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LA TEOLOGÍA DE NEWTON Guillermo Boido
Facultad de Ciencias Exactas y Naturales Universidad de Buenos Aires

Introducción Se ha vuelto hoy un lugar común admitir que, a pleno derecho, los estudios alquímicos y teológicos de Newton, que lo vinculan con el hermetismo y el neoplatonismo, desempeñaron un papel crucial en su vida y su obra, e incluso que, al menos durante prolongados períodos, superaron grandemente en interés a los de carácter matemático, óptico o mecánico. Subsiste, sin embargo, el problema de decidir cuál habría de ser la importancia de tales estudios newtonianos para la historia de la ciencia. Como es bien sabido, los físicos del siglo XVIII eliminaron todo vestigio de aquellos intereses en su valoración de Newton, extrayendo de los Principia o de la Optica cuanto convenía a su temperamento mecanicista y transfiriendo el resto a un cajón que, a lo sumo, podría interesar solamente a filósofos y teólogos. A la muerte de Newton, sus manuscritos “no científicos” pasaron a poder de su familia, con la recomendación de la Royal Society, que no quiso adquirirlos, de que no fueran dados a conocer públicamente. Y es verosímil la anécdota según la cual Samuel Horsley, encargado a fines del siglo XVIII de reunir su Obra completa, halló en un baúl cartas y manuscritos de Newton de ese tenor y, escandalizado, los declaró no aptos para su publicación. En cuanto al mayor biógrafo de Newton del siglo XIX, David Brewster, habló acerca de ellos como de “poesía alquímica desprecible” y llamó a los autores a los que aludía Newton “insensatos y rufianes”. En el siglo XX, difundida gran parte de tales escritos, la actitud de los historiadores hacia ellos se ha orientado en tres direcciones: [a] declararlos como una suerte de afición personal de Newton, no muy distinta de la filatelia, sin interés para la historia de la ciencia; [b] entenderlos, en el caso de sus intereses por la alquimia, como una anticipación de alguna teoría atómica contemporánea (se ha mencionado a Rutherford y a Bohr); [c] incluirlos como fondo documental de un estudio contextualizado, no anacrónico, para decidir si es posible hallar en ellos, por caso, la génesis de nociones incorporadas luego a sus teorías ópticas o mecánicas. Las dos primeras alternativas parecen ser perfectamente descartables. Expresa, la una, un resabio de la concepción positivista y whig según la cual sólo ha de interesar del pasado aquello que con el tiempo ha venido a conformar la ciencia actual. La otra, por su parte, resulta de una aplicación forzada y dogmática de algún criterio de racionalidad actual y supone una reconstrucción que, aunque pueda ser de utilidad para los filósofos de la ciencia, carece de interés para los historiadores. La tercera, por el contrario, es absolutamente legítima, y ha sido adoptada, por ejemplo, por el mayor experto en Newton del siglo XX, el recientemente fallecido Richard Westfall (Never at rest, 1980) y por todos aquellos que han decidido prestar atención a la eventual incidencia del hermetismo en los orígenes de la ciencia moderna. Curioso fue, por tanto, el destino de la obra de Newton: las imágenes pospositivistas de Copérnico, Galileo o Descartes difieren en mucho de aquellas aceptadas en el siglo XIX, pero ello se ha debido, esencialmente, a cambios de perspectivas historiográficas; en el caso de Newton, además, debemos asimilar ahora los millones de palabras escritas por él en textos inéditos y sólo dadas a conocer gradualmente a partir de la segunda posguerra.

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El contexto histórico Entre la revolución puritana de 1640 y la restauración monárquica de 1660, Inglaterra vivió una serie de conflictos políticos (que incluyeron una guerra civil, la decapitación de un rey y la dictadura de Cromwell) que en modo alguno se pueden desvincular de episodios religiosos. El aumento de los conocimientos fue entendido como un signo providencial de que el fin de la historia se acercaba, y muchos pensadores, en la huella de Bacon, creyeron estar colaborando con la obra de Dios al explorar los secretos de la naturaleza y producir “conocimiento útil”. Por su parte, sectas radicales puritanas pretendían, y lo expresaban por medio de la agitación social, quitar status institucional a la Iglesia, abolir los impuestos, equiparar los derechos de hombres y mujeres, redistribuir los bienes e instaurar la libertad sexual. La ideología religiosa que servía de trasfondo a este radicalismo, de origen hermético, negaba la trascendencia de Dios y hacía a éste partícipe de la naturaleza, identificándolo incluso, al modo panteísta, con ella misma. Con la Restauración de 1660 y el fracaso del proyecto puritano extremista, la “filosofía experimental” de Boyle y otros fundadores de la Royal Society se orientó en lo religioso hacia un moderado anglicanismo liberal. Era necesario combatir el ateísmo y el inmanentismo de los puritanos reformistas, asunto político de primer nivel. En lo cosmológico, Boyle adoptó lo que podríamos llamar un “corpuscularismo cristiano”, según el cual la búsqueda del orden en la naturaleza es una suerte de corroboración experimental de la providencia divina. El mileranismo, al menos desde Bacon en adelante, había resultado ser una de las motivaciones para la práctica de la investigación científica en Inglaterra. En la expectativa milenarista se encontraba la esperanza de la recuperación del conocimiento perdido por Adán y Eva por la Caída. Pero ahora, luego de la Restauración, Henry More proponía que el milenio fuese aguardado y promovido por un mejoramiento espiritual antes que por la actividad política. En el caso de Newton (en la huella de Boyle) se trataba de hallar una solución de compromiso entre el repudio hacia una concepción mágica de la naturaleza (conducente al panteísmo) y la adopción de un mecanicismo (a la Descartes o Hobbes) peligrosamente lindante con el ateísmo. Newton creyó hallarla en el neoplatonismo cristiano de More: el cartesianismo es insuficiente para explicar el andar del universo; debemos aceptar, a la vez, la existencia de principios activos espirituales, emanados de Dios. No es aventurado afirmar que, a lo largo de su vida, los esfuerzos científicos de Newton para discernir las leyes operativas de la naturaleza se dirigían casi de forma exclusiva al conocimiento de Dios. Sus creencias religiosas lo animaron a perseguir la eficacia divina en cada aspecto del orden natural. En consecuencia, para Newton, como lo ha destacado recientemente David Noble en su notable libro La religión de la tecnología, descifrar la lógica oculta del universo era no sólo comprender la mente del Creador sino también identificarse con ella. Como afirmaba Bacon en la Nueva Atlántida, algún día los hombres serían como dioses: “la meta final no declarada (decía Lewis Mumford) de la ciencia moderna”. Como la parte visible de un iceberg, algunas de las inquietudes teológicas de Newton aparecen en su obra publicada, en el Escolio general de la segunda edición de los Principia y sobre todo en las 31 cuestiones de la segunda edición inglesa de la Óptica (1717), que remiten a las limitaciones del mecanicismo cartesiano, a consideraciones

