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Las apariencias

Los ojos de la niña, de unos catorce años aproximadamente, se


apretaban contra las mejillas en pequeños espasmos provocando que, en
una pista lejana de su subconsciente gelatinoso, acariciase la sequedad que
se le iba formando en el lagrimal. Sentía como si algo estuviese anidando
entre el párpado y la pupila, los huevos de alguna gaviota o un avestruz,
que no serían abandonados por sus madres así como así. ¿De qué manera
habría llegado aquello hasta su ojo? Quizás fuese esa la gran diferencia
entre el ojo de Shaima y ese gran ojo que la miraba desde el cartel
anunciador situado frente a la tienda. El Gran Ojo nos mira. Ya, como si todo
lo que pudiese hacer una persona pasara por ahí, por esa pupila de cartón
mojado que se deshacía hasta que un trabajador de los seguros sociales
pasaba con un cubo y un cepillo a fijarlo de nuevo. En el reflejo de ese ojo
deberían tener cabida, pensaba ella, todas y cada una de las personas que
habitaban este planeta, con sus miserables o rimbombantes vidas. Desde la
sonrisa del cirujano plástico hasta el hastío del vendedor de frutos secos de
la esquina. Todo, salvo una cosa, la piedrecita que gobernaba ahora el
minúsculo ojo de Shaima, impidiéndola abrirlo demasiado. Llamó a la tía, tal
vez ella pudiese ver algo ahí dentro, aunque ninguna de las dos llegaría a
imaginar la importancia de aquella legaña en sus vidas.

- Oh, preciosa, apenas podré ver nada si no abres un poquitín el


párpado. ¿O quieres formarte una herida ahí dentro?

- Apenas puedo. Siento el ojo como una corteza de abedul.

- Oh, vamos, enséñale a la tía lo que tienes ahí y te buscaré un


remedio. A ver…

La tía Angie pegó un pellizco al párpado de Shaima al mismo tiempo


que lo despegaba de su retina, soplando un viento suave dentro de él que
hizo que a ella le inundase una sensación de frescor, aunque fuese como
una ventisca que desplazase todas las cosas de lugar, incluso el mismo
frescor, y nada pudiese quedar fijado después de ella, resultando un
remedio pasajero. La tía cardaba el comienzo de sus frases con un “Oh” tan
largo y hueco como el túnel que atravesaban viniendo de Memphis por
carretera. Daba un cariz arquitectónico a la atención que ella dedicaba a
todos aquellos que rondaban a su alrededor. Era una buena feligresa, en
palabras de su madre; las de su padre, abofeteaban tan fuerte a la tía Angie
que Shaima creía que un día las paredes que separaban ambas casas no
serían suficientes, y la tía entraría con ganas de ver ardiendo la figura
estoica de su padre, mientras este se enfrascaba en uno de sus discursos
acerca de la falsa benevolencia de los cristianos y sus intereses encubiertos.
A la chica le parecía que la tía y toda su parafernalia solidaria con los más
desfavorecidos le venía bien al barrio, aunque sobre todo resultaba
beneficiosa a la tía, ya que llegaba a otorgarle el estatus propio de una
Teresa de Calcuta en miniatura dentro de Nashville. Negros, gitanos,
musulmanes, parados, enfermos –a menudo uno entraba casi sin querer en
alguna de las celdas de esa gran red para pescado-, todo aquel que tuviera
algo que rascar a los asuntos sociales del país, era bienvenido en los brazos
de tía Angie.

- Oh, creo que te veo la herida que eso te ha formado.

Cada vez que el ojo se cerraba, costaba inmensidad abrirlo de nuevo.


