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EL SENTIDO COMÚN DE LA CIENCIA

Jacob Bronowski

Ediciones península ®

La edición original inglesa fue publicada en 1951 por Heinemann Educational Books Ltd., de Londres, con el título de The Common Sense of Science. ©Heinemann Educational Books Limited, 1951, 1970

Traducción de Manuel Carbonell.

Cubierta de Jordi Fornas.

Primera edición: febrero de 1978.

Propiedad de esta edición (incluyendo la traducción y el diseño de la cubierta): Edicions 62 s/a., Provenza 278, Barcelona-8.

Impreso en Rigsa, Estruch 5, Barcelona. Depósito legal; B. 5.324-1978, ISBN: 84-297-1380-8.

Índice

I. Ciencia y sensibilidad

3

II. La Revolución Científica y la máquina

7

III. El modelo de Isaac Newton

13

IV. El siglo XVIII y la idea del orden

19

V. El siglo XIX y la idea de causalidad

25

VI. La idea de probabilidad

35

VII. El sentido común de la ciencia

43

VIII. Verdad y valor

53

IX. La ciencia destructora o creadora

61

I.

Ciencia y sensibilidad

1

Llegué a Inglaterra cuando tenía doce años y no era capaz de pronunciar en inglés más que las dos o tres palabras que había aprendido durante la travesía del Canal de la Mancha. Sólo dos o tres años más tarde leía sin grandes dificultades el inglés. Recuerdo que los primeros escritores que fui capaz de identificar con lo que mis pacientes profesores llamaban estilo fueron Macaulay y Joseph Conrad. No recuerdo si entonces lograba distinguir sus estilos. Leía con voracidad, emoción, cariño, con una inagotable sensación de descubrir una nueva y, como poco a poco fui comprobando, gran literatura. Pero me veía limitado, y todavía no me he librado de ello, por el modo desordenado como descubrí las obras maestras: Dickens mezclado con Aphra Behn y Bernard Shaw, y por otra parte dejando obras olvidadas por el siglo. Hasta este momento no he leído los cuentos de Waverley y, en consecuencia, me he mantenido bastante indiferente respecto a la novela histórica, particularmente si la mayor parte de los diálogos están escritos en formas dialectales.

Confieso esto porque creo que en esta situación se encuentran también muchas otras personas. Las dificultades que encontré no fueron sólo mías y no son de ningún modo dificultades de carácter literario. Al contrario, lo que ahora me sorprende es su parecido con las dificultades que otras personas encuentran en la ciencia. En el fondo, lo más difícil al enfrentarme con una literatura extraña era precisamente lo que todas las personas inteligentes experimentan al intentar establecer algún orden a partir de lo ciencia moderna.

Vivimos rodeados por el aparato de la ciencia; el motor diesel y la experimentación, el tubo de aspirinas y

los sondeos de opinión. A duras penas nos damos cuenta de todo ello, pero detrás suyo tomamos conciencia de

que la ciencia es cada vez más importante. Empezamos a comprender que ésta no es un conjunto casual de técnicas de producción puestas en práctica por la competencia entre habitantes de laboratorios de dedos amarillentos por los ácidos y lentes de acero y sin vida privada. La ciencia, como nos vamos dando cuenta, es un método y una fuerza particulares, que tienen su propio sentido y estilo y su propia pasión. Ahora sabemos que

en algún lugar dentro de la selva de válvulas, fórmulas y probetas está un contenido, está, hay que admitirlo, una nueva cultura.

¿Cómo podemos llegar a esta cultura a través de su especial lenguaje, y traducirlo a otro que conozcamos? Las dificultades del profano son las de mi juventud. Abre el periódico y ve una noticia en mayúscula: EL CEREBRO ELECTRÓNICO, o EL VUELO SUPERSÓNICO, o ¿Hay vida en Marte? Pero, tanto si aparece en

mayúscula como en cursiva, la noticia es un enigma para él. El lenguaje le resulta tan extraño como lo era para

mi

The Anatomy o/ Melancholy a los quince años. Dispone sólo de un reducido vocabulario adquirido a través

de

artículos de divulgación, recuerdos de lo aprendido en el maloliente laboratorio del colegio y unos pocos

nombres de científicos esparcidos al azar a lo largo de la Historia. La misma historia de la ciencia, que podría proporcionar un cierto orden a sus ideas, es para él la mayor de las dudas. Yo no tenía ninguna noción de la

historia de Inglaterra y, por tanto, no podía tener idea del desarrollo literario. Recuerdo la sensación de desamparo que sentí cuando me enfrenté a una lista de nombres tales como Marlowe, Coleridge y H. G. Wells.

No podía ordenarlos cronológicamente. Cuesta trabajo expresar mi dificultad y, sin embargo, es la misma con

que lodo lector tropieza cuando ve los nombres de Napier, Humphry Davy y Rutherford. Estos tres científicos fueron contemporáneos de los tres escritores antes citados, y en modo alguno fueron hombres menos importantes.

2

Desde luego, el hecho de tener un conocimiento de la Historia, incluso de la historia de la ciencia, no es ciencia. Pero sí nos muestra la estructura en la que se basa el crecimiento de la ciencia, hasta el punto de que los titulares de la mañana ocupen su lugar correspondiente en el desarrollo de nuestro mundo. Establece un puente entre la ciencia y todo punto de vista humanista desde el cual partamos. Esto es así porque reafirma la unidad no sólo de la Historia sino del conocimiento. Para el profano, la clave de la ciencia es su unidad con las artes. Considerará la ciencia como una cultura cuando intente seguir su rastro en su propia cultura.

Uno de los prejuicios contemporáneos más nefastos ha sido et de que el arte y la ciencia son cosas diferentes

y en cierto modo incompatibles. Hemos caído en el hábito de contraponer el temperamento artístico al

científico; incluso los identificamos con una actividad creadora y otra crítica. En una sociedad como la nuestra,

que practica la división del trabajo, existen naturalmente actividades especializadas como algo indispensable. Es desde esta perspectiva, y sólo desde ella, que la actividad científica es diferente de la artística. En el mismo sentido, la actividad del pensamiento difiere de la actividad de los sentidos y la complementa. Pero el género humano no se divide en seres que piensan y seres que sienten; de ser así no podría sobrevivir mucho tiempo.

La disputa entre ciencia y espíritu fue debida en gran parte a los apólogos religiosos de la época victoriana, quienes querían a toda costa considerar a la ciencia como materialista y rastrera. La creencia de que la ciencia es sólo crítica procede de otros. Partió de los tímidos y sofisticados artistas del siglo pasado con el fin de que, en contraste, ellos pudiesen aparecer como creadores e intuitivos. Pero ya no podían ocultar lo que ellos mismos sabían que las mejores personalidades se veían arrastradas a la práctica de las' nuevas ciencias; un movimiento que Peacock ya había previsto setenta y cinco años antes en The Four Ages of Poetry.

Desde entonces las artes y las ciencias se han disputado las inteligencias más despiertas. Esta diputa es en sí

la prueba más evidente de que los verdaderos talentos pueden sentirse satisfechos tanto en un campo como en el

otro. En realidad, uno de los pocos descubrimientos psicológicos de nuestra generación en los que podemos confiar con un razonable margen de certeza es el de que la configuración de los factores intelectuales que diferencian la persona inteligente de la estúpida se encuentran la mayoría de veces tanto en un tipo de hombre como en el otro, tanto en el científico como en el humanista. La educación y la experiencia nos diferencian unos de otros, y también, aunque menos, nuestras aptitudes, pero en el fondo participamos de una misma base, más profunda, de inteligencia común. Esto es lo que permite confiar en que lo que escribo interesará a las personas

profanas y a los científicos, porque el lector que está interesado en una actividad que exige reflexión y capacidad

de juicio es seguramente una persona a quien la ciencia puede decirle algo. No es que esta persona sea sorda,

sino que han sido los especialistas —tanto en el campo del arte como en el de la ciencia— quienes no han sabido expresarse.

Mucha gente está convencida de que no pueden entender los objetos técnicos, o de que los números no les

entran. Esto les hace sentirse seguros y, desde luego, les ahorra muchos problemas. Pero el lector interesado está bastante seguro de que tiene capacidad para todo lo que esté dispuesto a aprender. Suponiendo que le interesen las matemáticas, por ejemplo, su interés ha sido generalmente ahogado por una enseñanza rutinaria, al igual que

el interés por la literatura de muchos científicos (y, por la misma razón, de muchos no científicos) se ha visto

abortada por las obras completas y la comedia de Shakespeare. Pocas personas sostendrían que aquellos cuyo gusto por la poesía no ha sobrevivido al certificado de enseñanza secundaria son básicamente insensibles con respecto a la poesía. No obstante, se privan alegremente de vastos placeres intelectuales de la ciencia como si fuesen patrimonio sólo de mentes privilegiadas. La ciencia no exige un sentido especial. Es tan amplia como el significado literal de su nombre: conocimiento. La noción de talento especializado es en comparación tan moderna como la del especialista, «el científico», palabra que sólo lleva cien años de existencia.

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Por ello, el tipo de lector en quien pienso cuando escribo es el que está interesado no tanto en las ciencias como lo está en la ciencia. En los Institutos Técnicos existía en el siglo pasado la tradición del autodidactismo, que en aquel entonces era algo de lo que uno podía sentirse orgulloso. Pero esta tradición ha desaparecido y no

ha representado una pérdida, porque el interés por la ciencia se ha ampliado. Todos tenemos conciencia de este

fenómeno. Los que quieren tener algún conocimiento de la ciencia no buscan información técnica. Ya no existen aquellos infortunados a los que hubiera gustado trabajar también en un laboratorio, si el destino no les hubiese confinado a un molino desde los doce años. Supongo que los que emprenden la lectura de este libro se sienten satisfechos de lo que saben y hacen, y no se consideran subalternos, como el héroe con bata blanca de una segunda versión filmada del descubrimiento del Compuesto E. Tampoco supongo que tengan que sentirse necesariamente fascinados por las maravillas del microscopio electrónico o del yodo radiactivo. Los considero personal conscientes de que el mundo en que han nacido se está transformando a lo largo de su vida, y que acerca de este cambio sienten la misma curiosidad que la que sienten por las novedades que ocurren a su alrededor —por la literatura o las artes o la política nacional o los asuntos del club de tenis.

Casi nadie pone hoy en duda realmente la amplitud y la importancia duradera de esta transformación. Pero muchas personas la relegan al olvido, decididamente o con turbación, y pasan la mayor parte del tiempo temiendo enfrentarse a este hecho, porque temen admitir que este movimiento está transformando sus vidas, va

borrando los límites de su mundo familiar, y enterrando sus valores, y al final cubriendo totalmente las personalidades que tenían que durar toda su vida. Sin embargo, estos temores son no tanto temores de los cambios sociales que efectúa la ciencia como simples temores personales. El miedo que se tiene, el miedo que tenemos todos, es a quedar marginados. Tenemos miedo de que ocurra algo que no seamos capaces de comprender y que nos aparte de la compañía de las personas más inteligentes y más jóvenes.

Considero que estos temores son infundados. Creo que resulta sencillo para una persona a quien le gusta discutir los problemas y leer los artículos de fondo con asiduidad no sentirse incómoda ante la ciencia: tan sencillo como para un científico puede ser tener una cierta afición a la biografía. La dificultad reside en el lenguaje y en una cierta prevención hacia lo nuevo. Pero quienes alimentan esta dificultad son aquellos científicos entusiastas que escriben como si el profano tuviese que ser compadecido, y que lo tratan como a un pretendido científico a quien debería hacérsele ver lo verdaderamente esencial. Desde luego, al escribir no pienso en semejante lector. Imagino a mis lectores, tanto científicos como profanos, como personas equilibradas que observan a su alrededor el mundo en movimiento y que quieren conocer suficientemente acerca de las fuerzas de la ciencia más allá del mundo que les es familiar, con el fin de tomar parte en este profundo y total movimiento de la Historia.

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A muchas personas les gusta creer que la ciencia ha ahogado progresivamente las artes, o que les ha dado una desagradable forma «moderna», y, por lo tanto, que el único modo de revitalizar las artes es desbancar a la ciencia. Desde luego, con frecuencia no se trata más que de un sentimiento de persona madura en favor del arte

de nuestra juventud, y la verdadera cabeza de turco no es la ciencia sino el cambio. Pero incluso allí donde este

sentimiento es menos parcial, nace de una mala interpretación de lo que es el progreso en arte y en ciencia. Hoy

la

ciencia es indiscutiblemente más poderosa que, por ejemplo, en tiempos de Isaac Newton, Contra esta opinión

se

alega que las artes, en la actualidad, raramente alcanzan las cumbres que alcanzó su contemporáneo John

Dryden. Con ello quiere llegarse a la conclusión de que la ciencia supera incesantemente sus propias ideas, mientras que la gran literatura permanece siempre. Pero esto es un embrollo de conceptos que no conduce a nada. Hoy no abundan más los Newton que los Dryden; por otra parte, la obra de Newton está con respecto a la ciencia actual en la misma relación que la prosa de Dryden respecto a la prosa contemporánea. Dryden y Newton revelaron cada uno toda una nueva gama de posibilidades en sus formas de conocimiento. Ambos son clásicos en el sentido de que a la vez fueron descubridores y hombres de grandes realizaciones, y sólo en este sentido puede calificarse a alguien de clásico.

La creencia de que la ciencia destruye la cultura se ha visto apoyada a veces por las afirmaciones de que las artes han florecido sólo cuando las ciencias han sido descuidadas. Esta tesis es tan directamente opuesta a la Historia que nos parece difícil intentar discutirla. ¿Cuál fue la edad de oro del arte no empañado por la tosca mecánica? ¿Dónde existió? ¿En Oriente? Las civilizaciones de Egipto, la India y del mundo árabe contradicen esta teoría. El único poeta oriental bien conocido en Inglaterra, Omar Khayyam, fue un astrónomo persa. ¿En Occidente? La cultura occidental empieza en Grecia, y en la gran época de la cultura griega el arte y la ciencia

se influyen mutuamente de modo más estrecho que en ninguna época moderna. Pitágoras vivió antes de que

Esquilo crease la tragedia griega. Sócrates enseñaba cuando la tragedia estaba en su máximo esplendor; y

¿consideraríamos a Sócrates en el campo del arte o en el de la ciencia? Y Platón, que no toleraba poetas en su estado ideal, era todavía un muchacho cuando Aristófanes cerraba los ojos a la tragedia griega. El ejemplo de estos hombres tanto en la ciencia como en el arte fue la llama que forjó el mundo moderno en el Renacimiento.

El tipo y el símbolo del hombre del Renacimiento fue desde el primer momento, y todavía lo es, Leonardo da

Vinci, pintor, escultor, matemático e ingeniero. Ningún otro hombre ha demostrado tan extraordinariamente la universalidad y la unidad del intelecto.

En Inglaterra situamos la edad de oro en el reinado de Isabel I, y en esta época florecieron tanto el comercio

y la industria como la creación literaria. Viajeros y aventureros como sir Walter Ralegh fueron los Leonardo de

aquel tiempo, y el propio círculo de Ralegh, que hizo de Christopher Marlowe un racionalista tenía como cabeza

a Thomas Hariot, matemático y astrónomo. La navegación depende de la astronomía; se desarrollaba

simultáneamente a las nuevas especulaciones acerca del mundo y el sistema solar; y, a su vez, los viajes de los grandes navegantes inspiraron la literatura de la Inglaterra isabelina, El mundo del arte y de la ciencia y el

mundo físico se desarrollaron juntos. No fue por accidente que la primera tabla de logaritmos fuese publicada pocos años después de la primera edición de las obras completas de Shakespeare.

Sesenta anos después de la muerte de Isabel I, Inglaterra vivió otra gran época, la edad de la literatura de la

Restauración. En este libro vamos a prestar especial atención a este momento, porque fue una característica de la época la fundación de lo que sigue siendo todavía hoy la sociedad científica más importante del mundo. La reunión que la fundó el 28 de noviembre de 1660 se inauguró con una conferencia sobre astronomía a cargo de Christopher Wren, arquitecto. Esta sociedad, la Royal Society, recibió su nombre y su lema del más entusiasta de sus fundadores: John Evelyn escritor de un famoso diario. Cuando la sociedad quiso fomentar el uso de una prosa sencilla y clara, nombró un comité que incluía un miembro de la entidad con una especial aptitud para ello: John Dryden, poeta.

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Las edades de oro de la literatura fueron en realidad grandes épocas en que las ciencias y las artes avanzaron juntas, ¿Existe aún esta posibilidad? Los críticos literarios dicen que no, que se perdió en Inglaterra con la Revolución Industrial, entre 1760 y 1800. Sin embargo, estos críticos sitúan el Renacimiento Romántico entre la muerte de Collins en 1759, que tanto significó para Wordsworth, y la publicación de las Lyrical Ballads en 1798. Este espacio de tiempo corresponde casi exactamente al anterior, y. ¿puede establecerse una distinción razonable entre ellos? ¿Puede sostenerse la idea de la Revolución Industrial como una especie de muerte? Dio a nuestro mundo su estructura. Apartó a la ciencia de la astronomía orientándola hacia lo que hoy son esencialmente sus objetos de estudio, que dependen de la utilización del poder técnico. Y creó en los poetas románticos y los reformadores lo que todavía hoy sigue siendo la sensibilidad de nuestro tiempo.

Digo que creó nuestra sensibilidad, aunque desde luego sólo hemos indicado la coincidencia de fechas: que Blake, Coleridge y Wilberforce fueron al fin y al cabo contemporáneos de Arkwright y James Watt. Contra esta teoría, quienes sostienen la ilusión de que la Inglaterra preindustrial era más sensible y educada señalan la miseria de la época industrial: mujeres en las minas, niños en las fábricas, los desastres de la propiedad privada en la agricultura, el hambre, las guerras napoleónicas y el reaccionarismo político. Fueron males muy terribles, pero hay males más antiguos que la época de 1800 y las máquinas. El trabajo de las mujeres y los niños durante interminables horas en sus propios hogares aparece con mucha frecuencia con los escritos de Defoe en 1725. Con todo, los augustos optimistas de su tiempo no lo vieron como algo contra lo cual había que protestar. Pero con la fábrica estos males pasaron al dominio público con toda •u crudeza; y el impulso reformador vino de los hombres del taller, de Robert Owen y el viejo Peel. Todavía hoy nos sentimos escandalizados de que los muchachos limpiasen las chimeneas casi ochenta años después de que Blake escribiese sobre ellos, en 1790, unos enternecedores poemas; el último de estos muchachos deshollinadores, Joseph Lawrence, vive todavía en el momento de escribir este libro. Pero los niños habían limpiado chimeneas cien años antes de Blake sin suscitar una sola línea de protesta desde Addison o Gay o el doctor Johnson. En su gran día de esplendor, los mineros escoceses todavía eran legalmente siervos, del mismo modo que los mineros de Grecia habían sido siempre esclavos; y ninguna de estas civilizaciones lo consideraba reprobable. De) mismo modo hoy en China, India y otros países subdesarrollados, la vida es brutal y dura, y la sensibilidad es desconocida; he visto esto con mis propios ojos bajo la delgada y ruda capa de mecanización en el Japón, lo mismo para las mujeres que para los animales. Fue el motor, la máquina de vapor, lo que aportó una cierta consideración por el caballo; y fue la Revolución Industrial lo que creó nuestra sensibilidad.

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La ciencia cambia nuestros valores en dos aspectos; introduce nuevas ideas en la cultura común y subordina ésta a la presión de los cambios técnicos, del modo como lo hemos descrito, hasta que toda la base de nuestra cultura ha sido imperceptiblemente transformada. Parece que la invención de la imprenta no afecte muy directamente el contenido de la poesía. Pero cuando un poema puede ser leído y releído de nuevo, es normal que el objetivo del poeta pase del ritmo al significado y a la alusión. Asimismo la invención de la fotografía ha hecho que el pintor y su cliente perdiesen interés por la fidelidad de la representación, transfiriéndolo a algún modelo más formal. Toda nuestra sensibilidad ha sido recreada por tales sutiles desplazamientos.

En la actualidad, las ciencias y tas artes no discrepan tanto como mucha gente cree. Las dificultades con que nos enfrentamos como profanos inteligentes a la hora de seguir la literatura, la música y la pintura actuales no dejan de tener su importancia. Son una prueba de la ausencia de un lenguaje amplio y general en nuestra cultura. Las dificultades que tenemos para entender las ideas básicas de la ciencia moderna son otras tantas pruebas de esta misma ausencia. Las ciencias y las artes compartieron el mismo lenguaje durante la Restauración. Hoy parece que ya no es así. Pero la razón es que comparten el mismo silencio: carecen de un lenguaje común. La misión de cada uno de nosotros es intentar reconstruir el lenguaje universal; sólo él puede unir el arte con la ciencia, el artista con el científico, en un mutuo entendimiento.

II.

La Revolución Científica y la máquina

1

Existen tres ideas creadoras que, cada una en su momento, han sido fundamentales para la ciencia: la idea de orden, la de causa y la de probabilidad, de las que este libro va a ocuparse. Empezaremos por la que es tal vez la más difícil de tratar, la idea de orden.

Ninguna de las tres es exclusiva de la ciencia, y la de orden, la que lo es menos. La ciencia ha hecho uso de ellas, pero las tres existían mucho antes de esta utilización. Son más generales y profundas que las técnicas en que la ciencia las expresa. Son ideas del sentido común, en el sentido de que son generalizaciones que todos hacemos a partir de nuestra vida cotidiana y que empleamos continuamente para ayudarnos a vivir nuestras vidas.

Por desgracia, el sentido común no tiene registrada una historia. A menudo damos por supuesto que no experimenta ningún desarrollo y que lo que hoy llamamos sentido común ha sido siempre esto mismo para todo el mundo, lo cual no es verdad.

La ciencia registra todo esto con más claridad. La ciencia no posee una historia en que pueda seguirse fácilmente el desarrollo de estas ideas. No obstante, en esta historia podemos distinguir uno de los momentos más sobresalientes cuando las ideas del sentido común se formaron. Este momento aparece claramente en el siglo XVII. Esta época, que hizo a Newton y que Newton hizo, fue un momento culminante y el verdadero nacimiento de la ciencia inglesa. Es a Newton a quien vamos a estudiar inmediatamente, porque nada revela mejor esta época como la insigne personalidad de este gran hombre.

2

Ningún científico, ningún pensador ha alcanzado nunca la reputación de Isaac Newton. Nunca ningún otro hombre dejó una huella tan profunda sobre su tiempo y sobre nuestro mundo, a menos que fuese un hombre de acción, un Cromwell o un Napoleón. Como las relaciones de Cromwell y de Napoleón, las de Newton fueron posibles gracias a la coincidencia, o mejor a la conjunción, de dos factores: personalidad y oportunidad. Cada uno de estos hombres, tanto el pensador como el hombre de acción, pasaron a la Historia en un momento de inestabilidad social. Newton nació durante la revolución de Cromwell, en la turbulenta década de 1640; había cumplido dieciocho años en el momento de la Restauración en 1660, y publicó los Principia durante las intrigas que terminaron con la llegada a Inglaterra de Guillermo de Orange, en la revolución de 1688. Éstos son los momentos en que el espíritu poderoso o el carácter tenaz siente el fermento de la época, en que sus pensamientos se aceleran y en que puede inyectar en las dudas de los demás las ideas creadoras que les darán vigor y orientación. En tales momentos, el hombre que puede dirigir a los demás, en el campo del pensamiento o en el de la acción, puede rehacer el mundo.

Newton fue una de estas personalidades. Su espíritu complejo y no obstante claro, su capacidad imperturbable de reflexión han dejado su sello sobre todo lo que hizo. La característica de Newton estriba en su estilo, y estilo y contenido son una misma cosa; ambos son proyecciones de la misma y única personalidad.

La ciencia no es una construcción impersonal. No es ni más ni menos personal que cualquier otra forma de pensamiento transmitido. Este libro no es menos científico porque mi estilo sea personal, y no me excuso por ello. La ciencia busca la experiencia común de la gente; la hace la gente y tiene su estilo. El estilo de un gran hombre determina no sólo su propia obra, sino que, a través de ella, ejerce su influencia en la obra de los demás durante generaciones. El estilo de la obra de Newton tanto como su contenido han dominado el mundo de la ciencia durante dos siglos, y en el transcurso de este período dio forma a sus hábitos y a sus objetos. Pero el estilo no es el monopolio de los grandes hombres ni su apreciación una tarea reservada a los especialistas. El estudiante que es capaz de pasar brillantemente una prueba obtusa conoce el estilo, y lo goza. Ciertamente encuentra más fácil apreciar el estilo de los grandes científicos que el de Shakespeare.

No pretendo aquí reproducir aquel estilo, su sensibilidad y sus rasgos específicos. No puede ser comparado

con otros, ni sopesado ni analizado en unas cuantas páginas de la historia del saber universal escrita por alguien, ni en los capítulos dedicados a la ciencia o a Shakespeare. Todos comprendemos que Shakespeare, en su totalidad, no puede ser entendido a través de un libro, sino sólo a través de sus obras completas. Del mismo modo, si queremos conocer la totalidad de Newton, el hombre y su estilo, la gran sagacidad, la vigorosa prosa, hemos de leer los Principia y las Opticks, Sólo así se nos mostrará la personalidad y la dinámica de la obra, la sólida naturalidad y la fluida seguridad que las Opticks comparten sorprendentemente con Antonio y Cleopatra.

Pero no tenemos por qué llegar a un punto muerto en estética. Al fin y al cabo, pocos de entre nosotros sabemos apreciar tanto el estilo que no podamos leer a Balzac y Stendhal traducidos, o incluso a Flaubert y Proust. Desde luego, pocos aprenderíamos francés sólo con el fin de conservar este puritanismo estético. Del mismo modo tenemos que sentirnos satisfechos de que existan traducciones de obras científicas. La ciencia de una época, como su arte o su música, tiene un estilo. Pero también tiene un contenido y una estructura más amplios que cualquier obra de un solo Individuo, y dentro de este contenido y estructura las obras de los hombres adquieren una forma y un significado. Shakespeare formó parte de un grupo de escritores de obras de teatro, y él y los restantes miembros de este grupo compartieron el mundo en expansión de los navegantes y aventureros de la época isabelina. Newton fue uno de los jóvenes descubrimientos de la Royal Society en sus primeros tiempos, en los turbulentos anos que hemos descrito. El hecho de saber esto no implica que estemos en disposición de apreciar las realizaciones de todos estos hombres, y todavía mucho menos puede este conocimiento suplir el criterio de valoración del arte o la ciencia. Pero nos proporciona una visión del contexto general que nos permite ver, más allá del ámbito limitado de nuestros intereses, el vasto y fértil campo global del conocimiento.

3

Ningún otro momento de la historia de Inglaterra ha igualado en promesas al decenio de 1660, cuando se fundó oficialmente la Royal Society. Y si bien no alcanzó la misma intensidad en otros países, fue un momento culminante de la historia europea. La antigua tradición de la astronomía en las naciones con aspiraciones marítimas alcanzó su punto más elevado, en Inglaterra, con Newton y, en Holanda, con Huygens.

