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La meditación y el ego

Extraído de “El Vínculo Primordial”, Daniel Taroppio


3ª edición, Noviembre de 2010.

La meditación

Existen numerosas modalidades para meditar y cada una de ellas se adapta mejor a cada
tipo de persona. Por lo tanto la búsqueda de un método de meditación debe ser libre y
desprejuiciada. Hay quienes prefieren la meditación en quietud y silencio y hay quienes la
prefieren activa y con música. Hay quienes deciden meditar en solitario y quienes lo hacen
en grupo. Están los que buscan sumergirse en el vacío y los que trascienden a través del
júbilo y la celebración. Cuando comprendemos la esencia de la práctica meditativa en sí
misma, que es abrirnos a la fusión absoluta en la consciencia de unidad, las formas pierden
importancia y lo verdaderamente relevante es descubrir en qué ámbito meditativo fluimos
con más facilidad.
En el imaginario colectivo, la meditación sigue estando asociada, en menor o mayor
grado, a prácticas complejas orientadas hacia objetivos esotéricos o supramundanos. En
general, solemos creer que la meditación nos llevará a realidades “superiores”, a estados de
consciencia sobrenaturales o a la percepción de fenómenos extraordinarios; cuando no al
desarrollo de “poderes paranormales”. Nuestra concepción de meditación dista muchísimo
de estas expectativas fantaseadas. Consideramos que la meditación debe ser sacada del
ámbito de lo oculto, de lo misterioso y puesta donde le corresponde y donde más útil
resulta: la vida cotidiana.

El milagro de lo cotidiano

Cuando abandonamos las expectativas fantasiosas sobre la meditación, se abre ante


