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El cuidador de los lémures

La casa en la costa

Aquella primera noche de sus vacaciones, cuando Susana se acercó hasta


la cuna donde habían acostado a la pequeña Eva para ver como estaba y
darle sus medicinas, una ráfaga de frío le recorrió el cuerpo al descubrir
que ésta estaba vacía. Alguien se había llevado a su bebé.

Habían ido a pasar las cortas vacaciones de aquel verano a una casa
alquilada en la costa. Allí, las aguas eran frías, las mañanas luminosas y
los atardeceres repentinos.

Hasta la casa habían llegado, poco después del mediodía, por una tortuosa
carretera que serpenteaba entre los acantilados y las pinadas hasta
terminar en un complejo de varios chalets de lujo y un pequeño hotel con
bastante encanto cuyas habitaciones se asomaban directamente al mar.

Les había acompañado su contacto en la agencia inmobiliaria local, una


lugareña amable, que les dio unas rápidas instrucciones y se esfumó con
prisas, probablemente para dirigirse a la Feria de Indianos que a
principios de septiembre se celebraba en aquel pueblo costero.

En la casa se habían encontrado a gusto desde el primer momento, quizás


porque en ella se sentían como los millonarios que les hubiera gustado ser
y sobretodo porque desde ella se disfrutaba de unas vistas al mar que
solamente podían permitirse una semana al año. Una distribución un tanto
estrafalaria y el exceso de escaleras que unían los tres distintos niveles les
habría desanimado a comprarla, en caso de haber tenido el suficiente
dinero. En cualquier caso, les había parecido un alojamiento ideal para
pasar sus primeras vacaciones con la niña.

Ahora, su hija pequeña había desaparecido y lo que probablemente no


sabía su raptor es que desde que Eva nació padecía una grave enfermedad
respiratoria. Si en cinco o seis horas no se le administraba la dosis de
medicina que ahora le tocaba, podría fallecer.

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II

El cuidador de los lémures

Conocieron al cuidador de los lémures una tarde del anterior mes de


junio. La familia, formada por una joven pareja y su hija pequeña, una
adorable criatura de aproximadamente tres meses, llamó la atención de
aquel muchacho sudamericano, probablemente chileno, que trabajaba en
la zona de los primates del parque zoológico.

El hábitat donde vivían los lémures recreaba con éxito la selva de


Madagascar y estaba formado por un laberinto de enormes rocas
coronadas por una espesa vegetación tropical entre la que se podía ver
saltar y retozar a su libre albedrío a los simpáticos animales. Tras una
visita guiada en la que el cuidador dio unas apresuradas explicaciones a
un grupo de visitantes que se habían congregado en la entrada unos
minutos antes, se dirigió a ellos ofreciéndose para hacerles una foto de
familia.

El cuidador, que se presentó como Charlie, les comentó que su mujer


estaba a punto de dar a luz, lémures a una niña, e inmediatamente se
estableció entre ellos un hilo de simpatía y solidaridad. En pocos minutos
habían intercambiado consejos sobre la logística y cuidado de bebés.
Charlie les mostró la ecografía que guardaba en su teléfono móvil y
fotografías de la hermosa habitación que ya tenían preparada para la
llegada de su pequeña. La habitación había sido preparada con mimo y
buen gusto, no se había escatimado en detalles. La cuna estaba
perfectamente equipada con sus chichoneras, edredoncito, móvil musical,
todo a juego con la lámpara y el resto de telas de la habitación.

La visita al zoo resultó ser muy entretenida ya que Charlie no solo les
contó la vida y milagros de los lémures sino que les llevó por pasadizos
autorizados únicamente a los trabajadores e incluso les permitió entrar en
la zona privada de los gorilas.

Se despidieron intercambiando sus datos de contacto y con la promesa


sincera de volverse a ver pronto. Se desearon toda la suerte del mundo
para el parto y todo lo venidero. Susana y Juan abandonaron el zoológico
con la sensación del que regresa de un safari y se dirigieron hacia su
pequeño ático con la intención de recuperar su rutina y las servidumbres
que ésta conlleva, tan necesarias para el bienestar de su bebé.