¿Qué da este carácter extraordinario a la época de la Restauración? Todos nos formamos una determinada idea de esta época, y esto ya es en si un rompecabezas. ¿En qué reside exactamente el aprecio que se tiene por la subida al trono de Carlos II? Seguramente no en los acontecimientos políticos y literarios que citan los libros de Historia. El conservador más romántico no podría declarar que Carlos II fuera un gran rey, Dryden fue un gran poeta: no obstante, como poeta, no puede equipararse a su predecesor Milton. Asimismo, respecto a tos dramaturgos de la Restauración, hay que reconocer su sano humor, pero a duras penas puede otorgárseles un lugar destacado entre los escritores de obras de teatro ingleses.

En realidad nuestra opinión de este período es favorable al mismo porque se asienta sobre realizaciones más amplias y sobresalientes que las citadas. Éstas son de orden científico más que de carácter literario, pero no son claramente de un tipo o de otro, del mismo modo que no lo es la excelente prosa de Dryden. Son las realizaciones más avanzadas de una cultura liberal, y forman parte de una espontánea ola de simpatía e intereses que se extendió por toda Europa. Podemos descubrir este carácter incluso en las extrañas condiciones políticas que hicieron posible la restauración de la monarquía sin derramamiento de sangre y poca sed de venganza, después de una larga dictadura surgida y perpetuada con violencia y sangre. Consideremos además las circunstancias en que a la subida al trono de Carlos II, se fundó la Royal Society. La mayoría de sus presidentes eran profesores de tendencia puritana y algunos de ellos incluso tenían cargos de los cuales Cromwell había desposeído a los realistas que los ostentaban. Naturalmente, el matemático John Wallis obtuvo su puesto gracias a su habilidad en aplicar la ciencia a las necesidades militares de Cromwell: fue un auténtico pionero en echar abajo los cálculos del enemigo, y éste ha continuado siendo la tradicional ocupación de los matemáticos en épocas de guerra. Carlos II no podía apreciar a estos hombres y tampoco sentía un especial interés por la ciencia. Sin embargo, Evelyn le convenció para que diera su nombre a la nueva sociedad, y los literatos se disputaban con los científicos los puestos en la misma.

Puede establecerse un cierto paralelismo entre la posición de Huygens en la Académie Royale des Sciences de París y la de estos hombres. Christian Huygens nació en Holanda en 1629. Su padre y su abuelo eran diplomáticos a) servicio de la casa de Orange. La familia era amiga de Descartes, el cual estuvo exilado en Holanda durante la juventud de Huygens. En 1660, Luis XIV empezó a presionar sobre la casa de Orange y un poco más tarde invadió Holanda. A pesar de todo esto. Huygens, un holandés, protestante y cartesiano, fue invitado a ir a Francia a establecer las bases de la Academia Royale en 1666, y permaneció como su presidente

hasta mediados de la década de 1680, cuando la política antiprotestante se volvió al fin demasiado dura para él.

El hecho de poner a su frente a Huygens era tan importante para la Académie como lo sería poco después para la Royal Society el hacerlo con Newton, que era trece años más joven que Huygens, Como científico, éste no podía equipararse a Newton, no tenía ni la capacidad ni el alcance de Newton para las matemáticas o la experimentación. Su temperamento era más que el de un inventor o un técnico —el científico inglés que se le parece más es Robert Hooke, director del departamento de experimentación y secretario de la Royal Society—; era más bien el de una persona caprichosa, cuya antipatía por Newton (y la de Newton por él) dio un aire de extravagancia a las polémicas científicas de la época. Como Hooke, Huygens aportó mejoras fundamentales a los relojes buscando una ayuda para la astronomía. En realidad inventó el péndulo como un mecanismo para medir el tiempo; y Hooke inventó el primer escape de reloj con el mismo propósito. Las obras de cada uno, como las de Newton y las de todo científico en este brote de invención abarcaban un campo vastísimo. Huygens descubrió los anillos de Saturno y la fórmula de la fuerza centrifuga. Realizó importantes aportaciones al campo de la mecánica y la óptica, y uno de sus mayores méritos es haber despertado el entusiasmo por todas estas materias en el joven Leibnitz.

Hemos señalado que estos hombres no eran solamente científicos y que no existía una barrera entre sus intereses y los de los hombres dedicados a otros campos. Artistas, escritores y científicos compartieron sus intereses y sus pasiones. En Inglaterra, entre los miembros de la Royal Society se contaban Robert Boyle y el poeta Denham, Samuel Papys y el matemático Wallis, sir William Petty Edmund Waller y John Aubrey. Esta sociedad se interesaba por las matemáticas y los fósiles, por la mecánica y la botánica, y por las aplicaciones prácticas que iban desde la metalurgia hasta la estadística de las poblaciones. Tenía un único y universal anhelo, "ampliar el conocimiento de la Naturaleza mediante la experimentación».

Lo mismo que en Inglaterra ocurría en el resto de Europa. Tomemos de nuevo el mundo de Huygens como un ejemplo, para mostrar cómo toda la cultura de aquel momento se mantenía unida por los mismos intereses. Los libros de texto citan a Huygens porque creía que la luz era un movimiento ondulatorio y porque desarrolló esta Idea con éxito. Newton sostenía el punto de vista contrario, según el cual la luz es una corriente de partículas diminutas; y en este punto Newton estaba equivocado, aunque lo que importa no es que esto fuera verdad o no. Lo verdaderamente importante es ver cuan extensa era la influencia de la óptica en la cultura de la época, principalmente en Holanda. Huygens era el contemporáneo de Rembrandt, Spinoza y del gran naturalista Leeuwenhoek. Este último era un constructor aficionado de microscopios simples y se destacó en el estudio del microcosmos gracias a su habilidad como técnico y observador. Spinoza fue un experto pulidor de lentes. Fue un subproducto de su profesión (como los poetas artesanos de la tradición alemana), pero esta tradición dio origen a los descubrimientos holandeses; el propio Galileo construyó su telescopio en 1609 sólo después de haber oído que los pulidores de lentes holandeses podían ver muy lejos Juntando unas lentes. No resultó descabellado relacionar el trabajo cotidiano de estos hombres con la importancia que Huygens dio a luz en su pensamiento y Rembrandt en sus cuadros. Este interés por la luz no estaba ausente en Inglaterra; los bellos experimentos con los colores que Newton describe en sus Opticks tuvieron la misma repercusión sobre los poetas y los pintores de esta nación. Las descripciones de la Naturaleza efectuadas por los poetas del siglo XVIII tienen unos colores mucho más vivos que las de los poetas de épocas anteriores. No siempre advertimos la sensual abundancia de colores en Pope tal vez porque surge de este interés olvidado por el espectro. Sin embargo. Pope emplea tres o cuatro veces más nombres de colores que Shakespeare y los utiliza unas diez veces más.

Así, pues, alrededor de 1660, Europa estaba a punto de efectuar una gran revolución en el campo del pensamiento. Ésta seria la Revolución Científica y se manifestaría en todas las formas de la cultura. A veces hablamos como si la ciencia hubiera suprimido las formas de pensar tradicionales. Nada de esto es cierto. La Revolución Científica del siglo XVII tuvo un carácter universal. Desde luego, no hubiese tenido lugar de no haberse producido entre los pensadores una profunda transformación de la actitud para con todo lo natural y sobrenatural. El puritanismo en Inglaterra y la persecución del protestantismo en el resto de Europa son las pruebas religiosas de esta transformación; Marweit y Moliere lo expresan en las artes, y la revolución de Cromwell y las guerras de Luis XIV son los signos políticos del mismo fenómeno. Desde luego, este movimiento de transformación no estaba desprovisto de algunos antecedentes concretos en el mundo del intelecto. En el fondo, todo esto proviene de la explosión de la rígida jerarquía de terratenientes y artesanos que formaba el mundo medieval, explosión originada por el desarrollo del comercio y la industria para aumentar las ganancias. Pero esta retrospección hasta las causas primeras nos aparta demasiado de la Revolución Científica misma.

Lo importante aquí es que la transformación de la que la Royal Society y la Académie Royale eran las

pruebas visibles fue más amplia y profunda que la ciencia, y tuvo que ocurrir con anterioridad a la misma aparición de aquéllas. Evidentemente, Carlos I y Luis XIII no podían dar su beneplácito a estas sociedades: sin embargo, sus sucesores lo encontraron natural porque a mediados de la década de lé60 las sociedades habían experimentado un mayor desarrollo. Carlos II y Luis XIV no favorecían la ciencia; en realidad no hicieron más que doblegarse a un cambio universal de perspectiva. Naturalmente, en el siglo siguiente se produjo una reacción, y con aspectos tan interesantes que tendremos que examinarla más de cerca. Y. precisamente, esta reacción es lo que nos lleva a considerar los progresos más recientes de la ciencia como unas consecuciones absolutamente nefastas. Pero no dejan de ser reflujos de menor importancia en la corriente de la Historia. La gran marea fue el siglo XVII. Fue el momento de la transformación, de la crisis en que hombres como Cromwell

y Newton pudieron rehacer el mundo. Ellos trastornaron el mundo con las crecidas del Severn y, por un

momento, lo sacudieron: pero la transformación en perspectiva, la inevitable inundación, había estado acumulándose desde mucho tiempo atrás. Para ver lo que ocurrió en 1660, tenemos que observar el panorama de

la ciencia y el pensamiento antes de esta época, y ver qué aspecto ofrecía antes de que el cambio le infundiese

nueva vida.

4

Es difícil comprender hoy en día la estructura global del pensamiento en la Edad Media. Se caracterizaba por un orden específico, pero los principios según los cuales estaba organizada nos parecen ahora extraños y absurdos. Tomemos, por ejemplo, la simple pregunta que .se dice llevó a Newton a plantear el problema de la gravitación universal: ¿Por qué cuando una manzana se desprende del árbol cae hacia el suelo? Este problema ya había sido planteado varias veces a partir del siglo XIV, cuando los activos e inquietos hombres del Renacimiento italiano empezaron a interesarse por el mundo de la mecánica. Para responder a esta pregunta recurrieron a uno de los grandes redescubrimientos de los árabes y del Renacimiento, las obras de los filósofos griegos. Para nosotros, esta respuesta sabe a la más pomposa tradición filosófica, y no explica el mundo, sino que lo complica en una serie de tautologías: la Edad Media respondió a la cuestión suscitada por la calda de la manzana a la luz de la tradición de Aristóteles, diciendo que la manzana cae hacia abajo y no hacia arriba porque su naturaleza es caer hacia abajo.

Enunciándola de esta forma, hemos hecho desde luego una parodia de la respuesta. Lo hemos hecho no para burlamos de ella, sino, al contrario, para mostrar que, incluso en esta forma extravagantemente Ingenua, la respuesta no es de hecho pueril. Sólo lo sería si leyésemos: «Esta manzana cae hacia abajo y no hacia arriba porque la naturaleza de esta manzana en este instante es caer hacia abajo.» Pero esto no es lo que dijo Aristóteles. Para él, esta manzana cae hacia abajo ahora porque la naturaleza de todas las manzanas es caer hacia abajo siempre. Por simple que nos parezca esta idea es en realidad un atrevido y notable desarrollo de la inteligencia. La simple creación de una clase permanente de manzanas, la simple generalización del concepto de manzana, es un acto de importancia fundamental. Desde luego es lo suficientemente simple como para crear una clase de objetos idénticos como, por ejemplo, peniques o las letras A mayúsculas de este libro. Pero la Naturaleza no proporciona objetos idénticos; al contrario, siempre son creaciones humanas. Lo que la Naturaleza proporciona es un árbol lleno de manzanas que son todas visiblemente semejantes pero no idénticas:

hay pequeñas y grandes, rojas y verdes, con gusanos y sin gusanos. Formular una afirmación sobre todas estas manzanas juntas, y sobre las clases de manzanas (crabs, Orange Pippins y Beauties of Bath), constituye la base de lodo razonamiento.

Este hecho es tan importante que no podemos dejar de señalarlo. El hecho de reunir cosas no idénticas en un grupo o clase es tan común que olvidamos su enorme alcance. Este hecho consiste en admitir que una serie de cosas que no son idénticas, son semejantes. Luego las ordenamos según lo que creemos que tienen en común, es decir, por lo que las hace semejantes. El hábito hace que nos parezca evidente esta semejanza, por ejemplo: que todas las manzanas o árboles o toda la materia son semejantes. Sin embargo, existen lenguas de las islas del Pacífico en que cada árbol de la isla tiene un nombre, pero que ignoran la palabra árbol. Para los habitantes de estas islas, los árboles no son semejantes, sino que lo importante para ellos es que los árboles son diferentes. En estas islas los hombres se identifican con el tótem de su clan, por ejemplo con el papagayo, y les parece evidente que son como papagayos, mientras que a nosotros esta idea nos parece simplemente ingenua e inadmisible.

Esta capacidad de ordenar las cosas según si son semejantes o diferentes es, a nuestro parecer, la base de la inteligencia humana, y ciertamente es una capacidad humana, ya que distinguimos y en cierto modo introducimos la semejanza que en modo alguno la Naturaleza ofrece a la vista de todos. El mismo ejemplo de la manzana de Newton ilustra concretamente esta teoría, en tanto que la intuición repentina de Newton, tal como él mismo contó, consistió en advertir precisamente la semejanza, que nadie antes había visto, entre la calda de la

manzana y la oscilación de la luna en su órbita alrededor de la tierra. La teoría de la gravitación se basa en esto, y tan común y evidente como resulta ahora la semejanza para nosotros, habría parecido simplemente fantástica a los aristotélicos de la Edad Media.

5

Pero, desde luego, las generalizaciones contenidas en cata respuesta no terminan con las manzanas. Los aristotélicos decían que la manzana cae hacia abajo y no hacia arriba porque la naturaleza de las cosas terrestres es caer siempre hacia abajo. Veían una semejanza entre todos los cuerpos, y con ella ordenaron el Universo a su alrededor en distintas categorías de cosas según los cuatro elementos clásicos: la tierra, el agua, el aire y el fuego. Esta teoría tenía un enorme alcance, y era aplicada al cuerpo y al espíritu tanto como a la materia inerte. Pero lo que nos interesa ahora es el tipo de estructura que proporcionó al Universo, según la cual las cosas terrestres pertenecían a la tierra; su lugar natural era el centro de la misma, y calan porque tendían a ella. Lo que hacía flotar al Universo y le impedía alcanzar el punto de reposo definitivo en sus centros naturales eran las luchas entre los elementos, la materia terrestre levantada por la acción del fuego, el agua empujada por una corriente de aire. El Universo vivía a través de la tensión entre sus elementos, todos ellos con objetivos que se interferían entre sí porque todos buscaban sus distintos centros. Es una idea vigorosa y un orden de la Naturaleza basado en semejanzas y diferencias constatables. Sin embargo, para nosotros ahora no es más que una pura Fantasía; los criterios de semejanza sobre los que se asentaba nos parecen basados en características inesenciales y nos parece muy estúpido no comprender cómo funciona realmente el Universo.

El sistema de la Edad Media, tomado de Aristóteles, difiere en dos puntos principales de nuestra idea de sistema físico. En primer lugar, contiene acerca de la materia nociones distintas y, por cierto, bastante diferentes de las nuestras. En esta concepción se encuentran causas de acción de un tipo que no se nos ocurriría pensar como existentes en la materia: causas de la acción humana, allí donde sólo vemos el impersonal funcionamiento de una máquina. La tierra, el agua, el aire y el fuego tienen naturalezas que en el fondo son naturaleza humana, y los que construyeron esta concepción los consideraron partes de la naturaleza humana. Lo que los impulsa en una especie de voluntad, tal vez una voluntad ciega, pero sí una obstinada voluntad animal. Los cuerpos querrían, por así decirlo, alcanzar el reposo en el centro de la tierra, el aire querría correr hacia arriba. Aristóteles podía sostener en teoría que, dadas estas naturalezas de los elementos, todas las demás cosas se deducen en consecuencia. Pero en realidad no era entendido o tratado como un mecanismo. Se desprendía de una concepción de la Naturaleza como esencialmente animal, intencionada y viva.

En segundo lugar, el orden de la concepción medieval era realmente una Jerarquía, según la cual todo sigue los designios de la Naturaleza tal como debe ser; el gran proyecto tiende hacia un orden, y al alcanzarlo queda transformado y se realiza plenamente. Todo se dirige a su centro, las cosas de la tierra van hacia abajo y las del aire hacia arriba, porque su lugar estable y Justo es éste; sin embargo, al llegar a él, todo se pararla y el mundo dejaría de moverse en este punto central. Vemos como esto concuerda con la visión griega de un mundo inmóvil constituido por una serie ininterrumpida de instantes, y también con la concepción religiosa de la Edad Media según la cual toda vida terrenal es imperfecta. El mundo es desorden y busca el orden en la gran jerarquía ideal según la cual todo debería regirse, y que serla una perfección estable.

Esta concepción nos resulta ahora inconcebible. Pero no lo es como fábula, sino que, al contrario, continúa siendo muy común y poderosa, como podemos comprobar con sólo leer los últimos poemas de Yeats. Lo que resulta inimaginable para nosotros es que haya sido considerada como lo que debe ser una teoría científica. No explica nada, decimos, no es coherente, es insostenible, no tiene sentido. Con ello queremos decir que este mundo no se parece en modo alguno a la máquina inhumana, ciega y automática que consideramos es el Universo; una máquina en la que todo lo que ocurre, ocurre sólo porque algo ocurrió antes.

6

Hay un caso que nos permite apreciar la diferencia entre la concepción de, por ejemplo —y para seguir con el caso citado—, Leonardo da Vinci y la de Isaac Newton. Da Vinci era un gran inventor muy versado en mecánica, como lo eran Newton y sus amigos. Sin embargo, una rápida lectura a sus apuntes nos muestra que lo quo le fascinaba de la Naturaleza era su variedad, su infinita adaptabilidad, su idoneidad y la individualidad de todas sus partes. En cambio, lo que Newton encontraba fascinante en la astronomía era su unidad, su singularidad, su modelo de una naturaleza en que las partes diversificadas eran meros aspectos de los mismos indistintos átomos. Y cuando Da Vinci buscaba un efecto planeaba la manera de hacer que ocurriera: tal era el fin de sus máquinas. Pero las máquinas de Newton (era ciertamente un dotado experimentador) son medio no

para producir unos efectos sino para observarlos. Veía un efecto, y buscaba su causa.

Hemos llegado de este modo a la idea de causalidad, y hemos demostrado que es uno de los aspectos más importantes que distinguen la Edad Media de la Edad Científica. Podría incluso constituir en si misma el punto fundamental de esta distinción; es un procedimiento 3 natural y convincente. Podríamos decir que la Edad Media consideraba a la Naturaleza como algo que tiende a su propio orden interior; y que la Revolución Científica destruyó este orden y puso en su lugar el mecanismo de la causalidad. Pero esto no es el fondo de la cuestión. Por un lado, toda ciencia, y desde luego todo pensamiento, tiene su punto de partida y su base en la noción de orden; lo que caracteriza la Edad Media es que su orden era siempre una jerarquía. Y, por otro lado, lo que caracteriza la concepción científica no es que partiese del mecanismo de las causas, sino que consideraba el mundo absolutamente como un mecanismo —una máquina de acontecimientos. Al observar los acontecimientos de la marea alta en Greenwich o un eclipse en La Haya, no observaba la naturaleza del agua o del fuego, sino otros acontecimientos, anteriores y posteriores. La Revolución Científica representó un cambio: de un mundo de cosas ordenadas según sus naturalezas ideales, pasó a un mundo de acontecimientos que se desarrollan de acuerdo con la mecánica constante del antes y el después.

III.

El modelo de Isaac Newton

1

Las grandes revoluciones que estudiamos siguen un largo proceso de desarrollo y al final acaban por transformar todas nuestras formas de pensar. Pero este cambio se efectúa primero en un campo del conocimiento que ocupa un lugar especial en la vida social e intelectual de aquella época. En el siglo XIX, el interés que compartían profanos y especialistas era la edad de la tierra y el origen del hombre, y fue precisamente en este campo donde las ciencias biológicas empezaron a desarrollarse. En los siglos XVI y XVII el campo central del conocimiento era la astronomía, que era de la mayor importancia social para las naciones y las clases mercantilistas. Era un terreno práctico, técnico; no era despreciado, pues, como apto sólo para marineros y matemáticos. La astronomía era una actividad de caballeros, mino tocar el laúd, como podemos ver por el número de composiciones para este instrumento cuyos grabados están salpicados de estrellas. Hemos indicado que Christopher Wren fue profesor de astronomía, primero en Londres y luego en Oxford.

Los pasos que precedieron y prepararon la gran irrupción y transformación de la astronomía en 1687 son ahora bien conocidos, y sólo vamos a recordarlos brevemente. Los hombres han sabido durante varios miles de años que el sol y los planetas se mueven con regularidad sobre un trasfondo de estrellas que parecen inmóviles. Estas regularidades pueden servir para prever o reconstruir un momento dado: los babilonios se servían de ellas para predecir eclipses de la luna y del sol, más o menos cada dieciocho y sesenta y seis años. El sol, la luna y los planetas pueden representarse como moviéndose alrededor de la tierra por estas órbitas regulares en grandes capas o esferas. Ahora bien, las órbitas, que vistas desde la tierra están curiosamente entrelazadas, pueden ser consideradas como la rotación de discos sobre discos; de este modo Ptolomeo y otros griegos de Alejandría las trazaron en el cielo, de noche, mil ochocientos años atrás. La descripción de Ptolomeo no pretende explicar el movimiento de los planetas, si pudiésemos hacerle comprender el significado de la palabra «explicar», tan natural para nosotros. Ordena sus movimientos describiéndolos, y de este modo nos dice dónde podemos esperar verlos la próxima vez.

En el siglo XVII se produjeron dos hechos que hicieron que la astronomía no estuviese de acuerdo con esta descripción; ambos son interesantes porque nos recuerdan que la ciencia se compone de hechos y lógica. El astrónomo danés Tycho Brahe efectuó mejores y más regulares observaciones de las posiciones de los planetas, y éstas demostraron que las órbitas de Ptolomeo, fascinantes aunque apareciesen como curvas matemáticas, sólo eran en realidad guías bastante imperfectas para saber por dónde se mueven los planetas. Incluso antes, en 1543, Copérnico demostró que estas órbitas eran mucho más simples si eran observadas no desde la tierra sino desde el sol. A principios del siglo XVIII, estos dos descubrimientos fueron combinados por Kepler, el cual había trabajado con Brahe. Kepler utilizó los cálculos de Brahe y las especulaciones de Copérnico para deducir una descripción general de tas órbitas de los planetas: por ejemplo, demostró que, visto desde el sol, un planeta recorre un espacio igual de su elipse en el mismo espacio de tiempo.

Newton y sus contemporáneos operaban a partir de estas generalizaciones empíricas de Kepler cuando empezaron a buscar un orden más profundo bajo los movimientos de los planetas. Disponían además de una nueva teoría como arma, porque mientras que Kepler había estado trabajando en el Norte de Europa, en Italia, Galileo había trastornado definitivamente las concepciones físicas de las obras de Aristóteles, que desde hacía tiempo eran atacadas en París. En el momento de fundarse la Royal Society, las complicadas ideas griegas sobre el movimiento, con su conflicto entre tierra y aire, choque y vacío, eran relegadas al olvido. Aún no habían sido formuladas claramente unas nuevas leyes del movimiento; esta sería la tarea de Newton. Había claras descripciones de cómo y por dónde los cuerpos se mueven realmente, pero en ellas no se pretendía explicar por dónde deberían moverse.

2

¿Cuál fue el carácter de la intuición de Newton? ¿Cómo puso en práctica sus grandes dotes y aprovechó la gran oportunidad que hemos descrito?

Para empezar por donde menos acertó, recordemos que continuó la simplificación que Kepler había

empezado, pero llevándola de la geometría a la física. Ptolomeo, Copérnico, Tycho Brahe y Kepler, en el fondo

no buscaban nada más que trazar las órbitas de los planetas. Kepler descubrió entre estas órbitas un parecido más profundo que cualquier otro fenómeno en la astronomía tradicional, ya que para él había semejanza de movimientos pero también de formas. No obstante, sus órbitas continuaron siendo descripciones, más cuidadas

y concisas que las de Ptolomeo pero ya no universales. Porque incluso cuando Kepler especulaba sobre una

atracción de los planetas por el sol no disponía de ningún principio para relacionarla con el movimiento de los cuerpos terrestres. Galileo fue quien primero vislumbró esto, y también hubo otros pensadores a lo largo del siglo XVII que tenían conciencia de qué tipo de principio buscaban; pero fue Newton quien lo formuló, de repente y completamente. Dijo que el cambio de movimiento es producido por una fuerza, que el movimiento de los cuerpos, sea una manzana, la luna y la tierra, o un planeta y el sol, es debido a unas fuerzas gravitatorias que se atraen entre sí. Y sólo él entre sus contemporáneos demostró matemáticamente que, si estas fuerzas son postuladas de modo correcto, pueden mantener los planetas moviéndose como la maquinaria de un reloj; ellas mantienen la luna en cu órbita, y las mareas que se mueven bajo el influjo lunar, y la unidad del Universo entero. Estas aportaciones son de tal importancia que con ellas culmina la astronomía, y sólo constituyen una parte de las aportaciones totales de Newton a la ciencia. Con todo, nuestro estudio tiene por objeto no tanto los logros como el pensamiento que los inspiró. En él encontramos la penetrante concepción del Universo como una máquina; no un modelo sino una maquinaria de relojería. Encontramos también la de las fuerzas motrices dentro de la máquina: la única fuente de la acción es la gravitación. Existe también el brillante compromiso entre la descripción de los astrónomos y la causa primera de los teólogos, en la que Newton modeló de una vez por todas la noción de causa tal como ha llegado hasta nosotros. Ciertamente Newton asimiló suficientemente la noción aristotélica de la naturaleza de las cosas como para explicar el Universo dando a toda la materia una sola naturaleza —todo cuerpo tiende a Juntarse con los demás. Y, para terminar, encontramos la extraordinaria solución de la ambivalencia dentro de toda ciencia, mostrando que se compone misteriosamente de hechos y lógica, de tal modo que todavía queda más allá de todo análisis.

De todas estas impresionantes aportaciones vamos a separar dos. Una es el desarrollo que hace Newton del concepto de causalidad, transfiriéndolo de su forma escolástica, por ejemplo, en santo Tomás de Aquino, a la forma moderna que ahora nos parece tan evidente. Vamos a tratar este tema en este mismo capitulo, y lo

abordaremos a través de una aportación emparentada con este concepto, y que a nuestro parecer es tan importante como este último: la unión del método lógico con el empírico. Lo que Newton realizó en este punto

se ha convertido en un lugar común del método científico, pero ya no somos tan conscientes de lo que es.

3

Para obrar de un modo científico, de un modo humano simplemente, son necesarias dos cosas; hecho y pensamiento. La ciencia no consiste sólo en hallar hechos; ni basta con pensar, aunque sea racionalmente. Los procesos de la ciencia son característicos del obrar humano en el sentido de que se desarrollan a través de la unión del hecho empírico y el pensamiento racional, de modo tal que pueden ser separados. Hay en la ciencia, como en nuestras vidas, un continuo ir y venir de descubrimientos reales, y luego de reflexión sobre las implicaciones de lo que se ha descubierto, volviendo luego a los hechos para comprobar y descubrir —el desarrollo paulatino de la experimentación y la teoría, un eterno vaivén entre ambos.

