el matemático y astrónomo árabe al-
Jwarizmi. Durante cuatro siglos fue la escuela más floreciente, proporcionando muchos
médicos famosos, como Mesué y Hunayn Ibn Ishaq (Johannitius). Mesué (realmente
Juan Ibn Mesué o también conocido como Mesué el Viejo) Hijo de Mesué Abu Yuhanna
, farmacéutico del s IX d.C. Practicó la medicina basado más en la experiencia que en la
ciencia; su hijo, siguiendo los pasos del progenitor y continuando con la que se
convertiría en el oficio de la familia, fue director del hospital de Bagdag, editó varios
estudios de oftalmología; nos deja obras Del examen de los oculistas y De la alteración
del ojo. Cabe destacar que fue el primero en recopilar todo el saber farmacéutico y lo
publicó en un manual allá por el año 850. La primera farmacopea tenida por oficial, es
árabe y data del año 850. El prestigio de Hunayn es doble: fue traductor y autor de
diversos tratados de dietética, baños, pulso, orina, medicamentos, fiebres, etc. De
joven, Hunayn fue a Bagdad donde estuvo bajo dirección de Masawaiyh. Aprendió
Griego y comenzó a traducir los textos médicos griegos a árabe. En 830, estuvo a cargo
de la Casa de la sabiduría. Fue un gran oftalmólogo en su época. Fue famoso por su
ética como médico, ya que aun ofreciéndole un califa una gran suma económica por la
creación de un veneno, Hunayn rechazó tal cantidad, provocando con esto su
encarcelamiento. También cabe destacar a Jakub ben Ushaq al-Kindi, nacido en Kufa
(actual Iraq) en 801 d.C y fallecido en Bagdad (873 d.C). Hombre profundamente
religioso; fue de los primeros que hicieron traducir al árabe la obra de Aristóteles de
quien recibión una profunda influencia que apreciamos al formular su propia filosofía.
También destacó como médico, filósofo, matemático y astrónomo. Entre sus escritos
sobresale el que consagró a los “grados” de los medicamentos compuestos, en el cual
da forma matemática a la farmacodinamia galénica.
Esquema del ojo según Hunayn.

Con los médicos de los siglos X y XI alcanza su culmen la medicina árabe de


Oriente y comienza el auge de la de Occidente. En Oriente destacan Rhazes, at-Tabari,
Alí Abbas, Isaac Iudaeus y Avicena, mientras que en el Al-Andalus Abulqasim.
Comenzando con Rhazes (Abu Bakr Muhammad ben Zakariyya al-Rhazí, 865-932), este
es la primera gran figura de la medicina árabe, y en cuanto clínico, la máxima de ella.
Cultivó la filosofía – una mezcla entre neoplatonismo y atomismo democriteo- Fue
racionalista, confiaba en el poder de la razón , era liberal y libre de cualquier tipo de
perjuicio; valiente y atrevido para expresar sus ideas, tuvo argumentos contra Galeno,
contra la religión y contra los charlatanes. A Rhazes suele considerárselo un buen
representante del movimiento filosófico y religioso mutakallimun. Los filósofos de esta
tendencia tratan de reconciliar la razón con la fe. Defienden la libertad de la voluntad
humana contra la predestinación divina y rechazan la interpretación literal del Corán,
al cual consideran una creación humana igual que las creencias de otras religiones.
Algunos de estos filósofos, como Rhazes incluso son críticos hacia la religión. En
occidente no encontramos pensamientos tan racionalistas, humanistas y liberales
hasta la ilustración.

Lo más importante de sus obras, con diferencia, son sus tratados médicos,
entre los que destacan la gran enciclopedia clínica al-Hawi (Continens, para los
latinos), exposición de gran número de enfermedades, llena de experiencia clínica
personal y dotada de un gran vigor descriptivo; por último, Kitab al-Mansuri o Liber de
medicina ad Almansorem, que se tradujo al latín (1170) y fue muy usada por los
médicos de la Edad Media europea. Este es un manual médico dirigido al público
general, al pobre, al viajero y que recomienda cómo tratar algunos males cuando el
médico no está a la mano o no se lo puede pagar. Se adelantó mil años en la educación
para la salud y la divulgación del conocimiento médico, entre sus recomendaciones
está cuidar la dieta y el ejercicio físico además de cómo preparar y utilizar algunos
fármacos y remedios con productos que podían encontrarse en un mercado. También
es el autor de la monogafía Sobre la viruela y el sarampión, siendo él el primero que
diferenció estas dos enfermedades; cabe destacar que en sus libros cita a los autores
antiguos y explica sus propios puntos de vista. Este médico ejerció en Persia y Bagdag.
En su juventud se dedicó entre otras cosas a la alquimia pero lo dejó a los 30 años para
estudiar medicina. Es reconocido por haber descubierto el ácido sulfúrico, verdadera
“locomotora” de la química moderna y la química industrial. También descubrió el
etanol así como su refinamiento y uso en medicina, se le considera pionero en aplicar
la química de su época a la farmacología; los químicos se usaron para procesar las
plantas medicinales y obtener extractos y jarabes. A él se atribuye la invención del
Alambique y la primera destilación del petróleo para la obtención de queroseno y
otros destilados. Atendía gratuitamente a pacientes pobres e incluso a los presos de la
cárcel. A menudo no cobraba por sus servicios porque decía poseer todo lo que
necesitaba.

