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Bonifaz Nuño, Ruben - Antologia poetica

Bonifaz Nuño, Ruben - Antologia poetica

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RUBÉN BONIFAZ NUÑO Selección y nota introductoria de Carlos Montemayor

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL DIRECCIÓN DE LITERATURA MÉXICO 2008

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Contenido
Desde la tristeza que se desploma, ................................................................ 7 PARA LOS QUE LLEGAN A LAS FIESTAS.............................................. 8 Algo se me ha quebrado esta mañana... ......................................................... 9 Yo miro esto que pesa inmensamente, ......................................................... 10 ¿Cuál es la mujer que recordamos ............................................................... 11 Qué fácil sería para esta mosca ................................................................... 12 Una llamarada de moscas verdes ................................................................. 13 ¿Y hemos de llorar porque algún día ........................................................... 13 Cansados de esperar erguimos, ................................................................... 14 Semilla del placer, la muerte ....................................................................... 14 El comienzo del alma, su crecida ................................................................ 15 Porque yo estuve solo ................................................................................. 16 Tú, la que me mira y la que miro................................................................. 17 Cuando duermo ²lejos², cuando la carne................................................. 17 EURÍDICE (II)........................................................................................... 18 EL ALBA .................................................................................................. 19 Crece la torre nueva en el naufragio ............................................................ 19 DESDE SU NUDO .................................................................................... 21 Piensa para sí misma, ilustre ....................................................................... 21 En el núcleo de la rosa múltiple .................................................................. 22 Hay un asombro de silencio ........................................................................ 24 He detenido la respiración........................................................................... 25 Hervor de calles... ....................................................................................... 28 No es una desgracia abrir los ojos... ............................................................ 29 AUNQUE BIEN SÉ QUE NO ME EXTRAÑAS ........................................ 30 A tu puerta llamé. No estabas... ................................................................... 32 Ábrese el fuego, y salta la burbuja............................................................... 32 Albur de amor ............................................................................................ 33 Alguna vez te alcanzará el sonido................................................................ 35 Amapola trastorno... ................................................................................... 35 Amiga a la que amo: no envejezcas... .......................................................... 37 Área sonante .............................................................................................. 38 Cabello al aire ............................................................................................ 39 Centímetro a centímetro.............................................................................. 40 Como rumor de muchedumbre... ................................................................. 41 Era también de fuego... ............................................................................... 42 Esta noche de trenes.................................................................................... 43 Están cantando adentro... ............................................................................ 45 Ha llegado el olor... .................................................................................... 46 Haz que yo pueda ser, amor, la escala... ...................................................... 47 Hoja al aire, indefensa, detenida... ............................................................... 47 Hoy, porque no quiero entristecerte... .......................................................... 48
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Igual que el licor entre las alas... ................................................................. 50 Mariana ...................................................................................................... 50 Ningún otro cuerpo como el tuyo... ............................................................. 51 No es en mi año. Alguien te tiene... ............................................................. 51 Pulida la piel bajo tus rosas... ...................................................................... 52 Qué llenará mis ojos, al abrirlos... ............................................................... 54 Recostado en su placer, el día...................................................................... 55 Si nace de tus manos y es oscura... .............................................................. 55 Sólo temblor ardiente, encandilando............................................................ 56 Son olor de lluvia tus cabellos... .................................................................. 57 Suelta su vago humor de vidrio... ................................................................ 57 Te abraza la lluvia en su descenso... ............................................................ 59 Tú das la vista a mis pupilas ciegas... .......................................................... 59 Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto... .................................................... 60 Y nuevamente abril a flor de cielo... ............................................................ 60

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NOTA INTRODUCTORIA Como la noche de Egipto en que se comió el pan ázimo, el pan sin levadura; como si un pueblo oscuro y rumoroso en cada cuerpo nuestro, en cada vida nuestra, pisara otra vez el umbral del éxodo y lo comiera; así, como ese pan, como esa cena, es la poesía de Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, Veracruz, 1923). Pan ázimo para el hombre que envejece lentamente habitando en los recuerdos, en la casa del destierro; agazapado en el constante goteo de la conciencia, del rencor, de la soledad. Palabra sin levadura, sabia y ásperamente unida como los granos de trigo del pueblo del éxodo. Autor, hasta ahora, de siete libros de poesía; traductor de la poesía completa de Virgilio, Catulo y Propercio (empresa que, sin contar las traducciones de Ovidio y Horacio, es acaso la más importante obra de traducción hecha por un poeta de nuestra lengua en este siglo); autor, en prosa, de dos estudios sobre Virgilio y Catulo y, especialmente, de uno de los ejemplos clásicos, perdurables, de nuestras letras: el prólogo a la poesía de Propercio, publicado por la UNAM en 1974, la levadura. Tres caminos de acceso hay, creo, para penetrar en su poesía. El primero es el reconocimiento del combate, de la insistencia por apropiarnos de nuestra vida, a pesar del cansancio y la obsesión, bajo el vértigo en que los años parecen días consumiéndose como una fruta mordida, quieta y absorta en una mesa sin comensales. El segundo camino es el lenguaje. De esa ternura en que combate la soledad, surge durante las páginas de un libro, o durante los sucesivos libros, una pulimentada orfebrería verbal, punzante y fuerte como una sortija cuya piedra preciosa no fulgura en la superficie, sino en el interior, apresada por el metal laborioso, igual que la noche apresa a los astros o el mundo contiene la solitaria maduración de los metales, de las venas minerales. Por ello, no es un lenguaje del que solamente pueda decirse engolosinado, sino un lenguaje combativo como todo solitario lo es con sus tesoros: el hombre a solas con el recuerdo amoroso o rencoroso, y el mundo, veteado en sus costados internos por las piedras minerales y seculares. Es el tratamiento no de una modalidad del lenguaje, sino de un ser de lenguaje. El tercer camino se apoya en los anteriores y en la purificación paulatina de conceptos y de temas, y es otro as-pecto importantísimo de su obra: el conocimiento de las viejas nociones alquímicas y hebraicas. Así pues, al lenguaje de la soledad, al paso de los años, a la pujanza del guerrero en pie y ciego en el campo de batalla, pero alumbrado por las hogueras bélicas de los crepúsculos y las albas, también hay que agregar en su poesía el amor por la vieja cabala hebrea, la alquimia, la conciencia que acecha como una hierba sagrada desde las plantas de nuestros pasos, de nuestra sangre de recuerdos, de poemas, de cosas. En esto, su poesía es pionera para nuestras letras, como lo son también la de Borges, la de Jorge Cuesta o la de Lezama Lima.
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La presente selección de poemas no es una secuencia cronológica; es la de un lector que recuerda y gusta de la poesía de Rubén Bonifaz Nuño en un orden acaso caprichoso, acaso temático. Comienza con la soledad que nos tiende la mano; sigue con la soledad que labora, que se transforma en el conocimiento de la muerte y el envejecimiento; continúa con el amor solitario a la mujer y a las palabras, y concluye con los poemas más limpios y nítidos, donde la luz y la sensación de los símbolos alcanzan su piedra angular, su cimiento: los poemas de La flama en el espejo, la llama de nuestra vida que se contempla a sí misma, que fulgura a solas con la verdad del fuego, ardiendo en nosotros pero también después de nosotros, como si siempre estuviera sola, mientras se le van desprendiendo nuestras cenizas. CARLOS MONTEMAYOR 1982

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DESDE LA TRISTEZA QUE SE DESPLOMA,
Desde la tristeza que se desploma, desde mi dolor que me cansa, desde mi oficina, desde mi cuarto revuelto, desde mis cobijas de hombre solo, desde este papel, tiendo la mano. Ya no puedo ser solamente el que dice adiós, el que vive de separaciones tan desnudas que ya ni siquiera la esperanza dejan de un regreso; el que en un libro desviste y aprende y enseña la misma pobreza, hoja por hoja. Estoy escribiendo para que todos puedan conocer mi domicilio, por si alguno quiere contestarme. Escribo mi carta para decirles que esto es lo que pasa: estamos enfermos del tiempo, del aire mismo, de la pesadumbre que respiramos, de la soledad que se nos impone. Yo sólo pretendo hablar con alguien, decir y escuchar. No es gran cosa. Con gentes distintas en apariencia camino, trabajo todos los días; y no me saludo con nadie: temo. Entiendo que no debe ser, que acaso hay quien, sin saberlo, me necesita. Yo lo necesito también. Ahora lo digo en voz alta, simplemente. Escribí al principio: tiendo la mano. Espero que alguno lo comprenda. Los demonios y los días, 1956