La unión de los dos métodos es la base misma de la ciencia. Whitehead, que ya puso de relieve este hecho, sitúa la fecha de la Revolución Científica en el momento en que Galileo y sus contemporáneos se dieron cuenta de que los dos métodos, el empírico y el lógico, no tienen sentido separados, y que han de ir reunidos. Según Whitehead, la Edad Media era tan lógica en sus especulaciones sobre la Naturaleza como lo somos nosotros. No

es como racionalistas que les aventajamos; nuestros éxitos materiales resultan de juntar a su lógica, a cada paso audaz de la razón deductiva, una vuelta inexcusable a los duros hechos empíricos. El momento en que empezó,

y en que la autoridad del pensamiento y la palabra respondió al desafío del hecho, suele situarse en un

acontecimiento que ocurrió en Pisa. Se dice que Galileo dejó caer un cuerpo grande y otro pequeño desde lo alto de la torre inclinada, y llegaron al suelo más o menos juntos, contradiciendo irrefutablemente las afirmaciones de Aristóteles y Tomás de Aquino. Pero raras veces es la Historia tan simple o decisiva. Galileo no realizó este experimento en Pisa, y quienes lo intentaron fracasaron. Y mientras tanto la lógica proyectaba el experimento. Algunos espíritus independientes de la avanzada Escuela de Paris dudaban desde hacía tiempo de la afirmación aristotélica según la cual los cuerpos mas grandes caen más rápidamente. La objeción lógica que presentaban puede enunciarse así: puesto que tres cuerpos lanzados al mismo tiempo caen uno al lado del otro, es por lo menos improbable que dos de ellos caigan más deprisa que el tercero simplemente porque estén ligados o reunidos en un cuerpo mayor. Galileo en sus propias obras cuenta, no los experimentos de Pisa, sino este curioso experimento teórico.

No hay que preguntarse demasiado escrupulosamente si tomaremos este acontecimiento o este pensamiento como la hora cero de la Revolución Científica. Ningún cambio de perspectiva es tan directo como viene a suponer Whitehead, o tan repentino como a veces podemos haberlo descrito. Los orígenes de la Revolución Industrial se remontan a los años anteriores a 1760 y los de la Revolución Científica a mucho antes de 1660 o naturalmente hasta este remoto día, real o imaginario, en lo alto de la torre inclinada de Pisa hacia 1590. Pero lo que nos interesa no son fechas, sino el evidente cambio sustancial de una perspectiva a otra más actual. El punto de vista antes de la Revolución Científica estaba de acuerdo con la lógica escolástica aplicada a la naturaleza de las jerarquías. La Revolución Científica terminó con él: unió lo racional con lo empírico, el pensamiento con el hecho, el experimento práctico con la teoría, y esto sigue siendo desde entonces el fundamento de la ciencia. De vez en cuando, grandes científicos especulativos, como Eddington, parecen haber sostenido de nuevo que podemos deducir todas las leyes físicas sin necesidad de la experimentación. Pero cuando estudiamos sus obras encontramos que no se trata de una vuelta a la Edad Media, y que lo que pretenden es que las leyes físicas pueden ser deducidas de experimentos mucho menos rigurosos que los que estamos acostumbrados a considerar como necesarias.

4

Se suele relacionar a dos grandes pensadores de la primera mitad del siglo XVII, uno caracterizado por el modo racional de abordar los problemas científicos y el otro por el modo empírico de enfrentarse a los mismos problemas. Descartes es quien proporciona el método de la lógica y Francis Bacon el de la experimentación. Desde luego ambos hombres contrastan claramente con lo que suelen considerarse los hábitos de pensamiento

en Francia e Inglaterra. Característicamente, Descartes realizó la mayoría de sus trabajos científicos en la cama,

y Bacon murió de un resfriado que cogió, dice Thomas Hobbes, cuando a la edad de sesenta y cinco años

efectuaba un experimento de rellenar de nieve una gallina. No hay duda de que la poderosa influencia de Descartes tendía a chocar con la inquisitiva escuela inglesa, tal vez más a causa de su rigidez formal que de su contenido. Hemos señalado antes que Huygens había recibido la influencia de Descartes, al cual conocía desde muy joven; ésta fue una de las razones que impidieron a Huygens darse cuenta de las verdaderas dimensiones de

lo que estaban llevando a cabo Newton y la Royal Society.

Pero el ejemplo de Descartes era tan fundamental para la formación intelectual de Newton como lo era el de Bacon. En ciertos aspectos fue incluso más importante, porque la Royal Society estaba saturada de aburridos experimentos según el gran —aunque en cierto modo caótico— estilo de Bacon. Le faltaba la búsqueda cartesiana de un sistema, y su fe en que la Naturaleza es siempre y en todas partes semejante y que tiene una

unidad, unidad que para él y Newton estaba representada por la aplicabilidad universal de las matemáticas. La vida entera de Descartes tomó forma en un momento de intuición en que de repente, a primeras horas de la madrugada, se le reveló con una inmediatez casi física que la clave del Universo es su orden matemático. Hacia

el final de su vida. Descartes recordaba la fecha de esta revelación. 10 de noviembre de 1619 —cuando tenía

veintitrés años—, y siempre hablaba de ella con el temor de un místico. En cambio, Bacon siempre despreció la

importancia del método matemático, y en este campo su influencia fue perniciosa.

Hemos dicho que los métodos empírico y lógico, en ciencia, han de progresar alternativamente; un progreso en un campo prepara un nuevo progreso en el otro. Es natural que el método empírico ponga el acento sobre los hechos, y que advierta al pensador aplicado a problemas teóricos que efectúe sus deducciones a partir de los mismos. Es natural que el pensador construya un universo y que luego intente ver cuan lejos está en realidad del mundo empírico. U mayoría de nosotros mostramos una fuerte inclinación hacia lo empírico. Como profanos intuimos que los hechos son maravillosos y que la teoría resulta siempre difícil, y nos sentimos inclinados a imaginar a toda ciencia como un proceso lógico que se basa en los hechos y que a partir de ellos deduce algún sistema que determinan. Esto no es lo que hizo Newton, ni naturalmente, a pesar de que pueda resultar sorprendente, es el método habitual de la ciencia tal como la conocemos. Al contrario, lo sorprendente es que creamos que este método deductivo sea utilizado o utilizable.

Lo que Newton hizo rué algo bastante diferente. Tomó de los experimentos de Galileo y otros italianos algunas nociones generales sobre el comportamiento de los cuerpos: que se mueven en línea recta y a una velocidad uniforme, y que continúan moviéndose así a menos que una fuerza los desplace, etc. En este sentido el método puede considerarse deductivo, ya que se encuentra muy cerca del método experimental; sin embargo, incluso aquí la deducción no encaja con la verdadera descripción del método, el cual exige gran cantidad de experimentación teórica en la construcción de universos posibles a partir de diversas leyes.

Pero cuando se produce realmente la ruptura es en la etapa siguiente. Newton supuso que las normas

generales que los cuerpos de tamaño medianamente grande parecen obedecer son verdad para cada partícula de materia, sea cual sea su clase y tamaño. Después de haber decidido poner en práctica esta idea, construyó por si mismo un nuevo universo, hecho con los fragmentos más pequeños de la materia, cada uno siguiendo las mismas leyes o axiomas. Este universo es tanto una construcción como el universo abstracto de la geometría que Euclides construyó a partir de sus axiomas. Euclides definió un punto, una línea, un plano, y formuló los axiomas que deben obedecer en sus relaciones mutuas. Luego construyó en una serie de proposiciones un número más extenso de consecuencias que se derivan de éstas. Lo que hace que perdure todavía nuestra admiración por Euclides es que este universo abstracto aparece ahora como evidentemente parecido a aquella parte del mundo real que podemos ver y comparar con nuestros propios ojos. Creemos en sus axiomas, no porque se deduzcan del universo real, sino porque las consecuencias que descubre a partir de ellos encajan con este universo.

Este fue también, en cierto modo, el método de Newton, pero éste lo aplicó por primera vez al Universo físico. Supuso que todo lo que existe en el Universo resulta de la unión de pequeñas partículas, a las que nunca definió y que nosotros hemos imaginado como los átomos de Demócrito y el poeta Lucrecio. Aunque Newton nunca hizo tal afirmación, y no podemos asegurar que lo creyera; dudamos que realmente quisiese discutir si estas partículas podían o no ser divididas en unidades más pequeñas. A pesar de que escribía con gran claridad, Newton no sabía mantener una polémica y trataba de evitarla, no porque no fuese capaz de advertir las dificultades con que se enfrentaba su contrario, sino porque en su obra había previsto y resuelto este problema desde hacía tanto tiempo que no creía no poder ayudar a quien no hubiera resuelto esto por si mismo. Como consecuencia de ello, Newton era una persona difícil y arisca en sus relaciones con los demás científicos y no se preocupaba de convencer a nadie que no fuese capaz, de pensar por si solo a través de los naturales, pero superables, obstáculos.

Newton, pues, edificó su mundo a base de minúsculas y desconocidas partículas que formaban cuerpos tales como las manzanas, la luna, los planetas y el sol. Según él, cada una de estas unidades es semejante a las demás, puesto que está formada de estas minúsculas partículas de materia. En cada una de estas unidades compuestas, las diminutas partículas de materia obedecen las mismas leyes; si están inmóviles, permanecen inmóviles; si se mueven, continúan moviéndose rápidamente en línea recta hasta que se ven desplazadas por fuerzas externas. La mayor de todas estas fuerzas es la que hace que cada una de estas diminutas partículas del universo de Newton atraiga a todas las demás partículas iguales con una fuerza que depende sólo de su distancia, decreciendo de tal modo que cuando la distancia se dobla, la fuerza disminuye hasta una cuarta parte de su intensidad. Pero cuando se altera la distancia, la fuerza se altera inversamente al cuadrado de la distancia.

Ahora bien, éste es, evidentemente, un universo ficticio. Es una descripción, y hasta este momento ni siquiera se ha demostrado que sea una máquina. Es decir, en el actual estado de desarrollo de nuestros conocimientos no sabemos siquiera si continuará haciendo todo lo que en él descubrimos. Podría simplemente dejar de moverse, o bien porque todas sus partículas se desparraman alejándose unas de otras para siempre, o porque todas se precipitan al centro. Hasta aquí sólo disponemos realmente de las definiciones y los axiomas: el paso siguiente será, como en Euclides, el de desarrollar las proposiciones, o sea las consecuencias de esta tenebrosa danza entre las fantasmagóricas partículas. Y aquí es donde Newton demostró su capacidad como matemático. Hooke y otros que ya habían conjeturado la misma descripción no pasaron de la especulación general porque les faltó la habilidad matemática para desarrollar las consecuencias exactas. En primer lugar, hay que demostrar que bajo estas leyes un conjunto de partículas que forman una esfera compacta se comporta, en relación a todo lo exterior a aquélla, simplemente como una partícula pesada en su centro. La simplicidad de las matemáticas, que hacen posible la astronomía, depende exactamente de este hecho, que a su vez depende de la gravitación que disminuye según el cuadro de la distancia y no de otro modo. En un universo con otra ley de gravitación, aunque pudiese discrepar sólo de un modo mínimo de la ley de la proporcionalidad inversa de los cuadrados de las distancias, los cuerpos celestes no se comportarían como puntos singulares de materia concentrada, y en general las órbitas planetarias no serían ni estables ni podrían ser calculadas.

Esto no es mas que el primer paso. Newton prosiguió su trabajo y demostró que, como resultado de esta ley, pueden calcularse las órbitas de los planetas, que son las elipses que Kepler había medido; que las órbitas son estables y giran como la maquinaria de un reloj divino. Calculó también las mareas y las órbitas de los cometas, y así fue construyendo poco a poco una imagen del Universo que corresponde a la imagen que del mismo se forman el marinero, el astrónomo y los veraneantes en la playa de Brighton. De pronto el universo de la especulación aparece en concordancia con el mundo real, como las manecillas de un reloj que se juntan para dar la hora en un momento imperecedero.

Esta concordancia es lo que nos induce a creer en la verdad de la imagen newtoniana, y. debajo de ella, en

sus leyes. Éstas no son una deducción de la experimentación en un sentido evidente. Su éxito no estriba en que se derivan del universo real, sino en que adivinan un universo que es esencialmente como el nuestro. Además este éxito nos permite confiar en el substrato de minúsculas partículas cada una obedeciendo las leyes sobre las que está construida la imagen newtoniana del Universo. Esta hipótesis sobre las bases de la imagen, esta fe en el substrato microscópico ha tenido importantes consecuencias para la formación de nuestros métodos y nuestra metafísica desde entonces; más adelante tendremos ocasión de volver a tratar de todo ello.

5

Cuando describimos la reconstrucción newtoniana del universo estelar, lo relacionamos con el modo euclidiano de construir algo evidentemente semejante al espacio que nos rodea a partir de una serie de entidades hipotéticas que se supone obedecen a una serie de reglas simples. Allí donde Newton difiere de Euclides es en que lo construido debe ajustarse a los hechos observados más fielmente y en más aspectos. Nos sentimos tentados de decir que los datos físicos son también más inmediatos y más importantes que los dalos de la geometría. Pero no estamos seguros de que esto no sea una ilusión en la que todos creemos porque la obra de Euclides ha formado parte del pensamiento civilizado durante más de dos mil años, mientras que la de Newton, aunque con trescientos años de existencia, despierta todavía en nosotros algo de la sorprendente sensación de irrefutabilidad en la simplicidad con que aparecía a los ojos de sus contemporáneos. En realidad el hecho de que la construcción geométrica de Euclides se ajuste a nuestro espacio reside en que se ajuste globalmente a la estructura física de la descripción de Newton. Pero existe una diferencia. La física de Newton encaja en muchos más puntos, y tenía que ser revisada y ampliada para conformarse a su época y a los siglos XVIII y XIX. Tenía que pasar por pruebas experimentales más minuciosas y rigurosas, porque es una construcción que pretende ajustarse en cada momento a un universo en constante cambio. Y es por este hecho que resulta más difícil y más profundo que la reconstrucción euclidiana del universo del espacio sin tiempo ni movimiento.

Por esto hemos dicho que el método de Newton consiste en la unión de las dos tendencias de la ciencia, la racional y la empírica. Aquí se unen la concepción lógica de Descartes con la pasión experimental de Bacon, y es justo recordar nuevamente que Newton fue un experimentador dotado e incansable. Los Principia nos dan

uno idea exacta de su capacidad intelectual, porque el trabajo experimental sobre el cual se basaba en este estadio había sido elaborado por otros y era ampliamente conocido. Pero Opticks es una obra impresionante, con

unos rasgos más personales, porque nos transporta de un experimento al siguiente con tal claridad e intuición

que nos vemos reducidos al silencio ante la claridad y la coherencia de su método. Tenemos la impresión de que

aquí no dejó nada importante sin verificar, y además de que no es una simple divagación con el solo objeto de

ver si hay algo aquí o allí. Newton tenía la perspicacia imperturbable, el don de aislar y eliminar cada alternativa lógica que caracteriza al experimentador profundo tanto como al científico teórico: esto es lo que, evidentemente, caracteriza al espíritu profundo.

No descubrimos al Joven de Opticks en las moderadas páginas de los Principia, aunque incluso cuando se publicaron éstos, mucho después de que Newton los hubiera escrito, no tenía más de cuarenta años. Pero la capacidad es la misma: construir parles hipotéticas y reunirías en un mecanismo que se conformará en cada estadio con las revisiones experimentales y el mundo real, y también inventar como en Opticks o determinar como en tos Principia las correcciones críticas: en el punto correcto. He aquí por qué subrayamos la unión del pensamiento y loa datos empíricos, las corrientes racionales y empíricas que fluyen juntas. La Revolución Científica fue el punto de confluencia, y, desde entonces, la fuerza del método científico se ha derivado, como la fuerza del Ródano, de la conjunción de dos corrientes.

6

Otro gran paso dado por la Revolución Científica fue el de dar un nuevo —y claro— significado al concepto

de causa. Los escritores escolásticos de la Edad Medía habían otorgado gran importancia a la discusión sobre la causalidad. Tomás de Aquino efectuó una impresionante disposición de categorías —las causas inmediatas, las causas eficientes, las necesarias y la causa primera. Y bajo estos conceptos se halla la noción medieval de que

cada parte de la Naturales está dotada de una voluntad y un carácter humanos, y que se esfuerza por alcanzar un

fin propio. Todas estas causas son aderezos de la lógica; pero la noción de causa y efecto tal como los siglos

XVI y XVIII poco a poco desarrollaron no es una derivación de la lógica. En el siglo XIX, los filósofos

intentaron con grandes dificultades restablecer alguna necesidad lógica, es decir, mental, en la relación de causa y erecto; la tentativa más sobresaliente en este sentido fue la de John Stuart Mili. Pero en realidad se trató una vez más de intentar introducir en el mundo físico la actividad del espíritu humano. Es una especie de patético sofisma de la ciencia, como el patético engaño de la poesía que hace llorar a la Naturaleza, con Milton, por la

muerte de Licias.

La noción de causalidad que desde la Revolución Científica nos parece tan natural y evidente no es la noción de una secuencia lógica. Como los demás grandes principios de la ciencia, como los de que la Naturaleza es racional y uniforme, su ratificación es de orden meta-físico. De hecho esto significa que es una regla operante basada en nuestra experiencia del pasado y en el modo cómo organizamos nuestras vidas sobre esta experiencia en vista de enfrentarnos al futuro. La concepción que tenemos de la causalidad es de que dada una determinada configuración de la totalidad de las cosas materiales, siempre se desarrollará el mismo acontecimiento observable. Si repetimos la configuración, siempre obtendremos el mismo acontecimiento que se desarrolla en ella. Cuando el sol se pone, la recepción radiofónica mejora. Cuando apretamos el interruptor, la luz se enciende. Cuando el niño crece, aprende a hablar. Y si el acontecimiento esperado no sucede, si la recepción no mejora o la lámpara no se enciende, o el niño continúa balbuceando, estamos convencidos de que la configuración de la cual partíamos no es la misma. Ha ocurrido algún cambio, sin duda, y este cambio es concreto y ha introducido una diferencia concreta en la configuración supuesta, que se había comportado siempre y en todas las ocasiones del mismo modo. El presente influencia el futuro y, además, lo determina.

Tal es el concepto de causalidad que ha sido elevado al rango de concepto central de la ciencia. Y, en efecto, jugó un papel decisivo en la clarificación de lo que era nuevo en la Revolución Científica, e hizo que el universo de Newton fuese diferente del de Aristóteles. Cuando el Universo pasó a ser una máquina, pasó a ser e) dios dentro de la máquina. Pero vamos a demostrar que se ha sobrevalorado su importancia. Hay otros dos cambios que a nuestro entender son más importantes; uno es el paso del universo de la voluntad al universo de las máquinas. El otro es el que hemos señalado con mayor énfasis, es el paso de un universo jerarquizado al Universo modelado de Newton que se asienta sobre un substrato de partículas indefinidas y de leyes simples, pero que tañe triunfalmente en cada vuelta sobre las órbitas del universo real. La noción de causalidad es el armazón esencial de estas nociones, la del Universo como máquina y como modelo. Pero no es la noción fundamental. Puede ser reemplazada por otros cimientos. Y si no es reemplazada en el momento preciso, puede inmovilizar la máquina y el modelo. Tal ha sido su proceso histórico, y se manifiesta actualmente en los problemas de la ciencia y fuera de ella. Es este proceso lo que vamos a estudiar, su historia y su estado actual.

IV.

El siglo XVIII y la idea del orden

1

La gran obra de Newton había terminado antes de que empezara el siglo XVIII. Le nombraron inspector de acuñación en 1699. Dirigió su trabajo con energía y cuidado, y porque aprobó el medio penique de Wood en 1720, Swift le convirtió en uno de sus blancos favoritos. Pero ya no hizo más especulaciones atrevidas, excepto sobre temas como el significado del Libro de la Revelación. Y, puesto que tenia ideas excéntricas sobre la religión, no hizo fortuna con ellas en Cambridge. Había sido condecorado, pero nunca tuvo una cátedra.

Hemos considerado las aportaciones científicas de Newton como símbolo sólido de toda la Revolución Científica. Tomamos también su pérdida de interés por la ciencia como un signo adecuado de la decadencia de la ciencia durante el siglo XVIII. Se produjo una pérdida de fuerza e inventiva, una mella y un embotamiento del cortante filo de la promesa, lo cual es algo tan sorprendente como lo había sido la aparición de la promesa misma. La gran efervescencia de 1660, como la rotura de una presa, era sólo un recuerdo. La Royal Society y la Académie Royale des Sciences habían sido fundadas. Hombres como Huygens, los Bernoullis, Fontenelle, científicos y vulgarizadores, artistas y escritores, habían llenado sus salas para compartir los nuevos intereses y las nuevas técnicas. Nunca se había producido semejante llamarada de promesas, que duró hasta el final del siglo. En 1700, dos de los arquitectos más destacados de Inglaterra eran Christopher Wren y John Vanbrugh. Uno estaba dando los toques finales a la catedral de San Pablo, y el otro empezaba el castillo de Blenheim. Pero ya hemos señalado que Wren era también un distinguido matemático, y Vanbrugh había escrito The Relapse, que es por lo menos una de las más divertidas entre las severas comedias de la Restauración.

Nadie podía prever en aquel momento que la literatura y la ciencia augustianas iban a descender muy pronto

a un nivel muy bajo. La filosofía se volvió pulida y escéptica a la vez, con pensadores de segunda categoría

como Bolingbroke, y también con grandes pensadores como Berkeley y Hume. La actitud del siglo XVIII se convirtió en un respeto tolerante, cómodo, pero en el fondo profundamente cínico por las viejas instituciones. Es la actitud de Gibbon frente al Imperio Romano, y es el encanto especial que sentía Boswell por el doctor Johnson.

No es una actitud útil, y resulta particularmente desalentadora para la ciencia, que es esencialmente

inquisitiva, inventiva y bastante seria. Desde luego, es natural que Swift, en los Gulliver's Travels considerase a

la ciencia como uno de los engaños más ridículos del Cuento de los Mares del Sur. Es natural que Pope y Gay se

burlasen de los buscadores y coleccionistas de fósiles,

Philosophers more grave than wise Hunt science down in Butterflies; Or fondly poring on a Spider, Stretch human contemplation wider:

Fossiles give joy lo Galen's soul, He digs for knowledge, that all agree No fish that swims knows more than he! In such pursuits if wisdom lies? Who, Laura, shall thy taste despise?1

1 Los filósofos más serios que sabios / persiguen la ciencia en las mariposas; / o escudriñando amorosamente una araña, / amplían la contemplación humana; / los fósiles alegran el alma de Galeno, / que cava, como un topo, en busca del conocimiento; / tan doctos en conchas, creen todos / que ningún pez que nade sabe más que ellos! / Si en tales ocupaciones reside la sabiduría. / ¿Quien, Laura, tus gustos despreciará?

Eran los derrotados tories, y era natural que se sintiesen amargados por el triunfo de los científicos, la mayoría de los cuales eran disidentes y whigs 2 La Royal Society no había sido capaz de ignorar al miembro científico del grupo Scriblerus, 3 el doctor Arbuthnot, médico de cabecera de la reina Ana, matemático, humorista y creador de la figura de John Bull. No obstante, la Society, bajo la presidencia de Newton, pasó a ser durante veinticinco años, como la sociedad augustiana, una especie de bastión whig.

El descontento de los lories por la ciencia y la erudición es, pues, comprensible; su descontento iba dirigido a los whigs. Pero, de éstos, los mis sobresalientes, desde Addison y Steele adelante, consideraron la ciencia como algo poco valioso. Los grandes hombres de cada partido ya no se interesaban por la Royal Society, como antes Cowley, Waller y Dryden. Y cuando el siglo XVIII se consolidó en una alianza, la Royal Society se convirtió en un club para amigos y dilettanti en que durante más de cien años los 'científicos constituyeron una tímida y servil minoría.

En consecuencia, la auténtica ciencia del siglo XVIII era practicada por tipos raros solamente; por excéntricos como Cavendish o los anticuarios de Oxford, por unitarios y quákeros de las Midlands, y por técnicos ignorantes como James Brindiey que trazaron todo el sistema de los canales ingleses pero nunca aprendieron a pronunciar «navegación». El siglo acabó dividiéndose en dos campos reaccionarios; los reaccionarios literarios y, bastante a pesar suyo, los reaccionarios científicos. Éste es el origen de la errónea oposición entre ellos, oposición que todavía hoy sufrimos nosotros.

2

¿Qué fue lo que originó esta imprevista inversión? Existen al menos tres causas. Primero, en el siglo XVIII, Inglaterra había sido una nación marinera, y como en Holanda, las ciencias de la navegación (la astronomía, la hidráulica, la óptica y la relojería) dominaban ampliamente. Carlos II fundó el observatorio de Greenwich pocos años después de la fundación de la Royal Society. Pero si Inglaterra hubiese continuado siendo una nación marinera, habría decaído como Holanda durante el siglo XVIII. Lo que le permitió crecer inmensamente más allá de sus dimensiones marineras fue el hecho de que fuese también una nación manufacturera. Desbancó a Holanda y Francia en la conquista del mundo porque producía lana, hierro y carbón, y con ellos los medios para usar el algodón. La Royal Society no ignoraba esto. Sus primeras reuniones habían versado sobre el estudio de actividades prácticas: tintorería, acuñación de moneda, fabricación de armas y técnicas de refinación, la campana de inmersión y la estadística de población. Pero aunque la Society se daba cuenta de estas necesidades, no podía satisfacerlas. Las nuevas técnicas serian creadas por hombres que practicaban su oficio en sus propias casas: personas sencillas, prácticas y no muy respetables. En el siglo XVIII, hubiera sido necesaria una sociedad muy enérgica para reclutar a estos hombres, y para vencer los obstáculos sociales que se oponían a su entrada. Ante la alternativa, la respetable Royal Society cayó de modo natural y sin ofrecer resistencia en manos de los hidalguillos.

La segunda desventura de la ciencia fue precisamente el éxito espectacular del sistema de Newton en la astronomía. El alcance y la finalidad de su sistema, que como la diosa de la sabiduría, pareció a sus contemporáneos que surgía totalmente hecho de un solo cerebro, constituye un ejemplo evidente. A partir de un

2 Tory (forajido irlandés = anglicano y fiel al rey): Partido político formado en 1679, contrario a la exclusión del duque

de

York (Jaime II), se puso al lado de los Stuarts después de 16S9, aceptó a Jorge IV y el orden establecido entre la Iglesia

y

el Estado, se opuso al Reform Bill de 1832 y desde entonces este nombre ha sido identificado con el partido

conservador.

Whig (designación irónica para los campesinos escoceses = burgués y adversario de los Stuarts): Partido político fundado en 1679; después de la Revolución del 1689, partidario de la subordinación del poder de la corona al del Parlamento y las clases altas, voló a favor del Reform Bill, y en el siglo XIX fue sustituido por el partido liberal. (N. del T.)