A su vez destacan Muhammad at-Tabari, autor de Libro de los tratamientos


hipocráticos, así como Alí Abbas, clínico y patólogo del Islam. Su obra principal es al-
Malaki, Liber regius o Dispositivo regalis (traducida al latín). También tuvo mucha
influencia sus tratados sobre las fiebres y orinas. Avicena, heredero de una gran
fortuna, se dedicó a la filosofía, teología y medicina, así como a la astrología, política y
escritor. Fue un gran científico de la época, nacido en 980 en Hamadán, Persia. La
filosofía de Avicena era una combinación de la filosofía de Aristóteles y del
neoplatonismo. A los 17 años, su fama como médico es ya conocida siendo llamado
por el emir de Bujara, Nun inb Mansur que padecía una grave intoxicación por plomo
producida por su hábito de beber en una copa de terracota pintada con pigmentos
minerales. Avicena consiguió salvarle la vida, pidiendo como recompensa autorización
para entrar en la biblioteca real de los samaníes famosa por el gran número de libros
que contenía. A lo largo de sus 57 años de vida dejó más de 200 obras de temas muy
diversos, como Quanun o Canon (1012), cima indiscutida de la medicina medieval. A
esta obra la componen cinco libros (kutub) -cada uno de ellos dividido en diferentes
disciplinas, tratados, secciones y capítulos- el primero consagrado a las generalidades
sobre el cuerpo humano, la salud, el tratamiento y las terapeoética generales. El segundo
comprendía la materia médica y la farmacología simple. El tercero exponía la patología
expuesta por órganos y por sistemas; el cuarto se iniciaba con un tratado de las
fiebres, los signos, síntomas, diagnósticos y pronósticos, cirugía menor, tumores,
heridas, fracturas y venenos. Para terminar, el quinto contenía una farmacopea. En el
Canon encontramos un primer bloque relativo a como buscar un lugar de residencia,
posteriormente hay otro bloque sobre la influencia del ejercicio y el reposo. Hay un
tercer bloque en el que se trata sobre el sueño y la vigilia, para pasar luego a otro par
de bloques relativos el primero a la influencia de la mente y el segundo es un gran
bloque de dietética. En este último hay un apartado importante sobre el agua ya que
nadie ha dado tanta importancia ni ha estudiado tanto el agua como la cultura
árabe,(jardines, el reloj de agua que construyeron, las acequias de riego...). En este
libro también hace referencia a los sedantes. “Si fuera necesario llevar a una persona
rápidamente a la inconsciencia, de forma de convertir un dolor en soportable, coloque agua de
afrecho en vino, o administre fumaria, opio, hiosimina (dosis de medio dracma de cada uno);
nuez moscada, agáloco (cuatro granos de cada uno). Agregue esto al vino y usar según
necesidad, o hierva en agua hiosimina y cáscara de mandrágora hasta que se torne obscura y
mézclela con vino". Avicena, sin embargo, erró al considerar a la cirugía de menor importancia
que la medicina, al decir que era una rama aparte de ésta. En su Poema de la medicina,
Avicena ordena la cirugía o “parte manual” del tratamiento, aunque será explicada de una
forma más exhaustiva en el apartado dedicado a la cirugía. Más tarde escribió el Kitab ash-
Shifa (El libro de la curación), conjunto de 18 libros que tratan de las ciencias
fundamentales, de la lógica, matemática, física y astronomía. Durante su carrera
médica siguió mucho la doctrina de Galeno: expone todo el saber médico de su
tiempo, desde la conceptuación de la medicina hasta la toxicología y la dietética. La
salud para Avicena no viene del médico “La salud la proporciona un principio muy
superior al médico, el principio que proporciona exclusivamente a la materia su forma
esencial. Su esencia es más notable que la materia”.

En el califato de Córdoba, gracias al favor de los omeyas, se hizo posible en el


al-Andalus el nacimiento de un foco intelectual (filósofo, científico y médico),
equiparable al de Bagdad. Destaca, sobre todo Abulqasim, cuya más importante fue
Altasrif (“El saber médico puesto a disposición del que no ha podido reunirlo”); en este
libro expone metódicamente todo ese saber: fisiología, nosología y terapéutica. La
cirugía que el enseña es muy metódica y sistemática. Pionero en emplear el hilo de
seda en las suturas. Fue un gran especialista en la cirugía de su época; en su obra
describe los procedimientos que utilizaba en sus operaciones de ojos, oídos, garganta,
amputaciones, implantes de dientes, etc, como queda minuciosamente explicado en el
apartado destinado a la cirugía árabe.

Durante los siglos XII y XIII destacan los médicos de al-Andalus. Comenzando
por Muhammad al-Gafiqi, fue un gran oftalmólogo medieval. Avenzoar logra fama
como clínico, terapeuta y dietista. Cabe destacar, a su vez, al andalusí Ibn al-Baytar
(1180-1248), gran botánico y farmacólogo. En su Gran recopilación sobre las virtudes
de los remedios y alimentos simples conocidos describe hasta mil quinientas drogas,
mil procedentes de fuentes clásicas y 500 árabes.

Por otro lado, haciendo referencia al emirato de Oriente, en el siglo XIII,


destacan Ibn Abí Usaybia (Damasco, 1124-1270), quien con su Historia de los Médicos
da noticia de 399 médicos y naturalistas, convirtiéndose así en el fundador de la
Historia de la Medicina. Por otro lado, Ibn an-Nafís (1210-1288) fue el primero en
describir la circulación menor, hecho desconocido tanto en Oriente como en Occidente
y que siguió así hasta que un estudiante egipcio descubrió esta descripción en 1924. A
este médico también se le atribuye el descubrimiento de la función de los vasos
pulmonares, tras la lectura y discrepancia de los textos de Avicena. Es con Ibn an-Nafís
con quien se cierra la época de la medicina musulmana, ya que después de él solo
quedan autores de segundo y tercer grado.

Es imprescindible nombrar, por otro lado, la pérdida científica que supuso para
los musulmanes la expulsión del médico y filósofo Maimónides (1135-1204), judío que
habitaba en Córdoba y que fue expulsado de dicha ciudad por el fanatismo religioso.
Halló refugio sucesivo en Fez, Jerusalén y El Cairo, donde triunfó como clínico. Tenía en
especial consideración la dietética y la terapéutica como caminos para establecer la
cura.

La praxis médica
Desde su aparición, los musulmanes muestran una viva preocupación por el
tratamiento médico de la enfermedad. “Sólo hay dos ciencias, la teología (salvación del alma) y
la medicina (salvación del cuerpo)”, dice una sentencia que se ha atribuido al propio Mahoma.
Para corroborarla, toda una serie de consejos médicos de la misma fuente permitieron
elaborar muy tempranamente el cuerpo de una “medicina del Profeta” o “profética”. No es de
extrañar que tan pronto como Gundishapur fue suya, de esta ciudad hicieran llegar a Bagdad
médicos profesionales quienes entonces podían pagarlos. De ahí la alta estimación que desde
los orígenes mismos de la cultura árabe gozará la medicina en el Islam, incluso cuando,
inicialmente, no pase de ser un “ciencia natural práctica” o “derivada”, como la magia, en el
catálogo de los saberes; y de ahí también que en la medicina, no sólo por razones metódicas,
también por razones axiológicas se fundan entre sí ciencia y arte, el puro saber teórico y el
práctico saber hacer. Cuando el médico no era un mero profesional de su arte (tabib), y
lograba la excelencia intelectual y ética del verdadero sabio (hakim), era socialmente
equiparable a tres personalidades de la sociedad islámica:

• El juez (qadí).
• El recitador de las preces (imam).
• El gran jefe militar (amir o emir).

En la persona del hakim se fundían armoniosamente tres excelencias:

1. La intelectual, porque era igualmente sabio en la praxis y en la teoría.


2. La ético-médica, pues sólo un hombre de buenas costumbres puede ser buen
médico (Rhazes), y sólo quien vea la enfermedad como una cadena con que Alá
aprisiona al que ama, la atenderá correctamente.
3. La ético-pedagógica, porque “la amistad con el sabio (el maestro) tiene calidad
más alta y merece mayor aprecio que la amistad con los padres, ya que los
hombres sabios se encargan de cuidar nuestras almas y son los creadores de
nuestro verdadero ser y nos ayudan a alcanzar la verdadera felicidad” (Miskaway).

