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La amante infiel

De la infidelidad el hombre ha alimentado sus sueños y apetitos. La mujer


amada, ¡aunque de otro!, siempre es accesible por este furtivo medio. La literatura está
plagada de ejemplos como: Madame Bovary de Gustave Flauver, o Ana Karenina de
León Tolstoy. Pero hasta ahora no he leído en la literatura el caso que hoy me ha
acontecido. Los ejemplos que he nombrado son por supuesto obras magistrales de la
literatura universal. ¡Narran un tema vulgar!, el que una mujer casada le sea infiel a su
marido, pero su narración para nada es llana, por el contrario.

Pero mi caso no ha sido contemplado aún por la literatura, tal es mi suerte-desgracia…


No hace mucho que conocí a una atractiva mujer que convendré en llamarla Ana, para
evitar algún enojoso problema ulterior. Inmediatamente sentí que no le era del todo
indiferente, el trato se hizo cada vez más insinuante. Llegando a cierto punto la invité a
salir. Me dijo que no podía por estar ocupada. ¡Yo creí otra cosa! ¡Me dije! –te has
engañado, no le gustas-. Estaba desanimado y no hice por tratarla en un tiempo. Pero
ella se me acerco. ¡Y yo, ni tardo ni perezoso! Volví con nuevos arrestos sobre mis
primeras intenciones.

Todo iba bien, le mandaba mensajes a su celular que ella estratégicamente tardaba en
contestar, ¡pero siempre lo hacia! Cuando creí que definitivamente era un hecho que yo
le interesaba, fue hasta la semana pasada. ¡Ana fue quien tomó el partido por mandarme
un mensaje! Fue un lacónico -¡Hola!-.

Todos sabemos que un “hola” de una mujer, ¡tomando la iniciativa!, es devastador…


¡certero! ¡Yo estaba en verdad emocionado!, pero quise guardar la compostura, y
contestar con cierta indiferencia. ¡Es lo que se estila en estos casos! Hay que tardar
cuando menos una hora en contestar, y responder con ingenio y sin usar más letras que
las usadas por la dama. ¡Hay que desdeñar el favor dado como si fuera poca cosa, y se
arrojan suplicantes a tus pies! Eso es lo que dice todo sensato Don Juan. Yo actué un
poco más atropellado. No pude soportar ni cinco minutos en contestar, y de inmediato
mostré mi intención de salir con ella.

-¡Hola, como estas! Que gusto saber de ti, pero… ¿Por qué tan sucinta? ¿Por qué tanto
misterio? Yo… -Y el editor de texto no pudo dar más de sí, por lo que mandé el
mensaje cortado para terminarlo en un segundo-.

-Yo estoy bien, me preguntaba si quieres salir a un lado, ¿qué dices?

Extrañamente Ana no tardaría ni cinco minutos en contestar. La falta de estrategia y


desesperación ¡se notaba en ambos!

-Hoy tengo un concierto por la tarde, pero al terminar te mando un mensaje. –Ahora
sospecho que el único instrumento que sabe tocar es la trompeta del felatio, pero esto lo
explicaré más adelante-.

Cuando eran ya las doce de la noche empecé a sospechar que no mandaría el ansiado
mensaje. Así que en venganza y despecho le mandé uno. Esperaba cuando menos
despertarla, ¡ah!, pero mi mensaje no sólo era a deshoras, sino llena de picantes
alusiones sexuales… ¡de haber sabido!, en vez de alusiones hubiera hecho una
invitación.

-¡Y nos dieron las diez y las once, las doce… y desnudos al anochecer… bueno eso no
pasó, nunca me llegó su halagüeño mensaje.

Me fui a dormir, tuve un sueño profundo, me despertaron unas ganas terribles de orinar.
Y al regresar del baño note que el teléfono tenía un mensaje. ¡Era de Ana!, no me había
despertado el timbre del celular. Eran las 3:35 am y el mensaje era de las 12:30 am
Media hora después de que me fuera a dormir. Todo conspiraba contra mí, incluyendo
¡el indigno celular que nunca timbra como debiera! El mensaje era enigmático,
pareciera como si en vez de cancelar nuestro compromiso por la hora ¡harto
inconveniente!, esperaba que estuviera despierto, ¡y ante todo dispuesto!

-Disculpa, espero no haberte despertado, acabo de desocuparme.

¡Un poco por venganza!, ¡y otro tanto por legitima preocupación!, le mande un mensaje
para saber si había llegado con bien a casa. ¡A lo que me contesto!

-De hecho ya estaba dormida… llegué a la una a mi casa. Chao.

Me sentí aliviado. Una pequeña gratificación, ¡cuando menos la había despertado!,


¡ah!.. Además supe que había llegado con bien a su casa. Entonces me preguntaba
todavía con infantil ingenuidad, ¿en dónde podría un estudiante amateur de música tocar
hasta las 12:30 am? La respuesta es obvia, estaba tocando la trompeta de la felación. No
quiero ser obsceno, ni faltar al buen gusto… ¿Pero de qué otra forma se puede decir?

En esa mañana le mandé un mensaje como a las 11 am Curiosamente nunca me lo


contestó. Y de entonces no me ha vuelto a mandar mensaje alguno. Ya por la tarde
había perdido toda esperanza de que respondiera a mi invitación, por lo que mandé un
mensaje de reproche, ¡que tampoco me contestaría!