3 El Club Scriblerus era un grupo literario ingles constituido en 1713 para satirizar los «falsos gustos por el saber». Entre sus miembros se contaban Gay, Pope, Swift y el citado Arbuthnot, autor de unas Memorias del Club de Martinus Scriblerus. (N. del T.)

rompecabezas de observaciones e hipótesis de trabajo había formado un sistema único ordenado sólo por las matemáticas y unos cuantos axiomas; ordenado, parecía, por un decreto divino, la ley de la proporcionalidad inversa de los cuadrados de las distancias. Éste era el problema tradicional de los pueblos mercantiles desde los tiempos bíblicos, y su solución no estaba desprovista de sentido para toda persona culta. Esta solución era notablemente sencilla; todo el mundo podía entender la ley de la proporcionalidad inversa de los cuadrados de las distancias. Desde el momento en que se vio que este rayo de luz bastaba—

Dios dijo, ¡Sea Newton!; y Todo fue Luz

—desde este momento se tuvo la idea de que se trataba simplemente del orden de Dios. Cinco años habían transcurrido desde la publicación de los Principia cuando el doctor Bentley, el famoso erudito en temas clásicos

y tirano del Trinity College, pidió a Newton y obtuvo su consentimiento para interpretar las leyes de la

gravitación universal como el ejemplo decisivo del designio divino. El resultado fue que lo que había sido un dinámico descubrimiento se convirtió pronto en una rígida prisión del sistema. Para los pensadores del siglo XVIII, por lo menos en Inglaterra, quedaba establecido de una vez por todas. Ninguna idea nueva, por ejemplo

la do energía, podría desarrollarse en él; en todo caso tenía que venir de fuera. Es sintomático que la obra de

Newton en astronomía fuese ampliada y completada durante el siglo XVIII no en Inglaterra, sino en Francia,

donde Voltaire la había considerado como un sistema sin Dios. Incluso el descubrimiento matemático de Newton del cálculo permaneció intacto en Inglaterra, mientras que en el resto de Europa todos los matemáticos,

B partir de Leibnitz, lo utilizaban para desarrollar sus teorías.

3

Esto nos lleva al tercer descubrimiento de la ciencia del XVIII, descubrimiento que a nuestro parecer es el más interesante. Una ciencia que ordena demasiado pronto su pensamiento se ahoga. Por ejemplo, las ideas de los epicúreos sobre los átomos, dos mil años atrás eran bastante razonables; pero sólo perjudicaron a una física que todavía no estaba en disposición de calcular la temperatura y la presión, y que no podía formular las leyes básicas que las rigen. Sin embargo, una vez más, la esperanza de los alquimistas medievales de que los elementos podrían ser cambiados no era tan fantástica como se suponía. Pero no hacía más que dañar a una química que aún no podía entender la composición del agua y la sal.

La ambición de los sistematizadores del siglo XVIII era la de imponer una finalidad matemática a la historia,

la biología, la geología, la minería y la hilatura. Era una ambición errónea y muy perniciosa. Una ciencia es una

descripción del Universo o, mejor, un lenguaje para describirlo. Cuando una ciencia ha sido estudiada durante tanto tiempo como la astronomía, puede desarrollar una descripción concisa en el enunciado de unas leyes como las formuladas por Newton. Pero antes de que esto pudiera ocurrir tenían que existir las observaciones, no sólo de Tycho Brahe y Kepler, sino de los árabes, los griegos e incluso de los babilónicos. Hasta que la ciencia no ha pasado por un largo proceso de observación y prueba, no puede desarrollar un sistema de ordenación de sus

observaciones; y no es más que una simple presunción el intentar ajustarías a un orden tan ambicioso como el de Newton.

Ciertamente no tenemos por qué pensar que el método matemático sea siquiera apropiado a todo tipo de

ciencias. Pero no nos podemos parar a discutir esto en este contexto. Aquí, lo cierto es que, incluso donde el método de axiomas que rigen un substrato de partículas o acontecimientos elementales es apropiado, no puede ser en absoluto hasta que la ciencia haya acumulado un número excepcionalmente elevado de observaciones. En

el siglo XVIII ninguna ciencia, con excepción de la astronomía, había alcanzado este requisito. En realidad no

existía ninguna otra posibilidad para el método matemático.

Por lo tanto, el progreso importante de la ciencia en el siglo XVIII se realizó, no bajo la dominación de los matemáticos, sino imprevisiblemente por dos tipos de artífices empiristas. Existían los inventores autodidactas de que ya hemos hablado, como Brindiey y los Wedgwoods, la familia Darby y James Watt. Existían también los naturalistas y coleccionistas, los aficionados excéntricos, de quienes estaba de moda burlarse. Eran hombres como sir Hans Sloane, cuya colección fue el origen del British Museum, y simples observadores de la Naturaleza como Gilbert White de Selborne. Eran viajeros que volvían de Italia con antigüedades y con inscripciones de Turquía. Thomas Jefferson, el político americano, es el modelo del científico naturalista y coleccionista de la época. Coleccionaba de todo, desde pedernales hasta lenguajes de los indios americanos, lo observaba todo, desde las plantas de América hasta la Revolución Francesa, y era al mismo tiempo un gran humanista.

En Inglaterra, esta personalidad y la del inventor industrial se combinaban en las pequeñas sociedades dirigidas por destacados manufactureros de las Midlands y el Norte. Estas asociaciones eran la Manchester Literary and Philosophical Society, que protegió al químico Dalton, y la Lunar Society of Birmingham, donde se reunían hombres como Joseph Priestley y Josia Wedgwood y probablemente Wilkinson y Edgeworth. Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, era miembro de la Lunar Society. Sus notas sobre botánica, escritas en verso, con temas como Los amores de las plantas, fueron la primera nueva acometida contra las rígidas enseñanzas de la época.

4

La botánica es el mejor ejemplo del orden nuevo que empezaba a descubrirse en las ciencias no matemáticas. Todavía hoy sigue siéndolo la obra de una serie de naturalistas, entre ellos del sueco Linneo, quien estableció en el siglo XVIII el sistema de clasificación por familias y especies en el que se basa aún hoy. ¿Qué clase de orden buscaba Linneo? ¿Por qué su orden pareció, de un modo tan evidente, más razonable que, por ejemplo, una clasificación de las flores según sus colores?

Esta es la pregunta más difícil que tiene planteada la ciencia. La noción de orden no puede ser definida sobre ninguna base, excepto la de su éxito. No puede aplicarse en absoluto a una ciencia de un modo apriorístico. Evidentemente, no es disparatado clasificar las llores por sus colores; al fin y al cabo las flores más azules suelen ser asociadas a climas más fríos y mayores altitudes. De antemano, no hay ningún inconveniente en este sistema. Simplemente no sirve de un modo tan conveniente como la clasificación por semejanzas de familia de Linneo.

El orden es la selección de una serie de rasgos frente a otra porque proporciona una idea mejor de la realidad que se oculta tras los rasgos visibles. La ciencia es un lenguaje ordenado para describir algunos hechos y predecir otros parecidos. El orden es una selección de rasgos, y toda selección implica en sí misma, e impone, una interpretación. Si escogemos con fortuna un orden, como hicieron Linneo y sus contemporáneos, llevamos naturalmente a la ciencia al descubrimiento, primero, de la evolución, y luego, del camino de los mecanismos de la herencia. Si escogemos una prudente clasificación de los elementos químicos siguiendo un orden, como lo hace la tabla periódica de Mendeleev, nos conduce paulatinamente a las teorías de las moléculas y las estructuras atómicas. En cada caso, nuestra opción ha sido una interpretación inconsciente, del mismo modo que el escritor realista interpreta la vida con el sólo acto de escoger la porción de la misma que el ofrece tan fiel y depresivamente.

Tenemos mucho que aprender de estos humildes órdenes de los naturalistas del XVIII. Sus originales espíritus estaban notablemente libres de prejuicios teóricos, tenían que estarlo para resistir e) prestigio del método matemático. Así, construyeron el lenguaje de su ciencia del modo más humano, como la formación de una personalidad. No podemos cambiar de personalidad, sólo podemos desarrollarla. SÍ somos inteligentes, aprendemos ininterrumpidamente durante toda nuestra vida, y vamos ajustando lo nuevo a lo que hemos aprendido antes, poco a poco, Al final de nuestra vida tenemos una plena y ordenada personalidad en que el muchacho, el estudiante, el fanático y el amante perduran todos y a la vez son ampliados y completados. Tal es el orden del coleccionista, del biólogo y del historiador: el tipo de orden que llena The Golden Bough de Frazer con, por ejemplo, la sensación de gente ocupada en seguir sus propias costumbres, de las cuales realmente gozan. Es un orden que los demás científicos y humanistas podrían envidiar.

5

El paso importante de toda ciencia es la construcción de un primer orden razonable en sí y basado en los datos experimentales conocidos. Esto aparece claramente en el orden que Linneo y otros establecieron en botánica, y que habría de tener más larde profundas repercusiones en la teoría de la evolución y luego sobre la genética. Pero también resultó importante para las demás ciencias que en el siglo XVIII no habían efectuado todavía una ordenación del material procedente de sus observaciones, a pesar de que algunas de ellas eran ya viejas. Encontramos los ejemplos más sobresalientes en las demás ciencias biológicas, por ejemplo, la más importante, la medicina. Su historia se remonta hasta la prehistoria; ya entonces se conocían operaciones quirúrgicas como, por ejemplo, la trepanación; a partir de Grecia ya adquiere un elevado rango, luego atrajo el interés de algunos de los hombres más brillantes del Medioevo y del Renacimiento, especialmente entre los árabes y judíos del Norte de África y España. Durante el siglo XVII se efectuaron en este campo grandes descubrimientos, por ejemplo. William Harvey descubrió la función del corazón como bomba. Desde luego la medicina disponía ya de un sistema. Palabras que todavía utilizamos, como «flemático» y «apasionado», dan

testimonio de la profunda y duradera influencia del sistema de los cuatro humores o fluidos corporales, porque la teoría de los humores no fue la base de los tipos psicológicos a que las comedias de Ben Jonson nos han familiarizado. Fue una teoría de tipos médicos, basada a su vez en la de los cuatro elementos que indicamos antes.

La teoría de los humores era un intento de analizar las enfermedades y temperamentos en uno o más de cuatro tipos generales: sensual, melancólico, optimista y apasionado. Lo disparatado de esta teoría era que intentaba basar un sistema sobre unos hechos que no hablan sido suficientemente observados; y con el tiempo llegó a conformar las observaciones mismas según el sistema. En el siglo XVIII los médicos que seguían esta teoría no podían imaginar otra cosa más que reducir sus observaciones a menos tipos todavía que los cuatro clásicos. Vamos a tomar, como ejemplo, la figura de un hombre, no porque esté fuera de lugar, sino porque fue un hombre de maneras bruscas y temperamento tenaz que afirmó sus ideas de un modo más rotundo que sus cautelosos colegas. El doctor John Brown de Edinburg fue una fuerte personalidad, algo así como un ave que vuela contra el viento huracanado de la medicina, pero también fue uno de sus miembros más distinguidos y un hombre que realizó verdaderas aportaciones en el campo de los diagnósticos y técnicas médicas. En 1780, el doctor John Brown declaró que todas las enfermedades tienen una o dos causas. Se deben, o bien a la tensión de las partes sólidas del cuerpo, o a su relajamiento. Por lo tanto sólo hay dos tipos de tratamientos; uno, soporífero para la tensión, y otro estimulante para el relajamiento. Esta teoría se conoce todavía con el nombre solemne de Brunooiana. El soporífero recomendado por el doctor John Brown era láudano, y el estimulante el güisqui.

Estas teorías desatinadas ridiculizaron la medicina y convirtieron al médico en curandero: aplicando sanguijuelas, drogando y aserrando, curando al obispo Berkeley con esencia de brea y matando a Oliver Goldsmith con polvos para la fiebre, todo ello siguiendo unas normas que eran simplemente fantásticas. Los grandes adelantos de la medicina de finales del siglo XVIII eran de un tipo muy diferente. Fueron observaciones escrupulosas del conjunto de los síntomas que caracterizan una enfermedad y no otra. Al final los médicos determinaron una enfermedad y la definieron; dejaron de llamarla fiebre y la distinguieron como tifus, malaria o gripe. Esta actitud modesta, pero práctica, dio un sentido al diagnóstico y luego a la experimentación y a la cura específica. Tal actitud es típica de las mejores obras del siglo, hechas con paciente observación y orden que no deben ser menospreciadas ante las conquistas de la astronomía. Podemos ver sus frutos en el proceso que condujo a la demostración de que existía una relación entre la viruela y la vacuna, y a la búsqueda de un tratamiento preventivo, primero por infección y luego mediante inoculación —desde lady Mary Wortiey Montagu a principios del siglo XVIII al doctor Jermer a finales del mismo siglo, en 1796.

Este trabajo de exploración alcanzó una unidad y fue terminado en el siglo siguiente. Los geólogos y los buscadores de fósiles habían estado sondeando durante un siglo antes de reconstruir la capa terrestre, que sorpredió y alarmó al mundo religioso de principios del XIX. Cincuenta años más larde las cuidadosas observaciones sobre el mundo animal y la botánica coincidieron de modo tan repentino como incómodo. Linneo había clasificado estas observaciones por lo que libremente hemos llamado semejanza de especie. Darwin proporcionó los fundamentos para lo que son literalmente semejanzas de especie. Las semejanzas ya no eran puramente un método de clasificación, sino que aparecieron de pronto como las huellas de sus causas históricas.

Al mismo tiempo se produjo un ensanchamiento de las demás ciencias experimentales, tanto físicas como biológicas. En el siglo XVIII, la física, la química, la electricidad y la ingeniería no habían alcanzado la sistematización, y ésta fue una de las razones por las que no tenían el aplauso de un público. El fabricante y el técnico eran sus propios experimentadores, y su incansable interés creó la Inglaterra industrial al tiempo que las nuevas ciencias. Sólo hay que recordar la casa Boulton & Watt, que fabricó las máquinas de vapor en Birmingham. Desde 1780, ambos socios se contaban entre tos más destacados hombres de ciencia ingleses y consiguieron introducirse en la Royal Society a pesar de sus simpatías por los radicales. Más aún, fueron capaces de introducir en esta Sociedad un tercer miembro, William Murdock, el cual había entrado en la firma como un trabajador, llevando un sombrero de madera que él se había hecho en un tomo para demostrar lo que un hombre hábil podía hacer con sus manos. Éstos fueron los hombres que reemplazaron las ciencias físicas en la Lunar Society y los Mechanics' Institutes y todos los pequeños clubs de personas disconformes y de habilidades e ingenio destacados.

Una vez más, lo que hoy nos resulta peculiar del siglo XIX es lo que se hizo en el trabajo experimental, perfeccionándolo y unificándolo en un orden único. Dalton reveló las bases físicas del comportamiento de los elementos químicos, y Humphry Davy sus bases eléctricas. Faraday descubrió el nexo entre movimiento mecánico y corriente eléctrica. A mediados de ese siglo se difundió la creencia de que todas las formas de energía son en el fondo idénticas. En 1860 Clark Maxwell formuló matemáticamente esta creencia e hizo por la física tanto como Newton había hecho por la astronomía doscientos años antes. Otro optimismo firme, racional,

como el de la época de Walpole pareció que descendía sobre la Inglaterra de la reina Victoria.

6

La época de que hemos hablado, aproximadamente el siglo y medio que va del 1730 al 1880, es una de las más viólenlas de la historia mundial. Federico el Grande dio comienzo al expansionismo de Prusia, el viejo Pitt tomó el Canadá y la India de manos de los franceses, los Estados Unidos de América fueron creados después de dos guerras; la Revolución Francesa y sus secuelas bélicas iban a cambiar Europa; reforma y reacción, carlismo, revolución y represión se sucederían alternativamente, y la época terminaría con la aparición del Imperio Alemán y la industria. Pero bajo estos cambios políticos ocurrieron transformaciones igualmente grandes en las

vidas y preocupaciones de las sociedades que los sufrieron. Europa pasó de un conjunto libre de países agrícolas

a la dura rivalidad entre Estados, en cada uno de los cuales la industria modelaba las formas de vida y de

gobierno. En Inglaterra, la Revolución Industrial determina este periodo. En el momento en que el príncipe consorte inauguraba la Gran Exposición del Palacio de Cristal de Hyde Park en 1851, no podía encontrarse casi nada que pudiese haber sido visto o incluso imaginado en Strawberry Hill cuando Horace Walpole se estableció allí cien años antes. En este espacio de tiempo la población de Inglaterra se había elevado de seis a dieciocho millones. Las desperdigadas aldeas donde unos trabajadores manuales y sus hijos hacían vestidos, clavos y sombreros con pieles de castor en el West Riding y las Midlands, habían crecido hasta convertirse en las ciudades industriales de Leeds, Sheffield, Manchester, Birmingham y Liverpool. El carbón, el hierro y el algodón, se habían convertido en la espina dorsal de Inglaterra, cuya base anterior había sido la lana y la agricultura de campo abierto.

Los inventos que transformaron el país a finales del siglo XVIII fueron la fundición del acero mediante el carbón, la máquina de vapor, el torno de hilar, el telar mecánico y los procesos de fabricación. Tanto éstos como los progresos en agricultura que se realizaron al mismo tiempo fueron descubrimientos técnicos. Hasta cierto punto, pues, estaban basados en los descubrimientos científicos del siglo XVII. Pero sólo hasta cierto punto: no hay mucho de tales descubrimientos en la estructura de un telar de Arkwright o incluso en la máquina de vapor que Leonardo da Vinci no hubiera comprendido. No, el resultado importante de la Revolución Científica estribó, no en descubrir los medios que hicieran posibles estas máquinas, sino en preparar el clima para su aparición. Lo que ocurrió a partir de 1660 fue que el interés por tales inventos había crecido enormemente. Heargraves, que inventó el tomo para hilar, era tejedor. Cartwrigth era párroco cuando inventó el telar mecánico; y el experto en canales, el duque de Bridgewater, era propietario de una mina de carbón. Estos hombres se diferenciaban de otros como ellos cien años antes, no tanto por sus conocimientos e ingenuidad como por su temperamento. Les resultaba natural pensar en la mecánica de la industria y en su financiamiento. Arkwrigth, que era barbero, y bastante pendenciero, no tenía en realidad ningún otro conocimiento profundo que lo que llamaríamos capacidad para la administración de empresas. Veía la fábrica misma como una máquina, y la industria como una especie de casa de la moneda.

Estas transformaciones tuvieron lugar muy rápidamente y en muchos campos que no hemos intentado seguir en esta obra. Tampoco queremos buscar sus causas primeras; nunca ha resultado claro cómo la Revolución Industrial se desarrolló tan rápidamente y en tales proporciones. Lo que nos interesa es la relación de la Revolución Industrial con los conceptos de la ciencia. La ciencia no engendró la Revolución Industrial. Ni tan siquiera la provocó, porque este trabajo quedaba más allá de las posibilidades mismas de la ciencia en el siglo XVIII; no poseía un conocimiento seguro que pudiese ayudar a John Roebruck a hacer ácido sulfúrico en Edinburgh o a Benjamín Franklin a hacer volar una cometa en una tormenta eléctrica, o a que el más inspirado de los aventureros americanos, el conde Rumford, concibiese en Munich el ánima estriada del cañón. Lo que la

ciencia hizo por estos hombres, y por miles como ellos, trabajadores en minas, molinos y talleres, fue despertar su interés, Ya no veían el mundo como algo fijo o vigilado, sino como hecho y ordenado por el hombre, y en cada parte del mismo veían la máquina. Esto es sorprendente, incluso en la imaginación de los místicos de la Revolución Industrial. Los escritos de Swedenborg nos recuerdan que había sido un experto en metales y minas,

y que los libros proféticos de Blake están llenos del simbolismo de las ruedas que giran sobre otras ruedas; las

buenas ruedas van de acuerdo con el sol, y las malas contra él. Una de las aficiones favoritas entre los pitagóricos y cabalistas, y los que pretendían leer el futuro en las pirámides, había sido siempre la de relacionar acontecimientos y nombres con números. Pero fue lo que hizo, de modo característico, el testarudo socio de Watt, Boulton, quien dedujo un sentido místico y de destino del año de su nacimiento, 1728, porque éste es el número de las pulgadas cúbicas del pie cúbico

V.

El siglo XIX y la idea de causalidad

1

Nos estamos acercando a los problemas centrales del método científico actual, y no queremos ahorrarnos dificultades para mostrar claramente lo que aquí está en cuestión. En numerosos problemas científicos la dificultad estriba en enunciar el problema correctamente; una vez hecho esto, casi siempre surge la respuesta por si misma. Esto es cierto al menos en los problemas filosóficos, pero sobre todo es cierto respecto a los problemas de método, que es lo que ahora nos ocupa.

Por esta razón queremos estar seguros de que nunca perdemos de vista los pasos mediante los que la ciencia ha llegado a suponer que todas las leyes deben estar estructuradas de forma causal. Estos pasos constituyen una secuencia importante, y el dominio de las leyes causales surge sólo al final. No tenemos por qué dar por supuesto que la ciencia sea necesariamente y sólo la búsqueda de las leyes de causa y efecto.

La ciencia empieza con la creencia de que el Universo está ordenado, o mejor, de que puede ser ordenado por el hombre. Esta ordenación consiste en disponer las cosas según grupos, no de cosas idénticas, sino de cosas que parecen ser o comportarse de modo semejante. Decimos comportarse de modo semejante porque la actividad de ordenar no se desarrolla como tal, del mismo modo que se dice que Adán puso nombre a los seres vivos simplemente quedándose quieto y pronunciando las palabras adecuadas. Es una actividad experimental basada en la comprobación y el error. Desde un principio debemos poner de relieve su carácter empírico, porque no puede establecerse la distinción entre lo que es semejante y lo que no lo es sin someterlo a una comprobación empírica, de modo que la ordenación de cosas en estos grupos concuerde y se ajuste al tipo de mundo y de vida que estudiamos. En particular, creemos que las cosas se asemejan en ciertos aspectos importantes y no en otros antes de establecer un grupo en el que reunirías. Creemos que es más importante, útil y agudo, establecer el grupo de los mamíferos que el de los seres que nadan o ponen huevos, incluso cuando esto crea anomalías como la ballena o el ornitorrinco. Ordenamos por semejanza, y escogemos aquellos rasgos que en principio creemos más importantes y que luego comprobamos que realmente lo son.

Hemos de considerar, por otra parte, que la ciencia estudia siempre procesos mecánicos. Esto no quiere decir que su acción tenga que parecerse a algún conjunto imaginario de palancas, poleas, resortes, imanes, dinamos y lámparas. Ninguna construcción de este tipo podría imitar el comportamiento del éter en la física de Clerk Maxwell; pero no fue por esta razón por la que se dejó de lado el éter. Fue abandonado porque resultó que no tenía propiedades que pudiesen ser inscritas en las del espacio. Y ninguna construcción mecánica semejante puede reproducir las propiedades del espacio tal como las imaginamos hoy; no obstante, no suponemos que el espacio pueda ser de otro modo más que mecánico. Un mecanismo en ciencia es un concepto con unas propiedades determinadas que pueden ser determinadas, que pueden ser aisladas y reproducidas en el espacio y en el tiempo, y cuyo comportamiento puede ser predicho. Y con ello no queremos decir que este comportamiento esté determinado en cada caso particular. Las leyes de la herencia tal como fueron formuladas por Mendel mostraban un mecanismo, aunque no pretendían predecir el color del resultado de un cruce de guisantes rojos y blancos. Muestran un mecanismo aunque incluyan específicamente cruces causales entre los genes. No hay nada en nuestro concepto de mecanismo que excluya del mismo una elección hecha lanzando una moneda al aire o recurriendo a una tabla de números fortuitos, o prediciendo el futuro de tal forma que diga que existen tres posibilidades entre diez de que haga buen tiempo. Y desde luego la modificación de la herencia que Lamarck sugirió a finales del siglo XVIII es igualmente un mecanismo, porque también postula que los procesos biológicos pueden ser aislados de la irrupción arbitraria de factores desconocidos, y pueden ser reducidos por los llamados agentes a una secuencia de operaciones, que siguen unas leyes ejecutadas por estos mismos.

El mecanismo, repite; el modelo, imita. El postulado del mecanismo es de que desde los mismos orígenes llegará siempre a los mismos fines. No es necesario que exista sólo un fin, pero si hay más, tienen que ocurrir en proporciones repetibles a lo largo de ensayos repetidos. El modelo da lugar tras el mecanismo a un mundo hipotético sometido a los mismos desenlaces. En el modelo se muestran los pasos por los que se alcanzan estos fines desde el principio. Es decir, el modelo define una serie de unidades fundamentales, y establece leyes o axiomas que deben obedecerse; muestra también que, si el mundo real fuese el conjunto de estas unidades, que siguen estas leyes, entonces su comportamiento coincidiría con lo que observamos. En el ejemplo que hemos tomado de Mendel, el mecanismo dice simplemente que el cruce de la progenie de guisantes rojos y blancos

produce una nueva generación de guisantes rojos y blancos en una proporción casi constante, y, por tanto,

empíricamente, podemos predecir la proporción una sobre tres. El modelo postula un modo mediante el cual la Naturaleza no alcanza esta proporción, pero a través del cual podría alcanzarla. Por esta razón postula los genes

y sus leyes de clasificación casual. Desde luego, tanto el modelo como el mecanismo puede inducir relaciones

de opciones casuales. Un modelo no necesita estar sujeto a las leyes de causa y efecto.

2

No obstante, la idea de causa y efecto ha llegado a tener una poderosa influencia sobre nosotros. Nos resulta difícil sustraernos a su poder, incluso cuando reflexionamos de modo consciente y con sumo cuidado sobre problemas científicos. Y, de modo consciente, caemos en ello una y otra vez. Así se ha convertido en nuestro modo natural de considerar todos los problemas.

La razón por la que esto sucede ha de buscarse en el éxito obtenido por los científicos Victorianos al tomar

el principio de causa y efecto como principio rector. Hemos hablado bastante del fracaso de las ciencias

formales del siglo XVIII para desarrollar la biología o los nuevos trabajos experimentales en física, química, electricidad y magnetismo. Lo que entonces necesitaban estas ciencias era un mayor número de datos obtenidos por observación o experimentación. Pero el siglo XIX fue capaz de construir a partir de este trabajo preparatorio, y creando una unidad en el gran cuerpo de las ciencias físicas y biológicas de principios de nuestro siglo.

Se había creado la unidad en cada uno de estos campos del conocimiento introduciendo el principio ordenador de causa y efecto. Esta idea se apoderó de los Victorianos. Se convirtió para ellos en el centro del método científico, tal como lo había sido para los contemporáneos de Newton, de quienes, naturalmente, la habían tomado. Lo que había impresionado a los contemporáneos de Newton, y que los había apartado de los demás campos científicos, había sido su éxito al introducir las Causas en el cielo nocturno. Los .planetas están obligados a seguir sus órbitas, dijo Newton, por una especie de elástico celestial invisible: la fuerza de la gravitación. Y, ¡por Júpiter!, ese simple modelo de las causas fue válido.

Ahora, el siglo XIX se veía alentado por éxitos del mismo tipo, sobre todo en física, hasta el punto que llegó

a reclamar un mecanismo de causa y efecto en cada ciencia. Esto aparece claramente en la diferencia entre los

descubrimientos en geología y biología que hemos indicado. A principios de este siglo, la geología no había dudado en poner en entredicho la historia bíblica de la creación, sin ofrecer en su lugar una explicación más o menos precisa de causalidad. Se creyó que bastaba con la evidencia de las rocas. Cuando los creyentes objetaron que Dios podía, al fin y al cabo, haber sobrepuesto los estratos y esparcido en ellos los fósiles, los geólogos no creyeron necesario demostrar esta teoría, ya de por si imposible; se contentaron con considerarlo una locura:

simplemente no coincidía con su idea de cómo un universo racional debe funcionar. La visión que tenían de la Naturaleza es la que Einstein ha establecido en la observación de que Dios es ingenioso pero no malicioso.