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PARA LOS QUE LLEGAN A LAS FIESTAS
Para los que llegan a las fiestas ávidos de tiernas compañías, y encuentran parejas impenetrables y hermosas muchachas solas que dan miedo ²pues uno no sabe bailar, y es triste²; los que se arrinconan con un vaso de aguardiente oscuro y melancólico, y odian hasta el fondo su miseria, la envidia que sienten, los deseos; para los que saben con amargura que de la mujer que quieren les queda nada más que un clavo fijo en la espalda y algo tenue y acre, como el aroma que guarda el revés de un guante olvidado; para los que fueron invitados una vez; aquéllos que se pusieron el menos gastado de sus dos trajes y fueron puntuales; y en una puerta ya mucho después de entrados todos supieron que no se cumpliría la cita, y volvieron despreciándose; para los que miran desde afuera, de noche, las casas iluminadas, y a veces quisieran estar adentro: compartir con alguien mesa y cobijas vivir con hijos dichosos; y luego comprenden que es necesario hacer otras cosas, y que vale mucho más sufrir que ser vencido; para los que quieren mover el mundo con su corazón solitario, los que por las calles se fatigan caminando, claros de pensamientos; para los que pisan sus fracasos y siguen; para los que sufren a conciencia, porque no serán consolados los que no tendrán, los que no pueden escucharme; para los que están armados, escribo.
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ALGO SE ME HA QUEBRADO ESTA MAÑANA...
Para Abril Boliver Algo se me ha quebrado esta mañana de andar, de cara en cara, preguntando por el que vive dentro. Y habla y se queja y se me tuerce hasta la lengua del zapato, por tener que aguantar como los hombres tanta pobreza, tanto oscuro camino a la vejez; tantos remiendos, nunca invisibles, en la piel del alma. Yo no entiendo; yo quiero solamente, y trabajo en mi oficio. Yo pienso: hay que vivir; dificultosa y todo, nuestra vida es nuestra. Pero cuánta furia melancólica hay en algunos días. Qué cansancio. Cómo, entonces, pensar en platos venturosos, en cucharas calmadas, en ratones de lujosísimos departamentos, si entonces recordamos que los platos aúllan de nostalgia, boquiabiertos, y despiertan secas las cucharas, y desfallecen de hambre los ratones en humildes cocinas. Y conste que no hablo en símbolos; hablo llanamente de meras cosas del espíritu. Qué insufribles, a veces, las virtudes de la buena memoria; yo me acuerdo hasta dormido, y aunque jure y grite que no quiero acordarme. De andar buscando llego. Nadie, que sepa yo, quedó esperándome. Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo
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y pienso en esta vida que no es bella ni mucho menos, como dicen los que viven dichosos. Yo no entiendo. Escribo amargo y fácil, y en el día resollante y monótono de no tener cabeza sobre el traje, ni traje que no apriete, ni mujer en que caerse muerto.

YO MIRO ESTO QUE PESA INMENSAMENTE,
Yo miro esto que pesa inmensamente, que sube a fuerza contra el peso de la noche geográfica. Esta mole sonámbula y regida; materia convocada y dócil de banquetas y lámparas y muros. Densa expresión conmovedora de miedos primordiales; artificio que por decreto de los hombres establece las cosas, y las deja servibles ya, sumisas, protectoras. Sitio de piedras y madera, jerarquía de materiales ordenados que asila, como un barco entre la lluvia, su cargamento de dormidos. Esto que vive, esto que pesa, miro. Yo miro la ciudad a media noche como un taller en huelga. Siento pasar, soporto, mientras del sueño emergen los enfermos a rebuscar entre la fiebre los signos remotísimos del día. Mientras la misma fiebre los aparta del grito de los gallos, del repique a la vez desolador y alegre con que madrugan las iglesias, del testimonio de la dicha terrestre
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que da un rumor de pasos transitando al pie de la ventana. Es el instante inerte en el que aquellos que no sufren de enfermedad, se ponen por instinto la noche en el costado, y vuelven cómodos el pliegue de la pierna y el sudor de la espalda. La hora en que los hombres de vegetal manera giran: sólo varados leños aguardando la marea del alba. Y hay un temblor de viento; hay un latir de perros repetido encendiéndose lejos, y llenándome de un algo sin socorro. Yo miro en esta hora, y sé que alguien vigila este silencio. Alguien que no conozco. Fuego de pobres, 1961

¿CUÁL ES LA MUJER QUE RECORDAMOS
¿Cuál es la mujer que recordamos al mirar los pechos de la vecina de camión; a quién espera el hueco lugar que está al lado nuestro, en el cine? ¿A quién pertenece el oído que oirá la palabra más escondida que somos, de quién es la cabeza que a nuestro costado nace entre sueños? Hay veces que ya no puedo con tanta tristeza, y entonces te recuerdo. Pero no eres tú. Nacieron cansados nuestro largo amor y nuestros breves amores; los cuatro besos y las cuatro citas que tuvimos. Estamos tristes. Juntos inventamos un concierto para desventura y orquesta, y fuimos
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a escucharlo serios, solemnes, y nada entendimos. Estamos solos. Tú nunca sabrás, estoy cierto, que escribí estos versos para ti sola; pero en ti pensé al hacerlos. Son tuyos. Ustedes perdonen. Por un momento olvidé con quién estaba hablando. Y no sentí el golpe de mi ventana al cerrarse. Estaba en otra parte. Los demonios y los días, 1956

QUÉ FÁCIL SERÍA PARA ESTA MOSCA
Qué fácil sería para esta mosca, con cinco centímetros de vuelo razonable, hallar la salida. Pude percibirla hace tiempo, cuando me distrajo el zumbido de su vuelo torpe. Desde aquel momento la miro, y no hace otra cosa que achatarse los ojos, con todo su peso, contra el vidrio duro que no comprende. En vano le abrí la ventana y traté de guiarla con la mano: no lo sabe, sigue combatiendo contra el aire inmóvil, intraspasable. Casi con placer, he sentido que me voy muriendo; que mis asuntos no marchan muy bien, pero marchan; y que al fin y al cabo han de olvidarse. Pero luego quise salir de todo, salirme de todo, ver, conocerme, y nada he podido; y he puesto la frente en el vidrio de mi ventana. Fuego de pobres, 1961
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UNA LLAMARADA DE MOSCAS VERDES
Una llamarada de moscas verdes ha nacido encima de la tierra, encima del agua que bebemos, ha poblado el aire que respiramos. Se quiere que el hombre ya no viva de pan, se le cerca siempre de ruidos iguales, de cosas hechas, se quitan los nombres propios, se dan emociones preconstruidas a quienes pretenden emocionarse, cuando el dolor se defiende, cuando la fatiga estalla, se pone aceite de máquina en las junturas de los pensamientos y las entrañas. ¿En dónde ha quedado la tristeza? ¿En dónde, el amor? ¿Cómo es posible que se niegue tanto, que se soporte que se niegue tanto? ¿Dónde han quedado la violencia, el alma, la sangre? Si está la verdad en lo que digo las cosas que digo serán buenas. Que los que se sienten desesperados conozcan que estoy pensando con ellos. Hay moscas por todas partes, hay hombres en los que morimos sin sentirlo; entre las costillas de todos hay un corazón que nos pertenece, que sangra en nosotros. Está doliendo. Los demonios y los días, 1956

¿Y HEMOS DE LLORAR PORQUE ALGÚN DÍA
¿Y hemos de llorar porque algún día sufriremos? Sobre los amantes da vueltas el sol, y con sus brazos. Amigos míos de un instante que ya pasó, regocijémonos
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entre risas y guirnaldas muertas. Aquí las águilas, los tigres, el corazón prestado; en préstamo dados el gozo y la amargura; la muerte, acaso para siempre, por hacerte vivir; por alegrarte tengo, entre huesos, triste el alma. ¿Y habremos de sufrir, entonces, sólo porque un día lloraremos? Giran los amantes libertados con la noche en torno. Entre guirnaldas de un instante, amigos, mientras dura lo que tuvimos, alegrémonos. El ala del tigre, 1969

CANSADOS DE ESPERAR ERGUIMOS,
Cansados de esperar erguimos, en mástiles de viaje, un vuelo de exploración. Remordimientos dejamos, y flores carcomidas. Y encendidos en las fibras claras de la respiración, partimos. ¿Por amor de qué amor preguntas? ¿Por qué te dueles, alma mía? Mira: vuelven ahora y giran los verdes huesos de la noche, y aova la tristeza, y colma la muerte sus moscas en delirio. En muelles de vencidas flores, para largos viajes respiramos. Como los árboles, partimos en años de raíces. Lejos, las islas del alba sepultadas. Y cansados de esperar, nacemos. El ala del tigre, 1969

SEMILLA DEL PLACER, LA MUERTE
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Semilla del placer, la muerte mira, agazapada, en el instante donde apaga su lengua roja algún dolor que fuimos. Risa de saber que en algo nos morimos, que algo para siempre nos perdona. De escombros nuestros, se encordera el camino de la noche en andas que para morirnos escogemos. Y se vuelve alegre la ceniza de envejecer, y las arrugas el ramaje son de un tronco alegre. Se va cayendo la sufriente armazón del temor; inmunes, cada vez más muertos, aprendemos; vencida de la edad, el alma aviva el seso y se complace del cuerpo difunto en que recuerda. El ala del tigre, 1969

EL COMIENZO DEL ALMA, SU CRECIDA
El comienzo del alma, su crecida como la cólera enramada. La cólera creciendo en sucesivos collares, desde el centro que, en lo callado, enjoya la caída de un ojo púrpura despierto. O, con los párpados cosidos por agujas de humo, la rabiosa cabeza degollada: el odre velludo de culebras hacia dentro, de bífidos rumores revestido por dentro, de insidiosos nudos de escamas erizado. Y el alba nueva, mancillada por enjuagar los dientes de las huellas de nocturnos encuentros. Aquí se pacta en vano;
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es el lugar de las alianzas nulas, de las contiendas, de la efímera unión y la condena anticipada. Y sin embargo existen, fuera, la ciudad y los vasos comunicantes de la dicha, el árbol hembra inerme, resguardado por puertas no seguras; la secreta cofradía de casas familiares; ternura líquida y solemne de las palabras puras labio a labio. Serpientes salen de la boca, frutas amargas. Fue mentido, también, el despertar; era dormirse en plena calle, hablando, a media vida y en peligro de muerte. Y sin embargo, el canto; fuegos de zarza vibra su materia ya de carne en común, de huesos en común entregados. Pan de pobres. Fuego de pobres para ser comido. Fuego de pobres, 1961

