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LA LUZ INTERRUMPIDA Y OTROS POEMAS, POR LUIS ROSALES, ESPAÑA

LA LUZ INTERRUMPIDA Y OTROS POEMAS, POR LUIS ROSALES, ESPAÑA

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Selección poética del español Luis Rosales con motivo del centenario de su nacimiento. Miembro de la Generación del ´36, fue parte de un movimiento que reacciona a las vanguardias, retornando a las fuentes clásicas de la poesía española.
Selección poética del español Luis Rosales con motivo del centenario de su nacimiento. Miembro de la Generación del ´36, fue parte de un movimiento que reacciona a las vanguardias, retornando a las fuentes clásicas de la poesía española.

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Luis Rosales

1

La luz interrumpida y otros poemas

BIBLIOTECA DIGITAL DE

AQUILES JULIÁN

Muestrario de
Biblioteca Digital

Poesía 65

Coeditores:
MÉXICO
Fernando Ruiz Granados José Solórzano José Eugenio Sánchez

2

ARGENTINA
Mario Alberto Manuel Vásquez Francisco A. Chiroleu Patricia del Carmen Oroño Ángel Balzarino Fernando Sorrentino Claudia Martin Trazar

La luz interrumpida y otros poemas
Luis Rosales, España Edición Digital Gratuita distribuida por Internet
Muestrario de Poesía

ESTADOS UNIDOS
José Acosta Aníbal Rosario José Alejandro Peña César Sánchez Beras

ESPAÑA
Henriette Wiese Giulia De Sarlo María Caballero Elena Guichot Teresa Sánchez Carmona Losu Moracho Rocío Parada

HONDURAS
Dardo Justino Rodríguez

65

VENEZUELA
Milagros Hernández Chiliberti Tony Rivera Chávez

URUGUAY
Marta de Arévalo APLA Uruguay

Editor: Aquiles Julián, República Dominicana. Primera edición: Octubre 2010 Santo Domingo, República Dominicana
Muestrario de Poesía es una colección digital gratuita que se envía por la Internet y se dedica a promocionar la obra poética de los grandes creadores, difundiéndola y fomentando nuevos lectores para ella. Los derechos de autor de cada libro pertenecen a quienes han escrito los textos publicados o sus herederos, así como a los traductores y quienes calzan con su firma los artículos. Agradecemos la benevolencia de permitirnos reproducir estos textos para promover e interesar a un mayor número de lectores en la riqueza de la obra del autor al que homenajeamos en la edición.

COLOMBIA
Ernesto Franco Gómez Julio Cuervo Escobar

PERU
Luis Daniel Gutiérrez Nicolás Hidrogo Navarro Juan C. Paredes Azañero

REPÚBLICA DOMINICANA
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HOLANDA
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COSTA RICA
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Contenido
La palabra encendida de Luis Rosales / Aquiles Julián Ascensión hacia el reposo Autobiografía Ayer vendrá Canción de la nieve que unifica el mundo Canción donde se explica, bien explicado, que al pronunciar… ¿Cómo hace un recuerdo? Con un temblor de nieve en la dulzura Contigo De cómo vino al mundo la oración El amor es una soldadura más o menos autógena El desvivir del corazón El espejo El trigo limpio a la sazón cortado ¿En dónde empieza nuestra sombra? En la noche final de la ausencia del poeta piensa en la amada… Esta lenta escisión de la carne y el cuerpo La absolución La feria de los pájaros La cicatriz Durante el embarazo, el corazón del niño es ya un galope La luz interrumpida La transfiguración La última luz Larga es la ausencia Me están mirando en tus ojos Memoria de tránsito Verte Y escribir tu silencio sobre el agua La ola inmóvil 5 15 16 16 17 18 18 19 20 22 22 23 24 26 26 27 29 29 31 31 32 33 34 35 36 36 37 38 39 40

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Primavera morena El andamio Guardo luto por alguien a quien no he conocido A mí me gusta tu tos Las alas ciegas Lo que tú llamas “Quiéreme” Lo que no quieras oír no lo preguntes Palabras para algo más que un dolor Recordando un temblor en el bosque de los muertos Nadie es profeta en su espejo La espera forma parte de la alegría La escarcha mutua Bajo el limpio esplendor de la mañana El pecado Ola en calma es tu cuerpo Un momento en el cielo Algo queda en el aire Representación en tres planos de una mujer Para toda la vida no! Verte, qué visión tan clara Vivir para ver Bastaba verle para que le hicieran ministro Caja de música Por mor Porque todo es igual y tú lo sabes Y acaba siendo unánime El bosque se iba haciendo alarde Pues el que toca lo cierto, muere Un amor o un andamio Ahora que están juntos La carta entera Nadie sabe hasta dónde puede llevarte la obediencia Siempre mañana y nunca mañanamos Es el miedo al dolor Misericordia Una nueva estrella Sobre el oficio de escribir Canción del resucitado Amanecer en las alturas de Balsain Canción de la sencillez Hay una eternidad que es instantánea 41 42 44 47 49 52 53 56 58 58 59 63 66 67 71 72 75 77 81 81 82 83 83 84 85 86 89 90 92 94 95 96 97 98 98 99 99 103 103 103 104

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Testamento De cómo el tiempo hizo nacer la sonrisa sobre la carne La vuelta del amor La raíz Larga es la ausencia El naufragio interior Tú si las llamarás Miré los muros de la patria mía Fin Discurso al aceptar el premio Cervantes Luis Rosales / biografía 104 105 106 106 107 107 108 109 110 112 118

Un año después la guerra los opondría y separaría cruelmente
Comida homenaje a Vicente Aleixandre en el Restaurante Biarritz de Madrid, el 4 de mayo de 1935 por la aparición de "La destrucción o el amor". En la foto vemos de izquierda a derecha y de pie a Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Antonio Espona, Luis Felipe Vivancos, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Juan Panero. Sentados Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y a José Bergamín. Sentados en el suelo: Gerardo Diego

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La palabra encendida de Luis Rosales.
Por Aquiles

Julián

“He dejado manuscritos dormitados durante muchos años. No he terminado nunca nada de lo que he empezado. Proyecto con demasiada ambición, quiero redactarlo con justeza y no me llega ni el tiempo ni la ilusión. Moriré cualquier día siendo un escritor en ciernes”. Luis Rosales

Luis Rosales, el gran Luis Rosales, sigue siendo negado y preterido por el aparato “cultural” impuesto por los áulicos del totalitarismo. Una conspiración de silencio pretende esquilmarle a la tradición poética hispanoamericana a un autor esencial. Ese aparato, al cual Guillermo Cabrera Infante, nombró como la Extraordinaria y Eficaz Maquinaria de Fabricar Calumnias, y que yo en particular llamo La Matraca Canalla, verdadero surtidor de desinformación, calumnias, ataques, manipulación y control de la opinión pública, se ensañó contra Rosales inventando una infamia que le persiguió hasta su muerte, pese a que una y otra vez los hechos, hasta donde pudieron ser esclarecidos, le exculpaban. Más aún, le honraban, porque arriesgaron, tanto él como sus familiares, sus vidas en un momento particularmente letal, siniestramente confuso, en que ambos bandos, los llamados Republicanos y los llamados Nacionalistas, procedían a matanzas horrendas y paranoicas. Aquel conflicto en que la pasión irracional arropó a España, en que odios de siglos emergieron y la ceguera sustituyó todo razonamiento, todo discernimiento, hoy sabemos que fue instrumentalizado por Stalin para negociar con Hitler (a la vez que se lucraba y saca provecho de las reservas de oro del país). Un libro fundamental: “El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales” del catedrático de la universidad de Columbia, Stephen Koch, desvela cómo la guerra civil española fue aprovechada por Stalin para forzar a Hitler a pactar, acción que logró en 1939, el Pacto Hitler-Stalin, suscrito en Moscú por los cancilleres de Alemania y la Unión Soviética, que despedazó a Polonia y animó a Hitler a iniciar su carrera de expansión territorial.

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Aquellas actitudes extremistas, las declaraciones amenazadoras, los egos inflados, las acciones agresivas y aquel ultraizquierdismo galopante que caracterizó los primerso años de la República, la matonería y las conductas levantistas, anticlericales, marxanas, produjeron una reacción no menos atroz y despiadada. El asesinato de Calvo Sotelo a mano de matones republicanos fue la gota que derramó el vaso. La sublevación o el alzamiento, como se le llama, fue casi impuesto. De inmediato, España se escindió trágicamente. Dos bandos que se odiaban a muerte esgrimieron sus armas y su furia. Y muchos que no eran partidarios ni de unos ni de otros, quedaron pulverizados en el medio, con ambos bandos acusándoles de estar con el contrario. Los estalinistas, que aplicaban la falaz política del Frente Popular para arropar a socialdemócratas y liberales a dejarse narigonear por ellos, acudieron a los partidarios de la democracia, la libertad y el pluralismo, que hicieron causa común con la República pese a una realidad cruenta e inmisericorde: los estalinistas eran iguales de asesinos. Y no tenían empacho en criminalizar a sus propios aliados. Los asesinatos no se limitaron a los que políticamente les eran adversos y actuaban en el bando contrario, también a los del propio lado que políticamente no se ajustaban a Moscú y a Stalin, como aconteció con los anarquistas, con los del POUM y los tildados de trotskistas. Aquella criminalidad inenarrable carcomió las posibilidades de triunfo del bando republicano. Y ello era parte del plan de Stalin: España no era más, sin que lo supieran los españoles que pelearon bravamente de ambos lados, que una moneda de negociación con Hitler, un peón a sacrificar. Tanto fue así que luego, para borrar sus huellas, Stalin se dedicó fríamente a matar a sus principales agentes en las purgas que implementó pasada la segunda guerra mundial, como bien deja claro Arthur London en sus memorias estremecedoras de “La Confesión”.

Una voz mayor de la generación del 36, en España.
Luis Rosales pertenece al grupo de escritores que inicia publicando en los turbulentos años de la década del ´30 en España. Fueron años tumultuosos, caracterizados por el enfrentamiento en Europa de dos corrientes totalitarias, ciegamente criminales, que predicaban el exterminio puro y simple de los contrarios. Fascistas y estalinistas, admiradores de Mussolini y Hitler o de Lenin y Stalin, se ladraban y, en muchas ocasiones, pasaban de los insultos a los balazos. Las vapuleadas democracias liberales eran denostadas y despreciadas por los partidarios de una u otra corriente. En España la radicalización casi no dejó espacio para sostener una posición conciliadora, democrática y sensata. El lenguaje del odio predominaba.

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Y en ese ambiente enfebrecido y mortífero, en que el exterminio se predicaba de un lado y el otro, los poetas quedaban forzados a elegir bando y, cuando no, se les asignaba uno, según parentela o simplemente por no estar de un lado se le consignaba en el otro, como le sucedió a García Lorca. Poetas de la Generación del 36 son Leopoldo Panero, Luis Rosales, Miguel Hernández, Luis Felipe Vivanco, Gabriel Celaya, Juan Panero, German Bleiberg, Dionisio Ridruejo, entre otros. Es una generación que aporta prosistas y narradores como Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrentes Ballester, María Zambrano, José Antonio Maravall, José Luis Aranguren, José Ferrater Mora, Julián Marías y dramaturgos del nivel de Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre. Una generación marcada y condenada por la maquinaria cultural estalinista, que la lapidó sin misericordia acusándola de falangista y subordinada al franquismo, sin discriminar ni cernir, en bloque, simplemente porque no se plegó al estalinismo, no cantó a La Pasionaria, no se dejó encuadrar en los valores y creencias de Carrillo y su banda. Esa maquinaria, que se enseñoreó y adueñó de diversos aparatos culturales y medios de formación y control de opinión, enalteció a los sumisos al estalinismo y descalificó, injurió y ninguneó a los que no se subordinaron a sus dictámenes. El aparato cultural marxano se vengó en ellos una derrota que Stalin y los extravíos chequistas produjeron sobre todo. Se les negó. Se les rebajaron méritos. Se les desconoció. Eran la generación suprimida, como el mismo Rosales llegó a expresar en una entrevista tras la concesión del premio Cervantes en 1982: “no hay una puerta histórica que gire sino creando un vacío y nosotros hemos sido la generación suprimida, el vacío que necesitaba la historia para seguir siendo historia”. En España, muchos escritores que buscaban labrarse un espacio propio, fueron atraídos por el aparato cultural estalinista. El PCE enmascaró su acción proselitista en organismos y mecanismos aparentemente culturales, liberales, democráticos. Y una buena parte de los escritores y artistas, que reaccionaban contra los envaramientos del franquismo y sus engolamientos, se inclinaron hacia posiciones contestatarias y cuestionadoras. Eran la progresía, vinculada emocionalmente al PSOE y entrampada en la visión maniquea del PCE (y no olvidemos el embadurnamiento de sangre del PSOE en la España republicana, su compromiso con los crímenes, las Checas y las “sacas”). De ahí que el aparato cultural liberal, penetrado por el estalinismo, se contrapuso al aparato cultural oficial, y sólo promovieron a los poetas que hicieron causa común con la

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República y en particular con el comunismo: Miguel Hernández, Rafael Alberti, por ejemplo. Parcialmente a los exiliados e internamente a los que derivaron hacia el PCE o el PSOE. E igualmente se atacaron, etiquetaron y condenaron a los poetas, escritores e intelectuales que no se dejaron engatusar o mancuernar por la ideología estalinista, a los que se tildó de falangistas, franquistas o fascistas, o cualquier otro epíteto según el gusto. El control del aparato cultural que ha desarrollado el estalinismo, su capacidad de promoción y de forjar nombradías no centradas en obras sino en la simpatía o adscripción políticas, su poder de desinformar, calumniar, excluir y lapidar, han generado más de una autocensura, más de una sumisión interesada y oportunista, más de una aberrante prosternación. De tal manera se han conformado claques, mafias, bandas. Y se han catapultado autores tanto como se han descalificado e ignorados otros. Y en muchos sentidos, Luis Rosales ha sido víctima de este aparato indecente e inicuo.

Un poeta en medio de los odios recrecidos.
¿Tendría que contarse nueva vez la infortunada lucha de los Rosales, en particular de Luis, por salvar a García Lorca, su amigo entrañable, aquel fatídico 16 de agosto de 1936? Lo cierto es que habrá que hacerlo una y otra vez, para impedir que la maldad de quienes hacen causa común con La Matraca Canalla del estalinismo, especie de patología mental que es inmune a todo: datos, hechos, verdades, resultados, que pervive y contamina almas y obnubila juicios, en su afán de controlar los “aparatos ideológicos del Estado”, sea la que se imponga. La reconstrucción de los hechos, motorizada por los más renombrados biógrafos del inmortal poeta andaluz, indican que Lorca murió fruto no tanto de pasiones políticas como de rencores, envidias y mezquindades familiares, que aprovecharon un momento confuso y particularmente homicida, el alzamiento falangista, en que ambos bandos, republicanos y nacionalistas, se dedican a matanzas incontroladas, a exterminar a todo el que en apariencia les adversa en las zonas territoriales que controlan. Así, sabemos que existían resquemores con Lorca por parte de las familias Roldán y Alba por aquella tragedia: “La casa de Bernarda Alba”; que se le envidiaba a Lorca su cosmopolitismo, su renombre; que se le criticaba su homosexualidad y su indefinición política: Lorca prefería llevarse bien con todos y manifestaba posiciones contrapuestas en una España que se cerraba a cal y canto en dos posiciones irreconciliables y antagónicas.

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Cuando se llevan a Lorca de la residencia de los Rosales el 16 de agosto de 1936, donde acudió a refugiarse, la madre de Luis, doña Esperanza de Rosales, logra que se espere a uno de sus hijos para impedir que se lleven a Federico sin el resguardo de un familiar. Miguel, el hermano de Luis, le acompaña junto a la tropilla falangista que encabezan Ramón Ruiz Alonso y Juan Trescastro Medina, este último casado con una prima lejana de Lorca. Cuando le trasladan al edificio del gobierno civil, un guardia de asalto golpea a Federico con la culata de su mosquetón. Miguel Rosales pide que no lleven al poeta a los “interrogatorios”, la sala de tortura. Ruiz Alonso acusa a García Lorca de “espía de Moscú”. Cuando Luis y José Rosales se enteran del caso y van en ayuda, estos se encaran en forma dura con Ruiz Alonso. José Rosales habla con José Valdés Guzmán, gobernador civil, quien le transmite la gravedad de las acusaciones a Lorca: “socialista y agente de Moscú”, ambas mentiras. Al día siguiente, José obtiene una orden de libertad para Lorca de parte del Gobernador militar, Gonzales Espinosa. Cuando entra a la sede del gobierno civil, Valdés Guzmán le dice que ha llegado tarde: “Ya lo habrán fusilado. ¡Y ahora vamos a ver qué hacemos con tu hermano!”, amenazando a Luis por haber acogido a Lorca en su casa. Valdés mentía, esperaba orden de Queipo del Llano para actuar. Valdés telefonea a del Llano y le pregunta: “¿Qué hago con él? Lo he tenido aquí por dos días” Y Queipo le responde: “Dale café, mucho café”. La orden está dada. En un viejo Buick se llevan a Lorca y otros tres. Trescastro Medina alardea: “Yo le he pegado dos tiros en el culo por maricón”. La situación de Luis, que a diferencia de sus hermanos no pertenece a La Falange es comprometida. Finalmente, terminaron por condenarle a una multa de 25,000 pesetas por refugiar a Lorca. Su valor, sin embargo, se vio opacado por la calumnia que los comunistas le levantaron. Como el poeta Félix Grande expresó, Luis “era consciente de que cuando la calumnia se echa a rodar no hay quien la pare”. El mismo Rosales llegó a expresar: “El hecho de la muerte de Federico fue la toma de conciencia más dolorosa que he tenido en mi vida”. Y su hijo Luis Rosales Fouz nos habla de la repercusión de aquel infausto hecho en la vida de Luis Rosales: “Hizo que mi padre viviera con la tristeza de no haber podido hacer nada por salvar a su maestro y amigo, pero con la cabeza muy alta por haberlo intentado y haberse jugado la vida.” Dura experiencia para un alma joven, ver la inmisericordia consumar un crimen y no poder él evitarlo. Llegó a preguntarse, una y otra vez, cómo un don nadie “se hizo responsable de la muerte de una de las personas más importante que había en España entonces. Y ese es el terrible horror de la guerra” (Luis Rosales Fouz). Afirmaba que aquel crimen le había hecho desconfiar de la política y de los políticos por el resto de su

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vida. Y sobre indecorosa instrumentalización de aquel crimen inmundo por el PCE el mismo Rosales llegó a expresar en 1979: “El Partido Comunista de España, desde hace cuarenta años, está sacando "tajada" de Federico García Lorca.” Luis Rosales fue víctima de ambos bandos. Los falangistas le mataron a su maestro y amigo, García Lorca, arrancado de su hogar por la fuerza y asesinado. Y los republicanos le asesinaron a otro gran amigo, Joaquín Amigo, tirado por el Tajo de Ronda. ¿Tendrían, los que se refocilaron en la calumnia y arrojaron cieno sobre la reputación de Luis Rosales la mitad de la hombría que él tuvo para arriesgar su vida por su amigo? ¿Qué acto de valor, de riesgo de la vida, asumieron? ¿Por quién se la jugaron? ¿Cómo hubiesen actuado de haberse visto en iguales circunstancias? La crueldad inútil de la guerra, ese “terrible horror” fue una conciencia que nunca le abandonó y le hizo escribir versos como
“…la vida entera cabe dentro de un odio.” (El naufragio interior)

La redención por el amor
Frente a tanta desolación, frente a los frutos amargos del odio entre hermanos, frente a la catástrofe que se cernió primero sobre España y después sobre toda Europa, encenegada en una hecatombe delirante, que arrasó siglos de cultura y lenta acumulación de logros, barridos por la metralla, los bombardeos y la sevicia humana, Luis Rosales se vuelve hacia el amor, el humano y el divino. Huye de los discursos estentóreos, las artimañas de la muerte, y se refugia en lo que el amor humano puede proveer y en la paz inmarcesible del amor de Dios. A la mujer dedica versos de delicada hechura, construidos muchos de ellos con apego a las formas más clásicas y, a la vez, con imágenes que recrean la tradición poética española y la mezclan con la tradición de la vanguardia. A Jesús y a Dios dedica sublimes poemas en que el estremecimiento místico y la bendición de la plenitud y el gozo que proporciona la fe se hacen pálpito, vínculo y nutritiva agua de vida que refresca el alma.