Pero los biólogos se mostraron más cautelosos. La mayoría creía en la evolución; o sea, que las especies deben su semejanza a un origen común. Pero ninguno se atrevía a admitir esta idea hasta conocer algún mecanismo de causalidad que pudiese haber producido las diferencias y las semejanzas. Charles Darwin no inventa la teoría de la evolución: su abuelo ya la conocía. Lo que buscaba era una explicación mecanicista de la evolución: el mecanismo de la selección natural. Darwin se dio cuenta, como él mismo dice, «de pronto e inesperadamente», de que la evolución quedaba explicada si suponemos que el medio ambiente es la causa de que los animales mejor adaptados al mismo sobreviven frente a sus rivales —la lucha por la existencia. Una vez Darwin hubo propuesto esta idea de causalidad, la teoría de la evolución fue aceptada por todo el mundo, y pareció la cosa más natural del mundo llamarla la teoría de Darwin.

Doscientos anos más tarde, pues, el método de Newton, el método basado en la explicación causal y mecánica de los fenómenos, se había convertido en el método típico de toda ciencia. No se concebía ningún otro

método; cualquier otro orden era considerado un substituto momentáneo. Había muchas ciencias, como las que hemos descrito, en que esta exigencia de un sistema causal tuvo resultados admirables. Pero hubo otras para las cuales tuvo resultados desastrosos. No hay más que echar un vistazo a la economía. No se ha convertido nunca

en una ciencia empírica porque nunca se ha recobrado de la fatal razonabilidad de La riqueza de las naciones,

de Adam Smith. Lo mismo ha ocurrido con la psicología. En ésta, la palabra causa ha sido traducida por motivo

o impulso, y efecto por conducta. Los sistemas mecanicistas que se han construido sobre esta base no representan ningún avance en relación con la antigua teoría de los humores.

Este ejemplo no es desatinado. Todos estamos muy condicionados por la relación de los motivos con la conducta. Desde el renacimiento romántico, la literatura occidental ha estado condicionada casi exclusivamente por ella. Pero ningún observador sensible puede contentarse con los crudos análisis de los motivos que todavía pasan por científicos. Es por esta razón que los escritores se han sentido como escribiendo a contracorriente de las idas científicas. Se han retratado a ellos mismos y sus héroes como excéntricos o rebeldes, como almas perdidas o acosadas en un mundo que las va cercando. Esto les ha dado el aire de pesimismo que domina la novela, desde Thomas Hardy a Virginia Woolf.

3

Aquí nos enfrentamos con el problema más acuciante y profundo que la Naturaleza nos ha planteado desde la Revolución Científica. Y, precisamente, lo que le da un cariz terrible y a la vez sugestivo es que no se trata sólo de un problema técnico del método científico. Hay un problema en un rincón de la metafísica sobre el cual lodos somos capaces de pensar y libres de hablar; en todo caso, somos libres de pensar si queremos pensar. Una de las dificultades de discutir llanamente sobre temas científicos es, por regla general, la de que no existe un lenguaje común que permita al científico y al hombre de la calle discutir sobre cuestiones científicas. En cada generación, los temas más candentes son, por esta razón, aquellas raras excepciones en que semejante lenguaje existe. He aquí por qué el siglo XIX se apasionó tanto por descubrir la edad de la tierra y la genealogía del hombre. Pero éstos no eran los avances de las ciencias más importantes, más interesantes, o incluso, más populares; ni eran nada excepcionales. Eran simplemente típicas ideas científicas; pero lo eran en el único campo en que todo el mundo se entendía. Aquí, pues, el resultado del contacto entre la opinión tradicional y la nueva tendencia científica permitía una clara comprensión y discusión. De este modo, la polémica entre nuestras acostumbradas nociones de causa y el nuevo concepto de azar proporcionó una base común de entendimiento entre el hombre de la calle y el científico. Y, al igual que en el siglo pasado, hay un gran número de científicos que persisten en la concepción tradicional. Creemos que, aquí, podemos ver mucho más claramente que en ninguna otra parte la forma cambiante de la ciencia y, en este punto, el hombre de la calle está más cerca que nunca del científico porque las nuevas ideas son nuevas para ambos. Pero para tener una clara noción de lo que ocurre en la ciencia, y para el significado de la transformación, debemos comprender sobre qué bases tan reducidas se asienta la conocida idea de causalidad. Es por esto que le hemos prestado tanta atención. Históricamente, el punto de inflexión fue la Revolución Científica del siglo XVII. Pero aquella revolución creció en profundidad; el concepto de causalidad fue sólo un producto marginal de este desarrollo; y aunque hasta ahora ha aparecido como su producto lógico, es cada vez más evidente que no es así. Pero la ciencia no es toda astronomía, ni tampoco un juego de billar, aunque el siglo XIX construyese a partir de éste una descripción dinámica del comportamiento de los pases.

Más claramente que los demás, fueron los pensadores franceses de la Encyclopédie quienes llegaron a la conclusión de que toda predicción científica es semejante a la predicción astronómica. Según Newton, dadas la situación y las velocidades de todos los cuerpos celestes en un momento dado, podemos predecir todos sus movimientos a partir de este momento hasta el infinito. Si esto fuera cierto, había declarado el matemático francés Laplace, podemos imaginar en este instante las situaciones y las velocidades dadas de todos los átomos del Universo. Conociendo todos estos datos, podemos predecir el destino del Universo, de sus moléculas y sus hombres, sus nebulosas y sus naciones, desde este momento hasta el infinito. Y más aún: podemos retroceder en el tiempo, tanto como podemos avanzar en él, y reconstruir el pasado hasta el infinito. Desde luego, la esperanza de desarrollar semejante cálculo de un modo real es bastante fantástica. No obstante, para Laplace, la ciencia continuaba siendo el descubrimiento de las leyes causales que nos ayudan a que esta esperanza sea cada vez más realizable.

Laplace vio claramente las muchas implicaciones de esta concepción y las defendió audazmente. Esta concepción ha tropezado siempre con algunas dificultades, en particular respecto al lugar que puede asignarse a la acción humana; para evitarlas se ha recurrido a diversos rodeos y excusas. Por ejemplo, se ha sugerido que hay momentos en que las leyes naturales se alteran de repente, y un aumento cuantitativo se convierte en un cambio cualitativo, Pero, puesto que todavía se postula que estos estadios críticos están totalmente determinados temporal y esencialmente por lo que les precedió, y que estos cambios han originado las nuevas leyes, no se ha producido ninguna verdadera quiebra de la causalidad. Se ha producido un viraje brusco, pero todos los datos que Laplace exigía, hasta este viraje, son calculables.

Estos recursos, pues, no niegan una creencia en la completa y universal causalidad. Dificultan el trabajo de calcular el pasado del futuro. Pero no cambian su naturaleza, ya que continúa siendo una tarea puramente matemática resolver alguna disposición hipotética de ecuaciones sobre el movimiento. Estos recursos complican

la creencia en la causalidad, pero no la transforman, y durante el siglo pasado no se les podía permitir que lo

hiciesen.

4

Existen varias razones por las que esta creencia irá desapareciendo. Son razones de diverso peso; nosotros

mismos nos sentimos muy impresionados por una razón que no es definitiva, pero que muestra confianza en esta idea y posiblemente la de otros se tambalee. Hemos pensado durante casi trescientos anos que si hay alguna ley sobre cuya certeza no existen dudas es la de la gravitación. Toda la tradición de la idea de la causalidad se deriva de este hecho. Cien anos atrás, cuando el lejano planeta Urano parecía que sufría retrasos se supuso que

al aún planeta invisible, todavía más lejano, alteraba su órbita con su fuerza gravitatoria, Dos hombres. Adams,

en Inglaterra, y Leverrier, en Francia, trabajando sin tener noticia alguna el uno del otro, y con sólo un lápiz,

papel y las leyes de Newton, calcularon el hipar donde este planeta tenía que estar. Y cuando el gran telescopio

de Berlín fue enfocado hacia aquel punto, el día que recibieron los cálculos de Leverrier, el 23 de septiembre de

1846 apareció claramente Neptuno, y además la espectacular reafirmación de las inalterables leyes de la

gravitación universal.

Y, sin embargo, las leyes de la gravitación han sido refutadas. No hay gravitación, no hay fuerza, el esquema total estaba equivocado. Toda aquella teoría no era más que una feliz aproximación a lo que realmente ocurre. Cuando Newton estableció la fuerza como causa, daba a la materia la propiedad del esfuerzo, del mismo modo que Aristóteles la dio una vez a la voluntad humana. Las causas verdaderas residen ahora en la naturaleza del espacio y en la distorsión que la materia provoca del espacio; y éstas no se parecen en nada a los causas en que creímos por espacio de casi trescientos años. Irónicamente, Adams y Leverrier retrasaron la catástrofe sesenta años, porque el comienzo de la crisis de la física clásica alrededor del año 1900 fue una rareza como la que

habían intentado explicar; sólo que ahora era el planeta Mercurio el que sufría alteraciones gravitatorias —y fue

el propio Leverrier quien lo descubrió. Pero por donde quiera que se busque, no se ha podido hallar un nuevo

Neptuno para culparle de la irregularidad. Este misterio sólo se aclaró con un examen radical de los supuestos

fundamentales de la filosofía de Newton, en particular de su concepción del tiempo.

Dijimos que esa no es la objeción definitiva a las leyes de la causalidad. Al fin y al cabo, la nueva teoría que Einstein puso en lugar de la vieja, aunque como teoría sobre el terreno es menos mecánica que la de Newton, es todavía una teoría causal. Y Einstein, casi el único entre los grandes físicos contemporáneos, continuó defendiendo la causalidad de un modo resuelto. Sin embargo, nos parece, por dos razones distintas, que la demolición de una causa durante largo tiempo aceptada ha de trastornar profundamente nuestra confianza.

Primero, toda la concepción de las causas en ciencia tiene históricamente su origen en el éxito de la gravitación.

Y segundo, ahora vemos que es posible que toda persona confíe en un mecanismo causal, tener la seguridad de

que es así como se mueve la Naturaleza, de que aquí es donde aparece desnuda su propia dinámica, y que es posible toda demostración de que algún aparente punto de partida encajara realmente con esa causa; pudo creerse esto, mantenerse intacto y cada vez más firme, durante doscientos años. Y, no obstante, al final descubrimos que la causalidad era una ilusión. Algo más debía actuar, algo que no tenía nada en común con esa famosa causa. La máquina nunca fue una copia de la Naturaleza; era sólo una especie de gigantesco astrolabio o planisferio, que situaba los cuerpos celestes en el lugar adecuado y en el momento oportuno, pero cuyo mecanismo causal no era más parecido al de la Naturaleza que el del propio Ptolomeo.

5

Einstein descubrió el fallo de la teoría de la gravitación de Newton examinando su mismo núcleo. Allí encentró el supuesto de que el tiempo y el espacio son dardos absolutamente, y son idénticos para todos los observadores. Pero cuando recorrió las etapas por las que diferentes observadores pueden comparar realmente su tiempo en el espacio, descubrió que no coincidían con este supuesto. No podemos comparar el tiempo en dos lugares distintos sin enviar una señal de uno a otro, el recorrido del cual toma en sí mismo un tiempo determinado. En consecuencia, Einstein mostró que no hay un universal ahora: sólo hay un «aquí y ahora» para cada observador, de tal manera que el espacio y el tiempo están inextricablemente unidos entre si y constituyen aspectos de una misma realidad. Además, la estructura del espacio a su vez no puede ser desligada de la materia que esto empotrada en ella.

En la física relativista de Einstein, pues, el tiempo no es una secuencia estricta de un antes y un después universales. Acontecimientos estrechamente espaciados que aparecen en un orden a un observador pueden aparecer en un orden contrario a otro. Hume y John Stuart Mili habían insistido hacia tiempo en que la esencia

de la causa y el efecto es una secuencia; la causa tiene que ir delante y el efecto ha de venir después. Así la nueva concepción del tiempo de Einstein añade otra dificultad a la definición de causalidad.

. Esta dificultad es profunda porque significa que no podemos relacionar ni un solo acontecimiento con los demás; sin embargo, puede que ésta no sea definitiva. La dificultad definitiva procede de otro campo: el de la física cuántica. Einstein realizó también importantes aportaciones en este campo; el Premio Nobel que se le otorga en 1921 no fue por sus trabajos acerca de la relatividad, sino sobre la física cuántica.

El paso fundamental que creó la física cuántica había sido dado por Max Planck en 1900, cuando descubrió que la energía, como la materia, no es continua, sino que aparece siempre como conjuntos o quanta de determinados tamaños. Desde un principio, las ideas de la física cuántica no podían concordar con la mecánica clásica de las partículas. Habían de darse unas fantásticas propiedades a un electrón siempre que emitía o absorbía un quantum de energía. Las dificultades aumentaron hasta que en la década de los veinte se empezó a ver que no podía formularse simplemente una teoría para describir los acontecimientos microscópicos, y esperar mantenerla rígidamente en el marco clásico de la causalidad. En esta última no puede describirse el presente y el futuro de las partículas y los acontecimientos microscópicos de modo que aparezcan totalmente determinados. Esto fue enunciado en un principio formal en 1927 por el físico alemán Heisenberg y recibió el sensato nombre del principio de incertidumbre.

Heisenberg demostró que toda descripción de la Naturaleza contiene una incertidumbre esencial e inamovible. Por ejemplo, cuanto más cuidadosamente intentamos calcular la posición de una partícula fundamental, por ejemplo, de un electrón, menos seguros estaremos de su velocidad. Cuanto más exactamente intentemos estimar su velocidad, menos seguros estaremos de su posición exacta. Por lo tanto nunca podemos predecir el futuro de una partícula con absoluta seguridad; porque en realidad no podemos estar completamente seguros de su presente. Si queremos predecir con cierta exactitud su futuro, tenemos que admitir una cierta incertidumbre: un margen de alternativa, una ambigüedad —lo que los ingenieros llaman una cierta tolerancia. Podemos admitir los presupuestos metafísicos que queramos, tanto si el futuro real y verdaderamente, esencialmente, está determinado o no por el presente. Pero el hecho físico sobre estos acontecimientos a escala microscópica es indiscutible, Nadie que los observe en el presente puede predecir su futuro con absoluta certeza. Y, desde luego, una vez tenemos una cierta incertidumbre en la predicción, aunque sea de algún pequeño y remoto rincón del Universo, el futuro es, pues, esencialmente incierto, por más que pueda ser aplastantemente probable.

Dijimos que este principio de incertidumbre se aplica a partículas y acontecimientos microscópicos. Pero estos acontecimientos tan pequeños no son en modo alguno insignificantes. Son precisamente aquellos tipos de acontecimientos que se producen en los nervios y el cerebro, y en las macromoléculas que determinan las cualidades que heredamos. Y a veces los extraños pequeños acontecimientos se suman a uno tremendamente grande. Los juegos de manos con helio líquido a que tan ávidamente se dedican ahora los físicos son de este tipo. Por ejemplo, a temperaturas cercanas al cero absoluto no es necesario, para hacer pasar helio líquido de una botella a otra, comunicarlas por medio de un tubo tipo sifón. Si ponemos en contacto las dos bocas de las botellas, el helio se escapará suavemente de una botella hacia la otra por si solo —y, lástima, fuera de ambas.

El principio de incertidumbre, que nos proporciona un medio para descubrir el significado de estos trucos, nos hizo vacilar a todos. Al fin y al cabo, decía que la Naturaleza no podía describirse como un rígido mecanismo de causas y efectos. Y recordamos una vez más que todos los éxitos de la ciencia, el de Newton y los del siglo pasado, parecían, hasta aquel momento, haber sido alcanzados ajustando la Naturaleza a este tipo de máquina. Y decir de pronto que en el fondo estas cadenas causales no son verdad, que en conjunto no es verdad, pareció un extraño descubrimiento, sumamente desagradable.

Pero fue un descubrimiento y tuvo profundas consecuencias. Mas ahora no parece tan extraño o incongruente. Al contrario, para nuestra generación, el principio de incertidumbre es la observación más natural y razonable del mundo. No nos parece que haya expulsado el orden fuera de la ciencia. Ha quitado de ella la metafísica y ha dejado lo que durante mucho tiempo había permanecido olvidado: el objetivo científico.

El objetivo de la ciencia es describir el Universo en un esquema o lenguaje ordenado que nos ayude a mirar hacia adelante. Queremos predecir lo que sea posible del futuro comportamiento del Universo; en particular queremos predecir cómo se comportaría bajo varias acciones alternativas realizadas por nosotros, acciones entre las cuales intentamos, por regla general, escoger. Pero cate es un objetivo muy limitado. No tiene nada que ver con las intrépidas generalizaciones acerca de la dinámica universal de las causas y los efectos. No tiene absolutamente nada que ver con la causalidad, o con cualquier otro mecanismo especial. Nada en este objetivo,

que es el de ordenar el Universo de tal modo que nos facilite el camino en el momento de tomar decisiones y actuar, implica que el orden tenga que ser de un tipo más que de otro. Descubrimos que el orden actúa, de modo conveniente o instructivo; no es algo que estipulamos, nada sobre lo que podamos dogmatizar. Es lo que descubrimos; es lo que descubrimos que tiene una utilidad.

Pongamos un ejemplo. Un mecanismo causal en la reproducción de las plantas es evidentemente el sexo, pero nadie había demostrado que las plantas tuviesen sexo hasta principios de la época de las Luces, alrededor de 1694, Pero los hombres habían estado cultivando plantas durante miles de años antes. En la mayor parte del mundo, el hombre ha creado realmente una cultura conviniendo unas pocas y flacas espigas en trigales. Los métodos empleados no eran causales, pero sus resultados fueron al final tan afortunados como todo lo que llevaron a cabo los racionalistas de la época de las Luces.

Para obrar no es necesario tener una creencia metafísica según la cual las reglas por las que obramos son universales, y también que todas las demás reglas son exactamente como ellas. AI contrario, en el fondo, todas las convicciones de carácter general aventajan los principios de la ciencia. Laplace creía que si llegábamos a conocer absolutamente el presente, podríamos determinar completamente el futuro. Esta convicción tuvo una cierta fuerza religiosa y política para los franceses de la Revolución, pero no tenía ningún sentido científico. No tiene nada que ver con un enunciado científico, ni, por esto mismo, literario, porque no es un enunciado sobre la realidad, ni en la actualidad ni en el futuro. Simplemente es absurdo afirmar qué ocurriría si conociésemos absolutamente el presente. No lo conocemos y resulta evidente que no podremos conocerlo nunca.

Precisamente esto es lo que dice el principio de incertidumbre a la física moderna. No afirma nada acerca de si podríamos o no predecir el futuro de un electrón, suponiendo que conociésemos esto o aquello de su presente. Simplemente señala que no podemos conocer de modo absoluto su presente. Por ejemplo, podemos conocer su situación o su velocidad con notable precisión, pero no podemos conocerlas ambas, y, en consecuencia, no podemos predecir su futuro.

En el fondo, pues, el principio de incertidumbre afirma en términos especiales lo que siempre se supo. La ciencia no es un modo de describir la realidad, por lo tanto está determinada por los limites de las observaciones, y no afirma nada que esté fuera del campo de la observación. Todo lo demás no es ciencia, es escolástica. El siglo XIX estuvo dominado por la creencia de Laplace, según la cual todo puede ser descrito por sus causas. Pero esto no es menos escolástico que la creencia medieval de que la causa primera lo contiene todo.

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En este punto, aquéllos para los que la causalidad es como una segunda naturaleza se sienten inclinados a iniciar una nueva línea de retirada. ¿Por qué, dicen, no podríamos continuar creyendo de todas formas en una naturaleza estrictamente determinada? ¿Por qué hemos de decir que algún acontecimiento futuro no está determinado, simplemente porque la ciencia dice que no puede ser previsto? Supongamos incluso, como insiste en afirmar ahora la ciencia, que no es meramente un hueco momentáneo. Supongamos también que los científicos tienen razón y que nunca descubrirán nuevas leyes que les permitan predecir estos pequeños acontecimientos. Admitamos lodo esto, dicen con recelo, admitamos que hay acontecimientos materiales que puede demostrarse que son impredecibles mediante cualquier método científico tanto ahora como en el futuro. ¿Es esto un descubrimiento tan profundo? ¿Es algo más que un descubrimiento sobre la ciencia misma? ¿Es algo más que una demostración de que los métodos de la ciencia son deficientes y tienen un alcance limitado? ¿Por qué tenemos que suponer que porque la ciencia no puede descubrir la estructura de la causalidad en la Naturaleza, esta estructura ya no existe? Al fin y al cabo, ni Laplace supuso nunca que algún ser humano pudiese realmente calcular de modo total el futuro a partir del presente, en la práctica. Él era del todo consciente de las limitaciones prácticas de la predicción científica. ¿Por qué no podemos continuar sosteniendo, pues, el punto de vista de que el futuro está en teoría determinado, por más que los científicos puedan en la práctica predecirlo o no?

Por desgracia, estas atractivas e ingeniosas observaciones no dan en el blanco. Desde luego Laplace no creyó que el futuro pudiese derivarse del presente mediante una máquina calculadora que los hombres pudiesen fabricar. Pero creía que en principio podía conseguirse esto, si no con una computadora humana, con una sobrehumana. Creía que el futuro está total y finalmente determinado. El futuro como sería ya existe en las matemáticas, y el Universo mismo es precisamente una máquina que lo calcula mediante unos procesos matemáticos estrictos.

Esta idea difiere bastante de la noción que nos formamos de la relación entre presente y futuro. Ciertamente no podríamos establecer el presente basándonos en un mecanismo universal como el de Laplace, y esto por dos razones, primero, porque la relatividad ha mostrado la dificultad de definir el instante presente en dos puntos separados en el espacio, y, segundo, porque el principio de incertidumbre ha evidenciado que incluso en un punto el presente no puede definirse con una infinita exactitud.

Estas dificultades expresan en lenguaje técnico la diferencia entre nuestra concepción del Universo y la de Laplace, que en términos vulgares es bien definida y clara. Según Laplace, la ciencia, ahora o más adelante, sabría cómo calcular exactamente el futuro, pero eso no podría ponerse en prédica porque costaría demasiado. No obstante, la dificultad estriba en las capacidades prácticas del hombre. Del mismo modo podríamos decir que en teoría todo el conocimiento humano podría estar contenido en la Enciclopedia Británica, aunque en la práctica el personal necesario para redactarlo y el papel para imprimirlo serían imposibles de manejar. Este argumento es fundamentalmente distinto del que aducimos para decir que no podemos predecir exactamente el futuro, a saber, que no sabemos, ni en teoría, cómo ni por dónde empezar. No conocemos ninguna ley que nos permita prever con exactitud cuál será el futuro de un electrón a partir de su presente, porque precisamente no sabemos qué es su presente o su futuro, y, además, podemos demostrar que esto es una limitación esencial, porque ningún método científico puede descubrirlos o predecirlos con una exactitud definitiva o absoluta.

Pero, por el solo hecho de no conocerlo, porque la ciencia no puede conocerlo, ¿quiere decir esto que el futuro es indeterminado? ¿No hemos confesado que todo esto no es más que una limitación de descripción? Y, ¿por qué tiene que significar que no existe un mecanismo perfectamente adecuado que actúa, y que nuestros telescopios y microscopios son demasiado poco penetrantes para ver su funcionamiento exacto?

Esta es una argumentación interesante pero, creemos, bastante patética, porque lo que realmente dice es que el que hace la pregunta tiene que escoger entre la ciencia y la causalidad, y que prefiere inclinarse por la causalidad. Puesto que esta última no es más que uno de los instrumentos de la ciencia, nos parece absurdo aferrarse a ella ciegamente cuando parece con toda evidencia que no funciona ya como un instrumento. Desde luego, cada uno es libre de preferir su artículo de fe favorito al científico, es decir, al método empírico. Pero no creamos que esta fe sea algo más que un pedazo confortable y de rutinaria superstición. Intentar establecer una estricta distinción entre lo que la ciencia puede predecir y lo que está determinado de algún modo sobrenatural, no deja de ser más que un remiendo hecho de autoengaño elegante, pero realmente bastante desvergonzado. La ciencia es un estudio práctico de lo que puede ser observado, y, a partir de ello, la predicción de lo que se observará. Decir que las causas están de algún modo distribuidas debajo de este mundo observable, cuando cualquier cosa debajo del mismo es esencialmente imposible de observar, no es ni útil ni significativo, no es más que una postura de ciega comodidad. Del mismo modo podríamos decir que los electrones son realmente arrastrados por duendes azules con narices rojas que saben exactamente lo que están haciendo, sólo que cada vez que miramos hacia ellos se ocultan al momento. Si son esencialmente imposibles de ser observados, más allá de toda esperanza de una futura posibilidad de poderlo hacer, entonces simplemente no tiene sentido juntarlos en un sistema, sea lógico, metafísico o, incluso, religioso.

Estas consideraciones no son totalmente abstractas. Deberíamos recordar que tienen unos significados muy prácticos, y que se usan cotidianamente para proyectar, dentro de sus propios límites, unos resultados prácticos. Tomemos algo tan serio como un poco de uranio-235 potencialmente explosivo. Es absolutamente improbable que explote una pequeña cantidad, pero una gran cantidad es del todo probable que lo haga. ¿Cuál es la proporción critica que separa ambas cantidades? Esta pregunta es del tipo a que el principio de incertidumbre ha respondido con destacado éxito. Hemos presenciado este éxito, y aunque, desde luego, no es ni más ni menos decisivo que el de Adams y Leverrier al descubrir Neptuno, muestra que todo ello no es pura especulación y fantasía. Podemos tomar otro modelo de la fisión nuclear; éste es irónicamente adecuado, porque Heisenberg fue el único gran científico que permaneció en Alemania para trabajar en el proyecto de Energía Atómica, y el fracaso alemán fue en gran parte su propio fracaso en la dirección de tal proyecto. Tomemos luego como moelo una buena masa artificial de plutonio, teniendo cuidado en mantenerla por debajo de la proporción crítica. Sabemos que algo más de la mitad de la misma habrá sufrido una disminución radiactiva al cabo de veinticinco mil años, Pero no qué mitad será; no podemos decir de ningún grano si caerá en la mitad degradada o en la activa, porque no existen las leyes físicas que nos lo digan —y porque no pueden existir. Lo sorprendente es esto: John von Neumann probó que ninguna teoría causal, fuese la que fuese, podría emitir semejante predicción sin alterar alguno de los datos conocidos.

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Puede parecer que caemos en una extraña contradicción. La ciencia ha andado un largo camino desde que Hobbes insistió por primera vez hace unos trescientos años sobre el gran alcance del principio causal, y lo ha andado gracias al uso de este principio. Ahora decimos que este principio es en si un error, que la Naturaleza no es estrictamente una sucesión de causas y efectos. Luego, ¿cómo ha logrado la ciencia describir el Universo siguiendo los cauces de las leyes causales? Y si no existen las leyes causales, ¿no abandonamos el Universo al puro caos, no renunciamos a la idea de toda ciencia?

Vamos a responder a estas preguntas en el siguiente capitulo. Demostraremos que ley y certidumbre no son la misma cosa, y que es posible establecer las leyes de la probabilidad, menos comunes pero bastante rigurosas. Veremos luego que las leyes causales no son más que unas acumulaciones de éstas, y que deben su éxito al hecho de que son aproximaciones admirables de aquellos casos en que las leyes de probabilidad se combinan hasta dar una probabilidad de certeza abrumadora.

