¡Qué nochecita! - ¡Cuidado, que arranca la puerta!

Un golpe de viento azotó el R-5 justo en el momento en que Pepe abría la puerta y descendía del automóvil. - No cierra, no. Se ha quedado desencajada. No ha salido volando…. de milagro. ¡Venga vamos que hay que hacer varios viajes! Ahora hablaba en voz alta, porque el vendaval se llevaba su voz lejos, muy lejos. - Luego la revisaremos. Era noche cerrada cuando salimos de la cueva. Nos encontrábamos a finales de otoño, y a las siete de la tarde las sombras dominaban colinas y quebradas. Caía una lluvia fina que nos limpiaba el barro de las ropas, y nos refrescaba del calor que habíamos pasado en el interior de la tierra. El viento soplaba con fuerza, pero no producía sensación de frío; era un aire templado, desapacible por su virulencia, agradable por su tibieza. Después de haber permanecido tres horas en el interior de la cueva, soportando humedad, barro y calor, además de la sensación de opresión y ahogo que se vive dentro de una gruta, y que a algunos llega a producir verdadera angustia por claustrofobia, el viento y el agua, que nos abofeteaban el rostro, se convertían en una liberación: el espacio abierto, aunque fuera sin luz; respirar el aire tibio, aunque fuese huracanado; y sentir el agua en la cara, en la ropa y en las manos, llevándose el barro que nos cubría…..liberaban nuestros corazones de la ansiedad que producen las profundidades telúricas. -¡¡Alto…., no corras! ¡Para..…!¡ Quieto ahí! Uno de los muchachos había echado a correr al traspasar el umbral de la gruta. El viento, la lluvia, el gozo de sentirse libre fuera de la tierra, habían provocado un sentimiento de euforia, que se desbordaba en una carrera. - ¡¡Detente….!! ¡Para! Los gritos eran arrastrados por el viento, lejos, muy lejos. El chico corría alborozado, con los brazos extendidos al vendaval. Monitores y compañeros se rompían las cuerdas vocales tratando de avisarle del peligro. En vano. Las voces se confundían en el huracán, que las lanzaba a lo lejos, en dirección contraria a la carrera del joven. Uno de los monitores, Fernando, había echado a correr, sin dejar de repetir el nombre del muchacho: - ¡David….David….! ¡Para……David! La preocupación, a veces, pone alas en las piernas. La angustia, otras, se puede convertir en un motor de noventa caballos. Lo detuvo, sí, a tiempo de evitar un grave accidente, mientras profería en imprecaciones e insultos, que David no llegaba a entender, confundidos con el aullido del viento y el chapoteo de la lluvia. Habíamos atravesado la cueva de El Reguerillo. El acceso, estrecho, que apenas permite el paso a una persona de mediana complexión, no hace suponer que vayas a encontrar cómodas galerías, por donde transitar caminando, junto a algunas salas amplias, separadas por túneles que recorres arrastrándote como una culebra, o sifones que es necesario sortear con cuerdas, arneses y mosquetones de seguridad. La luz de los carburos aumenta la sensación de irrealidad que siempre esconde el interior oscuro y húmedo de una cueva.