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alquímicas y atomísticas, a las vinculaciones entre la filosofía natural y la filosofía moral, a la relación de Dios con el hombre y el mundo. Resulta claro, en particular, que Newton incursiona en la metafísica de Descartes para condenarla, del mismo modo en que antes había hecho lo propio con el plenum cartesiano y sus torbellinos. A Newton le repugna el dualismo materia-espíritu porque a su juicio conduce al materialismo ateo y lo legitima. Rechaza el concepto de naturaleza de Descartes, y allí donde Descartes afirma acerca de la materia que “los diversos cambios que deberán darse en sus partes no podrán atribuirse a la acción de Dios [....] sino que se atribuirán a la naturaleza”, Newton replica que “toda la diversidad de las cosas, ordenada según los lugares y los tiempos, solamente puede nacer de las ideas y de la voluntad de un ente necesariamente existente” (citado por Mamiani 1995, 29). El Dios de Newton toma parte activa en el andar del universo o bien, si se quiere decirlo con palabras un tanto impresionantes de Paolo Rossi, Dios forma parte de la física de Newton. Para Newton, se trataba de hallar una solución de compromiso entre el repudio hacia una concepción mágica e incluso panteísta de la naturaleza y la adopción de un mecanicismo (a la Descartes o Hobbes) peligrosamente lindante con el ateísmo. Creyó hallarla en el neoplatonismo cristiano de Henry More: el mecanicismo es insuficiente para explicar el andar del universo; debemos aceptar, a la vez, la existencia de fuerzas o principios activos espirituales, emanados de Dios. La trascendencia del Dios de Newton, en la huella de More, no es una trascendencia absoluta, una suerte de abismo entre Dios y el mundo que sólo Dios puede franquear, sino que es posible concebir un puente entre el Creador y lo creado, de tal modo que Dios participa del mundo sin identificarse con él. Newton tratará de mantener distancia, por igual, del “Dios ausente” de Descartes, y a la vez de la inmanencia divina del puritanismo extremista, de carácter naturalista, conducente al panteísmo. En lo que respecta a las relaciones de Dios con el mundo, Newton adopta por tanto lo que podríamos llamar un trascendentalismo moderado. A juicio de Newton, las carencias del sistema del mundo que presenta en los Principia, su incompletitud, demuestra que el orden de la naturaleza no puede ser atribuido solamente a la materia en movimiento, y surge necesariamente del designio de una entidad superior, todopoderosa, Dios. Explícitamente, Newton lo afirma en la más sorprendente de la cuestiones que aborda en la Óptica: “No es filosófico [...] pretender que [el mundo] puede haber surgido del caos por medio de las simples leyes de la naturaleza”. Esta afirmación es coherente con las concepciones religiosas de Newton, que ignoran las ficciones [sic] de la filosofía griega y abrevan en una prisca sapientia veterotestamentaria según la cual Dios es una suerte de Rey, cuya presencia real en el universo, a diferencia de la deidad cartesiana, le permite ejercer el dominio sobre el mundo natural. Para Newton, la ciencia se ocupa a pleno derecho de Dios, y los descubrimientos científicos tienen, entre otras, implicaciones religiosas: “Compete a la filosofía natural”, escribe, “tratar acerca de Él a partir de la apariencia de las cosas”. Las profecías Newton dejó como testimonio más de un millón de palabras acerca de sus investigaciones en el campo religioso, entre ellas las que corresponden a un Tratado sobre el Apocalipsis. En la introducción, encontramos palabras que dejan traslucir una labor compleja. Newton se sentía moralmente obligado a comunicar el verdadero significado de las profecías. Durante siglos las profecías de Daniel habían estado envueltas en la oscuridad; ¿no había ocurrido lo

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mismo con la causa de los colores y con las leyes del universo? Daniel había revelado que las profecías del Apocalipsis estarían ocultas hasta el fin, y sólo entonces los sabios comprenderían. Newton se sentía, evidentemente, uno de éstos, un elegido de Dios. Por tanto, los tiempos estaban maduros y estaba próximo el fin del mundo, tanto más próximo cuanto más cerca se hallara Newton del conocimiento de las escrituras proféticas. Como ya dijimos, Newton creía estar viviendo los últimos tiempos de la historia, los que permiten y hacen inevitable comprender el significado de la naturaleza y de los libros proféticos. Aunque los cálculos sobre la Segunda Venida que hace Newton en su vejez tienden a situarla hacia el siglo XX o XXI, es indudable que en todo momento se sitúa en una perspectiva milenarista. Sintetizando, el lenguaje de las profecías, como el de la naturaleza, procede directamente de Dios, y sólo a unos pocos elegidos, poco antes del Fin, les será posible comprenderlos. En tanto se siente a pleno derecho como uno de ellos, Newton se define a sí mismo en un texto manuscrito como una de las «personas esparcidas por el mundo que Dios ha elegido y que, sin estar guiadas por intereses, educación o autoridad, pueden ponerse sincera y ardientemente al servicio de la verdad». Y no hay razones para sospechar que no haya actuado en concordancia con tal exigencia. Pero, ¿cómo había llegado a descifrar Newton el significado de las profecías? El lenguaje de éstas provenía de Dios al igual que el de la naturaleza. Para comprender el primero era necesario, por tanto, el mismo método que le había permitido comprender el segundo. Newton estaba seguro de que el método utilizado para la búsqueda de la verdad del mundo también servía para interpretar las profecías, que constituían a su vez un sistema de significados regido por leyes. Como lo ha mostrado Maurizio Mamiani a propósito de las profecías, Newton presenta una réplica de la estructura metodológica de los Principia, adaptándola al objeto profético: definiciones, reglas de interpretación, proposiciones. Y probará estas últimas, exactamente como en la Optica, de dos maneras: mediante las reglas y las definiciones (equivalentes a los principios matemáticos), y haciendo referencia directa al texto sagrado (equivalente a la confrontación con los fenómenos, a los experimentos). El resultado es un desarrollo notable de la idea de Dios como Rey y Señor. El universo es como un reino: las partes del primero corresponden a las del segundo en una proporción determinada y cognoscible. Así, el Sol representa, en las profecías, al Magistrado Supremo; la Luna, al siguiente en dignidad, y las estrellas, al resto de la Corte. La Tierra y el Mar indican la condición de los hombres de bajo rango. Estas correspondencias podrían extenderse interminablemente. Escribe Newton:”Así como el mundo, que a simple vista muestra una gran variedad de objetos, parece muy simple en su constitución interna cuando es contemplado por un intelecto filosófico, y tanto más simple cuanto mejor se comprende, así ocurre con estas visiones [proféticas]. Se debe a la perfección de las obras de Dios el que todas hayan sido hechas con la mayor simplicidad. Él es el Dios del orden, no el de la confusión.” Este Dios del orden que surge de las profecías es también, en efecto, quien garantiza la armonía del universo. Sin embargo, como para Pascal, el Dios de Newton no es el dios de los filósofos y los científicos. Él es el Señor, el Rey: lo que da también puede arrebatarlo. No se puede aislar la necesidad de la naturaleza de Dios, de la libertad de su voluntad. El mundo no tiene una perfeccción intrínseca y está destinado a acabar. La simplicidad del mundo es solamente un reflejo de la perfección de la voluntad divina que persigue el bien. Matemática, filosofía, religión, alquimia, cronología: todos estos aspectos se resumen en una sola verdad desplegada tanto en el macrocosmos como en el microcosmos. Dos son los caminos de acceso al conocimiento del Dios, es decir, la verdad: el estudio del mundo físico creado como objeto de su dominio y teatro de sus acciones, y el de sus palabras en la