Posición del hakim

La posición de un maestro de la medicina no puede ser considerada en su auténtica


medida si no es tomando como base la idea original del hakim, el sabio, el maestro por
excelencia y también el filósofo. Se convierte, al seguir el camino de una vida cultivada, en el
dirigente más autorizado, en quien siempre se aúnan el nivel científico y los ideales éticos, en
una sola personalidad. El maestro pasaba a adoptar el papel de padre y la responsabilidad de
toda la educación.
La educación no se limita al plano teórico. El saber conlleva el quehacer. La primera
tarea del médico culto no es la operatio, sino una peregrinatio cultivadora y directora. Los
jóvenes sabios buscaban en aventureros viajes de estudios su gran vivencia científica. Se regían
por lemas tales como “Vete a un lugar donde se cultive la doctrina y no creas que están por
detrás de ti”, “Buscad el saber aunque haya que ir a China” o “Quien deja su casa para
dedicarse a la ciencia, sigue los caminos de Alá hasta el día de su regreso”.

El maestro se convertía en guía a través del sendero de la cultura. Este guía no


adoptaba un rol autoritario, como pone de manifiesto una cita clásica corriente entonces,
donde el verdadero hakim confiesa: “Mucha de la doctrina la he aprendido de mi maestro,
pero más todavía de mis colegas y, más que de ningún otro, de mis discípulos”. Se trataba, por
tanto, de entidades escolares íntimas. De las obras de al-Gazzali, obtenemos importantísimos
testimonios acerca de qué se le exigía a un hakim, quien desde que alcanza el camino de la
verdad, debe hacer siempre uso de la ciencia: “Actúa de acuerdo con lo que ya sabes APRA
poder descubrir lo que aún ignoras. Pues un hombre que ha perdido totalmente una hora
haciendo una cosa distinta a aquélla para la cual fue creado, no se librará de los
remordimientos en el día de la resurrección. Conviene dejar de lado las siguientes cosas: no
pelearás con nadie por una cuestión polémica, porque en ello se esconde una gran desgracia, y
el daño es mayor que el bien. Mas si surge una polémica de la que parece que podría brotar la
verdad, si será necesario discutir. Pero el deseo de alcanzar la verdad se reconoce en dos
señales: no harás diferencia entre si la verdad está en tu lengua o en la de tu oponente, y
preferirás la disputa en soledad a la mantenida ante el público”.

Se habla también sobre el hecho de que un sabio puede ser bueno en apariencia y
pecar realmente. Así, se señalan las características de un mal hakim: “habla mucho, le gusta
que sus libros sean famosos y se irrita si se contradice su opinión. Como una piedra son esos
maestros, una pierda caída en la boca de un canalillo de riego. No puede beber el agua pero no
deja que ésta llegue al campo. Así son estos sabios: se sientan en el camino del Más Allá, sin
entrar ellos ni dejar que los siervos vayan a Dios. Son como sepulcros blanqueados, limpios por
fuera y aparentemente hermosos, pero llenos por dentro de esqueletos”.

La formación del médico árabe

Respecto a la enseñanza de la medicina, debemos distinguir los métodos, los recursos


y las instituciones. Una intensa disputa del siglo XI entre el egipcio Ibn Ridwan y el iraquí Ibn
Butlan hace visible que en referencia al método para la formación del médico, contendían
entre sí los defensores de una instrucción teórica amplia y previa y los partidarios del
inmediato y asiduo aprendizaje al lado de un buen práctico. Recursos para la enseñanza fueron
la asistencia a un hospital, los compendios en verso, que debían aprenderse de memoria (un
ejemplo es el Poema de la medicina, de Avicena, el cual dice “La medicina es el arte de
conservar la salud y eventualmente de curar la enfermedad ocurrida en el cuerpo”), el
adiestramiento en las preguntas y respuestas y la lectura de las compilaciones y tratados.

I. Formas de enseñanza de la medicina

El objeto de la polémica disputada entre Ibn Ridwan e Ibn Butlan comentada


anteriormente no eran sólo los aspectos formales de la enseñanza de la medicina, como por
ejemplo la importante relación discípulo-maestro, sino también los principios de la propia
medicina. Ridwan representa, en primer término, al sabio universal versado en la literatura,
que reprocha a Butlan tener una base muy estrecha para una educación de especialista en
estudios superiores importantes. Ridwan dijo “quien sólo es bueno en medicina, pero no en la
lógica, la matemática, la física y la teología, más que un verdadero médico (tabib) es un
practicante en medicina (mutatabib). Pero quien ni siquiera es perfecto en la medicina misma
no es más que un principiante y un aficionado que debería relegarse a lo artesanal”.

Frente al universalismo literario de Ibn Ridwan, Ibn Butlan sólo puede presentar las
ventajas que supone para la formación académica las íntimas relaciones de maestro y
discípulo. En una Epístola a los médicos de Egipto, Ridwan responde que sin una base
enciclopédica sólo se puede ser un charlatán de la medicina; no entender a Galeno ni a
Aristóteles es considerado el colmo de la falta de capacidad médica.

También debemos tener en cuenta una forma didáctica de gran éxito por todo el
ámbito del Mediterráneo: el poema didáctico. Importantes autores, como Avicena, redactaron
sus extractos en verso, que los alumnos tenías que memorizar. Todavía Averroes, que vivió un
siglo después que Avicena, consideraba este poema didáctico como la mejor introducción a la
medicina en todos los problemas de la profilaxis y en la terapia.

Otra forma es el juego de preguntas y respuestas tan bien documentado


literariamente.

II. La postura ética del médico

Adaptado a la fe coránica, el juramento hipocrático tuvo vigencia entre los médicos


árabes. La idea de una última e invencible fuerza en el curso de los movimientos de la
naturaleza, pesó sobre la actitud moral de los médicos musulmanes. “El médico juzgará
apoyado en su ciencia de los signos; sabrá si el enfermo debe morir y se abstendrá de
tratarlo”, escribe Avicena. “Si no hay curación posible, la prudencia del médico consiste en
explicar la incurabilidad”, añade Alcagel. Un antiguo manuscrito de Estambul dice en su
comienzo: “Quien quiera convertirse en médico provechoso y sabio, deberá guiarse por las
recomendaciones del sabio Hipócrates”. Incluso el clínico Rhazes presenta como hombre de
confianza a Galeno: “Sólo puede ser médico cuidadoso un filósofo, dominador de sus instintos
y que no sea avaro ni ambicioso”.

Los elementos principales que dieron forma a los criterios de la ética médica son tres:

• La relación personal de maestro y discípulo.


