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Glosas a « Materia Oscura » de Laura Giordani

por Leonardo Torres

Al emprender la lectura de « Materia Oscura » tenía cierta aprehensión frente a la


dificultad de abordar desde la poesía, un “tema « imposible »’ (como dice Eduardo
Milán en el bello prólogo) como el de la imposible niñez con que nuestras sociedades
dan la bienvenida a millones y millones de niños. De Laura conocía ya su empatía
profunda hacia la infancia y su lucidez rabiosa frente a la marcha del mundo y del
mundo de las letras. Conocía también la fuerza creadora de su lenguaje y su
exigencia, cosas que se ilustran en cada página de este libro. Pero dicha aprehensión,
me di cuenta desde el primer poema, parece ser también el punto de partida de
«Materia Oscura »: « llegar al poema como a una tierra minada de peligros » dice
Laura y eso desde las orillas donde el mundo «se desploma » y donde debe también
derrumbarse el lenguaje y emerger «el balbuceo ». Y nos advierte que cuando el
significado estalle « se verán los niños ». No es, entonces, el niño quien ‘solicita’ el
poema en su nombre, no son los buenos sentimientos ni la caridad que hacen
llamado a la palabra poética, sino que, a través de la búsqueda de un lenguaje para el
poema de hoy, el niño aparece como aquello que debemos decir antes que nada,
como el puntal del mundo al que se pretende nombrar.

A menudo, Laura Giordani vuelve a recordárnoslo: « esta palabra deberá volverse


contra sí misma » « deberá aprender a desaparecer », « no hay manera de
deletrearte », « las palabras son ejércitos en retirada »; el poeta debe « mendigar
vocablos para ti ». La poeta no escribe a ciegas: la desconfianza frente a la palabra,
sabedora de la ineficacia y de la inutilidad del poema frente a la realidad bruta, es de
rigor. Y es esta línea tendida, tensa, que mantiene el conjunto de poemas. Hay mucho
coraje en esta escritura que se sabe, de alguna manera, fracaso. Mucho coraje para ir
encontrando conforme la escritura avanza los territorios del dolor que recorre, los
« pozos ciegos » donde se acumulan « las calamidades » y ya « no hay cuerda ni
manos resistentes / para subir agua tan pesada ». Mucho valor para seguir
explorando hasta en los vertederos donde lo indecible se manifiesta, en una
« pulseada a muerte con la nada / que es tu poema », sabiendo, casi, que la esperanza
de « que nos atraviese de una vez / el alfiler remoto / de tu sangre » es una quimera.

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Podría decirse que los territorios que recorre « » son los territorios de una desolación
total, desvastados ya por completo pero donde continúa ocurriendo, ante nuestros
ojos diarios, un inagotable cataclismo, el de la infancia abandonada. Allí, todo es
(tomo palabras abriendo las páginas al azar) moribundo, « tardes sin pupitre »
« descalza orilla », intemperie, « hormigas indigentes », « clausura de los pechos »,
« peces arrebatados demasiado pronto al agua » y los pájaros « no tienen dónde
colgar su nido ». No es posible ir más allá de los límites purulentos de nuestro
entorno y es allí, donde Laura Giordani encuentra al niño, allí donde en ningún caso,
si el mundo respondiera al orden hipócrito-ético escrito en los textos que rigen sus
sociedades de la opulencia, un niño debería encontrarse. ¿Cómo callar entonces ?
¿cómo « arrancarse lo visto » ?

Creo que si Laura « llega » hasta ese niño, si no se queda en una simple visión
exterior y apiadada, si su viaje hacia ese otro que es el niño cobra consistencia y
acarrea con el lector pese a la conciencia de la que hablamos al comienzo, es porque
el libro está escrito por alguien que ha guardado las rodillas lastimadas de la
infancia. En estos poemas hay una mujer que se mira en su propia infancia y desde
ella constata la « cerrazón del mundo » donde hay otro niño que la mira, que nos
mira. En los últimos poemas de la parte intitulada « donde el mundo tiembla y se
desploma » tenemos la impresión de que ese niño central, omnipresente, se
desvanece un instante para dar paso a una reflexión de la poeta sobre su pasado.