Era una especie de quemazón y sequedad, lo único que había quedado
después de la ventisca. Seguramente necesitaría ponerse unas pomadas y
tomar alguna que otra pastilla para la infección (según habían diagnosticado
las palabras de la tía). No sabía muy bien lo que era ponerse enferma, pero
recordaba la última vez que tuvo el papiloma en el pié. No pudo andar en
unos días largos, que se estiraron despanzurrados de aburrimiento en el
sillón de su casa con el televisor dando sus crónicas de después de comer.
Le resultaba gracioso ver todas esas personas discutiendo acaloradamente
por algo que otra había hecho. A veces, se trataba de la adicción a la
cocaína de una de ellas, aunque no siempre aquel de quien hablaban acudía
al programa; otras del sobrepeso inminente de una persona de unos
sesenta kilos, o de la bulimia de una adolescente que aparecía con la cara
tapada, con el fin de que nadie la descubriese en un plató al que la gente va
por placer y aparentemente todos parecen encontrarse bastante a gusto en
él; también recordaría haber visto un especial sobre la infidelidad en el
matrimonio, cosa que brotaba por la sociedad, pensaba Shaima, tan rápido
que algún día llegaría hasta la valla de la casa de Lorrie, la primera del
pueblo, la tumbaría y proseguiría su camino triunfante hasta la dulce
morada de sus padres. ¿Qué haría entonces?, se preguntaba a veces, como
si hubiese dejado a la duda crecer dentro de los matorrales de su jardín, y
ahora volviese de un aciago letargo para repiquetear de nuevo a su puerta.
El papiloma le otorgó el contacto con una realidad que, de otra forma, no
habría conocido. Menos mal que esas personas estaban ahí, presentadores,
periodistas, representantes, todo el día con sus apuntes que apenas
miraban, largando improperios unos contra otros y contra todo en general.
Ellos sabrían qué hacer cuando la infidelidad llegase a su puerta, o al menos
tendrían la decencia de darle sus quince minutos de gloria…

La tía resolvió lavarse bien el ojo y acudir a la consulta del doctor


Preminger, el médico alemán del pueblo, el cual vivía en una casa de
apenas dos alturas y decorada al estilo alemán, con tejados negros e
inclinados para un mejor desagüe de la lluvia y una fina capa de haya
cubriendo cada una de sus paredes. Con el agua, Shaima notó que la
sequedad disminuía y la piedra imaginaria que tenía encerrada ahí dentro
se disolvía, aunque no terminara de irse por completo. Papá estaba
cuidando a los caballos, cepillándoles, rascándoles el lomo, mimándoles
como si fueran la única herencia que dejaría en este mundo, mientras
mamá estaba en la oficina, con miles de cables de teléfonos, de fax, de
fotocopiadoras colgándole de las orejas, al menos así era como ella lo
imaginaba. La rutina se había hecho una brecha con aquel incidente nimio
al parecer, pero tan lleno de importancia, y Shaima ahora caía en la cuenta
de la cotidianeidad de sus días, estudiando en casa con la sola compañía de
tía Angie un tabique más allá.

De camino a la consulta divisaron una manifestación en la plaza de la


casa del pueblo, un bulto de personas que se movían sin variar sus
posiciones sobre el terreno, burbujeando como la salsa de tomate que
mamá le ponía a la pasta. Todas esas pancartas, pensó Shaima, alargaban
las manos de los manifestantes hacia la infinidad del aire y les hacían
parecer graciosos, con sus demandas gritadas tan educadamente a coro.
Shaima pensaba que debía haber un sitio en el todas esas personas
pudiesen ver al alcalde personalmente, que todas ellas deberían tener sus
dorados quince minutos para pedir lo que se les antojara. Fabricar todas
aquellas pancartas, junto con los carteles y los vestidos (rojo, azul y verde
chillones) les habría llevado un montón de tiempo; pequeñas armas de
destrucción panfletaria, pensó, e imaginó, sin saber muy bien por qué, los
labios de papá, cuando hablaba con la determinación acostumbrada,
plegando y desplegando sus bigotes como un acordeón implacable. A
menudo, cuando parloteaba sobre la tía Angie, llegaba un momento en el
que Shaima sólo podía prestar atención a sus labios y su bigote. Era como si
su campo de visión quedara tan reducido que no pudiese dar cabida a nada
ni nadie más. Llegado ese momento, las palabras que papá pronunciaban
arreciaban desde coordenadas completamente distintas, formando frases
que Shaima no podía atender o que no podían ser atendidas en su total
comprensión, puesto que toda su atención estaba dedicada a observar los
bigotes de papá.

