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Revista Inversa

Vol. 1 No. 1 (2005)

«Desterrados»

Alfredo Molano

Reseña

Enrique Martínez.

ekiker@yahoo.com Estudiante de octavo semestre de Antropología Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá

Ilustraciones: Nora Maritza Díaz

A lfredo Molano hace una revisión rápida pero
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muy certera de la historia de la violencia en Colombia durante los siglos XIX y XX, par-

tiendo del presupuesto de Eric Hobsbawm que afirma que «la historia de Colombia puede interpretarse ba- sándose en la recurrencia de dos hechos: la coloniza- ción permanente y la violencia incesante» (2001: 33). Las 52 guerras civiles que siguieron a la indepen- dencia de España, no fueron más que una disputa en- tre librecambistas y proteccionistas (liberales y conser- vadores), por el control de las palancas del poder políti- co como herramienta de acumulación. El primer mo- vimiento fue la apropiación de las tierras por ser fuente de poder y riqueza. Y no es que fuera usada como me- dio de producción, sino más bien, como fuente de do- minación al evitar que los campesinos indígenas se la apropiaran y la explotaran por su cuenta. «Es impor- tante hacer notar que tanto el desplazamiento de cam- pesinos como su adscripción a las haciendas se ejercía mediante la coerción extraeconómica, es decir, mediante el uso –o amenaza- de la fuerza» (Ibíd., 35). El resulta- do de esto fue la adscripción del trabajo a la propiedad en las formas de terrajería, medianería, aparcería y colo-

nato. La hacienda ataba la mano de obra logrando ce- rrar la frontera de colonización. De este modo, se ve el carácter de las guerras civiles del siglo XIX, como meca- nismos de expropiación que causan grandes despoblamientos, para luego repoblar con mano de obra apropiada. Hacia finales de los años 20’s del siglo XX, comen- zó el resquebrajamiento de la hegemonía conservadora instaurada luego de la derrota de los liberales en la Gue- rra de los Mil Días. Las protestas sociales, las migracio- nes a la ciudad y la depresión de 1929 causaron el as- censo del liberalismo al poder, y con él, cambios radica- les como la reforma agraria. Se introdujo un nuevo con- cepto de propiedad sobre la tierra: la tierra es de quién la trabaja y no de aquel que ostenta su título. Esta posi- ción llevó a los terratenientes y hacendados al dilema de conservar su título o conservar su fuerza de trabajo con el riesgo de perder sus tierras, lo que los obligó a expulsar a sus trabajadores para reengancharlos luego como obreros asalariados. La pelea empezó: invasiones de tierras, reclamos de títulos, prensa y acciones de he- cho como bandas armadas, para defender lo que se consideraba propio.

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Durante el gobierno liberal (1930 a 1946), la efectividad del espíritu renovador fue poca. Sólo hasta que el partido conservador volvió al poder, se desató la gue- rra: el partido desconoció los de- rechos constitucionales vincula- dos a la función social de la pro- piedad. Esto causó que las ban- das armadas que desde la sombra defendían los intereses de los ha- cendados, salieran a la luz y ataca- ran a las poblaciones que habían tomado posesión legal de tierras antes tituladas a terra- tenientes. El enfrentamiento tomó carácter partidista y, el conservatismo en el poder, tuvo que tomar medi- das: recortar los derechos políticos a la oposición y oficializar las bandas armadas bajo la figura de un cuer- po para-oficial llamado los «chulavitas». Con el asesina- to del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, las masas del partido (liberalismo popular), reaccionaron en muchas ciudades destruyendo las casas de gobierno y destitu- yendo alcaldes. Las cabezas visibles del liberalismo (oficialismo liberal), desautorizaron la insurrección y die- ron paso a la más brutal respuesta: «El liberalismo po- pular fue arrinconado a bala. En el campo, donde pre- cisamente se venía gestando un movimiento de defen- sa de la reforma agraria, la represión fue criminal. El gobierno abrió las cárceles y armó a los reos; se les de- volvía la libertad a cambio de cabezas y de orejas de la oposición liberal o comunista meramente espontánea. (Todo, bajo la supuesta neutralidad política de la igle- sia): matar liberales no es pecado». (Ibíd. 36). El gobierno conservador puso a su servicio todo el aparato del Estado. La policía se volvió un cuerpo polí- tico y la justicia un código partidista. Los «chulavitas» tuvieron la misión de conservatizar regiones enteras. La fidelidad a la causa del partido se pagaba de muchas maneras, entre ellas, con la tierra de los campesinos que fueron desplazados y despojados de sus pertenen- cias. Sin embargo, esta reapropiación no fue en su ma- yoría por parte de los campesinos. El autor arguye que los más beneficiados fueron los dirigentes del partido, sus financiadores y colaboradores. Son muy conocidos los casos de departamentos como Valle, Tolima o Cauca