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Escritura. Estos dos mundos tienen ambos derecho a la plena objetividad porque su causa es una sola: la libre voluntad de Dios. Por eso la corrupción de la verdad es también una corrupción del bien moral. Newton atribuía a la prisca sapientia un conocimiento velado, pero real, de las leyes naturales y morales, y en la última cuestión de la Optica, atribuye específicamente a Noé y sus descendientes el conocimiento del bien moral. La perfección de la filosofía natural debería alcanzarse cuando estos dos aspectos de la verdad se reúnan de nuevo siguiendo el método propuesto por Newton: “Y si la filosofía natural en todas sus partes, siguiendo este método será al final perfecta, igualmente se ampliarán los límites de la filosofía moral, ya que cuanto más podamos conocer con la filosofía natural acerca de cuál es la causa primera, qué poder tiene ésta sobre nosotros y qué beneficios recibimos de ella, más se nos aparecerá a la luz de la naturaleza nuestro deber para con ella, como el de cada uno para con los demás.” Dicho de otro modo, las indagaciones de Newton acerca de la filosofía natural y de la filosofía moral son anverso y reverso de una misma moneda: apuntan a poner en evidencia las relaciones entre Dios, el mundo y el hombre. Newton entendía sus investigaciones a modo de redescubrimiento de verdades reveladas por Dios antes de la Caída y que, al menos en parte, habían sido puestas en evidencia por antiguos sabios. Y de allí su interés por las cronologías bíblicas y paganas. ¿No ilustra acaso todo ello la coherencia, al menos en sus intenciones, del pensamiento newtoniano? Arrianismo More falleció en 1687 habiendo publicado dos obras sobre el Apocalipsis. Newton, su contemporáneo más joven, conquistó su gran reputación a partir del mismo año con la publicación de los Principia, pero había estado dedicado desde sus años de juventud a descifrar el mensaje de Dios, especialmente en los libros proféticos de Daniel y el Apocalipsis1. Sin embargo, no se ha encontrado ningún manuscrito teológico anterior a 1672, año en el cual Newton iniciaba su cuarta década de vida. En aquel tiempo completaba su cuarto año como Magister en Artes y fellow del Trinity College de Cambridge y, en los tres años siguientes, según la tradición, debía ser ordenado en el clero anglicano o enfrentarse a la expulsión de la institución. Según Richard Westfall, éste bien pudo haber sido el origen de sus estudios teológicos. Existen muy pocas fechas seguras relacionadas con los manuscritos newtonianos inéditos, pero puede afirmarse casi con seguridad que hacia 1672 el milenarista Newton llegó a la conclusión de que las fuerzas del Anticristo se habían adueñado de la Iglesia cristiana en los primeros siglos de nuestra era y que había que restaurar la “Iglesia auténtica” antes de la Segunda Venida. El episodio crucial en el que habrían participado una serie de “blasfemos y fornicadores intelectuales” (como los llamaba) databa del siglo IV, cuando padres con san Atanasio habían impuesto a la comunidad de los fieles, en contra de Arrio, la falsa doctrina de la Trinidad. Newton se volvió, por tanto, un arriano convencido de allí hasta su muerte, esto es, en un hereje. El profesor del Trinity College negaba la Trinidad.
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A grandes rasgos: Newton, nacido en 1642, se ocupó de cuestiones de mecánica en la década de 1660 y durante la redacción de los Principia (1684-1687); de óptica unos pocos años, alrededor de 1670; de matemática en 1664-1665 y en algún otro momento posterior aislado; de alquimia, casi sin interrupción, entre 1670 y 1696, año en que abandonó Cambridge. Existen notas sobre teología en un cuaderno de 1663-1665, época en la cual Newton adhirió al neoplatonismo de More, pero su interés mayor se extendió durante toda la década de 1670 y hasta alrededor de 1684. Después de publicados los Principia, volvió a los estudios teológicos, con esporádicas interrupciones, derivadas de obligaciones públicas y revisión de escritos anteriores, principalmente la Óptica. En su vejez, la teología fue su mayor preocupación. Por ello, a quienes niegan relevancia a los estudios alquímicos y teológicos de Newton, Westfall responde lacónicamente: “No puedo hacer desaparecer esos manuscritos, están allí”.

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Como señalamos anteriormente, el Dios de Newton poco tiene que ver con un Dios “filosófico”, esas deidades impersonales e indiferentes como podrían serlo el Motor Inmóvil de Aristóteles, la Causa Primera o el “Dios ausente” de Descartes. Es un Dios bíblico, el Dios de Israel, dueño y señor de su creación, que ejerce su dominio sobre el mundo como lo haría un emperador feudal con sus vasallos. No puede compartir su poder. Adorar a Cristo como Dios era, para Newton, una manifestación de idolatría. El Papa de Roma había apoyado a Atanasio y la Iglesia de Roma era la sede de un culto idolátrico, que se había manifestado después de que la Iglesia primitiva estableciera que había que adorar a un único Dios. La doctrina trinitaria se había convertido en dogma tanto para la Iglesia católica como para la anglicana, y conformaba una “falsa religión infernal”. Al confesarse secretamente seguidor de Arrio, Newton veía en Cristo un mediador entre el hombre y Dios, pero no un Dios: “El Hijo admite que el Padre es más grande que él y lo llama su Dios [...] pero subordina su voluntad a la del Padre, y esto no sería razonable si fuese igual al Padre”. Según Newton, debemos adorar a Jesucristo como Señor, pero debemos hacerlo sin violar el primer mandamiento: Cristo es el Hijo de Dios, pero no es Dios, no es consustancial al Padre. Los dos grandes mandamientos, que son la esencia de la religión, amar a Dios y amar al prójimo, “siempre han sido y siempre deberán ser observados por todas las naciones, y la venida de Jesucristo sobre la Tierra no los ha modificado en absoluto”. Sócrates, Cicerón y Confucio enseñaron a los paganos a amar al prójimo. La ley de la rectitud y de la caridad “fue dictada a los cristianos por Cristo, pero previamente a los judíos por Moisés y a todo el género humano por la luz de la razón”. En el Cambridge de los años setenta, con palabras de Westfall, Newton se había comprometido a reinterpretar la tradición central de toda la civilización europea, y no es difícil entender por qué se impacientaba por entonces con interrupciones derivadas de insignificancias tales como la óptica o la matemática. El antitrinitarismo de Newton fue simplemente una manifestación más de una profunda reacción del puritanismo del siglo XVII contra la excesiva teología y las disquisiones vanas: era necesario reducir aquello en lo que debemos creer en unas pocas y llanas verdades básicas extraídas de la Escritura, cuidadosamente registradas por los portavoces de Dios; todo lo demás es irrelevante. La sucinta lista de condiciones de Newton para ser miembro de la “Iglesia legítima” reflejaban una constante preferencia por las simples verdades morales como opuestas a las complejas y artificiosas teologías cristianas. Atacó el trinitarianismo ortodoxo, el papado, la invocación de los santos y la veneración de la Virgen como intrusiones ilegítimas de la metafísica en la única religión auténticamente revelada, el cristianismo primitivo de Arrio. Hizo lo propio con las instituciones eclesiásticas férreamente jerarquizadas y su ingerencia en materia social y política, y en particular con la intolerancia religiosa que surge de aplicar a ultranza la prescripción de Lucas, XIV, 23: Oblígalos a entrar [en la única Verdad]. Pero al considerar que en la Iglesia anglicana prevaleciente en el siglo XVII imperaba una gran iniquidad, Newton comprendió que su propia versión antitrinitaria del mensaje de Dios sería considerada herética, y que perdería su posición en la sociedad si daba a conocer sus opiniones. Por tanto, aunque escribió extensamente (más de la mitad de sus escritos) sobre temas religiosos, no publicó por prudencia ninguno durante su vida2. El sucesor de Newton
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Poco después de su muerte fue editada una de las varias versiones de sus Observaciones sobre Daniel y el Apocalipsis de San Juan. Dos décadas después se hicieron públicas dos cartas que había enviado a John Locke contra la doctrina de la Trinidad. El resto de su enorme corpus de escritos teológicos quedó inédito hasta que fueron rematados en 1936, y hoy se hallan dispersos por todo el mundo. La colección más numerosa de manuscritos se encuentra en la Biblioteca Nacional de Israel, en Jerusalén, y en el King's College de Cambridge. Muchos de ellos no han sido todavía analizados por historiadores y