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Aquellas traumáticas experiencias tempranas le marcaron. De ahí ese tono de oscuro desengaño que late en sus poemas. Esa angustia existencial que puebla muchos de sus versos. Ese recogerse en Dios como vía de trascender tiempos amargos y terribles. Y por igual su amor por la bendición de la vida, las cosas triviales, la mansedumbre del hogar, los aromas de la tierra y de la mesa, el paisaje que es milagro cotidiano, la amistad y el cariño, el amor que provee consuelo y tibieza en los días en que se gasta el tiempo humano. Para Luis Rosales “Vivir es ver volver. El tiempo pasa: las cosas que quisimos son caedizas, fugitivas se van. Y esto es morir: borrarse de sí mismo”. Así vivió:
“…con humildad, Buscando la palabra precisa”. (Ascensión hacia el reposo)

Una poesía tibia, amigable, entrañablemente humana.
Rosales es parte de una generación, la de 1936, que reacciona contra los excesos de las vanguardias retornando a las límpidas fuentes de la poesía clásica española. Se les llegó a tildar de garcilasistas, por su revaloración de Garcilaso de la Vega. Retomar las formas clásicas, devolver a la poesía sus maneras tradicionales, fueron los principales aportes de esta generación. El soneto, el poema sometido al metro y la rima, los temas tradicionales. Félix Grande destaca: “Aún no se ha visto por entero la dimensión que tiene. Es un maestro del soneto, de la copla, del romance”, y no queda ahí, también del verso libre y el poema en prosa. Poesía que esplende en las pequeñas minucias de la vida, en las vivencias cotidianas, que canta la vida particular, las diminutas alegrías y esperanzas, el milagro sempiterno del amor, la bendición de un cuerpo que comparte su tibieza, de un alimento que destella en el paladar, de la conversación afable, los paisajes fraternos, la misericordia de Dios que nos libra de nuestros desvaríos y perdona nuestra maldad. Poesía íntima, recogida, que se aleja de la plaza, de las pasiones y controversias que dividen, separan y enfrentan a los hombres, para encontrar la palabra que hermana, que reúne, que convida.

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Poesía labrada con paciencia, sin desvivirse por el aplauso y el encomio, macerándose en el recogimiento de años de cuidadoso escardo, de orfebrería detallada. Nada de buscar la claque, el ruido de elogios basados no en el disfrute de la obra, sino en la adscripción política, al margen del valor propio del poema. El poeta José Carlos Rosales, sobrino del granadino, destaca que su tío solía aconsejar que los libros no debían publicarse antes de diez o doce años, que había que tenerlos esperando. “Creía que uno de los peligros que debía de sortear siempre el escritor era el de publicar demasiado pronto. Su idea era que cualquier publicación es prematura, porque uno siempre se arrepiente de cómo lo ha hecho y luego trata de rectificarlo”. La poesía es una búsqueda de transitividad en experiencias tan personales, tan intransitivas, que es casi milagro que pueda verificarse la comunicación. El mismo Rosales nos dice:
“A cada hombre le tendríamos que hablar en una lengua distinta, a cada amigo le tendríamos que hablar con una voz distinta para que nos pudiese comprender, pero la lengua personal es tan fiel a sí misma, tan incomunicable que las palabras son como ataúdes y sólo llevan de hombre a hombre su andamio agonizante, su remanente de silencio y su estertor…” (La cicatriz)

El oficio desvalido de poeta
“La poesía es la más desvalida y menesterosa, anda siempre con los pies descalzos”, expresó en una ocasión Luis Rosales. Aquí, allá, doquier, la poesía es tenida por oficio inútil. Vivimos tiempos prosaicos, signados por lo utilitario, por lo funcional, por lo que puede mercadearse. La poesía es una pasión tan personal, tan íntima, tan recogida y ajena a las modas y afanes dominantes, que muchos miran con desdén. Y sin embargo, para Rosales era un título que temprano adquirió y al que nunca renunció. Cuando alguien le preguntó qué era lo que más valoraba de su vida, larga y cargada de experiencias, respondió: “Bueno, este pequeño título al que nadie le da valor que es ser poeta. Yo nunca he dejado que me lo arrebaten”.

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Se reconocía orteguiano. Rosales llegó a afirmar de su maestro: “…fue quien me amuebló la cabeza, quien me enseñó a pensar, quien me ordenó las ideas hasta hacerlas constituir un todo”. A Luis Rosales, Pedro García Domínguez, filólogo español, lo retrata en adjetivos cargados de encomio: “era señor en todo y en todo un caballero: noble y generoso; sabio y prudente. Era gran conversador, infatigable y ameno”. Otro gran mentor en su vida lo fue José Bergamín, quien fue su primer editor y le guió en sus primeros momentos y de quien cuenta la siguiente anécdota: “Le dije un día: tengo mucha dificultad para expresar con palabras lo que pienso. Y Bergamín me respondió: Luis, no se escribe con ideas, se escribe con palabras”. Su relación con la poesía es de cultivo paciente, a solas. Llega a decir, en una de tantas entrevistas, que no escribe para los lectores, pese a agradecer que existan. “Escribo por obligación ética, para cumplir un destino al cual estoy llamado; yo soy, irremediablemente, un escritor. Me han preguntado en alguna ocasión: “tú por qué tardas tanto en publicar tus libros?”. Yo a veces he tardado diez años o quince años en publicar un libro, porque a mí lo que me interesa es escribirlos, no publicarlos. ¡Los libros están ahí! Si yo no los publico, otros lo harán por mí; si alguien tiene que leerlos, alguien los leerá; pero quiero separar por completo estas cosas. Primero, que para mí el lector es muy distinto del público; me interesan los lectores, a los cuales debo muchas de las alegrías que he tenido en la vida. Y hay que hacer otra distinción. Yo escribo únicamente como un compromiso ético que tengo conmigo mismo, con mi tiempo y, naturalmente, con Dios. En esa última relación hay un Dios – para mí, Jesucristo – que es el Tú absoluto; ese Tú, para mí de alguna manera, es siempre el horizonte, hasta en los poetas más blasfemos. De ahí nace ese imperativo que yo siento al decir que escribo por una conformación interior mía que, en definitiva, es un compromiso ético”. Este es Luis Rosales, poeta, ensayista, hombre de bien, de cuyo nacimiento este 2010 se cumplen 100 años y cuya poesía y prosa son grandes monumentos de la literatura española en el siglo XX.
“El recuerdo se teje Con doble hilo, Y de cuando en cuando se recuerdan cosas Que no han sucedido”. Luis Rosales

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Ascención hacia el reposo
Como es misericordia la locura y el espacio nos brinda la bienaventuranza, como es la noche viva, la lluvia silenciosa que va del corazón del hombre hasta los ojos en un encendimiento de sombra y hermosura. Como sé que al morir terminará la muerte. Como en el corazón se derrama la sangre con un rumor de lluvia que ilumina la niebla. Como tengo fe de soñar que te amo, mi carne será un día como un agua corriente y mi cuerpo será de silencio amoroso, de cristal dolorido cuando tú lo iluminas. Como en la inclinación morena de tus ojos el silencio vencido se convierte en aroma. Como tengo una voz que se cubre de yerba donde vuelan las alondras y palabras y lágrimas. Y como en tu cabello despierta la agonía, y la paciencia intacta naufragará en la sangre porque existe la muerte, porque la sombra clara se convierte en misterio y la quietud del mundo colma la transparencia, porqué el último olvido morirá con el hombre, y tu boca de llanto y amapolas violentas, y tus brazos de cal y niebla reclinada, y tus manos delgadas como álamos de espuma, y mi voz, y mis ojos, todo será divino al perder la memoria. Como insiste el dolor, pero no se termina y es la lenta ascensión de la sangre al reposo. Como es la primavera al donaire porque llevas el alma derramada en el paso. Como es la caridad para mirar tu cuerpo y es la noche tranquila tu encendida alabanza. Como tú eres el único sufrimiento posible y la angustia de cal que me quema los ojos, con humildad,

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buscando la palabra precisa, yo te ofrezco la sombra, la paciencia del mundo donde olvido la espera, donde olvido esta inmóvil angustia de ser junco y sentir en las plantas los impulsos del río, donde puedo creer, donde puedo creer, porque marchamos juntos igual que dos hermanos perdidos en la nieve.

Autobiografía
Como el náufrago metódico que contase las olas que faltan para morir, y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores, hasta la última, hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le besa y le cubre la frente, así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería.

Ayer vendrá
La tarde va a morir; en los caminos se ciega triste o se detiene un aire bajo y sin luz; entre las ramas altas, mortal, casi vibrante, queda el último sol; la tierra huele, empieza a oler; las aves van rompiendo un espejo con su vuelo; la sombra es el silencio de la tarde. Te he sentido llorar: no sé a quién lloras. Hay un humo distante,

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un tren, que acaso vuelve, mientras dices: Soy tu propio dolor, déjame amarte.

Canción de la nieve que unifica al mundo
Somos hombres, Señor, y lo viviente ya no puede servirnos de semilla; entre un mar y otro mar no existe orilla; la misma voz con que te canto miente. La culpa es culpa y oscurece el bien; sólo queda la nieve blanca y fría, y andar, andar, andar hasta que un día lleguemos, sin saberlo, hasta Belén. La nieve borra los caminos; ella nos llevará hacia Ti que nunca duermes; su luz alumbrará los pies inermes, su resplandor nos servirá de estrella. Llegaremos de noche, y el helor de nuestra propia sangre Te daremos. Éste es nuestro regalo: no tenemos mas que dolor, dolor, dolor, dolor.

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Canción donde se explica, bien explicado, que al pronunciar una sola palabra puedes hacer tu biografía
A Dámaso Alonso La palabra que decimos viene de lejos, y no tiene definición, tiene argumento. Cuando dices: nunca, cuando dices: bueno, estás contando tu historia sin saberlo.

¿Cómo nace un recuerdo?
(Retrato de Dionisio Ridruejo)

¿Cómo nace un recuerdo? ¿No era un junio? El cielo abría su puerta sobre el valle del Arga. Entre los montes iba la luz con obediencia trémula. Recuerdo que el silencio atardecía toda la vida a su extensión sujeta: los caminos sin gente, las murallas, y el fresco olor que a los pinares lleva. Oyendo unas campanas vi tus ojos, pequeños y naciendo de la tierra jugaban con un dejo campesino

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en la mirada concentrada y lenta, no suspicaz pero alertada y pronta, no impositiva pero fija y cerca de ser dura, tal vez, cuando nos mira y nos puede ayudar con su dureza. Los ojos sin pestañas, se diría sin párpados también, sin brillo apenas, con libertad no exenta de mesura, con derramada y fácil negligencia. ¿Cómo nace un recuerdo? La luz última arropaba tu cara entre la niebla, descarnada, pequeña, fina y dulce, cansado el gesto y sin cansar la fuerza. El cabello castaño, cuando ríes la risa te reclina la cabeza; la piel áspera y pálida, la boca desdibujada, exánime, risueña. En testimonio de vivir tenías hoyuelada la cara, y había en ella una gran paz convaleciente: hoy sigues dando esa paz que tú no encuentras. Recuerdo que me hablabas descansando todo el cuerpo en la voz, y tu voz era la que llevaba al mundo de la mano, amplia, segura, convencida, cierta. Recuerdo... ya no sé. ¿Cuándo empezaste a estar detrás de la memoria entera, detrás y como un tren que caminara sobre dos vidas en la misma rueda?

Con un temblor de nieve en la dulzura
Con un temblor de nieve en la dulzura de la sombra morena y sonrosada,

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en tu pálida carne lastimada ceñida está la luz por la blancura. Luz sola desde el llanto a la tersura, azucenas de nieve desvelada, y el aroma del mar en tu mirada de claveles y arcángeles clausura. Te hace el amor severa la tristeza, la mano el agua y el laurel el ruego que en su dorada perfección te inmola. La intensidad mantiene la pobreza, y en la mansa ribera del sosiego todo está en ti, que permaneces sola.

Contigo
No hay noche, no hay luna, no hay sol cuando estoy contigo, tiemblo de quererte tanto, tiemblo de sentirme vivo, tiemblo de saber que un día la espuma se lleva al río, y en el corazón del hombre se lleva al tiempo el olvido. No hay luz, no hay jardín, no hay noche de otoño contigo, ¡quisiera que se acortara el tiempo cuando te miro! contigo para perderme, para salvarme contigo, contigo, Abril, para siempre por los siglos de los siglos. ***

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Tiemblo de verme en tus ojos sin comprender el bautismo, contigo, Abril, primavera, el nombre nace contigo, y el ser también en el seno de tu vientre estremecido, nieve niña y madre virgen de mi tiempo y mi destino; por ti se agrupa el rebaño por ti se doblan los trigos, por ti los álamos tiemblan y el mar se levanta en vilo como los pueblos que llevas en la mirada perdidos para siempre, como el tiempo que vuelve a nacer contigo, contigo para salvarme, para perderme contigo como el beso que no sabe sobre qué boca ha nacido. ¡No puedo verte, no puedo verte cuando estoy contigo! ¡no sé mirarte, no sé mirarte, pero te sigo! tuyo seré madreselva, madre viento y madre río, isla de ti solamente mi nacimiento continuo, que estoy con dolor queriendo lo que muero y lo que vivo, lo que vivo y lo que muero de tenerlo sin vivirlo. *** Ya el tiempo es sólo el espejo donde te sueño lo mismo que los chopos en invierno

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sueñan su verdor florido. (...)

De cómo vino al mundo la oración
De lirio en oración, de espuma herida por el paso del alba silenciosa; de carne sin pecado en la gozosa contemplación del niño sorprendida; de nieve que detiene su caída sobre la paja que al Señor desposa; de sangre en asunción junto a la rosa del virginal regazo desprendida; de mirar levantado hacia la altura como una fuente con el agua helada donde el gozo encontró recogimiento; de manos que juntaron su hermosura para calmar, en la extensión nevada, su angustia al hombre y su abandono al viento.

El amor es una soldadura más o menos autógena
Si vives enamorado, no tardarás en saber que un amor puede doler cierto, mentido y soñado. Y quizás ninguno estará de más

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El desvivir del corazón
Mi soledad termina en tu latido. Tú eres mi compañero; mi reloj de morir que late solo; mi corazón de Dios dentro del pecho. ¿Recuerdas? Yo contaba tus latidos como un llanto de ciego, como un corte en el césped, como un rastro de lluvia en el espejo, siempre hacia atrás viviendo la alegría, para encontrar mi propio sentimiento desnudo y anterior y en aquel punto en que el labio de Dios lo está diciendo ya para siempre. Sí, pero ¿hacia dónde me llevaba tu mano, compañero de la esperanza nuestra, que desvives llorándola volviendo hacia la sed del mar, que ya la cubre de sal y de silencio? (La fronda estremecida, bajo el agua se quiebra; un viento quieto va gastando en las hojas la hermosura que aún era alegre ayer; los troncos viejos, innumerablemente sucesivos, se doblan bajo el lento movimiento mortal del agua viva -del pie que al caminar borra el sendero-, y se borran mis huellas en el alma llevándolas volviendo siempre hacia atrás, hasta dejar soñado, y en la mano de Dios cuanto fue nuestro.) ¡Contigo siempre! Sí, pero ¿hacia dónde me llevará tu mano, compañero? Sobre el mar sólo queda la esperanza; debajo de ella el tiempo, el retrasado corazón que busca

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en su propia ceniza el fundamento de mi vivir; las olas van y vienen y van; dime, ¿no es cierto que no vives mi vida, que no vives la vida que me das?; ¿ dime latiendo si me has de acompañar cuando mi muerte tenga la edad de Dios sobre el sendero?; dime, ¿qué voluntad mueve la tuya?; dime, ¿volverá el tiempo a dividir las aguas que ahora cubren madera, cima y cielo del bosque agonizando donde nunca se pierde un niño, ni se olvida un sueño?; dime, ¿ cuándo sabré que hemos vivido la misma vida, corazón, si ciego siempre, pierdes el tino cuando la luz deslumbra tu silencio, y quiebras en mis ojos la mirada con un desprendimiento, con un temblor de tierra interno y loco que me arrastra contigo sangre adentro, contigo y hacia ti, que desvarías confundiendo hoja y mar, camino y cielo?

El espejo
El tiempo es un espejo con distintas imágenes que brillan en su fondo como una procesión de fuegos fatuos hasta que el humo las dispersa, y entonces siempre ocurre lo mismo: aparece tu rostro, y sé que para verte tengo que hacer un gran viaje desde mis

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ojos a los tuyos, y desvivir distancias, advertencias y defunciones, pues sólo puedo verte traspasando un espejo y se astilla el cristal cuando paso por él, y cada esquirla es una herida, y vivir es tan sólo un espejo sangrando, un espejo que se vuelve a quebrar todos los días cuando paso por él para mirarte, porque no hay solución, no hay claveles adrede, y al romperse el espejo se multiplican las imágenes y apareces en todas ellas como eres: radiante y casual, pero no puedo verte, no te veo, pues en el fondo de mis ojos queda un poco de humo. Esto es lo que me pasa, porque el humo me llama por mi nombre, habla mi propia lengua, para hacerme saber que todo lo profundo es doloroso, y hay que ser consecuentes con el humo, llevarle de la mano mientras quede en el aire una vedija, pero esto no es tan fácil, pues al hacerlo muchas veces, puedes quedar desencarnado, como si te estuvieras viendo en un espejo que se deshiela; y por esta razón vivimos juntos mientras nacen las cosas si las tocas, y van haciéndose reales, contributivas, tuyas, porque te quiero tanto, de tal modo que me sangran los ojos al mirarte como si todo lo que nos une fuese una despedida.

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El trigo limpio a la sazón cortado
El trigo limpio a la sazón cortado. Dame tu mano, amor, corza en olvido. Vida y dulzura en el silencio erguido por ausencias de mar enajenado. ¿En qué playa de cielo abandonado, toda cántico y mar restablecido, con ternura de azándar has sentido, violado el cielo y con razón violado? Aroma de temblor mi terca frente tu limpio abril en el espacio abierto. Sólo un esfuerzo y su misterio cierto me ordenará en el ruego, dulcemente, remeros de la sombra en la corriente ciñen su lago en el candor del puerto.

¿En dónde empieza nuestra sombra?
Sabes que llega un día en que el suelo que pisas se convierte en pared, ésta es la gran lección y la medianería que separa los muertos de los vivos; los extremos se tocan, no podemos salir de su contigüidad, más tarde o más temprano en cada orilla queda un muerto nuestro.

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En la noche final de la ausencia el poeta piensa en la amada y la lluvia que los une
Nada tengo de ti, sólo una lenta comunidad de sombra en la mirada, y esta necesidad desesperada que crece sin vivir muerta y violenta. Dura la sombra hasta que viene el día y el sol entre los hombres se reparte, ¡qué color tendrá el ojo al contemplarte si así lo enciende ya tu cercanía! Mis ojos que en el viento están impresos miran la noche ya crecer empieza este quieto empujón de la tristeza que gasta el andamiaje de mis huesos. El alba es la inocencia de la aurora, cuando venga la luz vendrá contigo, la lentitud del cielo es un castigo y una habilitación que siento ahora. Si el sol andando a pie viene en mi ayuda, aún le falta su luz a la mañana, no puedo verte y la memoria es vana, no puedo hablarte y la palabra es muda. La ausencia tiritante y aleada se acorta convirtiéndose en espera, si ceniza de ayer es la ceguera, ceniza de esperar es la mirada. La noche que es inútil como un ruego va maniatando al mundo en su atadura, y deja en el mirar la quemadura de ti que me hace verte o me hace ciego.

