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LA ÚLTIMA LÁGRIMA

POR: Mauricio Cerón Medina

–¡Ya me tienes harto! –grité completamente furioso –No eres más que una simple niña
mimada y caprichosa. Siempre tiene que hacerse lo que quiera la señorita –el tono
sarcástico de mi voz se veía opacado por la falta de fuerza que me había provocado estar
gritando por tanto tiempo –y no basta sólo con eso, tiene que hacerse en el momento
que lo pida y como lo pida.

–Pues no creas que tu eres precisamente un santo –el llanto, mezclado con el coraje y la
ira, provocaban que su voz se quebrara de forma que resultaba casi imposible de
entender –, yo ya tampoco te soporto. No me prestas atención y cancelas nuestras citas
para irte a beber con tus amigos.

–Por lo menos yo tengo amigos –interrumpí –en cambio tú, no confías en nadie. Eso,
sumado al hecho de que eres insoportable, provoca que la gente huya de ti. No se que
pude ver en ti.

–¿Sabes qué? Estoy sumamente arrepentida de haber aceptado salir contigo –suspiró
prolongadamente y continuó –. No quiero verte más, ¡lárgate!

–Sí, me largo –di media vuelta y comencé a avanzar con pasos firmes hacia la puerta.

Me detuve. Abrí mi mochila y saqué el pequeño oso de peluche que ella había
comprado un par de horas antes. Lo observé por unos segundos en silenció.

–¡Aquí tienes tu porquería de juguete! –grite al mismo tiempo que lanzaba el muñeco
hacia quién sabe dónde.

–¡Idiota! –gritó con todas sus fuerzas justo después de que salí azotando la puerta.

Dos días después.


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[Él]
Fue más el tiempo que pasé ese día discutiendo con ella, que el tiempo que me tomo
arrepentirme de todo lo que había dicho, ahora todo me parece absurdo. He estado
pensando la forma indicada para disculparme, pero lo único que he conseguido es
martirizarme con lo que pienso.

No sé que me resulta más doloroso, pensar en ella o tratar de olvidarla. Recordarla es


tan insoportable como derramar alcohol sobre una herida a carne viva. Olvidarla,
simplemente no resulta una opción, sé que no podría, son tantos los recuerdos hermosos
que tengo junto a ella que tratar de borrarlos de mi memoria sería poco más que una
tortura.

Estos dos días que han pasado desde el incidente sólo he hablado con una persona, mi
mejor amigo, le conté lo sucedido y con un simple “Ya se te pasará” termino la plática.
He estado encerrado, no quiero ver a nadie antes de hablar con ella, pero, cómo hacerlo.
Junto a mi cama está tirada una libreta repleta de cartas de disculpa que no he logrado
terminar. Ninguna demostraba lo que siento. Intentaré llamarla, aunque no creo tener el
valor para hablar con ella.

[Ella]
Ya han pasado dos días. No quiero continuar con esto.

He estado recibiendo constantemente llamadas de sus amigos, pareciera que no tienen


nada mejor que hacer que estarme reclamando sobre lo que le dije, acaso no saben que
todo esto es por su culpa.

–Hola –dije al levantar el auricular del teléfono que hasta hace unos segundos había
permanecido en silencio.

Silencio.

–¿Quién llama? –pregunté con coraje al ver que nadie respondía al otro lado de la línea.

–Habla, sé que eres tú –le ordené –eres el único idiota que se quedaría callado en un
momento así. –repliqué.

Silencio.

–Cuando te comportas así realmente me haría feliz que estuvieras muerto...

Repentinamente terminó la llamada.

Espero que piense mejor las cosas, no puede comportarse como un niño el resto de su
vida.

Una Semana Después


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[Él]
–Deja de actuar de esa forma ya nos tienes a todos muy preocupados –mi mejor amigo
trataba de animarme sin mucho éxito.

–¿Qué quieres que haga? –respondí con hilo de voz apenas audible

–Quiero que pienses. Talvez te perdone si haces algo, las mujeres siempre esperan que
hagas algo por ellas.

–¿Algo? ¿Como qué? No se me ocurre nada.

