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Intacto (2001)

Juan Carlos Fresnadillo

En los llanos de Ucanca, al pie del Teide, en el escenario agreste y


espectacular de las Cañadas, aislado y retirado, se alza un casino. Un jugador gana
reiteradamente en la ruleta y el hecho no pasa desapercibido a las cámaras que
vigilan el local. Federico entra en acción: se acerca a la mesa 6 y toca la mano del
afortunado que, desde entonces, no vuelve a ganar. Basta esta escena para
presentar al espectador el asunto de este thriller con dosis de cine fantástico: si
recientemente Christopher Nolan planteaba en Origen la apropiación de las ideas
de los demás, Juan Carlos Fresnadillo, propuso en 2001 que algunas personas tienen
la capacidad de arrebatar la suerte a otros como si de nuevos vampiros se tratara,
y lo hizo a través de un relato impecable, pausado, denso, contenido, a la vez que
inquietante, turbador y sugerente, contado con frialdad.
El casino es un lugar complejo: un paraíso del juego en la superficie que
alberga en sus entrañas, en sus sótanos, una especie de laberinto, formado por
pasillos vacíos, pétreos, metálicos, que conducen a una antesala poligonal, una de
cuyas puertas da paso a la habitación donde un personaje enigmático, Samuel, el
Judío, “el dios del azar”, superviviente de los campos de exterminio nazi, pone a
prueba su suerte, jugándose la vida. El ascensor es el cordón umbilical que une las
salas de juego y las habitaciones con los sótanos. Y allí, en el ascensor, Sam se
despedirá de Federico, que va a convertirse en su enemigo (“tú no te vas a morir de
viejo”, le ha dicho éste al anunciar su marcha), pero lo hace despojándolo de sus
dones: tocándolo, abrazándolo y besándolo. Un plano detalle muestra los ojos
angustiados de Federico. La escena concluye con el plano del luminoso, “buena
suerte”, mientras se cierra la puerta del ascensor. La siguiente nos devuelve al
paisaje lunar del comienzo, donde un abatido Federico (desactivado, desprovisto de
sus poderes, incapaz de arrebatar la suerte a otos) será brutalmente golpeado por
los hombres del Judío. Un primer plano de su rostro amoratado cierra este bloque
inicial.
El siguiente nos retrotrae en el tiempo siete años atrás, pero enlaza con el
anterior mediante otro primer plano de un rostro herido. La cámara adopta su
perspectiva y nos muestra un plano nocturno del cielo estrellado en el que irrumpe
un helicóptero. Un movimiento de grúa amplía la perspectiva y comprendemos que
estamos en el escenario de un accidente del que el herido es el único superviviente.
La suerte, pues, es la clave desde la que se presenta a Tomás Sanz, aunque en
seguida sabremos que se trata de un atracador (oculta el dinero robado bajo su
ropa) que queda sometido a vigilancia policial en un hospital, lo cual conduce a la
presentación del último personaje principal, Sara, la agente de policía que investiga
a Tomás. Ella también tendrá algo que ver con la suerte, el denominador común que
relaciona a los cuatro personajes protagonistas (Samuel, Federico, Tomás y Sara).
Federico ha comenzado la búsqueda de una persona con suerte que haga el
circuito (una serie de apuestas que concluye en el casino de Ucanca), y convence a
Horacio Caparrós, un suicida que no pasa la prueba. Tras este fracaso, lo intenta
con Tomás: le propone sacarlo del hospital, burlando la vigilancia policial, a cambio
de que juegue para él. Tras la fuga, le explica las reglas del juego: Tomás no
deberá tocarlo ni le hará fotos (los recuerdos no son inocentes, con las
instantáneas va la suerte, el destino, la vida de los fotografiados; Federico se llevó
algunas fotos al abandonar el casino y el Judío tiene un fichero lleno. “Las fotos
son la suerte de la gente, cuantas más fotos tengas más afortunado serás”, dirá
más tarde).
Antes de que comience el juego, conocemos las circunstancias del accidente
en el que sobrevivió Tomás, a través de un vídeo que emite CNN+. También hemos
sabido que Sara, la agente, ha tenido familia. Sus circunstancias personales se irán
desvelando progresivamente mediante flashbacks breves.
Comienza el juego: Tomás gana la primera apuesta, aunque para ello
Federico deba emplearse a fondo y vencer las dudas del ladrón: “para ti no existe
la casualidad”. Después se ocultan en el chalet de un torero pero son descubiertos
por una llamada de Tomás a Ana, su mujer. Merece la pena detenerse en la escena
de la llamada: Ana es presentada en un travelling circular desde atrás (“menos mal
que no viniste conmigo”, dice él casi balbuceando); por un momento se encadenan
ambos rostros pero, cuando el travelling concluye, vemos que ella no está sola. Se
suceden los primeros planos: el ladrón emocionado, ella llorosa (no ha dicho una
palabra), su acompañante con auriculares, aislado, y el número de teléfono desde el
que Tomás ha llamado.
Federico y Tomás deben huir apresuradamente, pues la policía ha llegado a