La tía Angie tenía algo de buena feligresa. Si no, ¿qué le habría hecho
para la aspiradora y acompañar a su sobrina al médico? Ella sabía que para
tía Angie la hora de la aspiradora suponía un trabajo detestable, y por ello
una vez que se ponía a ello, le gustaba acabarlo lo más rápidamente
posible, para dedicarse así a una de las cosas que más le gustaban, tocar el
clarinete en el estudio de la azotea.

Las paredes de la casa resultaban insuficientes para que tía Angie no


escuchara los improperios constantes que papá le dedicaba. Tal vez la
actitud estoica de su padre no fuese tan estoica como parecía, sino que era
la tía la que verdaderamente enarbolaba los valores de Cicerón y compañía,
cuajando por completo con la actitud de buena feligresa que tenía,
ineludiblemente para Shaima, la tía. La estructura de una casa se suponía
que debía de ser compacta, pero en la suya se podía ver la radiografía de
ladrillos que supuestamente tenían que estar escondidos o disimulados por
una capa de pintura o algo parecido. Los ladrillos sólo se veían a ráfagas, e
incluso habían dotado a la casa de un aspecto rural a semejanza de ciertos
apartamentos de Nueva York, según la opinión de su madre. Una mezcla de
originalidad y desgana, pensaba Shaima, aunque la opinión de su padre,
sino la más coherente, sí parecía ser la única de las tres que pretendía dar
algún tipo de solución al asunto: “De momento, no podemos permitírnoslo”.
Al llegar a la consulta, tuvieron que esperar un buen rato en una sala
azul a la que daban las diferentes consultas de los distintos médicos.
Entonces pasó algo que Shaima no pudo olvidar en semanas: un niño, el
cual venía acompañado de su madre, estaba tumbado jugando con un cubo
de Rubick que, según sabría Shaima después de preguntárselo a la madre
del niño a la salida de las oficinas, había comprado esa misma tarde antes
de ir a la consulta de otro doctor diferente al doctor Preminger, y que el niño
aseguraba haber comprado en la tienda de los tabiques finos, justo frente al
cartel del Gran ojo en el que se asegura que lo ve todo. El niño, tumbado
como estaba en el suelo mientras jugaba, advirtió a Shaima y caminó hacia
ella, y una vez que se encontraba frente a ella, con mucho desparpajo, sacó
una libreta que tenía en el bolsillo, invitándola sin mediar palabra alguna a
jugar al juego del ahorcado. El niño se reservó la primera palabra,
realizando diez rayas en el papel y dibujando lo que pretendía ser una horca
bastante ramplona. Shaima aceptó tácitamente el juego y comenzó
probando con la l, a lo que el niño respondió dibujando la cabeza del
muñequito; después probó con la c, letra que aparecía en el tercer lugar
contando desde la derecha, cosa que animó a Shaima a probar con la d, a lo
que el niño reaccionó dibujando el fino estómago del muñeco. Tras esos
intentos pensó que era mejor asegurar las vocales y probó fortuna con la e,
de las que había una en los puestos de en medio. Tras esa pequeña victoria,
probó fortuna con la p, que no se hallaba en ningún lugar de la palabra,
quedando el muñequito con cabeza, estómago y una pierna, una figura
mínima, prometeica, que se iba originando de la mina arcillosa del lapicero.
Shaima estudió los huecos que faltaban por rellenar, quedando una palabra
con ocho espacios y dos letras, y un muñeco con cabeza, estómago y
pierna. Tenía tres intentos para dar con aquella palabra, ____e_c__. El niño
pasaba los momentos en los que Shaima hacía todas esas cuentas
dibujándole bigotes y patillas al muñeco, hinchando su estómago, doblando
la línea que en un principio había sido sus piernas, con el fin de que así el
muñeco pareciese más real a los ojos del niño, y por consiguiente, a los ojos
de Shaima. Probó con la n, y halló una. Luego la s, que hizo que el muñeco
alargase su otra pierna, que el niño tardó poco tiempo en engrosar bajo
unos pantalones que parecían los pantalones vaqueros de cualquier
granjero de la comarca. Shaima dudó un instante de sus propias
capacidades para resolver aquel vocablo, aunque acabó probando suerte
con la a, letra que no sabía por qué no se la había ocurrido antes, y halló
dos, la primera y la última letra y la tercera. Pudo resolver la palabra,
puesto que ya la sabía, pero, como el muñeco todavía estaba desprovisto de
sus dos brazos, probó con la p, y encontró una en segundo lugar. La palabra
era “apariencia”, a lo que el niño alzó la vista del cuaderno que se hallaba
en los muslos de Shaima y la miró sonriente, alegrándose por ella y en parte
mostrando que había sido descubierto.

