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HENRIK VON STRACHEN

La vida es dura para un campesino de las frías tierras de Goldar y más cuando
eres el séptimo hijo varón y el menor de once hermanos. Mis padres no sabían como
ingeniárselas para alimentar tantas bocas y realmente pasamos carencias hasta el día en
que el maestro herrero de Landhoff solucionó en parte los problemas de mi familia. Les
ofreció una importante suma de dinero a cambio de llevarme con él como aprendiz res-
ponsabilizándose de mi alimentación, cobijo y de hacer de mi un hombre de provecho.
Decía que tenía todo lo que necesitaba para llegar a ser un gran herrero: Dedicación,
constancia, unos brazos fuertes y una pasión desmesurada por el acero.

A menudo me reprendía por estar jugando con las armas que le ayudaba a forjar
y siempre que me perdía acudía a buscarme a los sitios donde los grandes señores se
batían en duelo o allí donde hubiese un alboroto o una buena pelea. Siempre acudía a
ver como las autoridades hacían frente a los rufianes hasta que uno de ellos hizo que mi
destino diese un nuevo giro. Me encontraba acompañando a mi señor maestro mientras
nos dirigíamos al mercado en busca de materiales y notó que alguien trasteaba en su
bolsa. Trató de hacerle frente allí mismo y plantarle cara, pero en ese momento com-
prendí que una cosa es conocer los secretos de la fabricación del acero y otra bien dife-
rente es saber utilizarlo eficazmente para defenderse o hacer daño. Aquel ladronzuelo
puso fin a su vida en solo dos tajos y ahí acabaron mis días de herrero.
Estaba sólo y perdido. Aún era un crio imberbe y no quería ser una carga para
los padres que se desprendieron de mí así que cogí mi muda, herramientas de trabajo y
también llevé conmigo a Lamento Invernal, el enorme mandoble que el maestro forjó
para el hijo que nunca tuvo. El hubiese preferido que la tuviese yo en lugar de que se
apropiara de ella cualquier gañan, así que la llevé conmigo. Vagué largo tiempo perdi-
do, intentando enrolarme en algún cuerpo de guardia para poder perseguir y dar caza a
los malhechores, pero las respuestas que encontré fueron siempre las mismas: Aún era
demasiado joven e inexperto, que volviera a intentarlo cuando llegase a la pubertad.

Decidido a no volver a ser una carga para nadie, traté de aprender a defenderme por mi
mismo y lo mejor que encontré para forjarme como un guerrero fueron las abundantes
compañías de mercenarios. Allí siempre había sitio para un joven mozo de cuadras, al-
guien que les preparase la comida y les llevase los bultos y siempre acudían a mí para
que les reparase las armaduras o las melladuras de sus armas. Cuando realmente aprendí
a combatir fue cuando conocí a Torgny Hoflund. Era del clan Baldisung, una aldea cer-
cana a mi lugar de nacimiento, y tenía tantas armas que al principio pensé que era un
contrabandista. Él decía que había que había que ser versátil y que nunca se sabía cual
era la herramienta apropiada en cada momento. Torgny no sólo me enseñó a combatir,
también me dio una serie de valores y normas de comportamiento para ser un buen nor-
niano y con él estuve hasta el día de hoy. Me dijo que ya le había enseñado lo suficiente,
que había llegado la hora de volar en solitario y probar mi valía. Quizás algún día vol-
vamos a encontrarnos pero mientras tanto he de recorrer mi propio camino.

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