Con los pies en tierra firme y en espacio abierto nos dirigimos hacia el albergue donde íbamos a pernoctar. Pepe hizo cuatro o cinco viajes entre la cueva y el refugio: éste se encontraba a unos dos kilómetros cuesta arriba, en dirección a la presa. El edificio, situado a media ladera, entre la cima de una colina y la muralla de la presa, tenía un aire tenebroso. Media docena de farolas señalaban la desviación entre la casa y la carretera, a modo de un minúsculo oasis de luz, cercado por un pinar y envuelto por las sombras de la noche. El cielo, cubierto de densas nubes escupiendo chubascos, oscurecía, aún más, el contorno. Cien metros más abajo se distinguía la carretera, iluminada por unas pocas farolas más, cruzando el dique. El agua del pantano, que reflejaba débilmente esas luces, se adivinaba como un enorme manto lóbrego, extensa mancha, densa y negra, de petróleo vertido al agua. ¿Habíamos salido de la cueva, o, por el contrario, continuábamos en el vientre de la tierra, envueltos en una negra capa, moteada de pequeñas luciérnagas?. Antes teníamos la luz tenue y vacilante de los carburos, ahora las farolas titilaban con la misma debilidad. El viento huracanado nos despejó las dudas, gritándonos al oído el crujir de las ramas de los pinos, el chasquido de alguna teja suelta, los aullidos que producía el huracán entre las grietas de las rocas. La lluvia arreciaba. Llegamos cansados y sucios, contentos y hambrientos. No habíamos tenido ningún percance grave, más allá del eufórico corredor a la salida de la cueva, y de algún pequeño ataque de ansiedad en el interior. Estábamos a salvo, tanto monitores como participantes, en esta salida de fin de semana, de convivencia y espeleología. La construcción era alargada y estrecha: en el extremo noreste estaba la cocina; en la otra punta un estrecho corredor daba acceso a las habitaciones, y en medio el comedor, los aseos y las duchas. Ahora convertida en albergue juvenil, otrora fue residencia de los trabajadores que construyeron la presa: un enorme dique que cierra el mayor embalse de la sierra madrileña, el llamado “mar de Madrid”, el embalse de El Atazar. Preparamos la cena con diligencia, y con premura la devoramos. No tardemos mucho tiempo en dejar recogida la cocina y preparar el comedor para la velada, que todos anhelábamos alegre y divertida. No queríamos pensar –mientras lo pensábamosdónde y cómo nos encontrábamos: en la sierra, lejos de cualquier población, cercados por un vendaval, acosados por un diluvio. Las primeras canciones precedieron a los juegos; las bromas y los chistes a los cuentos. Y no podían faltar las historias de miedo. Una monitora, Andrea, comenzó su relato: - Hace muchos años, cuando se construyó la presa, hubo un accidente. Dos obreros sufrieron graves quemaduras mientras instalaban las turbinas de la presa. Los trajeron aquí, al albergue, que entonces era la residencia a los trabajadores del embalse. Y aquí murieron, esperando a que los equipos de emergencia los trasladaran a un hospital. La tormenta arreciaba, y el ánimo se arrugaba cuando sentíamos el viento aporreando puertas y postigos, gimiendo entre las tejas, chascando las ramas de los pinos, aullando entre las grietas de las rocas, allá en la lejanía. El agua golpeaba los cristales, con vehemencia unas veces, como un susurro, en otras Andrea era interrumpida por murmullos de sorpresa y risitas nerviosas, azuzadas por bromistas sarcásticos. De pronto….., todos callamos. Y todo quedó en silencio….. y todo quedó a oscuras. La luz se había ido. El vendaval produjo un corte en el suministro eléctrico. Gritos, susurros, lamentos, algún conato de llanto, rompieron el primer

silencio de perplejidad y desconcierto; otros reían, alzaban la voz, jaleaban la confusión. Rápidamente alguien encendió un mechero, otro una cerilla, después brillaron varias linternas y algunos cabos de velas. Con estas primeras luces se fue rebajando la tensión. Un pequeño grupo se aventuró por el largo y estrecho corredor en busca de linternas y carburos. Caminaban expectantes hacia las habitaciones, apretándose unos contra otros, acompañándose cuando llegaban a una alcoba y revolvían los macutos, hablando sin cesar, entre bromas y pequeños sustos, recordando los obreros que habían fallecido en alguna de esas habitaciones. Con mejor iluminación se fueron apaciguando los ánimos, tanto de los más timoratos, como de los más temerarios, que disfrutaban con las nuevas circunstancias, una nueva forma de aventura. Aunque bien mirado – y sin querer verlo- las candelas proyectaban alargadas sombras, de los cuerpos inquietos y excitados, como espectrales manchas móviles en paredes y techo, que podían causar verdadero terror. Las guitarras fueron despertando las gargantas y con los cánticos se abrieron los corazones, espantando temores y malos augurios. Cantamos, jugamos y contamos nuevos chistes, y nos reímos con tal alborozo que nos delatábamos: queríamos esconder el miedo instalado en nuestros ánimos. Nadie quería irse a dormir y perderse en la soledad de sus propias sombras oníricas. Pero el cansancio fue haciendo mella y los primeros grupitos comenzaron a retirase por el estrecho pasillo hacia las habitaciones. - ¡No hay agua! ¡No sale agua de los grifos de los lavabos! Varios muchachos regresaron al salón contrariados por un nuevo descubrimiento. El agua llegaba hasta el refugio con un sistema de bombeo, inutilizado ahora por la falta de energía eléctrica. - Podemos coger agua de las cisternas de los inodoros. Es agua limpia. Al fin y al cabo toda el agua procede de la misma red general, sugirió un monitor. Llenamos algunas cantimploras, entre caras de asco y expresiones de repugnancia, y bebimos y nos enjuagamos la boca, después de cepillarnos los dientes. Hubo quien prefirió no hacerlo. La mayoría fue ocupando sus sacos de dormir, procurando no estar solos en una habitación. Los más taciturnos continuamos en el comedor, entre bromas, chistes y algún chascarrillo de fantasmas y aparecidos. En el ambiente se respiraba la sensación de opresión claustrofóbica que habíamos tenido en el interior de El Reguerillo: estábamos encerrados en el albergue…, sin luz….., sin agua….., cercados por un vendaval de viento y lluvia….., envueltos en el manto oscuro de la noche….., lejos de la civilización. La música y los cánticos nos ayudaban a romper los temores y a disfrutar de la convivencia. - ¿No oléis a humo….? - Yo, no - Yo tampoco - Yo, sí - Es verdad, huele a humo - ¡Qué no! ¡No volvamos otra vez con historias de miedo! - Que sí, que sí, que huele a humo - ¡Es verdad! ¡Huele a quemado! Estirábamos el cuello, queriendo alargar la nariz, buscando las moléculas de ese olor tan característico, mientras las voces se sucedían, más altas y más temerosas: - Sí, sí, claro que huele a humo - Viene de las habitaciones - ¡Vamos!