• El trato directo con la ciencia misma.
• Una disposición especial del corazón.

La ética médica parte de la relación viva entre el discípulo y su maestro. Por el


juramento hipocrático, el médico árabe aprendía que esta relación es comparable a las íntimas
relaciones familiares. “Por ello dicen nuestros sabios: si tu padre y tu maestro van cargados los
dos, toma primero la carga del maestro. De igual modo liberarás primero al maestro cuando
los dos estén en prisión”.
La mística islámica señaló una y otra vez que no se puede adjudicar el carácter de
maestro sino a quien ha seguido por sí mismo el sendero de la educación, ya que ésta no es
más que “una guía para el camino”. Incluso la confianza del médico en la eficacia de una
medicina, se basa en la fuerza de la convicción, que a su vez depende de la experiencia
práctica. Mediante el camino de la experiencia y el medio de la instrucción médica, el
pensamiento y la actividad del médico pretenden alcanzar la razón de las cosas, pues la ética
médica se apoya sobre el trato con la ciencia.

La profesión del médico se debe basar en criterios científicos; debe distinguir entre lo
puro y lo impuro, para que su razón sea cada vez más clara. “Porque la ciencia sólo descubre
su rostro al que se entrega por completo a ella, suplica con mente pura e idea clara la ayuda de
Dios y concentra su entendimiento, a quien deja sus ropas y vela en la noche, cansado por su
afán”.

El médico tiene la tarea de conservar en armonía vital la integridad del organismo,


teniendo que respetar siempre los límites y evitar el abuso. Este término medio sólo puede
proceder de la disposición del corazón, sobre lo que llama la atención Maimónides al decir: “La
medicina sólo se dirige a lo útil, y advierte contra lo dañoso: pero no obliga a tomar lo útil ni
tampoco castiga el daño”.

Acerca de las múltiples relaciones del quehacer médico con todos los campos públicos
y todas las dimensiones de la existencia de la persona, escribió al-Tabari: “Aristóteles dijo que
la ciencia pertenece a las cosas bellas y nobles. Unas ciencias son más nobles que otras, como
por ejemplo la ciencia de la medicina, pues el ámbito de la medicina es el más escogido porque
trata del cuerpo del hombre, mientras el terreno del orfebre es el oro y el del carpintero la
madera. El filósofo ha dicho la verdad y ha acertado en lo correcto. Pero ninguna cosa de las
del más allá o mundanas puede alcanzarse si no es con fuerza; pero no hay fuerza sin salud ni
salud sin la armonía de las cuatro mezclas. Con permiso de Dios no se llega a la armonía si no
es por los representantes de este arte que se dedican al gobierno de las almas y los cuerpos de
los hombres y fueron asilo de éstos cuando no tenían propiedades ni familia. En los médicos se
juntan pues cinco propiedades que no están en otros. La primera de ellas es la constante
preocupación por aquello que proporciona el bienestar de todos los hombres; en segundo
lugar su lucha contra la enfermedad y el dolor que están oculto a los ojos; tercero, el
reconocimiento de reyes y del bajo pueblo, que siempre les demandan; en cuarto lugar, el
acuerdo de todos los pueblos sobre el provecho de su arte; en quinto, el nombre que tienen,
derivado del nombre de Dios. Según la fuerza del arte, la altura de su posición y la
universalidad de su utilidad deberán ocuparse de sus semejantes; pues nadie debe reunir en sí
el nombre de la perfección si no posee cuatro propiedades que son la bondad, la modestia, la
compasión y la moderación. Será más benévolo con un enfermo que con su familia y se
ocupará de él con más diligencia que de sí mismo”.
Instituciones médicas árabes.
• Academias

La institución educativa por excelencia, y no sólo para la ciencia médica, fue entre los
árabes la escuela (madrasa), instalada dentro de la mezquita o junto a ella. La enseñanza
consistía en la lectura y el comentario de los textos didácticos. Poco a poco, la madrasa se
convirtió con frecuencia en verdadera “academia” o “casa de la ciencia”, con bibliotecas,
pensionados y, por lo que a la medicina atañe, en relación funcional con los hospitales. La
escuela de Gundishapur y las alejandrinas fueron el modelo. Hubo tales escuelas superiores en
Bagdad, en Harrán, en El Cairo y en otras ciudades. Por lo que dice Alí Abbas, la didáctica de la
medicina se hallaba muy bien organizada, pero la educación del médico (Adab al-Tabib, según
el título de un famoso manual) debía ser deontológica y social. En este manual se recogen
hasta las normas indumentarias y cosméticas del que dignamente debe visitar a sus enfermos.

Indica todo esto que en el Islam existieron verdaderas organizaciones profesionales


médicas (sinf); pero éstas tardaron algún tiempo en constituirse. En los primeros tiempos del
califato abasí, en Bagdad predominan los médicos judíos y cristianos. Más tarde dominaron los
musulmanes; y en relación con la madrasa y el bimaristán (hospital) fueron surgiendo los
gremios. En el año 931, el califa af-Muqtadir estableció la obligación de obtener, mediante
previo examen técnico, un título (ichaza) para la práctica legal de la profesión, la cual se
hallaba estatalmente regida por el “supervisor de mercados y costumbres” o muhtasib.
Además del examen general, los había para varias especialidades, sobre todo, para la
oftalmología. En orden descendente, los títulos sociales de los médicos eran el de hakim, el de
tabib, el del simple práctico (mutabbib o mutatabib), y el del mero practicante o mudawí. Los
charlatanes médicos, contra los cuales hay numerosos escritos polémicos, pulularon por las
ciudades del Islam.

De la formación clínica en las academias y hospitales nos informa Alí Abbas en su Liber
Regius, donde describe las horas de enseñanza clínica, las condiciones de vida de los pacientes,
el agrupamiento de los discípulos en torno a los mejores profesores, la observación de la
evolución del enfermo, los apuntes sobre enfermedades y las consecuentes lecturas de las
autoridades. A las lecciones asistían a veces conocidos gramáticos, a cuyo cargo corría la
correcta interpretación de los textos y la buena pronunciación.

El desarrollo continuo de las ciencias y el permanente control crítico estaban


garantizados por las bibliotecas públicas. Muchas personalidades pudientes mantenían
bibliotecas privadas que se llamaban “Tesoros de sabiduría”, y que, posteriormente, solían
convertirse en una especie de academias privadas, en “Casa de la Ciencia”. En una de estas
casas, en Mosul, se tiene constancia de que se facilitaba gratuitamente a los estudiantes hasta
el papel (en el siglo IX ya se había comenzado a fabricar el papel al modo chino, a base de
restos de telas). Se hace mención del director de una biblioteca y de su jefe de sección, de
unas adquisiciones y catálogos, del almacén, de los préstamos y de anuarios detallados.
• Baños.