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en los que tierras campesinas antes de la violencia termina- ron en manos de hacendados y empresarios. Pero si los conservadores mataban, los liberales «contramataban». El apoyo de algunos líderes liberales dio paso al nacimiento de las céle- bres «guerrillas del Llano». Pero la mayoría de grupos de la resis- tencia liberal eran cuerpos anarquizados, quizás, por no contar con el apoyo y la dirección del oficialismo. Al final, cuando llegó la hora de los pactos entre liberales y conservadores, estos grupos fueron declarados bandas de fascinerosos, que fueron aniquiladas al poco tiem- po.

«La violencia de estos años fue, bien vistas las cosas, un proceso de «desplazamiento» acelerado e intenso. Los pequeños pueblos y muchas ciudades –sobre todo en la zona cafetera– crecieron notablemente, y en el año 64 eran ya grandes ciudades. Entre 1938 y 1964, Colombia dejó de ser predominantemente rural para ser un país en acelerado proceso de urbanización, sin que hubiera cambios económicos drásticos en el cam- po ni en las ciudades. La industrialización –excepción hecha del periodo de previolencia– no mostró ritmos altos para explicar la migración hacia las ciudades. Ha- bría por tanto que concluir, que el mecanismo de estos cambios demográficos se originó políticamente y que su herramienta fue la violencia.» (Ibíd. 38). El Ejército Nacional puso fin a la guerra civil no declarada en 1953 con el ascenso de Rojas Pinilla al poder y logró que las guerrillas liberales, encabezadas por las guerrillas del Llano, entregaran sus armas a cam- bio de libertad política para sus dirigentes y tierra para los campesinos. Sin embargo, un sector de la guerrilla, desconfiando, no las entregó y guardó silencio. Un año más tarde, después que el gobierno de Rojas Pinilla permitiera una masacre de estudiantes, el grupo se alzó en armas nuevamente y se refugió en el macizo del Sumapaz. Allí fueron bombardeados con napalm, cau- sando la huída masiva de los campesinos levantados. Aparecieron entonces las famosas «Columnas en Mar-

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cha», grupos de familias campesinas que atravesaron las cordilleras buscando refugio en el piedemonte orien- tal. Miles de campesinos se lanzaron a colonizar la selva en condiciones muy precarias, reagrupándose bajo el mando de las guerrillas. Nacieron entonces lo que los conservadores llamaron las «Repúblicas Independien- tes», que no eran más que agrupaciones de autodefensas campesinas. Las «Repúblicas Independientes» sobrevivieron hasta la inauguración del Frente Nacional que decididamen- te atacó sus territorios. Algunos campesinos resistieron el ataque de la fuerza pública y fueron a refugiarse selva adentro, esta vez sin familia y sin un territorio fijo. Fue- ron fuerzas irregulares comandadas por campesinos y orientadas por comunistas y agraristas. Eran los años sesenta y nacían así las guerrillas de las Farc y el Eln. El Frente Nacional, puso en marcha un tímido pro- grama de reforma agraria que consiguió distribuir unas pocas tierras de baja calidad entre comunidades cam- pesinas. Sin embargo, prohibió la existencia de grandes predios, algo que molestó mucho a los terratenientes acostumbrados a apropiarse de manera lenta de las tie- rras que los colonos le iban robando a la selva, mecanis-