–¿Acaso no la quieres?

–No sólo la quiero, la amo con todas mis fuerzas.


–Entonces que esperas, haz algo que ella realmente desee. Si realmente la amas harás lo
que sea necesario sin importar las consecuencias.

Un vago recuerdo cruzó por mi mente. Sabía perfectamente que era lo que ella deseaba,
ahora sólo tenía que decidir si cumplir su deseo o no.

–Bien. Está decidido –dije un poco entusiasmado tratando de ocultar la realidad.

–¿Decidido? ¿Qué?

–Se que no estaré con más con ella, pero pienso cumplirle el ultimo deseo que me dijo.

–Bien, esa es la actitud. Si haces las cosas bien, verás cómo te perdona –dijo
desconociendo completamente los detalles del plan que ya había elaborado.

–Sólo quiero pedirte un favor. Dame un par de horas para prepararme y para escribir
una carta que quiero que le des.

–Está bien, entonces me marcho. Regreso más tarde.

–Sí. Si no me encuentras dejaré la carta sobre mi escritorio. Lo único que tienes que
hacer es entregarle la carta.

–De acuerdo. Nos vemos.

–Adiós.

Salió de mi habitación con una sonrisa en la cara. Yo haría lo mismo, es lo menos que
puedo hacer para agradecerle haberme hecho tomar esta decisión. Escribo con rapidez la
ultima carta que haré llegar a sus manos. Misteriosamente ahora no tengo ninguna duda,
las palabras parecen salir de mi mano directamente hacia el papel. Termino en poco
tiempo, estoy orgulloso de lo que he escrito, si tan sólo pudiera haberlo hecho en otras
circunstancias, pero la decisión está tomada. Cumpliría por última vez sus deseos.

Al momento de cerrar el sobre siento un nudo en la garganta, cómo me gustaría


entregársela en persona, pero de hacerlo me acobardaría y no podría seguir adelante.
Echo en mi mochila su foto y el medio para dar fin a mi existencia.

He decidido morir por ella. He decidido morir por amor.

Dejo la carta sobre mi escritorio, escribirla me ha tomado menos tiempo de lo que


esperaba, pongo junto a ella una nota con algunas instrucciones y salgo de mi
habitación. Mi madre, sorprendida, se muestra alegre al verme salir después de tanto
tiempo. Me despido. No pregunta a donde voy, lo que le importa es que ya estoy afuera,
y me desea que me vaya bien..

Sonrío. Prometí que lo haría.

Me siento culpable al saber que esas sonrisas que he visto pronto no existirán, pero no
me importa nada, sólo quiero hacer todo lo posible por ella.

He elegido como sitio para morir el lugar donde nos conocimos, está a la orilla de la
playa, apartado de los demás, así evitaría causar cualquier alboroto. Y cumpliría su
deseo.

[Ella]
–¿Porqué si le importa tanto no la trajo él en persona? –dije fingiendo molestia.

–Porque te esta preparando una sorpresa.

–Gracias ya te puedes ir.

–Lo siento, pero no puedo hacerlo hasta haberme asegurado que la hayas leído.

–Ok. Si entre más pronto la lea, más pronto te vas mejor.

Abrí rápidamente el sobre, siempre mostrando disgusto. Aunque, en realidad realmente


me sentía excitada por conocer el contenido de la misma. Saqué la hoja y comencé a
leer.

«Mi hermosa:

Hoy he decidido que no puedo continuar más, cada paso que doy es inútil al igual que
cada acción. No se que más hacer y es la única salida que encuentro y es muy probable
que lo sea por que soy un cobarde que se deja derrotar por las cosas que vienen, así
como por las cosas que pasan. Sin embargo, mi felicidad al lado tuyo fue algo que he
de guardado por siempre, pero no puedo continuar por que no se cómo hacerlo, cómo
hacer que en tu corazón brillen siempre la alegría y la felicidad.

Intento hacer que brinques de alegría, mas no tengo la suficiente energía para lograrlo,
por eso me voy para que puedas, quizá en mi ausencia, encontrar alguien que te
emocione, te comprenda y te de el valor para seguir adelante siempre.