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en Cambridge, William Whiston, quien admitió públicamente su antitrinitarismo, tuvo que abandonar su cátedra de matemática y se volvió una especie de paria, que ofrecía sus predicciones por los pubs. Adquirió fama por interpretar acontecimientos naturales insólitos, como los terremotos, cometas y tempestades, como signos de que estaban a punto de ocurrir los hechos anunciados en Daniel y en el Apocalipsis. Los escritos teológicos newtonianos, que en su mayoría han tomado estado público solamente en el siglo XX, revelan la extraordinaria versación de Newton en materia de historia eclesiástica. Estaba convencido de que el Libro de la Naturaleza y el Libro de las Escrituras estaban escritos en clave y habrían de ser descifrados por unos pocos sabios, él mismo entre ellos, cuando Dios así lo quisiera. Durante su vida (sobre ello no albergaba dudas) ambos libros estaban siendo gradualmente decodificados y, por consiguiente, se revelaba la dominación divina de los universos físico y moral. En vista de todas las profecías que, a su juicio, se habían cumplido o se estaban cumpliendo, Newton pensaba que las relacionadas con el milenio acontecerían en un futuro relativamente cercano. Del arrianismo al desciframiento de las profecías El Anticristo venía a seducir a los cristianos, afirmaba Newton en su tratado sobre las profecías, en un mundo de muchas religiones, de las cuales sólo una podía ser verdadera, “quizás, ninguna de las que conocéis”. Se refería al arrianismo, que en uno de sus artículos de fe sostiene que sólo el Padre tiene el poder de predecir los acontecimientos futuros. Ya en los años setenta, Newton creía que la esencia de la Biblia era la profecía de la historia de la humanidad más que la revelación de verdades sobre la vida eterna, que exceden a la razón humana. Dios otorgó las profecías para la edificación de su Iglesia y en aquel momento habían sido escritas para edades futuras, pero el tiempo propicio al fin había llegado. El interés por las profecías había sido común en la Inglaterra puritana, donde había surgido un modelo de interpretación protestante de la Revelación, en el cual, inevitablemente, la Iglesia romana interpretaba el papel de la Bestia o el Anticristo. Aceptando los principales trazos de la interpretación protestante, Newton alteró su significado para encajar su nueva percepción del cristianismo. La Gran Apostasía dejó de ser el romanismo y pasó a ser el trinitarismo. Por la verdadera Iglesia --a la cual se dirigían las profecías-- Newton no entendía a todos los que se llamaban a sí mismos cristianos, “sino a un grupo, un escaso número de personas aisladas, elegidas por Dios, no guiadas por el interés, la educación o las autoridades humanas, capaces de dedicarse seria y sinceramente a buscar la verdad”. No hay dudas de que Newton, como hemos señalado, se colocaba a sí mismo entre esos elegidos. Apenas nos sorprende que un hombre cuyo primer paso en cualquier inicio de estudios era organizar metódicamente su conocimiento previo, quisiera proceder con la Revelación de la misma forma. Newton se quejaba de los interpretes que no establecían previamente un método para descifrar la significación de las profecías: “Al mundo le gusta ser engañado, no entiende, no considera nunca la igualdad y se guía siempre por el prejuicio, el interés, los elogios del hombre y de la autoridad de la Iglesia en la que vive; como lo evidencia el hecho de que todas las partes se adhieran a la Religión en la que se han inmerso. Y sin embargo, en todas partes, igual que sabios y cultos hay locos e
filósofos. En cuanto a sus estudios alquímicos, abandonados en los últimos años del siglo XVII y que no hubiesen merecido censura de haber sido publicados, es probable que la razón obedezca a que Newton no alcanzó los resultados esperados.

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ignorantes. Hay muy pocos que deseen entender la religión que profesan, y aquellos que estudian para entenderla, lo hacen más con fines mundanos o para defenderse, que para examinar la verdad y elegir y profesar la religión que entienden como verdadera”. El estudio de las Escrituras y especialmente de las profecías formaba parte, según Newton, del cristianismo originario. Y Newton creía haber llegado, en el terreno del conocimiento de los textos proféticos, a los mismos resultados verdaderos a los que había llegado en relación con la naturaleza de los colores y las leyes del universo. En el párrafo con el que iniciaba su tratado afirmaba:
Habiendo buscado, y por la gracia de Dios, habiendo obtenido el conocimiento de las escrituras proféticas, he creído estar obligado a comunicarlo para beneficio de los demás. [...] No me gustaría que nadie se echase atrás por la dificultad y el fracaso que hasta ahora han encontrado los hombres en sus intentos. Esto es exactamente lo que necesariamente había de ser. De hecho, le había sido revelado a Daniel que las profecías referidas a los últimos tiempos deberían estar ocultas y selladas hasta el momento del fin; pero entonces los sabios comprenderían y el conocimiento crecería. Y por ello, cuanto más tiempo han permanecido los hombres en la oscuridad, mayores esperanzas existen acerca de la inminencia del tiempo en que aquellas serán manifestadas. Si no deben ser comprendidas jamás, ¿con qué fin las ha revelado Dios?

Durante largo tiempo el significado de las profecías había perdurado como un enigma, argumentaba Newton, pero algo similar había ocurrido con la naturaleza de la luz, con la causa de los colores y con las leyes que gobiernan el sistema solar o el movimiento de los proyectiles. Las profecías del Apocalipsis emergerían a la luz con la llegada del fin de los tiempos, y sólo entonces unos pocos sabios comprenderían tales verdades. De esta manera, como científico con pretensiones divinas, Newton ya había empezado su ascensión. Según su mentor Henry More, Newton “parecía imaginarse a sí mismo elevándose a través de los cielos [que estaban] repletos de compañeros santos en tropel”. Naturaleza, ética y método3
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A fin de aclarar nomenclaturas 1. Tal como lo entienden los filósofos, la ética es la reflexión filosófica acerca de las normas y actitudes de carácter moral predominantes en una sociedad en una etapa histórica determinada. Sólo puede hablarse de ética, por tanto, cuando tales normas y actitudes son examinadas en sus fundamentos, y no simplemente de darse por supuestas, Dicho de otro modo, la ética es un capítulo de la filosofía. Solamente habría historia de la ética dentro del marco de la historia de la filosofía, o bien, dicho de otro modo, la ética sería una invención occidental y el estudio de las normas morales de pueblos que carecieron de filosofía (egipcios, mayas, lo que fuera) correspondería a la sociología o a la antropología. (Esto suponiendo que el budismo o el taoísmo sólo fuesen religiones y no filosofías, como dicen algunos, lo cual me parece una tontera, pero es harina de otro costal.) Si ello es así, no sería posible hablar de una “ética judía” con referencia a ley mosaica, legitimada por el Dios de los hebreos (pero no por una entonces inexistente filosofía), pero sí en el caso de la codificación normativa del judaísmo hecha luego por filósofos como Maimónides. A fin de aclarar nomenclaturas 2. Los actos morales son aquellos que, en intención y realización, se ajustan a prescripciones previas, las leyes morales, un conjunto de normas de conducta moral a ser seguidas por una comunidad. Nos interesa por otra parte la distinción entre éticas autónomas, no impuestas al sujeto por instancias ajenas a él mismo, y éticas heterónomas, en donde las leyes morales son impuestas por algún legislador de orden superior, tal como Dios, en cuyo caso serán teónomas. La moralidad supone el acatamiento voluntario a las leyes morales; la inmoralidad, el no acatamiento a las mismas. (Por tanto, lo moral o lo inmoral no son absolutos, sino relativos a las normas morales aceptadas por una sociedad.) La amoralidad, finalmente, se entiende como la negación de existencia de leyes morales.