nosotros un nuevo mundo: la maravilla de vivir la cotidianeidad intensamente. El arte de la
meditación es el arte de estar presentes aquí y ahora en lo que estamos haciendo, es decir,
en las cosas simples de cada día.
Nuestra tendencia habitual consiste en transcurrir nuestros días en un estado de
permanente disociación. Mientras una parte de nosotros realiza alguna tarea cotidiana (por
lo general de manera mecánica y repetitiva) nuestra mente suele divagar por otros tiempos y
espacios, ajenos al momento presente y vital. Muy pocas veces hacemos las cosas realmente
conectados con la actividad en cuestión; por el contrario, casi siempre estamos lanzados
mentalmente hacia lo que vendrá después o seguimos pegados a lo que ocurrió antes.
Manejamos nuestro auto para llegar a casa. Nos bañamos para estar limpios. Descansamos
para volver al trabajo. Trabajamos para ganar dinero. Mientras tanto, pensando en que
llegaremos a casa, en que estaremos limpios o en el dinero que ganaremos, nos perdemos el
sencillo placer cotidiano de conducir un auto sólo por conducirlo, disfrutando de una buena
música, del sol, de un paisaje o del sencillo placer cenestésico de rodar. Nos perdemos la
delicia de bañarnos sólo por bañarnos, disfrutando del contacto con el agua, de la suavidad
de la espuma, de los aromas de las esencias y del ambiente onírico de los lugares llenos de
vapor (cuán mágico puede resultar el baño de todos los días, lo demuestra el hecho de que
en algunos monasterios antiguos, sus miembros eran obligados a bañarse vestidos, a fin de
que no “cayeran en las garras de la corporalidad”). Del mismo modo nos perdemos la
oportunidad de descansar y luego de trabajar en pleno contacto con los materiales de
nuestro trabajo, con nuestra creatividad o con nuestros compañeros o clientes. Para la
mayoría de las personas, todo lo que ocurre en sus trabajos es un obstáculo que hay que
superar para alcanzar la ansiada meta de terminar e irse. Pero ocurre que al irse la meta pasa
a ser el llegar a casa. Al llegar a casa la meta pasa a ser terminar de hacer la comida. Al
terminarla la meta es comerla. Al comerla la meta es lavar los platos. Mientras se lava los
platos la meta es terminar pronto para irse a descansar... pero lo más frecuente es que al
intentar relajarse surge la consciencia de que al otro día hay que volver al trabajo, y
entonces ya estamos de nuevo allí. Y algo similar ocurre con el pasado.
Este fatídico círculo vicioso de la mente proyectada permanentemente hacia otro tiempo
y lugar, es el que se resuelve con la meditación. La meditación consiste en la habilidad
natural y sencilla de estar presentes en nuestros pequeños actos cotidianos, resolviendo la
angustiante aceleración de nuestra mente y el enorme desgaste psicofísico que esto produce.
La mente quieta y despierta es la mente que ha resuelto el permanente fastidio que
produce el vivir comparando el lugar en el que estoy con el lugar donde podría estar; lo
que hago con lo podría estar haciendo; lo que tengo con lo que me gustaría tener y lo que
siento con lo que debería sentir.
La mente quieta y alerta está plenamente viva, atenta, contemplando sin juzgar lo que es,
tanto en el llamado mundo interno como en el llamado mundo externo. La mente
meditativa no juzga, no se aferra y no rechaza nada, ni en uno mismo, ni en los otros, ni en
las circunstancias. Sólo contempla, serena y aguda, el acontecer. Recibe con apertura todo lo
que ocurre; aprendiendo de todo, enriqueciéndose de todo, creciendo con todo.
Para muchos, lo milagroso está siempre proyectado en espacios lejanos, misteriosos y mal
llamados trascendentes. Para una persona meditativa, lo milagroso se manifiesta en lo
pequeño, en lo simple, en las sencillas maravillas del hogar o jugando al desafío de mantener
el propio centro y la quietud, mientras se transita por las agitadas calles de una gran ciudad.
Este estado sencillo y apacible es el resultado del viaje a lo largo de todos nuestros
chakras y de la integración de nuestras capacidades primordiales. Sin embargo, aunque el
resultado sea simple, el camino suele no serlo tanto. Estoy casi seguro que Usted ha leído o
escuchado algo similar a todo esto muchas veces, e iniciado una práctica con honesta
determinación, pero aún así no ha logrado alcanzar un estado de meditación profunda. Y
esto no sólo le ha ocurrido a Usted. ¿A qué puede deberse esta dificultad tan generalizada?
Hemos descrito hasta aquí el devenir de las capacidades básicas a partir de su
florecimiento desde ese centro de sabiduría universal que habita en todo ser humano y que
hemos denominado el Núcleo Primordial. Es decir, hemos descrito el desarrollo ideal de la
persona humana. Pero esto no es todo lo que es preciso conocer en el camino de la vida.
La intuición de este núcleo cósmico en el corazón de cada persona, está llevando a cada
vez más maestros espirituales a sugerir que la felicidad y la plenitud humanas son algo
absolutamente sencillo de realizar en esta vida. Por cierto que cuando logramos al menos
asomarnos a la captación de esta profunda dimensión universal, que efectivamente yace en
el corazón de todos nosotros, no podemos menos que sentir un enorme entusiasmo acerca
del futuro humano. Comparto plenamente este sentimiento y doy fe de lo simple que es la
vida cuando realizamos esta dimensión. De hecho, ya habíamos señalado que la
manifestación de la perfección original no requiere de ningún tipo de esfuerzo sino, por el
contrario, de confianza y relajación. Sin embargo, decirle a una persona que está sumida en
la confusión y que no sabe cómo salir de su sufrimiento, que puede ser libre en el acto, si
sólo se conecta con su “esencia”, puede evidenciar cierta falta de sensibilidad. Si tal persona
pudiera hacer esa conexión, ya la habría hecho.
El tema es que si los seres humanos podemos estar desconectados, disociados y en función
de esto vivir en la confusión y el dolor, es porque parte de nuestra naturaleza consiste en el
desarrollo de una instancia que, si bien es fundamental para la supervivencia, puede
dificultar los procesos de expansión de la consciencia. Esta instancia es el ego, cuando se
manifiesta en forma disfuncional. Contarle a alguien lo maravillosa que sería su vida si no
tuviera un ego neurótico, es como mostrarle a un niño un dulce inalcanzable. Es decir, hay
muy poca compasión en ello.
Lo que ocurre es que mientras los caminos espirituales nos muestran lo maravillosa que
podría ser la vida más allá del ego enfermo, nuestras estructuras neuróticas (mucho más
fuertes y profundas de lo que quisiéramos) nos mantienen aferrados a una existencia
dolorosa e insatisfactoria. Dentro de esta estructura, hasta el supuesto camino espiritual
puede ser parte de nuestro autoengaño neurótico.
El ego y sus disfunciones (egotismo y neurosis) no pueden ser trascendidos simplemente
porque se los condene y critique o mirando hacia otro lado, pretendiendo que no existen. El
rechazo del ego y la incapacidad de contemplarlo, comprenderlo y de esa manera sanarlo y
trascenderlo, no es más que otra de las lamentables consecuencias de la disociación entre las
tradiciones espirituales y la psicología moderna. Mientras las grandes tradiciones místicas nos
han aportado maravillosas revelaciones del reino del espíritu, la psicología occidental nos ha
develado los misterios de buena parte del inconsciente. Sólo una mirada que integre ambas
perspectivas podrá brindarnos la anhelada libertad.
Cuando un camino espiritual no asume el plano de la mente y sus complicaciones,
especialmente la sombra, termina convirtiéndose en una evasión. Cuando la psicología
tradicional no asume el plano del espíritu, la psicoterapia se convierte en un laberinto en el
que nunca trascendemos el nivel del ego, y por lo tanto se vuelve infructuosa e interminable.

