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El cuerpo anclado

MIEMBRO I
Yo te daré el mundo. Tengo la llave, pero solo tú, niña tienes el poder. Los
sientes ¿verdad? ¿verdad que lo sientes? ¿notas la fuerza que emana de
ésta llave?

-¡cristina!

La niña giró la cabeza deprisa. Detrás suya el ceño fruncido y la mirada


preocupada de su hermana, por no hablar de sus semblante tenso,
auguraban una buena regañina.

-Cristina, ¡te he dicho que no te alejes de mí!

-Se le había caído…

-¡no me pongas excusas y vuelve! ¡aún no hemos llegado!

La niña salió corriendo hacia el lado derecho de su hermana, y ella le agarró


la mano con fuerza. Mientras detrás una enfermera arrancaba con enfado la
llave que le había mangado aquel hombre de los bolsillos.

-¡muy mal señor Rodríguez! ¡Muy mal!

Fueron las últimas palabras que escuchó ELLA, antes de que las puertas se
cerraran detrás de ella.

-Hermana…-preguntó mientras atravesaban el blanco pasillo


silenciosamente.

La hermana chistó suavemente. No quería mantener ninguna conversación


en aquel lugar. Bueno, nunca quería mantener una conversación. Ni siquiera
con mamá.

Pero la pequeña insistió. Con sus casi nueve años, la comprensión de


aquella situación, y el mero hecho de racionalizar las cosas era un bien
necesario. Tenía que comprenderlo.

-Hermana, ¿por qué mamá está aquí?

-Ya te lo he dicho, Carol. Mamá está enferma. Y estos médicos cuidarán de


ella hasta que se cure.
El cuerpo anclado

-¿y no la pueden dar pastillas, para que vuelva a casa? La mamá de Tomás
Jolgorio tiene cáncer, pero su madre vuelve a casa.

-Este es otro tipo de enfermedad Carol.

Entonces se detuvo momentáneamente y se señaló la cabeza, mientras


miraba tiernamente a su hermanita.

-Ella lo tiene aquí.-y tras una suave caricia sobre su rostro inocente,
prosiguió el camino detrás de la enfermera. El silencio de sus andares era
roto por el cantar de las paredes, como lo llamaba ELLA. Y por los gritos “de
victoria”, y los golpes “de volar” como solía imaginar Carol. Llevaba
asistiendo a ese lugar desde que su mente podía recordar. En la fecha del
cumpleaños de su madre, en año nuevo y navidad.

Ah, bueno.

Y en el día de la muerte de papá.

Aunque prefería pensar que era el día de su marcha al cielo. ELLA creía en
el cielo. Y en la magia. Y el poder de la imaginación. Había tantos mundos
allí dentro. No podía entender como todos los hombres encerrados en aquel
centro estaban enfermos. Porque cuando hablaba con ellos parecían muy
normales. E incluso le contaban secretos, de historias maravillosas que sólo
unos pocos conocían. A su hermana no le gustaba que los que vivían en ese
lugar la quisieran más a ella. Pero a ella, a Cristina, no le importaba. Porque
su hermana mayor, Anita, ya sabía que para Cristina no había nada más
importante en el mundo que ella, que su hermana mayor. Y eso no iba a
cambiar. Ni siquiera por mamá.

-¿Ana?

Se escuchó entonces desde las sombras, cuando la enfermera abrió la


última puerta del pasillo.

Mi hermana pasó primero, y luego la enfermera conmigo, cogidas de la


mano. Nunca me soltaban dentro de la habitación de mamá.

-Aquí estoy madre. Feliz cumpleaños.

-¡Ana! ¿qué haces aquí? ¡¿Sabes cuánto tiempo he esperado a que me


rescatases?!

-Y he venido, madre. Aquí tienes tu regalo.

-Espero que sea lo que te pedí.

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Vi cómo mi hermana avanzaba un paso y le pasaba el objeto envuelto con


un bonito papel plateado. Se lo había envuelto yo.
El cuerpo anclado

Mamá sin embargo no lo abrió. Lo tiró celosamente a una esquina de la


acolchada habitación y rápidamente se puso en un tramo más iluminado de
la celda. Junto a mí.

Mi hermana también dio dos pasos hacia mí. Pero con una expresión
nerviosa.

-¡carol! ¡oh, carol, cariño! ¡cómo has crecido!

Sonreí tímidamente. Sí, aquella era mamá. Con sus pelos enredados, y
aquel olor a naftalina que me recordaba a casa de la abuela. Salí a
abrazarla. Y antes de poder darla un beso, la enfermera nos apartó.
Mientras decía:

-tenéis cuatro minutos más de visita. Si queréis os espero en la puerta.

Mi hermana asintió mientras me tomaba de la mano, y nos quedamos a


solas con mamá.

-tu hija se llama Cristina, no Carol.-recalcó con voz autoritaria mi hermanita.

-Oye mamá. ¿por qué no te curas y vuelves a casa con nosotras?-pregunté


como si aquello tuviese una respuesta tan sencilla y obvia que resolvería el
mundo.

-¡Cariño!-entonces mamá se echó las manos a ala cara y empezó a llorar


emocionada, mientras me miraba con media sonrisa… y media tristeza…

-Carol, ya sabes que no debemos hablar de esos temas. Mamá está muy
bien aquí. La cuidan muy bien.

-Ya, pero es que yo también la cuidaría muy bien. ¡En casa yo, la abuela y
todos la cuidaríamos! Y además, la echo de menos. ¡quiero que pruebe la
tarta de la abuela! ¡y que vaya como las demás mamás a ver el concierto de
fin de año! –me dirigí hacia ella para animarla.-¡mamá, te lo perdiste!
¡Estuvo genial! ¡A Roberto se le cayó la flauta a los pies, porque tiene los
dedos de mantequilla! ¡Pero la profesora de música le sacó a bailar
entonces y fue una orquesta con danza! ¡Estuvo genial! ¡Nadie se lo
esperaba!