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Para volverte a ver sólo es preciso que el lucero del alba empiece el vuelo sobre La Golondrina, y en el cielo haya un lento deshielo circunciso. Tengo la sangre convertida en plomo y la esperanza convertida en fe, vivir para mirar sin saber qué, mirar para temblar sin saber cómo. Si el cielo dice que la luz vendrá el sol está esperando todavía... ¡qué fuerza le da al hombre la alegría!, ando tu sombra que en el suelo está. Los ojos viven lo que están buscando y hablo en voz alta para estar contigo; puedo decir: Vendrás, y si lo digo mañana es sólo una palabra andando. ¿En la lluvia mis manos reconoces? tal vez nos está uniendo en sus extremos, yen este mismo instante ya tenemos un solo corazón que habla a dos voces. No puedo más, no puedo más, la cita que hace girar al cielo ya no ceja, y vienes con la luz como se deja una palabra en el papel escrita. El tiempo lañador y transitivo va dejando en el aire tu traslado; ya nos empieza a unir y ya ha empezado la extraña gloria de sentirme vivo. La ausencia es una luz interrumpida, el cielo palidece y azulea, y el sol que nos alumbra, nos recrea; la espera terminó; llega la vida.

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Esta lenta escisión de la carne y el cuerpo
No es la vida, es la carne lo que siento, la carne silenciosa y sucedida que me empieza a dictar su propia vida y me ha legado el cuerpo en testamento.

La absolución
«Si tú me lo pidieras», si tú me lo pidieras cuando llegue esa hora en que la vida empieza a hacer preguntas sin respuesta, como se hace un raspado de matriz o se pone en las venas una inyección de aire, y después, pero inmediatamente, oyeses algo más terminante aún: una respuesta sin pregunta; y el viento caminara con muletas, y el mar dejase a nuestras plantas sus indefensas olas de puntos suspensivos, y todo ese mañana que hemos vivido juntos se hiciera sibilante y disimulador como las ruedas de un tren chirrían cuando se pone en movimiento, y la rosa de un solo pétalo se convirtiera en una serpiente coral, que levantara su cabeza, lela y bamboleante, de tu cuerpo a mi cuerpo como se cierra una interrogación. Esto puede ocurrir, esto puede ocurrir a cualquier hora, no me digas, que no, quizás va a acontecer

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mañana o esta noche mientras las ramas y las hojas caen, las hojas y las horas, y se quedan suspensas en el aire romo se borra en la memoria una advertencia inútil, pues de algún modo, amiga mía, ese asombro que siento junto a ti ya no es vivir sino velar tu cuerpo. Y sin embargo, si tú me lo pidieras, si tú me lo pidieras aunque ya fuese al despedirte, si yo pudiese oírlo, aunque fuera una sola vez, tal vez sería posible que la carne agrietada se volviera a juntar como se juntan en el labio unas palabras de perdón, y la vida ya no sería un gurruño, y el cuerpo que aún me queda sonaría, comenzaría a recuperarse como un río se evapora, y se convierte en un temblor dialogado y concéntrico sobre la piel tirante de tu vientre cuando llega esa hora en que la absolución es algo más que una palabra, cuando llega esa hora en que despierta al fin el jardín de los pájaros, y siento que sus alas me golpean en el rostro buscando la salida y hallando la alegría, y el cuerpo se hace música, música tiritante, una vez y otra vez, con su empujón de lluvia y de violetas húmedas, hasta sentirme tuyo, hasta nacerme,

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ya que si tú me lo pidieras, no sé cómo, pero si tú me lo pidieras, en ese instante mismo nacería.

La feria de los pájaros
Sentí que se desgajaba tu corazón lentamente como la rama que al peso de la nevada se vence, y vi un instante en tus ojos aquella locura alegre de los pájaros que viven su feria sobre la nieve.

La cicatriz
A cada hombre le tendríamos que hablar en una lengua distinta, a cada amigo le tendríamos que hablar con una voz distinta para que nos pudiese comprender, pero la lengua personal es tan fiel a sí misma, tan incomunicable que las palabras son como ataúdes y sólo llevan de hombre a hombre

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su andamio agonizante, su remanente de silencio y su estertor, como aquella mañana en que al sentarme en el autobús vi a mi lado a una antigua moneda romana, una medalla o una lápida que hablaba masticando las palabras: era una campesina ya embebida por la intemperie de la noche a tientas y de la vida a ciegas, que me miraba con un poco de luto en las pupilas como queriéndome abrigar, y yo no supe contestarle, y yo callaba junto a ella porque mi lengua personal es inventada literaria y enfática, y como no me sirve para hablar con un obrero o con un niño, y como no me puede dar la absolución, a veces tengo que ocultarla como se oculta el dinero en la cartera, a veces tengo que callar, como hice entonces, sintiendo de repente la incomunicación igual que el aletazo de un murciélago con su golpe de trapo, y su asco parcelado sobre el rostro donde el labio que calla va convirtiéndose en cicatriz.

Durante el embarazo, el corazón del niño es ya un galope
Primero fue como un deshojamiento interno de tu carne, una frontera de lo oscuro a lo claro, una escalera de sangre, una palabra en movimiento

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cada vez más pudiente, luego el lento escalón de la vida; su primera imprimación total sobre cera virgen y su continuo crecimiento que ya empieza a dolerte y ya te mide con sus pies poco a poco y anda entre la luz de nueve meses que es tu día y te habla de ti misma y ya te pide que no le desampares en tu vientre no sabiendo que vive todavía”.

La luz interrumpida
Homenaje a Juan Ramón

Nunca pero contigo, aunque la vida sea la luz de esa mañana que nunca viviremos, un tren que no esperabas y ha llegado, una hora que empieza siendo alondra y acaba siendo espejo. Cuántas veces he visto un columpio en tus ojos mirando y sin mirar un ayer venidero, viviendo y sin vivir algo que nunca llega y a fuerza de esperarlo se va haciendo más nuestro. Miradas con recuerdos por hacer que aún se doran ¿en qué sol amarillo o en qué tarde de invierno? soles que ya estuvieron ardiendo en otra boca y luego al enfriarse se convierten en besos. Manos que poco a poco se han ido haciendo sombras y alucinadamente te acarician durmiendo, cenizas ¿de qué luto?, despertar ¿en qué vida?, y esta mínima y lenta procesión de los huesos, y este temblor de azúcar bajo la lengua cuando

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te toco y no sé cómo despiertas y te veo y tu cuerpo es un río que pasa ante mis ojos y el amor vuelve a darnos su desmemoriamiento, y esto quizás no vuelva a suceder, quizás no vuelva a despertarme con los ojos abiertos, ni sepa en qué momento de luz interrumpida la nieve vendrá a verme cuando estemos naciendo juntos y para siempre, ¿en qué mañana? ¿cuándo seré sólo una lluvia de ceniza en tu cuerpo y aún querré estar contigo y vivir una vida, de después o de nunca, para seguir cayendo?

La transfiguración
Siento tu cuerpo entero junto al mío; tu carne es como un ascua, fresca e imprescindible que está fluyendo hacia mi cuerpo, por un puente de miel lenta y silábica. Hay un solo momento en que se junta el cuerpo con el alma, y se sienten recíprocos, y viven su trasfiguración, y se adelantan el uno al otro en una misma entrega, desde su mismo origen deseada. Siento tus labios en mis labios, siento tu piel desnuda y ávida, y siento,

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¡al fin! esa frescura súbita como una llamarada de eternidad, en que la carne deja de serlo y se desata, se dispersa en el vuelo, y va cayendo en la tierra sonámbula de tu cuerpo que cede interminablemente cediendo, hasta que el vuelo acaba y ya la carne queda quieta, milagreada, y me devuelve al cuerpo, y todo ha sido un pasmo, un rebrillar y luego nada.

La última luz
Eres de cielo hacia la tarde, tienes ya dorada la luz en las pupilas, como un poco de nieve atardeciendo que sabe que atardece. Y yo querría cegar del corazón, cegar de verte cayendo hacia ti misma como la tarde cae, como la noche ciega la luz del bosque en que camina de copa en copa cada vez más alta, hasta la rama isleña, sonreída por el último sol, ¡y sé que avanzas porque avanza la noche! y que iluminas tres hojas solas en el bosque, y pienso

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que la sombra te hará clara y distinta, que todo el sol del mundo en ti descansa, en ti, la retrasada, la encendida rama del corazón en la que aún tiembla la luz sin sol donde se cumple el día.

Larga es la ausencia
La sombra siempre y luz sin la luz mía Herrera

Tu soledad, Abril, todo lo llena. Colma de luz la espuma y la corriente. Aurora niña con su sol reciente. Toro en golpe de mar como mi pena. La soledad del corazón resuena desierto ya como un reloj viviente, como un reloj que late porque siente la marcha de tu pie sobre la arena. Y así vas caminando sangre adentro, sangre hacia arriba, hacia el primer encuentro, sangre hacia ayer en la memoria mía; ¡ay, corazón, donde me pisas tanto!, ¡qué soledad sin ti, cierva de llanto! qué soledad de luz buscando el día.

Me están mirando en tus ojos
Me están mirando en tus ojos los ángeles del instante,

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los ángeles que han perdido la memoria al contemplarse. Me estoy reuniendo en tus brazos; te siento casi quemándome; arden el tronco y las ramas pero las hojas no arden. Estamos juntos, sin vernos, repetidos y distantes, juntos pero no vividos, tristemente naturales.

Memoria de tránsito
Abril, porque siento, creo, pon calma en los ojos míos, ¿los montes, mares y ríos, qué son sino devaneo?; mirando la nieve veo memoria de tu hermosura, y cuando vi en su blancura tu inmediata eternidad, ¿fuiste si no claridad, temblor, paciencia y dulzura? Tu leve paso indolente deja en mis ojos su aroma, los ojos en donde toma revelación permanente; bienaventuradamente nacieron para el olvido, tu piel de asombro encendido, tus ojos de limpio viento, y esta ternura que siento «herido de amor huido».

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Los sitios donde has estado en la memoria los llevo sólo para ver de nuevo el rastro que allí has dejado; la tierra que tú has pisado vuelvo a pisar; nada soy más que este sueño en que voy desde tu ausencia a la nada. me hizo vivir tu mirada: fiel al tránsito aquí estoy.

Verte
La lámpara del cuerpo es el ojo, así que si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso. San Mateo, VI, 22

Verte, qué visión tan clara. Vivir es seguirte viendo. Permanecer en la viva sensación de tu recuerdo. Verte. La distancia nace. El cielo suprime al cielo. La vida se multiplica por el número de puertos. Todo colmado por ti. No ser más que el ojo abierto, y eternizar el más leve escorzo de tu silencio. Verte para amarlo todo.

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Claustro en tranquilo destierro. Dulzor de caña lunada. Luz en órbita de sueño. Mortal límite de ti. Cielo adolescente y tierno. Núbil paciencia de playa. Vivir es seguirte viendo. ¡Verte, Abril, verte tan sólo! Tranquilísimo desierto. Pena misericordiosa. Sosegado advenimiento. Verte: qué oración tan pura, islas, nubes, mares, vientos, las cinco partes del mundo en las yemas de los dedos.

Y escribir tu silencio sobre el agua
Sólo florece el agua que está queda Miguel de Unamuno

No sé si es sombra en el cristal, si es sólo calor que empaña un brillo; nadie sabe si es de vuelo este pájaro o de llanto; nadie le oprime con su mano, nunca le he sentido latir, y está cayendo como sombra de lluvia, dentro y dulce, del bosque de la sangre, hasta dejarla casi acuñada y vegetal, tranquila. No sé, siempre es así, tu voz me llega como el aire de Marzo en un espejo, como el paso que mueve una cortina detrás de la mirada; ya me siento oscuro y casi andado; no sé cómo

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voy a llegar, buscándote, hasta el centro de nuestro corazón, y allí decirte, madre, que yo he de hacer en tanto viva, que no te quedes huérfana de hijo, que no te quedes sola allá en tu cielo, que no te falte yo como me faltas.

La ola inmóvil
Es curioso saber que todo empieza en la transmigración de la saliva y mis ojos dentro de poco van a cumplir dos años. Lo cierto está tan cerca que el silencio me ha cortado los pies y la sangre gotea sobre la alfombra ya que no basta ver lo que se ve, es necesario adivinarlo. Lo que se ve es un cuerpo en la penumbra, un cuerpo que en la noche de amor tiene la plenitud de una ola inmóvil, que está siempre en su altura de dominio. ¿Nunca has pensado, amiga mía, que el cuerpo al desnudarse está más junto? y luego, en el momento en que lo miras, cobra su exactitud porque el mirar lo va configurando. Todo consiste en la transmigración, y hoy al verte he sabido que el tacto es el recuerdo más antiguo que tiene el hombre, y a veces puede aterrorizarnos con su temblor de miel lenta y originaria y envolvente. El tacto es como el mar y el cuerpo amado es de agua despacísima que no se mueve sino hacia adentro, desnaciéndose, ya que la carne tiembla porque mira y al entregarse está mirándonos. Hay zonas de tu cuerpo que en la sombra relumbran y tienen un calor reverberante y un temblor desciñéndose que es la memoria de su origen,

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y ya sabes que a veces el cuerpo participa de la luz pues el que toca lo cierto muere, y noche adentro sientes que la profundidad del mar se hace inmediata con el roce más leve pues lo profundo aterra: es desnacer, y el agua de tu cuerpo está muy junta y muy temblada ascendiendo de la sombra a la luz, y nunca acaba su ascensión, su encendimiento gradual, y el pulso empieza en las estrellas, y la creación del mundo se suspende hasta que ya en el mar sólo queda una ola, sólo cabe una ola que al llegar a la playa queda en vilo, sabiendo que no puede romper sino acabándose.

Primavera morena
Tu abril siempre y ya logrado, ¡oh maravilla sin huella! Trigo y agua de doncella y aurora de sol mojado, naranjo en su flor celado, cristal de mimbre sin dueño pulsador, ¿cuándo mi empeño de luna al fin modelada, primavera resbalada desde el donaire hasta el sueño? Tan dulcemente morena tendida en risa liviana, abril de carne temprana, esbelta gracia serena, sólo penumbra y arena tu lenta piel sin ayuda,

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siesta deleitosa y muda estática madrugada, piadosa yerba segada ya para siempre desnuda. Circuncisión de mi celo, madre en júbilo de río tu desamparado brío estremecido de anhelo. Toda la presencia en vuelo por el temblor obediente, misericordiosamente doy gracias a tu alegría; ¿de qué dolores María, sierva de luz en mi frente?

El andamio
Te he dicho innumerables veces que nosotros no somos únicos ni mucho menos, por diversas razones, entre otras porque nunca quisimos disfrazarnos de amantes, y además no tenemos esos ojos que se asemejan a una pantalla, en la cual todos cuantos se miran sienten su conversión; quiero decir, que por el hecho de mirarnos se convierten sin más ni más en televidentes, y empiezan a vivir, paralíticos y necrosándose, en la televisión de la mirada. No es eso, por supuesto, y nadie va a pedirnos cuentas de nuestra alegre podredumbre, ya que no nos ha sido necesario llevar un tren en el bolsillo, ni queremos que todas las semanas llegue la primavera,

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ni hemos juzgado a nadie, y cuando hablamos con amigos nunca estamos inquietos como anguilas escurridizas esperando la menor ocasión para hacer la del humo.

Muchas cosas nos hacen diferentes, es cierto, pero no somos únicos ni nos hemos sentido culpables, ni siquiera llevamos una escafandra sobre el sexo para hacer el amor sin ahogos; y por si todos estos razonamientos fueran inútiles, que lo son, puesto que hay que contar con la inutilidad de casi todo lo que hacemos, fuerza es reconocer que no tenemos lepra ministerial, ni hemos sido tan ordenados que pudiéramos anunciar nuestra defunción en la tarjeta de visita, ni llevamos una hormiga en la lengua que nos haga reír a la hora justa. Y tú sabes que en esto estriba nuestra suerte, nuestra corriente alterna, ya que somos mortales y vivimos la limosna diaria y contamos los años por latidos y somos laminaciones de estupor, ceniza indivisible y volandera pero ¡qué importa esto! qué nos importa lo que pueda venir si la mentira es una prórroga, y nosotros no queremos mentir, no nos queremos prorrogar, no lo necesitamos para ser contumaces como dos seres que se aman, como dos tartamudos que se apoyan para encontrar su identificación en una sola sílaba, en una sola huella o en una sola lágrima

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que se va desplazando entre nosotros hasta que se convierte en una lágrima dialogada, mientras se juntan nuestros labios con esa lenta espontaneidad con que se van uniendo los bordes de una herida, y nuestros corazones suben una vez más, con esfuerzo testarudo y discípulo, un amor o un andamio, un andamio de huesos que nos lleva a esa altura donde la mesa se hace pan y todo queda vinculado, mientras sigues subiendo como puedes, un amor compartido o un andamio, ese andamio de juntura y perdón en que consiste la alegría.

Guardo luto por alguien a quien no he conocido
Como la ausencia es un cristal que no se empaña estoy viendo tus ojos cuando cierro los míos. Vienen desde el dolor y continúan mirándome igual que siempre me miraron: desde lo abierto de la herida, y tienen un color de tabaco quemándose, de tabaco con miedo, y ahora estoy recordando que los ví de repente como se abre una grieta en la tierra. Parecían una sala de hospital, una sala vacía, y me miraban ya con ese mandamiento que es igual que una esponja, una esponja que ha enjugado el dolor muchas veces, deletreándolo, para que sus distintos elementos no vuelvan a reunirse

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y ya nada en la vida nos pueda doler junto. Y recuerdo también que aquella noche -creo que era el 29 de septiembretus palabras eran de lluvia, y sin embargo en ellas pude ver hasta la sombra de tus huesos. Y nada habría podido interrumpir aquel diálogo en que me hacías vivir la primogenitura de la muerte como si la quisieras compartir conmigo, y tus ojos me miraban lavándome el estupor a tientas que es la vida, y por eso tal vez se hizo una luz extraña, se hizo una luz que me hizo recordar nuestra muerte contigua, la muerte junta y grande que llenaba dos cuartos separados por un tabique de rasilla, y se ha quedado quieta entre nosotros, de una vez para siempre y para nunca. Algo evadido nos unía: era el olor que inundaba los cuartos, los pasillos, las paredes blancas y refractarias, un olor ácido y adhesivo como un esparadrapo que se pegaba a nuestros labios y hacía de cuando en cuando titilar nuestros ojos, atándonos las manos y los años con su lengua caliente y su estertor. Nada en la vida es gratuito; lo que no se recuerda se acaba, y para no acabarme te voy a recordar que estábamos entonces en el Sanatorio Puerta de Hierro, en la planta primera a la derecha, viviendo cada cual una postrimería en las habitaciones encristaladas que dan junto al jardín. Yo velaba a un poeta,

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un amigo indeleble que nunca había podido sostenerse a sí mismo, que nunca tuvo manos, y ya entonces, en marzo, sólo tenía un muñón de palabras agónicas: -No sé como es igual lo diferente pero todo es lo mismo. La poesía tiene cáncer. Hay palomas vividas y no es eso, no es eso. Los hijos se disipan en la niebla. Sólo quiero decirte que no me gusta despertar y ya no voy a hacerlo. ¿Me comprendes? Estoy siempre cayendo y el despertar hace más brusca la caída. Ayúdame a morir un poco. Un poco nada más. Basta con que me oigas. Sólo me queda Dios, es como un perro que me lame y me limpia la vida y las palabras. Cuando me calle puedes decir amén. No interrumpas mi muerte. No necesito nada. Allí en la habitación donde estábamos solos oíamos siempre un mismo ruido, un pequeño jadeo legitimado y horadante que se ahondaba cada vez más, y a fuerza de escucharlo comenzamos a sentir el temor de que se interrumpiera con el alba. Era un paso de viento entre hojas secas que llenaba la garganta arañándola, y que alguien retenía con todo el cuerpo como el fuego se ahoga cuando lo quieres apagar. La frecuencia termina siendo amor, y aquel sobrante de agonía, aquella anhelación, aquella tos que iba vaciando a un hombre, hacían más ancha nuestra vida y queríamos saber su procedencia, su desdibujamiento en el rostro de alguien, mientras lo estábamos escuchando con esa suspensión, casi deshabitada, que se suele sentir

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cuando pasamos por un puente. Una gota en el ojo borra el mundo y aquel jadeo, fraternalmente indivisible, fue siendo poco a poco mi reloj de vivir, mi huella medianera, mi memoria nocturna, y como lo que no se ve crece continuamente hasta manifestarse, hoy es la punta de un taladro que ha terminado por socavar mi corazón y el muro. Esa muerte contigua que nos acompañaba sin conocernos ha sido el arcoiris del dolor, y me ha hecho guardar luto, tienes que recordarlo, tienes que recordar que yo he guardado un luto tuyo como si me vistiera con tu piel, que yo he guardado luto queriendo acompañarte, durante mucho tiempo, durante mucha vida, por un hombre que amabas y sólo he conocido mirándote a los ojos, y viendo esa manera de esperar que me duele como una llaga, como una llaga jovencísima y compartida que hemos vivido juntos, que hemos llevado entre los dos y que quizás por ello, amiga mía, puedas seguirme encristalando el dolor de vivir.