La meditación y el ego

El ego es el resultado de millones de años de evolución humana. Rechazarlo sin más


implica rechazar a la evolución misma, es decir, a la inteligencia cósmica. Un proceso de
sanación profundo y auténtico implica necesariamente contemplar al ego, comprenderlo en
sus posibilidades y limitaciones, honrarlo como fruto de la evolución universal, sanarlo a
partir de esta comprensión, integrarlo al Ser y trascenderlo.
Contemplar, comprender, honrar, sanar, integrar y trascender: en esto constituye el viaje
saludable por la existencia. Y este viaje requiere de mucha compasión, hacia nuestros propios
aspectos limitados e infantiles y hacia las limitaciones de los otros. Sólo los caminos que
puedan comprender el profundo miedo desde donde se origina la existencia del ego
neurótico, para a partir de allí abrazarlo y sanarlo compasivamente, nos brindarán una
alternativa seria y real en el atribulado mundo contemporáneo.
Destinaremos los próximos capítulos a estudiar la relación de nuestra naturaleza original
(nuestro Ser) y el ego, con sus posibilidades, limitaciones y disfunciones. Comprenderemos
entonces que el ego surgió y sigue operando básicamente como una función destinada a la
supervivencia.
La novedad que el ego aportó al proceso evolutivo humano fue la asombrosa capacidad
de recordar el pasado y anticipar el futuro. Merced a estas capacidades hemos podido
anticipar la llegada de los inviernos, las crecidas de los ríos en verano, los ataques de los
animales predadores o la aparición de ciertas enfermedades, preparándonos para hacerles
frente y sobrevivir a ellos. Es decir que gracias al ego hemos sobrevivido como especie. Sin
embargo, a lo largo de los milenios, estas capacidades cognitivas asombrosas han devenido
en la añoranza por lo ya vivido y la angustia por lo vivir.
Porque podemos trascender el momento presente y anticiparnos a lo que vendrá,
podemos también anticipar los peligros futuros. Pero ocurre que al mismo tiempo que esto
nos ayuda a prepararnos por anticipado, nos angustia. Ego, noción del tiempo y angustia
van siempre de la mano. No vamos a extendernos ahora en este tema pues será desarrollado
en los capítulos siguientes. Lo que busco destacar aquí, en conexión con el tema de la
meditación, es que cuando pretendemos ingresar en un estado de quietud, silencio y paz
mental, y nuestra mente comienza con su parloteo incesante, no tiene sentido comenzar a
luchar contra ella, enojarnos o sentirnos culpables.
En la sección dedicada al ego vamos a definirlo básicamente como un soldado. El ego
surge evolutivamente como un guardián de la supervivencia física. Con la evolución esta
capacidad se va sofisticando más y más, convirtiéndose también en el guardián de la
supervivencia emocional, afectiva, intelectual y espiritual. Sin embargo, y esto es algo que
vamos a remarcar permanentemente, pues es un punto crucial a la hora de trabajar en un
camino de expansión de la consciencia, su origen como protector de la vida física está
siempre vigente, y se activa ante cualquier posibilidad de pérdida (emocional, afectiva,
intelectual o espiritual). Siempre que el ego se enfrenta a la posibilidad de perder algo, se
activa en él el temor a la muerte, y comienza por lo tanto a defenderse con todos sus
recursos (más o menos sofisticados según cada persona). ¿Qué relación tiene esto con la
meditación?
Meditar consiste en ingresar a un espacio en el que comprendemos que nuestra vida, en
lo más profundo, depende de factores que no podemos controlar. Meditar implica asumir
que los seres humanos estamos siempre pendiendo de un delgado hilo, que se mece sobre el
fondo insondable del Misterio Absoluto. En la meditación profunda, todo intento de huir de
esta realidad es abandonado. Todo método de supuesta meditación que procura llenarnos
de creencias que nos den seguridad, es sólo otro intento desesperado del ego para evitar esta
toma de consciencia, y por lo tanto es una antimeditación.