su escondite. En la huida Tomás se ve obligado a tocar a Federico para que salte la
alambrada; éste lo consigue aunque resulta herido.
Sara investiga al torero, que
conoce el pasado de la agente, su
relación con la suerte: “Tú también
tenías que haber muerto (en un
accidente de coche), pero te salvaste”.
El torero se compromete a conducirla
hasta Tomás. Para ello, la agente
también deberá jugar. Mientras busca la
póliza del seguro se deja llevar por los
recuerdos: su marido, su hijo, un viaje en
coche y un brutal accidente.
Siguiente etapa del circuito: el juego de los cautivos. El ganador se lleva las
apuestas y las fotos de los cautivos. Cuando llega el turno a Sara de nuevo la
asaltan sus recuerdos; entonces rompe las reglas, se quita la venda y encañona a
Tomás. El juego se suspende y la agente es golpeada.
De camino al siguiente juego Federico le roba a Tomás la foto que tiene con
Ana. La apuesta tiene lugar en un bosque y Federico avisa de que después sólo
quedará Ucanca, donde hay pendiente una cuestión de dignidad. Tomás no deja
pasar la ocasión: “Está bien que tengas un motivo para hacer todo esto”. Lo que el
atracador no sabe, sin embargo, es que Federico ha apostado la foto de Ana, de la
que ha recortado su imagen. En la escena se
intercala un plano aéreo de Samuel, solo, en
el terreno pedregoso y hostil de Ucanca,
que se encadena con otro plano aéreo del
bosque en el que se juega. Un largo y
acelerado travelling lateral nos muestra el
desarrollo de la prueba. Al final, Federico,
enrabietado, abandona a Tomás, que
descubrirá después que su compañero se ha
jugado la suerte de Ana.
La secuencia que sigue es una de las más brillantes de la película. Mediante
el montaje en paralelo, se nos muestra la progresión de dos escenas simultáneas,
sin relación aparente entre sí, que, sin embargo, convergen: la apuesta entre el
torero y Samuel por un lado, y Ana y su acompañante por otro. Ésta es la
progresión: en Ucanca comienza el ritual de una nueva apuesta, Samuel espera
sentado y su contrincante (el torero) se prepara; Ana se acuesta mientras su
acompañante ve en televisión “La ruleta de la fortuna” y manipula un arma. El
torero saluda como si estuviera a punto de salir al ruedo y Samuel se cubre el
rostro; Ana se duerme. El torero se santigua y entra en la sala; comienza la
preparación del arma para la apuesta; el acompañante de Ana continúa manipulando
la suya. El torero recibe el arma (está cargada con cinco balas de las seis que
caben en el tambor, ese hueco vacío es el espacio reservado al azar en el juego),
gira el tambor y lo ajusta; Ana se vuelve en la cama. El torero avanza tres pasos,
Samuel se pone en pie y el torero apunta; el acompañante de Ana revisa su arma. El
torero dispara sin suerte (le ha tocado el espacio hueco del tambor), Samuel se
descubre el rostro y empuña el arma, gira el tambor y lo ajusta. Cesa la música,
primer plano del arma. Suena el tiro… el de Samuel y el del acompañante de Ana, a
quien se le ha disparado el arma que manipulaba. La bala ha traspasado la puerta de
la habitación de Ana y la ha herido. Plano de la recogida del cadáver del torero.
Samuel guarda las fotos. Los sonidos son los precisos: se escucha el arma, el
tambor que gira y se ajusta, el martillo, los disparos, con y sin detonación.
En el hospital, Ana se sincera con Sara. Tomás no la dejó subir a aquel avión,
le dijo: “Ya no te quiero” y le salvó la vida. Vuelven los recuerdos de Sara, ahora en
forma de sentimiento de culpa: si ella hubiera dicho esas palabras a su marido,
quizá no habría habido accidente.
Tanto la policía como Tomás cierran el cerco sobre Federico. Tomás se
adelanta, lo espera en la compañía de seguros y se venga. Ahora quiere recuperar a
Ana, pero su foto está en Ucanca, en el archivo del dios del azar. “Nadie ha
sobrevivido a Ucanca en treinta años”, comenta Federico, al tiempo que se
justifica: apostó a Ana porque Tomás no tenía nada que perder.
La larga escena final se desarrolla en Ucanca, donde se dan cita todos los
personajes: Samuel, inquieto (“nadie ha venido
aquí por amor”, en alusión a Tomás) pronuncia un
monólogo en el que recuerda sus días en el campo
de concentración hasta que fue liberado. El
monólogo está contado en un largo primer plano,
sostenido. Le escuchan Tomás y Federico, en
tanto que Sara se dirige al casino. La inquietud de
Samuel crece a medida que se acerca el momento
del juego, y se agarra a la foto que le dejó su último compañero en el campo de
exterminio como si de una tabla salvavidas se tratara. Lo demás es conocido en
parte: el ritual de la apuesta se ejecuta con precisión hasta que lo interrumpe la
entrada de Sara. Sigue un tiroteo narrado en la oscuridad. Federico regresa y
enciende la luz; conocemos entonces al superviviente, que escucha dos frases antes
de marcharse: “Tú has ganado”, “Ya no te quiero”. Federico no se va, se sienta y
espera la llegada de la policía.