Los baños árabes (hamman) se convirtieron en un factor cultural y social, formando parte
de la medicina. Al escasear el agua en el territorio desértico de Arabia, ésta se convirtió en
esencia de vida, pero no sólo por eso los baños fueron importantes en esta época, sino porque
el lavado diario del cuerpo estaba relacionado con la oración ritual de cada día.

Por ello, higiene y religión estaban íntimamente ligados. Esto se ve reflejado en la


construcción de baños públicos cerca a las mezquitas desde principios del islamismo, de los
cuales quedan numerosos restos en Egipto, Norte de África y Próximo Oriente.

Gracias a estos restos, hoy en día podemos hacernos idea de las instalaciones de las que
contaban. Su fachada solía carecer de ventanas y abundaban en ella portales similares a los de
las mezquitas, siendo lo más destacable su construcción en forma de cúpula. A pesar de la
sencillez del exterior, por dentro la decoración era extensa.

La utilización de los baños públicos no dependía de la clase social a la que perteneciese, ya


que la mayoría eran fundaciones piadosas de nobles poderosos, de las mismas mezquitas, o de
las instalaciones estatales.

A pesar del clima seco, se utilizaba vapor de agua, y no aire caliente como en los romanos.
Su organización interna, sin embargo, se parecía a éstos últimos, pues contaban con salas
subterráneas y una sala de estar sin calefacción, la cual tenía surtidores y bancos.

Existían, además, reglas médicas del baño que conocemos por numerosos escritos. Se
recomienda someterse a una terapia estimulante mediantes masajes, bañarse después de un
moderado ejercicio corporal, antes de la comida, entrar y salir de él sin estar demasiado
acalorado, lavarse la cabeza todas las semanas o cuando tienes problemas amorosos.

Ibn Gazla realizó una tabla (taqwín) en la que se presentan todas las ventajas e
inconvenientes del baño: “El baño abre los poros y expulsa humores superfluos. Disuelve las
flatulencias y facilita la salida de la orina. En los trastornos digestivos oprime el vientre, y hace
salir el sudor sucio, además elimina el picor y la tiña. Un baño quita el cansancio y humedece
perfectamente el cuerpo, regula la digestión y prepara la asimilación de la comida. Mitiga
además los dolores en los miembros atacados por la gota, elimina el catarro y fomenta la
aparición de los días críticos en la fiebre”. También existían inconvenientes: “Se facilita el flujo
de los humores sobrantes en los órganos ya debilitados. El baño produce laxitud del cuerpo,
debilita el calor natural del cuerpo y los miembros musculosos; quita el apetito y dificulta el
comercio sexual”.

• Hospitales.

Con respecto a los hospitales, no parece probada su presencia o de otras instituciones


paralelas en el mundo árabe previo al Islam. La primera noticia que tenemos sobre los
hospitales data de finales del siglo VIII, y se refiere a la ciudad persa de Gundisapur.

En el siglo X hay en Bagdad al menos seis hospitales distribuidos por la ciudad, el llamado
Bimaristan, palabra que significa lugar para enfermos, fue levantado en el año 982. Existe una
leyenda acerca de su fundación en la que el protagonista es Al- Razi (Rhazes). Consultado este
médico sobre en qué lugar de la ciudad emplazar el edificio, colocó cuatro trozos de carne en
cuatro puntos de la ciudad alejados entre sí, el punto elegido fue aquel en el que el trozo de
carne tardó más tiempo en corromperse.

Funcionamiento

Al ingreso, de los pacientes se anotaban en unas listas para tener constancia de los
mismos. Se anotaban los alimentos y medicamentes que se les debía suministrar a cada uno de
ellos.

La jornada de los médicos comprendía:

• Por la mañana, la visita de los pacientes, seguido de la prescripción de los


medicamentos.
• Por la tarda, nueva visita a los pacientes, seguida de tres horas de clase para los
alumnos.

El más nombrado de los hospitales de El Cairo fue el Bimaristan Mansuri, fundado por
Mansur Ala'wun, quien utilizó restos de un palacio del siglo X para levantarlo en 1248. Este
hospital tenía una grandísima capacidad, podía llegar a albergar a 8.000 personas, hombres y
mujeres. Los pacientes se distribuían por salas según el padecimiento que les afectaba. Poseía
depósitos enormes destinados a víveres y farmacia. Las salas estaban atendidas día y noche
por personal auxiliar de ambos sexos. En su interior se encontraba una mezquita y una
biblioteca destinada a los pacientes y a los médicos en formación.

De la Granada nazarí (España) conocemos dos hospitales. El primero, el Maristan,


fundado por Mamad V entre el 1365 y el 1367, se supone que estaba destinado a enfermos
mentales. El segundo, llamado de Moriscos, albergó a toda clase de enfermos y tras la
conquista de Granada se convirtió en Leprosería, más tarde, tras la expulsión de los moriscos
en 1568, se destina a pobres y vagabundos.

Los hospitales islámicos se construían cerca de las mezquitas, esto tiene una similitud
con los hospitales cristianos. Por la ausencia de clero en la religión islámica, se propició la
presencia del personal sanitario. También, como ya hemos dicho, había bibliotecas, se daban
sesiones clínicas y científicas, en esto se adelantaron varios siglos al modo de aprendizaje de
occidente. Se separaba a los pacientes por enfermedades, circunstancia que supuso un
importante adelanto en el campo de la asistencia como se ha demostrado posteriormente.
Plano de un Bimaristán.

La misión del médico


El médico culto carga con la responsabilidad de la existencia entera del hombre, tanto
en sus días de salud como en los de enfermedad, lo cual impone a la clase misma, y a cada
médico en particular, las mayores exigencias. La medicina supera a la filosofía, pues ésta sólo
se ocupa de la ayuda a las almas, mientras que la medicina se hace responsable tanto del
cuerpo como del alma. La actividad médica llega a las más mínimas peculiaridades de la
conducta; da indicaciones exactas sobre el vestido, los perfumes, los modismos lingüísticos, las
visitas y los adornos de flores de las habitaciones de los enfermos; se ocupa de las cosas
insignificantes de la farmacia, como el almacenaje de los productos, su compra, las mezclas de
los medicamentos y sus grados de utilidad.

Al-Ruhawi denomina al médico “vigilante de las almas y los cuerpos”, teniendo en


cuenta su compenetración con todas las exigencias de la vida cotidiana. Mientras la filosofía se
ocupa sólo de la guía de la vida espiritual, un médico cultivado puede influir sobre el total
modo de vida de un hombre. El médico sabe tratar los dolores espirituales de igual modo que
cualquier tipo de enfermedad corporal, puesto que se hace cuestión también de la disposición
psíquica del paciente. La misión del médico, por tanto, no tiene límites. Para el cultivo de este
amplio campo educativo se constituye el género literario árabe del adab, si bien no ofrece
directrices deontológicas tan calaras para la actuación del médico.