PORQUE YO ESTUVE SOLO
Porque yo estuve solo quiero pensar que tú estuviste sola. Que no te fuiste, que dormías. Que me dejaste sin dejarme, y me necesitabas para poder estar contenta. De cualquier modo, he recobrado mi lugar en el mundo: regresaste, te volviste accesible. Me devuelves el tiempo, el dolor, los caminos, la alegría, la voz, el cuerpo, el alma, y la vida y la muerte, y lo que vive más allá de la muerte. Me lo devuelves todo
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encarcelado en la apariencia de una mujer, tú misma, a la que amo. Volviste poco a poco, despertaste, y no te sorprendiste de encontrarme contigo. Y casi pude ver el último peldaño del secreto que subías al dormir, pues abriste ²muy despacio, muy plácidos² tus ojos adentro de mis ojos que velaban. El manto y la corona, 1958

TÚ, LA QUE ME MIRA Y LA QUE MIRO.
Tú, la que me mira y la que miro. Mis dos hermanas: la sedienta dentro de ti, como un aliento líquido de fuentes; la colmada como claros cauces para el curso de amargos sueños transitivos. Tú, la dos veces tuya, amante de tu amor. Criatura concebida por la sed y el vino que desposan los labios de la copa de oro. Bebida de tu sed tú misma; tú misma, la sed con que te bebes. Cauce de fuentes y bebida de tu sed colmada; única y doble. La contemplada que me observa. Y te busco y te encuentro, junta como gavillas. Tú y tú misma. Y al saberlo ya no sé cuál eras. El ala del tigre, 1969

CUANDO DUERMO ²LEJOS², CUANDO LA CARNE
Cuando duermo ²lejos², cuando la carne no es más que una costra débil de niebla sobre los endebles huesos, y atrás de los dientes enmudece
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contra el paladar la lengua, temblando; cuando todo es blando y sin forma, espeso ²tal como si el sueño viniera por los secretísimos caminos que ha de recorrer la muerte algún día², siento que me llamas, y en tu boca llega la canción que cantaste a oscuras una vez, delante de mí. Cantabas. Y yo que te escucho paso en silencio. Lloro encadenado al sueño triste como al pie del mástil solo de un barco. Imágenes, 1953

EURÍDICE (II)
Y como gavillas, el cabello brillaba de nuevo limpio, entre manchas de materia triste y en desamparo. Y ligeras flores de carne muerta resbalaban lentamente, caían con su derrotada podredumbre. Y se restiraba la piel, brillando sobre tiernos músculos y grasas y bellos recintos de sangre nueva. Y sobre la tierra humedecida flotó como niebla mansa o silencio un calmado olor de mujer desnuda. Y de innumerables aguas, de sombras infinitamente desoladas, volvieron a ella sus dulces años: la savia delgada y verde, la lumbre de sus primaveras y sus otoños. Y se levantó soñando, y temblaba, y fue por segunda vez a la muerte.
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Imágenes, 1953

EL ALBA
El alba cruel del moribundo esperas, mi corazón; y los sentidos ²alma² por cinco llagas multiplican tu llamado carnívoro. Emboscándose, en moradas rejas amarillo, tiende en la extrema noche el tigre sus tensos enjambres al acecho. *** Como un sediento que ha bebido, como un dios despertando y que te mira, alza la cabeza coronada la serpiente del bien. Ahora, de mi boca a tu pecho, el santo y seña de una palabra triste; ahora un pueblo de reyes vencidos te enternece. *** Abre sus hojas de oro la paloma desde el leño oscuro; deja al aire el querubín sus plumas rojas; brilla la frente de un león entre dos puertas gemelas, alas del incendio del águila crujiente, y amanece la noche mía donde naces. Siete de espadas, 1966

CRECE LA TORRE NUEVA EN EL NAUFRAGIO
Crece la torre nueva en el naufragio del muro combatido; del alveolo de la sal, el rumbo celeste de la espiga, el transparente olor de la manzana, y surgen el olivo y su perla amarillenta y los suntuosos pórticos del vino. Canto que no aprendí, silencio
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en que instituye el canto las raíces. Y establecida sobre el alma, sube la lengua: cera y pabilo bajo voraz corona encandecida. Ámbito de la casa es, y casa del traje, y traje para el cuerpo, y cuerpo de la voz. Esfuerzo mío, tribu de sílabas concordes, ábreme campo afuera. Tú, que puedes, introdúceme al coro; así, al oficio de fundar la ciudad sobre cenizas de vencidas ciudades. Buen oficio. Derrame el canto sus caminos como una primavera de cimientos. Cirio sonoro, fundación, arroyo de abejas parcas, arribando al seno acelerado de la llama. No solamente mínimo brasero, engarce de la ofrenda en aroma desnudo que desgarra sus ropajes de humo; Sí manantial de macizas paredes, de azules templos para bordadoras calladas, de albañiles coronados, de dulces padres carpinteros, de manos como príncipes que rijan el sabor unitivo de la espada. Oh, si me fuera dado el alegrarme con mi fuerza de hombre, si mi orgullo (¿a quién volver los ojos?), como el amor, clarísimo al mirarte, para siempre naciera, y en torno, y habitada y ofrecida, la ciudad y la gente suscitada por el orden del canto. En esta hora
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y mientras en la plaza, el más valiente cumple el parto viril de la futura gloria de su bandera. Golpe de sol, racimo grave de linajes. Y estar herido y pobre, y estar vivo y vencedor, y redimido, y para siempre ya desenterrado. Fuego de pobres, 1961

DESDE SU NUDO
Desde su nudo a ciegas, desde su ramazón violeta, suena encogida en su hervor la sola fuente del conjuro que te llama. Tú, palabra antigua, bajo el lirio del vientre de la noche sabes lo que no soy; desde lejanos nombres como ciudades, vienes; como pueblos de alas retenidas vienes; como bocas no saciadas. Mañana espacial entre despojos nupciales; lecho reviviente del amor de ramas libertadas sobre la herrumbre de otras hojas; juicio universal de cada instante. Del tiempo matinal emerges con terrestre peso de estaciones al sol; en mi cuerpo te alimentas; orden de vida restableces en mi corazón desengranado. La flama en el espejo, 1971

PIENSA PARA SÍ MISMA, ILUSTRE
Piensa para sí misma, ilustre llevadora del cetro, y hiere la roca oscura, y de la roca surge ella misma: el agua viva;
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la fuente del fuego de agua viva. Fuente de la unión, la sal celeste de la tierra, el santo matrimonio de la luna y el sol, consuma en el interior brotante y claro. Y de su concordia nutre y cría el amor. Don de Dios. Silencio y libre música del júbilo y el amor, desde sus ojos, pone la flor de la gracia en cuanto mira. Buscándola, gira en torno suyo lo inconcluso y opaco; en ella busca el agua su sed; su lumbre, la oscuridad; su pan, la espiga. Y en su corazón halla raíces la gran primavera que se inicia ²pacificadora², y en su nombre rejuvenece la palmera y da fruto, y danza renovada. Quintaesencia del oro, ardiente semilla del poder del vuelo. Para juntar, divide; ablanda para libertar, y purifica. Ciencia recóndita del fuego, concierta la fuerza azul del águila y del tigre lo sediento y rojo, y enciende y concilia las columnas que rigen la puerta, y abre el libro, y el velo levanta, y quita el sello. Y con la humildad, a cuanto mira ²glorioso el que la vio primero² en el agua del fuego alumbra y por el bautismo resucita. La flama en el espejo, 1971

EN EL NÚCLEO DE LA ROSA MÚLTIPLE
En el núcleo de la rosa múltiple
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nació el sol, y se leyó su nombre. Incendio que progresa en círculos de salvación, vuelve profunda la mirada nueva que la mira para poderla amar; amándola, a la sola plenitud abrirse del santo reino de la gracia. ¿Soy alguien yo?, te preguntabas dentro de lo oscuro, en el silencio anterior a la palabra oculta; te interrogabas, alma mía. Y alzó los brazos blancos, y arde entre sus manos la gloriosa lámpara, la estrella de seis vértices de equilátera flama. Y baja por el camino de sus brazos la concordia de la luz lloviendo. Concha que recoge los misterios del agua bautismal, sapiente don de la paz y la abundancia; templo viviente en que se unen el venero oculto y la infalible salida al mar feliz y cierto. Y su pensamiento se concierta con la causa sin causa. Y ríe, y su risa lava la mañana de su corazón. Mira hacia arriba desde la mañana, o van sus ojos descendiendo por nocturna falda, y con luz no prestada guían lo que va subiendo de la noche. No estabas muerta, mas dormías; escondida estabas; como en sueños te estirabas, alma, preguntando. Y en todas sus partes la belleza desviste la luz manifestada, y fuerza a los ojos da, y sostienen
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su sonrisa los ojos; pueden ver el pleno fulgor; sustancia de la vida esperada; signo de lo que ²no visible² salva. Y eras parte del orden suyo, de la majestad benigna donde, mi alma, por fin te reconoces. La flama en el espejo, 1971