Vertiginosamente una serie de imágenes aparecen cuyo fondo común es la


desagregación del mundo (una barcaza/ que expulsa polizones por los costados), el
instante de una fractura, el big bang donde se origina la diáspora en cuyas orillas
rotas vive Laura. Es en ese caminar ‘hollando el viento’, « sin sentir suelo bajo las
suelas » en el cual se opera una simbiosis entre el paisaje decrépito donde perece la
infancia de esos millones de otro y ese otro desamparado que es también la niña-
poeta.

Los recuerdos vienen « amarilleando/ bajo el cráneo ». Hay aquí un tropiezo, una
sacudida que nos devuelve a esa « lastimadura en las rodillas » y, de repente, el ‘tú’
que hasta ahora era el otro, se convierte en el ‘tú’ mismo de la poeta. Ella también ha
dejado atrás « el humo y el árbol » porque « de sien a sien estallaron / los pétalos en
la diáspora / del perfume, de la infancia », ha perdido lo que ahora sólo es nostalgia
o, mejor dicho, « dulce podredumbre en la espalda… pútrida dulcedumbre de las
palabras que no mueren del todo ». Ahora sabemos en qué orillas habita la poeta,
desde dónde escribe « tendida para perecer », un mundo irrecuperable donde las
manos siguen « golpeando las puertas de esa / inexistente / insuturable patria », la

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patria donde fue su infancia, donde se rompió su infancia, la misma patria que
excluye a miles de criaturas abandonadas a la mayor de las miserias, la misma patria
que fue capaz de traficar con los niños de sus víctimas.

Esta ‘fêlure’, esta grieta que presiento en Laura Giordani me parece fundamental
para entender «Materia Oscura ». Hay un terreno común para ambos ‘tú’, ambos
poseen ojos donde « se estampó el espanto ». Y pueden mirarse y la una puede decir
al otro o, como diría Chantal Maillard, hace de su « propio dolor la posibilidad del
dolor de los demás ».

El recuento sistemático (¿cómo evitarlo?) que tenemos en « el resplandor de la


indigencia », nos conduce a los lugares del cataclismo permanente, donde los pájaros
caen muertos del cielo y el cielo mismo se despeña y donde no puede haber un ‘dios
capaz de arrodillarse’ ante tanto horror porque « ¿A qué dioses aplacar con la sangre
de un niño o de un pájaro? ». Es tal el espanto al acercarse a estas realidades que en
un momento la poeta busca refugio en las palabras « para poder seguir amándote
mejor / desde el poema ». Aquí todo se viene abajo, el niño está en cada horror, es el
centro inexplicable de cada horror.

No por nada el conjunto se cierra con la parte « junto al pájaro derribado » en busca
de algo que pudiera servir de alivio, de bálsamo a través de « karuna » (esa ‘acción
que se emprende para disminuir el sufrimiento ajeno » como lo explica la poeta):
¿Será « la palabra abriendo sus costados / para abrigarte » ?, Laura Giordani, quien,
estoy seguro, no ha encontrado más alivio al escribir este libro, conoce muy bien la
respuesta y por ello conservará acaso hasta los últimos poemas la forma infinitiva
para interrogar(se/nos) frente a los « pedacitos rotos / del mundo ». No hay respuesta
sólo una trayectoria posible hacia la compasión (movimiento que se ejerce a lo largo
del libro) que confiesa, de algún modo, la impotencia de las palabras y nos devuelve
a nuestra condición primera, la de ser, antes y después del poema, un cuerpo
inmerso en este mundo y por ello aspirar a « sólo querer ser árbol para abrazarte ».

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