Desde el punto de vista de la misión médica, se observa que en la medicina no pueden


separarse nunca el saber y el hacer, la teoría y la praxis. En la medicina árabe, se continúa la
idea hipocrática de que el paciente pertenece a la medicina, junto con el médico y la
enfermedad, se erige en sistema.

El hábito externo de un médico debe lucir sus maneras cortesanas y su nobleza. Su


ropa será sencilla, pero del mejor lino. Hay que evitar los colores llamativos. Sólo en las
mujeres son elegantes, pero también se podrán usar si se hace una sangría o cualquier otra
intervención médica. La etiqueta del vestido se extiende desde los zapatos, hasta los adornos y
perfumes. Se prescriben detalladas costumbres de mesa, la conducta en el baño, la entrada en
la gran sociedad. El vestido de los sabios se diferencia por los pliegues y el color. Avicena solía
llevar generalmente el talar de los juristas.

Ibn Ridwan escribe en su autorretrato: “En mi quehacer médico me preocupo de ser


humilde y amable, de ayudar al oprimido, de solucionar la miseria de los angustiados y de
apoyar a los menesterosos. Con todo esto me impongo la meta de alcanzar la satisfacción que
proporcionan las buenas acciones y los sentimientos humanitarios. Además, esta actitud
conlleva inevitablemente dinero, que puedo volver a gastar. Utilizo estos métodos para la
salud de mi vida y la conservación de mi casa, y de tal manera, que no alcanzo el límite del
derroche ni me huno en la tacañería, sino que me mantengo en el centro, como corresponde a
un hombre juicioso… llevo vestidos que dejan conocer a un hombre de rango y que se señalan
por su limpieza; me sirvo de un buen perfume, guardo silencio y sujeto mi lengua para no
hablar despectivamente de la gente. Mis transacciones sociales las hago al contado, sin dar ni
pedir crédito, a menos que sea un caso necesario… el ocio que me queda después de mi
trabajo lo dedico a la religión. A veces me ocupo de la Economía de Aristóteles y me impongo
la tarea de seguir sus indicaciones de la mañana a la noche. Durante mi tiempo de descanso
examino qué he hecho y sentido en el día en cuestión; de lo que resulta bueno, agradable y
provechoso me alegro, pero lo que fue malo, feo o dañino me oprime el corazón y me
impongo la obligación de no repetirlo”.

Técnicas diagnósticas y terapéuticas.


La medicina árabe se dividió en teoría y práctica. Ésta comprendía la higiene y la
terapéutica; y la terapéutica, en fin, abarcaba la dietética, la materia médica (farmacoterapia)
y la cirugía.

El médico árabe veía su actividad diagnóstica como la recta conexión, ante cada
caso concreto, entre la experiencia obtenida en la exploración del enfermo y el saber teórico
que previamente había adquirido. “Todo signo general debe ser referido a los tres órganos
nobles, el hígado, el cerebro y el corazón”, dice el Poema de Avicena al estudiante. Tras lo cual,
ya con conocimiento de causa, el clínico instauraba el tratamiento.

I.La dietética

El primer paso del tratamiento era la dietética, con fundamento antropológico-


religioso en el concepto coránico de la sari’a o “recta vía”, la adopción de un modo de vivir
ordenado hacia la total perfección de la persona. En tanto que preventiva de la enfermedad, la
dietética se configuraba como higiene, cuyas reglas se ordenaban según la peculiaridad
biológica del sujeto (niño, viejo, bilioso, pituitoso…), la actividad o profesión de éste y la
estación del año. Es oportuno nombrar la importancia del baño en la vida de los árabes. En
tanto que recurso terapéutico, la dietética era la base del tratamiento, e incluso todo el
tratamiento, si la enfermedad no pedía recursos más enérgicos. Las posibilidades de la
intervención médica se ordenaban de manera estrictamente jerárquica. Ni la cirugía, ni la
farmacología estaban autorizadas antes de ensañar todas las posibilidades de la medicina
dietética.

II.La farmacología

La farmacoterapia árabe tuvo su más importante fundamento en la Materia


médica del griego Dioscórides, quien ha sido considerado “el farmacéutico de Alá”. Sin
embargo, aparte de los orígenes helenísticos, también cuenta con raíces iranias e indias. El
hecho de que el primer tratado farmacológico árabe proceda de Gundishapur (el Antidotario
de Sabur ben Sahl, decenios centrales del siglo IX), hace más que patente este triple origen.
Poco posterior fue el tratado farmacológico de al-Kindi, al cual seguirán, en Oriente, las obras
de Muwaffaq, al-Natilí, al-Biruní y del geógrafo al-Idrisí, y en al-Andalus, las de al-Harraní, al-
Gafiqí y al-Baytar. Un género literario genuinamente árabe, los taqwim o “tablas sinópticas”,
tacuini, en la lengua de los latinos medievales, servirá para la enseñanza de la farmacología,
como en su origen había servido para la de la astronomía.

Medicamento es toda sustancia que altera el organismo con intensidad intermedia


entre el alimento y el veneno; noción ésta vigente desde los escritos hipocráticos. Por su
origen, los medicamentos pueden ser vegetales, animales o minerales; por su composición,
simples o compuestos; y por su operación, se clasifican según actúen sobre las potencias
orgánicas primarias (refrigerantes, desecantes…), secundarias (emolientes, astringentes,
oclusivos, desopilantes…) o terciarias (expectorantes, eméticos, diuréticos, purgantes…). Los
fármacos pueden ser activos en primer grado (modificación invisible de la complexión
humoral), en segundo grado (alteración local muy visible, aunque no destructiva). La
medicación, en fin, debe regirse por el principio contraria contrariis curantur (los contrarios se
curan con sus contrarios).

La farmacología procede, como en Dioscórides, de los tres reinos de la Naturaleza, que


a su vez pertenecen a “milagros de la Creación”. No se establece una separación determinada
entre botánica, zoología y mineralogía, ni existe siquiera una disciplina farmacológica
independiente. Desde luego, dentro del hospital, y relacionada con el comercio, se desarrolló
muy pronto una especie de clase farmacéutica.