La Magia del Instante

La auténtica meditación consiste en una entrega absoluta al Misterio del Eterno Presente,
al Milagro del Instante. Es un rendirse ante el hecho de que podremos hacer lo imposible
para preservar todo lo que tenemos (contratando todos los seguros -físicos, psicológicos o
“espirituales”- que el mercado nos quiere vender), pero en última instancia, nuestro corazón
puede dejar de latir en este instante y todo nuestro mundo desaparecerá en el acto. En la
auténtica meditación, la contemplación de esta realidad es absoluta, sin escapatorias,
evasiones ni consuelos, y produce, paradójicamente, una exquisita experiencia de entrega,
abandono y descanso. Dado que hagamos lo que hagamos sólo el Misterio puede
sostenernos, entonces nos entregamos y descansamos en Él-Ella. ¿Existe acaso otra opción?
Meditar consiste en descansar en la misma dimensión de la que hemos huido toda la vida:
la profundidad abismal del momento presente. Esto es lo que denomino la Magia del
Instante.
¿Qué ocurre entonces con el ego durante la meditación? Simplemente que la vive como a
una muerte, una desaparición, un abismo infinito. Él ha sido entrenado durante decenas de
milenios para vigilar y sobrevivir, y de pronto le decimos que se relaje, se entregue, se rinda.
“¿De qué me están hablando? Yo no fui creado para esto”, responde el ego.
En muchas tradiciones el ego es definido y, lo que es peor aún, tratado como el enemigo
de la meditación, el enemigo del camino espiritual. ¿Es justo esto?. ¿Es justo entrenar a un
soldado para que sea el vigía de la vida y luego condenarlo porque no puede dormir
durante la noche?. ¿Es justo condenar a una cebra que no puede descansar más de diez
minutos seguidos pues vive rodeada de leones?. Los caballos no tienen ego, y sin embargo
suelen dormir de pie, pues así pueden huir más rápido si aparece un peligro. Es decir que el
ego no es esa calamidad exclusivamente humana que nos encanta condenar y sobre la cual
proyectamos todos nuestros problemas. En cierta forma, está presente en toda forma de
vida. Cuando decimos que por culpa del ego el hombre es el único animal que desperdicia
su juventud trabajando y ahorrando para su vejez, nos olvidamos de la labor incesante de
las hormigas, los horneros, las ardillas, los osos polares o los castores, que juntan alimentos o
almacenan grasas en verano para prepararse para el invierno. La vida tiende, siempre
infructuosamente, a perpetuarse. El ego humano es sólo una manifestación muy sofisticada
de este impulso vital básico y universal. Rechazar esta fuerza de vida no nos llevará nunca a
la paz de la meditación.

El esclavo del espacio-tiempo y el lenguaje

En el próximo capítulo veremos que la asombrosa capacidad del ego de anticipar el