A mí me gusta tu tos
En la corriente alterna del jardín y el recuerdo siempre que pienso en ti la ausencia me deslumbra, es como un resplandor que se impone a mis ojos: si los cierro me engañan, si los abro me angustian.

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Ayer por la mañana vi la luna en el cielo como dentro del agua, parecía una pregunta hecha desde muy lejos; el jardín me recuerda que vienes, con su asombro de musgo en la penumbra, su sol pestañeando entre las ramas altas, y en las ramas centrales su prohibición de fruta corporal y latiendo bajo las hojas: es cierto que estoy oyendo la silenciosa música de tu cuerpo al andar y las magnolias dicen que sí, que antes de ser redondas fueron tuyas. Vuelvo a ver tu mirada como un pájaro ciego que tiembla mientras vuela; tus manos son de juncia, temo a veces pisarlas y tu cuerpo es un río de amapolas andando si me quieres. Y hay una sombra de hojas que caen y crujen lentamente en tu voz al hablar como un terrón de AZÚCAR CHASCA MIENTRAS SE QUEMA; y ríes como tosiendo, un poco, nada más que un poco: a mí me gusta tu tos, es lo más tuyo, y me parece ahora mismo que he vuelto a oír en la alameda última, igual que un trapo atado se rasga con el viento su estrangulada y ronca iniciación de lluvia.

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Las alas ciegas
Quien no sufre se quema, y yo recuerdo que la primera vez que hablamos me mirabas con tal intensidad que te quedabas añadida a mis ojos. Así ha pasado el tiempo desde entonces y las cosas que he vivido contigo se convirtieron en necesidades y la vida que no vivimos juntos es una casa sin ventanas. Las alas llevan a la niñez, pero tú me mirabas de tal modo, me mirabas doliendo de tal modo, que a partir de aquel día no he logrado saber si hay que vivir o hay que morir lo que se ama pues cuanto no se muere más de una vez en nuestra vida no llega a madurar: es gratuito. Morir es un aprendizaje ¿no recuerdas que los amigos que más queremos se nos fueron haciendo indispensables, poco a poco, y hoy los vemos andar como sonámbulos en el sueño de Dios, y su rostro al mirarlo se desdibuja, nos parece movido como cayendo a bien morir? El temblor es un muro que separa la sangre en dos orillas, y ahora quiero decirte, amiga mía, que aquel diálogo primerizo no ha terminado aún, no puede terminar ya que «la muerte no interrumpe nada» y esto no son palabras, son latidos y distienden la sangre como se alargan las palabras cuando haces el amor. Quien no sufre se quema, y yo quiero decirte, quiero añadir aún,

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que hay ocasiones en que la certidumbre de vivir se hace tan dirimente que ya no puedes sostenerte ni sostenerla. No lo olvides, amiga mía, hay personas que no saben que sufren y hay personas que no saben sufrir como hay lugares en el mundo donde nunca ha volado una paloma, y tú sabes muy bien que cuando estoy a tu lado nunca te dejo de mirar porque temo perderte, no sé cómo, no sé, pero temo perderte cuando juntas el cielo con la tierra, cuando lo juntas todo: la víspera, el insomnio, los adioses, la nieve cuando cae, ¿no recuerdas su lástima cayendo? ¿no recuerdas también que el amor tiembla al derramarse para juntar dos cuerpos, y es lo mismo que un gas que al concentrarse se licúa? Morir es como amar, morir es un aprendizaje progresivo y asiduo, y yo recuerdo otros momentos tuyos más difíciles en los que me mirabas con los ojos empalizados y la sonrisa veraneándote en la boca, pues cuando estás a la defensiva la indecisión te agrieta un poco, te va agrietando lentamente como la carne se cae del cuerpo con la lepra. Las alas llevan a la niñez, esto está claro, pero ahora, para que nunca vuelvas a sufrir, voy a inventarte una alegría, voy a extraer, de donde esté, algún recuerdo tuyo que pueda sostenerte, y te recuerdo niña,

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y te veo despertar cada mañana en un pueblo distinto, y te estoy viendo sola, callejeando y velocísima con las trenzas siguiéndote y corriendo cada vez más amparadoras para no separarse de tu cuello y de ti, y he sentido crecer tus ojos, tus zapatos, tu cabello que busca el mar para embarcarse, y he visto que tu cuerpo te llevaba en volandas, y no podías gritar porque ya entonces ibas con tu secreto al hombro, mientras que toda la población del cielo te miraba escandalizada repitiendo con los labios jaculatorios y contumaces: -¡Caramba con la niña!Y despúes al llegar a tu casa, como un copo de nieve se deshace, te quedabas dormida con el cuerpo despierto, con el cuerpo corriendo todavía, y la noche era un puente roto sin más, sin otra cosa, hasta que muy de mañanita te lavabas de chapuzón, y subías ál dormitorio de tus padres para besarlos sin chistar, y como entonces no tenías en el mundo más amiga que el ama, te marchabas al colegio con ella y en el momento en que llegabais juntas a la calle, todo se hacía domingo porque os necesitabais mutuamente y ella reunía su desamparo con el tuyo, y te miraba para vivir, y te hablaba despacio y tiritando las palabras con la voz agachada mientras marchabais apretujándoos ya que a ti te gustaba pisar seguido, muy seguido y sin salirte del bordillo; y no sé cómo podíais llevar el mismo paso porque tú andabas como saltando y ella andaba como rezando. Y yo he visto en la calle muchos años después

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y la he mirado con los ojos que tú entonces tenías, y la calle era un árbol con monjas en las ramas, no me digas que no, no me interrumpas, ya sé que en torno del colegio la calle era distinta como si comenzase a hablar contigo en una lengua vuestra, pero al llegar hasta el zaguán en donde os despedíais, te sentías desahuciada, y comenzabas a tener un temblor muy despacito pero muy junto, pues al quedarte sola vivías tu vida entera como se vive una premonición. Y esto es lo que recuerdo, lo que he podido recordar cuando vuelvo a mirarme en tus ojos de niña para tratar de devolverte algo, una migaja de alegría, siguiendo el vuelo de las alas ciegas.

Lo que tú llamas "Quiéreme"
Busca un sitio en mi piel que no haya sido escrito por tu mano, y que no tenga algún temblor, alguna luz de tu carne en su memoria ciega; busca un sitio en mis ojos que no haya sido espejo y que no sienta cristalizar esa sonrisa tuya que está aprendiendo a andar sobre la tierra: lo que tú llamas "niño" ya en tus manos se quiebra y se azucena, lo que tú llamas "quiéreme" no es sangre pero late también, lo mismo que ella, y ¡todo es tuyo! y sin embargo, siento algo que está más cerca

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de mí que la esperanza, algo que vive de mi propio vivir, algo que cesa contigo, amor, y que me hará imposible, la misma vida que me das entera.

Lo que no quieras oír no lo preguntes
Nadie puede reunir las hojas de un otoño y sería inútil intentarlo puesto que no se juntan los labios de un amén, ni cabe en la mirada esa noche del mundo que llena exactamente la mitad de la tierra. Lo que no quieras oír no lo preguntes, no lo preguntes nunca, ya que es innecesario que nos enseñen lo que llevamos en el tuétano, lo que sientes caer dentro de ti, más dentro cada vez, alucinándote, hasta que en tu mirada no queda más que un cuadro maniatado. Ya se sabe que el hombre por el asunto de la evolución tiene los pies un poco muertos y es sabido, también, que en la vendimia de violencia que es el mundo actual se ha ido quedando solo, más solo cada vez con su venda y su parálisis interna, por lo cual no es extraño que cerremos los ojos para poder dormir, aunque nadie se duerme un año entero ya que los ojos tienen vacaciones pero tienen también una función indeclinable y administrativa, y pueden ver suicidios, ciudades y mujeres, como ahora te estoy viendo,

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como ahora te estoy viendo con tu perfil que es tan exacto como un número, tus labios casi de limosna, y tus huesudas manos testamentarias. ¿No recuerdas, amiga mía, que yo a veces te miro sosteniéndome en ti? Así he visto tu piel de azúcar distraída, tu tic parpadeante, tu delgadez aprendiendo a escribir, tus huesos prontos pero tan sólo en esa parte de tu cuerpo donde suele terminar el abrazo, el álabe de tu cadera que llega suavecito hasta tu vientre igual que llega el tren a la estación, y esa sonrisa tuya que confunde tus labios y tus ojos y está siempre acercándose a ellos entrevolando una alegría. Y yo estoy a tu lado, mi vida, tal vez mi vida pequeñita, y el corazón me pesa tanto que lo siento crujir como una rama se desgaja, y el beso que te doy se va haciendo cada vez más anónimo, y en mis ojos ya ha empezado el deshielo y siento la succión de esa memoria ciega, esa memoria entablillada que ata lo que ya nunca se ha de unir como una ligadura que se afloja y deja el hueso en tenguerengue. Así pasan las cosas en mis ojos diarios: es como si la vida me hubiese hecho un empréstito, nada más que un empréstito, para asistir a tu desfile, ya causa de ello vivo continuamente en el andén de una estación donde a veces te acercas preguntando por mí: -¿Cómo estás, amor mío, cómo estás, cómo estás?, y yo estoy quieto, quieto,

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y la quietud me ha hecho saber que vivir de repente es lo mismo que morir de repente, y todo lo que vivo es transeúnte, y todo lo que pienso carece de importancia, carece de importancia, amiga mía, porque no tiene arreglo, y ya no es hora de pensar sino de vivir, y es justo y necesario que cada uno de nosotros siga teniendo su propia historia, y yo tengo la mía, yo tengo esta oquedad que me cuenta las horas goteando, este vacío que me defiende como la cámara de aire impide a la humedad que penetre en el muro. Así pasan las cosas, ya ves, y sin embargo debes tener en cuenta que mis palabras no son en modo alguno una pregunta pues lo que no se quiere oír no debe preguntarse, pero tampoco son una queja pues quejarse es inútil, tan inútil como esos cuentos que sólo hacen reír a quien los dice; éste es mi modo de vivir, éste es mi modo natural de vivir la alegría que nos está quemando juntos, y a pesar de ello I no la puedo perder porque tú eres el corazón que me he olvidado de cerrar, mi sed, mi sangre aparte, mi empujón en la noche, y quizás ya estás siendo mi tren para morir; y sé muy claramente que no importa, que nada importa sino pedirte que convivas este desasimiento, esta alegría, esta emoción pávida y terminal de ver tu rostro a todas horas en el espejo de un vacío.

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Palabras para algo más que un dolor
Tal vez sólo es posible que podamos amarnos mientras que dura un beso o si se quiere una ardentía que, poco más o menos, es una lástima de incendio, quizá una lágrima de incendio, y no puede vivir sino acabándose, como la duración de una palabra sólo nos dice su verdad cuando está terminada y deja su memoria en el oído. Tal vez tengo un cansancio dirimente y he llegado hasta ti como el náufrago si le empujan las olas puede llegar hasta la playa, y he comenzado a andar con unos pasos tartamudos hasta quedar extenuado, y esto es ya como ver la espalda al día, esto ya no es amar sino caer, seguir cayendo sobre tu cuerpo como la noche cae en el mundo, mientras siento crujir mis huesos y mis besos. Tal vez es cierto y sin embargo es triste que nuestro amor sólo puede durar mientras que dure un beso, pero al besarte el tiempo se establece, y tu cuerpo comienza a ser una pregunta, cada una de tus manos tiene su gesto propio, y el mirar de tus ojos empieza a conjugarse en voz pasiva. Así me voy llenando de música y de tiempo, y la música es sed, y la sed es tan corta que tiene que nacer continuamente como nacen mis ojos cuando el vestido empieza a resbalar sobre tus caderas y aparecen tus hombros soleados, tu momentánea piel, y tu cuello de miel agonizante, y tu cintura que es de agua, y recorro, una vez y otra vez, el corto territorio de tu vientre,

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con un mirar infinitesimal, con un encendimiento que cada vez se hace mayor y que al fin se convierte en bautismo sobre un pecho pequeño que cabe en un dedal y unas rodillas fuertes y despiertísimas que alguna vez como las nubes tienden a separarse, y las manos te nacen de repente igual que brota un manantial, y las caricias vienen del origen del mundo, ya que cuando se ama todo el cuerpo termina siendo labio. Y no puedo olvidar que esto es un premio, amiga mía, un premio que me han dado para identificarme con la nieve, mientras te miro y se borra poco a poco tu rostro como se empañan los cristales pues estoy atendiendo a otro diálogo, y este diálogo es una lágrima que tengo ya en el ojo, puesta a punto y nunca acaba de caer, y se va convirtiendo en araña, y siento tu temblor, su velludo temblor parpadeándome, y es un poco de miedo o una embolia que toca con su hielo esta vida que es mía y la contabiliza, hora tras hora, como se cierra un inventario. Y esto no es doloroso, amiga mía, esto es así, como una mano que te agarra por dentro pensando en que la carne se encienda sin arder, y la demora se convierta en culpa y el beso que te doy deje de ser una caricia y sea más bien una pregunta, esa pregunta destituyente que no me atrevo a hacer sino en tu boca, pues todo lo que soy depende de ella, depende de saber que nuestro amor pudo resucitarnos

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-ésta fue su misión y la ha cumplido-pero sólo puede durar mientras que dura un beso.

Recordando un temblor en el bosque de los muertos
Si el corazón perdiera su cimiento, y vibraran la tierra y la madera del bosque de la sangre, y se pusiera toda tu carne en leve movimiento total, como un alud que avanza lento borrando en cada paso una frontera, y fuese una luz fija la ceguera, y entre el mirar y el ver quedara el viento, y formasen los muertos que más amas un bosque ardiente bajo el mar desnudo -el bosque de la muerte en que deshoja un sol, ya en otro cielo, su oro mudoy volase un enjambre entre las ramas donde puso el temblor la primer hoja...

Nadie es profeta en su espejo
Dime, ¿sientes aún la antigua herida cuando el amor te baña en su oleaje y el beso es luz como el amor es traje y el labio es sed como la noche es vida? Dime que sí, que sí, como me dices

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que no con la tristeza arrinconada cuando ya el beso se convierte en nada en los mártires labios aprendices. Tú, mi instantaneidad, mi únicamente, la lluvia que vino a vivir conmigo, trigo es mi voz cuando te nombra, trigo, puente es mi cuerpo al abrazarte, puente. Tú, mi diaria eternidad primera, la noche que se junta con el día cuando cruje en la carne la alegría y a la puerta del cuarto el mar espera, y el espejo es un agua tiritando, y el agua sube lentamente un monte donde tu cuerpo llena el horizonte y veo lo mismo en lo que estoy soñando.

La espera forma parte de la alegría
Cuando vuelvas mis ojos estarán extenuados como si en estos meses dejativos y transeúntes nunca hubieran dejado de andar para mirarte. La ausencia pesa tanto que es preciso convertirla en espera, apaciguarla igual que se hace un torniquete sobre el brazo para evitar la pérdida de sangre; y ahora quiero decir que en cada uno de los sitios en donde nos citamos la esperanza de verte tiene un nivel distinto, cada lugar tiene su profecía, éste es el rito de la espera. Dicen, amiga mía, «que el humo sabe adónde va», y por lo tanto en esta hora sólo tengo que hacer un

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sustraendo, una ligera operación mental, y recordar los ruiseñores absolutos, las sombras disponibles, los membrillos, las llagas, y así he llegado hasta tu calle, y ahora me encuentro ante tu puerta para quedarme quieto, sin llamar, porque la dilación forma parte de la alegría, y sé que el corazón hay que reunirlo poco a poco, hay que reunirlo prematuramente para poder tenerlo junto en el momento necesario. La puerta es un espejo que se mueve y al acercarme pesa tanto la mano que no la puedo levantar para tocar el timbre, no llego hasta esa altura, hay días en que la muerte está tan cerca que no se puede alzar la mano; ya causa de ello he iniciado el retorno para seguir callejeando sólo un momento más, sólo un momento, detenido, igual que el agua fría se bebe sorbo a sorbo, o también como a veces se detiene el orgasmo, cuando la dicha es tan intensa que no queremos que se agote, y volver a empezar se parece a morir. Los amigos me dicen que cuando estás en la playa bañándote las nubes se adelantan a las olas, y yo estoy solo ante tu casa tratando de vivir este momento previo, y salgo a la avenida en donde todos los portales tienen el mismo número igual que las arterias tienen la misma sangre, y las casas sienten de tal manera su vecindad que abandonan

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la acera y tienden a acercarse como las letras de una sílaba, y todas las ventanas comienzan a cerrarse, todavía no, mi amor, espera un poco, hay que acabar este paseo y demorar los pasos y los ojos hasta entrar en el cine cumpliendo un rito de purificación, ya que lo cierto es como un parto, y al entrar en la sala te adentras en la sombra, y en el silencio escuchas la sangre dialogada, y sientes un calor primigenio y anónimo que te taladra con una especie de rubor corporal, ¿no has observado que al sentarte en el cine te inmovilizas y tardas mucho tiempo en atreverte a mirar hacia tus compañeros de butaca por temor a encontrarlos desnudos? y desnudos están, configurándose, en la antesala del vivir, y si entonces les tocaras los ojos tocarías la esperanza. Esto pudiera sucederme ahora, si no salgo a la calle para desplacentarme, -tengo que hacerlo prontoy al salir estoy viendo que los políticos de izquierdas hablan siempre del pueblo, y los políticos de derechas hablan siempre de España, ¡es tan fácil mentir! todavía no, mi amor, espera un poco, hay que alargar este paseo, y tú estarás ahora con el cuerpo dormido bajo el sol, mientras las casas convecinas, las casas que tantas veces vimos juntos, continúan acercándose y estrechando la calle,

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estrechando la calle para hacerla más íntima y más tuya igual que las paredes de la alcoba, cuando llega la noche, se empiezan a abrazar para darnos facilidades. Así llego hasta el bar que está vacío, pero lleno de huellas, como queda la tierra coceada donde hubo una estampida, ayer quizá fue día de fiesta, y el inmenso salón me recuerda una playa en cuyo extremo hay un sofá de terciopelo rojo, y en el extremo del sofá está sentada una pareja que ha venido al café para esperar, y ambos se esperan aunque están mirándose, pues algo de ellos no ha llegado aún, y ambos tienen una misma desolación que les está neutralizando como si se tuvieran que suicidar ahora para hacer el amor a la salida. (Hay personas así, que tienen el amor despavorido y el miedo no les da nunca cesantía.) Y yo fui acostumbrándote a estar en este bar en donde veo dos gatos que se están generalizando -la cafetera lagrimeante, el anaquel, la tortiIla difuntay una mujer muy rubia que como no tiene nada que hacer deposita su rostro en el espejo, y otra mujer muy cierta que entra ahora, se sienta junto a mí y está moreneando, mientras que los amantes venideros, los amantes que deshabitan el sofá se empiezan a tocar de una manera exánime, y siento que el reloj es un goteo de sangre en la muñeca, y el tiempo se hace un grito, y me bebo de un sorbo el café solo, y la sangre se mueve por mis venas con ese miedo líquido de la felicidad cuando salgo a la calle todavía no, mi amor, espera un poco, hay que alargar este paseo

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y siento ya bajo la lengua la miel anticipada como un interruptor que apaga el mundo todavía no, mi amor, espera un poco y comienza a entreabrirse una puerta, todavía no, mi vida, y tú estás encuadrada en el dintel, espera un poco y yo puedo mirarte para seguir creyendo en lo que veo.