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En el escrito “Los orígenes filosóficos de la teología gentil” (dictado a su amanuense Humphrey Newton hacia 1683-84), mucho más radical que cualquiera de las afirmaciones arrianas que había escrito durante la década de 1670, Newton argumentaba que todos los pueblos antiguos adoraban a los mismos doce dioses, bajo nombres diferentes. El número doce se derivaba de los siete planetas, los cuatro elementos y la quintaesencia o éter. Newton afirmaba que los pueblos antiguos habían identificado a sus ancestros más eminentes con los objetos más relevantes presentes en la naturaleza. De ahí, como proclama el título del tratado, la teología gentil tuvo su origen en la filosofía natural. En el capítulo I aseguraba algo similar: “La teología gentil era filosófica y dependía de la astronomía y de la ciencia física del sistema del mundo”. Así como Newton aplicó la célebre doctrina hermética de la prisca sapientia a la alquimia, los manuscritos teológicos revelan que persiguió con no menos perseverancia una sabiduría religiosa paralela o prisca theologia, de la que los corruptores de las Escrituras como Atanasio se habían desviado tan peligrosamente. Aquí también el Antiguo Testamento se convirtió en el foco primario de sus estudios. Los científicos y filósofos de las muy reverenciadas civilizaciones antiguas -Babilonia, Egipto, Israel y Grecia- fueron también sus sumos sacerdotes y sus líderes religiosos. Mientras practicaban dos formas fundamentales de ciencia, la química y la astronomía, algunos de esos venerables sabios se convencieron de que solamente había una primera y única causa responsable de la creación y de las operaciones en curso de la naturaleza. Eludiendo a los falsos dioses del politeísmo, se convirtieron, como Moisés, en los primeros monoteístas. Como vehículos de la verdad eterna de Dios, los antiguos sacerdotes-científicos registraron sus descubrimientos y revelaciones en preciosos manuscritos para que fueran decodificados por algunos pocos pero selectos miembros de las futuras generaciones aún no nacidas. Newton, reiteramos, se consideró a sí mismo uno de esos elegidos intérpretes del plan maestro de Dios, tanto natural como moral. No puede dudarse de que tenía en alta estima sus propios poderes, como lo prueba el desdén que mostraba hacia mentes científicas inferiores a la suya, como Robert Hooke. Como ya señalamos, a juicio de Newton, el milenio, el fin de los tiempos y la Segunda Venida eran inminentes, y por ello Dios le había permitido acceder al conocimiento de las escrituras proféticas. El lenguaje de las profecías y el de la naturaleza provienen de Dios y, por tanto, para comprender el primero es necesario emplear el mismo método que le había permitido comprender el segundo. Esta segunda tesis, que hubiese horrorizado a quienes castigaron a Galileo y seguramente al propio Galileo, presupone que ambos lenguajes conforman sistemas de significados gobernados por leyes similares:
Así como el mundo, que a simple vista muestra una gran variedad de objetos, parece muy simple en su constitución interna cuando es contemplado por un intelecto filosófico, y tanto más simple cuanto mejor se comprende, así ocurre con estas visiones [proféticas]. Se debe a la perfección de las obras de Dios el que todas hayan sido hechas con la mayor simplicidad. Él es el Dios del orden, no el de la confusión.

Newton consideraba, pues, que era posible y deseable una lectura “científica” del texto sagrado, y que una interpretación del mismo realizada sobre la base de las reglas que él había formulado proporcionaría idénticas certezas y las mismas seguridades que ofrece la verdad científica. Para ello elaboró una serie de reglas pare interpretar el texto del Apocalipsis. Las reglas para filosofar, que se encuentran a comienzo del Libro Tercero de

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los Principia, parecen ser una depuración y una simplificación posterior (!) de las reglas para interpretar el lenguaje de la Escritura. Sobre el punto, escribe Mauricio Mamiani:
[A propósito de las profecías] Newton presenta una réplica de la estructura metodológica de los Principia, adaptándola al objeto profético: reglas de interpretación, definiciones, proposiciones. Y probará estas últimas, exactamente como en la Óptica, de dos maneras: mediante las reglas y las definiciones (equivalentes a los principios matemáticos), y haciendo referencia directa al texto sagrado (equivalente a la confrontación con los fenómenos, a los experimentos). [...] Encontramos, pues, un desarrollo notable de la idea de Dios como Rey y Señor. El universo es como un reino: las partes del primero corresponden a las del segundo en una proporción determinada y cognoscible. Así, el Sol representa, en las profecías, al Magistrado Supremo; la Luna, al siguiente en dignidad, y las estrellas, al resto de la Corte. La Tierra y el Mar indican la condición de los hombres de bajo rango. (Mamiani 1990, 136-137.)

Newton y el judaísmo En 1935 el historiador francés Paul Hazard publicó un influyente libro, La crise de la conscience Européenne (1680-1715), en el cual sostuvo que que todas las ideas básicas de la Ilustración se hallaban ya presentes en el período indicado en el título, el cual habría configurado una suerte de Nuevo Renacimiento o Protoilustración. Desde entonces, aquellos personajes que como Newton florecieron en dicho intervalo han sido llamados “de la generación Hazard”. La tesis de Hazard, que ha soportado exitosamente la prueba del tiempo, se funda en cuatro aspectos: 1. La difusión del cartesianismo y su método, apto al parecer para cuestionar y sustituir un venerable conocimiento que, según se había creído, era inexpugnable. El pensamiento racional cartesiano parecía poder aplicarse a la religión, a los estudios políticos, al designio divino, y eliminar la creencia en brujas o milagros. 2. Por otra parte, las exposiciones públicas de Fontenelle acerca de la nueva ciencia acercaba el saber científico a vastos sectores de la población, más allá del dominio de los expertos. 3. Los Principia newtonianos eran presentados como el ejemplo culminante de cómo, exitosamente, era posible lograr la confluencia de las aproximaciones matemática y experimental para el estudio de la naturaleza. 4. Finalmente, la filosofía de Locke era concebida como el compendio de la crisis integral del pensamiento europeo, dada su eliminación de la metafísica como fundamento perenne de argumentaciones acerca de las cuales no podían caber dudas. Esta modificación era posible por la tranquila convicción de Locke de que, después de esta drástica cirugía practicada en los modos tradicionales de pensamiento, algo tangible y razonable permanecería: la ciencia. Durante mucho tiempo, los estudiosos habían pensado que la Verdad podría determinarse por medio del Libro de la Naturaleza y del Libro de la Escritura, ambos considerados como complementarios y no contradictorios. Pero hacia fines del siglo XVII, dicha convicción comenzó a debilitarse: se trató un aspecto fundamental de la crisis del pensamiento occidental a la que se refiere Hazard. Dicha crisis tuvo tres manifestaciones, referidas a la comprensión del Libro de la Naturaleza y al de la Escritura, por separado, y a la de las relaciones entre ambos libros. De la primera surgió la Revolución Científica. La segunda comenzó con la aplicación de técnicas de interpretación bíblica a partir de la Reforma. Se intensificó por entonces, como consecuencia, el estudio del judaísmo por los teólogos cristianos, quienes aprendieron hebreo para la lectura directa del Antiguo Testamento, y prosiguieron luego con el análisis de un nuevo mundo (para ellos) de leyes, exégesis, misticismo y filosofía. El

