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Allá donde el cielo se funde con el infierno

Sus pies desnudos tocaban las piedras de aquel acantilado, nunca pensó que aquella
sensación le iba a gustar.
Llevaba el pelo suelto y eso era algo muy raro en ella, pues siempre lo tenía amarrado
con unos ganchos que su madre alguna vez le regaló cuando era chica. Siempre los guardó
con dulzura y aún de grande se los ponía para así recordar lo que su madre significó para ella.
Llevaba años intentando aceptar su destino, ella sabía que alguna vez ese día llegaría.
Ahora estaba parada enfrentando no sólo a la muerte, sino a aquel mar que rugía allá abajo,
donde el cielo se funde con el infierno.
Desde muy niña supo que su destino final era morir en el mar. Sus padres creían que
estaba loca y fue por eso que se pasó la mayor parte de su niñez en un sanatorio; debido,
según decían los médicos, a una profunda depresión. Eso a ella no le importaba, nunca le
tuvo miedo a la muerte y menos ahora que estaba frente a su último suspiro, frente a su
último dilema.
Después de todo ya no era una pequeña niña a la cual todos creían demente, ahora era
una mujer con voluntad propia y sabía, al igual que Cristo, que su final estaba trazado.
Pero hoy que se encontraba en ese momento, cuando su destino estaba a punto de
cumplirse, dudó...
Que pasaría si no lo hiciese, si no se arrojase al mar, qué pasaría si pudiese revocar
aquella orden de su cabeza y seguir con su vida.
Volvió la mirada al carro, recordó a su hermana Silvia, quien se lo regaló y que
estaba estacionado frente a ella. Quería pedirle disculpas por no poder devolverlo
personalmente y porque ese sea el vehículo que la llevó a la muerte.
Ahora tenía la mirada fija en el mar oscuro que golpeaba con fuerza las rocas, como
impaciente de la espera. Ella sonrió pensando que quizás ese mar era como ella: la había
estado esperando hacía tanto que también creyó que nunca llegaría ese día.
El sol no había salido todavía y las estrellas brillaban en lo alto, como espectadoras de
este eterno suspenso. Las nubes se habían disipado y la luna ya no estaba más para brillar y
guiarla en su nuevo camino.
Volvió a mirar el auto como en un intento desesperado de escuchar una respuesta de
aquel objeto, mas sabía que esas cosas sólo pasaban en las películas y su vida nunca fue una
de ellas.
Ahora el viento soplaba cada vez más fuerte y la iba meciendo de lado en lado, hasta
que dejó de luchar y se entregó a su nueva vida. Cayó desde lo alto y vio en su último
recuerdo cómo el mar se abría para recibirla y así vivir eternamente juntos.

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