La escarcha mutua
¿No piensas tú que todo ha sido un sueño, pues no es posible que sea real esta ventura infinitiva que nosotros tenemos, y llena nuestras vidas igual que el aire llena una habitación, sin dejar un vacío, ni una sombra de nieve en nuestros labios? ¿No piensas tú que las imágenes del sueño son migajas de ayer, humo que se deslíe de unas sombras que hemos vivido en otro tiempo, y tal vez con distintos amantes que van superponiéndose en nuestros ojos como el tronco de un árbol se hace con diferentes capas de madera? ¿No piensas tú que los amores que tuvimos, los amores que hemos ido enterrando al largo del vivir, se interfieren entrelazándose y a veces son lianas de apretura y verdor

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y a veces son de escarcha mutua? Cuando te veo reír hay ocasiones en que no sé por qué te ríes, por quién estás riendo, y algunas veces, de igual modo, cuando se sobreponen nuestros cuerpos, se me empaña la vista ya que para llegar hasta tu origen tengo que compartirte -lo sé muy bien sabido-, tengo que compartirte con distintas personas, tus padres, tus amigos, tus amantes, y sufro y no me importa porque tengo que hacerlo, es necesario, amiga mía, lo mismo que al entrar por vez primera en una casa donde vas a vivir, los ojos agolpados se quedan huérfanos de nacimiento pues necesitan ver lo que no han conocido, lo que no he conocido de tu vida anterior y tengo que hacer mío pues ya me constituye por amarte. La vida es una herencia sucesiva y yo sé que he heredado tu cuerpo, tus palabras, tus sombras, y por eso cuando estoy a tu lado siento a veces una habilitación desconectada como si me movieran las raíces, pero siento también una alegría hecha de imágenes superpuestas que se organizan en mi memoria como un collage y esto suele pasarme entrando en nuestra casa, pues entonces recuerdo que hemos vivido anteriormente -¿con quién lo hemos vivido?-, muy quietecitos en un diván ligeramente verde y ahora estoy viendo otro ligeramente

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gris, y los colores se confunden en mi retina, y el tiempo se convierte en un hotel con las habitaciones incomunicadas, pues recuerdo, y nunca dejo de recordar , que nosotros hemos estado muy quietecitos y muchas veces en una casa ajena y con jardines que era una prohibición, una casa con discos en las sillas y cartas de navegar en las paredes, y en ella era imposible naufragar, y nunca naufragamos, ni podíamos hacerlo puesto que en el diván ligeramente verde siempre estábamos saludándonos como los barcos se saludan en la lejanía, y tú me hablabas a todas horas del mismo tema pues el dolor es igual que el invierno, y las palabras se iban quedando quietas en tu boca, quietas y diluyéndose como las flores en un vaso. Hay nombres que es difícil recordarlos y nombres que llevamos con nosotros como se lleva un traje, pero no debes olvidar que aquellos días eran de luto, y así empezó nuestra ventura, esta ventura un poco amordazada que tuvo nombre ajeno en su partida de bautismo, ¡no puedes olvidarlo! no puedes olvidar que la fidelidad a una agonía hizo que nos amáramos de una manera extraña igual que la respiración se convierte en silencio junto a una cama de hospital. La muerte todo lo hermosea y el luto iba creciendo entre nosotros, creciendo y habitándonos, y nuestros ojos se coagulaban al mirarse porque durante mucho tiempo, amiga mía, fuimos los brazos de una cruz. Así tenía que ser

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ya que lo verdadero es como un río y el agua va tomando la forma de su cauce; así debía de ser ya que lo verdadero es como un molde que da su forma a todo lo existente ¡y hay tantas cosas en la vida que se viven así desde un hueco anterior que las sitúa y les da su lugar en la tierra! y hay tantas cosas nuestras que nacieron de un hueco, y no sé si han pasado, ¡no lo sé!, pues sólo tú puedes decirme si hay algo entre nosotros que no ha nacido para morir y es perdurable, lo mismo que ese nombre o ese hombre que dio su forma a nuestro amor cuando sólo era un hueco bajo tierra, esto es: una verdad, que aún dice sus palabras en nosotros, que aún vive, pero sólo entre nosotros, para siempre jamás.

Bajo el limpio esplendor de la mañana
Bajo el limpio esplendor de la mañana en tu adorado asombro estremecido busco los juncos del abril perdido; nieve herida eras tú, nieve temprana tu enamorada soledad humana, y ahora, Señor, que por la nieve herido con la risa en el labio me has vencido, bien sé que la tristeza no es cristiana. ¿No era la voz del trigo mi locura? Ya estoy solo, Señor -nieve en la cumbre-, nieve aromada en el temblor de verte,

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hombre de llanto y de tiniebla oscura, que busca en el dolor la mansedumbre, y esta locura exacta de la muerte.

El pecado
a pedro lorenzo

Cuando te desentierras en el sueño todo está siendo lo que es, y al despertar todo se hace impreciso, pues ya sabes que el recuerdo es un tacto, y el tacto tiene a veces una forma adivinatoria que permite palpar la oscuridad como las manos se adelantan cuando caminas en la sombra. Esta mañana al despertarme la penumbra del cuarto formaba una pantalla, y alumbrando lo oscuro igual que brilla una luciérnaga, vi en ella un solo ojo, un ojo solo muy castaño y muy tuyo, que no sabía mirar, que no podía mirar, y se movía, por dentro, como se aclara el agua con la luz; y el ojo estaba sobre el aire, y yo lo estaba viendo sobre mí creciendo y arropándome hasta llenar la habitación y tener la estatura del miedo; y recuerdo, también, que en aquel ojo recién naciendo que alumbraba la habitación parecía llenarla de agua incólume, se hizo primero una tensión interna, y luego una fisura, y después un vacío que ocupaba el lugar que había tenido la pupila, y aquel vacío llenaba el mundo y era el centro del ojo,

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y en el centro del ojo, como se mueven unas cortinas, fueron apareciendo unas figuras, unas sombras que iban en busca de su cuerpo, y ponían en mis ojos como un sello, el mundo de tu infancia, el túnel de tu infancia triste y emborronada. Lo que piensas, sucede, y por eso, cuando estoy a tu lado prefiero recordarte como se cuelga un cuadro a tientas, un cuadro que se clava en las paredes del corazón para que no cambie de sitio, ni haya en tu cuerpo o en tus ojos alguna variante; y no va a haberla, amiga mía, porque en tu rostro sólo ha quedado impreso al contraluz, algo que no se sabe bien si es una huella, o una súplica, o una perseverancia de procesión de pueblo en donde sólo habitan niños; y recuerdo que el pueblo se llamaba Pilatos, y los niños marchaban en hileras, y cada hilera desfilaba por uno de tus ojos, y los niños llevaban la inocencia en la mano y andaban con los pies entristeciéndose en la arena, y tenían en los ojos ese chisporroteo con que las lamparillas de aceite se consumen, y el pueblo aquel, ¿no lo recuerdas? tenía esa angustia de cal húmeda que hay en las casas donde han encarcelado a un inocente, y había junto a la era un pozo seco y una luz en el cielo de mirada acabándose, y a las mujeres no les servía el acento circunflejo para nada o para casi nada,

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y las calles se barrían únicamente con las olas, y el pueblo por la noche se lavaba las manos en el mar . ¿No recuerdas que a veces encontramos una persona cuya infancia podemos reconstruir por una sola huella que queda en su mejilla igual que un esqueleto puede reconstruirse por sólo un hueso suyo? pues bien, del mismo modo, cuando estoy junto a ti recuerdo o adivino que alguna vez te he visto en el paseo, hace ya muchos años, y andabas en la plaza igual que si bajaras una escalera porque mientras vivimos hay siempre una escalera en nuestra sangre, y es preciso bajarla, y algunas veces los escalones se terminan, y a pesar de ello hay que seguir bajando. Y luego te recuerdo cuando eras niña aún y empiezo a comprender que ya entonces querías perseverar en algo, en algo tan humilde como olvidar las letras de tu nombre, los años de tu vida, las campanas, y olvidar, sobre todo, la incomunicación de aquellas casas sin paredes, de aquellas casas hechas con papel de periódico, de aquellas casas perentorias que sucesivamente fuiste habitando en tu niñez. Esto es lo que subsiste en esa huella de perseveración arrinconada que tienes en los ojos y me hace que al mirarte te siga viendo aún en aquel pueblo, desnudita y cubierta con un vestido huérfano que se acortaba más con cada paso tuyo. Y siempre te veo así cuando vas a la playa y hay tapias que te siguen,

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y se van levantando en torno tuyo para impedirte ver el mar, y cada uno de tus pasos tiene su propia tapia, su propia cesantía, y tú estás esparcida lo mismo que una concha recién pisada, y no te puedes reunir con nadie porque nadie te ve, pero no puedes encerrarte, no puedes enterrarte todavía, y pretendes salir, y quisieras jugar pero no hay niños, y quisieras andar pero no hay calles, no hay árboles mirándote, no hay más que tapias, tapias que cada vez se hacen más altas y más impeditivas, en los ojos que a veces tienes que recoger del suelo, y en tus piernas de humo, y en tus manos de juncos apretándose, que van sobreponiéndose hasta que ya no pueden reducirse más, hasta que ya no puedes reducirte más como si el aire fuera una desilusión que hubieran hecho a tu medida. Los hombres necesitan la inocencia para vivir a costa de ella y yo te sigo viendo con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día, y estabas desclavándote, y las palabras que no podías decir, que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iban atando a una columna y allí seguías atada al día siguiente, una vez y otra, y otra porque la infancia es una puerta que camina, es una puerta abierta que camina y camina en la noche hasta que llega ese momento en que hay que defenderse por sí mismo, hasta que llega ese momento en que es preciso echar a andar, ¡sea como sea! tienes que recordarlo, amiga mía,

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tienes que recordar que, al fin, dentro de ti se astilló algo y deseaste ser culpable para no seguir sola. Esto era lo que el mundo esperaba de ti, y apenas lo empezaste a desear, apenas comenzaste a sentir ese cambio como si fuera una liberación, tus manos fueron destrabándose, y tu cuerpo reunió sus migajas, y tus piernas corrieron ligerísimas comenzando a sentir la firmeza del suelo. Entonces conseguiste llegar hasta la playa y allí, junto a lo libre, para que todo acabara de una vez, para no seguir siendo una niña distinta, una niña lacrada, te hincaste de rodillas en la linde de la marea, y te bañaste poco a poco, y te bañaste lustralmente, para lavar entre las olas ese pecado que es más viejo que el mundo, ese pecado que nunca echa raíces, ese pecado virgen que consiste en no ser culpable y nadie quiere perdonar.

Ola en calma es tu cuerpo
yo siempre culparé los ojos míos. fernando de herrera

Albos senos en púberes jardines; se abre una puerta, el aire se apresura, y brillan de la noche en la ola oscura tus muslos como saltan los delfines; tus ojos dan al mundo sus confines,

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juega el mar a la comba en tu cintura, y la miel se convierte en atadura, y en tu mano se encienden los jazmines, y el sol nace en tu cuerpo, y se oye el canto del amor como un puente entre dos ríos, ¡tan humano el milagro!, dulces bríos, dulce sueño de ti que acaba en llanto, porque Cuba eres tú me dueles tanto; yo siempre culparé los ojos míos.

Un momento en el cielo
El recuerdo camina en la vigilia y en el sueño, camina noche y día para hacerse transparente al andar, y es un suelo de agua o un espejo, y ahora el espejo tiembla y me encuentro ante ti como si me hubiera cortado los párpados para verte mejor; y el mirar es un no que nada puede detener, pues no sé si te veo, si puedo ver tu rostro como se lee un periódico, ya que te quiero mucho, ¿sabes? te quiero tanto que cuando sigo tu mirada puedo llegar hasta tu niñez, pero también hay veces, muchas veces, que al mirarte te estoy profetizando. Alguien viene cantando entre los árboles alguien me viene a ver: es la alegría, que llegó de puntillas para no despertarnos y ahora forma una linde con el cielo y la tierra.

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Hay días en que las horas son lo mismo que las olas, y todo lo que vives, hasta lo más pequeño y lo más raudo, deja su huella en nuestra sangre como esa golondrina deja en los ojos que la ven la sombra de su vuelo. Así te llega el turno de vivir cuando menos lo esperas, una imagen se ahínca y empiezas a sentir su clavazón, y ahora te vuelvo a ver cuando acabas de llegar de un viaje y estás con un pañuelo, campesino y doméstico, en la cabeza, haciendo la limpieza de la casa, tan concienzudamente como si fuera necesario que tus manos lavaran los pecados del mundo. El aire en torno tuyo tiene calor de absolución, y yo quiero ayudarte, ¡no te rías! no estoy diciendo un disparate, hay muchas cosas imposibles que nos ayudan a vivir, y yo estoy ayudándote a andar porque tienes los pies un poco distraídos, y te encuentro distinta, como si hubieras adoptado a una niña que te estuviera ya sustituyendo; ya sé que esto es difícil de entender mas los ojos no engañan y tengo que encontrarles alguna explicación, ¿no recuerdas que al volver de un viaje nos hacemos más jóvenes? y yo estoy trascordado, y no niego a saber si lo que estoy mirando es un recuerdo, pues el tiempo se ha puesto de tu parte y sólo sé que estás conmigo con un balde apoyado en la escalera y una esponja en las manos, haciendo la limpieza de la casa -ya sabes queja casa es el bautismo de cada díalavando las cortinas, los cristales y la luz de la tarde

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para que todo lo que nos rodea participe de la resurrección, y las paredes, para darte alegría, desentierran el humo de las celebraciones con amigos que dan calor humano y dan trabajo, y escuchamos las sonatas de Bach para violín y clave, porque la música es de agua, y recuerdo muy bien que tú lavabas las estanterías dándole a cada libro su vigilia, y en cada balda que limpiábamos te saltaba el jabón desde el agua a las manos igual que saltan los delfines, y la limpieza daba a la casa un acento más íntimo, era como tu voz, y tú mirabas de cuando en cuando la labor concluida con los ojos certificados para mayor seguridad, y la esponja ya sabes que se apasiona mucho con el agua, la toalla parecía desvivirse, la escalera de mano había adquirido cierto fervor itinerante pues nosotros, aquella tarde, dimos tantos paseos que llegamos al Paraíso Terrenal, y no hemos regresado todavía. Esto pasó como lo estoy contando y me enseñó a vivir con los ojos abiertos; ahora sé que la casa es tu investidura, tu niñez y tu cordón umbilical, pues nunca me he sentido tan sirviente y tan tuyo, y sé que para siempre estás casada, y no voy a olvidarlo ya que la puesta en orden de la casa ha ido poniendo en orden nuestra vida, y fue un momento sólo, y fue sólo un momento pero definitivo igual que si estuviéramos haciendo la limpieza del cielo juntos.

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Algo queda en el aire
Cuando estoy junto a ti, siento la misteriosa sacralidad del cuerpo femenino que al extenderse llena el mundo. Es importante, desde luego, sin embargo no basta; hay que acercarse un poco, un poco nada más, para verte mejor, y así comienzo a ver la implantación de tu cabeza sobre el hombro, la frente todavía recibiendo el bautismo, los ojos empezados y terminantes, la boca tempranísima, las orejas que tiemblan si te acercas a ellas, ¡es tan fácil temblar! la piel premeditada por el sol, el cabello y sus pájaros. Y me inclino a pensar que nada es tan inútil como esta descripción, pormenorizada, pues la belleza pertenece al conjunto y el atractivo es personal, los rasgos siempre son provisionales, ya que se influyen entre sí como las notas de un acorde. Cuando estoy junto a ti sé que no eres un sueño y puedo recordar algunos gestos tuyos, pues los gestos son más estables que los rasgos. Así recuerdo por ejemplo la descarnada prontitud de tus manos que siempre dicen la verdad, la manera de pintarte los ojos puntuándolos, la sombra de tu cuerpo que se ha ido haciendo tan pequeña que ya no puede acompañarte, y el gesto de perdón, ese sobreseimiento que aparece en tus labios y empieza a hacerlos sonreír en ese instante exterminador en que basta callar para acabar con todo.

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Pero, escúchalo bien, lo que prefiero, sobre todas las cosas, es ese empiece, esa espontaneidad que es lo mejor que tienes y hace que vivas lastimándote. He podido observar que hay un momento en que la noche se pone de tu parte, y yo no sé si te das cuenta de que estando contigo suelo quedarme lelo, suelo quedarme ensimismado, y esa única respuesta a tus palabras acaso es la bondad ha llegado a mi vida un poco tarde, como al cortarse un tronco surge la desnudez de la madera, sus capas temporales demuestran en la veta su unidad, y ves su reciedumbre reducida a un olor, un olor que se entrega hasta desvanecerse, pues en ello consiste su programa vital, por lo que tú más quieras no lo olvides. Es fácil comprender que un olor es igual que un recuerdo, algo deja en nosotros, y ahora estoy preguntando ¿cuánto puede durar un olor en el aire? Sus horas, sus minutos, sus segundos no pueden calcularse, pero su duración es evidente; y un olor en el aire dura toda su vida. Y esto me viene a recordar que ésta es la situación vital en que se encuentran los amantes, por lo que tú más quieras no lo olvides. Pero no te preocupes, no la cambio por nada, para volver a darte la vida que me queda me basta preguntar qué sería yo si no te hubiera conocido.

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Representación en tres planos de una mujer
I ANDAR ES TU DEFINICIÓN Si alguien me hiciera una pregunta sólo podría decirle que a mí me gusta verte andar, y en vez de contestarle trasladaría mis ojos a los suyos para que recordara, sin haberlo vivido, la convencida seriedad con que andas lo mismo que la luz se mueve haciendo testamento, pues tus pasos transmiten un orden instantáneo como si tú llevaras al andar el movimiento de la tierra. Destrabada y solar vienes desde la sangre y tienes el oficio del verano, andar es tu definición y tu gracia es el orden, y tu fuerza es el ímpetu con que a veces te paras mientras hablas igual que se repliegan las defensas de una ciudad para hacerla más fuerte. Alguna vez me has dicho: -Las mujeres parecen gorriones que se mueven saltandoy en efecto se les ve la premura, la entrega anticipada, la premeditación de ser mujeres que andan con los pies juntos para quedarse pequeñitas y repetidas en los ojos de alguien; pero la libertad tiene su propio ritmo y tú eres diferente, pues tu modo de andar es un modo de hablar que no pregunta nada, y hace tiempo he pensado que vives como andas, que vives con la misma propiedad con que andas porque la calle es tu licenciatura. Es cierto, amiga mía, lo espontáneo libera, y tu espontaneidad se nos acerca tanto

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que quien te vio una vez te necesita, sigue tus pasos en la tierra como la oruga procesionaria marcha en reata sobre el pino, y yo te he visto andar de manera tan persuasiva que el aire tintinea y las calles progresan al mirarte, y hay nubes que en el cielo van tomando tu forma, y un solo paso tuyo puede atar mucha gente, atarla y desatarla, pues estás en la tierra, entre nosotros, y no hay nada en tu cuerpo que no nazca al andar, y no hay nada en el mundo que no lleve tu paso.