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III

Los golfistas

Los golfistas empezaron a aparecer alrededor de las ocho de la mañana,


cuando en el campo de golf todavía la hierba estaba cubierta por el fino
velo del rocío. Equipados con sus carritos y palos y vistiendo los más
variopintos atuendos, iban inundando el green de aquel cotizado campo a
orillas del mar y de las dunas. Recortándose sus siluetas al trasluz
ofrecían a posibles fotógrafos ocultos, si los hubiere, un sinnúmero de
oportunidades para hacer originales instantáneas artísticas.

En la cafetería, los más rezagados terminaban sus copiosos desayunos


mientras hablaban de negocios y de grandes ganancias conseguidas a
través de la construcción, la especulación y en general, de dinero fácil.

El tiempo acompañó todo el fin de semana a pesar de tratarse del primero


del mes de octubre. Los primeros signos de embarazo empezaban a
vislumbrarse en Susana, que al amparo del mismo, se justificaba a sí
misma cada vez que se levantaba para volver a ir al buffet a rellenar su
plato con auténticas bombas calóricas, cosa que no se había permitido en
años. A pesar de no ser un niño buscado, la ilusión empezaba a aflorar en
la pareja que había decidido pasar el fin de semana para celebrarlo en
aquel hotel de playa, famoso por su campo de golf, sus desayunos brunch
y su spa.

Después del desayuno se dirigieron hacia la playa, cruzando los jardines


del hotel y posteriormente avanzando por un camino de arena, vallado a
ambos lados con un encañizado, que atravesaba el campo de golf.
Mientras, los golfistas iban deslizándose por el campo, lanzaban sus
pelotas y hacían hoyos con más o menos destreza, algunos pausadamente
entre charla y charla, otros demasiado estresados para lo que uno piensa
que debe ser ese deporte. Susana y Juan se sentaron en la arena al final
del camino que desembocaba en la playa, desierta con la excepción de un
bañista a lo lejos y una madre que jugaba con sus dos hijas a unos pocos
pasos.

Fue entonces cuando casualmente oyeron una conversación que en


aquellos momentos les pareció banal y que varios meses más tarde tan
útil les sería. Una no tan joven jugadora de golf al otro lado de la valla se
había acercado a ellos para lanzar una pelota sin darse cuenta de su
cercanía. Hacía rato que mantendría una animada conversación con la

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otra jugadora acerca de una amiga común. Tras escucharlas, la joven
pareja reanudó su paseo, esta vez por las dunas y no le dio la menor
importancia. Meses más tarde, la noche de la desaparición de su hija, la
recordarían, súbitamente.

IV

El espectáculo de los delfines

Cuando Susana y Juan se quedaron a solas con su hija Eva en la que iba a
ser su residencia de vacaciones por una semana, buscaron rápidamente
sus bañadores y se zambulleron en la piscina sin perder un minuto.

Un poco más tarde, sin deshacer las maletas y en plena hora de la siesta,
se animaron a ir a un espectáculo de delfines que organizaba un acuario
cercano. Se diría que estaban dispuestos disfrutar de todos y cada uno de
los segundos de sus vacaciones, para compensar su corta duración.

Llegaron con bastante antelación y se situaron estratégicamente en un


extremo de las gradas por si tenían que salir corriendo en caso de que la
niña no aguantara mucho tiempo. Un animador entretenía a la multitud de
veraneantes allí concentrada y en los altavoces sonaba el hit del verano,
Waka Waka (Esto es África) de Shakira, a todo volumen. Susana bailaba
animadamente con la niña en brazos mientras Juan hacía pruebas con los
prismáticos intentando localizar rostros entre el público. Cuando el
espectáculo comenzó disfrutaron con los saltos de los delfines y
sorprendentemente con los de los entrenadores, que también se echaron
al agua y participaron en las acrobacias. Juan seguía el espectáculo con
sus prismáticos y de vez en cuando enfocaba al público de las gradas
opuestas y se divertía viendo las caras de asombro de niños y mayores.