  • 7070707070 mo importante que el autor denomina de «coloniza- ción permanente» y que para él, no es más que un des- plazamiento lento. «En resumen, la colonización ha sido un proceso de desplazamiento espasmódico cuyo resul- tado principal ha sido la creación de haciendas. La per- manente bancarrota del colono –razón y lógica de la colonización permanente– es una palanca de acumula- ción originaria de capital, una economía rapaz, muy distante del capitalismo maduro, pero no ajena a él.» (Ibíd., 40). El último gobierno del Frente Nacional puso fin definitivamente a las tímidas refor- mas agrarias anteriores. De la banca mundial sacó la tesis según la cual, era necesario sustituir la pequeña y mediana economía campesina por la gran empresa agropecuaria. Por tal razón, se llevó a cabo la estrategia de urbanizar generando empleos en la ciudad y poniendo en marcha un sis- tema de valor constante que dismi- nuyera el ritmo de la inflación. Pero

la migración masiva a las urbes no encontró la oferta de trabajo deseada, por lo que muchos campesinos tuvie- ron que emigrar nuevamente hacia las zonas de coloni- zación, enfrentándose nuevamente a los terratenientes. Los campesinos y hacendados empezaron a actuar nue- vamente, como en la época de la violencia. Grupos policiales trabajaban de día, y de sicarios en las noches, asesinando a los dirigentes. Los campesinos coloniza- ron entonces áreas inhóspitas, mientras la guerrilla se fortalecía al poder reemplazar al Estado en aquellas zo- nas. La guerrilla ganó enorme simpatía entre los cam- pesinos desplazados. Fue la época del fraude electoral a Rojas Pinilla y del surgimiento del M-19. La atmósfera estaba enrarecida por las protestas y los asesinatos del Estado. El Gobierno promulgó el Estatuto de Seguri- dad, y con él, rutinizó la tortura. En esos años se comenzó a cultivar marihuana y coca con fines comerciales. Esto significó para los cam- pesinos la posibilidad de hacer rentable su trabajo y resistir la presión de los terratenientes y comerciantes, porque ya no dependían de sus préstamos (que a la postre siempre terminaban pagando con sus tierras), pues podían pagar las deudas acumuladas, dejar de lado su función crediticia, y por tanto, poder invertir en la tierra y hacer finca. El enriquecimiento de los peque- ños campesinos hizo también que la guerrilla se benefi- ciara: financiar la guerra no fue más un problema. Sin embargo, su entrada al negocio le creó grandes enemi- gos: los narcotraficantes por ver disminuidas sus ganan- cias, las autoridades competentes que entendían que tenían que compartir sobornos, y los políticos que vie- ron disminuidos su autoridad sobre los campesinos y el juego del clientelismo. Hoy puede decirse que el desplazamiento tiene tres razones fundamentales por las que es practicado: económicas, militares y de apropiación de tierras. La primera se entiende cuado se sabe que, a la fecha en que se escribe este artículo, el 50% de los desplazados provienen del Urabá y el Magdalena Medio. Ésta última es una zona de grandes empresas bananeras, comercializadoras de fruta y compa- ñías agropecuarias que tienen cuan-