Ella empezó a borrar esa media tristeza de su cara y noté como Ana me
apretaba con más fuerza.

-Mamá, te echan de menos. –Continuó Ana lentamente.-Pero saben que éste


es un buen lugar para ti. Y que los de la casa te cuidan bien. Además
Cristina ya sabe que has hecho un montón de amigos. Hoy ha hablado con
uno de ellos.

-¡Sí! ¡y me ha enseñado una llave! ¡dice que es mágica y especial! ¡y que yo


tengo el poder…

-¿¡Quién ha sido?!-de pronto noté cómo la expresión de mamá cambiaba


bruscamente. Había cambiado tanto que me asusté. Me cogió de los
hombros y Ana tuvo que tirar de mí hacia la puerta.

-Un… un hombre. Con poco pelo. Y viejo.

-¿Carcamasa?
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-Creo que nos tenemos que ir ya Cristina. Luego me cuentas que te dijo ese
hombre, y te lo explicaré mejor.

-¡Sí! ¡dijo que se llamaba algo así. Y me enseñó la llave. Era una llave
normal. Como la de casa.

-¿¡Carcamasa tiene la llave?!

-¿llave? Mamá. Sabes que no tienes que salir de aquí ¿no?

-¡dime carol! ¿te habló del cuento?

-¿qué.. Cuento?-pregunté indecisa, al notar que mamá empezaba a elevar el


tono de voz y abría cada vez más los ojos, mientras mi hermana tiraba con
más fuerza de mí. Yo no quería irme.

-No, no me dijo nada más. Bueno-recordé.-que un día usaría una llave


bonita. Una que sólo yo reconocería por su valor, y su poder. Me dijo que
abriría mundos, y sería dueña de mi propia historia. ¡Saldré en un cuento
mamá! –intenté animarla, porque ahora le salían lágrimas por un ojo.-
¡como Pedro, que decía que era el de Pedro y el lobo! Aunque yo creo que
no, porque el es un cobardica y yo…

De pronto casi sin poder moverme, vi cómo mamá saltaba por encima de mí
y levantaba su pierna tan hacia arriba que tuve que cerrar los ojos. Pensé
que me iba a dar. Pero no lo hizo. Me asusté.

Cuando vi a Ana tendida en el suelo, detrás de mí, solo pude preguntar:

-¿es que ha hecho algo malo, mamá?

Entonces mamá me cogió por los hombros sin parpadear ni una sola vez y
me habló suavemente como nunca antes lo había echo. Sin agachar la
cabeza ni con el tick en el hombro:

-Cuentan mis grilletes, que encadenada a esta tumba, más alla del próximo
amanecer se esconde la llave de todos los saberes.

Sólo se necesita la cerradura, el catalizador libre de toda injuria, que


entregue en sacrificio su alma, si le concierne hallar la cura. Y así liberar al
mundo de un valor tenebroso, que poco a poco acuña sus mitades, y
cuando se junten no habrá quien los separe. Es valor, es ponzoña, y si lo
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alimentamos acabará con nuestra historia.. es un trágico fin… cariño. Un fin


en el que ganan todos los malos…

-Mamá, me haces daño.-susurré asustada, mientras mamá me agitaba entre


sus brazos.

-¡nunca lo olvides, Carol! Más allá del próximo amanecer se esconde la llave
de todos los saberes. Sólo se necesita la cerradura, el catalizador libre de
toda injuria, que entregue en sacrificio su alma, si le concierne hallar la
cura. ¡Y liberar al mundo de una ponzoña! ¡Un veneno que nos quema a
todos! Está creciendo, mi vida. Y si tú eres la elegida, deberás pararle los
pies.

Noté que mi hermana se movía, y entonces, me revolví entre los brazos de


mi madre para alcanzarla. Pero ella no me soltaba.

-¡cariño! ¡Escúchame! ¿qué te he dicho?

-¡Me haces daño!

- Más allá del próximo amanecer se esconde la llave de todos los saberes.
Sólo se necesita la cerradura, el catalizador libre de toda injuria, que
entregue en sacrificio su alma ¡No lo olvides! –y entonces se detuvo, pero
apretó tanto que sentí que iba a sangrar-¡y no se lo digas a nadie!

-¡No me llames Carol!-grité

Entonces me soltó, y corrí hacia mi hermana quien empezaba a recuperarse


de la patada en la cara.

Mamá siguió cantando la copla una y otra vez, como si ya no estuviésemos


ahí. Sólo me miraba, o parecía que me miraba, aunque cuando nos
marchamos de ahí, seguía con la mirada perdida, vacía, hacia ningún sitio y
a todos al mismo tiempo. Miraba a través de los tiempos. Miraba el destino
de las personas, el poder y la historia que de ellas podría resurgir.

Y yo no me di cuenta.

No me di cuenta hasta que fue tarde. Tras aquel último verano en el centro
hosptialario, agarré un trauma con el que se me hacía difícil dormir. Mi
hermana jamás me obligó a volver. Y cuando se lo volví a pedir, ya era
tarde. Yo la perdoné y la envié mil cartas disculpándome por no haber ido a
visitarla. Pero no super que era tarde para disculparse, porque llevaba 15
años sin poder leer. Sin poder comprender, sin poder curarse. Mamá murió.
>>

Y con ella se fueron más de la mitad de las respuestas que ahora necesito.
¿Entiendes? Y por eso estoy aquí. Me han dicho que tu eres el mejor en esto.
Carcamasa.