-¡Miénteme como siempre!, ¡por favor miénteme!, necesito creerte. Miénteme con un
be… bueno a Luís Miguel le mienten diferente que tú a mí… ¡eres culpable o no! –Por
supuesto, el indigno editor de texto no me dejó escribir mi epístola. La tuve que mandar
en dos partes-.

Desde entonces pasó una semana, en la cual no pudimos cruzar palabra. Pero presentía
que me estaba evadiendo. ¡Digo!, de verla diariamente a no verla ni un día, ¡es un
indicio muy claro!, pero entonces no lo vi. Y llegó el domingo, terminé con mis deberes
y se me ocurrió llamarle. ¡Pero quien contestó no fue Ana sino un hombre!

-¡Bueno!, disculpe… ¿Llamo al teléfono de Ana?

-¡Así es! –Me contestó la voz falseando en lo grave para parecer más imponente-.

-Me podría comunicar con ella. –No podía ocultar la intranquilidad y creciente
animosidad en mi voz-.

-¿Quién le busca? –Era una pregunta que de hito en hito se me hacia absurda responder.
¿No era ése el teléfono personal de Ana? ¿Cómo responder sin caer en la comedia, ¡en
un absurdo! protagonizado por dos desconocidos?-.

-¡Soy Adriel!, un amigo de Ana, ¿puede pasármela?

Él fue contundente, por fin mis dudas se aclararon, bueno, al menos parcialmente.
-¡Podría hacerme el favor de no molestarla!.. -Esto lo dijo falseando nuevamente la
voz-.

-¿Qué, usted es el novio?

-¡No!, ¡soy su amante! ¡Así que le exijo que no la moleste más!..

-¡Pero Ana nunca me dijo!.. ¿Qué autoridad cree usted tener?.., ¡le voy a partir su
madre!

Ya estaba indignado, y durante treinta segundos me dedique a lanzar desafíos de peleas.


Sentía mi orgullo herido, ¿quién se creía ese tipo?... ¿El amante oficial? ¿Existe tal cosa
como el amante oficial? ¿Qué derechos tiene un amante oficial? ¿Puede exigir la
fidelidad de su amante? ¡Ni Moliere podría haber pensado en una amante engañado! y
¡celoso! ¡Él engañador engañado! Bueno, no me consta que en un principio ella tuviera
un novio o marido, al cual le pusiera el cuerno con “su amante oficial”. Pero de no ser
así, ¿por qué el susodicho amante no era el novio formal?.. ¡Ser amante de alguien pero
guardando compromiso!.. Es cuando menos singular… cuando no del todo absurdo.

-¡Si quiere pelear!… ¡cuando quiera! -Respondió él a mis gritos, también fuera de sí-.

-¡Que Ana le diga donde buscarme!… ¡yo ya no tengo nada que hablar con usted!..
¡Cuando quiera nos partimos la madre!

-¡Pero usted no sabe quien soy!, no sabe con quien se esta metiendo. –Me dijo
tranquilizando su enojo, como para infundirme miedo con su seguridad.

-¡No sabes quien soy yo tampoco! –Tuve que responder con la misma inocua amenaza,
digo, ¿quién se cree?.. ¡Yo también puedo hacerme el gángster!-.

La señal del celular era mala, así que las amenazas tenían que interrumpirse para decir,
–¿bueno, está ahí?-. Para después seguir con el desafío, ambos hablábamos cortésmente
de cómo nos íbamos a romper la madre. Nos dirigimos en todo momento el uno al otro
de usted. Y las palabras altisonantes solo eran para referir el hecho que inevitablemente
pasaría. ¡Que nos partiríamos la madre! La recepción del celular era mala. Y muy
confusa la comunicación… Yo insistía en que me buscara, ¡en que estaba yo a su
disposición!… él de forma baga quería mejor pactar un lugar de encuentro. No nos
pudimos poner de acuerdo. ¡No sé si él colgó!, o finalmente la mala recepción del
celular dio por cortar la comunicación... ¡Pero nunca nos pusimos de acuerdo! Yo
todavía en mi furor mandé un mensaje al teléfono de Ana.

-Ana, ¡discúlpame por favor!.. No debí hacerme de palabras con tu pareja. Si él te pide
mi teléfono dáselo. Yo con mucho gusto me arreglo con él, ¡no te preocupes!, no pasará
de unos cuantos golpes para ambos… ¡bueno, me disculpo otra vez por importunarte!..
ya no lo haré más, que seas feliz. Adriel

El editor de texto, que no compartía la animosidad de mi temperamento, no me dejó


mandar ésta esquela en menos de tres mensajes… ¡Ana fue una aventura extraña!
Siendo justos, ¡la aventura aún no termina!, ¿Ella me dirigirá la palabra? Y
principalmente, ¿el amante engañado me buscara? Es divertido pensar en eso. ¿Qué
puede decir a su favor un amante que por definición coadyuva a la infidelidad?.. ¿Cuál
es su derecho, el mismo que ha pisoteado en otro hombre?... Balzac no retrata este caso
en la Comedia Humana. ¡El amante engañado!, ¡Celoso!.. ¡Insensato!. ¡Y ella!, una
libertina, que le pone cuernos al torero, ¡una nueva Carmen!.. Siempre buscando con
quien practicar su habilidad musical; ¡la trompeta del felatio!

Adriel

El poeta mezquino