En el prólogo a su farmacología, al-Biruni expone los principios más importantes. “Los


medicamentos son simples y compuestos de simples; los simples se llaman también aqaqir
(drogas), especialmente los vegetales. Todo lo que se ingiere, con intención o sin ella, puede
ser alimento o veneno, y los medicamentos ocupan una posición intermedia entre ambos. Los
alimentos reciben sus características de las fuerzas activas y pasivas en el primero de sus
cuatro grados. Así, al cuerpo bien templado le basta con asimilarlos mediante la completa
digestión, transformando lo que en ellos encuentra. De esta forma el cuerpo actúa
primeramente sobre ellos para se más tarde influido por ellos mismos de manera útil”. Tras
esta introducción, al-Biruni pasa a los venenos y su caracterización: “Los venenos reciben sus
características de las cuatro potencias en el último de sus grados, esto es, en el cuarto. Alteran
el cuerpo y se adueñan de él; su transformación produce la enfermedad o la muerte, según el
grado que por casualidad posean”. Entre los alimentos y los venenos se encuentran los
medicamentos en sentido estricto, porque respecto a los alimentos son perjudiciales, y en
comparación con los venenos, beneficiosos. Sus efectos se aprecian sólo con el uso que un
buen médico sabe hacer de ellos.

En el siglo X conocemos ya toda una serie de textos sistemáticos que presentan los
medicamentos generalmente en orden alfabético, como son las obras de al-Dinawari, al-Nabat
o al-Arragani. Mucho más importante fue la reelaboración de Dioscórides por al-Natili, que fue
uno de los maestros de Avicena. al-Biruni realizó un estudio sobre farmacología en su obra
Kitab as-Saidana fi-l-Tibb.

La madurez de la farmacología árabe tiene lugar en la región cultural de al-Andalus. Al-


Harrani practicaba ya la medicina en Córdoba hacia 880, siendo famoso por sus conocimientos
farmacológicos. Dioscórides era universalmente aceptado en al-Andalus poco después.

Los escritos de al-Gafiqui tuvieron mayor influencia. Este autor señaló las plantas
medicinales por sus fuentes y también las estudió y corrigió una a una personalmente,
dirigiendo su atención en primer término a las especies andaluzas. El más destacado
representante de los traductores del medioevo islámico fue Ibn al-Baytar, en cuya obra de más
de 2300 capítulos se presentan unas 1500 drogas, 1000 de ellas provenientes de fuentes
clásicas y 500 de origen árabe. Se citan y critican un total de 150 autores.

El constante enriquecimiento de nuevos medicamentos, así como la aparición de


nuevas técnicas, dejan vislumbrar la formación de una clase o estamento farmacéutico
independiente. Encontramos desde luego numerosos médicos con el título de “boticario”.

Farmacólogo árabe.
III.La cirugía

Para el Islam, existe la vida después de la muerte: "El fuego sagrado de la vida", que
mantiene vivo al cuerpo humano, se va consumiendo con la enfermedad, se apaga con la
muerte y se reaviva cuando llega al paraíso. Debido a estas limitaciones moral-ético-religiosas,
en contadas ocasiones se realizaron investigaciones en cuerpos humanos.

Sin embargo, la excepción fue en las heridas producidas en las guerras. Los médicos
árabes recurrían al conocimiento anatómico de Galeno. Los anatomistas medievales, entre los
que se encuentran los árabes, se contentaban en estudios anatómicos en animales afines, en
especial el mono. En su laboratorio situado en Bagdad, Yuhanna ben-Masawayhi realizaba
estos estudios en los primates. Pero en el 1300 d.C. aparece el primer libro de anatomía con
bases científicas. Su autor fue Al-Ansari Ají Zain-al-Attar y su publicación se llamaba Tohfat-us-
Slatin. En el 1396 aparece el gran avance en los conocimientos de anatomía: Mansur bin
Ahmed publica su libro, que se conoce como Tasreeh- Bill-Tasvir o el Libro ilustrado de
anatomía. Posteriormente, otros autores explicaron la anatomía y función del aparato
digestivo y de los aparatos reproductores masculino y femenino.

El abandono de los estudios anatómicos llevó al desinterés por la cirugía que, con la
excepción de su forma más primitiva por las guerras, fue escasamente practicada en los dos
primeros siglos de la aparición del Islam. Entre los médicos la cirugía había perdido prestigio y
quedó en manos de charlatanes, profanos u hombres comunes sin ninguna preparación. No
obstante, esto cambió a partir de las traducciones y con el paso del tiempo.

La cirugía árabe no sólo nos transmitió un repertorio quirúrgico polifacético, sino


también una teoría de la cirugía que mantendría su vigencia durante siglos. Incluso una
disciplina tan pragmática como ésta, tuvo que escindirse armónicamente en teoría y práctica.
Dentro del campo práctico, la intervención quirúrgica ocupa siempre el último lugar.
Previamente, un médico cuidadoso habrá agotado las posibilidades de la medicina; e incluso
solamente hará uso de un medicamento inofensivo cuando hubiera agotado todas las
posibilidades que le ofrece la dietética.

Con la cirugía árabe no sólo se transmitieron las grandes partes esenciales de la


anatomía y fisiología, sino también numerosas especialidades clínicas, empezando por la
obstetricia, y siguiendo por la oftalmología y la otología, así como la odontología. La anatomía
y la cirugía poseen en los manuales un puesto fijo y, además, se van enriqueciendo
constantemente. En su Poema de la medicina, Avicena ordena la cirugía o “parte manual” del
tratamiento en tres capítulos, según la índole de la región sobre que la intervención del
médico recaiga: cirugía de los vasos (flebotomía o incisión de las arterias), de las partes
blandas (escarificación, excisión, cauterización, incisión) y de los huesos (fracturas y
luxaciones). Avicena, sin embargo, erró al considerar a la cirugía de menor importancia que la
medicina, al decir que era una rama aparte de ésta.

En el ámbito de la cirugía islámica, el máximo exponente fue el cordobés Abulcasis. Su


instrumental fue sutil a la par que copioso: tenazas y pinzas, trépanos, bisturíes, sondas,
cauterios, lancetas, espéculos… Destaca la racionalidad y la sistematización de sus
descripciones, así como su constante preocupación por integrar armoniosamente la
intervención quirúrgica y la farmacoterapia. Se habla de sedantes que se aplican localmente
con compresas húmedas, de infusiones de manzanilla y otras hierbas, emplastos de hierba
mezcladas. Aceite de manzanilla, aneto, oleum margis, aceite de rosas o aceite de violetas se
utilizan junto al papaver nigrum, el coriandro y el opio, estos últimos sólo en caso de dolor
intenso. Se usan mucho los emplastos analgésicos, incluso en la cauterización. Es conocido que
el fuego puede actuar local, radical y principalmente, y que puede sustituir una dolencia
prolongada por un dolor de breve duración. Abulcasis menciona la cauterización directa de los
abscesos, bubones, hemorroides, fístulas rectales, gangrena y luxaciones recidivantes. Habla
de su utilización indirecta en casos de parálisis, migrañas, dolencias de estómago, hígado y
bazo y, en fin, de la cauterización como método preferente para la hemostasia.

