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Epitafio de doña Rosa

Era viernes, por la tarde, pasaba un rato de las siete, cuando la nuera de don Andrés, la
mujer de Andresito -como su padre-, la amiga que fue de la hija del Sr. Pérez, dejó de
respirar.

El miércoles anterior nos llamaron de la residencia donde la cuidaban hacía ya tres años…
tres años en los que sus hijas iban y venían todos los días y sus nietos iban y venían
alguna tarde, alguna mañana y todos los santos, cumpleaños, navidades y aniversarios
recordables, incluso para dar un beso a la abuela antes de salir de veraneo.

Con sus noventa y cuatro años cumplidos, tenía el pelo plata y la cara con las arrugas
necesarias para merecer el grado de casi bisabuela que, por edad y dinastía, hacía ya
tiempo que podía detentar. Porque el grado de abuela ya lo obtuvo con sus cuarenta y
ocho y era de esperar que de su prole salieran ya los bisnietos que aún estaban por
llegar.

La abuela se casó pronto, joven, un catorce de abril, día de la República… Y un catorce de
abril fue cuando ingresó en el hospital, cuando sus eventuales cuidadoras le adivinaron
un malestar que nadie sospechaba pudiera ser el definitivo camino hacia su final. Entró
por el servicio de Urgencias y sus hijas fueron rápido a su encuentro. Los nietos fuimos
llegando, en sucesiva letanía, según nos iban llamando y según íbamos saliendo de los
trabajos. Nos juntamos todos en la sala de espera, esperando, esperando… y entre el
coro de voces y de conversaciones cruzadas sobre cómo está, qué noticias hay, qué os
han dicho, mi madre recordó que era el aniversario de boda de la abuela… “¿La abuela se
casó un catorce de abril?” –pregunté incrédula a mi madre. “¡Anda pues claro! Que
nosotros siempre hemos sido muy republicanos!” –apostilló mi madre, como si hubiera
sido una fecha elegida adrede, como si el día en que se hicieron aquella foto que hoy
cuelga sepia en el recibidor de mi casa, con el ramo racimo cayendo por su falda a los
tobillos y el coqueto de Andrés posando como el castigador cantante de los tangos que
tanto les gustaban bailar, hubiera sido seleccionado entre todo un repertorio de fechas
significativas.

Con esta fecha tan certera en la cabeza, ahora sí salían las cuentas: ¡la abuela estaba
embarazada cuando se casó!... De hecho, se le podrían adivinar los cinco meses de
gestación que escondía tras su vestido color crema, ahora sepia. Mi madre nació recién
empezado ese mes de agosto, cuatro meses después de su boda, tan llorada por su
suegra, tan celebrada por sus hermanos, los varones, más de ocho que fueron y que
estaban dispuestos a moler a palos a aquel señoritingo si no se hacía responsable de la
honra de una de las pequeñas de la familia.

Por lo que la abuela nos contaba, el abuelo, su marido Andrés, tenía los pies más bonitos
de la tierra. Cuando los más de cinco o más de diez pretendientes que rondaron a la
joven viuda en los años cincuenta, sesenta y décadas por venir, hacían su labor de
requiebro y galanteo para la conquista de la inconsolable Rosa, la madre de mi madre
siempre los rechazaba porque aún recordaba los pies de Andrés y tenía la certeza de no
encontrar nunca más nada mejor y más bonito. ¿Qué más prueba de amor incondicional

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pasados los años, incluso décadas? Los bonitos pies de mi abuelo irían en consonancia
con sus bonitos andares, que irían en armonía con su porte galante, que iría en
proporción con su estilo de señorito, hijo único, que se paseaba, guasón y firme,
encandilando a las jovencitas del barrio al que acababa de llegar. Mi abuela enseguida se
fijó en él; mi abuelo enseguida se fijó en ella y la juventud, la desmesura y el frenesí
hicieron el resto: la joven Rosa se casaba con el joven Andrés y estarían juntos los
siguientes dieciocho años. Tuvieron cuatro hijas, todo niñas. Una de ellas murió con
pocos meses. Las otras tres se convirtieron en el bastión, el baluarte en el que Rosa se
apoyó hasta el final de sus días, formando un cuarteto inseparable en los mejores y en
los peores tiempos. Las cuatro iban a bailar al Pasapoga de la Gran Vía y a decir de mis
tías, la viuda hasta hacía más conquistas que las solteras del grupo. Las cuatro se
recompusieron en la casa de alquiler donde vivían con don Andrés –que sobrevivió a su
hijo Andresito- para sacar el mísero negocio que les diera de mal comer en aquellos
tiempos de hambre y frío, con los pobres huéspedes que compartieron cocina y baño con
mis tías, con mi madre, con mi abuela y con los que, pasados los meses de convivencia
forzosa, incluso alguno pasó a formar parte del imaginario familiar (Juanita y Ricardo,
José Antonio Lestache y su madre, el Sr. Baldomero…)