II LA PALABRA SE CONVIERTE EN ESPANTO Si alguien me hiciera una pregunta sólo podría decirle que a mí me gusta hablar contigo, que a mí me gusta oírte cuando tu claridad se convierte en dureza lo mismo que el carbón cristaliza en diamante, porque lo justo es necesario y tú hablas con justeza, con pronosticación, para mostrarme que no hay presentimientos sino jubilaciones, que el espanto no nace de vivir, es anterior al hombre y quien quiere evitarlo agoniza. La claridad se mira y no se ve, viene desde muy lejos, y a mí sólo me importa hablar contigo, hablar contigo ahora como el agua se coge entre las manos sabiendo que sólo puedes retenerla unos cuantos segundos: unos segundos bastan, cuando el amor se acabe voy a seguirte oyendo: -¡Por favor, no te duermas mientras hablo! Si estás cansado, vete. La ternura se acaba en el deseo. Luego el silencio se convierte en vacío, y las noches comienzan en el alba.

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Te he dicho muchas veces que hay que aceptar la realidad: ni los sueños se viven, ni las alas se juntan, por eso a veces no tenemos sino una sola mano y no es la nuestra. Los muertos crecen recordándolos y ya no vuelven a morir. Escucha. No te mueras. No te puedes morir. Te necesito. Ahora me estás hablando y sé que tu dureza no tiene causa alguna, viene desde tu origen y tus palabras nacen para doler, pero llevan la sonrisa en la espalda y cuando las recuerdo me liberan de esa profanación que es siempre el miedo. Tengo una gran velocidad para sufrir y cuando estoy contigo siempre llega un momento en el que tus palabras se quedan sin hablar y me aprietan lo mismo que una venda, sosteniendo su abrazo, y me hacen comprender que lo que nunca dices me sostiene. Pero también alguna vez te he oído, neutralizado y descendiente, con ese escalofrío que nos produce la raspadura de un cristal, y tu voz me mantuvo anestesiado sobre la mesa de operaciones, durante varias horas, hasta quitarme las adherencias, las contaminaciones personales, los supuestos, para después, Como una aguja, irme cosiendo el vientre poco a poco, mientras el camarero nos decía para legitimarse: -Esta noche hay frambuesas. La verdad suele maniatarnos como la mantis religiosa paraliza a quien ama, pero tú no nos atas a ninguna verdad, tu voz es tu atadura, tu voz es tu andadura,

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vives en ella despaciándote como si concibieras durante nueve meses lo que vas a decir y hablar contigo fuera un parto.

III MIENTRAS VUELAN LOS PÁJAROS Si alguien me hiciera una pregunta, se lo agradecería ya que podría decirle que me gusta mirarte como si regresara de vivir y es porque veo tus ojos temiendo que se acaben. La alegría de mirarte crece con el temor y si sigue creciendo de este modo puede llegar a hacerse insostenible Como una deuda pública que es preciso pagar durante varias generaciones. Empiezo a verte ahora y en tus ojos hay pájaros que no regresan nunca, olas que se disgustan a fecha fija, cicatrices que pueden despertar, y algo tuyo, muy tuyo, que al declararse se convierte en misterio igual que la dulzura se convierte en pregunta. Tu mirada se extiende cuando llega la noche y tiene esa bondad un poco intransigente de las personas a quienes se les nota que saben elegir, y ese color tostado de azúcar vagabunda, y esa continua averiguación que en tus ojos es igual que una grapa. Debo decir, amiga mía, que cuento tu mirada entre mis bienes gananciales, y lo que nunca olvido es ese instante en que el amor se interna hacia su origen, y tus ojos se quedan descielados, y ya no miran, ceden, y caen, pero hacia atrás, como una piedra entra lentamente en el agua. y no hay nada en la vida, nada, nada,

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que se parezca a esos segundos en que tus ojos vueltos miran dentro de ti, y sólo quieren ya seguir cayendo, cedientes, desasidos, arrastrados, y yo no sé mirar pero los sigo en esa internación que nunca encuentra fondo en su caída, detrás de ellos, amor, detrás de todo, detrás de todo, amor, pero sabiendo que empezará el recuerdo cuando la luz acabe.

Para toda la vida no!
He caído tantas veces que el aire es mi maestro; tengo en la mano el aire que nunca nos olvida, si nuestro amor fue siempre como una despedida, cuando todo termine quedará lo más nuestro. Ya he empezado a morir para aprender a verte con los ojos cerrados. Así será mejor, para toda la vida no basta un solo amor, tal vez el nuestro sea para toda la muerte.

Verte, qué visión tan clara
Verte, qué visión tan clara. Vivir es seguirte viendo. Permanecer en la viva sensación de tu recuerdo. Verte. La distancia nace. El cielo suprime al cielo. La vida se multiplica por el número de puertos.

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Todo colmado por ti. No ser más que el ojo abierto, y eternizar el más leve escorzo de tu silencio. Verte para amarlo todo. Claustro en tranquilo destierro. Dulzor de caña lunada. Luz en órbita de sueño. Mortal límite de ti. Cielo adolescente y tierno. Núbil paciencia de playa. Vivir es seguirte viendo. ¡Verte, abril, verte tan sólo! Tranquilísimo desierto. Pena misericordiosa. Sosegado advenimiento. Verte: qué oración tan pura, islas, nubes, mares, vientos, las cinco partes del mundo en las yemas de los dedos.

Vivir para ver
Todo era alegre en el claro resplandor de la mañana y al mirarte sentí el llanto borrándome la mirada. Llorar y ver son virtudes que un mismo sentido enlaza como acompaña en la nieve el silencio a la pisada. Todo era alegre y sentía

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con la visión, la distancia; le di descanso a mis ojos: ¡de sólo mirar lloraban!

Bastaba verle para que le hicieran ministro
Bastaba verle, tenía casi aprendida la cara como si regresara del cielo todas las semanas.

Caja de música
Brindis a Antonio Cañabate

Dime, Antonio, recuerdas que en el año 14 el sol se distraía descansando los sábados; recuerdas que las damas bailaban de rodillas, bailaban de rodillas llorando entre los brazos del vals que las llevaba, como el agua de un río, de la ribera lenta de un año hacia otro año; recuerdas las muchachas cuyas bocas tenían un beso únicamente sacramental y blanco, las palabras corteses como calles con árboles, la lenta hipocresía con su andar de galápago: recuerdas que los hombres se mesaban la barba con un gesto incoherente de honor inmaculado, y un suspiro cifraba toda la biografía de un general y a veces de un sabio catedrático; recuerdas que las niñas soñaban por la noche que el tren, hacia las doce, llegaba hasta su cuarto y se sentían inermes y pequeñitas viendo pasar el tren tan cerca que hacía temblar sus labios:

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recuerdas la familia de silla en el paseo con una sola lágrima repartida entre cuatro, con una sola lágrima que lloraban por turno, primero el padre, luego la madre y los hermanos; recuerdas las palabras decisivas, las nobles palabras: ley, derecho, constitución, y un halo de libertad que hacía que bajo las banderas las manos comenzaran a aprender a ser manos… Del arranque del siglo con sus años amigos queda un copo de nieve como un escapulario, queda sólo un recuerdo con yedra en las paredes: tu corazón, Antonio, soñándolo y sonámbulo

Por mor
a miguel hernández

Los ojos se me cierran y no puedo atarme al sueño de las horas muertas. Despertar es peor, cuando despiertas ya estás atornillado con el miedo. Una luz en la noche dice adiós y en un instante el beso se hace amargo; donde hay dos hay dolor y sin embargo la vida sólo empieza donde hay dos. Debo tener los ojos tan abiertos que despierto insepulto, y es la vida una disposición entelerida: hay despertares que producen muertos. Esta España de luz, mierda y aulaga, que muere de su misma obstinación, confunde la soberbia y la ambición y duele siempre con la misma llaga. Y este amontonamiento, este despiece que nos va arrinconando en el trastero;

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la vida nunca es mutua, ya prefiero que el tiempo acabe y el silencio empiece. La prensa con su ayer momificado que todo lo sujeta a su dominio; las noticias de Bolsa y su exterminio, el odio divisor y acelerado. Nos basta hablar para pagar tributo y el revés de la trama vuelve a verse cuando el tapiz empieza a destejerse y el cuerpo vive ya su propio luto, y sabes que el orgasmo es un autismo que tienen el amado y el amante, y sientes su terror participante que te hace resbalar hacia ti mismo. Doy todo lo que tengo y lo que soy y de mi propia entrega desconfío, quizás no he dado nunca nada mío, tiempo perdido y testamento doy. Si el alba nos renueva el nacimiento, la noche nos confirma la agonía, y entre un súbito olor de enfermería, despierto, busco, sufro, callo y siento la herida hereditaria en que me hundo, y este sabor de sangre en el amor, y ese largo deshielo de estupor que va llenando con su sombra el mundo.

Porque todo es igual y tú lo sabes
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta con aquel mismo gesto con que se tira un día,

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con que se quita la hoja atrasada al calendario cuando todo es igual y tú lo sabes. Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año, y después, te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo, humanamente solo, definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

Y acaba siendo unánime
Antonio se ha enamorado en estos días y cuando me lo dice me causa un cierto reconcomio, no lo puedo entender, ¿no recordáis amigos, que el amor de los otros nos parece distinto al nuestro?, nos parece distinto, pues la determinante del amor es obviamente la donación, y por ser gratuitos, todos los elementos de un amor que conocemos solamente de oídas nos parecen innecesarios, hasta hacer el amor, ya que dicho en voz baja sólo es preciso amar para llevar el mundo en el bolsillo.

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¿No recordáis, amigos, que el amor de los otros no nos parece razonable?, pues lo consideramos casi siempre como un amor apresurado que no han tenido tiempo de hacer a la medida, y lo queremos enmendar para dejarlo a nuestro gusto, y nunca comprendemos ese raro equilibrio que lo mantiene sin caer, ese equilibrio de columpio descompuesto en la altura que deja a los amantes encielados, cuando todos sabemos que están en el vacío.

¿No recordáis, amigos, que el amor de los otros es bastante pretérito imperfecto?, pero ellos no lo saben, no lo pueden saber, tienen que conquistar su desmesura de corazón, y todo lo que hacen nos parece prefabricado, nos parece un cohete que culebrea en el o enchando chiribitas, y quienes lo están viendo alegrear entre la muchedumbre, saben que está quemándose y sólo va a dejarnos como herencia una varilla chamuscada. Ahora ya es un negrón que ha iluminado el cielo y ha caído, y tú lo has visto arder, y tú has sufrido al verlo, pues su vivacidad, su fuerza y su belleza te parecen un desperdicio.

¿No recordáis, amigos, que por alguna pervertida inclinación del hombre el amor de los otros nos parece un desahucio?, la admiración que los amantes suelen manifestarse la juzgamos desprovista de fundamento, y nos reímos de esa lujosa encuadernación en pergamino que les hace pensar que no hay amor mejor que el suyo,

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podemos compartir ese lágrima que ellos siguen planchando cuatro veces al día. Siempre que vemos juntos a dos amantes sonreímos con esa risa que es como un sello seco en nuestros labios, con esa risa estampillada ya que lo más incompatible que encontramos nosotros en el amor ajeno es esa inercio hacia la indignidad, que constituye, como todos sabéis, el seguro de vida del amor, su pago anticipado, y, sin embargo, la vanidad que ponemos en nuestro amor es una forma de onanismo, un retrato en el agua y nada más, ya que todas las formas de la vida amorosa tiene al mismo tiempo su valor y su precio que son inseparables. Así pues ya lo sabes. No los separes nunca. Nunca, tienes que actualizar mañana y tarde el costo de tu amor, quien lo deja de hacer lo pierde todo, quien lo deja de hacer es porque ya ha empezado a andar con pies ajenos, y entonces, ay, entonces, nada puede salvarle, nada puede salvarte porque empiezas a ver tu propio amor como si lo estuviera envileciendo la mirada de otro.

Cuando llega el anochecer y el mundo se hace confidente, hay en el aire un movimiento previo, y por así decirlo, un movimiento compaginado que mueve nuestros labios de una manera prenatal; aquella noche, al acercarse a mí, tenía los ojos asombrados, tenía un asombro llamado Antonio,

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y ya sabéis, amigos, que el asombro nos deja en la mirada un desmoronamiento sin orillas. Yo me encontraba ya tan de su parte que comencé a sentir recorriéndome el cuerpo, un temblor dialogado, ya que tal vez el punto de partida de toda confidencia sea ese momento en que la sangre escucha y en la sangre se acuñan las palabras, esa tensión interna, o mejor dicho, esa tensión abierta que hace que todo lo que sientes se convierta en pregunta, y los labios entonces se mueven sin saberlo, se mueven sin hablar, se mueven replegándose, en torno a una palabra que nadie ha dicho todavía, y, sin embargo, la escuchamos, nos la dice una voz que empieza siendo nuestra y acaba siendo unánime.

El bosque se iba haciendo alarde
tristemente naturales Jorge Guillén

Me están mirando en tus ojos los ángeles del instante, los ángeles que han perdido la memoria al contemplarse.

Me estoy reuniendo en tus brazos;

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te siento casi quemándome; arden el tronco y las ramas pero las hojas no arden.

Estamos juntos, sin vernos, repetidos y distantes, juntos pero no vividos, tristemente naturales.

Pues el que toca lo cierto muere
Es curioso saber que todo empieza en la transmigración de la saliva y mis ojos dentro de poco van a cumplir dos años. Lo cierto está tan cerca que el silencio me ha cortado los pies y la sangre gotea sobre la alfombra ya que no basta ver lo que se ve, es necesario adivinarlo. Lo que se ve es un cuerpo en la penumbra, un cuerpo que en la noche de amor tiene la plenitud de una ola inmóvil, que está siempre en su altura de dominio. ¿Nunca has pensado, amiga mía, que el cuerpo al desnudarse está más junto? y luego, en el momento en que lo miras, cobra su exactitud porque el mirar lo va configurando. Todo consiste en la transmigración, y hoy al verte he sabido que el tacto es el recuerdo más antiguo que tiene el hombre,

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y a veces puede aterrorizarnos con su temblor de miel lenta y originaria y envolvente. El tacto es como el mar y el cuerpo amado es de agua despacísima que no se mueve sino hacia adentro, desnaciéndose, ya que la carne tiembla porque mira y al entregarse está mirándonos. Hay zonas de tu cuerpo que en la sombra relumbran y tienen un calor reverberante y un temblor desciñéndose que es la memoria de su origen, y ya sabes que a veces el cuerpo participa de la luz pues el que toca lo cierto muere, y noche adentro sientes que la profundidad del mar se hace inmediata con el roce más leve pues lo profundo aterra: es desnacer, y el agua de tu cuerpo está muy junta y muy temblada ascendiendo de la sombra a la luz, y nunca acaba su ascensión, su encendimiento gradual, y el pulso empieza en las estrellas, y la creación del mundo se suspende hasta que ya en el mar sólo queda una ola, sólo cabe una ola que al llegar a la playa queda en vilo, sabiendo que no puede romper sino acabándose.

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Un amor o un andamio
Te he dicho innumerables veces que nosotros no somos únicos ni mucho menos, por diversas razones, entre otras porque nunca quisimos disfrazarnos de amantes, y además no tenemos esos ojos que se asemejan a una pantalla, en la cual todos cuantos se miran sienten su conversión; quiero decir, que por el hecho de mirarnos se convierten sin más ni más en televidentes, y empiezan a vivir, paralíticos y necrosándose, en la televisión de la mirada. No es eso, por supuesto, y nadie va a pedirnos cuentas de nuestra alegre podredumbre, ya que no nos ha sido necesario llevar un tren en el bolsillo, ni queremos que todas las semanas llegue la primavera, ni hemos juzgado a nadie, y cuando hablamos con amigos nunca estamos inquietos como anguilas escurridizas esperando la menor ocasión para hacer la del humo. Muchas cosas nos hacen diferentes, es cierto, pero no somos únicos ni nos hemos sentido culpables, ni siquiera llevamos una escafandra sobre el sexo para hacer el amor sin ahogos; y por si todos estos razonamientos fueran inútiles, que lo son, puesto que hay que contar con la inutilidad de casi todo lo que hacemos, fuerza es reconocer que no tenemos lepra ministerial, ni hemos sido tan ordenados que pudiéramos anunciar nuestra defunción en la tarjeta de visita,

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ni llevamos una hormiga en la lengua que nos haga reír a la hora justa. Y tú sabes que en esto estriba nuestra suerte, nuestra corriente alterna, ya que somos mortales y vivimos la limosna diaria y contamos los años por latidos y somos laminaciones de estupor, ceniza indivisible y volandera pero ¡qué importa esto! qué nos importa lo que pueda venir si la mentira es una prórroga, y nosotros no queremos mentir, no nos queremos prorrogar, no lo necesitamos para ser contumaces como dos seres que se aman, como dos tartamudos que se apoyan para encontrar su identificación en una sola sílaba, en una sola huella o en una sola lágrima que se va desplazando entre nosotros hasta que se convierte en una lágrima dialogada, mientras se juntan nuestros labios con esa lenta espontaneidad con que se van uniendo los bordes de una herida, y nuestros corazones suben una vez más, con esfuerzo testarudo y discípulo, un amor o un andamio, un andamio de huesos que nos lleva a esa altura donde la mesa se hace pan y todo queda vinculado, mientras sigues subiendo como puedes, un amor compartido o un andamio, ese andamio de juntura y perdón en que consiste la alegría.

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Ahora que estamos juntos
Ahora que estamos juntos ahora que ha vuelto la inocencia, y la disposición visceral de estas paredes, ahora que todo está en la mano, quiero deciros algo, quiero deciros algo. El dolor es un largo viaje, es un largo viaje que nos acerca siempre, que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales, lo mismo que la palabra de Dios, su acontecer no tiene nacimiento, sino revelación, lo mismo que la palabra de Dios, nos hace de madera para quemarnos, lo mismo que la palabra de Dios, corta los pies del rico para igualarnos en su presencia, y yo quiero deciros que el dolor es un don porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre. Todo llega en la vida por sus pasos contados, la primavera y el verano, la ignorancia y la lluvia, porque no hay nada gratuito, no hay alegría, por pequeña que sea, que no tenga que conseguirse como la hormiga testaruda lleva su carga tronco arriba; no hay alegría, por importante que nos parezca, que no termine convirtiéndose en ceniza o en llaga, pero el dolor es como un don, nadie puede evitarlo, las esperanzas, el amor, el dinero, todos los bienes terrenales, todos los bienes que llegan, o no llegan, en la vida ya el humo de las velas siempre están contenidos por él y son igual que pájaros que vuelan sobre el mar, y son igual que pájaros, por más y más que vuelen nunca se apartan de su fin. Ahora que estamos juntos y siento la saliva clavándome alfileres en la boca, ahora que estamos juntos quiero deciros algo, quiero deciros que el dolor es un largo viaje, es un largo viaje que nos acerca siempre vayas a donde vayas, es un largo viaje, con estaciones de regreso, con estaciones que no volverás nunca a visitar,

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donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales, que no han sufrido todavía [...] pero el dolor es la ley de gravedad del alma, llega a nosotros iluminándonos, deletreándonos los huesos, y nos da la insatisfacción que es la fuerza con que el hombre se origina a sí mismo, y deja en nuestra carne la certidumbre de vivir como han quedado las rodadas sobre las calles de Pompeya. Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles, quien socava las almas como socavan la ribera las orillas del río, y yo he sentido su calambre desde hace mucho tiempo, y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra, nos mueve las raíces sin dejarnos crecer, y nos empuja, y nos sigue empujando hasta juntarnos en esta habitación que es ya un rescoldo mío, en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco y ya no vuelven a encajar en su sitio como la tierra removida ya no cabe en su hoyo: tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual…

La carta entera
Vivimos arrojados en el mundo y nuestra piel Se encuentra ardiendo; Pon en orden tus llagas y disponte a escribir; Ésta es tu rebeldía, No tienes otra cosa que llevarte a la boca; Desde hace muchos años nadie puede vivir y nadie vive, Pero la vida continúa, La noria sigue andando con el caballo muerto. Esto es lo que nos pasa, Hablar sinceramente es una forma de castración pero Tienes que hablar, Tienes que hablar sinceramente hasta la extenuación y Has de hacerlo con humildad, En rigor basta ser minucioso para ser objetivo

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Y yo pretendo hacer un libro minucioso y absurdo sobre El hombre actual, Y su creciente desamparo. He empezado a escribirlo sin darle ningún orden porque La desesperación lo ordenará, Pero no te preocupes, Un minuto es tan grande como un ciego, Y ya sabes que un ciego llena la calle por completo en el Momento de cruzarla, Llorar en cambio es muy pequeño: siempre queda corto. Por lo tanto no es preciso elegir, No tengo que elegir la desesperación, ni las palabras, ni los Temas del libro pues quien elige empieza a cuidarse, No es preciso elegir: Basta atender. Hay que prestarle al mundo una atención distribuida, Esa atención que une a los hombres en la dialéctica de la Objetividad, Y me hace ahora mirar con vuestros ojos y amar con vuestras manos, Pues lo vivo es lo junto, Y en cada uno de nosotros hay tantos hombres diferentes Que siempre que te espejas en el mar ves un rostro distinto En cada ola.