- ¿Qué puede ser? Empujándonos unos a otros, atropelladamente, abandonamos el comedor y enfilamos el pasillo. El olor era tan manifiesto que además de olfatearlo podíamos verlo como una suave neblina, reflejada en la luz de las linternas. Un golpe de viento pareció mover varias tejas, y algo debió romper porque empezamos a oír un entrechocar de metal y cerámica, rítmico a veces, errático la mayor parte del tiempo. El crujir de las ramas por el viento, el silbido del aire colándose por resquicios de puertas y ventanas, acompañado del batir de las gotas de lluvia en postigos y cristales, se convertían en plomo en las botas, que apenas nos dejaban avanzar. El rastro de neblina nos llevó a la habitación donde dormía sola Covadonga, profundamente; tanto que tuvimos que despertarla, sacarla del saco y llevarla lejos, donde pudiera respirar aire limpio. Abrimos la ventana, peleando con el vendaval, y, siguiendo el rastro, encontramos el origen de la humareda: una bolsa de aseo. No había llamas, pero claramente despedía un humo denso y maloliente. La envolvimos en una toalla y la llevamos fuera, esperando que fuera los que fuese lo que provocaba el humo terminara su combustión. Ya estábamos todos, de nuevo, en el comedor. Los monitores trataban de poner calma, entre gritos y llantos histéricos. Murmullos y susurros sobre los obreros carbonizados eran difíciles de acallar. Covadonga se encontraba bien, con un buen susto, porque podía haber muerto inhalando el dióxido de carbono, susto que se contagiaba a los demás, presos del vendaval y de la noche, sin luz y sin agua, en un refugio aislado del mundo. Comprobamos que la bolsa de aseo estaba apagada y, con cuidado de no quemarnos, analizamos su interior: pasta de dientes, un cepillo, seda dental, desodorante, colonia, crema hidratante, formaban un pequeño amasijo del que no fuimos capaces de descubrir nada significativo, que diera razón de aquella combustión sin llama.. La falta de una explicación coherente, que nos permitiera comprender el suceso, avivó los comentarios y especulaciones más variopintas, recordando la historia de los trabajadores allí fallecidos, asociándola a otras historias de fenómenos paranormales. Tardamos mucho rato en recuperar un poco de sosiego. Y sólo cuando acordamos hacer guardia toda la noche, fuimos capaces de irnos a ocupar nuestros sacos; los monitores, por parejas, hicieron turnos de guardia durante lo que quedaba de noche. La lluvia no cesaba: a veces parecía un murmullo que invitara el sueño; pero en seguida, el vendaval enviaba rachas de agua que rompía el arrullo, y nos recordaba el crujido de las ramas, el clamor de algunas tejas sueltas, el aullido lejano del aire entre las grietas de las rocas…… El sueño no nos visitó aquella noche. Monitor torpe

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