HAY UN ASOMBRO DE SILENCIO
Hay un asombro de silencio cuando su espíritu derrama sobre las cosas, y hace leve la gravísima piedra, y toca y anima lo oscuro, y transubstancia como en la mesa de la cena. Y tú le preguntas, alma mía, y ansiosa buscas, y en sus ojos amor es la única respuesta. Ciudad del sol, lumbre sin humo de la verdad sobre su pecho; núcleo vibrante que concierta la luz y la música en el gozo. Y camina inmóvil, y su cuello es la columna en cuyo torno ²collares tan sólo de su cuello² se ordenan las celestes lumbres y rítmicamente resplandecen. Adorno a su cabeza, el oro radiante del alba sin orillas. Misterio y clave del misterio, se difunde en ráfagas tan claras que deslumbra y ciega y te despierta. Y tú, mi alma, le preguntas. Perla blanca, oriente que derrama,
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de su centro mismo, el nacimiento del iris de la alianza eterna; principio del fuego, rosa abierta en las tinieblas del santuario. Y es amor la respuesta sola, y no hay amor ²alma, lo sabes² como el amor que se le debe. Protegida por el escudo transparente del bien, preserva y anima la paz de los caminos; lumbre sin humo que en su centro ²sin consumirse² se alimenta. Y buscas, mí alma, y una flama de su caridad en ti se apoya, y te guarda indemne y te contagia. La flama en el espejo, 1971

HE DETENIDO LA RESPIRACIÓN...
He detenido la respiración para sentir si tú respiras. A la vez has quedado tan presente y lejana. Eterna casi. Fuera del tiempo, sola, sin moverte. Y me llenó el terror incontenible de que te hubieras ido; de que te hubieras muerto en sueños, y me hubieras dejado entre los brazos sólo una imagen clara, un simulacro tibio, una perfecta máscara tuya con los ojos cerrados. Pero aquí está de nuevo como una flor brotando, como el alma de una rama florida, dulce, otra vez tu aliento dulce. Y en medio de un placer que de tan tierno me acongoja, de un sobresalto que me empequeñece,
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de una paz en tumulto que me ahoga, vuelvo a ser, y te miro. Vives. Estás dormida. Un temor sin objeto, una sorpresa temerosa te toma de repente, te sacude desde los pies hasta la nuca. ¿Oyes, acaso, en sueños, que te busca una voz desamparada; sientes, durmiendo, que no es justo que tú descanses, mientras alguien trabaja, mientras alguien se consume de enfermedad, mientras alguno, que tú pudiste amar, está muriendo? Afuera todo sigue pareciendo desesperadamente sin sentido; lo comprende, convulso, tu corazón amenazado. Y quisieras correr compadecida, temblorosa, quemándote de caridad y de esperanza y de fe, y recibir el sufrimiento de todos en tus brazos débiles, y con tu manto lleno de agujeros cobijarnos a todos. Y tu mano se mueve, y un sonido agitado, una palabra a medias, el principio de un gemido cruza tus dientes. ¿Has llamado? Nuevamente el silencio ²nube exacta cubriéndote, no traspasable atmósfera invisible² te ciñe y te separa. ¿Caminas qué caminos, qué atardecida fuente bebes, qué interiores, pacíficos espejos abre tu propia luz, en que te miras;
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en qué oro relumbras engarzada? Sobre tu sueño flotas como en lago de aceite; nada existe fuera de la quietud que te conduce. Y como un puente milagroso, tan tenue como el júbilo más tenue, tan pensativo como un niño, un movimiento acompasado pliega las comisuras de tu boca. Todo está bien ahora. Firme como de piedra sobre piedra, el mundo. Responsable en tu paz, te sientes ligada y libre, solidaria. Comprendes la desdicha, amas la dicha humilde de las gentes. Estás de juegos inocentes, de amable amor, de alegres voces humanas, de ternura simple invadida y cercada. Y no sabes si el aire es una playa, si eres feliz porque cumpliste los quehaceres del alma diarios: porque recién lavada brilla ²cada parte en su sitio² tu facultad de regalar el gozo: o porque eres hermosa; o si la primavera... Algo, que alumbra todo, se refleja, grave de consecuencias dulces, en tu semisonrisa. Todo está en orden; cada cosa arreglada a su fin. Tan necesario es tu mínimo gesto, como el acto de entreabrir una puerta. Porque yo estuve solo quiero pensar que tú estuviste sola. Que no te fuiste, que dormías.
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Que me dejaste sin dejarme, y me necesitabas para poder estar contenta. De cualquier modo, he recobrado mi lugar en el mundo: regresaste, te volviste accesible. Me devuelves el tiempo, el dolor, los caminos, la alegría, la voz, el cuerpo, el alma, y la vida y la muerte, y lo que vive más allá de la muerte. Me lo devuelves todo encarcelado en la apariencia de una mujer, tú misma, a la que amo. Volviste poco a poco, despertaste, y no te sorprendiste de encontrarme contigo. Y casi pude ver el último peldaño del secreto que subías al dormir, pues abriste ²muy despacio, muy plácidos² tus ojos adentro de mis ojos que velaban. (18) De: El manto y la corona

HERVOR DE CALLES...
Hervor de calles; desembocadura de pábulos ardiendo, en la caldera sediciosa del mísero. Como hierba de gritos, como en humo lumbrarada de pelos espantados; como chubasco tupidísimo y turbio, en ascensión. Así llegaba. Y alégrate si nadie, en esta plaza, si nadie, de tan juntos y de tantos, puede caer; si nadie puede
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ser abatido; si no puede ninguno dejar su sitio sin morirse. Cada uno en el centro, en medio cada uno, circundados. Nace la gloria para ti, mi hermano; mi muy reverenciado, mi sin dicha, mi desgraciado pobre, mi vecino; mi, como yo, despierto. Mira: el sin tregua, el desterrado con injusticia, y el que canta, mi hermano de tu hermano, y el hambriento y la sed que aumentó de puerta en puerta; y vienen con nosotros el inválido, y el muerto a solas, y el sin nada. La gente de este lado, que ha salido de quemados olivos todo el año; de carnívoras cruces que alimenta el gran poder de la traición; de niños abortados surgiendo; de mujeres para siempre olvidadas. Desde el cogollo del dolor, humea a la libertad ensangrentada. Mira que fauces de león se descoyuntan; que ya la fiesta del alumbramiento aúlla y rinde frutos, y el profeta en su tierra, de innumerables bocas coronado, resuena, y las banderas gimen, y las hondas volando y empedradas. Y el milagro del horno y de la harina se acerca, y los ejércitos inmóviles con la resurrección, y las trompetas de los finales pájaros terrestres. 6) De: Fuego de pobres

NO ES UNA DESGRACIA ABRIR LOS OJOS...
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No es una desgracia abrir los ojos ni tener despiertos los deseos y estar triste y solo y pensando. Y no ser de aquellos que consiguieron su placer a ciegas para cegarse; su televisión después del cine, sus bailes, su ruido, sus limonadas; pero que a la medianoche se sientan, pesados de sueño, densos, bestiales, y gritan y luchan sobresaltados para desterrar su pesadilla. Bienaventurados los que padecen la nostalgia, el miedo de estar a solas, la necesidad del amor; los hombres, las mujeres tiernas de ojos amargos; los que en su comida han recibido lo gordo del caldo del sufrimiento. Porque de ellos es la desesperanza, el insomnio, el llanto seco, las rejas de todas las cárceles, el hambre, y la fuerza lírica y el impulso para desquiciar la desventura. (41) De: Los demonios y los días

AUNQUE BIEN SÉ QUE NO ME EXTRAÑAS
Aunque bien sé que no me extrañas, aunque tengo la razón, me acuerdo: el cáncer terminó; te ausentas por todo lo mal que supe amarte. Ya fui desventurado cuando estuviste aquí, y en el momento donde te vas, me desventuro. La sola ventaja de estar ciego es acaso no poder mirarte.

Ya morir sin arrepentimiento es mi esperanza, y te lo digo
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porque al fin te conozco; que si he pedido muchas cosas, pude pagar con sobreprecio las pocas que me fueron dadas. Mientras más mal te portas, mucho más te voy queriendo, y porque espero menos, me injurio y te acrecientas. Así tuvo que ser: de tanto que te procuré, me aborreciste; tan sólo pesares te he dejado. Raspaduras de celos, dudas que no opacaron la certeza de cuanto en ti me desolaba. Tú, como si nada, te diviertes; pero entristécete: si todos sabrán que estoy quemado, ninguno sabrá que por tus llamas. Vete como de veras; pierde el número atroz de este teléfono, la dirección que no aprendiste, aquel corazón tan despistado. Igual sigue siendo todo; nadie hay como tú, por mi fortuna; pero a nadie como tú he llegado. En el agua escrito y en el viento quedó el amor perpetuo. Sombras. Y me quemo, y de mejor violencia ²ay, mamá² te alumbro al apagarme. Ya te conozco, ya obligado soy a bien quererte y despreciarme. Pero no, porque me da vergüenza; pero sí, porque me estoy muriendo sin voluntad ni penitencia. Y por todo: porque no quisiste permanecer, porque me olvidas, porque me voy tristeando, gracias te doy. Y por andar de noche.
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A TU PUERTA LLAMÉ. NO ESTABAS...
A tu puerta llamé. No estabas. Aspas de viaje te arrancaron. ¿Quién volverá cuando regreses? Viento sin recuerdos, en la noche se envuelve de inútiles presagios. Dicen que la vida prosigue. Entre nieves remotas, luces que desconozco, abro los brazos -lazarillos a ciegas-; busco. Desde aquí, junto a la oreja sorda amo en secreto, y enmudezco. Dicen que la vida no perdona. A tu puerta llego, y sin mirarte, maravillado te contemplo. ¿Regresaste, vives, te escondiste? Frente a tu casa silenciosa -pienso que estás-, no llamo. Espero. Y pasa la vida, y se detiene.