futuro y recordar el pasado, se integra a otras no menos asombrosas creaciones humanas: la
imaginación y el lenguaje.
La integración de la noción de tiempo y el lenguaje brinda al ego la posibilidad inédita de
re-crear la realidad en forma mental. Al recordar el pasado, anticipar el futuro y organizar
todo este material mediante representaciones internas (imágenes y diálogos mentales) el ego
se convierte en un creador de mundos, lo cual le brinda una extraordinaria experiencia de
libertad y un poder antes impensable. Mediante estas capacidades integradas, el ego puede
trascender el momento presente y lanzarse hacia espacios imaginarios, soñar, crear futuros e
inventar realidades, pero también, a su compulsión favorita: imaginar problemas futuros
para crear posibles soluciones por anticipado. No podemos imaginar la historia de la
humanidad sin esta capacidad.
El único inconveniente de este extraordinario avance evolutivo, es que los seres humanos
no hemos desarrollado la capacidad de manejarlo a voluntad. Este asombroso artefacto (un
sistema neuro-psico-lingüístico que integra tiempo-espacio-lenguaje-imágenes y desde allí
crea realidades) carece de un interruptor. Debido a esta carencia, producida por el simple
hecho de que esta función está al servicio de la supervivencia (en cierto sentido los seres
humanos también dormimos de pie, estamos siempre alertas) la concepción espacio-
temporo-lingüística de la realidad se torna compulsiva, es decir, no podemos parar de hablar
(con otros o con nosotros mismos) ni de representarnos la realidad internamente. Esta
actividad recursiva, que no se detiene, nos mantiene tan abstraídos en nuestro mundo
mental que terminamos disociándonos del flujo de la vida, de nuestro cuerpo, de nuestra
respiración, es decir, perdemos la magia del instante, del aquí-ahora-transespacial-
transtemporal-translingúístico. Por este motivo el post-modernismo ha llegado a afirmar que
no existe realidad humana posible más allá del lenguaje. Nos hemos vuelto esclavos del
espacio-tiempo y del lenguaje. El instante eterno parece no estar más a nuestro alcance.
Lamentablemente, el post-modernismo extremo (del cual hasta el mismo Foucault ha
renegado), no ha hecho más que reforzar este paradigma, esta neurosis básica, esta matriz
colectiva aparentemente sin salida.
La consecuencia más inmediata de esta matriz colectiva es que fomenta y se sostiene
permanentemente en la disociación del cuerpo. Respiración-cuerpo-instante-presente
constituyen las llaves maestras para liberarnos de la compulsión a pensar, imaginar y hablar
permanentemente. Al mismo tiempo, fantasear y hablar compulsivamente son los canales
directos a la disociación.
En tanto habitantes de esta matriz, es comprensible que apenas nos sentemos a meditar,
el ego comience con su diálogo compulsivo habitual. Pero si en lugar de frustrarnos y
enojarnos con él nos detenemos a escucharlo, apreciaremos que todo su parloteo
aparentemente sin sentido está relacionado de una u otra forma con preocupaciones (es
decir, con algún tipo de desafío para su supervivencia física, emocional, mental o
“espiritual”): ¿podré pagar las cuentas?, ¿me seguirá queriendo esta persona?, ¿estará
conforme mi jefe?, ¿rendiré bien ese examen?, ¿me enfermaré?, ¿podré algún día tener
ahorros?, y si los tengo ¿están guardados en un lugar seguro?, ¿quién me cuidará cuando
llegue la vejez?, “¿seré o no seré?, ¿será correcta mi teoría?, ¿Será mi Dios el verdadero?, etc.
etc. El ego está, simplemente, cumpliendo con su tarea, la que la evolución le ha
encomendado a lo largo de milenios: recordar y anticipar problemas para prevenirlos, no
importa en qué plano de la realidad ocurran.
Enojarnos con el ego por esta razón sólo produce disociación, pues termina creando un
enemigo dentro de nosotros, y con un enemigo dentro no hay posibilidad de paz y quietud
en la mente. Cada vez que nos referimos al ego en forma agresiva o incluso despectiva, esta
disociación se torna más y más honda. Muchos caminos espirituales, tradicionales y
contemporáneos, caen en este grave error, y a pesar de sus buenas intenciones, terminan
generando un clima interno de desconfianza y auto-rechazo que para colmo se expresa
luego en las relaciones con otros. El maltrato interior, tarde o temprano, se manifiesta en