Nadie sabe hasta dónde puede llevarle la obediencia
Me gusta recordar que he nacido en Granada: Libreros, una calle tan pequeña que iba a dar clase por la noche; la cerraba, a la izquierda, una pared arzobispal, una pared muy digna y casi sin ventanas; generalmente la cubría una pizca de cielo desconchado. Sí, señor, así fue, no necesita que le diga mi nombre, no es preciso, no lo va a recordar. [...]

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No cabe vivir más, sólo quiero decirle que esa vestiduría, me causó un sufrimiento tan intenso que recorrió mi cuerpo hasta llegar a hoy, no sé cómo, no sé pero con él vino hasta mí la despreguntación, y viví en un dolor la vida entera: al ponerme la enagura tuve la sensación de entrar por vez primera en la oficina, al ponerme las medias sentí un dolor de parto, al ponerme las bragas se me cayó una mano en el infierno, y vi la mano arder, y yo seguía vistiéndome sin manos, Sí, señor, así fue, aún me dura la humillación, el uniforme era tan largo en mi cuerpo de niño como si me vistiera con la guerra civil, y cuando todo estaba terminado me puse en la cabeza un sombrero de niña y aquel sombrero era la muerte de mis padres.

Siempre mañana y nunca mañanamos
Al día siguiente, -hoyal llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche, y ¿quién te cuida?, dime; no llovía; el cielo estaba limpio; -«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno, y al mirar hacia arriba, vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares, las ventanas, -sí, todas las ventanas-, Gracias, Señor, la casa está encendida.

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Es el miedo al dolor
Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles, quien socava las almas como socavan la ribera las orillas del río, y yo he sentido su calambre desde hace mucho tiempo, y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra, nos mueve las raíces sin dejarnos crecer, y nos empuja, y nos sigue empujando hasta juntarnos en esta habitación que es ya un rescoldo mío, en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco y ya no vuelven a encajar en su sitio como la tierra removida ya no cabe en su hoyo: tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual...

Misericordia
(Fragmento) Tú sabes que yo nunca he negado el presente, y el presente eras Tú cuando yo te buscaba por los rincones de mis ojos heridos, por la corriente viva de las aguas empapadas de cielo, y en la nieve; a Ti, Señor, Amor sin determinaciones, Presencia sin instante, a Ti, Señor, en la nieve absoluta. Nunca en el mar, porque el mar nos lleva lejos de Ti, nos aísla, nos hace dioses sobre la arena de la playa, por su oculto brillar de premura en acopio, por el ruego sin labios de todos los sentidos; ¡nunca en el mar!

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Una nueva estrella
Como un cendal la estrella fugitiva se levantó en la luz de la mirada con la extensión del agua sosegada y el verde silencioso de la oliva. En la dulce pupila pensativa nació la luz y se encontró agraciada, como crece el silencio en la nevada y descansa en el mar la nieve viva. Nació de aquel mirar nuestra alegría -el humano mirar en cuyo vuelo el silencio de Dios buscaba al hombrey una estrella brilló, la que aún nos guía, la estrella de Belén que está en el cielo como se forma en nuestra boca un nombre.

Sobre el oficio de escribir
Estoy en mi despacho y al mirar la ventana el cristal disciplina mis ojos; un cristal es igual que un amor, cuando miras tras él todo se hace misterio. Detrás de la ventana está la sierra, es el marco del cuadro, y en su jurisdicción las distancias establecen sus límites, pero el límite está en ti mismo, pues lo interior y lo exterior son solamente aspectos de una misma frontera. Aunque este pensamiento no es muy original quisiera registrarlo: el paisaje lo han hecho las distancias. Al través del cristal contemplo La Peñota

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–sus pinos pusilánimes y salteados, su desamparo vegetal– y aquí, junto a la linde de la casa, las hojas de los robles son pestañas en torno a un ojo que no ves, su vaivén me distrae y hace imposible el pueblo con sus tejados gateando durante todo el día para quedarse en paz cuando [llega la noche. Hay una ordenación en la cual las distancias más que alejar, sitúan, pero en fin lo que importa es llegar, llegar a no sé dónde, pero las hojas son tan frágiles que no se sabe cómo llegaron hasta el árbol; viven en su alumnado y el viento que las mueve las alegra, me recuerdan mi infancia, aquellos ojos claros que tenían alumbrado de gas y me miraban arropándome. El tiempo es como un foso; detrás del tiempo están; me gustaría saber en dónde alumbran. Sobre el pretil de la ventana hay siempre un muerto bueno; salta a la comba con el aire, pero tú no te puedes morir, amiga mía, no te puedes morir porque ya estamos siendo un mismo luto, y estoy en mi despacho aprendiendo a escribir, es lo de siempre, para que no se desvanezca todo necesito escribirlo, y aprender a vivir en la nueva frontera. Escribir es la cita que todos los veranos tengo conmigo mismo, pero a esta cita siempre se llega anticipado, las palabras que escribo se desunen, no es posible hilvanarlas y cada vez se alejan más, pero tengo que hacerlo, tengo que estarlo haciendo hasta que su separación se convierta en distancia. Tal vez para escribir hay que empezar por el principio, y el principio es cambiar nuestra actitud vital, cambiarla totalmente, ya lo sabes, hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces. Esto es contravivir, y a causa de ello para pensar en algo estoy fumando; necesito un prodigio,

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y quizás el prodigio no es más que un empujón, un empujón de sordo en la pared del mundo, una palabra imprecisable, y en su realización tienes que distinguir entre lo ambiguo y lo impreciso, no pueden confundirse, la ambigüedad, ya lo sabéis, es el pulso corporal del poema, la imprecisión es el infierno conocido. Hay una forma de distancia que es preciso encontrar para escribir, y ahora, mientras viene o no viene mi propio nacimiento, me entretengo en mirar este desorden, este desasimiento que ha poblado la mesa de cosas serviciales que generalmente son las mismas: el mucolítico llamado Mucorama y el coñac vasodilatador, los lápices, los libros, las carpetas donde se juntan mis palabras para hacer penitencia, y allí, en la confluencia de las luces, la cabeza de Luis Cristóbal, mirándome hasta luego. Siempre empiezo a escribir sin saber cómo empieza un poema; pienso mientras escribo, devanándome, para cambiar de vida sobre el papel en blanco igual que el renacuajo un día de suerte se convierte en rana. Esta es la evolución, amiga mía, pero tú no te puedes morir, no me gusta pensarlo porque lo necesario es tan real como la vida misma, se convierte en poder para decirte ahora palabra por palabra: mientras estemos juntos viviremos. Has venido a mi lado «y apoyada en mi hombro eres mi ala derecha». Cuando sienten tu roce las palabras que escribo, las palabras martirizadas por la separación, buscan un orden nuevo, una vida interior que las reúna y el milagro sucede porque la mesa de nogal se despeja de pronto habilitándose, y entonces una mano baila sobre la mesa,

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una mano cortada, una mano cortada que se acerca hasta mí para decirme algo, y me empieza a empujar con su mutilación, me empuja sin tocarme, me aprieta contra el sueño para hacérmelo ver más claramente, para hacérmelo ver despedazado; y poco a poco empiezo a obedecerla, y me pongo a escribir, y me pongo a escribir a borbotones, con ininterrumpida facilidad, para marcar la linde que separa la vida en dos mitades, y saber dónde empieza el corazón. Cada vez que se escribe un poema tienes que hacerte un corazón distinto, un corazón total, continuo, descendiente, quizás un poco extraño, tan extraño que solamente sirve para nacer de nuevo. El dolor que se inventa nos inventa, y ahora empieza a dolerme lo que escribo, ahora me está doliendo; no se puede escribir con la mano cortada, con la mano de ayer, no se puede escribir igual que un muerto que volviera a sangrar durante varias [horas. Tengo que hacerlo de otro modo, con la distancia justa, buscando una expresión cada vez más veraz, aprendiendo a escribir con el muñón, despacio, muy despacio, despacísimo, sin saber por qué escribes para legar a quien las quiera, no sé dónde, estas palabras ateridas, estas palabras dichas en una calle inútil que tal vez tiene aún alumbrado de [gas. Si nadie las escucha, paciencia y barajar, éste es tu oficio.

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Canción del resucitado
Dios te conserve las alas si tienes puestos los ojos en la memoria del agua, que también pasa el olvido, como los álamos pasan en la corriente del río; sólo resucitarás si el agua donde te miras nunca deja de pasar.

Amanecer en la altura de Balsain
Comienza a clarear, entre la umbría el agua se despierta y reverbera, antes que el sol apunte en la ladera la nieve empieza a ser la luz del día.

Canción de la sencillez
Lo sencillo es misterioso, y nadie sabe hasta ahora dónde pasan el invierno las mariposas.

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Hay una eternidad que es instantánea
Al sentir esa interna primavera que deja el corazón parpadeante, cabe toda la luz en un instante, y estás viviendo en él la vida entera. Cuando a tu boca ya le dio su hechura un beso es una herencia permanente, y la herencia se cobre de repente, y el amor es eterno mientras dura.

Testamento
Las noches de Cercedilla las llevo en mi soledad, y son ya la última linde que yo quisiera mirar. Quisiera morir un día mirando este cielo, y dar mi cuerpo a esta tierra que me ha dado la libertad; Quisiera morir un día y ser tierra que pisar, tierra en la tierra que sueño

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De cómo el tiempo hizo nacer la sonrisa sobre la carne
Tristemente naturales. J. Guillén

El corazón ha reunido los ángeles de la carne, los ángeles que perdieron la memoria al contemplarse. Vienen lentos, con las alas dormidas y un bosque grave me van formando en el pecho de ángeles tristes, unánimes. Los ángeles son de rosa viva, las rosas de carne, y anda el sueño confundiendo los árboles con los ángeles. El corazón, con su vuelo, se ha convertido en paisaje de ciego que busca luz, y luz que el viento deshace. Ya estamos juntos, sin vernos, como una fuente y un ave, juntos, pero no vividos: tristemente naturales. Se ven los ojos, no miran; no están mirando, no saben que aún queda el tiempo, ¡bendito tiempo que gastas la carne que trasciendes su locura y en sonrisa la deshaces

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como las nubes acaban disolviéndose en el aire!

La vuelta del amor
Sentí que se desgajaba tu corazón lentamente como la rama que al peso de la nevada se vence; sentí en tu mano un desfile de golondrinas que vuelven, y vi llenando tus ojos aquella locura alegre de los pájaros que cumplen su fiesta sobre la nieve.

La raíz
No lo puedes decir, pero lo vives como vive la tierra el cuerpo de los muertos, y los va transformando en trigo o en madera que devuelvan el calor que tuvieron, y tu silencio te ilumina, y te embellece mortalmente igual que la sequía dora las hojas de los árboles en primavera aún, y nadie sabe de qué raíz brota tu vida en tanto que caminas como un río que se viste a diario el mismo cielo, o se desnuda de las aguas durmientes y oficiales donde vas tramitándote, mientras callas una palabra sola, una sola palabra que persiste en tu cuerpo, arremolinándolo todo interiormente como el viento en un pajar cerrado; mientras callas una palabra sola que no puedes decir, que no puedes abrir como una puerta porque te quedarías deshabitada, desamparadamente dicha y varonil, porque te quedarías escrita para siempre igual que un nombre en una lápida.

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Larga es la ausencia
Tu soledad, Abril, todo lo llena, colma de luz la espuma y la corriente, aurora niña con su sol reciente, toro en golpe de mar como mi pena. La soledad del corazón resuena desierto ya como un reloj viviente, como un reloj que late porque siente la marcha de tu pie sobre la arena. Y así vas caminando sangre adentro, sangre hacia arriba, sangre hacia el primer encuentro, sangre hacia ayer en la memoria mía; ¡ay, corazón, donde me pisas tanto!, ¡qué soledad sin ti, cierva de llanto! qué soledad de luz buscando el día.

El naufragio interior
A Juan Pedro Quiñonero

A veces se separan los pasos que hemos dado y ves que todo pierde su juventud: la vida entera cabe dentro de un odio. Tratas de unir de nuevo la sombra con el cuerpo y el reposo con el cansancio de vivir: no vives, lo recuerdas tan sólo. No hay respuesta posible a una pregunta, ¿tuve un nudo en los ojos que me impidió mirar?

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o bien un ciego temblor, un transitorio temblor de nácar, dentro de la mirada roto, igual que en el naufragio se empieza a abrir el agua y ves que todo está hundiéndose en ella, y sólo quieres no tocar nunca la verdad del fondo para seguir cayendo, como un grito que abandonado sigue ardiendo solo.

Tú sí los llamarás
A Primitivo de la Quintana Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Tienen nombre, Señor, son los que sufren, los nombras semejantes, las sombras que se quedan en los cuerpos mientras va su vivir deletreándose para ganar el pan. ¿Quién los sostiene? Son los muertos que nacen del invierno del mundo, son los muertos que están viviendo y arden con aceite de Dios; los sucedidos mendigos, con la sangre que sube por sus cuerpos como sube la humedad en los muros de la cárcel. Tienen nombre, Señor, son los que quieren soñar de noche y los despierta el hambre, los que te duelen tanto que no puedes mirarlos sin quemarles. Tú si los llamarás. Son los que sufren, los semovientes náufragos que saben

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que el agua irá gastando día tras día su cuerpo y su dolor, la nieve fácil de los muertos que viven porque nunca acaban de caer. ¡Vuelve a nombrarles! nadie sabe su nombre entre nosotros, son los muertos que nacen, son los muertos que enferman de los vivos, los muertos naturales.

Miré los muros de la patria mía
Miré los puros de la patria mía Francisco de Quevedo

Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía. Salime al campo, ví que el sol bebía los arroyos del hielo desatados, y del monte quejosos los ganados, que con sombras hurtó su luz al día Entré en mi casa, ví que amancillada de anciana habitación era despojos; mi báculo más corvo y menos fuerte. Vencida de la edad sentí mi espada y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte.

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Fin
¿Cómo nace un recuerdo? ¿No era un junio? El cielo abría su puerta sobre el valle del Arga. Entre los montes iba la luz con obediencia trémula. Recuerdo que el silencio atardecía toda la vida a su extensión sujeta: los caminos sin gente, las murallas, y el fresco olor que a los pinares lleva. Oyendo unas campanas vi tus ojos, pequeños y naciendo de la tierra jugaban con un dejo campesino en la mirada concentrada y lenta, no suspicaz pero alertada y pronta, no impositiva pero fija y cerca de ser dura, tal vez, cuando nos mira y nos puede ayudar con su dureza. Los ojos sin pestañas, se diría sin párpados también, sin brillo apenas, con libertad no exenta de mesura, con derramada y fácil negligencia. ¿Cómo nace un recuerdo? La luz última arropaba tu cara entre la niebla, descarnada, pequeña, fina y dulce, cansado el gesto y sin cansar la fuerza. El cabello castaño, cuando ríes la risa te reclina la cabeza; la piel áspera y pálida, la boca desdibujada, exánime, risueña. En testimonio de vivir tenías hoyuelada la cara, y había en ella una gran paz convaleciente: hoy sigues dando esa paz que tú no encuentras. Recuerdo que me hablabas descansando todo el cuerpo en la voz, y tu voz era la que llevaba al mundo de la mano, amplia, segura, convencida, cierta.

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Recuerdo... ya no sé. ¿Cuándo empezaste a estar detrás de la memoria entera, detrás y como un tren que caminara sobre dos vidas en la misma rueda?

Dámaso Alonso, Gloria Fuertes, Luis Rosales y otros amigos.