ÁBRESE EL FUEGO, Y SALTA LA BURBUJA...
Ábrese el fuego, y salta la burbuja metálica de un pez; barre los ojos una flor instantánea; doble salto mortal, ensaya el corazón. Amigos, algo mejor gocemos que un lamento. Ya, para no caerme, estoy colgado de tu clavo, alegría; de tu absorto badajo, de tu azúcar infalible de mujer conseguida. Has caminado de gusto, te has sentado de gusto, has llorado de gusto hasta reírte. Eras tuya, y bailabas, y las piernas no te dolían tanto. Y es domingo. Escaleras del aire, pan del día, turquesa el vuelo entre nosotros.
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Y de pronto es domingo, y hay gente, y es de fiesta y fraterna la gente, y es ahora, y hay el viaje y la carta recibida y el intercambio de la contraseña, y la risa espiral regocijada. Risa del pobre, cúpula sin suelo por sí misma orquestándose; música sin orquesta que la amarre, deslimitándome, soldándome, compacta, el dentro y el afuera. Desde la almendra glandular me encumbras, desde las cuatro alcobas cordiales, me trabajas, alegría; plural jarabe, rosa visitante, llave de toda cerradura. Amigos, ha pasado la nocturna concepción de los cantos, y la víspera de cristal doloroso, y la semilla, y está el deleite con nosotros como vino de suyo madurado. Y está en las manos el solemne fulgor; el número premiado en esta lotería de campanas.

ALBUR DE AMOR
En el vértigo del pozo angélico gira y echa flor en los desiertos de la sal, y les procura puertas y pájaros cálidos y frutos. Nueva, la carne se acrisola bajo la estéril costra; humea la ciudad corrompida: antorchas y granizo de azufre. Y sigue la derrota de mis fantasmas en su remolino de cegueras. Y en lo que no puede comprenderse ejerzo ahora las palabras. Yo, el desterrado; yo, la víctima
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del pacto, vuelvo, el despedido, a los brazos donde te contengo. De rodilla a rodilla, tuyas, la palma del tenaz espacio se endominga y tensa su llamado: su noble cielo de campanas, su consumación en la sapiencia, su bandera común de espigas. Y el tacto mira, y en sus ojos se inscriben hechos memorables a salvo de ayer y de mañana. Envejece inútil el castigo a lo lejos, mientras tú, de estrenos, suavizas tus misterios vírgenes, la migración de tus arroyos placenteros, tus racimos trémulos. Yo errante y vivo, te conozco. Tú, la estatua blanca, establecida en el centro que no se muda; la sal asombrosa del incendio, el horno sagrado de estar viva. La ciudad pequeña, tú, mi puerto de tierra adentro; sembradora de claros jardines, habitada. Depuesta por las llamas últimas sobre las playas de ceniza, tú, milagro de la estrella fósil, o pasmo de moldes interiores en el caracol de tibia púrpura, o perfecto mascarón de proa en el tajamar erosionado. Y con qué exigencias me reclamas; me enriqueces con qué trabajos; a qué llamados me condenas. Cuando un girar de golondrinas arteriales, se transparenta por entre estériles desiertos; rige
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lo incomprensible en las palabras; cobra el fruto ansiado de las puertas con los cerrojos descorridos.

ALGUNA VEZ TE ALCANZARÁ EL SONIDO...
Alguna vez te alcanzará el sonido de mi apagado nombre, y nuevamente algo en tu ser me sentirá presente: más no tu corazón; sólo tu oído. Una pausa en la música sin ruido de tu luz ignorada, inútilmente ha de querer salvar mi afán doliente de la amorosa cárcel de tu olvido. Ningún recuerdo quedará en tu vida de lo que fuera breve semejanza de tu sueño y mi nombre y la belleza. Porque en tu amor no alentará la herida sino la cicatriz, y tu esperanza no querrá saber más de mi tristeza.

AMAPOLA TRASTORNO...
Amapola trastorno, exaltación morada, disparate. Salga lo que saliere. Y qué estruendo de alas, y qué dulce lastre sentimental sobre la lengua, y amistad en las manos, ofrecida sin ponderar, qué arrebatada. Comulgar en la música aspereza, junto al estribo ya, de amanecida, con mujer desolada, y el rasgueo, y la última vez, y el aguardiente, y sollozar a frutas. Salto, furor de gozo, de pataleo de quien pide encontrarse, con la prisa amantísima del ánima que al fin tocó el fraterno -ay, engañoso; ay, ay, inconvincente35

universal llamado. Yo ya me voy. Deslúmbrame el metal decadente de la barca que habrá de conducirme. Y el camino. Porque me voy mañana. Yo me parto. Vengo a decirte adiós para olvidarte. Lucen de adentro las canciones que me vienen de afuera. Si me dieran, al menos, no morir tan lejos. -Mexicano el acento desgarrado de plumas claras y de flores y me enriquece de arrobadas turquesas-. Yo sé, yo ya me voy; yo reconozco, como si me doliera, la indudable armazón altanera del halo corporal que me circunda. Propenso al celo ardiente, y al hipérbaton sanguíneo y los mercados, y al encabalgamiento de los ojos viriles en los pares argumentos de la media naranja; multiplícanse ternura por fervor, y el resultado quema entre sangre y piel y piel desnuda. Tartamudo, efusivo intraducible entusiasmo del habla. La recámara suntuaria y sin pesar de la memoria. Abierta y enjoyada. También. Contento. Compañera. Aunque comience y me sujete por los tobillos este centro fijo de rueda de molino. Me columpio, vuelvo a subir, volteo; aspa de graves órbitas iguales recorridas de frente, con ronquidos de ventarrón en las orejas. Hélice a al mitad, desmorecida,
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nauseosa, mecánica, bajando al fondo del quedar durmiendo.

AMIGA A LA QUE AMO: NO ENVEJEZCAS...
Amiga a la que amo: no envejezcas. Que se detenga el tiempo sin tocarte; que no te quite el manto de la perfecta juventud. Inmóvil junto a tu cuerpo de muchacha dulce quede, al hallarte, el tiempo. Si tu hermosura ha sido la llave del amor, si tu hermosura con el amor me ha dado la certidumbre de la dicha, la compañía sin dolor, el vuelo, guárdate hermosa, joven siempre. No quiero ni pensar lo que tendría de soledad mi corazón necesitado, si la vejez dañina, prejuiciosa cargara en ti la mano, y mordiera tu piel, desvencijara tus dientes, y la música que mueves, al moverte, deshiciera. Guárdame siempre en la delicia de tus dientes parejos, de tus ojos, de tus olores buenos, de tus brazos que me enseñas cuando a solas conmigo te has quedado desnuda toda, en sombras, sin más luz que la tuya, porque tu cuerpo alumbra cuando amas, más tierna tú que las pequeñas flores con que te adorno a veces. Guárdame en la alegría de mirarte ir y venir en ritmo, caminando y, al caminar, meciéndote como si regresaras de la llave del agua llevando un cántaro en el hombro. Y cuando me haga viejo, y engorde y quede calvo, no te apiades
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de mis ojos hinchados, de mis dientes postizos, de las canas que me salgan por la nariz. Aléjame, no te apiades, destiérrame, te pido; hermosa entonces, joven como ahora, no me ames: recuérdame tal como fui al cantarte, cuando era yo tu voz y tu escudo, y estabas sola, y te sirvió mi mano.

ÁREA SONANTE
Área sonante, ovario de la noche carnal; abrevadero insistente y monótono en la arena del oído terrestre. Y tocar, hacia dentro, el oleaje como aquel remotísimo, asilado en lo vacío de las conchas. Urna, seda contigua que despliega en hileras cayendo, una por una, golpes de espuma deslazada. Concha de labios húmedos, saliva en los labios inmensos. Y yo mismo, ¿qué escalofrío soy, qué gobernado, -como presa de un águila- deleite? Y tú desnuda, la que viene, la desnuda en los bordes de su boca. Por lo demás, hay cosas que se comprenden fácilmente: los relámpagos duros del galope, los lechos consagrados, la ablandada mano de las entrañas a rebato, y un sabor permanente de estar vivos. Ahora y en lo próximo, corales tras la puerta sombría; lengua súbita abre y señala claustros al incesto de la boca y la oreja, complicadas en el secreto. Paso de cantiles,
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garganta de campana en que te escucho, latiendo, hacerte y deshacerte. Y es el vino violeta de tu sangre, y es tu extensión de leche, y tu sin término río desenredándose que vuelve en mí sobre sí mismo, desatando, regresado de sonoras honduras, de inconsumibles fondos admitido. Hora ritual de los cuerpos atentos; ceremonial donde salvado, como el hueso en la fruta, me reúno; como el que no ha nacido, como en agua materna, respirando sonido respirado, en el deleite de oírte sumergido. Está sonando tu corazón. Ahora está sonando. Ahora y en lo oscuro. Y llovedizas plumas innumerables se desgarran, y sal y tinta, construidas de muy adentro, en olas enrojecen. Y la unión era lícita, sellada con las arras solemnes del naufragio.