La consulta con el doctor fue rápida, y pudieron comprobar que el


tiempo dedicado a los pacientes por parte de los doctores era siempre el
mínimo posible, de diez a quince minutos, no sabían si por la desgana del
propio doctor o por el numeroso número de pacientes que correspondían a
cada doctor. El tratamiento consistía en una crema con la que tenía que
cubrir su mirada después de levantarse y antes de acostarse, y un colirio
que darle a su ojo cada ocho horas. El médico preguntó por papá a tía
Angie, cosa que extrañaba a Shaima, y la tía contestó que lo mismo de
siempre, Fred continuaba cuidando sus caballos como lo más preciado que
existiese en este planeta, dedicándoles tantas atenciones que a menudo su
mujer se sentía celosa, a lo que el doctor, pese a ser alemán y tener nombre
de director serio de cine, rió a carcajada limpia, primero sólo y luego
seguido de tía Angie, cosa que a Shaima le pareció vulgar o miserable,
como si estuviesen hablando mal de un amigo que ella apreciaba mucho. Al
llegar a casa, y después de preguntarle a la madre del niño de dónde había
sacado aquel cubo de rubik que a ella le resultaba tan familiar, escuchó una
conversación entre su padre y su tía que luego preferiría no haber
escuchado nunca. Ella había dado en el cuarto de la caldera tras perseguir
su vieja pelota de goma por todo el jardín (era una de esas pelotas que
daban botes infinitamente y no estaban quietas), y pudo escuchar y ver a
través de otra puerta de que disponía el cuarto y que daba justamente al
salón, a su padre y su tía Angie, que había pasado a ver si calentaba una
sopa en el microondas, ya que el suyo se había vuelto a estropear. A
Shaima le pareció escuchar diferentes palabras de cariño pronunciadas por
su padre, mezcladas con unos gemidos gatunos, salidos de una voz que no
podía pertenecer al mismo hombre que se sentaba en la mesa frente a ella
y que pronunciaba palabras tan tajantes sobre tía Angie. ¿Cómo podían
verterse en la misma persona dos lenguajes tan diferentes y contrarios?
Comenzó a echarle la culpa a los tabiques, siempre tan finos y enclenques,
de los que temía que un día pudieran caerse y dejar vía libre para todo
aquello que quisiera irrumpir en su dulce morada. El soplo de aquellas
palabras, pronunciadas a través de la cerradura de la puerta, es lo único
que podía alcanzar a percibir, pero le fue suficiente para vislumbrar los finos
engranajes con los que estaba construida la vida, tan débiles que no podían
sostenerse a todos los vaivenes o seducciones que soplaban desde las
cuatro coordenadas para llevársela de su lado.

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