Pero querríamos cerrar este capitulo con una reflexión más profunda. Hemos dicho que la búsqueda de las leyes causales ha creado la mayor dificultad con que se enfrenta actualmente la ciencia, sobre todo la física, Pero aquí no termina todo. Cabe recordar que ningún método científico es verdaderamente deductivo, porque no toma los datos físicos y, a partir de los mismos, infiere las leyes. En la base del método científico se encuentra el tipo de imaginación que empleó Newton, quien definió un universo de partículas, postuló leyes o axiomas que éstas siguen individualmente, y, luego, demostró que se combinan hasta constituir un universo muy parecido al que conocemos. Newton no formuló ninguna teoría acerca de lo que son estas partículas fundamentales, y hemos sido nosotros quienes hemos intentado identificarlas, primero con las moléculas, luego con los átomos, y posteriormente con los electrones y otros minúsculos e indivisibles constituyentes de la materia. Pero hemos fracasado. Ya que el Universo esta constituido por electrones o algo parecido, luego es cierto que no se comportan como las partículas de Newton, sino que a veces lo hacen como ondas y otras veces como partículas; no tienen el mismo momento una velocidad y se encuentran en un lugar exactos. Además tienen otras particularidades. Cuando decimos, por ejemplo, que la situación y la velocidad no pueden ser exactamente observadas a la vez, queremos decir que no podemos formular la hipótesis de las partículas individuales y asignarles al mismo tiempo lugares y velocidades determinadas en nuestras ecuaciones.

Estas dificultades no pueden ser totalmente deducidas de la investigación basada en el principio de causalidad. Mis bien aparecen porque hemos creído de modo más profundo que todos los acontecimientos descubiertos por la ciencia pueden ser descompuestos en unidades más y más pequeñas, unidades que obedecen las leyes de la causalidad. Hemos llegado a suponer que todo acontecimiento que pareciese no resultar de una serie que le precede, sí aparecería así si lo descompusiésemos en fragmentos lo suficientemente pequeños, ya fueran de hecho o de materia. Este proceso analítico ha sido realmente la base de nuestra noción de determinismo: pero lo que ahora vemos es que no podemos tenerlos a la vez. No podemos fabricar un modelo constituido por partículas y acontecimientos microscópicos y que al mismo tiempo cada partícula y acontecimiento se desarrolla en un ámbito estrictamente causal. El proceso que se da entre causa y efecto es una operación macroscópica, pero el proceso analítico al final revela una forma de ley de tipo distinto —una ley de probabilidad en vez de causalidad.

Desde que esta división pasó a ser aceptada como evidente en física, se vio, de modo inesperado y extraño, que tenía raíces mucho más profundas que se prolongaban hasta las bases mismas de la lógica. Esta es la cara del problema que continúa siendo casi desconocida, incluso para los científicos, porque deriva de la parte más remota de las matemáticas: el estudio de la estructura lógica de todos los sistemas matemáticos. En 1931, Godel demostró que hasta en un sistema de axiomas puramente abstracto como el de Euclides, surgen preguntas perfectamente lógicas que no tienen respuesta, es decir, incluso en semejante sistema cerrado, claro, lógico y. por decirlo así, absolutamente aritmético, es posible formular teoremas que no puede demostrarse que sean

verdaderos o falsos. SI concebimos tal sistema desarrollándose a través del tiempo, equivale a preguntar si este sistema podría alcanzar determinados estados en el futuro. Y la respuesta es que nunca lo podremos saber; el problema no tiene solución. Hay teoremas que pueden o no ser verdad y hay estados que podrían o no ser alcanzados; las matemáticas nada pueden decidir. Y ello en un mundo sin microscopios, materia e indeterminación, en un mundo de lógica pura. Esta grieta en el campo de la certidumbre es algo verdaderamente abrumador; y sus implicaciones sólo de modo muy lento aparecerán claras a los científicos empiristas cuando

conozcan más datos acerca de la falla geológica que se ha abierto en los estratos de la lógica

En el

campo de la física y en el de la lógica misma, lo que ha aparecido realmente es la demolición del modelo sencillo de un universo exterior a nosotros, al cual sólo observamos y consideramos. Se ha descubierto que podemos abordar la física cuando establecemos esta separación, pero también que hay un punto en que esta

aproximación se desploma. Cuando en astronomía se alcanzó este punto, las leyes de Einstein reemplazaron las de Newton, porque la relatividad se deriva esencialmente del análisis filosófico que afirma que no existe un hecho y un observador, sino la combinación de ambos en una observación. La observación real es la unidad fundamental de la física, y esto es lo que el principio de incertidumbre reveló en la física atómica; que no puede separarse el acontecimiento del observador. Algo muy parecido a esto ha ocurrido, pero con menos publicidad, con la lógica. Desde luego, Von Neumann ha dado los primeros pasos al desarrollar un sistema de las matemáticas, la Teoría de los Juegos, basada en las esencialmente indeterminadas y plurivalentes actitudes del pensamiento que todo el mundo mantiene en las relaciones cotidianas. Todas las corrientes de la ciencia coinciden en este punto: que la concepción analítica e impersonal del Universo está fallando. Antaño bastaba con pensar que el Universo está quieto y distante mientras nosotros cuidadosamente lo recortamos en secciones para someterlas a examen microscópico, pero esto no era más que una simplificación a la cual le ha llegado el momento de desaparecer. Hemos alcanzado el estadio en que el Universo se Íntegra en si mismo, y el abismo entre hecho y observador se cierra. La base de este universo es la observación. Todas las dificultades, tanto si se trata del comportamiento de Mercurio o el fracaso de la causalidad, derivan de la separación entre el conocedor y lo conocido. Sólo reuniéndolos tendremos el conocimiento.

Éstas son las nuevas e incómodas ideas que se han introducido en nuestra vida a través de lo que parecía el firmemente establecido mundo de la física. Por lo que se refiere a los resultados prácticos, han tenido un éxito inmenso —si podemos considerar a Hiroshima como un éxito. Han funcionado. Sin embargo, en teoría, todavía no hemos sentido su fuerza. Han sido un consuelo para muchas personas que las han tomado para sostener su creencia en un libre albedrío, y han aturdido a muchas otras porque ofenden su sentido común. No es una obscura conspiración del sinsentido o la malevolencia sacada de una novela de Thomas Hardy. El humanista puede sentirse confortado; el Universo está lleno de sentido común. Pero el sentido común no es lo que introducimos en el Universo. Es lo que encontramos en él.

VI.

La idea de probabilidad

1

Nos hemos referido repetidas veces a la ciencia como lenguaje. Esta analogía nos parece tan sencilla y útil que resultó la cosa más natural empezar este libro comparando la ciencia con la lengua inglesa. Nos parece natural concebir la óptica, por ejemplo, como un lenguaje para describir la visión y lo que se ve. Como lenguaje, resulta poco frecuente, por ejemplo, desembarazarse de la confusión que podía crear la incapacidad de distinguir los colores, y evitar los tópicos más atractivos del desear una cosa o creer en ella. La óptica es el lenguaje en que la visión es visión y nada más —ni tan sólo creencia.

Esta analogía no se les había ocurrido de modo tan natural a los científicos del siglo pasado, porque un lenguaje no es más que un código, para describir algunos rasgos escogidos del Universo. Desde luego, el objetivo de un lenguaje es acordar con los demás cómo vamos a actuar en el mundo. Pero metodológicamente continúa siendo una descripción que nombra los hechos y reproduce su orden. El siglo XIX habría considerado esta noción como una idea demasiado modesta de la ciencia. Las personalidades más destacadas de este siglo veían a la ciencia como una gula para la acción, pero estaban convencidas de que les ayudaba a actuar prácticamente porque además de describir el Universo también lo explicaba. Y por explicación entendían un modelo que se ajustaba exactamente a la Naturaleza, paso a paso, siguiendo una cadena de causas y efectos. Un animal es precisamente una máquina que funciona con calor, decían, o un gas es una colección de pequeñas bolas de billar, o el cerebro una oficina de telégrafos. Creían que en último término sólo existe un método científico: establecer un sistema de causas y efectos. Sostenían que si la ciencia describe, describe la causa por sus efectos; y si predice, predice el efecto a partir de sus causas.

Hemos dicho repetidas veces que ya no es posible seguir sosteniendo esta idea por más tiempo. Muy bien; abandonaremos la búsqueda universal de las causas. ¿Qué pondremos en su lugar? Por toda respuesta tenemos que retroceder hasta el principio y repetir algo que no puede decirse muy a menudo. El objetivo de la ciencia es describir el Universo en un lenguaje ordenado, de tal modo que podamos, si es posible, prever los resultados de aquellos cursos alternativos de la acción entre los cuales escogemos siempre. El tipo de orden que sigue nuestra descripción es enteramente de conveniencia. Nuestro fin es siempre predecir. Desde luego que es más adecuado si podemos encontrar un orden causal, porque simplifica nuestras posibilidades de escoger, pero no es esencial.

Lo que buscamos, tanto en la ciencia como en nuestra vida cotidiana, es un sistema de predicción: es, por decirlo así, un adivino. Los principios que nos guían en nuestras predicciones, en el fondo, no son más que los pasos que siguen nuestros cálculos. La vida no es un examen; no disponemos de señales para estos pasos, pero lo que importa es alcanzar la respuesta correcta. Así, pues, es perfectamente posible no basar un sistema de predicción en ningún principio con excepción de intentar obtener la respuesta correcta. Esto es exactamente lo que hacen las plantas y los animales. El murciélago evita los obstáculos emitiendo un grito tan agudo que nuestro oído no lo puede captar, y luego escuchando su eco. Sea cual sea el sistema de que disponemos para traducir el eco en una predicción, lo ha encontrado por evolución, y ésta, a su vez, la ha descubierto por prueba y error. La estación de radar hace esto mismo más racionalmente. Sin embargo, los procesos que siguen sus cálculos no son mejores que los del murciélago, ni peores. Por ejemplo, el murciélago y la evolución descubrieron hace ya tiempo que las mejores longitudes de onda para calcular la distancia entre un objeto y un emisor son las centimétricas, que son las que también usa el radar. Un hombre que para una pelota, o un muchacho que hace volar un cometa, o un gato en una ratonera, todos ellos son adivinos, y todos ellos nos recuerdan que la ocupación de la predicción es permitirnos hacer simplemente lo correcto en el momento oportuno.

2

Desde luego, no hay nada sagrado acerca de la forma causal de las leyes de la Naturaleza. Nos hemos acostumbrado a esta forma, hasta el extremo de que se ha convertido en nuestro modelo de lo que debería ser toda ley de la Naturaleza. Si dividimos el espacio que ocupa un gas en dos mitades, y mantenemos todo lo demás constante, habremos doblado la presión, decimos. Si hacemos esto y lo otro, el resultado será éste y aquél, y siempre será así. Y sentimos que nos hemos acostumbrado a que es este «siempre» lo que convierte la predicción en ley. Pero, desde luego, no hay razón para que las leyes tengan esta característica, esta forma tan

absoluta. Si cruzamos las semillas de guisantes blancos con las de guisantes rojos, dijo Mendel, una cuarta parte de los guisantes nuevos serán blancos y el resto rojos. Este enunciado puede ser una ley tan válida como cualquier otra; dice lo que sucederá en una proporción apreciable, y esto se demuestra como verdadero. No es menos respetable por no hacer el alarde de predecir exactamente lo que ocurrirá cada vez, como la ley de los gases. Y ciertamente, la ley de los pases adquiere el aire de finalidad, sólo que a causa de la acumulación de probabilidades tales como las que explícita la ley de Mendel.

Es de suma importancia recordar esto. Si decimos que después de una semana de buen tiempo, el domingo llueve siempre, es admitido y considerado como ley. Pero si decimos que después de una semana de buen tiempo es más probable que llueva el domingo que no que no llueva, se toma como una afirmación dudosa; y se supone que no hemos llegado a ninguna ley fundamental que coincida con nuestro hábito de exigir que la ciencia diga de modo tajante o «siempre», o bien, «nunca». Incluso si decimos que después de una semana de buen tiempo llueve el domingo con una proporción de siete sobre diez, se aceptaría como una estadística, pero no se le concedería la categoría de ley, porque de algún modo parece carecer de fuerza de ley.

Sin embargo, esto es un mero prejuicio. Resulta cómodo disponer de leyes que digan: esta configuración de hechos siempre estará seguida por el acontecimiento A el cien por cien de las veces. Pero ni las preferencias ni las conveniencias permiten realmente que sea una forma de ley más esencial que la enuncia que esta configuración de hechos irá seguida por el acontecimiento A> siete de cada diez veces, y por el B, tres de cada diez veces. Formalmente la primera es una ley causal y la segunda una ley estadística. Pero en cuanto al contenido y a su aplicación no hay por qué preferir la primera a la segunda. Las leyes de la ciencia tienen dos funciones, ser verdaderas y útiles; posiblemente estas dos funciones se incluyen mutuamente. Si la ley estadística cumple a ambas, es todo lo que puede pedírsele. Podemos convencernos de que resulta intelectualmente menos satisfactoria que una ley causal, y en cierto modo no consigue proporcionarnos la misma sensación de comprender los procesos de la Naturaleza. Pero esto no deja de ser una ilusión provocada por el hábito. Ninguna ley proporcionó nunca una mayor sensación de seguridad que la ley de la gravitación universal. No obstante, hemos visto que la explicación que daba de los procesos de la Naturaleza era falsa y, por tanto, que nuestro modo de ver el Universo derivado de la misma nos conducía al error. Lo que realmente realizó, y espléndidamente, fue predecir los movimientos de los cuerpos celestes con una aproximación excelente.

3

Existe, sin embargo, una limitación dentro de toda ley que no contiene la palabra «siempre». Sin rodeos, cuando digo que una configuración de hechos estará seguida a veces por un acontecimiento A, y otras veces por B, no puedo estar seguro de si en el momento siguiente aparecerá A o B. Podemos saber que A aparece siete veces y B tres de cada diez; pero esto no aumenta mis posibilidades de saber cuál aparecerá en la siguiente ocasión. La ley de Mendel resulta muy fácil de entender cuando se siembran guisantes; pero no dice, porque no puede, si la simiente de la segunda cosecha será blanca o roja. < El propio Mendel se enfrentó con este problema cuando comprobó su ley, porque tuvo que realizar su trabajo experimental en el huerto, bastante pequeño, de un monasterio.

Hasta aquí resulta bastante evidente. Es obvio que si supiésemos qué va a ocurrir precisamente la próxima vez, ya no tendríamos de antemano una ley estadística, sino una ley cierta en la que podríamos escribir la palabra «siempre». Pero esta limitación trae consigo otra menos evidente. Si no estamos seguros de qué acontecimiento, si A o B, se producirá luego, entonces no podemos estar seguros de cuál se producirá la próxima vez ni las veces sucesivas. Sabemos que A ocurrirá siete veces, y B tres, pero esto no significa que cada serie de diez pruebas nos dé con exactitud siete A y tres B. En realidad, no es posible registrar una línea irregular de A y B de tal modo que cada serie de diez letras sucesivas que podemos coger al azar de la misma esté constituida precisamente por siete A y tres B. Y, desde luego, resulta casi imposible registrarlas de modo que toda elección de diez letras cogidas aquí y allá contenga precisamente siete A.

Así, pues, ¿a qué nos referimos cuando decimos que esperamos que A se produzca siete veces y B tres? Queremos decir que entre todos los grupos de diez pruebas que podemos escoger a partir de una serie más amplia, y escogiendo como queramos, el mayor número contendrá siete A y tres B. Esto es lo mismo que decir que si efectuamos las pruebas suficientes, la proporción de A a B tenderá a la razón de siete a tres. Pero, desde luego, ninguna serie de pruebas, por larga que sea, es necesariamente lo bastante larga. No podemos estar seguros de alcanzar, en una serie de pruebas, la proporción de siete a tres.

Entonces, ¿como sabemos que la ley es en realidad siete A y tres B? ¿A qué nos referimos cuando decimos que la razón tiende a ser ésta en una larga serie de pruebas, cuando no sabemos si la serie es lo suficientemente larga? Y todavía más cuando sabemos que en el mismo momento en que alcancemos esta razón, la siguiente prueba va a desequilibrarla, porque añadirá a un acontecimiento absolutamente A o uno absolutamente B, y no puede añadir siete décimas partes de A y tres décimas de B. En suma, queremos decir que después de diez pruebas, puede que tengamos ocho A y dos B, lo cual no es nada improbable. Es posible también que tengamos nueve A, e incluso no resulta excesivamente improbable que tengamos diez. Pero en cambio, s( lo es que, después de cien pruebas, tengamos ochenta A, y más aún que después de mil pruebas hayamos alcanzado una cantidad de ochocientos acontecimientos A; ciertamente es muy improbable que en este estadio la proporción de

A pase de siete por diez a cinco por cien, Y si después de cien mil pruebas alcanzamos una proporción que

difiere de la estipulada por nuestra ley tanto como un uno por cien, entonces tendremos que enfrentarnos al hecho de que la ley misma es casi con toda seguridad un error.

Citemos una anécdota a título de ejemplo. Uno de los encyclopédistes franceses del siglo XVIII, el gran naturalista Butrón, era un hombre que se interesaba por numerosas ramas del saber. Sus estudios en el campo de

la geología y la evolución le granjearon la enemistad de la Sorbona, la cual le obligó a retractarse de su idea,

según la cual la tierra habría cambiado desde el Génesis. Sus trabajos sobre las leyes de la probabilidad eran menos peligrosos, de modo que en 1733 pudo plantearse una interesante cuestión. Si echamos al azar una aguja de coser sobre una hoja de papel en la que hemos trazado unas líneas paralelas separadas por una distancia exactamente igual a la longitud de la aguja, ¿cuántas veces podemos esperar que caiga en una línea y cuántas en un espacio en blanco? La respuesta es bastante extraña: debería caer en una línea poco menos de dos veces de

cada tres, exactamente debería caer en una línea dos veces sobre el número π, en que π, es la conocida razón de

¿Con qué aproximación podemos

la circunferencia de un círculo a su diámetro, y cuyo valor es 3'14159265

realizar esta respuesta en las pruebas reales? Esto depende, desde luego, del cuidado con que tracemos las líneas

y echemos la aguja; pero, al fin y al cabo, depende sólo de nuestra paciencia. En 1901, un matemático italiano poco conocido, Mario Lazzerini, con el cuidado debido, demostró su paciencia echando la aguja tres mil veces.

El valor que obtuvo para π, en un momento dado correspondía al sexto lugar de los decimales, lo cual es un

error de sólo una cienmilésima parte del uno por ciento.

4

Este es el método que emplea la ciencia moderna. En realidad no utiliza ningún principio, con excepción del de prever con la mayor exactitud posible, pero nada más que posible; es decir, que idealiza desde el mismo comienzo el futuro, no como absolutamente determinado, sino como determinado dentro de una área definida de incertidumbre. Intentaremos ilustrar este tipo de incertidumbre. Sabemos que los hijos de unos padres con los ojos azules tendrán ciertamente los ojos azules, por lo menos no se ha encontrado ninguna excepción a esta

regla. En cambio, no podemos estar seguros de que todos los hijos de dos padres con los ojos castaños tendrán todos los ojos de este color, ni aunque ya hayan tenido diez hijos con los ojos castaños. La razón de ello es que

no podemos dejar de contar nunca en .un giro azaroso del tipo que el doctor Johnson observó una vez en casa de

un amigo suyo que se dedicaba a la crianza de caballos: «Ha tenido —dijo el doctor Johnson— dieciséis potrancas sin ningún potro, lo cual es un accidente más allá de todas las probabilidades calculables.» Pero lo que podemos hacer es calcular las rarezas contra esta probabilidad, lo cual no es tan difícil como suponía el doctor

Johnson. A partir de aquí podemos calcular las posibilidades de que el siguiente niño nazca con los ojos castaños. Es decir, podemos elaborar una predicción que establezca de modo preciso nuestro grado de incertidumbre. Curiosamente, aquí es donde los cálculos de Mendel están equivocados, fin efecto, admitió que una vez una pareja ha tenido diez hijos con los ojos castaños, la posibilidad de que todavía puedan tener hijos con ojos azules es ínfima. Pero no lo es.

Esta área de incertidumbre retrocede proporcionalmente muy deprisa si formulamos nuestras predicciones, no sobre una familia, sino sobre muchas. No sabemos si esta o aquella pareja tendrán un hijo al año próximo, ni siquiera si lo tendremos nosotros, pero es fácil calcular el número de hijos que nacerán del conjunto de la población, y establecer los límites de la incertidumbre en nuestro cálculo. Los motivos que conducen al matrimonio, los pequeños detalles que conducen un coche a estrellarse, el azar de que el sol luzca hoy o la tortilla de mañana, son elementos particulares, privados e incalculables. No obstante, como Kant advirtió hace ya tiempo, las sumas totales de los mismos en un determinado país a lo largo de un año son notablemente estables, y hasta sus márgenes de incertidumbre pueden ser previstos.

Esta es la revolucionaria concepción elaborada por la ciencia moderna. Reemplaza al concepto del efecto inevitable por el de la tendencia probable. Su método se basa en separar lo más posible la tendencia constante

de las fluctuaciones particulares. Cuanto menos la tendencia se ha visto determinada en el pasado por las fluctaciones, mayor es la seguridad con que podemos mirar, siguiendo la tendencia, el futuro de la misma. No aislamos una causa. Trazamos un múdelo de la Naturaleza en todo su conjunto. Nos damos cuenta de las incertidumbres que este conjunto vasto y flexible introduce en nuestro esquema. Pero el Universo no puede ser aislado de sí mismo: la incertidumbre es el Universo. Debemos contentarnos con trazar los puntos en que puede moverse y asignar una mayor o menor probabilidad a ésta o aquélla de sus áreas de incertidumbre.

Tales son las ideas de probabilidad de la ciencia actual, Son ideas nuevas: dan un nuevo orden al azar, en

tanto que lo recrean como la vida dentro de la realidad. Estas ideas han llegado a la ciencia desde fuentes

diversas. Algunas fueron descubiertas por los traficantes del Renacimiento, otras por los jugadores del siglo

XVII y otras por matemáticos interesados en rectificar errores, comprender el comportamiento de los gases y,

más recientemente, la radiactividad. Pero las más fecundas han sido las aportadas por la biología durante los últimos cincuenta años. No es necesario repetir cuan útiles han sido en estos últimos tiempos, por ejemplo, en física: Nagasaki ha quedado como prueba palpable. Pero todavía no hemos empezado a sentir su importancia

fuera de la ciencia. Por ejemplo, estas ideas demuestran que problemas como el del libre albedrío o el

determinismo son simples malentendidos de la historia. La historia no es ni azar ni necesidad. A cada instante avanza por un terreno cuya forma general conocemos, pero cuyos límites son inciertos y difíciles de trazar. Una sociedad se mueve bajo una presión concreta, como un chorro de gas, y, estadísticamente, sus miembros obedecen esta presión; pero, en todo momento, cualquier individuo puede, como los átomos de un gas, moverse a través o contra la corriente. La voluntad, por un lado, y la coacción, por otro, existen y juegan un papel dentro de estos límites. En las ideas de la ciencia actual, el concepto de probabilidad ha dejado de ser obtuso y estéril, y ha adquirido una nueva profundidad y poder, ha vuelto a la vida. Algunas de estas ideas han empezado a influir las artes: podemos seguir vagamente sus rastros en las novelas de los jóvenes escritores franceses. A su tiempo, librarán nuestra literatura del pesimismo que tiene su origen en nuestros intereses escindidos; nuestra veneración por las máquinas y, en abierto antagonismo con ella, nuestra nostalgia por la personalidad. Nos consideramos lo suficientemente jóvenes como para creer que esta unión, la unión por decirlo así del azar con la necesidad, nos proporcionará a todos un nuevo optimismo.

5

Intentaremos explicar más este punto. Se suponía, en las ciencias clásicas del siglo pasado que un fenómeno

como la radiactividad, o la herencia de un grupo sanguíneo, o la timidez, o la subida de los precios en tiempos

de escasez, son producto de muchas influencias; y que paso a paso podrían ser aisladas y se podrían conocer las

causas del fenómeno. En cada caso, lo que ocurría podía ser tratado como un experimento de laboratorio. Podría ser aislado de los demás acontecimientos del Universo que no tienen nada que ver con él, y podría ser observado

como si estuviese detrás de la caja del laboratorio. Y dentro de esta caja, las causas podrían ser estudiadas una

por una del mismo modo que estudiamos cómo cambia el volumen de un gas cuando varía la presión a la vez que la temperatura se mantiene igual, y luego cuando la temperatura varía mientras que la presión es la misma.

Pero esta descripción del fenómeno aislado del resto del Universo y del observador ha aparecido ser falsa. Llega un momento en que ya no puede considerarse ni como una aproximación. Luego se demuestra que el tiempo y el espacio, que Newton creyó absolutos, no tienen sentido, en física, independientemente del observador. El laboratorio no puede existir en el vacío y el experimento no puede ser encerrado en una caja. Y a medida que perfeccionamos nuestros cálculos, las limitaciones del observador aparecen cada vez mayores. El líquido sobre cuya superficie se enfocaba el microscopio salta y se estremece bajo las lentes hasta que podemos ver el movimiento browniano de sus moléculas. El imponente flujo del gas atravesado por todos lados por el fortuito martilleo de sus partículas. Alarguemos el indicador sobre el dial un millón de veces, y ya no podremos leer el instrumento porque el turbulento movimiento de sus átomos desplaza incesantemente la aguja. Los errores experimentales se encuentran implícitos en la sustancia misma del Universo.

Y mientras todo esto se desarrollaba en el laboratorio, en el exterior la Naturaleza y la sociedad se vetan abrumadas por ejemplos de proporciones mil veces mayores. Todo, en la planta y el organismo vivo, en los terremotos y el tiempo atmosférico, en las sociedades animales y las fábricas del hombre y tos precios de las comunicaciones telegráficas, está más allá del control del experimento puro. Hubo un momento en la Historia, un momento imaginario pero no por esto menos importante, cuando los pesos que caían de la torre inclinada fueron la llave que abría el secreto de las estrellas. Desde entonces, el silencioso investigador en su laboratorio

había

persistido en la idea de que su pequeña caja escogería los ciclos de las manchas solares, la llegada de la

Peste

Negra y el crac de Wall Street. El Universo es una máquina, y, como investigador, repetiría la hazaña de

Newton y construiría un modelo que describiría su destino minuto a minuto. Adam Smith, Jeremy Benthan,

Stuart Mili, Haríley, Mesmer, Freud, Zola, Proust y Theodore Dreiser, cada uno a su manera dedicaron toda una vida a esta esperanza.

Pero también habla hombres que se enfrentaban a problemas particulares y que no podían esperar tres siglos hasta lograr su total disección. No siempre eran respetables problemas científicos. Los jugadores amigos de Pascal y Euler eran personas impacientes. Los corredores de seguros de Florencia, Amsterdam y Londres no se preocupaban de los problemas teóricos, sólo querían resultados prácticos. Luego —y esto es mucho más interesante—, a finales del siglo pasado, Francis Gallón y posteriormente Karl Pearson empezaron a observar los rasgos humanos: tamaño, peso, configuración y crecimiento. No formularon teorías sin tacha como la de Lombroso sobre las características de los criminales. Incluso parecían tener alguna severa sospecha acerca de la teoría de la herencia de Mendel. Sin embargo, dedicaron más bien la atención a obras como las de Laplace y Gauss, los cuales habían creído por primera vez que los errores tienen que considerarse como inevitables incluso en la observación astronómica. De este modo llegaron a formular la noción de la distribución probable de una serie de caracteres entre un determinado número de personas, A su vez, de este trabajo se ha derivado toda la teoría de las diferencias estadísticas, que consideramos que son las bases de la ciencia futura.