CABELLO AL AIRE
Cabello al aire, del que surge un ala de flor; sierpe rampante, cabeza de culebra ante el espejo; maternales ramas de la vida que despierta, entre ruinas, el momento de la restauración: coro de espinas y crisol para el oro de la danza. Entre espinas aéreas, flor capilar; embrión de las raíces volátiles del árbol incendiado. Conjuro de la medianoche: Arde, hueso de pájaro, médula de aceite consagrado; dinastía:
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ven a coser la piel sobre profundo viento en las sombras; amanece, mortal bautismo de la carne. De aquí, la danza; torso, brazos, piernas, vientre pariendo, lanzadera en el telar en flor de la batalla; de este cabello en vueltas, el pecado redentor aparezca, el paraíso recobrado del fuego. Flor capilar, ala de flor en vuelo, alimento del águila que acecha en la punta del pie. Cerco de espinas. Libre ya, por cercada; por conducida, llevadora; por desnuda, enjoyada; por ya muerta, resucitable para siempre. Collar del movimiento, sangre nacida, sierpe de plumajes, órbitas, calavera de azúcar del ombligo. Y las contrarias lumbres de las manos, y el grito alegre, y las divinas tunas afluentes de la primavera. Ay ay, y los relámpagos; ay ay, y los fantasmas de la hoguera; ay ay, y las sonajas como pechos sobre los pasos a compás. Aquí la danza, la ceñida por el coro de espinas; aquí, el círculo doloroso del alma, restaurado sobre la fosa del sepulturero.

CENTÍMETRO A CENTÍMETRO
-Piel, cabello, ternura, olor, palabrasmi amor te va tocando. Voy descubriendo a diario, convenciéndome de que estás junto a mí, de que es posible y cierto; que no eres, ya, la felicidad imaginada, sino la dicha permanente,
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hallada, concretísima; el abierto aire total en que me pierdo y gano. Y después, qué delicia la de ponerme lejos nuevamente. Mirarte como antes y llamarte de "usted", para que sientas que no es verdad que te haya conseguido; que sigues siendo tú, la inalcanzada; que hay muchas cosas tuyas que no puedo tener. Qué delicia delgada, incomprensible, la de verte lejos, y soportar los golpes de alegría que de mi corazón ascienden al acercarse a ti por vez primera; siempre por primera, a cada instante. Y al mismo tiempo, así, juego a perderte y a descubrirte, y sé que te descubro siempre mejor de como te he perdido. Es como si dijeras: "Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras yo empezara a buscarte, y torpemente te preguntara: ¿estás allí?", y salieras riendo del escondite, tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta en una luz distinta, en un aroma nuevo, con un vestido diferente.

COMO RUMOR DE MUCHEDUMBRE...
Como rumor de muchedumbre, o ruido de torrentes huyendo, se construye, sobre el silencio del durmiente, el silencio de afuera: el que levantan los dispuestos en cerco, los que miran despertando sus armas en tu contra. Herencia mía, mi plegaria, hembra fundada en extensiones hostiles, respirando entre insidiosos oleajes de ahogo, desarmada. Ciudad encomendada a mi vigilia, a salvo junto a mí, con su riqueza
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de cuerpos maternales, y de enfermos tiernamente guardados, y de suntuosas luces coronadas y de manos de huérfanos en sueños. Voy y vengo delante de ti, sobre mis pasos, en tu orilla, cómplice de tu cuerpo silencioso; soy, en tus bordes, atalaya que te cubre de lejos; voz velando, llamando, transmitiendo su noticia nocturna de centinela sobre el muro. No para ti los perros de la furia ni los enrojecidos humeantes jinetes al asalto; no la puerta rajada, ni el relámpago de la espada en la alcoba, ni el temblor de las sábanas terribles bajo la violación, ni los gemidos. Aquí velo, aquí estoy, aquí me aguanto mi corazón. Clavado a la mirada mía, y a mis pasos, y al grito de mi boca, y a mi oreja.

ERA TAMBIÉN DE FUEGO...
Era también de fuego: sobre el tizón, hirientes, casi diáfanas violetas duras a los ojos, coronadas de oro. De esto era, de esto se construía bajo el humo. También como de alas en asalto; pluviales hojas enjambradas, arboladuras de reloj a vela. Y en vela yo, sumiso y vigilante a la corriente en que me estoy hundiendo. Buscando quién me soy cuando soy este sabor labiodental, que sobrenada entre las redes del aroma; estos golpes de tacto en soñolientas
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aguas desembocando; quién me nace -póstumo ya- si la serpiente de música enjoyada quiebra el cascarón, y adelgazándose -sensual, bicéfala y exactacruza la puerta doble del oído. En venta está mi cuarto, y de la mano saco a la calle mis rincones. Me dieron el indulto cuando estaba ya contra la pared, y ojivendado. Allí donde vivimos, en el lugar en que nos conocemos; donde la noche oscura, que amanece de las cinco prensiles advocaciones ávidas del alma. Y era como el silencio que tú sabes; como de casa grande, como ramas de anochecido pueblo solo. Yo soy hombre, y me callo tantas cosas que tendremos que hablar cuanto tú quieras; la orquestada pasión y las raíces de aquellos ojos míos que me miren desde el sembrado sitio de tus ojos. Me sobrevivo en vela, mereciendo que al corazón me apunten al matarme.

ESTA NOCHE DE TRENES...
Esta noche de trenes, de poblaciones emigrando, de corporales sueños, de violadas respiraciones en la arena movediza del viaje, lo recuerdo. (Fue, tal vez, necesario el incipiente amor; callar a solas con extraños, y las cosas más tiernas, mientras la boca se endurece y una crecida barba, de cadáver reciente, me prolonga.)

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Y sin embargo, cuántas veces te habrán reconocido; por los ojos, o por la ausencia que dejaste; por el cabello sobre el hombro, al irte, y el andar que descubre lo que eras. Pues sé que nos pusieron, al nacer, otro nombre, y un camino que recorrer, y un tren para el camino. Un tren sonámbulo que huye, en dirección opuesta, irreversible, de los que cruzan ya perdidos; por un saludo heridos ya de muerte, marcados para siempre, señalados; buscadores de un signo en la mazorca muchedumbre de rostros. Y todo esto sin falta, aconteciendo; todo pasando, todo viniendo y alcanzando y yéndose. Amiga, no me olvides; no me olvides, amigo; no te pierdas, espérame. Como a la máscara del baile, vengo de lejos a ocupar mi cara; por detrás y en silencio, a mis balcones lacrimales, al sabor de mi boca, al olor de las cosas que esperabas. Estoy sin tierra firme; estoy saliendo, a donde quiero, de estas últimas lentas horas de viaje que termina; sombra larguísima, pantano de silbatos, de ruedas que repiten su palabra distinta a cada uno; estaciones mendigas, como fechas alumbradas apenas, donde duele lo que se aprende dormitando. No me olvides, espérame. Yo, el de las cartas sin destino; el de palabras no creídas, el que siembra en lo oscuro, te lo pido.

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ESTÁN CANTANDO ADENTRO...
Están cantando adentro; hay cantares ahora en esta casa. Entonces, fue verdad. Tengo la llave, pero toco en la puerta como cuando era el nadie que llegaba: el sin cara y en busca, el recién despertado, el todavía dormido a medias, estirándose en rodillas torpes levantado. La enmascarada esconde sus cabellos con diadema florida, su boca instrumental oculta con labios lentos; enjaulados vuelan los pájaros de la mirada. Es hora, pues, de fiesta; de aceptar que son breves las raíces bajo la tierra del encuentro, y, como en cartas familiares, las felices noticias, los retratos últimos, la promesa del no tangible abrazo al despedirse. Todo venía de camino, y viene y desata la almendra en que se anudan el rumbo del aroma y el del trigo y el vino y el carbón enllamarado. Y hay cantares aquí, y he merecido tomar mi parte en el cantar. Amigos, ¿qué podemos perder con alegrarnos? Lengua de agujas, y costumbre de espinas soportamos, y cilicios. Si estamos de pasada, si nada más nos saludamos, si habré de irme aunque no quiero. Mi lámpara casual para escogerme yo mismo, se me dio; con la esperanza fugaz, y el calentado aceite
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del cerco de esta noche en donde invento mi jerarquía diurna de palabras. Me aconsejo, me advierto, me amenazo; soy pues, aquí, yo mismo. Y otro será el que salga, y no me importa, por el zaguán de madrugada, y cogerá los cantos que sembramos.

HA LLEGADO EL OLOR...
Ha llegado el olor, el filo de su dental caricia; la preciosa amarga flor nocturna: madre nuestra, collar que junta nuestros cuellos. Y voy corno embriagado, como en dicha; como herido me llevan; como sueño póstumo al despertar, como si hubiera bebido hasta embriagarme, estoy viviendo. Como en vino saciado. ¿Dónde el agobio, dónde la pobreza? Era, de pronto, levantarse descalzo y con temor, y a media noche, y a recorrer la casa despoblada -yo mismo el enemigo-, con la inútil esperanza de que fuera sólo un paso de ladrón el escuchado. Mujer salobre y única, desnuda irresistiblemente, que camina, simplísima y desnuda debajo de sus ropas, madurando la cosecha de aceites y de humo. Único día de la vida. Como en halo de lámpara, como en regazo tuyo, como en tibio paladar, sujetado, me someto; librado a la fortuna, reconquisto mis brazos y mis deudas, y levanto mi victoria terrestre.