La obra de Abulcasis (Al-Tasrif) consta de una primera parte de 56 capítulos dedicados


a la cauterización, una segunda compuesta por 99 capítulos en la que se tratan las
enfermedades quirúrgicas, obstétricas y las operaciones, y una tercera que se ocupa de las
fracturas y luxaciones.

Este manual de cirugía se plantea en primer lugar por qué no existen ya cirujanos
hábiles. La razón es el abandono de la anatomía sistemática y teórica, que sería el único
presupuesto para la intervención quirúrgica. Planteado este presupuesto, se estudia
sistemáticamente la cirugía en sus partes teórica y práctica. Se mencionan la coagulación de la
sangre, la ligadura de las arterias, la compresión, la utilización del frío y de estípticos vegetales
para operaciones incruentas. Además del bisturí, se concede gran importancia a la
cauterización, señalando varios puntos de cauterización similares a las moxas de los antiguos
chinos. Para luchar contra el dolor se utilizan además del cauterio, el frió y la compresión,
esponjas somníferas impregnadas con opio, mandrágora o hiosciamo. La técnica de la
suturación se considera también, junto a una complicada técnica de colocación de apósitos.
Los enemas alimenticios se administraban por medio de una vejiga de animal a la que se
adaptaba un tubito de plata. Abulcasis describe también la conocida sutura con hormigas que
se utilizaba siguiendo métodos indios, para las heridas intestinales. Conoce también la
litotomía en posición de Trendelenburg, un tratamiento de las varices por medio de la escisión
en pequeños cortes, el acolchado de las férulas y el vendaje fenestrado para fracturas
complicadas. En los casos de rotura del arco pubiano, se introducía una vejiga de cordero por
la vagina, a fin de levantar los fragmentos, soplando después.
Reproducción de instrumentos quirúrgicos siguiendo las anotaciones de Avicena.

La asistencia al enfermo.
En este punto es donde más acusadamente se hace notar la impronta simultánea de
los tres motivos de la praxis médica árabe (tecnificación del saber, religiosidad coránica,
carácter señorial de la sociedad).

La distinción entre una medicina para ricos y una para pobres fue notoria en las
ciudades islámicas. Los ricos y poderosos, empezando por el califa, tenían sus propios médicos
y podían utilizar, por costosos que fueran, todos los recursos de la dietética y la terapéutica
entonces vigentes. Los pobres eran atendidos en el hospital público (bimaristán), institución
que como en Bizancio, donde había tenido su origen, alcanzó gran importancia en el mundo
islámico.

Ya en los siglos VIII y IX, hay hospitales en Damasco, en Bagdad y en el Cairo. Harún al-
Rashid decretó en el siglo VIII que junto a cada nueva mezquita debía haber un centro
hospitalario. Posteriormente, aparecieron los grandes y bien organizados hospitales. La actitud
caritativa ante el enfermo que prescribía el Corán fue el principal motor de estas fundaciones.

El hospital permitía a los pobres beneficiarse del saber de algunos grandes médicos
(Rhazes, por ejemplo, dirigió el de su ciudad natal) y solía tener una intensa actividad docente.
En él se realizaban también los exámenes para la obtención de títulos profesionales. Su
director, funcionario administrativo, ocupaba una posición social equiparable a la de Secretario
de Estado; y como él, los jefes de las secciones de medicina interna, cirugía y oftalmología. Sin
embargo, los hospitales islámicos no resolvieron satisfactoriamente el problema social de la
asistencia médica.
Conclusión
Debemos considerar dos puntos esenciales: el contenido de la medicina árabe y su
significación histórica.

A. El galenismo aportó a la medicina islámica, además de fundamento conceptual, el nervio


técnico. Sin embargo, este galenismo arábigo resultó de una restricción crítica y una
elaboración conceptual.

1. La restricción crítica comprende, más que nada, a los aspectos filosóficos de la obra
de Galeno. Seguidores de Aristóteles, al-Kindi, Avicena y Aberroes discuten aristotélicamente
algunas ideas filosófico-naturales del Pergameno; igual hace Rhazes, pero desde su atomismo
platonizante. A esto hay que añadirle el distanciamiento entre las culturas musulmana y
griega, producido por las diferencias en cuanto al tema de Dios y la creación.

2. Por otro lado, la elaboración conceptual tuvo un aspecto formal o metódico y otro
también filosófico-natural. Así, e incluso sin contar con el descubrimiento de Ibn An-nafía, la
medicina árabe perfecciona y orienta hacia lo que es hoy considerada “ciencia moderna”
(algunas nociones básicas como la dynamis). El galenismo arábigo, asimismo, reduce, por
selección, el saber anatomo-fisiológico de Galeno (menos que el bizantino), con el objetivo de
ordenarlo más sistemáticamente, aportándole así una accesibilidad mayor.

B. En lo que se refiere a su papel histórico, la medicina árabe puede ser considerada desde
distintos puntos de vista.

1. Aparece, en primer lugar, como una creación histórica cerrada en sí misma. Esto es,
nace desde la nada, como consecuencia de la asimilación y de la recreación de la medicina
helenística, alcanza rápidamente la cima con Rhazes, Averroes y Avicena, principalmente, y
después del siglo XIII pierde, también, toda capacidad de creación.

2. También se nos muestra como una composición violenta y misteriosamente


incompleta. En 1236 fue conquistada Córdoba por Fernando III el Santo; en 1258, caía Bagdad
en poder de los mongoles Hulagu; la cultura del Islam quedó malherida en sus dos más
importantes centros vitales

3. Se nos presenta, en fin, como un estímulo y antecesor irremplazable de la medicina


de Edad Media europea. Ha escrito Sudhoff que las traducciones de Constantino el Africano
“soltaron la lengua” a los médicos de Salerno.
Bibliografía
1. http://www.hierbitas.com/historia.htm
2. http://www.oftalmo.com/secoir/secoir2005/rev05-4/05d-02.htm
3. Historia de la medicina; P. Laín Entralgo; Editorial Manuales Salvat. Sección III.
4. Introducción a la historia de la medicina; Philip Rhodes. Editorial Acribia S.A. Capítulo
IV.
5. http://www.luventicus.org/articulos/03A002/avicena.html
6. http://www.sld.cu/galerias/pdf/sitios/histologia/canon_de_avicena.pdf
7. http://cir-radiologia.org/noticir/2010_vol7_n4/avicena.jpg
8. http://medicablogs.diariomedico.com/samfrado/2010/03/09/biografias-de-medicos-v-
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%D9%85%D8%AD%D9%85%D8%AF-%D8%A8%D9%86
%D8%B2%D9%83%D8%B1%D9%8A%D8%A7-
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9. http://www.cardenashistoriamedicina.net/capitulos/es-cap6-2.htm

10. http://www.medcenter.com/medscape/content.aspx?id=20600&langtype=1034
11. Historia universal de la medicina; Laín Entralgo; Editorial Salvat Editores.

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