De repente a Juan le pareció reconocer un rostro entre el público. ¿Era


posible que fuera él? Sí, con toda seguridad lo era. Charlie, el cuidador de
los lémures, estaba al otro lado de las gradas, con la que debía ser su
mujer. Le extrañó verles allí y sobretodo que no fueran con su bebé. Para
entonces ya debía de haber nacido y tener, por lo menos tres meses, y a
esa edad todavía cuesta mucho dejar a los bebés al cuidado de otros. Le
pasó apresuradamente los prismáticos a su mujer para que ésta le
corroborara que era él, pero ella no supo encontrarles. Cuando Juan quiso
volver a localizarles, no pudo. Habían desaparecido.

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V

La estampa familiar

Susana se estremeció y profirió el grito probablemente más desgarrado de


su vida. Juan no tardó ni quince segundos en aparecer por el quicio de la
puerta con los ojos desorbitados, como si se temiera lo peor. Una vez
constataron que la niña no se hubiera caído o salido de la cuna sino que
por fuerza tenía que habier sido robada, llamaron a la policía. En poco
menos de media hora se personaron una subinspectora y su ayudante.

Sacar conclusiones fue relativamente fácil para aquellos profesionales


después de que los compungidos padres relataran, atropelladamente y
entre sollozos, los hechos y las casualidades del día.

Susana y Juan relataron también la conversación que meses atrás


escucharan en el campo de golf y que ahora les vino de pronto a la
cabeza. La memoria a veces es tacaña pero otras, generosa. Aquella
jugadora de golf le había contado a su amiga que Paula, una conocida
común, le había confesado estar embarazada de tres meses. “Pobrecita”,
había dicho. “Ojala esta vez salga bien”, por lo visto el año anterior había
perdido a su bebé cuando solamente faltaban un par de semanas para dar
a luz. Esta vez, le había contado, se iría a pasar el embarazo con sus
padres a Chile y se dejaría temporalmente el trabajo para estar tranquila,
por lo que iban a pasar varios meses sin verla. Hasta que el bebé tuviera
unos cuantos meses y pudieran volar en avión no volverían a España. Su
marido se quedaría en España y esperaría a que volvieran ella y el bebé
ya que acababan de hacerle un contrato indefinido en el zoo. La otra
jugadora había dicho sorprenderse pues el día anterior había visto a Paula
y no le había notaba nada. “Qué envidia”, había comentado, “yo a los tres
meses ya me había puesto como una foca”.

Tras escucharles la subinspectora no tardó ni diez minutos en llamar a la


comisaría de su ciudad, que se encontraba a unas cuatro horas en coche
de allí y pidió que enviaran a un par de efectivos a la casa de los
sospechosos. Pidió también que fueran provistos de los medicamentos
que debía tomar la niña y tuvieran a punto las dosis prescritas.

Una hora más tarde los sospechosos aparcaban su coche familiar delante
del bloque de pisos donde vivían. En la sillita de auto para bebés que
habían instalado con precisión en la parte trasera del coche, iba la
pequeña Eva. Parecía dormida. Antes de bajarla, los provisionales

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cuidadores montaron de forma inexperta, tal como lo haría cualquier
pareja de padres primerizos, el cochecito y su capazo.

Justo entonces, los policías se acercaron discretamente y detuvieron a


Charlie y a su mujer, Paula, con todo el dolor en el alma, pues de no
haber sabido nada, se diría que los tres formaban una bonita estampa
familiar.

Como la mayoría de bebés, al cesar el ronroneo del motor del coche y


nada más rozar su cuerpecito para sacarla del coche y suministrarle su
medicina, la pequeña pegó un respingo y rompió a llorar
estruendosamente, reclamando comida o la presencia de sus padres,
probablemente ambas cosas a la vez.

Octubre de 2010

Firmado: Naoko-chan

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