Cuando mi madre apenas contaba con dieciséis años y su madre treinta y cuatro, un
sábado de buena mañana las dos jóvenes se asomaban al balcón para decir adiós al
padre, al marido, al abuelo Andrés. Se iba con prisa, aprovechando las últimas
penumbras de la noche que se marchaba y que anunciaba el día en que partía para no
volver. El lunes siguiente la guardia civil y la policía llamaban con urgencia a la puerta de
Rosa para preguntar por su marido. Mi abuela contestó que no sabía dónde había ido,
que salió con rumbo desconocido. Los dueños de la empresa donde trabajaba le habían
denunciado porque había desaparecido el dinero de la caja fuerte y esa mañana no se
había presentado en la oficina. Los detalles escabrosos de aquel supuesto desfalco nunca
nos fueron revelados. Es uno de esos secretos de familia que están aún por desvelar.
Turbias venganzas políticas, trampas, deudas de juego, engaños, malas compañías, malos
consejeros… Con o sin la connivencia de mi abuela, Andrés partió rumbo al desarraigo,
atravesando los Pirineos a pie hasta llegar a Francia desde donde buscó un lugar para la
reconciliación familiar: Guatemala sería el destino donde las cuatro mujeres de Andrés se
irían a reencontrar y a labrarse un nuevo futuro, lejos de lo vivido hasta entonces. Sin
embargo, cuando mi abuela andaba liada preparando pasaportes para ella y sus tres
hijas, Andrés tuvo la mala fortuna de morir, lejos, solo y sin la oportunidad del
reencuentro. Las cartas que se cruzaron entre Guatemala y Madrid en los meses, pocos
años en que Andrés preparaba el reencuentro, seguía rezumando amor, pasión, ganas.
Andrés siempre sería el hombre con los pies más bonitos de la tierra.

En la sala de urgencias, setenta y seis años después de que Andrés y Rosa se casaran, yo
dejaba volar la imaginación y, arrebatada con todas las películas vistas y los cuentos
oídos, fantaseaba con la idea de que Andrés hubiera venido por fin a llevarse a Rosa. Ya
entraba la medianoche y ya nos habían advertido de que pronto habría un desenlace
final. Pasamos por turnos a verla entre las camas de los enfermos urgentes, donde le
habían acomodado un hueco para el tránsito tranquilo. Cuando nos llegó el turno a mi
marido y a mí, pasamos delicadamente entre el dolor, la angustia y la enfermedad de
aquellos cuerpos hasta toparnos con la respiración agitada, la mirada entreabierta,

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entrecerrada y las pocas palabras que ya podía pronunciar mi abuela. Intentamos
tranquilizarla, pronto estaría fuera del hospital, estaba en buenas manos, con los mejores
médicos. Esbozó una mueca a modo de sonrisa desdentada entre la máscara con oxígeno
y entrecerró los ojos, cansada.

Todavía aguantó todo un largo jueves y comenzó aquel viernes dieciséis de abril. Con la
esperanza de que se sobrepusiera, yo andaba dudando si continuar trabajando, que tenía
mucho lío, y ya iría mañana a verla, o parar para ir a visitar a mi abuela al hospital. Por la
mañana había estado mi hermano y mi tía. Pronto se les unió mi madre y mi otra tía y,
cuando nadie me esperaba, yo llegué a las seis y media de la tarde. La abuela parecía
tranquila, dormida, ya no abría los ojos ni pronunciaba palabras, ni emitía ruidos… sólo
respiraba, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo… Pasado un rato, llegó mi padre;
pasado otro rato, mi madre salió de la habitación compartida con otra enferma y se fue a
la sala de espera con mi padre; mi tía salió a fumar y yo tomé el testigo de su mano
arrugada, siempre cogida por el que estaba al borde de su cama. Pasaba un rato de las
siete de la tarde y el movimiento de arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo… cesó. La
abuela ya no respiraba. La miré, la observé, me cercioré, le acaricié la cara, le acaricié la
mano, estuve un rato, poco, en silencio. Pretendí una despedida en ese momento, intuí
una complicidad en el adiós, sentí un profundo estremecimiento y salí corriendo a pedir
ayuda. En el control de enfermeras preguntaba ansiosa por un médico. En la puerta de
un ascensor, una doctora con bata blanca me interrogó: “¿Cuál es el problema?”… Me
sorprendí atropellada, entre sollozos, diciendo “¡Mi abuela, en la 3012, no respira!” Me
sujetó el hombro firmemente en señal de apoyo, en transmisión de fuerza, y salió
corriendo hacia la habitación, seguida de dos enfermeras. Yo seguí hasta la sala de espera
para buscar a mis padres e intenté prevenir a mi madre con la mirada al tiempo que
intentaba tranquilizarla, con poco éxito: “Mamá, algo pasa. La abuela parece que no
respira” Salimos corriendo de nuevo hacia la habitación, ya cerrada y con prohibición de
paso, hasta que pasadas las siete y media, salió la doctora para confirmarnos que la
abuela se había ido definitivamente, justo cuando venían sus otras dos hijas.