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desprecio por todo lo que significara judaísmo fue reemplazado por la certidumbre de que el fondo documental del mismo tenía mucho que decir acerca de candentes cuestiones que afectaban el pensamiento europeo de aquel entonces. La literatura judía podría iluminar a los cristianos acerca de la naturaleza de las profecías y del Apocalipsis, sobre el pasado de los paganos y del propio cristianismo, y muchas otras cuestiones vinculadas con la Biblia. Libros judíos fueron traducidos al latín a fin de que una vasta audiencia europea tuvieran acceso a aquellas ideas, y muchos estudios eruditos encontraron en el pensamiento judío la forma de apuntalar argumentaciones en materias controversiales. Ocasionalmente algunos filósofos del judaísmo, como Spinoza, crearon las conexiones entre entre la tradición judía y la crisis europea emergente, pero mucho más comúnmente fueron sabios cristianos los que esgrimieron su nuevo conocimiento del judaísmo para el análisis de la crisis. Isaac Newton ha sido repetidamente señalado en los estudios de la crisis europea como una figura central en el cambio intelectual de la "generación Hazard". Creyó profundamente en la doctrina de los Dos Libros, tanto como en la validez de la sabiduría antigua como llave maestra para acceder a la Verdad. La clave presente en toda la búsqueda teológica de Newton es la acción de la Providencia Divina (el plan que Dios tiene para el mundo y que el pueblo de Israel experimenta a través de la historia), particularmente la de los antiguos judío y de la Iglesia primitiva que emerge de ellos. Hacia fines del siglo XVII, a comienzos de aquel período de crisis del pensamiento europeo de la que en 1935 nos hablaba Hazard, nos encontramos como ya señalamos con múltiples controversias vinculadas con la comprensión del Libro de la Naturaleza, por una parte, con la del Libro de la Escritura, por otra, y en particular con el problema de las relaciones entre ambos libros. Newton, repetidamente mencionado en los estudios modernos de aquella crisis como una figura central de la llamada "generación Hazard", creyó profundamente en la doctrina de los Dos Libros, tanto como en la validez de la sabiduría antigua, como llave maestra para acceder a la Verdad. Toda la búsqueda teológica de Newton puede ser resumida en el intento de descifrar la acción de la Providencia Divina, el plan que Dios ha trazado para el mundo y que el pueblo de Israel experimenta a través de la historia. Este tema subyace en su historia de las antiguas religiones, en su historia de la Iglesia, en sus cronologías, en sus doxologías, en sus estudios milenaristas y proféticos. Detrás de este esfuerzo subyace la convicción de que existió una revelación oculta crípticamente: en las imágenes del hermetismo en lo que atañe al Libro de la Naturaleza, y en las profecías del Libro de la Escritura en lo atingente a la historia. Newton sostiene que Dios reveló una verdadera, simple religión a Adán, que consiste en dos elementos: amar a Dios y amar a los hombres. Ello involucra ciertos mandamientos específicos, tales como no adorar falsos dioses o al Diablo, no perseguir logros materiales, y no discutir sobre cuestiones metafísicas que no se basen en este simple credo. Junto con esta religión-Ur4, Dios reveló también cierto conocimiento sobre filosofía natural, que permanecieron independientes de los mandamientos religiosos. Después de Adán, esta religión-Ur original revelada fue corrompida por la confusión provocada por la intrusión de elementos metafísicos en tan simple credo. Dios destruyó la tierra con el Diluvio y restauró la fe original en Noé y sus descendientes. Muy rápidamente, sin embargo, nuevamente la metafísica se infiltró y mancilló la simple fe. Noé, sus hijos y nietos fueron deificados por sus descendientes, quienes, creyendo en la
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Que toma su nombre de la ciudad de Ur, en Sumeria, en el curso inferior del río Éufrates. Según la teoría y las tradiciones históricas, el rastro de los antepasados arameos de Israel se localizaría aproximadamente en dicha ciudad.

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pervivencia del alma después de la muerte, adoraron a sus antepasados como espíritus benevolentes. Este culto resultó ser la base de los panteones (templos) egipcios, caldeos, griegos y romanos, y consistió en el culto de Noé y sus hijos (con nombres cambiados) y aplicados a los planetas y metales esenciales. Abraham, en mérito a su reconocimiento al verdadero Dios, obtuvo una nueva oportunidad para restaurar la religión verdadera. Pero sus descendientes comenzaron nuevamente a corromper el simple credo con metafísica cuando se instalaron en Egipto y allí tropezaron con otras versiones corruptas llevadas cabo por los egipcios a partir de las enseñanzas de Noé. Moisés tuvo la oportunidad de restaurar la religión verdadera a los descendientes de Abraham, y si bien nada cambió de las doctrinas morales originales, la Ley que él enseñó tuvo el carácter de un pacto y también fue un conjunto de hieroglíficos apocalípticos a ser descifrados en los Últimos Días. El resto del Viejo Testamento es sencillamente la historia de las corrupciones de la simple religión, los castigos a los responsables, y la continua reeducación de los judíos por sus profetas. Finalmente, Dios envió a Jesús para restablecer la verdadera religión, y por primera vez agregó un nuevo mandamiento a los dos originales. Deben observarse los preceptos que involucran al amor a Dios y a los hombres, pero un cristiano debe reconocer que Cristo es una suerte de virrey, autorizado a gobernar el mundo por delegación de la autoridad y el poder de Dios. Pero Cristo no es, de ninguna manera, igual a Él. (Este es el origen del antitrinitarismo de Newton.) Algunos judíos perduraron en su corrupción al no admitir la representación de Dios en Cristo, y en cambio asumieron el error metafísico de los fariseos y los cabalistas, a quienes Dios quitó el papel de portavoces de Su religión. Los judíos pensaron que volverse cristianos, cuya única diferencia con los no judíos (gentiles) era sostener el pacto adicional propugnado por Cristo, no representaba mucho más que adherir al antiguo contrato que ya había sido hecho con Dios en los tiempos de Abraham y Moisés. Sin embargo, no hubo conflictos en el seno del pueblo judío con los cristianos, pese a que éstos no se hallaban bajo ninguna obligación ritual. Por el contrario, judíos y cristianos continuaron pacíficamente juntos en la iglesia primitiva por unos pocos siglos, pero nuevamente la metafísica avanzó y desmenuzó la religión original, esta vez a través de las enseñanzas de cabalistas y gnósticos, que propusieron la tesis de la divina emanación y de la metempsícosis. Este fue el origen de la herética doctrina trinitaria. Diversos inescrupulosos líderes de la Iglesia (especialmente Atanasio, siglo IV) y ciertos papas romanos, incluyeron estos errores en la doctrina ortodoxa, y volvieron herético al papismo romano, que se convirtió en abrumadora fuerza en el mundo cristiano. Estos eventos están ocultos en los hieroglifos del lenguaje profético, particularmente en el de Daniel y el del Apocalipsis. A pesar de que muchos textos bíblicos se han vuelto corruptos y el relato que narran debe ser corregido, la esencia del mensaje profético oculto en las palabras del esos dos libros han permanecido intactos, gracias a la providencia divina, a lo largo de la historia. Sólo en los Últimos Tiempos, en los que Newton creía vivir, Dios conferiría las herramientas del método científico con el cual ciertos hombres podrían revelar la marcha de la Providencia Divina en la historia, tal como fuera codificada en las profecías. Modificando los métodos de la investigación científica y aplicándolos a la Escritura, sería posible descubrir qué libros, capítulos y pasajes deberían ser entendidos como sincrónicos, es decir, que se desarrollan en la misma correspondencia temporal; y, lo que es más importante, sería posible establecer la significación política detrás de las palabras-símbolo de los profetas. Ello no bastaría para predecir el futuro por medio de la Escritura, lo cual no es la intención de Dios. Ésta fue