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Yo te regalo ahora lo que me liga a ti; yo me pregunto, en medio, qué seguimos; qué pretende tu corazón. Acaso yo te miro en verdad; acaso donde el siempre y el nunca vuelven comprensibles la granada y el orden de las uvas y el gregario esplendor de la mazorca, y la miel colectiva. No sin trabajo y guerra me divido por dentro, y tú me asilas y reúnes debajo de tu brazo. Y no es en vano.

HAZ QUE YO PUEDA SER, AMOR, LA ESCALA...
Haz que yo pueda ser, amor, la escala en que sus pies se apoyan, el torrente de luz para su sed, o, suavemente, el cauce en que su vida se resbala. Sólo soy un espejo para el ala de un ángel dividido, que así siente que le soy necesario, y dulcemente a mi dolor su claridad iguala. Y eso es todo, amor: sólo un reflejo. No escala, luz ni cauce, en que pudiera subir, brillar, o transcurrir ligera. Únicamente el sueño de un espejo mudo a veces, y opaco, en donde anida la imagen solitaria de su vida.

HOJA AL AIRE, INDEFENSA, DETENIDA...
Hoja al aire, indefensa, detenida apenas, única en el árbol enrojecido y respirante; ojo sobresaltado, abierto, lúcido: en el temor mi corazón. Asfixia, duermevela con fantasma inminente.
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Deshabitado el traje suspendido, suena con un temblor de piel que busca su bestia desollada, su materia de bestia próxima pudriéndose. Oh, muerta, muerta, muerta. Ineficaz del todo fue la sábana subida hasta la nuca; fija por nuca y manos, escudando de la noche agresora y sus viscosos jirones; y sucumben la garganta, y los flancos y el vientre sin armazón de hueso que los guarde. Y qué de lo que pasa clandestino, mimético sombrío; lo invisible y con ruido, comprensible por el tacto pasivo; la caída al hielo tenue que dimana del espinazo, y a la lengua que tiembla y enmudece, y al paladar de bóveda eclesiástica. Ahora bien. ¿Soy este que se calla? ¿Soy el que gime lejos? ¿El que viene soy, el que va saliendo, el que se queda? ¿Para qué servirá, de qué me vale querer, sabiendo lo que sigue? Si la sonda desciende, naufragada sin esperanza y sin regreso, al fondo inalcanzable que le huye. Yo conozco las caras que se parten en dos y en otras dos y en otras; elementales casi formas disfrazadas de ausentes enemigos. Y en torno crujen las marchitas maderas lamentables, como un otoño cruje, como crujen barcos difuntos, abrasados troncos, alas crispadas y caducas de domingos de ramos polvorientos.

HOY, PORQUE NO QUIERO ENTRISTECERTE...
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Hoy, porque no quiero entristecerte, no has de llevarme a donde quieras; en marchita cuna está meciendo a tu ajeno corazón el alma. Bajo el tiempo enraízan los pesares viejos, cansados ya de serlo; ni con el tiempo, aunque te olvide, se desaparecen; no me dejas. Tú sin conciencia; tú, sin pena, de esta muerte vienes a apartarme. Llevado por la mala, canto, para contentarte, cosas míseras; sólo por venir a verte, vengo. -Ya no sufras, corazón; a nadie le va a importando lo que alumbras; fuera mejor que te apagaras, mejor que se acabara esta querencia.Desvelado, te sueño; insomne me apasiono por soñarte sola. Y se me cargan la premiosa verdad, y la cantina espesa, y los licores del recuerdo. Tú me das en qué pensar. Y mientras yo pienso, puedes tú reírte. Vas a vivir sin mí. Ya alguno te dice -y mejor- lo que te dije. Tú, como nueva; tú, sin pena. Y no negaré que te he querido. En tu lección de despedidas, aprendo cuanto soy. Decrépito, cabizbajo y sin llorar, me miro en los agujeros del zapato. De agujeros en mi espejo ahora. Desencordado y sin guitarra, hago segunda a tus adioses con mi desgracia. Estás conmigo. Hablo nada más por darte el gusto de ver cumplidas mis habladas. Al otro lado de este puente roto, de esta puerta clausurada.
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Y me hago el dormido, porque quiero pensar que no vuelvo a despertarme. Un orgullo tan sólo tengo: no me encontrarán cuando me busquen de espaldas, porque estoy de frente.

IGUAL QUE EL LICOR ENTRE LAS ALAS...
Igual que el licor entre las alas del cántaro, pesa entre tus hombros mi corazón; tras tus costillas. Gozo del río que no pasa, del ramaje en paz, encandecido hoja por hoja, y reparado. El presente, ingrávido de años idos y por venir, clarea en traje de augurios conquistables. Licor entre alas navegante, barco dichoso, joya eterna en llameante engarce de olas.

MARIANA
Por encima de todo, simple y fuerte, tu vocación para la desventura. La esperanza y la celda de amargura y tu sueño incapaz de contenerte. Ciega sin lumbre miras, de tal suerte que coronas de espinas tu cintura, y tu amorosa enfermedad madura por encima del sueño y de la muerte. Desventurada y sola; abandonada como las conchas de una playa triste. Ruinas en soledad, despojo, sombras. Por encima de todo, tu mirada te devuelve una imagen que no existe. Y llamas con dolor, y a nadie nombras.
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NINGÚN OTRO CUERPO COMO EL TUYO...
Ningún otro cuerpo como el tuyo vino a salir sobre la tierra, porque él es tú. Domingo diario, simposio y lecho y mesa puesta para los sentidos no platónicos. Sin verte ni oírte, voy formándole el molde de un instante tuyo; el estuche justo, tu morada. Espacio puro, impenetrable, donde guardarlo aprisionado. Siguiendo los innumerables peldaños infinitesimales de tu olor, bajando y ascendiendo, las superficies reconozco, maravilladas, de tu cuerpo. Hueles a escollo soleado, a huertas en la sombra, a tienda de perfumes; a desierto hueles, tierra grávida, a llovizna; a carne de nardo macerada, a impulsos de ansias animales. Y cada aroma halla respuesta en un sabor que lo sostiene, y el regusto de la sal, el agrio del fruto en agraz; dulcísimo, el del fruto maduro y pleno, el amargor donde floreces, mezclándose, ardiendo, disolviéndose, hacen de ti un sabor; el único sabor, el que te vuelve en suya. Y con él completo la armadura del perfecto espacio: tu recinto inequívoco, el sitio de ti misma.

NO ES EN MI AÑO. ALGUIEN TE TIENE...
No es en mi año. Alguien te tiene, no es en mi daño. Y sin embargo
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me daña en la duda lo que fuiste; y así me acostumbro, y lo soporto, y hasta parece que me place. Ya sin despensas de futuro, mutilado soy por mis desechos. Y alegre de no vivir un día más, me complazco porque ahora estoy vivo. Me rasco, duermo. De nada te vale, que, emboscado, me chupe la hiel, y en copa de oro, el veneno aquel que me serviste: se me va olvidando ya el propósito de recordarte, y ya me extraña el haber sido quien te quiso. Pero no sé qué me habrás dado que me ardo de filos y herrumbres; que anda curtido y enchilado por aquí mi corazón, y llora. Tan exigente en mí, tan áspera sigues de tiránicos abrojos. Aunque me emborracho por perderte o me atiborro de estar hueco de ti, para encontrar quién eras. Uñas para rascarme alargo insuficientes; y estos huesos, ya sin su vestido, se me salen y te los mando, y en tu almohada los dientes pela, ojos redondos, otra calavera que es la mía. Y habrán germinado qué semillas; cuánta mala hierba habrá crecido que, hendido sus sílabas vetustas, hace que salten mis palabras: losas de pavimento rotas en la ciudad que fue del canto.

PULIDA LA PIEL BAJO TUS ROSAS...
Pulida la piel bajo tus rosas de escamas, fomenta la corriente
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lustral donde mis viejos años vencidos beben sin saciarse. La ambición de mi lengua, forma el dócil espejo de tu lengua. Y aquí comienza el canto nuevo. Vestido aquí de harapos, canto. Y nuevamente tú, me esfuerzo; te cubro de gloria, te engalano con mis tesoros de mendigo. Si estuvieras otra vez, si fueras de nuevo; si ardiendo de memoria llegara a sacarte de tu casa de niebla; si otra vez salieras como carne de almendra dura de entre las arrugas de la cáscara. Los caracoles en tus piernas, deleite del ver, y del oído, los cascabeles en tus piernas. Y ábrense y me miran y se vuelven a mí los misericordiosos ojos de tus pies, y de tus codos los ojos me miran, y se abren en mí los ojos de tus hombros. Y a ti me llama el remolino de hueso de tu ombligo, y ríen en tu ombligo los azules dientes con que amor espiaba y me mordía. Hoy se desciñen los amarres vivos de la cintura; hoy caen los móviles nudos de la falda; hoy las dos columnas se desnudan y el nopal del centro ondulatorio. Haraposo, canto y te enriquezco; te contemplo fuera de tu casa. En ti mi sombra a tientas busco; sigo mi sombra en el reflujo de los corazones de tu pecho; de las manos en tu pecho, el préstamo florido recibo y recompongo.
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Tú, mi plumaje, mi serpiente; mi plena de garras de ojos dulces; mi madre del ala que se alumbra en el corazón encenizado. Si estuvieras aquí de nuevo a la mitad fugaz del canto. Si solamente te alcanzara. Lumbre encontrada de mi sombra, yo tu enviado soy; yo que regreso a los tres rostros de tu doble rostro; a tu rostro solo y único.