maltrato exterior. La violencia interna termina en violencia interpersonal. Todo esto le hace
poco bien a las personas y las sociedades, pues se convierte en una paranoia generalizada.
He denominado a esta concepción “el paradigma del mal”: la creencia en la existencia de
una maldad original de la que todos somos portadores. Este mal de proporciones cósmicas
es imposible de asumir y por lo tanto es proyectado en cualquier recipiente: el ego, los
comunistas, los ricos, los homosexuales, los cristianos, los musulmanes, los judíos, el rock and
rol, las brujas, o simplemente el otro con quien no estoy de acuerdo. Sabemos lo que este
paradigma ha causado en la humanidad. Cambiar el paradigma del mal (generador de
paranoia) por el paradigma del error (generador de compasión) constituye nuestro gran
desafío. Toda concepción espiritual que se base en un rechazo del ego y termine creando
esta división interior está fomentando esta fuente de sufrimiento humano a gran escala.
Y cuando expreso “concepciones espirituales que fomentan esta disociación”, no me
refiero sólo a aquellas que lo hacen de manera fundamentalista, explícita y grotesca, creando
demonios y enemigos por doquier. No me refiero sólo a esas concepciones anacrónicas que
hacen del camino espiritual una lucha sin cuartel contra el mal y que han desencadenado
movimientos históricos tan aberrantes como la “Santa Inquisición”, las “Guerras Santas” y
tantas otras formas de presunta “santidad” basadas en la violencia demencial, el terror y la
paranoia a escalas planetarias. Me refiero también a concepciones mucho más elegantes y
sutiles que se manifiestan con expresiones tales como “el único enemigo es uno mismo”, “el
camino espiritual consiste en vencerse a sí mismo”, “debemos ser guerreros contra el ego”,
etc. Sin duda que este llevar la mirada hacia adentro implica un enorme avance frente a la
locura fundamentalista y una postura espiritual mucho más sana. Sin embargo, es necesario
que demos un nuevo y trascendente paso evolutivo, y comprendamos que llevar el enemigo
de afuera a adentro, es mejor, pero no definitivo. Es mejor luchar contra nosotros mismos
que contra otros. Pero mucho mejor es dejar de luchar y comenzar a fluir en la energía
universal. Nuestra especie está en condiciones de comenzar a plantearse esta posibilidad. Es
nuestra responsabilidad reforzarla como conducta adaptativa generalizada hasta que se
convierta en un rasgo colectivo más. Esto puede llevar varios siglos, pero sus consecuencias
ameritan el esfuerzo.
Para ello, debemos estar muy atentos ante toda concepción que insinúe, grotesca o
sutilmente, la necesidad de la lucha y el combate como estrategia evolutiva. No importa si la
lucha es contra otros o contra nosotros mismos. El paradigma de la lucha sólo genera más
lucha. Es tiempo ya de que entendamos esto y nos libremos de esa modalidad de
pensamiento en forma definitiva. Nuestros estados mentales generan realidades materiales.
La guerra contra nosotros mismo genera guerra en el mundo.
Para alcanzar un verdadero estado de meditación profunda es necesario que todas las
estrategias del ego para defenderse de la angustia sean contempladas y abrazadas desde una
mirada compasiva. Sólo así el ego podrá ingresar en otra dimensión de comprensión. Allí
comenzará a integrar poco a poco la posibilidad de entender que existe un espacio de la
existencia en el que efectivamente tiene mucho trabajo por hacer: el de la supervivencia
física. Allí deberá trabajar y esforzarse, aprendiendo del pasado, previendo problemas
futuros y trabajando para mejorar la calidad de vida material, tanto personal como social,
cada día. Su trabajo de obrero existencial habrá de ser respetado, apreciado y honrado. Y
simultáneamente, el amor, la comprensión de sus condicionamientos ancestrales e infantiles
y el conocimiento espiritual (cambio de paradigma) le permitirán ir abriéndose hacia esa
dimensión de la existencia en la que no hay nada que hacer, nada que lograr, nada de qué
defenderse, tan sólo sentir y abrirse a la magnificencia del Universo en el eterno ahora. Sólo
así podrá ingresar en la Magia del Instante. Meditación es simplemente descanso, bienestar,
paz y serena alegría.
Teresa de Ávila expresa así la simpleza y la profundidad de este estado de consciencia, en
su bella oración:

“Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa.
La paciencia todo lo alcanza.
Dios no se muda.
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Sólo Dios basta”.

La misma confianza trascendente se puede apreciar en el célebre poema “Invictus”, del


poeta inglés William Ernest Henley:

Fuera de la noche que me cubre,


negra como el abismo de polo a polo,
agradezco a los dioses que puedan existir
por mi alma inconquistable.

En las feroces garras de las circunstancias


ni me he lamentado ni he llorado en voz alta.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza sangra, pero no se inclina.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
es inminente el horror de la sombra,
y sin embargo la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,


cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

Cuando el ego se asume como función de un Ser original infinitamente más vasto y sabio
y comienza a escucharlo, puede aprender a entrar y salir de estos dos mundos, a fin de
funcionar operativa y efectivamente en la existencia cotidiana y poder descansar en la
consciencia trascendente. Recién en el despertar del chakra coronario, se hace comprensible
la dimensión de la confianza básica que anticipábamos en el chakra raíz. Ambos polos se
reúnen.
Esto es imposible de lograr cuando una parte del ego (disfrazada de sabiduría espiritual)
se enfrenta al resto del ego y lo trata como a un enemigo. El Ser nunca se opone al ego.
Toda lucha interna es siempre entre partes disociadas del ego mismo. La meditación es la
fusión del ego con el Ser original, y esto sólo se logra mediante la comprensión y el amor.
Pero ¿qué precisamos comprender para alcanzar esta armonía?: los condicionamientos
filogenéticos (de la especie) y ontogenéticos (relativos al ser individual) del ego, sus
disfunciones, sus memorias traumáticas que le impiden relajarse y entregarse. Para ello es
necesaria la terapia, no las condenas.
Es preciso decirlo con toda claridad: así como la terapia no lleva a la iluminación, la
meditación no sana la neurosis. Es más, usada por un ego neurótico (y sólo en este caso)
puede convertirse en otra forma de disociación, de evasión de la realidad y por lo tanto
empeorar la enfermedad. Son necesarios ambos métodos. Sin esta comprensión, para
muchas personas la meditación es sólo una fantasía, una evasión, no una auténtica práctica
transformadora. Por ello es imprescindible el estudio del ego, pues sólo así podremos
sanarlo. No se puede sanar lo que no se conoce. No se puede conocer lo que no se ama.
Sin embargo, antes de internarnos en el estudio del ego, sus disfunciones, su patología y
su sombra, como síntesis de este capítulo, es fundamental que mantengamos siempre
presente todo lo que hemos expuesto acerca del Núcleo Primordial, pues esta memoria será
nuestro faro para orientarnos en nuestra tarea como terapeutas, coaches, counselors o
docentes.
El Núcleo Primordial encarna, como una verdadera memoria molecular, la información
cósmica que es nuestra mucho antes de que las experiencias traumáticas filogenéticas e
infantiles nos lleven a disociar nuestras capacidades básicas.
Esta memoria ancestral es nuestra conexión inmediata con el Universo, con la libertad,
con la trascendencia de todo límite circunstancial. Mantener viva la memoria de lo que
fuimos (y seguimos siendo) antes de que apareciera la patología, ilumina nuestro camino de
regreso a la Fuente, sobre todo en los momentos de mayor oscuridad y confusión. Cuando
digo antes, no lo hago en términos históricos. No se trata de que el Núcleo Primordial deje
de existir tras el desarrollo de lo patológico. Siempre está presente, esperando su
oportunidad para emerger ante cada chispazo de memoria. La luz está siempre ahí, sólo es
preciso abrir las ventanas para que entre.
El Núcleo Primordial es nuestra ancla, nuestro cable a tierra, nuestro faro y el viento que
nos posibilita el vuelo, todo al unísono. Sólo en la plena consciencia de este Núcleo
trascendente podemos asentarnos para dar el salto hacia la libertad, sobre todo cuando a
nuestro alrededor todo parece decir que no es posible, que no hay salida, que no tenemos
esperanzas.
Precisamente en los momentos de mayor oscuridad, es preciso recordar que el Núcleo
Primordial es un océano en el que no es preciso esforzarnos para mantenernos a flote (como
hace el ego) sino en el que podemos entregarnos a la profundidad (como hace el alma). Es
una puerta que después de haber empujado por mucho tiempo, descubrimos que se abría
hacia adentro.
Como trabajadores del desarrollo humano, es fundamental e indispensable que hayamos
alcanzado al menos a atisbar esta presencia universal y sagrada en nuestro propio interior, en
la Magia del Instante. Sólo desde esta propia experiencia podremos encontrar las fuerzas y la
confianza necesarias para internarnos en las dimensiones sombrías de la existencia junto a
nuestros consultantes, coachees o pacientes.
Atravesar la sombra no es una tarea que pueda hacerse desde un concepto teórico o
desde una creencia. Cuando el Ser llega a estas dimensiones sólo se sostiene en la experiencia
auténticamente vivida. Únicamente quien ha echado raíces en la vivencia directa de lo
sagrado en sí mismo, puede sostenerse y acompañar a otros en el viaje a las tinieblas.
Nuestra propia y personal experiencia del Núcleo Primordial, es decir del Flujo Universal,
latiendo en nuestros corazones, construye nuestra confianza, nuestra fe como terapeutas.
Mantengamos esto en mente al internarnos en la exploración del ego y sus
perturbaciones, y sobre todo, en nuestra práctica cotidiana.