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más bien la de lograr que las gentes apreciaran el actuar de la Providencia en aquellos aspectos de las profecías que ya se hubieran cumplido. No obstante, ciertos aspectos del futuro apocalíptico son claros, tal como la conversión de los judíos y la llegada del milenio. En la búsqueda de una visión de conjunto hacia el judaísmo que nutre los estudios de Newton y su empleo del mismo, se llega a la conclusión de que antes que todo ello es pragmático; Newton empleó la historia y la literatura judías estrictamente como herramientas en su lucha para comprender el Libro de la Escritura y sus relaciones con el Libro de la Naturaleza. Al igual que muchos de su contemporáneos, Newton realizó sus estudios sobre el judaísmo para hallar la evidencia histórica que a su juicio podría evitar la crisis de los Dos Libros. Para Newton, el milenarismo científico suministraba una visión del mundo racional y satisfactoria. El hecho de que su éxito en develar los secretos del libro de la Naturaleza fueran elogiados por todas las siguientes generaciones, mientras que sus conclusiones sobre el Libro de la Escritura fueran destinados a la oscuridad, no indica que haya fallado en el último en su propio enfoque. Más bien, la filosofía judeocristiana que enseña la importancia de la Escritura como una fuente de Verdad fue relegada a un segundo plano en un mundo que poseía los potentes descubrimientos de Newton acerca de la Naturaleza. Newton se cuenta entre aquellos eruditos cuyo pensamiento se dirige pura y exclusivamente hacia la búsqueda de la verdad. Participó en una rama de la empresa erudita del milenarismo científico. Estaba convencido de que podría establecer el sentido de la Escritura, especialmente en lo que respecta a las profecías, sobre bases científicas, con el objetivo de evitar la crisis de los Dos Libros. Todos se sentirían forzados en acordar que él había descubierto la relación correcta entre ambos. La propia ciencia de Newton habría de resultar central en el fracaso de su intento, no por refutarlo sino por considerar a todo ello innecesario. Su generación fue tal vez la última en creer que la erudición de los antiguos podría confundir a los escépticos. Newton es representativo de un gran número de científicos talentosos en su época que creía en la sabiduría de los antiguos y en la eficacia conjunta de los Dos Libros para alcanzar la verdad. El ejemplo de Newton muestra la manera en que el judaísmo fue paralizado con la crisis de la “Generación Hazard”, particularmente la que afectó al Libro de la Escritura. Newton usó la Biblia y las etimologías hebreas para establecer la naturaleza de los antiguos pueblos mediterráneos y sus religiones. Bregó por adaptar a los judíos en su esquema de las religiones tempranas, tratando de comprender su lugar en las distintas concepciones de los orígenes de las religiones. Consideró si la concepción rabínica de los mandamientos recibidos por Noé podrían ser la religión de la naturaleza que podría resolver la crisis contemporánea de las creencias religiosas esenciales. Cuidadosamente consideró el papel de los judíos en el pasado y el futuro apocalíptico y aceptó algunas de sus propias opiniones (la de los judíos) sobre la naturaleza de aquellos tiempos. Profundizó en la tradición exegética judía para averiguar el significado de las profecías, a fin de establecer sus interpretaciones sobre bases científicas, las cuales confundirían a los escépticos. Estudió el Talmud, la obra de Maimónides y de otros autores de la tradición judía para comprender el Templo de Jerusalén, acerca del cual llegó a la conclusión de que era un hieroglífico, a la vez, del universo heliocéntrico y de las visiones apocalípticas. El judaísmo en tiempos de la Iglesia primitiva le ofreció un modelo para el comportamiento debido o indebido entre los cristianos. En suma, Newton concibió al judaísmo y a los autores judíos como la mayor autoridad para su intento de establecer las verdades de la

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Escritura y su significado para todas las generaciones sobre bases científicas, lo cual podría evitar la crisis de la Escritura de una vez para siempre. El fracaso de Newton y de su generación para hallar soluciones a la crisis de la Escritura en la historia de los judíos y en su literatura, la tradición en la cual la Escritura había nacido, señalan el fracaso de un enorme esfuerzo de erudición. El mismo Newton que luchó para probar la verdad encerrada en las profecías judías y el papel de los judíos en la historia apocalíptica fue el mismo Newton cuya ciencia se inclinó en favor del Libro de la Naturaleza como más confiable fuente de verdad que el de la Escritura. Por cientos de años la teología de Newton había sido ignorada, mientras que su ciencia había sido siempre celebrada. Pero como señala Matt Goldish, ello no se debe a que su teología fuese pobre, sino a que la entera empresa milenaria científica, junto con la creencia más general en la erudición como solución a la crisis de los Dos Libros, no fue capaz de producir la persuasiva certeza que sí logró la física de Newton. Newton y muchos de sus contemporáneos concibieron el milenarismo científico y la nueva ciencia como una totalidad inescindible, que efectivamente resolvería los problemas planteados por la crisis de la Escritura y de la Naturaleza. Pero las generaciones siguientes de pensadores estuvieron de acuerdo en que la ciencia newtoniana podría resolver la crisis sin la compleja teología de Newton. La filosofía moral de Newton: una síntesis Los grandes logros que Newton expuso en los Principia y en la Óptica llevaron finalmente a ignorar el notable proyecto filosófico-teológico que había concebido para diseñar coherentemente una visión del mundo a la vez material y espiritual. Todos los ámbitos de interés de Newton, matemática, óptica, mecánica, filosofía, religión, alquimia, cronologías comparadas, forman parte de una sola verdad, Dios. Por eso la culminación de la filosofía natural y de la filosofía moral, ambos aspectos de la verdad, se haría manifiesta cuando confluyesen nuevamente siguiendo el método propuesto por Newton para comprender la naturaleza:
Y si la filosofía natural en todas sus partes, siguiendo este método será al final perfecta, igualmente se ampliarán los límites de la filosofía moral, ya que cuanto más podamos conocer con la filosofía natural acerca de cuál es la causa primera, qué poder tiene ésta sobre nosotros y qué beneficios recibimos de ella, más se nos aparecerá a la luz de la naturaleza nuestro deber para con ella, como el de cada uno para con los demás.

En sus últimos años, rastreando hacia atrás la historia de la Iglesia hasta los primeros días del judaísmo, Newton escribió que todas las naciones tenían originalmente una sola religión basada en los preceptos morales de los hijos de Noé. Esta religión fue transmitida por los grandes patriarcas hebreos Abraham, Isaac y Jacob. Más tarde Moisés la llevó a Israel. Los griegos la aprendieron a través de los viajes de Pitágoras, que la transmitió a sus discípulos, y se difundió también a Egipto, Siria y Babilonia. Los dos grandes mandamientos de esta primitiva y auténtica religión eran profundamente simples: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Así, Newton consideraba a los judíos y a sus primeros patriarcas no como otro reino secular sino como los progenitores de la auténtica y eterna Iglesia, un antiguo pueblo separado de todos los demás. La encarnación de Cristo era apenas la señal para el establecimiento de una segunda alianza. Él y sus discípulos habían predicado un sencillo mensaje: arrepiéntete y libérate del pecado. Esta religión de los hijos de Noé, establecida por Moisés y Cristo, nos dice Newton, “puede por tanto ser