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tiosas inversiones. Además, se tie- nen proyectados allí dos megraproyectos: el tramo faltante de la carretera Panamericana y el canal interoceánico que uniría las aguas de los ríos Atrato y Truandó. La segunda zona, es un centro vi- tal de comunicaciones terrestres y producción y transporte de petró- leo y gas. «Los intereses de las com- pañías extranjeras, los intereses de los gobiernos y del sector privado, convergen geográficamente en estos es- pacios como quizás en ninguna otra parte del territorio nacional» (Ibíd., 43). Tradicionalmente, las mayores cifras de desplazados eran causadas por el Ejército y la Policía. La estrategia consistía en hacerlos huir para atacar más fácilmente a la guerrilla cortando la ayuda que les prestaban a los alzados en armas, la cual era básicamente, en alimenta- ción e información. Otras tácticas que se emplearon fueron los bombardeos aéreos indiscriminados o el con- trol a la movilidad de la población. Por su parte la gue- rrilla realizaba operativos de limpieza para desvertebrar las redes de información que el Ejército había logrado constituir. Los paramilitares trataban de desmembrar las redes de cooperación entre los campesinos para cor- tar el vínculo entre las comunidades y las guerrillas. Hoy, «la realidad es que lo logran porque la gente queda pa- ralizada y huye. El terror trae consecuencias múltiples de orden social. La más importante es el rompimiento de los vínculos sociales de solidaridad y mutua coope- ración basados en la vecindad, los lazos familiares, las afinidades ocupacionales o las simpatías ideológicas. Es un objetivo manifiesto del paramilitarismo, destrozar estas redes porque saben que son la fuerza social que permite la protesta y le denuncia (…). La desconfianza y el miedo llegan hasta el punto en que la vida en común se hace imposible.» (Ibíd., 45). Eso que buscan liquidar los grupos paramilitares (la protesta, la insubordinación, la rebeldía), es la razón por la cual tienen tanta acogida entre los grandes pro- pietarios, ganaderos, comerciantes, las compañías ex- tranjeras y los políticos. «El paramilitarismo representa a un sector –cada vez mayor– del establecimiento que se ha alzado en armas contra la Constitución Nacional.

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No es por tanto un grupo rebelde con- tra el establecimiento sino (contra) las leyes que lo han regido» (Ibíd., 46). La alternativa de los campesinos es sólo una: huir. Por último, el desplazamiento tam- bién debe entenderse como una forma de apropiación latifundista de tierras de buena calidad o que resultan muy va- liosas por las obras que sobre ellas pue- dan proyectarse dada su ubicación estratégica. Otra for- ma de apropiación que señala Molano es la que deno- mina como «trasvase» es decir, desocupar una región de gentes peligrosas para repoblarla con campesinos fieles a la causa, asegurándose, de esa manera, la retaguardia y de paso, realizando un remedo de reforma agraria. «La ausencia de una política de sometimiento del paramilitarismo equivale a la más vergonzosa impuni- dad. A esta modalidad de convivencia corresponde, en el plano de la expulsión, una política de legitimación del desplazamiento al formular programas de carácter remedial sin afrontar las causas originarias del proble- ma. El Estado colombiano se ha propuesto programas asistenciales en lugar de políticas de reversión y control del proceso del desplazamiento, que dé a sus víctimas garantías para retornar, recuperar sus tierras y trabajarlas.» (Ibíd., 47). En éste texto inaugural de la V versión de la Cáte- dra de Historia Ernesto Restrepo Tirado, Molano nos demuestra cómo el Estado ha asumido el desplazamien- to como el resultado de los enfrentamientos de dos actores recientes de la violencia: guerrilla y paramilitares, escondiendo así, el hecho de que es un antiguo recurso del sistema y la responsabilidad de las Fuerzas Arma- das. Para él, es importante develar el papel histórico que este drama ha jugado en la construcción de eso que aún no se ha conformado y que pretende llamarse Colombia. Queda, sin embargo, una pregunta que no se responde: ¿Por qué, sí la historia del Estado colom- biano, especialmente desde el siglo XVIII, ha estado ligada a un largo peregrinaje de personas y familias como consecuencia de los conflictos por la tierra e ideología principalmente, cobra éste fenómeno tanta relevancia en los espacios públicos de debate actuales? Reinserción, reparación, perdón y olvido.

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