Ahora me perderé en el mar del olvido y me quedare siempre allí, habiendo cumplido el
último deseo que oí salir de tus labios. Esperando me perdones, pero con la única
esperanza de que puedas ser feliz.

Te amo. »

Mi mano se cerró arrugando aquella carta, en ese instante recordé la llamada y el pánico
se apoderó por completo de mi, los latidos de mi corazón eran cada vez más acelerados
y mi respiración más agitada.

–¿Qué otra cosa te dijo? –pregunté presa de la histeria.


–Nada, sólo me dejó en una nota que me asegurará que leyeras la carta. Y que los
detalles tu los entenderías.

–Pero no te comentó nada sobre lo que pensaba hacer.


–No. Sólo me comentó que iba a cumplir el ultimo deseo que habías tenido.

–¡¡Es un idiota!! – comencé a buscar algo de dinero en mi habitación. Mientras tanto su


mejor amigo, sentado cerca de la puerta, seguía hablando.

–No es justo que digas eso, después de lo que esta haciendo por... –no lo dejé terminar y
salí de la habitación a toda velocidad.

–Espera, a dónde crees que vas.

–Voy a buscarlo, después te explico todo.

Había comprendido con total claridad el mensaje oculto entre las líneas de la carta.
Desde que comenzamos a salir siempre habíamos escrito mensajes ocultos, esto por si
alguien que no debía llegaba a leer la carta. Sabía exactamente a dónde ir.

Tomé el primer taxi que apareció, no tenia la menor idea si tenia dinero suficiente, pero
no me interesaba, lo único que tenía en mente era llegar a esa playa, aquella playa
apartada en la cual nos conocimos, y esperar que no fuera demasiado tarde.

El viaje en el taxi que duró apenas unos cuantos minutos me pareció una eternidad, en
ese momento un segundo valía más que oro. Debía apresurarme.

Avancé a trompicones a lo largo de toda la playa. Intentando llegar lo más pronto


posible a su lado. Cuando llegué a aquel muro de piedras erosionadas por el mar, sentí
por un breve instante la duda de haberme equivocado de lugar. Si así fuera, nunca me lo
perdonaría.

No. No podía dudar, estaba completamente segura de que tenía que ser allí. Escalé de
forma apresurada esa muralla, resbalando en cada oportunidad, cuando llegué a la cima,
pude verlo. Estaba ahí.

Salté sin importarme nada, sólo quería llegar a su lado lo más pronto posible.

El estaba allí, sentado sobre la arena, apoyando su espalada contra las rocas que
quedaban detrás. Miraba el ocaso.

–Tenía miedo de que no vinieras –me dijo.

–¡Idiota, porqué me haces esto! –quería gritar, pero la voz se me quebraba


impidiéndomelo.

–Porque fue tu deseo y lo quiero cumplirlo para que seas feliz.

Me arrodillé a su lado y tomé sus manos, un hilo de sangre escurría de sus muñecas; lo
miré a los ojos horrorizada.

–Tenemos que ir a un hospital –repliqué.

–No serviría de nada –dijo con la voz apagada –falta poco para que tu deseo sea
realidad.

–¡Idiota! ¡Idiota! ¡Eres un idiota! –grite con lágrimas en los ojos.

–Quédate conmigo, es lo último que te pido –su voz cada vez era más débil –por favor
no me abandones.

–Está bien me quedaré.

Me acerqué a su rostro; y con mis manos, ahora llenas de su sangré, lo tomé por las
mejillas y presioné suavemente mis labios contra los suyos. Fue un beso lleno de miedo
y desesperación, pero sobre todo, lleno de amor.

Mientras nos besábamos de mis ojos no paraban de salir lágrimas que recorrían mis
pómulos de forma acelerada.

–Te amo –me dijo al oído con una voz casi inaudible.

–Y yo a ti –respondí de la forma más dulce que el dolor me permitió

Una lagrima comenzó a escaparse de sus ojos, y detuvo a medio camino. Él ya no


respiraba. Ya no estaba conmigo.

Limpié de su rostro esa última lágrima con un beso. Sin embargo, la mía apenas sería la
primera.

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