QUÉ LLENARÁ MIS OJOS, AL ABRIRLOS...
¿Qué llenará mis ojos, al abrirlos desde el fondo del miedo; de qué trémula boca salió la lengua que me lame? ¿Y habré de ver, si vuelvo la cabeza de prisa, quién respira a mis espaldas? Sólo de ácida sal, sólo preñada acidez, mi bebida. Y lo que viene, aquello que se acerca, lo que camina en torno y embistiendo. Cantando estoy, haciéndome de valor con cantar bajo lo oscuro. La pobreza, y el paso uniformado, y el cartel de protesta. Acaso inofensivo, acaso inútil, no defensivo acaso. Y es un soplo de burbujas quebrándose, un callado grito de bestia bajo el agua, un rescoldo de cuerpo que se ahoga. Y suéltase la sangre convocada, y su antídoto estrépito graniza, crece por dentro de la oreja, contra la mordedura de un silencio que mata en tres segundos. Bienvenido el que llega, si en las manos tiene la sal augusta para el hueco de mis cimientos despojados.
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El caballo homicida, bienvenido sea, con el galope mariguano y la huella cuádruple hendida; y el sueño adverso en orden de batalla, y la saliva atroz que sobrevive al suntuoso desorden del combate. Y algo como el amor de mis hermanos se despliega en mi contra, se abandera, en contra mía prevalece. Y lo que soy mañana, me recibe.

RECOSTADO EN SU PLACER, EL DÍA...
Recostado en su placer, el día de estatuas y rejas enfloradas nos dice, amiga, que morimos; y como si al azar mordieras una manzana, resplandeces de dulces dientes y de labios. Y las lágrimas que están llenando, la carne que muerdes, las rosas del polvo que abres y aguirnaldas, festivamente se entristecen; y se enrosca en torno d tu brazo la serpiente roja de estío. Suena la lluvia de la noche cayendo al azar, como el azúcar de una manzana desangrada. De estatuas y rejas cenizas nace una boca, y nombra el alba. y dulce y de sombras resplandeces.

SI NACE DE TUS MANOS Y ES OSCURA...
Si nace de tus manos y es oscura la angustia de sentirme atardecido; si sueño, si por ti me es concedido hacer eterna y fácil mi amargura; Si es evidente mi dolor y es dura tu voluntad de verme oscurecido como el viento de noche sucedido
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entre su arteria vegetal madura, te puedo dar como si fuera tarde, una sola palabra, y retornar a lo perfecto que en mis manos arde. O dejarte llegar inesperada hasta tu misma voz, adelantar y hacerte nula ante la sombra dada

SÓLO TEMBLOR ARDIENTE, ENCANDILANDO...
Sólo temblor ardiente, encandilando hasta el hueso orbital de la mirada, llamarada de pronto, las paredes fueron que me guardaban; y en el aire sólo espiga de pájaros mi torre. Parado al descubierto estoy, en medio de lo que fue la calle, en arrasado territorio de vida -ya ceniza, ya viento, ya vacío, ya camino sin comenzar, hacia los cuatro lados infinitos del círculo-. Con la sed soñolienta del minero descenso radical, con el anfibio lento acuático vuelo del nadador profundo, alucinado tras el pez de su rostro. Y si pregunto, no sé contestarme en qué estación de trenes, por vez última, no te encontré; qué instante ya caduco era para nosotros; conducida por qué veloz ventana miras; dónde, ya de espaldas a mí, me estás buscando, mientras quedé de espaldas al buscarte. Amiga, si tan sólo fuera dormir y verte, amiga de aquel tiempo. Venir al sitio de lo tuyo, al terror de no hallarte, a mis entrañas; al sospechoso tránsito sonoro como de pasos tuyos en tu alcoba,
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al olor de tu armario, a tus vestidos muertos o tus zapatos bostezando. Y memorias molares desfiguran el insustituible pan celeste, y el golpe me despierta: la implacable cerrazón ominosa del zaguán de salida que me abriste. Ámbito de la cita a que no llegas; la cita a la que acaso vas llegando cuando ya no te espero. Hemos perdido otra ocasión para morirnos juntos.

SON OLOR DE LLUVIA TUS CABELLOS...
Son olor de lluvia tus cabellos. Nocturna memoria del estío. Y el umbral ansioso de la casa se alegra en tus zapatos rojos, tu meso de musgos claros goza. Y los efluvios de tu abrigo mojado, y tu sonrisa, vienen, y el triunfal asedio de tus brazos en mi cuello, y tu mirada en fuga. Sube el vino azul de estar contigo; trasmuta la vivienda oscura, en canon de puertas frente a frente, en flamas de túnel submarino, en fiesta de barcos, en jardines. Socorro de mis años, dices: ´Y yo a ti.´ Canción para cantarte, adorno de tu voz, diadema. Y estás en tu cuerpo, y nuestros pasos juntos, una vez, se reconocen en el corredor de aquella casa que no fue la casa que buscamos.

SUELTA SU VAGO HUMOR DE VIDRIO...
Suelta su vago humor de vidrio contrito, mi alma; desde el fondo,
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un burbujear de fango encrespa; y el águila insomne que empollaba en mí las brasas del valiente, ya dormitando, cacarea. Y así me van dejando, amigo; así se enmustian mis guirnaldas. Ni siquiera una pasión me mata: de grietas torpes, de penumbras, ciento de enfermedades sórdidas, ya no me miro. Ya mi fuerza no anda con mis piernas; ni mis brazos se cumplen moviéndose, ni medra mi corazón en la alegría. Luego, el ir viviendo, y el doliente espejo, calvo en las almenas de la cabeza; la oficina, la mano cortada, la costumbre de perder los gustos que uno amaba. Piedra es mi lengua entre cenizas. Pues cansado estoy, pues viejo a voces, pues solamente voy jalando. Un fruto seco reproducen las costillas descorazonadas. Ni por si acaso ya me miro; en la cara aguanto, al descubierto los resollares de la noche. Pérfidamente, la vergüenza benévola del carnicero, vio la ilustración inalcanzable. Y el vino y la sal y el pan y el agua lloran, y me alejan sus guirnaldas en conmistión; me desamparan las brasas del poder, el águila combustible; duerme el aspersorio del orgullo, el verbo reviviente. Amigo, amigo. Se enmustiaron mis flores marchitas; en desgracia recordando voy, como de vida. Y para acabar, por no rendirme, no canto ya ni me despido.
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TE ABRAZA LA LLUVIA EN SU DESCENSO...
Te abraza la lluvia en su descenso de resbalantes lenguas párvulas; descifras su caída al sesgo; sus tocamientos multiplicas en ti; los amparas, te conocen: Ánfora armónica en perpetua reconciliación, recinto cálido, hogar de las delicias, próspero alhajero de arcillas dóciles. Aprieta la lluvia: albercas, mares, oleaje que te desahoga. Anticipándose, ambicioso, en torno de ti mi afán aprieta: dulceamarga serpiente, alianza clandestina del terror y el júbilo. Ánfora tu cuerpo, revestido por su desnudez; barro engastado de blandas perlas, se envanece con las deleitosas cicatrices de un dolor que pasó; que exponen lo apenas sanado al riesgo nuevo. Yo las encuentro, y al tocarlas te sigo en otras cicatrices, mapa de táctiles misterios, que el tiempo no olvida, pero esconde. Llueve y me afano. Tú me abrazas en mi caída; me descifras cuando te abrazo. Y me amonesto: Nunca es temprano para amarte. Y sé que nunca será pronto.

TÚ DAS LA VISTA A MIS PUPILAS CIEGAS...
Tú das la vista a mis pupilas ciegas y a mi voz la ternura que te nombra; amor, cuánta amargura, cuánta sombra se destruye en la luz en que me anegas.
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En hoces claras a mi pecho llegas y la esperanza al corazón asombra, por ti la mano del olvido escombra los restos tristes del dolor que siegas. Por ti vencido, el peso de la angustia inútilmente ya su fuerza mustia contra tus simples luces abre inerte. Amor, ardiente lámpara en la oscura soledad, segador de la amargura. Está lejano el miedo de perderte.

YO SEGUIRÉ CANTANDO. TÚ HABRÁS MUERTO...
Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto. Habré yo muerto y seguiré cantando. Ha de sonar mi voz de vida, cuando la muerte en celo me haya descubierto. Como surgidas del sepulcro abierto, mis palabras; en ellas, abrasando, irá este amor, hoy pasajero y blando; entonces ya, definitivo y cierto. Y nosotros, ya entonces, ni siquiera huesos ni polvo ni recuerdo, juntos estaremos. Es triste nuestra vida. Sólo mi voz hará la primavera que quisimos; los cálices difuntos que arderán con tu nombre y su medida.

Y NUEVAMENTE ABRIL A FLOR DE CIELO...
Y nuevamente abril a flor de cielo abre tus manos tibias, y yo canto el júbilo entrañable y el espanto que en mi sangre derramas con tu anhelo. Amo la gravidez del alma, el vuelo por la caricia que hasta ti levanto, y el fuego triste hallado en el quebranto de la distancia -aborrecible velo- . Amor: abril, tu cómplice, desvía la ruta del temor que disminuye y disfraza de fiesta su agonía.
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Eres abril de nuevo, amor, y nada escapa de tu ser: todo confluye a cobrar plenitud en tu mirada.

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