Lo que sucedió a continuación fue un cúmulo de burocracias necesarias, todas
merecedoras de un relato aparte, hasta el mismo responso que le dieron sobre la cama
del hospital, rodeada de sus tres hijas y de su nieta mayor. La elección de féretro, de sala
en el tanatorio, el coche fúnebre, quién va y quién viene en el coche, dónde va y a quién
deja, qué poner en los recordatorios, si inhumación o si incineración… todos los trámites
inevitables para el adiós definitivo hasta que sus restos, incinerados, fueron también
inhumados junto a su hermano Luis, su hermana Dolores y sus padres Valerio y Jacinta.

Llovía mucho el sábado de la incineración pero diluviaba con rabia el domingo del
entierro. Fuimos a la hora acordada a recoger las cenizas para depositarlas en la tumba
de sus padres, como era el anhelo de mi abuela. Se murió pensando que no había hueco
en aquella tumba compartida y hubo momentos de desconcierto cuando los funcionarios
nos pedían una decisión sobre el entierro. Mis dos tías, ambas viudas, ofrecían el hueco
entre sus maridos: Rosa disputada en el descanso eterno por sus difuntos yernos.
Finalmente, con unas cuantas diligencias informáticas se solucionó el entierro con sus
antepasados.

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La prole de Rosa, sus hijas, su yerno, sus nietos, las parejas de sus nietos y unos pocos
allegados más, diecisiete en total, acordamos ir a comer todos juntos después del
entierro. El sábado por la noche ya habíamos estado buscando y encontramos un
restaurante cerca de casa, cómodo, agradable, donde nos reservaban el hueco para el
gran grupo. Íbamos a comer, después del entierro, y lo iba a pagar la abuela, con los
escasos ahorros que dejó para repartir. Todas las ensaladas que no se comería, todos los
entrantes que no degustaría, todas las fabadas, los arroces, los consomés que no
probaría, todos los solomillos al punto con roquefort o pimienta y las lubinas que no
saborearía, todos los arroces blancos caseros y las cuajadas que no cataría, rodaron por
aquella larga mesa, unidos en el recuerdo a la abuela que se fue.

Sin embargo, lo más entrañable estaba por llegar. La hija pequeña de la abuela había
cumplido años unos días antes y, entre todos, previo a la súbita desaparición de la
abuela, habíamos previsto regalarle un ordenador portátil. Con esa lucidez que da respiro
entre el aturdimiento de los momentos difíciles, alguien dijo que aprovecháramos la
comida de después del entierro para darle el ordenador a la tía. Llegaron los postres y así
se hizo. Todos celebramos el regalo que llevaba, a su vez, otra sorpresa: una
presentación multimedia montada por mis primos para desearle mucha felicidad.
Pantalla a pantalla, imágenes y palabras deseaban a la tía lo mejor... seguían pasando las
imágenes y, ante la sorpresa de todos los que estábamos atentos a aquel carrusel, salió
un cartel: “¡Y aún hay otra sorpresa más!”… Todos interesados, vimos emerger una foto
de la pequeña de la familia junto con su novio y un cartel posterior que decía “¡Nos
casamos!”. Fue, sin duda, un enorme impacto porque nadie contaba con esa noticia,
habían montado esta sorpresa para toda la familia sin imaginar que estaríamos comiendo
en un restaurante después de enterrar a la abuela. Aplaudimos, lloramos, reímos, nos
abrazamos y pensé “¡la vida sigue!” ¿Qué mejor muestra de la inexorable continuidad de
la vida que celebrar un cumpleaños, un anuncio de boda y un entierro en la misma
comunión?

Con la boda de mis primos abrigamos la esperanza de la continuidad de la dinastía,
porque de los seis nietos de la abuela sólo la pequeña parece en disposición de poder
ofrecer persistencia a los genes que Rosa y Andrés depositaron en su progenie.

Ojalá de aquella relación entre Rosa y Andrés surja el que habrá de dar continuidad a su
historia, luz a sus sombras y amor, mucho amor a la familia a la que perteneció. Descanse
él, descanse ella en paz.

Octubre 2010

La nieta de doña Rosa

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