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Discurso al aceptar el Premio Cervantes
Pongo en sus manos lo que es suyo. Con estas principiantes y primeras palabras, quiero expresar mi agradecimiento. Lo dije muchas veces y lo repito ahora: nadie merece un premio. En su sentido más profundo, la creación siempre es colectiva. Por consiguiente, quien puede merecerlo es la generación a la que pertenezco. Una generación en que los muertos pesan más que los vivos. Debo reconocer que unos y otros, los vivos y los muertos, me sostuvieron en los años difíciles, influyeron en mí continuamente, y en cierto modo consiguieron hacerme como soy. Al jurado y a ellos debo darles las gracias, y esto es un acto de reconocimiento, desde luego, pero también una restitución: pongo en sus manos lo que es suyo. Debo también agradecimiento al Estado español, que ha instituido y mantenido el premio. Su creación fue un acierto, que ha servido a dos causas principales. La primera: ayudar eficazmente a mantener la unidad de la lengua. Ya es causa suficiente, pues la unidad de la lengua es la razón de las razones. Pero, además, ha establecido una meta común entre los escritores hispanohablantes y un nivel nuevo de aspiración y de esperanza. Considero que la creación de un nivel de esperanza tiene más interés que la creación de un seguro social. Ya es hora de saberlo. Desatendidos por la sociedad, y vistos con recelo por los gobiernos, los escritores españoles no pueden ser perseverantes en la defensa de su vocación. Nadie se lo permite. El escritor es un náufrago en tierra firme, y "escribir en España sigue siendo llorar". La tarea de escribir no es la más apreciada entre nosotros. Sin embargo, esta labor estabiliza la unidad de la lengua, la mantiene en estado naciente e influye en su proceso de crecimiento. La lengua crece o degenera. Nunca se encuentra en el mismo punto y es necesario defenderla. A quien tenga poder para hacerlo corresponde esta obligación. Es necesario defenderla y es necesario hacerlo a tiempo. El lenguaje no es sólo un medio de comunicación. La lengua es nuestra patria: hemos nacido a ella y hemos vivido en ella. Mas la lengua es también la frontera de cada hombre. Delimita la vida personal y perfila nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestros valores, nuestros saberes y nuestros poderes. En la lengua que habla se ve el rostro de un pueblo. Guarda todos sus rasgos y es igual que un espejo interno. Un espejo de adentro. Ahora bien, como la lengua no es sólo un medio de expresión, sino un sistema de instalación vital, si no la hablamos correctamente es porque no vivimos plenamente. Quien no habla bien su lengua no ha

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aprendido a vivir. Quien la habla mal, vive a traspiés. Hay que tenerla a punto y, sin embargo, desde hace ya bastante tiempo se habla en España de una manera descuidada y defectuosa. Es un error muy grave: quiere decir que no vivimos a la altura de nuestro tiempo. Al escritor le atañe también otra tarea que considero capital. Desde hace más de un siglo, en todas las naciones más o menos civilizadas se va perdiendo y degradando el espíritu de comunidad. Sólo subsiste en aquellos lugares que no tienen contacto, ni contagio, con la vida moderna. No voy a entrar en la cuestión: es ardua. Aquí y ahora baste decir que la labor social más importante del escritor es el cuidado y mantenimiento del espíritu de comunidad. Desde las tres grandes orillas de la lengua escribimos uniéndonos, a veces sin saberlo. Los escritores verdaderamente importantes son anteriores a sí mismos, pero también son anteriores a su pueblo. Son ellos los creadores del espíritu popular. Creo suficiente recordaros que en la poesía de Federico García Lorca se reconstruyen nuestras raíces. Mas no estamos nosotros a esa altura, ni todo son merecimientos en la labor del escritor. Desde hace varios días pienso en este discurso. No es fácil escribir. Cuanto más te interesa lo que estás escribiendo, se escribe más difícilmente. En rigor, nadie sabe escribir pues al hacerlo es, justamente, cuando nos damos cuenta de la indigencia de las palabras. Entonces, y sólo entonces, advertimos que la escritura no es fiel al pensamiento, pues al quitarle su fluidez expresa únicamente sus muy diversas instantaneidades. En rigor, cuando escribes, sólo puedes fijar sobre el papel el pensamiento mutilado. Ésta es la penitencia del escritor. Ésta es la penitencia que no se acaba nunca. Para ordenar de nuevo el mundo y recrearlo hay que ordenar de nuevo esa pared de las palabras, esa pared que cada día te estrecha y te limita más. El milagro de la creación poética estriba, pues, en las limitaciones del lenguaje, tanto para expresar el pensamiento como para expresar la realidad. Crear es ensanchar y engrandecer el mundo conocido, mas la creación tiene su cruz: al fin y al cabo, para crear es preciso escribir, y escribir es encerrarse en una cárcel. Ésta es la servidumbre y la grandeza del escritor, y ésta es la ley de origen de la creación poética. Ahora bien, escribir es mi oficio y es necesario hacerlo, es necesario encarcelarse y enterrarse en palabras. Ahora estoy escribiendo este discurso. Para escribirlo, antes que nada, hay que elegir un tema. En nuestro caso no hay cuestión: el tema viene propuesto por el nombre del premio. Una vez hecha la elección ya estamos en camino y quisiera decir que esta elección me satisface. He dedicado gran parte de mi vida al estudio de la obra de Cervantes y pienso que hablar de él, en este día, no es solamente una obligación, sino una forma de agradecimiento. La lectura de Cervantes me ha dado muchas alegrías. Sin embargo, ¡cuidado! Una cosa es leer y otra es caer, pues la lectura del Quijote se nos adentra tanto que a veces es igual que una caída. Una caída de difícil y lenta

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recuperación, pues te puedes pasar la vida entera sin levantarte de ella. Para salvar esta dificultad conviene recordar que don Antonio Machado recomendaba a los poetas: Da doble luz a tu verso, para leído de frente y al sesgo. Esto precisamente es lo que ocurre con Cervantes. Hemos reído innumerables veces con las aventuras y desventuras de don Quijote, pero después hemos sentido una comezón muy parecida al remordimiento. Quien no la sienta, peor; le falta algo importante para vivir. Así pues, mucho cuidado con la lectura del Quijote. No es tan sencilla como parece y hay que hacerla con doble luz: la luz del comprender y la luz del compadecer. Cuando la sociedad es injusta con don Quijote, y lo es continuamente, es indudable que no podemos comprender al caballero sin compadecerlo, y es indudable, también, que no podemos compadecerlo sin sentirnos culpables. Todos somos injustos. Todos hemos alzado la mano, alguna vez, contra don Quijote. Estoy hablando de Cervantes y sé, muy bien sabido, que es tema peligroso y zarandeado. Sin embargo, no tengáis miedo. No voy a referirme al manco de Lepanto ni volveré a decir, por millonésima vez, que nuestra lengua es la lengua de Cervantes. A pesar del millón de citas, esta opinión es un dislate porque la lengua cambia constantemente, y además, porque cada cual habla como puede, y a veces aún peor. También existen otros riesgos que es necesario sortear. Por ejemplo, no creo gustosa la erudición histórica, y así no haré apostillas al Renacimiento. Hay que dejar en paz ciertas palabras. Como dice Azorín: "Entre caballeros, no es necesario hablar del Renacimiento". Finalmente, tampoco voy a referirme al temple heroico de su carácter en tantas ocasiones demostrado, sí a su heroísmo como escritor. Por experiencia propia lo sabéis: para ser escritor, en muchas ocasiones, hace falta heroísmo. Cervantes representa, mejor que nadie, ese raro heroísmo del que depende la cultura: el heroísmo de la libertad. Tengo que limitarme a hablar de un solo aspecto de su obra. No es el más destacado, es el más útil, y por eso lo elijo. Cervantes ha sido siempre considerado como el mejor ejemplo literario. Sin embargo, para nosotros es algo más: para nosotros es un modelo. Conviene distinguir entre ambos términos: el ejemplo se admira y el modelo se imita. No es igual una cosa que otra. Creo preciso imitar a Cervantes por diversas razones, y las voy a enunciar, sencillamente, sin adentrarme en ellas. Desde hace más de doscientos años, Cervantes siempre ha sido un escritor contemporáneo. Nunca ha perdido esa virtud. Nunca ha perdido el contacto interior con los lectores. Nos habla desde dentro de nosotros, y por esta razón ha sido, al mismo tiempo, compañero y contemporáneo. Su lectura es imprescindible porque aún tiene una actualidad sucesiva, misteriosa y

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profética. Y algo más todavía; sigue teniendo una actualidad liberadora. Nos interesa destacar este aspecto. Hoy vivimos la crisis más profunda que hemos vivido nunca. Pues bien, siempre que la vida española se encuentra en crisis, vuelve la vista hacia Cervantes para encontrar en su novela el código de salvación. Esto me hace pensar que Cervantes no sólo tiene razón y tiene gloria: tiene poder sobre nosotros. Es nuestro tribunal de última instancia. Su lectura nos alegra y nos hace vivir a manos llenas, pero ante todo y, sobre todo, nos hace el aire respirable. ¿No habéis pensado nunca que cualquier hombre que lee el Quijote recobra la esperanza, y, por así decirlo, se confirma en sus manos sabiendo que puede realizar cuanto desea? Nada importa entender el Quijote: lo que importa es leerlo. Lo que importa es vivirlo. El Quijote es un libro tan insólitamente libre que en él no hay nada irrealizable. Es un libro que nos hace vivir. Basta leerlo para crecer. Basta leerlo para crecer. En cada una de sus páginas nos repite lo mismo. Si tienes puesto en hora el corazón, puedes cambiar el mundo. Puedes hacerlo justo. Puedes hacerlo libre. Es cuestión de intentarlo y hay que atreverse a ello. La libertad de Cervantes nos ayuda, nos desata las manos. Hay que estar cerca de él. Mientras lees el Quijote eres hombre de manera distinta. Mientras sigas viviendo lo leído, serás un hombre libre. Su lectura tiene una acción liberadora, y esta liberación es la primera de las razones que han hecho de Cervantes nuestro contemporáneo. Se diría que, en efecto, mientras lees el Quijote vives de otra manera. Ahora bien, ¿y después? Pueden estar tranquilos. La pregunta no es válida porque en Cervantes no hay después. Como escritor está continuamente recién naciendo, y en cada nueva situación histórica cobra una nueva actualidad. Tengo que confesar que a mí todos los años me enseña algo. Incluso me hace ver de manera distinta lo que me había enseñado anteriormente. Así pues, sigamos preguntándonos en qué consiste esta singularísima cualidad de que Cervantes siga siendo contemporáneo nuestro, y que el Quijote sea siempre la novela más reciente que se escribe en España. Conseguir este resultado nos parece un milagro, y un acierto técnico. La novela de Cervantes es tan reciente que al leerla parece que está viva, parece que se está haciendo todavía en las manos de los lectores. No nos da la impresión de que está terminada. Quien más, quien menos, todos queremos interpretarla para hacerla de nuevo a nuestro gusto. Parece una novela en libertad. La novela viviente. La novela viviendo. La novela en que nada acontece de manera definitiva. Por ejemplo, los personajes suelen cambiar de nombre y esto no tiene perdón de Dios. ¡Adónde vamos a llegar! Fijémonos en un personaje principalísimo, la mujer de Sancho. En la novela de Cervantes se llama Mari-Teresa-Juana-Cascajo-Gutiérrez-Panza. El lector puede elegir entre estos nombres y elegir a su gusto. En cambio, en el Quijote de Avellaneda se llama, a todas horas, Mari Gutiérrez. Allí es tan formalista que tiene un

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solo nombre. No me extraña. No me puede extrañar. Los autores pedestres no se toman libertades con la novela. Cervantes sí, Cervantes sí se toma toda clase de libertades. Se le alegran las manos escribiendo. Se divierte con todo. Ningún autor se ha divertido tanto escribiendo un libro. Tiene tal alegría que escribe siempre de tirón, sin levantar la mano del papel. Luego vuelve sobre sus pasos. Corrige y vuelve a corregir, pero nunca se ajusta a ley alguna. Los detalles le parecen una friura y sólo atiende al pulso narrativo. Novelar es contar, pero cambia lo escrito cuando quiere. Hace figuraciones y desfiguraciones porque no tiene leyes preceptivas. No tiene leyes que lo limiten, y a fuerza de imaginación, a fuerza de pasarse de la raya, pudo inventar y volver a inventar la novela moderna. Esto es lo cervantino: la imaginación. Y con arreglo a lo que sabemos, inventar divirtiéndose con todo. Se divierte bromeando con la técnica de la novela, bromeando con sus personajes, bromeando con sus lectores y bromeando consigo mismo. Por ello en su novela no hay nada puntual, nada definitivo, nada que pueda sostenerse críticamente. En el Quijote todo está en suspensión, todo es complementario, todo se opone sin contradecirse, todo está hecho y por hacer. Hasta los incidentes que constituyen la trama de la novela campan por sus respetos y están en libertad. Desde luego pueden cambiar, pero cambian con arreglo a una ley: son variaciones sobre el mismo tema como una fuga de Juan Sebastián Bach. Pongamos otro ejemplo en cierto modo por broma y en cierto modo por venganza, Altisidora y la duquesa meten de noche varios gatos en la habitación del caballero. Los gatos están furiosos porque llevan cencerro al cuello y van atados por las colas. Como el diablo todo lo añasca, un gato ataca a don Quijote y le causa tales heridas que le hacen guardar cama cinco días. ¡Ni que el tal gato fuera un tigre! Está claro que Cervantes bromea, pero además, anticipándose a lo que puedan pensar los lectores, vuelve a escribir, después, que guardó cama seis días. No quieres caldo, tres tazas. En la obra de Cervantes, hasta los números pierden su acostumbrada seriedad. Los cinco días de marras se convierten en seis por vía de encantamiento y aquí no ha pasado nada. Las cosas que se afirman en el Quijote no se confirman nunca. No necesitan confirmación. Por no necesitarla, dijimos que el Quijote parece una novela en libertad. De manera evidente nos causa esta impresión. Ni las palabras, ni los juicios, ni los hechos narrados en ella tienen carácter definitivo. Todo queda en el aire porque Cervantes no constriñe a nadie. Diríase que Cervantes no utiliza sus poderes de autor, y la novela se queda siempre en un vaivén figurativo y desfigurativo, en un vaivén genial e inocentísimo, entre lo que se dice y lo que es. Va haciéndose novela a su manera. Por eso está tan viva que nos parece inacabada. También en esto se anticipó Cervantes a su tiempo. El argumento del Quijote exige en todo instante la participación de sus lectores. En rigor, su argumento lo fijamos nosotros y lo fijamos a nuestro antojo. Por consiguiente, la participación de los lectores en la creación de la novela es una de sus características más modernas, y otra razón, inmejorable, para seguir considerando a Miguel de Cervantes contemporáneo nuestro.

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En homenaje a Octavio Paz voy a hacer mías sus hermosas palabras del año pasado: "El Quijote es una obra animada por la ironía, que subraya con una sonrisa la grieta entre lo real y lo ideal. Con Cervantes comienza la crítica de los absolutos, y comienza con una sonrisa, no de placer sino de sabiduría. Cervantes sonríe. Aprender a ser libre es aprender a sonreír". Y ahora, para terminar este discurso, debo expresar mi último agradecimiento. De igual modo que dije al principio que el escritor representa al espíritu de la comunidad, la Corona es la reencarnación de la comunidad. En esto estriba su sentido. Las instituciones nacionales la representan, la Corona la encarna. Con ello entiendo que en la Corona está encarnado todo lo que nos une, todo lo que nos sigue uniendo a los españoles, un poco más adentro, y más allá, de la diversidad de las ideas políticas. Pues bien, este momento en que Su Majestad Juan Carlos I me concede la investidura del Premio Cervantes es el más importante de mi vida. La justicia.

El llamado Grupo de Burgos. De izquierda a derecha, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Rodrigo Uría, Diniosio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester y Antonio Tovar. Madrid, 1973.

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Luis Rosales / biografía
Luis Rosales nace en Granada el 31 de mayo de 1910. Cursará estudios en los Escolapios y, posteriormente, se matriculará en Filosofía y Letras y en Derecho en la Universidad de Granada. Aquí empezará a mostrar su vocación poética y entablará amistad con García Lorca, Joaquín Amigo y Álvarez Cienfuegos, todos ellos componentes de la revista "El Gallo". En 1930 llega a Madrid para cursar estudios de Filosofía y Letras, que había abandonado en Granada. Dos años después publica sus primeros versos en la revista "Los cuatro vientos" y en 1935 aparece su primer libro de poemas; "Abril", inspirado en la relación amorosa que mantuvo con una compañera de facultad. En 1936, al poco de estallar la Guerra Civil, es detenido en su casa, donde se encontraba escondido, Federico García Lorca. Sus gestiones y las de sus hermanos no consiguen impedir el fusilamiento de su amigo, además les suponen la expulsión breve del partido falangista y una fuerte multa. En 1940 publicará, junto a Felipe Vivanco, el primer volumen de su célebre antología "Poesía heroica del Imperio", acorde con la ideología de la época. Además, iniciará su labor investigadora de los manuscritos de la Biblioteca Nacional, de la que surgirán importantes trabajos, sobretodo, sobre el Siglo de Oro español. Es, también, secretario de la revista "Escorial", de la que era director Dionisio Ridruejo. En 1949 recibe el Premio Nacional de Poesía por "La casa encendida". Dos años después se le otorga el Premio Nacional de Literatura por "Rimas". En 1964 ingresa en la Real Academia de la Lengua. Desde ella luchará por launidad de la lengua española y destacará su defensa de los clásicos. Toda esta labor se verá reflejada en su antología sobre la "Poesía española del Siglo de Oro", que publica el año 1970.

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En 1982 es galardonado con el Premio Cervantes de Literatura. Ese mismo año se le concede la distinción Prometeo de plata. Un año después, se le rendirá homenaje en la II Feria de la Poesía de Madrid. Muere, en Madrid, el 24 de octubre de 1992. Obras: Abril (1935) - La mejor reina de España (1939) en colaboración con Luis Vivanco. - Retablo sacro del nacimiento del Señor (1940) - La casa encendida (1949) - Rimas (1951) - Cervantes y la libertad (1960) - El contenido del corazón (1969) - Piensa mal y acertarás (1971) - Segundo Abril (1972) - Canciones (1973) - Como el corte hace sangre (1974) - Diario de un resurrección (1979) - La carta entera. Compuesta por: - La almadraba (1980) - Un rostro en cada ola (1982) - Oigo el silencio universal (1984) - Esa angustia llamada Andalucía (1987) - El desnudo en el arte y otros ensayos (1987)

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Muestrario de Poesía
1. La eternidad y un día y otros poemas / Roberto Sosa 2. El verbo nos ampare y otros poemas / Hugo Lindo 3. Canto de guerra de las cosas y otros poemas / Joaquín Pasos 4. Habitante del milagro y otros poemas / Eduardo Carranza 5. Propiedad del recuerdo y otros poemas / Franklin Mieses Burgos 6. Poesía vertical (selección) / Roberto Juarroz 7. Para vivir mañana y otros poemas / Washington Delgado. 8. Haikus / Matsuo Basho 9. La última tarde en esta tierra y otros poemas / Mahmud Darwish 10. Elegía sin nombre y otros poemas / Emilio Ballagas 11. Carta del exiliado y otros poemas / Ezra Pound 12. Unidos por las manos y otros poemas / Carlos Drummond de Andrade 13. Oda a nadie y otros poemas / Hans Magnus Enzersberger 14. Entender el rugido del tigre / Aimé Césaire 15. Poesía árabe / Antología de 16 poetas árabes contemporáneos 16. Voy a nombrar las cosas y otros poemas / Eliseo Diego 17. Muero de sed ante la fuente y otros poemas / Tom Raworth 18. Estoy de pie en un sueño y otros poemas / Ana Istarú 19. Señal de identidad y otros poemas / Norberto James Rawlings 20. Puedo sentirla viniendo de lejos / Derek Walcott 21. Epístola a los poetas que vendrán / Manuel Scorza 22. Antología de Spoon River / Edgar Lee Masters 23. Beso para la Mujer de Lot y otros poemas / Carlos Martínez Rivas 24. Antología esencial / Joseph Brodsky 25. El hombre al margen y otros poemas / Heberto Padilla 26. Réquiem y otros poemas / Ana Ajmátova 27. La novia mecánica y otros poemas / Jerome Rothenberg 28. La lengua de las cosas y otros poemas / José Emilio Pacheco 29. La tierra baldía y otros poemas / T.S. Eliot 30. El adivinador de hojas y otros poemas / Odysseas Elytis 31. Las ventajas de aprender y otros poemas / Kenneth Rexroth 32. Nunca de ti, ciudad y otros poemas / Czeslaw Milosz 33. El barco en llamas y otros poemas / Jaroslav Seifert 34. Uno escribe en el viento y otros poemas / Gonzalo Rojas 35. El animal que llora y otros poemas / Antonio Gamoneda 36. Los andamios del mundo y otros poemas / Ledo Ivo 37. Dominican Style y otros poemas / Alexis Gómez Rosa 38. Poesía francesa actual / Muestra de 40 autores 39. Número equivocado y otros poemas / Wislawa Szymborska 40. Desde la república de la conciencia y otros poemas / Seamus Heaney 41. La tierra giró para acercarnos y otros poemas / Eugenio Montejo 42. Secreto de familia y otros poemas / Blanca Varela 43. Tal vez no era pensar y otros poemas / Idea Vilariño 44. Bajo la alta luz inmerso y otros poemas / Mariano Brull 45. Las ocupaciones nocturnas / Jorge Enrique Adoum 46. La gruta de las palabras y otros poemas / Vladimir Holan 47. La vida nada más, la sola vida y otros poemas / Gastón Baquero 48. El futuro empezó ayer / Luis Cardoza y Aragón 49. Los errores necesarios y otros poemas / Joaquín Giannuzzi 50. Jardín de Piedra / Fernando Ruiz Granados 51. Hablar desde la inseguridad / Rafael Cadenas 52. El hombre acorralado y otros poemas / Luis Alfredo Torres 53. Territorios Extraños /José Acosta 54. Cuadernos de Voronezh / Osip Mandelstam 55. La traición de los sueños / Francisco de Asís Fernández 56. Quemaremos los días por venir / Radhamés ReyesVásquez 57. Sobre toda palabra / Rafael Guillén 58. Días de Carne / César Sánchez Beras 59. Bajo la noche enemiga y otros poemas / Ulises Varsovia 60. La imperfección es la cima / Yves Bonnefoy 61. Voluntad de la luz / Luis Armenta Malpica 62. Ciudad en llamas y otros poemas / Oscar Hahn 63. Iniciación final / José Alejandro Peña 64. Gente desarraigada y otros poemas / Cesare Pavese 65. La luz interrumpida y otros poemas / Luis Rosales

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Colección

Muestrario de Poesía
2010

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