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llamada Ley Moral de todas las naciones”. Cuando Jesús fue interrogado sobre cual era el más grande mandamiento de la Ley, repuso que sin duda era el amor a Dios, y añadió que el segundo mandamiento era el amor al prójimo. Todo esto se enseñaba desde el principio en la Iglesia primitiva. Imponer luego cualquier dogma de fe que no fuera tal desde el comienzo, como la doctrina de la Trinidad, era algo equivalente a la prédica de otro Evangelio. En síntesis, la filosofía moral de Newton resulta de absorber lo moral en lo religioso, pues halla su fundamento en Dios mismo; se trata, por tanto, de una ética heterónoma, en particular teónoma. Pero su Dios no es el dios de las complejas teologías cristianas establecidas en su época, sino un Dios bíblico, el Dios de Israel, amo y señor de su creación, que ejerce su dominio sobre el mundo natural y moral como lo haría un emperador feudal con sus vasallos. Ésta fue, por otra parte, la concepción de una corriente del cristianismo primitivo, vinculada estrechamente con las ideas morales del judaísmo, en contraposición con una segunda, prevaleciente luego, que resultó de la fusión de ingredientes bíblicos con las doctrinas éticas de la filosofía neoplatónica y estoica, a las cuales Newton consideraba, y en ello incluía a casi toda la filosofía griega, meras ficciones. Para el pensamiento judío, las normas morales emergen directamente del Antiguo Testamento, sin intermediaciones: se admite una legislación revelada que compromete al hombre piadoso a la observancia de la Ley codificada en la Biblia y en las enseñanzas de los antiguos maestros, una observancia cuyo objetivo es hacer cumplir la justicia de Dios en este mundo. La función que en el judaísmo antiguo desempeñaban el templo y los sacerdotes, en el judaísmo rabínico (a partir del siglo II) lo desempeñan por una parte la Torá (escrita u oral), y por otra parte todos los fieles, que practican el culto personal de respetar las enseñanzas de la Ley, estudiando la Biblia e interpretando correctamente sus mandatos, credo codificado en el siglo XII por Maimónides. Así, a diferencia del cristianismo y más específicamente del catolicismo, que ha conservado la función mediadora del clero, en el judaísmo ha desaparecido toda distinción entre lo sagrado y lo profano, entre lo “religioso” y lo “laico” (G. Firolamo et al., Historia de las religiones). Dada su negación de la divinidad de Cristo, Newton probablemente hubiese adherido a la opinión de ciertos intérpretes actuales, como Paul Couchoud, según la cual el mesías cristiano habría sido apenas una suerte de “mito colectivo” que “simboliza ciertas aspiraciones morales del Antiguo Testamento”. Al hundir sus raíces en un vasto diseño teológico-filosófico, las indagaciones de Newton acerca de la filosofía natural y de la filosofía moral son anverso y reverso de una misma moneda: apuntan a poner en evidencia las relaciones entre Dios, el mundo y el hombre. Todo lo cual, a nuestro entender, ilustra la coherencia5 del pensamiento newtoniano, aunque su “ontología barroca” (como la llama Margaret Jacob) se haya disuelto como humo en el aire de la física del siglo XVIII. Pues en ese entonces, al menos para los físicos, un Dios ausente reinaba fuera del vacío infinito del espacio absoluto, un Dios que ya no era el Dios newtoniano, objeto éste de meras especulaciones filosóficoteológicas, en particular por los francmasones de la Gran Logia de Inglaterra6. Con pocas
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Empleo este término en la más sencilla de sus acepciones: “Dos o más cosas son coherentes [...] cuando están relacionadas entre sí de acuerdo con algún patrón o modelo” (J. Ferrater Mora, Diccionario de filosofía). No quiero problemas. Pero agradezco a Oscar Nudler el haberme señalado que la coherencia de Newton se aplica aquí a sus intenciones, y que el cotejo de sus múltiples escritos podría revelar al historiador incoherencias de diversos géneros.
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Obviamente, a partir de las inquietudes teológicas de Newton que aparecen en el Escolio general de la segunda edición de los Principia y sobre todo en las 31 cuestiones de la edición inglesa de la Optica

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excepciones, los pensadores de la Ilustración tuvieron poco apego por los cálculos apocalípticos, la llegada del Anticristo o la interpretación de las profecías. Por otra parte, el conocimiento de la naturaleza y el conocimiento moral transitaban por caminos gradualmente divergentes. Como lo ha señalado Ludovico Geymonat, el gran proyecto de Newton se convirtió, en manos de sus continuadores, no en la garantía inquebrantable de un acuerdo entre ciencia y fe sino, por el contrario, en el punto de conflicto entre una religión “racional” y aquella que se funda en las Escrituras. El newtonianismo, en suma, triunfó al precio de haber traicionado a Newton. El séptimo día de la Creación En la física de mediados del siglo XVIII, un Dios ausente reinaba fuera del vacío infinito del espacio absoluto, en el que las fuerzas de interacción atraían a los cuerpos y los obligaban a moverse de acuerdo con las leyes matemáticas newtonianas. Pero ya no era el Dios de Newton. Para éste, la existencia de tales fuerzas demostraban la presencia activa en el mundo del Creador y la insuficiencia del mecanicismo. Pero ahora, como Roger Cotes y Voltaire habían proclamado persuasivamente, el atributo se había convertido en sustancia, y las fuerzas newtonianas en propiedades intrínsecas de la materia. El “absurdo filosófico” del que hablaba Newton había dejado de ser tal. Para Descartes, el espacio había sido substancial, identificado con la materia, mientras que, para Newton, había sido el atributo divino a través del cual Dios ejerce su acción sobre el mundo. Ahora no era más que el vacío de los atomistas, la nada increada, el marco inerte de la ausencia de todo ser, y en particular de la ausencia de Dios. Ni siquiera era dable concebir la necesidad de un Dios relojero: con Laplace, la física newtoniana del siglo XVIII probaba que el sistema solar era estable, porque la vis viva de Leibniz no decrecía y el reloj del mundo marchaba con exactitud sin necesidad de intervenciones divinas. Parafraseando a Laplace en presencia de Napoleón: busquemos a Dios en otra parte. Leibniz había estado en lo cierto: Dios no era el Dios newtoniano, dominador y presente en el mundo, sino una inteligencia supramundana. Koyré lo subraya con una metáfora notable. Dios no era el activo Dios de los seis días laborables sino une Dieu fainéant, el holgazán Dios del día sabático, el séptimo día de la Creación:
El universo finito de la nueva cosmología, infinito en duración así como en extensión, en que la materia eterna, de acuerdo con leyes eternas, se mueve sin fin y sin objeto en el espacio eterno, heredó todos los atributos ontológicos de la divinidad. Pero sólo esos: todos los demás, al marcharse la divinidad, se los llevó consigo.

Que es como decir: el siglo XVIII fue el séptimo día de la Creación. Dios descansó, halló que el mundo creado por él era bueno y se marchó. Y desde entonces no ha regresado.

Una conclusión: racionalidad e historia a propósito de Newton

(1717), amén de su correspondencia, en particular la que mantuvo su alter ego Clarke con Leibniz, y su tratado sobre el Apocalipsis, publicado poco después de su muerte.

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Como muestra el caso de Newton, lo que llamamos ciencia en el pasado jamás debe ser considerado por los historiadores como un producto acabado, sino como una serie de intentos de enfrentarse con problemas que entonces no estaban resueltos, con criterios, argumentos, disposiciones, filosofías, intereses, técnicas, en suma, un arsenal de recursos que luego, en su mayoría, fueron expulsados de la ciencia. Hablamos de coherencia y racionalidad de los agentes históricos, pero, ¿qué significan estos términos que para ciertos filósofos de la ciencia tienen un valor absoluto y ahistórico? Como escribe Brian Vickers, el término “razón” es un término proteico. Lotte Mulligan ha mostrado convincentemente que, en el siglo XVII, designaba una facultad mental otorgada por Dios mediante la cual el hombre podía llegar a conocer a la creación y el Creador, y que no podía ser desligada, complementariamente, de la fe o la Revelación. No parecen ser éstas las actuales concepciones de “razón”, de “racionalidad” o de “lo racional”, sean cuales fueren, tal como nos las presentan aquellos filósofos. Termino con una cita de Paolo Rossi, ya que no podría decirlo mejor: “La historia de la ciencia puede ayudarnos a adquirir conciencia de que la racionalidad, el rigor lógico, la posibilidad de verificar las afirmaciones, la publicidad de los resultados y de los métodos, la misma estructura del saber científico como algo que es capaz de crecer sobre sí mismo, no son categorías perennes del espíritu ni datos eternos de la historia humana, sino conquistas históricas, que, como todas las conquistas, son por definición susceptibles de desvanecerse. En cuanto a los orígenes que pueden parecer turbios de muchos valores vinculados con el saber científico, y que actualmente los asumimos como positivos e irrenunciables, ¿acaso no ha sucedido también algo muy parecido con los valores políticos de la libertad y de la tolerancia?”. Y a quien le quepa el sayo que se lo ponga.

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