Citaré un ejemplo sacado de mi experiencia personal. En 1945 fui al Japón y, puesto que no hablaba japonés, en mi grupo había varios jóvenes japoneses muy cordiales que se habían educado en América. Lo que más me sorprendió fue que todos eran más bajos que los americanos blancos del grupo. Cuando llegamos al Japón todavía me sorprendió más ver que los japoneses de nuestro grupo eran todos más altos que los japoneses nativos. En este caso había dos diferencias creadas una por la Naturaleza y otra por la sociedad que no podían ser tratadas como material para la experimentación en laboratorio. Tampoco había diferencias constantes. Aunque por término medio el grupo de los americanos blancos era más alto que el de los japoneses que habíamos traído con nosotros, y éstos a su vez eran más altos que los japoneses nativos, había hombres en cada grupo que sobrepasaban a los demás. Ciertamente el más bajo de todos era un americano blanco y había un japonés americano muy alto. No obstante, estaba ansioso de formular dos hipótesis personales: que los japoneses son por herencia más bajos que los americanos blancos, y que los japoneses que han crecido en América son más altos que los del Japón, probablemente porque América les proporciona una alimentación y un medio ambiente diferentes.

¿Cómo verificar tales hipótesis? Este problema es del mismo tipo que los que trató Pearson, y el método para resolverlos fue descubierto con una curva estadística por él y un cervecero que se llamó a sí mismo student. Calculamos el término medio de cada uno de los tres tipos y, al mismo tiempo, una medida, a partir de los individuos de cada grupo, de las variaciones sobre este término medio que este mismo grupo parece desarrollar. Puesto que en la naturaleza de las cosas observamos sólo unos pocos elementos en cada grupo, ni nuestros promedios ni nuestros cálculos de la variación están libres de error. Pero en cada caso la variación nos permite calcular el mayor error que podríamos cometer al medir estos promedios. Es decir, rodeamos cada promedio, una vez medido, por un área de incertidumbre. Si estas tres áreas de incertidumbre no se desbordan, podemos saber con cierta seguridad que nuestras hipótesis estaban justificadas. Pero si dos de estas tres áreas se desbordan, entonces no podemos estar seguros de que es real la diferencia entre los dos promedios en tomo a los cuales las hemos trazado. No hemos logrado establecer una diferencia sistemática entre estos dos grupos, porque las fluctuaciones Fortuitas dentro de cada grupo, como hemos podido observar en esta ocasión, son lo bastante grandes como para borrar la posible diferencia.

6

Éste es el contenido esencial del método estadístico. Tiene muchas aplicaciones y se diferencian entre sí sólo en los detalles de las aplicaciones. Pero la idea en que se basan es la misma; fundamentalmente no depende de la ilimitada exactitud al calcular una característica, sino de Juzgar la exactitud mediante el cálculo de las variaciones inherentes que distinguen los individuos entre si, y a las que no podemos aludir. Buscamos una tendencia o una diferencia sistemática. El inestable ritmo de la fluctuación probable o fortuita borrará la línea de esta tendencia. No podemos desembarazamos de este movimiento imprevisible. Pero a partir de él podemos determinar un cálculo de la variación casual y emplearlo para delimitar, en torno a la tendencia, una zona de incertidumbre. Si esta zona es suficientemente reducida para los criterios que acordamos, entonces la tendencia queda establecida y conocemos los límites dentro de los que es probable que se encuentre. Si esta zona es demasiado vasta y los límites demasiado extensos, quiere decir que no hemos logrado establecer una tendencia. Puede que exista, pero, en esta serie de observaciones, la fluctuación fortuita la ha desbordada.

Tomemos otro ejemplo concreto. Creemos que la estreptomicina es efectiva para curar la tuberculosis. Para

ello nos basamos en la experimentación. Pero en cada experimento, los pacientes mismos están en diversos estadios de la enfermedad; inevitablemente reciben diferentes dosis y responden en diferentes grados; al final el cuadro general queda cubierto por unas inevitables variaciones. ¿Podemos sacar algún resultado positivo en un campo tan variable? Sí, si hacemos uso de la técnica estadística de modo inteligente. Por ejemplo, supongamos que tenemos datos de la salud de cada paciente obtenidos en diferentes momentos durante el tratamiento. Entonces podemos comprobar la hipótesis de que en general los pacientes experimentan una mejoría a medida que el tratamiento progresa. Lo primero es encontrar, calculando los promedios generales después de cada mes

de

tratamiento, lo que parece ser el promedio de mejora mensual. Esto nos permite trazar una línea de la mejora

en

nuestro gráfico. Los pacientes todavía están ampliamente desperdigados en torno a esta línea. Pero podemos

calcular alrededor de la misma el grado de dispersión o variación imprevisible de mejora, y podemos compararla

con el grado de dispersión de todos los resultados cuando no tenemos en cuenta la tendencia o línea sistemática. Éste será nuestro criterio para juzgar si la línea de mejora es o no un efecto real. Veremos cuánto queda reducida

la dispersión total cuando la comparemos con la dispersión alrededor de nuestra línea. Si la reducción es

sustancial según los criterios acordados, decimos que hemos encontrado un efecto significativo del tratamiento,

y lo llamamos significante. No obstante, todavía tendremos que avanzar más en nuestros análisis para

asegurarnos de que lo que hace que el tratamiento sea útil es la estreptomicina. Pero si la hipótesis de que existe una tendencia con tratamiento demuestra que no reduce la dispersión al azar en el estado de los pacientes, entonces no habremos definido ningún efecto y el resultado de nuestro trabajo no tendrá sentido.

Esta aproximación es de concepción muy simple. En el fondo, divide en dos partes el fenómeno que observamos en un centenar de casos. A estas partes las he llamado sistemática y fortuita, o tendencia y fluctuación, o efecto y probabilidad. Pero bajo todos estos términos se encuentra esencialmente la misma concepción: podemos aislar el efecto hasta un determinado grado de exactitud. Para determinar si este efecto es real tenemos, pues, que comparar su área de incertidumbre con la exactitud con que podemos aislarlo. Debemos juzgar el efecto según la fluctuación a que está sujeto nuestro cálculo. SÍ el efecto se mantiene firmemente por encima de la fluctuación, tenemos un resultado insignificante. Hemos establecido su efecto, y aunque la inevitable fluctuación todavía lo rodea con un área de incertidumbre, podemos aplicar nuestro descubrimiento con este pequeño margen o tolerancia. Pero si el efecto no aparece lo suficientemente grande cuando lo comparamos con la fluctuación inherente, no habremos determinado su importancia; e, incluso aunque exista, su área de incertidumbre es demasiado grande como para ser útil. Nuestra única esperanza, pues, es efectuar más experimentos, ya que cada experimento reduce el área de incertidumbre.

La idea de probabilidad tal como la hemos expuesto aquí no es difícil de comprender, pero es nueva y resulta poco conocida. Por esto no parece ser tan incisiva como las sencillas leyes causales. Parece que nos encontramos en el terreno de la ambigüedad, mientras que siempre hemos deseado vivir en el de la certeza. Podemos ver, una y otra vez, que los fumadores contraen cáncer de pulmón con más frecuencia que los no fumadores, pero continuamos creyendo (al mismo tiempo que nerviosamente nos consolamos con un cigarrillo) que no se ha «demostrado» que exista esta relación.

Sin embargo, pensamos que la dificultad no es sólo de hábito. Nos acostumbraremos a las nuevas ideas tan pronto como queramos y como nos veamos en la necesidad de hacerlo. Por todos lados la ciencia se está introduciendo en campos del conocimiento que no pueden separarse del laboratorio y nos está urgiendo a que lleguemos a conclusiones en materias en las que no podemos esperar poder trazar un proceso causal. Podría parecer que sobrecargamos la noción que tenemos de ciencia confiando en que encontraremos algún método

común de abordar los problemas de la física y la economía, de la evolución y la petroquímica, de la medicina y

la meteorología, de la psicología y los bombardeos aéreos sistemáticos. Nos hemos acostumbrado a imaginar la

ciencia misma como dividida en compartimentos de especialidades más y más reducidas, y en misma como

un universo atómico de conocimientos que nada ni nadie puede esperar dominar, Pero esto podría muy bien ser

una ilusión. Las distintas ramas de la ciencia pueden parecer tan separadas sólo porque nos falta el método común sobre el que se desarrollan y que las mantiene orgánicamente unidas. Contemplemos el estado del conocimiento en el año 1600; las ramas de la ciencia y de la especulación parecían tan diversas y especializadas que nadie podía predecir que convergirían en un mismo punto cuando Descartes y Hobbes introdujeron el concepto unificador de causalidad. De modo tan sorprendente como este, el concepto de probabilidad estadística puede que llegue en el futuro a unificar los desperdigados fragmentos de la ciencia. Hobbes y Newton transformaron completamente el concepto de ley natural: en vez de basarlo en la analogía de la voluntad humana, lo construyeron sobre las nociones de causa y fuerza. Pero esta analogía con el esfuerzo humano va ahora borrándose. Nos encontramos en el umbral de otra revolución científica, en tanto que el concepto de ley natural se va modificando. A primera vista parece que las leyes de la probabilidad no siguen ninguna regla. Pero en este capitulo hemos demostrado que pueden ser formuladas de modo tan riguroso como las leyes de causa. Desde luego ya podemos considerar que abarcan un campo infinitamente más extenso de la experiencia humana

en la Naturaleza y la sociedad. Y podría ser que diesen a este campo la unidad que le ha faltado durante los últimos cincuenta años, y si lo logran, también lograrán darnos una nueva confianza. Nos hemos visto barridos por una gran ola de pesimismo, derivada de la sensación de desamparo que se apodera de nosotros cuando advertimos que nadie comprende los procesos profundos del Universo. Puesto que la ciencia y el conocimiento se han roto en pedazos, hemos perdido la calma, Pero esto ya ocurrió a la antigua cultura clásica del Mediterráneo en el siglo XVII. El futuro estaba en hombres activos y decididos, llenos de optimismo, del Norte de Europa, que tomaron la noción de causa y fin, y con ella conquistaron la Naturaleza y el mundo. Ahora estamos buscando otro concepto universal semejante para unificar e iluminar nuestro mundo. La palabra probabilidad no produce mucho consuelo a nuestros oídos. Pero las leyes de probabilidad son vivas, vigorosas y humanas, y pueden devolvernos aquella visión que durante los últimos cincuenta anos tanto se ha debilitado.

VII.

El sentido común de la ciencia

1

Hemos tratado en diversos puntos enmarañados y difíciles temas de la ciencia; más todavía, en varios puntos cruciales, hemos escarbado la superficie de los datos en busca de las capas firmes sobre las que la ciencia se asienta. Empleamos precisamente las imágenes de exploración y búsqueda porque el proceso de seguir paso a paso el sentido de la ciencia es un viaje de descubrimiento, y la dimensión de éste es la temporalidad. Como los viajes de los conquistadores españoles hacia las Indias fabulosas, la ciencia, incluso en lo más audaz, hace la voluntad de la Historia, y, a su vez, ayuda a decidir la dirección de la misma. Como la civilización y nuestra sociedad, existe en el marco inmenso de la Historia; no existe, crece. La civilización no llega a los diez mil años de existencia; en este espacio de tiempo el hombre ha creado el mundo que conocemos, desde Ur a Radio City, desde Confucio y Pitágoras a Rabelals y Einstein, y en esta corta y apasionada aventura, la ciencia ocupa un espacio todavía menor.

La ciencia tal como la conocemos es, naturalmente, una creación de los últimos trescientos años. Ha sido formada en el mundo y por el mundo que recibió su forma definitiva alrededor de 1660, cuando por fin Europa se desembarazó de la larga pesadilla de las guerras religiosas y ordenó la vida sobre la base del comercio y la industria. La ciencia se encarnó en estas sociedades, es un producto de las mismas al tiempo que las ha formado. El mundo medieval era pasivo y se regía por símbolos; veía en las formas de la Naturaleza la mano del Creador, pero a partir de los primeros balbuceos de la ciencia entre los mercaderes aventureros italianos del Renacimiento, el mundo moderno se convirtió en una máquina imposible de detener. El mundo, en el siglo XVII, pasó a ser el universo cotidiano del comercio, y los objetos de interés de la ciencia eran, de acuerdo con ello, la astronomía y los instrumentos de navegación, entre ellos la brújula. Cien años más tarde, en plena Revolución Industrial, el centro de interés se desplazó hacia la generación y utilización de la energía. Este impulso —extender el poder del hombre y las posibilidades del trabajo cotidiano— continúa siendo desde entonces el nuestro. En el siglo pasado se pasó del vapor a la electricidad. Luego, en 1905, en aquel maravilloso año en que a la edad de veintiséis años publicó unos trabajos que fueron decisivos para el avance de tres diferentes ramas de la física, Einstein formuló por primera vez las ecuaciones que sugerían que la materia y la energía son estados intercambiables. Cincuenta años más tarde, dominamos una reserva de energía en una materia casi tan grande como el sol; ahora sabemos que éste produce su calor para nosotros aniquilando su materia.

Estos grandes movimientos históricos se encuentran en la base de todo lo que pueda decirse acerca de la ciencia. Deberíamos sentirnos orgullosos de su participación en la ciencia y de la que la ciencia tiene de ellos. En estos movimientos, la influencia real, la interconexión de todas nuestras acciones, alcanza niveles mucho más profundos que la simple superficie de la sociedad: la pantalla de radar, la calefacción y las píldoras de vitaminas de nuestro siglo, o el pan blanco, los zapatos de cuero, los vestidos de algodón y el somier metálico de la Revolución Industrial. La ciencia se ha introducido en la vida y la estructura de la sociedad hasta el punto de que el hombre que vive en una huerta de Kent y el que dibuja cómica con rubias heroínas en naves espaciales puede considerarse que deben su mercado a nuestra sociedad técnica. Y si uno no puede dar empleo a niños de diez años, y el otro tiene que sazonar sus dibujos con torturas refinadas y sexy, esta sensibilidad, buena y mala, es, sin duda, una creación de la ciencia. La vida humana es vida social, y no existe ninguna ciencia que en algún aspecto no sea social.

Por esta razón, hemos considerado siempre las ideas de la ciencia en el marco de su época. De año en año van desarrollándose hasta que al final la configuración general aparece totalmente cambiada. Este desarrollo, sin embargo, no tiene lugar en el espacio vacío, ni siquiera en un espacio abstracto en que no hay nada más que ideas. Tiene lugar en el mundo, el mundo racional y empírico. La superioridad y la grandeza de la ciencia residen en último término en que en ella se juntan lo racional y lo empírico. La ciencia es dato empírico y reflexión que se dan consistencia de modo reciproco.

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Con todo, deberíamos trazar un mapa de la tierra que hemos explorado, y es ahora cuando ha llegado el momento de dejar a un lado la Historia y los demás instrumentos de ayuda en nuestra trayectoria. Incluso siguiendo los estadios de crecimiento de la ciencia, hemos llegado en los últimos capítulos a preguntarnos más o menos cuál es la base del método científico actual. Ahora es el momento de recapitular todo lo que hemos descubierto a lo largo de nuestro recorrido hasta este punto. El mapa que trazamos es por así decirlo un mapa geológico: indica las capas sobre las que se asienta nuestra capacidad técnica, porque la capacidad manual y la intelectual van juntas. Como los fabricantes de instrumentos y los constructores de máquinas del siglo XVIII mostraron, nuestra comprensión de la Naturaleza sólo puede ser tan exacta como las partes de la máquina con las cuales la exploramos y controlamos. Del mismo modo, como el progreso entero de la física cuántica ha mostrado desde las primeras ecuaciones de Max Planck en 1900 hasta las pilas atómicas actuales, nuestra fortuna técnica se basa en la habilidad y audacia intelectuales para pensar a través de las implicaciones de la experimentación sin tener en cuenta nuestros hábitos derivados de la filosofía, lanío si son escépticos como materialistas.

Tanto si son lo uno como lo otro, estos hábitos están profundamente arraigados en el proceso que nos ha conducido a pensar que la ciencia tiene que comprender el mundo real. Todos somos conscientes, aunque raramente pensamos en ello, de que toda previsión humana depende de que reconozcamos o pongamos algún tipo de orden en el Universo. Tanto como la teneduría de libros, el gobierno o el ir de compras el fin de semana, la ciencia es la actividad de ordenar nuestra experiencia. Esto es cierto incluso para la ciencia de Tomás de Aquino. En los siglos XVI y XVII se añadió una nueva suposición acerca del tipo de orden que la ciencia se propone encontrar o formular. En términos generales esta suposición puede enunciarse así: la ciencia se desembaraza de los ángeles, las hadas azules con narices encarnadas y demás sujetos cuyas intervenciones reducirían la explicación de los acontecimientos físicos a términos del todo diferentes de los físicos. El Universo en sí está ordenado; el Universo es una máquina.

Para representar el movimiento de esta máquina, describimos generalmente un modelo compuesto de unidades simples y que obedecen unas leyes también simples, unidades cuyos movimientos aparecen luego que se desarrollan exactamente en aquellos puntos del espacio y el tiempo en que el experimento puede confrontarlos al mundo físico. No importa si este modelo está compuesto de poleas, resortes y tubos catódicos cuyo comportamiento nos es ya familiar, o si es simplemente una serie de ecuaciones para resolver. Uno y otro son modelos. La verdadera esencia del modelo es que es una construcción axiomática como la de Euclides. De hecho postula que el Universo está constituido por unidades, átomos, células o reflejos repetidos que obedecen a unas leyes determinadas y cuyo comportamiento es simplemente la acción de estas leyes a través del tiempo.

Para terminar dejamos por supuesto que estas leyes deben tener la forma de los axiomas de Euclides, que determinan lo que ocurre cuando trazamos una configuración dada de líneas, y lo determinan de modo preciso y definitivo. Si dibujamos tres líneas que se entrecruzan por pares en tres puntos diferentes, habremos dibujado un triángulo, la suma de cuyos ángulos es ciento ochenta grados. Estas líneas no constituyen unas veces un triángulo y otras veces otra cosa. Los ángulos no suman ciento ochenta grados siete de cada diez veces y otro número las restantes tres décimas partes, ni es tampoco aproximadamente ciento ochenta grados, con un cierto margen de incertidumbre. En el mundo de Euclides, todo ocurre tal como ha sido previsto. Así pensaban los matemáticos, hasta la reciente perturbación ocasionada por la existencia de teoremas que no podía demostrarse si eran verdaderos o falsos. Desde luego, ocurre que el universo de Euclides no contiene el tiempo y esto lo distingue del nuestro de modo decisivo. No obstante, nos hemos acostumbrado al cabo de trescientos años a pensar que todas las leyes deben ser precisas, determinadas e invariables. En un universo que contiene el tiempo, son leyes causales, y éstas son las que hemos llegado a considerar esenciales en la ciencia.

Esto es lo que hemos intentado mostrar con detalle en este libro. Además hemos añadido también otro tipo de ley que puede ser introducida en un universo dinámico. Este universo tendrá un orden específico, será una máquina, y puede ser representado por un modelo, aunque no tengamos necesidad de él. Sin embargo, se distingue esencialmente del euclídeo porque las leyes que lo rigen tienen una forma distinta: la probabilidad reemplaza la causalidad. Pero en el mapa que estamos trazando, debemos mirar un nivel más profundo. Debemos mirar por debajo de las diferencias metodológicas el origen de las mismas en la naturaleza de la ciencia tal como la concebimos ahora. ¿Cuál es la naturaleza de la ciencia? Esta es la cuestión que planteamos en este capitulo. De su respuesta deberán desprenderse directamente los nuevos métodos de la ciencia, y en este punto nuestra especulación tiene que ser más penetrante y original.

3

Si empezamos por el principio, debemos comprender que todos somos parte del Universo que observamos.

No podemos dividir el Universo en, por un lado, nosotros, como espectadores, y todas las demás cosas, por otro, como un espectáculo que observamos a distancia. Esto podría parecer simplemente como una indicación filosófica, y, desde luego, es posible basar bastante ciencia efectiva en una falsa filosofía: fabricar máquinas de vapor, licuar el nitrógeno del aire y resolver varias ecuaciones diferenciales. Pero llega el punto de precisión en que estas técnicas toscas y fáciles fracasan, y entonces ya no es posible encontrar las respuestas correctas hasta que disponemos de la noción correcta de qué es lo que estamos haciendo. En este punto nuestra filosofía tiene que ser correcta, si filosofía es el término conveniente para designar esta actitud crítica respecto a nuestros propios hábitos de pensar. Debemos mirar no hacia alguna visión abstracta de la ciencia, sino a los procesos reales que completamos cuando practicamos la ciencia.

Hemos citado antes el ejemplo concreto más notable de esto. Desde Newton, los físicos han descrito el Universo como una red de acontecimientos. Pero la física no consiste en esto, sino en observaciones, y entre nosotros y el acontecimiento que observamos deberá pasar una señal —un rayo de luz tal vez, una onda o un impulso— que no puede ser separado de la observación. Esto es lo que Einstein demostró en 1905. De hecho se le ocurrió cuando, estudiando las discrepancias existentes en el interior de la física, se preguntó cómo en realidad podría efectuarse lo que Newton daba por sentado, a saber, comparar el tiempo en dos lugares separados. Una vez planteada la pregunta así, cualquiera puede responderla: no puede establecerse ninguna comparación entre dos lugares diferentes sin enviar una señal y observar su llegada. La intuición no está en responder la pregunta, sino en plantearla. Acontecimiento, señal y observador: ésta es la relación que Einstein descubrió como la unidad fundamental de la física. La relatividad equivale a comprender el Universo, no como series de acontecimientos, sino como relaciones.

Algo parecido a esto es lo que durante algún tiempo han declarado algunos filósofos: la ciencia tiene que desembarazarse de las abstracciones y construir su sistema sólo a partir de lo realmente observado. Pero Einstein fue el primero en tomar en serio la filosofía; la formuló en ecuaciones. Al cabo de unos pocos años los físicos se sorprendían al descubrir que explicaba el comportamiento errante de Mercurio y predecía la curvatura do la luz al pasar cerca del Sol.

Recalcamos este ejemplo sacado de la física macroscópica por esta razón. A menudo suelen citarse ejemplos sacados de la física cuántica para demostrar que el mismo acto de observar afecta a las partículas que estamos mirando, del mismo modo que un conejo se escapa de la luz de los faros del coche en la noche. Así, resulta difícil efectuar, en ciencias sociales, un sondeo de la opinión y formular la pregunta de forma que no pueda predisponer las respuestas. En psicología, el método de plantearse uno mismo unas preguntas ha resultado ser sumamente falible: no se puede escrutar la propia mente y pretender uno mismo que no está observando. Con todo, ninguna de estas dificultades es tan fundamental como la que Einstein reveló. En todos estos ejemplos, la observación se introduce meramente en el experimento. Pero la relatividad profundizó más y demostró que las observaciones son la materia prima de la ciencia.

A causa de unos determinados hábitos, este punto cuesta bastante de comprender. Lo aceptamos durante el

experimento, y cuando ha terminado hacemos marcha atrás elaborando un modelo cuyas piezas no son observaciones, sino cosas idealizadas. ¿Por qué no?, preguntamos; no es más que un modelo. Y, ciertamente, funcionará bastante bien como modelo aproximado de grandes acontecimientos, tales como eclipses y presas hidroeléctricas, o la acción de la penicilina de detener la proliferación de las 1 arterias. Pero cuando tratamos de efectos que nos interesa conocer con suma exactitud tenemos que ser más modestos y realistas. Porque entonces debemos emplear la ciencia tal como es, o sea, como un conjunto de observaciones ordenadas de tal modo que nos dicen lo que podemos esperar observar en el futuro.

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Al emplear la palabra «observación» nos damos cuenta de que hemos trazado una imagen demasiado pasiva de los procesos de la ciencia. Podemos sentimos tentados a imaginar el Universo como un cuerpo que sigue su enorme camino y que sólo impresiona al científico con algún reflejo pasajero de su imperturbable movimiento. Esto seria un serio error. Desde luego ensancharía el abismo entre el mundo y el experimentador, abismo que hemos intentado colmar. La ciencia no es solamente racional, también es empírica; la ciencia es experimentación, o sea actividad ordenada y meditada. La esencia de la experimentación y de toda ciencia es que es activa. No escruta el Universo, lo palpa.

Desde luego, esto no es una característica peculiar de la ciencia. Todo lo vivo es acción, y la vida humana es acción pensada. Si esto resulta suficientemente evidente en calidad de enunciado acerca de lo vivo, requiere todavía que sea recalcado respecto a la ciencia: ésta es una actividad característica de la vida humana. El rasgo sobresaliente de la acción humana es que es una elección planteada a cada momento entre lo que creemos que son los diversos posibles caminos que se nos ofrecen. Los hombres pueden concebir estas alternativas y los animales probablemente no; pero tanto en unos casos como en otros, la acción significa elección, incluso cuando suponemos que la elección es libre o efectuada bajo alguna coacción. En unos como en otros, la acción va dirigida hacia el futuro. Los hombres tienen conciencia de esta tendencia, y escogen una acción y no otra porque confían que les llevará a un tipo de futuro más que a otro. Hemos de añadir que esta afirmación se refiere a lo que hacen, tanto si creemos que su elección es libre o determinada.

A nuestro Juicio ésta es la indicación más importante que podemos hacer, y que, de modo paradójico, ha despertado menos atención en el pasado. La característica de los seres vivos es de que sus acciones tienden al futuro, En términos más directos podemos decir que ésta es simplemente la característica de la acción; pero nos parece una abstracción inútil, puesto que acción y vida son nociones intercambiables. Los seres cambian, hoy son diferentes de ayer, y las acciones que hoy efectúan van dirigidas hacia mañana. Las enzimas en una célula no saben que lo que hacen hará que la célula empiece a dividirse al cabo de veinte minutos a partir del momento de su intervención, pero si no lo logran, ni ellas ni la célula tendrán futuro: morirán. No conocemos qué pone en movimiento el ciclo de la vida del gusano de tierra, la tenia o el roble; pero sabemos que cada estadio de este ciclo es una disposición para el siguiente, y que si el organismo no alcanza la disposición completa, muere. El mecanismo de ordenar esta disposición es extraño y complejo: vemos la oscuridad y cerramos los ojos, oímos un ruido y nuestras glándulas inyectan adrenalina a nuestra sangre, de tal manera que el pulso se acelera, los músculos se ponen tensos y los nervios están alerta. Pero en cada caso nuestras acciones apuntan a algún futuro oscuramente entrevisto. Esto es cierto para la célula más primitiva, y para las montañas de erudición de Gibbon, aunque sólo fuera por el placer de forjar una sonora nota a pie de página.

Todo esto está oculto en el proceso de la vida, pero aparece claro y explícito cuando buscamos las leyes científicas, porque, desde luego, una ley científica es una norma por la cual guiamos nuestra conducta e intentamos asegurarnos de que conduzca a un futuro conocido. La ley formula nuestra anticipación del futuro de modo sistemático, como una especie de taquigrafía. Y cuanto más amplias son las condiciones en que se aplica la ley, y más compacta es, por así decirlo, su taquigrafía, más poderosa y notable la consideramos. Pero una ley científica difiere de nuestro modo habitual de orientar nuestras acciones hacia el futuro sólo en el hecho de que es más sistemática y explícita. Todos somos seres que miran hacia adelante. La vida es un proceso de mirar hacia adelante. Va hacia el futuro del mismo modo que los insectos que vuelan hacia el foco de luz. Naturalmente sólo las cosas vivas atraviesan procesos, como el envejecimiento y la muerte, por los cuales se puede describir el futuro a partir del pasado. Estos procesos revelan el tiempo, mientras que no hay nada en el mundo inerte que nos permita describir con facilidad el pasado a partir del futuro. En la mecánica clásica no se asigna una dirección determinada al tiempo; el Universo seria igual aunque cada átomo del mismo girase hacia atrás.

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La clave de la acción de los seres vivos es que va dirigida hacia el futuro; tienen un modo de saber lo que va a ocurrir la próxima vez, o más exactamente, cómo obrar en previsión de lo que va a ocurrir inmediatamente después. La mayor parte de este saber es inconsciente. No hay por qué asombrarse de esta capacidad de previsión, o en todo caso no hay por qué considerarla más sorprendente que el resto del mundo. Es evidente que ha sido siempre la condición para la supervivencia de los seres vivos, individuos y especies. A menos de que puedan adaptarse al futuro, e interpretar sus señales de antemano, están destinados a perecer. Cualesquiera que sean los ritmos y las uniformidades de la Naturaleza, lo que ha sobrevivido de la vida ha tenido que estar necesariamente en concordancia con todo; ésta es la condición de la supervivencia. Se dice que Galileo descubrió en la catedral de Pisa, en 1583, un péndulo que señalaba aproximadamente un tiempo fijo poniendo en contacto una lámpara oscilante a su pulso. La anécdota ilustra nuestra idea de una manera clara y simbólica, porque, desde luego, todo lo que Galileo, o nuestro doctor o cualquier otro ha descubierto es no que el péndulo o el pulso señala un tiempo fijo, sino que ambos señalan el mismo tiempo. Sea cual sea su ritmo, mantienen el mismo. Consideramos que el mundo es regular del mismo modo que lo encontramos hermoso, porque estamos ajustados a él. Leibnitz llamó a esto la armonía preestablecida, y la convirtió en el pilar central de su filosofía.

Hemos explicado que al emplear esta previsión, tanto inconscientemente en el campo de los instintos y hábitos como conscientemente por reflexión, loa seres vivos han tenido que adaptarse o perecer. Podríamos

enunciar esto mismo de modo más acusado: el acto de prever es en si la adaptación al futuro. Por este acto, los individuos se adaptan, así como las sociedades y todos los grupos de seres vivientes. De este modo la adaptación de una especie al medio ambiente es una lenta acción dirigida hacia el futuro, acción en la que todo el grupo interpreta las señales, tanto de la llegada de una época glaciar como de la erosión de un continente, e inconscientemente cambia su estructura para descubrir la posibilidad de supervivencia.

Hemos repetido la palabra «inconscientemente» porque no implica nada que tenga que ser comprendido racionalmente o deseado de modo consciente. Para la totalidad de las especies, el mecanismo de adaptación puede ser bastante impersonal, puede incluso oponerse a la supervivencia del individuo, como la picadura de la abeja que le acarrea la muerte. La selección opera inevitablemente en el presente, y, no obstante, las especies se adaptan también inevitablemente al futuro: las generaciones se preparan cada una para la siguiente. No hay por qué ver detrás de este proceso un espíritu rector ni un fin determinante. Es, repetimos, la condición de la vida misma del individuo y las especies. El presente no es como el futuro, pero tampoco es completamente diferente; es una señal del futuro; y los seres vivos, tomados individualmente o agrupados en especies, son pronosticadores que interpretan la señal de tal modo que se disponen para el futuro.

La idea de una máquina que pronostique el futuro es absolutamente nueva. Pero es de extraordinaria importancia y debemos acostumbramos a ella. De hecho abarca todas las acciones básicas de los seres vivos, desde la búsqueda del alimento en la célula mas pequeña hasta las creaciones más atrevidas de la imaginación humana. Según nuestro parecer, nos proporciona un profundo conocimiento de la función y los procesos de la mente humana, procesos que habían sido relegados al olvido por las viejas filosofías. Además no hemos de sorprendemos porque es difícil ver todo el alcance que podría tener una máquina que pronostique hasta que no se ha intentado construir una.

Una máquina que prediga el futuro se sirve de la información sobre el pasado y el presente con el fin de prever el futuro. En la naturaleza de las cosas, ni su información ni sus previsiones pueden ser completas. Pero tampoco intenta que lo sean: no busca ser una versión de bolsillo del hipotético ángel de Laplace, una especie de Tiresias científico que lo sabe todo y que lo ha previsto todo. Una máquina que pronostique toma su información en forma de señales, y su mecanismo interpreta estas señales para anticipar el futuro; esta acción es un proceso ininterrumpido. Capta continuamente señales incluso cuando está trabajando en la predicción del futuro, y las transmite al mecanismo de forma que, por decirlo así, continúa escrutando el futuro a cada instante. Esta imagen es igualmente aplicable a un mecanismo pronosticador que está siguiendo a un avión para que los cañones puedan alcanzarlo en el momento correcto, o a un murciélago que envía sus chillidos en onda corta para detectar los obstáculos, o a los mecanismos que mantienen la temperatura de nuestro cuerpo constante o que envían sangre al cerebro cuando estamos pensando. Lo que hemos llamado la interpretación de estas señales es en sí una actividad fascinante, porque en cada sistema mecánico, vivo o fabricado, implica una elección del significado del mensaje a partir de las oscilaciones sin sentido que se transmiten con él. Desearíamos, no obstante, mostrar la relación esencial: el presente proporciona una serle de señales, que continuamente transmiten un sentido que anticipa el futuro, A cada momento la máquina tiene que reunir en un todo las señales que capta; la función del proceso es una síntesis, no un análisis.

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Lo que nos interesa es la ciencia, donde el proceso de predicción es consciente y racional. Incluso en los seres humanos no es este el único tipo de predicción. Los hombres tienen intuiciones profundas que ciertamente no han sido analizadas de modo racional, y algunas de las cuales no lo serán nunca. Podría ser cierto, por ejemplo, como se ha pretendido algunas veces, que la mayoría de la gente se siente un poco mejor al adivinar una carta no vista, y algunas personas mucho mejor, de lo que se sentiría una máquina que escoja sus respuestas sólo al azar. Esto no es nada sorprendente, porque, sea cual sea la mente humana, ciertamente no es una máquina que formula sólo adivinanzas fortuitas, como una tabla de números al azar. Ciertamente la evolución nos selecciona rápidamente porque poseemos dotes de previsión a un nivel muy superior al de los demás animales. La inteligencia racional es un don, y en el fondo es tan notable como inexplicable. Y allí donde la inteligencia racional se vuelve hacia el futuro, y a partir de experiencias pasadas, saca inferencias para un mañana desconocido, su éxito es casi un misterio tan grande como los muy modestos éxitos de incluso los más dotados adivinos —fuera del escenario del music hall— que hayan existido nunca.

Hay aquí dos puntos que es necesario ver más claramente. El primero es una vieja confusión. Durante doscientos años, los filósofos han establecido una distinción entre ratonar por puros procesos deductivos, como podemos ver en Euclides, y el razonamiento inductivo, que proyecta la experiencia del pasado en el futuro. Pero

esta distinción es muy apreciada. Todo lo que puede decirse acerca del método deductivo es que podemos determinar sus procesos y formular de modo preciso sus reglas para decidir lo que es aceptable. Pero las sanciones por creer que sus conclusiones serán verdad mañana porque eran verdad ayer no son diferentes de las que se aplican a cualquier otra teoría que pretende tener validez para el futuro. Si un triángulo tiene tres lados iguales, sus tres ángulos serán iguales, decimos. Pero lo que queremos decir es que los tres ángulos son iguales; hemos deducido que lo son por medio de cálculos lógicos que siempre han dado buenos resultados. Si decimos que los tres ángulos serán iguales, luego queremos decir que estos cálculos continuarán siendo lícitos y que producirán resultados verdaderos en el futuro. Esta pretensión es de hecho una típica inducción del pasado al futuro.

E) segundo punto aparece a un nivel más profundo. Existe una suposición tácita en todas nuestras especulaciones de que el ideal de la ciencia es formular predicciones que siempre se cumplirán. Ansiamos la máquina de predecir de Laplace, que sería perfecta para conseguir que todas las respuestas fuesen correctas. Esto equivale a decir que queremos un modelo que no se distinga del mundo real en cada observación. Pero éste no es el objetivo. Aquí aparece claramente expresada la diferencia entre el modelo y la máquina de predecir. He aquí por qué introducimos la palabra «predecir»; no es una máquina que pretenda mostrar el futuro con antelación. Intenta preverlo, por el propio proceso del mismo, y sus predicciones no son siempre correctas. No supone que el futuro ya existe, que puede ser invocado o conjurado anticipadamente con sólo ordenarlo. No pretende decir nada más que el futuro puede ser, en general, predicho, dentro de unos determinados limites de incertidumbre. Y puesto que hay incertidumbre, la máquina profeta a veces se equivocará.

Debemos hacer frente al hecho de que en la naturaleza de las cosas las predicciones resultan a veces equivocadas. Desde luego, lo que pretendemos es que sean correctas lo más a menudo posible y, por lo menos, que sean correctas con más frecuencia que erróneas. Pero las previsiones pueden ser útiles incluso si son a menudo erróneas. Bromeamos acerca de las predicciones del tiempo que hará, pero en tiempo de guerra había que mantenerlas en secreto. En los principales procesos biológicos, como la evolución, la predicción equivocada desempeña una importante función. Los factores genéticos que, en una especie, permanecen incluso aunque su efecto sea el de impedir que ésta se ajuste bien al medio ambiente, son una especie de predicción errónea y, por así decirlo, un error residual. Sin embargo, sin ellos, las especies no pueden adaptarse a nuevos cambios. Algunos monstruos pesadamente equivocados probablemente se extinguieron por falta de estos medios de futura adaptación, del mismo modo que las razas puras de ratas blancas morirían si se las sacaba fuera del laboratorio para el cual han sido criadas de un modo demasiado perfecto. Una aptitud para un determinado uso debe contener un elemento de inaptitud y flexibilidad para que pueda constituir una aptitud para el cambio. Cuando Boligbroke y Paley declararon que el hombre está diseñado como un reloj, que se ajusta a su funcionamiento perfectamente, no pensaban en la posibilidad de una futura evolución. De un modo característico, el siglo XVIII era para ellos la cumbre y el punto final de la historia de la Naturaleza.

En cambio, nos hemos acostumbrado a ver el Universo en movimiento y transformación. Tenemos una idea más clara de nuestros propios defectos, pero también hemos aprendido a no detenemos en ellos con afectación. Porque lo que es verdad de las especies cuando se enfrentan al futuro es verdad también del individuo. Ambos se adaptan al futuro efectuando continuas correcciones, como hace toda máquina de predecir. El proceso que se sigue es el de prueba y error, proceso al que llamamos de aprendizaje, y los errores forman una parte esencial del mismo tanto como los aciertos. Si ponemos un ratón en un laberinto y logra salir la primera vez, no quiere esto decir que haya aprendido a escapar del laberinto. De hecho no aprenderá hasta que haya cometido algunos errores y aprenda a evitarlos. Un ratón puede aprender a partir de sus errores más rápidamente que otro, pero ni siquiera el ratón ideal del laboratorio de psicología puede aprender de otro modo que cometiendo algunas equivocaciones.

El proceso de aprendizaje es esencial para nuestras vidas. Todos los animales superiores lo buscan deliberadamente. Son curiosos y efectúan experimentaciones. Un experimento es una especie de inofensiva carrera de pruebas de alguna acción que tendremos que ejecutar en el mundo real, y es esto tanto si es efectuada en un laboratorio por científicos o por cachorros de zorra fuera de su terreno. El científico experimenta y el cachorro Juega; ambos aprenden a corregir los errores de juicio en un terreno en que los errores son fatales. Puede que sea esto lo que les da este aire de felicidad y libertad al poner en práctica estas actividades.

Es por esto que debemos comprender que por su misma naturaleza las predicciones pueden estar a veces equivocadas. Sólo así podemos aprender en tanto que individuos y especies. La ciencia aprende del mismo modo. Precisamente éste es el paso que dieron Galileo y Francis Bacon hace más de trescientos años, paso que dio origen a la ciencia actual. Porque hasta que pusieron en marcha la Revolución Científica, los hombres creían que sólo un profundo discernimiento intelectual podía comprender la mecánica de la Naturaleza. Galileo y

Bacon añadieron a esta exigencia de la razón la nueva exigencia de loa datos empíricos. Desde entonces, la verificación de una explicación científica ha sido siempre en último término empírica: ¿concuerda con los hechos? La ciencia ha sido concebida, aunque inconscientemente, como un proceso de aprendizaje, porque recurrir a la realidad empírica en la especulación es admitir la posibilidad de error. La ciencia es un mecanismo de predicción en proceso de incesante autocorrección. El camino que va de la astronomía de Ptolomeo a la de Newton y luego a la de la relatividad es precisamente una serie de estadios de aprendizaje en que cada uno de éstos corrige el pequeño pero demostrable error que se ha abierto entre la predicción y los hechos; no debemos despreciar los errores, son el humus sobre el que se desarrolla el proceso de la vida. Al mismo tiempo que Peley trazaba la voluntad de Dios en la perfección de reloj del hombre, William Blake dijo con más modestia, pero con intuición más aguda:

«Ser un error y ser arrojado es parte de la voluntad de Dios.»

7

Las ideas fundamentales que hemos estado desarrollando pueden resumirse así: toda acción de un ser vivo es

un acto de elección orientado hacia el futuro. La máquina que imaginamos en la misma es un adivino que interpreta la información pasada y presente como señales para ajustarse a un futuro esperado. La interpretación y

el ajuste no pueden estar libres de error, porque éste es esencial para el proceso de aprendizaje que los rige.

En todo esto hay una atrevida analogía entre el modo como aprenden los individuos, el modo como las especies se adaptan y el modo como opera la ciencia. Pero, desde luego, nuestro parecer es que no se trata meramente de una analogía, sino de una relación íntima y verdadera. La ciencia no es una actividad especial, es algo común a toda actividad humana. Un italiano que va a Nueva York se acostumbra en seguida a tomar cereales para desayunar. Existen pruebas de que la gente que come cereales, como grupo, adapta su mandíbula a

su dieta mediante los lentos procesos de la selección natural. Pero entre estos extremos se encuentra la actividad igualmente humana del desarrollo científico. La invención y popularización de los cereales en el desayuno es en

sí una solución científica a un conjunto de problemas, que abarcan todo el camino que va desde la distribución

del tiempo entre levantarse de la cama y coger el tren hasta el pleno uso de las más logradas comidas rápidas de

Norteamérica.

Lo que caracteriza a la ciencia como sistema de predicción y adaptación de los demás sistemas del individuo

y de la especie es que, en el fondo, es un método compartido por toda la sociedad al mismo tiempo y de un

modo consciente. A la vez esto implica que la ciencia tiene que ser comunicable y sistemática. Las señales y predicciones deben ser comunes para todos. A mi modo de ver, los filósofos invierten el orden cuando declaran

que la ciencia construye un mundo escogiendo todo lo que las experiencias de diversas personas tienen en común. AI contrario, la práctica de la ciencia supone la existencia de un mundo real y común, y presupone que

el impacto del mismo sobre cada individuo que de él forma parte es a su vez modificado por este individuo en el

sentido de que constituye su experiencia personal. No construimos el mundo a partir de nuestras experiencias, tomamos conciencia de él a través de las mismas. La ciencia es un lenguaje para hablar no acerca de la experiencia, sino acerca del mundo.

Pero lo más sorprendente de las predicciones de la ciencia es que no son un conjunto de conjeturas diversas. La ciencia es una forma de ordenar los acontecimientos, y el fin de sus investigaciones es encontrar las leyes en las que basar las predicciones simples. Lo que da el toque final a nuestra descripción es que la ciencia es sistemática por lo que al método se refiere porque busca un sistema de predicción. El objetivo de la ciencia es ordenar los casos particulares encuadrándolos en la estructura de una ley general.

Una vez más lo que hemos dicho acerca de la ciencia no es algo exclusivo de la misma. Toda conducta humana está modelada por lo que los individuos creen que son leyes generales. Una persona que pretenda adivinar lo que va a ocurrir interpreta la señal por un acto de reconocimiento que la enmarca en alguna categoría general. Suponemos, pues, que el futuro tendrá algún parecido general con los futuros que hemos vivido anteriormente y que siguieron a este tipo de señal, y nos preparamos para este futuro específico. Vemos un par de pesas y las cogemos con fuerza para levantarlas; cuando descubrimos que son de cartón, experimentamos una sensación desagradable porque nos resulta inesperada. Lo extraño acerca de las generalizaciones de la ciencia no es que abarquen un número de casos que rebasa los hábitos de un individuo. Es, de hecho, una diferencia importante, pero no la esencial, que consiste en que las generalizaciones de la ciencia son explícitas, lo cual es una consecuencia directa del hecho de que la ciencia es comunicada. El individuo no tiene nunca necesidad de hacer una lista de sus hábitos, es decir, de sus generalizaciones, porque no necesita comunicarlos a nadie. Creerá

formas de anticipar el futuro a partir de las señales presentes aunque no espere encontrar nunca otra persona. Así lo hizo Robinson Crusoe; y Defoe demostró una asombrosa intuición psicológica cuando describe el desorden en que se precipitó Crusoe cuando descubrió las pisadas, no porque Crusoe temiese la presencia de otras personas, sino porque la presencia de éstas había dejado de formar parte de su mundo conceptual. Aunque no podemos estar seguros de ello, es probable que algunos animales no posean ninguna forma de comunicación; sin embargo, es cierto que todavía desarrollan hábitos.

El carácter explícito de estas leyes hace de la ciencia una actividad diferente, y este carácter se deriva de la comunicación. La ciencia es la actividad de aprender, actividad ejecutada por la sociedad entera, aunque esta sociedad divida sus tareas de tal manera que ponga la responsabilidad de esta actividad en manos de unos pocos hombres. Por otro lado, las leyes de la ciencia son aquellos principios de predicción y adaptación al futuro que se aplican al conjunto de la sociedad y que todos sus miembros pueden aprender de modo explícito. Esta necesidad de conjunción simultánea de dos requisitos, utilidad universal y formulación explícita, es precisamente lo que hace que la descripción científica del Universo aparezca tan extraña a nuestra experiencia personal. Como individuos no analizamos el Universo descomponiéndolo en células, coenzimas, masones, genes y espacio curvo, porque éste no es el análisis que un individuo hace de su propia experiencia. Precisamente este análisis individual es el tema que tratan Berkeley, Hume, McTaggart y Moore, cuyas filosofías tienen su punto de partida en una situación personal única. No debe sorprendemos que la ciencia y la filosofía se hayan distanciado paulatinamente, en tanto que una y otra hablan de cosas distintas. El núcleo, la energía y el sistema nervioso central son entidades que descubrimos cuando buscamos el terreno común bajo las fluctuaciones fortuitas de la experiencia personal. Y las extrañas propiedades que poseen son parte del precio que pagamos por explicitarlas. El mundo choca con nuestra experiencia de modo tal que podemos reconocerlo como voluntad, sentido, causa y efecto, y todas estas interpretaciones resultan ser admirablemente válidas como aproximaciones a la experiencia de todos nosotros. Pero cuando intentamos pulir nuestro lenguaje para describir con detalle el mundo real en el que se basan nuestras experiencias, tropezamos con las dificultades de todo lenguaje. Ningún enunciado explícito, ningún lenguaje comunicable puede formular generalizaciones que sean más precisas que los acuerdos comunes entre los que las utilizan. Por esto no podemos formular leyes científicas que tengan una finalidad mayor que la de los cálculos y reglas que podemos compartir. Nuestras leyes de predicción están limitadas por nuestros errores humanos y necesarios. No hay nada dramático en esto, no es un defecto más trágico que otros que hacen que seamos humanos y no otra cosa, como el hambre o la ambición, Estas son las fuerzas que impulsan las sociedades humanas, y hemos demostrado que el error en la formulación de las leyes de la ciencia también participa de ambas.

8

La base de la descripción que hemos trazado en este capitulo ha sido la relación entre el presente y el futuro. Es como si el futuro fuese Norte y la Estrella Polar; determina la dirección y la estructura de la actividad y el pensamiento tanto de la vida como de la ciencia. Por esto no nos sentimos inquietos por las dificultades que los filósofos encuentran al intentar racionalizar el proceso de la inferencia o deducción intelectuales. Los filósofos quieren dar a la inducción acerca del futuro el mismo status que la deducción tiene en una ciencia intemporal como la geometría. Además, ya hemos señalado que, tan pronto como se usa la deducción en una ciencia que tiene en cuenta el paso del tiempo, no tiene un status superior al de la inducción.

El filósofo y el hombre de la calle desarrollan normalmente sus especulaciones a partir de una reflexión sobre el pasado y el presente, en calidad de base sólida del conocimiento. Pero esto no es útil por dos razones distintas. En primer lugar, sólo conocemos el pasado y el presente de nuestra experiencia. El mundo real que compartimos con los demás resulta tan misterioso en el pasado y en el presente como en el futuro. Y, en segundo lugar, es una grave equivocación suponer que el proceso básico del pensamiento es echar mano de lo desconocido, y que sólo así puede justificarse mirar hacia el futuro. Exactamente es el sentido contrario del proceso de la vida. La anticipación del futuro es una actividad fundamental; los bebés hacen esto antes de nacer. La operación de analizar el pasado y el presente es un proceso secundario, cuyo fin es que aprendamos a reconocer e interpretar las señales para el futuro. Seria absurdo preguntar por qué el futuro ha de revelarse en concordancia con nuestro conocimiento del pasado. Esto no es más que plantear la pregunta al revés y convertirla en un sinsentido. Lo que hemos aprendido del pasado es conocimiento sólo porque el futuro confirma que era verdad.

La única pregunta que cuerdamente cabe plantear acerca del método de inducción respecto al futuro es: ¿en qué nos basamos para preferir una predicción y no otra? ¿Por qué escogemos este curso posible de la acción más que este otro, en circunstancias en las que el futuro que prevemos continúa siendo tan incierto sea cual sea el

que escojamos? No basta con responder que una predicción contiene una zona calculada menor de incertidumbre que otra, porque como toda ley científica, este mismo cálculo presupone una preferencia, si no entre estas predicciones si entre otras más fundamentales. Esto, no obstante, no inducirá a nadie a decir que se ha confirmado que una predicción es correcta con más frecuencia que otra; porque el siguiente acontecimiento no es el mismo que el último, y, en realidad, porque no existe ningún modo de comparar acontecimientos como tales. No, nuestra elección no se efectúa entre previsiones, sino entre modos de prever. No preferimos una predicción determinada, sino una ley científica a otra. Y, naturalmente, las leyes, al contrario de los acontecimientos, pueden ser ponderadas por los ejemplos pasados —aunque deberíamos evitar la palabra «pasado»; lo que realmente queremos decir e3 otras ocasiones en que predecimos el futuro basándonos en estas leyes.

Una de las dificultades que han preocupado a los filósofos y al hombre de la calle sobre tales cuestiones, es que ofrecen una descripción del futuro sumamente estática. Imaginan el futuro como el pasado o el presente, ni más ni menos que un momento en la infinita alfombra roja del tiempo que se desenrolla ante nosotros y se enrolla detrás nuestro. El futuro es como el presente, han dicho, sólo que en otro tiempo. Este error se deriva de la descripción newtoniana del tiempo, en la cual éste no tiene ninguna dirección y podría haber transcurrido en sentido inverso. Pero desde finales del siglo pasado se ha descubierto una propiedad física que da una dirección al tiempo. Es ésta: si observamos un chorro de gas que se escapa de un agujero, podemos decir qué parte del gas está más lejos del agujero, o sea, cuál se ha escapado primero, todo ello sin ver el agujero. La parte que salió primero tiene un desorden mayor y sus moléculas se mueven más al azar. Han perdido la dirección impuesta por el paso del chorro por el agujero. Del mismo modo el paso del tiempo en el Universo está absolutamente marcado por el aumento del estado de desorden físico o azar; esto es lo que dice la segunda ley de la termodinámica. Cabe señalar que en sí es un efecto probabilístico, aunque sólo éste da al tiempo (y con él la causalidad) su dirección.

El punto esencial es el que distingue el futuro del pasado: es la única ley general acerca del futuro a la cual nos ajustamos todos. No sabemos cómo experimentamos esto, pero desde luego lo experimentamos. Naturalmente la propiedad esencial de la vida es que se opone a esta corriente: la vida impone un orden creciente en cada momento, mientras que el Universo físico se arrastra hacia un desorden cada vez mayor. Incluso la probabilidad de adivinar una carta no vista no está más allá de las fronteras de lo inteligible, una vez que hemos comprendido que el futuro tiene unas propiedades específicas que lo distinguen claramente del presente. Lo distinguen claramente, pero en un sentido estadístico: porque el futuro se diferencia del presente por contener estadísticamente más azar. Adivinarlo seria inexplicable sólo si se acertase siempre.

VIII.

Verdad y valor

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Las personas que se inquietan ante los cambios que la ciencia ocasiona en su mundo, generalmente sólo tienen en cuenta los cambios técnicos: el aeroplano, las bombas, la costumbre de leer los periódicos, el desplazamiento del bienestar y las discusiones hogareñas respecto a la televisión. Pero bajo estos cambios existe en todos nosotros una división más profunda entre los hábitos sociales de nuestros días de estudiantes y los nuevos hábitos del pensamiento. Nos inquieta la existencia en nuestra conducta de dos aspectos opuestos: lo que siempre se nos ha ensenado a considerar como valores, y, por otra parte, el éxito en el mundo. Cada día nos enfrentamos con acciones de las que nuestro código de conducta nos hace sentirnos avergonzados, pero que encontramos útiles si tenemos que enfrentamos con los duros hechos de la sociedad.

No reprobamos conscientemente a la ciencia por ello hasta que revela algún peligro inevitable, como el que ha planteado a nuestra época la bomba atómica. Pero esto ejemplo es meramente un símbolo. Más allá de todas nuestras acciones se extiende una sombra mayor: ¿cómo escoger entre lo que se nos ha enseñado a considerar correcto y lo que indiscutiblemente ocurre? Esta comprobación empírica del éxito se hace más acuciante a medida que nos vamos acostumbrando a verla en la ciencia. El hecho de habituarse a un esquema empírico no tarda en afectar las creencias tradicionales, incluso en el campo de la ciencia. Ha costado mucho durante seiscientos años cambiar los moldes aceptados como buena y recta conducta.

Desde luego, estos moldes no han permanecido intactos desde los tiempos de William de Ockham. Los ideales de lo que es bueno han sufrido lentos pero notables cambios, incluso en el interior mismo de la Iglesia; si no fuera así todavía se llevarla a la hoguera a brujas y herejes. Resulta bastante evidente que los ideales del Renacimiento no son los mismos que los de los Padres de la Iglesia, y más recientemente, que las virtudes protestantes difieren de las católicas, las cuales han asimismo cambiado; la doctrina medieval del precio justo ha tenido que cambiar profundamente antes de que un papa pudiera escribir la Rerum novarum, en 1891. Vemos también en qué se han convertido las virtudes cristianas en la doctrina metodista de principios del siglo pasado; cómo, de modo bastante inconsciente, se